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153.- TENTACIÓN DE PREPAGO


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Al acercarse la Fiesta de las Encenias, los apóstoles son presa de la euforia y todos contribuyen para hacer de la fiesta, algo muy especial… Se han esmerado en los preparativos.

Judas de Keriot se reserva la parte decorativa y llega cargado con olorosos ramos de siempreviva, adornada de bayas que coloca sobre las mesas, en las paredes y alrededor de la campana del horno. En la vigilia de las Encenias la casa parece lista, para una fiesta de bodas.

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La noche va cayendo y todos conversan alegremente, mientras terminan sus respectivas ocupaciones.

Jesús ordena:

–                       ¡Silencio! Afuera hay alguien… Se oyen pasos.

Todos callan y escuchan…

No se oye nada…

Y dicen:

–                       Tal vez sea el viento, Maestro.

–                       Hay hojas secas en el huerto.

Jesús insiste:

–                       No. Eran pasos.

Varios dicen:

–                       Algún animal nocturno.

–                       Yo no oigo nada.

–                       Tampoco yo.

–                       Tal vez fue el viento…

–                       Tampoco yo oigo nada…

Jesús pone oídos atentos. Parece como si escuchase algo… Y luego alza su rostro y mira fijamente a Judas de Keriot…

Que también ha estado muy atento,  más que los otros, a cualquier ruido.

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Lo mira tan fijamente, que Judas pregunta:

–                       ¿Por qué me miras así, Maestro?

La respuesta no llega, porque alguien toca a la puerta.

De las catorce caras que la lámpara ilumina, solo la de Jesús permanece imperturbable. Todas las demás cambian de color…

Jesús ordena:

–                       ¡Abrid! ¡Abre tú Judas de Keriot!

Judas se niega:

–                       Yo no… ¡Qué no abro!…  ¿Y si fuesen hombres malos que hayan venido a propósito hoy en la noche? ¡No seré yo, quien te haga mal alguno!

–                       Abre tú, Simón de Jonás.

Pedro se dispone a abrir y dice:

–                       Por lo menos les echaré encima la mesa…

Jesús dice:

–                       Abre Juan y no tengas miedo.

Judas exclama:

–                       ¡Oh! ¡Si quieres que entre, me voy al cuarto del viejo! No quiero ver nada.

Iscariote, de cuatro zancadas pasa a la habitación de Juan de Nobe y se mete en ella.

Juan de pie junto a la puerta, mira espantado a Jesús y dice en voz baja:

–                       ¡Señor…!

Jesús insiste:

–                       Abre. No tengas miedo.

Santiago de Zebedeo dice:

–                       Hazlo hermano. Somos trece hombres fuertes. ¡No serán ellos un ejército!…

Y está listo para entrar en combate.

Pedro lo imita.

Juan abre la puerta y se asoma. No ve a nadie…

Grita:

–                       ¿Quién anda por ahí?

Una voz adolorida de mujer, responde:

–                       Soy una mujer. Quiero al Maestro. Necesito hablar con Él…

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Pedro, que está parado detrás de Juan dice:

–                       No es la hora de venir. ¿Si estás enferma, porqué andas a estas horas? Si eres leprosa, ¿Por qué te aventuras a venir a un poblado? Si tienes algún sufrimiento, regresa mañana…Vete. Vete con tu suerte…

Ella suplica:

–                       Tened piedad. Me encuentro sola en el camino. Tengo frío. Tengo hambre. Soy una infeliz. Llamadme al Maestro. Él tiene piedad…

Los apóstoles cohibidos miran a Jesús.

Su rostro refleja severidad, pero no dice nada y cierran la puerta.

Felipe objeta:

–                       ¿Qué hacemos Maestro? ¿Le damos comida? No hay lugar para ella…

Bartolomé dice:

–                       Espera, voy a ver.  –y toma una lámpara para alumbrarse.

Jesús dice:

–                       No es necesario que vayas. La mujer no tiene frío. Ni hambre. Y sabe muy bien a donde debe ir. No tiene miedo de la oscuridad, ni de la noche. Pero es una infeliz aunque no está enferma, ni es leprosa... Es una prostituta. Vino a tentarme. Os lo digo para que sepáis que conozco todo.

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Para que os persuadáis de ello. Y os digo también que no ha venido porque haya querido, sino porque le pagaron para que viniese.  –Jesús habla en voz alta.

De modo que los que están en la habitación contigua puedan oírlo…  Sobre todo Judas de Keriot.

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Iscariote aparece en la cocina y pregunta:

–                       ¿Y quién pudo haberte hecho esto? ¿Para qué? Ciertamente los fariseos no, como tampoco los escribas y menos los sacerdotes, si es que fuese una mujer de vida alegre. No creo que hayan sido los herodianos.

Jesús responde:

–                       Te diré que sí son ellos,  para poder acusarme de pecador, de que tengo relaciones con daifas. Tú lo sabes, como también Yo.  Soy la Misericordia y no la maldigo a ella, ni a quién la mandó. Voy a verla porque realmente es un ser infeliz. Dijo que lo era por decir mentira,  pues es joven, hermosa y ha sido bien pagada. Es sana y también está satisfecha de su vida ruin. Sal delante de Mí y asiste a nuestra conversación.

Judas se niega:

–                       Yo no salgo. ¿Por qué debo hacerlo?

–                       Para que puedas referirla a quién te preguntará.

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–                       ¿Y quién me interrogará? Entre nosotros no hay razón porqué debamos hacernos preguntas… Y los demás… no veo a nadie.

–                       Obedece. Sal primero.

–                       No. En esto no te obedezco y no puedes obligarme a que me acerque a una meretriz.

Pedro dice:

–                       ¡Oye! ¿Pues quién te crees que eres? Yo voy, Maestro. Y no tengo miedo de que se me pegue algo.

Jesús dice:

–                       No. Voy Yo solo. Abre.

Jesús sale al huerto. No se ve nada en lo espeso de la oscuridad.

Se abre la puerta de la cocina y Pedro sale con una lámpara y se la entrega a Jesús, que le dice en voz baja:

–                       Gracias. No discutáis por esto.

Jesús toma la lámpara y la levanta para ver… Detrás del grueso tronco del nogal, se ve una figura humana.

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Jesús da dos pasos hacia ella y le ordena:

–                       Sígueme.

Y va a colocarse junto a la banca de piedra, sobre la que pone la lámpara cerca de Sí. La mujer se acerca velada, inclinada…

Jesús dice:

–                       Habla.   –ordena enérgico.

Severo cual Dios. De tal modo que en lugar de acercarse o de hablar… Ella retrocede y se inclina mucho más, sin pronunciar palabra alguna.

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–                       Habla. Te lo exijo. Querías verme. Aquí me tienes. Habla…   –dice con un dejo de dulzura en la voz.

Silencio.

–                       Entonces el que hablará soy Yo. Respóndeme. ¿Por qué me odias así, que te prestas a quién desea mi destrucción? ¿Qué mal o daño te he hecho Yo, que ni siquiera me he burlado de ti, por la vida infame que llevas? ¿Por qué has de odiar a quién ni siquiera te ha deseado, que lo odias más que quienes te han arrojado a esta vida de prostituta y que te desprecian cada vez  que se acercan a ti? ¡Responde!

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¡Qué cosa te ha hecho Jesús de Nazareth el hijo del Hombre a quién apenas si conoces de vista, porque te lo encontraste por las calles de la ciudad? ¿No sabes Quién Soy? ¡Sí que lo sabes! Sabes por lo menos dos cosas.

Sabes que soy joven y que te gusta mi Persona. Esto te lo han dicho tus instintos bestiales…  ¡Y tú lengua de ebria lo ha dicho a quién oyó tu confesión y se ha aprovechado de ella, para causarme daño!

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Sabes que soy Jesús de Nazareth, el Mesías. Esto te lo dijeron quienes se están aprovechando de tu apetito carnal y que te pagaron para que vinieses a tentarme. Te dijeron: ‘Él se llama el Mesías. Las multitudes lo proclaman el Santo, el Mesías. No es más que un impostor. Necesitamos pruebas de su miseria de hombre. Dánoslas y te cubriremos con oro.’

Y como tú con la última migaja del tesoro de rectitud, que Dios puso en tu cuerpo junto con el alma, que has destruido y reducido casi a la nada, no querías perjudicarme, porque a tu modo me amabas…

Ellos te prometieron: ‘No le causaremos ningún daño. ¡Antes bien! Te lo entregamos como un hombre y te damos los medios para que viva como un rey a tu lado. No necesitamos otra cosa para poner paz en nuestras conciencias, que decir que Él es un hombre cualquiera. Una prueba de que no estamos equivocados al afirmar que Él no es el Mesías.’

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Así te hablaron y tú viniste. Si Yo me dejase engañar por tus encantos, el Infierno caería sobre Mí. Ellos están listos para cubrirme de lodo y capturarme. Tú eres su instrumento. ¿Ves que no te pregunto nada? Hablo porque lo sé. Pero sí sabes las dos primeras cosas. La tercera la ignoras: No sabes Quién Soy Yo; además del Hombre que estás viendo. Los otros te dijeron: ‘Es el Nazareno’

Te diré Quién Soy: Soy el Redentor.

Para redimir, no debo tener pecado. Mi posible sensualidad de humano, la tengo aplastada. La he aplastado siempre y la estoy aplastando ahora…  De igual modo estoy dispuesto a arrancarte de tu enfermedad y pisotearla librándote de ella, para sanarte. Para santificarte. Porque Soy el Redentor.

El Mesias

cuerpo humano para salvaros. Para destruir el Pecado, no para pecar. Lo tomé para borrar vuestros pecados, no para pecar con vosotros. Lo tomé para amaros. Pero con un amor que da su vida, su sangre, su Palabra, todo su ser, para llevaros al Cielo. A la justicia. No para amaros como animal y ni siquiera como hombre.

Porque Soy más que Hombre. ¿Sabes Quién Soy Yo? No lo sabes. No conoces ni siquiera la importancia de lo que te habías propuesto realizar. Y te perdono.

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Pero, ¿Cómo has podido vivir de tu prostitución? Antes no eras así. Eras buena. ¡Oh, infeliz!… ¿No recuerdas tu infancia? ¿Los besos de tu madre? ¿Sus palabras? ¿Las horas en que orabais  juntas? ¿Las palabras de sabiduría que tu padre te explicaba por la noche?…

¿Qué fue lo que te convirtió en estúpida y ebria? ¿No recuerdas nada de esto? ¿No lo lamentas? Dime, ¿Eres realmente feliz?… ¿No respondes?

Lo diré por ti. No eres feliz. Cuando te levantas encuentras sobre tu almohada, tu vergüenza que es la que te da los buenos días. La voz de tu conciencia te grita sus reproches mientras te acicalas, adornas y perfumas para el placer.

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Hueles el olor infame aún de los perfumes más delicados. Sientes náuseas en los más exquisitos alimentos. Tus collares pesan más que una cadena. Y lo son. Mientras ríes y seduces, algo gime dentro de ti… Te embriagas para disipar el fastidio y el asco de tu vida. Odias a los que dices amar, para sacarles el dinero. Te maldices a ti misma. Tu sueño está lleno de pesadillas. El recuerdo de tu madre es una espada en tu corazón. La maldición de tu padre no te deja en paz.

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Y luego tienes ante tu vista los desprecios de aquellos con quienes te encuentras. La crueldad de quién te emplea sin una gota de piedad. Eres mercancía. Te vendes… La mercancía comprada puede ser usada como se quiera. Se rompe. Se tira, se le aplasta, se le escupe. El comprador tiene el derecho de hacerlo. No puedes rebelarte…

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Te hace feliz esta vida? No. Estás desesperada… Encadenada… Torturada… En la tierra eres una piltrafa sucia que cualquiera puede pisotear. Cuando sientes aflicción, necesitas consuelo y levantas tu corazón a Dios, sientes que Él está irritado contra ti. El Cielo se te cierra más que a Adán. Si te sientes mal, tienes miedo de morir, porque prevés tu suerte. El Abismo te espera.

¡Oh, infeliz! ¿Y no era suficiente esto? ¿Quieres agregar a la cadena de tus culpas, la de ser causa de la ruina del Hijo del Hombre? Del único que te ama; porque también por tu alma se hizo hombre…  Yo podría salvarte si quisieras. Sobre el abismo de tu abyección, se inclina el Abismo de la Misericordiosa Santidad y está aguardando un deseo tuyo de querer ser salvada, para que te arranque del abismo de tu inmundicia.

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En tu corazón piensas que es imposible que Dios te perdone. Y esto lo deduces del hecho de que el mundo no te perdona que seas una mujer de la vida alegre. Pero Dios no es el mundo. Dios es Bondad. Dios es Perdón. Dios es Amor.

Te pagaron para que vinieras a hacerme el mal. En verdad te digo que el Creador, con tal de salvar una creatura suya, puede cambiar en bien lo que estaba mal. Si quieres, tu venida se cambiará en bien.  No te avergüences de tu Salvador. No te avergüences de mostrarle desnudo tu corazón. Aunque lo quieras ocultar, Él lo está viendo y sobre él llora. Llora y ama.

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No te avergüences de arrepentirte. Trata de tener valor en el arrepentimiento, así como lo tuviste en la culpa. No eres la primera de este género de vida a mis pies, que Yo conduzca a la Justicia… Jamás he arrojado a ninguna, por más culpable que fuese. He procurado atraerla y salvarla. Es mi Misión…

El estado de tu corazón no me causa horror. Conozco a Satanás y a sus obras. Conozco a los hombres y sus debilidades. Conozco la condición de la mujer que paga como es justicia, más duramente que el hombre, las consecuencias de la culpa de Eva. Sé  juzgar y compadecer.

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aseguro que soy más severo contra los que te han enviado, que contra tí. ¡Infeliz mujer que ignorabas para lo que te querían! Hubiera querido que vinieras empujada por un deseo de ser redimida, como otras hermanas tuyas. Pero si secundas el deseo de Dios y de una acción mala, haces piedra angular de tu nueva vida, Yo pronunciaré sobre ti la palabra de paz…

Jesús que al principio había hablado con tono enérgico, poco a poco lo ha ido suavizando, pero sin mostrar ninguna debilidad en sus sentidos… Y sin equívoco en su Bondad. Guarda silencio ahora. Esperando que la mujer hable.

Ella sigue de pie cada vez más inclinada, a unos dos metros de distancia. A la mitad de las palabras de Jesús, se ha llevado las manos a la cara y ha dejado ver, bajo su manto oscuro dos hermosos brazos, adornados con brazaletes.

De pronto cae de rodillas, se encoge y empieza a llorar…

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Ella gime:

–                       ¡Es verdad! Eres verdaderamente un profeta. Todo es verdad. Me pagaron para esto. Pero me habían dicho que se trataba de una apuesta… que ellos te descubrirían en mi casa. Pero también cerca de Ti…

Jesús la interrumpe:

–                       Mujer. Quiero oír solamente tus culpas.

–                       Es verdad. No tengo derecho a acusar a nadie, porque soy un montón de inmundicia. Todo… Todo lo que has dicho es verdad. Pero no me arrojes, Señor. Me has hablado con más dulzura que mi madre, que en los últimos días fue muy dura conmigo, por mi conducta. Para no oírla, huí a Jerusalén…

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Pero Tú, tu dulzura es como si fuese nieve sobre el fuego que me devora. ¡Cuántos dolores inútiles y malditos, me he dado yo misma! Señor, te dije a través de la puerta entreabierta que era yo una mujer infeliz y que quería piedad. Era mentira. Pero ellos me dijeron que te dijera eso para hacerte caer y añadieron que mi belleza, haría el resto… ¡Mi belleza! ¡Mis vestidos!

La mujer se pone de pie…

Es alta. Se quita el velo y el manto. Y se deja ver en su extraordinaria belleza. Es morena muy clara, casi blanca. Y tiene el cabello castaño muy oscuro, casi negro. Sus ojos son grandes, castaños y bellísimos… Tienen una mirada de inocencia asombrada que es extraño ver en las mujeres de su clase.

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Arranca y pisotea su manto. Rompe el velo. Se quita todas las joyas y las arroja al suelo. Su preciosa faja, tiene igual destino. Lo mismo que el broche con el que sostiene su vestido, en el pecho.

Y todo lo hace, mientras repite:

–                       ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Malditas cosas! ¡Fuera! ¡Largo de aquí, belleza! ¡Adiós, piel de jazmín! ¡Adiós cabellos!…

Rápida, toma una piedra aguda que se ve en el suelo y se golpea con ella en la cara, en la boca. Con las uñas se rasga la piel del cuerpo. La sangre brota de las heridas…  Los lugares golpeados se hinchan…

Hasta que su furia se aplaca y jadeante, agotada, desfigurada, despeinada, con su vestido sucio por la sangre, por el polvo.

Se echa a los pies de Jesús implorando:

–                       Y ahora puedes perdonarme si ves mi corazón. Porque no existe más mi pasado… ¡Has vencido, Señor! A tus enemigos. A mí misma… Por piedad, perdóname mis pecados.

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–                       Ya te había perdonado cuando vine a tu encuentro. Levántate y no peques más.

–                       Dime qué debo hacer. Y lo haré.

–                       Aléjate de los lugares donde pecabas. De los que te conocen. Tu madre…

–                       ¡Oh, Señor mío! ¡Ya no me recibirá! Me odia porque por mi causa, murió mi padre, maldiciéndome…

–                       Si te recibe Dios, que es Dios. Y te recibe porque es Padre… ¿No puede tu madre acogerte? ¿Tu madre que te engendró y que es mujer como tú? Humildemente ve a su casa. Llora a sus pies, como has llorado a los míos. Dile todo lo que ha pasado, como lo has hecho conmigo. Cuéntale tus sufrimientos. Invoca su compasión. Hace años que está esperando este momento…  Tu madre lo espera para morir en paz. Sufre sus palabras de amoroso reproche, como has sufrido las mías… Es tu madre. Y por eso tienes la doble obligación, de oírla con respeto.

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–                       Eres el Mesías. Eres más que una madre.

–                       Ahora lo dices. Cuando viniste a tentarme, no lo sabías. Y con todo, oíste mis palabras.

–                       Eres muy diferente de todos los hombres… Eres Santo…  ¡Oh, Jesús de Nazareth!

–                       Tu mamá es santa, como mi Madre y como creatura. Por sus oraciones has encontrado misericordia ante Dios.

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–                       Yo le quité la honra. Toda la población sabe lo que soy.

–                       Con mayor razón debes ir a decirle: ‘¡Madre, perdóname!’ Para consagrarle tu vida. Para reparar las aflicciones que por ti ha sufrido.

–                       Así lo haré. Pero… ¡Señor! ¡No me devuelvas a Jerusalén! Ellos me están esperando y no sé si pueda resistir sus amenazas. Y…

–                       Espera un momento…

Jesús se levanta y se dirige a la cocina.

Dice a la anciana Elisa:

–                       Ven conmigo.

Ella obedece. La lleva a donde está la mujer, que al ver venir a otra mujer mayor, tiene un movimiento de vergüenza. Y trata de cubrir su cuerpo y su vestido provocativo, con los pedazos desgarrados del velo y del manto.

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Jesús dice:

–                       Óyeme muy bien Elisa. Me voy ahora mismo de esta casa. Dirás a mis discípulos, que se reúnan conmigo al amanecer, en la Puerta de Herodes. Todos; menos Judas de Keriot, que debe venir conmigo. Vas a llevar a esta mujer a dormir contigo. Puedes tomar mi cama, porque no regresaré por mucho tiempo a Nobe…  Mañana cuando Juan se levante, tú y él acompañaréis a esta mujer a donde os dijere. Le darás un vestido cualquiera y un manto de los tuyos. La ayudaréis en todo.

Elisa responde:

–                       Está bien Señor. Se hará cómo has dicho. Me desagrada por Juan…

–                       A Mí también. Quería que estuviese contento, pero el odio de los hombres impide al Hijo del Hombre, que tenga una hora de regocijo…

–                       ¿Y luego, Señor?

–                       Puedes regresar aquí, en espera de mis notificaciones… Hasta pronto Elisa. Mi bendición y mi Paz estén contigo. –se vuelve hacia la mujer-  Adiós, mujer… Te confío a una madre y a un hombre justo. Si crees que tienes que regresar a tomar tus prendas…

Ella niega rotunda:

–                       No. No quiero tener nada que ver con el pasado.

Elisa protesta:

–                       Pero ¡Óyeme! No vas a dejar todo tirado. ¿No tienes siervos? ¿No tienes familiares?

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–                       No tengo más que una esclava. Y…

–                       Tendrás que dejarla libre. Tendrás…

La angustia palpita en la voz de la mujer, al decir:

–                       Te ruego que lo hagas tú, cuando regreses. Ayúdame a que me cure del todo.

Elisa trata de tranquilizarla:

–                       Sí, hija mía. Sí. No te angusties…  Mañana pensaremos en todo. Ahora ven conmigo, allá arriba.

Elisa la toma de la mano y la lleva por las escaleras a una de las dos habitaciones que hay.

Luego, Elisa ligera regresa y dice:

–                       Pensé que estaba bien que todos te viesen sin ella, Señor. Y que no sepan en donde está. Estos joyeles…   -se inclina a recogerlos- ¿Qué haremos con esto, Señor?

Jesús confirma:

–                       Ven conmigo. Tienes razón. Está bien que no me vean con ella….

Entran en la cocina.

Todos miran interrogantes a Jesús…

El viejo Juan se acerca…

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Jesús dice:

–                       Elisa, da esas cosas preciosas a Tomás. –se vuelve hacia su apóstol- Mañana las venderás a algún orfebre. Servirán para los pobres. –Los mira a todos y contesta a la muda interrogante plasmada en todos los rostros- Sí, son joyeles de una mujer. De esa Y ésta es la respuesta a quien piensa que una mujer puede tentar al Hijo del Hombre y desviarlo de su Misión. También es el consejo que doy a los que me odian. Es inútil todo lo que hagan para encontrar con qué acusarme.

Todos lo miran asombrados y apesadumbrados…

Jesús se despide:

–                       Juan, Elisa te dirá lo que tienes que hacer. Te bendigo…

Juan de Nobe pregunta:

–                       ¿Te vas, Señor?

–                       Tengo que irme. Adiós. La paz sea contigo.   –y volviéndose a los apóstoles- Id todos a acostaros  menos tú Judas de Keriot, que vendrás conmigo.

Judas replica:

–                       ¿A dónde? Y ¿De noche?…

–                       A orar. No te hará mal. ¿O temes al aire nocturno, si estás junto a Mí?

Judas inclina la cabeza y toma de mala gana su manto.

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Jesús toma el suyo y dice:

–                       Mañana los espero al amanecer en la Puerta de Herodes. Iremos al Templo y…

Todos los apóstoles protestan:

–                       ¡No!   -el ‘No’ es unánime.

El de Judas es el más fuerte.

–                       Iremos al Templo.  Judas, ¿No dijiste que los habías convencido de que me dejaran en paz?

Judas responde:

–                       Cierto.

–                       Entonces iremos al Templo. Ven.   –Y se dirige a la puerta para salir.

Pedro suspira:

–                       Y así se acaba una fiesta, que habíamos preparado…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA