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84 EL BIEN, POR EL BIEN


84 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Al día siguiente, sigue lloviendo a cántaros y la era se ha convertido en una pequeña laguna, por la que flotan hojas secas; que arrastró el viento que silba y sacude puertas y ventanas.

El día es tan tempestuoso que no hay ningún peregrino.

En la cocina, para impedir que entre la lluvia, se deben tener cerradas, puertas y ventanas. Y por lo mismo está oscura y llena de humo.

Pedro sentencia:

–   Tenía razón Salomón.

Tres cosas arrojan fuera al hombre. La mujer pendenciera y ésa la dejé en Cafarnaúm; para que se peleara con los otros yernos.

La chimenea que echa humo y el techo que gotea. Y éstas dos cosas, las tenemos… Pero mañana me las arreglaré con esta chimenea.

Voy al techo… Y ustedes tres, (Santiago, Juan y Andrés) vengan conmigo y traigan piedras planas. Haremos un techo a la chimenea.

Tomás pregunta:

–    ¿Y dónde encontrarás las piedras planas?

–     En el cobertizo.

Si gotea allá, no se acaba el mundo. Pero aquí… ¿Te molesta que tus platillos no se decoren con más hollín?

–     ¡Bonito estaría!

¡Ojala se pueda hacer! ¡Mira cómo estoy tiznado! Me cae en la cabeza cuando estoy cerca del fuego.

Juan dice riéndose:

–    ¡Pareces un monstruo egipcio!

Efectivamente, Tomás tiene la cara pintada con extrañas figuras. Y siempre alegre. El mismo es el primero en reírse de ello.

Jesús también se ríe; porque al estar hablando, una nueva gota le cayó en la nariz y le ha puesto la punta negra.

Desde hace algún tiempo, Pedro ha cambiado mucho con Judas, se ha vuelto más amable…

Y éste le pregunta:

–   Tú que eres experto en el tiempo, ¿Qué piensas?…

Pedro contesta:

–   Ahora mismo te lo voy a decir. Voy a hacerla de astrólogo.

Pedro contesta al mismo tiempo que va hacia la puerta, sacando un poco el cuerpo y una mano.

sentencia:

–   Viento bajo y del sur. Caliente y neblina… ¡Hummm! Poco hay que…

Pedro calla. Despacio, vuelve a entrar. Casi cierra la puerta y atisba…

Varios le preguntan:

–   ¿Qué pasa?

–   ¿Qué es lo que hay?…

–   ¿Por qué cierras la puerta?

Pedro hace señas de que guarden silencio. Mira atentamente…

Luego dice en voz baja:

–   Es aquella mujer.

Ha bebido agua del pozo. Y recoge un poco de leña del patio. Está toda mojada. ¡No encenderá!…

Se va… Voy a seguirla. Quiero ver… -y sale cauteloso.

Tomás pregunta:

–   Pero, ¿Dónde puede quedarse para estar siempre cerca?

Mateo confirma:

–   Y… ¡Para estar aquí, con este tiempo!

Bartolomé aclara:

–   Ciertamente va al poblado. Porque anteayer estaba allí comprando pan.

Santiago de Alfeo, observa:

–  Tiene una constancia inaudita, en andar siempre velada.

Tomás concluye:

–  O un gran motivo.

Juan dice:

–  ¿Pero será precisamente esa de la que hablaba ayer, aquel judío?… son siempre tan falsos…

Jesús sigue en silencio, como si fuera sordo.

Todos lo miran con la certeza de que Él sabe; pero Él está trabajando un trozo de madera blanda con un cuchillo afilado.

Poco a poco, el trozo de madera se va transformando en un cómodo tenedor grande, para extraer las verduras del agua hirviendo.

Una vez que ha terminado ofrece el fruto de su trabajo a Tomás, que está plenamente dedicado a la cocina.

Tomás lo recibe y  le dice:

–    Eres muy bueno, Maestro.

Pero, ¿No nos dices quién es?

Jesús contesta con dulzura:

–   Un alma.

Solamente un alma. Para mí sois todos “almas”. Nada más. Hombres, mujeres, ancianos, niños: almas, almas, almas: almas cándidas, los párvulos;

almas azules, los niños; almas rosadas, los jóvenes; almas de oro, los justos; almas empecinadas, los pecadores. Pero, sólo almas, sólo almas.

Y Yo sonrío a las almas cándidas, porque me parece como si sonriera a los ángeles; descanso entre las flores rosadas y azules de los adolescentes buenos; me alegro de las almas tan valiosas de los justos.

Y me canso, sufriendo, para dar valor y esplendor a las almas de los pecadores. ¿Los rostros?… ¿Los cuerpos?… Nada. 

Para Mí, todos vosotros y lo que vienen, son almas. Las caras y los cuerpos, nada significan. Yo os reconozco por vuestras almas.

Tomás pregunta:

–     Y ella, ¿Qué alma es? 

–     Un alma menos curiosa que la de mis amigos, porque no indaga, no pregunta; va y viene, sin hablar y sin mirar.

–    Pero, ¿Qué alma tiene ella?…

–   Un alma menos curiosa que la de mis amigos.

Porque va y viene silenciosa y sin mirar.

Judas de Keriot pregunta:

–    Yo creía que era una mujer mala o leprosa.

Pero he cambiado de parecer, porque… Maestro, ¿Si te digo una cosa, no me regañas?

Y se acerca a Jesús y se apoya sobre sus rodillas. Humilde y bueno.

Mucho más hermoso; que cuando se porta pomposo y soberbio.

Jesús lo mira y responde:

–    No te regañaré. Habla…

–    Sé en dónde vive.

La seguí una tarde. Fingiendo que iba a sacar agua; porque me he dado cuenta que viene siempre al pozo, cuando ya está oscuro.

Una mañana encontré tirada una horquilla de plata; exactamente junto al brocal del pozo. Y comprendí que ella la había perdido.

Ella está en una chocita de leña, que hay en el bosque. ¡Está en ruinas!

La techó con ramas. No comprendo cómo puede soportar estar así. Apenas si cabría en ella, un perro grande o un asno pequeño.

La luna brillaba y no pude ver bien.

Está medio sepultada en las zarzas. Pero adentro… está vacía. Y no hay puertas. Por eso cambié de idea y me di cuenta, que no es una mala mujer. Ni es de mala vida…

–    No debiste hacerlo. Pero sé sincero. ¿No hiciste algo más?…

–    No, Maestro.

Hubiera querido verla. Porque desde Jericó la vi y me parece conocer su paso suave; con el que va veloz a donde quiere. Es flexible… y bella.

Se adivina a pesar de todos esos vestidos. Pero me atreví a espiarla cuando estaba acostada en la tierra. Esta vez no tenía el velo puesto; pero la respeté…

Jesús lo mira fijamente:

–   Y has sufrido.

Pero dijiste la verdad. Yo te digo que estoy contento contigo. Otra vez, te costará menos ser bueno. Todo consiste en dar el primer paso…

¡Muy bien, Judas! – y lo acaricia.

Pedro regresa:

–   ¡Pero, Maestro! ¡Esa mujer está loca!

¿Sabes dónde está? Cerca de la ribera del río; en una casita de madera bajo un matorral.

Tal vez algún tiempo sirvió a un pescador o guardabosques. ¿Quién sabe?

¡Jamás me hubiera imaginado que en aquel lugar  húmedo; metido en un foso; bajo una enramada de zarzas; se encontraba aquella pobre mujer y le dije:

–   ¡Habla y sé sincera! ¿Eres leprosa?…

Me respondió con voz apagada:

–   ¡No!

–   ¡Júralo!

–   Lo juro.

–   Mira que si lo eres y no dices.

Y vienes cerca de la casa… y llego a saber que eres inmunda; te hago lapidar. Pero si eres perseguida; ladrona o asesina. Y estás aquí por temor a nosotros…

¡No tengas miedo de nada! Sal de ahí. ¿No ves que estás en el agua? ¡Tienes hambre? ¡Estás temblando!

Soy viejo, ¿Lo ves? No te hago la corte. Viejo y honesto. Por esto, ¡Escúchame!… Así le dije. Pero no ha querido venir. La encontraremos muerta; porque está en el agua.

Jesús piensa. Mira las caras que lo contemplan.

Luego pregunta:

–   ¿Qué pensáis que se pueda hacer?

Simón contesta:

–    Maestro, Tú decide.

–    No. Quiero que vosotros juzguéis.

Se trata de algo en que vuestra honra, también está mezclada…. Y no debo violentar vuestro derecho de conservarla…

Simón dice:

–   En Nombre de la Misericordia digo; que no se le puede dejar ahí…

Bartolomé, dice:

–   Diría que hoy la llevemos al galerón.

¡Allí, van también los peregrinos!… ¡Y ella puede ir!…

Andrés dice:

–  ¡Caramba!

¡Es una criatura como todas las demás! Nuestro deber es ayudarla…

Mateo observa:

–    ¡Hoy no viene nadie!… Y por lo tanto…

Tadeo sugiere:

–    Propongo darle hospedaje por hoy.

Y mañana decirle al administrador. ¡Es un buen hombre!

Pedro exclama:

–   Tienes razón.

¡Bravo! ¡Y tiene tantas cuadras vacías!… ¡Una cuadra será un palacio, con respecto a ese barquichuelo que está haciendo agua!

Tomás dice con ansia:

–   ¡Ve a decírselo entonces!

Jesús observa:

–  Los jóvenes todavía no han hablado…

Los dos Santiagos  junto con Juan, dicen casi simultáneamente:

–  ¡Yo no tengo inconveniente!

–  Ayudémosla.

Dios sabe lo que hay en nuestro corazón.

–   ¡Para mí está bien lo que Tú hagas!…

Felipe observa:

–    La única desgracia sería que viniese un fariseo…

Entonces Judas de Keriot exclama:

–   ¡Oh! Aunque caminásemos sobre las nubes, ¿Crees que no nos acusarían?

No acusan a Dios porque está lejos. Pero si pudiesen tenerlo cerca, como lo tuvieron Abraham, Jacob y Moisés; le harían reproches. ¿Quién para ellos no tiene culpa?…

Jesús dice:

–  Si es así.

Id a decirle que venga a cobijarse bajo el galerón. Pedro, ve con Simón y Bartolomé. Sois viejos y haréis menos fuerza a la mujer.

Decidle que le daremos comida caliente y un vestido seco. El que dejó Isaac. ¿Veis que todo sirve? También un vestido que una mujer dio a un hombre…

Los jóvenes ríen al recordar la historia bufa de ese vestido en particular…

Los tres mayores se van y poco después regresan…

Bartolomé explica:

–   Nos costó trabajo convencerla; pero terminó por venir.

Pedro añade:

–  Le hemos jurado que no la perturbaremos de ningún modo.

Ahora le llevo paja y el vestido. Tomás, dame las verduras y un pan. No tiene ni siquiera para comer hoy.

Por otra parte, ¿Quién puede salir con este diluvio?

Y el buen Pedro sale con sus tesoros…

Jesús dice imperioso:

–   Y ahora, a todos doy una orden: por ningún motivo se va al galerón.

Mañana tomaremos las decisiones oportunas.

Acostumbramos a hacer el bien por el bien, sin curiosidades o deseos de recibir del bien realizado un motivo de diversión o cualquier otra cosa.

¿Lo veis? Os quejabais de que hoy no se haría nada útil. Hemos amado al prójimo. ¿Podíamos hacer algo mayor que esto?

Si – y así es – ésta mujer es una infeliz, ¿No podrá, acaso, nuestra ayuda proporcionarle un alivio, un calor, una protección mucho más profunda que el poco alimento, el mísero vestido, el techo sólido, que le hemos dado?

Si es una culpable, una pecadora, una criatura que busca a Dios, ¿Nuestro amor no será, acaso, la más hermosa lección, la más poderosa palabra, el más claro indicador del camino de Dios?

Mañana proveeremos.

Pedro entra y se pone a escuchar a su Maestro.

Jesús continúa:

–      Mirad, amigos. Muchos maestros tiene Israel, que no hacen más que hablar y hablar…

Bueno, pues las almas no cambian. ¿Por qué? Porque las almas no sólo oyen las palabras de sus maestros, sino que también ven sus acciones.

Pues bien, éstas destruyen a aquéllas. Y las almas se quedan en la posición en que estaban, si es que no retroceden incluso.

Mas cuando un maestro hace lo que dice y se comporta santamente en todas sus acciones, aunque sólo lleve a cabo acciones materiales, como dar un pan, un vestido, un lugar de alojamiento a la carne doliente del prójimo.

Obtiene el que las almas vayan adelante y lleguen a Dios, porque son sus mismas acciones las que dicen a los hermanos: “Dios existe; aquí está Dios”. ¡Oh…, el amor!

En verdad os digo que quien ama se salva a sí mismo y salva a los demás.

Pedro dice:

–   Es verdad, Maestro.

La mujer me dijo: ‘Sea Bendito el Salvador y Quién lo ha enviado. Y también todos vosotros que estáis con Él.’

¡Y me quería besar los pies a mí; hombre miserable! Y lloraba por debajo de su denso velo.

Pero ahora esperemos que no llegue ninguna de las celebridades de Jerusalén, porque a nosotros; ¿Quién nos salva?

Jesús dice:

–   Nuestra conciencia nos libra del juicio de nuestro Padre. Eso es suficiente.

Y ofrece y bendice los alimentos.

Todos se sientan a comer…

77 EL SEGUNDO MANDAMIENTO


77 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús no está. Hay un gran desconcierto entre los discípulos. Su agitación es tanta, que parecen un enjambre provocado.

Hablan, miran fuera nerviosamente, hacia todas partes… 

Finalmente toman una decisión respecto a lo que los tiene agitados.

Pedro ordena a Juan:

–    Vete a buscar al Maestro. Está en el bosque junto al río. Dile que venga pronto para que diga lo que debemos hacer.

Juan va a la carrera.

Judas de Keriot, dice:

–    No entiendo por qué tanta confusión y tanta descortesía.

Yo habría ido y lo habría recibido con todos los honores. Es un honor suyo y también para nosotros. Así pues…

Pedro advierte.

–   Yo no sé nada.

Él será diferente a su pariente… pero a quién está con hienas se le pega el olor y el instinto.

Por lo demás, tú querrías que se fuese aquella mujer… ¡Pero ten cuidado! El Maestro no quiere y yo la tengo bajo mi protección.

Si la tocas… ¡Yo no soy el Maestro! Te lo digo para tu conducta futura.

Judas dice con ironía:

–   ¡Hummm! ¿Quién es pues? ¿Tal vez la bella Herodías?

–    ¡No te hagas el gracioso!

–    Si me hago el gracioso es por tí.

Has creado en torno a ella una guardia real, como si se tratara de una reina…

–    El Maestro me dijo: ‘Procura que no se le perturbe y respétala’ Y eso es lo que hago.

Tomás pregunta:

–   ¿Pero quién es? ¿Lo sabes?

Pedro dice:

–    Yo no.

Varios insisten:

–    ¡Ea! ¡Dilo! ¡Tú lo sabes!

–   Os juro que no sé nada. El Maestro lo sabe. Pero yo no.

–   Hay que preguntárselo a Juan. A él le dice todo.

Judas pregunta:

–  ¿Por qué? ¿Qué cosa especial tiene Juan? ¿Es acaso un dios tu hermano?

Santiago de Zebedeo responde:

–   No, Judas. Es el más bueno de nosotros.

Santiago de Alfeo dice:

–   Por mí ni me preocupo.

Ayer mi hermano la vio cuando salía del río con el pescado que le había dado Andrés y se lo preguntó a Jesús.

Él respondió: ‘Tadeo. No tiene cara. Es un espíritu que busca a Dios. Para Mí no se trata de otra cosa y así quiero que sea para todos.’

Y lo dijo en tal forma: ‘Quiero’ que os aconsejo de no insistir.

Judas de Keriot dice:

–   Yo voy a donde está ella.

Pedro se enciende como un gallo de pelea y replica:

–    ¡Haz la prueba! Si eres capaz…

–   ¿La harás de espía para acusarme con Jesús?

–    Dejo ese encargo a los del Templo.

Nosotros los del lago ganamos el pan con el trabajo y no con la delación. No tengas miedo de que Simón de Jonás la haga de espía.

Pero no me provoques y no te atrevas a desobedecer al Maestro, porque yo soy…

–    ¿Y quién eres tú? ¡Un pobre hombre como yo!

–     Sí, señor. al revés.

Más pobre, más ignorante, más vulgar que tú. Y no me avergüenzo. Me avergonzaría si fuese igual a ti en el corazón.

El Maestro me confió este encargo y yo lo hago.

–    ¿Igual a mí en el corazón? Y…

¿Qué cosa hay en mi corazón que te causa asco? ¡Habla! ¡Acusa! ¡Ofende!…

Bartolomé interviene:

–    ¡Judas! ¡Cállate! Respeta las canas de Pedro.

–    Respeto a todos. Pero quiero saber qué cosa hay en mí…

Pedro estalla:

–    Al punto eres servido.

Déjame hablar… hay tanta soberbia que con ella se puede llenar esta cocina. Hay falsedad y hay lujuria.

Judas casi se ahoga:

–   ¿Yo falso?…

Todos se interponen y Judas debe callar.

Simón, con calma dice a Pedro:

–    Perdona amigo, si te digo una cosa.

Él tiene defectos, pero tú también los tienes. Y uno de ellos es el de no compadecer a los jóvenes. ¿Por qué no tomas en cuenta la edad? ¿El nacimiento y… tantas otras cosas?

Mira. Tú obras por amor a Jesús. Pero, ¿No has notado que estas disputas le causan hastío? A él no le digo nada. –señala a Judas- pero a ti, sí.

Porque eres un hombre maduro y muy sincero, te hago esta súplica:

¡Él tiene tantas penas por sus enemigos y dárselas también nosotros! Hay tantas guerras a su alrededor. ¿Por qué provocar otra en su nido?

Tadeo confirma:

–   Es verdad. Jesús está triste y ha adelgazado.

En las noches oigo que da vueltas en su cama y suspira. Hace algunos días, me levanté y ví que lloraba, orando.

Le pregunté: ‘¿Qué te pasa?’ Él me abrazó y me dijo: ‘Quiéreme mucho. ¡Qué fatigoso es ser ‘Redentor’!

Felipe agrega:

–    También yo me di cuenta de que había llorado en el bosque junto al río.

Y a mi mirada interrogante respondió: ‘¿Sabes qué diferencia hay entre el Cielo y la Tierra, además de no ver a Dios?

Es la falta de amor entre los hombres. Me estrangula como una soga.

He venido a darles granos a los pajaritos, para que me amen los seres que se aman.’

amor animal

Escuchar todo esto, resquebraja por un momento el gran egoísmo de Judas.

Siente una oleada de amor por su Maestro y el conocer su sufrimiento, se le clava como un puñal en su corazón.

Y se deja caer, llorando como un niño.

Y en ese preciso momento, entra Jesús con Juan:

–  Pero, ¿Qué sucede? ¿Por qué ese llanto?

Pedro responde:

–  Por mi culpa, Maestro. Cometí un error. Regañé a Judas muy duramente.

Judas replica entre sollozos:

–  No… yo… yo… el culpable soy yo.

Yo soy el que te causa dolor. No soy bueno… Perturbo… Pero, ¡Ayúdame a ser bueno! Porque tengo algo aquí en el corazón…

Algo que no comprendo… que me obliga a hacer cosas que no quiero hacer. Es más fuerte que yo.

Judas con Posesión diabólica perfecta por la MALDAD

Y te causo dolor a Ti, Maestro; al que debería dar gozo. Créelo; no es falsedad.

Jesús dice:

–    Sí, Judas. No lo dudo.

Viniste a Mí, con sinceridad de corazón; con verdadero entusiasmo. Pero eres joven…

Nadie. Ni siquiera tú mismo te conoces como Yo te conozco. ¡Ea! ¡Levántate y ven aquí!

Luego hablaremos los dos solos. Mientras tanto, hablemos de aquello por lo que me mandasteis llamar.

¿Qué hay de malo en que venga Mannaém?

¿No puede un hermano de leche de Herodes, tener sed del Dios Verdadero?

¿Tenéis miedo por Mí? Tened fe en mi palabra. Este hombre ha venido con fines honestos.

Pedro:

–   ¿Entonces por qué no se dio a conocer?

Jesús:

–   Precisamente porque viene como un ‘alma’; no como hermano de Herodes.

Se ha envuelto en el silencio, porque piensa que ante la Palabra de Dios, no existe el parentesco con un rey. Respetaremos su silencio.

Andrés:

–    Pero si por el contrario… ¿Él lo envió?

–   ¿Quién?…  ¿Herodes?… No. No tengáis miedo.

Tadeo:

–   ¿Quién lo manda entonces?

Santiago:

–   ¿Cómo se ha informado de Ti?

–   Es discípulo de mi primo Juan.

Id y sed con él corteses; como con los demás. Id. Yo me quedo con Judas.

Los discípulos se van.

Jesús mira a Judas, que está todavía lloroso y le pregunta:

–      ¿Y? ¿No tienes nada que decirme?

Yo sé todo lo tuyo. Pero quiero saberlo por ti. ¿Por qué ese llanto? Y sobre todo, ¿Por qué ese desequilibrio, que te tiene siempre tan descontento?

Judas con posesión demoníaca perfecta por la SOBERBIA

–     ¡Oh, sí Maestro! Lo dijiste.

Soy celoso por naturaleza. Tú sabes que así es… Y sufro al ver que… Al ver tantas cosas.

Esto me saca de quicio, porque soy injusto. Y me hago malo, aun cuando no quisiera. No…

–     ¡Pero no llores de nuevo!

¿De qué estas celoso? Acostúmbrate a hablar con tu verdadera alma. Hablas mucho. Hasta demasiado…

Pero, ¿Con quién? Con el instinto y con tu mente. Tomas un fatigoso y continuo trabajo, para decir lo que quieres decir: hablo por ti. De tu ‘yo’.

Porque cuando tienes que hablar de otros y a otros, no te pones cortapisas, ni límites. Y lo mismo haces con tu carne.

Ella es un caballo bronco. Pareces un jinete a quien el jefe de las carreras, le hubiese dado dos caballos locos para hacer el paso de la muerte…

Uno es el sentido. Y el otro… ¿Quieres saber cuál es el otro? ¿Sí?…

Judas asiente con la cabeza.

Jesús continúa:

–           Es el error que no quieres domar.

Tú…  Jinete capaz pero imprudente. Te fías de tu capacidad y crees que basta.

Quieres llegar primero… no pierdes tiempo ni siquiera para cambiar de caballo.

Antes bien, los espoleas y pinchas. Quieres ser el ‘vencedor’… quieres aplauso.

¿Acaso no sabes que la victoria es segura cuando se conquista con constante, paciente y prudente trabajo?…

Habla con tu alma. De allí es de donde quiero que salga tu confesión. O, ¿Debo decirte lo que hay dentro?

Cuando se tiene una posesión demoníaca perfecta, Satanás es el Huésped dentro de nuestro corazón y la tragedia más grande de Jesús, es que Él ve con Quién está dialogando y lo tiene que mantener dentro de su círculo íntimo a pesar de ser su más grande Adversario…

Una sombra cruza por la mirada de Judas antes de responder:

–     Veo que también Tú no eres justo. Y no eres firme y esto me hace sufrir.

–    ¿Por qué me acusas? ¿En qué he faltado a tus ojos?

–     Cuando quise llevarte con mis amigos, no te gustó.

Y dijiste: ‘Prefiero estar entre los humildes.’ Luego Simón y Lázaro te dijeron que era bueno que te pusieras bajo la protección de un poderoso y aceptaste.

Tú das preferencia a Pedro, a Simón, a Juan. Tú…

–    ¿Qué otra cosa?

–    Nada más, Jesús.

–    Nubecillas… pompas de espuma.

Me das compasión porque eres un desgraciado  que te torturas, pudiendo alegrarte.

¿Puedes decir que este lugar es de lujo? ¿Puedes decir que no hubo una razón poderosa que me obligó a aceptarlo?…

¿Si Sión no me hubiera arrojado, estaría refugiado en un lugar de asilo?

–    No.

–   ¿Entonces cómo puedes decir que no te trato como a los demás?

¿Puedes decir que he sido duro contigo cuando has faltado? Tú no fuiste sincero… las vides… ¿Qué nombre tenían esas vides?…

No fuiste complaciente con quién sufría y se redimía. Ni siquiera fuiste respetuoso conmigo. Y los otros lo vieron.

Y con todo; una sola voz se levanta incansable en tu defensa: la mía. Los demás tendrían el derecho de estar celosos.

Porque si ha Habido uno que fuera preferido y protegido, eres tú.

Judas, avergonzado y conmovido, llora.

–    Me voy.

Es la hora en que soy de todos. Tú quédate y reflexiona…

–    Perdóname, Maestro.

No podré tener paz, si no tengo tu perdón. No estés triste por mi causa. Soy un muchacho malvado… Amo y atormento…

Así sucedía con mi madre. Así es ahora contigo. Y así será con mi esposa, si algún día me caso… creo que sería mejor que me muriese.

–    Sería mejor que te enmendases.

Estás perdonado. ¡Hasta luego!

Jesús sale.

Afuera está Pedro, que le dice:

–     Ven, Maestro. Ya es tarde.

Hay mucha gente. Dentro de poco se pondrá el sol. Y no has comido. Ese muchacho es causa de todo.

–    ‘Ese muchacho’ Tiene necesidad de todos vosotros para no ser el causante de estas cosas.

Procura recordarlo, Pedro. Si fuese tu hijo, ¿Lo compadecerías?

–    ¡Uhmmm! Sí y no.

Lo compadecería. Pero le enseñaría también algunas cosas. Aunque fuese adulto le enseñaría como a un jovencillo mal educado.

Bueno… si fuese mi hijo, no sería así…

–    ¡Basta!

–    Sí, ¡Basta, Señor mío!

Mira, allí está Mannaém. Es el que tiene el manto rojo muy oscuro, que parece casi negro.

Me dio esto para los pobres. Y me preguntó que si podía quedarse a dormir.

–   ¿Qué respondiste?

–   La verdad. ‘No hay más que para nosotros…’

Jesús no dice nada. Deja a Pedro y va a dónde está Juan y le dice algo en voz baja.

Luego, ya en su puesto, comienza a hablar:

–    La paz esté con todos vosotros, y con ella descienda sobre vosotros luz y santidad.

Está escrito: “No profieras en vano mi Nombre”.

¿Cuándo se le toma en vano? ¿Sólo cuando se le blasfema? No. También cuando uno lo profiere sin ser digno de Dios.

¿Puede un hijo decir: `Amo y honro a mi padre”, si luego, a todo lo que el padre desea de él opone una acción contraria?

No es diciendo: “padre, padre” como se le ama. No es diciendo: “Dios, Dios”, como se ama al Señor.

‘En Israel, que – como he explicado anteayer – tiene tantos ídolos en el secreto de los corazones, existe también un hipócrita alabar a Dios, un alabar que no queda corroborado por las obras de quienes lo hacen.

Hay en Israel también una tendencia: la de descubrir muchos pecados en las cosas externas y no querer encontrarlos donde realmente existen, en las cosas internas.

Tiene también Israel una necia soberbia, un antihumano y antiespiritual hábito: el de estimar blasfemia el Nombre de nuestro Dios pronunciado por labios paganos,

llegando a prohibirles a los gentiles el acercarse al Dios verdadero porque se considera sacrilegio. Así ha sido hasta ahora; cese ya.

El Dios de Israel es el mismo Dios que ha creado a todos los hombres. ¿Por qué impedir que los seres creados sientan la atracción de su Creador?

¿Creéis que los paganos no sienten algo en el fondo dei corazón, una insatisfacción que grita, que se agita, que busca?; ¿A quién?, ¿A qué?:  al Dios desconocido.

¿Y pensáis que si un pagano orienta su propio ser hacia el altar del Dios desconocido, hacia ese altar incorpóreo que es el alma en que siempre hay un recuerdo de su Creador, el alma que espera ser poseída por la gloria de Dios,

como lo fue el Tabernáculo erigido por Moisés según la orden recibida y que llora hasta no quedar poseída, pensáis que Dios rechaza su ofrecimiento como si de una profanación se tratase?

EL SEGUNDO MANDAMIENTO DE LA LEY DE DIOS

¿Y creéis que es pecado ese acto, suscitado por un honesto deseo del alma que, despertada por celestes llamadas, dice “voy” al Dios que le está diciendo “ven”?

¿Mientras que por el contrario sería santidad el corrompido culto de un Israel que ofrece al Templo lo que tras haber gozado le sobra,

y entra a la presencia de Dios y lo nombra, al Purísimo,  con alma y cuerpo que no son sino toda una gusanera de culpas?

No. En verdad os digo que es en ese israelita, que con alma impura pronuncia en vano el Nombre de Dios, donde se da la perfección del sacrilegio.

Es pronunciarlo en vano cuando – y estúpidos no sois – cuando, por el estado de vuestra alma sabéis que lo pronunciáis inútilmente.

¡Oh, verdaderamente veo el rostro indignado de Dios, volviéndose hacia otra parte con disgusto, cuando un hipócrita lo llama, cuando lo nombra un impenitente!

Y siento terror de ello, Yo que no merezco ese enojo divino.

Leo en más de un corazón este pensamiento:

“Pero entonces, aparte de los niños, ninguno podrá invocar a Dios, dado que en todas partes en el hombre hay impureza y pecado”.

No. No digáis eso. Son los pecadores quienes deben invocar ese Nombre.

Deben invocarlo quienes se sienten estrangulados por Satanás y quieren liberarse del pecado y del Seductor.

Quieren. He aquí lo que transforma el sacrilegio en rito. Querer curarse.

Llamar al Poderoso para ser perdonados y para ser curados. Invocarlo para poner en fuga al Seductor.

Está escrito en el Génesis que la Serpiente tentó a Eva en el momento en que el Señor no paseaba por el Edén.

Si Dios hubiera estado en el Edén, Satanás no habría podido estar. Si Eva hubiera invocado a Dios, Satanás habría huido.

Tened siempre en el corazón este pensamiento. Y llamad con sinceridad al Señor. Ese Nombre es salvación. Muchos de vosotros quieren bajar a purificarse.

Purificaos primero el corazón, incesantemente, escribiendo en él, con el amor, la palabra “Dios”.

No con engañosas oraciones o con prácticas consuetudinarias, sino con el corazón, con el pensamiento, con los actos, con todo vosotros mismos, pronunciad ese Nombre: Dios.

Pronunciadlo para no estar solos, pronunciadlo para ser sostenidos, pronunciadlo para ser perdonados. Comprended el significado de la palabra del Dios del Sinaí:

“En vano” es cuando decir “Dios” no supone una transformación en bien; y entonces, es pecado.

“En vano” no es cuando, como el latido de sangre en el corazón, cada minuto de vuestro día, y toda acción vuestra honesta, toda necesidad, tentación, todo dolor os trae a los labios la filial palabra de amor:”¡Ven, Dios mío!”.

Entonces, en verdad, no pecáis nombrando el Nombre santo de Dios. 

Marchad. La paz sea con vosotros.

No hay ningún enfermo.

Jesús permanece con los brazos cruzados apoyado contra la pared, bajo el techado en que ya descienden las sombras.

Cuando termina, no hay ningún enfermo. Jesús se queda con los brazos cruzados y mira a los que se van yendo, después de que los ha despedido y bendecido.

El hombre vestido de rojo oscuro, parece que no sabe qué hacer.

Jesús no lo pierde de vista, cuando lo ve que se dirige hacia su caballo, lo alcanza y le pregunta:

–    ¡Oye! Espérame. Ya va anochecer. ¿Tienes dónde dormir? ¿Vienes de lejos? ¿Estás solo?

El hombre contesta titubeante:

–    De muy lejos… Y me iré. No sé… si en el poblado encontraré… o hasta Jericó. Allí dejé la escolta en la que no confiaba.

Jesús le dice:

–    No. Te ofrezco mi cama. Ya está lista. ¿Tienes que comer?

–    No tengo nada. Creí que este lugar sería más hospitalario.

–     No falta nada.

–     Nada. Ni siquiera el odio contra Herodes. ¿Sabes quién soy? 

–    Los que me buscan tienen un solo nombre: ‘Hermanos, en el Nombre de Dios’. Ven. Juntos compartiremos el pan. Puedes llevar el caballo a aquel galerón. Yo dormiré allí y te lo cuidaré.

     No. Esto jamás. Yo dormiré ahí. Acepto el pan; pero no más. No pondré mi sucio cuerpo donde Tú pones el tuyo, que es santo.

–     ¿Me crees santo?

–    Sé que eres santo. Juan, Cusa, tus obras… tus palabras.

El palacio real es como una concha que conserva el rumor del mar. Yo iba a donde estaba Juan… Y luego lo perdí.

Él me dijo: ‘Uno que es más santo que yo, te recogerá y te elevará’ no podrías ser otro, sino Tú.

Vine en cuanto supe en dónde estabas.

Zelote regresa del río, después de bautizar y Jesús bendice a los últimos bautizados.

Luego le dice:

–    Esta persona, es el peregrino que busca refugio en el Nombre de Dios. Y en el Nombre de Dios lo saludamos como amigo.

Simón se inclina y el hombre también.

Entran en el galerón y Mannaém amarra el hermosísimo caballo blanco, con gualdrapas de color rojo que penden de la silla, adornadas con plata, en el pesebre.

Juan acude con hierba y un cubo con agua.

Acude Pedro también, con una lámpara de aceite, porque ya está oscuro.

Mannaém dice:

–    Aquí estaré muy bien. Dios os lo pague.

Jesús le pone la mano en el hombro y le dice:

–   Ven amigo mío. Vamos a compartir el pan…

Luego entran todos en la cocina, donde arde una tea y se reúnen para cenar…

N94 ALIMENTO ESPIRITUAL


JESUS EUCARISTÍA

Pequeños Míos, hoy os quiero dar material para que reflexionéis, sobre la necesidad del Alimento Espiritual.

Todos vosotros sabéis y debéis estar conscientes del valor tan grande que tiene la familia. EL CRECIMIENTO FÍSICO Y ESPIRITUAL DEPENDEN DE SUS PADRES.

No hay ser humano, ni animalito en la Naturaleza en donde el recién nacido se pueda valer totalmente por sí mismo. Algunos animalitos nacen alimentándose por sí mismos, como los pollitos y patitos. Pero sin el calor y la protección materna contra sus depredadores, pronto morirían.

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El ser humano se podría decir, que es uno de los más necesitados seres de la Naturaleza al nacer. Necesita de todo. Y es ahí en donde sus padres tienen que proveer en lo físico y en lo espiritual.

Se dice que nadie puede dar lo que no tiene. Y así tendremos bebés que han sido mal alimentados en lo físico y en lo espiritual, simplemente porque a sus padres no les interesó aplicarse en el conocimiento, para alimentarlos correctamente en éstas dos formas.

Hay otros padres que sólo se han aplicado en conocer y en buscar la ayuda profesional para aprender a alimentar a sus bebés correctamente, pero sólo para su desarrollo físico. Pero como ellos carecen de la vida espiritual, ni la transmiten, ni buscan ayuda “profesionalen Mis Palabras y en la Vida Ejemplar dada por Mi Hijo Jesucristo, como para que puedan alimentar a su bebé con el mejor alimento que existe.

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El Alimento espiritual da más fuerza al ser humano que el alimento del cuerpo. Pero ha sido poco entendido por la gran mayoría de Mis hijos, desde que Mi Hijo instituyó la Sagrada Eucaristía.

¿Cómo podréis sobrevivir toda una vida caminando sin rumbo fijo en lo espiritual, si no habéis obtenido las bases, ni os ha interesado buscar la forma de alimentaros debidamente?

No es posible decir, yo ya sé lo suficiente como para ya no necesitar seguir buscando. Esto lo llegan a decir muchos de Mis hijos a los que se les dio instrucción religiosa en su niñez; pero luego ya no se siguieron alimentando. O ¿Qué acaso, si ya comisteis bien un día, ya no necesitaréis alimento para el resto de vuestra existencia? ¡Moriríais en pocos días!

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Así le pasa a vuestra alma. Tomasteis alimento espiritual para vuestra Primera Comunión y luego abandonasteis por completo o casi por completo, el seguir alimentándoos de Mi Palabra y de Mi Alimento Eucarístico.

¿Cómo vais a poder sobrevivir en los tiempos difíciles, cuando todo se vuelva Obscuridad Espiritual?

De hecho, en éste vuestro tiempo; la Obscuridad espiritual está llegando a su máximo y la gran mayoría de vosotros no os dais cuenta de ello; puesto que, como no estáis Conmigo, lo mismo os dá el vivir en la mugre espiritual en la que ahora vivís o el vivir en la santidad que desconocéis.

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Os habéis debilitado espiritualmente a tal grado, que ya no podéis ni mover vuestra cara de un lado a otro como el moribundo, que por estar tan débil le pasa. Estáis agonizando espiritualmente y si no le dais a vuestra alma a la mayor brevedad, un buen alimento con vuestra conversión, moriréis aún en vida física.

Humanamente hablando, se os pide ayuda económica o en víveres, para llevarle a los pueblos con casi nulos recursos, para su sustento diario. Y se juntan algunos pueblos y personas caritativas, para ayudarles a que puedan sobrevivir corporalmente.

 ¿Por qué no se juntan para llevar alimento espiritual a todos aquellos que no lo tienen, que no lo han tenido y que no lo pueden transmitir por carecer de él?

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Eso es la verdadera hermandad, no sólo dar el alimento al cuerpo que en sí es bueno, por ser un acto de caridad. Sino el dar alimento al alma, el cual es mucho mejor… ya que tanto la persona que recibe como la que predica, reciben grandes bendiciones de Mi parte.

De ésta forma Me dejáis seguir viviendo a través vuestro, cuando lleváis Mi Vida a vuestros hermanos y Me permitís vivir en la persona ayudada a la que habéis alimentado y a la cual Yo le podré dar Mi Vida Eterna.

El Alimento Espiritual es más necesario para el ser, que la misma vida del cuerpo. Si vosotros vierais que vuestro bebé recién nacido no quisiera tomar de la leche materna que le ofrece su madre, os afligiríais mucho; porque sabéis que no podría sobrevivir por mucho tiempo y de una u otra forma obligaríais a vuestro bebé a alimentarse para ayudarle a sobrevivir.

BEBE COMIENDO

El alimento espiritual, MI VIDA ESPIRITUAL, se les debe dar desde bebés. Este se deberá dar principalmente, a través del ejemplo de vida. Y así vuestros bebés crecerán en forma “normal”; porque habréis enseñado a Mis pequeños, a no sólo alimentarse del alimento del cuerpo, sino más importante; a alimentarse de Mi Alimento.

Y así ellos mismos posteriormente buscarán ambos alimentos en forma natural; porque les enseñasteis a necesitarlos para su buen desarrollo físico y espiritual.

Pero, ¿Qué pasaría si conocierais a algún adulto al que no se le dio de Mi Alimento y no sabe cómo buscarlo ni como apreciarlo?

Vosotros como “padres espirituales” de esa alma desnutrida, la debéis alimentar. Si esa alma reniega del Alimento Precioso, no lo podéis “obligar” directamente. Pero sí podéis obligar Mi Gracia a tocarlo, pidiendo con mucho amor e insistencia para que su alma sea alimentada por Mí, Su Padre.

BEBE- EMERGENCIA

Y así, tarde ó temprano Yo la haré regresar al buen camino, después de haber fortalecido su alma con el alimento con el que la nutristeis indirectamente, con vuestra oración de amor hacia él.

Hay otra clase de almas que nunca han tenido de Mi Alimento, pero han vivido la bondad en su familia, porque han tenido y han vivido los buenos sentimientos hacia los demás; aunque sus padres no hayan sido buenos ejemplos de vida al no asistir asiduamente a alimentarse de Mi Palabra y de Mi Eucaristía en la Santa Misa, ni con lecturas apropiadas.

Yo en ésas almas, puedo actuar más fácilmente a través de vuestra ayuda al llevarles Mi predicación, ya que hay buena tierra. Tierra fértil, en donde puedo dejar Mi semilla de Amor.

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Ahora ya os podéis dar perfecta cuenta y podéis ver la necesidad que Yo tengo de cada uno de vosotros, Mis hijos crecidos en Mi Palabra y en Mi Amor; para que veléis por los desnutridos”.

Orad, predicad de palabra. Pero sobretodo con el ejemplo, para que Mi Vida se pueda desarrollar perfectamente entre todos vosotros. En estos tiempos, la gran mayoría de los gobiernos de la Tierra se revuelcan en el fango; porque han preferido las riquezas y las cosas del mundo y no han puesto su corazón junto al Mío.

El Mundo no os puede dar lo que Mi Corazón sí puede.

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Vuelvo a repetiros: Nadie puede dar lo que no tiene”. Si vuestros jefes y gobernantes no están basados firmemente en Mis Leyes y Decretos de Amor; NO podréis obtener paz, amor, honestidad, vida, igualdad y respeto entre vosotros, los ciudadanos.

El Mal y los que están basados en el Mal sólo os pueden dar obscuridad, mentira, muerte, persecución, destrucción moral y espiritual, inseguridad… Y si sois honestos, eso lo veis ahora en todos los reinos de la Tierra.

Esto ha sucedido, porque le habéis dado poder a Mi Enemigo por no querer contrarrestar su poder con Mi Poder; que es obtenido a través del Poder de la Oración.

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Con la vida en los Sacramentos y con la producción de más vida espiritual en los vuestros a través del ejemplo y de la intercesión, como “padres espirituales” hacia todos aquellos que se encuentran en gran necesidad espiritual.

El Mundo ahora está así, porque es un reflejo exacto de cómo vuestra alma se encuentra. El hijo puede ser reconocido por los demás, porque suele comportarse como sus padres.

Recapacitad, hijitos Míos. Si no os alimentáis adecuadamente, vosotros mismos no podréis ayudar a vuestros bebés a crecer saludablemente en ambos sentidos: en su cuerpo y en su espíritu.

Y si vuestra caridad para con los “mal alimentados” no existe; tampoco podréis progresar como humanidad.

SACIAR EL HAMBRE FÍSICA Y ESPIRITUAL

SACIAR EL HAMBRE FÍSICA Y ESPIRITUAL

Sois una familia. Sois parte de Mi Familia Universal y si no os comportáis como tales, pronto  pereceréis como el bebé que no es alimentado lo suficientemente bien.

Velad los unos por los otros, en lo material y en lo espiritual. Y empezad a aprender a vivir como en una verdadera familia, apoyándoos unos a otros y buscando la mejora total de vuestro Mundo.

Yo Soy el Alimento de Vida por excelencia. Si realmente Me amáis y amáis a los vuestros, TOMADME Y DÁDME A LOS DEMÁS.

OBRAS DE MISERICORDIA

También os pregunto hijos Míos ¿Por qué son tan pocos los que vienen a visitarme? ¿Por qué son tan pocos los que agradecen Mis dones?

Yo que todo les proveo. Les he dado la vida. Les doy la luz, les doy el aire que respiran, les doy el Alimento para vuestro cuerpo y para vuestra alma. Les doy el Amor.

Son tan pocos los que vienen hacia Mí para acompañarme, para adorarme, para agradecerme.

No se imaginan hijos Míos, el gozo que siento cuando vosotros os acercáis a Mí, aunque sea por breves momentos. Os amo tanto.

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Soy un Padre tan sensible, que aún vuestras pequeñas muestras de amor mueven Mí Corazón grandemente.

¿No tendrán para Mí aunque sea, un gracias o una pequeña mirada de ternura para con Su Creador? Yo os doy todo y pido tan poco según vuestro corazón, pero necesito de todos.

Os parecerá increíble pensar que vuestro Dios necesite de vosotros. Pero, ¿Qué padre no necesita de las manifestaciones de amor de sus hijos? Si vosotros las necesitáis y las gozáis. Pensad en Mí que Soy el más Tierno y el más Sensible de todos.

Hijitos, os lo pido de corazón: traedme alegría con vuestra presen­cia, aunque sea solamente por un momentito.

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Os voy a instruir sobre las bendiciones del Cielo. Vosotros conocéis en parte, las bendiciones que Yo Vuestro Padre; os concedo a diario. Pero la mayoría de vosotros no las agradecéis. En parte por no conocerlas y en parte por no ser normalmente; agradecidos con Vuestro Padre.

Yo Soy un Padre Providente, pero al hablar de ello; la mayoría de vosotros sólo pensáis en lo material y poco en lo espiritual. Recordad que es vuestra alma la que más Me importa, puesto que ella es la que va a trascender y debe regresar a Mí, Vuestro Creador.

Las Bendiciones que Yo derramo al Cielo, al Purgatorio y a TODA la humanidad; son numerosísimas. Tanto para vuestro cuerpo como para vuestra alma.

Bendiciones

Muchas de ellas las conseguís por medio de vuestra Fé, al soltaros libremente a Mí Voluntad. Y como ejemplo os puedo decir que de Mí obtenéis vuestro trabajo, vuestro alimento, las necesidades propias de para vuestro cuerpo y para vuestra familia.

Y sobretodo, LAS QUE SALEN FUERA DE VUESTRA CAPACIDAD HUMANA, PARA RESOLVER.

Desgraciadamente, la mayoría de vosotros estáis tan cerrados a la acción de Mí Gracia y al conocimiento del Amor tan grande que Yo os doy…  Que se lo achacáis a la casualidad o a vuestras humanas capacidades

Y no a Mí, que constantemente velo por vuestras necesidades. Estas bendiciones para el desarrollo y vida de vuestro cuerpo, son algunas de Mis Bendiciones.

Bendiciones de Dios para la familia

Otro tipo de bendiciones, es el cuidado que Yo os doy como protección a vuestra persona en los accidentes que Mí Enemigo y el vuestro; os pone en vuestro camino para dañaros, tanto en vuestro cuerpo como en vuestra alma.

La gran mayoría de vosotros, por lo menos alguna vez habréis ya sentido y constatado ésta Bendición de protección Mía hacia vosotros.

Desde muy temprana edad os voy cuidando, Yo Vuestro Dios Personalmente y a través de vuestros ángeles guardianes. Ellos son un regalo de Mí Providencia para con vosotros.

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Ellos os cuidan también, en cuerpo y alma. Y os guían y aconsejan para vuestro retorno triunfal al fin de vuestra misión sobre la Tierra. Aquí véis otra de Mís bendiciones para con vosotros.

Otro tipo de bendiciones es el de guiaros durante vuestra estancia en la Tierra, a tener las amistades buenas que tenéis.

Yo os bendigo a través del consejo y la protección de vuestro prójimo, al que Yo muevo muchas veces a haceros el bien. ¿Cuántas veces no os habéis reconfortado por un buen consejo o ayuda material de un amigo. O quizás de un desconocido que llegó “de repente”, cuando más lo necesitabais?

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Nuevamente lo achacáis a la casualidad. Ya os he dicho que la “casualidad” no está en Mí Vocabulario. Providencia Divina y Amor, son los que sí existen en Mí vocabulario.

Otro tipo de bendición es “simplemente vuestra vida”, el Don de la vida que os concedí. Es una de las más grandes bendiciones que tenéis, puesto que gracias a ella, Me estáis sirviendo a Mí, ¡Vuestro Dios y Creador!

No os dáis una completa cuenta de tan gran favor, que ha sido el daros la vida. Como antes os expliqué, VOSOTROS SÓIS LOS QUE LIBREMENTE ME PEDÍS EL DON DE LA VIDA PARA VENIR A LA TIERRA A SERVIRME, a ayudar a  Mí Hijo en la Redención de todas las almas.

Venís a la Tierra a llevarle a todos vuestros semejantes Mí mayor regalo, Mí Esencia Divina. Mí Tesoro Celestial. Y éste es el Amor de Vuestro Dios.

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Hijitos Míos, ¿No os dáis cuenta de tan sublime misión? ¿No os dáis cuenta de ésta Bendición tan grande que os he otorgado? Fuísteis escogidos entre millones y millones de almas que pidieron servirMe y fue a vosotros a los que permití y dí el Don de la Vida para el momento en el cuál estáis viviendo.

 Porque en vosotros puse Mís Esperanzas para lograr la salvación de las almas y para difundir Mí Amor a todas las Naciones. ¡QUÉ HONOR MÁS GRANDE TENÉIS EN EL DE SERVIR Y AMAR A VUESTRO DIOS Y SEÑOR! Esta es una de las más grandes bendiciones que os he otorgado.

Otra de las más grandes bendiciones, es la de haberos enviado a Mí Hijo Jesucristo a la Redención del Género Humano, la cuál abarca todos los tiempos y junto con ésta bendición otra grandísima, el de la Renovación día a día de Su Sacrificio Santo.

Misa

Y el dejaros Su Cuerpo y Su Sangre que se os dá como Alimento Espiritual. Este Sacrificio Santo, que es la Santa Misa, se ofrece durante todas las horas del día y de cada día, en todas las naciones de la Tierra.

Cada Misa es ya en sí, creadora y dispensadora de multitud de Gracias. Y Bendiciones llegan a los tres estratos de Mí Vida Creadora: Cielo, Purgatorio y Tierra. Todos vosotros, estéis en dónde estéis, pertenezcáis a lo que pertenezcáis, seáis lo que seáis; estáis recibiendo éstas bendiciones día y noche, por cada Misa que se celebra alrededor del Mundo en cada una de sus 24 horas.

Os quiero decir, que os déis cuenta o no; ESTÁIS SIENDO PROTEGIDOS DÍA Y NOCHE por las bendiciones tan grandes que se desprenden de cada Misa.

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Solamente cuando lleguéis a Mí Gloria, os daréis plena cuenta del valor tan inmenso que tiene una Misa bien oída.

Otro tipo de bendiciones que tenéis, son las oraciones que contínuamente se rezan en el Cielo y en el Purgatorio por todos vosotros, los que habitáis en la Tierra.

Un alma cuando regresa a Mí, no se queda estática y se dedica a “gozar sin hacer nada”. Al contrario, su gozo es ahora más dinámico en la obra de salvación; ya que al estar ahora fuera de la Tierra, se dá plenamente cuenta como debió haberse aprovechado el tiempo sobre la Tierra.

Y ya no va a ser a través de su Fé, ni de su cruz de cada día; como de aquí en adelante servirá a la salvación de sus hermanos.

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El dolor, ya sea moral, físico o espiritual, TIENE UN VALOR INMENSO PARA LA SALVACIÓN DE LAS ALMAS y aunque lo consideráis muchas veces como un mal; en realidad es otra de Mís grandes bendiciones.

Los grandes santos lo comprendieron bien, lo aceptaron y lo amaron; porque supieron que con él se hacían UNO con Mí Hijo. Y el ser Uno con Él, ES SER UNO CONMIGO, VUESTRO DIOS.

O acaso ¿No se os hace suficiente honor ser Uno con vuestro Dios, con Vuestro Creador, con el que tiene todo el Poder y toda la Gloria? ¿Con el que se dió por vosotros, para permitiros vivir en el Cuelo, Mí Casa, por toda la Eternidad?

sacerdocio

No rechacéis el Dolor, sea cuál fuere. Ofrecédlo con Amor unido al de Mí Hijo, en la Redención de vuestros semejantes.

Hijitos Míos, son tantas y tantas las bendiciones que os concedo a diario y que ahora ya conocéis algunas de ellas, sabed que todas os las concedo por Mí grandísimo amor hacia vosotros. Recibídlas como un Regalo Real con todo vuestro corazón. Recordad que entre más déis de vosotros mismos y más Agradecimientos tengáis hacía Mí, más gracias y bendiciones os concederé.

Aprended a agradecerMe a diario por todas las bendiciones que recibís; tanto por las que os distéis cuenta, como de las que no os dísteis cuenta; pero que recibisteis de Mí Amor hacia vosotros.

corona fiel

Os amo entrañablemente y os espero amorosamente a vuestro regreso a Mí Reino. Los quiero de regreso a todos los que ahora vivís y los que vivirán en lo futuro en todo el orbe.

¡AyudádMe en la salvación de vuestros hermanos! ¡AYUDÁDME, POR FAVOR!

ENTREGADME TODO VUESTRO DOLOR Y VUESTRO SUFRIMIENTO Y YO LO SANTIFICARÉ.

DOLOR

TAMBIÉN OS DARÉ ALIVIO A VUESTRO  CORAZÓN Y OS CONSOLARÉ

Yo os bendigo, como Padre vuestro que Soy, en mi Santo Nombre; en el Nombre de Mi Hijo engendrado por Mí, con todo Mí Amor y Portador de mi Sabiduría y en Nombre de Mi Santo Espíritu, que es la Vida que se produce por el Amor inmenso entre Mí y Mi Hijo, Voz y Vida de Mi Sabiduría en vosotros mismos.

28 SANTÍSIMATrinidad

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26.- EL PREDILECTO


Al día siguiente, en una fría mañana invernal, sobre el improvisado púlpito del establo, Jesús va a predicar a la multitud…

Y Pedro lo hace que se incline y le dice en voz baja:

–           Detrás del muro está la mujer velada. La he visto. Está desde ayer. Vino siguiéndonos desde Betania. ¿La arrojo o la dejo?

Jesús ordena suavemente:

–                     Déjala. Lo he dicho.

–                     ¿Pero si es una espía, como dice Iscariote?

–           No lo es. Ten confianza en lo que digo. Déjala y no digas nada a nadie. Respeta su secreto.

–                     No he dicho nada, porque pensé que estaba bien.

–                     Procura que no se le perturbe y respétala.

Hay por lo menos el doble de gente que ayer. Y algunos no parecen campesinos. Tienen su burro amarrado y toman su comida bajo el cobertizo. El día es frío pero sereno.

La gente habla entre sí:

–                     Pero, ¿Es más que Juan?

–                     No. Es diferente. Yo era de Juan; que era el Precursor. La Voz de la Justicia. Éste es el Mesías, la Voz de la Sabiduría y de la Misericordia.

Varios preguntan:

–                     ¿Cómo lo sabes?

–                     Me lo dijeron tres discípulos del Bautista, que siempre han estado con él. Ellos lo vieron nacer. Isaac es uno de los pastores y es mi amigo. Estaría bien decir a los Betlemitas que fuesen buenos. Ni en Belén, ni en Jerusalén pudo predicar.

–                     ¡Sí! ¡Imagínate si los escribas y fariseos van a querer sus palabras! ¡Son unas víboras y hienas, como los llama el Bautista!

–                     Yo querría que me curase. ¿Ves? Tengo una pierna con gangrena. He sufrido lo indecible al venir en burro hasta aquí. Lo busqué en Sión, pero ya no estaba.

Alguien responde:

–                     Lo amenazaron de muerte.

–                     ¡Perros!

–                     Sí. ¿De dónde vienes?

–                     De Lidda.

–                     ¡Mucho camino!

Otro muy abatido, dice:

–                     Yo… yo quisiera decirle un error mío. Se lo dije al Bautista y me escapé con tantos reproches que me dijo. Pienso que no puedo ser perdonado.

–                     ¿Qué fue lo que hiciste?

–                     Mucho mal. Se lo diré a Él. ¿Qué pensáis? ¿Me maldecirá?

Un viejo imponente responde:

–                     No. Lo oí hablar por casualidad en Betsaida. Hablaba a una pecadora. ¡Qué palabras! ¡Ah! ¡Yo hubiera querido ser ella; para merecer su perdón…!

Varios gritan:

–                     ¡Mírenlo! ¡Ahí viene!

–                     ¡Misericordia! ¡Me avergüenzo! –dice el culpable haciendo el intento de huir.

Y se oye su Voz misericordiosa:

–           ¿A dónde huyes hijo mío? ¿Tienes tanta lobreguez en el corazón, como para odiar la Luz y huir de Ella? ¿Has pecado tanto, como para tener miedo de mi Perdón? Pero, ¿Qué pecado pudiste cometer? Ni aunque hubieses matado a Dios, deberías de tener miedo, ¡Si hay en ti un verdadero arrepentimiento! No llores. Más bien ven, que lloraremos juntos.

Jesús, que había estirado su brazo para detener al que iba a huir; lo estrecha contra Sí y luego se dirige a los que lo están esperando y dice:

–                     Sólo un momento. Debo aliviar este corazón. Luego regreso.

Y se va más allá de la casa. Rozando al dar vuelta en el ángulo, a la mujer velada. Jesús la mira fijamente por un momento.

Avanza unos diez pasos y se detiene. Pregunta al hombre que llevaba abrazado:

–           ¿Qué hiciste, hijo?

El hombre cae de rodillas. Tiene como cincuenta años. Una cara quemada por muchas pasiones y consumida por un tormento secreto.

Extiende sus brazos y grita:

–                     Para gozar de toda la herencia paterna, maté a mi madre y a mi hermano. Para gastarla en mujeres. No he tenido jamás paz… mi comida: ¡sangre! Si sueño, son pesadillas. Mi placer… ¡Ah!… en el pecho de las mujeres y en sus gritos de lujuria; sentía el frío de mi madre muerta y la asfixia de mi hermano envenenado. Malditas mujeres del placer que sois áspides, medusas, murenas insaciables. ¡Ruina! ¡Ruina!…  ¡Ruina, mía!

Jesús dice:

–                     ¡No maldigas! ¡Yo no te maldigo!

–                     ¿No me maldices?

–                     ¡No! ¡Lloro y tomo sobre Mí tu pecado!… ¡Qué pesado es! ¡Me quiebra! Pero lo abrazo fuerte, para destruirlo por ti…y a ti te doy el perdón. ¡Sí! ¡Te perdono tu gran pecado!

Extiende sus manos sobre la cabeza del hombre que solloza y dice estas palabras en Oración: ‘Padre. También por él mi sangre será derramada. Pero ahora mira el llanto y la plegaria. Padre, perdona porque él se ha arrepentido. Tu Hijo, en cuyas manos se ha confiado todo juicio, ¡Así lo quiere!…

Por algunos minutos sigue en esta actitud. Luego se inclina. Levanta al hombre y le dice:

–                     La culpa se te ha perdonado. Te toca ahora expiar con una vida de penitencia lo que queda, por tu delito.

–                     Dios me ha perdonado… ¿Y mi madre?… ¿Y mi hermano?

–                     Lo que Dios perdona, lo perdonan todos. Vete y no peques más.

El hombre llora más fuerte y le besa la mano. La mujer velada hace un movimiento como para salirle al encuentro; pero luego baja la cabeza y no se mueve. Jesús pasa delante de ella sin mirarla.

Va hasta su lugar y dice en voz alta y fuerte:

–                     Paz a vosotros que buscáis la Palabra…

Y Jesús da una extensa lección sobre los Mandamientos de la Ley de Dios…

La semana siguiente…

Los discípulos están muy agitados. Parece un enjambre provocado.  Hablan; miran a todas partes… Jesús no está.

Pedro ordena a Juan:

–                     Vete a buscar al Maestro. Está en el bosque junto al río. Dile que venga pronto para que diga lo que debemos hacer.

Juan va a la carrera.

Judas de Keriot, dice:

–                     No entiendo por qué tanta confusión y tanta descortesía. Yo habría ido y lo habría recibido con todos los honores. Es un honor suyo y también para nosotros. Así pues…

Pedro advierte.

–                     Yo no sé nada. Él será diferente a su pariente… pero a quién está con hienas se le pega el olor y el instinto. Por lo demás, tú querrías que se fuese aquella mujer… ¡Pero ten cuidado! El Maestro no quiere y yo la tengo bajo mi protección. Si la tocas… ¡Yo no soy el Maestro! Te lo digo para tu conducta futura.

Judas dice con ironía:

–                     ¡Hummm! ¿Quién es pues? ¿Tal vez la bella Herodías?

–                     ¡No te hagas el chistoso!

–                     Tú eres el que me hace serlo. Le has hecho la guardia real alrededor como si fuese una reina.

–                     El Maestro me dijo: ‘Procura que no se le perturbe y respétala’ Y eso es lo que hago.

Tomás pregunta:

–                     ¿Pero quién es? ¿Lo sabes?

Pedro dice:

–           Yo no.

Varios insisten:

–                     ¡Ea! ¡Dilo! ¡Tú lo sabes!

–                     Os juro que no sé nada. El Maestro lo sabe. Pero yo no.

–                     Hay que preguntárselo a Juan. A él le dice todo.

Judas pregunta:

–                     ¿Por qué? ¿Qué cosa especial tiene Juan? ¿Es acaso un dios tu hermano?

Santiago de Zebedeo responde:

–                     No, Judas. Es el más bueno de nosotros.

Santiago de Alfeo dice:

–                     Por mí ni me preocupo. Ayer mi hermano la vio cuando salía del río con el pescado que le había dado Andrés y se lo preguntó a Jesús. Él respondió: ‘Tadeo. No tiene cara. Es un espíritu que busca a Dios. Para Mí no se trata de otra cosa y así quiero que sea para todos.’ Y lo dijo en tal forma: ‘Quiero’ que os aconsejo de no insistir.

Judas de Keriot dice:

–                     Yo voy a donde está ella.

Pedro se enciende como un gallo de pelea y replica:

–                     ¡Haz la prueba! Si eres capaz…

–                     ¿La harás de espía para acusarme con Jesús?

–                     Dejo ese encargo a los del Templo. Nosotros los del lago ganamos el pan con el trabajo y no con la delación. No tengas miedo de que Simón de Jonás la haga de espía. Pero no me provoques y no te atrevas a desobedecer al Maestro, porque yo soy…

–                     ¿Y quién eres tú? ¡Un pobre hombre como yo!

–                     Sí, señor. al revés. Más pobre, más ignorante, más vulgar que tú. Y no me avergüenzo. Me avergonzaría si fuese igual a ti en el corazón. El Maestro me confió este encargo y yo lo hago.

–                     ¿Igual a mí en el corazón? Y… ¿Qué cosa hay en mi corazón que te causa asco? ¡Habla! ¡Acusa! ¡Ofende!…

Bartolomé interviene:

–                     ¡Judas! ¡Cállate! Respeta las canas de Pedro.

–                     Respeto a todos. Pero quiero saber qué cosa hay en mí…

Pedro estalla:

–                     Al punto eres servido. Déjame hablar… hay tanta soberbia que con ella se puede llenar esta cocina. Hay falsedad y hay lujuria.

Judas casi se ahoga:

–                     ¿Yo falso?…

Todos se interponen y Judas debe callar.

Simón, con calma dice a Pedro:

–                     Perdona amigo, si te digo una cosa. Él tiene defectos, pero tú también los tienes. Y uno de ellos es el de no compadecer a los jóvenes. ¿Por qué no tomas en cuenta la edad? ¿El nacimiento y… tantas otras cosas? Mira. Tú obras por amor a Jesús. Pero, ¿No has notado que estas disputas le causan hastío? A él no le digo nada. –señala a Judas- pero a ti, sí. Porque eres un hombre maduro y muy sincero, te hago esta súplica: ¡Él tiene tantas penas por sus enemigos y dárselas también nosotros! Hay tantas guerras a su alrededor. ¿Por qué provocar otra en su nido?

Tadeo confirma:

–                     Es verdad. Jesús está triste y ha adelgazado. En las noches oigo que da vueltas en su cama y suspira. Hace algunos días, me levanté y ví que lloraba, orando. Le pregunté: ‘¿Qué te pasa?’ Él me abrazó y me dijo: ‘Quiéreme mucho. ¡Qué fatigoso es ser ‘Redentor’!

Felipe agrega:

–                     También yo me di cuenta de que había llorado en el bosque junto al río. Y a mi mirada interrogante respondió: ‘¿Sabes qué diferencia hay entre el Cielo y la Tierra, además de no ver a Dios? Es la falta de amor entre los hombres. Me estrangula como una soga. He venido a darles granos a los pajaritos, para que me amen los seres que se aman.’

amor animal

Escuchar todo esto, resquebraja por un momento el gran egoísmo de Judas. Siente una oleada de amor por su Maestro y el conocer su sufrimiento, se le clava como un puñal en su corazón. Y se deja caer, llorando como un niño.

Y en ese preciso momento, entra Jesús con Juan:

–           Pero, ¿Qué sucede? ¿Por qué ese llanto?

Pedro responde:

–                     Por mi culpa, Maestro. Cometí un error. Regañé a Judas muy duramente.

Judas replica entre sollozos:

–                     No… yo… yo… el culpable soy yo. Yo soy el que te causa dolor. No soy bueno… Perturbo… Pero, ¡Ayúdame a ser bueno! Porque tengo algo aquí en el corazón… algo que no comprendo… que me obliga a hacer cosas que no quiero hacer. Es más fuerte que yo. Y te causo dolor a Ti, Maestro; al que debería dar gozo. Créelo; no es falsedad.

Jesús dice:

–                     Sí, Judas. No lo dudo. Viniste a Mí, con sinceridad de corazón; con verdadero entusiasmo. Pero eres joven… Nadie. Ni siquiera tú mismo te conoces como Yo te conozco. ¡Ea! ¡Levántate y ven aquí! Luego hablaremos los dos solos. Mientras tanto, hablemos de aquello por lo que me mandasteis llamar. ¿Qué hay de malo en que venga Mannaém?

¿No puede un hermano de leche de Herodes, tener sed del Dios Verdadero? ¿Tenéis miedo por Mí? Tened fe en mi palabra. Este hombre ha venido con fines honestos.

Pedro:

–                     ¿Entonces por qué no se dio a conocer?

Jesús:

–                     Precisamente porque viene como un ‘alma’; no como hermano de Herodes. Se ha envuelto en el silencio, porque piensa que ante la Palabra de Dios, no existe el parentesco con un rey. Respetaremos su silencio.

Andrés:

–                     Pero si por el contrario… ¿Él lo envió?

–                     ¿Quién?…  ¿Herodes?… No. No tengáis miedo.

Tadeo:

–                     ¿Quién lo manda entonces?

Santiago:

–                     ¿Cómo se ha informado de Ti?

–                     Es discípulo de mi primo Juan. Id y sed con él corteses; como con los demás. Id. Yo me quedo con Judas.

Los discípulos se van.

Jesús mira a Judas, que está todavía lloroso y le pregunta:

–                     ¿Y? ¿No tienes nada que decirme? Yo sé todo lo tuyo. Pero quiero saberlo por ti. ¿Por qué ese llanto? Y sobre todo, ¿Por qué ese desequilibrio, que te tiene siempre tan descontento?

–                     ¡Oh, sí Maestro! Lo dijiste. Soy celoso por naturaleza. Tú sabes que así es… Y sufro al ver que… Al ver tantas cosas. Esto me saca de quicio, porque soy injusto. Y me hago malo, aun cuando no quisiera. No…

–                     ¡Pero no llores de nuevo! ¿De qué estas celoso? Acostúmbrate a hablar con tu verdadera alma. Hablas mucho. Hasta demasiado…  Pero, ¿Con quién? Con el instinto y con tu mente. Tomas un fatigoso y continuo trabajo, para decir lo que quieres decir: hablo por ti. De tu ‘yo’. Porque cuando tienes que hablar de otros y a otros, no te pones cortapisas, ni límites. Y lo mismo haces con tu carne. Ella es un caballo bronco. Pareces un jinete a quien el jefe de las carreras, le hubiese dado dos caballos locos para hacer el paso de la muerte…  

Uno es el sentido. Y el otro… ¿Quieres saber cuál es el otro? ¿Sí?…

Judas asiente con la cabeza.

Jesús continúa:

–           Es el error que no quieres domar. Tú…  Jinete capaz pero imprudente. Te fías de tu capacidad y crees que basta. Quieres llegar primero… no pierdes tiempo ni siquiera para cambiar de caballo. Antes bien, los espoleas y pinchas. Quieres ser el ‘vencedor’… quieres aplauso. ¿Acaso no sabes que la victoria es segura cuando se conquista con constante, paciente y prudente trabajo?… Habla con tu alma. De allí es de donde quiero que salga tu confesión. O, ¿Debo decirte lo que hay dentro?

Una sombra cruza por la mirada de Judas antes de responder:

–                     Veo que también Tú no eres justo. Y no eres firme y esto me hace sufrir.

–                     ¿Por qué me acusas? ¿En qué he faltado a tus ojos?

–                     Cuando quise llevarte con mis amigos, no te gustó. Y dijiste: ‘Prefiero estar entre los humildes.’ Luego Simón y Lázaro te dijeron que era bueno que te pusieras bajo la protección de un poderoso y aceptaste. Tú das preferencia a Pedro, a Simón, a Juan. Tú…

–                     ¿Qué otra cosa?

–                     Nada más, Jesús.

–                     Nubecillas… pompas de espuma. Me das compasión porque eres un desgraciado  que te torturas, pudiendo alegrarte. ¿Puedes decir que este lugar es de lujo? ¿Puedes decir que no hubo una razón poderosa que me obligó a aceptarlo?… ¿Si Sión no me hubiera arrojado, estaría refugiado en un lugar de asilo?

–                     No.

–                     ¿Entonces cómo puedes decir que no te trato como a los demás? ¿Puedes decir que he sido duro contigo cuando has faltado? Tú no fuiste sincero… las vides… ¿Qué nombre tenían esas vides?…

No fuiste complaciente con quién sufría y se redimía. Ni siquiera fuiste respetuoso conmigo. Y los otros lo vieron. Y con todo; una sola voz se levanta incansable en tu defensa: la mía. Los demás tendrían el derecho de estar celosos. Porque si ha Habido uno que fuera preferido y protegido, eres tú.

Judas, avergonzado y conmovido, llora.

–                     Me voy. Es la hora en que soy de todos. Tú quédate y reflexiona…

–                     Perdóname, Maestro. No podré tener paz, si no tengo tu perdón. No estés triste por mi causa. Soy un muchacho malvado… Amo y atormento… Así sucedía con mi madre. Así es ahora contigo. Y así será con mi esposa, si algún día me caso… creo que sería mejor que me muriese.

–                     Sería mejor que te enmendases. Estás perdonado. ¡Hasta luego!

Jesús sale.

Afuera está Pedro, que le dice:

–                     Ven, Maestro. Ya es tarde. Hay mucha gente. Dentro de poco se pondrá el sol. Y no has comido. Ese muchacho es causa de todo.

–                     ‘Ese muchacho’ Tiene necesidad de todos vosotros para no ser el causante de estas cosas. Procura recordarlo, Pedro. Si fuese tu hijo, ¿Lo compadecerías?

–                     ¡Uhmmm! Sí y no. Lo compadecería. Pero le enseñaría también algunas cosas. Aunque fuese adulto le enseñaría como a un jovencillo mal educado. Bueno… si fuese mi hijo, no sería así…

–                     ¡Basta!

–                     Sí, ¡Basta, Señor mío! Mira, allí está Mannaém. Es el que tiene el manto rojo muy oscuro, que parece casi negro. Me dio esto para los pobres. Y me preguntó que si podía quedarse a dormir.

–                     ¿Qué respondiste?

–                     La verdad. ‘No hay más que para nosotros…’

Jesús no dice nada. Deja a Pedro y va a dónde está Juan y le dice algo en voz baja.    Luego va a su puesto y comienza a hablar sobre el Segundo Mandamiento…

Cuando termina, no hay ningún enfermo. Jesús se queda con los brazos cruzados y mira a los que se van yendo, después de que los ha despedido y bendecido.

El hombre vestido de rojo oscuro, parece que no sabe qué hacer.

Jesús no lo pierde de vista, cuando lo ve que se dirige hacia su caballo, lo alcanza y le pregunta:

–                     ¡Oye! Espérame. Ya va anochecer. ¿Tienes dónde dormir? ¿Vienes de lejos? ¿Estás solo?

El hombre contesta titubeante:

–                     De muy lejos… Y me iré. No sé… si en el poblado encontraré… o hasta Jericó. Allí dejé la escolta en la que no confiaba.

Jesús le dice:

–                     No. Te ofrezco mi cama. Ya está lista. ¿Tienes que comer?

–                     No tengo nada. Creí que este lugar sería más hospitalario.

–                     No falta nada.

–                     Nada. Ni siquiera el odio contra Herodes. ¿Sabes quién soy? 

–                     Los que me buscan tienen un solo nombre: ‘Hermanos, en el Nombre de Dios’. Ven. Juntos compartiremos el pan. Puedes llevar el caballo a aquel galerón. Yo dormiré allí y te lo cuidaré.

–                     No. Esto jamás. Yo dormiré ahí. Acepto el pan; pero no más. No pondré mi sucio cuerpo donde Tú pones el tuyo, que es santo.

–                     ¿Me crees santo?

–                     Sé que eres santo. Juan, Cusa, tus obras… tus palabras. El palacio real es como una concha que conserva el rumor del mar. Yo iba a donde estaba Juan… y luego lo perdí. Él me dijo: ‘Uno que es más santo que yo, te recogerá y te elevará’ no podrías ser otro, sino Tú. Vine en cuanto supe en dónde estabas.

Zelote regresa del río, después de bautizar y Jesús bendice a los últimos bautizados. Luego le dice:

–                     Esta persona, es el peregrino que busca refugio en el Nombre de Dios. Y en el Nombre de Dios lo saludamos como amigo.

Simón se inclina y el hombre también. Entran en el galerón y Mannaém amarra el hermosísimo caballo blanco, con gualdrapas de color rojo que penden de la silla, adornadas con plata, en el pesebre.

Juan acude con hierba y un cubo con agua.

Acude Pedro también, con una lámpara de aceite, porque ya está oscuro.

Mannaém dice:

–                     Aquí estaré muy bien. Dios os lo pague.

Jesús le pone la mano en el hombro y le dice:

–           Ven amigo mío. Vamos a compartir el pan…

Luego entran todos en la cocina, donde arde una tea y se reúnen para cenar…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA