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23.- EL FILOSOFO DETECTIVE


jardin volksgarten-600x399En la casa de Petronio, los dos patricios están conversando animadamente sobre qué hacer, para localizar a la fugitiva.

Petronio dice reflexivo:

–           Casi todas las mujeres de Roma, rinden culto a deidades distintas. Yo creo que Fabiola la habrá educado en el culto a la deidad que ella misma adora. Y cual sea esa deidad, es algo que ignoro. Pero nadie la ha visto ofrecer sacrificios en ninguno de los templos. Una vez corrió el rumor de que era cristiana, pero eso no es posible.

Marco Aurelio lo mira con incertidumbre y contesta:

–           Dicen que los cristianos, además de rendir culto a la cabeza de un asno, son enemigos de la raza humana y cometen los crímenes más abominables.

–           ¡Es imposible que Fabiola sea cristiana! Porque su virtud es notoria. Y una enemiga de la raza humana, no podría tratar a los esclavos como ella lo hace…

–           En ninguna casa romana los tratan como en la de Publio.

–          ¡Ah! Fabiola me mencionó a un Dios Poderoso y Clemente.

–           Si por ese Dios ella ha desterrado de su vida a los demás, está en su derecho de hacerlo.

–           Ha de ser un Dios muy débil, si sólo tiene un puñado de seguidores. A menos que haya muchos y sean ellos los que le ayudaron en la fuga.

–           Su fe prescribe el Perdón. Cuando en el Palatino estaba con Actea, me encontré a Fabiola y me dijo: “Que Dios te perdone el daño que nos has hecho a nosotros y a Alexandra.”

–           Evidentemente ese Dios suyo, es de muy suave pasta. ¡Ah! Pues que te perdone. Y en señal de tal perdón, que te regrese a Alexandra.

–           ¡Si eso pasara, sería capaz de ofrecerle una hecatombe, para mañana mismo! No tengo deseos de comer, ni de bañarme, ni de dormir. Estoy enfermo. Quiero ir a buscarla…

Petronio le observó  y verdaderamente Marco Aurelio presenta un aspecto miserable y se ve enfermo.

Y le dijo:

–           La fiebre te atormenta.

–           Así es.

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–           Entonces óyeme. No sé qué prescriba el médico para estos casos, pero hay un proverbio extranjero que dice que un clavo saca otro clavo. Expresado de otra manera: lo que yo haría mientras encontramos a la prófuga, sería buscar en otra, lo que por el momento se ha desprendido de mí, llevándoselo con ella. He visto en tu casa de campo mujeres muy bellas.

Marco Aurelio movió la cabeza negando…

Y antes de que pueda decir palabra alguna, Petronio continuó:

–                      No me contradigas. Yo sé lo que es el amor y comprendo que mientras se desea a una mujer, no hay quién pueda ocupar su sitio. Pero en una bonita esclava es posible encontrar, aunque solo sea momentánea, una buena distracción.

Marco Aurelio replicó:

–           No la necesito.

Pero Petronio, que lo ama de verdad y desea suavizar su sufrimiento, se puso a meditar la manera de conseguirlo.

–           Acaso tus esclavos no tengan el encanto de la novedad. –y se puso a examinar a Aurora con aire reflexivo.

Se decidió. La tocó en la cadera con la palma de la mano, empujándola suavemente:

–         ¡Mira ésta gracia! Tiene una belleza perfecta. Puedes creer que yo mismo no me explico la razón, de por qué no me había fijado en ella hasta hoy. Pues bien. Te la doy. ¡Tómala para ti!

Cuando Aurora escuchó estas palabras, palideció y miró al tribuno con ojos de zozobra. Y esperó la respuesta conteniendo la respiración.

Pero Marco Aurelio se levantó apretándose las sienes y moviendo la cabeza como quién no quiere escuchar nada.  Y sintiéndose verdaderamente enfermo, exclamó:

–           ¡No! No la quiero. Tampoco quiero a las otras. Te lo agradezco, pero no la necesito. Buscaré a Alexandra por toda la ciudad. Ordena que me traigan una capa con capucha. Ya me voy…

Y se apresuró a salir.

Petronio vio que era imposible detenerlo. Y tomó su negativa como una aversión temporal a las demás mujeres.

Y buscando consolarlo, dijo a la esclava:

–           Aurora, te bañarás, ungirás y vestirás. Y luego irás a la casa de Marco Aurelio.

Pero ella se postró a sus pies y le imploró:

–           Te lo suplico amo, no me alejes de tu casa. Yo no iré a la casa de Marco Aurelio. Prefiero ser la última de las siervas en tu casa, a la favorita en la casa de él. ¡No quiero ir! ¡No puedo ir! ¡Te lo ruego, ten piedad de mí! ¡Ten piedad, amo! ¡Ten piedad! ¡Castígame, pero no me despidas!

Y temblando como una hoja por el temor y la emoción, extendió las manos hacia Petronio, quién la había estado escuchando verdaderamente asombrado.

Es algo tan insólito el que una esclava llegue a pedir que se le exima de cumplir una orden, llegando al punto de decir: ‘no quiero’ ‘no puedo’ que al principio Petronio no quiso dar crédito a sus oídos.

Finalmente frunció el ceño. Es un hombre demasiado refinado para mostrarse cruel. Sus esclavos, principalmente en lo que se refiere a diversiones, disfrutan de una mayor libertad que otros; pero a condición de hacer su servicio de una manera ejemplar y de rendir homenaje a la voluntad de su amo, como a la de un dios.

Más en caso de faltar a cualquiera de estas dos reglas, él no puede prescindir de aplicar el castigo correspondiente.

Y como por otra parte es insoportable para él toda contrariedad que perturbe su norma, contempló un instante a la joven arrodillada y dijo:

–           Llama a Héctor y vuelve con él.

Aurora se levantó temblando y llorando. Después de un ratito, regresó acompañada del mayordomo griego.

Petronio le ordenó:

–           Llévate a Aurora y le darás veinticinco azotes de tal forma que no le maltrates la piel.

Y dicho esto, se fue a su biblioteca a trabajar en su nuevo libro.

Héctor se quedó pasmado…

Frunció el ceño, miró a la joven y dijo:

–          ¡Aurora! ¿Qué hiciste?…

Aurora permaneció callada y con la vista fija en el  mármol del piso.

Héctor movió la cabeza, suspiró y ordenó:

–          ¡Vamos!

Dos horas después…

En la biblioteca Petronio le da vueltas entre sus dedos a su estilo. No ha escrito ni una sílaba.  La fuga de Alexandra y la enfermedad de la Infanta, lo perturbaron tanto que no se ha podido concentrar.

A Petronio le preocupa que el César piense que Alexandra hechizó a la niña, pues la responsabilidad puede recaer también sobre él, porque por petición suya ella había sido llevada al palacio. Pero él espera poder convencer al César, de lo absurdo de esa idea.

Además ha notado cierta inclinación hacia él, que Popea cree tener cuidadosamente escondida… pero que no lo está tanto, puesto que Petronio ya se dio cuenta.

Después de meditar un poco, decidió desechar estos temores, se encogió de hombros y fue al triclinium a almorzar.

Pero a su paso por el corredor vio a Aurora que está junto a un grupo de otros sirvientes y se olvidó de que no había dado ninguna otra orden referente a ella más que los azotes.

Frunció el ceño y llamó al mayordomo.

Un joven se adelantó diciendo:

–           No está aquí amo. Fue al almacén a recibir a unos proveedores.

Entonces le preguntó a Aurora:

–           ¿Recibiste los azotes?

La hermosa esclava le contesta feliz y agradecida:

–          ¡Oh, sí señor! ¡Los he recibido! ¡Oh, sí señor!

Es evidente que para ella, los azotes recibidos  los considera como una compensación por no haber sido despedida de la casa y que cree que puede seguir permaneciendo en ella.

Cuando Petronio comprendió esto, tuvo que admirar la vehemente obstinación de la joven. Pero conoce demasiado la naturaleza humana, para no advertir que solo el amor puede dar alas a una resistencia semejante.

Y la interrogó:

–           ¿Amas a alguien en esta casa?

Aurora alzó sus hermosos ojos azules llenos de lágrimas y en una voz tan suave que apenas se oyó, dijo:

–           Sí, señor. –y se ruborizó.

Y Petronio admiró su cara perfecta, que muestra  una expresión de temor y de esperanza. La vio tan bellísima y con una mirada tan suplicante, que no pudo reprimir un sentimiento de compasión. Y señalando a los siervos con un movimiento de cabeza, preguntó:

–           ¿A quién de éstos amas?

No hubo contestación.

Ella inclinó la cerviz hasta los pies de su amo y permaneció inmóvil.

Petronio miró entonces al grupo de esclavos. Los observó detenidamente y nada pudo leer en el semblante de ellos, salvo una sonrisa extraña…

Contempló entonces a Aurora, que seguía postrada a sus pies y luego de un momento sacudió la cabeza y se dirigió en silencio al triclinium.

Después de comer, ordenó que le llevasen a palacio y luego a casa de Sylvia, en cuya compañía permaneció hasta el día siguiente.

A su regreso hizo llamar a Héctor y le preguntó:

–           ¿Recibió Aurora los azotes?

Héctor contestó:

–           Sí, señor. Pero tú no has permitido que se le corte la piel.

Petronio añadió:

–           ¿Te di alguna otra orden respecto a ella?

mayordomo-hectorEl mayordomo se alarmó y contestó trémulo:

–           No, señor.

–           Está bien. ¿A cuál de los esclavos ama Aurora?

Héctor lo miró sorprendido y luego dijo:

–           A ninguno, señor.

–           ¿Qué sabes tú de ella?

Héctor comenzó a hablar con voz insegura:

–           Por la noche jamás sale de su cubículum en el cual vive con la anciana Penélope y Cloe. Después de que te viste, se encarga con otras esclavas del aseo de tu cubículum y de tu ropa. Hace ofrendas en el lararium y jamás entra a los departamentos de los baños… Y no se relaciona con nadie.  Las demás esclavas la ridiculizan por esto, llamándola Minerva (La diosa virgen)

–          ¡Es suficiente! Mi sobrino Marco Aurelio la rechazó. Así pues, puede quedarse aquí. Ahora retírate.

–           Señor. ¿Me permites decirte otra cosa de Aurora?

–           Ordené que me dijeras todo lo que sepas.

–           Toda la familia comenta la fuga de la doncella que debía habitar la casa del noble Marco Aurelio. Después de tu partida, Aurora me dijo que ella conoce a un hombre que la puede encontrar.

–           ¿Ah, sí? ¿Y qué clase de hombre es ése?

–           No lo sé, señor. Pero he creído mi deber informarte del asunto.

–           Está bien. Encárgate de que ese hombre venga lo más pronto posible, junto a la llegada de mi sobrino a quién pedirás en mi nombre que venga a verme.

–           Voy a hacerlo amo.

El mayordomo se inclinó y salió.

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Pero Petronio se puso a pensar en Aurora.

Al principio creyó que la joven sierva deseaba que Marco Aurelio encontrase a Alexandra, para no verse obligada a irse de la casa. Luego se le ocurrió que el hombre del que Aurora hablaba, pudiera ser su amante…

Y esto no solo NO le gustó nada, sino que le hizo sentir un extraño enojo.

La manera más sencilla de saber la verdad, era preguntándoselo a ella. Pero la hora ya era avanzada y él se sentía cansado.

Cuando se retiró a su cubículum y sin saber por qué, recordó a Sylvia. Había notado que ya no era una jovencita y pensó que su belleza ya no era tanta, como se la celebraban en Roma.

Por una extraña razón, ha dejado de gustarle…

Dos días después…

Petronio apenas acaba de vestirse en el unctorium, cuando llegó Héctor a avisarle que Marco Aurelio había llegado.

Éste entró detrás del mayordomo y con una voz llena de ansiedad, dijo:

–           Salve, Petronio. Héctor me ha dicho que has encontrado a un hombre capaz de encontrar a Alexandra. ¿Es verdad?

Petronio confirmó:

–           Eso veremos. Aurora lo conoce. Ahora que venga a arreglar los pliegues de mi toga, lo sabremos con certeza.

–           ¡Ah! ¿La esclava que me cedías el otro día?

–           Sí. La misma que tú rechazaste y por lo cual te estoy muy agradecido, porque es la mejor camarera de toda la ciudad. Y también la más hermosa.

Ella entró cuando él decía estas palabras, se ruborizó llena de alegría y tomando en sus manos la toga que estaba sobre una silla de ébano, abrió aquella vestidura y la puso sobre los hombros de Petronio. En su rostro hay una expresión de radiante felicidad.

Petronio la observó como si la viera por primera vez y se complació en su belleza. Una sonrisa enigmática se dibujó en sus labios y una mirada reflexiva ocultó sus más íntimos pensamientos mientras ella, con movimientos expertos empezó a arreglársela, inclinándose a veces para dar más amplitud a los pliegues.

Petronio la mira, no como el amo acaudalado que examina una adquisición que adorna su casa; sino que empezó a admirar la armoniosa hermosura de su conjunto: su piel alabastrina, que invita a ser acariciada…

Y sin darse cuenta empezó a dejarse fascinar por el encanto que comienza a seducir, cuando un hombre se enamora de una mujer.

–           Aurora. –le dijo con voz suave- ¿Ha venido al llamado de Héctor, el hombre que mencionaste ayer?

Aurora contestó:

–           Ha venido, señor.

–           ¿Cómo se llama?

–           Prócoro Quironio.

–           ¿Quién es él?

–           Un médico, un sabio y un adivinador del futuro, que lee los destinos de los hombres.

–           ¿Te ha predicho a ti el futuro?

Un vivo rubor cubrió el rostro de Aurora hasta las delicadas orejas y todo su cuello, antes de decir:

–           Sí, señor.

–           ¿Y cuál ha sido su predicción?

–           Que el dolor y la felicidad me saldrían al encuentro.

–           El dolor te llegó en las manos de Héctor. De manera que ahora le toca el turno a la felicidad.

–           Ha llegado ya, señor.

Petronio la miró sorprendido:

–           ¿Cómo?

Ella contestó con un murmullo apenas audible:

–           Me quedo.

Petronio puso una mano sobre su cabeza rubia y le dijo:

–           Has hecho bien tu trabajo y estoy muy contento contigo, Aurora.

Ante aquel ligero contacto, la jovencita se sintió desmayar de alegría. Y su corazón palpitó trepidante, mientras Petronio y Marco Aurelio pasaron al atrium, donde los esperaba el griego.

Cuando éste los vio, les hizo una profunda reverencia.

Y Petronio sonrió al recordar su sospecha del día anterior de que tal hombre pudiera ser el amante de Aurora…

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Prócoro es un viejo de regular estatura, de cabellos rizados ralos que alguna vez fueron rubios y ahora lucen un color raro… Porque son evidentes los intentos por cubrirlos con una especie de tinte, para disimular las canas que también hay en su bigote y su barba.

Tiene una cabeza más bien calva, con un rostro lleno de arrugas, en el que sobresale una protuberante nariz de beodo y más bien parece la cara de un sátiro, con una mirada de zorro.

Como tiene los ojos miopes y uno más que el otro, las patas de gallo se acentúan en el lado izquierdo. Son ojos de un verde desvaído con tintes amarillos y una expresión taimada, disimulada con una sonrisa hipócrita y servil.

Mueve con afectación unas manos blancas… Tan pequeñas y delicadas que parecen de mujer y que para nada ayudan a su figura grotesca y un tanto ridícula, por lo afectado de sus modales.

Podría decirse que es un esclavo, intentando ser un patricio… Y sus vanos esfuerzos aumentan los defectos que trata de ocultar.

Definitivamente es una figura extraña. Vestido con una túnica de lana y un manto que alguna vez fuera un rico manto y en el que se notan algunos agujeros…

La vista de este personaje le hizo recordar a Petronio a Tersites, (griego feo, que en el sitio de Troya al hablar mal de Aquiles, fue muerto por éste de una puñalada) el de Homero. Así pues, contestando a su saludo con un movimiento de la mano, dijo:

–           ¡Salve, divino Tersites! ¿Dónde está la giba con que te obsequió Ulises en Troya y qué hace él ahora en los Elíseos?

Prócoro Quironio replicó:

–           Noble señor, Ulises el más sabio de los muertos, envía por mi conducto un saludo a Petronio, el más sabio de los vivos; junto con el encargo de que cubra mi futura giba con un manto nuevo.

Petronio exclamó sorprendido:

–           ¡Por Zeus! Esa respuesta bien merece un manto.

Y los dos se enfrascaron en un intercambio filosófico agudo y lleno de ingenio…

La continuación de este diálogo fue interrumpida bruscamente por Marco Aurelio, al preguntar:

–           ¿Tienes una idea clara de la empresa que vas a emprender?

Prócoro hizo una inclinación de cabeza ante Marco Aurelio, antes de decir:

–           Cuando todos los miembros de las dos nobles casas, no hablan de otra cosa. Y cuando Roma entera repite la noticia, no es difícil saberlo. Anteayer por la noche fue interceptada una doncella llamada Alexandra y que estaba en custodia en la casa de Publio Quintiliano.

Tus esclavos… ¡Oh, señor! Cuando la conducían del palacio del César a tu casa, fue cuando se verificó el suceso. Yo me comprometo a encontrarla en la ciudad. Y si hubiera salido de ella, lo que es poco probable… A indicarte noble tribuno, a donde ha huido y el sitio donde se haya ocultado.

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A Marco Aurelio le agradó la precisión de la respuesta y dijo:

–           Está bien. ¿Con qué medios cuentas para hacer esto?

Prócoro sonrió con malicia y expresó:

–           Tú tienes los medios, señor. Yo solo poseo el ingenio.

Petronio sonrió a su vez. Está muy complacido con su huésped y pensó:

“Este hombre la va a encontrar.”

Marco Aurelio frunció el entrecejo y advirtió:

–           ¡Desdichado! Si llegas a engañarme por codicia, daré orden de que te apaleen.

Prócoro se defendió:

–           Soy filósofo, señor. Y un filósofo no es capaz de sentir el ansia de la recompensa. Especialmente la que con tanta magnanimidad me estás ofreciendo.

Petronio intervino:

–           ¡Ah! ¿Eres tú filósofo? Aurora me ha dicho que eres médico y adivino. ¿Dónde la conociste?

–           Ella acudió en demanda de mi ayuda, porque mi fama había llegado a sus oídos.

–           ¿Qué clase de auxilio necesitaba?

–           Para el amor, noble señor. Ella necesitaba ser curada de un amor no correspondido.

–           ¿Y la curaste?

–           Hice más que eso, señor. Le di un amuleto que asegura la reciprocidad. ¡Oh, señor! En Páfos, en la Isla de Chipre, hay un templo en el cual se conserva un cinturón de Venus. Le he dado dos hilos que proceden de ese cinturón, encerrados en una cáscara de almendra.

–          Me imagino que te hiciste pagar bien por ello.

–           Jamás puede pagarse suficiente por la reciprocidad en el amor. Y yo que carezco de dos dedos en mi mano derecha, me veo obligado a juntar dinero para comprar un esclavo copista a quién pueda encargar la tarea de escribir mis pensamientos. Y conservar así el fruto de mi sabiduría, para el bien de la humanidad.

–           ¿A qué escuela perteneces?

–           Señores, yo soy cínico; porque llevo un manto agujereado. Soy estoico, porque soporto con paciencia la pobreza. Soy peripatético, porque no poseo una litera y voy a pie de una tienda de vinos a la otra… Y en el camino enseño a todo aquel que promete pagarme el valor de un cántaro de vino.

–           ¿Y ante el cántaro te vuelves retórico?

–           Heráclito declara que ‘todo es fluido’. ¿Podrías negar tú señor, que el vino es fluido?

–           Y ha declarado también que el fuego es una divinidad y por eso la divinidad irradia de tu nariz.

Prócoro no se intimida…

–           Los otoños son fríos y un sabio de genuina estirpe ha de calentar su inspiración y su cuerpo con vino. ¿Acaso podrías negar este consuelo a un pobre ser humano?

Petronio continuó con su interrogatorio:

–           Prócoro Quironio, ¿De dónde eres?

–           Nací en Macedonia. Soy oriundo de Estagira…

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–           ¡Oh! Entonces tú eres grande.

El sabio respondió con aire reflexivo:

–           Y desconocido…

Marco Aurelio volvió a impacientarse.

Ante la perspectiva de la esperanza que ilumina de pronto su vida, toda esa conversación le pareció simplemente ociosa. Están desperdiciando el tiempo y se siente muy incómodo…

Se decide y le pregunta al griego:

–           ¿Cuándo comenzarás con tus investigaciones?

Prócoro respondió con una sonrisa triunfal:

–          Las he comenzado ya. Y aun cuando ahora me encuentro aquí respondiendo a tus preguntas, ya estoy trabajando en el asunto que te preocupa.

Petronio preguntó:

–           ¿Te has ocupado antes de servicios de este género?

–          Soy un filósofo incomprendido y tengo necesidad de buscar otros medios de subsistencia.

–           ¿Cuáles son tus recursos?

–           Averiguarlo todo y servir con mis noticias a quién de ello tenga necesidad.

–           ¿Y quién paga eso?

–          ¡Oh, señor! Necesito comprar un copista. De otra forma mi sabiduría perecerá conmigo.

Petronio lo miró evaluándolo y declaró:

–           Si hasta hoy no has reunido lo suficiente para comprar un manto nuevo, no pueden ser tan buenos esos servicios tuyos.

Prócoro no se amilanó:

–           Soy modesto. ¡No! Mis servicios no son pequeños. Ponme a prueba y lo verás…

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Marco Aurelio pensó que este hombre era como un sabueso. Una vez puesto en la pista, no se detendrá hasta descubrir el escondite de Alexandra.

E indagó:

–           Y bien. ¿Necesitas mayores indicios?

–           Necesito armas.

Marco Aurelio lo miró con sorpresa e indagó:

–           ¿De qué clase?

El griego extendió una mano y con la otra hizo ademán como si contara dinero.

Lanzó un profundo suspiro y dijo lacónico:

–           Tales son los tiempos.

Petronio intervino y preguntó:

–          ¿Entonces tú has de ser el asno que quiere ganarse la fortaleza con bolsas de oro?

Prócoro suspiró y contestó con humildad:

–           Yo soy tan solo un pobre filósofo. Ustedes tienen el oro.

Marco Aurelio le arrojó una bolsa que el griego cogió en el aire…

Y éste, respondió decidido:

–          Sé más de lo que tú crees. No he venido aquí con las manos vacías. Sé que no ha sido Publio Quintiliano quién interceptó a la doncella, porque he hablado con los esclavos del general. Sé que la Princesa Alexandra no está en el Palatino, porque allí todos están preocupados sólo por la Infanta Augusta.

Y es posible que pueda yo adivinar porqué quieres buscar a la doncella con mi ayuda, antes que con los guardias de la ciudad y los soldados del César. Sé que su fuga se efectuó con la ayuda de un sirviente, un esclavo originario del mismo país en el que ella nació.

Los que le ayudaron al sirviente no fueron esclavos, porque ellos se ayudan unos a otros. Y nadie los hubiera podido coaligar contra los tuyos. Solamente algún correligionario ha podido prestarle ayuda.

Petronio no pudo contenerse y exclamó:

–           ¿Lo has oído, Marco Aurelio? ¿No es eso palabra por palabra, lo mismo que yo te he sostenido?

Prócoro dijo:

–           Es un honor para mí. Es indudable que la doncella rinde culto a la misma divinidad que adora Fabiola, esa dama virtuosa que es una verdadera matrona romana. He sabido también que Fabiola adora a un Dios extranjero, pero sus esclavos no supieron decirme qué Dios es, ni cómo se llaman los que le rinden culto.

Si yo pudiera saberlo, iría a buscarlos y me convertiría en el más abnegado prosélito de esa religión y me ganaría su confianza… También sé señor, que tú pasaste una temporada en la casa del noble Publio y… ¿Tú no me puedes dar información sobre ese particular?

Petronio está más que admirado…

Marco Aurelio contestó:

–           No puedo.

Prócoro tomó el dominio de la situación:

–          Nobles señores, me han hecho ya varias preguntas. Permitid que ahora sea mí turno y os haga una: ¿No habéis visto a Fabiola o a tu divina Alexandra, llevar algún amuleto o adorar alguna estatua; presentar alguna ofrenda o celebrar alguna ceremonia? ¿No les has visto hacer algunos signos inteligentes solo para ellos?

Marco Aurelio exclamó:

–           ¡Signos! ¡Espera!… Sí. Vi una vez a Alexandra dibujar un pescado sobre la arena.

EL PESCADO Y SU SIGNIFICADO

–           ¿Un pescado? ¡Aaaah! ¡Ooooh! Y dime: ¿Ella hizo eso una o varias veces?

–           Solo una vez.

–           ¿Y estás seguro señor, de que fue un pescado lo que dibujó?

A Marco Aurelio se le avivó la curiosidad y preguntó:

–          Sí. ¿Tú sabes lo que significa?

Prócoro Quironio dijo:

–           Lo averiguaré. –Se inclinó en señal de despedida y agregó- ¡Quiera la fortuna derramar igualmente sobre ambos, toda clase de beneficios, nobles y dignos señores!

Petronio al despedirse, especificó:

–           Ordena que te entreguen un manto.

El griego lo miró con respeto y dijo:

–           Ulises te da las gracias en nombre de Tersites.

Y salió haciendo una profunda reverencia…

Cuando se quedaron solos Petronio preguntó a Marco Aurelio:

–           ¿Qué opinas sobre este sabio?

Marco contestó alborozado:

–          Creo que encontrará a Alexandra. Pero también digo que si hubiera un reino de los pícaros, éste sería su más digno soberano. Es todo un pillo.

–           Coincido contigo. Por cierto… He de estudiar más de cerca a este estoico que viene tan perfumado.

El tribuno sólo encoge los hombros…

Mientras tanto Prócoro Quironio oprime en su mano bajo los pliegues de su manto nuevo, la bolsa que le diera Marco Aurelio, admirando tanto su peso, como su áureo retintín.

Y se dirigió a la taberna de Quinto, a escanciar un poco de vino. Y a agradecer a la fortuna porque por fin ha encontrado lo que por tanto tiempo buscó…

Pensó: “Él es joven, irascible, opulento como las minas de Chipre y está dispuesto a pagar la mitad de su fortuna, con tal de recuperar a su amada. Éste es el hombre que me hacía falta. Y sin embargo debo tener mucho cuidado, pues su ceño no me augura nada bueno. ¿Conque ella trazó un pescado sobre la arena? No sé lo que significa eso, pero muy pronto lo sabré.”

Y con determinación siguió su camino…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

6.- ARBITER ELEGANTIARUM


En una villa ancestral  que en su mayor parte está orientada hacia el sur. Hay un pabellón apartado que está rodeado por un patio al que dan sombra muchas palmeras; varios robles, sauces llorones, cedros, fresnos  y cuatro plátanos. En el centro, una fuente derrama su agua en una pila de mármol y salpica suavemente los plátanos que la rodean y las plantas que éstos cobijan. En este pabellón está ubicado un dormitorio que no permite entrar la luz del día, ni escuchar el ruido. A un lado está el triclinium (comedor)

Existe también una habitación sombreada por el verdor del plátano más cercano, decorada con  una espléndida pintura que representa a unos pájaros posados sobre las ramas de unos árboles. Aquí se encuentra una pequeña fuente con una pila rodeada por unos surtidores que emiten un susurro muy agradable.

Es el refugio de un escritor. Y sobre la mesa de trabajo se puede ver un fragmento de su última obra literaria, en la que está desarrollando su talento. Al acercarse se puede leer: “La Cena de Trimalción…”  El autor trabaja en ella por las mañanas, cuando se lo permiten las fiestas de Nerón…

Ahora, después del banquete de la víspera que se prolongó más de lo acostumbrado; Tito Petronio se levantó tarde sintiéndose sumamente  fastidiado…

En  su travesía por los baños recuperó su ingenio y complacido, se sintió rejuvenecer. Rebosante de vida, de energía y de fuerza; cuando estaba sumergido en el agua tibia, le avisaron que su sobrino Marco Aurelio acaba de llegar a visitarlo.

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Petronio ordena que lo conduzcan al jardín adyacente para conversar plácidamente y sale del agua poniéndose una bata de lino suave.

Marco Aurelio es hijo su hermano Publio, el mayor y más querido. Y ha estado sirviendo bajo las órdenes de Corbulón en la guerra contra los partos. Es su sobrino predilecto. Un hombre íntegro; que ha heredado de su tío el gusto por el placer, el arte, la belleza y la estética; cualidades que Petronio valora sobre todo lo demás. No por nada le han apodado el “Árbitro de la Elegancia.”

Toma una manzana del platón que está en la mesa más cercana y está a punto de morderla, cuando entró un joven con pasos largos y flexibles exclamando:

–                 ¡Salve Petronio! Que te sean propicios todos los dioses.

Petronio sonríe y contesta:

–          ¡Salve Marco Aurelio! Te doy la bienvenida a Roma. Espero que disfrutes de un  merecido descanso después de las fatigas de la guerra. ¿Qué noticias traes de Armenia?

Mientras el joven se sienta en una banca a su lado, exclama con cierto fastidio:

–           De no ser por Corbulón, esta guerra sería un desastre.

–           ¡Es un verdadero Marte! ¿Sabes que Nerón le teme?

Marco Aurelio lo mira sorprendido y pregunta:

–           ¿Por qué?

–           Porque si quisiera, podría encabezar una revuelta.

–           Corbulón no es ambicioso hasta ese grado.

Petronio sentencia:

–          Si quitáramos la ambición y la vanidad ¿Dónde quedarían los héroes y los patriotas?

–           Lo conozco bien y sé que no debéis temer nada de él. Hablas como Séneca.

–          Se puede apreciar el carácter de un hombre en la forma como recibe la alabanza. Y tienes razón. Séneca es un maestro al que hay muchas cosas que aprenderle. Es uno de los pocos hombres que respeto y admiro.

Petronio cerró los ojos y Marco Aurelio se fijó en el semblante un tanto demacrado de su tío y cambiando el tema, le preguntó por su salud.

El augustano hizo un mohín, antes de replicar:

–           ¿Salud? No lo sé. Mi salud no está como yo quisiera. Trato de ser fuerte y aparento estar perfectamente. Pero empiezo a sentir un cierto cansancio que… Considerando las circunstancias, creo que estoy bien. ¿Y tú cómo estás?

–           Las flechas de los partos respetaron mi cuerpo, pero… un dardo de amor acaba de  herirme y ha acabado con mi tranquilidad. Estoy aquí para pedirte un consejo.

Petronio lo miró sorprendido y dijo:

–         Te puedes casar o quedarte soltero. Pero te aseguro que te arrepentirás de las dos cosas.- luego lo invitó – Vamos a sumergirnos en el agua tibia y me sigues platicando. ¿Qué te parece?

Marco Aurelio aceptó encantado:

–           Vamos.

Los dos regresan al frigidarium.  Marco Aurelio se desnuda y Petronio contempla el cuerpo vigoroso de su sobrino. Le recuerda las estatuas de Hércules que adornan el camino al Palatino. Es un atleta pleno de vigor juvenil. Y en el armonioso rostro que completa la apolínea belleza masculina, hay un gesto de sufrimiento reprimido. El joven se lanza al agua, salpicando el mosaico que representa a Perseo liberando a Andrómeda.

Petronio admira todo esto con los ojos regocijados del artista embelesado con la auténtica belleza…

Y después de lanzarse al agua, dice:

–          En la actualidad hay demasiados poetas. Es una manía de los tiempos que vivimos. El césar escribe versos y por eso todos lo imitan. Lo único que no está permitido es escribir mejores versos que él… Hace poco hubo un certamen y Nerón leyó una poesía dedicada a las transformaciones de Niobe. Los aplausos de la multitud cubrieron la voz de Nerón; pero en aquellas muestras de forzado entusiasmo faltaba el acento de la espontaneidad que nace del corazón.

Luego Lucano declamó otra, celebrando el descenso a los infiernos de Orfeo. Cuando se presentó, el respeto y el temor contenían a los oyentes… Más por uno de esos triunfos del arte que parecen milagrosos, el poeta logró suspender los ánimos; los arrebató y consiguió que se olvidaran de sí y del emperador. Y le decretaron unánimes el laurel de la gloria y el codiciado premio. ¿Te imaginas lo que sucedió después?…

Imposible que Nerón consintiese un genio superior a su inspiración. Se salió despechado del certamen y prohibió a Lucano que volviese a leer en público sus versos. Por eso yo escribo en prosa.

–          ¿Para ti no ambicionas la gloria?

–           A nadie ha hecho rico el cultivo del ingenio.

–           ¿Qué estás escribiendo ahora?

–          Una novela de costumbres: las correrías de Encolpio y sus amigos Ascilto y Gitón.  Ya casi la termino. Estoy en el convite ridículo de un nuevo rico. Lo he titulado “La Cena de Trimalción”

–           ¿El libro?

–          No. El capítulo. El libro es una sorpresa. Espera un poco… – se queda pensativo un momento. Y luego añade- Enobarbo ama el canto. En particular el suyo propio. Dime ¿Tú no haces versos?

Marco Aurelio lo mira sorprendido… y luego responde firme:

–           No. Jamás he compuesto ni un hexámetro.

–           ¿Y no tocas el laúd, ni cantas? – insiste Petronio.

–           No. Me gusta oír a los que sí saben hacerlo.

–           ¿Sabes conducir una cuadriga?

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–           Lo intenté una vez en Antioquia, pero fui un fracaso.

–          Entonces ya no debo preocuparme por ti. Y ¿A qué partido perteneces en el hipódromo?

–           A los azules; porque los únicos que me entusiasman son Porfirio y Scorpius.

–          Ahora sí ya estoy del todo tranquilo. Porque en la actualidad hacer cualquiera de estas cosas es muy peligroso. Tú eres un joven apuesto y tu único peligro es que Popea llegue a fijarse en ti. Pero no…  Esa mujer tiene demasiada experiencia y le interesan otras cosas. ¿Sabes que ese estúpido de Otón, su ex marido? ¿Todavía la ama con locura? Vaga por la España, borracho y descuidado en su persona.

–           Comprendo perfectamente su situación.- suspiró Marco Aurelio.

Petronio  movió la cabeza. Y siguieron conversando…

Cuando más tarde salieron del Thepidarium, dos bellas esclavas africanas, con sus perfectos cuerpos como si fueran de ébano, los esperan para ungirlos con sus esencias de Arabia…

Al terminar, otras dos doncellas griegas que parecen deidades, los vistieron.

Con movimientos expertos adaptaron los pliegues de sus togas. Marco Aurelio las contempló con admiración y exclamó:

–           ¡Por Júpiter! ¡Qué selecciones haces!

Petronio sentenció:

–           La belleza y la rareza fija el precio de las cosas. Prefiero la calidad óptima. Toda mi “familia” (Un amo con sus parientes  y sus esclavos) en Roma, ha sido seleccionada con el mismo criterio.

–           Cuerpos y caras más perfectos no posee ni siquiera el mismo Barba de Bronce.- alaba Marco Aurelio mientras aspira los aromas con deleite.

–           Tú eres mi pariente.- aceptó Petronio con cariño. Y agregó- Y yo no soy tan intolerante como Publio Quintiliano.

Marco Aurelio al escuchar este nombre se queda paralizado. Olvidó a las doncellas y preguntó:

–           ¿Por qué has recordado a Publio Quintiliano? ¿Sabías que al venir para acá una serpiente asustó a mi caballo y me derribó?  Pasé varios días en su villa fuera de la ciudad. Un esclavo suyo, el médico frigio Alejandro, me atendió. Precisamente de esto era de lo que quería hablarte.

–           ¿Por qué? ¿Acaso te has enamorado de Fabiola? En ese caso te compadezco. Ella es muy hermosa pero ya no es joven. ¡Y es virtuosa! Imposible imaginar peor combinación. ¡Brrr!.- Y Petronio hace un cómico gesto de horror.

romanos

–           ¡De Fabiola, no! ¡Caramba!

–           ¿Entonces de quién?

–          Yo mismo no lo sé. Una vez al rayar el alba la vi bañándose en el estanque del jardín, con los primeros rayos del sol que parecían traspasar su cuerpo bellísimo. Te juro que es más hermosa que Venus Afrodita. Por un momento creí que iba a desvanecerse con la luz del amanecer… Y desde ese momento me enamoré de ella con locura.

–           Si era tan transparente, ¿No sería acaso un fantasma?

–          No me embromes Petronio. Te estoy abriendo mi corazón. Después volví a verla dos veces más. Y desde entonces ya no sé lo que es tranquilidad. Ya no me interesa nada de lo que Roma pueda ofrecerme. Ya no existen para mí otras mujeres… Ni vino, fiestas o diversiones. Me siento enfermo. Traté de indagar de mil maneras sutiles y creo que se llama Alexandra. No estoy muy seguro… Pero solo la quiero a ella.

No se aparta de mi mente un solo instante. Te lo digo con sinceridad Petronio, siento por ella un anhelo tan vehemente, que he perdido el apetito. En el día me atormenta la nostalgia y por las noches no puedo dormir. Y cuando consigo hacerlo, solo sueño con ella. Y así transcurre mi vida, con este torturante deseo…

Petronio lo mira con conmiseración… Y luego dice con determinación:

–           Si es una esclava, ¡Cómprala!

Marco Aurelio replica con desaliento:

–           No es una esclava.

–           ¿Es acaso alguna liberta perteneciente a la casa de Quintiliano?

–           No habiendo sido jamás esclava, tampoco puede ser liberta.

–           ¿Quién es entonces?

–          ¡No lo sé!… No pude averiguar mucho. Por favor escúchame. Es la hija de un rey, creo. –Y añade desesperado-  O algo por el estilo…

Petronio lo mira interrogante. Y cuestiona lentamente:

–           Estás despertando mi curiosidad, Marco Aurelio.

Su sobrino lo mira con impotencia y explica:

–          Hace tiempo el rey de Armenia invadió a los partos, mató a su rey y tomó como rehenes a su familia, a algunos principales de su nuevo territorio y los entregó a Roma. El gobernador no sabía qué hacer y el César los recibió junto con el botín de guerra que enviaron como regalo. Luego los entregó a Publio Quintiliano, ya que no pueden considerarse como cautivos y se desconoce el motivo que lo impulsó a entregarlos a él. Pero el tribuno los recibió muy bien. Y en esa casa en la que todos son  virtuosos, la doncella es igual a Fabiola.

–           ¿Y cómo estás tan enterado de todo esto?

–           Publio Quintiliano me lo refirió. Esto pasó hace quince años. Y también te digo que a mi regreso de Asia, pasé por  el templo de Delfos a fin de consultar a la sibila. Y Apolo se me apareció…  y me anunció que a influjos del amor, se operaría un cambio trascendental en mi existencia…

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–          ¿Y qué quieres hacer?

–          Quiero que Alexandra sea mía. Deseo sentirla entre mis brazos y estrecharla contra mi corazón. Deseo tenerla en mi casa hasta que mi cabeza sea tan blanca, como las nieves de la montaña. Deseo aspirar su aliento puro y extasiarme mirando sus ojos bellísimos. Si fuera una esclava, pagaría por ella lo que fuera. Pero ¡Ay de mí! No lo es…

–           No es una esclava pero pertenece a la familia de Quintiliano. ¿Por qué no le pides que te la ceda?

–           ¡Cómo si no los conocieras!…Tú sabes que Publio es muy diferente a las demás personas y en ese matrimonio, ambos la tratan como si fuera su verdadera hija.

Petronio se queda reflexivo, se toca la frente y luego dice con impotencia:

–           No sé qué decirte, Marco Aurelio mío. Conozco a Publio Quintiliano, quién aun cuando censura mi sistema de vida; en cierto modo me estima y me respeta más, pues sabe que no soy como la canalla de los íntimos de Enobarbo; exceptuando dos o tres como Séneca y Trhaseas… –levanta las manos con desconcierto y agrega- Si crees que algo puedo hacer acerca de este asunto, estoy a tus órdenes.

–           Creo que sí puedes…  Tienes influencia sobre Publio y además tu ingenio te ofrece inagotables recursos. ¡Si quisieras hacerte cargo de la situación y hablar con él!

–           Tienes una idea exagerada de mi ingenio y de mis recursos. Pero si no deseas más que eso, hablaré con Publio lo más pronto posible. Yo te avisaré…

–           Te estaré esperando.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

104.- APOSTASÍA SACERDOTAL


Están en la sinagoga de Cafarnaúm. Jairo, el sinagogo está a un lado de Jesús, muy pensativo…

Jesús acaba de dar la enseñanza del “Pan Vivo bajado del Cielo” que ha escandalizado a muchos y ha hecho que lo abandonen… Abre los brazos en forma de cruz… Palidísimo.

Con un rostro en que está pintado un cruel dolor, exclama.

–                     ¡Acuérdate de Mí, Dios mío! ¡Y para bien mío! ¡Acuérdate también de ellos! ¡Yo los perdono!

Se vacía la sinagoga y se quedan los fieles a Jesús…

Hay un extranjero en un rincón. Es un hombre robusto que mira fijamente a Jesús, Tanto, que él siente esa mirada y le pregunta:

–                     ¿Quién eres?

–                     Nicolás, prosélito de Antioquia. Y voy a Jerusalén para la Pascua.

–                     ¿A quién buscas?

–                     A Tí, Señor. quiero hablar contigo.

–                     Ven.

Sale con él al huerto que está detrás de la sinagoga.

El hombre dice:

–                     Hablé en Antioquia con un discípulo tuyo de nombre Félix. Él me dijo dónde encontrarte… Estuve cerca de Ti, cuando llorabas en medio de tus oraciones, cerca de la fuente. Te amo, Señor; porque eres Santo y Bueno. Creo en Ti. ¡Recíbeme en lugar del que te abandona! Vengo a Ti con todo lo que tengo: mi vida, mis bienes, todo…

El hombre se ha arrodillado y Jesús lo mira fijamente.

Luego dice:

–                     Ven. De ahora en adelante serás de los míos. Vamos con tus compañeros.

Vuelven a la sinagoga donde discípulos y apóstoles discuten con Jairo.

Jesús dice:

–                     He aquí a un nuevo discípulo. El Padre me consuela. Amadlo como a un hermano. Vamos a compartir con él, el pan y la sal.

Cuando van a la playa para tomar las barcas, se encuentran con los enemigos de Jesús; que antes de alejarse le dicen palabras ofensivas y dan consejos subversivos a los discípulos fieles…

Jesús le dice al nuevo discípulo:

–                     ¿Lo estás viendo? Esto es lo que te espera si eres de los míos.

Nicolás contesta resuelto:

–                     Lo sé. Y por eso me quedo. Un día te vi en medio de  la turba que delirante te aclamaba como su rey. Levanté mis hombros y me dije: ‘He ahí otro tonto. ¡Otra plaga para Israel!’ Y no te seguí, porque parecías un Rey. No volví a pensar en Ti. Ahora te sigo, porque veo en Ti al Mesías Prometido. En tus Palabras y en tu Bondad.

Jesús sonríe.

–                     En verdad que estás más adelantado en el camino de la Justicia, que muchos otros. Pero una vez más repito: Quién espere en Mí como un rey terrenal, que se retire. Quién crea que se avergonzará de Mí, ante el mundo acusador, que se vaya. Quién piense que se escandalizará al verme tratado como un malhechor, que me abandone.

Os lo digo mientras podéis hacerlo sin veros comprometidos a los ojos del mundo. Imitad a los que huyen en aquellas barcas. Si no os sentís con fuerzas de compartir conmigo mi suerte en el oprobio, para poder compartirla después en mi gloria.

Porque estos es lo que va a suceder: el Hijo del Hombre va a ser acusado y entregado en manos de los hombres. Los cuales lo matarán como a un malhechor y pensarán que lo habrán vencido. ¡Pero en vano cometerán éste crimen! Porque resucitaré después de tres días y triunfaré.¡Bienaventurados los que sepan estar conmigo hasta el fin!

Cuando llegan a la casa, Jesús confía a los discípulos al recién llegado y Él se va a la habitación superior. Donde se sienta pensativo…

Poco después, suben Judas y Pedro.

Éste dice:

–                     Maestro Judas me ha hecho ver las cosas.

Jesús pregunta:

–                     ¿Cuáles?

–                     Aceptas a este Nicolás que es un prosélito e ignoramos su pasado… Hemos tenido ya muchos problemas… Y no sabemos nada de él. ¿Podemos confiarnos? Judas tiene razón al decir que puede tratarse de un espía que los enemigos han enviado.

Judas confirma:

–                     ¡Claro! ¡Puede tratarse de un traidor! ¡No quiere decir de donde viene y quién lo ha enviado! Yo le pregunté y se limita a decir: “Soy Nicolás de Antioquia. Prosélito.” Tengo sospechas muy grandes…

Jesús responde:

–                     Vuelvo a repetir que viene a Mí, porque me ve traicionado.

Judas insiste:

–                     ¡Puede ser una mentira! ¡Una traición!

Jesús dice serio:

–                     ¡Quién ve por todas partes la mentira y la traición, es uno que es capaz de ello, porque mide según su propio patrón y como se es, se juzga!…

Judas grita enojado:

–                     ¡Señor! ¡Me ofendes!…

–                     ¡Déjame entonces y vete con quién me abandona!

Judas sale azotando la puerta.

Pedro dice:

–                     Pero Señor, ¡Judas no siempre está equivocado! Además, yo no quisiera que Nicolás vaya a hablar de Juan. No cabe duda que el hombre de Endor lo envió.

–                     Y así es. Pero Juan de Endor es prudente y ha tomado nuevamente su antiguo nombre. Puedes estar tranquilo. Un hombre que se hace discípulo, porque ve que mi causa humana está perdida; solo puede ser un hombre de corazón recto.

Todo lo contrario del que acaba de salir y que vino a Mí, porque esperaba ser el príncipe de un rey poderoso… Y no se persuade de que Soy Rey, pero de los corazones… 

–                     ¿Sospechas de él, Señor?

–                     No sospecho de nadie. Pero en verdad te digo que a donde llegará Nicolás, discípulo y prosélito; Judas de Simón, apóstol, israelita y judío; no llegará.

–                     Señor, yo quisiera preguntar a Nicolás acerca de Juan.

–                     No lo hagas. Juan no le dio encargo alguno, porque es prudente. No seas un curioso.

–                     Está bien Señor.

–                     Vamos abajo para cenar. Partiremos a medianoche… Simón, ¿Me amas?

–                     ¡Oh, Maestro! ¡Qué pregunta!

–                     Simón. Mi corazón está más oscuro que el lago en una noche de tormenta. Y azotado por las olas, como él…

Pedro abre los brazos con impotencia:

–                     ¡Oh, Maestro mío! ¿Qué puedo decirte si yo estoy más… oscuro y agitado que Tú?… Te voy a decir una cosa. Aquí estoy. Si mi corazón puede darte algún consuelo, tómalo. Es lo único que tengo. Pero es sincero.

Jesús apoya por un momento su cabeza sobre el robusto pecho.

Luego bajan.

Horas después las barcas atracan y ellos desembarcan frente a Tariquea, donde desemboca el Jordán. Están en la Transjordania. La ciudad de Gadara se ve en lo alto de una verde colina.

Jesús pregunta:

–                     Conoces el camino más corto para ir a Gadara, ¿Verdad? ¿Te acuerdas?

Pedro responde:

–                     ¡Y cómo no! Cuando estemos en los manantiales calientes del Yarmoc, solo tendremos que seguir el camino.

Tomás pregunta:

–                     ¿Y dónde se encuentran los manantiales?

Pedro frunce la nariz y exclama:

–                     ¡Oh! ¡Basta con tener nariz para encontrarlos!…

Judas insinúa:

–                     ¡No sabía que habías padecido ciertos dolores!

–                     ¿Yo haber padecido dolores?… ¡Jamás!

–                     ¡Vamos! Si conoces también las aguas termales del Yarmoc es que debes haber estado allí…

–                     Nunca he tenido necesidad de aguas termales para estar bien. Los malhumores de los huesos me salieron con el sudor de mi honesto trabajo… Y como he trabajado más de lo que he gozado, todos los bichos que hubieran podido entrarme, han sido muy pocos.

Judas retoba inquieto:

–                     ¡Esto es por mí!… ¿Verdad? ¡Bueno! ¡Yo soy el  culpable en todo y de todo!…

–                     Pero, ¿Qué te ha picado?… ¡Tú preguntas, yo contesto! Como habría contestado al Maestro o  a cualquier compañero. Y creo que nadie se hubiera sentido ofendido. Ni siquiera, Mateo… ¡Que la pasaba bastante bien!…

–                     ¡Bueno! ¡Pero yo sí me he sentido ofendido!

–                     No creí que fueras tan delicado. Sin embargo acepta mis disculpas, por lo que hubiera podido sugerir. Por amor al Maestro, ¿Sabes? Por él que tiene tantas aflicciones de extraños y no está bien que le demos más… Míralo y verás que dejando a un lado tus quisquillas, tiene necesidad de paz y de amor.

Jesús no dice nada. Mira a Pedro y le sonríe agradecido.

Judas no dice nada. Está de mal humor, intranquilo. Quiere aparecer cortés, pero la inquina, el despecho, la desilusión que invaden su corazón salen a flote en su voz, en su expresión y hasta en su modo de caminar, dando fuertes pisadas… Tratando de desahogarse, para dar salida a lo que le bulle por dentro.

De la mejor manera que puede, con un gran esfuerzo por tratar de ser amable, pregunta a Pedro:

–                     ¿Entonces como conoces estos lugares? ¿Estuviste por causa de tu mujer?

Pedro contesta:

–                     No. Pasé por aquí, acompañando a la Madre del Maestro y a las discípulas, hasta las tierras de Cusa.

Judas pregunta con ironía:

–                     ¿Ibas tú solo?

–                     ¿Por qué? ¿Crees que yo no valgo nada cuando se me confía algo importante? ¿Y sobre todo cuando se hace por amor?

La ironía de Judas aumenta hasta convertirse en sarcasmo:

–                     ¡Oh! ¡Cuánta soberbia! ¡Me hubiera gustado verte!

Pedro replica:

–                     Habrías visto a un hombre serio que acompañaba a mujeres santas.

Judas lo mira fijamente y pregunta con voz escudriñadora:

–                     ¿Pero de veras ibas solo?

–                     ¡Iba con los hermanos del Señor!

–                    ¡Ah bueno!… ¡Ya empezamos a admitir algo!

–                     ¡Y empiezas a tirarme de los nervios! ¿Se puede saber qué te pasa?

Tadeo interviene:

–                     ¡Es verdad! ¡Y es una vergüenza!

Santiago de Zebedeo grita:

–                     ¡Es tiempo de acabar ya con todo esto!

Bartolomé le reprocha a Judas:

–                     ¡No te está permitido burlarte de Simón!

Zelote concluye:

–                     ¡Y debes recordar que es nuestro jefe!

Jesús no dice nada.

Judas hace cara de inocencia:

–                     ¡Oh! ¡Qué no me burlo de nadie! Y no me pasa nada. Sólo me gusta picarle un poco…

Tadeo grita enojado:

–                     ¡No es verdad!… ¡Mientes! ¡Haces preguntas astutas, para llegar a tus conclusiones! El mentiroso cree que todos lo son… Entre nosotros no hay secretos. Estuvimos todos. Hicimos lo mismo que todos. Lo que el Maestro nos había ordenado. Y no más. ¿Lo comprendes?

Jesús reprende severo:

–                     ¡Silencio! ¡parecéis mujercillas chismosas! ¡Todos estáis equivocados! ¡Siento vergüenza de vosotros!

Después de esto, un silencio profundo los invade, mientras se dirigen hacia la ciudad.

Pasa casi una hora y nadie dice nada…

Tomás rompe el silencio con:

–                     ¡Qué olor tan apestoso!

Pedro dice:

–                     Son los manantiales. Allá está el Yarmoc… y allá las termas romanas. Y pasadas hay un buen camino empedrado que lleva a Gadara. A los romanos les gusta viajar cómodos. ¡Es bella Gadara!

Mateo refunfuña entre dientes:

–                     Y lo será más porque aquí no encontraremos a ciertos tipos… Al menos no en abundancia.

Pasan el río sobre el puente, entre olores acres de aguas sulfurosas. Pasan las termas, las callejuelas romanas y entran a una carretera pavimentada con largas piedras, que lleva hacia la ciudad y que ya se ve con su muralla.

Juan se acerca al Maestro:

–                     ¿Es verdad que hace mucho tiempo, allí donde están esas aguas, se lanzó de cabeza un condenado? Cuando éramos pequeños nuestra madre nos lo decía, para hacernos comprender que no debíamos de pecar, porque el Infierno se abre bajo los pies de quién Dios maldice y se lo traga. Y que para recuerdo y aviso han quedado las grietas de donde sale ese olor, calor y aguas infernales. ¡A mí me daría miedo bañarme en ellas!

Jesús contesta:

–                     ¿Miedo a qué muchacho? ¡No te corromperías!… Es más fácil que a alguien lo corrompan los hombres que llevan dentro de sí el infierno y que despiden hedores y veneno. Solo se corrompen los que tienen tendencia a hacerlo.

–                     ¿Podría corromperme?

–                     No. Aunque te encontrases en medio de una turba de demonios.

Judas de Keriot pregunta al punto:

–                     ¿Por qué? ¿Qué cosa  tiene él, que los demás no tengan?

Jesús responde:

–                     Lo que tiene, es que es puro en todos los aspectos y por eso ve a Dios.

Judas ríe maliciosamente…

–                     ¡Je! ¡Je! ¡Je!…

Una sombra pasa por sus pupilas y una mirada de odio, le relampaguea por un instante.

Juan vuelve a preguntar:

–                     ¿Entonces esos manantiales no son bocas del Infierno?

–                     No. Son cosas buenas que el Creador hizo para sus hijos. El Infierno no está encerrado dentro de la tierra. Está sobre ella, Juan.

Se alimenta y se hace fuerte, en el corazón de los hombres. Y se hace absoluto en el más allá.

Iscariote pregunta:

–                     Pero, ¿De veras existe el Infierno?

Todos sus compañeros se escandalizan y le echan en cara:

–                     ¿¡¡¡ Qué estás diciendo!!!?

Judas se defiende:

–                     Digo, ¿Es verdad? ¿No? No solo yo… Hay muchos otros que no creen y afirman rotundamente que el Infierno solo es una figura literaria. Una enseñanza doctrinal para moderar nuestra conducta.

Los apóstoles gritan horrorizados:

–                     ¡¡¡Pagano!!!

Judas afirma con altanería:

–                     No. Israelita…  Muchos de nosotros en el Templo, no creemos en ciertas tonterías.

Casi todos le gritan al mismo tiempo:

–                     ¿Entonces cómo vas a creer en el Paraíso?

–                     ¿Y en la Justicia divina?

–                     ¿Dónde metes a los pecadores?

–                     ¿Cómo explicas la existencia de Satanás?

–                     ¿En dónde dejas la Misión Redentora del Mesías?

–                     ¡Estás borrando de un plumazo, todas las verdades de las Escrituras!

–                     ¿En dónde dejas el Pecado?

–                     ¿También vas a negar la   Vida Eterna?

Judas replica:

–                     Digo lo que pienso. Hace poco se me echó en cara que era yo un mentiroso. Demuestro que soy sincero, aun cuando esto os escandalice y me haga odioso a vuestros ojos. Por otra parte, no soy el único en Israel, en creer de este modo.

Desde que se ha adelantado en el saber, con el contacto de los helenistas y los romanos. Ni el Maestro, cuyo juicio es el único que respeto puede reprocharme a mí o a Israel; pues Él protege y es amigo declarado de griegos y romanos…

Yo parto de este concepto filosófico: si Dios controla todo, todo lo que hacemos es por su voluntad y por esto debe premiarnos a todos de igual modo; porque todos somos autómatas suyos. Somos unos seres privados de voluntad. El Mismo Maestro lo anda diciendo para todo: ‘La voluntad del Altísimo. La Voluntad del Padre.’ Esta es en realidad la única voluntad.

Y es tan inmensa que aplasta y anula, la voluntad limitada de las criaturas. Por esto, tanto el bien como el mal que parece que realizamos, lo hace Dios; porque nos lo impone. Por eso no podrá castigarnos por el Mal. Y de este modo se ejercerá su Justicia.

Porque nuestras culpas no son voluntarias; sino que nos las impone quien quiere que las hagamos… Para que tanto el bien como el mal existan en la tierra.

Quién es malo, es el medio con el que expían los menos malos. Y sufre por sí, porque no se le puede considerar bueno y de este modo expía su parte de culpa.

Jesús lo ha dicho: ‘El Infierno está en la Tierra y en el corazón de los hombres.’ Yo no siento a Satanás. No existe. Hubo un tiempo en que creí que existía. Pero desde hace tiempo estoy convencido de que es un mito. Y creer de este modo, ayuda a tener paz. 

Judas ha lanzado estas teorías suyas, con aire magistral; y de tal forma, que los demás se han quedado sin aliento…

Jesús no dice nada.

Judas lo provoca:

–                     ¿No tengo razón, Maestro?

Jesús contesta:

–                     ¡No! –es un ‘no’ rotundo y seco.

Judas no se amilana y agrega:

–                     Y sin embargo yo… Yo no siento que Satanás exista. Y no admito el libre albedrío, el Mal. Todos los Saduceos piensan como yo, así como también otros muchos de Israel. Está muy claro. ¡Satanás no existe!  

Jesús lo mira…

Una mirada tan compleja, que no puede analizarse.

Es la mirada del Juez, del Médico, del Afligido, del asombro horrorizado… Del que no sabe qué hacer… Es todo… 

Judas que se ha lanzado desbocado en su hablar, con la soberbia más absoluta y refinada, concluye:

–                     ¡Será porque soy mejor que otros! ¡Más perfecto! ¡Por eso he superado el terror que tienen los hombres por Satanás!…

Jesús callado.

Judas lo provoca:

–                     ¡Pero habla! ¡Di porqué yo no tengo miedo!

Jesús no responde.

–                     ¿No contestas, Maestro? ¿Por qué?

Jesús sigue callado.

Judas se acerca…

Una mirada de desafío, mezclada con otras cosas indescifrables le centellea, junto con una media sonrisa llena de irónico sarcasmo…

Y trata de abrazarlo diciendo sardónico:

–                     ¿Tienes miedo?

Jesús contesta tajante:

–                     No. Soy la Caridad. Y Ella no pronuncia su juicio hasta que se ve obligada a hacerlo… ¡Déjame y retírate!…

Y en voz baja, pues ha sido estrechado por los brazos del blasfemo, ordena:

–                      ¡Me causas asco!… ¡No ves ni sientes a Satanás, porque sois una misma cosa! ¡Apártate de Mí,  Demonio!

Judas, con un descaro absoluto, lo besa…

Y se echa a reír, como si el Maestro, le hubiese dicho en secreto alguna alabanza. Regresa con sus compañeros que se han quedados paralizados por el horror y les dice:

–                     ¿Lo veis? Yo sé abrir el corazón del Maestro. Lo hice feliz porque le muestro mi confianza y mi sinceridad y así aprendo. Vosotros… ¡Al contrario! Jamás os atrevéis a hablar, porque sois soberbios. ¡Oh! ¡Yo seré el que sepa más de todos sus discípulos y podré hablar mejor!…

La oscuridad y la apostasía, en el alma del desgraciado apóstol es absoluta….

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

23.- EL FILOSOFO DETECTIVE


En la casa de Petronio, los dos patricios están conversando animadamente qué hacer, para localizar a la fugitiva.

Petronio dice muy serio:

–           Casi todas las mujeres de Roma, rinden culto a deidades distintas. Yo creo que Fabiola la habrá educado en el culto a la deidad que ella misma adora. Y cual sea esa deidad, es algo que ignoro. Pero nadie la ha visto ofrecer sacrificios en ninguno de los templos. Una vez corrió el rumor de que era cristiana, pero eso no es posible.

Marco Aurelio contesta:

–           Dicen que los cristianos, además de rendir culto a la cabeza de un asno, son enemigos de la raza humana y cometen los crímenes más abominables.

–           ¡Es imposible que Fabiola sea cristiana! Porque su virtud es notoria. Y una enemiga de la raza humana, no podría tratar a los esclavos como ella lo hace…

            –           En ninguna casa romana los tratan como en la de Publio.

–          ¡Ah! Fabiola me mencionó a un Dios Poderoso y Clemente.

–           Si por ese Dios ella ha desterrado de su vida a los demás, está en su derecho de hacerlo.

–           Ha de ser un Dios muy débil, si sólo tiene un puñado de seguidores. A menos que haya muchos y sean ellos los que le ayudaron en la fuga.

–           Su fe prescribe el Perdón. Cuando en el Palatino estaba con Actea, me encontré a Fabiola y me dijo: “Que Dios te perdone el daño que nos has hecho a nosotros y a Alexandra.”

–           Evidentemente ese Dios suyo, es de muy suave pasta. ¡Ah! Pues que te perdone. Y en señal de tal perdón, que te regrese a Alexandra.

–           ¡Si eso pasara, sería capaz de ofrecerle una hecatombe, (sacrificio de cien víctimas) para mañana mismo! No tengo deseos de comer, ni de bañarme, ni de dormir. Estoy enfermo. Quiero ir a buscarla…

Petronio le observó  y verdaderamente Marco Aurelio presenta un aspecto miserable y se ve enfermo. Y le dijo:

–           La fiebre te atormenta.

–           Así es.

–           Entonces óyeme. No sé qué prescriba el médico para estos casos, pero hay un proverbio extranjero que dice que un clavo saca otro clavo. Expresado de otra manera: lo que yo haría mientras encontramos a la prófuga, sería buscar en otra lo que por el momento se ha desprendido de mí, llevándoselo con ella. He visto en tu casa de campo mujeres muy bellas.

Marco Aurelio movió la cabeza negando…

Y antes de que pueda decir palabra alguna, Petronio continuó:

–                      No me contradigas. Yo sé lo que es el amor y comprendo que mientras se desea a una mujer, no hay quién pueda ocupar su sitio. Pero en una bonita esclava es posible encontrar, aunque solo sea momentánea, una buena distracción.

Marco Aurelio replicó:

–           No la necesito.

Pero Petronio, que lo ama de verdad y desea suavizar su sufrimiento, se puso a meditar la manera de conseguirlo.

–           Acaso tus esclavos no tengan el encanto de la novedad. –y se puso a examinar a Aurora con aire reflexivo. Se decidió. La tocó en la cadera con la palma de la mano, empujándola suavemente- ¡Mira ésta gracia! Tiene una belleza perfecta. Puedes creer que yo mismo no me explico la razón, de por qué yo no me había fijado en ella hasta hoy. Pues bien. Te la doy. ¡Tómala para ti!

Cuando Aurora escuchó estas palabras, palideció y miró al tribuno con ojos de zozobra. Y esperó la respuesta conteniendo la respiración.

Pero Marco Aurelio se levantó apretándose las sienes y moviendo la cabeza como quién no quiere escuchar nada.  Y sintiéndose verdaderamente enfermo, exclamó:

–           ¡No! No la quiero. Tampoco quiero a las otras. Te lo agradezco, pero no la necesito. Buscaré a Alexandra por toda la ciudad. Ordena que me traigan una capa con capucha. Ya me voy…

Y se apresuró a salir.

Petronio vio que era imposible detenerlo. Y tomó su negativa como una aversión temporal a las demás mujeres.

Y buscando consolarlo, dijo a la esclava:

–           Aurora, te bañarás, ungirás y vestirás. Y luego irás a la casa de Marco Aurelio.

Pero ella se postró a sus pies y le imploró:

–           Te lo suplico, amo: no me alejes de tu casa. Yo no iré a la casa de Marco Aurelio. Prefiero ser la última de las siervas en tu casa, a la favorita en la casa de él. ¡No quiero ir! ¡No puedo ir! ¡Te lo ruego, ten piedad de mí! ¡Ten piedad, amo! ¡Ten piedad! ¡Castígame, pero no me despidas!

Y temblando como una hoja por el temor y la emoción, extendió las manos hacia Petronio, quién la había estado escuchando verdaderamente asombrado.

Es algo tan insólito el que una esclava llegue a pedir que se le exima de cumplir una orden, llegando al punto de decir: ‘no quiero’ ‘no puedo’ que al principio Petronio no quiso dar crédito a sus oídos.

Finalmente frunció el ceño. Es un hombre demasiado refinado para mostrarse cruel. Sus esclavos, principalmente en lo que se refiere a diversiones, disfrutan de una mayor libertad que otros; pero a condición de hacer su servicio de una manera ejemplar y de rendir homenaje a la voluntad de su amo, como a la de un dios. Más en caso de faltar a cualquiera de estas dos reglas, él no puede prescindir de aplicar el castigo correspondiente.

Y como por otra parte es insoportable para él toda contrariedad que perturbe su norma, contempló un instante a la joven arrodillada y dijo:

–           Llama a Héctor y vuelve con él.

Aurora se levantó temblando y llorando. Después de un ratito, regresó acompañada del mayordomo griego.

Petronio le ordenó:

–           Llévate a Aurora y le darás veinticinco azotes de tal forma que no le maltrates la piel.

Y dicho esto, se fue a su biblioteca a trabajar en su nuevo libro.

Héctor se quedó pasmado…

Frunció el ceño, la miró y dijo:

–          ¡Aurora! ¿Qué hiciste?…

Aurora permaneció callada y con la vista en el  mármol del piso.

Héctor movió la cabeza, suspiró y ordenó:

–          ¡Vamos!

Dos horas después…

En la biblioteca Petronio le da vueltas entre sus dedos a su estilo. No ha escrito ni una sílaba.  La fuga de Alexandra y la enfermedad de la Infanta, lo perturbaron tanto que no se pudo concentrar.

A Petronio le preocupa que el César piense que Alexandra hechizó a la niña, pues la responsabilidad puede recaer también sobre él, porque por petición suya ella había sido llevada al palacio. Pero él espera poder convencer al César, de lo absurdo de esa idea.

Además ha notado cierta inclinación hacia él, que Popea cree tener cuidadosamente escondida… pero que no lo está tanto puesto que Petronio ya se dio cuenta.

Después de meditar un poco, decidió desechar estos temores, se encogió de hombros y fue al triclinium a almorzar.

Pero a su paso por el corredor vio a Aurora que está junto a un grupo de otros sirvientes y se olvidó de que no había dado ninguna otra orden referente a ella más que los azotes.

Frunció el ceño y llamó al mayordomo.

Un joven se adelantó diciendo:

–           No está aquí amo. Fue al almacén a recibir a unos proveedores.

Entonces le preguntó a Aurora:

–           ¿Recibiste los azotes?

La hermosa esclava le contesta feliz y agradecida:

–          ¡Oh, sí señor! ¡Los he recibido! ¡Oh, sí señor!

Es evidente que para ella los azotes recibidos  los considera como una compensación por no haber sido despedida de la casa y que cree que puede seguir permaneciendo en ella.

Cuando Petronio comprendió esto, tuvo que admirar la vehemente obstinación de la joven. Pero conoce demasiado la naturaleza humana, para no advertir que solo el amor puede dar alas a una resistencia semejante. Y la interrogó:

–           ¿Amas a alguien en esta casa?

Aurora alzó sus hermosos ojos azules llenos de lágrimas y en una voz tan suave que apenas se oyó, dijo:

–           Sí, señor. –y se ruborizó.

Y Petronio miró su cara perfecta, que muestra  una expresión de temor y de esperanza. La vio tan bellísima y con una mirada tan suplicante, que no pudo reprimir un sentimiento de compasión. Y señalando a los siervos con un movimiento de cabeza, preguntó:

–           ¿A quién de éstos amas?

No hubo contestación.

Ella inclinó la cerviz hasta los pies de su amo y permaneció inmóvil.

Petronio miró entonces al grupo de esclavos. Los miró detenidamente y nada pudo leer en el semblante de ellos, salvo una sonrisa extraña…  Contempló entonces un momento más a Aurora, que seguía postrada a sus pies y se dirigió en silencio al triclinium.

Después de comer, ordenó que le llevasen a palacio y luego a casa de Sylvia, en cuya compañía permaneció hasta el día siguiente.

A su regreso hizo llamar a Héctor y le preguntó:

–           ¿Recibió Aurora los azotes?

Héctor contestó:

–           Sí, señor. Pero tú no has permitido que se le corte la piel.

Petronio añadió:

–           ¿Te di alguna otra orden respecto a ella?

El mayordomo se alarmó y contestó trémulo:

–           No, señor.

–           Está bien. ¿A cuál de los esclavos ama Aurora?

Héctor lo miró sorprendido y luego dijo:

–           A ninguno, señor.

–           ¿Qué sabes tú de ella?

Héctor comenzó a hablar con voz insegura:

–           Por la noche jamás sale de su cubículum en el cual vive con la anciana Penélope y Cloe. Después de que te viste, se encarga con otras esclavas del aseo de tu cubículum y de tu ropa. Hace ofrendas en el lararium y jamás entra a los departamentos de los baños y no se relaciona con nadie.  Las demás esclavas la ridiculizan por esto, llamándola Minerva (La diosa virgen)

¡Es suficiente! Mi sobrino Marco Aurelio la rechazó. Así pues, puede quedarse aquí. Ahora retírate.

–           Señor. ¿Me permites decirte otra cosa de Aurora?

–           Ordené que me dijeras todo lo que sepas.

–           Toda la familia comenta la fuga de la doncella que debía habitar la casa del noble Marco Aurelio. Después de tu partida Aurora me dijo que ella conoce a un hombre que la puede encontrar.

–           ¿Ah, sí? ¿Y qué clase de hombre es ése?

–           No lo sé, señor. Pero he creído mi deber informarte del asunto.

–           Está bien. Encárgate de que ese hombre lo más pronto posible, la llegada de mi sobrino a quién pedirás en mi nombre que venga a verme.

–           Voy a hacerlo amo.

El mayordomo se inclinó y salió.

Pero Petronio se puso a pensar en Aurora.

Al principio creyó que la joven sierva deseaba que Marco Aurelio encontrase a Alexandra para no verse obligada a irse de la casa. Luego se le ocurrió que el hombre del que Aurora hablaba, pudiera ser su amante… Y esto no solo no le gustó nada, sino que le hizo sentir un extraño enojo.

La manera más sencilla de saber la verdad, era preguntándoselo a ella. Pero la hora ya era avanzada y él se sentía cansado. Cuando se retiró a su cubículum y sin saber por qué, recordó a Sylvia. Había notado que ya no era una jovencita y pensó que su belleza ya no era tanta, como se la celebraban en Roma. Por una extraña razón, ha dejado de gustarle…

Dos días después…

Petronio apenas acababa de vestirse en el unctorium, cuando llegó Héctor a avisarle que Marco Aurelio había llegado.

Éste entró detrás del mayordomo:

–           Salve, Petronio. –Dijo con una voz llena de ansiedad- Héctor me ha dicho que has encontrado a un hombre capaz de encontrar a Alexandra. ¿Es verdad?

Petronio confirmó:

–           Eso veremos. Aurora lo conoce. Ahora que venga a arreglar los pliegues de mi toga, lo sabremos con certeza.

–           ¡Ah! ¿La esclava que me cedías el otro día?

–           Sí. La misma que tú rechazaste y por lo cual te estoy muy agradecido, porque es la mejor camarera de toda la ciudad. Y también la más hermosa.

Ella entró cuando él decía estas palabras. Y tomando en sus manos la toga que estaba sobre una silla de ébano, abrió aquella vestidura y la puso sobre los hombros de Petronio. En su rostro hay una expresión de radiante felicidad.

Petronio la observó como si la viera por primera vez y se complació en su belleza. Una sonrisa enigmática se dibujó en sus labios y una mirada reflexiva, ocultó sus más íntimos pensamientos; mientras ella con movimientos expertos empezó a arreglársela, inclinándose a veces para dar más amplitud a los pliegues.

Petronio la mira, no como el amo acaudalado que examina una adquisición que adorna su casa; sino que empezó a admirar la armoniosa hermosura de su conjunto: su piel alabastrina, que invita a ser acariciada… Y sin darse cuenta empezó a dejarse fascinar por el encanto que comienza a seducir, cuando un hombre se enamora de una mujer.

–           Aurora. –le dijo con voz suave- ¿Ha venido al llamado de Héctor, el hombre que mencionaste ayer?

Aurora contestó:

–           Ha venido, señor.

–           ¿Cómo se llama?

–           Prócoro Quironio.

–           ¿Quién es él?

–           Un médico, un sabio y un adivinador del futuro, que lee los destinos de los hombres.

–           ¿Te ha predicho a ti el futuro?

Un vivo rubor cubrió el rostro de Aurora hasta las delicadas orejas y todo su cuello, antes de decir:

–           Sí, señor.

–           ¿Y cuál ha sido su predicción?

–           Que el dolor y la felicidad me saldrían al encuentro.

–           El dolor te llegó en las manos de Héctor. De manera que ahora le toca el turno a la felicidad.

–           Ha llegado ya, señor.

Petronio la miró sorprendido:

–           ¿Cómo?

–           Me quedo. –dijo ella con un murmullo apenas audible.

Petronio puso una mano sobre su cabeza rubia y le dijo:

–           Has hecho bien tu trabajo y estoy muy contento contigo, Aurora.

Ante aquel ligero contacto, la jovencita se sintió desmayar de alegría. Y su corazón palpitó trepidante.

Petronio y Marco Aurelio pasaron al atrium, donde los esperaba el griego.

Cuando éste los vio, les hizo una profunda reverencia.

Y Petronio sonrió al recordar su sospecha del día anterior de que tal hombre pudiera ser el amante de Aurora…

Prócoro es un viejo de regular estatura, de cabellos rizados ralos que alguna vez fueron rubios y ahora lucen un color raro… Porque son evidentes los intentos por cubrirlos con una especie de tinte para disimular las canas, que también hay en su bigote y su barba. Tiene una cabeza más bien calva, con un rostro lleno de arrugas, en el que sobresale una protuberante nariz de beodo y más bien parece la cara de un sátiro, con una mirada de zorro.

Como tiene los ojos miopes y uno más que el otro, las patas de gallo se acentúan en el lado izquierdo. Son ojos de un verde desvaído con tintes amarillos y una expresión taimada, disimulada con una sonrisa hipócrita y servil.

Mueve con afectación unas manos blancas… Tan pequeñas y delicadas que parecen de mujer y que para nada ayudan a su figura grotesca y un tanto ridícula, por lo afectado de sus modales. Podría decirse que es un esclavo, intentando ser un patricio… Y sus vanos esfuerzos aumentan los defectos que trata de ocultar.

Definitivamente es una figura extraña. Vestido con una túnica de lana y un manto que alguna vez fuera un rico manto y en el que se notan algunos agujeros…

La vista de este personaje le hizo recordar a Petronio a Tersites, (griego feo, que en el sitio de Troya al hablar mal de Aquiles, fue muerto por éste de una puñalada) el de Homero. Así pues, contestando a su saludo con un movimiento de la mano, dijo:

–           ¡Salve, divino Tersites! ¿Dónde está la giba con que te obsequió Ulises en Troya y qué hace él ahora en los Elíseos?

Prócoro Quironio replicó:

–           Noble señor, Ulises el más sabio de los muertos, envía por mi conducto un saludo a Petronio, el más sabio de los vivos; junto con el encargo de que cubra mi futura giba con un manto nuevo.

Petronio exclamó sorprendido:

–           ¡Por Zeus! Esa respuesta bien merece un manto.

La continuación de este diálogo fue interrumpida bruscamente por Marco Aurelio, al preguntar:

–           ¿Tienes una idea clara de la empresa que vas a emprender?

Prócoro hizo una inclinación de cabeza ante Marco Aurelio, antes de decir:

–           Cuando todos los miembros de las dos nobles casas, no hablan de otra cosa. Y cuando Roma entera repite la noticia, no es difícil saberlo. Anteayer por la noche fue interceptada una doncella llamada Alexandra y que estaba en custodia en la casa de Publio Quintiliano. Tus esclavos… ¡Oh, señor! Cuando la conducían del palacio del César a tu casa, fue cuando se verificó el suceso. Yo me comprometo a encontrarla en la ciudad. Y si hubiera salido de ella, lo que es poco probable… A indicarte noble tribuno, a donde ha huido y el sitio donde se haya ocultado.

A Marco Aurelio le agradó la precisión de la respuesta y dijo:

–           Está bien. ¿Con qué medios cuentas para hacer esto?

Prócoro sonrió con malicia y expresó:

–           Tú tienes los medios, señor. Yo solo poseo el ingenio.

Petronio sonrió a su vez. Está muy complacido con su huésped y pensó: “Este hombre la va a encontrar.”

Marco Aurelio frunció el entrecejo y advirtió:

–           ¡Desdichado! Si llegas a engañarme por codicia, daré orden de que te apaleen.

Prócoro se defendió:

–           Soy filósofo, señor. Y un filósofo no es capaz de sentir el ansia de la recompensa. Especialmente la que con tanta magnanimidad me estás ofreciendo.

Petronio intervino:

–           ¡Ah! ¿Eres tú filósofo? Aurora me ha dicho que eres médico y adivino. ¿Dónde la conociste?

–           Ella acudió en demanda de mi ayuda, porque mi fama había llegado a sus oídos.

–           ¿Qué clase de auxilio necesitaba?

–           Para el amor, noble señor. Ella necesitaba ser curada de un amor no correspondido.

–           ¿Y la curaste?

–           Hice más que eso, señor. Le di un amuleto que asegura la reciprocidad. ¡Oh, señor! En Páfos, en la Isla de Chipre, hay un templo en el cual se conserva un cinturón de Venus. Le he dado dos hilos que proceden de ese cinturón, encerrados en una cáscara de almendra.

Me imagino que te hiciste pagar bien por ello.

–           Jamás puede pagarse suficiente por la reciprocidad en el amor. Y yo que carezco de dos dedos en mi mano derecha, me veo obligado a juntar dinero para comprar un esclavo copista, a quién pueda encargar la tarea de escribir mis pensamientos. Y conservar así el fruto de mi sabiduría, para el bien de la humanidad.

–           ¿A qué escuela perteneces?

–           Señores, yo soy cínico; porque llevo un manto agujereado. Soy estoico, porque soporto con paciencia la pobreza. Soy peripatético, porque no poseo una litera y voy a pie de una tienda de vinos a la otra y en el camino enseño a todo aquel que promete pagarme el valor de un cántaro de vino.

–           ¿Y ante el cántaro te vuelves retórico?

–           Heráclito declara que ‘todo es fluido’. ¿Podrías negar tú señor, que el vino es fluido?

–           Y ha declarado también que el fuego es una divinidad y por eso la divinidad irradia de tu nariz.

–           Los otoños son fríos y un sabio de genuina estirpe ha de calentar su inspiración y su cuerpo con vino. ¿Acaso podrías negar este consuelo a un pobre ser humano?

Petronio continuó con su interrogatorio:

–           Prócoro Quironio, ¿De dónde eres?

–           Nací en Macedonia. Soy oriundo de Estagira…

–           ¡Oh! Entonces tú eres grande.

El sabio respondió con aire reflexivo:

–           Y desconocido…

Marco Aurelio volvió a impacientarse.

Ante la perspectiva de la esperanza que ilumina de pronto su vida, toda esa conversación le pareció simplemente ociosa. Están desperdiciando el tiempo y se siente muy incómodo… Se decide y le pregunta al griego:

–           ¿Cuándo comenzarás con tus investigaciones?

Prócoro respondió con una sonrisa triunfal:

–          Las he comenzado ya. Y aun cuando ahora me encuentro aquí, respondiendo a tus preguntas, ya estoy trabajando en el asunto que te preocupa.

Petronio preguntó:

–           ¿Te has ocupado antes de servicios de este género?

–          Soy un filósofo incomprendido y tengo necesidad de buscar otros medios de subsistencia.

–           ¿Cuáles son tus recursos?

–           Averiguarlo todo y servir con mis noticias a quién de ello tenga necesidad.

–           ¿Y quién paga eso?

–          ¡Oh, señor! Necesito comprar un copista. De otra forma mi sabiduría perecerá conmigo.

Petronio lo miró evaluándolo y declaró:

–           Si hasta hoy no has reunido lo suficiente para comprar un manto nuevo, no pueden ser tan buenos esos servicios tuyos.

Prócoro no se amilanó:

–           Soy modesto. ¡No! Mis servicios no son pequeños. Ponme a prueba y lo verás…

Marco Aurelio pensó que este hombre era como un sabueso. Una vez puesto en la pista, no se detendrá hasta descubrir el escondite de Alexandra. E indagó:

–           Y bien. ¿Necesitas mayores indicios?

–           Necesito armas.

Marco Aurelio lo miró con sorpresa e indagó:

–           ¿De qué clase?

El griego extendió una mano y con la otra hizo ademán como si contara dinero.

–           Tales son los tiempos.-dijo suspirando.

Petronio intervino y preguntó:

–          ¿Entonces tú has de ser el asno que quiere ganarse la fortaleza con bolsas de oro?

Prócoro suspiró y contestó con humildad:

–           Yo soy tan solo un pobre filósofo. Ustedes tienen el oro.

Marco Aurelio le arrojó una bolsa que el griego cogió en el aire…

Y éste, respondió decidido:

–          Sé más de lo que tú crees. No he venido aquí con las manos vacías. Sé que no ha sido Publio Quintiliano quién interceptó a la doncella, porque he hablado con los esclavos del general. Sé que la princesa Alexandra no está en el Palatino, porque allí todos están preocupados sólo por la Infanta Augusta.

Y es posible que pueda yo adivinar porqué quieres buscar a la doncella con mi ayuda, antes que con los guardias de la ciudad y los soldados del César. Sé que su fuga se efectuó con la ayuda de un sirviente, un esclavo originario del mismo país en el que ella nació.

Los que le ayudaron al sirviente no fueron esclavos, porque ellos se ayudan unos a otros. Y nadie los hubiera podido coaligar contra los tuyos. Solamente algún correligionario ha podido prestarle ayuda.

Petronio exclamó:

–           ¿Lo has oído, Marco Aurelio? ¿No es eso, palabra por palabra, lo mismo que yo te he sostenido?

Prócoro dijo:

–           Es un honor para mí. Es indudable que la doncella rinde culto a la misma divinidad que adora Fabiola, esa dama virtuosa que es una verdadera matrona romana. He sabido también que Fabiola adora a un Dios extranjero, pero sus esclavos no supieron decirme qué Dios es; ni cómo se llaman los que le rinden culto. Si yo pudiera saberlo, iría a buscarlos y me convertiría en el más abnegado prosélito de esa religión y me ganaría su confianza… También sé señor, que tú pasaste una temporada en la casa del noble Publio y… ¿Tú no me puedes dar información sobre ese particular?

Petronio está más que admirado…

Marco Aurelio contestó:

–           No puedo.

Prócoro tomó el dominio de la situación:

–          Nobles señores, me han hecho ya varias preguntas. Permitid que ahora sea mí turno y os haga una: ¿No habéis visto a Fabiola o a tu divina Alexandra, llevar algún amuleto o adorar alguna estatua; presentar alguna ofrenda o celebrar alguna ceremonia? ¿No les has visto hacer algunos signos inteligentes solo para ellos?

                        Marco Aurelio exclamó:

–           ¡Signos! ¡Espera!… Sí. Vi una vez a Alexandra dibujar un pescado sobre la arena.

–           ¿Un pescado? ¡Aaaah! ¡Ooooh! Y dime: ¿Ella hizo eso una o varias veces?

–           Solo una vez.

–           ¿Y estás seguro, señor; de que fue un pescado lo que dibujó?

A Marco Aurelio se le avivó la curiosidad y preguntó:

–          Sí. ¿Tú sabes lo que significa?

Prócoro Quironio dijo:

–           Lo averiguaré. –Se inclinó en señal de despedida y agregó- ¡Quiera la fortuna derramar igualmente sobre ambos, toda clase de beneficios, nobles y dignos señores!

Petronio al despedirse, especificó:

–           Ordena que te entreguen un manto.

El griego lo miró con respeto y dijo:

–           Ulises te da las gracias en nombre de Tersites.

Y salió haciendo una profunda reverencia…

Cuando se quedaron solos Petronio preguntó a Marco Aurelio:

–           ¿Qué opinas sobre este sabio?

Marco contestó alborozado:

–          Creo que encontrará a Alexandra. Pero también digo que si hubiera un reino de los pícaros, éste sería su más digno soberano. Es todo un pillo.

–           Coincido contigo. Por cierto… He de estudiar más de cerca a este estoico que viene tan perfumado.

El tribuno sólo encoge los hombros…

Mientras tanto Prócoro Quironio oprime en su mano bajo los pliegues de su manto nuevo, la bolsa que le diera Marco Aurelio, admirando tanto su peso, como su áureo retintín. Y se dirigió a la taberna de Quinto, a escanciar un poco de vino. Y a agradecer a la fortuna porque por fin ha encontrado lo que por tanto tiempo buscó…

Pensó: “Él es joven, irascible, opulento como las minas de Chipre y está dispuesto a pagar la mitad de su fortuna, con tal de recuperar a su amada. Éste es el hombre que me hacía falta. Y sin embargo debo tener mucho cuidado, pues su ceño no me augura nada bueno. ¿Conque ella trazó un pescado sobre la arena? No sé lo que significa eso, pero muy pronto lo sabré.”

Y con determinación siguió su camino…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA