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110.- LA PASCUA DE SANGRE


Sabea del Carmelo se calla por un momento…

Y para consternación de los escribas, fariseos y saduceos, que insisten ante Jesús para que la exorcice del implacable espíritu profético que los está avasallando… Ella parece haber hecho una pausa, únicamente para continuar con más fuerza           …

Y da un grito que hace estremecer:

–      ¡Horror! La Voz da luz. La luz da vista… ¡Horror! ¡Yo veo!…

Su grito parece un aullido. Se retuerce como si estuviera viendo un horrible espectáculo, que le torturase el corazón y se rehusara a verlo. De la espalda se le cae el manto. Le queda solo la vestidura marfileña, que tiene por fondo el negro tronco.

A la luz del crepúsculo agonizante, su cara adquiere un aspecto trágico e imponente. Su rostro está esculpido por el dolor.

Se retuerce las manos mientras repite llorando:

–          ¡Veo! ¡Veo! Veo los crímenes de este Pueblo mío. Soy impotente para detenerlos. Veo el corazón de mis compatriotas y no lo puedo cambiar. ¡Horror! ¡Horror! Satanás ha abandonado sus lugares y ha venido a vivir a su corazón.

Los escribas ordenan a Jesús:

–                       ¡Hazla callar!

Jesús contesta:

–                       Prometisteis que la dejaríais hablar…

La mujer continúa:

–                       ¡Inclínate a tierra, al lodo! ¡Oh, Israel! ¡Que todavía sabes amar al Señor! Cúbrete de ceniza. Vístete de cilicio. ¡Por ti! ¡Por ellos! ¡Jerusalén, Jerusalén! ¡Sálvate! Veo a una ciudad que en tumulto, va a cometer un crimen.

¡Oigo! ¡Oigo los gritos de los que con odio invocan su sangre sobre sí! Veo levantar la Víctima en la Pascua de Sangre.

Y que corre esa Sangre. Y que esa Sangre grita, más que la sangre de Abel.

Mientras se abren los cielos, la Tierra se sacude y el sol se oscurece. ¡Esa Sangre no pide venganza, sino piedad por su Pueblo Asesino! ¡Piedad por nosotros!…

¡Jerusalén, conviértete! ¡Esa Sangre…! ¡Esa Sangre…! ¡Un río…! ¡Un río que lava el mundo curándolo de todos los males; borrando toda Culpa!…

¡Pero para nosotros…!

¡Para nosotros de Israel, esa Sangre es Fuego!… Para nosotros es un cincel que escribe sobre los hijos de Jacob, el nombre de los Deicidas y la Maldición de Dios… ¡Jerusalén, ten piedad de ti misma y de nosotros!

Los escribas gritan.

–                       ¡Hazla callar! ¡Te lo ordenamos!

Mientras la mujer solloza cubriéndose la cara.

Jesús dice:

–                       No puedo imponer silencio a la verdad.

Los escribas acosan a Jesús:

–                       Ciertamente es una loca que delira.

–                       ¿Qué Maestro eres si tomas por verdad, las palabras de una demente?

–                       ¿Qué Mesías eres si no sabes hacer callar a una mujer?

–                       ¿Qué Profeta eres si no sabes poner en fuga al demonio? ¡Y otras veces lo has hecho!

–                       Lo ha hecho, sí. Pero ahora no le conviene. Es todo un juego preparado para atemorizar a las turbas.

Jesús responde:

–                       ¿Habría Yo escogido esta hora? ¿Este lugar? ¡Este puñado de hombres!… Cuando podría haberlo hecho en Jericó, cuando me han seguido cinco mil y tal vez más de cinco mil personas. Y me han circundado, ¿Cuando el recinto del Templo ha sido estrecho, para dar cabida a todos los que querían oírme?

¿Puede el demonio decir palabras sabias? ¿Quién de vosotros, con el corazón en la mano, puede afirmar que de los labios de ella ha brotado algún error? ¿No resuenan en sus labios femeninos las terribles palabras de los Profetas? ¿No percibís el alarido de Jeremías y el llanto de Isaías y de los otros profetas?

¿No percibís la Voz de Dios a través de esta mujer?

La Voz que quiere ser oída, para vuestro bien? No me escucháis a Mí. Podéis pensar que hablo en mi favor. Pero ésta que me es desconocida, ¿Qué favor puede esperar de estas palabras? No recogerá más que vuestro desprecio.

Vuestras amenazas; tal vez vuestra venganza. ¡NO! ¡Que no le impongo silencio! Antes bien; para que estos pocos la oigan… Y para que vosotros podáis así enmendaros, le ordeno: ¡Habla! ¡Habla te lo digo, en el Nombre del Señor!…

Es Jesús ahora el que parece majestuoso. Es el Mesías de las horas del Milagro. Con sus grandes ojos magnéticos; en los que una chispa de azul desprendida de la hoguera que está entre ella y Él, hace más brillantes.

La mujer por el contrario, oprimida por el Dolor, causa menor impresión. Sigue con la cabeza inclinada. Con la cara cubierta por sus manos, sobre las que caen sus negros cabellos, que se han soltado y que tanto delante como en la espalda; parecen como un velo de luto sobre su vestido blanco.

Jesús insiste:

–                       ¡Habla, te lo ordeno! Tus palabras de dolor no dejan de tener su fruto. Sabea de la estirpe de Aarón, ¡Habla!…

La mujer obedece:

–                       ¡Oh, Jordán; sagrado río de nuestros padres! Eres un río de paz y conoces muchos dolores. ¡Oh, Jordán que en las negras horas de tempestad, sobre tus crecidas aguas, algunas veces el tierno arbusto en que había un nido; lo arrastras vertiginoso hacia el abismo mortal del mar salado y no tiene piedad del par de pajarillos que sigue con su vuelo piando de dolor, su nido que has destruido!

De igual modo verás, ¡Oh, sagrado Jordán!  Azotado por la Ira Divina.

 

Arrancado de sus casas, de su altar; caminar a la ruina, sumergiéndose en la muerte más espantosa; al Pueblo que no quiso al Mesías. Pueblo mío, ¡Sálvate! ¡Cree en tu Señor! ¡Sigue a tu Mesías! Reconócelo por lo que Es. No es Rey de pueblos y de ejércitos. ¡Es Rey de almas!

De tus almas. De todas las almas. Descendió a reunir a las almas justas. ¡Y volverá a subir para conducirlas al Reino Eterno! ¡Vosotros que todavía podéis amar, estrechaos al Santo! ¡Vosotros a quienes os preocupa el destino de la patria, uníos al Salvador!

¡Que no perezca toda la descendencia de Abraham! ¡Huid de los falsos profetas, de bocas mentirosas y de corazones de rapiña, que tratan de apartaros de la Salvación! Salid de las Tinieblas que se alzan a vuestro alrededor. ¡Escuchad la Voz de Dios!

Los grandes a quienes hoy teméis; son ya polvo en el Decreto de Dios. Uno solo es el Viviente.

Los lugares donde mandan y desde donde oprimen, son ya ruinas. Uno solo perdura.

Jerusalén, ¿Dónde están los orgullosos hijos de Sión de los que te glorías? ¡Míralos! ¡Oprimidos, encadenados caminan hacia el destierro! Por entre los escombros de tus  palacios; entre el hedor de los muertos que degolló la espada, que mató el hambre.

¡El furor de Dios se abate sobre Ti! ¡Oh, Jerusalén que rechazas a tu Mesías! Le golpeas en el Rostro, en el corazón. Toda la hermosura que había en Ti, se ha marchitado. Muerta está para ti toda esperanza. Profanados están el Templo y el altar…

Los escribas gritan:

–                       ¡Hazla callar! ¡Blasfema! Te decimos que la hagas callar…

Sabea:

–                                   … arrancado el Efod. No sirve más…

Sadoc insiste:

–                       ¡Tú eres culpable si no le impones silencio!

Sabea continúa:

–                       …porque no reina más. Hay otro Pontífice Eterno. Es Santo. Dios lo ha enviado como Rey-Sacerdote para siempre. Lo envió quien toma las injurias hechas al Mesías por suyas y las venga. Otro Pontífice; el Verdadero; el Santo, Ungido de Dios.

Y por su Sacrificio, en lugar de aquel en cuya frente la tiara es una deshonra, porque cobija pensamientos criminales…

–                       ¡Cállate, maldita! ¡Cállate o te golpeamos!

Los escribas la maldicen atrozmente, pero ella parece no oír.

El pueblo se arremolina:

–                       Dejadla hablar, vosotros locuaces. Dice la verdad. Así es. No hay más santidad entre vosotros. Uno solo es el Santo y vosotros lo maltratáis.

Los escribas opinan que es mejor callarse.

La mujer continúa con su voz cansada y dolorosa:

–                       Había venido para traernos la Paz y lo combatiste. La salud y te burlaste de Él. El amor y lo odiaste. Milagros y has dicho que eran del demonio. Sus manos curaron tus enfermos y tú se las perforaste. Te trajo la Luz y lo cubriste con salivazos y con suciedades en su Rostro. Te trajo la Vida y le diste la muerte.

¡Llora tu error Israel! Y no impreques al Señor cuando vayas al destierro que no tendrá fin, como en otro tiempo. ¡Oh, Israel!… ¡Recorrerás toda la tierra, como un pueblo vencido y maldito; perseguido por la Voz de Dios y con las mismas palabras que se dijeron a Caín!

 

No podrás reconstruir un nido sólido, sino hasta que reconozcas junto con los otros pueblos, que éste es Jesús, el Mesías, el Señor, el hijo del Señor…

La voz de Sabea se apaga envuelta por el dolor y la fatiga. Parece como si agonizara. Pero aún no ha terminado.

Se reanima a una última orden:

–                     ¡A tierra, Pueblo que todavía sabes amar! ¡Cúbrete de ceniza! ¡Vístete de cilicio! ¡El Furor de Dios está suspendido sobre vosotros, como una nube preñada de granizo y rayos, sobre un campo maldito!

La mujer cae de rodillas con los brazos extendidos hacia Jesús y grita:

–                       ¡Paz, Paz! ¡Oh, Rey de Justicia! ¡Paz!, ¡Oh, Adonaí Grande y Poderoso a quién ni siquiera el Padre resiste! ¡Por tu Nombre! ¡Oh, Jesús Salvador y Mesías Redentor! ¡Rey, Dios tres veces Santo; alcánzanos la Paz!

Y se tira sacudida por los sollozos, con la cara sobre la hierba.

Los escribas rodean a Jesús.

Lo llevan aparte, lejos de los demás y con voz amenazante le dicen:

–                       Lo menos que puedes hacer, es curarla. Porque si en verdad quieres decir que no está poseída por un demonio, no puedes negar que sea una enferma.

Sadoc insinúa:

–                       ¡Mujeres!… y mujeres sacrificadas por el destino. Su vitalidad debe mostrarse por cualquier parte. Y divagan. Y dicen cosas irreales sobre todo a Ti, que eres joven y muy bello…

Jesús increpa:

–                       ¡Cállate, boca de serpiente! Tú mismo no crees en lo que dices.

Jesús lo ha ordenado con tal fuerza, que le corta las palabras en los labios del escriba flaco y narigudo que al principio se había burlado de la mujer como de una falsa profetiza.

El escriba que fue a encontrarlo en el camino y  le hizo la propuesta a Jesús, se dirige al escriba que lo ha insultado:

–                       No ofendamos al Maestro, Sadoc. Lo elegimos por Juez de un caso que no podíamos resolver.

–                       Los demás lo atacan al punto:

–                       ¡Cállate Yoel, llamado Alamot hijo de Abdías! ¡Sólo un mal nacido como tú, puedes decir esas palabras!

El escriba se pone rojo por la ofensa, pero se domina y con dignidad responde:

–                       Si mi nacimiento no puede aceptarse, eso no quita que mi inteligencia sea clara antes bien; el prohibirme muchos placeres, me ha hecho un hombre de sabiduría. Si fuerais santos no me humillaríais. Sino respetaríais al sabio.

Sadoc dice:

–                       ¡Bueno! Hablemos de lo que nos preocupa. Maestro, tienes obligación de curarla. Porque con su delirio espanta a la gente y ofende al sacerdocio, a los fariseos y a nosotros.

Jesús pregunta dulcemente:

–                       Si os hubiera alabado, ¿Me diríais que la curase?

Sadoc replica:

–                       No. Porque haría que la gente nos respetase. Este pueblo de cabrones que nos odia en su corazón y se befa de nosotros cuando puede. – sin percatarse de la trampa.

Jesús pregunta otra vez con dulzura:

–                       ¿Pero no continuaría siendo una enferma? ¿No debería curarla?

Parece un estudiante que preguntase al profesor lo que debe hacer.

Los escribas están tan cegados por la ira, que no comprenden que se están descubriendo…

–                       En tal caso, no. ¡Más bien tendrías que dejarla que delirase!  Hacer todo lo posible para que la gente le creyese profetisa. ¡Honrarla! ¡Señalarla!

–                       ¿Y si no fuesen cosas verdaderas?

–                       ¡Oh, Maestro! Si quita lo que dice contra nosotros, lo demás serviría de mucho para levantar el orgullo de Israel contra el romano. A sujetar el orgullo del pueblo contra nosotros.

Jesús replica secamente:

–                       Pero no se le puede intimar: ‘Habla de este modo’  Ni tampoco, ‘No digas esto…’

–                       ¿Y por qué no?

–                       Porque el que delira habla sin saber lo que dice.

Varios escribas dicen:

–                       ¡Con dinero y alguna que otra amenaza!…

–                       ¡Se podría obtener todo!

–                       También así se comportaban los profetas…

Jesús pregunta perplejo:

–                       No veo claro, en verdad…

Sadoc y Cananías dicen:

–                       ¡Ah! ¡Es porque no sabes leer entre líneas!

–                       Y porque no todo se dejó escrito en papel.

Jesús cambia el tono de su voz y empieza su contraataque:

–                     El espíritu profético no conoce imposición alguna, escriba. Viene de Dios. Y a Dios no se le compra, ni se le atemoriza.

El escriba le replica:

–                       Pero esta no es una profetisa. Ya no es tiempo de profetas.

–                       ¿Ya no es tiempo de profetas? ¿Y por qué no?

–                       Porque no nos lo merecemos. Estamos muy corrompidos.

–                       ¿De veras? ¿Y lo dices tú? ¡Tú que hace unos instantes la juzgabas digna de castigo porque afirmaba lo mismo!

El escriba Sadoc queda desorientado.

Simón otro escriba, viene en su ayuda:

–                       El tiempo de los profetas terminó con Juan.

Nahúm otro fariseo apoya:

–                       Y no hay necesidad de ellos.

Jesús dice:

–                       ¿Cómo es posible?

–                       Porque Tú estás para hablarnos de la Ley y hablarnos de Dios.

–                       También en tiempos de los profetas existía la Ley y la sabiduría hablaba de Dios. Y con todo, los había.

Sadoc interviene:

–                       ¿Pero qué profetizaban? ¡Tú venida!

Nahúm declara:

–                       Ya estás aquí. Ya no sirven para nada.

–                       Una y mil veces me habéis preguntado vosotros, como también los sacerdotes y los fariseos, si Soy Yo el Mesías o no. Y porque lo he afirmado me llamáis blasfemo, loco. Y habéis tomado piedras para arrojármelas, ¿No acaso eres tú Sadoc, a quién llaman el Escriba de Oro? –pregunta Jesús al viejo narigudo.

Sadoc contesta:

–                       ¿Lo soy y qué?

–                       Pues bien. Tú exactamente tú has sido siempre el primero, tanto en Giscala, como en el Templo, en volverte violento contra Mí. Te perdono. Te lo recuerdo sólo porque dijiste que no puedo ser Yo el Mesías. Te recuerdo la apuesta que te hice en Quedes. Dentro de poco verás que se cumple parte de ella.

Cuando la luna brille en el invierno te daré la prueba. La primera. La otra, la tendrás cuando el grano de trigo sacuda sus espigas al soplo de los vientos del Nisán, el año entrante.

A los que dicen que los profetas son inútiles, respondo: ¿Quién es el que va a poner límites al Altísimo?

En verdad, en verdad os digo que mientras exista el hombre habrá profetas. Son las teas en medio de las tinieblas del mundo. Son los hornos entre el hielo del mundo. Son las voces que recuerdan a Dios y sus verdades que el tiempo olvida y el descuido arrastra.

Los profetas traen directamente al hombre la Voz de Dios. Provocando sacudidas de emoción en los olvidadizos, en  los apáticos hijos del hombre. Tendrán otros nombres, pero tendrán igual misión e igual suerte en el dolor humano y en el gozo inimaginable. ¡Ay si no existieran estos espíritus que el mundo odiará, pero a quienes Dios amará sobre manera!

¡Ay si no padeciesen y no perdonasen! ¡Si no amasen y no trabajasen para obedecer al Señor! ¡El mundo perecería en las tinieblas, en el hielo, en un sopor de muerte, en una idiotez; en una ignorancia salvaje y brutal! Por esto Dios seguirá suscitándolos.

¿Quién podrá decir a Dios que no lo haga? ¿Tú Sadoc? O ¿Tú Nahúm? O ¿Tú Elquías? En verdad os digo que ni siquiera los espíritus de Abraham, de Jacob, de Moisés, de Elías y de Eliseo, podrían decir a Dios que no lo hiciera. Y sólo Dios sabe cuan santos fueron y en medio de qué luces eternas se encuentran.

Sadoc exclama:

–                       ¡Entonces no quieres curar a la mujer!

Elquías pregunta:

–                       ¿Ni siquiera condenarla?

Jesús responde:

–                       No.

–                       ¿La consideras cómo profetisa?

–                       Inspirada, sí.

–                       Eres un demonio como ella. Vámonos. No nos conviene perder el tiempo con los demonios.

Y al decir esto, Sadoc da un empujón de cargador a Jesús, haciéndolo a un lado. Está más que furioso.

Muchos lo siguen. Otros se quedan. Entre estos últimos al que llamaron Yoel Alamot.

Jesús señala a los que se van…

Y a los que se quedan,  les pregunta:

–                       ¿Y vosotros no los seguís?

Yoel Alamot contesta:

–                       No, Maestro. Nos vamos porque ya es de noche. Pero queremos decirte que aceptamos tu decisión. Dios puede todo. Es verdad.

El de más edad apoya:

–                       Y puede suscitar almas para nosotros que caemos en muchas culpas, para que nos llamen a la justicia.

Jesús dice:

–                       Dijiste bien. Y esta humildad tuya, es mucho más grande a los ojos de Dios, que tu saber.

–                       Entonces acuérdate de mí cuando estés en tu Reino.

–                       Sí, Jacob.

–                       ¿Cómo sabes mi nombre?

Jesús sonríe sin responder.

 

–                       Maestro, acuérdate también de nosotros.  –dicen otros dos.

Yoel Alamot, añade:

–                       Bendigamos al Señor que nos dio esta hora.

Jesús responde:

–                       ¡Bendigamos al Señor!

Se saludan.  Se separan.

Jesús se reúne con sus apóstoles. Y con ellos va a donde está la mujer que ha regresado a su postura inicial, sentada sobre la raíz del roble.

Sus padres le preguntan con ansias:

–                       ¿Nuestra hija tiene un demonio? Eso dijeron aquellos antes de irse.

Jesús contesta:

–                       No. Estad tranquilos. Amadla porque su destino es muy amargo. Como el de todos sus semejantes… Los verdaderos profetas de Dios…

–                       Añadieron que esa había sido tu opinión…

–                       Mintieron. Yo no miento. Estad tranquilos.

Juan de Éfeso se acerca con Salomón y otros discípulos y dice:

–                       Maestro. Sadoc ha amenazado a éstos. Te lo aviso.

 

–                       ¿A éstos o a ésta?

–                       A éstos y a ella. ¿No es verdad?

El anciano replica:

–                       Sí. Nos dijeron a mí y a mi esposa que si no procuramos hacer callar a nuestra hija, ¡Ay de nosotros! Y a Sabea le dijeron: “Si hablas te denunciaremos al Sanedrín”

Prevemos que días negros se cernirán sobre nosotros. Pero estamos tranquilos por lo que dijiste y aguantaremos lo que nos venga. Pero por ella, ¿Qué podemos hacer Señor?…

Jesús piensa…

Luego dice:

–                       ¿No tenéis parientes que vivan lejos de Betlequi?

–                       No, Maestro.

–                       Os mandaré con la madre de un discípulo mío que sabe lo que es tener un hijo perseguido. Le diréis que se le de hospedaje en mi Nombre. –luego dice a Sabea- escucha: vas a ir a donde te envío. Continúa sirviendo al Señor en justicia y obediencia. Te bendigo mujer. Quédate en paz.

Sabea responde:

–                       Sí, Señor y Dios mío…  ¿Cuándo deba hablar, lo podré hacer?

–                       El espíritu que te ama te guiará según las circunstancias. No tengas miedo de su Amor. Sé humilde, casta, sencilla y sincera. Y Él no te abandonará. Quédate en paz.

La bendice y se va con sus apóstoles…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

 

97.- REY DE LOS JUDÍOS


La gente que lo encuentra, mira con curiosidad al grupo galileo, que es verdaderamente extraño en estas partes.

Mateo dice señalando el promontorio que cae al mar:

–           Este debe ser el peñón de la tempestad, del que habló el pescador…

Santiago de Zebedeo extiende el brazo y dice:

–           Ved allí el poblado que nos dijeron.

Jesús observa:

–           Desde la cima podremos ver Alejandroscene…

Juan contesta:

–           Dentro de poco anochecerá. ¿Dónde nos quedaremos?

–           En Alejandroscene. Iremos por aquel camino que baja hacia allá…

Andrés pregunta:

–           Es la ciudad de la mujer de Antigonia. ¿Cómo podríamos hacer para alegrarla?

Juan explica:

–           Maestro, ella nos dijo: ‘Id a Alejandroscene. Mis hermanos tienen allí negocios y son prosélitos. Procurad que se enteren del Maestro. Nosotros también somos hijos de Dios…’ Y lloraba porque su matrimonio no es bien visto. Sus hermanos jamás van a visitarla y ella no sabe nada de ellos.

Jesús dice:

–           Buscaremos a sus hermanos. Si nos acogen como a peregrinos, le daremos una alegría…

–           Pero ¿Cómo vamos a decirle que la vimos?

–           Trabaja en las posesiones de Lázaro y nosotros somos sus amigos.

–           Es verdad. Tú tomarás la palabra…

Cómo queráis. Pero démonos prisa, para que encontremos la casa. ¿Sabéis dónde está?

–           Cerca del campamento. Tienen relaciones con  los romanos, pues les venden muchas cosas.

–           Está bien.

Caminan rápidos por el camino consular. Alejandroscenne, que es una estratégica ciudad militar, extendida entre dos promontorios; sobre el mar. Ahora ya pueden distinguirse las torres que forman una cadena con las de la llanura y que hacen formidable el imponente campamento.

Llegan a las tiendas de los hermanos de Hermione y ven a los compradores saliendo y llevando sus mercancías: telas, utensilios, granos, heno, aceite, vinos y alimentos. El aire huele a cuero, especias, paja y lana. Es un vasto patio que semeja una plaza y en cuyos pórticos están las diversas bodegas.

Un hombre los recibe y les pregunta:

–           ¿Qué se os ofrece? ¿Alimentos?

Jesús contesta:

–           Sí. Y también hospedaje… Si es que no te desagrada hospedar a peregrinos. venimos de lejos y nunca hemos estado aquí. Danos hospedaje en el Nombre del señor…

El hombre mira atentamente a Jesús y lo escudriña… Luego dice:

–           En realidad no acostumbro hospedar a nadie; pero Tú me caes bien. Eres galileo ¿Verdad? Mejor los galileos que los judíos. Son demasiado orgullosos y no nos perdonan que tengamos sangre impura. sería mejor que ellos tuvieran el alma pura. Ven entra aquí. Regreso pronto. Voy a cerrar porque ya atardeció…

De hecho el crepúsculo va dejando lugar a la oscuridad que desciende sobre el patio que domina el majestuoso campamento.

Todos entran en la habitación señalada y se sientan. Regresa el hombre con otras dos personas y dice:

–           Ahí los tenéis. ¿Qué os parece? A mí me parecieron gente buena…

El hombre mayor dice al hermano:

–           Hiciste bien. – y volviéndose hacia Jesús le pregunta- ¿Cómo os llamáis?

Jesús hace las presentaciones:

–           Jesús de Nazareth. Santiago y judas también de Nazareth. Santiago, Juan y Andrés de Betsaida y Mateo de Cafarnaúm…

–           ¿Por qué habéis venido aquí? ¿Sois perseguidos?

–           No. Evangelizamos. Hemos recorrido más de una vez la Palestina, desde Galilea hasta Judea; de mar a mar. También hemos estado en Transjordania y en la Aurinítide y ahora hemos venido aquí. A enseñar…

–           Pero, ¿Aquí un Rabbí? ¡Nos sorprende! Felipe, Elías, ¡Esto no es posible!

Elías apoya:

–           Mucho. ¿De qué casta eres?

–           De ninguna. Soy de Dios. Los buenos del mundo creen en Mí. Soy pobre y amo a los pobres. Con todo, no desprecio a los ricos a quienes enseño el amor, la misericordia y a no amar las riquezas. Así cómo también enseño a los pobres a amar su pobreza, confiando en Dios que no deja que alguien se pierda. Entre mis ricos amigos y discípulos se encuentra Lázaro de Bethania…

–           ¿Lázaro? Una de nuestras hermanas está casada con uno de sus trabajadores…

–           Lo sé. También por esta razón he venido. Para deciros que os manda saludos y os ama.

–           ¿La viste?

–                      Yo no. Pero éstos que me acompañan, sí. Lázaro los envió a Antigonia.

–                      ¡Oh! ¡Hablad! ¿Cómo está Hermione? ¿Está feliz?

Tadeo responde:

–           Su esposo y su suegra la aman mucho. Su suegro la respeta…

–           Pero no le perdonan su sangre maternal. Dilo…

–           Se la perdonarán. Se expresó de ella muy bien. Tiene cuatro niños bellos y muy buenos. Esto la hace feliz. Pero siempre os recuerda y nos pidió que os trajéramos al Maestro…

–           ¿Pero cómo? ¿Eres a quien llaman el Mesías? ¿Tú?

–           Yo Soy.

–           Eres verdaderamente Él… Nos dijeron en Jerusalén que te llaman el Verbo de Dios…  ¿Es verdad?

–           Sí.

–           Pero, ¿Lo Eres sólo para los de allá o para todos?

–           Para todos. ¿Podéis creer que sea Yo lo que habéis dicho?

–           Creer no cuesta nada. Tanto más cuanto se espera que lo que se cree, pueda arrancar lo que nos hace sufrir.

–           Es verdad, Elías. Pero no hables de este modo. Es un pensamiento muy impuro. mucho más que la sangre mezclada. Alégrate no con la esperanza de que desaparezca lo que es la causa de desprecio de los demás. Más bien alégrate con la esperanza de conquistar el Reino de los Cielos.

–           Tienes razón, Señor. Soy medio pagano.

–           No te preocupes. También te amo a ti. Y también por ti he venido.

Felipe dice:

–           Han de estar cansados. Elías, deja las cosas como están. Vamos a cenar… Aquí no hay criadas. Ninguna israelita nos ha querido. Perdona si la casa te parece fría y sin arreglar…

–           Vuestro corazón la hará caliente y acogedora.

–           ¿Cuánto tiempo vas a estar?

–           No más de un día. Voy a ir en dirección a Tiro y a Sidón. Y necesito estar en Aczib antes del sábado…

–           ¡Sidón está muy lejos!

–           Mañana quisiera hablar aquí…

Nuestra casa parece un puerto. Sin que salgas de ella tendrás oyentes de muchos lugares. Y mañana es día de mercado.

–           Vamos pues. Y el Señor os pague vuestra caridad…

Al día siguiente, en el patio de los tres hermanos que está iluminado en más de la mitad por el sol, está lleno de gente que va y viene haciendo compras y vendiendo. Los soldados romanos, imperiosos y conquistadores; vigilan el orden en todo este barullo. Tambien Jesús, junto con los apóstoles, pasea por el inmenso patio que se ha convertido en una gran plaza de mercado. Muchos comentan mirando al grupo apostólico; reconociendo al Mesías y esperando a que hable.

Una niña acompaña a un viejo semiciego y suplica:

–           Dejad paso libre al viejo Marcos. ¡Por favor decidnos dónde está el Mesías!

Alguien contesta:

–           Si queréis ver al Rabbí, vedlo. Allá está parado, hablando con los pordioseros…

Y los dos se apresuran a llegar al lugar indicado…

Hay numerosos soldados y al verlo, dos de ellos comentan:

–                     Debe ser al que persiguen los judíos, Escipión. Son unos buenos canallas. Basta con verlo para darse cuenta que es mejor que todos ellos.

–                     ¡Por esto les da fastidio, Cayo!

–                     Vamos a decirlo al oficial. Son órdenes.

–                     ¡Esto es muy tonto, Cayo! Roma toma precauciones de los corderos y soporta la caricia de los Tigres.

–                     ¡No me parece como piensas, Escipión! ¡A Poncio no le cuesta matar!

–                     Cierto. Pero no cierra la puerta a las hienas que lo adulan.

–                     ¡Política, Escipión! ¡Política!

–                     ¡Cobardía, Cayo! Y ¡Estupidez! Debería hacerse amigo de este Hombre; para tener una ayuda pronta contra esta gente asiática. Poncio no favorece los intereses de Roma, en hacer a un lado a este Hombre Bueno. Y en adular a los malvados.

–                     No critiques al Procónsul. Nosotros somos soldados. Y el jefe es sagrado como un dios. Hemos jurado obediencia al divino César. Y el Procónsul es su representante…

–                     Eso está bien por lo que se refiere al deber con la Patria, sagrada e inmortal. Pero para nuestro fuero interno…

–                     El obedecer supone juzgar. Si tu juicio se rebela contra una orden y la crítica; no puedes obedecer como se debe. Roma se apoya en nuestra obediencia ciega; para proteger sus conquistas.

–                     Pareces un tribuno y dices bien. pero quiero decirte que si Roma es reina; nosotros no somos esclavos, sino súbditos. Y Roma no debe tener súbditos esclavos. Y por eso afirmo que mi razón juzga que Poncio hace mal, en no preocuparse de este israelita. Llámalo Mesías; Santo, Profeta, Rabí o cómo te dé la gana. Y puedo decirlo porque con ello no disminuye mi amor por Roma. Yo estoy convencido de que Él, al enseñar el respeto a las leyes y a los cónsules, como lo hace; coopera para el bienestar de Roma.

–                     Eres un hombre culto, Escipión. Llegarás a ser algo. Pero mira… hay gente alrededor de Él… Vamos a decirlo a los jefes…

De hecho, una multitud rodea a Jesús.

Luego se oye un grito y algunos se separan del grupo y corren…

Cayo pregunta:

–                     ¿Qué ha pasado?

–                     ¡El Hombre de Israel ha curado al viejo Marcos!

–                     ¡El velo de sus ojos ha desaparecido!

Un limosnero se arrastra apoyado en unos bastones, pues tiene las piernas torcidas y flacuchas. Con voz fuerte, grita sin descansar:

–                     ¡Santo! ¡Santo! ¡Mesías!… ¡Rabí! ¡Ten piedad de mí!

Los hebreos le gritan:

–                     Deja de gritar. Marcos es hebreo y tú no.

Un hebreo grita:

–                     Hace favores a los verdaderos israelitas, ¡No a los nacidos de una perra!

–                     Mi madre era hebrea…

–                     Y Dios la castigó. ¡Haciendo que nacieras como naciste! Por su pecado. ¡Lárgate, hijo de loba! ¡Vuelve a tu lugar; lodo que has de ser!

El pobre hombre se apoya contra la pared… Acobardado, humillado, espantado al ver los puños levantados de los hebreos puros.

Jesús se detiene. Se vuelve y ordena.

–                     ¡Oye! ¡Ven aquí!

El hombre lo mira… Mira a los que lo amenazan… No se atreve a avanzar.

Jesús se abre paso entre la gente y se le acerca.

Le pone la mano sobre el hombro y le dice:

–                     No tengas miedo. Ven conmigo. –y mirando a los que no tuvieron compasión… Con tono severo agrega- Dios es de todos los hombres que lo buscan y que son misericordiosos.

Los otros comprenden y ya no se mueven.

Jesús los ve avergonzados y a punto de irse y les dice:

–                     No. Venid también vosotros. Y fortaleced vuestra alma, así como éste que supo tener fe. Yo lo mando. Vete libre desde ahora de tu enfermedad.

Quita su mano del hombro del hombre que se estremece. Éste se levanta. Arroja los bastones acabados por el uso y grita:

–                     ¡Me ha curado! ¡Alabado sea el Dios de mi madre!  -y se postra adorando y besando la orla del vestido de Jesús.

El tumulto aumenta y llega hasta las murallas del campamento romano. Los soldados creen que hay riña. Un pelotón corre, abriéndose paso y preguntando qué sucede:

–                     ¡Un milagro! ¡Un milagro! ¡Jonás el chueco!…  ¡El Paralítico, está curado! ¡Vedlo junto al Galileo!

Los soldados se miran entre sí…

–                     ¡El oficial nos ordenó que vigilásemos!

Escipión responde:

–                     ¿A quién? ¿A Él? Si se trata de Él, podemos ir a tomarnos una jarra de vino.

–                     Por mi parte yo diría que Él es quién debe ser protegido. ¿Lo veis allá? Entre nuestros dioses no hay uno que sea tan Bueno y con un aspecto tan viril. Esos no son dignos de Él. Los que no son dignos, es porque son malos. Quedémonos por si hay que defenderlo. Por lo menos podremos cuidarle la espalda. Y acariciar las de esos sinvergüenzas…  -dice con sarcasmo y admiración uno de los soldados.

–                     Has dicho bien Pudente. Voy a llamar a Prócoro que siempre ve complots contra Roma, donde no hay. En lo único que piensa es en que se le promueva y aquí se convencerá…

–                     No viene Prócoro. Mandó al triario, Aquila…

Los soldados lo aclaman y él pregunta:

–                     ¿Qué pasa?

–                     Que hay que vigilar a este hombre alto y rubio.

–                     Perfectamente. Pero, ¿Quién es?

–                     Lo llaman el Mesías. Su Nombre es Jesús de Nazareth. Es el mismo por quién se dieron las órdenes… Dicen que quiere hacerse rey y hacer a un lado a Roma. El Sanedrín; los Fariseos, Saduceos, Herodianos; se lo dijeron así a Poncio. Bien sabes que los hebreos son un poco especiales. Y que de cuando en cuando, creen tener un rey…

–                     Bien, bien… ¡Pero si es por Ese!… De todos modos escuchemos lo que dice. Parece que va a hablar…

–                     Publio Quintiliano dice que es un filósofo divino. Las damas imperiales lo admiran. –dice otro soldado muy joven.

–                     ¡No lo dudo! ¡Lo mismo me parecería si yo fuera mujer; pues me encantaría ir a la cama con Él!… –dice riendo de buena gana, otro soldado.

–                     ¡Cállate desvergonzado! ¡La lujuria te sigue por todas partes!

–                     ¿Y tú no, Fabio? ¿Qué me dice de Anna, Sira, Alba…?

–                     ¡Silencio, Sabino! Empieza a hablar y quiero escucharlo. –ordena el Triario. Y todos guardan silencio.

Jesús, subido sobre una caja. Apoyada contra una pared, de forma que todos puedan verlo. Dice:

–                     Paz a todos vosotros… Hijos de un solo Creador…

La gente escucha atenta el mensaje evangélico… La sabiduría, el amor y la parábola de los trabajadores y la viña…

Los vendedores de la plaza protestan diciendo que por su culpa perdieron los clientes. Los romanos desde su lugar gritan:

–                     ¡Por Júpiter! ¡Qué bien habla!

La gente se divide en dos bandos. Y llueven injurias, alabanzas, bendiciones, maldiciones, amenazas…

Jesús cruza sus brazos y los mira con tristeza; pero con dignidad.

Los soldados intervienen diciendo:

–                     ¡Qué va a ser Éste un revoltoso! ¡Él es el atacado!

Y con las astas dispersan a la multitud. El centurión se acerca violento e increpa con ira al viejo Aquila:

–                     ¿Es de este modo como velas por Roma? ¿Dejando que se dé el título de Rey en tierras que nos están sujetas?

El viejo soldado saluda militarmente y responde:

–                     Enseñaba el respeto y la obediencia. Hablaba de un Reino que no es de esta tierra. Por eso lo odian. Porque es Bueno y respetuoso. No encontré motivo para hacerlo callar. No contravenía nuestras leyes.

El centurión se calma y refunfuña:

–                     Entonces se trata de una nueva sedición de esa apestosa gentuza. Bien decidle que se vaya lo más pronto posible. No quiero molestias aquí. Cumplid mis órdenes y escoltadlo hasta fuera de la ciudad, tan pronto esté libre el camino. Que se vaya a donde mejor le parezca. A los infiernos si quiere; pero que salga de mi jurisdicción. ¿Entendieron?

–                     Así lo haremos.

El centurión les da la espalda, que resplandece con la coraza que trae puesta. Ondea su manto de púrpura. Y se va sin siquiera mirar a Jesús.

Los soldados comentan:

–                     ¿Podrán amarnos a nosotros sí odian a ese que no les hace ningún mal?

–                     No solo eso. Hasta les hace milagros.

–                     ¡Por Hércules! ¿Quién fue el que dijo que teníamos que vigilarlo?…

–                     Cayo.

–                     ¡El celoso! Por su culpa hemos perdido la comida…

El triario va a donde está Jesús y lo mira sin saber que decirle. Jesús le sonríe para darle ánimos. El soldado no sabe qué hacer.

Pero se acerca y Jesús le dice señalando sus cicatrices:

–                     Eres un héroe y un soldado fiel.

Aquila se pone colorado por la alabanza.

–                     Has sufrido mucho por amor a tu patria y a tu emperador. ¿No quisieras sufrir algo por una patria mayor: el Cielo? ¿por un emperador eterno, que es Dios?

El soldado mueve la cabeza afirmando y responde:

–                     Soy un pobre pagano. Llegaría yo al atardecer. ¿Pero quién me va a instruir? Lo estás viendo. Te arrojan fuera. Y esto sí que son heridas que hacen mal. ¡No las mías! Por lo menos yo también herí a mis enemigos. ¿Pero Tú a quién hieres? ¿Qué das?…

–                     Perdón, soldado. Perdón y amor.

–                     Tengo razón. ¡Es necio que sospechen de Tí! ¡Adiós Galileo!

–                     ¡Adiós romano!

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

92.- TESTIMONIO GLORIOSO


En el atrium de la rica villa enclavada entre los olivares, el imponente funcionario miró a la joven con una apasionada súplica y dijo:

–           Por favor Sarah, piénsalo y no me rechaces más. Te estoy ofreciendo ser la reina de mi corazón, de mi hogar y de mi vida. Serás la esposa del Procurador y tus deseos serán órdenes en toda Sicilia.

La joven lo miró con sus grandes ojos castaños y levantando sus dos manos tratando de evitar que se acerque más a ella le dijo:

–           Santino, por favor entiende. Yo soy una virgen consagrada a mi Señor Jesucristo, Verdadero Dios y Verdadero Hombre. Y no puedo desposarme contigo, pues ya estoy casada con Dios.

Santino cerró los puños con exasperación y exclamó:

–           ¡Te prohíbo que lo vuelvas a nombrar! Ya no voy a suplicarte…  No estoy dispuesto a seguir soportando tu desprecio hacia mí… Ni tampoco tu aberración  por ese estúpido culto por un judío ajusticiado por las leyes de Roma.

–           Si eso es un ultimátum…

–           ¡Lo es! Hasta hoy he sido tu más ferviente enamorado, pero si persistes en tu abominable rechazo, conocerás mi implacable ira…

Sarah se irguió aún más en su esbelta figura y levantando su rostro con una grave dignidad declaró:

–           Puedes hacer lo que quieras. Yo no puedo impedir nada de lo que digas; pues tambien reconozco en ti a la máxima autoridad romana. Pero que te quede bien claro esto: Soy una virgen consagrada a mi Señor Jesucristo y… ¡No voy a casarme contigo!

Santino se volvió hacia el capitán de la guardia de los pretorianos que siempre le acompaña escoltándolo a todas partes y le ordenó:

–           ¡Llama a la decuria y arréstala!

Sarah dio un paso al frente y dijo al oficial con profunda gravedad:

–           No hay necesidad de cadenas. Yo te acompañaré a donde me lleves…

Santino la miró furioso y dijo al soldado:

–           Llévala con Afrodisia…  Durante un mes servirá de entretenimiento a todo el que quiera solazarse con ella…

El oficial lo miró con la boca abierta, pero se rehízo rápidamente y haciendo una reverencia dijo:

–           Será como lo has dicho.

Ni un solo músculo en la cara de Sarah delató el impacto que acaba de recibir y mentalmente oró, entregándose mansamente en las manos de sus captores.

Santino le dijo brutalmente:

–           Despreciaste mi amor por tu abominable superstición…  Cuando tu virginidad haya sido disfrutada por la lujuria salvaje de todos lo que te apetezcan; vendrás suplicante a mis brazos, anhelando lo que ahora rechazas…

La madre de Sarah fue notificada y la pobre mujer solo murmuró:

–           Os la lleváis… Déjenme prepararle su equipaje…

Santino replicó tajante:

–           No lo necesitará…

Sarah lo miró en silencio, con una compasión que exacerbó aún más la ira del Procónsul…  Y pidió con dulzura:

–           ¿Puedo despedirme de mis padres?

–           ¡Hazlo ya! Porque no volverás… A menos que recapacites…

La implícita amenaza retumbó como un trueno. Y en los minutos que le fueron concedidos a solas con ellos, los padres la abrazaron con amor y la bendijeron. Su padre le dijo:

–           Hija mía, no claudiques. Estás preparada para dar el testimonio más glorioso, adelante con valor. El Buen Pastor está velando por sus ovejas… Volveremos a vernos en el Cielo.

Y su madre al besarla en la frente, le dijo:

–           Dios está contigo pequeña. Sé una guerrera invencible y no tengas miedo de nada. Estaremos orando por ti…

Y en medio de la decuria comandada por el oficial de los pretorianos  que la mira con una admiración que no intenta ocultar, Sarah es conducida a la casa de la hetaira más famosa de la isla…

Sarah (La Princesa) creció en el seno de una de las familias más nobles e ilustres de Sicilia. Sus padres cristianos desde su más tierna juventud, la consagraron a Dios en cuanto  supieron que una nueva perla de amor había llegado al mundo y que viviría para dar gloria a Dios, la Santísima Trinidad,  el Creador.

Poseedora de una extraordinaria belleza física y un corazón fuerte y valeroso; en cuanto empezó a tener uso de razón, la hermosa niña decidió ser una virgen consagrada. Cuando cumplió 14 años, el Procurador Santino se enamoró perdidamente de ella, atraído por su singular belleza e indudable linaje y riqueza. La asediaba constantemente, hasta que la joven virgen, obligada por el acoso de este hombre obsesionado por poseerla a costa de lo que sea, huyó a Roma.  Y durante más de tres años, Sarah estuvo evangelizando en la Puerta del Cielo; hasta que después del gran incendio y por el Edicto de Nerón, el apóstol Pedro le ordenó regresar a Sicilia para preservar su vida, pues aun no es la hora de su martirio…

Pero Santino no la había olvidado,  al contrario;  cuando tres meses después sus espías le confirmaron que Sarah había regresado, se apresuró a buscarla y fue a su casa… Cuando estuvo frente a ella, su pasión por la virgen cristiana había llegado a tal punto, que se convirtió en una hoguera al ver que el tiempo transcurrido había convertido el virginal botón en una rosa esplendorosa, que lo fascinó todavía más… Y con apasionados argumentos ha tratado de convencerla para que acepte ser su esposa. Ha puesto todo lo que posee  a los pies de Sarah…

Pero ella lo rechazó rotundamente una vez más y esto es demasiado para el orgullo del romano.  Ante la firmeza de la esquiva joven, el despecho de Santino tiene el objetivo de hacerle perder la fe y la pureza; por eso ha ordenado que la lleven a la casa la poderosa sacerdotisa del culto a  Afrodita, cuyas cinco hijas también practican la prostitución sagrada en el templo del amor dedicado a la diosa griega…

En cuanto llegan a la lujosa mansión de Afrosisia, la mujer es puesta al tanto de las órdenes del Procurador  y le entregan la carta enviada por él…

Ella la recibe y lee el pergamino enviado por Santino, en el cual le ordena que los más poderosos filtros amorosos le sean dados en el agua que beberá y en todas sus comidas…  Y durante un mes estará sometida absolutamente a todos los rituales de la diosa, hasta que le sean quebrantados la voluntad y el espíritu; haciendo que reniegue de todos los juramentos hechos en la despreciable secta cristiana. Además, desea que todos sus sentidos sean despertados en tal forma, que vea en Santino a un dios amoroso que debe ser adorado con todo su ser… Y confía en que la joven estará dispuesta a amarlo con una devoción adictiva…

Afrodisia dice que todas sus órdenes serán acatadas puntualmente y al final del proceso tendrá en la joven a una adoradora total de Afrodita; lista para satisfacer de una manera absoluta, todos los deseos masculinos y pronta para acatar hasta sus más mínimos caprichos…

Antonio el capitán de los pretorianos promete regresar en dos semanas, para ver la evolución de la orden del Procurador e informar a éste de los avances y el resultado en el proyecto de la doncella que le está siendo encomendada…

Sarah por su parte, en esta peligrosa situación;  repite constantemente las palabras del Salmo 17 (La súplica del inocente) y se aferra a este versículo: Señor Dios: defiéndeme como a las pupilas de tus ojos. A la sombra de tus alas escóndeme de los malvados que me atacan, de los enemigos mortales que me asaltan”.  

Cuando entran en el santuario, llegan hasta un recinto que preside una enorme estatua de la diosa, en medio de un estanque con muchas esculturas de delfines y una gran variedad de animales vivos: palomas, cisnes y enormes vieiras con magníficas y extraordinarias perlas.  Los bivalvos semejan perfectamente la vulva femenina.

Todo en este sitio, evoca el amor erótico y la lujuria en su más gráfica expresión. La enorme estatua de Afrodita, magnifica la estupenda belleza de la diosa del amor.

El lugar está rodeado por un jardín con muchos árboles: granados, manzanos, naranjos, limas, arrayanes y guayabos. También hay artísticos setos de rosales de variados colores y mirtos.  En las paredes y los pisos hay mosaicos y muchos frescos con diferentes representaciones de Afrodita…

Bajo uno de ellos está escrito un himno de Homero:

“Dichoso entre los hombres de la tierra el que ha contemplado estos misterios; pero el que no ha sido iniciado, el que de ellos no participa, no alcanza jamás una suerte como la de aquel, ni aun después de muerto, en la oscuridad tenebrosa”.

Precisamente al día siguiente comienzan las ceremonias de los misterios eleusinos que duran nueve días… Y  como es el tiempo de sembrar la cosecha, va a dar principio el festival religioso de la fertilidad.

Sarah es conducida a una habitación  dentro del santuario y Afrodisia le advierte:

–           Al amanecer iniciaremos desde la playa, la procesión sagrada. Será mejor que seas dócil y te sometas a las órdenes que recibas… De esta forma eliminaremos los problemas y conservarás tu vida. Si eres inteligente, harás lo que yo te diga y asi menguaremos la ira del Procurador…

La joven virgen le replica:

–           Yo solamente adoro a Jesucristo, mi Señor y mi Dios. No puedo someterme a tus ritos paganos. La diosa que adoras es un ángel caído que fue creado para servir a mi Señor Jesucristo; yo soy un templo vivo del Espíritu Santo y desde ahora te advierto que no las seguiré.

Afrodisia la mira con ira, pero no la contradice y solamente le indica:

–           Enviaré tus alimentos.  Mañana serás iniciada. No te resistas o te irá peor…

Sarah la miró en silencio. Sin desafiarla, pero sin sometimiento.

Thalía, una de las hijas de Afrodisia le llevó más tarde la comida y una jarra con agua; pero la virgen cristiana no tocó absolutamente nada de lo que le llevaron.   “Si es necesario moriré de hambre y de sed …” Se dijo a sí misma mientras mira a la joven  depositar sobre una mesa una charola de cerámica decorada con sugestivas escenas eróticas y con los más apetitosos manjares.

Horas más tarde, fueron retirados todos los alimentos intactos, al igual que la jarra con agua.

Afrodisia mira admirada a la indómita jovencita y mientras el esclavo se lleva todo, no pronuncia una palabra. Pero su pensamiento es: ‘El hambre y la sed te doblegarán’

Esa misma tarde, miles de adoradores de Afrodita y Ceres se reunieron para hacer el peregrinaje sagrado y tomar parte en las ceremonias secretas de los Misterios Eleusinos.  Sarah fue adornada muy especialmente y la llevaron hasta la playa.  La joven no protestó más…  Dejó hacer a sus captores, mientras permanecía sumergida profundamente en la Oración de Meditación.

Afrodisia dirigió todo. Durante las dos próximas jornadas, los iniciados paganos llamados mystes se purificaron bañándose en el mar y enseguida sacrificaron en la playa un lechón.  Luego se dirigieron con gran pompa al santuario con alegres cantos, transportando los hiera (vasos sagrados) y una estatua de la diosa. Periódicamente los participantes emiten gritos de exaltación en determinados puntos del camino. Al día siguiente dio comienzo el festival con una declaración formal en el ágora, con los pregoneros anunciando el evento e invitando a los iniciados a tomar parte en él. Cuando la numerosa procesión llegó al templo, hicieron un descanso y dispusieron los preparativos para los nueve días siguientes con un  ayuno completo, en recuerdo del que Démeter hizo durante su duelo por Perséfone.

El rito tiene su raíz en el mito de Demeter y su hija Perséfone. Cuando Hades raptó a Perséfone y la llevó consigo al inframundo, Demeter recorrió el mundo en su busca y mientras tanto desatendió sus deberes; las cosechas no crecían y la vida se paralizó.

Los dioses estaban preocupados y Zeus testigo del rapto, decidió enviar a Hermes a rescatar a Perséfone. Pero al despedirse de ella, Hades le dio a comer una granada que producía el efecto de hacerla regresar cada invierno. El viaje de Perséfone al inframundo simboliza el ciclo de la vida, el tiempo que la semilla permanece enterrada en la tierra para después brotar y esto era la base del culto en Eleusis. Terminada esa parte de la ceremonia, los iniciados beben una mezcla especial de agua de cebada y hierbas llamada Ciceón, la bebida de Demeter a la que se le atribuyen propiedades medicinales; pero que tambien contiene un poderoso alucinógeno, embriagante y afrodisíaco.

Al final de las celebraciones los participantes dedican servicios especiales en honor a los muertos, donde reciben mensajes de sus seres queridos… (Espiritismo)  después de lo cual hacen un ejercicio que es para ellos tiempo de reflexión y meditación. Los únicos requisitos para convertirse en un iniciado es no ser culpable de ningún delito de sangre y hablar griego. Pero los misterios estan abiertos a hombres, mujeres e incluso los esclavos pueden ser admitidos. Los conocimientos esotéricos tienen su culminación, cuando la estatua de la diosa cobra vida, se ilumina en forma sobrenatural  y el iniciado es instruido en los más altos Misterios. Recibe entonces unos libros sagrados, cifrados y relacionados con los ritos en una forma muy solemne.

El hierofante y dos sacerdotisas que representan papeles principales en el drama y en las ceremonias de iniciación, le ayudan a presidir todo el rito. Viste una larga capa púrpura con bordados de oro y una cinta dorada le ciñe la cabeza. Antes de comenzar envió a sus heraldos  a pedir que los extraños, los criminales y los impuros se alejen para no profanar los ritos de los Misterios Eleusinos.  El segundo sacerdote portador de la antorcha y otros oficiantes de menor rango que son los encargados de las revelaciones a los iniciados, antes de hacer la ceremonia de la libación le entregan a Afrodisia un lecito de oro que contiene el apetecido ciceón.

Muy solemne, la sacerdotisa se acerca a Sarah que desde un principio ha sido llevada para presenciar todo el ceremonial y le dice:

–           Porque te respeto, traigo esta bebida antes de hacer la libación. Si tu Dios es tan poderoso como dices, no tendrás miedo de tomarla.

La hermosa virgen la miró fijamente y una misteriosa luminosidad empezó a filtrarse por todos sus poros, revelando una Presencia que aumentó su hermosura de una manera prodigiosa. Después de un momento que pareció demasiado largo, alargando el brazo derecho extendió la mano para recibir el vaso de oro que su ayudante le ofreció. Afrodisia lo llenó hasta la mitad y Sarah lo levantó sosteniéndolo con sus dos manos, como hacen los sacerdotes católicos en el Ofertorio y mentalmente oró: “Señor Jesucristo, Tú dijiste: “Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará. Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán”. (Marcos 16, 15-18) Yo te adoro con todo mi ser y creo en Tu Palabra Santísima. Beberé esta pócima para tu honor y tu gloria. Amén

Intervino el hierofante y exclamó:

–           Espera. Agreguémosle esto. – y tomando con una taza, el líquido de una crátera que portaba el otro sacerdote, lo agregó al vaso que sostenía en su mano la joven cristiana.

Afrodisia lo miró asombrada, pero no se atrevió a protestar y el hierofante agregó:

–           La bebida de los dioses que solo tomamos los sacerdotes, no le hará daño alguno; si como ella cree y se lo acaba de decir a ÉL; su Dios es tan poderoso.

Sarah lo miró con severidad y dijo:

–           No es sorprendente que el Rey de la Mentira te haga tan poderoso, que puedes leer mi mente. Pero mi Señor Jesucristo es Creador y Dios del infeliz Querubín Rebelde al que perteneces. La cantidad que acabas de vaciar en este vaso, sería mortal hasta para ti…  Pero si piensas que por miedo me negaré a beberlo, ¡Mira! Este es el poder de mi Señor y mi Dios cuyo Santísimo Nombre es Jesús.

Acto seguido, la joven apura hasta la última gota de la mortal bebida y devolviendo el vaso vacío a la joven que se lo había entregado, le dice gentilmente:

–           Gracias. Que pronto llegues a la Luz –y mirando a todos los que la rodean, agrega- Y a todos ustedes también.

Enseguida regresa a su actitud reservada, dejando asombrados a sus captores. El hierofante hace una señal y el coro de hieródulos y los músicos, empiezan a cantar en una sugerente y bella danza ritual. Durante los minutos siguientes Afrodisia está muy atenta, pero nada particular se manifiesta en la joven que nuevamente se ha sumergido y continúa abstraída en su Oración de Meditación.

Antes de ser depositada la semilla de Démeter, es necesario realizar el rito de la fecundidad. Y ahí es donde tiene lugar el culto central de Afrodita: La fecundación no puede ser posible sin la ceremonia explícitamente sexual de la diosa del amor. La suma sacerdotisa de Demeter comparte con el hierofante la responsabilidad de presidir los Misterios y Afrodisia se une al  sumo sacerdote en un hieros gamos o boda sagrada,  consumando el acto sexual con los dioses (íncubos y súcubos)  bajo  el árbol consagrado a Ceres. Cuando esto es celebrado, los demás se unen y todo culmina con una orgía sagrada en la que participan todos: humanos y preternaturales.

Luego las sacerdotisas revelan las visiones que han tenido durante los éxtasis orgiásticos. Todos estos ritos son protegidos por un riguroso secreto.  Romper el juramento es considerado un acto impío y castigado con la muerte. Por ejemplo: el dramaturgo Esquilo temió una vez por su vida, porque algunos griegos lo culparon de  que en sus obras revelaba los misterios. Tuvo que comparecer ante un tribunal y se libró del castigo cuando pudo demostrar que nunca había sido iniciado.

Cuando todos estos rituales terminan, han pasado varias horas…  Y en la virgen cristiana no ha habido ningún cambio, continúa orando y la bebida no parece haberle hecho ningún efecto. Esa misma tarde en el Telesterion, será iniciada contra su voluntad en la prostitución ritual.

A una señal de Afrodisia, se acercan dos de sus hijas: Aglaya y Eufrosine . Y Sarah es desnudada por ellas, para ser exhibida ante las miradas lujuriosas de todos los participantes…  Pero en esta ocasión sucedió algo insólito: una especie de niebla surgió de la nada envolviéndo a Sarah casi por completo y su ondulada cabellera rubia creció instantáneamente como un manto, velando el cuerpo escultural y perfecto de la virgen; que de pronto quedó oculto a la mirada de todos…

Afrodisia, con las manos levantadas ante el altar de la diosa Afrodita y despues de la ceremonia de ofrecimiento comunica la orden de Afrodita: La diosa lo manda… ¿Quién puede oponerse a la divina voluntad?…

Siguiendo las instrucciones recibidas, un hombre barbárico llamado Aníbal y conocido por la violencia de su lujuria y su despiadada actuación al satisfacer sus más bajos instintos, fue inducido para violarla…

El hombre, relamiéndose los labios con crueldad exclamó:

–           Me encantan las hembras indómitas… Veamos cuanto dura su resistencia…

Mientras el ominoso sujeto se acerca; Sarah continúa en apariencia totalmente ajena a lo que esta sucediendo a su alrededor, pues no se advierte en ella el menor movimiento. Y Aníbal llegó hasta donde está ella, con un rostro satánicamente deformado por una lujuria bestial…

Pero en cuanto el sátiro la tuvo a su alcance, inmediatamente se retiró gritando:

–           ¡NO!… Oh no, ¡No, no, no! ¡El ángel me ha cegado con su espada!…

Y se retiró trastabillando hacia atrás… Mientras todos miran aterrorizados, aparece la imponente figura del Ángel que de pronto se vuelve visible para todos  y resguarda a la virgen consagrada a Dios…  Su apariencia es tan terrible, como amenazante…

El Ángel los mira desafiante. Y nadie se atreve a acercarse a Sarah. Aníbal se siente aniquilado  y se desliza hacia atrás, reptando sobre el mármol decorado con mosaicos del Templo, sin atreverse a volver sobre su intento original…

Este ángel es mucho más bello e impresionante que cualquier dios que hubiere adorado jamás…

Un minuto más tarde de súbito,  Sarah suspira como si despertara de un profundo sueño y se acerca despacio hacia el infeliz que ha quedado totalmente ciego… La niebla que la envuelve parece un vestido impalpable que la cubre totalmente,  excepto en su luminoso rostro.

Sarah mira fijamente a todos a su alrededor y su voz resuena como una campana al preguntar al hombre derribado:

–           Si mi Dios en su infinita Bondad te regresara la vista, ¿Por lo menos intentarías conocerlo y dejarías de insultarlo con tu comportamiento?

Aníbal grita angustiado:

–           Lo juro por Júpiter… -Pero luego recapacita-  Perdón. Lo juro por Él Mismo. ¿Dices que se llama Jesús? Si me devuelve la vista le prometo que dedicaré mi vida a conocer y predicar su doctrina. –Y grita por tres veces seguidas- ¡Jesús, Dios de los cristianos! ¡Ten piedad y misericordia de mí!

El hierofante exclama con un grito:

–           ¡No puedes hacer eso aquí! Estás profanando este Santuario…

Afrodita grita desde su estatua:

–           ¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Ay de mí! Esta blasfemia no tiene nombre…

El hierofante y los sacerdotes se llevan las manos a la cabeza, mesándose los cabellos. Se les caen las mitras y miran petrificados la increíble escena que se está desarrollando ante sus ojos…

Sarah abre los brazos como si estuviera crucificada y canta con su prodigiosa voz:

–           En el Nombre de Jesús, toda rodilla se dobla: En los Cielos, en la tierra y en todo lugar…¡ Jesús!… ¡Jesús!… ¡Jesús!…

Todos los seres preternaturales lanzan unos aullidos espeluznantes y salen huyendo; excepto Misael, el Poderoso Angel Custodio de Sarah, que se ha arrodillado adorante…  Todos los demás participantes humanos de la ceremonia en el santuario, están paralizados…

Sarah termina la alabanza y extiende su mano derecha sobre el infeliz ciego que espera… Lo toca con la punta de sus dedos en su frente mientras declara:

–           En el Nombre Glorioso de mi Señor Jesucristo recupera el don de la vista… Pero no te atrevas a volver a profanarlo con tus pecados…  Pide Misericordia al Dios que te está abriendo los ojos a la Verdad y no intentes desafiarlo más…

Aníbal parpadea varias veces y luego contempla impactado el increíble espectáculo que se desarrolla junto con él a su alrededor…  Todos los participantes a la ceremonia pagana  están atónitos.

Afrodisia está pasmada; pero no se doblega…  Continúa mirando al ángel con impactado asombro y se queda inmóvil.  Esto está más allá del alcance de cualquier cosa que haya conocido con anterioridad…

Comprende que sólo queda un recurso extremo… Pero ese debe ser supervisado personalmente por el Procurador…

Todos los asistentes se cuestionan muchísimas cosas, se sienten confundidos y se les despierta un poderoso impulso que los inclina por ser inmediatos seguidores del Dios representado por el poderoso ángel que están viendo delante de sí… Deciden que en los siguientes días buscaran las respuestas que necesitan…

El hierofante les prohibe a todos mencionar siquiera los increíbles sucesos a nadie, advirtiéndoles del secreto que envuelve su juramento. Y todos se retiran con un impacto que no les será fácil de olvidar.

Doce días después, Afrodisia se declara vencida por la fe y la pureza de aquella joven excepcional; porque nada ni nadie logra hacerla quebrantar el juramento de virginidad y de pureza que le ha hecho a su Dios…

Y todos comprenden que se enfrentan a algo tan poderoso, que no habían visto antes…

Según el pacto hecho, Antonio se presentó a las dos semanas y recibió el informe de todo lo sucedido…

Cuando este informe llegó a manos del Procurador, Santino frunció el entrecejo pero no hizo comentario alguno…  Esperó a que se cumpliera el mes. Enseguida se dirigió a la casa de Afrodisia.

Cuando le llevaron a Sarah trató de seducirla y corromperla, aunque ya no lo impulsa ni el deseo, ni el amor…  Pero a pesar de todos sus diabólicos recursos no pudo conseguirlo. Y nada ni nadie lograron hacer que la jovencita quebrantara los juramentos hechos a Dios…

Entonces el procónsul lleno de frustración, ordenó que la violaran en su presencia… Pero Dios nuevamente  preservó a su virgen de manera prodigiosa y  todos los hombres que se acercaron a ella, cayeron fulminados en el intento y el satánico proyecto también fracasó.

Sólo que en esta ocasión los ciegos no pudieron recuperar la vista, ni los muertos volvieron a la vida.

Y no obstante que Santino pudo constatar la gloria de Dios en el ángel que protegía a su virgen, no se doblegó y decidió tragarse su derrota; antes que reconocer al Dios que le impedía apoderarse de su virgen.

Nuevamente quiso seducirla… Y al sentirse rechazado, juró vengarse y doblegar aquella voluntad. La acusó, la mandó arrestar y la enjuició…

En el Foro al tenerla frente a sí, le preguntó:

–           ¿De qué casta eres?

Sarah contestó con tranquilidad:

–           Soy de condición libre y de muy noble linaje.

–           Si es así ¿Por qué vives cómo los esclavos?

–           Soy esclava de Cristo.

–           No soportarás los castigos a los que te someteré. ¿No te importa la vergüenza que con esto le atraerás a tu familia? ¿Te das cuenta de la juventud y la hermosura que estás desperdiciando? Haz el sacrificio a los dioses ordenado por el emperador y cásate conmigo.

–           No puedo casarme. Ya soy esposa de Cristo, mi Único Esposo. Y no sacrificaré a los dioses porque yo misma soy el sacrificio vivo y santo para mi único Dios: Jesucristo, Verdadero Dios y Verdadero Hombre.

Santino se enfurece, pero se domina. Con voz meliflua, le dice:

–           Es suficiente para quedar libre, que arrojes unos granitos de incienso en los pebeteros que arden delante de la estatua del emperador o de Júpiter… Y para que veas que soy magnánimo, simplemente con que participes y comas de los manjares consagrados a los dioses.

–           Soy cristiana y no puedo apostatar reconociendo como dioses a tus ídolos paganos, ¡Ni siquiera probando de los manjares ofrecidos a ellos!

–           Debes cambiar de vida… Si te niegas, te privaré de tu condición de ciudadana romana. Perderás todas tus riquezas y todos los privilegios de que ahora gozas. Sufrirás los tormentos más crueles y quizá te remitas la misma esclavitud o  tal vez la muerte… ¿No comprendes cuán ventajoso sería para ti, el librarte de todos estos suplicios?

Sarah le contestó con firmeza y alegría:

–           Me amenazas con la muerte. ¿No sabes que para los cristianos la muerte es una liberación? Tú sí que tienes que cambiar de vida, si quieres librarte de los tormentos eternos.

Esta extraordinaria valentía no esperada por  Procónsul, lo desarma ante los sucesos extraordinarios que se ve obligado a atestiguar…  Aquella aparentemente frágil jovencita, lo está venciendo en todos los frentes. Y aspiró profundamente…

Con todo lo que está sucediendo, experimentó un radical cambio en sus sentimientos: su gran apetito sexual, se trocó en un profundísimo odio… Su gran amor… En un impulso irresistible por destruirla de manera absoluta.

Y al ver eliminado su objetivo primario, quiso que apostatara de su fe y la envió a prisión. Mandó que sea azotada y que sea tratada como los demás cristianos, ordenando que la atormenten con el máximo rigor… Y a partir de ese momento, él mismo eligió las formas más crueles para torturarla…

Obedeciendo las órdenes del Procurador, los verdugos la azotan bárbaramente, sin piedad alguna… A cada paso del tormento, le preguntan si está dispuesta a apostatar de su Dios y a sacrificar en el Templo de Venus Afrodita.

Sarah responde siempre con un ‘NO’ rotundo que asombra a todos sus verdugos y a los demás que presencian su increíble confesión de fe.

Queriendo doblegar lo que consideran su obstinación, la atormentan en el potro: con  grillos y con garfios descarnan su cuerpo virginal. Luego colocan planchas incandescentes sobre todo su cuerpo… Pero la respuesta sigue siendo una negativa contundente…

Y siguiendo la obsesiva y tortuosa manifestación de su más íntima depravación,  Santino personalmente le corta el cabello. En lo que hubiera sido un cortejo de amor y se ha convertido en un agasajo de odio, continúa con el implacable interrogatorio…

Y ante su increíble resistencia ordena que le opriman los senos brutalmente, con tenazas al rojo vivo y la virgen le reprochó:

–           Tirano cruel, ¿No te avergüenza torturar en una doncella virgen el mismo seno del cual recibiste el primer sustento de tu vida, en los pechos de tu madre?

Santino parece enloquecer ante aquella respuesta y ordena que se los corten a golpe de espada, con una mutilación completa. Está decidido a destruirla y quiere que no quede en ella la más mínima fuerza… Lo único que ahora desea fervientemente es que muera.

Cuando la bárbara orden es obedecida, la virgen yace mutilada y sangrante en el potro, mirando con compasión a su inexorable verdugo.

Santino la mira con un profundísimo odio y ordena con desprecio:

–           No le den alimentos y tampoco que reciba ningún auxilio médico. Azótenla y arrójenla al calabozo. En cuanto muera, avísenme.

Despues de azotarla una vez más, la arrojan como un despojo de carne sangrante en el lóbrego calabozo.

Por su parte, tanto Marco Aurelio como Alexandra y los demás cristianos están rezando el Rosario por los cautivos y la respuesta de Dios no se hace esperar. Por la noche con el don del Espíritu Santo de la ubicuidad, Pedro visitó la cárcel. Está vestido con todos los ornamentos de su cargo de Pontífice; confortó a todos los cristianos presos y a Sarah le dijo dulcemente:

–           El Mismo Jesucristo me ha enviado para que te sane en su Nombre Santísimo. –Y oró sobre ella.

Los que visitaron después a Sarah, se alegraron y con júbilo extendieron la noticia por toda la ciudad, como un reguero de pólvora: ¡La virgen está completamente sana y con su belleza más esplendorosa que nunca!…

En cuanto Santino se enteró, fue a verla… Sarah no solo está completamente sana; recuperó su espléndida y blonda cabellera y luce más bellísima que nunca… Sin embargo,  en lugar de rendirse ante Dios, el orgulloso romano se puso más furioso todavía… Y mandó que la lleven a su tribunal…

Cuando Sarah fue presentada, Santino le preguntó:

–           ¿Quién se ha atrevido a curarte?

Sarah respondió:

–           Jesucristo, el Hijo de Dios Vivo.

–           ¿Acaso no sabes que está prohibido pronunciar ese Nombre? ¿Aún no te has convencido de que lo que tú adoras es una aberración?

–           ¡Oh, no, Santino! Cada día que pasa compruebo que estoy en la única Verdad. Y que Jesucristo es el Único que nos puede dar la Vida Eterna. Él es el Único que nos puede salvar.

–           ¡Cómo te atreves a nombrarlo! ¡Te estoy diciendo que en todo el territorio gobernado por mí, eso está prohibido!

–           ¡Yo no puedo dejar de hablar de Aquel que es el Dueño absoluto de mi corazón!

El Procurador la miro con un odio mortal y ordena que le apliquen la sentencia de la Columna…

Sarah es torturada igual que Diana y tampoco esta vez triunfa la maldad… Viendo que no puede doblegarla, como a una muñeca rota la arroja de nuevo en la prisión, privándola de alimento y de atención médica.  Está decidido a mostrarla como un escarmiento para los que quieran abrazar la nueva religión. Y por eso ha permitido que la visiten…

Marco Aurelio y Alexandra llegaron cuando el sacerdote le acaba de dar la Sagrada Comunión a la virgen que se quedó orando, hecha una piltrafa en el suelo…

Los dos la saludan y la confortan. Pero es nuevamente ella la que fortalece su fe y les dice:

–           Ustedes saben mejor que nadie, como Satanás nos tortura tratando de doblegarnos. Ustedes no flaqueen. Tienen que ser semilleros de cristianos que adoren a Dios, nuestro Creador. Cuando les llegue la hora, recuerden la gloria de lo que Dios está haciendo conmigo y den testimonio de su Poder  y de su Majestad. Sólo de esta manera la Humanidad recordará para qué fue creada y por Quién…

Marco Aurelio responde:

–           Así lo haremos.

Alexandra confirma:

–           Satanás no descansa. Pero Bendito sea nuestro Señor Jesucristo que vela sobre nosotros. Nuestros hijos también aprenderán a amar el sacrificio y se darán en oblación, para el único Dios que lo merece. Lo enseñaremos y les haremos comprenderlo así.

–           Estamos listos para dar el Testimonio de la sangre.

Sarah sonríe y dice:

–           Lo sé. Ustedes ya lo dieron una vez; pero falta la definitiva.

–           Vivimos cada día como si fuera el último.

–           Damos gracias por el don de la vida. Pero no es nuestro tesoro.

Marco Aurelio declara:

–           Jesús es nuestro verdadero Tesoro. Le pertenecemos de una manera absoluta.

Bendita seas por todas las cosas que me enseñaste. Dime qué puedo hacer por ti.

–           Solamente oren por mí. Este es mi combate definitivo. Ayúdenme a alcanzar la gloria.

–           Así lo haremos. Cuando estés en el Reino, ruega porque cuando llegue nuestra hora, no seamos cobardes y podamos alcanzarte en nuestro propio combate; dando el ejemplo a nuestros hijos y a los demás cristianos que estén junto a nosotros.

Alexandra se ruborizó intensamente al escuchar estas palabras de su esposo; pero no comentó nada y los dos se retiraron de allí.

Marco Aurelio se siente muy conmovido al ver a su maestra espiritual dando el sublime testimonio de la sangre y con el rostro radiante de las ovejas que no son abandonadas por el Pastor.

Y Jesus personalmente por medio de la Eucaristia, produce un nuevo milagro: Esa misma noche, Sarah se levanta como si jamás hubiese sufrido tortura alguna y se  arrodilla orando y pidiendo perdón por sus torturadores y por su ciudad de Catania:

–           Gracias te sean dadas, Señor, por el valor que me has dado… Mándame ir a Ti, para que pueda cantar para siempre contigo en la gloria…”

Enseguida ella anima a sus verdugos a creer en el Dios que ama y que les está mostrando su infinito poder… Los soldados la miran boquiabiertos y algunos caen de rodillas adorando a este Dios Desconocido que se les está mostrando en el testimonio irrefutable de la martirizada doncella, a la que nada pueden hacer para hacerle desistir de su Fe en Jesucristo…

Cuando el procurador se entera del nuevo prodigio, exclama exasperado:

–           ¡OH! ¿Es que acaso no hay forma de hacerte morir?

Sarah replica recocijada:

–           Mi Señor es Inmortal y se te está mostrando en forma inequívoca. ¿Por qué te niegas a reconocerlo y adorarlo? ¡Jesús! El y solo El, Es el Unico Dios Verdadero…

–           ¡NO! No lo adoraré jamás. Lo combatiré siempre…

–           Morirás en el intento. Nadie puede combatir a Dios sin perecer…

Entonces el dictador da órdenes más severas: ordena que sea atada por los tobillos y arrastrada desnuda  por un jinete a través de las calles de la ciudad.

Nuevamente es envuelta por la niebla y cuando el caballo se detiene cansado ante las puertas del foro, los pretorianos avisan a Santino que su orden fue obedecida. Le desatan los tobillos y Sarah se levanta de un salto y mira sonriente a su verdugo.

Cuando la niebla se disipa, Santino la mira con la boca abierta y luego exclama con voz trémula por la ira:

–           ¿Quién te ha dado esa ropa?

El soldado replica estupefacto:

–           Mira señor…  Toca el caballo… Está sudoroso y cansado. Desde que diste la orden, hemos recorrido al galope casi toda la ciudad y acabamos de detenernos…

Sarah sonríe más ampliamente y dice tranquila:

–           Me vistieron los ángeles de mi Padre…  ¿Qué otra prueba quieres? ¿Por qué no te rindes ante Dios?

Santino piensa que está más hermosa que nunca, más bien parece que acabara de salir de un tratamiento de belleza en un recorrido por las termas… Y no que haya sido sometida a tan bárbaro suplicio. Vuelve a mirar a su pretoriano y el contraste es notable. Tanto el jinete como su montura se ven extenuados…

Lo invade una furia mortal y le arranca la ropa mientras vuelve a ordenar implacable:

–           Extiendan su cuerpo desnudo sobre brasas encendidas…  Quiero que las llamas acaben con ella…

Sarah se arrodilla orando y pidiendo perdón por sus torturadores y por su ciudad de Catania:

–           Deo Gratias por…

Luego, mientras Sarah es arrojada sobre las brasas ardientes que la envuelven con sus llamas candentes, su dulce voz es escuchada por todos: verdugos y asistentes a la nueva ejecución: “Oh Señor, Creador mío: gracias porque desde la cuna me has protegido siempre. Gracias porque me has apartado del amor a lo mundano y de lo que es malo y dañino. Gracias por la paciencia que me has concedido para sufrir. Padre mío: Recibe ahora mi alma y mi espíritu entre tus brazos”.

Al poco tiempo de esta tortura, Sarah entregó su espíritu al Señor. En ese instante un gran terremoto devastó la ciudad y muchos de sus habitantes murieron.

Cuando ella expiró, Santino partió hacia Palermo para confiscar todas sus propiedades pues era una mujer que tenía muchas riquezas. Iba acompañado de su séquito y al cruzar un río, un caballo le mordió la cara y otro lo remató a coses. Allí mismo murió ahogado y su cuerpo nunca fue encontrado. Poco tiempo después,  alguien dijo que fue arrastrado por demonios y fue arrojado aún vivo con todo y cuerpo, en el Abismo Infernal.

El testimonio glorioso  del martirio de la joven siciliana, lo que consiguió fue la conversión al cristianismo no solo de una gran cantidad de habitantes de Catania; sino de la mayor parte de la isla de Sicilia… Después que los cristianos recogieron sus reliquias, pronto se extendió la fama de su heroísmo por toda la cristiandad…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA