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6.- VERDADERO DIOS Y VERDADERO HOMBRE


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En el bosque de encinas del monte Tabor, Jesús continúa con las enseñanzas a sus discípulos y todos escuchan con atención…

La Voz del Maestro Resucitado:

–           Soy verdadero Hombre. Aquí veis mis miembros y mi Cuerpo sólido, caliente, capaz de movimiento, respiración y palabra como el vuestro. Pero soy verdadero Dios. Y si durante treinta y tres años la Divinidad estuvo oculta por un fin supremo, escondida en la Humanidad; ahora la Divinidad, aunque esté unida a la Humanidad, ha tomado preponderancia y la Humanidad goza de la libertad perfecta de los cuerpos glorificados.

Reina es con la Divinidad y ya no está sujeta a todo lo que significa limitación para la Humanidad. Aquí me veis. Estoy aquí con vosotros y podría si quisiera, estar dentro de un instante en los confines del mundo para atraer hacia mí a un espíritu que me buscara.

¿Y qué fruto conseguiré el que Yo haya estado simultáneamente en Cesárea Marítima y en la otra Cesárea, en el Carit y en Engadí, en Pela y en Yuttá, en otros lugares de Judea y en Bosra, en el Gran Hermón, en Sidón y en los confines galileos? ¿Y qué fruto tendrá el que haya curado a un niño, resucitado a uno fallecido poco antes, confortado a una persona acongojada, el que haya llamado a servirme a uno que se había macerado en dura penitencia, a Dios a un justo que me lo había suplicado; el que haya dado mi mensaje a unos inocentes y mis órdenes a un corazón fiel? ¿Convencerá esto al mundo? No.

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Los que creen seguirán creyendo, con más paz pero no con mayor fuerza, porque ya habían aprendido a creer verdaderamente. Los que no han sabido creer con una fe verdadera, seguirán en la duda. Y los malvados dirán que las apariciones son delirios y embustes, y que el muerto no estaba muerto sino que dormía…

¿Os acordáis cuando os dije la parábola del rico Epulón? Dije que Abraham respondió al réprobo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, mucho menos creerán a uno que haya resucitado de entre los muertos para decirles lo que deben hacer”. ¿Han creído acaso en Mí, Maestro y en mis milagros? ¿Qué obtuvo el milagro de Lázaro?: Que se apresuren a condenarme. ¿Qué mi resurrección?: Que me odien más.

Tampoco estos milagros realizados en este último tiempo mío entre vosotros, persuadirán al mundo, sino a los que ya no son del mundo. A aquellos que habiendo elegido el Reino de Dios con sus fatigas y penas actuales y su gloria futura, ya no pertenecen al mundo.

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Pero me complace el que hayáis sido confirmados en la fe y que os hayáis mostrado fieles a mi indicación quedándoos en este monte, esperando sin prisas humanas de gozar de cosas que aun siendo buenas, eran distintas de las que yo os había indicado.

La desobediencia aporta un décimo y arrebata nueve décimos. Ellos se han marchado y oirán palabras de hombres, las mismas de siempre. Vosotros habéis permanecido aquí y habéis oído mi Palabra que, aunque recuerde cosas ya dichas, es siempre buena y útil. Esta lección os servirá de ejemplo a todos vosotros y también a ellos, para el futuro.

Jesús recorre con su mirada los rostros ahí congregados alrededor de Él…

Jesús dice:

–           Ven, Eliseo de Engadí, que tengo que decirte una cosa.

El ex leproso hijo del anciano Abraham, que antaño fuera un esqueleto espectral y ahora es un galán en la flor de la vida, se acerca y se postra a los pies del Maestro…

Jesús le dice:

–           Una pregunta se asoma temblorosa a tus labios desde que has sabido que he estado en Engadí. Es ésta: “¿Has consolado a mi padre?”. Yo te digo: “¡Más que consolado! Lo he tomado conmigo”.

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Eliseo pregunta:

–           Contigo, mi Señor. ¿Y dónde está, que no lo veo?

–           Eliseo, voy a estar aquí ya poco tiempo. Luego iré a mi Padre…

–           ¡Señor!… Quieres decir… ¡Mi padre ha muerto!

–           Se durmió en mi Corazón. También para él terminó el dolor. Lo apuró todo, y permaneciendo siempre fiel al Señor. No llores. ¿No lo habías dejado, acaso, por seguirme a mí?

–           Sí, mi Señor…

–           Mira, tu padre está conmigo; por tanto siguiéndome, vuelves al lado de tu padre.

–           ¿Pero cuándo? ¿Y cómo?

–           En su viña, donde oyó hablar de mí por primera vez. Tu padre me recordó su súplica del pasado año. Le dije: “Ven”. Murió feliz porque tú has dejado todo por seguirme a mí.

–           Perdona si lloro… Era mi padre…

–           Sé comprender el dolor.

Jesús le pone la mano sobre la cabeza para consolarlo y dice a los discípulos:

–           Aquí tenéis a un nuevo compañero. Que goce de vuestro cariño, porque Yo lo arrebaté de las garras de su sepulcro para que me sirviera.

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Luego dice:

–          Elías, ven a Mí. No estés ahí todo tímido como un extranjero entre hermanos. Todo el pasado ha quedado destruido. Y tú Zacarías, ven también; tú que has dejado padre y madre por mí, ponte con los setenta y dos junto con José de Cintium. Lo merecéis porque habéis desafiado a los poderosos por Mí. Y tú Felipe, y también tú su compañero, que no quieres ser llamado por tu nombre, porque te parece horrendo y tomas el del padre tuyo, que es un justo aunque todavía no esté entre los que me siguen abiertamente.

¿Lo veis? ¿Veis todos que no excluyo a ninguno que tenga buena voluntad? Ni a los que me siguieron antes como discípulos, ni a los que hacían buenas obras en Nombre mío aun no hallándose entre las filas de mis discípulos, ni a los que pertenecían a sectas no estimadas por todos, que pueden siempre entrar en el buen camino y no han de ser rechazados.

Como Yo hago las cosas, hacedlas vosotros. A éstos los uno a los discípulos antiguos. Porque el Reino de los Cielos está abierto a todos los que tienen buena voluntad. Y aunque no estén presentes, os digo que no rechacéis ni siquiera a los gentiles. Yo no los he rechazado cuando los he visto deseosos de Verdad. Haced lo que Yo he hecho.

Y tú, Daniel, que verdaderamente has salido de la fosa (Daniel 14, 31-42), no de los leones pero sí de los chacales; ven y únete a éstos. Y ven tú, Benjamín. Os uno a éstos (señala a los setenta y dos, que están casi al completo), porque la mies del Señor fructificará mucho y son necesarios muchos obreros.

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Ahora vamos a estar un poco aquí juntos, mientras transcurre el día. A1 anochecer dejaréis el monte y al amanecer vendréis conmigo vosotros los apóstoles, vosotros dos a los que he nombrado aparte. -señala a Zacarías y a José de Cintium.- Y los que están aquí de los setenta y dos.  Decidles a los que faltan, que estén en Bethania todos, veinte días antes de Pentecostés; porque después me buscarían en vano. Sentaos y descansad. Vosotros, venid conmigo un poco aparte.

Se encamina, seguido de los once apóstoles y llevando todo el tiempo agarrado de la mano a Marziam, se sienta en la parte más tupida del encinar.

Acerca a sí a Marziam, que está muy triste.

Tan triste, que Pedro dice:

–           Consuélalo. Señor. Ya estaba triste y ahora lo está más todavía.

Jesús dice:

–          ¿Por qué, niño? ¿No estás, acaso, conmigo? ¿No deberías estar contento de saber que he superado el dolor?

Por toda respuesta, Marziam se echa a llorar del todo.

Pedro refunfuña un poco inquieto:

–           No sé lo que le pasa. Le he preguntado inútilmente. ¡Y hoy menos me esperaba este llanto!

Juan dice:

–           Yo, sin embargo, lo sé.

–           ¡Suerte la tuya! ¿Y por qué llora?

–           No llora desde hoy. Hace ya días…

–           ¡Hombre, ya me he dado cuenta! Pero ¿por qué?

–           El Señor lo sabe. Estoy seguro. Y sé que sólo Él tendrá la palabra que consuela – añade Juan sonriendo.

Jesús contesta:

–           Es verdad. Lo sé. Y sé que Marziam discípulo bueno es un niño, verdaderamente un niño; en este momento, un niño que no ve la verdad de las cosas. Pero, predilecto mío entre todos los discípulos reflexiona: ¿No ves que he ido a reforzar fes vacilantes, a absolver, a recibir existencias consumidas, a anular venenos de duda inoculados en los más débiles, a responder con un acto de piedad o de rigor a los que aún quieren presentarme batalla, a testificar con mi presencia que he resucitado, donde más empeño se ponía en decir que estaba muerto?

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¿Había necesidad acaso, de ir a ti niño cuya fe, esperanza y caridad, cuya voluntad y obediencia conozco? ¿Ir a ti un instante cuando en realidad te tendré conmigo como ahora, todavía más veces? ¿Quién sino tú y sólo tú entre todos los demás discípulos, celebrará el banquete de Pascua conmigo? ¿Ves a todos éstos? Han celebrado su Pascua y el sabor del cordero, del caroset, los ázimos y del vino, se transformó por entero en ceniza y hiel y vinagre para sus paladares, en las horas que siguieron. Pero Yo y tú niño mío la celebraremos jubilosos. Y nuestra Pascua será miel que desciende y permanece. Quien entonces lloró ahora gozará. Quien entonces gozó no puede pretender gozar de nuevo.

Tomás murmura:

–           Verdaderamente… no estábamos muy contentos ese día…

Mateo confirma:

–           Sí. Nos temblaba el corazón…

Tadeo ratifica:

–           Y un bullir de sospechas e ira estaban dentro de nosotros, al menos dentro de mí.

Jesús dice:

–           Y entonces decís que quisierais celebrar la Pascua suplementaria todos…

Pedro contesta:

–           Así es, Señor.

–           Un día te quejaste porque las discípulas y tu hijo no iban a participar en el banquete pascual. Ahora te quejas porque el que no gozó entonces debe recibir su gozo.

–           Es verdad. Soy un pecador.

–           Y Yo soy “el que se compadece”. Quiero que en torno a mí estéis todos; no sólo vosotros, sino también las discípulas. Lázaro nos ofrecerá una vez más su hospitalidad. No quise que estuvieran tus hijas, Felipe, ni vuestras esposas, ni Mirta ni Noemí, ni Áurea, la jovencita que está con ellas, ni éste. ¡Jerusalén no era lugar adecuado para todos, en esos días!

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Felipe suspira:

–           ¡Es verdad! Ha sido una buena cosa el que no estuvieran.

–           Sí. Habrían visto nuestra cobardía.

–           Calla., Pedro. Está perdonada.

–           Sí. Pero yo se la he confesado a mi hijo y creía que ése era el motivo de su tristeza. Se la he confesado porque siempre que la confieso, siento un alivio. Es como si me quitara una voluminosa piedra del corazón. Me siento más absuelto cada vez que me humillo. Pero si Marziam está triste porque Tú te has mostrado a otros…

Marziam contesta:

–           Por esto y no por otro motivo, padre mío.

–           ¡Pues alégrate, entonces! Él te ha querido y te quiere. Ya lo ves. De todas formas, yo te había dicho lo de la segunda Pascua…

Marziam confiesa:

–           Pensaba que la obediencia que Porfiria me había puesto en tu nombre, Señor,  la había cumplido demasiado poco gustosamente y que me castigabas por eso. Y pensaba también que no te aparecías a mí porque odiaba a Judas y a tus verdugos.

Jesús dice:

–           No odies a nadie. Yo he perdonado.

–           Sí, mi Señor. No volveré a odiar.

–           Y deja de estar triste.

–           Ya no estaré triste, Señor.

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Marziam, como todos los de edad muy joven, se muestra menos tímido con Jesús que los demás.  Y ahora que está seguro de que Jesús no está enojado con él, se abandona a su abrazo con toda confianza. Es más, se refugia en pleno, como un polluelo bajo el ala materna, en el cerco del brazo que lo estrecha y cesando ese pesar que lo ponía triste e inquieto desde hacía muchos días, se duerme feliz.

Zelote observa:

–           Es un niño todavía.

Pedro responde:

–           Sí. ¡Pero cuánto ha sufrido! Me lo dijo Porfiria cuando la avisó José de Tiberíades y me lo trajo. ¿También Porfiria a Jerusalén?

¡Cuánto deseo hay en la voz de Pedro!

Jesús contesta:

–           Todas. Quiero bendecirlas antes de subir a mi Padre. También ellas han prestado servicio y muchas veces mejor que los hombres.

Tadeo pregunta:

–           ¿Y dónde tu Madre no vas?

–           Nosotros estamos juntos.

–           ¿Juntos? ¿Cuándo?

–           Judas, Judas, ¿Tú crees que Yo, que siempre he hallado alegría a su lado, no voy a estar ahora con Ella?

–           Pero María está sola en su casa. Me lo dijo ayer mi madre.

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Jesús sonríe y responde:

–           Detrás del velo del Santo de los Santos entra solamente el Sumo Sacerdote.

–           ¿Y entonces? ¿Qué quieres decir?

–           Que hay bienaventuranzas que no pueden ser descritas ni conocidas. Esto es lo que quiero decir.

Se separa delicadamente a Margziam confiándolo a los brazos de Juan, que es el más cercano. Se pone en pie. Los bendice. Y mientras ellos, todos de rodillas, agachada la cabeza; menos Juan, que tiene en su regazo la cabeza de Margziam, reciben su bendición.

Jesús desaparece.

Bartolomé dice:

–          Realmente es como ese relámpago de que habla…

Permanecen meditabundos en espera de la puesta de sol.

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

 

182.- EL CADÁVER DEL TEMPLO


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Al día siguiente…

Las paredes blancas de las casas de Jericó y sus palmeras, se recortan contra un cielo intensamente azul. Junto a un bosquecillo de tamariscos, encuentran a un grupo de discípulos, capitaneados por Mannaém.

Lo saludan y le dicen que lo han estado esperando.

Mannaém promete a Jesús:

–                       He venido con éstos y no te dejaré, hasta que no te vea a salvo en casa de Lázaro.

Tadeo pregunta:

–                       ¿Por qué? ¿Hay algún peligro?

–                       Estáis en Judea… sabéis lo del decreto y que lo odian. Todo puede temerse. –Mannaém se vuelve a Jesús-  Traje conmigo a los más valientes, porque supuse que si no te habían aprehendido, pasarías por aquí. Muestro arrojo varonil unido a nuestro amor de discípulos. Hará que te respeten.

Jesús mira a aquel grupo de hombres vigorosos, en la flor de la edad y dispuestos a todo, por defenderlo. Y una sonrisa triste y llena de amor, se dibujó en sus labios.

Luego preguntó:

–                       Vámonos. ¿No hay nadie con las mujeres en casa de Nique?

Mannaém responde:

–                        Los pastores. Jonathás no está porque espera a Juana en el palacio de Jerusalén. Tus discípulos han aumentado muchísimo. Ayer había unos quinientos, esperándote en Jericó. Y los siervos se lo comunicaron a Herodes…

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Él no supo qué hacer, si temblar de miedo o tomar partido contra Ti. El recuerdo de Juan lo obsesiona y ya no se atreve a levantar la mano contra algún profeta…

Pedro se frota las manos con alegría mientras exclama:

–                       ¡Eso está bien! ¡Él no te hará nada!

Jesús replica:

–                       Pero es el que menos vale. Es un ídolo que cualquiera puede mover a su antojo y quién lo tiene en su mano, puede manejarlo.

Bartolomé pregunta:

–                       ¿Y quién lo tiene? ¿Acaso Pilatos?

Mannaém responde:

–                       Pilatos para hacer algo, no tiene necesidad de Herodes. Éste no es más que un siervo y los poderosos no piden ayuda a sus criados.

Bartolomé insiste:

–                       ¿Entonces quién?

De entre el grupo de Mannaém…

Juan el sacerdote responde con aplomo:

–                       El Templo.

–                       Pero a los ojos del Templo, Herodes es un anatema. Su pecado… -objeta Bartolomé.

Mannaém replica con desprecio:

–                       Eres un ingenuo pese a tu saber y a tus años. ¡Oh, Bartolomé! ¿No sabes que el Templo sabe pasar por alto muchas cosas, con tal de conseguir sus objetivos? Por eso no es digno de seguir existiendo.

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Bartolomé advierte severo:

–                       Tú eres israelita. No debes hablar así. El Templo es siempre nuestro Templo.

El escriba Yoel replica:

–                       No. El Templo es un Cadáver de lo que fue.

Mannaém confirma con franqueza:

–                       Y un cadáver se convierte en carroña insoportable, cuando hace días que murió. Por eso Dios ha mandado al Templo Vivo… Para que pudiéramos postrarnos ante el Señor, sin ser una pantomima inmunda.

Uno de los suyos, murmura a Mannaém:

–                       ¡Cállate!

–                       ¿Y por qué debo callarme si así habla mi corazón? ¿Crees que mis palabras pueden causar daño al Maestro? Si así fuere me callaría. No por otra razón. Aun cuando me condenaren, tendré valor para decir: “Esto es lo que pienso y no castiguéis a otros, sino a mí.”

Esteban exclama con ímpetu:

–                       Aunque Mannaém tiene razón. No hay que seguir callando por miedo. Es hora de  que cada uno tome su lugar en pro o en contra… Y que diga lo que tiene en su corazón. Yo pienso como tú, hermano en Jesús. Y si esto pudiere acarrearnos la muerte, moriremos juntos, confesando una vez más la verdad.

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Bartolomé exhorta:

–                       ¡Sed prudentes! ¡Sedlo! El Templo es siempre el Templo. Tendrá deficiencias pues no es perfecto, pero es… Después de Dios, no hay personas más dignas, ni fuerza mayor que la del Sumo Sacerdote y el Sanedrín… Representan a Dios. Debemos ver lo que representan, no lo que son. ¿Me equivoco, Maestro?

Jesús responde:

–                       No te equivocas. En cada institución hay que reconocer su origen. En este caso es el Eterno Padre quién ha establecido el Templo y las jerarquías. Los ritos y la autoridad de los hombres destinados a representarlo. Es necesario dejar que el Padre sentencie.

Él sabe cómo y cuándo intervenir; como proveer para que la corrupción que se va extendiendo, no corrompa a todos y hagan que duden de Él. Todo exceso es siempre dañino; tanto para el que lo realiza, como para el que tiene que soportarlo. Las denuncias no las harán los hijos de la Luz, porque es obra de las Tinieblas.

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El sacerdote Juan se arrodilla y toma la mano de Jesús diciendo:

–                       Eres bueno, Maestro. Demasiado tarde te he conocido, ¡Oh, Palabra de  Dios! Pero todavía hay tiempo para amarte como mereces; aunque no para servirte cómo habría deseado; como ahora quisiera hacerlo.

–                       Nunca es tarde para la Hora de Dios. Llega al momento justo y da tiempo para servir a la Verdad, cuanto la voluntad quiere.

Han llegado a Jericó. La gente se desborda gritando hosannas a Jesús. Y le dicen que Herodes ya escapó a Jerusalén.

Mannaém confirma:

–                       Es verdad. Se fue por la noche, a escondidas. Tiene miedo.

Jesús se detiene diciendo:

–                       ¡Paz, paz! Quién me quiera oír, que vaya a Jerusalén. Soy un peregrino como vosotros. Hablaré en la Casa del Padre.

Zaqueo y todos sus amigos, junto con los pastores, corren al encuentro de Jesús. Se postran y le abren, mientras pasa bendiciendo. Llegan a la casa de Nique.

Al día siguiente…

Jesús está sentado sobre un montón de heno, bajo el ardiente sol. Está solo y absorto en Sí Mismo. Un grupo de judíos que ha venido a buscarlo y lo espera bajo la sombra de unos árboles, conversa con los apóstoles.

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Un hombre dice con preocupación:

–                       ¡Le va a hacer daño seguir así! Y nosotros no podemos retrasarnos más…

Judas responde:

–                       Está bien. Iré a decir que os queréis ir.

–                       No. ¡No es así! Quisiéramos estar en Ensemes, antes del anochecer. Porque los montes de Adomín son muy inseguros…

Judas se va sonriendo con ironía. Con esa sonrisa extraña que se ha vuelto tan habitual en él, en los últimos meses y que es tan desagradable de soportar.

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Se inclina hacia el Maestro:

–                       Dicen que es porque te puede hacer mal el sol, pero la verdad es que a ellos les puede acarrear daño los ser vistos. Los judíos quieren despedirse de Ti.

Jesús se levanta.

–                       Voy. Pensaba… Tienen razón.

Judas rezonga:

–                       Todos, menos yo…

Jesús lo mira y no dice nada.

Va hacia donde lo esperan y dice a los judíos:

–                       Ya os había dicho que os podíais ir. No hablaré, sino en Jerusalén.

–                       Es verdad. Pero queremos hablarte en privado. ¿Es posible?…

Judas amonesta con una sonrisa viperina:

–            Dales gusto. Tienen miedo de nosotros. O de mí, para ser más exactos y francos.

El hombre responde con vehemencia:

–                       No tenemos miedo de nadie. Si lo hubiésemos tenido, hubiéramos buscado otros medios. No todos los que viven en Palestina, son unos cobardes. Somos descendientes de los héroes de David y si todavía no eres un esclavo o un vil, debes respetar de donde procedemos.

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Venimos a honrar al Hijo de David y a darle un consejo. Porque Él es grande. Pero aún con su grandeza puede tener necesidad de un amigo, en las horas decisivas de su vida.

–                       Nosotros somos sus amigos. Los somos desde hace tres años, cuando nosotros…

El otro interrumpe a Judas:

–                       No lo conocíamos. Muchas veces hemos sido engañados con falsos Mesías, para dar crédito a cualquier cuento. Pero los últimos sucesos han sido luz para nosotros. Sus obras son de Dios y afirmamos que Él es el Hijo de Dios.

–                       ¿Y pensáis que tenga necesidad de vosotros?

–                       Como Hijo de Dios, no. Pero como Hombre, sí. Él ha venido para ser el Hombre. Y el hombre tiene necesidad de los hombres, sus hermanos. Por otra parte, ¿Por qué tienes miedo? ¿No quieres que nos hable? Te lo preguntamos.

–                       ¿Yoo? Hablad. Hablad. Él escucha con más gusto a los pecadores que a los justos.

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Jesús interviene:

–                       ¡Judas! ¡Creía que tales, palabras debían parecerte fuego en tus labios! ¿Cómo te atreves a juzgar cuando tu maestro no lo hace?  Está dicho: “Si vuestros pecados fueren rojos como la púrpura; quedarán blancos como la nieve…” 

–                       Pero Tú ignoras que entre éstos…

–                       ¡Cállate! Hablad vosotros…

–                       ¡Señor! lo sabemos. La acusación contra Ti está lanzada. Se te acusa de violar la Ley y el sábado. De amar más a los de Samaría que a nosotros. De defender a publicanos y a prostitutas. De recurrir a Belcebú y a otras fuerzas misteriosas, como la Magia Negra. De odiar al Templo y de querer su destrucción. De…

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Jesús exclama.

–                       ¡Basta! Cualquiera puede acusar, pero probar la acusación es difícil…

–                       Sin embargo ellos tienen quién las sostiene. ¿Crees que haya algunos rectos en el Templo?

–                       Os responderé con las palabras de Job. Que fue un símbolo del hombre que padece como Yo: “Lejos de mí que piense que todos sois rectos. Pero hasta el último momento sostendré que soy Inocente. No renunciaré a mi derecho de justificarme, porque mi corazón no me reprocha nada de lo que yo haya hecho.” Ved. Todo Israel puede testimoniar que Yo he enseñado siempre el respeto a la Ley. Aún más; he perfeccionado la obediencia a la Ley y los Sábados no han sido violados por Mí… ¿Qué quieres decir? ¡Habla! Has hecho un gesto y después te has retenido… ¡Habla!

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Otro miembro del grupo dice:

–                       Señor. en la última reunión del Sanedrín, se leyó una acusación contra Ti. Llegó de Samaría, de Efraím donde estabas y decía que cada vez se comprobaba más, que violabas el sábado y…

–                       Una vez más te responde con Job: “¿Y qué esperanza tiene el hipócrita si roba por Avaricia y Dios no libra su alma?” Éste infeliz que finge externamente una cara y por debajo en su corazón lleva otra y quiere cometer el mayor robo aprovechándose de mis bienes; camina ya por el sendero del Infierno.

Y en vano esperará dinero y honras. En vano creerá subir donde Yo quise, para no traicionar el Decreto Santo. ¿Qué otra cosa haremos por él, sino rogar?

–                       Sin embargo el Sanedrín se burló de Ti diciendo: ‘¡Éste es el amor que le tienen los samaritanos! Lo acusan para congraciarse con nosotros.

–                       ¿Estáis seguro de que fue una mano samaritana, la que escribió esas palabras?

–                       No. Pero Samaría se portó dura contigo, hace poco…

1_-abraham-

–                       Porque los enviados del Sanedrín la soliviantaron y azuzaron con falsos consejos; suscitando esperanzas que tuve que tronchar. Por otra parte, se debe decir de Efraím; como de Judá y de cualquier otro lugar, lo que se dice del corazón del hombre; que olvida los beneficios y se doblega ante las amenazas: “Vuestra rectitud es como el rocío, que desaparece bajo los rayos solares.” Pero esto no prueba que los samaritanos sean los acusadores del Inocente. Un amor equivocado los hizo enfurecer contra Mí. Es amor de quién delira. ¿Qué otra cosa prueba la preferencia por los samaritanos?

–                       Se te acusa de que los amas tanto, que dices: “Escucha Israel…” en lugar de decir: “Escucha Judá…”   Y que no puedes reprender a Judá…

–                       ¿De veras? ¿La sabiduría de los rabinos es así de vana? ¿No soy acaso el Retoño de Justicia salido de David, por el que como dice Jeremías, Judá será salvado? El profeta prevé que Judá, sobre todo Judá; tendrá necesidad de salvación. ¿Acaso se equivocó el profeta? ¿Estaba ebrio?

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No de otra cosa más que de penitencia; porque para acusarme a Mí, alguien tendrá que sostener que Jeremías era un hombre dado a la bebida. Y sin embargo él dice que el Retoño de David salvará a Judá y se sentará sobre el torno de Israel. Y éste será un gran favor. Así pues, el que me ha enviado y que me ha dado las dos varas, despedazará ambas para que los crueles no alcancen gracia; para que el flagelo no venga del Cielo sino del mundo.

Y no hay flagelo más duro que hombres mismos. Así sucederá. ¡Oh, así! Yo seré golpeado y los dos tercios de ovejas serán dispersados. Solo un tercio… ¡Siempre solo un tercio! Se salvará y perseverará hasta el fin. Este tercio atravesará por el fuego, por el que Yo atravesé primero y se purificará…

1Andres

Y será probado como se acrisolan la plata y el oro. Y se le dirá: ‘Tú eres mi Pueblo y él me dirá Tú eres mi Señor.’

Y habrá quien ponga en la balanza treinta monedas, el precio vergonzoso de la víctima. Esas treinta monedas no podrán regresar de donde salieron, porque las mismas piedras gritarán aterrorizadas al verlas, empapadas de la Sangre del Inocente.

Del sudor que derramará el que se sentirá presa de una horrible desesperación. Mondas que servirán como está escrito, para comprar de los esclavos de Babilonia el Campo de los Extranjeros. ¡El Campo para los Extranjeros! ¿Sabéis quiénes son? ¡Los de Judea e Israel! Quienes pronto, en los siglos y siglos carecerán de Patria.

1gueto

Y ni siquiera el suelo que antes los cobijó, los acogerá.  Los vomitará aun cuando estén muertos, porque ellos rechazaron la Vida… ¡Horror Infinito!…

Jesús se calla como oprimido, con la cabeza inclinada. Después la levanta. Mira a su alrededor y suspira como si despertase de una pesadilla.

Pregunta:

–                       ¿Qué otra cosa decíais? ‘Que compadezco a publicanos y meretrices’ Es verdad. Son unos enfermos. Unos agonizantes. Yo la Vida me entrego a ellos como vida. Venid a quienes he liberado.  –Ordena a Zaqueo y a los suyos- Venid y escuchad lo que os voy a decir, lo que dije a los mejores: ‘No vayáis a Jerusalén.’ A vosotros os digo: Venid. Esto parecerá una injusticia…

1EXILIO

Iscariote lo interrumpe:

–                       Lo es.

Jesús continúa como si no lo hubiese oído y sigue hablando a Zaqueo y a sus compañeros.

–                       Os digo venid, porque sois los más necesitados de otra lluvia. Es verdad que el Templo Vivo puede ser destruido y que en tres días será reedificado y para siempre.

1desctruccion-del-templo

Pero el Templo muerto que tan solo se sacudirá  y que creerá ser vencedor, para siempre quedará derribado.

Destruction of Jerusalem by Ercole de' Roberti

¡Idos! ¡No tengáis miedo! Estad. en Jerusalén cuando llegue la aurora del día siguiente al sábado. Quiero que estén los resucitados al lado de los justos, porque en el Reino del Mesías hay infinitos lugares; cuantos hombres hay de buena voluntad.

Jesús hace un ademán de despedida.  Y se dirige a la casa de Nique a través del huerto.  Por la vereda se encuentra con una gallina, seguida por sus polluelos. Ve a los hombres y extiende sus alas en señal de protección, cacareando fuerte.

Los pollitos corren y se esconden bajo sus alas…

Jesús se detiene a mirarla… Y las lágrimas bañan sus mejillas.

Los apóstoles se preguntan asombrados:

–                       ¡Llora! ¿Por qué?

Pedro dice a Juan:

–                       Pregúntale porqué llora…

Juan se acerca a Jesús:

–                       ¿Por qué lloras, Señor mío? ¿Acaso por lo que te dijeron y dijiste?

Jesús mueve su cabeza negando y una sonrisa triste se dibuja en sus labios. Señala a la gallina que amorosamente continúa defendiendo a sus polluelos…

1gallina y pollitos

Y responde:

–                       Yo también, Uno con mi Padre vi a Jerusalén como dijo Ezequiel, desnuda y llena de vergüenza. La vi y pasé cerca de ella. Llegó el tiempo de mi amor; extendí mi Manto sobre ella y cubrí su desnudez. Quise que fuera reina después de haberle sido Padre y quise protegerla, como la gallina protege a sus polluelos…

Pero entre tanto que los pollitos reconocen las ansias de su madre y se refugian bajo sus alas; Jerusalén ha rechazado mi protección… Pero Yo mantendré mi diseño de amor… Yo… Mi Padre hará después según le plazca.

Jesús da un rodeo para no perturbar a la gallina. Y avanza hacia la casa. Las lágrimas le bañan su rostro afligido y pálido. Entra en la casa con sus discípulos y los demás continúan su camino.

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

 

178.- DESPEDIDA DE EFRAÍM


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Es el amanecer, ha llegado la hora de emprender el camino.

            Los efraimitas reunidos ante la casa dicen a Jesús:

–                     Permite que te sigamos Maestro. No te molestaremos.

Jesús dice:

–                       Venid pues si queréis.

Tanto los apóstoles como las discípulas están preparados para emprender la marcha. María de Jacob llora desconsolada, apoyada contra el estípite de la puerta abierta de par en par.

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Durante diez semanas Jesús ha sido su huésped y su corazón se destroza con la separación.

Jesús se acerca a la puerta y dice:

–                       María de Jacob te doy las gracias y te bendigo, porque fuiste para Mí como una madre. ¡No llores! No debe llorar quién ha hecho una obra buena. –besa a la anciana y la bendice una vez más.

Y se ponen en camino.

Judas de Keriot va adelante, aislado y pensativo. Tan lóbrego, que sus compañeros notan y…

Tomás dice a los demás:

–                       ¿Qué le pasará a Judas que está así?…  ¡Parece como si emprendiera el camino al cadalso!

Mateo replica:

–                       ¡Bah! Tal vez tiene miedo de regresar a Judea.

Zelote le pregunta:

–                       ¿Qué te dijo el Maestro acerca del dinero?

–                       Nada especial. Tan sólo: ‘Volvamos a lo de antes. Judas es el tesorero y vosotros los distribuidores de las limosnas.’ Para mí fue mucho mejor. He manejado tanto el dinero, que le tengo asco.

Los samaritanos van comentando el último discurso de Jesús en la sinagoga, cuando se despidió de Samaria…

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Y dicen entre ellos:

–                       ¿Oíste? Él sabe lo que nos dijeron. Por eso nos llamó al camino de la justicia.

–                       Entendí. ¿Y viste como se turbaron los judíos y los escribas que estaban presentes?

–                       ¡Claro! Ni siquiera esperaron a que terminara y se marcharon.

–                       ¡Víboras!

–                       Sin embargo… Él dice lo que quiere hacer.

–                       El Rabí es el Rabí.

–                       Y puede pecar si no sube al Templo de Jerusalén.

–                       ¡Encontrará la muerte! Lo verás.

–                       ¡Todo se habrá acabado!

–                       ¿Para quién? ¿Para Él?

–                       ¡Para nosotros… o para los judíos!

–                       Para Él, si muere.

–                       Eres un loco. Yo soy de Efraím. Lo conozco bien. durante más de dos lunas viví con Él. Siempre hablaba con nosotros.

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–                       Será una pena… No puede morir. Él es el Santo de los santos.

–                       Tampoco para nosotros puede terminar todo, nada más así.

–                       Yo seré un ignorante, pero presiento que su Reino vendrá, cuando los judíos lo crean destruido…

–                       ¡Los derrotados serán ellos!

–                       ¿Crees que los discípulos venguen al Maestro?

–                       ¿Qué habrá rebelión y destrucción?

–                       ¿Y los romanos?

–                       No hay necesidad de que nadie lo vengue. El mismo Altísimo lo vengará durante muchos siglos…

–                       Por cosas de menor cuantía nos ha castigado. ¿Quieres que no castigue a los que atormentan a su Enviado? 

–                       ¡Ah! ¡Verlos vencidos!

–                       Tienes un corazón que al Maestro no agradaría.

–                       Él ruega por sus enemigos…

Y continúan caminando y conversando…

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La región es fértil, por la riqueza de bosques y aguas que bajan de las vertientes. Siquem resalta con su blancura y la belleza de sus huertos y sus jardines. Las casas se ven muy hermosas, adornadas con olivos, viñedos y los campos cargados de trigo, que van ostentando sus espigas llenas de vida.

Jesús entra en la ciudad y al llegar a la fuente, recuerda su encuentro con Fotinaí.

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Jesús dice:

–                       ¿No se cumple ahora lo que entonces dije? Entramos ignorados y solos. Sembramos. Ved ahora. ¡Qué mies ha nacido de aquella semilla! Seguirá creciendo y vosotros la segareis. Y después, otros cosecharán.

Felipe pregunta:

–                       ¿Y Tú no, Señor?

–                       Yo he cosechado donde sembró mi Precursor. Luego Yo sembré y vosotros deberéis sembrar con la semilla que os di. Pero así como Juan no cosechó lo que sembró; así tampoco Yo. Somos…

Tadeo pregunta con ansiedad:

–                       ¿Qué Señor?

–                       Las víctimas, hermano mío. Es necesario el sudor, para que los campos sean fértiles. Es necesario el sacrificio, para hacer que los corazones lo sean. Lo que regaremos con nuestra muerte, otros lo cosecharán…

Santiago de Zebedeo exclama:

–                       ¡Oh, no! ¡No digas eso, Señor mío!

–                       ¿Tú que fuiste discípulo de Juan me lo dices?  ¿No recuerdas las palabras del que fue tu maestro? “Es necesario que Él crezca y que yo disminuya” Él comprendía la belleza y la razón del morir, para dar a otros la justicia. No seré inferior a él…

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Santiago objeta:

–                       Pero Maestro, ¡Tú eres Dios! ¡Juan era sólo un hombre!

–                       Soy el Salvador. Como Dios debo ser más perfecto que el hombre. Si Juan, simple mortal, tuvo el valor de empequeñecer para que brillara el verdadero Sol; no debo ofuscar la luz de mi sol, con nubes de cobardía. El Mesías se irá. Regresará al lugar de donde vino… Y desde allá os amará. Siguiéndoos en vuestro trabajo y preparándoos el lugar que será vuestro premio. Pero mi Doctrina se queda. Crecerá con mi ida… con la de todos los que sabrán ser como Juan y como Yo. Y sabrán morir para que otros vivan…

Judas pregunta casi con ansia:

–                       Entonces, ¿Reconoces que es justo que se te mate?

Jesús lo mira… Y responde:

–                       No lo reconozco. Reconozco justo el morir, por lo que traerá mi sacrificio. El homicidio es siempre homicidio para el que lo realiza. Aun cuando tenga valor y aspectos diferentes para el que muere.

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–                       Qué quieres decir?

–                       Quiero decir que si alguien mata porque se ve obligado a hacerlo: como el soldado en la batalla. El verdugo que obedece al magistrado o el que se defiende de un ladrón, no mancha su alma con el homicidio. Pero el que sin necesidad y orden de nadie, mata a un inocente o coopera a su muerte, irá delante de Dios con la cara horrible de Caín…

Llega un nutrido grupo de Siquemitas a recibirlo y lo saludan con reverencia:

–                       La paz sea contigo, maestro. Las casas que te hospedaron están esperándote. Vendrán a verte todos los que recibieron de Ti un favor. Sólo una persona no vendrá, porque se retiró muy lejos para expiar. La mujer se despojó de todo lo que amaba, rechazó el pecado y dio sus bienes a los pobres. Empezó una vida nueva y no sabría decirte en donde está. Desde que dejó Siquem, nadie la ha vuelto a ver.

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Jesús dice:

–                       Lo único que es necesario saber, es que se convirtió. Sería tan inútil como indiscreto buscarla. Dejad a vuestra conciudadana en su paz secreta. Los ángeles del Señor saben en dónde está, para ayudarla en lo que necesita. Mañana os hablaré. Hoy os escucho y espero a los enfermos.

–                       ¿Pasarás el sábado aquí?

–                       No. Iré a otra parte. Apenas tengo tiempo para regresar a Judea a la Fiesta…

Al día siguiente, al salir de Siquém Jesús dice:

–                       Ahora separémonos. Regresad a vuestros hogares. Acordaos de mis palabras y creced en la justicia.  –se vuelve hacia Judas de Keriot y pregunta- ¿Has distribuido a los pobres como te ordené?

Judas contesta:

–                       Sí. Menos a los de Efraím, porque ellos ya recibieron.

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–                       Idos entonces y haced que cada pobre tenga un alivio.  –dice a los demás.

–                       Te bendecimos en su nombre.

Cuando se van, Jesús dice a los suyos:

–                       Voy a ir a Enón. Quiero ir al lugar del Bautista. Bajaré por el camino del valle. Será más cómodo para las mujeres.

Judas pregunta:

–                       ¿No sería mejor irnos por el de Samaría?

–                       No tenemos por qué temer a los ladrones. Quien quiera venir conmigo, que venga. Quién no, alcáncenme en Terza el día siguiente al sábado.

Iscariote dice:

–                       Yo quisiera quedarme… No estoy muy bien… Estoy cansado…

Pedro comenta:

–                       Se ve. Estás como un enfermo de color ceniciento. Tanto que se ve también en tu mirada, en tus reacciones, en tu piel. Hace tiempo que te observo…

Judas contesta:

–                       Pero nadie me pregunta si sufro…

Pedro responde pacientemente:

–                       ¿Te habría gustado? Nunca sé  lo que te gusta. Pero si quieres te lo pregunto ahora. Estoy dispuesto a quedarme contigo para curarte…

–                       ¡No, no! Es solo cansancio. Vete, vete. Me quedo aquí.

Repentinamente Elisa dice:

–                         También yo me quedo. Estoy vieja. Descansaré haciendo el oficio de madre.

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Salomé interrumpe:

–                       ¿Te quedas? Habías dicho…

–                       Si todos van, también yo para no quedarme aquí sola. Pero ya que Judas se queda…

Judas dice.

–                       Entonces voy. No quiero que te sacrifiques mujer. Ciertamente vas con gusto a ver el refugio del Bautista…

Elisa contesta:

–                       Soy de Betsur y jamás he sentido deseos de ir a Belén a ver la gruta donde nació el Maestro. Lo haré cuando ya no lo tenga más a Él. Ya sabrás si ardo en deseos de ver donde estuvo Juan… Prefiero ejercitar la caridad, segura de que vale más que una peregrinación.

–                       Reprendes al Maestro. ¿No lo comprendes?

–                       Hablo por mí. Él va y hace bien, es el Maestro. Yo soy una vieja quien los dolores arrebataron todo deseo de curiosidad. Ya quien el amor por Él ha quitado todas las ganas que no sean de servicio.

–                       Entonces tu servicio es espiarme.

–                       ¿Haces cosas reprobables? Se vigila a quien hace cosas malas. Ten en cuenta que jamás he espiado a nadie. No pertenezco a la raza de las sierpes. Yo no traiciono.

–                       Tampoco yo.

–                       Dios lo quiera por tu bien. Pero no logro comprender por qué te parece tan mal, que me quede aquí para descansar…

Jesús, que no había dicho una palabra, levanta su cabeza y dice:

–                       Basta. El deseo que tú tienes, puede tenerlo una mujer, con mayor razón si está entrada en años. Os quedaréis aquí, hasta la aurora del día siguiente al sábado. Luego me alcanzaréis. Entre tanto tú ve a comprar lo que es  necesario para estos días. Ve y hazlo bien.

Judas se va de mala gana a hacer las compras.

Andrés quiere seguirlo.

Pero Jesús lo toma de un brazo, diciendo con mucha severidad:

–                       No vayas. Puede hacerlo por sí mismo.

Elisa lo mira. Se le acerca y le dice:

–                       Perdóname, Maestro. Si te he causado algún disgusto.

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–                       Ninguno, mujer. Antes bien, perdónalo a él como si fuese tu hijo.

–                       Con estos sentimientos estaré cerca de él… Aun cuando piense lo contrario… Tú me comprendes…

–                       Sí. Y te bendigo. Hiciste bien en decir que las peregrinaciones a mis lugares se convertirán en algo necesario, después que ya no esté con vosotros…En una necesidad de consuelo para vuestro corazón. Por ahora se trata de secundar los deseos de vuestro Jesús. Has comprendido mi deseo. Porque te sacrificas para cuidar de un espíritu imprudente…

Los apóstoles y los discípulos se miran entre sí.

Sólo la Virgen María no mira a nadie.

María Magdalena, imponente como una reina que sentencia, no pierde con la mirada a Judas, que se abre paso entre los vendedores. En sus ojos se ve el enfado y en las comisuras de sus labios, el más absoluto  desprecio. Su expresión lo dice todo… más que con palabras.

Judas regresa y da a sus compañeros lo que compró. Se pone otra vez el manto en el que trajo todo e intenta entregar la bolsa a Jesús.

Jesús lo rechaza con la mano, diciendo:

–                       No es necesario. Para las limosnas está María. Tú trata de ser bondadoso. Son muchos los mendigos que van de todas partes a Jerusalén en estos días. Da sin discriminación y con caridad recordando que todossomos mendigos de la misericordia de Dios y de su pan… Adiós. Adiós Elisa. La paz sea con vosotros.

Se vuelve rápidamente y se pone en camino sin dar tiempo a Judas para despedirse…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

125.- ZAQUEO, BAJA PRONTO…


Al día siguiente…

Jesús camina por una llanura sumergida en el polvo y en la que no hay ninguna sombra. Tirado sobre un montón de piedras, hay un hombre andrajoso y herido. Trae una venda manchada de sangre en la cabeza y en el muslo izquierdo. Es un pobre costal de huesos sucio, hirsuto y despeinado. Una rama de árbol le sirve de bastón…

Jesús se acerca y le pregunta:

–                       ¿Quién eres?

El hombre le contesta:

–                       Un pobre que pide pan.

–                       ¿Por este camino?

–                       Voy a Jericó.

–                       El camino es largo y no hay gente por estos lugares.

–                       Lo sé. Pero es más fácil que me den un pedazo de pan y algo de plata, los gentiles que pasan por este camino, que no los judíos e donde vengo.

–                       ¿Vienes de Judea?

–                       Sí. De Jerusalén. Tuve que ir a dar una gran vuelta, para ir a ver a ciertas personas que me ayudan. En la ciudad nadie me ayuda. Ya no existe la compasión…

–                       Dijiste bien. No existe la compasión.

–                       Tú la tienes. ¿Eres judío?

–                       No. Soy de Nazareth.

–                       Son mejores que los de Judea. También en Jerusalén los únicos buenos son los que se dicen seguidores del Nazareno. Al que llaman el Profeta. ¿Lo conoces?

–                       ¿Y tú?

–                       No. Fui allá para encontrarlo, porque me dicen que cura al que toca. Aunque no pertenezco al Pueblo Elegido, pero dicen que Él es bueno con todos. Pero como tengo la pierna muerta camino muy despacio. Y cuando llegué a Jerusalén me dijeron que Él ya había partido, porque los judíos lo trataron muy mal.

–                       ¿Y a ti?

–                       Siempre me maltratan. Sólo los soldados romanos me dan un pedazo de pan.

–                       ¿Y qué se dice en Jerusalén entre el pueblo, del Nazareno?

–                       Que es Hijo de Dios. Un gran Profeta. Un Santo. Un Justo.

–                       ¿Y tú qué piensas?

–                       Yo soy… un idólatra. Pero creo que es el Hijo de Dios.

–                       ¿Cómo puedes creerlo, si ni siquiera lo conoces?

–                       Conozco sus obras. Solo un Dios puede ser Bueno y hablar como Él.

–                       ¿Quién te refirió sus palabras?

–                       Otros pobres. Enfermos curados. Niños que me llevaban pan. Los niños son buenos y no saben distinguir entre creyentes e idólatras…

–                       ¿De dónde eres?

Silencio.

–                       Dilo. No soy como los niños. No tengas miedo. Sólo sé sincero.

–                       Soy samaritano… No me pegues…

–                       A nadie  pego. A nadie desprecio. Con todos tengo piedad.

–                       Entonces… Entonces Tú eres el Rabí de Galilea.

El mendigo se arroja desde el montón de piedras y se postra sobre el polvo, ante Jesús, que le dice:

–                       Levántate. Soy Yo. No tengas miedo. Levántate. Mírame.

El mendigo levanta el rostro, pero sigue arrodillado. Su cuerpo torcido trata de erguirse.

Jesús dice a sus apóstoles:

–                       Dadle pan y algo de beber.

Juan le da agua y pan.

–                       Sentadlo. Que coma tranquilamente. Come hermano.

El pobre hombre llora. No puede comer. Mira a Jesús con ojos de un pobre perro extraviado, que ve que lo acarician y le dan de comer por primera vez.

Jesús le dice sonriente:

–                       Come.

El hombre come humedeciendo el pan con sus lágrimas; pero en medio de su llanto, hay una sonrisa. Y poco a poco cobra confianza.

Jesús le toca la venda sucia que lleva en la frente y le pregunta:

–                       ¿Quién te hirió aquí?

–                       Un rico Fariseo. A propósito me arrastró con su carro. Me puse en un cruce a pedir pan. De repente me echó encima los caballos y no los pude evitar. Estuve a punto de morir. Tengo un agujero en la cabeza y me sale pus.

–                       Y ¿Aquí quién te pegó?

–                       Fui a la casa de un saduceo, donde había un banquete, a pedir las sobras, después de lo que sobrase a los perros. Me vio y me los echó encima. Uno de ellos me dio una dentellada en las costillas.

–                       ¿Y ésta otra cicatriz que te lisió la mano?

–                       Fue un golpe que me dio hace tres años un escriba. Supo que yo era samaritano y me golpeó los dedos. Por eso no puedo trabajar. Lisiada la mano derecha y sin poder mover la pierna, no puedo hacer nada para ganarme la vida.

–                       ¿Pero por qué saliste de Samaría?

–                       El hambre es dura, Maestro. Somos muchos los desgraciados y no hay pan para todos. Si me pudieses ayudar…

–                       ¿Qué quieres que te haga?

–                       Que me cures para poder trabajar.

–                       ¿Crees que puedo hacerlo?

–                       Si lo creo, porque Eres el Hijo de Dios.

–                       ¿Lo crees?

–                       Lo creo.

–                       Tú samaritano eres capaz de creerlo, ¿Por qué?

–                       No sé por qué. Sé que creo en Ti y en Quién te envió. Ahora que viniste ya no hay diferencia de adoración. Basta con adorarte, para adorar a Tu Padre, al Eterno Señor Altísimo. Donde estás, ahí está el Padre. 

Jesús se vuelve a los apóstoles:

–                       ¿Oís amigos? Éste habla porque el Espíritu le ilumina la Verdad. Yo lo digo: éste es superior a los escribas y fariseos. A los crueles saduceos, a esos idólatras que mentirosamente se llaman hijos de la   Ley. La Ley dice: ‘Amarás al prójimo después de Dios.’ ¿Y cómo tratan al prójimo que sufre? Despectivos, crueles, hipócritas.

No quieren que Dios sea conocido; que sea amado. Son las obras, no la rutina; la que hace ver a Dios que vive en los corazones de los hombres y llevan los corazones a Dios.  ¿No tengo razón Judas, tú que me reprochas de ser imprudente? ¿Acaso no tengo razón al castigarlos? Callar. Simular que los apruebo, sería aprobar su conducta. NO. Por la Gloria de Dios que no puedo permitir que nadie crea que apruebo sus pecados.

Vine para que los gentiles sean hijos de Dios. Pero ellos que se dicen hijos de la Ley,  son sólo bastardos practicantes de un paganismo mucho más culpable. Porque como hebreos han conocido la Ley de Dios y ahora escupen sobre lo vomitado de sus pasiones satisfechas, como bestias inmundas.

¿Debo creer Judas, que eres como ellos? ¿Tú que me hechas en cara la verdad que digo? ¿O debo pensar que estás preocupado por tu vida?

Quien me siga no debe tener preocupaciones humanas. Ya te lo he dicho. Todavía es tiempo Judas, de que escojas entre mi modo de obrar y el de los judíos, cuyo modo de obrar apruebas.

Pero piensa. Mi camino va hacia Dios. El otro, al Enemigo de Dios. Piensa y decídete. Pero sé franco.

Y volviéndose hacia el samaritano agrega:

–                       Y tú, amigo mío, levántate y camina. Quítate esas vendas y regresa a tu casa. Estás curado por tu fe.

El mendigo lo mira sorprendido. Intenta extender su mano y ve que está intacta y completamente sana. Suelta el bastón y se levanta. Se yergue. La parálisis ha desaparecido. Empieza a caminar. Lanza un grito de júbilo. Se arranca las vendas y ve que sus heridas han desaparecido. Todo está bien.

Se arroja a los pies de Jesús adorándolo y diciendo:

–                       ¡Maestro! ¡Maestro! ¡Dios mío!

Jesús le dice:

–                       Regresa a tu casa y cree siempre en el Señor. vete a Samaría y habla de Jesús de Nazareth. La Hora de la Redención está cercana. Sé un discípulo mío entre tus hermanos. Vete en paz.

Jesús lo bendice y luego se separan.

Jesús con sus apóstoles continúa su camino hacia Jericó.

Al día siguiente…

En la gran plaza, palmas y árboles frondosos le dan sombra. Las palmas mueven sus hojas, que emiten un chasquido en medio del viento cálido que arrastra el polvo rojizo.

En el ángulo de la plaza donde desemboca el camino principal, está el banco del alcabalero. Hay balanzas y pesas. Un hombre de baja estatura está sentado. Observa y cobra el dinero de los impuestos. Todos hablan de  él y lo llaman Zaqueo.

Algunos le preguntan sobre los acontecimientos de la ciudad. Y se admiran de ver que algo le pasa. Está absorto y distraído… responde con monosílabos y señales y esto llama la atención, porque por lo general es muy locuaz.  Alguien le pregunta que si se siente mal o si alguno de sus familiares está enfermo.  Responde que no.

Solo dos veces se interesa vivamente. La primera cuando pregunta a dos que han llegado de Jerusalén y que hablan del Nazareno, contando sus milagros y predicaciones. Zaqueo hace más preguntas:

–                       ¿De veras es bueno como dicen todos? ¿Sus palabras corresponden a sus hechos? ¿Pone en práctica la misericordia que predica? ¿Con todos? ¿También con los recaudadores de impuestos? ¿Es verdad que a nadie rechaza?

Escucha las respuestas. Piensa… Y suspira…

La segunda vez es cuando alguien le señala a un hombre barbudo, que pasa con su borrico cargado de enseres.

–                       ¿Ves Zaqueo? Ese es Zacarías el leproso. Hace diez años que vivía en un sepulcro. Ahora que está curado, compra lo que necesita para su casa que la Ley vació, cuando él y los suyos fueron declarados leprosos.

El hombre llama a Zacarías…   Cuando Zacarías se acerca…

Zaqueo le pregunta:

–                       ¿Eras leproso?

–                       Sí. También mi mujer y mis dos hijos. la enfermedad atacó primero a mi mujer. Y luego a nosotros, que no nos habíamos dado cuenta. Los niños se enfermaron al dormir con su madre. Y yo, al acostarme con ella. Todos éramos leprosos. Cuando la gente se dio cuenta nos echaron fueran. Pudieron habernos dejado nuestra casa, era la última del camino. No hubiéramos dado ningún fastidio. Ya había levantado la valla para que nadie nos viese. Era ya un sepulcro, pero siempre nuestra casa.

Y ¡Nos echaron fuera! ¡Nadie quiso aceptarnos! Y con toda razón. Ni siquiera los nuestros. Nos fuimos cerca de Jerusalén a un sepulcro vacío. Ahí estuvimos. Los niños se murieron. Enfermedad, hambre, frío, los mataron. Eran dos varoncitos muy bellos, antes de la enfermedad. Se convirtieron en dos esqueletos cubiertos de llagas. La piel se les cayó en escamas blancas.  ¡Se murieron de frío ante mis ojos! Una mañana, uno tras otro, con pocas horas de diferencia. Los enterré entre los alaridos que daba su madre… Después de algún tiempo murió mi mujer y yo me quedé solo.

Esperaba la muerte… estaba casi ciego, cuando un día pasó el Nazareno y le grité: ‘¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!’ grité con todas mis fuerzas, por tres veces.

Él se detuvo. Se acercó solo. Me miró… Era bello y bueno. ¡Qué ojos! ¡Qué Voz! ¡Qué sonrisa!…

Me preguntó:

–                       ¿Qué quieres que te haga?

–                       Quiero verme limpio.

–                       ¿Crees que Yo lo pueda hacer? ¿Por qué?

–                       Porque eres el Hijo de Dios.

–                       ¿Crees esto?

–                       Sí. Veo que el Altísimo hace brillar su Gloria sobre tu cabeza, Hijo de Dios. ¡Ten piedad de mí!

Entonces extendió su mano con una mirada que era todo fuego.

Sus ojos parecían dos soles azules y dijo:

–                       ¡Lo quiero! ¡Sé limpio!

Y me bendijo con una sonrisa. ¡Ah, qué sonrisa! Sentí que una fuerza entraba dentro de mí, como una espada de fuego que corriese a través de mis venas a buscarme el corazón. El corazón que ya lo tenía muy malo se me convirtió, como si tuviera veinte años.

Se acabaron los dolores y la debilidad. Me llené de alegría. Él me miró… Con su sonrisa me hizo feliz y me dijo: ‘Ve a mostrarte a los sacerdotes. Tu fe te ha salvado.’ Comprendí entonces que yo estaba curado. Me miré y ya no tenía llagas. Los huesos se llenaron de carne rosada y fresca. Corrí al río y me miré en él. ¡También mi cara estaba limpia!..

¡Ah! ¿Por qué no pasó antes? ¡Cuando todavía vivía mi mujer y mis hijitos! ¡Después de diez años de asco, mi cuerpo estaba limpio! ¿Ves ahora? Compré esto para mi casa, pero estoy solo.

Zaqueo pregunta:

–                       ¿No lo volviste a ver?

–                       No. Pero sé que anda por aquí. Y por eso vine para acá. Quiero bendecirlo otra vez. Y quiero que me bendiga, para tener fuerzas en mi soledad.

Zaqueo inclina su cabeza y se queda callado.

El grupo se disuelve. Pasan las horas. El calor aumenta. El mercado se va vaciando de gente. El aduanero, con la cabeza apoyada sobre una mano, piensa… Sentado en su banco.

Unos niños que juegan, señalan el camino principal y gritan:

–                       ¡Allá viene el Nazareno!

Mujeres, hombres, enfermos, mendigos, se apresuran a ir a su encuentro. La plaza queda vacía. Tan solo los asnos y los camellos amarrados a las palmas, se quedan en su lugar. También  Zaqueo se queda en su banco. No puede ver nada porque muchos han cortado ramas que ondean, para mostrar su júbilo y Jesús está inclinado escuchando a los enfermos.

Zaqueo se quita el vestido, quedándose solo con la túnica y empieza a trepar por uno de los árboles. Con trabajo sube por el liso y grueso tronco. Y con mucha dificultad, por sus piernas y brazos cortos. Pero logra y se sienta a horcajadas, sobre dos ramas. Las piernas le cuelgan hacia abajo. De la cintura para arriba se inclina, como quién se asoma por una ventana.

Jericó es un hermoso lugar, casi tan grande como Jerusalén. La gente llega a la plaza.

Jesús levanta sus ojos y sonríe al solitario espectador, encaramado entre las ramas. Y le dice:

Zaqueo, baja pronto. Hoy me quedo en tu casa.

Zaqueo, después de unos instantes de sorpresa, con la cara colorada por la emoción, se deja resbalar como un saco de tierra. No sabe qué hacer. Se ciñe otra vez el vestido. Cierra los registros y su caja.

Jesús acaricia a los niños mientras espera.

Al fin, Zaqueo está listo. Se acerca al Maestro y lo conduce a una hermosa casa que tiene un amplio jardín y que está en el centro del poblado. Jesús entra y se ocupa de los enfermos. Zaqueo ordena lo necesario para una comida pronta. Va y viene ocupadísimo y lleno de júbilo.

Cuando termina de curar, Jesús dice a la gente:

–                       Cuando el sol haya bajado, regresad. Id ahora vuestras casas. La paz sea con vosotros.

El jardín se vacía. La comida se sirve en una lujosa y fresca sala. Cuando terminan, los discípulos se van a la sombra de los árboles para descansar. Zaqueo se queda con Jesús por unos instantes y luego se retira, para que el Maestro descanse. Después de un rato, regresa y mira por la abertura de una cortina. Ve que Jesús no duerme y está pensativo. Entonces decide acercarse. En sus brazos trae un cofre grande y pesado, lleno de joyas y monedas de oro.

Lo pone en la mesa, cerca de Jesús y dice:

–                       Maestro, me han hablado de Ti, desde hace tiempo. Un día dijiste en un monte tantas verdades, que nuestros doctores no son capaces de decirlas. Escuché tus Bienaventuranzas… Se me quedaron grabadas en el corazón y desde entonces he pensado en Ti.

Me dijeron que eres bueno y que no rechazas a los pecadores. Yo soy un pecador, Maestro. Me dijeron que curas a los enfermos. Yo estoy enfermo del corazón, porque he robado, he prestado con usura, he sido un vicioso, un ladrón, duro para con los pobres. Pero mira, me he curado porque me hablaste. Te me acercaste y el demonio de los sentidos y de la avaricia de las riquezas, se fue.

De hoy en adelante soy tuyo, si no me rechazas. Y para mostrarte que nazco de nuevo en Ti, mira que me desprendo de las riquezas mal adquiridas y te doy la mitad de mis bienes para los pobres. La otra mitad la emplearé para restituir el cuádruplo, de lo que adquirí con el fraude. Sé a quién defraudé. Y después de que haya restituido a cada uno lo suyo…  Yo te seguiré, Maestro, si me lo permites…

Jesús lo mira y le sonríe:

–                       Acepto. Vienes. Vine a salvar y a llamar a la Luz. Hoyla Luz y la salvación vinieron a la casa de tu corazón. Esos que más allá del cancel murmuran porque te he redimido, aceptando tu invitación que me hiciste en tu oración; olvidan que tú eres hijo de Abraham como ellos.

Y que he venido para salvar lo que estaba perdido y dar vida a los muertos del espíritu. Ven Zaqueo. Has comprendido mis palabras bastante mejor que muchos de los que me siguen, solo para poder acusarme. Por eso, de hoy en adelante, estarás conmigo.

Y de esta manera, Zaqueo fue agregado al grupo de discípulos…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

 

99.- JUEGO DE LA NIGROMANCIA


Pedro va caminando con Jesús y los demás en grupo lo siguen. Sólo faltan Tomás y Judas.

Pedro dice:

–                     Por lo que a mí toca, me basta con estar contigo y verte menos triste. Y… no tengo ninguna prisa por encontrarme con Judas de Simón. ¡Ojala que ya no lo encontrásemos!… ¡Hemos estado tan bien ahora!

Jesús amonesta:

–                     ¡Simón! ¡Simón! ¿Es ésta tu caridad fraterna?

–                     Señor, ¡Esto es lo que pienso!

Pedro lo ha dicho con tanta vehemencia que Jesús apenas puede contener la risa. ¿Cómo se puede contradecir a un hombre franco y leal? Jesús prefiere guardar silencio y admirar el panorama que los rodea.

Después de un tiempo, Pedro pregunta:

–                     ¿No vamos a Nazareth?

–                     Sí que iremos. Mi madre estará contenta de enterarse del viaje de Juan y de Síntica.

–                     Al menos a Ella, ¿La habrán dejado en paz?…

–                     Lo sabremos.

–                     ¿Por qué están tan enfurecidos? Hay tantos como Juan en Judea y sin embargo… Aún más; por desprecio a Roma son protegidos y ocultados.

–                     Ten en cuenta que no es por Juan; sino porque se trata de una acusación contra Mí. Por esto lo hacen.

–                     ¡Nunca lo encontrarán! ¡Hiciste bien en mandarnos solos por mar!… Una barca por varias millas y luego el barco. ¡Oh, todo estuvo bien! ¡Espero que se lleven un buen chasco!

–                     Se lo llevarán.

–                     Tengo deseos de ver a Judas de Keriot; para estudiarlo como se estudia el cielo, en que soplan los vientos. Para ver si…

–                     ¡En resumidas cuentas!…

Pedro se pega en la frente y dice:

–                     Tienes razón. Es un clavo que tengo dentro.

Para distraerlo, Jesús llama a todos los demás y hace notar los daños causados por el granizo y el frío, cuando ya casi el invierno se va.

Todos creen ver en ello una señal del castigo divino; contra la proterva Palestina, que se niega a acoger al Señor. Los más doctos citan hechos semejantes, que los más jóvenes escuchan admirados.

Jesús dice:

–                     Es efecto de la luna y de lejanos vientos. En las regiones hiperbóreas se ha producido un fenómeno, cuyas consecuencias padecen regiones enteras.

Juan pregunta:

–                     ¿Entonces por qué hay campos tan hermosos?

–                     El granizo es así.

Felipe comenta:

–                     ¿No será un castigo para los peores?

–                     Podría serlo, pero de hecho no lo es. ¡Ay, si lo fuese!

Andrés pregunta:

–                     Se quedaría seca y destruida casi toda nuestra patria. ¿Verdad Señor?

Bartolomé contesta:

–                     En las profecías está dicho por medio de símbolos, que vendrá el mal a quién no acoja al Mesías. ¿Acaso pueden mentir los profetas?

Jesús dice:

–                     No, Bartolomé. Lo que se dijo, sucederá. Pero el Altísimo es tan infinitamente Bueno, que espera todavía mucho más; antes de castigar. Sed buenos también vosotros sin desear castigo alguno para los duros de corazón o de mente. Desead su conversión; no su castigo. Vamos a contemplar el mar desde ese montículo…

Unos días después el cielo está despejado en el Valle del Kisón. Un viento helado cabalga a través de las colinas septentrionales y hace mucho frío. Los ocho apóstoles van bien envueltos en sus mantos que solo dejan ver un pedazo de nariz y los ojos entumecidos.

Santiago de Zebedeo pregunta:

–                     ¡Oh! ¿Qué le pasa a Simón de Jonás, que va corriendo y gritando como un desesperado en día de tempestad? –señalando a Pedro, que dejando a Jesús, corre por el camino, gritando y diciendo algo que el viento no deja percibir.

Apresuran el paso y ven que Pedro va por una vereda que viene de Séforis y por la que vienen a lo lejos dos viajeros que al acercarse más descubren que son Tomás y Judas.

Varios apóstoles dicen:

–                     ¿Qué hacen por estos rumbos?

Alcanzan a Jesús que está tan pálido, que Juan le pregunta:

–                     ¿Te sientes mal?

Jesús le sonríe y mueve la cabeza negando; mientras saluda a los dos recién llegados.

Abraza primero a Tomás, que alegre y contento como siempre le dice:

–                     Solo me hiciste falta Tú, para ser completamente feliz. Mis padres te agradecen que me hayas enviado por algún tiempo. Mi padre estaba un poco enfermo y tuve que trabajar. Estuve en casa de mi hermana gemela y vi a mi sobrinito. Luego llegó Judas y me ha hecho dar vueltas como una tórtola en tiempo de amores, de arriba a abajo. Él te lo contará porque ha trabajado por diez y merece que lo escuches.

El turno es ahora de Judas, que pacientemente ha esperado y que se acerca triunfante y muy alegre.

Jesús lo atraviesa con su mirada de zafiro; lo besa y Judas también lo besa.

Jesús le dice:

–                     ¿Y tu madre se sintió feliz de que estuvieses con ella? ¿Está bien esa santa mujer?

Judas contesta muy contento:

–                     Sí, Maestro. Te bendice porque le enviaste a su Judas. Quería mandarte unos regalos, ¿Pero cómo iba a poder traértelos, si andaba de un lado para otro, por montes y valles? Puedes estar tranquilo, Maestro. Todos los grupos de discípulos que visité, trabajan santamente. La idea se propaga cada vez más. Personalmente quise informarme de su repercusión entre los más poderosos escribas y fariseos.

A muchos  ya los conocía y a muchos los he conocido ahora por amor a Tí. Fui a ver a los Saduceos, Herodianos… ¡Oh! ¡Te aseguro que mi dignidad ha sido pisoteada!… ¡Pero por amor a Ti, esto y más haré! Muchos me han rechazado y anatematizado.

Pero también logré suscitar simpatías en algunos que tenían prejuicios contra Ti. No quiero que me alabes. Me basta haber cumplido con mi deber y agradezco al Eterno por haberme ayudado siempre. Tuve que hacer algunos milagros en determinados casos. Me dolió, porque merecían rayos y no bendiciones. Pero dices que hay que amar y ser pacientes…

Lo hice para honra y gloria de Dios y para alegría tuya. Espero que muchos obstáculos desaparecerán para siempre, tanto más que di mi palabra de honor, de que ya no estaban contigo aquellos dos que te hacen tanta sombra. Después me vino el escrúpulo de haber afirmado lo que no sabía con certeza. Entonces quise informarme por mí mismo, para no caer en mentira; cosa que por otra parte me hubiera indispuesto con los que se pueden convertir.

¡Imagínate! ¡También hablé con Annás y Caifás!… ¡Oh! ¡Quisieron reducirme a cenizas con sus reproches!… Pero me porté tan humilde. Emplee mi elocuencia de tal forma que terminaron diciéndome: “Bueno, si la cosas son así. Nosotros las conocíamos de otro modo. Los Jefes del Sanedrín que podían saberlas bien, no las han contado al revés y…

Zelote lo interrumpe con energía:

–                     No estarás insinuando que José y Nicodemo han sido unos mentirosos…

Judas replica:

–                     ¿Y quién lo está diciendo? Antes bien; José me vio cuando salía de la casa de Annás y me preguntó: “¿Por qué estás tan cambiado?” Le conté todo y como siguiendo su consejo y el de Nicodemo; tú Maestro, habías alejado de Ti al galeote y a la griega.

Porque lo hiciste, ¿No es verdad? –pregunta Judas mirando fijamente a Jesús, con sus ojos brillantes, fosfóricos y oscurecidos.

Parece como si quisiera leer lo que Jesús ha hecho…

Jesús, que lo tiene frente a Sí; muy cerca, responde:

–                     Te ruego que prosigas tu relato, que me interesa mucho. Es una relación exacta que puede servir de mucho.

–                     Bien. Decía yo que Annás y Caifás, han creído. Lo que es mucho para nosotros, ¿No es verdad? Y luego, ¡Oh! ¡Ahora los voy a hacer reír! ¿No sabéis que los rabinos me tomaron y me hicieron pasar otro examen, como el que hace un menor para convertirse en mayor de edad?… ¡Qué examen!… ¡Bien! Los persuadí y me dejaron ir.

Entonces vino la sospecha y el temor de haber afirmado algo que no es verdad. Pensé en ir a traer a Tomás y en volver a recorrer los lugares donde estaban los discípulos y donde era posible que estuvieran Juan y la griega. Estuve en casa de Lázaro, de Mannaém; en el palacio de Cusa; en los jardines de Juana, en Aguas Hermosas; en casa de Nicodemo; de José de Arimatea…

–                     Pero no los viste, ¿Verdad?…

–                     No. Me convencí de que no los encontraría. Pero, ¿Sabes? Quería estar seguro. En una palabra: inspeccioné todos los lugares en donde podrían estar. Y cuando no los encontraba en un lugar. –Tomás es testigo-  Yo decía: “Sean dadas las gracias al Señor, ¡Oh, Eterno! ¡Haz que jamás los encuentre!” ¡De veras! Y mi alma suspiraba… El último lugar fue Esdrelón… ¡Ah! ¡A propósito!… Ismael ben Fabi, que está en su palacio de la campiña de Meggido, tiene deseos de que seas su huésped. Pero si yo fuera tú, no iría.

–                     ¿Por qué? Sin duda alguna que iré. También yo tengo deseos de verlo. En lugar de ir a Séforis, iremos a Esdrelón. Y pasado mañana, que es la vigilia del sábado, a Meggido y de allí, a la casa de Ismael.

–                     ¡No Señor! ¿Por qué? ¿Crees que te quiere?

–                     Pero si fuiste a verlo hiciste que se pasara a mi lado… ¿Por qué no quieres que vaya?

–                     No fui a verlo. Estaba en sus campos y me reconoció. Yo… ¿No es verdad Tomás? Yo quise huir cuando lo vi. Pero no pude porque me llamó por mi nombre. Yo… yo no puedo menos que aconsejarte que no vayas, por ningún motivo a casa de algún fariseo, escriba o bichos semejantes. No sacas nada a tu favor. Estemos entre nosotros, solos con el pueblo y basta.

También Lázaro, Nicodemo y José… Será un sacrificio… Es mejor hacer así para no crear celos, envidias, críticas… Se habla en las sobremesas y ellos tienen todas tus palabras. Volvamos a Juan… Ahora iba a Sicaminón; aun cuando Isaac a quién encontré en los confines de Samaría, me juró que no lo ha visto desde Octubre.

Jesús dice serio:

–                     E Isaac te dijo la pura verdad. Pero lo que me aconsejas acerca de escribas y fariseos, contradice lo que dijiste antes. Tú me has defendido, ¿No es verdad? Has dicho: “Muchos obstáculos que había contra Ti, han sido abatidos.” ¿No es así?

Judas confirma:

–                     Sí, Maestro.

–                     Entonces, ¿Por qué no puedo terminar por defenderme a Mí Mismo? Así pues, iremos a casa de Ismael ben Fabi. Tú regresa y se lo avisas. Irán contigo Andrés, Simón Zelote y Bartolomé. En cuanto a Sicaminón, te aseguramos que Juan de Endor no está en ningún lugar a donde pensabas ir. Ni entre los discípulos, ni en ninguna casa conocida.

Jesús ha hablado con tono tranquilo… natural.

Pero tal vez hay algo en ese tono, que turba a Judas y qué le hace cambiar por un momento de color.

Jesús lo abraza como para besarlo.

Y mientras lo tiene así, en voz baja le dice:

–                     ¡Infeliz! ¡Qué has hecho de tu alma!…

Judas se turba:

–                     ¡Maestro!… yo…

–                     ¡Vete! ¡Hueles más a Infierno que el mismo Satanás!… ¡Cállate!… Y arrepiéntete, si puedes…

Judas…

Cualquiera hubiera escapado por donde hubiera podido, ante la mirada y el tono divino…

Pero él, aunque siente un  escalofrío de terror; se yergue más alto y desvergonzadamente dice en voz alta:

–                     Gracias, Maestro. Te ruego que antes de que vaya; me escuches dos palabras en secreto.

Todos se retiran unos cuantos metros.

Con tono falso y dolorido, Judas reclama:

–                     ¿Por qué señor, me has dicho esas palabras? Me has causado un gran dolor.

–                     Porque son verdad. Quien comercia con Satanás, toma su olor…

–                     ¡Ah!… ¿Es por lo de la nigromancia? ¡Qué susto me diste! ¡Fue solo un juego! ¡Sólo una travesura de niño curioso! Me sirvió para ir a ver algunos saduceos y para perder las ganas de ella. Puedes ver que puedes absolverme tranquilamente. Son cosas inútiles cuando se tiene tu poder. Tenías razón. ¡Ea! ¡Maestro! ¡Mi pecado es tan pequeño!… Y Tu Sabiduría es tan grande. Pero, ¿Quién te lo dijo?

Jesús lo mira severo pero no le responde.

A Judas lo recorre un escalofrío de terror…

Y pregunta un poco atemorizado:

–                     ¿De veras has visto en mi corazón el pecado?…

Pero una sombra cruza por su mirada y una sonrisa burlona y diabólica, distorsiona la belleza de su rostro.

Se sobrepone al miedo y mira a Jesús con una falaz expresión de inocencia…

Jesús lo mira con dolor y le dice:

–                     ¡Y me has dado asco! ¡Vete y no hables más!

Le vuelve la espalda y va a donde están los discípulos a quienes ordena cambiar de ruta. Se despide de Bartolomé, Simón y Andrés, que se unen a Judas.

Y todos quedan ignorantes de lo que ha pasado.

Jesús con los restantes, avanza hacia el Esdrelón…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

62.- EL SECRETO DEL PODER


Han emprendido el regreso de la gira por tierras fenicias. Y la comitiva se interna en el bosque para atravesarlo y bajar al valle donde está el camino que los llevará a Judea. Se encuentran con peregrinos que van a Jerusalén, para la Fiesta de Pentecostés.

También con la caravana de una novia…

En un prado donde se detienen para comer, cerca del grupo apostólico; dos hombres conversan acerca de la riqueza que rodea al que será un fastuoso matrimonio, digno de la hija de un rey.

Cuando termina la comida…

Bartolomé refunfuña:

–                     A mí no me gustó ese hombre que hizo hablar a aquel tonto de allá. Tan pronto como supo lo que quería, se fue por el monte. Estos lugares son malos y es la ocasión oportuna para que los bandidos den un golpe… Noche de luna, calor que adormece; árboles llenos de verdor. ¡Umm! ¡No me gusta este lugar! ¡Sería mejor proseguir!

Pedro pregunta:

–                     ¡Y ése imbécil que ha hablado de tantas riquezas!… ¡Y el otro que la hace de héroe y de custodio!… Bueno, yo vigilaré las hogueras. ¿Quién viene conmigo?

Zelote responde:

–                     Yo, Simón. ¡Aguanto bien el sueño!

Pasan las horas y quién no ronca, cabecea. Jesús está en Oración.

El silencio es profundo. El perro que cuida los rebaños de unos pastores, gruñe. Otro se pone alerta y también gruñe. Un ruido imperceptible viene del bosque…

Simón dice a Pedro:

–                     Vamos por el Maestro.

El pastor despierta a sus compañeros y el perro está cada vez, más inquieto.

Todos se despiertan y se reúnen…

Jesús dice:

–                     Llamad a los que están durmiendo, a todos. Decidles que vengan aquí sin hacer ruido. Sobre todo a las mujeres y a los esclavos con los cofres. Decidles que tal vez se trata de bandidos; pero no lo digáis a las mujeres. A los hombres, nada más.

Los apóstoles se desparraman, obedeciendo al Maestro.

Jesús dice a los pastores:

–                     Echad mucha leña al fuego, para que se levante una buena llama. No tengáis miedo. No se os quitará ni siquiera un pelo de lana…

Llegan los mercaderes, echando improperios contra los gobernantes romanos y judíos; porque no limpian el mundo de ladrones. Llegan las mujeres, llorando aterrorizadas. Jesús los conforta a todos y trata de tranquilizarlos.

Pone a las mujeres en el centro, reducido de hombres y bestias espantadas.

Los asnos rebuznan. Los perros aúllan. Las ovejas balan. Los hombres maldicen y están más aterrorizados que las mujeres.

Jesús está tranquilo, como si nada pasara. El ruido del bosque no se puede escuchar en medio de este alboroto.

Que los bandidos están en el bosque; lo denuncian las ramas que se quiebran o las piedras que ruedan…

Jesús ordena:

–                     ¡Silencio!

Y lo dice en tal forma, que todos callan.

Jesús se va en dirección al bosque, donde termina el prado.

Y empieza a hablar:

“La maldita hambre del oro, empuja al hombre a los sentimientos más abyectos…

Un largo discurso y un llamado al arrepentimiento a ‘los hombres sin conciencia cuyas manos chorrean sangre fraterna’. Y que termina así:

–                     … Yo no os odio., ni os temo. Os extiendo la mano y por eso digo a éstos: “Regresad a donde estabais durmiendo, sin tener rencor contra vuestros hermanos. Rogad por ellos. Yo me quedo aquí a mirarlos con ojos de amor y os juro que nada os sucederá. Porque el Amor desarma a los violentos y harta a los avaros. Sea bendito el Amor. Fuerza verdadera del mundo. Fuerza desconocida y poderosa. Fuerza que es Dios.

Escondidos en el bosque, los hombres que esperaban obtener un buen botín, están totalmente desconcertados.

Gestas, el líder; está aterrorizado. Una fuerza desconocida lo tiene paralizado… Su miedo está lleno de ira. Pero no puede hacer nada.

Su segundo en la banda: Dimas… Ha inclinado la cabeza y está llorando. Cada una de las palabras de Jesús ha tocado su corazón y le ha revelado una gran verdad. Se siente avergonzado e infinitamente desdichado…

Y volviéndose a todos, Jesús termina diciendo:

–                     Volved. Volved. No tengáis miedo. Allí ya no hay bandidos, sólo hombres asustados y hombres que lloran. Quién llora no hace daño. Quiera Dios que así permanezcan, como ahora son. Sería su redención.

Los bandidos se retiran, como si una fuerza invisible los alejara de allí.

Los integrantes de la caravana vuelven a sus lugares. Todos reflexionan en lo que han escuchado…

Al día siguiente…

La comitiva apostólica sufre un cambio en su séquito. Ya no viene más el macho cabrío. Y en su lugar vienen trotando una oveja y dos corderillos. La oveja está gorda; las ubres llenas y los corderitos alegres.

Jesús dice:

–                     Os había dicho que quería la cabrita para Marziam, para que fuese un pequeño pastor. Pero en lugar de ella; porque a vosotros no os gustaba, tenemos ovejas blancas… ¡Eh! Tal cual la soñaba Pedro…

Pedro confirma:

–                     Tienes razón. Me parecía que el macho cabrío nos arrastraba en pos de Belcebú.

Judas dice irritado:

–                     Y de hecho, desde que estuvo con nosotros, nos pasaron cosas muy desagradables. Era el sortilegio que nos perseguía.

Juan contesta calmadamente:

–                     Entonces era un buen sortilegio. ¿No? Porque nada malo nos sucedió.

Zelote ratifica:

–                     Juan tiene razón.

Tadeo agrega:

–                     Parece que todo lo que hubiese sido malo se convirtió en un bien. –voltea hacia Jesús-  Hermano, dime la verdad. ¿Tú sabías lo que nos iba a suceder?

Jesús contesta:

–                     Muchas veces os he dicho que leo en los corazones y que cuando el Padre no dispone de otro modo; no ignoro lo que debe suceder.

Judas de Keriot le pregunta:

–                     Entonces, ¿Por qué a veces cometes errores, como los de ir al encuentro de fariseos que son hostiles o de ciudadanos que no nos quieren?

Jesús lo mira fijamente y luego responde con calma:

–                     No son errores. Es algo inherente a mi misión. Los enfermos tienen necesidad del Médico y los ignorantes del Maestro. Algunas veces, unos y otros rechazan al Médico y al Maestro.

Vosotros querríais que donde me presente se desvanezca toda resistencia. Lo podría hacer. Pero no hago violencia a nadie. Persuado. La coacción se usa tan solo en casos muy excepcionales.

Pedro pregunta:

–                     ¿Cómo ayer noche?

Judas de Keriot dice con significativo desprecio:

–                     Los ladrones de anoche tuvieron miedo al vernos prontos a recibirlos.

Tomás objeta:

–                     No. Fueron persuadidos por sus palabras.

Santiago de Zebedeo, pregunta:

–                     Maestro, dime la verdad. Desde ayer te lo quería preguntar. ¿Fueron en verdad tus palabras o tu voluntad?

Jesús sonríe y calla.

Mateo responde:

–                     Yo creo que fue su voluntad la que venció la dureza de esos corazones, para paralizarlos y así poder hablarles y salvarlos.

Andrés dice:

–                     También yo digo lo mismo y por eso; Él se quedó allí, mirando al bosque. Los tenía subyugados con su mirada.

Se traba una discusión.

Iscariote apoyado ligeramente por Tomás, dice:

–                     No puedo creer que la mirada de un hombre tenga tanta fuerza.  

Mateo replica:

–                     Esto y algo más. Yo me convertí al contacto, primero de su mirada que de sus palabras.

Pedro dice:

–                     ¡Está bien! pero esto lo decimos nosotros. Son ideas nuestras quiero saberlo del Maestro. La mirada de Jesús es diferente a la de cualquier hombre. ¿Es porque eres el Mesías? O ¿Por qué eres siempre Dios? 

Jesús toma la palabra:

–                     En verdad os digo que no solo Yo; sino cualquiera que esté unido íntimamente a Dios con una santidad, una pureza, una fe sin tacha; podrá hacer esto y mucho más. La mirada de un niño, si su espíritu está unido a Dios; puede hacer  que las fieras sean mansas.

Lo mismo que los hombres fieras, rechazar la muerte, derrotar las enfermedades del espíritu. Así como la palabra de un niño unido con el Señor e instrumento suyo, puede curar enfermedades. Hacer que las serpientes no sean venenosas. Obrar cualquier clase de milagros, porque Dios obra en él.

Pedro exclama:

–                     ¡Ah! ¡He entendido! –mira a Juan y luego concluye su razonamiento que tenía fermentando en su interior- ¡Cierto! Maestro, Tú lo has podido porque Eres Dios y porque Eres Hombre unido con Dios. Y lo mismo sucede con quién llega a estar unido con Dios. ¡He entendido bien! pero, ¿Cuál es la llave de esta unión? ¿Cuál es el secreto de este Poder? Una Oración o palabras secretas…

–                     Hace poco Judas culpaba a la cabra de todos los momentos desagradables que han ocurrido. Las bestias no traen ningún sortilegio consigo. Arrojad de vosotros esas supersticiones que huelen a idolatría y que pueden acarrear males.

Los brujos obran prodigios porque al ser posesos de Satanás, es el Arcángel caído que sigue siendo poderoso, el que obra los sortilegios.

Y así como no existen fórmulas para hacer brujerías, así tampoco existen para hacer milagros. 

Tan solo existe el Amor. Si Dios está en vosotros y lo poseéis de un modo pleno, por medio de un amor perfecto; el ojo se convierte en fuego o en un arma que desarma. Y la palabra se hace poderosa. 

San Antonio predica a los peces

Tratad de llegar a esto y pronto harás lo que hacen los hijos de Dios y los que lo llevan consigo. Y recordad que para juzgar una conversión o una santidad; debéis tener siempre por medida la humildad.

Si en alguien perdura el orgullo, no os hagáis ilusiones de que se haya convertido. Y si en alguien; aun cuando sea tenido por ‘santo’, reina la soberbia; estad seguros de que santo no es.

Podrá como charlatán e hipócrita, hacer de santo. Fingir milagros. Pero no es tal. La apariencia es hipocresía. Los prodigios, satanismo. ¿Habéis entendido?…

Para hacer milagros en nombre de Dios, es necesario estar unidos a Mí, como el sarmiento a la vid y participar de la santidad de Dios padre…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

 

 

TERCER MISTERIO DE GOZO


JESÚS NACE EN BELÉN

“Por aquellos días salió un decreto del emperador Augusto, por el que se debía proceder a un censo en todo el imperio. Éste fue llamado ‘el primer censo’, siendo Quirino gobernador de Siria.  Todos pues empezaron a moverse para ser registrados cada uno en su ciudad natal. José también que estaba en Galilea, en la ciudad de Nazaret, subió a Judea, a la ciudad de David, llamada Belén; porque era descendiente de David; allí se inscribió con María su esposa que estaba embarazada.  Mientras estaban en Belén, llegó para María el momento del parto y dio a luz a su hijo primogénito. Lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, pues no había lugar para ellos en la sala principal de la casa. En la región había pastores que vivían en el campo y que por la noche se turnaban para cuidar sus rebaños. Se les apareció un Ángel del Señor y la Gloria del Señor los rodeó de claridad. Y quedaron muy asustados. Pero el Ángel les dijo: ‘No tengan miedo pues yo vengo a comunicarles una buena noticia, que será motivo de mucha alegría, para todo el pueblo: hoy en la ciudad de David, ha nacido para ustedes un Salvador, que es el Mesías y el Señor.  Miren cómo lo reconocerán: hallarán a un niño recién nacido, envuelto en pañales y acostado en un pesebre.’ De pronto una multitud de seres celestiales aparecieron junto al Ángel y alababan a Dios con estas palabras: ‘¡Gloria a Dios en lo más alto del Cielo y en la tierra paz a los hombres: ésta es la hora de su Gracia!’ Después que los ángeles se volvieron al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: ‘Vayamos pues hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha dado a conocer.’ Fueron apresuradamente y hallaron a María y a José con el recién nacido acostado en el pesebre.  Entonces contaron lo que los ángeles habían dicho del Niño. Todos los que escucharon a los pastores quedaron maravillados de lo que decían. María por su parte, guardaba todos estos acontecimientos y los volvía a meditar en su interior. Después los pastores regresaron alabando y glorificando a Dios, por todo lo que habían visto y oído, tal como los ángeles se lo habían anunciado. Cumplidos los ocho días, circuncidaron al niño y le pusieron el Nombre de Jesús, nombre que había indicado el Ángel antes de que madre quedara embarazada.” (Lucas 2, 1-21)

María revela:

Mi José era un hombre santo. Desde que Dios le descubrió su secreto y le dio la misión de cuidar a su familia, no hubo un hombre más amoroso y tierno. ¡Con qué diligencia y solicitud, cuidó siempre de Jesús y de mí!

Cuando llegamos a Belén, su mortificación fue muy grande al no encontrar posada.  Y en la fría gruta en la que nos alojamos por fin, trató de hacer acogedor aquel pesebre. Él se quedó junto a la entrada e hizo una hoguera para atenuar el frío de aquella noche invernal.

Yo me retiré al fondo de la gruta y los dos nos arrodillamos a orar. La Oración era la reina de nuestras ocupaciones;  nuestras fuerzas, nuestra luz, nuestra esperanza. Si en las horas tistes era consuelo, en las alegres era un cantar. Era el alimento de nuestra alma, que nos separaba de la tierra,  del destierro. Y nos llevaba a lo alto, hacia el Cielo, hacia la Patria. Nos sentíamos unidos a Dios cuando orábamos, porque nuestra plegaria era adoración verdadera de todo nuestro ser, que se fundía en Dios adorándolo y que era abrazado por ÉL.

Las plegarias son vivas, cuando están alimentadas del verdadero amor y del sacrificio. La Oración era nuestro alimento, ¡TODO! Y sumergidos en aquella profunda adoración a nuestro Padre y Creador, di a luz al Verbo de Dios.

¡De cuánta riqueza se despojó Eva! Al ser desconocedora de culpa, tampoco conocí el dolor de dar a luz como las demás mujeres. Un éxtasis fue la Concepción de mi Hijo. Y un mayor éxtasis su Nacimiento.

ÉL, que vino para ser la Luz del Mundo, inundó en un mar de luz aquel lugar. Y fue aquella luminosidad la que percibió José, cuando me vio arrodillada; cuando con lágrimas y sonrisas besaba a mi Niño Divino.

Mi José sintió una gran alegría y un gran dolor.

Felicidad y dolor fueron como un puñal en su corazón al verlo a ÉL, la Voz de Padre hecha carne entre mis brazos; aniquilándose por amor, hasta la condición de un pequeñín con voz de corderillo. Un bebé totalmente indefenso.

Felicidad al ver las profecías realizadas. Dolor al contemplar al Altísimo Padre, Creador del Universo, en aquella miserable gruta; en medio de la pobreza extrema y que él sólo podría proteger con su pobre oficio de carpintero…

Yo amaba profundamente a mi esposo de la tierra. José estaba temblando empavorecido  cuando le ofrecí abrazar a Jesús y murmuraba: ‘¿Yo? ¿Me toca a mí? ¡Oh no! ¡No soy digno! ¡Imposible tocar a Dios!’  

Sin embargo sus lágrimas también mojaron el rostro infantil de mi Hijo, cuando lo estrechó contra su pecho varonil, para protegerlo del frío; mientras yo corría por los pañales y los lienzos, con los que cubriría su delicado cuerpecito de bebé, que estaba envuelto en mi velo.

Dimos gracias al Eterno y el primer Padre Nuestro, lo pronuncié yo en aquel momento, teniendo levantado entre mis brazos a mi Cordero Divino; venido al mundo para ser sacrificado y dar vida a los muertos en el espíritu. El ‘HÁGASE TU VOLUNTAD’ brotó de mis labios llorando y una oleada de amor atenuó un poco el Dolor de aquella ofrenda.

Y me sentí arder en el fuego del Amor de Dios. Superé el amor de creatura al amar con el Corazón de la Madre de Dios. Dejé de ver a las creaturas con mentalidad de mujer y empecé a verlas como Esposa del Altísimo y Madre del Redentor.

Aquellas creaturas eran mías. Los hombres también eran míos. Fue entonces que también se inició mi maternidad espiritual y me convertí en Vuestra Madre.  ¡Oh, hijitos míos tan pequeños y descarriados! ¡Tan desobedientes y sin embargo tan amados! ¡TAN DOLOROSAMENTE MÍOS!

Un pesebre fue la primera cuna de Jesús.  Y envueltos en profunda adoración sobre esa cuna, fue que nos encontraron los pastores que fueron avisados por los ángeles.

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Oración:

Amado Padre Celestial: en tu infinita Bondad y Misericordia, llénanos de una fe viva y activa, para hacer de nuestro corazón un nuevo pesebre, donde renazca el verdadero amor por tu Verbo y por tu Evangelio.  Amen

PADRE NUESTRO…

DIEZ AVE MARÍA…

GLORIA…

INVOCACION DE FÁTIMA…

CANTO DE ALABANZA…