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187.- AMANDO AL ENEMIGO


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Al día siguiente, cuando cesa la lluvia, en el cielo despejado brilla en lo alto el sol. La tierra recién lavada, está tersa y húmeda; fresca y resplandeciente como el firmamento. Todo parece cantar en esta serena mañana de Abril.

Jesús pasea lentamente por los senderos más alejados del jardín. Sólo los jardineros miran el solitario paseo, en las primeras horas matinales. Pero nadie lo perturba y más bien se alejan en silencio para dejarlo en paz.

Es sábado, día de descanso. Los jardineros no trabajan, pero por costumbre, salieron a ver sus plantas, sus colmenas y sus flores. Poco a poco el jardín se anima. Primero son los siervos, los que salen de la casa. Luego los apóstoles, los discípulos y finalmente Lázaro. Jesús se les acerca y los saluda.

Mientras sacude de su cabeza las gotitas de agua, Lázaro pregunta:

–                       ¿Desde cuándo estás aquí, Maestro?

Jesús contesta:

Desde el amanecer. Tus pajarillos me invitaron a alabar a Dios. Vine a contemplarlo en las bellezas de la Creación y a honrarlo. A orar con un corazón contento. Es hermosa la tierra y a estas primeras horas del día, en un día como éste; parece tan fresca como lo fue, en las primeras horas de su existencia.

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Pedro dice:

–                       Realmente es tiempo de Pascua.

Andrés agrega:

–                       Estoy feliz de estar aquí. Hoy es sábado y no vendrá nadie. Ningún extraño entre nosotros.

Lázaro contesta:

–                       Te equivocas. Hay un huésped y es pequeño. Todavía está durmiendo, Maestro. La cama mullida y el estómago lleno, lo han hecho dormir bien. Pasé a verlo. Noemí cuida de él.

Varias voces preguntan al mismo tiempo:

–                       ¿Quién es?

–                       ¿Cuándo vino?

–                        ¿Quién lo trajo?

Lázaro responde:

–                       Es un pobre niño. Su aflicción lo arrastró hasta aquí. Estaba en el cancel y el Maestro lo recogió.

–                       No sabíamos nada. ¿Por qué?…

Jesús contesta con una expresión que oculta un pensamiento profundo:

–                       Porque tiene necesidad de que no se lo moleste. Y en casa de Lázaro se sabe guardar el secreto.

Los siervos traen el desayuno: leche, pan, mantequilla y miel.

Jesús ofrece y bendice los alimentos. Y todos se reúnen a su alrededor.

La cortina que separa la terraza se abre y Noemí corre a postrarse a los pies de Jesús diciendo:

–                       ¡El niño está curado! ¡Ya no está deforme! Lo curaste en la noche… Se despertó y yo preparé el baño para lavarlo, antes de ponerle la túnica y el vestido que le hice de uno de Lázaro. Pero cuando lo llamé y se levantó, vi que su cuerpecito ya no estaba contrahecho como ayer. Yo grité. Acudieron Sara y Marcela y las dejé con él, para venir a decírtelo.

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La curiosidad se apodera de todos.

Jesús les hace señal de que se callen y ordena a Noemí:

–                       Vuelve a dónde está el niño. Lávalo, vístelo y luego me lo traes aquí.   –se vuelve a todos los demás y agrega-  La verdadera justicia no comete venganzas, ni hace distinciones.

El Hijo del Hombre no ignora el Odio que le guardan sus enemigos. Ni su pensamiento, ni su voluntad capaz de las acciones más horrendas. Se le reprochan muchas cosas que no son ciertas. Ayer encontró al más infeliz de los niños, hijo de un enemigo suyo. El niño estaba deforme y lisiado. Pedía una gracia extraña: la de morir.

Todos piden al Hijo del hombre honra y alegría; salud y vida. Este pobre niño pidió la muerte, para ya no sufrir más. Ya probó en su cuerpo y en su corazón, toda clase de dolor. Porque quién lo engendró y que me odia sin motivo alguno, también lo odia. Lo curé para que no sufriera más y para que a través de la salud física, le llegue la salud al espíritu. Su alma está enferma. El odio de su padre, las burlas de los demás, le han herido profundamente y le han despojado de amor. Sólo quedó la Fe en el Cielo y en el Hijo del Hombre; al que le pidió que lo hiciera morir. Vedlo… Ahí viene. Ahora lo oiréis hablar.

El niño bañado y limpio, con su vestido de lana blanca que Noemí le cosió rápida por la noche, viene de la mano de la anciana. Es pequeño, pero ya no está jorobado, ni derrengado. Se ve un poco más alto que ayer. Su carita marchita por el dolor, le ha dado un aire de madurez. Pero ya no está deforme. Sus pies descalzos caminan seguros por el suelo y ya no tropieza, ni se cae, como ayer.  Y su cuello flaco parece más largo.

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Judas de Keriot exclama:

–                       ¡Pero si es el hijo de Annás de Nahúm! ¡Qué milagro tan desperdiciado! ¿Crees que con él vas a hacerte amigos a su padre y a Nahúm? Te odiarán más… Porque lo único que querían, era que se muriera…  Es el fruto de un matrimonio infeliz…

Jesús contesta:

–                       No obro milagros para hacerme amigos; sino por piedad y para honrar a mi Padre. No hago distinciones, ni me pongo a hacer cálculos. Nunca lo hago cuando me inclino piadoso sobre una miseria humana. No me vengo de quién me persigue…

–                       Nahúm lo interpretará como una venganza…

–                       No sabía nada de este niño. Todavía no sé su nombre…

–                       Lo llaman Matusalén por desprecio.

Con un destello de ira en sus bellos ojos castaños, el niño replica:

–                       Mi madre me llamaba Shalem. Ella me quería mucho. No era mala cómo eres tú y como son los que me odian.

Ha hablado con esa ira que brilla en los hombres o en los animales que han sido oprimidos y maltratados por largo tiempo.

Jesús lo llama:

–                       Ven Shalem. Aquí conmigo. ¿Estás contento de estar sano?

Shalem contesta:

–                       Sí. Pero hubiera preferido morir. Nadie me amará. Si todavía viviese mi madre… ¡Qué bello sería! Pero así… ¡Siempre infeliz!

Zelote dice:

–                       Tiene razón. Ayer lo encontramos. Nos preguntó si estabas en Bethania en casa de Lázaro. Quisimos darle una limosna porque pensamos que era un mendigo, pero no la aceptó. Estaba al borde de un campo…

Judas de Keriot se admira:

–                       ¿Ni siquiera tú lo conociste?

–                       Más extraño es que tú conozcas todas estas cosas. ¿Olvidas que fui de los perseguidos y que luego estuve entre los leprosos, hasta que vine con el Maestro?

–                       ¿Y tú olvidas que soy amigo de Nahúm, que es el de las confianzas de Annás? Jamás lo he ocultado.

Bartolomé interviene:

–                       ¡Bueno, bueno! esto no tiene importancia. Lo importante es saber que vamos a hacer ahora con este niño. La verdad es que su padre no lo quiere; pero no por eso ha perdido sus derechos sobre él. No podemos quitarle al hijo, sin decírselo. Hay que ser prudentes y no herirlos; ya que ahora parecen estar mejor dispuestos hacia nosotros.

Judas suelta una carcajada sarcástica. Pero no dice nada.

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Jesús, que tiene entre sus rodillas al pequeño, dice lentamente:

–                       Me enfrentaré con Nahúm. No va a odiarme más de lo que ya lo hace. Su odio ha llegado al colmo.

Analía dice:

–                       Si me quedara, me habría gustado tomarlo conmigo. Soy joven, pero tengo corazón de madre.

Las mujeres le preguntan:

–                       ¿Te vas a ir?

–                       ¿Cuándo?

Analía contesta:

–                       Pronto.

–                       ¿Para siempre?

–                       ¿A dónde?

–                       ¿Fuera de Judea?

–                       Sí. Lejos. Muy lejos. Para siempre. Y me siento muy feliz.

Martha dice:

–                       Si el padre lo cede… Otros podrán hacer lo que tú no.

Judas de Keriot promete:

–                       Si queréis, yo lo diré a Nahúm. Puede más que el verdadero padre. Mañana se lo diré…

Andrés dice:

–                       Si no fuera sábado, iría a ver a aquel Yosía, a cuyo cuidado estaba.

Mateo  pregunta:

–                       ¿Para ver si están afligidos por haberlo perdido?

Maximino murmura  entre dientes:

–                       Se preocuparían más si pierden una de las ovejas.

El niño no habla. Entre las rodillas de Jesús mira atentamente las caras de los que lo ven, con esa perspicacia que tienen frecuentemente los seres enfermizos y que han vivido en el dolor. Parece como si escrutase más los corazones que las caras.

Pedro le pregunta:

–                       ¿Qué piensas de nosotros?

El niño le pone su manita en la suya y le responde:

–                       Tú eres buenos. Todos sois buenos.  Pero hubiera preferido que nadie me conociera… Tengo miedo. –dice mirando a Judas de Keriot.

Judas responde:

–                       De mí, ¿No es verdad? ¿Tienes miedo de que hable con tu padre? Pero tendré que hacerlo, si debo pedirle que te deje con nosotros. Pero no pedirá tu custodia.

–                       Lo sé. Mejor quisiera estar lejos… En el país de mi madre. Hay un mar azul entre los verdes montes, donde hay abejas que hacen miel.

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No he comido miel desde que murió mi mamá y viví con Yosía. Los demás niños si la comían. Pero yo no. ¡Siempre la ponían fuera de mi alcance y tengo muchas ganas de comer miel!

Martha dice conmovida:

–                       ¡Pobre hijo!  ¡Te voy a traer toda la que quieras!…

Pedro pregunta:

–                       ¿De dónde era tu madre?

Iscariote explica:

–                       Tenía casas y posesiones cerca de Sefet. Era huérfana y heredera. Ya tenía su edad. Era fea y un poco malhecha; pero demasiado rica. El viejo Sadoc fue el padrino de bodas en el matrimonio que celebraron ella y  el hijo consentido de Annás.

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Fue un indigno contrato de mercado. Todo fue calculado y no hubo nada de amor. Después vendió todas las posesiones de su mujer y dijo que acabó todo en especulaciones que no tuvieron éxito. Pero yo no creo que hay sucedido así; porque posee hermosas tierras del otro lado del Jordán, que antes no tenía.

Luego, después de algunos años de matrimonio. La mujer que ya estaba declinando, dio a luz a este niño. Esto le sirvió de pretexto para que la arrojasen y para casarse con otra, de la llanura de Sarón: una mujer joven, rica y hermosa.

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La divorciada se refugió cerca del viejo administrador y murió allí. No sé por qué no se quedaron con el niño. Su padre lo tenía por muerto.

Shalem responde:

–                       Porque Juan y María se murieron y los hijos se fueron a otra parte como siervos. Y nadie me quiso porque yo no era su hijo y no podía trabajar. Los hijos de Juan son buenos y cuando vienen a las fiestas me traen cosas; pero Yosía me las quita para dárselas a sus hijos.

Judas le replica:

–                       Pero no te quieren.

–                       Ahora me querrán. ¡Ellos son siervos!

Bartolomé pregunta haciéndolo reflexionar:

–                       ¿Pero si te escapaste de la casa de Yosía, cómo te van a encontrar?

El niño comprende. Piensa… y responde precavido:

–                       ¡Es verdad! ¡No había pensado en ello!…

–                       Regresa. En éstos días te verán.

El niño grita furioso:

–                       ¿Allá? ¡No! Yo no volveré. No quiero. ¡Mejor me mato!

Luego se deja caer llorando sobre las rodillas de Jesús.

Y diciendo:

–                       ¿Por qué no me hiciste morir?

Martha llega con un vaso de miel  y se queda sorprendida al ver este cuadro.

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Bartolomé se excusa por haber sido el causante:

–                       Creí darle un buen consejo. Bueno para todos. Para él, para Ti Maestro. Para Lázaro. Ninguno de nosotros necesitamos más odio.

Pedro concluye:

–                       ¡Cierto! ¡Es una verdadera dificultad!  -y lanza un silbido que es la señal de su estado de ánimo, ante problemas difíciles de resolver.

Mientras todos discuten posibles soluciones, porque es prudente que no recaiga sobre Lázaro más odio del que se ha acumulado por su amistad con Jesús. Y alguien sugiere no decir nada a nadie y hacer desaparecer al niño, dándolo a algún discípulo seguro.

Judas de Keriot no habla y juguetea con los flecos de su vestido.

Jesús tampoco habla. Acaricia al niño y lo calma. Le levanta la carita  y le pone las manos en el vaso con miel…

Shalem es un niño. Un pobre niño de diez años que ha sufrido mucho; pero que no por eso ha dejado de serlo. Aun cuando el dolor lo ha madurado, delante del tarro de miel sus lágrimas cesan y pone cara de extático. Levanta sus grandes e inteligentes ojos castaños, lo único hermoso que tiene Y mira a Jesús… luego a Martha y…

Shalem pregunta:

–                       ¿Cuánta puedo tomar? ¿Una o dos cucharadas?…   –Y señala la redonda cuchara de plata que mete lentamente en la miel.

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Martha lo acaricia y le dice:

–                       Toda la que quieras. Lo que te sobre lo guardas para mañana. ¡Es tuya!

–                       ¿Toda mía?  ¡Oh! ¡Jamás había tenido tanta miel!   -y aprieta con reverencia el vaso, como si fuera un tesoro.

Luego piensa y comprende que más precioso que el vaso, es el amor que se lo dio. Lo pone sobre las rodillas de Jesús y levanta sus brazos, para asirse al cuello de Martha que se inclina y la besa. Es todo lo que puede hacer para mostrar su agradecimiento. Todo lo que puede dar él; el abandonado…

Los demás dejan de hacer planes y miran la escena…

Pedro dice:

–                       Éste es todavía más infeliz que Marziam, porque él al menos tenía el amor de su abuelo y de los otros campesinos. Verdaderamente siempre hay dolores mayores que los que considerábamos grandísimos.

Bartolomé dice pensativo:

–                       Sí. Todavía no se ha llegado a sondear el Abismo del dolor humano. Quién sabe cuántos secretos nos oculta todavía y hasta dónde llegará, en los siglos que están por venir.

Judas grita con una sonrisa irónica:

–                       ¡Entonces tú no tienes Fe en la Buena Nueva! ¿No crees que Ella cambiará al Mundo? Lo dijeron los profetas y el Maestro lo repite. ¡Eres un incrédulo, Bartolomé!

Zelote le contesta:

–                       ¡No veo dónde está la incredulidad de Bartolomé! La Doctrina del Maestro, consolará todas las desventuras. Amansará la ferocidad de las costumbres y las prácticas; pero no eliminará el dolor…

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Lo hará soportable con sus promesas divinas, de una alegría futura. Para que el dolor sea abolido se necesitaría, que todos tuviesen el corazón que tiene Jesús. Además de que siempre habrá enfermedades, muertes, cataclismos naturales y…

Iscariote interrumpe:

–                       Así es como debe suceder. ¿De otro modo de qué sirve que haya venido el Mesías a la tierra?

Zelote responde:

–                       Así debería ser. Pero dime Judas, ¿Acaso ha sucedido entre nosotros? Somos  Doce y por tres años hemos vivido con Él. Hemos absorbido su doctrina, como el aire que respiramos. ¿Y qué? ¿Somos los Doce unos santos? ¿Qué cosa hacemos distinta de la que hacen los justos de nuestra patria? Un poco bien un poco mal. Pero sin renovarnos completamente. Casi puedo decirte que muchos de los que siguen a Jesús, nos superan a nosotros los apóstoles…

¿Pretenderíais que todos tuviesen el Corazón que tiene Él; si nosotros los apóstoles no lo poseemos?  Nos hemos mejorado un poco… Al menos así lo espero, porque el hombre difícilmente se conoce y conoce al hermano que vive a su lado. El velo de la carne es demasiado opaco y grueso. Y el hombre se cuida de que solo se le conozca superficialmente.

Cuando nos examinamos, porque no queremos conocernos para que no sufra nuestro orgullo o para que no nos veamos obligados a modificar nuestra  conducta. Cuando examinamos a los demás; porque nuestro orgullo de examinadores, nos hace ser jueces injustos. Y el orgullo del examinado cierra como una ostra todo su interior…

Tadeo lo alaba:

–                       ¡Bien dicho, Simón! ¡Verdaderamente has hablado como un sabio!

Los demás le hacen coro.

Judas replica:

–                       Entonces, ¿Para qué ha venido si nada debe cambiarse?

Jesús toma la palabra:

–                       Se cambiará mucho. No todo. Porque contra mi Doctrina habrá en lo futuro, lo que ahora ya  existe: el Odio de los que no aman la luz. Porque contra la fuerza de mis seguidores, se yerguerá la de los de Satanás.

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¡Cuántos! ¡De cuántas formas! Muchas herejías y siempre nuevas, se opondrán a mi Doctrina Inmutable, porque es Perfecta. ¡Cuánto Dolor proporcionarán!… No conocéis lo futuro. Os parece que es mucho el Dolor que hay en el Mundo ahora. Pero el que sabe, ve los horrores que no comprenderíais, aunque os lo explicase…

¡Ay de todos si Yo no hubiese venido! Vine a dar a los que vendrán, leyes que frenen los instintos en los mejores. Y a dar una promesa de futura paz. ¡Ay del hombre si Yo no hubiese venido a proporcionarle elementos espirituales propios para mantenerlo “vivo”  en su espíritu! Para que esté seguro de un premio…

Si no hubiera venido, la Tierra con el transcurso de los siglos, se hubiera convertido en un infierno y la raza humana se hubiera despedazado. Y habrían perecido maldiciendo al Creador.

Judas replica:

–                       El Altísimo ha prometido que no enviará más castigos universales, como el Diluvio. La Promesa de Dios no falla.

Tienes razón. El Altísimo no enviará más flagelos universales como el Diluvio. Pero los hombres se crearán flagelos cada vez más atroces.

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Respecto a los cuales el Diluvio y la lluvia de fuego que destruyó Sodoma y Gomorra, no serán sino castigos misericordiosos. ¡Oh!…

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Jesús se pone de pie, con un gesto compasivo hacia los hombres del futuro.

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Iscariote pregunta:

–                       ¡Está bien! Tú lo sabes… pero mientras tanto, ¿Qué es lo que vamos a hacer con éste?  -y señala al niño que paladea su miel feliz.

–                       A cada día su preocupación. Mañana se sabrá. Preocuparse del mañana es vano, si ni siquiera se sabe si estaremos vivos.

–                       Yo no pienso como Tú. Es necesario saber en dónde estaremos para la Cena Pascual… Y tantas otras cosas. ¿A dónde iremos los siguientes días?

–                       A donde el Padre prepare un refugio para su Verbo.

–                       ¿Crees que quiero saberlo para ir a informar?

–                       Tú lo has dicho. Yo no dije nada. Ven Shalem. Mi Madre sabe de ti, pero todavía no te ha visto. Te voy a llevar con Ella.

Y Jesús se aleja llevándolo de la mano…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

93.- LA TEMPESTAD


En el mar Mediterráneo se levantan las olas en poderosas crestas llenas de espuma. Ya no hay neblina, ni obscuridad. Las poderosas olas se levantan y se estrellan sobre el puente de la nave, pasando de un lugar al otro y rompiéndose en una cascada, que moja todo lo que toca.

El navío sube y baja, balanceándose a merced del mar, desde el fondo hasta la punta de sus mástiles, cruje la madera golpeada por este mar embravecido. A excepción de los que tienen que gobernar la nave, no hay nadie en el puente de mando.

Las escotillas atrancadas no permiten ver lo que pasa bajo la cubierta. Pero indudablemente la mayoría de los navegantes están rezando a sus dioses favoritos, para escapar de la furia de la naturaleza desatada con todo su furor. El rugido del viento y los golpes de las olas, de un mar que parece poderoso e implacable…

Pedro saca la cabeza enmarañada por el viento que lo golpea sin piedad, mira atentamente y vuelve a cerrar, justo antes de que un torrente de agua se le eche encima. Vuelve a abrir y se asoma. Cierra rápido y logra saltar antes de que la siguiente ola lo atrape. Se ase de donde puede y contempla ese mar que es literalmente un infierno donde ruge el viento, el agua y la madera golpeada por las olas. Por todo comentario, se limita a silbar.

Nicomedes está desnudo en la cubierta, girando órdenes a diestra y siniestra.

Y cuando lo ve, le grita:

–           ¡Largo de aquí! ¡Largo! Cierra esa portezuela. Si la nave se llena de agua nos iremos a pique, hasta el fondo. Agradece que todavía no ha echado la carga al fondo… ¡Jamás había visto una tempestad igual! ¡Lárgate de aquí! ¡Te lo ordeno! No quiero hombres de tierra sobre la cubierta, en este terrible momento… Éste no es lugar para jardineros…

Y no sigue con su invectiva, porque una ola se estrella sobre el puente y cubre todo amenazando con arrastrarlos hacia el océano embravecido…

Nicomedes está amarrado con una cuerda en su cintura y grita:

–           ¿Lo has visto?

Pedro bañado como una sopa, contesta:

–           Lo estoy viendo. No sólo soy capaz de guardar jardines. Nací sobre el agua, sobre un lago de verdad… Fui pescador…

Pedro está inspirado y no muestra ninguna emoción. Hace ritmo con sus piernas cortas y encorvadas, siguiendo el movimiento del navío.

El cretense lo mira fijamente mientras se le acerca y le pregunta:

–           ¿No tienes miedo?

–           ¡Ni en sueños!

–           ¿Y los demás?

–           Tres de ellos son pescadores, cómo yo. Mejor dicho, lo fueron. Los demás a excepción del enfermo son fuertes.

–           ¿También la mujer? ¡Pon atención! ¡Fíjate! ¡Agárrate!

Una ola gigantesca se ha estrellado sobre el puente.

Pedro espera a que pase y dice:

–           ¡Qué bien me hubiera sabido esta bañada en los días calurosos! ¡Paciencia!…  ¿Decías algo sobre la mujer? Ruega… Y no estaría mal que también lo hicieras tú…. ¿Dónde nos encontramos? ¿En el canal de Chipre?…

¡Ojalá fuera así! Me acercaría a la isla en espera de la calma… Apenas estamos a la altura de la colonia Julia o Berito, si lo prefieres. Ahora viene lo peor… Aquellas son las montañas del Líbano.

–           ¿No podríamos anclar en aquella población que se ve a lo lejos?

–           el puerto es malo y tiene muchos escollos… ¡Ten cuidado!

Otro torrente y un tronco de árbol que hiere a un hombre y no lo arrastra la marejada porque es detenido por un obstáculo…

El cretense grita:

–           ¡Lo estás viendo! ¡Es muy peligroso estar aquí! ¡Vete abajo! ¡Lo estás viendo!

–           Lo veo. Pero ese hombre…

–           Si no está muerto, volverá en sí. Yo no puedo hacer nada. No puedo curarlo. Lo ves… Estoy tratando de gobernar la nave, hasta que salgamos de esto…

No cabe duda que el cretense está al tanto de todo…

Pedro le dice:

–           Dámelo. Lo curará la mujer que viene con nosotros…

¡Haz lo que quieras! ¡Pero ya lárgate a tu camarote y cierra bien!

Pedro se arrastra hasta el lugar en donde está el marino herido y tira de él por un pie. Lo ve… Silba y dice:

–           Tiene la cabeza abierta como una granada…  Aquí hace falta el Señor… ¡Oh! ¡Si estuviera Él! Señor Jesús, Maestro mío, ¿Por qué nos has dejado? –y el dolor repercute en su voz.

Se echa al herido sobre la espalda y la túnica se le mancha de sangre.  Y se dirige hacia la portezuela del camarote…

El cretense le grita:

–           ¡Es inútil todo! ¡Míralo bien! ¡Es un hombre muerto!…

Pedro, con su carga encima, no le hace caso y agarrándose fuertemente ante el embate de una nueva ola…

Pedro dice para sí mismo:

–           Eso lo veremos. – Y abriendo la portezuela grita- ¡Santiago! ¡Juan! ¡Venid aquí!

Cierra tras de sí la portezuela y con ayuda de los apóstoles baja al hombre herido.

A la pálida luz de las lámparas que se bambolean, los apóstoles preguntan:

–                     ¿Estás herido?

–                     Yo no. La sangre es de éste. Rogad para que… ¡Síntica! Ven aquí y ayúdame a curarlo. Tiene la cabeza abierta…

Síntica deja de sostener a Juan de Endor que sufre mucho y se acerca hasta la mesa en donde han puesto al herido.

La joven griega lo mira y exclama:

–                      ¡La herida es muy profunda!  Es igual a la que vi en dos esclavos a los que había golpeado su dueño y al otro, que lo había golpeado una enorme roca en Craparola. Es necesaria mucha agua para lavar la herida y detener la sangre…

Pedro grita:

–           Si solo necesitas agua, es lo que sobra en este momento. Ven Santiago y ayúdame. Con un cubo, los dos lo haremos pronto…

Van y regresan empapados.

Síntica le pone lienzos mojados, para lavar la herida en la nuca y aparece el daño infligido en el cráneo, en toda su horrorosa realidad… Desde la sien hasta la nuca, el hueso está al descubierto.

El herido abre sus ojos sin expresión y se le oye roncar… el miedo instintivo a la muerte se ha apoderado de él…

Síntica trata de consolarlo:

–           ¡Bueno! ¡Bueno! ¡Te vas a curar! – Y se lo dice en griego, porque el hombre herido habló en esta lengua.

El hombre está semiinconsciente y la mira sorprendido. Y al escuchar su lengua materna, un atisbo de sonrisa se dibuja en sus labios. Busca la mano de Síntica… En los umbrales del sufrimiento, instintivamente busca la caricia maternal de la mujer que le ha hablado con ternura…

Cuando Síntica ve que la hemorragia se detiene, dice con fe:

–           Voy a ungirlo con el ungüento de María.

Mateo está palidísimo, tanto por la sangre como por el bamboleo del barco y objeta:

–                     Eso es para los dolores reumáticos de Juan…

Síntica explica:

–                     ¡Oh, lo hizo María con sus manos! Se lo aplicaré rogando a Jesús… Rogad también vosotros. El Padre Celestial nos escuchará… Y no le puede hacer ningún mal. El aceite es medicina…

Mateo encoge los hombros y Síntica va hacia la alforja de Pedro. Saca un recipiente que parece de bronce. Lo abre y toma un poco de ungüento. Lo calienta entre sus manos y lo pone sobre un trozo de lino doblado, que pone sobre la cabeza del herido y lo recuesta sobre su manto doblado como si fuera una almohada.  Y se sienta junto a él, orando mientras el herido parece adormecerse.

La acompañan en la oración todos los demás, mientras arriba la nave, sigue siendo fuertemente atacada por el mar; que sube y baja con el vaivén de las olas.

Después de un rato, se abre la portezuela y entra un marinero…

Pedro pregunta:

–                     ¿Qué sucede?

El marino responde:

–                     Estamos en peligro. Vengo a tomar incienso y las oblaciones para un sacrificio…

–                     ¡Déjate de esas cosas!

–                     Es que Nicomedes quiere hacer un sacrificio a Venus. ¡Estamos en su mar!…

Pedro dice despacio:

–                     ¡Qué está loco como él! -Luego agrega con voz fuerte-  Vengan todos. Vayamos al puente. Tal vez podamos hacer algo… –Y mirando a Síntica agrega- ¿Tienes miedo de quedarte sola con el herido y éstos dos?

Los dos, son Mateo y Juan de Endor que están absolutamente mareados…

Y Síntica responde:

–          ¡No! No. Id si os parece…

Mientras el grupo sube por el puente, se encuentran con el cretense que está esperando el incienso desesperado.

Lleno de rabia y a gritos dice:

–          ¿Acaso no estáis viendo que sin un milagro divino, naufragamos? ¡Es la primera vez!…  ¡La primera vez desde que navego que sucede esto!

Judas de Alfeo dice en voz baja:

–          Ahora fíjate que va a decir, que somos nosotros la causa…

En realidad, el cretense grita como un aullido:

–          ¡Malditos israelitas! ¿Qué maldición pesa sobre vosotros? ¡Perros hebreos, me habéis traído la mala suerte! ¡Largo de aquí! ¡Que ahora voy a sacrificar a la Venus Naciente!…

Pedro dice:

–          No. Mejor nosotros sacrificamos…

–          ¡Largaos! ¡Sois unos paganos! ¡Sois unos demonios!  ¡Sois…!

–          ¡Oye! ¡Te juro que si nos dejas, verás el prodigio!

–          ¡No! ¡Largo!

Nicomedes enciende el incienso y lo arroja al mar como puede. Y también un líquido que ya había ofrecido en un pebetero y ante un altar, sobre la cubierta…

Pero el mar rechaza el incienso y parece enfurecerse más…  y una ola arrastra tras de sí todas las tablas donde se había erigido el altar a Afrodita y se había ofrecido el sacrificio. Y por un verdadero milagro, no arrastra también a Nicomedes…

Pedro dice:

–                     ¡Qué buena respuesta te ha dado tu diosa! Ahora nos toca a nosotros… También nosotros tenemos una Mujer Pura, hecha de espuma del mar y después… Canta Juan, el mismo canto de ayer. Nosotros te seguimos…

Nicomedes grita furioso:

–           ¡Sí, probad! Pero si el mar se enfurece más, os arrojo a todos vosotros como víctimas propiciatorias para Afrodita…

–           Está bien. Aceptamos. ¡Vamos Juan!

Juan empieza a cantar y es seguido por todos los demás… Hasta Pedro que generalmente no canta porque siente que es bastante desentonado, agrega su voz con el ritmo de los remos del día anterior.

El cretense los mira con los brazos cruzados sobre el pecho y una sonrisa entre airada e irónica.  Después que termina el canto, los apóstoles oran con los brazos abiertos. Recitan el Pater Noster, como Jesús se los enseñara y lo cantan en arameo. Continúan con unos salmos de alabanza, que entonan triunfales y con las voces a todo pulmón… Y así se alternan unos con otros, a pesar de las olas que los bañan una y otra vez…

Ellos no se agarran de nada para sostenerse. Se sienten seguros, como si una fuerza invisible los asegurara al puente…

Las olas van disminuyendo de violencia, paulatinamente y aunque no ceden totalmente, ni el viento disminuye su aullido; la furia del mar que barría el puente sí se ha calmado. Las olas continúan azotando el puente, pero cada vez con menor intensidad…

El cretense y todos sus marinos no salen del estupor…

Pedro lo mira, pero no deja de orar…

Juan sonríe y canta con más fuerza… Los otros lo secundan venciendo el fragor del océano embravecido, que poco a poco se va calmando más y más…

Finalmente Pedro pregunta:

–           ¿Tienes algo que replicar?

El cretense pregunta pasmado:

–                     ¿Qué habéis dicho? ¿Qué fórmula empleasteis?

–                     La del Dios Verdadero y la de su Esclava…  Endereza la vela y prepara todo.  Aquello que se ve allá… ¿No es una isla?

–                     Sí. Es Chipre. El mar está todavía más tranquilo en este canal…En medio de la tormenta fuimos arrojados hasta acá…  ¡Extraño! ¿Cuál es  la Estrella que adoráis y a la que estabais alabando? ¡Siempre es Venus!… O ¿No?

–                     No hay nada de Venus.  Nosotros sólo adoramos a Dios. Le cantamos a María de Nazareth, la Madre de Jesús; que es el Mesías de Israel…

–                     ¿Y qué fue lo otro? ¿Estabais cantando en hebreo? ¿No es así?

–                     No. Hablamos en nuestro dialecto: el arameo. En la lengua de nuestro lago y de nuestra patria… Pero no podemos enseñártela a ti que eres pagano.  Es algo que dijimos a Yeové y sólo los creyentes pueden saberlo… Adiós Nicomedes. Y no lamentes lo que se ha ido al fondo. Un sortilegio menos… Que no te traerá infortunio… Adiós, ¿Eh?

–                     No… Pero perdonadme… Os he insultado.

–                     ¡No te preocupes por ello…!  Son cosas de tu culto por… Venus… Vamos muchachos a donde están los demás…

Y muy feliz y contento, Pedro se dirige al camarote donde dejó a Síntica.

El cretense los sigue preguntando:

–           ¡Por favor escuchadme! ¿Ya murió el herido?

Pedro lo mira y sonríe:

–           ¡Imposible! Creo que te lo devolveremos más sano de lo que estaba… Es algo que… ¡Tal vez también lo atribuyas a nuestros sortilegios! ¿Eh?

–           ¡Oh, Perdonad! Por favor, ¡Perdonadme! Decidme dónde puedo aprenderlos, para servirme de ellos… Os pagaré…

–           Lo siento, Nicomedes. ¡Adiós! No tenemos permitido vender a los paganos las cosas sagradas… ¡Qué te vaya bien amigo! Cuando conozcas al Dios Verdadero, también sabrás el secreto de su Poder…  ¡Que Dios te bendiga con su Luz y que te vaya muy bien!

Pedro, sonriente y acompañado de todos los suyos regresa al camarote, ante un mar plácido iluminado por la luna que con sus destellos plateados ilumina todo lo que toca y también parece sonreír…

Al día siguiente, el mar y el cielo les regalan paisajes maravillosos. El crepúsculo es hermosísimo cuando llegan a la ciudad de Seleucia. La nave, con sus velas desplegadas se dirige veloz hacia la lejana ciudad.

En la cubierta, están los marinos que ya se encuentran relajados por las magníficas condiciones de la travesía y los pasajeros que ya contemplan cercana su meta; junto a un Juan de Endor que sigue flaco y pálido y tambien el marinero herido. Tiene la cabeza vendada y sonríe feliz, tanto a sus bienhechores como a sus compañeros marinos, que lo miran con asombro y lo felicitan por haber regresado al puente.

El cretense deja por unos momentos su puesto, que entrega al jefe de la tripulación mientras se acerca a saludar a su marino convaleciente…

Y dice a los apóstoles:

–                ¡Querido Demetrio! Me alegro mucho de ver que estás cada día mejor. Nunca pensé que pudieras sobrevivir al golpe del palo y al del hierro. No cabe duda que éstos,-señala a los apóstoles- Te han engendrado otra vez a la vida. Porque ya habías muerto, cuando caíste prensado bajo todas las mercancías y luego por las olas que te arrastraron y te hubieran llevado al reino de Neptuno, entre las nereidas y los tritones; cuando este hombre santo te rescató.  Y luego te han curado con sus maravillosos ungüentos… ¡Déjame ver la herida!…

El marino se suelta la venda y muestra la cicatriz. Una señal roja que va de la sien a la nunca. Nicomedes la toca con la punta de los dedos muy ligeramente y exclama asombrado:

–           ¡Hasta el hueso está soldado! ¡De veras que te ha amado la Venus marina! Y quiere verte sobre las olas del mar y caminando dichoso, sobre las playas de Grecia. Que Eros te sea propicio ahora que desembarcaremos en Seleucia y haga que olvides esta desgracia y el terror de Thanatos, en cuyos brazos estuviste ayer.

La expresión en la cara de Pedro, manifiesta claramente  lo que piensa sobre este discurso mitológico. Recargado sobre un mástil, apenas puede contenerse para replicarle a Nicomedes sobre su paganismo.

Los demás apóstoles también manifiestan claramente su desprecio y optan por voltear a mirar el mar, ignorando totalmente al cretense.

El hombre lo nota y trata de disculparse:

–           ¡Es nuestra religión! Así cómo vosotros tenéis la vuestra, nosotros creemos en la nuestra… –Y decide cambiar de tema- Venid a la proa, para que podáis admirar la ciudad que se aproxima… ¿La conocéis?

Zelote responde tajante:

–           Yo vine una vez; pero el viaje lo hice por tierra.

–           ¡Ah! ¡Entonces sabes bien que el verdadero puerto de Antioquía es Seleucia, que está junto a la desembocadura del Orontes! Y que es posible viajar por su curso en barcas pequeñas, hasta llegar a Antioquía. ¡Oh! ¡Podréis admirar todas las grandiosas obras que han hecho los romanos en Seleucia y Antioquía! Un puerto con tres dársenas, que es uno de los mejores. Tiene canales, rompeolas, diques. Cosa igual no hay en Palestina y es porque Siria es la mejor provincia del imperio…

El entusiasmo por los romanos no encuentra eco en nadie y sus palabras caen envueltas con un silencio glacial. Aún Síntica que por ser griega, siente menos desprecio que los demás, se mantiene callada y hierática, como una diosa pagana.

El cretense lo nota y dice:

–           ¡Qué queréis! ¡Hablando en plata, yo siempre gano con los romanos!…

La respuesta de Síntica es dura como un sablazo:

–           ¡Y el oro quita el filo a la espada, al honor nacional y a la libertad!

Lo ha dicho de tal manera y con un latín tan puro, que el otro se queda callado. Luego Nicomedes pregunta con timidez:

–           ¿Eres griega?

–           Lo soy. Pero tú amas a los romanos. Por eso te hablo en la lengua de tus patrones, no en la mía, la de la patria mártir.

El cretense ya no sabe qué decir. Los apóstoles están contentos por la lección dada majestuosamente por Síntica.

Después de un largo silencio pregunta a Pedro:

–           ¿Ya saben cómo ir de Seleucia a Antioquía?

Pedro contesta muy serio:

–           Con los pies.

–           Ya es tarde. Será de noche cuando desembarquemos.

–           Buscaremos una posada.

–           ¡Claro! Pero podríais dormir aquí hasta mañana…

Tadeo, que ya vio los preparativos para honrar a los dioses en cuanto lleguen al puerto, contesta rápido:

–           No es necesario. Muchas gracias por tu gentileza. Pero es mejor que descendamos. ¿Verdad Simón?

–           Así es. También nosotros tenemos que presentar nuestras plegarias… Tú a tus dioses y nosotros a nuestro Dios.

–           Haced como os plazca. Quería honrar al hijo de Teófilo y agradaros a ustedes por él.

Zelote contesta:

–           También nosotros por el Hijo de Dios, al persuadirte que sólo hay un Dios Verdadero. Pero tú eres inconmovible como una piedra.  Estamos pues, iguales.  Ojalá qué un día te encontremos y ya no seas tan cerrado…

Nicomedes encoge los hombros, con un gesto de indiferencia irónica y sólo dice:

–           Adiós.

Y se va hacia el puente de mando para tomar el timón, pues ya están muy cerca del atracadero.

Pedro dice:

–           Vamos a tomar nuestro cargamento. No veo la hora de alejarnos de este asqueroso pagano. Juan… Síntica… En cuanto bajemos con la carga, vendremos por ustedes…

Y los ocho apóstoles se van ligeros a hacer lo que han dicho.

Los dos que se quedan observan los diques y la sinfonía de silbidos con que se trasmiten las órdenes para que el navío quede a punto para el desembarco.

Juan de Endor dice muy triste:

–           Síntica, cada vez damos un paso más hacia lo desconocido. Otro paso que nos aleja del dulce pasado. Otra agonía… no creo que aguante…

Síntica está muy pálida y tambien agobiada por la tristeza, pero es siempre la mujer fuerte que da fuerzas a los que ama:

–           Es verdad, Juan. Otro golpe que destroza el corazón. Otra agonía… Pero no digas: ‘Otro paso más hacia lo desconocido’ No está bien. Conocemos nuestra misión. Jesús nos lo dijo. Y nos estamos uniendo a la Voluntad de Dios, que sólo Él sabe por qué lo está permitiendo…

Ni siquiera debemos decir: ‘Otro golpe’ Nosotros seguimos fieles a su voluntad. El golpe abate. Nosotros nos unimos.  Nos vemos libres de los placeres sensibles de nuestro amor por Él, por nuestro Maestro. Y nos reservamos las delicias suprasensibles, haciendo que nuestro amor y obligación se trasladen a un plan superior. ¿No estás convencido de ello? ¿Sí?

Juan asiente en silencio con un gesto afirmativo.

–           Entonces no debes decir ‘otra agonía’ Decir agonía significa que la muerte está cerca. Pero nosotros al llegar a un plano espiritual por nuestros propósitos, no morimos, sino que ‘vivimos’. Porque lo espiritual es eterno. Por esta razón subimos a una vida mejor, anticipo de la vida verdadera del Cielo. ¡Ea, ánimo! ¡Olvida que eres el Juan inútil! Y piensa que eres el hombre destinado al Cielo. Reflexiona, reacciona y medita… Y espera solo en ser el ciudadano de aquella patria inmortal.

Los apóstoles ya tienen la carga lista para desembarcar, cuando la nave entra majestuosa, al lugar donde va a atracar. Se acercan los dos que están sufriendo el dolor infinito del alejamiento del que ya aman con todo su ser.

Nicomedes se acerca a despedirlos y Pedro dice:

–          Adiós y muchas gracias.

–          ¡Salve hebreos! También yo os las doy. Si os apresuráis, encontrareis alojamiento…  Hasta la vista…

Después de bajar la carga, los diez descienden y cargados con sus fardos, se alejan en busca del albergue…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

12.- LA PRUEBA


En la Puerta del Cielo, en el recinto de las vírgenes; están todas reunidas en uno de los jardines, cuando llegan a avisar a Celina, que hay un mensajero de su casa esperándola en el atrium. Ella se levanta un tanto intrigada y dice a sus amigas:

–           Enseguida regreso. Voy a ver qué sucede.

Cuando llega al atrium, la saluda un hombre de mediana edad y que la saluda amorosamente:

–          La paz sea contigo amita. Eladio me mandó con esta carta para ti. Espero por la  respuesta.

Celina toma la tablilla y dice:

–           La paz sea contigo, Raymundo. Gracias. Cuando Recordarás que ya no soy tu ama. Tú eres mi hermano. Hace quince años que eres libre.

Raymundo le contesta:

–           Tú siempre serás mi amita por el amor.

Celina sonríe y mueve la cabeza. Luego rompe el sello. Lee:

Eladio a Celina:

La paz sea contigo, mi niña.

Ha venido varias veces a buscarte, el noble Narciso Haloto. Y ayer, uno de los jardineros del Palatino, escuchó una conversación cuando estaba trabajando. El ministro de Nerón, estaba con su liberto de confianza y le estuvo dando instrucciones. Y de esta manera fue como se enteró del siniestro complot con el que pretende raptarte, para obligarte a que te cases con su hijo. Creyó oportuno avisarme, porque también él sabe que eres una virgen consagrada. Te lo ruego. Durante un buen tiempo, no regreses, ni vayas a ningún lugar donde él pueda encontrarte. Por lo que cuentan sus esclavos, sabemos que es un hombre infame y muy cruel.  Solo a Raymundo con quién te envío esta carta, dile en donde podré encontrarte, para enviarte noticias. Cuídate mucho. Que el poder del Altísimo te siga protegiendo. Adiós.

Celina se queda pensativa… Recuerda todo el trabajo que tienen y dice a Raymundo:

–           Dile que me quedaré aquí. Vete en paz hermano.

El hombre se retira y ella regresa nuevamente al jardín.

Diana al verla llegar, le pregunta:

–           ¿Qué pasó?

Celina les lee la carta…

Ariadna dice:

–           Te quedarás aquí.

Diana apoya:

–           También yo me quedaré contigo.

Celina sonríe con dulzura, como si ningún peligro la amenazara. La conversación se generaliza. Y todas vuelven a su tema preferido: JESÚS.

Mientras tanto, en otro jardín de la misma mansión; sentados en una banca de mármol, junto al estanque; Leonardo conversa con Sofía. Sus grandes y expresivos ojos son muy diferentes. Reflejan una dulzura y veneración que antes no existían. Tomando las manos de Sofía, las lleva a los labios, las besa. La mira conmovido y agradecido…

Luego le suplica:

–           Sofía… Amor mío.  Por favor ¡Perdóname! Ahora comprendo. Quiero que tu Dios, sea mi Dios. Enséñame a amarlo como lo amas tú. Enséñame a conocerlo, como lo conoces tú. Enséñame sobre todo, a adorarlo y a servirlo, como lo haces tú. Yo quiero ser cristiano, como tú.

La sonrisa de Sofía se vuelve luminosa y tomándolo de la mano, se levanta y lo lleva hasta el Lararium.

Allí está la enorme cruz desnuda, con el sudario que pende de uno a otro de sus brazos. Hay un cirio encendido a cada lado. Y hermosos jarrones llenos de lirios y azucenas. Al frente, una balaustrada de mármol sirve como reclinatorio para arrodillarse. Sobre el arco superior, están grabadas estas palabras:

DIOS ES AMOR’ 

Bajo el arco de la pared izquierda, hay un letrero tanto en griego como en latín:

‘EN ESTA CASA APRENDERAS A CONOCERLO, A AMARLO, A ADORARLO Y A SERVIRLO.’

Bajo el arco de la pared derecha, igual se lee:

‘Para ser un verdadero hijo de Dios, aprende esta ciencia:

VIVIR MURIENDO

Y      

MORIR AMANDO

Cuando la domines, alcanzarás la Gloria.

Después de meditar un largo rato en estas palabras, los dos se dirigen a un amplio salón, donde está reunido un grupo de más de doscientas personas. Leonardo se sienta en un banco junto a la pared. Y la armoniosa voz de Sofía proclama las palabras de la segunda lección para los nuevos cristianos:

LA PRUEBA

Cuando Dios creó a su Arcángel Predilecto, el Cielo entero enmudeció de admiración. Dios quiso a su lado a este maravilloso arcángel, cuando realizó la Creación del Universo. El más bello de todos los ángeles, espíritu perfecto inferior solamente a Dios, fue llenado de dones: segundo en belleza de todo cuanto existe, una inteligencia privilegiada y poder. Fue puesto al mando de la tercera parte de los Ejércitos Celestiales. Dirigía los coros angélicos. Y como intermediario entre Dios y los hombres, le fue dado el título de Dominador de las Naciones. En las misiones destinadas a los hombres, él hubiera sido el ejecutor del querer divino y por eso se llamó:

LUCIFER = PORTADOR DE LA LUZ.

En los ángeles también hay Libertad de Arbitrio. En el orden perfecto del Universo, Lucifer abusó de su libertad. En su ser luminoso nació un vapor de soberbia, que él no dispersó: al verse en Dios. Al verse a sí mismo y compararse con sus compañeros, porque Dios le envolvía con su Luz y se gozaba en el esplendor de su arcángel. Y porque los ángeles le veneraban como el espejo más acabado de Dios, se maravilló. Debía admirar solamente a Dios.

Más en todas las criaturas, se encuentran presentes todas las fuerzas buenas y malas que luchan entre sí, hasta que una de las dos partes vence para proporcionar bien o mal, del mismo modo que en la atmósfera se encuentran todos los elementos gaseosos por ser necesarios y es la manera de usarlos la que determina que sean buenos o nocivos.

Lucifer no era santo hasta el punto de ser todo amor. La medida del amor, Lucifer no quiso completarla y no rechazó la complacencia de sí mismo, que ocupaba en él un espacio en el que no podía haber amor. De haber sido todo amor, no habría habido sitio en él para la soberbia, a la que también es justo llamar: desorden del entendimiento. Vapor de soberbia que él no dispersó. Al contrario: lo condensó y lo cobijó. Y de esta incubación, nació el Mal.

Lucifer desarrolló la soberbia, la cultivó, la aumentó e hizo de ella, arma y seducción. Dios había creado a un ministro glorioso y bellísimo. Y la libre voluntad del ángel creó a SATANAS   =   ADVERSARIO.

La soberbia es la palanca que derriba los espíritus y los arranca de Dios. Lucifer quiso más de lo que era y de lo que tenía. Él, que ya era tanto; quiso todo. Y ésta fue la brecha por donde entró ruinosa, su depravación. Siendo ella la causa de que no pudiera comprender ni aceptar al CRISTO-AMOR, compendio del Infinito, Único y Trino Amor.

Y se negó a servir.

Al conocer las futuras maravillas de Dios, quiso ponerse él en su lugar. Con su mente turbada se vio a sí mismo al frente de los hombres futuros, adorado por ellos como poder supremo. Y conociendo el secreto de Dios y sus designios, decidió que él podía terminar lo que Dios había comenzado y apoderarse del reino que sería la herencia de Jesús. Sedujo a los menos reflexivos de entre sus compañeros, distrayéndolos de la contemplación de Dios como Suprema Belleza.

Y se rebeló contra Dios.

Los demás ángeles que estaban bajo su mando y que fueron débiles en el amor y la fidelidad hacia Dios, también se rebelaron. Y así quedó orquestado el primer golpe de estado de la Historia.

Así se consumó, el PECADO DE LOS ÁNGELES.

Y partir de ese momento, fue su nombre: SATÁN.

Nombre dado por Dios, al Adversario. Al Enemigo Implacable en que se convirtió, el que fuera el más grande de todos los ángeles.

Y una Gran Batalla estalló en el Cielo. Batalla de inteligencia y de voluntad, combatida en la Presencia de Dios y que determinó para la Eternidad, el futuro destino de los ángeles y de los hombres. Fue un hecho histórico de importancia primaria, que incluyó Cielo y Tierra, pues la Historia de la Humanidad está atada y condicionada, a este acontecimiento.

Y Lucifer y los demás soberbios y desobedientes, fueron arrojados para siempre del Paraíso Celestial, por San Miguel Arcángel y sus ángeles. Cuando los derrotados fueron castigados, Dios los congeló en su rebeldía y les quitó la capacidad de amar, (Dios se retiró de ellos para siempre) pero no la necesidad de ser amados. Y ésta se convirtió en ira. El amor y la belleza, (atributos de Dios) les fueron quitados y de esta forma quedaron convertidos en demonios horrorosos.

El gran amor que los animaba se convirtió en Odio y fueron precipitados en el Infierno para ser devorados por la concupiscencia del espíritu… en el Fuego del Rigor de Dios.

“Y creó Dios al hombre a su Imagen. A Imagen de Dios lo creó. Macho y hembra los creó. Dios los bendijo diciéndoles: ‘Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la Tierra y sométanla.”

Dios no les prohibió a los hombres amarse. Solo que Él deseaba que su amor fuera perfecto y sin el desorden perjudicial de las pasiones desordenadas. El uno y la otra se complementaban a la perfección. Y fueron hechos para amarse. La perfección es amor. El amor es armonía. La armonía es orden. No hay armonía en donde es turbado el orden. No hay amor en donde es turbada la armonía. No hay perfección en donde falta el amor. Así sucede en todas las cosas y las obras. En las humanas y sobretodo en las sobrenaturales.

La única limitación al inmenso poseer del hombre, fue la prohibición de coger los frutos del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal. Esto era inútil e injustificado, porque el hombre tenía ya la Ciencia que le era necesaria y en una medida superior a la establecida por Dios, no podía más que causar daño.

LA PRUEBA DE LA OBEDIENCIA. 

Se había dado Él, Dios Mismo ¿Y prohibía mirar un fruto? Había dado al polvo la Vida, infundiéndole su hálito divino en el hombre, ¿Y prohibía de coger un fruto? Había hecho al hombre Rey de todas las criaturas. Lo consideraba su propio hijo ¿Y prohibía comer un fruto?

Aunque este episodio pudiera parecer de una obstinación inexplicable, no es así.

El medio: el árbol y la manzana. Dos cosas pequeñas. Insignificantes si se las compara con las inmensas riquezas que Dios había concedido al hombre.

El árbol no era diferente de las otras plantas y como todo lo hecho por Dios, tenía sus frutos buenos, bellos y sabrosos. Pero era planta de Bien y Mal. Esto lo convertía según el comportamiento del hombre, no tanto por la planta, sino por la orden divina.

Obedecer es Bien. Desobedecer es Mal.

La manzana no era solo la realidad: fruto. Era también el símbolo: el símbolo del Derecho Divino y del Deber humano. Dios sabía que sobre aquel fruto andaría Satanás para tentar. Dios todo lo sabe. El malvado fruto era la palabra de Satanás, gustada por Eva. El peligro de acercarse al árbol, estaba en la desobediencia que haría que los Inocentes cayeran en la trampa tendida por Satanás. 

LA DESOBEDIENCIA.

Eva fue al árbol. La curiosidad la arrastra para ver lo que había de especial en él. La imprudencia la empuja a no tener como útil, la Orden Divina, puesto que Ella es fuerte y pura. La Reina del Edén, en donde todas las cosas le obedecen y ninguna puede causarle mal. La presunción la llevó a la ruina. La presunción es el fermento de la soberbia. En el Árbol se encuentra al Seductor, el cual canta la Canción de la Mentira a su inexperiencia:

“¿Piensas que aquí hay algo de Mal? No. Dios te lo prohibió porque os quiere tener como esclavos de su Poder. ¿Creéis ser reyes? No sois ni siquiera libres, como lo es la fiera. Ella si puede amar de verdad. A ella se le ha permitido ser creadora como Dios. Ella engendrará hijos y los verá crecer y serán una familia feliz. Pero vosotros, no. A vosotros se os ha negado esta alegría. ¿A qué fin os ha hecho macho y hembra, si debéis vivir de este modo? ‘¿Sois dioses y no sabéis lo que es ser dos en una sola carne, que crea una tercera y muchas más? No creáis a las promesas de Dios de que tendréis una posteridad al ver que vuestros hijos procrean nuevas familias y dejan por ellas, padre y madre. Os dio una apariencia engañosa de la vida: la verdadera vida consiste en conocer las leyes de la vida. Entonces seréis semejantes a dioses y podréis decir a Dios: ¡Somos tus iguales!… Ven, acércate… Yo te enseñaré…”

Y la seducción continuó porque no había voluntad de rechazarla. Y lo que sí se quería, era conocer lo que no pertenecía al hombre.

Satanás sedujo a los hijos de Dios, con pensamientos de soberbia. Inoculó en los inocentes la sed de ser grandes de todas las grandezas: del poder, del saber y del poseer.

A la ciencia pura que Dios les había dado, Satanás inoculó su malicia impura, que pronto fermentó también en la carne. Pero antes corrompe el espíritu, haciéndolo rebelde y después el intelecto, haciéndolo astuto. Y con todo esto lo lleva al pecado contra el Amor: la soberbia de la mente y del corazón, por el cual el hombre inocente se volvió culpable. El tremendo pecado del ‘yo’ que quiere ser como Dios, cometido por Lucifer, el mismo con el cual después seduce al hombre, para convertirlo al igual que él, en un rebelde contra Dios.

Satanás robó la virginidad intelectual al hombre. Y con su lengua serpentina acarició los miembros y los ojos de Eva, suscitando reflejos y agudezas que antes no había, porque la malicia no los había intoxicado.

Eva quiso conocer lo que de manera tan atractiva le fue presentado. Lucifer la había seducido y ella deseó ardientemente, lo que solo Dios podía conocer sin peligro: La Ciencia del Bien y del Mal.

Y el Árbol Prohibido fue mortal. Porque de sus ramas pende el fruto del saber amargo que proviene de Satanás. Eva ‘vio’ y viendo quiso probar. La carne se había excitado. Y ‘comprendió’. La malicia bajó a morderle las entrañas. Vio con nuevos ojos y oyó con nuevos oídos los instintos y las voces de los animales. Y los anheló con loca ansiedad. Y la Mujer se convirtió en Hembra. Se corrompió en maldad y se volvió contra Dios con todos sus sentidos desordenados.

La Creación entera lloró amargamente la Inocencia de su Reina Profanada.

En lugar de arrepentirse y llamar al Señor, que la hubiera perdonado sin duda y le hubiera regenerado su pérdida, ella fue a seducir a su compañero. Y con el fermento satánico en el corazón, fue a corromper a Adán y le enseñó todo lo que había aprendido. De criatura se convirtió en creadora y al usar de este don indignamente, nada en el hombre quedó exento de culpa y todas las partes del ‘yo’ físico y moral, quedaron envenenadas con las tendencias al mal. Y con la voluntad cautiva para que fueran instrumentos para seguir pecando, convirtiéndolo así en esclavo de Satanás.

Eva inició sola el pecado. Lo llevó a término con su compañero. Llegada a este nivel la carne, corrompido lo moral, degradado lo espiritual, conocieron el dolor y la muerte del espíritu privado de la Gracia y de la carne privada de la Inmortalidad.

Y por esto sobre la mujer pesa una condena mayor. Porque por ella el hombre se volvió rebelde a Dios y conoció la lujuria y la muerte. Y es por causa de ella que el hombre ya no puede dominar sus tres reinos: el del espíritu, porque permitió que el espíritu desobedeciese a Dios y con el pecado le dio la muerte. El del alma, porque permitió que las pasiones lo dominaran. Y el del cuerpo porque lo sometió a las leyes instintivas de los brutos.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA