Archivos de etiquetas: juan santiago

102.- LEPROSO ESPIRITUAL


Al día siguiente…

Al amanecer. En una hermosa mañana primaveral, la aurora tiñe de rosa el cielo e ilumina las hermosas colinas. Los discípulos se están reuniendo a la entrada del pueblo, mientras esperan a los retrasados.

Mateo dice frotándose las manos:

–                     Es el primer día que no hace frío, después de la granizada.

Andrés exclama:

–                     ¡Ya era tiempo! Estamos en el mes de Adar.

Cada quién va dando diferentes impresiones respecto a esto y al viaje que continúa.

Juan dice:

–                     Lo que os ruego es que no mostréis fastidio; falta de ganas o algo semejante. Jesús está muy afligido. Ayer por la noche lloró. Yo lo vi cuando preparábamos la cena. En la terraza no estaba orando como creímos. Estaba llorando.

Todos le preguntan:

–                     ¿Por qué?

–                      ¿Se lo preguntaste?

–                     Sí. Pero lo único que me dijo fue:

–                     “Ámame, Juan”

Santiago dice:

–                     Tal vez sea por los de Corozaím.

Zelote, que acaba de llegar dice:

–                     El maestro se acerca con Bartolomé. Vamos a su encuentro.

Van, pero continúan con su charla.

Mateo dice:

–                     O es por Judas…  Ayer estuvieron solos.

Felipe observa:

–                     ¡Tienes razón! Judas dijo que no se sentía bien y que no quería a nadie consigo.

Juan suspira:

–                     ¡No quiso quedarse ni con el Maestro! ¡Yo me hubiera quedado de muy buena gana!

Todos los demás dicen:

–                     ¡También yo!

Tadeo asegura:

–                     Ese hombre no me gusta. Está enfermo; embrujado, loco o endemoniado. No sé. Pero algo tiene.

Tomás afirma:

–                     Y sin embargo no lo vas a creer. En el regreso fue ejemplar. Siempre defendió al Maestro y a sus intereses como nadie de nosotros lo ha hecho. Lo vi con mis propios ojos. Lo oí con mis orejas. Espero que no dudaréis de mi palabra.

Andrés pregunta:

–                     ¿Crees que no confiamos en ti? ¡Claro hombre que nos fiamos! Y nos gusta que Judas sea mejor que nosotros. Pero lo estás viendo. Es muy raro…  ¿Sí o no?

–                     ¡Oh! ¡Raro si lo es! Tal vez sufra por cosas íntimas. Tal vez porque no pudo hacer el milagro. Es orgulloso aunque con un buen fin. Pero se preocupa mucho de ser alguien. De que se le alabe…

Pedro dice:

–                     ¡Uhmmm! ¡Tal vez así será! El hecho es que el Maestro está triste. Miradlo. Ya no parece el hombre que conocimos. Pero, ¡Vive el Señor que si logro descubrir quién es el que lo hace sufrir!… ¡Basta! Sé lo que haré…

Jesús, que estaba conversando con Bartolomé, los ve y apresura el paso sonriente, para encontrarlos.

Saluda:

–                     La paz sea con vosotros. ¿Estáis todos?

Andrés explica:

–                     Falta Judas de Simón… Creía que estaba contigo, porque en la casa donde tenía que dormir, me dijeron que no llegó y que todo estaba en orden.

Jesús arruga por un instante el entrecejo, se concentra dentro de Sí, bajando la cabeza…

Luego dice:

–                     No importa. Vámonos. Diréis a los de las últimas casas que vamos a Giscala. Si Judas nos busca, que se lo digan. Vámonos.

Todos presienten tempestad, pero obedecen sin replicar.

Jesús continúa hablando con Bartolomé, reanudando la conversación que sostenían antes:

–                     ¡Oh! ¡Si viviera todavía el sabio! Era bueno, pero también era un hombre de carácter. No hubiera perdido el buen sentido. Te hubiera reconocido por sí mismo.

–                     ¡No te enfades Bartolomé! Bendice al Altísimo que se lo llevó a su eterna paz. De esta forma el espíritu del sabio Hillel, no conoció el odio tan grande que se me tiene.

–                     ¡Señor mío, no solo Odio!…

–                     ¡Más odio que amor y así será siempre!

–                     No te pongas triste. Te defenderemos.

–                     No es la muerte lo que me angustia… ¡Es ver los pecados de los hombres!

–                     ¿La muerte? ¡No! No hables de ella. No llegarán a tanto, porque tienen miedo…

–                     El odio será más fuerte que el miedo, Bartolomé. Cuando haya muerto. Cuando esté lejos. Cuando esté en el Cielo santo, di a los hombres que: ‘Él sufrió más por vuestro odio, que por la muerte…’

–                     ¡Maestro! ¡Maestro! ¡No hables así! Nadie te odiará hasta el punto de matarte. Puedes siempre impedirlo; Tú que Eres Poderoso…

Jesús sonríe con una tristeza tan grande, que hasta parece cansado. Con paso lento sube por el camino montañoso.

La tristeza, el dolor y el desconsuelo en la Voz de Jesús es tan apabullante, que Bartolomé se siente herido en el corazón.

Y con tono cariñoso le dice:

–                     Maestro, ¿Qué te pasa? ¿Qué quieres que haga por Ti, el viejo Nathanael?

–                     Nada Bartolomé. Tus oraciones… Ofrécelas para que vea bien lo que tengo que hacer. Nos están llamando. Esperemos aquí…

Esperan bajo un grupo de árboles.

El grupo de apóstoles dobla la curva y dicen:

–                     Maestro. Judas nos viene siguiendo a la carrera…

–                     Esperémoslo…

Todos se quedan bajo la arboleda unos minutos después, llega Judas jadeante:

–                     Maestro, me retrasé… Me quedé dormido y …

Andrés pregunta sorprendido:

–                     ¿En dónde, si no te encontré en la casa?

Judas se desconcierta y por un momento no sabe qué responder…

Pero rápido replica:

–                     ¡Oh! Me desagrada que os enteréis de mi penitencia. Estuve en el bosque toda la noche… Orando y haciendo penitencia. Al amanecer el sueño me venció. Soy un débil y… Pero el Altísimo Señor tendrá compasión de su pobre siervo. ¿No es verdad, Maestro? Me desperté tarde y todo amodorrado…

Santiago de Zebedeo observa:

–                     De veras que tienes cara de cansado…

Judas ríe con todo el cinismo del mundo y dice:

–                     ¡Oh, claro! Pero el corazón está más alegre. La oración hace bien. De la penitencia brota un corazón contento. Da humildad y generosidad. Maestro, perdona a tu tonto Judas. –y se arrodilla a los pies de Jesús.

Jesús lo mira con infinita compasión y dice:

–                     Está bien. Levántate y vámonos.

–                     Dame la paz con un beso. Será la señal de que me has perdonado mi malhumor de ayer. Es verdad que no quise… Pero era porque quería orar.

–                     Hubiéramos podido hacerlo juntos.

Judas se acerca a besarlo y dice riendo despreocupado:

–                     No. No hubieras podido estar conmigo esta noche… Y menos estar en donde yo estuve… – Su sarcasmo pasa desapercibido para todos sus compañeros; menos para su Maestro.

Judas, que pasó la noche en brazos de un par de prostitutas y rememora los placeres disfrutados…  Sonríe con escarnio satisfecho…

Pedro exclama muy sorprendido:

–                     ¡Oh, qué cuentos! ¿Por qué? Siempre ha estado con nosotros y nos ha enseñado a orar…

Todos se echan a reír, menos Jesús que mira fijamente a Judas que lo ha besado y lo mira con ojos alegres y maliciosos. Como si lo desafiara.

Con mucho cinismo se atreve a repetir:

–                      ¿No es verdad que no hubieras podido estar conmigo esta noche?

Jesús responde tajante:

–                     No. No hubiera podido. Y nunca podré condividir los brazos entre mi espíritu y mi Padre, con un tercero todo carne y sangre cómo eres tú. Y en los lugares a donde vas… Amo la soledad poblada de ángeles; para olvidar que el hombre es hedor de carne corrompida por los sentidos, por el oro, por el mundo y por Satanás.

Los ojos de Judas dejan de reír…

Responde seco:

–                     Tienes razón. Tu espíritu ha visto la verdad. ¿A dónde vamos ahora?

–                     Vamos a Giscala.

Y siguen por el camino montañoso. Entran en el poblado y todos ejercen su ministerio. Sanan a los enfermos y socorren a los pobres.

Al final del día, Judas da cuenta de lo repartido y dice a Jesús:

–                     … Y aquí tienes mi ofrenda. Juré dártela esta noche para los pobres, como penitencia. No es gran cosa y así me quedo sin dinero. Convencí a mi madre de que me mande con frecuencia por medio de muchos amigos que tenemos. Las otras veces cuando me despedía, me traía mucho dinero. Pero esta vez, como tenía que andar dando vueltas por los montes, solo con Tomás, tomé solo lo suficiente para el viaje. Lo prefiero de este modo.

Solo que deberé pedirte permiso algunas veces para separarme por unas horas, para ir a ver a mis amigos. Todo lo he arreglado, Maestro. ¿Puedo seguir teniendo la bolsa? ¿Aún me tienes confianza?… –pregunta con ansiedad.

Jesús contesta:

–                     Judas, esto lo dices porque quieres. No comprendo por qué lo digas. Ten en cuenta que Yo no he cambiado en nada… Porque espero que el que cambie,  seas tú. Que vuelvas a ser el discípulo de otros tiempos. Que te hagas un hombre recto. Por esto pido y sufro.

–                     Tienes razón, Maestro. Con tu ayuda lo lograré. Por otra parte… No son más que defectos de juventud. Cosas fútiles. Sirven más bien  para poder comprender a mis semejantes y poder ayudarlos mejor.

–                     ¡De veras Judas, que tu moral es muy rara! Jamás se ha visto que un médico se enferme voluntariamente, para poder decir: ‘Ahora sé curar mejor a los enfermos de este mal’ ¿Así pues, Yo soy un incapaz?

–                     ¿Quién lo ha dicho, Maestro?

–                     Tú…  Como no cometo pecados; por lo tanto, no sé curar a los pecadores.

–                     Tú eres Tú. Nosotros no somos Tú y tenemos necesidad de la experiencia, para poder hacer algo…

–                     Es una vieja idea tuya. La misma de hace veinte lunas. Con la diferencia de que entonces pensabas que debía pecar, para ser capaz de redimir. Realmente me admiro de que no hayas tratado de corregir este… Defecto mío, según tu modo de pensar. Y dotarme con esta… Capacidad, para comprender a los pecadores.

–                     Te burlas, Maestro. Y me gusta. Me dabas pena…  Estabas tan triste y que sea yo quien te hace ponerte de buen humor, me halaga. Pero nunca he pensado convertirme en tu pedagogo. Por otra parte lo estás viendo… He corregido mi manera de pensar. Tanto que ahora afirmo que esta experiencia, solo a nosotros nos es necesaria. A nosotros los pobrecitos hombres. Tú eres el Hijo de Dios, ¿No es verdad? Posees pues una sabiduría que no tiene necesidad de experiencias.

–                     Pues bien. Ten en cuenta que también la inocencia es sabiduría mucho mayor; que el conocimiento vil y peligroso del pecador. Donde la ignorancia santa del mal limitaría la capacidad de poderse guiar y de guiar. Ayudan los ángeles cuyo auxilio jamás está lejos de un corazón puro; al que guían por el sendero justo y a acciones justas.

El pecado no aumenta el saber. No es luz. No es guía. Jamás lo será. Es corrupción. Es ceguera. Es caos. De manera que el que lo comete conocerá su sabor y además, perderá la capacidad de saber muchas otras cosas espirituales y no tendrá jamás al ángel de Dios, espíritu de orden y de amor, para que lo guíe. Sino que tendrá al ángel de Satanás, que lo llevará a un desorden siempre mayor, por el odio insaciable que devora a estos espíritus diabólicos.

–                     Bien. Maestro óyeme… Si alguien quiere volver a tener como guía a los ángeles, ¿Basta el arrepentimiento o permanece el veneno del pecado, aunque uno se haya arrepentido y haya sido perdonado?… ¿Sabes? Por ejemplo, uno que se haya entregado al vino; aunque jura no volverse a embriagar. Y lo jura con verdadera voluntad, de no volver a hacerlo. Siente sin embargo el estímulo de beber… Y sufre…

–                     Ciertamente que sufre. Por eso no debería haberse hecho esclavo de ese vicio. Pero sufrir no es pecar. Es expiar. Así como un borracho arrepentido no comete ningún pecado. Antes bien, conquista méritos si resiste heroicamente al estímulo y no bebe más licor…  De igual modo el que ha pecado; si se arrepiente y se resiste a cualquier estímulo, conquista méritos y no le falta la ayuda sobrenatural para poder resistir. No es pecado ser tentados. Más bien es una batalla que lleva a la victoria. Créeme también que Dios no tiene sino el deseo de perdonar; de ayudar al extraviado si se arrepiente…

Por unos minutos, Judas no habla.

Luego se inclina. Toma la mano de Jesús y se la besa encorvado, diciendo:

–                     Yo ayer brinqué las trancas. Te insulté, Maestro. Te dije que terminaría por odiarte… ¡Oh! ¡Cuántas blasfemias dichas!… ¿Se me perdonarán?…

–                     El pecado más grande, es desesperar de la Misericordia Divina… Judas, ya lo he dicho: ‘Cualquier pecado contra el Hijo del Hombre, será perdonado’ el hijo del Hombre vino a perdonar, a curar, a salvar, a llevar al Cielo. ¡Oh, Judas! ¿Por qué quieres perder el Cielo? ¡Judas! ¡Judas! ¡Mírame! ¡Lávate el alma en el amor que sale de mis ojos!…

–                     ¿No te causo ningún asco?

–                     Sí. Pero el amor es mayor que la repugnancia, Judas. ¡Pobre leproso espiritual! El mayor de todo Israel. Ven a invocar la salvación de quién te la puede dar….

–                     Dámela, Maestro.

Jesús advierte:

–                     No. No así. En ti no existe el verdadero arrepentimiento y una voluntad decidida. Tan solo existe el esfuerzo de un amor que sobrevive, debido a tu vocación pasada. Existe algo de arrepentimiento, pero es del todo humano. Esto no es malo. Es el primer paso hacia el bien. cultívalo. Auméntalo. Injértalo en lo sobrenatural. ¡Ámame de verdad! Trata de volver a ser lo que eras cuando te acercaste a Mí. ¡Por lo menos eso!

Haz que ese arrepentimiento no sea un palpitar transitorio, emotivo. Un sentimentalismo muerto. Sino un verdadero arrepentimiento activo; que te arrastre hacia el bien. Judas, Yo lo espero. Sé esperar. Yo ruego. Soy Yo quién suplo en esta espera, a tu ángel que está disgustado de ti.

Mi compasión, mi paciencia, mi amor, siendo perfectos; son superiores a los de los ángeles y pueden seguir estando a tu lado, en medio de los hedores insoportables de lo que fermenta en tu corazón; para poder ayudarte

Judas realmente está conmovido. Con labios temblorosos y con una voz que traiciona su sentimiento; pálido pregunta:

–                     Pero, ¿Entonces es verdad que sabes lo que hice?

–                     Todo, Judas. ¿Quieres que te lo diga? O ¿Prefieres que te libre de esta humillación?

–                     ¡Es que no lo puedo creer! ¡Eh!… ¡No es otra cosa!…

–                     Pues bien. Ya que no crees, vamos a la verdad. Esta mañana ya has mentido varias veces, por el dinero y por el modo como pasaste la noche… Ayer por la noche buscaste sofocar con la lujuria todos tus sentimientos, tus odios, tus remordimientos, tu…

Judas se lleva las manos al rostro:

–                     ¡Basta! ¡Basta! ¡Por caridad no prosigas o huiré de tu Presencia!

–                     Más bien deberías asirte a mis rodillas, pidiéndome perdón.

–                     ¡Sí, sí! ¡Perdón! ¡Perdón, Maestro mío! ¡Perdón! ¡Ayúdame! ¡Ayúdame! ¡Es más fuerte que yo! ¡Todo es más fuerte que yo!…

Jesús lo toma entre sus brazos, derramando sobre la cabeza de Judas cuantiosas lágrimas y orando en silencio.

Los demás, unos cuantos metros atrás, se han detenido con prudencia y comentan:

–                     ¿Lo estáis viendo?…

–                     Tal vez Judas tiene serios problemas…

–                     Y esta mañana abrió su corazón al Maestro.

–                     ¡Es un tonto! Yo lo hubiera hecho inmediatamente.

–                     Tal vez se trata de cosas penosas.

–                     Ciertamente no será porque su madre no sea buena.

–                     ¡Esa mujer es una santa!

–                     ¿Qué otra cosa penosa puede haber?…

–                     Tal vez intereses que no van bien…

–                     ¡Oh, no! Gasta y hace limosnas con dinero propio.

–                     ¡Bueno! ¡Negocios suyos! Lo importante es que esté de acuerdo con el Maestro.

–                     Y parece que sí. Hace tiempo que van hablando y en calma.

–                     ¡Ahora se han dado el abrazo!… ¡Muy bien!…

–                     La razón es que él es muy capaz y tiene muchas amistades. Está bien que se ponga de acuerdo. Que sea nuestro amigo, sobre todo del Maestro.

Jesús se vuelve y los llama.

Todos corren.

–                     Venid. La ciudad está cercana. Tenemos que atravesarla para ir a la tumba de Hillel. Atravesémosla juntos. –dice Jesús sin dar ninguna explicación.

Los apóstoles se miran entre sí; como queriendo descubrir lo sucedido entre Jesús y Judas. Más si éste último tiene una cara tranquila, Jesús no tiene su rostro  luminoso…  Más bien está serio.

Entran en Giscala que es una ciudad grande y hermosa. Parece ser un gran centro rabínico, porque hay muchos doctores con grupos de discípulos, que escuchan sus lecciones. Muchos se quedan viendo cuando pasan los apóstoles y sobre todo el Maestro. Algunos se hacen señas. Otros llaman a Judas de Keriot. Como él camina al lado de Jesús, ni siquiera se digna voltear a verlos.

Salen del otro lado de la ciudad y llegan hasta donde está la tumba de Hillel.

–                     ¡Qué desvergüenza!

–                     ¡Nos está provocando!

–                     ¡Es un profanador!

–                     Díselo, Uziel.

–                     No. No me contamino. Díselo tú Saúl, que no eres más que un discípulo.

–                     No. Digámoslo a Judas. Voy a llamarlo.

Y el joven se acerca a Judas:

–                     Ven. Los rabíes quieren hablarte.

Judas replica:

–                     No voy. Me quedo donde estoy. No me molestéis.

Saúl va y refiere la respuesta de Judas.

Entretanto, Jesús ora junto al sepulcro de Hillel, en medio de los suyos.

Los rabíes se acercan despacio, como serpientes cautelosas y dos vejetes le jalan el vestido a Judas.

Éste se vuelve y pregunta con coraje:

–                     ¿Qué se os ofrece? ¿Ya no es posible ni siquiera orar?

–                     Permítenos una palabra… Luego te dejamos.

Simón Zelote y Tadeo, se voltean y hacen señas a los rabíes, pidiendo silencio. Judas se parta unos pasos.

–                     ¿Qué queréis?

El más viejo murmura algo que solo Judas oye.

Su rostro cambia y dice airado:

–                     No. Dejadme en paz, corazones venenosos. No os conozco y no quiero más tratos con vosotros.

Una risa llena e ironía brota del grupo rabínico.

Y se escucha una amenaza:

–                     ¡Cuidado con lo que haces, estúpido!

–                     No yo, sino vosotros. Idlo a decir a los demás. A todos. ¿Comprendido? ¡Dirigíos a quien queráis, pero no a mí! ¡Demonios! –y los deja plantados.

Habló en voz tan alta, que los apóstoles admirados, voltean.

Jesús se mantiene orando imperturbable y no voltea ni siquiera ante la burla y la amenaza, que repercuten en el silencio del santo lugar.

–                     ¡Nos volveremos a ver, Judas de Simón! ¡Nos volveremos a ver!

Judas vuelve y hace a un lado a Andrés que se había acercado a Jesús. Y como si buscara protección, toma la punta del manto de Jesús entre sus manos.

Los rabíes vuelven su rabia contra Jesús. Se acercan con los puños amenazadores. Aúllan llenos de odio:

–                     ¡Qué estás haciendo aquí, Anatema de Israel!… ¡Lárgate de aquí! ¡No perturbes los huesos del hombre justo! A los que no eres digno de acercarte. Se lo diremos a Gamaliel y te castigará.

Jesús se vuelve y los mira de uno por uno…

–                     ¿Por qué nos miras así, endemoniado?

–                     Para grabarme vuestras caras y vuestros corazones. Mi discípulo os volverá a ver, como también Yo.

–                     ¡Bueno! ¡Ya nos has visto!… ¡Ahora lárgate! Si estuviera Gamaliel, no lo hubiera permitido.

–                     El año pasado estuve con él.

–                     ¡No es verdad, mentiroso!

–                     Preguntádselo. Y como es honrado, dirá que sí. Amo y venero a Hillel. Respeto y honro a Gamaliel. Son dos hombres en que se refleja el origen del hombre por su modo santo de proceder y por su sabiduría. Cosas que recuerdan que el hombre fue hecho a semejanza de Dios…

Lo interrumpen varios cómo energúmenos:

–                     ¿En nosotros no, verdad?

–                     En vosotros está ofuscada por intereses y por el odio.

¡Oídlo! ¡En casa ajena habla así y ofende! ¡Largo de aquí! ¡Corruptor de los mejores de  Israel! O cogeremos piedras. Aquí no está Roma para defenderte,

Jesús pregunta con mansedumbre:

–                     ¿Por qué me odiáis? ¿Por qué me perseguís? ¿Qué mal os he hecho? He hecho favores a algunos de vosotros. A todos respeto. ¿Por qué sois crueles conmigo?…

Les habla humilde, suavemente, con pena amorosa. Su mansedumbre es una petición de amor que es tomada por ellos como una señal de debilidad y de miedo. Se envalentonan y pasan a la obra. La primera piedra pega a Santiago de Zebedeo. Rápido, éste la devuelve contra los judíos.

Mientras los demás apóstoles se estrechan alrededor de Jesús….

Pero son doce contra más de un centenar…

Otra pedrada golpea a Jesús en la mano, cuando ordena a  los suyos que no reaccionen. Del dorso de su mano empieza a brotar sangre.

Jesús se endereza imponente. Los atraviesa con sus ojos que parecen centellear. Otra pedrada, saca sangre a la sien de Santiago de Alfeo. Entonces Jesús usa su poder para paralizar a los enemigos en defensa de sus apóstoles; que mansamente soportan las pedradas.

La Presencia y la Majestad de Jesús es pavorosa.

Y con voz atronadora les dice:

–                     Me voy. Pero tened en cuenta que Hillel, jamás hubiera aprobado lo que acabáis de hacer. Me voy. Pero recordad que ni siquiera el Mar Rojo detuvo a los israelitas en el camino que Dios les había trazado. Todo se allanó ante la Voluntad de Dios que pasaba. Y esto mismo sucederá conmigo…

Lentamente, pasa en medio de los paralizados rabíes y sus discípulos. Continúa su camino despacio, seguido por sus apóstoles, en medio del silencio estupefacto de todos los hombres… 

Al día siguiente continúa su marcha por el camino montañoso. La mañana es fría. Jesús lleva su mano vendada y Santiago de Alfeo, su frente. Andrés cojea mucho. Santiago de Zebedeo no trae su alforja, pues la lleva su hermano Juan.

Por dos veces, Jesús ha preguntado a Andrés:

–                     ¿Podrás caminar, Andrés?

–                     Sí, Maestro. Camino mal por las vendas y porque el dolor es fuerte. ¿Y cómo estás de tu mano?

–                     Una mano no es una pierna. Basta con no tocarla y no hace daño.

Pedro dice preocupado:

–                     ¡Uhmm! No creo que no duela mucho. Mira qué hinchada está. Llegó hasta el hueso… ¡Si tuviéramos del ungüento que prepara tu Mamá! Así te va a doler mucho…

Jesús responde:

–                     No, Simón. Tú me quieres mucho y tu amor es un buen ungüento.

–                     ¡Oh! ¡Si así fuera, ya te hubieras curado! Todos sufrimos al ver cómo te trataron. Y algunos hasta lloraron…

Pedro mira a Juan y a Andrés.

–                     Ved. Estoy mucho más contento que ayer; porque hoy sé que sois muy obedientes y que me amáis. Todos. –y Jesús los mira con dulzura y alegría.

Tadeo exclama:

–                     Pero ¡Qué hienas! ¡Jamás había visto un odio semejante! ¡Tenían que ser Judíos!

Jesús pregunta:

–                     No, hermano. No tiene nada que ver el lugar. El odio es igual en todas partes. Recuerda que hace meses me arrojaron de Nazareth y también intentaron apedrearme. ¿Ya lo olvidaste?

Y con estas palabras consuela a los que son de Judea.

Y tanto los consuela que Judas dice:

–                     ¡Pero esto sí que lo diré! No estábamos haciendo ningún mal. No nos defendimos. Y desde que Él empezó a hablar, lo hizo pacíficamente. Y luego la emprendieron a pedradas contra nosotros. Como si fuéramos sierpes. ¡Lo diré!

Andrés pregunta:

–                     ¿Pero a quién si todos son iguales?

–                     Sé a quién. Apenas vea a Esteban o a Hermas, se los contaré. Lo sabrá inmediatamente Gamaliel. Y en Pascua lo diré a quién se debe. Diré: ‘No es justo obrar así. Vuestra rabia os empuja a hacer esto. Sois vosotros los culpables. No Él.

Felipe aconseja sabiamente:

–                     ¡Será mejor que no te acerques a estos tipos!… ¡Me parece que ellos también tienen algo contra ti!…

–                     Es verdad. Es mejor que no los vuelva a ver. Es mejor, pero sí se lo diré a Esteban. Él es bueno y no envenena.

Calmado y persuasivo, Jesús replica:

–                     No te preocupes, Judas. No vas a cambiar nada. He perdonado. No pensemos más en ello.

Dos veces encuentran arroyos. Tanto Andrés como los dos Santiagos, se echan agua en el lugar golpeado…

Jesús no. Sigue tranquilo como si no sintiese dolor. Y sin embargo debe dolerle mucho porque cuando se sientan a comer, pide a Andrés que le parta el pan. O cuando se tiene que desatar las sandalias, pide a Mateo que lo haga…

Cuando van por un atajo pendiente, se resbala y pega contra un tronco. No reprime un lamento y la venda se tiñe de sangre. Tanto, que cuando llegan al siguiente poblado, se detienen a pedir agua y bálsamo, para curarle la mano.

Al retirarle las vendas, se ve muy hinchada, cárdena en el dorso, con la herida rojiza en el centro. Todos miran la mano herida y hacen sus comentarios.

Juan se retira un poco para esconder su llanto y Jesús lo llama:

–                     Ven aquí. No es gran cosa. No llores.

Juan responde:

–                     Lo sé. Si me hubiera tocado a mí, no lloraría. Pero te tocó a Ti. No dices cuanto te duele esta mano, que no ha hecho más que hacer beneficios.

Y tomando la mano herida de Jesús, la acaricia con la punta de sus dedos. La voltea dulcemente para besarle la palma y apoyar su mejilla.

Y exclama sorprendido:

–                     ¡Está caliente!… ¡Oh! ¡Cuánto debe dolerte!… –y lágrimas de compasión caen sobre ella.

Luego le cura la herida y le venda la mano…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

 

 

 

 

91.- COMERCIO MALDITO…


Después de la  Fiesta de las Encenias, en la casa de Nazareth; Simón de Alfeo y su familia llegan de visita.

Simón pregunta:

–                     ¿Dónde está tu Madre?

Jesús contesta:

–                     Está haciendo el pan. Pero ahora viene…

Los hijos no esperan y van detrás de su abuela al cuarto del horno. Y una chiquita como de cinco años, regresa diciendo:

–                     María está llorando.

Jesús explica:

–                     Llora porque me voy… Pero tú vendrás a hacerle compañía, ¿Verdad? Te enseñará a bordar y se sentirá contenta. ¿Me lo prometes?

El pequeño Alfeo dice:

–                     También yo vendré ahora que mi padre me lo permite. –mientras da una mordida a su torta que le acaban de dar.

Simón se pone colorado de vergüenza ante las palabras de su hijo.

Jesús hace como si no se diera cuenta.

Simón cobra ánimos y pregunta a Jesús, que por qué no están presentes todos los apóstoles.

Jesús contesta:

–                     Juan, Santiago, Mateo y Andrés, están en el huerto jugando con Marziam.  Simón de Jonás está por llegar. Los otros se me unirán en el momento oportuno. Así se decidió.

–                     ¿Todos?

–                     Todos.

–                     ¿También Judas de Keriot?

–                     También él…

Simón le ruega:

–                     Jesús. Ven conmigo un momento. –Y se lo lleva hasta el borde del manantial, apartándolo para que nadie los escuche- Pero, ¿Sabes bien quién es Judas de Simón?

–                     Es un hombre de Israel, ni más ni menos.

–                     ¡Oh! No vas a decirme que…

Está a punto de acalorarse y levantar la voz; pero Jesús lo aplaca interrumpiéndolo. Y poniéndole una mano en la espalda le dice:

–                     Es tal cual lo hacen las ideas que imperan y los que lo tratan. Porque por ejemplo; si aquí hubiese encontrado corazones rectos y ánimos sinceros, no hubiera tenido oportunidad de PECAR. (Jesús recalca sus palabras)

Pero no los encontró. Al revés. Encontró un elemento completamente humano; en el que su modo de pensar se encontró a sus anchas; en el mundo que sueña. Trabaja para Mí, cual si fuera Rey de Israel, en el SENTIDO HUMANO, de la palabra. De igual modo como tú me sueñas. Como querrías verme. Como querrías trabajar tú y contigo José y todos los demás de Nazareth, excepto tres o cuatro.

Le cuesta trabajo formarse, porque todos vosotros contribuís a deformarlo. Y esto cada vez más. Es el más débil de mis apóstoles. Por ahora no es más que un débil. Tiene impulsos buenos. Tiene buena voluntad. Me ama.No como debería ser, pero no deja de amarme.

Vosotros no lo ayudáis a limpiar las partes buenas, de las no buenas que forman su modo de ser. Antes bien, cada vez más se las aumentáis; echando en ellas vuestra incredulidad y limitaciones humanas. Pero regresemos. Los demás ya han entrado…

Simón lo sigue un poco apenado. Están ya casi en el umbral cuando detiene a Jesús y le dice:

–                     Hermano mío. ¿Estás enojado contra mí?

–                     No. Pero trato de formarte también a ti, como formo a todos los demás discípulos. ¿No dijiste que querías serlo?

–                     Sí Jesús. Pero las otras veces no hablabas de este modo. Ni siquiera cuando nos reprendías. Eras más dulce…

–                     ¿Y para qué ha servido? Un tiempo lo fui. Hace dos años que lo he sido… Os habéis aprovechado de mi paciencia y bondad. O bien, habéis afilado las garras, las zarpas. El amor que os di, os sirvió para que me hicierais el mal.  ¿No es verdad?…

–                     Sí, pero… ¿Ya no vas a ser bueno?

–                     Seré justo y aun así seré siempre el que no merecéis; vosotros israelitas que no queréis reconocer en Mí. Al Mesías Prometido.

Llega maría. En su rostro se ven claras las señales de las lágrimas y se reúnen con todos los demás. En ese momento, se oye el ruidoso campaneo de una carreta, que trae aparejos y los cascabeles de una estrepitosa fiesta.

Los niños de Simón abren la puerta, curiosos por averiguar quién está haciendo tanto escándalo y aparece el rostro alegre de Simón-Pedro, que está conduciendo la carreta jalada por un borriquillo que está lleno de sonajas y listones y es el causante de todo el alboroto.

También viene una tímida Porfiria, que sonríe sentada desde un montón de cajas de diversos tamaños, como si viniera en un trono.

Pedro la ayuda a bajar y saluda a todos.

Luego dice a Jesús:

–                     Aquí me tienes Maestro. Traje a mi mujer.

Santiago de Zebedeo, toma la rienda del borriquillo y levantando una hilera de sonajas pregunta riendo:

–                     ¿Dónde lo encontraste tan adornado?

Pedro contesta:

–                     ¡Uff! ¡Qué bien! Tengo las orejas que me revientan. –Y sin más, corta todos los cordones con que están amarradas las sonajas al aparejo.

Andrés pregunta:

–                     Pero, ¿Entonces para qué las pusiste?

–                     Para que todo Nazareth supiera que yo había llegado. Y vaya que si lo logré… Ahora las quito, para que toda Nazareth no nos oiga cuando nos vayamos… Las cajas están vacías, pero las llenaremos con las cosas que vamos a empacar. Y quien nos vea, no se sorprenderá de ver a una mujer sentada sobre ellas a mi lado.

Ese que ahora está lejos y que tanto se gloría de tener buen sentido y mucho sentido práctico, podría comprobar que cuando yo quiero,  también lo tengo…

Andrés lo mira extrañado y dice:

–                     Perdona hermano… Pero no entiendo para qué es todo esto…

–                     ¿Qué? ¿Por qué? ¿No sabes?… Maestro…

Jesús interviene:

–                     Te esperaba para hablarles a todos. Venid todos al taller. Obraste bien al hacer de este modo, Simón de Jonás…

Simón de Alfeo llama a toda su familia y dice:

–                     Nosotros nos despedimos… Después volveremos a vernos… Gracias por todo Jesús.

Y se van, mientras Porfiria, Marziam, Síntica y las dos Marías regresan a la cocina…

Jesús dice a sus apóstoles:

–                     Los llamé porque quiero que me ayudéis a llevar lejos, muy lejos; a Síntica y a Juan de Endor. Después de la Fiesta de los Tabernáculos lo decidí. Habéis visto que no es posible tenerlos con nosotros. Y mucho menos aquí, porque los que los odian, podrán hacer que pierdan su paz.

Como de costumbre, Lázaro de Betania me ha ayudado en todo esto. Ellos están sobre aviso. Simón Pedro, lo sabe desde hace pocos días y ahora os estáis enterando vosotros.

Esta noche dejaremos Nazareth… Partiremos con la primera vigilia e iremos por el camino de Sephoris. Ya debiéramos haber partido, pero imagino que Simón de Jonás encontró algunas dificultades para conseguir la carreta…

Pedro exclama:

–                     ¡Qué si no! Ya estaba perdiendo la esperanza. se la compré a un sucio griego de Tiberíades… Será muy útil…

–                     Sí que lo será. Sobre todo a Juan de Endor.

–                     ¿Dónde está que no lo veo?

–                     En su habitación con Síntica.

–                     ¿Y qué le ha parecido todo esto?

–                     Muy penoso. Lo mismo que a ella.

Juan observa:

–                     Y también a Ti Maestro. En tu frente tienes una arruga que antes no estaba y tus ojos están muy tristes.

–                     Es verdad. He sufrido mucho. Pero hablemos de lo que se debe hacer. Partiremos como el que huye cuando es culpable. Sin embargo nosotros lo que haremos, es para impedir que otro haga el mal a quien no tendría la fuerza para soportarlo.

Iremos por el camino de Séforis. y pasaremos una noche cuando hayamos llegado a la mitad del camino. Trataremos de llegar a Yaftael en una sola jornada. ¿Crees que el borrico aguante?

–                     ¡Qué si no! Ese griego apestoso me lo vendió caro, pero el animal es muy bueno y fuerte.

–                     ¡Qué bien!…Después iremos a Ptolemaide y nos separaremos. Vosotros bajo las órdenes de Pedro, que es vuestro jefe y a quién obedeceréis ciegamente; iréis por mar hasta Tiro. Allí encontraréis un navío que estará por partir para Antioquia. Subiréis y daréis esta carta al dueño de la nave. Es de Lázaro de Teófilo. Al llegar a Antioquia, iréis inmediatamente a Filipo y daréis esta carta al superintendente de Lázaro.

Zelote dice:

–                     Maestro, él me conoce y no creerá que soy un siervo.

–                     Mejor. Con Filipo no es necesario ocultar nada. Él sabe que debe recibir y dar hospitalidad a dos amigos de Lázaro y ayudarlos en todo. Así se le ha escrito. Vosotros sólo los acompañáis. No más. Lázaro los ha llamado ‘sus queridos amigos de Palestina’ Y lo sois. Unidos por la fe y por lo que vais a hacer. Descansaréis hasta que la nave haya regresado a Tiro y de allí vendréis en barca hasta Ptolemaide. De allí me alcanzaréis en Aczib…

Juan dice con tristeza:

–                     ¿Por qué no vienes con nosotros, Señor?

–                     Porque  me quedo a orar por vosotros. Y sobre todo por esos pobrecitos. Me quedo a orar. Así empieza mi tercer año de Evangelización.

Empieza con una despedida muy triste, como el primero y el segundo. Empieza con una gran Oración y Penitencia, como el primero… Porque éste tiene dificultades más dolorosas y más grandes que el primero. Entonces me preparaba para convertir al mundo. Ahora me preparo a una obra mucho mayor y más importante todavía.

Escuchadme y tened en cuenta que si en el primer año fui el Rabí, el sabio que invoca la Sabiduría con su Humanidad Perfecta y perfección intelectual. Que si en el segundo, fui el Salvador y Amigo; el Misericordioso que pasa acogiendo, perdonando, compadeciendo, soportando.

En el tercero, seré el Dios Redentor y Rey. El Justo. No os sorprendáis si en Mí viereis formas nuevas. Si en el Cordero viereis resplandecer al Fuerte.

¿Cómo ha respondido Israel a mi invitación amorosa? ¿A mis brazos que le he abierto diciéndole: “Ven? Te amo. Te perdono.” Con dureza y obstinación cada vez mayores. Con la mentira. Con asechanzas.

He llamado a todas sus clases y hasta e inclinado mi frente hasta el polvo. Y sobre la Santidad que se humilla… Escupe.

Lo invité a santificarse y me responde haciéndose amigo del Demonio.

En nada he dejado de cumplir con mi deber y a esto lo llama: ‘Pecado.’

Me he callado y dice que mi silencio es prueba de culpabilidad.

He hablado. Y a mi Palabra la llama: ‘Blasfemia’

¡Ahora, Basta!

No me dejan respirar. No me ha dado ninguna alegría. Ésta consistía en hacer que creciera Yo en la vida del espíritu de los recién nacidos a la Gracia. Les ponen asechanzas y me los debo quitar del pecho, causando en ellos la angustia que sienten los hijos al verse separados de sus padres y viceversa. Para ponerlos a salvo del Israel Maligno.

Los poderosos de Israel quisieran impedirme que Yo salve. Que Yo sea la alegría de los que salvo.

¡Ahora Basta!

Yo sigo mi camino cada vez más duro. Cada vez, más bañado de lágrimas… Me voy… pero ninguna de mis lágrimas caerá en vano. Gritan a mi Padre…

Y después un llanto más fuerte gritará. Me voy. Quién me ama que me siga y que tenga valor, porque las horas de dureza se acercan. No me detengo. Nada puede detenerme. También ellos no se detendrán. Pero, ¡Ay de ellos! ¡Ay de ellos! ¡Ay de aquellos para quienes el Amor se convierte en Justicia!…La señal de los Nuevos Tiempos, será una señal de una severa Justicia.

Jesús parece un Arcángel que estuviera a punto de castigar. Sus ojos son dos zafiros centelleantes. Hasta su voz resuena como un bronce golpeado.

Los ocho apóstoles están pálidos… Y como que se han empequeñecido con el miedo. Jesús los mira con piedad y con amor.

Y les dice:

–                      No os lo digo a vosotros, amigos míos. Estas amenazas no son contra vosotros. Sois mis apóstoles. Yo os elegí. -La voz es ahora dulce y tierna y concluye- Vámonos allá. Hagamos que los dos perseguidos, piensen que los amamos más que a nosotros mismos. Os recuerdo que creen que parten para prepararme el camino en Antioquia. Venid.

Cuando llega la noche, el dolor callado hace que todos cenen sin ganas y en silencio. María de Alfeo entra con una palangana de peras asadas en el horno, con mantequilla, miel y especias.

Y dice:

–                     ¡Ha comenzado a llover! Tendremos un viaje húmedo y frío.

Pedro contesta:

–                     ¡Es mejor asi! Nadie habrá por los caminos y los curiosos estarán resguardados en sus casas…

María dice a Síntica:

–                     Cuando estén instalados en Antioquía. Unge a Juan con el bálsamo que te enseñé a preparar. Allá podrás encontrar lirios, alcanfor, dictamo, resina, laurel y claveles; artemisia y mirra… He oído que Lázaro tiene en Antigonia jardines de esencias…

Zelote que los conoce y los ha visto, exclama:

–                     ¡Y qué jardines! ¿Puedo afirmar que a Juan le va a caer muy bien aquel lugar y será beneficioso tanto para su alma, como para su cuerpo. Es mucho mejor que Antioquía. Ese lugar está protegido de los vientos y el aire suave, desciende de los bosques de plantas resinosas que hay en las pendientes de la pequeña montaña que defiende de los vientos marítimos, pero no impide que las sales de la brisa marina lleguen hasta allí.

Es un lugar tranquilo y muy bello… Con unos inmensos jardines que albergan miles de pájaros de diferentes especies y que anidan en los diferentes árboles de maderas preciosas…

En fín, ya lo podrán corroborar cuando lleguen allí…

Cuando la cena termina, María recoge las peras que quedaron y las envasa para entregárselas a Andrés. Éste las empaca para los viajeros y después que regresa dice:

–                     Está lloviendo cada vez más fuerte…

Pedro indica:

–                      Voy a preparar la carreta. Venid y ayudadme a subir los cofres y todos los enseres que han sido empacados.

Todos se aprestan y rápido todo está listo para partir… Luego lo cubren con un toldo, para protegerse de la lluvia y Juan de Endor, Síntica y Santiago, suben a la carreta. El apóstol toma las riendas y avanzan silenciosos por una vereda entre los huertos.

Nazareth está sumida en la oscuridad y duerme tranquila bajo la tupida lluvia helada de esta noche invernal, que apaga los sollozos de los dos desterrados, que viajan sobre el camino lodoso. Los sigue el grupo apostólico.

A la mitad del camino llegan a una casa donde el pastor Isaac ha hecho labor apostólica y los hospedan sin hacerles preguntas.  Una anciana y un niño les brindan hospedaje en una noche lluviosa y al día siguiente les ofrecen un desayuno calientito, con la leche recién ordeñada y al despuntar el día, vuelven a emprender la marcha.

El viento es tan  fuerte que se siente cortante en las caras e hincha los mantos. Pedro detiene la carreta y se quita su manto para ponérselo a Juan de Endor.

El hombre protesta:

–                     Pero ¿Por qué? Yo tengo mi manto…

Pedro dice:

–                     Porque yo tengo mucho calor guiando al borrico. Y el frío me sirve de estímulo. Además, María me hizo tantas recomendaciones en Nazareth, que si te enfermas no voy a ser capaz de mirarla al rostro…

En un paraje muy lodoso y para que no se atasque, Pedro le pone por delante con una vara, pan y pedazos de manzana que el pobre asno quisiera comer y trata de alcanzar. Pero que no se le conceden hasta que tiene que descansar.

Mateo observa lo que Pedro ha hecho y le dice bromeando:

–                     ¡Eres un sinvergüenza, Simón de Jonás!

Pedro contesta riendo:

–                     Sólo hago que animal cumpla con su deber y con mucha dulzura. Si no hiciere esto tendría que usar la cuarta y no me gusta hacerlo. Por esto lo trata como trataría a mi querida barca. ¡No soy Doras! ¿Entendido? Quería ponerle Doras cuando lo compré, pero luego que oí su nombre… ¡Me gustó! Y se lo dejé…

Todos preguntan curiosos:

–                     ¿Cómo se llama?

Pero suelta la carcajada y dice:

–                     ¡Adivinad!

Salen a relucir los nombres más extraños, entre ellos los de los fariseos más furibundos y encarnizados; pero Pedro niega siempre. Y todos se dan por vencidos.

Finalmente Pedro dice riendo:

–                     Se llama Antonio. ¿Acaso no está bonito? ¡El de ese maldito romano! ¡Se ve que el griego que me lo vendió, tenía su rencor con Antonio!

Todos sueltan la risa. Y Juan de Endor da la explicación:

–                     Será uno de los que sufrieron los impuestos, después de la muerte de César. ¿Es viejo?

–                     Tendrá unos setenta años y habrá pasado por todos los oficios. Ahora tiene una fonda en Tiberíades.

Y siguen conversando…

Más tarde…

Jesús, con sus ocho apóstoles ha llegado a un camino escarpado y lleno de curvas que serpentean por la montaña. Llegan a una población que se cobija bajo una pendiente escarpada, que da la impresión que está a punto de deslizarse con todas las casas hacia el valle.

Santiago de Zebedeo comenta:

–                     Está muy bien construida. Está sobre la roca.

–                     Como Ramot. –confirma Síntica, que recuerda ese lugar.

Jesús confirma:

–                     Mucho más. Aquí, la roca forma parte de las casas; no solo es su base. Más bien se parece a Gamala. ¿Os acordáis de ella?

Andrés dice:

–                     Sí. Y también nos acordamos de los cerdos.

Simón Zelote agrega:

–                     De allí partimos para Tariquea, al Tabor, a Endor…

Juan de Endor suspira y dice:

–                     Parece que mi destino es traeros a la mente cosas penosas.

Judas Tadeo objeta con fuerza:

–                     ¡No! ¡Imposible! Nos has brindado una amistad y no más.

Y todos hacen coro manifestando que son del mismo parecer.

–                     Y con todo… no se me ha amado. Nadie me lo dice. Yo estoy acostumbrado a reflexionar. A reunir todos los hechos en un solo cuadro. Esta partida… No estaba prevista. Y la decisión de ella no es espontánea…

Jesús pregunta con una dulzura triste:

–                     ¿Por qué hablas así, Juan?

–                     Porque es la verdad. Nadie me ha querido. A ninguno de los otros discípulos se le ha escogido para ir a tierras lejanas.

Santiago de Alfeo está afligido, por lo que se desenvuelve en la mente de Juan de Endor y pregunta:

–                     ¿Y qué dices de Síntica?

–                     Síntica viene para que no se me mande solo… Piadosamente se hace esto para que no me dé cuenta de la realidad.

Jesús objeta:

–                     ¡No, Juan!

–                     ¡Sí, Maestro! ¿Ves? Aún podría decirte el nombre de mi verdugo. ¿Sabes dónde lo leo? Al mirar a estos ocho hombres buenos. Sólo al pensar en que los otros no están; leo su nombre. El que fue causa de que me encontraras, es también el que quisiera que me encontrase con Belzebú. Me ha arrojado a esta hora.

Lo mismo que a Ti, Maestro. Porque sufres como yo y tal vez más. Me ha arrastrado a estos momentos, para que me deje llevar por el odio y la desesperación. Porque es malo. Es cruel. Es envidioso. Y algo más… Es Judas de Keriot. El alma oscura entre tus siervos que son luz…

–                     No hables así, Juan. No es el único que falta. Todos estuvieron ausentes para las Encenias, menos Zelote, que no tiene familia. En estos tiempos no se puede venir desde Keriot en unos cuantos días. Hay como trescientos Km. de camino. Era razonable que fuera a ver a su madre. Como también Tomás lo hace. Bartolomé no ha venido porque es viejo y tampoco ha venido Felipe, para que lo acompañe…

–                     Sí. Los otros tres no están… Pero, ¡Oh, Buen Jesús! Tú conoces los corazones, porque eres el Santo. Pero no eres el único en conocerlos. También los perversos conocen a los perversos; porque en ellos se ven reflejados.

Yo fui un perverso. Me he mirado. Me he contemplado en Judas. Pero lo perdono. Le perdono que me mande a morir a tierras lejanas y que me aleje de Ti; porque por él vine a Ti. Por otra parte, que Dios le perdone… el resto…

Jesús no desmiente a Juan… Se queda callado.

Los apóstoles se miran entre sí; mientras que empujan la carreta por el sendero resbaloso. El camino es horrible hasta un tercio del mismo. Hasta cuando cerca del valle, se bifurca.

Cuando llegan a este punto; Pedro mira a Jesús, que se ha puesto muy pálido.

Y le pregunta:

–                     ¿Te sientes mal?

–                     No, Simón. Quiero hablar con ellos a solas… -y señala a Juan y a Síntica.

Que intuyen que el momento de la despedida ha llegado y están pálidos, igual que Él. Los dos se estrechan a Él y luego…

Juan se sienta a la izquierda de Jesús…

–                     No hables así, Juan. No es el único que falta. Todos estuvieron ausentes para las Encenias, menos Zelote, que no tiene familia. En estos tiempos no se puede venir desde Keriot en unos cuantos días. Hay como trescientos Km. de camino. Era razonable que fuera a ver a su madre. Como también Tomás lo hace. Bartolomé no ha venido porque es viejo y tampoco ha venido Felipe, para que lo acompañe…

–                     Sí. Los otros tres no están… Pero, ¡Oh, Buen Jesús! Tú conoces los corazones, porque eres el Santo. Pero no eres el único en conocerlos. También los perversos conocen a los perversos; porque en ellos se ven reflejados.

Yo fui un perverso. Me he mirado. Me he contemplado en Judas. Pero lo perdono. Le perdono que me mande a morir a tierras lejanas y que me aleje de Ti; porque por él vine a Ti. Por otra parte, que Dios le perdone… el resto…

Jesús no desmiente a Juan… Se queda callado.

Los apóstoles se miran entre sí; mientras que empujan la carreta por el sendero resbaloso. El camino es horrible hasta un tercio del mismo. Hasta cuando cerca del valle, se bifurca.

Cuando llegan a este punto; Pedro mira a Jesús, que se ha puesto muy pálido.

Y le pregunta:

–                     ¿Te sientes mal?

–                     No, Simón. Quiero hablar con ellos a solas… -y señala a Juan y a Síntica.

Que intuyen que el momento de la despedida ha llegado y están pálidos, igual que Él. Los dos se estrechan a Él y luego…

Juan se sienta a la izquierda de Jesús…

Bastó que la Voz del Salvador llegase a donde tu ser languidecía, para que te levantaras y te sacudieras de cualquier carga. Para que vinieras a Mí, ¿No es así? Eres pues, un recto de corazón. Mucho; mucho más que otros que no han pecado como tú. Pero que sí han cometido pecados peores, porque a sabiendas y voluntariamente los han querido…

Vosotros; flores triunfales mías como Salvador, sed benditos. Habéis reflejado el amor en este mundo entorpecido. En este mundo enemigo que tan solo da de beber amarguras y disgustos a vuestro Salvador. ¡Gracias! En las horas más duras de este año, siempre he pensado en vosotros y de esta forma he podido consolarme, sostenerme.

En las que me esperan y que serán más amargas todavía, os tendré con mayor razón presentes. Hasta la muerte, conmigo estaréis por toda la eternidad. Os lo prometo.

Os encargo mis intereses más amados. Esto es, el abrir camino a mi Iglesia en el Asia Menor. A donde no puedo ir porque acá en Palestina se encuentra el lugar de mi misión.

Y porque la mentalidad de los grandes de Israel, buscaría hacer el mal por todos los medios. ¡Oh! ¡Si tuviera otros Juanes y otras Sínticas, en otras naciones en las que mis apóstoles encontrasen el terreno preparado; para arrojar en ellas la semilla, cuando llegue la Hora!…

Rogad por Mí. Por el Hijo del Hombre que va a enfrentarse a todos sus tormentos de Redentor. Os digo que mi Humanidad va a ser torturada por toda clase de amarguras inimaginables… Rogad por Mí. Me harán falta vuestras plegarias… Serán una caricia. Serán una muestra de vuestro amor. Serán una ayuda para que no llegue a decir: “Que todo el Género Humano es  una creación de Satanás”

Adiós Juan. Démonos el beso de despedida. Adiós, Síntica. Esperadme con vuestro espíritu. Iré a vosotros. Estaré con vosotros en vuestras fatigas y en vuestras almas. Porque si el amor que tengo por el Hombre, hizo que encerrase mi Naturaleza Divina en Carne mortal, sin embargo no me quitó la libertad.

Soy Libre de ir por todas partes como Dios. Y de ir a donde está quien me merece. Adiós hijos míos. El Señor sea con vosotros…

Salta de la carreta y haciendo una señal de adiós a sus apóstoles. Se va corriendo por el camino por el que venían; como si fuese un ciervo perseguido…

Los ocho apóstoles se quedan atónitos, al ver al Maestro que se aleja…

Juan dice en voz baja:

–                     Iba llorando…

Pedro dice con tristeza:

–                     Se fue… Y no nos queda más que seguir adelante…

Y tomando las riendas arrea al borrico.

Mientras tanto, Jesús ha detenido su carrera. Se apoya contra el tronco de un árbol y luego se deja caer sobre la hierba.

Se queda inerte. Extendido. Con un llanto silencioso. Producido por un inmenso dolor. De este modo llora por largo tiempo. Luego se sienta y con la cabeza entre las rodillas, llama con todo su corazón a su lejana Madre…

–                     ¡Oh, Madre mía! ¡Eterna Dulzura mía! ¡Oh, Madre!… ¡Cómo quisiera tenerte junto a Mí! ¿Por qué no te tengo siempre?… ¡Tú que eres el único consuelo de Dios!  -sigue llorando.

Después de un rato en que el llanto sigue fluyendo amargamente:

–                     Y ¿Por qué? ¿Por quién? ¿Por qué tuve que causarles este dolor? ¿Por qué he tenido que causármelo a Mí Mismo; cuando ya el mundo me tiene harto de él?… ¡Judas!…

Levanta la cabeza y mira con ojos dilatados hacia el horizonte… Su rostro refleja un intenso sufrimiento.

Y luego, como si respondiese a Alguien; dice poniéndose de pié:

–                     Soy Hombre, Padre. Soy el Hombre. La virtud de la amistad que he conservado; se ve herida y traicionada. Se retuerce; se lamenta dolorosamente… Y la actual tentación de no amar… De no tolerar más a mi lado al hombre sucio; falaz, que se llama Judas. Que es causa del dolor que bebo. Que tortura corazones a quienes había dado la paz. Es  muy fuerte…

¡Oh, Padre mío! Ahora mis fuerzas se hayan cansadas por la falta de amor… En el desierto, Yo sabía que después de terminada la tentación, se iría. Como lo hizo. Y que los ángeles, vendrían a consolar a tu Hijo… Por ser el Hombre. Por ser objeto de las tentaciones del Demonio.

Pero ahora no cesará… Vendrá el Mundo con todo su Odio. Y será cada vez más poderoso. Más tortuoso en el pérfido; en el Traidor… ¡En el Vendido a Satanás!… ¡¡¡Padre!!!…

Es un grito preñado de dolor…  ¡Y de Miedo!….  Un grito que ruega… Y que continúa su dolorosa plegaria…

–                     ¡Padre!… ¡Lo sé!… Lo estoy viendo… Mientras aquí sufro y te ofrezco mis sufrimientos por su conversión; él se está vendiendo para ser más grande que Yo… ¡MÁS QUE EL HIJO DEL HOMBRE!…

Ya no le bastan los incentivos repugnantes y blasfemos de la mentira. De la falta de amor…  De sed de sangre, de ambición de dinero, de soberbia y de lujuria… ¡Ahora se entrega a Satanás para hacer grandes prodigios!…

¡Padre! ¡Oh, Padre mío! ¡Yo lo amo!… Todavía lo amo…. ¡Es un Hombre!… ¡Es uno de aquellos por los cuales te dejé!… ¡Por mi Humillación!… ¡Sálvalo!… ¡Oh, Señor Altísimo!… ¡Un milagro!… ¡Un milagro para Jesús de Nazareth; el Hijo de María de Nazareth; nuestra Eterna Amada!… ¡La salvación de Judas!…

Ha vivido a mi lado… ¡Ha bebido mis palabras!… Ha partido conmigo el pan… ¡Que no sea él,  mi Traidor!… No te pido que no sea yo traicionado… Esto tiene que ser así y lo será… Para que por medio de mi dolor de un traicionado; se cancelen todas las mentiras.

Como por el de verme vendido; toda avaricia. Como por la angustia de que me blasfemen, sean reparadas todas las blasfemias. Y por el de no haberme creído, se dé fe a los que sin ella viven y vivirán.

Como por mis tormentos; sean limpias todas las culpas del hombre… ¡Pero te ruego que no sea él!…  ¡Judas!…  ¡Mi apóstol, mi amigo!… ¡Multiplica mis tormentos, pero dame el alma de Judas!… ¡Oh, no! ¡El Cielo está cerrado!… ¡El cielo está Mudo!… ¡Oh! ¿Es este el Horror que me acompañará hasta la Muerte?…

Jesús ha vuelto a arrodillarse y ora con el rostro pegado a la Tierra, mientras el crepúsculo desciende; en el corto día invernal…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA