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166 EXAMEN Y REVELACIÓN


166 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Al día siguiente, por la ruta cada vez más atestada de Jerusalén, un fuerte aguacero que cayó por la noche, ha dejado los caminos lodosos;

pero en cambio se ha llevado el polvo y el aire está muy limpio.

Los campos parecen jardines muy bien cuidados.

En la comitiva apostolica todos andan aprisa porque están muy descansados y porque el niño con sus sandalias nuevas, puede caminar mejor.

Y ahora que ya ha cobrado confianza, platica con todos y es conmovedor ver cómo este grupo de hombres, la mayoría sin hijos,

muestran un cariño paternal y lleno de cuidados, por el discípulo más pequeño de Jesús.

El hombre de Endor hace beber un huevo crudo al niño y le corta ramitas de hierbas silvestres.

Y se las da para calmarle la sed y que no tenga necesidad de beber mucha agua.

También le hace ver y contemplar los panoramas, para que no piense en el cansancio.

El antiguo pedagogo de Cintium, al que arruinó la maldad humana; vuelve a la vida por este niño que es una miseria como él.

Los amigos de la desgracia y de la amargura, se hinchan con una sonrisa de bondad.

Yabé no tiene ya el aspecto lastimero; trae sus sandalias nuevas y en su cara hay menos tristeza.

Ya le quitaron el aspecto salvaje de la vida de bestezuela, que por tantos meses llevó.

Y se ve muy limpiecito en medio de su pobreza.

También Juan de Endor es otro.

Su cara ha perdido la dureza y ahora es seria, pero sin infundir miedo.

Y estas dos piltrafas humanas que volvieron a la vida por la Bondad de Jesús, corresponden con amor por Él. 

Como un río que se va enriqueciendo cada vez más por nuevos afluentes, así la vía que conduce de Siquem a Jerusalén se va haciendo cada vez más espesa de gente,

en la medida en que los distintos pueblos, van aportando por los caminos secundarios, los fieles que van hacia la Ciudad santa;

ello ayuda bastante a Pedro a tener distraído al niño, que pasa sin darse cuenta, muy cerca de las colinas de su tierra natal,

bajo  cuyo terraplen deslizado, están sepultados sus padres. 

Los viajeros han dejado a su izquierda a Silo, enhiesta en la cumbre de su monte.

Tras largo camino interrumpen ahora su marcha, para descansar y comer.

Se detienen en un vasto y verde valle, que tiene un arroyo con murmullo de aguas puras y cristalinas.

Luego reanudan la marcha.

Atraviesan un monte calcáreo bastante pelado, sobre el cual incide sin misericordia el sol.

Luego empiezan a bajar  a través de una serie de viñedos que festonean las escarpadas de estos montes calcáreos soleados en sus cimas.

Pedro sonríe con perspicacia y hace una seña a Jesús, que también sonríe.

El niño no se da cuenta de nada, centrado como está en escuchar a Juan de Endor, que le está hablando de otras tierras que ha visto, en las que se dan uvas muy dulces;

las cuales, a pesar de serlo, no sirven tanto para vino, cuanto para dulces mejores que las tortas de miel.

Entonces llegan a una nueva subida, muy empinada…

La comitiva ha dejado el camino principal, polvoriento y lleno de gente y prefieren tomar este atajo boscoso.

Llegados a la cima, se ve ya claramente en la lejanía resplandecer un mar luminoso, suspendido sobre una conglomeración blanca:

que son un conjunto de esplendorosas casas encaladas.

Jesús llama a Yabé:

–    Ven. ¿Ves aquel punto de oro?

Es la Casa del Señor.

Allí vas a jurar obediencia a la Ley. ¿Pero la conoces bien?

Yabé contesta:

–   Mi mamá me hablaba de ella y mi padre me enseñaba los Mandamientos.

Sé leer. Y…

Tú dices que abrirás las Puertas de los Cielos.

¿No están cerradas por el Gran Pecado?

Mi mamá me decía que nadie podía entrar, hasta que no hubiese llegado el Perdón…

Y que los justos lo esperaban en el Limbo.  

–    Así es.

Pero luego iré al Padre, después de haber predicado la Palabra de Dios y… de haber obtenido el Perdón.

Entonces bajaré a llamar a todos los justos.

–   ¿Y estará mi mamá con ellos?

–   Claro. Ella y tu padre.

–   ¡Oh! ¡Cuánto te quiero!

Y el niño lo abraza y lo besa emocionado.  

Jesús agrega

–   Ahora prosigamos a la Ciudad Santa a donde llegaremos mañana por la tarde.

¿Por qué tanta prisa? ¿Me lo puedes decir?

¿No sería lo mismo llegar pasado mañana?

–  No.

No sería lo mismo.

Porque mañana es la preparación de la Pascua y después del crepúsculo no se puede caminar más de 1,200 metros, porque ha empezado el sábado su descanso.

–   Luego, ¿Debemos de estar ociosos el sábado?

–   No. 

Se ruega al Altísimo Señor.

–  ¿Cómo se llama?

–  Adonai.

Pero sólo los santos pueden decir su Nombre.

–  También los niños buenos.

Dímelo si lo sabes.

–   Yeové.

–   ¡Ah, sí!

¿Y qué mandó?

–   Mandó santificar el sábado:

‘Trabajarás durante seis días, pero descansarás el séptimo.

2. y dio por concluida Dios en el séptimo día la labor que había hecho, y cesó en el día séptimo de toda la labor que hiciera. 3. Y bendijo Dios el día séptimo y lo santificó; porque en él cesó Dios de toda la obra creadora que Dios había hecho. Génesis 2

Y descansarás porque así lo hice Yo, después de la Creación.’

–  ¿Cómo?

¿Descansó el Señor? ¿Se había cansado de Crear? ¿Y propiamente creó Él?

¿Cómo lo sabes?

Yo sé que Dios nunca se cansa.

–   No se había cansado porque Dios no camina y no mueve los brazos.

Pero lo hizo para enseñar a Adán y a nosotros.

Y para tener un día en que pensemos en Él.

Él creó todo. Es verdad. Lo dice el Libro del Señor. 

–    ¿Escribió Él el Libro?

–   No.

Pero es la verdad.

Y hay que creerlo para no ir con el Demonio.

–   Me dijiste que Dios no camina.

Que no mueve los brazos. ¿Entonces cómo creó? ¿Cómo Es? ¿Una estatua?

–   NO, No es un ídolo.

Es Dios. Y Dios es… Dios es… Déjame pensar y acordarme cómo me decía mi mamá

Y mejor que ella: aquel hombre que iba en tu Nombre a encontrar a los pobres de Esdrelón…

Mi mamá me decía, para hacerme entender a Dios:

‘Dios es como mi amor por ti. No tiene cuerpo y con todo existe.’

Y aquel hombre, con una sonrisa dulce, decía:

“Dios es un Espíritu Eterno. Uno y Trino. Y la Segunda Persona ha tomado carne, por amor nuestro; por nosotros los pobres…

Y su Nombre… ¡Oh, Señor mío!… Ahora que me acuerdo…

 ¡ERES TÚ!

Y el niño sorprendido; se arroja en tierra y adora a Jesús…

Todos corren, creyendo que se ha caído..

Pero Jesús les hace una seña con su dedo en los labios.

Y luego dice:

–   Levántate Yabé.

Los niños no deben tener miedo de Mí.

El niño levanta con veneración profunda su cabeza y mira a Jesús con otros ojos.

Un poco atemorizado.

Jesús le sonríe…

Y le tiende la mano diciendo:

–   Eres un sabio, pequeño israelita.

Continuemos nuestra investigación. Ahora que me has reconocido, ¿Sabes si se habla de Mí en el Libro?

–   ¡Oh! ¡Claro, Señor!

Desde el principio hasta ahora. Él habla sólo de Ti. Tú Eres el Salvador Prometido.

Ahora entiendo por qué abrirás las Puertas del Limbo.

¡Oh, Señor! ¡Señor! ¿Y me quieres mucho?

–   Sí, Yabé.

–   Ya no me digas Yabé.

Dame un nombre que quiera decir que me amas; que me has salvado…

–    Escogeré el nombre junto con mi Madre.

¿Está bien

–   Pero que quiera significar esto.

Y me llamaré así desde el día en que me convierta en hijo de la Ley.

–   Desde aquel día así te llamarás.

Se detienen en un valle pequeño, fresco y abundante en aguas, para tomar sus alimentos.

Yabé ha quedado medio atolondrado con la revelación y come en silencio.

Con respeto profundo, acepta cualquier pedazo de pan que le ofrece Jesús.

Pero poco a poco, vuelve a su antigua manera de ser.

Sobre todo, después de haber jugado con Juan; mientras los demás descansan en la verde hierba.

Regresa a Jesús, junto con Juan que es todo sonrisas y los tres forman un círculo.

Jesús dice:

–    No me dijiste quién habla de Mí, en el Libro.   

–    Los profetas, Señor.

¡Oh!… me decía mi papá que eras el Cordero… ¡Oh!… Ahora comprendo.

El Cordero de Moisés… ¡Tú Eres la Pascua!…

Pero… el Mesías… ¡Será inmolado!… 

Su voz se quiebra y cuando está a punto de llorar.   

Jesús le pregunta:

–   Por ahora basta.

Oye… ¿Sabes los Mandamientos?

–   Sí, Señor.

Creo que los sé. Los repetía en el bosque, para no olvidarlos y para oír las palabras de mi mamá y de mi papá.

Pero no lloro más; porque ahora te tengo.

Juan se abraza a Jesús sonriendo:

–   ¡Son mis mismas palabras!

–   Todos los niños de corazón, hablan igual.

Sí, porque sus palabras provienen de una única sabiduría.

Bien, tenemos que ponernos en camino para llegar muy pronto a Berot. 

Juan llama a los compañeros y se reanuda la marcha hasta Berot, a través de una llanura no muy cultivada,

aunque tampoco completamente yerma como estaba el montecillo que salvaron después de Silo.  

La gente aumenta y el tiempo se pone amenazador.  

Jesús dice:

–     Aligeremos el paso, hay demasiados peregrinos… 

Tomarán al asalto los alojamientos y no quiero que caigáis enfermos.

Más tarde, antes de llegar a Jerusalén, el cielo está lluvioso…

Y Pedro lleva al niño sobre su espalda, cubierto con su manto.

A Pedro le gusta chapotear en las charcas.

Judas está nervioso y refunfuña:

–   ¿Podrías dejar de hacer eso?

Está nervioso por el agua que viene del cielo y rebota contra el suelo salpicando los vestidos.

Y esto lo ha dejado totalmente empapado, arruinando su cuidadosa apariencia y el agua le escurre por todas partes.

Juan de Endor clava su único ojo en el hermoso, gallardo y remilgado Judas,

y responde:

–   ¡Eh!

¡Hay tantas cosas que no se deberían de hacer!

–   ¿Qué quieres decir?

–   Quiero decir que es inútil desear que los elementos nos respeten y sean delicados con nosotros…

Cuando nosotros no lo somos con nuestros semejantes.

Y en cosas que no son dos gotas de agua o salpicaduras de lodo.

–     Cierto.

Pero a mí me gusta andar bien presentado y entrar en la ciudad bien vestido y limpio.

Tengo muchas amistades y además de alta categoría.

–     Pues estáte atento a no caer.

–   ¿Me estás provocando?

–   ¡No, no! ¡Oh, nooo!

Pero es que soy veterano, como maestro… y como alumno.

Llevo toda mi vida aprendiendo.

Primero aprendí a vegetar, luego observé la vida, después conocí la amargura de la vida.

Ejercité una justicia inútil, la del «solo» contra Dios y contra la sociedad:

Dios me castigó con el remordimiento; la sociedad, con las cadenas.

Con lo cual, el ajusticiado, en el fondo, fui yo.

Finalmente ahora he aprendido, estoy aprendiendo a «vivir».

Así que por mi condición de maestro y de alumno…

Comprendes que naturalmente me vienen ganas de repetir las lecciones

–   Pero yo soy el apóstol.

–   Y yo soy un desgraciado.

Ya lo sé y no debería atrevermea enseñarte a ti.

Pero mira, nunca se sabe lo que puede uno ser el día de mañana.

Tenía la idea de que moriría como un hombre honrado y un maestro respetado en Chipre.

Y me convertí en un homicida y un presidiario condenado a cadena perpetua.

Cuando levanté el puñal para vengarme, cuando arrastraba las cadenas odiando al universo;

si me hubieran dicho que sería discípulo del Santo, habría pensado que no estaban bien de la cabeza.

pues habría dudado de su estado mental.

Por eso quién sabe, a lo mejor puedo darte alguna lección buena a ti que eres apóstol.

Por mi experiencia no por santidad, que esto último ni siquiera me pasa por la mente.

Y sin embargo… lo ves.

–     Tiene razón ese romano al llamarte Diógenes.

–     Bien… sí.

Pero Diógenes buscaba al hombre y no lo encontró.

Yo sin embargo más afortunado que él, encontré sí, primero una serpiente donde creía que estaba la mujer…

Y un cuco donde veía al hombre que creí un amigo.  

Pero luego tras haber vagado muchos años, ya enloquecido por este conocimiento, he encontrado al Hombre, al Santo.

–     Yo no conozco otra sabiduría sino la de Israel.

–     Si es así, ya tienes con qué salvarte.

Pero ahora tienes también la ciencia o mejor, la sabiduría de Dios.

–     Es lo mismo.

–     ¡No, no!

Sería como comparar un día neblinoso con uno lleno de sol.

–     En definitiva, ¿Quieres darme lecciones?

Pues yo no me siento con ganas de ello.

–     ¡Déjame hablar!

Al principio, hablaba a los niños: se distraían.

Luego a los espectros: me maldecían.

Después a los pollos: eran mucho mejores que los dos primeros grupos, mucho mejores.

Ahora hablo conmigo mismo, porque todavía no puedo hablar con Dios.

¿Por qué quieres impedírmelo?

Tengo la vista reducida a la mitad, la vida quebrada por el esfuerzo hecho en las mina.

El corazón enfermo desde hace muchos años:

Deja al menos, que mi mente no se vuelva estéril.

–     Jesús es Dios.

–     Lo sé.

Lo creo más que tú, porque yo he renacido por obra suya, tú no.

Pero, aunque Él sea el Bueno, es siempre Él, o sea, Dios.

Y ese pobre desgraciado que soy yo no se atreve a tratarlo con la familiaridad con que tú lo tratas.

Le habla mi alma, pero los labios no se atreven…

El alma… y creo que Él siente cómo llora de amor agradecido y penitente. 

El alma que me imagino que la oye gritar de gratitud y de amor penitente.

Jesús interviene:

–   Es verdad, Juan.

Yo oigo tu alma. 

Judas enrojece de vergüenza.

El hombre de Endor de alegría.

Jesús agrega:

–    Oigo tu alma, es verdad.

Escucho el trabajo de tu inteligencia. Has hablado bien.

Cuando en Mí llegues a formarte, te ayudará mucho el haber sido maestro y alumno estudioso. Habla.

Habla también contigo mismo.

Judas advierte con aspereza:

–    Maestro, hace poco me dijiste que era malo hablar con el propio ‘yo’

–    Es verdad que lo dije.

Pero la razón es que tú, murmurabas con tu propio ‘yo’.

Este hombre no murmura, medita. Y con un fin bueno. Eso no hace daño.

La posesión demoníaca perfecta NO PUEDE reverenciar a Dios, porque Satanás lo odia y a sus instrumentos, es lo que les trasmite…

Judas replica de mal humor:

–    En resumidas cuentas, ¡Siempre estoy equivocado!

Jesús dice con calma:

–    No.

Lo que tienes es tedio y desasosiego en el corazón.

Considera que no siempre puede haber cielo sereno. Los campesinos desean la lluvia y también es caridad orar para que llueva.

También ella es caridad.

Pero mira, se ve un bonito arco iris, que describe su curva desde Atarot hasta Ramá.

Hemos sobrepasado Atarot, la triste hoz ha quedado atrás.

Aquí ya todo está cultivado y ríe bajoeste sol que rasga las nubes.

Cuando lleguemos a Rama estaremos a treinta y seis estadios de Jerusalén.  

Los esclavos de la Lujuria, SON ADORADORES DE ASMODEO…

Aparecerá de nuevo ante nuestra vista tras ese collado, que señala el lugar del horrendo acto de lujuria cometido por los guibeítas.

Tremenda cosa es que la carne haga presa…

No siempre puedes estar tranquilo. Cuando la carne muerde, es cosa horrible Judas…  

Con el carisma de la lectura de los corazones, Jesús le está diciendo lo que lo atormenta y el por qué de su ansiedad… 

Judas no responde.

Se retira chapoteando con coraje en los charcos.

Bartolomé pregunta:

–   ¿Qué le pasa hoy a ése?

–    Cállate.

Que Simón de Jonás no te oiga. Evitemos altercados y no envenenemos a Simón.

Está tan contento con su niño.

–     Es verdad, Maestro.

Pero no está bien. Se lo diré.

–   Es joven, Nathanael.

También tú lo fuiste…

–    Sí.

Pero no debe faltarte al respeto.

Sin querer ha levantado la voz,

y Pedro oye:

–    ¿Qué pasó?

¿Quién te faltó al respeto? ¿El nuevo discípulo?

Y mira a Juan de Endor que discretamente se había retirado al comprender que Jesús corregía al apóstol…

Y  ahora está hablando con Santiago de Alfeo y Simón Zelote.

Jesús niega:

–   ¡Ni pensarlo!

Es respetuoso como una doncella.

–   ¡Ah, bien! Porque si no…

¡Eh! Su único ojo estaba en peligro.  Entonces…

Pedro mueve la cabeza afirmando:

–   ¡Entonces fue Judas! ¿Verdad?…

Jesús dice:

–   Oye Simón,

¿No podrías mejor ocuparte de tu pequeño?

Me lo quitaste y ahora quieres intervenir en una conversación amigable entre Bartolomé y yo.

¿No te parece que quieres hacer muchas cosas?

Jesús, con una sonrisa tranquila mira a Pedro que queda dudoso sobre lo que tiene que hacer…  

La tranquilidad con que sonríe Jesús es tanta, que Pedro siente vacilar su juicio.

Pedro mira a Bartolomé.

Pero éste levanta su cara aquilina hacia el cielo.

Y Pedro comprende que no hay nada que hacer y siente que se desvanece su sospecha.

La vista de la Ciudad ya cercana, visible en toda la belleza de sus colinas, olivares, casas…

Y especialmente del Templo.

Esta vista, que debía ser siempre fuente de emoción y de orgullo para los israelitas, acaba de distraerlo del todo.

Cuando llegan a la ciudad…

Todos, en un arroyuelo cercano se asean y se componen los vestidos.

Bajan las túnicas, pues las habían abolsado, se lavan los pies llenos de barro en un riachuelo de aguas claras.

Se arreglan el pelo, se cubren con sus mantos.

Y lo mismo hace Jesús.

La entrada en Jerusalén es lo más importante en la vida hebrea.

Presentarse ante estos muros en tiempo de fiesta era como presentarse ante un soberano.

La Ciudad santa era la «verdadera» reina de los israelitas; esto aparece con claridad este año que en esta vía consular, lo manifiestan las turbas y su comportamiento:

Los componentes de las distintas familias se disponen según un orden.

Las mujeres por su parte solas, los hombres en otro grupo, los niños entre ambos.

Pero todos serios y al mismo tiempo, tranquilos.

Algunos doblan el manto más usado y sacan otro nuevo de los fardos de viaje, se cambian las sandalias y  el paso se hace solemne, ya hierático. 

En cada grupo hay un solista que da el tono, se cantan himnos: los antiguos, gloriosos himnos de David…

Y la gente se mira con más bondad en los ojos, como más tiernos ahora que han visto la Casa de Dios.

Mirando a esta Casa santa, enorme cubo de mármol coronado por las cúpulas de oro, colocado como una perla en el centro del recinto majestuoso del Templo.

La comitiva apostólica se forma así:

Delante con el niño en medio, Jesús y Pedro.

Detrás de ellos Simón, Judas de Keriot y Juan; luego Andrés con Santiago de Zebedeo.

Y  entre ellos obligado por Andrés, Juan de Endor.

En la cuarta fila, los dos primos del Señor con Mateo.

Los últimos: Tomás, Felipe y Bartolomé.

Aquí es Jesús quien entona el canto.

Y lo hace con esa potente y preciosa Voz suya,

con un ligero tono de barítono que se armoniza con las vibraciones de tenor para hacerlas aún más preciosas.

Responden Judas tenor puro; Juan, de voz límpida propia de su muy joven edad.

Y las dos voces de barítono de los primos de Jesús,

Tomás  es muy bajo: un barítono tan profundo, que casi no se le puede catalogar como tal.

Los demás, dotados de voces menos hermosas acompañan entonados, pero en forma menos perceptible al coro lleno de los más virtuosos.

Los salmos son los ya conocidos, llamados graduales.

El pequeño Yabés – voz de ángel entre las recias de los hombres – canta muy bien porque lo conoce el salmo 122:

«Estoy alegre porque me han dicho: «Iremos a la casa lel Señor»».

Y verdaderamente su carita, tan triste pocos días antes, es todo un esplendor de alegría.

Ya están cerca de los muros, ya se ve la Puerta de los Peces y las calles están desbordantes de personas jubilosas.

Enseguida entrtan al Templo, para una primera oración.

Luego, la paz en la paz del Getsemaní, la cena y el descanso.

El viaje hacia Jerusalén ha terminado.

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33 ADORACIÓN DE LOS REYES MAGOS


33 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

 Adoración de los Magos.

 28 de Febrero de 1944.

Mi interno consejero (el Espíritu Santo, con carisma de profecía) me dice:

«A estas contemplaciones que vas a tener, que Yo te voy a manifestar, 

Llámalas «Evangelios de la Fe», porque vendrán a ilustrarte a tí y a los demás el poder de la fe y de sus frutos, así como a confirmaros en la Fe en Dios».

La visita de los magos

  1. Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén,
  2. diciendo: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle.»
  3. En oyéndolo, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén.
  4. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo.
  5. Ellos le dijeron: «En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta:
  6. = Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel.» =
  7. Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella.
  8. Después, enviándolos a Belén, les dijo: «Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle.»
  9. Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño.
  10. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría.
  11. Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra.
  12. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino. MATEO 2

Veo Belén, pequeña y blanca, recogida como una parvada bajo la claridad de las estrellas.

Dos calles principales la cortan en cruz: una, que llega desde fuera y es la vía principal, que luego prosigue más allá del pueblo.

La segunda va de un extremo a otro de éste, y ahí termina.

Hay otras callecitas que dividen a este pueblito, pero sin la más mínima norma de planificación urbana, como nosotros concebimos;

sino adaptándose más bien al terreno sinuoso y a las casas que han ido surgiendo aquí o allá, según el capricho del suelo o del constructor.

Estando unas hacia la derecha, otras hacia la izquierda; algunas formando arista con la calle que pasa por ellas…

Estas casas obligan a las calles a ser como una cinta que se desenrede tortuosamente, en vez de algo rectilíneo que vaya de una a otra parte sin desviarse.  

Una placita de vez en cuando…

Por un mercado o por una fuente…

O porque se ha construido arbitrariamente sin criterio: restos de suelo al sesgo en que no es posible ya construir nada.

En el punto en que de forma particular me parece estar, hay precisamente una de estas placitas irregulares.

Que debería haber sido cuadrada, o al menos, rectangular…

Sin embargo ha resultado un trapecio tan extraño, que parece un triángulo acutángulo con el vértice truncado.

En el lado más largo — la base del triángulo — hay una construcción ancha y baja, la más grande del pueblo.

La rodea un muro liso y desnudo, abierto sólo en dos puntos:

Dos puertas, que ahora están perfectamente cerradas.

Al otro lado del muro, sin embargo, en su vasto cuadrado, se abren en el primer piso muchas ventanas;

en la planta baja hay unos pórticos que rodean a unos patios que tienen paja y detritos en el suelo y sus correspondientes pilones, para abrevar a los caballos o a otros animales.

En las toscas columnas de las arcadas hay unas argollas para atar a los animales.

Y en uno de los lados, existe un vasto cobertizo para cobijar a rebaños y cabalgaduras.

Comprendo que se trata de la posada de Belén. 

En los otros dos lados iguales de la placita hay casas más o menos grandes, unas con un poco de huerto delante, otras no.

Efectivamente, algunas de ellas tienen la fachada hacia la plaza, mientras que otras por el contrario, la parte de atrás.

Finalmente en el lado más corto de frente a la posada, hay una única casita con una escalerita externa,

que introduce a mitad de la fachada en las habitaciones del piso habitado.

Todas las casas están cerradas porque es de noche.

No hay nadie por las calles, dada la hora.

Veo intensificarse la luz nocturna que llueve del cielo lleno de estrellas, hermosísimas en el cielo oriental, tan vivas y grandes que parecen cercanas…

Y parece fácil acercarse a donde están esas flores resplandecientes, que están en el terciopelo del firmamento y tocarlas.

Levanto la mirada para tratar de comprender el origen de este aumento de luz…

Una estrella, cuyo insólito tamaño le hace asemejarse a una pequeña Luna, avanza por el cielo de Belén.

Las otras parecen eclipsarse y apartarse, cual siervas al paso de su reina, pues el resplandor es tan grande que las sumerge y las anula. 

Su globo, que parece un enorme zafiro pálido encendido internamente por un Sol,

va dejando una estela en la que con el predominante color del zafiro claro;

se funden los amarillos de los topacios, los verdes de las esmeraldas, los opalescentes de los ópalos,

los sanguíneos destellos de los rubíes y el delicado titilar de las amatistas.

Todas las piedras preciosas de la Tierra están presentes en esa estela,

que barre el cielo con un movimiento veloz y ondulante, como si estuviera viva

El color que predomina, no obstante, es el que emana del globo de la estrella:

El paradisíaco color de pálido zafiro que desciende a colorar de plata azul las casas, las calles, el suelo de Belén, cuna del Salvador.

No es ya esa pobre villa que para nosotros no sería ni siquiera un pueblo;

es una villa fantástica de fábula, en que todo es de plata.

Y el agua de las fuentes y de los pilones es de diamante líquido.

El efluvio de resplandor se hace más vivo.

La estrella se detiene encima de la casita que está situada en el lado más corto de la plazuela.

Ni los que en aquélla habitan ni los betlemitas la ven, pues están durmiendo en sus casas cerradas.

Pero la estrella acelera sus latidos de luz;

su cola vibra y ondula más intensamente,  trazando casi semicírculos en el cielo.

Que se ilumina todo, por la red de astros que la estrella arrastra.

Por esta red llena de joyas resplandecientes que tiñen de los más hermosos colores a las otras estrellas,

casi como si les transmitieran una palabra de alegría.

La casita ahora está toda bañada de este fuego líquido de gemas.

El techo de la breve terraza, la escalerita de piedra oscura, la pequeña puerta…

Todo es como un bloque de pura plata sembrado todo de polvo de diamantes y perlas.

Ningún palacio de la Tierra ha tenido jamás, ni la tendrá; una escalera como ésta, hecha para recibir el paso de los ángeles,

para ser usada por la Madre que es Madre de Dios;

sus pequeños pies de Virgen Inmaculada pueden apoyarse sobre ese cándido esplendor,

esos sus pequeños pies destinados a descansar sobre los escalones del Trono de Dios.

Y sin embargo, la Virgen está ajena de ello;

Ella vela orante junto a la cuna de su Hijo.

En su alma tiene resplandores que superan a éstos con que la estrella embellece las cosas.

Por la calle principal avanza una caravana.

Caballos enjaezados, caballos guiados de las riendas, dromedarios y camellos montados o que transportan su carga.

El sonido de los cascos produce un rumor como el del agua de un torrente, cuando roza las piedras y choca contra ellas.

Cuando llegan a la plaza, todos se detienen.

La caravana, bajo la luz radiante de la estrella, tiene un esplendor fantástico.

Los jaeces de las riquísimas cabalgaduras, los ropajes de sus jinetes, las caras, los equipajes… 

Todo resplandece, uniendo y avivando su brillo de metal, de cuero, de seda, de piedras preciosas, de pelaje…

con el brillo estelar.

Y los ojos relucen,..

Y ríen las bocas, porque en los corazones se ha encendido otro fulgor: el de una alegría sobrenatural.

Mientras los siervos se encaminan hacia la posada con los animales…

Tres de la caravana se bajan de sus respectivas cabalgaduras; un siervo las conduce inmediatamente a otra parte,

Y ellos, a pie, se dirigen hacia la casa.

Se postran, rostro en tierra, para besar el suelo.

Son tres potentados, a juzgar por sus riquísimas vestiduras.

Uno de ellos, de piel muy oscura, que se ha bajado de un camello, se arropa con una toga de cándida seda esplendente;

ciñen su frente y su cintura preciosos aros;

del de la cintura pende un puñal o una espada, cuya empuñadura está cuajada de gemas.

Los otros dos, que montaban espléndidos caballos, están vestidos así:

uno, de paño de rayas bellísimo en que predomina el color amarillo, elaborado a manera de dominó, largo,   

ornado con capucha y cordón, tan recamados que parecen una única labor de filigrana de oro.

El otro lleva una camisa sedeña, que, formando bolsas, sobresale del pantalón amplio y largo ceñido a los pies.

Y  va envuelto en un finísimo chal, tan ornado todo él de flores y tan vivas éstas, que asemeja a un jardín florido.

Y lleva en la cabeza un turbante sujetado por una cadenita, toda ella con engastes de diamantes.

Tras haber venerado la casa en que está el Salvador, se ponen de nuevo en pie y se dirigen a la posada. 

Que está ya abierta a los pajes que se habían adelantado para llamar a la puerta.

Y aquí cesa la visión.

»Tres horas después vuelve:

Es la escena de la adoración de los Magos a Jesús.

Ahora es de día.

Un hermoso sol resplandece en el cielo de la tarde.

Un paje de los tres Magos cruza la plaza y sube la escalerita de la casa.

Entra. Vuelve a salir.

Regresa a la posada.

Salen los tres Sabios, cada uno seguido de su propio paje. Atraviesan la plaza.

Los escasos transeúntes se vuelven a mirar a estos pomposos personajes que pasan muy lentamente…

Con con mucha solemnidad.

Entre cuando el paje ha entrado y la entrada de éstos, ha transcurrido ampliamente un cuarto de hora…

Los habitantes de la casita así han podido prepararse para recibir a los que llegan.

Los tres están vestidos aún más ricamente que la noche precedente.

Las sedas resplandecen, las gemas brillan, un gran penacho de preciosas plumas…

Sembrado de escamas aún más preciosas, ondula trémulo e irradia destellos sobre la cabeza del que lleva el turbante.

Los pajes llevan: uno, un cofre todo taraceado, cuyos refuerzos metálicos son de oro burilado.

El segundo, una labradísima copa, cubierta por una aún más labrada tapa, toda de oro.

El tercero, una especie de ánfora ancha y baja, también de oro,

cubierta con una tapa en forma de pirámide en cuyo vértice hay un brillante.

Debe pesar, pues los pajes lo llevan con esfuerzo, especialmente el del cofre.

Suben por la escalera y entran.

Entran en una habitación que va de la parte de la calle al dorso de la casa.

Por una ventana abierta al sol, se ve el huertecillo posterior.

Hay puertas en las otras dos paredes; desde ellas los propietarios curiosean.

Éstos son: un hombre, una mujer…

Y entre jovencitos y niños, tres o cuatro.

María está sentada con José, en pie, a su lado.

Tiene al Niño en su regazo.

No obstante, cuando ve entrar a los tres Magos, se levanta y hace una reverencia.

Está toda vestida de blanco.

¡Qué hermosa, con su sencillo vestido blanco que la cubre desde la base del cuello hasta los pies, desde los hombros hasta sus delgadas muñecas;

qué hermosa, con su cabeza pequeña coronada de trenzas rubias, con ese rostro suyo más vivamente rosado por la emoción, con esos ojos que sonríen dulcemente,

con esa su boca que se abre para saludar diciendo:

«Dios sea con vosotros»!

Tanto es así, que los tres Magos, impresionados, se detienen un instante.

Pero luego caminan otro poco y se postran a sus pies.

Y le ruegan que se siente. 

Ellos no, no se sientan, a pesar de los ruegos de Ella; permanecen de rodillas, relajados sobre los talones.

Detrás, también de rodillas, los tres pajes.

Se han detenido apenas traspasado el umbral de la puerta, han depositado delante de ellos los tres objetos que llevaban y están esperando.

Los tres Sabios contemplan al Niño, que creo que puede tener de nueve meses a un año,

pues su aspecto es muy vivaz y pujante; está sentado sobre el regazo de su Mamá,

y sonríe y balbucea con una vocecita de pajarillo.

Está vestido todo de blanco como su Mamá; en sus diminutos piececitos, unas pequeñas sandalias.

Es un vestidito muy sencillo: una tuniquita de la que sobresalen los bonitos piececitos inquietos y las manitas gorditas que querrían agarrar todas las cosas.

Y sobre todo, la lindísima carita en que brillan los ojos azul oscuros y la boca hace hoyitos a los lados,

riendo y descubriendo los primeros dientecitos diminutos.

Los ricitos de Jesús son tan lúcidos y vaporosos, que parecen polvo de oro.

El más anciano de los Sabios toma la palabra en nombre de los tres,

Para explicarle a María que durante una noche del pasado Diciembre, vieron encenderse una nueva estrella en el cielo, de inusitado esplendor.

Jamás las cartas del cielo habían registrado ese astro, jamás lo habían mencionado.

No se conocía su nombre, porque no lo tenía.

Nacida entonces del seno de Dios, esa estrella había brillado,

para manifestar a los hombres una bendita verdad, un Secreto de Dios.

Pero los hombres no le habían prestado atención, porque tenían hundida el alma en el fango;

No alzaban la mirada hacia Dios y no sabían leer las palabras que Él escribe, alabado sea eternamente por ello,

con astros de fuego en la bóveda del cielo.

Ellos la habían visto y se habían esforzado por entender su voz.

Y perdiendo contentos el poco sueño que concedían a sus miembros…

Y aun olvidándose del alimento, se habían sumido en el estudio del zodiaco.

Las conjunciones de los astros, el tiempo, la estación…

El cálculo de las horas pasadas y de las combinaciones astronómicas,

les habían dicho el nombre y el secreto de la estrella.

Su nombre: «Mesías».

Su secreto: «ser el Mesías venido al mundo».

Y se habían puesto en camino para adorarlo.

ARTABÁN el cuarto rey mago

Cada uno de ellos sin que los otros lo supieran.

Por montes y desiertos, por valles y ríos, viajando incluso durante la noche, habían venido hacia Palestina,

porque la estrella se movía en esa dirección.

Para cada uno de ellos, desde tres puntos distintos de la tierra, se movía en esa dirección.

Se habían encontrado después del Mar Muerto.

La voluntad de Dios los había reunido allí.

Y juntos habían continuado,

comprendiéndose a pesar de que cada uno hablaba su propia lengua.

Y comprendiendo.

Y pudiendo hablar la lengua del país por un milagro del Eterno.

Juntos se habían dirigido a Jerusalén,

dado que el Mesías debía ser el Rey de esta ciudad, el Rey de los judíos;

Pero en el cielo de esa ciudad la estrella se había ocultado, sintiendo ellos rompérseles de dolor el corazón.

Y se habían examinado para saber, si quizás se hubieran hecho indignos de Dios.

Pero, habiéndolos tranquilizado su conciencia, fueron a donde el rey Herodes,

para preguntarle en qué palacio había nacido el Rey de los Judíos que ellos habían venido a adorar.

El rey, convocados los príncipes de los sacerdotes y los escribas,

Había interrogado acerca del lugar en que podía nacer el Mesías.

A lo que éstos habían respondido:

–     «En Belén de Judá».

Y habían venido hacia Belén.

La estrella, dejada ya la Ciudad santa, había aparecido de nuevo ante sus ojos,…

Y de noche, el día anterior había aumentado sus resplandores:

El cielo todo era un fuego;

luego se había parado sobre esta casa, reuniendo toda la luz de las otras estrellas en su haz luminoso.

Así, habían comprendido que ahí estaba el Nacido Divino. 

Y ahora lo estaban adorando, ofreciendo sus pobres presentes.

Y sobre todo su propio corazón, el cual jamás cesaría de bendecir a Dios por la gracia concedida…

Y de amar a su Hijo, cuya santa Humanidad estaban viendo. 

Luego volverían a informar al rey Herodes, pues también él deseaba adorarlo.

Entonces cada uno de los reyes, hizo un ademán a su respectivo paje y éstos se acercaron…

Llevando los dones que habían traído…  

Mientras que cada uno explicaba porqué lo habían traído…

Y la revelación que habían recibido.

El Primer rey dijo:

–      Este es el oro que a todo rey corresponde poseer.  

Y el paje postrado en tierra, lo entregó

El Segundo rey dijo:

Esto, el incienso, como corresponde a Dios.

Y el paje también postrado en tierra, lo entregó.

Al Tercer rey  se le llenaron los ojos de lágrimas, que comenzaron a rodar bañando sus mejillas hasta su barba blanca…

Pero su voz no delató la conmoción que sentía, porque aunque sonó angustiado,

Lleno de compasión, con firmeza dijo: 

–    Y esto, ¡Oh Madre!, esto es la mirra.

Porque tu Hijo ES además de Dios, Hombre.

Y habrá de conocer, de la carne y de la vida humana, la AMARGURA y la inevitable ley de la muerte.

Nuestro amor quisiera NO pronunciar estas palabras y concebirlo Eterno también en la carne, como Eterno es su Espíritu.

Pero, ¡Oh Mujer!, si nuestros mapas…

Y sobre todo, nuestras almas, no yerran;

Él ES, este Hijo tuyo, el Salvador, el Cristo de Dios…

Y  por tanto, deberá, para salvar a la Tierra, cargar sobre sí mismo el peso del Mal de la Tierra,

uno de cuyos castigos es la muerte.

Esta resina es para esa Hora, para que la carne santa no conozca la podredumbre de la corrupción…

Y conserve la integridad hasta su resurrección. 

¡Y que por este presente nuestro Él se acuerde de nosotros y salve a sus siervos dándoles su Reino!  

Otro añade:

–     De momento Ella, la Madre, para ser santificados por Él, dé su Niño a nuestro amor,..

Para que besando sus pies, descienda sobre nosotros la Bendición celeste.

María, que ha superado la turbación suscitada por las palabras del Sabio…

Y ha celado la tristeza de la fúnebre evocación bajo una sonrisa…

Ofrece el Niño.

Lo deposita en los brazos del más anciano, que lo besa y Jesús lo acaricia.

Y luego lo pasa a los otros dos.

Jesús sonríe y juguetea con las cadenitas y las cintas de los regios atavíos de los tres…  

Y mira con curiosidad el cofre abierto, lleno de una cosa amarilla que brilla…

Y ríe al ver que el sol hace un arco iris al herir el brillante de la tapa de la mirra.

Los tres Magos devuelven el Niño a María y se levantan.

También se pone en pie María.

Inclinan mutuamente la cabeza en gesto de reverencia.

Antes el más joven había dado una orden al siervo y éste había salido.

Los tres siguen hablando todavía un poco. No saben decidirse a separarse de esa casa.

de emoción hay en sus ojos…

Al final se dirigen hacia la salida acompañados por María y José.

El Niño ha querido bajar y darle la manita al más anciano de los tres y anda así,

de la mano de María y del Sabio, los cuales se inclinan para tenerlo de la mano.

Jesús, con su pasito todavía inseguro; de infante, ríe, golpeando con sus piececitos sobre la franja que el sol dibuja en el suelo.

Llegados al umbral de la puerta — téngase presente que la habitación tenía la misma largura de la casa —

los tres se despiden arrodillándose una vez más y besando los piececitos de Jesús.

María, inclinada hacía el Pequeñuelo, le toma la manita y la guía…

Y hace así ésta un gesto de bendición sobre la cabeza de cada uno de los Magos.

Es éste ya un signo de cruz trazado por los pequeños dedos de Jesús, guiados por María.

Tras ello, los tres bajan la escalera.

La caravana ya está ahí esperando preparada.

Los bullones de las cabalgaduras reflejan el Sol del ocaso.

La gente se ha agolpado en la placita para ver este insólito espectáculo.

Jesús ríe dando palmadas con sus manitas.

Su Mamá lo ha alzado y lo ha apoyado en el ancho parapeto que limita el descansillo,

y lo tiene con un brazo sujeto contra su pecho para que no se caiga. 

José, que ha bajado con los tres Magos, sujeta a cada uno de ellos el estribo al subirse éstos a los caballos o al camello.

Ya todos, siervos y señores, están a caballo.

Se da orden de marcha.

Los tres, como último saludo, se inclinan hasta tocar el cuello de la cabalgadura.

José hace una reverencia.

María también, volviendo a guiar la manita de Jesús en un gesto de adiós y bendición.  

La visita de los magos

12. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino. MATEO 2