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98.- ENTRE LA CRUZ Y LA ESPADA


imperioY el pobre pueblo romano, a los ultrajes y males que procedían del Príncipe, tuvo que agregar otros desastres:

El siguiente otoño hubo una peste que costó treinta mil vidas.

Casi simultánea con una derrota sangrienta en Bretaña, seguidas del pillaje de dos importantes fortalezas y de la matanza de un gran número de ciudadanos y de aliados.

El imperio perdió Armenia y Tigelino vio impotente como se perdieron varias legiones que casi provocaron también la pérdida de Siria.

En el día del martirio de Pedro y Pablo, Nerón hizo un convite en Baias y fue a ver su arbusto que ya tenía trece años.

Había estado frondoso y saludable.

Pero en esta visita a la Casa de las Gallinas, se llevó la sorpresa de que habían muerto todas las aves. Y su árbol que él había plantado después que fuese coronado emperador, se había secado hasta la raíz.

Se consideró esto como un presagio funesto.
Y Tigelino para consolarlo organizó una fiesta para celebrar su cumpleaños.

En donde todo el ejército iba a honrarlo, ofreciendo sacrificios a su divinidad y jurando ante la imagen del emperador.

Ante el estupor y la rabia del Prefecto de los Pretorianos, más de una legión de soldados se negó a hacerlo.

Al día siguiente, Nerón notó la ausencia del capitán de su guardia personal,

NERON Y preguntó por el tribuno:

–           ¿Dónde está Xavier?

Tigelino contestó:

–           Tuve que encerrarlo en la Mamertina. Es cristiano.

Nerón se quedó atónito.

Y exclamó incrédulo:

–           ¡Queeé!… ¿Cómo…? A esto hemos llegado…

Y no dijo más porque se quedó perplejo.

A pesar de todos los portentos que había presenciado en los últimos años de su gobierno, ¡De ninguna manera está dispuesto a doblegarse!

¡Y menos a arrodillarse ante un Dios que a pesar de ser tan Poderoso, como de diversas maneras lo ha manifestado; había escogido para Encarnarse a los odiosos judíos, a quienes desprecia profundamente!

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¡Jamás derogará su Edicto contra los cristianos!

Bién puede su Cristo destruir todo el Olimpo; él no está dispuesto a dejarlos adorar libremente a Este Dios que lo ha desafiado constantemente, arrebatándole sus mejores soldados.

¡Por algo es el Amo del Mundo y gobierna desde el trono imperial más poderoso que existe!

Si esto es una guerra, está dispuesto a luchar contra este Dios al que sin saber porqué, ¡Ya lo odia profundamente!…

De este monólogo interior lo sacó  un Tigelino furioso.

El Prefecto sentenció:

–           Pagará con la vida su traición.

Tugurino intervino:

–           Divinidad. Tenemos cosas más importantes de qué ocuparnos…

El César frunció el entrecejo,

Y contestó disgustado:

–           Tienes razón.

Y Nerón se olvidó del asunto, para trabajar en sus versos.

Mientras tanto en la cárcel…

Todos los compañeros de Xavier están admirados y le preguntan el motivo de tan súbita conversión.

Él lo explica así:

–           Tres días después del martirio de Margarita, ella vino a verme y me colocó una corona sobre la cabeza.

Me dijo que había pedido gracia para mí al Señor y que Él me la había otorgado.

Y que pronto vendría por mí, para llevarme con ella al Cielo.

Cuando la ví ¡Estaba tan bellísima y tan viva!… –concluye Xavier extasiado.

Pocos días después, los hermanos lo bautizaron y al día siguiente, fue decapitado.

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El drama de los soldados romanos cristianos pone de manifiesto en forma muy clara, el conflicto entre la religión y el estado.

Y ellos mismos pronunciaron su propia sentencia humana y sobrenatural, sellando con esto un testimonio que se encuentra plasmado en todas y cada una de las palabras del Evangelio.

Y todo esto está certificado en sus procesos.

Las actas elaboradas por los escribanos en los tribunales romanos, son los testimonios oficiales de sus martirios.

*******

El centurión Marcelo, rehusó participar en la fiesta del emperador por dos motivos:

Uno, porque incluía una ceremonia idolátrica a la divinidad del César.

Y dos: para asegurarse de que no eran cristianos, tenían que maldecir el Nombre de Jesús…

centurionCuando fue presionado, arrojó las insignias de soldado, (el cinto y la espada) y las de su grado (el sarmiento)

Acusado de indisciplina y de traición, fue procesado por desertor.

Cuando fue llamado al tribunal,

El Procónsul Astayano Fortunato le preguntó:

–           ¿Qué te ha pasado por la cabeza, para que contra la disciplina militar te quitaras el cinto con la espada y arrojaras el sarmiento?

Marcelo contestó sin titubear:

–           Porque soy cristiano y milito en la milicia de Jesucristo, el Hijo del Dios Omnipotente.

Fortunato movió la cabeza y contestó disgustado:

–           No puedo encubrir tu temeridad y por tanto haré llegar tu caso a conocimiento de nuestro señor, el divino César.

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Tú, sin fallo pasarás a la audiencia de Agricolano. He aquí el informe.

Una decuria se llevó al rebelde y lo escoltaron hasta el Foro.

Entonces fue introducido en el Tribunal Marcelo, uno de los centuriones de Astayano.

Y el oficial dijo:

–           El Procónsul Fortunato ha sometido a tu poder a Marcelo.

Sea pues traído ante tu grandeza, juntamente con esta carta firmada por él y dirigida a ti.

La que si lo mandas, será leída públicamente.

Agricolano ordenó:

–           Que sea leída.

–           He aquí el informe:

“Manilio Fortunato a su amigo Agricolano, salud.

Estábamos celebrando el día felicísimo para todo el orbe, del natalicio de nuestro señor, el Augusto César Emperador, ¡Oh, señor Agricolano!

Cuando Marcelo centurión regular, arrebatado por no sé qué locura, se quitó espontáneamente el cinto y la espada.

Y se atrevió a arrojar el sarmiento que llevaba, ante el mismo estandarte de nuestro emperador.

He juzgado necesario poner en tu conocimiento este hecho y al mismo tiempo, remitirte al culpable.”

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Leído el informe, Agricolano preguntó:

–           ¿Has dicho lo que está insertado en estas actas?

Marcelo respondió:

–           Lo he dicho.

–           ¿Militabas como centurión regular?

–           Militaba.

–           ¿Qué locura te picó para pisotear tus juramentos y perpetrar tales actos?

–           No hay locura en el que teme a Dios.

–           ¿De veras has dicho todo lo que está consignado en el informe del Procónsul?

–           Todo.

–           ¿Arrojaste las armas?

–           Las arrojé. No conviene que un cristiano que teme perder a Cristo, milite en los afanes de este Mundo.

–           Estando así las cosas. Al violar Marcelo las leyes de la disciplina militar, debe ser castigado con una sanción.

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Y sentenció:

“Marcelo, centurión regular quebrantó y deshonró públicamente el juramento militar y según el informe recibido, pronunció palabras llenas de locura. Por eso lo condenamos a que sea pasado a filo de espada.”

Marcelo contestó:

–       ¡Deo Gratias!

Enseguida fue conducido ante los verdugos, que ejecutaron la sentencia decapitándolo.

* * * * * *

            Había vacante un puesto de centurión que le correspondía a Eduardo, oficial del ejército distinguido por su nacimiento y por sus riquezas. Iba a obtener el ascenso por razón de las promociones.

Y ya estaba por recibir el cargo cuando un rival se presentó ante el Tribunal y acusó a Eduardo de ser cristiano y de negarse a sacrificar para el emperador.

Y alegó que por esto y según la ley, no podía ser promovido a ninguna dignidad romana.

Aquel puesto le correspondía a él, así como también las riquezas del acusado; en virtud de las recompensas a los delatores, que pueden adjudicarse las posesiones de los acusados.

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El juez Aristos se sintió sorprendido por el caso y ante todo preguntó a Eduardo por su religión.

Y Eduardo confesó que era cristiano.

Entonces el juez le concedió un plazo de tres horas, para reflexionar.

Al salir del tribunal, Eduardo se encontró con Nicandro, obispo de la ciudad y conversó con él.

El obispo lo tomó de la mano y lo llevó al altar donde se celebraba la Eucaristía.

Entonces el obispo entreabrió la capa del oficial le indicó la espada que llevaba colgada.

Y al mismo tiempo le presentó el Libro de los Santos Evangelios que mostraban una Cruz.

Mandándole escoger entre los dos, según su decisión.

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Sin vacilar, Eduardo extendió la mano y escogió el Libro Divino.

Entonces Nicandro lo exhortó así:

–           Mantente unido, muy unido a Dios. Que Él te conforte con su Gracia y que alcances lo que has elegido sin titubear. ¡Vete en paz!

En el tribunal, el pregonero lo llamó nuevamente, pues había expirado el plazo concedido.

Eduardo se presentó ante el juez y confesó su Fe con mayor decisión que antes.

Miró a su acusador y lo perdonó diciéndole:

–           Gracias por abrirme las puertas de la Verdadera Vida, Kevin.

Te perdono por querer perjudicarme, denunciándome para obtener el puesto que me correspondía.

Que Dios te bendiga como yo lo hago ahora y alcances la Luz y la verdadera riqueza.

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El impactado delator y futuro cristiano, escuchó estas asombrosas palabras que rondarían por su cabeza constantemente…

Abriendo una brecha en su mente pagana y en su corazón de piedra, lleno de codicia y envidia.

Años más tarde, las recordaría con arrepentido agradecimiento.

Cuando a su vez llorando daría testimonio a otros soldados a los que evangelizaría con amor, mientras espera el momento de su propia confesión sangrienta.

En imitación del que con su ejemplo, le mostrara el Camino del Calvario.

Sin más trámites, el juez lo sentenció y  Eduardo fue conducido a donde fue decapitado por confesar a Cristo.

Después el senador Astirio, que formaba parte de la corte del emperador y era célebre por su nobleza y sus riquezas.

Tomó el cadáver y lo envolvió en una tela blanca.

Y cargándolo sobre sus hombros, le dio una honrosa sepultura.

* * * * *  *

En Sebaste Armenia, la defensa del Asia Menor estaba encomendada a la Legión XII, Fulminata y a la XV, Apollinaris.

Cuando el Prefecto Agricolano leyó el decreto del emperador,

Cuarenta soldados de la Legión Fulminata declararon que ellos no podían ofrecer incienso a los ídolos, porque eran cristianos.

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El gobernador les anunció que si no renunciaban a su religión morirían entre tormentos.

Pero que si quemaban incienso a los dioses, recibirían grandes premios.

Pero ellos declararon valientemente que todos los tormentos del mundo no los apartarían de la verdadera religión.

El gobernador intentó convencerlos de la necesidad de acatar las órdenes del emperador y los puso a decidir entre servir a Cristo o al emperador.

Ante esta disyuntiva, ellos prefirieron oponerse a un rey temporal, para servir a su Soberano Celestial.

Entonces todos fueron arrestados, degradados de su rango, despojados de su uniforme.

Luego encadenados, apedreados, azotados y lanzados a un oscuro calabozo.

Todos eran capadocios y tenían alrededor de veinte años. Muy pocos estaban casados.

Redactaron un testamento colectivo donde exhortaban a los padres, a la novia o las esposas, a permanecer fieles a Jesús y pidieron ser enterrados juntos.

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En la prisión, los soldados alababan alegres a Dios cantando el Salmo noventa: “Dice el Señor: el que se declara en mi favor, lo defenderé, lo glorificaré y estaré con él en la tribulación.”

Entonces la cárcel se iluminó y pudieron oír a Jesús que los animaba a sufrir con valentía.

Mientras tanto el gobernador no sabía qué clase de martirio podía intimidar a estos atletas.

Y se decía a sí mismo:

–           Si los amenazo con la espada, se reirán, pues están familiarizados con ella desde su infancia.

Si los someto a otros suplicios, los sufrirán generosamente, pues están bien entrenados.

Al fuego, tampoco le temen…

Y estuvo pensando en cuál sería el  suplicio que fuese más penoso y largo…

Era invierno y estaba haciendo un frío tan intenso, que se helaban aún los cabellos.

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El río estaba congelado, el lago también. Tanto, que los animales y las personas transitaban por ellos sin peligro.

Entonces el gobernador ordenó que por la noche fuesen arrojados desnudos, en el agua congelada.

Lejos de intimidarse con aquella cruel orden, ellos corrieron alegremente al lugar designado.

Se animaban mutuamente unos a otros diciendo:

–           Amargo es el invierno, dulce el Paraíso.

–           Desagradable la congelación del cuerpo, pero dichoso el descanso que nos espera.

–           Suframos un poco y después seremos confortados en el seno de los Patriarcas.

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–           A una noche de torturas, seguirá una eternidad feliz.

–           Por lo mismo, todos seamos valientes.

–          Que nadie dé oídos a las voces del demonio.

–           Somos mortales y algún día tendremos que morir.

–          Aprovechemos ahora la ocasión que se nos presenta para llegar gloriosos a la Presencia de Dios.

-musical-notes-Y  todos coreaban como un himno triunfal:

“Señor, cuarenta hemos bajado al estadio. Haz que los cuarenta seamos coronados.”

Las horas pasaron, los miembros se entumecieron y creció el valor, mientras sus carnes se tornaban lívidas.

Luego apareció la gangrena.

El Prefecto esperaba que los tormentos doblegaran su voluntad.

Y los invitó a abandonar aquel lugar de tortura, mostrándoles que enseguida estaban las aguas cálidas de las termas, que los estaban esperando.

Que el que estuviera dispuesto a renunciar a Cristo, se pasase a ellas.

Pero aquellos soldados, acostumbrados a la vida dura de la milicia, rechazaron decididamente aquella invitación.

Ellos oraban pidiendo a Dios fortaleza para resistir.

Sin embargo sucedió que el desaliento se apoderó de uno de ellos y se salió del agua helada para pasarse al agua caliente.

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El cambio de temperatura fue tan brusco, que murió y perdió la salvación junto con la vida.

Ricardo, el jefe de los que los custodiaban vio que los Cielos se abrían…

Y bajaban cuarenta ángeles, uno por cada mártir y los fueron coronando uno a uno, conforme iban muriendo.

Luego los acompañaban al subir.

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Solo uno se quedó en lo alto, sin atreverse a bajar, con la corona en la mano, pues ya no la puede entregar a nadie…

Ese fue el preciso momento en que falló cobardemente uno y se salió hacia las thermas.

El tribuno Ricardo, mirando al ángel gritó:

–           ¡Esa corona es mía! Yo también quiero ser cristiano y dar la vida por Cristo.

Ante el asombro general empezó a correr, mientras se despojaba de sus vestiduras militares.

Y desnudo se sumergió en el agua helada.

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Cuando se unió a los demás cantaba jubiloso junto ellos:

“Cuarenta bajamos al estadio. Cuarenta seremos coronados.”

Y poco después murió congelado.

Al amanecer, los cadáveres fueron amontonados en carretas para llevarlos a incinerar.

Y fue cuando vieron al más joven de todos, llamado Damián que agonizaba todavía.

El gobernador lo invitó a salvarse.

Pero Adriana la madre del joven soldado, que estaba presente y era una formidable cristiana,

Le dijo:

–           Hijo mío, recuerda que si te declaras amigo de Cristo en esta Tierra, Cristo se declarará Amigo tuyo en el Cielo, ante el Padre Celestial.

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Damián declaró agonizante que perseveraba en la Fe.

Y su madre ahorró a los soldados la faena de llevarlo a la  carreta, pues ella misma lo tomó en sus brazos, para unirlo a sus compañeros.

Los cristianos vibraban con el heroísmo de sus soldados y su renuncia a una vida larga y privilegiada.

Sus nombres están escritos en el Libro de la Vida:

Samuel, Daniel, Mateo, Alberto, Ángelo, Matías, Gabriel, Tomás, David, Andrés, Alejandro, Juan, Lucas, Benjamín, Felipe, Emmanuel, Emilio, Jorge, Aarón, José, Luís, Cristian, Ignacio, Christopher, Jonathan, Agustín, Simón, Miguel, Hugo, Ricardo, Rafael, Leonardo, Pedro, Dylan, Bautista, Marcos, Kimberly, Cristóbal, Damián y Gonzalo.

* * * * * * *

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONÓCELA

94.- SENTENCIA MORTAL


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En una pequeña bahía de la isla, el atardecer baña con sus fulgores los árboles frondosos y las columnas de una hermosa villa cercana al mar.

Más de una vez, sentados en la terraza y tomados de la mano, Marco Aurelio y Alexandra, hablan de sus pasadas experiencias  y temores.

Sienten que todos sus sufrimientos han madurado sus almas y las han elevado hacia Dios.

En él ya no queda el menor rastro del antiguo patricio, cuya voluntad y deseos eran las únicas leyes de su existencia.

Aun así, ante aquellos recuerdos no hay huellas de amargura. Se alegran en Dios; en su Amor y en el amor que los une y que cada vez es más grande.

Les parece que ha pasado mucho tiempo y que aquel pasado doloroso ha sido superado, por el milagro que Dios ha realizado tanto en la arena como en sus vidas.

Ahora están dispuestos a enfrentar la muerte cuando ésta se presente y a disfrutar cada momento de su existencia, agradeciendo a Dios por su Don, como si cada día fuese el último.

Se aman con locura y aman todo lo que la vida les ofrece.

Son felices con la felicidad que Dios da al que le ofrenda cada instante a su servicio.

A los dos meses de estar en Sicilia; una tarde, los dos caminan por la playa con los pies descalzos.

Sintiendo la espuma que les hace cosquillas en los pies, cuando las olas revientan y se deshacen en minúsculas burbujas, formando una blanca estela.

Marco Aurelio está un tanto distraído, observando a un gran buque que se dirige hacia el puerto de Catania…

Y Alexandra le dice despacio:

–           Mi amor, tengo una noticia que darte…

Marco Aurelio sigue observando el barco

Y contesta despreocupado:

–           Sí… Dime… Hum… ¿Qué es?…

–           Creo que en un tiempo razonable, dejaremos de ser sólo nosotros dos.

–           ¡Uhmm!… –contestó el tribuno mirando a las gaviotas que se lanzan en picada en el agua, pescando.

Y luego, después de un instante, se detuvo en seco.

Se volvió hacia ella y preguntó

–           ¿Qué dijiste?… ¿Te estoy entendiendo bien?

Alexandra asintió, ruborizada y sonriente.

–           ¿Estás segura?

–           Sí. Llegará a nuestro hogar un bebé.

–           ¡Un bebé!… ¿Vamos a ser papás?… ¡Oh, Dios mío! ¡Un bebé!…

Y abrazó a Alexandra.

La levantó en el aire como si fuera una muñeca.

Y daba vueltas regocijado como un niño al que le ha llegado el mejor regalo del mundo.

Los dos ríen, locos de alegría.

–           ¡Un hijo…! ¡Un hijo! –Repetía Marco Aurelio embelesado.

–           ¡Voy a ser padre! –le gritó al mar y al viento, rebosante de una dicha que no puede controlar.

Rodeando la cintura de Alexandra, cayó de rodillas a sus pies, llorando de alegría y agradeciendo a Dios por el don magnífico de la vida.

–           ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias, Señor! Dios mío, esta noticia colma y rebosa mi felicidad.

¡Gracias, preciosa mía! ¡Un hijo!…

Luego se levantó y gritó a los cuatro vientos:

–            ¡Vamos a tener un hijo!…

Enseguida, volviéndose hacia ella,

le preguntó preocupado:

–           ¿Cómo te sientes?

Ella contestó:

–           Estoy muy bien. Yo también me siento muy feliz, amor mío… – contestó ella sonriendo dichosísima.

Una nueva vida de ventura inmensa había sucedido a su vida anterior.

Los atrae y los envuelve, como una encantada red.

En Roma bien puede el César seguir llenando el mundo con las explosiones de su ira y su locura, esparciendo el terror por doquier.

Ellos sienten sobre su cabeza una invisible custodia, infinitamente más poderosa que el odio de Nerón.

Y ya no temen ni a su cólera, ni a su maldad.

El César ha dejado de ser para ellos una amenaza.

Miraron el grandioso crepúsculo y oraron juntos, dando Gracias…

Luego fueron a la casa para dar la noticia a los demás.

En un tiempo cuando se hallaba en la prisión, Alexandra había estado demacrada por causa de la fiebre, el aire viciado, las incomodidades, en espera de la muerte.

Pero ahora la situación es muy diferente.

Está rodeada no solo de los más tiernos cuidados y atenciones. También de la comodidad, la abundancia y la exquisita belleza de todo lo que los circunda.

En la villa de Marco Aurelio sólo se respira la felicidad y la paz que da el vivir en compañía del Dios Resucitado.

Pasó el tiempo y nació un bebé muy hermoso, al que llamaron Sebastián.

Maximiliano sigue en Acaya.

Cuando supieron del regreso y la entrada triunfal de Nerón en Roma,  Marco Aurelio escribió una carta…

Y la comitiva de espectros que forman el lúgubre séquito del César, siguió aumentando cada día.

Pisón había pagado su conspiración con la cabeza.

Nerón está sorprendido ante el gran número de conspiradores.

Aumentó la guardia y mantuvo en estado de sitio la ciudad, enviando a diario sentencias de muerte con los centuriones, a las casas de los sospechosos.

Arrasando con culpables e inocentes, dando al César la excusa perfecta para confiscar sus riquezas.

Aun cuando Petronio se ha vuelto muy callado, Nerón ve un agravio en tal silencio.

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Y cuando el Árbitro elogia al César, a éste le parece entrever el ridículo a través de sus observaciones.

La verdad es que aquel brillante patricio mortifica su amor propio y pone un freno que lo molesta mucho, en su verdadera personalidad.

Como cada vez desciende más en el lodazal de una grosera y abyecta disipación; aquel exquisito árbitro del refinamiento empieza a ser para él, una carga muy pesada.

Sin saber exactamente porqué, le ha tomado una gran aversión al que fuera su director artístico.

Hasta aquel momento le ha perdonado la vida a Petronio solo por su viaje a Acaya; en el cual su elegancia y su profundo conocimiento en todo lo relativo a Grecia y a los griegos, le han sido muy útiles.

Pero Tigelino se ha ido infiltrando gradualmente en el ánimo del César, con la convicción de que Tugurino lo sobrepuja en buen gusto y en conocimientos.

Por esto insiste en que sería más apto para ocupar el puesto de Petronio, organizándole juegos, recepciones y triunfos.

El emperador estuvo de acuerdo con él… Y a partir de aquel momento Petronio estuvo perdido.

Pero Nerón no tiene suficiente valor para enviarle su sentencia en Roma.

Tanto él como Tigelino recuerdan muy bien que aquel refinado esteta, ha dado pruebas de su gran inteligencia, su sorprendente habilidad y energía en el puesto de embajador de Claudio; como Procónsul en Bitinia y posteriormente como senador, en la capital del imperio.

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Saben que es capaz de cualquier hazaña. Es tan popular, que en Roma cuenta no solo con el amor del pueblo, sino también con el de los pretorianos.

En lo más íntimo de su ser, se siente muy inferior al patricio y ninguno de los confidentes del César ha sido capaz de prever la reacción de Petronio.

Por eso, ha pensado que sería más conveniente atraerlo fuera de la ciudad y darle el golpe en una de las provincias.

César tiene una villa palaciega en Cumas y decide pasar unos días allá, en compañía de los más íntimos de su corte.

Petronio que también tiene una casa allí, intuye que su lucha de largos años con Tigelino se aproxima a su fin. Sabe que pronto será vencido en aquella contienda y también sabe muy bien porqué.

Cuando recibió la invitación para ir a Cumas con otros augustanos, presintió la traición…

Y aun cuando sospecha una trampa, se presentó con su carácter de siempre: alegre y despreocupado, pues desea alcanzar una última victoria sobre Tigelino…

Dos días después de llegar, Plinio que siempre había sido un amigo sincero suyo, envió a su liberto con una noticia urgente y secreta: la muerte de Petronio ha sido acordada.

El siguiente fin de semana, el César planea dar el que será el último banquete para el escritor.

No está seguro de la forma en que lo harán o si le enviarán la sentencia de muerte a su casa.

Petronio escuchó la noticia con inalterable calma.

Luego fue a su cubiculum y regresó con un pequeño cofre.

Dijo al mensajero:

–           Llevarás a tu señor este regalo y le dirás de mi parte que le agradezco su mensaje con toda mi alma, porque ahora puedo anticiparme a la sentencia.

Solo dile que por favor no lo muestre en este reinado a nadie. Porque la codicia de este tesoro, es una de las causas de mi sentencia.

Y le mandó su precioso vaso mirrino que era aún más hermoso que los vasos que Nerón estimaba tanto y que llamaba ‘homéricos’ porque tenían esculpidos en ellos escenas de los Poemas de Homero.

Cuando se quedó solo, se encerró a orar fervientemente, entregándolo todo al Señor.

Unas horas después, envió mensajeros en varias direcciones y con distintos encargos.

Luego habló con Aurora y la puso al tanto de la situación.

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Ella lo abrazó y le dijo:

–           No temas, amor mío. Dios sabe lo que hace y los dos haremos su Voluntad…

Mientras tanto, Tigelino lo acusó de estar involucrado y ser amigo del senador Escevino, que había sido el alma de la conspiración de Pisón.

La “Familia” de Petronio que había quedado en Roma, todos fueron arrestados y encarcelados.

Y los guardias pretorianos rodearon su casa…

Cuando esto le fue notificado, no experimentó ni mostró la menor inquietud.

Dijo a los augustanos a quienes había recibido en su espléndida villa en Cumas, que los invitaba a hacer una libación en honor del César.

Éstos se excusaron y se retiraron pronto.

Petronio comprendió que habían venido para ver su reacción y comunicarla a Nerón.

Dos días después le llegó la invitación al convite de Nerón.

Esa misma mañana escribió en la biblioteca y enseguida tomó un baño. Después se arregló más esmeradamente que nunca.

Hermoso y soberbiamente distinguido, como un dios griego, se dirigió a la villa del César. Ni la más leve preocupación se nota en su semblante.

Los augustanos le saludaron, unos con cordialidad y otros con expectación.

Los primeros, porque aunque saben que a Petronio lo rodean las nubes de la cólera del César; no piensan que el peligro sea tan inminente.

Su rostro alegre, su sonrisa y su elegante despreocupación de siempre, confirmó a todos sus regocijados compañeros de aventuras y de intrigas palaciegas, en aquella opinión.

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Los segundos saben que él sabe que está próximo su fin y no comprenden su actitud.

Petronio goza con su desconcierto. Está sentado en el triclinio, muy cerca del César.

Y los demás augustanos, al beber vino en las adornadas copas, derraman de ellas algunas gotas en honor de los dioses inmortales…

Y de todas las verdades discutidas por los filósofos griegos de todos los tiempos.

Petronio comenta:

–           Estimo solamente a dos filósofos: Virgilio Marón y Anacreonte. Los demás te los regalo, incluidos todos los estoicos griegos y romanos.

La verdad querido Plinio, reside a tanta altura que los mismos dioses no alcanzan a divisarla desde la cumbre del Olimpo.

Plinio lo mira con admiración y responde:

–           Uno puede no creer en los dioses, pero es posible admirar las obras de arte que inspiraron en Fidias, Praxíteles, Mirón, Escopas y Lisias.

Lo que menos importa es que se crea o no en los dioses, la costumbre y la superstición así lo prescriben. Que se hagan libaciones en su honor…

–           Aun así…

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Y Petronio conversa animadamente con todos:

De Roma, de arte, de los más recientes escándalos y divorcios, de asuntos de amor, de las carreras, del mejor gladiador, de los últimos libros…

Pasa de un tema a otro, con gracia y ligereza. Su buen humor está mejor que nunca.

De repente, el César le pregunta:

–           ¿Dónde está tu anillo, Petronio?

El Árbitro contesta sonriente:

–           Lo destruí antes de venir para acá.

Y agregó sin el menor rastro de enojo:

–           ¿Fuiste tú quién ordenó la prisión de mi ‘familia’ en Roma?

Nerón se queda confundido y no sabe qué responder.

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Tigelino lo rescata interviniendo con una ironía mortal:

–           Tú eras amigo de Flavio Escevino y estuvo contigo mucho tiempo en tu casa. ¿De qué hablaron?

Petronio contestó desdeñoso:

–           De lo mismo que habló contigo ese mismo día y que también estuvo en la tuya. ¿Recuerdas? Fue un día antes de la Fiesta Taurina.

Y volviéndose hacia el César, le dijo:

–           Yo no le temo a la muerte… Te conozco. Y después de lo que pasó con Séneca…Sé  muy bien lo que puedo esperar de ti.

Solo quiero dos cosas: yo no tengo esclavos. Todos mis sirvientes son hombres libres e inocentes de las intrigas de este Carnicero… –dice esto con desprecio y mirando fijamente a Tigelino.

Luego vuelve a mirar a Nerón y agrega:

–        Déjalos en libertad. A mi cadáver no le hagas ningún tipo de funeral. Entrégalo a mi casa en Cumas.

Ellos saben qué hacer conmigo. Y por último, yo haré un brindis a tu salud. Escoge la sentencia que tú quieras. Aquí estoy…

Y sonriente, levanta su vaso y espera.

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Todos han quedado paralizados, conteniendo el aliento.

Un profundo silencio se hace alrededor.

Nerón hace una seña a Epafrodito y le susurra algo al oído.

Este se va y regresa pronto con un pequeño frasco.

También se acercan dos de los médicos que cuidan a los ‘retardados’.

Nerón dice simplemente:

–           Ya no te necesito.

Petronio sonríe más y responde tranquilamente:

–           Entiendo. Quieres estar seguro del resultado y si no funciona una cosa, funcionará la otra.

No me gustaría manchar mi toga con sangre. Y tampoco me voy a dar muerte a mí mismo.

Amo demasiado la vida para suicidarme.  Aquí estoy para lo que dispongas.

Sólo quiero que parezca algo muy natural.  ¡Vamos!

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Y levanta su vaso con vino, adelantándolo hacia Epafrodito.

Éste  vacía una generosa cantidad del frasco azul que tiene en su mano, en el vaso de Petronio.

Mientras tanto, el patricio caído en desgracia,

Pregunta mirando fijamente a Nerón:

–           ¿Es el mismo que le diste a Británico? Espero que sí…

A ti tampoco te conviene ensuciar más tu imagen con mi muerte y puedes decir que me enviaste a una comisión en las provincias…

He sido tu consultor y es la última sugerencia que hago para proteger a mi emperador…

Nerón lo miró perplejo por tanto desenfado.

Enseguida, Petronio  apura el líquido de un solo golpe, ante el asombro de todos los presentes.

Con el vaso en la mano y luciendo en su bello rostro una luminosa sonrisa.

Pasea lentamente la mirada sobre todos los augustanos,

Y dice:

–           Amigos. La vida solo es… –ya no pudo terminar la frase.

Cayó en el lecho triclinio sin mostrar ningún espasmo.

Los médicos se acercaron. Lo examinaron.

Después de unos minutos, le hicieron un corte en los brazos y apenas si goteó sangre.

Luego dictaminaron:

–           Está muerto.

Entonces Popea dijo a Nerón:

–           Él tuvo razón. Sin querer nos dio una solución perfecta para no alborotar al pueblo.

Tigelino se mordió los labios…

Hasta en la última partida, no pudo evitar el sentirse derrotado por Petronio.

Nerón sonrió y dijo a Epafrodito:

–           Llévenlo a su casa y haz que alguien verifique los funerales. Liberen a todos los suyos.

Después que sacaron a Petronio, el banquete prosiguió como si nada hubiese ocurrido.

Los soldados llevaron el cuerpo exánime de Petronio y lo entregaron en su casa a Héctor, el mayordomo.

Luego Xavier dijo al centurión Marcelo:

–           Después del funeral, me llevas el informe.

Xavier se retira, dejando una decuria como escolta.

Estos acompañan el cadáver de Petronio hasta el atrium.

Aurora aparece majestuosa y dice a Héctor que lleven el cuerpo a la biblioteca, en donde a él le gustaba estar, para prepararlo para el funeral.

Y con su rostro bañado por las lágrimas, con voz dulce y humilde,

Le pide al centurión:

–           ¿Me podría dejar a solas con él unos momentos? Quisiera despedirme…

centurion

Marcelo objeta:

–           Me ordenaron que supervise los funerales y que no me separe del cadáver.

Luego ordena a los pretorianos:

–           Ustedes esperen aquí. Yo iré con él.

Y sigue a los que llevan al difunto a la biblioteca.

Cuando quedan fuera de la vista de los demás soldados, Marcelo se inclina y

Dice en voz baja a Aurora:

–           Pero solo por unos momentos…

–           Nadie sabrá que tuviste un gesto de compasión para con quién tanto lo amó. ¡Que Dios te lo premie!

Y después de esto, te prometo que rendirás tu informe paso a paso.

Y Marcelo sale hacia un jardín interior, por otra puerta.

Después de unos quince minutos,

Aurora lo llama y le dice:

–           Gracias.

Marcelo regresa a la biblioteca, donde el cadáver de Petronio ha sido colocado sobre una camilla, cubierto con un hermoso tapiz blanco, recamado con hilos de oro.

Todo está listo y Héctor da orden de conducirlo, a los cuatro fornidos bitinios que eran los portadores de su litera.

Éste es flanqueado por los pretorianos.

Y Aurora, afligida y serena encabeza la procesión fúnebre, seguida por todos los habitantes de la casa.

Lo quemaron en una pira hecha de prisa, en el fondo del jardín.

Y luego lo depositaron en una tumba excavada bajo unos robles, junto a una estatua de Minerva.

Finalmente, la tumba es cubierta con un poco de césped y muchas flores de las favoritas de Petronio.

Antes de despedir a los soldados, Aurora les da a cada uno, uno de los preciosos vasos de Petronio.

Y al centurión le da a además, una bolsa de oro diciéndole:

–           Gracias por tu bondad. Ahora podrás rendir tu informe con verdad y decir que el noble Petronio descansa en paz.

carreras

Pocos meses después, una mañana  Nerón se emocionó mucho al participar en las competencias de carros que junto con el canto, son su mayor pasión.

Y en una competencia especialmente reñida, él había logrado empatar; pero finalmente ganó por puntos y por decisión de los jueces.

Después de una agria discusión en el banquete donde el emperador había abusado del vino, llegó muy tarde al cubículum imperial…

Popea estaba embarazada de seis meses y le esperaba particularmente exaltada, por una de esas tormentas hormonales que las mujeres desatan, cuando están demasiado sensibles por el embarazo…

neron mata a popea

Pero Nerón no estaba para oír reproches de ninguna clase…

Y respondió a los reclamos femeninos, con una furiosa patada sobre el insigne y abultado vientre imperial…

La emperatriz augusta se desplomó como fulminada por un rayo…

Y pocas horas después dio a luz a un feto muerto, que se llevó consigo la vida de su progenitora.

Al día siguiente en el servicio del desayuno, Nerón preguntó por su esposa…

Y fue informado por Epafrodito:

–           Majestad… La augusta emperatriz Popea Sabina, acaba de fallecer hace dos horas, después de dar a luz a un hijo varón muerto…

neron

Nerón levantó sus labios hasta su nariz… Pensó…

Y luego preguntó:

–           ¿Ya prepararon sus funerales?

Epafrodito respondió:

–           No divinidad. Estamos esperando vuestras instrucciones…

Nerón se quedó pensando…

Luego, con una de esas magistrales representaciones tan suyas…

Arrepentido,  lloró dramáticamente la muerte de su esposa tan amada y ordenó un fastuoso funeral para honrarla…

A continuación, ofreció en su honor una colosal ceremonia fúnebre y también decretó varios días festivos en honor a ella…

De esta manera pereció y desapareció de la memoria del mundo, la mujer que según Tácito ‘Poseía todo, menos honestidad.’

A pesar de toda la teatralidad desplegada en los funerales de Popea,

Nerón se consoló demasiado pronto en los brazos de Esporo.

Y la vida en el imperio y fuera de él, siguió su curso…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA,CONÓCELA

77.- MARTIRIO DE UNA MADRE


000colosseum_gladiator(EL DIARIO DE REGINA)

La ausencia de Marco Aurelio, le impidió ver cómo se agravó la enfermedad de Alexandra.

Bernabé velaba su inconsciencia con ardientes plegarias.

Regina, la que en la Puerta del Cielo enseñara a los catecúmenos el tema de ‘La Pobreza de Espíritu’ también fué arrestada.

Y ahora va a dar el más estremecedor testimonio de todo lo que enseñó. 

El tribuno encargado trataba muy duramente a los prisioneros pues temía que se escaparan de la cárcel…

Por arte de un mágico encantamiento.

Regina se lo reclamó:

–           Nosotros no escaparemos. ¿Por qué no nos concedes ningún alivio, a nosotros que somos presos tan distinguidos?

¡Nada menos que del César y hemos de combatir en su Natalicio!

¿No aumentaría tu gloria, si nos presentásemos más gordos y saludables?

El militar se sintió desconcertado y enrojeció de vergüenza.

Luego ordenó que se les tratara más humanamente.

Permitió a los parientes que entraran a la cárcel y se reconfortaran mutuamente, a excepción de Marco Aurelio.

Pues había recibido órdenes terminantes, por parte de Tigelino.

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En el segundo calabozo, Alondra se halla en el octavo mes del embarazo pues fue detenida cuando estaba encinta.

Al aproximarse el día del espectáculo sufre mucha tristeza, temiendo que su martirio fuese postergado a causa de su estado, ya que la ley prohíbe que las mujeres encinta sean expuestas al suplicio.

No quiere quedarse atrás de los cristianos y que más adelante tenga que derramar su sangre inocente, entre los demás criminales.

Y tampoco sus compañeros de martirio quieren dejar atrás a tan excelente compañera.

Tres días antes de los juegos, todos se unieron en una misma súplica al Señor Jesús y  apenas terminaron la Oración, enseguida le vinieron los dolores de parto.

Debido a lo prematuro y por razón natural, ella sufre y gime…

Entonces un carcelero le dijo:

–           Si tanto te quejas ahora… ¿Qué harás cuando seas arrojada a las fieras de las que te burlaste al no querer sacrificar?

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Ella respondió:

–           Ahora soy yo la que sufro. Pero allá en la arena, habrá Otro en mí que padecerá por mí…

Pues yo también padeceré por Él.

Alondra dio a luz una niña a la que una cristiana adoptó como hija.

Entonces un joven llamado Lewis se acercó al grupo donde estaba Regina…

Y les dijo:

–           Acabo de tener una visión: Ya habíamos sufrido el martirio y habíamos salido de nuestro cuerpo. Cuatro ángeles nos transportaban hacia el Oriente, pero sus manos no nos tocaban.

Íbamos trepando por una pendiente suave. Pasado el primer mundo, vimos una luz inmensa y le dije a Regina que venía a mi lado: ‘He aquí lo que el Señor nos prometió y ya recibimos la recompensa’

Mientras éramos llevados por los cuatro ángeles, se abrió ante nuestros ojos una gran llanura que era como un vergel poblado de rosales y de toda clase de flores.

Y sus hojas caían incesantemente.

En el vergel, había cuatro ángeles más resplandecientes que los demás.

Al vernos nos acogieron con grandes honores.

Y dijeron a los otros ángeles con admiración: ‘¡Son ellos! ¡Son ellos!

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Entonces los cuatro ángeles nos dejaron en el suelo.

Y nosotros caminamos la distancia de un estadio, por una ancha avenida.

Allí encontramos a  Daniel, Xavier y Joshua, que habían sido quemados vivos en la misma persecución.

Y a Ramón, que había muerto en la cárcel.

Les preguntamos qué en donde estaban los demás,

Pero los ángeles nos dijeron:

–           Vengan. Antes entren y saluden al Señor.

Llegamos a un palacio cuyas paredes parecen edificadas de pura luz.

Delante de la puerta había cuatro ángeles que antes de entrar, nos vistieron con vestiduras blancas.

Entramos y oímos un coro que repetía sin cesar:

‘Agios, Agios, Agios = Santo, Santo, Santo.’

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En la sala vimos sentado a un anciano canoso, con cabellos de nieve, pero con rostro juvenil.

No vimos sus pies. A su derecha y a su izquierda, había cuatro ancianos.

Y detrás estaban de pie, otros innumerables ancianos.

Avanzamos asombrados y nos detuvimos ante al trono.

Cuatro ángeles nos levantaron en vilo.

Besamos al Señor y él nos acarició la cara con la mano.

Los demás ancianos dijeron:

–           ¡De pie!

Y de pie nos dimos el beso de paz.

Después los ancianos nos dijeron:

–           Vayan y jueguen.

Y yo dije a Regina:

–           Ya tienes lo que anhelabas.

Y ella me contestó:

–           ¡Gracias a Dios! Fui dichosa en el mundo, pero aquí soy más dichosa todavía.

Cuando salimos del Palacio, reconocimos a muchos hermanos que ya habían sufrido también el martirio.

Todos nos sentimos alimentados y saciados por una fragancia inefable.

Entonces me desperté lleno de gozo.

Cuando Lewis terminó su relato…

El sacerdote Damián, dijo:

–           El poder del Espíritu Santo, es idéntico por esto. ¡Qué abran bien los ojos, quienes valoran este Poder!

¡Que fue enviado para distribuir todos los Carismas, en la medida que el Señor los distribuye a cada uno de nosotros, para que se fortalezca nuestra Fe!

Tanto en el carisma del martirio como en el de las revelaciones, Dios cumple siempre sus promesas, para confundir a los incrédulos y sostener a los creyentes…

Tal como está escrito:

En los últimos días, dice el Señor, derramaré mi Espíritu sobre todos los hombres y profetizarán sus hijos y sus hijas. Los jóvenes verán visiones y los ancianos tendrán sueños”…

La voz del sacerdote resuena en las paredes de la prisión.

Cuando termina de hablar, Regina retoma la escritura que tan cuidadosamente está llevando:

“Unos días antes de que fuéramos arrestados, fuimos bautizados y el Espíritu Santo me inspiró estando dentro del agua, que no pidiera otra cosa que poder resistir, el amor paternal.

Cuando nos hallábamos todavía con los guardias, mi padre impulsado por su cariño, deseaba ardientemente alejarme de la Fe con sus discursos y persistía en su empeño de conmoverme.

Yo le dije:

–           Padre ¿Ves ese cántaro que está en el suelo? ¿Esa taza y esa jarra?

–           Lo veo. –me respondió.

–           ¿Acaso se les puede dar un nombre diferente del que tienen?

–           ¡No! –me respondió.

–           Yo tampoco puedo llamarme con un nombre distinto de lo que soy: ¡Cristiana!

Entonces mi padre, exasperado se arrojó sobre mí para sacarme los ojos, pero solo me maltrató.

Después, vencido se retiró con sus argumentos diabólicos. Durante unos días, no volvió.

Por eso di gracias a Dios  y sentí alivio por su ausencia.

Luego fuimos encarcelados.

Yo experimenté pavor, porque jamás me había hallado en tinieblas tan horrorosas ¡Qué día tan terrible!

El calor era insoportable por el amontonamiento de tanta gente. Los soldados nos trataban brutalmente.

Y sobre todo, yo estaba agobiada por la preocupación… ¡Mi hijo está tan pequeño!

MAMA Y BEBE

Leonel y Santiago, benditos diáconos que nos asistían, consiguieron con dinero que se nos permitiera recrearnos por unas horas, en el lugar más confortable de la cárcel.

Saliendo entonces del calabozo, cada uno podía hacer lo que quisiera.

Yo amamantaba a mi hijo casi muerto de hambre.

Preocupada por su suerte, hablaba con mi madre, confortaba a mi hermano y le recomendaba a mi hijo.

Yo me consumía de dolor al verlos a ellos consumirse por causa mía.

Durante muchos días, me sentí abrumada por tales angustias.

Finalmente logré que se quedara conmigo en la cárcel.

Al punto me sentí con nuevas fuerzas y aliviada de la pena y la preocupación por el niño.

MAMA Y BEBE

Desde aquel momento, la cárcel me pareció un palacio y prefería estar en ella más que en cualquier otro lugar.

Un día mi hermano Josué me dijo:

–           Domina hermana, ahora estás elevada a una gran dignidad ante Dios. Tanta que puedes pedir una visión y que se te manifieste si la prisión ha de terminar en martirio o en libertad.

Yo podía hablar familiarmente con el Señor, del que había recibido muchos favores y por eso,

confiadamente le prometí:

–           Mañana te daré la respuesta.

Me puse en Oración y tuve la siguiente visión:

Vi una escalera de bronce tan maravillosamente alta, que parecía tocar el cielo, pero tan estrecha, que solo se podía subir de a uno.

En los brazos de la escalera estaban clavados toda clase de instrumentos de hierro: espadas, lanzas, arpones, puñales, cuchillos…

Si uno subía descuidadamente sin mirar a lo alto, quedaba atravesado y hubiera dejado jirones de carne enganchados en los hierros.

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Al pie de la escalera estaba echado un dragón de extraordinaria grandeza, que tendía asechanzas a los que subían y los asustaba para que no subieran.

Lewis subió primero.

Él nos había edificado en la Fe y al no estar presente cuando fuimos arrestados, se entregó después voluntariamente, por el amor que nos profesaba.

Al llegar a la cumbre de la escalera, se volvió hacia mí

Y me dijo:

–           Regina, te espero pero ten cuidado, para que ese dragón no te muerda.

Yo le contesté:

–           No me hará daño en el nombre de Cristo.

Y el dragón parecía como si me tuviera miedo.

Sacó lentamente la cabeza de debajo de la escalera y yo se la pisé, usándola como si fuera el primer peldaño y subí.

Después vi un inmenso prado, en medio del cual estaba sentado un anciano alto, de rostro juvenil y muy hermoso. Con el cabello completamente cano y en traje de pastor, ocupado en ordeñar sus ovejas.

Muchos miles de personas vestidos de blancos hábitos, lo rodeaban.

Levantó la cabeza, me miró y dijo:

–           ¡Seas bienvenida, hija!

Me llamó y me dio un bocado del queso que estaba preparando.

Yo lo recibí con las manos juntas y comí.

Todos los circunstantes dijeron:

–           ¡Amén!

Sus voces me despertaron mientras yo seguía saboreando algo dulce.

En seguida conté a mi hermano la visión y  los dos comprendimos que nos esperaba el martirio…

Desde aquel momento empezamos a perder toda esperanza en las cosas de esta tierra.

Días después corrió la voz de que seríamos interrogados.

Mi padre, consumido de pena, llegó de prisa a la ciudad, se me acercó con intención de conmoverme…

Y me dijo:

–           Hija mía, apiádate de mis canas. Apiádate de tu padre si es que merezco que me llames padre. Con estas manos te he criado hasta que llegaste a la flor de la edad y te he preferido a todos tus hermanos.

No es para esto que te engendré. Entre todos mis hijos te he amado, alegría y luz de mi casa.

Y ahora tú quieres tu ruina y no te importa destruir también al pobre padre tuyo, que siente morir su corazón por el dolor que le das.

Desde que dijeron que dejarían libres a los que hicieran sacrificios a nuestros dioses.

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Hija; llevo semanas rogándote. Tú has querido resistir y has conocido la cárcel. Tú, nacida y criada entre el lujo y las comodidades.

Y yo le contesté:

–           Es por el amor que siento por ti y por él, que permanezco fiel a mi Señor.

Ninguna gloria de la tierra dará a tu cabello blanco y a este inocente tanto decoro, como el que te dará mi muerte.

Tú llegarás a la Fe y…

¿Qué dirás entonces de mí, si tuviese la bajeza de haber renunciado en un momento de debilidad, a la Fe?

–           ¡Oh, dioses! ¡¡Ayúdenme!! Regina escucha por favor: Inclinando mi espalda ante los poderosos, te he obtenido un arraigo domiciliario, para que puedas estar todavía en tu casa como prisionera.

Le he prometido al juez que te doblegaría con mi autoridad paterna.

Ahora él me escarnece, porque no me haces caso. ¿No es esto lo que debería enseñarte, la doctrina que dices que es perfecta?

¿Cuál Dios es el que sigues  que te inculca de no amar y no respetar, al que te ha engendrado? Porque si me amaras no me darías tanto dolor.

Tu obstinación, que ni siquiera la piedad por tu inocente ha vencido; te ha costado el ser arrancada de la casa y encerrada en esta mazmorra.

Pero ahora ya no se habla más de prisión. Se habla de muerte… Esto es atroz. ¿Por qué? ¿Por Quién? ¿Por quién vas a morir tú?

¿Ese Dios tuyo tiene necesidad de tu sacrificio y del nuestro, el mío y el de tu criatura, que ya no tendrá más madre? ¿Su triunfo tiene necesidad de tu sangre y de mi llanto, para cumplirse?

¿Pero cómo? La fiera ama a sus cachorros… y tanto más los ama cuanto más los ha tenido en el seno.

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Tú no eres una bestia. Has sido la hija más perfecta y una madre ejemplar. Pero ahora no te comprendo. Porque te conozco, por eso te obtuve el que pudieras amamantar a tu niño. Pero tú no cedes.

Y después de haberlo nutrido, de darle calor, de servirle de almohada a su sueño, ahora lo rechazas y lo abandonas sin pesar. ¡Por Júpiter! ¿Qué es lo que te pasa?

No sé qué hacer. ¡Ya no te entiendo! No te ruego por mí, sino por él. No tienes el derecho de hacerlo un huérfano. Ya perdió a su padre en Britania y ahora te perderá a ti también.

No tiene derecho ese Dios tuyo para hacer esto.

¿Cómo puedo creerlo bueno, más que los nuestros, si requiere estos sacrificios tan crueles? Tú me haces que lo odie y lo maldiga siempre más…

–           Mi Dios no tiene necesidad de mi sangre y de tu llanto para triunfar. EL YA TRIUNFÓ. Pero tú sí tienes necesidad de llegar a la Vida Verdadera. Y también este inocente tiene que quedarse para conocerla.

Por la vida que me espera y por la alegría que él me ha dado, yo les obtengo la Vida que es verdadera, eterna, feliz. No. Mi Dios no enseña el desamor por los padres y por los hijos, sino el verdadero amor.

Ahora el dolor te hace delirar, padre. Pero después la luz se hará en ti y me bendecirás. Yo te la mandaré desde el Cielo.

–           ¡LOCA! ¡PERDIDA! Pero ¡NO! ¡NO! ¡NO! ¿Qué estoy diciendo? ¡Oh, Regina perdona! ¡Perdona a tu viejo padre al que el dolor enloquece! ¿Quieres que ame a tu Dios? Le amaré más que a mí mismo, pero quédate entre nosotros.

Di al magistrado que te doblegas. Después le adoraremos entre los dioses de la tierra. Después harás de tu padre esto que tú eres: seré cristiano. Te lo juro.

No te llamo más hija. Ya no seré tu padre, sino tu siervo y tu esclavo y tú serás mi señora.

Domina, ordena y yo te obedeceré. Pero ¡Piedad! ¡Piedad! ¡Sálvate mientras todavía puedes hacerlo! El tiempo ya se terminó.

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Tu compañera ha dado a luz a su criatura. Yo lo sé y nada más falta la sentencia. Te será arrancado el hijo y no lo verás nunca más. Quizás mañana, quizás hoy mismo.

¡Piedad, hija! ¡Ten piedad de mí y de él, que no sabe hablar todavía! Pero ¿Lo ves cómo te mira y sonríe? ¡Cómo invoca tu amor!

¡Oh! Señora mía. Luz y reina de mi corazón. Luz y alegría de tu bebé, ¡Piedad! ¡Piedad!

Y se arrodilló y besó la orla de mi vestido. Y se abrazó a mis rodillas.

Buscó mi mano y la besaba, bañándola con sus lágrimas.

Y yo tenía la otra sobre mi corazón, mientras oraba y me contenía ante el  más terrible ensañamiento humano.

Esta tortura era más feroz que cualquiera imaginada por el verdugo más brutal y despiadado.

Pero no me doblegué y le dije:

‘A  este inocente no es que yo lo ame menos, ahora que estoy vaciada de sangre para nutrirlo.

Si la ferocidad pagana no se hubiera desatado contra nosotros los cristianos, yo sería para él una madre amantísima y él sería el motivo más precioso de mi vida.

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Pero más que la carne nacida de mí, es más Grande mi Dios.

Y el amor que Él ha dado, ES INFINITAMENTE MÁS GRANDE. Posponer su amor, por el de una criatura… ¡¡¡No!!! ¡No!

Tampoco serás el esclavo de tu hija. Yo para ti soy tu hija y en todo obediente, fuera de esto: de renunciar al Verdadero Dios por ti.

Deja que el querer de los hombres se cumpla.

Y sí me amas, sígueme en la Fe. Y encontrarás a la hija tuya para siempre, porque la verdadera Fe da el Paraíso.

Mi Pastor Santo, ya me ha dado la bienvenida a su Reino.’

Y entonces tomé al niño que había dejado durmiendo sobre mi manto, saciado y contento. Después de besarlo suavemente para no despertarlo, lo consagré a Jesús.

Era mi corderito sacrificado junto conmigo, por la salvación de sus almas.

Y mojando mi dedo con mis lágrimas, también lo bendije, trazando una cruz sobre su frente, sobre sus manitas, sobre su pecho y sus piecitos.

Mi niño me sonrió como si sintiera mi ternura y la dulzura de mis caricias.

Luego se lo di a mi padre.

Entonces él me suplicó llorando:

–           ¡No me hagas ser la vergüenza de los hombres! Piensa en tus hermanos,  piensa en tu madre y en tu tía materna.

Piensa en tu hijito que no podrá sobrevivir sin ti. ¡Cambia tu decisión y no nos arruines a todos! ¡Ninguno de nosotros se atreverá a presentarse en público, si eres condenada!

Así hablaba mi padre, movido por su cariño.

¡Cuánta compasión me inspiraba mi pobre padre! ¡Pues él sería el único de mi familia, que no se alegraría con mi martirio!

Traté de consolarlo diciendo:

–           Allá en el tribunal, sucederá lo que Dios quiera. Has de saber que nosotros no somos dueños de nosotros mismos, sino que pertenecemos a Dios.

Y él se retiró de mí desconsolado.

Otro día mientras estábamos almorzando, nos sacaron de repente para ser interrogados y llegamos al Fórum.

Había un gentío inmenso, subimos al estrado.

Mis compañeros fueron interrogados y confesaron su Fe.

Por fin llegó mi turno.

Bruscamente apareció mi padre con mi hijo en brazos y me arrastró fuera de la escalinata, suplicándome:

–           ¡Compadécete del pequeño!

El procurador Emilio que tenía el Ius Gladii o poder de vida y muerte, insistió:

–           Apiádate de las canas de tu padre y apiádate de la tierna edad del niño. Sacrifica por la salud del emperador.

Yo respondí:

–           No sacrifico.

–           ¿Eres cristiana?

–           Sí. Soy cristiana.

Mi padre se mantenía firme en su intento de conmoverme.

Por eso Emilio dio orden de que lo arrojaran de ahí y hasta le pegaron con una vara.

Sentí los golpes a mi padre, como si me hubieran apaleado a mí…

¡Cuánta compasión me daba su infortunada vejez!

Entonces Emilio pronunció sentencia contra nosotros, condenándonos a las fieras. Y volvimos a la cárcel muy contentos.

Como el niño estaba acostumbrado a tomarme el pecho y a permanecer conmigo en la cárcel, enseguida envié al diácono Antonio a reclamarlo a mi padre. Pero mi padre no se lo quiso entregar. Entonces, gracias al Querer divino, ni mi niño extrañó los pechos, ni éstos me causaron ardor. De esta manera cesaron mis preocupaciones por la criatura y por el ardor de mis pechos.

A los pocos días, mientras estábamos en Oración, súbitamente se me escapó la voz y nombré a Vicente. Me quedé pasmada porque nunca me había venido a la mente, sino hasta ese momento.

Y sentí compasión al recordar cómo había muerto. También comprendí que yo era digna y que debía orar por él. Empecé a hacer mucha Oración por él y a gemir delante del Señor.

Seguidamente aquella misma noche tuve esta visión:

Vi a Vicente salir de un lugar tenebroso, donde también había muchos otros. Venía sofocado por el calor y sediento. Con un vestido sucio y rostro pálido. Llevaba en la cara la herida que tenía cuando murió.

Vicente era mi hermano carnal de siete años de edad. Murió de un cáncer tan terrible en la cara, que daba asco al mundo.

Yo hice Oración por él. Pero entre él y yo había una gran distancia, de tal manera que  era imposible acercarnos el uno al otro.

Además en el mismo lugar en que estaba Vicente, había una piscina llena de agua, pero el borde estaba más alto que la estatura del niño. Vicente se estiraba como si quisiera beber.

Yo me afligía al ver la piscina llena de agua, pero con el borde demasiado alto para que pudiera hacerlo y beber hasta saciarse.

Entonces me desperté y comprendí que mi hermano estaba sufriendo, pero confiaba en que podría aliviar sus sufrimientos.

Por esto, oraba por él todos los días.

Hasta que fuimos trasladados a otra cárcel, porque debíamos combatir en los Juegos Militares, para celebrar el cumpleaños del César.

Y continué orando por él, día y noche, con gemidos y lágrimas para alcanzar la gracia.

El día que estuvimos en el cepo, tuve una nueva visión:

Vi el lugar que había visto antes y a Vicente limpio de cuerpo, bien vestido y lleno de alegría.

Donde antes tenía la llaga, vi solo una cicatriz. El borde de la piscina estaba más bajo y llegaba hasta el ombligo del niño. Sobre el borde había una copa de oro, llena de agua.

Vicente se acercó, bebió, pero la copa no se agotaba nunca.

Saciada su sed, se retiró del agua y se puso a jugar, gozoso, como lo suelen hacer los niños.

En esto me desperté y comprendí que ya no sufría.

Pocos días después James, encargado ayudante de la cárcel, empezó a tenernos gran consideración, por comprender que el Señor nos favorecía con su Gracia y permitió que mucha gente nos visitara, para confortarnos mutuamente.

Mientras tanto se aproximaba el día del espectáculo.

Mi padre consumido de pena, vino a verme y empezó a arrancarse la barba, a arrojarse al suelo y a pegarse en su  rostro.

Maldecía sus años y decía tales palabras, que hubiera podido conmover a cualquiera.

¡Qué compasión sentía por su infortunada vejez! Pero mi Señor me sostuvo. Aumentó su fortaleza…

El día anterior a nuestro combate, tuve otra visión:

El diácono Antonio venía a la puerta de la cárcel y llamaba con fuerza. Yo salí y abrí. Venía vestido con túnica blanca, sin cinturón y llevaba chinelas muy elaboradas con variados colores.

Y me dijo:

–           Regina, te estamos esperando. Ven…

Me tomó de la mano y empezamos a caminar por lugares ásperos y tortuosos. Por fin llegamos jadeantes al Anfiteatro.

Y Antonio me llevó en medio de la arena y me dijo:

–           No tengas miedo. Yo estaré contigo y combatiré a tu lado.

Y se marchó.

Entonces vi a un gentío inmenso, pasmado.

Yo sabía que había sido condenada a las fieras, por eso me sorprendía que no las soltaran contra mí.

Entonces avanzó contra mí, un egipcio de aspecto repugnante, acompañado por sus ayudantes.

Ansioso de luchar conmigo.

Al mismo tiempo se me acercaron unos jóvenes hermosos, mis ayudantes y partidarios.

Me desnudaron y quedé convertida en varón.

Mis ayudantes comenzaron a frotarme con aceite, como se acostumbra en los combates.

Y frente a mí, vi al egipcio que se revolcaba en la arena.

Entonces sobrevino un hombre de extraordinaria grandeza. Tanta, que sobrepasaba la cumbre del Anfiteatro.

Llevaba una túnica flotante con un manto de púrpura, abrochado por dos hebillas en medio del pecho y calzado con chinelas de oro y plata.

Tenía una vara de lanista o entrenador de gladiadores y un ramo verde del  que colgaban manzanas de oro.

Pidió silencio y dijo:

–           Si el egipcio vence a la mujer, la pasará a filo de espada. Pero si ella vence al egipcio, recibirá este ramo.

Y se alejó.

Nos acercamos el uno al otro y empezamos un combate de pugilato.

Él trataba de sujetarme los pies y yo golpeaba su cara a puntapiés.

Entonces fui levantada en el aire y yo comencé a castigarle sin pisar tierra.

Cuando tuve un momento de respiro, junté las manos trenzando los dedos y aferré su cabeza.

Cayó de bruces y yo le aplasté la cabeza.

El pueblo me vitoreó y mis partidarios entonaron un canto.

Yo me acerqué al lanista y recibí el ramo.

Él me besó y me dijo:

–           Hija. La paz sea contigo.

Radiante de gloria, me dirigí a la Puerta de los Vivos.

Entonces me desperté y comprendí que yo debía de combatir,  no contra las fieras; sino contra el Diablo, pero estaba segura de la victoria.

Para este tiempo, Aiden el lugarteniente de la cárcel había abrazado la Fe.

La víspera de los Juegos tuvimos la última cena, llamada también ‘Cena de la Libertad’. Pero la convertimos en ‘Ágape’ o ‘Cena de la Fraternidad’.

Interpelaban a los curiosos con la acostumbrada intrepidez y los intimidaban con el Juicio de Dios.

Proclamaban la dicha de su martirio y se reían de los majaderos.

Lewis les decía:

–           ¿No les basta el día de mañana para contemplar a los que detestan? ¿Hoy amigos, mañana enemigos?

Fíjense cuidadosamente en nuestros rostros para que nos puedan reconocer en el Día del Juicio.

Todos se retiraban de allí confundidos.

Y muchos de ellos se convirtieron…

Regina escribió éstas últimas frases, antes de entregar su escrito a Aiden:

–           Hasta aquí relaté lo que nos sucedió la víspera del combate.

Si alguien quiere escribir el combate mismo, ¡Que lo haga!…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONÓCELA

72.- UN PLAN… ¿PERFECTO?


PETRONIO jardin volksgarten-600x399

En la madrugada ya casi cerca del alba, Petronio y Marco Aurelio regresan a casa.

Durante el trayecto estuvieron silenciosos, pues se encontraron con las carretas que del Spolarium están conduciendo, los sangrientos despojos de los cristianos…

Cuando están en la biblioteca, Petronio dice a Marco Aurelio:

–           ¿Has pensado en lo que te propuse?

–           Sí.

–           ¿Puedes creerme que para mí también esta cuestión, es ahora de vital importancia? Tenemos que liberarla a despecho del César y de Tigelino.

Es una batalla que debo ganar aunque me cueste la vida. Y lo que pasó hoy, me ha confirmado en mi propósito.

Marco Aurelio exclama emocionado:

–           ¡Qué Cristo te lo pague con su Luz!

Petronio replica sin ocultar su preocupación:

–           Mejor dile que nos ayude…

0mayordomo

En ese momento entra el mayordomo y dice:

–           Hay un joven que dice traer noticias de la amita.

Marco Aurelio responde anhelante:

–           ¡Pásalo aquí!

Cuando lo llevan, el joven se descubre la cabeza.

Echa atrás la capucha de su capa, diciendo:

–           ¿Está aquí el noble Marco Aurelio Petronio?

Éste exclama al reconocer al hijo de Isabel:

–           ¡Oh, David! ¡Eres tú hermano mío! La paz sea contigo. ¿Qué deseas?

–           Y también contigo, hermano. Vengo de la prisión y traigo noticias de Alexandra.

El tribuno puso una mano en el hombro del joven. Lo miró a los ojos sin poder hablar.

alex Godward, John William, 1861-1922; On the Terrace

Pero David comprendió y dijo:

–           Ella vive todavía. Bernabé me manda a decirte que en su delirio, ella ora y repite tu nombre.

Marco Aurelio exclamó:

–           ¡Gracias a Dios! ¡Alabado sea Jesucristo!

David contestó:

–           Por los siglos de los siglos. Amén. La enfermedad la salvó de la violación y de la muerte. A ella no se la pudieron llevar con los jóvenes destinados a la diversión del César.

Marco Aurelio y Petronio intercambian una mirada de mutua comprensión, al recordar los sucesos del frustrado banquete y el encuentro de Nerón con los jóvenes en el Circo. Y en las teas…

David continúa:

–           Los verdugos temen al contagio. Bernabé y Mauro el médico, velan día y noche a su lado.

Petronio pregunta:

–           ¿Tiene siempre los mismos guardianes?

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–           Sí. Y está en el aposento de ellos. Todos los presos que estaban en el calabozo inferior del tullianum, murieron de hambre o de fiebre, a causa del aire infectado.

–           ¿Quién eres tú?

–           Soy el hijo de la viuda donde se hospedó Marco Aurelio y recuperó su salud.

–           Entonces también eres cristiano.

El joven contesta contundente:

–           Sí. Soy cristiano.

–           ¿Y cómo es que puedes entrar y salir libremente de la prisión?

David mira interrogante, primero al joven tribuno…

Éste afirma con la cabeza.

Y David contesta:

–           Me tomaron para la faena de transportar cadáveres y acepté el oficio porque así puedo ayudar a mis hermanos y llevarles noticias del exterior.

Petronio miró con más atención el rostro bien parecido del joven. Sus enormes y bellos  ojos azules y el rubio cabello abundante y ondulado.

–           ¿De qué país eres?

–           Soy Galileo de Palestina.

–           ¿Nos ayudarías a liberar a Alexandra?

–           Claro que sí. Aunque en ello me vaya la vida…

–           Di a los guardias que la coloquen entre los muertos.  Y sáquenla durante la noche. Cerca de las fosas pútridas habrá gente aguardando con una litera y se la entregarás a ellos.

–           Hay un hombre encargado de quemar con hierro candente, los cuerpos que sacamos de la prisión, a fin de comprobar que sí son cadáveres…

Pero ese hombre puede ser sobornado y no quemará la cara de los muertos, ni tocará absolutamente el cuerpo.

Petronio aconsejó:

–           Prométele todo el oro que sea necesario. Y busca auxiliares seguros.

–           Así lo haré. En la prisión misma o en la ciudad, por dinero son capaces de todo.

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Marco Aurelio pregunta:

–           ¿Podría ir contigo como un asalariado?

Pero Petronio objetó con fuerza:

–           ¡No! Eso no. Los pretorianos podrían reconocerte, aún con tu disfraz. Y entonces, todo estará perdido. Tú no debes ir a ningún lado.

Es necesario que tanto el César como Tigelino estén convencidos de que ella ha muerto, pues de otra manera ordenarán su persecución inmediata.

La única manera de alejar sus sospechas, es que después de que se la hayan llevado a los Montes Albanos o a Sicilia, nosotros permanezcamos aquí en Roma.

Un mes después te enfermarás tú y llamarás al médico de Nerón, que te prescribirá un viaje a las montañas y entonces tú y ella se reunirán de nuevo. Y luego…- se detiene unos momentos meditando…

Y luego agregó con un ademán:

–        ¿Quién puede conocer el futuro? Pueden venir otros tiempos…

Marco Aurelio exclamó:

–           ¡Petronio! ¡Tú estás hablando de Sicilia, mientras que ella está gravemente enferma y puede morir!

–           Dejémosla al principio, cerca de Roma. Bastará el aire puro para que se restablezca.

Lo importante es que logremos sacarla de la prisión. ¿No tienes tú en las montañas algún administrador en el que puedas confiar?

–           Tengo uno cerca de Tibur. Hay un hombre que me llevó en sus brazos cuando era niño y siempre me ha amado.

Petronio le pasó unas tablillas y dijo:

–           Escríbele que venga mañana. Enviaré un correo al punto. -Y llamó al mayordomo, para darle las órdenes oportunas.

Marco Aurelio dijo:

–           Quisiera que Bernabé la acompañase, así estaría yo más tranquilo.

Petronio objetó:

–           ¡No! Que él salga como pueda, pero no al mismo tiempo que ella, porque lo seguirán y terminarán por encontrarla. ¿Acaso quieres perderte y perderla?

Os prohíbo que digáis a Bernabé, ni una palabra… ¡O no cuenten conmigo!

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Marco Aurelio reconoció la cordura de estas palabras y guardó silencio.

David entonces, pidió permiso para retirarse y prometió volver al día siguiente.

El tribuno acompañó a David a la puerta y éste le dijo:

–           Voy a sobornar a uno de mis compañeros con los que sacamos los cadáveres. No revelaré a nadie nuestro plan. Sólo al apóstol Pedro, cuando vaya a nuestra casa.

–           Aquí puedes hablar libremente. Espérame… Iré contigo, hablaré personalmente con él y le pediré consejo.

Y ordenó que le trajeran un manto y una túnica de esclavo.

Se despidió de Petronio diciéndole a donde iba. Y los dos salieron juntos.

Petronio se quedó solo en la biblioteca y exhaló un profundo suspiro, mientras se decía a sí mismo:

–           Y yo llegué a desear que ella muriera de la fiebre, porque era menos terrible para Marco Aurelio. Pero ahora, ¡Ah! ¡Enobarbo!… Tú has querido hacer de la angustia de un esposo, un espectáculo.

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Y tú Augusta, has tenido envidia de la hermosura de la doncella y quisieras devorarla viva, como el odio que te devora a ti porque ha muerto tu pequeño Rufio Crispino. ¡Oh, dioses! y…

¡Tú Tigelino, anhelas destruirla por tu rivalidad conmigo y quieres vengar en ella, tu enojo contra mí! Pero… ¡Ya lo veremos! Os digo a todos que en lo que de mí dependa: ¡No ganaréis! ¡No! ¡NO!

Si ella no muere por esa fiebre, os la voy a arrancar de tal forma, como ni siquiera sospecháis. Y luego, cada que os encuentre me diré: “He aquí a estos imbéciles, a quienes ha burlado Tito Petronio Níger”

Y satisfecho con estos pensamientos, se dirigió al triclinium a comer con Aurora.

FIESTA

Afuera el viento arrastra pesadas nubes que se van agrupando. Y luego se desata una tempestad, en aquella tranquila tarde estival.

A intervalos retumban los truenos entre las siete colinas.

Cuando regresó Marco Aurelio, Petronio fue a su encuentro:

–           ¿Qué pasó?

Marco Aurelio se arregló el cabello empapado por la lluvia y contestó:

–           David habló con los guardias y ya hablé con Pedro, quién me ha mandado que ore y tenga Fe.

–           Eso está muy bien. Si todo resulta como lo esperamos, la sacaremos mañana por la noche.

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–           Octavio debe estar aquí al rayar el alba, acompañado de algunos hombres.

Petronio concluye:

–           El camino es corto. Ahora ve a descansar.

Pero el tribuno fue a su cubiculum solo para ponerse de rodillas y orar fervientemente.

Al amanecer, Octavio el administrador llegó trayendo consigo: mulas, una litera, un carro y cuatro hombres de confianza, elegidos entre sus esclavos de la Galia y quienes se han quedado en una posada del Transtíber.

Marco Aurelio, que ha velado toda la noche; fue al encuentro de Octavio.

Éste, al ver a su joven amo, lo saludó cariñosamente, diciendo:

–           Amado mío, tú estás enfermo o los sufrimientos te están acabando. Estás tan demacrado que apenas si te puedo reconocer.

Marco Aurelio lo condujo por la galería y lo hizo partícipe de su secreto…

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Octavio le escuchó con atención.

Su enjuto y atezado semblante, se llenó de una emoción que no intentó ocultar:

–           ¡Entonces ella es cristiana! –exclamó con una interrogante implícita en su mirada anhelante.

Marco Aurelio contestó comprendiéndolo:

–           Yo también soy cristiano.

El anciano exclamó sin reprimir las lágrimas:

–           ¡Alabado sea Jesucristo!

Y orando en voz alta, agregó:

–           Te doy gracias Señor, por haber dado la luz al alma que me es más cara en el mundo.

Y abrazando al joven tribuno, llorando de felicidad, lo besó en la frente.

Luego llegó David.

Después de los saludos, Octavio dijo a Petronio:

–           ¿Y tú noble patricio, también eres cristiano?

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Petronio contestó sonriente:

–           Todavía no, Octavio. Pero lo estoy considerando…

Entonces David le dijo a Marco Aurelio:

–           ¡Traigo buenas noticias! El Señor te manda decir a través de Mauro el médico, que Alexandra vivirá aun cuando tenga la misma fiebre, que en el Tullianum está matando a los prisioneros. Que recuerdes que Dios es el Dueño de nuestra vida y es el Único que marca el fin de la misma.

Lo de los guardias y el que supervisa los cuerpos, está arreglado. Artemio el ayudante, también aceptó. El único peligro es que ella pueda gemir o hablar, cuando pasemos junto a los pretorianos.

Pero está muy débil y no ha abierto los ojos en toda la mañana. Además, le llevé un narcótico que Mauro me dio.

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Mientras David dice todo esto, Marco Aurelio se puso pálido…

Y Petronio preguntó:

–           ¿Sacarán otros cuerpos de la prisión?

–           Anoche murieron más de doce y antes de que termine el día, tendremos más cadáveres. Iremos con otros individuos; pero tenemos un plan para poder retrasarnos a cierta distancia y para que no se den cuenta, os la entregaremos.

000bosque-nocheUstedes nos esperarán en un punto determinado.

David:

–          ¡Quiera Dios que la noche esté lo suficientemente oscura!

Octavio dice:

–           ¡Lo estará! Aunque no estuviera nublado, la luna está muy tierna y Dios nos ayudará.

Marco Aurelio cuestionó:

–           ¿Iréis sin antorchas?

David contestó:

–           Las antorchas sólo las llevan los que van adelante. Transportamos los cadáveres, después del anochecer.

Petronio interviene:

–           Marco Aurelio y yo iremos con vosotros.

El tribuno exclama:

–           ¡Sí! ¡Sí! Yo tengo que estar ahí. Yo mismo la trasladaré a la litera.

Octavio agrega:

–           Yo la llevaré a Tibur y allí la cuidaré con mi vida.

Petronio confirma:

–           Entonces hagámoslo.

Y cada quién se ocupa de lo suyo.

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Octavio se fue a la posada a dar instrucciones a los suyos.

David guardó la bolsa con oro bajo su túnica y se fue a la prisión.

Y para Marco Aurelio comenzó un día de zozobra, angustia, sobreexcitación y esperanza…

Petronio dice esperanzado:

–           El proyecto debe dar buenos resultados porque ha sido bien estructurado.

Es imposible inventar un procedimiento mejor. ¡Es un plan perfecto! ¿Qué podría fallar?

Tú deberás arrostrar un dolor profundo y vestir de luto. No abandones el Anfiteatro. Es necesario que te vean allí.

Todo está dispuesto de tal forma que no puede fracasar. Pero ¿Estás perfectamente seguro de tu administrador?

Marco Aurelio totalmente seguro,  dijo por toda explicación:

–           Es cristiano.

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Petronio contestó reflexivo:

–           Después de todo lo que he presenciado, lo que me extraña es que esta religión no se haya extendido a todo el imperio. Es mejor que descanses. Nos espera una jornada muy agitada.

Y los dos se retiran a descansar.

Más tarde se encuentran en el atrium.

Y dice Petronio:

–           Fui a la casa de Tiberio. Fui expresamente a dejarme ver y jugué a los dados. Mañana piensan exhibir a los crucificados, aunque tal vez la lluvia lo impida. Pero tú no la verás en la Cruz. ¡La tendremos en Tíbur!

Vamos, come aunque solo sea un poco y luego nos iremos. Ya comenzó a llover y pronto será de noche. Tal vez esto sea favorable para nosotros.

–           No puedo comer nada. Mejor vámonos. Es posible que a causa de la lluvia, transporten los cadáveres más temprano.

–           Está bien. ¡Vámonos!

Y cubriéndose con sus mantos salen.

Petronio lleva su espada, para protegerse.

La ciudad está desierta en las calles a causa de la tempestad. Avanzan rápido y se reúnen con Octavio.

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Buscaron refugio para protegerse del granizo, cuando la lluvia arrecia.

La temperatura bajó y comienza a hacer frío. Llegaron al lugar convenido y esperaron…

Después de un rato, la tormenta se calma y…

Octavio dice:

–           Veo una luz a través de la neblina. Son tres antorchas…

Petronio y Marco Aurelio exclaman:

–           ¡Ya vienen!

–            ¡Son ellos!

La procesión se fue acercando…

Pasaron frente a ellos y siguieron su marcha.

No pueden creer lo que está sucediendo…

Lo que sucedió a continuación, fue como una bomba…

Finalmente oyeron la dolorida voz de David:

–           Se la llevaron con Bernabé a la cárcel del Esquilino. La trasladaron al mediodía y cuando llegué, ya no estaban…

Cuando regresan a la casa, Petronio está tan triste que ni siquiera intenta consolar a su sobrino.

Comprende que liberar a Alexandra de los calabozos del Esquilino, en el Palacio de Tiberio; es prácticamente imposible.

Es evidente que la sacaron del Tullianum, porque no quieren que muera allí y pueda escapar a la suerte que le han preparado en el Anfiteatro.

Y ahora deben haber aumentado la vigilancia y la custodia sobre ella.

La venganza de Popea continúa implacable…

Desde lo íntimo de su corazón lo siente por los dos.

Todos sus esfuerzos han resultado infructuosos y el amargo sabor del fracaso lo invade con toda su plenitud. Es la primera vez que lo que más ha deseado, no alcanza el éxito.

Y en lo que él considera hasta hoy, que es el combate más importante de su vida, ha sido vencido.

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Y se dijo a sí mismo:

–           ‘La fortuna parece abandonarme’ 

Su ánimo está totalmente deprimido.

Y al mirar a su sobrino, se quedó desconcertado…

Éste está totalmente sereno y no entiende porqué…

¡Entonces recordó a Joshua cuando estaba siendo torturado en la parrilla!

A su vez, Marco Aurelio, que está lleno de Paz,

Dice firme y convencido:

–           Jesús me la devolverá. Pase lo que pase… Él me la regresará… –y una sonrisa de esperanza ilumina su semblante.

Sobre Roma se escuchan los últimos retumbos de la tempestad.

Durante tres días, la lluvia azotó la ciudad sin interrupción. Hubo trombas y granizadas que interrumpieron los espectáculos programados.

El pueblo comenzó a alarmarse y empezaron los rumores. Temen por la próxima vendimia.

Un rayo fundió la estatua de Ceres en el Capitolio y se ordenó la ofrenda de sacrificios en el templo de Júpiter Capitolino.

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA,CONÓCELA

36.- EL PRESAGIO DE VESTA


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Marco Aurelio se despidió de los cristianos y les pide que cuiden de Alexandra unos días, en lo que él prepara todo para recibirla en su casa.

Cuando está a punto de partir, la abraza diciéndole:

–           Serás mi esposa ante la sociedad romana. Y en la boda entrarás a tomar posesión de mi vida, de mi casa y de todo lo que desde hoy también te pertenece a ti, porque será el patrimonio de nuestros hijos.

Será tu bienvenida a la Gens Petronia… Reyna mía, voy a prepararlo todo, para que sea digno de ti.

Alexandra contestó emocionada:

–           Es un honor y un privilegio pertenecer a ella. También yo anhelo estar contigo y te amo como tú a mí.

–           Muy pronto estaremos juntos y no nos separaremos más… Te adoro. Por favor espérame. En tres días vendré por ti, te lo prometo.

–           Te esperaré con ansia, vida mía.

Y después de besarla una vez más, se va.

En estos tres meses transcurridos, el joven tribuno adelgazó y sus facciones se hicieron más afinadas. Pero se siente radiante de felicidad, con su amor correspondido y a punto de realizarse plenamente.

Ha decidido ir caminando, para volver a sentir el ambiente romano y contemplar la urbe que ama tanto y que ahora le parece que está más bella de lo que la recordara.

Hasta el Tíber le parece que corre cantando una melodía inmortal. Y haciendo eco en su ánimo, silba alegremente mientras atraviesa con paso decidido la ciudad, hasta llegar a su casa.

Donde es evidente que nadie le esperaba…

Los esclavos creían que él seguía en Benevento y por lo tanto la casa es un desorden.

Habían organizado una fiesta y estaban en pleno banquete, cuando la presencia de Marco Aurelio los dejó congelados…

Si hubiese aparecido un fantasma, les hubiera infundido menos terror que ver al augustano frente a ellos, mirándolos con tanta severidad, que hasta la borrachera se les quitó.

Marco Aurelio no dijo ni media palabra y se encerró en la biblioteca.

A la sorpresa inicial, le siguió el disgusto. Y cosa extraña; por primera vez vio en ellos, a seres humanos y miserables que están en su poder y no simples objetos. En otro tiempo les hubiera dado un castigo ejemplar.

Pero ahora…

–          ‘Cuando el gato no está, los ratones están de fiesta’-pensó.

FIESTA

Movió la cabeza y sonrió. Luego se sentó ante su mesa escritorio y comenzó a planear sus nupcias romanas.

Además de Jesús, este es el núcleo de todos sus pensamientos. Meditó sus ideas y las organizó por escrito…

Afuera, los esclavos corrieron presurosos y rápidamente pusieron todo en orden. Reina en la casa, un silencio sepulcral.

Cuando todo estuvo en su lugar y no quedó ni rastro de lo sucedido. Esperaron…

Y pasaron largas horas.

Todos están llenos de pavor, creyendo que Marco Aurelio retarda su sentencia, para planear el tormento más cruel con el que castigará su gran falta.

Por fin, al atardecer salió de la biblioteca.

Y cuando apareció en el umbral, los esclavos estaban temblando.

Marco Aurelio llamó a Demetrio el mayordomo y le dijo que los reuniera a todos  en el segundo peristilo, pues necesita hablarles…

En todos los rostros está pintado el terror, hasta el momento de escucharle decir:

–           No voy a castigaros. Os perdono. Tratad ahora, con un servicio esmerado, de reparar vuestra falta.

Los esclavos lo miran con asombro primero y luego cayeron de rodillas a sus pies; extendiendo sus manos y llorando agradecidos, llamándolo señor y padre.

Marco Aurelio se ruborizó conmovido y dominando su emoción les dijo:

–           Todavía no termino… Escuchad… Estoy por casarme. En tres días, recibiremos en esta casa a la que será vuestra ama y señora. Me ayudaréis a  tratarla como una reina; porque eso será tanto para vosotros como para mí.

Mañana temprano iremos con el Pretor. Todos los que en esta casa tengan diez años o más de servicio, les daré la libertad. Los demás recibiréis diez piezas de oro y otros beneficios que después os diré en qué consistirán. A los que serán libertos les daré una bolsa con oro y los que deseen permanecer en esta casa, percibirán un salario de acuerdo a sus obligaciones.

Todos lo miran literalmente con la boca abierta por el asombro y se quedan petrificados.

No pueden creer lo que están oyendo y menos entender lo que está sucediendo.

Marco Aurelio continuó:

–           Por cierto Demetrio. Tú eres uno de los que recibirás tu libertad ¿Vas a ayudarme con los preparativos de mis nupcias?

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Demetrio, el mayordomo,  cae a sus pies:

–           ¡Amo! ¡Gracias, amo! Aunque sea libre no solo prepararé tu boda. Seguiré sirviendo a tus hijos…

Y el hombre llora como un niño.

Y el júbilo estalla en aquella casa. Ahora hay otra fiesta con una alegría más plena.

Aunque todos se plantean la misma interrogante:

¿Qué le pasó al joven patricio que no solo se ve diferente, sino que, es como si fuera una persona completamente distinta a la que conocen?

La respuesta de tal incógnita sólo la tiene, el que conoce plenamente lo que es el verdadero cristianismo.

Al día siguiente…

Hay en la ciudad una gran algarabía por el regreso a Roma de Nerón con toda su corte y es recibido por una ruidosa plebe ansiosa de juegos y de las obligadas distribuciones de cereales y aceitunas que en cantidades enormes, están depositadas en Ostia.

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Cuando Marco Aurelio regresó del Pretor, después de manumitir a sus esclavos,  encontró en su casa un cisio y una invitación que le ha enviado Petronio, para que vaya a visitarle.

Dio a Demetrio las instrucciones precisas para que tenga todo listo e ir luego por Alexandra.

Y enseguida partió a la casa de Petronio.

Cuando llegó, después de saludarse mutuamente; Marco Aurelio le pregunta cómo está él y cómo le va con Sylvia.

Petronio le contestó:

–           Ese asunto se acabó. ¡Oh! Me he sentido tan hastiado como el mismo César y me han abrumado pensamientos tétricos. ¿Y sabes cuál es la causa? El haber buscado en otros lados lo que estaba al alcance de mi mano… A ti te estoy doblemente agradecido: primero, porque no quisiste aceptar a Aurora.

Y  luego porque gracias a eso…Ahora soy inmensamente dichoso.  Una mujer hermosa vale siempre lo que pesa en oro. Pero si ama por añadidura, llega a ser el más inestimable tesoro. Tengo mi vida llena de felicidad. Lo que sobrevenga mañana no me importa. He encontrado la parte substancial que antes me faltaba…

Y al decir esto, llamó a Aurora.

Ésta hizo su entrada exquisitamente arreglada y vestida de blanco. Ya no es la antigua esclava. Es una impecable patricia romana…

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Petronio le abrió los brazos y le dijo:

–           Ven.

Ella corrió a su lado y se sentó en sus rodillas, reclinando sobre el pecho masculino su hermosa cabeza rubia.

Los dos están enamorados… y es muy evidente. Ambos forman una bella pareja.

Petronio la mira con arrobamiento y la besa con ternura, mientras le dice:

–           ¡Dichoso quién como yo ha encontrado el amor envuelto en semejantes formas! ¡Mírala Marco Aurelio! ¡Es una escultura de Praxíteles, en un mármol palpitante de amor! ¡La copa de mi deleite está rebosante!

Aurora, divina mía: hay que preparar guirnaldas para nuestras cabezas y un refrigerio. Vamos a festejar. –añade Petronio besando sugestivo el hombro de la joven.

Y cuando ella sale, toma unos rollos de un anaquel y dice a su sobrino favorito:

–           Le ofrecí darle la libertad y ¿Sabes qué me contestó? “¡Prefiero seguir siendo tu esclava!” Y no aceptó la manumisión. Yo la he acordado sin su conocimiento. El Pretor me dispensó el trámite de exigir su presencia y ella no sabe que hoy es libre y dueña de una fortuna, pues la he nombrado mi heredera. –Y alargando hacia Marco Aurelio los rollos que tomó, agrega- También tengo un legado para ti. Ten.

Marco Aurelio lo mira confuso y asombrado, tomando los rollos sin saber qué decir.

Petronio da unos pasos por la estancia mientras dice:

–           El amor es causa de transformaciones radicales en los hombres. Nerón está cada día más loco y ninguno de los que estamos cercanos a él, tenemos seguras las cabezas en nuestro cuello.

No quiero sorpresas y me estoy preparando. Si por capricho pierdo su favor y pretende apoderarse de lo que es mío, el que se llevará una sorpresa será él.

Perplejo, Marco replica:

–           El amor… A mí me ha cambiado todo. Entiendo hasta cierto punto cómo te sientes y no sabes cómo quisiera que compartieras todo lo que siento yo… Pero no…

En ese momento anunció el mayordomo que todo está listo en el triclinium y los dos se dirigen hacia allá.

Marco Aurelio ya no insistió en el tema, pensando que aunque pudiera explicar todo lo que ha aprendido de Jesús, Petronio jamás lo entendería…

Petronio comenta:

–           Cuando dejas el lugar en donde vives se te abren nuevos horizontes. Tú has recorrido una parte del mundo, pero solo como soldado al servicio del ejército imperial. Ignoras completamente las peripecias de la política…

Marco Aurelio responde:

–           La política es lo que menos me importa en este momento.

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–           Pues debiera importarte. Porque todos en la familia la hemos ejercido junto con la milicia y no es algo de lo que podamos desentendernos…

Petronio se sienta al lado de Aurora y después que les han puesto las guirnaldas en la cabeza, continuó:

–           ¿Qué has visto tú al servicio de Corbulón? Nada. El mundo es amplio y no todo concluye en el Transtíber. Yo voy a acompañar al César y en el viaje de regreso me separaré de él, para ir a Chipre. Porque es el deseo de esta diosa mía de áureos cabellos. Iremos para presentar nuestra ofrenda a la divinidad de Páfos. Y haz de saber que todo cuanto ella desee, lo quiero yo también.

Aurora enamorada, dice con adoración:

–           Tú eres mi dios y yo sigo siendo tu esclava.

Petronio la abrazó estrechamente y le dijo:

–           Entonces yo soy el esclavo de una esclava. ¡Sabes divina mía que yo te adoro! –  Le plantó un gran beso…

Y dirigiéndose a Marco Aurelio, agregó:

–        Ven con nosotros a Chipre. Te mandé llamar también, porque es necesario que veas hoy mismo al César.

Tigelino nada más está buscando pretextos para perjudicarte y por el odio mortal que me tiene, trata de destruir todo lo que es caro para mí. Diremos que has estado enfermo y es necesario que meditemos bien en lo que hemos de contestar si él te pregunta algo de Alexandra…

Marco Aurelio dio un trago a su vaso con vino y contestó:

–           Ya tengo mi respuesta a esa pregunta… Voy a casarme con Alexandra y…

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Petronio lo miró y dijo:

–           Está bien. Apoyo totalmente tu decisión. Pero escúchame… Esto es muy importante… Le dirás también que tu enfermedad te retuvo en tu casa. Que tu fiebre aumentó por tu desconsuelo por no poder ir a Nápoles a escuchar su canto y que te mejoraste con la esperanza de oírle. Y no te preocupe exagerar en este punto…

La vanidad ególatra de Nerón es su talón de Aquiles. Para festejarle su cumpleaños, Tigelino ha prometido obsequiar al César con algo verdaderamente grandioso y espectacular.  Considerando que él halaga la parte más oscura de la personalidad de Enobarbo y de sus más bajos instintos… Podemos esperar cualquier barbaridad.

Yo perfecciono la parte artística de la inspiración del emperador y ya no sé cuál prevalece más: si el artista o la bestia cruel… Temo que este Prefecto llegue a minarme.

Marco Aurelio lo miró serio y comentó:

–           ¿Sabes tú que hay personas que no temen al César y viven tan tranquilos como si él no existiese?

Petronio replica con un dejo de fastidio:

–           Ya sé quiénes son… Últimamente los tienes siempre presentes en tu mente: los cristianos.

–           No puedo evitarlo. Pienso que nuestra vida… ¿Qué es nuestra vida, sino un continuo error?

–           Nuestro ‘error’ como le llamas puede tener un final imprevisto, si no obramos con prudencia. Tenemos que ir juntos al Palatino, para que te presentes ante el César.

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–           Pero Petronio…

–           Sin peros. No tenemos opción.

La única respuesta de Marco Aurelio es un suspiro de derrota.

Y los dos se dirigieron hacia el Palatino…

Cuando llegaron, se encontraron con que Nerón se siente irritado por haber tenido que regresar a Roma, pues él está ansioso por visitar Acaya.

Expidió un edicto declarando que su ausencia será de corta duración y que los negocios públicos, estarán bien atendidos.

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Como les teme a los dioses aun cuando insiste en no creer en ellos y desea para su viaje los mejores auspicios, decidió ir al Capitolio y visitar el templo de Vesta para presentar sus ofrendas, en compañía de todos sus augustanos.

Pero estando allí ocurrió un suceso que le hizo modificar todos sus planes.

Al estar frente al fuego sacro que ilumina la estatua de la misteriosa Vesta, súbitamente sufrió un ataque de pánico y cayó aterrorizado en los brazos de Marco Aurelio, que era el que estaba parado justo detrás de él.

Inmediatamente fue sacado del Templo y conducido al Palatino en donde pronto se repuso.

Pero ya no abandonó el lecho y asombrando a los presentes, explicó la razón de su conducta:

–           Sí. Es necesario diferir el viaje a Grecia aun cuando es mi  gran sueño…  Luego haremos unos juegos especiales para honrar a la diosa, pues cuando estaba en el Templo de Vesta, ella se acercó a mí y me dijo: “Aplaza tu viaje. No es conveniente la precipitación. Te avisaré cuando lo hagas”.

Estoy agradecido con los dioses, por la solicitud con que velan sobre mí.

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Tigelino dijo:

–           Todos nos aterrorizamos cuando la vestal Rubria se desmayó.

Nerón replicó con admiración:

–          ¡Rubria! ¡Qué níveo cuello tiene! –Y se estremeció de deseo al recordarla.

Haloto agregó:

–           Yo noté su turbación al mirar al César.

Nerón confirmó halagado:

–          ¡Cierto! Yo también lo noté y es admirable. Rubria es muy hermosa. –Por un largo tiempo parece reflexionar… Y luego agrega:

–          ¿Por qué Vesta es más aterrorizante que los otros dioses? Aun cuando soy el sumo sacerdote, hoy el miedo se apoderó de mí por completo. Solamente recuerdo que al retroceder hubiera caído si alguien no me hubiera sostenido. ¿Quién fue?

Marco Aurelio contestó:

–           Yo.

–          ¡Oh, tú fornido Marte! ¿Por qué no fuiste a Benevento? Dicen que has estado enfermo. También he oído que Atlante te quiso matar. ¿Cómo sucedió eso?

–           Así es. Y me rompió el brazo. Pero yo me defendí.

–           ¿Con un brazo roto?

–           Un bárbaro vino en mi auxilio. Era más fuerte que Atlante.

Nerón lo miró sorprendido y dijo:

–          ¿Más fuerte que Atlante? ¿Estás bromeando?

Haloto dijo:

–           Ahora tenemos a Espícuro; pero Atlante era el más hercúleo de los hombres.

Marco Aurelio confirmó:

–           Te digo César que yo lo he visto con mis propios ojos.

Nerón preguntó:

–           ¿Dónde está ese prodigio?

–           No podría decírtelo majestad. Lo he perdido de vista y no sé en dónde está.

–           ¿Y sabes de qué pueblo es oriundo?

–          Como tuve un brazo y las costillas rotas, me desmayé. No me fue posible averiguar quién era.

–           Búscalo y encuéntralo.

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Tigelino intervino:

–           Yo me encargo de eso.

Pero Nerón siguió hablando a Marco Aurelio:

–          Te agradezco que me hayas sostenido, porque pude haberme lastimado. Raras veces te veo. ¿Acaso las campañas militares te han vuelto huraño? A propósito ¿Cómo está esa joven demasiado escuálida, de quién estuviste enamorado y que hice sacar para ti, de la casa de Publio?

Marco Aurelio se confundió ante esta pregunta…

Pero Petronio intervino rápido en su auxilio y dijo:

–           Señor. Apostaría a que ya la olvidó. ¿No te has fijado en su confusión? Los Níger son buenos soldados, pero aún mejores gallos y gustan de las aves por bandadas. Castígalo señor y no lo invites a la fiesta que Tigelino ha preparado en tu honor, en la Piscina de Agripa.

La treta dio resultado y el César se distrajo.

Nerón declaró:

–           No lo haré. Y confío Tigelino, en que allí no faltarán las bandadas de beldades.

Tigelino replicó sugestivo:

–           ¿Podrían estar ausentes las gracias, del sitio donde está presente el amor?

Nerón levantó los brazos y dijo con disgusto:

–           El tedio me martiriza. Me he quedado en Roma por voluntad de la diosa. Pero la ciudad me es insoportable. Partiré para Anzio. Aquí me ahogo. ¡Oh, si algún dios irritado quisiese complacerme!…

Petronio preguntó:

–           ¿Qué es lo que deseas?

431px-Gloeden,_Wilhelm_von_(1856-1931)_-_n__0141_B_-_Giovane_come_Nerone_-_da_-_Gloedeneries,_p_48

–           ¡Sería maravilloso si un terremoto destruyera a Roma! Yo demostraría al mundo como debe construirse la ciudad que es capital del imperio más poderoso del mundo. ¿Cómo creéis que debería llamarse esta nueva maravilla?

Vitelio respondió:

–           Nerópolis.

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Tigelino insinuó:

–          ¡César! Tú deseas que algún dios irritado destruya la ciudad ¿No es así? Tú eres dios…

Nerón hizo un gesto de hastío y replicó fastidiado:

–           Mejor veamos tu obra en la Piscina de Agripa. Mañana los espero a todos.

Los augustanos empezaron a retirarse.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

33.- PERDONA NUESTRAS OFENSAS I


Cuando Marco Aurelio termina de escribir, llegó Mauro a revisar a revisar a su paciente. Y teniendo reunidos a todos los miembros de la casa, les anunció:

–           Bien Marco Aurelio, por disposición de Pedro, ya no seré solamente tu médico, sino también tu maestro. David, -dice dirigiéndose al joven- si hay cristianos catecúmenos que quieran escuchar la enseñanza, ve a llamarlos. Y mientras revisaré a mi querido paciente.

David respondió feliz:

–           Voy inmediatamente.

Mauro con gran delicadeza procedió a examinar a Marco Aurelio, que mira sonriente y extasiado a su esposa, que a su vez le sonríe con amor y dulzura.

Para sorpresa de Marco Aurelio, David regresa con una treintena de personas que se distribuyen en la habitación.

Y el tribuno escucha su primera lección particular, en la voz fuerte y sonora de Mauro:

“PERDONA NUESTRAS OFENSAS…”

Dios es Amor. Dios ama. Ama como padre a sus hijos. Como Jesús, Dios-Hombre a sus hermanos. Él, siendo Amor, no puede ser más que Justicia, porque solo quién NO AMA es injusto. Por lo tanto es siempre Justo, tanto en el castigar como en el premiar.

Dios tuvo Misericordia y compasión, desde antes de crear al Hombre, cuya culpa futura no era ignorada por su Creador. Y esto, el haber creado al hombre para darle el Cielo y hacerse una familia con la semejanza divina.

Y haberlo creado conociendo su destino, en el que por su propia voluntad sería un pecador, un rebelde, un prevaricador, un ladrón, homicida, violento, mentiroso, concupiscente, sacrílego, idólatra. Y sobre todo, haberlo creado sabiéndolo capaz de matar a su Verbo.

Que por el hombre tomaría un Cuerpo y por la Humanidad sería herido infinitas veces con sus pecados, desde su venida redentora hasta el fin de los siglos, da la medida exacta de la Infinita Misericordia y Compasión de Dios.

Él miraba en lo eterno a su Verbo. Y su Pensamiento Eterno pensaba en todas las cosas que para el Verbo habría creado y contemplando en lo Eterno la futura Creación, en la cual todo sería creado ‘Bueno’; vio a la Serpiente atacar, corromper, envenenar todas las cosas, llevándoles el Dolor.

Vio al hombre Decaído. Vio a Caín, asesino de Abel; figura del otro Caín (Israel) que asesinaría al nuevo Abel: su Verbo.

Aún el más santo de los hombres, delante de un conocimiento similar; habría, si no odiado; sentir al menos surgir indiferencia por el Ingrato, inútilmente beneficiado, destructor de los bienes recibidos.

Dios, no. Dios sabe todo. Pero su misericordia y compasión no murieron, ni languidecieron. Al contrario, oculto precisamente por este conocimiento eterno; desde la Eternidad fue decretado que, porque el Hombre y los hombres serían pecadores, homicidas de sí mismos en su parte eterna y de sus hermanos.

Para hacerlos de nuevo ‘vivos’, ‘hijos’, ‘coherederos’; era necesario sacrificar al Hijo.

Él sería el Hijo del Hombre. El Adán Fiel y Santísimo. El Abel y el Cordero Inmolado por los Caínes Deicidas. Y de la Primera Culpa (aquella del Edén) y de la Segunda Culpa (la del Templo) vendrá la Redención.

Y Dios será Compasivo y Misericordioso con todos aquellos que con su ‘buena voluntad’, querrán ser hijos de Dios, habiendo acogido con amor a Cristo. Y seguido y practicado los Mandamientos y las enseñanzas de la Palabra Divina.

-jesus-crucificado

¡Y EL PERDON FUE PRIMERO QUE EL PECADO!

Dios quería perdonar al hombre y la Promesa de la Redención le fue dada al hombre en el Edén…

El Amor Perfecto e Infinito creó el medio para absolver al Culpable, antes de crearlo. ¡El Perdón es la Venganza de Dios!  26hijo-prodigo

¿CÓMO SE APRENDE A PERDONAR?

Para practicar esta enseñanza es necesario comprender, cómo funciona el Perdón.

EL PERDON CONSTA DE SIETE PASOS, DIVIDIDOS EN DOS PARTES.

La primera parte la da el Hombre, NO puede darlos Dios.  Porque entra en juego algo de lo que Dios quiso que el hombre fuera el soberano absoluto: la voluntad.

La voluntad es el propio ‘yo’. Es un gran amigo. Un gran tentador. Un gran enemigo y un gran juez.

Es amigo fiel en el hombre bueno. Es amigo hipócrita, en el que NO es bueno; porque después de servir de cómplice para las fechorías que incita, se convierte en juez inexorable y atormenta con reproches crueles. Es un gran enemigo en el hombre inclinado a la soberbia.

Pero la buena voluntad, el gran amigo que lleva al heroísmo espiritual, es lo que se necesita para llevar a cabo los cuatro primeros pasos, en la Primera Parte del Proceso del Perdón.

Como el perdón depende en gran parte del libre albedrío concedido al hombre, por eso al hombre le toca realizar más de la mitad del ejercicio que debe hacerse al perdonar. La palabra clave es: QUIERO.  

1°- QUERER  PERDONAR.

Independientemente de los sentimientos. Aquí lo que importa es nuestra voluntad.

No debemos mirar el agravio recibido, por grave que sea. Tampoco importa lo que sentimos. Eso es aparte.

Lo único que debemos tener en cuenta es el amor por nuestro Dios y el deseo de imitar a nuestro Salvador.

Debemos ‘forzar’ nuestro ‘yo indignado’ y como dueños de nuestra voluntad, uniéndola a la de Jesús que dijo: “Padre, hágase tu voluntad y no la mía…”, decir: ‘Quiero’.  Quiero perdonar.

2°- QUERER RECONOCER NUESTROS SENTIMIENTOS COMO PECADOS.

La Ira. La Furia. El Orgullo lastimado. La Soberbia herida. El deseo de Venganza. El Rencor. El Odio. ¿Qué son?… PECADOS.

CON LOS CUALES ESTAMOS OFENDIENDO A DIOS.

No importa lo que otro nos haya hecho.

Importa lo que nosotros ESTAMOS haciendo. Y esos sentimientos hieren al Amor y ofenden gravemente al Señor. Cuando reconocemos esto, sabemos que es Satanás, el que quiere derrotarnos con el Pecado, para apartarnos de Dios.

3°- QUERER ARREPENTIRSE…

Y pedir humildemente Perdón a Dios.

Al arrepentirnos por el Dolor que hemos causado al Señor, le pedimos perdón.

Y cuando renunciamos a estos sentimientos-pecados, le entregamos nuestra alma herida y nuestro corazón desgarrado, para que Él los sane.

Y con la Reconciliación con Dios, desaparecen las cadenas con las que Satanás nos ha atrapado.

4°- QUERER ROMPER EL PAGARÉ DE NUESTRO DEUDOR.

PAGARES ROTOS

Orando. Perdonando. Especificando la OFENSA recibida y el NOMBRE DEL OFENSOR.

Pidiendo las bendiciones de Dios, sobre nuestro ‘enemigo.’

Al declarar el perdón al ofensor por el agravio recibido, con esto cancelamos la deuda del culpable con nosotros.

Y oramos por él, para que la Gracia de Dios descienda sobre el que ha pecado contra nosotros. Así devolvemos Bien por mal, al invocar las bendiciones de Dios sobre él.

Y aquí se acaba nuestra intervención

Para los pasos que da el hombre es necesaria la humildad. La fe. El Arrepentimiento y MUCHO VALOR. La entrega es necesaria, porque se requiere Poder, para vencer al Rencor.

Querer doblegar el amor propio herido, es un esfuerzo titánico y MUY doloroso.

Solo cuando lo intentamos por primera vez, lo podemos comprender. Es como dar un salto al vacío. Al llegar a este punto (cuarto paso), solemos quedarnos sin voz.

Y las palabras más angustiosas, son las que debemos OBLIGARNOS a pronunciar.

Cuando logramos vencer la parálisis momentánea y recuperamos la voz, nuestra alma desgarrada brota con cada sílaba.

Para esto es necesario un tremendo esfuerzo de voluntad. Pero, ¡Vaya que vale la pena!

Para los pasos que da Dios, el hombre NO PUEDE intervenir, porque está fuera de su capacidad.

Lo único necesario es la Fe.

¡Y el Gozo que se experimenta es tan maravilloso!

¡Cómo el bienestar que invade todo nuestro ser, al ver como Dios siempre cumple sus promesas! 

5°- DIOS ESCUCHA NUESTRA ORACIÓN Y HACE LO QUE LE PEDIMOS.

Satanás ya NO puede acusar al culpable de habernos ofendido delante de Dios, porque nosotros ya le perdonamos. Y pierde su dominio sobre nosotros y sobre el instrumento que usó para dañarnos.

Tampoco puede acusarnos a nosotros, porque ya fuimos perdonados y NO tiene pecados con qué encadenarnos y torturarnos. 

La Misericordia de Dios llega al ofensor para que se convierta y se salve. Y Dios recupera otra oveja perdida. Y a nosotros, con esa misma Misericordia nos llena de Gracia, con la cual regeneramos nuestra propia alma, para que alcance la perfección.

6°- DIOS TOMA NUESTRO CORAZÓN Y NUESTRA MENTE  Y SANA LOS RECUERDOS DOLOROSOS.

¡Se olvidan las ofensas!

¡Es como si le hubieran sucedido a otra persona ajena a nosotros y el corazón hubiera sido anestesiado!

DEJAN DE DOLER.

El Amor de Dios es el bálsamo perfecto y santo. Nos fortalece y quita de las manos del ofensor, el arma con la que nos estaba destruyendo.

Al orar por nuestro ‘enemigo’ Dios NO puede resistir la Fuerza del Perdón, que es la Fuerza del Amor Perfecto. Porque éste es amor operante que destruye el Odio y abre las fuentes de la Gracia, haciendo que cada día crezcamos en amor, santidad y perfección, hasta ser verdaderos hijos suyos.

7°- DIOS TOMA TODO NUESTRO SER Y LO LLENA DE AMOR.

Jesús desde la cruz dijo: “Padre, perdónalos… porque NO saben lo que hacen…” Y Él amó a sus asesinos mostrándonos con el ejemplo: EL AMOR AL ENEMIGO

Es un Don que Dios nos da, después de que ya hicimos nuestra parte.

Él nos hace sentir el amor y la compasión por el alma que yace encadenada por Satanás. Que es el verdadero culpable de nuestro dolor, ya que el hombre pecador es su instrumento para destruirnos.  

Con este amor sublime se rompe el círculo que Satanás ha tratado de crear por medio de la Venganza y el Rencor. Dios ama a través de nosotros a esa alma desgraciada, que llena de odio nos aflige y trata de destruirnos.

Y a nosotros nos da la Fortaleza necesaria para soportar las injurias y convertirlas en amor y en alegría, pues la dicha que se siente es incomparable. Y para lograrlo, lo único que es necesario, ES LA DECISIÓN DE QUERER PERDONAR.

Sentir el Poder de Dios en el Perdón Total, es una de las experiencias más sublimes que el Espíritu Santo nos puede dar.

Alcanzar el amor a este grado de virtud, es lo que deifica al alma, porque se ha llegado a la semejanza perfecta con el Salvador.

Entonces es cuando somos y nos sentimos dioses. Hijos verdaderos del Dios Único y Trino, el Altísimo Señor del Universo.

EL PERDON ES EL AMOR PERFECTO.

Jesús es el Hijo del Amor. Y como Hombre vino a instaurar el Amor en la Tierra. El amor es Paciencia y Perdón.

Jesús como Maestro enseñó:

“El holocausto perfecto es amar como a nosotros mismos a los que nos persiguen y nos guardan rencor. Quién haga esto poseerá la Paz.

Está dicho: “los mansos poseerán la Tierra y gozarán de abundancia y de paz. En verdad os digo que el que sabe amar a sus enemigos, llega a la perfección y posee a Dios. A vosotros os ordeno que améis, que perdonéis. Si en el mundo existe el Odio, en vosotros solo debe existir el Amor.”

Un amor para todos.

¡Cuántos traidores encontraréis en vuestro camino! Pero no debéis odiarlos y devolverles mal por mal. De otra manera el Padre os odiará. Antes que vosotros Yo he sido objeto de Odio; se me ha traicionado y sin embargo, SIEMPRE HE PERDONADO.

Es importante el dominio de sí mismos y tolerar las ofensas, que es la manifestación más sublime de la Caridad. Esto solo lo pueden conseguir los que quieren que en su vida, no haya otra ley que la Ley del Amor, que Yo proclamé y practiqué en toda su realidad.

No podéis imaginar lo que significó para Mí, tener a la mesa al Traidor. Haberme dado a él en la Eucaristía. Humillarme ante él, al lavarle los pies. Tener que compartir con él, la Copa Ritual y poner mis labios en donde él había puesto los suyos.

Hay discusión sobre mi modo de haber muerto tan rápidamente. Es verdad que los golpes de la Flagelación enfermaron mi Corazón. Pero también es verdad que estaba enfermo y despedazado por el esfuerzo, de tener que soportar a mi lado al Traidor.

Ya desde la Cena empecé a morir físicamente.

Lo perdoné con mi silencio. Y lo amé al grado de que habría perdonado su Traición; si se hubiese arrepentido y venido a Mí, en lugar de suicidarse. Porque un espíritu vale tanto, que es digno de que se superen cualquier repugnancia y resentimiento.

El valor de un alma es tan grande, que aún a costa de morir por el esfuerzo, se debe perdonar para salvarla.

Y ese será siempre mi más grande dolor: NO HABER PODIDO SALVAR A JUDAS, PORQUE ÉL NO QUISO.

EL INFIERNO ESPERA A LOS QUE NO SABEN PERDONAR.

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¿Se os calumnia? Amad y perdonad.

¿Se os golpea? Amad y perdonad. Presentad la otra mejilla a quién os abofetea.

¿Se os roba? Perdonad y regalad lo robado. Dad sin juzgar al culpable. Dios os recompensará y el inicuo pagará su pecado.

Ama a quién te odia. Ruega por quién te persigue. Justifica a quién te calumnia. Bendice a quién te maldice. Haz el bien a quien te hace daño. Sé pacífico con el furioso. Condescendiente con el que te desagrada.

No critiques. No juzgues. Tratad de amar y de haceros amar.

NO penséis en lo que pasó y rogad por los infelices que os han causado daño. PERDONADLOS.

Si perdonáis a los hombres en sus errores, también vuestro Padre de los Cielos os perdonará los pecados. Pero si tenéis rencor y NO perdonáis, tampoco vuestro Padre os perdonará. Si tú perdonas, Dios perdona. Es menester limpiar el corazón para obtener gracias. Debemos augurar al prójimo aunque sea malo, un mayor bien.

El Perdón es rocío en la sed ardiente del culpable. Es una humedad de lágrimas que es consuelo y lluvia de gracias celestiales; que trae consigo la limpieza y jugos vitales espirituales.

PIEDAD, PERDÓN POR MI PECADO...

PIEDAD, PERDÓN POR MI PECADO...

Dios perdona todo a quién lo ama con todo su ser. Y el Perdón de Jesús hace dignos de orar y de ser escuchados.

Perdonad al culpable, como Dios perdonó. Amadlo, porque con el dolor que os dio, os ha proporcionado un medio para merecer un premio mayor en el Cielo. Unid a lo que él os proporciona, el Perdón. Y vuestro premio será mucho mayor.

La mirada que se niega al pariente pobre o al amigo que ha caído en desgracia, es igual a un puñal que se ha clavado en medio del corazón. De igual modo la mirada de odio, la de desprecio, que se lanzan al enemigo o al mendigo.

Hay que perdonar y amar al enemigo, aunque la carne se rehúse a hacerlo. El perdón es amor del espíritu. No vengarse, es manifestación y mérito del espíritu. Haced a los demás, lo que queráis que se os hiciese. Y NO hagáis a otros, lo que no queráis para vosotros. ¡Amad! ¡Amad! ¡Amad!

LEY DEL AMOR Y EL PERDÓN

LEY DEL AMOR Y EL PERDÓN

Amad a amigos y a enemigos. Para que seáis semejantes a Mí. Amad por respeto a Mí, que Soy Creador de vuestros enemigos. Quiero que en vosotros exista la perfección del Amor.

Es inútil presentar ofrendas ante el altar, si antes no se han sacrificado en el interior del corazón, todos los rencores por amor a Dios y no se ha llevado a cabo el rito santísimo de saber perdonar.

Antes de presentar la ofrenda, haced la inmolación del amor propio y reconcíliate con tu hermano. Después trae tu ofrenda. Y solo entonces será santo tu sacrificio.

Vestid a los desnudos del espíritu, perdonando a quién os ofende. La ofensa es anti Caridad. La anti Caridad, despoja a Dios. Por eso el que ofende se desnuda y solo el perdón del ofendido lo vuelve a vestir. Porque lo trae hacia Mí y Yo estoy dispuesto a perdonar a quien ha sido perdonado.

Nadie hay que NO haya ofendido a Dios. Yo perdono al que perdona. Se os tratará como tratéis.

Perdonad por tanto, si queréis ser perdonados. Y os alegraréis en el Cielo, por la caridad que hayáis tenido.

EL INFIERNO ESPERA A LOS QUE NO SABEN PERDONAR.

Y pondré en las manos de quién fue generoso, una recompensa mucho mayor. No solo daré lo que disteis, sino mucho más. Cuando vosotros decís: ‘Padre pequé. Perdóname.’ Vosotros sentís cuán dulce es el Perdón.

Así como lo es también para Mí, el perdonar. Pensad en vuestra propia condición. Pensad en que vuestra intransigencia no se cambie en daño, al obligarMe a ser intransigente con vosotros. Sed misericordiosos para obtener misericordia.

Nadie puede considerarse sin pecado para que pueda ser inexorable con el pecador. Es preciso compadecer y perdonar. Porque si la vida del hombre es frágil, mucho más frágil es su bienestar.

No juzguéis el pecado de los culpables. Y NO os alegréis cuando lo estén expiando. PERDONAD PUES, PARA QUE SE OS PERDONE.

Es menester perdonar como Dios perdona. Por más dolor que os produzca, perdonad.

Perdonad siempre a quién os hace mal. Perdonad para ser perdonados; porque también habéis ofendido a Dios y a los hermanos.

El Perdón abre el Reino de los Cielos, tanto al perdonado como al que perdona. Como os comportéis, así seréis tratados.

PERDÓNANOS NUESTRAS OFENSAS, COMO NOSOTROS PERDONAMOS A LOS QUE NOS OFENDEN… 

Hay deudas materiales, morales y espirituales. Es una deuda material el dinero o la cosa que se restituye, porque se la prestaron a uno. Es una deuda moral la honra ofendida y no reparada; Como el amor pedido y no recibido. Es una deuda espiritual la obediencia a Dios, a quién pedir lo que se quiera siempre es poco. Es obediencia espiritual el amarlo.

El egoísta quiere tener pero no dar. Este es el antípoda del Cielo. Tenemos deudas con todos. ¡Hay de quien no perdona! No será perdonado. Dios NO PUEDE en Justicia, perdonar la deuda que tiene el hombre con Él, Ser Santísimo, si el hombre no perdona a su semejante.

Yo Soy el Cristo Salvador. De Mí está dicho que Soy el que llevará la Justicia entre las naciones. Es verdad. Porque si los ciudadanos de todos los países, hicieran lo que enseño; los odios, las guerras, los atropellos, tendrían fin.

EL INFIERNO ESPERA A LOS QUE NO SABEN PERDONAR. 

LA DOCTRINA DEL AMOR Y DEL PERDON.

Compendia el Mandamiento de ser perfectos como el Padre Celestial es Perfecto. Amando a Dios y al prójimo. Y ser justos con el prójimo es todavía más difícil, que ser amantes de Dios. Porque Dios es Bueno y es fácil amar a quién es bueno.

Dios es Consuelo y es fácil amar a quién conforta y consuela. Dios es sostén y es fácil amar a quién sostiene. Dios es Perdón y es fácil amar a quién perdona. Dios es amor y es muy fácil amar a quién ama.

Pero el prójimo; frecuentemente es malvado, injusto, pronto a afligir y a aumentar nuestro dolor con sus incomprensiones, obstinaciones, escarnios y durezas. Fácil a abandonarnos si nos ve agobiados e infelices; cuando no se hace cómplice de quién nos oprime, para tiranizarnos y afligirnos todavía más.

Duro para perdonar cuando se cree injustamente ofendido o perjudicado por nosotros, aunque seamos inocentes. Es durísimo para perdonar, cuando ha sido probada la culpa. Y por todo eso, amarlo es muy difícil.

Pero está dicho: “Amad a aquellos que os odian y seréis hijos del Altísimo.” ¿Por qué? Porque este es el Amor Perfecto. La más grande semejanza e imagen con Dios.

Así como cada hijo asume la vida que el Padre le trasmite con los genes. Y son incancelables en la sangre o en el aspecto. En el carácter, más que en el apellido, la herencia física paterna en el ser. Así se asumen los principales atributos de Dios, aquellos que son su Esencia al asumir la vida misma de Dios.

Viviendo por Él, en Él y para Él. Y convirtiéndonos en verdaderos hijos; no por igualdad de naturaleza y sustancia. Sino por sobre naturalización de la criatura, que así se diviniza por su participación relativa a las acciones de Dios Uno y Trino. Y por semejanza, haciendo lo que Él hace siempre: amando.

El perdón es dulce. Los que perdonan son la réplica más acabada de Dios, puesto que Él perdonó y sigue perdonando.

Así es como el hombre se hace espiritual y debemos imitar a Jesús, porque una de las armas favoritas de Satanás es inocular el Odio y fermentar el rencor. Porque así la carne es terreno propicio para cultivar los vicios satánicos.

El Odio es el antagonista del Amor y en donde está el Odio, está Satanás. El Odio está siempre cubierto por la soberbia y muchas veces se disfraza con la más refinada hipocresía.

Se anida en los corazones vengativos y el corazón que odia, no puede amar a Dios. Y Dios NO puede estar en un corazón que odia.

El perdón es dulce. Los que perdonan son la réplica más acabada de Dios, puesto que Él perdonó y sigue perdonando. Así es como el hombre se hace espiritual y debemos imitar a Jesús, porque una de las armas favoritas de Satanás es inocular el Odio y fermentar el rencor.

Porque así la carne es terreno propicio para cultivar los vicios satánicos.

El Odio es el antagonista del Amor y en donde está el Odio, está Satanás.

El Odio está siempre cubierto por la soberbia y muchas veces se disfraza con la más refinada hipocresía. Se anida en los corazones vengativos y el corazón que odia, no puede amar a Dios. Y Dios no puede estar en un corazón que odia.

Continuará…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

98.- ENTRE LA CRUZ Y LA ESPADA


Y el pobre pueblo romano, a los ultrajes y males que procedían del Príncipe, tuvo que agregar otros desastres: el siguiente otoño hubo una peste que costó treinta mil vidas. Casi simultánea con una derrota sangrienta en Bretaña, seguidas del pillaje de dos importantes fortalezas y de la matanza de un gran número de ciudadanos y de aliados. El imperio perdió Armenia y Tigelino vio impotente como se perdieron varias legiones que casi provocaron también la pérdida de Siria.

En el día del martirio de Pedro y Pablo, Nerón hizo un convite en Baias y fue a ver su arbusto que ya tenía trece años. Había estado frondoso y saludable; pero en esta visita a la Casa de las Gallinas, se llevó la sorpresa de que habían muerto todas las aves y su árbol que él había plantado después que fuese coronado emperador, se había secado hasta la raíz.

Se consideró esto como un presagio funesto y Tigelino para consolarlo organizó una fiesta para celebrar su cumpleaños, en donde todo el ejército iba a honrarlo, ofreciendo sacrificios a su divinidad y jurando ante la imagen del emperador.

Ante el estupor y la rabia del Prefecto de los Pretorianos, más de una legión de soldados se negó a hacerlo.

Al día siguiente, Nerón notó la ausencia del capitán de su guardia personal y preguntó por el tribuno:

–           ¿Dónde está Xavier?

Tigelino contestó:

–           Tuve que encerrarlo en la Mamertina. Es cristiano.

Nerón se quedó atónito y exclamó incrédulo:

–           ¡Queeé!… ¿Cómo…? A esto hemos llegado… –y no dijo más porque se quedó perplejo.

A pesar de todos los portentos que había presenciado en los últimos años de su gobierno, ¡De ninguna manera está dispuesto a doblegarse y menos a arrodillarse ante un Dios que a pesar de ser tan Poderoso, como de diversas maneras lo ha manifestado; había escogido para Encarnarse a los odiosos judíos, a quienes desprecia profundamente! ¡Jamás derogará su Edicto contra los cristianos! Bién puede su Cristo destruir todo el Olimpo; él no está dispuesto a dejarlos adorar libremente a Este Dios que lo ha desafiado constantemente, arrebatándole sus mejores soldados. ¡Por algo es el Amo del Mundo y gobierna desde el trono imperial más poderoso que existe! Si esto es una guerra, está dispuesto a luchar contra este Dios al que sin saber porqué, ¡Ya lo odia profundamente!…

De este monólogo interior lo sacó  un Tigelino furioso.

El Prefecto sentenció:

–           Pagará con la vida su traición.

Tugurino intervino:

–           Divinidad. Tenemos cosas más importantes de qué ocuparnos…

El César frunció el entrecejo y contestó disgustado:

–           Tienes razón. –y Nerón se olvidó del asunto, para trabajar en sus versos.

Mientras tanto en la cárcel…

Todos los compañeros de Xavier están admirados y le preguntan el motivo de tan súbita conversión. Él lo explica así:

–           Tres días después del martirio de Margarita, ella vino a verme y me colocó una corona sobre la cabeza. Me dijo que había pedido gracia para mí al Señor y que Él me la había otorgado. Y que pronto vendría por mí, para llevarme con ella al Cielo. Cuando la ví ¡Estaba tan bellísima y tan viva!… –concluye Xavier extasiado.

Pocos días después, los hermanos lo bautizaron y al día siguiente, fue decapitado.

El drama de los soldados romanos cristianos pone de manifiesto en forma muy clara, el conflicto entre la religión y el estado. Y ellos mismos pronunciaron su propia sentencia humana y sobrenatural, sellando con esto un testimonio que se encuentra plasmado en todas y cada una de las palabras del Evangelio. Y todo esto está certificado en sus procesos. Las actas elaboradas por los escribanos en los tribunales romanos, son los testimonios oficiales de sus martirios.

El centurión Marcelo, rehusó participar en la fiesta del emperador por dos motivos: Uno, porque incluía una ceremonia idolátrica a la divinidad del César. Y dos: para asegurarse de que no eran cristianos, tenían que maldecir el Nombre de Jesús…

Cuando fue presionado, arrojó las insignias de soldado, (el cinto y la espada) y las de su grado (el sarmiento) Acusado de indisciplina y de traición, fue procesado por desertor.

Cuando fue llamado al tribunal, el Procónsul Astayano Fortunato le preguntó:

–           ¿Qué te ha pasado por la cabeza, para que contra la disciplina militar te quitaras el cinto con la espada y arrojaras el sarmiento?

Marcelo contestó sin titubear:

–           Porque soy cristiano y milito en la milicia de Jesucristo, el Hijo del Dios Omnipotente.

Fortunato movió la cabeza y contestó disgustado:

–           No puedo encubrir tu temeridad y por tanto haré llegar tu caso a conocimiento de nuestro señor, el divino César. Tú, sin fallo pasarás a la audiencia de Agricolano. He aquí el informe.

Una decuria se llevó al rebelde y lo escoltaron hasta el Foro.

Entonces fue introducido en el Tribunal, Marcelo, uno de los centuriones de Astayano y el oficial dijo:

–           El Procónsul Fortunato ha sometido a tu poder a Marcelo. Sea pues traído ante tu grandeza, juntamente con esta carta firmada por él y dirigida a ti. La que si lo mandas, será leída públicamente.

Agricolano ordenó:

–           Que sea leída.

–           He aquí el informe:

“Manilio Fortunato a su amigo Agricolano, salud.

Estábamos celebrando el día felicísimo para todo el orbe, del natalicio de nuestro señor, el Augusto César Emperador, ¡Oh, señor Agricolano! Cuando Marcelo, centurión regular, arrebatado por no sé qué locura, se quitó espontáneamente el cinto y la espada. Y se atrevió a arrojar el sarmiento que llevaba, ante el mismo estandarte de nuestro emperador. He juzgado necesario poner en tu conocimiento este hecho y al mismo tiempo, remitirte al culpable.”

Leído el informe, Agricolano preguntó:

–           ¿Has dicho lo que está insertado en estas actas?

Marcelo respondió:

–           Lo he dicho.

–           ¿Militabas como centurión regular?

–           Militaba.

–           ¿Qué locura te picó para pisotear tus juramentos y perpetrar tales actos?

–           No hay locura en el que teme a Dios.

–           ¿De veras has dicho todo lo que está consignado en el informe del Procónsul?

–           Todo.

–           ¿Arrojaste las armas?

–           Las arrojé. No conviene que un cristiano que teme perder a Cristo, milite en los afanes de este mundo.

–           Estando así las cosas. Al violar Marcelo las leyes de la disciplina militar, debe ser castigado con una sanción.

Y sentenció:

“Marcelo, centurión regular quebrantó y deshonró públicamente el juramento militar y según el informe recibido, pronunció palabras llenas de locura. Por eso lo condenamos a que sea pasado a filo de espada.”

¡Deo Gratias! –contestó Marcelo.

Enseguida fue conducido ante los verdugos, que ejecutaron la sentencia decapitándolo.

* * * * * *

            Había vacante un puesto de centurión que le correspondía a Eduardo, oficial del ejército distinguido por su nacimiento y por sus riquezas. Iba a obtener el ascenso por razón de las promociones. Y ya estaba por recibir el cargo cuando un rival se presentó ante el Tribunal y acusó a Eduardo de ser cristiano y de negarse a sacrificar para el emperador. Y alegó que por esto y según la ley, no podía ser promovido a ninguna dignidad romana. Aquel puesto le correspondía a él, así como también las riquezas del acusado; en virtud de las recompensas a los delatores, que pueden adjudicarse las posesiones de los acusados.

El juez Aristos se sintió sorprendido por el caso y ante todo preguntó a Eduardo por su religión. Y Eduardo confesó que era cristiano. Entonces el juez le concedió un plazo de tres horas, para reflexionar.

Al salir del tribunal, Eduardo se encontró con Nicandro, obispo de la ciudad y conversó con él. El obispo lo tomó de la mano y lo llevó al altar donde se celebraba la Eucaristía.

Entonces el obispo entreabrió la capa del oficial le indicó la espada que llevaba colgada y al mismo tiempo le presentó el Libro de los Santos Evangelios que mostraban una Cruz. Mandándole escoger entre los dos, según su decisión.

Sin vacilar, Eduardo extendió la mano y escogió el Libro Divino. Entonces Nicandro lo exhortó así:

–           Mantente unido, muy unido a Dios. Que Él te conforte con su Gracia y que alcances lo que has elegido sin titubear. ¡Vete en paz!

En el tribunal, el pregonero lo llamó nuevamente, pues había expirado el plazo concedido. Eduardo se presentó ante el juez y confesó su Fe con mayor decisión que antes. Miró a su acusador y lo perdonó diciéndole:

–           Gracias por abrirme las puertas de la Verdadera Vida, Kevin. Te perdono por querer perjudicarme, denunciándome para obtener el puesto que me correspondía. Que Dios te bendiga como yo lo hago ahora y alcances la Luz y la verdadera riqueza.

El impactado delator y futuro cristiano, escuchó estas asombrosas palabras que rondarían por su cabeza constantemente; abriendo una brecha en su mente pagana y en su corazón de piedra, lleno de codicia y envidia. Años más tarde, las recordaría con arrepentido agradecimiento, cuando a su vez llorando daría testimonio a otros soldados a los que evangelizaría con amor, mientras espera el momento de su propia confesión sangrienta en imitación del que con su ejemplo, le mostrara el Camino del Calvario.

Sin más trámites, el juez lo sentenció y  Eduardo fue conducido a donde fue decapitado por confesar a Cristo. Después el senador Astirio, que formaba parte de la corte del emperador y era célebre por su nobleza y sus riquezas, tomó el cadáver y lo envolvió en una tela blanca. Cargándolo sobre sus hombros, le dio una honrosa sepultura.

* * * * *  *

En Sebaste Armenia, la defensa del Asia Menor estaba encomendada a la Legión XII, Fulminata y a la XV, Apollinaris. Cuando el Prefecto Agricolano leyó el decreto del emperador, cuarenta soldados de la Legión Fulminata declararon que ellos no podían ofrecer incienso a los ídolos, porque eran cristianos.

El gobernador les anunció que si no renunciaban a su religión morirían entre tormentos, pero que si quemaban incienso a los dioses, recibirían grandes premios.

Pero ellos declararon valientemente que todos los tormentos del mundo no los apartarían de la verdadera religión.

El gobernador intentó convencerlos de la necesidad de acatar las órdenes del emperador y los puso a decidir entre servir a Cristo o al emperador. Ante esta disyuntiva, ellos prefirieron oponerse a un rey temporal, para servir a su Soberano Celestial. Entonces todos fueron arrestados, degradados de su rango, despojados de su uniforme, encadenados, apedreados, azotados y lanzados a un oscuro calabozo.

Todos eran capadocios y tenían alrededor de veinte años. Muy pocos estaban casados. Redactaron un testamento colectivo donde exhortaban a los padres, a la novia o las esposas, a permanecer fieles a Jesús y pidieron ser enterrados juntos.

En la prisión, los soldados alababan alegres a Dios cantando el Salmo noventa: “Dice el Señor: el que se declara en mi favor, lo defenderé, lo glorificaré y estaré con él en la tribulación.” Entonces la cárcel se iluminó y pudieron oír a Jesús que los animaba a sufrir con valentía.

Mientras tanto el gobernador no sabía qué clase de martirio podía intimidar a estos atletas y se decía a sí mismo:

–           Si los amenazo con la espada, se reirán, pues están familiarizados con ella desde su infancia. Si los someto a otros suplicios, los sufrirán generosamente, pues están bien entrenados. Al fuego, tampoco le temen…

Y estuvo pensando en cuál sería el  suplicio que fuese más penoso y largo…

Era invierno y estaba haciendo un frío tan intenso, que se helaban aún los cabellos. El río estaba congelado, el lago también. Tanto, que los animales y las personas transitaban por ellos sin peligro. Entonces el gobernador ordenó que por la noche fuesen arrojados desnudos, en el agua congelada. Lejos de intimidarse con aquella cruel orden, ellos corrieron alegremente al lugar designado.

Se animaban mutuamente unos a otros diciendo:

–           Amargo es el invierno, dulce el Paraíso.

–           Desagradable la congelación del cuerpo, pero dichoso el descanso que nos espera.

–           Suframos un poco y después seremos confortados en el seno de los Patriarcas.

–           A una noche de torturas, seguirá una eternidad feliz.

–           Por lo mismo, todos seamos valientes. Que nadie dé oídos a las voces del demonio.

–           Somos mortales y algún día tendremos que morir. Aprovechemos ahora la ocasión que se nos presenta para llegar gloriosos a la Presencia de Dios.

Y  todos coreaban como un himno triunfal:

“Señor, cuarenta hemos bajado al estadio. Haz que los cuarenta seamos coronados.”

Las horas pasaron, los miembros se entumecieron y creció el valor, mientras sus carnes se tornaban lívidas. Luego apareció la gangrena.

El Prefecto esperaba que los tormentos doblegaran su voluntad. Y los invitó a abandonar aquel lugar de tortura, mostrándoles que enseguida estaban las aguas cálidas de las termas, que los estaban esperando. Que el que estuviera dispuesto a renunciar a Cristo, se pasase a ellas.

Pero aquellos soldados, acostumbrados a la vida dura de la milicia, rechazaron decididamente aquella invitación. Ellos oraban pidiendo a Dios fortaleza para resistir. Sin embargo sucedió que el desaliento se apoderó de uno de ellos y se salió del agua helada para pasarse al agua caliente. El cambio de temperatura fue tan brusco, que murió y perdió la salvación junto con la vida.

Ricardo, el jefe de los que los custodiaban vio que los Cielos se abrían y bajaban cuarenta ángeles, uno por cada mártir y los fueron coronando uno a uno, conforme iban muriendo. Luego los acompañaban al subir.

Solo uno se quedó en lo alto, sin atreverse a bajar, con la corona en la mano pues ya no la puede entregar a nadie… ese fue el preciso momento en que falló cobardemente uno y se salió hacia las termas.

El tribuno Ricardo, mirando al ángel gritó:

–           ¡Esa corona es mía! Yo también quiero ser cristiano y dar la vida por Cristo.

Ante el asombro general empezó a correr, mientras se despojaba de sus vestiduras militares y desnudo se sumergió en el agua helada. Cuando se unió a los demás cantaba jubiloso junto ellos: “Cuarenta bajamos al estadio. Cuarenta seremos coronados.” Y poco después murió congelado.

Al amanecer, los cadáveres fueron amontonados en carretas para llevarlos a incinerar y fue cuando vieron al más joven de todos, llamado Damián que agonizaba todavía.

El gobernador lo invitó a salvarse. Pero Adriana la madre del joven soldado, que estaba presente y era una formidable cristiana le dijo:

–           Hijo mío, recuerda que si te declaras amigo de Cristo en esta Tierra, Cristo se declarará Amigo tuyo en el Cielo, ante el Padre Celestial.

Damián declaró agonizante que perseveraba en la Fe. Y su madre ahorró a los soldados la faena de llevarlo a la  carreta, pues ella misma lo tomó en sus brazos, para unirlo a sus compañeros.

Los cristianos vibraban con el heroísmo de sus soldados y su renuncia a una vida larga y privilegiada. Sus nombres están escritos en el Libro de la Vida:

Samuel, Daniel, Mateo, Alberto, Ángelo, Matías, Gabriel, Tomás, David, Andrés, Alejandro, Juan, Lucas, Benjamín, Felipe, Emmanuel, Emilio, Jorge, Aarón, José, Luís, Cristian, Ignacio, Christopher, Jonathan, Agustín, Simón, Miguel, Hugo, Ricardo, Rafael, Leonardo, Pedro, Dylan, Bautista, Marcos, Kimberly, Cristóbal, Damián y Gonzalo.

* * * * * * *

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

93.- SENTENCIA MORTAL


En una pequeña bahía de la isla, el atardecer baña con sus fulgores los árboles frondosos y las columnas de una hermosa villa cercana al mar. Más de una vez, sentados en la terraza y tomados de la mano, Marco Aurelio y Alexandra, hablan de sus pasadas experiencias  y temores. Sienten que todos sus sufrimientos han madurado sus almas y las han elevado hacia Dios. En él ya no queda el menor rastro del antiguo patricio, cuya voluntad y deseos eran las únicas leyes de su existencia.

Aun así, ante aquellos recuerdos no hay huellas de amargura. Se alegran en Dios; en su amor y en el amor que los une y que cada vez es más grande. Les parece que ha pasado mucho tiempo y que aquel pasado doloroso ha sido superado, por el milagro que Dios ha realizado tanto en la arena como en sus vidas.

Ahora están dispuestos a enfrentar la muerte cuando ésta se presente y a disfrutar cada momento de su existencia, agradeciendo a Dios por su Don, como si cada día fuese el último. Se aman con locura y aman todo lo que la vida les ofrece. Son felices con la felicidad que Dios da al que le ofrenda cada instante a su servicio.

A los dos meses de estar en Sicilia; una tarde, los dos caminan por la playa con los pies descalzos; sintiendo la espuma que les hace cosquillas en los pies, cuando las olas revientan y se deshacen en minúsculas burbujas, formando una blanca estela.

Marco Aurelio está un tanto distraído, observando a un gran buque que se dirige hacia el puerto de Catania…

Y Alexandra le dice despacio:

–           Mi amor, tengo una noticia que darte…

Marco Aurelio sigue observando el barco y contesta despreocupado:

–           Sí… Hum… ¿Qué es?…

–           Creo que en un tiempo razonable, dejaremos de ser sólo nosotros dos.

–           ¡Uhmm!… –contestó el tribuno mirando a las gaviotas que se lanzan en picada en el agua, pescando.

Y luego, después de un instante se detuvo en seco.

Se volvió hacia ella y preguntó

–           ¿Qué dijiste?… ¿Te estoy entendiendo bien?

Alexandra asintió, ruborizada y sonriente.

–           ¿Estás segura?

–           Sí. Llegará a nuestro hogar un bebé.

–           ¡Un bebé!… ¿Vamos a ser papás?… ¡Oh, Dios mío! ¡Un bebé!…

Y abrazó a Alexandra.

La levantó en el aire como si fuera una muñeca. Y daba vueltas regocijado como un niño al que le ha llegado el mejor regalo del mundo. Los dos ríen, locos de alegría.

–           ¡Un hijo…! ¡Un hijo! –Repetía Marco Aurelio embelesado- ¡Voy a ser padre! –le gritó al mar y al viento, rebosante de una dicha que no puede controlar.

Rodeando la cintura de Alexandra, cayó de rodillas a sus pies, llorando de alegría y agradeciendo a Dios por el don magnífico de la vida.

–           ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias, Señor! Dios mío, esta noticia colma y rebosa mi felicidad. ¡Gracias, preciosa mía! ¡Un hijo!…-Luego se levantó y gritó a los cuatro vientos- ¡Vamos a tener un hijo!…

Enseguida, volviéndose hacia ella, le preguntó preocupado:

–           ¿Cómo te sientes?

–           Estoy muy bien. Yo también me siento muy feliz, amor mío… –contestó ella sonriendo dichosísima.

Una nueva vida de ventura inmensa había sucedido a su vida anterior. Los atrae y los envuelve, como una encantada red.

En Roma bien puede el César seguir llenando el mundo con las explosiones de su ira y su locura, esparciendo el terror por doquier. Ellos sienten sobre su cabeza una invisible custodia, infinitamente más poderosa que el odio de Nerón. Y ya no temen ni a su cólera, ni a su maldad. El César ha dejado de ser para ellos una amenaza. Miraron el grandioso crepúsculo y oraron juntos…

Luego fueron a la casa para dar la noticia a los demás.

En un tiempo, cuando se hallaba en la prisión, Alexandra había estado demacrada por causa de la fiebre, el aire viciado, las incomodidades, en espera de la muerte. Pero ahora la situación es muy diferente. Está rodeada no solo de los más tiernos cuidados y atenciones. También de la comodidad, la abundancia y la exquisita belleza de todo lo que los circunda. En la villa de Marco Aurelio sólo se respira la felicidad y la paz que da el vivir en compañía del Dios Resucitado.

Pasó el tiempo y nació un bebé muy hermoso, al que llamaron Sebastián. Maximiliano sigue en Acaya.

Cuando supieron del regreso y la entrada triunfal de Nerón en Roma,  Marco Aurelio escribió una carta…

Y la comitiva de espectros que forman el lúgubre séquito del César, siguió aumentando cada día. Pisón había pagado su conspiración con la cabeza. Nerón está sorprendido ante el gran número de conspiradores. Aumentó la guardia y mantuvo en estado de sitio la ciudad, enviando a diario sentencias de muerte con los centuriones, a las casas de los sospechosos. Arrasando con culpables e inocentes, dando al César la excusa perfecta para confiscar sus riquezas.

Aun cuando Petronio se ha vuelto muy callado, Nerón ve un agravio en tal silencio. Y cuando el Árbitro elogia al César, a éste le parece entrever el ridículo a través de sus observaciones. La verdad es que aquel brillante patricio mortifica su amor propio y pone un freno que lo molesta mucho, en su verdadera personalidad. Como cada vez desciende más en el lodazal de una grosera y abyecta disipación; aquel exquisito árbitro del refinamiento empieza a ser para él, una carga muy pesada.

Sin saber exactamente porqué, le ha tomado una gran aversión al que fuera su director artístico. Hasta aquel momento le ha perdonado la vida a Petronio solo por su viaje a Acaya; en el cual su elegancia y su profundo conocimiento en todo lo relativo a Grecia y a los griegos, le han sido muy útiles.

Pero Tigelino se ha ido infiltrando gradualmente en el ánimo del César con la convicción de que Tugurino lo sobrepuja en buen gusto y en conocimientos. Por esto insiste en que sería más apto para ocupar el puesto de Petronio, organizándole juegos, recepciones y triunfos.

El emperador estuvo de acuerdo con él… Y a partir de aquel momento Petronio estuvo perdido. Pero Nerón no tiene suficiente valor para enviarle su sentencia en Roma. Tanto él como Tigelino recuerdan muy bien que aquel refinado esteta, ha dado pruebas de su gran inteligencia, su sorprendente habilidad y energía en el puesto de embajador de Claudio; como Procónsul en Bitinia y posteriormente como senador, en la capital del imperio. Saben que es capaz de cualquier hazaña. Es tan popular, que en Roma cuenta no solo con el amor del pueblo, sino también con el de los pretorianos.  En lo más íntimo de su ser, se siente muy inferior al patricio y ninguno de los confidentes del César ha sido capaz de prever la reacción de Petronio.

Por eso, ha pensado que sería más conveniente atraerlo fuera de la ciudad y darle el golpe en una de las provincias. César tiene una villa palaciega en Cumas y decide pasar unos días allá, en compañía de los más íntimos de su corte.

Petronio que también tiene una casa allí, intuye que su lucha de largos años con Tigelino se aproxima a su fin. Sabe que pronto será vencido en aquella contienda y también sabe muy bien porqué. Cuando recibió la invitación para ir a Cumas con otros augustanos, presintió la traición y aun cuando sospecha una trampa, se presentó con su carácter de siempre: alegre y despreocupado, pues desea alcanzar una última victoria sobre Tigelino…

Dos días después de llegar, Plinio que siempre había sido un amigo sincero suyo, envió a su liberto con una noticia urgente y secreta: la muerte de Petronio ha sido acordada. El siguiente fin de semana, el César planea dar el que será el último banquete para el escritor. No está seguro de la forma en que lo harán o si le enviarán la sentencia de muerte a su casa.

Petronio escuchó la noticia con inalterable calma. Luego fue a su cubiculum y regresó con un pequeño cofre. Dijo al mensajero:

–           Llevarás a tu señor este regalo y le dirás de mi parte que le agradezco su mensaje con toda mi alma, porque ahora puedo anticiparme a la sentencia. Solo dile que por favor no lo muestre en este reinado a nadie. Porque la codicia de este tesoro, es una de las causas de mi sentencia.

Y le mandó su precioso vaso mirrino que era aún más hermoso que los vasos que Nerón estimaba tanto y que llamaba ‘homéricos’ porque tenían esculpidos en ellos escenas de los Poemas de Homero.

Cuando se quedó solo, se encerró a orar fervientemente, entregándolo todo al Señor. Unas horas después, envió mensajeros en varias direcciones y con distintos encargos. Luego habló con Aurora y la puso al tanto de la situación. Ella lo abrazó y le dijo:

–           No temas, amor mío. Dios sabe lo que hace y los dos haremos su Voluntad…

Mientras tanto, Tigelino lo acusó de estar involucrado y ser amigo del senador Escevino, que había sido el alma de la conspiración de Pisón. La “Familia” de Petronio que había quedado en Roma, todos fueron arrestados y encarcelados. Y los guardias pretorianos rodearon su casa…

Cuando esto le fue notificado, no experimentó ni mostró la menor inquietud. Dijo a los augustanos a quienes había recibido en su espléndida villa en Cumas, que los invitaba a hacer una libación en honor del César. Éstos se excusaron y se retiraron pronto.

Petronio comprendió que habían venido para ver su reacción y comunicarla a Nerón. Dos días después le llegó la invitación al convite de Nerón.

Esa misma mañana escribió en la biblioteca y enseguida tomó un baño. Después se arregló más esmeradamente que nunca. Hermoso y soberbiamente distinguido, como un dios griego, se dirigió a la villa del César. Ni la más leve preocupación se nota en su semblante.

Los augustanos le saludaron, unos con cordialidad y otros con expectación. Los primeros, porque aunque saben que a Petronio lo rodean las nubes de la cólera del César; no piensan que el peligro sea tan inminente. Su rostro alegre, su sonrisa y su elegante despreocupación de siempre; confirmó a todos sus regocijados compañeros de aventuras y de intrigas palaciegas, en aquella opinión. Los segundos saben que él sabe que está próximo su fin y no comprenden su actitud.

Petronio goza con su desconcierto. Está sentado en el triclinio, muy cerca del César. Y los demás augustanos, al beber vino en las adornadas copas, derraman de ellas algunas gotas en honor de los dioses inmortales y de todas las verdades discutidas por los filósofos griegos de todos los tiempos.

Petronio comenta:

–           Estimo solamente a dos filósofos: Virgilio Marón y Anacreonte. Los demás te los regalo, incluidos todos los estoicos griegos y romanos. La verdad querido Plinio, reside a tanta altura que los mismos dioses no alcanzan a divisarla desde la cumbre del Olimpo.

Plinio lo mira con admiración y responde:

–           Uno puede no creer en los dioses, pero es posible admirar las obras de arte que inspiraron en Fidias, Praxíteles, Mirón, Escopas y Lisias. Lo que menos importa es que se crea o no en los dioses, la costumbre y la superstición así lo prescriben. Que se hagan libaciones en su honor…

–           Aun así…

Y Petronio conversa animadamente con todos: de Roma, de arte, de los más recientes escándalos y divorcios, de asuntos de amor, de las carreras, del mejor gladiador, de los últimos libros… Pasa de un tema a otro, con gracia y ligereza. Su buen humor está mejor que nunca.

De repente, el César le pregunta:

–           ¿Dónde está tu anillo, Petronio?

El Árbitro contesta sonriente:

–           Lo destruí antes de venir para acá. –Y agregó sin el menor rastro de enojo- ¿Fuiste tú quién ordenó la prisión de mi ‘familia’ en Roma?

Nerón se queda confundido y no sabe qué responder.

Tigelino lo rescata interviniendo con una ironía mortal:

–           Tú eras amigo de Flavio Escevino y estuvo contigo mucho tiempo en tu casa. ¿De qué hablaron?

Petronio contestó desdeñoso:

–           De lo mismo que habló contigo ese mismo día y que también estuvo en la tuya. ¿Recuerdas? Fue un día antes de la Fiesta Taurina.

Y volviéndose hacia el César, le dijo:

–           Yo no le temo a la muerte… Te conozco. Y después de lo que pasó con Séneca…Sé  muy bien lo que puedo esperar de ti. Solo quiero dos cosas: yo no tengo esclavos. Todos mis sirvientes son hombres libres e inocentes de las intrigas de este Carnicero… –dice esto con desprecio y mirando fijamente a Tigelino. Luego vuelve a mirar a Nerón y agrega- Déjalos en libertad. A mi cadáver no le hagas ningún tipo de funeral. Entrégalo a mi casa en Cumas. Ellos saben qué hacer conmigo. Y por último, yo haré un brindis a tu salud. Escoge la sentencia que tú quieras. Aquí estoy…

Y sonriente, levanta su vaso y espera.

Todos han quedado paralizados, conteniendo el aliento. Un profundo silencio se hace alrededor. Nerón hace una seña a Epafrodito y le susurra algo al oído. Este se va y regresa pronto con un pequeño frasco. También se acercan dos de los médicos que cuidan a los ‘retardados’.

Nerón dice simplemente:

–           Ya no te necesito.

Petronio sonríe más y responde tranquilamente:

–           Entiendo. Quieres estar seguro del resultado y si no funciona una cosa, funcionará la otra. No me gustaría manchar mi toga con sangre. Y tampoco me voy a dar muerte a mí mismo. Amo demasiado la vida para suicidarme.  Aquí estoy para lo que dispongas. Sólo quiero que parezca algo muy natural.  ¡Vamos!

Y levanta su vaso con vino, adelantándolo hacia Epafrodito. Éste  vacía una generosa cantidad del frasco azul que tiene en su mano, en el vaso de Petronio. Mientras tanto, el patricio caído en desgracia, pregunta mirando fijamente a Nerón:

–           ¿Es el mismo que le diste a Británico? Espero que sí… A ti tampoco te conviene ensuciar más tu imagen con mi muerte y puedes decir que me enviaste a una comisión en las provincias… He sido tu consultor y es la última sugerencia que hago para proteger a mi emperador…

Nerón lo miró perplejo por tanto desenfado.

Enseguida, Petronio  apura el líquido de un solo golpe, ante el asombro de todos los presentes. Con el vaso en la mano y luciendo en su bello rostro una luminosa sonrisa. Pasea lentamente la mirada sobre todos los augustanos y dice:

–           Amigos. La vida solo es… –ya no pudo terminar la frase.

Cayó en el lecho triclinio sin mostrar ningún espasmo. Los médicos se acercaron. Lo examinaron. Después de unos minutos, le hicieron un corte en los brazos y apenas si goteó sangre. Luego dictaminaron:

–           Está muerto.

Entonces Popea dijo a Nerón:

–           Él tuvo razón. Sin querer nos dio una solución perfecta para no alborotar al pueblo.

Tigelino se mordió los labios… Hasta en la última partida, no pudo evitar el sentirse derrotado por Petronio.

Nerón sonrió y dijo a Epafrodito:

–           Llévenlo a su casa y haz que alguien verifique los funerales. Liberen a todos los suyos.

Después que sacaron a Petronio, el banquete prosiguió como si nada hubiese ocurrido.

Los soldados llevaron el cuerpo exánime de Petronio y lo entregaron en su casa a Héctor, el mayordomo.

Luego Xavier dijo al centurión Marcelo:

–           Después del funeral, me llevas el informe.

Xavier se retira, dejando una decuria como escolta. Estos acompañan el cadáver de Petronio hasta el atrium.

Aurora aparece majestuosa y dice a Héctor que lleven el cuerpo a la biblioteca, en donde a él le gustaba estar, para prepararlo para el funeral. Y con su rostro bañado por las lágrimas, con voz dulce y humilde, le pide al centurión:

–           ¿Me podría dejar a solas con él unos momentos? Quisiera despedirme…

Marcelo objeta:

–           Me ordenaron que supervise los funerales y que no me separe del cadáver.-Luego ordena a los pretorianos:

–           Ustedes esperen aquí. Yo iré con él.

Y sigue a los que llevan al difunto a la biblioteca.

Cuando quedan fuera de la vista de los demás soldados, Marcelo se inclina y dice en voz baja a Aurora:

–           Pero solo por unos momentos…

–           Nadie sabrá que tuviste un gesto de compasión para con quién tanto lo amó. ¡Que Dios te lo premie! Y después de esto, te prometo que rendirás tu informe paso a paso.

Y Marcelo sale hacia un jardín interior, por otra puerta. Después de unos quince minutos, Aurora lo llama y le dice:

–           Gracias.

Marcelo regresa a la biblioteca, donde el cadáver de Petronio ha sido colocado sobre una camilla, cubierto con un hermoso tapiz blanco, recamado con hilos de oro.

Todo está listo y Héctor da orden de conducirlo, a los cuatro fornidos bitinios que eran los portadores de su litera. Éste es flanqueado por los pretorianos y Aurora, afligida y serena, encabeza la procesión fúnebre, seguida por todos los habitantes de la casa.

Lo quemaron en una pira hecha de prisa, en el fondo del jardín y luego lo depositaron en una tumba excavada bajo unos robles, junto a una estatua de Minerva. Finalmente, la tumba es cubierta con un poco de césped y muchas flores de las favoritas de Petronio.

Antes de despedir a los soldados, Aurora les da a cada uno, uno de los preciosos vasos de Petronio y al centurión le da a además, una bolsa de oro diciéndole:

–           Gracias por tu bondad. Ahora podrás rendir tu informe con verdad y decir que el noble Petronio descansa en paz.

Pocos meses después, una mañana  Nerón se emocionó mucho al participar en las competencias de carros que junto con el canto, son su mayor pasión. Y en una competencia especialmente reñida, él había logrado empatar; pero finalmente ganó por puntos y por decisión de los jueces… Después de una agria discusión en un banquete donde el emperador había abusado del vino, llegó muy tarde al cubículum imperial…  Popea estaba embarazada de seis meses y le esperaba particularmente exaltada, por una de esas tormentas hormonales que las mujeres desatan cuando están demasiado sensibles por el embarazo…

Pero Nerón no estaba para oír reproches de ninguna clase y respondió a los reclamos femeninos, con una furiosa patada sobre el insigne y abultado vientre imperial…

La emperatriz augusta se desplomó como fulminada por un rayo y pocas horas después dio a luz a un feto muerto, que se llevó consigo la vida de su progenitora.

Al día siguiente en el servicio del desayuno, Nerón preguntó por su esposa…

Y fue informado por Epafrodito:

–           Majestad… La augusta emperatriz Popea Sabina, acaba de fallecer hace dos horas, después de dar a luz a un hijo varón muerto…

Nerón levantó sus labios hasta su nariz… Pensó… Y luego preguntó:

–           ¿Ya prepararon sus funerales?

Epafrodito respondió:

–           No divinidad. Estamos esperando vuestras instrucciones…

Nerón se quedó pensando…

Luego, con una de esas magistrales representaciones tan suyas;  arrepentido,  lloró dramáticamente la muerte de su esposa tan amada y ordenó un fastuoso funeral para honrarla…

A continuación, ofreció en su honor una colosal ceremonia fúnebre y también decretó varios días festivos en honor a ella…

De esta manera pereció y desapareció de la memoria del mundo la mujer que según Tácito, ‘Poseía todo, menos honestidad.’

A pesar de toda la teatralidad desplegada en los funerales de Popea, Nerón se consoló demasiado pronto en los brazos de Esporo y la vida en el imperio y fuera de él, siguió su curso…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

77.- MARTIRIO DE UNA MADRE


(EL DIARIO DE REGINA)

La ausencia de Marco Aurelio, le impidió ver cómo se agravó la enfermedad de Alexandra. Bernabé velaba su inconsciencia con ardientes plegarias. El tribuno encargado trataba muy duramente a los prisioneros pues temía que se escaparan de la cárcel, por arte de un mágico encantamiento.

Regina se lo reclamó:

–           Nosotros no escaparemos. ¿Por qué no nos concedes ningún alivio, a nosotros que somos presos tan distinguidos? ¡Nada menos que del César y hemos de combatir en su Natalicio! ¿No aumentaría tu gloria, si nos presentásemos más gordos y saludables?

El militar se sintió desconcertado y enrojeció de vergüenza. Luego ordenó que se les tratara más humanamente. Permitió a los parientes que entraran a la cárcel y se reconfortaran mutuamente, a excepción de Marco Aurelio; pues había recibido órdenes terminantes, por parte de Tigelino.

En el segundo calabozo, Alondra se halla en el octavo mes del embarazo pues fue detenida cuando estaba encinta. Al aproximarse el día del espectáculo sufre mucha tristeza, temiendo que su martirio fuese postergado a causa de su estado, ya que la ley prohíbe que las mujeres encinta sean expuestas al suplicio. No quiere quedarse atrás de los cristianos y que más adelante tenga que derramar su sangre inocente, entre los demás criminales. Y tampoco sus compañeros de martirio quieren dejar atrás a tan excelente compañera.

Tres días antes de los juegos, todos se unieron en una misma súplica al Señor Jesús y  apenas terminaron la Oración, enseguida le vinieron los dolores de parto. Debido a lo prematuro y por razón natural, ella sufre y gime…

Entonces un carcelero le dijo:

–           Si tanto te quejas ahora ¿Qué harás cuando seas arrojada a las fieras de las que te burlaste al no querer sacrificar?

Ella respondió:

–           Ahora soy yo la que sufro. Pero allá en la arena, habrá otro en mí que padecerá por mí, pues yo también padeceré por Él.

Alondra dio a luz una niña a la que una cristiana adoptó como hija.

Entonces un joven llamado Lewis se acercó al grupo donde estaba Regina y les dijo:

–           Acabo de tener una visión: Ya habíamos sufrido el martirio y habíamos salido de nuestro cuerpo. Cuatro ángeles nos transportaban hacia el Oriente, pero sus manos no nos tocaban. Íbamos trepando por una pendiente suave. Pasado el primer mundo, vimos una luz inmensa y le dije a Regina que venía a mi lado: ‘He aquí lo que el Señor nos prometió y ya recibimos la recompensa’ Mientras éramos llevados por los cuatro ángeles, se abrió ante nuestros ojos una gran llanura que era como un vergel poblado de rosales y de toda clase de flores. Y sus hojas caían incesantemente. En el vergel, había cuatro ángeles más resplandecientes que los demás. Al vernos nos acogieron con grandes honores. Y dijeron a los otros ángeles con admiración: ‘¡Son ellos! ¡Son ellos!’

Entonces los cuatro ángeles nos dejaron en el suelo y nosotros caminamos la distancia de un estadio, por una ancha avenida. Allí encontramos a  Daniel, Xavier y Joshua, que habían sido quemados vivos en la misma persecución y a Lucas, que había muerto en la cárcel. Les preguntamos qué en donde estaban los demás, pero los ángeles nos dijeron:

–           Vengan. Antes entren y saluden al Señor.

Llegamos a un palacio cuyas paredes parecen edificadas de pura luz. Delante de la puerta había cuatro ángeles que antes de entrar, nos vistieron con vestiduras blancas. Entramos y oímos un coro que repetía sin cesar: ‘Agios, Agios, Agios = Santo, Santo, Santo.’ En la sala vimos sentado a un anciano canoso, con cabellos de nieve, pero con rostro juvenil. No vimos sus pies. A su derecha y a su izquierda, había cuatro ancianos.

Y detrás estaban de pie, otros innumerables ancianos. Avanzamos asombrados y nos detuvimos ante al trono. Cuatro ángeles nos levantaron en vilo. Besamos al Señor y él nos acarició la cara con la mano. Los demás ancianos dijeron:

–           ¡De pie!

Y de pie nos dimos el beso de paz. Después los ancianos nos dijeron:

–           Vayan y jueguen.

Y yo dije a Regina:

–           Ya tienes lo que anhelabas.

Y ella me contestó:

–           ¡Gracias a Dios! Fui dichosa en el mundo, pero aquí soy más dichosa todavía.

Cuando salimos del Palacio, reconocimos a muchos hermanos que ya habían sufrido también el martirio. Todos nos sentimos alimentados y saciados por una fragancia inefable. Entonces me desperté lleno de gozo.

Cuando Lewis terminó su relato, el sacerdote Damián, dijo:

–           El poder del Espíritu Santo, es idéntico por esto. ¡Qué abran bien los ojos, quienes valoran este Poder! ¡Que fue enviado para distribuir todos los carismas, en la medida que el Señor los distribuye a cada uno de nosotros, para que se fortalezca nuestra Fe! Tanto en el carisma del martirio como en el de las revelaciones; Dios cumple siempre sus promesas, para confundir a los incrédulos y sostener a los creyentes…Tal como está escrito: En los últimos días, dice el Señor, derramaré mi Espíritu sobre todos los hombres y profetizarán sus hijos y sus hijas. Los jóvenes verán visiones y los ancianos tendrán sueños”…

La voz del sacerdote resuena en las paredes de la prisión. Cuando termina de hablar, Regina retoma la escritura que tan cuidadosamente está llevando:

“Unos días antes de que fuéramos arrestados, fuimos bautizados y el Espíritu Santo me inspiró estando dentro del agua, que no pidiera otra cosa que poder resistir, el amor paternal.

Cuando nos hallábamos todavía con los guardias, mi padre impulsado por su cariño, deseaba ardientemente alejarme de la Fe con sus discursos y persistía en su empeño de conmoverme.

Yo le dije:

–           Padre ¿Ves ese cántaro que está en el suelo? ¿Esa taza y esa jarra?

–           Lo veo. –me respondió.

–           ¿Acaso se les puede dar un nombre diferente del que tienen?

–           ¡No! –me respondió.

–           Yo tampoco puedo llamarme con un nombre distinto de lo que soy: ¡Cristiana!

Entonces mi padre, exasperado se arrojó sobre mí para sacarme los ojos, pero solo me maltrató. Después, vencido se retiró con sus argumentos diabólicos. Durante unos días, no volvió. Por eso di gracias a Dios  y sentí alivio por su ausencia.

Luego fuimos encarcelados.

Yo experimenté pavor, porque jamás me había hallado en tinieblas tan horrorosas ¡Qué día tan terrible! El calor era insoportable por el amontonamiento de tanta gente. Los soldados nos trataban brutalmente. Y sobre todo, yo estaba agobiada por la preocupación.

¡Mi hijo está tan pequeño!

Leonel y Santiago, benditos diáconos que nos asistían, consiguieron con dinero que se nos permitiera recrearnos por unas horas, en el lugar más confortable de la cárcel. Saliendo entonces del calabozo, cada uno podía hacer lo que quisiera.

Yo amamantaba a mi hijo casi muerto de hambre. Preocupada por su suerte, hablaba con mi madre, confortaba a mi hermano y le recomendaba a mi hijo. Yo me consumía de dolor al verlos a ellos consumirse por causa mía. Durante muchos días, me sentí abrumada por tales angustias. Finalmente logré que se quedara conmigo en la cárcel. Al punto me sentí con nuevas fuerzas y aliviada de la pena y la preocupación por el niño.

Desde aquel momento, la cárcel me pareció un palacio y prefería estar en ella más que en cualquier otro lugar. Un día mi hermano Josué me dijo:

–           Domina hermana, ahora estás elevada a una gran dignidad ante Dios. Tanta que puedes pedir una visión y que se te manifieste si la prisión ha de terminar en martirio o en libertad.

Yo podía hablar familiarmente con el Señor, del que había recibido muchos favores y por eso, confiadamente le prometí:

–           Mañana te daré la respuesta.

Me puse en Oración y tuve la siguiente visión:

Vi una escalera de bronce tan maravillosamente alta, que parecía tocar el cielo, pero tan estrecha, que solo se podía subir de a uno. En los brazos de la escalera estaban clavados toda clase de instrumentos de hierro: espadas, lanzas, arpones, puñales, cuchillos… si uno subía descuidadamente sin mirar a lo alto, quedaba atravesado y hubiera dejado jirones de carne enganchados en los hierros. Al pie de la escalera estaba echado un dragón de extraordinaria grandeza, que tendía asechanzas a los que subían y los asustaba para que no subieran.

Lewis subió primero. Él nos había edificado en la Fe y al no estar presente cuando fuimos arrestados, se entregó después voluntariamente, por el amor que nos profesaba. Al llegar a la cumbre de la escalera, se volvió hacia mí y me dijo:

–           Regina, te espero pero ten cuidado, para que ese dragón no te muerda.

Yo le contesté:

–           No me hará daño en el nombre de Cristo.

Y el dragón parecía como si me tuviera miedo. Sacó lentamente la cabeza de debajo de la escalera y yo se la pisé, usándola como si fuera el primer peldaño y subí.

Después vi un inmenso prado, en medio del cual estaba sentado un anciano alto, de rostro juvenil y muy hermoso; con el cabello completamente cano y en traje de pastor, ocupado en ordeñar sus ovejas.

Muchos miles de personas vestidos de blancos hábitos, lo rodeaban. Levantó la cabeza, me miró y dijo:

–           ¡Seas bienvenida, hija!

Me llamó y me dio un bocado del queso que estaba preparando. Yo lo recibí con las manos juntas y comí. Todos los circunstantes dijeron:

–           ¡Amén!

Sus voces me despertaron mientras yo seguía saboreando algo dulce.

En seguida conté a mi hermano la visión y  los dos comprendimos que nos esperaba el martirio… Desde aquel momento empezamos a perder toda esperanza en las cosas de esta tierra.

Días después corrió la voz de que seríamos interrogados. Mi padre, consumido de pena, llegó de prisa a la ciudad, se me acercó con intención de conmoverme y me dijo:

–           Hija mía, apiádate de mis canas. Apiádate de tu padre si es que merezco que me llames padre. Con estas manos te he criado hasta que llegaste a la flor de la edad y te he preferido a todos tus hermanos. No es para esto que te engendré. Entre todos mis hijos te he amado, alegría y luz de mi casa. Y ahora tú quieres tu ruina y no te importa destruir también al pobre padre tuyo, que siente morir su corazón por el dolor que le das. Desde que dijeron que dejarían libres a los que hicieran sacrificios a nuestros dioses hija; llevo semanas rogándote. Tú has querido resistir y has conocido la cárcel. Tú, nacida y criada entre el lujo y las comodidades.

Y yo le contesté:

–           Es por el amor que siento por ti y por él, que permanezco fiel a mi Señor. Ninguna gloria de la tierra dará a tu cabello blanco y a este inocente tanto decoro, como el que te dará mi muerte. Tú llegarás a la Fe y… ¿Qué dirás entonces de mí, si tuviese la bajeza de haber renunciado en un momento de debilidad, a la Fe?

–           ¡Oh, dioses! ¡¡Ayúdenme!! Regina escucha por favor: Inclinando mi espalda ante los poderosos, te he obtenido un arraigo domiciliario, para que puedas estar todavía en tu casa como prisionera. Le he prometido al juez que te doblegaría con mi autoridad paterna. Ahora él me escarnece, porque no me haces caso. ¿No es esto lo que debería enseñarte, la doctrina que dices que es perfecta? ¿Cuál Dios es el que sigues  que te inculca de no amar y no respetar, al que te ha engendrado? Porque si me amaras no me darías tanto dolor. Tu obstinación, que ni siquiera la piedad por tu inocente ha vencido; te ha costado el ser arrancada de la casa y encerrada en esta mazmorra. Pero ahora ya no se habla más de prisión. Se habla de muerte… Esto es atroz. ¿Por qué? ¿Por Quién? ¿Por quién vas a morir tú? ¿Ese Dios tuyo tiene necesidad de tu sacrificio y del nuestro, el mío y el de tu criatura, que ya no tendrá más madre? ¿Su triunfo tiene necesidad de tu sangre y de mi llanto, para cumplirse? ¿Pero cómo? La fiera ama a sus cachorros… y tanto más los ama cuanto más los ha tenido en el seno.

Tú no eres una bestia. Has sido la hija más perfecta y una madre ejemplar. Pero ahora no te comprendo. Porque te conozco, por eso te obtuve el que pudieras amamantar a tu niño. Pero tú no cedes. Y después de haberlo nutrido, de darle calor, de servirle de almohada a su sueño, ahora lo rechazas y lo abandonas sin pesar. ¡Por Júpiter! ¿Qué es lo que te pasa?

No sé qué hacer. ¡Ya no te entiendo! No te ruego por mí, sino por él. No tienes el derecho de hacerlo un huérfano. Ya perdió a su padre en Britania y ahora te perderá a ti también. No tiene derecho ese Dios tuyo para hacer esto. ¿Cómo puedo creerlo bueno, más que los nuestros, si requiere estos sacrificios tan crueles? Tú me haces que lo odie y lo maldiga siempre más…

–           Mi Dios no tiene necesidad de mi sangre y de tu llanto para triunfar. EL YA TRIUNFÓ. Pero tú sí tienes necesidad de llegar a la Vida Verdadera. Y también este inocente tiene que quedarse para conocerla. Por la vida que me espera y por la alegría que él me ha dado, yo les obtengo la Vida que es verdadera, eterna, feliz. No. Mi Dios no enseña el desamor por los padres y por los hijos, sino el verdadero amor. Ahora el dolor te hace delirar, padre. Pero después la luz se hará en ti y me bendecirás. Yo te la mandaré desde el Cielo.

–           ¡LOCA! ¡PERDIDA! Pero ¡NO! ¡NO! ¡NO! ¿Qué estoy diciendo? ¡Oh, Regina perdona! ¡Perdona a tu viejo padre al que el dolor enloquece! ¿Quieres que ame a tu Dios? Le amaré más que a mí mismo, pero quédate entre nosotros. Di al magistrado que te doblegas. Después le adoraremos entre los dioses de la tierra. Después harás de tu padre esto que tú eres: seré cristiano. Te lo juro. No te llamo más hija. Ya no seré tu padre, sino tu siervo y tu esclavo y tú serás mi señora. Domina, ordena y yo te obedeceré. Pero ¡Piedad! ¡Piedad! ¡Sálvate mientras todavía puedes hacerlo! El tiempo ya se terminó.

Tu compañera ha dado a luz a su criatura. Yo lo sé y nada más falta la sentencia. Te será arrancado el hijo y no lo verás nunca más. Quizás mañana, quizás hoy mismo. ¡Piedad, hija! ¡Ten piedad de mí y de él, que no sabe hablar todavía! Pero ¿Lo ves cómo te mira y sonríe? ¡Cómo invoca tu amor! ¡Oh! Señora mía. Luz y reina de mi corazón. Luz y alegría de tu bebé, ¡Piedad! ¡Piedad!

Y se arrodilló y besó la orla de mi vestido. Y se abrazó a mis rodillas. Buscó mi mano y la besaba, bañándola con sus lágrimas.

Y yo tenía la otra sobre mi corazón, mientras oraba y me contenía ante el  más terrible ensañamiento humano. Esta tortura era más feroz que cualquiera imaginada por el verdugo más brutal y despiadado. Pero no me doblegué y le dije:

‘A  este inocente no es que yo lo ame menos, ahora que estoy vaciada de sangre para nutrirlo. Si la ferocidad pagana no se hubiera desatado contra nosotros los cristianos, yo sería para él una madre amantísima y él sería el motivo más precioso de mi vida. Pero más que la carne nacida de mí, es más Grande mi Dios. Y el amor que Él ha dado, ES INFINITAMENTE MÁS GRANDE. Posponer su amor, por el de una criatura… ¡¡¡No!!! ¡No! Tampoco serás el esclavo de tu hija. Yo para ti soy tu hija y en todo obediente, fuera de esto: de renunciar al Verdadero Dios por ti. Deja que el querer de los hombres se cumpla. Y sí me amas, sígueme en la Fe. Y encontrarás a la hija tuya para siempre, porque la verdadera Fe da el Paraíso. Mi Pastor Santo, ya me ha dado la bienvenida a su Reino.’

Y entonces tomé al niño que había dejado durmiendo sobre mi manto, saciado y contento. Después de besarlo suavemente para no despertarlo, lo consagré a Jesús. Era mi corderito sacrificado junto conmigo, por la salvación de sus almas.

Y mojando mi dedo con mis lágrimas, también lo bendije, trazando una cruz sobre su frente, sobre sus manitas, sobre su pecho y sus piecitos. Mi niño me sonrió como si sintiera mi ternura y la dulzura de mis caricias. Luego se lo di a mi padre.

Entonces él me suplicó llorando:

–           ¡No me hagas ser la vergüenza de los hombres! Piensa en tus hermanos,  piensa en tu madre y en tu tía materna. Piensa en tu hijito que no podrá sobrevivir sin ti. ¡Cambia tu decisión y no nos arruines a todos! ¡Ninguno de nosotros se atreverá a presentarse en público, si eres condenada!

Así hablaba mi padre, movido por su cariño. ¡Cuánta compasión me inspiraba mi pobre padre! ¡Pues él sería el único de mi familia, que no se alegraría con mi martirio! Traté de consolarlo diciendo:

–           Allá en el tribunal, sucederá lo que Dios quiera. Has de saber que nosotros no somos dueños de nosotros mismos, sino que pertenecemos a Dios.

Y él se retiró de mí desconsolado.

Otro día mientras estábamos almorzando, nos sacaron de repente para ser interrogados y llegamos al Fórum. Había un gentío inmenso, subimos al estrado. Mis compañeros fueron interrogados y confesaron su Fe. Por fin llegó mi turno. Bruscamente apareció mi padre con mi hijo en brazos y me arrastró fuera de la escalinata, suplicándome:

–           ¡Compadécete del pequeño!

El procurador Emilio que tenía el Ius Gladii o poder de vida y muerte, insistió:

–           Apiádate de las canas de tu padre y apiádate de la tierna edad del niño. Sacrifica por la salud del emperador.

Yo respondí:

–           No sacrifico.

–           ¿Eres cristiana?

–           Sí. Soy cristiana.

Mi padre se mantenía firme en su intento de conmoverme. Por eso Emilio dio orden de que lo arrojaran de ahí y hasta le pegaron con una vara.

Sentí los golpes a mi padre, como si me hubieran apaleado a mí ¡Cuánta compasión me daba su infortunada vejez!

Entonces Emilio pronunció sentencia contra nosotros, condenándonos a las fieras. Y volvimos a la cárcel muy contentos.

Como el niño estaba acostumbrado a tomarme el pecho y a permanecer conmigo en la cárcel, enseguida envié al diácono Antonio a reclamarlo a mi padre. Pero mi padre no se lo quiso entregar. Entonces, gracias al Querer divino, ni mi niño extrañó los pechos, ni éstos me causaron ardor. De esta manera cesaron mis preocupaciones por la criatura y por el ardor de mis pechos.

A los pocos días, mientras estábamos en Oración, súbitamente se me escapó la voz y nombré a Vicente. Me quedé pasmada porque nunca me había venido a la mente, sino hasta ese momento.

Y sentí compasión al recordar cómo había muerto. También comprendí que yo era digna y que debía orar por él. Empecé a hacer mucha Oración por él y a gemir delante del Señor. Seguidamente aquella misma noche tuve esta visión:

Vi a Vicente salir de un lugar tenebroso, donde también había muchos otros. Venía sofocado por el calor y sediento. Con un vestido sucio y rostro pálido. Llevaba en la cara la herida que tenía cuando murió. Vicente era mi hermano carnal de siete años de edad. Murió de un cáncer tan terrible en la cara, que daba asco al mundo.

Yo hice Oración por él. Pero entre él y yo había una gran distancia, de tal manera que  era imposible acercarnos el uno al otro. Además en el mismo lugar en que estaba Vicente, había una piscina llena de agua, pero el borde estaba más alto que la estatura del niño. Vicente se estiraba como si quisiera beber. Yo me afligía al ver la piscina llena de agua, pero con el borde demasiado alto para que pudiera hacerlo y beber hasta saciarse. Entonces me desperté y comprendí que mi hermano estaba sufriendo, pero confiaba en que podría aliviar sus sufrimientos. Por esto, oraba por él todos los días. Hasta que fuimos trasladados a otra cárcel, porque debíamos combatir en los Juegos Militares, para celebrar el cumpleaños del César. Y continué orando por él, día y noche, con gemidos y lágrimas para alcanzar la gracia.

El día que estuvimos en el cepo, tuve una nueva visión:

Vi el lugar que había visto antes y a Vicente limpio de cuerpo, bien vestido y lleno de alegría. Donde antes tenía la llaga, vi solo una cicatriz. El borde de la piscina estaba más bajo y llegaba hasta el ombligo del niño. Sobre el borde había una copa de oro, llena de agua. Vicente se acercó, bebió, pero la copa no se agotaba nunca. Saciada su sed, se retiró del agua y se puso a jugar, gozoso, como lo suelen hacer los niños. En esto me desperté y comprendí que ya no sufría.

Pocos días después, James; encargado ayudante de la cárcel, empezó a tenernos gran consideración, por comprender que el Señor nos favorecía con su Gracia y permitió que mucha gente nos visitara, para confortarnos mutuamente. Mientras tanto se aproximaba el día del espectáculo. Mi padre, consumido de pena, vino a verme y empezó a arrancarse la barba, a arrojarse al suelo y a pegar su faz en el rostro. Maldecía sus años y decía tales palabras, que hubiera podido conmover a cualquiera. ¡Qué compasión sentía por su infortunada vejez!

El día anterior a nuestro combate, tuve otra visión:

El diácono Antonio venía a la puerta de la cárcel y llamaba con fuerza. Yo salí y abrí. Venía vestido con túnica blanca, sin cinturón y llevaba chinelas muy elaboradas con variados colores. Y me dijo:

–           Regina, te estamos esperando. Ven…

Me tomó de la mano y empezamos a caminar por lugares ásperos y tortuosos. Por fin llegamos jadeantes al Anfiteatro.

Y Antonio me llevó en medio de la arena y me dijo:

–           No tengas miedo. Yo estaré contigo y combatiré a tu lado.

Y se marchó.

Entonces vi a un gentío inmenso, pasmado. Yo sabía que había sido condenada a las fieras, por eso me sorprendía que no las soltaran contra mí. Entonces avanzó contra mí, un egipcio de aspecto repugnante, acompañado por sus ayudantes. Ansioso de luchar conmigo. Al mismo tiempo se me acercaron unos jóvenes hermosos, mis ayudantes y partidarios.

Me desnudaron y quedé convertida en varón. Mis ayudantes comenzaron a frotarme con aceite, como se acostumbra en los combates. Y frente a mí, vi al egipcio que se revolcaba en la arena.

Entonces sobrevino un hombre de extraordinaria grandeza. Tanta, que sobrepasaba la cumbre del Anfiteatro. Llevaba una túnica flotante con un manto de púrpura, abrochado por dos hebillas en medio del pecho y calzado con chinelas de oro y plata. Tenía una vara de lanista o entrenador de gladiadores y un ramo verde del  que colgaban manzanas de oro. Pidió silencio y dijo:

–           Si el egipcio vence a la mujer, la pasará a filo de espada. Pero si ella vence al egipcio, recibirá este ramo.

Y se alejó.

Nos acercamos el uno al otro y empezamos un combate de pugilato. Él trataba de sujetarme los pies y yo golpeaba su cara a puntapiés. Entonces fui levantada en el aire y yo comencé a castigarle sin pisar tierra. Cuando tuve un momento de respiro, junté las manos trenzando los dedos y aferré su cabeza. Cayó de bruces y yo le aplasté la cabeza. El pueblo me vitoreó y mis partidarios entonaron un canto. Yo me acerqué al lanista y recibí el ramo. Él me besó y me dijo:

–           Hija. La paz sea contigo.

Radiante de gloria, me dirigí a la Puerta de los Vivos.

Entonces me desperté y comprendí que yo debía de combatir,  no contra las fieras; sino contra el Diablo, pero estaba segura de la victoria.

Para este tiempo, Aiden el lugarteniente de la cárcel había abrazado la Fe. La víspera de los Juegos tuvimos la última cena, llamada también ‘Cena de la Libertad’. Pero la convertimos en ‘Ágape’ o ‘Cena de la Fraternidad’. Interpelaban a los curiosos con la acostumbrada intrepidez y los intimidaban con el Juicio de Dios. Proclamaban la dicha de su martirio y se reían de los majaderos. Lewis les decía:

–           ¿No les basta el día de mañana para contemplar a los que detestan? ¿Hoy amigos, mañana enemigos? Fíjense cuidadosamente en nuestros rostros para que nos puedan reconocer en el Día del Juicio.

Todos se retiraban de allí confundidos. Y muchos de ellos se convirtieron…

Regina escribió éstas últimas frases, antes de entregar su escrito a Aiden:

–           Hasta aquí relaté lo que nos sucedió la víspera del combate. Si alguien quiere escribir el combate mismo, ¡Que lo haga!…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

72.- UN PLAN… ¿PERFECTO?


En la madrugada ya casi cerca del alba, Petronio y Marco Aurelio regresan a casa. Durante el trayecto estuvieron silenciosos, pues se encontraron con las carretas que del Spolarium están conduciendo, los sangrientos despojos de los cristianos…

Cuando están en la biblioteca, Petronio dice a Marco Aurelio:

–           ¿Has pensado en lo que te propuse?

–           Sí.

–           ¿Puedes creerme que para mí también esta cuestión, es ahora de vital importancia? Tenemos que liberarla a despecho del César y de Tigelino. Es una batalla que debo ganar aunque me cueste la vida. Y lo que pasó hoy, me ha confirmado en mi propósito.

Marco Aurelio exclama emocionado:

–           ¡Qué Cristo te lo pague con su Luz!

Petronio replica sin ocultar su preocupación:

–           Mejor dile que nos ayude…

En ese momento entra el mayordomo y dice:

–           Hay un joven que dice traer noticias de la amita.

Marco Aurelio responde anhelante:

–           ¡Pásalo aquí!

Cuando lo llevan, el joven se descubre la cabeza. Echa atrás la capucha de su capa, diciendo:

–           ¿Está aquí el noble Marco Aurelio Petronio?

Éste exclama al reconocer al hijo de Isabel:

–           ¡Oh, David! ¡Eres tú hermano mío! La paz sea contigo. ¿Qué deseas?

–           Y también contigo, hermano. Vengo de la prisión y traigo noticias de Alexandra.

.           El tribuno puso una mano en el hombro del joven. Lo miró a los ojos sin poder hablar. Pero David comprendió y dijo:

–           Ella vive todavía. Bernabé me manda a decirte que en su delirio, ella ora y repite tu nombre.

Marco Aurelio exclamó:

–           ¡Gracias a Dios! ¡Alabado sea Jesucristo!

David contestó:

–           Por los siglos de los siglos. Amén. La enfermedad la salvó de la violación y de la muerte. A ella no se la pudieron llevar con los jóvenes destinados a la diversión del César.

Marco Aurelio y Petronio intercambian una mirada de mutua comprensión al recordar los sucesos del frustrado banquete y el encuentro de Nerón con los jóvenes en el Circo. Y en las teas…

David continúa:

–           Los verdugos temen al contagio. Bernabé y Mauro el médico, velan día y noche a su lado.

Petronio pregunta:

–           ¿Tiene siempre los mismos guardianes?

–           Sí. Y está en el aposento de ellos. Todos los presos que estaban en el calabozo inferior del tullianum, murieron de hambre o de fiebre, a causa del aire infectado.

–           ¿Quién eres tú?

–           Soy el hijo de la viuda donde se hospedó Marco Aurelio y recuperó su salud.

–           Entonces también eres cristiano.

El joven contesta contundente:

–           Sí. Soy cristiano.

–           ¿Y cómo es que puedes entrar y salir libremente de la prisión?

David mira interrogante, primero al joven tribuno… Éste afirma con la cabeza y David contesta:

–           Me tomaron para la faena de transportar cadáveres y acepté el oficio porque así puedo ayudar a mis hermanos y llevarles noticias del exterior.

Petronio miró con más atención el rostro bien parecido del joven. Sus enormes y bellos  ojos azules y el rubio cabello abundante y ondulado.

–           ¿De qué país eres?

–           Soy Galileo de Palestina.

–           ¿Nos ayudarías a liberar a Alexandra?

–           Claro que sí. Aunque en ello me vaya la vida…

–           Di a los guardias que la coloquen entre los muertos.  Y sáquenla durante la noche. Cerca de las fosas pútridas habrá gente aguardando con una litera y se la entregarás a ellos.

–           Hay un hombre encargado de quemar con hierro candente, los cuerpos que sacamos de la prisión; a fin de comprobar que sí son cadáveres. Pero ese hombre puede ser sobornado y no quemará la cara de los muertos, ni tocará absolutamente el cuerpo.

Petronio aconsejó:

–           Prométele todo el oro que sea necesario. Y busca auxiliares seguros.

–           Así lo haré. En la prisión misma o en la ciudad, por dinero son capaces de todo.

Marco Aurelio pregunta:

–           ¿Podría ir contigo como un asalariado?

Pero Petronio objetó con fuerza:

–           ¡No! Eso no. Los pretorianos podrían reconocerte, aún con tu disfraz. Y entonces, todo estará perdido. Tú no debes ir a ningún lado. Es necesario que tanto el César como Tigelino estén convencidos de que ella ha muerto, pues de otra manera ordenarán su persecución inmediata. La única manera de alejar sus sospechas, es que después de que se la hayan llevado a los Montes Albanos o a Sicilia; nosotros permanezcamos aquí en Roma. Un mes después te enfermarás tú y llamarás al médico de Nerón, que te prescribirá un viaje a las montañas y entonces tú y ella se reunirán de nuevo. Y luego…- se detiene unos momentos meditando… y luego agregó con un ademán- ¿Quién puede conocer el futuro? Pueden venir otros tiempos…

Marco Aurelio exclamó:

–           ¡Petronio! ¡Tú estás hablando de Sicilia, mientras que ella está gravemente enferma y puede morir!

–           Dejémosla al principio, cerca de Roma. Bastará el aire puro para que se restablezca. Lo importante es que logremos sacarla de la prisión. ¿No tienes tú en las montañas algún administrador en el que puedas confiar?

–           Tengo uno cerca de Tívoli. Hay un hombre que me llevó en sus brazos cuando era niño y siempre me ha amado.

Petronio le pasó unas tablillas y dijo:

–           Escríbele que venga mañana. Enviaré un correo al punto. -Y llamó al mayordomo, para darle las órdenes oportunas.

Marco Aurelio dijo:

–           Quisiera que Bernabé la acompañase, así estaría yo más tranquilo.

Petronio objetó:

–           ¡No! Que él salga como pueda, pero no al mismo tiempo que ella, porque lo seguirán y terminarán por encontrarla. ¿Acaso quieres perderte y perderla? Os prohíbo que digáis a Bernabé, ni una palabra… ¡O no cuenten conmigo!

Marco Aurelio reconoció la cordura de estas palabras y guardó silencio.

David entonces, pidió permiso para retirarse y prometió volver al día siguiente.

El tribuno acompañó a David a la puerta y éste le dijo:

–           Voy a sobornar a uno de mis compañeros con los que sacamos los cadáveres. No revelaré a nadie nuestro plan. Sólo al apóstol Pedro, cuando vaya a nuestra casa.

–           Aquí puedes hablar libremente. Espérame… Iré contigo, hablaré personalmente con él y le pediré consejo.

Y ordenó que le trajeran un manto y una túnica de esclavo. Se despidió de Petronio diciéndole a donde iba. Y los dos salieron juntos.

Petronio se quedó solo en la biblioteca y exhaló un profundo suspiro, mientras se decía a sí mismo:

–           Y yo llegué a desear que ella muriera de la fiebre, porque era menos terrible para Marco Aurelio. Pero ahora, ¡Ah! ¡Enobarbo!… Tú has querido hacer de la angustia de un esposo, un espectáculo. Y tú Augusta, has tenido envidia de la hermosura de la doncella y quisieras devorarla viva, como el odio que te devora a ti porque ha muerto tu pequeño Rufio Crispino. ¡Oh, dioses! y… ¡Tú Tigelino, anhelas destruirla por tu rivalidad conmigo y quieres vengar en ella, tu enojo contra mí! Pero… ¡Ya lo veremos! Os digo a todos que en lo que de mí dependa: ¡No ganaréis! ¡No! ¡NO! Si ella no muere por esa fiebre, os la voy a arrancar de tal forma, como ni siquiera sospecháis. Y luego, cada que os encuentre me diré: “He aquí a estos imbéciles, a quienes ha burlado Tito Petronio Níger”

Y satisfecho con estos pensamientos, se dirigió al triclinium a comer con Aurora.

Afuera el viento arrastra pesadas nubes que se van agrupando. Y luego se desata una tempestad, en aquella tranquila tarde estival. A intervalos retumban los truenos entre las siete colinas.

Cuando regresó Marco Aurelio, Petronio fue a su encuentro:

–           ¿Qué pasó?

Marco Aurelio se arregló el cabello empapado por la lluvia y contestó:

–           David habló con los guardias y ya hablé con Pedro, quién me ha mandado que ore y tenga Fe.

–           Eso está muy bien. Si todo resulta como lo esperamos, la sacaremos mañana por la noche.

–           Octavio debe estar aquí al rayar el alba, acompañado de algunos hombres.

Petronio concluye:

–           El camino es corto. Ahora ve a descansar.

Pero el tribuno fue a su cubiculum solo para ponerse de rodillas y orar fervientemente.

Al amanecer, Octavio el administrador llegó trayendo consigo: mulas, una litera, un carro y cuatro hombres de confianza, elegidos entre sus esclavos de la Galia y quienes se han quedado en una posada del Transtíber.

Marco Aurelio, que ha velado toda la noche; fue al encuentro de Octavio. Éste, al ver a su joven amo, lo saludó cariñosamente, diciendo:

–           Amado mío, tú estás enfermo o los sufrimientos te están acabando. Estás tan demacrado que apenas si te puedo reconocer.

Marco Aurelio lo condujo por la galería y lo hizo partícipe de su secreto…

Octavio le escuchó con atención. Su enjuto y atezado semblante, se llenó de una emoción que no intentó ocultar:

–           ¡Entonces ella es cristiana! –exclamó con una interrogante implícita en su mirada anhelante.

Marco Aurelio contestó comprendiéndolo:

–           Yo también soy cristiano.

El anciano exclamó sin reprimir las lágrimas:

–           ¡Alabado sea Jesucristo!- Y orando en voz alta, agregó- Te doy gracias Señor, por haber dado la luz al alma que me es más cara en el mundo.

Y abrazando al joven tribuno, llorando de felicidad, lo besó en la frente.

Luego llegó David.

Después de los saludos, Octavio dijo a Petronio:

–           ¿Y tú noble patricio, también eres cristiano?

Petronio contestó sonriente:

–           Todavía no, Octavio. Pero lo estoy considerando…

Entonces David le dijo a Marco Aurelio:

–           ¡Traigo buenas noticias! El Señor te manda decir a través de Mauro el médico, que Alexandra vivirá; aun cuando tenga la misma fiebre que en el Tullianum está matando a los prisioneros. Que recuerdes que Dios es el Dueño de nuestra vida y es el Único que marca el fin de la misma. Lo de los guardias y el que supervisa los cuerpos, está arreglado. Artemio el ayudante, también aceptó. El único peligro es que ella pueda gemir o hablar, cuando pasemos junto a los pretorianos. Pero está muy débil y no ha abierto los ojos en toda la mañana. Además, le llevé un narcótico que Mauro me dio.

Mientras David dice todo esto, Marco Aurelio se puso pálido y Petronio preguntó:

–           ¿Sacarán otros cuerpos de la prisión?

–           Anoche murieron más de doce y antes de que termine el día, tendremos más cadáveres. Iremos con otros individuos; pero tenemos un plan para poder retrasarnos a cierta distancia y para que no se den cuenta, os la entregaremos. Ustedes nos esperarán en un punto determinado. ¡Quiera Dios que la noche esté lo suficientemente oscura!

Octavio dice:

–           ¡Lo estará! Aunque no estuviera nublado, la luna está muy tierna y Dios nos ayudará.

Marco Aurelio cuestionó:

–           ¿Iréis sin antorchas?

–           Las antorchas sólo las llevan los que van adelante. Transportamos los cadáveres, después del anochecer.

Petronio interviene:

–           Marco Aurelio y yo iremos con vosotros.

El tribuno exclama:

–           ¡Sí! ¡Sí! Yo tengo que estar ahí. Yo mismo la trasladaré a la litera.

Octavio agrega:

–           Yo la llevaré a Tívoli y allí la cuidaré con mi vida.

Petronio confirma:

–           Entonces hagámoslo.

Y cada quién se ocupa de lo suyo.

Octavio se fue a la posada a dar instrucciones a los suyos. David guardó la bolsa con oro bajo su túnica y se fue a la prisión. Y para Marco Aurelio comenzó un día de zozobra, angustia, sobreexcitación y esperanza…

Petronio dice esperanzado:

–           El proyecto debe dar buenos resultados porque ha sido bien estructurado. Es imposible inventar un procedimiento mejor. ¡Es un plan perfecto! ¿Qué podría fallar? Tú deberás arrostrar un dolor profundo y vestir de luto. No abandones el Anfiteatro. Es necesario que te vean allí. Todo está dispuesto de tal forma que no puede fracasar. Pero ¿Estás perfectamente seguro de tu administrador?

Marco Aurelio; totalmente seguro,  dijo por toda explicación:

–           Es cristiano.

Petronio contestó reflexivo:

–           Después de todo lo que he presenciado, lo que me extraña es que esta religión no se haya extendido a todo el imperio. Es mejor que descanses. Nos espera una jornada muy agitada.

Y los dos se retiran a descansar.

Más tarde se encuentran en el atrium y dice Petronio:

–           Fui a la casa de Tiberio. Fui expresamente a dejarme ver y jugué a los dados. Mañana piensan exhibir a los crucificados, aunque tal vez la lluvia lo impida. Pero tú no la verás en la Cruz. ¡La tendremos en Tívoli! Vamos. Come aunque solo sea un poco y luego nos iremos. Ya comenzó a llover y pronto será de noche. Tal vez esto sea favorable para nosotros.

–           No puedo comer nada. Mejor vámonos. Es posible que a causa de la lluvia, transporten los cadáveres más temprano.

–           Está bien. ¡Vámonos!

Y cubriéndose con sus mantos salen. Petronio lleva un largo puñal, para protegerse.

La ciudad está desierta en las calles a causa de la tempestad. Avanzan rápido y se reúnen con Octavio.

Buscaron refugio para protegerse del granizo, cuando la lluvia arrecia. La temperatura bajó y comienza a hacer frío. Llegaron al lugar convenido y esperaron…

Después de un rato, la tormenta se calma y…

–           Veo una luz a través de la neblina. Son tres antorchas… –dice Octavio.

Petronio exclama:

–           ¡Ya vienen! ¡Son ellos!

La procesión se fue acercando… Pasaron frente a ellos y siguieron su marcha.

No pueden creer lo que está sucediendo…

Lo que sucedió a continuación, fue como una bomba…Finalmente oyeron la dolorida voz de David:

–           Se la llevaron con Bernabé a la cárcel del Esquilino. La trasladaron al mediodía y cuando llegué, ya no estaban…

Cuando regresan a la casa, Petronio está tan triste que ni siquiera intenta consolar a su sobrino. Comprende que liberar a Alexandra de los calabozos del Esquilino, en el Palacio de Tiberio; es prácticamente imposible.

Es evidente que la sacaron del Tullianum, porque no quieren que muera allí y pueda escapar a la suerte que le han preparado en el Anfiteatro. Y ahora deben haber aumentado la vigilancia y la custodia sobre ella. La venganza de Popea continúa implacable…

Desde lo íntimo de su corazón lo siente por los dos. Todos sus esfuerzos han resultado infructuosos y el amargo sabor del fracaso lo invade con toda su plenitud. Es la primera vez que lo que más ha deseado, no alcanza el éxito.

Y en lo que él considera hasta hoy, que es el combate más importante de su vida, ha sido vencido.

–           ‘La fortuna parece abandonarme’ Se dijo a sí mismo.

Su ánimo está totalmente deprimido. Y al mirar a su sobrino, se quedó desconcertado…

Éste está totalmente sereno y no entiende porqué… entonces recordó a Joshua cuando estaba siendo torturado en la parrilla.

A su vez, Marco Aurelio dice firme y convencido:

–           Jesús me la devolverá. Pase lo que pase… Él me la regresará… –y una sonrisa de esperanza ilumina su semblante.

Sobre Roma se escuchan los últimos retumbos de la tempestad. Durante tres días, la lluvia azotó la ciudad sin interrupción. Hubo trombas y granizadas que interrumpieron los espectáculos programados. El pueblo comenzó a alarmarse y empezaron los rumores. Temen por la próxima vendimia. Un rayo fundió la estatua de Ceres en el Capitolio y se ordenó la ofrenda de sacrificios en el templo de Júpiter Capitolino.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA,CONOCELA