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43.- LA PERSECUCION


imperio-romano-formacao-caracteristicas-crise-e-a-pax-romanaEn el cubiculum de un lujoso palacio, furioso da vueltas  como un león enjaulado y con el rostro descompuesto por la ira, Narciso Haloto.

Había ido a buscar a Celina y en su casa le dijeron que había emprendido un viaje del que tardaría muchas semanas en regresar. Y no…  NO sabían en donde se encontraba ahora.

La esquiva y hermosa virgen le ha colmado la paciencia.

A pesar de su pesquisa no ha logrado dar con su paradero y no comprende como ella se atreve a rechazarlo de esa manera…  Pues él desciende de una poderosa familia en Roma, acaudalada y con ilustre linaje. Sus antepasados han sido cónsules y militares muy prestigiados…

Aún ahora su padre es el favorito de Nerón… Y ellos no están acostumbrados a implorar los favores de nadie.

Haloto es el prototipo de su sangre y esta hermosa joven le ha herido más que nada en su vanidad…  Y más que amor que un día creyera sentir por ella, se ha levantado en él la obstinación del jugador que está acostumbrado a ganar.

Desde siempre ha obtenido lo que quiere y no conoce  las contrariedades, ni la derrota. Y NO pasa siquiera por su mente la posibilidad, de que ésta vez no pueda conseguir su objetivo.

En el ejército, la disciplina militar había puesto límites a su voluntad; pero al mismo tiempo le había afirmado en que toda orden debe ser obedecida. Y él ha sido un hombre implacable en ese sentido.

Su prolongada permanencia en el Oriente, donde la gente es sumisa y habituada a la obediencia de los esclavos, le ha confirmado en su ánimo de no ser contrariado jamás. Ni siquiera en el más mínimo de sus deseos.

ESCLAVA

¿Quién se cree Celina que es, para tratarlo como a un liberto y no tan solo rechazarlo; sino largarse sin dejarle noticias de su paradero? Piensa en esto y su rostro palidece de cólera y se goza por anticipado, en lo que la humillará…

Se vengará de todos los agravios sufridos. La atormentará a su antojo, como si fuera una esclava. Y empieza a deleitarse con el pensamiento de las rojas huellas del látigo, marcando sus carnes sonrosadas…

Quiere verla suplicándole que tenga piedad de ella.

Su obsesión por Celina le ha hecho ser un amo más cruel y despiadado. Sus esclavos y hasta sus libertos se acercan a él temblando.

Y él disfruta viendo el terror en sus miradas. Y como ahora caen sobre ellos inmerecidos castigos, tan despiadados como injustificables; empezaron secretamente a odiarle, tanto como le temían.

Narciso descarga en ellos sus venganzas, ya que no puede alcanzar a la fugitiva causante de su pésimo estado de ánimo.

Se ha propuesto usar todos los medios a su alcance para obtenerla y cuando esto suceda… ¡Celina se enterará de quién es él! ¡Vaya que lo sabrá!…

La sangre le hierve de ira.

El es un Haloto y le demostrará lo peligroso que es tratar de ignorarlos o burlarse de ellos, como ella se ha atrevido a hacerlo con él.

Mientras tanto en la Puerta del Cielo, están acelerando la instrucción de los catecúmenos…

Y Celina está en uno de los salones, hablando a más de un centenar de personas:

LA PERSECUCIÓN

Es la Guerra contra Dios.

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No son necesarios las grandes persecuciones o los grandes cismas, para luchar contra Cristo. También está la pequeña íntima lucha de cada alma; contra la Ley de Dios.

O la velada, astuta, estatal lucha de cada país, contra la Roma Católica. Contra la Voz de Jesús que habla y reclama a los hombres la Ley de honestidad, del deber, del amor.

Son luchas contra Cristo.

Los escribas, los fariseos y los sacerdotes del Templo de Jerusalén, se opusieron siempre a las verdades de Jesús. Las odiaron y las combatieron por todos los medios; porque estaban llenos de soberbia y de envidia.

Y su odio fue atizado por Satanás, hasta encontrar su desfogue implacable en la Cruz.

 

El rey Herodes ordenó el Genocidio de Belén, por miedo y por envidia de las profecías que vio cumplirse en las palabras de los Reyes Magos. Miedo y envidia que movió al Sanedrín contra Jesús.

¿Por qué?

POR EL PODER

Jesús, como Dios Todopoderoso fundó una Iglesia cuyo uno de sus grandes caudales es: EL PODER.

Tesoro que la hace bella, potente, perfecta. Única en el mundo por sus innumerables tesoros espirituales, donados por el Todopoderoso. Ninguna sociedad existente en el Universo, dispone del Poder del que dispone la Iglesia.

Las Potencias del Infierno, gozan de un poder superior al humano, debido a su naturaleza angélica superior a la naturaleza humana. Pero no en la medida que ellos se esfuerzan en hacer creer.

El poder del que ellos disponen es extranatural, NO sobrenatural. Nacido principalmente de la ignorancia de sus adeptos, a los que han convertido en profanadores de los Misterios de Dios.

Pero el Poder concedido a la Iglesia de Jesucristo, SI es un poder sobrenatural. Infinitamente superior al concedido a los ángeles. Poder Divino que cuando es ejercido dentro de la Voluntad de Dios y en amoroso seguimiento a sus designios; es una fuerza devastadora para Lucifer.

Esto lo sabe muy bien el Archí-enemigo de Dios y de los hombres.

Y por eso su principal estrategia es provocar la crisis de Fe, demoliendo las convicciones principalmente en la Jerarquía; para NEUTRALIZAR ESTA FUERZA  y hacer que se desperdicien las riquezas que fueron fruto de la Sangre de Jesús. Y de esta manera dejar anulados a los que son sus mortales enemigos.

EL PODER ESTA EN LA FE

Y cuando es usada la Fe Verdadera en todos los Sacramentos, él es un Adversario Aniquilado. Por eso trata de ensombrecer a la Iglesia. Que a los ojos humanos le puede restar resplandor; pero en la realidad NO se ha disminuido en Ella nada de su valor, ni de su potencia.

Una Iglesia ‘Viva’ en su parte divina y sobrenatural, ya hubiera acabado con el terror que Satanás ejerce en el mundo, por medio de los corazones entregados a él.

Satanás sabe cuán débil es la naturaleza humana, con la embriaguez del poder terrenal.

Por eso una de las Tentaciones en el Desierto, fue precisamente ésta. Y como NO logró que Jesús consintiera, buscó la manera de obligarlo, haciendo que lo proclamaran rey. Pero Jesús huyó.

Las riquezas y el poder son las dos cadenas más poderosas, para perder al espíritu.

Muchos se han extraviado lejos de la Fe y se han torturado a sí mismos con un sinnúmero de tormentos, por entregarse a ellas.

Su avidez por poseerlas los han precipitado en la Condenación Eterna, después de haber sido flagelo para otros y de olvidar completamente el sentido de la Vida y de la Doctrina Cristiana.

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La Confusión entre poder terrenal y poder espiritual en los corazones, provoca los errores y las herejías en el interior.

Y la Persecución provocada por el odio irracional en el exterior.

La Persecución sanguinaria y violenta, es el punto que delimita claramente las relaciones entre la política y la religión, porque pone de manifiesto la eterna batalla del poder por el Poder; en la terrible guerra espiritual, entre Jesucristo y Lucifer.

Mi Reino no es de este mundo’.

Estas palabras son la clave para no perder la brújula en el camino para llegar a Dios.

El cristiano verdadero sabe quién persigue a Quién y por qué.

También está consciente de su propia Identidad. Y por eso es temido y más odiado por su Adversario.

El cristiano verdadero sabe vencer; aún cuando a los ojos del mundo, pareciera vencido. El cristiano verdadero dirige su propio combate. Y el Enemigo, debe aceptar las reglas. Los que NO ‘ven’, NO comprenden.

Si su alma estuviese viva, verían como son regios los vencedores. Y como las ‘víctimas’ son los verdaderos dioses que se han liberado de la esclavitud del Mal y se yerguen ante él victoriosos. Satanás mira impotente como sus ataques solo los hacen crecer más.

Los destruye aparentemente, en lo único que puede alcanzarlos: lo material y terrenal. Pero con esto está contribuyendo a la Obra de Dios: deificar al alma para que sea verdadera hija de Dios.

Pero un Padre no da solamente amor y semejanza a los hijos. Da también sus riquezas y su herencia. No hay victoria sin lucha. Y no puede tenerse el vestido adornado, ni palma de gloria, sin el Dolor y sin la Cruz; los medios por los cuales Jesús fue exaltado por el Padre, después de la Suprema Humillación y Obediencia.

Para ser coherederos del Reino Celestial del cual el Cordero de Dios, el Verbo Encarnado, ES el Rey de reyes y Señor de señores; debemos también desear ser coherederos en su parte de Dolor, de inmolación, de humillación y de obediencia. Porque solo así se podrá junto con Él, Victorioso y Glorioso, ser glorificados.

Breve, siempre breve será la Prueba terrena respecto a la Eternidad. Relativos, siempre relativos el sufrimiento y la cruz, respecto al gozo celestial e infinito, como todas las cosas que vienen de Dios.

No hay que desconsolarse por las persecuciones, vejaciones, opresiones, calumnias, escarnios, que vienen de quienes son utilizados por Satanás, para tratar de destruirnos.

Porque Cristo es perseguido en sus hijos.

Ni la espada, ni los tormentos pueden separar de Cristo a los que lo aman de verdad.

Nada es tan poderoso como la persecución a una idea o a una religión, para hacerle aumentar su potencia. Lo mismo pasa con Cristo: de la larga persecución moral y la feroz persecución final, obtendrá el sello de Gloria Imperecedero por el cual reina y reinará como el Santo de los santos.

Entonces todas las cosas serán restauradas, tal y como Dios las había concebido antes de crearlas.

La Iglesia en plena coherencia Divina y humana, debe en su calidad de Maestra y Guía, dirigir a los hombres hacia los ilimitados horizontes de la Eternidad Divina.

Renovarse o perecer. Ser la Fiel Esposa de Cristo, que conquistará el mundo con el Amor. Tener a la Iglesia aceptada y conocida solo en su parte humana y culpablemente ignorada en su parte Divina y sobrenatural; Ha hecho que Satanás crea su loca ilusión de haber acabado con Ella, como un día hizo con la Cabeza.

Las fuerzas del Infierno  no la podrán vencer. Estas palabras de Jesús, son la promesa de Dios a una Iglesia que NO podrá ser destruida. Porque Él NO lo va a permitir. Porque ha sido establecida como Faro del Mundo.

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EL MESIAS PERSEGUIDO.

“Cuando el mundo los odie, recuerden que primero que a ustedes me odió a Mí. No sería lo mismo si ustedes fueran del mundo, pues el mundo ama lo que es suyo…”

Jesús no envileció su Divinidad al asumir figura humana. Su Amor Perfectísimo Divinizó a la Humanidad; que llevada por la libre voluntad del hombre, nos hace semejantes a la Perfección de Dios, que es Amor Puro, Libre, Perfecto.

Jesús no quiso diferenciarse del hombre, para llevarlo hasta donde Él está. Y unidos en Él, ser tentados y vencedores, para ser dioses en el Reino Celestial.

Cuanto más crece el hombre en perfección, más se ve asaltado por las fuerzas del Mal. Más en el hombre saturado de Dios, los asaltos no son muerte sino vida. Tampoco envilecimiento, sino gloria.

El hombre no ha cambiado y Satanás tampoco. Quitando el miedo y la ignorancia, el alma unida a Dios puede alcanzar la perfección, porque en la entrega llega la Fusión y es Dios Mismo el que libra los combates. La vida es una guerra de todos los días y las víctimas se purifican en la hoguera de las tentaciones.

El alma víctima, es el mártir que llega a ser dios por el esfuerzo constante de las victorias conseguidas en la vida terrena. Si el alma ya fuese dios, no tendría que esforzarse en serlo. El Amor la invita a divinizarla mediante el Amor. En esto consiste la perfección.

El que descubre a Dios y lo busca para amarlo; comienza a hablar un lenguaje nuevo y diferente, que NO puede ser comprendido por los que pertenecen al mundo.

El cristiano siempre será perseguido e incomprendido. Más incomprendido mientras más avanza en el camino de la Cruz.

LA SEÑAL DEFINITIVA DE QUE JESÚS ES DIOS…  

ES EL ODIO CON EL QUE TRATAN DE DESTRUIRLO TODO EL INFIERNO Y TODO EL MUNDO.

Odio mortal dirigido contra ÉL y contra todos los que lo representan.

Dios es Amor. Jesús es el Amor Encarnado. Cuanto más se ha demostrado la sobrenatural realidad de su Divinidad y de su Palabra, más Odiado es. Satanás creyó vencerlo matándolo a Él y matando a los primeros cristianos, así como ahora nos quiere matar a nosotros.

Aún sigue creyendo que exterminando la Iglesia, acabará con la Doctrina Cristiana. Por eso debemos estar preparados. El Espíritu Santo nos ha prevenido que ha pedido permiso para cribarnos y se le ha permitido hacer proyectos orgullosos para actuar como quiera durante cuarenta y dos meses, antes del regreso de Jesús para instaurar su Reino en la Tierra.

Se le concedió hacer la guerra a los santos y vencerlos. Y tiene poder sobre todo pueblo, raza y nación. El que tenga oídos escuche y comprenda:

Quién está destinado a la cárcel, irá a la cárcel.

Quién está destinado a muerte de espada, perecerá por la espada.

Para los santos es la hora de la Perseverancia y la FE.

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PERSEGUIR A UNA DOCTRINA NO SIRVE MAS QUE PARA AUMENTAR SU PODER. Sobre todo si es auténtica en las verdades que enseña.

Cada gota de sangre de los que sean martirizados y cada lágrima de los santos que sean aplastados, será semilla de cristianos y hará que el catolicismo se extienda por todo el planeta. Porque Satanás no cambia y tampoco cambia sus métodos.

Como trató a Jesús y a los primeros cristianos, tratará a los actuales. Y así seguirá mientras haya un alma que deba probar su fidelidad a Dios. De los gobernantes parten las más crueles masacres.

Las lacras del Mal imperante penetran y se extienden en el espíritu del hombre, quiera o no quiera, porque no quieren que el espíritu se vuelva a Dios y a su Ley.

Estallan el rencor y la envidia de los hijos de Satanás, en las persecuciones feroces; cuando botando la máscara humana que cubre su cabeza de serpiente infernal, se manifiesta abiertamente y combate a los hijos de la luz.

Los espíritus que no están vivos y nutridos de amor y de Evangelio. No pueden resistir y permanecer fieles, por eso le temen a las persecuciones y al martirio. Y terminan por renegar de Dios, pues carecen del Amor y la fortaleza suficientes para vencer.

Los hombres son los instrumentos que Satanás mueve para golpear a la Iglesia. Satanás sabe que los tiempos apremian y que ésta es la lucha decisiva que anticipará la venida de Cristo.

Satanás es el capitán de este ejército que se inició en el Sanedrín entre las castas de los fariseos, de los escribas. Que encontraron su alférez en Judas y que culminará con el Reino del Anticristo.

El cual al torrente de Gracia contrapondrá un torrente de ferocidad y de sangre, en el cual triturará y desaparecerá a todos los cristianos; donde muy pocos caerán como víctimas santas, invocando a Cristo.

PORQUE DECIRSE CRISTIANO, NO QUIERE DECIR SERLO.  No es el recibir el rito del Bautismo y acercarse a los Sacramentos con el espíritu muerto, lo que lo constituye.

Ser cristiano quiere decir ser como Cristo lo ha dicho que se debe ser y como el Evangelio lo repite. El querer adaptar el Evangelio a una vida sin conversión, es una patética confesión de miseria espiritual.

00BIBLIA-VIDA-TESTIMONIO-TIBIEZAEl Evangelio debe ser vivido de manera integral. Y el Anticristo nos obligará a ser perfectos, porque su diabólica ferocidad estará completada con la moderna tecnología para torturar.

El que no quiera perderse deberá aprender a ser un héroe.

LA PERSECUCIÓN ES LA SUERTE DE LOS SANTOS

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El hijo de un doctor, quiere ser doctor. El hijo de un artista, quiere ser artista. Los que creen que han surgido de una tribu de simios, corren el peligro de convertirse en bestias.

Los que sienten que fueron creados por Dios y lo aman como Padre, NO hay duda de que intentarán volverse como Él. Y cuando llegue el Tiempo del Sufrimiento por ser cristianos…

DESDE AHORA DEBEN DECIDIR

SI ESTARÁN LISTOS PARA ENFRENTAR ESE DÍA,

CON DIGNIDAD Y VALOR. 

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Satanás asecha con grandes grandezas a los que desean el Cielo, más que a los demás. Quién busca las grandezas del mundo, no puede entrar al Reino de los Cielos.

Judas de Keriot, es el ejemplo perfecto de esto. Porque la grandeza del mundo está en oposición a la Ley de Dios. La Grandeza del Mundo casi siempre se consigue con medios ilícitos, que para prevalecer sobre el prójimo; con la injusticia lo convierten en peldaño y lo aplastan para poder sobresalir.

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El Mundo seduce con el espejismo del éxito y del triunfo.

Cristo triunfa en lo que es considerado como pérdida y derrota.

Solo el que sabe querer resistir con todas sus fuerzas, triunfa sobre las seducciones. Y a éstos, Satanás les hace una guerra despiadada y continua.

Todos los que siguen al Dios verdadero, PADECEN PERSECUCIÓN.

Todos los que lo predican, terminan con la suerte de los profetas: ODIADOS.

A Juan Bautista lo odiaron por su severidad. Y por decir la Verdad, terminó decapitado.

A Jesús lo odiaron por su Bondad. Y por decir la Verdad, terminó crucificado.

Los dos predicaban a Dios. La Penitencia y el Amor atraen al Odio. Satanás inculca el Odio en los corazones y es generador de tragedias.

Cuando el Espíritu Santo se acerca a las almas y éstas comienzan a responder a su llamado, los hombres se dividen en dos ramas: los que aman y los que odian al que está llevando el Reino de Dios a los corazones.

Desafortunadamente siempre es más grande la cantidad de los odiadores que de los convertidos. Satanás sabe que las almas reconocen a Dios. Y se convierten al ser consoladas y curadas por Él. Presiente su derrota en los corazones y su Odio y su Furia no tienen límites.

Entonces ataca con toda su rabia a los que se atreven a desafiarlo arrebatándole sus presas y vuelve furiosos a los que le pertenecen, comunicándoles su Odio Infernal.

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Quien da hospedaje al Infierno, es quién odia a los pequeños cristos.

Satanás es tan astuto que convierte a  los hombres sin que se den cuenta, en marionetas a las cuales maneja como quiere, a través de los hilos de sus malos sentimientos y sus pasiones. Y sin que ellos lo adviertan, hecha mano de todos sus recursos para atacar al perseguido y dañarlo por todos los medios posibles.

Los santos del Cielo traen una corona adornada con las perlas de su llanto y de su dolor. Algunos han sido martirizados hasta la sangre, por las vejaciones de Satanás y sus aliados.

En la Tierra recibieron el extraordinario consuelo de la Ternura de Dios que alivia el Dolor de sus hijos, que los Fortalece para llevar la amarguísima Cruz del Odio y sobrellevar las persecuciones solapadas, astutas y terribles que para poderlas vencer, debieron prepararse en la Escuela del Sufrimiento.

Para ser vencedores de Satanás que a la carne había hecho corrupta. Vencedores de los sentidos que en ellos se agitan por herencia del pecado y azuzada por Satanás.

Todos los santos son mártires. Porque para ser santos debieron superar las persecuciones y permanecer fieles. ¡Gloria a quién vence!

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NIÑOS CRISTIANOS ANTES DE SER QUEMADOS VIVOS

Satanás es el eterno azuzador de los hombres. Cuando persigue a un justo, aprovecha todas las oportunidades para abatirlo y destruirlo. Y endereza todas sus armas para herir en la Misión y en los afectos…

Porque en unos la Presencia de la Gracia en los justos, produce un terror humano que no tiene razón de existir y en otros es un reproche que no pueden soportar. En estos casos es mejor soportar y vencer; sin soberbias y sin desesperaciones.

Esta hora siempre tiene su razón de ser y es buena. No hay que sucumbir al miedo. Durante estas horas, Dios NO ABANDONA, sino que sostiene al que es fiel. NO podrán soportar las persecuciones los que no tengan como rey al espíritu.

Todo esto sucede porque Satanás ha robado la fuerza para amar a Dios y la capacidad para hacer el bien. El Odio más grande de Satanás está dirigido contra Dios y contra su hijo: el hombre que lo ama hasta imprimir  en sí su Imagen. Él y solo Él existe en su corazón. Su amor está mezclado con llanto y dolor y purificado del rencor y del cansancio.

Las almas víctimas saben qué cosa quiere decir ser desamadas, rechazadas, ofendidas, no reconocidas, traicionadas y atormentadas con un sufrimiento que llega a enfermarlas. Calumniadas y tratadas como desquiciadas y obsesas.

En todos los medios en que se desenvuelven, son perseguidas por causa del Nombre de Jesús, el Amado de su Corazón y por su fidelidad en el espíritu. Y ellas entregan su amor y su dolor, su tribulación y su desolación.

Y Dios no las deja solas, porque Él necesita de estas penas. Un poco de Getsemani por su Amor. Ellas han extinguido el deseo de ser amadas y comprendidas y esto las hace arder en un fuego que refleja el Cielo y el Rostro de Dios.

Las burlas, los escarnios, los obstáculos, las trampas encaminadas a entorpecer su misión, las luchas espirituales, las tentaciones y las derrotas; aunadas a que al verse arrojadas de todos lados, llenándolas de dolor y de desaliento; tratando de derrotarlas con la tristeza y la impotencia y llevarlos a la  duda y la desesperación.

Todos sus repetidos y feroces asaltos, están destinados a destruir la Obra de Jesús y a conseguir a como dé lugar volver a atrapar al alma que se le ha escapado.

Cada santo tiene su traidor. Se le debe perdonar más a él que a cualquier otro. Se debe buscar por todos los medios, que reconozcan sus yerros. Un perdón con lágrimas amorosas, puede conseguir que un corazón arrepentido sea rescatado de las garras de Satanás. El perdón sana. El perdón salva.

Los ataques imprevistos de Satanás, provocan que los hombres sean sus instrumentos para flagelar a otros… Si no se pierde de vista esto, se puede intentar todo para ayudar al hermano caído, que de otra manera NO podría levantarse.

Uno de los desalientos más dolorosos, es comprobar que aquellos a los que se ha hecho un beneficio, pagan con la ingratitud y la traición. Y pasándose al bando de los acusadores, calumnian sin la menor consideración.

Esta Arma: LA TRAICIÓN, Satanás la esgrime con singular maestría. Porque sabe los efectos devastadores que causa al comprobar la ingratitud de los que también se ama.

Para NO ser vencidos por el Desaliento, baste recordar que a Jesús lo crucificaron, los mismos que recibieron los beneficios de sus milagros. Los hosannas mentirosos del Domingo de Ramos, fueron los mismos que pidieron el ‘crucifige’ del Viernes Santo.

Los perdones a las traiciones, adornan de piedras preciosas las coronas de los mártires del Amor. Dios ve. Dios juzga.

EL LIBRO DE LA VIDA

Y Dios premia y castiga de acuerdo a su Infinita Perfección. Los ultrajes y las calumnias, son la tinta con la cual quedan inscritos los nombres de los elegidos en el Libro de la Vida.

Los santos están esparcidos sobre la tierra, para que los hombres sacien su hambre sobrenatural a través de Dios. Pero el hombre desprecia esta ayuda divina y por instigación satánica los persigue con odio infernal.

El hombre cae en la noche de su ignorancia y pierde cada vez más el deleite de lo Celestial. Envenenado como está por el sabor engañoso del Pecado, aumenta el Odio que instintivamente siente por el que percibe que es superior a él.

Entonces, la única protección que les queda es: LA ORACIÓN.

No hay más que recordar lo que le pasó a Jesús en su vida terrena, para no lamentarse jamás y para ser fuertes en el espíritu, al ver en todo al Mesías. Los secretos de Dios deben guardarse.

Satanás es constante en vigilar y obrar. Y bastante persistente en atormentar a los elegidos. Hay que tener mucha prudencia y paciencia. Cuando se llega a amar a los perseguidores y a los Judas, el alma crece en virtud y perfección.

Cada santo tiene su traidor. El que le hace nido en su corazón a la duda, deja de orar y dejando de orar, se aleja de Dios. Entonces la incredulidad se apodera del alma, por las trampas que pone para destruir la Obra de Dios.

Es un mal muy grande no rechazarlo. El enemigo al que no se expulsa, termina por adueñarse del lugar. Porque pone trampas, levanta sus trincheras y dirige sus ataques para matar el espíritu y apoderarse del alma de una manera aún más fuerte.

A los que NO rechazan al invasor con las armas de la Fe, la Caridad, la Esperanza; su situación llega a ser peor que antes de convertirse.

Las almas de los débiles y descuidados son tomadas como base para torturar a los justos. Le dan cabida al Infierno con sus bajas pasiones y terminan atormentando al Mesías que vive dentro de la ‘víctima’ y que a su vez debe repetir la Pasión de su Redentor.

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¿CÓMO SE DEBE ACTUAR EN UNA PERSECUCIÓN?

Jesús nos enseñó como vivir y como morir: Él practicó todo lo que enseñó.

Practicó la Pobreza siendo pobre. La Continencia, siendo casto. La Templanza, siendo moderado. La Justicia, siendo justo. El Perdón, perdonando. A Redimir, redimiendo. A Obedecer, obedeciendo la más terrible de las órdenes: Morir por Amor.

Perdonó y amó a los enemigos,  desde el Patíbulo donde lo crucificaron. Perdonó y amó a sus asesinos, orando por ellos desde la Cruz donde moría. Él es el ejemplo a seguir.

Cuando se recibe un insulto y una agresión, es muy importante mantener la serenidad y la calma. Enfrentar al agresor con dignidad y recordar que ésta es la suerte de los elegidos. Porque cuando el corazón se llena de Ira, se anula la Doctrina del amor y del Perdón.

La amargura y la violencia abren el camino al Pecado. Y entonces sí que es una derrota para el cristiano, haber caído en el juego de Satanás.

La alegría de saber que se está haciendo la Voluntad del Padre Celestial, inunda al alma que sabe alegrarse de ser perseguida por su amor a la Justicia. Y la única tristeza, muy dolorosa por cierto, es la compasión hacia las almas que rechazan la Vida.

perdon-mandamientoEl que mantiene la calma, sigue respetando al agresor. Y entonces Dios intervendrá preguntando con mansedumbre: “¿Porqué me odias? ¿Porqué me persigues? ¿Qué mal te he hecho? ¿Porqué estás enojado y tienes esa crueldad conmigo?

En lugar de los desprecios y de corresponder al insulto con Ira, hay que tener humildad y amor. Porque no importa lo que ellos sean. Importa lo que nosotros somos.

Los cristianos hemos sido elegidos para el Reino de los Cielos y NO para el Mundo. La debilidad humana debe ser vencida por la fortaleza del espíritu. Y la tentación de corresponder con la tentación de no amar, con la falta de perdón; puede convertir al cristiano en un ser igual al que lo está agrediendo con Odio y entonces sí que la Venganza de Satanás estará completa. Porque el Odio engendra Odio y Destrucción.

Y si se recibe la ofensa de ser arrojados, burlados, perseguidos, con paz; se logran conversiones con la predicación más bella: el silencio de la verdadera virtud.

Este es el heroísmo que el mundo NO puede concebir por inexplicable y lo llama locura. Los enemigos del cristiano y a los que Satanás utiliza con refinada crueldad, para herir más dolorosamente donde más daño puede hacer, son los de la propia familia.

Cuando los elegidos están en la Gracia de Dios, son fortalecidos con la Fe, la Esperanza y la Caridad. Y es Dios Quién les ayuda a ser fuertes en las persecuciones. Cuando Dios está con nosotros, ¿Quién puede vencernos?

No nos debemos dejar sorprender por el miedo, ni por la soberbia. Si somos humildes y nos mantenemos fieles a Él, sabemos que sin Él, nada podemos; Pero si confiamos en su ayuda, siempre estará con nosotros.

El Mal no puede nada contra el hombre que quiere ser justo. Sufre, queda herido, pero goza de libertad y vida. Y vencerá en todos los combates que se sucederán continuamente. En todos los combates mientras dure la vida.

Porque si el hombre se despoja de su ‘yo’ y se espiritualiza con un espíritu fundido en Dios; ni las torturas, ni los suplicios, ni las heridas, ni las hogueras pueden ya causar daño. Son impotentes para destruir, porque Dios nos cubre como un escudo y vence al Opresor. Y la Paz envuelve al perseguido. Porque Dios es Paz.

A Jesús lo acusaron de alborotapueblos y Roma lo condenó a morir. Todo el que lo sigue debe sentirse feliz de padecer las mismas aflicciones que Cristo. El que verdaderamente ama, sabe que éste es un privilegio de parte de Dios.

No hay que dejarse intimidar por los enemigos. Este es un signo seguro de que ellos van a su ruina y ustedes a su salvación. En los momentos en que nos toca padecer los sufrimientos de Cristo con mayor intensidad; de Cristo nos viene también el Consuelo y la Fuerza suficientes para soportar los sufrimientos y vencer en la Prueba.

En esta Primera Gran Persecución, ustedes eran paganos demasiado carnales para el Evangelio y sin embargo, si estáis bien preparados; sabréis seguir adelante hasta dar el testimonio final: el Testimonio de la Sangre: el Martirio.

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONÓCELA

28.- NÉMESIS


0imperio-romano-2Un hombre como de cuarenta años, alto, atlético. Con un rostro en el que resaltan unos ojos castaños de mirada dulce y bondadosa, examina con delicadeza y movimientos expertos…

Y luego declara:

–           Sí, Lautaro. Fui médico militar. La guerra es una buena escuela. La herida de la cabeza es leve. Cuando éste, -señaló a Bernabé- lo aventó contra la pared, el joven extendió el brazo tratando de protegerse y al caer pegó contra la balaustrada y se le desarticuló. Así fue como se fracturó también las costillas, pero por lo mismo, salvó la cabeza y su vida.

El anciano replica:

–           Sabemos que eres un buen médico y por eso mandé a buscarte.

Y mientras platican, Mauro empezó a reducir el brazo para entablillarlo…

Y Marco Aurelio se desmayó. Lo cual lo favoreció, pues así no sintió el sufrimiento causado al volver a articular el brazo y la reducción de los huesos rotos. Terminada la operación, Marco Aurelio recuperó el conocimiento y vio delante de él a Alexandra.

Ella está a su cabecera, sosteniendo una palangana, donde Mauro introduce una esponja y humedece la cabeza de su paciente.

Marco Aurelio no puede dar crédito a sus ojos. Creyó estar soñando y después de largo rato, musitó como un suspiro:

–           ¡Alexandra!

La palangana tembló en las manos de ella, al escuchar ese llamado. Lo miró con tristeza y le contestó en voz baja:

–           ¡Que la paz sea contigo!

Y permaneció allí de pie, mirándolo con compasión y mucha tristeza.

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Marco Aurelio a su vez la mira anhelante, extasiado ante ella, deseando grabarse su imagen. Ve su rostro pálido, las hermosas trenzas de negros cabellos, vestida con su ropa de esclava.

Sus ojos bellísimos y preocupados mientras le atienden…

El tribuno la envuelve con una mirada tan intensa, que la hace ruborizar. Mientras la contempla, reflexiona que esa palidez y esa pobreza en que ahora la ve, son obra suya. Que ha sido él, el que la arrancara de una casa en la que ella vivía rodeada de amor y comodidades.

Él le había quitado su bienestar para arrojarla en aquella mísera estancia, vistiéndola con aquella pobre túnica de lana oscura. 

Y le dijo emocionado:

–           Alexandra… Tú no permitiste mi muerte.

Ella contestó con dulzura:

–           Quiera Dios devolverte la salud.

Para Marco Aurelio, que ahora ve todos los agravios que le ha inferido; esas palabras fueron como un bálsamo, que le llegó hasta lo más íntimo del alma. Y si poco antes el dolor le había debilitado, ahora lo desfallece la emoción…

Y una especie de languidez profunda, a la par que inefable, se apoderó de todo su ser, con un gozo incomparable.

Mientras tanto, Mauro después de lavarle la herida en la cabeza, le aplicó un ungüento.

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Bernabé se llevó la palangana y Alexandra le dio al herido, una copa con vino medicado para el dolor; sosteniéndole con delicadeza, mientras se la acerca a los labios. Más tarde ella llevó la copa vacía al aposento contiguo.

El ya casi ha recuperado sus facultades y Lautaro, después de hablar con Mauro, se aproximó al lecho y dijo:

–           Dios no te ha permitido ejecutar una mala acción y te ha conservado la vida a fin de que reflexiones y te arrepientas. Él ante quien el hombre es solo polvo, te entregó indefenso en nuestras manos… Pero Cristo en quién creemos nos ha ordenado amar aún a nuestros enemigos.

Por eso hemos curado tus heridas y como Alexandra te lo ha dicho, imploramos a Dios para que te devuelva la salud. Más no podemos permanecer consagrados a tus cuidados…  Piensa con calma y medita bien si es digno de ti, continuar en tu persecución contra ella.

Ya lo ves: has dejado a esa joven sin tutores y a nosotros sin techo. Pero te perdonamos y te devolvemos bien por mal.

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Marco Aurelio preguntó:

–           ¿Me abandonaréis acaso?

Lautaro declaró:

–         Vamos a abandonar esta casa, para escapar de la persecución del Prefecto. Tu compañero murió. Tú que eres poderoso entre los tuyos, estás herido. De todo esto nosotros no tenemos la culpa, pero puede caer sobre nosotros la cólera de la ley de Roma.

–           No temáis que os persigan, yo os protegeré

Lautaro se calló que no se trataba solo de ellos. Sino de proteger a Alexandra de él y de su porfiada persecución personal.

Y solo dijo:

–           Señor, tu brazo derecho está sano. Aquí tienes tablillas y un stylus. Escribe a tu casa para que tus sirvientes traigan una litera y te lleven a donde tendrás comodidades que no podemos ofrecerte en medio de nuestra escasez. Vivimos aquí con una pobre viuda que vendrá más tarde acompañada por su hijo. Éste podrá llevar tu carta. En cuanto a nosotros, tendremos que buscar otro lugar…

Marco Aurelio se puso pálido.

Comprendió que lo que quieren es separarlo de ella  y que si ahora la pierde otra vez, no volverá a verla nunca. Mil ideas cruzaron por su mente en unos segundos. Necesita evitarlo e influir desesperadamente en Alexandra y en sus guardianes, pero no sabe cómo.

Lo esencial es verla. Gozar de su presencia, aunque solo fuese por unos pocos días y luego decidirá qué hacer.

Y por esto, reuniendo con esfuerzo sus pensamientos, dijo:

–           Escúchenme cristianos. Antes yo no os conocía y vuestros hechos me demuestran, que sois gente buena y honrada. A esa viuda que ocupa esta casa, decidle que permanezca en ella. Quédense también ustedes y déjenme que los acompañe.

Este hombre que es médico, sabe que no es posible que me traslade hoy fuera de aquí. Estoy enfermo. Tengo un brazo y las costillas rotas. Debo permanecer inmóvil, al menos unos días. Por consiguiente os declaro que no saldré de esta casa, a menos que me arrojéis por la fuerza… –y aquí se detuvo porque la respiración le faltó.

Lautaro respondió:

–           No emplearemos ningún género de violencia contra ti, señor. Deseamos tan solo salvar nuestras vidas.

Marco Aurelio no está acostumbrado a las objeciones.

Frunció el ceño y dijo:

–           Permitidme tomar aliento…

Luego de unos instantes, declaró:

–           Por Atlante a quién mató Bernabé, nadie ha de preguntar. Él debía partir hoy a Benevento a donde fue llamado por Haloto y todos creerán que se ha ido. Cuando entramos en esta casa, nadie nos vio, a excepción de un griego que estuvo con nosotros.

Les indicaré donde vive ese hombre, tráiganlo aquí. Comunicaré en una carta que también he partido para Benevento. Si el griego dio algún aviso al Prefecto, declararé que fui yo quien mató a Atlante y él, quién me rompió el brazo.

Esto haré. Os lo juro por las sombras de mi padre y de mi madre. Podéis permanecer aquí con la seguridad de que nadie os hará ningún daño. Haced venir a ese hombre, ese griego cuyo nombre es Prócoro Quironio.

Lautaro contestó:

–           Entonces  Mauro se quedará contigo y te atenderá la viuda.

Marco Aurelio replicó frunciendo todavía más el ceño:

–          Fíjate bien anciano, en lo que te estoy diciendo.  Yo te debo gratitud y tú me pareces un hombre bueno y honrado, más no me dices lo que verdaderamente piensas. Tienes miedo de que yo haga venir a mis esclavos y se lleven a Alexandra. ¿No es verdad?

Lautaro contestó con acento severo:

–           Así es.

–          Entonces ten presente esto. Hablaré a Prócoro delante de todos vosotros. Y escribiré a mi casa una carta, donde anuncio mi viaje a Benevento. No me valdré en lo sucesivo de otros mensajeros, más que de ustedes. Tened esto en cuenta y no me irritéis más.

Y Marco Aurelio tiene contraído el rostro por la indignación.

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Y luego añadió con exaltación:

–           ¿Crees que negaré que mi deseo de permanecer aquí es para verla? Aunque tratara de ocultarlo, eso lo adivinaría un necio. Pero ya no volveré a intentar llevármela por la fuerza. Te diré más: si ella se niega a permanecer aquí, haré pedazos con esta mano que tengo sana, los vendajes que habéis puesto sobre mi cuerpo.

No tomaré alimentos, ni bebidas. Y dejaré que mi muerte caiga sobre ti y tus hermanos. ¿Para qué me has atendido entonces? ¿Por qué no has dado orden de que me maten?

Y al decir estas últimas palabras, tiene el semblante pálido de ira y de agotamiento.

Alexandra al oírlo, está segura de que Marco Aurelio cumplirá lo que dice y se quedó anonadada, ante la amenaza de estas palabras. Ella no quiere que muera.  Indefenso y herido, ya no le tiene miedo, sino compasión.

Marco Aurelio ejerció en su suerte una influencia demasiado trascendental y ha intervenido de tal forma en su vida, que nunca podrá olvidarlo.

Días enteros ha pensado en él e implorado de Dios que lo guíe a la Luz y lo convierta. Que le diera una oportunidad para que ella pueda devolverle bien, por el mal que de él recibiera. Perdón y misericordia a cambio de su persecución, ablandándole el corazón y ganándolo para la causa de Cristo. Dándole la gracia de la salvación…

Y creyó que éste era el momento preciso y que sus plegarias habían sido escuchadas.

Se acercó a Lautaro con serena dignidad. Con tanta majestad, que el anciano presbítero comprendió que una Voluntad más alta, es la que habla por su boca, cuando ella tranquilamente declara:

–           Permanezca él entre nosotros, Lautaro. Con él nos quedaremos hasta que Cristo le devuelva la salud completa.

Lautaro confirma muy respetuoso:

–           Sea como tú lo dices.

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Marco Aurelio, que en todo ese tiempo no había apartado la vista de Alexandra, quedó impactado.

La obediencia reverente del anciano, ¿A qué? ¿A quién?… Le causó una impresión avasalladora. Alexandra apareció ante sus ojos como una especie de sacerdotisa, en medio de los cristianos. Por un momento irradió una Presencia, que la iluminaba toda.

Y él se sintió subyugado a la emanación de aquella Presencia, aquella especie de Luz invisible que se percibió en la doncella. Y al amor que hasta ese momento le había arrastrado hacia ella, se unió algo así como un temor reverencial. Y su pasión le pareció por mi primera vez, algo rayano en la insolencia.

Jamás hubiera creído que las relaciones que hay entre ella y él, tomarían un giro de ciento ochenta grados. Ahora no es ella la que depende de su voluntad. Es él, el que está en aquel lugar, quebrantado y enfermo.

Ha dejado de ser una fuerza ofensiva y conquistadora hasta quedar indefenso, entregado por completo a la merced y a los cuidados de la joven. Para su índole altiva y dominante, con cualquier otra persona que no fuera Alexandra, esto hubiera sido una tremenda humillación.

Pero en lugar de sentirla,  creció su admiración, su respeto y su reconocimiento hacia la que ahora es su dueña absoluta.

Desea manifestarle su gratitud desde el fondo de su corazón, junto con todos los sentimientos que él alberga y que jamás mujer alguna le había inspirado. Pero con todo lo que ha pasado está extenuado y no le es posible hablar.

Con la mirada le expresa todo y también el inmenso júbilo que lo invade, porque va a permanecer a su lado. Va a poder verla y tenerla cerca. Su único temor es perder más tarde, lo que por fin ha conquistado. 

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¡Todo es tan sorprendente! Y lo más inusitado es la timidez. Pues cuando ella se acercó a darle de beber, no se atrevió ni siquiera a tocar su mano. Y ella lo notó.

Por primera vez se analizó a sí mismo y vio que era tiránico, insolente, corrompido hasta cierto punto y en caso necesario, también era inexorable e implacable. La vida militar le había dejado con su disciplina, unos resabios de justicia, de religión y de conciencia  suficientes, para discernir que no puede ser ruin, con quién le está dando una lección de magnanimidad y de bondad tan regios.

Cuando se enoja es muy impulsivo y  en su furia puede arrasar como un huracán. Pero ahora se siente dominado por una ternura insólita, está enfermo y desvalido. Lo único que le importa es que nadie se interponga entre él y Alexandra.

Advirtió también con asombro que desde el momento en que ella se puso de su parte, todos se rindieron. Es como si estuvieran confiados en que son protegidos por un  poder sobrenatural.

Marco Aurelio le pidió nuevamente a Lautaro que fuesen a buscar al griego y él mandó a Bernabé. Después de tomar el domicilio, éste tomó su manto y salió apresuradamente.

Prócoro fue despertado por la esclava, que le anunció que una persona pregunta por él y desea verlo con urgencia. El griego se levantó, se aseó rápido y fue a ver quién lo busca. Y se quedó petrificado…

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Mudo por el asombro, mira al colosal parto.

Bernabé declaró:

–           Prócoro Quironio, tu señor Marco Aurelio te ordena que vengas conmigo a donde se encuentra él.

Más tarde, Prócoro y Bernabé cruzaron la entrada y el primer patio. Llegaron al corredor que conduce al jardín de la casita y entraron en ella. La tarde está nublada y fría.

En la semipenumbra, Marco Aurelio adivinó, más que reconocer a Prócoro, en aquel hombre encaperuzado.

El griego vio en el extremo de la habitación junto a una ventana, un lecho y al tribuno  acostado en él. Se le acercó y sin mirar a ninguno de los presentes, le dijo:

–           ¡Oh, señor! ¿Por qué no has…?

Pero Marco Aurelio le cortó en seco:

–           Silencio y escucha con atención. – Y mirando a Prócoro fijamente; de manera enfática y pausada; como queriendo significar al griego que cada una de sus palabras es una orden, agregó- Atlante se arrojó sobre mí intentando robarme y en defensa de mi vida, yo le maté. ¿Entiendes? Estas gentes curaron las heridas que recibí en la lucha.

Prócoro comprendió al punto.

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Y sin demostrar duda ni asombro, levantó los ojos hacia lo alto y exclamó:

–           ¡Pérfido malhechor! Pero yo te advertí señor, que desconfiases de él porque era un pícaro. ¡Ah! Pero ¡Caer sobre su benefactor, sobre un hombre tan magnánimo…!

Marco Aurelio lo miró interrogante y con una entonación muy especial, le dijo:

–           ¿Qué has hecho hoy?…

–           ¿Cómo? ¿Qué?… ¿No te he dicho señor, que hice voto por tu salud?

–           ¿Nada más?

–           Me preparaba a venir a visitarte, cuando este buen hombre llegó a mi casa y me dijo que enviabas por mí.

–           Aquí tienes una tablilla. Con ella irás a mi casa. Buscarás a Dionisio, mi mayordomo y se la darás. En esa tabla le comunico que he partido para Benevento. De tu parte le dirás que me fui esta mañana, llamado por una carta urgente de Petronio –y aquí recalcó- He ido a Benevento, ¿Entiendes?

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–           Te has ido, señor. Esta mañana te despedí en la Puerta Capena. Y desde el momento de tu partida se apoderó de mí tal nostalgia, que si tu magnanimidad no viene a endulzarla, he de llorar hasta morir.

Marco Aurelio, aunque enfermo y habituado a las artimañas del griego, no puede reprimir una sonrisa. Está contento de que Prócoro le haya comprendido inmediatamente.

Así que dijo:

–           Entonces también escribiré, que te enjuguen las lágrimas. Dame la vela.

Prócoro se adelantó unos pasos hacia la chimenea y tomó una de las velas que ardían junto a la pared. Pero mientras hizo esto, se le cayó el capuchón y la luz le dio de lleno en la cara.

Mauro saltó de su asiento. Y poniéndosele al frente, le preguntó:

–           ¿Nicias, no me reconoces?

Y había en su voz una entonación tan terrible que todos se volvieron a mirarle, asombrados.

Prócoro alzó la vela y se le cortó la respiración. Horrorizado la dejó caer al suelo y empezó a gemir:

–           ¡Yo no soy…! ¡Yo no soy…! ¡Perdón!

Mauro se volvió a los cristianos allí reunidos y les dijo:

–           ¡Éste es el hombre que me traicionó! ¡Y que nos arruinó a mí y a mi familia!

La historia la saben todos, hasta Marco Aurelio.

Prócoro gimió:

–           ¡Perdón! ¡Oh, señor Marco Aurelio! ¡Sálvame! Yo he confiado en ti. Ayúdame… tu carta… yo la entregaré… Por favor, señor…

Pero el patricio que conoce muy bien al griego, declaró:

–           ¡Entiérrenlo en el jardín! Otro puede llevar la carta.

Prócoro escuchó esta sentencia de muerte y mira aterrado las manos de Bernabé, que lo ha tomado por el cuello mientras él se arrodillaba diciendo:

–           ¡Por vuestro Dios! ¡Tened piedad de mí! ¡Seré cristiano!¡Mauro! ¡Hazme tu esclavo pero no me mates! ¡Ten piedad!…

Un silencio denso siguió a estas palabras…

Mauro cerró los ojos y aspiró profundamente. Se vio el esfuerzo que hizo para dominarse. Oró en silencio y después de una larga pausa, dijo:

–           Nicias… ¡Qué Dios te perdone como yo te perdono los crímenes que cometiste contra mí! Yo te bendigo e imploro de Dios que te bendiga con tu conversión.

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Y Bernabé soltó al griego diciendo:

–           ¡Que el Salvador tenga piedad de ti, así como yo ahora!

Prócoro se desplomó en el suelo y miró a todos lados aterrorizado, sin poder creer lo que está sucediendo.

Lautaro dijo:

–           Vete. Arrepiéntete para que Dios te perdone, como nosotros te hemos perdonado.

Prócoro se levantó sin poder hablar. Se aproximó al lecho de Marco Aurelio. Éste acaba de condenarlo a pesar de haber sido su cómplice.

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Y los demás, que son los ofendidos, le perdonaron y le dejan ir. Esta idea estará fija en su mente más tarde.

Y sin poder asimilar lo sucedido, le dijo a Marco Aurelio con voz quebrantada:

–           Dame la carta, señor…Dame la carta.

Y tomando la carta que el tribuno le alargó, hizo una reverencia a todos. Y salió despavorido.

Cuando se sintió a salvo en la calle, se preguntó una y otra vez:

–           ¿Por qué no me mataron?

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Y no encuentra una respuesta a esta pregunta.

Marco Aurelio está tan asombrado como Prócoro.

Que esas gentes le hayan tratado de aquella manera, en lugar de tomar venganza por el asalto que él mismo había perpetrado a su hogar. Y le hubieran curado sus heridas con solicitud, es algo que atribuye en parte a la doctrina que todos ahí profesan.

Pero la conducta que han tenido con Prócoro, es algo que está totalmente fuera del alcance de su comprensión, porque rebasa los límites de la magnanimidad a que puedan llegar los hombres.

Y aturdido se pregunta al pensar en los crímenes que Prócoro había cometido: ¿Por qué no mataron al griego?

Habrían podido hacerlo con absoluta impunidad. Bernabé lo habría enterrado en el jardín. O podía tirarlo por la noche al río Tíber, ya que durante ese período de asesinatos nocturnos, algunos cometidos por el mismo César en persona; el río arroja por las mañanas cuerpos humanos con tanta frecuencia, que nadie se preocupa  por averiguar de dónde proceden.

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NÉMESIS

En su concepto, los cristianos tienen no solo el poder, sino el derecho de matar a Prócoro. Porque la venganza de una ofensa personal y más siendo tan grave como la que recibiera Mauro, le parece no solo natural, sino totalmente justificada. El abandono de tal derecho, le parece totalmente inconcebible. ¡Y no logra entenderlo!

Lautaro había dicho que se debía amar a los enemigos, pero nunca había visto la aplicación de esta teoría que le parece imposible. Y todavía no logra asimilar lo que ha ocurrido. ¡Ni siquiera entregaron al griego al tribunal!

Prócoro le infirió a Mauro el más terrible agravio que un hombre puede hacer a otro. El solo pensamiento de que alguien matase a Alexandra y vendiese a sus hijos como esclavos ¡Le subleva el corazón como una caldera!

¡Él…! ¡No existe tormento que no fuera capaz de aplicar en satisfacción de su venganza! ¡La crucifixión le parece poco! ¡Aunque Prócoro muriese un millón veces, nunca pagaría lo que hizo!

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Pero Mauro ha perdonado.

Bernabé, que ha matado a Atlante en defensa propia; le había perdonado.

La única respuesta es:

Los cristianos al abstenerse de matar a Prócoro, le han dado una prueba de bondad tan grande, que no tiene paralelo en el mundo. También han demostrado el amor por sus semejantes que les lleva a olvidarse de sí mismos; de las ofensas recibidas, de su propio bienestar o infortunio.

Porque viven solo para su Dios. Y lo más sorprendente es que después de que Prócoro se fue, en todos los semblantes parece resplandecer una íntima alegría. Y hay una paz tan contagiosa, como Marco Aurelio no la había experimentado jamás.

Lautaro se aproximó a Mauro, le puso la mano en el hombro y dijo:

–           Demos gracias al Altísimo, porque Cristo ha triunfado una vez más.

Mauro levantó la cara y sus ojos reflejan una serena bondad. ¡Y su rostro irradia la misma extraña Presencia, que el de Alexandra cuando le permitió quedarse!

Marco Aurelio, que solo conoce el placer o la satisfacción nacidos de la venganza, lo mira con curiosidad; sin poder evitar pensar, que aquello es una locura.

Y en lo profundo de su corazón sintió un indignado asombro, cuando vio a Alexandra posar sus labios de reina sobre las manos de aquel hombre. Y le pareció que el orden del mundo está totalmente trastornado.

Lautaro declaró que aquel era un día de grandes victorias.

Y cuando Alexandra regresó a llevarle una bebida caliente, Marco Aurelio la tomó de la mano y le dijo:

–           ¿Entonces tú también me has perdonado a mí?

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Alexandra lo miró con compasión y dijo:

–           Somos cristianos y no nos está permitido guardar rencor en nuestro corazón.

Marco Aurelio la miró con una mayor admiración…

Y dijo:

–           Alexandra, Quienquiera que sea tu Dios, le rindo homenaje solo porque es tu Dios.

–           Le alabarás desde el fondo de tu corazón, cuando lo conozcas y hayas aprendido a amarle.

Marco Aurelio cerró los ojos, pues se siente demasiado débil. Ella se fue y regresó más tarde para ver si él dormía. Pero al sentirla, Marco Aurelio abrió los ojos y le sonrió.

Alexandra puso su mano sobre su rostro mientras le dice suavemente:

–           Duerme y descansa.

Marco Aurelio experimentó y se dejó dominar por una sensación de dulcísimo bienestar. Pero luego se sintió más penosamente mal.

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

71.- EGOISMO DESENFRENADO


Al día siguiente…

En la casa de Caná, la alegría es igual con la llegada de Jesús, que cuando se realizaron las nupcias en las que obró el milagro del vino. Da las gracias a Susana por la hospitalidad que le dio a Aglae. Están solos debajo del emparrado cargado de racimos de uvas que se van poniendo negras. Los demás descansan en la amplia cocina.

Susana le dice:

–                     Maestro, la mujer era muy buena. No fue en realidad un peso. Me ayudó a lavar la ropa. A limpiar la casa, para la Pascua, como si hubiese sido una esclava. Y trabajó como tal, para ayudarme a terminar los vestidos para la fiesta. Delante de la familia, hablaba muy poco. Era muy parca en el comer. Se levantaba antes que todos.

Y encontraba yo siempre el fuego prendido y la casa barrida. Cuando estábamos solas, me preguntaba de Ti y me pedía que le enseñase Salmos de nuestra religión. Y me decía: ‘Para saber orar como ora el Maestro’ ¿Y ya acabó de penar? Porque sufría mucho. De todo tenía miedo. Suspiraba y lloraba. ¿Es ahora feliz?

Jesús responde:

–                     Sí. Sobrenaturalmente feliz. Libre de temores. En paz. Nuevamente te doy las gracias por el bien que hiciste.

–                     ¡Oh, Señor mío! ¿Cuál bien? No le di más que amor en tu Nombre, porque yo no sé hacer otra cosa. Era una pobre hermana mía. La comprendí. Y por agradecimiento al Altísimo, que me ha mantenido en su Gracia, le di amor.

–                     E hiciste más que si hubieras predicado en Bel-Nidrasc. Ahora tienes a otra. ¿Ya la reconociste?

–                     Y por estos rumbos… ¿Quién no la conoce?

–                     Todos. Es verdad. Pero vosotros y estos lugares no conocéis a la segunda María que permanecerá fiel siempre a su vocación. Siempre. Haz el favor de creerlo.

–                     Tú lo dices. Tú lo sabes. Lo creo.

–                     También di: ‘Amo’ sé que es más fácil compadecer y perdonar a uno que ha faltado siendo uno de los nuestros, que no a alguien que tenga la excusa de ser pagano. Pero si fue grande el dolor de ver que un familiar apostate, más fuerte será la compasión y el perdón. Yo perdoné en nombre de todo Israel. –Termina Jesús, recalcando las últimas palabras.

–                     Yo perdonaré por mi parte, pues un discípulo debe de hacer lo que hace el Maestro.

–                     Has dicho bien y Dios se alegra de ello. Vamos con los demás. Ya va a oscurecer. Será dulce el descanso en el silencio de la noche.

Entran en la cocina donde están preparados los alimentos y las bebidas para la cena. Susana se abre paso con sus juveniles mejillas arreboladas.

Invita:

–                     ¿Quieren mis hermanas venir conmigo a la habitación de arriba? Debemos preparar pronto las mesas, para que luego extendamos los lechos para los hombres. Puedo hacerlo yo sola, pero me tardaría mucho.

Magdalena y Martha dicen:

–                     Vamos.

La Virgen agrega:

–                     Yo voy, Susana.

Susana objeta:

–                     Tú no. Descansa María. – Se dirige a las hermanas- Basta con nosotras. Y así servirá para que nos conozcamos, porque el trabajo hermana mucho.

Se van.

Jesús, después de haber bebido agua fresca de frutas, va a sentarse junto a su Madre, con los apóstoles y los de casa, bajo el fresco emparrado, dejando que la dueña anciana, dirija las sirvientas, para dejar listo todo.

De la habitación de arriba, se oyen las voces de las tres discípulas que preparan las mesas. Susana les cuenta el milagro sucedido en su matrimonio…

María Magdalena dice:

–                     Cambiar el agua en vino es una cosa grande. Pero cambiar a una pecadora en discípula, es mucho mayor. Quiera Dios que haga yo como aquel vino y sea siempre mejor.

Susana contesta:

–                     No lo dudes. Él cambia todo en algo mejor. Aquí estuvo una que era para remate, pagana. Y la convirtió en el corazón y a la fe. ¿Puedes dudarlo tú que eres de Israel?

Las dos hermanas dicen al mismo tiempo:

–                     ¿Una?

–                     ¿Joven?

–                     Joven y muy hermosa.

Magdalena pregunta:

–                     ¿Y donde está ahora?

–                     Solo el Maestro lo sabe.

Martha comenta:

–                     ¡Ah! ¡Entonces es de la que te hablé, María! Lázaro estaba con Jesús aquella tarde. ¡Qué perfume había en aquella habitación! Los vestidos de Lázaro se impregnaron de él, por muchos días.

Y con todo, Jesús dice que el corazón de la convertida es más grande con su perfume de arrepentimiento. Quién sabe a donde se habrá ido. Me imagino que a algún lugar solitario…

Magdalena suspira:

–                     Ella en un lugar solitario y además extranjera. Yo aquí, donde me conocen. Su expiación en la soledad. La mía en vivir entre el mundo que me conoce. No envidio su suerte porque estoy con el Maestro; pero espero poder imitarla algún día, para estar sin nada que me distraiga de él.

–                     Lo abandonarías.

–                     No. Pero Él dice que se va y entonces mi espíritu lo seguirá. Con Él puedo desafiar al mundo. Sin Él, tendría miedo de los hombres. Pondré un desierto entre el mundo y yo.

–                     ¿Y Lázaro y yo que haremos?

–                     Lo que hicisteis cuando estabais afligidos: amaros y amarme. Y sin rubor alguno porque aunque estaréis solos, sabréis que estaré con el Señor y os amaré con Él.

Pedro, que alcanzó a escucharla, dice:

–                     María es decidida y franca en sus decisiones.

Zelote añade:

–                     Es una espada afilada como su padre. Tiene la cara de su madre; pero de su padre el espíritu indómito.

Y esa mujer de espíritu indómito, baja ahora rápida a  decirles a todos, que las mesas están preparadas y que pueden subir a cenar.  Más tarde, después de la cena…

La campiña se cobija con el manto oscuro y sereno de la noche sin luna. La débil claridad de los astros, dibuja apenas los contornos de las plantas y lo blanco de las casas. Ninguna otra cosa. Las aves nocturnas vuelan alrededor de la casa de Susana, en busca de insectos. Rozando en su vuelo a las personas que están sentadas en la terraza, alrededor de una lámpara de aceite que arroja una luz amarillenta en las caras que están con Jesús.

Martha, a quién los murciélagos infunden mucho miedo, lanza un grito cada vez que alguno de ellos, le pasa cerca.

Jesús está muy ocupado con las mariposillas que atrae la flama. Con su mano las aleja para que no se quemen.

Tomás dice:

–                     Son unos animalillos muy estúpidos. Tanto unos como otros. Ésos se mueren por los insectos y éstos por la llama, que se imaginan que es un sol y se queman. No tienen ni rastro de seso.

Judas de Keriot responde:

–                     Son animales. ¿Quieres que raciocinen?

–                     No. Querría al menos que tuviesen instinto… ¡Qué si son estúpidos!

Jesús dice:

–                     No, Tomás. No son más que los hombres. También éstos se parecen muchas veces a los  murciélagos. Rozan como ebrios las cosas que no sirven sino para causar dolor. Mira, mi hermano atrapó uno. Dámelo.

Santiago de Alfeo, a cuyos pies cayó el murciélago, que atolondrado por el golpe, se remueve con movimientos torpes, lo toma con sus dedos por una de sus alas y como si fuese un trapo sucio, lo pone sobre las rodillas de Jesús.

Tomás reafirma:

–                     Ved al imprudente. Soltémoslo y veréis que volverá sin arrepentirse y chocará otra vez.

Judas dice:

–                     Un animal feo, Maestro. Yo mejor lo mataría.

Jesús objeta:

–                     No. ¿Por qué? Él también tiene vida y la defiende.

–                     No lo creo. O no sabe que la tiene o no la defiende. ¡La pone en peligro!

–                     ¡Oh, Judas, Judas! ¡Qué severo serías con los pecadores, con los hombres! También los hombres saben que tienen una y otra vida… Y no titubean en poner en peligro las dos.

–                     ¿Tenemos dos vidas?

–                     La del cuerpo y la del espíritu. Lo sabes bien.

–                     ¡Ah! Pensé que aludías a la Reencarnación. Hay quién cree en ello.

–                     No existe la reencarnación, pero sí existen dos vidas. Y con todo, el hombre las pone en peligro. Si fueses Dios, ¿Cómo juzgarías a los hombres, que además del instinto, tienen la razón?

–                     Severamente. A menos que se tratase de alguien que estuviese dañado en la cabeza.

–                     ¿No tendrías en cuenta las circunstancias que hacen enloquecer moralmente?

–                     No.

–                     Así pues. Tú no tendrías piedad de alguien que conoce a Dios y a la Ley. Y que sin embargo pecan.

–                     No la tendría. Porque el hombre DEBE saber controlarse.

–                     ¡Debería!

–                     DEBE, Maestro. Es una vergüenza imperdonable que un adulto caiga en ciertos pecados; sobre todo si ninguna fuerza le empuja.

–                     Según tú. ¿Cuáles serían esos pecados?

–                     Ante todo, los de los sentidos. Es un degradarse sin remedio… María Magdalena inclina la cabeza y Judas prosigue implacable- Es también corromper a los demás. Porque el cuerpo del impuro exhala un hedor que atolondra a los más puros y los arrastra a cometer los mismos…

Mientras Magdalena inclina más y más su cabeza…

Pedro interviene interrumpiendo a Judas:

–                     ¡Oh! ¡Ra! ¡Ra! ¡Ra! No seas tan severo Judas. La primera que cometió esta imperdonable vergüenza, fue Eva. Y no me vas a decir que el hedor impuro que exhalaba algún lujurioso la corrompió. Por mi parte, ten muy en cuenta que nada se agita en mí, aunque me siente junto a un lujurioso. Eso es cosa suya…

–                     La cercanía siempre ensucia. Si no a la carne, al alma. ¡Y esto es peor todavía!…

–                     ¡Me pareces un Fariseo! Pero entonces según esto, sería necesario estar dentro de una torre de cristal y quedarse allí encerrado.

Zelote interviene:

–                     Simón, no te hagas ilusiones de que esto te serviría de algo. En la soledad, las tentaciones son más fuertes.

Pedro contesta:

–                     ¡Oh, bien! serían sueños. ¡Ningún mal!

Judas pregunta:

–                     ¿Ningún mal? ¿No saben que la tentación lo lleva a uno a pensar? ¿Y que el pensamiento busca un pretexto para satisfacer de cualquier modo el instinto que aúlla? ¿Y que la excusa aplana el camino para un refinamiento del pecado, en el que el sentido se une al pensamiento?

Pedro responde:

–                     De esto no sé nada, querido Judas. Tal vez porque nunca he pensado detenidamente como dices, en ciertas cosas. Me parece que nos hemos ido muy lejos de los murciélagos y que es muy bueno que no seas Dios.

De otro modo te quedarías tú solo en el Paraíso, con tu ceño fruncido y severo. ¿Qué dices de esto, Maestro?

–                     Digo que es una cosa muy buena, no ser muy absolutos. Porque los ángeles del Señor, escuchan las palabras de los hombres y las consignan en sus libros eternos. Y podría ser muy desagradable que en alguna ocasión se le dijese a uno: ‘Te sucedió como juzgaste.’

Digo que si el Señor me mandó, es porque quiere perdonar todas las culpas de las que el hombre se arrepiente, pues sabe que el hombre es muy débil por causa de Satanás.

Judas, respóndeme: ¿Admites que Satanás puede apoderarse de un alma de tal modo que ejerza sobre ella una coerción que disminuya su pecado ante los ojos de Dios?

–                     No lo admito. Satanás no puede atacar sino la parte inferior.

Zelote y Bartolomé, exclaman al mismo tiempo:

–                     ¡Blasfemas, Judas de Simón!

–                     ¿Por qué? ¿En qué?

Bartolomé responde seco:

–                     Haces mentiroso a Dios y al Libro. En él está escrito que Lucifer atacó también la parte superior. Y Dios por boca de su Verbo lo ha dicho muchísimas veces.

–                     También está escrito que el hombre tiene libre arbitrio. Esto significa que Satanás no puede hacer violencia a la libertad humana del pensamiento y del sentimiento. Ni siquiera Dios lo hace.

Zelote replica:

–                     Dios no, porque es orden y lealtad. Pero Satanás sí. Porque es desorden y Odio.

–                     El odio no es el sentimiento opuesto a la lealtad. Te equivocaste.

Zelote confirma:

–                     No me he equivocado; porque si Dios es lealtad y por esto no falta a su Palabra que dio de dejar libre al hombre en sus acciones. El Demonio no puede mentir a esto, porque no prometió al hombre libertad de arbitrio. Sin embargo es cierto que él es Odio y por esto se arroja contra Dios y contra el hombre.

Y se arroja asaltando la libertad del ser humano, además de atacar su carne. Y arrastra esta libertad de pensamiento a la esclavitud, haciendo que el hombre cometa acciones que si estuviese libre de él, no las haría.

–                     No lo admito.

Tadeo grita exasperado:

–                     ¿Entonces los endemoniados? Niegas la evidencia.

–                     Los endemoniados son sordos, mudos o locos. Pero no lujuriosos.

Tomás pregunta irónico:

–                     ¿Tienes presente tan solo este vicio?

–                     Porque es el más difundido y el más bajo.

–                   ¡Ah! Pensé que era el que conocías mejor. –dice Tomás riéndose.

De un brinco, Judas se pone de pie. Está rojo de ira. Pero se domina, baja los escalones y se va a los campos.

A esto sigue un prolongado silencio.

Y después Andrés comenta:

–                     Su idea no está del todo equivocada. Se podría decir que Satanás se apodera sólo de los sentidos: de los ojos, del oído, del habla y del cerebro. Pero entonces Maestro, ¿Cómo se explicarían ciertas maldades y perversiones? ¿No son acaso posesiones? Un Doras, por ejemplo…

Jesús dice:

–                     Un Doras, como tú lo dices, para no faltar a la caridad a nadie y de esto, Dios te recompense. O bien una María, como todos y ante todo ella; pensamos después de haber oído las alusiones claras y anti-caritativas de Judas; son y fueron poseídos completamente por Satanás que extiende su poder.

Hay posesiones más tiránicas y sutiles, de las que se libran solo los que no han llegado a tal degradación del espíritu, que pueden acoger la invitación que les hace la Luz.

Doras no era un lujurioso. Era soberbio avaro y envidioso, pero no supo ir a su Libertador. En esto consiste la diferencia.

Mientras los familiares de los lunáticos, los mudos, los sordos o ciegos por obra del Demonio los buscan y se preocupan de traerlos a Mí. Los poseídos en su espíritu no lo hacen; porque es el espíritu el que trata de buscar la Verdad y es amordazado por la negación y la incredulidad.

Por esto aquellos que quieren, se arrepienten y son perdonados, además de la libertad que recobran. El primer paso para liberarse de la posesión del Demonio, es el querer.

Y ahora vamos a descansar. María, tú que sabes que cosa es el ser poseído; ruega por los que se entregan al enemigo con un egoísmo desenfrenado y pleno conocimiento de que lo que hacen está mal, pero no les importa. Y prevarican, cometiendo pecados y causando dolor.

María Magdalena contesta:

–                     Sí, Maestro mío y sin rencor.

–                     La paz sea con todos. Dejemos aquí la causa de tan gran discusión. Que se queden las tinieblas aquí afuera, en la noche. Nosotros entremos a dormir, bajo la mirada de los ángeles.

Jesús pone el murciélago sobre un banco y todos se retiran…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

43.- LA PERSECUCION


En el cubiculum de un lujoso palacio, furioso da vueltas,  como un león enjaulado y con el rostro descompuesto por la ira, Narciso Haloto. Había ido a buscar a Celina y en su casa le dijeron que había emprendido un viaje del que tardaría muchas semanas en regresar. Y no…  No sabían en donde se encontraba ahora.

La esquiva y hermosa virgen le ha colmado la paciencia. A pesar de su pesquisa no ha logrado dar con su paradero y no comprende como ella se atreve a rechazarlo de esa manera…  Pues él desciende de una poderosa familia en Roma, acaudalada y con ilustre linaje. Sus antepasados han sido cónsules y militares muy prestigiados; aún ahora su padre es el favorito de Nerón…

Y ellos no están acostumbrados a implorar los favores de nadie.

Haloto es el prototipo de su sangre y esta hermosa joven le ha herido más que nada en su vanidad…  Y más que amor que un día creyera sentir por ella, se ha levantado en él la obstinación del jugador que está acostumbrado a ganar. Desde siempre ha obtenido lo que quiere y no conoce  las contrariedades, ni la derrota. Y no pasa siquiera por su mente la posibilidad, de que ésta vez no pueda conseguir su objetivo.

En el ejército, la disciplina militar había puesto límites a su voluntad; pero al mismo tiempo le había afirmado en que toda orden debe ser obedecida. Y él ha sido un hombre implacable en ese sentido. Su prolongada permanencia en el Oriente, donde la gente es sumisa y habituada a la obediencia de los esclavos, le ha confirmado en su ánimo de no ser contrariado jamás. Ni siquiera en el más mínimo de sus deseos.

¿Quién se cree Celina que es, para tratarlo como a un liberto y no tan solo rechazarlo; sino largarse sin dejarle noticias de su paradero? Piensa en esto y su rostro palidece de cólera y se goza por anticipado, en lo que la humillará…  Se vengará de todos los agravios sufridos. La atormentará a su antojo, como si fuera una esclava. Y empieza a deleitarse con el pensamiento de las rojas huellas del látigo, marcando sus carnes sonrosadas… Quiere verla suplicándole que tenga piedad de ella.

Su obsesión por Celina le ha hecho ser un amo más cruel y despiadado. Sus esclavos y hasta sus libertos se acercan a él temblando. Y él disfruta viendo el terror en sus miradas. Y como ahora caen sobre ellos inmerecidos castigos, tan despiadados como injustificables; empezaron secretamente a odiarle, tanto como le temían.

Narciso descarga en ellos sus venganzas, ya que no puede alcanzar a la fugitiva causante de su pésimo estado de ánimo. Se ha propuesto usar todos los medios a su alcance para obtenerla y cuando esto suceda… ¡Celina se enterará de quién es él! ¡Vaya que lo sabrá!…

La sangre le hierve de ira. El es un Haloto y le demostrará lo peligroso que es tratar de ignorarlos o burlarse de ellos, como ella se ha atrevido a hacerlo con él.

Mientras tanto en la Puerta del Cielo, están acelerando la instrucción de los catecúmenos y Celina está en uno de los salones, hablando a más de un centenar de personas:

LA PERSECUCIÓN

Es la Guerra contra Dios.

No son necesarios las grandes persecuciones o los grandes cismas, para luchar contra Cristo. También está la pequeña íntima lucha de cada alma; contra la Ley de Dios. O la velada, astuta, estatal lucha de cada país, contra la Roma Católica. Contra la Voz de Jesús que habla y reclama a los hombres la Ley de honestidad, del deber, del amor. Son luchas contra Cristo.

Los escribas, los fariseos y los sacerdotes del Templo de Jerusalén, se opusieron siempre a las verdades de Jesús. Las odiaron y las combatieron por todos los medios; porque estaban llenos de soberbia y de envidia. Y su odio fue atizado por Satanás, hasta encontrar su desfogue implacable en la Cruz.

El rey Herodes ordenó el Genocidio de Belén, por miedo y por envidia de las profecías que vio cumplirse en las palabras de los Reyes Magos. Miedo y envidia que movió al Sanedrín contra Jesús. ¿Por qué?

POR EL PODER

Jesús, como Dios Todopoderoso fundó una Iglesia cuyo uno de sus grandes caudales es: EL PODER. Tesoro que la hace bella, potente, perfecta. Única en el mundo por sus innumerables tesoros espirituales, donados por el Todopoderoso. Ninguna sociedad existente en el Universo, dispone del Poder del que dispone la Iglesia.

Las Potencias del Infierno, gozan de un poder superior al humano, debido a su naturaleza angélica superior a la naturaleza humana. Pero no en la medida que ellos se esfuerzan en hacer creer. El poder del que ellos disponen es extranatural, NO sobrenatural. Nacido principalmente de la ignorancia de sus adeptos, a los que han convertido en profanadores de los Misterios de Dios.

Pero el Poder concedido a la Iglesia de Jesucristo, SI es un poder sobrenatural. Infinitamente superior al concedido a los ángeles. Poder Divino que cuando es ejercido dentro de la Voluntad de Dios y en amoroso seguimiento a sus designios; es una fuerza devastadora para Lucifer. Esto lo sabe muy bien el Archí-enemigo de Dios y de los hombres. Y por eso su principal estrategia es provocar la crisis de Fe, demoliendo las convicciones principalmente en la Jerarquía; para neutralizar esta fuerza y hacer que se desperdicien las riquezas que fueron fruto de la Sangre de Jesús. Y de esta manera dejar anulados a los que son sus mortales enemigos.

EL PODER ESTA EN LA FE

Y cuando es usada la Fe Verdadera en todos los Sacramentos, él es un adversario aniquilado. Por eso trata de ensombrecer a la Iglesia. Que a los ojos humanos le puede restar resplandor; pero en la realidad no se ha disminuido en Ella, nada de su valor, ni de su potencia.

Una Iglesia ‘Viva’ en su parte divina y sobrenatural, ya hubiera acabado con el terror que Satanás ejerce en el mundo, por medio de los corazones entregados a él. Satanás sabe cuán débil es la naturaleza humana, con la embriaguez del poder terrenal. Por eso una de las Tentaciones en el Desierto, fue precisamente ésta. Y como no logró que Jesús consintiera, buscó la manera de obligarlo, haciendo que lo proclamaran rey. Pero Jesús huyó.

Las riquezas y el poder son las dos cadenas más poderosas, para perder al espíritu. Muchos se han extraviado lejos de la Fe y se han torturado a sí mismos con un sinnúmero de tormentos, por entregarse a ellas. Su avidez por poseerlas los han precipitado en la condenación eterna, después de haber sido flagelo para otros y de olvidar completamente el sentido de la Vida y de la Doctrina Cristiana.

La confusión entre poder terrenal y poder espiritual en los corazones, provoca los errores y las herejías en el interior. Y la Persecución provocada por el odio irracional en el exterior.

La persecución sanguinaria y violenta, es el punto que delimita claramente las relaciones entre la política y la religión, porque pone de manifiesto la eterna batalla del poder por el Poder; en la terrible guerra espiritual, entre Jesucristo y Lucifer.

Mi Reino no es de este mundo’. Estas palabras son la clave para no perder la brújula en el camino para llegar a Dios. El cristiano verdadero sabe quién persigue a Quién y por qué. También está consciente de su propia identidad. Y por eso es temido y más odiado por su Adversario.

El cristiano verdadero sabe vencer; aún cuando a los ojos del mundo, pareciera vencido. El cristiano verdadero dirige su propio combate. Y el Enemigo, debe aceptar las reglas. Los que no ‘ven’, no comprenden.

Si su alma estuviese viva, verían como son regios los vencedores. Y como las ‘victimas’ son los verdaderos dioses que se han liberado de la esclavitud del Mal y se yerguen ante él victoriosos. Satanás mira impotente como sus ataques solo los hacen crecer más.

Los destruye aparentemente, en lo único que puede alcanzarlos: lo material y terrenal. Pero con esto está contribuyendo a la Obra de Dios: deificar al alma para que sea verdadera hija de Dios.

Pero un Padre no da solamente amor y semejanza a los hijos. Da también sus riquezas y su herencia. No hay victoria sin lucha. Y no puede tenerse el vestido adornado, ni palma de gloria, sin el Dolor y sin la Cruz; los medios por los cuales Jesús fue exaltado por el Padre, después de la Suprema Humillación y Obediencia. Para ser coherederos del Reino Celestial del cual el Cordero de Dios, el Verbo Encarnado, ES el Rey de reyes y Señor de señores; debemos también desear ser coherederos en su parte de Dolor, de inmolación, de humillación y de obediencia. Porque solo así se podrá junto con Él, Victorioso y Glorioso, ser glorificados.

Breve,             siempre breve será la Prueba terrena respecto a la Eternidad. Relativos, siempre relativos, el sufrimiento y la cruz, respecto al gozo celestial e infinito, como todas las cosas que vienen de Dios.

No hay que desconsolarse por las persecuciones, vejaciones, opresiones, calumnias, escarnios, que vienen de quienes son utilizados por Satanás, para tratar de destruirnos. Porque Cristo es perseguido en sus hijos. Ni la espada, ni los tormentos pueden separar de Cristo a los que lo aman de verdad.

Nada es tan poderoso como la persecución a una idea o a una religión, para hacerle aumentar su potencia. Lo mismo pasa con Cristo: de la larga persecución moral y la feroz persecución final, obtendrá el sello de Gloria Imperecedero por el cual reina y reinará como el Santo de los santos. Entonces todas las cosas serán restauradas, tal y como Dios las había concebido antes de crearlas.

La Iglesia en plena coherencia Divina y humana, debe en su calidad de Maestra y Guía, dirigir a los hombres hacia los ilimitados horizontes de la Eternidad Divina. Renovarse o perecer. Ser la fiel Esposa de Cristo, que conquistará el mundo con el Amor. Tener a la Iglesia aceptada y conocida solo en su parte humana y culpablemente ignorada en su parte Divina y sobrenatural; Ha hecho que Satanás crea su loca ilusión de haber acabado con Ella, como un día hizo con la Cabeza.

Las fuerzas del Infierno  no la podrán vencer. Estas palabras de Jesús, son la promesa de Dios a una Iglesia que no podrá ser destruida. Porque Él no lo va a permitir. Porque ha sido establecida como Faro del Mundo.

EL MESIAS PERSEGUIDO.

Cuando el mundo los odie, recuerden que primero que a ustedes me odió a Mí. No sería lo mismo si ustedes fueran del mundo, pues el mundo ama lo que es suyo…

Jesús no envileció su Divinidad al asumir figura humana. Su Amor Perfectísimo Divinizó a la Humanidad; que llevada por la libre voluntad del hombre, nos hace semejantes a la Perfección de Dios, que es Amor Puro, Libre, Perfecto.

Jesús no quiso diferenciarse del hombre, para llevarlo hasta donde Él está. Y unidos en Él, ser tentados y vencedores, para ser dioses en el Reino Celestial. Cuanto más crece el hombre en perfección, más se ve asaltado por las fuerzas del Mal. Más en el hombre saturado de Dios, los asaltos no son muerte sino vida. Tampoco envilecimiento, sino gloria.

El hombre no ha cambiado y Satanás tampoco. Quitando el miedo y la ignorancia, el alma unida a Dios puede alcanzar la perfección, porque en la entrega llega la Fusión y es Dios Mismo el que libra los combates. La vida es una guerra de todos los días y las víctimas se purifican en la hoguera de las tentaciones. El alma víctima, es el mártir que llega a ser dios por el esfuerzo constante de las victorias conseguidas en la vida terrena. Si el alma ya fuese dios, no tendría que esforzarse en serlo. El Amor la invita a divinizarla mediante el Amor. En esto consiste la perfección.

El que descubre a Dios y lo busca para amarlo; comienza a hablar un lenguaje nuevo y diferente, que no puede ser comprendido por los que pertenecen al mundo. El cristiano siempre será perseguido e incomprendido. Más incomprendido mientras más avanza en el camino de la Cruz.

LA SEÑAL DEFINITIVA DE QUE JESÚS ES DIOS…  ES EL ODIO CON EL QUE TRATAN DE DESTRUIRLO TODO EL INFIERNO Y TODO EL MUNDO.

Odio mortal dirigido contra ÉL y contra todos los que lo representan.

Dios es Amor. Jesús es el Amor Encarnado. Cuanto más se ha demostrado la sobrenatural realidad de su Divinidad y de su Palabra, más Odiado es. Satanás creyó vencerlo matándolo a Él y matando a los primeros cristianos, así como ahora nos quiere matar a nosotros. Aún sigue creyendo que exterminando la Iglesia, acabará con la Doctrina Cristiana. Por eso debemos estar preparados. El Espíritu Santo nos ha prevenido que ha pedido permiso para cribarnos y se le ha permitido hacer proyectos orgullosos para actuar como quiera durante cuarenta y dos meses, antes del regreso de Jesús para instaurar su Reino en la Tierra. Se le concedió hacer la guerra a los santos y vencerlos. Y tiene poder sobre todo pueblo, raza y nación. El que tenga oídos escuche y comprenda: Quién está destinado a la cárcel, irá a la cárcel. Quién está destinado a muerte de espada, perecerá por la espada. Para los santos es la hora de la perseverancia y la FE.

PERSEGUIR A UNA DOCTRINA NO SIRVE MAS QUE PARA AUMENTAR SU PODER. Sobre todo si es auténtica en las verdades que enseña. Cada gota de sangre de los que sean martirizados y cada lágrima de los santos que sean aplastados, será semilla de cristianos y hará que el catolicismo se extienda por todo el planeta. Porque Satanás no cambia y tampoco cambia sus métodos. Como trató a Jesús y a los primeros cristianos, tratará a los actuales. Y así seguirá mientras haya un alma que deba probar su fidelidad a Dios. De los gobernantes parten las más crueles masacres. Las lacras del Mal imperante penetran y se extienden en el espíritu del hombre, quiera o no quiera, porque no quieren que el espíritu se vuelva a Dios y a su Ley.

Estallan el rencor y la envidia de los hijos de Satanás, en las persecuciones feroces; cuando botando la máscara humana que cubre su cabeza de serpiente infernal, se manifiesta abiertamente y combate a los hijos de la luz.

Los espíritus que no están vivos y nutridos de amor y de Evangelio. No pueden resistir y permanecer fieles, por eso le temen a las persecuciones y al martirio. Y terminan por renegar de Dios, pues carecen del Amor y la fortaleza suficientes para vencer.

Los hombres son los instrumentos que Satanás mueve para golpear a la Iglesia. Satanás sabe que los tiempos apremian y que ésta es la lucha decisiva que anticipará la venida de Cristo. Satanás es el capitán de este ejército que se inició en el Sanedrín entre las castas de los fariseos, de los escribas. Que encontraron su alférez en Judas y que culminará con el Reino del Anticristo. El cual al torrente de Gracia contrapondrá un torrente de ferocidad y de sangre, en el cual triturará y desaparecerá a todos los cristianos; donde muy pocos caerán como víctimas santas, invocando a Cristo.

Porque decirse cristiano, no quiere decir serlo. No es el recibir el rito del Bautismo y acercarse a los Sacramentos con el espíritu muerto, lo que lo constituye.

Ser cristiano quiere decir ser como Cristo lo ha dicho que se debe ser y como el Evangelio lo repite. El querer adaptar el Evangelio a una vida sin conversión, es una patética confesión de miseria espiritual. El Evangelio debe ser vivido de manera integral. Y el Anticristo nos obligará a ser perfectos, porque su diabólica ferocidad estará completada con la moderna tecnología para torturar. El que no quiera perderse deberá aprender a ser un héroe.

LA PERSECUCIÓN ES LA SUERTE DE LOS SANTOS.

El hijo de un doctor, quiere ser doctor. El hijo de un artista, quiere ser artista. Los que creen que han surgido de una tribu de simios, corren el peligro de convertirse en bestias. Los que sienten que fueron creados por Dios y lo aman como Padre, no hay duda de que intentarán volverse como Él. y cuando llegue el tiempo del sufrimiento por ser cristianos, desde ahora deben decidir si estarán listos para enfrentar ese Día, con dignidad y valor.

Satanás asecha con grandes grandezas a los que desean el Cielo, más que a los demás. Quién busca las grandezas del mundo, no puede entrar al Reino de los Cielos. Judas de Keriot, es el ejemplo perfecto de esto. Porque la grandeza del mundo está en oposición a la Ley de Dios. La Grandeza del mundo casi siempre se consigue con medios ilícitos, que para prevalecer sobre el prójimo; con la injusticia lo convierten en peldaño y lo aplastan para poder sobresalir. El mundo seduce con el espejismo del éxito y del triunfo. Cristo triunfa en lo que es considerado como pérdida y derrota. Solo el que sabe querer resistir con todas sus fuerzas, triunfa sobre las seducciones. Y a éstos, Satanás les hace una guerra despiadada y continua. Todos los que siguen al Dios verdadero, padecen persecución. Todos los que lo predican, terminan con la suerte de los profetas: ODIADOS.

A Juan Bautista lo odiaron por su severidad. Y por decir la Verdad, terminó decapitado. A Jesús lo odiaron por su Bondad. Y por decir la Verdad, terminó crucificado. Los dos predicaban a Dios. La Penitencia y el Amor atraen al Odio. Satanás inculca el Odio en los corazones y es generador de tragedias.

Cuando el Espíritu Santo se acerca a las almas y éstas comienzan a responder a su llamado, los hombres se dividen en dos ramas: los que aman y los que odian al que está llevando el Reino de Dios a los corazones. Desafortunadamente siempre es más grande la cantidad de los odiadores que de los convertidos. Satanás sabe que las almas reconocen a Dios. Y se convierten al ser consoladas y curadas por Él. Presiente su derrota en los corazones y su odio y su furia no tienen límites. Entonces ataca con toda su rabia a los que se atreven a desafiarlo arrebatándole sus presas y vuelve furiosos a los que le pertenecen, comunicándoles su odio infernal.

Quien da hospedaje al Infierno, es quién odia a los pequeños cristos.

Satanás es tan astuto que convierte a  los hombres sin que se den cuenta, en marionetas a las cuales maneja como quiere, a través de los hilos de sus malos sentimientos y sus pasiones. Y sin que ellos lo adviertan, hecha mano de todos sus recursos para atacar al perseguido y dañarlo por todos los medios posibles. Los santos del Cielo traen una corona adornada con las perlas de su llanto y de su dolor. Algunos han sido martirizados hasta la sangre, por las vejaciones de Satanás y sus aliados. En la tierra recibieron el extraordinario consuelo de la ternura de Dios que alivia el dolor de sus hijos, que los fortalece para llevar la amarguísima cruz del odio y sobrellevar las persecuciones solapadas, astutas y terribles que para poderlas vencer, debieron prepararse en la Escuela del Sufrimiento. Para ser vencedores de Satanás que a la carne había hecho corrupta. Vencedores de los sentidos que en ellos se agitan por herencia del pecado y azuzada por Satanás. Todos los santos son mártires. Porque para ser santos debieron superar las persecuciones y permanecer fieles. ¡Gloria a quién vence!

Satanás es el eterno azuzador de los hombres. Cuando persigue a un justo, aprovecha todas las oportunidades para abatirlo y destruirlo. Y endereza todas sus armas para herir en la Misión y en los afectos… Porque en unos la Presencia de la Gracia en los justos, produce un terror humano que no tiene razón de existir y en otros es un reproche que no pueden soportar. En estos casos es mejor soportar y vencer; sin soberbias y sin desesperaciones. Esta hora siempre tiene su razón de ser y es buena. No hay que sucumbir al miedo. Durante estas horas, Dios no abandona, sino que sostiene al que es fiel. No podrán soportar las persecuciones los que no tengan como rey al espíritu.

Todo esto sucede porque Satanás ha robado la fuerza para amar a Dios y la capacidad para hacer el bien. El Odio más grande de Satanás está dirigido contra Dios y contra su hijo: el hombre que lo ama hasta imprimir  en sí su Imagen. Él y solo Él existe en su corazón. Su amor está mezclado con llanto y dolor y purificado del rencor y del cansancio. Las almas víctimas saben qué cosa quiere decir ser desamadas, rechazadas, ofendidas, no reconocidas, traicionadas y atormentadas con un sufrimiento que llega a enfermarlas. Calumniadas y tratadas como desquiciadas y obsesas. En todos los medios en que se desenvuelven, son perseguidas por causa del Nombre de Jesús, el Amado de su Corazón y por su fidelidad en el espíritu. Y ellas entregan su amor y su dolor, su tribulación y su desolación. Y Dios no las deja solas, porque Él necesita de estas penas. Un poco de Getsemani por su Amor. Ellas han extinguido el deseo de ser amadas y comprendidas y esto las hace arder en un fuego que refleja el Cielo y el Rostro de Dios.

Las burlas, los escarnios, los obstáculos, las trampas encaminadas a entorpecer su misión, las luchas espirituales, las tentaciones y las derrotas; aunadas a que al verse arrojadas de todos lados, llenándolas de dolor y de desaliento; tratando de derrotarlas con la tristeza y la impotencia y llevarlos a la  duda y la desesperación. Todos sus repetidos y feroces asaltos, están destinados a destruir la Obra de Jesús y a conseguir a como dé lugar volver a atrapar al alma que se le ha escapado.

Cada santo tiene su traidor. Se le debe perdonar más a él que a cualquier otro. Se debe buscar por todos los medios, que reconozcan sus yerros. Un perdón con lágrimas amorosas, puede conseguir que un corazón arrepentido sea rescatado de las garras de Satanás. El perdón sana. El perdón salva. Los ataques imprevistos de Satanás, provocan que los hombres sean sus instrumentos para flagelar a otros… Si no se pierde de vista esto, se puede intentar todo para ayudar al hermano caído, que de otra manera no podría levantarse.

Uno de los desalientos más dolorosos, es comprobar que aquellos a los que se ha hecho un beneficio, pagan con la ingratitud y la traición. Y pasándose al bando de los acusadores, calumnian sin la menor consideración. Esta arma: la traición, Satanás la esgrime con singular maestría. Porque sabe los efectos devastadores que causa al comprobar la ingratitud de los que también se ama. Para no ser vencidos por el desaliento, baste recordar que a Jesús lo crucificaron, los mismos que recibieron los beneficios de sus milagros. Los hosannas mentirosos del Domingo de Ramos, fueron los mismos que pidieron el crucifige del Viernes Santo. Los perdones a las traiciones, adornan de piedras preciosas las coronas de los mártires del Amor. Dios ve. Dios juzga. Y Dios premia y castiga de acuerdo a su Infinita Perfección. Los ultrajes y las calumnias, son la tinta con la cual quedan inscritos los nombres de los elegidos en el Libro de la Vida.

Los santos están esparcidos sobre la tierra, para que los hombres sacien su hambre sobrenatural a través de Dios. Pero el hombre desprecia esta ayuda divina y por instigación satánica los persigue con odio infernal. El hombre cae en la noche de su ignorancia y pierde cada vez más el deleite de lo Celestial. Envenenado como está por el sabor engañoso del Pecado, aumenta el Odio que instintivamente siente por el que percibe que es superior a él. Entonces, la única protección que les queda es: LA ORACIÓN.

No hay más que recordar lo que le pasó a Jesús en su vida terrena, para no lamentarse jamás y para ser fuertes en el espíritu, al ver en todo al Mesías. Los secretos de Dios deben guardarse. Satanás es constante en vigilar y obrar. Y bastante persistente en atormentar a los elegidos. Hay que tener mucha prudencia y paciencia. Cuando se llega a amar a los perseguidores y a los Judas, el alma crece en virtud y perfección.

Cada santo tiene su traidor. El que le hace nido en su corazón a la duda, deja de orar y dejando de orar, se aleja de Dios. Entonces la incredulidad se apodera del alma, por las trampas que pone para destruir la Obra de Dios. Es un mal muy grande no rechazarlo. El enemigo al que no se expulsa, termina por adueñarse del lugar. Porque pone trampas, levanta sus trincheras y dirige sus ataques para matar el espíritu y apoderarse del alma de una manera aún más fuerte. A los que no rechazan al invasor con las armas de la Fe, la caridad, la esperanza; su situación llega a ser peor que antes de convertirse.

Las almas de los débiles y descuidados son tomadas como base para torturar a los justos. Le dan cabida al Infierno con sus bajas pasiones y terminan atormentando al Mesías que vive dentro de la ‘víctima’ y que a su vez debe repetir la Pasión de su Redentor.

¿CÓMO SE DEBE ACTUAR EN UNA PERSECUCIÓN?

Jesús nos enseñó como vivir y como morir: Él practicó todo lo que enseñó.

Practicó la Pobreza siendo pobre. La Continencia, siendo casto. La Templanza, siendo moderado. La Justicia, siendo justo. El Perdón, perdonando. A Redimir, redimiendo. A Obedecer, obedeciendo la más terrible de las órdenes: Morir por Amor.

Perdonó y amó a los enemigos,  desde el Patíbulo donde lo crucificaron. Perdonó y amó a sus asesinos, orando por ellos desde la Cruz donde moría. Él es el ejemplo a seguir. Cuando se recibe un insulto y una agresión, es muy importante mantener la serenidad y la calma. Enfrentar al agresor con dignidad y recordar que ésta es la suerte de los elegidos. Porque cuando el corazón se llena de ira, se anula la Doctrina del amor y del Perdón. La amargura y la violencia abren el camino al Pecado. Y entonces sí que es una derrota para el cristiano, haber caído en el juego de Satanás. La alegría de saber que se está haciendo la Voluntad del Padre Celestial, inunda al alma que sabe alegrarse de ser perseguida por su amor a la Justicia. Y la única tristeza, muy dolorosa por cierto, es la compasión hacia las almas que rechazan la Vida.

El que mantiene la calma, sigue respetando al agresor. Y entonces Dios intervendrá preguntando con mansedumbre: “¿Porqué me odias? ¿Porqué me persigues? ¿Qué mal te he hecho? ¿Porqué estás enojado y tienes esa crueldad conmigo?

En lugar de los desprecios y de corresponder al insulto con ira, hay que tener humildad y amor. Porque no importa lo que ellos sean. Importa lo que nosotros somos. Los cristianos hemos sido elegidos para el Reino de los Cielos y no para el Mundo. La debilidad humana debe ser vencida por la fortaleza del espíritu. Y la tentación de corresponder con la tentación de no amar, con la falta de perdón; puede convertir al cristiano en un ser igual al que lo está agrediendo con odio y entonces sí que la venganza de Satanás estará completa. Porque el odio engendra odio y destrucción.

Y si se recibe la ofensa de ser arrojados, burlados, perseguidos, con paz; se logran conversiones con la predicación más bella: el silencio de la verdadera virtud. Este es el heroísmo que el mundo no puede concebir por inexplicable y lo llama locura. Los enemigos del cristiano y a los que Satanás utiliza con refinada crueldad, para herir más dolorosamente donde más daño puede hacer, son los de la propia familia. Cuando los elegidos están en la Gracia de Dios, son fortalecidos con la Fe, la Esperanza y la Caridad. Y es Dios Quién les ayuda a ser fuertes en las persecuciones. Cuando Dios está con nosotros, ¿Quién puede vencernos? No nos debemos dejar sorprender por el miedo, ni por la soberbia. Si somos humildes y nos mantenemos fieles a Él, sabemos que sin Él, nada podemos; Pero si confiamos en su ayuda, siempre estará con nosotros.

El Mal no puede nada contra el hombre que quiere ser justo. Sufre, queda herido, pero goza de libertad y vida. Y vencerá en todos los combates que se sucederán continuamente. En todos los combates mientras dure la vida. Porque si el hombre se despoja de su ‘yo’ y se espiritualiza con un espíritu fundido en Dios; ni las torturas, ni los suplicios, ni las heridas, ni las hogueras pueden ya causar daño. Son impotentes para destruir, porque Dios nos cubre como un escudo y vence al Opresor. Y la Paz envuelve al perseguido. Porque Dios es Paz.

A Jesús lo acusaron de alborotapueblos y Roma lo condenó a morir. Todo el que lo sigue debe sentirse feliz de padecer las mismas aflicciones que Cristo. El que verdaderamente ama, sabe que éste es un privilegio de parte de Dios. No hay que dejarse intimidar por los enemigos. Este es un signo seguro de que ellos van a su ruina y ustedes a su salvación. En los momentos en que nos toca padecer los sufrimientos de Cristo con mayor intensidad; de Cristo nos viene también el consuelo y la fuerza suficientes para soportar los sufrimientos y vencer en la Prueba.

En esta Primera Gran Persecución, ustedes eran paganos demasiado carnales para el Evangelio y sin embargo, si estáis bien preparados; sabréis seguir adelante hasta dar el testimonio final: el Testimonio de la Sangre: el Martirio.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

28.- NÉMESIS


Un hombre como de cuarenta años, alto, atlético. Con un rostro en el que resaltan unos ojos castaños de mirada dulce y bondadosa, examina con delicadeza y movimientos expertos…

Y luego declara:

–           Sí, Lautaro. Fui médico militar. La guerra es una buena escuela. La herida de la cabeza es leve. Cuando éste, -señaló a Bernabé- lo aventó contra la pared, el joven extendió el brazo tratando de protegerse y al caer pegó contra la balaustrada y se le desarticuló. Así fue como se fracturó también las costillas, pero por lo mismo, salvó la cabeza y su vida.

El anciano replica:

–           Sabemos que eres un buen médico y por eso mandé a buscarte.

Y mientras platican, Mauro empezó a reducir el brazo para entablillarlo…

Y Marco Aurelio se desmayó. Lo cual lo favoreció, pues así no sintió el sufrimiento causado al volver a articular el brazo y la reducción de los huesos rotos. Terminada la operación, Marco Aurelio recuperó el conocimiento y vio delante de él a Alexandra.

Ella está a su cabecera, sosteniendo una palangana, donde Mauro introduce una esponja y humedece la cabeza de su paciente.

Marco Aurelio no puede dar crédito a sus ojos. Creyó estar soñando y después de largo rato, musitó como un suspiro:

–           ¡Alexandra!

La palangana tembló en las manos de ella, al escuchar ese llamado. Lo miró con tristeza y le contestó en voz baja:

–           ¡Que la paz sea contigo!

Y permaneció allí de pie, mirándolo con compasión y mucha tristeza.

Marco Aurelio a su vez la mira anhelante, extasiado ante ella, deseando grabarse su imagen. Ve su rostro pálido, las hermosas trenzas de negros cabellos, vestida con su ropa de esclava. Sus ojos bellísimos y preocupados mientras le atienden…

El tribuno la envuelve con una mirada tan intensa, que la hace ruborizar. Mientras la contempla, reflexiona que esa palidez y esa pobreza en que ahora la ve, son obra suya. Que ha sido él, el que la arrancara de una casa en la que ella vivía rodeada de amor y comodidades. Él le había quitado su bienestar para arrojarla en aquella mísera estancia, vistiéndola con aquella pobre túnica de lana oscura. 

Y le dijo emocionado:

–           Alexandra… Tú no permitiste mi muerte.

Ella contestó con dulzura:

–           Quiera Dios devolverte la salud.

Para Marco Aurelio, que ahora ve todos los agravios que le ha inferido; esas palabras fueron como un bálsamo, que le llegó hasta lo más íntimo del alma. Y si poco antes el dolor le había debilitado, ahora lo desfallece la emoción… Y una especie de languidez profunda, a la par que inefable, se apoderó de todo su ser, con un gozo incomparable.

Mientras tanto, Mauro después de lavarle la herida en la cabeza, le aplicó un ungüento.  Bernabé se llevó la palangana y Alexandra le dio al herido, una copa con vino medicado para el dolor; sosteniéndole con delicadeza, mientras se la acerca a los labios. Más tarde ella llevó la copa vacía al aposento contiguo.

El ya casi ha recuperado sus facultades y Lautaro, después de hablar con Mauro, se aproximó al lecho y dijo:

–           Dios no te ha permitido ejecutar una mala acción y te ha conservado la vida a fin de que reflexiones y te arrepientas. Él ante quien el hombre es solo polvo, te entregó indefenso en nuestras manos… Pero Cristo en quién creemos nos ha ordenado amar aún a nuestros enemigos. Por eso hemos curado tus heridas y como Alexandra te lo ha dicho, imploramos a Dios para que te devuelva la salud. Más no podemos permanecer consagrados a tus cuidados…  Piensa con calma y medita bien si es digno de ti, continuar en tu persecución contra ella. Ya lo ves: has dejado a esa joven sin tutores y a nosotros sin techo. Pero te perdonamos y te devolvemos bien por mal.

Marco Aurelio preguntó:

–           ¿Me abandonaréis acaso?

Lautaro declaró:

–         Vamos a abandonar esta casa, para escapar de la persecución del Prefecto. Tu compañero murió. Tú que eres poderoso entre los tuyos, estás herido. De todo esto nosotros no tenemos la culpa, pero puede caer sobre nosotros la cólera de la ley de Roma.

–           No temáis que os persigan, yo os protegeré

Lautaro se calló que no se trataba solo de ellos. Sino de proteger a Alexandra de él y de su porfiada persecución personal.

Y solo dijo:

–           Señor, tu brazo derecho está sano. Aquí tienes tablillas y un stylus. Escribe a tu casa para que tus sirvientes traigan una litera y te lleven a donde tendrás comodidades que no podemos ofrecerte en medio de nuestra escasez. Vivimos aquí con una pobre viuda que vendrá más tarde acompañada por su hijo. Éste podrá llevar tu carta. En cuanto a nosotros, tendremos que buscar otro lugar…

Marco Aurelio se puso pálido.

Comprendió que lo que quieren es separarlo de ella  y que si ahora la pierde otra vez, no volverá a verla nunca. Mil ideas cruzaron por su mente en unos segundos. Necesita evitarlo e influir desesperadamente en Alexandra y en sus guardianes, pero no sabe cómo. Lo esencial es verla. Gozar de su presencia, aunque solo fuese por unos pocos días y luego decidirá qué hacer. Y por esto, reuniendo con esfuerzo sus pensamientos, dijo:

–           Escúchenme cristianos. Antes yo no os conocía y vuestros hechos me demuestran, que sois gente buena y honrada. A esa viuda que ocupa esta casa, decidle que permanezca en ella. Quédense también ustedes y déjenme que los acompañe. Este hombre que es médico, sabe que no es posible que me traslade hoy fuera de aquí. Estoy enfermo. Tengo un brazo y las costillas rotas. Debo permanecer inmóvil, al menos unos días. Por consiguiente os declaro que no saldré de esta casa, a menos que me arrojéis por la fuerza… –y aquí se detuvo porque la respiración le faltó.

Lautaro respondió:

–           No emplearemos ningún género de violencia contra ti, señor. Deseamos tan solo salvar nuestras vidas.

Marco Aurelio no está acostumbrado a las objeciones. Frunció el ceño y dijo:

–           Permitidme tomar aliento…

Luego de unos instantes, declaró:

–           Por Atlante a quién mató Bernabé, nadie ha de preguntar. Él debía partir hoy a Benevento a donde fue llamado por Haloto y todos creerán que se ha ido. Cuando entramos en esta casa, nadie nos vio, a excepción de un griego que estuvo con nosotros. Les indicaré donde vive ese hombre; tráiganlo aquí. Comunicaré en una carta que también he partido para Benevento. Si el griego dio algún aviso al Prefecto, declararé que fui yo quien mató a Atlante y él, quién me rompió el brazo. Esto haré. Os lo juro por las sombras de mi padre y de mi madre. Podéis permanecer aquí con la seguridad de que nadie os hará ningún daño. Haced venir a ese hombre, ese griego cuyo nombre es Prócoro Quironio.

Lautaro contestó:

–           Entonces  Mauro se quedará contigo y te atenderá la viuda.

Marco Aurelio replicó frunciendo todavía más el ceño:

–          Fíjate bien anciano, en lo que te estoy diciendo.  Yo te debo gratitud y tú me pareces un hombre bueno y honrado, más no me dices lo que verdaderamente piensas. Tienes miedo de que yo haga venir a mis esclavos y se lleven a Alexandra. ¿No es verdad?

–           Así es. –contestó Lautaro con acento severo.

–          Entonces ten presente esto. Hablaré a Prócoro delante de todos vosotros. Y escribiré a mi casa una carta, donde anuncio mi viaje a Benevento. No me valdré en lo sucesivo de otros mensajeros, más que de ustedes. Tened esto en cuenta y no me irritéis más.

Y Marco Aurelio tiene contraído el rostro por la indignación. Y luego añadió con exaltación:

–           ¿Crees que negaré que mi deseo de permanecer aquí es para verla? Aunque tratara de ocultarlo, eso lo adivinaría un necio. Pero ya no volveré a intentar llevármela por la fuerza. Te diré más: si ella se niega a permanecer aquí, haré pedazos con esta mano que tengo sana, los vendajes que habéis puesto sobre mi cuerpo. No tomaré alimentos, ni bebidas. Y dejaré que mi muerte caiga sobre ti y tus hermanos. ¿Para qué me has atendido entonces? ¿Por qué no has dado orden de que me maten?

Y al decir estas últimas palabras, tiene el semblante pálido de ira y de agotamiento.

Alexandra al oírlo, está segura de que Marco Aurelio cumplirá lo que dice y se quedó anonadada, ante la amenaza de estas palabras. Ella no quiere que muera.  Indefenso y herido, ya no le tiene miedo, sino compasión. Marco Aurelio ejerció en su suerte una influencia demasiado trascendental y ha intervenido de tal forma en su vida, que nunca podrá olvidarlo.

Días enteros ha pensado en él e implorado de Dios que lo guíe a la Luz y lo convierta. Que le diera una oportunidad para que ella pueda devolverle bien, por el mal que de él recibiera. Perdón y misericordia a cambio de su persecución, ablandándole el corazón y ganándolo para la causa de Cristo. Dándole la gracia de la salvación…

Y creyó que éste era el momento preciso y que sus plegarias habían sido escuchadas. Se acercó a Lautaro y le dijo con serena dignidad; con tanta majestad, que el anciano presbítero comprendió que una Voluntad más alta, era la que hablaba por su boca.

–           Permanezca él entre nosotros, Lautaro. Con él nos quedaremos hasta que Cristo le devuelva la salud completa.

–           Sea como tú lo dices. –dijo el anciano respetuoso.

Marco Aurelio, que en todo ese tiempo no había apartado la vista de Alexandra, quedó impactado.

La obediencia reverente del anciano, ¿A qué? ¿A quién?… Le causó una impresión avasalladora. Alexandra apareció ante sus ojos como una especie de sacerdotisa, en medio de los cristianos. Por un momento irradió una Presencia, que la iluminaba toda. Y él se sintió subyugado a la emanación de aquella Presencia, aquella especie de Luz invisible que se percibió en la doncella. Y al amor que hasta ese momento le había arrastrado hacia ella, se unió algo así como un temor reverencial. Y su pasión le pareció por mi primera vez, algo rayano en la insolencia.

Jamás hubiera creído que las relaciones que hay entre ella y él, tomarían un giro de ciento ochenta grados. Ahora no es ella la que depende de su voluntad. Es él, el que está en aquel lugar, quebrantado y enfermo. Ha dejado de ser una fuerza ofensiva y conquistadora hasta quedar indefenso, entregado por completo a la merced y a los cuidados de la joven. Para su índole altiva y dominante, con cualquier otra persona que no fuera Alexandra, esto hubiera sido una tremenda humillación. Pero en lugar de sentirla,  creció su admiración, su respeto y su reconocimiento hacia la que ahora es su dueña absoluta.

Desea manifestarle su gratitud desde el fondo de su corazón, junto con todos los sentimientos que él alberga y que jamás mujer alguna le había inspirado. Pero con todo lo que ha pasado está extenuado y no le es posible hablar. Con la mirada le expresa todo y también el inmenso júbilo que lo invade, porque va a permanecer a su lado. Va a poder verla y tenerla cerca. Su único temor es perder más tarde, lo que por fin ha conquistado.

¡Todo es tan sorprendente! Y lo más inusitado es la timidez. Pues cuando ella se acercó a darle de beber, no se atrevió ni siquiera a tocar su mano. Y ella lo notó.

Por primera vez se analizó a sí mismo y vio que era tiránico, insolente, corrompido hasta cierto punto y en caso necesario, también era inexorable e implacable. La vida militar le había dejado con su disciplina, unos resabios de justicia, de religión y de conciencia  suficientes, para discernir que no puede ser ruin, con quién le está dando una lección de magnanimidad y de bondad tan regios.

Cuando se enoja es muy impulsivo y  en su furia puede arrasar como un huracán. Pero ahora se siente dominado por una ternura insólita, está enfermo y desvalido. Lo único que le importa es que nadie se interponga entre él y Alexandra. Advirtió también con asombro que desde el momento en que ella se puso de su parte, todos se rindieron. Es como si estuvieran confiados en que son protegidos por un  poder sobrenatural.

Marco Aurelio le pidió nuevamente a Lautaro que fuesen a buscar al griego y él mandó a Bernabé. Después de tomar el domicilio, éste tomó su manto y salió apresuradamente.

Prócoro fue despertado por la esclava, que le anunció que una persona pregunta por él y desea verlo con urgencia. El griego se levantó, se aseó rápido y fue a ver quién lo busca. Y se quedó petrificado.

Mudo por el asombro, mira al colosal parto.

Bernabé declaró:

–           Prócoro Quironio, tu señor Marco Aurelio te ordena que vengas conmigo a donde se encuentra él.

Más tarde, Prócoro y Bernabé cruzaron la entrada y el primer patio. Llegaron al corredor que conduce al jardín de la casita y entraron en ella. La tarde está nublada y fría.

En la semipenumbra, Marco Aurelio adivinó, más que reconocer a Prócoro, en aquel hombre encaperuzado.

El griego vio en el extremo de la habitación junto a una ventana, un lecho y al tribuno  acostado en él. Se le acercó y sin mirar a ninguno de los presentes, le dijo:

–           ¡Oh, señor! ¿Por qué no has…?

Pero Marco Aurelio le cortó en seco:

–           Silencio y escucha con atención. – Y mirando a Prócoro fijamente; de manera enfática y pausada; como queriendo significar al griego que cada una de sus palabras es una orden, agregó- Atlante se arrojó sobre mí intentando robarme y en defensa de mi vida, yo le maté. ¿Entiendes? Estas gentes curaron las heridas que recibí en la lucha.

Prócoro comprendió al punto. Y sin demostrar duda ni asombro, levantó los ojos hacia lo alto y exclamó:

–           ¡Pérfido malhechor! Pero yo te advertí señor, que desconfiases de él porque era un pícaro. ¡Ah! Pero ¡Caer sobre su benefactor, sobre un hombre tan magnánimo…!

Marco Aurelio lo miró interrogante y le dijo:

–           ¿Qué has hecho hoy?

–           ¿Cómo? ¿Qué?… ¿No te he dicho señor, que hice voto por tu salud?

–           ¿Nada más?

–           Me preparaba a venir a visitarte, cuando este buen hombre llegó a mi casa y me dijo que enviabas por mí.

–           Aquí tienes una tablilla. Con ella irás a mi casa. Buscarás a Dionisio, mi mayordomo y se la darás. En esa tabla le comunico que he partido para Benevento. De tu parte le dirás que me fui esta mañana, llamado por una carta urgente de Petronio –y aquí recalcó- He ido a Benevento, ¿Entiendes?

–           Te has ido, señor. Esta mañana te despedí en la Puerta Capena. Y desde el momento de tu partida se apoderó de mí tal nostalgia, que si tu magnanimidad no viene a endulzarla, he de llorar hasta morir.

Marco Aurelio, aunque enfermo y habituado a las artimañas del griego, no puede reprimir una sonrisa. Está contento de que Prócoro le haya comprendido inmediatamente.

Así que dijo:

–           Entonces también escribiré, que te enjuguen las lágrimas. Dame la vela.

Prócoro se adelantó unos pasos hacia la chimenea y tomó una de las velas que ardían junto a la pared. Pero mientras hizo esto, se le cayó el capuchón y la luz le dio de lleno en la cara.

Mauro saltó de su asiento. Y poniéndosele al frente, le preguntó:

–           ¿Nicias, no me reconoces?

Y había en su voz una entonación tan terrible que todos se volvieron a mirarle, asombrados.

Prócoro alzó la vela y se le cortó la respiración. Horrorizado la dejó caer al suelo y empezó a gemir:

–           ¡Yo no soy…! ¡Yo no soy…! ¡Perdón!

Mauro se volvió a los cristianos allí reunidos y les dijo:

–           ¡Éste es el hombre que me traicionó! ¡Y que nos arruinó a mí y a mi familia!

La historia la saben todos, hasta Marco Aurelio.

Prócoro gimió:

–           ¡Perdón! ¡Oh, señor Marco Aurelio! ¡Sálvame! Yo he confiado en ti. Ayúdame… tu carta… yo la entregaré… Por favor, señor…

Pero el patricio que conoce muy bien al griego, declaró:

–           ¡Entiérrenlo en el jardín! Otro puede llevar la carta.

Prócoro escuchó esta sentencia de muerte y mira aterrado las manos de Bernabé, que lo ha tomado por el cuello mientras él se arrodillaba diciendo:

–           ¡Por vuestro Dios! ¡Tened piedad de mí! ¡Seré cristiano!¡Mauro! ¡Hazme tu esclavo pero no me mates! ¡Ten piedad!…

Un silencio denso siguió a estas palabras…

Mauro cerró los ojos y aspiró profundamente. Se vio el esfuerzo que hizo para dominarse. Oró en silencio y después de una larga pausa, dijo:

–           Nicias… ¡Qué Dios te perdone como yo te perdono los crímenes que cometiste contra mí! Yo te bendigo e imploro de Dios que te bendiga con tu conversión.

Y Bernabé soltó al griego diciendo:

–           ¡Que el Salvador tenga piedad de ti, así como yo ahora!

Prócoro se desplomó en el suelo y miró a todos lados, aterrorizado, sin poder creer lo que está sucediendo.

Lautaro dijo:

–           Vete. Arrepiéntete para que Dios te perdone, como nosotros te hemos perdonado.

Prócoro se levantó sin poder hablar. Se aproximó al lecho de Marco Aurelio. Éste acaba de condenarlo a pesar de haber sido su cómplice. Y los demás, que son los ofendidos, le perdonaron y le dejan ir. Esta idea estará fija en su mente más tarde. Y sin poder asimilar lo sucedido, le dijo a Marco Aurelio con voz quebrantada:

–           Dame la carta, señor…Dame la carta.

Y tomando la carta que el tribuno le alargó, hizo una reverencia a todos. Y salió despavorido.

Cuando se sintió a salvo en la calle, se preguntó una y otra vez:

–           ¿Por qué no me mataron?

Y no encuentra una respuesta a esta pregunta.

Marco Aurelio está tan asombrado como Prócoro. Que esas gentes le hayan tratado de aquella manera, en lugar de tomar venganza por el asalto que él mismo había perpetrado a su hogar. Y le hubieran curado sus heridas con solicitud, es algo que atribuye en parte a la doctrina que todos ahí profesan. Pero la conducta que han tenido con Prócoro, es algo que está totalmente fuera del alcance de su comprensión, porque rebasa los límites de la magnanimidad a que puedan llegar los hombres. Y aturdido se pregunta al pensar en los crímenes que Prócoro había cometido: ¿Por qué no mataron al griego?

Habrían podido hacerlo con absoluta impunidad. Bernabé lo habría enterrado en el jardín. O podía tirarlo por la noche al río Tíber, ya que durante ese período de asesinatos nocturnos, algunos cometidos por el mismo César en persona; el río arroja por las mañanas cuerpos humanos con tanta frecuencia, que nadie se preocupa  por averiguar de dónde proceden.

En su concepto, los cristianos tienen no solo el poder, sino el derecho de matar a Prócoro. Porque la venganza de una ofensa personal y más siendo tan grave como la que recibiera Mauro, le parece no solo natural, sino totalmente justificada. El abandono de tal derecho, le parece totalmente inconcebible. ¡Y no logra entenderlo!

Lautaro había dicho que se debía amar a los enemigos, pero nunca había visto la aplicación de esta teoría que le parece imposible. Y todavía no logra asimilar lo que ha ocurrido. ¡Ni siquiera entregaron al griego al tribunal!

Prócoro le infirió a Mauro el más terrible agravio que un hombre puede hacer a otro. El solo pensamiento de que alguien matase a Alexandra y vendiese a sus hijos como esclavos ¡Le subleva el corazón como una caldera! ¡Él…! ¡No existe tormento que no fuera capaz de aplicar en satisfacción de su venganza! ¡La crucifixión le parece poco! ¡Aunque Prócoro muriese un millón veces, nunca pagaría lo que hizo!

Pero Mauro ha perdonado. Bernabé, que había matado a Atlante en defensa propia; le había perdonado. La única respuesta es:

Los cristianos al abstenerse de matar a Prócoro, le han dado una prueba de bondad tan grande, que no tiene paralelo en el mundo. También han demostrado el amor por sus semejantes que les lleva a olvidarse de sí mismos; de las ofensas recibidas, de su propio bienestar o infortunio. Porque viven solo para su Dios. Y lo más sorprendente es que después de que Prócoro se fue, en todos los semblantes parece resplandecer una íntima alegría. Y hay una paz tan contagiosa, como Marco Aurelio no la había experimentado jamás.

Lautaro se aproximó a Mauro, le puso la mano en el hombro y dijo:

–           Demos gracias al Altísimo, porque Cristo ha triunfado una vez más.

Mauro levantó la cara y sus ojos reflejan una serena bondad. ¡Y su rostro irradia la misma extraña Presencia, que el de Alexandra cuando le permitió quedarse!

Marco Aurelio, que solo conoce el placer o la satisfacción nacidos de la venganza, lo mira con curiosidad; sin poder evitar pensar, que aquello es una locura. Y en lo profundo de su corazón sintió un indignado asombro, cuando vio a Alexandra posar sus labios de reina sobre las manos de aquel hombre. Y le pareció que el orden del mundo está totalmente trastornado.

Lautaro declaró que aquel era un día de grandes victorias.

Y cuando Alexandra regresó a llevarle una bebida caliente, Marco Aurelio la tomó de la mano y le dijo:

–           ¿Entonces tú también me has perdonado a mí?

Alexandra lo miró con compasión y dijo:

–           Somos cristianos y no nos está permitido guardar rencor en nuestro corazón.

Marco Aurelio la miró con una mayor admiración… Y dijo:

–           Alexandra, Quienquiera que sea tu Dios, le rindo homenaje solo porque es tu Dios.

–           Le alabarás desde el fondo de tu corazón, cuando lo conozcas y hayas aprendido a amarle.

Marco Aurelio cerró los ojos, pues se siente demasiado débil. Ella se fue y regresó más tarde para ver si él dormía. Pero al sentirla, Marco Aurelio abrió los ojos y le sonrió.

Alexandra puso su mano sobre su rostro mientras le dice suavemente:

–           Duerme y descansa.

Marco Aurelio experimentó y se dejó dominar por una sensación de dulcísimo bienestar. Pero luego se sintió más penosamente mal.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA