Archivos de etiquetas: juan bautista

18 MATERNIDAD DE ISABEL


18 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

María anuncia a José la maternidad de Isabel

Y confía a Dios la justificación de la suya.

Ante mi vista la casita de Nazaret y María dentro, jovencita, como cuando el Ángel de Dios se le apareció.

El solo hecho de ver, ya me llena el alma del perfume virginal de esa morada; del perfume angélico aún presente en esa estancia en que el Ángel agitó sus alas de oro; del perfume divino,

que se ha concentrado enteramente en María para hacer de Ella una Madre y que ahora de Ella revierte.

Las sombras empiezan a invadir la estancia a la que antes había descendido tanta luz de Cielo.

Está anocheciendo.

María, de rodillas al lado de su lecho, ora con las manos cruzadas sobre el pecho y con el rostro muy inclinado hacia el suelo.

Lleva el mismo vestido del momento del Anuncio.

Todo está como entonces. La ramita florecida en su jarrón, los muebles en el mismo orden. La única variación es que la rueca y el huso están apoyados en un rincón:

con su penacho de estambre, aquélla; con su brillante hilo envuelto en torno, éste. 

María deja de rezar y se pone en pie, con el rostro encendido como por una llama. La boca sonríe, pero el llanto hace brillar sus ojos azules.

Coge la lámpara de aceite y con una piedra de chispa la enciende. Mira si todo está ordenado en la habitación. Endereza la cobija de la cama, que se había torcido.

Añade agua al jarrón de la ramita florecida y le saca de la habitación, al fresco de la noche.

Luego entra otra vez. Coge el bordado que estaba doblado encima del mueble de anaqueles, y la lámpara encendida, y, cerrando la puerta, sale.

Da unos pasos por el huertecillo bordeando la casa, luego entra en la habitación donde vi que Jesús se despidió de María.

La reconozco, a pesar de que falten ahora algunos objetos del mobiliario que entonces había.

María se marcha a otra pequeña habitación cercana a ésta, llevando la lámpara consigo, y yo me quedo, me quedo con la sola compañía de su labor depositada en la esquina de la mesa.

Oigo ir y venir el paso leve de María; le oigo agitar agua, como quien estuviera lavando algo. Luego, romper unas ramitas.

Comprendo que se trata de leña rota por el sonido que hace. Oigo que enciende el fuego.

Vuelve. Sale al jardincito. Vuelve a entrar; trae unas manzanas y verdura. Deja las manzanas en la mesa, en una bandeja de metal grabado (creo que se trata de cobre burilado).

Vuelve a la cocina (está claro que allí está la cocina). Ahora la llama de la lumbre se proyecta alegre desde la puerta abierta hasta aquí dentro, representando una danza de sombras en las paredes.

Pasa un rato y María regresa con un pan pequeño y oscuro y un cuenco de leche caliente.

Se sienta. Moja unas rodajas de pan en la leche. Come tranquila y despacio.

Luego, dejando la mitad del tazón de leche, entra de nuevo en la cocina y vuelve con las verduras, les echa un poco de aceite y se las come con el pan. Para la sed, bebe la leche.

Luego coge una manzana y se la come. Una cena de niña.

María piensa mientras come, y sonríe ante un íntimo pensamiento. Levanta la mirada, recorre con ella las paredes; parece como si les comunicase un secreto suyo.

De vez en cuando, sin embargo, se pone seria, casi triste; pero luego le torna la sonrisa. Se oye llamar a la puerta.

María se levanta y abre. Entra José. Se saludan.

José se sienta en un taburete, de la otra parte de la mesa, frente a María. José es un hombre apuesto, en la plenitud de la vida. Tendrá unos treinta y cinco años como mucho.

Su pelo castaño oscuro y su barba del mismo color le enmarcan un rostro proporcionado con dos dulces ojos castaños casi negros.

Su frente es amplia y lisa; su nariz, delgada, ligeramente arqueada; carrillos más bien llenos, de un moreno no aceitunado, incluso rosado en los pómulos. No es muy alto, sí de complexión fuerte y bien proporcionado.

Antes de sentarse se ha quitado el manto, que — es el primero que veo hecho de esa manera — es circular y se lleva sujeto al cuello con un ganchito o algo parecido, y tiene capucha.

Es de color marrón claro y parece hecho de una tela impermeable de lana basta. Parece un manto de montañés, bueno para resguardar de las inclemencias del tiempo.

También antes de sentarse, le ha ofrecido a María dos huevos y un racimo de uvas, un poco arrugadas pero bien conservadas.

Y sonríe diciendo:

–      Me las han traído de Cana.

Los huevos me los ha dado el Centurión por un trabajo que le hice a un carro suyo, se había roto una rueda y el que trabaja para ellos estaba enfermo…

Son frescos. Los ha cogido de su gallinero. Bébetelos. Te vendrán bien. 

–      Mañana, José. Acabo de comer.

–     Las uvas sí te las puedes comer.

Son buenas. Dulces como la miel. Las he traído despacio para no estropearlas. Cómetelas. Tengo más. Te las traigo mañana en una cesta. Esta noche no podía porque vengo directamente de casa del Centurión.

–     Entonces, no has cenado todavía.

–     No. Pero no importa.

María se levanta inmediatamente y va a la cocina.

Vuelve con leche, aceitunas y queso.

–     No tengo otra cosa.

Cómete un huevo.

José no quiere. Los huevos son para María. Come con gusto su pan con queso y se bebe la leche, que está todavía tibia. Luego acepta una manzana.

La cena ha terminado.

María despeja la mesa de las cosas de la cena con la ayuda de José, que se ha quedado en la cocina incluso cuando Ella vuelve aquí.

Le oigo mover las cosas poniendo todo en su sitio. Atiza el fuego de nuevo porque la noche está fresca.

Cuando vuelve, María le da las gracias y coge su bordado.

Se ponen a hablar.

José cuenta cómo ha pasado el día. Habla de sus sobrinitos. Se interesa por el trabajo de María y por sus flores. Le promete que le traerá unas flores muy bonitas que el Centurión le ha ofrecido.

–     Nosotros no tenemos esas flores.

Las han traído de Roma. Me ha prometido que, apenas hayan germinado, me dará las plantas. Ahora, cuando la Luna sea propicia, te las planto. Tienen colores bonitos y un perfume muy bueno.

Las he visto el verano pasado, porque florecen en verano. Perfumarán toda tu casa.

Los árboles los podaré más tarde, con la Luna favorable.

Es ése el momento. María sonríe y de nuevo le da las gracias.

Silencio. José fija su mirada en la rubia cabeza de María inclinada hacia su trabajo de bordado. Es una mirada de amor angelical.

Sin duda alguna, si un ángel amara a una mujer con amor de esposo, la miraría así.

María, como quien hubiese tomado una decisión, pone en su regazo el bordado y dice: 

–     José, yo también tengo algo que decirte.

Nunca recibo nada, pues tú sabes qué retirada vivo. Pero, hoy he recibido una noticia. He tenido noticia de que nuestra parienta Isabel, mujer de Zacarías, va a tener pronto un hijo…

José abre enormemente los ojos y dice:

–     ¿A su edad?

–     A su edad – responde sonriendo María.

El Señor todo lo puede, y ahora ha querido darle esta alegría a nuestra parienta.

–    ¿Cómo lo has sabido?

¿Es segura esta noticia?.

–     Ha venido un mensajero.

Y es uno que no puede mentir. Yo quisiera ir donde Isabel, para servirla y decirle que exulto con ella. Si tú lo permites…

–     María, tú eres mi señora y yo tu siervo.

Todo lo que haces está bien hecho. ¿Cuándo quisieras partir?

–     Lo antes posible.

Pero estaré fuera algunos meses.

–     Y yo contaré los días esperándote.

Ve tranquila. Me ocuparé de la casa y de tu huertecito. Cuando vuelvas encontrarás tus flores tan bonitas como si tú misma las hubieras estado cuidando. Sólo una cosa…

Espera. Antes de la Pascua tengo que ir a Jerusalén, para comprar unas cosas para mi trabajo. Si esperas unos días, te acompaño hasta allí; no más lejos, porque debo volver rápidamente;

pero hasta allí podemos ir juntos. Estoy más tranquilo si no pienso que vas sola por los caminos. Para la vuelta, házmelo saber, y así saldré a tu encuentro.

–     Eres muy bueno, José.

Que el Señor te recompense con sus bendiciones y mantenga lejos de ti el dolor. Le pido siempre por esto.

Los dos castos esposos se sonríen angelicalmente.

Silencio de nuevo durante un tiempo.

Luego José se pone en pie. Se pone el manto, se pone la capucha, se despide de María, que también se ha levantado, y sale.

María le sigue con la mirada y con un suspiro como de pena. Luego levanta los ojos al cielo. Está, sin duda, orando. Cierra la puerta con cuidado. Dobla el bordado. Va a la cocina. Apaga o cubre, la lumbre.

Mira a ver si todo está como debe. Coge la lámpara y sale, cerrando la puerta. Con su mano protege la llamita, temblorosa en el viento fresquito de la noche.

Entra en su habitación y sigue orando. La visión cesa así.

Dice María:

Hija mía querida, cuando, terminado el éxtasis que me había henchido de inefable alegría, regresé a los sentidos de la Tierra, el primer pensamiento que, punzante como espina de rosas,

hirió mi corazón envuelto en las rosas del Divino Amor, desposado conmigo unos instantes antes, fue José.

Yo ya amaba entonces a este santo y providente custodio mío.

Desde el momento en que la voluntad de Dios, a través de la palabra de su Sacerdote, quiso que fuera esposa de José, pude ir conociendo y apreciando la santidad de este Justo.

Unida a él, sentí cesar mi estado de desorientación por mi orfandad, y dejé de añorar el perdido amparo del Templo.

Él era tan dulce como el padre que había perdido. Junto a él me sentía tan segura como junto al Sacerdote. Toda vacilación había cesado; es más, había quedado olvidada.

Efectivamente, mucho se habían alejado de mi corazón de virgen las vacilaciones, porque había comprendido que no tenía motivo alguno de vacilar, que no tenía nada que temer respecto a José.

Mi virginidad, confiada a José, estaba más segura que un niño en brazos de su madre. ¿Cómo decirle ahora que era Madre? Trataba de encontrar las palabras con que anunciárselo. Difícil búsqueda.

No quería yo, en efecto, alabarme por el don divino recibido, y no podía justificar mi maternidad en ningún modo sin decir: “El Señor me ha amado entre todas las mujeres y de mí, su sierva, ha hecho su Esposa”.

Tampoco quería engañarle, ocultándole mi estado.

Pero, mientras oraba, el Espíritu que me llenaba me había dicho: “Guarda silencio. Déjame a Mí la tarea de justificarte ante tu esposo”.

¿Cuándo? ¿Cómo? No lo había preguntado. Siempre me había abandonado en Dios, como una flor se abandona a la ola que la lleva.

Jamás el Eterno me había dejado sin su ayuda. Su mano me había sujetado, protegido, guiado hasta aquí; esta vez, pues, también lo haría.

Hija mía, ¡Qué hermosa y confortante es la Fe en nuestro eterno y buen Dios! Nos pone entre sus brazos como si fueran una cuna; nos lleva, como una barca, al radiante puerto del Bien;

da calor a nuestro corazón, nos consuela, nos nutre, nos proporciona descanso y júbilo, nos ilumina y nos guía. La confianza en Dios lo es todo, y Dios da todo a quien tiene confianza en Él: se da El mismo.

Aquella tarde llevé hasta la perfección mi confianza de criatura.

Ahora podía hacerlo, porque Dios estaba en Mí. Antes, mi confianza era la de una pobre criatura como era; siempre una nada, aunque fuera la Tan Amada que era la Sin Mancha.

Pero ahora poseía la confianza divina porque Dios era mío: ¡mi Esposo, mi Hijo! ¡Oh, gran gozo! Ser Una con Dios. No para gloria mía, sino para amarle en una unión total y poderle decir:

“Tú, Tú solo, que estás en mí, actúa con tu divina perfección en todas las cosas que yo haga”.

Si Él no me hubiera dicho: “¡Calla!”, quizás habría osado, con el rostro en tierra, decirle a José: “El Espíritu ha penetrado en mí y llevo la Semilla de Dios”.

Él me habría creído, porque me estimaba y además porque, como todos los que nunca mienten, no podía creer que otro mintiera.

Sí, con tal de no causarle un dolor subsiguiente, yo habría vencido la reticencia a proporcionarme a mí misma esa alabanza. Mas, presté obediencia al mandato divino.

A partir de ese momento, y durante meses, sentí esa primera herida que me ensangrentaba el corazón. Ese fue el primer dolor de mi destino de Corredentora.

Lo ofrecí y lo sufrí para expiar, y para daros una norma de vida en momentos análogos a éste, de sufrimiento por deber guardar silencio o por un hecho que da una mala imagen de vosotros a quien os ama.

Confiadle a Dios la tutela de vuestro buen nombre y de vuestros intereses afectivos.

Mereced, con una vida santa, la tutela de Dios, y… caminad seguros.

Podrá el mundo entero ponerse en contra de vosotros; Él os defenderá ante quien os ama, y hará brillar la verdad.

109 LA DESPEDIDA


109 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Es una clara noche de luna.

Tan nítida, que el terreno aparece con todos sus detalles y los campos, con el trigo nacido pocos días antes,

parecen alfombras de felpa verdeplata vareteadas con las listas oscuras de los senderos.

Velándolas están los troncos de los árboles: del todo blancos por el lado de la Luna; del todo negros por el lado oeste.

Jesús va caminando seguro y solo.

Avanza muy deprisa por su camino…  

Hasta que se encuentra con un curso de agua que desciende gorgoteando hacia la llanura en dirección norte-este.

Remonta su curso hasta un lugar solitario al lado de una escarpadura cubierta de vegetación espesa.

Tuerce otra vez, trepando por un sendero y llega a un refugio natural de la ladera del collado.

Entra.

Se inclina hacia un cuerpo extendido en el suelo.

Un cuerpo que casi ni se vislumbra a la luz de la luna, que ilumina el sendero, pero no penetra en la cueva.

Lo llama:

–     Juan.

El hombre se despierta y se incorpora, todavía entre las nieblas del sueño.

Pronto se da cuenta de Quién es el que lo ha llamado…

Y se levanta bruscamente, para postrarse en tierra diciendo:

–      ¿Cómo es que viene a mí mi Señor?

–     Para alegrar tu corazón y el mío.

Anhelabas mi presencia, Juan; aquí estoy. Levántate.

Vamos a salir a la luz de la luna.

Sentémonos a conversar en esta peña que hay junto a la cueva.

Juan obedece, se levanta y sale.

Pero, una vez que Jesús se ha sentado…

él, con la piel de oveja que mal cubre su flaquísimo cuerpo, se pone de rodillas delante del Cristo,

echándo hacia atrás sus cabellos largos y desordenados que le pendían por delante de los ojos, para ver mejor al Hijo de Dios.

El contraste es fortísimo:

Jesús, de tez pálida, rubio, cabellos esponjosos y ordenados, corta barba en la parte baja del rostro.

El otro, todo él, una mata de pelos negrísimos, tras los cuales apenas si asoman dos ojos hundidos que parecen febriles,

por el fuerte brillo de su negro de azabache.

Jesús dice:

–     Vengo a decirte “gracias”.

Has cumplido y cumples, con la perfección de la Gracia que hay en ti, tu misión de Precursor mío.

Cuando llegue la hora, entrarás en el Cielo a mi lado, porque habrás merecido todo de Dios;

pero ya durante la espera tendrás la paz del Señor, amigo mío dilecto.

–    Muy pronto entraré en la paz.

Bendice, Maestro mío y Dios mío, a tu siervo; para fortalecerlo en la última prueba. Sé que está cercana.

Y que debo dar todavía un testimonio: el de la sangre.

Tú tampoco desconoces – menos todavía que yo – que mi hora está llegando.

Tu venida aquí ha sido deseo de la misericordiosa bondad de tu corazón de Dios, para fortalecer al último mártir de Israel y primero del nuevo tiempo.

Dime sólo una cosa: ¿Voy a tener que esperar mucho hasta que vengas?

–     No, Juan.

No mucho más de cuanto transcurrió desde tu nacimiento, hasta el mío.

–     ¡Bendito sea el Altísimo! Jesús…

¡Puedo llamarte así?

bautista

–     Puedes, por sangre y por santidad.

Este Nombre, pronunciado incluso por los pecadores, puede pronunciarlo el santo de Israel.

Para ellos significa salvación. Sea para ti dulzura. ¿Qué quieres de Jesús, tu Maestro y primo?

–     Voy a la muerte.

Me preocupo de mis discípulos como un padre lo hace con sus hijos. Mis discípulos…

Tú, que eres Maestro, sabes cuán vivo es nuestro amor por ellos.

El único pesar de mi muerte es el temor a que se descarríen, como ovejas sin pastor.

Recógelos Tú.

Te restituyo los tres tuyos, que en espera de Tí, han sido perfectos discípulos míos.

En ellos, sobre todo en Matías, habita realmente la Sabiduría.

Tengo otros discípulos que irán a Tí. Deja de todas formas que te confíe personalmente a estos tres; son los tres preferidos.

–    También Yo les profeso este amor.

Ve tranquilo, Juan. No perecerán ni éstos ni los otros verdaderos discípulos que tienes.

Recojo tu herencia. La velaré como el tesoro más apreciado, recibido del perfecto amigo mío y siervo del Señor.

Juan se postra y se inclina profundamente hasta tocar el suelo y cosa que parece imposible en un personaje tan austero,

solloza fuertemente, de alegría espiritual.

Jesús le pone una mano sobre la cabeza:

–     Tu llanto, que es alegría y humildad, encuentra su correspondencia en un lejano canto, al son del cual tu pequeño corazón saltó de júbilo.

Aquel canto y este llanto son el mismo himno de alabanza al Eterno, que “ha hecho grandes cosas; Él, que es poderoso en los espíritus humildes”.

Mi Madre también va a entonar de nuevo su canto, el mismo que en aquel momento cantó.

Pero después, Ella recibirá la mayor de las glorias, como tú tras tu martirio. Te traigo su saludo. Todos los saludos y todos los consuelos. Lo mereces.

Aquí, sólo es la mano del Hijo del Hombre lo que está sobre tu cabeza; pero del Cielo abierto desciende la Luz y el Amor para bendecirte, Juan.

–     No merezco tanto. Soy tu siervo.

–     Tú eres mi Juan.

Aquel día, en el Jordán, Yo era el Mesías que se estaba manifestando;

aquí, ahora, soy tu primo y tu Dios,  con el deseo de darte el viático de su amor de Dios y de pariente.

Levántate, Juan. Démonos el beso de despedida.

–     No merezco tanto…

Lo he deseado siempre, durante toda la vida; sin embargo, no oso cumplir este gesto contigo: Tú eres mi Dios.

–     Yo soy tu Jesús. Adiós.

Mi alma estará al lado de la tuya hasta la paz. Vive y muere en paz, por tus discípulos. Ahora sólo puedo darte esto.

En el Cielo te daré el céntuplo, porque has hallado toda gracia ante los ojos de Dios.

Lo ha puesto en pie y lo ha abrazado besándolo en las mejillas, recibiendo a su vez el beso de Juan, quien tras ello, vuelve a arrodillarse.

Jesús le impone las manos y ora con los ojos levantados al cielo. Parece como si lo estuviera consagrando.

Jesús se manifiesta imponente.

El silencio se prolonga así, durante un tiempo.

Luego Jesús se despide con su dulce saludo.

–     Mi paz esté siempre contigo. 

Y emprende el regreso, por el mismo camino que había recorrido antes.

214.- AGNUS DEI


1sanjuanbautista

Juan Bautista había permanecido fiel a Dios y a la Verdad. Arrestado una primera vez por aquel maestro del compromiso que es Herodes Antipas, el cual contemporizaba entre la admiración por el Profeta al que tenía en gran estima, al que consultaba y escuchaba, sabiéndolo justo…  Y el rencor de Herodías su mujer, que odia al Bautista y que lo tiene conquistado con la lujuria y el temor a la ira del pueblo, que veneraba al Profeta.

Había sido puesto en libertad con la consigna de alejarse y callar…  Y Juan había estado en  los confines de Samaría, donde permaneció hasta que fue arrestado por segunda vez.

1juan_bautista_martirio1

Juan era un héroe de la Verdad y la santidad. Herodes, un campeón del fraude y del compromiso. Primero, le defraudó la mujer al hermano e hizo un compromiso con su conciencia, para saciar la carne.

Y luego fue juguete de su propia irreflexión, al dejarse llevar por una complacencia sensual y le juró a Salomé, darle cuanto le pidiese. Y aunque se entristeció…  Una promesa hecha ante toda la corte, debe ser cumplida… Y de esta forma, la cabeza del más santo de los hombres, cayó por un estúpido juramento.

1juanb

¿Cómo pudo hacer esto Herodes?…

Porque no estaba en él la Gracia. Satanás lo controlaba por medio del pecado. Y cuando Satanás tiene controlado a un hombre, éste se hace ciego y sordo a la Luz y a la Voz del Espíritu de Dios.

El espíritu está muerto por el pecado…

Lo mismo les pasa a los sacerdotes del Templo. La Culpa es raíz de la culpa. Una nace sobre la otra y la marea del Mal crece…

Jesús, como un bribón en medio de cien soldados, vuelve a atravesar la ciudad…  Y vuelve a encontrarse con Judas Iscariote…

La misma mirada de compasión amorosa hacia el Traidor… 

1JesusMisericordioso

Ahora es más difícil darle puntapiés o golpearlo, porque va rodeado por la centuria de soldados romanos…  Pero no faltan las piedras y las inmundicias. Si las piedras rebotan sobre los yelmos y las corazas romanas, las inmundicias salpican y manchan la túnica de Jesús, porque el manto lo dejó en el Getsemaní.

Al entrar Jesús en el suntuoso palacio de Herodes, ve a Cusa. Un discípulo que ante el Maestro en desgracia, decide no arriesgar lo que posee en la corte del rey y concluye por desconocerlo y alejarse de Él, después de tanto bien recibido…

Cusa no tiene el valor de mirarlo y se escabulle, tapándose la cabeza con el manto.

A Jesús lo llevan hasta el salón del trono, delante de Herodes. Tras El, los escribas y Fariseos, que sintiéndose a sus anchas; entran como acusadores. Sólo Longinos con cuatro soldados, escoltan a Jesús ante el Tetrarca.

1Herodes (2)

Éste baja de su trono, da vueltas alrededor de Jesús, mientras escucha las acusaciones de sus enemigos. Sonríe y se burla. Luego simula compasión, respeto, que al igual que los insultos, no turban a Jesús.

Herodes dice:

–                       Eres grande. Lo sé. Te he seguido y me he alegrado de que Cusa sea tu amigo y que Mannaém sea tu discípulo. Yo… ocupaciones de estado… pero ¡Qué ganas tenía de decirte que eres grande! ¡De pedirte perdón! La mirad de Juan… su voz… Me acusan y no puedo desprenderme de ellas. Eres el Santo que quitas los pecados del mundo. Absuélveme Mesías.

1j-herodes

Jesús no responde.

Herodes continúa:

–                       He oído que te acusan de rebelarte contra Roma. Pero ¿No eres la vara que azotará a Assur?

Jesús no dice una palabra.

–                       Me han dicho que has profetizado el fin del Templo y de Jerusalén. ¿Acaso no es eterno el Templo como espíritu, pues quién lo quiso Eterno es?

Jesús calla.

–                       ¿Estás loco? ¿Has perdido el poder? ¿Te impide hablar Satanás? ¿Te ha abandonado?

Herodes ríe a carcajadas. Luego da una orden.

Los siervos traen un perro que tiene una pata quebrada y que aúlla lastimosamente. Y a un hombre que parece más bien un aborto, que tiene la cabeza acuosa y deforme, babea y es juguete de los demás.

Los escribas y sacerdotes retroceden precipitadamente, diciendo que es un sacrilegio lo que se hace con el perro.

Herodes, falso y burlón, grita:

–                       Es el preferido de Herodías. Se lo dio Roma. Ayer se rompió la pata y ella llora por él. Mesías, manda que se cure. Haz un milagro.

1j-HERODES (2)

Jesús lo mira con severidad. Sin protestar.

–                       ¡Oh! ¿Te ofendí? Entonces cura a éste. Es un hombre que está peor que un animal. Dale inteligencia. Tú, Inteligencia del Padre. ¿O no dijiste así?  -y ríe con mucho sarcasmo.

Jesús lo mira con mayor severidad.

–                       Este Hombre es muy abstinente y ahora está atontado con tantos desprecios. Traigan vino y mujeres. Desatadlo.

Mientras lo desatan, numerosos siervos traen jarras, copas.

Entran las bailarinas, que lo único que traen es un cendal multicolor, cubriendo sus carnes de la cintura a la rodilla. Y es todo. Bronceadas. Ligeras como gacelas, dan principio a una danza silenciosa y lasciva.

1Rzymska_orgia_w_czasach_Cesarzy

Jesús rechaza la copa que le presentan y cierra sus ojos sin hablar.

La corte del  Tetrarca se ríe, burlándose del gesto de Jesús.

Herodes invita:

–                       Toma la que quieras. ¡Vive! ¡Aprende a vivir!… –Y hace un gesto a las bailarinas.

Éstas se acercan danzando y bailan alrededor del Reo del Odio.

Jesús parece una estatua. Cruzado de brazos. Los ojos cerrados. Inmóvil; aun cuando las bailarinas lo tocan con sus cuerpos desnudos.

Herodes ordena:

–                       ¡Basta! Te he tratado como a Dios y no te has comportado como tal. Te he tratado como Hombre y tampoco. Eres un loco. Traed un vestido blanco. Ponédselo, para que Poncio Pilatos sepa que el Tetrarca ha tratado a su súbdito como a un loco. Centurión: dirás al Procónsul que Herodes le presenta sus respetos y venera a Roma. Idos…

1juicio

Jesús, nuevamente atado sale llevando sobre su túnica púrpura, la túnica blanca que le llega hasta las rodillas…

Y regresan a la Torre Antonia.

Mannaém no puede contenerse más…

Y en cuanto sale Jesús le reprocha en plena corte a Herodes, su complicidad en el Crimen:

–                       Ya no aguantas los remordimientos por lo de Juan y sabiendo que Él, es el Mesías… ¡Que Él es Dios! También esto te lo he dicho… ¿Cómo te atreves a escarnecerlo así? ¿También eres cómplice de los criminales del Templo?…

1mannaem

Herodes le replica airado:

–                       El que seas mi hermano no te autoriza a faltarme al respeto. -Y volviéndose al comandante de su milicia, ordena- ¡Arréstenlo!…  Por tres días, llévenlo al calabozo, sin comer y sin agua. Y denle veinte azotes por su atrevimiento…

Y mientras Herodes se reclina pensativo,  los soldados herodianos se llevan a Mannaém…

1herodes

El amor prospera en la pureza. En la comitiva que rodea Jesús, está Juan…

Juan, que comparte con María y con Jesús el Dolor. Tuvo un instante de turbación. Una hora de pesadez… Pero cuando superó el sueño con la conmoción de la captura. Y después la conmoción, con el amor.

Se deja llevar por éste y tiene la delicadeza de ir tras el Maestro, arrastrando consigo a Pedro, para que el Rabí tenga un consuelo; viendo a la cabeza y al predilecto de sus apóstoles.

Juan, colmado con el amor de compasión, piensa también en la Madre. Él no sabe que Ella está viviendo los tormentos del Hijo y que mientras los apóstoles dormían, ella velaba y oraba, agonizando junto con Él.

Juan no lo sabe. Su amor lo lleva a seguir a Jesús entre la multitud embriagada de Odio, con sus vestidos que lo delatan como Galileo.

No es cosa fácil. Se está arriesgando a ser lapidado, por ser seguidor del Nazareno. Pero eso no le importa…  El amor lo sostiene y él desafía todo; porque no piensa en sí, sino en los dolores de Jesús y de su Madre.

1two_hearts

Los demás huyeron y están escondidos. La prudencia y el miedo los guían…

A Juan lo guía el amor. Su piedad y su buen sentido lo inducen a esperar y a mantener a María lejos de la multitud y del Pretorio.

Él no sabe qué María comparte con Jesús todo lo que le sucede, padeciéndolo espiritualmente. Es solamente un jovencito inerme que todavía no cumple veinte años; pero que sigue fiel a su Maestro hasta la hora en que será necesario llevarle a María…

Pues Jesús tiene necesidad de la Madre y no está bien que Ella esté separada de su Hijo…

La ciudad ha quedado vacía en los demás lugares y la gente no se ha cansado de esperar ante el palacio proconsular. Ahora, cuando la centuria trata de abrirse paso a duras penas por entre la multitud, pues parece que todos los habitantes de Jerusalén y los peregrinos de la Pascua están reunidos aquí, Jesús descubre a los pastores discípulos…

1_Shepherds_Abiding_in_the_Fields_f

 Están todos. Reunidos junto con un reducido grupo de galileos. También ve a Juan, adentro del atrio, semiescondido detrás de una columna y junto a un siervo romano.

Jesús les envía a todos una sonrisa de bendición…Pero, ¿Qué son estos pocos y qué son Juana, Mannaém y las mujeres, en medio de un océano que hierve de odio?

Los que quieren la muerte de Jesús, no creen que Él sea el hijo de Dios. Como máximo lo consideran un profeta. No creen que Él pueda ser el Mesías. Sólo los puros de corazón, los sencillos, los humildes, han visto la verdad bajo las apariencias…

Los grandes están engreídos de soberbia y ésta es humo que esconde la verdad y corrompe el corazón. Por eso no ven y no pueden creer que el Esperado Mesías, sea un pobre Galileo… (Ellos lo sueñan nacido en un palacio)

Un manso que predica  la renuncia. (Ellos lo piensan un grandioso conquistador de pueblos, al estilo de Alejandro Magno)

1alexander

Consideran que Jesús es un peligroso denunciador de sus maldades y lo que quieren es proteger sus intereses…

Jesús como Cordero de Dios, está bajo la Justicia del Padre Celestial.

Pero aunque Él no ha intervenido para ayudarlo, Jesús no pierde la Fe en Él. Tiene resignación con el Dolor. Permanece aferrado al Cielo, aunque en estos momentos el Cielo lo rechace…

Longinos saluda a Poncio Pilatos y le da el parte.

El Gobernador exclama:

–                       ¿Aquí de nuevo? ¡Oooh, no! ¡Maldita raza! Que se acerque la plebe y traed aquí al Acusado. ¡Vamos! ¡Qué fastidio!

1jantepilatos

Camina hasta la mitad del atrio y se dirige a la turba:

–                       Hebreos, escuchad:

Me habéis traído a este Hombre como a un alborotapueblos. Lo he examinado ante vosotros y no he encontrado en Él, ninguno de los delitos de los que lo acusáis. Tampoco Herodes ha encontrado algo y por eso lo remitió. No merece la muerte.

¡Roma ha hablado! Pero para no disgustaros privándoos de vuestra diversión, os daré a cambio a Barrabás. A Él haré que le den cuarenta azotes. ¡Y basta!

1jesus-ante-pilatos

Los judíos furiosos gritan:

–                       ¡No, no!

–                       ¡No, Barrabás!

–                       ¡No, Barrabás!

–                       ¡A Jesús la muerte!

–                       ¡Y muerte de Cruz!

–                       ¡Déjanos a Barrabás y condena al Nazareno!

Pilatos trata de convencerlos:

–                       Pero tened en cuenta que dije fustigación. ¿No basta? Haré que lo flagelen. Es algo atroz. ¿No lo sabéis? ¡Puede morir con ella! ¿Qué mal ha hecho? No encuentro ninguna culpa en Él. ¡Lo libertaré!

Esto enardece a la multitud:

–                       ¡Crucifícalo!

–                       ¡Crucifícalo!

–                       ¡A la muerte!

–                       ¡Eres un protector de criminales!

–                       ¡Pagano!

–                       ¡También tú eres Satanás!

1crucifícale

La plebe se agita. La primera línea de soldados ondea con el golpe, sin poder usar las astas. Pero la segunda fila baja al segundo peldaño; usa las lanzas y ayudan a sus compañeros.

Pilatos es un débil. Como todos los débiles, no se decidió en espera de poder calmar  a los amotinados israelitas. Y fue peor…

Para triunfar en el mundo. Para tener honores y riquezas, hay que saber hacer del sí, un no y del no, un sí. Según lo aconseje el buen sentido ‘humano.’

Para ser veraz hay que ser un héroe. Hacer frente al peligro y a los eventos, con fortaleza de acero y serenidad pronta para que el bien se realice y se esquive el Mal sin ambigüedades. Pero, ¿Dónde están los héroes?…

Este día el Procónsul no lo es.

1rakdos-demonio-

Por medio de sus vicios, también es una marioneta de Satanás y lo manifiesta con su cobarde debilidad…

Ordenando al centurión:

–                       Que se le flagele.

–                       ¿Cuánto?

–                       Cuanto te parezca… ¡No hay más que hacer! Yo estoy aburrido. Ve.

Con esta cruel transacción, Pilatos espera calmar  a la plebe y salvar a Jesús.

Lo único que ha conseguido es hacer mayor su sufrimiento. ¿Acaso no sabe que la plebe se embrutece al beber sangre? Pero Jesús debe ser quebrantado para expiar nuestros pecados…  

1agnus -dei

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

35.- LA HERENCIA DEL BAUTISTA


Es una noche clara de luna llena. Tan clara que se ve el terreno con todas sus particularidades y los campos con el trigo que acaba de nacer unos cuantos días antes. Parecen alfombras de felpa verde y plateada, por las que atraviesan las cintas oscuras de los senderos y brillan los árboles, bañados con la luz plateada de la luna.

Jesús camina solo con su paso veloz. Hasta que se encuentra un riachuelo que desciende hacia la llanura. Y sube por su curso hasta un lugar solitario y cercano a una cuesta de árboles. Da vuelta, trepando por un sendero y llega a un refugio natural que está en la falda de la colina. Entra.

Se inclina sobre alguien que está en el suelo y dice suavemente:

–                     Juan…

El hombre se despierta. Se sienta todavía adormilado. Pero reconoce quién lo llama y se postra en tierra diciendo:

–                     ¿Cómo es posible que haya venido a verme, mi Señor?

Jesús contesta:

–                     Para hacer feliz tu corazón y el mío. Me querías ver, Juan. He venido. Levántate. Vamos a la luz de la luna y sentémonos sobre la piedra que está junto a la cueva.

Juan obedece. Se levanta y sale. Cuando Jesús se ha sentado; él, con su piel de oveja que pobremente le cubre su flaquísimo cuerpo; se pone de rodillas frente a Cristo. Con las manos, se echa hacia atrás lo largos cabellos descompuestos que le caen sobre los ojos, para ver mejor al Hijo de Dios…

El contraste es muy grande.

Jesús, pálido y rubio; con su cabellera muy bien peinada y barba corta.

Juan es un mechón de cabellos negrísimos, por los que se asoman dos ojos hundidos; ardientes. Que brillan profundamente en su color negro azabache.

Jesús dice:

–                     He venido a darte las gracias. Has cumplido y sigues cumpliendo con la gracia que tienes: tu misión de ser Precursor mío. Cuando llegue la hora a mi lado entrarás al Cielo; porque Dios con ello te premiará todo. Cuando me esperes estarás ya en la paz del Señor, querido amigo mío.

Juan contesta:

–                     Muy pronto entraré en la paz, Maestro mío y Dios mío. Bendice a tu siervo para que encuentre fuerzas en su última prueba. Sé que está próxima y que todavía tengo que dar un testimonio: el de la sangre. Y Tú mejor que nadie sabes que la hora se acerca. Tu venida es muestra de tu misericordiosa bondad, de tu corazón de Dios; para fortalecer al último mártir de Israel y al primer mártir de la Nueva Era. Pero dime una cosa, ¿Deberé esperar mucho tu llegada?

–                     No, Juan. Un poco más de cuanta diferencia existió entre tu nacimiento y el mío…

–                     Sea bendito el Altísimo. Jesús… ¿Puedo decirte así?…

–                     Lo puedes… Porque eres mi pariente y porque eres santo. El Nombre que también los pecadores pronuncian, lo puede decir el santo de Israel. Para ellos es salvación, para ti que sea dulzura. ¿Qué quieres de Mí, maestro y primo tuyo?

–                     Voy a morir. Así como un padre se preocupa de sus hijos; así yo de mis discípulos… Tú Eres el Maestro y sabes cómo los amamos. La única pena que tengo al morir, es el miedo de que se pierdan como ovejas sin pastor. Recógelos. Te devuelvo los que son tuyos y que fueron perfectos discípulos míos, en esperarte. En ellos, especialmente en Matías, está realmente presente la sabiduría. Tengo otros… Irán a Ti. Pero permite que te confíe éstos, personalmente. Son los que más quiero.

–                     Yo también los quiero. Tranquilízate, Juan. No perecerán. Ni éstos. Ni los otros, tus verdaderos discípulos. Recojo tu herencia y la cuidaré como el tesoro más querido que Yo el Señor, haya recibido de su amigo y siervo.

Juan se postra en tierra. Y cosa que se ve extraña en un personaje tan austero: llora fuertemente de alegría.

Jesús le pone la mano sobre la cabeza y le dice:

–                     Tu llanto de alegría y humildad, tiene eco en un canto lejano, a cuya melodía tu corazoncito saltó de júbilo. Ese canto y ese llanto son el mismo himno de alabanza al Eterno, ‘Que ha hecho grandes cosas. Él que es Poderoso, extendió el brazo de su poder y disipó el orgullo de los soberbios y elevó a los humildes.’ También mi Madre está por entonar su canto, que en otros tiempos cantara.

Y después, también para Ella vendrá la más grande gloria. Como para ti; después del martirio. Te manda por mi medio, muchos saludos. La despedida y consuelos. Lo mereces. Aquí no tienes más que la mano del Hijo del Hombre, que está sobre tu cabeza. Pero del Cielo abierto desciende la Luz y el amor para bendecirte, Juan.

–                     No merezco tanto. Soy tu siervo.

–                     Eres mi Juan.

–                     ¡Ah! ¡Tu Juan!

–                     Aquel día en el Jordán era Yo el Mesías que se manifestaba. Ahora, soy el primo y Dios, que te quiere dar el viático de su amor de Dios y de pariente. Levántate Juan, démonos el beso de despedida.

–                     No merezco tanto… Siempre lo he deseado. Durante toda mi vida. Pero no me atrevo a besarte. Eres mi Dios.

–                     Soy tu Jesús. Adiós. Mi alma estará junto a la tuya, hasta la paz. Vive y muere en paz, por amor a tus discípulos…  No puedo darte ahora, más que esto. Pero en el Cielo te daré el ciento por ciento, porque has encontrado gracia ante los ojos de Dios.

Lo levanta y lo abraza, besándole sobre las mejillas y a su vez, Juan lo besa. Luego éste se arrodilla otra vez y Jesús le pone las manos sobre su cabeza y ora con los ojos levantados al Cielo.

Parece como si lo consagrase en una escena majestuosa. Finalmente, se despide con su dulce saludo:

–                     Mi paz sea siempre contigo.

Y torna por el camino por el que vino.

Unas horas más tarde, cuando está con sus discípulos.

Simón le dice:

–                     Señor, ¿Por qué no reposas en la noche? Esta vez me levanté y no te encontré. Tu lugar estaba vacío.

Jesús pregunta:

–                     ¿Para qué me buscabas?

–                     Para darte mi manto. No quise que tuvieras frío en la noche que era serena, pero muy fresca.

–                     ¿Y tú no tenías frío?

–                     Me acostumbré durante muchos años de miseria a vivir casi desnudo. Sin comer. Sin dónde dormir… el Valle de los Muertos… ¡Qué horror!… Otra vez que bajemos a Jerusalén; ven Señor mío, a aquellos lugares de muerte. Hay tantos infelices ahí… Y la miseria corporal no es lo peor. Lo que más roe y consume allí, es la desesperación. ¿No te parece Señor, que hay mucha dureza contra los leprosos?

Judas se adelanta a contestar a Zelote:

–           ¿Y querrías entonces que estuviesen entre la gente? Peor para ellos si son leprosos.

Pedro exclama:

–                     ¡Lo único que falta es que se conviertan en mártires de los hebreos! ¡Bonito sería que la lepra anduviese entre todos nosotros!

Santiago de Alfeo advierte:

–                     Me parece que es una medida de justa prudencia, el tenerlos alejados.

Simón contesta:

–                     Sí. Pero se haría con piedad, no con condena. No sabes lo que significa ser leproso. No puedes hablar. Porque si es justo tener cuidado de nuestros cuerpos; no observamos igual justicia para con las almas de los leprosos. ¿Quién les habla de Dios? Y sólo Dios sabe cuánta necesidad tienen de Él; en una paz; en medio de aquella atroz desolación.

Jesús dice:

–                     Simón. Tienes razón. Iré a ellos porque es justo. Y para enseñaros esta clase de misericordia. Iré a lo más miserable de Israel. Y entre ellos están los leprosos del valle de los Muertos. No haré que pierdan su fe en Mí; éstos a quienes evangelizó un leproso agradecido.

–                     ¿Cómo sabes que lo hice, Señor?

–                     Como sé lo que piensan de Mí, amigos o enemigos, cuyo corazón escudriño.

Pedro grita:

–                     ¡Misericordia! ¿Tú sabes exactamente todo lo nuestro, Maestro?

–                     Sí. También tú… y no sólo tú, querías alejar a Fotinaí. Pero, ¿No sabes que no te es lícito alejar del Bien a un alma? El primer año ha terminado. También debéis avanzar en este segundo año. De otra manera sería inútil que me cansase en evangelizar y volver a evangelizaros a vosotros, mis futuros sacerdotes.

Juan dice:

–                     ¿Fuiste a orar, Maestro? No prometiste enseñarnos tus oraciones. ¿Lo harás este año?

–                     Lo haré. Más quiero enseñaros a ser buenos. Pues la bondad en sí, ya es oración. Lo haré, Juan.

Judas de Keriot pregunta:

–                     ¿Y también nos enseñarás a hacer milagros este año?

–                     No se enseña a hacer milagros. No es juego de ilusionista. El milagro viene de Dios. Lo obtiene quien goza de favor ante Dios. Si aprendéis a ser buenos; tendréis este favor y podréis hacer milagros.

Pedro dice:

–                     Pero tú nunca respondes a nuestra pregunta. La hicieron Simón y Juan y no nos dices a dónde fuiste esta noche. Ir así; sólo, en un país pagano, puede ser peligroso.

–                     Fui a hacer feliz a un corazón recto, porque pronto morirá. Y a recoger su herencia.

–                     ¿De veras? ¿Es mucha?

–                     Mucha Pedro. Y de gran valor. Fruto del trabajo de un verdadero justo.

–                     Pero… Pero yo no he visto nada en tu alforja. ¿Acaso son joyas que tienes en el seno?

–                     Sí. Son joyas que amo con todo el corazón.

–                     Muéstranoslas, Señor.

–                     Las recibiré cuando el que está por morir, haya fallecido. Por ahora le sirven a él y a Mí, dejándolas donde están.

–                     ¿Las has puesto en interés?

–                     ¿Crees que todo lo valioso sea dinero? Esto es la cosa más inútil e insípida que haya sobre la tierra. No sirve sino para la materia, el crimen y el Infierno. Muy raras veces el hombre lo emplea para el Bien.

–                     ¿Entonces si no es dinero, que cosa es?

–                     Tres discípulos educados por un santo.

–                     ¡Has estado con el bautista!, ¡Oh! Pero, ¿Por qué?

–                     Porque vosotros siempre me tenéis y entre todos, valéis menos que una sola uña del Profeta. ¿No era justo que llevase al santo de Israel, la bendición de Dios; para darle fuerzas para el martirio?

Judas exclama:

–                     Pero si es un santo, no tiene necesidad de fuerzas. ¡Lo hace por sí mismo!

Jesús lo mira detenidamente, antes de responder:

–                     Llegará un día en que mis santos serán llevados ante los jueces y a la muerte. Serán santos. Estarán en gracia de Dios. Estarán fortalecidos con la Fe, Esperanza y caridad. Y con todo… ¡Ya oigo el grito de su corazón!: ‘¡Señor, ayúdanos en esta hora!… Sólo con mi ayuda, mis santos serán fuertes en las persecuciones.

Bartolomé dice:

–                     Pero no seremos nosotros, ¿No es verdad? Porque yo no tengo realmente la capacidad para sufrir.

–                     Es verdad. No la tienes Bartolomé; porque todavía no estás bautizado.

–                     Sí que lo he sido.

–                     Con el agua. Pero te falta todavía otro bautismo. Entonces sabrás sufrir.

–                     Ya estoy viejo.

–                     Y cuando seas viejísimo; serás más fuerte que un joven.

–                     Pero nos ayudarás siempre, ¿Verdad?

–                     Estaré siempre con vosotros.

–                     Trataré de acostumbrarme al sufrimiento. –concluye Bartolomé.

Mateo dice:

–                     Yo debo sufrir y espero haber lavado con mucho trabajo mi espíritu.

Juan suspira y agrega:

–                     Y yo… no sé. Querría morir pero no verte sufrir. Querría estar a tu lado para consolarte en la agonía. Querría vivir por mucho tiempo, para servirte por largos años. Querría morir contigo para entrar contigo en el Cielo. Querría todo porque te amo y pienso que yo; el menor entre mis hermanos; podré todo esto si sé amarte perfectamente. JESÚS AUMENTA TU AMOR.

Judas corrige:

–                     Querrás decir, aumenta mi amor. Porque somos nosotros quienes debemos amar siempre más.

Jesús atrae hacia Sí al apasionado y puro Juan. Y lo besa en la frente diciendo:

–                     Has revelado un misterio de Dios sobre la santificación de los corazones. Dios se derrama sobre los justos. Y cuanto más ellos se rinden a su amor, tanto más Él lo aumenta y crece la santidad. No es equivocación, sino una sabia palabra el pedir que Él aumente su amor en el corazón de uno.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA