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E2 REPORTEROS CELESTIALES


dio padre ensu tronoHijitos Míos, nadie ni aún en el Cielo mismo se podían imaginar que Yo iba a mandar a Mi Hijo, a reparar el Pecado Original de vuestros Primeros Padres. Nadie tampoco, se podía imaginar cómo Yo rescaté al pueblo judío cuando estaba en Egipto. Todos los Milagros que se dieron, todas las Manifestaciones de Mi Poder y de Mi Amor…

Y así, os puedo seguir hablando de todas Mis Manifestaciones a lo largo de la historia y todavía, ¿Aun, así, dudáis? Os vengo preparando para un cambio muy FUERTE, pero también muy bello.

Ciertamente cada vez que se muestran Mis Capacidades Divinas, que llevan un fin específico, de ahí surge un gran Bien. Mientras se está dando, se sufre y vosotros mismos no sabéis qué hacer; dudáis, os amargáis, pero es porque no tenéis Fe.

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Os he dicho que la Purificación que ya está a las puertas, os traerá un gran bien; pero vuestra falta de Fe y confianza en lo que Yo os estoy prometiendo, hace que vosotros os llenéis de temor.

Ciertamente os digo que un gran Bien surgirá de las cenizas, un nuevo renacer, una vida nueva en Mí. Todo purificado, santificado por el amor de muchos, por la sangre derramada por el bien de vuestros hermanos. Os he dicho que aquellos que se darán por el bien de sus hermanos y por vosotros mismos, su sangre se unirá a la de Mi Hijo, para renovar, no solamente el Mundo, sino el Universo entero.

Yo Soy vuestro Dios y Mis Manifestaciones son Portentosas para mostraros Mi Poder. Pero también junto con ellas, va a la par Mi Amor, que también es Portentoso. Y así, con Mi Poder y con Mi Amor todo cambiará. Viviréis momentos de alegría, pero también viviréis momentos de turbación, de Gran Tribulación.

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Cuando más temerosos estéis en los Acontecimientos de la Purificación, más cerca deberéis estar de Mi Corazón.

No dudéis Mis pequeños, del Bien que surgirá después de esta Tribulación. Os he dicho que el Mal os está cubriendo y con esto os quiero decir que para poder erradicarlo, una Gran Tribulación veréis. Os afectará a todos; pero aun así, será para vuestro bien.

Vivid unidos a Mí. Ayudad a cuantas almas podáis. Reparad por aquellos que no saben hacerlo y que no están por lo tanto, preparados para estos Acontecimientos. Amaos los unos a los otros, como Mi Hijo os lo pidió. Bendecid y alabad Mi Santo Nombre, en todo momento, porque Yo estaré guiando los Acontecimientos.

DIOS GUIA A SU PUEBLO

DIOS GUIA A SU PUEBLO

Todos estaréis presentes en Mi Corazón, a todos vosotros os conozco y cada uno tendrá una tribulación y purificación particular.

Que la alegría se muestre en vuestros labios y en vuestras acciones. Transmitid en vuestras acciones la paz que ya desde ahora, debe existir en vuestro corazón. Que se note en vosotros Mi Presencia, para que la llevéis a todos lados a donde vayáis.

Y que sea tan marcada Mi Presencia en vosotros, que esto haga que muchas almas regresen a Mí, por la forma en que actuéis vosotros: en paz, en seguridad, en amor.

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Mientras muchos de vuestros hermanos llorarán, gritarán, se golpearán…

En vosotros, la paz reinará y eso hará que muchos lo noten. Y por vuestro ejemplo, después de las enseñanzas que deis a vuestros hermanos, ellos regresarán a Mí, para que puedan tener también ésos dones que os acompañarán a cada uno de vosotros, que estaréis Conmigo en los momentos de la Tribulación.

Mi Amor quede con vosotros, Mis pequeños y Mi Paz inunde vuestro corazón, para que la podáis transmitir a vuestros hermanos.

Hijitos Míos, alguna vez os he dicho que vuestra posición en la Tierra tiene que ser como aquellos periodistas que viven entre vosotros, que os dan a conocer lo que está sucediendo en el Mundo, aunque vuestra posición es más sublime, es espiritual.

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El conocer lo que está sucediendo en el Mundo, es para que vosotros intercedáis por vuestros hermanos, no para que critiquéis. Bastante mal ya hay en el Mundo, como para que vosotros os ensuciéis con la Maldad de Satanás al criticar a vuestros hermanos y desearles un mal; quizá hasta la muerte misma, lo cual afectaría a vuestra Gracia, a vuestro corazón.

Mis pequeños, mucho Mal hay en el Mundo; pero la gran mayoría de vosotros en vez de atacar al mal con un bien, como os he enseñado; vosotros mismos os enfrascáis en ése mal y le seguís haciendo crecer…

 Porque vosotros criticáis o deseáis un mal a aquellos que están produciendo los males en el Mundo y que os afectan a vosotros, ya sea en vuestra economía, en vuestra paz ya sea interior o vuestra paz social y de otras muchas  formas.

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Vosotros apenas sepáis que algo está mal a vuestro alrededor, como hijos Míos llenos de Virtudes y de Mi Amor, voltearéis hacia Mí y Me pediréis inmediatamente, que se termine ése mal y que se dé la conversión de aquellos que lo están provocando.

Si realmente vosotros actuarais así, os aseguro que el Mal terminaría sobre la Tierra y en el Universo entero. Porque Mi Bien, iría creciendo de manera descomunal.

Mi Hijo lleno de virtudes y de Amor, os enseñó cómo actuar aun cuando era muy atacado. Sólo Amor Le vieron producir todos aquellos que Le rodearon en aquél tiempo. Amor en todo momento, aun hacia aquellos que Le causaban algún mal.

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Él, en lugar de maldecir a aquellos que Lo estaban clavando, que Lo estaban torturando… Aquellos que vociferaban contra Él y contra Mi Hija la Siempre Virgen María, Su respuesta hacia aquellos, hacia los que Lo atacaban… Era pedir perdón por su mala forma de ser y su forma de actuar, causándoLe gran Dolor en su Corazón…

 Y continuamente en Su Corazón Me decía: “perdónalos Padre, porque no saben lo que hacen”.

Mi Hijo todo Virtud, Amor y Ejemplo hacia vosotros, Recupera la Vida. Yo se la devuelvo y se muestra como era desde Su Nacimiento: un Dios entre los hombres.

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 Y aun viendo todas estas cosas palpables, los sacerdotes del Sanedrín, los altos dignatarios del pueblo de Israel en lugar de convertirse y aprovechar lo que todo un Dios les estaba dando, lo que el Mesías esperado les estaba regalando; en su soberbia lo niegan y deciden seguir atacando todo lo que Mi Hijo os dejó…

Y lo siguen haciendo hasta estos días.

No quieren aceptar la Presencia Divina de Mi Hijo y todo Su Legado de Salvación para toda la Creación, para todas las almas, para todos los pueblos, para todo el Universo.

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El Pecado Original afectó todo lo Creado y todo va a ser devuelto a su Primer Origen. ¿Cuántos agradecerán? ¿Cuántos querrán vivir ésos tiempos, cuando todo sea Purificado?

Me duele, Mis pequeños, ver que el Resto Fiel es muy pequeño. Que a pesar de todo Mi Amor derramado sobre todos vosotros y para todas las generaciones, no ha llegado a mover muchos corazones.

Estáis en momentos de un parteaguas no solamente del Mundo, sino del Universo entero. Mi Bien vencerá. El Mal será aplastado, pero ¿Cuántos agradecerán?

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Ciertamente el Resto Fiel agradecerá y se gozará Conmigo en Mi Santísima Trinidad, por todo el Bien que os regalaré.

El Resto Fiel, son aquellas almas que se han abierto al Amor, que se dejaron mover por Él y que en su corazón esperan algo grande.

Ciertamente no todos los que queden como pueblo escogido, serán de Mi Iglesia. Habrá hermanos vuestros de diferentes nacionalidades, grupos, creencias; pero lo que os unirá, será Mi Amor. 

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Mi Amor os purificará de toda la Maldad, con la que Satanás os ha venido atacando por siglos. Mi Amor purificará y unirá a todas las almas, en el Amor que os dejó Mi Hijo.

Mi Gracia, a través de Mi Santo Espíritu, os unirá a todos y seréis el Rebaño de Mi Hijo y Él será vuestro Pastor. Todos los que queden, reconocerán en Él a Mi Hijo y seréis un Gran Pueblo.

El Amor, Mi Amor que os creó, os volverá a unir. Gozaréis inmensamente de Mis Bienes. Aquellos que no Me conocían perfectamente pero que llevaban Mi Amor en su corazón, Me reconocerán inmediatamente y vendrán a Mí.

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 Todos seréis transfigurados por Mi Santo Espíritu y reconoceréis la Voz del Pastor, que os guiará a pastos verdes y nutritivos.

Con esto Mis pequeños, os estoy anunciando la pronta Venida de Mi Hijo, Su Manifestación e infinidad de bellezas con que regalaré vuestra fidelidad y vuestro amor hacia Mí.

Soy un Padre muy dadivoso y consentidor con aquellos que Me siguen y Me aman. Pero un Padre Justiciero y ciertamente Castigador, con aquellos que Me odian y se apartan de Mis Leyes y Decretos.

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Me odian, porque escogieron a Satanás como a su dios. Estas almas ciertamente no pueden estar Conmigo, ni con vosotros Mis pequeños. Yo Me merezco el amor de Mis hijos y vosotros en vuestra fidelidad, os merecéis también Mi Amor.

Manteneos fieles, Mis pequeños. Y apurad el paso, porque el tiempo apremia.

En las Escrituras podéis leer que en los días previos de la Purificación, tanto los niños como los ancianos tendrán sueños, tendrán visiones. Jose y el faraon arthur_reginald_1894Mis pequeños, desde antiguo Yo Me he comunicado también con los hombres a través de sueños y con dones especiales que os concedo; para que conozcáis lo que deseo que hagáis o los acontecimientos que tendréis.

Yo Soy un Dios que ama a Su creatura y os trato de avisar de múltiples formas los acontecimientos que se darán, para que os vayáis preparando por un lado.

O que oréis unidos, para que se puedan aminorar o aún cancelar estos acontecimientos que he previsto para vuestro Bien. O sea, para vuestra Purificación y la eliminación del Mal que lleváis en vuestro corazón.

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Ciertamente, Me habéis sacado de vuestro corazón. Yo, como vuestro Dios y Creador, Me molesto. Pero también Me Duele mucho ver vuestra actitud tan poco amorosa hacia Mí.

Soy vuestro Dios, os he dado el Don de la vida, cuido de vosotros desde vuestra concepción, desde que estáis en el vientre de vuestra madre. Nacéis y Mi Providencia Divina, os sigue cuidando. Os pongo protecciones con vuestros Santos Ángeles Custodios.

 Mi Amor os protege de los ataques de Satanás. Voy ayudando a vuestros padres a que crezcáis de la mejor forma, tanto con vuestro alimento de cuerpo, como de vuestro alimento de alma.

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Mi Providencia Divina os sigue ayudando a lo largo de toda vuestra vida, para que tengáis un buen empleo para que podáis hacer una familia que pueda seguir transmitiendo Mis Valores y Mi Amor.

Pero, ¿Qué hace el hombre?, No voltea hacia Mí a agradecerMe, sino voltea hacia Satanás para seguirle.

 Esto hiere Mi Corazón, porque vosotros solamente recibís bondades y cuidados de Mi Corazón. Y en vez de seguir lo que os pido para que crezcáis en la Verdad y en Mi Amor, cumpliendo con Mis Leyes y Decretos; al contrario Me traicionáis, Me dais la espalda y mejor atendéis lo que os propone Satanás, para que norméis vuestra vida a través de lo que él os da.

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Ahora que os lo pongo así, podéis comprender el Dolor de Mi Corazón al ver vuestro desprecio, vuestra traición, vuestra ingratitud. Todos vosotros Me lo habéis hecho una, o varias veces a través de vuestra existencia. A veces estáis Conmigo, a veces le estáis dando la cara a Satanás…

 Y así vais como veletas, actuando en mediocridad, viendo donde os conviene estar. El Mundo os jala, el Mundo hace sus propias reglas obviamente, porque escucha a Satanás. Y si queréis pertenecer al Mundo y que el Mundo os respalde, ciertamente tendréis que darMe la espalda a Mí, vuestro Dios.

Lo habéis vivido y lo estáis viviendo, Mis pequeños. Si queréis tener buenos puestos en los gobiernos, en las compañías fuertes en las que trabajáis; en la mayoría de los casos se trabaja en la mentira, en la conveniencia, en la maldad. Y si queréis mantener vuestro puesto, os obligan a cometer actos impuros, actos desagradables a Mis Ojos y a Mis Mandatos.

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 Y vosotros lo aceptáis porque queréis mantener un estado aparente de solvencia económica y de posición social, pero espiritualmente estáis destrozados.

Preferís vivir en el Mundo y para el Mundo y no para lo que fuisteis enviados a la Tierra, que es para destruir la Maldad, con el Bien que debías llevar cada uno de vosotros en vuestro corazón, mostrándolo a vuestros hermanos con vuestras obras y contagiándolos de Mi Amor. Pero no, preferís el Mundo.

¡Cuánta traición! ¡Cuánta ingratitud! Os he dado lo más grande y más bello que tengo, que fue Mi Hijo que se DIO por vosotros, que os enseñó a vivir en el Mundo.

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Él vivió entre la maldad de los que Lo rodeaban. Satanás Lo atacó también y lo puso en su lugar: Soy tu Dios y a Mí solamente obedecerás”

 Pero vosotros, traicionando y haciendo a un lado las Enseñanzas de Mi Hijo; preferís manteneros en el Mundo, en la suciedad, en el Error, en la Maldad.

Os prevengo Mis pequeños, los que estáis en ésta situación, la Purificación Mundial, viene. Tarde o temprano os tendréis que poner ante Mi Presencia y hablarMe de la misión que Yo os encomendé.

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Os querréis esconder para no darMe la cara, no ver a Mis Ojos; porque vuestra respuesta va a ser muy diferente a lo que Yo esperaba de cada uno de vosotros. Y con esto sabréis también, vuestro destino eterno.

Llegará un momento en que Mi Santo Espíritu os hará conocer a todos vosotros en vuestro corazón, que estáis ya sobre el Tiempo. Y los Acontecimientos os irán avisando la pronta Llegada de Mi Hijo. Temblad ya desde ahora, para que podáis llorar vuestros pecados y arrepentiros de ellos.

El tiempo es corto y es preferible para vosotros que perdáis lo que habéis atesorado del Mundo con vuestra traición hacia Mí, para que regreséis y no tengáis una eternidad de dolor. Os vuelvo a advertir Mis pequeños: os amo, a pesar de vuestras traiciones y de todos los dolores que Le causáis a Mi Sacratísimo Corazón.

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Os amo a vosotros porque os creé, pero no amo a vuestras acciones, con las que Me causáis dolor y traición. Una vez más, os aviso y os prevengo.

 Cada uno de vosotros tenéis dos misiones: una, que es muy personal y la otra, que es comunitaria.

Cada uno de vosotros tenéis vuestra propia personalidad y os he dicho que nadie más va a llevar a cabo vuestra misión la cual, Yo permití que fuera solamente para cada uno de vosotros. Y de esta forma tuvierais también vuestro premio en lo particular, de acuerdo a como llevarais a cabo vuestra misión.

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La comunitaria, es cuando os juntáis y llevando un solo propósito que es el de uniros, para conformar nuevamente el Cuerpo Místico de Mi Hijo.

Mis pequeños, cada uno de vosotros sois importantísimos para Mí e irrepetibles. Vuestra misión es muy personal y os di las capacidades, los dones, las virtudes necesarias para que la llevarais a cabo. Podríais preguntaros el por qué hice en cada uno de vosotros un alma muy particular… Y es para que os dierais cuenta la predilección que tengo por cada uno de vosotros.

Si vosotros veis las flores o los pajarillos de una misma especie, aparentemente son iguales; pero si los observáis detenidamente, cada uno tendrá una función y una misión también, muy particular. 

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Cada uno de vosotros sois también como un hilo de un determinado color, que será usado para hacer un mantel o una tela con bordados y que sin vuestra presencia, se notaría inmediatamente, que algo falta. Eso os habrá pasado alguna vez, cuando en alguna prenda vuestra se pierde un hilo.

Podríais decir que un hilo es insignificante… Pero si lo veis ya dentro de una tela conformada, se nota la falta de este hilo y ya no se ve igual; se pierde la belleza de toda la prenda por más bella que sea, por la falta ése hilo.

Así de importantes sois cada uno de vosotros, en Mi Creación y en la unidad que tendréis, para que se forme nuevamente el Cuerpo Místico de Mi Hijo. Por eso os cuido, os guío, os doy todo lo necesario en capacidades, en virtudes, para que llevéis a cabo la misión única, que tenéis cada uno de vosotros.

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No fuisteis lanzados a la Tierra como muchos os lo cuentan o que pretenden que así sea. No sois un alma más entre un montón y que nadie se dé cuenta de vuestra presencia. NO, Mis pequeños. Sois ése hilito importantísimo, para que la tela mantenga su belleza y su unidad.

Si os he creado y os he dado una misión es para que entre todos, conforméis ésa Belleza que va a ser el Nuevo Mundo, que gracias a vuestra misión llevada a cabo correctamente, se dará y todos gozaréis.

Gozaréis la Belleza a la que habéis sido llamados, para ayudarMe en darle a este Nuevo Mundo, ésa belleza de las almas que Me aman, que fueron fieles y sobre todo, que fueron obedientes a Mis Designios Divinos y a Mi Amor.

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Nadie es más importante que el otro. Ved una tela ya conformada todos sus hilos unidos, crean ésa belleza. Todos vosotros sois necesarios en Mi Obra Divina, todos sois importantes, para que todo se vea bello.

No os sintáis menos porque aquél tiene más de los bienes del Mundo, que vosotros. Yo no Me fijo en eso. Yo Me fijo en cómo estáis realizando vuestra misión, cómo la estáis llevando a cabo y cómo vais a acomodaros en el lugar que os corresponde en la Recuperación del Cuerpo Místico de Mi Hijo.

Yo os Bendigo, Mis pequeños, os llevo en Mi Corazón. Amaos los unos a los otros, os lo pidió Mi Hijo. Bendecid estos momentos en vuestra vida y agradecedMelos, son momentos de Gloria. Os amo, OS AMO, Mis pequeños. Y dejadMe ser vuestro Dios en vuestra vida, en total libertad. Os amo, Mis pequeños y os Bendigo en Mi Santísima Trinidad. Gracias y os bendigo en Mi Santo Nombre y en Mi Santísima Trinidad

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28.- EL MESÍAS PERSEGUIDO


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Cuando José y María buscaron albergue en Belén, no lo hallaron y Jesús nació en una cueva, que era un pesebre usado por los pastores del lugar. Esa hospitalidad no les fue negada solo por la maternidad ya próxima en Ella; sino por una inconsciente hostilidad surgida en el corazón del posadero, en contra de aquellos jóvenes esposos, tan diferentes de todos los demás.

Satanás hizo del hospedero un dócil instrumento para obstaculizar a aquella pareja a la que teme y odia; por la resistencia que le han opuesto a todas sus insidias que lo rechazan constantemente y le han impedido dominarles. El Adversario ignora que mientras realiza esta acción saturada de odio, está haciendo que las profecías se cumplan.

Herodes era un hombre consumido por las concupiscencias del espíritu y de la carne. Y en sus pasiones desordenadas, Satanás encuentra las armas ideales para que este hombre responda dócilmente a todas sus instigaciones para empezar a perseguir a Jesús.

Anidando en el corazón de este rey perverso, provocó la matanza de los niños de Belén, genocidio que hizo exclamar a Tiberio César:

–           ¡Herodes es un cerdo que se alimenta de sangre!

Dios intervino para salvar a su Hijo. Esta persecución llevó a la Sagrada Familia a su destierro en Egipto durante varios años, hasta que murió el tirano e hizo que se cumplieran nuevamente las profecías.

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Mientras Jesús crecía en Sabiduría y en Gracia, su alma permaneció como una fortaleza inexpugnable y la hostilidad de Satanás creció sin límites. Jesús se preparó al inminente encuentro y se retiró al desierto. Con la Oración, la Mortificación y la Penitencia, le dio la respuesta merecida, cuando en su ataque frontal contra el Hijo de Dios, quiso cerciorarse de su Identidad.

Después de esta humillante derrota, siguió fastidiando a Jesús en todas las formas posibles a través de los fariseos y sobre todo, del Apóstol Infiel.

También Judas, como Herodes, estaba dominado por la soberbia y la sensualidad. Y fue causa de mucho sufrimiento para Jesús, que conocía perfectamente la obra demoledora de Satanás en Judas. En su alma dominada totalmente por él y con el cual se mantuvo dentro del círculo interior de sus apóstoles, haciendo del poseso un espía y un traidor.

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Utilizó con gran maestría a los sacerdotes del Templo, comunicándoles su odio infernal, hasta convertirlos en Deicidas.

Jesús testimonió el Magisterio de su Palabra con milagros portentosos, entonces ¿Qué fue lo que sucedió?…

Muchos fueron los que creyeron, pocos los que perseveraron y poquísimos; los que testimoniaron por toda su vida y con la muerte, que Jesús es el Mesías, Verdadero Hijo de Dios.

Los Doctores de la Ley que acusaron a Jesús, conocían a la perfección las palabras de la Escritura Sagrada y sin embargo no lo reconocieron, ¿Por qué?

Porque espiritualmente estaban muertos y dominados en sus pasiones por Satanás. Y no pudieron entender. Juzgaron y condenaron con apegos ridículos y crueles. No amaban.

 A DIOS SE LE AMA,        NO SE LE ESTUDIA.

            CUANDO SE LE AMA CON TODO EL CORAZÓN, ÉL DA LA SABIDURÍA PARA COMPRENDERLO. Cuando no hay amor, todo son ritos externos y formulismos hipócritas, para engañar al mundo con una pretendida santidad que es únicamente fingimiento, porque le interior está lleno de podredumbre, hediondo de vicios y no hay un verdadero arrepentimiento en el corazón.

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A través de los siglos y por medio de los Profetas, Dios había invitado a su Pueblo a reconocer al Mesías en su Verdad de Salvador y Rey Celestial. De Rey de reyes y Señor de señores. Verbo del Padre y Verdad Eterna y por lo tanto, Digno de ser adorado como Verdadero DIOS.

Venerado como el Santo de los santos, escuchado y obedecido en sus enseñanzas.

Pero estas enseñanzas y la misma humildad de aspecto y condición del Cristo, chocaban con el concepto que de Él se habían hecho los soberbios hebreos. Y sobre todo, chocaban con sus hábitos morales.

Ellos eran el Pueblo Elegido, los Príncipes de los Sacerdotes y se sentían ‘dioses’ no por santidad de vida, sino por conocimiento y poder.

Jesús solo era: ‘El carpintero de Nazareth’. Para aquellos para quienes eran tan importante la exterioridad y las apariencias; la opulencia y la magnificencia; esta humildad de origen, de carácter, de vestidos, de lugares, de enseñanzas; eran otros tantos motivos para no reconocer en el hijo del Carpintero de Nazareth, al Hijo de Dios y al Prometido Mesías de Israel.

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Toda la Doctrina de Jesús, era un velado reproche a su manera de vivir: Y eso no lo soportaban.

Y en lugar de aceptar el llamado a la conversión, crecía cada vez más su Odio.

En cuanto más Jesús confirmaba su Identidad; la combinación de soberbia y miedo, los cegó de manera mortal y los convirtió en dóciles instrumentos en las manos de Satanás, que creyó que al matarlo lo destruiría.

Después del milagro de la Resurrección de Lázaro que puso totalmente al descubierto la naturaleza Mesiánica de Jesús, ¿Por qué no lo reconocieron?

Porque no podían hacerlo. Porque aparte de estar cegados  y dominados totalmente por Satanás y su Odio, ellos se reputaban perfectos en sabiduría, pero carecían de la Luz del amor para ver la Verdad.

Jesús había escogido entre el pueblo humilde a sus apóstoles y del más ignorante y tosco, pero bueno en su voluntad, lo constituyó la Cabeza, la Piedra, el Continuador y el Primer Pontífice.

Uno solo entre los Doce tenía semejanza de pensamientos, de gustos, de carácter, con los fariseos.  Era el más elegante y culto. Y se había educado en el Templo, con aquellos que enseñaban sobre la cátedra de Moisés:

Fue el que lo traicionó.

Ciertamente Jesús se profesaba hijo de Dios. Y hacía Obras y daba Lecciones de Dios, pero el soberbio Israel no podía aceptar lo que venía de un hombre de condición humilde.

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En lugar del Mesías Espiritual que había sido presentado en las Profecías, ellos se construyeron un Mesías Humano, conquistador para Israel de toda la Tierra.

Entonces, no se sometieron a Él. Se negaron a reconocerlo y obedeciendo las instigaciones de Satanás, volvieron a tener nuevamente, total cumplimiento las Profecías, con el Hombre de Dolores.

No se puede decir entonces que Dios no haya tenido Misericordia y Justicia para Israel. Desde siglos, después de haberlos preparado por siglos para acoger a Cristo y para reconocerlo por Tal; por siglos espera que Israel retorne al Camino de la Verdad, para abrirles los brazos y el Reino.

En la Guerra contra Dios; cuando las feroces escuadras de los Caldeos vencieron a los israelitas en la Ciudad Capital, no satisfechos todavía; quemaron la Casa de Dios y se llevaron las riquezas del Templo.

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Cuando las poderosas legiones romanas destruyeron para siempre, siguiendo la Profecía de Jesucristo, el Templo sobre el Moria, ¿Contra Quién verdaderamente se abalanzaron? ¿Contra el Edificio, el Sacerdocio, los utensilios? O ¿Contra el Inmaterial ENTE, que en las mentes de los israelitas los llenaba de Sí?

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Porque desde la Hora Nona de aquel Viernes Santo, el Espíritu de Dios había abandonado la Gloria del Tabernáculo, pero la Idea estaba todavía.

Y era todo para Israel aquella Idea. El Enemigo no se lanzó contra las piedras, sino contra la Idea.

Para golpear al Pueblo golpea la Idea.

DESTRUIDOS… DISPERSOS…

La furia de Satanás por haber sido vencido, se desencadenó totalmente y barrió de la Faz de la Tierra al Templo donde se adoraba a Dios y a la nación que lo trajo al mundo.

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Su venganza contra los cristianos perduraría a través de los siglos y evolucionaría de mil maneras…

Después de las persecuciones del sanedrín que cobraría entre otros, las vidas de Esteban y de Santiago, estallaron abiertamente en el Edicto de Nerón y las persecuciones sangrientas de los emperadores romanos en los tres primeros siglos.

Nerón estaba dominado absolutamente por la concupiscencia del espíritu y de la carne, a tal grado que lo convirtió en el instrumento perfecto para tratar de destruir a Dios en sus hijos y exterminar tanto a los judíos, como a los cristianos.

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Cuando se conoce AL VERDADERO AUTOR, de estos hechos, no sorprende para nada la violencia en la destrucción de los hombres manejados por él, en su lucha contra Cristo.

La Historia de la Iglesia está saturada de ejemplos que ponen de manifiesto las diferentes estrategias utilizadas para destruirla.

Sus ataques contra el Cristianismo, contra la Idea, persistirán hasta deformarla en la mente de los cristianos y borrarla totalmente, con la repetición de los mismos errores que cometieron los hebreos en tiempos de Pilatos.

Haciéndoles cometer nuevamente el Deicidio, en el corazón de cada hombre, hasta casi borrar totalmente su semejanza con Dios; a pesar del conocimiento de las Verdades Reveladas y el profesar una fe muerta y sin obras.

El Plan Maestro de Satanás habrá alcanzado su más rotundo éxito, cuando el materialismo haya envilecido la dignidad humana y el hombre ya no sepa ni quién es, ni lo que significa su tránsito por esta vida.

Cuando haya destruido el concepto de ‘moral’ en el Pueblo Cristiano y la costumbre de vida haya perdido totalmente la Noción del Bien y del Mal, hasta llevar al Caos doctrinal con el Racionalismo, con la proliferación de errores teológicos y las herejías que dan la muerte espiritual.

Cuando la Iglesia haya seguido el Camino del Calvario detrás de su Maestro, esté  muerta y sea el despojo del que dijo Jesús: ‘Donde hay un cadáver, allí se juntan los buitres’

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El Materialismo niega a Dios y sustituyéndose a Él, pretende dar a los hombres un paraíso aquí en la tierra, una felicidad que no posee y por lo tanto, no puede dar. Trágica mentira y astuto engaño al que todos se engancharán en nombre del Progreso, olvidando el fin de la Creación y la Redención.

Por eso se dejará de hablar de los Novísimos: Muerte, Juicio, Infierno y Gloria. Y de creer en ellos y en el Verdadero Enemigo de Dios y del Hombre. También del Pecado, con el que Satanás se identifica.

Y el que se atreva a señalarlos, será mirado con una sonrisa de conmiseración y desprecio. Y tachado de loco, ignorante y supersticioso.

Todas estas maniobras son dignas del que una vez fuera, el más bello y el más poderoso de los ángeles…

Y se sentirá vencedor cuando haya logrado el Total Dominio de la Iglesia… Y se apodere de la Sede de San Pedro…

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HEROÍSMO APOSTOLICO

Después de Pentecostés, cuando los apóstoles salieron a predicar a distintos lugares, Santiago de Zebedeo cruzó a través del Mar mediterráneo hasta desembarcar en la Hispania, (Actuales España y Portugal) Comenzó a predicar en Galicia, a la que llegó después de pasar las Columnas de Hércules y viajó por el Valle del Ebro hasta la Coruña.

Los Hechos de los Apóstoles relatan que éstos se dispersaron por todo el mundo para llevar la Buena Nueva. Según una antigua tradición, Santiago el Mayor se fue a España. Primero a Galicia, donde estableció una comunidad cristiana y luego a la ciudad romana de César Augusto, hoy conocida como Zaragoza.

Las enseñanzas del Apóstol no fueron aceptadas y solo siete personas se convirtieron al Cristianismo. Estos eran conocidos como los “Siete Convertidos de Zaragoza”.

Las cosas cambiaron cuando la Virgen Santísima se apareció al Apóstol en esa ciudad, aparición conocida como la Virgen del Pilar. Desde entonces la intercesión de la Virgen hizo que se abrieran extraordinariamente los corazones a la evangelización de España.

En el año 42 d.C. dejó discípulos en los lugares donde evangelizó y acompañado de algunos otros,  regresó a Judea.

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Pronto tuvo una lucha contra los ardides de un poderoso hechicero llamado Hermógenes.

Pero Santiago estaba tan lleno del Espíritu Santo, que logró la conversión del antiguo mago y éste se volvió uno de sus discípulos más virtuosos y perfectos.

Cuando los judíos se convencieron de que la conversión de Hermógenes era verdadera, hicieron responsable de ella a Santiago. Alborotados se presentaron ante él, le increparon y trataron de impedirle que siguiera predicando la Doctrina del Crucificado.

Sin embargo el apóstol recurrió a la Sagrada Escritura y les demostró cómo en Jesús se habían cumplido todas las profecías que en ella se contenían acerca del Nacimiento y el Sacrificio del Mesías. Y probó estas verdades con tal claridad y se armó tal alboroto, que una vez más se dividieron: los que se encolerizaron empezaron a insultarlo, pero también hubo muchos que lo oyeron y se convirtieron.

Esto provocó tan enorme indignación en Abiatar, a quién correspondía el Sumo Pontificado aquel año, que sublevó al pueblo contra el apóstol.

Algunos de los amotinados lograron apresarlo y lo amarraron. Cuando le ataron las manos…

Santiago les dijo:

–           Vosotros podéis atar mis manos, pero no mi lengua.

Luego le pusieron una soga al cuello, lo condujeron ante Herodes Agripa y lograron que éste lo condenara a muerte.

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Enseguida lo llevaron al Gólgota, donde había sido crucificado Jesús, fuera de la ciudad. Cuando lo empujaban hacia allá, un tullido invocó al apóstol pidiéndole que le diera la mano, para que lo curase…

Santiago le dijo:

–           Ven tú hacia mí y dame tu mano.

El tullido fue hacia Santiago, tocó las manos atadas del apóstol e inmediatamente sanó. Más adelante, un paralítico que yacía a la vera del camino, comenzó a suplicarle a gritos que lo sanara.

Santiago lo oyó y le dijo:

–           En Nombre de Jesucristo cuya Doctrina he predicado y defiendo. Y por cuya causa voy a ser decapitado, te ordeno que te levantes del suelo, completamente curado y que bendigas al Señor.

Al ver este prodigio, el escriba Josías que había sido el que le pusiera la soga al cuello, se arrojó a sus pies, le imploró su perdón y se convirtió.

Santiago le preguntó:

–           ¿Deseas ser bautizado?

Josías respondió llorando:

–           Sí. Por favor recíbeme como cristiano.

–           Pronto serás bautizado en tu propia sangre.

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Pero Abiatar que también estaba presente, agarró a Josías, lo zarandeó y…

Le exigió:

–           Si ahora mismo no maldices a Jesús el Crucificado, haré que te degüellen al mismo tiempo que a Santiago.

Josías respondió:

–           A quién maldigo es a ti. Óyeme bien: ¡Maldito seas tú y maldito sea todo el tiempo que vivas! Y escucha también  esto: ¡Bendito sea el Nombre de mi Señor Jesucristo por los siglos de los siglos! Amén.

Abiatar ordenó a algunos de los judíos incrédulos, que descargaran sobre el rostro de Josías, una buena tanda de bofetadas y envió un mensajero a Herodes solicitando el permiso necesario, para ajusticiar al escriba convertido.

Al llegar al lugar designado para el suplicio, Santiago pidió al verdugo una redoma con agua. Cuando se la proporcionaron, con aquella agua bautizó a Josías.  Y después los dos fueron decapitados.

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Era el año 44 d.C. Santiago de Zebedeo fue el primer apóstol de Jesucristo, en ser martirizado.

Abiatar ordenó que dejaran su cuerpo insepulto, como pasto de los perros y de las fieras.

Por la noche sus discípulos ibéricos, con muchas precauciones para no ser vistos, tomaron el cuerpo del apóstol y se lo llevaron al puerto de Jaffa. Prodigiosamente hallaron una nave que no tenía tripulación. Se embarcaron en ella llevando con ellos el cuerpo de Santiago y rogaron a Dios que los condujera a donde Él quisiese que aquellos restos fuesen sepultados.

Guiada por un ángel del Señor, la barca comenzó a navegar y a los siete días llegaron al puerto de Iria, en las costas de Galicia; región de España que estaba gobernada por una mujer llamada Lupa.

Al llegar a tierra, desembarcaron el cuerpo y lo colocaron sobre una piedra enorme, la cual como si fuese de cera, repentinamente adoptó la forma de un ataúd y se convirtió milagrosamente, en el sarcófago del mártir.

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A continuación los discípulos fueron a ver a la reina Lupa pues ella era la dueña de los contornos y querían una parcela para enterrar a su maestro.

Y le dijeron:

–           Nuestro Señor Jesucristo te envía el cuerpo del apóstol Santiago. Para que acojas muerto y con benevolencia, al que no quisiste escuchar cuando estaba vivo.

Pero ella los remitió al rey Duyo, que era enemigo declarado del cristianismo, quién los encarceló.

Fueron liberados por un ángel y luego perseguidos por los soldados de Duyo. El destacamento moriría ahogado al derrumbarse el puente por el que intentaron cruzar el río, en persecución de los fugitivos.

Los discípulos volvieron con Lupa, quién aterrada por lo que había sucedido, quiso deshacerse de ellos. Entonces los envió al monte Allicinos, donde les ofreció dolosamente unos bueyes mansos que eran de su propiedad, para trasladar el cadáver.

Pero los bueyes no eran tales, sino toros salvajes. Al aproximarse los discípulos, les salió al encuentro un pavoroso dragón, que ante su presencia y al hacer la señal de la Cruz, se esfumó sin dejar rastro. Enseguida, ellos se acercaron a los toros que no mostraron su natural bravura y se dejaron mansamente uncir  a la carreta. Luego las bestias empezaron a caminar y se fueron  directamente, como si supieran el camino, llevando el sarcófago hasta el palacio de Lupa.

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La reina asombrada por tantos prodigios, ya no se resistió. Se convirtió y donó su palacio para que fuera una iglesia y la sepultura del apóstol; que de esta manera increíble terminó su azarosa travesía.

Después de esto, con el Espíritu Santo en acción, la expansión del cristianismo en la Península Ibérica fue rápida e intensa. Y Santiago se convirtió en el santo Patrono y Protector de España.

* * * * * * * *

Cuando Pablo se fue a Roma a apelar ante el César, los judíos que no pudieron matarlo, dirigieron todo el furor de su odio contra Santiago de Alfeo, que ya tenía treinta años de haber sido consagrado Obispo de Jerusalén. Y tal como refiere Flavio Josefo, el Sumo Sacerdote Anás II aprovechó el intervalo transcurrido entre la muerte del Procónsul Festo y la llegada de su sucesor, Albino I en el año 62 d.C. para buscar pretextos para condenarle.

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Un grupo de judíos fueron a verlo y le dijeron:

–           Sabemos que eres un hombre íntegro y queremos que desengañes al pueblo y les hagas ver la equivocación que cometen al creer que Jesús fue Cristo. En la próxima Pascua, háblales y desengáñalos de todas esas cosas que creen en relación con Jesús. Si así lo haces, también nosotros nos atendremos a tu testimonio, reconoceremos que eres justo y que no te dejas influir por nadie.

El día de Pascua, los que habían tratado de seducirlo, lo llevaron hasta la terraza más alta del Templo de Jerusalén, para que pudiese ser visto y oído por la gran multitud de peregrinos y le dijeron a grandes voces:

–           ¡Santiago! ¡Tú eres el más honesto de todos los hombres! Todos acatamos tu testimonio. Manifiéstanos aquí públicamente, qué opinas de los que andan por ahí, detrás de ese Jesús el Crucificado.

Santiago, también con voz muy fuerte, respondió:

–           ¿Queréis saber lo que pienso del Hijo del Hombre? Pues bien, escuchad: Creo que está sentado a la Diestra del Padre Celestial, el Altísimo Señor del Universo. Y que un día vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos.

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Los cristianos, al oír esta respuesta, aplaudieron con jubilosa alegría. Los escribas y fariseos en cambio, se pusieron más coléricos y dijeron entre sí:

–           ¡Gran error hemos cometido! Debemos corregirlo inmediatamente para que sepan lo que les espera a los que piensen como él.

Lo apresaron y lo subieron hasta las almenas más altas del Templo y desde ahí gritaron:

–           ¡Oh, el que teníamos por justo se ha equivocado!

Al decir esto, lo empujaron y lo arrojaron al vacío.

Pero el apóstol no se hizo ningún daño y se incorporó.

Inmediatamente se arremolinaron contra él, los enemigos que desde abajo habían presenciado su caída y empezaron a arrojarle piedras, mientras le gritaban con ira.

Al ver esto, Santiago se puso de rodillas y levantando los brazos hacia el cielo, exclamó:

–           ¡Señor! ¡Te ruego que los perdones, porque no saben lo que hacen!

Al comenzar la lapidación, un sacerdote hijo de Rahab, intentó detenerlos diciendo:

–           ¡Alto! ¡No tiréis piedras, os lo ruego! ¿Acaso no veis que este santo varón corresponde a vuestra crueldad, orando por vosotros?

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Pero no le hicieron caso y con una pértiga de batanero, le descargaron un golpe tan bárbaro, que le partieron el cráneo. Su cuerpo fue sepultado en el mismo sitio en el que murió, a la vera del Templo. El pueblo trató de atrapar a quienes lo mataron para castigarles, pero los asesinos de Santiago fueron más rápidos al escapar.

                                                                * * * * * * *

            Matías =  regalo de Dios. El apóstol que fue elegido para cubrir el lugar de Judas de Keriot, se distinguió por la insistencia con la que predicaba la necesidad de mortificar la carne, para dominar la sensualidad. Esta lección la aprendió directamente de Jesús.

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Evangelizó Capadocia, en las costas del Mar Caspio. Sufrió persecuciones y fue hecho prisionero por caníbales. También fue cegado, curado y liberado por Andrés. Fue martirizado en Cólquida. Fue crucificado y murió decapitado.

*******

Después de algunos años de apostolado en Palestina, Mateo se trasladó a Etiopía, donde realizó muchos milagros y resucitó a una hija del rey Egido. Éste y toda su familia se hicieron cristianos. Cuando el rey murió, subió al trono Hitarco. En el año 60d.C. en la ciudad de Nadaver  Etiopía, el nuevo monarca se enamoró perdidamente de Efigenia y prometió a Mateo la mitad de su reino si lograba convencer a la joven para que lo aceptara por esposo.

El apóstol le contestó a Hitarco:

–           Tu antecesor iba a la iglesia. Ve tú también el próximo Domingo y escucha lo que hablaré sobre el matrimonio.

El rey, pensando que Mateo iba a convencer a Efigenia, acudió a la iglesia ilusionado.

Mateo habló largamente sobre las excelencias del matrimonio.

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Hitarco mientras le oía, reafirmó su idea de que Mateo le estaba ayudando a inclinar hacia él, el ánimo de Efigenia, que también estaba presente. Y tan persuadido estaba de esto, que aprovechando una pausa que hizo el apóstol, se puso de pie y lleno de júbilo felicitó al predicador.

Mateo rogó al rey que guardara silencio, que se sentara de nuevo y que por favor siguiera escuchando, pues todavía no había terminado.

Mateo concluyó su conferencia de esta manera:

–           Cierto que el matrimonio, si los esposos observan escrupulosamente las promesas de fidelidad que al contraerlo mutuamente se hacen, es una cosa excelente. Pero prestad atención: supongamos que un ciudadano cualquiera arrebatara la esposa a su propio rey. ¿Qué ocurriría? Pues no solo el usurpador cometería una gravísima ofensa contra su soberano, sino también incurriría en un delito que está castigado con la pena de muerte.

Y el delito no es por haber querido casarse; sino por haber quitado a su rey, algo que legítimamente le pertenece y por haber sido el causante de que la esposa faltase al juramento de fidelidad hecho a su verdadero esposo.

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Estando así las cosas: ¿Cómo tú Hitarco, súbdito y vasallo del rey eterno, sabiendo que Efigenia es una virgen consagrada al Señor, te has atrevido a poner tus ojos en ella y pretendes que sea infiel a su verdadero esposo, que es precisamente tu Soberano.

Al oír esto, Hitarco se encolerizó y salió furioso de la iglesia.

Mateo, sin inmutarse prosiguió su homilía y exhortó a los oyentes a la paciencia y a la perseverancia. Al final, bendijo a las vírgenes y en especial a Efigenia, que asustada se había arrodillado ante él.

Cuando terminó la celebración eucarística, Mateo aún estaba en el altar orando con los brazos extendidos hacia el cielo, cuando un sicario enviado por el rey, se le acercó y le clavó una lanza en la espalda y lo mató.

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Poco después Hitarco quiso quemar la casa en que vivían las vírgenes, pero el santo apóstol se apareció y las rescató de las llamas.

Por su parte, el rey contrajo lepra y se suicidó con su propia espada.

El pueblo proclamó rey a un hermano de Efigenia que también había sido bautizado por Mateo y la Fe se propagó por tierras etíopes.

 * * * * * * *

Alrededor del año 40 d.C. el apóstol Tomás se fue a evangelizar al norte de la India. El Espíritu Santo acompañó su predicación con muchísimos milagros y le salvó de manera prodigiosa, de numerosos peligros. Tras nueve años hubo muchas conversiones, entre ellas Migdonia esposa de Casisio, cuñado del rey Gondófares.

Cuando el esposo se enteró, se quejó con el rey. Éste mandó encerrar al apóstol y envió a la reina para que convenciera a su hermana del error que había cometido al hacerse cristiana.

Pero las cosas salieron al revés y fue Migdonia la que hizo que la reina se convirtiera.

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Y ésta regresó diciendo:

–           Yo también creía como vosotros, que Migdonia mi hermana había cometido una gran estupidez. Pero ahora estoy convencida de que ha obrado con gran sabiduría. Ella me puso en contacto con el apóstol y he conocido a Cristo. He comprobado que Él Resucitó y me ha hecho conocer el Camino de la Verdad. También he comprendido que los verdaderos necios, son los que se niegan a creer en Cristo.

El rey mandó entonces que le trajeran a Tomás a su presencia.

Lo llevaron atado de pies y manos.

Cuando lo tuvo ante sí, le ordenó que convenciera a las mujeres de su error. Hubo entonces una larga discusión, donde el apóstol defendió la Fe Cristiana con todos los recursos del Espíritu Santo y no hubo manera de rebatirlos.

Entonces viéndose derrotados; por consejo de Casisio, el rey ordenó que arrojaran a Tomás en un horno encendido, del cual salió el apóstol sano y salvo al día siguiente.

En vista de este prodigio; Casisio propuso a su cuñado que para que aquel poderoso hombre perdiera la protección divina e incurriera en la Ira de su Dios, le obligase a ofrecer sacrificios en el Templo del Sol.

Cuando trataron de llevar a cabo su plan…

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Tomás le dijo al rey:

–           ¿Quieres ver que en cuanto esté frente a la efigie de esa divinidad tuya, mi Dios la destruirá? Hagamos un trato: si sucede como te he dicho promete que serás tú el que adores a mi Señor Jesucristo. ¿Aceptas?

El rey replicó indignado:

–           ¿Cómo te atreves a hablarme como si fueras mi igual?

Enseguida ordenó que llevaran a Tomás hasta el templo del dios solar.

Cuando lo lanzaron al suelo obligándolo a postrarse, el apóstol dijo en arameo su lengua natal:

–           Adoro a mi Señor Jesucristo en cuyo Nombre Santísimo yo te ordeno a ti, Demonio que te escondes en el interior de esta escultura, que ahora mismo la destruyas.

Al instante, la imagen que era de bronce se derritió como si hubiera sido hecha de cera.

Los sacerdotes encargados del culto del malogrado ídolo, se enfurecieron al ver lo ocurrido…

Y el pontífice que los presidía exclamó:

–           ¡Yo vengaré la afrenta que acabas de hacer a mi dios!

Mientras pronunciaba esta amenaza, se apoderó de una espada y con ella atravesó el corazón del apóstol. Y así fue sacrificado Tomás.

El rey y Casisio al ver que el pueblo trató de vengar este asesinato y quisieron quemar vivo al pontífice pagano, llenos de miedo huyeron de allí.

Los cristianos recogieron el cuerpo y lo enterraron con honores y gran veneración.

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HERMANO EN CRISTO JESUS:       

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

25.- DESPEDIDA DEL PONTÍFICE


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En la terraza de la casa de Simón iluminada por la Luna llena, están Pedro y Juan. Hablan en voz baja y señalan hacia la casa de Lázaro, que está  del todo cerrada y silenciosa.

Hablan durante largo rato, yendo y viniendo por la terraza. Luego el coloquio se hace más animado y sus voces antes contenidas, aumentan de tono y se hacen muy claras.

Pedro, dando un puñetazo en el parapeto de la terraza exclama:

–           ¡¿Pero no comprendes que se debe hacer así?! Te hablo en nombre de Dios. Escúchame sin obstinarte. Conviene hacer como digo yo. No por cobardía y miedo, sino para impedir el exterminio total de la Iglesia. Todos nuestros pasos son seguidos, estoy convencido. Y Nicodemo me ha confirmado que estoy en lo cierto. ¿Por qué no podemos quedarnos en Betania?

Por este motivo. ¿Por qué ya no es prudente estar en esta casa o en la de Nicodemo; en la de Nique o de Anastática? Por el mismo motivo. Para impedir que la Iglesia muera, por la muerte de sus jefes.

Juan responde:

–           El Maestro nos aseguró muchas veces que ni siquiera el Infierno podrá exterminarla, vencerla y prevalecer sobre ella, nunca.

–           Es verdad. Y el Infierno no prevalecerá, como no lo venció a Él. Pero los hombres sí, como vencieron al Hombre-Dios, que venció a Satanás; pero que no pudo prevalecer sobre los hombres.

–           Porque no quiso vencer. Debía redimir y por tanto, morir. ¡Y con esa muerte!

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¡Pero si hubiera querido vencerlos!… ¡Cuántas veces logró eludir las acechanzas de toda clase que le tendieron!

–           También la Iglesia será insidiada, pero no perecerá totalmente, siempre y cuando tengamos la suficiente prudencia como para impedir el exterminio de los jefes actuales, antes de crear nosotros a muchos sacerdotes de la Iglesia, en sus distintos grados…  Crearlos y formarlos para su ministerio.

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¡No te hagas falsas ilusiones, Juan! Los fariseos, escribas y miembros del Sanedrín harán de todo para matar a los pastores, para conseguir así la dispersión del rebaño…  Del rebaño todavía débil y medroso; sobre todo, este rebaño de Palestina. No debemos dejarlo sin pastores hasta que muchos corderos no hayan pasado a su vez, a ser pastores. Ya has visto a cuántos han matado…

¡Piensa en cuánta parte de mundo nos espera! La orden fue clara: “Id y evangelizad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo lo que os he mandado”. Y a mí, en la orilla del lago, tres veces me mandó apacentar sus ovejas y corderos, y profetizó que de viejo, pero no antes; seré atado y conducido a confesar a Cristo con mi sangre y mi vida. ¡Y muy lejos de aquí!

Si comprendí bien unas palabras suyas antes de la muerte de Mannaém, yo debo ir a Roma y allí fundar la Iglesia inmortal.

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¿Y no juzgó Él mismo que era bueno retirarse a Efraím, porque todavía no se había cumplido su evangelización? Y sólo en el momento preciso volvió a Judea para ser apresado y crucificado. Imitémoslo.

No se puede decir, no cabe duda de esto, que Lázaro, María y Marta eran personas miedosas. Y, sin embargo ya ves que con todo el dolor de su corazón, se han alejado de aquí para llevar a otros lugares la Palabra divina que aquí habría quedado ahogada por los judíos.

Yo, elegido por Él Pontífice he decidido y conmigo los otros apóstoles y discípulos: nos dispersaremos.

Habrá quien irá a Samaria o hacia el gran mar, o hacia Fenicia, yendo cada vez más allá a Siria, a las islas, a Grecia, al Imperio romano.

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Si aquí en estos lugares la cizaña y el veneno judío hacen estériles los campos y las viñas del Señor, nos vamos a otros lugares y sembramos otras semillas en otros campos y viñas, para que no sólo haya recolección, sino que incluso sea abundante. Si en estos lugares el odio judío envenena las aguas y las corrompe para que ni yo pescador de almas, ni mis hermanos podamos pescar almas para el Señor, nos marchamos a otras aguas.

Hay que ser al mismo tiempo, prudentes y astutos. Créelo, Juan.

–           Tienes razón. Pero si insistía era por María. Yo no puedo, no debo dejarla. Ello nos causaría demasiado dolor a ambos.

–           Y sería una mala acción por parte mía… – le responde Juan.

–           Tú te quedas aquí. Y Ella también, porque separarla de aquí sería una cosa absurda…

–           A la que María nunca prestaría consentimiento. Me uniré a vosotros más adelante, cuando ya Ella no esté en la Tierra.

–           Sí. Te unirás a nosotros. Eres joven… Vivirás todavía mucho.

–           Y María muy poco.

–           ¿Por qué? ¿Es que está enferma? ¿O sufre? ¿O está débil?

–           ¡No! Ni el tiempo ni los sufrimientos han tenido poder sobre Ella. Siempre está joven, de aspecto y de espíritu; serena… yo diría, gozosa.

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¿Y entonces por qué dices…?

–           Porque comprendo que este nuevo florecimiento en belleza y gozo es señal de que Ella siente ya cercano que vuelve a unirse con su Hijo.

Quiero decir unión total, porque la espiritual nunca ha cesado. No descorro el velo de los misterios de Dios, pero estoy seguro de que Ella ve diariamente a su Hijo en su figura gloriosa. De ahí su beatitud. Yo creo que, contemplándolo, su espíritu se ilumina y llega a conocer todo el futuro como lo conoce Dios, incluido el suyo.

Está todavía en la Tierra, con su cuerpo, pero podría casi decir, sin temor a equivocarme, que su espíritu está casi siempre en el Cielo. Tanta es su unión con Dios, que no creo pronunciar palabras sacrílegas si digo que en Ella está Dios como cuando lo llevaba en su seno materno.

Más aún: de la misma manera que el Verbo se unió a Ella para ser Jesucristo, ahora Ella se une de tal manera a Cristo, que es un segundo Cristo que ha asumido una nueva humanidad, la del propio Jesús.

Si esto es herejía, que Dios me dé a conocer el error y que me perdone.

Ella vive en el amor. Este fuego de amor la enciende, la nutre, la ilumina y ese mismo fuego de amor nos la arrebatará, en el momento designado sin dolor para Ella, sin corrupción para su cuerpo… El dolor será sólo nuestro… mío, sobre todo…

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Ya no tendremos a la Maestra, a la Guía, a la Consoladora nuestra… Y yo estaré verdaderamente solo…

Y Juan, cuya voz ya temblaba por un contenido llanto, rompe a llorar con sollozos desgarradores como nunca tuvo, ni siquiera a los pies de la Cruz o en el Sepulcro.

También Pedro, si bien más serenamente, rompe a llorar, y, entre las lágrimas, suplica a Juan que le avise, si puede, para estar presente en el tránsito de María, o, al menos, en su sepultura.

–           Lo haré si tengo aunque lo dudo mucho, la posibilidad de hacerlo. Algo me dice en mi interior que, como sucedió con Elías (2 Reyes 2, 11; Eclesiástico 48, 9), que fue arrebatado por el torbellino celeste en el carro de fuego, así sucederá con Ella: casi antes de que me percate de su inminente tránsito, Ella estará ya con su alma en el Cielo.

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Pero, al menos el cuerpo quedará. ¡Quedó incluso el del Maestro y era Dios!

–           Para Él era necesario que así sucediera, para Ella no. Él debía con la resurrección desmentir las calumnias judías. Con sus apariciones, convencer al mundo que dudaba o incluso negaba, por causa de su muerte de cruz. Pero Ella no tiene necesidad de ello. Pero si puedo te avisaré. Adiós Pedro, Pontífice y hermano mío en Cristo. Vuelvo con Ella que me está esperando.  Dios esté contigo.

–           Y contigo. Y di a María que ore por mí y que me perdone una vez más por mi cobardía durante la noche del Proceso…  Recuerdo que no logro borrar de mi corazón, cosa que no me deja tranquilo… – Y las lágrimas ruedan por las mejillas del Pontífice cristiano….

Pedro finaliza diciendo:

–           Sea Madre para mí. Madre de amor para su desdichado hijo pródigo…

–           No es necesario que se lo diga. Te quiere más que una madre según la carne. Te am como Madre de Dios y cómo solo Ella puede amar. Si estaba dispuesta a perdonar a Judas, cuya culpa no tenía medida…  ¡Imagínate si no te ha perdonado a ti! La paz esté contigo, hermano. Yo me marcho.

–           Y yo te sigo, si me lo concedes. Quiero verla todavía otra vez.

–           Ven. Sé el camino que hay que tomar para entrar en el Getsemaní sin ser vistos.

Se ponen en marcha y andan a buen paso y en silencio, hacia Jerusalén. Pero pasan por el camino alto, que llega hasta el Monte de los Olivos por la parte que está más lejos de la ciudad.

Llegan al rayar del alba.

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Entran en el Getsemaní. Van cuesta abajo hacia la casa.

María que está en la terraza, los ve llegar y emitiendo un grito de alegría, baja a su encuentro.

Pedro se arroja a sus pies, postrado diciéndole:

–           ¡Madre, perdón!

María pregunta sorprendida:

–           ¡¿De qué?! ¿Es que has pecado en algo? El que me revela todas las verdades, no me ha revelado sino que tú eres su digno sucesor en la Fe. Como hombre siempre te he visto justo, aunque algunas veces impulsivo. ¿Qué te debo perdonar, pues?

Pedro llora y calla.

Juan explica:

–           Pedro no logra apaciguarse por lo de haber renegado de Jesús en el patio del Templo.

–           Eso es cosa pasada y borrada, Pedro. ¿Acaso te reprendió Jesús?

–           ¡No, no!

–           ¿Mostró quererte menos que antes?

–           No. La verdad… no. ¡Al contrario!…

–           ¿Y eso no te dice que Él y yo con Él, te hemos comprendido y perdonado?

–           Es verdad. Sigo siendo el mismo necio.

–           Pues ve y permanece en paz. Yo te digo que nos encontraremos todos, yo, tú, los otros apóstoles y diáconos, todos en el Cielo junto al Hombre-Dios.

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Por lo que de mi poder depende, te bendigo….

Y como hizo con Gamaliel, María pone sus manos en la cabeza de Pedro trazando una señal de la cruz.

Pedro se inclina para besarle los pies. Luego se levanta mucho más sereno que antes y acompañado ahora por Juan, regresa al cancel superior, lo cruza y se marcha.

Mientras Juan después de cerrar bien esa entrada, regresa donde María. La Luz del amanecer desplaza la oscuridad…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

22.- LAPIDACIÓN DE ESTEBAN


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Esteban había sido discípulo de Gamaliel y con el beneplácito de su maestro, se integró a las filas de discípulos de Jesús. Era un zaforim que fue ordenado diácono junto con otros siete por Pedro, para ayudar a atender los servicios en la naciente Iglesia de Jerusalén.

Por la entrega absoluta a su ministerio y su entusiasmo para proclamar el Evangelio, estaba lleno de Gracia y poder. El Espíritu Santo realizaba grandes prodigios y señales milagrosas, que aumentaban las conversiones y los prosélitos de la Iglesia Cristiana.

Esto produjo una gran envidia y unos celos terribles entre los levitas del Templo de Jerusalén.

Un día unos miembros de la sinagoga de los libertos y unos  peregrinos venidos de diferentes partes de Asia, se pusieron a discutir acaloradamente con él; pero no lograron hacer frente a la Sabiduría y al Espíritu con que Esteban los derrotaba.

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Y al no poder resistir a la Verdad, lo denunciaron al Templo.  Entonces los escribas y fariseos repitieron la historia de lo que hicieron con Jesús: sobornaron a unos rufianes para que lo calumniasen afirmando: “Hemos oído hablar a este hombre, contra Moisés y contra Dios”

De esta forma alborotaron al pueblo, a los ancianos, a los maestros y doctores de la Ley. Por orden de Nahúm, los esbirros de Caifás fueron y lo arrestaron y lo llevaron ante el Gran Consejo.

En la sala del Sanhedrín, que conserva el mismo orden, disposición y número de personas que tenía la noche del Jueves al Viernes, durante el Proceso de Jesús… El Sumo Sacerdote Caifás y los otros están en sus escaños. Y en el mismo lugar donde estuviera Jesús, ahora se encuentra Esteban y como a Él, también le han amarrado con cuerdas.

Sadoc  hace una señal y entran los dos testigos comprados.

Frente al Sumo Sacerdote declaran:

–           Este hombre no cesa de hablar contra nuestro Lugar Santo y contra la Ley. Le hemos oído decir que Jesús el Nazareno destruirá el Templo y cambiará las costumbres que nos dejó Moisés.”

Caifás pregunta:

–           Estás oyendo las acusaciones.  ¿Es así?

En ese mismo instante, el rostro de Esteban se transfiguró y la Presencia Divina se manifestó a través del joven diácono.

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Esteban, lleno del Espíritu Santo, declaró:

–           Hermanos y padres escúchenme…

El Dios de la gloria se apareció a nuestro padre Abraham cuando estaba en Mesopotamia…  -Y Esteban hace una extensa disertación de la historia del Pueblo de Dios y finaliza diciendo-

Nuestros padres tenían en el desierto la Tienda del Testimonio, como mandó el que dijo a Moisés que la hiciera según el modelo que había visto. Nuestros padres que les sucedieron, la recibieron y la introdujeron bajo el mando de Josué en el país ocupado por los gentiles, a los que Dios expulsó delante de nuestros padres, hasta los días de David, que halló gracia ante Dios y pidió encontrar una Morada para la casa de Jacob. Pero fue Salomón el que le edificó Casa, aunque el Altísimo no habita en casas hechas por mano de hombre como dice el profeta: El cielo es mi trono y la tierra el escabel de mis pies. Dice el Señor: ¿Qué Casa me edificaréis? O ¿cuál será el lugar de mi descanso?’ ¿Es que no ha hecho mi mano todas estas cosas?

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Esteban proclama:

  ¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! ¡Vosotros siempre resistís al Espíritu Santo! ¡Como vuestros padres, así vosotros! ¿A qué profeta no persiguieron vuestros padres? Ellos mataron a los que anunciaban de antemano la venida del Justo, de aquel a quien vosotros ahora habéis traicionado y asesinado;  vosotros que recibisteis la Ley por mediación de ángeles y no la habéis guardado.

Todos los miembros del Sanhedrín al oír esto, sus corazones se consumieron de rabia y rechinaron sus dientes contra él.

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Esteban ha hablado (como en Hechos 6, 8-15; 7, 1-54), confesando su fe y dando testimonio de la verdadera Naturaleza de Cristo y de su Iglesia; en efecto,

El alboroto ha alcanzado su punto álgido. Un tumulto que en su violencia es totalmente similar, al que hervía contra Cristo en la noche fatal de la Traición y el Deicidio. Puñetazos, maldiciones, blasfemias horribles lanzan contra el diácono Esteban; quien al recibir los brutales golpes, se tambalea y vacila al verse sacudido ferozmente, porque le dan tirones hacia uno u otro lado.

Pero él conserva su calma y dignidad. Es más, no sólo está tranquilo y majestuoso, sino que se le ve incluso tan feliz, que parece casi extático. Sin preocuparse por los salivazos que resbalan por su rostro, ni la sangre que desciende de su nariz, que ha sido violentamente golpeada…

Levanta su rostro transfigurado y lleno de una sobrenatural luminosidad y su mirada  esplendorosa y risueña para centrarse en una visión que sólo él contempla.

Abre los brazos en cruz, los levanta como para recibir lo que está viendo y…

Esteban cae de rodillas exclamando:

–           ¡Veo los Cielos abiertos y al Hijo del Hombre, a Jesús. Al Mesías de Dios a Quién vosotros habéis matado.  Sentado en el Trono  a la derecha de Dios Padre!

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La confusión aumenta. Entonces el tumulto pierde ese mínimo de humanidad y legalidad que todavía conservaba y con la furia de una jauría de lobos, de chacales, de fieras hidrófobas… Todos se arrojan sobre el diácono: le muerden, lo pisotean, le dan de puntapiés,  lo agarran, lo levantan por agarrándole por los cabellos, lo arrastran haciéndole caer otra vez… Poniendo a la furia el obstáculo de la propia furia, porque en medio del tumulto los que tratan de arrastrar hacia afuera al mártir, se ven obstaculizados por los que tiran en la otra dirección para golpearle o para pisotearlo de nuevo.

Y asombrosamente en medio de este brutal maltrato, el rostro de Esteban no pierde su expresión de júbilo bienaventurado. Y esto provoca que en  sus encarnizados verdugos aumente su odio mortal…

Entre los furiosos más furiosos hay un joven bajo y feo al que llaman Saulo… Y la ferocidad de su rostro es indescriptible.

En un rincón de la sala está Gamaliel, que en ningún momento ha tomado parte en el tumulto y que en ningún momento ha dirigido la palabra a Esteban, ni a ninguno de los poderosos. Su desprecio por la escena injusta y bestial, es bastante obvio.

En otro rincón, también con expresión de desdén y sin participar ni en el proceso ni en la agitación, está Nicodemo mirando a Gamaliel; cuyo rostro tiene una expresión más clara que cualquier palabra.

Pero de improviso, exactamente cuando ve que por tercera vez levantan a Esteban por los cabellos, Gamaliel se envuelve en su amplísimo manto y se dirige hacia una salida opuesta a aquella hacia la cual están arrastrando al diácono.

El acto no le pasa desapercibido a Saulo, que grita:

–          Rabí, ¿Te marchas?

Gamaliel no responde.

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Saulo, temiendo que Gamaliel no haya entendido que la pregunta iba dirigida a él, repite y especifica:

–           Rabí Gamaliel, ¿No tomas parte de este juicio?

Gamaliel se vuelve rígidamente, con una mirada tan terrible, imperiosa y glacial, que causa terror… Responde secamente: «Sí». Pero es un “sí” que dice más que un largo discurso.

Saulo comprende todo lo que hay en ese “si” y apartándose de la jauría sanguinaria, corre adonde Gamaliel.

Lo alcanza, lo detiene y le dice:

–           ¿No querrás decirme ¡Oh Rabí!, que desapruebas nuestra condena?

Gamaliel no lo mira y tampoco le responde.

Saulo insiste:

–           Ese hombre es doblemente culpable por haber renegado de la Ley, siguiendo a un samaritano poseído por Belcebú y por haberlo hecho después de haber sido tu discípulo.

8Sanhedrin

Gamaliel sigue sin mirarlo y guardando silencio.

Saulo entonces pregunta:

–           ¿Eres acaso también tú seguidor de ese malhechor llamado Jesús?

Gamaliel le contesta con voz glacial:

–           No lo soy todavía. Pero si Él era EL que decía ser y verdaderamente hay muchas cosas que demuestran que lo era, ruego a Dios llegar a serlo.

Saulo grita horrorizado:

–           ¡Horror!

–           Ningún horror. Tenemos una inteligencia para usarla y una libertad para aplicarla. Que cada uno haga uso de la libertad que Dios ha dado a cada hombre y de la luz que ha puesto en el corazón de cada quién. Los justos antes o después, usarán estos dos dones de Dios para el bien y los malos para el mal.

Y se marcha en dirección al patio donde está el gazofilacio y va a apoyarse en la columna en que Jesús se apoyó cuando habló a la pobre viuda que da al Tesoro del Templo todo lo que tiene: dos monedas de escaso valor.

Lleva poco tiempo allí y otra vez llega Saulo y se le planta delante.

El contraste entre los dos es fortísimo. Gamaliel es alto, de noble porte, de hermosas facciones fuertemente semíticas: tiene frente despejada, ojos negros muy inteligentes y penetrantes, encajados bajo las cejas abundantes y bellamente delineadas. Naríz  recta, larga y delgada que recuerda en cierta forma la nariz de Jesús. Su piel es blanca y su boca de labios delgados, con su barba y su bigote que en el pasado fueran muy negros, ahora están entrecanos.

9fariseo

Saulo  es de baja estatura, musculoso de piernas cortas y gruesas, un poco separadas en las rodillas. Que se aprecian bien porque se ha quitado el manto y lleva sólo una túnica corta y grisácea como vestido. Sus brazos son cortos y fornidos; su cuello corto y fuerte, sostiene una cabeza gruesa, morena, con cabellos cortos e ásperos. Tiene orejas más bien grandes, frente convexa, nariz chata, labios gruesos, pómulos altos y gruesos, ojos oscuros y grandes, algo así como de buey.  De ninguna manera dulces ni mansos, pero sí muy inteligentes; bajo unas pestañas muy arqueadas y espesas. Sus mejillas están cubiertas por una barba que mantiene corta y bien cuidada.

Durante unos momentos guarda silencio, mirando fijamente a Gamaliel. Luego le dice en voz baja:

–           ¿No lo apruebas porque fue tu discípulo, antes de que te abandonara por el Nazareno o…?

10gamaliel

Gamaliel le responde, con voz clara y fuerte:

–           No apruebo la violencia. Por ningún motivo. De mí nunca recibirás la aprobación para ningún plan violento. Esto lo dije incluso públicamente a todo el Sanedrín, cuando apresaron por segunda vez a Pedro y a los otros apóstoles y los condujeron ante el Sanedrín para ser juzgados.

Y repito lo mismo: “Si es proyecto y obra de los hombres, perecerá por sí solo. Si es de Dios, no podrá ser destruido por los hombres; al contrario, los hombres podrán ser castigados por Dios”. Recuérdalo.

–           ¿Tú, el mayor de los rabíes de Israel eres protector de estos blasfemos seguidores del Nazareno?

–           Soy protector de la justicia. Y la justicia enseña a juzgar con justicia y cautela. Te repito que si esto: viene de Dios resistirá. Si no, caerá por sí solo. Pero yo no quiero mancharme las manos con una sangre, que no sé si merece la muerte.

–           Tú… Tú fariseo y doctor ¿Dices eso? ¿No temes al Altísimo?

–           Más que tú… Pero yo pienso. Y recuerdo… Tú eras sólo un niño, aún no eras hijo de la Ley y yo ya enseñaba en este Templo con el rabí más sabio de aquellos tiempos, Hillel… Y con otros que eran sabios pero no justos. Nuestra sabiduría recibió dentro de estos muros, una lección que nos hizo pensar durante todo el resto de la vida.

Los ojos del más sabio y justo de nuestro tiempo se cerraron con el recuerdo de aquel momento y su mente se extinguió estudiando aquellas verdades oídas de labios de un niño que se revelaba a los hombres, especialmente a los justos.

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Mis ojos siguieron vigilantes, mi mente siguió pensando, coordinando acontecimientos y cosas… Yo tuve el privilegio de oír al Altísimo hablar por medio de la boca de un niño que luego fue un hombre justo, sabio, poderoso, santo, al cual mataron precisamente por estas cualidades suyas.

Las palabras que dijo entonces se vieron confirmadas por los hechos acaecidos muchos años después, en la época anunciada por Daniel…

¡Mísero de mí, que no comprendí antes! ¡Que esperé a la última, terrible señal para creer, para comprender! ¡Pobre pueblo de Israel, que ni comprendió entonces ni comprende ahora!

¡La profecía de Daniel (Daniel 9) y la de otros profetas y de la Palabra de Dios continúan…! ¡Y se cumplirán para este Israel obcecado, ciego, sordo, injusto, que sigue persiguiendo al Mesías en los siervos de Jesús!

Saulo exclama iracundo:

–           ¡Maldición! ¡Tú blasfemas! ¡En verdad que no habrá salvación para el pueblo de Dios, si los rabíes de Israel blasfeman y reniegan de Yahveh, el Dios verdadero; por exaltar a un falso Mesías y creer en Él!

–           No blasfemo. Lo hacen todos los que insultaron al Nazareno y continúan haciéndolo al perseguir a sus seguidores. Tú sí que blasfemas porque lo odias a Él y a los suyos. Pero has expresado una verdad diciendo que ya no hay salvación para Israel. Pero no porque haya israelitas que se pasen a su grey, sino porque Israel lo envió a la muerte y lo mató.       12jes

¡Me causas horror! ¡Traicionas a la Ley y al Templo!

–           Denúnciame entonces al Sanedrín, para que yo siga la misma suerte de ese que está para  ser lapidado. Será el principio y compendio feliz de tu misión. Y yo seré perdonado por mi sacrificio, de no haber reconocido y comprendido a Dios que pasaba como Salvador y Maestro, entre nosotros, sus hijos y su pueblo.

Saulo, con un gesto iracundo se marcha lleno de despecho y vuelve al patio que está enfrente de la sala del Sanedrín, patio en el que aún se oye el griterío de la turba exacerbada contra Esteban.

Alcanza a los verdugos y se une a ellos, pues ya lo esperaban. Y salen del Templo y  de las murallas de la ciudad. Insultos, escarnios y  golpes, llueven sobre el diácono, que avanza extenuado, cubierto de heridas y trastabillando, hacia el lugar del suplicio.

Fuera de las murallas hay un espacio yermo y pedregoso, absolutamente desierto. Cuando llegan allí, los verdugos se abren en círculo dejando solo en el centro al condenado. Esteban tiene los vestidos rasgados y manchados. Está sangrando por muchas partes del cuerpo a causa de las heridas que ha recibido. Le arrancan las vestiduras antes de alejarse y  sólo se queda con la túnica interior corta.

Todos se quitan las vestiduras y las entregan a Saulo, dado que él no participa en la lapidación; porque aunque no  lo reconozca, le han afectado las palabras de Gamaliel…

13martirio-de-san-esteban_vicente-juan-masip-sxvi-detalle

Mientras recibe las vestiduras, Esteban le dice a Saulo:

–           Amigo mío te espero en el camino del Mesías. Señor, no les tomes en cuenta este pecado…

Saulo se revuelve como toro furioso y como tiene las manos ocupadas, le grita:

–           ¡Cerdo! ¡Endemoniado!

Y a sus injurias añade una fuerte patada en la espinilla del diácono, que está a punto de derribarlo…

Entonces los verdugos recogen pesadas y agudas piedras y empieza la lapidación.

Esteban recibe los primeros golpes permaneciendo de pie y con una sonrisa de perdón en la boca herida.

Después de la lluvia de piedras que le llegan desde todas las partes, Esteban cae de rodillas, apoyándose en las manos heridas y recordando las palabras de Jesús en la despedida de la Ascensión, murmura tocándose las sienes y la frente heridas:

–           ¡Como Él me lo predijo! La corona… Los rubíes… ¡Oh, Señor mío! ¡Maestro Jesús, recibe mi espíritu!

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Otra granizada de piedras sobre la cabeza ya herida le hacen desplomarse  bañado en sangre y el suelo pronto queda impregnado de su sangre. Mientras distiende sus miembros bajo otra granizada de piedras, expira susurrando:

–           Señor… Padre… perdónalos… No les guardes rencor por este pecado… No saben lo que…

La muerte le corta la frase en sus labios. Un último estremecimiento le hace acurrucarse en posición fetal y así se queda… El joven diácono ha muerto.

Los verdugos se acercan a él. Le lanzan encima una última descarga de piedras y casi lo sepultan bajo ellas. Luego vuelven a vestirse y se marchan. Tornan al Templo para referir, ebrios de celo satánico, su proeza.

Mientras hablan con el Sumo Sacerdote y otros poderosos, Saulo va a buscar a Gamaliel. No lo encuentra. Regresa hirviendo de odio contra los cristianos. Habla con los sacerdotes. Solicita y obtiene unos pergaminos con el sello del Templo, donde le autorizan a perseguir a los cristianos.

15klparthis_

La sangre de Esteban parece haberlo enfurecido, como le sucede a un toro al ver el color rojo, o a un alcohólico si le dan un vino generoso.

Está para salir del Templo, cuando ve bajo el Pórtico de los Paganos, a Gamaliel. Va donde él. Quizás quiere empezar una discusión o justificarse.

Gamaliel cruza el patio, entra en una sala y le cierra la puerta en su nariz.

Saulo, ofendido y furioso, sale a toda prisa del templo para ir a perseguir a los cristianos.

Dice Jesús :

–           Me manifesté muchas veces y a muchos. Pero no en todos actuó mi manifestación de igual manera. Se puede ver cómo a cada una de mis manifestaciones correspondan con su santificación, los que tienen buena voluntad, necesaria para tener Paz, Vida, Justicia.

En los pastores la Gracia trabajó durante los treinta años de mi vida oculta y luego floreció como espiga santa cuando llegó el tiempo en que los buenos se separaron de los malos para seguir al Hijo de Dios, que pasaba por los caminos del mundo, lanzando su grito de amor para convocar a las ovejas de la Grey eterna, desparramadas y desorientadas por Satanás.

Estuvieron presentes en medio de las turbas que me seguían, porque con sus sencillas palabras predicaban a Cristo diciendo: “Es Él. Nosotros lo reconocemos. Sobre su primer vagido descendió la canción de cuna de los ángeles.

16pastores-

Y a nosotros los ángeles nos dijeron que tendrían paz los hombres de buena voluntad. Buena voluntad es el deseo del Bien y de la Verdad. ¡Sigámosle! ¡Seguidle! Tendremos todos la Paz prometida por el Señor”.

Humildes, sencillos, pobres; ellos, mis primeros enviados; se colocaron entre  los hombres se dispusieron como los primeros soldados del Rey de Israel, del Rey del mundo. Ojos fieles, bocas honestas, corazones llenos de amor, incensarios que derramaban el perfume de sus virtudes para que  el aire que respiraba mi Divina Persona, fuese menos corrupto.

Y los encontré a los pies de la Cruz, después de haberlos bendecido con mi mirada, cuando caminaba atormentado en mi sendero al Gólgotha. Fueron de los pocos que no me maldijeron. Me amaron, creyeron en Mí, esperaron, me miraron con ojos de compasión; pensando en la lejana noche de mi Nacimiento y llorando ante el Inocente, cuyo primer sueño tuvo lugar sobre las pajas del pesebre y el último, sobre un leño aún más doloroso. Esto porque mi manifestación a ellos, almas rectas, los había santificado.

 17y-los-angeles

Gamaliel y con él Hillel, no eran sencillos como los pastores, ni santos como Simeón, ni sabios como los Tres reyes Magos. En él y en su maestro y pariente, estaba la maraña de las lianas farisaicas ahogando la luz y el libre desarrollo del árbol de la fe.

Pero dentro de su condición de fariseos había pureza de intención. Creían estar dentro de lo justo y deseaban estarlo; lo deseaban instintivamente, porque eran justos e intelectualmente, porque su espíritu gritaba descontento: “Este pan está mezclado con demasiada ceniza. Dadnos el pan de la verdadera Verdad”.

Pero Gamaliel no tenía suficiente fortaleza como para tener el valor de romper estas lianas farisaicas. Su modo de ser lo tenía demasiado esclavizado. Y con su humanidad, las consideraciones de la estima humana, del peligro personal, del bienestar familiar. Por todas estas cosas Gamaliel no había sabido comprender “al Dios que pasaba entre las gentes de su pueblo”, ni usar “esa inteligencia y esa libertad” que Dios ha dado a cada uno de los seres humanos para que las usen para su propio bien.

Sólo la señal esperada durante tantos años, señal que lo había abatido, que lo aterrorizó con remordimientos incesantes, suscitaría en él el reconocimiento de Cristo y el cambio de su viejo pensamiento.

No había sido el único titubeante en decidirse y en actuar con fortaleza. Tampoco José de Arimatea y menos todavía Nicodemo, supieron domeñar inmediatamente bajo su pie las costumbres y lianas judías y abrazar notoriamente la nueva Doctrina.

Tanto fue así, que su modo usual fue el ir a Cristo “a hurtadillas” por temor a los judíos o el hacer como que se encontraban con Él y generalmente en sus casas del campo o en la de Bethania de Lázaro, porque sabían que era más segura y más temida por los judíos enemigos de Cristo y respetada por los romanos, con la protección de Roma hacia el hijo de Teófilo. Pero eso sí, tanto José como Nicodemo fueron más valientes que Gamaliel, hasta el punto de demostrar su amor en la tarde del Viernes.

Todas formas, respecto a Gamaliel, ciertamente éstos siempre estuvieron mucho más adelante en el Bien y en el valor (hasta el punto de atreverse a realizar aquellas acciones compasivas del Viernes Santo). Menos adelante estaba el rabí Gamaliel.

Pero vosotros que leéis, observad la potencia de su recta intención. Por ella su justicia, humanísima, se impregna de lo sobrehumano. La de Saulo por el contrario se ensucia de lo demoníaco, cuando el mal al desatarse pone a ambos, a él y a su maestro Gamaliel, ante el dilema de elegir el Bien o el Mal, lo justo o lo injusto.

El árbol del Bien y del Mal se yergue ante cada uno de los hombres para presentarles, con el más lisonjero y apetitoso aspecto sus frutos del Mal; mientras entre la frondas con engañosa voz de ruiseñor, silba la Serpiente tentadora.

Le corresponde al hombre, criatura dotada de razón y alma dadas por Dios, el saber discernir y querer el fruto bueno de entre los muchos no buenos que lesionan y matan el espíritu.

Y coger este fruto, aunque ello sea fatigoso y punzante, aunque tenga sabor amargo, aunque tenga modesto aspecto. Su metamorfosis en virtud de la cual este fruto se hace liso y suave para el tacto, dulce para el gusto, hermoso para la vista; se produce solamente cuando, por justicia de espíritu y de razón, sabemos elegir el fruto bueno y nos nutrimos con su extracto, amargo pero santo.

Saulo tiende sus manos ávidas hacia el fruto del Mal, del odio, de la injusticia, del delito. Y las tenderá hasta cuando quede fulminado, abatido, cegado respecto a la vista humana para adquirir la sobrenatural, y pase a ser no sólo justo, sino incluso apóstol y confesor de Aquel a quien antes odiaba y perseguía en sus fieles.

20conversion-sanpablo

Gamaliel, rompiendo las lianas tenaces de su humanidad y del hebraísmo, por el nacimiento y florecimiento de la lejana semilla de luz y justicia, no sólo humana sino también sobrehumana, que mi cuarta epifanía -o manifestación, que quizás es para vosotros palabra más clara y comprensible- le había puesto en el corazón, en ese corazón suyo de rectas intenciones, semilla que él había custodiado y defendido con honesta afección y elegida sed de verlo nacer y florecer, tiende las manos hacia el fruto del Bien.

Su voluntad y mi Sangre rompieron la dura cáscara de esa lejana semilla, que él había conservado durante decenios en el corazón, en ese corazón de roca que se abrió junto con el velo del Templo y con la tierra de Jerusalén y que lanzó el grito de su supremo deseo, hacia Mí que ya no podía oírlo con oído humano, aunque sí y nítidamente, con mi espíritu divino, allí, arrojado al suelo al pie de la cruz.

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Y bajo el fuego solar de las palabras apostólicas y de los mejores discípulos. Y bajo la lluvia de la sangre de Esteban primer mártir; esa semilla echa raíces, se hace planta, florece y da frutos.

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La planta nueva de su cristianismo, nacida donde la tragedia del Viernes Santo había abatido, desarraigado, destruido todas las plantas y hierbas antiguas. La planta de su nuevo cristianismo y de su santidad nueva ha nacido y se yergue ante mis ojos.

Perdonado por mí, siendo culpable por no haberme comprendido antes por la justicia suya que no quiso participar ni en mi condena ni en la de Esteban; su deseo de hacerse seguidor mío, hijo de la Verdad, de la Luz, recibe también la bendición del Padre y del Espíritu Santificador.

Y pasa de ser deseo a ser realidad sin necesidad de una potente y violenta fulminación, como la que fue necesaria para Saulo en el camino de Damasco, para el altanero protervo,  que con ningún otro medio habría podido ser conquistado y conducido hacia la Justicia, la Caridad, la Luz, la Verdad, la Vida eterna y gloriosa del Cielo.

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

196.- EL MANDAMIENTO MÁS GRANDE


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Es una esplendorosa mañana primaveral llena de colorido y el miércoles anterior a la Pascua, el Templo está más lleno de gente que en los días anteriores. Es muy temprano y hace bochorno.

Jesús entra con su túnica blanca de lino y llega hasta el Atrio de los Israelitas, para adorar. Lo sigue mucha  gente. Unos se quedan bajo los portales esperándolo y hay una enorme cantidad de gentiles. Cuando Jesús termina su oración, escucha  los que le preguntan. Los consuela, los aconseja, los absuelve y los cura.

1cur-templo

Los fariseos tienen una pequeña discusión porque el escriba Yoel Alamot, quiere ir a hacer una pregunta a Jesús…

Pero ellos se oponen diciendo:

–                       No. Sabemos que eres favorable al Rabí, aunque trates de disimularlo. Deja que vaya Urías…

Otro joven escriba objeta:

–                       Urías no. Es muy descuidado al hablar. Voy yo.

Y se va rápido a donde está el Maestro.

Jesús, que lo tiene a su espalda, se vuelve a mirarle… Un asomo de sonrisa ilumina su rostro. Mira a la gente que lo rodea. A los fariseos y a los doctores. Al escriba que primero había querido ir a preguntarle… Su sonrisa se amplía y es como si lo acariciara…

Luego baja su mirada sobre el escriba de pequeña estatura que acaba de preguntarle:

–                       Maestro, ¿Cuál es el mayor de los Mandamientos de la Ley?

Jesús responde:

–                       El primero de todos los Mandamientos es: “Escucha ¡Oh, Israel! El Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor Dios tuyo, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas. Con todo tu ser.” Este es el primero y principal Mandamiento. El segundo es semejante a éste: “Amarás a tu prójimo, como a ti mismo.” No hay otros mandamientos mayores que éste. Encierran en sí, toda la Ley y los profetas.

1jley

–                       Maestro, has respondido sabia y justamente. Así es. Dios es Único y no hay otro Dios fuera de Él. Amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia; con toda el alma; con todas las fuerzas y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que cualquier holocausto y sacrificio. Pienso mucho en esto cuando recuerdo las palabras de David: “A Ti no te agradan los holocaustos. El sacrificio grato a Dios es el espíritu compungido.”

–                       No estás lejos del Reino de Dios, pues has comprendido cuál es el holocausto que agrada a Dios.

El escriba pregunta rápido y en voz tan baja, que es casi como si hablase en secreto:

–                       ¿Cuál es el más perfecto?

En el rostro de Jesús brilla el amor que deja caer como perla, en el corazón de este escriba que lo abre a su doctrina,  a la Doctrina del Reino de Dios y…

Jesús responde:

–                       El holocausto perfecto es amar como a nosotros mismos a los que nos persiguen y nos guardan rencor. Quién haga esto, poseerá la paz.

1amistad

Está dicho, los mansos poseerán la tierra y gozarán de abundancia de paz. En verdad te digo que el que sabe amar a sus enemigos, llega a la perfección y posee a Dios.

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El escriba se despide con deferencia. Y vuelve a su grupo, que en voz baja le reprocha el haber alabado al Maestro…

Y airadamente le preguntan:

–                       ¿Qué le dijiste en secreto?

–                       ¿Eres también uno de los engañados?

El escriba contesta:

–                       Me ha parecido oír que el Espíritu de Dios hablase por sus labios.

–                       Estás loco. ¿Acaso crees que sea el Mesías?

–                       Lo creo.

–                       Realmente dentro de poco veremos que nuestras clases se vacían de nuestros escribas y que éstos como perros irán detrás de Él. ¿Pero en qué ves que Él sea el Mesías?

–                       No lo sé. Pero sí siento que lo es.

–                       ¡Loco!

Y enojados le vuelven la espalda.

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Jesús ha estado observando y no ha perdido ni un detalle.

Y cuando los fariseos le pasan por delante en un grupo compacto, para alejarse.

Jesús los llama diciendo:

–                       Escuchadme. Quiero haceros una pregunta: ¿Qué pensáis vosotros del Mesías? ¿De quién es Hijo?

Nahúm responde por todos:

–                       Será Hijo de David.

1nahum

Ha puntualizado la palabra ‘será’, para darle a entender que Él no es el Mesías.

–                       Entonces, ¿Por qué David, inspirado por Dios lo llama Señor cuando dijo: ‘El Señor ha dicho a mi Señor, siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos como escabel de tus pies.?’ Si David llama al Mesías Señor ¿Cómo puede ser su hijo?

No sabiendo qué responderle, se alejan masticando el odio que los satura.

Jesús los ve y se retira hacia donde están los buzones del tesoro, junto al gazofilacio.

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En esta parte todavía hay sombra y están los rabinos hablando con grandes aspavientos a los hebreos que los escuchan, esforzándose por destruir lo que Jesús enseñado en los días anteriores.

¡Es un Rey tan majestuoso! Con su vestido de lino blanquísimo y su manto color rojo oscuro. Se apoya sobre una columna cuadrada en su base, que sostiene un arco del Pórtico y mira detenidamente a la gente que va pasando.

Una pobre viejecita, sube apuradamente los escalones y alarga su mano para echar su óbolo, en el hocico abierto de un león de piedra.

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Jesús la mira con compasión y dulzura.

Y cuando pasa cerca de Él, le dice:

–                       La paz sea contigo, mujer.

Sorprendida, ella levanta su cabeza y no sabe qué contestar.

Jesús repite:

–                       La paz se contigo. El Altísimo te bendice.

La mujer se queda como extática por un momento; luego saluda a Jesús y se va.

Jesús sale de su silencio, diciendo:

–                       En medio de su desdicha es feliz. Ahora es feliz, porque la bendición de Dios la acompaña. Escuchadme todos los que me rodeáis… ella no dio más que dos céntimos. Y sin embargo ha dado más que todos, desde que el Templo abrió sus puertas al amanecer…

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He visto a varios ricos introducir en esos hocicos, enormes cantidades de dinero, con visible satisfacción. Pero en verdad os digo que nadie ha dado más que ella, porque su óbolo ha sido la caridad y la generosidad pura. Ha dado todo lo que tenía. Ha hecho un sacrificio… Esa mujer hoy no va a comer, porque no tiene nada.

Deberá trabajar primero, para apagar su hambre. No tiene riqueza, ni familiares que trabajen por ella. Está sola. Dios se ha llevado sus parientes, marido e hijos. Los hombres le quitaron los bienes que le habían dejado.  Esa mujer ha comprendido mejor la Ley que los mismos sabios. Y es bendita porque dentro de su pobreza ha dado a Dios todo… 

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Mientras que otros dan de lo que les sobra y lo dan para que aumente su estimación ante los ojos de los hombres. Sé que me odiáis por hablar así. Unid el odio que me tenéis, al desprecio que sentís por esa pobrecita a quién he alabado.

Pero no vayáis a pensar que podréis hacer de estas dos piedras, un doble escalón para vuestra soberbia… Será la piedra de moler que os triturará.

Vámonos. Dejemos que las víboras se muerdan aumentando su veneno…  Quien sea limpio de corazón, bueno, humilde, contrito y quiera conocer el verdadero rostro de Dios, que me siga…

Jesús continúa curando, consolando, aconsejando, enseñando…

1jvitral

Pasan las horas…

Jesús regresa al Primer Patio donde se siente un poco de fresco, porque el día es bochornoso. Había empezado a hablar con una voz normal y la ha ido aumentando cada vez más, hasta que parece un toque de trompeta. Su hermosa voz de tenor se expande y tanto israelitas como gentiles, lo escuchan con atención.

Si aquellos aplauden cuando Jesús recuerda la patria y los nombres de los extranjeros que la han subyugado y hecho sufrir, éstos admiran la forma oratoria del larguísimo discurso y la maravillosa sabiduría que contiene…

Jesús continúa:

–                       Escuchad. Cuando terminó el destierro en Babilonia, eran triste para la patria aquellas horas. Había sido reconstruida la nación, gracias a la magnanimidad de Ciro.

1ciro

Los jefes del pueblo sintieron la necesidad de reconstruir también el culto y el conocimiento de la Ley. Porque, ¡Ay de aquel pueblo, que no dispone de ellos como defensa! De guía y sostén contra los enemigos más poderosos de una nación y que son la inmoralidad de sus ciudadanos; el rebelarse contra las autoridades; la desunión contra las diversas clases y partidos; los pecados contra Dios y el prójimo. La irreligiosidad. ¡Todos estos son elementos que disgregan por sí mismos y que provocan los castigos celestiales!

El pueblo hablaba caldeo, herencia del duro destierro y ya no comprendían el hebreo. Así nacieron los escribas y los fariseos, para ayudar a los sacerdotes a enseñar a la gente y entregados a honrar al Señor; llevando a los hombres a que lo conociesen. Si se han vuelto reprobables; no toca a los hombres insultarlos, ni mucho menos hacerlos desaparecer. Hay Quién lo hará: Dios y su Enviado.

1daniel-y-nabucodonosor2

Yo hablo por mandato divino y puedo hablar porque no tengo ninguno de los pecados que os escandalizan, cuando  veis que los cometen los escribas y los fariseos. Os he recordado cual fue la razón por la que nacieron los escribas y los fariseos y cómo y porqué se han sentado en la cátedra de Moisés. Cómo y porqué hablan y sus palabras no son vanas. Haced lo que dicen, pero no los imitéis en sus acciones; porque enseñan de una manera y luego actúan al revés.

Su regla de vida, es ser vistos, celebrados y aplaudidos en razón de sus obras; que las realizan de modo que todos los vean y las alaben. Exigen de sus discípulos, el título de maestro y un culto que ellos no tributan a Dios. Se creen dioses en sabiduría y poder. Se creen superiores al padre y a la madre, porque quieren estar en el corazón de sus discípulos y pretenden que su doctrina, sea superior a la de Dios.

1reencarnacion2

Son unos herejes, creyendo como los paganos, en la trasmigración de las almas y algunos de ellos en la fatalidad.

1trasmigracion

     No imitéis a los escribas y fariseos, que están divididos entre sí, aunque aparenten no estarlo. Vosotros, discípulos del Mesías, estad verdaderamente unidos. Estad prontos a morir si no queréis traicionar el llamamiento que Dios ha puesto en vosotros, de ser ciudadanos del Reino de Dios, que he venido a establecer. Estad verdaderamente unidos en el amor por Mí y por mi Doctrina. La divisa del cristiano, que tal será el nombre que se dará a mis súbditos, sea el amor y la unión. La igualdad entre vosotros en la comunidad de bienes, en la fraternidad de los corazones. Todos para uno, uno para todos.

Quien tenga que dé sin ostentación. Quien no tiene, acepte con humildad su pobreza. Recordad que se dará una recompensa a quien es misericordioso y que es mejor dar que recibir.  Encuentre el pobre la fuerza de pedir sin sentirse humillado, pensando que Yo lo hice antes que él. Encuentre por su parte el rico la generosidad de dar sus riquezas, pensando que el vil y odioso dinero que Satanás presenta, es causa del noventa por ciento de las desgracias acaecidas en el mundo.

1balanza-dinero-vs-amor-

Y cuando se da por amor, se cambia en joya inmortal, en el Paraíso.

Vestíos de vuestras virtudes, pero que solo Dios las conozca. No hagáis como los Fariseo, que llevan las filacterias más largas y las franjas más anchas. Que les gustan los primeros lugares en las sinagogas y los honores en las plazas y quieren que el pueblo los llame: ‘Rabí’ Uno solo es el Maestro, Yo.  Amaos como verdaderos hermanos y el que quiera ser el mayor entre vosotros, que se haga vuestro esclavo.

Ser siervo de los siervos de Dios no es humillarse, sino imitarme a Mí; que he sido bondadoso y humilde; siempre pronto a amar a mis hermanos y ayudarlos con el poder que tengo como Dios.

No he rebajado lo divino al  servir a los hombres; porque el verdadero rey es el que sabe dominar no solo a los hombres sino las pasiones, entre las cuales la primera está la soberbia necia. Recordad que quién se humilla será exaltado y quién se exalta será humillado.

1the_madonna_of_the_magnificat__hi

La Mujer de la que en el Génesis habla el Señor; la Virgen a quien alude Isaías; la Madre-Virgen de Emmanuel, profetizó ésta verdad, cuando dijo: ‘El Señor arrojó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes’ La Sabiduría de Dios habló por los labios de la que ha sido Madre de Gracia y Trono de Sabiduría.

Repito la palabras inspiradas que me exaltaron en unión al Padre y al Espíritu Santo, cuando Yo el Hombre me formaba en su seno, sin dejar de ser Dios. Que sirvan de modelo a las que quieran hacer que el Mesías nazca en sus corazones y que pretendan llegar al Reino.

¡Ay de vosotros; escribas y fariseos hipócritas! No habrá Jesús, esto es: Salvador, ni Mesías…  O sea, Señor…  Ni habrá Reino de los Cielos para los soberbios, para los fornicadores idólatras, ni para los que se adoran a sí mismos y a su propia voluntad.

1egolatra

Por esto, ¡Hay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! Que creéis poder cerrar el Cielo a los hombres que levantan su espíritu, para encontrar fuerza en su  penosa jornada terrena. ¡Ay de vosotros que no entráis; que no queréis entrar; porque no aceptáis la Ley el Reino Celestial y no permitís que entren los demás que están a la puerta, que con intransigencias reforzáis con cerrojos que Dios no ha puesto!

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! ¡Qué devoráis las propiedades de las viudas, con el pretexto de que recitaréis largas oraciones! ¡Por eso vuestro juicio será duro!

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas que andáis por mar y tierra sin gastar de vuestros bienes, para hacer un solo prosélito y cuando lo conseguís, los hacéis dos veces más dignos del Infierno que vosotros! ¡Ay de vosotros, guías ciegos! ¡Necios y ciegos!

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¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! Que decís: ‘Si uno jura por el Templo, su juramento no vale nada. Pero si jura por el oro del Templo. Entonces queda obligado a su juramento.’  ¡Necios y ciegos! ¿Qué vale más? ¿El oro o el Templo que santifica el oro? Vosotros que andáis diciendo: ‘Si uno jura por el altar, su juramento no tiene valor; pero si jura por la oferta depositada sobre el altar, entonces su juramento es válido y queda obligado a él.’

¿Qué es mayor, la oferta o el altar que la santifica? Quién jura pues sobre el altar; por él jura y por cuanto hay sobre él. Quien jura por el Templo, por él jura y por quien habita en Él. Y quién jura por el Cielo, jura por el Trono de Dios y por Quién en él está sentado.

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! Que pagáis los diezmos de la menta y de la ruda; del anís y del comino. Y luego os despreocupáis de los preceptos más graves de la Ley: de la justicia, de la misericordia y de la fidelidad.

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¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! ¡Qué laváis lo exterior de la copa y del plato; pero por dentro estáis llenos de rapiña e inmundicia! Ciego fariseo, lava primero el interior, para que también lo exterior quede limpio.

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que voláis como los murciélagos en la oscuridad, debido a vuestras obras pecaminosas! Y os codeáis con paganos, ladrones y traidores. Y al día siguiente por la mañana, borradas las señale de vuestros negocios ocultos, ¡Subís al Templo con hermoso ropaje!

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¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! Que enseñáis las leyes de la caridad y de la justicia contenidos en el Levítico y luego no sois más que unos ambiciosos, ladrones, falsarios, calumniadores, opresores, injustos, vengativos, odiosos. Que acabáis con el que os causa molestia, aun cuando sea de vuestra propia sangre.

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 Que rechazáis a la mujer que siendo doncella. Se casó con vosotros y que repudiáis los hijos obtenidos de ella, porque son desventurados. Y acusáis de adulterio a vuestra mujer que no os agrada más o de enfermedad inmunda, para libraros de ella. ¡Vosotros que tenéis un corazón inmundo! ¡Un corazón libidinoso; aun cuando no lo demostréis a los ojos de la gente que ignora vuestras acciones!

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Sois semejantes  a los sepulcros blanqueados que por fuera parecen hermosos; pero por dentro están llenos de huesos muertos y de podredumbre. ¡Eso sois! ¡Y no más! ¡Por fuera parecéis justos, pero por dentro estáis reventando de hipocresía e iniquidad!

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¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! Que erigís suntuosos mausoleos a los profetas y embellecéis las tumbas de los justos, diciendo: ‘Si hubiéramos vivido en tiempos de nuestros padres; no habríamos sido cómplices y participantes de quienes derramaron la sangre de los profetas.’ Y por otra parte, colmáis la medida de vuestros padres… ¡Oh, serpientes! ¡Oh, raza de víboras! ¿Cómo podréis escapar a la condenación del Gehenna?

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Por eso Yo, Palabra de Dios os digo: ‘Yo Dios, os enviaré profetas, sabios y nuevos escribas. A algunos de ellos mataréis. A otros crucificaréis. A otros, flagelaréis en vuestros tribunales; a otros perseguiréis de ciudad en ciudad, hasta que caiga sobre vosotros toda la sangre de los hombres justos derramada sobre la tierra. Así es. Odiaréis a los que quieren vuestro bien os recuerdan vuestro pecado y con amor os invitan a que volváis a los senderos de Dios.

     En verdad os digo que todo está por caer. Tanto el crimen como sus consecuencias. En verdad os digo que todo se cumplirá sobre esta generación… ¡Oh, Jerusalén! ¡Jerusalén! ¡Jerusalén que lapidas a los que se te envían y matas a tus profetas! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos; como la gallina reúne a sus pollitos bajo sus alas y no has querido!

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 Así, pues, escucha; ¡Oh, Jerusalén! Escuchad vosotros que me odiáis y odiáis lo que viene de Dios. Escuchad los que me amáis y os veréis envueltos en el castigo reservado a los perseguidores del Mesías.

Escuchad también vosotros que no pertenecéis a este pueblo; pero que os preguntáis Quién Soy y que predice si necesidad de estudiar el vuelo y el canto de los pájaros; los fenómenos celestes; las entrañas de los animales sacrificados. La llama o el humo de los holocaustos. Porque el futuro está presente ante El que os está hablando.

Esta casa vuestra quedará desierta. Yo os digo, dice el Señor: ‘Que no me veréis hasta que no digáis: ‘Bendito el que viene en el Nombre del Señor.’

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Jesús está realmente cansado y acalorado. Además de lo largo de su discurso, por lo bochornoso del día en el que no sopla nada de viento. Estrechado contra el muro por la multitud, recibiendo las miradas de miles de ojos y sintiendo todo el Odio que respiran los que le han escuchado bajo el Pórtico de los Gentiles. Y todo el amor y la admiración de los que no lo odian.

Dice a los suyos:

–                       Salgamos del templo y vayamos al campo, entre los árboles. Quiero sombra, silencio, frescura. En verdad que este lugar parece que arde bajo el poder de la Ira Celestial.

Salen por la puerta más cercana.

A cierta distancia, los discípulos miran la cúpula del Templo, que resplandece bajo la luz del sol y admiran su grandiosa construcción.

Jesús dice:

–                       Aún así, de todo eso no quedará piedra sobre piedra.

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Muchos preguntan al mismo tiempo:

–                       ¿No?

–                       ¿Cuándo?

–                       ¿Cómo?

–                       ¿Por qué?

Jesús no contesta.

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

160.- CONTRA TODA ESPERANZA


ROMA IMPERIAL

A la hora sexta, (12.00P.M.) el camino de Bethania está lleno de gente. Poncio Pilatos y el gobernador de Siria, con un cortejo de dignatarios de diferentes países, todos van al entierro de su ciudadano más célebre.

El Sanedrín completo, está presente.

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Martha y María están agotadas recibiendo las condolencias. Escuchan las palabras de los visitantes. Lloran con los verdaderos amigos. Se inclinan ante los poderosos sinedristas que han venido más por ostentación, que por honrar al difunto. Y responden con cortesía a todas las preguntas.

Uno de los fariseos más crueles…

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El viejo Cananías, dice con escarnio:

–                       ¡Qué te parece María! ¡Vuestro maestro es el único ausente de los muchos amigos de tu hermano!

Y se escuchan las voces de todos los demás sinedristas:

–                       ¡Bonita amistad!

–                       ¡Tanto amor mientras Lázaro estuvo bien!

–                       ¡Indiferencia, cuando era la hora de demostrarlo!

–                       Todos han sido objetos de algún milagro, menos éste.

–                       ¿Qué dices a esto?

–                       ¡Qué bien te engañó!

–                       ¡Qué bien se comportó el hermoso Rabí de Galilea!

–                       ¡Je, je! ¿No decías que te ordenó que esperaras más allá de lo posible?

–                       ¿Y acaso no has esperado?

–                       ¿Sirve para algo esperar en Él?

–                       Dijiste que esperabas la vida.

–                       ¡Me lo imagino! ¡Él se llama la Vida!

–                       ¡Je, je, je! Pero allí dentro está tu hermano muerto.

–                       Y está lista y abierta la entrada al sepulcro.

–                       Mientras tanto, el Rabí está ausente. ¡Je, je, je!

Doras dice con burla:

–                       Él sabe dar muerte, pero no vida.

Realmente son una bandada de buitres alrededor de su presa…

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Martha se cubre la cara con las manos y llora con amargo dolor…

La realidad se impone. Su esperanza está fallida. El Rabí está ausente. No ha venido siquiera a consolarla y podía haberlo hecho.

María también llora. La realidad la tiene ante sus ojos. Ha creído…  Ha esperado más allá de lo posible… y nada ha sucedido.

Ya es viernes y todo tiene que terminarse a tiempo, para que los huéspedes puedan observar la ley del sábado que dentro de poco empezará…

María llora…Ha esperado mucho, siempre…  Todo lo puso en esta esperanza y se ha llevado un chasco…

Cananías y sus compinches insisten:

–                       ¿No me respondes?

–                       ¿Te persuades ahora de que es un impostor, que se aprovechó de vosotras y que os escarneció?

–                       ¡Pobres e ilusas mujeres!

Y todos mueven la cabeza.

Maximino se acerca:

–                       Es hora. Dad las órdenes.

Martha cae al suelo y empiezan los lamentos…

María, presa de la angustia, se aprieta las manos…

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Finalmente, Magdalena suplica:

–                       Un poco más. Un poco más. Mandad criados por los caminos a ver si ya viene…

Sadoc ríe burlón:

–                       Pero, ¿Todavía esperas, infeliz? ¿Quieres algo más para persuadirte de que os traicionó? ¿Qué os engañó, que se burló de vosotras, que os ha escarnecido?…

¡Es demasiado! Con la cara bañada en lágrimas, llena de dolor, pero siempre fiel en medio del círculo de huéspedes que están reunidos para ver salir el cadáver…

María grita:

–                       Si a Jesús de Nazareth, le ha parecido que está bien… ¡Está perfectamente bien! Su amor por todos  nosotros los de Bethania, es grande.

Todo es para la gloria de Dios y suya. Él afirmó que de esto vendría gloria al Señor; para que resplandezca completamente el poder de su Verbo. Vamos Maximino. El sepulcro no es un obstáculo al Poder de Dios.

Se hace a un lado y da la señal.

El cadáver envuelto en vendas sale de la habitación. Atraviesa el jardín flanqueado por la gente, entre lamentos.

María intenta ir detrás pero vacila. Cuando todos se dirigen al sepulcro ella también va y alcanza a ver como el cadáver desaparece dentro del sepulcro, que está excavado hacia abajo, en el terreno rocoso.

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Los siervos ponen la piedra sellando el sepulcro, porque el sol comienza a bajar y baja más aprisa en invierno.

María grita con profundo dolor. Pronuncia el nombre de Lázaro y luego el de Jesús. Parece como si le arrancaran el corazón. Los sigue repitiendo hasta que escucha el ruido de la roca puesta para sellar la entrada de la tumba…

Se desmaya y los siervos la llevan dentro de la casa.

Maximino se queda a despedir a los asistentes. Todos le dicen que regresarán diariamente para los pésames…

Lentamente se van. Los últimos son José, Nicodemo, Eleazar, Juan, Joaquín y Josué y en el cancel se encuentran a Sadoc que junto con Uriel y Elquías, están riendo maliciosamente y llenos de felicidad.

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Sadoc dice:

–                       ¡Su apuesta!…

Y los demás confirman:

–                       ¡Y pensar que tuvimos miedo de ella!

–                       ¡Oh! ¡Está bien muerto!

–                       ¡Cómo apestaba pese a los perfumes!

–                       ¡No hay duda! ¡No la hay!

–                       No era necesario quitar el sudario.

–                       Creo que ya estaba lleno de gusanos.

José los mira con severidad. Y su dura mirada les trunca la sonrisa y las burlas…

Todos se apresuran a regresar a la ciudad, antes del crepúsculo.

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Y transcurre el sábado…

El domingo por la noche en el huerto de la casa de Salomón: Los árboles, los perfiles de las casas que están al otro lado del camino, el camino mismo que se adentra en el bosque y el río… Van desapareciendo lentamente entre las sombras que se hacen cada vez más oscuras conforme la luz se desvanece…

En el firmamento palpitan las estrellas y la luna baña con su luz plateada todo lo que sus rayos tocan.

Jesús y los apóstoles están alrededor de la mesa empezando la cena.

Jesús, después de ofrecer y bendecir, distribuye el pescado. Parece como si fuera un padre entre sus hijos; aun cuando Bartolomé, Zelote y Felipe, parecen padres de Él.

Mateo y Pedro pueden pasar como sus hermanos mayores. Todos los demás son más jóvenes.

Comen hablando de lo sucedido en el día.

Juan se ríe de buena gana por lo enojado que se puso Pedro con un pastor que insistía en que Jesús fuera a bendecirle su ganado.

Pedro explica:

–                       No hay porqué reírse. El asunto no tiene nada de gracioso. Mientras él me dijo: ‘tengo mis ovejas enfermas y si se mueren estoy arruinado’ Lo compadecí. Es como si a nuestra barca la acabase la polilla. No se puede pescar, ni tampoco comer. Y todos tenemos el derecho a comer.

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Pero cuando dijo: ‘Las quiero ver curadas porque quiero hacerme rico y llamar la atención de la gente, por la dote que le daré a Esther. Y por la casa que me haré’ Entonces me enojé y le dije: ¿Y para esto has venido desde tan lejos? ¿No piensas en otra cosa más que en la dote, en riquezas y en tus ovejas? ¿No tienes un alma? Me respondió: ‘Para el alma hay tiempo. Ahora me urgen las ovejas y las bodas, porque es un buen partido y Esther empieza a envejecer.’

Entonces, si no me hubiera acordado de que Jesús dice que debemos ser misericordiosos con todos, me las hubiera pagado. Le dije unas cuantas palabras, como cuando empieza a bramar la tempestad…

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Santiago de Zebedeo observa:

–                       Y parecía que no querías terminar, pues ni siquiera respirabas. Las venas del cuello se te hincharon y parecían dos bastoncitos…

Tomás añade:

–                       El pastor se alejaba y tú seguías predicando. Menos mal que dices que no sabes hablar a la gente.  –y lo abraza diciendo- ¡Pobre Simón, qué furioso te pusiste!

Pedro replica:

–                       ¿Pero no tenía yo razón? ¿Qué es el Maestro? ¿El constructor de fortunas de todos los imbéciles de Israel? ¿El Paraninfo de las bodas de otros?

Mateo bonachonamente lo reprende:

–                       No te enojes, Simón. El pescado te va a hacer daño si lo comes con ese veneno.

Pedro responde:

–                       Tienes razón. Me parece gustar todo el sabor que tienen los banquetes de los fariseos, cuando como pan con miedo y carne con ira.

Todos se ríen.

Jesús sonríe y calla.

Terminan de cenar y Jesús dice:

–                       Y sin embargo hay que partir.

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Pedro pregunta:

–                       ¿A dónde Señor? ¿Con el hombre de las ovejas?

Jesús responde:

–                       No, Simón. A la casa de Lázaro. Regresamos a Judea.

Pedro exclama:

–                       Maestro, recuerda que los judíos te odian.

Santiago de Alfeo advierte:

–                       Hace poco querían apedrearte.

Mateo protesta.

–                       Pero, Maestro. ¡Esto es una imprudencia!

Judas de Keriot pregunta:

–                       No somos nada. ¿Verdad?

Tadeo dice:

–                       ¡Oh! ¡Maestro y hermano mío! Te conjuro en nombre de tu Madre y en nombre de la Divinidad que hay en Ti, que no permitas que los satanaces pongan su mano sobre tu persona, para impedirte hablar. Estás solo. Demasiado solo contra todo un mundo que te odia  y que en la tierra es poderoso…

Juan exclama:

–                       ¡Maestro! ¡Cuida tu vida! ¿Qué sería de mí, de todos; si no te tenemos más?  -y tiene los ojos agrandados de un niño que tiene miedo y sufre.

Todos opinan que Jesús no debe estar cerca de Jerusalén y el amor los impele a impedir que se regrese a Bethania…

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Jesús dice.

–                       ¡Calma! ¡Calma! Sé lo que hago porque la Luz está en Mí. Tened en cuenta que mientras no llegue la hora de las tinieblas, nada me puede pasar. Cuando llegue esa hora; nada me podrá salvar de las manos de los judíos.

Ni siquiera los ejércitos e César. Porque lo que está escrito debe cumplirse y las Fuerzas del Mal ya están trabajando para cumplir su obra. Dejadme hacer lo que quiero: Hacer el bien mientras tengo las manos libres.

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Llegará la hora en que no podré mover un dedo, ni decir una palabra para hacer un milagro. El mundo se encontrará sin mi fuerza, lo que será una hora horrible y de castigo para el hombre. No para mí…  Para el hombre que no habrá querido amar. Hora que se repetirá por voluntad del hombre que habrá rechazado a la Divinidad hasta convertirse en un sin-Dios.

01 - MAYAS

Hora que vendrá cuando esté próximo el Fin del Mundo. La falta de fe activa, hará que no pueda hacer milagros.

No porque me falte el Poder, sino porque no se puede otorgar ningún milagro donde no hay Fe, ni voluntad de conseguirlo. Ahora todavía puedo hacer milagros y dar Gloria a Dios…

Vamos pues a casa de nuestro amigo Lázaro, que duerme. Vamos a despertarlo de su sueño, para que esté listo y pronto para servir a su Maestro.

Varios dicen:

–                       Si está dormido está bien.

–                       Terminará por curarse.

–                       El sueño es un buen remedio.

–                       ¿Para qué despertarlo?

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Jesús aclara:

–                       Lázaro ha muerto. Esperé a que muriera para ir allá…  No por sus hermanas, ni por él. Sino por causa vuestra. Para que creáis. Para que crezcáis en la   Fe. Vamos a la casa de Lázaro.

Tomás dice con tono fatalista:

–                       ¡Está bien! ¡Vamos pues! Moriremos todos como él. Y como Tú, que también quieres morir.

–                       ¡Tomás! ¡Tomás! Y todos los que estáis murmurando y protestando… Quien quiera seguirme no debe tener ansias por la vida, ni miedo a perderla. Os voy a decir cómo se conquista el Cielo. ¿Pero cómo podréis imitarme, si tenéis miedo de ir a Judea, vosotros a quienes no pasará nada? Sois libres de abandonarme…

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Pero si queréis quedaros, debéis aprender a desafiar al mundo, sus críticas, sus asechanzas, sus burlas, sus tormentos, para conquistar mi Reino.

Vamos pues a sacar de la muerte a Lázaro que ya tiene tres días durmiendo en el sepulcro, habiendo muerto la noche del jueves, cuando vino el criado de Bethania.

Habrá mucha gente. Los corazones quedarán conturbados. Lo prometí y mantengo mi palabra…

Santiago de Alfeo, pregunta temeroso:

–                       ¿A quién?

–                       A quién me odia y a quién me ama de un modo absoluto.  ¿No recordáis la disputa con los escribas en Cedes?…  Tuvieron la arrogancia de llamarme mentiroso, porque resucité a una hija apenas muerta y a un difunto de un día. Dijeron: “Pero no ha logrado rehacer a uno que esté ya descompuesto….

Y es verdad que solo Dios puede sacar del fango a un hombre. Y de la corrupción, rehacer un cuerpo.” Lo haré.

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En el mes de Casleu recordé a los escribas este desafío. Esto para quien me odia. Por otra parte a las hermanas les prometí absolutamente que premiaría su Fe, si continuaban esperando aún contra lo posible.

Las he probado en muchas cosas y han sufrido mucho. Soy el único que conozco sus sufrimientos en estos días. Y su perfecto amor.

En verdad os digo que merecen un gran premio, porque les angustia menos el no ver a su hermano resucitado, que el que me escarnezcan.

Vosotros creíais que Yo estaba absorto, cansado y triste… Estaba con ellas con mi espíritu. Oía sus gemidos y contaba sus lágrimas. ¡Pobres hermanas!

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¿Lloras, Simón? Sí. Tú y yo somos los más grandes amigos de Lázaro. Lloras de dolor por Martha y María. Por la muerte del amigo y también por la alegría de saber que pronto volveremos a verlo. Vamos a preparar las alforjas…

Zelote exclama:

–                       ¡Ya tiene varios días muerto!

Tomás grita:

–                       ¡Esto es un milagro!

Andrés:

–                       ¡Quiero ver que inventarán ahora, para seguir dudando!

Judas pregunta:

–                       ¿Cuándo vino el criado?

Pedro responde:

–                       La noche anterior al viernes.

–                       ¿Sí? ¿Y por qué no lo habías dicho?

–                       Porque el Maestro ordenó que no dijese nada.

–                       Así pues… Cuando lleguemos, ¿Serán ya cuatro días que esté en el sepulcro?

–                       Así es. Viernes tarde, un día. Sábado tarde, dos días. Esta tarde tres días. Mañana, cuatro… Bethania, cuatro días y medio…

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Mateo y los demás exclaman:

–                       ¡Poder Eterno!

–                       ¡Va a estar hecho pedazos!

–                       Estará…

–                       Deshecho por la corrupción…

–                       Quiero ver esto también y luego…

Santiago de Alfeo pregunta:

–                       ¿Luego qué Simón Pedro?

Pedro contesta muy ceremonioso:

–                       Y luego si Israel no se convierte, ni siquiera Yeové con sus rayos podrá convertirlo.

Sigue un largo silencio…

Luego se ponen a arreglar todo para la partida…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

89.- AMIGOS PODEROSOS


En una noche oscura de Diciembre; fría y con vientos fuertes. Por las calles desiertas camina Jesús de Nazareth. Su alta figura se pierde en la noche sin estrellas. Llega hasta su casa y piensa con tristeza:

–                     Es muy tarde. Esperaré al alba, para llamar.

Está a punto de irse cuando oye el rítmico rumor del telar. Sonríe y dice:

–                     Todavía no se ha acostado. Está tejiendo. Debe ser ella… con ese ritmo suele trabajar…

Llama a la puerta. Cesa el ruido del telar y la voz argentina pregunta:

–                     ¿Quién llama?

–                     Yo, Mamá.

–                     ¡Hijo mío! –un dulce grito de alegría.

La puerta se abre y los dos se abrazan en el umbral. Y entran felices a la casa.

María dice en voz baja:

–                     Todos duermen. Estaba despierta. Desde que regresaron Santiago y Judas Tadeo, diciendo que venías detrás de ellos, todos los días hasta muy noche te he esperado. ¿Tienes frío, Jesús? Sí. Estás helado. Ven. Todavía está encendida la hoguera. Echaré un poco más de leña. Te calentarás. – lo conduce de la mano como si todavía fuese un pequeñín.

A la luz de las llamas, María mira a Jesús que extiende sus manos para calentárselas.

–                     ¡Oh! ¡Qué pálido estás! No estabas así cuando te dejé… Cada vez te pones más flaco y amarillo, Hijo mío. En otros tiempos tenías color de leche y de rosa. Ahora pareces color marfil viejo. ¿Qué te ha pasado, Hijo mío? ¿Siempre los Fariseos?

–                     Sí. Y algo más. Pero ahora me siento feliz contigo. Este año celebraremos aquí las Encenias, Mamá. Llego a la edad perfecta contigo. ¿Estás contenta?

–                     Sí. Pero la edad perfecta para Ti, corazoncito mío, está todavía lejos. Eres joven y para siempre mi Niño. Mira. Aquí hay leche caliente…  ¿Quieres beberla aquí o allá?

–                     Allá, mamá. Ya me calenté. Me la beberé, mientras cubre el telar.

Regresan a la habitación y Jesús pregunta:

–                     ¿Qué estabas haciendo?

–                     Trabajaba.

–                     Lo veo. Pero, ¿En qué? Te apuesto a que te estabas fatigando por Mí. Déjame ver…

María se pone más roja que la tela que está en el telar y que Jesús mira sorprendido…

–                     ¡Púrpura!…  ¿Quién te la dio?

–                     Judas de Keriot. La obtuvo de los pescadores de Sidón, me parece. Quiere que te haga un vestido regio. ¡Claro que te hago el vestido! Pero Tú no tienes necesidad de púrpura para ser rey.

Jesús mueve la cabeza y dice:

–                     Judas es más terco que un mulo.

Y es el único comentario sobre la púrpura regalada.

Jesús bebe despacio su leche y luego dice:

–                        ¿Con todo lo que te dio, alcanza para un vestido?

–                     ¡Oh, no, Hijo! Podrá ser para los ribetes del dobladillo del vestido y del manto. No alcanzará para más.

–                     Está bien. Ahora comprendo por qué lo haces con cintas abajo. Mamá, la idea me está gustando. De esta parte pondrás tiras y un día querré que las uses para un hermoso vestido. Todavía hay tiempo. No te canses mucho.

–                     Trabajo siempre que estoy en Nazareth.

–                     Así es. Y los otros, ¿Que han estado haciendo?

–                     Instruyéndose.

–                     Mejor dicho: los has estado instruyendo tú… ¿No es así?

–                     ¡Oh! ¡Los tres son buenos! Sin contarte a Ti; no he tenido discípulos más dóciles y atentos. He buscado los medios para que Juan se vigorice. Está muy enfermo. No resistirá mucho…

–                     Lo sé. Para él es un bien; él mismo lo desea. Espontáneamente ha comprendido el valor del sufrimiento y de la muerte. ¿Qué hay de Síntica?

–                     Da pena tener que alejarla. Vale por cien discípulas en santidad y en capacidad de comprender lo sobrenatural.

–                     Lo comprendo; pero debo hacerlo.

–                     Lo que haces, Hijo. Siempre está muy bien hecho.

–                     Vámonos a acostar. Bendíceme, Madre… Como cuando era pequeño.

–                     Bendíceme, hijo. Soy tu discípula.

Se besan Madre e hijo. Prenden una lamparita. Y cada uno se retira a descansar.

Al día siguiente, Juan de Endor va a lavarse en el estanque y se encuentra con Jesús que ya regresa también de su aseo matinal.  Y exclama lleno de júbilo:

–                     ¡Maestro! ¡Oh, Maestro! ¡Maestro mío!

Marziam lo escucha y sale corriendo del cuarto de María, vestido con una tuniquilla corta y con los pies descalzos.

Y grita lleno de alegría:

–                     ¡Jesús está aquí!

Estos gritos despiertan también a Síntica que se ha dormido en el que era el taller de José. Se viste con premura y sale al huerto, donde Jesús tiene en brazos a Marzíam que está castañeteando los dientes por el frío.

Cómo hace un fuerte viento muy helado, Jesús los invita a entrar en la casa, al calor del fuego de la cocina; donde María ya está preparando el desayuno.

Los dos discípulos se postran, lo saludan y lo contemplan extáticos, mientras Jesús se sienta con Marziam sobre las rodillas y la Virgen viste al niño con las ropas calientes.

Jesús levanta su mirada y les dice sonriente:

–                     Os había prometido que vendría. También Simón Zelote vendrá hoy o tal vez mañana. Y estaremos juntos por varias semanas. ¿Cuántas cosas habéis aprendido en estos días que habéis estado con mi Madre?

Tanto Síntica como Juan de Endor responden enfáticos:

–                     La Sabiduría de Dios es luminosa cuando la explica la santa Virgen de Dios.

Jesús responde muy feliz:

–                     Lo sé. Los corazones más duros comprenden más fácilmente la sabiduría de Dios sobrenaturalmente luminosa, si mi Madre la explica. Vosotros no tenéis un corazón duro y por esto sacáis más provecho de su enseñanza.

María dice con dulzura:

–                     Pero ahora estás tú aquí, Hijo. Y la maestra se hace discípula.

Jesús objeta:

–                     ¡No! Tú sigues siendo la maestra. Te escucharé como ellos. En estos días seré solo ‘el Hijo’. No más. Tú serás la Madre y Maestra de los cristianos. Desde ahora lo eres. Yo tu Primogénito y primer Discípulo. Éstos, y con ellos Simón cuando llegue y luego los demás… ¿Comprendes, Madre? El mundo está aquí…

El mundo del mañana en el pequeño y puro israelita que ni siquiera se da cuenta de lo que es hacerse cristiano. –Y abraza estrechamente a Marziam. Luego prosigue- El viejo mundo de Israel, representado en Zelote. La Humanidad en Juan de Endor y los gentiles en Síntica.

Y todos vienen a ti, santa Madre que alimentas con la sabiduría y con la vida al mundo y a los siglos. Los patriarcas y los profetas suspiraron por ti, pues de tu seno fecundo nacería el que Es el alimento del Hombre. Te buscarán todos los ‘míos’ para obtener el perdón; para que los instruyas, los defiendas, los ames y los protejas, como otros tantos Marziam. ¡Y dichosos los que lo hicieren! Porque no se podrá perseverar en el Mesías, si la gracia no tiene tu ayuda; directamente de ti, la Madre llena de gracia.

María se ruboriza al oir las alabanzas de su Hijo y se ve como una rosa esplendorosa, que resalta más con el vestido de humilde y tosca lana oscura.

Más tarde…

En Diciembre anochece pronto y la familia se reúne para cenar. Mientras María trabaja en el telar y Síntica elabora un primoroso bordado. Jesús y Juan de Endor conversan entre sí. Marziam está terminando de lijar dos arcones que están en el suelo del taller. El niño emplea todas sus fuerzas hasta que Jesús se levanta y le dice:

–                     Ya basta. Todo está pulido y mañana daremos el barniz. Marziam, pon todo en su lugar; porque mañana volveremos a trabajar.

Marziam guarda todo y Juan de Endor recoge las virutas y el aserrín para echarlas al fuego. Todo está ya limpio y en orden, cuando se oye que tocan a la puerta de la calle y luego se percibe la voz ronca de Zelote que saluda a quién le abrió:

–                     Te saludo, Madre de mi señor y bendigo vuestra bondad que me concede el vivir bajo vuestro techo.

Los tres van a saludar al recién llegado y Jesús dice:

–                     La paz sea contigo Simón…

Simón, al mismo tiempo que entrega un gran fardo que trae, responde:

–                     ¡Maestro bendito! He llegado tarde porque…

Se dan el beso de paz y Simón prosigue:

–                     Estuve en casa de la viuda del carpintero y tu ayuda llegó a tiempo. El pequeño carpinterito se industria en trabajar pequeñas cositas y siempre te está recordando. Todos te bendicen. Luego fui a Tiberíades para las compras que me encargaste…

Luego algunos me entretuvieron porque pensaron que yo era un emisario y me secuestraron durante tres días. Querían saber muchas cosas y no me querían creer que nos habías despedido a todos y que Tú te habías ido por tu lado, al retirarte en lo más duro del invierno.

Fueron a la casa de Pedro y de Felipe y cuando se persuadieron de que era verdad, me dejaron libre. Por eso me retrasé.

Jesús responde:

–                     No importa. Aún tenemos bastante tiempo para estar juntos.  Te agradezco todo… –Y volviéndose hacia la Virgen, agrega-  Mamá, mira con Síntica lo que hay en el envoltorio y dime si te parece suficiente o hace falta alguna otra cosa…

Simón pregunta:

–                     Y tú Maestro, ¿Qué has hecho?

–                     Dos cofres y alguna que otra cosilla, para no estar de ocioso y porque serán muy útiles. He dado algunas caminatas y me he sentido muy feliz en mi casa…

Se oyen los gritos de alegría de Marziam que ve que surgen telas, lanas, velos y cinturones, hilos, etc.

Y el niño pregunta curioso:

–                     ¿Te vas a casar Jesús?

Todos sueltan la risa y Jesús pregunta:

–                     ¿Qué te hace sospecharlo?

–                     Estos vestidos que son de hombre y de mujer. Los dos cofres que hiciste y todos tus aprestos y los de la novia. ¿Puedes presentármela?

–                     ¿De veras quieres conocer a mi novia?

–                     ¡Claro que sí! Debe de ser muy hermosa. ¿Cómo se llama?

–                     Por ahora es un secreto, porque tiene dos nombres. Un día los conocerás.

–                     ¿Me vas a invitar a las bodas? ¿Cuándo será? ¿Dentro de un mes?

–                     ¡Oh! ¡Falta mucho más!

–                     ¿Entonces por qué has trabajado con tanta prisa que hasta te salieron ampollas en las manos?

–                     Me salieron porque hacía mucho tiempo que no trabajaba con ellas. Mira niño, la ociosidad es muy peligrosa.

–                     ¡Pero tú no has estado de ocioso!

–                     No. Pero me he ocupado de otros trabajos que no son manuales. Y ¡Mira lo que les ha costado a estas manos el tiempo que no han trabajado! – y Jesús muestra las palmas enrojecidas y con ampollas.

Marziam se las besa diciendo:

–                     Así me hacía mi mamá cuando me lastimaba, porque el amor es un buen médico.

–                     Sí. El amor cura muchas cosas. Ven Simón; dormirás en el taller…

La siguiente semana, Jesús sale de la casa con Marziam tomado de la mano y también acompañados de Simón Zelote. Y llegan hasta una humilde casita que está en medio de los campos preparados para la siembra y huertos de frutales que ahora están sin hojas…

Entran y Jesús saluda:

–                     La paz sea contigo Juana. ¿Estás mejor hoy? ¿Han venido a ayudarte?

Le contesta una anciana a quien rodea más de media docena de niños desde dos años hasta diez:

–                     Sí, Maestro. Me dijeron que regresarán para sembrar. Que la cosecha llegará tarde, pero que llegará una vez más.

–          Claro que llegará. Será un milagro de la tierra y de la semilla. Y será un milagro completo. Tus campos serán los mejores de la región. Y estos pajaritos que te rodean tendrán abundancia de trigo para llenar sus estómagos. No llores más. El año que viene todo mejorará. Pero te seguiré ayudando. Esto es, te ayudará quién tiene tú mismo nombre y que nunca se cansa de ser buena. Mira, te traje esto. –Le da una bolsa con monedas de oro-  Con esto te sostendrás, hasta que empiece la cosecha.

La anciana toma la bolsa juntamente con la mano de Jesús y con sus lágrimas baña la mano del Señor.

Luego pregunta:

–                     Dime quién es esa buena creatura, para que diga su nombre al Creador.

–          Una discípula mía y hermana tuya. Yo y el Padre que está en los cielos, sabemos quién es.

–                     ¡Oh, Eres Tú!

–          Yo soy pobre, Juana. Doy lo que me dan. De mi parte sólo puedo ofrecer milagros. Me desagrada no haber estado enterado antes de tu desgracia. Tan pronto como me la dijo Susana, he venido. Un poco tarde, pero de este modo brillará más la obra de Dios.

–          Tarde, sí. La muerte llegó y segó vidas. Segó las de los jóvenes, pero no la mía que es inútil. Ni la de éstos que son muy pequeños para valerse por sí mismos. Se llevó a los que podían trabajar. Maldita esa luna de Enul, preñada de malos presagios.

–          No maldigas el planeta. No tiene nada que ver con esto. Mira, ¿Ves este niño? También él perdió a su padre y a su madre. Y ni siquiera puede vivir con su abuelo. Pero Dios tampoco lo abandona y jamás lo abandonará mientras sea bueno. ¿No es así Marziam?

Marziam dice que sí con la cabeza. Y se pone a charlar con los pequeñuelos que le han rodeado. Los que son más pequeños en edad, pero lo sobrepasan en estatura y que están frente a él, les dice:

–          De veras que Dios no abandona. Yo puedo decirlo. Mi abuelo rogó por mí y estoy seguro que mi padre y mi madre todavía lo hacen, desde la otra vida.  Dios siempre escucha las plegarias, porque es muy Bueno y siempre escucha las oraciones de los justos, estén vivos o muertos.

Jesús está callado, escuchando lo que dice su pequeño discípulo a los huerfanitos.

Marziam prosigue su lección:

–                     ¿Queréis mucho a vuestra abuelita?

Los niños contestan a coro:

–                     ¡¡¡SI!!!

–          Así está bien. No debemos hacer llorar a los ancianos. A nadie se debe hacer llorar, porque a quien no los respeta, Dios lo hace llorar. Jesús quiere mucho a los niños y a los ancianos y los acaricia. Porque los niños son inocentes, y los ancianos sufren mucho por muchas cosas. Jesús siempre dice que quién no honra al anciano es un perverso completo. Igual que el que maltrata a los niños y es porque tanto unos como otros no pueden defenderse. Por esto, amad mucho a vuestra viejecita abuelita.

El niño más grande dice:

–                     Algunas veces yo no la yudo…

–          ¿Por qué? Te comes el pan que ella te da con su fatiga. ¿No te duelen sus lágrimas cuando la afliges? Y tú, mujer… (La ‘mujer’ tiene al máximo nueve años y está tan flaca, pálida y delgaducha, como todos los demás) ¿La ayudas?

Los hermanitos la defienden inmediatamente:

–          ¡Raquel es buena! Hasta muy noche se pone a hilar la lana y el estambre. Y hasta se ha enfermado con calenturas, por trabajar cuando moría nuestro padre en el campo por la fatiga para que estuviese listo para ser sembrado.

Marziam dice gravemente:

–                     Dios te lo premiará.

Raquel dice con sencillez:

–                     Ya me lo premió al aliviar de sus penas a la abuela.

Jesús interviene:

–                     ¿No pides otra cosa?

–                     No señor. ¡Muchas Gracias!

–                     ¿Estás curada?

–          No Señor. Pero no importa. Ahora que la abuela ha sido socorrida y consolada, ya no me importa morir.

–                     Pero la muerte es fea…

–          Así cómo Dios me ayuda en la vida, me ayudará en la muerte. E iré a donde está mi mamá. ¡No llores abuelita! A ti también te quiero mucho… Si tú quieres que me cure, pediré al Señor que me alivie… Pero no llores madrecita mía… –Y la niña abraza a la ancianita que se ha puesto muy triste.

Marziam mira a Jesús y suplica:

–          ¡Cúrala señor! Por mi causa hiciste que mi abuelo se sintiese feliz. Haz también ahora a esta anciana feliz….

Jesús pregunta:

–                     El favor se obtiene con sacrificios. ¿Cuál vas a hacer para obtenerlo?

Marziam piensa… Busca lo que puede costarle más…

Luego sonriente dice:

–                     No tomaré miel durante toda una luna.

–                     ¡Es poco! ¡La de Casleu ya está muy avanzada!

–                     Digo luna por decir cuatro fases. Y en estos días viene la Fiesta de las Luces y las empanadas de miel.

–                     Es verdad. Entonces Raquel se curará por mérito tuyo. Adiós Juana. Antes de irme, regresaré a verte. Adiós Raquel. Mi bendición quede en todos vosotros junto con mi paz. Ahora vámonos.

Y al salir los acompañan las bendiciones de la anciana y de todos los niños. Marziam se pone a brincar como un cabrito y a correr por delante.

Zelote, con una amplia sonrisa dice a Jesús:

–                     Su primer sermón y su primer sacrificio. Promete mucho. ¿No te parece así, Maestro?

–                     Sí. Muchas veces ya me ha predicado también a Judas de Simón.

–                     Al que le parece que el Señor haga hablar a los niños. Tal vez para impedir que se vengue…

–                     Que se vengue, no lo creo. No llegará hasta ese extremo. Pero sí tendrá reacciones violentas. Quien merece que se le regañe no ama la verdad… Y sin embargo hay que decirla… -Jesús lanza un profundo suspiro.

–                     Maestro, dime la verdad. Lo alejaste y tomaste la decisión de mandar a todos a su casa para las Encenias, para impedir que Judas estuviese ahora en Galilea. No te pido, ni quiero que me digas el porqué. Está bien que Judas no esté con nosotros. Me basta con saber que he adivinado.

Todos pensamos así. ¿Sabes? El mismo Tomás me dijo: “Me voy sin protestar porque comprendo que hay por debajo un motivo muy serio. El Maestro obra bien en hacer lo que hace. Los amigos de Judas: Nahúm, Sadoc, Yocana, Eleazar ben Annás, Simón… ¡Humm! ¡Demasiados, poderosos y similares!…” Tomás no es tonto. No es malo. Al contrario. Es muy bueno y te aprecia sinceramente…

–                     Lo sé. Es verdad lo que os habéis imaginado. Y pronto conoceréis la razón.

–                     No te la estamos pidiendo.

–                     Pero os pediré vuestra ayuda y os lo diré.

Marziam regresa corriendo:

–                     Maestro. Vino tu primo Simón a buscarte.

Zelote toma a Marziam de la mano y dejan solo a Jesús, que apresura el paso y encuentra a Simón, jadeante, apoyado en un tronco y con cara de angustia.

Al ver a Jesús, levanta los brazos y luego baja la cabeza, sin fuerzas.

Jesús llega y le pone una mano en la espalda.

Le pregunta:

–                     ¿Has venido a hacerme feliz con tus palabras de cariño, que hace mucho tiempo espero?

Simón baja mucho más la cabeza, pero no dice nada.

–                     Habla. ¿Acaso soy un extraño para ti? ¿Verdad que no? Tú siempre eres mi buen hermano Simón. Y Yo para tú; soy el pequeño Jesús; que cargabas en tus brazos con mucho trabajo, con tanto amor. Eso era cuando regresamos a Nazareth.

Simón se cubre la cara con las manos y cae de rodillas:

–                     ¡Oh, Jesús mío! Yo he sido el culpable… ¡Cuánto he sido castigado!

–                     Levántate. Somos parientes. ¡Ea! ¿Qué quieres?

–                     Mi hijo está… -el llanto le impide hablar.

–                     ¿Tu hijo? ¿Y qué…?

–                     Está muriéndose. Y con él también el amor de Salomé… Me quedo con dos remordimientos: el de perder a mi hijo y también a ella. Tú Eres el único que puede impedir mi desgracia. No es… No puede ser verdad, lo que me contó Judas. Me refiero a tu apóstol; no a mi hermano… Y Alfeo se me muere…

–                     Vete a tu casa, Simón. Tu hijo está curado.

–                     ¡Tú!… ¡Tú!… ¿Has hecho a favor mío;  a pesar de que te ofendí creyendo a aquella víbora? ¡Oh, Señor! ¡No soy digno de tanto! ¡Perdón! ¡Perdón! ¡Perdón! ¿Dime qué quieres que haga para reparar mis ofensas? Para decirte que te amo.

–                     No te preocupes de lo que pasó. Ni siquiera me acuerdo. Haz también tú lo mismo. Olvida las palabras de Judas de Keriot. ¡Es un muchacho! Te voy a pedir tan solo que no repitas ni ahora, ni nunca, tales palabras a mis discípulos; a mis apóstoles y mucho menos a mi Madre.

Esto te lo pido. Ahora vete tranquilo, Simón;  a tu casa. No tardes en gozar de la alegría que llena tu hogar. Vete.

Lo besa y lo empuja suavemente. Simón se va. Lo bendice. Y luego, en un mudo soliloquio; por su rostro pálido corren lágrimas y una sola palabra brota de sus labios trémulos:   “JUDAS”… 

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

83.- SACERDOTES DISCIPULOS


Jesús está en las llanuras de Corozaím. Los campos están llenos de viñedos en donde ya empezó la vendimia.

Isaac se excusa de no haber podido llegar antes, porque dice que los nuevos discípulos lo retrasaron. Y no sabía si debía traerlos o no.

Y agrega:

–                     Pero pensé que el camino del cielo está abierto a todos los de buena voluntad y vinieron conmigo.

Jesús dice:

–                     Dijiste y obraste bien. Traédmelos aquí.

Isaac va y regresa con dos hombres jóvenes.

–                     La paz sea con vosotros. ¿Os parece tan segura la palabra de los apóstoles, que queréis uniros con nosotros?

–                     Sí. Y mucho más la tuya. No nos rechaces, Maestro.

–                     ¿Por qué habría de hacerlo?

–                     Porque somos de Gamaliel.

–                     ¡Y qué con eso! Yo honro a Gamaliel. Y quisiera que estuviese conmigo porque es digno de ello. Lo único que le falta es hacer de su sabiduría, una perfección. ¿Qué os dijo cuándo lo dejasteis? Pues seguramente fuisteis a saludarlo.

Esteban dice:

–                     Fuimos. Y nos dijo: “Bienaventurados vosotros que podéis creer. Rogad porque olvide para poder recordar.”

Los apóstoles, que se habían acercado curiosos alrededor de Jesús; se miran entre sí y se preguntan en voz baja:

–                      ¿Qué habrá querido decir?

–                     ¿Qué quiere olvidar para recordar?

Jesús oye el murmullo y explica:

–                     Quiere olvidar su sabiduría, para tomar la mía. Quiere olvidar que es el rabí Gamaliel; para recordar que es un hijo de Israel en espera del Mesías. Quiere olvidarse de sí mismo, para recordar la Verdad.

Hermas dice en tono de excusa.

–                     Maestro. Gamaliel no es mentiroso.

–                     No lo es. Pero el fárrago de pobres palabras humanas que sustituyen a la Palabra, lo es. Es necesario olvidarlas. Despojarse de ellas y venir a la Verdad. Esto requiere humildad. El escollo…

–                     ¿Entonces también nosotros debemos olvidar?

–                     Así es. Olvidar todo lo que es y pertenecer al hombre. Recordar todo lo que es de Dios. Venid. Podéis hacerlo.

–                     Queremos hacerlo. –afirma Hermas.

–                     ¿Habéis vivido ya la vida de discípulos?

Esteban responde:

–                     Sí. Desde el día en que sepultamos al difunto Bautista. La noticia llegó a Jerusalén muy pronto. La llevaron los cortesanos y jefes de Herodes. Su muerte nos sacó del entorpecimiento.

–                     La sangre de los mártires, siempre es fuerza para los entorpecidos. Recordadlo.

–                     Sí, Maestro. ¿Hablarás hoy? Tengo hambre de tu Palabra.

–                     Hablaré. Y mucho…

La mirada aguda de Jesús, descubre a un hombre envuelto en su manto de lino.

Y le pregunta:

–                     ¿No eres tú el sacerdote Juan?

El hombre contesta:

–                     Sí, maestro. Más árido que el valle maldito, es el corazón  de los judíos. Huí en tu busca.

–                     ¿Y el sacerdocio?

–                     La lepra me expulsó de él la primera vez. los hombres la segunda y es porque te amo. Tu Gracia me aspira a Ti. También ella es la que me saca de un lugar profanado, para traerme a uno puro. Tú me purificaste, Maestro, en el cuerpo y en el espíritu. Y lo puro no puede, no debe estar cerca de lo impuro. Sería ofensa para quién lo purificó.

–                     Tu juicio es severo, pero no injusto.

–                     Maestro, las deshonestidades de la familia las conocen, quienes viven dentro de ella. Y se cuentan a los que tienen corazón recto. Tú lo eres. Y también lo sabes. Yo no lo diré a otro. Aquí estamos Tú, tus apóstoles y dos que saben cómo Tú y como yo. Por esto…

–                     Está bien. Pero… ¡Oh! ¿También tú? La paz sea contigo. ¿Viniste a repartir otros alimentos?

El recién llegado responde:

–                     No. Para recibir los tuyos.

El escriba Juan.

–                     He venido con el leproso que curaste en mis tierras. Venimos para seguirte.

–                     ¡Venid! Uno, dos, tres, cuatro… ¡Buena cosecha! Pero… ¿Habéis reflexionado en la posición que teníais en el Templo? Sabéis y Yo sé… pero no añado más.

El sacerdote Juan afirma:

–                     Soy hombre libre y voy a donde yo quiero. Y quiero estar contigo.

Los otros tres confirman lo mismo y de esta forma se agregan al grupo de los discípulos.

Más tarde, cuando Jesús ha terminado de hablar, un hombre entre la multitud se abre paso y dice:

–                     No soy discípulo, pero te admiro. Quiero hacerte una pregunta: ¿Es lícito retener el dinero de otro?

–                     No. Es robo. Como lo es el quitar el dinero al que pasa.

–                     ¿Aunque sea el dinero de la familia?

–                     Aunque así sea. No es justo que alguien se apropie del dinero de los demás.

–                     Entonces Maestro, ven a Abelmain, que está sobre el camino de Damasco y ordena a mi hermano que reparta conmigo la herencia de nuestro padre, que murió sin dejar testamento. Él se quedó con todo y ten en cuenta que somos gemelos. Yo tengo los mismos derechos que él.

Jesús lo mira y dice:

–                     Es una situación difícil y tu hermano no obra bien. Pero lo que puedo hacer es orar por ti y por él; para que se convierta e ir a tu tierra a evangelizar para tocarle el corazón. No me pesa el camino, si puedo poner paz entre vosotros.

El hombre lleno de rabia grita:

–                     ¿Y para qué quiero tus palabras? Es otra cosa la que se requiere en este caso.

–                     Pero, no dijiste que ordenase a tu hermano que…

–                     Ordenar no es evangelizar. El mandar va unido a la amenaza. Amenázalo de que lo herirás en su persona, si no me da lo mío. Tú lo puedes hacer. Así como restituyes la salud, puedes provocar enfermedades.

–                     Oye, vine a convertir no a herir. Pero si tienes fe en mis palabras, encontrarás la paz.

–                     ¿Qué palabras?

–                     Te dije que rogaré por ti y por tu hermano, para que él se consuele y se convierta.

–                     ¡Cuentos! ¡Cuentos! No soy un estúpido para creerlo. Ven y ordena.

Jesús, que ha sido paciente y manso; cambia su aspecto en severidad. Antes estaba inclinado sobre el hombrecillo fuerte e iracundo.

Se endereza y dice:

–                     Hombre, ¿Quién me hizo juez y árbitro de vosotros? Nadie. Para quitar una división entre dos hermanos acepté ir. Para ejercer mi misión de pacificador y Redentor. Y si hubieses creído en mis palabras, al regresar habrías encontrado a tu hermano ya convertido.

No supiste creer. No tendrás el milagro. Tú, si hubieras sido el primero en apoderarte del tesoro, te habrías quedado con él privando de él a tu hermano. Porque en verdad, así como sois gemelos, tenéis iguales pasiones. Y tanto tú como tu hermano tenéis un solo amor: el oro. Una sola fe: el oro. Quédate pues con tu fe. Adiós.

El hombre se va maldiciendo, con escándalo de todos; que quisieron pegarle.

Pero Jesús se opone:

–                     Dejadlo que se vaya. ¿Por qué queréis ensuciaros las manos, pegando a un animal? Lo perdono porque es un hombre poseído por el demonio del oro, que lo extravía. Perdonad también vosotros y rogad porque este infeliz recobre la libertad.

Varios dicen:

–                     Es verdad. Su cara se volvió horrible por la avaricia. ¿Lo viste?

–                     Es verdad. Cuando el Maestro se lo negó por poco le pega.

–                     Mientras lo maldecía, su cara se hizo como de demonio.

–                     Un demonio que tentaba al maestro, para hacer un mal.

Jesús dice:

–                     Escuchad. En realidad los cambios del espíritu se reflejan en la cara. Sucedió como si el demonio se hubiese asomado a la superficie de su poseído. Pocos son los que siendo demonios con acciones o con aspecto, no traicionen lo que son. Y estos pocos son los perfectos en el Mal y completamente poseídos. 

La siguiente semana…

Jesús va hacia el Templo de Jerusalén.

Le preceden en grupo los discípulos y lo siguen las discípulas. Jerusalén está en la pompa de su mayor solemnidad y hay mucha gente. Se encuentran con Gamaliel que lo saluda grave y profundamente.

El gran Doctor de la Ley, mira fijamente a Esteban, el cual a su vez le envía una sonrisa, desde el grupo de los discípulos. Gamaliel, después de haberse inclinado ante Jesús, llama aparte a Esteban y le dice unas palabras…  Después el discípulo regresa con los suyos.

Arrojarse en tierra y besar los pies de Jesús, es lo que hacen los campesinos de Yocana, capitaneados por su mayordomo.

La gente mira asombrada al grupo que también ha venido a la Fiesta de los Tabernáculos. El abuelo de Marziam responde con un grito, al grito del nieto. Y después de haber venerado al Maestro, abraza al niño, lo acaricia con lágrimas y besos, lleno de felicidad.

Al empezar a caminar, Jesús dice al mayordomo:

–                     Te ruego que me dejes tus hombres. Serán mis huéspedes hasta la noche.

El mayordomo responde respetuoso:

–                     Todo lo que ordenes, se hará. –y se va después de una profunda reverencia.

Jesús camina en medio del jubiloso grupo de campesinos.

El Templo está ya muy cerca y el hormiguero de gente es mucho mayor.

Un campesino de Yocana grita:

–                     Ved. Ahí está el patrón. –y se echa en tierra para saludarlo.

Todos los demás hacen lo mismo.

Y Jesús queda en medio de un grupo de postrados y frente a un tieso Saduceo que lo mira a su vez y que viene con otros de su casta. Un montón de telas preciosas, franjas, fíbulas, filacterias; todas mayores que las comunes.

Yocana mira atento a Jesús; una mirada llena de curiosidad, pero no irreverente. Luego hace un saludo tieso y una ligera inclinación de cabeza.

Jesús le corresponde con cortesía. Tres Fariseos lo saludan; mientras otros lo ven con desprecio y vuelven el rostro.

Uno solo; joven, con rostro duro y mirada de odio, le lanza un insulto que sobresalta a los que acompañan a Jesús.

El mismo Yocana voltea iracundo para contenerlo…

Después que pasan, un campesino dice a Jesús:

–                     El que te maldijo es Doras.

Jesús dice tranquilo:

–                     Déjalo en paz. Tengo a vosotros que me bendecís.

Cuando llegan al muro del Templo, Jesús da órdenes a Judas y a Zelote, para las compras del rito y de las ofertas.

Luego llama al sacerdote Juan y le dice:

–                     Tú que eres de este lugar, invita a algún levita que sepas que es digno de conocer la verdad; para que este año pueda celebrar realmente una fiesta alegre…

Juan se apresura a obedecer acompañado por Esteban.

Jesús les grita:

–                     Alcánzanos en el Pórtico de los Paganos.

Cuando salen del Templo, Jesús se reúne con los discípulos.

Y su Madre le dice:

–                     ¡Oh, Hijo! Juana de Cusa lloró conmigo, aunque parece muy serena.

Jesús pregunta:

–                     ¿Por qué Mamá?

–                     Por Cusa. Se está portando de manera inexplicable. A veces la ayuda en todo. otras, la rechaza completamente. Si están solos, donde nadie los ve; es el marido ejemplar de siempre. Pero si hay personas que sean de la corte, entonces se hace el autoritario y desprecia a su buena esposa. Ella no entiende el por qué…

–                     Te lo diré. Cusa es siervo de Herodes. Compréndeme, Mamá, SIERVO. No se lo digo a Juana, para no afligirla, pero así son las cosas. Cuando no tiene miedo de reproche o de burla del soberano, es el buen Cusa. Cuando los teme, deja de serlo.

–                     Es que Herodes está muy enojado por causa de Mannaém y…

–                     Herodes está así, por el remordimiento tardío de haber cedido al deseo de Herodías. Pero Juana tiene ya muchas cosas buenas en la vida. Debe llevar su cilicio bajo la diadema…

Se detienen ante una hermosa casa que Lázaro les ofreció para el banquete y donde todo está ya preparado. Les abren y entran todos hasta una sala dispuesta para más de un centenar de personas.

Llega María Magdalena que estaba ocupada en los preparativos y se postra ante Jesús.

Luego llega Lázaro con una sonrisa de dichoso en su cara de enfermo. Entran poco a poco los huéspedes y la cortesía de las mujeres, hace que pronto se sientan a sus anchas.

El sacerdote Juan conduce ante Jesús a los dos que tomó del Templo: Un anciano de aspecto patriarcal y un levita muy joven.

Los presenta:

–                     Maestro. Éste es mi buen amigo Jonathás y mi joven amigo Zacarías. Son verdaderos israelitas, sin malicia, ni rencor.

Jesús sonríe con dulzura:

–                     La paz sea con vosotros. Estoy contento de que estéis conmigo. El rito debe observarse, aún en estas dulces costumbres. Es hermoso que la fe antigua, extienda la mano amiga a la nueva fe que nace del mismo tronco. Sentaos a mi lado mientras llega la hora de la comida.

El viejo sacerdote, alisándose una larga barba blanca como la nieve, dice:

–                     Cuando fue a verme a mí, su maestro y me mostró su cuerpo curado, tuve deseos de conocerte. Pero Maestro, ya casi nunca salgo de mi lugar. Ya estoy viejo. Abrigaba la esperanza de verte antes de morir y Yeové, me escuchó. ¡Alabado sea Él! Hoy te escuché en el Templo. Superas a Hillell el viejo, el sabio.

Yo no puedo dudar de que seas lo que mi corazón espera. Pero, ¿Sabes lo que significa haber bebido por ochenta años la fe de Israel, como ha venido trasmitiéndose durante generaciones? ¿Fe de… una fabricación humana? Es como nuestra propia sangre y yo… ¡Yo estoy tan viejo!

Escucharte es como sentir el agua que brota de un fresco manantial. ¡Oh, sí! ¡Un agua pura! Pero yo… estoy lleno de agua sucia que viene de muy lejos. ¿Qué puedo hacer para vaciarme de esa agua y poder gustarte a Ti?

–                     Creer en Mí y amarme. El justo Jonathás, no tiene necesidad de otra cosa.

–                     Pero pronto moriré. ¿Tendré tiempo para creer todo lo que dices? No lograré ni siquiera escuchar todas tus palabras…

–                     Las aprenderás en el Cielo. Tan solo el condenado muere para la sabiduría. Quien muere en Gracia de Dios, alcanza la Verdad. ¿Quién piensas que Yo sea?

–                     El Esperado al que antecedió el hijo de mi amigo Zacarías. ¿Lo conociste?

–                     Era mi pariente.

–                     ¡Oh! ¿Entonces Tú eres pariente del Bautista?

–                     Sí, sacerdote.

–                     Ya murió. Llevó a cabo su misión porque… ¡Oh, tiempos crueles que vivimos!

–                     Vendrán tiempos más crueles, sacerdote.

–                     ¿Lo dices Tú? Roma… ¿No es así?

–                     No solo Roma. El culpable Israel; será la primera causa.

–                     Es verdad. Dios nos castiga.

–                     Ven sacerdote de Israel. La mesa está preparada. Te toca a ti, patriarca entre nosotros que somos todos más jóvenes, ofrecer y bendecir.

–                     ¡Oh! ¡No, Maestro! No. ¡No puedo hacerlo ante Ti! ¡Tú Eres el Hijo de Dios!

–                     Y sin embargo ofreces el incienso ante el altar. ¿No crees que allí también esté Dios?

–                     ¡Sí que lo creo! ¡Con todas mis fuerzas!

–                     ¿Y entonces? Si no tiemblas de ofrecer ante la Gloria Santísima del Altísimo, ¿Por qué vas a temblar de miedo ante la Misericordia que se revistió de Carne, para traerte también a ti la Bendición de Dios, antes de que te sobrevenga la noche?

¡Oh! ¿No sabéis vosotros de Israel que para que el hombre pudiese acercarse a Dios y no morir; puse sobre mi Divinidad, el velo de la carne? Ven, cree y sé feliz. En ti venero a todos los sacerdotes santos…

El anciano sacerdote tiembla de felicidad ante la actitud del Dios Encarnado y obedece.

El rito es celebrado y el banquete continúa con la Fiesta de los Tabernáculos…

Al día siguiente…

Jesús con los apóstoles y los discípulos, caminan en dirección a Bethania.

Esteban se acerca a su Maestro y le dice:

–                     Quisiera decirte una cosa, Maestro. Esperaba que me lo preguntases, pero no lo has hecho. Ayer me habló Gamaliel…

–                     Lo ví.

–                     ¿No me preguntas que me dijo?

–                     Espero que me lo digas, porque el buen discípulo no guarda secretos con su Maestro.

–                     Gamaliel… Maestro, adelántate conmigo un poco.

–                     Vamos pues. Podrías hablar en presencia de todos.

Esteban se pone colorado y le dice:

–                     Debo darte un consejo, Maestro. Perdóname.

–                     Si es bueno, lo aceptaré. Habla. Te escucho.

–                     Maestro, antes o después, en el Sanedrín todo se sabe. Es una institución que tiene miles de ojos y cientos de brazos. Por todas partes penetra. Todo lo ve. Todo lo oye. Tiene más informadores, que piedras hay en los muros del Templo. Muchos viven de ese modo.

–                     Haciendo de espías. Termina pues. Es verdad y lo sé. ¡Y bien! ¿Qué se dijo más o menos de verdad, al Sanedrín?

–                     Se refirió todo. No sé cómo pueden saber ciertos detalles. Ni siquiera sé si sean verdaderos. Pero voy a repetir textualmente lo que me dijo Gamaliel: ‘Dí al Maestro que haga circuncidar a Ermasteo o que lo aleje para siempre. No es menester agregar más.’

–                     Así es. No es menester agregar más. Primero porque por esta razón voy a Bethania. Dile a Gamaliel que le agradezco su consejo. Espera, que os voy a bendecir a todos, pues ya nos vamos a separar.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

70.- PODER DEL TESTIMONIO


Mucha gente pasea en el malecón, cuando la barca atraca en el pequeño puerto de Tiberíades. Hay personas de todas las clases sociales y de todas las naciones. Hay muchas cortesanas entre los romanos y los griegos, que no titubean en mostrar sus amores en público.

Y algunos llaman por su nombre a varios israelitas, entre los que no faltan los Fariseos con sus franjas.

Jesús se dirige a donde se reúnen los patricios y los mercaderes ricos, de las costas fenicias de Sidón y de Tiro. Los portales de las termas están llenos de gente elegante, que discute cual es su atleta favorito en el disco o en la lucha grecorromana. También charlan de modas, banquetes o de citas en sus palacios de mármol, llenos de arte y de cosas bellas.

Naturalmente, al pasar el grupo suscita una gran curiosidad que aumenta, cuando algunos reconocen a Jesús.

Magdalena viene envuelta en su manto y su velo blanco le cae sobre la frente y las mejillas de tal modo, que muy poco se puede ver de su cara, que lleva inclinada.

Un romano dice:

–                     Es el Nazareno que curó a la niña de Valeria.

Otro romano responde:

–                     A mí me gustaría ver un milagro.

Un griego pregunta:

–                     A mí me gustaría oírlo hablar. Dicen que es un gran filósofo. ¿Le pedimos que hable?

Otro griego le responde:

–                     No te metas en eso Teodato. El predica a las nubes. Le hubiera gustado al trágico, para componer una sátira.

Otro romano dice burlón:

–                     No te inquietes, Aristóbulo. Parece que ahora ha bajado de las nubes y camina en tierra firme. ¿No ves que va acompañado de mujeres jóvenes y bellas?

Otro griego grita:

–                     Pero… ¡Si aquella es María de Mágdala! ¡Lucio! ¡Cornelio! ¡Tito! ¡Ved allí a María!

Los aludidos contestan al mismo tiempo:

–                     ¡No es ella!

–                     ¿María ataviada de ese modo?

–                     ¿Estás borracho, Ulises?

Ulises afirma:

–                     Es ella. Te lo apuesto. A mí no puede engañarme, aunque se haya disfrazado así…

Griegos y romanos se precipitan hacia el grupo apostólico, que atraviesa la plaza llena de fuentes y de portales.

Algunas mujeres se unen a estos curiosos y una de ellas se acerca a Magdalena para verle la cara…

Y se queda estupefacta al comprobar que es ella.

–                     ¡¿Qué haces en esas trazas?! –le pregunta con sarcasmo, antes de soltar una carcajada.

María se detiene. Se yergue. Levanta su mano y echando el velo hacia atrás; descubre su hermoso rostro; con su impactante belleza natural. Con su porte de señora poderosa, su voz desafiante llena el aire:

–                     Soy yo. Sí, soy yo. Y me descubro para que no penséis que me avergüenzo de venir con estos santos.

La mujer dice:

–                     ¡Oh, oh! ¡María con los santos! ¡Eso está mal! No te envilezcas a ti misma.

Magdalena replica:

–                     Hasta ayer he sido vil, Silvia. De ahora en adelante ya no.

–                     ¿Estás loca? ¿Es un capricho?

El romano que le hace señales con los ojos, burlonamente la invita:

–                     ven conmigo. Soy más hermoso y más alegre que aquella llorona de bigotes que hace amarga la vida y la convierte en un funeral. ¡La vida es hermosa! Un triunfo. Una orgía de placeres. Ven. Sabré ser mejor que todos, para hacerte feliz.

Cuando intenta tocarla, ella se aparta diciendo:

–                     Retírate Lucio. No me toques. Has dicho bien. La vida que lleváis es una orgía y de las más vergonzosas. Tengo asco de ella.

Ulises le reclama con ironía:

–                     ¡Oh, oh! Hasta hace poco, también era tu vida.

Un herodiano se burla:

–                     ¡Ahora la hace de virgen!

Cornelio insiste:

–                     ¡Hechas a perder a los santos! tu Nazareno perderá la aureola contigo. ¡Ven con nosotros!

Magdalena rebate:

–                     Mejor venid vosotros conmigo detrás de Él. Dejad de ser bestias y tratad por lo menos de ser hombres.

Le responde un coro de carcajadas y de burlas.

Un viejo romano les dice:

–                     Respetad a una mujer. Ella es libre de hacer lo que quiera.

Cornelio le pregunta:

–                     ¡El Demagogo! ¡Oídlo! ¿Te hizo daño el vino de anoche?

Tito responde:

–                     No. Tiene hipocondría, porque le duele la espalda.

Ulises le dice:

–                     Vete con el Nazareno para que te la rasque.

El anciano replica:

–                     Voy, pero para que me quite el fango que he cogido al contacto con vosotros.

Varios lo rodean y se burlan de él:

–                     ¡Oh, Crispo! A los sesenta años te hemos corrompido.

Crispo no les hace caso y camina detrás de Magdalena, que trata de alcanzar al Maestro, que se ha detenido a la sombra de un hermosos edificio que se extiende en forma de exedra, sobre los lados de la plaza.

Jesús por su parte habla con un escriba que le reprocha haber venido a Tiberíades en semejante compañía.

Jesús responde:

–                     ¿Y tú por qué estás aquí? Yo te aseguro que en Tiberíades, más que en otras partes, hay almas que salvar.

–                     No pueden salvarse porque son gentiles, paganos y pecadores.

Jesús dice con dulzura:

–                     Yo vine por los pecadores. Para dar a conocer a todos, al Dios Verdadero. También por ti vine.

El escriba dice altanero:

–                     No tengo necesidad ni de Maestros, ni de redentores. Soy puro y docto.

–                     Si fueses lo suficiente, para conocer tu estado.

–                     Y Tú de saber cuanto te dañas con la compañía de una prostituta.

–                     Te perdono también en su nombre. Con su humildad ella borra su pecado. Tú, con tu soberbia duplicas tus culpas.

–                     No tengo culpas.

–                     Tienes la más grande: el no tener amor.

El escriba exclama:

–                     ¡Raca! (cabeza hueca) –Y le vuelve la espalda.

Magdalena dice mortificada:

–                     Fue mi culpa, Maestro. –Y al ver la palidez de la Virgen, le dice llorando- Perdóname. Soy culpable de que insulten a tu Hijo. ¡Me retiraré!…

Jesús dice con autoridad:

–                     No. Tú te quedas donde estás. Lo quiero… -Hay en sus ojos relampagueantes, una majestad que infunde miedo. Y después con dulzura, vuelve a decir- Tú quédate donde estás. Y si alguien no soporta que estés cerca, que se vaya.

Jesús reanuda la marcha, dirigiéndose hacia la parte occidental de la ciudad.

El romano que salió en defensa de Magdalena los alcanza y exclama:

–                     ¡Maestro!

Jesús lo mira sin hablar.

–                     Te llaman Maestro y yo también te llamo así. Tenía deseos de oírte hablar. Soy medio filósofo y medio epicúreo. Pero tal vez podrías hacer de mí un hombre honesto.

Jesús lo mira fijamente y le dice:

–                     Dejo esta ciudad en que reina lo más bajo de los instintos humanos y donde el escarnio manda.

Y vuelve a caminar.

El hombre lo sigue, sudoroso y anhelante; porque el paso de Jesús es largo y rápido… y él es grueso y entrado en años.

Pedro, que ha vuelto su cabeza para mirar hacia atrás, se lo advierte a Jesús. Éste le contesta:

–                     Déjalo que camine. No te preocupes.

Pasados algunos minutos, Judas de Keriot dice:

–                     ¡No está bien! El romano nos está siguiendo.

Jesús le contesta:

–                     ¿Por qué? ¿Por piedad o por otro motivo?

–                     ¿Piedad de él? No. Porque atrás nos sigue el escriba de antes y viene con otros judíos.

–                     Déjalos que hagan lo que quieran. Sería mejor que tuvieses compasión de él que de ti.

–                     La tengo por Ti, Maestro.

–                     No. Tenla de ti, Judas. Sé franco en comprender tus sentimientos y en confesarlos.

Pedro dice con la cara bañada en sudor:

–                     Yo también tengo compasión de ese viejo. Apenas puede caminar detrás de nosotros.

–                     Siempre cuesta trabajo seguir la Perfección, Simón.

El hombre los sigue sin detenerse. Trata de acercarse a las mujeres pero sin dirigirles la palabra.

Magdalena llora en silencio bajo su velo.

La Virgen la consuela:

–                     No llores, María. –tomándola de la mano- Los primeros días son los más penosos. Después el mundo te respetará.

–                     ¡Oh! ¡No lo siento por mí, sino por Él! Si le causara algún mal, no me lo perdonaría. ¿Oíste lo que dijo el escriba? Le causo daño.

–                     ¡Pobre hija! Pero, ¿No sabes que estas palabras silban como serpientes a su alrededor, aún antes de que tú vinieses a Él? Simón me contó que lo acusaron de esto el año pasado porque curó a una leprosa, que en un tiempo fue pecadora. ¿No sabes que debió huir de Aguas Hermosas, porque una hermana tuya de desgracia fue allá para redimirse?

¿Con qué quieres que lo acusen a Él que no tiene pecado? Con mentiras. ¿Y donde las encuentran? En la Misión que realiza entre los hombres. Cualquier cosa que haga mi Hijo, para ellos será siempre culpa. Si se encerrase en un lugar retirado, sería culpable de no cuidar del Pueblo de Dios. Desciende al Pueblo y porque lo hace es culpable. Ante sus ojos siempre es culpable.

–                     ¡Son realmente malos, entonces!

–                     No. Obstinadamente no quieren ver la Luz. Jesús… Mi Jesús, es el Eterno Incomprendido. Y siempre, siempre lo será más y más.

–                     ¿Y no sufres con esto? Me pareces muy serena.

–                     Espera. Es como si mi corazón estuviese envuelto en espinas y a cada respiro suyo, se le clavase una. Pero que Él no se dé cuenta. Por eso trato de sostenerlo con mi serenidad. Si su mamá no lo consuela, ¿En dónde podrá encontrar alivio mi Jesús?

Por eso yo extiendo un manto de amor y le envío una sonrisa al precio que sea, para dejarlo más tranquilo. Hasta que la ola del Odio llegue a ser tan grande, que ninguna cosa le podrá ayudar… Ni siquiera el amor de su Mamá.

Por el rostro de María corren dos riachuelos de lágrimas.

Han llegado a los límites de la ciudad de Tiberíades y salen al camino que lleva a Caná. A los lados hay huertos.

Jesús penetra en uno y se detiene a la sombra de los árboles de tupido follaje. Se le unen las mujeres y el romano jadeante…

Jesús dice:

–                     Mientras descansamos, tomemos nuestros alimentos. Allí está un pozo y cerca un campesino. Id a pedirle agua.

Van Juan y Tadeo. Regresan con un cubo lleno de agua. El campesino trae higos.  Jesús lo bendice:

–                     Dios te pague en tu salud y en tu cosecha.

El campesino pregunta:

–                     Dios te proteja. ¿De veras eres el Mesías?

–                     Sí.

–                     ¿Hablas aquí?

–                     No hay quién lo desee.

El romano grita:

–                     ¡Yo, Maestro! Más que el agua que es buena para el sediento.

–                     ¿Tienes sed?

–                     Mucha. He venido corriendo desde el centro de la ciudad, detrás de Ti.

–                     En Tiberíades no faltan fuentes de aguas frescas.

–                     No me comprendas mal, Maestro. O no finjas no comprenderme. He venido detrás de Ti, para oírte hablar.

–                     ¿Por qué?

–                     No sé por qué, ni cómo… Fue al ver a esa mujer… (Y señala a la Magdalena) No sé. Algo me dijo desde mi interior: ‘Aquel te dará lo que todavía no sabes’ Y heme aquí.

Jesús ordena:

–                     Dadle agua e higos. Que el cuerpo cobre fuerzas.

–                     ¿Y la inteligencia?

–                     La inteligencia cobra fuerzas en la Verdad.

–                     Por esta razón te seguí. He buscado la verdad en todas partes y encontré corrupción. En las mejores doctrinas hay siempre algo que no es bueno. He llegado hasta el envilecimiento de tener asco de mí mismo y de causarlo, sin otro futuro que la hora en que vivo.

Le dan al romano los higos, un pan y una botija con agua…

Jesús lo mira de hito en hito, mientras come su pan e higos, que le trajeron los apóstoles.

Pronto termina la comida.

Jesús, así sentado, comienza a hablar. Y todos se agrupan a su alrededor…

–                     Hay muchos que buscan la Verdad toda su vida, sin llegar a encontrarla. Y es porque la buscan donde no está. Para encontrar la Verdad es necesario unir la inteligencia con el amor. Y mirar las cosas no solo con ojos de sabio, sino con ojos buenos. Porque vale más la bondad que la sabiduría.

Quién ama siempre llega a descubrir una huella que lo lleva a la Verdad. Amar no quiere decir gozar de la carne y por la carne. Eso no es amor, es sensualidad. Amor es amar al prójimo, para saber amar a Dios. Este es el camino que lleva a la Verdad y la verdad es Dios.

Sólo Dios puede dar respuesta a los misterios de lo creado; porque ¿Cómo se puede comprender el prodigio viviente que es el hombre? ¿El ser en el que se funde la perfección animal, con lo inmortal que es el alma, por la que somos dioses?

Todo en la Creación habla de Dios. Todo explica a Dios. Todo lo descubre y manifiesta. Si la ciencia no se apoya en Dios, se convierte en error que envilece. El saber no es corrupción, si es Religión. Quién tiene su saber en Dios, no cae; porque conoce su dignidad;porque cree en su futuro eterno…

Y Jesús se explaya explicando ampliamente, La Sinfonía de la Creación…  (Publicada completa en este blog el 11 de Marzo de 2012)

Luego concluye diciendo:

…Basta la buena voluntad para encontrar la Verdad, porque antes o          después, Ella se dejará encontrar. Pero una vez que se la encuentra, ¡Ay de aquel que no la sigue! Así como no rechazo a ningún hijo de Israel que se arrepiente; tampoco rechazo a los idólatras que dicen: ¡Dadnos la Verdad!… He terminado. Ahora descansaremos en este lugar verde, si el dueño lo permite.

Prisco dice:

–                     Señor, yo te dejo. Pero como no quiero profanar la ciencia que me acabas de dar, partiré esta tarde de Tiberíades. Abandono esta tierra. Mi iré con mi siervo a mi casa de las costas de Luccania. Me has dado mucho. Y tú ruega a Dios por el viejo Crispo, que fue el único oyente tuyo de Tiberíades.

Quiero volver a oírte con la capacidad que pienso crear en mí, apoyándome en tus palabras. Ruega para que pueda entenderte mejor y comprender la Verdad. Te saludo, Maestro.

Y lo saluda a la usanza romana, como saludan los militares a sus comandantes. Al pasar cerca de Magdalena, se inclina y le dice:

–                     Gracias María. ¡Qué bueno es haberte conocido! Has dado a tu viejo compañero de festines, el Tesoro buscado. Si llego a donde estás, te lo deberé a ti. Adiós. –y se va.

Magdalena se lleva las manos sobre el corazón, con admiración y con gozo. Luego se acerca a Jesús.

–                     ¡Oh, Señor, Señor! ¿Luego es verdad que puedo llevar al Bien? ¡Oh, Señor mío! ¡Es demasiada bondad! –e inclinando su cara, besa  los pies de Jesús. Los baña de nuevo con sus lágrimas de agradecimiento, por el gran amor que experimenta ella, la mujer de Mágdala.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA,CONOCELA

26.- EL PREDILECTO


Al día siguiente, en una fría mañana invernal, sobre el improvisado púlpito del establo, Jesús va a predicar a la multitud…

Y Pedro lo hace que se incline y le dice en voz baja:

–           Detrás del muro está la mujer velada. La he visto. Está desde ayer. Vino siguiéndonos desde Betania. ¿La arrojo o la dejo?

Jesús ordena suavemente:

–                     Déjala. Lo he dicho.

–                     ¿Pero si es una espía, como dice Iscariote?

–           No lo es. Ten confianza en lo que digo. Déjala y no digas nada a nadie. Respeta su secreto.

–                     No he dicho nada, porque pensé que estaba bien.

–                     Procura que no se le perturbe y respétala.

Hay por lo menos el doble de gente que ayer. Y algunos no parecen campesinos. Tienen su burro amarrado y toman su comida bajo el cobertizo. El día es frío pero sereno.

La gente habla entre sí:

–                     Pero, ¿Es más que Juan?

–                     No. Es diferente. Yo era de Juan; que era el Precursor. La Voz de la Justicia. Éste es el Mesías, la Voz de la Sabiduría y de la Misericordia.

Varios preguntan:

–                     ¿Cómo lo sabes?

–                     Me lo dijeron tres discípulos del Bautista, que siempre han estado con él. Ellos lo vieron nacer. Isaac es uno de los pastores y es mi amigo. Estaría bien decir a los Betlemitas que fuesen buenos. Ni en Belén, ni en Jerusalén pudo predicar.

–                     ¡Sí! ¡Imagínate si los escribas y fariseos van a querer sus palabras! ¡Son unas víboras y hienas, como los llama el Bautista!

–                     Yo querría que me curase. ¿Ves? Tengo una pierna con gangrena. He sufrido lo indecible al venir en burro hasta aquí. Lo busqué en Sión, pero ya no estaba.

Alguien responde:

–                     Lo amenazaron de muerte.

–                     ¡Perros!

–                     Sí. ¿De dónde vienes?

–                     De Lidda.

–                     ¡Mucho camino!

Otro muy abatido, dice:

–                     Yo… yo quisiera decirle un error mío. Se lo dije al Bautista y me escapé con tantos reproches que me dijo. Pienso que no puedo ser perdonado.

–                     ¿Qué fue lo que hiciste?

–                     Mucho mal. Se lo diré a Él. ¿Qué pensáis? ¿Me maldecirá?

Un viejo imponente responde:

–                     No. Lo oí hablar por casualidad en Betsaida. Hablaba a una pecadora. ¡Qué palabras! ¡Ah! ¡Yo hubiera querido ser ella; para merecer su perdón…!

Varios gritan:

–                     ¡Mírenlo! ¡Ahí viene!

–                     ¡Misericordia! ¡Me avergüenzo! –dice el culpable haciendo el intento de huir.

Y se oye su Voz misericordiosa:

–           ¿A dónde huyes hijo mío? ¿Tienes tanta lobreguez en el corazón, como para odiar la Luz y huir de Ella? ¿Has pecado tanto, como para tener miedo de mi Perdón? Pero, ¿Qué pecado pudiste cometer? Ni aunque hubieses matado a Dios, deberías de tener miedo, ¡Si hay en ti un verdadero arrepentimiento! No llores. Más bien ven, que lloraremos juntos.

Jesús, que había estirado su brazo para detener al que iba a huir; lo estrecha contra Sí y luego se dirige a los que lo están esperando y dice:

–                     Sólo un momento. Debo aliviar este corazón. Luego regreso.

Y se va más allá de la casa. Rozando al dar vuelta en el ángulo, a la mujer velada. Jesús la mira fijamente por un momento.

Avanza unos diez pasos y se detiene. Pregunta al hombre que llevaba abrazado:

–           ¿Qué hiciste, hijo?

El hombre cae de rodillas. Tiene como cincuenta años. Una cara quemada por muchas pasiones y consumida por un tormento secreto.

Extiende sus brazos y grita:

–                     Para gozar de toda la herencia paterna, maté a mi madre y a mi hermano. Para gastarla en mujeres. No he tenido jamás paz… mi comida: ¡sangre! Si sueño, son pesadillas. Mi placer… ¡Ah!… en el pecho de las mujeres y en sus gritos de lujuria; sentía el frío de mi madre muerta y la asfixia de mi hermano envenenado. Malditas mujeres del placer que sois áspides, medusas, murenas insaciables. ¡Ruina! ¡Ruina!…  ¡Ruina, mía!

Jesús dice:

–                     ¡No maldigas! ¡Yo no te maldigo!

–                     ¿No me maldices?

–                     ¡No! ¡Lloro y tomo sobre Mí tu pecado!… ¡Qué pesado es! ¡Me quiebra! Pero lo abrazo fuerte, para destruirlo por ti…y a ti te doy el perdón. ¡Sí! ¡Te perdono tu gran pecado!

Extiende sus manos sobre la cabeza del hombre que solloza y dice estas palabras en Oración: ‘Padre. También por él mi sangre será derramada. Pero ahora mira el llanto y la plegaria. Padre, perdona porque él se ha arrepentido. Tu Hijo, en cuyas manos se ha confiado todo juicio, ¡Así lo quiere!…

Por algunos minutos sigue en esta actitud. Luego se inclina. Levanta al hombre y le dice:

–                     La culpa se te ha perdonado. Te toca ahora expiar con una vida de penitencia lo que queda, por tu delito.

–                     Dios me ha perdonado… ¿Y mi madre?… ¿Y mi hermano?

–                     Lo que Dios perdona, lo perdonan todos. Vete y no peques más.

El hombre llora más fuerte y le besa la mano. La mujer velada hace un movimiento como para salirle al encuentro; pero luego baja la cabeza y no se mueve. Jesús pasa delante de ella sin mirarla.

Va hasta su lugar y dice en voz alta y fuerte:

–                     Paz a vosotros que buscáis la Palabra…

Y Jesús da una extensa lección sobre los Mandamientos de la Ley de Dios…

La semana siguiente…

Los discípulos están muy agitados. Parece un enjambre provocado.  Hablan; miran a todas partes… Jesús no está.

Pedro ordena a Juan:

–                     Vete a buscar al Maestro. Está en el bosque junto al río. Dile que venga pronto para que diga lo que debemos hacer.

Juan va a la carrera.

Judas de Keriot, dice:

–                     No entiendo por qué tanta confusión y tanta descortesía. Yo habría ido y lo habría recibido con todos los honores. Es un honor suyo y también para nosotros. Así pues…

Pedro advierte.

–                     Yo no sé nada. Él será diferente a su pariente… pero a quién está con hienas se le pega el olor y el instinto. Por lo demás, tú querrías que se fuese aquella mujer… ¡Pero ten cuidado! El Maestro no quiere y yo la tengo bajo mi protección. Si la tocas… ¡Yo no soy el Maestro! Te lo digo para tu conducta futura.

Judas dice con ironía:

–                     ¡Hummm! ¿Quién es pues? ¿Tal vez la bella Herodías?

–                     ¡No te hagas el chistoso!

–                     Tú eres el que me hace serlo. Le has hecho la guardia real alrededor como si fuese una reina.

–                     El Maestro me dijo: ‘Procura que no se le perturbe y respétala’ Y eso es lo que hago.

Tomás pregunta:

–                     ¿Pero quién es? ¿Lo sabes?

Pedro dice:

–           Yo no.

Varios insisten:

–                     ¡Ea! ¡Dilo! ¡Tú lo sabes!

–                     Os juro que no sé nada. El Maestro lo sabe. Pero yo no.

–                     Hay que preguntárselo a Juan. A él le dice todo.

Judas pregunta:

–                     ¿Por qué? ¿Qué cosa especial tiene Juan? ¿Es acaso un dios tu hermano?

Santiago de Zebedeo responde:

–                     No, Judas. Es el más bueno de nosotros.

Santiago de Alfeo dice:

–                     Por mí ni me preocupo. Ayer mi hermano la vio cuando salía del río con el pescado que le había dado Andrés y se lo preguntó a Jesús. Él respondió: ‘Tadeo. No tiene cara. Es un espíritu que busca a Dios. Para Mí no se trata de otra cosa y así quiero que sea para todos.’ Y lo dijo en tal forma: ‘Quiero’ que os aconsejo de no insistir.

Judas de Keriot dice:

–                     Yo voy a donde está ella.

Pedro se enciende como un gallo de pelea y replica:

–                     ¡Haz la prueba! Si eres capaz…

–                     ¿La harás de espía para acusarme con Jesús?

–                     Dejo ese encargo a los del Templo. Nosotros los del lago ganamos el pan con el trabajo y no con la delación. No tengas miedo de que Simón de Jonás la haga de espía. Pero no me provoques y no te atrevas a desobedecer al Maestro, porque yo soy…

–                     ¿Y quién eres tú? ¡Un pobre hombre como yo!

–                     Sí, señor. al revés. Más pobre, más ignorante, más vulgar que tú. Y no me avergüenzo. Me avergonzaría si fuese igual a ti en el corazón. El Maestro me confió este encargo y yo lo hago.

–                     ¿Igual a mí en el corazón? Y… ¿Qué cosa hay en mi corazón que te causa asco? ¡Habla! ¡Acusa! ¡Ofende!…

Bartolomé interviene:

–                     ¡Judas! ¡Cállate! Respeta las canas de Pedro.

–                     Respeto a todos. Pero quiero saber qué cosa hay en mí…

Pedro estalla:

–                     Al punto eres servido. Déjame hablar… hay tanta soberbia que con ella se puede llenar esta cocina. Hay falsedad y hay lujuria.

Judas casi se ahoga:

–                     ¿Yo falso?…

Todos se interponen y Judas debe callar.

Simón, con calma dice a Pedro:

–                     Perdona amigo, si te digo una cosa. Él tiene defectos, pero tú también los tienes. Y uno de ellos es el de no compadecer a los jóvenes. ¿Por qué no tomas en cuenta la edad? ¿El nacimiento y… tantas otras cosas? Mira. Tú obras por amor a Jesús. Pero, ¿No has notado que estas disputas le causan hastío? A él no le digo nada. –señala a Judas- pero a ti, sí. Porque eres un hombre maduro y muy sincero, te hago esta súplica: ¡Él tiene tantas penas por sus enemigos y dárselas también nosotros! Hay tantas guerras a su alrededor. ¿Por qué provocar otra en su nido?

Tadeo confirma:

–                     Es verdad. Jesús está triste y ha adelgazado. En las noches oigo que da vueltas en su cama y suspira. Hace algunos días, me levanté y ví que lloraba, orando. Le pregunté: ‘¿Qué te pasa?’ Él me abrazó y me dijo: ‘Quiéreme mucho. ¡Qué fatigoso es ser ‘Redentor’!

Felipe agrega:

–                     También yo me di cuenta de que había llorado en el bosque junto al río. Y a mi mirada interrogante respondió: ‘¿Sabes qué diferencia hay entre el Cielo y la Tierra, además de no ver a Dios? Es la falta de amor entre los hombres. Me estrangula como una soga. He venido a darles granos a los pajaritos, para que me amen los seres que se aman.’

amor animal

Escuchar todo esto, resquebraja por un momento el gran egoísmo de Judas. Siente una oleada de amor por su Maestro y el conocer su sufrimiento, se le clava como un puñal en su corazón. Y se deja caer, llorando como un niño.

Y en ese preciso momento, entra Jesús con Juan:

–           Pero, ¿Qué sucede? ¿Por qué ese llanto?

Pedro responde:

–                     Por mi culpa, Maestro. Cometí un error. Regañé a Judas muy duramente.

Judas replica entre sollozos:

–                     No… yo… yo… el culpable soy yo. Yo soy el que te causa dolor. No soy bueno… Perturbo… Pero, ¡Ayúdame a ser bueno! Porque tengo algo aquí en el corazón… algo que no comprendo… que me obliga a hacer cosas que no quiero hacer. Es más fuerte que yo. Y te causo dolor a Ti, Maestro; al que debería dar gozo. Créelo; no es falsedad.

Jesús dice:

–                     Sí, Judas. No lo dudo. Viniste a Mí, con sinceridad de corazón; con verdadero entusiasmo. Pero eres joven… Nadie. Ni siquiera tú mismo te conoces como Yo te conozco. ¡Ea! ¡Levántate y ven aquí! Luego hablaremos los dos solos. Mientras tanto, hablemos de aquello por lo que me mandasteis llamar. ¿Qué hay de malo en que venga Mannaém?

¿No puede un hermano de leche de Herodes, tener sed del Dios Verdadero? ¿Tenéis miedo por Mí? Tened fe en mi palabra. Este hombre ha venido con fines honestos.

Pedro:

–                     ¿Entonces por qué no se dio a conocer?

Jesús:

–                     Precisamente porque viene como un ‘alma’; no como hermano de Herodes. Se ha envuelto en el silencio, porque piensa que ante la Palabra de Dios, no existe el parentesco con un rey. Respetaremos su silencio.

Andrés:

–                     Pero si por el contrario… ¿Él lo envió?

–                     ¿Quién?…  ¿Herodes?… No. No tengáis miedo.

Tadeo:

–                     ¿Quién lo manda entonces?

Santiago:

–                     ¿Cómo se ha informado de Ti?

–                     Es discípulo de mi primo Juan. Id y sed con él corteses; como con los demás. Id. Yo me quedo con Judas.

Los discípulos se van.

Jesús mira a Judas, que está todavía lloroso y le pregunta:

–                     ¿Y? ¿No tienes nada que decirme? Yo sé todo lo tuyo. Pero quiero saberlo por ti. ¿Por qué ese llanto? Y sobre todo, ¿Por qué ese desequilibrio, que te tiene siempre tan descontento?

–                     ¡Oh, sí Maestro! Lo dijiste. Soy celoso por naturaleza. Tú sabes que así es… Y sufro al ver que… Al ver tantas cosas. Esto me saca de quicio, porque soy injusto. Y me hago malo, aun cuando no quisiera. No…

–                     ¡Pero no llores de nuevo! ¿De qué estas celoso? Acostúmbrate a hablar con tu verdadera alma. Hablas mucho. Hasta demasiado…  Pero, ¿Con quién? Con el instinto y con tu mente. Tomas un fatigoso y continuo trabajo, para decir lo que quieres decir: hablo por ti. De tu ‘yo’. Porque cuando tienes que hablar de otros y a otros, no te pones cortapisas, ni límites. Y lo mismo haces con tu carne. Ella es un caballo bronco. Pareces un jinete a quien el jefe de las carreras, le hubiese dado dos caballos locos para hacer el paso de la muerte…  

Uno es el sentido. Y el otro… ¿Quieres saber cuál es el otro? ¿Sí?…

Judas asiente con la cabeza.

Jesús continúa:

–           Es el error que no quieres domar. Tú…  Jinete capaz pero imprudente. Te fías de tu capacidad y crees que basta. Quieres llegar primero… no pierdes tiempo ni siquiera para cambiar de caballo. Antes bien, los espoleas y pinchas. Quieres ser el ‘vencedor’… quieres aplauso. ¿Acaso no sabes que la victoria es segura cuando se conquista con constante, paciente y prudente trabajo?… Habla con tu alma. De allí es de donde quiero que salga tu confesión. O, ¿Debo decirte lo que hay dentro?

Una sombra cruza por la mirada de Judas antes de responder:

–                     Veo que también Tú no eres justo. Y no eres firme y esto me hace sufrir.

–                     ¿Por qué me acusas? ¿En qué he faltado a tus ojos?

–                     Cuando quise llevarte con mis amigos, no te gustó. Y dijiste: ‘Prefiero estar entre los humildes.’ Luego Simón y Lázaro te dijeron que era bueno que te pusieras bajo la protección de un poderoso y aceptaste. Tú das preferencia a Pedro, a Simón, a Juan. Tú…

–                     ¿Qué otra cosa?

–                     Nada más, Jesús.

–                     Nubecillas… pompas de espuma. Me das compasión porque eres un desgraciado  que te torturas, pudiendo alegrarte. ¿Puedes decir que este lugar es de lujo? ¿Puedes decir que no hubo una razón poderosa que me obligó a aceptarlo?… ¿Si Sión no me hubiera arrojado, estaría refugiado en un lugar de asilo?

–                     No.

–                     ¿Entonces cómo puedes decir que no te trato como a los demás? ¿Puedes decir que he sido duro contigo cuando has faltado? Tú no fuiste sincero… las vides… ¿Qué nombre tenían esas vides?…

No fuiste complaciente con quién sufría y se redimía. Ni siquiera fuiste respetuoso conmigo. Y los otros lo vieron. Y con todo; una sola voz se levanta incansable en tu defensa: la mía. Los demás tendrían el derecho de estar celosos. Porque si ha Habido uno que fuera preferido y protegido, eres tú.

Judas, avergonzado y conmovido, llora.

–                     Me voy. Es la hora en que soy de todos. Tú quédate y reflexiona…

–                     Perdóname, Maestro. No podré tener paz, si no tengo tu perdón. No estés triste por mi causa. Soy un muchacho malvado… Amo y atormento… Así sucedía con mi madre. Así es ahora contigo. Y así será con mi esposa, si algún día me caso… creo que sería mejor que me muriese.

–                     Sería mejor que te enmendases. Estás perdonado. ¡Hasta luego!

Jesús sale.

Afuera está Pedro, que le dice:

–                     Ven, Maestro. Ya es tarde. Hay mucha gente. Dentro de poco se pondrá el sol. Y no has comido. Ese muchacho es causa de todo.

–                     ‘Ese muchacho’ Tiene necesidad de todos vosotros para no ser el causante de estas cosas. Procura recordarlo, Pedro. Si fuese tu hijo, ¿Lo compadecerías?

–                     ¡Uhmmm! Sí y no. Lo compadecería. Pero le enseñaría también algunas cosas. Aunque fuese adulto le enseñaría como a un jovencillo mal educado. Bueno… si fuese mi hijo, no sería así…

–                     ¡Basta!

–                     Sí, ¡Basta, Señor mío! Mira, allí está Mannaém. Es el que tiene el manto rojo muy oscuro, que parece casi negro. Me dio esto para los pobres. Y me preguntó que si podía quedarse a dormir.

–                     ¿Qué respondiste?

–                     La verdad. ‘No hay más que para nosotros…’

Jesús no dice nada. Deja a Pedro y va a dónde está Juan y le dice algo en voz baja.    Luego va a su puesto y comienza a hablar sobre el Segundo Mandamiento…

Cuando termina, no hay ningún enfermo. Jesús se queda con los brazos cruzados y mira a los que se van yendo, después de que los ha despedido y bendecido.

El hombre vestido de rojo oscuro, parece que no sabe qué hacer.

Jesús no lo pierde de vista, cuando lo ve que se dirige hacia su caballo, lo alcanza y le pregunta:

–                     ¡Oye! Espérame. Ya va anochecer. ¿Tienes dónde dormir? ¿Vienes de lejos? ¿Estás solo?

El hombre contesta titubeante:

–                     De muy lejos… Y me iré. No sé… si en el poblado encontraré… o hasta Jericó. Allí dejé la escolta en la que no confiaba.

Jesús le dice:

–                     No. Te ofrezco mi cama. Ya está lista. ¿Tienes que comer?

–                     No tengo nada. Creí que este lugar sería más hospitalario.

–                     No falta nada.

–                     Nada. Ni siquiera el odio contra Herodes. ¿Sabes quién soy? 

–                     Los que me buscan tienen un solo nombre: ‘Hermanos, en el Nombre de Dios’. Ven. Juntos compartiremos el pan. Puedes llevar el caballo a aquel galerón. Yo dormiré allí y te lo cuidaré.

–                     No. Esto jamás. Yo dormiré ahí. Acepto el pan; pero no más. No pondré mi sucio cuerpo donde Tú pones el tuyo, que es santo.

–                     ¿Me crees santo?

–                     Sé que eres santo. Juan, Cusa, tus obras… tus palabras. El palacio real es como una concha que conserva el rumor del mar. Yo iba a donde estaba Juan… y luego lo perdí. Él me dijo: ‘Uno que es más santo que yo, te recogerá y te elevará’ no podrías ser otro, sino Tú. Vine en cuanto supe en dónde estabas.

Zelote regresa del río, después de bautizar y Jesús bendice a los últimos bautizados. Luego le dice:

–                     Esta persona, es el peregrino que busca refugio en el Nombre de Dios. Y en el Nombre de Dios lo saludamos como amigo.

Simón se inclina y el hombre también. Entran en el galerón y Mannaém amarra el hermosísimo caballo blanco, con gualdrapas de color rojo que penden de la silla, adornadas con plata, en el pesebre.

Juan acude con hierba y un cubo con agua.

Acude Pedro también, con una lámpara de aceite, porque ya está oscuro.

Mannaém dice:

–                     Aquí estaré muy bien. Dios os lo pague.

Jesús le pone la mano en el hombro y le dice:

–           Ven amigo mío. Vamos a compartir el pan…

Luego entran todos en la cocina, donde arde una tea y se reúnen para cenar…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA