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77.- LA PRIMERA TRAMPA


En un cruce de caminos que van a Ptolemaida y a Nazareth, Jesús y los suyos están hospedados en una casa amiga.

Él regresa al gran salón donde los apóstoles se han quedado dormidos, rendidos por el cansancio. Menos Judas de Keriot, que parece revolverse sobre ascuas.

Jesús le pregunta:

–                     ¿Me necesitas, Judas?

Judas contesta:

–                     No, Maestro. Pero no puedo dormir y querría salir un poco.

–                     ¿Quién te lo prohíbe? Yo también salgo. Voy a aquel colladito que está en la sombra… Descansaré y oraré. ¿Quieres venir conmigo?

–                     No, Maestro. Te molestaría, porque no me encuentro en condiciones de orar. Tal vez… No me siento bien y esto me turba…

–                     Quédate entonces. No obligo a nadie. Hasta pronto…

Jesús se va y Judas deambula un rato por el huerto y luego se sienta en una banca de piedra, que está junto al emparrado.

En el portal, María está recogida en sí, meditando, mientras los demás duermen.

Judas la mira con los ojos muy abiertos y una fugaz expresión de hipocresía y de crueldad, se asoma a su mirada. Es como un destello que pronto se pierde. Se levanta y se acerca poco a poco. Tiene una belleza repulsiva. Algo en sus movimientos, da la impresión de ser una pantera o una serpiente, que se acerca a su presa.

En voz baja dice:

–                     ¡María!

La Virgen pregunta dulcemente:

–                     ¿Qué se te ofrece, Judas?

–                     Quiero hablarte.

–                     Habla, te escucho.

–                     Aquí, no… No quiero que me oigan. ¿No podrías venir un momento allá afuera? Allí hay sombra…

–                     Vamos pues. Pero mira… todos duermen. Podrías hablar también aquí. –dice la Virgen. Pero se levanta y lo acompaña hasta el jardín.

–                     ¿Qué se te ofrece, Judas? –vuelve a preguntar; mirando fijamente al apóstol que se turba un poco y parece no encontrar las palabras.

–                     ¿Te sientes mal? O ¿Has hecho algo mal y no sabes cómo decirlo?… O bien, ¿Te sientes tentado de hacerlo y te duele confesarlo? Habla hijo. Como te curé cuando estuviste enfermo en el cuerpo, te curaré el alma. Dime lo que te está quitando la paz y si puedo, te devolveré la calma.

Si no puedo, se lo diré en privado a Jesús. Aunque hayas cometido muchos pecados, Él te perdonará si le pido su perdón. En realidad, Jesús al punto te perdonaría… Pero tal vez tengas vergüenza de Él, porque es tu Maestro. Yo soy una mamá. No te avergüences…

–                     Sí. No tengo vergüenza porque eres Madre y muy buena. Verdaderamente eres la paz entre nosotros. Yo… yo me siento muy turbado. Tengo un pésimo carácter, María. No sé qué tengo en la sangre y en el corazón… A veces no puedo controlarlos y es entonces cuando soy capaz de cometer las acciones más viles… las más perversas…

–                     Aunque tengas a Jesús cerca de ti, ¿No puedes resistir al Tentador?

–                     Aún así y sufro por eso. Créemelo. Pero así sucede. Soy muy infeliz.

–                     Rogaré por ti, Judas.

–                     No basta.

–                     Haré que rueguen personas justas, sin mencionar tu nombre.

–                     No basta.

–                     Haré que rueguen los niños. La Oración de los niños es agradable al Señor.

–                     Pero jamás como la tuya. Y sin embargo no es suficiente.

–                     Diré a Jesús que ruegue al Padre por ti.

–                     Aún así, no basta.

–                     Si esto no basta, no sé qué bastaría. La Oración de Jesús vence aún a los demonios.

–                     Sí. Pero Jesús no pediría siempre y yo volvería a ser yo… Jesús siempre dice que se irá un día. Debo pensar lo que haré cuando esté sin Él. Jesús ahora nos quiere mandar a predicar la Buena Nueva. Tengo miedo de ir con este enemigo que soy yo mismo, a esparcir la Palabra de Dios. Querría haber estado ya formado para esta hora.

–                     Pero hijo mío; si ni siquiera Jesús lo logra, ¿Quién quieres que pueda?

–                     ¡Tú, Madre! Permíteme que pase un tiempo contigo. Han estado paganos y prostitutas, puedo estar también yo. Si no quieres que pase la noche en tu casa, iré a dormir a la de Alfeo y María Cleofás. Pero el día lo pasaré contigo; con los niños. Otras veces he probado arreglándomelas yo solo y fue peor.

Si voy a Jerusalén tengo muchos amigos malos y en las condiciones en las que me encuentro… Cuando siento lo que estoy sintiendo, me convierto en su juguete. Si voy a otra ciudad me pasa lo mismo. La tentación del camino se enciende junto con la que ya tengo. Y si voy a un lugar solitario, el silencio me desgarra con los gritos de Satanás.

Pero cerca de ti… ¡Oh! Cerca de ti me siento diferente. ¡Permíteme que vaya contigo! ¡Dile a Jesús que me lo permita! ¿Quieres que me pierda? ¿Tienes miedo de mí?…

Me miras con ojos de gacela herida, que ya no tuviese fuerzas para huir de sus cazadores. No te haré ninguna ofensa, también yo tengo una madre y te amo más que a ella. ¡María, ten piedad de un pecador! ¡Mira! Lloro a tus pies. Si tú me rechazas puede ser mi muerte espiritual…

Y realmente Judas se echa llorando a los pies de María que lo contempla con una mirada de Piedad y de angustia, mezclados con miedo. Está muy pálida… Da un paso adelante, porque se había echado atrás del macizo de flores, para huir de Judas que poco a poco se le acercaba.

Espiritualmente María ha percibido en Judas, cara a cara al Enemigo de Dios. Pero venciéndose a sí misma,  pone una mano sobre los cabellos de Iscariote y dice:

–                     ¡Cállate! Que no te oigan. Hablaré con Jesús y si Él quiere, vendrás a mi casa. No me preocupo de lo que piense el mundo. No hace daño a mi alma. Sólo tendría horror de que yo fuese culpable ante Dios. La calumnia me deja indiferente.

No seré jamás calumniada porque Nazareth sabe que su hija jamás ha sido causa de escándalo. Y además, suceda lo que suceda, me interesa que te salves en tu espíritu. Voy a ver a Jesús. Tranquilízate.

Se pone su velo blanco como su vestido y camina rápida por la vereda que conduce a una colina pequeña, cubierta de olivos. Busca a Jesús y lo encuentra absorto en Meditación profunda.

María lo llama:

–                     Hijo, soy yo… ¡Escúchame!

Jesús dice muy feliz:

–                     ¡Oh, Mamá! ¿Vienes a orar conmigo? ¡Qué alegría! ¡Qué consuelo me das!

–                     ¿Qué cosa, Hijo? ¿Estás cansado en el espíritu? ¿Triste? ¡Dilo a tu Mamá!

–                     Cansado. Lo dijiste. Y afligido. No tanto por la fatiga y miseria que veo en los corazones, cuanto por la inmutabilidad de los que son mis amigos. Pero no quiero ser injusto con ellos. Uno solo me cansa y ese es Judas de Simón…

–                     Hijo. De él vengo a hablarte.

–                     ¿Hizo algo mal? ¿Te ha causado alguna pena?

–                     No. Me ha causado el dolor que tendría al ver a alguien muy infectado… ¡Pobre hijo! ¡Está muy enfermo en su espíritu!…

Jesús exclama con admiración:

–                     ¡Tienes piedad!… ¿No tienes miedo? Hace tiempo tenías…

–                     Hijo mío, mi piedad es todavía más grande que mi miedo. Quiero ayudarte a Ti y a él, salvarle su espíritu. Tú puedes todo y no tienes necesidad de mí. Pero Tú has dicho que todos deben cooperar con el Mesías en redimir… ¡Y éste hijo tiene tanta necesidad de Redención!

–                     ¿Qué hay que no haga por él?

–                     No puedes hacer nada. Pero podrías permitirme que yo pueda hacer algo. Me rogó que te dijese que le permitas estar en nuestra casa; porque le parece que allá, podrá librarse de su Monstruo… ¿Sacudes la cabeza? ¿No quieres? Se lo diré.

–                     No, Mamá. No es que no quiera. Sacudo la cabeza porque sé que es inútil. Judas es como uno que se está ahogando. Y aunque él lo ve y se da cuenta; rechaza por orgullo el lazo que se le lanza, para sacarlo a la orilla. A veces, presa del terror de ahogarse, busca y pide ayuda, se nos une… Y luego nuevamente esclavo de su orgullo, deja la ayuda. La rechaza, queriendo valerse por sí mismo.

No puede. Y siempre se hace cada vez más pesado, por el agua espesa que traga. Pero para que no se diga que no he hecho todo lo posible… Que también esto se haga… ¡Pobrecita, Mamá!… Sí. ¡Pobrecita Mamá! ¡Qué te sujetas por amor de un alma, al sufrimiento de tener cerca a uno que te infunde miedo!

–                     No, Jesús. No lo digas. Soy una pobre mujer, porque estoy sujeta a antipatías. Repróchamelo. Me lo merezco. No debería tener repugnancia nadie, por amor tuyo. No soy pobre por otro motivo. ¡Oh! ¡Si pudiese devolverte a Judas, espiritualmente curado! Darte un alma y darte un tesoro. Y quién da tesoros, no es pobre. Hijo, voy a decir a Judas que sí. Que lo permites. Tú dijiste: “Llegará un tiempo en que dirás: ¡Qué difícil es ser la Madre del Redentor!”

–                     Una vez ya lo dijiste, cuando lo de Aglae.

–                     Pero, ¿Qué puede ser una vez? ¡La fragilidad humana es tan grande! Y Tú eres Redentor de todos. ¡Hijo! Permite que mi amor pueda traerte a Judas, para que le des tu bendición…

–                     Mamá… Mamá… él no te merece.

–                     Déjame hacer la prueba con Judas.

–                     ¡Qué se haga como tú lo quieres! Y que seas bendita por tu intención de amarme y de amar a Judas. Ahora oremos juntos. ¡Mamá es tan dulce orar contigo!…

Al día siguiente, Jesús habla con los dueños de la casa, antes de despedirse y pregunta:

–                     ¿Dónde están Dina y Felipe?

La mujer responde:

–                     Dina dio a luz ayer a su tercera niña. Estamos tristes porque no ha llegado el nietecito. Pero también contentos, ¿Verdad Matatías?

El hombre responde:

–                     Sí,  Sara. Es hermosa y de nuestra sangre. El marido está enojado porque solo ha tenido niñas; pero nuestra hija no tiene la culpa.

Jesús dice:

–                     Son jóvenes. Que sigan amándose y tendrán varoncitos.

Sara dice:

–                     Fueron a traer a la niña, para enseñártela.

–                     La bendeciré.

Sara murmura turbada:

–                     Allí viene Felipe. Ahora se pondrá hosco… – Y agrega en voz alta- Felipe aquí está el Rabí de Nazareth.

El joven dice:

–                     Me alegro de verlo. La paz sea contigo, Maestro.

Jesús contesta:

–                     Y contigo, Felipe. Dios te bendice con niños hermosos, sanos y buenos… Debes estar muy agradecido…

Silencio.

¿No respondes? Pareces un poco malhumorado…

–                     ¡Esperaba un varoncito!

Jesús pregunta muy serio:

–                     No vas a decir que la culpa la tiene tu inocente por haber nacido mujer y mucho menos vas a ser duro con tu esposa, ¿Verdad?

El joven padre exclama resentido:

–                     ¡Yo quería un varón! ¡Para el Señor y para mí!

–                     ¿Y crees que lo tendrás con injusticia y rebeldía? ¿Leíste acaso el Pensamiento de Dios? ¿Puedes tú decirle cómo haga las cosas? Te casaste con una mujer fecunda. Has recibido la bendición de tres boquitas rosadas que te piden amor y ¿Estás irritado por ello? ¿Contra quién? ¿Por qué? ¿No quieres decirlo? Te lo diré Yo. Porque eres un egoísta. Deja al punto tu rencor. Abre los brazos a esta criatura que nació de ti y ámala. ¡Ea! ¡Tómala!

Y Jesús toma el pequeño envoltorio de lino y lo pone en los brazos del joven padre, mientras continúa diciendo:

–                     Ve a donde está tu mujer que llora y dile que la amas. De otro modo, Dios jamás te concederá un varón. Te lo digo Yo. Vete…

El hombre sube a la habitación en donde está su esposa.

La suegra dice en voz baja:

–                     Gracias, Maestro… Desde ayer se había mostrado muy cruel.

El hombre, después de algunos minutos, baja y dice:

–                     Ya lo hice, Señor. mi mujer te da las gracias y dice que te pida el nombre que va a llevar porque… Porque yo le quería dar un nombre muy feo, debido a mí enojo…

–                     Llámala María. Bebió las primeras gotas de leche junto con el llanto amargo, por tu dureza.

Jesús los bendice a todos y se va con los suyos.

Y los apóstoles comentan lo sucedido.

Pedro dice:

–                     ¡Qué si es tonto ese Felipe!

Tomás agrega:

–                     Ojala que le dure este arrepentimiento y no desprecie después a las mujeres. Aunque viendo bien las cosas, es por las mujeres que el mundo sigue adelante.

Bartolomé comenta:

–                     Es verdad, pero son más inmundas que nosotros…

Tomás lo interrumpe:

–                     Tampoco nosotros somos angelitos. Me gustaría saber si después de la Redención, cambiará la condición de la mujer. Nos enseñan a respetarla honrando a la madre, hermanas, tías, etc. Y luego… ¡Anatema aquí! ¡Anatema allá! En el Templo no… ¿Pecó Eva? ¡De acuerdo! Pero también Adán. Dios castigó a Eva muy severamente ¿No basta?

Bartolomé replica:

–                     ¡Pero Tomás! La mujer fue considerada también por Moisés como impura.

–                     Y Moisés sin las mujeres se hubiera ahogado… Pero ten paciencia, Bartolomé. Te recuerdo que aunque yo no sea docto como tú, sino un orfebre. Que Moisés se refiere a las impurezas de la carne de la mujer; para que la respetemos; no para que les echemos el anatema.

La discusión se prende.

Jesús se va adelante con las mujeres. Se detiene y dice:

–                     Dios tenía ante Sí, un pueblo moral y espiritualmente deforme. Contaminado por el contacto de los idólatras. En los siglos por venir la mujer redimida, no será oprimida como ahora. Yo quitaré los obstáculos para que puedan venir al Señor y serán preparadas las primeras sacerdotisas de la Era que está por venir.

Felipe pregunta al punto del desmayo:

–                     ¡Oh! ¡¿Habrá sacerdotisas?!…

–                     No serán sacerdotes como los hombres, pero pertenecerán a la clase sacerdotal, cooperando de muchos modos para el bien de las almas.

Bartolomé pregunta incrédulo:

–                     ¿Predicarán?

–                     Como ya lo hace mi Madre.

Mateo pregunta:

–                     ¿Harán peregrinaciones apostólicas?

–                     Sí. Llevarán muy lejos la   Fe. Y debo decirlo: Con mayor heroísmo que los hombres.

Judas de Keriot pregunta riendo:

–                     ¿Harán milagros?

–                     Alguna que otra hará milagros. Pero no os apoyéis en el milagro como en algo esencial. Ellas, las mujeres santas, harán también milagros en convertir a pecadores con sus oraciones.

Nathanael refunfuña:

–                     ¡Hummm!… ¡Qué las mujeres rueguen hasta el punto de hacer milagros!

Jesús dice:

–                     No seas cerrado como un escriba, Bartolomé. Según tú, ¿Qué cosa es la Oración?

–                     El volverse a Dios con las fórmulas que sabemos.

–                     Así es y algo más. La Oración es la conversación del corazón con Dios y debería ser el estado normal del hombre. La mujer se deja llevar a esta conversación con Dios, mejor que nosotros. En ella encuentra consuelo a sus dolores; alivio a sus fatigas; enjuga sus lágrimas y llena de alegría su corazón, porque ella sabehablar con Dios.

Y lo hará mejor en la Era que está por venir. Los hombres serán los gigantes de la Doctrina. Las mujeres serán siempre las que con su oración, sostendrán al mundo. Porque se evitarán muchas desventuras con sus oraciones y penitencias. Por esto harán milagros casi siempre invisibles, pero no por eso menos reales y que Dios conocerá.

Tadeo pregunta:

–                     Tú también hiciste hoy un milagro invisible pero real. ¿Verdad, Maestro?

–                     Sí, hermano.

Felipe observa:

–                     Era mejor que hubiese sido visible.

Jesús contesta:

–                     ¿Querías que cambiase la niña en niño? El milagro es una alteración de las cosas fijadas. Un desorden beneficioso para que Dios que lo concede pueda mostrar a quien lo ama. O bien, persuadir a que Él existe. Más teniendo en cuenta que Dios es orden, no viola en modo exagerado el orden. La niña nació mujer y mujer se queda.

La Virgen dice suspirando:

–                     ¡Esta mañana estaba yo tan afligida!

Susana contesta:

–                     ¿Por qué? La niña no era tuya.

–                     Porque miraba a Felipe y pensé: ‘Si Dios no me hubiera querido virgen. Si me hubiera caído su semilla, yo sería la madre de este infeliz’ Y por esto tengo compasión de todos, pues digo: “Podía haber sido mi hijo…” Y como madre habría querido que todos fuesen sanos, buenos, amados y atractivos. Pues es todo lo que una madre desea para sus hijos. –responde María con suavidad.

Jesús la mira con sus radiantes ojos y parece vestirla de Luz…

Judas de Keriot dice en voz baja:

–                     Es por eso que tienes compasión de mí…

–                     De todos. Aún cuando fuese el asesino de mi Hijo, pues pienso que sería el más necesitado de perdón… y de amor. Porque todo el mundo lo odiaría, sin duda alguna.

Pedro dice:

–                     Mujer, te cansarías muchísimo en quitarlo de en medio…

Jesús lo interrumpe:

–                     Mira, aquí nos despedimos. Que Dios esté con vosotros. Acuérdate que te he concedido un gran favor Judas. Hazte de él un bien y no un mal. Hasta pronto.

Se besan. Jesús, con los once que han quedado y con Susana, van ligeros hacia el oriente. Mientras María, su cuñada e Iscariote, se dirigen hacia Nazareth…

Días después…

Jesús entra en la sinagoga de Cafarnaúm que pronto se llena de gente porque es sábado. Todos se sorprenden al verlo y lo señalan en medio de un murmullo.

Alguien tira del vestido del apóstol y Urías el Fariseo, le pregunta que cuando regresaron a la ciudad; pues nadie sabía que hubiesen llegado.

Pedro le responde:

–                     Acabamos de desembarcar exactamente ahora, junto al pozo de la higuera, viniendo de Betsaida; para no dar un paso fuera de lo prescrito, amigo.

El fariseo, ofendido de que un pescador lo llame ‘amigo’, desdeñosamente se va y se reúne con los suyos en primera fila.

Andrés amonesta:

–                     No lo provoques Simón.

–                     ¿Provocarlo? Me preguntó y le respondí; diciendo también que evitamos caminar, por respeto al sábado.

–                     Dirán que nos fatigamos con la barca.

–                     Terminarán por decir que nos fatigamos al respirar. ¡Necio! Es la barca la que trabaja, el viento y las olas; no nosotros que venimos en ella.

Andrés se traga la reprimenda y calla.

Después de las oraciones preliminares llega el momento de la lectura de un trozo y su explicación.

El sinagogo pide a Jesús que lo haga, pero Jesús señala a los fariseos diciendo:

–                     Que lo hagan ellos.

Pero como ellos no quieren hacerlo, Él tiene que hacerlo.

Jesús lee el primer trozo del Libro de los Reyes, donde se refiere como David fue traicionado por los de Zif al decirle a Saúl que estaba en Gabaa. Devuelve el rollo y empieza a hablar.

Explica el pasaje y finaliza diciendo:

–                     Ya terminé. Si alguno quiere decir algo más que lo diga.

Un fariseo le reclama:

–                     Queremos saber si hablaste por nosotros los fariseos.

–                     ¿Está acaso llena la sinagoga de Fariseos? Vosotros sois cuatro y aquí hay varios cientos de personas. La Palabra es para todos.

–                     Pero la alusión fue muy clara.

–                     En verdad que jamás se ha visto que alguien por una comparación, se acuse a sí mismo. Y vosotros lo estáis haciendo. ¿Por qué os acusáis, si yo no os acuso? ¿Tenéis conciencia y os sentís culpables de obrar como dije?

Si así es, corregíos. El hombre es débil y puede pecar, pero Dios lo perdona, si surge en él, un arrepentimiento sincero y la voluntad de no pecar más. Pero persistir sobre el mal es doble pecado y sobre él no baja el perdón.

–                     Nosotros no tenemos este pecado.

–                     Entonces no os resintáis con mis  palabras.

El incidente termina. La sinagoga se llena con el canto de los himnos. Luego Joaquín el Fariseo llama con señales a un hombre entre la multitud para que se acerque.

Es un hombre que tiene un brazo atrofiado e inmóvil, más chico que el otro, pues sus músculos fueron destruidos por la atrofia.

Jesús lo ve y comprende todo el engaño. Un gesto de disgusto y compasión, se dibuja en su rostro.

Pero afronta la situación y dice al hombre:

–                     Ven aquí, en medio.

Y cuando lo tiene delante, dice a los Fariseos:

–                     ¿Por qué me tentáis? ¿No acabo de hablar de las asechanzas y del odio? ¿Y no acabáis de negar este pecado?

Silencio.

–                     ¿No respondéis? Responded por lo menos a esto: ¿Es lícito hacer el bien o el mal en sábado? ¿Es lícito salvar o quitar la vida?

Silencio.

–                     ¿No respondéis? Responderé por vosotros y ante la presencia de todo el pueblo, que juzgará mejor que vosotros; porque es sencillo, sin odio, ni soberbia. No es lícito hacer ningún trabajo en sábado. Pero así como es lícito orar, así también lo es hacer el bien.

Porque el bien es oración más perfecta que los himnos y los salmos que hemos cantado. Pero ni en sábado, ni en cualquier otro día, es lícito hacer el mal. Y vosotros lo habéis hecho, buscando con dolo a este hombre que ni siquiera es de Cafarnaúm. Y al que hicisteis venir hace dos días, sabiendo que Yo estaba en Betsaida y previendo que vendría a mi ciudad.

De este modo cometéis también el pecado de matar vuestra alma, en lugar de salvarla porque lo hicisteis para tener un motivo con que acusarme. Por lo que respecta a Mí, os perdono y no desilusionaré la fe de éste, al que le dijisteis que viniese porque Yo lo curaría; cuando era para ponerme una trampa. Él no tiene la culpa, porque su única intención era la de ser curado. Y que así sea. Hombre, extiende tu mano y vete en paz.

El hombre obedece y su mano queda sana e igual que la otra. Al punto la usa para tomar la punta del manto de Jesús.

Se lo besa y dice:

–                     Tú sabes que yo no conocía su verdadera intención. Si la hubiese sabido, yo no hubiese venido; porque hubiera preferido tener la mano seca, que usarla contra Ti. Por esto, no te enojes conmigo.

–                     Vete en paz, hombre. Sé la verdad y para ti solo tengo benignidad.

La multitud se retira en medio de comentarios.

Jesús sale con sus once apóstoles.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

61.- YO SOY DIOS


Al amanecer del día siguiente, Jesús y los suyos dejan Ascalón y se dirigen hacia las colinas, dando la espalda al mar.

Los apóstoles, descansados y contentos, conversan alegremente.

Tomás dice:

–                     Estaba escrito que tenía que probar los estrechamientos de los filisteos. El odio y el amor tienen las mismas manifestaciones. Y yo que no había tenido porqué quejarme del odio de los filisteos, por poco me hieren con su amor…

Tadeo confirma:

–                     Esos fanáticos del milagro, casi nos meten a la cárcel, para que les dijésemos en donde estaba el Maestro.

Santiago de Alfeo:

–                     Y qué griterío, ¿Verdad Juan? La ciudad hervía como un caldero. Los que estaban descontentos no querían admitir razones. Y querían encontrar a los judíos para darles de palos.

Juan asiente con un gesto.

Zelote dice:

–                     Los que recibieron el beneficio y sus amigos, querían persuadir a los primeros de que un Dios había pasado…

Tomás agrega:

–                     ¡Había una confusión! Tienen para discutir, por varios meses. Lo malo está en que discuten más con los bastones, que con la lengua. Y bien… que hagan lo que quieran.

Juan observa:

–                     Pero no son malos.

Zelote responde:

–                     No. Solamente están cegados por muchas cosas.

Jesús por un largo espacio de camino, no dice ni una palabra.  Hasta que llegan al crucero, es cuando Él dice:

Voy ahora a aquel pobladillo que está sobre el monte. Vosotros continuaréis hasta Azoto. Prestad atención: sed corteses, dulces, pacientes. Aunque se burlen de vosotros, soportadlo en paz, como ayer hizo Mateo y Dios os ayudará.

Salid al crepúsculo. Id cerca del estanque que está en las cercanías y allí nos volveremos a encontrar.

Judas de Keriot exclama:

–                     Pero Señor, ¡Yo no permito que vayas solo! Esa gente es violenta… es una imprudencia…

–                     No tengas miedo por Mí. Vete, vete Judas. Y tú sé prudente. Hasta la vista. La paz sea con vosotros.

Los doce se van poco contentos. Jesús los mira irse y toma el sendero que lleva al poblado…

Está por entrar cuando encuentra un extraño cortejo.  Mujeres y hombres que gritan alternadamente y forman una especie de danza alrededor de un macho cabrío que avanza con los ojos vendados. Le van pegando y el animal va sangrante.

Otro grupo que también vocifera y da alaridos, se agita alrededor de una escultura de piedra, que está rodeada por una especie de sartenes, en las que hay brasas encendidas, a las que arrojan resina y sal; a cuyo contacto se elevan olorosas volutas de humo.

Un tercer grupo rodea al que parece ser el sacerdote de aquel ritual, ante el cual se inclinan  gritando:

–                     ¡Por tu fuerza! (Hombres)

–                     ¡Tú solo puedes! (Mujeres)

–                     ¡Súplica al Dios! (Hombres)

–                     ¡Quita el sortilegio! (Mujeres)

Luego todos gritan al mismo tiempo al ídolo, que es una diosa de la fertilidad:

–                     ¡Da órdenes a la matriz! ¡Salva a la mujer! ¡Muerte a la maga! ¡Por tu fuerza! ¡Tú solo puedes! ¡Ordena al dios! ¡Por su poder! ¡Qué haga ver su poder! ¡Da órdenes al macho cabrío! ¡Que señale a la maga, a la que odia la casa de Farah!

Jesús detiene a uno del último grupo y pregunta dulcemente:

–                     ¿Qué sucede? Soy forastero…

Como la procesión se detiene para golpear al macho cabrío, echar resina a los braseros y tomar alimento; el hombre explica:

–                     La esposa de Farah, el grande de Magdalgad, está muriendo de parto. Una que la odia, le hizo un maleficio. Las entrañas se le han anudado y el hijo no puede nacer. Buscamos a la maga. Sacrificaremos al macho cabrío, para impetrar la misericordia de la diosa Isthar Matriz.

Jesús dice a los tres hombres que se le han acercado:

–                     Deteneos. Soy capaz de curar a la mujer y de salvar al niño. Decidlo al sacerdote.

–                     ¿Eres médico?

–                     Mucho más que eso…

Los tres irrumpen entre la gente y van con su sacerdote. Hablan con él. Se corre la voz. Y la procesión que ya había empezado a caminar, se detiene otra vez.

El sacerdote imponente, con sus vestiduras multicolores, hace una señal y ordena:

–                     Joven. ¡Ven aquí!

Jesús se acerca…

Y cuando lo tiene enfrente, le pregunta:

–                     ¿Es verdad cuanto dijiste? Mira que si lo que has dicho no sucede; pensaremos que el espíritu de la maga se ha apoderado de Ti y te mataremos en su lugar.

Jesús responde con voz majestuosa:

–                     Es verdad. Llevadme al punto a donde está la mujer y entretanto dadme al macho cabrío. Lo necesito. Desatadlo y traédmelo aquí.

Así lo hacen. El pobre animal, atolondrado, tambaleante y sangrando, es llevado ante Jesús, que lo acaricia sobre la negra cerviz.

Y luego dice:

–                     Ahora es necesario que me obedezcáis todos. ¿Lo haréis?

La turba grita:

–                     ¡Sí!

–                     Entonces vamos. No gritéis más. No queméis más resina. Lo ordeno.

Se dirigen al poblado y llegan a la mejor casa, que está en el centro de un huerto. Gritos y llantos se oyen por las ventanas y las puertas abiertas. Y sobre todo el lúgubre y atroz lamento de la mujer, que no puede dar a luz al hijo.

Corren a avisar a Farah, que se acerca con el rostro pálido como la cera. El hombre viene despeinado y angustiado.

Mujeres que lloran lo acompañan, junto con otros que queman incienso, en el mismo ritual idolátrico que los demás…

El hombre grita llorando:

–                     ¡Sálvame a mi mujer!

Simultáneamente, dos viejos angustiados y la turba:

–                     ¡Salva a mi hija! ¡Sálvala! ¡Sálvala!

Jesús responde majestuoso:

–                     La salvaré. Y con ella a tu niño. Porque es un niño muy hermoso, con los ojos color aceituna que está madurando y de cabellos negros, como éstos. –Y señala la cabellera de Farah.

–                     ¿Y cómo lo sabes? ¿Acaso ves también en las entrañas?

–                     Yo veo todo. Y todo lo penetro. Reconozco y puedo todo. Soy Dios.

Si hubiese mandado un rayo, hubiese hecho menos efecto. Todos se arrojan al suelo como si estuvieran muertos.

Jesús manda:

Levantaos y escuchad: Soy el Dios Todopoderoso y no soporto a otros dioses delante de Mí… Haced una hoguera y arrojad esa estatua.

La multitud se rebela.

Comienza a dudar del ‘Dios Misterioso’ que ordena que sea quemada la diosa.

Los más encolerizados son los sacerdotes y la sacerdotisa.

Pero Farah y su suegra, a quienes importa la vida de la mujer; se oponen a la multitud hostil. Y como Farah es el grande el poblado; nadie se atreve a decir nada más.

Farah pregunta:

–                     ¿Cómo puedo creer que Tú eres Dios Todopoderoso?  Dame una señal y además, que se haga lo que quieres.

Jesús pregunta:

–                     Mira… ¿Ves las heridas de este macho cabrío? Están abiertas, ¿Verdad? Sangran… ¿No es así? La bestia está casi por morir, ¿No es verdad? Pues bien; Yo quiero que no sea así… ¡Mira!

El  hombre se inclina, mira y da un grito:

–                     ¡No tiene ninguna herida! –y se arroja a los pies de Jesús suplicando-  ¡Mi mujer!… ¡Mi mujer!…

Pero el sacerdote de la procesión objeta:

–                     ¡Ten miedo, Farah! No conocemos quien sea Éste. ¡Ten miedo a la venganza de los dioses! ¡Isthar furiosa puede destruirte!

El hombre se encuentra en medio de tres temores: los dioses… la mujer… la venganza de la diosa…

Y pregunta:

–                     ¿Quién Eres?

Jesús se yergue más majestuoso todavía y dice despacio, con voz fuerte y poderosa:

–                     Yo Soy el que Soy. En el Cielo y en la Tierra. Cualquier poder me está sujeto. Cualquier pensamiento me es conocido.

Los habitantes del Cielo me adoran. Los del Infierno me temen.

Y los que creen en Mí, verán que se cumple cualquier prodigio.

Farah exclama:

–                     ¡Creo! ¡Creo! Tu Nombre…

–                     Jesucristo. El Señor Encarnado. ¡Éste ídolo a las llamas! No soporto dioses falsos en mi Presencia. Esos incensarios que se apaguen. No existe más que mi Fuego que puede y quiere. Obedeced o Yo reduciré a cenizas ese ídolo y me iré sin salvarla.

Jesús está parado. Bellísimo, Majestuoso; con su vestido de lino muy blanco; de cuya espalda pende el manto azul-rey, que le llega hasta los pies. Ha levantado su brazo derecho en señal de poder y autoridad. Su rostro irradia una majestad que atemoriza.

Y todos quedan paralizados y mudos. Todos lo miran con miedo. Y ningún sonido brota ya de sus gargantas. En el silencio denso que se sigue; se oye el grito cada vez más débil y estrujante de la mujer que está sufriendo.

Se tardan en obedecer y el rostro de Jesús se hace cada vez más terrible.

Nadie resiste esa mirada azul-zafiro centelleante de sus ojos, que es como un fuego que quema materia y espíritu…

Los sartenes de cobre son los primeros que no resisten la fuerza que emana de ese Dios Airado y empiezan a doblarse como si fueran de plastilina; ante una fuerza invisible y poderosa, que los retuerce. Los carbones quedan apagados.

Los cargadores del ídolo, le han puesto en el suelo al ver como todo se empieza a desintegrar en cenizas, como si un fuego invisible lo consumiera. Finalmente, el mismo ídolo de piedra arde y se carboniza… ¡Y estalla en mil pedazos!… Consumido por aquella misteriosa e invisible llama o fuerza que lo desintegra completamente…

Y la gente huye aterrorizada.

Jesús se vuelve a Farah:

–                     ¿Puedes creer realmente en mi poder?

–                     Creo. Creo. Tú Eres Dios. Eres el Dios Jesús.

–                     No. Yo Soy el Verbo del Padre. De Yeové de Israel que ha venido en Carne, Sangre, Alma, Divinidad; a redimir al Mundo y a darte Fe en el Dios Verdadero, Uno y Trino; que está en los Cielos Altísimos.

Vengo a dar ayuda y Misericordia a los hombres; para que dejen el error y vengan a la Verdad, que es el Único Dios de Moisés y de los Profetas. ¿Puedes creer?

–                     Creo. Creo. Y creo que si has destruido a la diosa, sin que ella pudiera oponerse, también creo que puedes protegerme de la venganza de los dioses falsos que adoré hasta hoy…

Jesús no entra ni siquiera a la casa.

Extiende sus brazos en dirección a donde se oían los lamentos y grita:

–                     ¡Sal a la luz, para que conozcan la   Luz Divina! ¡Y por orden de la Luz que es Dios!

Es un mandato sin réplica.

Un momento después se oye un grito de triunfo, envuelto en un gemido de alegría. Enseguida, un imperceptible sonido del recién nacido, que poco a poco va aumentando en fuerza y en claridad.

Jesús dice:

–                     Tu hijo llora al saludar la tierra. Ve a donde él y dile ahora y después también, que la tierra no es patria; sino el Cielo. La tierra es solo el lugar de paso que nos señala el camino para llegar a Dios. Edúcalo y tú también edúcate para el Cielo. Esa es la Verdad que te habla.

Esos, -señala los restos y las cenizas del ídolo- Son la mentira del Padre de la Mentira, que ni ayuda,  ni salva. Adiós.

Y trata de irse. Pero una mujer corre hacia Él, llevando a un niño vivaz y dice:

–                     Es un varón, Farah. Muy hermoso. Robusto. Con ojos morados como de aceituna que está madurando y los mechoncitos negros, más finos que los de un macho cabrío destinado al sacrificio.

Y agrega admirada mirando a Jesús:

La dichosa mamá ya está descansando. No sufre más y está como si nada hubiera pasado. Sucedió algo imprevisto… Cuando ya estaba a punto de morir… Y después de aquellas palabras… Todo se calmó y el niño nació…

Jesús sonríe.

El hombre le presenta al recién nacido y Él lo toca en la cabeza con la punta de los dedos. La gente, menos los sacerdotes que se han ido furiosos por la defección de Farah; se acerca curiosa para ver al niño.  Y para ver a Jesús.

Farah quiere darle cosas y dinero por el milagro; pero Jesús dice dulce y resueltamente:

–                     Nada. El milagro se paga solo con fidelidad para con Dios que lo concedió.  Me quedo tan solo con este macho cabrío, como recuerdo de la ciudad.

Y se va con el animal que trota a su lado, como si fuese su dueño. Sin heridas. Balando de alegría de estar con uno que no lo golpea…

Cuando la tarde llega, cerca del estanque sombreado, Jesús ve que vienen sus discípulos y de ambas partes hay admiración. Ellos se admiran de que el Maestro venga con un macho cabrío…

Y Él, los ve con las caras tristes de quién no ha logrado nada…

Pedro informa desconsolado:

–                     Una desgracia, Maestro. No nos golpearon, pero nos arrojaron de la ciudad.

Tadeo:

–                     Hemos vagado por la campiña.

Judas:

–                     Y pagando muy caro, conseguimos algo de comida.

Jesús trata de confortarlos:

–                     No importa. También de Hebrón nos arrojaron el año pasado y hace poco nos hicieron honores. No debéis desalentaros.

Simón y Judas preguntan simultáneamente:

–                     ¿Y Tú Maestro?

–                     ¿Y ese animal?

Jesús contesta:

–                     Fui a Magdalgad y reduje a cenizas a un ídolo y los incensarios dedicados a él. Hice que naciera un niño. Prediqué al Dios Verdadero con milagros y me regalaron este macho cabrío, destinado al culto idolátrico. ¡Pobre animal era todo una llaga!

Juan dice:

–                     Pero ahora está bien y es un bello ejemplar.

–                     Un animal sagrado destinado al ídolo. Sano…sí. El primer milagro que hice para convencerlos de que Soy Poderoso y no su pedazo de leño.

–                     ¿Y qué vas a hacer con él?

–                     Se lo llevo a Marziam… será feliz.

–                     ¿Te lo vas a llevar a hasta Beter?

–                     Claro. Lo daremos a las mujeres y se lo llevarán a Galilea.

Los apóstoles están extrañados, apesadumbrados y desilusionados…

Extrañados del milagro. Apesadumbrados por no haberlo presenciado. Y desilusionados de su incapacidad…

Jesús por el contrario está muy contento y logra persuadirlos de que…

–                     Nada es inútil. Ni siquiera la derrota, porque sirve para que seáis humildes. El hablar sirve para dar a conocer un Nombre: el Mío y dejar un recuerdo en los corazones.

Y es tan convincente y radiante su alegría, que también ellos terminan por serenarse.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

14.- LA PROFECIA DE CAÍN


En Nazareth, María, descalza, va y viene por su casita. Son los primeros albores del día. Con su vestido azul pálido, parece una delicada mariposa que roza sin ruido alguno, paredes y objetos. Se acerca a la puerta que da hacia la calle y la abre con cuidado. Mira hacia fuera y ve que no hay nadie. La deja entreabierta. Vuelve a poner todo en orden.

Abre puertas y ventanas. Entra en el cuarto de trabajo en donde antes estaba la carpintería y ahora tiene sus telares. Cubre con cuidado uno donde hay un tejido comenzado y una sonrisa aflora al verlo. Sale al huerto. Las palomas se le amontonan sobre los hombros y la acompañan hasta una despensa donde están sus alimentos.

Toma trigo y les dice:

–           Aquí. Hoy aquí. No hagáis ruido. ¡Está muy cansado!

Luego toma harina y va a la cocina, en donde está el horno y se pone a amasarla, para hacer el pan. Sonríe llena de felicidad. De la masa, toma una cantidad y la pone aparte, la cubre con un lienzo y continúa con su trabajo. Está colorada y en sus cabellos hay una mancha de harina.

Se escucha una voz femenina:

–           ¿Ya estás trabajando? – Es María de Alfeo, que ha entrado sin hacer ruido.

María contesta:

–           Sí. Hago el pan y mira: las tortas de miel que a Él tanto le gustan.

–           Hazlas. Hay mucha masa. Yo te ayudo y te la preparo.

María de Alfeo, robusta y más gruesa; trabaja con fuerza amasando el pan; mientras maría pone miel y mantequilla en sus panecillos. Hace muchos redondos y los pone sobre una lámina.

Luego dice con preocupación:

–           No sé cómo hacer para avisarle a Judas. Santiago no se atreve y los demás…  -y da un profundo suspiro.

María contesta:

–           Hoy vendrán. Simón Pedro viene siempre los lunes, con los pescados. Lo enviaremos a la casa de Judas.

–           Quien sabe si quiera ir.

–           Simón jamás me dice que no.

En ese momento Jesús aparece, diciendo:

–           La paz sea en éste, vuestro día.

Las mujeres se sobresaltan al oír su voz.

María dice:

–           ¿Ya te levantaste? ¿Por qué? Quería que durmieras.

–           He dormido como un niño, Mamá. Tú no debes haber dormido.

–           Te he mirado dormir. Siempre lo hacía así, cuando eras pequeño. Siempre sonreías en sueños. Y esas sonrisas me quedaban todo el día, como una perla en el corazón. Pero esta noche no sonreías Hijo. Suspirabas como si estuvieras afligido. –María lo mira con ansia.

–           Estaba cansado, Mamá. Y el mundo no es esta casa en donde todo es sinceridad y amor. Tú… tú sabes Quién Soy y puedes entender lo que significa para Mí, el contacto con el mundo. Es como quien camina por un camino sucio y lodoso. Aun cuando se camine con cuidado y esté uno atento, lo salpica a uno un poco el fango. Y el hedor nos llega aun cuando no se respire. Y si a este hombre le gusta la limpieza y el aire puro, puedes imaginar cuanto le fastidie.

–           Sí, Hijo. Lo entiendo. Pero me duele que sufras.

–           Ahora estoy contigo y no sufro. Es el recuerdo… y me ayuda para que mi alegría de estar contigo, sea mucho más grande.

Y Jesús se inclina para besar a su Madre. Acaricia también a la otra María que entra toda colorada, porque estaba prendiendo el horno y le expresa su mayor preocupación:

–           Será necesario avisar a Judas Tadeo.

–           No es necesario. Judas estará aquí hoy.

–           ¿Cómo lo sabes?

Jesús sonríe y calla.

María dice.

–           Hijo, los lunes de todas las semanas viene Simón Pedro. Me quiere traer los peces que atrapó en las primeras horas. Llega poco después del amanecer. Hoy estará contentísimo al verte. Simón es bueno. En el tiempo que se queda, nos ayuda. ¿No es así, María?

Ésta asiente con la cabeza y Jesús dice:

–           Simón Pedro es un hombre sincero y bueno. Pero también el otro Simón que dentro de poco veréis, es un gran corazón. Voy a su encuentro. Están por llegar. Ayer Yo me les adelanté.

Jesús sale mientras las mujeres ponen el pan en el horno. Luego van a la habitación de María, donde ella se pone las sandalias y cambia su vestido por uno de lino muy blanco. Después de un rato la puerta de la calle se abre y entra el grupo:  Jesús con los discípulos y los pastores.

Él le dice:

–           Mamá, he aquí a mis amigos.

Jesús les pone los brazos rodeándoles la espalda a los dos pastores y los presenta a María:

–           He aquí a los dos hijos que buscan una madre. Sé su alegría, Señora.

María contesta con dulzura:

–           Os saludo. ¿Tú? ¿Leví? Y ¿Tú? Por la edad, Él me dijo que tú eres José. Este nombre, aquí es dulce y sagrado. Venid. Con alegría os digo: mi casa os acoge y una madre os abraza en recuerdo del gran amor que vosotros tuvisteis por mi Niño.

Los pastores están encantados.

Luego sigue Zelote.

–           Éste es Simón, Mamá.

María dice:

–           Mereciste el favor porque eres bueno. Lo sé. Que la Gracia de Dios, sea siempre contigo.

Simón, más experto en las costumbres del mundo se inclina hasta la tierra, llevando los brazos cruzados sobre el pecho y dice:

–           Te saludo, Madre verdadera de la Gracia. Y no pido otra cosa al Eterno ahora que conozco la Luz y a ti, que eres una bella luna.

Jesús continúa con las presentaciones:

–           Éste es Judas de Keriot.

Judas se inclina y dice obsequioso:

–           Tengo una madre, pero mi amor por ella desaparece ante la veneración que siento por ti.

María dice con dulzura:

–           No por mí. Por Él. Yo soy porque Él Es. Para mí no quiero nada. Sólo la pido para Él. Sé cuánto honraste a mi Hijo en tu ciudad. Pero Yo te digo: que en tu corazón sea el lugar donde Él reciba de ti, todo el honor. Entonces yo te bendeciré con corazón de Madre.

–           Mi corazón está debajo del calcañal de tu Hijo. Feliz opresión. Sólo la muerte destruirá mi lealtad.

La voz de Jesús continúa:

–           Este es nuestro Juan, Mamá.

Juan se ha arrodillado y María lo toma por los hombros mientras dice:

–           Estuve tranquila desde que supe que estabas cerca de Jesús. Te conozco. Sé bendito, quietud mía. –María lo besa en la frente.

La voz ronca de Pedro, se oye desde afuera:

–           He aquí al pobre Simón que trae su saludo y… -entra y se queda con la boca abierta. Baja su canasto y se postra- ¡Ah, Señor Eterno! ¡Dios te bendiga, Maestro! ¡Ah, qué feliz soy! ¡No podía estar más sinTí!

Jesús dice:

–           Levántate Simón.

–           Me levanto, sí. Pero… ¡Ey tú, muchacho!- se dirige a Juan- Despáchate a Cafarnaúm a avisar a los demás. Y ve primero a la casa de Judas. –mira a María de Alfeo y agrega- Está por llegar tu hijo, mujer. –se dirige otra vez a Juan- ¡Pronto! Haz de cuenta que eres una liebre con los perros por detrás.

Juan sale riéndose y Pedro se levanta, diciendo:

–           ¡Eh! ¡No! ¡No quiero que te vayas sin mí otra vez! te seguiré como la sombra sigue al cuerpo. ¿Dónde estuviste, Maestro? ¡Ah! Verte es como un vino nuevo que se le sube a uno, tan solo con olerlo. ¡Oh, mi Jesús! –Pedro está a punto de llorar por el gozo.

–           También Yo deseaba verte. A todos vosotros. Aun cuando estaba con amigos queridos. Mira Pedro, éstos dos son los que me han amado desde que tenía pocas horas de nacido. Todavía más: ya han sufrido por Mí. Aquí hay un hijo sin padre, ni madre por mi causa. Pero encontrará tantos hermanos, cuántos sois vosotros. ¿No es verdad?

–           ¿Me lo pides, Maestro? Pero si por una suposición el Demonio te amase; yo lo amaría porque te ama. También sois pobres por lo que veo. Así pues, somos iguales. Venid a que os bese. Soy pescador, pero tengo el corazón más tierno que un pichoncito. Es sincero, no os fijéis si soy áspero. Lo duro es por fuera. Por dentro soy todo miel y mantequilla. ¡Con los buenos! ¡Porque con los malvados…!

Jesús dice tomando a Judas por un brazo:

–           Éste es un nuevo discípulo.

Pedro lo mira queriéndolo reconocer:

–           Me parece haberlo visto antes.

–           Sí. Es Judas de Keriot. Tu Jesús, por medio de él tuvo una buena acogida en esa ciudad. Os ruego que os améis aunque seáis de diferentes regiones. Todos sed hermanos en el Señor.

–           Y como a tal lo trataré si él lo es. ¡Eh!… ¡Sí! –Pedro mira fijamente a Judas, con esa mirada amonestadora- ¡Eh! ¡Sí! Es mejor que lo diga. Así me conocerá al punto y bien. Lo digo: no tengo mucha estima por los judíos en general y por los ciudadanos de Jerusalén en particular. Pero soy honrado y en mi honradez te aseguro que hago a un lado todas las ideas que tengo sobre vosotros y que quiero ver en ti, sólo al hermano discípulo. Te toca a ti que yo no cambie de pensamiento ni de decisión.

Zelote pregunta sonriendo:

–           ¿Y también contra mí tienes los mismos prejuicios?

–           ¡Oh! ¡No te había visto! ¿Contra ti?… ¡Oh! Contra ti, no. Tienes la honradez pintada en la cara. Se te brota la bondad del corazón, hasta afuera; como un bálsamo oloroso dentro de una copa porosa. Algunas veces, cuanto más uno envejece; tanto más se hace uno falso y malvado. Pero tú eres como aquellos vinos alabadísimos. Entre más añejos, más secos y buenos.

Jesús dice:

–           Has juzgado bien, Pedro. Venid ahora, mientras las mujeres trabajan para nosotros. Sentémonos debajo de ese fresco emparrado. ¡Qué hermoso es estar aquí con los amigos!

Y salen al huertecillo.

Cuando todos se acomodan a su alrededor, Jesús dice:

–           En estos meses de presencia y de ausencia, me he formado un juicio de vosotros. Os he conocido y conozco con experiencia de Hombre. Ahora he pensado en enviaros al mundo. Pero antes debo haceros maestros capaces de enfrentaros a él con dulzura y sagacidad. Con calma y constancia. Con conciencia y ciencia de vuestra misión. Aprovecharemos este tiempo de sol ardiente que impide que se pueda viajar por la Palestina; para vuestra instrucción y formación de discípulos. He detenido a este hijo, -señala a José- porque le doy el encargo de llevar a sus compañeros mis palabras. Para que también allá se forme un núcleo robusto que me anuncie, no tan sólo con decir que Estoy; sino con las características más esenciales de mi Doctrina.

Como primera cosa os digo que es absolutamente necesario en vosotros, el amor y la unión. ¿Qué cosa sois? Personas de toda clase social. De todas las edades y de diferentes regiones. He querido escoger a quienes carecen de enseñanza y conocimientos, para que más fácilmente penetre Yo con mi doctrina. Y cuidándoos unos a otros, lleguéis a decir: ‘Todos somos iguales. Todos tenemos las mismas debilidades y todos necesitamos el mismo adiestramiento. Hermanos en los defectos personales o nacionales. Debemos desde ahora en adelante ser hermanos en el conocimiento de la Verdad y en el esfuerzo de practicarla’

Sí. Hermanos. Quiero que así os llaméis y como a tales os consideréis. Sois como una sola familia. ¿Qué familia próspera es la que el mundo admira? La que está unida y la que está concorde. Si un hijo se hace enemigo del otro. Si un hermano daña al otro, ¿Puede durar acaso la prosperidad de esa familia? ¡No! En vano el padre de familia se esforzará en trabajar; en allanar las dificultades; en imponerse al mundo. Sus esfuerzos son inútiles, porque las propiedades se acaban. Las dificultades aumentan. El mundo se ríe de esta situación perpetua de lucha que despedaza corazones y riquezas, que unidas eran fuertes contra el mundo. Y quedan convertidas en un montoncillo de intereses contrarios, de los que se aprovechan los enemigos de la familia, para acelerar más pronto su ruina.

Jamás seáis así vosotros. Permaneced unidos. Amaos. Amaos para enseñar a amar. Ved. También lo que nos rodea nos enseña esta gran fuerza. Ved este enjambre de  hormigas cuya fuerza radica en que están unidas. Meditad esto. ¿Tenéis algo que preguntar?

Judas de Keriot pregunta:

–           ¿Ya no regresaremos más a Judea?

–           ¿Quién lo dijo?

–           Tú, Maestro. Has dicho que prepararás a José para instruir a los otros que están en Judea. ¿Tan mal te fue que ya no quieres regresar allá?

Tomás curioso, pregunta:

–           ¿Qué te hicieron en Judea?

Y el fogoso Pedro exclama al mismo tiempo:

–           ¡Ah! Yo tenía razón en decir que habías regresado agotado. ¿Qué te hicieron los perfectos de Israel?

Jesús dice:

–           Nada, amigos. Ninguna otra cosa, más que lo que acá también encontraré. Si diera vueltas por toda la tierra, encontraría amigos mezclados con enemigos. Judas, ¡Te había pedido que guardases el secreto!

Judas replica muy disgustado:

–           Es verdad. Pero, ¡Yo no puedo callar cuando veo que prefieres la Galilea que a mi patria! Eres injusto. Allá también recibiste honores.

–           ¡Judas! Judas… ¡Oh, Judas! Tu reproche es injusto. Tú mismo te acusas al dejarte llevar de la ira y de la envidia. Había buscado la forma para dar a conocer tan solo el bien que recibí en Judea. Y sin mentir, había podido decir con alegría estas cosas buenas, para que os amasen a los de Judea. Con alegría, porque el Verbo de Dios no conoce separaciones de lugares; antagonismos, enemistades, discriminaciones. A todos vosotros os amo. ¿Cómo puedes decir que prefiero la Galilea, cuando quise hacer los primeros milagros y las primeras manifestaciones, en el sagrado recinto del Templo y de la Ciudad Santa que es cara a cualquier israelita?

¿Cómo puedes decir que soy parcial, si de los diez discípulos, porque Tadeo y Santiago, mis primos son de la familia? ¿Cuántos sois de Judea? Y si a vosotros agrego a los pastores, ¿Puedes ver de cuantos de Judea soy Amigo? ¿Cómo puedes decir que no os amo a vosotros los judíos, si cuando nací y cuando me preparé a la misión, quise que hubiera dos judíos, por cada uno de Galilea? ¿Y me acusas de injusticia? Pero examínate Judas y dime si el injusto eres tú.

Jesús ha hablado majestuosa y dulcemente. Pero aunque no hubiese dicho más, habrían sido suficientes las tres veces que pronunció la palabra: ¡Judas! Para darle una gran lección. La primera la dijo el Dios Majestuoso que llama al respeto. La segunda, el Maestro que enseña de un modo paternal, la tercera fue la súplica de un amigo acongojado por los modales del otro.

Judas, mortificado; baja la cabeza. Pero continúa enojado y se ve feo al dejar ver sus sentimientos…

Y Pedro no sabe callar:

–           Y por lo menos pide perdón, muchacho. Si estuviese en lugar de Jesús, no te bastarían palabras. ¿Qué Él sea injusto? ¡Eres un señorito irrespetuoso! ¿De este modo es como os educan en el Templo?  ¿O a  ti no te pudieron educar? Porque si ellos son…

Jesús interviene:

–           Basta, Pedro. Dije lo que tenía que decir. También de esto os hablaré mañana. Y ahora repito lo que había dicho a éstos en Judea: ‘No digáis a mi Madre que los judíos maltrataron a su Hijo. Está muy afligida al intuir que tuve aflicciones. Respetad a mi Madre. Vive en la sombra y en el silencio. Tan solo es activa en la virtud y en orar por Mí y por todos. No introduzcáis ni siquiera el eco del Odio, donde todo es amor. Respetadla. Tiene más valor que Judith y lo veréis. Pero no le obliguéis antes de que sea la Hora, a gustar las heces que son los sentimientos de los desgraciados del mundo. De los idólatras que se creen conocedores de Dios y por lo cual unen la idolatría y la soberbia.

Lo que una palabra imprudente provocó, es motivo para una lección. Escuchad:

Pensad realmente y que os sirva de regla al obrar; que ninguna cosa permanece siempre oculta. Haced el bien y ofrecedlo al Señor Eterno ¡Oh! Él sabrá si es que os conviene darlo a conocer a los hombres. Y quién ve una acción, no juzgue solamente por las apariencias. Nunca acuséis. Pedro dijo a Judas: ¿Qué Maestro tuviste? ¿Qué Soy Yo? En verdad os digo que no habrá maestro más sabio, paciente y perfecto que Yo. Y sin embargo también se dirá de uno de los míos: Pero, ¿Qué Maestro tuvo?

Al juzgar no os dejéis llevar por motivos personales. Judas, al amar a su región más de lo razonable, creyó ver que Yo era injusto con ella. Para ver bien, hay que ver todo en Dios. Hay que estar atentos. Siempre muy atentos. Mirad por ejemplo a mi Madre. ¿Podéis imaginar en Ella, inclinación al Mal? Pues bien, ya que el amor la empuja a seguirme, dejará su casa cuando mi amor lo quiera. Ella, después de haberme rogado. Ella, mi Maestra, me decía: ‘entre tus discípulos es necesario que esté también tu Madre, Hijo. Quiero aprender tu Doctrina.’

Ella, que poseyó esta Doctrina en su seno. Y mucho antes en su corazón, como un Don que Dios le daba, a la futura Madre de su Verbo Encarnado. Ella dijo: ‘Pero juzga Tú si es que puedo ir, sin que pierda la unión con Dios. Sin que me acerque a lo que es mundo y que Tú afirmas que penetra con sus hedores y pueda corromper este corazón mío que fue, es y qué quiere pertenecer sólo a Dios. Me examino por cuanto sé y me parece que puedo hacerlo, (Y aquí Ella sin saberlo, se tributó la mayor alabanza) porque no encuentro diferencia entre mi inocente paz de cuando era flor del Templo, a la que poseo ahora que hace seis lustros, que soy mujer de hogar. Pero soy yo una sierva indigna que no conoce y que mal juzga todavía las cosas del espíritu. Tú Eres el Verbo, la Sabiduría, la Luz. Y puedes ser Luz para tu pobre Mamá, que se resigna a no verte más, antes que no ser grata al Señor.’ y debí decirle con el corazón que se me estremecía de admiración: ‘Mamá, Yo te lo digo: el mundo no te corromperá. Antes bien, el mundo será perfumado por ti’

Mi Madre, lo acabáis de oír, supo ver los peligros del vivir en el mundo también para Ella. Y vosotros hombres, ¿No los veis? ¡Oh! Satanás está al acecho. Y solo los que vigilan serán los vencedores. ¿Los demás? Para los demás será lo que está escrito.

Judas pregunta:

–           ¿Qué es lo que está escrito, Maestro?

–           “Y Caín se arrojó sobre Abel y lo mató. El Señor dijo a Caín: ¿Dónde está tu hermano? ¿Qué es lo que has hecho con él? La voz de su sangre clama a Mí. Así pues, serás maldito sobre la tierra, que ha sabido gustar la sangre que el hombre derramó abriendo las venas de su hermano. Y jamás cesará esta horrible sed de la Tierra por la sangre humana. Ella, envenenada con esta sangre, será estéril para ti, más que una mujer ajada por los años. Y huirás a buscar paz y pan. Y no los encontrarás. Tu remordimiento te hará ver sangre en cada flor y hierba, en cada gota de agua y alimento. El cielo te parecerá sangre. Sangre en el mar. Y del Cielo, de la Tierra y del mar se elevarán tres voces que llegarán a ti: la de Dios, la del Inocente y la del Demonio. Y para no escucharlas te darás muerte.

(Ninguno de sus oyentes sabe que acaba de profetizar la agonía y la  muerte de Judas)

Pedro observa:

–           El Génesis no dice así.

Jesús contesta:

–           No. El Génesis, no. Lo digo Yo. Y no me equivoco. Lo digo por los nuevos Caínes, de los nuevos Abeles. Por los que no vigilándose a sí mismos y al Enemigo, llegarán a ser una sola cosa con él.

Juan dice:

–           Pero entre nosotros no los habrá. ¿No es así Maestro?

–           Juan, cuando el Velo del Templo se rasgue, sobre toda Sión se verá escrita una gran verdad.

–           ¿Cuál, Señor mío?

–           Que los hijos de las Tinieblas, en vano estuvieron en contacto con la Luz. Acuérdate de ello, Juan.

–           ¿Seré yo un hijo de las Tinieblas?

–           No, tú no. Pero no lo olvides; para explicar el Crimen al mundo.

–           ¿Cuál Crimen Señor? ¿El de Caín?

–           No. Este es el primer acorde del Himno de Satanás. Hablo del Crimen Perfecto. El crimen Inconcebible… El que para entenderlo es menester mirarlo a través del Sol Divino del Amor y a través de la meta de Satanás. Porque solo el Amor Perfecto y el Odio Perfecto. Solo el Bien Infinito y el Mal Infinito, pueden explicar semejante ofrenda y semejante Pecado. –Se escucha un gran estruendo- ¿Habéis oído?… Parece que Satanás oye y aúlla con el deseo de realizarlo. Vámonos antes de que las nubes se abran y dejen caer los rayos y el granizo.

Bajan corriendo por la zanja y saltan al huerto de María, cuando de repente la tempestad se desata furiosa…

 HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

3.- CONQUISTADO POR EL PODER


La primavera está en todo su esplendor. Es la primera Pascua, después del retiro en el desierto.

Jesús entra en el recinto del Templo de Jerusalén, con Pedro, Andrés, Juan, Santiago de Zebedeo, Felipe y Bartolomé. Una multitud de peregrinos llegan de todas partes. En el primer patio hay una verdadera feria.

No existe el menor recogimiento en el lugar sagrado. Quién corre. Quién llama. Quién contrata a los corderos; grita y maldice por el precio excesivo. Quién empuja a los pobres animales que balan en los corrales improvisados con cuerdas o estacas. Y son custodiados por los mercaderes. Palos, balidos, blasfemias. Insultos a los criados que se descuidan en juntar o en separar a los animales y a los compradores que regatean el precio o que se van. Y mayores insultos en los que a sabiendas, se han llevado algún cordero.

El Templo también funciona como banco financiero. Y junto a los cambistas, hay otro griterío por los abusos en el cambio en el valor monetario, que cada quién impone a su capricho; pues según el cliente, es lo que le cobran.

Dos pobres viejecillos miran una y otra vez su bolsillo, con el dinero obtenido con tanto trabajo y sacrificio. Van de uno a otro cambista y terminan por regresar con el primero; que decide vengarse porque lo dejaron y aumenta la usura en el cambio.

Luego van con los vendedores de corderos que entregan a los viejos medio ciegos, al más flaco. Entran en el Templo…

Y al poco rato regresan empujando al pobre animalillo, que ha sido rechazado por los sacrificadores.

Llantos, súplicas, malos gestos, palabrotas; van y vienen sin que el vendedor se conmueva:

–          Para lo que queréis gastar galileos, el que os he dado es muy hermoso todavía. ¡Lárguense! O dad otros cinco denarios por uno mejor.

El anciano suplica:

–                      ¡En Nombre de Dios! ¡Somos pobres y viejos! ¿Acaso quieres impedir que celebremos la Pascua, que tal vez sea la última? ¿No te basta lo que pediste por un pequeño animal?

Inconmovible, el mercader exclama:

–           ¡Lárguense apestosos! Allá viene José el Anciano y me honra con su preferencia.

El vendedor deja a los afligidos viejos y saluda al recién llegado:

–                     ¡Dios sea contigo! ¡Ven, escoge!

José de Arimatea es un fariseo muy majestuoso; entra en el corral y toma un soberbio ejemplar. Luego pasa indiferente frente a los pobrecitos que gimotean a la entrada del corral. Casi los empuja cuando pasa con el gordo cordero que va balando.

También Jesús ha hecho su compra y es Pedro, el que lleva un cordero de regular tamaño. Pasan cerca de los viejecillos, que temerosos e indecisos lloran, mientras la gente los empuja y son insultados por el vendedor.

Jesús es muy alto. Mide un poco más de dos metros y llega junto a ellos, cuyas cabezas apenas si le llegan a la altura del pecho. Se acerca y poniendo su mano en la espalda de la mujer, le pregunta:

–           ¿Por qué lloras, mujer?

Ella mira muy sorprendida y admirada a este joven alto y majestuoso, que parece un rabí y que viste una túnica y un manto blanquísimos; porque nadie se preocupa de la gente, ni de defender a los pobres contra la avaricia de los vendedores…

Y le dice la razón de su llanto.

Cuando termina la transacción entre José y el mercader; Jesús se dirige a éste último:

–           Cambia este cordero a estos fieles. No es digno del altar. Así como tampoco es justo que te aproveches de dos viejecitos, tan sólo porque son débiles e indefensos.

El hombre se sorprende y recorriéndolo con la mirada de arriba abajo, dice con desprecio:

–           ¿Y Tú quién eres?

Jesús contesta:

–           Un justo.

–                      Tu modo de hablar y el de tus compañeros, te denuncian como Galileo. ¿Acaso puede haber un justo en Galilea?

Jesús dice con seriedad:

–           Haz lo que te digo y sé justo.

El hombre ríe con burla:

–        ¡Oíd! ¡Oíd! ¡Al galileo defensor de sus iguales! ¡Nos quiere enseñar a nosotros los del Templo! –al decir esto remeda la cadencia del hablar Galileo, que es más melodioso que el judío.

La gente se reúne. Otros vendedores y cambistas, se unen para defender a su compañero en contra de Jesús.

También intervienen algunos rabíes que lo interrogan con un gran sarcasmo:

–           ¿Eres tú doctor?

Jesús contesta muy serio:

–           Tú lo has dicho.

–           ¿Qué enseñas?

La hermosísima voz de tenor de Jesús resuena en el aire, como una trompeta:

–           Enseño esto: a hacer de la Casa de Dios, Casa de Oración y no lugar de usura y de mercado. ¡Esto es lo que enseño!

Todos quedan paralizados por el miedo; pues Jesús parece un arcángel airado. Sus bellísimos ojos azules, parecen dos zafiros centelleantes. Y con santa Ira camina impetuoso, entre banco y banco; volcando las mesas y las mesitas. Y todo cae al suelo con gran estrépito de monedas que rebotan y maderos quebrados.

El aire se llena de gritos de ira, de pavor, de aprobación. Enseguida arranca de las manos de los mozos que cuidan los animales, las cuerdas con las que guardan los bueyes, las ovejas y los corderos. Y forma con ellos un duro látigo, en el que los lazos sueltos se convierten en flagelo. Lo levanta y le da vueltas por arriba y por abajo sin consideración alguna. ¡Y sin ninguna piedad!

Al golpear sacude cabezas y espaldas. Los fieles se separan admirando lo que pasa.

Los culpables son perseguidos y huyen dejando en el suelo, el dinero y los animales; en medio de una gran confusión de piernas, cuernos, alas. Hay quién corre; quién vuela… todo en medio de mugidos, balidos, aleteos de palomas y de tórtolas. Y a este alboroto se unen las risas y burlas, con que los fieles siguen a los usureros que escapan dando alaridos que sobrepasan los berridos y balidos de los corderos, que están siendo degollados en otra parte del Santuario.

Israel es una teocracia y el Templo, su principal sede de gobierno. Con toda esta barahúnda, acuden los sacerdotes, junto con los fariseos y los rabíes con sus discípulos.

Jesús está en medio del patio. Ha regresado de perseguir a los culpables y todavía tiene el látigo en la mano.

Es una estampa prodigiosa, poder contemplarlo en toda su majestuosa belleza masculina; airosa y triunfante; poderosa como un rey…

Y las preguntas llueven al mismo tiempo:

–               ¿Quién eres?

–               ¿De qué escuela provienes?

–               ¿Cómo te permites hacer esto, turbando las ceremonias prescritas?

–               Nosotros no te conocemos, ni sabemos quién eres.

Jesús los escudriña a todos como si los traspasara con su mirada. Ellos la sienten y parecen encogerse. Jesús al contrario… Se yergue más majestuoso todavía y adquiere toda la grandeza del Hombre-Dios…

Y declara con voz poderosa:

–           Yo Soy el que puedo. Todo lo puedo. Destruid si queréis este Templo Real y Yo lo levantaré para alabar a Dios. Yo no turbo la santidad de la Casa de Dios, ni sus ceremonias. Vosotros sois la que la turbáis, permitiendo que su morada se convierta en sede de ladrones y mercaderes. Mi escuela es la Escuela de Dios. La misma que Israel tuvo cuando le hablaba el Eterno, por medio de Moisés. ¿No me conocéis?… ¡Me conoceréis! ¿No sabéis de dónde vengo?… ¡Lo sabréis!

Y volviéndose al pueblo, sin preocuparse más por los sacerdotes. Alto, vestido de blanco, con el manto abierto y cayéndole sobre la espalda.

Majestuosísimo como un Rey y con los brazos abiertos como un orador en lo más emocionante de su discurso, dice:

–           ¡Oíd, vosotros de Israel! En el Deuteronomio está escrito: establecerás jueces y magistrados en todas las puertas…y ellos juzgarán con justicia al pueblo, sin inclinarse por ninguna de las partes. No tendrás respetos personales, ni aceptarás donativos. Porque los donativos cierran los ojos de los sabios y alteran las palabras de los justos. Con justicia seguirás lo que es justo, para vivir y poseer la tierra que el Señor Dios Tuyo te habrá dado.

¡Oíd, vosotros de Israel! En el Deuteronomio está escrito: no prestarás a interés, ni dinero ni semillas, ni cosa alguna a tu hermano. Podrás hacerlo con el extranjero; pero a tu hermano no prestarás con interés, de lo que tiene necesidad. Esto ha dicho el Señor.

¡Ved ahora qué injusticia para con el pobre se comete en Israel! No triunfa el justo, sino el fuerte. Y ser pobre, ser pueblo, quiere decir ser oprimido. ¿Cómo puede el pueblo decir: “Quién nos juzga es justo” si ve que no lo respetan los que deberían hacerlo? ¿El violar los Mandamientos de Dios, es acaso respetarlo? ¿Por qué razón los sacerdotes en Israel tienen posesiones y aceptan donativos de publicanos y pecadores, los cuales los hacen para tener de su parte a los sacerdotes; así como éstos los reciben para tener una mayor riqueza?

Dios es la herencia de los sacerdotes. Para ellos Él, el Padre de Israel; es más que Padre y les provee de comida como es justo. Pero no más de lo justo. Él no prometió a los servidores del Santuario bolsas de dinero, ni posesiones. En la Eternidad tendrán el Cielo porque fueron justos; como lo tendrán Moisés y Elías, Jacob y Abraham. Pero sobre esta tierra no deben tener más que el vestido de lino y una diadema de oro incorruptible: Pureza y Caridad.Y que el cuerpo sea siervo del espíritu, que es siervo de Dios Verdadero. Y que no sea el cuerpo quién sea señor del espíritu y contrario a Dios.

Se me ha preguntado con qué autoridad hago esto.

Y ellos ¿Con qué autoridad profanan los Mandamientos de Dios y a la sombra de los muros sagrados permiten usura contra sus hermanos de Israel, que han venido por obedecer un Mandamiento Divino? Se me ha preguntado de qué escuela provengo y yo he respondido: “De la Escuela de Dios”. Así es Israel. Yo he venido a traerte a esta escuela santa e inmutable. Quien quiera conocer la Luz, la Verdad, la Vida. Quien quiera volver a oír la Voz de Dios que habla a su pueblo, que venga a Mí. Como habéis seguido a Moisés a través del desierto, ¡Oh, vosotros de Israel! Seguidme a Mí que os llevaré a través de un desierto más desolado al encuentro de la Verdadera Tierra Prometida. Por el mar abierto de los Mandamientos de Dios, os llevaré a ella y levantando mi señal, os curaré de cualquier mal.

Ha llegado la Hora de la Gracia. Los Patriarcas murieron esperándola, la predijeron los Profetas y fallecieron con esta esperanza. Los justos soñaron con ella y murieron confortados con este sueño. Ha llegado la Hora.

¡Venid! El Señor está por juzgar a su Pueblo y para hacer misericordia a sus siervos. Así como lo prometió por boca de Moisés.

El largo discurso termina y la gente agolpada alrededor de Jesús, lo ha escuchado con la boca abierta. Después comenta las palabras del nuevo Rabí. Y van y vienen preguntas.

En un nutrido grupo de fariseos, sacerdotes y Doctores de la Ley; que están tan estupefactos, que se han quedado paralizados al igual que todos los que presencian la insólita escena…Está el escriba Sadoc y sus discípulos.

Y entre sus asombrados oyentes, hay uno que se pregunta a sí mismo:

–           ¿Acaso es el Mesías?

Y su corazón palpita con violencia ante el pensamiento que cruza como un relámpago:

–           ¡Sí! ¡Es el Mesías! Sólo el Mesías sería capaz de hablar así a los poderosos de Israel. ¡El Rey prometido ha llegado!

Y un frenético anhelo de seguirlo y conseguir ser su discípulo, se agiganta dentro de sí y lo domina por completo. Y jala a su compañero de una manga y lo arrastra consigo.

Mientras tanto, Jesús se dirige al Patio de los Israelitas, seguido por sus amigos.

Tres días después…

Jesús llega con sus seis discípulos a una casita que está en la orilla de la ciudad, entre la campiña y los olivos, bañada por la luz del atardecer.

Un anciano campesino, propietario del olivar, que es conocido de Juan, le dice:

–           Juan, hay dos hombres que esperan a tu amigo.

Juan inquiere:

–           ¿Dónde están? ¿Quiénes son?

–                      Están esperando en la cocina y… y… en el fondo del huerto, hay otro que es todo llagas. Hice que se quedara allí, porque…mucho me temo de que esté leproso. Dice que quiere ver al profeta que habló en el Templo.

Jesús dice:

–                      Vamos primero con éste. Diles a los otros que si quieren venir, que vengan. Hablaré con ellos en el Olivar.

Y avanza al lugar que señaló el anciano.

Pedro pregunta:

–           ¿Y nosotros que hacemos?

–           Venid si queréis.

Un hombre todo embozado está pegado a la barda que sirve de apoyo a una zanja, la más cercana al sembradío. Cuando ve que Jesús se acerca, grita:

–           ¡Atrás! ¡Atrás! –Descubre su tronco, dejando caer el vestido y gritando- ¡Piedad! ¡Piedad!

Si la cara está cubierta de costras, el tronco es un entretejido de llagas. Unas, son hoyos profundos. Otras parecen quemaduras de color rojo. Y otras más, blanquizcas y transparentes como si tuvieran un vidrio blanco.

Jesús lo mira con infinita compasión:

–                     ¡Eres leproso! ¿Para qué me quieres?

El hombre suplica:

–                     ¡No me maldigas! ¡No me tires piedras! Me han contado que la otra tarde te manifestaste como Voz de Dios y Portador de su Gracia. Me han dicho que Tú has afirmado que al levantar tu Señal, sanas cualquier enfermedad. Por favor, ¡Levántala sobre mí! ¡Vengo de los sepulcros… desde allá! Me he arrastrado como una serpiente entre los espinos del riachuelo para llegar sin ser visto. He esperado el atardecer para hacerlo, porque en la penumbra no se distingue lo que soy. Me he atrevido. Encontré al buen amo de la casa que no me mató y sólo me dijo: “Espera junto a la barda” Por favor te lo pido, ten piedad Tú también.

Los seis discípulos, el dueño del lugar y los dos desconocidos, se quedan paralizados y muestran claramente su repudio.

Jesús empieza a caminar para acercarse al enfermo.

Y el leproso, grita:

–           ¡No! ¡Alto! ¡No más adelante! ¡No más!… ¡Estoy infectado!

Pero Jesús avanza. Lo mira con tanta piedad que el hombre se pone a llorar y se arrodilla con la cara casi sobre el suelo y solloza:

–           ¡Tu Señal! ¡Tú Señal!

Jesús sonríe lleno de majestad y dice:

–           Será levantada a su Hora. Pero Yo te digo: ¡Levántate! ¡Cúrate! ¡Lo quiero! Y sé para Mí, testigo en esta ciudad que debe conocerme. ¡Levántate, te lo mando! Y no peques más en gratitud a Dios.

El hombre se levanta poco a poco; parece emerger de la alta hierba, como de un sudario, en una tumba…

¡Y está curado!

Grita:

–           ¡Estoy limpio! ¡Oh! ¿Qué debo hacer yo ahora por Ti?

–           Obedecer la Ley. Ve al sacerdote. Sé bueno en el porvenir. ¡Ve!

El hombre trata de arrojarse a los pies de Jesús; pero se acuerda de que todavía está impuro según la Ley y se detiene. Entonces se besa la mano y envía con ella un beso a Jesús, llorando de alegría.

Los otros están petrificados. Jesús le sonríe al curado y lo bendice. Le vuelve la espalda y regresa con los demás.

Su maravillosa sonrisa los hace volver en sí al decirles:

–           Amigos, era solamente una lepra de la carne. Pero vosotros veréis caer la lepra de los corazones. –Volviéndose hacia los dos desconocidos, pregunta- ¿Sois vosotros los que me buscabais? Aquí estoy. ¿Quiénes sois?

El más alto le dice:

–           Te oímos la otra tarde en el Templo. Te buscamos por la ciudad. Uno que dijo ser pariente tuyo, nos dijo que estabas aquí.

Jesús pregunta:

–           ¿Por qué me buscáis?

–           Para seguirte si quieres. Porque has dicho palabras de verdad.

–           ¿Seguirme? ¿Pero sabéis a donde debo ir?

–           No Maestro. Pero ciertamente que a la gloria.

–           Sí. Pero no a una gloria de la tierra; sino a la que tiene su asiento en el Cielo y que se conquista con la virtud y los sacrificios. ¿Por qué queréis seguirme?

–           Para tener parte en tu gloria.

–           ¿Según el Cielo?

–           Sí. Según el Cielo.

–           No todos pueden llegar; porque Mammón asecha a los que desean el Cielo, más que a todos los demás. Y sólo el que sabe querer con todas sus fuerzas, resiste. ¿Por qué seguirme, si seguirme significa una lucha contra el Enemigo que es Satanás?

–           Porque así lo quiere nuestro corazón que ha quedado conquistado por Ti. Tú eres Santo y Poderoso. Queremos ser tus amigos.

Jesús exclama:

–           ¡Amigos! –calla un rato y suspira.

Luego mira fijamente al que siempre ha estado hablando.

Es un judío joven, elegantemente vestido y que ahora ha dejado caer el capucho de su manto hacia atrás, descubriendo su cabeza rapada.

Y Jesús le pregunta:

–           ¿Quién eres tú, que hablas mejor que uno del pueblo?

–           Soy Judas de Simón. Soy de Keriot, pero estoy en el Templo. Soy sacerdote y fariseo. Hijo de Simón, sacerdote fariseo de la treceava de las veinticuatro castas sacerdotales. Soy de la tribu de Leví. Espero y sueño con el Rey de los Judíos. Te he visto que eres Rey en la Palabra y en el gesto. Tómame contigo.

–           ¿Tomarte?… ¿Ahora?… ¿Inmediatamente?… ¡No!

El ‘NO’ de Jesús es rotundo y cortante. Los apóstoles lo miran sorprendidos ante una actitud insólita  y que generalmente es  dulce y amorosa de su Maestro…

Judas pregunta extrañado:

–           ¿Por qué Maestro?

–           Porque es mejor pesarse a sí mismo, antes de emprender un camino muy pendiente.

–           ¿No te fías de mi sinceridad?

–           ¡Tú lo has dicho! Creo en tu impulso, pero no creo en tu constancia. Piénsalo bien, Judas. Por ahora me voy, pero regresaré para Pentecostés. Si estás en el Templo podrás verme. ¡Pésate a ti mismo!… –se vuelve hacia el otro desconocido- Y tú ¿Quién eres?

el hombre contesta un poco turbado:

–           Otro que te vio. Querría estar contigo. Pero ahora siento miedo.

Jesús contesta con firmeza y dulzura:

–           ¡No! La presunción es ruina. El temor puede ser obstáculo, pero si procede de la humildad, es ayuda. No tengas miedo. También tú piénsalo y cuando regrese…

–           Maestro, ¡Eres tan Santo! Tengo miedo de no ser digno. No de otra cosa. Porque de mi amor no recelo.

–           ¿Cómo te llamas?

–           Tomás. Y de sobrenombre, Dídimo.

–           Recordaré tu nombre. Vete en paz.

Jesús los despide y entra en la casa con los seis discípulos.

Juan pregunta:

–           ¿Por qué has hecho tanta diferencia entre los dos, Maestro? Ambos tenían el mismo impulso.

Jesús contesta:

–           Amigo. Aunque el impulso sea el mismo, éste puede tener diferentes orígenes y producir diversos efectos. Ciertamente los dos tienen el mismo impulso. Pero no son iguales en el fin. El que parece menos perfecto lo es más, porque no tiene el acicate de la gloria humana. Me ama porque… me ama.

Pedro interviene:

–           Nosotros hemos dejado todo por Ti.

–           Lo sé Pedro. Por eso os amo más. Pero también vendrá Judas.

–           ¿Quién?… ¿Judas de Keriot?… ¡Ese!… ¡No me agrada! Es un elegante y apuesto señorito, pero… prefiero… ¡Me prefiero a mí mismo!

Todos lanzan una carcajada, con la salida de Pedro. Éste aclara:

–           No hay porqué reírse. Quise decir que prefiero ser un Galileo franco, burdo, ignorante, pescador; pero sin malicia… él tiene…no sé… ¡Ea! El Maestro entiende lo que yo pienso.

Jesús dice:

–           Sí entiendo. Pero no hay que juzgar. Tenemos necesidad de…

Lo interrumpen unos golpes que tocan a la puerta. Cuando la abren, Tomás entra y se arroja a los pies de Jesús.

Y le suplica:

–           Maestro… no puedo esperar hasta tu regreso. Déjame contigo. Estoy lleno de defectos; pero tengo un amor único, grande y verdadero que es mi tesoro. Es tuyo y es para Ti… ¡Por favor deja que me quede Maestro!

Jesús le pone la mano en la cabeza y dice:

–          Quédate, Dídimo. Ven conmigo. Bienaventurados los que son sinceros y tenaces en el querer. Vosotros sois benditos. Para Mí sois más que parientes; porque sois hijos y hermanos, no según la sangre que perece; sino conforme al querer de Dios y al querer vuestro espiritual. Ahora declaro que no tengo ningún pariente más cercano a Mí, que el que hace la Voluntad de mi Padre y quiere el bien. Levántate amigo. ¿Ya cenaste?

Tomás contesta:

–           No, Maestro. Caminé unos cuantos metros con el otro que vino conmigo. Después lo dejé y me regresé diciéndole que quería hablar con el leproso curado… Lo dije porque pensé que él desdeñaría acercarse a un impuro y no me equivoqué. Pero yo te buscaba a Ti; no al leproso…Quería pedirte que me aceptaras.

–           ¿Vives lejos?

–           Estoy alojado cerca de la Puerta Oriental.

–           ¿Estás solo?

–           Estaba con parientes. Pero te oí en el Templo y me quedé para buscarte.

Jesús sonríe y dice:

–           ¿Entonces nadie te espera?

Tomás contesta muy feliz:

–           No, Maestro.

–           Siéntate, Tomás y come con nosotros. Somos pobres y la cena la compartiremos con amor.

Después de que terminan de cenar, Jesús le pregunta:

–           Tomás, ¿Estarías dispuesto a hacerme un favor?

–           Ordena, Maestro. Estoy para servirte.

–           Mañana al rayar el alba, el leproso saldrá de los sepulcros, para buscar quién le avise al sacerdote. Es caridad que tú vayas antes a ese lugar y digas en voz alta: “Tú que ayer fuiste curado, ven fuera. Me manda Jesús de Nazareth, el Mesías de Israel. El que te sanó.” Con esto harás que el mundo de los muertos vivientes conozca mi Nombre y arda de esperanza. Y que a la esperanza se una la fe para que lo cure. Después, él vendrá a ti. Harás lo que te diga que tienes que hacer. Y lo ayudarás en todo como si fuese tu hermano. Le dirás también: “Cuando hayamos cumplido con tu purificación, el Maestro te espera en el camino a Jericó; junto al río. Para decirnos en qué debemos servirlo.”

–           ¡Así lo haré! ¿Y el otro?

–           ¿Quién?… ¿Iscariote?

–           Sí, Maestro.

–           Para él persiste mi consejo. Déjalo que decida por sí mismo. Y por largo, muy largo tiempo; evita aún el encontrarlo. En cuanto al leproso, déjame decirte como es; para que nadie trate de engañarte. Es alto, delgado, de piel oscura, como de sangre mezclada. Ojos profundos y muy negros, bajo unas cejas blancas. Cabellos blancos y encrespados. Nariz larga y labios gruesos. En la frente tiene una cicatriz antigua que le ha quedado.

Felipe comenta:

–           Entonces es un viejo, si está todo blanco.

Jesús refuta:

–           No Felipe. Sólo es un poco mayor que yo. La lepra lo hizo canoso. Oremos…

Jesús se levanta y da gracias al Padre. Luego todos se retiran a descansar.

 HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA