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65.- LUDUS MATUTINUS


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Para la celebración de los espectáculos prometidos, Nerón mandó construir un Anfiteatro gigantesco, porque quiere que los juegos sobrepasen en esplendor a todos los que ha habido hasta entonces.

Miles de operarios trabajaron día y noche en la construcción del edificio y en su ornamentación.

Un inmenso pabellón pone a los espectadores a cubierto de los rayos de sol. Por entre las hileras de asientos, hay pebeteros dispuestos de trecho en trecho, para quemar perfumes de Arabia e incienso.

Los arquitectos Marco Vitrubio y Julio Frontino han desplegado toda su habilidad en su construcción, para que sea a la vez incomparable y dé cabida al mayor número posible de espectadores, con la mayor comodidad.

El día fijado para dar comienzo a los Juegos, una inmensa muchedumbre llegó desde el alba, aguardando la hora de la apertura de las puertas y gozando del aire festivo que se contagia, por la inauguración.

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Escuchan con expectación los rugidos de las fieras, a las cuales se les ha mantenido sin alimento para excitar más su ferocidad y su hambre.

Todo esto aumenta el ruido hasta ser casi ensordecedor y los más tímidos, palidecen de miedo.

Al salir el sol, sobre toda aquella cacofónica confusión, comienza a escucharse un himno que brota desde el interior del circo y que es entonado por voces vibrantes y llenas de alegría.

La multitud escucha maravillada y sorprendida aquellos cánticos…

Y dicen:

–           ¡Los cristianos! ¡Son los cristianos!

Y efectivamente, éstos han sido trasladados desde las cárceles en la noche precedente.

El Himno retumba glorioso porque las voces de los hombres, mujeres y niños que lo cantan son tantas, que los entendidos en las funciones circenses, saben que las fieras quedarán saciadas y NO acabarán con todos, antes de que llegue la noche.

A medida que se acerca el momento de la apertura de las puertas de los pasajes que conducen al interior del Circo, la gente se muestra más eufórica y discuten animadamente los detalles relativos a aquel espectáculo que promete ser extraordinario.

Desde muy temprano empiezan a llegar al Anfiteatro, los ‘lanistas’ (Los que compran, forman y entrenan a los gladiadores), con sus pequeños grupos dispuestos para el combate.

Muchos vienen completamente desnudos, llevando palmas en las manos y coronados con flores. Y a la luz de la mañana, se ven todos jóvenes, hermosos, fuertes, rebosantes de vida.

Sus cuerpos lustrosos de aceite, son portentosos y parecen tallados en mármol. La gente se deleita con su belleza y su fuerza.

Algunos son conocidos por el pueblo y al ser saludados por sus admiradores….

Se les escucha decir:

–           ¡Dame un abrazo, antes de que me lo dé la muerte!

Y desaparecen por aquellas puertas, sabiendo que probablemente al finalizar el día, NO volverán a cruzarlas.

Detrás de los gladiadores, vienen hombres armados con látigos, cuyo oficio es azotar y azuzar a los combatientes.

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Luego siguen una gran cantidad de carretas tiradas por mulas, que se van directas al spolarium.

Filas enteras de vehículos llenas de camillas. La enorme cantidad de éstas predice la magnitud del espectáculo que está por comenzar.

Enseguida vienen los hombres que están encargados de rematar a los heridos y visten trajes de Caronte (Barquero del infierno que transporta las almas de los difuntos a través de la Laguna Estigia)

Siguen luego los encargados de mantener el orden en el circo y los acomodadores, junto con los esclavos que reparten las bebidas y los alimentos.

Y por último, los pretorianos a quienes el César tiene siempre cerca de su persona en el Anfiteatro

Cuando por fin son abiertas las puertas, la multitud se precipita hacia el interior y los rugidos de las fieras se hacen más estruendosos.

Mientras el público se instala en sus asientos, produce un movimiento de agitación rumorosa, comparable al del mar en plena tempestad.

Finalmente, hace su entrada el Prefecto de la ciudad y Tigelino rodeado de su guardia.

Detrás de ellos, los augustanos, senadores, cónsules, pretores, ediles, funcionarios de gobierno y del palacio, oficiales, pretorianos, caballeros, patricios y damas lujosamente ataviadas.

Con los rayos del sol brillan las joyas, las armaduras de los soldados, el acero de las armas, las espadas y las espléndidas vestiduras de los invitados imperiales.

Desde el interior se oyen las grandes aclamaciones con que son recibidos todos los grandes personajes.

Y siguen llegando nuevas partidas de pretorianos, seguidos por los sacerdotes de los diferentes templos y las vírgenes sagradas de Vesta.

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Para dar principio al espectáculo, solo falta el arribo del César y la Augusta, con su círculo íntimo de augustanos favoritos.

Nerón desea ganarse el favor del pueblo y llega pronto.

Hace su entrada triunfal en el carro de Augusto, con traje de púrpura y clámide sembrada de estrellas de oro.

Le siguen la Augusta y los augustanos que ha privilegiado.

Entre éstos están Petronio y Marco Aurelio.

El joven tribuno sabe que Alexandra está enferma de gravedad e inconsciente.

Pero como el acceso a la prisión ha sido restringido con mayor rigor en los días precedentes y los antiguos guardias fueron remplazados.

Los nuevos no permiten la comunicación con los presos.

Y por eso Marco Aurelio no está seguro de que Alexandra no está entre las víctimas destinadas al espectáculo del primer día.

Pues conoce el sadismo de que son capaces  sus captores y la venganza que los impulsa.

Después de instalarse en los lugares que les fueron asignados, se escabulle discretamente en medio de la multitud y baja a los subterráneos del Circo.

Un guardián lo conduce hasta donde están los cristianos.

En el camino le dice:

–                      Noble señor, yo no estoy seguro de que llegues a encontrar lo que buscas. Hemos preguntado por una doncella llamada Alexandra, pero nadie nos dice nada. Tal vez porque no tienen confianza en nosotros.

–           ¿Hay muchos?

–           Tantos, que algunos tendrán que esperar hasta mañana.

–           ¿Y hay enfermos entre ellos?

–           No hay ninguno que no pueda sostenerse en pie.

Llegan hasta una puerta que da a una estancia enorme, pero tan baja y oscura, que solo recibe luz por unas aberturas enrejadas que las separan de la arena.

Al principio, el tribuno no puede ver nada, oye tan solo el murmullo de plegarias, recomendaciones y tiernas despedidas en el recinto y los gritos de la plebe que proceden de las graderías del Circo.

Pero cuando sus ojos se acostumbran a la oscuridad, puede distinguir un grupo de seres extraños:

Son los cristianos disfrazados de bestias feroces.

Algunos están de pie y otros están arrodillados.

Mujeres vestidas con piel de leopardo, tienen en los brazos a niños cuyos cuerpos también han sido cubiertos con pieles de fieras.

Pero sobre esos grotescos disfraces aterradores, emergen rostros serenos y ojos que brillan con un júbilo supremo…

Es evidente que a todas estas personas les domina un sentimiento extraordinario que los hace indiferentes a cuanto sucede a su alrededor y…

¡NO sienten ningún temor por lo que pueda ocurrirles!

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 Cuando Marco Aurelio les pregunta sobre Alexandra, algunos le miran con ojos asombrados, como si los hubiese despertado de un ensueño…

Y le contestan con una sonrisa, negando con la cabeza.

Pero lo más impactante son los niños.

En todos ellos se ve la angelical inocencia de Cástulo, el día que le dio las Sagradas Especies.

NADIE, llora. Ni está triste o aterrorizado.

Entonces empezó a llamar en voz alta a Alexandra y a Bernabé.

Un hombre vestido de lobo le tira de la toga y le dice:

–                      Hermano, ellos se quedaron en la prisión. Yo fui el último en salir y le he visto enferma en el lecho.

–           ¿Quién eres tú?

–           Calixto el cantero, en cuya casa dejaste a Alexandra. Fui arrestado junto con ellos y hoy he sido llamado al martirio.

Marco Aurelio suspiró aliviado. Al entrar había deseado verla y ahora le da gracias a Dios por no haberla encontrado ahí, viendo esto como una señal de divina misericordia.

Calixto le dice:

–           Noble tribuno y hermano ¿Te puedo hacer una petición?

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–           La que quieras, hermano mío.

–                      La última vez que ví a Pedro, me aseguró que vendría al Anfiteatro. Si tú sabes en donde se encuentra, dímelo.

–                      Di a todos que está en la comitiva de Petronio, al lado izquierdo del Podium Imperial, disfrazado de esclavo.

Búsquenlo de manera discreta. Dios hará que lo reconozcan.

–           Gracias hermano, que la paz del Señor esté contigo.

–           Hoy es el día de su victoria.

–           ¡Amén!

Marco Aurelio salió de allí y regresó junto a Petronio, que está en medio de los demás augustanos y al verlo…

Le preguntó:

–           ¿La encontraste?

–           No. La dejaron en la prisión.

–                      Pues bien. Oye lo que se me acaba de ocurrir, pero mientras tanto mira en dirección a donde está Julia Mesalina, para despistar.

Tanto Prócoro como Tigelino nos están observando.

Sería conveniente que pusieran a Alexandra entre los muertos por la epidemia y por la noche la sacaran de la cárcel, junto con los demás cadáveres. ¿Adivinas el resto?

–           Sí.

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Galba interrumpe este diálogo, inclinándose hacia ellos…

Y preguntando:

–           ¿Sabéis si darán armas a los cristianos?

Petronio contestó:

–           Lo ignoramos.

–           Será mejor que se las den, de otro modo la arena se convertirá demasiado pronto en un matadero y esto estará demasiado aburrido. Pero ¡Qué espléndido Anfiteatro!

Y en realidad luce magnífico.

Los asientos inferiores totalmente llenos de togas blancas, relumbran como si fueran nieve.

En el Podium Imperial está sentado el César quién ostenta un deslumbrante collar de rubíes. Junto a él se encuentra la Augusta, hermosa y sombría.

Están flanqueados por las vestales y los más altos funcionarios de la corte.

En resumen: todo cuanto hay en Roma de poderoso, opulento y ostentoso.

El Anfiteatro está lleno.

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Y por sobre aquel océano de cabezas, penden de una columna a otra festones de rosas, lirios, hiedras y pámpanos.

La multitud empieza a golpear impaciente con los pies.

Y estos golpes se van generalizando hasta ser atronadores y sin interrupción.

Entonces el Prefecto de la ciudad, después de recorrer la arena con su brillante séquito, hizo con el pañuelo una señal…

Que fue acogida con una exclamación de aprobación, en que prorrumpió todo el Anfiteatro.

Y empezaron los juegos,…

Con una carrera de cuadrigas arrastradas por camellos y bufones montados sobre elefantes, que hacen diferentes gracias para el público.

Luego vinieron los andavetes: gladiadores con yelmos cerrados, que lidian a ciegas. Cuando hacen su entrada en la arena, comenzaron a hacer molinetes con las espadas.

La parte más selecta del público, mira con desdeñosa indiferencia ese espectáculo.

Pero la plebe se divierte con los movimientos desairados de los combatientes. Y cuando sucede que se encuentran de espaldas, el público prorrumpe en grandes carcajadas…

Y muchos exclaman:

–           ¡A la derecha! ¡A la izquierda!

Y con frecuencia les engañan deliberadamente y los desorientan completamente.

No obstante, pronto se forman varias parejas de luchadores y se traba un combate verdaderamente sangriento.

Los luchadores más esforzados, arrojan lejos sus escudos y tomándose el uno al otro de la mano izquierda con el fin de no separarse, luchan con la otra hasta morir.

Todo el que cae alza la mano implorando gracia, pero el público casi siempre pide la muerte para los heridos, principalmente porque son hombres que llevan oculto el rostro y son unos desconocidos.

Paulatinamente fue disminuyendo el número de luchadores hasta que solo quedan dos.

Y fueron empujados el uno contra el otro y se apuñalaron recíprocamente.

Enseguida, a los gritos de ‘¡Peractum est!’ fueron sacados de la arena y un grupo de hombres con unos rastrillos, hizo desaparecer las manchas de sangre.

Luego esparcieron pétalos de rosas y otras flores.

En la segunda parte empezó la lucha más importante y que despertó el interés de todos los asistentes, pues empezaron a hacer importantes apuestas.

Entre la plebe, cuando ya no tienen dinero, llegan a apostar hasta la propia libertad y siguen con el corazón anhelante por la ansiedad y el miedo, las peripecias de aquellos combates.

Y por todas partes se escuchan votos a los dioses en voz alta, para que les ayuden a que gane su lidiador favorito.

De mano en mano van pasando las tablillas en las cuales han escrito los nombres de sus preferidos, así como la cantidad de sestercios que cada quién apuesta por su predilecto.

Todos cruzan apuestas:

el César, los sacerdotes, las vestales, los senadores, los quirites y el pueblo.

Los campeones que ya han obtenido clamorosos triunfos, son los que cuentan con mayor número de partidarios.

Pero hay quienes arriesgan sumas considerables a favor de gladiadores nuevos, con la expectativa de obtener enormes ganancias, si éstos obtienen la victoria.

Así que cuando se escuchan las trompetas, se hace un silencio profundo y expectante…

Todos los ojos se vuelven hacia la puerta a la cual se acerca un hombre vestido de Caronte y da en ella tres golpes con un martillo.

Un momento después, las dos hojas se abrieron lentamente y se puede ver un túnel largo y oscuro del cual van surgiendo los gladiadores, para ingresar a la arena.

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Avanzan en divisiones de veinticinco personas y están magníficamente armados: tracios, mirmidones, galos.

Al último ingresan los retiarii, trayendo una red en una mano y un tridente en la otra.

La multitud estalla en atronadores aplausos y estruendosas aclamaciones.

Los gladiadores dan la vuelta a la arena con paso firme y flexible: magníficos y hermosos, con sus brillantes armaduras y espectaculares trajes.

Avanzan hasta detenerse frente al Podium Imperial, grandiosos y tranquilos.

El toque penetrante de un cuerno, impone el silencio.

Entonces los gladiadores extienden su mano derecha, alzan la cabeza hacia el César…

Y gritan con voz lenta y potente:

¡Ave César Imperator!  ¡Moritum té salutant!

(Salve emperador y César. Los que van a morir te saludan)

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Enseguida se alejan rápidamente, para ocupar en la arena sus lugares.

Los más famosos deben atacarse unos a otros en una serie de combates singulares, en los cuales resaltan el valor y la destreza, además de la fuerza y la astucia de los contrincantes.

El campeón es un germano llamado Taurus, que ha sido vencedor en muchos juegos.

Lleva un enorme y elaborado yelmo. Cubre su poderoso cuerpo con una cota de malla que lo hace parecer como un escarabajo gigantesco.

Va a enfrentarse con el casi desconocido retiarius, Mercurio: un tracio de aspecto imponente.

Y entre los espectadores comenzaron las apuestas.

Taurus, colocándose en el centro de la arena, comienza a retroceder blandiendo la espada.

Inclinando la cabeza, sigue atentamente a través de la visera de su yelmo, los movimientos de su adversario.

Mercurio es un hombre ágil, esbelto, de formas estatuarias, con músculos poderosos. Está completamente desnudo.

Empieza haciendo giros rápidos alrededor de su adversario. Agitando la red con movimientos llenos de gracia, al mismo tiempo que sube y baja su tridente.

Pero Taurus no le huye. Permaneciendo en un solo sitio, procura mantenerse siempre frente a su adversario, estudiándolo con una concentración absoluta.

Poco a poco se va advirtiendo en sus ademanes y en su cabeza monstruosamente grande, algo que infunde terror.

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Todos comprenden que en ese cuerpo encerrado en su poderosa armadura, ya se está preparando el golpe repentino que decidirá el combate.

Mercurio salta hacia él o brinca de un lado a otro, agitando su tridente con movimientos tan rápidos, que resulta difícil seguirlo con la vista.

Repetidamente suena sobre la coraza el golpe del tridente, pero Taurus permanece impasible.

Toda su atención está concentrada NO en el tridente, sino en la red que gira a su alrededor tratando de atraparlo.

Los espectadores contienen la respiración y siguen como hinoptizados los pormenores de la lucha.

Taurus espera, elige cuidadosamente el momento y se lanza por fin, sobre su enemigo. Éste se desliza con rapidez centelleante por debajo de su espada, esquivando el golpe mortal.

Se irguió de inmediato, alza el brazo y arroja la red.

Taurus, sin cambiar de posición la rechaza con su escudo y rápido se separan ambos.

En el Anfiteatro se escuchan atronadores los gritos: ‘¡Macte!’

Y en todos lados comienzan de nuevo las apuestas.

El mismo Nerón sigue el espectacular combate, conteniendo el aliento…

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La lucha comienza de nuevo con tal arte y precisión en los movimientos de los contendientes, que por momentos parece que más que un combate a muerte, es una exhibición de destreza y habilidad, en una  hinoptizante danza, increíble y mortal.

Taurus evita la red por dos veces más y empieza a retroceder hacia un extremo de la arena…

Sus partidarios comienzan a gritar:

‘¡Acábalo! ¡Es tuyo!…’

Y Taurus vuelve al ataque. Repentinamente el brazo del retiarius, se cubre de sangre y se le cae la red.

Entonces Taurus reúne todas sus fuerzas y salta hacia delante, con el fin de asestar a su adversario el golpe definitivo.

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Pero en ese instante Mercurio, cuya imposibilidad para manejar la red era fingida, salta hacia un lado y esquiva el golpe.

Dirige el tridente por entre las piernas de su oponente y lo derriba.

Taurus intenta levantarse, pero al punto se ve cubierto por la fatal red, en la cual se va enredando siempre más, con cada movimiento que hace.

Mientras su adversario le clava una y otra vez en la tierra.

Taurus trata varias veces de levantarse, en un esfuerzo inútil.

Con un postrer movimiento se lleva a la cabeza su mano desfalleciente, con la cual ya no puede empuñar la espada y cae pesadamente sobre su espalda.

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Entonces Mercurio fija su cuello al suelo con el tridente y apoyando ambas manos sobre el mango de éste, vuelve el rostro hacia el palco del César.

Todo el Anfiteatro estalla en aclamaciones y aplausos.

Para los que apostaron a favor de Mercurio, en este momento lo adoran como a un dios y por la misma razón, la animosidad contra Taurus ha desaparecido.

Porque a costa de su vida, aquel infortunado les ha brindado una ganancia y empiezan a pedir gracia a favor de Taurus.

Los perdedores piden la muerte. Y estos dos gritos tan opuestos, llenan el graderío.

Pero el retiarius mantiene la vista solo fija en el César y todos están expectantes por lo que va a suceder…

Por desgracia para el gladiador vencido, Nerón extiende la mano y vuelve el pulgar hacia abajo.neron-circo-2Entonces Mercurio se arrodilla sobre el pecho del germano.

Aparta el yelmo de la cabeza de su adversario, dejando a la vista la blonda cabellera y el rostro sereno que lo mira fijamente y con valiente resignación ante la derrota…

Y lo ensarta por la garganta contra la Arena.

Aumenta el frenesí del público…

‘¡Peractum est!’   –gritan al unísono muchas voces en el Anfiteatro.

Taurus se convulsiona y luego queda inmóvil.

Inmediatamente sacan el cadáver de la Arena.

Hubo otros combates singulares y luego la recreación de la Batalla de Aníbal en Cartago entre grupos de gladiadores y que resulta igual de mortífera.

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Enseguida a los vencedores les fueron entregados los premios y las coronas.

Luego sigue un intermedio que se convierte en banquete.

Se distribuyen bebidas refrescantes, carnes asadas, vino, aceitunas, queso, frutas y dulces.

El pueblo devora y aclama al César.

Y satisfechos el hambre y la sed, centenares de esclavos distribuyen billetes de lotería y obsequios que llevan en canastos.

Los patricios no participan de estas distribuciones.

En el centro de la arena, cientos de operarios están levantando un escenario en forma de un gran círculo partido por la mitad.

Una simula un vergel y en la cúspide, hay un árbol cuajado de manzanas y al lado un poste, adornado con guirnaldas como de un metro de altura y con una argolla.

En la parte baja, en una plataforma circular, a la que para subir hay tres escalones, pusieron centenares de postes iguales al que está en la parte superior, junto al árbol.

En la otra mitad del círculo, que simula un pequeño monte, levantan una enorme cruz en el centro de tal forma, que la cruz queda casi a la par que el árbol con manzanas.

En ella han colocado crucificado, a un cristiano y ¡Han cubierto su cabeza con una auténtica cabeza de un asno! De tal forma que realmente parece un hombre con cabeza de asno.

A su alrededor y también en semicírculo, han sido alineadas unas parrillas monumentales.

Entre ellas hay tres filas de postes que sostienen en su parte superior a un tercero y que de trecho en trecho, tienen una gruesa argolla de acero.

En la parte baja y alrededor de la cruz, también hay centenares de pequeños postes que completan el círculo y da una imagen simétrica, al imponente escenario.

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Los augustanos están ocupados mirando a Prócoro Quironio y divirtiéndose con sus vanos esfuerzos por demostrar que está disfrutando del espectáculo.

Su cobardía ingénita lo hace incapaz de contemplar el sangriento combate.

Se pone pálido. Corren por su frente gruesas gotas de sudor, sus ojos giran desorbitados, le castañetean los dientes y se estremece como si tuviese mucho frío.

Al terminar la batalla de los gladiadores, pudo recuperar un poco la compostura y empezó a recibir una andanada de puyas de sus vecinos.

Dejándose dominar por la cólera, se defiende desesperadamente.

Vitelio le tiró de la barba y dijo:

–           ¡Vaya griego! Parece que la vista de la sangre y la piel desgarrada de un hombre, es algo superior a tus fuerzas.

Prócoro replicó venenoso:

–           ¡Mi padre no fue un zapatero remendón y yo no puedo repararla!

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Muchas voces exclamaron:

–           ¡Macte! ¡Habet! (Muy bien, le venció)

Pero otros siguieron burlándose de él…

Haloto dijo:

–           No es su culpa tener en el pecho un pedazo de queso, en vez de corazón.

Prócoro contestó zumbón:

–           ¡Tampoco tú eres culpable de poseer doble vejiga en lugar de cerebro!

Haloto soltó una carcajada de escarnio burlón y contestó:

–           ¡Algún día llegarás a ser un gladiador! Con esas manos tan grandes, te verás admirable manejando una red en la arena.

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El griego replicó:

–           Y si en ella te cogiera, sólo habría en mi red una fétida abubilla.

Marcial preguntó con sarcasmo:

–           ¿Y qué harás cuando llegue el turno a los cristianos? Tendrás que verlos… Tú los entregaste.

Y así… continuaron atacándole.

Él se defiende irónicamente, en medio de la risa general y con gran gusto del César, quién a cada momento repite:

–           ¡Macte!

Y azuza a los demás para que sigan molestando al griego…

Cuando hacen una pausa en su malévolo juego, Petronio se acercó a Prócoro.

Y tocándolo en el hombro con su bastón de marfil, le dijo fríamente:

–           Todo eso está bien filósofo, pero en una cosa te has equivocado: Los dioses te hicieron un vulgar ladrón y tú te has convertido en un juglar. Esa es la razón por la que no te sostendrás por mucho tiempo.

El viejo le miró con sus ojos enrojecidos y no encontró un insulto adecuado que aplicar a Petronio. Así que se quedó callado.

00petronioLuego dijo con cierto esfuerzo:

–           Me sostendré.

En la arena, el escenario ha sido terminado y todo está listo para la atracción especial de aquel día:

Ha llegado el turno de los cristianos…

En ese momento las trompetas anuncian que el intermedio ha concluido.

Los espectadores regresan a sus asientos.

El ánimo del público a la par que expectante, también está predispuesto en contra de las víctimas, pues han sido convencidos de que les están castigando por ser los incendiarios Roma y los destructores de sus antiguos tesoros…

Son los bebedores de sangre de infantes, que adoran a un hombre con cabeza de asno.

Los enemigos de la raza humana, y culpables de los crímenes más abominables.

Los castigos más crueles, no son suficientes para el Odio que han despertado en aquel pueblo que lo único que desea…

Es que las torturas que sean aplicadas a los cristianos, correspondan plenamente a los delitos perpetrados por aquellos malhechores…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONÓCELA

49.- LAS LOCURAS DE NERON


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Cuando salieron de la casa del César,  Marco Aurelio dijo a Petronio:

–           Por un momento me dejaste petrificado y lleno de alarma. Pensé que te habías embriagado y solo esperaba la ruina. Recuerda que estás jugando con la muerte.

Petronio contesta seguro:

–           Esta es mi arena y me complace ser el mejor gladiador. Ya viste como concluyó todo… Mi influencia ha aumentado considerablemente desde hoy. Me enviará sus versos en un cilindro y eso es el mejor cumplido viniendo de él.

–           El Prefecto de los Pretorianos estaba furioso.

–           Tigelino al ver el éxito que alcanzan estas sutilezas, va a tratar de imitarme y superarme. Serán vanos sus esfuerzos, pues es tan solo una bestia cruel.

–           Es un enemigo muy peligroso. Él y la Augusta parecen congeniar bastante. ¿No te preocupa eso?

–           Popea está despechada. Y ahí no puedo hacer nada, más que esquivarla lo mejor que pueda. Si yo quisiera, acabaría con él y tendría al propio Enobarbo en mi poder. Pero NO quiero complicarme más la vida. El poder absoluto es una maldición…

–           ¡Qué habilidad la tuya para transformar la crítica en alabanza! Pero ¿Son realmente tan malos esos versos? Yo de eso no entiendo nada.

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Los versos no son peores que cualquier otros. Es verdad que Marcial tiene más talento en uno solo de sus dedos. Aun así, Barba de Bronce tiene algo… Sobre todo un inmenso amor por la poesía y la música. Y sí. Se esfuerza mucho en lo que compone.

–           Se considera una artista divino y no sé si sea genialidad o…

–           Pasado mañana nos reuniremos con él, para escuchar su Himno a Venus Afrodita que ya está terminando. Los versos de Nerón a veces son elocuentes y yo sé que para componerlos sufre una verdadera tortura. A veces le tengo lástima. ¡Hace unas cosas tan extrañas!

Marco Aurelio pregunta reflexivo:

–           ¿Podría alguien prevenir hasta donde llegarán las locuras de Nerón?

Petronio levanta los hombros:

–           ¿Quién puede saberlo? Está decidido a que ocurran cosas que durarán en la memoria de la historia, pues su mayor anhelo es ser un dios inmortal en el arte y de él se puede esperar cualquier barbaridad.

–           No entiendo cómo puedes encontrar emocionante una conducta tan inestable.

–           Y aunque a veces me siento verdaderamente hastiado, creo que bajo el reinado de otro César, me fastidiaría cien veces más. En estas incertidumbres es en donde encuentro el encanto de la vida.

–           ¿La vida? A veces parece que coquetearas con la muerte…

–           Quien no arriesga no pierde, pero tampoco gana. En el riesgo hay una especie de deleite y olvido del presente. Yo juego a la vida, es cierto. Y en eso mismo está el encanto.

Marco Aurelio dice con sinceridad y amor:

–           Te compadezco Petronio.

–           No más de lo que me compadezco yo mismo. Tu amigo el cristiano me dijo la verdad. Y sin embargo él debe saber que los hombres como yo, no aceptaremos su Religión. Yo no quiero cambiar. Mi vida es emocionante y a la vez detestable, lo sé.

–           Si al menos trataras de conocerla, cambiarías de opinión…

–           Antes, tú pasabas la vida agradablemente entre nosotros. Y cuando hacías tus campañas militares, ansiabas volver a Roma. Ahora hay en ti algo diferente, ya no eres el mismo y a veces me pregunto si te conozco todavía.

–           Ahora mismo me ocurre igual. Ansío volver a Roma.

–          Porque estás enamorado de una vestal cristiana, que está esperando por ti. No me sorprende esto, ni te lo reprocho. Pero lo único que me pregunto es: ¿Eres feliz? ¿Tu nuevo Dios te hace feliz?…

Puedo jurarte por el alma de mi padre al que tanto amaste, que nunca imaginé que pudiera existir una felicidad como la que ahora disfruto. Lo único que me preocupa es una especie de presentimiento extraño, que me aflige respecto a Alexandra.

–           Dentro de dos días trataré de obtenerte un permiso, para que puedas dejar Anzio por todo el tiempo que te plazca. Han pasado tres meses. Popea parece estar más tranquila y hasta donde sé, ningún peligro te amenaza; ni a ti, ni a Alexandra.

–           En la mañana, me preguntó la Augusta, qué había estado haciendo en Roma y me sorprendió mucho, pues ya sabes que me fui en secreto.

–           Es posible que haya enviado espías a seguirte. Sin embargo es necesario que ahora ella también cuente conmigo.

–            El día que me despedí de Alexandra. Los dos estábamos sentados en una banca del jardín de la casa del obispo Acacio. En una noche tan tranquila como ésta, ideando planes para el futuro. Sería imposible tratar de describirte la felicidad y el éxtasis que sentía en aquellos momentos, junto a la mujer que amo más que a mi propia vida. Cuando de súbito se escuchó el rugido de los leones….

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–           Tú sabes que esto es un fenómeno común y más cuando se acercan los juegos.

–           Pero desde aquel instante un presagio de infortunio, me inquieta profundamente. Te agradezco mucho ese permiso para salir de Anzio. Esto aliviará un poco la tortura que siento.

–           Los juegos son algo común y emocionante en nuestra cultura romana. ¿Por qué te angustias? ¡No te entiendo!

–           Me preocupa mucho mi esposa y ya no puedo permanecer aquí más tiempo. Me siento tan mal que estoy dispuesto a irme sin él.

–           ¿No crees que es un poco ridículo creer en presentimientos? Además ¿Cómo sabes que fueron leones? Los bisontes germanos rugen casi igual.

–           Anoche presencié una lluvia de estrellas…

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–           Yo también la vi. Fue un espectáculo muy bello. Y hay quien lo considera mal augurio…

Petronio medita unos momentos y después agrega:

–           Si vuestro Cristo se ha levantado de entre los muertos, Él puede protegeros contra la muerte, ¿No crees?

Marco Aurelio confirmó:

–           Así es. Los cristianos estamos protegidos de todas maneras. Para el que ama a Dios, la muerte no existe – Dijo estas palabras, mirando hacia el cielo lleno de estrellas.

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Petronio le miró completamente desconcertado… Y cambió de tema.

Una semana después…

El César estaba tocando y cantando en honor de Palas Atenea, un himno cuyos versos y música había compuesto él mismo.

Y aquel día sintió que su voz realmente cautivaba a sus oyentes.

Y esta convicción le exalta tanto, que se siente realmente inspirado y al terminar el canto, está pálido, sudoroso y conmovido.

No tiene deseos de escuchar elogios y dice:

–           Estoy fatigado y necesito aire. Saldré a dar un paseo. Entretanto afinad las cítaras.

Y enseguida se envolvió el cuello con un pañuelo de seda y dijo volviéndose a Petronio:

–           Acompáñame. Dame tu brazo Marco Aurelio, pues las fuerzas me faltan. Me apoyaré en ti. Mientras tanto Petronio nos hablará de música.

Y salieron hacia una terraza que tiene pavimento de alabastro.

Cuando estuvieron fuera, Nerón dijo:

–          Aquí uno puede respirar más libremente. Mi alma está conmovida y triste. Aunque ahora sí sé con este ensayo, que ya estoy listo para presentarme en público y alcanzar un triunfo sin igual.

Petronio contestó:

–          Puedes presentarte aquí, en Roma y en Acaya. Tu grandeza artística puede resistir la prueba.

El César contestó mirándolo fijamente:

–           Lo sé. Eres demasiado insolente como para prodigar elogios haciéndote violencia a ti mismo. Y te juzgo sincero como Marcial… Pero tú tienes más conocimientos que él. Dime cuál es tu concepto de la música.

–           Cuando te escucho declamar unos versos. Cuando te veo en el Circo dirigiendo una cuadriga. Cuando veo la belleza de una obra de arte y cuando te oigo en las armonías de tu música, nuevos deleites embelesan mi espíritu; aunque siempre me sorprendes, porque hay en ti, un mar de talento para eso.

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¡Qué profundo conocimiento tienes en la materia! –Exclamó Nerón admirado- Tú has dado expresión exacta a mis propias ideas. Y por eso te repito siempre que en toda Roma, eres el único capaz de comprenderme.

–           Mi concepto de la música está en perfecta armonía con el tuyo.

–           Soy el César y el mundo es mío. Puedo hacer lo que yo quiera. Pero la música me abre nuevos horizontes.

–           Las musas te inspiran.

–           Siento a las musas, a los dioses y al Olimpo.

Los dioses son generosos contigo…

–           Hay una grandeza que percibo como en medio de una niebla sutil. ¡Estoy tan emocionado que hasta me siento pequeño! ¿Puedes creerlo?

Petronio concede:

–           Sí. Solamente los grandes artistas tienen la facultad de sentirse pequeños en presencia del Arte.

–           Esta es un anoche de sinceridad y franqueza. Así pues, voy a abrirte mi corazón, como ante un amigo. Dime ¿Crees que soy un hombre ciego o falto de juicio?

–           Eres un artista buscando la inmortalidad.

–           Yo sé que el Pueblo de Roma, escribe en las murallas insultos contra mí. Gritan lo que consideran mis crímenes y dicen que soy un monstruo y un tirano, solo porque Tigelino ha obtenido unas cuantas sentencias de muerte contra mis enemigos.

–         No es posible complacer a todo el mundo. Los inconformes siempre van a criticar…

–           Sí, querido amigo. Me consideran un monstruo y lo sé. Y hablan tanto de crueldad cuando se refieren a mí, que en ocasiones he llegado a preguntarme ¿Efectivamente soy cruel?…

–           Tu talento para sorprender, es tan grande como su incomprensión…

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–            Pero lo que ellos no comprenden es que los hechos de un hombre pueden ser crueles, sin que él mismo lo sea. ¡Ah! Nadie creería que en los momentos en que la música me acaricia el espíritu, me siento tan bueno e inofensivo como un infante en la cuna.

–           El verdadero arte ennoblece…

–           ¡Es la verdad! La gente ignora cuanta nobleza se anida en este corazón. ¡Y cuántos tesoros descubro en él, cuando la música lo abre a sus olímpicas armonías!

Petronio no duda que el César esté diciendo la verdad y que la música le despierte nobles inclinaciones que están sepultadas por un monstruoso egoísmo desenfrenado y criminal.

Y solo contestó con seriedad:

–           Los hombres debieran conocerte tan profundamente como yo. Roma jamás te apreciará en tu justo mérito.

El César se apoyó más pesadamente sobre el brazo de Marco Aurelio, como si se sintiese abrumado por una gravosa injusticia y replicó:

–           Tigelino me ha contado que en el Senado dicen que Menecrato y Terpnum tocan la cítara mejor que yo. ¡Hasta eso intentan negarme!

–           El verdadero talento, siempre despierta la envidia.

–           Pero dime tú que eres siempre sincero dímelo ahora: ¿Ellos tocan mejor que yo? ¿O están siquiera a mi altura en destreza?

Petronio exclamó rápido:

–           ¡De ninguna manera! Tú tocas con mayor dulzura e intensidad. En ti se palpa al artista. En ellos al ejecutante experimentado. Y el hombre que los escucha primero a ellos, comprende mejor quién eres tú.

Nerón contestó con inmensa petulancia:

–           ¡Si es así, que vivan! Nunca podrán imaginar le importante servicio que acabas de prestarles en este momento, pues te deben la vida. Por otra parte, si yo los hubiera condenado, tendría que tomar a otros para remplazarlos.

Petronio se limitó a decir:

–           Y las gentes te acusarían de que por amor a la música, destruyes la música en tus dominios. ¡Oh, divinidad! Nunca mates el arte por el arte,

Nerón exclamó con admiración:

–           ¡Qué diferente eres de Tigelino! Pero ya lo ves. Soy un artista antes que todo y no puedo llevar una vida vulgar. La música me dice que lo sobrenatural existe y por esto yo lo busco con todo el poder y todo el dominio que los dioses han puesto en mis manos.

–           Los dones con que te han favorecido, deben desarrollarse para glorificarlos.

–           En ocasiones siento que para alcanzar el Olimpo, es necesario que yo haga algo totalmente extraordinario y que jamás se haya realizado. Algo que sea asombroso para los mismos dioses…

–           Esa puede ser una empresa hercúlea. Y hay que meditarla muy bien.

–           Sé que muchos me llaman loco. Pero yo no estoy loco. ¡Sólo estoy buscando la gloria! ¿Me entiendes?

–           Los grandes artistas llevan ese anhelo en la sangre.

–           ¡Y por lo tanto, mi anhelo es alcanzar la grandeza absoluta, porque solamente de esa manera llegaré a ser el más grande de los artistas!

Y bajando la voz para que Marco Aurelio no le oiga, le dice Petronio al oído:

–           ¿Sabes que condené a muerte a mi madre y a mi esposa, principalmente porque yo deseaba presentar el más grande sacrificio que un hombre pudiera ofrecer?

–           Y ciertamente diste un regio presente. Los dioses deben estar complacidos.

–           Pero parece que para abrir las puertas del Empíreo, se necesita algo más grande que eso y ya que el destino así lo quiere…

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Petronio se alarmó, pero controlándose dijo:

–           ¿Qué intentas hacer?

El César dijo suspicaz:

–           Tú lo verás más pronto de lo que te imaginas. Mientras tanto, solo piensa que existen dos Nerones: uno, el que el pueblo conoce. Otro, el que solo tú conoces. El cual si destruye como la muerte, dominado por un frenesí como Baco; se debe a la trivialidad y a las miserias humanas de la vida ordinaria que lo ahogan.

–           Pero para alcanzar la grandeza no hay necesidad de aniquilar la belleza de la vida.

–           Yo quisiera aniquilarla, aun cuando para ello sea necesario el uso del hierro o del fuego. ¡Oh! ¡Qué vulgar será este mundo cuando yo haya desaparecido de él!

–           Tu temperamento artístico está buscando un clímax.

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–             Nadie tiene la menor idea de mi verdadero temperamento artístico. Este es mi sufrimiento que me llena de melancolía.

Petronio dijo cauteloso:

–           Hay ocasiones que es necesario atemperar el talento, sobre todo cuando hay que ponderar el riesgo desde un trono imperial.

–           ¡Es muy pavoroso para un hombre cargar al mismo tiempo con el peso  del poder supremo y del más excelso talento!

Aunque Petronio se sintió aterrado, consiguió decir:

–           Simpatizo contigo profundamente, ¡Oh, César! Y en ello me acompaña también Marco Aurelio, que te deifica desde el fondo de su alma.

–           Por su parentesco contigo, también me es caro, aunque más bien sirve a Marte y no a las Musas.

–           Él sirve ante todo a Venus Afrodita.

Y en ese mismo instante decidió resolver el asunto de su sobrino de una vez por todas y alejar el peligro que pudiera amenazarle.

Y agregó:

–           Él está perdidamente enamorado… Permítele señor que vuelva a Roma, si no quieres que muera aquí a mi lado. ¡El rehén que le diste fue encontrado! Y Marco Aurelio al venir para Anzio, la dejó a cargo de un cierto Acacio. Marco Aurelio quería convertirla en una amante.

–           ¿Y por qué no lo hizo? Ella es suya. Se la cedí y puede disponer de ella como quiera.

–           Pero como resultó muy virtuosa, eso lo ha cautivado aún más y desea casarse con ella.

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–           No veo cual sea el inconveniente. Como es una de las hijas del rey Vardanes I, no hay diferencia de condición entre ellos.

–           Pero Marco Aurelio es ante todo un soldado. Y aunque se pasa la vida entre gemidos y suspiros, no hará nada sin el permiso de su emperador…

Nerón se quedó perplejo…

Luego dijo con cierta suspicacia:

–           El emperador no elige las esposas de sus soldados. ¿Para qué le sirve mi permiso a Marco Aurelio?

Petronio dijo con diplomacia:

–           Ya te he dicho señor que él te deifica.

–           Con mayor razón alcanza mi permiso. Sí. Es esa doncella bonita, pero demasiado escuálida. La augusta Popea se ha quejado de que ella fue la autora de un maleficio a nuestra hija, en los jardines imperiales. Y a causa de eso murió.

–           Pero yo le dije a Tigelino que los dioses no están sujetos a malos encantamientos. Recordarás divinidad su confusión y cómo tú exclamaste ¡Habet!

–           Sí. Tienes razón. Ya lo recuerdo…

Y volviéndose hacia Marco Aurelio, Nerón le preguntó:

–           ¿Es cierto que la amas como dice Petronio?

Marco Aurelio contestó con convicción:

–           Así la amo, señor.

Entonces Nerón detuvo su paseo y declaró:

–           Entonces te ordeno que partas mañana para Roma, a unirte con ella en matrimonio. Y no te presentes de nuevo ante mí, sin el anillo nupcial.

Marco Aurelio se quedó pasmado por un momento y luego exclamó con júbilo:

–           ¡Te doy gracias con todo mi corazón!

El César sonrió con una increíble, benevolencia y dijo:

–           ¡Oh! ¡Cuán grato es hacer felices a los demás! ¡Oh, si los dioses me dejaran hacer solo eso en la vida!

Petronio se preparó a dar el golpe final. Hasta ese momento, su gran influencia y sus maniobras inteligentes, habían salvado a su sobrino de las garras de Popea…

Y por eso dijo:

–           Concédenos un favor más, ¡Oh, divinidad! Declara tu voluntad en este asunto en particular, delante de la Augusta. Marco Aurelio no osaría jamás unirse en matrimonio a una mujer, que no fuese grata a la emperatriz. Tú puedes desvanecer su prevención con solo una palabra, manifestando que has ordenado que se efectúe el matrimonio.

–           Así lo haré. Nada podría rehusaros a ti o a vosotros. –declaró el César sonriendo a Petronio.

Después de esto, suspendió el paseo y emprendió el regreso.

Ambos le siguieron con el corazón inundado de felicidad por la victoria alcanzada.

Marco Aurelio tuvo que refrenar el impulso de lanzarse al cuello de Petronio y besarlo en las mejillas con amor y agradecimiento. Pues ahora le parece que ha quedado removido todo peligro y todo obstáculo…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

29.- EL CAZADOR, CAZADO


Marco Aurelio, después de unas horas, se sintió más penosamente mal.

Y estuvo muy enfermo en realidad. La noche llegó y con ella una violenta fiebre. Cuando ésta cedió, no podía dormir y seguía con la mirada a Alexandra a dondequiera que iba.

Por momentos caía en una especie de sopor, durante el cual oía lo que sucedía a su alrededor, pero luego se sumergía en febriles delirios.

Y así transcurrieron varios días…

Cuando recuperó la conciencia, despertó y miró alrededor de él. Una lámpara brilla dando su claridad. Todos están calentándose al fuego, pues hace frío y se ve como de sus bocas sale el aliento en forma de vapor.

Pedro está sentado, con Alexandra en un escabel a sus pies. Luego Mauro, Lautaro, Isabel y David, un joven de rostro agraciado y cabellos negros y ensortijados… Todos están atentos, escuchando al apóstol que habla en voz baja…

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Y también Marco Aurelio concentró su atención tratando de escuchar lo que dice. Entiende que está hablando de la Muerte y Resurrección de Cristo y de las enseñanzas que Jesús les dio  durante cuarenta días, antes de ascender al Cielo.

Marco Aurelio pensó:

–           Sólo viven invocando ese Nombre.

Y cerró los ojos invadido por la fiebre.

Cuando los volvió a abrir, vio la brillantez de la luz de la chimenea, pero ahora no hay nadie. Trozos de leña se consumen y las astillas de pino que acaban de poner, iluminan suavemente a Alexandra sentada cerca de su lecho.

Y al mirarla se conmovió, ella está velando su sueño. Es fácil adivinar su cansancio. Está inmóvil y tiene cerrados los ojos. Él se pregunta si está dormida o solamente absorta en sus pensamientos. Contempló su delicado perfil… sus largas pestañas caídas lánguidamente, sus manos sobre sus rodillas.

Y vio que sobre su belleza exterior que es tan extraordinaria, hay otra belleza que irradia desde adentro de su ser y la hace sobrenaturalmente hermosísima…

Y aunque le repugna llamarla cristiana, tiene que aceptarla con la religión que ella confiesa. Aún más, comprende que si todos se han retirado a descansar  y solo ella permanece en vela. Ella, a quién él ha ofendido tanto, es sólo porque su religión así lo prescribe.

Pero ese pensamiento que causa admiración al relacionarlo con la religión de Alexandra, le fue también muy desagradable… Hubiera preferido que la joven obrara así, tan solo por amor a él.

Alexandra abrió los ojos y vio que él la miraba.

Se acercó y le dijo con dulzura:

–           Estoy contigo.

Marco Aurelio murmuró débilmente:

–           Y yo he visto lo que en verdad eres en mis sueños. Gracias. –y volvió a dormirse.

A la mañana siguiente despertó. Débil, pero con la cabeza fresca y sin fiebre.

Bernabé hurga en la chimenea apartando la ceniza de los carbones encendidos.

Marco Aurelio recordó como este hombre había destrozado a Atlante. Y examinó con atención su enorme  espalda y sus poderosos brazos. Sus piernas sólidas y fuertes como columnas. Y pensó: “¡Gracias a los dioses que no me ha roto el cuello! ¡Por Marte! ¡Si los demás partos son como éste, las legiones romanas NO cruzarán sus fronteras!

 Luego dijo en voz alta:

– ¡Hola esclavo!

Bernabé sacó la cabeza de la chimenea y sonriendo con expresión amistosa, le dijo con cordialidad:

–           Que Dios te de buenos días y mejor salud. Pero yo soy un hombre libre y no un esclavo.

Esto le hizo una impresión favorable, pues su orgulloso temperamento le impide el alternar con un esclavo. Éstos sólo son objetos sin índole humana.

Esta respuesta le facilita interrogar a Bernabé acerca del lugar en donde Alexandra ha nacido.

–           Entonces ¿Tú no perteneces a Publio?

Bernabé respondió con sencillez:

–           No. Sirvo a Alexandra como serví a su madre. Por mi propia voluntad.

Y se puso a agregar trozos de leña al fuego de la chimenea.

Cuando terminó, se irguió y declaró:

–           Entre nosotros no hay esclavos.

–           ¿Dónde está Alexandra?

–           Salió. Y yo voy a hacerte de comer. Ella te estuvo velando toda la noche.

–           ¿Y por qué no la relevaste tú?

–           Porque ella quiso velar a tu lado y mi deber es obedecerla. – Pasó por sus ojos una expresión sombría.-  Si la hubiera desobedecido, tú no estarías vivo ahora.

–           ¿Entonces lamentas el no haberme dado muerte?

–           No. Cristo nos manda no matar.

–           Pero… ¿Y Secundino y Atlante?

–           No pude evitarlo. –murmuró Bernabé.

Y miró con tristeza sus manos. Luego puso una olla sobre la rejilla y se quedó contemplando el fuego, con mirada pensativa.

Finalmente declaró:

–           La culpa fue tuya. ¿Por qué levantaste tu mano contra la hija de un rey?

Una oleada de orgullo irritado ruborizó las mejillas de Marco Aurelio, ante el reproche del parto…

Más como se sentía débil, se contuvo. Especialmente porque predomina el deseo de saber más detalles sobre Alexandra. Más aún con la confirmación de su linaje real, pues como la hija de un rey ella puede ocupar en la corte del César una posición igual a las de las mejores y más nobles patricias romanas.

Cuando se calmó, pidió al parto que le contase como era su país.

Bernabé contestó:

–           Vivimos en los bosques, pero poseemos tal extensión de territorio, que no se pueden saber los límites, pues más allá se extiende el desierto…-y siguió describiendo sus ciudades, la familia de Alexandra…

Sus gentes, sus costumbres y como se defendían de los que trataban de invadirlos.

Concluyó diciendo:

–       Nosotros no les tememos a ellos, ni al mismo César romano.

Marco Aurelio respondió con tono severo:

–        Los dioses han dado a Roma el dominio del mundo.

Bernabé replicó con sencillez:

–        Los dioses son espíritus malignos. Y donde no hay romanos, no hay supremacía de ningún género.

Y se volvió a avivar el fuego de la chimenea, revolviendo con un cucharón, la olla donde se cocinan los alimentos. Cuando estuvo listo, vació en un plato grande y esperó a que se enfriara un poco.

Luego dijo:

–           Mauro te aconseja, que aún el brazo sano lo muevas lo menos posible. Alexandra, me ha ordenado que te dé de comer.

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¡Alexandra ordenaba! No había ninguna objeción que hacer. Así pues, Marco Aurelio ni siquiera protestó.

Bernabé vació el líquido en un tazón, se sentó junto a la cama y lo llevó a los labios del joven patricio. Y hay tal solicitud y tan afable sonrisa en su semblante, que el tribuno no da crédito a sus ojos.

Aquel titán tan terrible que había aniquilado a Atlante y que luego se había vuelto contra él como un tornado ¡Le habría hecho trizas si no hubiera intervenido Alexandra!

Ahora es un delicado enfermero, tan solícito como gentil, al tomar el tazón entre sus dedos hercúleos y acercarlo a los labios de Marco Aurelio.

En ese momento apareció Alexandra, vestida con el camisón de dormir y con el cabello suelto.

Marco Aurelio sintió que su corazón se aceleró al verla y la amonestó suavemente por no estar descansando.

Ella dijo con acento afable:

–           Me preparaba para dormir y vine a ver cómo estás. Dame la taza Bernabé. Yo le daré de comer.

Y tomando entre sus manos el recipiente, se sentó a la orilla del lecho, dio de comer al enfermo, que se siente a la vez rendido y gozoso.

Cuando ella se inclina hacia él, percibe el tibio calor de la joven y le rozan sus cabellos ondulados y negrísimos. Se siente desfallecer de felicidad. Está pálido por la emoción.

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Al principio tan solo la había deseado y ahora siente que la adora con todo su ser. Antes solo prevalecía su egoísmo y ahora reconoce haber sido tan insensible y tan ciego, que empieza a pensar en ella y en lo que ella necesita y desea.

Como un niño obediente se tomó la mitad el contenido del tazón. Y aun cuando la compañía de Alexandra y el contemplarla lo extasían de dicha, le dijo:

–           Basta ya. Vete a descansar, diosa mía.

Ella replicó ruborizada:

–           No me llames de ese modo.  No está bien que me digas así.

Sin embargo lo mira sonriente y le reitera que ya no tiene sueño, ni fatiga. Y lo insta para que termine de comer.

Y finalizó diciendo:

–           No me retiraré a descansar hasta que llegue Mauro.

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El la escucha encantado y se siente invadido por una gran alegría y una gratitud sin límites.

Emocionado le dice:

–           Alexandra… Yo no te había conocido antes. Hasta hoy me doy cuenta que quise alcanzarte con medios reprobables. Así pues ahora te digo: regresa a la casa de Publio y descansa en la seguridad de que en adelante, no habrá ninguna mano que se levante contra ti.

Una nube de tristeza cubrió el rostro de la joven y contestó:

–           Dichosa me sentiría si llegara a verlos aunque fuera de lejos, pero ya no puedo volver a su casa.

Marco Aurelio la miró asombrado y preguntó:

–           ¿Por qué?

Alexandra le contempló por unos segundos, antes de responder:

–           Los cristianos sabemos por Actea lo que sucede en el Palatino. ¿Acaso no sabes que el César, poco después de mi fuga y antes de partir para Nápoles, hizo comparecer a su presencia a Publio y a Fabiola? Y creyendo que me habían secundado los amenazó con su cólera.

Por fortuna Publio pudo decirle: ‘Majestad, tú me conoces y sabes que no te mentiría. Nosotros no hemos favorecido su fuga e ignoramos igual que tú, que suerte ha corrido ella.’ Y el césar creyó y enseguida olvidó.  Por consejo de mis superiores, jamás les he escrito comunicándoles donde estoy, a fin de que siempre puedan decir la verdad y que ignoran dónde me encuentro.

Acaso tú no comprendes esto, Marco Aurelio; pero has de saber que entre nosotros está prohibida la mentira, aunque para ello debamos arriesgar la vida. Esta es la Religión que da norma hasta a los afectos de nuestro corazón. Y por lo mismo no he visto, ni debo ver a mis padres.

Desde que me despedí de ellos, solo de vez en cuando, ecos lejanos les hacen saber que estoy bien y que no me amenaza ningún peligro.

Al decir estas palabras la añoranza la invadió y las lágrimas humedecieron sus ojos. Pero se recuperó rápidamente y añadió:

Sé que también ellos languidecen por nuestra separación. Pero nosotros disponemos de un consuelo que los demás no conocen.

Marco Aurelio está anonadado: ¡Actea cristiana!…

Y dice lleno de confusión:

–           Sí, lo sé. Cristo es vuestro consuelo. Más yo no comprendo eso.

–           ¡Mira! Para nosotros no hay separaciones, dolores, ni sufrimiento, que Dios no transforme luego en gozo. La muerte misma que ustedes consideran como el  término de la vida, para nosotros es solo el comienzo de la verdadera Vida. Considera cuán regia es una Religión que nos ordena amar aún hasta a nuestros enemigos.

–           He sido testigo de lo que dices. Pero contéstame: ¿Ahora eres feliz?

–           Lo soy. Amo a Dios sobre todas las cosas. Y todo el que confiesa a Cristo, no puede ser desgraciado.

Marco Aurelio admiró su convicción, pero no alcanza a comprenderla y le dijo:

–           ¿Entonces no quieres volver a la casa de los Quintiliano?

–           Lo anhelo con toda mi alma. Y he de volver algún día si esa es la Voluntad de Dios.

–           Pues entonces yo te digo: ‘Regresa’ Y te juro por mis lares que no alzaré mi mano contra ti.

–           No. Me es imposible exponer al peligro a los que se encuentran cerca de mí. El César no quiere a los Quintiliano. Si yo volviera…y ya ves que rápido se extiende por toda Roma una noticia, mi regreso al hogar haría ruido en la ciudad. Nerón lo sabría, castigaría a Publio y a Fabiola. Por lo menos me arrancaría una segunda vez de su lado.

–           Es verdad. Eso podría suceder. Y lo haría tan solo para demostrar que sus mandatos deben ser obedecidos. –Y cerrando los ojos exclamó- ¡No soportaría saberte otra vez en el Palatino!

Y él sintió como si se abriera ante sí, un abismo sin fondo. Él es un patricio. Un tribuno militar. Un potentado. Pero sobre todos los potentados del mundo al que pertenece, está un loco cuyos caprichos y cuya malignidad, son imposibles de prever…

Solamente los cristianos pueden prescindir absolutamente de Nerón o dejar de temerle, porque son gentes que parecen no pertenecer a este mundo, ya que la misma muerte les parece cosa de poca monta. Todos los demás tienen que temblar en presencia del tirano.

Y las miserias de la época en que viven se presentan a los ojos de Marco Aurelio, en toda su monstruosa malignidad. Y pensó que en tales tiempos, solo los cristianos pueden ser felices.

Y sobre todo, aquilató por primera vez la dimensión del daño que le había hecho a ella. Y una honda pena se apoderó de él.

Bajo la desalentadora influencia de ese pesar; lleno de impotencia, le dijo:

–           ¿Sabes que eres más feliz que yo? Tú estás en medio de la pobreza, viviendo con gentes sencillas, pero tienes tu Religión. Tienes tu Cristo. Pero yo solo te tengo a ti. Y cuando huiste de mi lado, me convertí en una especie de mendigo en medio de mi riqueza.

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Ella lo miró atónita y sin saber qué decir.

Marco Aurelio prosiguió:

–                      Tú eres más cara a mi corazón que todo lo que hay en el mundo. Yo te busqué porque no puedo vivir sin ti. Hasta ahora solo me ha sostenido la esperanza de volver a verte. No anhelaba ni placeres, ni fiestas. No podía dormir, ni descansar, ni comer. Y no encontraba alivio para mi dolor. Si no hubiera sido por la esperanza de encontrarte, me hubiera arrojado sobre mi espada.

Alexandra replicó conmovida:

–           No digas eso Marco Aurelio. Ningún ser humano debe idolatrar a otro hasta ese punto.

–           Pero pensé que si moría, ya no te volvería a ver. Te estoy diciendo la verdad pura, cuando te afirmo que no podré vivir sin ti. Hasta ahora solo me ha sostenido la ilusión de volver a verte como ahora lo hago y hundirme en la mirada de esos ojos tuyos bellísimos, que son mi anhelo.

La mira con un amor tan intenso que ella se ruboriza y no le contesta nada.

Él agrega apasionado:

–           ¿Recuerdas nuestras conversaciones en casa de Publio? Un día trazaste un pescado en la arena y entonces yo no sabía su significado. ¿Recuerdas que jugamos a la pelota? Yo te amaba ya más que a mi vida y trataba de decírtelo, cuando Publio nos interrumpió.

Y Fabiola al despedirse de Petronio, le dijo que Dios era Uno, Justo y Todopoderoso. Yo no tenía ni la menor idea de que Cristo era su Dios y el tuyo. Yo no conozco a tu Dios. Tú estás sentada cerca de mí y sin embargo, solo piensas en Él…

Marco Aurelio calló, palideció y cerró los ojos, mientras ardientes lágrimas silenciosas se deslizaron por sus mejillas…

Es apasionado tanto en el amor como en el odio. Y dejó salir sus palabras con sinceridad, desde el fondo mismo de su alma. Puede percibirse al oírlo: la amargura, el dolor, el éxtasis, los anhelos, la adoración. Acumulados y confundidos por tanto tiempo, hasta que se desbordaron en un torrente de ardorosas frases.

Alexandra está sorprendida y su corazón empezó a palpitar con fuerza. Sintió compasión y pena por aquel hombre y sus sufrimientos. Se siente conmovida por la adoración que ha descubierto… ¡Él la ama!… ¡La adora!…

Sentirse amada y deificada por aquel hombre que hasta ayer era tan peligroso e indomable y que ahora se le está entregando totalmente, en cuerpo y alma. Rindiéndose como si fuera un esclavo suyo.

Esa conciencia de la sumisión de él y del poder que le ha dado a ella, la inundaron de felicidad y regresaron por un momento los sentimientos y los recuerdos de otros días.

Ahora ha vuelto a ser para ella, aquel espléndido Marco Aurelio; hermoso como un dios pagano. El mismo que en la casa de Publio le había hablado de amor y despertado como de un sueño, su corazón virgen al amor de un hombre.

Pero es también el mismo de cuyos brazos Bernabé la había arrancado en el banquete del Palatino y rescatado del incendio en que su pasión la envolviera…

Y ahora que se ven pintados en su rostro imperioso, el éxtasis y el dolor. Que yace en aquel lecho, con el rostro pálido y los ojos suplicantes. Herido, quebrantado por el amor, rendido y entregado a ella; se le presentó a Alexandra como el hombre que ella había deseado y amado.

Como el hombre grato a su alma, como nunca antes lo fuera. ¡Y de súbito comprendió que ella también lo ama! Y que ese amor la arrastra como un torbellino y la atrae hacia él, como el más poderoso imán.

Y en ese preciso  momento llegó Mauro que viene a ver a su paciente, para revisarlo y seguir atendiéndolo.

Marco Aurelio suspiró derrotado, porque la respuesta de la joven, NO alcanzó a llegar.

Alexandra se retiró con el alma llena de ansiedad…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

27.- EL RAPTO


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Dos semanas después, Marco Aurelio estaba en el triclinium cuando llegó Prócoro. Los sirvientes tenían orden de dejarlo pasar sin anunciarlo y admitirlo a cualquier hora del día o de la noche.

El griego lo saludó:

–           Salve noble Marco Aurelio. ¡Eureka!

Marco Aurelio saltó del asiento exclamando:

–          ¿Qué quieres decir? ¿La has visto?

–           He visto a Bernabé y he hablado con él. Trabaja cerca del mercado como liberto al servicio de un molinero, pero él no sabe quién soy. Y ahora cualquier esclavo de tu confianza puede ir y descubrir donde se esconden.

Marco Aurelio replicó:

–           Irás conmigo.

Prócoro se alarmó:

–           ¿Yo?…  Noble tribuno, yo solo me comprometí a indicarte el sitio donde ella está, más no en sacarla y entregártela. Piensa por un momento en lo que me sucederá si ese Bernabé y Mauro me atrapan. Además, si te pasa algo, no quiero ser yo el responsable y quedarme sin recompensa después de haber trabajado tanto.

Marco Aurelio le entrega una bolsa llena de monedas de oro y le dice:

–         Tendrás otras dos iguales cuando Alexandra se encuentre conmigo en esta casa. Desde este momento, aquí te quedarás, aquí comerás y descansarás. Luego iremos juntos y me llevarás a donde ellos están.

El temor y la vacilación se pintaron en el rostro del griego…

Pero recordando el carácter del patricio, dijo:

–           ¿Quién puede oponerse a tu voluntad? Estoy dispuesto, señor…

Marco Aurelio que hasta ahora había vivido en un estado de tensión permanente, alentado por la esperanza de encontrar a Alexandra, ahora que esa esperanza parece realizarse, se vio súbitamente invadido por la debilidad que se siente después de que se ha hecho un esfuerzo superior a la propia capacidad…

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¡Está a punto de recuperar a Alexandra! Tan solo este pensamiento lo vuelve loco de felicidad. Recordó los consejos de Petronio y envió a dos esclavos en busca de Atlante…

Prócoro que conoce a todo mundo en Roma, se sintió muy tranquilizado cuando oyó el nombre del famoso atleta, cuyas fuerzas extraordinarias en la arena, había podido admirar más de una vez y dejó de preocuparse por el peligro de la empresa.

Estaba de muy buen humor cuando fue llamado a la mesa por el mayordomo y comió opíparamente.

Más tarde cuando llegó Atlante, se dirigió al atrium y examinó con satisfacción a aquel gran gladiador, cuyo poderoso cuerpo parece llenar toda la estancia.

Atlante acaba de ponerse de acuerdo con Marco Aurelio y dice:

–         ¡Por Hércules! Ha sido muy oportuno tu llamado, señor; porque mañana debo partir a Benevento, a donde me reclama el noble Haloto a fin de que en presencia del César, luche con un tal Espícuro; que según parece es el mejor gladiador y el favorito de Nerón.

Marco Aurelio cuestionó:

–           ¡Por Marte!… ¿Estás seguro de que podrás ganarle?

El atleta respondió lleno de seguridad:

–           Acabaré pronto con él.

Prócoro intervino:

–          Y no dudo que lo hagas. Pero ahora prepárate y frótate todo el  cuerpo con aceite, porque acaso te encuentres con otro gladiador: el hombre que custodia a Alexandra, también tiene una fuerza excepcional.

Marco Aurelio confirmó:

–       Es verdad. Yo no lo he visto, pero arrebató a Alexandra de una veintena de hombres.

Atlante contestó con determinación:

–        Noble señor, me comprometo a traer a la doncella hasta tu casa, así tenga que  arrancarla de siete partos como el que me dices. Pero ten presente que mañana debo ir a Benevento.

Marco Aurelio sonrió complacido y dijo:

–           En un par de horas partiremos.

Después de esta declaración, Marco Aurelio se fue a la biblioteca a escribirle a Petronio.

Recuerda las palabras de Actea y su corazón palpitó con violencia. Está decidido a casarse con ella y hasta se siente capaz de volverse cristiano, si esa es la condición para tenerla.

Si todo es cierto, ella le amará… y él está decidido a ser el esposo más cariñoso y amante.

Más tarde  los tres, guiados por Prócoro; llegaron a una casa situada en el barrio del Transtíber y se dispusieron a esperar…

Cuando la reunión terminó, muchos cristianos empezaron a salir. Luego, tres figuras aparecieron en el arco de la entrada y varias personas rodearon al anciano, mientras Bernabé y Alexandra se hicieron a un lado para esperarlo. Y se quedaron de pié, en la escalinata de la entrada, junto a una columna.

Marco Aurelio se quedó embelesado.

Alexandra está frente a la luz de una lámpara y la capucha ha caído de su cabeza despeinando sus cabellos. Tiene entreabiertos los labios y levanta su rostro hacia el apóstol, atenta totalmente a sus palabras, como si estuviese extasiada.

Viste como una esclava y está envuelta en su manto oscuro de lana. Marco Aurelio nunca la había visto más hermosa…

Admiró la belleza y distinción de aquella elegante cabeza patricia, que sobresale entre sus vestidos humildes. Y el amor lo envolvió como una llama, mezclado con un prodigioso sentimiento de simpatía, atracción, admiración y ferviente anhelo.

Siente correr por todo su ser, como una corriente eléctrica de felicidad, al contemplarla otra vez. De pie, junto al gigantesco parto, parece una niña… Y una ternura infinita invadió todo su ser.

alex peinados-estilo-griegoQuiere protegerla, amarla, poseerla. Notó también que se ve más delgada y frágil. Su cutis parece de alabastro. Una hermosa y blanca flor que irradia luz como si fuera una diosa.

 Todo esto sirvió para hacer más poderoso su deseo de poseer a aquella mujer, tan diferente de todas las que ha conocido antes. Está dispuesto a dar por Alexandra, todo cuanto posee.

Prócoro le advierte:

–           Ten cuidado, señor. Mira que son muchos.

El tribuno contestó:

–         No te preocupes. Esta vez no escapará.- Y Marco Aurelio señala a Alexandra y Bernabé, mientras dice a Atlante- Son ellos.

El atleta contestó:

–           Perfectamente. Me comprometo a entregarme a ti como esclavo, si no le rompo el espinazo a ese bisonte parto que la acompaña. Pero dejemos que lleguen a su casa. Allí me apoderaré de ella y la llevaré al sitio que me indiques.

A Marco Aurelio le agradó la respuesta y dijo:

–         ¡Por Hércules! Debemos hacerlo ahora. Mañana quizá no la encontremos, porque si nos descubren, se la llevarán a otra parte.

Atlante replicó:

–           No nos descubrirán. Hoy mismo la tendrás en tus brazos.

Prócoro gimió:

–           ¡Ese parto parece un hombre demasiado fuerte!

Atlante lo miró con despreció y le espetó:

–           Nadie te está pidiendo que sujetes sus manos.

Después de unos minutos, en el grupo al fin se despidieron y empezaron a caminar.

Prócoro exclamó:

–           Sí, señor. Tu doncella se encuentra bajo una poderosa protección. Ni más, ni menos que el gran apóstol Pedro. Ve como se arrodillan ante su paso.

Y Marco Aurelio vio con asombro una escena prodigiosa: había dos centuriones que se arrodillaron cuando Pedro pasó frente a ellos y se detuvo. Les puso la mano sobre la cabeza, que ellos habían descubierto y los bendijo.

Hasta ese momento jamás se le había ocurrido que en el ejército hubiera cristianos…

Pero al parecer aquella doctrina ya se había infiltrado por todo el imperio. Y esto le hizo pensar que si ella hubiera querido huir de la ciudad, no le hubieran faltado guardianes que facilitaran su fuga. Y dio gracias a los dioses porque eso no sucedió.

Pero el abismo que esa maravillosa religión está abriendo entre él y Alexandra, se hace cada vez más grande…

Recordó todo lo sucedido y se dio cuenta de que en realidad no la conoce. Está seguro de que la ama y se siente deslumbrado por su hermosura incomparable. Pero ahora comprende que la religión que ella profesa, es lo que la hace tan diferente de las demás mujeres.

Su grandiosa belleza interior es lo que la hizo rechazar lo que para las demás son incentivos: la opulencia, la pompa, el bienestar… Para ella no significan nada, porque ella posee algo distinto. Es como si ella perteneciera a otro mundo.

Y una molesta inseguridad comenzó a atormentarlo… ¡¿Cómo la conquistará, si lo que él puede ofrecerle parece no significar nada para ella?!

De este caos mental lo sacó Prócoro, que comenzó a lamentarse de su suerte.

Marco Aurelio le oyó y sacó la bolsa de oro. Se la arrojó diciéndole:

–           Ya la tienes. ¡Cállate!

Después de haber pasado por un erial, el grupo de cristianos empezó a diseminarse en distintas direcciones, quedando solamente Bernabé, Alexandra y otro hombre anciano.

Esto hizo necesario seguirlos desde una mayor distancia y con más precaución, para no ser descubiertos.

Prócoro hábilmente, se fue quedando paulatinamente atrás.

Llegaron a una calle estrecha y los vieron entrar a una ínsula.

Ellos se mantuvieron a una prudente distancia. Luego, Marco Aurelio mandó a Prócoro a que viese si esa casa tenía salida a la calle posterior.

Éste fue a ver y cuando regresó, dijo:

–           No, señor. Solo hay una entrada.

Atlante comenzó a prepararse para el combate. En su rostro no hay la menor señal de temor y dice:

–           Yo iré adelante.

Con una voz que no admite réplica, Marco Aurelio ordenó:

–           Tú me seguirás.

Y en un instante los dos desaparecieron por la puerta de la entrada.

Prócoro corrió hasta la esquina y empezó a atisbar lo que va a suceder…

Es un edificio espacioso y con varios pisos. Un condominio como muchísimos que hay en Roma y que son verdaderas colmenas, edificados con el propósito de percibir la mayor renta posible. En ellas vive la gente más pobre y no hay portero.

Marco Aurelio y Atlante llegaron a un corredor que los condujo a una especie de atrium común para toda la casa, con una fuente en el centro.

Desde las murallas arrancan hacia el interior  unas escaleras de piedra y de madera, que conducen a unas galerías en los cuales están los cuartos que conforman la vivienda.

Es temprano y no hay nadie en el patio.

Atlante pregunta deteniéndose:

–           ¿Qué hacemos, señor?

Marco Aurelio contesta:

–           Esperaremos aquí. No permitiremos que nadie sospeche de nosotros.

En ese momento en el más lejano extremo del patio, aparece un hombre que trae en la mano un cedazo y se aproxima a la fuente.

Marco Aurelio dice en voz muy baja:

–           ¡Es Bernabé!

–           ¿Quieres que le rompa los huesos?

–           Espera… primero veamos a donde va.

jardin y fuente

Bernabé no se fijó en aquellos hombres que estaban parados en la penumbra de la entrada y empezó a lavar las legumbres en la fuente. Cuando terminó con su tarea y regresa por donde salió…

Atlante y Marco Aurelio le siguen hasta otro corredor que lleva a un pequeño jardín en el cual hay unos cipreses, mirtos y rosales.

En el fondo hay una pequeña casa edificada contra la pared del edificio contiguo.

Marco Aurelio valoró la situación y dijo decidido:

–           ¡Vamos por ella!

Bernabé iba a entrar en aquella casita, cuando el ruido de pasos llamó su atención y dejando el cedazo en la balaustrada de cantera, se voltea, ve a los dos hombres y les pregunta:

–           ¿Qué buscan aquí?

Marco Aurelio le dice imperioso:

–          ¡Qué te importa! –Y en voz baja ordena a Atlante- ¡Mátalo!

Atlante se abalanza hacia Bernabé y antes de que éste tenga tiempo de reaccionar, el gladiador ya le ha cogido en sus brazos de acero.

Marco Aurelio tiene demasiada confianza en las extraordinarias fuerzas del atleta, para detenerse a presenciar el final de la lucha. Y dejando atrás a los combatientes, entra en la casita.

Alexandra está inclinada añadiendo leños al fogón, junto al cual se encuentra sentado un anciano.

Marco Aurelio entró tan repentina y bruscamente en la estancia, que cuando el la toma por la cintura levantándola en vilo para salir por la puerta, ella no lo reconoce.

El anciano trata de interceptarle el paso. Pero Marco Aurelio con un brazo estrecha a la joven contra su pecho y con el otro brazo, lo hace a un lado.

Con el movimiento se le cae la caperuza y a la vista del rostro de Marco Aurelio que tiene una expresión tan terrible…

Alexandra se queda tan impactada, que está a punto de desmayarse.

Pero en el patio, las cosas estan peores…

Cuando Marco Aurelio llegó hasta al jardín con su presa, también él se quedó congelado…

Bernabé tiene entre sus brazos un cuerpo completamente doblado hacia atrás, con la cabeza colgando y con la boca llena de sangre.

Al ver el grupo que forman: Marco Aurelio, Alexandra y Nicomedes, Bernabé dio un nuevo puñetazo a Atlante en la cabeza, lo lanzó furioso hacia un lado y de un salto tomó a Marco Aurelio por el cuello, pues éste había soltado a Alexandra y lo miraba paralizado por el asombro.

Marco Aurelio, al sentirse levantado en el aire como si fuera un muñeco, piensa que ha llegado para él la hora de morir. Y entonces como en un sueño, oye lejana la voz de Alexandra que dice como un gemido:

–           ¡NO MATARÁS!…

Entonces sintió como si lo hubiese herido un rayo y cayendo en un negro pozo, todo desapareció…

Prócoro estaba escondido detrás del ángulo de la esquina, lleno de miedo y de curiosidad sobre el curso de los acontecimientos.

Atisba impaciente porque el silencio que hay no presagia nada bueno y le parece que es más peligroso que nada…  Cada vez se siente más intranquilo. En eso, parece que alguien se asoma a la puerta y él se pegó más a la pared, conteniendo el aliento…

No se equivoca, pues efectivamente alguien se asomó, miró alrededor y se volvió a meter.

Y de súbito se le erizaron los cabellos. Con su mano se cubrió la boca para ahogar una exclamación:

–           ¿Qué…? ¡Por todos los dioses!

En la puerta de la casa apareció Bernabé llevando a cuestas el cuerpo de Atlante y luego empezó a correr con su carga, en dirección al río Tíber.

Prócoro pensó:

–           ¡Estoy perdido si me ve!

Pero Bernabé siguió de largo y desapareció.

El griego no puede creer lo que ha visto. El miedo se apoderó de él…. Y huyó…

Después de correr un largo tramo, cuando se sintió a salvo, se dijo a sí mismo:

–           Debo conservar la calma… Necesito pensar bien… ¿Cómo debo proceder en este caso? Ha ocurrido algo terrible. Si Atlante está muerto, lo más seguro es que Marco Aurelio también… ¡Por Cástor! Pero él es un patricio amigo del César pariente de Petronio, hombre famoso y poderoso en Roma.

Es un tribuno militar. Su muerte no puede quedar sin castigo ¿Y si voy con el Pretor y con los guardias? ¡Mísero de mí! ¡Yo soy quién lo llevó a la muerte! Dirán que yo fui su causante… No puedo huir porque eso me haría más sospechoso…

El asunto por todos lados está muy mal…

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Petronio es un hombre con tanta influencia, que puede impartir órdenes a la policía de todo el Imperio y sacaría a los culpables de la muerte de su sobrino, de los confines de la tierra.

Pero si él demuestra su inocencia con Petronio ya que él estará enterado de toda su participación, a los únicos que culparían serían a los cristianos…

¡Y eso les acarrearía una persecución general!

Decidió ir a buscar a Petronio y contarle lo ocurrido. Pero para ir, primero tendría que comprobar que le había pasado a  Marco Aurelio… Y como un rayo le llegó el pensamiento de que tal vez no se habrían atrevido a matarlo. Él es un hombre poderoso, amigo del César y alto funcionario del ejército imperial.

Por las consecuencias terribles que tal crimen les acarrearía, tal vez solo lo habrán retenido. Y esta idea lo llenó de esperanza…

Luego reflexionó:  ‘Si ese dragón parto no lo ha hecho pedazos en la primera embestida, él está vivo y él mismo será testigo de que yo no le he traicionado… Y entonces puedo contar con otra recompensa si le ayudo una vez más por rescatarlo.’

Y acarició las dos bolsas de oro que Marco Aurelio le dio.  Emprendió el camino a su casa para pensar en el modo de averiguar lo que le había ocurrido al tribuno, antes de ir con Petronio…

Cuando llegó al barrio del Suburra, se compró una botella de vino y se fue a casa a comer opíparamente para recuperar fuerzas. Bebió con abundancia, descansó, se dio un baño muy relajante y se durmió.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

65.- LUDUS MATUTINUS


Para la celebración de los espectáculos prometidos, Nerón mandó construir un Anfiteatro gigantesco, porque quiere que los juegos sobrepasen en esplendor a todos los que ha habido hasta entonces. Miles de operarios trabajaron día y noche en la construcción del edificio y en su ornamentación.

Un inmenso pabellón pone a los espectadores a cubierto de los rayos de sol. Por entre las hileras de asientos, hay pebeteros dispuestos de trecho en trecho, para quemar perfumes de Arabia e incienso. Los arquitectos Marco Vitrubio y Julio Frontino han desplegado toda su habilidad en su construcción, para que sea a la vez incomparable y dé cabida al mayor número posible de espectadores, con la mayor comodidad.

El día fijado para dar comienzo a los Juegos, una inmensa muchedumbre llegó desde el alba, aguardando la hora de la apertura de las puertas y gozando del aire festivo que se contagia, por la inauguración.

Escuchan con expectación los rugidos de las fieras, a las cuales se les ha mantenido sin alimento para excitar más su ferocidad y su hambre. Todo esto aumenta el ruido hasta ser casi ensordecedor y los más tímidos, palidecen de miedo.

Al salir el sol, sobre toda aquella cacofónica confusión, comienza a escucharse un himno que brota desde el interior del circo y que es entonado por voces vibrantes y llenas de alegría.

La multitud escucha maravillada y sorprendida aquellos cánticos y dicen:

–           ¡Los cristianos! ¡Son los cristianos!

Y efectivamente, éstos han sido trasladados desde las cárceles en la noche precedente. El Himno retumba glorioso porque las voces de los hombres, mujeres y niños que lo cantan son tantas, que los entendidos en las funciones circenses, saben que las fieras quedarán saciadas y no acabarán con todos, antes de que llegue la noche.

A medida que se acerca el momento de la apertura de las puertas de los pasajes que conducen al interior del Circo, la gente se muestra más eufórica y discuten animadamente los detalles relativos a aquel espectáculo que promete ser extraordinario.

Desde muy temprano empiezan a llegar al Anfiteatro, los ‘lanistas’ (Los que compran, forman y entrenan a los gladiadores), con sus pequeños grupos dispuestos para el combate. Muchos vienen completamente desnudos, llevando palmas en las manos y coronados con flores. Y a la luz de la mañana, se ven todos jóvenes, hermosos, fuertes, rebosantes de vida. Sus cuerpos lustrosos de aceite, son portentosos y parecen tallados en mármol. La gente se deleita con su belleza y su fuerza.

Algunos son conocidos por el pueblo y al ser saludados por sus admiradores, se les escucha decir:

–           ¡Dame un abrazo, antes de que me lo dé la muerte!

Y desaparecen por aquellas puertas, sabiendo que probablemente al finalizar el día, no volverán a cruzarlas.

Detrás de los gladiadores, vienen hombres armados con látigos, cuyo oficio es azotar y azuzar a los combatientes.

Luego siguen una gran cantidad de carretas tiradas por mulas, que se van directas al spolarium. Filas enteras de vehículos llenas de camillas. La enorme cantidad de éstas predice la magnitud del espectáculo que está por comenzar.

Enseguida vienen los hombres que están encargados de rematar a los heridos y visten trajes de Caronte (Barquero del infierno que transporta las almas de los difuntos a través de la Laguna Estigia) Siguen luego los encargados de mantener el orden en el circo y los acomodadores, junto con los esclavos que reparten las bebidas y los alimentos. Y por último, los pretorianos a quienes el César tiene siempre cerca de su persona en el Anfiteatro

Cuando por fin son abiertas las puertas, la multitud se precipita hacia el interior y los rugidos de las fieras se hacen más estruendosos.

Mientras el público se instala en sus asientos, produce un movimiento de agitación rumorosa, comparable al del mar en plena tempestad. Finalmente, hace su entrada el Prefecto de la ciudad y Tigelino rodeado de su guardia. Detrás de ellos, los augustanos, senadores, cónsules, pretores, ediles, funcionarios de gobierno y del palacio, oficiales, pretorianos, caballeros, patricios y damas lujosamente ataviadas.

Con los rayos del sol brillan las joyas, las armaduras de los soldados, el acero de las armas, las espadas y las espléndidas vestiduras de los invitados imperiales. Desde el interior se oyen las grandes aclamaciones con que son recibidos todos los grandes personajes. Y siguen llegando nuevas partidas de pretorianos, seguidos por los sacerdotes de los diferentes templos y las vírgenes sagradas de Vesta.

Para dar principio al espectáculo, solo falta el arribo del César y la Augusta, con su círculo íntimo de augustanos favoritos.

Nerón desea ganarse el favor del pueblo y llega pronto.

Hace su entrada triunfal en el carro de Augusto, con traje de púrpura y clámide sembrada de estrellas de oro. Le siguen la Augusta y los augustanos que ha privilegiado. Entre éstos están Petronio y Marco Aurelio.

El joven tribuno sabe que Alexandra está enferma de gravedad e inconsciente. Pero como el acceso a la prisión ha sido restringido con mayor rigor en los días precedentes y los antiguos guardias fueron remplazados. Los nuevos no permiten la comunicación con los presos. Y por eso Marco Aurelio no está seguro de que Alexandra no está entre las víctimas destinadas al espectáculo del primer día, pues conoce el sadismo de que son capaces  sus captores y la venganza que los impulsa.

Después de instalarse en los lugares que les fueron asignados, se escabulle discretamente en medio de la multitud y baja a los subterráneos del Circo.

Un guardián lo conduce hasta donde están los cristianos. En el camino le dice:

–                      Noble señor, yo no estoy seguro de que llegues a encontrar lo que buscas. Hemos preguntado por una doncella llamada Alexandra, pero nadie nos dice nada. Tal vez porque no tienen confianza en nosotros.

–           ¿Hay muchos?

–           Tantos, que algunos tendrán que esperar hasta mañana.

–           ¿Y hay enfermos entre ellos?

–           No hay ninguno que no pueda sostenerse en pie.

Llegan hasta una puerta que da a una estancia enorme, pero tan baja y oscura, que solo recibe luz por unas aberturas enrejadas que las separan de la arena. Al principio, el tribuno no puede ver nada, oye tan solo el murmullo de plegarias, recomendaciones y tiernas despedidas en el recinto y los gritos de la plebe que proceden de las graderías del Circo. Pero cuando sus ojos se acostumbran a la oscuridad, puede distinguir un grupo de seres extraños: son los cristianos disfrazados de bestias feroces.

Algunos están de pie y otros están arrodillados. Mujeres vestidas con piel de leopardo, tienen en los brazos a niños cuyos cuerpos también han sido cubiertos con pieles de fieras. Pero sobre esos grotescos disfraces aterradores, emergen rostros serenos y ojos que brillan con un júbilo supremo…  Es evidente que a todas estas personas les domina un sentimiento extraordinario que los hace indiferentes a cuanto sucede a su alrededor y no sienten ningún temor por lo que pueda ocurrirles.

 Cuando Marco Aurelio les pregunta sobre Alexandra, algunos le miran con ojos asombrados, como si los hubiese despertado de un ensueño y le contestan con una sonrisa, negando con la cabeza.

Pero lo más impactante son los niños. En todos ellos se ve la angelical inocencia de Cástulo, el día que le dio las Sagradas Especies. NADIE, llora. Ni está triste o aterrorizado.

Entonces empezó a llamar en voz alta a Alexandra y a Bernabé.

Un hombre vestido de lobo le tira de la toga y le dice:

–                      Hermano, ellos se quedaron en la prisión. Yo fui el último en salir y le he visto enferma en el lecho.

–           ¿Quién eres tú?

–           Calixto el cantero, en cuya casa dejaste a Alexandra. Fui arrestado junto con ellos y hoy he sido llamado al martirio.

Marco Aurelio suspiró aliviado. Al entrar había deseado verla y ahora le da gracias a Dios por no haberla encontrado ahí, viendo esto como una señal de divina misericordia.

Calixto le dice:

–           Noble tribuno y hermano ¿Te puedo hacer una petición?

–           La que quieras, hermano mío.

–                      La última vez que ví a Pedro, me aseguró que vendría al Anfiteatro. Si tú sabes en donde se encuentra, dímelo.

–                      Di a todos que está en la comitiva de Petronio, al lado izquierdo del Podium Imperial, disfrazado de esclavo. Búsquenlo de manera discreta. Dios hará que lo reconozcan.

–           Gracias hermano, que la paz del Señor esté contigo.

–           Hoy es el día de su victoria.

–           ¡Amén!

Marco Aurelio salió de allí y regresó junto a Petronio, que está en medio de los demás augustanos y al verlo, le preguntó:

–           ¿La encontraste?

–           No. La dejaron en la prisión.

–                      Pues bien. Oye lo que se me acaba de ocurrir, pero mientras tanto mira en dirección a donde está Julia Mesalina, para despistar. Tanto Prócoro como Tigelino nos están observando. Sería conveniente que pusieran a Alexandra entre los muertos por la epidemia y por la noche la sacaran de la cárcel, junto con los demás cadáveres. ¿Adivinas el resto?

–           Sí.

Galba interrumpe este diálogo, inclinándose hacia ellos y preguntando:

–           ¿Sabéis si darán armas a los cristianos?

Petronio contestó:

–           Lo ignoramos.

–           Será mejor que se las den, de otro modo la arena se convertirá demasiado pronto en un matadero y esto estará demasiado aburrido. Pero ¡Qué espléndido Anfiteatro!

Y en realidad luce magnífico. Los asientos inferiores totalmente llenos de togas blancas, relumbran como si fueran nieve. En el Podium Imperial está sentado el César quién ostenta un deslumbrante collar de rubíes. Junto a él se encuentra la Augusta, hermosa y sombría. Están flanqueados por las vestales y los más altos funcionarios de la corte. En resumen: todo cuanto hay en Roma de poderoso, opulento y ostentoso.

El Anfiteatro está lleno. Y por sobre aquel océano de cabezas, penden de una columna a otra festones de rosas, lirios, hiedras y pámpanos. La multitud empieza a golpear impaciente con los pies. Y estos golpes se van generalizando hasta ser atronadores y sin interrupción. Entonces, el Prefecto de la ciudad, después de recorrer la arena con su brillante séquito, hizo con el pañuelo una señal que fue acogida con una exclamación de aprobación, en que prorrumpió todo el Anfiteatro.

Y empezaron los juegos,…

Con una carrera de cuadrigas arrastradas por camellos y bufones montados sobre elefantes, que hacen diferentes gracias para el público. Luego vinieron los andavetes: gladiadores con yelmos cerrados, que lidian a ciegas. Cuando hacen su entrada en la arena, comenzaron a hacer molinetes con las espadas. La parte más selecta del público, mira con desdeñosa indiferencia ese espectáculo. Pero la plebe se divierte con los movimientos desairados de los combatientes. Y cuando sucede que se encuentran de espaldas, el público prorrumpe en grandes carcajadas y muchos exclaman:

–           ¡A la derecha! ¡A la izquierda!

Y con frecuencia les engañan deliberadamente y los desorientan completamente. No obstante, pronto se forman varias parejas de luchadores y se traba un combate verdaderamente sangriento.

Los luchadores más esforzados, arrojan lejos sus escudos y tomándose el uno al otro de la mano izquierda, con el fin de no separarse, luchan con la otra hasta morir. Todo el que cae alza la mano implorando gracia, pero el público casi siempre pide la muerte para los heridos, principalmente porque son hombres que llevan oculto el rostro y son unos desconocidos.

Paulatinamente fue disminuyendo el número de luchadores hasta que solo quedan dos. Y fueron empujados el uno contra el otro y se apuñalaron recíprocamente. Enseguida, a los gritos de ‘¡Peractum est!’ Fueron sacados de la arena y un grupo de hombres con unos rastrillos, hizo desaparecer las manchas de sangre.

Luego esparcieron pétalos de rosas y otras flores.

En la segunda parte empezó la lucha más importante y que despertó el interés de todos los asistentes, pues empezaron a hacer importantes apuestas. Entre la plebe, cuando ya no tienen dinero, llegan a apostar hasta la propia libertad y siguen con el corazón anhelante por la ansiedad y el miedo, las peripecias de aquellos combates.

Y por todas partes se escuchan votos a los dioses en voz alta, para que les ayuden a que gane su lidiador favorito. De mano en mano van pasando las tablillas en las cuales han escrito los nombres de sus preferidos, así como la cantidad de sestercios que cada quién apuesta por su predilecto.

Todos cruzan apuestas: el César, los sacerdotes, las vestales, los senadores, los quirites y el pueblo. Los campeones que ya han obtenido clamorosos triunfos, son los que cuentan con mayor número de partidarios. Pero hay quienes arriesgan sumas considerables a favor de gladiadores nuevos, con la expectativa de obtener enormes ganancias, si éstos obtienen la victoria.

Así que cuando se escuchan las trompetas, se hace un silencio profundo y expectante…

Todos los ojos se vuelven hacia la puerta a la cual se acerca un hombre vestido de Caronte y da en ella tres golpes con un martillo. Un momento después, las dos hojas se abrieron lentamente y se puede ver un túnel largo y oscuro del cual van surgiendo los gladiadores, para ingresar a la arena. Avanzan en divisiones de veinticinco personas y están magníficamente armados: tracios, mirmidones, galos. Al último ingresan los retiarii, trayendo una red en una mano y un tridente en la otra. La multitud estalla en atronadores aplausos y estruendosas aclamaciones.

Los gladiadores dan la vuelta a la arena con paso firme y flexible: magníficos y hermosos, con sus brillantes armaduras y espectaculares trajes. Avanzan hasta detenerse frente al Podium Imperial, grandiosos y tranquilos. El toque penetrante de un cuerno, impone el silencio. Entonces los gladiadores extienden su mano derecha, alzan la cabeza hacia el César y gritan con voz lenta y potente:

¡Ave César Imperator!  ¡Moritum té salutant!

(Salve emperador y César. Los que van a morir te saludan)

Enseguida se alejan rápidamente, para ocupar en la arena sus lugares. Los más famosos deben atacarse unos a otros en una serie de combates singulares, en los cuales resaltan el valor y la destreza, además de la fuerza y la astucia de los contrincantes.

El campeón es un germano llamado Taurus, que ha sido vencedor en muchos juegos. Lleva un enorme y elaborado yelmo. Cubre su poderoso cuerpo con una cota de malla que lo hace parecer como un escarabajo gigantesco. Va a enfrentarse con el casi desconocido retiarius, Mercurio: un tracio de aspecto imponente.

Y entre los espectadores comenzaron las apuestas.

Taurus, colocándose en el centro de la arena, comienza a retroceder blandiendo la espada. Inclinando la cabeza, sigue atentamente a través de la visera de su yelmo, los movimientos de su adversario. Mercurio es un hombre ágil, esbelto, de formas estatuarias, con músculos poderosos. Está completamente desnudo. Empieza haciendo giros rápidos alrededor de su adversario. Agitando la red con movimientos llenos de gracia, al mismo tiempo que sube y baja su tridente.

Pero Taurus no le huye. Permaneciendo en un solo sitio, procura mantenerse siempre frente a su adversario, estudiándolo con una concentración absoluta. Poco a poco se va advirtiendo en sus ademanes y en su cabeza monstruosamente grande, algo que infunde terror. Todos comprenden que en ese cuerpo encerrado en su poderosa armadura, ya se está preparando el golpe repentino que decidirá el combate.

Mercurio salta hacia él o brinca de un lado a otro, agitando su tridente con movimientos tan rápidos, que resulta difícil seguirlo con la vista. Repetidamente suena sobre la coraza el golpe del tridente, pero Taurus permanece impasible. Toda su atención está concentrada no en el tridente, sino en la red que gira a su alrededor tratando de atraparlo.

Los espectadores contienen la respiración y siguen como hinoptizados los pormenores de la lucha. Taurus espera, elige cuidadosamente el momento y se lanza por fin, sobre su enemigo. Éste se desliza con rapidez centelleante por debajo de su espada, esquivando el golpe mortal. Se irguió de inmediato, alza el brazo y arroja la red. Taurus, sin cambiar de posición la rechaza con su escudo y rápido se separan ambos. En el Anfiteatro se escuchan atronadores los gritos: ‘¡Macte!’ Y en todos lados comienzan de nuevo las apuestas.

El mismo Nerón sigue el espectacular combate, conteniendo el aliento…

La lucha comienza de nuevo con tal arte y precisión en los movimientos de los contendientes, que por momentos parece que más que un combate a muerte, es una exhibición de destreza y habilidad, en una  hinoptizante danza, increíble y mortal.

Taurus evita la red por dos veces más y empieza a retroceder hacia un extremo de la arena, sus partidarios comienzan a gritar: ‘¡Acábalo! ¡Es tuyo!…’

Y Taurus vuelve al ataque. Repentinamente el brazo del retiarius, se cubre de sangre y se le cae la red. Entonces Taurus reúne todas sus fuerzas y salta hacia delante, con el fin de asestar a su adversario el golpe definitivo. Pero en ese instante Mercurio, cuya imposibilidad para manejar la red era fingida, salta hacia un lado y esquiva el golpe; dirige el tridente por entre las piernas de su oponente y lo derriba.

Taurus intenta levantarse, pero al punto se ve cubierto por la fatal red, en la cual se va enredando siempre más, con cada movimiento que hace, mientras su adversario le clava una y otra vez en la tierra. Taurus trata varias veces de levantarse, en un esfuerzo inútil. Con un postrer movimiento se lleva a la cabeza su mano desfalleciente, con la cual ya no puede empuñar la espada y cae pesadamente sobre su espalda. Entonces Mercurio fija su cuello al suelo con el tridente y apoyando ambas manos sobre el mango de éste, vuelve el rostro hacia el palco del César.

Todo el Anfiteatro estalla en aclamaciones y aplausos. Para los que apostaron a favor de Mercurio, en este momento lo adoran como a un dios y por la misma razón, la animosidad contra Taurus ha desaparecido, porque a costa de su vida, aquel infortunado les ha brindado una ganancia y empiezan a pedir gracia a favor de Taurus. Los perdedores piden la muerte. Y estos dos gritos tan opuestos, llenan el graderío. Pero el retiarius mantiene la vista solo fija en el César y todos están expectantes por lo que va a suceder…

Por desgracia para el gladiador vencido, Nerón extiende la mano y vuelve el pulgar hacia abajo.

Entonces Mercurio se arrodilla sobre el pecho del germano. Aparta el yelmo de la cabeza de su adversario, dejando a la vista la blonda cabellera y el rostro sereno que lo mira fijamente y con valiente resignación ante la derrota… Y lo ensarta por la garganta contra la Arena.

‘¡Peractum est!’   –gritan al unísono muchas voces en el Anfiteatro.

Taurus se convulsiona y luego queda inmóvil. Inmediatamente sacan el cadáver de la Arena.

Hubo otros combates singulares y luego la recreación de la Batalla de Aníbal en Cartago entre grupos de gladiadores y que resulta igual de mortífera. Enseguida a los vencedores les fueron entregados los premios y las coronas.

Luego sigue un intermedio que se convierte en banquete. Se distribuyen bebidas refrescantes, carnes asadas, vino, aceitunas, queso, frutas y dulces. El pueblo devora y aclama al César. Y satisfechos el hambre y la sed, centenares de esclavos distribuyen billetes de lotería y obsequios que llevan en canastos. Los patricios no participan de estas distribuciones.

En el centro de la arena, cientos de operarios están levantando un escenario en forma de un gran círculo partido por la mitad. Una simula un vergel y en la cúspide, hay un árbol cuajado de manzanas y al lado un poste, adornado con guirnaldas como de un metro de altura y con una argolla. En la parte baja, en una plataforma circular, a la que para subir hay tres escalones, pusieron centenares de postes iguales al que está en la parte superior, junto al árbol.

En la otra mitad del círculo, que simula un pequeño monte, levantan una enorme cruz en el centro de tal forma, que la cruz queda casi a la par que el árbol con manzanas. En ella han colocado crucificado, a un cristiano y ¡Han cubierto su cabeza con una auténtica cabeza de un asno! De tal forma que realmente parece un hombre con cabeza de asno.

A su alrededor y también en semicírculo, han sido alineadas unas parrillas monumentales. Entre ellas hay tres filas de postes que sostienen en su parte superior a un tercero y que de trecho en trecho, tienen una gruesa argolla de acero. En la parte baja y alrededor de la cruz, también hay centenares de pequeños postes que completan el círculo y da una imagen simétrica, al imponente escenario.

Los augustanos están ocupados mirando a Prócoro Quironio y divirtiéndose con sus vanos esfuerzos por demostrar que está disfrutando del espectáculo. Su cobardía ingénita lo hace incapaz de contemplar el sangriento combate. Se pone pálido. Corren por su frente gruesas gotas de sudor, sus ojos giran desorbitados, le castañetean los dientes y se estremece como si tuviese mucho frío. Al terminar la batalla de los gladiadores, pudo recuperar un poco la compostura y empezó a recibir una andanada de puyas de sus vecinos.

Dejándose dominar por la cólera, se defiende desesperadamente.

Vitelio le tiró de la barba y dijo:

–           ¡Vaya griego! Parece que la vista de la sangre y la piel desgarrada de un hombre, es algo superior a tus fuerzas.

Prócoro replicó venenoso:

–           ¡Mi padre no fue un zapatero remendón y yo no puedo repararla!

Muchas voces exclamaron:

–           ¡Macte! ¡Habet! (Muy bien, le venció)

Pero otros siguieron burlándose de él…

Haloto dijo:

–           No es su culpa tener en el pecho un pedazo de queso, en vez de corazón.

Prócoro contestó zumbón:

–           ¡Tampoco tú eres culpable de poseer doble vejiga en lugar de cerebro!

Haloto soltó una carcajada de escarnio burlón y contestó:

–           ¡Algún día llegarás a ser un gladiador! Con esas manos tan grandes, te verás admirable manejando una red en la arena.

El griego replicó:

–           Y si en ella te cogiera, sólo habría en mi red una fétida abubilla.

Marcial preguntó con sarcasmo:

–           ¿Y qué harás cuando llegue el turno a los cristianos? Tendrás que verlos… Tú los entregaste.

Y así… continuaron atacándole. Él se defiende irónicamente, en medio de la risa general y con gran gusto del César, quién a cada momento repite:

–           ¡Macte!

Y azuza a los demás para que sigan molestando al griego…

Cuando hacen una pausa en su malévolo juego, Petronio se acercó a Prócoro. Y tocándolo en el hombro con su bastón de marfil, le dijo fríamente:

–           Todo eso está bien filósofo, pero en una cosa te has equivocado: Los dioses te hicieron un vulgar ladrón y tú te has convertido en un juglar. Esa es la razón por la que no te sostendrás por mucho tiempo.

El viejo le miró con sus ojos enrojecidos y no encontró un insulto adecuado que aplicar a Petronio. Así que se quedó callado. Luego dijo con cierto esfuerzo:

–           Me sostendré.

En la arena, el escenario ha sido terminado y todo está listo para la atracción especial de aquel día: ha llegado el turno de los cristianos…

En ese momento las trompetas anuncian que el intermedio ha concluido. Los espectadores regresan a sus asientos. El ánimo del público a la par que expectante, también está predispuesto en contra de las víctimas, pues han sido convencidos de que les están castigando por ser los incendiarios Roma y los destructores de sus antiguos tesoros…

Son los bebedores de sangre de infantes, que adoran a un hombre con cabeza de asno. Los enemigos de la raza humana, y culpables de los crímenes más abominables. Los castigos más crueles, no son suficientes para el odio que han despertado en aquel pueblo que lo único que desea, es que las torturas que sean aplicadas a los cristianos, correspondan plenamente a los delitos perpetrados por aquellos malhechores…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

49.- LAS LOCURAS DE NERON


Cuando salieron de la casa del César,  Marco Aurelio dijo a Petronio:

–           Por un momento me dejaste petrificado y lleno de alarma. Pensé que te habías embriagado y solo esperaba la ruina. Recuerda que estás jugando con la muerte. 

Petronio contesta seguro:

–           Esta es mi arena y me complace ser el mejor gladiador. Ya viste como concluyó todo… Mi influencia ha aumentado considerablemente desde hoy. Me enviará sus versos en un cilindro y eso es el mejor cumplido viniendo de él.

–           El Prefecto de los Pretorianos estaba furioso.

–           Tigelino al ver el éxito que alcanzan estas sutilezas, va a tratar de imitarme y superarme. Serán vanos sus esfuerzos, pues es tan solo una bestia cruel.

–           Es un enemigo muy peligroso. Él y la augusta parecen congeniar bastante. ¿No te preocupa eso?

–           Popea está despechada. Y ahí no puedo hacer nada, más que esquivarla lo mejor que pueda. Si yo quisiera, acabaría con él y tendría al propio Enobarbo en mi poder. Pero no quiero complicarme más la vida. El poder absoluto es una maldición…  

–           ¡Qué habilidad la tuya para transformar la crítica en alabanza! Pero ¿Son realmente tan malos esos versos? Yo de eso no entiendo nada.

Los versos no son peores que cualquier otros. Es verdad que Marcial tiene más talento en uno solo de sus dedos. Aun así, Barba de Bronce tiene algo… Sobre todo un inmenso amor por la poesía y la música. Y sí. Se esfuerza mucho en lo que compone.

–           Se considera una artista divino y no sé si sea genialidad o…

–           Pasado mañana nos reuniremos con él, para escuchar su Himno a Venus Afrodita que ya está terminando. Los versos de Nerón a veces son elocuentes y yo sé que para componerlos sufre una verdadera tortura. A veces le tengo lástima. ¡Hace unas cosas tan extrañas!

Marco Aurelio pregunta reflexivo:

–           ¿Podría alguien prevenir hasta donde llegarán las locuras de Nerón?

Petronio levanta los hombros:

–           ¿Quién puede saberlo? Está decidido a que ocurran cosas que durarán en la memoria de la historia, pues su mayor anhelo es ser un dios inmortal en el arte y de él se puede esperar cualquier barbaridad.

–           No entiendo cómo puedes encontrar emocionante una conducta tan inestable.

–           Y aunque a veces me siento verdaderamente hastiado, creo que bajo el reinado de otro César, me fastidiaría cien veces más. En estas incertidumbres es en donde encuentro el encanto de la vida.

–           ¿La vida? A veces parece que coquetearas con la muerte…

–           Quien no arriesga no pierde, pero tampoco gana. En el riesgo hay una especie de deleite y olvido del presente. Yo juego a la vida, es cierto. Y en eso mismo está el encanto.

Marco Aurelio dice con sinceridad y amor:

–           Te compadezco Petronio.

–           No más de lo que me compadezco yo mismo. Tu amigo el cristiano me dijo la verdad. Y sin embargo él debe saber que los hombres como yo, no aceptaremos su Religión. Yo no quiero cambiar. Mi vida es emocionante y a la vez detestable, lo sé.

–           Si al menos trataras de conocerla, cambiarías de opinión…

–           Antes, tú pasabas la vida agradablemente entre nosotros. Y cuando hacías tus campañas militares, ansiabas volver a Roma. Ahora hay en ti algo diferente, ya no eres el mismo y a veces me pregunto si te conozco todavía.

–           Ahora mismo me ocurre igual. Ansío volver a Roma.

–          Porque estás enamorado de una vestal cristiana, que está esperando por ti. No me sorprende esto, ni te lo reprocho. Pero lo único que me pregunto es: ¿Eres feliz? ¿Tu nuevo Dios te hace feliz?…

Puedo jurarte por el alma de mi padre al que tanto amaste, que nunca imaginé que pudiera existir una felicidad como la que ahora disfruto. Lo único que me preocupa es una especie de presentimiento extraño, que me aflige respecto a Alexandra.

–           Dentro de dos días trataré de obtenerte un permiso, para que puedas dejar Anzio por todo el tiempo que te plazca. Han pasado tres meses. Popea parece estar más tranquila y hasta donde sé, ningún peligro te amenaza; ni a ti, ni a Alexandra.

–           En la mañana, me preguntó la Augusta, qué había estado haciendo en Roma y me sorprendió mucho, pues ya sabes que me fui en secreto.

–           Es posible que haya enviado espías a seguirte. Sin embargo es necesario que ahora ella también cuente conmigo.

El día que me despedí de Alexandra. Los dos estábamos sentados en una banca del jardín de la casa del obispo Acacio. En una noche tan tranquila como ésta, ideando planes para el futuro. Sería imposible tratar de describirte la felicidad y el éxtasis que sentía en aquellos momentos, junto a la mujer que amo más que a mi propia vida. Cuando de súbito se escuchó el rugido de los leones….

–           Tú sabes que esto es un fenómeno común y más cuando se acercan los juegos.

–           Pero desde aquel instante un presagio de infortunio, me inquieta profundamente. Te agradezco mucho ese permiso para salir de Anzio. Esto aliviará un poco la tortura que siento.

–           Los juegos son algo común y emocionante en nuestra cultura romana. ¡No te entiendo.

–           Me preocupa mucho mi esposa y ya no puedo permanecer aquí más tiempo. Me siento tan mal que estoy dispuesto a irme sin él.

–           ¿No crees que es un poco ridículo creer en presentimientos? Además ¿Cómo sabes que fueron leones? Los bisontes germanos rugen casi igual.

–           Anoche presencié una lluvia de estrellas…

–           Yo también la vi. Fue un espectáculo muy bello.

Y hay quien lo considera mal augurio.

Petronio medita unos momentos y después agrega:

–           Si vuestro Cristo se ha levantado de entre los muertos, Él puede protegeros contra la muerte, ¿No crees?

Marco Aurelio confirmó:

–           Así es. Los cristianos estamos protegidos de todas maneras. Para el que ama a Dios, la muerte no existe – Dijo estas palabras, mirando hacia el cielo lleno de estrellas.

Petronio le miró completamente desconcertado… Y cambió de tema.

Una semana después…

El César estaba tocando y cantando en honor de Palas Atenea, un himno cuyos versos y música había compuesto él mismo. Y aquel día sintió que su voz realmente cautivaba a sus oyentes.

Y esta convicción le exalta tanto, que se siente realmente inspirado y al terminar el canto, está pálido, sudoroso y conmovido. No tiene deseos de escuchar elogios y dice:

–           Estoy fatigado y necesito aire. Saldré a dar un paseo. Entretanto afinad las cítaras.

Y enseguida se envolvió el cuello con un pañuelo de seda y dijo volviéndose a Petronio:

–           Acompáñame. Dame tu brazo Marco Aurelio, pues las fuerzas me faltan. Me apoyaré en ti. Mientras tanto Petronio nos hablará de música.

Y salieron hacia una terraza que tiene pavimento de alabastro.

Cuando estuvieron fuera, Nerón dijo:

–          Aquí uno puede respirar más libremente. Mi alma está conmovida y triste. Aunque ahora sí sé con este ensayo, que ya estoy listo para presentarme en público y alcanzar un triunfo sin igual.

Petronio contestó:

–          Puedes presentarte aquí, en Roma y en Acaya. Tu grandeza artística puede resistir la prueba.

El César contestó mirándolo fijamente:

–           Lo sé. Eres demasiado insolente como para prodigar elogios haciéndote violencia a ti mismo. Y te juzgo sincero como Marcial… Pero tú tienes más conocimientos que él. Dime cuál es tu concepto de la música.

–           Cuando te escucho declamar unos versos. Cuando te veo en el Circo dirigiendo una cuadriga. Cuando veo la belleza de una obra de arte y cuando te oigo en las armonías de tu música, nuevos deleites embelesan mi espíritu; aunque siempre me sorprendes, porque hay en ti, un mar de talento para eso.

¡Qué profundo conocimiento tienes en la materia! –Exclamó Nerón admirado- Tú has dado expresión exacta a mis propias ideas. Y por eso te repito siempre que en toda Roma, eres el único capaz de comprenderme.

–           Mi concepto de la música está en perfecta armonía con el tuyo.

–           Soy el César y el mundo es mío. Puedo hacer lo que yo quiera. Pero la música me abre nuevos horizontes.

–           Las musas te inspiran.

–           Siento a las musas, a los dioses y al Olimpo.

Los dioses son generosos contigo…

–           Hay una grandeza que percibo como en medio de una niebla sutil. ¡Estoy tan emocionado que hasta me siento pequeño! ¿Puedes creerlo?

Petronio concede:

–           Sí. Solamente los grandes artistas tienen la facultad de sentirse pequeños en presencia del Arte.

–           Esta es un anoche de sinceridad y franqueza. Así pues, voy a abrirte mi corazón, como ante un amigo. Dime ¿Crees que soy un hombre ciego o falto de juicio?

–           Eres un artista buscando la inmortalidad.

–           Yo sé que el Pueblo de Roma, escribe en las murallas insultos contra mí. Gritan lo que consideran mis crímenes y dicen que soy un monstruo y un tirano, solo porque Tigelino ha obtenido unas cuantas sentencias de muerte contra mis enemigos.

No es posible complacer a todo el mundo. Los inconformes siempre van a criticar…

–           Sí, querido amigo. Me consideran un monstruo y lo sé. Y hablan tanto de crueldad cuando se refieren a mí, que en ocasiones he llegado a preguntarme ¿Efectivamente soy cruel?…

–           Tu talento para sorprender, es tan grande como su incomprensión…

 Pero lo que ellos no comprenden es que los hechos de un hombre pueden ser crueles, sin que él mismo lo sea. ¡Ah! Nadie creería que en los momentos en que la música me acaricia el espíritu, me siento tan bueno e inofensivo como un infante en la cuna.

–           El verdadero arte ennoblece…

–           ¡Es la verdad! La gente ignora cuanta nobleza se anida en este corazón. ¡Y cuántos tesoros descubro en él, cuando la música lo abre a sus olímpicas armonías!

Petronio no duda que el César esté diciendo la verdad y que la música le despierte nobles inclinaciones que están sepultadas por un monstruoso egoísmo desenfrenado y criminal.

Y solo contestó con seriedad:

–           Los hombres debieran conocerte tan profundamente como yo. Roma jamás te apreciará en tu justo mérito.

El César se apoyó más pesadamente sobre el brazo de Marco Aurelio, como si se sintiese abrumado por una gravosa injusticia y replicó:

–           Tigelino me ha contado que en el Senado dicen que Menecrato y Terpnum tocan la cítara mejor que yo. ¡Hasta eso intentan negarme!

–           El verdadero talento, siempre despierta la envidia.

–           Pero dime tú que eres siempre sincero dímelo ahora: ¿Ellos tocan mejor que yo? ¿O están siquiera a mi altura en destreza?

Petronio exclamó rápido:

–           ¡De ninguna manera! Tú tocas con mayor dulzura e intensidad. En ti se palpa al artista. En ellos al ejecutante experimentado. Y el hombre que los escucha primero a ellos, comprende mejor quién eres tú.

Nerón contestó con inmensa petulancia:

–           ¡Si es así, que vivan! Nunca podrán imaginar le importante servicio que acabas de prestarles en este momento, pues te deben la vida. Por otra parte, si yo los hubiera condenado, tendría que tomar a otros para remplazarlos.

Petronio se limitó a decir:

–           Y las gentes te acusarían de que por amor a la música, destruyes la música en tus dominios. ¡Oh, divinidad! Nunca mates el arte por el arte,

Nerón exclamó con admiración:

–           ¡Qué diferente eres de Tigelino! Pero ya lo ves. Soy un artista antes que todo y no puedo llevar una vida vulgar. La música me dice que lo sobrenatural existe y por esto yo lo busco con todo el poder y todo el dominio que los dioses han puesto en mis manos.

–           Los dones con que te han favorecido, deben desarrollarse para glorificarlos.

–           En ocasiones siento que para alcanzar el Olimpo, es necesario que yo haga algo totalmente extraordinario y que jamás se haya realizado. Algo que sea asombroso para los mismos dioses…

Esa puede ser una empresa hercúlea. Y hay que meditarla muy bien.

–           Sé que muchos me llaman loco. Pero yo no estoy loco. ¡Sólo estoy buscando la gloria! ¿Me entiendes?

–           Los grandes artistas llevan ese anhelo en la sangre.

–           ¡Y por lo tanto, mi anhelo es alcanzar la grandeza absoluta, porque solamente de esa manera llegaré a ser el más grande de los artistas!

Y bajando la voz para que Marco Aurelio no le oiga, le dice Petronio al oído:

–           ¿Sabes que condené a muerte a mi madre y a mi esposa, principalmente porque yo deseaba presentar el más grande sacrificio que un hombre pudiera ofrecer?

–           Y ciertamente diste un regio presente. Los dioses deben estar complacidos.

–           Pero parece que para abrir las puertas del Empíreo, se necesita algo más grande que eso y ya que el destino así lo quiere…

Petronio se alarmó, pero controlándose dijo:

–           ¿Qué intentas hacer?

El César dijo suspicaz:

–           Tú lo verás más pronto de lo que te imaginas. Mientras tanto, solo piensa que existen dos Nerones: uno, el que el pueblo conoce. Otro, el que solo tú conoces. El cual si destruye como la muerte, dominado por un frenesí como Baco; se debe a la trivialidad y a las miserias humanas de la vida ordinaria que lo ahogan.

–           Pero para alcanzar la grandeza no hay necesidad de aniquilar la belleza de la vida.

–           Yo quisiera aniquilarla, aun cuando para ello sea necesario el uso del hierro o del fuego. ¡Oh! ¡Qué vulgar será este mundo cuando yo haya desaparecido de él!

–           Tu temperamento artístico está buscando un clímax.

Nadie tiene la menor idea de mi verdadero temperamento artístico. Este es mi sufrimiento que me llena de melancolía.

Petronio dijo cauteloso:

–           Hay ocasiones que es necesario atemperar el talento, sobre todo cuando hay que ponderar el riesgo desde un trono imperial.

–           ¡Es muy pavoroso para un hombre cargar al mismo tiempo con el peso  del poder supremo y del más excelso talento!

Aunque Petronio se sintió aterrado, consiguió decir:

–           Simpatizo contigo profundamente, ¡Oh, César! Y en ello me acompaña también Marco Aurelio, que te deifica desde el fondo de su alma.

–           Por su parentesco contigo, también me es caro, aunque más bien sirve a Marte y no a las Musas.

–           Él sirve ante todo a Venus Afrodita.

Y en ese mismo instante decidió resolver el asunto de su sobrino de una vez por todas y alejar el peligro que pudiera amenazarle. Y agregó:

–           Él está perdidamente enamorado… Permítele señor que vuelva a Roma, si no quieres que muera aquí a mi lado. ¡El rehén que le diste fue encontrado! Y Marco Aurelio al venir para Anzio, la dejó a cargo de un cierto Acacio. Marco Aurelio quería convertirla en una amante.

–           ¿Y por qué no lo hizo? Ella es suya. Se la cedí y puede disponer de ella como quiera.

–           Pero como resultó muy virtuosa, eso lo ha cautivado aún más y desea casarse con ella.

No veo cual sea el inconveniente. Como es una de las hijas del rey Vardanes I, no hay diferencia de condición entre ellos.

–           Pero Marco Aurelio es ante todo un soldado. Y aunque se pasa la vida entre gemidos y suspiros, no hará nada sin el permiso de su emperador…

Nerón se quedó perplejo…

Luego dijo con cierta suspicacia:

–           El emperador no elige las esposas de sus soldados. ¿Para qué le sirve mi permiso a Marco Aurelio?

Petronio dijo con diplomacia:

–           Ya te he dicho señor que él te deifica.

–           Con mayor razón alcanza mi permiso. Sí. Es esa doncella bonita, pero demasiado escuálida. La augusta Popea se ha quejado de que ella fue la autora de un maleficio a nuestra hija, en los jardines imperiales. Y a causa de eso murió.

–           Pero yo le dije a Tigelino que los dioses no están sujetos a malos encantamientos. Recordarás divinidad su confusión y cómo tú exclamaste ¡Habet!

–           Sí. Tienes razón. Ya lo recuerdo…

Y volviéndose hacia Marco Aurelio, Nerón le preguntó:

–           ¿Es cierto que la amas como dice Petronio?

Marco Aurelio contestó con convicción:

–           Así la amo, señor.

Entonces Nerón detuvo su paseo y declaró:

–           Entonces te ordeno que partas mañana para Roma, a unirte con ella en matrimonio. Y no te presentes de nuevo ante mí, sin el anillo nupcial.

Marco Aurelio se quedó pasmado por un momento y luego exclamó con júbilo:

–           ¡Te doy gracias con todo mi corazón!

El César sonrió con una increíble, benevolencia y dijo:

–           ¡Oh! ¡Cuán grato es hacer felices a los demás! ¡Oh, si los dioses me dejaran hacer solo eso en la vida!

Petronio se preparó a dar el golpe final. Hasta ese momento, su gran influencia y sus maniobras inteligentes, habían salvado a su sobrino de las garras de Popea… Y por eso dijo:

–           Concédenos un favor más, ¡Oh, divinidad! Declara tu voluntad en este asunto en particular, delante de la Augusta. Marco Aurelio no osaría jamás unirse en matrimonio a una mujer, que no fuese grata a la emperatriz. Tú puedes desvanecer su prevención con solo una palabra, manifestando que has ordenado que se efectúe el matrimonio.

–           Así lo haré. Nada podría rehusaros a ti o a vosotros. –declaró el César sonriendo a Petronio.

Después de esto, suspendió el paseo y emprendió el regreso.

Ambos le siguieron con el corazón inundado de felicidad por la victoria alcanzada.

Marco Aurelio tuvo que refrenar el impulso de lanzarse al cuello de Petronio y besarlo en las mejillas con amor y agradecimiento. Pues ahora le parece que ha quedado removido todo peligro y todo obstáculo… 

 

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

29.- EL CAZADOR, CAZADO


Marco Aurelio, después de unas horas, se sintió más penosamente mal.

Y estuvo muy enfermo en realidad. La noche llegó y con ella una violenta fiebre. Cuando ésta cedió, no podía dormir y seguía con la mirada a Alexandra a dondequiera que iba. Por momentos caía en una especie de sopor, durante el cual oía lo que sucedía a su alrededor, pero luego se sumergía en febriles delirios.

Y así transcurrieron varios días…

Cuando recuperó la conciencia, despertó y miró alrededor de él. Una lámpara brilla dando su claridad. Todos están calentándose al fuego, pues hace frío y se ve como de sus bocas sale el aliento en forma de vapor. Pedro está sentado, con Alexandra en un escabel a sus pies. Luego Mauro, Lautaro, Isabel y David, un joven de rostro agraciado y cabellos negros y ensortijados… Todos están atentos, escuchando al apóstol que habla en voz baja…

Y también Marco Aurelio concentró su atención tratando de escuchar lo que dice. Entiende que está hablando de la Muerte y Resurrección de Cristo y de las enseñanzas que Jesús les dio  durante cuarenta días, antes de ascender al Cielo.

Marco Aurelio pensó:

–           Sólo viven invocando ese Nombre.

Y cerró los ojos invadido por la fiebre.

Cuando los volvió a abrir, vio la brillantez de la luz de la chimenea, pero ahora no hay nadie. Trozos de leña se consumen y las astillas de pino que acaban de poner, iluminan suavemente a Alexandra sentada cerca de su lecho.

Y al mirarla se conmovió, ella está velando su sueño. Es fácil adivinar su cansancio. Está inmóvil y tiene cerrados los ojos. Él se pregunta si está dormida o solamente absorta en sus pensamientos. Contempló su delicado perfil; sus largas pestañas caídas lánguidamente; sus manos sobre sus rodillas. Y vio que sobre su belleza exterior que es tan extraordinaria, hay otra belleza que irradia desde adentro de su ser y la hace sobrenaturalmente hermosísima

Y aunque le repugna llamarla cristiana, tiene que aceptarla con la religión que ella confiesa. Aún más, comprende que si todos se han retirado a descansar  y solo ella permanece en vela; ella, a quién él ha ofendido tanto, es sólo porque su religión así lo prescribe. Pero ese pensamiento que causa admiración al relacionarlo con la religión de Alexandra, le fue también muy desagradable…

Hubiera preferido que la joven obrara así, tan solo por amor a él.

Alexandra abrió los ojos y vio que él la miraba. Se acercó y le dijo con dulzura:

–           Estoy contigo.

Marco Aurelio murmuró débilmente:

–           Y yo he visto lo que en verdad eres en mis sueños. Gracias. –y volvió a dormirse.

A la mañana siguiente despertó. Débil, pero con la cabeza fresca y sin fiebre.

Bernabé hurgaba en la chimenea apartando la ceniza de los carbones encendidos. Marco Aurelio recordó como este hombre había destrozado a Atlante. Y examinó con atención su enorme  espalda y sus poderosos brazos. Sus piernas sólidas y fuertes como columnas. Y pensó: “¡Gracias a los dioses que no me ha roto el cuello! ¡Por Marte! ¡Si los demás partos son como éste, las legiones romanas no cruzarán sus fronteras!

 Luego dijo en voz alta:

– ¡Hola esclavo!

Bernabé sacó la cabeza de la chimenea y sonriendo con expresión amistosa, le dijo con cordialidad:

–           Que Dios te de buenos días y mejor salud. Pero yo soy un hombre libre y no un esclavo.

Esto le hizo una impresión favorable, pues su orgulloso temperamento le impedía el alternar con un esclavo. Éstos sólo son objetos sin índole humana. Esta respuesta le facilita interrogar a Bernabé acerca del lugar en donde Alexandra había nacido.

–           Entonces ¿Tú no perteneces a Publio?

Bernabé respondió con sencillez:

–           No. Sirvo a Alexandra como serví a su madre. Por mi propia voluntad.

Y se puso a agregar trozos de leña al fuego de la chimenea. Cuando terminó, se irguió y declaró:

–           Entre nosotros no hay esclavos.

–           ¿Dónde está Alexandra?

–           Salió. Y yo voy a hacerte de comer. Ella te estuvo velando toda la noche.

–           ¿Y por qué no la relevaste tú?

–           Porque ella quiso velar a tu lado y mi deber es obedecerla. – Pasó por sus ojos una expresión sombría.-  Si la hubiera desobedecido, tú no estarías vivo ahora.

–           ¿Entonces lamentas el no haberme dado muerte?

–           No. Cristo nos manda no matar.

–           Pero… ¿Y Secundino y Atlante?

–           No pude evitarlo. –murmuró Bernabé.

Y miró con tristeza sus manos. Luego puso una olla sobre la rejilla y se quedó contemplando el fuego, con mirada pensativa. Finalmente declaró:

–           La culpa fue tuya. ¿Por qué levantaste tu mano contra la hija de un rey?

Una oleada de orgullo irritado ruborizó las mejillas de Marco Aurelio, ante el reproche del parto…

Más como se sentía débil, se contuvo. Especialmente porque predomina el deseo de saber más detalles sobre Alexandra. Más aún con la confirmación de su linaje real, pues como la hija de un rey ella puede ocupar en la corte del César una posición igual a las de las mejores y más nobles patricias romanas.

Cuando se calmó, pidió al parto que le contase como era su país.

Bernabé contestó:

–           Vivimos en los bosques, pero poseemos tal extensión de territorio, que no se pueden saber los límites, pues más allá se extiende el desierto…-y siguió describiendo sus ciudades, la familia de Alexandra…

Sus gentes, sus costumbres y como se defendían de los que trataban de invadirlos.

Concluyó diciendo- Nosotros no les tememos a ellos, ni al mismo César romano.

Marco Aurelio respondió con tono severo:

–                      Los dioses han dado a Roma el dominio del mundo.

–           Los dioses son espíritus malignos. –replicó Bernabé con sencillez- Y donde no hay romanos, no hay supremacía de ningún género.

Y se volvió a avivar el fuego de la chimenea revolviendo con un cucharón, la olla donde se cocinaban los alimentos. Cuando estuvo listo, vació en un plato grande y esperó a que se enfriara un poco. Luego dijo:

–           Mauro te aconseja, que aún el brazo sano lo muevas lo menos posible. Alexandra, me ha ordenado que te dé de comer.

¡Alexandra ordenaba! No había ninguna objeción que hacer. Así pues, Marco Aurelio ni siquiera protestó.

Bernabé vació el líquido en un tazón, se sentó junto a la cama y lo llevó a los labios del joven patricio. Y hay tal solicitud y tan afable sonrisa en su semblante, que el tribuno no da crédito a sus ojos. Aquel titán tan terrible que había aniquilado a Atlante y que luego se había vuelto contra él como un tornado ¡Le habría hecho trizas si no hubiera intervenido Alexandra! Ahora es un delicado enfermero, tan solícito como gentil, al tomar el tazón entre sus dedos hercúleos y acercarlo a los labios de Marco Aurelio.

En ese momento apareció Alexandra, vestida con el camisón de dormir y con el cabello suelto.

Marco Aurelio sintió que su corazón se aceleró al verla y la amonestó suavemente por no estar descansando.

Ella dijo con acento afable:

–           Me preparaba para dormir y vine a ver cómo estás. Dame la taza Bernabé. Yo le daré de comer.

Y tomando entre sus manos el recipiente, se sentó a la orilla del lecho, dio de comer al enfermo, que se siente a la vez rendido y gozoso. Cuando ella se inclina hacia él, percibe el tibio calor de la joven y le rozan sus cabellos ondulados y negrísimos. Se siente desfallecer de felicidad. Está pálido por la emoción.

Al principio tan solo la había deseado y ahora siente que la adora con todo su ser. Antes solo prevalecía su egoísmo y ahora reconoce haber sido tan insensible y tan ciego, que empieza a pensar en ella y en lo que ella necesita y desea.

Como un niño obediente se tomó la mitad el contenido del tazón. Y aun cuando la compañía de Alexandra y el contemplarla lo extasían de dicha, le dijo:

–           Basta ya. Vete a descansar, diosa mía.

Ella replicó ruborizada:

–           No me llames de ese modo.  No está bien que me digas así.

Sin embargo lo mira sonriente y le reitera que ya no tiene sueño, ni fatiga. Y lo insta para que termine de comer. Y finalizó diciendo:

–           No me retiraré a descansar hasta que llegue Mauro.

El la escucha encantado y se siente invadido por una gran alegría y una gratitud sin límites. Emocionado le dice:

–           Alexandra… Yo no te había conocido antes. Hasta hoy me doy cuenta que quise alcanzarte con medios reprobables. Así pues ahora te digo: regresa a la casa de Publio y descansa en la seguridad de que en adelante, no habrá ninguna mano que se levante contra ti.

Una nube de tristeza cubrió el rostro de la joven y contestó:

–           Dichosa me sentiría si llegara a verlos aunque fuera de lejos, pero ya no puedo volver a su casa.

Marco Aurelio la miró asombrado y preguntó:

–           ¿Por qué?

Alexandra le contempló por unos segundos, antes de responder:

–           Los cristianos sabemos por Actea lo que sucede en el Palatino. ¿Acaso no sabes que el César, poco después de mi fuga y antes de partir para Nápoles, hizo comparecer a su presencia a Publio y a Fabiola? Y creyendo que me habían secundado los amenazó con su cólera. Por fortuna Publio pudo decirle: ‘Majestad, tú me conoces y sabes que no te mentiría. Nosotros no hemos favorecido su fuga e ignoramos igual que tú, que suerte ha corrido ella.’ Y el césar creyó y enseguida olvidó.  Por consejo de mis superiores, jamás les he escrito comunicándoles donde estoy, a fin de que siempre puedan decir la verdad y que ignoran dónde me encuentro. Acaso tú no comprendes esto, Marco Aurelio; pero has de saber que entre nosotros está prohibida la mentira, aunque para ello debamos arriesgar la vida. Esta es la Religión que da norma hasta a los afectos de nuestro corazón. Y por lo mismo no he visto, ni debo ver a mis padres. Desde que me despedí de ellos, solo de vez en cuando, ecos lejanos les hacen saber que estoy bien y que no me amenaza ningún peligro. – Al decir estas palabras la añoranza la invadió y las lágrimas humedecieron sus ojos. Pero se recuperó rápidamente y añadió- Sé que también ellos languidecen por nuestra separación. Pero nosotros disponemos de un consuelo que los demás no conocen.

Marco Aurelio está anonadado: ¡Actea cristiana!…

Y dice lleno de confusión:

–           Sí, lo sé. Cristo es vuestro consuelo. Más yo no comprendo eso.

–           ¡Mira! Para nosotros no hay separaciones, dolores, ni sufrimiento, que Dios no transforme luego en gozo. La muerte misma que ustedes consideran como el  término de la vida, para nosotros es solo el comienzo de la verdadera Vida. Considera cuán regia es una Religión que nos ordena amar aún hasta a nuestros enemigos.

–           He sido testigo de lo que dices. Pero contéstame: ¿Ahora eres feliz?

–           Lo soy. Amo a Dios sobre todas las cosas. Y todo el que confiesa a Cristo, no puede ser desgraciado.

Marco Aurelio admiró su convicción, pero no alcanza a comprenderla y le dijo:

–           ¿Entonces no quieres volver a la casa de los Quintiliano?

–           Lo anhelo con toda mi alma. Y he de volver algún día si esa es la Voluntad de Dios.

–           Pues entonces yo te digo: ‘Regresa’ Y te juro por mis lares que no alzaré mi mano contra ti.

–           No. Me es imposible exponer al peligro a los que se encuentran cerca de mí. El César no quiere a los Quintiliano. Si yo volviera…y ya ves que rápido se extiende por toda Roma una noticia, mi regreso al hogar haría ruido en la ciudad. Nerón lo sabría, castigaría a Publio y a Fabiola. Por lo menos me arrancaría una segunda vez de su lado.

–           Es verdad. Eso podría suceder. Y lo haría tan solo para demostrar que sus mandatos deben ser obedecidos. –Y cerrando los ojos exclamó- ¡No soportaría saberte otra vez en el Palatino!

Y él sintió como si se abriera ante sí, un abismo sin fondo. Él es un patricio. Un tribuno militar. Un potentado. Pero sobre todos los potentados del mundo al que pertenece, está un loco cuyos caprichos y cuya malignidad, son imposibles de prever…

Solamente los cristianos pueden prescindir absolutamente de Nerón o dejar de temerle, porque son gentes que parecen no pertenecer a este mundo, ya que la misma muerte les parece cosa de poca monta. Todos los demás tienen que temblar en presencia del tirano. Y las miserias de la época en que viven se presentan a los ojos de Marco Aurelio, en toda su monstruosa malignidad. Y pensó que en tales tiempos, solo los cristianos pueden ser felices.

Y sobre todo, aquilató por primera vez la dimensión del daño que le había hecho a ella. Y una honda pena se apoderó de él. Bajo la desalentadora influencia de ese pesar; lleno de impotencia, le dijo:

–           ¿Sabes que eres más feliz que yo? tú estás en medio de la pobreza, viviendo con gentes sencillas, pero tienes tu Religión. Tienes tu Cristo. Pero yo solo te tengo a ti. Y cuando huiste de mi lado, me convertí en una especie de mendigo en medio de mi riqueza.

Ella lo miró atónita y sin saber qué decir.

Marco Aurelio prosiguió:

–                      Tú eres más cara a mi corazón que todo lo que hay en el mundo. Yo te busqué porque no puedo vivir sin ti. Hasta ahora solo me ha sostenido la esperanza de volver a verte. No anhelaba ni placeres, ni fiestas. No podía dormir, ni descansar, ni comer. Y no encontraba alivio para mi dolor. Si no hubiera sido por la esperanza de encontrarte, me hubiera arrojado sobre mi espada.

Alexandra replicó conmovida:

–           No digas eso Marco Aurelio. Ningún ser humano debe idolatrar a otro hasta ese punto.

–           Pero pensé que si moría, ya no te volvería a ver. Te estoy diciendo la verdad pura, cuando te afirmo que no podré vivir sin ti. Hasta ahora solo me ha sostenido la ilusión de volver a verte como ahora lo hago y hundirme en la mirada de esos ojos tuyos bellísimos, que son mi anhelo.

La mira con un amor tan intenso que ella se ruboriza y no le contesta nada.

Él agrega apasionado:

–           ¿Recuerdas nuestras conversaciones en casa de Publio? Un día trazaste un pescado en la arena y entonces yo no sabía su significado. ¿Recuerdas que jugamos a la pelota? Yo te amaba ya más que a mi vida y trataba de decírtelo, cuando Publio nos interrumpió. Y Fabiola al despedirse de Petronio, le dijo que Dios era Uno, Justo y Todopoderoso. Yo no tenía ni la menor idea de que Cristo era su Dios y el tuyo. Yo no conozco a tu Dios. Tú estás sentada cerca de mí y sin embargo, solo piensas en Él…

Marco Aurelio calló, palideció y cerró los ojos, mientras ardientes lágrimas silenciosas se deslizaron por sus mejillas…

Es apasionado tanto en el amor como en el odio. Y dejó salir sus palabras con sinceridad, desde el fondo mismo de su alma. Puede percibirse al oírlo: la amargura, el dolor, el éxtasis, los anhelos, la adoración. Acumulados y confundidos por tanto tiempo, hasta que se desbordaron en un torrente de ardorosas frases.

Alexandra está sorprendida y su corazón empezó a palpitar con fuerza. Sintió compasión y pena por aquel hombre y sus sufrimientos. Se siente conmovida por la adoración que ha descubierto… ¡Él la ama!… ¡La adora!… Sentirse amada y deificada por aquel hombre que hasta ayer era tan peligroso e indomable y que ahora se le está entregando totalmente, en cuerpo y alma. Rindiéndose como si fuera un esclavo suyo. Esa conciencia de la sumisión de él y del poder que le ha dado a ella, la inundaron de felicidad y regresaron por un momento los sentimientos y los recuerdos de otros días.

Ahora ha vuelto a ser para ella, aquel espléndido Marco Aurelio; hermoso como un dios pagano. El mismo que en la casa de Publio le había hablado de amor y despertado como de un sueño, su corazón virgen al amor de un hombre. Pero es también el mismo de cuyos brazos Bernabé la había arrancado en el banquete del Palatino y rescatado del incendio en que su pasión la envolviera.

Y ahora que se ven pintados en su rostro imperioso, el éxtasis y el dolor. Que yace en aquel lecho, con el rostro pálido y los ojos suplicantes. Herido, quebrantado por el amor, rendido y entregado a ella; se le presentó a Alexandra como el hombre que ella había deseado y amado. Como el hombre grato a su alma, como nunca antes lo fuera. ¡Y de súbito comprendió que ella también lo ama! Y que ese amor la arrastra como un torbellino y la atrae hacia él, como el más poderoso imán.

Y en ese preciso  momento llegó Mauro que viene a ver a su paciente, para revisarlo y seguir atendiéndolo.

Marco Aurelio suspiró derrotado, porque la respuesta de la joven, no alcanzó a llegar.

Alexandra se retiró con el alma llena de ansiedad…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

27.- EL RAPTO


Dos semanas después, Marco Aurelio estaba en el triclinium cuando llegó Prócoro. Los sirvientes tenían orden de dejarlo pasar sin anunciarlo y admitirlo a cualquier hora del día o de la noche.

El griego lo saludó:

–           Salve noble Marco Aurelio. ¡Eureka!

Marco Aurelio saltó del asiento exclamando:

–          ¿Qué quieres decir? ¿La has visto?

–           He visto a Bernabé y he hablado con él. Trabaja cerca del mercado como liberto al servicio de un molinero, pero él no sabe quién soy. Y ahora cualquier esclavo de tu confianza puede ir y descubrir donde se esconden.

Marco Aurelio replicó:

–           Irás conmigo.

Prócoro se alarmó:

–           ¿Yo?…  Noble tribuno, yo solo me comprometí a indicarte el sitio donde ella está, más no en sacarla y entregártela. Piensa por un momento en lo que me sucederá si ese Bernabé y Mauro me atrapan. Además, si te pasa algo no quiero ser yo el responsable y quedarme sin recompensa después de haber trabajado tanto.

Marco Aurelio le entrega una bolsa llena de monedas de oro y le dice:

–         Tendrás otras dos iguales cuando Alexandra se encuentre conmigo en esta casa. Desde este momento, aquí te quedarás; aquí comerás y descansarás. Luego iremos juntos y me llevarás a donde ellos están.

El temor y la vacilación se pintaron en el rostro del griego… pero recordando el carácter del patricio, dijo:

–           ¿Quién puede oponerse a tu voluntad? Estoy dispuesto, señor…

Marco Aurelio que hasta ahora había vivido en un estado de tensión permanente, alentado por la esperanza de encontrar a Alexandra. Ahora que esa esperanza parece realizarse, se vio súbitamente invadido por la debilidad que se siente después de que se ha hecho un esfuerzo superior a la propia capacidad…

¡Está a punto de recuperar a Alexandra! Tan solo este pensamiento lo vuelve loco de felicidad. Recordó los consejos de Petronio y envió a dos esclavos en busca de Atlante.

Prócoro que conoce a todo mundo en Roma, se sintió muy tranquilizado cuando oyó el nombre del famoso atleta, cuyas fuerzas extraordinarias en la arena había podido admirar más de una vez y dejó de preocuparse por el peligro de la empresa. Estaba de muy buen humor cuando fue llamado a la mesa por el mayordomo y comió opíparamente.

Más tarde, cuando llegó Atlante, se dirigió al atrium y examinó con satisfacción a aquel gran gladiador, cuyo poderoso cuerpo parece llenar toda la estancia.

Atlante acaba de ponerse de acuerdo con Marco Aurelio y dice:

–         ¡Por Hércules! Ha sido muy oportuno tu llamado, señor; porque mañana debo partir a Benevento, a donde me reclama el noble Haloto a fin de que en presencia del César, luche con un tal Espícuro; que según parece es el mejor gladiador y el favorito de Nerón.

Marco Aurelio cuestionó:

–           ¡Por Marte!… ¿Estás seguro de que podrás ganarle?

El atleta respondió lleno de seguridad:

–           Acabaré pronto con él.

Prócoro intervino:

–          Y no dudo que lo hagas. Pero ahora prepárate y frótate todo el  cuerpo con aceite, porque acaso te encuentres con otro gladiador: el hombre que custodia a Alexandra, también tiene una fuerza excepcional.

Marco Aurelio confirmó:

–       Es verdad. Yo no lo he visto, pero arrebató a Alexandra de una veintena de hombres.

Atlante contestó con determinación:

–        Noble señor, me comprometo a traer a la doncella hasta tu casa, así tenga que  arrancarla de siete partos como el que me dices. Pero ten presente que mañana debo ir a Benevento.

Marco Aurelio sonrió complacido y dijo:

–           En un par de horas partiremos.

Después de esta declaración, Marco Aurelio se fue a la biblioteca a escribirle a Petronio.

Recuerda las palabras de Actea y su corazón palpitó con violencia. Está decidido a casarse con ella y hasta se siente capaz de volverse cristiano, si esa es la condición para tenerla. Si todo es cierto, ella le amará… y él está decidido a ser el esposo más cariñoso y amante.

Más tarde  los tres, guiados por Prócoro; llegaron a una casa situada en el barrio del Transtíber y se dispusieron a esperar…

Cuando la reunión terminó, muchos cristianos empezaron a salir. Luego, tres figuras aparecieron en el arco de la entrada y varias personas rodearon al anciano, mientras Bernabé y Alexandra se hicieron a un lado para esperarlo. Y se quedaron de pié, en la escalinata de la entrada, junto a una columna.

Marco Aurelio se quedó embelesado.

Alexandra está frente a la luz de una lámpara y la capucha ha caído de su cabeza despeinando sus cabellos. Tiene entreabiertos los labios y levanta su rostro hacia el apóstol, atenta totalmente a sus palabras, como si estuviese extasiada. Viste como una esclava y está envuelta en su manto oscuro de lana. Marco Aurelio nunca la había visto más hermosa…

Admiró la belleza y distinción de aquella elegante cabeza patricia, que sobresale entre sus vestidos humildes. Y el amor lo envolvió como una llama, mezclado con un prodigioso sentimiento de simpatía, atracción, admiración y ferviente anhelo. Siente correr por todo su ser, como una corriente eléctrica de felicidad, al contemplarla otra vez. De pie, junto al gigantesco parto, parece una niña… Y una ternura infinita invadió todo su ser. Quiere protegerla, amarla, poseerla. Notó también que se ve más delgada y frágil. Su cutis parece de alabastro. Una hermosa y blanca flor que irradia luz como si fuera una diosa.

            Todo esto sirvió para hacer más poderoso su deseo de poseer a aquella mujer, tan diferente de todas las que ha conocido antes. Está dispuesto a dar por Alexandra, todo cuanto posee.

Prócoro le advierte:

–           Ten cuidado, señor. Mira que son muchos.

El tribuno contestó:

–         No te preocupes. Esta vez no escapará.- Y Marco Aurelio señala a Alexandra y Bernabé, mientras dice a Atlante- Son ellos.

El atleta contestó:

–           Perfectamente. Me comprometo a entregarme a ti como esclavo, si no le rompo el espinazo a ese bisonte parto que la acompaña. Pero dejemos que lleguen a su casa. Allí me apoderaré de ella y la llevaré al sitio que me indiques.

A Marco Aurelio le agradó la respuesta y dijo:

–         ¡Por Hércules! Debemos hacerlo ahora. Mañana quizá no la encontremos, porque si nos descubren, se la llevarán a otra parte.

Atlante replicó:

–           No nos descubrirán. Hoy mismo la tendrás en tus brazos.

Prócoro gimió:

–           ¡Ese parto parece un hombre demasiado fuerte!

Atlante lo miró con despreció y le espetó:

–           Nadie te está pidiendo que sujetes sus manos.

Después de unos minutos, en el grupo al fin se despidieron y empezaron a caminar.

Prócoro exclamó:

–           Sí, señor. Tu doncella se encuentra bajo una poderosa protección. Ni más, ni menos que el gran apóstol Pedro. Ve como se arrodillan ante su paso.

Y Marco Aurelio vio con asombro una escena prodigiosa: había dos centuriones que se arrodillaron cuando Pedro pasó frente a ellos y se detuvo. Les puso la mano sobre la cabeza, que ellos habían descubierto y los bendijo. Hasta ese momento jamás se le había ocurrido que en el ejército hubiera cristianos…

Pero al parecer aquella doctrina ya se había infiltrado por todo el imperio. Y esto le hizo pensar que si ella hubiera querido huir de la ciudad, no le hubieran faltado guardianes que facilitaran su fuga. Y dio gracias a los dioses porque eso no sucedió.

Pero el abismo que esa maravillosa religión está abriendo entre él y Alexandra, se hace cada vez más grande…

Recordó todo lo sucedido y se dio cuenta de que en realidad no la conoce. Está seguro de que la ama y se siente deslumbrado por su hermosura incomparable. Pero ahora comprende que la religión que ella profesa, es lo que la hace tan diferente de las demás mujeres. Su grandiosa belleza interior es lo que la hizo rechazar lo que para las demás son incentivos: la opulencia, la pompa, el bienestar. Para ella no significan nada, porque ella posee algo distinto. Es como si ella perteneciera a otro mundo. Y una molesta inseguridad comenzó a atormentarlo… ¡¿Cómo la conquistará, si lo que él puede ofrecerle parece no significar nada para ella?!

De este caos mental lo sacó Prócoro, que comenzó a lamentarse de su suerte. Marco Aurelio le oyó y sacó la bolsa de oro. Se la arrojó diciéndole:

–           Ya la tienes. ¡Cállate!

Después de haber pasado por un erial, el grupo de cristianos empezó a diseminarse en distintas direcciones, quedando solamente Bernabé, Alexandra y otro hombre anciano. Esto hizo necesario seguirlos desde una mayor distancia y con más precaución, para no ser descubiertos. Prócoro hábilmente, se fue quedando paulatinamente atrás.

Llegaron a una calle estrecha y los vieron entrar a una ínsula.

Ellos se mantuvieron a una prudente distancia. Luego, Marco Aurelio mandó a Prócoro a que viese si esa casa tenía salida a la calle posterior. Éste fue a ver y cuando regresó, dijo:

–           No, señor. Solo hay una entrada.

Atlante comenzó a prepararse para el combate. En su rostro no hay la menor señal de temor y dice:

–           Yo iré adelante.

Marco Aurelio ordenó:

–           Tú me seguirás. –con una voz que no admite réplica.

Y en un instante los dos desaparecieron por la puerta de la entrada.

Prócoro corrió hasta la esquina y empezó a atisbar lo que va a suceder.

Es un edificio espacioso y con varios pisos. Un condominio como muchísimos que hay en Roma y que son verdaderas colmenas; edificados con el propósito de percibir la mayor renta posible. En ellas vive la gente más pobre y no hay portero.

Marco Aurelio y Atlante llegaron a un corredor que los condujo a una especie de atrium común para toda la casa, con una fuente en el centro. Desde las murallas arrancan hacia el interior  unas escaleras de piedra y de madera, que conducen a unas galerías en los cuales están los cuartos que conforman la vivienda. Es temprano y no hay nadie en el patio.

Atlante pregunta deteniéndose:

–           ¿Qué hacemos, señor?

Marco Aurelio contesta:

–           Esperaremos aquí. No permitiremos que nadie sospeche de nosotros.

En ese momento en el más lejano extremo del patio, aparece un hombre que trae en la mano un cedazo y se aproxima a la fuente.

–           ¡Es Bernabé! –dice Marco en voz baja a Atlante.

–           ¿Quieres que le rompa los huesos?

–           Espera… primero veamos a donde va.

Bernabé no se fijó en aquellos hombres que estaban parados en la penumbra de la entrada y empezó a lavar las legumbres en la fuente. Cuando terminó con su tarea y regresa por donde salió; Atlante y Marco Aurelio le siguen hasta otro corredor que lleva a un pequeño jardín en el cual hay unos cipreses, mirtos y rosales. En el fondo hay una pequeña casa edificada contra la pared del edificio contiguo.

Marco Aurelio valoró la situación y dijo decidido:

–           ¡Vamos por ella!

Bernabé iba a entrar en aquella casita, cuando el ruido de pasos llamó su atención y dejando el cedazo en la balaustrada de cantera, se voltea, ve a dos hombres y les pregunta:

–           ¿Qué buscan aquí?

Marco Aurelio le dice imperioso:

–          ¡Qué te importa! –Y en voz baja ordena a Atlante- ¡Mátalo!

Atlante se abalanza hacia Bernabé y antes de que éste tenga tiempo de reaccionar, el gladiador ya le ha cogido en sus brazos de acero.

Marco Aurelio tiene demasiada confianza en las extraordinarias fuerzas del atleta, para detenerse a presenciar el final de la lucha. Y dejando atrás a los combatientes, entra en la casita.

Alexandra está inclinada, añadiendo leños al fogón, junto al cual se encuentra sentado un anciano. Marco Aurelio entró tan repentina y bruscamente en la estancia, que cuando el la toma por la cintura levantándola en vilo para salir por la puerta, ella no lo reconoce.

El anciano trata de interceptarle el paso. Pero Marco Aurelio con un brazo estrecha a la joven contra su pecho y con el otro brazo, lo hace a un lado. Con el movimiento se le cae la caperuza y a la vista del rostro de Marco Aurelio que tiene una expresión tan terrible…

Alexandra se queda tan impactada, que está a punto de desmayarse.

Pero en el patio, las cosas estaban peores…

Cuando Marco Aurelio llegó hasta al jardín con su presa, también él se quedó congelado…

Bernabé tiene entre sus brazos un cuerpo completamente doblado hacia atrás, con la cabeza colgando y con la boca llena de sangre. Al ver el grupo que forman: Marco Aurelio, Alexandra y Nicomedes; Bernabé dio un nuevo puñetazo a Atlante en la cabeza, lo lanzó furioso hacia un lado y de un salto tomó a Marco Aurelio por el cuello, pues éste había soltado a Alexandra y lo miraba paralizado por el asombro.

Marco Aurelio, al sentirse levantado en el aire como si fuera un muñeco, piensa que ha llegado para él la hora de morir. Y entonces como en un sueño, oye lejana la voz de Alexandra que dice como un gemido:

–           ¡No matarás!…

Entonces sintió como si lo hubiese herido un rayo y cayendo en un negro pozo, todo desapareció…

Prócoro estaba escondido detrás del ángulo de la esquina, lleno de miedo y de curiosidad sobre el curso de los acontecimientos. Atisba impaciente porque el silencio que hay no presagia nada bueno y le parece que es más peligroso que nada…  Cada vez se siente más intranquilo. En eso, parece que alguien se asoma a la puerta y él se pegó más a la pared, conteniendo el aliento…

No se equivoca, pues efectivamente alguien se asomó, miró alrededor y se volvió a meter.

Y de súbito se le erizaron los cabellos. Con su mano se cubrió la boca para ahogar una exclamación:

–           ¿Qué…? ¡Por todos los dioses!

En la puerta de la casa apareció Bernabé llevando a cuestas el cuerpo de Atlante y luego empezó a correr con su carga, en dirección al río Tíber.

–           ¡Estoy perdido si me ve! –pensó Prócoro.

Pero Bernabé siguió de largo y desapareció. El griego no podía creer lo que había visto. El miedo se apoderó de él y huyó…

Después de correr un largo tramo, cuando se sintió a salvo, se dijo a sí mismo:

–           Debo conservar la calma… Necesito pensar bien… ¿Cómo debo proceder en este caso? Ha ocurrido algo terrible. Si Atlante está muerto, lo más seguro es que Marco Aurelio también… ¡Por Cástor! Pero él es un patricio amigo del César, pariente de Petronio, hombre famoso y poderoso en Roma. Es un tribuno militar. Su muerte no puede quedar sin castigo ¿Y si voy con el Pretor y con los guardias? ¡Mísero de mí! ¡Yo soy quién lo llevó a la muerte! Dirán que yo fui su causante… No puedo huir porque eso me haría más sospechoso…

El asunto por todos lados está muy mal…

Petronio es un hombre con tanta influencia, que puede impartir órdenes a la policía de todo el imperio y sacaría a los culpables de la muerte de su sobrino, de los confines de la tierra. Pero si él demuestra su inocencia con Petronio ya que él estará enterado de toda su participación, a los únicos que culparían serían a los cristianos…  Y eso les acarrearía una persecución general.

Decidió ir a buscar a Petronio y contarle lo ocurrido. Pero para ir, primero tendría que comprobar que le había pasado a  Marco Aurelio… Y como un rayo le llegó el pensamiento de que tal vez no se habrían atrevido a matarlo. Él es un hombre poderoso, amigo del César y alto funcionario del ejército imperial. Por las consecuencias terribles que tal crimen les acarrearía, tal vez solo lo habrán retenido. Y esta idea lo llenó de esperanza… Luego reflexionó:  ‘Si ese dragón parto no lo ha hecho pedazos en la primera embestida, él está vivo y él mismo será testigo de que yo no le he traicionado y entonces puedo contar con otra recompensa si le ayudo una vez más por rescatarlo.’

Y acarició las dos bolsas de oro que Marco Aurelio le dio.  Emprendió el camino a su casa para pensar en el modo de averiguar lo que le había ocurrido al tribuno, antes de ir con Petronio…

Cuando llegó al barrio del Suburra, se compró una botella de vino y se fue a casa a comer opíparamente para recuperar fuerzas. Bebió con abundancia, descansó, se dio un baño muy relajante y se durmió.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA