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5.- FORTALECIENDO LA FE


SINTICA3

Síntica está preparando una bolsa de viaje. Es de noche.  Puesta encima de una mesa junto a 1a mujer, que está doblando unos vestidos, arde una pequeña lámpara de aceite, con una luz temblorosa y bastante limitada.

De repente la habitación se ilumina vivamente. Síntica alza la cabeza asombrada, para ver qué es lo que sucede; de dónde viene esa luz tan clara en esa habitación enteramente cerrada. Pero antes de que comprenda…

Jesús la previene:

–           Soy Yo. No temas. Me he mostrado a muchos para confirmarlos en la fe. También a ti me muestro, discípula obediente y fiel. He resucitado. ¿Ves? Ya no tengo dolor. ¿Por qué lloras?

Síntica, ante la belleza del Glorificado, no encuentra las palabras…

Jesús le sonríe para animarla, y añade:

–           Soy el mismo Jesús que te acogió en el camino cerca de Cesárea. Supiste hablar entonces, estando tan atemorizada como estabas y siendo Yo para ti “el Desconocido”, ¿Y ahora no sabes decirme una palabra?

Síntica responde:

–           ¡Oh, Señor! Yo me estaba marchando… Para quitarme del corazón tanta inquietud y dolor.

–           ¿Por qué dolor? ¿No te han dicho que había resucitado?

–           Dijeron unos y contradijeron otros. Pero no me han turbado sus contradicciones. Yo sabía que no podías descomponerte en un sepulcro. He llorado por tu martirio. He creído en tu resurrección antes incluso de que me la refirieran. Y he seguido creyendo cuando han venido otros a decirme que no era verdad. Pero quería ir a Galilea. Pensaba: a Él ya no lo puedo perjudicar. Él ahora es más Dios que Hombre. No sé si me sé expresar bien…

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–          Comprendo tu pensamiento.

–           Y me decía: lo adoraré y veré a María. Pensaba que Tú no ibas a permanecer mucho tiempo entre nosotros. De forma que estaba acelerando la partida. Decía: una vez vuelto al Padre como Él decía, su Madre estará un poco triste dentro de su alegría. Porque es un alma, pero es también una madre… Y voy a tratar de consolarla, ahora que está sola… ¡Creo que fui una soberbia!

–           No. Eres una mujer compasiva. Le referiré a mi Madre este pensamiento tuyo y tu intención. Pero no vayas allá. Quédate aquí donde estás y sigue trabajando para Mí. Ahora más que antes. Tus hermanos los discípulos, tienen necesidad del trabajo de todos para poder propagar mi Doctrina. Me has visto, María está confiada a Juan. Cesen todas tus penas. Podrás fortalecer tu espíritu en la certidumbre de haberme visto y con la potencia de mi bendición.

Síntica siente grandes deseos de besarlo. Pero no se atreve.

Jesús le dice:

–                Ven.

Y ella se determina a arrastrarse de rodillas hasta Jesús y hace el ademán de besarle los pies. Pero ve las dos llagas y no se atreve a hacerlo. Toma la orla de su vestido y la besa llorando.

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Murmura acongojada:

–           ¡Qué te hicieron!- Medita y luego pregunta-  ¿Y Juan-Félix?

–           Vive feliz. Sólo recuerda el amor y en él vive. La paz a ti, Síntica.

Jesús desaparece, ante los ojos asombrados de la griega.

Ella permanece en su actitud de adoración, de rodillas, alzada la cara, las manos un poco tendidas hacia delante. Con lágrimas en el rostro,  una sonrisa en los labios…

Al mismo tiempo…

XV. Al levita Zacarías.

Es una habitación pequeña. Pensativo está sentado, reclinada la cabeza sobre una mano, Zacarías el levita.

De improviso escucha una Voz muy conocida:

–           No dudes. No aceptes lo que te perturba. Yo soy la Verdad y la Vida. Mírame. Tócame.

El joven que al oír las primeras palabras ha levantado su cara y ha visto a Jesús… Y luego ha caído de rodillas…

Exclamando:

–           ¡Perdóname, Señor! He pecado. He acogido dentro de mí la duda acerca de tu verdad.

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Jesús contesta:

–           Más que tú, son culpables los que tratan de seducir tu espíritu. No cedas a sus tentaciones. Soy cuerpo vivo y real. Siente el peso y el calor, la consistencia y la fuerza de mi Mano.

Lo toma por un antebrazo y lo alza con fuerza, diciendo:

–           Levántate y camina por los caminos del Señor. Al margen de la duda y del miedo. Bienaventurado serás si sabes perseverar hasta el final.

Lo bendice y desaparece.

El joven, pasados unos instantes de atolondramiento maravillado, se precipita fuera de la habitación gritando:

–           ¡Madre! ¡Padre! He visto al Maestro. ¡No es verdad lo que dicen los otros! No soy un loco. No sigáis creyendo en la mentira. No. Bendecid conmigo al Altísimo, que ha tenido piedad de su siervo. Me marcho. Voy a Galilea. Encontraré a algunos de los discípulos. Voy a decirles que crean, que realmente ha resucitado.

No toma consigo ninguna alforja con alimento o vestidos. Se echa su manto encima y sale presuroso, sin dar siquiera tiempo a sus padres de salir de su estupor y poder intervenir para retenerlo.

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XVI. A una mujer de la llanura de Sarón, que obtiene la curación de su hijo enfermo.

Es un camino litoral, que une Cesárea con Joppe. En unos campos que  colindan casi con el mar. Es una vía romana: su pavimentación lo atestigua. Una mujer llorando va por él en las primeras horas de una mañana serena.

La aurora, hace poco que ha nacido. La mujer debe estar cansadísima porque de vez en cuando se detiene y se sienta en una piedra millar o al borde del camino. Y luego se levanta y continúa, como si un motivo muy poderoso la impulsase, a pesar del fuerte cansancio.

Jesús, es un viandante arropado en su manto, que se pone a su lado.

La mujer no lo mira. Camina absorta en su dolor.

Jesús le pregunta

–           ¿Por qué lloras, mujer? ¿De dónde vienes? ¿A dónde vas tan sola?

Ella contesta:

–           Vengo de Jerusalén y vuelvo a mi casa.

–           ¿Está lejos?

–           A mitad de camino entre Joppe y Cesárea.

–           ¿Vas a pie?

–           En el valle que está antes de llegar a Modín, unos bandidos me han quitado el burro y todo lo que llevaba el animal.

–           Ha sido una imprudencia venir sola. No hay que ir solos para la Pascua.

–           No había venido para la Pascua. Me había quedado en casa, porque tengo un hijito enfermo. Mi marido había ido con los otros. Yo dejé que se adelantara, y cuatro días después fui yo; porque me dije: “Sin duda, Él estará en Jerusalén para la Pascua. Lo buscaré”. Tenía un poco de miedo. Pero me dije: “No hago nada malo. Dios lo ve. Yo creo. Y sé que Él es bueno. No me rechazará, porque…” – Se detiene atemorizada.

Y dirige una fugaz mirada al viajero que va caminando a su lado, tan tapado que apenas se le ven los ojos… Los inconfundibles ojos de Jesús.

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Jesús pregunta:

–           ¿Por qué callas? ¿Tienes miedo de mí? ¿Crees que soy enemigo del que tú buscas? Porque buscas al Maestro de Nazaret, para pedirle que fuese a tu casa a curar al niño mientras tu marido está ausente…

–           Veo que eres profeta. Así es. Pero cuando llegué a la ciudad el Maestro había muerto. – El llanto la ahoga…

–           Ha resucitado. ¿No lo crees?

–           Lo sé. Lo creo. Pero yo… He esperado por algunos días, esperando verlo. Se dice que se ha mostrado a algunos. Y he retardado mi salida de la ciudad… Cada día que pasaba una congoja, porque… mi hijo está muy enfermo… Mi corazón está dividido… Ir para consolarlo en su muerte… Quedarme para buscar al Maestro… No pretendía que Él fuese a mi casa; pero sí que me prometiera que mi hijo sanaría…

–           ¿Y habrías creído? ¿Tú piensas que desde lejos?…

–           Creo. ¡Oh! Si me hubiera dicho: “Ve en paz, que tu hijo se curará”, no habría dudado. Pero no lo merezco porque… – llora, apretándose el velo contra los labios como para impedirles hablar.

–           Porque tu marido es uno de los acusadores y verdugos de Jesús. Pero Jesús es el Mesías. Es Dios. Y Dios es justo, mujer. No castiga a un inocente por el culpable. No tortura a una madre porque un padre sea pecador. Jesucristo es Misericordia viva…

–           ¡No serás tú uno de sus apóstoles! ¡Quizás sabes dónde está Él! Tú… Quizás te ha enviado a mí Él para decirme esto. Él ha sentido, ha visto mi dolor, mi Fe y te envía a mí igual que a Tobías, el Altísimo mandó al arcángel Rafael (Tobías 5-12). Dime si es así y yo, a pesar de estar tan cansada que hasta tengo fiebre, volveré sobre mis pasos para buscar al Señor.

–           No soy un apóstol. Pero en Jerusalén se quedaron los apóstoles bastantes días después de su Resurrección…

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Es verdad. Hubiera podido dirigirme a ellos.

–           Eso es. Ellos continúan al Maestro.

–           No creía que pudieran hacer milagros.

–           Aún los han hecho…

–           Pero ahora… Me contaron que sólo uno permaneció fiel, y yo no creía…

–           Sí. Tu marido te ha dicho eso, escarneciéndote movido por su delirio de falso triunfador. Pero Yo te digo que el hombre puede pecar, porque sólo Dios es perfecto. Y puede arrepentirse. Y si se arrepiente, su fortaleza crece, y Dios le aumenta sus gracias por su contrición. ¿No perdonó acaso a David, el Señor altísimo? (2 Samuel 12, 13)

–           ¿Pero quién eres? ¿Quién eres, que hablas con tanta dulzura y sabiduría, si no eres apóstol? ¿Eres un ángel? El ángel de mi hijo…  Quizás es que ha expirado y Tú has venido a prepararme…

Jesús deja caer de la cabeza y de la cara el manto y pasando del aspecto modesto de un peregrino común, a la majestuosidad suya de Dios-Hombre resucitado de la muerte…

Jesús dice con dulce solemnidad:

–           Soy Yo. El Mesías crucificado en vano. Soy la Resurrección y la Vida. Ve, mujer. Tu hijo vive porque he premiado tu fe. Tu hijo está curado… Porque, aunque la misión del Rabí de Nazaret haya terminado, la del Emmanuel continúa hasta el final de los siglos para todos los que tienen fe en el Dios Uno y Trino, y esperanza en el Dios Uno y Trino.

Y caridad hacia el Dios Uno y Trino, del que el Verbo Encarnado es una Persona, que por divino amor ha dejado el Cielo para venir a enseñar, a padecer y morir para dar a los hombres la Vida.

Ve en paz, mujer. Y sé fuerte en la fe, porque ha llegado el tiempo en que en una familia el marido esté contra su esposa, el padre contra los hijos y éstos contra su padre, por odio o amor hacia mí. ¡Y bienaventurados aquellos a los que la persecución no aparte de mi Camino!

Jesús la bendice y desaparece.

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XVII. A unos pastores en el Gran Hermón.

Un grupo de rebaños y pastores, han hecho un alto en su marcha en unas laderas de espléndidos pastos. Hablan de los acontecimientos de Jerusalén. Están apenados.

Se dicen unos a otros:

–           Ya no tendremos en la Tierra al Amigo de los pastores.

Y evocan los muchos momentos en que se encontraron acá o allá, con Él…

Un anciano dice:

–          Encuentros que no volveremos a tener.

Jesús aparece, como saliendo de una espesura de tupidas y enmarañadas frondas, de un bosque de altos troncos abrazados por matorrales que impiden la visión del sendero.

Ellos no lo reconocen en este hombre solitario y viéndolo tan envuelto en vestiduras blancas…

Comentan en tono bajo:

–           ¿Quién es?

–           ¿Un esenio?

–           ¿Aquí?

–           ¿Un fariseo rico?

Y muestran perplejidad.

Jesús pregunta:

–           ¿Por qué decís que no volveréis a encontraros con el Señor? Porque de Quién estáis hablando es el Señor.

El pastor anciano contesta:

–           Lo sabemos. ¿Y Tú no sabes lo que le hicieron? Ahora hay quien dice que ha resucitado, y hay quien dice que no. Pero aunque como preferimos creer nosotros haya resucitado, se habrá marchado. ¿Cómo puede seguir amando a un pueblo que lo ha crucificado? ¿Cómo puede seguir entre la gente de ese pueblo? Y nosotros que lo queríamos, aunque no todos lo habíamos conocido, estamos tristes porque lo hemos perdido.

–           Hay una manera de tenerlo todavía. Él lo enseñaba.

–           ¡Sí! Haciendo lo que Él enseñaba. Entonces se tiene el Reino de los Cielos y se está con Él. Pero antes uno debe vivir y luego morir. Y Él ya no está en medio de nosotros para confortarnos.

Muy afligidos, menean la cabeza.JESUS_RESUCITADO

Hijitos míos, los que viven lo que Él ha enseñado, teniendo en el corazón su enseñanza, es como si tuvieran a Jesús en su corazón. Porque Palabra y Doctrina son una sola cosa. No era un Maestro que enseñara cosas que no fueran como Él era. Por eso, el que hace lo que Él ha dicho; tiene a Jesús Vivo dentro de sí y no está separado de Él.

–           Así es. Pero somos pobres seres humanos y… Queremos ver también con los ojos para sentir plenamente la alegría… Yo no lo vi nunca y tampoco mi hijo; ni Jacob, ni Melquías; ni Santiago; ni Saúl… ¿Ves? Ya entre nosotros sin ir más lejos, hay muchos que no lo han visto. Lo buscábamos siempre…  Y cuando llegábamos ya se había marchado.

–           ¿No estabais en Jerusalén ese día?

–           ¡Sí que estábamos! Pero cuando supimos lo que querían hacerle huimos como locos a los montes y volvimos a la ciudad después del sábado. No somos culpables de su Sangre, porque no estábamos en la ciudad. Pero hicimos mal siendo cobardes. Al menos, lo habríamos visto y dirigido nuestro saludo. Sin duda, nos habría bendecido por nuestro saludo… Pero no, verdaderamente no tuvimos el valor de verlo entre tormentos…

–           Él os bendice ahora. Mirad a Aquel cuyo Rostro deseáis conocer.

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Jesús se manifiesta, espléndidamente divino sobre el verdor del prado. Y ante el estupor que los arroja al suelo, pero que también hace que claven sus pupilas en el Rostro divino que los arroba en adoración…

Jesús  desaparece envuelto en un fulgor de luz.

XVIII. Al niño que era ciego de nacimiento, en Sidón.

E1 niño está jugando completamente solo bajo un tupido emparrado. Oye que lo llaman y se encuentra frente a Jesús.

Un poco temeroso, pregunta:

–           ¿Eres Tú el Rabí que me dio los ojos?

Y clava sus límpidos ojos infantiles, idénticos a los de Jesús, en los fulgurantes ojos divinos.

Jesús sonríe, lo mira con mucha ternura y dice:

–           Soy Yo, niño. ¿Tú no tienes miedo de mí? – Lo acaricia en la cabeza.

–           Miedo no. Pero mamá y yo lloramos mucho cuando mi padre volvió antes de lo previsto y nos dijo que había huido porque habían apresado al Rabí para matarlo. No celebró la Pascua y tiene que marcharse otra vez para hacerla. Pero ¿Entonces no moriste?

–           Morí. Mira las heridas. Morí en la cruz. Pero he resucitado. Dirás a tu padre que se detenga un tiempo en Jerusalén después de la segunda Pascua y que permanezca en las cercanías del Monte de los Olivos, en Betfagé. Allí encontrará a alguien que le dirá lo que tenga que hacer.

–           Mi padre pensaba buscarte. Durante la Fiesta de los Tabernáculos no pudo hablar contigo. Quería decirte que te amaba por los ojos que me diste. Pero no pudo hacerlo entonces, ni tampoco ha podido esta vez…

–           Lo hará al creer en Mí. Adiós, niño. La paz sea contigo y con tu familia.

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XIX. A los campesinos de Yocana.

La Luna besa los campos de Yocana. Hay un silencio absoluto. Las pobres moradas de los labriegos están sumergidas en una noche de bochorno que los obliga a tener abierta al menos la puerta, para no morir de calor en esas habitaciones bajas en las que se agrupan demasiados cuerpos, respecto a la cabida de los espacios.

Jesús entra en una de esas habitaciones. Parece como si la misma Luna alargase sus rayos para poner una alfombra regia sobre el suelo de tierra. Se inclina hacia uno de los que duermen  boca abajo,  fatigados por el trabajo. Lo llama. Luego pasa a otro y a otro. Llama a todos estos fieles y pobres amigos suyos. Pasa ligero y rápido como un ángel en vuelo. Entra en otros cuchitriles…

Luego va a esperarlos fuera, junto a un grupo de árboles.

Los labriegos medio dormidos, salen de sus casuchas: dos, tres, uno solo, cinco juntos, algunas mujeres. Todos están asombrados de haber sido llamados así…

Por una voz conocida que ha dicho a todos las mismas palabras: «Venid al huerto». Ellos van allí, terminando de ponerse las pobres ropas los hombres, o de fijarse los cabellos las mujeres…

Y hablan en voz baja.

–           A mí me ha parecido la voz de Jesús de Nazaret.

–           Quizás su espíritu. Lo han matado. ¿Habéis oído?

–           Yo no puedo creerlo. Era Dios.

–           Pues Joel lo vio incluso pasar cargado de la cruz…

–           A mí me han dicho ayer mientras esperaba a que el encargado hiciera sus compraventas, que han pasado por Jesrael los discípulos y han dicho que realmente ha resucitado.

–           ¡Calla! Ya sabes lo que dice el patrón. A1 que diga esto le espera la flagelación.

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La muerte, quizás. Pero ¿no sería mejor que sufrir de esta manera?

–           ¡Y ahora ya no está Él!

–           Se han hecho peores desde que lograron matarlo.

–           Son más malos, porque ha resucitado.

Hablan en voz baja mientras se dirigen al punto que les ha sido indicado.

Una mujer grita:

–           ¡El Señor! – Y es la primera en caer de rodillas.

Otros tienen miedo y algunos exclaman:

–           ¡Su fantasma!

Jesús responde:

–           Soy Yo. No temáis. No gritéis. Acercaos. Soy realmente Yo. He venido a confirmar vuestra fe, que sé que se ve insidiada por otros. ¿Veis? Mi Cuerpo proyecta sombra porque es verdadero cuerpo. No estáis soñando, no. Mi voz es verdadera voz. Soy el mismo Jesús que compartía con vosotros el pan y os daba amor. También ahora os doy amor.

Enviaré a mis discípulos a vosotros. Y seguiré siendo Yo, porque ellos os darán lo que Yo os daba y lo que les he dado para entrar en comunión con los que creen en mí.

Soportad vuestra cruz, como Yo he soportado la mía. Sed pacientes. Perdonad. Os dirán cómo morí. Imitadme. El camino del dolor es el camino del Cielo. Seguidlo con paz y tendréis el Reino mío. No hay otro camino sino el de la resignación a la voluntad de Dios y la generosidad y la caridad hacia todos. Si hubiera habido otro, os lo habría indicado. Yo lo he recorrido, porque es el auténtico camino.

Sed fieles a la Ley del Sinaí, que es inmutable en sus Diez Preceptos y a mi Doctrina. Vendrán los que os van a instruir para que no estéis abandonados a las maniobras de los malvados.

Yo os bendigo. Recordad siempre que os he amado y que he venido a vosotros antes y después de mi glorificación. En verdad os digo que muchos desearían verme ahora, pero no me verán. Muchos grandes. Pero Yo me muestro a los que amo y me aman.

JESÚS RESUCITADO

Uno de los hombres se resuelve a decir:

–           Entonces… ¿existe verdaderamente el Reino de los Cielos? ¿Tú eres verdaderamente el Mesías? Ellos tratan de influir en nosotros…

–           No escuchéis sus palabras. Recordad las mías y acoged las de los discípulos míos que conocéis. Son palabras veraces. Y quien las acoge y las practica, aunque aquí sea siervo o esclavo, será ciudadano y coheredero de mi Reino.

Los bendice abriendo los brazos y desaparece.

Ellos dicen:

–           ¡Oh! ¡Yo… yo ya no temo nada!

–           Y yo tampoco. ¿Has oído?

–           ¡También para nosotros hay un lugar!

–           ¡Debemos ser buenos!

–           ¡Perdonar!

–           ¡Tener paciencia!

–           Saber resistir.

–           Buscar a los discípulos.

–           Ha venido a visitarnos a nosotros, que somos unos pobres siervos.

–           Se lo diremos a sus apóstoles.

–           ¡Si lo supiera Yocana!

–           ¡Y Doras!

–           Nos matarían para que no habláramos.

–           Pero nosotros guardaremos silencio.

–           Sólo se lo diremos a los siervos del Señor.

–           Miqueas, ¿No tienes que ir con aquella carga a Seforí? ¿Por qué no vas a Nazaret a decir…?

Miqueas contesta:

–           ¿A quién?

–           A la Madre. A los apóstoles. Quizás estén con Ella…

Se alejan comentando en voz baja sus proyectos.

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

166.- EL PASTOR PERSEGUIDO


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Los apóstoles no hablan. Caminan pensativos. La partida imprevista los ha desorientado. ¡Se sentían tan seguros ya! Están abrumados por la desilusión y la comprobación de lo que es el mundo y los hombres…

Jesús por su parte, aunque no sonríe; no camina triste, ni abatido. Va con la frente levantada en lo alto, delante de todos. Sin altivez y sin miedo. Camina como quien sabe a dónde va y lo que debe hacer. Camina como un valiente. Como un héroe a quien nada perturba, ni amedrenta.

Cuando Jesús se separa del camino principal y toma un camino secundario que lleva hacia el norte, los apóstoles se miran entre sí y comprenden que no van a Galilea, sino a Samaría. Pero no preguntan.

Llegan a una arboleda que hay en la colina y Jesús dice:

–                       Detengámonos aquí y comamos. Ya es mediodía.

Se acercan a un arroyo que lleva poca agua. Se sientan en unas piedras grandes que hay en la orilla y que están a la sombra de unos enormes sauces.

Jesús ofrece y bendice la comida.

Todos comen en silencio y pensativos.

La voz de Jesús los saca de sus meditaciones.

–                       ¿No me preguntáis a dónde vamos? La preocupación del mañana os ha dejado mudos. ¿O ya no soy vuestro Maestro?

Los doce levantan la cabeza. Son doce caras afligidas y atolondradas que miran el rostro impasible de Jesús y se oye solo un:

–                        ¡Oh!

Pedro habla en nombre de todos.

–                       Maestro, Tú sabes que para nosotros Tú no has cambiado. Sin embargo desde ayer estamos como si hubiéramos recibido un fuerte golpe en la cabeza. Todo nos parece un sueño. Y Tú… Vemos y sabemos que eres Tú. Pero nos parece como si te hubieses alejado de nosotros. Así nos sentimos desde que hablaste con tu Padre, antes de llamar a Lázaro.

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Desde que lo sacaste del sepulcro y lo resucitaste con la fuerza de tu Voluntad y tu Poder. Casi nos da miedo. Lo digo por mí… Luego nosotros… esta partida tan repentina como misteriosa.

Jesús pregunta:

–                       ¿Tenéis doble miedo? ¿Sentís el peligro que se os viene encima? ¿Creéis no tener fuerza suficiente para enfrentaros y superar la última prueba? Decidlo francamente. Todavía estamos en la Judea. Estamos cerca de los caminos que llevan a Galilea. Cualquiera de vosotros se puede ir si quiere. Y está a tiempo para no ser objeto del Odio del Sanedrín…

Los apóstoles al oír esto se turban. El que estaba tumbado sobre la hierba, se endereza. El que estaba sentado se pone de pie.  Luego se ponen alerta y…

Jesús continúa:

–                       Porque desde ahora Soy un hombre perseguido según la Ley. Tenedlo en cuenta. A esta hora va a leerse en todas las sinagogas, el bando de que soy el Gran Pecador. Y de que cualquiera que sepa dónde estoy, tiene la obligación de denunciarme al Sanedrín para que me cautive…

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Los apóstoles gritan. Algunos maldicen al Sanedrín. Otros invocan la justicia divina. Otros lloran. Otros se quedan como estatuas…

Jesús dice:

–                       Callaos. Escuchad: nunca os he engañado. He amado vuestra compañía, como si fuerais mis hijos. no os he escondido ni siquiera mi última hora. Mis peligros… Mi Pasión. Se trataba de cosas mías. Ahora tenéis que pensar en vuestra seguridad y en la de vuestras familias…

Os ruego que lo hagáis con libertad completa. No penséis esto a través del amor que me tenéis. Por el hecho de que os haya elegido. Y como os dejo libres de cualquier obligación para con Dios y para con su Mesías, imaginaos que es la primera vez que os encuentro y que después de haberme escuchado; decidiréis si os conviene o no, seguir al Desconocido, cuyas palabras os han conmovido.

Imaginaos que es la primera vez que me oís y que me veis. Y que os digo: “Ved bien que soy un Perseguido, que me odian. Que el que me ama y me sigue, es perseguido y odiado como Yo, en su propia persona, intereses, afectos. Ved bien que la Persecución, puede llevar a la muerte y a la confiscación de los bienes familiares.”

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Pensadlo bien y decidid. Os seguiré amando siempre, aunque me digáis: “Maestro, ya no  puedo seguirte…” Medirse y medir, es siempre una sabia providencia en las cosas pequeñas o en las grandes. Os amo a todos. Sé que mis discípulos puestos a prueba sin estar suficientemente preparados, tanto en el saber cómo en la reflexión; podrían no triunfar, como buenos atletas en el estadio. Repito: Reflexionad.

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Los verdugos se contentarán con capturarme. No os escandalicéis de vuestra debilidad. Os dejo en plena libertad de decidir entre vosotros. Voy a ir allá, entre aquel matorral, a orar. Uno por uno, vendrá a decirme lo que piense. Cualquiera que sea vuestra decisión… La bendeciré. Os amaré teniendo en cuenta el amor que me habéis dado.

Jesús se levanta y se va.

Los apóstoles quedan espantados, perplejos; conmovidos. Al principio, nadie se atreve a hablar.

Pedro es el primero en tomar la palabra:

–                       ¡Qué me trague el Infierno si lo abandono! ¡Estoy seguro de mí! ¡Aunque me atacasen todos los demonios que hay en la Genhna, con Leviatán al frente! ¡No me separaré de El por temor!

Felipe dice:

–                       Tampoco yo. ¿Voy a ser inferior a mis hijas?

Judas de Keriot afirma:

–                       Yo estoy seguro de que no le harán nada. El sanedrín amenaza. Pero lo hace para hacernos ver que todavía vive. Es el primero en saber que nada vale, si Roma no quiere. ¡Sus amenazas!…  ¡Es Roma la que condena!

Andrés le hace notar:

–                       Pero en cosas religiosas, el Sanedrín es el Sanedrín.

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Al escucharlo, le empieza a hervir la sangre al impulsivo Pedro y le replica en tono amenazador:

–                       ¿Tienes miedo hermano? Ten en cuenta que en nuestra familia jamás ha habido bellacos.

Andrés replica:

–                       No tengo miedo y espero poder demostrarlo. Tan solo respondí a Judas.

Judas de Keriot confirma:

–                       Tienes razón. El error del Sanedrín está en querer usar el arma política, para no decir y que no se le diga que levantó su mano contra el Mesías. Estoy seguro de ello. Les gustaría hacer caer al Mesías en Pecado. Y hasta lo han intentado, para hacerlo odioso a las multitudes. ¡Pero matarlo!…

¡Eh no! ¡Tienen demasiado miedo! Un miedo que no tiene comparación, porque lo llevan dentro. ¡Saben muy bien, que Él es el Mesías! Y tanto lo saben, que sienten que para ellos ha llegado el fin; porque vienen los tiempos nuevos.

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Quieren destruirlo. Pero, ¿Destruirlo ellos? No. Eso no puede ser posible. Por eso buscan una razón política; para que sea el Procónsul… Para que sea Roma, quien acabe con Él. Pero el Mesías no hace sombra a Roma y Roma no le hará ningún mal. El Sanedrín aúlla en vano.

Pedro pregunta:

–                       ¿Entonces tú te quedas con Él?

Judas contesta decidido:

–                       ¡Claro! ¡Más que todos!

Zelote dice:

–                       Yo no pierdo o gano nada, quedándome o yéndome. Tan solo tengo la obligación de amarlo y lo haré.

Bartolomé proclama:

–                       Yo lo reconozco como el Mesías y por esto lo sigo.

Santiago de Zebedeo afirma:

–                       También yo. Lo creí, desde el momento en que Juan Bautista me lo señaló.

Tadeo dice:

–                       Nosotros somos sus hermanos. A la Fe hemos juntado el amor de la sangre. ¿No es verdad Santiago?

Santiago de Alfeo responde:

–                       Desde hace años, Él es mi sol. Sigo su trayectoria. Si cae en el abismo que le habrán abierto sus enemigos, lo seguiré.

Mateo dice:

–                       ¿Y yo? ¿Puedo olvidar que me redimió?

Tomás exclama:

–                       Mi padre me maldeciría siete veces siete, si lo abandonase. Por otra parte, tan solo por el amor a María, yo no me separaría jamás de Jesús.

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Juan no habla. Está con la cabeza inclinada, abatido.

Los demás toman esta actitud como debilidad y le preguntan:

–                       ¿Y tú? ¿Eres el único en quererte ir?

Levanta su cara tan franca en sus gestos como en su mirada y clavando sus ojos azules en ellos dice:

–                       Yo estaba rogando por todos vosotros. Queremos hacer. Decidir por nuestras propias fuerzas… Y no nos damos cuenta de que al hacerlo así, dudamos de las palabras del Maestro. Si Él asegura que no estamos preparados, estará en los cierto. Si no lo hemos logrado en tres años, ¿Vamos a lograrlo en pocos meses?…  

Todos lo atacan como regañándolo:

–                       ¿Qué estás diciendo?

–                       ¿En pocos meses?

–                       ¿Qué sabes tú?

–                       ¿Eres profeta?

Juan contesta:

–                       No soy nada.

Judas de Keriot grita con rabia:

–                       ¡Y entonces!… ¿Qué sabes tú? ¿Él te lo dijo acaso? Tú no ignoras sus secretos…

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Juan le responde:

–                       Amigo. No me odies si comprendo que la tranquilidad se está acabando. ¿Cuándo será? No lo sé. Pero sí llegará el fin. Él lo dice. ¡Cuántas veces lo ha dicho!…  ¿Acaso no escuchamos? No queremos creer. El Odio de los otros, son la señal de que sus palabras son verdaderas…

Y por eso prefiero orar; porque no hay otra cosa que hacer. Pedir a Dios que nos haga fuertes. ¿No te acuerdas Judas que Él nos dijo que Él había orado a su Padre, para tener fuerzas en las Tentaciones? La fuerza viene de Dios. Yo imito a mi Maestro, como es razonable hacerlo…

Pedro le pregunta:

–                       ¿Entonces te quedas?

–                       ¿Y adonde quieres que yo vaya, si no me quedo con Él, que es mi vida y mi todo? Como solo soy un pobre jovencillo, el más necesitado de todos. Todo lo pido a Dios, Padre de Jesús y nuestro…

Pedro declara:

–                       Dicho está. Nos quedamos todos. Vamos a donde está. Ha de estar triste. Nuestra fidelidad lo contentará.

Jesús está orando de rodillas, con el rostro inclinado sobre la hierba. Se yergue al oír el ruido de las pisadas. Y mira a los Doce con una mirada seria y un poco triste.

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Pedro dice:

–                       Alégrate Maestro. Ninguno de nosotros te abandona.

Jesús advierte:

–                       Tomasteis muy pronto vuestra decisión…

Pedro reitera:

–                       Las horas y los siglos, no cambiarán nuestra decisión.

Iscariote proclama:

–                       Ni las amenazas nuestro amor.

Jesús los mira de uno por uno. Una mirada larga, profunda; que los Doce sostienen sin vacilaciones.

Su mirada se detiene de una manera muy especial en Judas, que lo mira a su vez, con más seguridad que todos los demás.

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Jesús abre sus brazos con un acto de resignación y dice:

–                       Vámonos. Todos vosotros habéis sellado vuestro destino.

Regresa a tomar su alforja y ordena:

–                       Tomemos el camino que nos indicaron que lleva a Efraím.

La sorpresa no tiene límites…

Y todos preguntan:

–                       ¿A Samaría?

–                       A los confines de Samaría. Juan también fue a esos  lugares, para vivir predicando al Mesías, hasta que llegase su hora.

Santiago de Zebedeo objeta:

–                       Sin embargo no se salvó.

–                       No busco salvarme, sino salvar. Y salvaré en la Hora Señalada. El Pastor Perseguido va a donde están las ovejas más infelices…

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Y con paso rápido se ponen en camino. Cuando llegan al arroyo que corre de Efraím al Jordán, Jesús llama a Pedro y a Bartolomé…

Les da una bolsa diciendo:

–                       Adelantaos y buscad a María de Jacob. Recuerdo que Malaquías me dijo que era la más pobre del lugar, pese a su gran casa. Ahí nos hospedaremos. Dadle suficiente dinero para que nos hospede sin molestias. Conocéis la casa. Tiene cuatro granados. Está cerca del puente que da al arroyo.

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Pedro y Bartolomé contestan:

–                       Los conocemos, Maestro.

–                       Haremos como ordenas.

Y rápidos se van.

Jesús los sigue lentamente junto con los demás…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

12.- UN HOMBRE DESCONCERTANTE


Jesús está en Jerusalén con Simón. Se abren paso entre la multitud de vendedores y asnos que forman una procesión.

Jesús dice.

–           Subimos primero al Templo, antes de ir a Get-Sammi. Rogaremos al Padre en su Casa.

Simón contesta.

–           ¿Tan solo esto, Maestro?

–           Nada más. No puedo entretenerme. Mañana al amanecer quedamos de estar en la Puerta de los Peces y si la multitud insiste… ¿Cómo puedo librarme de ella? Quiero ver a los demás pastores. Luego iremos a Galilea. ¿Has estado alguna vez allá?

–           Una vez de paso y en invierno. En uno de mis penosos andares de un médico a otro. Tengo deseos…

–           ¡Oh, es hermosa! ¡Y mi Nazareth!… ¡OH, Simón! ¡Allá hay una flor que vive sola! ¡Que despide aroma de pureza y de amor por su Dios y por su Hijo! ¡Es mi Madre! La conocerás. Y me dirás si hay otra criatura igual a Ella, también en belleza humana, sobre la tierra. ¡Es hermosa! Pero todo cae, bajo lo interno que mana de su corazón. Si un hombre brutal la despojase de sus vestiduras y la mandase a caminar errante… ¡Aun así parecería una Reina con vestiduras reales, porque su santidad le serviría de manto y de resplandor!

El mundo puede pagarme mal. Pero todo perdono al mundo; porque para venir a él, a Redimirlo; me cupo la dicha de tenerla a Ella: La humilde y gran Reina del Mundo que éste ignora; pero por la que recibió el Bien y por siglos lo tendrá. Hemos llegado al Templo. Guardemos el rito del culto judío. Pero en verdad te digo que la verdadera Casa de Dios; el Arca Santa, es su Corazón; que tiene por velo su carne purísima y en la que hay virtudes, cual brocado.

Entran y caminan por el Primer Patio, pasan un portal y se dirigen al Segundo Patio. Simón ve un grupo y exclama:

–           Maestro, mira… allí está Judas; en medio de aquel montón de gente. Hay también Fariseos y Sinedristas. ¿Me permites ir a oír lo que dice?

–           Ve. Te espero cerca del Gran portal.

Simón va ligero y se mete entre la gente, buscando la manera de oír mejor, sin ser visto.

Judas está hablando con convicción:

–           … y he aquí que hay personas que todos vosotros conocéis y respetáis, que pueden decir quién soy yo. Muchos de entre vosotros veneráis al Bautista. Él también lo venera y lo llama: ‘el santo igual que Elías por su misión’. Pero Él es todavía mayor que él.  Ahora bien. Si el Bautista es esto. Él, a quién el Bautista llama el Cordero de Dios y jura por su santidad haber visto que el fuego del cielo lo coronaba; mientras una Voz del Cielo lo proclamaba: ‘Hijo amado de Dios a quien se debe escuchar’, solo puede ser el Mesías.

¡Lo es! ¡Os lo juro! No soy un cualquiera, ni un tonto. ¡Lo es! Lo he visto en sus obras y he escuchado su Palabra. Os lo digo: Él es el Mesías. El milagro le obedece como el esclavo a su dueño. Enfermedades y desgracias caen como cosas muertas y en su lugar llegan la alegría y la salud. Los corazones se cambian más que los cuerpos. Podéis verlo en mí. ¿Tenéis enfermos o penas que aliviar? Si los tenéis, venid mañana al amanecer a la Puerta de los Peces. Él estará ahí y os hará felices. Entretanto ved: en su Nombre doy a los pobres esta ayuda.

Y Judas distribuye dinero a dos paralíticos y a tres ciegos. Y finalmente obliga a una viejecilla a aceptar el resto. Despide a la gente y se queda con José de Arimatea, Nicodemo y otros tres.

Judas exclama muy contento:

–           ¡Ah! ¡Ahora estoy bien! Ya no tengo nada. Soy como Él quiere.

José exclama:

–           En verdad que no te reconozco. Pensaba que era una burla, pero veo que lo haces en serio.

Judas lo mira y dice convencido:

–         En serio. ¡Oh! Soy un animal inmundo en su compañía. Pero ya he cambiado mucho.

Juan el escriba le pregunta:

–           ¿Ya no pertenecerás más al Templo?

–           ¡Oh, no! ¡Soy del Mesías! Quien se acerca a Él, a menos que sea una víbora; no puede menos que amarlo y desear pertenecerle solo a Él.

Eleazar dice:

–           ¿No vendrá más aquí?

–           Sé que vendrá. Pero no ahora.

Nicodemo expresa:

–           Me gustaría escucharlo.

–           Ya habló en este lugar, Nicodemo.

–           Lo sé. Pero estaba con Gamaliel. Lo vi. Pero me detuve.

Judas pregunta curioso:

–           Nicodemo, ¿Qué dice Gamaliel?

Nicodemo contesta:

–           Dijo: ‘Algún profeta nuevo’… No añadió más.

Judas se dirige a uno de los hombres más prominentes en el Sanedrín:

–           José, ¿No le dijiste lo que te dije?… ¡Tú eres su amigo!

José el Anciano, responde:

–           Se lo dije. Pero me respondió: ‘Ya tenemos al Bautista. Y según la doctrina de los escribas, deben pasar cien años entre esto y la preparación del Pueblo; para la venida del Gran Rey. Yo digo que se necesita menos, porque el tiempo ya se cumplió. Más no puedo admitir que el Mesías se manifieste de este modo. Un día creí que daba principio la manifestación mesiánica; porque su primer resplandor fue un relámpago verdaderamente celestial. No hubo más que un largo silencio y creo que me equivoqué…

–           Trata de hablarle otra vez. Si Gamaliel estuviese con nosotros y vosotros con Él…

Juan  el escriba, objeta:

–           No os lo aconsejo. El Sanedrín es poderoso y Annás lo gobierna con astucia y ambición. Si tu Mesías quiere vivir, le aconsejo que permanezca en la oscuridad. A menos que se imponga con la fuerza… pero  en este caso, está Roma.

Judas exclama:

–           Si el Sanedrín lo escuchase, se convertiría a Él.

Los tres escribas sueltan una carcajada y dicen:

–           ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! … ¡Judas! Creímos que habías cambiado y que eras inteligente. si es verdad lo que dices de Él, ¿Cómo puedes creer que el Sanedrín lo siga? –invitan a José- ¡Ven! Ven, José. Es mejor para todos. ¡Que Dios te guarde, Judas! Te hace falta.

Y se alejan. Judas queda solo con Nicodemo.

Simón se desliza cuidadosamente y va hacia donde está Jesús.

Cuando se encuentra con él le dice:

–           Maestro. Me acuso de haber calumniado a Judas, de palabra y de corazón. Ese hombre me desorienta tanto. Había pensado que era enemigo tuyo. Pero lo he oído hablar de Ti en tal forma, que pocos lo harían entre nosotros.  Sobre todo aquí, donde el odio puede suprimir en primer lugar al discípulo y luego al Maestro. Lo vi dar dinero a los pobres y tratar de convencer a los sinedristas…

Jesús dice con decisión:

–           ¿Lo ves, Simón? Me felicito de que lo hayas visto en esta ocasión. Lo dirás a los demás cuando lo acusen. Bendigamos al Señor por esta alegría que me proporcionas. Por tu honradez al decir: ‘He calumniado’. Y por la obra del discípulo al que tenías como un malvado y que no lo es.

Oran por largo tiempo y luego se retiran.

En el camino, Jesús pregunta:

–           ¿No te vio?

Simón contesta:

–           No. Estoy seguro.

–           No le digas nada. Es un alma muy enferma. Una alabanza sería semejante a alimentos fuertes dados a un convaleciente de una fiebre estomacal… Lo haría que se enfermase más. Porque se gloriaría de saber que es famoso… Y donde está el orgullo…

–           Guardaré silencio. ¿A dónde vamos?

–           A la casa a del olivar. Allí debe estar Juan a esta hora del calor.

Caminan ligeros, buscando sombra por las calles que son calcinantes. Cuando llegan, Juan está en la cocina y los saluda diciendo:

–           ¡Maestro! ¿Tú? Te esperaba en la tarde…

–           Vine antes. ¿Cómo has estado?

–           Como un cordero que hubiese perdido a su pastor. Hablaba a todos de ti; porque al hacerlo era como tenerte un poco. He hablado a los familiares, conocidos y extraños. También a Annás…

–           Hiciste bien. ¿Has visto a Judas?

–           No, Maestro. Pero me envió alimentos y dinero que repartí entre los pobres. Y también me mandó decir que los usase porque eran suyos.

–           Es verdad, Juan. Mañana iremos a Galilea.

Juan se pone muy feliz.

Al día siguiente al amanecer; las filas de borriquillos se amontonan en la Puerta semicerrada, Jesús está con Simón y con Juan. Algunos vendedores lo reconocen y se apiñan a su alrededor.

Un soldado de la guardia también corre hacia Él. Y cuando se abre la Puerta, lo saluda:

–                 Salve, Galileo. Di a estos rebeldillos que estén más tranquilos. Se quejan de nosotros, pero no hacen otra cosa más que maldecir y desobedecer. Dicen que para ellos, todo es culto. ¿Qué religión tienen si se funda en la desobediencia?

Jesús contesta:

–           Compadécelos, soldado. Son como quienes tienen a un huésped no grato en su casa y que es más fuerte. Por lo que no pueden vengarse más que con la lengua y el desprecio.

–           Bien. Pero nosotros debemos cumplir nuestro deber y entonces debemos castigarlos. Y de este modo nos hacemos los huéspedes no gratos.

–           Tienes razón. Debes cumplir con tu deber. Pero hazlo siempre como un humano. Piensa: ‘Si estuviese en su lugar, ¿Qué haría?’ Verás que entonces sentirás piedad por los sometidos.

–           Me gusta oírte hablar. No tienes desprecio, ni altanería. Los otros palestinenses nos escupen por detrás. Nos insultan. Muestran el asco que sienten por nosotros. A no ser que se trate de desplumarnos muy bien; ya sea por causa de una mujer o por compras. Entonces el oro de Roma no causa ningún asco.

–           El hombre, es hombre; soldado.

–           Sí. Y es más mentiroso que el mono. No es agradable estar con quién parece una víbora al acecho. También nosotros tenemos casa, madre, esposa e hijos. Y la vida nos importa.

–           Mira. Si alguien se acordase de esto. No habría más odios. Tú lo has dicho: ¿Qué religión tienen? Te respondo: una religión santa, que tiene como primer mandamiento el amor a Dios y al prójimo. Una religión que enseña obediencia a las leyes; aun cuando sean de países enemigos. –Jesús se vuelve hacia la multitud- Porque oíd: ¡Oh! ¡Hermanos míos en Israel! Nada sucede sin que Dios lo permita. También las dominaciones: desgracia sin igual para un pueblo…

Y Jesús exhorta al pueblo a dar testimonio con Obras de la Religión Santa del Dios Verdadero. Cuando termina y despide a sus oyentes.

Simón dice:

–           Judas se está tardando y también los pastores.

El soldado que había estado escuchando atentamente pregunta:

–           ¿Esperas a alguien, Galileo?

Jesús contesta:

–           A Algunos amigos.

–           Ven para que te refresques al ‘andrón’. El sol quema desde el amanecer. ¿Vas a la ciudad?

–           No. Regreso a Galilea.

–           ¿A pie?

–           Soy pobre. A pie.

–           ¿Tienes mujer?

–           Tengo una Madre.

–           También yo. Ven. Si no te causamos repugnancia, como a los demás.

–           Tan solo la culpa me la causa.

El soldado lo mira sorprendido y pensativo. Luego dice:

–           Nosotros nunca tendremos nada contra Ti. Jamás se levantará la espada contra Ti. Tú eres Bueno. Pero los demás…

Jesús entra en el ‘andrón’. Juan va a la ciudad. Simón está sentado sobre una piedra que sirve de banca.

El soldado pregunta:

–           ¿Cómo te llamas?

–           Jesús.

–           ¡Ah! ¿Eres el que hace milagros en los enfermos? Pensaba que fueses tan solo un mago, como los que tenemos nosotros. Pero un mago bueno. Porque hay ciertos tipos…Los nuestros no saben curar enfermos. ¿Cómo lo haces?

Jesús sonríe y calla.

El soldado continúa:

–           ¿Empleas fórmulas mágicas? ¿Tienes ungüentos de la médula de los muertos; polvo de serpientes; piedras fantásticas de las cuevas de los pitones?

–           Nada de esto. Tengo tan solo mi poder.

–           Entonces eres realmente santo. Nosotros tenemos arúspices y vestales. Algunos de ellos hacen prodigios y dicen que son los más santos. ¿Qué piensas Tú? ¡Pues vemos que son peores que los demás!

–           Y si es así, ¿Por qué los veneráis?

–           Porque… porque es la religión de Roma. Si un súbdito no respeta la religión de su estado, ¿Cómo puede respetar al César y a la Patria? ¿Y así, a otras tantas cosas?

Jesús mira atentamente al soldado y le dice:

–           En verdad estás muy adelantado en el camino de la justicia. Prosigue ¡Oh, soldado! Y llegarás a conocer lo que tu alma añora por tener, sin siquiera saber su nombre.

–           ¿El alma? ¿Qué es eso?

–           Cuando mueras, ¿A dónde irás?

–           Bueno… no sé. Si muero como héroe, iré a la Hoguera de los Héroes. Si llego a ser un pobre viejo, un nada: probablemente me secaré en mi cuartucho o al borde de un camino.

–           Esto por lo que se refiere al cuerpo. Pero, ¿A dónde irá el alma?

–           No sé si todos los hombres la tengan o tan sólo los que Júpiter destina a los Campos Elíseos, después de una vida portentosa, si es que antes no se los lleva al Olimpo, como hizo con Rómulo.

–           Todos los hombres tienen un alma. Y esto es lo que distingue al hombre del animal. ¿Te gustaría ser semejante a un caballo? O ¿Un pez? ¿Carne que al morir no es más que un montón de podredumbre?

–           ¡Oh, no! ¡Soy un hombre y prefiero serlo!

–           Pues bien. Lo que hace que seas un hombre, es el alma. Sin ella no serías más que un animal que habla.

–           ¿Y dónde está? ¿Cómo es?

–           Existe dentro de ti. Viene de Quien creó el mundo y regresa a Él, después de la muerte del cuerpo.

–           Del Dios de Israel, según vosotros.

–           Del Dios Único, Eterno. Señor Supremo y Creador del Universo.

–           ¿Y también un pobre soldado como yo, tiene un alma que regresa a Dios?

–           También un pobre soldado. Y su alma podrá tener a Dios como Amigo suyo, si es buena siempre. O como a su Juez, si fuese mala.

Juan lo llama:

–           Maestro, ya llegó Judas, con los pastores y unas mujeres.

–           Me voy soldado. Sé bueno.

–           ¿No te volveré a ver? Quisiera saber…

–           Estaré en Galilea hasta Septiembre. Si puedes, ven. En Cafarnaúm o en Nazareth, cualquiera te puede dar razón de Mí. En Cafarnaúm pregunta por Simón Pedro. En Nazareth, por María de José, es mi Madre. Ven y te hablaré del Dios Verdadero.

–           Simón Pedro. María de José. Iré si puedo. Si regresas, acuérdate de Alejandro. Soy de la centuria de Jerusalén.

Judas y los pastores llegan al andrón y Jesús se despide:

–           Paz a todos vosotros y también a ti, Alejandro.

Jesús se aleja y Judas le explica:

–           Nos tardamos. Se nos juntaron estas mujeres. Estaban en Getsemaní y querían verte. Tratamos de dejarlas, pero se nos pegaron más que las moscas. Quieren saber muchas cosas. ¿Curaste a la muchacha que tenía tisis?

–           Sí.

–           ¿Hablaste con el soldado?

–           Sí. Es un corazón honrado y busca la Verdad.

Judas suspira profundo y Jesús le pregunta:

–           ¿Por qué suspiras, Judas?

–           Suspiro porque… Porque querría que los nuestros fuesen los que buscasen la Verdad.  Por el contrario. O huyen de Ella, la escarnecen o permanecen indiferentes. Estoy muy desilusionado. Tengo deseos de no volver a poner un pie aquí. Quisiera quedarme sólo para escucharte. Como discípulo no puedo hacer gran cosa.

–           ¿Y crees que Yo sí? No te desanimes, Judas. Son las luchas del apostolado. Más derrotas que victorias. Acá son derrotas. Pero allá arriba son victorias. El Padre ve tu buena voluntad. Y aunque no lograses nada, lo mismo te bendice.

Judas le toma la mano y se la besa, mientras dice:

–           ¡Oh! ¡Tú eres bueno! ¿Llegaré a ser bueno alguna vez?

–           Sí. Si así lo quieres.

–           Creo haberlo sido en estos días. He sufrido mucho para serlo. Porque tengo muchos deseos… pero lo fui, pensando sólo en Ti.

–           Entonces persevera. Me haces muy feliz. –Jesús se vuelve hacia los pastores- Y vosotros, ¿Qué noticias me tenéis?

–           Yo te digo Maestro, que son mejores los humildes. A los que me dirigí, no tuvieron más que burlas o indiferencia.

Judas interviene y contrario a su costumbre, llama al pastor por su nombre:

–           Isaac, yo pienso como tú. Perdemos tiempo y fe a su contacto. Yo renuncio.

Isaac contesta con firmeza:

–           Yo no. Pero me hace sufrir. Renunciaré solo si el maestro lo manda. Estoy acostumbrado desde hace años a sufrir por ser leal a la Verdad. No puedo mentir para congraciarme con los poderosos. Y Tú sabes Señor, cuantas veces fueron a mi lecho de enfermo a burlarse de mí prometiéndome, aunque yo sabía que eran promesas falsas; ayudarme, si decía que yo había mentido. ¡Y que Tú no eras el recién nacido Salvador! Pero yo no podía mentir. Hacerlo hubiera sido lo mismo que renunciar a mi alegría, matando mi única esperanza. ¡Rechazarte a Ti, Jesús y Señor mío! ¡No! No podía rechazarte. No lo hice y no lo haré.

Jesús coloca su mano en la espalda de Isaac y sonríe.

Judas, mirando a Isaac vuelve a hablar:

–           ¿Entonces tú persistes?

El pastor le contesta:

–           Yo sí. Hoy, mañana y pasado mañana, otra vez. Alguien vendrá.

–           ¿Cuánto durará tu trabajo?

–           No lo sé. Pero créeme. Basta con no mirar ni hacia delante, ni hacia atrás. Pensar solo en el día presente. Y si al anochecer se ha logrado algo, decir: ‘Gracias, Dios mío’. O si no hubo nada: Gracias, Dios mío. Espero con tu ayuda, hacer algo mañana.’

–           Eres un sabio.

–           Ni siquiera sé lo que significa eso. Pero hago en mi misión, lo que hice en mi enfermedad. Casi treinta años de enfermo, ¡No son un día!

–           ¡Eh! ¡Lo creo! Yo todavía no había nacido y tú ya estabas enfermo.

–           Estaba enfermo, pero jamás he contado esos años. ¿Qué veo del pasado? ¡Nada! Todo se ha ido.

Jesús dice:

–           Acá nada. Pero en el Cielo es todo. Y ese todo te está esperando. Es necesario obrar así. También Yo lo hago. Ir adelante sin fatigas. La fatiga también es una raíz de la soberbia humana. De igual manera que la premura. Mirad todo lo creado y pensad en Quién lo hizo. Lo creado es obra de una creación sin prisa. El Padre no hizo nada desordenadamente. Todo es paciencia.

–           Entonces, ¿Cuándo te conocerán?

–           ¿Quién, Judas?

–           El Mundo.

–           Jamás.

–           Pero, ¿No eres el Salvador?

–           Lo Soy. Pero el mundo no quiere ser salvado. Solo en la proporción de uno a mil me querrá conocer y en la proporción de uno a diez mil, realmente me seguirá. Y todavía digo más: ni siquiera mis íntimos me conocerán.

–           Pero si son tus íntimos te conocerán.

–           Si, Judas. Me conocerán como al Jesús Israelita, pero no como Soy. En verdad os digo que no todos mis íntimos me conocerán. Conocer quiere decir: amar con fidelidad y esfuerzo. Y habrá alguien que no me conocerá.

Jesús tiene su gesto resignado que siempre tiene cuando predice la futura traición. Con el rostro afligido que no mira a hombres, ni al cielo; sino a una visión espiritual que le da el futuro destino del traicionado.

Juan objeta:

–           No lo digas, Maestro.

Simón dice:

–           Te seguiremos, nosotros para conocerte mejor.

Y los pastores le hacen coro:

–           Te seguimos como a una esposa y nos eres más caro que ella. Somos más celosos de Ti. Que por una mujer.

Judas declara:

–           ¡Oh, no! Te conocemos tanto que no podemos desconocerte. –señalando a Isaac, agrega- él dice que renegar de tu recuerdo de recién nacido, le hubiera sido más atroz que perder la vida. Y sólo eras un bebé pequeñito. Nosotros tenemos al Hombre, al Maestro. Te escuchamos y vemos tus obras. Tu contacto, tu aliento, tu beso, son nuestra continua consagración y nuestra continua purificación. ¡Sólo un demonio podría renegar de Ti, después de haber sido un íntimo tuyo!

–           Es verdad, Judas. Pero así será.

Juan exclama:

–          ¡Ay de él! ¡Seré yo quien le ajusticie!

Jesús corrige:

–           No. Al Padre deja la Justicia. Tú sé su redentor. El redentor de esta alma que tiende hacia Satanás. Ya se hizo tarde. Isaac, te bendigo, siervo fiel. Ten en cuenta que Lázaro de Betania es nuestro amigo y que quiere ayudar a mis amigos. Me voy. Tú quédate a ararme el terreno árido de la Judea. Regresaré. Cuando me necesites, sabes en donde podrás encontrarme. Mi paz sea contigo.

Jesús bendice y besa a su discípulo.

 HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA,CONOCELA

PRIMER MISTERIO DE GOZO


LA ENCARNACIÓN DE JESÚS EN EL VIENTRE PURÍSIMO DE MARÍA

Al sexto mes el Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazareth, a una joven virgen que estaba comprometida en matrimonio con un hombre llamado José, de la familia de David. La virgen se llamaba María. Llegó el Ángel hasta ella y le dijo: ‘Alégrate llena de Gracia, el Señor está contigo.’ María quedó muy conmovida al oír estas palabras y se preguntaba qué significaría tal saludo. Pero el Ángel le dijo: ‘No temas María, porque has encontrado el favor de Dios. Concebirás en tu seno y darás a Luz a un hijo al que pondrás el Nombre de Jesús. Será grande y justamente será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su antepasado David; gobernará por siempre al Pueblo de Jacob y su reinado no terminará jamás.’ María entonces dijo al Ángel: ‘¿Cómo puede ser eso, si yo soy virgen?’ Contestó el Ángel: ‘El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el Poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño santo que nacerá de ti, será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel, está esperando un hijo en su vejez y aunque no podía tener familia, se encuentra ya en el sexto mes del embarazo. Para Dios nada es imposible.’ Dijo María: ‘He aquí la esclava del Señor, hágase en mí, tal como has dicho.’ Después la dejó el Ángel. (LUC.1, 26-38)

María revela:

            Desde muy pequeña me había consagrado a Dios y el Espíritu Santo me había mostrado la causa del Mal en el mundo.

Me dijo del dolor del Padre cuando Eva pecó. Cuando se envileció, ella, creatura de gracia, al nivel de una creatura inferior. Decidí ofrecer a Dios mi pureza y mi amor, para consolarle del dolor de aquella herida y tenía intención de conservar mi cuerpo puro, al conservarme yo pura; en mis pensamientos, deseos y contactos humanos.

Sólo para El reservaba yo el palpitar de mi amor; sólo para Él, la razón de mí ser. Pero si no existía en mí el ardor de la concupiscencia, si existía el sacrificio de no ser madre. Quise borrar de mí las huellas de Satanás. No sabía que yo no tuviera ningún pecado, ¡Cómo podía imaginarlo siquiera! Nunca pensé que yo era la Doncella de Israel.

Sabía que ya se había cumplido el tiempo del que hablaron los profetas y mi oración más ferviente era poder servir a la Virgen Escogida y así poder ser la esclava del Mesías.

Por eso las palabras del Ángel, estremecieron mi alma de júbilo, cuando comprendí la Misión a que Dios me llamaba: SER LA MADRE DEL REDENTOR.

“HE AQUÍ LA ESCLAVA DEL SEÑOR.    HÁGASE EN MÍ, SEGÚN TU PALABRA”

Al pronunciar aquellas palabras, felicidad y dolor estrecharon mi corazón, cuando se abrió como un lirio, para proporcionar la sangre que alimentaría en mi seno al Germen del Señor.

Dios me había pedido que fuera virgen.  Obedecí.

Al amar la virginidad que me hacía pura, como la primera mujer antes de conocer a Satanás.

Dios me pidió que fuera esposa. Obedecí.

Poniendo el matrimonio en aquel prístino grado de pureza que existió en el pensamiento de Dios, cuando creó a los primeros seres humanos.  Convencida de ser destinada a vivir sola en el matrimonio y a que los demás despreciasen mi esterilidad santa.

Entonces Dios me pidió que fuese Madre. Obedecí.

Creí que era posible y que esa palabra venía de Dios; porque al oírla, la paz se derramaba dentro de mí. Y me llené de gozo. Gozo de ser Madre. Gozo porque creí poder hacer feliz a Dios, al arrancar la espina que Eva clavó en su Corazón, al llenarlo de dolor y de amargura con su Desobediencia. ¡Por su soberbia, su lujuria y su incredulidad!

YO ANULE EL NO DE EVA, CUANDO DIJE “SI”

Sí. Sí. Sí.  SIEMPRE SÍ A LOS QUERERES DE DIOS.

Volví a subir las etapas por las que Eva bajó.

Eva buscó el Placer, el Triunfo, la Libertad.

Yo acepté el Dolor, el Aniquilamiento, la Esclavitud.

Me convertí en la Esclava de Dios, en el cuerpo, en el alma, en el espíritu. Dije sí para los tres, segura de que Dios cumpliría sus promesas y remediaría las humillaciones de los que murmurarían contra mi estado. Y así desafié la opinión del mundo y el juicio del esposo. Mi fuerza era Dios y le confié sin vacilar mi vida, mi honor, mi futuro: todo, sin reserva alguna.

Sabía que ÉL socorrería mi dolor de esposa que se ve tratada como culpable y de Madre que engendra un Hijo para el Patíbulo. 

Y abracé mi destino con una punzada de dolor que fue creciendo de hora en hora, conforme sentía crecer en mi seno a mi Creatura Divina.

¡Oh, felicidad bendita que invadía toda mi alma, al saber que había arrancado del Corazón de Dios, la amargura de la Desobediencia de Eva!

¡Oh, dicha gloriosa de ser el Puente del Perdón y la Paz, entre Dios y el Hombre!

*******

Oración:

Amado Padre Celestial: Da a nuestro corazón el amor, la sabiduría y la docilidad que necesitamos para conocer y amar Tu Voluntad, obedeciéndola  siempre en todos los instantes de nuestra vida. Amen.

PADRE NUESTRO…

DIEZ AVE MARIA…

GLORIA…

INVOCACION DE FATIMA…

JACULATORIA…

CANTO DE ALABANZA…