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138 SOBRE EL JURAMENTO


138 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Sigue el discurso de la Montaña.

El mismo lugar, la misma hora, la misma muchedumbre. 

Aunque quizás haya más gente:

Porque hay muchos incluso donde empiezan los senderos que conducen al valle.

El romano no está.

Jesús habla:

–     Uno de los errores que comete fácilmente el hombre es la falta de honestidad, incluso consigo mismo.

Dado que el hombre difícilmente es sincero y honesto, por propia iniciativa se ha puesto un bocado para sentirse obligado a ir por el camino elegido.

Pero he aquí que él mismo, cual indómito caballo, pronto descoloca el bocado, para hacer lo que más cómodo le resultare,

sin pensar en la reprensión que pudiera recibir de Dios, de los hombres o de su propia conciencia.

Este bocado es el juramento.

Pero entre los hombres honestos no es necesario el juramento.

Y Dios, de por sí, no os lo ha enseñado.

Antes al contrario, ha encargado deciros, sin más: “No pronuncies falso testimonio”.

El hombre debería ser franco. No debería tener necesidad de ninguna otra cosa aparte de la fidelidad a su palabra.

El Deuteronomio, a propósito de los votos – incluso de los votos que provienen de un corazón que se supone fundido con Dios por sentimiento de necesidad o gratitud -, dice:

“Debes mantener la palabra salida una vez de tus labios, cumpliendo lo que has prometido al Señor tu Dios, todo lo que de propia voluntad y con tu propia boca has dicho”.

Siempre se habla de palabra dada, sólo de palabra dada, sólo la palabra.

Pues bien, quien siente necesidad de jurar denota que se siente inseguro de sí mismo y del concepto que el prójimo pueda tener de él.

De la misma forma que quien hace jurar testifica su desconfianza acerca de la sinceridad y honestidad de quien jura. 

Así, como podéis ver, esta costumbre del juramento es una consecuencia de la deshonestidad moral del hombre.

Es, además, una vergüenza para el hombre, doble vergüenza porque el hombre no es ni siquiera fiel al juramento, que ya de por sí es cosa vergonzosa.

Y burlándose de Dios con la misma ligereza con que se burla del prójimo, acaba perjurando con pasmosa ligereza y tranquilidad.

¿Podrá haber criatura más abyecta que el perjuro?

¡Éste, usando a menudo una fórmula sagrada, llamando por tanto a ser cómplice y garante a Dios…

O invocando a los seres más amados (el padre, la madre, la esposa, los hijos, los propios difuntos, la propia vida con sus más preciosos órganos…) 

como apoyo de su falso testimonio, induce a su prójimo a creerle, con lo cual le engaña.

Un hombre así es sacrílego, ladrón, traidor, homicida.

¿De quién? Pues de Dios, porque mezcla la Verdad con la infamia de su mentira y malignamente, se burla de Dios.

Y lo desafía diciendo: “Caiga tu mano sobre mí, desmiénteme, si puedes.

estás allí, yo aquí, y me río”.  

¡Ah!, ¡bien! ¡Reíos, reíos, embusteros, vosotros que os burláis!..

Que día llegará en que no reiréis, cuando Aquel en cuyas manos todo poder ha sido depositado aparezca ante vosotros con terrible majestad y sólo con su aspecto os haga temblar.

Bastarán sus miradas para fulminaros, antes de que su Voz os precipite en vuestro destino eterno marcándoos con su maldición.

Un hombre así es un ladrón, porque se apropia de una estima inmerecida.

El prójimo, impresionado por su juramento, le otorga esta estima.

Y la Serpiente se engalana con ella fingiéndose lo que no es.

Es además un traidor, porque con el juramento está prometiendo algo que no tiene intención de mantener.

Es un homicida, porque mata el honor de un semejante, arrebatándole con el juramento falso la estima del prójimo…

O la propia alma, pues el perjuro es un abyecto pecador ante los ojos de Dios, que ven la verdad aunque ningún otro la viera.  

A Dios no se le engaña ni con falsas palabras ni con hipócritas acciones.

Él ve, no pierde de vista, ni por un instante, a cada uno de los seres humanos,

y no existe fortaleza amurallada o profunda bodega donde no pueda penetrar su mirada.

Incluso en vuestro interior – esa propia fortaleza dentro de la que todo hombre tiene su corazón – entra Dios, y os juzga NO por lo que juráis sino por lo que hacéis.

Por ello sustituyo la orden dada a los antiguos:

“No perjures; antes al contrario, mantén tus juramentos”

(cuando el juramento recibió plena vigencia para poner freno a la mentira y a la facilidad de faltar a la palabra dada).

La sustituyo por otra y os digo: “No juréis nunca”.

No juréis por el Cielo, que es trono de Dios, ni por la Tierra, que es escabel para sus pies,

ni por Jerusalén y su Templo, que son ciudad del gran Rey y la Casa del Señor nuestro Dios.

No juréis ni por las tumbas de los difuntos ni por sus espíritus: las tumbas están llenas de restos de lo que en el hombre es inferior y común con los animales;

en cuanto a los espíritus, dejadlos en su morada.   

Si son espíritus de justos, que ya viven en estado de precognición de Dios, no hagáis que sufran y se horroricen. Aunque sea precognición, o sea, conocimiento parcial

(porque hasta el momento de la Redención no poseerán a Dios en su plenitud de esplendor), no pueden no sufrir al veros pecadores.

Si no son justos, no aumentéis su tormento al recordar su pecado por el vuestro. Dejadlos, dejad a los muertos:

a los santos, en la paz; a los no santos, en sus penas. No arrebatéis nada a los primeros, no añadáis nada a los segundos.

¿Por qué apelar a los difuntos? No pueden hablar: los santos, porque su caridad lo impide – deberían desmentiros demasiadas veces–;

los réprobos, porque el Infierno no abre sus puertas, y ellos no abren sus bocas sino para maldecir, y toda voz suya queda sofocada por el odio de Satanás y de los demonios, pues los réprobos son demonios.

No juréis ni por la cabeza del propio padre, ni de vuestra madre o esposa, ni por la cabeza de vuestros inocentes hijos; no tenéis derecho a hacerlo.

¿Son, acaso, moneda o mercancía; firma sobre papel?

Pues son más y menos que esto.  

Son sangre y carne de tu sangre, ¡Oh, hombre!; pero también son criaturas libres. 

Y no puedes usarlas como esclavas para que avalen un testimonio falso tuyo.

Al mismo tiempo, son menos que una firma tuya, porque tú eres inteligente, libre y adulto,

no una persona bajo interdicto o un niño que no sabe lo que hace y que debe ser representado por sus padres.

Tú eres tú: un hombre dotado de razón, por tanto responsable de tus acciones.    

Y debes actuar autónomamente, poniendo como aval de tus acciones y palabras tu honradez y sinceridad, la estima que tú has sabido suscitar en el prójimo;

no la honestidad y sinceridad de los padres o la estima que ellos han sabido suscitar.

¿Los padres son responsables de los hijos? Sí, pero sólo mientras son menores de edad; después, cada uno es responsable de sí mismo.

No siempre nacen justos de justos, o siempre un hombre santo está casado con una mujer santa.

¿Y entonces, por qué usar como base de garantía la justicia del cónyuge?

Del mismo modo, de un pecador pueden nacer hijos santos.

Mientras son inocentes, son todos santos.

¿Y entonces, por qué invocar a una persona pura para un acto vuestro impuro, cual es el juramento que ya con antelación se piensa violar?  

Ni siquiera por vuestra cabeza juréis, ni por vuestros ojos, o la lengua o las manos.

No tenéis derecho a hacerlo.

Todo cuanto tenéis es de Dios; vosotros no sois sino los custodios temporales de ello, administradores de los tesoros morales o materiales que Dios os ha concedido.

¿Por qué hacer uso, entonces, de lo que no os pertenece?

¿Podéis, acaso, añadir un cabello a vuestra cabeza, o cambiar su color?

¿Por qué, si no podéis hacerlo, usáis la vista, la palabra, la libertad de los miembros, para respaldar un juramento?

No desafiéis a Dios; podría cogeros la palabra y secar vuestros ojos como puede secar también vuestros huertos y arboledas. 

O arrancaros los hijos como puede arrebataros la casa, para recordaros que Él es el Señor y vosotros los súbditos.

Y que incurre en maldición aquel que se idolatra hasta el punto de considerarse a sí mismo más que Dios al desafiarlo mi mintiendo.

Decid: “si’> “SÍ”; “no”, “NO”. Nada más.

Si hay más es que os lo ha sugerido el Maligno; y además para reírse de vosotros, pues no podréis retener todo y caeréis, por tanto, en mentira.

Y seréis objeto de las burlas de los demás y conocidos por embusteros.

Sinceridad, hijos, en la palabra y en la Oración.

24.- GAMALIEL SE VUELVE CRISTIANO


Luna creciente

Es una noche apacible, iluminada por la luna en su fase creciente cuyos rayos penetran a través de las ramas de los olivos y donde los ruiseñores cantan sus armoniosos y bellísimos trinos, celebrando al amor.

María está hilando mientras Juan arregla la cocina en la casita del Getsemaní, cuyas paredes han sido recientemente blanqueadas y cuyos enseres de madera, también han sido barnizados.

Juan está terminando de ordenar la cocina y escucha con deleite el canto de los ruiseñores. Han pasado varios años, pues el más joven de los apóstoles ya es un hombre adulto que está en la plenitud de su edad varonil y ostenta sus treinta y cuatro años con un porte más robusto y más maduro. Con sus cabellos, barba y bigotes, de un rubio más oscuro y bien arreglados.

María no ha cambiado. Su aspecto es fresco y sereno. Todas las huellas que el dolor y la muerte de su Hijo habían impreso; así como su regreso al Cielo y la persecución contra los discípulos, con la consecutiva pérdida iniciada con Esteban y varios más; que han martirizado su corazón, mientras tutela la Naciente Iglesia; ya no se ven. Ahora no es la Madre Dolorosa. El tiempo no ha grabado sus huellas sobre ese rostro virginal. Los años no han cambiado la frescura y la belleza de su semblante.

La lámpara que está sobre la mesa, proyecta su luz danzarina sobre las blancas manos de la Virgen Madre, sobre el blanco lino, sobre la rueca, el huso y el hilo. Y también sobre los rubios cabellos trenzados sobre la nuca.

Por la puerta abierta, un rayo de luna penetra en la cocina, extendiendo una franja de plata desde la puerta, hasta el banco en que María está sentada. Ilumina sus pies, mientras que la luz de la lámpara, nimba sus manos y su cabeza.

Afuera, en los olivos que rodean la casa, los ruiseñores siguen trinando su alegría.

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De repente los pajarillos enmudecen, como asustados…  Momentos después, se oyen pisadas que se acercan cada vez más, hasta llegar al umbral de la puerta de la cocina…

Y desaparece la blanca franja lunar que antes vestía de plata las toscas y oscuras baldosas del suelo.

María levanta la cabeza y mira hacia entrada.

Juan también mira hacia la puerta.

Y un…

–          ¡¡Oh!!

Lleno de admiración sale de los labios de los dos…  Mientras que ambos al unísono, presurosos se dirigen hacia entrada, donde está Gamaliel de pie.

Es un Gamaliel ya muy anciano… Parece un espectro por lo flaco que se le ve dentro de sus vestiduras blancas, que la luna al brillar sobre ellas las vuelve casi fosforescentes.

Un Gamaliel abatido, triturado por los sucesos, por sus remordimientos, por muchas cosas más, que por la edad.

María se detiene detrás del apóstol.

Juan llega frente a él y dice:

–           ¿Tú aquí, rabí? ¡Entra! ¡Ven! La paz sea contigo.

Se escucha una voz trémula por un secreto llanto…

Gamaliel contesta:

–           Si me guías… Estoy ciego…

Juan desconcertado, pregunta lleno de compasión:

–           ¡¿Ciego?! ¿Desde cuándo?

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–                ¡Oh!… ¡Desde hace mucho tiempo! La vista empezó a debilitárseme enseguida… Poco después de que… Sí… Después de que no supe reconocer la Luz verdadera que vino a iluminar a los hombres. Hasta que el terremoto desgarró el velo del Templo y sacudió las fuertes murallas, como Él lo había dicho.

Verdaderamente doble velo, era el que cubría el Santo de los Santos del Templo. Y todavía más al verdadero Santo de los Santos, a la Palabra del Padre, su Eterno Unigénito, oculto bajo el velo de un cuerpo humano. De una Carne Purísima, que sólo su Pasión y su gloriosa Resurrección revelaron incluso a los más obtusos…  Yo el primero… Como lo que realmente era: el Cristo, el Mesías, el Emmanuel.

Desde aquel momento las tinieblas empezaron a descender sobre mis pupilas y  hacerse cada vez más densas. Justo castigo para mí. Hace poco tiempo, que estoy completamente ciego. Y he venido…

Juan le interrumpe preguntándole:

–           ¿Quizás para pedir un milagro?

–           Sí. Un gran milagro. Se lo pido a la Madre del Dios verdadero.

María responde:

–           Gamaliel, yo no tengo el poder que tenía mi Hijo. Él podía devolver la vida y la vista a las pupilas apagadas, palabra a los mudos, movimiento a los paralizados. Pero yo no.

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Y María prosigue:

–           Pero ven aquí junto a la mesa y siéntate. Estás cansado y eres anciano, rabí. No te fatigues más – y con cariño junto con Juan, lo conduce a la mesa y le ayuda a sentarse en un banco.

Gamaliel, antes de soltarle la mano, se la besa con veneración…

Luego le dice:

–           No te pido María, el milagro de que vea de nuevo. No. No pido esta cosa material. Lo que te pido Bendita entre todas las mujeres, es una vista de águila para mi espíritu, para ver toda la Verdad. No te pido la luz para mis pupilas apagadas, sino la luz sobrenatural, divina, la Verdadera Luz, que es sabiduría, verdad, vida, para mi alma y corazón lacerados y exhaustos por los remordimientos, que no me dan tregua.

No tengo ningún deseo de ver con los ojos este mundo hebreo tan… Sí, tan obstinadamente rebelde a Dios.  A Dios que ha sido con él y es tan misericordioso y compasivo, como no lo merecemos. Estoy contento de no verlo más. De que mi ceguera me haya librado de todo compromiso con el Templo y con el Sanedrín, tan injustos para con tu Hijo y para con sus seguidores.

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Lo que deseo ver con todo mi corazón, con toda mi alma, con toda mi inteligencia, con la mente y el espíritu, es a Él, a Jesús. Verlo en mí, en mi espíritu. ¡Oh, Santa Madre de Dios que lo ves! Verlo espiritualmente como lo han visto Juan tan puro y Santiago, mientras vivió. Y los demás, para ayuda en su grave y obstaculizado ministerio, lo veis. Verlo para amarlo con todo mi ser y con este amor poder expiar mis culpas y recibir su Perdón.  Para poseer la Vida Eterna de la que me he hecho indigno de alcanzar…

Gamaliel inclina su cabeza sobre sus brazos que tiene apoyados sobre la mesa y llora amargamente.

María le pone una mano en su cabeza estremecida por los sollozos, y le responde:

–           ¡No! ¡Que no te has hecho indigno de la vida eterna! Todo lo perdona el Salvador a quien se arrepiente de sus errores pasados. Incluso a su traidor le habría perdonado, si se hubiera arrepentido de su horrendo pecado. Y la culpa de Judas de Keriot es inmensa respecto a la tuya. Considera esto: Judas fue el apóstol a quién recibió Jesús, a quién Él instruyó.

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A quién amó más que a nadie; si se piensa que pese a que no ignoraba nada, no lo arrojó del grupo de sus apóstoles y hasta en el momento supremo, empleó toda clase de pretextos, para que nadie pudiera comprender lo que era y lo que tramaba

Mi Hijo es la Verdad misma y no puede mentir. Pero cuando veía que los once sospechaban algo y le preguntaban de Judas; sin mentir procuraba desviar sus sospechas y no respondía a sus preguntas. Les decía que no preguntasen o que por prudencia y caridad no lo hiciesen.

Tu culpa es insignificante y aun ni siquiera el nombre de culpa tiene. Lo tuyo no es incredulidad. Tanto creíste en aquel Niño de doce años que te habló en el Templo;

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que obstinadamente, pero con recta intención nacida de tu fe absoluta en aquel Niño, en cuyos labios oíste palabras de infinita sabiduría; has esperado la Señal para poder creer en Él y ver en Él al Mesías.

Dios perdona a quien tiene una fe tan fuerte y fiel. Y perdona mucho más, a quien dudando todavía sobre la verdadera Naturaleza de un hombre acusado injustamente, no quiere tomar parte en su condena porque la siente injusta.

Tu espiritual visión de la Verdad ha crecido sin cesar desde que dejaste el Sanedrín porque no quisiste consentir en esa acción sacrílega.

Y ha crecido mucho más cuando encontrándote en el Templo, viste que se realizaba la Señal tan esperada, que marcó el principio de la Era Cristiana.

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Siguió creciendo, con aquellas potentes, angustiadas palabras, con las que oraste al pie de la cruz de mi Hijo, que estaba ya gélido y exánime.

Ha llegado casi a la perfección cada vez que con palabras o con tu abstención, defendiste a los siervos de mi hijo y no has querido tomar parte en la condena de los primeros mártires.

Créeme Gamaliel, cada uno de tus actos de dolor, de justicia, de amor, ha aumentado en ti tu vista espiritual.

Gamaliel objeta:

–           ¡Todo esto no es suficiente! Mira. Tuve gracia extraordinaria de conocer a tu Hijo desde su primera manifestación pública, hasta cuando fue adulto. ¡Debía haber visto entonces! ¡Comprendido! ¡Fui un ciego, un necio!… ¡No vi y no comprendí! Ni entonces, ni cuando tuve la gracia de acercármele, cuando ya era un Hombre y un Maestro. ¡Y de oír sus palabras que fueron siempre justas, siempre precisas y poderosas.

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Tercamente esperaba la señal humana, que las piedras se sacudieran…Y no veía que en Él, todo era una Señal. No veía que Él era la Piedra Angular anunciada por los profetas (Salmo 118, 22-23; Isaías 28,16); la Piedra que ya estremecía al mundo…  A todo el mundo, al hebreo y al gentil. ¡La Piedra que estremecía las piedras de los corazones con su palabra, con sus prodigios! ¡No veía en Él la señal evidente de su Padre en todo lo que hacía o decía! ¿Cómo puede Él perdonar tanta obstinación?

María lo mira con infinita piedad y dice:

–           Gamaliel, ¿Puedes creer que yo que soy la Sede de la Sabiduría, la Llena de Gracia y que de la Sabiduría que en mí se hizo Carne y por la Gracia que me dio y de la que estoy llena, he recibido la plenitud del conocimiento de las cosas sobrenaturales…  Puedo aconsejarte otra cosa, que no sea tu bien?

–           ¡Claro que lo creo! Precisamente porque creo que eres esto, vengo a ti en busca de luz. Tú, Hija, Madre, Esposa de Dios, el Cual, sin duda desde tu concepción te colmó de sus luces sapienciales, puedes indicarme el camino que debo tomar para tener paz, para encontrar la verdad, para conquistar la verdadera Vida.

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Pero para tener la Gracia debo entrar en la Iglesia, recibir el Bautismo que limpia de la culpa y nos hace nuevamente hijos adoptivos de Dios. Yo no me opongo a ello. ¡A1 contrario! He destruido en mí al hijo de la Ley, no puedo ya sentir estima ni amor por el Templo. Pero no quiero ser nada. Por tanto, debo edificar de nuevo, sobre las ruinas de mi pasado, el hombre nuevo y la fe nueva. Pero los apóstoles y los discípulos, respecto a mí, el gran rabí de dura cerviz, sentirán desconfianza y prejuicios…

Juan lo interrumpe diciendo:

–           Te equivocas, Gamaliel. Yo soy el primero que te quiero y reputaré como día de suma gracia el día en que pueda llamarte cordero del rebaño de Cristo. No sería discípulo de Jesús, si no pusiera en práctica sus enseñanzas. Y Él nos mandó que nos amásemos y comprendiésemos a todos. Especialmente a los más débiles, enfermos y extraviados. Nos ordenó que imitáramos sus ejemplos. Y nosotros siempre lo vimos lleno de amor hacia los culpables arrepentidos, hacia los hijos pródigos que volvían al Padre o hacia las ovejas descarriadas.

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Desde la Magdalena a la Samaritana, desde Áglae al ladrón, ¡A cuántos redimió con misericordia! Hubiera perdonado también a Judas su supremo delito, si se hubiese arrepentido. ¡Muchas veces lo había perdonado! Sólo yo sé cuánto lo amó, pese a conocía todas sus acciones. Ven conmigo. Haré de ti un hijo de Dios y hermano de Jesús el Salvador.

–           Tú no eres el Pontífice. Pontífice es Pedro. ¿Y Pedro será tan bueno como tú? Yo sé que es muy distinto de ti.

–           Lo fue. Pero desde que vio lo frágil que era, hasta el punto de ser cobarde y renegar de su Maestro, ya no es lo que era. Y tiene compasión por todos y para con todos.

–           Entonces llévame inmediatamente donde él. Soy viejo y ya demasiado me he demorado. Me sentía demasiado indigno y temía que todos los fieles de Jesús me juzgaran de la misma manera. Ahora que las palabras de María y tuyas me han confortado, quiero entrar en seguida en el Redil del Maestro, antes de que mi viejo corazón, por tantas cosas quebrantado, se detenga.

Guíame tú, porque he dicho al siervo que me ha traído hasta aquí que se marchara, para que no oyera nada. Regresará a la hora prima y para entonces ya estaré lejos. En dos sentidos: lejos de esta casa y lejos del Templo. Para siempre.

el hijo prodigo

Ante todo yo hijo rebelde, iré a la casa del Padre; yo la oveja extraviada, iré  al Redil del Pastor eterno. Luego regresaré a mi casa, para morir allí en paz y en gracia de Dios.

María con un gesto espontáneo, lo abraza y le dice:

–           Que Dios te dé paz. Paz y gloria eterna, porque lo has merecido al manifestar tu verdadero pensamiento a los poderosos jefes de Israel; sin tener miedo de sus reacciones. Dios esté siempre contigo. Que Él te bendiga.

Gamaliel busca de nuevo sus manos. Las toma entre las suyas y las besa. Se arrodilla y le ruega que ponga esas manos benditas sobre su anciana y cansada cabeza.

María lo complace. Hace incluso más. Traza la señal de la cruz sobre su cabeza inclinada. Luego junto con Juan, le ayuda a ponerse en pie y lo acompaña hasta la puerta.

Lo mira que se va guiado por el apóstol y cómo se encamina hacia la verdadera Vida. Mira a este hombre humanamente terminado, pero sobrenaturalmente vivificado.

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA