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26.- TRÁNSITO DE MARÍA


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El sol luce todo su esplendor en una cálida tarde veraniega. Los pajarillos llenan con sus trinos el huerto de la casa del Getsemaní. En la habitación situada en la terraza, se encuentra María vestida totalmente de blanco; está doblando y ordenando sus vestidos y los de Jesús.

Los mira detenidamente, se sumerge en sus recuerdos y los besa; luego los dobla y los apila sobre una mesa. Son: una túnica de lino que Jesús acostumbraba llevar en los días veraniegos; un manto azul con el que lucía regio cuando predicaba y el manto encontrado en el Huerto de Getsemaní, que todavía conserva las manchas con la sangre brotada con el Sudor Sanguíneo de aquella Hora Tremenda.

También los vestidos que ella llevaba el Viernes Santo en el Calvario y que también están ensangrentados, por el momento cuando recibió el Cuerpo Santísimo de su Hijo al pie de la Cruz.

Cuando termina de seleccionar y doblar, se dirige hacia el cofre donde guarda las reliquias de la Última Cena y de la Pasión y coloca también allí, las prendas seleccionadas. Acaricia todos los objetos y luego cierra el baúl. Todavía no ha sacado la llave de la cerradura, cuando escucha una voz grave…

Es Juan diciendo:

–           ¿Qué haces, Madre?

María contesta:

–           He ordenado todo lo que conviene conservar. Todos los recuerdos… Todo lo  constituye un testimonio de su amor y dolor infinitos.

Juan se acerca y pregunta:

–           ¿Por qué Madre, quieres volver a abrir las heridas de tu corazón viendo de nuevo estas cosas tristes? Sufres viéndolas, porque estás pálida y tu mano tiembla.

–           ¡Oh, no es por eso por lo que estoy pálida y tiemblo! No es porque se me abran de nuevo las heridas… Que en realidad, jamás se han cerrado del todo. También la paz  y el gozo están en mí. Y nunca como ahora, habían sido tan completos.

–           ¡Nunca como ahora! No comprendo… A mí el ver esas cosas, llenas de atroces recuerdos, me hace renacer la angustia de aquellas horas. Y yo soy sólo un discípulo suyo; tú eres su Madre…

CALVARIO

Y por esto debería sufrir más, quieres decir. Y humanamente, tienes razón. Pero no es así. Estoy acostumbrada a soportar el dolor de las separaciones de Él. Siempre dolor porque su presencia y cercanía eran mi Paraíso en la Tierra. Pero también siempre con buena disposición y serenamente sufridas, porque todos sus actos respondían a la Voluntad del Padre, eran actos de obediencia a la Voluntad divina y por tanto, yo lo aceptaba porque yo también he obedecido siempre a los deseos y planes de Dios para mí.

Yo sufría cuando Jesús partía.

¡Claro! Me sentía sola. El dolor que sufrí cuando, siendo niño, me dejó por el debate con los doctores del Templo, sólo Dios lo ha medido en su más auténtica intensidad. Fuera de la pregunta que como madre tuve que hacerle, no le dije nada más. Y tampoco lo retuve cuando me dejó para convertirse en el Maestro. Y ya había enviudado de José y estaba sola en una ciudad que fuera de algunas personas, no me quería.

Y no me sorprendió su respuesta en el banquete de las bodas de Caná. Él cumplía con la voluntad del Padre, yo lo dejaba libre para hacerla. Podía elevar una súplica, dar un consejo. Consejo a sus discípulos. Una súplica por algún desdichado. Pero más, no. Sufría cuando me dejaba para ir al mundo, a este mundo que le era hostil, a ese mundo tan pecador, que el hecho de vivir en medio de él era un sufrimiento. ¡Pero, cuánta alegría cuando regresaba! Era una alegría tan profunda, que me compensaba setenta veces siete, el dolor de la separación.

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Desgarrador fue el dolor de la separación que siguió a su Muerte, pero ¿Con qué palabras podré expresar el gozo que sentí cuando se me apareció resucitado? Inmensa fue la pena de la separación por su regreso al Padre, una pena sin término hasta cuando mi vida terrenal termine. Ahora soy feliz como en otro tiempo padecí; porque presiento que mi vida toca a su fin. He hecho cuanto debía hacer. He terminado mi misión terrena. La otra, la celestial, no tendrá fin. Dios me ha dejado en esta Tierra hasta que como mi Jesús, haya cumplido lo que tenía que realizar. Y tengo dentro de mí esa secreta alegría, la única gota de bálsamo que Jesús tuvo en sus amarguísimos, finales y últimos atroces sufrimientos, cuando pudo decir: “Todo está consumado”.

–           ¿Alegría de Jesús? ¿En aquella hora?

–           Sí, Juan. Una alegría incomprensible para los hombres, pero comprensible para los espíritus que ya viven en la luz de Dios y ven las cosas profundas, escondidas bajo los velos que el Eterno corre sobre sus secretos de Rey, gracias a esa luz.

Yo, tan angustiada como estaba, profundamente turbada por lo que estaba sucediendo, unida a Él, por mi entrega al Padre, no comprendí entonces. La Luz se había apagado para el mundo en aquella hora. Para el mundo que no había querido aceptarla. Y también se apagó para mí. No por un justo castigo, sino porque siendo Corredentora, yo también debía padecer la angustia del abandono de los consuelos divinos, las tinieblas, la desolación, las tentaciones de Satanás, que me gritaban que no era posible creer en lo que Él había dicho.

En todo lo que Él padeció en el espíritu desde el Jueves hasta el Viernes. Pero luego comprendí. Cuando la Luz, resucitada para siempre, se me apareció, comprendí. Todo. Incluso la secreta, final alegría de Cristo cuando pudo decir: “Todo lo que el Padre quería que llevara a cabo lo he cumplido. He colmado la medida de la caridad divina amando al Padre hasta el sacrificio de mí mismo, amando a los hombres hasta morir por ellos. Todo lo que debía llevar a cabo lo he cumplido. Muero lacerado en mi carne inocente, pero contento en el espíritu”.

Crucificado

Yo también he cumplido todo lo que, ab aeterno, estaba escrito que cumpliera. Desde la generación del Redentor hasta la ayuda a vosotros, sus sacerdotes, para que os formarais perfectamente. La Iglesia actualmente, está formada y es fuerte. El Espíritu Santo la ilumina, la sangre de los primeros mártires la une sólidamente y multiplica. Mi ayuda ha cooperado en hacer de Ella un organismo santo, al que la caridad hacia Dios y hacia los hermanos alimenta y fortalece cada vez más. Y donde los odios, rencores, envidias, maledicencias, malvadas plantas de Satanás, no arraigan.

Dios está contento de ello y quiere que lo sepáis a través de mis labios, como también quiere que os diga que continuéis creciendo en la caridad para poder crecer en la perfección. Lo mismo en número de cristianos y en una doctrina poderosa. Porque la doctrina de Jesús es doctrina de amor. Porque la vida de Jesús y también la mía, estuvieron siempre guiadas y movidas por el amor. Ninguno fue rechazado por nosotros, a todos los perdonamos; sólo a uno no pudimos otorgarle el perdón porque él, siendo ya esclavo del Odio, no quiso nuestro amor sin límites.

Jesús, en su último adiós antes de la muerte, os mandó que os amarais los unos a los otros. Y os dio incluso la medida del amor que debíais guardaros, diciéndoos: “Amaos los unos a los otros como Yo os he amado. Por esto se sabrá que sois mis discípulos”.

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La Iglesia para vivir y crecer, tiene necesidad de la caridad. Caridad, sobre todo, en sus ministros. Si no os amarais entre vosotros con todas vuestras fuerzas y de la misma manera, no amarais a vuestros hermanos en el Señor, la Iglesia se haría estéril. Y raquítica y escasa sería la nueva creación y la supercreación de los hombres, para el grado de hijos del Altísimo y coherederos del Reino del Cielo, porque Dios dejaría de ayudaros en vuestra misión.

Dios es Amor. Todos sus actos han sido actos de amor. Desde la Creación hasta la Encarnación, desde ésta hasta la Redención. De la Redención a la fundación de la Iglesia y finalmente, de ésta hasta la Jerusalén celestial, que recogerá a todos los justos para que exulten en el Señor. Te digo a ti estas cosas porque eres el Apóstol del amor y las puedes comprender mejor que los otros…

Juan la interrumpe diciendo:

–           También los otros aman y se aman».

–           Sí. Pero tú eres el Amante por excelencia. Cada uno de vosotros tuvo siempre una característica, como cualquier ser humano la tiene.  Entre los Doce, tú fuiste siempre el amor, el puro y sobrenatural amor. Ciertamente por ser tan puro amas tanto.

–           ¿Y Pedro?

–           Pedro fue siempre el hombre, el hombre auténtico e impetuoso. Su hermano, Andrés, tímido y callado. Santiago tu hermano, impulsivo; tanto que Jesús lo llamó hijo del trueno. El otro Santiago primo de Jesús, fue justo y heroico. Judas de Alfeo su hermano, noble y leal en todas las circunstancias. La descendencia de David era evidente en él. Felipe y Bartolomé eran los tradicionalistas. Simón el Zelote, el prudente. Tomás, el pacífico. Mateo, el hombre humilde que teniendo presente su pasado, trataba de pasar inadvertido.

Y Judas de Keriot… ¡Ay!, La oveja negra del rebaño de Cristo, la serpiente que recibió el calor de su amor y fue el satánico embustero, siempre.

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Pero tú todo tú amor, puedes comprender mejor y ser voz de amor para todos los otros, para los lejanos, para transmitirles este último consejo mío: Les dirás que se amen y que amen a todos, incluso a sus perseguidores, para ser una sola cosa con Dios, como yo lo fui, hasta el punto de merecer ser elegida esposa del Amor eterno para concebir a Cristo.

Yo me he entregado a Dios sin medida, aun comprendiendo desde el primer momento cuánto dolor me habría acarreado ello. Los profetas estaban presentes en mi mente y sus palabras, la luz divina me las hacía clarísimas. Por tanto, desde mi primer “fiat” al Ángel, supe que me consagraba al mayor de los dolores que madre alguna pudiera padecer.

Pero nada puso límite a mi amor. Porque yo sé que el amor es para cualquiera que lo use, fuerza, luz, imán que atrae hacia lo alto, fuego que purifica y hace hermoso todo lo que enciende. Transformando y convirtiendo en sí  a todos los que ciñe en su abrazo. Sí, el amor es realmente llama. Es llama que destruyendo todo lo más despreciable; lo convierte en un espíritu purificado y digno del Cielo.

¡Cuántos hombres deshechos, sucios, asquerosos encontraréis en vuestro sendero de evangelizadores! No despreciéis a ninguno de ellos. Amadlos, para que nazcan al amor y se salven. Infundid en ellos la caridad. Muchas veces el hombre se hace malo porque nadie lo amó nunca o lo amó mal. Vosotros amadlos para que el Espíritu Santo vuelva a habitarlos después de la purificación, esos templos que muchas cosas hicieron vacíos y sucios. Dios para crear al hombre no tomó un ángel, ni materia selecta; tomó barro, la materia más abyecta.

Luego infundiendo en ella su aliento, esto es, su amor; elevó la materia abyecta al excelso grado de hijo adoptivo de Dios. Mi Hijo en su camino, encontró muchos seres humanos caídos en el fango y que eran verdaderos despojos. No los pisó con desprecio. A1 contrario, con amor los recogió y acogió y los transformó en elegidos del Cielo. Recordad esto siempre. Y actuad como Él actuó.

Recordad todos los hechos y palabras de mi Hijo. Recordad sus dulces parábolas, vividlas y ponedlas en práctica.

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Escribidlas para que tengan constancia de ellas los que vengan después hasta el final de los siglos, para que sean siempre guía de los hombres de buena voluntad para que consigan la vida y gloria eternas. No podréis repetir todas las luminosas palabras de la eterna Palabra de Vida y Verdad. Pero escribid de ellas, cuantas más podáis. El Espíritu de Dios, que descendió sobre mí para que diera al Salvador al mundo y que descendió también sobre vosotros en dos ocasiones, os ayudará a recordar y a hablar a las gentes de forma que las convirtáis al verdadero Dios.

Continuaréis así la maternidad espiritual que empecé yo en el Calvario para dar muchos hijos al Señor. Y el propio Espíritu, hablando en los hijos del Señor de nuevo creados, los fortalecerá de tal manera que para ellos será dulce el morir entre tormentos, padecer el destierro y la persecución, con tal de confesar su amor a Cristo y unirse a Él en el Cielo, como ya hicieron Esteban, Santiago, mi Santiago y otros más…

Cuando estés solo, salva esta arca…

Juan palidece más de lo que ya estaba cuando María ha dicho que siente cumplida su misión, la interrumpe exclamando:

–           ¡Madre! ¿Por qué dices esto? ¿Te sientes mal?

–           No.

–           ¿Entonces es que quieres dejarme?

–           No. Estaré contigo mientras esté en la Tierra. Pero prepárate Juan mío, a estar solo.

–           ¡Pero, entonces es que te sientes mal y quieres ocultármelo!…

–           No, créeme. Nunca me he sentido con tantas fuerzas, con tanta paz, con tanta alegría, como ahora. Tengo dentro de mí un gozo tal, una tan gran plenitud de vida sobrenatural, que…Sí. Pienso que no podré soportarla siguiendo viva. Además, no soy eterna. Debes comprenderlo. Eterno es mi espíritu; la carne, no. Y está sujeta como todo cuerpo humano, a la muerte.

–           ¡No! ¡No! No digas eso. ¡Tú no puedes, no debes, morir! ¡Tu cuerpo inmaculado no puede morir como el de los pecadores!

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Estás en un error, Juan. ¡Mi Hijo murió!…  Yo también moriré. No conoceré la enfermedad, la agonía, el angustioso sufrimiento de la muerte. Pero morir, moriré. Y además has de saber hijo mío, que si tengo un deseo entero y solamente mío y que permanece desde que Él me dejó, es precisamente éste. Éste es el primero, intenso deseo del todo mío. Es más, puedo decir: la primera voluntad mía.

Todas las otras cosas de mi vida no fueron sino consentimiento de mi voluntad a la Voluntad divina. Voluntad de Dios, puesta por Él mismo en mi corazón de niña, fue el querer ser virgen; voluntad suya, mi boda con José; voluntad suya, mi Maternidad virginal y divina. Todo en mi vida ha sido voluntad de Dios y obediencia mía a su voluntad. Pero ésta, la voluntad de querer unirme de nuevo a Jesús, es voluntad del todo mía.

¡Dejar la Tierra por el Cielo, para estar con Él eterna y continuamente! ¡Mi deseo desde hace ya muchos años! Y ahora siento que próximamente se va a hacer realidad. ¡No te turbes de esa manera, Juan! Escucha más bien, mis últimos deseos. Cuando mi cuerpo, ausente ya de él el espíritu vital, yazca en paz; no me sometas a los embalsamamientos habituales entre los hebreos.

Ya no soy la hebrea, sino la cristiana. La primera cristiana, porque fui la primera que tuvo a Cristo, Carne y Sangre, en mí. Porque fui su primera discípula, porque fui con Él Corredentora y continuadora suya aquí, entre vosotros, siervos suyos. Ningún ser humano, excepto mi padre, mi madre y los que asistieron a mi nacimiento, vio mi cuerpo.

Tú a menudo me llamas: “Arca verdadera que contuvo a la Palabra divina”. Ahora bien, tú sabes que sólo el Sumo Sacerdote puede ver el Arca. Tú eres sacerdote y mucho más santo y puro que el Pontífice del Templo. Pero yo quiero que sólo el eterno Pontífice pueda ver, en su debido momento, mi cuerpo. Por eso, no me toques. Además… Ya ves que me he purificado y me he puesto la túnica pura, el vestido de los esponsales eternos… Pero, ¿por qué lloras, Juan?

–           Porque la tempestad del dolor se desencadena dentro de mí. ¡Me doy cuenta de que voy a perderte pronto! ¿Cómo podré vivir sin ti? ¡Siento desgarrárseme el corazón ante este pensamiento! ¡No resistiré este dolor!

–           Resistirás. Dios te ayudará a vivir y mucho tiempo, como me ayudó a mí. Porque si Él no me hubiera ayudado en el Gólgota y en el Monte de los Olivos, cuando Jesús murió y cuando Jesús ascendió al Cielo; habría muerto, como murió Isaac. Te ayudará a vivir y a recordar todo lo que te he dicho antes, para el bien de todos.

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¡Oh, lo recordaré todo! Y haré todo lo que deseas y lo que has dicho respecto a tu cuerpo. Yo también comprendo que los ritos hebreos para ti ya no sirven. Para ti, cristiana; para ti, la Purísima que -estoy seguro de ello- no conocerá en su carne la corrupción. No puede tu cuerpo, deificado como ningún otro, por no haber tenido Pecado original y más aún, porque además de la plenitud de la Gracia contuviste en ti a la Gracia misma, al Verbo. Por lo cual tú eres la más auténtica reliquia suya, conocer la descomposición, la podredumbre de toda carne mortal. Será éste el último milagro de Dios a ti, en ti. Serás conservada como eres ahora…

María mira la cara desencajada y bañada de lágrimas del apóstol y dice:

–           ¡No sigas llorando!  Si voy a conservarme como soy ahora, no me perderás. ¡Así que no te angusties!

–           Te perderé de todas formas, aunque permanezcas incorrupta. Y me siento como atrapado por un torbellino de dolor, un huracán que me quebranta y me abate. Tú eres mi todo, especialmente desde la muerte de mis padres y desde que los otros hermanos de sangre y de misión están lejos, incluido el queridísimo Marziam al que Pedro ha tomado consigo. ¡Ahora me quedaré solo y en medio de la más fuerte tempestad!

Juan cae a sus pies, sollozando más fuerte.

María se inclina hacia él y le pone una mano sobre la cabeza sacudida por los sollozos y le dice:

–           No. Así no. ¿Por qué me haces sufrir? Tan fuerte como fuiste al pie de la Cruz… ¡Y era una escena de horror sin igual, por la intensidad del martirio y por el odio satánico del pueblo! ¡¿Tan fuerte, tan consolador para Él y para mí, en aquel momento…!? Y hoy en el atardecer de un sábado tan sereno y sosegado y ante mí, que exulto por el inminente gozo que presiento, ¡¿Te turbas de esta manera?!

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Cálmate. Imita a todo lo que nos rodea, a todo lo que está dentro de mí; es más: únete a ello. Todo es paz. Ten paz tú también. Sólo los olivos rompen, con su leve movimiento, la calma absoluta de esta hora. Pero ¡Es tan dulce este murmullo, que parece un vuelo de ángeles en torno a la casa! Y quizás están realmente los ángeles, porque siempre los ángeles estuvieron cerca de mí, cuando me encontraba en un momento especial de mi vida.

Estuvieron en Nazaret cuando el Espíritu de Dios hizo fecundo mi seno virgen. Y estuvieron con José cuando estaba turbado y titubeante, por mi estado y respecto a cómo comportarse conmigo. Y en Belén en dos ocasiones: cuando nació Jesús y cuando tuvimos que huir a Egipto. Y en Egipto, cuando nos dieron la orden de volver a Palestina. Y si no vinieron a mí, porque el Rey de ellos había venido dónde estaba yo en canto resucitó, se aparecieron a las pías mujeres en el amanecer del primer día después del sábado y les ordenaron que dijeran a ti y a Pedro lo que debíais hacer. Ángeles y luz siempre, en los momentos decisivos de mi vida y de la de Jesús. Luz y ardor de amor que descendiendo del trono de Dios a mí, su sierva y subiendo de mi corazón a Dios, mi Rey y Señor, nos unían a mí con Dios y a Dios conmigo, para que se cumpliera todo lo que estaba escrito que había de cumplirse. Y también para crear un velo de luz extendido sobre los secretos de Dios, de forma que Satanás y sus siervos no conocieran, antes del tiempo justo, el cumplimiento del misterio sublime de la Encarnación.

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También en este atardecer siento aunque no los vea, a los ángeles en torno a mí. Y siento que crece en mí, dentro de mí la luz, una irresistible luz, como la que me envolvió cuando concebí al Cristo, cuando lo di al mundo. Luz que viene de un impulso de amor más poderoso que el habitual en mí. Por una potencia de amor similar a ésta, arrebaté del Cielo antes del tiempo, al Verbo para que fuera el Hombre y Redentor. Por una potencia de amor como la que me acomete en este anochecer, espero ser raptada por el Cielo y que el Cielo me lleve al lugar a donde deseo ir con mi espíritu para cantar eternamente con el pueblo de los santos y los coros de los ángeles, mi imperecedero “Magníficat” a Dios por las grandes cosas que ha hecho en mí, su sierva.

–           No sólo con el espíritu, probablemente. Y a ti te responderá la Tierra, la cual con sus pueblos y naciones te glorificará y te honrará mientras el mundo exista, como bien predijo aunque veladamente de ti Tobit, (Tobías 13, 13-18) porque la que verdaderamente ha llevado en sí al Señor eres tú y no el Santo de los Santos. Tú has dado a Dios tú sola, tanto amor cuanto no le han dado todos los Sumos Sacerdotes y todos los otros del Templo en siglos y siglos. Un amor ardiente y purísimo. Por eso, Dios te hará beatísima.

–           Y cumplirá mi único deseo, mi única voluntad. Porque el amor, cuando es tan total, que es casi perfecto como el de mi Hijo y Dios, todo lo obtiene; incluso lo que para el juicio humano parecería imposible de obtenerse. Recuerda esto, Juan. Y di también esto a tus hermanos. ¡Seréis muy hostigados! Obstáculos de todo tipo os harán temer una derrota, matanzas por parte de los perseguidores, deserción por parte de cristianos de moral… iscariótica deprimirán vuestro espíritu. No temáis. Amad y no temáis.

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En la proporción de vuestro modo de amar Dios os ayudará y os hará triunfar sobre todo y sobre todos. Todo obtiene el que se hace serafín. Entonces el alma, esa admirable, eterna cosa que es el mismo soplo de Dios, por Él infundido en nosotros, se proyecta poderosamente hacia el Cielo, cae como llama a los pies del divino trono, habla con Dios y es escuchada por Dios… Y obtiene del Omnipotente lo que desea.

Si los hombres supieran amar como ordena la antigua Ley y como amó y enseñó a amar mi Hijo, todo lo obtendrían. Yo amo así. Por eso siento que dejaré de estar en la Tierra, yo por exceso de amor, como Él murió por exceso de dolor. La medida de mi capacidad de amar está colmada. ¡Mi alma y mi carne no pueden ya contenerla! El amor rebosa de ellas, me sumerge y al mismo tiempo me eleva hacia el Cielo, hacia Dios, mi Hijo. Y su voz me dice: “¡Ven! ¡Sal! ¡Sube a nuestro trono y a nuestro trino abrazo!”. ¡La Tierra, todo lo que me rodea, desaparece en la gran luz que del Cielo me viene! ¡Los sonidos quedan cubiertos por esta voz celestial! ¡Ha llegado para mí la hora del abrazo divino, Juan mío!

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Juan que escuchando a María se había calmado un poco aunque permanecía turbado y que en la última parte de sus palabras la miraba extático, casi arrobado también él; palidísimo su rostro como el de María, cuya palidez de todas formas se va lentamente transformando en luz blanquísima…

Acude a ella para sujetarla mientras exclama:

–           ¡Tu aspecto es como el de Jesús cuando se transfiguró en el Tabor! ¡Tu carne resplandece como luna, tus vestiduras relucen como diamante colocado frente a una llama blanquísima! ¡Ya no eres humana, Madre! ¡La pesantez y la opacidad de la carne han desaparecido! ¡Eres luz! Pero no eres Jesús. Él, siendo Dios además de Hombre, podía sostenerse por sí solo en el Tabor, como aquí en el Monte de los Olivos en su Ascensión. Tú no puedes. No te sostienes. Ven. Te ayudo yo a reclinar en tu lecho tu cuerpo rendido y bienaventurado. Descansa.

Y amorosísimamente, la lleva hasta el modesto lecho sobre el que María se extiende sin quitarse el manto. Recogiendo los brazos sobre el pecho, celando sus dulces ojos, fúlgidos de amor con sus párpados.

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María dice a Juan, que está inclinado hacia Ella:

–           Yo estoy en Dios y Dios está en mí. Mientras lo contemplo y siento su abrazo, di los salmos y todas las otras páginas de la Escritura que a mí se aplican especialmente en este momento. El Espíritu de Sabiduría te las indicará. Recita luego la oración de mi Hijo, repíteme las palabras del Arcángel anunciador y las que me dijo Isabel. Y mi himno de alabanza… Yo te seguiré con todo lo que de mí tengo todavía en la Tierra…

Juan, luchando contra el llanto que le sube del corazón, esforzándose en dominar la emoción que le turba, con esa bellísima voz suya que con el paso de los años se ha hecho muy semejante a la de Cristo, lo cual observa María con una sonrisa, diciendo:

–           ¡Me parece como si tuviera a mi lado a mi Jesús! – entona el salmo 118 (lo recita casi por entero), luego los tres primeros versículos del 41, los ocho primeros del 38, el salmo 22 y el salmo 1. (En la “neovulgata” se hallan, respectivamente, en: Salmo 119; Salmo 42, 1-3; Salmo 39, 1-8; Salmo 23; Salmo 1; Tobías 13; Eclesiástico 24) Dice luego el Padrenuestro, las palabras de Gabriel e Isabel, el cántico de Tobit, el capítulo 24 del Eclesiástico desde el verso 11 a146; por último, entona el Magníficat.

Pero llegando al noveno verso, se da cuenta de que María ya no respira, aun permaneciendo con postura y aspecto naturales; sonriente, serena, como si no hubiera advertido el cese de la vida.

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Juan, con un grito de desgarro se arroja al suelo, contra la orilla del lecho y llama a María. No sabe persuadirse de que Ella ya no puede responderle; de que en su cuerpo ya no existe el alma vital. ¡Pero, claro, tiene que rendirse a la evidencia! Se inclina hacia su cara, que ha quedado fija en una expresión de gozo sobrenatural y copiosas lágrimas llueven de los ojos de Juan para caer sobre ese rostro delicado, sobre esas manos puras tan dulcemente cruzadas sobre el pecho.

Es el único lavacro que recibe el cuerpo de María: el llanto del Apóstol del amor, de su hijo adoptivo por voluntad de Jesús.

Pasado el primer ímpetu de dolor Juan, recordando el deseo de María recoge los extremos del amplio manto de lino y los del velo y extiende los primeros sobre el cuerpo y los segundos sobre la cabeza.

María ahora asemeja a una estatua de cándido mármol extendida sobre la tapa de un sarcófago.

Juan la contempla durante largo tiempo y mirándola, nuevas lágrimas caen de sus ojos.

Luego dispone de otra manera la habitación, quitando los enseres superfluos. Deja sólo la cama; la pequeña mesa contra la pared, sobre la que deposita el arca que contiene las reliquias; un taburete que coloca entre la puerta que da a la terraza y el lecho donde yace María y una repisa sobre la que está la lamparita que Juan ha encendido porque ya va llegando la noche.

Presuroso, baja al Getsemaní para recoger todas las flores que puede encontrar y ramas de olivo ya con olivas formadas. Vuelve a subir al pequeño cuarto y a la luz de la lamparita, coloca las flores y las ramas alrededor del cuerpo de María y el cuerpo queda como en el centro de una gran corona.

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Mientras realiza esto, habla con María yacente, como si pudiera oírle. Dice (haciendo referencia al Cantar de los Cantares 2, 1-2; Eclesiástico 24, 14-17; Salmo 104, 13-15):

–           Fuiste siempre lirio de los valles, rosa suave, oliva especiosa, via fructífera, espiga santa. Nos has dado tus perfumes, el óleo de la vida y el Vino de los fuertes y el Pan que preserva de la muerte al espíritu de quienes de él dignamente se nutren. Bien están en torno a ti estas flores, como tú sencillas y puras, como tú adornadas de espinas, como tú pacíficas.

Ahora acercamos esta lamparita. Así, junto a tu lecho, para que te vele y me haga compañía mientras te velo, en espera de al menos uno de los milagros que espero, de los milagros por cuyo cumplimiento oro. El primero es que, según su deseo, Pedro y los otros a los que mandaré avisar a través del servidor de Nicodemo, puedan verte todavía una vez.

El segundo es que tú; de la misma forma que en todo seguiste la suerte de tu Hijo, como Él te despiertes al tercer día, para no hacer de mí el dos veces huérfano. El tercero es que Dios me dé paz, si no se cumpliera lo que espero que en ti se cumpla, como se cumplió en Lázaro, que no era como tú. Pero, ¿y por qué no iba a cumplirse? Regresaron a la vida la hija de Jairo, el joven de Naím, el hijo de Teófilo… Verdad es que entonces obró el Maestro… Pero Él está contigo, aunque no en modo visible. Y tú no has muerto por enfermedad, como los resucitados por obra de Cristo. ¿Pero tú realmente has muerto? ¿Has muerto como todo hombre muere? No. Siento que no.

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Tu espíritu no está ya en ti, en tu cuerpo y en ese sentido esto tuyo podría llamarse muerte. Pero, por el modo en que tu tránsito ha sucedido, pienso que esto no es sino una transitoria separación de tu alma, sin culpa y llena de gracia, de tu purísimo y virginal cuerpo. ¡Debe ser así! ¡Es así! Cómo y cuándo tendrá lugar de nuevo la unión y la vida volverá a ti, no lo sé. Pero estoy tan seguro de ello, que me quedaré aquí a tu lado, hasta que Dios o con su palabra o con su acción, me muestre la verdad sobre tu destino.

Juan, que ha terminado de colocar todas las cosas, se sienta en el taburete, poniendo en el suelo junto al lecho la lamparita y contempla orando, a María yacente.

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

189.- EL TESTAMENTO DE JESUS


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Jesús regresa.

Pedro, Simón, Mateo y Bartolomé están hablando con Maximino, mientras que Martha y María, dirigen el trabajo de los siervos que vuelven a poner en orden la sala blanca, recogiendo todo lo que sirvió para el banquete.

Lázaro, que había ido a la entrada para esperarlo, pasa su mano por la cintura de Jesús y lo lleva hasta un amplio diván, que hay cerca de la ventana, para que se siente.

Pero Jesús sigue de pie, esforzándose en poner atención a lo que Lázaro le dice…

Pero es muy claro que su pensamiento está en otra parte y que su corazón está muy afligido. Y cuando cae en la cuenta de que lo están observando, trata de sonreír. Inclina pensativo su cabeza y coloca el rollo que Lázaro le diera, sobre una alta mesa de ébano con engastes de marfil, mientras…

Jesús dice:

–            Lázaro, ven conmigo afuera. Tengo algo que decirte…

Lázaro contesta:

–                       Voy Señor.

Sigue a Jesús hasta el jardín en el cual, los últimos rayos del día se mezclan con los clarísimos de la luna.

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El plácido atardecer de Abril, hace lucir esplendoroso el jardín que está en flor. Así como también el huerto desde donde llega el perfume agridulce de los árboles frutales, que se mezcla con el aroma de las rosas, los nardos, los jazmines y el resto del bálsamo con el que Magdalena ungió a Jesús, cuyos cabellos se ven un poco más oscuros.

Avanzan más allá del jardín y llegan hasta donde está el sepulcro donde fue enterrado Lázaro y Jesús se detiene ante el rosal que rodea el letrero sobre el que está esculpido: ¡Lázaro, sal fuera!

La casa ya no se ve. Está oculta entre los árboles. Hay un silencio denso.

Con un dejo de sonrisa en su rostro enflaquecido y más pálido de lo usual…

Jesús dice:

–            Lázaro, amigo mío, ¿Sabes Quién Soy Yo?

Lázaro responde:

–                       Mi amado Jesús. El Mesías. El Prometido. El Esperado. ¿Por qué me lo preguntas? ¿Dudas de mi Fe?

–                       No, Lázaro. Es que quiero confiarte algo. Nadie fuera de mi Madre y de uno de mis discípulos, lo sabe. Mi Madre, porque no ignora nada. Mi discípulo, porque es partícipe…  Lo he dicho a los demás, pero su amor no los deja comprender… Quiero depositar en ti, mi última voluntad.

–                       ¡oh, Jesús! Esto lo hace quién está próximo a morir…  Yo lo hice cuando comprendí que no vendrías y que yo tenía que morir.

–                       Lo mismo digo Yo.

Lázaro lanza un fuerte gemido:

–                       ¡Noooh!

–                       No grites. Que nadie nos oiga. ¿Sabes lo que está pasando en este momento?…  Un cierto tipo con otros iguales a él, están contratando el precio con el que comprarán o venderán al Cordero. ¿Sabes cómo se llama el Cordero? Jesús de Nazareth.

1cordero y pastor

–                       ¡Nooh! Es verdad que tienes enemigos, pero nadie puede venderte. ¿Quién?… ¿Quién es?

–                       Uno de los míos. Uno que piensa ser uno de los que engañé y que cansado de esperar ha querido librarse de quién para él, sólo representa un peligro personal.

Piensa que puede recuperar una antigua estima, ante los grandes del Mundo y de Israel.

Sin embargo tanto el mundo de los buenos como el de los malos, lo despreciará. Se ha cansado de Mí. Se ha cansado de esperar la grandeza humana que primero buscó en el Templo. Que pensó luego en conseguir con el Rey de Israel, por todos los medios. Y por último la buscó nuevamente en el Templo y con los romanos…

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Pero así como Roma sabe premiar a sus fieles servidores, también sabe aplastar a los denunciantes cobardes. El Traidor está cansado de Mí. Cansado de la espera, de la carga que significa ser bueno.

Para quién es malo ser o fingir ser bueno, es un peso intolerable. Se puede soportar por un tiempo. Después… no se lo tolera. Y se libran de él, para sentirse libres… O así lo creen los malvados. También él lo cree. Pero no es libertad. El ser de Dios es libertad. Estar contra Dios es la peor de las esclavitudes…

–                       ¿Quién es, Maestro? ¡Dímelo!

–                       No sirve de nada.

–                       ¡Ah!… ¡No puede ser sino él!… Ese que siempre ha sido una mancha en tu grupo. El que hace poco ofendió a mi hermana. ¡Es Judas de Keriot!

–                       No. Es Satanás… Dios se hizo hombre en Mí: Jesús. Satanás ha tomado carne en él, en Judas de Keriot… 

1lucifer

Un día… hace mucho tiempo, en este jardín, consolé unas lágrimas y excusé a un alma, sumida en el fango. Dije que la posesión es el contagio de Satanás, que inocula su veneno en el ser y lo desnaturaliza. Dije que es la unión de un espíritu con Satanás y el instinto animal. Pero la posesión es poca cosa, con respecto a la encarnación.

Mis santos me llegarán a poseer y Yo a ellos; pero sólo en Jesucristo está Dios como está en el Cielo; porque Yo Soy el Dios hecho Carne. Una sola cosa es la Encarnación Divina.

De igual modo, en uno solo estará Satanás: Lucifer, así como está en su Reino; porque sólo en el Asesino del Hijo de Dios, Satanás se ha encarnado.

1-666

En estos momentos Judas de Keriot está en el Sanedrín y está empeñado en que me maten. Pero es él: Satanás…  Lázaro, fiel amigo, escucha. Te voy a pedir algunos favores…

–                       ¡Oh, Señor mío! ¡Mi alegría es pensar en Ti!… ¡Oh! ¿Por qué me mandaste llamar de la muerte, para que viviese esta hora?  El horror de la muerte. Toda la angustia de mi alma tentada por Satanás, en el momento en que iba a presentarme ante el Juez Eterno, ya lo había vencido…

¡Fue una oscuridad!… ¿Qué te pasa Jesús? ¿Por qué te estremeces y palideces más de lo que estabas antes?… ¡Oh, Maestro! Parece como si la sangre y la vida se te fueran acabando.

–                       En realidad me siento como uno que muere con las venas abiertas. Toda Jerusalén me extrae la vida y la sangre por medio de mis enemigos, entre los poderosos de Israel.

Quieren apagar la Voz que durante tres años los ha fustigado, pero sin dejarlos de amar. Porque cada palabra mía era una sacudida para que sus almas despertasen…

Pero no quisieron hacer caso a su alma, porque la han amarrado con la triple sensualidad… Ya están listos para ensañarse contra el Inocente y pedir su Muerte… Lázaro, tú que estuviste muerto y fuiste resucitado, dime… ¿Qué cosa es morir? ¿Qué sentiste? ¿De qué te acuerdas?

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–                       ¿Morir?… No recuerdo exactamente que fue. Después de los grandes sufrimientos, sentí una gran languidez. Fue como dejar de sufrir y sentir solo un profundo sueño. Todo se fue alejando… Dicen mis hermanas y Maximino, que veían que sufría muchísimo. Pero yo no me acuerdo.

–                       Entiendo. La compasión del Padre amortigua en los agonizantes su capacidad de comprender; de modo que sufran solo en el cuerpo, que debe purificarse en este pre purgatorio que es la agonía. Pero Yo… ¿Y qué recuerdas de la muerte?

–                       Nada, Maestro. Tengo un vacío en el espíritu. Un hueco en la mente. El misterio se revela poco a poco, a quién entra en él.

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–                       Pero Yo Lázaro, sé lo que voy a sufrir. Sé que sufriré con pleno conocimiento. No habrá bebidas, ni languidez, que suavicen mi agonía, para que sea menos atroz. Me sentiré morir. Ya lo estoy sintiendo. Ya estoy muriendo, Lázaro…  Como un enfermo que no tiene remedio, he estado muriendo en estos treinta y tres años, conforme se ha ido acercando la Hora.

Al principio era el morir de saber que había nacido para ser el Redentor. Después, el de quien se ve combatido, acusado, befado, perseguido, obstaculizado… ¡Qué cansancio!… Luego, el de morir por tener a mi lado siempre más cerca hasta tenerlo asido a Mí, como un pulpo sujeta a un náufrago: al Traidor.

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¡Qué náusea!… Ahora muero con la angustia de tener que decir ‘adiós’ a los amigos más queridos y a mi Madre…

–                       ¡Oh, Maestro! ¿Estás llorando? Tienes las manos frías, como un cadáver y… ¡Sufres! Sufres demasiado…

–                       Soy el Hombre, Lázaro. No solo Dios. Del hombre poseo su sensibilidad y sus afectos. Mi alma se angustia al pensar en mi Madre…  Y esta tortura se ha hecho monstruosa al tener que soportar de cerca al Traidor y el Odio satánico de todo un mundo….

La sordera de aquellos que si no odian, tampoco aman valientemente; porque para hacerlo así es necesario ser como el amado quiere y enseña… Muchos me aman, pero siguen siendo ellos y no cambia su modo de ser, por mi Amor. ¿Sabes quién entre mis íntimos ha sabido transformarse para llegar a ser mi posesión como Yo anhelo?

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Sólo tú hermana María. Partió desde una animalidad completa y pervertida, hasta llegar a ser de una espiritualidad angelical. Y esto, por la única fuerza que es el Amor.

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–                       Tú la redimiste.

–                       A todos he redimido con mi Palabra. Pero sólo ella se ha transformado totalmente, a causa de su gran amor. Te decía antes que mi sufrimiento es monstruoso y mis fuerzas se van doblando… Será menos pesada la Cruz, que esta tortura de mi espíritu y de mi corazón…

Lázaro exclama en un grito angustioso:

–                       ¿La cruz? ¡Noooh! ¡Oh, no! ¡Es demasiado atroz! ¡Demasiado infamante! ¡Nooo!

Lázaro suelta las manos de Jesús y se dobla sobre el asiento de piedra. Se cubre la cara con las manos y llora sin consuelo.

Jesús se le acerca. Le pone la mano sobre la espalda que se sacude por los sollozos…

Y Jesús dice:

–                       Yo que tengo que morir, ¿Debo consolarte a ti que seguirás viviendo?…  Amigo, tengo necesidad de fuerzas y de ayuda. Te lo pido. Nadie fuera de ti, me puede hacer ese favor. Es mejor que los otros no lo sepan… Porque si lo supiesen, correría sangre y no quiero que los corderos se conviertan en lobos, ni siquiera por amor al Inocente…

1-DOLOROSA

Mi Madre ya está muy angustiada. También es una agonizante que está casi sin fuerzas. Hace treinta y tres años que también está muriendo y ahora es toda una llaga, como si hubiera sido víctima de un atroz suplicio.

Te juro que han combatido entre sí mi mente y mi corazón, mi amor y mi razón, para decidir si era justo alejarla. Hacer que volviese a su casa, donde siempre recuerda al Amor que la hizo Madre. Donde percibe el sabor de su Beso de Fuego. Donde se extasía con ese recuerdo…

1-ESPOSA DEL ESPIRITU SANTO

En Galilea, la noticia de mi muerte llegará casi al mismo tiempo en que podría decirle: ‘¡Madre, Soy el Vencedor!’ Pero no puedo… no puedo hacerlo. El pobre Jesús cargado con todos los pecados del Mundo, tiene necesidad  de un consuelo y Ella me lo dará.

El Mundo aún más pobre, tiene necesidad de dos víctimas; porque el hombre pecó junto con la mujer y la Mujer debe redimir, como el Hombre redime. Pero mientras no suene la Hora, a mi Madre le doy sonrisas.

Ella tiembla, lo sé. Siente que se acerca la tortura. Lo sé. Por natural asco y por santo temor, la rechaza. Así como Yo rechazo la muerte, porque soy un ser que ‘vive’ pero que debe morir. ¡Qué terrible sería si supiese que será dentro de cinco días!…

1la-dolorosa

No llegaría viva a esa hora. Y Yo quiero que esté viva. Para sacar de sus labios fuerzas, así como de su seno saqué la vida. Dios la quiere en mi Calvario, para mezclar su llanto virginal, con el Vino de la Sangre Divina y celebrar la Primera Misa; cuando mi muerte sea aplicada para siempre al género humano viviente o purgante.

No llores, Lázaro. Ella es fuerte. No llora. Ha llorado desde que se convirtió en Madre. Ahora no llora más… ¿Has visto su rostro en los últimos días? Ha enclavado una sonrisa para consolarme. Te ruego que imites a mi Madre. No puede guardar Yo solo, el secreto. Miré a mi alrededor en busca de un amigo sincero y leal y me dije: ‘Se lo descubriré a Lázaro…’

Después… después de mi muerte lo dirás. Dirás esta conversación, para que se sepa que Jesús marchó consciente a la muerte y al tormento que sabía que le esperaba. Junto con el de no haber ignorado nada, ni de las personas, ni de su destino. Para que se sepa que mientras aún podía salvarse, no lo quiso. Porque su amor infinito por los hombres ardía en consumar el sacrificio por ellos.

1lázaro

–                       ¡Oh, Maestro, sálvate! ¡Te puedo ayudar a que huyas esta misma noche! ¡Una vez huiste a Egipto! Huye también ahora. Vámonos con tu Madre y mis hermanas. Sabes que nada de mis riquezas me atrae. Mi riqueza Eres Tú. Partamos lejos de aquí…

–                       Lázaro, en aquella ocasión huí, porque no había llegado mi Hora. Ahora ya está a la puerta. Me quedo.

–                       Entonces voy contigo. No te abandonaré.

–                       No. Tú te quedarás aquí. Aquí comerás el cordero pascual, como de costumbre. Sin embargo deja que vengan conmigo tus hermanas…

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Para que estén con mi Madre. Porque las llamas del Odio saldrán del Abismo, para morder su Corazón Inmaculado.

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Mi Madre será un ser agonizante, doblegado sobre mi mortaja. No basta Juan. Él ama, pero todavía no es perfecto. Lo será al hacerse hombre adulto, en medio de la angustia de los días que están por venir. Pero mi madre tiene necesidad de mujeres, para sus horribles heridas. ¿Las dejas ir?

–                       Todo te lo he dado con alegría. ¡Sólo me dolía que te conformaras con tan poco!

–                       ¿Lo ves? He hallado aquí en Bethania tanto consuelo para todas mis amarguras de Hombre. Y antes de subir al patíbulo te doy las gracias; amigo fiel y cariñoso. Amigo gentil, diligente, reservado, docto discreto y generoso. Te agradezco todo. Mi Padre te pagará después…

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–                       Todo lo he tenido al amarme Tú y con haber redimido a María.

–                       ¡Oh, no! ¡Tendrás mucho más! Escúchame. Necesito pedirte algo más. Te quedarás aquí a esperar…

–                       ¿Por qué María y Martha estarán contigo y yo no?

–                       Porque no quiero que te vayas a corromper, como serán corrompidos todos los del sexo masculino. En los días siguientes, Jerusalén se corromperá como el aire que envuelve una carroña y que golpea al viajero, aún sin haberle visto.

Sus miasmas volverán locos aún a los menos crueles y a mis mismos discípulos. Huirán. Y en medio de su terror, ¿A dónde irán?… Vendrán a tu casa, Lázaro. ¡Cuántas veces en estos tres años han venido en busca de pan, de hospedaje, de defensa, de descanso y del Maestro!

Volverán. Cual ovejas desbandadas por el lobo que ha matado al pastor, correrán al redil. Júntalas. Dales valor… Diles que los perdoné. Confío mi Perdón en tus manos. Se sentirán angustiados por haber huido. Les dirás que no caigan en un segundo pecado mayor, que es el de perder la esperanza de mi perdón.

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–                       ¿Huirán todos?

–                       Todos, menos Juan.

–                       Maestro. No vas a pedirme que acoja a Judas, ¿Verdad? Haz que muera en medio de tormentos, pero no me pidas eso. Muchas veces se estremeció mi mano al sentir la espada, deseosa de acabar con el oprobio de la familia… Y nunca lo hice, porque no soy un hombre sanguinario. Tan solo sentí la tentación. Pero te juro que si vuelvo a ver a Judas, lo degüello como a un macho cabrío…

–                       No lo volverás a ver. Te lo prometo.

–                       ¿Huirá? No importa. Quisiera buscarlo y matarlo.

–                       No debes desearlo. Además, dónde él estará, tú no podrás ir.

–                       ¿Lo esconderá el Sanedrín? ¿Con el Santo de los santos? allí lo alcanzaré y lo mataré.

–                       Estará con Satanás. Y tú nunca estarás con Satanás. Pero aparta de ti, al punto, este pensamiento homicida. De otro modo, te abandono…

–                       ¡Oh!…

–                       ¡Oh, sí!…

–                       Sí. Está bien… Lo hago, por Ti, Maestro. ¡Oh, Maestro!

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–                       Dices bien. Maestro. Acogerás a mis discípulos. Los consolarás. Los encaminarás hacia la paz. Yo Soy la   Paz. Y los ayudarás… Bethania será siempre Bethania. Hasta que el Odio no indague en este hogar de amor, esperando dispersar sus llamas. Y al contrario las esparcirán por el mundo, para encenderlo todo. Te bendigo, Lázaro. Por todo lo que has hecho y por lo que harás…

–                       No he hecho nada. Me sacaste de la muerte y no me has permitido que te defienda. ¿Qué he hecho entonces?

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Me diste tus casas. Estaba escrito que Yo fuese tu Huésped. Pero no me podrás defender de la muerte. Al principio de esta conversación te pregunté: ¿Sabes Quién Soy? Ahora respondo: Soy el Redentor.

Y el Redentor debe consumar el Sacrificio hasta lo último. Por otra parte, cree que quién subirá a la Cruz y será expuesto a las miradas y burlas del mundo, no será un ser vivo; sino un muerto.

Ya estoy muerto. Más por el Amor y antes que por el tormento. Todavía algo más: mañana temprano iré a Jerusalén. A tu oído llegará que Sión ha aclamado como un Vencedor a su Rey, que entrará montado sobre un asno. No te vayas a hacer ilusiones por este triunfo y no vayas a juzgar a  la Sabiduría que te está hablando, que no lo fue en esta tranquila noche.

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Más veloz que la luz de un meteoro, se disipará el entusiasmo del pueblo y dentro de cinco noches a esta misma hora, empezará la tortura con un beso mentiroso, que hará que las bocas que mañana gritarán hosannas; se transformen en un coro de crueles blasfemias y feroces gritos, pidiendo condenación.

¡Finalmente, ciudad de Sión, Pueblo de Israel, Humanidad Culpable; tendrás al Cordero Pascual! Lo tendrás en esta Fiesta. Es la Víctima preparada desde hace siglos. El Amor la engendró en un seno sin mancha. El Amor la consuma.

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Aquí está la Víctima consciente de ser lo que Es. Yo Soy el Cordero que consciente dice ‘Adiós’ a la vida, a la Madre, a los amigos. Que va al Sacrificador y le dice: ‘Heme aquí’

Yo Soy el Alimento del hombre. Satanás ha suscitado un hambre insaciable y solo un alimento puede calmarla…

1-que quita los pecados del mundo

     ¡Celebra tu Pascua! ¡Oh, Linaje Humano! Atraviesa el Mar Rojo de las llamas satánicas, teñido con mi Sangre. ¡Oh, Raza Humana preservada del Fuego Infernal! Puedes pasar. Los Cielos ya entreabren las Puertas Eternas.

¡Mirad, almas de los muertos! ¡Mirad, Ángeles del Infierno! Mira, ¡Oh Padre! ¡Mira! ¡Oh, Paráclito! La Víctima sonríe. No llora más. Todo está dicho.

Adiós, amigo. No te veré más, antes de mi muerte. Démonos el beso de despedida. Y no dudes. Te dirán: ¡Era un loco! ¡Era un Demonio! ¡Era un Mentiroso! ¡Ha muerto el que se decía ser la ‘Vida’!

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A ellos y sobre todo a ti, respóndete: ‘Era y es la Verdad y la Vida. Es el Vencedor de la Muerte. Lo sé. No puede ser el eterno muerto. Lo espero.’

A los tres días regresaré. Cree esto, Lázaro. Obedece a mi deseo. Oye como canta el ruiseñor, después de que se calló al oír tu llanto.

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Haz tú también así. Después de que hayas llorado por mi muerte; que tu alma cante el himno seguro de tu Fe. Sé bendito por el Padre, por el Hijo y por el Espíritu Santo.

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

153.- TENTACIÓN DE PREPAGO


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Al acercarse la Fiesta de las Encenias, los apóstoles son presa de la euforia y todos contribuyen para hacer de la fiesta, algo muy especial… Se han esmerado en los preparativos.

Judas de Keriot se reserva la parte decorativa y llega cargado con olorosos ramos de siempreviva, adornada de bayas que coloca sobre las mesas, en las paredes y alrededor de la campana del horno. En la vigilia de las Encenias la casa parece lista, para una fiesta de bodas.

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La noche va cayendo y todos conversan alegremente, mientras terminan sus respectivas ocupaciones.

Jesús ordena:

–                       ¡Silencio! Afuera hay alguien… Se oyen pasos.

Todos callan y escuchan…

No se oye nada…

Y dicen:

–                       Tal vez sea el viento, Maestro.

–                       Hay hojas secas en el huerto.

Jesús insiste:

–                       No. Eran pasos.

Varios dicen:

–                       Algún animal nocturno.

–                       Yo no oigo nada.

–                       Tampoco yo.

–                       Tal vez fue el viento…

–                       Tampoco yo oigo nada…

Jesús pone oídos atentos. Parece como si escuchase algo… Y luego alza su rostro y mira fijamente a Judas de Keriot…

Que también ha estado muy atento,  más que los otros, a cualquier ruido.

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Lo mira tan fijamente, que Judas pregunta:

–                       ¿Por qué me miras así, Maestro?

La respuesta no llega, porque alguien toca a la puerta.

De las catorce caras que la lámpara ilumina, solo la de Jesús permanece imperturbable. Todas las demás cambian de color…

Jesús ordena:

–                       ¡Abrid! ¡Abre tú Judas de Keriot!

Judas se niega:

–                       Yo no… ¡Qué no abro!…  ¿Y si fuesen hombres malos que hayan venido a propósito hoy en la noche? ¡No seré yo, quien te haga mal alguno!

–                       Abre tú, Simón de Jonás.

Pedro se dispone a abrir y dice:

–                       Por lo menos les echaré encima la mesa…

Jesús dice:

–                       Abre Juan y no tengas miedo.

Judas exclama:

–                       ¡Oh! ¡Si quieres que entre, me voy al cuarto del viejo! No quiero ver nada.

Iscariote, de cuatro zancadas pasa a la habitación de Juan de Nobe y se mete en ella.

Juan de pie junto a la puerta, mira espantado a Jesús y dice en voz baja:

–                       ¡Señor…!

Jesús insiste:

–                       Abre. No tengas miedo.

Santiago de Zebedeo dice:

–                       Hazlo hermano. Somos trece hombres fuertes. ¡No serán ellos un ejército!…

Y está listo para entrar en combate.

Pedro lo imita.

Juan abre la puerta y se asoma. No ve a nadie…

Grita:

–                       ¿Quién anda por ahí?

Una voz adolorida de mujer, responde:

–                       Soy una mujer. Quiero al Maestro. Necesito hablar con Él…

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Pedro, que está parado detrás de Juan dice:

–                       No es la hora de venir. ¿Si estás enferma, porqué andas a estas horas? Si eres leprosa, ¿Por qué te aventuras a venir a un poblado? Si tienes algún sufrimiento, regresa mañana…Vete. Vete con tu suerte…

Ella suplica:

–                       Tened piedad. Me encuentro sola en el camino. Tengo frío. Tengo hambre. Soy una infeliz. Llamadme al Maestro. Él tiene piedad…

Los apóstoles cohibidos miran a Jesús.

Su rostro refleja severidad, pero no dice nada y cierran la puerta.

Felipe objeta:

–                       ¿Qué hacemos Maestro? ¿Le damos comida? No hay lugar para ella…

Bartolomé dice:

–                       Espera, voy a ver.  –y toma una lámpara para alumbrarse.

Jesús dice:

–                       No es necesario que vayas. La mujer no tiene frío. Ni hambre. Y sabe muy bien a donde debe ir. No tiene miedo de la oscuridad, ni de la noche. Pero es una infeliz aunque no está enferma, ni es leprosa... Es una prostituta. Vino a tentarme. Os lo digo para que sepáis que conozco todo.

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Para que os persuadáis de ello. Y os digo también que no ha venido porque haya querido, sino porque le pagaron para que viniese.  –Jesús habla en voz alta.

De modo que los que están en la habitación contigua puedan oírlo…  Sobre todo Judas de Keriot.

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Iscariote aparece en la cocina y pregunta:

–                       ¿Y quién pudo haberte hecho esto? ¿Para qué? Ciertamente los fariseos no, como tampoco los escribas y menos los sacerdotes, si es que fuese una mujer de vida alegre. No creo que hayan sido los herodianos.

Jesús responde:

–                       Te diré que sí son ellos,  para poder acusarme de pecador, de que tengo relaciones con daifas. Tú lo sabes, como también Yo.  Soy la Misericordia y no la maldigo a ella, ni a quién la mandó. Voy a verla porque realmente es un ser infeliz. Dijo que lo era por decir mentira,  pues es joven, hermosa y ha sido bien pagada. Es sana y también está satisfecha de su vida ruin. Sal delante de Mí y asiste a nuestra conversación.

Judas se niega:

–                       Yo no salgo. ¿Por qué debo hacerlo?

–                       Para que puedas referirla a quién te preguntará.

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–                       ¿Y quién me interrogará? Entre nosotros no hay razón porqué debamos hacernos preguntas… Y los demás… no veo a nadie.

–                       Obedece. Sal primero.

–                       No. En esto no te obedezco y no puedes obligarme a que me acerque a una meretriz.

Pedro dice:

–                       ¡Oye! ¿Pues quién te crees que eres? Yo voy, Maestro. Y no tengo miedo de que se me pegue algo.

Jesús dice:

–                       No. Voy Yo solo. Abre.

Jesús sale al huerto. No se ve nada en lo espeso de la oscuridad.

Se abre la puerta de la cocina y Pedro sale con una lámpara y se la entrega a Jesús, que le dice en voz baja:

–                       Gracias. No discutáis por esto.

Jesús toma la lámpara y la levanta para ver… Detrás del grueso tronco del nogal, se ve una figura humana.

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Jesús da dos pasos hacia ella y le ordena:

–                       Sígueme.

Y va a colocarse junto a la banca de piedra, sobre la que pone la lámpara cerca de Sí. La mujer se acerca velada, inclinada…

Jesús dice:

–                       Habla.   –ordena enérgico.

Severo cual Dios. De tal modo que en lugar de acercarse o de hablar… Ella retrocede y se inclina mucho más, sin pronunciar palabra alguna.

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–                       Habla. Te lo exijo. Querías verme. Aquí me tienes. Habla…   –dice con un dejo de dulzura en la voz.

Silencio.

–                       Entonces el que hablará soy Yo. Respóndeme. ¿Por qué me odias así, que te prestas a quién desea mi destrucción? ¿Qué mal o daño te he hecho Yo, que ni siquiera me he burlado de ti, por la vida infame que llevas? ¿Por qué has de odiar a quién ni siquiera te ha deseado, que lo odias más que quienes te han arrojado a esta vida de prostituta y que te desprecian cada vez  que se acercan a ti? ¡Responde!

AGLAE3

¡Qué cosa te ha hecho Jesús de Nazareth el hijo del Hombre a quién apenas si conoces de vista, porque te lo encontraste por las calles de la ciudad? ¿No sabes Quién Soy? ¡Sí que lo sabes! Sabes por lo menos dos cosas.

Sabes que soy joven y que te gusta mi Persona. Esto te lo han dicho tus instintos bestiales…  ¡Y tú lengua de ebria lo ha dicho a quién oyó tu confesión y se ha aprovechado de ella, para causarme daño!

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Sabes que soy Jesús de Nazareth, el Mesías. Esto te lo dijeron quienes se están aprovechando de tu apetito carnal y que te pagaron para que vinieses a tentarme. Te dijeron: ‘Él se llama el Mesías. Las multitudes lo proclaman el Santo, el Mesías. No es más que un impostor. Necesitamos pruebas de su miseria de hombre. Dánoslas y te cubriremos con oro.’

Y como tú con la última migaja del tesoro de rectitud, que Dios puso en tu cuerpo junto con el alma, que has destruido y reducido casi a la nada, no querías perjudicarme, porque a tu modo me amabas…

Ellos te prometieron: ‘No le causaremos ningún daño. ¡Antes bien! Te lo entregamos como un hombre y te damos los medios para que viva como un rey a tu lado. No necesitamos otra cosa para poner paz en nuestras conciencias, que decir que Él es un hombre cualquiera. Una prueba de que no estamos equivocados al afirmar que Él no es el Mesías.’

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Así te hablaron y tú viniste. Si Yo me dejase engañar por tus encantos, el Infierno caería sobre Mí. Ellos están listos para cubrirme de lodo y capturarme. Tú eres su instrumento. ¿Ves que no te pregunto nada? Hablo porque lo sé. Pero sí sabes las dos primeras cosas. La tercera la ignoras: No sabes Quién Soy Yo; además del Hombre que estás viendo. Los otros te dijeron: ‘Es el Nazareno’

Te diré Quién Soy: Soy el Redentor.

Para redimir, no debo tener pecado. Mi posible sensualidad de humano, la tengo aplastada. La he aplastado siempre y la estoy aplastando ahora…  De igual modo estoy dispuesto a arrancarte de tu enfermedad y pisotearla librándote de ella, para sanarte. Para santificarte. Porque Soy el Redentor.

El Mesias

cuerpo humano para salvaros. Para destruir el Pecado, no para pecar. Lo tomé para borrar vuestros pecados, no para pecar con vosotros. Lo tomé para amaros. Pero con un amor que da su vida, su sangre, su Palabra, todo su ser, para llevaros al Cielo. A la justicia. No para amaros como animal y ni siquiera como hombre.

Porque Soy más que Hombre. ¿Sabes Quién Soy Yo? No lo sabes. No conoces ni siquiera la importancia de lo que te habías propuesto realizar. Y te perdono.

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Pero, ¿Cómo has podido vivir de tu prostitución? Antes no eras así. Eras buena. ¡Oh, infeliz!… ¿No recuerdas tu infancia? ¿Los besos de tu madre? ¿Sus palabras? ¿Las horas en que orabais  juntas? ¿Las palabras de sabiduría que tu padre te explicaba por la noche?…

¿Qué fue lo que te convirtió en estúpida y ebria? ¿No recuerdas nada de esto? ¿No lo lamentas? Dime, ¿Eres realmente feliz?… ¿No respondes?

Lo diré por ti. No eres feliz. Cuando te levantas encuentras sobre tu almohada, tu vergüenza que es la que te da los buenos días. La voz de tu conciencia te grita sus reproches mientras te acicalas, adornas y perfumas para el placer.

vanidad

Hueles el olor infame aún de los perfumes más delicados. Sientes náuseas en los más exquisitos alimentos. Tus collares pesan más que una cadena. Y lo son. Mientras ríes y seduces, algo gime dentro de ti… Te embriagas para disipar el fastidio y el asco de tu vida. Odias a los que dices amar, para sacarles el dinero. Te maldices a ti misma. Tu sueño está lleno de pesadillas. El recuerdo de tu madre es una espada en tu corazón. La maldición de tu padre no te deja en paz.

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Y luego tienes ante tu vista los desprecios de aquellos con quienes te encuentras. La crueldad de quién te emplea sin una gota de piedad. Eres mercancía. Te vendes… La mercancía comprada puede ser usada como se quiera. Se rompe. Se tira, se le aplasta, se le escupe. El comprador tiene el derecho de hacerlo. No puedes rebelarte…

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Te hace feliz esta vida? No. Estás desesperada… Encadenada… Torturada… En la tierra eres una piltrafa sucia que cualquiera puede pisotear. Cuando sientes aflicción, necesitas consuelo y levantas tu corazón a Dios, sientes que Él está irritado contra ti. El Cielo se te cierra más que a Adán. Si te sientes mal, tienes miedo de morir, porque prevés tu suerte. El Abismo te espera.

¡Oh, infeliz! ¿Y no era suficiente esto? ¿Quieres agregar a la cadena de tus culpas, la de ser causa de la ruina del Hijo del Hombre? Del único que te ama; porque también por tu alma se hizo hombre…  Yo podría salvarte si quisieras. Sobre el abismo de tu abyección, se inclina el Abismo de la Misericordiosa Santidad y está aguardando un deseo tuyo de querer ser salvada, para que te arranque del abismo de tu inmundicia.

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En tu corazón piensas que es imposible que Dios te perdone. Y esto lo deduces del hecho de que el mundo no te perdona que seas una mujer de la vida alegre. Pero Dios no es el mundo. Dios es Bondad. Dios es Perdón. Dios es Amor.

Te pagaron para que vinieras a hacerme el mal. En verdad te digo que el Creador, con tal de salvar una creatura suya, puede cambiar en bien lo que estaba mal. Si quieres, tu venida se cambiará en bien.  No te avergüences de tu Salvador. No te avergüences de mostrarle desnudo tu corazón. Aunque lo quieras ocultar, Él lo está viendo y sobre él llora. Llora y ama.

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No te avergüences de arrepentirte. Trata de tener valor en el arrepentimiento, así como lo tuviste en la culpa. No eres la primera de este género de vida a mis pies, que Yo conduzca a la Justicia… Jamás he arrojado a ninguna, por más culpable que fuese. He procurado atraerla y salvarla. Es mi Misión…

El estado de tu corazón no me causa horror. Conozco a Satanás y a sus obras. Conozco a los hombres y sus debilidades. Conozco la condición de la mujer que paga como es justicia, más duramente que el hombre, las consecuencias de la culpa de Eva. Sé  juzgar y compadecer.

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aseguro que soy más severo contra los que te han enviado, que contra tí. ¡Infeliz mujer que ignorabas para lo que te querían! Hubiera querido que vinieras empujada por un deseo de ser redimida, como otras hermanas tuyas. Pero si secundas el deseo de Dios y de una acción mala, haces piedra angular de tu nueva vida, Yo pronunciaré sobre ti la palabra de paz…

Jesús que al principio había hablado con tono enérgico, poco a poco lo ha ido suavizando, pero sin mostrar ninguna debilidad en sus sentidos… Y sin equívoco en su Bondad. Guarda silencio ahora. Esperando que la mujer hable.

Ella sigue de pie cada vez más inclinada, a unos dos metros de distancia. A la mitad de las palabras de Jesús, se ha llevado las manos a la cara y ha dejado ver, bajo su manto oscuro dos hermosos brazos, adornados con brazaletes.

De pronto cae de rodillas, se encoge y empieza a llorar…

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Ella gime:

–                       ¡Es verdad! Eres verdaderamente un profeta. Todo es verdad. Me pagaron para esto. Pero me habían dicho que se trataba de una apuesta… que ellos te descubrirían en mi casa. Pero también cerca de Ti…

Jesús la interrumpe:

–                       Mujer. Quiero oír solamente tus culpas.

–                       Es verdad. No tengo derecho a acusar a nadie, porque soy un montón de inmundicia. Todo… Todo lo que has dicho es verdad. Pero no me arrojes, Señor. Me has hablado con más dulzura que mi madre, que en los últimos días fue muy dura conmigo, por mi conducta. Para no oírla, huí a Jerusalén…

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Pero Tú, tu dulzura es como si fuese nieve sobre el fuego que me devora. ¡Cuántos dolores inútiles y malditos, me he dado yo misma! Señor, te dije a través de la puerta entreabierta que era yo una mujer infeliz y que quería piedad. Era mentira. Pero ellos me dijeron que te dijera eso para hacerte caer y añadieron que mi belleza, haría el resto… ¡Mi belleza! ¡Mis vestidos!

La mujer se pone de pie…

Es alta. Se quita el velo y el manto. Y se deja ver en su extraordinaria belleza. Es morena muy clara, casi blanca. Y tiene el cabello castaño muy oscuro, casi negro. Sus ojos son grandes, castaños y bellísimos… Tienen una mirada de inocencia asombrada que es extraño ver en las mujeres de su clase.

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Arranca y pisotea su manto. Rompe el velo. Se quita todas las joyas y las arroja al suelo. Su preciosa faja, tiene igual destino. Lo mismo que el broche con el que sostiene su vestido, en el pecho.

Y todo lo hace, mientras repite:

–                       ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Malditas cosas! ¡Fuera! ¡Largo de aquí, belleza! ¡Adiós, piel de jazmín! ¡Adiós cabellos!…

Rápida, toma una piedra aguda que se ve en el suelo y se golpea con ella en la cara, en la boca. Con las uñas se rasga la piel del cuerpo. La sangre brota de las heridas…  Los lugares golpeados se hinchan…

Hasta que su furia se aplaca y jadeante, agotada, desfigurada, despeinada, con su vestido sucio por la sangre, por el polvo.

Se echa a los pies de Jesús implorando:

–                       Y ahora puedes perdonarme si ves mi corazón. Porque no existe más mi pasado… ¡Has vencido, Señor! A tus enemigos. A mí misma… Por piedad, perdóname mis pecados.

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–                       Ya te había perdonado cuando vine a tu encuentro. Levántate y no peques más.

–                       Dime qué debo hacer. Y lo haré.

–                       Aléjate de los lugares donde pecabas. De los que te conocen. Tu madre…

–                       ¡Oh, Señor mío! ¡Ya no me recibirá! Me odia porque por mi causa, murió mi padre, maldiciéndome…

–                       Si te recibe Dios, que es Dios. Y te recibe porque es Padre… ¿No puede tu madre acogerte? ¿Tu madre que te engendró y que es mujer como tú? Humildemente ve a su casa. Llora a sus pies, como has llorado a los míos. Dile todo lo que ha pasado, como lo has hecho conmigo. Cuéntale tus sufrimientos. Invoca su compasión. Hace años que está esperando este momento…  Tu madre lo espera para morir en paz. Sufre sus palabras de amoroso reproche, como has sufrido las mías… Es tu madre. Y por eso tienes la doble obligación, de oírla con respeto.

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–                       Eres el Mesías. Eres más que una madre.

–                       Ahora lo dices. Cuando viniste a tentarme, no lo sabías. Y con todo, oíste mis palabras.

–                       Eres muy diferente de todos los hombres… Eres Santo…  ¡Oh, Jesús de Nazareth!

–                       Tu mamá es santa, como mi Madre y como creatura. Por sus oraciones has encontrado misericordia ante Dios.

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–                       Yo le quité la honra. Toda la población sabe lo que soy.

–                       Con mayor razón debes ir a decirle: ‘¡Madre, perdóname!’ Para consagrarle tu vida. Para reparar las aflicciones que por ti ha sufrido.

–                       Así lo haré. Pero… ¡Señor! ¡No me devuelvas a Jerusalén! Ellos me están esperando y no sé si pueda resistir sus amenazas. Y…

–                       Espera un momento…

Jesús se levanta y se dirige a la cocina.

Dice a la anciana Elisa:

–                       Ven conmigo.

Ella obedece. La lleva a donde está la mujer, que al ver venir a otra mujer mayor, tiene un movimiento de vergüenza. Y trata de cubrir su cuerpo y su vestido provocativo, con los pedazos desgarrados del velo y del manto.

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Jesús dice:

–                       Óyeme muy bien Elisa. Me voy ahora mismo de esta casa. Dirás a mis discípulos, que se reúnan conmigo al amanecer, en la Puerta de Herodes. Todos; menos Judas de Keriot, que debe venir conmigo. Vas a llevar a esta mujer a dormir contigo. Puedes tomar mi cama, porque no regresaré por mucho tiempo a Nobe…  Mañana cuando Juan se levante, tú y él acompañaréis a esta mujer a donde os dijere. Le darás un vestido cualquiera y un manto de los tuyos. La ayudaréis en todo.

Elisa responde:

–                       Está bien Señor. Se hará cómo has dicho. Me desagrada por Juan…

–                       A Mí también. Quería que estuviese contento, pero el odio de los hombres impide al Hijo del Hombre, que tenga una hora de regocijo…

–                       ¿Y luego, Señor?

–                       Puedes regresar aquí, en espera de mis notificaciones… Hasta pronto Elisa. Mi bendición y mi Paz estén contigo. –se vuelve hacia la mujer-  Adiós, mujer… Te confío a una madre y a un hombre justo. Si crees que tienes que regresar a tomar tus prendas…

Ella niega rotunda:

–                       No. No quiero tener nada que ver con el pasado.

Elisa protesta:

–                       Pero ¡Óyeme! No vas a dejar todo tirado. ¿No tienes siervos? ¿No tienes familiares?

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–                       No tengo más que una esclava. Y…

–                       Tendrás que dejarla libre. Tendrás…

La angustia palpita en la voz de la mujer, al decir:

–                       Te ruego que lo hagas tú, cuando regreses. Ayúdame a que me cure del todo.

Elisa trata de tranquilizarla:

–                       Sí, hija mía. Sí. No te angusties…  Mañana pensaremos en todo. Ahora ven conmigo, allá arriba.

Elisa la toma de la mano y la lleva por las escaleras a una de las dos habitaciones que hay.

Luego, Elisa ligera regresa y dice:

–                       Pensé que estaba bien que todos te viesen sin ella, Señor. Y que no sepan en donde está. Estos joyeles…   -se inclina a recogerlos- ¿Qué haremos con esto, Señor?

Jesús confirma:

–                       Ven conmigo. Tienes razón. Está bien que no me vean con ella….

Entran en la cocina.

Todos miran interrogantes a Jesús…

El viejo Juan se acerca…

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Jesús dice:

–                       Elisa, da esas cosas preciosas a Tomás. –se vuelve hacia su apóstol- Mañana las venderás a algún orfebre. Servirán para los pobres. –Los mira a todos y contesta a la muda interrogante plasmada en todos los rostros- Sí, son joyeles de una mujer. De esa Y ésta es la respuesta a quien piensa que una mujer puede tentar al Hijo del Hombre y desviarlo de su Misión. También es el consejo que doy a los que me odian. Es inútil todo lo que hagan para encontrar con qué acusarme.

Todos lo miran asombrados y apesadumbrados…

Jesús se despide:

–                       Juan, Elisa te dirá lo que tienes que hacer. Te bendigo…

Juan de Nobe pregunta:

–                       ¿Te vas, Señor?

–                       Tengo que irme. Adiós. La paz sea contigo.   –y volviéndose a los apóstoles- Id todos a acostaros  menos tú Judas de Keriot, que vendrás conmigo.

Judas replica:

–                       ¿A dónde? Y ¿De noche?…

–                       A orar. No te hará mal. ¿O temes al aire nocturno, si estás junto a Mí?

Judas inclina la cabeza y toma de mala gana su manto.

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Jesús toma el suyo y dice:

–                       Mañana los espero al amanecer en la Puerta de Herodes. Iremos al Templo y…

Todos los apóstoles protestan:

–                       ¡No!   -el ‘No’ es unánime.

El de Judas es el más fuerte.

–                       Iremos al Templo.  Judas, ¿No dijiste que los habías convencido de que me dejaran en paz?

Judas responde:

–                       Cierto.

–                       Entonces iremos al Templo. Ven.   –Y se dirige a la puerta para salir.

Pedro suspira:

–                       Y así se acaba una fiesta, que habíamos preparado…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

78.- EL CAMALEÓN


No hay ninguna otra casa en donde se pueda elevar el espíritu como en Nazareth. Hay en ella paz, silencio, orden. Está llena de santidad. Y esa santidad emana de quien vive en ella. De quien pronta y silenciosa, con ademanes suaves, juveniles y perfectos, se mueve por todas partes con su sonrisa que tranquiliza, que acaricia…

Son las primeras horas de la mañana y el sol ilumina las copas de los olivos en el huerto, así como el almendro y los manzanos. Un granado y una higuera están junto a las flores y las verduras cultivadas con sumo esmero en los cuadros rectangulares, junto a los cercados que están bajo el emparrado cargado de sarmientos.

Las abejas, como gotas de oro voladoras, zumban sobre todo lo que pueda darles perfumados y dulces néctares. Y atacan la madreselva y las campánulas.

María va ligera a los nidos de las palomas y a la pequeña gruta, cerca de la cual canta una pequeña fuente, donde admira sus flores y a sus pajarillos, que gorjean saludándola.

Entra judas cargado de plantas y estacas, diciendo:

–                     Buenos días, Madre. Me dieron todo lo que quería. Corrí para que no les pasara nada. Espero que prenderán como la madreselva. El año que viene tu jardín será como un canasto lleno de flores y así te podrás acordar del pobre Judas y de su estancia aquí.

María contesta:

–                     Muchas gracias, Judas. Es mucho. No puedes imaginar que feliz soy con esa madreselva, junto a la gruta. José era bueno hasta en las cosas más pequeñas.  Plantó una madreselva y una hiedra que vive todavía. La madreselva murió en los años de destierro. La volví a plantar y hace tres años, murió. Ahora tú la has vuelto a plantar. ¿Ves? Ya prendió. Eres un buen jardinero.

–                     Sí. Cuando era pequeño me gustaban mucho las plantas y mi mamá me enseñó a cuidarlas. Ahora vuelvo a ser niño a tu lado, Madre. Y descubro mi antigua habilidad para agradarte. ¡Eres muy buena conmigo! –dice Judas, que como un experto trabaja colocando las plantas en los lugares más apropiados y aprieta la tierra con un azadón- A éstas no les hace falta mucho sol. No me las quería dar el siervo de Eleazar, pero le insistí hasta que me las dio.

–                     Tampoco a José le querían dar aquellas gardenias. Pero él hizo algunos trabajos sin remuneración, para poder obtenerlas. Aquí han estado muy bien.

–                     Ya acabé, Madre. Ahora las voy a regar.

Las riega y luego se lava las manos en la fuente.

María lo mira… ¡Es tan diferente de su Hijo! ¡Y también tan diferente del Judas de ciertas horas de borrasca! Lo escudriña. Piensa… se le acerca. Y poniéndole una mano en el brazo, dulcemente le pregunta:

–                     ¿Te sientes mejor Judas? Quiero decir en tu espíritu.

–                     ¡Oh, Madre! Muy bien. Me siento tranquilo, lo estás viendo. Encuentro gusto y salvación en las ocupaciones humildes y en estar contigo. No debería jamás salir de esta paz, de este recogimiento. Aquí… ¡Qué lejos está el mundo de esta casa!… –Judas mira el huerto, las plantas, la casita… Suspira y agrega- Pero si me quedase aquí, jamás sería apóstol y quiero serlo.

–                     Créeme Judas. Es mejor ser un alma justa, que un apóstol pecador. Si te das cuenta que las alabanzas y los honores de apóstol te dañan; renuncia, Judas. Es mejor para ti ser un simple fiel, que un apóstol pecador.

Judas inclina la cabeza pensativo…

María lo deja con sus pensamientos y entra en la casa para continuar con sus quehaceres.

Por un rato, Judas se queda clavado en el mismo lugar. Después pasea bajo el emparrado. Lleva los brazos cruzados, la cabeza inclinada. Piensa. Piensa. Piensa… Luego monologa. Hace ademanes.

Un monólogo incomprensible; pero los gestos indican que sostiene una lucha muy fuerte. Que es presa de ideas contradictorias. Parece como si suplicase o rechazase… llora.

Luego maldice. Pasa de una expresión interrogante, a otra de miedo, de angustia suprema. Hasta que su cara refleja la de sus peores momentos.

Inclina la cabeza como si se sintiese derrotado. Se detiene y continúa así por unos momentos. Luego levanta el rostro y ¡Es el de un demonio!…

Se lleva las manos a la cara y huye entre los olivos hacia el montecillo. Llora con la cara oculta entre las manos, hasta que se calma. Está sentado con la espalda apoyada contra un olivo, como si estuviese atolondrado…

Por la tarde, el cielo se pinta con un hermoso crepúsculo. Nazareth abre las puertas de sus casas que estuvieron cerradas todo el día a causa del calor estival. Calor de Oriente.

Hombre, mujeres y niños salen a los huertos, a las calles en busca de aire. Van a la fuente a jugar; a platicar, mientras llega la hora de la cena. Saludos, chanzas, carcajadas, gritos; salen de bocas de hombres, mujeres y niños.

También Judas sale y se dirige a la fuente, con las jarras de cobre. Los nazarenos lo ven y  lo señalan como ‘El discípulo del Templo’ cosa que al llegar a los oídos de Judas le suena como música. Pasa saludando con afabilidad; pero con un aire de reserva que es en realidad una refinada soberbia.

Un Nazareno le dice:

–                     Eres muy bueno con María, Judas.

Iscariote contesta:

–                     Se lo merece y mucho más. En realidad es una gran mujer de Israel. Sois felices de que sea vuestra conciudadana.

La alabanza tributada a la mujer de Nazareth, seduce a muchos nazarenos, que de boca en boca repiten lo que dijo Judas.

Cuando él llega a  la fuente, espera su turno y se ofrece cortésmente a llevar los cántaros a una viejecita que no termina de bendecirlo. También ayuda a sacar agua a dos mujeres que no podían por tener a sus niños en los brazos.

Ellas levantando un poco sus velos, dicen:

–                     Dios te lo pague.

Judas responde con una inclinación:

–                     El amor del prójimo es el primer deber de un amigo de Jesús.

Llena sus jarras y regresa a la casa.

Antes de llegar, el sinagogo y otros lo invitan a hablar el sábado siguiente:

–                     Hace más de dos semanas que estás entre nosotros y no has hecho otra cosa más que mostrarte cortés con nosotros. –dice quejumbroso el sinagogo a quien acompañan otros ancianos del poblado.

Judas replica:

–                     Pero si no os gusta la manera de hablar de vuestro Gran Hijo, ¿Podrá agradaros la de su discípulo y que por añadidura es judío?

–                     Tu actitud es injusta y nos causa pena. Somos sinceros al invitarte. Tú eres discípulo y judío, es verdad. Pero eres del Templo. Por esto puedes hablar. Porque en el Templo hay doctrina. El hijo de José es tan solo un carpintero…

–                     ¡Es el Mesías!

–                     Él lo dice… ¿Será verdad? ¡O más bien es un delirio!

Judas está escandalizado de la incredulidad de los nazarenos y exclama:

–                     ¡Su Santidad, nazarenos! ¡Su Santidad!

Pero ellos objetan:

–                     Es grande. Es verdad. ¡Pero que sea el Mesías!… Y luego, ¿Por qué debe hablar tan duramente?

–                     ¿Duro? No. A mí no me parece duro. Antes bien… bueno… es muy sincero e intransigente. No deja encubierta ninguna culpa. No duda en denunciar un abuso… Y esto causa desagrado.

Pone el dedo exactamente en el centro de la llaga y esto causa dolor. Pero es por santidad. ¡Oh! ¡Claro que por eso obra así! Se lo he dicho más de una vez: ‘Jesús te haces daño’ ¡Pero no quiere entenderme!…

–                     Lo quieres mucho y cómo eres docto, podrías guiarlo.

–                     ¡Oh! Docto, no… pero hombre práctico, sí. Del Templo, ¿Sabéis? Conozco las costumbres. Tengo amigos… Eleazar el hijo de Annás, es como si fuese mi hermano. Y si queréis algo del Sanedrín, decídmelo… Bueno. Ahora dejadme que lleve el agua a María, que me está esperando para la cena.

–                     Regresa después. En mi terraza hay aire fresco. Estaremos entre amigos y hablaremos…

–                     Sí. Hasta pronto.

Y Judas se va a casa, donde se excusa con María por haberse tardado.

Le explica el motivo y concluye:

–                     Quieren que yo hable el sábado. El Maestro no me lo ordenó. ¿Tú que dices? Guíame, Madre.

María pregunta:

–                     ¿Hablar con el sinagogo? O ¿Hablar en la sinagoga?

–                     Ambas cosas. Yo no quisiera hablar con nadie, ni a nadie, porque sé que son contrarios a Jesús. Y también porque hablar donde solo Él tiene el derecho a ser el Maestro, me parece un sacrilegio, pero… ¡Me insistieron tanto!… Quieren que vaya con ellos, después de la cena… casi lo prometí.

Si crees que hablando con ellos pueda quitarles el espíritu de resistencia contra el Maestro, que es tan dura. Aunque no me siento capaz para ello, iré a hablar; tratando de ser magnánimo con su terquedad. Pues he experimentado que ser duro con ellos es peor.

¡Eh! ¡No caeré más en el error que cometí en Esdrelón! ¡Al Maestro le desagradó muchísimo! No me dijo nada, pero lo comprendí. No lo haré más. Quiero abandonar Nazareth, después de haberlos persuadido de que el Maestro es el Mesías. Para que crean y lo amen.

Judas está hablando mientras come lo que María le ha servido como una mamá y está sentado en le lugar, donde se sienta siempre Jesús.

María contesta:

–                     Estaría bien que Nazareth comprendiese la verdad y la aceptase. No te detengo. Nadie mejor que tú, puede decir si Jesús merece amor o no. Piensa cuanto te ama y te lo demuestra, disculpándote siempre y dándote gusto en todo lo que puede… Que esta reflexión te de palabras y acciones santas.

La cena ha terminado.

Judas va a regar las flores del huerto, antes de que oscurezca. Luego sale, dejando a María en la terraza, doblando la ropa que había puesto a secar. Judas saluda a Alfeo de Sara y a María Cleofás. Luego se dirige a la casa del sinagogo; donde están presentes los otros dos primos de Jesús: José y Simón, junto con otros seis ancianos. Después de los pomposos saludos, se sientan y beben agua fresca.

El sinagogo lo colma de honores y dice:

–                     Estoy contento de que hayas aceptado nuestra invitación y estés aquí. Eres joven. Un poco de distracción, hace bien.

Judas contesta gentil:

–                     No me atreví a venir antes para no importunaros. Sé que despreciáis a Jesús y a sus seguidores.

–                     ¿Despreciar? No. No creemos… Y digámoslo claro. Estamos heridos por sus verdades demasiado duras. Nosotros creíamos que tú nos desdeñarías. Y por eso no te invitábamos.

–                     ¿Desdeñaros yo? Al revés. Os comprendo muy bien… ¡Bah! Estoy convencido de que terminará por haber paz entre vosotros y Él. A Él le conviene, igual que a vosotros. A Él, porque tiene necesidad de todos. Y a vosotros porque no os conviene que os llamen enemigos del Mesías.

José de Alfeo pregunta:

–                     ¿Y crees tú que Él sea el Mesías? En Él no existe nada de la catadura real que ha sido profetizada. Tal vez se debe a que lo vemos solo como carpintero… ¿Pero en qué aspecto es el Rey Libertador?

–                     También David, sólo parecía un pastorcillo. Vosotros sabéis que ni siquiera Salomón en toda su gloria, fue un rey tan grande como él.  Porque viéndolo bien Salomón no hizo otra cosa, que proseguir la obra de David y jamás fue inspirado como él. Pero David, ¡Considerad la figura de David! es gigantesca. Con una realeza que toca el cielo. No juzguéis pues los orígenes del Mesías, para dudar de su realeza. David, pastor y rey. Jesús, carpintero y Rey.

El sinagogo dice:

–                     Tú hablas como un rabí. Se descubre en ti, al que fue educado en el Templo. ¿Podrías hacer saber al Sanedrín, que yo el sinagogo, tengo necesidad de ayuda del Templo, para una causa privada?

–                     ¡Pero claro que sí! Seguro. Con Eleazar, ¡Figuraos! Y luego, José el Anciano, ¿Sabes? El rico de Arimatea. Y el escriba Sadoc…y luego… ¡Oh! ¡Ni hablar!…

–                     Entonces mañana serás mi huésped y hablaremos…

–                     ¿Huésped? No. Yo no abandono a esa santa y dolorida mujer que es María. Vine con el fin de hacerle compañía.

Simón de Alfeo, dice:

–                     ¿Qué le pasa a nuestra pariente, que está sana y feliz en medio de su pobreza?

José de Alfeo confirma:

–                     Sí. Nosotros no la abandonamos. Mi madre siempre la cuida. También yo y mi mujer. Aunque no puedo perdonarle su debilidad para con su Hijo. También fue lo que afligió a mi padre que murió por causa de Jesús, sólo con dos hijos suyos alrededor de su lecho. ¡Y luego!… Pero todos los problemas de familia no se exponen a los cuatro vientos. – termina con un suspiro.

–                     Tienes razón. Se murmura en secreto, echándolo en un corazón amigo. Pero así sucede con muchos dolores. También yo tengo los míos de discípulo… ¡Pero no hablemos de ellos!

José insiste:

–                     No. Hablemos de ellos. ¿De qué se trata? ¿De qué se avergüencen de Jesús? No aprobamos su conducta pero no dejamos de ser parientes suyos. Y estamos prontos a hacer causa común con Él, contra sus enemigos. ¡Habla!

–                     ¿Vergüenza por Jesús? Sólo fue un decir… Luego, los dolores de discípulo son tan grandes. No solo por el modo que el Maestro emplea con amigos y enemigos; causándose mal a sí mismo, sino también porque veo que no se le ama. Yo quisiera que todos le amaseis…

El sinagogo se disculpa:

–                     Pero, ¿Cómo se puede hacer?… Tú lo estás diciendo, ¡Tiene un modo de obrar! Antes de dejar a su Mamá, no era así. ¿No es verdad?

Todos aprueban con gravedad y todos aprueban en hablar bien del Jesús silencioso, manso, solitario, de otros tiempos.

Uno de los ancianos dice:

–                     ¿Quién iba a pensar que se convertiría en el que es ahora? Entonces todo era para su casa y para sus familiares. ¿Y ahora?

Judas lanza un suspiro y dice:

–                     ¡Pobre mujer!

José grita:

–                     ¿Qué sabes? ¡Habla!

–                     No más de lo que tú no sepas. ¿Crees que le sea agradable el estar abandonada?

Otro de los ancianos afirma:

–                     Si José se las hubiese podido arreglar como vuestro padre, no habría sucedido esto.

Judas dice:

–                     No creas. Habría sido lo mismo. Porque cuando se le meten a uno ciertas ideas.

Un siervo trae lámparas y las pone sobre la mesa, porque esta noche no hay luna, aunque el cielo está cuajado de estrellas. También traen bebidas y el sinagogo se apresura a ofrecerle a Judas.

Judas se pone de pie y dice:

–                     Gracias pero no puedo entretenerme más. Tengo mis obligaciones con María.

También los dos hijos de Alfeo se levantan.

–                     Vamos contigo. Es el mismo camino.

Y con muchos saludos se despiden. Quedando sólo el sinagogo y los ancianos.

Las calles están desiertas y silenciosas. En lo alto de las ricas casas, se oyen voces y se ven los destellos de las lámparas de aceite. Caminan en silencio por un largo trecho y luego José se detiene.

Toma del brazo a Judas y le dice:

–                     Oye. Veo que sabes algo que no quisiste decir en presencia de extraños. Pero ahora debes hablar. Soy el mayor de la casa y tengo el derecho y el deber de saberlo todo.

Judas responde:

–                     Y yo fui con la intención de decíroslo y de proteger al Maestro, a María, a nuestros hermanos y a vuestro nombre. Es algo tan penoso de decirse, como de oírse. Muy penoso de llevarse a cabo, porque me hará parecer un espía. Os ruego que me comprendáis. No se trata de eso. Es tan solo amor y prudencia.

Sé muchas cosas que vosotros ignoráis. Las sé por mis amigos del Templo. Y sé que son un peligro para Jesús y para el buen nombre de la familia. He tratado de hacérselo comprender al Maestro, pero no lo he logrado. ¡Al revés! Cuanto más lo aconsejo, tanto peor hace Él.

Se está haciendo criticar y odiar cada vez más. La razón es que es muy santo para entender lo que es el mundo. Es muy triste ver perecer una institución santa, por la imprudencia del fundador.

–                     ¿De qué se trata? ¡Dilo todo y nosotros nos haremos cargo! ¿No es verdad, Simón?

–                     Ciertamente. Pero me parece imposible que Jesús cometa imprudencias y haga cosas contrarias a su misión…

José explota:

–                     ¡Pero si este buen joven que ama a Jesús lo dice! ¿Ves cómo eres? Siempre el mismo. Incierto, titubeante. Me abandonas en el momento necesario. Yo lucho solo contra toda la parentela. ¡Ni siquiera tienes compasión de nuestro nombre y de nuestro pobre hermano que va a la ruina!

Judas exclama:

–                     ¡No! ¡Ir a la ruina, no! ¡Pero desprestigiándose, sí!

José insiste:

–                     ¡Habla! ¡Habla!

Mientras Simón calla perplejo…

Judas dice en voz baja:

–                     Hablaría. Si estuviera seguro de que no me mencionaríais ante Jesús… ¡Juradlo!

José dice:

–                     Lo juramos sobre el Santo Velo. ¡Habla!

–                     Lo que voy a decir no lo diréis ni siquiera a vuestra madre y mucho menos a vuestros hermanos.

Simón confirma:

–                     Tranquilízate respecto a nuestro silencio.

–                     ¿Y no le diréis nada a María? Para no causarle dolor. Como yo lo hago. Guardo silencio. Es un deber tomar precauciones; aún para la paz de esta pobre madre…

José repite:

–                     No diremos nada a nadie. Te lo juramos.

Satanás se aprovecha de los celos de Judas. Una pasión nacida de la envidia y la soberbia y que el apóstol infiel, no se preocupa por rechazar. Satanás está furioso y recurre a medidas extremas para detener a Jesús; pues le está minando su poderío, de una forma implacable. Y de este modo y por estos pecados, Judas le da entrada y es su instrumento perfecto.

Satanás-Judas sigue con su intriga:

–                     Entonces escuchad:

Jesús no se limita a acercarse a los gentiles, publicanos y prostitutas. A ofender a los fariseos y a otras personas valiosas e importantes. Ahora está haciendo todo al revés. Imaginaos que fue a tierra de filisteos, acompañado de un macho cabrío negrísimo. Ahora ha aceptado aun filisteo por discípulo. ¿Y aquel niño que recogió? ¡No sabéis los comentarios que se hicieron! Pocos días después fue una griega pagana. Y por remate esclava que huyó de su patrón romano.

Luego, discursos que no concuerdan con la sabiduría del sentido común. En resumidas cuentas, parece un loco que busca hacerse daño. En tierras de filisteos se entrometió en una ceremonia de brujos y se puso al tú por tú, con ellos. Los venció. Pero ya los escribas y los fariseos, lo comienzan a odiar. ¿Si estas cosas llegan a sus oídos, qué sucederá? Tenéis el deber de intervenir… De impedir…

Simón dice:

–                     Esto es grave. Muy grave. ¿Pero cómo podíamos saberlo? ¡Estamos aquí!… ¿Y ahora? ¿Cómo podremos estar al tanto de lo que sucede?

–                     Y sin embargo es vuestro deber intervenir e impedir. La Madre es madre y es muy buena. No debéis abandonarlo en estas circunstancias. Por Él y por el mundo.

Además. Esto de seguir arrojando demonios… Corre la voz de que se sirve de Belcebú. Pensad si esto lo favorece. ¡Y luego! ¿Qué clase de rey podrá llegar a ser, si las multitudes se ríen ya desde ahora o se escandalizan?

Simón pregunta incrédulo:

–                     ¿Pero de veras hace cuánto dices?

–                     Pregúntaselo a Él Mismo. Os lo confirmará porque hasta de esto se jacta.

–                     Deberías avisarnos…

–                     ¡Claro que lo haré! Cuando vea algo raro, os lo mandaré avisar. Pero os lo ruego: silencio ahora y siempre. Silencio con todos.

–                     Lo juraremos. ¿Cuándo te vas?

–                     Después del sábado. Ya no hay razón para estar aquí. He cumplido con mi deber. 

José de Alfeo, dice:

–                     Te lo agradecemos. Ya decía yo que Él estaba cambiado. Tú hermano, no me quisiste creer. ¿Ves que tenía razón?

Simón de Alfeo objeta:

–                     Yo… Me resisto a creerlo todavía. Judas y Santiago no son unos tontos. ¿Por qué no nos han dicho nada? ¿Por qué no hacen algo, si suceden estas cosas?

Judas replica resentido:

–                     Hombre, ¡No vas a decirme ahora que no crees en mis palabras!…

Simón responde:

–                     ¡No!… Pero… ¡Basta! Perdona que te lo diga: creeré cuando lo vea.

–                     Está bien. pronto lo verás y me dirás: ‘Tenías razón’ bueno. Aquí está vuestra casa. Os dejo. Dios sea con vosotros.

José dice:

–                     Dios sea contigo, Judas. Y… ¡Oye! Tú tampoco digas esto a otros. Está en juego, nuestra honra…

–                     Ni siquiera me lo diré a mí mismo. ¡Adiós!

Y se va rápido. Vuelve a entrar tranquilo a la casa. Sube a la terraza, donde María está sentada, contemplando el cielo lleno de estrellas.

Y a la lucecilla de la lámpara que Judas prendió para subir por la escalera; se ven dos hileritas de llanto, que descienden por las mejillas de María.

Judas pregunta con ansiedad:

–                     ¿Estás llorando, Madre?

Ella contesta con dolor:

–                     Porque me parece que el mundo está cargado con más asechanzas, que cuantas estrellas hay en el cielo… Asechanzas contra mi Jesús…

Judas la mira atento y no sabe qué hacer.

María termina suavemente:

–                     Pero me da fuerzas el amor de los discípulos… Amad mucho a mi Jesús. Amadlo. ¿Quieres quedarte aquí, Judas? Bajo mi habitación. María Cleofás se fue a dormir, después de preparar la levadura para mañana.

–                     Sí. Aquí me quedo. Aquí se está bien.

–                     La paz sea contigo, Judas.

–                     La paz sea contigo, María.

Y María se retira a su habitación.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA