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210.- SUDOR DE SANGRE


1abatido

Jesús se agita como presa de un súbito malestar. Vuelve a quitarse el manto, se seca las manos, la cara, el cuello, los antebrazos. El sudor continúa. Cada poro tiene su gota que se forma, crece y cae. Se oprime una y otra vez  con más fuerza, el manto sobre la cara y al quitárselo, aparecen en él claramente las huellas frescas que parecen de color negro. La hierba del suelo, está enrojecida de sangre.

Jesús da la impresión de que está próximo a desmayarse. Se afloja la cinta de su vestido, como si sintiera ahogarse. Se lleva la mano al corazón, después al cuello. Se da aire con ella, teniendo la boca abierta. Se ha sentado sobre el peñasco dejándose caer sobre la espalda; con los brazos caídos a lo largo del cuerpo y la cabeza inclinada sobre el pecho, como si estuviese ya muerto…

No se mueve para nada.

23

Permanece así durante un largo rato. Luego emite un grito ahogado y levanta la cara: Es un rostro desencajado. Un instante sólo. Luego se derrumba rostro en tierra y se queda así. Un deshecho de hombre sobre el que pesa todo el pecado del mundo; sobre el que se abate toda la Justicia del Padre; sobre el que descienden las tinieblas, la ceniza, la hiel…

Esa tremenda, tremenda, tremendísima cosa que es el abandono de Dios mientras Satanás nos tortura…

Es estar “huérfanos de Dios”. Es la locura, la agonía…  Es la persuasión de ser rechazados por Dios…

 De estar condenados. ¡Es el infierno!…

3condenado

Las víctimas propiciatorias lo conocen. Y no soportan ver los mismos espasmos en Cristo, sabiendo  que es un millón de veces más atroz que el que las ha consumido a ellas y que con solo el recordarlo, los perturba profundamente.

Para vencer la Desesperación y a Satanás que es su origen. Para servir a Dios y darnos a nosotros la Vida Jesús debe saborear al Muerte. No la muerte física que le espera al ser crucificado, sino la Muerte Total.

Muerte Consciente, del luchador que cae… Después de haber triunfado con un corazón destrozado, con una Sangre que se pierde por la herida de un esfuerzo superior a las fuerzas humanas, para ser fiel a la Voluntad de Dios… 

Jesús está siendo oprimido por un trauma psíquico, superior a sus fuerzas humanas. Su agonía ha ido en aumento, hasta llegar el momento de sudar sangre: por el esfuerzo que debe hacer para vencerse y resistir el peso que sobre Él ha sido impuesto. Es el Hijo del Dios Altísimo, pero también es el Hijo del Hombre. Su Palabra y sus obras dan Fe de su Divinidad. Las necesidades materiales, las pasiones, los sufrimientos que padeció en Sí Mismo; dan testimonio de su Humanidad.

4agonia

La tercera Horade su Agonía  fue la locura, fue la desesperación, fue la agonía, fue la muerte. La muerte de su alma…

No resucitó solamente su Cuerpo. También su alma ha tenido que resucitar. Porque conoció la Muerte. Porque, ¿Qué es la muerte del espíritu?: La separación eterna de Dios.

Y Él está ahora separado de Dios. Su espíritu ha muerto. Es la verdadera hora de eternidad que concede a sus predilectos.

Nosotros conocemos la muerte del espíritu, sin haberla merecido; para comprender el horror de la condenación, que es el tormento de los pecadores impenitentes.

La conocemos para poder salvarles, Él la sufrió primero… El corazón se rompe, Él lo sufrió primero…   La razón vacila y la desesperación muerde… Él lo sufrió, porque nos ama…  Es el horror infernal, estamos a la merced del Demonio porque estamos separados de Dios. 

5JESUS Y ELANGEL

Dura así un largo rato. Entonces, una gran luz esplendorosa se forma sobre su cabeza, suspendida a la altura de un metro sobre Él aproximadamente. Un resplandor tan fuerte, que incluso el Postrado lo ve filtrarse entre sus cabellos ondulados  y  densos, tras el velo que la sangre pone en sus ojos.

Levanta la cabeza… Resplandece la Luna sobre esta pobre faz y aún más resplandece la luz angélica, semejante a la diamantina blanco-azul de la estrella Venus. La  luz lunar y angelical fundidas, iluminan y muestran un rostro rojo por la sangre.

6gotas-de-sangre

Las plegarias de María, le han obtenido la presencia de un ángel en el Getsemaní. Dios ha concedido esa gota de consuelo, para que no sobrevenga la muerte antes de que la Misión haya sido completada. El ángel le ofrece un cáliz celestial.

Jesús levanta sus brazos y lo toma entre sus manos…

7caliz

Y aparece toda la tremenda agonía en la sangre que rezuma a través de los poros: las pestañas, el cabello, el bigote, la barba están asperjados y rociados de sangre. Sangre rezuma en las sienes… Sangre brota de las venas del cuello… Gotas de sangre caen de las manos…

Todo su cuerpo está empapado de sangre. Y cuando tiende las manos para tomar el cáliz y beberlo, las mangas anchas se deslizan hacia los codos y se ve claramente como los antebrazos de Jesús, sudan sangre. En la cara, tan solo brillan dos surcos de tez palidísima, formados por las lágrimas que corren sobre la roja faz, que parece una máscara de sangre.

Jesús bebe despacio, mientras el ángel que lo acompaña en su dolor, lo conforta en su espíritu abatido y le habla de la esperanza de todos los que se salvarán por medio de su sacrificio.

Y como un bálsamo para su agonía; le va enumerando todos los nombres que están escritos en el Cielo, de aquellos que le amarán con un amor total, hasta compartir con Él, todas sus torturas.

8AGONIA

Aquellos que se enfrentarán también a Satanás y lo vencerán gracias a Él. Tal y como Él acaba de hacerlo.  ¡Jesús! ¡Jesús el Salvador! ¡Jesús, el Héroe Divino!

Acaba de obtener para los cristianos el poder enfrentar y vencer a la muerte, en todas sus múltiples torturas, con el Don de la Inmunidad al Dolor, que originalmente poseyera Adán.

En el Calvario será culminada la Magna Obra de la Redención.

¡Ya venció a Satanás!

Ahora debe vencer a la Muerte…

Jesús bebe hasta el fondo y devuelve el cáliz al ángel. Una sonrisa dolorosa ilumina su faz ensangrentada. María será la abogada de sus víctimas. Ella hará que la Misericordia de Jesús obtenga de la Justicia del Padre, la piedad para sus creaturas; que junto con Él serán hermanos en el Amor de Coparticipación.

9EL CALIZ DE JESUS

Más dulce que un vino saturado con miel, ellas están en el cáliz que el ángel le ha ofrecido para mitigar la amargura del cáliz paterno. Para fortalecer su Humanidad desfallecida, en una cruel agonía. ¡Los nombres de los redimidos que creerán…!11agonia (2)

Cada uno de ellos han sido como una inyección en sus venas, que le ha dado fuerzas. Cada uno de esos nombres será luz, vigor, en medio de las tinieblas que ya lo envuelven y durante las horas dolorosísimas… que ya han llegado. Para no mostrar el dolor que soportará como Hombre. Para no desesperar y no decir que Dios es muy severo e injusto con su Víctima, Jesús se repetirá estos nombres…

En la cara sólo las lágrimas forman dos líneas nítidas sobre la máscara roja.

Se quita otra vez el manto y se seca las manos, la cara, el cuello, los antebrazos. Pero el sudor continúa. Él presiona varias veces la tela contra la cara y la mantiene apretada con las manos y cada vez que cambia el sitio aparecen nítidamente en la tela de color rojo oscuro las señales; las cuales estando húmedas, parecen negras. La hierba del suelo está roja de sangre.

11agonia (1)

Jesús parece próximo al desfallecimiento. Se lleva la mano al corazón y luego a la cabeza y la agita delante de la cara como para darse aire, manteniendo entreabierta la boca. Arrastrándose se pega a la roca y apoya la espalda contra la piedra, de tal forma que parece como si estuviera ya muerto.  Los brazos le cuelgan paralelos al cuerpo y la cabeza contra el pecho. Ya no se mueve.

La luz angelical se desvanece poco a poco como si fuera absorbida por la luz de la luna que se filtra entre las hojas del olivo, iluminando al Héroe caído, que no se mueve para nada.

12agonia

Después de un rato,  Jesús abre sus ojos de nuevo. Con esfuerzo levanta la cabeza. Con mucha fatiga alza el cuerpo. Mira a su alrededor.  Está solo, pero menos angustiado.

Alarga una mano y tomando su manto que había dejado abandonado en la hierba, vuelve a secarse el sudor de su terrible  baño de sangre. Se seca la cara, la barba, los cabellos…

13muguet

Toma una hoja larga y ancha, empapada de rocío y con ella termina de limpiarse mojándose la cara y las manos y luego secándose de nuevo todo. Y repite lo mismo con otras hojas, hasta que borra las huellas de su tremendo sudor.

Sólo la túnica, especialmente en los hombros y en los pliegues de los codos, en el cuello y la cintura, en las rodillas, está manchada…

La mira y menea la cabeza. Mira también el manto y lo ve demasiado manchado. Lo dobla y lo pone encima de la piedra, junto a las florecillas. Por su extrema debilidad, con mucho esfuerzo se vuelve y se pone de rodillas.  Ora apoyando la cabeza en las manos que están sobre el manto. Luego eleva su rostro…

Su cara está palidísima, pero ya no tiene expresión turbada. Es una faz llena de majestad y de hermosura divina, a pesar de aparecer más exangüe y triste que nunca.

Luego, apoyándose sobre la roca se levanta y todavía tambaleándose ligeramente, con paso vacilante va hacia donde están los apóstoles…

14apagada

Los tres duermen profundamente, arropados en sus mantos, junto a la hoguera apagada. Se les oye respirar profundamente e incluso con un sonoro ronquido.

Jesús los llama…  Es inútil. Debe agacharse y dar un buen zarandeo a Pedro.

El apóstol desenvuelve su manto verde oscuro, se asusta y pregunta:

–                ¿Qué sucede? ¿Quién viene a arrestarme?

Jesús dice suavemente:

–     Nadie. Te llamo Yo.

Pedro pregunta aturdido:

–           ¿Es ya por la mañana?

–           No. Ha terminado… Es casi la segunda vigilia.

Pedro está todo entumecido.

Jesús da unos meneos a Juan, que emite un grito de terror al ver inclinado hacia él un rostro que de tan marmóreo como se ve, parece el de un fantasma.

Juan exclama asustado:

–           ¡Oh… me pareces un muerto!

Luego se acerca a Santiago, lo mueve…

Y el apóstol, creyendo que lo llama su hermano, dice:

–           ¿Apresaron al Maestro?

Jesús responde:

–                  Todavía no, Santiago…  Pero, levantaos ya. Vamos. El que me traiciona está cerca. 

15arresto

Los tres todavía pasmados, se levantan. Miran a su alrededor… Olivos, luna, ruiseñores, leve viento, paz… Nada más.

Pero siguen a Jesús sin hablar.

Llegan a donde están los otros ocho, igualmente dormidos alrededor del fuego ya apagado.

Jesús dice con voz potente:

–           ¡Levantaos! ¡Mientras viene Satanás, mostrad al insomne y a sus hijos, que los hijos de Dios no duermen!

Todos dicen al mismo tiempo:

–           ¡Sí, Maestro!

–           ¡Dónde está, Maestro?

–           Jesús, yo…

–           ¿Pero ¿qué ha sucedido?

Y entre preguntas y respuestas enredadas, se ponen los mantos…

En el preciso momento en que aparece la chusma de esbirros del Templo, capitaneada por Judas, que irrumpe en el quieto solar y lo ilumina bruscamente con muchas antorchas encendidas…

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LA ENTREGA

Son una horda de bandidos disfrazados de soldados, caras de la peor calaña afeadas por sonrisas maliciosas y demoníacas.

Vienen también algunos representantes del Templo.

Los apóstoles, súbitamente se hacen a un lado. Pedro delante y  detrás de él, los demás.

Jesús se queda quieto.

Judas se acerca resistiendo a la mirada de Jesús, que ha vuelto a ser esa mirada centelleante de sus mejores días…

Y aun así, el apóstol infiel no baja la cara… Al contrario, se acerca con una sonrisa de hiena y lo besa en la mejilla derecha.

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Jesús dice serenamente:

–           Amigo, ¿Y qué has venido a hacer? ¿Con un beso me traicionas?

Judas agacha un instante la cabeza; pero luego vuelve a levantarla… Muerto a la reprensión y a cualquier invitación al arrepentimiento.

Jesús, después de las primeras palabras; dichas todavía con la solemnidad del Maestro, adquiere el tono afligido de quien se resigna a una desventura.

La chusma, con un clamor hecho de gritos, se acerca con cuerdas y palos y trata de prender a Jesús y a los demás apóstoles.

Jesús pregunta tranquilo y solemne:

–          ¿A quién buscáis?

El encargado del Templo contesta:

–           A Jesús Nazareno.

La Voz es un trueno al responder:

–           Soy Yo.

Ante el mundo asesino y el inocente, ante la naturaleza y las estrellas, Jesús da de Sí, casi con un cierto júbilo; este testimonio abierto, leal, seguro…

¡Ah!, pero si de Él hubiera emanado un rayo no habría hecho más efecto: como un haz de espigas segadas, todos caen al suelo.

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Permanecen en pie sólo Judas, Jesús y los apóstoles…

Los cuales, ante el espectáculo de los soldados derribados se recuperan tanto, que se acercan a Jesús y con amenazas tan claras contra Judas; que éste súbitamente huye al otro lado del Cedrón y se adentra en la negrura de una callejuela…

Justo a tiempo para  evitar el golpe maestro de la espada de Simón Zelote y seguido en vano por una lluvia de piedras y palos que le lanzan los apóstoles que no estaban armados…

Jesús dice tranquilo:

–           Levantaos. ¿A quién buscáis?, vuelvo a preguntaros.

El mismo hombre vuelve a contestar:

–          A Jesús Nazareno.

Jesús responde con dulzura:

–          Os he dicho que soy Yo

Y Sí: con dulzura, vuelve a decir:

–           Dejad pues, libres a estos otros. Yo voy…  Guardad las espadas y los palos. No soy un bandolero…  Estaba siempre entre vosotros. ¿Por qué no me habéis arrestado entonces? Pero ésta es vuestra hora y la de Satanás…

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Mientras Él habla, Pedro se acerca al hombre que está extendiendo las cuerdas para atar a Jesús y descarga un golpe de espada desmañado… Si la hubiera usado de punta, lo habría degollado como a un carnero. Así…  Lo único que hace es arrancarle casi una oreja, que queda colgando en medio de un gran flujo de sangre.

El hombre grita que lo han matado…

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Se produce confusión entre aquellos que quieren arremeter y los que al ver lucir espadas y puñales tienen miedo.

Jesús dice sereno:

–          Guardad esas armas. Os lo ordeno. Si quisiera, tendría como defensores a los ángeles del Padre. –Y volviéndose hacia el herido, agrega- Y tú, queda sano. En el alma primero, si puedes…

Y antes de ofrecer sus manos para las cuerdas, toca la oreja y la cura.

De una manera incomprensible, para quien no tiene el espíritu ‘vivo’ y no saben lo que sucede a nivel espiritual…

Los apóstoles le gritan alterados:

–          « ¡Nos has traicionado!»

–          « ¡Pero ha perdido la razón!»

–          « ¿Quién puede creerte?».

Y el que no grita huye…

Y Jesús se queda solo…   Él y los esbirros…       Y empieza el camino de la Cruz…

22

Mi mayor dolor, fue pensar para cuántos mi Martirio sería estéril…

23

Todos los que rechazarían la Salvación y preferirían las Tinieblas a la Luz…

A éstos también los tuve presentes y a sabiendas de ello, me dirigí a la Muerte…

24

Satanás quería vencerme con la desesperación, para convertirme en su esclavo…

 Sentí el sabor de la muerte, cuando decidí daros la vida…

25

Y cubierto con la lepra de vuestros pecados, siendo solamente el hombre culpable a los ojos de Dios; ACEPTÉ SER EL MALDITO Y CON ELLO, ACEPTÉ TAMBIÉN EL CASTIGO.

26

Y vencí la desesperación y a Satanás, para servir a Dios y daros a vosotros la Vida…

Pero saboreé la Muerte. No la muerte física del Crucificado, (No fue tan dolorosa)

                                                  Sino la Muerte Total…       

27

La Muerte Consciente…

La Muerte que cae después de haber triunfado, con un corazón destrozado…        28

Con una sangre que se pierde por la herida de un esfuerzo muy superior a la fuerza humana. 

Y sudé sangre. ¡Sí, la sudé!… 

Para ser fiel a la Voluntad de Dios.

32

El espíritu venció la Tentación Espiritual. 

Con la Oración lo vencí: ‘¡ABBA, PADRE! Todo es posible para Ti; aparta de Mí esta copa; pero no sea como Yo quiero, sino como quieras TÚ…’

30

No tengo más que recordar esta Hora para llamaros hermanos. 

¿Puedo Yo que he probado; no comprender vuestra degradación y no amaros porque estáis degradados?… Os amo por esto. Porque en aquella Hora no era el Verbo de Dios…

Era el Hombre Culpable.

31

Mi mejilla arde por el beso de los traidores… 

Curádmela con el beso de la Fidelidad: ¡Convertíos y amad! Para que el Padre os pueda llamar: ¡Hijos!

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El Ángel que me acompañó en mi dolor, me habló de la esperanza de todos los que se salvarían con mi Sacrificio y fue el bálsamo para mi agonía…

Mi mirada se extendió a través de los siglos…

Y OS MIRÉ….

Y FUE CADA UNO DE VUESTROS NOMBRES como una inyección de fortaleza, para las horas dolorosísimas que se aproximaban… 

33

Fuisteis mi consuelo cuando vi que os salvaríais…

QUE ÉRAIS DIGNOS DEL SACRIFICIO DE UN DIOS.

Y desde aquel momento os he llevado en mi Corazón…

34

Y cuando sonó el momento de que vinieseis a la tierra, quise estar presente a vuestra llegada, regocijándome al pensar que una nueva flor de amor había brotado en el mundo y que viviría para Mí…

¡Oh, benditos míos!.. ¡Consuelo mío cuando agonizaba!.. Mi Madre, mi Apóstol, las mujeres piadosas…

Pero también TÚ…

Tú que estás leyendo esto y a quién mi Madre ha guiado hasta aquí… 

35

MIS OJOS AGONIZANTES TE MIRARON A TRAVÉS DE LOS SIGLOS…

Junto al rostro adolorido de mi Madre…

36

Y los cerré gozoso porque vi que te salvarías al corresponder a mi llamado a la Conversión y al Amor…

Y corrí al encuentro de mi Martirio, que se inició con un beso…

EL BESO DE LA TRAICIÓN.

36traicion

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

4.- LA PRIMERA LECCIÓN


Cerca de una zanja, Jesús está sentado bajo los olivos. En la forma habitual que acostumbra, con los codos apoyados en las rodillas, los antebrazos adelante y las manos juntas. La tarde desciende y la luz se va cada vez más. Se ha quitado el manto, porque tiene calor y su vestido blanco resalta sobre lo verde del lugar.

Un hombre va subiendo entre los olivos y parece buscar a alguien. Es muy alto; joven, de cabello castaño oscuro y ensortijado. Viste muy elegante, en un alegre color palo de rosa que al ondear; hace más llamativo su manto color tinto. Cuando distingue a Jesús, sus ojos gris oscuro brillan y su bello rostro se ilumina. Apresura el paso hasta llegar a Él y lo saluda con alegría:

–           ¡Salve, Maestro!

Jesús se vuelve sorprendido. Y lo mira con seriedad y una gran tristeza.

El recién llegado repite:

–           Te saludo, Maestro. Soy Judas de Keriot. ¿No me reconoces? ¿No te   acuerdas de mí?

Jesús responde:

–           Te recuerdo y te reconozco. Eres el que me hablaste con Tomás, la Pascua pasada.

–           Y al que le dijiste: “Piensa y reflexiona al decidirte, antes de mi regreso.’ Ya he decidido. ¡Aquí estoy!

Jesús lo mira realmente triste y le dice:

–            ¿Por qué vienes, Judas?

–            Porqué… Te lo dije la otra vez. Porque sueño en el reino de Israel y yo te he visto cual Rey.

–            ¿Vienes por este motivo?

–            Por éste. Me pongo a mí mismo y a cuanto poseo: capacidad, conocimiento, amistades, fatiga; a tu servicio y al servicio de tu misión, para reconstruir a Israel.

También Judas es un hombre muy alto, casi igual a Jesús.  Los dos están frente a frente y se miran. Jesús, serio y muy triste.

Judas, exaltado. Con su aspecto joven y señorial; sonriente, hermoso, elegante, frívolo y ambicioso.

Jesús dice:

–            Yo no te busqué, Judas.

Judas contesta:

–            Lo sé. Pero yo si te buscaba. Día tras día, puse en las puertas quién me avisase de tu llegada. Pensaba que vendrías con seguidores y que así, fácilmente se podría saber de Ti. Pero fue al contrario. He comprendido que estabas porque después de que curaste a un enfermo, los peregrinos te bendecían; pero nadie sabía decirme en donde estabas. Entonces me acordé de este lugar. Si no te hubiese encontrado aquí, me hubiera resignado a no encontrarte más.

–            ¿Piensas que ha sido para ti un bien el haberme encontrado?

–            Sí. Porque te buscaba. Te anhelaba. Te quiero.

–            ¿Por qué?… ¿Por qué me has buscado?

Judas lo mira extrañado y dice:

–            ¡Ya te lo dije, Maestro! ¿No me has comprendido?

–            Te he comprendido. Sí… te he comprendido. Pero quiero que tú también me comprendas a Mí, antes de seguirme. Ven, hablaremos en el camino.

Y empiezan a caminar uno al lado del otro, subiendo y bajando por las veredas que atraviesan el olivar.

Jesús dice:

–            Tú me sigues por una idea que es completamente humana, Judas. Debo disuadirte. No he venido para eso.

Judas objeta:

–            Pero ¿No eres Tú el señalado Rey de los Judíos? ¿Del que han hablado los Profetas? Han venido otros. Pero les faltaron muchas cosas y cayeron como hojas que el viento no vuelve a levantar. Tú tienes a Dios contigo en tal forma que haces milagros. Donde está Dios, el éxito de la misión es seguro.

–            Has dicho bien. Yo tengo a Dios conmigo. Soy su Verbo. Soy el que profetizaron los Profetas, el Prometido a los Patriarcas. El Esperado de las multitudes. Pero ¿Por qué te has hecho así; ciego y sordo para que no sepas leer y ver; oír y comprender los verdaderos hechos? Mi reino no es de este mundo Judas, no te hagas ilusiones. Vengo a traer a Israel la Luz y la Gloria; pero no la luz y la gloria de esta tierra. Vengo a llamar a los justos de Israel, al Reino. Porque de Israel y con Israel, debe formarse y brotar la planta de Vida Eterna, cuya Savia será la Sangre del Señor. Planta que se extenderá por toda la tierra hasta el fin de los siglos. Mis primeros seguidores son de Israel. Aún mis verdugos, serán de Israel. Y también el que me traicionará, será de Israel…

Judas protesta:

–            No Maestro. Esto no sucederá jamás. Aunque todos te traicionasen, yo quedaré y te defenderé.

–            ¿Tú, Judas?… Y ¿En qué fundas esta seguridad?

–            En mi palabra de honor.

–            Cosa más frágil es, que la tela de araña, Judas. A Dios debemos pedir la fuerza para ser honrados y fieles. ¡El hombre!… El hombre realiza obras de hombre. Pero para realizar obras del espíritu. –Y seguir al Mesías en verdad y justicia quiere decir, realizar obras del espíritu.- Es necesario matar al hombre y hacerlo renacer. ¿Eres capaz de cosa tan grande?

Judas afirma totalmente seguro de sí:

–            Sí, Maestro. Y después… No todo Israel te amará. Pero Israel no dará ni verdugos, ni traidores a su Mesías. ¡Te espera desde hace siglos!

–            Me los dará. Recuerda a los Profetas… sus palabras y el fin que tuvieron. Estoy destinado a desilusionar a muchos. Y tú eres uno de ellos. Judas, tienes enfrente de ti a un hombre manso, pacífico, pobre y que quiere permanecer pobre. No he venido para imponerme, ni para hacer guerras. No disputo a los fuertes ni a los poderosos, ningún reino, ningún poder. Sólo disputo a Satanás las almas.

Y he venido a destrozar las cadenas, con el fuego de mi amor. He venido a enseñar misericordia, sacrificio, humildad, continencia. Te digo a ti y a todos: No tengáis sed de riquezas humanas, sino trabajad por el dinero eterno… desilusiónate Judas, si crees que soy un vencedor de Roma y de las castas que mandan. Tanto Herodes como los Césares, pueden dormir tranquilos mientras yo hablo a las multitudes. No he venido a arrebatar el cetro a nadie… Y mi cetro ya está listo. Pero nadie que no fuese Amor como Yo lo Soy, podría tenerlo. Vete Judas y medita.

–            ¿Me rechazas Maestro?

–            No rechazo a nadie, porque quién rechaza no ama. Pero dime, Judas: ¿Cómo llamarías al hecho de que alguien que sabe que tiene una enfermedad contagiosa, dijese a uno que no lo sabe y que se acerca a beber agua de su vaso: “Piensa lo que haces”? ¿Lo llamarías odio o amor?

–            Lo llamaría amor, porque no quiere que el que ignora su enfermedad, destruya su salud.

–            Dale también este nombre a lo que estoy haciendo.

–            ¿Puedo destruir mi salud al venir contigo? ¡No! ¡Jamás!

–            Más que destruir la salud, tú mismo te puedes destruir. Piensa bien, Judas. Poco se exigirá al que asesinare creyendo que lo hace justamente. Y lo cree porque no conoce la Verdad. Pero mucho será exigido de quién después de haberla conocido; no solo no la sigue, sino que se hace su enemigo.

–            Yo no lo seré. Acéptame, Maestro. No puedes rechazarme. Si eres el salvador y ves que soy pecador, oveja extraviada, un ciego que está fuera del camino recto; ¿Por qué no quieres salvarme? Acéptame. Te seguiré hasta la muerte…

–            ¡Hasta la muerte! Es verdad. Esto es cierto. Después…

–            ¿Después que, Maestro?

–            El futuro está en el seno de Dios. Mañana nos veremos junto a la Puerta de los Peces.

–            Gracias, Maestro. El Señor sea contigo.

–            Y su misericordia te salve.

Al día siguiente, al amanecer de un hermoso día de verano, alegrado por los pajarillos que cantan entre los olivos, lentiscos, acacias y el canto melancólico de las tórtolas silvestres; Jesús atraviesa el riachuelo sobre un grueso tronco que hace las veces de puente y llega al lugar convenido.

Hay muchos vendedores de hortalizas y de alimentos, que están esperando que se abran las puertas de la ciudad. Se oyen rebuznos de asnos que se pelean entre sí. Sus propietarios también participan intercambiando insultos. Un bastón pasa volando no solo sobre los lomos de los asnos, sino sobre las cabezas de las personas.

Dos se pelean porque el burro de uno de ellos se comió bastantes lechugas que estaban en el cesto del otro. La discusión llega a tal punto, que salen a relucir dos puñales muy puntiagudos y resplandecen a la luz del sol. Hay muchos gritos, pero nadie interviene para separar a los rijosos.

Jesús, que caminaba pensativo, oye el alboroto y levanta la cabeza. Ve lo que está sucediendo y a paso veloz, se dirige hacia ellos.

Y Ordena:

–            ¡Detente en el Nombre de Dios!

Uno le contesta:

–           ¡No! ¡Quiero acabar con este maldito perro!

Y el otro:

–           También yo. Voy a adornar tu túnica con tus entrañas.

Los dos giran alrededor de Jesús pegándole, insultándolo para que se quite de en medio; tratando de herirse sin conseguirlo. Porque Jesús con movimientos habilísimos de su manto, desvía los golpes e impide que se atinen. Su manto está rasgado y la gente le grita:

–                 ¡Quítate Nazareno o te tocará a Ti también!

Pero Él no se quita y trata de hacer que se calmen, llamándolos a que piensen en Dios. ¡Todo es inútil! La ira los ha enloquecido a los dos.

Jesús grita:

–           ¡Por última vez os ordeno que desistáis!

Los dos le contestan al mismo tiempo:

–           ¡No! ¡Quítate! ¡Sigue tu camino, perro Nazareno!

Entonces el tiempo parece detenerse…

Jesús extiende las manos con su mirada relampagueante de poder. No dice una sola palabra. Pero las dagas caen por tierra hechas pedazos, como si fueran de cristal y una fuerza las hubiera golpeado.

Los dos luchadores miran los mangos inútiles que les han quedado entre los dedos. El estupor apaga la ira. La multitud grita admirada.

Jesús pregunta enojado:

–                 ¿Y ahora?… ¿Dónde está vuestra fuerza?

Los soldados que estaban de guardia en la puerta y un tribuno que habían acudido al oír los gritos; miran estupefactos. El oficial se acerca a tomar un pedazo de las dagas y lo prueba en la uña, examinando con cuidado el material de que están hechas y su filo. Luego levanta su cara, completamente asombrado.

Es el rostro muy joven de  Publio Quintiliano.

Jesús repite:

–                 ¿Y ahora? ¿Dónde está vuestra fuerza? ¿Sobre qué cosa apoyáis vuestro derecho? ¿Sobre esos pedazos de metal que están ahora en el polvo? Sobre esos trozos de hierro que no tenían ninguna otra fuerza, que el pecado de ira contra un hermano y…

La gente lo mira asombrada, primero por el prodigio y luego por la sabiduría que fluye de sus labios como una cascada. Todos escuchan muy atentos una larga disertación. Jesús habla sobre el amor al prójimo, la violencia y el homicidio…

Y concluye así:

–           Idos y meditad sobre esto.

Varias personas le dicen al mismo tiempo:

–            ¿Quién eres Tú que dices semejantes palabras y haces pedazos las armas sólo con tu Voluntad?

Judas se adelanta de entre los soldados y  proclama:

–            Sólo uno puede hacer estas cosas: el Mesías. Ni siquiera Juan Bautista es más grande que Él.

Judas acaba de proclamar su fe. Qué formidable apóstol hubiese sido, si desde el principio no vacila en anunciar al mundo hebreo lo que piensa de Jesús.

Un peregrino pregunta:

–           ¿Eres acaso el Mesías?

Jesús responde:

–           Lo Soy.

Otro hombre le dice:

–           Tengo a mi madre anciana que muere. ¡Sálvala!

Una mujer joven suplica:

–           Yo. Yo… ¡Mira! Estoy perdiendo las fuerzas por los dolores. –se descubre el rostro y muestra un gran tumor que le deforma la cabeza, a un lado del ojo izquierdo- Todavía tengo hijos pequeños. ¡Cúrame!

Jesús  mirando al hombre contesta:

–           Vete a tu casa. Tu madre te preparará esta tarde la cena. –se vuelve a la mujer- Y tú,  sé sana. ¡Lo quiero!

Después de unos segundos electrizantes. Ella siente que un calor la envuelve y recorre todo su cuerpo. Entonces la mujer se yergue, echa hacia atrás el manto y muestra su rostro, totalmente curada. Y le grita:

–           ¡Tu Nombre! ¡Tu Nombre!

Sonriendo con infinita compasión, su benefactor declara:

–           ¡Jesús de Nazareth!

La multitud enloquece de alegría:

–           ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Hosanna! ¡Hosanna! ¡Hosanna!

Los burros hacen lo que quieren, pues ya nadie se ocupa de ellos. La voz se corre rápidamente y lo rodean los enfermos pidiendo salud. Muchos son sanados en forma espectacular. Jesús bendice y sonríe. Trata de romper el cerco que lo aclama, para entrar a la ciudad e ir a donde quiere; pero la gente no lo deja.

Varios le gritan a la vez:

–           ¡Quédate con nosotros! ¡En Judea! ¡En Judea!

Entonces Judas se acerca a Él:

–           ¡Maestro! ¿Lo ves Maestro? Todo Israel te ama. Es justo que te quedes aquí… ¿Por qué te vas?

Jesús contesta:

–           No me voy Judas. He venido solo a propósito, para que la falta de educación de mis discípulos galileos, no moleste la sofistiquería de los judíos. Quiero reunir bajo el Cetro de Dios a todas las ovejas de Israel.

Judas argumenta:

–           Por esto te dije: “Acéptame” Yo soy judío y sé cómo tratar a mis iguales. ¿Te quedarás en Jerusalén?

–           Por pocos días. Esperaré a un discípulo que también es judío. Después viajaré por la Judea.

–           ¡Oh! Yo iré contigo. Te acompañaré. ¿Vendrás a mi tierra?… Te llevaré a mi casa. ¿Vendrás, Maestro?

–           Vendré. ¿Sabes alguna cosa del Bautista, tú que eres judío y vives con los poderosos?

–                      Sé que está todavía en prisión, pero lo quieren dejar salir de la cárcel, porque la gente amenaza con sedición si no liberan al Profeta. ¿Lo conoces?

–           Lo conozco.

–           ¿Lo amas?… ¿Qué piensas de él?

–           Pienso que no ha habido otro como él. ¡Ni siquiera Elías!

–           ¿Lo tienes en realidad como al Precursor?

–           Lo es. Es la estrella de la mañana que anuncia el sol. Bienaventurados los que estén preparados para el sol, por medio de su predicación.

Judas advierte:

–           Juan es muy duro.

–            Lo es tanto con los demás, como consigo mismo.

–            Eso es verdad. Pero es difícil seguirlo en su penitencia. Tú eres Bueno y es  fácil amarte.

–            Y sin embargo…

–            Y sin embargo ¿Qué, Maestro?

–            Como a él lo odian por su severidad, a Mí me odiarán por mi bondad; porque tanto la una como la otra predican a Dios. Y Dios no se deja ver de los que no aman. Pero está escrito que así será. Así como él ha sido primero que Yo en la predicación, así también me precederá en la muerte. Pero ¡Ay! De los asesinos de la Penitencia y de la Bondad.

–            ¿Por qué Maestro siempre estas tristes previsiones?… la multitud te ama, lo ves…

–           Porque es una cosa segura. La humilde multitud, sí me ama. Pero no toda la multitud es humilde, ni está compuesta por humildes. Pero no es tristeza la mía. Es una visión tranquila de lo futuro y una sumisión a la Voluntad del Padre, que para esto me ha enviado. Y para esto vine. Hemos llegado al Templo. Voy a Bel-Nidrasc a enseñar a la gente. Si quieres quédate.

–            Me quedaré a tu lado. No tengo otro objetivo que el de servirte y hacerte triunfar.

Los dos entran en el recinto del Templo.

Se detienen en el Pórtico del patio de los Gentiles, que está cubierto con mármoles de diversos colores. El lugar es muy hermoso y está lleno de gente. Jesús busca a su alrededor un lugar conveniente; pero antes de dirigirse a él, le dice a Judas:

–            Llámame al encargado del lugar. Debo presentarme, para hacer esto. No se vaya a decir que falto a las costumbres y al respeto.

–            Maestro, Tú estás sobre las costumbres y nadie más que Tú, tiene el derecho de hablar en la Casa de Dios. Tú que Eres el Mesías.

–            Lo sé. Tú lo sabes. Pero ellos no lo saben. No he venido para dar escándalo, ni para enseñar a violar la Ley, ni a las costumbres. Por el contrario; he venido a enseñar el respeto, la humildad, la obediencia y para quitar los escándalos. Por esta razón quiero pedir permiso para hablar en Nombre de Dios, haciéndome reconocer del encargado del lugar. Así es como hay que hacerlo.

Judas objeta muy remolón:

–            La otra vez no lo hiciste.

–            La otra vez me consumió el celo por la Casa de Dios, profanada con tantas cosas. La otra vez era el hijo del Padre. El Heredero que en Nombre del Padre y por amor de mi Casa, empleaba su Majestad, a la que son inferiores los encargados del lugar. Ahora soy el Maestro de Israel y enseño a Israel también esto. Por otra parte, Judas ¿Piensas que el discípulo es mayor que el Maestro?

–            No, Jesús.

–            Y ¿Tú quién eres?… Y ¿Quién Soy Yo?

–            Tú eres el Maestro y yo el discípulo.

–            Si reconoces que las cosas son así ¿Por qué quieres enseñar al Maestro? Ve y obedece. Yo obedezco a mi Padre. Tú obedece a tu Maestro. La primera condición del hijo de Dios, es obedecer sin discutir, pensando que el Padre solo da órdenes santas. Condición primera del discípulo, es obedecer al Maestro; pensando que el Maestro sabe y solo da órdenes justas.

–            Es verdad. Perdona. Obedezco.

–            Te perdono. Ve y escúchame: acuérdate de esto. Recuérdalo siempre, en los días que están por venir.

–            ¿De obedecer?… Sí.

–            ¡No! Recuerda que fui respetuoso y humilde para con el Templo. Esto es, con las castas poderosas. Ve.

Judas lo mira pensativo. Interrogativamente… pero no se atreve a preguntar nada. Y se va pensando, sin comprender la conducta de su Maestro.

Regresa  con un sacerdote que ostenta lujosamente su alta jerarquía.

–           Maestro. He aquí al encargado.

Jesús lo saluda:

–           La paz sea contigo. Pido poder enseñar a Israel, entre los rabíes de Israel.

El sacerdote le pregunta:

–           ¿Eres tú rabí?

–           Lo Soy.

–           ¿Quién fue tu maestro?

–            El Espíritu de Dios que me habla con su Sabiduría y que me ilumina con su Luz todas las palabras de los textos sagrados.

–            ¿Acaso eres más que Hilell, Tú que sin maestro dices conocer cualquier doctrina? ¿Cómo puede uno aprender si no hay quién le enseñe?

–            Como se formó David, el pastorcillo desconocido y que llegó a ser el rey poderoso y sabio por la Voluntad de Dios.

–            ¿Cuál es tu nombre?

–            Jesús de José, de la estirpe de David y de María de Joaquín, de la estirpe de David. Y de Anna de Aarón, María la virgen que el sumo sacerdote casó en el Templo, según la Ley de Israel porque era huérfana.

–            ¿Quién lo prueba?

–            Todavía aquí deben haber levitas que se acuerden del hecho y que fueron coetáneos de Zacarías de la clase a Abía, mi pariente. Pregúntales si dudas de mi sinceridad.

–            Te creo. Pero ¿Quién me prueba que tú eres capaz de enseñar?

–            Escúchame y tú mismo decidirás.

–            Eres libre de hacerlo… Pero… ¿No eres Nazareno?

–            Nací en Belén de Judá. En el tiempo del censo que ordenó el César. Proscritos por leyes injustas, los hijos de David, están por todas partes, pero la estirpe es de Judá.

–            Sabes…los fariseos…Toda Judea… por Galilea…

–            Lo sé. Pero no desconfíes. En Belén vi la luz. En Belén Efratá de donde viene mi estirpe. Si ahora vivo en Galilea es solo para que se cumpla lo escrito…

El encargado se aleja unos metros, dirigiéndose a donde lo están llamando.

Judas pregunta:

–           ¿Por qué no le dijiste que Eres el Mesías?

Jesús contesta:

–           Mis palabras lo dirán.

–           ¿Cuál es lo escrito que debe cumplirse?

–           La reunión de todo Israel bajo la enseñanza de la palabra del Mesías. Soy el Pastor de quién hablan los Profetas…

Jesús está inspirado. Judas lo contempla admirado. La gente se acerca atraída por la imponencia diversa de ambos, que son muy altos y varonilmente muy hermosa.

Jesús mira sonriendo con su inefable dulzura a la pequeña multitud. Se va hacia un pórtico y se apoya en una columna. Y empieza a hablar…

Y Judas se convierte en el mejor agente publicitario; pues empieza a decir a diestra y siniestra, a todo el que puede:

–           Es el Mesías el que os está hablando. Os lo aseguro. Yo lo conozco y soy su primer discípulo. Pedidle algún milagro. Él es muy poderoso. Cura. Lee los corazones. Responde a todas las dificultades…

Y con esta promoción empieza la demanda de milagros, cuando Jesús termina de predicar.

Jesús sonríe y cumple ampliamente con todas las expectativas de los que esperan en Él. Después, los dos van a orar al lugar más cercano al Santo de los Santos, como les está permitido a los israelitas varones. Luego salen del Templo.

Judas quiere quedarse con Jesús pero encuentra la oposición del Maestro:

–            Judas, deseo estar solo en las horas de la noche. Es cuando mi espíritu obtiene su alimento del Padre. Tengo más necesidad de la Oración, Meditación y soledad; que del alimento corporal. El que quiera vivir por el espíritu y quiera llevar a otros a que vivan la misma vida, debe posponer la carne. Diría casi matarla, para cuidar solo del espíritu. Todos, sábelo Judas; también tú; si quieres ser solamente de Dios, o sea, de lo sobrenatural.

–            Pero, Maestro. Nosotros pertenecemos todavía a la tierra. ¿Cómo podemos dejar de pensar en la carne y pensar solo en el espíritu? ¿No está en contradicción lo que dices con el Mandamiento de Dios: No matarás? ¿No se incluye en él, no suicidarse?… Si la vida es un don de Dios debemos amarla ¿O no?

–            Te responderé, como no respondería a una persona sin preparación; a la que le basta levantar la mirada del alma o de la mente a esferas sobrenaturales, para elevarse a los reinos del espíritu. Tú no eres un simple. Te has formado en ambientes que te han pulido… pero también te han manchado, con sus sutilezas y doctrinas. Judas ¿Te acuerdas de Salomón? Era sabio. El más sabio de aquellos tiempos. Recuerdas que después de haber conocido todo el saber humano, dijo: no hay más que vanidad. Todo es vanidad. Tener a Dios y observar sus Mandamientos; para el hombre, esto lo es todo. Ahora bien, te digo que es menester saber tomar lo que se come; es decir, que sea alimento y no veneno. Si algo nos hace daño, lo mejor es no comerlo; aun cuando sea agradable al paladar. Es mejor pan y agua de la fuente, que los manjares de la mesa del rey, en los que hay drogas que perturban y envenenan.

–            ¿Qué debo dejar, Maestro?

–            Todo lo que sabes que te hace daño. Dios es Paz y si quieres ponerte en el sendero de Dios; debes escombrar tu mente, tu corazón y tu carne, de todo lo que no es paz y te turba. Sé que es difícil reformarse a sí mismo; pero Yo estoy aquí para ayudarte a hacerlo. Estoy aquí para ayudar al hombre a que se haga hijo de Dios; a volver a crearse por medio de una segunda creación, en una autogénesis que él mismo quiere.

Y te responderé a lo que me preguntabas, para que no digas que quedaste en un error por culpa mía. Es verdad que suicidarse es lo mismo que matar. Sea la vida propia o la de otro. La vida es don de Dios y solo Dios que la dio, tiene el poder de quitarla. Quién se mata muestra su soberbia y Dios odia la soberbia.

–            ¿Muestra la soberbia? Yo diría más bien que la desesperación.

–            ¿Y qué es la desesperación, sino soberbia? Mira Judas, ¿Por qué alguien se desespera? Porque las desgracias se recrudecen contra él y se quiere por sí solo vencerlas, pero no se puede. O también porque siendo culpable, cree que Dios no puede perdonarlo. En el primero y el segundo casos, ¿No es acaso reina la soberbia? El que cree que por sí mismo puede hacer algo y no tiene la humildad para extender su mano al Padre y decirle: “No puedo, pero Tú si puedes. Ayúdame porque de Ti lo espero todo.” O bien el que dice: “Dios no puede perdonarme.” Lo dice porque midiendo a Dios consigo mismo, piensa que Dios no perdonaría, porque él tampoco si fuera el ofendido, no lo haría. En otras palabras, también esto es soberbia. El humilde compadece y perdona, aun cuando sufra por haber sido ofendido. El soberbio no perdona. Es soberbio porque no sabe doblar la frente y decir: “Padre, he pecado. Perdona a tu hijo culpable.” ¿No sabes Judas que el Padre perdonará a cualquiera que con corazón sincero y contrito, humilde y decidido a levantarse en el bien, lo pida?

Judas objeta:

–            Pero ciertos pecados no son perdonados. ¡No lo pueden ser!

–            Lo dices tú. Y será verdad porque el hombre así lo quiere. Pero en verdad, ¡Oh! En verdad te digo que aún después del Crimen más grande que puedas imaginarte, si el culpable corre a los pies del Padre infinitamente Perfecto y llorando le pidiese perdón. Le ofreciese expiación, pero sin desesperarse. El Padre le daría la manera de expiar, para merecer su perdón y salvar su alma. 

–            Siendo así, estás diciendo que quienes cita la Escritura que se mataron, ¿Hicieron mal?

–                         No es lícito hacer violencia a nadie y ni siquiera a sí mismo. Hicieron mal.    Según su conocimiento relativo del bien; habrán conseguido en determinados casos, misericordia de Dios. Pero desde que el Verbo ha iluminado con la Verdad y dado fuerzas a las almas con su Espíritu, a partir de ese momento no será perdonado quien muera desesperado. Ni en el momento del Juicio Particular; ni después  de siglos de Gehena; ni en el Juicio Final. ¡Jamás!… ¿Es dureza de Dios ésta?… ¡No! ¡No! ¡Es Justicia!

Dirá Dios: “Tú, criatura dotada de razón y de ciencia sobrenatural, a quién crié libre; creíste poder seguir el sendero que escogiste y dijiste: Dios no me perdona. Estoy separado de Él para siempre. Juzgo que debo aplicarme la justicia debida a mi delito. Huyo de la vida para escapar de los remordimientos- Qué jamás los habrías tenido, si hubieras venido a mi pecho paternal. Y cómo haz juzgado, vete. No hago fuerza a la libertad que te di. Digo amén a lo que has querido.”

Esto es lo que dirá el Eterno al suicida. Piénsalo, Judas. La vida es un don y debe amarse. Pero ¿Qué clase de don es? Es un don santo y por eso debe amarse santamente. La vida dura, cuanto la carne es capaz de ella. Después empieza la vida grande, la vida eterna; que será de felicidad para los justos y de maldición para los injustos. ¿Es la vida fin o medio? Es medio. Sirve para el fin que es la eternidad. Por eso hay que dar a la vida lo que le sirve para la conquista del espíritu. Continencia de la carne en todos los aspectos. En todos. Continencia de la mente en todos sus deseos. En todos. Continencia del corazón en todas sus pasiones que saben a humano. Pero debe ser ilimitada en el ansia por las pasiones que llevan al Cielo: amor de Dios y del prójimo. Voluntad de servir a Dios y al prójimo. Obediencia a la Palabra Divina; heroísmo en el bien y en la virtud.

Te he respondido, Judas. ¿Te basta la explicación? Sé siempre sincero y pregunta, si no sabes lo suficiente. Estoy aquí para enseñarte.

Judas parece reflexionar. Y luego dice:

–           He comprendido y me basta. Pero… es muy difícil hacer lo que he comprendido. Tú puedes hacerlo porque eres Santo. Pero yo… Yo soy un hombre joven, lleno de vitalidad. Y de deseos de vivir…

–      He venido para los hombres, Judas. Y no para los ángeles. Ellos no tienen necesidad de Maestro, porque ven a Dios y viven en su Paraíso. No ignoran las pasiones de los hombres, porque la inteligencia que es su vida, les hace comprender todo. Y lo saben aun los que no son custodios del hombre. Pero espirituales como son, no podían tener más que un solo pecado. Como uno de ellos lo cometió y arrastró consigo a los menos fuertes en la Caridad: la Soberbia fue la flecha que manchó a Lucifer, el más hermoso de los arcángeles y lo convirtió en el Monstruo pavoroso del Abismo. No he venido para los ángeles; que después de la caída de Lucifer, se horrorizan tan solo de pensar en el orgullo. He venido para los hombres: Para hacer de ellos ángeles.

El hombre era la perfección de lo creado. Tenía de ángel el alma y del animal; la completa belleza de todas sus partes animales y morales. No existía creatura igual. Era el rey de la Tierra, como Dios es el Rey del Cielo. Y el último día que hubiese dormido sobre la Tierra; hubiera despertado como rey, con el Padre; en el Cielo.

Satanás ha arrebatado las alas al ángel-hombre y le ha puesto garras de fiera; deseos ardientes de inmundicia. Lo ha convertido en un hombre-demonio; más que hombre. Quiero borrar la mancha de Satanás. Destruir el hambre corrosiva de su carne manchada. Devolverle las alas al hombre y llevarlo otra vez para que sea rey, coheredero del Padre y del Reino Celestial.

Sé que el hombre, si realmente lo quiere; puede hacer todo lo que digo; para volver a ser rey y ángel. No os diré  que hagáis cosas que no podáis hacer. No soy uno de esos oradores que predican doctrinas imposibles. He tomado carne verdadera; para poder saber por experiencia de la carne, cuáles son las tentaciones del hombre.

Judas cuestiona:

–             ¿Y los pecados?

–             Tentados, todos pueden serlo. Pecadores; tan solo los que quieren serlo.

–             Jesús… ¿Jamás has pecado?

–             Jamás he querido pecar. Y esto no porque sea el Hijo del Hombre. Sino que      lo he querido y querré; para demostrar al hombre que el Hijo del Hombre no pecó; porque no quiso pecar y que el hombre si no lo quiere, puede también no pecar.

–              ¿Te has enfrentado alguna vez a las tentaciones?

–              Tengo treinta años, Judas. Y no he vivido ermitaño en la cueva de algún     monte, sino entre los hombres. Y aun cuando hubiese vivido en el lugar más solitario; ¿Crees que no hubiere llegado hasta ahí la Tentación?… Todos tenemos dentro de nosotros el Bien y el Mal. Sobre el bien sopla Dios y lo agita como incensario de agradables y sagrados trozos de incienso. Sobre el Mal sopla Satanás y lo convierte en una hoguera de ardientes pasiones. Pero el cuidado atento y la Oración constante, son arena húmeda sobre la Hoguera del Infierno: la sofoca y la domina.

–             Pero si jamás has pecado, ¿Cómo puedes juzgar a los pecadores?

–             Soy Hombre. Y Soy el Hijo de Dios. Cuanto pudiese ignorar como hombre   y juzgar mal; conozco y juzgo como Hijo de Dios. Y… ¡Por lo demás!…  ¡Respóndeme esto!… Uno que tiene hambre, sufre más cuando dice: “Más tarde me sentaré a comer” o cuando sabe: “No hay comida para mí.”

–             Sufre más en el segundo caso. Porque tan solo de saber que no tiene comida;   con sólo el olor de los platillos, la boca se le hace agua.

–            Entonces la Tentación es tan fuerte como este deseo, Judas. Satanás sabe hacerla más aguda y tentadora, para llevar a cabo cualquier acción. Después del hecho consumado, tal vez provoque náuseas. Pero la Tentación no consentida, no desaparece; sino que es como un árbol podado: produce más ramas.

–            ¿Y jamás has cedido?

–             Jamás he cedido.

–             ¿Cómo lo has logrado?

–             He dicho: “Padre, no me dejes caer en la Tentación…”

Judas lo mira completamente asombrado y exclama:

–                  ¡Cómo!… ¿Tú, el Mesías?… ¿Tú, que obras milagros?… ¿Has pedido la            ayuda del Padre?

–                 No tan solo ayuda. Le he pedido: no inducirme en tentación.  ¿Crees tú, que porque Yo sea Yo; puedo prescindir del Padre? ¡Oh! ¡No!… en verdad te digo que el Padre concede al Hijo todo. Pero también te digo, que el Hijo recibe todo del Padre. Y te digo que todo lo que se pidiere al Padre en mi Nombre: será concedido.

Pero mira que hemos llegado a Get-Sammi, donde vivo.  Ya se distinguen  más allá de las murallas los primeros olivos. Tú vives más allá de Tofet. La tarde ya baja. No te conviene subir más allá. Nos volveremos a ver mañana, en el mismo lugar. Adiós. La paz sea contigo.

–                  También a Ti la paz, Maestro… más te quería decir otra cosa. Te acompaño hasta el cedrón y después me regresaré. ¿Por qué estás en ese lugar tan humilde? ¿Sabes? La gente tiene en cuenta muchas cosas. ¿No conoces a alguien en la ciudad, que tenga una casa hermosa? Si quieres; yo puedo llevarte con amigos. Te hospedarán por la amistad que me tienen. Esos lugares, serán más dignos de Ti.

–                  ¿Así lo crees? Yo no lo creo. En todos los grupos hay dignos e indignos… Y sin faltar a la caridad, pero para no ofender a la Justicia; te digo que el indigno y el maliciosamente indigno; se encuentran frecuentemente entre los grandes. No es necesario; ni útil, ser poderoso; para ser bueno o para esconder el pecado a los ojos de Dios. Todo debe cambiarse bajo mi Señal. Y no será grande el que es poderoso; sino el que es humilde y santo.

–                  Pero para ser respetado. Para imponerse…

Jesús refuta:

–                             ¿Es acaso respetado Herodes?… ¿Lo es también César?… ¡No!.. Se les soporta y se les maldice con los labios y con los corazones. Créeme Judas; que entre los buenos o en los que tienen buena voluntad, sabré imponerme más con la modestia; que con el poderío.

–                             Pero entonces… ¿Despreciarás siempre a los poderosos? Te los harás enemigos. Pensaba hablar de Ti a muchos que conozco y que son famosos…

–                             Yo no desprecio a nadie. Iré a los pobres, como a los ricos. A los esclavos, como a los reyes. A los puros, como a los pecadores. Pero sí seré agradecido al que me dé pan y techo en mis fatigas. Cualquiera que sea el pan, cualquiera que sea el techo; preferiré siempre al que es humilde. Los grandes tienen de su parte, muchas alegrías. Los pobres no tienen más que su conciencia recta; un amor fiel, sus hijos y el saber que éstos los escuchan. Siempre me inclinaré hacia los pobres, los afligidos y los pecadores. Te agradezco tus buenos sentimientos; pero déjame en paz, en este lugar de paz y de oración… Vete. Y que Dios te inspire lo que esté bien.

Jesús deja al nuevo discípulo y se interna entre los olivos….

 HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

CUARTO MISTERIO DE GLORIA


LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

María revela:

¿Morí yo? SI. Si se quiere llamar muerte a la separación del espíritu del Cuerpo. NO. Si por muerte se entiende la separación del alma vivificadora del cuerpo y que provoca la corrupción de la materia.

Era el atardecer del viernes. Juan y yo hablábamos de Jesús, del Padre, del Reino de los Cielos…  Y nuestro espíritu volaba en pos de la Esencia de la Vida: DIOS.

En aquella tarde se unió al Fuego Ardiente que consumía mi espíritu por elevarme hasta Dios, una dulce languidez. Una misteriosa sensación de alejamiento de la materia, de lo que estaba alrededor. Era como si el cuerpo se durmiera, mientras la mente se sumergía en divinos resplandores.

Juan, amoroso y prudente; mi hijo adoptivo de acuerdo a la Voluntad de Jesús, me invito con dulzura a que descansara en mi lecho y se puso a orar cerca de mí. El ultimo sonido que oí en la tierra, fueron las palabras del virgen Juan. Él fue el único testigo de este dulce misterio. Me envolvió en el manto blanco, sin quitarme los vestidos ni el velo. Sin lavar el cuerpo, ni embalsamarlo. Yo ya le había dado instrucciones de lo que tenía que hacer. Y el ya sabía que yo no me corrompería.

Pensó en avisar a los demás apóstoles, para que me viese por última vez. Pero eran otros los designios de Dios. Bueno y justo para todos los creyentes; le envolvió en un profundo sueño para ahorrarle el dolor de ver como también mi cuerpo iba a serle quitado y regalo una verdad más, para que creyesen en la Resurrección de la Carne; en el Premio de la Vida Eterna y Dichosa.

En Jesús y en mi esta la promesa que espera a todos los bienaventurados. Mi espíritu estaba en adoración ante el Trono de Dios, cuando los ángeles sacaron mi cuerpo de la casita donde viví los últimos años sobre la tierra. CON AYUDA ANGELICA FUI ASUNTA LA CIELO EN CUERPO Y ALMA.

Me desperté de este místico sueño, en el momento en que mi espíritu se volvió a unir; pero ya en la Presencia de Dios, porque mi carne había alcanzado ya la perfección de los Cuerpos Glorificados.

Y AME Y ADORE A MI HIJO Y A MI SEÑOR UNO Y TRINO, COMO ES EL DESTINO DE TODOS LOS ETERNOS VIVIENTES.

Un éxtasis fue la concepción de mi Hijo. Un éxtasis aún mayor el darlo a luz. El éxtasis de los éxtasis fue mi tránsito de la Tierra al Cielo. Sólo durante la Pasión ningún éxtasis hizo soportable mi atroz sufrimiento.

La casa en que se produjo mi Asunción se debió a uno de los innumerables actos de generosidad de Lázaro para con Jesús y su Madre: la pequeña casa del Getsemaní, cercana al lugar de la Ascensión. Inútil es buscar los restos. Durante la destrucción de Jerusalén, por obra de los romanos, fue devastada y sus ruinas fueron dispersadas durante el transcurso de los siglos.

De la misma forma que para mí fue un éxtasis el nacimiento de mi Hijo y que, del rapto en Dios que en aquella hora se apoderó de mí, volví a la presencia de mí misma y a la Tierra teniendo ya a mi Hijo en los brazos, así mi impropiamente llamada “muerte” fue un rapto en Dios.

Mi muerte no fue la muerte dolorosa del que no tiene fe, sino un Rapto en Dios. Confiando en la Promesa que tuve en Pentecostés, yo pensaba en la última venida del Amor, cuando me llevaría con EL… Tendría un aumento del Fuego del Amor que ardía en mí y no me equivoque.

Cuanto más se acercaba el momento en que se me iba la vida, tanto más aumentaba el deseo de unirme a Dios. Deseaba ardientemente estar con mi Hijo y tenía la certeza de que jamás podría hacer tanto en favor de mis hijos de la Tierra; como intercediendo por ellos, orando a los pies del Trono de Dios.

Mi alma gritaba cada vez más fuerte: ¡Ven Señor Jesús! ¡Ven Amor Eterno!

La Eucaristía era el agua que saciaba mi sed de Dios; pero cuanto más pasaba el tiempo, más se hacía insuficiente para satisfacer el ansia incontenible de mi corazón. No me bastaba ya recibir a Jesús en las Sagradas Especies. Todo mi ser clamaba por el Dios Uno y Trino: pero no bajo los velos que escogió Jesús para esconder el inefable Misterio de Fe. Y en cada Encuentro Eucarístico, me llamaba con ternura infinita: ¡MAMA!

Y también percibía igualmente las ansias de mi Hijo por tenerme consigo. No deseaba yo otra cosa.

Ni siquiera existía ya en mí el deseo de tutelar a la Naciente Iglesia, en los últimos tiempos de mi existencia mortal.

Todo lo anulaba el deseo de poseer a Dios. Porque estaba segura de que todo lo podría cuando lo poseyera.

Llegad, Cristianos hijos de mi Hijo, a este Amor Total.

Que todo lo terrenal pierda su valor. Mirad solo a Dios. Cuando lleguéis a este punto; Dios se inclinara sobre vuestro espíritu para instruirlo primero y después tomarlo. Vosotros subiréis con EL para conocerlo y amarlo por toda una feliz eternidad.

Y estaremos todos unidos en el Amor: ADORANDO AL AMOR.

Dice Jesús:

–          Hay diferencia entre que el alma se separe del cuerpo por verdadera muerte y que momentáneamente el espíritu se separe del cuerpo y del alma vivificante por un éxtasis o rapto contemplativo.

El que el alma se separe del cuerpo provoca la verdadera muerte, pero la contemplación extática o sea, la temporal evasión del espíritu fuera de las barreras de los sentidos y de la materia, no provoca la muerte. Y ello porque el alma no se aleja y separa totalmente del cuerpo, sino que lo hace sólo con su parte mejor, que se sumerge en los fuegos de la contemplación.

Llegada su última hora, como una azucena cansada que, después de haber exhalado todos sus aromas, se pliega bajo las estrellas y cierra su cáliz de candor, María, mi Madre, se recogió en su lecho y cerró los ojos a todo lo que la rodeaba, para recogerse en una última, serena contemplación de Dios.

Velando reverente su reposo, el ángel de María esperaba ansioso que el éxtasis urgente separara ese espíritu de la carne, durante el tiempo designado por el decreto de Dios y lo separara para siempre de la Tierra, mientras ya del Cielo descendía el dulce e invitante imperativo de Dios.

Inclinado también Juan ángel terreno, hacia ese misterioso reposo, velaba a su vez a la Madre que estaba para dejarlo.

Y cuando la vio extinguida siguió velando, para que, no tocada por miradas profanas y curiosas, siguiera siendo, incluso más allá de la muerte, la inmaculada Esposa y Madre de Dios que tan plácida y hermosa dormía. Una tradición dice que en la urna de María, abierta por Tomás, se encontraron sólo flores. Pura leyenda. Ningún sepulcro engulló el cadáver de María, porque nunca hubo un cadáver de María, según el sentido humano, dado que María no murió como todos los que tuvieron vida.

Ella se había separado, por decreto divino, sólo del espíritu y con éste que la había precedido, se unió de nuevo su carne santísima. Invirtiendo las leyes habituales, por las cuales el éxtasis termina cuando cesa el rapto, o sea, cuando el espíritu vuelve al estado normal, fue el cuerpo de María el que se unió de nuevo con el espíritu, después de la larga permanencia en el lecho fúnebre.

Todo es posible para Dios. Yo salí del Sepulcro sin ayuda alguna; sólo con mi poder. María vino a mí, a Dios, al Cielo, sin conocer el sepulcro con su horror de podredumbre y lobreguez. Es uno de los más fúlgidos milagros de Dios. No único, en verdad, si se recuerda a Enoc y a Elías, (Génesis 5, 24; Eclesiástico 44, 16; 49, 14 (para Enoc); 2 Reyes 2, 1-13; Eclesiástico 48, 9 para Elías) quienes, por el amor que el Señor les tenía, fueron raptados de la Tierra sin conocer la muerte, y fueron transportados a otro lugar, a un lugar que sólo Dios y los celestes habitantes de los Cielos conocen. Justos eran, y, de todas formas, nada respecto a mi Madre, la cual es inferior en santidad sólo a Dios.

Por eso no hay reliquias del cuerpo y del sepulcro de María, porque María no tuvo sepulcro, y su cuerpo fue elevado al Cielo.

*******

María, en su pequeño cuarto situado arriba en la terraza, totalmente vestida enteramente de cándido lino (la túnica, el manto y el velo sutilísimo que le pende de la cabeza), está ordenando sus vestidos y los de Jesús, que siempre ha conservado. De los suyos, toma la túnica y el manto que tenía en el Calvario; de los de su Hijo, una túnica de lino que Jesús acostumbraba a llevar en los días veraniegos y el manto encontrado en el Getsemaní, todavía manchado de la sangre brotada con el sudor sanguíneo de aquella hora tremenda.

Los dobla y besa el manto ensangrentado de su Jesús. Luego se dirige hacia el arca en que están ya desde hace años, recogidas y conservadas las reliquias de la última Cena y de la Pasión.

Está cerrando el arca cuando  entra Juan preguntándole:

–           ¿Qué haces, Madre?

Maria responde:

–           He ordenado todo lo que conviene conservar. Todos los recuerdos… Todo lo que constituye un testimonio de su amor y dolor infinitos.

Juan se acerca a Ella y dice:

–           ¿Por qué, Madre, volverte a abrir las heridas del corazón viendo de nuevo esas cosas tristes? Sufres viéndolas, porque estás pálida y tu mano tiembla – como temiendo que tan pálida y temblorosa como está- pueda sentirse mal y caer al suelo.

–           ¡Oh, no es por eso por lo que estoy pálida y tiemblo! No es porque se me abran de nuevo las heridas… que, en verdad, nunca se han cerrado completamente. En realidad, siento en mí paz y gozo, una paz y un gozo que nunca han sido tan completos como ahora.

–           ¡Nunca como ahora! No entiendo… A mí el ver esas cosas, llenas de atroces recuerdos, me hace renacer la angustia de aquellas horas. Y yo soy sólo un discípulo suyo; tú eres su Madre…

Y por eso debería sufrir más, quieres decir. Y humanamente, no yerras. Pero no es así. Yo estoy acostumbrada a soportar el dolor de las separaciones de Él. Siempre dolor porque su presencia y cercanía eran mi Paraíso en la Tierra. Pero también siempre con buena disposición y serenamente sufridas, porque todos sus actos respondían a la Voluntad del Padre suyo, eran actos de obediencia a la Voluntad divina y  yo lo aceptaba porque yo también he obedecido siempre a los deseos y planes de Dios para mí. Cuando Jesús me dejaba, sufría… ¡Claro! Me sentía sola. El dolor que sufrí cuando siendo niño, me dejó ocultamente por el debate con los doctores del Templo, sólo Dios lo ha medido en su más auténtica intensidad. Y tampoco lo retuve cuando me dejó para manifestarse como Maestro… y ya había enviudado de José y estaba sola en una ciudad que, excepción hecha de muy pocas personas, no me quería. Yo sufría cuando me dejaba para ir al mundo; a ese mundo que le era hostil, a ese mundo tan pecador, que el hecho de vivir en él le resultaba ya un sufrimiento…  ¡Pero, cuánta alegría cuando volvía! Era una alegría tan profunda, que me compensaba setenta veces siete el dolor de la separación.

Desgarrador fue el dolor de la separación que siguió a su Muerte, pero ¿con qué palabras podré expresar el gozo que sentí cuando se me apareció resucitado? Inmensa fue la pena de la separación por su regreso al Padre, una pena sin término hasta que termine mi vida terrena. Ahora experimento el inmenso gozo igual como inmensa ha sido la pena; porque siento que mi vida toca a su fin. He hecho cuanto debía hacer. He terminado mi misión terrena. La otra; la celeste, no tendrá fin. Dios me ha dejado en esta Tierra hasta que he consumado yo también, como mi Jesús; todo lo que debía consumar. Y tengo dentro de mí esa secreta alegría; única gota de bálsamo en medio de sus amarguísimos, finales y atroces sufrimientos, que tuvo Jesús cuando pudo decir: “Todo está consumado”.

–           ¿Alegría en Jesús? ¿En aquella hora?

–           Sí, Juan. Una alegría incomprensible para los hombres, pero comprensible para los espíritus que ya viven en la luz de Dios y ven las cosas profundas, escondidas bajo los velos que el Eterno corre sobre sus secretos de Rey. Gracias a esa luz Yo, tan angustiada como estaba; profundamente turbada por lo que estaba sucediendo… Asociada a mi Hijo en el abandono en las manos del Padre, no comprendí en esos momentos. La Luz se había apagado para el mundo y también para mí. No por un justo castigo; sino porque debiendo ser la Corredentora, yo también debía padecer la angustia del abandono de los consuelos divinos, la tiniebla, la desolación, la tentación de Satanás de que no creyera ya posible lo que Él había dicho… Todo lo que Él padeció en el espíritu desde el jueves hasta el viernes. Pero luego comprendí…. Cuando la Luz resucitada para siempre, se me apareció, comprendí. Todo. Incluso la secreta, la final alegría de Cristo cuando pudo decir: “Todo lo que el Padre quería que llevara a cabo lo he cumplido. He colmado la medida de la caridad divina amando al Padre hasta el sacrificio de mí mismo, amando a los hombres hasta morir por ellos. Todo lo que debía llevar a cabo lo he cumplido. Muero lacerado en mi carne inocente, pero contento en el espíritu”.

Yo también he cumplido todo lo que ab aeterno, estaba escrito que cumpliera. Desde la generación del Redentor hasta la ayuda a vosotros, sus sacerdotes, para que os formarais perfectamente. La Iglesia, actualmente, está formada y es fuerte. El Espíritu Santo la ilumina, la sangre de los primeros mártires la une sólidamente y multiplica. Mi ayuda ha cooperado en hacer de Ella un organismo santo, al que la caridad hacia Dios y hacia los hermanos alimenta y fortalece cada vez más y donde los odios, rencores, envidias, maledicencias, malvadas plantas de Satanás, no arraigan.

Dios está contento de ello y quiere que lo sepáis a través de mis labios, como también quiere que os diga que continuéis creciendo en la caridad para poder crecer en la perfección. Y lo mismo en número de cristianos y en potencia de doctrina. Porque la doctrina de Jesús es doctrina de amor. Porque la vida de Jesús y también la mía, estuvieron siempre guiadas y movidas por el amor. Ninguno fue rechazado por nosotros, a todos los perdonamos; sólo a uno no pudimos otorgarle el perdón porque él; siendo ya esclavo del Odio, no quiso nuestro amor sin límites.

Jesús, en su último adiós antes de la muerte, os mandó que os amarais los unos a los otros. Y os dio incluso la medida del amor que debíais guardaros, diciéndoos: “Amaos los unos a los otros como Yo os he amado. Por esto se sabrá que sois mis discípulos”.

La Iglesia, para vivir y crecer, tiene necesidad de la caridad. Caridad, sobre todo, en sus ministros. Si no os amarais entre vosotros con todas vuestras fuerzas y no amarais a vuestros hermanos en el Señor; la Iglesia se volvería estéril. Raquítica y escasa sería la nueva creación y la supercreación de los hombres: para el grado de hijos del Altísimo y coherederos del Reino del Cielo, porque Dios dejaría de ayudaros en vuestra misión.

Dios es Amor. Todos sus actos han sido actos de amor. Desde la Creación hasta la Encarnación, desde ésta hasta la Redención. Y desde ésta, hasta la fundación de la Iglesia y hasta la Jerusalén celestial, que recogerá a todos los justos para que exulten en el Señor. Te digo a ti estas cosas porque eres el Apóstol del amor y las puedes comprender mejor que los otros…

Juan la interrumpe diciendo:

–           También los otros aman y se aman».

–           Sí. Pero tú eres el Amante por excelencia. Cada uno de vosotros tuvo siempre una característica especial, como la tienen todas las criaturas. Tú entre los doce, fuiste siempre el amor, el puro y sobrenatural amor. Y ciertamente por ser tan puro amas tanto. ¿Y Pedro? Pedro fue siempre el hombre, el hombre auténtico e impetuoso. Su hermano Andrés, tuvo todo el silencio y timidez que el otro no tenía. Santiago tu hermano, impulsivo; tanto que Jesús lo llamó hijo del trueno. El otro Santiago primo hermano de Jesús, justo y heroico. Judas de Alfeo su hermano, noble y leal siempre; la descendencia de David era evidente en él. Felipe y Bartolomé eran los tradicionalistas. Simón Zelote, el prudente. Tomás, el pacífico. Mateo, el hombre humilde que teniendo presente su pasado, trataba de pasar inadvertido.

Y Judas de Keriot ¡ay!, la oveja negra del rebaño de Cristo, la serpiente que recibió el calor de su amor, fue siempre el satánico embustero. Pero tú, todo tú amor, puedes comprender mejor y ser voz de amor para todos los otros; para los lejanos, para transmitirles este último consejo mío. Les dirás que se amen y que amen a todos, incluso a sus perseguidores, para ser una sola cosa con Dios, como yo lo fui, hasta el punto de merecer ser elegida esposa del Amor eterno para concebir a Cristo. Yo me he entregado a Dios sin medida, aun comprendiendo desde el primer momento cuánto dolor me vendría por ello. Los profetas estaban presentes en mi mente y sus palabras la luz divina me las hacía clarísimas.

Por tanto, desde mi primer “Fiat” al Ángel, supe que me consagraba al mayor de los dolores que madre alguna pudiera padecer. Pero nada puso límite a mi amor. Porque yo sé que el amor es  para cualquiera que lo use; fuerza, luz, imán que atrae hacia arriba, fuego que purifica y hace hermoso todo lo que enciende y transforma y transhumana a todos los que ciñe en su abrazo.

Sí, el amor es realmente llama que destruyendo todo lo caduco, hace del hombre;  aunque se trate de un desecho, un detrito, una escoria de hombre,  un espíritu purificado y digno del Cielo. ¡Cuántos desechos, cuántos hombres manchados, corroídos, acabados, encontraréis en vuestro camino de evangelizadores! No despreciéis a ninguno de ellos. Antes al contrario amadlos, para que nazcan al amor y se salven. Infundid en ellos la caridad. Muchas veces el hombre se hace malo porque nadie lo amó nunca o lo amó mal. Vosotros amadlos para que el Espíritu Santo vaya de nuevo a vivir después de la purificación; en esos templos vaciados y ensuciados por muchas cosas.

Dios, para crear al hombre no tomó un ángel, ni materia selecta; tomó barro, la materia más abyecta. Luego infundiendo en ella su soplo; su amor, elevó la materia abyecta al excelso grado de hijo adoptivo de Dios. Mi Hijo en su camino, encontró muchos seres humanos caídos en el fango y que eran verdaderos despojos. No los pisó con desprecio. A1 contrario, con amor los recogió y acogió y los transformó en elegidos del Cielo. Recordad esto siempre. Y actuad como Él actuó. Recordad todo, hechos y palabras de mi Hijo. Recordad sus dulces parábolas, ponedlas en práctica y escribidlas para que tengan constancia de ellas los que vengan después hasta el final de los siglos; para que sean siempre guía de los hombres de buena voluntad para que consigan la vida y gloria eternas. No podréis repetir todas las luminosas palabras de la eterna Palabra de Vida y Verdad; pero escribid cuantas más podáis escribir.

El Espíritu de Dios, que descendió sobre mí para que diera al Salvador al mundo y que descendió también sobre vosotros en dos ocasiones, os ayudará a recordar y a hablar a las gentes de forma que las convirtáis al verdadero Dios. Continuaréis así la maternidad espiritual que empecé yo en el Calvario para dar muchos hijos al Señor. Y el propio Espíritu, hablando en los hijos del Señor de nuevo creados, los fortalecerá de tal manera, que para ellos será dulce el morir entre tormentos; padecer el destierro y la persecución, con tal de confesar su amor a Cristo y unirse a Él en el Cielo, como ya hicieron Esteban, Santiago y otros más… Cuando estés solo, salva esta arca…

Juan palidece y se turba. Más desencajado desde que María dijo  que siente cumplida su misión.

La interrumpe exclamando y preguntando:

–           ¡Madre! ¿Por qué dices esto? ¿Te sientes mal?

–           No.

–           ¿Entonces es que quieres dejarme?

–           No. Estaré contigo mientras esté en la Tierra. Pero prepárate, Juan mío, a estar solo.

–           ¡Pero, entonces es que te sientes mal y quieres ocultármelo!…

–           No, créeme. Nunca me he sentido con tantas fuerzas, con tanta paz, con tanta alegría, como ahora. Tengo dentro de mí un gozo tal, una tan gran plenitud de vida sobrenatural, que… Sí, que pienso que no podré soportarla siguiendo viva. Además, no soy eterna. Debes comprenderlo. Eterno es mi espíritu; la carne, no y está sujeta como todo cuerpo humano, a la muerte.

–           ¡No! ¡No! No digas eso. ¡Tú no puedes, no debes, morir! ¡Tu cuerpo inmaculado no puede morir como el de los pecadores!

–           Estás en un error, Juan. ¡Mi Hijo murió! Yo también moriré. No conoceré la enfermedad, la agonía, el angustioso sufrimiento de la muerte. Pero morir, moriré. Y has de saber hijo mío, que tengo un deseo mío total desde que Él me dejó, es la primera vez que prevalece, la primera voluntad mía. Todas las otras cosas de mi vida no fueron sino consentimiento de mi voluntad a la Voluntad divina. Voluntad de Dios, puesta por Él mismo en mi corazón de niña, fue el querer ser virgen; voluntad suya, mi boda con José; voluntad suya, mi Maternidad virginal y divina. Todo en mi vida ha sido voluntad de Dios y obediencia mía a su voluntad. Pero ésta, la voluntad de querer unirme de nuevo a Jesús, es voluntad del todo mía. ¡Dejar la Tierra por el Cielo, para estar con Él eterna y continuamente! ¡Mi deseo de hace ya muchos años! Y ahora siento que ya se va a hacer realidad. ¡No te turbes de esa manera, Juan! Escucha, mis últimos deseos. Cuando mi cuerpo, ausente ya de él el espíritu vital, yazca en paz, no me sometas a los embalsamamientos habituales entre los hebreos. Ya no soy la hebrea, sino la cristiana, la primera cristiana, porque fui la primera que tuvo a Cristo, Carne y Sangre en mí, porque fui su primera discípula, porque fui con Él Corredentora y continuadora suya aquí entre vosotros, siervos suyos.

Ningún ser humano, excepto mi padre y mi madre y los que asistieron a mi nacimiento, vio mi cuerpo. Tú a menudo me llamas: “Arca verdadera que contuvo a la Palabra divina”. Ahora bien, tú sabes que sólo el Sumo Sacerdote puede ver el Arca. Tú eres sacerdote y mucho más santo y puro que el Pontífice del Templo. Pero yo quiero que sólo el eterno Pontífice pueda ver en su debido momento, mi cuerpo. Por eso, no me toques. Además… ya ves que me he purificado y me he puesto la túnica pura, el vestido de los esponsales eternos… Pero, ¿Por qué lloras, Juan?

–           Porque la tempestad del dolor se desencadena dentro de mí. ¡Me doy cuenta de que voy a perderte pronto! ¿Cómo podré vivir sin ti? ¡Siento desgarrárseme el corazón ante este pensamiento! ¡No resistiré este dolor!

–           Resistirás. Dios te ayudará a vivir y mucho tiempo, como me ayudó a mí. Porque si Él no me hubiera ayudado en el Gólgota y en el Monte de los Olivos, cuando Jesús murió y cuando Jesús ascendió al Cielo habría muerto, como murió Isaac. Te ayudará a vivir y a recordar todo lo que te he dicho antes, para el bien de todos.

–           ¡Oh, lo recordaré todo! Y haré todo lo que deseas y lo que has dicho respecto a tu cuerpo. Yo también comprendo que los ritos hebreos para ti ya no sirven. Para ti cristiana, para ti  la Purísima que estoy seguro de ello, no conocerá en su carne la corrupción. No puede tu cuerpo, deificado como ningún otro cuerpo de mortal, por no haber tenido Pecado original y porque además de la plenitud de la Gracia contuviste en ti a la Gracia misma: al Verbo; por lo cual tú eres la más verdadera reliquia suya,  conocer la descomposición, la podredumbre de toda carne mortal. Será éste el último milagro de Dios a ti, en ti. Serás conservada cómo eres ahora…

–           ¡No sigas llorando! – exclama María mirando a la cara desencajada, enteramente bañada en lágrimas, del apóstol. Y añade- Si voy a conservarme como soy ahora, no me perderás. ¡Así que no te angusties!

–           Te perderé de todas formas, aunque permanezcas incorrupta. Y me siento como atrapado por un huracán de dolor, un huracán que me quebranta y me abate. Tú eras mi todo, especialmente desde la muerte de mis padres y desde que los otros hermanos de sangre y de misión, están lejos, incluido el queridísimo Margziam al que Pedro ha tomado consigo. ¡Ahora me quedaré solo y en medio de la más fuerte tempestad! – y Juan cae a sus pies, llorando aún más fuertemente.

María se inclina hacia él, le pone una mano sobre la cabeza, que se mueve por los sollozos y le dice:

–          No. Así no. ¿Por qué me das dolor? Tan fuerte como fuiste al pie de la Cruz… ¡Y era una escena de horror sin igual, por la intensidad del martirio y por el odio satánico del pueblo! ¡¿Tan fuerte, tan consolador para Él y para mí, en aquel momento… y hoy, en el atardecer de un sábado tan sereno y sosegado y ante mí, que exulto por el inminente gozo que presiento, te turbas de esta manera?! Cálmate. Imita a todo lo que nos rodea, a todo lo que está dentro de mí; es más: únete a ello. Todo es paz. Ten paz tú también. Sólo los olivos rompen, con su leve murmullo  la calma absoluta de esta hora. Pero ¡es tan dulce este susurro, que parece un vuelo de ángeles en torno a la casa! Y quizás están realmente los ángeles, porque siempre los ángeles estuvieron cerca de mí. Uno o muchos, cuando me encontraba en un momento especial de mi vida. Estuvieron en Nazaret cuando el Espíritu de Dios hizo fecundo mi seno virgen. Y estuvieron con José cuando estaba turbado y titubeante, por mi estado y respecto a cómo comportarse conmigo. Y en Belén en dos ocasiones: cuando nació Jesús y cuando tuvimos que huir a Egipto. Y en Egipto, cuando nos dieron la orden de volver a Palestina.

Y a las pías mujeres -si no a mí, fue porque el propio Rey de los ángeles había venido a mí- se les aparecieron ángeles en el amanecer del primer día después del sábado y dieron la orden de decirte a ti y de decirle a Pedro lo que debíais hacer. Ángeles y luz siempre, en los momentos decisivos de mi vida y de la de Jesús. Luz y ardor de amor que descendiendo del trono de Dios a mí su sierva y subiendo de mi corazón a Dios, mi Rey y Señor, nos unían a mí con Dios y a Dios conmigo, para que se cumpliera todo lo que estaba escrito que había de cumplirse.  Y también para crear un velo de luz extendido sobre los secretos de Dios, de forma que Satanás y sus siervos no conocieran antes del tiempo justo, el cumplimiento del misterio sublime de la Encarnación. También en este atardecer siento aunque no los vea, a los ángeles en torno a mí.

Y siento que crece en mí, dentro de mí, la luz. Una irresistible luz, como la que me envolvió cuando concebí al Cristo, cuando 1o di al mundo; luz que viene de un impulso de amor más poderoso que el habitual en mí. Por una potencia de amor similar a ésta, arrebaté antes del tiempo del Cielo al Verbo, para que fuera el Hombre y Redentor. Por una potencia de amor como la que me acomete en este anochecer, espero ser raptada por el Cielo y que el Cielo me lleve al lugar a donde deseo ir con mi espíritu, para cantar eternamente con el pueblo de los santos y los coros de los ángeles, mi imperecedero “Magníficat” a Dios por las grandes cosas que ha hecho en mí, su sierva.

–          No sólo con el espíritu, probablemente. Y a ti te responderá la Tierra, la cual con sus pueblos y naciones te glorificará y te honrará mientras el mundo exista, como bien predijo, aunque veladamente, de ti Tobit, (Tobías 13, 13-18) porque la que verdaderamente ha llevado en sí al Señor eres tú y no el Santo de los Santos. Tú has dado a Dios tú sola, tanto amor cuanto no le han dado todos los Sumos Sacerdotes y todos los otros del Templo en siglos y siglos. Un amor ardiente y purísimo. Por eso, Dios te hará beatísima.

–          Y cumplirá mi único deseo, mi única voluntad. Porque el amor cuando es tan total, que es casi perfecto como el de mi Hijo y Dios todo lo obtiene, incluso lo que para el juicio humano parecería imposible de obtenerse. Recuerda esto, Juan. Y di también esto a tus hermanos: ¡Seréis muy hostigados! Obstáculos de todo tipo os harán temer una derrota, matanzas por parte de los perseguidores, deserción por parte de cristianos de moral… iscariótica deprimirán vuestro espíritu.

No temáis. Amad y no temáis. En la proporción de vuestro modo de amar Dios os ayudará y os hará triunfar sobre todo y sobre todos. Todo obtiene el que se hace serafín. Entonces el alma, esa admirable, eterna esencia que es el mismo soplo de Dios por Él infundido en nosotros, se proyecta poderosamente hacia el Cielo, cae como llama a los pies del divino trono, habla con Dios y es escuchada por Dios y obtiene del Omnipotente lo que desea. Si los hombres supieran amar como ordena la antigua Ley y como amó y enseñó a amar mi Hijo, todo lo obtendrían. Yo amo así. Por eso siento que dejaré de estar en la Tierra, yo por exceso de amor, como Él murió por exceso de dolor. La medida de mi capacidad de amar está colmada. ¡Mi alma y mi carne no pueden ya contenerla! El amor rebosa de ellas, me sumerge y al mismo tiempo me eleva hacia el Cielo, hacia Dios, mi Hijo. Y su voz me dice: “¡Ven! ¡Sal! ¡Sube a nuestro trono y a nuestro trino abrazo!”. ¡La Tierra, todo lo que me rodea, desaparece en la gran luz que del Cielo me viene! ¡Los sonidos quedan cubiertos por esta voz celestial! ¡Ha llegado para mí la hora del abrazo divino, Juan mío!

Juan, que escuchando a María se había calmado un poco aunque permanecía turbado y que en la última parte de sus palabras la miraba extático, casi arrobado también él; palidísimo su rostro como el de María, cuya palidez de todas formas se va lentamente transformando en luz blanquísima, acude a ella para sujetarla mientras exclama:

–           ¡Tu aspecto es como el de Jesús cuando se transfiguró en el Tabor! ¡Tú carne resplandece como luna, tus vestiduras relucen como lastra de diamante colocada frente a una llama blanquísima! ¡Ya no eres humana, Madre! ¡La pesantez y la opacidad de la carne han desaparecido! ¡Eres luz! Pero no eres Jesús. Él, siendo Dios además de Hombre, podía sostenerse por sí solo en el Tabor, como aquí en el Monte de los Olivos en su Ascensión. Tú no puedes. No te sostienes. Ven. Te ayudo yo a reclinar en tu lecho tu cuerpo rendido y bienaventurado. Descansa.

Y  amorosísimamente, la lleva hasta el modesto lecho sobre el que María se extiende sin quitarse siquiera el manto.

Recogiendo los brazos sobre el pecho, celando sus dulces ojos fúlgidos de amor, con sus párpados, dice a Juan, que está inclinado hacia Ella:

–          Yo estoy en Dios y Dios está en mí. Mientras lo contemplo y siento su abrazo, di los salmos y todas las otras páginas de la Escritura que a mí se aplican especialmente en este momento. El Espíritu de Sabiduría te las indicará. Recita luego la oración de mi Hijo, repíteme las palabras del Arcángel anunciador y las que me dijo Isabel, y mi himno de alabanza… Yo te seguiré con todo lo que de mí tengo todavía en la Tierra…

Juan, luchando contra el llanto que le sube del corazón, esforzándose en dominar la emoción que le turba, con esa bellísima voz suya que con el paso de los años se ha hecho muy semejante a la de Cristo, lo cual observa María con una sonrisa, diciendo:

–          ¡Me parece como si tuviera a mi lado a mi Jesús! – entona el salmo 118 (lo recita casi por entero), luego los tres primeros versículos del 41, los ocho primeros del 38, el salmo 22 y el salmo 1. (En la “neo vulgata” se hallan, respectivamente, en: Salmo 119; Salmo 42, 1-3; Salmo 39, 1-8; Salmo 23; Salmo 1; Tobías 13; Eclesiástico 24) Dice luego el Padrenuestro, las palabras de Gabriel e Isabel, el cántico de Tobit, el capítulo 24 del Eclesiástico desde el verso 11 a146; por último, entona el Magníficat.

Pero cuando llega al noveno verso se da cuenta de que María ya no respira, aunque parece que durmiera; tranquila y sonriente, como si no hubiera advertido el cese de la vida.

Juan, con un grito desgarrador se arroja al suelo, contra la orilla del lecho y la llama. No quiere aceptar que Ella ya no puede responderle; que su cuerpo ya no tiene el alma vital. Pero tiene que rendirse ante la evidencia…

inclina hacia su cara, que ha quedado fija en una expresión de gozo sobrenatural y copiosas lágrimas llueven de los ojos de Juan para caer sobre ese rostro delicado, sobre esas manos puras tan dulcemente cruzadas sobre el pecho. Es el único lavacro que recibe el cuerpo de María: el llanto del Apóstol del amor, de su hijo adoptivo por voluntad de Jesús.

Pasado el primer ímpetu de dolor Juan, recordando el deseo de María, recoge los extremos del amplio manto de lino y los del velo y extiende los primeros sobre el cuerpo y los segundos sobre la cabeza. María ahora asemeja a una estatua de cándido mármol extendida sobre la tapa de un sarcófago.

Juan la contempla durante largo tiempo y mirándola, nuevas lágrimas caen de sus ojos. Luego acomoda los muebles, quita algunos y deja la cama; la pequeña mesa, contra la pared, sobre la que deposita el arca que contiene las reliquias; un taburete que coloca entre la puerta que da a la terraza y el lecho donde yace María. Enciende una lamparita, porque ya está anocheciendo. Presuroso baja al Getsemaní para recoger todas las flores que puede encontrar y ramas de olivo ya con olivas formadas. Vuelve a subir al pequeño cuarto y a la luz de la lamparita, coloca las flores y las ramas alrededor del cuerpo de María. Y el cuerpo queda como en el centro de una gran corona.

Mientras realiza esto, habla con María yacente, como si pudiera oírle. Dice (haciendo referencia al Cantar de los Cantares 2, 1-2; Eclesiástico 24, 14-17; Salmo 104, 13-15):

–           Fuiste siempre lirio de los valles, rosa suave, oliva especiosa, vía fructífera, espiga santa. Nos has dado tus perfumes, el óleo de la vida y el Vino de los fuertes y el Pan que preserva de la muerte al espíritu de quienes de él dignamente se nutren. Bien están en torno a ti estas flores, como tú sencillas y puras, como tú adornadas de espinas, como tú pacíficas… Ahora acercamos esta lamparita. Así, junto a tu lecho, para que te vele y me haga compañía mientras te velo, en espera de al menos uno de los milagros que espero, de los milagros por cuyo cumplimiento oro. El primero es que, según su deseo, Pedro y los otros a los que mandaré avisar a través del servidor de Nicodemo, puedan verte todavía una vez. El segundo es que tú; de la misma forma que en todo seguiste la suerte de tu Hijo, como Él te despiertes al tercer día, para no hacer de mí el dos veces huérfano. El tercero es que Dios me dé paz, si no se cumpliera lo que espero que en ti se cumpla, como se cumplió en Lázaro, que no era como tú.

Pero, ¿Y por qué no iba a cumplirse? Regresaron a la vida la hija de Jairo, el joven de Naím, el hijo de Teófilo… Verdad es que, entonces, obró el Maestro… Pero Él está contigo, aunque no en modo visible. Y tú no has muerto por enfermedad, como los resucitados por obra de Cristo. ¿Pero tú realmente has muerto? ¿Has muerto como todo hombre muere? No. Siento que no. Tu espíritu no está ya en ti, en tu cuerpo, y en ese sentido esto tuyo podría llamarse muerte. Pero, por el modo en que tu tránsito ha sucedido, pienso que esto no es sino una transitoria separación de tu alma, sin culpa y llena de gracia, de tu purísimo y virginal cuerpo. ¡Debe ser así! ¡Es así! Cómo y cuándo tendrá lugar de nuevo la unión y la vida volverá a ti, no lo sé. Pero estoy tan seguro de ello, que me quedaré aquí, a tu lado, hasta que Dios con su palabra o con su acción, me muestre la verdad sobre tu destino.

Juan, que ha terminado de colocar todas las cosas, se sienta en el taburete y contempla orando, a María yacente.

¿Cuántos días han pasado? Es difícil establecerlo con seguridad. A juzgar por las flores que forman una corona alrededor del cuerpo exánime, debería decirse que han pasado pocas horas. Pero si se juzga por las ramas de olivo sobre las cuales están las flores frescas, ramas con hojas ya lacias, y por las otras flores mustias puestas -cada una de ellas como una reliquia- sobre la tapa del arca, se debe concluir que ya han pasado algunos días.

Pero el cuerpo de María presenta el aspecto que tenía instantes después de haber expirado. Ninguna señal de muerte hay en su cara, ni en sus pequeñas manos. Ningún olor desagradable hay en la habitación; es más, aletea en ella un perfume indefinible, que huele a mezcla de incienso, lirios, rosas, muguetes y hierbas montañas. Juan, con la espalda apoyada en la pared, junto a la puerta abierta que da a la terraza. La luz de la lámpara, colocada en el suelo, lo ilumina de abajo hacia arriba y permite ver su rostro cansado, palidísimo, excepto en torno a los ojos, enrojecidos por el llanto.

Al rayar el alba de repente, una gran luz llena la habitación, una luz argéntea con tonalidades azules, casi fosfórica y aumenta sin cesar, anulando la del alba y la de la lamparita. Una luz igual que la que inundó la gruta de Belén en el momento de la Natividad divina. Luego, en esta luz paradisíaca, se hacen visibles criaturas angélicas (luz aún más espléndida en la luz, ya de por sí poderosísima, que ha aparecido antes). Como ya sucedió cuando los ángeles se aparecieron a los pastores, una danza de centellas de todos los colores surge de sus alas dulcemente agitadas, de las cuales procede un armónico susurro ornado de arpegios, dulcísimo.

Las criaturas angélicas se disponen en corona en torno al lecho, se inclinan hacia él, levantan el cuerpo inmóvil y, con un batir más fuerte de sus alas -que aumenta el sonido que antes existía-, por una abertura que se ha creado prodigiosamente en el techo (como prodigiosamente se abrió el Sepulcro de Jesús), se van, llevándose consigo el cuerpo santísimo de su Reina, pero aún no glorificado y por tanto, sujeto a las leyes de la materia, sujeción que no tuvo Cristo porque cuando resucitó de la muerte ya estaba glorificado. El sonido producido por las alas angélicas aumenta y ahora es potente como sonido de órgano.

Juan,  se despierta totalmente por ese sonido potente y por una fuerte corriente de aire que, descendiendo del techo destapado y saliendo por la puerta abierta, forma como un remolino que agita las cubiertas del lecho ya vacío y las vestiduras de Juan, y que apaga la lámpara y cierra, con un fuerte golpe, la puerta abierta.

El apóstol mira a su alrededor, todavía soñoliento, para percatarse de lo que está sucediendo. Se da cuenta de que el lecho está vacío y el techo está descubierto. Intuye que ha tenido lugar un prodigio. Sale corriendo a la terraza y levanta la cabeza protegiendo sus ojos con la mano para mirar sin el obstáculo del naciente Sol.

Y ve… Ve el cuerpo de María todavía inerte e igual en todo al de una persona que duerme. Lo ve subir cada vez más alto, sostenido por la multitud angélica. Como dirigiendo un último saludo, un extremo del manto y del velo se mueven, por la acción del viento producido por la rápida asunción y por el movimiento de las alas angélicas y unas flores que se habían quedado entre los pliegues de las vestiduras, llueven sobre la terraza y la tierra del Getsemaní, mientras el potente himno de alabanza de la multitud angélica se va haciendo cada vez más lejano y por tanto, más leve.

Juan sigue mirando fijamente a ese cuerpo que sube hacia el Cielo y por un prodigio que Dios le concede, para consolarlo por su amor a su Madre adoptiva, ve con claridad que María envuelta ahora por los rayos del Sol, que ya ha salido, sale del éxtasis que le ha separado el alma del cuerpo, vuelve a la vida y se pone en pie (porque ahora Ella también goza de los dones propios de los cuerpos glorificados).

Juan mira, mira… el milagro que Dios le concede ver a María como es ahora mientras sube en rapto hacia el Cielo, rodeada por los ángeles que entonan cantos de júbilo. Y Juan se ve raptado por esa visión de hermosura que ninguna pluma usada por mano humana, ninguna palabra humana ni obra alguna de artista podrán jamás describir o reproducir, porque es de una belleza indescriptible.

Juan, permanece apoyado en el antepecho de la terraza, sigue mirando que sube cada vez más. Y un último, supremo prodigio concede Dios-Amor a este perfecto amante suyo: el de ver el encuentro de la Madre Santísima con su Santísimo Hijo, quien desciende rápido del Cielo llega junto a su Madre, la abraza contra su corazón y  juntos, más refulgentes que dos astros mayores, con Ella regresa al lugar de donde ha venido.

La visión de Juan ha terminado. Baja la cabeza. En su rostro cansado están presentes el dolor por la pérdida de María y el júbilo por su glorioso destino. Pero ahora ya el júbilo supera al dolor.

Dice:

–           ¡Gracias, Dios mío! ¡Gracias! Presentía que habría sucedido esto. Y quería estar en vela para no perder ningún episodio de su Asunción. ¡Pero llevaba ya tres días sin dormir! El sueño, el cansancio, unidos al dolor, me han abatido y vencido en el momento en que era inminente la Asunción… Pero quizás Tú mismo lo has querido, oh Dios, para que no perturbara ese momento y no sufriera demasiado… Sí, sin duda, Tú lo has querido así, de la misma forma que ahora has querido que viera lo que sin un milagro tuyo no habría podido ver. Me has concedido verla otra vez, aun estando ya muy lejana, ya glorificada y gloriosa, como si estuviera cerca de mí. ¡Y ver de nuevo a Jesús! ¡Oh, visión beatísima, inesperada, insuperable! ¡Oh, don de los dones de Jesús-Dios a su Juan! ¡Gracia suprema! ¡Volver a ver a mi Maestro y Señor! ¡Verlo a Él junto a su Madre! ¡Él semejante a un Sol y Ella a una Luna, esplendidísimos ambos por su estado glorioso y por la felicidad de estar unidos de nuevo y eternamente! ¿Qué será el Paraíso, ahora que vosotros resplandecéis en él, vosotros, astros mayores de la Jerusalén celestial?

De los tres milagros que había pedido a Dios, dos se han cumplido. He visto volver la vida a María y siento que vuelve a mí la paz. Todas mis angustias cesan, porque os he visto unidos de nuevo en la gloria. Gracias por ello, oh Dios. Y gracias por haberme dado la forma de ver en una criatura humana, cuál es el destino de los santos, cual será después del último juicio y la resurrección de los cuerpos y su nueva unión, su fusión con el espíritu subido al Cielo a la hora de la muerte. No tenía necesidad de ver para creer. Porque siempre he creído firmemente en todas las palabras del Maestro. Pero muchos dudarán de que, después de siglos y milenios, la carne, convertida en polvo, pueda volver a ser cuerpo vivo. A éstos les podré decir, jurando por las cosas más excelsas, que no sólo Cristo volvió a la vida, por su propio poder divino, sino que también la Madre suya, tres días después de la muerte, si tal muerte puede llamarse muerte, reemprendió vida y con la carne unida de nuevo al alma, tomó su eterna morada en el Cielo, al lado de su Hijo. Podré decir: “Creed, cristianos todos, en la resurrección de la carne al final de los siglos y en la vida eterna del alma y de los cuerpos, vida bienaventurada para los santos y horrenda para los culpables impenitentes.

 

 Creed y vivid como santos, de la misma forma que como santos vivieron Jesús y María, para alcanzar su mismo destino. Yo vi a sus cuerpos subir al Cielo. Os lo puedo testificar. Vivid como justos para poder un día estar en el nuevo mundo eterno, en alma y cuerpo, junto a Jesús-Sol y junto a María, Estrella de todas las estrellas”. ¡Gracias otra vez, oh Dios! Y ahora recojamos todo lo que queda de Ella. Las flores que han caído de sus vestiduras, las ramas de olivo que han quedado en su lecho, y conservémoslo. Servirán… sí, servirán para ayudar y consolar a mis hermanos, en vano esperados. Antes o después los encontraré…

Recoge incluso los pétalos de las flores que se han deshojado al caer. Y con las flores y pétalos en un extremo de su túnica, entra en la habitación. Cierra el arca y se sienta en el taburete. Exclama:

-¡Ahora todo está cumplido también para mí! ¡Ahora puedo marcharme, libremente, a donde el Espíritu de Dios me conduzca! ¡Ir y sembrar la divina Palabra que el Maestro me ha dado para que yo se la dé a los hombres! Enseñar el Amor…

Oración.

Amado Padre Celestial. Por tu infinita misericordia, te suplicamos ¡Oh, Señor Altísimo! Que al momento que nos llames a tu Presencia, no lleguemos a TI solamente con la carga de nuestras miserias y pecados. Haz posible que en ese hermoso y a la vez tremendo momento, podamos decirte con sinceridad: “Padre yo sé que lo que hice no estuvo perfecto. Pero TU sabes que lo hice lo mejor que pude.” Y mostrarte aunque sea unas cuantas florecillas, pero con todo el amor del que fuera capaz nuestro pobre corazón. Al penetrar en tu Justicia, tu Bondad infinita vea nuestra pequeñez y no nos arroje lejos de Ti… Ayúdanos a vivir cada día como si fuera el último y así estemos listos para tu llamado. Gracias ABBA, seas Bendito y Alabado por los infinitos siglos de los siglos. Amen

PADRE NUESTRO…

DIEZ AVE MARIA…

GLORIA…

INVOCACIÓN DE FATIMA…

CANTO DE ALABANZA…