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520 El Buen Pastor


520 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

432a Con los campesinos de Yocaná, cerca de Sefori.

Los apóstoles comentan…

Bartolomé:

–           ¡Cuánta gente!

Tomás:

–           ¡Han venido todos, incluso los niños!…

Andrés:

–           El Maestro estará contento…

Tadeo exclama:

–            ¡Ah, ahí está el Maestro!

Vamos a acercarnos.

Se unen al Maestro, que camina con dificultad por el prado.

Porque va apretujado entre los muchos que le rodean.

Cuando los apóstoles logran llegar hasta Él.

Jesús pregunta:

–           ¿Judas sigue todavía ausente?

–            Sí, Maestro.

Pero si quieres lo llamamos…

–           No hace falta.

Mi Voz lo alcanza en el lugar donde esté.

Y su conciencia, libre, le habla con su propia voz.

No es necesario añadir vuestras voces…

Para forzar una voluntad.

Venid, sentémonos aquí con estos hermanos nuestros.

Y perdonad si no he podido compartir con vosotros el pan,

en un ágape de amor.

Mientras se acercan al lugar designado,

todos recuerdan al soberbio apóstol rebelde.

Pues es de sobra conocidos su desprecio y su repudio

hacia éstos ínfimos de la sociedad judía: los siervos hebreos.

La SOBERBIA es el principal signo de la posesión demoníaca perfecta y NO PUEDE reverenciar a Dios, porque Satanás lo odia y a sus instrumentos, es lo que les trasmite…

Actitud que se agudizó el año pasado, en la anterior visita

cuando verificaron el castigo, en las tierras de Doras…

Pero ahora comparten el gozo de tener la Presencia del Dios Vivo.

¡Y eso es lo único que importa!

Se sientan en círculo con Jesús en el centro.

Quien quiere alrededor de Él a todos los niños.

Los cuales, se pegan a Él mimosos y con confianza.

Una mujer grita:

–          ¡Bendícelos, Señor!

Que vean lo que nosotros anhelamos ver.

¡La libertad de amarte!

Un anciano gime:

–          Sí.

Nos quitan incluso esa libertad.

No quieren ver grabadas tus palabras en nuestro espíritu.

Ahora nos impiden vernos.

Y te prohíben a Ti venir…

¡Ya no oiremos palabras santas!

Un hombre joven, se lamenta:

–          Abandonados así, nos volveremos pecadores.

Tú nos enseñabas el perdón…

Nos dabas tanto amor, que podíamos soportar la malevolencia del patrón…

Pero ahora…

Jesús dice:

–           No lloréis.

No os dejaré sin mi palabra.

Volveré, mientras pueda…

Varios dicen:

–           No, Maestro y Señor.

–           Él es malo.

–            Y también sus amigos.

–            Podrían dañarte…

Y por causa nuestra.

–            Nosotros hacemos el sacrificio de perderte;

pero no nos des el dolor de decir:

«Por nosotros lo prendieron»».

–           Sí, sálvate, Maestro.

Jesús dice:

–            No temáis.

Se lee en Jeremías (Jeremías 36)

cómo él mismo dijo a su secretario Baruc que escribiera lo que el Señor le dictaba.

Y que fuera a leer el escrito recibido a los que estaban reunidos en la casa del Señor;

leerlo en vez del profeta, que estaba preso y no podía ir.

Así voy a hacer Yo.

Muchos y fieles Baruc tengo entre mis apóstoles y discípulos.

Ellos vendrán a deciros la palabra del Señor…

Y no perecerán vuestras almas.

Y Yo no seré prendido por causa vuestra;

porque el Dios altísimo me ocultará a sus ojos…

Hasta que llegue la hora en que el Rey de Israel deba ser mostrado a las turbas,

para que el mundo entero lo conozca.

Y no temáis tampoco perder las palabras que hay en vosotros.

También en Jeremías se lee que, aun después de que Yoyaquim, rey de Judá

– el cual esperaba destruir las palabras eternas y veraces quemando el rollo –

destruyera el volumen.

El dictado de Dios permaneció,

porque el Señor mandó al profeta:

«Toma otro volumen

y escribe en él todas las cosas que había en el volumen quemado por el rey».

Y Jeremías dio un volumen a Baruc…

Un volumen sin escritura.

Y dictó nuevamente a su secretario las palabras eternas…

Además de otras más como complemento de las primeras,

porque el Señor remedia los estropicios humanos

cuando el remedio es un bien para las almas.

Y no permite que el odio anule lo que es obra de amor.

Ahora bien, aunque a Mí,

comparándome a un volumen lleno de verdades santas, me destruyeran…

¿Creéis que el Señor os dejaría perecer sin la ayuda de otros volúmenes?

En ellos estarán mis palabras y las de mis testigos,

que narrarán lo que Yo no voy a poder decir

por estar prisionero de la Violencia y ser destruido por ella.

¿Y creéis que lo que está impreso en el libro de vuestros corazones,

podrá borrarse por el paso del tiempo sobre las palabras?

No.

El ángel del Señor os las repetirá…

Y las mantendrá frescas en vuestros espíritus deseosos de Sabiduría.

Y no sólo eso, sino que os las explicará…

Y seréis sabios en la palabra de vuestro Maestro.

Vosotros selláis el amor a Mí con el dolor.

¿Puede acaso, perecer lo que resiste incluso la persecución?

No puede perecer.

Yo os lo digo.

El don de Dios no se cancela.

El pecado es lo único que lo anula.

Pero vosotros, ciertamente no queréis pecar…

¿No es verdad, amigos míos?  Muchos contestan:

–            No, Señor.

–            Significaría perderte también en la otra vida.

–           Pero nos harán pecar.

–           Nos ha impuesto que no salgamos ya más de las tierras el Sábado…

–           Y ya no volverá a haber Pascua para nosotros.

Así que pecaremos…

Jesús afirma:

–           No.

No pecaréis vosotros.

Pecará él.

Sólo él.

Él, que hace violencia al derecho de Dios y de los hijos de Dios,

de abrazarse y amarse en dulce coloquio de amor y enseñanza en el día del Señor.

–           Pero él hace reparación con muchos ayunos y dádivas.

Nosotros no podemos…

Porque ya es demasiado poca la comida,

en proporción al esfuerzo que hacemos…

Y no tenemos qué ofrecer…

Somos pobres…

–             Ofrecéis aquello que Dios aprecia:

Vuestro corazón.

Dice Isaías (58, 3 – 7) hablando en nombre de Dios a los falsos penitentes:

«En el día de vuestro ayuno aparece vuestra voluntad y oprimís a vuestros deudores.

Ayunáis para reñir, discutir y perversamente, pelear.

Dejad de ayunar como hasta hoy, para hacer oír en las alturas vuestros clamores.

¿Es éste, acaso, el ayuno que Yo deseo?

¿Que el hombre se limite a afligir durante un día su alma,

y castigue su cuerpo y duerma sobre la ceniza?

¿Vas a llamar a esto ayuno y día grato al Señor?

El ayuno que prefiero es otro.

Rompe las cadenas del pecado, disuelve las obligaciones que abruman;

da libertad a quien está oprimido, quita todo yugo.

Comparte tu pan con quien tiene hambre, acoge a los pobres y a los peregrinos,

viste a los desnudos y no desprecies a tu prójimo»

Pero Yocaná no hace esto.

Vosotros, por el trabajo que le hacéis y que lo hace rico, sois sus acreedores.

Y os trata peor que a deudores morosos.

Alzando la voz para amenazaros y la mano para golpearos.

No es misericordioso con vosotros y os desprecia por ser siervos.

Pero el siervo es tan hombre como el patrón.

Y si tiene el deber de servir,

tiene también el derecho a recibir lo necesario para un hombre;

tanto materialmente como en el espíritu.

No se honra el Sábado, aunque se pase en la sinagoga;

si ese mismo día el que lo practica pone cadenas

y da a sus hermanos áloe como bebida.

Celebrad vuestros sábados razonando entre vosotros acerca del Señor.

Y el Señor estará en medio de vosotros…

Perdonad y el Señor os glorificará.

Yo soy el buen Pastor y tengo piedad de todas las ovejas.

Pero sin duda, amo con especial amor,

a las que han recibido golpes de los pastores ídolos,

para que se alejen de mis caminos.

Para éstas, más que para ninguna otra, he venido.

Porque el Padre mío y vuestro me ha ordenado:

«Apacienta estas ovejas destinadas al matadero,

matadas sin piedad por sus amos, que las han vendido diciendo:

`¡Nos hemos enriquecido!’,

Y de las que no han tenido compasión los pastores».

Pues bien, apacentaré el rebaño destinado al matadero,

¡Oh pobres del rebaño!

Y abandonaré a sus iniquidades a los que os afligen

y afligen al Padre, que en sus hijos sufre.

Extenderé la mano hacia los pequeños de entre los hijos de Dios

y los atraeré hacia Mí para que tengan mi gloria.

Lo promete el Señor por la boca de los profetas

que celebran mi piedad y mi poder como Pastor.

Y os lo prometo Yo directamente a vosotros que me amáis.

Cuidaré de mi Rebaño.

A quienes acusen a las ovejas buenas de enturbiar el agua

y de deteriorar los pastos por venir a Mí, les diré:

«Retiraos.

Vosotros sois los que hacéis que falte el manantial y se agoste el pasto de mis hijos.

Pero Yo los he llevado a otros pastos y los seguiré llevando.

A los pastos que sacian el espíritu.

Os dejaré a vosotros el pasto para vuestros gruesos vientres,

dejaré el manantial amargo que habéis hecho manar vosotros.

Y Yo me iré con éstos, separando las verdaderas de las falsas ovejas de Dios;

ya nada atormentará a mis corderos,

sino que exultarán eternamente en los pastos del Cielo».

¡Perseverad, hijos amados!

Tened todavía un poco de paciencia, de la misma forma que la tengo Yo.

Sed fieles, haciendo lo que os permite el patrón injusto.

Y Dios juzgará que habéis hecho todo y por todo os premiará.

No odiéis, aunque todo se conjure para enseñaros a odiar.

Tened fe en Dios.

Ya visteis que Jonás fue liberado de su padecimiento y Yabés fue conducido al amor.

Como con el anciano y el niño,

lo mismo el Señor hará con vosotros:

en esta vida, parcialmente y en la otra, totalmente.

Lo único que os puedo dar son monedas,

para hacer menos dura vuestra condición material.

Os las doy.

Dáselas, Mateo.

Que se las repartan.

Son muchas, pero en todo caso pocas para vosotros que sois tantos…

Y que estáis tan necesitados.

No tengo otras cosas…

Otras cosas materiales.

Pero tengo mi amor, mi potencia de ser Hijo del Padre,

para pedir para vosotros los infinitos tesoros sobrenaturales

como consuelo de vuestros llantos y luz de vuestras brumas.

¡Oh, triste vida que Dios puede hacer luminosa!

¡Él sólo!

¡Sólo Él!…

Y digo: «Padre, te pido por éstos.

No te pido por los felices y ricos del mundo,

sino por estos que lo único que tienen es a Ti y a Mí.

Haz que asciendan tanto en los caminos del espíritu,

que encuentren toda consolación en nuestro Amor.

Y démonos a ellos con el amor, con todo nuestro amor infinito;

para cubrir de paz, serenidad y coraje sobrenaturales,

sus jornadas, sus ocupaciones,

de forma que, como enajenados del mundo por el amor nuestro,

puedan resistir su calvario…

Y después de la muerte, tenerte a Ti, a Nosotros, beatitud infinita».

Jesús, mientras oraba, ha ido poniéndose de pie

y librándose poco a poco de los niñitos que se habían dormido sobre Él.

En su Oración, su aspecto es majestuoso y dulce.

Ahora baja de nuevo los ojos,

diciendo:

–            Me marcho.

Es la hora, para que podáis volver a vuestras casas a tiempo.

Nos veremos todavía otra vez.

Y traeré a Margziam.

Pero, cuando ya no pueda volver…

Mi Espíritu estará siempre con vosotros.

Y estos apóstoles míos os amarán como Yo os he amado.

Deposite el Señor sobre vosotros su bendición.

Poneos en camino.

Y se inclina a acariciar a los niñitos, que duermen.

Y no opone resistencia a las expresiones de afecto de esta pobre turba,

que no sabe separarse de Él…

Pero al final, cada uno se pone en camino por su parte,

de forma que los dos grupos se separan mientras la Luna desciende.

Ramas encendidas deben dar algo de luz al camino.

Y el humo acre de las ramas aún ligeramente húmedas,

es una buena justificación del brillo de los ojos…

Judas los está esperando apoyado en un tronco.

Jesús lo mira y no dice nada.

Ni siquiera cuando Judas dice:

–          «Estoy mejor».

Siguen caminando durante la noche, como mejor pueden…

Luego con el alba, más ágilmente.

A la vista de un cuadrivio,

Jesús se detiene y dice:

–           Separémonos.

Conmigo vienen Tomás, Simón Zelote y mis hermanos.

Los otros irán al lago, a esperarme.

Judas dice:

–            Gracias, Maestro…

No me atrevía a pedírtelo.

Pero Tú me lo has facilitado.

Estoy verdaderamente cansado.

Sí lo permites, me detengo en Tiberíades…

Santiago de Zebedeo no se puede contener,

agregando:

–            En casa de un amigo.

Judas abre muchísimo los ojos…

Pero se limita a esto.

Jesús se apresura a decir:

–           Me basta con que el sábado vayas a Cafarnaúm con los compañeros.

Venid para que os bese a los que me dejáis.

Y con afecto, besa a los que se marchan,

dando a cada uno de ellos un consejo en voz baja…

Ninguno expresa objeción alguna.

Sólo Pedro, ya cuando se marcha, dice:

–            Ven pronto, Maestro.

los demás apoyan:

–           Sí, ven pronto.

Y Juan termina:

–             Estará muy triste el lago sin Ti.

Jesús los bendice una vez más.

Y promete:

–            ¡Pronto!

Todos se separan y se van…

512 El Hombre-Dios


512 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

427 Bartolomé instruye a Áurea Gala.

Son tan precoces las albas estivas…

Que breve es el tiempo que media entre el ocaso de la Luna y la aparición del primer albor.

De manera que, a pesar de que hayan caminado ligeros;

la fase más oscura de la noche los sorprende todavía en las cercanías de Cesárea.

Y tampoco da suficiente luz una rama encendida de un arbusto espinoso.

Es necesario hacer un alto…

Incluso porque la jovencita, menos acostumbrada que ellos a caminar de noche;

tropieza a menudo en las piedras medio sepultadas en la arena, del camino.

Caminan rápido y todavía está oscuro en las cercanías de Cesárea.

Jesús dice:

–            Es mejor detenernos un poco.

La niña no ve y está cansada.

Castañeteando los dientes, mezclando hebreo y latín en un nuevo idioma, para hacerse entender…

La niña responde rápida:

–             No, no.

Si puedo…

Vámonos lejos, lejos, lejos…

Podría venir…

Por aquí pasamos para ir a esa casa.

Jesús trata de tranquilizarla:

–           Iremos detrás de aquellos árboles y nadie nos verá.

No tengas miedo.

Bartolomé, para darle ánimos,

dice:

–             No tengas miedo.

A estas horas, ese romano está debajo de la mesa, borracho como una cuba,

convertido en una sopa de vino…

Pedro agrega:

–             Y estás con nosotros.

¡Todos te queremos!

No permitiremos que te hagan daño.

¡Oh! ¡Somos doce hombres fuertes!…

Pedro, que apenas es un poco más alto que ella.

Él tan corpulento, cuánto grácil y delicada es ella.

Él quemado por el sol y ella blanca como alabastro.

¡Pobre florecita que fue criada para ser solamente estimulante, valiosa, admirada y más preciosa!

Entonces se escucha la voz llena de amor de Juan…

La jovencita, a la última luz de la improvisada antorcha;

Levanta sus maravillosos ojos azul verde como reflejo del mar,

con dos limpios iris aún brillantes por el llanto vertido con el terror de poco antes…

Es recelosa, pero, no obstante, de ellos se fía…

Juan le dice:

–           Eres una hermanita nuestra.

Y los hermanos defienden a sus hermanas.

Y cruza con ellos el arroyo seco que está pasado el camino.

Para entrar en una propiedad que termina allí en un tupido huerto.

Es noche oscura.

Cuando llegan a la arboleda,

se sientan y aguardan.

Los hombres se dormirían gustosos…

Pero a ella cualquier ruido la hace gritar.

Y el galope de un caballo la hace agarrarse convulsa al cuello de Bartolomé;

que quizás por parecer el más anciano, atrae su confianza y confidencia.

Por tanto es imposible dormir.

Bartolomé le dice:

–            No tengas miedo.

Cuando uno está con Jesús, nunca sucede una desgracia.

La niña contesta temblando:

–           ¿Por qué?

Mientras sigue todavía asida al cuello de Bartolomé.

–           Porque Jesús es Dios en la tierra.

Y Dios es más fuerte que los hombres.

–           ¿Dios?

¿Qué cosa es Dios?

Bartolomé exclama:

–         ¡Pobre criatura!

Pero, ¿Cómo te educaron?

¿No te enseñaron nada?…

La niña contesta:

–            Sí.

A conservar blanco el cutis.

brillante la cabellera.

A obedecer a los patrones.

A decir siempre que sí…

Pero yo no podía decir sí al romano…

Era feo y me daba miedo.

¡Todo el día tenía miedo!

En su casa siempre había unos ojos…

Siempre allí…

Cuando en el baño, en los vestidores dónde uno se viste;

en el cubiculum…

Siempre estaban unos ojos…

Y esas manos… ¡Oh!

¡Y si alguien no decía sí, era apaleado!…

Y comienza a llorar.

Jesús dice:

–               No lo serás más.

¡Ya no recibirás más palos!

Ya no está el romano.

Ni están sus manos…

Lo que hay es la paz…

Felipe comenta:

–           ¡Es una crueldad!

Cómo a bestias y peor todavía…

Porque a una bestia le enseñas su oficio.

Y los otros comentan:

             ¡Pero qué horror!

¡Como a animales de valor, no más que como a animales!

Y peor todavía…

Porque un animal sabe al menos que le enseñan a arar.

O a llevar la montura y el bocado porque ésa es su función.

Pero a esta criatura la lanzaron sin saber…

Ella responde:

–            Si hubiese sabido, me hubiera arrojado al mar.

Él decía: ‘Te haré feliz…’

Zelote dice:

–            De hecho te hizo feliz.

De una manera que nunca imaginó.

Feliz en la tierra y feliz en el Cielo.

conocer a Jesús, es la felicidad.

Hay un silencio en el que todos y cada uno,

meditan en las crueldades y los horrores del mundo.

Luego en voz baja, la niña le pregunta a Bartolomé:

–            ¿Me puedes decir que es Dios?

¿Y por qué Él es Dios?…

Después de una pausa agrega:

–            ¿Porque es hermoso y bueno?…

Bartolomé se siente atolondrado.

Se toma de la barba con perplejidad.

Y dice lleno de incertidumbre:

–            Dios…

¿Cómo haré para enseñarte a ti, que no tienes ninguna idea de religión en tu cabeza?

¿Qué estás vacía de toda idea religiosa?

–            ¿Religiosa?

¿Qué es?

Esto provoca otra pregunta todavía más complicada, para el abrumado apóstol:

–           ¿Qué cosa es religión?

Bartolomé decide pedir auxilio:

–           ¡Oh, que esto no me lo esperaba!…

¡Altísima Sabiduría!

¡Me siento como uno que se está ahogando en un gran mar!

¿Cómo me las arreglo ante esta sima?

¿Qué puedo hacer ante el abismo?

Jesús aconseja:

–          Lo que te parece difícil, es muy sencillo Bartolomé.

Es un abismo, sí.

Pero vacío…

Y puedes llenarlo con la Verdad.

Peor es cuando los abismos están llenos de fango, veneno, serpientes.

Habla con la sencillez con que hablarías a un niño pequeño.

Y ella te entenderá mejor, como no lo haría un adulto.

Bartolomé pregunta:

–           ¡Maestro!

¿Pero no podrías hacerlo Tú?

–           Podría.

Pero la niña aceptará más fácilmente las palabras de un semejante suyo:

que las mías que son de Dios.

Y por otra parte es que…

Os encontraréis en lo futuro ante estos abismos y los llenaréis de Mí.

Debéis pues aprender a hacerlo.

–          Es verdad.

Voy a intentarlo.

Lo probaré…

Después de pensarlo un poco, Bartolomé pregunta:

–            Oye niña, ¿Te acuerdas de tu mamá?

Ella sonríe y contesta:

–           Si, señor.

hace siete años que…

Que las flores florecen sin ella.

Pero antes estaba con ella.

–           Está bien.

¿La recuerdas?

¿La amas?

Ella solloza con un:

–          ¡Oh!

Y da un pequeño grito.

El acceso de llanto unido a la exclamación lo dice todo.

–             ¡Pobre criatura!

No llores.

¡Pobre niña!

Escucha:

Oye, el amor que tienes por tu mamita…

–              Y por mi papá y por mis hermanos…  -contesta sollozando.

–             Sí.

Por tu familia…

El amor por tu familia.

Los pensamientos que guardas por ella.

El deseo que tienes de regresar a ella…

–            ¡Nunca más los veré…!

¡Ya nunca…!

–            Pero todo es algo que podría llamarse religión de la familia.

Las religiones, las ideas religiosas son el amor…

El pensamiento, el deseo de ir a donde está aquel o aquellos en quienes creemos;

a quienes amamos y anhelamos;

a quienes deseamos ver…

Ella señalando a Jesús,

pregunta:

–            Si yo creo en ese Dios que está allí.

¿Tendré una religión?…

¡Es muy fácil!

Bartolomé está totalmente desorientado:

–             ¡Bien!

¿Fácil qué cosa?…

¿Tener una religión o creer en ese Dios que está allí?

La niña dice convencida:

–            En ambas cosas…

Porque fácilmente se cree en un Dios Bueno, como el que está allí.

El romano me nombraba muchos y juraba.

Decía:

‘¡Por la diosa Venus!

¡Por el dios Júpiter!

¡Por el dios Cupido!

Han de ser dioses malos, porque él hacía cosas malas cuando los invocaba.

Pedro comenta en voz baja:

–            No es tan tonta la niña.

Ella dice:

–           Pero yo no sé todavía que cosa es Dios.

Veo que es un hombre como tú…

Entonces es un Hombre- Dios.

¿Y cómo se hace para comprenderlo?

¿En qué aspecto es más fuerte que todos?

No tiene ni espada, ni siervos…

Bartolomé suplica:

–           Maestro, ayúdame…

Jesús responde:

–           No, Nathanael.

Enseñas muy bien.

–           Lo dices porque eres bueno.

Busquemos otro modo de seguir adelante.

Se vuelve hacia la niña,

diciendo:

–         Oye niña…

Oye niña, Dios no es hombre…

Él es como una luz, una mirada, un sonido tan grandes, que llenan el cielo y la tierra e iluminan todo.

Y todo lo ve, instruye todo y a todo da órdenes…

Y en todas las cosas manda…

–            ¿También al romano?

Entonces no es un Dios bueno.

¡Tengo miedo!…

Bartolomé se apresura a aclarar:

–            Dios es bueno y da órdenes buenas.

A los hombres les ha prohibido armar guerras, hacer esclavos;

arrebatar a las hijitas de sus madres y espantar a las niñas…

Pero los hombres no siempre escuchan las órdenes de Dios.

Ella dice:

–            Pero tú, sí.

–            Yo sí.

–            Si es más fuerte que todos…

¿Por qué no se hace obedecer?

¿Y Cómo habla, si no es un hombre?

Bartolomé está perdido,

y exclama:

–           ¡Dios…!

¡Oh, Maestro!…

Jesús dice:

–           Sigue.

Sigue, Bartolomé.

Eres un maestro muy competente.

Sabes decir con gran simplicidad pensamientos muy profundos.

¿Y ahora ya no quieres seguir?…

¿Siendo un maestro tan sabio?

¿Y sabiendo decir con tanta sencillez los más altos pensamientos, tienes miedo?

¿No sabes que el Espíritu Santo está en los labios de los que enseñan la Justicia?

Bartolomé argumenta:

–            Parece fácil cuando se te escucha.

Todas tus palabras están aquí dentro.

¡Pero sacarlas afuera cuando se debe hacer lo que Tú haces!…

¡Oh, miseria de nosotros los humanos!

¡Maestros inútiles!

¡Ay, míseros de nosotros, pobres hombres!

¡Qué maestros de tres al cuarto!

–            El reconocer la nulidad propia,

predispone el corazón a la enseñanza del Espíritu Paráclito…

–          Está bien, Maestro…

De todas formas vamos a intentar seguir adelante.

Se vuelve hacia ella, mirándola con ternura,

diciendo:

–           Escucha, niña…

Dios es fuerte, fortísimo.

Más que César.

Más que todos los hombres juntos con sus ejércitos y sus máquinas de guerra…

Pero no es un amo despiadado que haga decir siempre que sí…

so pena del azote para quien no lo dice.

Dios es un Padre.

¿Te quería mucho tu padre?

–            ¡Mucho!

Me puso por nombre Áurea Gala, porque el oro es precioso.

Y Galia es mi patria.

Y decía que me amaba más que el oro que en otro tiempo tuvo…

Y más que a la patria…

–          ¿Te azotó tu padre?

Áurea Gala contesta:

–           No. Jamás.

Cuando no me portaba bien, me decía:

‘Pobrecita hija mía’ y lloraba.

–            ¡Eso!

Así hace Dios.

Es Padre, nos ama y llora si somos malos.

 

Pero no nos obliga a obedecerle.

Pero el que decide ser malo, un día será castigado con suplicios horrendos…

–           ¡Oh, qué bueno!

El dueño que me arrebató de mi madre y me llevó a la isla.

Y también el romano, irán a los suplicios.

¿Y lo veré?…

Esto es demasiado para el pobre Nathanael,

que contesta:

–           Tú verás de cerca a Dios, si crees en Él y eres buena.

Y para ser buena no debes odiar ni siquiera al romano.

–           ¿No?

¿Y cómo lograrlo?

–           Rogando por él.

–           ¿Qué es rogar?

–           Hablar con Dios diciéndole que lo amamos.

Y pidiéndole lo que necesitamos…

 Ella llevada por su coraje, con salvaje vehemencia,

exclama apasionadamente:

–          Pero, ¡Yo quiero que mis dueños tengan una mala muerte!

Bartolomé objeta:

–          No.

No debes…

Jesús no te amará si dices así.

–           ¿Por qué?

–           Porque no se debe odiar a quien nos ha hecho el mal.

–            Pero no puedo amarlos.

–           Pero puedes por ahora no pensar en ellos.

Trata de olvidarlos…

Luego, cuando Dios te instruya más…

Rogarás por ellos.

Decíamos pues, que Dios es Poderoso, pero deja a sus hijos en libertad de obrar.

Ella pregunta:

–           ¿Yo soy hija de Dios?…

¿Tengo dos padres?…

¿Cuántos hijos tiene Dios?…

Bartolomé contesta:

–          Todos los hombres son hijos de Dios, porque han sido hechos por Él.

¿Ves las estrellas allá arriba?

Las ha hecho Él.

¿Y estos árboles?

Los ha hecho Él.

¿Y la tierra donde estamos sentados?

¿Y aquel pájaro que canta?

¿Y el mar con su grandeza?

¡TODO!

¡Y a todos los hombres!

Y los hombres son más hijos que todo, porque son hijos por una cosa que se llama alma…

Y que es luz, sonido, mirada, no grandes como su luz, su sonido, su mirada, que llenan el Cielo y la Tierra;

pero hermosos de todas formas.

Y que no mueren nunca, como tampoco muere Él.

Porque es una partecita de Dios que es inmortal como Él.

            ¿Dónde está el alma?

¿Tengo yo también un alma?

–             Sí.

En tu corazón.

Y es la que te ha hecho comprender que el romano era malo.

Y ciertamente no te hará desear ser como él.

¿No es verdad?

–            Sí…

Áurea reflexiona después del titubeante si…

Y luego con firmeza dice:

–             ¡Sí!

Era como una voz de dentro y una necesidad de que alguien me auxiliara…

Y con otra voz aquí dentro – pero esta era mía – llamaba a mi mamá…

Porque no sabía que existía Dios, que existía Jesús…

Si lo hubiera sabido, le habría llamado a Él con aquella voz que tenía aquí dentro.

Jesús interviene:

–              Has comprendido bien, niña.

Y crecerás en la Luz.

Yo te lo aseguro.

Cree en el Dios verdadero.

Escucha la voz de tu alma alma en la que no existe todavía una sabiduría adquirida,

pero en la que tampoco existe mala voluntad…

Y encontrarás en Dios a un Padre.

Y en la muerte, que es un paso de la tierra al Cielo para los que creen en el Dios Verdadero y son buenos…

Encontrarás un lugar en el Cielo cerca de tu Señor.

Como ella se ha arrodillado delante de Él,

Jesús le pone su mano sobre la cabeza.

Áurea dice:

–           Cerca de Ti.

¡Qué bien se siente uno al estar contigo!

No te separes de mí, Jesús…

Ahora sé Quién Eres y por eso me arrodillo.

En Cesárea tuve miedo de hacerlo…

Me parecías sólo un hombre…

Ahora sé que Eres Dios escondido en un Hombre.

Y que para mí eres un Padre y un Protector…

Jesús agrega:

–           Y Salvador, Áurea Gala.

Ella exclama jubilosa:

–           Y Salvador.

¡Sí! Me salvaste…

–             Y te salvaré más.

Tendrás un nombre nuevo…

–            ¿Me quitas el nombre que me dio mi padre?

El amo en la isla me llamaba Aurea Quintilia, porque nos dividían por color y por número.

Porque yo era la quinta rubia así…

Pero ¿Por qué no me dejas el nombre que me dio mi padre?

–            No te lo quito.

Llevarás, añadido a tu antiguo nombre, el nombre nuevo, eterno».

Isaías 43 2 : «Yo nunca te dejaré»

–            ¿Cuál?

–             Cristiana.

Porque Cristo te salvó…

Comienza a alborear.

Vámonos.

Jesús se vuelve hacia su más anciano apóstol,

y agrega:

–           ¿Ves Nathanael qué es fácil hablar de Dios a los abismos vacíos?

Hablaste muy bien.

La niña se instruirá fácilmente.

Se formará rápidamente en la Verdad.

Y ordena con suavidad:

–           Sigue adelante con mis hermanos Áurea…

La niña obedece pero con temor.

Preferiría quedarse con Bartolomé, el cual comprende todo…

El apóstol le dice:

–           Voy enseguida.

Vete…

Obedece.

246 EL DIOS DESCONOCIDO DE LA AERÓPOLIS


246 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Después de cruzar el punto peligroso…

Jesús levantando la cabeza y dirigiendo su mirada adelante, hacia una maraña de zarzas…

Y otras plantas de largas ramas lanzadas al asalto de una voluminosa barrera de cactus;

situada más atrás, con sus palas tan duras cuanto flexibles son las ramas agresoras.

Jesús pregunta:

–      ¿Qué es lo que se mueve en aquellos zarzales?

Martha se espanta:

–      ¡Oh, no!

Y gime aterrorizada: 

–      ¿Otro cocodrilo, Señor?…

Pero el crujir de frondas aumenta y tras ellas aparece un rostro humano, de mujer.

Mira. Ve a todos estos hombres.

Duda entre huir por el campo o introducirse en la agreste galería.

Vence lo primero y huye hacia la campiña con un alarido.

Todos están asombrados y se preguntan perplejos:

–      ¿Leprosa?

–      ¿Loca?

–      ¿Endemoniada?

Pero la mujer regresa corriendo, porque de Cesárea que está ya cercana, 

viene un carro romano y se encuentra acorralada.

Es una joven muy bella, a pesar de sus vestidos desgarrados y su cabellera en desorden.

La mujer se ve como un ratón sin escapatoria.

No sabe a dónde ir,

porque Jesús con los suyos están ahora junto al matorral que le servía de  refugio y no puede volver.

Y hacia el carro no quiere ir…

Tras el intenso ocaso de un maravilloso crepúsculo…  

Entre las primeras sombras del anochecer que muestran que la noche se acerca de prisa.

Todavía se ve que es joven, hermosa y con donaire…

A pesar de estar harapienta y despeinada.  

Jesús ordena con imperio: 

–      ¡Mujer!

Ven aquí!

La mujer tiende los brazos hacia Él,

suplicando:

–       ¡No me hagas daño!

–      Ven aquí.

¿Quién eres?

No te voy a hacer ningún daño 

Lo dice tan dulcemente, que logra persuadirla.  

Ella se adelanta, se inclina y cae al suelo,

diciendo:

–      Quienquiera que seas, ten piedad de mí.

Mátame pero no me entregues a mi patrón.

Soy una esclava que se escapó…

–      ¿Quién era tu amo?

¿De dónde eres?

Se ve que no eres hebrea, por tu modo de hablar y tu vestido.

–      Soy griega.

La esclava griega de…

¡Piedad!

¡Escondedme!

¡El carro está llegando!.

¡El amo se acerca!…

Todos forman un círculo entorno a la infeliz que está agazapada en el suelo.

El vestido desgarrado por las espinas,

muestra su espalda surcada por golpes, latigazos y rasguños.

Jesús le pregunta:

–     ¿Por qué has huido

El carro pasa sin que ninguno de sus ocupantes muestre interés,

por este grupo parado junto al matorral.

–      Se han ido.

Habla.

Si podemos, te ayudaremos…

Y le pone la punta de sus dedos, sobre la cabellera despeinada.

–      Soy Síntica.

Esclava griega de un noble romano, del séquito del Procónsul.

Magdalena exclama:

–     ¡Entonces eres la esclava de Valeriano!

La infeliz suplica llorando:

–     ¡Oh! ¡Piedad!

¡Piedad! No me denuncies a él…

Magdalena responde:

–     No tengas miedo.

Jamás volveré a hablar con Valeriano.

Y dice el por qué a Jesús: 

–     Lo conozco.

Es uno de los romanos más ricos y más repugnantes que hay acá.

Es tan asqueroso, como cruel.

Jesús pregunta: 

–      ¿Por qué has huido?   

Ella levanta su cabeza,

Y responde con dignidad:

–     Porque tengo un alma.

No soy una mercancía.

El me compró, es verdad.

Podrá haber comprado mi persona para que embellezca su casa;

para que le alegre las horas con leerle.

Para que le sirva, pero nada más.

La mujer siente seguridad al ver que ha encontrado a personas compasivas.  

Y continúa: 

–      No soy una mercancía.

¡El alma es mía!

No es una cosa que se compre.

Y él quería también ésta.

–     ¿Cómo tienes conocimiento del alma?

–      No soy literata, Señor.

Soy botín de guerra desde mi más tierna edad.

Pero no plebeya.

Este es ni tercer dueño y es un fauno asqueroso.

Pero en mí todavía están las palabras de nuestros filósofos.

Y sé que no somos sólo carne. hay algo inmortal encerrado en nosotros.

Algo que no podemos definir claramente,

Pero hace poco he sabido su nombre.

Un día pasó un hombre por Cesárea, hace como un año.

Haciendo prodigios y hablando mejor que Sócrates y Platón.

Mucho se ha hablado de Él, en las termas y en los triclinios.

En los banquetes y en los Pórticos Dorados;

Ensuciaron su augusto nombre,

pronunciándolo en las salas de sus inmundas orgías.

Y mi amo me mandó leer otra vez, precisamente a mí;

que ya sentía dentro de mí algo inmortal que sólo le corresponde a Dios  

Me hizo leer otra vez las obras de los filósofos;

Volví a leerlas despacio para cotejar…

Y buscar si esta cosa ignorada; 

que el hombre que había venido a Cesárea había llamado «alma»,

estaba descrita en ellas.

Y que no se compra como si fuera una mercancía, en los mercados de esclavos.

¡El me hizo leer esto!…

Y después, de estas inmersiones en la sabiduría,

¡El quería que yo le complaciese en los sentidos!

¡A mí me lo hizo leer!

¡A mí a quien quería someter a su carnalidad!

Y mientras Valeriano con otros compañeros suyos, escuchaban mi voz… 

Y entre bostezos y eructos, trataban de comprender, parangonar y discutir.

De este modo, llegué a saber que esta cosa inmortal es el alma.

Porque yo unía lo que decían, refiriendo las palabras del Desconocido; 

a las palabras de los filósofos y me las metía aquí…

Con la mano apoyada sobre su pecho señala su corazón.  

Y prosigue: 

Y con ellas me construía una dignidad cada vez más  fuerte, para rechazar su libídine…

Porque yo unía las palabras del Desconocido, a las de los filósofos y las ponía de mi parte.

Con ellas me creaba una dignidad mucho mayor, que la simple humanidad animal; 

para rechazar su pasión insensata…

Hace unos días, una noche, me pegó salvajemente, 

Y me golpeó hasta casi matarme;

porque a mordidas lo rechacé…

Al día siguiente me escapé.

Hace cinco días que vivo entre aquellos matorrales, recogiendo por la noche, moras y tunas.

Pero terminaré por ser atrapada otra vez, pues sé que anda en mi busca.

Le costé mucho dinero.

Y le agrado demasiado, para que me deje en paz. 

¡Ten piedad, te lo ruego!

Ten piedad!

Eres hebreo y ciertamente que sabes en donde se encuentra Él.

Te pido que me conduzcas a ese Desconocido que habla también a los esclavos y a los galeotes.

Y que habla del alma.

Me han dicho que es pobre.

No me importa sufrir hambre, pero quiero estar cerca de Él;

para que me instruya y me levante otra vez.

Vivir en medio de los brutos, embrutece a uno, aunque se resista a ellos.

Quiero volver a tener mi antigua dignidad moral.

Con cierta admiración y una sonrisa radiante,

Jesús dice: :

–    El Hombre.

El Desconocido que buscas, está delante de ti.

Síntica lo mira asombrada y boquiabierta;

y dice:

–      ¿Tú? ¡Oh!

¡Dios Desconocido de la Aerópolis!

¡Ave!…

Yo te saludo…

Y se postra delante de Él, besando la tierra… 

–      Aquí no puedes estar.

Estamos cerca de Cesárea.

–       ¡No me dejes, Señor!

–       No te dejaré.

Estoy pensando…

Magdalena aconseja:

–     ¡Maestro!

Nuestro carro está, sin duda, en el lugar convenido, esperándonos.

Manda a avisar.

En el carro estará segura como en nuestra casa.

Martha suplica:

–      ¡Sí, confíanosla a nosotras, Señor!

Ocupará el lugar del anciano Ismael.

La instruiremos sobre ti.

Será una mujer arrebatada al paganismo.

Jesús le pregunta:

–     ¿Quieres venir con nosotros?

–      Con cualquiera de los tuyos.

Con tal de no volver con aquel hombre.

¡Pero… pero esta mujer ha dicho que lo conoce!

¿No me traicionará?

¿No irán romanos a su casa?

¿No…?

Magdalena la interrumpe, para tranquilizarla. 

Y dice: 

–      No tengas miedo. 

A Bethania no llegan los romanos y mucho menos los de esa clase.

Las mujeres se la llevan y la visten con un manto de Susana.

Jesús ordena: 

–      Simón y Simón Pedro, id a buscar el carro.

Os esperamos aquí.

Entraremos en la ciudad después.

Un tiempo más tarde… 

Cuando el pesado carro cubierto anuncia su presencia;

con el ruido de los cascos y las ruedas.

Y con el farol oscilante colgado de su techo.

Los que esperaban se levantan del ribazo donde han cenado y bajan al camino.

El carro se para, bamboleándose, en la orilla del camino deformado.

Bajan Pedro y Simón.

Inmediatamente después, baja una mujer anciana; 

es Noemí la nodriza que corre a abrazar a la Magdalena,  

diciendo:

–      Ni siquiera un momento.

No quiero dejar pasar ni un momento sin decirte que soy feliz.

Que tu madre exulta conmigo, que eres de nuevo la rubia rosa de nuestra casa;

como cuando dormías en la cuna después de haber mamado de mi pecho.

Y la besa una y otra vez.

María llora entre sus brazos.  

Jesús dice a la nodriza: 

–      Mujer… 

Te confío a esta joven y te pido el sacrificio de esperar aquí toda la noche.

Mañana podrás ir al primer pueblo de la vía consular y esperar allí.

Nosotros iremos antes del final de la tercia. 

Ella responde: 

–      Todo sea como Tú quieras.

¡Bendito seas!

Déjame sólo darle a María los vestidos que le he traído.

Y vuelve a subir al carro, con María Santísima, María y Marta.

Cuando vuelven a salir..

La Magdalena aparece como la veremos en lo sucesivo: 

Siempre: con una túnica sencilla, un lienzo fino y grande de lino como velo. 

 Y un manto sin adornos.  

Jesús se despide diciendo: 

–      Ve tranquila, Síntica.

Mañana vendremos nosotros. Adiós.

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162 DIOS DEL SINAÍ


162 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Cuando están a la vista los campos de Yocana, el crepúsculo tiñe de un color anaranjado el cielo.  

Jesús dice:

–    Apresuremos el paso amigos, antes de que se meta el sol.  

Cuando llegan a un determinado punto…

Jesús empieza dando instrucciones a sus apóstoles:

A Judas le dice:

–    Entrega a Miqueas la cantidad de dinero suficiente para que mañana pueda restituir lo que hoy ha pedido prestado a los campesinos de esta zona.

A Andrés y a Juan y los manda a dos puntos diversos, desde donde se puede ver el camino que viene de Yizreel.

A Pedro y a Simón les manda que salgan al encuentro de los campesinos de Doras, con la indicación de detenerlos en la zona divisoria de las dos propiedades.

A Santiago y a Tadeo:

–      Tomad las provisiones y venid.

Y se adelanta.

Entretanto, Jesús camina más despacio, mirando a su alrededor para ver si hay algún campesino de Yocana…

Mas sólo se ven los fértiles campos con las espigas ya bien formadas. 

Por fin, de entre la frondosidad de las parras, se destaca un rostro sudoroso,

al tiempo que exclama con un grito:

–     ¡Oh, Señor bendito!

Y el campesino sale corriendo del viñedo para postrarse ante Jesús.  

El Maestro lo mira y le dice:

–    La paz sea contigo, Isaías.

El hombre lo mira sorprendido:

–     ¡Oh! ¡Te acuerdas de mi nombre!   

–     Lo llevo escrito en el corazón.

Levántate. ¿Dónde están los otros compañeros?

–     Allá, en los manzanares.

Ahorita les voy a avisar. Eres nuestro Huésped, ¿Verdad?

No está el patrón y podemos hacer una fiesta. ¡Imagínate! Este año nos concedió el cordero y vamos a ir al Templo.

Sólo nos dio seis días… Pero corriendo llegaremos. ¡Y todo gracias a Ti!…

El rostro del hombre rebosa de alegría…

Pues es la primera vez que lo tratan como humano y como israelita.

Jesús contesta sonriente:

–    Que Yo sepa, no he hecho nada

–    ¡Eh! ¡La hiciste!

Doras… los campos de Doras… y ahora éstos al revés. ¡Tan hermosos este año!

Yocana el Saduceo, se enteró de tu venida. No es tonto. ¡Tiene mucho miedo!…

–    ¿De qué cosa?

–    Miedo de que le suceda lo mismo que a Doras.

El hombre dice esto en voz baja, pero remarcando las palabras, como quien estuviera confiando una cosa tremenda en secreto.

De morirse y de perder todo. ¿Has visto los campos de Doras?

–    Vengo de Naím.

–    Entonces no los has visto…

Dan lástima. ¡Están todos destruidos!

Totalmente devastadas!: 

Nada de heno. Nada de pienso. Nada de cereales. Nada de fruta. Todos los árboles frutales y los viñedos están secos. Muertos…

¡Todo muerto como en Sodoma y Gomorra!…

Ven. Te los mostraré…

–    No es necesario.

Voy con aquellos trabajadores…

–    ¡Ya no están!…

¿No lo sabías?… Doras el hijo de Doras; los ha regado o despedido.

A los que dispersó por otros lugares de la campiña, les ha prohibido que hablen de Ti… so pena de latigazos…

¡Oh! ¡No hablar de Ti!… ¡Será difícil!

También Yocana nos lo ha dicho…

–    ¿Qué les dijo?

–    Dijo: ‘Yo no soy tan necio como ese Doras.

Y no les prohíbo que habléis del Nazareno. Sería inútil, porque de todos modos lo haréis y no quiero perderos; ni acabaros como animales brutos a latigazos.

Yo de mi parte os digo: ‘Sed buenos como el Nazareno os enseña y decidle que os trato bien. Tampoco quiero ser yo maldecido.

Él comprende qué bien están estos campos, después de que los bendijiste y lo que ha pasado con esos, que maldijiste…

Llegan Pedro y Andrés:

–    ¡Oh, Maestro!

–     ¡No hay nadie!

Todos son caras nuevas.

–    Y todo está asolado.

En realidad sería mejor que ni hubiera trabajadores.

–    Está peor que el valle de Sidim en el Mar Salado…

Jesús contesta:

–    Lo sé.

Me lo ha dicho Isaías.

–    Pero ven a ver…

¡Qué espectáculo!…

Jesús quiere dar gusto a Pedro,

y dice a Isaías:

–     Entonces me quedaré con vosotros.

Dilo a tus compañeros. Pero no os molestéis. Yo tengo comida.

Nos basta con un poco de heno, para acostarnos a dormir y vuestro cariño.

Vengo pronto.

El espectáculo de los campos de Doras, es sencillamente devastador.

Campos y pastizales secos y sin nada.

Los viñedos, áridos.

El follaje acabado.  

Y la fruta de los árboles perforada con millares de animaluchos.

Cerca de la casa, el jardín que estaba lleno de árboles exuberantes, presenta el mismo aspecto desértico, de bosque aniquilado.  

Los trabajadores andan arrancando hierbas, pisoteando orugas, caracoles, lombrices.  

Sacuden las ramas y debajo de ellas, en recipientes llenos de agua caen las mariposas y los parásitos que cubren las hojas…

Y que están chupando las plantas hasta hacerlas morir.

Buscan un signo de vida en los sarmientos de las vides… 

 Los viñedos se desbaratan al tocarlos y caen como si se les hubiese cortado desde la raíz.

El contraste con los campos de Yocana es increíble.

Siendo así que la desolación de los campos maldecidos aparece aún más violenta,

si se compara con la fertilidad de estos otros.

Admirado, Zelote dice entre dientes:

–    El Dios del Sinái tiene la mano pesada.

Jesús hace como si quisiera decir:

Aquí Estoy’

Pero no dice nada y solamente pregunta:

–   ¿Cómo ha sucedido?

Un trabajador le responde:

–   Topos, langostas, gusanos.

Pero vete… El vigilante es fiel a Doras. No nos perjudiques…

Jesús suspira profundamente…

Y se vuelve para retirarse…

Otro de los campesinos, que está encorvado recalzando un manzano con la esperanza de salvarlo,

le dice:

–   Iremos mañana a donde estás.

Cuando el vigilante se vaya a Yezrael para orar… Iremos a la casa de Miqueas…

Jesús los bendice con un ademán y se va.

Cuando regresa al crucero…

Ya se han reunido todos los trabajadores de Yocana.

Muy felices rodean amorosos a su Mesías y lo llevan hasta sus casuchas.

Le preguntan:

–   ¿Viste lo que hay allá?

Jesús contesta:

–   Lo he visto.

Mañana vendrán los labradores de Doras.

–   ¡Claro!…

Mientras las hienas están en oración.

Cada sábado lo hacemos así.  Y hablamos de Ti, de lo que nos enseñó Jonás.

Por Jonás, por Isaac, que viene a menudo a vernos y por tus palabras de Tisri.

Hablamos como sabemos, porque lo que no se puede hacer es no hablar de Tí.  

Y más se habla cuanto más se sufre y cuanto más lo prohíben

–     Aquellos pobrecillos…

Beben la vida todos los sábados…

Pero, ¡Cuántos en esta llanura tienen necesidad de saber, al menos saber de Tí y no pueden venir hasta aquí!…

–     Me ocuparé también de ellos.

En cuanto a vosotros, benditos seáis por lo que hacéis.

El sol declina mientras Jesús entra en una ahumada cocina. Comienza el reposo sabático.

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117 ESTIRPE DE LOS CÉSARES


117 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús está en el centro de una plaza amplia, bastante bonita, que se prolonga en una calle muy ancha hasta la orilla del mar.

Una galera parece haber dejado hace poco el puerto y sale a mar abierto impulsada por el viento y los remos, mientras que otra está haciendo las maniobras para atracar,

como se deduce del hecho de que están plegando velas y de que los remos se mueven sólo por una banda para hacer virar a la nave en la posición conveniente.

El puerto, desde la plaza no se ve, pero debe estar cerca.

En los lados de la plaza hay series de casas grandes, con las típicas paredes exteriores casi exentas de puertas y no hay ningún establecimiento de comercio.

Pedro desaprueba:

–     ¿A dónde vamos ahora?

Has querido venir aquí en vez de ir al lado oriental; éste es un lugar de paganos, ¿Quién crees que te va a escuchar? 

Jesús indica:

–     Vamos allí, a aquel ángulo que se abre hacia el mar; allí voy a hablar.

–     A las olas.

–     También las olas han sido creadas por Dios.

Y van…

Ahora están justo en ese ángulo.

Ven el puerto, donde está entrando lentamente la galera vista antes.

Ahora la amarran en el lugar destinado a ella.

Algún marinero se da al ocio a lo largo de los espigones; algún vendedor de fruta se arriesga a ir hacia la nave romana a vender su mercancía; nada más.

Jesús, arrimado de espaldas a una pared, da verdaderamente la impresión de que estuviera hablando a las olas.

Los apóstoles, poco satisfechos de la situación, están en torno a Él, parte en pie, parte sentados en piedras colocadas acá o allá, con la intención de que sirvan de banquetas.

Y Jesús predica a las olas…

«Insensato el hombre que viéndose poderoso, sano, feliz, dice: «¿De qué tengo necesidad?, ¿De quién?

De nadie tengo necesidad. Nada me falta, me basto a mí mismo. Las leyes y decretos de Dios y de la moral, para mí, son nulos.

Mi ley consiste en hacer lo que está en mi mano, sin preocuparme de si beneficia o perjudica a los demás».

Uno de los vendedores se vuelve al oír esa voz sonora y se acerca hacia Jesús,

que continúa diciendo:

–     Así hablan el hombre y la mujer que no tienen ni sabiduría ni fe.

Con ello muestran su mayor o menor poder, mas denuncian su parentesco con el Mal.

Algunos hombres bajan de la galera y de otras barcas,

y se dirigen hacia Jesús.

–     El hombre demuestra, no con las palabras sino con los hechos, que está emparentado con Dios y la virtud,

cuando considera que la vida es más mudable que las olas del mar, ahora calmas, mañana furiosas.

Del mismo modo, el bienestar y poder de hoy pueden ser mañana miseria e impotencia. ¿Qué hará entonces el hombre que no vive unido a Dios?

¿Cuántos de los que ahora están en esa galera un día vivían dichosos y gozaban de poder. Y ahora son esclavos y se los considera reos!

Reos: por tanto, doblemente esclavos de la ley humana, en vano burlada porque existe y castiga a sus transgresores.

Y de Satanás, quien para siempre se apodera de los culpables que no llegan a odiar su culpa.  

Un oficial romano se acerca diciendo:

–     ¡Hola, Maestro!

¿Cómo por aquí? ¿Sabes quién soy?

Jesús le responde:

–     Que Dios sea contigo, Publio Quintiliano.

¿Ves como he venido?

–     Y además al barrio romano.

Ya no tenía esperanzas de volver a verte. Me alegra poder escucharte. 

–     Yo también me alegro.

¿Hay muchos en los remos en esa galera?

–     Muchos.

La mayoría son prisioneros de guerra.  ¿Te interesan?

–     Quisiera acercarme a esa nave.

–     Ven. Abrid paso vosotros… 

Les ordena a los pocos que se habían acercado y que se apartan enseguida farfullando improperios.

–    Déjalos también a ellos.

Estoy acostumbrado a que me apretuje la gente.

–    Hasta aquí puedo, pero más no. Es una galera militar.

–    Me es suficiente. Que Dios te lo pague.

Jesús reanuda su discurso.

El romano, verdaderamente espléndido con su atavío que lleva, parece montar guardia a su lado.

    «Esclavos por un doloroso suceso, esclavos una sola vez, esclavos mientras dura la vida. Cada una de las lágrimas que cae sobre sus cadenas,

cada uno de los golpes descargados sobre sus carnes para huella escrita de un dolor, afloja los grilletes, orna lo que no muere,  abre finalmente para ellos la paz de Dios,

que es amigo de sus pobres hijos infelices, a los que dará copiosa alegría, puesto que aquí el dolor abundó…

En la obra muerta de la galera se ven hombres de la tripulación, que se han asomado y se han puesto a escuchar.

A los galeotes, naturalmente no se les ve, pero oyen por todos los agujeros de las cuadernas, la voz potente de Jesús, que se difunde por el aire calmo de esta hora de baja marea.

Publio Quintiliano se ha marchado requerido por un soldado. 

Jesús continúa:

–     Quiero decirles a estos desdichados amados de Dios, que se resignen en su dolor, que hagan de él llama que abra las cadenas de la galera y de la vida,

consumiendo en el deseo de Dios este pobre día que es la vida, día oscuro, borrascoso, colmado de miedo y de fatigas, para entrar en el día de Dios, luminoso, sereno, ya sin miedos ni decaimientos.

Basta con que sepáis, vosotros, mártires de una penosa suerte, ser buenos en vuestro sufrimiento. 

Basta con que aspiréis a Dios, para que entréis en la gran paz, en la infinita libertad del Paraíso.

En esto, vuelve Publio Quintiliano con otros soldados; tras él unos esclavos traen una litera para la que los soldados consiguen un sitio. 

Jesús hace una pausa y luego continúa:

–     ¿Quién es Dios?

Estoy hablando a gentiles que no saben quién es Dios, a hijos de pueblos sometidos que no saben Quién es Dios.

En vuestros bosques, vosotros galos, iberos, tracios, germanos, celtas, tenéis sólo una apariencia de Dios.

Ayúdame Señor Jesús a encontrarte, para conocerte y amarte como debo hacerlo en la eternidad

El alma ttiende a la adoración, espontáneamente, porque se acuerda del Cielo. Pero no sabéis encontrar al Dios verdadero que ha puesto uun alma en vuestros cuerpos,

un alma igual que la nuestra, israelitas, igual que la de los poderosos romanos que os han subyugado,

un alma que tiene los mismos deberes y derechos respecto al Bien y a la que el Bien, es decir, el Dios verdadero será fiel; sedlo igualmente vosotros respecto al Bien.

El dios, o los dioses, a los que hasta ahora habéis adorado, aprendiendo su nombre o sus nombres en las rodillas maternas;

el dios en que ahora quizás ya no pensáis porque no sentís que os consuele en nada vuestros sufrimientos,

o al que quizás incluso odiáis o maldecís en vuestras jornadas desesperadas, ése, no es el Dios verdadero.

El Dios verdadero es Amor y Piedad. ¿Acaso eran esto vuestros dioses? No. Más bien manifestaban dureza, crueldad, engaño, hipocresía, vicio, latrocinio…

y ahora os han dejado sin ese mínimo consuelo de la esperanza de ser amados y la certeza del descanso tras tanto sufrimiento.

Esto sucede porque vuestros dioses no existen. Sin embargo, Dios, el Dios verdadero que es Amor y Piedad, cuya segura existencia Yo os declaro,

es Aquel que ha hecho los cielos, los mares, montes, bosques, plantas, flores, animales… y al hombre;

es Aquel que inculca al hombre victorioso la piedad y amor que Él mismo es hacia los pobres de la tierra.

Y vosotros los poderosos, los dominadores, pensad que sois todos de una única planta. No os ensañéis con aquellos quienes la desventura ha puesto en vuestras manos;

sed humanos con los que por un delito están amarrados al banco de la galera. El hombre peca muchas veces. No hay ninguno exento de culpas más o menos celadas.

Si pensarais esto, ¡Cuán buenos seríais para con los hermanos que, menos afortunados que vosotros, han recibido castigo por culpas en que también vosotros habéis incurrido y que no os han sido castigadas!

La justicia humana adolece gravemente de exactitud cuando juzga. ¡Ay, si lo mismo fuera la justicia divina!

Hay reos que no parecen tales, hay inocentes a los que se juzga reos; no indaguemos por qué:

¡Sería acusación demasiado grave para el hombre injusto y lleno de odio hacia su semejante! Hay reos que efectivamente lo son,

pero que cometieron el delito movidos por fuerzas imperiosas que, en parte, aligeran la culpa.

Sed humanos, por tanto, vosotros que habéis sido colocados al frente de las galeras. Por encima de la justicia humana hay una Justicia divina que es mucho más alta:

la del Dios verdadero, la del Creador del rey y del esclavo, de la roca y del granito de arena. Él os mira, tanto a los que estáis en los remos como a quienes tenéis el encargo de regirlos

¡Ay de vosotros si arbitrariamente sois crueles!

Yo, Jesucristo, el Mesías del Dios verdadero, os aseguro que Él,

el día de vuestra muerte, os atará al banco de una galera eterna y pondrá en manos de los demonios el látigo ensangrentado

y seréis torturados y azotados como vosotros torturasteis; porque, si bien es ley humana el castigo del reo, es necesario no exceder la medida.

Sabed recordar esto. Quien hoy es poderoso mañana puede ser  un miserable; sólo Dios es eterno.

Quisiera cambiaros el corazón y, sobre todo, romper vuestras cadenas, devolveros la libertad y patria perdidas; pero,

hermanos galeotes que no veis mi rostro, hermanos galeotes cuyo corazón con todas sus heridas conozco, por la libertad y la patria terrenas que no os puedo dar,

¡Oh, pobres esclavos de los poderosos!, Os daré una libertad y una patria más altas. Por vosotros me he hecho prisionero, ausente estoy de mi patria,

Por vosotros me entregaré Yo mismo como rescate; para vosotros, sí, también para vosotros, que no sois oprobio de la Tierra como os llaman,

sino signo de vergüenza para el hombre que olvida la  medida del rigor de la guerra y de la justicia,

haré una nueva ley sobre la Tierra y una dulce morada en el Cielo.

Recordad mi Nombre, hijos de Dios que lloráis: es el nombre del Amigo. Repetidlo en medio de vuestros padecimientos.

Estad seguros de que si me amáis me tendréis, aunque no nos veamos jamás en esta Tierra.

Soy Jesucristo, el Salvador, el Amigo  vuestro.

En nombre del Dios verdadero os consuelo. La paz descienda pronto sobre vosotros.

La gente, en su mayoría romanos, se ha agolpado en torno a Jesús, cuyos conceptos nuevos han producido el asombro de todos. 

El oficial romano exclama:

–     ¡Por Júpiter, me has hecho pensar en cosas en las que nunca había pensado y que siento verdaderas!

Publio Quintiliano mira a Jesús, pensativo y cautivado al mismo tiempo.

Jesús responde: –

Así es, amigo. Si el hombre usara su pensamiento, no llegaría a la comisión del delito.

–     ¡Por Júpiter, por Júpiter, qué palabras!

¡Tengo que recordarlas! ¿Has dicho: «si el hombre usase su pensamiento…»

…    No llegaría a la comisión del delito.

–     ¡Pues claro!, ¡Es verdad!

¡Por Júpiter! ¿Sabes que eres grande?

–     Todo hombre que quisiera podría serlo como Yo, si fuera enteramente uno con Dios.

El romano continúa su serie de «¡por Júpiter!», a cuál más exclamativo.

Jesús por su parte le dice:

–     ¿Podría dar a esos galeotes algo que los consolara?

Tengo dinero… Fruta, algo que los alivie; para que sepan que los amo.

–     Dámelo. Puedo hacerlo.

Además ahí hay una dama muy poderosa. Voy a preguntárselo.

Publio se acerca a la litera y habla muy cerca de las cortinas en las que ha sido abierto apenas un resquicio.

Vuelve.

–     Tengo plenos poderes para ello.

Me ocuparé yo mismo de la distribución, de forma que los esbirros no se aprovechen abusivamente.

Será la única vez que un soldado imperial ejercite la piedad con los esclavos de guerra.

–     La primera, no la única.

Llegará el día en que no habrá esclavos; pero ya antes mis discípulos habrán descendido a los galeotes y esclavos para llamarlos hermanos.

Otra serie de “¡Por Júpiter!» recorre el ambiente calmo; mientras, Publio espera a tener suficiente fruta y vino para los galeotes.

Luego, antes de subir a la galera,

le dice a Jesús al oído:

–     Ahí dentro está Claudia Prócula.

Quisiera oírte hablar en otra ocasión; ahora quiere preguntarte algo. Ve.

Jesús se acerca a la litera.

–     ¡Hola, Maestro!

La cortina apenas se abre un poco, dejando ver a una hermosa mujer de unos treinta años.

–     Descienda sobre ti el deseo de la sabiduría.

–     Has dicho que el alma tiene recuerdo del Cielo.

¿Es eterna, entonces, esa cosa que decís que poseemos?

–     Es eterna.

Por eso tiene recuerdo de Dios, del Dios que la ha creado.

–     ¿Qué es el alma?

–     El alma constituye la verdadera nobleza del hombre.

Tú eres gloriosa por ser de los Claudios; pues más lo es el hombre, por ser de Dios. Por tus venas corre la sangre de los Claudios; poderosa familia, pero que tuvo origen y tendrá fin.

Dentro del hombre, por razón del alma, fluye la sangre de Dios, porque el alma es la sangre espiritual – siendo Dios Espíritu purísimo – del

Creador del hombre: de Dios eterno, potente, santo. El hombre es, pues, eterno, potente, santo, por el alma que hay en él y que  vive mientras está unida a Dios.

–     Yo soy pagana, por tanto no tengo alma…

–     La tienes, aunque sumida en letargo; despiértala a la Verdad y a la Vida.

–     Adiós, Maestro.

–     Que la Justicia te conquiste. Adiós.

Jesús dice a sus disccípulos:

–     Como habéis podido ver, aquí también he tenido auditorio.

–     Sí, pero, menos los romanos,

¿Quién te habrá entendido? ¡Son bárbaros!

–     ¿Que quién?… Todos.

Llevan consigo la paz. Se acordarán de Mí mucho más que otros de Israel. Vamos a la casa que nos ofrece la comida.

Juan dice:

–     Maestro, la mujer ésa es la misma que me habló aquel día que curaste a aquel enfermo; la he reconocido.

–     Daos cuenta, pues, que también aquí había quien nos esperaba.

Pero… no os veo muy conformes. Mucho habré hecho el día que haya conseguido persuadiros de que he venido no sólo para los hebreos, sino para todos los pueblos.

Y de que os he preparado para todos ellos.

Una cosa os digo: de vuestro Maestro recordad todo; no hay hecho alguno, por insignificante que  fuere, que no esté llamado a ser para vosotros un día, regla en el apostolado.

Ninguno responde.

Jesús sonríe – no sin tristeza – compasivo.

R LA GRAN PERSECUCIÓN


NOVIEMBRE 18 2020 8: 50 AM

LLAMADO DE MARÍA ROSA MÍSTICA AL PUEBLO DE DIOS

Pequeñitos, la Paz de mi Señor esté con todos vosotros y mi Amor y Protección Maternal, os acompañen siempre.

Hijitos, El Nuevo Orden Mundial ya comenzó, la inmensa mayoría de los gobernantes de este mundo le sirven a sus intereses.

HAMBRE, PERSECUCIÓN, ENCARCELAMIENTO,

MALTRATO, DESAPARICIÓN Y MUERTE,

ES LO QUE LE ESPERA AL PUEBLO DE DIOS

Este único gobierno que ya comenzó a regir en el mundo, traerá esclavitud y sometimiento a las naciones más pobres.

Quienes vivan en los días finales, sabrán lo que significa ser perseguido por causa de la Verdad.

El Pueblo de Dios, será perseguido, torturado, encarcelado y desaparecido;.

La agenda del Nuevo Orden Mundial, tiene como finalidad someter a las naciones,

Y DESAPARECER DE LA FAZ DE LA TIERRA

A LA RELIGIÓN CATÓLICA CRISTIANA

Porque para este régimen el Nombre de mi Hijo Jesús, es un Obstáculo para sus planes.

En el Tiempo del reinado del Anticristo, el Nuevo Orden Mundial le servirá y todas las naciones del mundo estarán bajo su sometimiento.

Mi Adversario lo dirigirá y la Hoz y el Martillo, serán el azote de las naciones y del Pueblo de Dios.

Mis hijitos fieles caminarán al Destierro, millones serán confinados en campos de concentración,

EL HOLOCAUSTO Y MARTIRIO DEL PUEBLO DE DIOS,

SERÁ A GRAN ESCALA

Todo aquel que profese la Fe en mi Hijo, será perseguido, encarcelado, torturado o desaparecido.

El Pueblo de Dios, vivirá como los primeros cristianos, alejados de las cabeceras de las ciudades y poblaciones,

viviendo en el monte, o en cavernas, o en mis refugios marianos.

El signo del Pez (Ictus) nuevamente será la señal de los cristianos,

que formarán comunidades y por la Gracia del Santo Espíritu, mantendrán viva la Fe y la doctrina de mi Hijo.

Ellos, serán la Iglesia Remanente, el Pueblo de Dios elegido que habitará mañana la Nueva Creación.

La Nueva Iglesia del Pueblo de Dios se levantará después de la Purificación:

Será pobre, sencilla, humilde, pero rica en dones y carismas y al servicio del Pueblo de Dios.

«SU DIOS ES MI DIOS» Uno de los 21 ejecutados por ISIS no era Cristiano Copto. Se volvió Cristiano al ver la inmensa FE de los otros 20 mártires. Como no negó a Jesucristo, también fue decapitado y llegó al Cielo, con boleto express.

NO TENGÁIS MIEDO MIS HIJITOS

A LO QUE ESTÁ POR LLEGAR

Porque bien sabéis que el Cielo no os abandonará.

En vuestro Paso por la Eternidad, seréis fortalecidos espiritualmente con los carismas y dones,

que necesitáis para sobrellevar los días de vuestro paso por el Desierto.

DAR LA VIDA POR MI HIJO EN AQUELLOS DÍAS,

SERÁ EL MAYOR GOZO,

PUES NO SENTIRÉIS TEMOR

NI MIEDO ALGUNO DE LA MUERTE,

Porque el Poder del Espíritu Santo, estará con vosotros y antes de que os caiga la espada, seréis arrebatados y llevados al Cielo.

Preparaos pues mis hijitos, porque vuestro Paso por el Desierto de la Purificación está por comenzar.

Los presos en Medio Oriente cantan alabanzas, antes de ser ejecutados, igual que Pablo y Silas en prisión…

NO TEMÁIS,

PERMANECED FIRMES EN LA FE,

CON VUESTRAS LÁMPARAS ENCENDIDAS

CON LA ORACIÓN

Alerta y vigilantes como buenos soldados; llevando siempre consigo puesta vuestra Armadura Espiritual, a mañana y noche,

Los Guerreros de Luz tienen compromiso y responsabilidad, EN CADA ACTO QUE REALIZAN

 

Listos y preparados para enfrentar la batalla final por vuestra libertad. Que nada ni nadie, os robe la Paz de mi Señor. 

Os Ama vuestra Madre, María Rosa Mística

Dad a conocer los mensajes de salvación a toda la humanidad, mis Amados Hijitos

http://www.mensajesdelbuenpastorenoc.org/mensajesrecientes.html

39.- UNA TRAMPA MORTAL


00roma-imperialAl día siguiente de la Fiesta Flotante, Nerón decidió irse a Anzio y declaró que al tercer día se iría sin falta.

Y dio a los augustanos la lista de los invitados.

Petronio está por ir a la casa de Marco Aurelio, cuando le avisan que llegó un cisio y una invitación.

Al leerla frunció el ceño con preocupación y luego dijo a Aurora que se arregle, porque van a ir juntos a un evento muy importante.

En realidad lo único que ella hizo, fue cambiar su túnica por una de gran gala y adornarse con joyas más apropiadas, pues como todo en la casa de Petronio, siempre está preciosa y engalanada como una gran señora.

Cuando llegan a la casa de su sobrino, pocos minutos después llega el carruaje adornado y con la novia.

Marco Aurelio está más elegante que nunca… Y espera a la entrada de la casa, bajo un arco adornado con mirtos y rosas blancas.

Ayudan a bajar a Actea que trae un hermoso vestido color malva y luce llena de joyas en las que resplandecen amatistas y diamantes.

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Luego sigue la novia. Alexandra trae un vestido adornado con una greca recamada con hilos de plata y perlas. Blanco sobre blanco. Sus joyas hacen juego con una diadema cuajada de zafiros y esmeraldas, que realzan aún más su deslumbrante belleza.

Un finísimo velo blanco, bordado en plata y que parece de seda, le pende de la cabeza hasta los pies. Realmente parece una reina.

Marco Aurelio la admira embelesado. Avanza hasta situarse frente a ella y le da la mano.

El cortejo entra en la casa, que ha sido adornada espléndidamente. Adelante los novios. Le siguen Actea y unas doncellas. Enseguida Petronio y Aurora.

Completan el cortejo nupcial, Pedro y Bernabé, Mauro y otros cristianos.

La ceremonia es más bien íntima, porque los invitados no son muchos.

Hay música, cantos, danzas, ceremonia de saludos y aspersiones. Se paran frente al Lararium.

Los dos se dan la mano y dicen la frase ritual: “Donde estés tú Cayo, allí estoy yo, Caya.”

Luego continúan caminando alrededor del atrium y recorren los nichos de los antepasados de Marco Aurelio.

Siguen pasando bajo arcos adornados a lo largo de toda la casa. Marco Aurelio preside como si fuera un sacerdote.

En el umbral ofrecen dones: una roca y un huso que les da Actea.

En el jardín posterior están todos los siervos, que les dan la bienvenida y se inclinan ante ella, en señal de sumisión.

Llegan hasta el triclinium y empieza el banquete.

Alexandra sonríe a su esposo, que le habla y que la mira con amor.

Exquisitas viandas son servidas y escanciados finos licores. Los sirvientes se esmeran en que todos estén cómodos y bien atendidos. Los novios están radiantes.

Marco Aurelio les platica el  incidente que tuvo con sus esclavos el día de su regreso a su casa y finaliza diciendo:

–           Ahora todos son libres. Y algo me ha llamado la atención: el perdón que les otorgué no solo NO los volvió insolentes, sino que ni siquiera perturbó la disciplina.

Y he comprobado una cosa: Que jamás el terror les hizo prestar el servicio más esmerado que ha seguido a la gratitud. Ahora no solo me sirven bien, sino que parecen rivalizar entre ellos para ver quién adivina primero mis deseos.

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Actea y Pedro platican animadamente.

Petronio, contra su costumbre está callado y pensativo…

Marco Aurelio lo nota y le dice:

–           ¿No estás feliz por mi boda? ¿Por qué estás tan preocupado?…

Petronio lo observa con una mirada inescrutable…

–           Te lo diré más tarde. –contesta dándole un trago a su copa de vino.

Hacia el atardecer, los músicos descansan un rato.

Y Marco Aurelio le pide a Petronio que le diga el motivo de su preocupación.

Agrega:

–           Puedes hablar con libertad. Todas las personas presentes aquí, son de mi absoluta confianza.

Petronio le alarga la lista de los invitados al viaje a Anzio…

Y dice:

–           Partiremos mañana muy temprano.

Marco Aurelio se la devuelve diciendo:

–          Mi nombre figura en ella y también el tuyo. Hoy la trajeron también aquí.

–           Si yo no estuviera entre los invitados, eso significaría que llegó mi hora de morir. Pero parece que aún le soy útil a Nerón. Apenas acabamos de llegar a Roma y ya nos vemos obligados a irnos de nuevo, ahora hacia Anzio.

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Actea interviene:

–           Pero es necesario ir. Esa no es una invitación. Es una orden.

Marco Aurelio pregunta con un tono casi desafiante:

–           ¿Y qué pasaría si alguien se negase a obedecer?

Actea concluye lacónica:

–           Se le invitaría a hacer un viaje notablemente más largo y del cual NO hay regreso.

Marco Aurelio lleva sus manos hacia su cabeza, con un gesto de desesperación…

Se siente totalmente derrotado y dice:

–           Tendré que ir a Anzio… ¡Ahora! –Suspira con impotencia- ¡Considerad que tiempos vivimos y cuán viles esclavos somos!

Petronio interviene:

–           ¿Hasta ahora te das cuenta? Yo he dicho en el Palatino que estás enfermo, imposibilitado para salir de casa y sin embargo te están convocando. Esto prueba que en el Palacio alguien no da crédito a mis palabras y está tomando participación directa para solicitarte.

A Nerón le importa muy poco, puesto que solo eres un soldado sin nociones de poesía o de música y con quién a lo sumo, hablaría de las carreras en el circo. Lo más probable es que sea Popea la que ha puesto allí tu nombre. Y eso significa…

Petronio calla con un silencio más que significativo.

Pero Marco Aurelio comprende…

Él para ella, ahora es un capricho y persiste en hacer su conquista.

Moviendo la cabeza de un lado para otro, piensa: “¡Vaya, vaya! ¡Intrépida la Augusta!”…

Actea declara:

–           Significa  que Alexandra está en peligro. Popea es maligna y vengativa.

Marco Aurelio dice preocupado:

–           Yo no puedo arriesgarla.

Pedro aconseja con calma:

–           Ve a ese viaje. No desafíes al César y NO te preocupes por Alexandra. La llevaremos a casa de Acacio, el obispo. Tú NO temas al César, pues en verdad te digo que no ha de caer un solo cabello de tu cabeza.

Marco Aurelio contesta con ansiedad:

–           En Anzio yo tengo una casa de campo. Está muy cerca de la de Nerón. Yo quiero terminar mi instrucción.

Pedro, esa casa está a tu disposición. Ya NO podré ir a la escuela de Apolonio, ni a la Puerta del Cielo. Enviaré la mayor parte de mi ‘familia’ para allá y yo quiero recibir el Bautismo. ¿Cómo le hago?

–           Hay unos obispos que viajarán a Grecia y a Cartago. Te enviaré a Acacio y a Lucano el médico, para que prosigan con tu enseñanza. Todo estará bien. Ya lo verás…

Marco Aurelio mira a Alexandra con absoluto desconsuelo…

Y dice casi con ganas de llorar:

–           ¡Ay, amor mío! Entonces… -Y luego se vuelve hacia Bernabé:

–          Guárdala como la luz de tus ojos, pues ella es mi domina igual que la tuya.

luego toma la mano de su esposa. La besa y le dice:

–      Reina mía, necesito protegerte. Volveré. Volveré para ti, te lo prometo.

Enseguida, llama a Demetrio el mayordomo y le indica:

–        Enviarás a las prisiones rurales, una orden de indulto general. Que caigan los grilletes a los pies de los presos. Les darás suficiente alimento y cuando estén listos, reintégralos al servicio. Hoy es para mí un día de felicidad. Y quiero que vibre la alegría en nuestra casa.

Los llevarás luego al Pretor y les darás a ellos, lo mismo que has recibido. Les dirás también, que es el Regalo de mi esposa y la reina de esta casa.

Más tarde la fiesta termina y los invitados se retiran.

Alexandra y Marco Aurelio se reúnen unos minutos en la biblioteca, para despedirse en la intimidad.

Y cuando salen, la novia aún con su vestido nupcial, se retira en otro carruaje con Pedro, Isabel y Mauro.

Actea regresa al Palatino.

Marco Aurelio, con Petronio y Aurora, se quedan solos en la biblioteca.

Petronio comenta:

–           Barba de Bronce está ronco y maldice a Roma. Está desesperado y reniega de todo lo que le rodea. Ayer se empecinó en igualar a Paris como danzante y se puso a bailar las aventuras de Leda. Durante el baile sudó y luego se resfrió.

¿Puedes imaginar a nuestro Arlequín imperial tratando de ser cisne, con su gran abdomen y sus piernas delgadas y tambaleantes? ¡Y ahora quiere representar en Anzio semejante pantomima!

Marco Aurelio exclama:

–           Ya con haber cantado en público, escandalizó a mucha gente. ¡Pensar que ahora tenemos que aguantar a un César romano actuando como mimo!

–           Querido mío. Roma todo lo soporta. Ya verás como el Senado también aplaudirá al ‘Padre de la Patria’.

–           Y veremos a la plebe engreída, al ver al César convertido en bufón. Petronio dime tú mismo, ¿Acaso es posible llegar a un mayor envilecimiento?

–           Como tú vives en otro mundo, con Alexandra y los cristianos, es evidente que no sabes la última noticia: Nerón se vistió de novia y se unió públicamente en matrimonio con Pitágoras. Esto parecería rebasar los límites de la locura ¿Verdad?

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Pues bien. Llamó a los flamines (sacerdotes), quienes celebraron la ceremonia con toda la solemnidad y Nerón la presidió.  Soy de mucho aguante y estuve presente en ella. Sin embargo pensé que si los dioses existiesen, algo debiera suceder. Pues lo que no prohíben las leyes, lo prohíbe la honestidad.

Pero no, nada sucedió. El César no cree en los dioses; se siente totalmente impune y… pareciera que tiene razón.

Marco Aurelio dijo con una sonrisa llena de ironía:

–           De manera que Nerón es entonces y en la misma persona: sumo sacerdote, dios y ateo.

Petronio soltó la carcajada y dijo riendo:

–           ¡Vaya! Es verdad. No había pensado en eso. Pero es una combinación como no se ha visto otra igual en el mundo.

Siguió un largo momento de silencio.

Luego Petronio agregó:

–           ¿Sabes que es lo más gracioso? Este sumo sacerdote que no cree en los dioses. Y este dios que los desdeña; siendo ateo, les teme.

Marco Aurelio confirmó:

–           Y prueba de ello es lo que sucedió en el Templo de Vesta.

Y Petronio exclamó con asombro:

–           ¡Y aun así profanó a Rubria!

–           Por eso la invitó a la ‘Fiesta Flotante’ y cambió su lugar por el mío…

Éste último comentario, provocó un silencio lleno de remembranzas…

Y los dos llegaron a la misma conclusión.

Luego, el tribuno agregó en voz alta:

–           Es audaz la Augusta.

Petronio responde sumamente preocupado:

–           Lo es realmente. Porque ello puede ser causa de su propia ruina. Sin embargo, espero que Afrodita le inspire cuanto antes otro amor. Pero entre tanto, puesto que la emperatriz te desea, debes actuar con la mayor cautela.

Barba de bronce ha empezado a cansarse de ella: prefiere a Esporo o a Pitágoras. Pero por consideración a sí mismo, bien podría descargar sobre otros, la más terrible de las venganzas.

Marco Aurelio mueve la cabeza con asombro y concluye:

–           Cuando estábamos bajo aquellos árboles, yo no supe quién me hablaba. Pero tú alcanzaste a escuchar nuestra conversación. Yo le dije que amaba a otra y por eso no le podía corresponder.

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–          Si hubieras herido su vanidad, no habría salvación para ti. ¡Por Zeus! Si llegas a ofender a Popea, te puede estar reservada una muerte terrible.

En otro tiempo me era más fácil conversar contigo y convencerte. En esta emergencia ¿Qué puede haber de malo en que le sigas ligeramente el juego a la Augusta?

¿Acaso esta aventura podría ocasionarte alguna clase de pérdida o privarte de seguir amando a Alexandra? Ten presente además, que Popea la vio en el Palatino y ya sabe por quién la rechazaste. Va a ser capaz de buscarla hasta por debajo de las piedras y serás el causante no solo de tu propia destrucción, sino también de la ruina de Alexandra. ¿Entiendes la gravedad de la situación?

Marco Aurelio reflexiona… Comprende… Intenta decir algo…

Está paralizado por el asombro, pero de su boca no sale un sonido…

Luego palidece y se toma la cabeza entre las manos.

Enseguida  dice con angustia:

–           Si acepto a Popea, Nerón me condenará. Si la rechazo, Popea nos arruinará. ¡Oh!…

Está cazado en una trampa mortal.

Y NO hay salida…

Siguió un silencio muy denso que fue interrumpido por Petronio:

–           ¿Sabes por qué estoy doblemente preocupado? Temo que lo de Popea no sea solo un capricho pasajero. Verás… Hace tiempo que Nerón no le hace caso. El secreto mejor guardado del emperador es éste: mandó castrar a Esporo y está intentando cambiarlo en mujer…

Cuando se harta de sus libertinajes, se entrega a su liberto Doríforo, a quién sirve de mujer, tal como Esporo le sirve a él mismo. Y en estos casos imita la voz y los gemidos de una doncella que sufre la violencia de una violación… Es su última fantasía.

Y ahora lo de Rubria… Ese sacrilegio, Vesta lo vengará. Todos esos excesos le van a cobrar factura.

ofrenda vestal

Marco Aurelio exclama asqueado:

–           ¡Qué sociedad!

Petronio sentencia:

–           A tal sociedad, tal César.

–           Me iré contigo para que mañana salgamos juntos.

–           ¡Vámonos! –confirma Petronio.

Y Marco Aurelio prepara todo para irse con él.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

36.- EL PRESAGIO DE VESTA


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Marco Aurelio se despidió de los cristianos y les pide que cuiden de Alexandra unos días, en lo que él prepara todo para recibirla en su casa.

Cuando está a punto de partir, la abraza diciéndole:

–           Serás mi esposa ante la sociedad romana. Y en la boda entrarás a tomar posesión de mi vida, de mi casa y de todo lo que desde hoy también te pertenece a ti, porque será el patrimonio de nuestros hijos.

Será tu bienvenida a la Gens Petronia… Reyna mía, voy a prepararlo todo, para que sea digno de ti.

Alexandra contestó emocionada:

–           Es un honor y un privilegio pertenecer a ella. También yo anhelo estar contigo y te amo como tú a mí.

–           Muy pronto estaremos juntos y no nos separaremos más… Te adoro. Por favor espérame. En tres días vendré por ti, te lo prometo.

–           Te esperaré con ansia, vida mía.

Y después de besarla una vez más, se va.

En estos tres meses transcurridos, el joven tribuno adelgazó y sus facciones se hicieron más afinadas. Pero se siente radiante de felicidad, con su amor correspondido y a punto de realizarse plenamente.

Ha decidido ir caminando, para volver a sentir el ambiente romano y contemplar la urbe que ama tanto y que ahora le parece que está más bella de lo que la recordara.

Hasta el Tíber le parece que corre cantando una melodía inmortal. Y haciendo eco en su ánimo, silba alegremente mientras atraviesa con paso decidido la ciudad, hasta llegar a su casa.

Donde es evidente que nadie le esperaba…

Los esclavos creían que él seguía en Benevento y por lo tanto la casa es un desorden.

Habían organizado una fiesta y estaban en pleno banquete, cuando la presencia de Marco Aurelio los dejó congelados…

Si hubiese aparecido un fantasma, les hubiera infundido menos terror que ver al augustano frente a ellos, mirándolos con tanta severidad, que hasta la borrachera se les quitó.

Marco Aurelio no dijo ni media palabra y se encerró en la biblioteca.

A la sorpresa inicial, le siguió el disgusto. Y cosa extraña; por primera vez vio en ellos, a seres humanos y miserables que están en su poder y no simples objetos. En otro tiempo les hubiera dado un castigo ejemplar.

Pero ahora…

–          ‘Cuando el gato no está, los ratones están de fiesta’-pensó.

FIESTA

Movió la cabeza y sonrió. Luego se sentó ante su mesa escritorio y comenzó a planear sus nupcias romanas.

Además de Jesús, este es el núcleo de todos sus pensamientos. Meditó sus ideas y las organizó por escrito…

Afuera, los esclavos corrieron presurosos y rápidamente pusieron todo en orden. Reina en la casa, un silencio sepulcral.

Cuando todo estuvo en su lugar y no quedó ni rastro de lo sucedido. Esperaron…

Y pasaron largas horas.

Todos están llenos de pavor, creyendo que Marco Aurelio retarda su sentencia, para planear el tormento más cruel con el que castigará su gran falta.

Por fin, al atardecer salió de la biblioteca.

Y cuando apareció en el umbral, los esclavos estaban temblando.

Marco Aurelio llamó a Demetrio el mayordomo y le dijo que los reuniera a todos  en el segundo peristilo, pues necesita hablarles…

En todos los rostros está pintado el terror, hasta el momento de escucharle decir:

–           No voy a castigaros. Os perdono. Tratad ahora, con un servicio esmerado, de reparar vuestra falta.

Los esclavos lo miran con asombro primero y luego cayeron de rodillas a sus pies; extendiendo sus manos y llorando agradecidos, llamándolo señor y padre.

Marco Aurelio se ruborizó conmovido y dominando su emoción les dijo:

–           Todavía no termino… Escuchad… Estoy por casarme. En tres días, recibiremos en esta casa a la que será vuestra ama y señora. Me ayudaréis a  tratarla como una reina; porque eso será tanto para vosotros como para mí.

Mañana temprano iremos con el Pretor. Todos los que en esta casa tengan diez años o más de servicio, les daré la libertad. Los demás recibiréis diez piezas de oro y otros beneficios que después os diré en qué consistirán. A los que serán libertos les daré una bolsa con oro y los que deseen permanecer en esta casa, percibirán un salario de acuerdo a sus obligaciones.

Todos lo miran literalmente con la boca abierta por el asombro y se quedan petrificados.

No pueden creer lo que están oyendo y menos entender lo que está sucediendo.

Marco Aurelio continuó:

–           Por cierto Demetrio. Tú eres uno de los que recibirás tu libertad ¿Vas a ayudarme con los preparativos de mis nupcias?

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Demetrio, el mayordomo,  cae a sus pies:

–           ¡Amo! ¡Gracias, amo! Aunque sea libre no solo prepararé tu boda. Seguiré sirviendo a tus hijos…

Y el hombre llora como un niño.

Y el júbilo estalla en aquella casa. Ahora hay otra fiesta con una alegría más plena.

Aunque todos se plantean la misma interrogante:

¿Qué le pasó al joven patricio que no solo se ve diferente, sino que, es como si fuera una persona completamente distinta a la que conocen?

La respuesta de tal incógnita sólo la tiene, el que conoce plenamente lo que es el verdadero cristianismo.

Al día siguiente…

Hay en la ciudad una gran algarabía por el regreso a Roma de Nerón con toda su corte y es recibido por una ruidosa plebe ansiosa de juegos y de las obligadas distribuciones de cereales y aceitunas que en cantidades enormes, están depositadas en Ostia.

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Cuando Marco Aurelio regresó del Pretor, después de manumitir a sus esclavos,  encontró en su casa un cisio y una invitación que le ha enviado Petronio, para que vaya a visitarle.

Dio a Demetrio las instrucciones precisas para que tenga todo listo e ir luego por Alexandra.

Y enseguida partió a la casa de Petronio.

Cuando llegó, después de saludarse mutuamente; Marco Aurelio le pregunta cómo está él y cómo le va con Sylvia.

Petronio le contestó:

–           Ese asunto se acabó. ¡Oh! Me he sentido tan hastiado como el mismo César y me han abrumado pensamientos tétricos. ¿Y sabes cuál es la causa? El haber buscado en otros lados lo que estaba al alcance de mi mano… A ti te estoy doblemente agradecido: primero, porque no quisiste aceptar a Aurora.

Y  luego porque gracias a eso…Ahora soy inmensamente dichoso.  Una mujer hermosa vale siempre lo que pesa en oro. Pero si ama por añadidura, llega a ser el más inestimable tesoro. Tengo mi vida llena de felicidad. Lo que sobrevenga mañana no me importa. He encontrado la parte substancial que antes me faltaba…

Y al decir esto, llamó a Aurora.

Ésta hizo su entrada exquisitamente arreglada y vestida de blanco. Ya no es la antigua esclava. Es una impecable patricia romana…

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Petronio le abrió los brazos y le dijo:

–           Ven.

Ella corrió a su lado y se sentó en sus rodillas, reclinando sobre el pecho masculino su hermosa cabeza rubia.

Los dos están enamorados… y es muy evidente. Ambos forman una bella pareja.

Petronio la mira con arrobamiento y la besa con ternura, mientras le dice:

–           ¡Dichoso quién como yo ha encontrado el amor envuelto en semejantes formas! ¡Mírala Marco Aurelio! ¡Es una escultura de Praxíteles, en un mármol palpitante de amor! ¡La copa de mi deleite está rebosante!

Aurora, divina mía: hay que preparar guirnaldas para nuestras cabezas y un refrigerio. Vamos a festejar. –añade Petronio besando sugestivo el hombro de la joven.

Y cuando ella sale, toma unos rollos de un anaquel y dice a su sobrino favorito:

–           Le ofrecí darle la libertad y ¿Sabes qué me contestó? “¡Prefiero seguir siendo tu esclava!” Y no aceptó la manumisión. Yo la he acordado sin su conocimiento. El Pretor me dispensó el trámite de exigir su presencia y ella no sabe que hoy es libre y dueña de una fortuna, pues la he nombrado mi heredera. –Y alargando hacia Marco Aurelio los rollos que tomó, agrega- También tengo un legado para ti. Ten.

Marco Aurelio lo mira confuso y asombrado, tomando los rollos sin saber qué decir.

Petronio da unos pasos por la estancia mientras dice:

–           El amor es causa de transformaciones radicales en los hombres. Nerón está cada día más loco y ninguno de los que estamos cercanos a él, tenemos seguras las cabezas en nuestro cuello.

No quiero sorpresas y me estoy preparando. Si por capricho pierdo su favor y pretende apoderarse de lo que es mío, el que se llevará una sorpresa será él.

Perplejo, Marco replica:

–           El amor… A mí me ha cambiado todo. Entiendo hasta cierto punto cómo te sientes y no sabes cómo quisiera que compartieras todo lo que siento yo… Pero no…

En ese momento anunció el mayordomo que todo está listo en el triclinium y los dos se dirigen hacia allá.

Marco Aurelio ya no insistió en el tema, pensando que aunque pudiera explicar todo lo que ha aprendido de Jesús, Petronio jamás lo entendería…

Petronio comenta:

–           Cuando dejas el lugar en donde vives se te abren nuevos horizontes. Tú has recorrido una parte del mundo, pero solo como soldado al servicio del ejército imperial. Ignoras completamente las peripecias de la política…

Marco Aurelio responde:

–           La política es lo que menos me importa en este momento.

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–           Pues debiera importarte. Porque todos en la familia la hemos ejercido junto con la milicia y no es algo de lo que podamos desentendernos…

Petronio se sienta al lado de Aurora y después que les han puesto las guirnaldas en la cabeza, continuó:

–           ¿Qué has visto tú al servicio de Corbulón? Nada. El mundo es amplio y no todo concluye en el Transtíber. Yo voy a acompañar al César y en el viaje de regreso me separaré de él, para ir a Chipre. Porque es el deseo de esta diosa mía de áureos cabellos. Iremos para presentar nuestra ofrenda a la divinidad de Páfos. Y haz de saber que todo cuanto ella desee, lo quiero yo también.

Aurora enamorada, dice con adoración:

–           Tú eres mi dios y yo sigo siendo tu esclava.

Petronio la abrazó estrechamente y le dijo:

–           Entonces yo soy el esclavo de una esclava. ¡Sabes divina mía que yo te adoro! –  Le plantó un gran beso…

Y dirigiéndose a Marco Aurelio, agregó:

–        Ven con nosotros a Chipre. Te mandé llamar también, porque es necesario que veas hoy mismo al César.

Tigelino nada más está buscando pretextos para perjudicarte y por el odio mortal que me tiene, trata de destruir todo lo que es caro para mí. Diremos que has estado enfermo y es necesario que meditemos bien en lo que hemos de contestar si él te pregunta algo de Alexandra…

Marco Aurelio dio un trago a su vaso con vino y contestó:

–           Ya tengo mi respuesta a esa pregunta… Voy a casarme con Alexandra y…

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Petronio lo miró y dijo:

–           Está bien. Apoyo totalmente tu decisión. Pero escúchame… Esto es muy importante… Le dirás también que tu enfermedad te retuvo en tu casa. Que tu fiebre aumentó por tu desconsuelo por no poder ir a Nápoles a escuchar su canto y que te mejoraste con la esperanza de oírle. Y no te preocupe exagerar en este punto…

La vanidad ególatra de Nerón es su talón de Aquiles. Para festejarle su cumpleaños, Tigelino ha prometido obsequiar al César con algo verdaderamente grandioso y espectacular.  Considerando que él halaga la parte más oscura de la personalidad de Enobarbo y de sus más bajos instintos… Podemos esperar cualquier barbaridad.

Yo perfecciono la parte artística de la inspiración del emperador y ya no sé cuál prevalece más: si el artista o la bestia cruel… Temo que este Prefecto llegue a minarme.

Marco Aurelio lo miró serio y comentó:

–           ¿Sabes tú que hay personas que no temen al César y viven tan tranquilos como si él no existiese?

Petronio replica con un dejo de fastidio:

–           Ya sé quiénes son… Últimamente los tienes siempre presentes en tu mente: los cristianos.

–           No puedo evitarlo. Pienso que nuestra vida… ¿Qué es nuestra vida, sino un continuo error?

–           Nuestro ‘error’ como le llamas puede tener un final imprevisto, si no obramos con prudencia. Tenemos que ir juntos al Palatino, para que te presentes ante el César.

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–           Pero Petronio…

–           Sin peros. No tenemos opción.

La única respuesta de Marco Aurelio es un suspiro de derrota.

Y los dos se dirigieron hacia el Palatino…

Cuando llegaron, se encontraron con que Nerón se siente irritado por haber tenido que regresar a Roma, pues él está ansioso por visitar Acaya.

Expidió un edicto declarando que su ausencia será de corta duración y que los negocios públicos, estarán bien atendidos.

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Como les teme a los dioses aun cuando insiste en no creer en ellos y desea para su viaje los mejores auspicios, decidió ir al Capitolio y visitar el templo de Vesta para presentar sus ofrendas, en compañía de todos sus augustanos.

Pero estando allí ocurrió un suceso que le hizo modificar todos sus planes.

Al estar frente al fuego sacro que ilumina la estatua de la misteriosa Vesta, súbitamente sufrió un ataque de pánico y cayó aterrorizado en los brazos de Marco Aurelio, que era el que estaba parado justo detrás de él.

Inmediatamente fue sacado del Templo y conducido al Palatino en donde pronto se repuso.

Pero ya no abandonó el lecho y asombrando a los presentes, explicó la razón de su conducta:

–           Sí. Es necesario diferir el viaje a Grecia aun cuando es mi  gran sueño…  Luego haremos unos juegos especiales para honrar a la diosa, pues cuando estaba en el Templo de Vesta, ella se acercó a mí y me dijo: “Aplaza tu viaje. No es conveniente la precipitación. Te avisaré cuando lo hagas”.

Estoy agradecido con los dioses, por la solicitud con que velan sobre mí.

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Tigelino dijo:

–           Todos nos aterrorizamos cuando la vestal Rubria se desmayó.

Nerón replicó con admiración:

–          ¡Rubria! ¡Qué níveo cuello tiene! –Y se estremeció de deseo al recordarla.

Haloto agregó:

–           Yo noté su turbación al mirar al César.

Nerón confirmó halagado:

–          ¡Cierto! Yo también lo noté y es admirable. Rubria es muy hermosa. –Por un largo tiempo parece reflexionar… Y luego agrega:

–          ¿Por qué Vesta es más aterrorizante que los otros dioses? Aun cuando soy el sumo sacerdote, hoy el miedo se apoderó de mí por completo. Solamente recuerdo que al retroceder hubiera caído si alguien no me hubiera sostenido. ¿Quién fue?

Marco Aurelio contestó:

–           Yo.

–          ¡Oh, tú fornido Marte! ¿Por qué no fuiste a Benevento? Dicen que has estado enfermo. También he oído que Atlante te quiso matar. ¿Cómo sucedió eso?

–           Así es. Y me rompió el brazo. Pero yo me defendí.

–           ¿Con un brazo roto?

–           Un bárbaro vino en mi auxilio. Era más fuerte que Atlante.

Nerón lo miró sorprendido y dijo:

–          ¿Más fuerte que Atlante? ¿Estás bromeando?

Haloto dijo:

–           Ahora tenemos a Espícuro; pero Atlante era el más hercúleo de los hombres.

Marco Aurelio confirmó:

–           Te digo César que yo lo he visto con mis propios ojos.

Nerón preguntó:

–           ¿Dónde está ese prodigio?

–           No podría decírtelo majestad. Lo he perdido de vista y no sé en dónde está.

–           ¿Y sabes de qué pueblo es oriundo?

–          Como tuve un brazo y las costillas rotas, me desmayé. No me fue posible averiguar quién era.

–           Búscalo y encuéntralo.

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Tigelino intervino:

–           Yo me encargo de eso.

Pero Nerón siguió hablando a Marco Aurelio:

–          Te agradezco que me hayas sostenido, porque pude haberme lastimado. Raras veces te veo. ¿Acaso las campañas militares te han vuelto huraño? A propósito ¿Cómo está esa joven demasiado escuálida, de quién estuviste enamorado y que hice sacar para ti, de la casa de Publio?

Marco Aurelio se confundió ante esta pregunta…

Pero Petronio intervino rápido en su auxilio y dijo:

–           Señor. Apostaría a que ya la olvidó. ¿No te has fijado en su confusión? Los Níger son buenos soldados, pero aún mejores gallos y gustan de las aves por bandadas. Castígalo señor y no lo invites a la fiesta que Tigelino ha preparado en tu honor, en la Piscina de Agripa.

La treta dio resultado y el César se distrajo.

Nerón declaró:

–           No lo haré. Y confío Tigelino, en que allí no faltarán las bandadas de beldades.

Tigelino replicó sugestivo:

–           ¿Podrían estar ausentes las gracias, del sitio donde está presente el amor?

Nerón levantó los brazos y dijo con disgusto:

–           El tedio me martiriza. Me he quedado en Roma por voluntad de la diosa. Pero la ciudad me es insoportable. Partiré para Anzio. Aquí me ahogo. ¡Oh, si algún dios irritado quisiese complacerme!…

Petronio preguntó:

–           ¿Qué es lo que deseas?

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–           ¡Sería maravilloso si un terremoto destruyera a Roma! Yo demostraría al mundo como debe construirse la ciudad que es capital del imperio más poderoso del mundo. ¿Cómo creéis que debería llamarse esta nueva maravilla?

Vitelio respondió:

–           Nerópolis.

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Tigelino insinuó:

–          ¡César! Tú deseas que algún dios irritado destruya la ciudad ¿No es así? Tú eres dios…

Nerón hizo un gesto de hastío y replicó fastidiado:

–           Mejor veamos tu obra en la Piscina de Agripa. Mañana los espero a todos.

Los augustanos empezaron a retirarse.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

23.- EL FILOSOFO DETECTIVE


jardin volksgarten-600x399En la casa de Petronio, los dos patricios están conversando animadamente sobre qué hacer, para localizar a la fugitiva.

Petronio dice reflexivo:

–           Casi todas las mujeres de Roma, rinden culto a deidades distintas. Yo creo que Fabiola la habrá educado en el culto a la deidad que ella misma adora. Y cual sea esa deidad, es algo que ignoro. Pero nadie la ha visto ofrecer sacrificios en ninguno de los templos. Una vez corrió el rumor de que era cristiana, pero eso no es posible.

Marco Aurelio lo mira con incertidumbre y contesta:

–           Dicen que los cristianos, además de rendir culto a la cabeza de un asno, son enemigos de la raza humana y cometen los crímenes más abominables.

–           ¡Es imposible que Fabiola sea cristiana! Porque su virtud es notoria. Y una enemiga de la raza humana, no podría tratar a los esclavos como ella lo hace…

–           En ninguna casa romana los tratan como en la de Publio.

–          ¡Ah! Fabiola me mencionó a un Dios Poderoso y Clemente.

–           Si por ese Dios ella ha desterrado de su vida a los demás, está en su derecho de hacerlo.

–           Ha de ser un Dios muy débil, si sólo tiene un puñado de seguidores. A menos que haya muchos y sean ellos los que le ayudaron en la fuga.

–           Su fe prescribe el Perdón. Cuando en el Palatino estaba con Actea, me encontré a Fabiola y me dijo: “Que Dios te perdone el daño que nos has hecho a nosotros y a Alexandra.”

–           Evidentemente ese Dios suyo, es de muy suave pasta. ¡Ah! Pues que te perdone. Y en señal de tal perdón, que te regrese a Alexandra.

–           ¡Si eso pasara, sería capaz de ofrecerle una hecatombe, para mañana mismo! No tengo deseos de comer, ni de bañarme, ni de dormir. Estoy enfermo. Quiero ir a buscarla…

Petronio le observó  y verdaderamente Marco Aurelio presenta un aspecto miserable y se ve enfermo.

Y le dijo:

–           La fiebre te atormenta.

–           Así es.

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–           Entonces óyeme. No sé qué prescriba el médico para estos casos, pero hay un proverbio extranjero que dice que un clavo saca otro clavo. Expresado de otra manera: lo que yo haría mientras encontramos a la prófuga, sería buscar en otra, lo que por el momento se ha desprendido de mí, llevándoselo con ella. He visto en tu casa de campo mujeres muy bellas.

Marco Aurelio movió la cabeza negando…

Y antes de que pueda decir palabra alguna, Petronio continuó:

–                      No me contradigas. Yo sé lo que es el amor y comprendo que mientras se desea a una mujer, no hay quién pueda ocupar su sitio. Pero en una bonita esclava es posible encontrar, aunque solo sea momentánea, una buena distracción.

Marco Aurelio replicó:

–           No la necesito.

Pero Petronio, que lo ama de verdad y desea suavizar su sufrimiento, se puso a meditar la manera de conseguirlo.

–           Acaso tus esclavos no tengan el encanto de la novedad. –y se puso a examinar a Aurora con aire reflexivo.

Se decidió. La tocó en la cadera con la palma de la mano, empujándola suavemente:

–         ¡Mira ésta gracia! Tiene una belleza perfecta. Puedes creer que yo mismo no me explico la razón, de por qué no me había fijado en ella hasta hoy. Pues bien. Te la doy. ¡Tómala para ti!

Cuando Aurora escuchó estas palabras, palideció y miró al tribuno con ojos de zozobra. Y esperó la respuesta conteniendo la respiración.

Pero Marco Aurelio se levantó apretándose las sienes y moviendo la cabeza como quién no quiere escuchar nada.  Y sintiéndose verdaderamente enfermo, exclamó:

–           ¡No! No la quiero. Tampoco quiero a las otras. Te lo agradezco, pero no la necesito. Buscaré a Alexandra por toda la ciudad. Ordena que me traigan una capa con capucha. Ya me voy…

Y se apresuró a salir.

Petronio vio que era imposible detenerlo. Y tomó su negativa como una aversión temporal a las demás mujeres.

Y buscando consolarlo, dijo a la esclava:

–           Aurora, te bañarás, ungirás y vestirás. Y luego irás a la casa de Marco Aurelio.

Pero ella se postró a sus pies y le imploró:

–           Te lo suplico amo, no me alejes de tu casa. Yo no iré a la casa de Marco Aurelio. Prefiero ser la última de las siervas en tu casa, a la favorita en la casa de él. ¡No quiero ir! ¡No puedo ir! ¡Te lo ruego, ten piedad de mí! ¡Ten piedad, amo! ¡Ten piedad! ¡Castígame, pero no me despidas!

Y temblando como una hoja por el temor y la emoción, extendió las manos hacia Petronio, quién la había estado escuchando verdaderamente asombrado.

Es algo tan insólito el que una esclava llegue a pedir que se le exima de cumplir una orden, llegando al punto de decir: ‘no quiero’ ‘no puedo’ que al principio Petronio no quiso dar crédito a sus oídos.

Finalmente frunció el ceño. Es un hombre demasiado refinado para mostrarse cruel. Sus esclavos, principalmente en lo que se refiere a diversiones, disfrutan de una mayor libertad que otros; pero a condición de hacer su servicio de una manera ejemplar y de rendir homenaje a la voluntad de su amo, como a la de un dios.

Más en caso de faltar a cualquiera de estas dos reglas, él no puede prescindir de aplicar el castigo correspondiente.

Y como por otra parte es insoportable para él toda contrariedad que perturbe su norma, contempló un instante a la joven arrodillada y dijo:

–           Llama a Héctor y vuelve con él.

Aurora se levantó temblando y llorando. Después de un ratito, regresó acompañada del mayordomo griego.

Petronio le ordenó:

–           Llévate a Aurora y le darás veinticinco azotes de tal forma que no le maltrates la piel.

Y dicho esto, se fue a su biblioteca a trabajar en su nuevo libro.

Héctor se quedó pasmado…

Frunció el ceño, miró a la joven y dijo:

–          ¡Aurora! ¿Qué hiciste?…

Aurora permaneció callada y con la vista fija en el  mármol del piso.

Héctor movió la cabeza, suspiró y ordenó:

–          ¡Vamos!

Dos horas después…

En la biblioteca Petronio le da vueltas entre sus dedos a su estilo. No ha escrito ni una sílaba.  La fuga de Alexandra y la enfermedad de la Infanta, lo perturbaron tanto que no se ha podido concentrar.

A Petronio le preocupa que el César piense que Alexandra hechizó a la niña, pues la responsabilidad puede recaer también sobre él, porque por petición suya ella había sido llevada al palacio. Pero él espera poder convencer al César, de lo absurdo de esa idea.

Además ha notado cierta inclinación hacia él, que Popea cree tener cuidadosamente escondida… pero que no lo está tanto, puesto que Petronio ya se dio cuenta.

Después de meditar un poco, decidió desechar estos temores, se encogió de hombros y fue al triclinium a almorzar.

Pero a su paso por el corredor vio a Aurora que está junto a un grupo de otros sirvientes y se olvidó de que no había dado ninguna otra orden referente a ella más que los azotes.

Frunció el ceño y llamó al mayordomo.

Un joven se adelantó diciendo:

–           No está aquí amo. Fue al almacén a recibir a unos proveedores.

Entonces le preguntó a Aurora:

–           ¿Recibiste los azotes?

La hermosa esclava le contesta feliz y agradecida:

–          ¡Oh, sí señor! ¡Los he recibido! ¡Oh, sí señor!

Es evidente que para ella, los azotes recibidos  los considera como una compensación por no haber sido despedida de la casa y que cree que puede seguir permaneciendo en ella.

Cuando Petronio comprendió esto, tuvo que admirar la vehemente obstinación de la joven. Pero conoce demasiado la naturaleza humana, para no advertir que solo el amor puede dar alas a una resistencia semejante.

Y la interrogó:

–           ¿Amas a alguien en esta casa?

Aurora alzó sus hermosos ojos azules llenos de lágrimas y en una voz tan suave que apenas se oyó, dijo:

–           Sí, señor. –y se ruborizó.

Y Petronio admiró su cara perfecta, que muestra  una expresión de temor y de esperanza. La vio tan bellísima y con una mirada tan suplicante, que no pudo reprimir un sentimiento de compasión. Y señalando a los siervos con un movimiento de cabeza, preguntó:

–           ¿A quién de éstos amas?

No hubo contestación.

Ella inclinó la cerviz hasta los pies de su amo y permaneció inmóvil.

Petronio miró entonces al grupo de esclavos. Los observó detenidamente y nada pudo leer en el semblante de ellos, salvo una sonrisa extraña…

Contempló entonces a Aurora, que seguía postrada a sus pies y luego de un momento sacudió la cabeza y se dirigió en silencio al triclinium.

Después de comer, ordenó que le llevasen a palacio y luego a casa de Sylvia, en cuya compañía permaneció hasta el día siguiente.

A su regreso hizo llamar a Héctor y le preguntó:

–           ¿Recibió Aurora los azotes?

Héctor contestó:

–           Sí, señor. Pero tú no has permitido que se le corte la piel.

Petronio añadió:

–           ¿Te di alguna otra orden respecto a ella?

mayordomo-hectorEl mayordomo se alarmó y contestó trémulo:

–           No, señor.

–           Está bien. ¿A cuál de los esclavos ama Aurora?

Héctor lo miró sorprendido y luego dijo:

–           A ninguno, señor.

–           ¿Qué sabes tú de ella?

Héctor comenzó a hablar con voz insegura:

–           Por la noche jamás sale de su cubículum en el cual vive con la anciana Penélope y Cloe. Después de que te viste, se encarga con otras esclavas del aseo de tu cubículum y de tu ropa. Hace ofrendas en el lararium y jamás entra a los departamentos de los baños… Y no se relaciona con nadie.  Las demás esclavas la ridiculizan por esto, llamándola Minerva (La diosa virgen)

–          ¡Es suficiente! Mi sobrino Marco Aurelio la rechazó. Así pues, puede quedarse aquí. Ahora retírate.

–           Señor. ¿Me permites decirte otra cosa de Aurora?

–           Ordené que me dijeras todo lo que sepas.

–           Toda la familia comenta la fuga de la doncella que debía habitar la casa del noble Marco Aurelio. Después de tu partida, Aurora me dijo que ella conoce a un hombre que la puede encontrar.

–           ¿Ah, sí? ¿Y qué clase de hombre es ése?

–           No lo sé, señor. Pero he creído mi deber informarte del asunto.

–           Está bien. Encárgate de que ese hombre venga lo más pronto posible, junto a la llegada de mi sobrino a quién pedirás en mi nombre que venga a verme.

–           Voy a hacerlo amo.

El mayordomo se inclinó y salió.

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Pero Petronio se puso a pensar en Aurora.

Al principio creyó que la joven sierva deseaba que Marco Aurelio encontrase a Alexandra, para no verse obligada a irse de la casa. Luego se le ocurrió que el hombre del que Aurora hablaba, pudiera ser su amante…

Y esto no solo NO le gustó nada, sino que le hizo sentir un extraño enojo.

La manera más sencilla de saber la verdad, era preguntándoselo a ella. Pero la hora ya era avanzada y él se sentía cansado.

Cuando se retiró a su cubículum y sin saber por qué, recordó a Sylvia. Había notado que ya no era una jovencita y pensó que su belleza ya no era tanta, como se la celebraban en Roma.

Por una extraña razón, ha dejado de gustarle…

Dos días después…

Petronio apenas acaba de vestirse en el unctorium, cuando llegó Héctor a avisarle que Marco Aurelio había llegado.

Éste entró detrás del mayordomo y con una voz llena de ansiedad, dijo:

–           Salve, Petronio. Héctor me ha dicho que has encontrado a un hombre capaz de encontrar a Alexandra. ¿Es verdad?

Petronio confirmó:

–           Eso veremos. Aurora lo conoce. Ahora que venga a arreglar los pliegues de mi toga, lo sabremos con certeza.

–           ¡Ah! ¿La esclava que me cedías el otro día?

–           Sí. La misma que tú rechazaste y por lo cual te estoy muy agradecido, porque es la mejor camarera de toda la ciudad. Y también la más hermosa.

Ella entró cuando él decía estas palabras, se ruborizó llena de alegría y tomando en sus manos la toga que estaba sobre una silla de ébano, abrió aquella vestidura y la puso sobre los hombros de Petronio. En su rostro hay una expresión de radiante felicidad.

Petronio la observó como si la viera por primera vez y se complació en su belleza. Una sonrisa enigmática se dibujó en sus labios y una mirada reflexiva ocultó sus más íntimos pensamientos mientras ella, con movimientos expertos empezó a arreglársela, inclinándose a veces para dar más amplitud a los pliegues.

Petronio la mira, no como el amo acaudalado que examina una adquisición que adorna su casa; sino que empezó a admirar la armoniosa hermosura de su conjunto: su piel alabastrina, que invita a ser acariciada…

Y sin darse cuenta empezó a dejarse fascinar por el encanto que comienza a seducir, cuando un hombre se enamora de una mujer.

–           Aurora. –le dijo con voz suave- ¿Ha venido al llamado de Héctor, el hombre que mencionaste ayer?

Aurora contestó:

–           Ha venido, señor.

–           ¿Cómo se llama?

–           Prócoro Quironio.

–           ¿Quién es él?

–           Un médico, un sabio y un adivinador del futuro, que lee los destinos de los hombres.

–           ¿Te ha predicho a ti el futuro?

Un vivo rubor cubrió el rostro de Aurora hasta las delicadas orejas y todo su cuello, antes de decir:

–           Sí, señor.

–           ¿Y cuál ha sido su predicción?

–           Que el dolor y la felicidad me saldrían al encuentro.

–           El dolor te llegó en las manos de Héctor. De manera que ahora le toca el turno a la felicidad.

–           Ha llegado ya, señor.

Petronio la miró sorprendido:

–           ¿Cómo?

Ella contestó con un murmullo apenas audible:

–           Me quedo.

Petronio puso una mano sobre su cabeza rubia y le dijo:

–           Has hecho bien tu trabajo y estoy muy contento contigo, Aurora.

Ante aquel ligero contacto, la jovencita se sintió desmayar de alegría. Y su corazón palpitó trepidante, mientras Petronio y Marco Aurelio pasaron al atrium, donde los esperaba el griego.

Cuando éste los vio, les hizo una profunda reverencia.

Y Petronio sonrió al recordar su sospecha del día anterior de que tal hombre pudiera ser el amante de Aurora…

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Prócoro es un viejo de regular estatura, de cabellos rizados ralos que alguna vez fueron rubios y ahora lucen un color raro… Porque son evidentes los intentos por cubrirlos con una especie de tinte, para disimular las canas que también hay en su bigote y su barba.

Tiene una cabeza más bien calva, con un rostro lleno de arrugas, en el que sobresale una protuberante nariz de beodo y más bien parece la cara de un sátiro, con una mirada de zorro.

Como tiene los ojos miopes y uno más que el otro, las patas de gallo se acentúan en el lado izquierdo. Son ojos de un verde desvaído con tintes amarillos y una expresión taimada, disimulada con una sonrisa hipócrita y servil.

Mueve con afectación unas manos blancas… Tan pequeñas y delicadas que parecen de mujer y que para nada ayudan a su figura grotesca y un tanto ridícula, por lo afectado de sus modales.

Podría decirse que es un esclavo, intentando ser un patricio… Y sus vanos esfuerzos aumentan los defectos que trata de ocultar.

Definitivamente es una figura extraña. Vestido con una túnica de lana y un manto que alguna vez fuera un rico manto y en el que se notan algunos agujeros…

La vista de este personaje le hizo recordar a Petronio a Tersites, (griego feo, que en el sitio de Troya al hablar mal de Aquiles, fue muerto por éste de una puñalada) el de Homero. Así pues, contestando a su saludo con un movimiento de la mano, dijo:

–           ¡Salve, divino Tersites! ¿Dónde está la giba con que te obsequió Ulises en Troya y qué hace él ahora en los Elíseos?

Prócoro Quironio replicó:

–           Noble señor, Ulises el más sabio de los muertos, envía por mi conducto un saludo a Petronio, el más sabio de los vivos; junto con el encargo de que cubra mi futura giba con un manto nuevo.

Petronio exclamó sorprendido:

–           ¡Por Zeus! Esa respuesta bien merece un manto.

Y los dos se enfrascaron en un intercambio filosófico agudo y lleno de ingenio…

La continuación de este diálogo fue interrumpida bruscamente por Marco Aurelio, al preguntar:

–           ¿Tienes una idea clara de la empresa que vas a emprender?

Prócoro hizo una inclinación de cabeza ante Marco Aurelio, antes de decir:

–           Cuando todos los miembros de las dos nobles casas, no hablan de otra cosa. Y cuando Roma entera repite la noticia, no es difícil saberlo. Anteayer por la noche fue interceptada una doncella llamada Alexandra y que estaba en custodia en la casa de Publio Quintiliano.

Tus esclavos… ¡Oh, señor! Cuando la conducían del palacio del César a tu casa, fue cuando se verificó el suceso. Yo me comprometo a encontrarla en la ciudad. Y si hubiera salido de ella, lo que es poco probable… A indicarte noble tribuno, a donde ha huido y el sitio donde se haya ocultado.

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A Marco Aurelio le agradó la precisión de la respuesta y dijo:

–           Está bien. ¿Con qué medios cuentas para hacer esto?

Prócoro sonrió con malicia y expresó:

–           Tú tienes los medios, señor. Yo solo poseo el ingenio.

Petronio sonrió a su vez. Está muy complacido con su huésped y pensó:

“Este hombre la va a encontrar.”

Marco Aurelio frunció el entrecejo y advirtió:

–           ¡Desdichado! Si llegas a engañarme por codicia, daré orden de que te apaleen.

Prócoro se defendió:

–           Soy filósofo, señor. Y un filósofo no es capaz de sentir el ansia de la recompensa. Especialmente la que con tanta magnanimidad me estás ofreciendo.

Petronio intervino:

–           ¡Ah! ¿Eres tú filósofo? Aurora me ha dicho que eres médico y adivino. ¿Dónde la conociste?

–           Ella acudió en demanda de mi ayuda, porque mi fama había llegado a sus oídos.

–           ¿Qué clase de auxilio necesitaba?

–           Para el amor, noble señor. Ella necesitaba ser curada de un amor no correspondido.

–           ¿Y la curaste?

–           Hice más que eso, señor. Le di un amuleto que asegura la reciprocidad. ¡Oh, señor! En Páfos, en la Isla de Chipre, hay un templo en el cual se conserva un cinturón de Venus. Le he dado dos hilos que proceden de ese cinturón, encerrados en una cáscara de almendra.

–          Me imagino que te hiciste pagar bien por ello.

–           Jamás puede pagarse suficiente por la reciprocidad en el amor. Y yo que carezco de dos dedos en mi mano derecha, me veo obligado a juntar dinero para comprar un esclavo copista a quién pueda encargar la tarea de escribir mis pensamientos. Y conservar así el fruto de mi sabiduría, para el bien de la humanidad.

–           ¿A qué escuela perteneces?

–           Señores, yo soy cínico; porque llevo un manto agujereado. Soy estoico, porque soporto con paciencia la pobreza. Soy peripatético, porque no poseo una litera y voy a pie de una tienda de vinos a la otra… Y en el camino enseño a todo aquel que promete pagarme el valor de un cántaro de vino.

–           ¿Y ante el cántaro te vuelves retórico?

–           Heráclito declara que ‘todo es fluido’. ¿Podrías negar tú señor, que el vino es fluido?

–           Y ha declarado también que el fuego es una divinidad y por eso la divinidad irradia de tu nariz.

Prócoro no se intimida…

–           Los otoños son fríos y un sabio de genuina estirpe ha de calentar su inspiración y su cuerpo con vino. ¿Acaso podrías negar este consuelo a un pobre ser humano?

Petronio continuó con su interrogatorio:

–           Prócoro Quironio, ¿De dónde eres?

–           Nací en Macedonia. Soy oriundo de Estagira…

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–           ¡Oh! Entonces tú eres grande.

El sabio respondió con aire reflexivo:

–           Y desconocido…

Marco Aurelio volvió a impacientarse.

Ante la perspectiva de la esperanza que ilumina de pronto su vida, toda esa conversación le pareció simplemente ociosa. Están desperdiciando el tiempo y se siente muy incómodo…

Se decide y le pregunta al griego:

–           ¿Cuándo comenzarás con tus investigaciones?

Prócoro respondió con una sonrisa triunfal:

–          Las he comenzado ya. Y aun cuando ahora me encuentro aquí respondiendo a tus preguntas, ya estoy trabajando en el asunto que te preocupa.

Petronio preguntó:

–           ¿Te has ocupado antes de servicios de este género?

–          Soy un filósofo incomprendido y tengo necesidad de buscar otros medios de subsistencia.

–           ¿Cuáles son tus recursos?

–           Averiguarlo todo y servir con mis noticias a quién de ello tenga necesidad.

–           ¿Y quién paga eso?

–          ¡Oh, señor! Necesito comprar un copista. De otra forma mi sabiduría perecerá conmigo.

Petronio lo miró evaluándolo y declaró:

–           Si hasta hoy no has reunido lo suficiente para comprar un manto nuevo, no pueden ser tan buenos esos servicios tuyos.

Prócoro no se amilanó:

–           Soy modesto. ¡No! Mis servicios no son pequeños. Ponme a prueba y lo verás…

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Marco Aurelio pensó que este hombre era como un sabueso. Una vez puesto en la pista, no se detendrá hasta descubrir el escondite de Alexandra.

E indagó:

–           Y bien. ¿Necesitas mayores indicios?

–           Necesito armas.

Marco Aurelio lo miró con sorpresa e indagó:

–           ¿De qué clase?

El griego extendió una mano y con la otra hizo ademán como si contara dinero.

Lanzó un profundo suspiro y dijo lacónico:

–           Tales son los tiempos.

Petronio intervino y preguntó:

–          ¿Entonces tú has de ser el asno que quiere ganarse la fortaleza con bolsas de oro?

Prócoro suspiró y contestó con humildad:

–           Yo soy tan solo un pobre filósofo. Ustedes tienen el oro.

Marco Aurelio le arrojó una bolsa que el griego cogió en el aire…

Y éste, respondió decidido:

–          Sé más de lo que tú crees. No he venido aquí con las manos vacías. Sé que no ha sido Publio Quintiliano quién interceptó a la doncella, porque he hablado con los esclavos del general. Sé que la Princesa Alexandra no está en el Palatino, porque allí todos están preocupados sólo por la Infanta Augusta.

Y es posible que pueda yo adivinar porqué quieres buscar a la doncella con mi ayuda, antes que con los guardias de la ciudad y los soldados del César. Sé que su fuga se efectuó con la ayuda de un sirviente, un esclavo originario del mismo país en el que ella nació.

Los que le ayudaron al sirviente no fueron esclavos, porque ellos se ayudan unos a otros. Y nadie los hubiera podido coaligar contra los tuyos. Solamente algún correligionario ha podido prestarle ayuda.

Petronio no pudo contenerse y exclamó:

–           ¿Lo has oído, Marco Aurelio? ¿No es eso palabra por palabra, lo mismo que yo te he sostenido?

Prócoro dijo:

–           Es un honor para mí. Es indudable que la doncella rinde culto a la misma divinidad que adora Fabiola, esa dama virtuosa que es una verdadera matrona romana. He sabido también que Fabiola adora a un Dios extranjero, pero sus esclavos no supieron decirme qué Dios es, ni cómo se llaman los que le rinden culto.

Si yo pudiera saberlo, iría a buscarlos y me convertiría en el más abnegado prosélito de esa religión y me ganaría su confianza… También sé señor, que tú pasaste una temporada en la casa del noble Publio y… ¿Tú no me puedes dar información sobre ese particular?

Petronio está más que admirado…

Marco Aurelio contestó:

–           No puedo.

Prócoro tomó el dominio de la situación:

–          Nobles señores, me han hecho ya varias preguntas. Permitid que ahora sea mí turno y os haga una: ¿No habéis visto a Fabiola o a tu divina Alexandra, llevar algún amuleto o adorar alguna estatua; presentar alguna ofrenda o celebrar alguna ceremonia? ¿No les has visto hacer algunos signos inteligentes solo para ellos?

Marco Aurelio exclamó:

–           ¡Signos! ¡Espera!… Sí. Vi una vez a Alexandra dibujar un pescado sobre la arena.

EL PESCADO Y SU SIGNIFICADO

–           ¿Un pescado? ¡Aaaah! ¡Ooooh! Y dime: ¿Ella hizo eso una o varias veces?

–           Solo una vez.

–           ¿Y estás seguro señor, de que fue un pescado lo que dibujó?

A Marco Aurelio se le avivó la curiosidad y preguntó:

–          Sí. ¿Tú sabes lo que significa?

Prócoro Quironio dijo:

–           Lo averiguaré. –Se inclinó en señal de despedida y agregó- ¡Quiera la fortuna derramar igualmente sobre ambos, toda clase de beneficios, nobles y dignos señores!

Petronio al despedirse, especificó:

–           Ordena que te entreguen un manto.

El griego lo miró con respeto y dijo:

–           Ulises te da las gracias en nombre de Tersites.

Y salió haciendo una profunda reverencia…

Cuando se quedaron solos Petronio preguntó a Marco Aurelio:

–           ¿Qué opinas sobre este sabio?

Marco contestó alborozado:

–          Creo que encontrará a Alexandra. Pero también digo que si hubiera un reino de los pícaros, éste sería su más digno soberano. Es todo un pillo.

–           Coincido contigo. Por cierto… He de estudiar más de cerca a este estoico que viene tan perfumado.

El tribuno sólo encoge los hombros…

Mientras tanto Prócoro Quironio oprime en su mano bajo los pliegues de su manto nuevo, la bolsa que le diera Marco Aurelio, admirando tanto su peso, como su áureo retintín.

Y se dirigió a la taberna de Quinto, a escanciar un poco de vino. Y a agradecer a la fortuna porque por fin ha encontrado lo que por tanto tiempo buscó…

Pensó: “Él es joven, irascible, opulento como las minas de Chipre y está dispuesto a pagar la mitad de su fortuna, con tal de recuperar a su amada. Éste es el hombre que me hacía falta. Y sin embargo debo tener mucho cuidado, pues su ceño no me augura nada bueno. ¿Conque ella trazó un pescado sobre la arena? No sé lo que significa eso, pero muy pronto lo sabré.”

Y con determinación siguió su camino…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

LA PROFECÍA


jeru1“En verdad os digo que por las culpas del Templo, esta nación será dispersa.

IGUALMENTE OS ASEGURO QUE SERÁ DESTRUIDA LA TIERRA;

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IGUAL QUE EL TEMPLO DE JERUSALÉN,

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CUANDO LO MONSTRUOSO DE LA DESOLACIÓN ENTRE EN EL NUEVO SACERDOCIO

Arrastrando a los hombres a la apostasía, para abrazar doctrinas infernales.

Entonces se levantará el Hijo de Satanás y los pueblos gemirán aterrorizados.

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Pocos quedarán fieles al Señor.

Y aún entonces, entre convulsiones de horror, vendrá el Fin; después de la victoria de Dios y de sus pocos elegidos…

Y la Ira santa de Dios caerá sobre todos los malditos.»…

En 1944 esta profecía fue revelada a María Valtorta, en el Poema del Hombre-Dios.

¿Cómo fue el Asedio y la Caída del Templo de Jerusalén…?

YeshuaMountDesde un otero cercano a Jerusalén, Jesús observó la ciudad. Y mientras la contemplaba detenidamente, abundantes lágrimas silenciosas resbalaron por sus mejillas y cayeron llenas de tristeza, envueltas en un dolor sin esperanza de consuelo o comprensión. La escena que refiere Lucas parece no tener ilación. Jesús compadece las desventuras de una ciudad culpable y ¿No sabrá compadecer sus costumbres?

El Hombre-Dios como Humano, llora por las ruinas de su  Patria. El Dios hombre sabe que son precisamente esas costumbres las que producen las desventuras y el verlas en el futuro, aumenta su Dolor.

Con su espíritu profético, su Ira contra los Profanadores del Templo es lógica consecuencia por lo que Él sabe de las desventuras que arrollarán a Jerusalén.

Las profanaciones del Culto Divino, de la Ley Divina, provocan los Castigos del Cielo.

mercaderesAl convertir la Casa de Dios en una cueva de ladrones, aquellos sacerdotes indignos e indignos creyentes, atraían sobre todo el Pueblo la maldición y la muerte.

Los males que sufre un pueblo, es la consecuencia de vivir peor que animales, pues Dios retira su Protección. Y esto Satanás lo sabe tan bien, que por eso hace todo lo posible para que los hombres con sus acciones, atraigan la Justicia Divina.

Dios se retira y el Mal avanza. Este es el fruto de una vida nacional indigna de los que se consideran hijos de Dios.

daily sacrifices in temple were stoppedY tanto los hombres como las naciones debieran recordar que inútilmente se llora, después de que se ha rechazado la Salvación.

Cuando Jesús estuvo caminando en el suelo de Palestina, lo arrojaron con una guerra sacrílega que partió de cada conciencia entregada al Mal y se esparció por toda la nación.

Los países no se salvan con las armas, sino con una forma de vida que atraiga la Protección del Cielo.

El Domingo de Ramos antes de entrar a Jerusalén, Jesús tenía bajo su mirada la Ciudad que lo rechazaba. Con sus casas amontonadas, sus callejas tortuosas. Todo aquel pueblo que es de su raza y contra cuya negativa nada puede.

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Y exclamó su terrible Premonición:

“¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina cobija a sus polluelos bajo sus alas! ¡Pero tú no has querido! Y he aquí que tu casa será abandonada y permanecerá desierta… Os aseguro que no me veréis, hasta el día que digáis: ¡Bendito sea el que viene en el Nombre del Señor!

Salió del Templo con sus discípulos al atardecer.

Después de cruzar la Puerta de las Ovejas, el grupo siguió los basamentos del Santuario, junto a aquellas enormes murallas que mandó edificar Herodes, vistas desde el Valle del Cedrón.

Desde allí donde Jesús las miró en aquel instante; esas murallas producen todavía una profunda impresión de poder. Son bloques enormes, irregularmente aparejados, de donde brotan macizos de hierbas, arbustos. Y desde donde vuelan recortándose blancas sobre el cielo azul, las palomas que anidan en sus cavidades.

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El miércoles anterior a la Pascua, dijo un discípulo:

–           ¡Maestro, mira que piedras! ¡Qué imponente construcción!

Otros ponderaron los formidables cimientos y su riqueza.

Jesús respondió:

–           ¿Veis todas esas grandiosas construcciones? ¿Veis todo eso? Mírenlo bien. Pues en verdad os digo que vendrán días en que todo eso será arrasado y de ese edificio no quedará piedra sobre piedra. Todo será destruido.

Impresionados por la insistencia que su Maestro ponía en anunciar estas catástrofes, los discípulos le siguieron preguntando. Habían llegado a la ladera del monte.

Jesús les habló de las sorprendentes cosas que anunciarían el Fin del Mundo y el glorioso Advenimiento del Hijo del Hombre.

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Y ellos preguntaron asombrados:

–           ¿Y cuándo sucederá todo esto?

Jesús les respondió:

–           ¿Signos? No faltarán para quienes sepan comprenderlos. Se verán aparecer falsos Mesías, que arrastrarán al Pueblo por falsos caminos. Habrá guerras, sediciones, revueltas. La misma naturaleza hará crisis. Habrá terremotos, prodigios celestes, pestes y hambrunas en la humanidad.

En cuanto a los fieles, y eso también tendrá valor de signo…  Habrán sido perseguidos, detenidos, flagelados. Tendrán que testificar a Cristo con sus sufrimientos y Él habrá puesto en sus labios una sabiduría, a la cual no podrán responder sus adversarios: porque el Espíritu Santo hablará en ellos.

Entonces, cuando el Evangelio haya sido proclamado en el mundo entero, el mundo será destruido…  Como lo será Jerusalén, cuando sea sitiada por un ejército. Y entre tanto en el Lugar Santo reinará ‘La Abominación de la Desolación’ vaticinada por el Profeta Daniel.  36b65f3efbe4c5b25cd89c5dd0b90f4a

¡Horas atroces!…  ‘Que los que estén en Judea huyan a las montañas. Que los que estén en las ciudades, se alejen de ellas. Que el que esté sobre su terrado se guarde de entrar en su casa, al bajar para llevarse algo… Porque aquellos serán los días de la Venganza en los que se cumplirá la Escritura. ¡Ay de las nodrizas! ¡Ay de las mujeres embarazadas!

Porque las tribulaciones serán tales, como nunca se vieron otras semejantes desde el comienzo del mundo. Y como jamás volverán a verse. Grande será la angustia de este país. Grande la cólera sobre este Pueblo. Porque caerá bajo el filo de la espada o lo llevarán cautivo entre todas las naciones.

Jerusalén será pisoteada por los paganos, hasta que se cumplan los Tiempos de los Pueblos.

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1947 MODERNO ESTADO DE ISRAEL

Cuatro décadas después, al principio del mes de Nisán del año setenta de la Era Cristiana, un ejército romano asedió la Ciudad Santa.

Cuatro legiones, tropas auxiliares sirias y númidas, con un total de sesenta mil hombres, equipados con el mejor material bélico.

Lo comanda Tito, hijo de Vespasiano; proclamado emperador seis meses antes por un golpe de estado de las legiones de Egipto. Y esta es otra razón más para vencer, pues necesita de estos lauros para asegurarse el trono imperial.

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Israel insultado. Humillado de innumerables formas por los últimos procuradores, se había sublevado con la loca presunción de lograr contra Roma, el heroico milagro de los macabeos contra los griegos. Todo el Pueblo Elegido hace contra los legionarios una guerra anárquica, pero feroz.

 

Los signos no habían faltado…  No fueron solo los prodigios y las sacudidas sísmicas que relata Flavio Josefo.

Pulularon los falsos profetas. Algunos estaban locos: como el iluminado egipcio que desde el Monte Olivete aseguraba que las murallas de la ciudad, se desplomarían ante su mandato.

Pero otros eran más peligrosos; como los sicarios herederos de los antiguos zelotes, que dirigidos por un personaje extraño, valiente, satánico: Juan de Guiscala, trataron de imponer la tiranía del puñal.

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Se repitieron con demasiada frecuencia las despiadadas rivalidades de las distintas facciones, generando las guerras y las revueltas.

El Pueblo hebreo estaba confuso, dividido y reinaba una brutal contienda entre los ansiosos de paz y los amantes de la guerra.

Los ancianos presintiendo lo que se avecinaba, lloraron por la ciudad considerándola perdida.

Cuando entró Juan en Jerusalén, toda la población salió a las calles creyendo que venía a ayudarles. Pero él y sus hombres además de las disensiones que produjeron, fueron la causa directa de la destrucción de la ciudad…

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Pues no eran más que una caterva de bandidos que consumió las provisiones de los defensores, atrayendo de este modo sobre sí la sedición y el hambre, además de la guerra. Apresaron a Antipas, su familia y su corte… Y los decapitaron.

En la misma Jerusalén asediada, se combatieron fieramente saduceos, fariseos y zelotes. Unos, tomaron la Torre de David. Otros, cercaron el Templo ocupando Ofel y Bezetha; mientras que los otros, convirtieron el Lugar santo en una fortaleza.

EL sanedrín fue disuelto. El Sumo Sacerdocio estaba vinculado a determinadas  familias… Ellos anularon la sucesión, los cargos y se los repartieron entre sí, sorteándolos. Y de esta manera se apoderaron del Gobierno y nombraron magistrados a quienes se les antojó.

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Los sacerdotes lloraron y se lamentaron por el escarnio de la Ley y las dignidades sagradas.

El Sumo Sacerdote Anás II hijo de Anás, reunió a los sacerdotes más queridos por el pueblo: Gorión, hijo de José el Anciano; Simeón, hijo de Gamaliel; Joshua, hijo de Gamala… Y los exhortó a que animaran al pueblo a derribar la tiranía de los zelotes y a que entregaran la ciudad a los romanos.

Pero Juan de Guiscala llamó en su auxilio a veinte mil Idumeos que acamparon delante de las murallas.

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Entonces estalló una violenta tempestad y se desencadenaron vientos huracanados, acompañados de caudalosos aguaceros, rayos y terremotos. Todos vieron esto como un presagio de destrucción y de grandes calamidades.

Los Idumeos pensaron que Dios se había irritado porque tomaron las armas y que no escaparían al castigo.

Anás II y sus compañeros creyeron que ya habían vencido sin batalla, convencidos de que Dios era su General.

Por su parte, los zelotes aprovecharon lo más fuerte de la tempestad: favorecidos por el viento y los estampidos de los truenos, les abrieron las puertas a los Idumeos.

Éstos entraron en el Templo y no perdonaron a nadie.

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Al día siguiente el Primer recinto estaba inundado de sangre y cuando amaneció, había ocho mil quinientos cadáveres. Los restos de Anás II y los príncipes de los sacerdotes, fueron arrojados a la basura.

Y aquel Viernes, fue el inicio del desastre.

Los que se habían sublevado en el Nombre de Dios para hacer respetar la Ley usaron tanta violencia, que terminaron por raptar a las mujeres judías para violarlas. Cometieron incontables asesinatos motivados por la venganza y la codicia. Llevaron su crueldad al extremo de impedir la sepultura de los cadáveres, dejándolos pudrirse al sol.

Y la misericordia desapareció.

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Los malos se indignaron tanto con la caridad de los vivos, que a los que se atrevieron a enterrarlos también los asesinaron. Es tanto el terror, que los supervivientes y los torturados que estaban en las cárceles, envidiaron el reposo de los muertos.

Los zelotes pisotearon todos los derechos humanos.

Se ríen de las Leyes de Dios y ridiculizaron los oráculos de los profetas, calificándolos como artimañas de embaucadores y sin embargo ellos mismos fueron los instrumentos para que se cumplieran algunas predicciones.

Una profecía muy antigua asegura que la ciudad sería conquistada y el Templo quemado, cuando naciera la revuelta entre los israelitas y mancillasen con sus propias manos el Santuario de Dios.

Mientras tanto los jefes romanos quieren avanzar rápido contra la ciudad e incitaron a Vespasiano diciéndole que los dioses están de su parte, como lo demuestran las discordias de Israel.

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Vespasiano responde que es mejor esperar a que la guerra civil los devore; pues mientras ellos se destruyen mutuamente, les facilitarán las cosas para un triunfo más cómodo. Y la fuerza romana aumentará en la misma proporción que la debilidad del adversario, que está ocupado en destruirse a sí mismo.

Vespasiano avanzó desde Antioquia hasta Ptolemaida y allí unió fuerzas con Tito. Luego, sistemáticamente fue conquistando una a una, todas las ciudades de Palestina; hasta que fue capturado Josefo el general judío, líder del ejército israelí.

Tiene veintiocho años de edad, pertenece a la tribu de Leví. Lleva en las venas sangre real. Es sacerdote, hijo de Matías sacerdote fariseo, perteneciente a la primera de las veinticuatro clases sacerdotales. Tiene un hermano que también es sacerdote, el cual junto con sus padres y toda su familia, ha quedado dentro de Jerusalén.

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Tito le respeta porque ha sido un formidable adversario, digno y valiente en la batalla.

Vespasiano sabe que con su captura, prácticamente acabaría la guerra y ordena que lo vigilen estrechamente, pues piensa remitirlo a Nerón.

Pero el prisionero le dijo:

–           No pienses Vespasiano en retener cautivo a Josefo. Si no me mandase Dios a ti, de sobra conozco la Ley de los judíos y de qué manera debe morir el general de un ejército. ¿Me envías a Nerón? ¿Por qué?…  Tú Vespasiano eres César y Emperador. Y también lo será tu hijo Tito.

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Átame más fuerte. Encadéname. Pues muy pronto tú mismo me libertarás. Porque te anuncio César que eres señor no sólo de mí… Sino de tierras, mares y de todo el Imperio. Debes vigilarme más que ahora, para castigarme si afirmé falsamente y con atrevimiento, lo que te he vaticinado como procedente de Dios.

Vespasiano miró a su prisionero y no le quiso creer, pensando que era una estratagema para poderse librar del destino que lo esperaba.

Pero después cuando Vespasiano interrogaba a otros prisioneros, descubrió que Josefo había pronosticado a su pueblo que Jotapata sería conquistada cuarenta y siete días después de que él fuese capturado vivo por los romanos; predicción que se había cumplido cabalmente.

Y sintiendo curiosidad por su propio vaticinio, lo retuvo a su lado y no lo envió a Nerón.  Regresó a Cesárea después de haber sometido todas las ciudades próximas a Jerusalén.

ROMA IMPERIAL

 

Después de la muerte de Nerón, en el año de los cuatro emperadores; sus jefes y sus legiones, rechazaron la noticia de que un hombre tan corrompido como Vitelio dirigiese los destinos del Imperio. No estaban dispuestos a soportar a otro tirano cruel y querían a un buen gobernante. Después de debatirlo, decidieron proclamarlo emperador.

Él se rehusó.

A pesar de su repugnancia y sus esfuerzos por alejar de sí aquel título, terminó por aceptarlo cuando las legiones de Egipto también lo proclamaron.

Entonces Vespasiano recordó la osadía de Josefo, que le profetizó su ascenso al trono en vida de Nerón. Y decidió quitarle la infamia al mismo tiempo que las cadenas, dándole la Epitimia, (En derecho griego, la condición de hombre libre que goza de todos los derechos y honores civiles)

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Al ser liberado y según la ley romana, tomaría el nombre de su vencedor: Flavio Josefo. Se convertiría en cronista del nuevo emperador y un importante historiador, pues él era un israelita que amaba a Dios y a su patria.

Y Josefo tuvo que gustar la amargura de testificar para la posteridad, la forma tan apocalíptica como desapareció de la faz de la tierra, todo lo que en el mundo había amado y era precioso y sagrado para él: el Templo, símbolo de su religión. Su familia, su pueblo y su nación.

Y pasar el resto de su vida, en medio de los paganos que los habían destruido y  que nunca comprenderían la magnitud de su tribulación.

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Tito acampado en Scopo, dirigió cuidadosamente su ataque y sitió Jerusalén.

Los judíos se creyeron fuertes al principio pues contaban con diez mil soldados, más veinte mil Idumeos y excelentes mercenarios. Y la ciudad rodeada por una triple muralla, erizada de noventa torres, parecía inexpugnable. Tenía cuatrocientos balistas y escorpiones que habían sido arrebatados a la Legión de Cestio Galo.

Pero si los romanos demoraban en atajar por la fuerza, un aliado más temible trabajó más aprisa para ellos: el Hambre.

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Esta calamidad que también había sido profetizada, llegó a ser tan espantosa que impulsó a errores nefandos…

«¡Ay de las nodrizas! ¡Ay de las mujeres embarazadas!…» El Eco de las Palabras de Jesús, retumbaría por  todo el imperio…

Había una mujer transjordana de noble y rica familia que huyendo de la guerra civil, se había refugiado en Jerusalén. Y los bienes que llevó de Perea, se los robaron los sediciosos cuando saquearon su mansión.

Unos soldados atraídos por el olor a carne asada, entraron a la casa y amenazaron con degollarla, si no les entregaba el alimento.

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Con mirada de demente, ella les entregó una bandeja en la que estaba el cuerpo descuartizado de su hijo y del cual ya había consumido una mitad.

Ellos se horrorizaron ante el espantoso asado y se marcharon dejándolo a la madre.

Cuando los romanos se enteraron de aquel crimen, Tito se encolerizó y dijo que los padres merecían aquellos alimentos, porque no renunciaban a las armas.

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Y reflexionó cuanta sería la desesperación de sus enemigos, que los había hecho perder la cordura.

Este suplicio duró cien días.

La ciudad estaba superpoblada. El ataque (Y esto también lo dijo Jesús) se realizó tan repentinamente, que los peregrinos de la Pascua se encontraron bloqueados, junto con un gran número de refugiados de las provincias.

Un muro de asedio de ocho kilómetros de largo, semejante al que permitió a César vencer en Alesia a  Vercingétorix, imposibilitó toda clase de avituallamiento.

Los soldados robaban para comer. Los desgraciados que intentaban huir de aquel infierno, topaban con el cerco de los romanos y al ser apresados, los regresaban con las manos cortadas si eran mujeres. A los hombres los crucificaron en un sitio bastante visible.

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Un día, el vientre de un crucificado se abrió bajo el peso de las monedas de oro que había escondido en sus entrañas. Y a partir de ese momento, todos los prisioneros fueron desventrados. Y dos mil de ellos fueron destripados en una sola noche.

Forzados el segundo y luego el tercer recinto, Jerusalén seguía sin rendirse.

Los jinetes nubios de Tito, lanzados al galope a través de las callejuelas, barrían todo a su paso cercenando las cabezas.

Casa por casa, los barrios fueron tomados y sus habitantes aniquilados. Parecía que nada podía acabar con aquella ciudad enardecida, cuyos pobladores asediados como espectros famélicos, todavía tenían fuerzas para efectuar incursiones.

Cuando Tito entró en la ciudad se admiró no solo de sus fortalezas, sino de las torres que habían sido abandonadas. Cuando vio sus grandes y macizas dimensiones,  el tamaño de las piedras y lo exacto de su conexión, su dureza y amplitud…

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Tito dijo:

–           En verdad nos asistió la Divinidad en esta guerra. Pues solo Él pudo ser el que arrojara a los judíos de estas fortificaciones, ¿Qué hombres o máquinas hubieran conseguido someterlos?

Tomada la Torre Antonia sólo quedó el Templo, que rechazó el asalto general de los romanos.

Tito vaciló en usar el fuego. ¿Acaso él iba a destruir aquella maravilla de magnificencia? Sus arietes lo habían atacado durante seis días sin afectarlo lo más mínimo y en un contraataque judío perdió muchos soldados…

Comprendió que sus esfuerzos por conservar un templo extranjero, sólo lo estaba perjudicando a él mismo. Entonces mandó que se prendiese fuego a las puertas. Ardió el precioso cedro y la plata que las forraba, se derritió.

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Los judíos miraron consternados el fuego que los rodeaba y que duró dos días. Al amanecer del tercero fue embestido el Templo por todas partes.

Los romanos se quedaron asombrados ante la magnífica y maravillosa belleza que iba aumentando en grandeza y riqueza, conforme se acercaban al Lugar donde estaba el  Santo de los santos.

Y comprobaron que el Templo era más grandioso de lo que se desprendía de los relatos… Y porqué merecía tantas alabanzas.

Un legionario tomó una madera encendida y prendió una ventana de oro, por la cual penetraron en el recinto que circundaba el Lugar Santo y pasaron a filo de espada a todos los que encontraron a su paso.

En torno al altar se amontonaron los cadáveres de los sacerdotes y la sangre se deslizaba por las gradas…

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Tito victorioso, intentó evitar el desastre junto con su estado mayor. Penetró en el Santuario y ordenó que apagaran el fuego, para que no llegase al Lugar Santísimo.

Pero los soldados exasperados por la espera y la batalla, no le oyeron o fingieron que no le oían; pues además de su ira y su odio contra los hebreos, los impulsaba la esperanza del botín, pensando que en el interior encontrarían grandes tesoros, al ver que todo lo que los rodeaba estaba hecho de oro.

Uno de ellos esquivó a Tito, cuando éste corrió a detenerlo y arrojó fuego a los goznes de la puerta. La llama no tardó en brillar en el interior del Lugar Santísimo, devorando el Velo que rodeaba al Santo de los Santos.

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Legionarios y beduinos empuñando antorchas, activaron el incendio fatal.

El victorioso romano sentenció:

–           Este pueblo está tan manifiestamente bajo el Castigo Divino, que parecería impío concederle gracia.

Y se retiró con su estado mayor, abandonando a su destino al que había sido el orgullo de Israel.

Y ya nadie estorbó a los incendiarios.

Mientras ardía el Templo ocurrió el saqueo de cuanto hallaban a la mano.

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Mataban, violaban, degollaban, en los atrios y en todos lados. Todos fueron perseguidos y matados: los que suplicaban piedad y los que se resistían con las armas.

El fragor del incendio formó un eco siniestro con los sonidos de los moribundos. Y como la colina era alta y grandes las proporciones del Santuario, parecía que toda la ciudad era pasto de las llamas.

Sublime y espantoso era aquel estruendo. Todo retumbaba.

Y así fue quemado el Templo de Jerusalén.

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Los soldados reunieron tanto botín en los saqueos, que el peso del oro se vendió en Siria en menos de la mitad de su valor anterior. Y también la ciudad fue saqueada e incendiada.

Después de sacarlos a la superficie, los romanos mataron, esclavizaron o destrozaron, a los que se habían escondido en las cloacas; donde también encontraron muchos tesoros.

Y así fue conquistada Jerusalén.

Pasado a cuchillo el pueblo, carbonizado el Templo y la ciudad convertida en una brasa; lo único que faltaba era decidir la suerte de los noventa y siete mil cautivos…

El rey Izate con su familia en calidad de rehenes, fueron encadenados y enviados a Roma.

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Los sediciosos fueron ajusticiados, entre ellos Juan de Guiscala. Los hombres más altos y hermosos, fueron escogidos como trofeos para el desfile del triunfo. Los demás, si pasaban de los diecisiete años, fueron encadenados y mandados a las minas egipcias.

Tito distribuyó grupos considerables y los envió como regalo a las provincias, para las luchas de gladiadores y los juegos de circo con bestias. Los menores de diecisiete años, fueron vendidos como esclavos.

Y así desapareció una nación.

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Liberó a los que estaban en las cárceles y demolió la ciudad y el Templo, salvo las Torres: Fasael, Híppico, Mariamne y parte de la muralla que cerraba la ciudad por el oeste.

Ésta, para que les sirviese de campamento a los que quedasen de guarnición. Y aquellas, para que mostrasen a la posteridad qué ciudad y qué clase de fortificaciones había sometido el valor romano.

Y también como monumentos de su buena fortuna, que había conquistado lo inconquistable.

Derribaron todo lo demás de tal forma, que nadie hubiera creído que algún tiempo sirvió de habitación a seres humanos.

Y así fue arrasada Jerusalén.

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Tito elogió a sus tropas y las recompensó, pues su bravura había aumentado el poder y la gloria de Roma.

Y ninguno de los que se arriesgó más que otros, quedaría sin su justa retribución. Les entregó largas espadas de oro, ascendiéndolos de rango entre los militares y les repartió parte de los despojos del botín.

Y los envió a distintos lugares donde estarían mejor situados.

Al asesinato de Esteban, que narra el Evangelista San Lucas en el Libro de los Hechos de los Apóstoles; le había seguido la primera persecución contra los cristianos, donde murieron dos mil; incluido Nicanor, uno de los siete diáconos.

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La mayoría de los demás, se dispersaron y se transformaron en misioneros itinerantes. Ocho años antes de la tragedia de Israel, en el año 62 d.C. y según palabras de Flavio Josefo:

“Anás II  era un saduceo sin alma. Convocó astutamente al Sanedrín en el momento propicio: el Procurador Festo había fallecido. El sucesor, Albino; todavía no había tomado posesión. Hizo que el Sanedrín juzgase a Santiago, el hermano de Jesús llamado el Cristo y a algunos otros. Los acusó de haber trasgredido la Ley y los entregó para que fueran apedreados.”

A partir de aquel momento, los cristianos serían tratados como delincuentes y la Iglesia Perseguida empezó a tomar precauciones, para sobrevivir.

Refugiados en Pella y Transjordania, los primeros cristianos que supieron reconocer a tiempo los signos del desastre…

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JERUSALEN RODEADA POR EJÉRCITOS

 

No pasará esta generación antes de que sucedan estas cosas. El Cielo y la Tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.”

Todo lo que Jesús predijera estaba consumado.

Cinco meses había durado el sitio que acabó después de tantas escenas de horror inimaginable.

Jerusalén había sido destruida y arrasada. El Templo, había ardido y desaparecido. De la resistencia judía sólo quedaban unos cuantos grupos insignificantes, ocultos en cuevas y que sucumbirían al cabo de tres años, con la toma de Masada.

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Judea se convirtió en una provincia romana separada de Siria y ocupada por una legión acuartelada en Jerusalén.

Habían desaparecido el Sanedrín y el Sumo Pontificado.

En cruel ironía, Roma exigió el impuesto ritual que todos los judíos debían pagar al Templo, para ingresarlo al tesoro de Júpiter.

Tito regresó a Roma trayendo consigo como prisioneros de guerra a los jefes, junto con Simón bar Giora, además de setecientos hombres escogidos por su estatura y belleza corporal, para presentarlos en su Triunfo.

Hombres que después fueron regalados como esclavos a diversos funcionarios romanos…

Vespasiano le salió al encuentro y decidieron celebrar juntos sus gloriosas hazañas.

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Al amanecer Vespasiano y Tito, coronados de laurel y vestidos de púrpura, se dirigieron al Pórtico de Octavio donde los esperaba el Senado, los principales magistrados y los del Orden Ecuestre.

Después de la recepción, las oraciones rituales y un corto discurso al pueblo desde el Podium Imperial que había sido preparado para esta ocasión tan solemne, despidieron al ejército para que celebrase el banquete que había sido ordenado por los emperadores.

Luego se pusieron las vestiduras triunfales y se dirigieron a la Puerta de la Pompa, para ofrecer sacrificios a los dioses que estaban adyacentes. Después dieron la señal de partida para el cortejo triunfal.

Es imposible describir la cantidad y magnificencia de lo que se exhibió: impresionantes obras de arte, exquisitas y variadas en riqueza hechas con plata, oro, marfil y piedras preciosas.

Un increíble caudal de objetos: vestiduras de púrpura con bordados babilónicos. Abundantes coronas, tiaras y joyas. Diferentes especies de animales, magníficos y soberbios en belleza.

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Enormes imágenes de los dioses, ostentando la destreza de los artífices, hechas con diferentes materiales. Los portadores de esta riqueza vestían de púrpura recamada en oro, solo los que los mandaban, superaban la riqueza de su indumentaria.

También los cautivos estaban  adornados y los finos tejidos que los cubrían, ocultaban la fatiga de sus cuerpos.

Pero lo más asombroso fueron las torres hechas con oro y marfil.  Estaban trabajadas con tal arte, que era una delicia contemplarlas.

En ellas estaban representadas con diversas escenas, las peripecias de la guerra. Toda la historia de la Destrucción de Jerusalén, estaba narrada de manera magistral en ellas. Todos los trágicos sucesos que los israelitas habían padecido: Se veía cubierta de cadáveres lo que había sido una nación feliz.

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La fuga del enemigo. La captura de los adversarios. La conquista de las fortificaciones. La entrada del ejército. La matanza y las súplicas de los derrotados. El Templo en llamas. El derrumbe de las casas. El río que corría en una ciudad ardiente. Jerusalén arrasada.

El arte de estas representaciones era tan perfecto que a los espectadores del desfile les parecía haber presenciado todos estos sucesos.

Al último venían los despojos del Tesoro del Templo de Jerusalén: la mesa de oro que pesaba muchos talentos y su candelabro áureo que tenía la caña central en un pedestal, con los brazos tan abiertos que semejaban un tridente, con un bronce en forma de lámpara, en el extremo de cada uno. Estas lámparas eran siete.

Muchos objetos del culto sagrado. El último de los despojos era la Ley de los Hebreos.

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Después desfilaron muchísimos hombres, llevando las imágenes de la Victoria. Finalmente, pasó Vespasiano seguido de Tito.

También Domiciano cabalgaba con ellos con aspecto glorioso, en un corcel tan soberbiamente hermoso, que a su paso despertaba la admiración.

Vespasiano tenía tan poca afición a la pompa exterior, que cuando vio la lentitud de la marcha en el desfile y cansado de la ceremonia…

Exclamó:

–           Es mi justo castigo por haber deseado neciamente a mi edad el triunfo y haber aceptado lo que no me correspondía por nacimiento.

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Se detuvieron en el Templo de Júpiter Capitolino a esperar la noticia de que el general enemigo había muerto.

Simón bar Giora había desfilado entre los cautivos con una cuerda en el cuello, luego fue torturado y enseguida ejecutado en el Forum. Cuando se avisó que había expirado, el pueblo gritó de alegría.

Ofrecieron sacrificios y rezaron, así como lo acostumbran en semejantes solemnidades.

Luego se trasladaron al Palacio Imperial y allí fueron guardados la Ley Sagrada y los velos purpúreos del santuario destruido en Jerusalén.

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Los emperadores ofrecieron un banquete a sus invitados y los demás celebraron en sus casas. La ciudad de Roma estaba de fiesta por la victoria de su ejército, el fin de sus guerras civiles y sus esperanzas de dicha y prosperidad.

Después de estabilizar el imperio, Vespasiano construyó en un tiempo asombrosamente rápido un templo dedicado a la Paz. Lo adornó con pinturas y estatuas. Reunió todas las riquezas que había conquistado en sus campañas militares y las depositó en él, junto con los tesoros del Templo de Jerusalén.

En una ironía final, éstos también le sirvieron para financiar la obra más grandiosa de la arquitectura romana:

 El Anfiteatro Flavio, que también fue construido por el resto esclavizado del Pueblo Elegido del desaparecido Israel, en lo que fuera la Casa Dorada de Nerón y en el lugar en donde estaba la estatua colosal del aciago emperador.

Por esto, también sería llamado Coliseum.

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 Éste sería considerado dos milenios después una de las siete maravillas del mundo y símbolo tanto del genio de sus creadores, como de la barbarie humana que lo sacralizó para la historia de la cristiandad.

Su espectacular estructura, a pesar de que solamente es una ruina y ya no tiene la magnificencia de su inicio,  actualmente es un exponente de lo grandioso que era el Imperio Romano.

Y de cómo fue el magnífico altar donde fueron sacrificados los cristianos, al Dios al que aprendieron a amar hasta ofrendarle la vida.

El Coliseo Romano está en el corazón, de la moderna Ciudad Eterna.

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HERMANO EN CRISTO JESUS:       

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