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57.- EL QUE ESTÁ DESTINADO A LA CARCEL…


bacanales-en-el-imperio-romanoAl separarse de César, Petronio ordenó que lo condujesen a su casa de las Carenas la cual, rodeada por jardines que ocupan una extensión enorme, había escapado de ser arrasada por el fuego.

Por esta causa, otros augustanos que perdieron sus propiedades y dentro de ellas considerables riquezas y numerosas obras de arte, alaban la buena suerte de Petronio.

Él había sido considerado un hijo predilecto de la fortuna, mientras gozó del favor del César. Pero eso ya se había terminado…

Dentro de su litera, reflexiona con ironía:

–           ¡Por Zeus! ¡Y pensar que tuve en mis manos él haber sido prefecto en lugar de Tigelino! Lo hubiera entregado como incendiario al populacho, brindando protección al inocente. Hubiera reconstruido Roma… Yo debí haber asumido ese puesto. Y si la tarea hubiera sido abrumadora, me quedaba el recurso de transferir a Marco Aurelio el mando; a lo cual Nerón ni siquiera se hubiera opuesto.

Y aunque mi sobrino hubiese bautizado a todo el imperio, incluido el mismo César ¿En qué me habría perjudicado? Nerón piadoso y lleno de virtud. ¡Oh! Ese sí que hubiera sido todo un espectáculo… -y comenzó a reír ante esa perspectiva.

Luego  agregó con amarga decisión- él ‘hubiera’ NO existe. El momento pasó y no lo hice. En este mundo hay cosas bellas, pero la mayor parte de los hombres son tan viles, que la vida no merece apenarse por ella. Quién ha sabido vivir, debe saber morir. Aun perteneciendo a la corte, he sido más independiente de lo que yo mismo esperaba.

Todos pensarán que estoy temblando de miedo, pero no es así. Sabía que este momento tarde o temprano llegaría. La muerte piensa en nosotros, sin necesidad de que le ayudemos. Sería una maravilla que en realidad existan los Campos Elíseos y en ellos se pasearan las sombras de los humanos.

Aurora y yo estaríamos juntos y vagaríamos por el Prado de Asfódelos. Tal vez en aquella sociedad, todos serían más decentes. ¡Estoy harto de todos estos bufones y charlatanes de los que me he rodeado hasta hoy!

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Y observó con asombro, la enorme distancia que en su interior mantiene con todas aquellas gentes a las que ha conocido y valorado oportunamente y a las que desprecia más que nunca.

Meditó en su situación personal y comprendió que su ruina es definitiva, aunque no tan inmediata.

Nerón había pronunciado unas cuantas y muy selectas frases acerca de la amistad y la clemencia, para disfrazar ¿Qué?…

–           Jugará conmigo como el gato con el ratón, antes de engullírselo. Tendrá que buscar pretextos. Y mientras los encuentra, bien puede pasar mucho tiempo. Ahora lo importante, es que celebrará con cristianos los próximos juegos.

Y solo después de que éstos se hayan terminado, pensará en mí. Y siendo así, no tengo porqué tomarme ninguna molestia. No voy a hacer un solo cambio en mi sistema de  vida. Un peligro más inmediato es el que amenaza la vida de Marco Aurelio. ¡Tengo que salvarlo de alguna manera!

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Ordenó a los cuatro fornidos bitinios que aceleren el paso y su litera avanzó con premura  a través de los escombros, piedras y montones de cenizas, de que está lleno el barrio de las Carenas, hasta llegar a su palacio particular.

Al entrar, el mayordomo le avisa que Marco Aurelio le espera en la biblioteca.

Rápido se dirigió hacia allí y sus primeras palabras a su sobrino fueron:

–           ¿Has visto hoy a Alexandra?

–           Sí. En la mañana la dejé en la casa de Calixto el cantero. He venido a despedirme. Hoy nos vamos a Sicilia.

–           ¡Magnífico! ¡Es una excelente noticia! ¡Bien! Escucha lo que voy a decirte y no pierdas tiempo en hacer preguntas. Esta mañana se ha resuelto en casa del César, culpar a los cristianos del incendio de Roma. Les amenazan la persecución, las torturas y el exterminio.

Y éstas pueden empezar hoy mismo. Toma a Alexandra y huyan inmediatamente. Pasa los Alpes y llega hasta África si es posible. Y apresúrate, porque el Transtíber está más cerca del Palatino que esta casa. 

Marco Aurelio es demasiado soldado para perder el tiempo en averiguaciones inútiles.

Escuchó a Petronio, frunció el entrecejo y se dibujó en su rostro una expresión anhelante, terrible y luego impávida.

Su primer impulso ante el peligro, es defenderse y dar batalla, pero…

–           Voy. –se limitó a decir.

–           Una cosa más. Lleva una bolsa de oro, armas y un puñado de tus cristianos. ¡Y en caso necesario, arrebata a Alexandra de manos de tus enemigos!

Marco Aurelio se encuentra ya en la puerta del atrium,

Cuando Petronio exclamó:

–           ¡Espera! ¡Dionisio, vete con él! –Ordenó al esclavo portero-Te acompañará para que me mandes con él las noticias pertinentes.

Al quedar solo, Petronio empezó a pasearse entre las columnas del atrium y la extensa galería que va hasta el jardín del fondo, con las manos entrelazadas en la espalda y su concentrada expresión pensativa. Nadie se atrevió a molestarlo.

Está muy preocupado y tiene la esperanza de que nadie en el Palatino sepa en donde encontrar a Marco Aurelio y a Alexandra.

Tal y como están las cosas, espera que ellos se pongan a salvo antes de que lleguen los pretorianos. Pues sabe que Tigelino es como un león voraz y su crueldad debe haber extendido sus redes por toda la ciudad, para cazar el mayor número posible de cristianos.

–           Aun cuando manden una decuria en busca de Alexandra, ese gigante parto les romperá los huesos. Ojala  Marco Aurelio llegue a tiempo.

Y esta idea le tranquilizó. Pues lo desea con ferviente anhelo y es su última esperanza.

Es verdad que resistir a los pretorianos es casi lo mismo que declararle la guerra al César.

Petronio también sabe que sustraer a Marco Aurelio a la venganza de Nerón, le reportará que esa venganza caiga sobre su propia cabeza. Más es lo que menos le importa.

Al contrario, le complace la idea de trastornar los planes de Nerón y de Tigelino.

Y resolvió no omitir en esta empresa, ni hombres, ni recursos. Puesto que en Anzio  los amigos de Marco Aurelio habían convertido a la mayor parte de sus esclavos, sabe que al empeñarse en la defensa de los cristianos, puede contar con el celo y la abnegación de todos ellos.

La llegada de Aurora, interrumpe el curso de sus meditaciones y al verla se desvanecieron inmediatamente todas sus preocupaciones.

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Olvidó al César, la desgracia en la que ha caído, la degradación de los augustanos, la persecución que amenaza a los confesores de Cristo. Y olvidó también a Marco Aurelio y a Alexandra, para concentrar su pensamiento solo en Aurora, a quién mira con ojos de verdadero enamorado y amante.

Deleitándose con su hermosura perfecta y llena de gracia. Está ataviada con un vestido de gasa transparente que deja traslucir las formas de todo su cuerpo y está bella como una diosa.

Radiante y sonriente, sintiéndose admirada y deseada por Petronio, amándole a su vez con todo su ser y anhelando siempre sus caricias. Al estar frente a él, se cubrió de rubor su bello rostro, cual si en realidad fuera una inocente virgen.

Petronio extendió los brazos en una muda invitación y preguntó:

–           ¿Qué sucede, carísima?

Aurora inclinó su áurea cabeza y contestó:

–           Artemio ha venido con sus coristas y pregunta si deseas oírle.

–           Que espere. Nos cantarán durante la comida el himno a Apolo. ¡Por Zeus! Cuando te veo frente a mí, me parece tener delante a Venus Afrodita, velada por un cendal etéreo.

–           ¡Oh,  mi amado señor!

–           Ven aquí, Aurora. Estréchame en tus brazos y bésame. ¿Me amas?

–           Tanto como no lo podéis imaginar.

Y oprimiendo con los suyos los labios de Petronio, en un apasionado beso; se estrechó entre sus brazos temblando de felicidad.

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Después de deleitarse mutuamente, gozándose en su amor por un largo rato…

Petronio dijo:

–           ¿Y si fuera necesario que nos separásemos?

Aurora se alarmó, se estremeció y preguntó:

–           Señor. ¿Qué dices?

–           Nada temas. Te hago esta pregunta, porque es posible que deba emprender un largo, muy largo viaje…

–           Llévame contigo a donde sea. No me importa. Yo no puedo vivir sin ti. Así fuese hasta la misma muerte, ¡Por favor te lo suplico, señor! ¡No me separes nunca de ti! ¡Qué me importa nada en la vida si no te tengo!…

La siempre tímida Aurora ha dicho todo esto con un tono tan apasionado…

Que Petronio, asombrado y conmovido, cambia rápidamente de tema y dice:

–           Dime ¿Hay asfódelos en los prados del jardín?

–           Los cipreses y el pasto, se pusieron amarillos por el fuego. Los mirtos se han deshojado y todo el jardín parece como si hubiera muerto.

–           Roma entera está así. Y pronto se convertirá en un cementerio… ¿Sabes que Nerón ha promulgado un Edicto contra los cristianos y ya comenzó la Persecución?

–           ¿Por qué castigar a los cristianos, señor? Son buenos y pacíficos.

–           Por esa misma razón. Quieren exterminarlos…

ENAMORADOS

–           Vámonos al mar. Tus hermosos ojos no gustan del espectáculo de la sangre.

–           Así es. Pero mientras es necesario reconfortarme. Ven conmigo. Me daré un baño con agua de rosas y me ungirás. Y luego, después de… (Hace un gesto pícaro y tierno.)¡Nos tomaremos un refrigerio porque tendremos mucha sed!…

¡Por Venus! ¡Nunca me has parecido más hermosa! Voy a ordenar que hagan para ti, un baño en forma de concha. Tú en ella te verás como una preciosísima perla. ¡Ven diosa mía de cabellos de oro!…

Dos horas después ambos amantes, coronados de rosas y con los ojos nublados por el placer, descansan en el triclinium, gozando de deliciosas viandas y exquisitos licores, servidos en la más preciosa vajilla que el arte puede ofrecer.

Escuchan el himno a Apolo  cantado al son de las arpas y los coros de Artemio.

Ellos son felices, disfrutando del amor, de la vida y sus deleites.

Pero antes de que termine el himno, Héctor el mayordomo, entró en el triclinium.

Su voz está temblorosa por la alarma al anunciar:

–           Amo, un centurión con un destacamento de pretorianos, está esperando en la puerta y por orden del César desea verte.

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Al punto se suspendieron el canto y los sones de los laúdes. Y el temor se apoderó de todos los presentes, porque el César para sus comunicaciones con personas amigas, no acostumbra servirse de los pretorianos. Y la presencia de ellos no augura nada bueno.

Petronio es el único que no demuestra ninguna emoción…

Pero con el tono desdeñoso de un hombre al que fastidian visitas inoportunas, dijo:

–           Bien podrían dejarme comer en paz. Tráelo aquí.

Héctor desapareció detrás de la cortina y un momento después se oyeron los pesados pasos militares.

Y se presentó Marcelo, centurión a quién Petronio conoce.

El militar lo saludó:

–           Salve, noble señor. Te traigo una carta del César.

Petronio extendió su blanca mano, la tomó y la leyó.

Luego la pasó a Aurora con ademán tranquilo diciendo:

–           Esta noche se propone dar lectura a un nuevo libro de su troyada  y me invita a que lo escuche.

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El centurión dice:

–           Solo he recibido la orden de entregarte la carta.

Petronio sonríe y confirma:

–           Sí. No hay respuesta. Pero Marcelo, bien puedes descansar un momento en nuestra compañía y escanciar una copa de vino.

–           Gracias te doy, noble señor. Una copa de vino beberé gustoso a tu salud. Pero descansar no me es posible, porque estoy de servicio.

–           ¿Por qué te dieron la carta a ti y no me la enviaron con un esclavo?

–           No lo sé, señor. Tal vez porque yo debía venir en esta dirección en desempeño de otro encargo.

–           Lo imagino… Contra los cristianos. ¿No es así?

–           Así es, señor.

–           ¿Desde cuándo empezó la Persecución?

–           Antes del mediodía fueron enviados algunos destacamentos al Transtíber.

Y dicho esto, el centurión bebió un poco de vino en honor de Marte, luego bebió el resto hasta vaciar la copa…

Y dijo:

–           Que los dioses te concedan cuanto deseas, señor.

–           Llévate la copa en recuerdo mío. –dijo Petronio.

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Luego hizo un ademán a Artemio para que siguiera la música.

El soldado hizo un saludo militar y se retiró admirando el precioso obsequio.

Se vuelven a escuchar los acordes de las arpas y Petronio piensa:

–           Barba de Bronce empieza a jugar conmigo y con Marco Aurelio. ¡Adivino su plan! Ha querido aterrorizarme enviándome su carta por medio de un centurión. Le preguntarán a éste luego, como la recibí ¡No! ¡No! ¡No te divertirás gran cosa, cruel y perverso poeta! ¡Sé que no olvidarás la injuria!

Sé que mi destrucción se aproxima. Pero si crees que voy a mirarte con ojos temerosos y suplicantes, ¡Te equivocas! Si piensas que vas a leer el terror en mi semblante, ¡Buen chasco te vas a llevar!

La voz de Aurora interrumpe su monólogo interior, al preguntarle con preocupación:

–           El César te ha invitado, señor. ¿Irás?

–           Mi salud está muy buena y hasta puedo escuchar sus versos. Con mayor razón debo ir, puesto que Marco Aurelio no puede.

Y efectivamente, terminada la comida y el paseo habitual, se arregló. Una hora después, hermoso como un dios, se hizo conducir al Palatino.

Ya es tarde. La noche está tranquila y tibia. La luna brilla en su esplendorosa claridad.

En las calles y entre las ruinas, pululan numerosos grupos de personas, ebrios por el vino y cubiertos de guirnaldas. Llevando en sus manos ramos de mirto y laurel, tomados de los jardines del César.

La abundancia de trigo y la proximidad de los grandes juegos, regocija los corazones de todos. Gritos, danzas y alegría, exteriorizados a la luz de la luna.

Los esclavos se ven en la necesidad de gritar:

–           Abran paso a la litera del noble Petronio.

Y entonces los grupos se apartan, aclamando a su vez y aplaudiendo al favorito popular.

Mientras tanto Petronio va dentro de su litera pensando en Marco Aurelio y extrañado por no haber tenido noticias de él.

Petronio es epicúreo y egoísta, pero desde su viaje a Anzio  y su contacto con los cristianos; así como sus breves conversaciones con el obispo Acacio, sin que él mismo se diera cuenta, ha ocurrido en él un cambio fundamental.

Ahora se preocupa por otras personas.

Marco Aurelio es su sobrino preferido, porque desde su niñez amó mucho a su hermano, el padre del joven tribuno.

Se ha involucrado tanto en su vida y en sus asuntos, que ahora lo ve como si fuera su propio hijo y su interés es parte de una gran tragedia. Espera con todo su corazón que Marco Aurelio se haya adelantado a los pretorianos y alcanzaran a huir.

Hubiese deseado tener toda la certidumbre de esto, para saber qué contestar a las preguntas que puedan presentarse y para las cuales le hubiese gustado estar preparado.

Llegó por fin al Palatino y se bajó de la litera.

Cuando llegó al atrium, éste estaba lleno de augustanos.

Los amigos de la víspera se sorprendieron al verlo y comprendieron que también él había recibido invitación.

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Se hicieron a un lado y Petronio pasó por en medio de ellos, hermoso, despreocupado y sonriente. Tan lleno de confianza y seguridad en sí mismo como si en sus manos estuviese el distribuir favores a su alrededor.

Algunos al verlo así, se sintieron alarmados en su interior, temiendo haberle manifestado indiferencia demasiado pronto.

El César fingió no verlo y no contestó su saludo aparentando estar muy concentrado en una conversación…

Pero Tigelino se le acercó y dijo:

–           Buenas noches, Arbiter Elegantiarum. ¿Todavía persistes en afirmar que no fueron los cristianos quienes incendiaron Roma?

Petronio se encogió de hombros y golpeando ligeramente con su bastoncillo a Tigelino en la espalda, recordándole su condición de liberto, le dijo:

–           Tú sabes tan bien como yo, qué pensar sobre ese punto.

Tigelino entrecerró los ojos y dijo:

–           Y no me atrevo a competir contigo en sabiduría.

–           Haces muy bien. Porque si de tal competencia fueras capaz, cuando el César nos lea de nuevo su libro en la Troyada, tal vez puedas rebuznar una opinión que no sea como tú, necia y obtusa.

Tigelino se mordió los labios…

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Ciertamente no le había gustado para nada la idea del César, de leer aquella noche un nuevo poema de su libro, porque eso le obliga a entrar en un terreno donde le es imposible rivalizar con Petronio.

Y durante la lectura, Nerón acostumbrado por el hábito, volvió constantemente sus ojos hacia Petronio; para observar la impresión que le causan los versos que va leyendo, buscando inconscientemente su aprobación.

Petronio escucha, alza las cejas, asiente en ocasiones y en otras concentra su atención, como para asegurarse de no perder ni una sílaba. Luego alaba, critica, propone correcciones o insinúa que se dé mayor énfasis a algunos versos.

El mismo Nerón comprende que las exageradas adulaciones de los demás, no significan para ellos más que la conservación de sus propias personas y que solo Petronio es lo bastante auténtico para ocuparse de la poesía, por la poesía misma.

Que solamente él le comprende y que si la elogia, es porque sus versos merecen ser elogiados.

Y sin darse cuenta, gradualmente se ve enfrascado en una discusión con él. Discusión que por momentos reviste carácter de disputa.

Y cuando Petronio le manifestó sus dudas, acerca de la propiedad de cierta expresión,

el César dijo:

–           Ya verás en el último libro, porqué la he usado.

Petronio pensó:

–           ‘¡Ah! Esto significa que viviremos hasta que termine el último libro.’

Y más de alguno de los presentes al escuchar aquella observación, se dijo en su interior:

–           ¡Ay de mí si Petronio llega a disponer del tiempo suficiente! Es capaz de recuperar el favor del César y derribar aún al mismo Tigelino.

Y empezaron a acercársele nuevamente…

Pero el fin de la velada fue menos afortunado para el escritor.

Porque el César en el momento en que Petronio se despidió, le preguntó de súbito guiñando los ojos y con expresión a la vez festiva y maliciosa en su semblante:

–           ¿Por qué no te acompañó Marco Aurelio?

Si Petronio hubiera estado seguro de que Marco Aurelio y Alexandra estaban a salvo y lejos de la ciudad, él hubiera respondido: ‘De acuerdo al permiso que le otorgaste, se ha casado y se ha ido de viaje’

Pero notando la extraña sonrisa de Nerón, contestó:

–           Tu invitación divinidad, no le encontró en casa.

Nerón dijo con una velada ironía:

–           Di a Marco Aurelio que me será grato verle. Y agrégale de mi parte que no falte a los juegos en que aparecerán los cristianos.

Estas palabras alarmaron a Petronio y más el tono con el que fueron dichas…

Pero haciendo uso de su ejercitado autodominio, inclinó la cabeza y dijo:

–           Se lo diré. Y allí estaremos los dos.

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Así pues, cuando llegó a su litera, ordenó que lo llevasen a su casa con la mayor rapidez posible.

Extrañamente, en las calles parece haber más gente que cuando fue al Palatino.

Las turbas están ahora presas de una gran excitación y se oyen a la distancia unos gritos que de momento Petronio no comprende, pero que van creciendo y generalizándose hasta convertirse en un solo alarido salvaje.

Y lo deja helado y paralizado al oírlo cercano y repetitivo:

–           ¡¡¡Los cristianos a los leones!!!

Las ricas literas de los cortesanos van circulando entre la rugiente plebe.

Sin poder evitarlo, Petronio exclama con enojo y desprecio:

–           ¡Vil manada de fieras! ¡Asco de sociedad! ¡Pueblo digno de tu César! Roma gobierna al mundo y al mismo tiempo es la lepra del mundo…

Petronio comprende que solamente los cristianos traen consigo bases nuevas y prodigiosas para la vida.

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Pero… piensa con tristeza que con el exterminio del Edicto de Nerón, pronto no quedará ni rastro de los confesores de Cristo y ¿Qué sucederá entonces?

La llegada a su casa interrumpió sus cavilaciones y la puerta fue abierta al punto por el vigilante guardián.

Petronio le preguntó:

–           ¿Ya regresó el noble Marco Aurelio?

Dionisio le contestó:

–           Sí amo. Hace unos momentos.

Petronio pensó:

–           Entonces no la salvó. – y corrió hacia el atrium.

Marco Aurelio está sentado en un escabel.

Tiene la cabeza entre las manos, inclinada hasta las rodillas. Pero al escuchar el ruido de pasos, alzó su rostro demudado en el cual sus ojos muestran un brillo febril.

Petronio preguntó:

–           ¿Llegaste tarde?

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Marco Aurelio contestó desolado:

–           Sí. Antes del mediodía la capturaron.

Hubo un largo silencio…

Luego, el augustano le volvió apreguntar:

–           ¿La has visto?

–           Sí.

–           ¿En dónde está?

–           En la cárcel Mamertina.

Petronio se estremeció y miró interrogante a Marco Aurelio…

Éste comprendió y dijo:

–           No. No la han arrojado al Tullianum (calabozo que hizo construir Servio Tulio y que está en el sótano, con solo una pequeña abertura hacia el techo), ni tampoco  a la prisión del centro.

He pagado al guardia para que le dé su propio aposento. Bernabé está en el umbral de la puerta, con la orden de custodiarla.

–           ¿Y por qué Bernabé no la defendió?

–           La arrestaron con cincuenta pretorianos y además, Lino se lo prohibió.

–           ¿Qué vas a hacer?

–           Salvarla o morir con ella. Yo también soy cristiano.

Marco Aurelio habla con calma, pero hay en su voz un dolor lacerante y Petronio siente en el pecho un estremecimiento de compasión.

–           Comprendo. Pero ¿Cómo esperas salvarla?

–           He pagado gruesas sumas a los guardias. Primero para que la defiendan de cualquier ultraje y también para que no impidan su fuga.

–           ¿Y cuándo se va a verificar ésta?

–           Me dijeron que no me la pueden entregar inmediatamente, por miedo a la responsabilidad. Pero cuando la cárcel se encuentre llena y se vuelva confusa la cuenta de los presos, la entregarán.

–               ¡Pero ése es un recurso desesperado!

–             ¡Sálvala tú y sálvame!… Tú eres amigo del César. Él mismo me la dio… ¡Ve a su casa y sálvanos!

Petronio en lugar de contestar, llama a un esclavo y ordena que traigan dos mantos oscuros y dos espadas.

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Y volviéndose a Marco Aurelio, le dice:

–           En el camino te contaré… Ahora ponte ese manto y toma una espada. Vamos a la cárcel. Allí pagaremos a los guardias lo que sea necesario para que nos entreguen a Alexandra inmediatamente. Después será demasiado tarde…

El joven se sorprendió. Pero solo dijo:

–           Vamos.

Cuando estuvieron en la calle, Petronio dijo:

–                      Ahora escúchame. No he querido perder tiempo explicándote antes. Estoy en desgracia desde hoy. Mi propia vida pende de un cabello, por eso no puedo intentar nada con  el César pues en todo lo que intente, Nerón hará exactamente lo contrario de lo que yo le pida… Por eso te aconsejé que huyeras con Alexandra.

Además al escapar tú, la cólera del César caerá sobre mi cabeza. En la actualidad estaría más dispuesto contigo y en tu favor, que en el mío. Así que no cuentes con eso en absoluto. ¡Sácala de la prisión y huye con ella, más allá de los confines del imperio si es preciso! No queda ningún otro recurso…

Si en esto no tienes éxito, ya pensaremos en otra cosa. Mientras tanto debes saber que Alexandra está en la cárcel NO tan solo porque cree en Cristo: la cólera de Popea te persigue a ella y a ti. Ofendiste a la Augusta al rechazar sus requerimientos ¿Recuerdas?…

Popea sabe que la despreciaste por Alexandra a quién aborreció desde la primera vez que la vio. Y aún más, ya había intentado perderla, cuando la acusó de que por maleficios suyos murió la Infanta. Es la mano de Popea la que está detrás de todo esto…

Y si no, ¿Cómo explicas que haya sido precisamente Alexandra la primera víctima de la Persecución actual? Fueron a arrestarla con media centuria y antes de generalizar las órdenes contra todos los demás cristianos.

¿Quién ha podido señalarla y ubicarla tan rápido? Lo más seguro es que la han espiado desde hace tiempo… Sé que estoy torturándote y destruyendo tu esperanza.

Pero te digo esto deliberadamente por si no logras rescatarla, antes de que lleguen a sospechar que éste será tu intento… Porque de ser así, ¡Ambos están irremediablemente perdidos!…

Marco Aurelio murmuró:

–           Sí. Comprendo…

Ya es de madrugada y las calles están desiertas.

Pero son interrumpidos por un gladiador borracho que se acerca tambaleante a Petronio.

Le pone su mano en el hombro y le lanza al rostro su aliento alcohólico, al gritarle con voz ronca:

–           ¡A los leones con los cristianos!

Petronio lo miró y dijo con voz pausada:

–           Mirmidón. Escucha un buen consejo: sigue tu camino.

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El hombre tomó entonces a Petronio del brazo, con la otra mano y dijo:

–           Si no quieres que te rompa el pescuezo, grita conmigo: ¡Los cristianos a los leones!

Pero estos ya eran demasiados gritos para los nervios de Petronio. Desde que salió del Palatino, le han perseguido como una pesadilla y le taladran los oídos.

Así pues cuando vio levantado sobre él, el puño del gladiador, se le agotó la paciencia y dijo:

–           Amigo, hueles mucho a vino y me estás estorbando el paso.

Y al decir esto introdujo en el pecho del imprudente, hasta la empuñadura; la espada corta con la que se armara al salir de casa.

El hombre se desplomó sobre sí mismo con un quejido ronco…

Mientras, Petronio enfunda su espada y continúa como si nada hubiese ocurrido:

–           Hoy el César me dijo: ‘Di a Marco Aurelio de mi parte, que no falte a los juegos en los que van a participar los cristianos’ ¿Entiendes lo que significa esto?…

Quieren hacer de tu dolor un espectáculo. Es algo que ya decidieron.

Y ese tal vez es el motivo por el cual NO estamos tú y yo en prisión. ¡Si no podemos liberarla ahora, ya no sé qué decirte! Pudiera ser que Actea quiera ayudarnos… Pero contra Popea, esto no servirá de gran cosa.

Estamos cara a cara frente al César, ¿Te das cuenta?…

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De esta manera continúan conversando…

Desde las Carenas hasta el fórum, no hay mucha distancia, así que llegan pronto.

Ya es casi el alba y las murallas del castillo empiezan a emerger de entre las sombras.

De repente, al torcer hacia la cárcel Mamertina, Petronio  se detiene en seco y exclama:

–           ¡Pretorianos! ¡Es demasiado tarde!

Y la cárcel está rodeada por una doble fila de soldados.

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Los primeros destellos de la mañana refulgen en sus yelmos y en la punta de sus jabalinas.

Marco Aurelio palidece y dice:

–           Sigamos.

Y llegan hasta la línea. Dotado de una memoria extraordinaria, Petronio reconoce al jefe de una cohorte de pretorianos y le hace señas para que se acerque.

El hombre lo saluda militarmente y Petronio le pregunta:

–           ¿Qué es esto Silvano? ¿Habéis recibido órdenes de vigilar la prisión?

–           Sí, noble Petronio. El prefecto teme que se hagan tentativas para salvar a los incendiarios.

Marco Aurelio preguntó:

–           ¿También tenéis orden para no permitir la entrada?

–           No, señor. Los presos pueden ser visitados por sus conocidos. Porque de esa forma lograremos capturar a un mayor número de cristianos.

–           Entonces déjame entrar.-y estrechando la mano a Petronio, agregó- Ve a ver a Actea. Iré pronto a conocer su respuesta.

Petronio contestó:

–           Sí. En la casa, te esperaré.

Marco Aurelio corrió hacia el interior.

Y en ese momento, debajo de la tierra y a través del aire que rodea las imponentes murallas, se escuchó un cántico.

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El himno, confuso y velado al principio, fue oyéndose cada vez más fuerte y melodioso.

Voces de hombres mujeres y niños, se confunden en un coro armonioso y magistral.

Toda la prisión parece vibrar ante a los ecos de aquel cántico…

Pero no son voces de pesar, ni de desesperación, por el contrario, palpita en ellas una alegría triunfal.

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Los soldados se miran atónitos.

Petronio escucha asombrado aquellas estrofas y su oído experto capta una esencia extraordinaria y desconocida a la que parece hacerle un marco perfecto, la maravillosa aurora que deja ver en el firmamento los primeros resplandores matinales oro, rosa y flama que matizan el horizonte, al despuntar el sol.

El patricio se quedó inmóvil al escuchar estos versos:

¡Aleluya!

Amo al señor porque escucha. Mi voz suplicante

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Y el clamor de mi Plegaria.

Porque inclinó su oído hacia mí, el día que lo invoco.

Lo invocaré mientras viva.

Cuando me aferraban los lazos de la Muerte

Las redes del sepulcro me envolvieron

Cuando caí en la angustia y la tristeza:

Invoqué el Nombre del Señor:

¡Oh, Jesús salva mi alma!

Tierno y Justo es el Señor

Lleno de compasión nuestro Dios.

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Jesús protege a los sencillos.

Yo estaba postrado y me salvó

Alma mía, recobra la calma

Pues el Señor ha sido bueno contigo.

Ha librado mi alma de la muerte

Mis ojos de las lágrimas

Y mis pies de tropezar.

Caminaré en la Presencia del señor

En la tierra que habitan los vivientes.

He tenido Fe, aun cuando dije

¡Qué desdichado soy!

He dicho en mi congoja:

‘Es vano confiar en el hombre’

¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?

Alzaré la copa de la salvación

Invocando el Nombre del Señor:

¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!

Santo y Bendito es el Nombre de Jesús.

Cumpliré mis votos al Señor en presencia de todo su Pueblo.

Es muy penoso para el Señor, ver la muerte de sus fieles.

Yo Señor soy tu siervo

En verdad tu siervo, hijo de tu esclava:

Jesús, Tú rompiste mis cadenas.

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Me ofreceré en sacrificio de acción de gracias

E invocaré el Santísimo Nombre de Jesús.

Sí. Cumpliré mis votos al Señor

Y en presencia de todos su Pueblo

En los atrios de la Casa del Señor

En medio de ti, Jerusalén.

¡Aleluya!

Alaben al señor todas las Naciones

Y festéjenlo todos los pueblos

Porque grande es su Amor hacia nosotros

Su fidelidad permanece para siempre.

En Jesús puse toda mi esperanza

Él se inclinó hacia mí

Y escuchó mi clamor,  Jesús

Escuchó mi clamor.

Me sacó de la fosa fatal

Del fango cenagoso

Asentó mis pies sobre la roca

Mis pasos consolidó

Puso en mi boca un canto nuevo

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Una alabanza a nuestro Dios

Muchos verán y en Él creerán…

Y en Jesús confiarán.

El canto suave al principio ha ido in crescendo hasta ser una explosión de júbilo triunfante.

Luego vuelve a ser suave y muy dulce, para volver a resonar con un triunfo total. Es un himno de gloria absoluto.

Petronio empieza a caminar muy pensativo. Recordando cada verso y su entonación perfecta.

Lo más  increíble es que ¡Los cantores están en la prisión, a la espera del martirio!

Esto es demasiado para todo lo que le ha sucedido en los últimos días…

Y el refinado y elegante patricio camina con paso decidido hacia el Palatino, pero nada en su rostro revela el impacto que acaba de recibir…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

72.- JUSTICIA DIVINA


El grupo va caminando por una cañada que hay entre dos colinas, verdes y muy bien cultivadas, desde abajo hasta la cima. El rocío las conserva brillantes y frescas, al contacto con el sol. Todos admiran el paisaje imitando a Jesús. Pero María Magdalena recorre con sus ojos la cresta de los montes, como si no encontrase un lugar.

Susana, que también va con ella, le dice:

–                     ¿Qué buscas?

Magdalena contesta:

–                     Quisiera encontrar el monte en donde encontré al Maestro.

–                     Pregúntaselo.

Martha dice:

–                     ¡Oh! No es necesario que lo perturbes. Ahora está hablando con Judas de Keriot.

Susana cuchichea:

–                     ¡Qué clase de hombre es ese! –y sin que agregue nada más, se entiende lo que quiere decir.

Magdalena concluye:

–                     Aquel monte no se encuentra en este camino. Algún día te llevaré allí, Martha. Era un día como éste y con tantas flores y tanta gente… ¡Oh, Martha! ¡Y tuve la desfachatez de presentarme con un vestido muy pecaminoso!… ¡Y con unos amigos que…! –mueve la cabeza- No puedo ofenderme con las palabras de Judas.

Me las merezco. Todo me he merecido. Mi expiación está en sufrir esto. Todos lo recuerdan. Todos tienen derecho a decirme la verdad. Y yo debo guardar silencio. ¡Oh! ¡Si se meditase antes de pecar…!  Quien me ofende ahora es mi mejor amigo, porque me ayuda a expiar.

Martha pregunta:

–                     Pero eso no quita que haya faltado. Madre, ¿De veras tu Hijo está contento con ese hombre?

La Virgen contesta:

–                     Es necesario rogar mucho por él. Así me lo ha dicho.

Juan se separa de los apóstoles para ir a ayudar a las mujeres en un lugar que está escabroso, donde las sandalias resbalan. Zelote lo imita y apoyándose en ellos, suben el lugar peligroso.

Zelote dice:

–                     Es un poco difícil este atajo, pero no tiene polvo, ni hay gente. Es más corto.

María dice con un suspiro:

–                     Lo conozco, Simón. Lo recorrí con mis sobrinos cuando Jesús fue arrojado de Nazareth.

Mientras tanto, Santiago de Zebedeo pregunta a Jesús:

–                     ¿En dónde haremos parada Señor mío?

Jesús contesta:

–                     En el monte que domina Merala. Nosotros los hombres podríamos haber avanzado más, pero detrás vienen las discípulas, aunque jamás se lamentan, no debemos cansarlas en exceso.

Bartolomé admite:

–                     Jamás se lamentan, es verdad. Nosotros somos más propensos a hacerlo.

Pedro comenta:

–                     Y sin embargo están menos acostumbradas que nosotros a esta vida.

Tomás interviene:

–                     Tal vez por eso lo hacen con más gusto.

Jesús dice:

–                     No, Tomás. Lo hacen por amor. Mi Madre y todas, son mujeres de hogar y no están acostumbradas a las fatigas. No lo harían gustosas si el amor no las impulsase. Respecto a María Magdalena, solo un poderoso amor le puede dar fuerzas para soportar este tormento.

Judas replica:

–                     ¿Por qué se lo impusiste si sabes que es tortura? No es buena cosa, ni para ella ni para nosotros.

–                     Ninguna otra cosa podría persuadir al mundo de su indudable conversión,  que es una demostración clara. María quiere convencer al mundo de que ha cambiado. Su separación del pasado ha sido perfecta. Es completa.

–                     ¡Habrá que ver! Todavía es pronto para afirmarlo. Cuando se está acostumbrado a un determinado género de vida; difícilmente se separa del todo. Amistades y nostalgias, nos llevan otra vez a él.

Mateo le pregunta;

–                     Entonces, ¿Tú sientes nostalgia de tu vida de antes?

–                     ¿Yo?… ¡No! Soy un hombre que ama al Maestro… Y tengo en mí, medios que me sirven para perseverar en mi propósito. Pero, ella es una mujer. ¡Y qué mujer! Y luego, aunque estuviese muy firme; no es nada agradable tenerla con nosotros.

Si nos encontramos con rabíes o sacerdotes y grandes fariseos, pensad que no será placentero el momento. De antemano me siento enrojecer de vergüenza.

Jesús dice:

–                     No te contradigas Judas. Si realmente has destruido los puentes que te unían con el pasado, como tratas de insinuar, ¿Por qué te duele tanto que una pobre alma nos siga para completar su transformación en el bien?

–                     Por amor, Maestro. Yo también lo hago todo por amor. Amor por Ti.

–                     Entonces perfecciónate en este amor. Un amor para ser tal, jamás debe ser exclusivista; porque eso no es amor, es Odio. Debes amar a todos los niveles y con todas las fuerzas.

–                     Sí, Maestro.

Han llegado a un bosque y buscan un lugar para descansar.

Alguien duerme. Alguien conversa en voz baja. Alguien contempla un panorama. Las mujeres se han retirado detrás de una cortina flotante de madreselvas en flor y se refrescan en un pequeño manantial. Los de más edad se duermen cansados.

Magdalena dice:

–                     Voy con Juan, ahora que está con Simón, viendo el mar.

La Virgen dice:

–                     También yo voy.

Pasan cerca de donde está Jesús solo, orando.

María dice:

–                     Mi Hijo encuentra su descanso en la Oración.

Magdalena dice:

–                     ¿Sabes Madre? Hice lo que me dijiste. Cada noche me aíslo para poder restablecer dentro de mí, la calma que turban demasiadas cosas. Y luego me siento mucho más fuerte.

–                     Por ahora te sientes fuerte. Más tarde feliz. Créeme María. En todo momento nuestro espíritu tiene necesidad de sumergirse dentro del océano de la Meditación, para reconstruir lo que el mundo y las vicisitudes humanas debilitan. Para crear nuevas fuerzas, para poder subir siempre hacia arriba.

En Israel usamos y hasta abusamos de la oración vocal; pero es más útil al corazón elevarse a Dios con la mente, en la Meditación. En la que se contempla su Divina Perfección y nuestra miseria… o la de tantas pobres almas; no para murmurar de ellas, sino para compadecerlas, comprenderlas y amarlas; agradeciendo al Señor que nos ha sostenido para no pecar o nos ha perdonado, para no dejarnos caídas. Y así llegamos a orar realmente con amor.

Y… abandónate al amor. No le hagas violencia. Aún más; permite que en ti se convierta en un incendio devorador. El incendio consume todo lo que es material y tu espíritu aumentará su vitalidad. Y se hará puro y ágil para subir a Dios. ¿Ves ahí a Juan? Es realmente muy joven y con todo, es un águila. Es el más fuerte de todos los apóstoles. Porque ha comprendido el secreto de la formación espiritual: la meditación amorosa.

–                     Pero él es puro y yo… él es un jovencillo… yo…

–                     Mira a Zelote. No es jovencillo. Llevó su vida, luchó y odió. Lo confiesa sinceramente. Pero aprendió a orar. Y créeme, también él ha llegado muy alto. ¿Ves? Ambos se buscan porque se sienten iguales. Han llegado a la misma edad perfecta del espíritu y con el mismo medio: la Oración Mental.Y… ¿Sabes quién por su inclinación natural a la Meditación está muy adelantado y desde que se hizo amigo de Jesús, se ha convertido en él, en una necesidad espiritual? Tu hermano Lázaro…

–                     ¡Mi hermano Lázaro!… ¡Oh, Madre! Tengo miedo. Fui muy cruel con mis hermanos. Dímelo, tú que sabes muchas cosas porque Dios te las muestra, ¿Cómo me tratará Lázaro en nuestro primer encuentro? Mi corazón era cínico y desvergonzado. Cerrado a toda voz que no fuese el ‘Mal’. Ahora ya no tengo la fuerza perversa del Mal. Y tengo miedo… ¿Qué me va a hacer Lázaro?

–                     Te abrirá los brazos y te gritará más con el corazón que con  los labios: ‘¡Hermana mía, amada!’ Ha avanzado tanto en Dios, que procederá de este modo. No tengas miedo. No te dirá nada del pasado. te está esperando en Bethania…

–                     Lo amaré aunque me eche en cara todo. Me lo merezco.

–                     Él solo te amará. Sólo esto.

Han llegado a donde están Simón y Juan.

María dice:

–                     También nosotras venimos a alabar al Señor por las bellas obras de su Creación.

Simón pregunta:

–                     ¿Habías visto antes el mar, Madre?

–                     Lo ví. Y en esa ocasión estaba menos tempestuoso que mi corazón. Menos salado que mí llanto. Huía a lo largo del litoral de Gaza, hacia el Mar Rojo. Con mi Niño entre los brazos y el miedo de Herodes en la espalda. Lo ví cuando regresamos. Entonces estaba la primavera en la tierra y en mi corazón. La primavera del regreso a la patria.

Jesús movía sus manitas, feliz de ver cosas nuevas. José y yo también éramos felices; pues la Bondad del Señor nos había hecho de mil modos, menos duro el destino en Matarea, en Egipto…

Y María se sumerge en sus recuerdos, para deleite de sus oyentes.

Es ya tarde cuando llegan a Belén de Galilea. La ciudad está rodeada de colinas ondulantes, verdes y llenas de bosques. De prados en los que pastan los rebaños que poco a poco, van bajando a sus rediles para pasar la noche.

El crepúsculo baña con sus violáceos colores todo lo que toca. El aire está lleno de una música pastoril de cencerros y balidos temblorosos, a los que se unen los gritos alegres de los niños que juegan y las voces de las madres llamándolos.

Jesús dice:

–                     Judas de Simón, ve con Simón a buscar alojamiento para nosotros y las mujeres. En el centro del poblado está el albergue. Allí nos reuniremos.

Mientras Judas y Zelote lo obedecen, Jesús se vuelve a su Madre y le dice:

–                     Esta vez no será como en la otra Belén, en Judea. Aquí encontrarás reposo, Mamá. En esta estación pocos se mueven y no hay edicto.

María contesta amorosa:

–                     En esta estación sería placentero dormir aún en los prados.

Y María envía una sonrisa a su Hijo, así como a unos pastorcillos que la miran con curiosidad. Es tan atractiva su sonrisa, que uno de ellos da un codazo al otro y le dice en voz baja:

–                     Tiene que ser Ella.

Y se le acercan diciendo:

–                     Te saludo, María llena de Gracia. ¿El Señor está contigo?

María responde con una sonrisa mucho más dulce:

–                     Ahí está. – y les señala a Jesús. Se acerca a Él, diciendo- Hijo mío, estos pastorcitos te buscan y me han reconocido, no sé cómo…

Jesús sonríe y dice:

–                     Es que ha pasado por aquí Isaac, dejando el perfume de la Revelación. Muchacho, ven aquí.

Y efectivamente, los pastores dicen que Isaac anda por allí todavía. Y llegan los demás pastores que se apiñan con sus ganados, alrededor de Jesús.

Conversan con Él y con María.

Ella se inclina a acariciar a los corderitos y dice:

–                     Había uno en casa de Isabel mi pariente, que cada vez que me veía, me lamía las trenzas. Éste se parece mucho a él, con estos ojos de dos colores. No lo matéis. Al otro también lo dejaron vivir, porque yo lo quería mucho.

El pastor dice:

–                     Es una corderita, Señora. Y la queríamos vender porque tiene ojos de dos colores y creo que con uno no ve bien. pero la tendremos con nosotros si tú la quieres.

–                     ¡Oh, sí! Yo no querría que fuese degollado un cordero más… Son tan inocentes y con una voz de niño, llaman a su mamá. Me da la impresión de que matase a un niño, al degollar uno de estos.

El Pastor más anciano contesta:

–                     Pero Señora, si no se degollase a todos los corderitos, no habría lugar en la tierra para nosotros.

–                     Lo sé. Pienso en su dolor y en el de sus madres. Tanto que gimen cuando les quitan a sus hijos. Se parecen a nosotras las madres. No puedo ver que alguien sufra y siento la aflicción de una madre destrozada…

Es diferente de las demás, porque a nosotras nos desgarran no solo el corazón y el cerebro cuando se mata a un hijo nuestro, sino las mismas entrañas. Nosotras las madres permanecemos unidas al hijo, siempre y es desgarrarse cuando nos lo quitan…

María ya no sonríe. Tiene una gota de llanto en sus ojos azules y mira a Jesús que la ve y la escucha. Le pone una mano en el brazo, como si temiese que lo arrebatasen de su lado.

Por el camino polvoriento se acercan un pequeño grupo de personas armadas y gritando.

Los pastores se miran entre sí y hablan en voz baja.

Luego dicen:

–                     Ha sido buena suerte que no hayan entrado esta tarde en Belén de Galilea.

Jesús pregunta:

–                     ¿Por qué?

–                     Porque esa gente que acaba de pasar y de entrar en la ciudad, va a arrebatar su hijo a una madre.

–                     ¡Oh! Pero, ¿Por qué?

–                     Para matarlo.

–                     ¡Oh, no! ¿Qué hizo?

Todos se juntan para oír:

–                     Encontraron asesinado por el camino al rico Yoel. Regresaba de Sicaminón con las bolsas llenas de dinero. No se trató de ladrones porque el dinero estaba con el occiso. El siervo que lo acompañaba dice que su patrón le había dicho que se adelantara corriendo para avisar de su llegada.

Y por el camino, dirigiéndose al lugar donde se cometió el homicidio, solo vio al joven que ahora van a matar. Dos de la población juran haberle visto cuando atacaba a Yoel. Ahora las familias del occiso exigen su muerte. Y si es homicida…

Jesús pregunta:

–                     ¿No lo creéis?

–                     No me parece que sea posible. El joven no es muchacho cualquiera. Es bueno. Siempre ha vivido con su madre y es su único hijo. Ella es una viuda santa. No le faltan los medios para vivir, pues su marido también era rico. Él no piensa en las mujeres. No es buscapleitos. Es un hombre cabal. ¿Por qué tendría que matarlo?

–                     Tal vez tendrá enemigos.

–                     ¿Quién? ¿Yoel el muerto o Abel, el acusado?

–                     El acusado.

–                     ¡Ah! No sabría… No sabría…

–                     Sé franco, hombre.

–                     Señor, pienso una cosa… Pero Isaac nos dijo que no debemos pensar mal del prójimo…

–                     Pero se debe tener valor para salvar a un inocente.

–                     Si hablo… Tenga razón o no; tendré que huir de aquí, porque Aser y Jacobo son poderosos.

–                     Habla sin temor. No te verás obligado a huir.

–                     Señor, la madre de Abel es joven y bella. Y muy industriosa. Aser y Jacobo no son industriosos. Al primero le gusta la viuda y al segundo… Todo el poblado sabe que el segundo es un adúltero, profanador del tálamo de Yoel. Yo pienso que…

Jesús dice terminante:

–                     Entendido. Quedaos aquí vosotras las mujeres con los pastores. Regreso pronto.

María suplica:

–                     No, Hijo. Yo voy contigo.

Jesús va con premura hacia el centro de la población y la Virgen con María de Alfeo, se van detrás del grupo apostólico.

En la tercera calle se encuentran con los que se habían adelantado a buscar hospedaje: Iscariote, Simón, Pedro y Santiago, que hacen señas y dan gritos.

Pedro está desencajado y dice con angustia:

–                     ¡Qué desgracia, Maestro! ¡Qué desgracia y qué pena!

Simón agrega:

–                     Un hijo a quién arrebatan de su madre a la fuerza.

Pedro:

–                     Ella lo defiende como una leona. Pero es mujer y ellos están armados.

Judas dice:

–                     Le sale sangre por todas partes.

Santiago de Zebedeo añade:

–                     Le rompieron la puerta porque se había atrancado detrás de ella.

Jesús dice:

–                     Voy allá.

Simón:

–                     ¡Oh, sí! ¡Tú eres el único que puede consolarla!

En el centro del poblado se distingue un montón de gente que se agita alrededor de la casa de Abel. Se oyen los gritos desgarradores de la madre. Gritos que no parecen humanos. Agresivos y dignos de compasión al mismo tiempo.

Jesús apresura el paso. Llega hasta donde el tumulto está en su colmo.

La mujer defiende a su hijo contra los soldados. Con una mano está agarrada a un pedazo de la puerta destrozada y con la otra, a la cintura de su hijo. Si alguien trata de quitársela lo muerde con furia, sin importarle los golpes que recibe, ni los tirones en su cabellera; que son tan fuertes que le echan la cabeza hacia atrás.

Cuando no muerde, grita:

–                     ¡Dejadlo! ¡Asesinos! ¡Es inocente! ¡La noche en que mataron a Yoel durmió conmigo a mi lado! ¡Asesinos! ¡Asesinos! ¡Calumniadores! ¡Inmundos! ¡Perjuros! ¡Perversos!

Y al joven a quién sus captores han cogido por la espalda y lo arrastran por los brazos, se vuelve con el rostro desencajado y grita:

–                     ¡Mamá, mamá! ¿Por qué he de morir si no he hecho nada?

Es hermoso. Alto, delgado. De ojos oscuros y dulces. De cabello negro. Sus vestidos desgarrados, muestran su cuerpo ágil y muy joven.

Jesús, con ayuda de quienes lo acompañan, se abre paso entre la multitud y llega en un momento en que la mujer cansada, es arrancada de la puerta y arrastrada como un costal, unida al cuerpo de su hijo, por la calle empedrada.

Pero luego un tirón mucho más fuerte, arranca la mano materna de la cintura del hijo y la mujer cae por tierra, golpeando con su cara contra el suelo, en medio de un charco de sangre. Al punto se endereza y se pone de rodillas. Tiende sus brazos hacia su hijo, al que se llevan a toda prisa.

El joven le grita:

–                     Adiós, mamá. Recuerda al menos tú, que yo soy inocente.

La mujer lo mira con ojos de demente y luego cae por tierra, desvanecida.

Jesús se interpone al paso de los captores y ordena:

–                     ¡Deteneos un momento! ¡Os lo ordeno! –su voz y su rostro no admiten réplica.

Un ciudadano le pregunta agresivo:

–                     ¿Quién eres? No te conocemos. Retírate y déjanos ir para que muera antes de que llegue la noche.

–                     Soy un Rabí. El más grande. En Nombre de Yeové deteneos o Él os destruirá con sus rayos. –Parece como si fuese Él, el que los despidiese con su mirada centelleante- ¿Quién es el que da testimonio contra éste?

Aser dice:

–                     Yo, él y él.

–                     Vuestro testimonio no es válido, porque no es verdadero.

–                     ¿Y cómo puedes decirlo? ¡Estamos prontos a jurarlo!

–                     Vuestro juramento es pecado.

Los tres hombres dicen al mismo tiempo:

–                     ¿Qué estamos pecando nosotros?

–                     ¿Nosotros?

–                     ¿Sabes quiénes somos?…

Jesús los atraviesa con su mirada severa y declara:

–                     Lo sé. Vosotros, sí. Así como adentro fomentáis la lujuria; dais pasto al odio; apacentáis la avaricia de las riquezas y cometéis homicidios. Así también sois unos perjuros. Os habéis vendido a la inmundicia. Podéis realizar cualquier crimen.

–                     Ten cuidado con lo que estás diciendo. Yo soy Aser…

–                     Y Yo Soy Jesús.

–                     No eres de aquí. Y no eres ni sacerdote, ni juez. No eres nada. Eres un forastero.

–                     Sí. Soy el Forastero, porque la Tierra no es mi Reino. Pero Soy Juez y Sacerdote, no solo de esta pequeña parte de Israel; sino de todo Israel y de todo el Mundo. 

Jacobo exclama:

–                     ¡Vámonos! Vámonos. Dejemos a este loco. –y da un empujón a Jesús, para quitarlo de ahí.

Jesús grita con una mirada que paraliza:

–                     ¡No darás ni un paso más! Tú no darás ni un paso más. ¿No crees lo que estoy diciendo? Pues bien, mira… Aquí no hay polvo del Templo, ni el agua de él. Y no están las palabras escritas con tinta, para hacer el agua amarguísima, que es la señal de los celos y el adulterio. Pero aquí estoy Yo. ¡Y Yo voy a juzgar!

La voz de Jesús es tan resonante como una trompeta.

La gente se amontona para ver y solo la Virgen y María de Alfeo, se quedan a ayudar a la mujer desvanecida.

Jesús continúa:

–                     Y Yo voy a Juzgar aquí. Dadme un poco de polvo del camino y un poco de agua en una taza. Y mientras me lo traéis, vosotros acusadores y tú, el acusado, responded: ¿Eres tú inocente, hijo? Dilo con sinceridad al que es tu Salvador.

Abel responde:

–                     Lo soy, Señor.

–                     Aser, ¿Puedes jurar de haber dicho la verdad?

–                     Lo juro. No tengo razón para mentir. Lo juro por el altar. Descienda del Cielo fuego que me queme, si no digo la verdad.

–                     Jacobo, ¿Puedes jurar que eres sincero en tu acusación y no tienes ningún motivo interno para mentir?

–                     Lo juro por Yeové. El amor que tengo por mi amigo occiso, me obliga a hablar. No tengo nada que ver con éste.

–                     Y tú siervo: ¿Puedes jurar de haber dicho la verdad?

–                     Mil veces si fuera necesario. Mi patrón, mi pobre patrón… -el hombre llora cubriéndose la cabeza con el manto.

–                     Está bien. He aquí el agua y he aquí el polvo. Voy a decir lo siguiente: “Padre Santo y Dios Altísimo. Muestra tu Juicio verdadero por este medio, a fín de que vida y honra, permanezcan con el inocente y con la madre desolada.

Y venga digno castigo para el que no lo es. Pero por la Gracia que tengo ante tus ojos, no fuego ni muerte; sino larga expiación tenga, el que cometió el pecado.”

Jesús ha dicho estas palabras, con las manos extendidas sobre la taza, como hace el sacerdote en el altar, durante la Misa, en el Ofertorio.

Después mete la mano derecha en la taza y con la mano rocía a los cuatro sujetos al juicio y luego les hace beber un poco de agua. Primero al joven y luego a los demás.

Cruza los brazos sobre el pecho y mira…

También la gente mira y un momento después, un grito se les escapa de los labios y se arrojan de bruces a la tierra. Aterrorizados y adorando al mismo tiempo.

Entonces los cuatro que estaban en línea, se miran entre sí y gritan a su vez. El el joven Abel, de estupefacción.

Los otros de horror… ¡Porque se ven cubiertos en la cara de una subitánea lepra! ¡Mientras que en la del joven no hay nada!

El siervo se arroja a los pies de Jesús, que se aparta, como todos los demás, incluidos los soldados.

Y se separa tomando de la mano al joven Abel, para no contaminarse con los tres leprosos.

El siervo grita:

–                     ¡No! ¡No! ¡Perdón! ¡Estoy leproso! Son ellos los que me pagaron para que retardase a mi patrón hasta el atardecer, para pegarle en el camino solitario. Me hicieron que quitara las herraduras a la mula. Me enseñaron como mentir, diciendo que yo me había adelantado y no es así; porque yo me estuve allí, para matarlo junto con ellos.

Diré también por qué lo hicieron. Porque Yoel se enteró que Jacobo amaba a su joven esposa. Y porque Aser deseaba a la madre de Abel y ella lo rechazaba. Se pusieron de acuerdo para librarse de Yoel y de Abel al mismo tiempo y quedarse con las mujeres. Esta es la verdad. ¡Quítame la lepra! ¡Quítamela! Abel, tú eres bueno, ¡Intercede por mí!…

Jesús ordena:

–                     Tú vete a donde está tu madre. Que cuando salga de su desvanecimiento vea tu cara y vuelva a una vida tranquila. Y vosotros… debería deciros: ‘Qué os castiguen como queríais hacer’ sería una justicia humana, pero os entrego a una expiación sobrehumana.

La lepra de la que os horrorizáis, os salva de ser arrestados y muertos; cómo debería ser y merecéis. Pueblo de Belén, apartaos. Abríos como el agua de mar, para que se vayan éstos a su galera. ¡Horrible galera! Más atroz que la muerte. Es una piedad divina que les ha dado un medio para recapacitar si quieren. ¡Váyanse! ¡Largaos!

La multitud se pega a las paredes, dejando libre el centro de la calle.

Y los tres, cubiertos de lepra como si ya tuvieran muchos años padeciéndola; se van, uno detrás del otro, a la Montaña del silencio, envueltos en la penumbra que ha empezado a caer.

Lo único que se escucha es su llanto.

Jesús dice a todos:

–                     Purificad el camino con mucha agua después de haberos quemado con el fuego. Soldados; referid que se hizo justicia según la más perfecta Ley Mosaica.

Jesús trata de ir a donde su Madre y su tía María Cleofás, siguen socorriendo a la mujer que está volviendo de su desmayo, mientras el hijo acaricia las manos heladas y las besa.

Pero la gente de Belén, con un respeto lleno de terror, le ruega:

–                     Háblanos, Señor. Realmente eres Poderoso. Ciertamente Tú Eres el Hombre del que habló uno que pasó por aquí, anunciando al Mesías.

–                     Hablaré por la noche, cerca del redil de los pastores. Ahora voy a consolar a la madre.

Y Jesús va con la mujer…

Más tarde, se ha prendido una gran hoguera para iluminar la reunión.

Jesús sale del redil y se dirige a donde lo esperan. Jesús da un largo discurso sobre la Ley, la hipocresía para obedecerla por la falta de fe y finaliza diciendo:

–                     … Nada es inútil de cuanto Dios estableció en su Ley. La Ley que dio, Israel la observa de Nombre, pero no en la realidad. Son ilusorias apariencias de cuerpos vivos. Reales presencias de cosas muertas: las cosas inmateriales; esto es, la virtud y las almas muertas.

La Ley existe en Israel, pero se ha convertido como las plantas petrificadas en el desierto de Egipto, en el Valle del Nilo; en un espejismo que produce la muerte. Tuvisteis hoy un ejemplo de lo que significa una Ley reducida a piedra en corazones que se habían petrificado. Es causa de toda clase de pecados y desventuras. Que esto os sirva para poder vivir y para saber hacer vivir la Ley en vosotros, en su integridad que Yo ilustro con luces de misericordia.

Si el haber venido sirvió para establecer el Reino de Dios entre vosotros, sea Bendito el Señor. Si el haber venido sirvió para hacer brillar una inocencia, Bendito sea el Señor. Si el haber llegado a tiempo para impedir un crimen, sirve también para dar un medio para redimirse a tres culpables, Bendito sea el Señor.

Ya es muy noche. Las estrellas nos están mirando y también Dios. Levantad la mirada al cielo estrellado y elevad hacia Dios vuestro corazón, sin criticar a los infelices que Dios ha castigado. Sin orgullo por haber estado limpios de pecado. La paz sea con vosotros.

Los bendice y luego se retira al amplio recinto del redil, rodeado de rústicos portales, bajo los cuales pusieron heno los pastores, para que sirva de lecho a los siervos del Señor.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

3.- CONQUISTADO POR EL PODER


La primavera está en todo su esplendor. Es la primera Pascua, después del retiro en el desierto.

Jesús entra en el recinto del Templo de Jerusalén, con Pedro, Andrés, Juan, Santiago de Zebedeo, Felipe y Bartolomé. Una multitud de peregrinos llegan de todas partes. En el primer patio hay una verdadera feria.

No existe el menor recogimiento en el lugar sagrado. Quién corre. Quién llama. Quién contrata a los corderos; grita y maldice por el precio excesivo. Quién empuja a los pobres animales que balan en los corrales improvisados con cuerdas o estacas. Y son custodiados por los mercaderes. Palos, balidos, blasfemias. Insultos a los criados que se descuidan en juntar o en separar a los animales y a los compradores que regatean el precio o que se van. Y mayores insultos en los que a sabiendas, se han llevado algún cordero.

El Templo también funciona como banco financiero. Y junto a los cambistas, hay otro griterío por los abusos en el cambio en el valor monetario, que cada quién impone a su capricho; pues según el cliente, es lo que le cobran.

Dos pobres viejecillos miran una y otra vez su bolsillo, con el dinero obtenido con tanto trabajo y sacrificio. Van de uno a otro cambista y terminan por regresar con el primero; que decide vengarse porque lo dejaron y aumenta la usura en el cambio.

Luego van con los vendedores de corderos que entregan a los viejos medio ciegos, al más flaco. Entran en el Templo…

Y al poco rato regresan empujando al pobre animalillo, que ha sido rechazado por los sacrificadores.

Llantos, súplicas, malos gestos, palabrotas; van y vienen sin que el vendedor se conmueva:

–          Para lo que queréis gastar galileos, el que os he dado es muy hermoso todavía. ¡Lárguense! O dad otros cinco denarios por uno mejor.

El anciano suplica:

–                      ¡En Nombre de Dios! ¡Somos pobres y viejos! ¿Acaso quieres impedir que celebremos la Pascua, que tal vez sea la última? ¿No te basta lo que pediste por un pequeño animal?

Inconmovible, el mercader exclama:

–           ¡Lárguense apestosos! Allá viene José el Anciano y me honra con su preferencia.

El vendedor deja a los afligidos viejos y saluda al recién llegado:

–                     ¡Dios sea contigo! ¡Ven, escoge!

José de Arimatea es un fariseo muy majestuoso; entra en el corral y toma un soberbio ejemplar. Luego pasa indiferente frente a los pobrecitos que gimotean a la entrada del corral. Casi los empuja cuando pasa con el gordo cordero que va balando.

También Jesús ha hecho su compra y es Pedro, el que lleva un cordero de regular tamaño. Pasan cerca de los viejecillos, que temerosos e indecisos lloran, mientras la gente los empuja y son insultados por el vendedor.

Jesús es muy alto. Mide un poco más de dos metros y llega junto a ellos, cuyas cabezas apenas si le llegan a la altura del pecho. Se acerca y poniendo su mano en la espalda de la mujer, le pregunta:

–           ¿Por qué lloras, mujer?

Ella mira muy sorprendida y admirada a este joven alto y majestuoso, que parece un rabí y que viste una túnica y un manto blanquísimos; porque nadie se preocupa de la gente, ni de defender a los pobres contra la avaricia de los vendedores…

Y le dice la razón de su llanto.

Cuando termina la transacción entre José y el mercader; Jesús se dirige a éste último:

–           Cambia este cordero a estos fieles. No es digno del altar. Así como tampoco es justo que te aproveches de dos viejecitos, tan sólo porque son débiles e indefensos.

El hombre se sorprende y recorriéndolo con la mirada de arriba abajo, dice con desprecio:

–           ¿Y Tú quién eres?

Jesús contesta:

–           Un justo.

–                      Tu modo de hablar y el de tus compañeros, te denuncian como Galileo. ¿Acaso puede haber un justo en Galilea?

Jesús dice con seriedad:

–           Haz lo que te digo y sé justo.

El hombre ríe con burla:

–        ¡Oíd! ¡Oíd! ¡Al galileo defensor de sus iguales! ¡Nos quiere enseñar a nosotros los del Templo! –al decir esto remeda la cadencia del hablar Galileo, que es más melodioso que el judío.

La gente se reúne. Otros vendedores y cambistas, se unen para defender a su compañero en contra de Jesús.

También intervienen algunos rabíes que lo interrogan con un gran sarcasmo:

–           ¿Eres tú doctor?

Jesús contesta muy serio:

–           Tú lo has dicho.

–           ¿Qué enseñas?

La hermosísima voz de tenor de Jesús resuena en el aire, como una trompeta:

–           Enseño esto: a hacer de la Casa de Dios, Casa de Oración y no lugar de usura y de mercado. ¡Esto es lo que enseño!

Todos quedan paralizados por el miedo; pues Jesús parece un arcángel airado. Sus bellísimos ojos azules, parecen dos zafiros centelleantes. Y con santa Ira camina impetuoso, entre banco y banco; volcando las mesas y las mesitas. Y todo cae al suelo con gran estrépito de monedas que rebotan y maderos quebrados.

El aire se llena de gritos de ira, de pavor, de aprobación. Enseguida arranca de las manos de los mozos que cuidan los animales, las cuerdas con las que guardan los bueyes, las ovejas y los corderos. Y forma con ellos un duro látigo, en el que los lazos sueltos se convierten en flagelo. Lo levanta y le da vueltas por arriba y por abajo sin consideración alguna. ¡Y sin ninguna piedad!

Al golpear sacude cabezas y espaldas. Los fieles se separan admirando lo que pasa.

Los culpables son perseguidos y huyen dejando en el suelo, el dinero y los animales; en medio de una gran confusión de piernas, cuernos, alas. Hay quién corre; quién vuela… todo en medio de mugidos, balidos, aleteos de palomas y de tórtolas. Y a este alboroto se unen las risas y burlas, con que los fieles siguen a los usureros que escapan dando alaridos que sobrepasan los berridos y balidos de los corderos, que están siendo degollados en otra parte del Santuario.

Israel es una teocracia y el Templo, su principal sede de gobierno. Con toda esta barahúnda, acuden los sacerdotes, junto con los fariseos y los rabíes con sus discípulos.

Jesús está en medio del patio. Ha regresado de perseguir a los culpables y todavía tiene el látigo en la mano.

Es una estampa prodigiosa, poder contemplarlo en toda su majestuosa belleza masculina; airosa y triunfante; poderosa como un rey…

Y las preguntas llueven al mismo tiempo:

–               ¿Quién eres?

–               ¿De qué escuela provienes?

–               ¿Cómo te permites hacer esto, turbando las ceremonias prescritas?

–               Nosotros no te conocemos, ni sabemos quién eres.

Jesús los escudriña a todos como si los traspasara con su mirada. Ellos la sienten y parecen encogerse. Jesús al contrario… Se yergue más majestuoso todavía y adquiere toda la grandeza del Hombre-Dios…

Y declara con voz poderosa:

–           Yo Soy el que puedo. Todo lo puedo. Destruid si queréis este Templo Real y Yo lo levantaré para alabar a Dios. Yo no turbo la santidad de la Casa de Dios, ni sus ceremonias. Vosotros sois la que la turbáis, permitiendo que su morada se convierta en sede de ladrones y mercaderes. Mi escuela es la Escuela de Dios. La misma que Israel tuvo cuando le hablaba el Eterno, por medio de Moisés. ¿No me conocéis?… ¡Me conoceréis! ¿No sabéis de dónde vengo?… ¡Lo sabréis!

Y volviéndose al pueblo, sin preocuparse más por los sacerdotes. Alto, vestido de blanco, con el manto abierto y cayéndole sobre la espalda.

Majestuosísimo como un Rey y con los brazos abiertos como un orador en lo más emocionante de su discurso, dice:

–           ¡Oíd, vosotros de Israel! En el Deuteronomio está escrito: establecerás jueces y magistrados en todas las puertas…y ellos juzgarán con justicia al pueblo, sin inclinarse por ninguna de las partes. No tendrás respetos personales, ni aceptarás donativos. Porque los donativos cierran los ojos de los sabios y alteran las palabras de los justos. Con justicia seguirás lo que es justo, para vivir y poseer la tierra que el Señor Dios Tuyo te habrá dado.

¡Oíd, vosotros de Israel! En el Deuteronomio está escrito: no prestarás a interés, ni dinero ni semillas, ni cosa alguna a tu hermano. Podrás hacerlo con el extranjero; pero a tu hermano no prestarás con interés, de lo que tiene necesidad. Esto ha dicho el Señor.

¡Ved ahora qué injusticia para con el pobre se comete en Israel! No triunfa el justo, sino el fuerte. Y ser pobre, ser pueblo, quiere decir ser oprimido. ¿Cómo puede el pueblo decir: “Quién nos juzga es justo” si ve que no lo respetan los que deberían hacerlo? ¿El violar los Mandamientos de Dios, es acaso respetarlo? ¿Por qué razón los sacerdotes en Israel tienen posesiones y aceptan donativos de publicanos y pecadores, los cuales los hacen para tener de su parte a los sacerdotes; así como éstos los reciben para tener una mayor riqueza?

Dios es la herencia de los sacerdotes. Para ellos Él, el Padre de Israel; es más que Padre y les provee de comida como es justo. Pero no más de lo justo. Él no prometió a los servidores del Santuario bolsas de dinero, ni posesiones. En la Eternidad tendrán el Cielo porque fueron justos; como lo tendrán Moisés y Elías, Jacob y Abraham. Pero sobre esta tierra no deben tener más que el vestido de lino y una diadema de oro incorruptible: Pureza y Caridad.Y que el cuerpo sea siervo del espíritu, que es siervo de Dios Verdadero. Y que no sea el cuerpo quién sea señor del espíritu y contrario a Dios.

Se me ha preguntado con qué autoridad hago esto.

Y ellos ¿Con qué autoridad profanan los Mandamientos de Dios y a la sombra de los muros sagrados permiten usura contra sus hermanos de Israel, que han venido por obedecer un Mandamiento Divino? Se me ha preguntado de qué escuela provengo y yo he respondido: “De la Escuela de Dios”. Así es Israel. Yo he venido a traerte a esta escuela santa e inmutable. Quien quiera conocer la Luz, la Verdad, la Vida. Quien quiera volver a oír la Voz de Dios que habla a su pueblo, que venga a Mí. Como habéis seguido a Moisés a través del desierto, ¡Oh, vosotros de Israel! Seguidme a Mí que os llevaré a través de un desierto más desolado al encuentro de la Verdadera Tierra Prometida. Por el mar abierto de los Mandamientos de Dios, os llevaré a ella y levantando mi señal, os curaré de cualquier mal.

Ha llegado la Hora de la Gracia. Los Patriarcas murieron esperándola, la predijeron los Profetas y fallecieron con esta esperanza. Los justos soñaron con ella y murieron confortados con este sueño. Ha llegado la Hora.

¡Venid! El Señor está por juzgar a su Pueblo y para hacer misericordia a sus siervos. Así como lo prometió por boca de Moisés.

El largo discurso termina y la gente agolpada alrededor de Jesús, lo ha escuchado con la boca abierta. Después comenta las palabras del nuevo Rabí. Y van y vienen preguntas.

En un nutrido grupo de fariseos, sacerdotes y Doctores de la Ley; que están tan estupefactos, que se han quedado paralizados al igual que todos los que presencian la insólita escena…Está el escriba Sadoc y sus discípulos.

Y entre sus asombrados oyentes, hay uno que se pregunta a sí mismo:

–           ¿Acaso es el Mesías?

Y su corazón palpita con violencia ante el pensamiento que cruza como un relámpago:

–           ¡Sí! ¡Es el Mesías! Sólo el Mesías sería capaz de hablar así a los poderosos de Israel. ¡El Rey prometido ha llegado!

Y un frenético anhelo de seguirlo y conseguir ser su discípulo, se agiganta dentro de sí y lo domina por completo. Y jala a su compañero de una manga y lo arrastra consigo.

Mientras tanto, Jesús se dirige al Patio de los Israelitas, seguido por sus amigos.

Tres días después…

Jesús llega con sus seis discípulos a una casita que está en la orilla de la ciudad, entre la campiña y los olivos, bañada por la luz del atardecer.

Un anciano campesino, propietario del olivar, que es conocido de Juan, le dice:

–           Juan, hay dos hombres que esperan a tu amigo.

Juan inquiere:

–           ¿Dónde están? ¿Quiénes son?

–                      Están esperando en la cocina y… y… en el fondo del huerto, hay otro que es todo llagas. Hice que se quedara allí, porque…mucho me temo de que esté leproso. Dice que quiere ver al profeta que habló en el Templo.

Jesús dice:

–                      Vamos primero con éste. Diles a los otros que si quieren venir, que vengan. Hablaré con ellos en el Olivar.

Y avanza al lugar que señaló el anciano.

Pedro pregunta:

–           ¿Y nosotros que hacemos?

–           Venid si queréis.

Un hombre todo embozado está pegado a la barda que sirve de apoyo a una zanja, la más cercana al sembradío. Cuando ve que Jesús se acerca, grita:

–           ¡Atrás! ¡Atrás! –Descubre su tronco, dejando caer el vestido y gritando- ¡Piedad! ¡Piedad!

Si la cara está cubierta de costras, el tronco es un entretejido de llagas. Unas, son hoyos profundos. Otras parecen quemaduras de color rojo. Y otras más, blanquizcas y transparentes como si tuvieran un vidrio blanco.

Jesús lo mira con infinita compasión:

–                     ¡Eres leproso! ¿Para qué me quieres?

El hombre suplica:

–                     ¡No me maldigas! ¡No me tires piedras! Me han contado que la otra tarde te manifestaste como Voz de Dios y Portador de su Gracia. Me han dicho que Tú has afirmado que al levantar tu Señal, sanas cualquier enfermedad. Por favor, ¡Levántala sobre mí! ¡Vengo de los sepulcros… desde allá! Me he arrastrado como una serpiente entre los espinos del riachuelo para llegar sin ser visto. He esperado el atardecer para hacerlo, porque en la penumbra no se distingue lo que soy. Me he atrevido. Encontré al buen amo de la casa que no me mató y sólo me dijo: “Espera junto a la barda” Por favor te lo pido, ten piedad Tú también.

Los seis discípulos, el dueño del lugar y los dos desconocidos, se quedan paralizados y muestran claramente su repudio.

Jesús empieza a caminar para acercarse al enfermo.

Y el leproso, grita:

–           ¡No! ¡Alto! ¡No más adelante! ¡No más!… ¡Estoy infectado!

Pero Jesús avanza. Lo mira con tanta piedad que el hombre se pone a llorar y se arrodilla con la cara casi sobre el suelo y solloza:

–           ¡Tu Señal! ¡Tú Señal!

Jesús sonríe lleno de majestad y dice:

–           Será levantada a su Hora. Pero Yo te digo: ¡Levántate! ¡Cúrate! ¡Lo quiero! Y sé para Mí, testigo en esta ciudad que debe conocerme. ¡Levántate, te lo mando! Y no peques más en gratitud a Dios.

El hombre se levanta poco a poco; parece emerger de la alta hierba, como de un sudario, en una tumba…

¡Y está curado!

Grita:

–           ¡Estoy limpio! ¡Oh! ¿Qué debo hacer yo ahora por Ti?

–           Obedecer la Ley. Ve al sacerdote. Sé bueno en el porvenir. ¡Ve!

El hombre trata de arrojarse a los pies de Jesús; pero se acuerda de que todavía está impuro según la Ley y se detiene. Entonces se besa la mano y envía con ella un beso a Jesús, llorando de alegría.

Los otros están petrificados. Jesús le sonríe al curado y lo bendice. Le vuelve la espalda y regresa con los demás.

Su maravillosa sonrisa los hace volver en sí al decirles:

–           Amigos, era solamente una lepra de la carne. Pero vosotros veréis caer la lepra de los corazones. –Volviéndose hacia los dos desconocidos, pregunta- ¿Sois vosotros los que me buscabais? Aquí estoy. ¿Quiénes sois?

El más alto le dice:

–           Te oímos la otra tarde en el Templo. Te buscamos por la ciudad. Uno que dijo ser pariente tuyo, nos dijo que estabas aquí.

Jesús pregunta:

–           ¿Por qué me buscáis?

–           Para seguirte si quieres. Porque has dicho palabras de verdad.

–           ¿Seguirme? ¿Pero sabéis a donde debo ir?

–           No Maestro. Pero ciertamente que a la gloria.

–           Sí. Pero no a una gloria de la tierra; sino a la que tiene su asiento en el Cielo y que se conquista con la virtud y los sacrificios. ¿Por qué queréis seguirme?

–           Para tener parte en tu gloria.

–           ¿Según el Cielo?

–           Sí. Según el Cielo.

–           No todos pueden llegar; porque Mammón asecha a los que desean el Cielo, más que a todos los demás. Y sólo el que sabe querer con todas sus fuerzas, resiste. ¿Por qué seguirme, si seguirme significa una lucha contra el Enemigo que es Satanás?

–           Porque así lo quiere nuestro corazón que ha quedado conquistado por Ti. Tú eres Santo y Poderoso. Queremos ser tus amigos.

Jesús exclama:

–           ¡Amigos! –calla un rato y suspira.

Luego mira fijamente al que siempre ha estado hablando.

Es un judío joven, elegantemente vestido y que ahora ha dejado caer el capucho de su manto hacia atrás, descubriendo su cabeza rapada.

Y Jesús le pregunta:

–           ¿Quién eres tú, que hablas mejor que uno del pueblo?

–           Soy Judas de Simón. Soy de Keriot, pero estoy en el Templo. Soy sacerdote y fariseo. Hijo de Simón, sacerdote fariseo de la treceava de las veinticuatro castas sacerdotales. Soy de la tribu de Leví. Espero y sueño con el Rey de los Judíos. Te he visto que eres Rey en la Palabra y en el gesto. Tómame contigo.

–           ¿Tomarte?… ¿Ahora?… ¿Inmediatamente?… ¡No!

El ‘NO’ de Jesús es rotundo y cortante. Los apóstoles lo miran sorprendidos ante una actitud insólita  y que generalmente es  dulce y amorosa de su Maestro…

Judas pregunta extrañado:

–           ¿Por qué Maestro?

–           Porque es mejor pesarse a sí mismo, antes de emprender un camino muy pendiente.

–           ¿No te fías de mi sinceridad?

–           ¡Tú lo has dicho! Creo en tu impulso, pero no creo en tu constancia. Piénsalo bien, Judas. Por ahora me voy, pero regresaré para Pentecostés. Si estás en el Templo podrás verme. ¡Pésate a ti mismo!… –se vuelve hacia el otro desconocido- Y tú ¿Quién eres?

el hombre contesta un poco turbado:

–           Otro que te vio. Querría estar contigo. Pero ahora siento miedo.

Jesús contesta con firmeza y dulzura:

–           ¡No! La presunción es ruina. El temor puede ser obstáculo, pero si procede de la humildad, es ayuda. No tengas miedo. También tú piénsalo y cuando regrese…

–           Maestro, ¡Eres tan Santo! Tengo miedo de no ser digno. No de otra cosa. Porque de mi amor no recelo.

–           ¿Cómo te llamas?

–           Tomás. Y de sobrenombre, Dídimo.

–           Recordaré tu nombre. Vete en paz.

Jesús los despide y entra en la casa con los seis discípulos.

Juan pregunta:

–           ¿Por qué has hecho tanta diferencia entre los dos, Maestro? Ambos tenían el mismo impulso.

Jesús contesta:

–           Amigo. Aunque el impulso sea el mismo, éste puede tener diferentes orígenes y producir diversos efectos. Ciertamente los dos tienen el mismo impulso. Pero no son iguales en el fin. El que parece menos perfecto lo es más, porque no tiene el acicate de la gloria humana. Me ama porque… me ama.

Pedro interviene:

–           Nosotros hemos dejado todo por Ti.

–           Lo sé Pedro. Por eso os amo más. Pero también vendrá Judas.

–           ¿Quién?… ¿Judas de Keriot?… ¡Ese!… ¡No me agrada! Es un elegante y apuesto señorito, pero… prefiero… ¡Me prefiero a mí mismo!

Todos lanzan una carcajada, con la salida de Pedro. Éste aclara:

–           No hay porqué reírse. Quise decir que prefiero ser un Galileo franco, burdo, ignorante, pescador; pero sin malicia… él tiene…no sé… ¡Ea! El Maestro entiende lo que yo pienso.

Jesús dice:

–           Sí entiendo. Pero no hay que juzgar. Tenemos necesidad de…

Lo interrumpen unos golpes que tocan a la puerta. Cuando la abren, Tomás entra y se arroja a los pies de Jesús.

Y le suplica:

–           Maestro… no puedo esperar hasta tu regreso. Déjame contigo. Estoy lleno de defectos; pero tengo un amor único, grande y verdadero que es mi tesoro. Es tuyo y es para Ti… ¡Por favor deja que me quede Maestro!

Jesús le pone la mano en la cabeza y dice:

–          Quédate, Dídimo. Ven conmigo. Bienaventurados los que son sinceros y tenaces en el querer. Vosotros sois benditos. Para Mí sois más que parientes; porque sois hijos y hermanos, no según la sangre que perece; sino conforme al querer de Dios y al querer vuestro espiritual. Ahora declaro que no tengo ningún pariente más cercano a Mí, que el que hace la Voluntad de mi Padre y quiere el bien. Levántate amigo. ¿Ya cenaste?

Tomás contesta:

–           No, Maestro. Caminé unos cuantos metros con el otro que vino conmigo. Después lo dejé y me regresé diciéndole que quería hablar con el leproso curado… Lo dije porque pensé que él desdeñaría acercarse a un impuro y no me equivoqué. Pero yo te buscaba a Ti; no al leproso…Quería pedirte que me aceptaras.

–           ¿Vives lejos?

–           Estoy alojado cerca de la Puerta Oriental.

–           ¿Estás solo?

–           Estaba con parientes. Pero te oí en el Templo y me quedé para buscarte.

Jesús sonríe y dice:

–           ¿Entonces nadie te espera?

Tomás contesta muy feliz:

–           No, Maestro.

–           Siéntate, Tomás y come con nosotros. Somos pobres y la cena la compartiremos con amor.

Después de que terminan de cenar, Jesús le pregunta:

–           Tomás, ¿Estarías dispuesto a hacerme un favor?

–           Ordena, Maestro. Estoy para servirte.

–           Mañana al rayar el alba, el leproso saldrá de los sepulcros, para buscar quién le avise al sacerdote. Es caridad que tú vayas antes a ese lugar y digas en voz alta: “Tú que ayer fuiste curado, ven fuera. Me manda Jesús de Nazareth, el Mesías de Israel. El que te sanó.” Con esto harás que el mundo de los muertos vivientes conozca mi Nombre y arda de esperanza. Y que a la esperanza se una la fe para que lo cure. Después, él vendrá a ti. Harás lo que te diga que tienes que hacer. Y lo ayudarás en todo como si fuese tu hermano. Le dirás también: “Cuando hayamos cumplido con tu purificación, el Maestro te espera en el camino a Jericó; junto al río. Para decirnos en qué debemos servirlo.”

–           ¡Así lo haré! ¿Y el otro?

–           ¿Quién?… ¿Iscariote?

–           Sí, Maestro.

–           Para él persiste mi consejo. Déjalo que decida por sí mismo. Y por largo, muy largo tiempo; evita aún el encontrarlo. En cuanto al leproso, déjame decirte como es; para que nadie trate de engañarte. Es alto, delgado, de piel oscura, como de sangre mezclada. Ojos profundos y muy negros, bajo unas cejas blancas. Cabellos blancos y encrespados. Nariz larga y labios gruesos. En la frente tiene una cicatriz antigua que le ha quedado.

Felipe comenta:

–           Entonces es un viejo, si está todo blanco.

Jesús refuta:

–           No Felipe. Sólo es un poco mayor que yo. La lepra lo hizo canoso. Oremos…

Jesús se levanta y da gracias al Padre. Luego todos se retiran a descansar.

 HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

57.- EL QUE ESTÁ DESTINADO A LA CARCEL…


Al separarse de César, Petronio ordenó que lo condujesen a su casa de las Carenas, la cual, rodeada por jardines que ocupan una extensión enorme, había escapado de ser arrasada por el fuego. Por esta causa, otros augustanos que perdieron sus propiedades y dentro de ellas considerables riquezas y numerosas obras de arte, alaban la buena suerte de Petronio.

Él había sido considerado un hijo predilecto de la fortuna, mientras gozó del favor del César. Pero eso ya se había terminado…

Dentro de su litera, reflexiona con ironía:

–           ¡Por Zeus! ¡Y pensar que tuve en mis manos él haber sido prefecto en lugar de Tigelino! Lo hubiera entregado como incendiario al populacho, brindando protección al inocente. Hubiera reconstruido Roma… Yo debí haber asumido ese puesto. Y si la tarea hubiera sido abrumadora, me quedaba el recurso de transferir a Marco Aurelio el mando; a lo cual Nerón ni siquiera se hubiera opuesto. Y aunque mi sobrino hubiese bautizado a todo el imperio, incluido el mismo César ¿En qué me habría perjudicado? Nerón piadoso y lleno de virtud. ¡Oh! Ese sí que hubiera sido todo un espectáculo… -y comenzó a reír ante esa perspectiva. Luego  agregó con amarga decisión- él ‘hubiera’ no existe. El momento pasó y no lo hice. En este mundo hay cosas bellas, pero la mayor parte de los hombres son tan viles, que la vida no merece apenarse por ella. Quién ha sabido vivir, debe saber morir. Aun perteneciendo a la corte, he sido más independiente de lo que yo mismo esperaba.

Todos pensarán que estoy temblando de miedo, pero no es así. Sabía que este momento tarde o temprano llegaría. La muerte piensa en nosotros, sin necesidad de que le ayudemos. Sería una maravilla que en realidad existan los Campos Elíseos y en ellos se pasearan las sombras de los humanos. Aurora y yo estaríamos juntos y vagaríamos por el Prado de Asfódelos. Tal vez en aquella sociedad, todos serían más decentes. ¡Estoy harto de todos estos bufones y charlatanes de los que me he rodeado hasta hoy!

Y observó con asombro, la enorme distancia que en su interior mantiene con todas aquellas gentes a las que ha conocido y valorado oportunamente y a las que desprecia más que nunca. Meditó en su situación personal y comprendió que su ruina es definitiva, aunque no tan inmediata.

Nerón había pronunciado unas cuantas y muy selectas frases acerca de la amistad y la clemencia, para disfrazar ¿Qué?…

–           Jugará conmigo como el gato con el ratón, antes de engullírselo. Tendrá que buscar pretextos. Y mientras los encuentra, bien puede pasar mucho tiempo. Ahora lo importante, es que celebrará con cristianos los próximos juegos. Y solo después de que éstos se hayan terminado, pensará en mí. Y siendo así, no tengo porqué tomarme ninguna molestia. No voy a hacer un solo cambio en mi sistema de  vida. Un peligro más inmediato es el que amenaza la vida de Marco Aurelio. ¡Tengo que salvarlo de alguna manera!

Ordenó a los cuatro fornidos bitinios que aceleren el paso y su litera avanzó con premura  a través de los escombros, piedras y montones de cenizas, de que está lleno el barrio de las Carenas, hasta llegar a su palacio particular.

Al entrar, el mayordomo le avisa que Marco Aurelio le espera en la biblioteca. Rápido se dirigió hacia allí y sus primeras palabras a su sobrino fueron:

–           ¿Has visto hoy a Alexandra?

–           Sí. En la mañana la dejé en la casa de Calixto el cantero. He venido a despedirme. Hoy nos vamos a Sicilia.

–           ¡Magnífico! ¡Es una excelente noticia! ¡Bien! Escucha lo que voy a decirte y no pierdas tiempo en hacer preguntas. Esta mañana se ha resuelto en casa del César, culpar a los cristianos del incendio de Roma. Les amenazan la persecución, las torturas y el exterminio. Y éstas pueden empezar hoy mismo. Toma a Alexandra y huyan inmediatamente. Pasa los Alpes y llega hasta África si es posible. Y apresúrate, porque el Transtíber está más cerca del Palatino que esta casa.

Marco Aurelio es demasiado soldado para perder el tiempo en averiguaciones inútiles. Escuchó a Petronio, frunció el entrecejo y se dibujó en su rostro una expresión anhelante, terrible y luego impávida. Su primer impulso ante el peligro, es defenderse y dar batalla, pero…

–           Voy. –se limitó a decir.

–           Una cosa más. Lleva una bolsa de oro, armas y un puñado de tus cristianos. ¡Y en caso necesario, arrebata a Alexandra de manos de tus enemigos!

Marco Aurelio se encuentra ya en la puerta del atrium,  cuando Petronio exclamó:

–           ¡Espera! ¡Dionisio, vete con él! –Ordenó al esclavo portero-Te acompañará para que me mandes con él las noticias pertinentes.

Al quedar solo, Petronio empezó a pasearse entre las columnas del atrium y la extensa galería que va hasta el jardín del fondo, con las manos entrelazadas en la espalda y su concentrada expresión pensativa. Nadie se atrevió a molestarlo.

Está muy preocupado y tiene la esperanza de que nadie en el Palatino sepa en donde encontrar a Marco Aurelio y a Alexandra. Tal y como están las cosas, espera que ellos se pongan a salvo antes de que lleguen los pretorianos. Pues sabe que Tigelino es como un león voraz y su crueldad debe haber extendido sus redes por toda la ciudad, para cazar el mayor número posible de cristianos.

–           Aun cuando manden una decuria en busca de Alexandra, ese gigante parto les romperá los huesos. Ojala  Marco Aurelio llegue a tiempo.

Y esta idea le tranquilizó. Pues lo desea con ferviente anhelo y es su última esperanza.

Es verdad que resistir a los pretorianos es casi lo mismo que declararle la guerra al César. Petronio también sabe que sustraer a Marco Aurelio a la venganza de Nerón, le reportará que esa venganza caiga sobre su propia cabeza. Más es lo que menos le importa. Al contrario, le complace la idea de trastornar los planes de Nerón y de Tigelino.

Y resolvió no omitir en esta empresa, ni hombres, ni recursos. Puesto que en Anzio  los amigos de Marco Aurelio habían convertido a la mayor parte de sus esclavos, sabe que al empeñarse en la defensa de los cristianos, puede contar con el celo y la abnegación de todos ellos.

La llegada de Aurora, interrumpe el curso de sus meditaciones y al verla se desvanecieron inmediatamente todas sus preocupaciones.

Olvidó al César, la desgracia en la que ha caído, la degradación de los augustanos, la persecución que amenaza a los confesores de Cristo. Y olvidó también a Marco Aurelio y a Alexandra, para concentrar su pensamiento solo en Aurora, a quién mira con ojos de verdadero enamorado y amante. Deleitándose con su hermosura perfecta y llena de gracia. Está ataviada con un vestido de gasa transparente que deja traslucir las formas de todo su cuerpo y está bella como una diosa.

Radiante y sonriente, sintiéndose admirada y deseada por Petronio, amándole a su vez con todo su ser y anhelando siempre sus caricias. Al estar frente a él, se cubrió de rubor su bello rostro, cual si en realidad fuera una inocente virgen.

Petronio extendió los brazos en una muda invitación y preguntó:

–           ¿Qué sucede, carísima?

Aurora inclinó su áurea cabeza y contestó:

–           Artemio ha venido con sus coristas y pregunta si deseas oírle.

–           Que espere. Nos cantarán durante la comida el himno a Apolo. ¡Por Zeus! Cuando te veo frente a mí, me parece tener delante a Venus Afrodita, velada por un cendal etéreo.

–           ¡Oh,  mi amado señor!

–           Ven aquí, Aurora. Estréchame en tus brazos y bésame. ¿Me amas?

–           Tanto como no lo podéis imaginar.

Y oprimiendo con los suyos los labios de Petronio, en un apasionado beso; se estrechó entre sus brazos temblando de felicidad.

Después de deleitarse mutuamente, gozándose en su amor por un largo rato, Petronio dijo:

–           ¿Y si fuera necesario que nos separásemos?

Aurora se alarmó, se estremeció y preguntó:

–           Señor. ¿Qué dices?

–           Nada temas. Te hago esta pregunta, porque es posible que deba emprender un largo, muy largo viaje…

–           Llévame contigo a donde sea. No me importa. Yo no puedo vivir sin ti. Así fuese hasta la misma muerte, ¡Por favor te lo suplico, señor! ¡No me separes nunca de ti! ¡Qué me importa nada en la vida si no te tengo!…

La siempre tímida Aurora ha dicho todo esto con un tono tan apasionado… que Petronio, asombrado y conmovido, cambia rápidamente de tema y dice:

–           Dime ¿Hay asfódelos en los prados del jardín?

–           Los cipreses y el pasto, se pusieron amarillos por el fuego. Los mirtos se han deshojado y todo el jardín parece como si hubiera muerto.

–           Roma entera está así. Y pronto se convertirá en un cementerio… ¿Sabes que Nerón ha promulgado un Edicto contra los cristianos y ya comenzó la Persecución?

–           ¿Por qué castigar a los cristianos, señor? Son buenos y pacíficos.

–           Por esa misma razón. Quieren exterminarlos…

–           Vámonos al mar. Tus hermosos ojos no gustan del espectáculo de la sangre.

–           Así es. Pero mientras es necesario reconfortarme. Ven conmigo. Me daré un baño con agua de rosas y me ungirás. Y luego, después de… (Hace un gesto pícaro y tierno.)¡Nos tomaremos un refrigerio porque tendremos mucha sed! ¡Por Venus! ¡Nunca me has parecido más hermosa! Voy a ordenar que hagan para ti, un baño en forma de concha. Tú en ella te verás como una preciosísima perla. ¡Ven diosa mía de cabellos de oro!…

Dos horas después ambos amantes, coronados de rosas y con los ojos nublados por el placer, descansan en el triclinium, gozando de deliciosas viandas y exquisitos licores, servidos en la más preciosa vajilla que el arte puede ofrecer. Escuchan el himno a Apolo  cantado al son de las arpas y los coros de Artemio.

Ellos son felices, disfrutando del amor, de la vida y sus deleites. Pero antes de que termine el himno, Héctor el mayordomo, entró en el triclinium…

Su voz está temblorosa por la alarma al anunciar:

–           Amo, un centurión con un destacamento de pretorianos, está esperando en la puerta y por orden del César desea verte.

Al punto se suspendieron el canto y los sones de los laúdes. Y el temor se apoderó de todos los presentes, porque el César para sus comunicaciones con personas amigas, no acostumbra servirse de los pretorianos. Y la presencia de ellos no augura nada bueno. Petronio es el único que no demuestra ninguna emoción…

Pero con el tono desdeñoso de un hombre al que fastidian visitas inoportunas, dijo:

–           Bien podrían dejarme comer en paz. Tráelo aquí.

Héctor desapareció detrás de la cortina y un momento después se oyeron los pesados pasos militares. Y se presentó Marcelo, centurión a quién Petronio conoce.

El militar lo saludó:

–           Salve, noble señor. Te traigo una carta del César.

Petronio extendió su blanca mano, la tomó y la leyó. Luego la pasó a Aurora con ademán tranquilo diciendo:

–           Esta noche se propone dar lectura a un nuevo libro de su troyada  y me invita a que lo escuche.

El centurión dice:

–           Solo he recibido la orden de entregarte la carta.

Petronio sonríe y confirma:

–           Sí. No hay respuesta. Pero Marcelo, bien puedes descansar un momento en nuestra compañía y escanciar una copa de vino.

–           Gracias te doy, noble señor. Una copa de vino beberé gustoso a tu salud. Pero descansar no me es posible, porque estoy de servicio.

–           ¿Por qué te dieron la carta a ti y no me la enviaron con un esclavo?

–           No lo sé, señor. Tal vez porque yo debía venir en esta dirección en desempeño de otro encargo.

–           Lo imagino… Contra los cristianos. ¿No es así?

–           Así es, señor.

–           ¿Desde cuándo empezó la persecución?

–           Antes del mediodía fueron enviados algunos destacamentos al Transtíber.

Y dicho esto, el centurión bebió un poco de vino en honor de Marte, luego bebió el resto, hasta vaciar la copa y dijo:

–           Que los dioses te concedan cuanto deseas, señor.

–           Llévate la copa en recuerdo mío. –dijo Petronio.

Luego hizo un ademán a Artemio para que siguiera la música.

El soldado hizo un saludo militar y se retiró admirando el precioso obsequio.

Se vuelven a escuchar los acordes de las arpas y Petronio piensa:

–           Barba de Bronce empieza a jugar conmigo y con Marco Aurelio. ¡Adivino su plan! Ha querido aterrorizarme enviándome su carta por medio de un centurión. Le preguntarán a éste luego, como la recibí ¡No! ¡No! ¡No te divertirás gran cosa, cruel y perverso poeta! ¡Sé que no olvidarás la injuria! Sé que mi destrucción se aproxima. Pero si crees que voy a mirarte con ojos temerosos y suplicantes, ¡Te equivocas! Si piensas que vas a leer el terror en mi semblante, ¡Buen chasco te vas a llevar!

La voz de Aurora interrumpe su monólogo interior, al preguntarle con preocupación:

–           El César te ha invitado, señor. ¿Irás?

–           Mi salud está muy buena y hasta puedo escuchar sus versos. Con mayor razón debo ir, puesto que Marco Aurelio no puede.

Y efectivamente, terminada la comida y el paseo habitual, se arregló. Una hora después, hermoso como un dios, se hizo conducir al Palatino.

Ya es tarde. La noche está tranquila y tibia. La luna brilla en su esplendorosa claridad. En las calles y entre las ruinas, pululan numerosos grupos de personas, ebrios por el vino y cubiertos de guirnaldas. Llevando en sus manos ramos de mirto y laurel, tomados de los jardines del César.

La abundancia de trigo y la proximidad de los grandes juegos, regocija los corazones de todos. Gritos, danzas y alegría, exteriorizados a la luz de la luna.

Los esclavos se ven en la necesidad de gritar:

–           Abran paso a la litera del noble Petronio.

Y entonces los grupos se apartan, aclamando a su vez y aplaudiendo al favorito popular. Mientras tanto Petronio va dentro de su litera pensando en Marco Aurelio y extrañado por no haber tenido noticias de él.

Petronio es epicúreo y egoísta, pero desde su viaje a Anzio  y su contacto con los cristianos; así como sus breves conversaciones con el obispo Acacio, sin que él mismo se diera cuenta, ha ocurrido en él, un cambio fundamental. Ahora se preocupa por otras personas.

Marco Aurelio es su sobrino preferido, porque desde su niñez amó mucho a su hermano, el padre del joven tribuno. Se ha involucrado tanto en su vida y en sus asuntos, que ahora lo ve como si fuera su propio hijo y su interés es parte de una gran tragedia. Espera con todo su corazón que Marco Aurelio se haya adelantado a los pretorianos y alcanzaran a huir.

Hubiese deseado tener toda la certidumbre de esto, para saber qué contestar a las preguntas que puedan presentarse y para las cuales le hubiese gustado estar preparado.

Llegó por fin al Palatino y se bajó de la litera. Cuando llegó al atrium, éste estaba lleno de augustanos. Los amigos de la víspera se sorprendieron al verlo y comprendieron que también él había recibido invitación.

Se hicieron a un lado y Petronio pasó por en medio de ellos, hermoso, despreocupado y sonriente. Tan lleno de confianza y seguridad en sí mismo como si en sus manos estuviese el distribuir favores a su alrededor.

Algunos al verlo así, se sintieron alarmados en su interior, temiendo haberle manifestado indiferencia demasiado pronto.

El César fingió no verlo y no contestó su saludo aparentando estar muy concentrado en una conversación…

Pero Tigelino se le acercó y dijo:

–           Buenas noches, Arbiter Elegantiarum. ¿Todavía persistes en afirmar que no fueron los cristianos quienes incendiaron Roma?

Petronio se encogió de hombros y golpeando ligeramente con su bastoncillo a Tigelino en la espalda, recordándole su condición de liberto, le dijo:

–           Tú sabes tan bien como yo, qué pensar sobre ese punto.

Tigelino entrecerró los ojos y dijo:

–           Y no me atrevo a competir contigo en sabiduría.

–           Haces muy bien. Porque si de tal competencia fueras capaz, cuando el César nos lea de nuevo su libro en la Troyada, tal vez puedas rebuznar una opinión que no sea como tú, necia y obtusa.

Tigelino se mordió los labios…

Ciertamente no le había gustado para nada la idea del César, de leer aquella noche un nuevo poema de su libro, porque eso le obliga a entrar en un terreno donde le es imposible rivalizar con Petronio.

Y durante la lectura, Nerón acostumbrado por el hábito, volvió constantemente sus ojos hacia Petronio; para observar la impresión que le causan los versos que va leyendo, buscando inconscientemente su aprobación.

Petronio escucha, alza las cejas, asiente en ocasiones y en otras concentra su atención, como para asegurarse de no perder ni una sílaba. Luego alaba, critica, propone correcciones o insinúa que se dé mayor énfasis a algunos versos.

El mismo Nerón comprende que las exageradas adulaciones de los demás, no significan para ellos más que la conservación de sus propias personas y que solo Petronio es lo bastante auténtico para ocuparse de la poesía, por la poesía misma. Que solamente él le comprende y que si la elogia, es porque sus versos merecen ser elogiados. Y sin darse cuenta, gradualmente se ve enfrascado en una discusión con él. Discusión que por momentos reviste carácter de disputa.

Y cuando Petronio le manifestó sus dudas, acerca de la propiedad de cierta expresión, el César dijo:

–           Ya verás en el último libro, porqué la he usado.

Petronio pensó:

–           ¡Ah! Esto significa que viviremos hasta que termine el último libro.

Y más de alguno de los presentes al escuchar aquella observación, se dijo en su interior:

–           ¡Ay de mí si Petronio llega a disponer del tiempo suficiente! Es capaz de recuperar el favor del César y derribar aún al mismo Tigelino.

Y empezaron a acercársele nuevamente…

Pero el fin de la velada fue menos afortunado para el escritor.

Porque el César en el momento en que Petronio se despidió, le preguntó de súbito guiñando los ojos y con expresión a la vez festiva y maliciosa en su semblante:

–           ¿Por qué no te acompañó Marco Aurelio?

Si Petronio hubiera estado seguro de que Marco Aurelio y Alexandra estaban a salvo y lejos de la ciudad, él hubiera respondido: ‘De acuerdo al permiso que le otorgaste, se ha casado y se ha ido de viaje’ Pero notando la extraña sonrisa de Nerón, contestó:

–           Tu invitación divinidad, no le encontró en casa.

Nerón dijo con una velada ironía:

–           Di a Marco Aurelio que me será grato verle. Y agrégale de mi parte que no falte a los juegos en que aparecerán los cristianos.

Estas palabras alarmaron a Petronio y más el tono con el que fueron dichas… Pero haciendo uso de su ejercitado autodominio, inclinó la cabeza y dijo:

–           Se lo diré. Y allí estaremos los dos.

Así pues, cuando llegó a su litera, ordenó que lo llevasen a su casa con la mayor rapidez posible. Extrañamente, en las calles parece haber más gente que cuando fue al Palatino.

Las turbas están ahora presas de una gran excitación y se oyen a la distancia unos gritos que de momento Petronio no comprende, pero que van creciendo y generalizándose hasta convertirse en un solo alarido salvaje. Y lo deja helado y paralizado al oírlo cercano y repetitivo:

–           ¡Los cristianos a los leones!

Las ricas literas de los cortesanos van circulando entre la rugiente plebe.

Sin poder evitarlo, Petronio exclama con enojo y desprecio:

–           ¡Vil manada de fieras! ¡Asco de sociedad! ¡Pueblo digno de tu César! Roma gobierna al mundo y al mismo tiempo es la lepra del mundo…

Petronio comprende que solamente los cristianos traen consigo bases nuevas y prodigiosas para la vida. Pero… piensa con tristeza que con el exterminio del edicto de Nerón, pronto no quedará ni rastro de los confesores de Cristo y ¿Qué sucederá entonces?

La llegada a su casa interrumpió sus cavilaciones y la puerta fue abierta al punto por el vigilante guardián.

Petronio le preguntó:

–           ¿Ya regresó el noble Marco Aurelio?

Dionisio le contestó:

–           Sí amo. Hace unos momentos.

Petronio pensó:

–           Entonces no la salvó. – y corrió hacia el atrium.

Marco Aurelio está sentado en un escabel.

Tiene la cabeza entre las manos, inclinada hasta las rodillas. Pero al escuchar el ruido de pasos, alzó su rostro demudado en el cual sus ojos muestran un brillo febril.

Petronio preguntó:

–           ¿Llegaste tarde?

Marco Aurelio contestó desolado:

–           Sí. Antes del mediodía la capturaron.

Hubo un largo silencio… Luego, el augustano le volvió apreguntar:

–           ¿La has visto?

–           Sí.

–           ¿En dónde está?

–           En la cárcel Mamertina.

Petronio se estremeció y miró interrogante a Marco Aurelio…

Éste comprendió y dijo:

–           No. No la han arrojado al Tullianum (calabozo que hizo construir Servio Tulio y que está en el sótano, con solo una pequeña abertura hacia el techo), ni tampoco  a la prisión del centro. He pagado al guardia para que le dé su propio aposento. Bernabé está en el umbral de la puerta, con la orden de custodiarla.

–           ¿Y por qué Bernabé no la defendió?

–           La arrestaron con cincuenta pretorianos y además, Lino se lo prohibió.

–           ¿Qué vas a hacer?

–           Salvarla o morir con ella. Yo también soy cristiano.

Marco Aurelio habla con calma, pero hay en su voz un dolor lacerante y Petronio siente en el pecho un estremecimiento de compasión.

–           Comprendo. Pero ¿Cómo esperas salvarla?

–           He pagado gruesas sumas a los guardias. Primero para que la defiendan de cualquier ultraje y también para que no impidan su fuga.

–           ¿Y cuándo se va a verificar ésta?

–           Me dijeron que no me la pueden entregar inmediatamente, por miedo a la responsabilidad. Pero cuando la cárcel se encuentre llena y se vuelva confusa la cuenta de los presos, la entregarán. ¡Pero ése es un recurso desesperado! ¡Sálvala tú y sálvame!… Tú eres amigo del César. Él mismo me la dio… ¡Ve a su casa y sálvanos!

Petronio en lugar de contestar, llama a un esclavo y ordena que traigan dos mantos oscuros y dos espadas.

Y volviéndose a Marco Aurelio, le dice:

–           En el camino te contaré… Ahora ponte ese manto y toma una espada. Vamos a la cárcel. Allí pagaremos a los guardias lo que sea necesario para que nos entreguen a Alexandra inmediatamente. Después será demasiado tarde…

El joven se sorprendió. Pero solo dijo:

–           Vamos.

Cuando estuvieron en la calle, Petronio dijo:

–                      Ahora escúchame. No he querido perder tiempo explicándote antes. Estoy en desgracia desde hoy. Mi propia vida pende de un cabello, por eso no puedo intentar nada con  el César pues en todo lo que intente, Nerón hará exactamente lo contrario de lo que yo le pida… Por eso te aconsejé que huyeras con Alexandra. Además al escapar tú, la cólera del César caerá sobre mi cabeza. En la actualidad estaría más dispuesto contigo y en tu favor, que en el mío. Así que no cuentes con eso en absoluto. ¡Sácala de la prisión y huye con ella, más allá de los confines del imperio si es preciso! No queda ningún otro recurso… Si en esto no tienes éxito, ya pensaremos en otra cosa. Mientras tanto debes saber que Alexandra está en la cárcel no tan solo porque cree en Cristo: la cólera de Popea te persigue a ella y a ti. Ofendiste a la Augusta al rechazar sus requerimientos ¿Recuerdas?…

Popea sabe que la despreciaste por Alexandra a quién aborreció desde la primera vez que la vio. Y aún más, ya había intentado perderla, cuando la acusó de que por maleficios suyos murió la Infanta. Es la mano de Popea la que está detrás de todo esto… Y si no, ¿Cómo explicas que haya sido precisamente Alexandra la primera víctima de la persecución actual? Fueron a arrestarla con media centuria y antes de generalizar las órdenes contra todos los demás cristianos. ¿Quién ha podido señalarla y ubicarla tan rápido? Lo más seguro es que la han espiado desde hace tiempo… Sé que estoy torturándote y destruyendo tu esperanza. Pero te digo esto deliberadamente por si no logras rescatarla, antes de que lleguen a sospechar que éste será tu intento… Porque de ser así, ¡Ambos están irremediablemente perdidos!…

Marco Aurelio murmuró:

–           Sí. Comprendo…

Ya es de madrugada y las calles están desiertas. Pero son interrumpidos por un gladiador borracho que se acerca tambaleante a Petronio. Le pone su mano en el hombro y le lanza al rostro su aliento alcohólico, al gritarle con voz ronca:

–           ¡A los leones con los cristianos!

Petronio lo miró y dijo con voz pausada:

–           Mirmidón. Escucha un buen consejo: sigue tu camino.

El hombre tomó entonces a Petronio del brazo, con la otra mano y dijo:

–           Si no quieres que te rompa el pescuezo, grita conmigo: ¡Los cristianos a los leones!

Pero estos ya eran demasiados gritos para los nervios de Petronio. Desde que salió del Palatino, le han perseguido como una pesadilla y le taladran los oídos. Así pues cuando vio levantado sobre él, el puño del gladiador, se le agotó la paciencia y dijo:

–           Amigo, hueles mucho a vino y me estás estorbando el paso.

Y al decir esto introdujo en el pecho del imprudente, hasta la empuñadura; la espada corta con la que se armara al salir de casa.

El hombre se desplomó sobre sí mismo con un quejido ronco…

Mientras, Petronio enfunda su espada y continúa como si nada hubiese ocurrido:

–           Hoy el César me dijo: ‘Di a Marco Aurelio de mi parte, que no falte a los juegos en los que van a participar los cristianos’ ¿Entiendes lo que significa esto?…  Quieren hacer de tu dolor un espectáculo. Es algo que ya decidieron. Y ese tal vez es el motivo por el cual no estamos tú y yo en prisión. ¡Si no podemos liberarla ahora, ya no sé qué decirte! Pudiera ser que Actea quiera ayudarnos… Pero contra Popea, esto no servirá de gran cosa. Estamos cara a cara frente al César, ¿Te das cuenta?…

De esta manera continúan conversando…  Desde las Carenas hasta el fórum, no hay mucha distancia, así que llegan pronto. Ya es casi el alba y las murallas del castillo empiezan a emerger de entre las sombras.

De repente, al torcer hacia la cárcel Mamertina, Petronio  se detiene en seco y exclama:

–           ¡Pretorianos! ¡Es demasiado tarde!

Y la cárcel está rodeada por una doble fila de soldados. Los primeros destellos de la mañana refulgen en sus yelmos y en la punta de sus jabalinas.

Marco Aurelio palidece y dice:

–           Sigamos.

Y llegan hasta la línea. Dotado de una memoria extraordinaria, Petronio reconoce al jefe de una cohorte de pretorianos y le hace señas para que se acerque. El hombre lo saluda militarmente y Petronio le pregunta:

–           ¿Qué es esto Silvano? ¿Habéis recibido órdenes de vigilar la prisión?

–           Sí, noble Petronio. El prefecto teme que se hagan tentativas para salvar a los incendiarios.

Marco Aurelio preguntó:

–           ¿También tenéis orden para no permitir la entrada?

–           No, señor. Los presos pueden ser visitados por sus conocidos. Porque de esa forma lograremos capturar a un mayor número de cristianos.

–           Entonces déjame entrar.-y estrechando la mano a Petronio, agregó- Ve a ver a Actea. Iré pronto a conocer su respuesta.

Petronio contestó:

–           Sí. En la casa, te esperaré.

Marco Aurelio corrió hacia el interior.

Y en ese momento, debajo de la tierra y a través del aire que rodea las imponentes murallas, se escuchó un cántico. El himno, confuso y velado al principio, fue oyéndose cada vez más fuerte y melodioso. Voces de hombres mujeres y niños, se confunden en un coro armonioso y magistral.

Toda la prisión parece vibrar ante a los ecos de aquel cántico…

Pero no son voces de pesar, ni de desesperación, por el contrario, palpita en ellas, una alegría triunfal. Los soldados se miran atónitos.

Petronio escucha asombrado aquellas estrofas y su oído experto capta una esencia extraordinaria y desconocida a la que parece hacerle un marco perfecto, la maravillosa aurora que deja ver en el firmamento los primeros resplandores matinales oro, rosa y flama que matizan el horizonte, al despuntar el sol.

El patricio se quedó inmóvil al escuchar estos versos:

¡Aleluya!

Amo al señor porque escucha. Mi voz suplicante

Y el clamor de mi Plegaria.

Porque inclinó su oído hacia mí, el día que lo invoco.

Lo invocaré mientras viva.

Cuando me aferraban los lazos de la Muerte

Las redes del sepulcro me envolvieron

Cuando caí en la angustia y la tristeza:

Invoqué el Nombre del Señor:

¡Oh, Jesús salva mi alma!

Tierno y Justo es el Señor

Lleno de compasión nuestro Dios.

Jesús protege a los sencillos.

Yo estaba postrado y me salvó

Alma mía, recobra la calma

Pues el Señor ha sido bueno contigo.

Ha librado mi alma de la muerte

Mis ojos de las lágrimas

Y mis pies de tropezar.

Caminaré en la Presencia del señor

En la tierra que habitan los vivientes.

He tenido Fe, aun cuando dije

¡Qué desdichado soy!

He dicho en mi congoja:

‘Es vano confiar en el hombre’

¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?

Alzaré la copa de la salvación

Invocando el Nombre del Señor:

¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!

Santo y Bendito es el Nombre de Jesús.

Cumpliré mis votos al Señor en presencia de todo su Pueblo.

Es muy penoso para el Señor, ver la muerte de sus fieles.

Yo Señor soy tu siervo

En verdad tu siervo, hijo de tu esclava:

Jesús, Tú rompiste mis cadenas.

Me ofreceré en sacrificio de acción de gracias

E invocaré el Santísimo Nombre de Jesús.

Sí. Cumpliré mis votos al Señor

Y en presencia de todos su Pueblo

En los atrios de la Casa del Señor

En medio de ti, Jerusalén.

¡Aleluya!

Alaben al señor todas las Naciones

Y festéjenlo todos los pueblos

Porque grande es su Amor hacia nosotros

Su fidelidad permanece para siempre.

En Jesús puse toda mi esperanza

Él se inclinó hacia mí

Y escuchó mi clamor,  Jesús

Escuchó mi clamor.

Me sacó de la fosa fatal

Del fango cenagoso

Asentó mis pies sobre la roca

Mis pasos consolidó

Puso en mi boca un canto nuevo

Una alabanza a nuestro Dios

Muchos verán y en Él creerán…

Y en Jesús confiarán.

El canto suave al principio ha ido in crescendo hasta ser una explosión de júbilo triunfante. Luego vuelve a ser suave y muy dulce, para volver a resonar con un triunfo total. Es un himno de gloria absoluto.

Petronio empieza a caminar muy pensativo. Recordando cada verso y su entonación perfecta. Lo más  increíble es que ¡Los cantores están en la prisión, a la espera del martirio!

Esto es demasiado para todo lo que le ha sucedido en los últimos días…

Y el refinado y elegante patricio camina con paso decidido hacia el Palatino, pero nada en su rostro revela el impacto que acaba de recibir…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA