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199 LOS PROFETAS AL REVÉS


199 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Obedientes a la orden recibida, los grupos de los apóstoles van llegando a la puerta de la ciudad.

Jesús está con sus apóstoles, que le están narrando las peripecias de misión como ap´sotoles en la ciudad de Ascalón…

La altanera respuesta de Judas a la reprensión de Simón Zelote, con la explicación no comprendia por nadie más en el grupo apostólico…

Provoca la serena réplica de Santiago de Alfeo:

¡Pues vaya una razón!…

 Y continúa:

–     Nosotros…

¿No estamos aquí para corregirnos, antes que para corregir?

El Maestro ha sido primero nuestro Maestro.

No lo habría sido si no hubiese querido que cambiásemos nuestras costumbres e ideas.

Judas insiste:

–    Era ya Maestro por la sabiduría.

Tadeo replica muy serio:

–   ¿Era?… ¡Es!

–    ¡Oh! ¡Cuántas cavilaciones!

Es. Sí. Es…

Santiago de Alfeo aconseja con dulzura:

–    Y también es Maestro de todos los demás.

No solo por la sabiduría.

Su enseñanza se dirige a todo lo que hay en nosotros.

Él es Perfecto. Nosotros imperfectos.

Esforcémonos pues por serlo y mejorarnos siempre más…

Judas replica a la defensiva:

–    No veo la falta que he cometido.

Es que éstos son una raza maldita. Todos son perversos…

Tomás interrumpe:

–     ¡Oye! No.

No puedes afirmar eso.

Juan fue a los de la clase ínfima.

A los pescadores que llevan el pescado al mercado.

Y mira este saco húmedo…

Es del pescado más sabroso.

Por miedo de que el de la mañana no estuviese fresco por la tarde, volvieron al mar y nos llevaron con ellos.

Es pescado de lo más fino: han renunciado a su ganancia por dárnoslo.

Me parecía estar en el Lago de Galilea.

Y te aseguro que si el lugar parecía recordarlo, lo parecían más las barcas llenas de caras atentas.

Mucho más lo recordaba Juan. Parecía otro Jesús.

Las palabras de su boca sonriente, le salían dulces como la miel.

Su cara brillaba como otro sol. ¡Cómo se parecía a Ti, Maestro!

Era como estarte oyendo a Ti.  

Con la fusión, el Padre Celestial habló a través del apóstol inocente y puro. 

Y Juan fue otro instrumento perfecto en manos de  la Voluntad Divina….

¡Yo estaba emocionado!

Hemos estado tres horas en el mar, esperando a que las redes extendidas entre las boyas, estuvieran llenas de peces. 

Y fueron tres horas llenas de felicidad…

Querían verte, pero Juan dijo:

‘Os doy la cita en Cafarnaúm…’

Como si estuviera, en la plaza de la ciudad.

Han prometido que irán.

¡Han tomado nota!

¡Y hemos tenido que oponernos a que nos cargaran con demasiado pescado!

Nos han dado el más selecto.

Vamos a cocinarlo. Esta noche habrá´un gran banquete, para compensar el ayuno de ayer.

Judas pregunta turbado:

–    Pero, ¿Tú qué dijiste pues?

Juan responde:

–    Nada especial.

Sólo hablé de Jesús… 

Tomás explica:

–     A la manera como tú hablaste…

También Juan citó a los profetas. Pero los puso al revés.

Judas replica sorprendido:

–    ¿Al revés?

¿Acaso los puso de cabeza?…

–    Sí.

Tú de los profetas extrajiste aspereza y él, dulzura…

Porque la misma aspereza de ellos es amor.

Exclusivo. Violento, si quieres…

Pero siempre amor por las almas, que querrían que fuesen fieles al Señor.

No sé si lo has pensado tú, alumno de los escribas más famosos.

No sé si tú has meditado alguna vez esto;

yo sí, a pesar de ser orfebre.

Al oro también se le golpea con el martillo y se le pasa por el crisol, pero es para afinarlo.

No por aversión, sino por aprecio.

Así actúan los Profetas con las almas.

Yo lo entiendo; porque soy orfebre.

Pues bien, Juan ha citado a Zacarías, en su profecía a cargo de Jadrak y Damasco.

Y ha  tocado el punto:

“A la vista de ello Ascalón quedará aterrorizada, Gaza experimentará una gran aflicción

  y también Ecrón, porque su esperanza se ha desvanecido.

Gaza quedará sin rey”.

Y se ha puesto a explicar cómo todo esto era porque el hombre se había separado de Dios.

Y hablando de la venida del Mesías, que es perdón amoroso;

ha prometido que de  una pobre realeza como la que desean para su nación los hijos de la tierra; 

los que sigan la Doctrina del Mesías

alcanzarán una realeza eterna e infinita en el Cielo.

Dicho así no parece nada, pero ¡Había que oírlo!…

Se tenía la impresión de estar oyendo una música y de subir de manos de los ángeles.

Y mira por dónde…

Mira que los profetas que a ti te dieron de palos; a nosotros nos dieron un pescado exquisito. 

Judas guarda silencio, totalmente desconcertado.     

Jesús pregunta a sus primos y a Zelote:

–    ¿Y vosotros?

Santiago de Alfeo explica:

–    Fuimos por donde están los astilleros; los calafateadores.

Nosotros también hemos preferido ir a los pobres.

De todas formas, había igualmente filisteos ricos, que vigilaban la construcción de sus navíos.  

No sabíamos quién debía hablar y lo decidimos como los niños: con puntos.

Judas sacó siete dedos, yo cuatro y Simón dos.

Le tocó pues a Judas.

Todos preguntan curiosos:

–    ¿Y qué fue lo que dijiste?

Tadeo refiere:

–     Me di a conocer francamente por lo que soy.

Les he dicho que recurría a su hospitalidad para pedir la bondad de acoger la palabra de un peregrino;

que en cada uno de ellos veía a un hermano suyo, teniendo un origen y un término comunes.

Y la esperanza no común, pero llena de amor, de poderlos conducir consigo a la casa del Padre.

Y llamarlos “hermanos” por los siglos de los siglos en la gran dicha del Cielo.

“Está escrito en Sofonías, nuestro Profeta: “

La región del mar será lugar de pastores… allí tendrán sus pastos, al atardecer descansarán en las casas de Ascalón”,

Y he desarrollado este pensamiento diciendo:

“El Pastor supremo ha venido a vosotros, no armado de flechas sino de amor.

Os abre los brazos, os señala sus santos pastos;

no se acuerda del pasado, si no es para mostrarse compasivo para con los hombres; 

por el gran daño que se han hecho unos a otros, como niños alocados, odiándose;

cuando, amándose pues son hermanos; habrían podido disolver muchos dolores.

Esta tierra será lugar de pastores santos, los siervos del Pastor Supremo;

los cuales ya saben que aquí tendrán sus pastos más fértiles y las greyes mejores.

Y su corazón cuando decline su vida, podrá descansar pensando en los vuestros y en los de vuestros hijos; 

más íntimos que casas amigas porque su Señor será Jesús, nuestro Señor”.

Me han comprendido.

Simón ha hablado de su curación, mi hermano de tu bondad para con los pobres.

De esto último es prueba esta nutrida bolsa para los pobres que encontramos por el camino.

Tampoco a nosotros nos han hecho ningún daño los Profetas…

Judas Iscariote no abre la boca.

Me entendieron. Nos preguntaron…

Simón refirió su curación…

Mi hermano Santiago; tu bondad para con los pobres.

La prueba aquí está.

Cinco gruesas bolsas para los pobres que encontremos por el camino.

Tampoco a nosotros los profetas nos hicieron ningún mal…

Judas traga saliva, pero permanece mudo.

Jesús dice consoladoramente:

–      Pues bien.

Otra vez Judas lo hará mejor.

Él creyó hacerlo bien de ese modo. Como obró con fin honesto, no cometió ningún pecado.

También con él estoy contento. Hacerla de apóstol, no es fácil.

Se aprende después.

Una cosa me desagrada y es no haber tenido antes ese dinero y no haberos encontrado.

Me hubieran servido para socorrer a una familia muy desgraciada.

Zelote dice:

–    Todavía podemos regresar.

Aún es temprano.

Pero; perdona, Maestro. ¿Cómo la encontraste?…

 ¿Tú que hiciste?

¿De veras nada? ¿No evangelizaste?

 

–   ¿Yo? He paseado.

Con el silencio dije a una prostituta: ‘Deja tu pecado’.

También encontré a un niño, pilluelo como el que más y lo evangelicé.

Intercambiamos regalos.

Le di la hebilla que María Salomé me puso en el vestido y él me dio este trabajo suyo…

Jesús saca del bolsillo el muñeco caricaturesco…

Todos lo miran admirados y sueltan la carcajada.

Jesús continúa:

–     Luego fui a ver los primorosos tapetes que hacen en un taller de Ascalón;

para venderlos en Egipto y otras muchas partes…

Luego he consolado a una niña huérfana de padre, curándole a su madre.

Y nada más.

Pedro dice asombrado:

–    ¿Y te parece poco?

–     Sí, porque hacía falta también dinero y no tenía.

Tomás decide: 

–    Pues volvemos dentro de la ciudad nosotros, que no hemos incomodado a nadie.  

Santiago de Zebedeo lo embroma:

–     ¿Y tus pescados? 

—    ¿El pescado?… 

El pescado aquí está.

Vosotros que tenéis encima el anatema, id a la casa del viejo que nos hospeda y comenzad a prepararlo.

Nosotros vamos a la ciudad.

Jesús confirma: 

–     Sí. 

De todas formas os voy a indicar la casa desde lejos.

Habrá gente. Yo no voy porque me van a entretener. 

No quiero ofender al que nos da hospedaje y nos está esperando, faltando a su invitación.

La descortesía es una acción que falta siempre a la caridad.

Judas de Keriot  baja más la cabeza y se pone morado como una berenjena.

Cambia tantas veces de color; cuantas veces ha caído en esa falta.

Jesús añade:

–     Vosotros id a esa casa.

Buscad a la niña.

No os podéis equivocar porque es la única niña.

Le daréis esta bolsa y le diréis:

“Esto te lo manda Dios por haber sabido creer.

Es para ti, tu mamá y tus hermanitos”.

No digáis nada más.

Y regresaos al punto.

Vámonos.

El grupo se divide: con Jesús y a la ciudad, van Juan, Tomás y los primos.

Los otros regresan a la casa de Ananías, el hortelano filisteo.

198 PREDICACIÓN CON ESTILO PROPIO


198 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Los apóstoles, obedientes a las órdenes recibidas; van llegando uno tras otro; en la puerta de la ciudad.

Jesús todavía no está.

Pero pronto aparece por una calle que sigue el trazado de la muralla.

Mateo dice al verlo:

–     Debe haberle ido bien al Maestro…

¡Mirad cómo sonríe!

Van a su encuentro y todos se van juntos.

Salen por la puerta y toman la vía principal.

A ambos lados hay huertas del suburbio.

Jesús les pregunta:

–     ¿Entonces?…

¿Cómo os ha ido? ¿Qué habéis hecho?

Bartolomé dice:

–     Muy mal…  

Tuvimos que huir.

Judas de Keriot: 

–     Es que por poco nos apedrean.

Tuvimos que escapar.

Vámonos de esta ciudad de bárbaros.

Volvamos a donde nos estiman. Yo aquí ya no hablo más.  

Judas está enojado: 

–     De hecho no quería ir.   

Yo no quería hablar…

Pero luego me dejé convencer y Tú no me entretuviste.

Y Tú lo sabes todo…

Jesús lo mira sorprendido,

y pregunta:

–     Pero, ¿Qué te pasó?

–      Me fui con Mateo, Santiago y Andrés.

Hemos ido a la plaza de los Juicios, porque allí hay gente fina, que tiene tiempo que perder escuchando a una persona que hable.

Decidimos dejar que Mateo hablase, porque era el más idóneo para dirigirse a los publicanos y a sus clientes.  

Entonces él empezó dirigiéndose a dos que estaban discutiendo por un campo, en una cuestión poco clara y muy embrollada, de una herencia.  

Mateo les dijo:

“No odiéis por causa de cosas perecederas y que no podéis llevaros a la otra vida.

Amaos, para poder gozar de los bienes eternos que se obtienen, tan solo con sujetar las malas pasiones.

Y de este modo ser vencedores y poseedores del bien”

Así dijiste, ¿No es verdad?

Y continuó mientras otros se acercaron a oírlo:

“Abrid vuestros oídos a la Verdad, que enseña estas cosas al mundo, para que el mundo tenga paz.

Ya veis que se sufre por esto, por este excesivo interés por las cosas perecederas.

Mas la tierra no es todo, está también el Cielo.

Y en el Cielo está Dios; de la misma forma que ahora en la tierra, está el Mesías de Dios.

Que nos envía para anunciaros que ha llegado el tiempo de la Misericordia.

Y que ningún pecador puede decir: “No seré escuchado”.

Pues si uno tiene verdadero arrepentimiento; recibe el perdón, es escuchado y amado.

Y se le ofrece el Reino de Dios”.

A todo esto, ya había una gran muchedumbre reunida. 

Había quien escuchaba con respeto y había quien interrumpía y molestaba a Mateo con preguntas.

Yo ya de hecho no respondo nunca, para no estropear el discurso.

Hablo y respondo en particular al final.

Que mantengan en la memoria lo que quieran decir y que guarden silencio.

¡Pero Mateo quería responder inmediatamente!…

Nos preguntaban también a nosotros.

Y estaban los fastidiosos que se burlaban con risitas sarcásticas y sonrisas maliciosas. 

Pues decían:

–    ¡He aquí a otro loco!

–   ¡Claro que viene de la guarida de Israel.

–   Los judíos son una grama que se extiende a todas partes.

–    ¡He aquí sus eternas fábulas!

–   Ellos tienen como cómplice a Dios.

–     ¡Oídlos!

–     Está en el filo de la espada y en el veneno de su lengua.

–    ¡Oíd! ¡Oíd!

–    Ahora sacan a relucir a su Mesías.

–    Otro frenético que nos atormentará como en siglos anteriores.

–    ¡Que mueran Él y su raza!”

–    ¡Ahí tenemos otra vez sus eternas patrañas!

–     Dios es su protector.

–    ¡Mira, mira, ahora sacan a colación a su Mesías!

–    Algún otro exaltado que como de costumbre, nos va a atormentar.

–    ¡Maldición a Él y a su raza!”.

Entonces perdí la paciencia e hice a un lado a Mateo; que continuaba hablándoles sonriente, como si nada;

Como si estuvieran brindándole honores.

Y empecé a hablar yo, tomando a Jeremías como base de mi discurso:

“He aquí que suben las aguas del Septentrión y se convertirán en un enorme caudal  que inunda…

Hará estrépito como torrentes de agua. Y por su parte habrá armas y habrá soldados de la tierra y honderos celestiales.

Todo bajo las órdenes de los jefes del pueblo de Dios; para castigar vuestra terquedad.

En movimiento todos ellos por orden de los Jefes del Pueblo de Dios, los que se abatirán sobre vosotros como castigo de vuestra obstinación;

A su fragor perderéis toda fuerza. Caerán orgullosos corazones, brazos, cariños, ¡Todo!

¡Seréis exterminados, residuos de la isla del pecado! 

¡Puerta del Infierno!

A su estruendo, el castigo de Dios caerá sobre vosotros, raza perversa.

¿Os habéis hecho orgullosos porque Herodes os ha reconstruido la ciudad?

Pero, ¡Seréis arrasados hasta que os hagáis calvos sin esperanza!

Seréis castigados en vuestras ciudades y poblados; en los valles y en las llanuras.

La profecía no ha muerto todavía…

Y ya no pude continuar… porque nos arrojaron.

Y ya no pude continuar…

Porque se nos hecharon encima y nos arrojaron.

Y solo por una caravana que iba pasando providencialmente por una calle, pudimos salvarnos.

Porque las piedras comenzaron a volar y dieron contra camellos y camelleros.

Se trabó una riña y pudimos huir.

Luego nos quedamos quietos en un patio de los suburbios, fuera de la ciudad.

¡Ah! Pero no vuelvo más por aquí…

Nathanael exclama:

–   ¡Oye!…

Pero perdona… los ofendiste.

¡La culpa es tuya!

¡Ahora comprendo porqué llegaron a tan hostiles medios, para arrojarnos!

Se vuelve hacia Jesús,

y agrega:

–    Escucha, Maestro.

Nosotros, Pedro, Felipe y yo, fuimos en dirección de la torre que da al mar.

Allí había marineros y dueños de naves que cargaban sus mercancías para Chipre, Grecia y hasta lugares más lejanos todavía.

Imprecaban contra el sol, el polvo, el cansancio, el trabajo…

Y proferían maldiciones contra su condición de filisteos.

Esclavos – decían – de los tiranos, pudiendo ser reyes. 

Blasfemaban contra los profetas y el Templo.

Y contra todos nosotros.

Yo quería alejarme de allí, pero Simón no quiso.

Pedro dijo:

–    “¡No’ ¡Todo lo contrario!

¡Son precisamente a estos pecadores a los que debemos acercarnos!

El Maestro lo haría así…

Y así tenemos que hacerlo nosotros”. 

Felipe y yo dijimos: 

–    Habla tú, entonces” 

–     “¿Y si no sé hacerlo?” –contestó Simón Pedro.

–     “Pues te ayudamos nosotros”  

Entonces Simón se acercó sonriente hacia dos hombres que sudorosos… 

Estaban sentados encima de una voluminosa paca que no lograban izar para cargarla en el barco.

y dijo:

–   Está pesado, ¿No es verdad?…

Uno de ellos contestó:

–    Más que pesado, es que estamos cansados.

Debemos terminar pronto la carga, porque el patrón lo ha ordenado.

Quiere zarpar en la hora de la bonanza; porque por la tarde el mar estará bravo.

Y para esa hora tenemos que haber pasado ya los escollos para no correr peligro”.

–   ¿Escollos en el mar?

–    Sí. Allí donde el agua está bullendo.

Son lugares peligrosos.

Los arrecifes…

–     Corrientes… ¿No?

¡Entiendo! El viento del sur da vuelta por la punta y se encuentra con la corriente…

–    ¿Eres marinero?

–    Pescador de agua dulce.

Pero el agua siempre es agua y el viento, viento.

Es un trabajo hermoso, pero duro.

Yo también más de una vez he tragado agua y la carga se me ha ido al fondo varias veces. 

Este oficio nuestro por una parte tiene sus atractivos, pero por otra es fastidioso. De todas formas en todo hay una parte agradable y otra desagradable…

Buena y mala; en ningún sitio todos son malos, como ninguna raza es toda cruel.

En todas las cosas hay siempre su lado bello y su lado feo.

Ningún lugar está hecho solo de malos… ni ninguna raza es toda cruel.

Con un poco de buena voluntad, se pone uno siempre de acuerdo y se encuentra que por todas partes, hay gente buena.

¡Ea! Os quiero ayudar.

Y Simón llamó a Felipe diciendo:

¡Se necesitan fuerzas! Coge tú de allí y yo de acá.

Y esta buena gente nos lleva allá a su nave, a las bodegas.

Los filisteos no querían… pero después consintieron.

Una vez en su sitio el fardo y otros que estaban en el puente…

Puesta en su lugar la carga; Simón se puso a alabar la nave, como solo él sabe hacerlo.

A alabar el mar…

A la ciudad hermosa, vista desde el mar.

Y se interesó por la navegación marina y las ciudades de otras naciones.

Así que todos alrededor, empezaron a darle las gracias y a celebrarlo…

Por fin, uno pregunta:

“Pero, ¿Tú de dónde eres?, ¿Del país del Nilo?”.

“No, del mar de Galilea; pero como veis, no soy ningún tigre”.

–     Es verdad. ¿Buscas trabajo?

–     Sí.

El patrón dice:

–    Yo te contrato, si quieres.

Veo que eres un marinero capaz.

–    Yo al revés.

Te contrato a ti.

–    ¿A mí?…

Pero, ¿No has dicho que andas en busca de trabajo?

–    Es verdad.

Mi trabajo es llevar hombres al Mesías de Dios.

Tú eres un hombre fuerte y por lo tanto, un trabajo mío.

–    Pero… ¡Yo soy filisteo!

–   ¿Y qué?

¿Eso qué significa?

–   Quiere decir que nos odiáis.

Nos perseguís desde tiempos remotos…

Lo han gritado siempre vuestros jefes…

–    Los Profetas… ¿No es así?

Pero ahora los profetas son voces que no gritan más.

Ahora existe sólo el Único,  Grande y Santo Jesús.

Él no grita… Sino que llama con voces de Amigo…

No maldice, sino bendice.

No trae desgracias, las elimina.

No odia y no quiere que se odie.

Antes al contrario, ama a todos y quiere que amemos, incluso a nuestros enemigos.

En su Reino no habrá vencidos y vencedores, libres y esclavos, amigos y enemigos.

No, no habrá estas distinciones que dañan, que provienen de la maldad humana.

Sólo habrá seguidores suyos.

Es decir, personas que viven en el amor, en la libertad; vencedores del peso y del dolor.

Os ruego que prestéis fe a mis palabras y que tengáis deseos del Mesías.

Las profecías están escritas sí; pero El es mayor que los Profetas.

Y para el que lo ama quedan anuladas las profecías.

¿Veis esta bonita ciudad vuestra?

Pues si llegaseis a amar al Señor nuestro, a Jesús, el Cristo de Dios…

Aún más hermosa la volveríais a ver en el Cielo”

Y así estuvo hablando Simón; bonachón e inspirado al mismo tiempo.

Todos le escuchaban con atención y respeto.

Sí, ¡Con respeto!…

Ya casi terminaba, cuando de una calle, salió un grupo de personas armadas con bastones y piedras. 

Que gritaban y vociferaban.

Y cuando nos vieron, nos reconocieron como forasteros…

Y por el vestido… ¡Ahora entiendo!

Como forasteros de tu misma raza, Judas.

Y como a tales nos tomaron….

Y nos han creído gente de tu ralea.

Si no nos hubieran protegido los del navío; no lo estuviéramos contando.

Nos subieron en una lancha y nos llevaron por el mar.

Nos bajaron en la playa, en la zona cercana de los jardines del sur.

Y de allí nos venimos junto con los que cultivan las flores, para los ricos de acá.

Pero tú Judas; echaste a perder todo…

¿Es esa, una nueva manera de decir insolencias? 

Judas responde con altivez:

–    Es la verdad.

Nathanael replica severamente:

–    Hay que saber decirla.

Tampoco Pedro dijo mentira alguna. ¡Pero supo hablar!

Pedro dice con sencillez:

–     ¡Oh, yo!…

Traté de ponerme en el lugar del Maestro, pensando: ‘Él se portaría, así… muy dulce’.  Entonces yo…

Judas dice muy digno:

–    Yo prefiero los modales majestuosos.

Son más propios de reyes..

Judas con posesión diabólica perfecta por la soberbia y por el pecado…

Simón Zelote lo reprende:

–   Tu acostumbrada idea.

Estás equivocado Judas.

Hace un año que el Maestro te está corrigiendo este modo de pensar; pero no le haces caso.

Tú también estás obstinado en el error; como los filisteos contra los que arremetes. 

Judas replica altanero:

–    ¿Acaso alguna vez me ha corregido por esto?

Además, cada uno tiene su modo y lo usa.

Al oír estas palabras, Simón Zelote se estremece,  (parábola del diente de león)

sobresaltado mira a Jesús…

El cual no dice nada…

Pero asiente a la mirada evocadora de Simón con una leve sonrisa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

196 EL PRIMER CRISTIANO


196 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

La aurora despierta con su hálito fresco a los durmientes.

Se levantan del lecho de arena en que han dormido, al abrigo de  una duna salpicada de escasas hierbas resecas.

Trepan hasta la cima.

Ante ellos se abre una profunda pendiente arenosa, mientras que un poco más allá y acá de ella;

hay parcelas cultivadas y bonitas.

Un torrente carente de agua marca con sus guijarros blancos el oro de la arena.

Y ya con este blancor de huesos resecos hasta el mar, que cabrillea a lo lejos;

con sus olas llenas por la marea de la mañana, más llenas por un ligero mistral que peina el océano.

Caminan por el borde de la duna, hasta el torrente desecado.

Lo pasan y siguen caminando en diagonal por las dunas, que ceden bajo sus pies.

Y que con su superficie toda ondulada, parecen continuación del océano, de materia sólida y seca en vez de las móviles aguas.

Llegan a la húmeda playa.

Ahora andan más deprisa.

Juan se queda como hipnotizado ante la visión del mar sin límites;

labrado en infinitas caras encendidas por los primeros destellos del sol;

Parece beber esa belleza y parecen teñirse aún más de azul sus ojos.

Mientras Pedro más práctico, se descalza, se sube un poco la ropa y chapotea por las suaves olas de la orilla;

con  la esperanza de encontrar algún cangrejillo o alguna concha de molusco que chupar.

A dos kilómetros largos de distancia se ve una bonita ciudad marítima, edificada en la orilla…

Siguiendo el arrecife de forma de media luna, al otro lado del cual el viento y las borrascas, han transportado las arenas.

El arrecife, ahora que el agua con la baja marea se está retirando, emerge también aquí;

obligandolos a volver a la arena seca, para no torturar con los escollos los pies desnudos.  

Felipe pregunta:  

-¿Por dónde entramos, Señor?

Por este lado se ve sólo una muralla bien sólida.

Por el mar no se puede entrar.

La ciudad está en el punto más profundo del arco. 

Jesús responde: 

–     Venid.

Sé por donde se entra.

–     ¿Has estado alguna otra vez aquí?

–     Una vez, de niño.

No creo que recuerde cómo es, pero sé por dónde se pasa.

Santiago de Zebedeo observa: 

–     ¡Extraño!

He notado muchas veces que Tú no yerras nunca el camino;

alguna vez te lo hacemos confundir nosotros.

¡Tú… parece como si hubieras estado en todos los sitios por donde te mueves! 

Jesús sonríe, pero no responde.

Va, sin vacilar, hasta un pequeño suburbio rural donde los hortelanos cultivan verduras para la ciudad.

Las parcelas, las huertas, son de trazado regular y están bien cuidadas.

Mujeres y hombres las cultivan.

Ahora están regando los surcos, extrayendo el agua de los pozos a fuerza de brazos o con el viejo y chirriante sistema del pobre:

Un burrito vendado que eleva los arcaduces dando vueltas en torno al pozo.

Los cultivadores no dicen nada.

Jesús saluda:

–     Paz a vosotros.

Pero la gente permanece, si no hostil, al menos indiferente.

Tomás dice: 

–     Señor, aquí se corre el riesgo de morir de hambre.

No comprenden tu saludo. Voy a probar yo. 

 Y aborda al primer hortelano que ve,

diciéndole:

–     ¿Cuesta cara tu verdura? 

El hombre contesta: 

–     No más que la de otras huertas.

Es cara o no, según lo nutrida que esté la bolsa.

–     Bien has dicho…

Pero como puedes ver, yo no muero de inanición; estoy gordo y tengo buen color, a pesar de no comertus verduras.

Lque significa que mi bolsa es una buena ubre.

En pocas palabras: Somos trece y podemos comprar…

¿Qué nos vendes?

–     Huevos, verduras, almendras tempranas, manzanas…

También pasas, porque son de hace bastante tiempo, aceitunas…

Lo que quieras.

–     Dame huevos, manzanas y pan, para todos.

–     Pan no tengo.

En la ciudad lo encuentras.

–     Tengo hambre ahora, no hambre dentro de una hora.

No creo eso de que no tienes pan.

–     No tengo.

La mujer lo está haciendo.

Mira, ¿Ves allá, donde está a aquel viejo? Siempre tiene mucho pan…

 Porque estando más cerca del camino, a menudo se lo piden los peregrinos.

Ve donde Ananías y pídeselo.

Ahora te traigo los huevos.

De todas formas, ten en cuenta que cuestan a un denario el par.

–     ¡Ladrón!

¿Qué pasa? ¿Acaso tus gallinas ponen huevos de oro?

–     No.

Pero uno no está en medio del hedor de los pollos por nada; ya que no es agradable.

Además, ¿No sois judíos?

Pues pagad.

–     Quédate con los huevos y considérate bien pagado

Tomás le vuelve la espalda y empieza a caminar…   

El hombre grita: 

–     ¡Eh, hombre!

¡Ven! Te los doy por menos: tres al denario.

–     Ni cuatro; bébetelos.

Y a ver si se te atragantan.  

El hortelano sigue a Tomás. 

Y le dice: 

–     Ven.

Escúchame.

¿Cuánto me quieres dar?

–     Nada.

Ya no los quiero.

Quería tomar un tentempié antes de entrar en la ciudad.

Será mejor que no coma nada.

Así no pierdo ni la voz para cantar las crónicas del rey, ni el apetito para comer bien en la hostería.

–     Te los doy a un didracma el par.

–     ¡Uf, eres peor que un tábano!

¡Dame esos huevos! ¡Que sean frescos!

Si no, vuelvo y te pongo el morro más amarillo de lo que lo tienes.  

Tomás va con el hombre y vuelve con, al menos, dos docenas de huevos en el vuelo del manto.

Y le dice a Jesús: 

–     ¿Has visto?

A partir de ahora en este pueblo de ladrones, yo hago  las compras; sé cómo tratarlos.

Ellos vienen cargados de dinero a comprar a nuestra tierra, para sus mujeres. 

Los brazaletes nunca son lo suficientemente gruesos…

Y se pasan jornadas enteras regateando el precio.

Ahora me vengo. 

Vamos con aquel otro escorpión.

Ven Pedro.

Y entregándolos, 

dice: 

–    Ten estos huevos, Juan.   

Los dos apóstoles se dirigen a donde está el anciano Ananías…

Que tiene la huerta a lo largo de la vía principal. que conduce a la ciudad.

Y que desde el norte, siguiendo el trazado de las casas del suburbio, 

Es una vía bien adoquinada, sin lugar a dudas, hecha por los romanos.

Ya está cerca la puerta del lado oriental de la ciudad.

Dentro, se ve que la vía prosigue derecha verdaderamente artística, transformada en un doble soportal umbrío;

sostenido por columnas de mármol por cuya fresca sombra la gente camina;

dejando el centro de la calle para los asnos, camellos carros y caballos.

Tomás llega a su destino.

Preguntando:  

–     ¡Salud!

¿Nos vendes pan? 

El anciano no oye o finge que no quiere oír.

La verdad es que el chirrido de la noria es tal, que puede crear confusión.

Pedro pierde la paciencia,

Y grita:

–     ¡Para a tu Sansón!

Al menos podrá coger respiro para no morir ante mi vista.

¡Escúchanos!

El hombre para el burro y mira a su interlocutor con cara de pocos amigos…

Pero Pedro le desarma inmediatamente,

diciendo:

–     ¡Vaya que sí es inteligente!…

¿No te parece acertado llamar Sansón a un burro?

Si eres filisteo te dará gusto porque ofendería a Sansón…

Y si eres israelita también te gustará, porque recordaría una derrota de los filisteos.

Así que…

–     Soy filisteo…

¡Y a mucha honra!

–     Me parece bien.

Yo también te ensalzaré, si nos das pan.

–     Pero, ¿No eres judío?

–     Soy cristiano.

–     Nunca lo había escuchado…

No lo conozco. ¿Qué lugar es?

–     No es un lugar.

Es una persona.

Y yo soy de esa persona.

–     ¿Eres esclavo suyo?

–     Soy más libre que ningún otro hombre,

porque quien es de esa persona, ya no depende sino de Dios.

El anciano pregunta admirado: 

–     ¿Es verdad eso que dices?

¿Ni siquiera del César?

–     ¡Bah!,

¿Cómo vas a comparar al César con Aquel a quien yo sigo?…

¡Al cual pertenezco y en cuyo Nombre te pido un pan!

–     Pero, ¿Pónde está esta persona poderosa?

–     Es aquel hombre de allí, el que mira hacia aquí y sonríe.

Es el Cristo, el Mesías.

¿No le has oído nunca mencionar?

–     Sí.

El rey de Israel.

¿Derrotará a Roma?

–     ¡A Roma!

¡Al mundo entero y hasta al Infierno!

–     ¿Sois sus generales?

¿Vestidos así?

Quizás lo hacéis para evitar el hostigamiento de los pérfidos judíos…

–     Sí y no. Pero…

Dame pan y mientras comemos te explico.

–     ¿Pan?…

¡Hombre y también agua y vino!

¡Y unos bancos aquí a la sombra para ti, tú compañero y tu Mesías!

¡Llámalo!

Pedro trota ligero hacia Jesús. 

Y lo llama: 

–     ¡Ven, ven!

Ese filisteo anciano nos da lo que queramos.

Pero creo que te va a asaltar a preguntas…

Le he dicho quién Eres, más o menos.

Tiene buena disposición.

Todo el grupo se dirige hacia la huerta.

Cuando llegan…

El hombre tiene ya preparados unos bancos en torno a una tosca mesa, a la sombra de una tupida pérgola de vid.

Jesús lo saluda, diciendo: 

–     Paz, Ananías.

Prosperidad a tus tierras por tu caridad.

Que te produzcan pingües frutos.  

El hombre agradece:  

–     Gracias.

Paz a ti. Siéntate, sentaos.   

Y a gritos llama,

Indicando:

–    ¡Anibé! ¡Nubi!

Pan, vino, agua.

Inmediatamente.

 Ordena el anciano a dos mujeres que se ve que son africanas:

Una es completamente negra, de labios gruesos y pelo crespo.

La otra, muy oscura, aunque de tipo más europeo.

El anciano explica:

–     «Son las hijas de las esclavas de mi difunta mujer.

También han muerto ya las que vinieron con ella.

Las hijas han quedado. Son del Alto y Bajo Nilo.

Mi mujer era de allí.

Prohibido, ¿No? no me preocupa. No soy de Israel y las mujeres de raza inferior son dóciles.

–     ¿No eres de Israel?

–     Lo soy a la fuerza…

Porque a Israel lo tenemos al cuello como un yugo. Pero…

Tú eres israelita… ¿Te ofendes por esto que digo?

–     No. No me ofendo.

Lo único que querría es que escucharas la Voz de Dios.

–     A nosotros no nos habla.

–     Eso lo dices tú.

Yo te estoy hablando, y es su Voz.

–     ¡Pero Tú eres el Rey de Israel!.

Las mujeres, que están llegando con el pan, el agua y el vino…

Y que oyen hablar de “rey” se detienen turbadas, mirando al joven rubio, sonriente, honorable, al que el amo llama “rey”.

Y deciden retirarse, casi arrastrando los pies por el respeto.

Jesús les dice:   

–     Gracias, mujeres.

Paz también a vosotras.

Luego, vuelto al anciano:

–     Son jóvenes…

Sigue, sigue tu trabajo.

–     No. La tierra está mojada y puede esperar.

Habla un poco. Anibé, suelta al burro y llévalo a su sitio.

Tú, Nubi, vuelca los últimos arcaduces y luego…  

Dirigiéndose a Jesús, le pregunta:

–    ¿Te vas a detener un tiempo, Señor?

–     No te tomes más molestias.

Me basta con un poco de comida, luego entro en Ascalón.

–     No es molestia.

Ve a la ciudad si tienes esos planes, pero vuelve a la noche;

partiremos el pan y compartiremos la sal.  

Y vuelve a dar órdenes: 

¡Venga, vosotras, daos prisa!

Tú ocúpate del pan, tú llama a Yeteo y que mate un cabritillo y lo preparas para la cena.

Poneos en marcha.

Y las dos mujeres se van sin hablar.  

Ananías reanuda su diálogo con Jesús: 

–     ¿Así que eres Rey?

¿Y las armas?

Herodes es cruel en todas sus manifestaciones.

Nos ha reconstruido Ascalón, pero lo ha hecho buscando su propia gloria. ¡Y ahora!…

Bueno, conoces mejor que yo las vergüenzas de Israel.

¿Cómo te las vas a arreglar?

–     Sólo tengo el arma que viene de Dios.

–     ¿La espada de David?

–     La espada de mi palabra.

–     ¡Pobre iluso!

Perderá la punta y el filo contra el bronce de los corazones.

–     ¿Tú crees?

Mi mirada no se dirige a un reino de este mundo; sino por todos vosotros, al Reino de los Cielos.

–     ¿Todos nosotros?

¿También yo, que soy filisteo? ¿También mis esclavas?

–     Todos.

Tú y ellas. Y hasta por el más salvaje que haya en el centro de las selvas africanas.

–     ¿Quieres construir un reino tan grande?

¿Por qué dices “de los Cielos”? Podrías llamarlo: Reino de la Tierra.

–     No.

No comprendas en modo errado.

Mi Reino es el Reino del verdadero Dios.

Dios está en el Cielo. Por eso es Reino del Cielo.

Todo hombre es un alma vestida de cuerpo.

Y el alma no puede vivir sino en el Cielo.

Yo os quiero curar el alma, eliminar en vuestra alma errores y odios;

conducirla a Dios a través de la bondad y el amor.

–     Me agrada mucho esto.

Aunque no vaya a Jerusalén,

sé que los de Jerusalén no hablan así desde hace siglos.  

¿De modo que no nos odias?

–     No odio a nadie.

El anciano se queda pensando un momento…

Luego pregunta:

–     ¿Y las dos esclavas tienen también alma como vosotros los de Israel?

–     Ciertamente.

No son fieras capturadas.

Son criaturas desdichadas.

Se las debe amar.

¿Tú lo haces?

–     No las trato mal.

Exijo obediencia, pero no uso el látigo.

Y además las alimento bien.

Animal mal nutrido no trabaja, se dice.

Tampoco es buen partido el hombre mal alimentado.

Además… han nacido en casa. Las he visto niñas.

Ahora se quedarán ellas solas, porque soy muy viejo.

Casi ochenta, ¿Sabes?

Ellas y Yeteo son lo que me queda de mi casa de otros tiempos.

Les tengo afecto, como a muebles míos.

Serán ellos quienes cierren mis ojos…

–     ¿Y luego?

–     Y luego…

¡Psss!… No lo sé.

Irán a servir y la casa se disgregará. Lo siento.

La he hecho próspera con mi trabajo. Esta tierra volverá a ser arenosa, estéril…

Esta viña… la plantamos yo y mi mujer.

Aquel rosal… es egipcio, Señor; en él siento el perfume de mi esposa…

Es para mí como un hijo, como mi hijo único… ya polvo, que está enterrado a sus pies…

Esto son penas…  

Mejor morir de joven y no ver esto.

Y la muerte que se acerca…

–     Tu hijo no ha muerto, ni tampoco tu mujer. 

Sobrevive su espíritu, sólo la carne está muerta.

La muerte no debe causar terror.

La muerte es vida para quien espera en Dios y vive en la justicia.

Piensa en esto.

Ahora voy a la ciudad.

Volveré esta noche y te pediré ese pórtico para dormir Yo y los míos.

–     No, Señor.

Tengo muchas habitaciones vacías.

Te las ofrezco.

Judas pone encima de la mesa unas monedas.

–     No. No las acepto.

Soy de esta tierra que os es hostil, pero quizás soy mejor que los que nos dominan.

Adiós, Señor».

–     Paz a ti, Ananías.

Las dos esclavas y Yeteo, un musculoso y anciano campesino, acuden para verlo marcharse.

Jesúss les dice: 

–     Paz también a vosotros.

Sed buenos. Adiós.

Jesús roza con su mano los cabellos crespos de Nubi y los lisos y brillantes de Anibé.

Sonríe al hombre y se marcha.

Poco después entran en Ascalón por la calle del doble pórtico, que va recta hasta el centro de la ciudad.

Ascalón es un  torpe remedo de Roma, con estanques y fuentes;

plazas usadas como foro, torres distribuidas a lo largo de la muralla.

Y por todas partes, el nombre de Herodes que él mismo ha hecho colocar;

para autoaplaudirse, dado que los de Ascalón no lo aplauden.

Hay mucho movimiento, que crece en la medida en que la hora avanza y se va acercando la parte más céntrica de la ciudad;

abierta, aireada, con el mar luminoso como fondo.

Parece una turquesa en una tenaza de coral rosa, por las casas esparcidas en el arco profundo que aquí dibuja la costa:

No es un golfo, es un verdadero arco, una porción de círculo teñida toda de un rosa palidísimo a causa del sol. 

Jesús dice: 

–     Nos separamos en cuatro grupos.

Yo aquí me separo. 

O más bien idos vosotros; luego ya decidiré.

Marchad. Después de la hora nona nos encontraremos de nuevo en la Puerta por la que hemos entrado.

Sed prudentes y pacientes.

Jesús los mira mientras los apóstoles se alejan…

169 EL AMOR DINÁMICO


169 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Por el umbrío camino que une el Monte de los Olivos con Betania, siguiendo con sus prolongaciones verdes, hasta los campos de Betania.

Jesús con los suyos camina ligero hacia la propiedad de Lázaro.

No ha entrado aún y ya lo han reconocido:

Emisarios, que lo son por propia iniciativa, corren en todas las direcciones para avisar de su llegada.

De forma que empiezan a aparecer por un lado, Lázaro y Maximino; por otro, Isaac con Timoneo y José.

La tercera es Marta con Marcela,que levanta su velo para inclinarse a besar la túnica de Jesús.

Inmediatamente después, llegan María de Alfeo y María Salomé, las cuales reciben al Maestro con un gesto de veneración…

Y luego abrazan efusivamente a los propios hijos.

El pequeño Yabé, a quien Jesús sigue llevando de la mano, zarandeado por todas estas impetuosas llegadas…

Observa esto lleno de asombro.

Juan de Endor sintiéndose extraño, se retira hacia la cola del grupo y se aparta.

Y por el sendero que conduce hacia  la casa de Simón, viene la Madre.

Jesús suelta la mano de Yabé y delicadamente elude a los amigos, para apresurarse a ir a su encuentro.

Las ya conocidas palabras rompen el aire: « ¡Hijo! », «¡Mamá! ».

Tañendo como un solo de amor que se destaca entre el murmullo de la gente.

Se besan.

María expresa en su beso toda su angustia que la mantuvo presa desde el arresto del Bautista…

Y al ver a su Hijo, se desvanece el terror que la embargó y que la flaagela, siempre que recuerda las profecóas…

siente el cansancio del esfuerzo realizado y valora en toda su profundidad el peligro que su Hijo ha corrido…

Jesús la acaricia. Ha comprendido.

Dice:

–     Además de mi ángel…

Velaba por mí el tuyo, Madre. No podía sucederme nada malo.

–     Gloria al Señor por ello.

De todas formas he sufrido mucho.

–     Mi deseo ha sido venir antes… 

Pero he seguido otro camino por prestarte obediencia a Tí. Y ha sido positivo:

Tu indicación Madre mía, como siempre, ha sido fructífera.

–     ¡Tu obediencia, Hijo!

–     Tu sabia indicación, Madre…

Se sonríen mutuamente como dos enamorados.  

¿Pero es posible que esta Mujer sea la Madre de este Hombre?

¿Dónde están los dieciséis años de diferencia?

La frescura de su rostro y la gracia de su cuerpo virginal hacen de María la hermana de su Hijo,

que está en la plenitud de su bellísima virilidad.

Un Jesús muy sonriente,

dice: 

–     ¿No me preguntas por qué ha sido fructífera? 

–     Sé que mi Jesús no me oculta nada.

–     ¡Qué encanto eres, Mamá!…

y la vuelve a besar…

La gente se ha mantenido a unos metros de distancia haciendo como que no observa la escena.

Pero todos los ojos, que parecen atentos a otra parte, no se abstienen de mirar de reojo a este tierno cuadro.

El que más mira es Yabé.

Jesús lo había soltado para darse prisa en abrazar a su Madre.

Se ha quedado solo. Ahora, con el aluvión de preguntas y respuestas, el pobre niño pasa inadvertido.

Mira fijamente, agacha la cabeza, lucha contra el llanto…

Pero, al final, no pudiendo más, rompe a llorar gimiendo:

–     ¡Mamá! ¡Mamá!

Todos – los primeros, Jesús y María – se vuelven, todos tratan le poner remedio de alguna forma.

O de saber quién es el niño.

María de Alfeo y Pedro, que estaban juntos, se acercan inmediatamente,

–     ¿Por qué lloras?

Pero antes de que Yabé ahogado por su llanto, pueda tomar respiro para hablar…

Ya ha venido María y tomándolo en brazos,

ha dicho:

–     ¡Sí, hijito mío, Mamá!

No llores más… y perdona si no te he visto antes… Os presento, amigos, a mi hijito…

Y es porque Jesús, en los pocos metros que mediaban, le dijo:

–     Es un huerfanito que he tomado conmigo.

El resto lo ha intuido María y ha consolado rápidamente.

El niño llora, pero ya con menos desolación.

Al final, dado que María lo tiene en brazos y lo está besando, sonríe incluso, con esa carita suya todavía bañada de llanto.

–     Deja que te seque todas estas lágrimas.

¡No debes llorar más! Dame un beso…

Era precisamente lo que estaba deseando Yabé.

Después de tantas caricias de hombres barbudos, se deleita verdaderamente besando la mejilla suave y aterciopelada de María.

Jesús por su parte busca con su mirada a Juan de Endor y lo ve allá, apartado.

Se dirige a él y lo lleva hacia María – que está siendo saludada por todos los apóstoles.

Y teniendo sujeta su mano,

dice:

–     Mira, Madre, el otro discípulo.

Estos son los dos hijos que has ganado por la indicación que me diste.

–     Tu obediencia, Hijo – repite María.

Luego saluda al hombre, diciendo:

–    «La Paz está contigo».

El hombre, el rudo e inquieto hombre de Endor, que tanto ha cambiado ya desde aquella mañana en que el capricho de Judas de Keriot llevó a Jesús a Endor,

termina de despojarse de su pasado al inclinarse ante María, a juzgar por lo sereno y verdaderamente “pacificado” que se ve su rostro cuando lo levanta, una vez cumplido el respetuosísimo saludo.

Se encaminan todos hacia la casa de Simón.

María llevando en brazos a Yabé. 

Jesús – cogida su mano – con Juan de Endor.

Luego a los lados o detrás, Lázaro y Marta, los apóstoles y Maximino, Isaac, José, Timoneo.

En el umbral de la puerta, el anciano servidor de Simón hace un gesto de veneración a Jesús y a su jefe.

Entran en la casa.

–     La paz a ti José, y a esta casa.

Dice Jesús, levantando su mano para bendecir, después de haberla puesto en la cabeza blanca del anciano servidor.

Lázaro y Marta, después del primer impacto alegre, se muestran un poco tristes,

de forma que Jesús pregunta:

–     ¿Por qué, amigos?

–     Porque no estás con nosotros.

Y porque todos se aceran a Tí, excepto esa alma que quisiéramos que fuera tuya.

–     Fortificad la paciencia, la esperanza y la oración.

Además, Yo estoy con vosotros. ¿Esta casa?…

Esta casa no es sino el nido desde el que el Hijo del hombre cada día volará, para ir a ver a sus queridos amigos, que están muy cerca en distancia…

Y  si se considera la cosa sobrenaturalmente, infinitamente más cercanos en el amor.

Vosotros estáis en mi corazón y Yo en el vuestro.

¿Acaso se puede estar más cerca?

De todas formas, esta tarde la pasaremos juntos. Sentaos, sentaos a mi mesa.  

María de Alfeo exclama:

–     ¡Ay, pobre de mí!

¡Y yo aquí holgazaneando! ¡Ven, Salomé, que tenemos cosas que hacer!

 Y se levanta diligentemente para ir a su trabajo.

Tanto el exabrupto como el salto para irse, hace sonreír a todos.

Pero Marta la alcanza,

y le dice:

–     No te preocupes María, por la comida.

Voy a dar las disposiciones oportunas para que tú tengas que preparar sólo las mesas.

Te traerán sillas suficientes y todo lo que se necesita.

Y voñviéndose hacia su dama de compañía,

agrega:   

–    Ven, Marcela.

Vuelvo enseguida, Maestro.

Jesús dice:

–     Juan, lleva al niño a la terraza, para que se divierta.

Juan de Zebedeo siempre obediente, se levanta enseguida de su sitio…

Poco después, se oye el gorjeo del niño y sus patadas en la terraza que rodea la casa.

Luego Jesús  dice:

–    Lázaro, vi a José de Arimatea.

El lunes viene aquí con amigos suyos.

Lázaro exclama:

–     ¡Oh!

¡Entonces ese día estarás conmigo!

–     Sí.

Viene a tratar de una ceremonia que tiene que ver con Yabé y a estar con nosotros.

El niño, -explica Jesús a todos- Es nieto de un campesino de Doras.

Pasé por Esdrelón.  

–     ¿Es verdad que los campos están desolados y que quiere venderlos?

–     Están desolados.

Lo de la venta no lo sé. Un campesino de Yocana me ha aludido a ello, pero no sé si es seguro.

–     Si los vendiera…

Los compraría de buena gana para disponer de un lugar de refugio para Tí, incluso en medio de ese nido de serpientes.

–     No creo que lo consigas.

Yocana ya está pensando en adquirirlos.

–     Veremos…

Pero… continúa tu narración. ¿Qué campesinos son?

–     ¡A todos los de antes los ha desperdigado por distintos sitios!

–     Sí.

Éstos vienen de sus tierras de Judea, por lo menos el anciano que es pariente del niño.

Lo tenía en el bosque como a un animal salvaje, para que Doras no lo descubriera…

Estuvo allí desde el invierno.

Todas las mujeres se conmueven:

–     ¡Oh, pobre niño!

Pero, ¿Por qué?…

–    Porque sus padres quedaron sepultados en el derrumbe que hubo cerca de Emmaús.

Todos: padre, madre, hermanitos. Él sobrevivió porque no estaba en la casa.

Lo llevaron al abuelo. Pero, ¿Qué puede hacer un campesino de un fariseo cómo Doras? 

Tú Isaac, le hablaste de Mí como de un Salvador, aún en este caso.

El pastor pregunta humildemente:

–     ¿Hice mal, Señor?

–     Hiciste bien.

Dios lo quería. El viejo me dio al niño, que en estos días será mayor de edad.

María de Alfeo exclama:

–    ¡Oh, pobrecito!

¿Tan pequeño a los doce? Mi Judas a su edad tenía casi el doble de su tamaño…

Y Jesús, ¡Oh! ¡Qué flor!…

Martha dice:

–    Realmente es muy pequeño.

Pensé que tendría cuando mucho diez años.

Pedro explica:

–      ¡Eh! ¡El hambre es horrible!

Debe haberla padecido desde que vino al mundo.

Además, ¿Qué cosa podía darle el pobre viejo, si allí todos mueren de hambre?

Jesús dice:

–     Sí. Ha sufrido mucho.

Pero es muy bueno e inteligente.  Lo tengo para consolar al viejo.

Lázaro pregunta:

–    ¿Lo adoptas?

–     No. No puedo.

–     Entonces lo tomo yo.

Pedro ve que sus esperanzas se le van y con un verdadero grito de angustia,

exclama:

–     Señor, ¿Todo a él?

Jesús sonríe,

y dice:

–    Lázaro, ya has hecho muchas cosas y te lo agradezco.

Pero no te puedo confiar este niño. Es ‘nuestro niño’. De todos nosotros y la alegría de los apóstoles y del Maestro.

Por otra parte, aquí crecería en medio de la abundancia. Quiero regalarle mi manto real: la pobreza honrada.

Lo que el Hijo del Hombre quiere para Sí, para poder acercarse a todas las grandes miserias, sin mortificar a nadie.

–    Al menos me permitirás…

Pedro grita:

–     ¡Yo me ocuparé de su vestido para la fiesta!

Todos se echan a reír por lo inesperado del grito.

Lázaro dice:

–    Está bien.

Pero tendrá necesidad de otros vestidos. Simón, sé bueno.

También yo estoy sin niños; permite que yo y Martha nos consolemos proveyendo algunas cosas.

Pedro, ante esta súplica de Lázaro se conmueve al punto,

y dice:

–     Pero el vestido del miércoles, lo compro yo.

Me lo ha permitido el Maestro y me dijo que iré mañana con su Madre a comprarlo.

Pedro ha dicho esto por temor de que haya algún cambio en su contra.

Jesús sonríe y dice a María:

–    Sí, Madre.

Te ruego que vayas mañana con Simón; de otro modo este hombre se me muere de ansiedad.

Lo aconsejarás en la compra.

Pedro dice:

–     Ya dije: vestido rojo y faja verde.

Se verá muy bien. Mejor que con ese color que trae ahora.

María sugiere dulcemente:

–     El rojo le quedará muy bien.

También Jesús iba vestido de rojo. Yo propondría que sobre el vestido rojo, hubiese una faja roja o al menos recamada en rojo.

Pedro contesta:

–     Yo decía así…

Porque veo que Judas se ve muy bien con esa faja sobre su vestido rojo.

Judas replica con una sonrisa:

–    Pero estas no son verdes, amigo.

–    ¿No?

¿Entonces de qué color son…?

–     Este color se llama ‘vena de ágatha’

–     ¿Y cómo quieres que yo lo sepa?

Me pareció verde. Lo he visto en las hojas…

María interviene con dulzura:

–     Simón tiene razón.

Es el color exacto con el que se revisten las hojas en las primeras aguas de Tisri.  

Pedro concluye contento:

–     Y como las hojas son verdes, yo pienso que son verdes tus fajas.

María ha puesto paz y ha dado alegría, aún en esta cosa tan pequeña.

Luego dice:

–     Llamad al niño.

Cuando Juan lo trae,

María pregunta acariciándolo:

–     ¿Cómo te llamas?

–     Me llamo…

Me llamaba Yabé. Pero ahora estoy esperando el nombre…

–   ¿Lo estás esperando?

Jesús responde:

–     Sí.

Yabé quiere un nombre que quiera decir que lo salvé.

Lo buscarás, Madre. Un nombre que entrañe amor y salvación.

María piensa…

Y luego dice:

–    Margziam.

Eres la pequeña gota en el mar de los que salva Jesús. ¿Te gusta?

Y así recuerdas la salvación.

–     Es muy hermoso.

Dice contento el niño, mientras María lo acaricia.

María de Alfeo toca el manto de Yabé,

y dice:

–    Esta es una buena lana.

Pero, ¡Tiene un color!...

¿Qué te parece si lo teñimos de rojo oscuro? Quedará mejor.

María contesta:

–    Lo haremos mañana por la tarde.

Porque mañana tendrá un vestido nuevo y ahora no podemos desteñirlo.  

Marta dice:

–     ¿Quieres venir conmigo, niño?

Te llevo aquí cerca a ver muchas cosas. Después volvemos…

Yabé no se opone. Nunca dice que no a nada…

Pero está un poco asustado por la idea de ir con esta mujer casi desconocida.

Dice, tímido y educado:

–     ¿Podría venir conmigo Juan?

–     ¡Pues claro!…

Se marchan.

En su ausencia las conversaciones entre los varios grupos continúan.

Relatos, comentarios, suspiros por la dureza humana.

Isaac relata todo lo que ha podido saber acerca de Juan el Bautista.

Quién dice que está en Maqueronte, quién en Tiberíades.

Los discípulos no han vuelto aún… 

–    Pero, ¿No lo habían seguido?

–     Sí, pero…

Cerca de Doco, los que habían prendido a Juan cruzaron el río con el prisionero.

Y no se sabe si luego subieron hacia el lago o bajaron a Maqueronte.

Juan, Matías y Simeón se han lanzado a la búsqueda, para saber a dónde lo llevaron.

Ciertamente, no lo abandonarán.

–     Como tú tampoco Isaac…

Me abandonarás a este nuevo discípulo. Por ahora estará conmigo. Quiero que pase la Pascua conmigo.

–     Yo la celebraré en Jerusalén, en casa de Juana.

Me ha visto y me ha ofrecido una dependencia de la casa para mí y mis compañeros.

Este año vienen todos. Y estaremos con Jonathán

–     ¿También los del Líbano?

–     También.

Pero quizás no puedan venir los discípulos de Juan.

–     ¿Sabes que vienen los de Yocana?

–    ¡Oh! ¿De verdad?

Pues estaré a la puerta, junto a los sacerdotes encargados de las inmolaciones.

Así, cuando los vea, me los llevaré conmigo.

–     Espéralos para última hora…

Pues tienen el tiempo contado. Pero traen el cordero.

–     Yo también.

Uno espléndido, que me ha dado Lázaro. Inmolaremos éste, de forma que el suyo les servirá para el regreso- 

Vuelven Marta, Juan y el niño; éste lleva un vestido de lino blanco y una sobreveste roja; en el brazo, un manto, también rojo.  

Martha pregunta: 

–     ¿Los reconoces, Lázaro?

¿Te das cuenta como todo sirve?

Los dos hermanos se sonríen mutuamente.

Jesús dice:

–     Gracias, Marta.

–     Señor mío, tengo la enfermedad de guardar todo.

Es herencia de mi madre. Conservo todavía muchas prendas de mi hermano, prendas a las que guardo afecto porque fueron tocadas por nuestra madre.

De vez en cuando tomo una de ellas para algún niño. Ahora es para Margziam. Son un poco largas, pero se pueden arreglar.

Lázaro, alcanzada la mayoría de edad, ya no los quiso… Fue un capricho en toda regla, verdaderamente de niño…

Y se salió con la suya, porque mi madre adoraba a su Lázaro.

La hermana lo acaricia, amorosa.

Lázaro, por su parte, le toma su bella mano, se la besa,

y dice:

–     ¿Y tú no?

Se sonríen de nuevo.

–     Ha sido providencial – observan muchos de los presentes.

–     Sí, mi capricho ha servido para un bien; quizás me será perdonado por esto.  Jesús dice a Lázaro:   

–    Tú, recientemente has recibido también un regalo mío…

–     ¡Ah, sí!

El anciano patriarca y su hija.

La mujer es muy activa y el anciano es muy bueno.

–     ¿Dónde están ahora?

¿En qué sitio los pusiste?

–     ¡Aquí, claro!, en Betania.

¿Cómo crees que iba a querer alejar la bendición que Tú enviabas?

La mujer está en el lino, pues para ese tipo de trabajo hacen falta manos ligeras y expertas.

El anciano, dado que insistió en que quiere trabajar, le he destinado a los panales. 

Ayer – ¿verdad, hermana mía? – tenía una larga barba que parecía toda de oro.

Las abejas, enjambrando, se habían colgado todas de esa enorme y blanca barba.

Y él les hablaba como si fueran hijas suyas. Se le ve feliz.  

Jesús exclama: 

–     ¡Lo creo!

¡Bendito seas! 

–     Gracias, Maestro…

Y de esta manera los diferentes grupos continúan conversando…

Hasta que les avisan  que la cena está ya preparada. Cada uno va a su sitio…

Por la noche, Jesús y María están sentados en la terraza de la casa de Simón y hablan a solas.

Jesús le cuenta todo lo sucedido.

Cuando llega el turno de María,

le dice:

–    Hijo.

Después de tu partida vino a la casa una mujer que te buscaba.

Una gran miseria y una gran redención.

Esta persona tiene necesidad de que la perdones, para que sea tenaz en su resolución.

Se la confié a Susana diciéndole que era una a la que habías curado. Es verdad.

La habría tenido conmigo si nuestra casa no fuese ya un mar, donde todos navegan… Y muchos con malas intenciones.

La mujer siente ya el desprecio por el mundo. ¿Quieres saber quién es?

–    Es un alma.

Pero dime su nombre.

–    Es Aglae.

Romana, danzarina y pecadora, a la que empezaste a salvar en Hebrón.

Que te buscó y te encontró en Aguas Hermosas.

La que ha sufrido mucho por tratar de ser honesta.

Me lo dijo todo. ¡Qué horror!…

–     ¿Su pecado?

–      También.

¡Qué horrible es el mundo! ¡Oh, Hijo mío! Desconfía de los fariseos de Cafarnaúm.

Quisieron utilizar a esta infeliz para hacerte daño…

–     Lo sé madre.

¿Dónde está Aglae?

–    Llegará con Susana antes de la Pascua.

–    Está bien.

le hablaré. Todas las tardes estaré aquí. Menos la de la pascua que dedicaré a la familia. La esperaré.

Si viene, sólo dile que me espere. Es como dijiste: una gran redención.

Y ¡Tan espontánea! En verdad te digo que en pocos corazones, mi semilla ha echado tan profundas raíces, como en este terreno pobre.

Andrés la ayudó a crecer hasta que se hizo grande.

–     Me lo dijo.

–     Madre…

¿Qué has experimentado al acercarte a esa pobre alma?

–     Asco y alegría.

Me pareció estar cerca de un abismo del Infierno.

Pero al mismo tiempo me sentí transportada a la región azul.

¡Cómo eres Dios, Jesús mío; cuando realizas estos milagros

Jesús sonríe…

Y se quedan callados bajo las brillantes estrellas…

Y el candor de una Luna creciente  que le falta un cuarto para llenar totalmente su esplendor…

En silencio, descansando en su mutuo amor: Madre e Hijo…

Dos corazones que se aman…

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