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99 EXPULSADO DE TIERRA SANTA


99 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús atraviesa junto a sus apóstoles los campos llanos de Agua Especiosa.

El día está lluvioso, el lugar desierto.

Debe ser aproximadamente mediodía, porque el simulacro de sol que de vez en cuando sale de detrás del telón gris de las nubes, cae perpendicularmente.

Jesús está hablando con Judas y lo manda al poblado,  para hacer las compras más urgentes.

Cuando se queda solo se le acerca Andrés, que tímido como siempre, dice en tono bajo:

–     ¿Puedo decirte una cosa, Maestro?

Jesús responde:

–     Sí. Ven adelante conmigo.

Y alarga el paso seguido por el apóstol, adelantándose unos metros respecto a los demás.

–     La mujer ya no está, Maestro – dice Andrés apenado.

Y explica:

–     Le han pegado y ha huido, iba herida y sangrando.

El encargado la ha visto. Me he adelantado, diciendo que iba a ver si nos habían tendido alguna insidia, pero la verdad es que quería ir a verla enseguida.

¡Tenía una gran esperanza de conducirla a la Luz! ¡He orado mucho estos días por ello!… Ahora ha huido. Se perderá. Si supiera dónde está, iría…

Esto no se lo diría a los otros, pero a Tí sí te lo digo porque me comprendes. Tú sabes que esta búsqueda no está dictada por el sentido, sino que se justifica sólo por el deseo

¡Tan grande que se hace tormento!  de poner a salvo a una hermana mía…

–     Lo sé, Andrés.

Y te digo: Aun habiendo sucedido las cosas así, tu deseo se cumplirá.

Nunca se pierde la oración realizada en ese sentido. Dios la usa. Ella se salvará.

–     Si eres Tú quien lo dice… ¡Mi dolor se mitiga!

–     ¿No quisieras saber qué es de ella?

¿No te importa ni siquiera el no ser tú el que la conduzca a Mí? ¿No preguntas cómo lo hará? 

Jesús sonríe dulcemente, con todo un brillar de luz en sus pupilas azules inclinadas hacia el apóstol, que va caminando a su lado.

Es una de esas sonrisas y de esas miradas que constituyen uno de los secretos de Jesús para conquistar los corazones.

Andrés, con sus dulces ojos castaños, lo mira…

Y dice:

–      Me basta con saber que viene a Tí.

Luego, yo u otro, ¿Qué importancia tiene? ¿Cómo lo hará? Esto Tú ya lo sabes, no es necesario que yo lo sepa.

Tú lo has asegurado, ya tengo todo. Y me siento feliz.

Jesús le pasa el brazo por los hombros de su tímido apóstol y lo estrecha contra Sí, con un abrazo afectuoso, que hace entrar en éxtasis al buen Andrés.

Y teniéndolo así, habla:

–      Éste es el don del verdadero apóstol.

Mira amigo mío, tu vida y la de los apóstoles futuros será siempre así. En alguna ocasión seréis conscientes de ser los “salvadores”,

Pero la mayoría de las veces salvaréis sin ser conscientes de haber salvado a las personas que más querríais salvar.

Sólo en el Cielo veréis que os salen al encuentro o que suben al Reino eterno, vuestros salvados.

Y por cada uno de los salvados aumentará vuestro júbilo de bienaventurados.

En alguna ocasión lo sabréis ya desde la Tierra. Son los contentos que os doy para infundiros un vigor aún mayor para nuevas conquistas.

Pero, ¡Dichoso aquel sacerdote que no tenga necesidad de estos incentivos para cumplir su propio deber!

¡Dichoso aquel que no se abate por no ver triunfos y dice: “Ya no hago nada más, puesto que no encuentro una satisfacción”

Pastoreando al rebaño de Nicaragua, enmedio de la Persecución…

La satisfacción apostólica, en cuanto único incentivo para el trabajo, muestra una no formación apostólica, rebaja el apostolado, que es una cosa espiritual, al nivel de un común trabajo humano.

Jamás debe uno caer en la idolatría del ministerio.

No sois vosotros los que tienen que ser adorados, sino el Señor Dios vuestro.

A Él sólo la gloria de los salvados.

A vosotros os corresponde la obra de salvación, dejando para el tiempo del Cielo la gloria de haber sido “salvadores”.

Pero me decías que el capataz la había visto. Cuéntame.

–      Tres días después de habernos marchado, vinieron unos fariseos a buscarte.

Naturalmente, no nos encontraron.

Recorrieron el pueblo y las casas de los campos como si estuvieran vivamente interesados en Tí; pero ninguno lo creyó.

Se albergaron en la posada, obligando con soberbia a desalojarla a todos los huéspedes, porque decían que no querían contactos con extranjeros desconocidos, que podían incluso profanarlos.  

Y todos los días iban a la casa. Pasados algunos días encontraron a esa pobrecilla, que iba siempre allí porque quizás esperaba encontrarte y conseguir su paz.

La hicieron huir, siguiéndola hasta su refugio en el establo del encargado.

No la agredieron inmediatamente, dado que el encargado y sus hijos habían salido armados de garrotes.

Pero luego por la tarde, cuando ella salió de nuevo, volvieron. Y venían con otros.

Y cuando la mujer fue a la fuente empezaron a apedrearla, llamándola “meretriz” y señalándola para que sufriera el vituperio de las gentes del pueblo.

Y dado que ella se echó a correr queriendo huir, la alcanzaron, le pegaron, le arrancaron el velo y el manto para que todos la vieran.

Y siguieron pegándole, tratando de imponerse con su autoridad al arquisinagogo, para que la maldijera y fuera así lapidada.

Y para que te maldijera a Tí, que la habías traído al pueblo.

Pero él no quiso hacerlo y ahora está esperando el anatema del Sanedrín.

El encargado la arrancó de las manos de esos canallas y la socorrió.

Pero por la noche, ella se marchó dejando un brazalete con una palabra escrita sobre una tira de pergamino. Había escrito: “Gracias. Ruega por mí”.

El encargado dice que es joven y que es bellísima, aunque esté muy pálida y muy delgada.

La ha buscado por los campos, porque estaba malherida, pero no la ha encontrado.

Y no se explica cómo haya podido alejarse mucho. Quizás haya muerto así, en algún lugar… Y no se haya salvado…

–     No.

–     ¿No?

¿No ha muerto, o no se ha perdido?

–     La voluntad de redención es ya absolución.

Aunque hubiera muerto estaría perdonada, porque ha buscado la Verdad, poniendo bajo sus propios pies el Error.

Pero no ha muerto. Está subiendo las primeras pendientes del monte de la redención. Yo la veo…

Encorvada bajo el peso de su llanto de arrepentimiento.

Ahora bien, el llanto la fortalece cada vez más, mientras que, por el contrario, el peso va decreciendo. Yo la veo.

Va hacia el sol. Una vez que haya subido toda la pendiente, se encontrará en la gloria del Sol-Dios.

Está subiendo… ayúdala orando.

–     ¡Oh…, mi Señor!

Andrés se siente casi aterrorizado por el hecho de poder ayudar a un alma en su santificación.

Jesús sonríe con mayor dulzura aún.

Y dice: 

–      Habrá que abrir los brazos y el corazón al arquisinagogo, que sufre la persecución.

E ir a bendecir a ese buen encargado. Vamos donde los compañeros, a decírselo a ellos.

Pero, mientras recorren en sentido inverso el camino andado para unirse a los otros diez.

Los cuales, habiendo comprendido que Andrés estaba en coloquio secreto con el Maestro, se habían detenido aparte. 

Entonces llega corriendo Judas.

Viene muy rápido, con su manto ondeando a sus espaldas, haciendo además un verdadero carrusel de gestos con los brazos,

de modo que parece una mariposa gigantesca en veloz vuelo por el prado.

Pedro pregunta:

–      Pero ¿Qué le pasa? ¿Se ha vuelto loco?

Sin dar tiempo a que nadie le responda, Judas ya cerca, con el aliento entrecortado.

Y dice a gritos:

–      ¡Detente, Maestro!

Escúchame antes de ir a la casa… Están al acecho. ¡Qué ruines!… –

Sigue corriendo… ya ha llegado.

Finalmente explica:

–     ¡Maestro, ya no se puede ir allí!

Los fariseos están en el pueblo y todos los días van a la casa. Te esperan con malas intenciones.

Despiden a quienes vienen buscándote. Los aterrorizan con horribles anatemas.

Habrá que resignarse. Aquí te perseguirían y tu obra quedaría anulada…

Uno de ellos me ha visto y me ha agredido. Un feo viejo narigudo que me conoce, porque es uno de los escribas del Templo.

¡También hay escribas!, Me ha agredido, apresándome con sus garras e insultándome con su voz de halcón.

Mientras no pasaba de insultarme a mí y de arañarme. ¡Mira! dice, mostrando una muñeca y una mejilla  decoradas con claras marcas de uñas.

–    Lo he dejado, que lo hiciera sin defenderme.

Pero cuando te ha profanado con su baba, lo he agarrado por el cuello…

Jesús grita:

–     ¡Judas! 

–     No, Maestro.

No lo he ahogado. Solamente le he impedido que blasfemara contra Tí.

Luego lo he dejado marcharse. Ahora está allí medio muerto de miedo por el peligro que ha corrido…

Pero nosotros nos vamos, te lo ruego. ¡Total, ya nadie podría venir a Tí!…

Los apóstoles intervienen:

–     ¡Maestro!

–     ¡Es horrible!

–     ¡Judas tiene razón!

–     ¡Están al acecho como hienas!

–     ¡Fuego del cielo que caíste sobre Sodoma! ¿Por qué no vuelves?

–     Sí señor, ¡Así se hace, muchacho!

¡Lástima que no haya estado también yo; te habría ayudado!

Judas confirma:

–     ¡Oh…. Pedro!

Si hubieras estado tú, ese halconzuelo hubiera perdido para siempre las plumas y la voz.

–     ¡Hombre!

Lo que no entiendo es cómo has podido quedarte a mitad.

–     ¡Bah!…

Una luz repentina en la mente, el pensamiento venido vete a saber de qué cavidad del corazón: “El Maestro condena la violencia” Y me detuve.

Lo cual me ha supuesto un choque interior más profundo aún que el que recibí al pegarme con la pared contra la que me había tirado el escriba cuando me agredió.

Me quedé con los nervios deshechos… Hasta el punto de que después no hubiera tenido ya fuerza para ensañarme con él.

¡Qué esfuerzo supone vencerse!…

–     ¡Sí señor, Judas, magnífico!

¿Verdad, Maestro? ¿Qué piensas de esto?

Pedro está tan contento de lo que ha hecho Judas, que no ve cómo Jesús ha pasado de tener el luminoso rostro de antes,

a mostrar una cara severa que le oscurece la mirada y le comprime la boca, pareciendo ésta hacerse más delgada.

La abre para decir:

–      Yo digo que estoy más disgustado por vuestro modo de pensar que por la conducta de los judíos.

Ellos son unos desdichados que están en las tinieblas.

Vosotros, teniendo la Luz, sois duros, vengativos, murmuradores, violentos. Sóis de los que aprueban como ellos, un acto brutal.

Os digo que me estáis dando la prueba de que seguís siendo los que erais cuando me visteis por primera vez y esto me duele.

Respecto a los fariseos, sabed que Jesucristo no huye. Vosotros retiraos. Yo los afrontaré. No soy un mezquino.

Una vez que haya hablado con ellos sin haber podido persuadirlos, me retiraré.

No debe decirse que Yo no haya tratado por todos los medios de atraerlos hacia Mí.

Ellos también son hijos de Abraham. Yo cumplo con mi deber enteramente.

Es preciso que la causa de su condena sea únicamente su mala voluntad y no una falta de dedicación mía hacia ellos.

Y Jesús camina hacia la casa, que muestra su bajo tejado tras una fila de árboles deshojados.

Los apóstoles lo siguen cabizcaídos, hablando bajo entre sí.

Ya están en la casa.

Tomás vuelve a hacerse cargo de su oficio…

Entran en silencio en la cocina y se ponen manos a la obra con el hogar de la chimenea.

Jesús se sume en su pensamiento.

Van a empezar a comer, cuando un grupo de personas se presenta en la puerta.

Judas dice muy bajito:

–      Ahí están.

Jesús se levanta inmediatamente y va hacia ellos.

Su aspecto impone tanto que, por un instante, el grupito se arredra; pero el saludo de Jesús les permite volver a sentirse seguros:

–      La paz sea con vosotros. ¿Qué queréis?

Entonces estos hombres viles creen que pueden atreverse a todo.

Y arrogantemente, con tono impositivo, dicen:

–      En nombre de la Ley santa, te ordenamos dejar este lugar.

A Tí, perturbador de las conciencias, violador de la Ley, corruptor de las tranquilas ciudades de Judá.

¿No temes el castigo del Cielo, Tú, burdo imitador del Justo que bautiza en el Jordán,? ¿Tú, que proteges a las meretrices?

¡Fuera de la tierra santa de Judá! Que tu hálito, desde aquí, no traspase el recinto de la Ciudad sagrada.

Jesús responde con calma:

–     Yo no hago nada malo.

Enseño como rabí, curo como taumaturgo, arrojo los demonios como exorcista.

Estas categorías,  queridas por Dios, existen también en Judá.

Y Dios exige respeto y veneración hacia ellas por parte vuestra.

No pido veneración.

Pido sólo que se me deje hacer el bien a aquellos que padecen alguna enfermedad en la carne, en la mente o en el espíritu.

¿Por qué me lo prohibís?

–     Eres un poseso. Vete.

–     El insulto no es una respuesta.

Os he preguntado por qué me lo prohibís, mientras que a los otros se lo permitís.

–     Porque eres un poseso y arrojas demonios y haces milagros con la ayuda de los demonios.

–     ¿Y vuestros exorcistas, entonces? ¿Con la ayuda de quién lo hacen?

–     Con su vida santa. Tú eres un pecador.

Para aumentar tu potencia te sirves de las pecadoras, porque en este contubernio se aumenta la posesión de la fuerza demoníaca.

Nuestra santidad ha purificado la zona de esa mujer, cómplice tuya.

Pero no permitimos que sigas aquí como reclamo de otras mujeres.

Pedro inquiere:

–     Pero ¿Es vuestra casa ésta?

Que ha venido junto al Maestro con aspecto poco halagador.

–      No es nuestra casa.

Pero todo Judá y todo Israel están en las manos santas de los puros de Israel.

Judas se ha acercado a la puerta:

–     ¡0 sea, vosotros!…- y concluye con una risotada burlona.

Luego pregunta:

–      ¿Y el otro amigo vuestro dónde está?

¿Temblando todavía? ¡Desvergonzados, marchaos de aquí! Y enseguida, si no os haré arrepentiros de…

Jesús ordena:

–      Silencio, Judas.

Y tú, Pedro, vuelve a tu puesto.

¡Oíd vosotros, fariseos y escribas, por vuestro bien, por piedad hacia vuestra alma, os ruego que no combatáis contra el Verbo de Dios.

Venid a Mí. Yo no os odio. Comprendo vuestra mentalidad y deseo ser indulgente con ella.

Pero quiero conduciros a una mentalidad nueva, santa, capaz de santificaros y de daros el Cielo.

Pero ¿Es que acaso creéis que he venido para ir contra vosotros? ¡Oh no!

Yo he venido para salvaros, para esto he venido. Os tomo en mi corazón. Os pido amor y entendimiento.

Precisamente por el hecho de que sois los que más sabéis en Israel, debéis comprender la verdad más que los demás. Sed alma, no cuerpo.

¿Queréis que os lo suplique de rodillas?

Lo que está en juego, vuestra alma tiene tal valor, que Yo me metería bajo las plantas de vuestros pies, para conquistarla para el Cielo,

con la seguridad de que el Padre no consideraría errónea esta humillación mía. ¡Hablad! ¡Estoy esperando una palabra!

–      Maldición, decimos.

Jesús concluye:

–      Bien. Dicho queda.

Podéis marcharos. Yo también me iré de aquí.

Y Jesús, volviéndose, regresa al sitio de antes. Inclina la cabeza sobre la mesa y llora.

Bartolomé cierra la puerta para que ninguno de estos hombres crueles que lo han insultado…

Y que se marchan profiriendo amenazas y blasfemias contra el Cristo, vea este llanto.

Un largo silencio.

Luego Santiago de Alfeo acaricia la cabeza de su Jesús.

Y dice:

–       No llores.

Nosotros te queremos, incluso por ellos.

Jesús levanta el rostro y dice:

–      No lloro por Mí.

Lloro por ellos, porque sordos como son a toda llamada, procuran su propia muerte».

Santiago de Zebedeo pregunta:

–     ¿Qué vamos a hacer ahora, Señor? 

–     Iremos a Galilea.

Mañana por la mañana saldremos.

–     ¿No hoy, Señor?

–     No.

Tengo que saludar a las personas buenas de este lugar. Vosotros vendréis conmigo.

79 EL TERCER MANDAMIENTO


79 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

El día ha estado nublado y aunque amenaza con la lluvia, eso no ha impedido que una gran muchedumbre haya venido a buscar al Maestro.

Jesús escucha aparte a dos o tres que tienen grandes cosas que decirle y que luego se van a su sitio, más tranquilos.

Bendice también a un niñito que tiene las piernitas fracturadas de forma calamitosa y que ningún médico ha querido tratar de curar, pues decían: «Es inútil. Están rotas arriba, junto a la columna».

Esto lo dice la madre, bañada en lágrimas y explica:

«Iba corriendo con su hermanita por la calle del pueblo. Vino al galope con su carro un herodiano y lo arrolló. Pensé que lo había matado, pero ha sido peor.

Ya ves: lo tengo en esta tabla porque… no hay nada que hacer. Y sufre. Sufre porque el hueso perfora; pero cuando el hueso deje de perforar, seguirá sufriendo porque sólo podrá estar echado sobre la espalda».

Jesús lleno de compasión, por el niñito que está llorando, le pregunta:

–      ¿Te duele mucho?

–       Sí.

–      ¿Dónde?

–       Aquí… y aquí – y se toca con la manita insegura los dos huesos ilíacos.

 Y también aquí y aquí – y se toca las zonas lumbares y los hombros.

La tabla es dura y yo quiero moverme, yo… – y llora desconsolado.

–     ¿Quieres que te tome en brazos?

¿Quieres? Te llevo allí arriba. Verás a todos mientras Yo hablo.

–     ¡Síii! – es un “sí” lleno de anhelo.

El pobrecito niño tiende a Jesus sus brazos suplicantes.

–     Pues entonces ven.

La madre interviene:

–     ¡Pero si no puede, Maestro!

¡Es imposible! Le duele demasiado… Ni siquiera lo puedo mover yo para lavarle. 

Jesús dice:

–     No le hago daño.

–     El médico…

–     El médico es el médico, Yo soy Yo. ¿Por qué has venido?

–     Porque eres el Mesías.

La mujer se pone pálida y roja, con un sentimiento de esperanza y de desesperación al mismo tiempo.

–     ¿Entonces…?

Jesús lo invita: 

 –     Ven, pequeño.

Jesús, pasando un brazo por debajo de las piernas inertes y el otro por debajo de los hombros,

toma al niño y le pregunta: 

–    ¿Te hago daño? ¿No? Pues entonces di adiós a tu mamá y vamos.

Y va caminando con su preciosa carga, entre la muchedumbre que se va abriendo a su paso.

Llega hasta el otro extremo y sube a la tarima  del establo que utiliza como púlpito para que lo vean todos, incluso los que están en el patio.

Entonces pide una banqueta.

Cuando se la proporcionan, se sienta, se coloca bien al niño sobre sus rodillas y le pregunta:

–    ¿Te gusta? Ahora quédate tranquilo y escucha tú también.

El niño está feliz mirando a la gente y sonríe a su mamá, a quien la esperanza tiene llena de emoción y ha quedado en el otro extremo.

Y juguetea con el cordón de la vestidura de Jesús así como con la suave barba rubia del Maestro y con un mechón de sus largos cabellos.

EL TERCER MANDAMIENTO DE LA LEY DE DIOS

Jesús empieza a hablar: 

         “Está escrito: “Cumple un trabajo honesto y el séptimo día dedícaselo al Señor y a tu espíritu”. Esto fue dicho con el mandamiento del descanso sabático.

El hombre no es superior a Dios. Y Dios hizo en seis días su creación y el séptimo descansó.

¿Cómo, pues, el hombre se toma la libertad de no imitar al Padre y de no prestar obediencia a su mandamiento? ¿Acaso es un precepto estúpido?

No. Se trata, ciertamente, de un imperativo saludable, tanto en el orden de la carne, como en el moral, como en el del espíritu.

El cuerpo del hombre, cuando está cansado, tiene necesidad de descansar, de la misma forma que la tiene el cuerpo de todo ser creado.

Descansa incluso – y se lo permitimos, para no perderlo – el buey que usamos en el campo, el asno que nos transporta, la oveja que pare al cordero y nos da leche.

Descansa también- y la dejamos descansar – la tierra de los campos de labor, para que, en los meses en que no está sembrada, se nutra y se sature de las sales que le llueven del cielo o provienen del terreno.

Descansan adecuadamente, incluso sin pedirnos el beneplácito, los animales y las plantas, que obedecen a leyes eternas de una sabia regeneración.

¿Por qué, pues, el hombre se niega a imitar a su Creador, que el séptimo día descansó, y a los seres inferiores – sean vegetales o animales – que, no habiendo recibido sino un imperativo en su instinto, saben conformarse a él y obedecerlo?

Además de físico, es un imperativo moral. El hombre, durante seis días, ha sido de todos y de todo; lo han llevado arriba y abajo, como hace con un hilo el dispositivo del telar.

Sin poder decir en ninguna ocasión: “Ahora me dedico a mí mismo, a mis seres queridos: soy el padre, hoy soy de mis hijos;

soy el marido, hoy me dedico a mi esposa; soy el hermano, disfrutaré estando con mis hermanos; soy el hijo, voy a cuidar la vejez de mis padres”.

Es un imperativo espiritual. El trabajo es santo; más santo es el amor y santísimo, Dios.

Pues entonces no nos olvidemos de darle al menos uno de entre los siete días a nuestro bueno y santo Padre, que nos ha dado la vida y nos la conserva.

¿Por qué vamos a tratarlo como si fuera menos que el padre o que los hijos, o que los hermanos, o la esposa, o que nuestro mismo cuerpo?

El dies Domini sea del Señor. ¡Oh, dulce regresar, después del trabajo del día, por la noche, al ambiente acogedor del hogar lleno de entrañables sentimientos, dulce regresar a él tras un largo viaje!

Y ¿Por qué no ampararse, después de seis jornadas de trabajo, en la casa del Padre? ¿Por qué no ser como el hijo que, al volver de un viaje de seis días, dice: “Aquí estoy, vengo a pasar mi día de descanso contigo”?

Bien, ahora escuchadme; he dicho: “Cumple un honesto trabajo”. Sabéis que nuestra Ley prescribe el amor al prójimo.

La honradez en el trabajo se inscribe en el amor al prójimo.

Quien es honrado en su trabajo no roba en las transacciones, no le sustrae al trabajador su salario, no lo explota de manera culpable.

Tiene presente que quien está a su servicio y quien trabaja para él son una carne y un alma como las suyas.

Y no los trata como si fueran pedazos de piedra sin vida, que es lícito romper o golpear con el pie o con el hierro.

Quien actúa así no ama al prójimo y peca por ello ante los ojos de Dios; su ganancia es maldita, aunque de ella separe el óbolo para el Templo. ¡Oh, qué falsa es esa dádiva!

¿Cómo puede atreverse a depositarla al pie del altar, cuando está rebosando lágrimas y sangre del inferior, explotado?

¿Cuando es un “hurto”, es decir, una traición respecto al prójimo, porque el ladrón es un traidor respecto a su prójimo?

Creedlo: no se santifican las fiestas si no se usan para escudriñarse uno a sí mismo; si no se aprovechan para mejorarse uno a sí mismo, para reparar los pecados cometidos durante los otros seis días.

¡En esto consiste la santificación de la fiesta! Ésta es, no otra, enteramente exterior, que no cambia ni en una jota vuestro modo de pensar.

Dios quiere obras vivas, no simulacros de obras.

Simulacro es la falsa veneración a su Ley; simulacro es la falaz santificación del sábado, o sea, el cumplimiento del descanso para mostrar ante los ojos de los hombres que se obedece al mandamiento,

usando luego esas horas de ocio para el vicio, la lujuria, la crápula, o para pensar en cómo explotar y perjudicar al prójimo en la siguiente semana.

Es simulacro la santificación del sábado, o sea, el descanso material, si éste no se ve acompañado del trabajo íntimo, espiritual, santificante,

de un recto examen de uno mismo, de un humilde reconocimiento de la propia miseria, de un serio propósito de obrar mejor en la semana siguiente.

Diréis: “¿Y si luego se vuelve a pecar?”.

Pues bien, ¿Qué diríais vosotros de un niño que por haberse caído se negara a dar ya un solo paso para así, no volverse a caer?: que es un estúpido; que no tiene por qué avergonzarse de caminar aún con paso inseguro.

Porque a todos nos pasó cuando éramos pequeños, y no por ello nuestro padre no nos amó. ¿Quién no recuerda cómo nuestras caídas nos han atraído una lluvia de besos maternos y de caricias paternas?

Lo mismo hace el Padre dulcísimo que está en los Cielos. Se inclina hacia su criatura, que llora en el suelo y le dice:

“No llores, Yo te levanto. Estate más atento la próxima vez. Ven a mis brazos; en ellos se te pasarán todos tus males para seguir luego tu camino, fortalecido, curado, feliz”.

Esto dice nuestro Padre que está en los Cielos, esto os digo Yo.

Si lograrais tener fe en el Padre, todo os saldría bien; una fe que debe ser, eso sí, como la de un párvulo.

El niño cree que todo es posible, no se pregunta si puede y cómo puede darse un hecho; no mide la profundidad del hecho; cree en quien le inspira confianza, y hace lo que éste le dice.

Sed como los pequeños ante el Altísimo. ¿Qué amor tiene Él por estos desambientados ángeles que constituyen la belleza de la Tierra!

Así ama a las almas que se hacen simples, buenas, puras, como es el niño. ¿Queréis ver la fe de un niño para aprender a tener fe? Observad.

En todos vosotros se veía una compasión hacia el pequeñito que tengo en mi pecho y que contrariamente a lo que los médicos y la madre decían, no ha llorado estando sentado en mi regazo.

¿Veis? Hacía mucho tiempo que lloraba día y noche sin poder hallar descanso y aquí no ha llorado; se ha dormido, sereno, sobre mi corazón.

Le pregunté: “¿Quieres venir a mis brazos?”, y él me contestó: “sí”, sin razonar sobre su mísero estado, sobre el posible dolor que podría sentir, sobre las consecuencias de moverlo.

Ha visto en mi rostro amor y ha dicho: “sí”, y ha venido.

Y no ha sentido dolor. Ha gozado estando aquí arriba viendo él, que está clavado a su tabla lisa; ha gozado al colocarlo en una carne blanda y no en una madera dura.

Ha sonreído, ha jugado y se ha dormido teniendo entre sus manitas un mechón de mis cabellos. “Ahora lo voy a despertar con un beso…

Jesús besa al niño en sus delicados cabellos castaños, hasta que se despierta sonriente.

–     ¿Cómo te llamas?

–     Juan.

–     Escúchame, Juan. ¿Quieres caminar? ¿Ir con tu mamá y decirle: “El Mesías te bendice por tu Fe”?

–     ¡Sí! ¡Sí! – El pequeño da palmadas con sus manitas y pregunta: -¿Haces que pueda ir?

¿Por los prados? ¿Se acabó la tabla fea? ¿Se acabaron los médicos que hacen daño?

–     Se acabó, se acabó para siempre.

–     ¡Ah…, cuánto te quiero!

Echa sus bracitos en torno al cuello de Jesús y lo besa y para besarlo mejor, salta de rodillas encima de sus rodillas:

Y una granizada de besos inocentes cae sobre la frente, sobre los ojos, sobre los carrillos de Jesús.

En su alegría, el niño ni siquiera se da cuenta de que se ha podido mover; él, que hasta ese momento había estado quebrantado.

Pero los gritos de su madre y de la multitud lo hacen volver en sí y girar la cabeza asombrado.

La gente está revolucionada y su madre, desde el otro extremo lo llama uniendo su nombre al de Jesús…

–     ¡Juan! ¡Jesús! ¡Juan! ¡Jesús!

Sus grandes ojos inocentes en el rostro enflaquecido miran como preguntando por qué.

Todavía de rodillas, con el bracito derecho en torno al cuello de Jesús, le pregunta en tono confidencial:

–     ¿Por qué grita la gente y mi madre? ¿Qué les pasa? ¿Eres Tú Jesús?

–     Soy Yo. La gente grita porque está contenta de que puedas andar. Adiós, pequeño Juan – Jesús lo besa y lo bendice -. Ve con tu mamá y sé bueno.

El niño baja, firme, de las rodillas de Jesús y de éstas al suelo.

Y corre hacia donde está su madre, le salta al cuello y dice:

–     Jesús te bendice. ¿Por qué lloras entonces?

La gente está un poco más callada.

Y Jesús dice con voz de trueno:

–      ¡Haced como el pequeño Juan vosotros, que cayendo en el pecado, os herís! ¡Tened fe en el amor de Dios!

La paz sea con vosotros.

Y mientras el vocerío de la multitud, prorrumpiendo en gritos de hosanna, se mezcla con el llanto dichoso de la madre,

Jesús, protegido por los suyos, sale de la estancia, y todo termina.

70 INICIO DE LA PERSECUCIÓN


70 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

En el interior del Templo. Jesús está con los suyos, muy cerca del Lugar Santo, a donde sólo pueden entrar los sacerdotes.

Es un hermoso Patio, en donde oran los israelitas y donde solo los hombres pueden entrar. 

La tarde desciende a la hora temprana de un día nublado de Noviembre.

Entonces se oye un estrepitoso vocerío en que se escucha la voz estentórea y preocupada de un hombre que en latín dice blasfemias, mezclada con las altas y chillonas de los hebreos.

Es como la confusión de una lucha.

Y en el instante se oye una voz femenina que grita:

–     ¡Oh! ¡Dejadlo que pase! ¡Él dice que lo salvará!

El recogimiento del suntuoso Santuario, se interrumpe.

Hacia el lugar de donde provienen los gritos, muchas cabezas voltean.  Y también Judas de Keriot que está con los discípulos, la vuelve.

Como es muy alto; ve y dice:

–  ¡Es un soldado romano que lucha por entrar! ¡Está violando el lugar sagrado! ¡Horror!

Y muchos le hacen eco.

El romano grita:

–    ¡Dejadme pasar, perros judíos!

Aquí está Jesús. ¡Lo sé! ¡Lo quiero a Él! ¡No sé qué hacer con vuestras estúpidas piedras! El niño está muriendo y Él lo salvará. ¡Apartaos, bestias hipócritas! ¡Hienas!

Jesús, tan pronto como comprende que lo buscan a Él; al punto se dirige al Pórtico bajo el cual se oye el alboroto.  

Cuando llega a él, grita:

–     ¡Paz y respeto al lugar y a la hora de la Oferta!

Es el militar con el que habló en una ocasión, en la Puerta  de los Peces.

Y al ver Jesús le dice::

–      ¡Oh! ¡Jesús, salve! Soy Alejandro. ¡Largo de aquí perros!

Y Jesús, con voz tranquila dice:

–      Haceos a un lado. Llevaré a otra parte al pagano que no sabe lo que significa para nosotros este lugar.

El círculo se abre y Jesús llega a donde está el soldado que tiene la coraza ensangrentada.

 

Jesús, al verlo le dice:

–     ¿Estás herido? Ven. Aquí no podemos estar.

Y lo conduce a través de los pórticos, hasta el Patio de los Gentiles. 

Alejandro le explica:

–                 Yo no estoy herido. Es un niño…

Mi caballo cerca de la Torre Antonia, no obedeció el freno y lo atropelló. Le abrió la cabeza de una patada.

Prócoro, nuestro médico dijo: ‘No hay nada que hacer’. Yo no tengo la culpa. Pero me sucedió a mí y su madre está desesperada…

Como te vi pasar y sabía que venías aquí… pensé…’Prócoro no puede. Pero Él, sí’ y le dije: ‘Vamos mujer. Jesús lo curará.’

Pero me detuvieron estos locos. Y tal vez el niño ya está muerto.

Jesús pregunta:

–     ¿Dónde está?

–      Debajo de aquel pórtico. En los brazos de su madre.

–     Vamos.

Y Jesús casi corre, seguido por los suyos y por la gente curiosa.

En las gradas que dividen el pórtico; apoyada en una columna está una mujer deshecha, que llora por su hijo que está boqueando.

El niño tiene el color ceniciento. Los labios morados, semiabiertos, cosa característica en los que han recibido un golpe en el cerebro.

Tiene una venda en la cabeza. Sangre por la nuca y por la frente.

Alejandro advierte:

–     La cabeza está abierta por delante y por detrás.

Se ve el cerebro. A esta edad es tierno y el caballo, además de fuerte; tiene herraduras nuevas.

Jesús está cerca de la mujer que no dice una palabra; aturdida por el dolor, ante su hijo que está agonizando. Le pone la mano sobre la cabeza,

Y le dice con infinita dulzura:

–    No llores, mujer. Ten fe. Dame a tu hijo.

La mujer  mira atontada, la multitud maldice a los romanos y compadece al niño y a la madre.

Alejandro se encuentra atrapado entre la ira por las acusaciones injustas, la piedad y la esperanza.

Jesús se sienta junto a la mujer que es obvio que no reacciona.

Se inclina, toma entre sus manos la cabeza herida. Se inclina sobre la carita color de cera. Le da respiración de boca a boca. Pasa un momento…

Después se ve una sonrisa, que se percibe entre los cabellos que le han caído por delante. Se endereza.

El niño abre los ojitos e intenta sentarse.

La madre teme, pensando que sea el último estertor y grita aterrorizada, estrechándolo contra su corazón.

Jesús le indica:

–     Déjalo que camine, mujer. –extiende sus brazos con una sonrisa e invita- Niño, ven a Mí.

El niño, sin miedo alguno, se arroja en ellos y llora, no como si algo le doliera; sino por el miedo al recuerdo de algo acaecido.

Jesús le asegura:

–    Ya no está el caballo. No está. ¿Ves? Ya pasó todo. ¿Todavía te duele aquí?

El niño se abraza a Él y grita:

–   ¡No! ¡Pero tengo miedo! ¡Tengo miedo!

Jesús dice con calma:

–   ¿Lo ves, mujer? ¡No es más que miedo! Ya pasará. 

Mirando a los presentes, dice:

–     Traedme agua. La sangre y las vendas lo impresionan.

Luego ordena a su Predilecto:

–     Juan, dame una manzana. –después de recibirla, agrega- Toma, pequeñuelo. Come. Está sabrosa.

El niño la muerde con deleite.

El soldado Alejandro trae agua en el yelmo y al ver que Jesús trata de quitar la venda… grita:

–     ¡No! ¡Volverá a sangrar!…

La madre exclama al mismo tiempo:

–    ¡La cabeza está abierta!

Jesús sonríe y quita la venda. Una, dos, tres; ocho vueltas. Retira los hilos ensangrentados.

Desde la mitad de la frente hasta la nuca. En la parte derecha no hay más que un solo coágulo de sangre fresca en la cabellera del niño.

Jesús moja una venda y lava.

Alejandro insiste:

–     Pero debajo está la herida. Si quitas el coágulo; volverá a sangrar.

La madre se tapa los ojos para no ver.

Jesús lava, lava y lava. El coágulo se deshace. Ahora aparecen los cabellos limpios. Están húmedos, pero ya no hay herida.

También la frente está bien. Tan sólo queda la señal roja de la cicatriz.

La gente grita de admiración.

La mujer se atreve a mirar. Y cuando ve… no se detiene más. Se arroja sobre Jesús y lo abraza junto con el niño, llorando de alegría y de agradecimiento.

Jesús tolera esas expansiones y esas lágrimas.

Alejandro dice:

–     Te agradezco, Jesús. Me dolía haber matado a un inocente.

Jesús contesta:

–    Tuviste bondad y confianza. Adiós, Alejandro. Regresa a tu puesto.

Alejandro está para irse; cuando llegan como un ciclón, oficiales del Templo y sacerdotes.

El sacerdote que dirige le dice a Jesús:

–     El Sumo Sacerdote te intima a Ti y al pagano profanador por nuestro medio, para que pronto salgas del Templo.

Habéis turbado la Oferta del Incienso. Éste entró en el lugar de Israel. No es la primera vez que por tu causa hay confusión en el Templo.

El Sumo Sacerdote y con él, los ancianos de turno, te ordenan que no vuelvas a poner los pies aquí dentro. ¡Vete! Y quédate con tus paganos.

Alejandro; herido por el desprecio con el que los sacerdotes han dicho: ‘Paganos’,

responde:

–     Nosotros no somos perros.

Él dice que hay un solo Dios, Creador de los judíos y de los romanos. Si ésta es su Casa y Él me creó; puedo entrar también yo.

Mientras tanto Jesús que ha besado y entregado el niño a su madre.

Se pone de pie y dice:

–    ¡Calla, Alejandro! Yo hablo.

Y agrega mirando al que lo arroja:

–     Nadie puede prohibir a un fiel. A un verdadero israelita al que de ningún modo se le puede acusar de pecado, de orar junto al Santo.

El sacerdote encargado le increpa:

–     Pero de explicar en el Templo la Ley, sí.

Te has arrogado un derecho y ni siquiera lo has pedido. ¿Quién Eres? ¡Quién Eres! ¿Quién te conoce? ¿Cómo te atreves a usurpar un nombre y un puesto que no es tuyo?

  ¡Jesús los mira con unos ojos!…

Luego dice:

–    ¡Judas de Keriot! ¡Ven aquí!

A Judas no parece gustarle que lo llame.

Había tratado de eclipsarse en cuanto llegaron los sacerdotes y los oficiales del Templo.

Más tiene que obedecer, porque Pedro y Tadeo, lo empujan hacia delante.

Jesús dice:

–    Responde, Judas.

Y vosotros miradlo. ¿Le conocéis?… es del Templo… ¿Le conocéis?

A su pesar, tienen que reconocer que sí.

Jesús mira fijamente a Judas y le dice:

–    Judas, ¿Qué te pedí que hicieses, cuando hablé aquí por primera vez?

Y di también de qué te extrañaste y qué cosa dije al ver tu admiración. Habla y sé franco.

Judas está como cortado y habla con timidez:

–    Me dijo: ‘Llama al oficial de turno para que pueda pedirle permiso de enseñar’

Y dio su Nombre y prueba de su personalidad y de su tribu… y me admiré de ello, como de una formalidad inútil, porque se dice el Mesías.

Y Él me dijo: ‘Es necesario. Y cuando llegue mi hora recuerda que no he faltado al respeto al Templo; ni a sus oficiales.’

Ciertamente así dijo. Y debo decirlo por honor a la verdad.

Después de la segunda frase; con uno de esos gestos bruscos tan suyos y desconcertantes; ha tomado confianza y la última frase la dice con cierta arrogancia.

Un sacerdote le reprocha:

–     Me causa admiración que lo defiendas. Has traicionado la confianza que depositamos en ti.

Judas exclama iracundo:

–     ¡No he traicionado a nadie! ¡Cuántos de vosotros sois del Bautista!… Y… ¿Por eso sois traidores? Yo soy del Mesías y eso es todo.

Otro sacerdote replica con desprecio:

–     Con todo y eso. Éste no debe hablar aquí. Que venga como fiel. Es mucho para uno que se hace amigo de paganos; meretrices y publicanos…

Jesús interviene enérgica pero tranquilamente:

–     Respondedme a Mí entonces. ¿Quiénes son los ancianos de turno?

–     Doras y Félix, judíos. Joaquín de Cafarnaúm y José Itureo.

–     Entiendo. Vámonos.

Decid a los tres acusadores; porque el Itureo no ha podido acusar; que el Templo no es todo Israel e Israel no es todo el mundo.

Que la baba de los reptiles aunque sea mucha y venenosísima; no aplastará la Voz de Dios. Ni su veneno paralizará mi caminar entre los hombres, hasta que no sea la Hora.

Jesús se pone sobre los hombros su manto oscuro y sale en medio de los suyos.

Afuera del recinto del Templo; Alejandro, que ha sido testigo de la disputa; cuando llegan cerca de la Torre Antonia, le dice:

–     Lo lamento mucho. Que te vaya bien, Maestro. Y te pido perdón por haber sido la causa del pleito contra Ti.

Jesús le contesta tranquilo:

–     ¡Oh, no te preocupes! Buscaban un pretexto y lo encontraron.

Si no eras tú; hubiera sido otro… Vosotros en Roma, celebráis juegos en el Circo, con fieras y serpientes. ¿No es verdad?

Alejandro asiente con la cabeza y sin palabras.

–     Pues bien… Te digo que no hay fiera más cruel y engañosa, que el hombre que quiere matar a otro.

–     Y yo te digo que al servicio del César, he recorrido todas las regiones de Roma.

Pero entre los miles y miles de súbditos suyos; jamás he encontrado uno más Divino que Tú. ¡Ni siquiera nuestros dioses son divinos como Tú!

Vengativos, crueles, pendencieros, mentirosos… Tú Eres Bueno. Tú verdaderamente Eres el Hombre. Que te conserves bien, Maestro.

–     Adiós Alejandro. Prosigue en la Luz.

Alejandro se queda en la Torre Antonia y Jesús y los suyos siguen su camino…

52 EL LLAMADO DE MATEO


52 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Está haciendo mucho calor. El mercado ha terminado y en la plaza vacía, hay unos cuantos ociosos y unos niños que juegan.

Jesús, en medio de sus apóstoles, llega del lago a la plaza.

Acaricia a los niños que corren a su encuentro y le platican sus confidencias. Una niña muestra un golpe que le sangra en la frente y de ello acusa al hermanito.

Jesús dice:

–      ¿Por qué has herido así a tu hermanita? ¡No está bien!

El niño se mortifica y contesta:

–      No lo hice a propósito. Quería tumbar aquellos higos y tomé un bastón. Era muy pesado y se me cayó sobre ella. Cogía higos también para ella.

Jesús le pregunta:

–     ¿Es verdad, Juana?

Entre hipos la niña contesta:

–      Es verdad.

–      Entonces puedes ver que tu hermano no te quiso hacer daño.

Quería hacerte feliz. Ahora, al punto haced las paces y daos un beso. Los buenos hermanitos y también los buenos niños, jamás deben saber lo que es el rencor. ¡Ea, pues!

Los dos niños se besan con lágrimas.

Los dos lloran juntos. Ella porque le duele el golpe. Y él porque le pesa haber causado ese dolor.

Jesús sonríe al ver ese beso lleno de lagrimones.

Y dice:

–     ¡Y ahora, porque veo que sois buenos, Yo os cortaré los higos!

Como es muy alto extiende el brazo y sin esfuerzo alguno, los corta y se los da.

Acude una mujer:

–     Juana. Tobías. ¿Para qué molestáis al Maestro? ¡Oh, Señor! Perdona…

Jesús dice:

–     Mujer. Se trataba de hacer las paces.

Y las hice con el objeto mismo que provocó la guerra: los higos. A los niños les gustan los higos dulces y a Mí… me gustan los corazones dulces e inocentes. Me quitan mucha amargura.

La mujer señala a unos fariseos:

–      Maestro, son los señores esos, los que no te aman.

Pero nosotros, el pueblo; te queremos mucho. Ellos son pocos. Y nosotros muchos…

–     Lo sé, mujer. Gracias por tu consuelo. La paz sea contigo.

¡Adiós, Juana! ¡Adiós, Tobías! Sed buenos. No se porten mal. Y ya no se peleen. ¿Lo recordarán?

Los dos niños responden juntos:

–           Sí.

–           Sí, Jesús.

Jesús sonriente, al empezar a caminar, dice a sus discípulos:

–     Ahora que con la ayuda de los higos, los cielos se han despejado de las nubes que había. Vámonos a… ¿A dónde queréis ir?

Ellos no saben y mencionan diferentes lugares.

Pero Jesús mueve la cabeza sonriendo.

Pedro dice:

–     Yo renuncio. A menos que Tú no lo digas… hoy tengo ideas negras.

Tú no viste; pero cuando desembarcamos, estaba ahí Elí, el fariseo. ¡Más verde que lo acostumbrado! ¡Y nos miraba en una forma, que…!

Jesús dice:

–    ¡Dejadlo que mire!

Judas exclama:

–    ¡Eh! No hay remedio. ¡Pero te aseguro Maestro, que para hacer las paces con ese, no bastan los higos!

–    ¿Qué fue lo que dije a la mamá de Tobías? ‘He hecho las paces con el objeto mismo de la guerra’

Y trataré de hacer las paces al volver a ver a los principales de Cafarnaúm, que según ellos les he ofendido. De este modo se contentarán. Probablemente no lo lograré; porque falta en ellos la voluntad de hacer las paces.

Cuando llegan a la plaza, Jesús va directo al banco de la alcabala,…

Y donde Mateo está haciendo sus cuentas y verificando el dinero que subdivide en categorías y lo pone en bolsitas de diversos colores.

Luego las coloca en una caja fuerte de hierro, que dos esclavos transportan a otro lugar.

Apenas si levanta la cabeza para ver al que se había retrasado en pagar.

Mientras tanto, Pedro jala de una manga a Jesús:

–     No tenemos nada que pagar, Maestro. ¿Qué haces?

Jesús no le hace caso.

Mira atentamente a Mateo, que se ha puesto de pie al punto, en actitud reverente.

Le da una segunda mirada que traspasa.

No es la del Juez severo de otras veces.

Es una mirada de llamamiento, de amor, que lo envuelve totalmente.

Mateo se sonroja completamente. No sabe qué hacer, ni qué decir.

Cuando Dios te quiere, TE BUSCA,  te sigue, te persigue y te consigue…

Majestuosamente, Jesús ordena:

–      Mateo, hijo de Alfeo, ha llegado la hora. ¡Ven!… ¡Sígueme!

Totalmente asombrado, Mateo responde:

–    ¿Yo?… ¡Maestro! ¡Señor! ¿Pero sabes quién soy? Lo digo por Ti. No por mí…

–     Ven y sígueme; Mateo, hijo de Alfeo. –repite Jesús con voz más dulce.

–    ¡Oh! ¿Cómo es posible que yo haya alcanzado favor ante Dios?… ¿Yo?… ¿Yo?…

–     Mateo, hijo de Alfeo. He leído en tu corazón. Ven. Sígueme.

La tercera invitación es una caricia….

–           ¡Oh! ¡Al punto, Señor!

Y Mateo, con lágrimas en los ojos…

Sale por detrás del banco sin preocuparse siquiera por recoger las monedas esparcidas sobre él. No pide la caja fuerte, ni le importa nada más.

Camina hacia el Maestro diciendo:

–     ¿A dónde vamos, Señor? ¿A dónde me llevas?

–     A tu casa. ¿Quieres dar hospedaje al Hijo del Hombre?

–     ¡Oh! Pero…pero… ¿Qué dirán los que te odian?

–     Yo escucho lo que se dice en los Cielos y es: ‘¡Gloria a Dios por un pecador que se salva!

Y el Padre dice: ‘Para siempre la Misericordia se levantará en los Cielos y se derramará sobre la Tierra. Porque con un Amor Eterno. Con un Amor Perfecto, te amo. Y por eso, también contigo uso de Misericordia…”

Ven. Y que al venir a tí; además de santificar tu corazón; santifique también tu casa…’

–    La tengo ya purificada por una esperanza que tenía en el alma. ¡Pero cómo podía creer que se convertiría en realidad! ¡Oh! ¡Yo con tus santos!…

Y mira a los discípulos.

–    Sí. Con mis amigos. Venid. Os uno y sed hermanos.

Los discípulos están tan estupefactos, que no saben qué decir.

Detrás de Jesús y de Mateo, caminan por la plaza que está completamente desierta.

Siguen por una calle estrecha que arde bajo un sol abrasador. No hay ser viviente alguno en las calles. Tan solo polvo y sol.

Entran en una casa muy hermosa, con un portón que se abre hacia fuera.

Un hermoso atrio está lleno de sombra y frescura. Llegan a un pórtico ancho que hay en el jardín.

Y Mateo dice:

–    ¡Entra, Maestro mío! –luego ordena a los siervos-  ¡Traed agua y de beber!

Los criados obedecen al instante.

Mateo sale a dar órdenes, mientras Jesús y los suyos se refrescan.

Regresa y dice:

–           Ahora, ven, Maestro. La sala está fresca.

Ahora vendrán mis amigos. ¡Oh! ¡Quiero hacer una gran fiesta! Es mi regeneración. ¡Es tan maravilloso!… ¡Esta es la verdadera circuncisión! Me has circundado el corazón con tu amor. ¡Maestro, será la última fiesta!

Ya no habrá más fiestas para el publicano Mateo. No más fiestas mundanas. Sólo la fiesta interna de haber sido redimido y de servirte a Ti. De ser amado por Ti.

¡Cuánto he llorado! No sabía cómo hacer… Quería ir…pero… ¿Cómo ir a Ti? A Ti, Santo… ¿Con mi alma sucia?

Jesús declara:

–    Tú la lavabas con el arrepentimiento y la caridad. Para Mí y para el prójimo.

Jesús se vuelve hacia sus discípulos y llama…

–     Pedro; ven aquí.

Pedro que todavía no ha hablado, pues sigue tan asombrado, da un paso adelante.

Los dos hombres, casi de la misma edad; de estatura baja y robustos; están frente a frente.

Y Jesús ante ellos, los mira con una gran sonrisa.

Luego dice:

–     Pedro. Me has preguntado muchas veces quién era el desconocido de las bolsas que llevaba Santiago. Míralo. Lo tienes enfrente.

Pedro exclama:

–    ¿Quién? ¡Este, lad…! ¡Oh, perdona Mateo! Pero…

¡Quién lo hubiera pensado! Y exactamente tú. Nuestra desesperación por la usura, ¿Qué fueses capaz de arrancarte cada semana, un pedazo de corazón, al dar ese rico óbolo?

Mateo apenado, inclina la cabeza y dice:

–      Lo sé. Injustamente os tasé.

Pero mirad. Me arrodillo ante todos vosotros y os digo: ¡No me arrojéis! Él me ha acogido. No seáis más severos que Él.

Pedro, que está junto a Mateo; lo levanta de un golpe.

En peso, ruda, pero cariñosamente.

Y dice:

–    ¡Ea! ¡Ea! ¡Ni a mí, ni a todos los demás!

A Él, pídele perdón. A nosotros… ¡Ea! Todos hemos sido ladrones, igual que tú… ¡Oh! ¡Lo dije!  ¡Maldita lengua! Pero soy así.

Lo que pienso, lo digo. Lo que tengo en el corazón; lo tengo en los labios… Y besa a Mateo en las mejillas.

Los otros también lo hacen con más o menos cariño.

Andrés lo hace con reserva, debido a su timidez.

Judas de Keriot se muestra frío. Parece como si abrazara a un montón de serpientes, pues apenas si lo toca.

Se oye un rumor en la entrada y Mateo sale.

Entonces Judas de Keriot se acerca a Jesús.

Está escandalizado  y dice:

–    Pero, Maestro. Me parece que esto no es prudente. Ya te empezaron a acusar los fariseos de aquí.

Y Tú… ¡Un publicano entre los tuyos! ¡Primero una prostituta y luego un publicano! ¿Acaso has determinado arruinarte? Si es así… ¡Dilo, que…!

Pedro interviene irónico:

–    Que nosotros desfilamos. ¿Es así?

Judas le contesta con altanería:

–    ¿Y quién está hablando contigo?

–     Sé que no estás hablando conmigo.

Pero yo por el contrario; hablo con tu alma de refinado señorito. Con tu purísima alma. Con tu sabia alma. Sé que tú, miembro del Templo; sientes el hedor del pecado en nosotros; pobres, que no pertenecemos al Templo.

Sé que tú, judío perfecto; amalgama de fariseo, saduceo y herodiano. Medio escriba y migaja de esenio. ¿Quieres otras palabras nobles?…

Te sientes mal entre nosotros. Como una alosa cualquiera en una red de pescados sin valor. Pero ¿Qué quieres qué hagamos? Él nos tomó y nosotros nos quedamos.

Si te sientes mal, vete tú. Respiraremos mejor todos. También Él.

Cómo puedes ver; está descontento de mí y de ti. De mí; porque falto a la paciencia y también a la caridad. Pero más de ti; que no entiendes nada.

Con todo tu tejido de nobles atributos y que no tienes ni caridad, ni humildad, ni respeto. No tienes nada, muchacho.

Solo un gran humillo… y quiera Dios que ese humo, no sea nocivo.

Jesús, de pie. Disgustado, con los brazos cruzados, la boca cerrada y los ojos duros; ha dejado que hable Pedro.

Después le dice:

–    ¿Ya terminaste, Pedro? ¿También tú has purificado tu corazón de la levadura que había dentro?

Has hecho bien. Hoy es Pascua de Ácimos para un hijo de Abraham. El llamado del Mesías es como la sangre del cordero sobre vuestras almas.

Y donde está, no bajará más la culpa. No bajará si el que la recibe le es  fiel. Mi llamado es liberación. Y se le festeja con diversas clases de levadura.

A Judas, no le dice nada.

Pedro, mortificado; guarda silencio.

Y Jesús agrega:

–    Mateo regresa con amigos.

No les enseñemos otra cosa que no sea virtud. Quien no pueda soportar esto, váyase. No seáis iguales a los fariseos: que oprimen con preceptos y son los primeros en no observarlos.

Mateo vuelve a entrar con dos romanos y empieza el banquete.

Jesús está en medio, entre Pedro y Mateo.

Hablan de muchas cosas. Y Jesús, con paciencia explica a Ticio y a Cayo, lo que desean. Hay muchas quejas contra los fariseos que los desprecian…

Y Jesús responde a todas sus inquietudes.

Dice:

–    Pues bien. Venid a quien no os desprecia. Y luego obrad en tal forma, que al menos los buenos, no os puedan despreciar.

Cayo dice:

–    Tú eres bueno; pero eres solo.

Jesús  objeta, señalando a sus discípulos:

–    No. Estos son como Yo.

Y además, está el Padre, que ama a quien se arrepiente y quiere volver a su amistad.

21. El hijo le dijo: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo.”

Si al hombre le faltase todo, pero tuviese al Padre, ¿No sería la alegría del hombre la más completa?

De esta forma se va desarrollando la conversación.

Y el banquete ha llegado a los postres; cuando un criado hace señas al dueño de la casa y luego le dice algo en voz baja.

Entonces Mateo dice a Jesús:

–    Maestro. Elí, Simón y Joaquín, piden permiso para entrar y hablarte. ¿Quieres verlos?

Jesús contesta:

–    ¡Claro que sí!

–     Pero… mis amigos son gentiles.

–      Y ellos vienen a ver exactamente esto.

Que los vean. De nada serviría esconderlo. No serviría para el bien, porque la malicia aumentará el hecho, hasta llegar a decir que también había prostitutas. Que entren.

Mateo inclina la cabeza.

Los tres fariseos entran.

Miran alrededor con una sonrisa proterva y están a punto de hablar.

Pero Jesús, que se ha levantado y va a su encuentro junto con Mateo.

Mientras pone una mano en la espalda de Mateo, les dice:

–    ¡Oh! ¡Hijos verdaderos de Israel! Os saludo y os doy una gran noticia, que ciertamente alegrará vuestros corazones perfectos de israelitas.

Los cuales quieren como él, que todos los corazones observen la Ley, para dar Gloria a Dios. Pues bien; Mateo, hijo de Alfeo; desde hoy no es más el pecador; el escándalo de Cafarnaúm.

Una oveja roñosa de Israel ha sido curada. ¡Alegraos!

Después se curarán otras ovejas pecadoras en vuestra ciudad; de cuya santidad os interesáis mucho y también serán gratas y santas ante…? ¡Eh Señor. Mateo deja todo para servir a Dios.

¡Dad el beso de paz al israelita extraviado que torna al seno de Abraham!

El fariseo Simón, dice con desprecio y sarcasmo:

–    ¿Y torna con los publicanos en estrepitoso banquete?

¡Oh! ¡De verdad que se trata de una conversión favorable! Elí. Mira. Ahí está ese Josías, el procurador de mujeres.

Elí responde:

–    También está Simón; hijo de Isaac el adúltero.

–    Y aquel es Azharías: el cantinero en cuyo casino, los romanos y los judíos juegan a los dados; pelean, se emborrachan y van en busca de mujeres.

El fariseo Joaquín, dice:

–    Pero, Maestro. ¿Sabes al menos quienes son esos?

Jesús contesta amable:

–     Lo sé.

Elí dice:

–     ¿Y vosotros? Vosotros de Cafarnaúm. Vosotros, discípulos. ¿Por qué lo habéis tolerado?

¡Me admiras, Simón de Jonás!

Pedro se queda callado.

Simón inquiere, escandalizado:

–    ¡Tú, Felipe, que aquí todos conocen!

¡Tú, verdadero israelita! ¿Cómo es posible que tú hayas permitido que tu Maestro comparta la comida con publicanos y pecadores?

Felipe los mira sin turbarse, pero también guarda silencio.

Joaquín:

–     ¡Ya no hay más vergüenza en Israel!

Los tres están escandalizadísimos.

Y lo manifiestan con una andanada de frases condenatorias.

Jesús interviene:

–     Dejad en paz a mis discípulos. Solamente Yo lo quise.

Simón dice con sarcasmo:

–    ¡Eh! ¡Bien! Se comprende.

¡Cuando se quiere hacer santos a otros y uno no lo es; se cae pronto en errores que son imperdonables!

–    ¡Y cuando de educa a los discípulos en la falta de respeto!

¡Todavía me está quemando la risa irreverente que me hizo ese judío del Templo! ¡A mí! ¡A Elí el fariseo! No se puede hacer otra cosa que faltar al respeto a la   Ley.

Se enseña lo que se sabe.

Jesús responde con firmeza:

–    Te equivocas Elí. Os equivocáis todos.

Se enseña lo que se sabe, es verdad. Y Yo que sé la Ley, la enseño a quien no la sabe: a los pecadores. Vosotros… os conozco dueños de vuestra alma.

Los pecadores no lo son. Busco y busco su alma. Se las vuelvo a dar, para que a su vez me la traigan. Tal como está: enferma, herida, sucia.

Y Yo la curo y la limpio. Para esto he venido. Los pecadores son los que tienen necesidad del Salvador. Y vengo a salvarlos. Comprendedme. No me odiéis sin razón.

Jesús es dulce, persuasivo, humilde.

Pero ellos son como tres cardos espinosos. Y salen muy enojados.

Judas de Keriot murmura impotente:

–    Se fueron. Ahora nos criticarán por todas partes.

Jesús dice:

–    ¡Dejad que lo hagan!

Procura solo que el Padre, no tenga nada que criticarte. No te apenes, Mateo. Ni vosotros, amigos suyos. La conciencia nos dice: ‘No hagáis el Mal.’ Y eso es más que suficiente.

Y Jesús vuelve a sentarse en su lugar…

43.- EL AMOR ENTRE EL SUFRIMIENTO


88 – 43 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Por un senderillo entre campos quemados – sólo rastrojos y grillos – Jesús camina entre Leví y Juan.

Detrás, en grupo, van José, Judas y Simón.

Es de noche y sin embargo, no se siente refrigerio. La tierra es fuego que continúa ardiendo incluso después del incendio del día.

El rocío no puede nada contra este bochorno: tan fuerte es la llamarada que sale de los surcos y de las grietas del suelo, que se seca incluso antes de tocar el suelo.

Todos caminan en silencio, fatigados y acalorados.

Jesús sonríe y pregunta a Leví:

–    ¿Lo encontraremos?

El pastor contesta:

–     Ciertamente. Por este campo guarda la mies y todavía no ha empezado la recolección de frutas.

Los campesinos por eso están ocupados en vigilar los viñedos y los árboles frutales, protegiéndolos de los ladrones. Sobre todo cuando los amos son aborrecidos, como el que tiene Jonás.

Samaría está cercana y cuando ellos pueden… ¡Oh! Con gusto a nosotros los de Israel, nos causan daño. Aunque saben que luego a los criados se les apalea. Pero como nos odian tanto.

–    No tengas rencor, Leví.

–    No. Pero Tú mismo verás como por culpa suya, Jonás fue golpeado hace como cinco años. 

Desde entonces pasa la noche en guardia. El flagelo es un suplicio cruel…

 

–    ¿Todavía nos falta mucho para llegar?

–    No, Maestro.

¿Ves allá donde terminan estos campos y empieza aquel monte oscuro? Allá están las arboledas de Doras, el duro fariseo.

Si me permites, me adelanto para que me oiga Jonás.

–     Ve.

Juan pregunta a Jesús:

–    Pero Señor mío. ¿Así son todos los fariseos? ¡Oh! ¡Yo jamás querría estar a su servicio! Prefiero la barca.

Jesús, un poco serio, pregunta a su vez:

–    ¿Es la barca tu predilecta?

Juan se apresura a contestar:

–    No. ¡Eres Tú! La barca lo era cuando ignoraba que el Amor estaba en la tierra.

Jesús ríe de su vehemencia y dice bromeando:

–    ¿No sabías que en la tierra estaba el Amor? Entonces ¿Cómo naciste, si tu padre no amaba a tu madre?

–     Ese amor es hermoso, pero no me seduce. Tú eres mi amor. Tú eres el Amor sobre la tierra para el pobre Juan.

Jesús lo estrecha contra sí y dice:

–    Deseaba oírtelo decir.

El Amor está ansioso de amor y el hombre da y dará siempre a su avidez imperceptibles gotas, como estas que caen del cielo, tan insignificantes que se consumen, mientras caen, en la ola de calor estival.

Como también las gotas de amor de los hombres se consumirán a mitad de camino, eliminadas por llamaradas de demasiadas cosas.

El corazón seguirá destilándolas, pero los intereses, los amores, los negocios, la avidez… muchas, muchas cosas humanas las harán evaporarse. Y, ¿Qué subirá a Jesús?

¡Oh, demasiado poco! Los restos. De entre todos los latidos humanos, los que queden, los latidos interesados de los humanos para pedir, pedir, pedir mientras la necesidad urge.

Amarme por amor sin mezcla de otra cosa será propiedad de pocos: de los Juanes… Observa una espiga renacida. Es, quizás, una semilla caída durante la cosecha.

Ha sabido nacer, resistir el sol, la sequía, crecer, desarrollar los primeros brotes, echar espiga… Mira: ya está formada. Sólo ella vive en estos campos asolados.

Dentro de poco los granos maduros caerán al suelo rompiendo la lisa cascarilla que los tiene ligados al tallo, y serán caridad para los pajaritos, o, dando el ciento por uno, volverán a nacer una vez más.

Y antes de que el invierno vuelva a traer el arado a los terrones, estarán de nuevo maduros y darán de comer a muchos pájaros, oprimidos por el hambre de las estaciones más tristes…

¿Ves, Juan mío, lo que puede hacer una semilla intrépida? Así serán los pocos que me amen por amor.

Uno sólo servirá para el hambre de muchos, bastará uno para embellecer la zona en que lo único que hay – había – es la fealdad de la nada, uno sólo bastará para crear vida donde antes había muerte.

A él se acercarán los hambrientos, comerán un grano de su laborioso amor y luego, egoístas y disipados, volarán.

Pero incluso sin saberlo ellos ese grano depositará gérmenes vitales en su sangre, en su espíritu… y volverán… Y hoy, y mañana, y al otro, como decía Isaac, los corazones crecerán en el conocimiento del Amor.

El tallo, desnudo, ya no será nada, un hilo de paja quemado, pero su sacrificio ¡Cuánto bien producirá!, su sacrificio ¡Cuánto será premiado!

Jesús – que se había detenido un instante ante una frágil espiga nacida al borde del sendero, en una cuneta que en tiempos de lluvias quizás era una acequia, prosigue su camino.

Juan mientras, lo escucha embelesado.

Los otros, que van hablando entre sí, no se dan cuenta del dulce coloquio.

Llegan al huerto, se detienen, y se reúnen todos.

El calor es tal, que sudan a pesar de no llevar manto. Callan y esperan.

Del follaje espeso apenas iluminado por la luna, emergen dos figuras: destaca la silueta clara de Leví y detrás, otra sombra más oscura.

Leví anuncia:

–      Maestro, aquí está Jonás.

Jesús saluda desde aquí:

–      ¡Recibe mi paz! – aún cuando aún Jonás no ha llegado donde Él.

Pero Jonás no responde, corre a su encuentro y llorando, se arroja a sus pies y los besa.

Cuando puede hablar dice:

–      ¡Cuánto te he esperado! ¡Cuánto!

¡Qué desconsuelo sentir la vida pasar, venir la muerte, y deber decir: “¡Y no lo he visto!“! Y sin embargo, no, no toda la esperanza moría, ni siquiera una vez que estuve a las puertas de la muerte.

Decía: Ella lo dijo: `Vosotros aún le serviréis‘ y Ella no puede haber dicho nada que no sea verdad. Es la Madre del Emmanuel;

por tanto, ninguna tiene consigo a Dios más que Ella, y quien a Dios tiene conoce las cosas de Dios.

Jesús contesta:

–       Levántate. Ella te saluda. Cerca de ti la has tenido y la tienes cerca. Reside en Nazaret.

–      ¡Tú! ¡Ella! ¿En Nazaret? ¡Oh, si lo hubiera sabido…!

De noche, en los fríos meses del hielo, cuando duermen los campos y los malintencionados no pueden perjudicar a los cultivadores, habría ido corriendo a besaros los pies.

Y me habría regresado con mi tesoro de certeza. ¿Por qué no te has manifestado, Señor?

–      Porque no era la hora. Ahora sí. Hay que saber esperar.

Tú lo has dicho: “En los meses del hielo, cuando los campos duermen” y ya han sido sembrados, ¿No es cierto? 

Pues bien, Yo era también como el grano sembrado. Tú me habías visto en el momento de la siembra.

Luego había desaparecido sepultado bajo un silencio obligatorio, para crecer y llegar al tiempo de la cosecha y resplandecer ante los ojos de quien me había visto Recién Nacido.

Y también ante los ojos del mundo. Ese tiempo ha llegado. Ahora el Recién Nacido preparado para ser Pan del mundo.

Y en primer lugar busco a mis fieles, y les digo: “Venid. Saciad vuestra hambre conmigo”.

El hombre lo escucha sonriendo dichoso, mientras dice como para sí, « ¡Oh! ¡Es verdad, vives! ¡Eres Tú, es verdad!

Jesús pregunta:

–    ¿Has estado a punto de morir? ¿Cuándo?

–    Cuando me azotaron a muerte, porque a dos parras mías les habían robado.

¡Mira cuantos cardenales!…

Se baja la túnica y muestra los hombros del todo marcados con heridas estriadas y la espalda, que es como una pintura de cicatrices caprichosas.

Y agrega:

–     Me pegó con un cordel de hierro. Contó los racimos que se habían llevado y revisó donde las uvas fueron arrancadas. Y por cada una, me dio un golpe más… hasta que quedé medio muerto.

Me socorrió María, la joven esposa de un compañero mío. Siempre me ha estimado. Su padre era el encargado antes de mí. Cuando vine aquí le tomé cariño a la niña porque se llamaba María. 

Me cuidó y me curé, aunque hicieron falta meses porque las llagas con el calor habían tomado un aspecto malísimo y daban fiebre fuerte.

Dije al Dios de Israel: “No importa. Permíteme volver a ver a tu Mesías y no me importará este mal; tómalo como sacrificio.

No puedo ofrecerte un sacrificio nunca. Soy siervo de un hombre cruel, Tú lo sabes. Ni siquiera durante la Pascua me permite ir a tu altar. Tómame a mí como hostia. ¡Pero, dame a Jesús!

Jesús le dice.

–      Y el Altísimo ha satisfecho tu deseo. Jonás, ¿Me quieres servir, como ya lo hacen tus compañeros?

–      ¡Oh!, Y ¿Cómo podré hacerlo?

–      Como lo hacen ellos. Leví sabe cómo. Te dirá lo simple que es servirme a mí. Quiero sólo tu buena voluntad.

–      La buena voluntad te la he ofrecido incluso cuando, recién nacido llorabas.

Por ella he superado todo, tanto los momentos de desolación como los odios. Es… que aquí se puede hablar poco.

El patrón una vez me dio de patadas, porque yo insistía diciendo que Tú existías.

Pero cuando él estaba lejos, y con quien podía fiarme, yo narraba el prodigio de aquella noche.

–      Pues entonces ahora narra el prodigio del encuentro conmigo.

Os he encontrado a casi todos… Y todos fieles. ¿No es esto un prodigio? Por el simple hecho de haberme contemplado con Fe y amor os habéis hecho justos ante Dios y ante los hombres.

–      ¡Oh, ahora sí que voy a tener un valor…, un valor…! Ahora sé que vives y puedo decir: “Está allí. ¡Id a Él!…”. Pero ¿Dónde, Señor mío?

–       Por todo Israel.

Hasta Septiembre estaré en Galilea; frecuentemente en Nazaret o Cafarnaúm, allí se me podrá encontrar.

Luego… estaré por todas partes; he venido a reunir a las ovejas de Israel.

–      ¡Ay, Señor mío, te encontrarás muchas cabras! ¡Desconfía de los poderosos de Israel!

–      Si no es la hora, ningún mal me harán. Tú, a los muertos, a los que duermen, a los vivos, diles: “El Mesías está entre nosotros”

–      ¿A los muertos, Señor?

–       A los muertos del espíritu.

Los otros, los justos muertos en el Señor, ya exultan de gozo por la liberación del Limbo, que ya está cercana.

Diles a los muertos que soy la Vida, diles a los que duermen que soy el Sol que sale y saca del sueño, diles a los vivos que soy la Verdad que ellos buscan.

–     ¿Curas también a los enfermos? Leví me ha hablado de Isaac. ¿Sólo para él el milagro, porque es tu pastor, o para todos?

–     A los buenos, el milagro como justo premio; a los menos buenos, para impulsarlos a la verdadera bondad.

A los malvados, también en alguna ocasión, para removerlos de su estado y persuadirlos de que Yo soy y de que Dios está conmigo.

El milagro es un don. El don es para los buenos. Pero, Aquel que es Misericordia y que ve la pesantez humana, no removible sino por un hecho extraordinario,

recurre a esto también para poder decir: “He hecho todo con vosotros y de nada ha servido. Decid entonces vosotros mismos qué más os debo hacer”.

–     Señor, ¿No te da asco entrar en mi casa?

Si me aseguras que no vienen los ladrones a la propiedad, quisiera hospedarte y llamar a los pocos que te conocen a través de mi palabra para reunirlos en torno a Tí.

El patrón nos ha doblegado y quebrado como a tallos despreciables. Sólo nos queda la esperanza de un premio eterno.

Pero si Tú te manifiestas a los corazones oprimidos tendrán nuevo vigor.

–    Voy. No temas por los árboles ni por las viñas. ¿Puedes creer que los ángeles vigilarán fielmente en lugar de ti?

–    ¡Oh! ¡Señor! Yo he visto a tus siervos celestes. Creo. Voy seguro contigo.

¡Benditos estos árboles y estas cepas que poseen viento y canción de alas y voces angélicas! ¡Bendito este sueño que santificas con tu pie! ¡Ven, Señor Jesús!

¡Oíd, árboles y vides, oíd, terrones levantados por el arado: Aquel Nombre que os confié para paz mía, ahora se lo dirijo a Él! ¡Jesús está aquí!

¡Escuchad! ¡Por ramas y sarmientos discurra a borbotones la savia, el Mesías está con nosotros!

Jonás está exultante de alegría. Y los lleva hacia su pobre choza.

Todo termina con estas palabras gozosas.

E2 REPORTEROS CELESTIALES


dio padre ensu tronoHijitos Míos, nadie ni aún en el Cielo mismo se podían imaginar que Yo iba a mandar a Mi Hijo, a reparar el Pecado Original de vuestros Primeros Padres. Nadie tampoco, se podía imaginar cómo Yo rescaté al pueblo judío cuando estaba en Egipto. Todos los Milagros que se dieron, todas las Manifestaciones de Mi Poder y de Mi Amor…

Y así, os puedo seguir hablando de todas Mis Manifestaciones a lo largo de la historia y todavía, ¿Aun, así, dudáis? Os vengo preparando para un cambio muy FUERTE, pero también muy bello.

Ciertamente cada vez que se muestran Mis Capacidades Divinas, que llevan un fin específico, de ahí surge un gran Bien. Mientras se está dando, se sufre y vosotros mismos no sabéis qué hacer; dudáis, os amargáis, pero es porque no tenéis Fe.

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Os he dicho que la Purificación que ya está a las puertas, os traerá un gran bien; pero vuestra falta de Fe y confianza en lo que Yo os estoy prometiendo, hace que vosotros os llenéis de temor.

Ciertamente os digo que un gran Bien surgirá de las cenizas, un nuevo renacer, una vida nueva en Mí. Todo purificado, santificado por el amor de muchos, por la sangre derramada por el bien de vuestros hermanos. Os he dicho que aquellos que se darán por el bien de sus hermanos y por vosotros mismos, su sangre se unirá a la de Mi Hijo, para renovar, no solamente el Mundo, sino el Universo entero.

Yo Soy vuestro Dios y Mis Manifestaciones son Portentosas para mostraros Mi Poder. Pero también junto con ellas, va a la par Mi Amor, que también es Portentoso. Y así, con Mi Poder y con Mi Amor todo cambiará. Viviréis momentos de alegría, pero también viviréis momentos de turbación, de Gran Tribulación.

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Cuando más temerosos estéis en los Acontecimientos de la Purificación, más cerca deberéis estar de Mi Corazón.

No dudéis Mis pequeños, del Bien que surgirá después de esta Tribulación. Os he dicho que el Mal os está cubriendo y con esto os quiero decir que para poder erradicarlo, una Gran Tribulación veréis. Os afectará a todos; pero aun así, será para vuestro bien.

Vivid unidos a Mí. Ayudad a cuantas almas podáis. Reparad por aquellos que no saben hacerlo y que no están por lo tanto, preparados para estos Acontecimientos. Amaos los unos a los otros, como Mi Hijo os lo pidió. Bendecid y alabad Mi Santo Nombre, en todo momento, porque Yo estaré guiando los Acontecimientos.

DIOS GUIA A SU PUEBLO

DIOS GUIA A SU PUEBLO

Todos estaréis presentes en Mi Corazón, a todos vosotros os conozco y cada uno tendrá una tribulación y purificación particular.

Que la alegría se muestre en vuestros labios y en vuestras acciones. Transmitid en vuestras acciones la paz que ya desde ahora, debe existir en vuestro corazón. Que se note en vosotros Mi Presencia, para que la llevéis a todos lados a donde vayáis.

Y que sea tan marcada Mi Presencia en vosotros, que esto haga que muchas almas regresen a Mí, por la forma en que actuéis vosotros: en paz, en seguridad, en amor.

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Mientras muchos de vuestros hermanos llorarán, gritarán, se golpearán…

En vosotros, la paz reinará y eso hará que muchos lo noten. Y por vuestro ejemplo, después de las enseñanzas que deis a vuestros hermanos, ellos regresarán a Mí, para que puedan tener también ésos dones que os acompañarán a cada uno de vosotros, que estaréis Conmigo en los momentos de la Tribulación.

Mi Amor quede con vosotros, Mis pequeños y Mi Paz inunde vuestro corazón, para que la podáis transmitir a vuestros hermanos.

Hijitos Míos, alguna vez os he dicho que vuestra posición en la Tierra tiene que ser como aquellos periodistas que viven entre vosotros, que os dan a conocer lo que está sucediendo en el Mundo, aunque vuestra posición es más sublime, es espiritual.

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El conocer lo que está sucediendo en el Mundo, es para que vosotros intercedáis por vuestros hermanos, no para que critiquéis. Bastante mal ya hay en el Mundo, como para que vosotros os ensuciéis con la Maldad de Satanás al criticar a vuestros hermanos y desearles un mal; quizá hasta la muerte misma, lo cual afectaría a vuestra Gracia, a vuestro corazón.

Mis pequeños, mucho Mal hay en el Mundo; pero la gran mayoría de vosotros en vez de atacar al mal con un bien, como os he enseñado; vosotros mismos os enfrascáis en ése mal y le seguís haciendo crecer…

 Porque vosotros criticáis o deseáis un mal a aquellos que están produciendo los males en el Mundo y que os afectan a vosotros, ya sea en vuestra economía, en vuestra paz ya sea interior o vuestra paz social y de otras muchas  formas.

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Vosotros apenas sepáis que algo está mal a vuestro alrededor, como hijos Míos llenos de Virtudes y de Mi Amor, voltearéis hacia Mí y Me pediréis inmediatamente, que se termine ése mal y que se dé la conversión de aquellos que lo están provocando.

Si realmente vosotros actuarais así, os aseguro que el Mal terminaría sobre la Tierra y en el Universo entero. Porque Mi Bien, iría creciendo de manera descomunal.

Mi Hijo lleno de virtudes y de Amor, os enseñó cómo actuar aun cuando era muy atacado. Sólo Amor Le vieron producir todos aquellos que Le rodearon en aquél tiempo. Amor en todo momento, aun hacia aquellos que Le causaban algún mal.

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Él, en lugar de maldecir a aquellos que Lo estaban clavando, que Lo estaban torturando… Aquellos que vociferaban contra Él y contra Mi Hija la Siempre Virgen María, Su respuesta hacia aquellos, hacia los que Lo atacaban… Era pedir perdón por su mala forma de ser y su forma de actuar, causándoLe gran Dolor en su Corazón…

 Y continuamente en Su Corazón Me decía: “perdónalos Padre, porque no saben lo que hacen”.

Mi Hijo todo Virtud, Amor y Ejemplo hacia vosotros, Recupera la Vida. Yo se la devuelvo y se muestra como era desde Su Nacimiento: un Dios entre los hombres.

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 Y aun viendo todas estas cosas palpables, los sacerdotes del Sanedrín, los altos dignatarios del pueblo de Israel en lugar de convertirse y aprovechar lo que todo un Dios les estaba dando, lo que el Mesías esperado les estaba regalando; en su soberbia lo niegan y deciden seguir atacando todo lo que Mi Hijo os dejó…

Y lo siguen haciendo hasta estos días.

No quieren aceptar la Presencia Divina de Mi Hijo y todo Su Legado de Salvación para toda la Creación, para todas las almas, para todos los pueblos, para todo el Universo.

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El Pecado Original afectó todo lo Creado y todo va a ser devuelto a su Primer Origen. ¿Cuántos agradecerán? ¿Cuántos querrán vivir ésos tiempos, cuando todo sea Purificado?

Me duele, Mis pequeños, ver que el Resto Fiel es muy pequeño. Que a pesar de todo Mi Amor derramado sobre todos vosotros y para todas las generaciones, no ha llegado a mover muchos corazones.

Estáis en momentos de un parteaguas no solamente del Mundo, sino del Universo entero. Mi Bien vencerá. El Mal será aplastado, pero ¿Cuántos agradecerán?

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Ciertamente el Resto Fiel agradecerá y se gozará Conmigo en Mi Santísima Trinidad, por todo el Bien que os regalaré.

El Resto Fiel, son aquellas almas que se han abierto al Amor, que se dejaron mover por Él y que en su corazón esperan algo grande.

Ciertamente no todos los que queden como pueblo escogido, serán de Mi Iglesia. Habrá hermanos vuestros de diferentes nacionalidades, grupos, creencias; pero lo que os unirá, será Mi Amor. 

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Mi Amor os purificará de toda la Maldad, con la que Satanás os ha venido atacando por siglos. Mi Amor purificará y unirá a todas las almas, en el Amor que os dejó Mi Hijo.

Mi Gracia, a través de Mi Santo Espíritu, os unirá a todos y seréis el Rebaño de Mi Hijo y Él será vuestro Pastor. Todos los que queden, reconocerán en Él a Mi Hijo y seréis un Gran Pueblo.

El Amor, Mi Amor que os creó, os volverá a unir. Gozaréis inmensamente de Mis Bienes. Aquellos que no Me conocían perfectamente pero que llevaban Mi Amor en su corazón, Me reconocerán inmediatamente y vendrán a Mí.

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 Todos seréis transfigurados por Mi Santo Espíritu y reconoceréis la Voz del Pastor, que os guiará a pastos verdes y nutritivos.

Con esto Mis pequeños, os estoy anunciando la pronta Venida de Mi Hijo, Su Manifestación e infinidad de bellezas con que regalaré vuestra fidelidad y vuestro amor hacia Mí.

Soy un Padre muy dadivoso y consentidor con aquellos que Me siguen y Me aman. Pero un Padre Justiciero y ciertamente Castigador, con aquellos que Me odian y se apartan de Mis Leyes y Decretos.

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Me odian, porque escogieron a Satanás como a su dios. Estas almas ciertamente no pueden estar Conmigo, ni con vosotros Mis pequeños. Yo Me merezco el amor de Mis hijos y vosotros en vuestra fidelidad, os merecéis también Mi Amor.

Manteneos fieles, Mis pequeños. Y apurad el paso, porque el tiempo apremia.

En las Escrituras podéis leer que en los días previos de la Purificación, tanto los niños como los ancianos tendrán sueños, tendrán visiones. Jose y el faraon arthur_reginald_1894Mis pequeños, desde antiguo Yo Me he comunicado también con los hombres a través de sueños y con dones especiales que os concedo; para que conozcáis lo que deseo que hagáis o los acontecimientos que tendréis.

Yo Soy un Dios que ama a Su creatura y os trato de avisar de múltiples formas los acontecimientos que se darán, para que os vayáis preparando por un lado.

O que oréis unidos, para que se puedan aminorar o aún cancelar estos acontecimientos que he previsto para vuestro Bien. O sea, para vuestra Purificación y la eliminación del Mal que lleváis en vuestro corazón.

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Ciertamente, Me habéis sacado de vuestro corazón. Yo, como vuestro Dios y Creador, Me molesto. Pero también Me Duele mucho ver vuestra actitud tan poco amorosa hacia Mí.

Soy vuestro Dios, os he dado el Don de la vida, cuido de vosotros desde vuestra concepción, desde que estáis en el vientre de vuestra madre. Nacéis y Mi Providencia Divina, os sigue cuidando. Os pongo protecciones con vuestros Santos Ángeles Custodios.

 Mi Amor os protege de los ataques de Satanás. Voy ayudando a vuestros padres a que crezcáis de la mejor forma, tanto con vuestro alimento de cuerpo, como de vuestro alimento de alma.

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Mi Providencia Divina os sigue ayudando a lo largo de toda vuestra vida, para que tengáis un buen empleo para que podáis hacer una familia que pueda seguir transmitiendo Mis Valores y Mi Amor.

Pero, ¿Qué hace el hombre?, No voltea hacia Mí a agradecerMe, sino voltea hacia Satanás para seguirle.

 Esto hiere Mi Corazón, porque vosotros solamente recibís bondades y cuidados de Mi Corazón. Y en vez de seguir lo que os pido para que crezcáis en la Verdad y en Mi Amor, cumpliendo con Mis Leyes y Decretos; al contrario Me traicionáis, Me dais la espalda y mejor atendéis lo que os propone Satanás, para que norméis vuestra vida a través de lo que él os da.

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Ahora que os lo pongo así, podéis comprender el Dolor de Mi Corazón al ver vuestro desprecio, vuestra traición, vuestra ingratitud. Todos vosotros Me lo habéis hecho una, o varias veces a través de vuestra existencia. A veces estáis Conmigo, a veces le estáis dando la cara a Satanás…

 Y así vais como veletas, actuando en mediocridad, viendo donde os conviene estar. El Mundo os jala, el Mundo hace sus propias reglas obviamente, porque escucha a Satanás. Y si queréis pertenecer al Mundo y que el Mundo os respalde, ciertamente tendréis que darMe la espalda a Mí, vuestro Dios.

Lo habéis vivido y lo estáis viviendo, Mis pequeños. Si queréis tener buenos puestos en los gobiernos, en las compañías fuertes en las que trabajáis; en la mayoría de los casos se trabaja en la mentira, en la conveniencia, en la maldad. Y si queréis mantener vuestro puesto, os obligan a cometer actos impuros, actos desagradables a Mis Ojos y a Mis Mandatos.

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 Y vosotros lo aceptáis porque queréis mantener un estado aparente de solvencia económica y de posición social, pero espiritualmente estáis destrozados.

Preferís vivir en el Mundo y para el Mundo y no para lo que fuisteis enviados a la Tierra, que es para destruir la Maldad, con el Bien que debías llevar cada uno de vosotros en vuestro corazón, mostrándolo a vuestros hermanos con vuestras obras y contagiándolos de Mi Amor. Pero no, preferís el Mundo.

¡Cuánta traición! ¡Cuánta ingratitud! Os he dado lo más grande y más bello que tengo, que fue Mi Hijo que se DIO por vosotros, que os enseñó a vivir en el Mundo.

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Él vivió entre la maldad de los que Lo rodeaban. Satanás Lo atacó también y lo puso en su lugar: Soy tu Dios y a Mí solamente obedecerás”

 Pero vosotros, traicionando y haciendo a un lado las Enseñanzas de Mi Hijo; preferís manteneros en el Mundo, en la suciedad, en el Error, en la Maldad.

Os prevengo Mis pequeños, los que estáis en ésta situación, la Purificación Mundial, viene. Tarde o temprano os tendréis que poner ante Mi Presencia y hablarMe de la misión que Yo os encomendé.

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Os querréis esconder para no darMe la cara, no ver a Mis Ojos; porque vuestra respuesta va a ser muy diferente a lo que Yo esperaba de cada uno de vosotros. Y con esto sabréis también, vuestro destino eterno.

Llegará un momento en que Mi Santo Espíritu os hará conocer a todos vosotros en vuestro corazón, que estáis ya sobre el Tiempo. Y los Acontecimientos os irán avisando la pronta Llegada de Mi Hijo. Temblad ya desde ahora, para que podáis llorar vuestros pecados y arrepentiros de ellos.

El tiempo es corto y es preferible para vosotros que perdáis lo que habéis atesorado del Mundo con vuestra traición hacia Mí, para que regreséis y no tengáis una eternidad de dolor. Os vuelvo a advertir Mis pequeños: os amo, a pesar de vuestras traiciones y de todos los dolores que Le causáis a Mi Sacratísimo Corazón.

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Os amo a vosotros porque os creé, pero no amo a vuestras acciones, con las que Me causáis dolor y traición. Una vez más, os aviso y os prevengo.

 Cada uno de vosotros tenéis dos misiones: una, que es muy personal y la otra, que es comunitaria.

Cada uno de vosotros tenéis vuestra propia personalidad y os he dicho que nadie más va a llevar a cabo vuestra misión la cual, Yo permití que fuera solamente para cada uno de vosotros. Y de esta forma tuvierais también vuestro premio en lo particular, de acuerdo a como llevarais a cabo vuestra misión.

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La comunitaria, es cuando os juntáis y llevando un solo propósito que es el de uniros, para conformar nuevamente el Cuerpo Místico de Mi Hijo.

Mis pequeños, cada uno de vosotros sois importantísimos para Mí e irrepetibles. Vuestra misión es muy personal y os di las capacidades, los dones, las virtudes necesarias para que la llevarais a cabo. Podríais preguntaros el por qué hice en cada uno de vosotros un alma muy particular… Y es para que os dierais cuenta la predilección que tengo por cada uno de vosotros.

Si vosotros veis las flores o los pajarillos de una misma especie, aparentemente son iguales; pero si los observáis detenidamente, cada uno tendrá una función y una misión también, muy particular. 

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Cada uno de vosotros sois también como un hilo de un determinado color, que será usado para hacer un mantel o una tela con bordados y que sin vuestra presencia, se notaría inmediatamente, que algo falta. Eso os habrá pasado alguna vez, cuando en alguna prenda vuestra se pierde un hilo.

Podríais decir que un hilo es insignificante… Pero si lo veis ya dentro de una tela conformada, se nota la falta de este hilo y ya no se ve igual; se pierde la belleza de toda la prenda por más bella que sea, por la falta ése hilo.

Así de importantes sois cada uno de vosotros, en Mi Creación y en la unidad que tendréis, para que se forme nuevamente el Cuerpo Místico de Mi Hijo. Por eso os cuido, os guío, os doy todo lo necesario en capacidades, en virtudes, para que llevéis a cabo la misión única, que tenéis cada uno de vosotros.

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No fuisteis lanzados a la Tierra como muchos os lo cuentan o que pretenden que así sea. No sois un alma más entre un montón y que nadie se dé cuenta de vuestra presencia. NO, Mis pequeños. Sois ése hilito importantísimo, para que la tela mantenga su belleza y su unidad.

Si os he creado y os he dado una misión es para que entre todos, conforméis ésa Belleza que va a ser el Nuevo Mundo, que gracias a vuestra misión llevada a cabo correctamente, se dará y todos gozaréis.

Gozaréis la Belleza a la que habéis sido llamados, para ayudarMe en darle a este Nuevo Mundo, ésa belleza de las almas que Me aman, que fueron fieles y sobre todo, que fueron obedientes a Mis Designios Divinos y a Mi Amor.

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Nadie es más importante que el otro. Ved una tela ya conformada todos sus hilos unidos, crean ésa belleza. Todos vosotros sois necesarios en Mi Obra Divina, todos sois importantes, para que todo se vea bello.

No os sintáis menos porque aquél tiene más de los bienes del Mundo, que vosotros. Yo no Me fijo en eso. Yo Me fijo en cómo estáis realizando vuestra misión, cómo la estáis llevando a cabo y cómo vais a acomodaros en el lugar que os corresponde en la Recuperación del Cuerpo Místico de Mi Hijo.

Yo os Bendigo, Mis pequeños, os llevo en Mi Corazón. Amaos los unos a los otros, os lo pidió Mi Hijo. Bendecid estos momentos en vuestra vida y agradecedMelos, son momentos de Gloria. Os amo, OS AMO, Mis pequeños. Y dejadMe ser vuestro Dios en vuestra vida, en total libertad. Os amo, Mis pequeños y os Bendigo en Mi Santísima Trinidad. Gracias y os bendigo en Mi Santo Nombre y en Mi Santísima Trinidad

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28.- EL MESÍAS PERSEGUIDO


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Cuando José y María buscaron albergue en Belén, no lo hallaron y Jesús nació en una cueva, que era un pesebre usado por los pastores del lugar. Esa hospitalidad no les fue negada solo por la maternidad ya próxima en Ella; sino por una inconsciente hostilidad surgida en el corazón del posadero, en contra de aquellos jóvenes esposos, tan diferentes de todos los demás.

Satanás hizo del hospedero un dócil instrumento para obstaculizar a aquella pareja a la que teme y odia; por la resistencia que le han opuesto a todas sus insidias que lo rechazan constantemente y le han impedido dominarles. El Adversario ignora que mientras realiza esta acción saturada de odio, está haciendo que las profecías se cumplan.

Herodes era un hombre consumido por las concupiscencias del espíritu y de la carne. Y en sus pasiones desordenadas, Satanás encuentra las armas ideales para que este hombre responda dócilmente a todas sus instigaciones para empezar a perseguir a Jesús.

Anidando en el corazón de este rey perverso, provocó la matanza de los niños de Belén, genocidio que hizo exclamar a Tiberio César:

–           ¡Herodes es un cerdo que se alimenta de sangre!

Dios intervino para salvar a su Hijo. Esta persecución llevó a la Sagrada Familia a su destierro en Egipto durante varios años, hasta que murió el tirano e hizo que se cumplieran nuevamente las profecías.

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Mientras Jesús crecía en Sabiduría y en Gracia, su alma permaneció como una fortaleza inexpugnable y la hostilidad de Satanás creció sin límites. Jesús se preparó al inminente encuentro y se retiró al desierto. Con la Oración, la Mortificación y la Penitencia, le dio la respuesta merecida, cuando en su ataque frontal contra el Hijo de Dios, quiso cerciorarse de su Identidad.

Después de esta humillante derrota, siguió fastidiando a Jesús en todas las formas posibles a través de los fariseos y sobre todo, del Apóstol Infiel.

También Judas, como Herodes, estaba dominado por la soberbia y la sensualidad. Y fue causa de mucho sufrimiento para Jesús, que conocía perfectamente la obra demoledora de Satanás en Judas. En su alma dominada totalmente por él y con el cual se mantuvo dentro del círculo interior de sus apóstoles, haciendo del poseso un espía y un traidor.

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Utilizó con gran maestría a los sacerdotes del Templo, comunicándoles su odio infernal, hasta convertirlos en Deicidas.

Jesús testimonió el Magisterio de su Palabra con milagros portentosos, entonces ¿Qué fue lo que sucedió?…

Muchos fueron los que creyeron, pocos los que perseveraron y poquísimos; los que testimoniaron por toda su vida y con la muerte, que Jesús es el Mesías, Verdadero Hijo de Dios.

Los Doctores de la Ley que acusaron a Jesús, conocían a la perfección las palabras de la Escritura Sagrada y sin embargo no lo reconocieron, ¿Por qué?

Porque espiritualmente estaban muertos y dominados en sus pasiones por Satanás. Y no pudieron entender. Juzgaron y condenaron con apegos ridículos y crueles. No amaban.

 A DIOS SE LE AMA,        NO SE LE ESTUDIA.

            CUANDO SE LE AMA CON TODO EL CORAZÓN, ÉL DA LA SABIDURÍA PARA COMPRENDERLO. Cuando no hay amor, todo son ritos externos y formulismos hipócritas, para engañar al mundo con una pretendida santidad que es únicamente fingimiento, porque le interior está lleno de podredumbre, hediondo de vicios y no hay un verdadero arrepentimiento en el corazón.

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A través de los siglos y por medio de los Profetas, Dios había invitado a su Pueblo a reconocer al Mesías en su Verdad de Salvador y Rey Celestial. De Rey de reyes y Señor de señores. Verbo del Padre y Verdad Eterna y por lo tanto, Digno de ser adorado como Verdadero DIOS.

Venerado como el Santo de los santos, escuchado y obedecido en sus enseñanzas.

Pero estas enseñanzas y la misma humildad de aspecto y condición del Cristo, chocaban con el concepto que de Él se habían hecho los soberbios hebreos. Y sobre todo, chocaban con sus hábitos morales.

Ellos eran el Pueblo Elegido, los Príncipes de los Sacerdotes y se sentían ‘dioses’ no por santidad de vida, sino por conocimiento y poder.

Jesús solo era: ‘El carpintero de Nazareth’. Para aquellos para quienes eran tan importante la exterioridad y las apariencias; la opulencia y la magnificencia; esta humildad de origen, de carácter, de vestidos, de lugares, de enseñanzas; eran otros tantos motivos para no reconocer en el hijo del Carpintero de Nazareth, al Hijo de Dios y al Prometido Mesías de Israel.

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Toda la Doctrina de Jesús, era un velado reproche a su manera de vivir: Y eso no lo soportaban.

Y en lugar de aceptar el llamado a la conversión, crecía cada vez más su Odio.

En cuanto más Jesús confirmaba su Identidad; la combinación de soberbia y miedo, los cegó de manera mortal y los convirtió en dóciles instrumentos en las manos de Satanás, que creyó que al matarlo lo destruiría.

Después del milagro de la Resurrección de Lázaro que puso totalmente al descubierto la naturaleza Mesiánica de Jesús, ¿Por qué no lo reconocieron?

Porque no podían hacerlo. Porque aparte de estar cegados  y dominados totalmente por Satanás y su Odio, ellos se reputaban perfectos en sabiduría, pero carecían de la Luz del amor para ver la Verdad.

Jesús había escogido entre el pueblo humilde a sus apóstoles y del más ignorante y tosco, pero bueno en su voluntad, lo constituyó la Cabeza, la Piedra, el Continuador y el Primer Pontífice.

Uno solo entre los Doce tenía semejanza de pensamientos, de gustos, de carácter, con los fariseos.  Era el más elegante y culto. Y se había educado en el Templo, con aquellos que enseñaban sobre la cátedra de Moisés:

Fue el que lo traicionó.

Ciertamente Jesús se profesaba hijo de Dios. Y hacía Obras y daba Lecciones de Dios, pero el soberbio Israel no podía aceptar lo que venía de un hombre de condición humilde.

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En lugar del Mesías Espiritual que había sido presentado en las Profecías, ellos se construyeron un Mesías Humano, conquistador para Israel de toda la Tierra.

Entonces, no se sometieron a Él. Se negaron a reconocerlo y obedeciendo las instigaciones de Satanás, volvieron a tener nuevamente, total cumplimiento las Profecías, con el Hombre de Dolores.

No se puede decir entonces que Dios no haya tenido Misericordia y Justicia para Israel. Desde siglos, después de haberlos preparado por siglos para acoger a Cristo y para reconocerlo por Tal; por siglos espera que Israel retorne al Camino de la Verdad, para abrirles los brazos y el Reino.

En la Guerra contra Dios; cuando las feroces escuadras de los Caldeos vencieron a los israelitas en la Ciudad Capital, no satisfechos todavía; quemaron la Casa de Dios y se llevaron las riquezas del Templo.

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Cuando las poderosas legiones romanas destruyeron para siempre, siguiendo la Profecía de Jesucristo, el Templo sobre el Moria, ¿Contra Quién verdaderamente se abalanzaron? ¿Contra el Edificio, el Sacerdocio, los utensilios? O ¿Contra el Inmaterial ENTE, que en las mentes de los israelitas los llenaba de Sí?

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Porque desde la Hora Nona de aquel Viernes Santo, el Espíritu de Dios había abandonado la Gloria del Tabernáculo, pero la Idea estaba todavía.

Y era todo para Israel aquella Idea. El Enemigo no se lanzó contra las piedras, sino contra la Idea.

Para golpear al Pueblo golpea la Idea.

DESTRUIDOS… DISPERSOS…

La furia de Satanás por haber sido vencido, se desencadenó totalmente y barrió de la Faz de la Tierra al Templo donde se adoraba a Dios y a la nación que lo trajo al mundo.

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Su venganza contra los cristianos perduraría a través de los siglos y evolucionaría de mil maneras…

Después de las persecuciones del sanedrín que cobraría entre otros, las vidas de Esteban y de Santiago, estallaron abiertamente en el Edicto de Nerón y las persecuciones sangrientas de los emperadores romanos en los tres primeros siglos.

Nerón estaba dominado absolutamente por la concupiscencia del espíritu y de la carne, a tal grado que lo convirtió en el instrumento perfecto para tratar de destruir a Dios en sus hijos y exterminar tanto a los judíos, como a los cristianos.

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Cuando se conoce AL VERDADERO AUTOR, de estos hechos, no sorprende para nada la violencia en la destrucción de los hombres manejados por él, en su lucha contra Cristo.

La Historia de la Iglesia está saturada de ejemplos que ponen de manifiesto las diferentes estrategias utilizadas para destruirla.

Sus ataques contra el Cristianismo, contra la Idea, persistirán hasta deformarla en la mente de los cristianos y borrarla totalmente, con la repetición de los mismos errores que cometieron los hebreos en tiempos de Pilatos.

Haciéndoles cometer nuevamente el Deicidio, en el corazón de cada hombre, hasta casi borrar totalmente su semejanza con Dios; a pesar del conocimiento de las Verdades Reveladas y el profesar una fe muerta y sin obras.

El Plan Maestro de Satanás habrá alcanzado su más rotundo éxito, cuando el materialismo haya envilecido la dignidad humana y el hombre ya no sepa ni quién es, ni lo que significa su tránsito por esta vida.

Cuando haya destruido el concepto de ‘moral’ en el Pueblo Cristiano y la costumbre de vida haya perdido totalmente la Noción del Bien y del Mal, hasta llevar al Caos doctrinal con el Racionalismo, con la proliferación de errores teológicos y las herejías que dan la muerte espiritual.

Cuando la Iglesia haya seguido el Camino del Calvario detrás de su Maestro, esté  muerta y sea el despojo del que dijo Jesús: ‘Donde hay un cadáver, allí se juntan los buitres’

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El Materialismo niega a Dios y sustituyéndose a Él, pretende dar a los hombres un paraíso aquí en la tierra, una felicidad que no posee y por lo tanto, no puede dar. Trágica mentira y astuto engaño al que todos se engancharán en nombre del Progreso, olvidando el fin de la Creación y la Redención.

Por eso se dejará de hablar de los Novísimos: Muerte, Juicio, Infierno y Gloria. Y de creer en ellos y en el Verdadero Enemigo de Dios y del Hombre. También del Pecado, con el que Satanás se identifica.

Y el que se atreva a señalarlos, será mirado con una sonrisa de conmiseración y desprecio. Y tachado de loco, ignorante y supersticioso.

Todas estas maniobras son dignas del que una vez fuera, el más bello y el más poderoso de los ángeles…

Y se sentirá vencedor cuando haya logrado el Total Dominio de la Iglesia… Y se apodere de la Sede de San Pedro…

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HEROÍSMO APOSTOLICO

Después de Pentecostés, cuando los apóstoles salieron a predicar a distintos lugares, Santiago de Zebedeo cruzó a través del Mar mediterráneo hasta desembarcar en la Hispania, (Actuales España y Portugal) Comenzó a predicar en Galicia, a la que llegó después de pasar las Columnas de Hércules y viajó por el Valle del Ebro hasta la Coruña.

Los Hechos de los Apóstoles relatan que éstos se dispersaron por todo el mundo para llevar la Buena Nueva. Según una antigua tradición, Santiago el Mayor se fue a España. Primero a Galicia, donde estableció una comunidad cristiana y luego a la ciudad romana de César Augusto, hoy conocida como Zaragoza.

Las enseñanzas del Apóstol no fueron aceptadas y solo siete personas se convirtieron al Cristianismo. Estos eran conocidos como los “Siete Convertidos de Zaragoza”.

Las cosas cambiaron cuando la Virgen Santísima se apareció al Apóstol en esa ciudad, aparición conocida como la Virgen del Pilar. Desde entonces la intercesión de la Virgen hizo que se abrieran extraordinariamente los corazones a la evangelización de España.

En el año 42 d.C. dejó discípulos en los lugares donde evangelizó y acompañado de algunos otros,  regresó a Judea.

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Pronto tuvo una lucha contra los ardides de un poderoso hechicero llamado Hermógenes.

Pero Santiago estaba tan lleno del Espíritu Santo, que logró la conversión del antiguo mago y éste se volvió uno de sus discípulos más virtuosos y perfectos.

Cuando los judíos se convencieron de que la conversión de Hermógenes era verdadera, hicieron responsable de ella a Santiago. Alborotados se presentaron ante él, le increparon y trataron de impedirle que siguiera predicando la Doctrina del Crucificado.

Sin embargo el apóstol recurrió a la Sagrada Escritura y les demostró cómo en Jesús se habían cumplido todas las profecías que en ella se contenían acerca del Nacimiento y el Sacrificio del Mesías. Y probó estas verdades con tal claridad y se armó tal alboroto, que una vez más se dividieron: los que se encolerizaron empezaron a insultarlo, pero también hubo muchos que lo oyeron y se convirtieron.

Esto provocó tan enorme indignación en Abiatar, a quién correspondía el Sumo Pontificado aquel año, que sublevó al pueblo contra el apóstol.

Algunos de los amotinados lograron apresarlo y lo amarraron. Cuando le ataron las manos…

Santiago les dijo:

–           Vosotros podéis atar mis manos, pero no mi lengua.

Luego le pusieron una soga al cuello, lo condujeron ante Herodes Agripa y lograron que éste lo condenara a muerte.

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Enseguida lo llevaron al Gólgota, donde había sido crucificado Jesús, fuera de la ciudad. Cuando lo empujaban hacia allá, un tullido invocó al apóstol pidiéndole que le diera la mano, para que lo curase…

Santiago le dijo:

–           Ven tú hacia mí y dame tu mano.

El tullido fue hacia Santiago, tocó las manos atadas del apóstol e inmediatamente sanó. Más adelante, un paralítico que yacía a la vera del camino, comenzó a suplicarle a gritos que lo sanara.

Santiago lo oyó y le dijo:

–           En Nombre de Jesucristo cuya Doctrina he predicado y defiendo. Y por cuya causa voy a ser decapitado, te ordeno que te levantes del suelo, completamente curado y que bendigas al Señor.

Al ver este prodigio, el escriba Josías que había sido el que le pusiera la soga al cuello, se arrojó a sus pies, le imploró su perdón y se convirtió.

Santiago le preguntó:

–           ¿Deseas ser bautizado?

Josías respondió llorando:

–           Sí. Por favor recíbeme como cristiano.

–           Pronto serás bautizado en tu propia sangre.

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Pero Abiatar que también estaba presente, agarró a Josías, lo zarandeó y…

Le exigió:

–           Si ahora mismo no maldices a Jesús el Crucificado, haré que te degüellen al mismo tiempo que a Santiago.

Josías respondió:

–           A quién maldigo es a ti. Óyeme bien: ¡Maldito seas tú y maldito sea todo el tiempo que vivas! Y escucha también  esto: ¡Bendito sea el Nombre de mi Señor Jesucristo por los siglos de los siglos! Amén.

Abiatar ordenó a algunos de los judíos incrédulos, que descargaran sobre el rostro de Josías, una buena tanda de bofetadas y envió un mensajero a Herodes solicitando el permiso necesario, para ajusticiar al escriba convertido.

Al llegar al lugar designado para el suplicio, Santiago pidió al verdugo una redoma con agua. Cuando se la proporcionaron, con aquella agua bautizó a Josías.  Y después los dos fueron decapitados.

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Era el año 44 d.C. Santiago de Zebedeo fue el primer apóstol de Jesucristo, en ser martirizado.

Abiatar ordenó que dejaran su cuerpo insepulto, como pasto de los perros y de las fieras.

Por la noche sus discípulos ibéricos, con muchas precauciones para no ser vistos, tomaron el cuerpo del apóstol y se lo llevaron al puerto de Jaffa. Prodigiosamente hallaron una nave que no tenía tripulación. Se embarcaron en ella llevando con ellos el cuerpo de Santiago y rogaron a Dios que los condujera a donde Él quisiese que aquellos restos fuesen sepultados.

Guiada por un ángel del Señor, la barca comenzó a navegar y a los siete días llegaron al puerto de Iria, en las costas de Galicia; región de España que estaba gobernada por una mujer llamada Lupa.

Al llegar a tierra, desembarcaron el cuerpo y lo colocaron sobre una piedra enorme, la cual como si fuese de cera, repentinamente adoptó la forma de un ataúd y se convirtió milagrosamente, en el sarcófago del mártir.

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A continuación los discípulos fueron a ver a la reina Lupa pues ella era la dueña de los contornos y querían una parcela para enterrar a su maestro.

Y le dijeron:

–           Nuestro Señor Jesucristo te envía el cuerpo del apóstol Santiago. Para que acojas muerto y con benevolencia, al que no quisiste escuchar cuando estaba vivo.

Pero ella los remitió al rey Duyo, que era enemigo declarado del cristianismo, quién los encarceló.

Fueron liberados por un ángel y luego perseguidos por los soldados de Duyo. El destacamento moriría ahogado al derrumbarse el puente por el que intentaron cruzar el río, en persecución de los fugitivos.

Los discípulos volvieron con Lupa, quién aterrada por lo que había sucedido, quiso deshacerse de ellos. Entonces los envió al monte Allicinos, donde les ofreció dolosamente unos bueyes mansos que eran de su propiedad, para trasladar el cadáver.

Pero los bueyes no eran tales, sino toros salvajes. Al aproximarse los discípulos, les salió al encuentro un pavoroso dragón, que ante su presencia y al hacer la señal de la Cruz, se esfumó sin dejar rastro. Enseguida, ellos se acercaron a los toros que no mostraron su natural bravura y se dejaron mansamente uncir  a la carreta. Luego las bestias empezaron a caminar y se fueron  directamente, como si supieran el camino, llevando el sarcófago hasta el palacio de Lupa.

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La reina asombrada por tantos prodigios, ya no se resistió. Se convirtió y donó su palacio para que fuera una iglesia y la sepultura del apóstol; que de esta manera increíble terminó su azarosa travesía.

Después de esto, con el Espíritu Santo en acción, la expansión del cristianismo en la Península Ibérica fue rápida e intensa. Y Santiago se convirtió en el santo Patrono y Protector de España.

* * * * * * * *

Cuando Pablo se fue a Roma a apelar ante el César, los judíos que no pudieron matarlo, dirigieron todo el furor de su odio contra Santiago de Alfeo, que ya tenía treinta años de haber sido consagrado Obispo de Jerusalén. Y tal como refiere Flavio Josefo, el Sumo Sacerdote Anás II aprovechó el intervalo transcurrido entre la muerte del Procónsul Festo y la llegada de su sucesor, Albino I en el año 62 d.C. para buscar pretextos para condenarle.

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Un grupo de judíos fueron a verlo y le dijeron:

–           Sabemos que eres un hombre íntegro y queremos que desengañes al pueblo y les hagas ver la equivocación que cometen al creer que Jesús fue Cristo. En la próxima Pascua, háblales y desengáñalos de todas esas cosas que creen en relación con Jesús. Si así lo haces, también nosotros nos atendremos a tu testimonio, reconoceremos que eres justo y que no te dejas influir por nadie.

El día de Pascua, los que habían tratado de seducirlo, lo llevaron hasta la terraza más alta del Templo de Jerusalén, para que pudiese ser visto y oído por la gran multitud de peregrinos y le dijeron a grandes voces:

–           ¡Santiago! ¡Tú eres el más honesto de todos los hombres! Todos acatamos tu testimonio. Manifiéstanos aquí públicamente, qué opinas de los que andan por ahí, detrás de ese Jesús el Crucificado.

Santiago, también con voz muy fuerte, respondió:

–           ¿Queréis saber lo que pienso del Hijo del Hombre? Pues bien, escuchad: Creo que está sentado a la Diestra del Padre Celestial, el Altísimo Señor del Universo. Y que un día vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos.

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Los cristianos, al oír esta respuesta, aplaudieron con jubilosa alegría. Los escribas y fariseos en cambio, se pusieron más coléricos y dijeron entre sí:

–           ¡Gran error hemos cometido! Debemos corregirlo inmediatamente para que sepan lo que les espera a los que piensen como él.

Lo apresaron y lo subieron hasta las almenas más altas del Templo y desde ahí gritaron:

–           ¡Oh, el que teníamos por justo se ha equivocado!

Al decir esto, lo empujaron y lo arrojaron al vacío.

Pero el apóstol no se hizo ningún daño y se incorporó.

Inmediatamente se arremolinaron contra él, los enemigos que desde abajo habían presenciado su caída y empezaron a arrojarle piedras, mientras le gritaban con ira.

Al ver esto, Santiago se puso de rodillas y levantando los brazos hacia el cielo, exclamó:

–           ¡Señor! ¡Te ruego que los perdones, porque no saben lo que hacen!

Al comenzar la lapidación, un sacerdote hijo de Rahab, intentó detenerlos diciendo:

–           ¡Alto! ¡No tiréis piedras, os lo ruego! ¿Acaso no veis que este santo varón corresponde a vuestra crueldad, orando por vosotros?

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Pero no le hicieron caso y con una pértiga de batanero, le descargaron un golpe tan bárbaro, que le partieron el cráneo. Su cuerpo fue sepultado en el mismo sitio en el que murió, a la vera del Templo. El pueblo trató de atrapar a quienes lo mataron para castigarles, pero los asesinos de Santiago fueron más rápidos al escapar.

                                                                * * * * * * *

            Matías =  regalo de Dios. El apóstol que fue elegido para cubrir el lugar de Judas de Keriot, se distinguió por la insistencia con la que predicaba la necesidad de mortificar la carne, para dominar la sensualidad. Esta lección la aprendió directamente de Jesús.

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Evangelizó Capadocia, en las costas del Mar Caspio. Sufrió persecuciones y fue hecho prisionero por caníbales. También fue cegado, curado y liberado por Andrés. Fue martirizado en Cólquida. Fue crucificado y murió decapitado.

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Después de algunos años de apostolado en Palestina, Mateo se trasladó a Etiopía, donde realizó muchos milagros y resucitó a una hija del rey Egido. Éste y toda su familia se hicieron cristianos. Cuando el rey murió, subió al trono Hitarco. En el año 60d.C. en la ciudad de Nadaver  Etiopía, el nuevo monarca se enamoró perdidamente de Efigenia y prometió a Mateo la mitad de su reino si lograba convencer a la joven para que lo aceptara por esposo.

El apóstol le contestó a Hitarco:

–           Tu antecesor iba a la iglesia. Ve tú también el próximo Domingo y escucha lo que hablaré sobre el matrimonio.

El rey, pensando que Mateo iba a convencer a Efigenia, acudió a la iglesia ilusionado.

Mateo habló largamente sobre las excelencias del matrimonio.

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Hitarco mientras le oía, reafirmó su idea de que Mateo le estaba ayudando a inclinar hacia él, el ánimo de Efigenia, que también estaba presente. Y tan persuadido estaba de esto, que aprovechando una pausa que hizo el apóstol, se puso de pie y lleno de júbilo felicitó al predicador.

Mateo rogó al rey que guardara silencio, que se sentara de nuevo y que por favor siguiera escuchando, pues todavía no había terminado.

Mateo concluyó su conferencia de esta manera:

–           Cierto que el matrimonio, si los esposos observan escrupulosamente las promesas de fidelidad que al contraerlo mutuamente se hacen, es una cosa excelente. Pero prestad atención: supongamos que un ciudadano cualquiera arrebatara la esposa a su propio rey. ¿Qué ocurriría? Pues no solo el usurpador cometería una gravísima ofensa contra su soberano, sino también incurriría en un delito que está castigado con la pena de muerte.

Y el delito no es por haber querido casarse; sino por haber quitado a su rey, algo que legítimamente le pertenece y por haber sido el causante de que la esposa faltase al juramento de fidelidad hecho a su verdadero esposo.

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Estando así las cosas: ¿Cómo tú Hitarco, súbdito y vasallo del rey eterno, sabiendo que Efigenia es una virgen consagrada al Señor, te has atrevido a poner tus ojos en ella y pretendes que sea infiel a su verdadero esposo, que es precisamente tu Soberano.

Al oír esto, Hitarco se encolerizó y salió furioso de la iglesia.

Mateo, sin inmutarse prosiguió su homilía y exhortó a los oyentes a la paciencia y a la perseverancia. Al final, bendijo a las vírgenes y en especial a Efigenia, que asustada se había arrodillado ante él.

Cuando terminó la celebración eucarística, Mateo aún estaba en el altar orando con los brazos extendidos hacia el cielo, cuando un sicario enviado por el rey, se le acercó y le clavó una lanza en la espalda y lo mató.

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Poco después Hitarco quiso quemar la casa en que vivían las vírgenes, pero el santo apóstol se apareció y las rescató de las llamas.

Por su parte, el rey contrajo lepra y se suicidó con su propia espada.

El pueblo proclamó rey a un hermano de Efigenia que también había sido bautizado por Mateo y la Fe se propagó por tierras etíopes.

 * * * * * * *

Alrededor del año 40 d.C. el apóstol Tomás se fue a evangelizar al norte de la India. El Espíritu Santo acompañó su predicación con muchísimos milagros y le salvó de manera prodigiosa, de numerosos peligros. Tras nueve años hubo muchas conversiones, entre ellas Migdonia esposa de Casisio, cuñado del rey Gondófares.

Cuando el esposo se enteró, se quejó con el rey. Éste mandó encerrar al apóstol y envió a la reina para que convenciera a su hermana del error que había cometido al hacerse cristiana.

Pero las cosas salieron al revés y fue Migdonia la que hizo que la reina se convirtiera.

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Y ésta regresó diciendo:

–           Yo también creía como vosotros, que Migdonia mi hermana había cometido una gran estupidez. Pero ahora estoy convencida de que ha obrado con gran sabiduría. Ella me puso en contacto con el apóstol y he conocido a Cristo. He comprobado que Él Resucitó y me ha hecho conocer el Camino de la Verdad. También he comprendido que los verdaderos necios, son los que se niegan a creer en Cristo.

El rey mandó entonces que le trajeran a Tomás a su presencia.

Lo llevaron atado de pies y manos.

Cuando lo tuvo ante sí, le ordenó que convenciera a las mujeres de su error. Hubo entonces una larga discusión, donde el apóstol defendió la Fe Cristiana con todos los recursos del Espíritu Santo y no hubo manera de rebatirlos.

Entonces viéndose derrotados; por consejo de Casisio, el rey ordenó que arrojaran a Tomás en un horno encendido, del cual salió el apóstol sano y salvo al día siguiente.

En vista de este prodigio; Casisio propuso a su cuñado que para que aquel poderoso hombre perdiera la protección divina e incurriera en la Ira de su Dios, le obligase a ofrecer sacrificios en el Templo del Sol.

Cuando trataron de llevar a cabo su plan…

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Tomás le dijo al rey:

–           ¿Quieres ver que en cuanto esté frente a la efigie de esa divinidad tuya, mi Dios la destruirá? Hagamos un trato: si sucede como te he dicho promete que serás tú el que adores a mi Señor Jesucristo. ¿Aceptas?

El rey replicó indignado:

–           ¿Cómo te atreves a hablarme como si fueras mi igual?

Enseguida ordenó que llevaran a Tomás hasta el templo del dios solar.

Cuando lo lanzaron al suelo obligándolo a postrarse, el apóstol dijo en arameo su lengua natal:

–           Adoro a mi Señor Jesucristo en cuyo Nombre Santísimo yo te ordeno a ti, Demonio que te escondes en el interior de esta escultura, que ahora mismo la destruyas.

Al instante, la imagen que era de bronce se derritió como si hubiera sido hecha de cera.

Los sacerdotes encargados del culto del malogrado ídolo, se enfurecieron al ver lo ocurrido…

Y el pontífice que los presidía exclamó:

–           ¡Yo vengaré la afrenta que acabas de hacer a mi dios!

Mientras pronunciaba esta amenaza, se apoderó de una espada y con ella atravesó el corazón del apóstol. Y así fue sacrificado Tomás.

El rey y Casisio al ver que el pueblo trató de vengar este asesinato y quisieron quemar vivo al pontífice pagano, llenos de miedo huyeron de allí.

Los cristianos recogieron el cuerpo y lo enterraron con honores y gran veneración.

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HERMANO EN CRISTO JESUS:       

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

25.- DESPEDIDA DEL PONTÍFICE


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En la terraza de la casa de Simón iluminada por la Luna llena, están Pedro y Juan. Hablan en voz baja y señalan hacia la casa de Lázaro, que está  del todo cerrada y silenciosa.

Hablan durante largo rato, yendo y viniendo por la terraza. Luego el coloquio se hace más animado y sus voces antes contenidas, aumentan de tono y se hacen muy claras.

Pedro, dando un puñetazo en el parapeto de la terraza exclama:

–           ¡¿Pero no comprendes que se debe hacer así?! Te hablo en nombre de Dios. Escúchame sin obstinarte. Conviene hacer como digo yo. No por cobardía y miedo, sino para impedir el exterminio total de la Iglesia. Todos nuestros pasos son seguidos, estoy convencido. Y Nicodemo me ha confirmado que estoy en lo cierto. ¿Por qué no podemos quedarnos en Betania?

Por este motivo. ¿Por qué ya no es prudente estar en esta casa o en la de Nicodemo; en la de Nique o de Anastática? Por el mismo motivo. Para impedir que la Iglesia muera, por la muerte de sus jefes.

Juan responde:

–           El Maestro nos aseguró muchas veces que ni siquiera el Infierno podrá exterminarla, vencerla y prevalecer sobre ella, nunca.

–           Es verdad. Y el Infierno no prevalecerá, como no lo venció a Él. Pero los hombres sí, como vencieron al Hombre-Dios, que venció a Satanás; pero que no pudo prevalecer sobre los hombres.

–           Porque no quiso vencer. Debía redimir y por tanto, morir. ¡Y con esa muerte!

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¡Pero si hubiera querido vencerlos!… ¡Cuántas veces logró eludir las acechanzas de toda clase que le tendieron!

–           También la Iglesia será insidiada, pero no perecerá totalmente, siempre y cuando tengamos la suficiente prudencia como para impedir el exterminio de los jefes actuales, antes de crear nosotros a muchos sacerdotes de la Iglesia, en sus distintos grados…  Crearlos y formarlos para su ministerio.

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¡No te hagas falsas ilusiones, Juan! Los fariseos, escribas y miembros del Sanedrín harán de todo para matar a los pastores, para conseguir así la dispersión del rebaño…  Del rebaño todavía débil y medroso; sobre todo, este rebaño de Palestina. No debemos dejarlo sin pastores hasta que muchos corderos no hayan pasado a su vez, a ser pastores. Ya has visto a cuántos han matado…

¡Piensa en cuánta parte de mundo nos espera! La orden fue clara: “Id y evangelizad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo lo que os he mandado”. Y a mí, en la orilla del lago, tres veces me mandó apacentar sus ovejas y corderos, y profetizó que de viejo, pero no antes; seré atado y conducido a confesar a Cristo con mi sangre y mi vida. ¡Y muy lejos de aquí!

Si comprendí bien unas palabras suyas antes de la muerte de Mannaém, yo debo ir a Roma y allí fundar la Iglesia inmortal.

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¿Y no juzgó Él mismo que era bueno retirarse a Efraím, porque todavía no se había cumplido su evangelización? Y sólo en el momento preciso volvió a Judea para ser apresado y crucificado. Imitémoslo.

No se puede decir, no cabe duda de esto, que Lázaro, María y Marta eran personas miedosas. Y, sin embargo ya ves que con todo el dolor de su corazón, se han alejado de aquí para llevar a otros lugares la Palabra divina que aquí habría quedado ahogada por los judíos.

Yo, elegido por Él Pontífice he decidido y conmigo los otros apóstoles y discípulos: nos dispersaremos.

Habrá quien irá a Samaria o hacia el gran mar, o hacia Fenicia, yendo cada vez más allá a Siria, a las islas, a Grecia, al Imperio romano.

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Si aquí en estos lugares la cizaña y el veneno judío hacen estériles los campos y las viñas del Señor, nos vamos a otros lugares y sembramos otras semillas en otros campos y viñas, para que no sólo haya recolección, sino que incluso sea abundante. Si en estos lugares el odio judío envenena las aguas y las corrompe para que ni yo pescador de almas, ni mis hermanos podamos pescar almas para el Señor, nos marchamos a otras aguas.

Hay que ser al mismo tiempo, prudentes y astutos. Créelo, Juan.

–           Tienes razón. Pero si insistía era por María. Yo no puedo, no debo dejarla. Ello nos causaría demasiado dolor a ambos.

–           Y sería una mala acción por parte mía… – le responde Juan.

–           Tú te quedas aquí. Y Ella también, porque separarla de aquí sería una cosa absurda…

–           A la que María nunca prestaría consentimiento. Me uniré a vosotros más adelante, cuando ya Ella no esté en la Tierra.

–           Sí. Te unirás a nosotros. Eres joven… Vivirás todavía mucho.

–           Y María muy poco.

–           ¿Por qué? ¿Es que está enferma? ¿O sufre? ¿O está débil?

–           ¡No! Ni el tiempo ni los sufrimientos han tenido poder sobre Ella. Siempre está joven, de aspecto y de espíritu; serena… yo diría, gozosa.

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¿Y entonces por qué dices…?

–           Porque comprendo que este nuevo florecimiento en belleza y gozo es señal de que Ella siente ya cercano que vuelve a unirse con su Hijo.

Quiero decir unión total, porque la espiritual nunca ha cesado. No descorro el velo de los misterios de Dios, pero estoy seguro de que Ella ve diariamente a su Hijo en su figura gloriosa. De ahí su beatitud. Yo creo que, contemplándolo, su espíritu se ilumina y llega a conocer todo el futuro como lo conoce Dios, incluido el suyo.

Está todavía en la Tierra, con su cuerpo, pero podría casi decir, sin temor a equivocarme, que su espíritu está casi siempre en el Cielo. Tanta es su unión con Dios, que no creo pronunciar palabras sacrílegas si digo que en Ella está Dios como cuando lo llevaba en su seno materno.

Más aún: de la misma manera que el Verbo se unió a Ella para ser Jesucristo, ahora Ella se une de tal manera a Cristo, que es un segundo Cristo que ha asumido una nueva humanidad, la del propio Jesús.

Si esto es herejía, que Dios me dé a conocer el error y que me perdone.

Ella vive en el amor. Este fuego de amor la enciende, la nutre, la ilumina y ese mismo fuego de amor nos la arrebatará, en el momento designado sin dolor para Ella, sin corrupción para su cuerpo… El dolor será sólo nuestro… mío, sobre todo…

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Ya no tendremos a la Maestra, a la Guía, a la Consoladora nuestra… Y yo estaré verdaderamente solo…

Y Juan, cuya voz ya temblaba por un contenido llanto, rompe a llorar con sollozos desgarradores como nunca tuvo, ni siquiera a los pies de la Cruz o en el Sepulcro.

También Pedro, si bien más serenamente, rompe a llorar, y, entre las lágrimas, suplica a Juan que le avise, si puede, para estar presente en el tránsito de María, o, al menos, en su sepultura.

–           Lo haré si tengo aunque lo dudo mucho, la posibilidad de hacerlo. Algo me dice en mi interior que, como sucedió con Elías (2 Reyes 2, 11; Eclesiástico 48, 9), que fue arrebatado por el torbellino celeste en el carro de fuego, así sucederá con Ella: casi antes de que me percate de su inminente tránsito, Ella estará ya con su alma en el Cielo.

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Pero, al menos el cuerpo quedará. ¡Quedó incluso el del Maestro y era Dios!

–           Para Él era necesario que así sucediera, para Ella no. Él debía con la resurrección desmentir las calumnias judías. Con sus apariciones, convencer al mundo que dudaba o incluso negaba, por causa de su muerte de cruz. Pero Ella no tiene necesidad de ello. Pero si puedo te avisaré. Adiós Pedro, Pontífice y hermano mío en Cristo. Vuelvo con Ella que me está esperando.  Dios esté contigo.

–           Y contigo. Y di a María que ore por mí y que me perdone una vez más por mi cobardía durante la noche del Proceso…  Recuerdo que no logro borrar de mi corazón, cosa que no me deja tranquilo… – Y las lágrimas ruedan por las mejillas del Pontífice cristiano….

Pedro finaliza diciendo:

–           Sea Madre para mí. Madre de amor para su desdichado hijo pródigo…

–           No es necesario que se lo diga. Te quiere más que una madre según la carne. Te am como Madre de Dios y cómo solo Ella puede amar. Si estaba dispuesta a perdonar a Judas, cuya culpa no tenía medida…  ¡Imagínate si no te ha perdonado a ti! La paz esté contigo, hermano. Yo me marcho.

–           Y yo te sigo, si me lo concedes. Quiero verla todavía otra vez.

–           Ven. Sé el camino que hay que tomar para entrar en el Getsemaní sin ser vistos.

Se ponen en marcha y andan a buen paso y en silencio, hacia Jerusalén. Pero pasan por el camino alto, que llega hasta el Monte de los Olivos por la parte que está más lejos de la ciudad.

Llegan al rayar del alba.

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Entran en el Getsemaní. Van cuesta abajo hacia la casa.

María que está en la terraza, los ve llegar y emitiendo un grito de alegría, baja a su encuentro.

Pedro se arroja a sus pies, postrado diciéndole:

–           ¡Madre, perdón!

María pregunta sorprendida:

–           ¡¿De qué?! ¿Es que has pecado en algo? El que me revela todas las verdades, no me ha revelado sino que tú eres su digno sucesor en la Fe. Como hombre siempre te he visto justo, aunque algunas veces impulsivo. ¿Qué te debo perdonar, pues?

Pedro llora y calla.

Juan explica:

–           Pedro no logra apaciguarse por lo de haber renegado de Jesús en el patio del Templo.

–           Eso es cosa pasada y borrada, Pedro. ¿Acaso te reprendió Jesús?

–           ¡No, no!

–           ¿Mostró quererte menos que antes?

–           No. La verdad… no. ¡Al contrario!…

–           ¿Y eso no te dice que Él y yo con Él, te hemos comprendido y perdonado?

–           Es verdad. Sigo siendo el mismo necio.

–           Pues ve y permanece en paz. Yo te digo que nos encontraremos todos, yo, tú, los otros apóstoles y diáconos, todos en el Cielo junto al Hombre-Dios.

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Por lo que de mi poder depende, te bendigo….

Y como hizo con Gamaliel, María pone sus manos en la cabeza de Pedro trazando una señal de la cruz.

Pedro se inclina para besarle los pies. Luego se levanta mucho más sereno que antes y acompañado ahora por Juan, regresa al cancel superior, lo cruza y se marcha.

Mientras Juan después de cerrar bien esa entrada, regresa donde María. La Luz del amanecer desplaza la oscuridad…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

22.- LAPIDACIÓN DE ESTEBAN


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Esteban había sido discípulo de Gamaliel y con el beneplácito de su maestro, se integró a las filas de discípulos de Jesús. Era un zaforim que fue ordenado diácono junto con otros siete por Pedro, para ayudar a atender los servicios en la naciente Iglesia de Jerusalén.

Por la entrega absoluta a su ministerio y su entusiasmo para proclamar el Evangelio, estaba lleno de Gracia y poder. El Espíritu Santo realizaba grandes prodigios y señales milagrosas, que aumentaban las conversiones y los prosélitos de la Iglesia Cristiana.

Esto produjo una gran envidia y unos celos terribles entre los levitas del Templo de Jerusalén.

Un día unos miembros de la sinagoga de los libertos y unos  peregrinos venidos de diferentes partes de Asia, se pusieron a discutir acaloradamente con él; pero no lograron hacer frente a la Sabiduría y al Espíritu con que Esteban los derrotaba.

2

Y al no poder resistir a la Verdad, lo denunciaron al Templo.  Entonces los escribas y fariseos repitieron la historia de lo que hicieron con Jesús: sobornaron a unos rufianes para que lo calumniasen afirmando: “Hemos oído hablar a este hombre, contra Moisés y contra Dios”

De esta forma alborotaron al pueblo, a los ancianos, a los maestros y doctores de la Ley. Por orden de Nahúm, los esbirros de Caifás fueron y lo arrestaron y lo llevaron ante el Gran Consejo.

En la sala del Sanhedrín, que conserva el mismo orden, disposición y número de personas que tenía la noche del Jueves al Viernes, durante el Proceso de Jesús… El Sumo Sacerdote Caifás y los otros están en sus escaños. Y en el mismo lugar donde estuviera Jesús, ahora se encuentra Esteban y como a Él, también le han amarrado con cuerdas.

Sadoc  hace una señal y entran los dos testigos comprados.

Frente al Sumo Sacerdote declaran:

–           Este hombre no cesa de hablar contra nuestro Lugar Santo y contra la Ley. Le hemos oído decir que Jesús el Nazareno destruirá el Templo y cambiará las costumbres que nos dejó Moisés.”

Caifás pregunta:

–           Estás oyendo las acusaciones.  ¿Es así?

En ese mismo instante, el rostro de Esteban se transfiguró y la Presencia Divina se manifestó a través del joven diácono.

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Esteban, lleno del Espíritu Santo, declaró:

–           Hermanos y padres escúchenme…

El Dios de la gloria se apareció a nuestro padre Abraham cuando estaba en Mesopotamia…  -Y Esteban hace una extensa disertación de la historia del Pueblo de Dios y finaliza diciendo-

Nuestros padres tenían en el desierto la Tienda del Testimonio, como mandó el que dijo a Moisés que la hiciera según el modelo que había visto. Nuestros padres que les sucedieron, la recibieron y la introdujeron bajo el mando de Josué en el país ocupado por los gentiles, a los que Dios expulsó delante de nuestros padres, hasta los días de David, que halló gracia ante Dios y pidió encontrar una Morada para la casa de Jacob. Pero fue Salomón el que le edificó Casa, aunque el Altísimo no habita en casas hechas por mano de hombre como dice el profeta: El cielo es mi trono y la tierra el escabel de mis pies. Dice el Señor: ¿Qué Casa me edificaréis? O ¿cuál será el lugar de mi descanso?’ ¿Es que no ha hecho mi mano todas estas cosas?

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Esteban proclama:

  ¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! ¡Vosotros siempre resistís al Espíritu Santo! ¡Como vuestros padres, así vosotros! ¿A qué profeta no persiguieron vuestros padres? Ellos mataron a los que anunciaban de antemano la venida del Justo, de aquel a quien vosotros ahora habéis traicionado y asesinado;  vosotros que recibisteis la Ley por mediación de ángeles y no la habéis guardado.

Todos los miembros del Sanhedrín al oír esto, sus corazones se consumieron de rabia y rechinaron sus dientes contra él.

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Esteban ha hablado (como en Hechos 6, 8-15; 7, 1-54), confesando su fe y dando testimonio de la verdadera Naturaleza de Cristo y de su Iglesia; en efecto,

El alboroto ha alcanzado su punto álgido. Un tumulto que en su violencia es totalmente similar, al que hervía contra Cristo en la noche fatal de la Traición y el Deicidio. Puñetazos, maldiciones, blasfemias horribles lanzan contra el diácono Esteban; quien al recibir los brutales golpes, se tambalea y vacila al verse sacudido ferozmente, porque le dan tirones hacia uno u otro lado.

Pero él conserva su calma y dignidad. Es más, no sólo está tranquilo y majestuoso, sino que se le ve incluso tan feliz, que parece casi extático. Sin preocuparse por los salivazos que resbalan por su rostro, ni la sangre que desciende de su nariz, que ha sido violentamente golpeada…

Levanta su rostro transfigurado y lleno de una sobrenatural luminosidad y su mirada  esplendorosa y risueña para centrarse en una visión que sólo él contempla.

Abre los brazos en cruz, los levanta como para recibir lo que está viendo y…

Esteban cae de rodillas exclamando:

–           ¡Veo los Cielos abiertos y al Hijo del Hombre, a Jesús. Al Mesías de Dios a Quién vosotros habéis matado.  Sentado en el Trono  a la derecha de Dios Padre!

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La confusión aumenta. Entonces el tumulto pierde ese mínimo de humanidad y legalidad que todavía conservaba y con la furia de una jauría de lobos, de chacales, de fieras hidrófobas… Todos se arrojan sobre el diácono: le muerden, lo pisotean, le dan de puntapiés,  lo agarran, lo levantan por agarrándole por los cabellos, lo arrastran haciéndole caer otra vez… Poniendo a la furia el obstáculo de la propia furia, porque en medio del tumulto los que tratan de arrastrar hacia afuera al mártir, se ven obstaculizados por los que tiran en la otra dirección para golpearle o para pisotearlo de nuevo.

Y asombrosamente en medio de este brutal maltrato, el rostro de Esteban no pierde su expresión de júbilo bienaventurado. Y esto provoca que en  sus encarnizados verdugos aumente su odio mortal…

Entre los furiosos más furiosos hay un joven bajo y feo al que llaman Saulo… Y la ferocidad de su rostro es indescriptible.

En un rincón de la sala está Gamaliel, que en ningún momento ha tomado parte en el tumulto y que en ningún momento ha dirigido la palabra a Esteban, ni a ninguno de los poderosos. Su desprecio por la escena injusta y bestial, es bastante obvio.

En otro rincón, también con expresión de desdén y sin participar ni en el proceso ni en la agitación, está Nicodemo mirando a Gamaliel; cuyo rostro tiene una expresión más clara que cualquier palabra.

Pero de improviso, exactamente cuando ve que por tercera vez levantan a Esteban por los cabellos, Gamaliel se envuelve en su amplísimo manto y se dirige hacia una salida opuesta a aquella hacia la cual están arrastrando al diácono.

El acto no le pasa desapercibido a Saulo, que grita:

–          Rabí, ¿Te marchas?

Gamaliel no responde.

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Saulo, temiendo que Gamaliel no haya entendido que la pregunta iba dirigida a él, repite y especifica:

–           Rabí Gamaliel, ¿No tomas parte de este juicio?

Gamaliel se vuelve rígidamente, con una mirada tan terrible, imperiosa y glacial, que causa terror… Responde secamente: «Sí». Pero es un “sí” que dice más que un largo discurso.

Saulo comprende todo lo que hay en ese “si” y apartándose de la jauría sanguinaria, corre adonde Gamaliel.

Lo alcanza, lo detiene y le dice:

–           ¿No querrás decirme ¡Oh Rabí!, que desapruebas nuestra condena?

Gamaliel no lo mira y tampoco le responde.

Saulo insiste:

–           Ese hombre es doblemente culpable por haber renegado de la Ley, siguiendo a un samaritano poseído por Belcebú y por haberlo hecho después de haber sido tu discípulo.

8Sanhedrin

Gamaliel sigue sin mirarlo y guardando silencio.

Saulo entonces pregunta:

–           ¿Eres acaso también tú seguidor de ese malhechor llamado Jesús?

Gamaliel le contesta con voz glacial:

–           No lo soy todavía. Pero si Él era EL que decía ser y verdaderamente hay muchas cosas que demuestran que lo era, ruego a Dios llegar a serlo.

Saulo grita horrorizado:

–           ¡Horror!

–           Ningún horror. Tenemos una inteligencia para usarla y una libertad para aplicarla. Que cada uno haga uso de la libertad que Dios ha dado a cada hombre y de la luz que ha puesto en el corazón de cada quién. Los justos antes o después, usarán estos dos dones de Dios para el bien y los malos para el mal.

Y se marcha en dirección al patio donde está el gazofilacio y va a apoyarse en la columna en que Jesús se apoyó cuando habló a la pobre viuda que da al Tesoro del Templo todo lo que tiene: dos monedas de escaso valor.

Lleva poco tiempo allí y otra vez llega Saulo y se le planta delante.

El contraste entre los dos es fortísimo. Gamaliel es alto, de noble porte, de hermosas facciones fuertemente semíticas: tiene frente despejada, ojos negros muy inteligentes y penetrantes, encajados bajo las cejas abundantes y bellamente delineadas. Naríz  recta, larga y delgada que recuerda en cierta forma la nariz de Jesús. Su piel es blanca y su boca de labios delgados, con su barba y su bigote que en el pasado fueran muy negros, ahora están entrecanos.

9fariseo

Saulo  es de baja estatura, musculoso de piernas cortas y gruesas, un poco separadas en las rodillas. Que se aprecian bien porque se ha quitado el manto y lleva sólo una túnica corta y grisácea como vestido. Sus brazos son cortos y fornidos; su cuello corto y fuerte, sostiene una cabeza gruesa, morena, con cabellos cortos e ásperos. Tiene orejas más bien grandes, frente convexa, nariz chata, labios gruesos, pómulos altos y gruesos, ojos oscuros y grandes, algo así como de buey.  De ninguna manera dulces ni mansos, pero sí muy inteligentes; bajo unas pestañas muy arqueadas y espesas. Sus mejillas están cubiertas por una barba que mantiene corta y bien cuidada.

Durante unos momentos guarda silencio, mirando fijamente a Gamaliel. Luego le dice en voz baja:

–           ¿No lo apruebas porque fue tu discípulo, antes de que te abandonara por el Nazareno o…?

10gamaliel

Gamaliel le responde, con voz clara y fuerte:

–           No apruebo la violencia. Por ningún motivo. De mí nunca recibirás la aprobación para ningún plan violento. Esto lo dije incluso públicamente a todo el Sanedrín, cuando apresaron por segunda vez a Pedro y a los otros apóstoles y los condujeron ante el Sanedrín para ser juzgados.

Y repito lo mismo: “Si es proyecto y obra de los hombres, perecerá por sí solo. Si es de Dios, no podrá ser destruido por los hombres; al contrario, los hombres podrán ser castigados por Dios”. Recuérdalo.

–           ¿Tú, el mayor de los rabíes de Israel eres protector de estos blasfemos seguidores del Nazareno?

–           Soy protector de la justicia. Y la justicia enseña a juzgar con justicia y cautela. Te repito que si esto: viene de Dios resistirá. Si no, caerá por sí solo. Pero yo no quiero mancharme las manos con una sangre, que no sé si merece la muerte.

–           Tú… Tú fariseo y doctor ¿Dices eso? ¿No temes al Altísimo?

–           Más que tú… Pero yo pienso. Y recuerdo… Tú eras sólo un niño, aún no eras hijo de la Ley y yo ya enseñaba en este Templo con el rabí más sabio de aquellos tiempos, Hillel… Y con otros que eran sabios pero no justos. Nuestra sabiduría recibió dentro de estos muros, una lección que nos hizo pensar durante todo el resto de la vida.

Los ojos del más sabio y justo de nuestro tiempo se cerraron con el recuerdo de aquel momento y su mente se extinguió estudiando aquellas verdades oídas de labios de un niño que se revelaba a los hombres, especialmente a los justos.

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Mis ojos siguieron vigilantes, mi mente siguió pensando, coordinando acontecimientos y cosas… Yo tuve el privilegio de oír al Altísimo hablar por medio de la boca de un niño que luego fue un hombre justo, sabio, poderoso, santo, al cual mataron precisamente por estas cualidades suyas.

Las palabras que dijo entonces se vieron confirmadas por los hechos acaecidos muchos años después, en la época anunciada por Daniel…

¡Mísero de mí, que no comprendí antes! ¡Que esperé a la última, terrible señal para creer, para comprender! ¡Pobre pueblo de Israel, que ni comprendió entonces ni comprende ahora!

¡La profecía de Daniel (Daniel 9) y la de otros profetas y de la Palabra de Dios continúan…! ¡Y se cumplirán para este Israel obcecado, ciego, sordo, injusto, que sigue persiguiendo al Mesías en los siervos de Jesús!

Saulo exclama iracundo:

–           ¡Maldición! ¡Tú blasfemas! ¡En verdad que no habrá salvación para el pueblo de Dios, si los rabíes de Israel blasfeman y reniegan de Yahveh, el Dios verdadero; por exaltar a un falso Mesías y creer en Él!

–           No blasfemo. Lo hacen todos los que insultaron al Nazareno y continúan haciéndolo al perseguir a sus seguidores. Tú sí que blasfemas porque lo odias a Él y a los suyos. Pero has expresado una verdad diciendo que ya no hay salvación para Israel. Pero no porque haya israelitas que se pasen a su grey, sino porque Israel lo envió a la muerte y lo mató.       12jes

¡Me causas horror! ¡Traicionas a la Ley y al Templo!

–           Denúnciame entonces al Sanedrín, para que yo siga la misma suerte de ese que está para  ser lapidado. Será el principio y compendio feliz de tu misión. Y yo seré perdonado por mi sacrificio, de no haber reconocido y comprendido a Dios que pasaba como Salvador y Maestro, entre nosotros, sus hijos y su pueblo.

Saulo, con un gesto iracundo se marcha lleno de despecho y vuelve al patio que está enfrente de la sala del Sanedrín, patio en el que aún se oye el griterío de la turba exacerbada contra Esteban.

Alcanza a los verdugos y se une a ellos, pues ya lo esperaban. Y salen del Templo y  de las murallas de la ciudad. Insultos, escarnios y  golpes, llueven sobre el diácono, que avanza extenuado, cubierto de heridas y trastabillando, hacia el lugar del suplicio.

Fuera de las murallas hay un espacio yermo y pedregoso, absolutamente desierto. Cuando llegan allí, los verdugos se abren en círculo dejando solo en el centro al condenado. Esteban tiene los vestidos rasgados y manchados. Está sangrando por muchas partes del cuerpo a causa de las heridas que ha recibido. Le arrancan las vestiduras antes de alejarse y  sólo se queda con la túnica interior corta.

Todos se quitan las vestiduras y las entregan a Saulo, dado que él no participa en la lapidación; porque aunque no  lo reconozca, le han afectado las palabras de Gamaliel…

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Mientras recibe las vestiduras, Esteban le dice a Saulo:

–           Amigo mío te espero en el camino del Mesías. Señor, no les tomes en cuenta este pecado…

Saulo se revuelve como toro furioso y como tiene las manos ocupadas, le grita:

–           ¡Cerdo! ¡Endemoniado!

Y a sus injurias añade una fuerte patada en la espinilla del diácono, que está a punto de derribarlo…

Entonces los verdugos recogen pesadas y agudas piedras y empieza la lapidación.

Esteban recibe los primeros golpes permaneciendo de pie y con una sonrisa de perdón en la boca herida.

Después de la lluvia de piedras que le llegan desde todas las partes, Esteban cae de rodillas, apoyándose en las manos heridas y recordando las palabras de Jesús en la despedida de la Ascensión, murmura tocándose las sienes y la frente heridas:

–           ¡Como Él me lo predijo! La corona… Los rubíes… ¡Oh, Señor mío! ¡Maestro Jesús, recibe mi espíritu!

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Otra granizada de piedras sobre la cabeza ya herida le hacen desplomarse  bañado en sangre y el suelo pronto queda impregnado de su sangre. Mientras distiende sus miembros bajo otra granizada de piedras, expira susurrando:

–           Señor… Padre… perdónalos… No les guardes rencor por este pecado… No saben lo que…

La muerte le corta la frase en sus labios. Un último estremecimiento le hace acurrucarse en posición fetal y así se queda… El joven diácono ha muerto.

Los verdugos se acercan a él. Le lanzan encima una última descarga de piedras y casi lo sepultan bajo ellas. Luego vuelven a vestirse y se marchan. Tornan al Templo para referir, ebrios de celo satánico, su proeza.

Mientras hablan con el Sumo Sacerdote y otros poderosos, Saulo va a buscar a Gamaliel. No lo encuentra. Regresa hirviendo de odio contra los cristianos. Habla con los sacerdotes. Solicita y obtiene unos pergaminos con el sello del Templo, donde le autorizan a perseguir a los cristianos.

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La sangre de Esteban parece haberlo enfurecido, como le sucede a un toro al ver el color rojo, o a un alcohólico si le dan un vino generoso.

Está para salir del Templo, cuando ve bajo el Pórtico de los Paganos, a Gamaliel. Va donde él. Quizás quiere empezar una discusión o justificarse.

Gamaliel cruza el patio, entra en una sala y le cierra la puerta en su nariz.

Saulo, ofendido y furioso, sale a toda prisa del templo para ir a perseguir a los cristianos.

Dice Jesús :

–           Me manifesté muchas veces y a muchos. Pero no en todos actuó mi manifestación de igual manera. Se puede ver cómo a cada una de mis manifestaciones correspondan con su santificación, los que tienen buena voluntad, necesaria para tener Paz, Vida, Justicia.

En los pastores la Gracia trabajó durante los treinta años de mi vida oculta y luego floreció como espiga santa cuando llegó el tiempo en que los buenos se separaron de los malos para seguir al Hijo de Dios, que pasaba por los caminos del mundo, lanzando su grito de amor para convocar a las ovejas de la Grey eterna, desparramadas y desorientadas por Satanás.

Estuvieron presentes en medio de las turbas que me seguían, porque con sus sencillas palabras predicaban a Cristo diciendo: “Es Él. Nosotros lo reconocemos. Sobre su primer vagido descendió la canción de cuna de los ángeles.

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Y a nosotros los ángeles nos dijeron que tendrían paz los hombres de buena voluntad. Buena voluntad es el deseo del Bien y de la Verdad. ¡Sigámosle! ¡Seguidle! Tendremos todos la Paz prometida por el Señor”.

Humildes, sencillos, pobres; ellos, mis primeros enviados; se colocaron entre  los hombres se dispusieron como los primeros soldados del Rey de Israel, del Rey del mundo. Ojos fieles, bocas honestas, corazones llenos de amor, incensarios que derramaban el perfume de sus virtudes para que  el aire que respiraba mi Divina Persona, fuese menos corrupto.

Y los encontré a los pies de la Cruz, después de haberlos bendecido con mi mirada, cuando caminaba atormentado en mi sendero al Gólgotha. Fueron de los pocos que no me maldijeron. Me amaron, creyeron en Mí, esperaron, me miraron con ojos de compasión; pensando en la lejana noche de mi Nacimiento y llorando ante el Inocente, cuyo primer sueño tuvo lugar sobre las pajas del pesebre y el último, sobre un leño aún más doloroso. Esto porque mi manifestación a ellos, almas rectas, los había santificado.

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Gamaliel y con él Hillel, no eran sencillos como los pastores, ni santos como Simeón, ni sabios como los Tres reyes Magos. En él y en su maestro y pariente, estaba la maraña de las lianas farisaicas ahogando la luz y el libre desarrollo del árbol de la fe.

Pero dentro de su condición de fariseos había pureza de intención. Creían estar dentro de lo justo y deseaban estarlo; lo deseaban instintivamente, porque eran justos e intelectualmente, porque su espíritu gritaba descontento: “Este pan está mezclado con demasiada ceniza. Dadnos el pan de la verdadera Verdad”.

Pero Gamaliel no tenía suficiente fortaleza como para tener el valor de romper estas lianas farisaicas. Su modo de ser lo tenía demasiado esclavizado. Y con su humanidad, las consideraciones de la estima humana, del peligro personal, del bienestar familiar. Por todas estas cosas Gamaliel no había sabido comprender “al Dios que pasaba entre las gentes de su pueblo”, ni usar “esa inteligencia y esa libertad” que Dios ha dado a cada uno de los seres humanos para que las usen para su propio bien.

Sólo la señal esperada durante tantos años, señal que lo había abatido, que lo aterrorizó con remordimientos incesantes, suscitaría en él el reconocimiento de Cristo y el cambio de su viejo pensamiento.

No había sido el único titubeante en decidirse y en actuar con fortaleza. Tampoco José de Arimatea y menos todavía Nicodemo, supieron domeñar inmediatamente bajo su pie las costumbres y lianas judías y abrazar notoriamente la nueva Doctrina.

Tanto fue así, que su modo usual fue el ir a Cristo “a hurtadillas” por temor a los judíos o el hacer como que se encontraban con Él y generalmente en sus casas del campo o en la de Bethania de Lázaro, porque sabían que era más segura y más temida por los judíos enemigos de Cristo y respetada por los romanos, con la protección de Roma hacia el hijo de Teófilo. Pero eso sí, tanto José como Nicodemo fueron más valientes que Gamaliel, hasta el punto de demostrar su amor en la tarde del Viernes.

Todas formas, respecto a Gamaliel, ciertamente éstos siempre estuvieron mucho más adelante en el Bien y en el valor (hasta el punto de atreverse a realizar aquellas acciones compasivas del Viernes Santo). Menos adelante estaba el rabí Gamaliel.

Pero vosotros que leéis, observad la potencia de su recta intención. Por ella su justicia, humanísima, se impregna de lo sobrehumano. La de Saulo por el contrario se ensucia de lo demoníaco, cuando el mal al desatarse pone a ambos, a él y a su maestro Gamaliel, ante el dilema de elegir el Bien o el Mal, lo justo o lo injusto.

El árbol del Bien y del Mal se yergue ante cada uno de los hombres para presentarles, con el más lisonjero y apetitoso aspecto sus frutos del Mal; mientras entre la frondas con engañosa voz de ruiseñor, silba la Serpiente tentadora.

Le corresponde al hombre, criatura dotada de razón y alma dadas por Dios, el saber discernir y querer el fruto bueno de entre los muchos no buenos que lesionan y matan el espíritu.

Y coger este fruto, aunque ello sea fatigoso y punzante, aunque tenga sabor amargo, aunque tenga modesto aspecto. Su metamorfosis en virtud de la cual este fruto se hace liso y suave para el tacto, dulce para el gusto, hermoso para la vista; se produce solamente cuando, por justicia de espíritu y de razón, sabemos elegir el fruto bueno y nos nutrimos con su extracto, amargo pero santo.

Saulo tiende sus manos ávidas hacia el fruto del Mal, del odio, de la injusticia, del delito. Y las tenderá hasta cuando quede fulminado, abatido, cegado respecto a la vista humana para adquirir la sobrenatural, y pase a ser no sólo justo, sino incluso apóstol y confesor de Aquel a quien antes odiaba y perseguía en sus fieles.

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Gamaliel, rompiendo las lianas tenaces de su humanidad y del hebraísmo, por el nacimiento y florecimiento de la lejana semilla de luz y justicia, no sólo humana sino también sobrehumana, que mi cuarta epifanía -o manifestación, que quizás es para vosotros palabra más clara y comprensible- le había puesto en el corazón, en ese corazón suyo de rectas intenciones, semilla que él había custodiado y defendido con honesta afección y elegida sed de verlo nacer y florecer, tiende las manos hacia el fruto del Bien.

Su voluntad y mi Sangre rompieron la dura cáscara de esa lejana semilla, que él había conservado durante decenios en el corazón, en ese corazón de roca que se abrió junto con el velo del Templo y con la tierra de Jerusalén y que lanzó el grito de su supremo deseo, hacia Mí que ya no podía oírlo con oído humano, aunque sí y nítidamente, con mi espíritu divino, allí, arrojado al suelo al pie de la cruz.

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Y bajo el fuego solar de las palabras apostólicas y de los mejores discípulos. Y bajo la lluvia de la sangre de Esteban primer mártir; esa semilla echa raíces, se hace planta, florece y da frutos.

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La planta nueva de su cristianismo, nacida donde la tragedia del Viernes Santo había abatido, desarraigado, destruido todas las plantas y hierbas antiguas. La planta de su nuevo cristianismo y de su santidad nueva ha nacido y se yergue ante mis ojos.

Perdonado por mí, siendo culpable por no haberme comprendido antes por la justicia suya que no quiso participar ni en mi condena ni en la de Esteban; su deseo de hacerse seguidor mío, hijo de la Verdad, de la Luz, recibe también la bendición del Padre y del Espíritu Santificador.

Y pasa de ser deseo a ser realidad sin necesidad de una potente y violenta fulminación, como la que fue necesaria para Saulo en el camino de Damasco, para el altanero protervo,  que con ningún otro medio habría podido ser conquistado y conducido hacia la Justicia, la Caridad, la Luz, la Verdad, la Vida eterna y gloriosa del Cielo.

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

196.- EL MANDAMIENTO MÁS GRANDE


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Es una esplendorosa mañana primaveral llena de colorido y el miércoles anterior a la Pascua, el Templo está más lleno de gente que en los días anteriores. Es muy temprano y hace bochorno.

Jesús entra con su túnica blanca de lino y llega hasta el Atrio de los Israelitas, para adorar. Lo sigue mucha  gente. Unos se quedan bajo los portales esperándolo y hay una enorme cantidad de gentiles. Cuando Jesús termina su oración, escucha  los que le preguntan. Los consuela, los aconseja, los absuelve y los cura.

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Los fariseos tienen una pequeña discusión porque el escriba Yoel Alamot, quiere ir a hacer una pregunta a Jesús…

Pero ellos se oponen diciendo:

–                       No. Sabemos que eres favorable al Rabí, aunque trates de disimularlo. Deja que vaya Urías…

Otro joven escriba objeta:

–                       Urías no. Es muy descuidado al hablar. Voy yo.

Y se va rápido a donde está el Maestro.

Jesús, que lo tiene a su espalda, se vuelve a mirarle… Un asomo de sonrisa ilumina su rostro. Mira a la gente que lo rodea. A los fariseos y a los doctores. Al escriba que primero había querido ir a preguntarle… Su sonrisa se amplía y es como si lo acariciara…

Luego baja su mirada sobre el escriba de pequeña estatura que acaba de preguntarle:

–                       Maestro, ¿Cuál es el mayor de los Mandamientos de la Ley?

Jesús responde:

–                       El primero de todos los Mandamientos es: “Escucha ¡Oh, Israel! El Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor Dios tuyo, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas. Con todo tu ser.” Este es el primero y principal Mandamiento. El segundo es semejante a éste: “Amarás a tu prójimo, como a ti mismo.” No hay otros mandamientos mayores que éste. Encierran en sí, toda la Ley y los profetas.

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–                       Maestro, has respondido sabia y justamente. Así es. Dios es Único y no hay otro Dios fuera de Él. Amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia; con toda el alma; con todas las fuerzas y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que cualquier holocausto y sacrificio. Pienso mucho en esto cuando recuerdo las palabras de David: “A Ti no te agradan los holocaustos. El sacrificio grato a Dios es el espíritu compungido.”

–                       No estás lejos del Reino de Dios, pues has comprendido cuál es el holocausto que agrada a Dios.

El escriba pregunta rápido y en voz tan baja, que es casi como si hablase en secreto:

–                       ¿Cuál es el más perfecto?

En el rostro de Jesús brilla el amor que deja caer como perla, en el corazón de este escriba que lo abre a su doctrina,  a la Doctrina del Reino de Dios y…

Jesús responde:

–                       El holocausto perfecto es amar como a nosotros mismos a los que nos persiguen y nos guardan rencor. Quién haga esto, poseerá la paz.

1amistad

Está dicho, los mansos poseerán la tierra y gozarán de abundancia de paz. En verdad te digo que el que sabe amar a sus enemigos, llega a la perfección y posee a Dios.

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El escriba se despide con deferencia. Y vuelve a su grupo, que en voz baja le reprocha el haber alabado al Maestro…

Y airadamente le preguntan:

–                       ¿Qué le dijiste en secreto?

–                       ¿Eres también uno de los engañados?

El escriba contesta:

–                       Me ha parecido oír que el Espíritu de Dios hablase por sus labios.

–                       Estás loco. ¿Acaso crees que sea el Mesías?

–                       Lo creo.

–                       Realmente dentro de poco veremos que nuestras clases se vacían de nuestros escribas y que éstos como perros irán detrás de Él. ¿Pero en qué ves que Él sea el Mesías?

–                       No lo sé. Pero sí siento que lo es.

–                       ¡Loco!

Y enojados le vuelven la espalda.

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Jesús ha estado observando y no ha perdido ni un detalle.

Y cuando los fariseos le pasan por delante en un grupo compacto, para alejarse.

Jesús los llama diciendo:

–                       Escuchadme. Quiero haceros una pregunta: ¿Qué pensáis vosotros del Mesías? ¿De quién es Hijo?

Nahúm responde por todos:

–                       Será Hijo de David.

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Ha puntualizado la palabra ‘será’, para darle a entender que Él no es el Mesías.

–                       Entonces, ¿Por qué David, inspirado por Dios lo llama Señor cuando dijo: ‘El Señor ha dicho a mi Señor, siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos como escabel de tus pies.?’ Si David llama al Mesías Señor ¿Cómo puede ser su hijo?

No sabiendo qué responderle, se alejan masticando el odio que los satura.

Jesús los ve y se retira hacia donde están los buzones del tesoro, junto al gazofilacio.

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En esta parte todavía hay sombra y están los rabinos hablando con grandes aspavientos a los hebreos que los escuchan, esforzándose por destruir lo que Jesús enseñado en los días anteriores.

¡Es un Rey tan majestuoso! Con su vestido de lino blanquísimo y su manto color rojo oscuro. Se apoya sobre una columna cuadrada en su base, que sostiene un arco del Pórtico y mira detenidamente a la gente que va pasando.

Una pobre viejecita, sube apuradamente los escalones y alarga su mano para echar su óbolo, en el hocico abierto de un león de piedra.

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Jesús la mira con compasión y dulzura.

Y cuando pasa cerca de Él, le dice:

–                       La paz sea contigo, mujer.

Sorprendida, ella levanta su cabeza y no sabe qué contestar.

Jesús repite:

–                       La paz se contigo. El Altísimo te bendice.

La mujer se queda como extática por un momento; luego saluda a Jesús y se va.

Jesús sale de su silencio, diciendo:

–                       En medio de su desdicha es feliz. Ahora es feliz, porque la bendición de Dios la acompaña. Escuchadme todos los que me rodeáis… ella no dio más que dos céntimos. Y sin embargo ha dado más que todos, desde que el Templo abrió sus puertas al amanecer…

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He visto a varios ricos introducir en esos hocicos, enormes cantidades de dinero, con visible satisfacción. Pero en verdad os digo que nadie ha dado más que ella, porque su óbolo ha sido la caridad y la generosidad pura. Ha dado todo lo que tenía. Ha hecho un sacrificio… Esa mujer hoy no va a comer, porque no tiene nada.

Deberá trabajar primero, para apagar su hambre. No tiene riqueza, ni familiares que trabajen por ella. Está sola. Dios se ha llevado sus parientes, marido e hijos. Los hombres le quitaron los bienes que le habían dejado.  Esa mujer ha comprendido mejor la Ley que los mismos sabios. Y es bendita porque dentro de su pobreza ha dado a Dios todo… 

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Mientras que otros dan de lo que les sobra y lo dan para que aumente su estimación ante los ojos de los hombres. Sé que me odiáis por hablar así. Unid el odio que me tenéis, al desprecio que sentís por esa pobrecita a quién he alabado.

Pero no vayáis a pensar que podréis hacer de estas dos piedras, un doble escalón para vuestra soberbia… Será la piedra de moler que os triturará.

Vámonos. Dejemos que las víboras se muerdan aumentando su veneno…  Quien sea limpio de corazón, bueno, humilde, contrito y quiera conocer el verdadero rostro de Dios, que me siga…

Jesús continúa curando, consolando, aconsejando, enseñando…

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Pasan las horas…

Jesús regresa al Primer Patio donde se siente un poco de fresco, porque el día es bochornoso. Había empezado a hablar con una voz normal y la ha ido aumentando cada vez más, hasta que parece un toque de trompeta. Su hermosa voz de tenor se expande y tanto israelitas como gentiles, lo escuchan con atención.

Si aquellos aplauden cuando Jesús recuerda la patria y los nombres de los extranjeros que la han subyugado y hecho sufrir, éstos admiran la forma oratoria del larguísimo discurso y la maravillosa sabiduría que contiene…

Jesús continúa:

–                       Escuchad. Cuando terminó el destierro en Babilonia, eran triste para la patria aquellas horas. Había sido reconstruida la nación, gracias a la magnanimidad de Ciro.

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Los jefes del pueblo sintieron la necesidad de reconstruir también el culto y el conocimiento de la Ley. Porque, ¡Ay de aquel pueblo, que no dispone de ellos como defensa! De guía y sostén contra los enemigos más poderosos de una nación y que son la inmoralidad de sus ciudadanos; el rebelarse contra las autoridades; la desunión contra las diversas clases y partidos; los pecados contra Dios y el prójimo. La irreligiosidad. ¡Todos estos son elementos que disgregan por sí mismos y que provocan los castigos celestiales!

El pueblo hablaba caldeo, herencia del duro destierro y ya no comprendían el hebreo. Así nacieron los escribas y los fariseos, para ayudar a los sacerdotes a enseñar a la gente y entregados a honrar al Señor; llevando a los hombres a que lo conociesen. Si se han vuelto reprobables; no toca a los hombres insultarlos, ni mucho menos hacerlos desaparecer. Hay Quién lo hará: Dios y su Enviado.

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Yo hablo por mandato divino y puedo hablar porque no tengo ninguno de los pecados que os escandalizan, cuando  veis que los cometen los escribas y los fariseos. Os he recordado cual fue la razón por la que nacieron los escribas y los fariseos y cómo y porqué se han sentado en la cátedra de Moisés. Cómo y porqué hablan y sus palabras no son vanas. Haced lo que dicen, pero no los imitéis en sus acciones; porque enseñan de una manera y luego actúan al revés.

Su regla de vida, es ser vistos, celebrados y aplaudidos en razón de sus obras; que las realizan de modo que todos los vean y las alaben. Exigen de sus discípulos, el título de maestro y un culto que ellos no tributan a Dios. Se creen dioses en sabiduría y poder. Se creen superiores al padre y a la madre, porque quieren estar en el corazón de sus discípulos y pretenden que su doctrina, sea superior a la de Dios.

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Son unos herejes, creyendo como los paganos, en la trasmigración de las almas y algunos de ellos en la fatalidad.

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     No imitéis a los escribas y fariseos, que están divididos entre sí, aunque aparenten no estarlo. Vosotros, discípulos del Mesías, estad verdaderamente unidos. Estad prontos a morir si no queréis traicionar el llamamiento que Dios ha puesto en vosotros, de ser ciudadanos del Reino de Dios, que he venido a establecer. Estad verdaderamente unidos en el amor por Mí y por mi Doctrina. La divisa del cristiano, que tal será el nombre que se dará a mis súbditos, sea el amor y la unión. La igualdad entre vosotros en la comunidad de bienes, en la fraternidad de los corazones. Todos para uno, uno para todos.

Quien tenga que dé sin ostentación. Quien no tiene, acepte con humildad su pobreza. Recordad que se dará una recompensa a quien es misericordioso y que es mejor dar que recibir.  Encuentre el pobre la fuerza de pedir sin sentirse humillado, pensando que Yo lo hice antes que él. Encuentre por su parte el rico la generosidad de dar sus riquezas, pensando que el vil y odioso dinero que Satanás presenta, es causa del noventa por ciento de las desgracias acaecidas en el mundo.

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Y cuando se da por amor, se cambia en joya inmortal, en el Paraíso.

Vestíos de vuestras virtudes, pero que solo Dios las conozca. No hagáis como los Fariseo, que llevan las filacterias más largas y las franjas más anchas. Que les gustan los primeros lugares en las sinagogas y los honores en las plazas y quieren que el pueblo los llame: ‘Rabí’ Uno solo es el Maestro, Yo.  Amaos como verdaderos hermanos y el que quiera ser el mayor entre vosotros, que se haga vuestro esclavo.

Ser siervo de los siervos de Dios no es humillarse, sino imitarme a Mí; que he sido bondadoso y humilde; siempre pronto a amar a mis hermanos y ayudarlos con el poder que tengo como Dios.

No he rebajado lo divino al  servir a los hombres; porque el verdadero rey es el que sabe dominar no solo a los hombres sino las pasiones, entre las cuales la primera está la soberbia necia. Recordad que quién se humilla será exaltado y quién se exalta será humillado.

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La Mujer de la que en el Génesis habla el Señor; la Virgen a quien alude Isaías; la Madre-Virgen de Emmanuel, profetizó ésta verdad, cuando dijo: ‘El Señor arrojó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes’ La Sabiduría de Dios habló por los labios de la que ha sido Madre de Gracia y Trono de Sabiduría.

Repito la palabras inspiradas que me exaltaron en unión al Padre y al Espíritu Santo, cuando Yo el Hombre me formaba en su seno, sin dejar de ser Dios. Que sirvan de modelo a las que quieran hacer que el Mesías nazca en sus corazones y que pretendan llegar al Reino.

¡Ay de vosotros; escribas y fariseos hipócritas! No habrá Jesús, esto es: Salvador, ni Mesías…  O sea, Señor…  Ni habrá Reino de los Cielos para los soberbios, para los fornicadores idólatras, ni para los que se adoran a sí mismos y a su propia voluntad.

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Por esto, ¡Hay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! Que creéis poder cerrar el Cielo a los hombres que levantan su espíritu, para encontrar fuerza en su  penosa jornada terrena. ¡Ay de vosotros que no entráis; que no queréis entrar; porque no aceptáis la Ley el Reino Celestial y no permitís que entren los demás que están a la puerta, que con intransigencias reforzáis con cerrojos que Dios no ha puesto!

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! ¡Qué devoráis las propiedades de las viudas, con el pretexto de que recitaréis largas oraciones! ¡Por eso vuestro juicio será duro!

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas que andáis por mar y tierra sin gastar de vuestros bienes, para hacer un solo prosélito y cuando lo conseguís, los hacéis dos veces más dignos del Infierno que vosotros! ¡Ay de vosotros, guías ciegos! ¡Necios y ciegos!

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¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! Que decís: ‘Si uno jura por el Templo, su juramento no vale nada. Pero si jura por el oro del Templo. Entonces queda obligado a su juramento.’  ¡Necios y ciegos! ¿Qué vale más? ¿El oro o el Templo que santifica el oro? Vosotros que andáis diciendo: ‘Si uno jura por el altar, su juramento no tiene valor; pero si jura por la oferta depositada sobre el altar, entonces su juramento es válido y queda obligado a él.’

¿Qué es mayor, la oferta o el altar que la santifica? Quién jura pues sobre el altar; por él jura y por cuanto hay sobre él. Quien jura por el Templo, por él jura y por quien habita en Él. Y quién jura por el Cielo, jura por el Trono de Dios y por Quién en él está sentado.

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! Que pagáis los diezmos de la menta y de la ruda; del anís y del comino. Y luego os despreocupáis de los preceptos más graves de la Ley: de la justicia, de la misericordia y de la fidelidad.

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¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! ¡Qué laváis lo exterior de la copa y del plato; pero por dentro estáis llenos de rapiña e inmundicia! Ciego fariseo, lava primero el interior, para que también lo exterior quede limpio.

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que voláis como los murciélagos en la oscuridad, debido a vuestras obras pecaminosas! Y os codeáis con paganos, ladrones y traidores. Y al día siguiente por la mañana, borradas las señale de vuestros negocios ocultos, ¡Subís al Templo con hermoso ropaje!

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¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! Que enseñáis las leyes de la caridad y de la justicia contenidos en el Levítico y luego no sois más que unos ambiciosos, ladrones, falsarios, calumniadores, opresores, injustos, vengativos, odiosos. Que acabáis con el que os causa molestia, aun cuando sea de vuestra propia sangre.

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 Que rechazáis a la mujer que siendo doncella. Se casó con vosotros y que repudiáis los hijos obtenidos de ella, porque son desventurados. Y acusáis de adulterio a vuestra mujer que no os agrada más o de enfermedad inmunda, para libraros de ella. ¡Vosotros que tenéis un corazón inmundo! ¡Un corazón libidinoso; aun cuando no lo demostréis a los ojos de la gente que ignora vuestras acciones!

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Sois semejantes  a los sepulcros blanqueados que por fuera parecen hermosos; pero por dentro están llenos de huesos muertos y de podredumbre. ¡Eso sois! ¡Y no más! ¡Por fuera parecéis justos, pero por dentro estáis reventando de hipocresía e iniquidad!

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¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! Que erigís suntuosos mausoleos a los profetas y embellecéis las tumbas de los justos, diciendo: ‘Si hubiéramos vivido en tiempos de nuestros padres; no habríamos sido cómplices y participantes de quienes derramaron la sangre de los profetas.’ Y por otra parte, colmáis la medida de vuestros padres… ¡Oh, serpientes! ¡Oh, raza de víboras! ¿Cómo podréis escapar a la condenación del Gehenna?

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Por eso Yo, Palabra de Dios os digo: ‘Yo Dios, os enviaré profetas, sabios y nuevos escribas. A algunos de ellos mataréis. A otros crucificaréis. A otros, flagelaréis en vuestros tribunales; a otros perseguiréis de ciudad en ciudad, hasta que caiga sobre vosotros toda la sangre de los hombres justos derramada sobre la tierra. Así es. Odiaréis a los que quieren vuestro bien os recuerdan vuestro pecado y con amor os invitan a que volváis a los senderos de Dios.

     En verdad os digo que todo está por caer. Tanto el crimen como sus consecuencias. En verdad os digo que todo se cumplirá sobre esta generación… ¡Oh, Jerusalén! ¡Jerusalén! ¡Jerusalén que lapidas a los que se te envían y matas a tus profetas! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos; como la gallina reúne a sus pollitos bajo sus alas y no has querido!

1gallina

 Así, pues, escucha; ¡Oh, Jerusalén! Escuchad vosotros que me odiáis y odiáis lo que viene de Dios. Escuchad los que me amáis y os veréis envueltos en el castigo reservado a los perseguidores del Mesías.

Escuchad también vosotros que no pertenecéis a este pueblo; pero que os preguntáis Quién Soy y que predice si necesidad de estudiar el vuelo y el canto de los pájaros; los fenómenos celestes; las entrañas de los animales sacrificados. La llama o el humo de los holocaustos. Porque el futuro está presente ante El que os está hablando.

Esta casa vuestra quedará desierta. Yo os digo, dice el Señor: ‘Que no me veréis hasta que no digáis: ‘Bendito el que viene en el Nombre del Señor.’

1heraldo_de_medianoche

Jesús está realmente cansado y acalorado. Además de lo largo de su discurso, por lo bochornoso del día en el que no sopla nada de viento. Estrechado contra el muro por la multitud, recibiendo las miradas de miles de ojos y sintiendo todo el Odio que respiran los que le han escuchado bajo el Pórtico de los Gentiles. Y todo el amor y la admiración de los que no lo odian.

Dice a los suyos:

–                       Salgamos del templo y vayamos al campo, entre los árboles. Quiero sombra, silencio, frescura. En verdad que este lugar parece que arde bajo el poder de la Ira Celestial.

Salen por la puerta más cercana.

A cierta distancia, los discípulos miran la cúpula del Templo, que resplandece bajo la luz del sol y admiran su grandiosa construcción.

Jesús dice:

–                       Aún así, de todo eso no quedará piedra sobre piedra.

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Muchos preguntan al mismo tiempo:

–                       ¿No?

–                       ¿Cuándo?

–                       ¿Cómo?

–                       ¿Por qué?

Jesús no contesta.

1segunda-venida

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA