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50.- EL INCENDIO DE ROMA


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En Anzio. En el atrium del palacio del César; Plinio, Haloto y Marcial, están conversando con la Augusta.

Terpnum y Menecrato afinan sus cítaras.

Entró Nerón y se sentó en un sillón, incrustado de carey y marfil, dijo algo al oído de su liberto Helio y esperó.

Pronto regresó Helio, trayendo un estuche de oro.

Nerón lo abrió y extrajo de él un collar de finísimos ópalos y dijo:

–           Estas son joyas dignas de Venus Afrodita.

Popea los admiró sonriente…

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–          Se diría que las luces de la aurora irradian en ellas. –observó Popea, convencida de que esa joya es para ella.

El César admirando la joya y alabando su belleza, se volvió hacia el tribuno y finalizó diciendo:

–           Marco Aurelio, darás de mi parte este collar a la mujer a quién te ordeno que te unas en matrimonio: la joven hija de Vardanes I, el rey parto.

La mirada de Popea centelleó llena de ira y de asombro…

Y pasando del César a Marco Aurelio, la fijó finalmente en Petronio…

Pero éste ni siquiera la mira, parece abstraído delineando los grabados de un arpa que está cerca, como si esto fuera lo más importante del mundo.

Marco Aurelio dio al César las gracias por el obsequio y después, acercándose a Petronio, le dijo en voz baja:

–           ¿Cómo podré agradecerte lo que has hecho por mí?

–          Sacrifica un par de cisnes a Euterpe o niega a tu Dios por mí. Ensalza los versos del César y no dejes que te afecten los presentimientos. Confío en que de ahora en adelante, el rugido de los leones no perturbará más tus sueños, ni los de tu princesa parta.

El tribuno suspiró:

–           No. Ahora estoy del todo tranquilo.

–          ¡Que la fortuna te sea propicia! Más ten cuidado ahora, porque el César acaba de tomar en sus manos el laúd. Suspende el aliento. Escucha y prepárate a derramar lágrimas de emoción…

Y en efecto, en ese momento, el emperador tomó el laúd y alzó la vista al cielo.

En aquel recinto se hizo el más profundo silencio.

Solo Terpnum y Menecrato que deben acompañar al César, están alertas; es espera de las primeras notas de su canto…

Y en ese mismo instante se oyó un ruido en la entrada y en seguida irrumpieron Faonte, el liberto del César, seguido por el cónsul Cluvio Rufo.

Nerón frunció el entrecejo.

Faonte dijo con voz jadeante:

–          ¡Perdón divino emperador! ¡Hay un incendio en Roma! La mayor parte de la ciudad está siendo presa de las llamas.

Al oír esta noticia, todos los presentes se levantan sobresaltados.

Nerón exclamó:

–           ¡Oh, dioses! Por fin voy a ver una ciudad incendiada y podré terminar mi himno. –Y haciendo a un lado su laúd, pregunta al cónsul- ¿Si partiera inmediatamente alcanzaría a ver el incendio?

Cluvio Rufo, pálido y desencajado, contestó:

–           Señor. Toda la ciudad está convertida en un océano de llamas. El humo ahoga a sus habitantes. Las gentes se desmayan o se arrojan al fuego desesperados, presas del delirio. ¡Roma está pereciendo! ¡Oh, César!

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  Se hizo un silencio sepulcral.

El cual fue interrumpido por Marco Aurelio al exclamar:

–           ¡Vae mísero mihi! (¡Ay, desgraciado de mí!)

Y el joven tribuno, arrojando la copa de vino, se precipitó corriendo…

Nerón alzó las manos al cielo y exclamó:

–           ¡Ay de ti, sagrada ciudad de Príamo!

INCENDIO DE TROYA

Marco Aurelio ordenó a unos cuantos sirvientes que le siguieran y despachó otro a su casa para avisar a sus huéspedes.

Luego saltó sobre su caballo y se lanzó a galope tendido por las desiertas calles de Anzio, hacia Laurento.

La espantosa noticia le produjo una especie de frenesí, que casi raya en la locura. Lo único que desea es llegar a Roma cuanto antes.

Un solo pensamiento, está fijo en su mente: ¡Roma está ardiendo!

El potro de Idumea, caídas las orejas y con el cuello extendido, atraviesa veloz como una flecha, por entre los inmóviles cipreses, los blancos palacios y las casas de campo.

Sólo se oye el ruido de los cascos que resuenan en las baldosas.

Pronto, los sirvientes fueron quedando atrás, pues Marco Aurelio corre como una centella.

Atravesó Laurento y torció hacia Árdea en la cual, como en Bobillas y Ustrino, había dejado postas, el día que partió para Anzio, a fin de recorrer en menos tiempo y con los relevos descansados, la distancia hasta Roma.

Y como sabe que le esperan caballos de repuesto, casi revienta al que monta.

Por un momento cruzó por su mente como un relámpago, el recuerdo de Bernabé y sus fuerzas sobrehumanas. ¿Pero qué puede hacer un hombre por más fuerte que sea, ante la fuerza destructora del fuego?

De repente, un escalofrío de terror lo estremece y le eriza los cabellos, al recordar todas  las conversaciones sobre ciudades incendiadas que en los últimos días se habían repetido con extraña persistencia en la corte de Nerón.

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La obsesión con la nueva ciudad de Nerópolis y las dolientes quejas del césar al verse obligado a hacer la descripción de una ciudad arrasada por las llamas, sin haber visto jamás un incendio real.

Recordó también la desdeñosa respuesta que diera a Tigelino, cuando éste le ofreció incendiar Anzio.

Las lamentaciones de Nerón contra Roma y las pestilentes calles del barrio del Suburra… Dándose con la palma de la mano un golpe en la frente materializó la conclusión de sus pensamientos y exclamó:

–            ¡Oh, NO! …¡SÍ!

¡El César había ordenado el incendio de la ciudad!

Sólo él podía dar una orden semejante, así como sólo Tigelino era capaz de darle cumplimiento.

Pero si Roma se estaba incendiando por mandato del César…

¿Quién podía estar seguro de que la población no estaba siendo asesinada por orden suya?

El Monstruo es capaz de eso y más. Incendio y asesinato en masa. ¡Qué terrible caos!

¡Qué desbordamiento de fuerzas destructoras y de frenesí humano! ¡Y en medio de todo esto, está su amada Alexandra!…

Los lamentos de Marco Aurelio se confunden con los resoplidos y jadeos del caballo. El cual, galopando sin descansar por un camino ascendente, en dirección a Aricia, está a punto de reventar.

Entonces se cruza con otro jinete que corre en dirección contraria, hacia Anzio, como un bólido.

Y al pasar junto a él, grita:

–           ¡Roma está perdida! ¡Oh, dioses del Olimpo!

Y continuó su veloz carrera.

Las palabras restantes fueron sofocadas por el ruido ensordecedor de los cascos de su caballo.

Pero esa exclamación: ‘¡OH, dioses del Olimpo!’ Le recordó…

Y oró desde el fondo de su alma.

Con su rostro bañado en lágrimas, suplicó:

–           Padre mío, sólo Tú puedes salvarla… Pater Noster…

La Oración sublime devolvió la paz al alma de Marco Aurelio.

Luego divisó las murallas de Aricia, pueblo que está a la mitad del camino hacia Roma.

El desesperado jinete lo cruza como una exhalación y llega hasta la posada en donde tiene el caballo de repuesto.

Allí ve a un destacamento de soldados pretorianos que vienen de Roma hacia Anzio…

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Y corriendo hacia ellos, les pregunta:

–           ¿Qué parte de la ciudad es abrasada por el incendio?

–           ¿Quién eres tú? –preguntó el decurión.

–           Marco Aurelio Petronio. Tribuno del ejército y augustano. ¡Responde!

–          El incendio estalló en las tiendas cercanas al Circo Máximo. En el momento en que fuimos despachados, el centro de la ciudad estaba ardiendo.

–           ¿Y el Transtíber?

–          El fuego no llegaba allí todavía. Pero avanza rápido y abarca nuevos barrios con una fuerza que nadie puede contener. La gente muere sofocada por el calor y el humo. No hay salvación.

En ese momento le trajeron el nuevo caballo y el angustiado tribuno saltó sobre él.

Y dando las gracias prosiguió su vertiginosa marcha.

Corría ahora en la dirección de Albano, dejando a la derecha a Alba Longa y su espléndido lago.

Albano está al otro lado de la montaña.

Pero aún antes de alcanzar la cumbre del monte, el viento le hace llegar el fuerte olor a humo y advierte en la cumbre, unos reflejos dorados…

–           ¡El Incendio! –piensa abrumado.

Las sombras de la noche están dando paso a la luz.

El alba da unos destellos se oro y rosa, que no se sabe si son a causa de la aurora o al incendio de Roma.

Cuando por fin llega a la cumbre, un cuadro terrible se extiende ante sus ojos asombrados:

Toda la parte baja está cubierta de humo y parece formar una nube gigantesca, pegada a la tierra.

En medio de esa nube, desaparecen ciudades, acueductos, casas de campo y árboles.

Pero más allá… en una visión aterradora, la ciudad arde en las colinas.

El incendio no tiene la forma de una columna de fuego, como sucede cuando arde un solo edificio, aún cuando tenga una vasta dimensión.

Aquello parece más bien un largo cinturón, cuyo fulgor es parecido al de la aurora.

INCENDIO

Y sobre aquel extenso cinturón se levanta una ola de humo, en algunos puntos enteramente negro, en otros color de rosa y en otros rojo como la sangre.

Hay lugares en los que se retuerce como una espiral.

Y en otros, está estrecho y ondula como una serpiente que se extiende y desenrolla.

Y esa monstruosa ola humeante, es como una cinta ígnea que levanta las llamas hacia el cielo.

Humo y llamas se extienden de un extremo a otro del horizonte, causando la impresión de que no solo está ardiendo la ciudad, sino el mundo entero.

Marco Aurelio desciende hacia Albano y penetra en una región, donde el humo es más denso.

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Todos los habitantes del pueblo están alarmados.

Si en Albano la situación está así, se estremece de terror al pensar:

–           ¿Cómo estará Roma? Es imposible que una ciudad se queme por todas partes al mismo tiempo. No cabe duda de que esto ha sido provocado.

Y mueve la cabeza al pensarlo.

Pero luego recuerda la promesa de Cristo, el día de su bautismo… Y recupera totalmente la calma.

–           Sé que Alexandra está bien. Él me lo dijo: ‘Que pasare lo que pasare, confiáramos en Él.’ Y yo le creo. Aún cuando Roma arda hasta los cimientos, ella va a estar bien.

Y con esta certeza en el corazón, la esperanza se fue fortaleciendo mientras prosigue su veloz galope.

Antes de llegar a Ustrino se vio obligado a disminuir la velocidad de su caballo, a causa de la multitud de gente que viene en dirección contraria.

Ustrino está invadido por todos los fugitivos de Roma que están aterrorizados y buscan desesperadamente a los suyos, aumentando la confusión.

Cuando Marco Aurelio llegó por su caballo de refresco a la posada, se encontró con el senador Vinicio.

Y éste dio más detalles del incendio.

–           Hay gladiadores y esclavos entregados al saqueo. El fuego comenzó en el Circo Máximo, en la parte colindante con el Palatino y el Monte Celio. Y extendiéndose con incomprensible rapidez, abarcó todo el centro de la ciudad.

Nunca había caído sobre Roma, una catástrofe más tremenda. El Circo ha quedado completamente destruido. Las llamas que rodean el Palatino, llegaron hasta el Vicus de las Carenas.

Y Vinicio que poseía en este  barrio una espléndida mansión, llena de obras de arte que estimaba sobremanera, empezó a lamentarse amargamente por todo lo perdido.

Marco Aurelio le puso una mano en el hombro y le dijo:

–         Yo también tengo una casa en las Carenas, pero cuando todo perece, qué importa ya nada. –y recordando que había dicho a Alexandra que fuese a la casa de Publio, preguntó-   ¿Y el Vicus Patricius?

Vinicio replicó:

–           Destruido por el fuego.

–           ¿Y el Transtíber?

El senador lo miró sorprendido.

Y oprimiéndose las sienes con las manos, exclamó:

–           ¡Oh! ¡Qué nos importa a nosotros el Transtíber!

–          ¡El Transtíber me importa a mí, más que todo el resto de Roma! –exclamó Marco Aurelio con vehemencia.

–           Puedes llegar hasta allí por la vía del Puerto, cerca del Aventino. Pero te sofocará el humo… En cuanto al barrio del Transtíber, no sé. Cuando yo me salí, el fuego todavía no lo alcanzaba. Lo que haya sucedido, solo lo saben los dioses… Quisiera decirte algo…

–           Habla. Si sabes algo más dimelo y nadie sabrá que tu me lo confiaste.

Vinicio titubeó y luego agregó en voz baja:

–           Como sé que no me vas a traicionar, te diré que el fuego fue provocado. Cuando estaba ardiendo el Circo no se permitió a nadie ir a extinguirlo. Yo oí en medio del incendio muchas voces que gritaban: ‘¡Muerte al que intente salvar!’ Y había muchos individuos que corrían con antorchas encendidas, aplicándolas a los edificios y a las casas.

Marco Aurelio vio sus sospechas confirmadas y solo exclamó:

–           ¡Oh! ¡Qué mentes criminales!

–           Así es… Y por otra parte, el pueblo se ha sublevado y se oyen rumores de que el incendio de Roma, fue decretado. No puedo decir nada más. Es imposible describir lo que está sucediendo.

La gente perece entre las llamas o en medio del tumulto. ¡Ay de la ciudad! Y ¡Ay de nosotros!

Y el senador se quedó lamentándose, porque lo había perdido todo…

–           ¡Adiós! –respondió Marco Aurelio saltando a su caballo y emprendió la carrera  a lo largo de la Vía Apia.

Pero ahora se hace más difícil avanzar, por la cantidad de gente que está huyendo de Roma.

La ciudad, devorada por una conflagración monstruosa, se presenta ya, ante los espantados ojos del tribuno…

De aquel mar de fuego y humo, se desprende un horrendo calor.

Y el rumor clamoroso de los gritos de las víctimas, no alcanza a dominar el chirrido crepitante de las llamas.

Al llegar a las murallas, Marco Aurelio ve que casas, campos, cementerios, jardines y Templos, todo lo que había a ambos lados de esa vía, están convertidos en campamentos.

Ustrino con su desorden, da una ligera idea de lo que sucede dentro de la ciudad, que se ha convertido en una ciudad sin ley.

Y Marco Aurelio no trae armas.

Salió de Anzio, tal como se encontraba en la casa del César, cuando llevaron las noticias del incendio.

Se dirige a la Vía Portuense, que conduce directamente al Transtíber.

En una aldea llamada Vicus Alexandria cruzó el río Tíber.

Por algunos fugitivos se enteró de que el fuego solo había alcanzado unas pocas calles del Transtíber.

Pero la conflagración no puede ser detenida, porque hay personas que están alimentando el fuego e impiden que nadie intente apagarlo, declarando que tienen orden de proceder así.

Al joven tribuno ya no le queda ninguna duda de que el César fue quién decretó el incendio de Roma.

Ningún enemigo de Roma hubiera podido causar mayor daño. La medida está colmada.

La locura de Nerón ha llegado al límite más alto, haciendo su víctima al pueblo romano, en los criminales caprichos del tirano.

Y también Marco Aurelio piensa que ésta será la hora postrera de Nerón, pues la ruina de toda la ciudad, clama el castigo por sus nefandos crímenes.

En su camino, Marco Aurelio se estremece al ser testigo de las escenas más aterradoras.

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En más de una ocasión, dos corrientes de individuos que escapan en direcciones opuestas, se encuentran en una estrecha callejuela, se atropellan, luchan entre sí. Se hieren o pisotean a los caídos.

Las familias que en medio de aquel tumulto pierden a uno o varios de sus miembros, los llaman con gritos desgarradores.

Entre el ensordecedor estrépito de gritos y alaridos, es casi imposible hacer una pregunta y escuchar una respuesta coherente.

Hay momentos en que nuevas columnas de humo, procedentes de la ribera opuesta del río, los envuelven haciendo unas tinieblas negras como la noche.

Pero el viento que da pábulo al incendio disipa el denso humo y entonces se vuelve a ver el camino por donde se avanza.

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Una multitud de gladiadores y bárbaros, destinados a ser vendidos en el mercado de esclavos, embriagados con el vino saqueado del emporium (mercado), se entregan al saqueo.

Para ellos, con el incendio y la ruina de Roma, ha terminado su esclavitud y ha sonado también la hora de su venganza desahogando su ira brutal al sentirse libres, por sus largos años de miseria y sufrimiento.

En su carrera militar había presenciado los asaltos y tomas de pueblos, pero nunca sus ojos habían contemplado algo semejante: la desesperación, las lágrimas, los alaridos de dolor, los gritos salvajes de alegría y locura.

Todo esto mezclado con un desenfrenado desbordamiento de pasiones, provocan un caos aterrador.

Y por sobre toda esta multitud jadeante, crepita el fuego, extendiéndose devorador.

Envolviendo a todos en un hálito de infierno y destrucción.

Marco Aurelio oye voces que acusan a Nerón de haber incendiado la ciudad.

Hay amenazas de muerte contra el César y contra Popea.

Y gritos de:

–           ¡Sannio! ¡Histrio! (Bufón, histrión) ¡Matricida!

Gritos que claman arrojarlo al Tíber y darle el castigo de los parricidas, pues ya les colmó la paciencia. Se mezclan con los gritos postreros de los alcanzados por el fuego.

Al fin llega a la calle en donde se encuentra la casa de Acacio.

El calor del verano, aumentado por las llamas del incendio, ha llegado a ser insoportable. El humo irrita los ojos y ciega. No se puede respirar. El aire quema los pulmones.

Aún aquellos habitantes que habían abrigado la esperanza de que el fuego no atravesara el río y habían permanecido en sus casas, esperando poder escapar de ser alcanzados, empezaron a abandonarlas.

En medio del tumulto, alguien hirió con un martillo al caballo de Marco Aurelio.

El animal echó hacia atrás la cabeza ensangrentada, al mismo tiempo que se oyó este grito:

–           ¡Muerte a Nerón y a sus incendiarios!

El animal se encabritó y ya no quiso obedecer a su jinete.

Lo reconocieron como a un augustano. Y este fue un momento de gran peligro.

Pero su espantado caballo le arrancó de ahí violentamente, pisoteando a quién encontró a su paso, hasta que Marco Aurelio pudo abandonar su cabalgadura y prosiguió su marcha a pié.

Deslizándose a lo largo de las murallas, tratando de llegar hasta la casa de Acacio.

Hubo un momento en que tuvo que cortar un pedazo de su túnica, mojarlo y cubrirse con él, el rostro; para poder respirar.

Cada vez el calor es más insoportable.

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Un viejo que huye penosamente apoyado en sus muletas, le dijo:

–           ¡No os aproximéis al monte Cestio! ¡Toda la isla está envuelta en llamas!

A la entrada del Vicus Patricius donde está situada la casa de Acacio, Marco Aurelio vio altas llamas entre las nubes de humo.

Desgraciadamente el aire ya no arrastra solo humo, sino millares de chispas.

A través de aquel infierno, distinguió los cipreses de la casa de Acacio, que todavía no ha sido alcanzada por el fuego.

Esto le dio nuevos bríos, pues parece estar intacta.

Abrió la puerta de un empellón y se precipitó al interior. La casa está desierta.

Llama desesperado:

–           ¡Alexandra! ¡Alexandra!

Nadie le respondió. Los únicos sonidos son los lúgubres rugidos del vivar, que está junto al templo de Esculapio.

Marco Aurelio se estremeció de pies a cabeza. Y al revisar toda la casa, comprueba que está vacía.

En el lararium lleno de humo, hay una cruz. Y en vez de lares, arde un cirio.

Al revisar los dormitorios reconoce en uno, los vestidos de Alexandra.

Se pregunta en donde puede estar. Toma una de sus túnicas y la lleva a su pecho.

Y hasta entonces comprende que el que está ahora en peligro es él.

–           Tengo que salir de aquí y ponerme a salvo. –pensó.

Entonces se precipitó a la calle y corre ahora tratando de huir del fuego, para salvar su propia vida.

El fuego parece perseguirlo con su hálito quemante.

Siente en la boca el sabor a humo y a hollín. El aire la abrasa los pulmones. Está todo cubierto de sudor que escalda como agua hirviendo.

Solo lo alienta el recuerdo de su esposa y su capitum alrededor de su cuello. Lo único que quiere ahora, es verla antes de morir.

Tambaleándose como un ebrio, sigue corriendo.

Entretanto se verificó un cambio, en aquella gigantesca y aterradora conflagración, que abrasa a la ciudad entera: todas las que habían sido llamaradas aisladas, se han convertido en un solo mar de llamas.

Un torbellino de chispas, se levanta como un huracán de fuego.

En eso, Marco Aurelio divisó una esquina. Y ya próximo a caer, dio la vuelta a la calle y vio a lo lejos la Vía Portuense.

Comprendió que si lograba llegar hasta ella, estaría a salvo. Luego vio una negra nube de humo, que parece cerrarle el paso. Su túnica empezó a arder por las chispas y tuvo que quitársela y arrojarla lejos de sí.

Le queda solo el capitum de Alexandra, que mojó en la fuente del implovium en la casa de Acacio, antes de salir y lo trae alrededor de la cabeza, cubriéndose la nariz y la boca.

A través del humo distingue voces y oye gritos.

El se acerca con la esperanza de que alguien pueda ayudarle y grita pidiendo auxilio con todas sus fuerzas, antes de llegar hasta ellos.

Pero ese fue su último esfuerzo, antes de caer semidesmayado.

Dos hombres le han oído y corren a socorrerlo; llevando en las manos, sendas calabazas llenas de  agua.

Marco Aurelio, que había caído desfallecido por el agotamiento, tomó una de las calabazas y bebió su contenido hasta más de la mitad.

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Con la otra le bañaron y le ayudaron a ponerse de pie.

–           Gracias. Ahora podré seguir caminando.

Varias personas lo rodearon preguntándole si está bien y si no se ha hecho daño.

Esto sorprende al tribuno y pregunta:

–           ¿Quiénes sois?

–          Estamos aquí derribando casas, para ver si podemos detener el fuego, impidiendo que llegue hasta la Vía Portuense. –le contestó uno.

Marco Aurelio que desde esa mañana solo había encontrado turbas brutales, saqueadores y asesinos, contempló con más atención a las personas que lo rodeaban y dijo:

–           ¡Qué Cristo os premie!

–           ¡Alabado sea su Nombre! –contestó un coro de voces.

–           ¿El obispo Lino?

Ya no pudo escuchar la respuesta porque se desmayó.

Recobró el conocimiento en un jardín lleno de hombres y mujeres.

Le habían puesto una túnica y las primeras palabras que dijo, fueron:

–           ¿Dónde está Lino?

Hubo un largo silencio.

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Luego, una voz conocida, le respondió:

–          Se fue hace dos días a Laurento por la Puerta Nomentana. ¡Que la paz sea contigo! ¡Oh, rey de Persia!

Marco Aurelio se incorporó y vio a Prócoro Quironio ante sus ojos.

El griego le dijo:

–          Tu casa se incendió. ¡Oh, señor! Porque el barrio de las Carenas está envuelto en llamas. Pero tú serás siempre tan poderoso como Midas.

El tribuno lo miró sin responder y Prócoro continuó:

–          ¡Oh, qué desgracia! Los cristianos, ¡Oh, hijo de Apolo! Han predicho desde hace tiempo que el fuego destruirá el mundo. sus obispos lo han confirmado cuando hablan de la Parusía.

Marco Aurelio preguntó:

–          ¿Sabes algo del Obispo Lino?

–          Lino acompañado de la joven que buscas, está en Laurento. ¡Oh, qué desventura para Roma!

–           ¿Tú los has visto?

–          ¡Oh, sí, señor! Y le doy gracias a Cristo y a todos los dioses que me permiten darte esta buena noticia.

La tarde llega a su término, pero en el jardín se ve el día claro, pues el incendio que ha ido aumentando, hace que el firmamento se vea rojo para dondequiera que se mire.

Pues aquella noche parece que en el mundo se haya desatado el infierno.

Toda la ciudad arde en llamas. La luna grande y llena, apareció entre las colinas. Y el resplandor del fuego la hace aparecer como si fuera de bronce.

Sobre las ruinas de la ciudad que ha gobernado al mundo, la inmensa bóveda del cielo, tiene un tinte rosa extraño en el que brillan las estrellas.

Roma parece una pira gigantesca que ilumina toda la Campania.

A los resplandores de aquella luz rojo sangre, se miran  a lo lejos  los montes y los pueblos; las casas de campo, los monumentos, los acueductos, los templos.

Y los actos de violencia, el robo, el saqueo, se propagan por doquier.

Parece que el espectáculo de aquella ciudad que el fuego está devorando; convirtiéndola en un montón de humeantes ruinas, subleva en el ánimo de los espectadores, la versión de que el César ha dado la orden de quemar Roma, para librarse de los olores del Suburra y construir una nueva ciudad llamada Neronia.

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Llenos de ira, dicen que el César está loco y que por un capricho criminal, ha decidido sacrificar a millares de romanos.

Muchas personas después de haber perdido todos sus bienes o sus seres queridos, se arrojan a las llamas dominadas por la desesperación.

Muchos mueren quemados o asfixiados por el humo.

La destrucción parece tan completa, implacable y fatal como el destino. Y el incendio se sigue propagando.

Marco Aurelio fue trasladado a la casa de un comerciante que le da hospedaje, baño, ropa y alimentos, para que recobre sus fuerzas.

Éste le confirmó que Lino se había ido con el sacerdote Nicomedes y el prelado Fileas, obispo en cuya casa había encontrado refugio y que estaba fuera de la ciudad, en Laurento.

Saber que ellos habían escapado del incendio le dio nuevas fuerzas. Ve claramente la mano de Dios que los está protegiendo y da gracias por ello en una plegaria silenciosa.

Luego dijo:

–           Gracias Efrén, por tu caridad. Iré a buscar a Lino. Mi esposa está con ellos.

Efrén le aconsejó:

–          Será mejor que atravieses el Monte Vaticano hasta la Puerta Flaminia y cruzas el río por ese punto. Es el sitio menos peligroso.

Y Roma ardió por seis días y siete noches.

De las catorce divisiones de Roma, quedaron solo cuatro, incluyendo el Transtíber.

Las llamas devoraron todas las demás.

La catástrofe ha sido demasiado grande y no tiene paralelo en el mundo.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONÓCELA

19.- ATRAPADA…


jardin neptune_fountain_schonbrunn-foto-simon-matzinger-1140x580Nadie intentó detener a Bernabé. Los sirvientes y los soldados que lo vieron pasar con Alexandra semidesmayada en los brazos creyeron que se trataba de un esclavo que lleva a su ama embriagada.

Además, la presencia de Actea fue suficiente para abrirles el paso. Y así se fueron desde el triclinium, a lo largo de una serie de salas y galerías interiores hasta llegar a las habitaciones de Actea.

Después que recorrieron la columnata, entraron por un pórtico lateral que daba a los jardines imperiales. El aire fresco de la mañana despertó a Alexandra.

La aurora pinta el cielo con resplandecientes y cambiantes colores, que se reflejan en las copas de los pinos y los cipreses, a los primeros albores de la mañana.

Esa parte del conjunto de edificios que conforman el Palatino; está casi vacía y solo llegan apagados los últimos sonidos de la fiesta que ya agoniza.

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A Alexandra le parece que ha sido rescatada del Infierno y al mirar en aquel hermoso lugar el firmamento, la espléndida aurora, la luz, la paz, el silencio, el sonido de la naturaleza que despierta; llorando busca refugio en los brazos del gigante.

Y exclama entre sollozos:

–           ¡Vámonos a la casa de Publio, Bernabé! ¡Vámonos!

Bernabé contestó:

–           Sí. Nos iremos.

Pero Actea movió la cabeza negando y a su señal, Bernabé depositó a Alexandra sobre una banca de mármol, a corta distancia de la fuente.

Actea se esfuerza por tranquilizarla. Le asegura que por el momento no hay ningún peligro, pues todos están tan embriagados, que dormirán hasta muy tarde.

Alexandra insiste como una niña.

–           Debemos regresar a nuestra casa, Bernabé. ¡Vámonos!

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Actea dijo entonces:

–          A nadie le está permitido huir de la casa de Nerón. Quién lo intente ofende la majestad el César. Es verdad, podrían irse. Pero en la tarde un centurión con una partida de soldados, sería portador de una sentencia de muerte para toda la familia de Publio Quintiliano. Traerán nuevamente al palacio al rehén y para entonces no tendrás ninguna salvación. Si Publio y su esposa te reciben les llevarás la muerte.

Alexandra dejó caer los brazos con desaliento: ¡Está atrapada! Debe escoger entre su ruina y la ruina de Publio.

Al saber que Marco Aurelio y Petronio han sido los responsables de su situación, ya no hay solución posible. Solo un milagro puede salvarla del abismo de la degradación: un milagro y el poder de Dios.

Alexandra dijo con angustia:

–           Actea. ¿Oíste cuando dijo Marco Aurelio que el César me había destinado para él y que mandaría por mí esta misma tarde, a unos esclavos suyos para que me lleven a su casa?

Actea contestó lacónica:

–           Sí. En la casa del César no estarás más segura que en la de Marco Aurelio.

Y siguió un silencio más que expresivo.

Alexandra lo comprendió.

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Actea le dijo sin palabras: “Resígnate a tu suerte. Eres un rehén de Roma. Tendrás que ser la concubina de Marco Aurelio.”

La joven que todavía siente en sus labios, los besos ardientes del oficial, se ruborizó de vergüenza al recordar la afrenta…

Y exclamó con ímpetu incontenible:

–           ¡Jamás!…  No permaneceré aquí. Ni en la casa de  Marco Aurelio… ¡Jamás!

Actea la miró atónita y preguntó con una gran sorpresa en voz:

–           Pero ¿Entonces tú aborreces a Marco Aurelio?

A Alexandra le fue imposible contestar.

Sintió su corazón hecho pedazos por la desilusión, por el dolor y su llanto brotó incontenible.

Actea la abrazó tratando de consolarla.

Bernabé aprieta los puños, conteniéndose a duras penas.

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Actea, que sigue confortando a Alexandra con sus caricias maternales, le pregunta:

–           ¿Tan odioso te es Marco Aurelio?

Alexandra murmura entre sollozos:

–           No es odio. Yo le amaba.

–           Nuestra doctrina, tampoco permite matar.

–           Lo sé.

–          Entonces ¿Cómo puedes querer que la venganza del César, caiga sobre la casa de Publio Quintiliano?

Sigue un largo silencio…

Por primera vez en mucho tiempo, Alexandra siente la dolorosa amargura de la esclavitud.

Actea continúa:

–          Desde que era niña he vivido en esta casa y sé perfectamente lo que es la cólera del César. ¡NO! Tú NO estás en libertad para huir de aquí. Lo único que te queda es recordar que solo eres una cautiva. E implorar de Marco Aurelio que te regrese a la casa de Publio.

Pero Alexandra la tomó de la mano y suplicó:

–           Acompáñame a orar.

Y se puso de rodillas implorando al Altísimo Señor del Universo.

Actea y Bernabé hicieron lo mismo.

Y los tres dirigieron sus plegarias al Cielo, en la casa del César, al amanecer.

El sol asoma con sus primeros rayos, iluminando las tres figuras que imploran la protección del Altísimo, en aquella mansión saturada de infamia y de crimen.

Oraron con fervor y al fin, cuando Alexandra se levantó; hay en su rostro una expresión de paz y de esperanza.

Bernabé se levantó también y esperó las órdenes de su ama.

Alexandra exclamó decidida:

–         Que Dios bendiga a Publio y a Fabiola. No me está permitido llevarles la ruina a su casa y por lo tanto, no volveré a verlos nunca más.

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Publio no sabrá dónde estaría ella. Nadie lo sabrá; porque va a fugarse cuando se efectúe el traslado y esté en camino hacia la casa de Marco Aurelio.

Él le dijo cuando estaba ebrio que mandaría a sus esclavos a buscarla en la tarde. Nunca hubiera hecho semejante confesión, si hubiera estado sobrio…

Entonces se volvió hacia Bernabé:

–           Por favor avísale al obispo Acacio. Y espera su consejo y su ayuda. Debes estar pendiente de mi traslado, para que organices mi rescate.

Bernabé exclamó con energía:

–           Voy inmediatamente. Por si tardamos demasiado en venir por ti y nos alcanza la noche, por favor vístete de blanco. No te preocupes por nada. Todo saldrá bien.

La realización de este plan, le devolvió la sonrisa y los colores al rostro de Alexandra. Y en un impulso, abrazó a actea diciéndole:

–           Tú no me denunciarás. ¿Verdad Actea?

Actea negó con la cabeza y admiró su increíble intrepidez. Luego confirmó apoyándola:

–          No lo haré. Te lo prometo. Pero ruega a Dios que dé a Bernabé las fuerzas, para poder arrancarte de tus conductores.

Bernabé está feliz y Actea sorprendida. El plan es perfecto.

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Al efectuar la fuga en estas circunstancias. El César acaso, ni siquiera se moleste en ayudar a Marco Aurelio a perseguirla. Y su huida ya no será crimen de lesa majestad, puesto que ya es propiedad de Marco Aurelio y no del César.

Bernabé se inclinó y dijo:

–           Voy ahora mismo a la casa del santo obispo. –y salió rápido a cumplir el encargo.

Alexandra siente un inmenso dolor por perder a sus seres queridos. Lamenta mucho no poder regresar a su hogar, donde siempre se sintió protegida y amada.

Pero piensa que ha llegado el momento de poner en práctica las enseñanzas más difíciles que ha recibido: tiene que sacrificar las comodidades y el bienestar, por el Culto a la Verdad. Va a empezar una vida errante, pero esa es su prueba de Fe. Creer o no creer. ¿Confía o NO confía en Jesucristo?

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Decidió confiarle todo su futuro y de allí en adelante, Él Mismo guiará sus pasos. Ella solo será una hija fiel y sumisa a su divina Voluntad.

Y si la esperan los sufrimientos, le ruega a Dios aprender a amarlos y soportarlos, por amor a Él. Todo lo que Él disponga, lo aceptará con amor.

Ella cree en la Vida Eterna y sabe que en el Cielo recuperará a sus seres queridos. Él se lo prometió cuando oró. Y ella le creyó. Ella es cristiana y ha llegado el momento de rendir el Verdadero Culto al Dios que ama sobre todas las cosas.

En su corazón se mezcla la alegría, el dolor y el miedo a lo desconocido…  Pero éste último, se desvanece al recordar que Jesús está con ella y cuenta con su protección y la de su Madre Santísima. Ahora es el momento de emprender el camino… Pero…

pobreza de espiritu¿A dónde?

Eso qué importa. Dios lo sabe y es más que suficiente, porque ha puesto su confianza en Él. Volvió a sentirse feliz, segura y protegida. Y todo esto se trasluce en su bello semblante.

Sabe que emprende una aventura que puede tener un desenlace fatal, para huir del amor del apuesto tribuno del que se ha enamorado.

Pero ¿Y qué? Ama a Marco Aurelio que es un traidor y un mentiroso. Pero ama más a su Dios Uno y Trino y ÉL, le ayudará a sanar su corazón. Esto no es un juego.

La Verdad es Dios. Todo lo demás es vanidad, falsedad y espejismo. Marco Aurelio le ofrece un futuro lleno de vergüenza, de mentira y de dolor como el de Actea…

¿Qué es el Palacio del César? Una cloaca de vicios y degradación. Nunca había sentido tanto asco, como el que sintió la noche anterior.

¿Para qué sirven tanto lujo, riquezas y fastuosidad? Volvió a recordar a Marco Aurelio y la fascinación que ejerció en ella… Y lágrimas de dolor, de vergüenza, de humillación y desilusión bañaron sus mejillas, con un llanto ardiente y silencioso.

Pero también son lágrimas de agradecimiento. Ella es una verdadera princesa. Y  una Princesa Celestial. Y con su oportuna intervención, Bernabé la ha salvado de ser únicamente una prostituta privilegiada.

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Su destino está sellado. Ahora está segura del Amor de Dios que vela sobre ella. Y su resolución se fortalece. Decide enfrentar lo que venga. Su rostro radiante y su sonrisa llena de dulzura, le devuelven la belleza por la que Marco Aurelio se ha vuelto loco.

Actea es demasiado prudente y piensa con terror en lo que pueden traer las próximas horas. 

Pero no se atreve a descubrir a Alexandra sus temores y la invita a ir a sus habitaciones a tomar el reposo que es necesario, después de la desvelada anterior.

Alexandra acepta y llegan al cubículum que es muy amplio y está lujosamente amueblado. Allí se recuestan, cada una en su propio lecho.

Más a pesar del cansancio, Actea no puede conciliar el sueño.

Se vuelve hacia Alexandra para conversar sobre su próxima fuga y la ve apaciblemente dormida, como si no la amenazara ningún peligro. Y a través de la cortina, que no ha sido corrida por completo; llega un rayo de sol en cuya extensión titilan en el aire, unos átomos de polvo, suspendidos en el rayo de oro.

A la luz de esos rayos contempla Actea el delicado rostro de la joven, que descansa apaciblemente con la respiración regular de quién duerme con un tranquilo sueño.

Y se dijo mentalmente:

–           ¡Ella es tan diferente de mí!

alex-john-william-waterhouse-sleeping-beauty-copiaAl pensar en los peligros que la aguardan, siente una inmensa pena y el impulso de protegerla, pero ¿Cómo? Sin poder contenerse la besa suavemente en los cabellos.

Alexandra siguió durmiendo por largas horas.

Era más del mediodía cuando abrió sus ojos y distinguió en medio de la semioscuridad, la figura de la griega.

Y amodorrada, preguntó:

–           ¿Eres tú, Actea?

La griega contestó dulcemente:

–           Sí. Alexandra.

–           ¿Es muy tarde?

–           No. Pero son más de las doce.

–           ¿Bernabé no ha regresado?

–           No dijo que volvería, sino que permanecería al asecho de la litera.

–           Es verdad.

Abandonaron ambas el cubículum y se dirigieron al baño.

Después de arreglarse otra vez y ataviarse con otros vestidos, almorzaron y enseguida se dirigieron a los jardines del palacio, que se encuentran vacíos, puesto que el César y sus cortesanos todavía están durmiendo, después de la juerga de la noche anterior.

Esta vez, Alexandra pudo apreciar en todo su esplendor, los magníficos jardines. Hay enormes pinos, cipreses, robles, olivos y arrayanes. Muchas flores y una gran variedad de estatuas. Los estanques de aguas cristalinas, parecen espejos.

Muchos rosales en plena floración son salpicados por las gotas de las fuentes. Hay grutas, arroyuelos y pequeñas cascadas, rodeados de exuberantes madreselvas, hiedras y vides. Cisnes, gacelas, venados, pavorreales blancos y de vistosos colores.

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También flamencos y aves exóticas de coloridos y riquísimos plumajes, vagan en total libertad. Bellísimos animales procedentes de todos los países conocidos de la tierra. Muchos esclavos están trabajando en el cuidado de los jardines: cantando, podando, arreglando y regando.

Las dos dieron un prolongado paseo, admirando aquella increíble belleza natural y decorada, que a cada paso les brinda alegría y motivos para alabar al Creador; por la sorpresa de tantos primores que se albergan ahí.

Y nadie más que ellas dos pasean por aquel espléndido lugar.

Alexandra piensa que si el César fuera bueno, sería muy feliz viviendo en aquel palacio y rodeado de tanta belleza, en aquellos fantásticos jardines.

Cuando se sintieron un tanto fatigadas se sentaron en un banco de mármol que está  oculto casi por completo detrás de unos cipreses. Y volvieron a conversar sobre el proyecto de la fuga.

Actea está más que preocupada por el éxito de la empresa.

Todo lo contrario de Alexandra, que está convencida de que un milagro la va a salvar…

Actea no oculta su zozobra:

–          Pienso que es un plan insensato que va a ser imposible de realizar. Sería mucho más seguro intentar convencer a Marco Aurelio de que voluntariamente te regrese a la casa de Publio. Por el tiempo que tienes de conocerlo, ¿No crees que sería más probable que tú logres influir en su decisión y que se retracte de lo que ha hecho?

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Alexandra niega moviendo con tristeza la cabeza:

–         No. En la casa de Publio, Marco Aurelio era muy distinto. Fue muy bueno y gentil. El hombre de ayer, es para mí un desconocido. Un sátiro protervo y  me causa pavor y prefiero huir hasta el fin del mundo, antes que caer en sus manos.

–           Pero en la casa de Publio, Marco Aurelio era para ti alguien muy especial. Hasta llegaste a amarlo. ¿No es así?

–           Lo fue y lo amo todavía. –esta última frase la musitó con voz casi inaudible- Pero este amor está condenado a morir. El hombre del que me enamoré no existe. –y Alexandra inclinó su rostro y cerró los ojos con dolor. Luego concluyó- No puedo amarlo. Ahora ya no.

–           Pero tú no eres una esclava. –La voz de Actea es reflexiva- Marco Aurelio podría casarse contigo. En tus venas corre sangre real. Tú eres un rehén y la hija del rey Vardanes I. Publio y Fabiola te aman como a su hija, ellos podrían adoptarte y así ya no habría ningún obstáculo legal para que fueras su esposa. Marco Aurelio y tú formarían una pareja y una familia muy respetable dentro de la sociedad romana.

Alexandra la miró con sus ojos angustiados y contestó con voz suave:

–           No. No me casaré con él. Prefiero huir hasta el fin del mundo.

–           Alexandra, por favor recapacita. Si tú quieres yo puedo ir a la casa de Marco Aurelio, hablo con él y le digo lo que acabo de decirte.

Pero ella contestó con dolor y firme determinación:

–           ¡No! Ya no quiero saber nada de él.

Y de sus ojos brota su corazón deshecho en el más amargo llanto.

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El ruido de pasos que se aproximan interrumpe su conversación.

Y antes de que Actea pueda hacer ningún movimiento, sorpresivamente tuvieron frente a ellas a Popea Sabina con un pequeño séquito de esclavos.

Dos de ellos sostienen sobre su cabeza, varios haces de plumas de avestruz, sujetos con alambres dorados y con ellos abanican suavemente a la emperatriz y al mismo tiempo la protegen del sol de verano que se deja sentir con fuerza.

Delante de ella, una mujer africana negra como el ébano y con los senos turgentes y rebosantes de leche, lleva en sus brazos a una niña envuelta en un suave manto, púrpura con franjas de oro.

Actea y Alexandra se ponen de pié, creyendo que Popea seguirá adelante, sin fijarse en ellas, pero no fue así.

Popea Sabina se detuvo cuando las vio y se acercó hasta quedar frente a ellas.

Luego dijo:

–           Actea, los cascabeles que enviaste a la niña no estaban bien asegurados. La niña cortó uno y se lo llevó a la boca. Afortunadamente Coralia pudo verla a tiempo.

–           Perdón, divinidad. –contesta Actea inclinando la cabeza y cruzando los brazos sobre el pecho.

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Pero Popea mira detenidamente a Alexandra…

Y después de una larga pausa, preguntó con voz neutra:

–           ¿Quién es esta esclava?

Actea responde con mucho respeto:

–           No es una esclava, divina Augusta. Sino la hija adoptiva de Publio Quintiliano e hija de Vardanes I, rey de los partos y entregada a Roma como rehén.

–           ¿Y ha venido a visitarte?

–           No, Augusta. Desde anteayer vive en el palacio.

–           ¿Estuvo anoche en la fiesta?

–           Sí, Augusta.

–           ¿Por orden de quién?

–           Por mandato del César.

Al escuchar esto, Popea contempla entonces con más atención a Alexandra, quién se  mantiene de pié con la cabeza ligeramente inclinada, mirando a Popea con disimulada curiosidad y respeto en sus ojos brillantes.

De repente un ceño de contrariedad se dibuja en la frente de la emperatriz…

Celosa de su belleza y de su poder, vive en continua alerta por temor de que  alguna vez, una afortunada rival, pueda ser su perdición; tal y como ella misma lo había sido para Octavia. De allí que toda mujer hermosa que ve en el palacio, despierta en ella mortificantes suspicacias.

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Con verdadero ojo crítico, abarcó de un solo golpe y en conjunto, el cuerpo escultural de la doncella y pudo aquilatar hasta el más mínimo detalle de sus exquisitas facciones; de sus ojos increíbles y de su bellísimo rostro.

Este examen minucioso la hizo estremecer y se apoderó de ella un gran sobresalto. Su inteligencia reconoció el enorme peligro que representa esta beldad que la rebasa. Y por primera vez sintió miedo.

–           ¡Es más bella que Venus! –pensó. Y de pronto pasó por su mente una idea que no la había perturbado hasta entonces, en presencia de ninguna otra mujer bella: ¡Qué la edad empezaba a hacer estragos en ella!

Y entonces su vanidad herida palpitó con violencia.

En el alma de Popea, se fue materializando una creciente alarma y varias formas sucesivas de inquietud, cruzaron por su mente como relámpagos: ¿Acaso Nerón no había visto a esta joven ninfa? ¿A través de su esmeralda no había apreciado su portentosa belleza?

Más… ¿Qué pasaría si el César contemplara en pleno día y a la luz del sol, semejante maravilla de mujer? Por otra parte no es una esclava. ¡Es una verdadera princesa real! ¡La hija de un rey! “¡Dioses inmortales, es tan hermosa como yo y mucho más joven!”  Con estas reflexiones se hizo más profundo el surco de su entrecejo. Y sus ojos brillaron con un frío fulgor de acero, bajo sus rubias pestañas.

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Su voz se endureció al preguntar a Alexandra:

–           ¿Has hablado con el César?

Alexandra respondió gentil:

–           No, Augusta.

–           ¿Por qué prefieres quedarte aquí a seguir en la casa de Publio?

–           No lo prefiero, señora. Petronio indujo al César a que me sacara de su casa.   Mi  presencia aquí es contra mi voluntad.

–           Así que ha sido Petronio… ¿Y tú quisieras volver a la casa de Publio?

Y como Popea hizo esta pregunta en forma más benigna y suave, se despertó una esperanza en el corazón de Alexandra.

Y extendiendo suplicante la mano, dijo:

–           Señora, el César ha prometido darme a Marco Aurelio como esclava. Más tú intercede por mí y regrésame a la casa de Publio.

Y con una sonrisa llena de inocencia, Popea repite:

–           ¿Entonces Petronio indujo al César a que te sacara de la casa de Publio y te diese a Marco Aurelio?

–           Precisamente señora. Marco Aurelio va a enviar hoy por mí. Por favor ten compasión y ayúdame a regresar a la casa de los Quintiliano.

Al decir esto se inclinó y tomando la orla del traje de Popea, esperó su respuesta con el corazón anhelante.

Popea la siguió contemplando por unos momentos que parecieron eternos…

Y después, con el semblante iluminado por una diabólica sonrisa, dijo al fin:

–           Entonces te prometo que hoy mismo serás la esclava de Marco Aurelio.

Y prosiguió su paseo soberbiamente fastuosa, como una poderosa deidad maligna. Las palabras de Popea siguieron resonando en el aire como una diabólica sentencia…

Y a los oídos de Alexandra y de Actea, que se habían quedado como estatuas, solo llegaron los gemidos de la niña, que comenzó a llorar de repente.

A Alexandra se le llenaron los ojos de lágrimas, pero respiró profundo, se dominó y tomando la mano de Actea, le dijo:

–           Volvamos. El auxilio ha de esperarse tan solo de Aquel que puede darlo.

Y regresaron al atrium, del cual no salieron hasta la tarde.

Actea reunió parte de sus joyas y las puso en una bolsa de fino paño que dio a Alexandra:

–           Por favor no rechaces este obsequio. Te servirán mucho en tu fuga.

Alexandra la abrazó. Y besándola en la mejilla le dijo:

–           Gracias.

Ya casi era de noche cuando se presentó Secundino, el liberto de Marco Aurelio, a quien había  visto una vez en la casa de Publio.

El hombre anciano, pero todavía muy fuerte; hizo una profunda reverencia y dijo:

–           Divina Alexandra te saludo en nombre de Marco Aurelio Petronio, quien te espera en su casa con una fiesta preparada en tu honor.

La joven palideció y contestó:

–           Voy.

Y abrazando a Actea, se despidió de ella.

La griega, mentalmente oró:

“Ay Madrecita protégela, porque en su futuro amenaza la más oscura tormenta”

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

6.- ARBITER ELEGANTIARUM


En una villa ancestral  que en su mayor parte está orientada hacia el sur. Hay un pabellón apartado que está rodeado por un patio al que dan sombra muchas palmeras; varios robles, sauces llorones, cedros, fresnos  y cuatro plátanos. En el centro, una fuente derrama su agua en una pila de mármol y salpica suavemente los plátanos que la rodean y las plantas que éstos cobijan. En este pabellón está ubicado un dormitorio que no permite entrar la luz del día, ni escuchar el ruido. A un lado está el triclinium (comedor)

Existe también una habitación sombreada por el verdor del plátano más cercano, decorada con  una espléndida pintura que representa a unos pájaros posados sobre las ramas de unos árboles. Aquí se encuentra una pequeña fuente con una pila rodeada por unos surtidores que emiten un susurro muy agradable.

Es el refugio de un escritor. Y sobre la mesa de trabajo se puede ver un fragmento de su última obra literaria, en la que está desarrollando su talento. Al acercarse se puede leer: “La Cena de Trimalción…”  El autor trabaja en ella por las mañanas, cuando se lo permiten las fiestas de Nerón…

Ahora, después del banquete de la víspera que se prolongó más de lo acostumbrado; Tito Petronio se levantó tarde sintiéndose sumamente  fastidiado…

En  su travesía por los baños recuperó su ingenio y complacido, se sintió rejuvenecer. Rebosante de vida, de energía y de fuerza; cuando estaba sumergido en el agua tibia, le avisaron que su sobrino Marco Aurelio acaba de llegar a visitarlo.

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Petronio ordena que lo conduzcan al jardín adyacente para conversar plácidamente y sale del agua poniéndose una bata de lino suave.

Marco Aurelio es hijo su hermano Publio, el mayor y más querido. Y ha estado sirviendo bajo las órdenes de Corbulón en la guerra contra los partos. Es su sobrino predilecto. Un hombre íntegro; que ha heredado de su tío el gusto por el placer, el arte, la belleza y la estética; cualidades que Petronio valora sobre todo lo demás. No por nada le han apodado el “Árbitro de la Elegancia.”

Toma una manzana del platón que está en la mesa más cercana y está a punto de morderla, cuando entró un joven con pasos largos y flexibles exclamando:

–                 ¡Salve Petronio! Que te sean propicios todos los dioses.

Petronio sonríe y contesta:

–          ¡Salve Marco Aurelio! Te doy la bienvenida a Roma. Espero que disfrutes de un  merecido descanso después de las fatigas de la guerra. ¿Qué noticias traes de Armenia?

Mientras el joven se sienta en una banca a su lado, exclama con cierto fastidio:

–           De no ser por Corbulón, esta guerra sería un desastre.

–           ¡Es un verdadero Marte! ¿Sabes que Nerón le teme?

Marco Aurelio lo mira sorprendido y pregunta:

–           ¿Por qué?

–           Porque si quisiera, podría encabezar una revuelta.

–           Corbulón no es ambicioso hasta ese grado.

Petronio sentencia:

–          Si quitáramos la ambición y la vanidad ¿Dónde quedarían los héroes y los patriotas?

–           Lo conozco bien y sé que no debéis temer nada de él. Hablas como Séneca.

–          Se puede apreciar el carácter de un hombre en la forma como recibe la alabanza. Y tienes razón. Séneca es un maestro al que hay muchas cosas que aprenderle. Es uno de los pocos hombres que respeto y admiro.

Petronio cerró los ojos y Marco Aurelio se fijó en el semblante un tanto demacrado de su tío y cambiando el tema, le preguntó por su salud.

El augustano hizo un mohín, antes de replicar:

–           ¿Salud? No lo sé. Mi salud no está como yo quisiera. Trato de ser fuerte y aparento estar perfectamente. Pero empiezo a sentir un cierto cansancio que… Considerando las circunstancias, creo que estoy bien. ¿Y tú cómo estás?

–           Las flechas de los partos respetaron mi cuerpo, pero… un dardo de amor acaba de  herirme y ha acabado con mi tranquilidad. Estoy aquí para pedirte un consejo.

Petronio lo miró sorprendido y dijo:

–         Te puedes casar o quedarte soltero. Pero te aseguro que te arrepentirás de las dos cosas.- luego lo invitó – Vamos a sumergirnos en el agua tibia y me sigues platicando. ¿Qué te parece?

Marco Aurelio aceptó encantado:

–           Vamos.

Los dos regresan al frigidarium.  Marco Aurelio se desnuda y Petronio contempla el cuerpo vigoroso de su sobrino. Le recuerda las estatuas de Hércules que adornan el camino al Palatino. Es un atleta pleno de vigor juvenil. Y en el armonioso rostro que completa la apolínea belleza masculina, hay un gesto de sufrimiento reprimido. El joven se lanza al agua, salpicando el mosaico que representa a Perseo liberando a Andrómeda.

Petronio admira todo esto con los ojos regocijados del artista embelesado con la auténtica belleza…

Y después de lanzarse al agua, dice:

–          En la actualidad hay demasiados poetas. Es una manía de los tiempos que vivimos. El césar escribe versos y por eso todos lo imitan. Lo único que no está permitido es escribir mejores versos que él… Hace poco hubo un certamen y Nerón leyó una poesía dedicada a las transformaciones de Niobe. Los aplausos de la multitud cubrieron la voz de Nerón; pero en aquellas muestras de forzado entusiasmo faltaba el acento de la espontaneidad que nace del corazón.

Luego Lucano declamó otra, celebrando el descenso a los infiernos de Orfeo. Cuando se presentó, el respeto y el temor contenían a los oyentes… Más por uno de esos triunfos del arte que parecen milagrosos, el poeta logró suspender los ánimos; los arrebató y consiguió que se olvidaran de sí y del emperador. Y le decretaron unánimes el laurel de la gloria y el codiciado premio. ¿Te imaginas lo que sucedió después?…

Imposible que Nerón consintiese un genio superior a su inspiración. Se salió despechado del certamen y prohibió a Lucano que volviese a leer en público sus versos. Por eso yo escribo en prosa.

–          ¿Para ti no ambicionas la gloria?

–           A nadie ha hecho rico el cultivo del ingenio.

–           ¿Qué estás escribiendo ahora?

–          Una novela de costumbres: las correrías de Encolpio y sus amigos Ascilto y Gitón.  Ya casi la termino. Estoy en el convite ridículo de un nuevo rico. Lo he titulado “La Cena de Trimalción”

–           ¿El libro?

–          No. El capítulo. El libro es una sorpresa. Espera un poco… – se queda pensativo un momento. Y luego añade- Enobarbo ama el canto. En particular el suyo propio. Dime ¿Tú no haces versos?

Marco Aurelio lo mira sorprendido… y luego responde firme:

–           No. Jamás he compuesto ni un hexámetro.

–           ¿Y no tocas el laúd, ni cantas? – insiste Petronio.

–           No. Me gusta oír a los que sí saben hacerlo.

–           ¿Sabes conducir una cuadriga?

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–           Lo intenté una vez en Antioquia, pero fui un fracaso.

–          Entonces ya no debo preocuparme por ti. Y ¿A qué partido perteneces en el hipódromo?

–           A los azules; porque los únicos que me entusiasman son Porfirio y Scorpius.

–          Ahora sí ya estoy del todo tranquilo. Porque en la actualidad hacer cualquiera de estas cosas es muy peligroso. Tú eres un joven apuesto y tu único peligro es que Popea llegue a fijarse en ti. Pero no…  Esa mujer tiene demasiada experiencia y le interesan otras cosas. ¿Sabes que ese estúpido de Otón, su ex marido? ¿Todavía la ama con locura? Vaga por la España, borracho y descuidado en su persona.

–           Comprendo perfectamente su situación.- suspiró Marco Aurelio.

Petronio  movió la cabeza. Y siguieron conversando…

Cuando más tarde salieron del Thepidarium, dos bellas esclavas africanas, con sus perfectos cuerpos como si fueran de ébano, los esperan para ungirlos con sus esencias de Arabia…

Al terminar, otras dos doncellas griegas que parecen deidades, los vistieron.

Con movimientos expertos adaptaron los pliegues de sus togas. Marco Aurelio las contempló con admiración y exclamó:

–           ¡Por Júpiter! ¡Qué selecciones haces!

Petronio sentenció:

–           La belleza y la rareza fija el precio de las cosas. Prefiero la calidad óptima. Toda mi “familia” (Un amo con sus parientes  y sus esclavos) en Roma, ha sido seleccionada con el mismo criterio.

–           Cuerpos y caras más perfectos no posee ni siquiera el mismo Barba de Bronce.- alaba Marco Aurelio mientras aspira los aromas con deleite.

–           Tú eres mi pariente.- aceptó Petronio con cariño. Y agregó- Y yo no soy tan intolerante como Publio Quintiliano.

Marco Aurelio al escuchar este nombre se queda paralizado. Olvidó a las doncellas y preguntó:

–           ¿Por qué has recordado a Publio Quintiliano? ¿Sabías que al venir para acá una serpiente asustó a mi caballo y me derribó?  Pasé varios días en su villa fuera de la ciudad. Un esclavo suyo, el médico frigio Alejandro, me atendió. Precisamente de esto era de lo que quería hablarte.

–           ¿Por qué? ¿Acaso te has enamorado de Fabiola? En ese caso te compadezco. Ella es muy hermosa pero ya no es joven. ¡Y es virtuosa! Imposible imaginar peor combinación. ¡Brrr!.- Y Petronio hace un cómico gesto de horror.

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–           ¡De Fabiola, no! ¡Caramba!

–           ¿Entonces de quién?

–          Yo mismo no lo sé. Una vez al rayar el alba la vi bañándose en el estanque del jardín, con los primeros rayos del sol que parecían traspasar su cuerpo bellísimo. Te juro que es más hermosa que Venus Afrodita. Por un momento creí que iba a desvanecerse con la luz del amanecer… Y desde ese momento me enamoré de ella con locura.

–           Si era tan transparente, ¿No sería acaso un fantasma?

–          No me embromes Petronio. Te estoy abriendo mi corazón. Después volví a verla dos veces más. Y desde entonces ya no sé lo que es tranquilidad. Ya no me interesa nada de lo que Roma pueda ofrecerme. Ya no existen para mí otras mujeres… Ni vino, fiestas o diversiones. Me siento enfermo. Traté de indagar de mil maneras sutiles y creo que se llama Alexandra. No estoy muy seguro… Pero solo la quiero a ella.

No se aparta de mi mente un solo instante. Te lo digo con sinceridad Petronio, siento por ella un anhelo tan vehemente, que he perdido el apetito. En el día me atormenta la nostalgia y por las noches no puedo dormir. Y cuando consigo hacerlo, solo sueño con ella. Y así transcurre mi vida, con este torturante deseo…

Petronio lo mira con conmiseración… Y luego dice con determinación:

–           Si es una esclava, ¡Cómprala!

Marco Aurelio replica con desaliento:

–           No es una esclava.

–           ¿Es acaso alguna liberta perteneciente a la casa de Quintiliano?

–           No habiendo sido jamás esclava, tampoco puede ser liberta.

–           ¿Quién es entonces?

–          ¡No lo sé!… No pude averiguar mucho. Por favor escúchame. Es la hija de un rey, creo. –Y añade desesperado-  O algo por el estilo…

Petronio lo mira interrogante. Y cuestiona lentamente:

–           Estás despertando mi curiosidad, Marco Aurelio.

Su sobrino lo mira con impotencia y explica:

–          Hace tiempo el rey de Armenia invadió a los partos, mató a su rey y tomó como rehenes a su familia, a algunos principales de su nuevo territorio y los entregó a Roma. El gobernador no sabía qué hacer y el César los recibió junto con el botín de guerra que enviaron como regalo. Luego los entregó a Publio Quintiliano, ya que no pueden considerarse como cautivos y se desconoce el motivo que lo impulsó a entregarlos a él. Pero el tribuno los recibió muy bien. Y en esa casa en la que todos son  virtuosos, la doncella es igual a Fabiola.

–           ¿Y cómo estás tan enterado de todo esto?

–           Publio Quintiliano me lo refirió. Esto pasó hace quince años. Y también te digo que a mi regreso de Asia, pasé por  el templo de Delfos a fin de consultar a la sibila. Y Apolo se me apareció…  y me anunció que a influjos del amor, se operaría un cambio trascendental en mi existencia…

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–          ¿Y qué quieres hacer?

–          Quiero que Alexandra sea mía. Deseo sentirla entre mis brazos y estrecharla contra mi corazón. Deseo tenerla en mi casa hasta que mi cabeza sea tan blanca, como las nieves de la montaña. Deseo aspirar su aliento puro y extasiarme mirando sus ojos bellísimos. Si fuera una esclava, pagaría por ella lo que fuera. Pero ¡Ay de mí! No lo es…

–           No es una esclava pero pertenece a la familia de Quintiliano. ¿Por qué no le pides que te la ceda?

–           ¡Cómo si no los conocieras!…Tú sabes que Publio es muy diferente a las demás personas y en ese matrimonio, ambos la tratan como si fuera su verdadera hija.

Petronio se queda reflexivo, se toca la frente y luego dice con impotencia:

–           No sé qué decirte, Marco Aurelio mío. Conozco a Publio Quintiliano, quién aun cuando censura mi sistema de vida; en cierto modo me estima y me respeta más, pues sabe que no soy como la canalla de los íntimos de Enobarbo; exceptuando dos o tres como Séneca y Trhaseas… –levanta las manos con desconcierto y agrega- Si crees que algo puedo hacer acerca de este asunto, estoy a tus órdenes.

–           Creo que sí puedes…  Tienes influencia sobre Publio y además tu ingenio te ofrece inagotables recursos. ¡Si quisieras hacerte cargo de la situación y hablar con él!

–           Tienes una idea exagerada de mi ingenio y de mis recursos. Pero si no deseas más que eso, hablaré con Publio lo más pronto posible. Yo te avisaré…

–           Te estaré esperando.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

11.- IGLESIA NACIENTE


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El alba pinta su esplendor en el oriente.

Jesús pasea con su Madre por los escalones de la ladera del Getsemaní. No median palabras, sólo miradas de inefable amor. Han hablado las dos almas: la de Cristo y la de la Madre de Cristo y ahora lo que hay es una recíproca contemplación de amor.

La conoce la naturaleza asperjada de rocío y la pura luz matutina; la conocen esas delicadas criaturas de Dios que son las hierbas y las flores, los pájaros y las mariposas. Los hombres están ausentes.

La aurora ha surgido completamente.

Se oyen las voces de los apóstoles. Es una señal para Jesús y María. Se detienen. Se miran, el Uno enfrente de la Otra.

Jesús abre los brazos y estrecha a su madre contra su pecho. ¡Oh, vaya que si es un Hombre, un Hijo de Mujer! ¡Para creerlo basta mirar este adiós! El amor rebosa en una lluvia de besos a su Madre amadísima.

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El amor cubre de besos al Hijo amadísimo. Parece que no puedan separarse. Y cuando ya parece que vayan a hacerlo, otro abrazo los une de nuevo y entre los besos, palabras de recíproca bendición…

¡Oh, verdaderamente es el Hijo del Hombre despidiéndose de la Mujer que lo engendró! ¡Verdaderamente es la Madre que da el adiós para restituirlo al Padre, a su Hijo la Prenda del Amor a la Purísima!…

¡Dios besando a la Madre de Dios!…

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La Mujer como criatura se arrodilla a los pies de su Dios, que es también su Hijo…

Y el Hijo que es Dios impone las manos sobre la cabeza de la Madre Virgen, de la eterna Amada. Y la bendice en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Luego se inclina y la levanta, depositando un último beso en la blanca frente que como pétalo de azucena, luce bajo el oro de los cabellos ¡Tan juveniles todavía!…

Regresan hacia la casa y ninguno, viendo con qué serenidad caminan el Uno al lado de la Otra; pensaría en la onda de amor que poco antes los ha desbordado.

¡Pero qué diferencia en este adiós, respecto a la tristeza de otras despedidas ya superadas y respecto a la desgarradora congoja del Adiós de la Madre a su Hijo al que habían dado muerte y había que dejarlo solo en el Sepulcro!…

En esta despedida aunque los ojos brillen con ese llanto que es natural en quien está para separarse de su Amado, los labios sonríen con la alegría de saber que este Amado va a la Morada que en razón de su Gloria le corresponde…

Pedro dice:

–           ¡Señor! Fuera están entre el monte y Betania todos los que, como habías dicho a tu Madre, querías bendecir hoy.

Jesús contesta:

–           Bien. Ahora vamos donde ellos. Pero antes venid. Quiero compartir con vosotros una vez más el pan.

Entran en la habitación donde diez días antes estaban las mujeres para la cena del decimocuarto día del mes.

María acompaña a Jesús hasta allí y luego se retira.

Se quedan Jesús y los once.

En la mesa hay carne asada, pequeños quesos y aceitunas pequeñas y negras, un ánfora de vino y otra, más grande; de agua y panes anchos. Una mesa sencilla, no dispuesta para una ceremonia de lujo, sino sólo por la necesidad de nutrirse.

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Jesús señala los lugares y luego ofrece y divide. Está en el centro, entre Pedro y Santiago de Alfeo. Juan, Judas de Alfeo y Santiago están frente a Él; Tomás, Felipe y Mateo, a un lado; Andrés, Bartolomé y el Zelote, al otro lado. Así, todos pueden ver a su Jesús…

Una comida de breve duración y silenciosa.

Los apóstoles, llegado el último día de cercanía de Jesús y a pesar de las sucesivas apariciones colectivas o individuales desde la Resurrección; apariciones llenas de amor, no han perdido ni un momento esa devotísima compostura que ha caracterizado sus encuentros con Jesús Resucitado.

La comida ha terminado.

Jesús abre las manos por encima de la mesa, con su gesto habitual ante un hecho inevitable…

Y dice:

–           Bien… Ha llegado la hora en que debo dejaros para volver a Mi Padre. Escuchad las últimas palabras de vuestro Maestro. No os alejéis de Jerusalén en estos días. Lázaro, con el cual he hablado se ha preocupado una vez más de hacer realidad los deseos de su Maestro y os cede la casa de la última Cena, para que dispongáis de una casa donde reunir a la asamblea y recogeros en oración.

Estad dentro de esta casa en estos días y orad asiduamente para prepararos a la venida del Espíritu Santo, que os completará para vuestra misión.

Recordad que Yo siendo Dios, me preparé con una severa penitencia a mi ministerio evangelizador. Vuestra preparación será siempre más fácil y más breve. Pero no exijo más de vosotros. Me basta con que oréis con asiduidad, en unión con los setenta y dos y bajo la guía de mi Madre, la cual os confío con solicitud filial.

Ella será para vosotros Madre y Maestra, de amor y sabiduría perfectos.

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Habría podido enviaros a otro lugar para prepararos a recibir al Espíritu Santo. Pero no. Quiero que permanezcáis aquí. Porque es Jerusalén la que negó, es Jerusalén la que debe admirarse por la continuación de los prodigios divinos, dados en respuesta a sus negaciones.

Después el Espíritu Santo os hará comprender la necesidad de que la Iglesia surja justamente en esta ciudad; la cual juzgando humanamente, es la más indigna de tener a la Iglesia.

Pero Jerusalén sigue siendo Jerusalén, a pesar de estar henchida de pecado y a pesar de que aquí se haya verificado el deicidio. Nada la beneficiará. Está condenada.

Pero, aunque ella esté condenada, no todos sus habitantes lo están. Permaneced aquí por los pocos justos que tiene en su seno; permaneced aquí porque ésta es la ciudad regia y la ciudad del Templo.

Y porque como predijeron los profetas; es aquí donde ha sido ungido, aclamado y exaltado el Rey Mesías. Y aquí debe comenzar su soberanía en el mundo y es aquí, en este lugar en que Dios ha dado libelo de repudio a la sinagoga a causa de sus demasiado horrendos delitos; dónde debe surgir el Templo nuevo al que acudirán gentes de todas las naciones.

Leed a los profetas (Isaías 2, 1-5; 49, 5-6; 55, 4-5; 60; Miqueas 4, 1-2; Zacarías 8, 20-23). Todo está en ellos predicho.

Primero mi Madre y después el Espíritu Paráclito, os harán comprender las palabras que los profetas dijeron para este tiempo. Permaneced aquí hasta que Jerusalén os repudie a vosotros como me ha repudiado a mí; hasta que odie a mi Iglesia como me ha odiado a mí y maquine planes para exterminarla.

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Entonces llevad la sede de esta amada Iglesia mía a otro lugar, porque no debe perecer. Os digo que ni siquiera el Infierno prevalecerá contra ella. Pero si Dios os asegura su protección, no por ello tentéis al Cielo exigiendo todo del Cielo.

Id a Efraím, como fue vuestro Maestro porque no era la hora de que fuera capturado por los enemigos. Os digo Efraím para deciros tierra de ídolos y paganos. Pero no será Efraím de Palestina la que deberéis elegir como sede de mi Iglesia.

Recordad cuántas veces a vosotros congregados o a uno de vosotros individualmente, os he hablado de esto, prediciéndoos que ibais a tener que pisar los caminos de la Tierra para llegar al corazón de ella y enclavar allí mi Iglesia; porque es desde el corazón del hombre, que la sangre se propaga a todos los miembros.

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Y desde el corazón del mundo (Roma), el cristianismo se debe propagar a toda la Tierra. Por ahora mi Iglesia es como una criatura ya concebida pero que todavía se está formando en la matriz.

Jerusalén es su matriz y en su interior el corazón aún pequeño, en torno al cual se congregan los pocos miembros de la Iglesia naciente, envía sus pequeñas ondas de sangre a estos miembros.

Pero cuando llegue la hora señalada por Dios, la matriz madrastra expelerá a la criatura que se habrá formado en su seno y ésta irá a una tierra nueva, donde crecerá y se hará un Cuerpo Grande extendido por toda la Tierra…

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Y los latidos del fuerte corazón de la Iglesia se propagarán por todo su gran Cuerpo. Los latidos del corazón de la Iglesia, rotos todos los vínculos de ésta con el Templo; eterna ella y victoriosa sobre las ruinas del Templo finado y destruido; de la Iglesia que vivirá en el corazón del mundo.

Anunciarán a hebreos y gentiles que sólo Dios triunfa y obtiene lo que quiere, a cuyo deseo ni la rabia de los hombres, ni ejércitos de ídolos podrán oponérsele…

Pero esto vendrá después y cuando llegue ese tiempo, sabréis cómo actuar. E1 Espíritu de Dios os guiará. No temáis. Por ahora congregad en Jerusalén la primera asamblea de los fieles.

Se irán formando diversos grupos y reuniones según el número de fieles. En verdad os digo que los ciudadanos de mi Reino aumentarán rápidamente como semillas echadas en óptima tierra. Mi pueblo se propagará por toda la Tierra.

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El Señor dice al Señor: “Por haber hecho esto y no haber eludido tu entrega por mí, te bendeciré y multiplicaré tu estirpe como las estrellas del cielo y como las arenas que hay en la playa del mar. Tu descendencia poseerá la puerta de sus enemigos y en ella serán bendecidas todas las naciones de la Tierra”(Génesis 22,15-18).

Donde mi Nombre, mi emblema, mi Ley, sean tenidos como soberanos, allí estará mi Bendición.

Está por venir el Espíritu Santo, el Santificador y vosotros quedaréis henchidos de Él. Tratad de estar puros, como todo lo que debe acercarse al Señor. Yo también Soy el Señor como Él. Pero había revestido mi Divinidad con un velo para poder estar entre vosotros y no sólo para adoctrinaros y redimiros con los órganos y la sangre de este velo.

Sino también para que el Santo de los Santos estuviera entre los hombres, eliminando la barrera para todos los hombres incluso para los impuros, de no poder posar sus ojos, sobre Aquel a Quién los serafines no se atreven a mirar.

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Pero el Espíritu Santo vendrá sin velo de carne y se posará sobre vosotros y descenderá a vosotros con sus siete dones y os aconsejará.

Ahora bien, el consejo de Dios es una cosa tan sublime, que es necesario prepararse para él con la voluntad heroica de una perfección, que os haga semejantes al Padre vuestro y a vuestro Jesús. Y a vuestro Jesús en su relación con el Padre y con el Espíritu Santo.

Así pues, caridad y pureza perfectas para poder comprender al Amor y recibirlo en el trono del corazón.

Sumergíos en el abismo de la Oración y la contemplación…

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¿Os acordáis de mis palabras de la última Cena? Os prometí el Espíritu Santo.

Pues bien, está para llegar para bautizaros no ya con agua, como hizo con vosotros Juan preparándoos para Mí. Sino con el fuego, para prepararos a que sirváis al Señor tal y como Él quiere que vosotros lo sirváis.

Mirad, Él estará aquí dentro de no muchos días.  Después de su venida vuestras capacidades aumentarán sin medida y seréis capaces de comprender las palabras de vuestro Rey y hacer las obras que Él ha dicho que se hagan, para extender su Reino sobre la Tierra.

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Le preguntan interrumpiéndole:

–           ¿Entonces vas a reconstruir el Reino del Israel, después de la venida del Espíritu Santo?

Jesús contesta:

–           Ya no existirá el Reino de Israel sino mi Reino, que se verá cumplido cuando el Padre ha dicho. No os corresponde a vosotros conocer los tiempos ni los momentos que el Padre se ha reservado en su poder.

Pero vosotros, entretanto, recibiréis la virtud del Espíritu Santo que vendrá a vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en Judea y en Samaria y hasta los confines de la Tierra, fundando las asambleas.

En los lugares en que estén reunidas personas en mi Nombre, bautizando a las gentes en el Nombre Santísimo del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo; como os he enseñado, para que tengan la Gracia y vivan en el Señor. Predicando el Evangelio a todas las criaturas; enseñando lo que os he enseñado; haciendo lo que os he mandado hacer. Y Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.

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Una cosa más quiero y es que quien presida la asamblea de Jerusalén sea mi hermano Santiago. Pedro, como jefe de toda la Iglesia, deberá emprender a menudo viajes apostólicos, porque todos los neófitos desearán conocer al Pontífice jefe supremo de la Iglesia.

Pero grande será el predicamento que ante los fieles de la naciente Iglesia, tendrá mi hermano.  Los hombres son siempre hombres y ven las cosas como hombres. A ellos les parecerá que Santiago sea una continuación de Mí, por el simple hecho de ser pariente mío.

En verdad digo que es más grande y más semejante al Cristo por la sabiduría que por el parentesco. Pero así es, los hombres que no me buscaban mientras estaba en medio de ellos, ahora me buscarán en aquel que es primo hermano mío.

Tú, Simón Pedro… Tú estás destinado a otros honores…

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Pedro contesta:

–           Que no merezco, Señor. Te lo dije cuando te me apareciste y te lo digo en presencia de todos una vez más. Tú eres bueno, divinamente bueno además de sabio. Y cabal ha sido tu juicio sobre mí. Yo renegué de ti en esta ciudad. Cabalmente has juzgado que no reúno las condiciones para ser su jefe espiritual. Quieres evitarme muchos vituperios justos…

Santiago interviene y dice:

–           Todos fuimos iguales menos dos, Simón. Yo también huí. No es por esto sino por las razones que ha expresado, por lo que el Señor me ha destinado a mí a este puesto. Pero tú eres mi Jefe, Simón de Jonás y como tal te reconozco. En la presencia del Señor y de todos los compañeros, te profeso obediencia. Te daré lo que pueda para ayudarte en tu ministerio; pero te lo ruego, dame tus órdenes porque tú eres el Jefe y yo el súbdito.

Cuando el Señor me ha recordado una conversación ya lejana, he agachado la cabeza diciendo: “Hágase lo que Tú quieres”. Esto mismo te diré a ti a partir del momento en que habiéndonos dejado el Señor, tú seas su Representante en la Tierra. Y nos amaremos ayudándonos en el ministerio sacerdotal.

De esta manera Santiago finaliza, inclinándose desde su sitio para rendir homenaje a Pedro.

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Jesús confirma:

–          Sí. Amaos unos a otros, ayudándoos recíprocamente, porque éste es el mandamiento nuevo y la señal de que sois verdaderamente de Cristo. No os turbéis por ninguna razón. Dios está con vosotros. Podéis hacer lo que quiero de vosotros. No os impondría cosas que no pudierais hacer, porque no quiero vuestra perdición sino vuestra gloria.

Mirad, voy a preparar vuestro lugar junto a mi trono. Estad unidos a mí y al Padre en el amor. Perdonad al mundo que os odia. Llamad hijos y hermanos a los que se acerquen a vosotros o a los que ya están con vosotros por amor a mí.

Tened la paz de saber que siempre estoy preparado para ayudaros a llevar vuestra cruz. Yo estaré con vosotros en las fatigas de vuestro ministerio y en la hora de las persecuciones.

Y no pereceréis, no sucumbiréis, aunque así lo parezca a los que ven las cosas con los ojos del mundo. Sentiréis peso, aflicción, cansancio, seréis torturados, pero mi gozo estará en vosotros, porque os ayudaré en todo.

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En verdad os digo que cuando tengáis como Amigo al Amor, comprenderéis que todas las cosas sufridas y vividas por amor a mí se hacen ligeras, aun las duras torturas del mundo.

Porque para aquel que reviste todas sus acciones, voluntarias o impuestas de amor; el yugo de la vida y del mundo se le transforman en yugo recibido de Dios, recibido de Mí. Y os repito que mi carga está siempre proporcionada a vuestras fuerzas y que mi yugo es ligero; porque Yo os ayudo a llevarlo.

Sabéis que el mundo no sabe amar. Pero vosotros de ahora en adelante, amad al mundo con amor sobrenatural, para enseñarle a amar. Y si os dicen al veros perseguidos:

–           “¿Así os ama Dios?

–           ¿haciéndoos sufrir?

–           ¿dándoos dolor?

–           Entonces no vale la pena ser de Dios.

Responded: “El dolor no viene de Dios. Pero Dios lo permite. Nosotros sabemos el motivo de ello y nos gloriamos de tener la parte que tuvo Jesús Salvador, Hijo de Dios”.

Responded: “Nos gloriamos si nos clavan en la cruz, nos gloriamos de continuar la Pasión de nuestro Jesús”. Responded con las palabras de la Sabiduría (Sabiduría 2, 23-24): “La muerte y el dolor entraron en el mundo por envidia del demonio. Pero Dios no es autor de la muerte ni del dolor, ni se goza del dolor de los vivientes. Todas sus cosas son vida y todas son salutíferas”.

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Responded: “A1 presente parecemos perseguidos y vencidos, pero en el día de Dios, cambiadas las tornas, nosotros, justos, perseguidos en la Tierra, estaremos gloriosos frente a los que nos vejaron y despreciaron”.

Pero decidles también: “¡Venid a nosotros! Venid a la Vida y a la Paz. Nuestro Señor no quiere vuestra perdición, sino vuestra salvación. Por esto ha entregado a su Hijo Unigénito, para la salvación de todos vosotros”.

Y alegraos de participar en mis padecimientos para poder estar después conmigo en la gloria. “Yo seré vuestra desmesurada recompensa” promete en Abraham (Génesis 15, 1) el Señor a todos sus siervos fieles. Sabéis cómo se conquista el Reino de los Cielos: con la fuerza; y a él se llega a través de muchas tribulaciones. Pero el que persevere como Yo he perseverado estará donde estoy Yo.

Ya os he dicho cuál es el camino y la puerta que llevan al Reino de los Cielos. Y Yo he sido el primero en caminar por ese camino y en volver al Padre por esa puerta.

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Si existieran otros os los habría mostrado, porque siento compasión de vuestra debilidad de hombres.

Pero no existen otros…

Al señalároslos como único camino y única puerta también os digo cuál es la medicina que da fuerza para recorrerlo y entrar. Es el amor. Siempre el amor.

Todo se hace posible cuando en nosotros está el amor. Y el Amor que os ama, os dará todo el amor; si pedís en mi Nombre tanto amor como para haceros atletas en la santidad.

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

191.- LA ÚLTIMA LLAMADA


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Bajo el cielo de un hermoso amanecer de Abril, que canta sus alabanzas al creador; Jesús camina entre los huertos y los olivares en flor. Y los pétalos bañados de rocío brillan al contacto de los primeros rayos de la aurora que un viento perfumado, mece suavemente.

Las tiernas hojas de las vides y de todas las plantas, junto con el perfume de las flores y el cantar de los pajarillos, parecen saludarlo en un hosanna mañanero.

Lo acompañan los Doce.

Y Él en medio de ellos, les dice:

–                       Todo lo que ha sucedido es solo el comienzo de una cadena por la que será condenado el Hijo del Hombre. Debemos prepararnos tanto vosotros, como mi Madre, para hacer frente a la maldad humana.

El hombre jamás de improviso se hace experto en el bien, como en el Mal. Sube o se hunde gradualmente. Lo mismo sucede respecto al dolor. Por eso debemos robustecer el corazón. Todos. En el bien, en el mal o en el dolor. Y sin embargo, no hemos llegado a la cima. Todavía no la hemos tocado. ¡Es tan grande! Quiero ahora que conozcáis el sentido de las profecías, para que nada os quede oscuro.

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Os ruego que estéis conmigo lo más posible. Durante el día estaré con todos. Por la noche os suplico que no os alejéis de Mí. No quiero sentirme solo…

Jesús está muy triste.

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Los apóstoles lo ven y se angustian.

Se le acercan y Judas se porta como si fuera el más cariñoso de todos…

Jesús los acaricia y continúa:

–                       Quiero que conozcáis mejor al Mesías. En las profecías están dibujados mi amanecer y mi crepúsculo; mejor de lo que hubiera podido hacerlo un pintor. El alba y el anochecer son las dos fases que lo profetas mejor pintaron.

El Mesías que bajó del Cielo. El Justo que las nubes soltaron como lluvia bendita sobre la tierra. El Retoño hermoso va a ser entregado a la muerte. Va a ser despedazado como un cedro bajo el rayo.

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Hablemos de su muerte…

No suspiréis. No mováis la cabeza. No murmuréis en vuestros corazones. No maldigáis a los hombres. De nada sirve… Subiremos a Jerusalén. La Pascua ya está próxima.

Este mes será para vosotros el primero del año. Este mes será para el Mundo, el principio de una nueva Era. Jamás conocerá fin. Inútilmente de vez en cuando se tratará de poner otro mes en su lugar. Son muchos los que están a punto de alimentarse del Cordero.

Una multitud que no puede contarse y que asiste a un banquete sin límite de tiempo. Y no es necesario que haya fuego, porque no habrá sobras. Aquellas partes que serán ofrecidas o rechazadas por el Odio, serán consumidas por el fuego mismo de la Víctima, por su Amor.

Os amo, ¡Oh, Hombres! A vosotros Doce. Amigos míos en quienes están las Doce tribus de Israel y las trece veces del Linaje Humano. Todo lo he juntado en vosotros. Y todo en vosotros lo veo reunido. Todo…

Iscariote pregunta:

–                       Pero en las venas del cuerpo de Adán, están también las de Caín. Ninguno de nosotros ha levantado su mano contra su compañero. ¿Dónde está pues Abel?

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Jesús responde:

–                       Tú lo has dicho. En las venas del cuerpo, están también las de Caín. Yo soy Abel. Os amo aunque vosotros no me améis. El Amor apresura y realiza la obra de los sacrificadores.

Yo Soy el Cordero de Dios. El que es como el Padre no envejece en su Divinidad. Sólo hay una cosa que lo aniquila: la desilusión de haber venido en vano para muchos.

Cuando sepáis como fue matado y lo veáis transformado en un leproso cubierto de llagas, decid: “De esto no murió. Sino porque los que más amaba lo desconocieron y rechazaron por su demasiada tendencia hacia lo humano.”

El tiempo es como un relámpago en relación con la eternidad. Cuando llega la muerte, aún la vida más larga se reduce a nada. Y siempre es polvo el honor y el oro; para el hombre que tanto se fatigó y el sabor insensato que se tuvo por el fruto, se pierde. ¿Mujeres? ¿Dinero? ¿Poder? ¿Ciencia? ¿Qué queda de todo eso? Nada. Sólo la conciencia y el juicio de Dios ante él.

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Pues se presenta la pobre conciencia sin protección humana alguna, pero sí cargada con el peso de sus acciones, a lo largo de su existencia terrenal.

Por eso les digo: ‘Tomad mi Sangre y ponedla sobre vuestro corazón muerto’ Y Yo digo al Padre que espera: “Mira. No los rechaces. Porque rechazarías tu sangre.” Pero a mi Sangre debe unirse vuestro arrepentimiento.

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Sin éste que es amargo pero saludable, inútilmente habré muerto por vosotros.

Vosotros veis como en Mí no se da la tristeza del vencido, ni la vengativa del perverso. Sino sólo la ecuanimidad de quién ve a qué punto puede llegar la posesión de Satanás en el hombre. Vosotros estáis viendo como pudiendo reducir a cenizas con sólo una chispa de mi voluntad; por tres años he extendido mis manos como invitación amorosa a todos, sin descanso. Y todavía estas manos mías se extenderán para ser heridas.

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El Demonio más astuto se ha metido en el hombre más corrompido. Y como el veneno está oculto en el diente del áspid, así está encerrado en él creando un monstruo híbrido que es Satanás y hombre. A él le digo lo mismo que dije a Jerusalén: “¡Oh, sí en esta hora que se te ha concedido, supieses venir a tu Salvador!”

¡No hay amor mayor que el mío! ¡No hay poder mayor! El Mismo Padre asiente si afirmo ‘Quiero’ No sé decir otras palabras que de piedad para aquellos que han caído y que del Abismo me tienden sus brazos.

¡Oh, Alma del más Grande Pecador! Tu Salvador en los umbrales de la muerte se inclina sobre tu abismo y te invita a tomar su mano. No evitaré la muerte… Pero tú te salvarías. Tú a quién amo todavía…

El alma de tu amigo no se estremecería de horror al pensar que por causa tuya debe conocer el horror de la muerte. Y de ESTA muerte concreta…

Jesús oprimido… Calla.

Los apóstoles en voz baja se preguntan:

–                       ¿Pero de quién está hablando?

–                       ¿Quién es?

Judas miente desvergonzado:

–                       Ciertamente ha de ser uno de los falsos fariseos. Me imagino que ha de ser de José o Nicodemo. O tal vez Cusa y Mannaém. Tienen mucho que perder y bienes que proteger. Tal vez Herodes o el Sanedrín… ¡Él se fió mucho de ellos! ¿No os disteis cuenta de que tampoco ayer estuvieron presentes? No tienen el valor de estar con Él…

Jesús se adelanta y llega a donde están los discípulos. Han llegado hasta un otero  cercano a Jerusalén. Se sientan a descansar bajo la sombra de una arboleda.

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Después, Jesús se levanta y se dirige hacia la parte alta de la colina. Su alta estatura se dibuja clara en el vacío y le sirve de marco y parece aún mucho más alto. Cruza sus manos sobre su pecho, sobre su manto azul rey. Observa la ciudad que se extiende a sus pies. Con una mirada severa…

La ve en todos sus rincones. Sus elevaciones, sus casas, sus calles… Detiene su mirada sobre algunos lugares en específico… Y se pone a llorar sin estremecimiento alguno.

Lágrimas silenciosas le resbalan por sus mejillas y caen… Lágrimas envueltas en un silencio y tristeza como las que se deben llorar solo, sin esperanza de consuelo o de comprensión. Como las de quien debe llorar por un dolor que no puede ser evitado…  Y debe sufrirse completamente.

Santiago el  hermano de Juan, es el primero que nota ese llanto… Y lo dice a los demás. Que se miran mutuamente, sorprendidos.

Pedro y Juan se levantan y se le acercan. Los demás también hacen lo mismo.

Juan pregunta:

–                       Maestro, ¿Por qué estás llorando?

Y apoya su rubia cabeza sobre la espalda de Jesús.

Pedro le pone su mano en la cintura, como si quisiera abrazarlo y le pregunta:

–                       ¿Qué te hace sufrir? Dínoslo a nosotros que te amamos.

Jesús apoya su rostro sobre la cabeza de Juan y con el otro brazo, abraza la espalda de Pedro.

Tres amigos. Pero el llanto continúa.

Juan siente que le cae alguna lágrima, vuelve a preguntarle:

–                       ¿Por qué lloras Maestro? ¿Te hemos causado algún dolor?

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Todos esperan ansiosos la respuesta:

–                       No. No me habéis causado ningún dolor. Sois mis amigos. Y la amistad cuando es sincera, es bálsamo. Es sonrisa. Pero nunca lágrimas.

Jesús extiende su mano derecha y señala hacia la ciudad:

–                       Allí está la corrupción. Vamos a entrar en Jerusalén y el Altísimo es el Único que sabe, como quisiera santificarla con la santidad del Cielo. Volver a santificar esta ciudad, que debería ser la Ciudad Santa. Pero no podré conseguir nada. Está corrompida.

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Los ríos de santidad que salen del Templo Vivo y que por algunos días seguirán corriendo, no serán suficientes para redimirla. La Samaría y el mundo pagano vendrán al Santo. Sobre los templos ficticios, se levantarán Templos al Dios Verdadero. Los corazones de los gentiles adorarán al Mesías.

Pero este Pueblo… Esta ciudad… No lo aceptará y su odio lo llevará  a cometer el mayor pecado. Lo cual debe suceder. Pero ¡Ay de aquellos que serán los instrumentos de tal delito! ¡Ay!…

Jesús tiene frente a Él a Judas y lo mira fijamente.

Pero él no baja su mirada y miente con descaro:

–                       Tal cosa no nos sucederá porque somos tus apóstoles. Creemos en Tí y estamos dispuestos a morir por Ti.

Los demás se unen a Judas.

Jesús, sin responder directamente al Apóstol Traidor, dice:

–                       Quiera el Cielo que así seáis. Pero todavía hay mucha debilidad en vosotros y la tentación podría volveros iguales  a los que me odian. Orad mucho y tened cuidado. Satanás sabe que está por ser vencido y quiere vengarse arrancándoos de Mí. Satanás nos rodea.

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A Mí, para impedirme cumplir con la Voluntad del Padre y mi Misión. A vosotros, para convertiros en sus esclavos. Estad atentos. Dentro de aquellos muros, Satanás se apoderará de quién no supo ser fuerte. Aquel para el cual será una maldición el haber sido Elegido. Porque habrá hecho de su elección, un fin humano. Os elegí para el Reino de los Cielos y no para el mundo. Recordadlo.

Y tú, ciudad que quieres tu ruina y por quién lloro. Ten en cuenta que tu Mesías ruega por tu redención. ¡Oh, sí al menos en esta hora que te queda quisieras venir a Quién sería tu felicidad! ¡Si comprendieses en esta Hora, el amor que puse en medio de ti y te despojases del Odio que te ciega y te hace loca! ¡Que hace que seas cruel para contigo y que rechaces tu bien!

¡Pero vendrá el día en que te acordarás de esta hora! ¡Será demasiado tarde para llorar y para arrepentirte! ¡Habrá pasado el amor y desaparecido entre tus calles y sólo se quedará el Odio que has preferido! Y el Odio te odiará a ti y a tus hijos… Porque lo quisiste.

El Odio se paga con Odio. No se tratará del Odio del fuerte,  contra el Inerme; sino del Odio contra el Odio. Y por lo tanto la guerra y la muerte…

Rodeada de trincheras y de ejércitos. Te irás debilitando, antes de ser destruida. Y verás caer a tus hijos bajo la fuerza de las armas, bajo el hambre. Los que sobrevivan serán tomados prisioneros y escarnecidos. Pedirás misericordia, pero no la encontrarás, porque no has querido conocer tu salvación.

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     Lloro, amigos. Porque soy humano y lamento las ruinas de mi patria… La Misericordia compadece las desventuras de una ciudad culpable, pero la Justicia no puede compadecer sus costumbres, porque son precisamente éstas, las que producen las desventuras y el verlas, aumenta mi dolor.

Mi Ira contra los profanadores del Templo es consecuencia de que estoy viendo las desventuras de Jerusalén. Las profanaciones del Culto Divino, de la Ley Divina, provocan los castigos del Cielo.

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Al convertir la Casa de Dios en cueva de ladrones, los sacerdotes y los fieles indignos, atraen sobre todo el pueblo la maldición y la muerte. Y los males que sufre el pueblo, son porque Dios se retira y el Mal avanza. Este es el fruto de una vida nacional indigna del Nombre del Santo.

Dios llama con prodigios repetidos y cuando lo único que se atrae son la burla, la indiferencia y el Odio; tanto los hombres como las naciones recuerden que es inútil llorar, cuando primero rechazaron su salvación. Inútilmente me invocarán después de haberme echado fuera, con una guerra sacrílega que partiendo de cada conciencia entregada al Mal, se esparció por toda la nación.

Los países no se salvan con las armas; sino con una forma de vida que atraiga la protección del Cielo.

Pero es justo que se cumpla lo dicho, porque la corrupción avanza por sobre estos muros sobre todo límite e invoca el castigo de Dios. ¡Ay de los que tendrían que ser santos, para conseguir que los otros fueran honrados y sin embargo profanan el Templo; su ministerio y a sí mismos!

Venid. Mi intervención de nada servirá. Pero hagamos brillar la luz una vez más, sobre las Tinieblas.

Jesús desciende acompañado de los suyos. Callado. Serio. Parece muy  disgustado…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

 

179.- EL PODER DE DIOS


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Todos siguen a Jesús en silencio. Salen de la ciudad y se dirigen hacia el noreste a través de la campiña.

Enón, más arriba hacia el norte, es un puñado de casas. En este lugar estuvo el Bautista, en una gruta rodeada por una espesa vegetación y un manantial que después forma un río que va hasta el Jordán.

Dos días después…

Jesús está solo, sentado afuera de la gruta donde se despidió de su primo Juan. La aurora empieza a teñir de rosa el oriente y la floresta despierta con el canto de los pajarillos. Por el sendero se oye el ruido de un rebaño de ovejas, guiado por un jovencito. Una cabra se acerca a Jesús y se reclina a sus pies, dejando que la acaricie en la cabeza que reclina sobre sus rodillas. Las otras dos cabras se ponen a pastar junto con las ovejas.

El pastorcillo pregunta:

–                       ¿Quieres leche? No he ordeñado a dos que si no están llenas, topan a quien trate de hacerlo. Iguales que su patrón, que si no se llena de ganancias, nos pega con el bastón.

–                       ¿Eres un pastor que trabaja para otro?

–                       Soy huérfano. Soy solo y soy siervo. Estuvo casado con la tía de mi madre. Mientras vivió Raquel… pero hace meses que murió y yo soy muy infeliz. Llévame contigo. Estoy acostumbrado a vivir con nada. Seré tu siervo… por paga me basta un poco de pan. Aquí tampoco tengo nada. Si me pagara, me iría. Pero dice: “Este es dinero tuyo. Pero me quedo con él, porque te visto y te doy de comer.” ¡Mírame! Estos golpes son mi pan de ayer…  -y le enseña a Jesús los cardenales que tiene en los brazos y en su flaquísima espalda.

–                       ¿Qué hiciste?

–                       Nada. Tus discípulos hablaban del Reino de los Cielos y me puse a escucharlos. Era sábado. Me pegó tanto y tan fuerte, que ya no quiero estar con él. Tómame contigo o me escaparé. Vine aquí a buscarte. Tenía miedo de hablar. Pero Tú eres bueno…

–                       ¿Y el ganado? No querrás llevártelo…

1rebanos-de-ovejas-

–                       Lo llevaré al redil. Dentro de poco mi patrón irá al bosque a cortar leña. Se lo devuelvo y me voy. ¡Oh! ¡Tómame contigo!

–                       ¿Sabes Quién Soy yo?

–                       ¡Eres el Mesías! El Rey del Reino de los Cielos. Quién te sigue es feliz en la otra vida. No he gozado jamás aquí. Pero no me rechaces.  –y llora a los pies de Jesús, cerca de la cabra.

–                       ¿Cómo me conoces tan bien? ¿Me has oído hablar alguna vez?

–                       No. Ayer hablaron de Ti, Matías, Juan y Simeón. Y dijeron que estabas donde estaba el Bautista. Y luego Isaac… En éste he encontrado de nuevo a mi padre y a mi madre… él pagó por mi libertad. El patrón aceptó el dinero para burlarse de tu discípulo.

–                       Sabes muchas cosas. ¿Sabes a donde me dirijo?

–                       A Jerusalén. Pero en mi cara no llevo escrito que soy de Enón.

–                       Voy más lejos. Pronto me iré. No te puedo llevar conmigo.

–                       Tómame aunque sea por poco tiempo.

–                       ¿Y luego?

–                       Luego lloraré con los de Juan. Su maestro vivió aquí. Ellos fueron los primeros en decirme que la alegría que los hombres no proporcionan en la tierra, la da Dios en el Cielo a quien haya tenido buena voluntad. Para tenerla he recibido tantos golpes. Y he pasado mucha hambre, pidiendo a Dios que me diese esta paz. ¿Ves que he tenido buena voluntad? Si me rechazas ahora, ya no tendré esperanzas…  -llora sin hacer ruido, suplicando a Jesús con los ojos, más que con los labios.

–                       No tengo dinero para rescatarte. Ni siquiera sé si tu patrón lo aceptaría.

–                       Pero ya pagaron por mí. Hay testigos. Los principales de Enón. Elí, Leví y Jonás, lo vieron. Y echaron en cara a mi patrón su acción.

_1pastor_

–                       Si es así… Levántate y vamos.

–                       ¿A dónde?

–                       A ver a tu patrón.

–                       Tengo miedo. Ve Tú. Está entre aquellos árboles. Yo te espero aquí.

–                       No tengas miedo. Mira. Ahí vienen mis discípulos. No te hará ningún mal. Levántate. Vamos a Enón a buscar a los tres testigos y luego iremos a verlo. Dame la mano. Te dejaré con los discípulos que conoces. ¿Cómo te llamas?

–                       Benjamín.

–                       Tengo otros dos pequeños amigos, que se llaman como tú. Serás el tercero.

–                       ¿Amigo? ¡Es demasiado! Soy siervo…

–                       Del Señor Altísimo. De Jesús de Nazareth eres amigo. Ven. Reúne el ganado y vámonos.

Jesús se levanta y mientras el pastorcito junta su rebaño, llama a los apóstoles que rápidos se acercan…

Bartolomé dice.

–                       Señor, ¿Te has hecho pastor de cabras? Samaría puede ser llamada cabra… pero Tú…

–                       Yo soy el buen Pastor… Y cambio los cabros en corderos. Los niños son todos corderitos y éste es poco más que un niño.

Mateo pregunta, mirándolo fijamente:

–                       ¿No es acaso el muchacho que ayer, aquel hombre se llevó de mala manera?

Pedro lo confirma:

–                       Creo que sí. ¿Eras tú?

–                       Sí.

Mateo dice:

–                       ¡Pobre muchacho! ¡Tu padre no te quiere!

Benjamín contesta:

–                       ¡Es mi patrón! Yo no tengo otro padre más que Él.  –y señala a Jesús.

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Jesús propone:

–                       Así es. Los discípulos de Juan lo instruyeron. Consolaron su corazón y en el momento preciso el Padre de todos, quiso que nos encontráramos. Vamos a Enón por los tres testigos… Y luego iremos a donde está su patrón.

Pedro observa:

–                       ¿Para qué nos entregue al muchacho? ¿Dónde está el dinero? María distribuyó entre los pobres, lo último que traía.

–                       No necesitamos dinero. No es esclavo y su patrón ya recibió el dinero para liberarlo. Isaac pagó por el niño.

–                       ¿Y por qué no se lo entregó?

–                       Porque hay muchos que se burlan de Dios y de su prójimo. Vámonos a Enón.

Todos van a Enón.

Entran a la casa del anciano Elí, guiados por el muchacho. Es un viejo de ojos nublados por los años. Pero todavía vigoroso.

Benjamín le dice:

–                       Elí. El Rabí de Nazareth me toma consigo, si…

Elí contesta:

–                       ¿Te toma? Es lo mejor que pudo suceder. Aquí terminarías por ser un malvado. El corazón se endurece cuando la injusticia es demasiada. Y es muy dura. ¿Lo encontraste? El Altísimo ha escuchado tu llanto; aun cuando eres un samaritano. Dichoso tú que puedes seguir la Verdad, sin que nadie te lo impida. Ni siquiera la voluntad de tus padres. Hoy se ve que es una providencia, lo que muchos años pareció un castigo. ¡Dios es bueno! pero, ¿Qué se te ofrece? ¿Mi bendición? Te la doy como el Anciano del lugar.

–                       Quiero tu bendición porque eres bueno. Vine también para que tú, Leví y Jonás fueseis con el Rabí, a ver a mi patrón, para que no pida más dinero.

–                       ¿Dónde está el rabí? Ya estoy viejo y casi no veo. No conozco al Rabí.

–                       Está aquí. Delante de ti.

–                       ¿Aquí? ¡Poder Eterno!  -el viejo se levanta y se inclina ante Jesús, diciendo- Perdona al viejo de ojos empañados. Te saludo porque hay un solo justo en  todo Israel. Y ése eres Tú. Vamos. Leví está en su huerto y trabaja en su lagar. Y Jonás en sus quesos.

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El viejo se levanta. Es alto como Jesús, no obstante que la edad lo ha encorvado. Empieza a caminar tentando las paredes y con la ayuda de su bastón.

Jesús lo saluda dándole la paz y lo ayuda a caminar.

Benjamín va a al redil.

El viejo dice:

–                       Eres bueno. Pero Alejandro es una bestia. Un lobo. No sé si… Yo soy rico y puedo darte el dinero suficiente en caso de que Alejandro quisiera más. Mis hijos no tienen necesidad de mi dinero. Casi voy a cumplir cien años y el dinero no sirve para la otra vida. Una acción buena, sí que tiene valor…

Jesús pregunta:

–                       ¿Por qué no la hiciste antes?

Elí contesta:

–                       No me lo reproches Rabí. Yo daba de comer al muchacho. Y lo consolaba, para que no se hiciese malo. Alejandro tiene un carácter que puede hacer feroz a una paloma. Pero nadie podía quitarle al muchacho…  Tú te vas lejos, pero nosotros nos quedamos aquí. Y todos tienen miedo a sus venganzas.  Un día, uno de Enón trató de defender al niño, porque cuando estaba borracho le pegaba y él,  no sé cómo; logró envenenar su ganado…

–                       ¿No es un prejuicio?

–                       No. Esperó muchos meses…  Cuando llegó el invierno y las ovejas estaban en el redil; envenenó el agua del depósito. Bebieron, se hincharon y murieron. Todas.

1pastores

Todos aquí somos pastores y comprendimos. Para estar seguros de que había pasado, dimos de comer unos pedazos de carne a un perro… y éste también se murió. Hubo quién vio a Alejandro entrar al redil… ¡Oh! ¡Es muy malo! Le tenemos miedo… Es muy cruel. Siempre está borracho por la noche. Es despiadado con todos los suyos. Ahora que todos ya murieron, tortura al muchacho…

–                       Entonces no vengas si…

–                       ¡No! Voy. La verdad hay que decirla… Oigo el golpear de un martillo, es Leví.  –y lo llama.

Un hombre menos viejo, se acerca. Lo saluda y…

Leví le pregunta:

–                       ¿Qué se te ofrece, amigo?

Elí contesta:

–                       Conmigo está el Rabí de Galilea. Vino a llevarse a Benjamín. Ven. Alejandro está en el bosque. Ven a dar testimonio de que él recibió ya el dinero, de manos de aquel discípulo…

–                       Voy. Yo sabía que el Rabí es bueno. ¡La paz sea contigo!  -deja el martillo y se va con ellos.

Pronto llegan al redil de Jonás. Lo llaman. Le explican… él también se agrega al grupo.

Elí dice a Jesús:

–                       ¡Con qué gusto te vería! Tu voz es dulce y suave como tu mano que guía a un viejo ciego. Suave y fuerte. Si tu aspecto es como tu mano, feliz quién te ve…

Jesús contesta:

–                       Es mejor oírme que verme. Hace que el espíritu sea más santo.

–                       Es verdad. He oído hablar de Ti…  Pero, ¿No es ése un ruido de sierras?

–                       Sí.

–                       Entonces no está lejos. ¡Llamadlo! quedaos aquí. Si puedo hacerlo por Mí mismo, no os llamaré. No os dejéis ver, si no os llamo.

Y Jesús se adelanta y con voz fuerte lo llama:

–                       ¡Alejandro!

El hombre contesta:

–                       ¿Qué cosa? ¿Quién eres? -Gritando…

Es un anciano de duro perfil, con tórax y musculatura de Gladiador. ¡Sus golpes han de ser brutales!

1gladiador

Jesús dice:

–                       Soy Yo. Un Desconocido que te conoce. Vengo a tomar lo que es mío.

Alejandro se burla:

–                       ¿Lo tuyo? ¡Ja, Ja, ja!  ¿Qué tienes en este bosque, que es mío?

–                       Aquí nada. Benjamín que está en tu casa, es mío.

–                       ¡Estás loco! ¡Benjamín es mi siervo!

–                       Y pariente tuyo. Eres su verdugo. Un enviado mío te dio el dinero que pediste por el muchacho. Te quedaste con él y no le dejaste ir. Mi enviado, hombre de paz… No hizo nada. He venido para que se haga justicia.

–                       Tu enviado se habrá bebido el dinero. Yo no he recibido nada. Me quedo con Benjamín. Lo quiero mucho.

–                       No es verdad. Lo odias. Te quedaste con la herencia que le corresponde. No mientas. Dios castiga a los mentirosos.

–                       Que no recibí nada de dinero. Si hablaste con mi siervo, ten en cuenta que es un astuto mentiroso. Lo castigaré porque me ha calumniado. ¡Adiós!   -y le voltea la espalda e intenta irse.

–                       Cuidado, Alejandro. Que Dios está presente. No desafíes su bondad.

–                       ¡Dios! ¿Acaso es el encargado de cuidar mis bienes?  Soy yo quien los cuido y guardo.

–                       ¡Ten cuidado con lo que dices!

–                       ¿Quién eres, miserable galileo? ¿Cómo te atreves a regañarme? No te conozco.

–                       Me conoces. ¡Soy el Rabí de Galilea! Y…

–                       ¡Ah, sí! ¿Y crees infundirme miedo? ¡No temo a Dios, ni a Belcebú! ¿Y quieres que tema?…  ¿Qué tema a un loco? ¡Vete, vete!  Déjame en paz. Vete, te lo digo.  No me mires. ¿Crees que tus ojos me infundirán miedo? ¿Qué quieres ver?

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–                       No tus delitos, porque los conozco todos. TODOS. Aun los que nadie conoce. Pero quiero ver si comprendes que esta es la última hora, que Dios te concede para que te arrepientas. Quiero ver si el remordimiento es capaz de partir tu corazón de piedra. Si…

Alejandro, que tiene en la mano el hacha, la lanza contra Jesús, que rápido se inclina. El hacha hace un arco sobre su cabeza y se clava en una tierna encina, que cae al suelo, espantando a los pájaros.

Los tres que estaban escondidos temen que Jesús haya sido golpeado y salen gritando.

Elí dice:

–                       ¡Quisiera ver! ¡Ver si realmente no está herido! Sólo para esto concédeme ver, ¡Dios Eterno!  -y se adelanta tropezando, porque pierde su bastón. ¡Llora!-    Un rayo de luz y luego las tinieblas. Pero ver sin esta neblina, que me impide ver los obstáculos…

Jesús lo consuela tocándolo y dejándose tocar:

–                       No me pasó nada padre.

Los otros dos empiezan a reprochar a Alejandro su modo violento. Sus injusticias. Sus mentiras y lo intiman a adorar al Mesías.

Éste responde:

–                       ¡Qué Dios me ciegue si miento y si he pecado! ¡Qué me ciegue antes que adorar a ese loco Nazareno! En cuanto a vosotros, me vengaré… Despedazaré a Benjamín como a esa planta…

Saca un cuchillo y se arroja para herirlos. Blasfemando de Dios, burlándose del ciego y atacando a los otros como bestia enfurecida…  Pero de repente tropieza y se detiene…

1ciegojerico

Se frota los ojos y grita:

–                       ¡No veo! ¡Auxilio! ¡Mis ojos!… ¡Oscuridad!… ¿Quién me salva?

También los otros gritan admirados:

–                       ¡Dios te escuchó! ¡Véngate ahora!

Jesús aconseja:

–                       No seáis como él. ¡No odiéis!

Y acaricia al viejo Elí, que lo único que le preocupa es que Jesús no esté herido.

Y para convencerlo dice:

–                       Levanta la cara, ¡Mira!

El milagro se realiza. Y se escucha un grito fuerte, lleno de felicidad…

El anciano Elí dice:

–                       ¡Veo! ¡Mis ojos! ¡La luz! ¡Bendito seas!

Y el anciano mira a Jesús con ojos brillantes. Y se postra a besarle los pies.

1jciego

Jesús dice:

–                       Nosotros dos nos vamos. Vosotros, llevad a ese pobre a Enón. Tenedle piedad, porque Dios lo ha castigado. Y es suficiente. Sea el hombre bueno en todo infortunio.

Alejandro exclama:

–                       Llévate al muchacho, las ovejas. Tómate el bosque, mi casa, mi dinero; pero devuélveme la vista. No se puede vivir así.

Jesús responde:

–                       No. Te dejo con todo lo que te hiciste malvado. Me llevo al inocente. Ya le hiciste padecer un martirio. Que en la oscuridad, tu alma pueda abrirse a la luz.

Jesús se despide y baja ligero con el viejo Elí, que parece haber rejuvenecido.

Y cuando llegan a Enón, toda la población se alegra con el milagro.

1pueblo

Jesús dice Benjamín:

–                       Ven. Vamos a Terza, donde nos esperan.

–                       ¿Estoy libre? Gracias, Elí.

Elí lo besa. Lo bendice y le dice:

–                       Perdona al infeliz.

–                       ¿Por qué? Perdonar, sí. ¿Pero por qué lo llamas infeliz?

–                       Porque blasfemó del Señor y la luz se apagó en sus ojos. Ya nadie le tendrá miedo. Está ciego e impotente. ¡Terrible es el poder de Dios!

Y se queda pensativo por lo que presenció…

Martha piensa en voz alta:

–                       Hay obstinados en el mal, que son indignos del perdón pues se burlan de él, como si fuera una debilidad.

Nique dice de improviso:

–                       Dentro de poco nos volveremos a encontrar a Judas de Keriot.  –y suspira.

Jesús se despide y el grupo continúa su camino a Terza; que está rodeada de olivares, viñedos y huertos.

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

 

102.- LEPROSO ESPIRITUAL


Al día siguiente…

Al amanecer. En una hermosa mañana primaveral, la aurora tiñe de rosa el cielo e ilumina las hermosas colinas. Los discípulos se están reuniendo a la entrada del pueblo, mientras esperan a los retrasados.

Mateo dice frotándose las manos:

–                     Es el primer día que no hace frío, después de la granizada.

Andrés exclama:

–                     ¡Ya era tiempo! Estamos en el mes de Adar.

Cada quién va dando diferentes impresiones respecto a esto y al viaje que continúa.

Juan dice:

–                     Lo que os ruego es que no mostréis fastidio; falta de ganas o algo semejante. Jesús está muy afligido. Ayer por la noche lloró. Yo lo vi cuando preparábamos la cena. En la terraza no estaba orando como creímos. Estaba llorando.

Todos le preguntan:

–                     ¿Por qué?

–                      ¿Se lo preguntaste?

–                     Sí. Pero lo único que me dijo fue:

–                     “Ámame, Juan”

Santiago dice:

–                     Tal vez sea por los de Corozaím.

Zelote, que acaba de llegar dice:

–                     El maestro se acerca con Bartolomé. Vamos a su encuentro.

Van, pero continúan con su charla.

Mateo dice:

–                     O es por Judas…  Ayer estuvieron solos.

Felipe observa:

–                     ¡Tienes razón! Judas dijo que no se sentía bien y que no quería a nadie consigo.

Juan suspira:

–                     ¡No quiso quedarse ni con el Maestro! ¡Yo me hubiera quedado de muy buena gana!

Todos los demás dicen:

–                     ¡También yo!

Tadeo asegura:

–                     Ese hombre no me gusta. Está enfermo; embrujado, loco o endemoniado. No sé. Pero algo tiene.

Tomás afirma:

–                     Y sin embargo no lo vas a creer. En el regreso fue ejemplar. Siempre defendió al Maestro y a sus intereses como nadie de nosotros lo ha hecho. Lo vi con mis propios ojos. Lo oí con mis orejas. Espero que no dudaréis de mi palabra.

Andrés pregunta:

–                     ¿Crees que no confiamos en ti? ¡Claro hombre que nos fiamos! Y nos gusta que Judas sea mejor que nosotros. Pero lo estás viendo. Es muy raro…  ¿Sí o no?

–                     ¡Oh! ¡Raro si lo es! Tal vez sufra por cosas íntimas. Tal vez porque no pudo hacer el milagro. Es orgulloso aunque con un buen fin. Pero se preocupa mucho de ser alguien. De que se le alabe…

Pedro dice:

–                     ¡Uhmmm! ¡Tal vez así será! El hecho es que el Maestro está triste. Miradlo. Ya no parece el hombre que conocimos. Pero, ¡Vive el Señor que si logro descubrir quién es el que lo hace sufrir!… ¡Basta! Sé lo que haré…

Jesús, que estaba conversando con Bartolomé, los ve y apresura el paso sonriente, para encontrarlos.

Saluda:

–                     La paz sea con vosotros. ¿Estáis todos?

Andrés explica:

–                     Falta Judas de Simón… Creía que estaba contigo, porque en la casa donde tenía que dormir, me dijeron que no llegó y que todo estaba en orden.

Jesús arruga por un instante el entrecejo, se concentra dentro de Sí, bajando la cabeza…

Luego dice:

–                     No importa. Vámonos. Diréis a los de las últimas casas que vamos a Giscala. Si Judas nos busca, que se lo digan. Vámonos.

Todos presienten tempestad, pero obedecen sin replicar.

Jesús continúa hablando con Bartolomé, reanudando la conversación que sostenían antes:

–                     ¡Oh! ¡Si viviera todavía el sabio! Era bueno, pero también era un hombre de carácter. No hubiera perdido el buen sentido. Te hubiera reconocido por sí mismo.

–                     ¡No te enfades Bartolomé! Bendice al Altísimo que se lo llevó a su eterna paz. De esta forma el espíritu del sabio Hillel, no conoció el odio tan grande que se me tiene.

–                     ¡Señor mío, no solo Odio!…

–                     ¡Más odio que amor y así será siempre!

–                     No te pongas triste. Te defenderemos.

–                     No es la muerte lo que me angustia… ¡Es ver los pecados de los hombres!

–                     ¿La muerte? ¡No! No hables de ella. No llegarán a tanto, porque tienen miedo…

–                     El odio será más fuerte que el miedo, Bartolomé. Cuando haya muerto. Cuando esté lejos. Cuando esté en el Cielo santo, di a los hombres que: ‘Él sufrió más por vuestro odio, que por la muerte…’

–                     ¡Maestro! ¡Maestro! ¡No hables así! Nadie te odiará hasta el punto de matarte. Puedes siempre impedirlo; Tú que Eres Poderoso…

Jesús sonríe con una tristeza tan grande, que hasta parece cansado. Con paso lento sube por el camino montañoso.

La tristeza, el dolor y el desconsuelo en la Voz de Jesús es tan apabullante, que Bartolomé se siente herido en el corazón.

Y con tono cariñoso le dice:

–                     Maestro, ¿Qué te pasa? ¿Qué quieres que haga por Ti, el viejo Nathanael?

–                     Nada Bartolomé. Tus oraciones… Ofrécelas para que vea bien lo que tengo que hacer. Nos están llamando. Esperemos aquí…

Esperan bajo un grupo de árboles.

El grupo de apóstoles dobla la curva y dicen:

–                     Maestro. Judas nos viene siguiendo a la carrera…

–                     Esperémoslo…

Todos se quedan bajo la arboleda unos minutos después, llega Judas jadeante:

–                     Maestro, me retrasé… Me quedé dormido y …

Andrés pregunta sorprendido:

–                     ¿En dónde, si no te encontré en la casa?

Judas se desconcierta y por un momento no sabe qué responder…

Pero rápido replica:

–                     ¡Oh! Me desagrada que os enteréis de mi penitencia. Estuve en el bosque toda la noche… Orando y haciendo penitencia. Al amanecer el sueño me venció. Soy un débil y… Pero el Altísimo Señor tendrá compasión de su pobre siervo. ¿No es verdad, Maestro? Me desperté tarde y todo amodorrado…

Santiago de Zebedeo observa:

–                     De veras que tienes cara de cansado…

Judas ríe con todo el cinismo del mundo y dice:

–                     ¡Oh, claro! Pero el corazón está más alegre. La oración hace bien. De la penitencia brota un corazón contento. Da humildad y generosidad. Maestro, perdona a tu tonto Judas. –y se arrodilla a los pies de Jesús.

Jesús lo mira con infinita compasión y dice:

–                     Está bien. Levántate y vámonos.

–                     Dame la paz con un beso. Será la señal de que me has perdonado mi malhumor de ayer. Es verdad que no quise… Pero era porque quería orar.

–                     Hubiéramos podido hacerlo juntos.

Judas se acerca a besarlo y dice riendo despreocupado:

–                     No. No hubieras podido estar conmigo esta noche… Y menos estar en donde yo estuve… – Su sarcasmo pasa desapercibido para todos sus compañeros; menos para su Maestro.

Judas, que pasó la noche en brazos de un par de prostitutas y rememora los placeres disfrutados…  Sonríe con escarnio satisfecho…

Pedro exclama muy sorprendido:

–                     ¡Oh, qué cuentos! ¿Por qué? Siempre ha estado con nosotros y nos ha enseñado a orar…

Todos se echan a reír, menos Jesús que mira fijamente a Judas que lo ha besado y lo mira con ojos alegres y maliciosos. Como si lo desafiara.

Con mucho cinismo se atreve a repetir:

–                      ¿No es verdad que no hubieras podido estar conmigo esta noche?

Jesús responde tajante:

–                     No. No hubiera podido. Y nunca podré condividir los brazos entre mi espíritu y mi Padre, con un tercero todo carne y sangre cómo eres tú. Y en los lugares a donde vas… Amo la soledad poblada de ángeles; para olvidar que el hombre es hedor de carne corrompida por los sentidos, por el oro, por el mundo y por Satanás.

Los ojos de Judas dejan de reír…

Responde seco:

–                     Tienes razón. Tu espíritu ha visto la verdad. ¿A dónde vamos ahora?

–                     Vamos a Giscala.

Y siguen por el camino montañoso. Entran en el poblado y todos ejercen su ministerio. Sanan a los enfermos y socorren a los pobres.

Al final del día, Judas da cuenta de lo repartido y dice a Jesús:

–                     … Y aquí tienes mi ofrenda. Juré dártela esta noche para los pobres, como penitencia. No es gran cosa y así me quedo sin dinero. Convencí a mi madre de que me mande con frecuencia por medio de muchos amigos que tenemos. Las otras veces cuando me despedía, me traía mucho dinero. Pero esta vez, como tenía que andar dando vueltas por los montes, solo con Tomás, tomé solo lo suficiente para el viaje. Lo prefiero de este modo.

Solo que deberé pedirte permiso algunas veces para separarme por unas horas, para ir a ver a mis amigos. Todo lo he arreglado, Maestro. ¿Puedo seguir teniendo la bolsa? ¿Aún me tienes confianza?… –pregunta con ansiedad.

Jesús contesta:

–                     Judas, esto lo dices porque quieres. No comprendo por qué lo digas. Ten en cuenta que Yo no he cambiado en nada… Porque espero que el que cambie,  seas tú. Que vuelvas a ser el discípulo de otros tiempos. Que te hagas un hombre recto. Por esto pido y sufro.

–                     Tienes razón, Maestro. Con tu ayuda lo lograré. Por otra parte… No son más que defectos de juventud. Cosas fútiles. Sirven más bien  para poder comprender a mis semejantes y poder ayudarlos mejor.

–                     ¡De veras Judas, que tu moral es muy rara! Jamás se ha visto que un médico se enferme voluntariamente, para poder decir: ‘Ahora sé curar mejor a los enfermos de este mal’ ¿Así pues, Yo soy un incapaz?

–                     ¿Quién lo ha dicho, Maestro?

–                     Tú…  Como no cometo pecados; por lo tanto, no sé curar a los pecadores.

–                     Tú eres Tú. Nosotros no somos Tú y tenemos necesidad de la experiencia, para poder hacer algo…

–                     Es una vieja idea tuya. La misma de hace veinte lunas. Con la diferencia de que entonces pensabas que debía pecar, para ser capaz de redimir. Realmente me admiro de que no hayas tratado de corregir este… Defecto mío, según tu modo de pensar. Y dotarme con esta… Capacidad, para comprender a los pecadores.

–                     Te burlas, Maestro. Y me gusta. Me dabas pena…  Estabas tan triste y que sea yo quien te hace ponerte de buen humor, me halaga. Pero nunca he pensado convertirme en tu pedagogo. Por otra parte lo estás viendo… He corregido mi manera de pensar. Tanto que ahora afirmo que esta experiencia, solo a nosotros nos es necesaria. A nosotros los pobrecitos hombres. Tú eres el Hijo de Dios, ¿No es verdad? Posees pues una sabiduría que no tiene necesidad de experiencias.

–                     Pues bien. Ten en cuenta que también la inocencia es sabiduría mucho mayor; que el conocimiento vil y peligroso del pecador. Donde la ignorancia santa del mal limitaría la capacidad de poderse guiar y de guiar. Ayudan los ángeles cuyo auxilio jamás está lejos de un corazón puro; al que guían por el sendero justo y a acciones justas.

El pecado no aumenta el saber. No es luz. No es guía. Jamás lo será. Es corrupción. Es ceguera. Es caos. De manera que el que lo comete conocerá su sabor y además, perderá la capacidad de saber muchas otras cosas espirituales y no tendrá jamás al ángel de Dios, espíritu de orden y de amor, para que lo guíe. Sino que tendrá al ángel de Satanás, que lo llevará a un desorden siempre mayor, por el odio insaciable que devora a estos espíritus diabólicos.

–                     Bien. Maestro óyeme… Si alguien quiere volver a tener como guía a los ángeles, ¿Basta el arrepentimiento o permanece el veneno del pecado, aunque uno se haya arrepentido y haya sido perdonado?… ¿Sabes? Por ejemplo, uno que se haya entregado al vino; aunque jura no volverse a embriagar. Y lo jura con verdadera voluntad, de no volver a hacerlo. Siente sin embargo el estímulo de beber… Y sufre…

–                     Ciertamente que sufre. Por eso no debería haberse hecho esclavo de ese vicio. Pero sufrir no es pecar. Es expiar. Así como un borracho arrepentido no comete ningún pecado. Antes bien, conquista méritos si resiste heroicamente al estímulo y no bebe más licor…  De igual modo el que ha pecado; si se arrepiente y se resiste a cualquier estímulo, conquista méritos y no le falta la ayuda sobrenatural para poder resistir. No es pecado ser tentados. Más bien es una batalla que lleva a la victoria. Créeme también que Dios no tiene sino el deseo de perdonar; de ayudar al extraviado si se arrepiente…

Por unos minutos, Judas no habla.

Luego se inclina. Toma la mano de Jesús y se la besa encorvado, diciendo:

–                     Yo ayer brinqué las trancas. Te insulté, Maestro. Te dije que terminaría por odiarte… ¡Oh! ¡Cuántas blasfemias dichas!… ¿Se me perdonarán?…

–                     El pecado más grande, es desesperar de la Misericordia Divina… Judas, ya lo he dicho: ‘Cualquier pecado contra el Hijo del Hombre, será perdonado’ el hijo del Hombre vino a perdonar, a curar, a salvar, a llevar al Cielo. ¡Oh, Judas! ¿Por qué quieres perder el Cielo? ¡Judas! ¡Judas! ¡Mírame! ¡Lávate el alma en el amor que sale de mis ojos!…

–                     ¿No te causo ningún asco?

–                     Sí. Pero el amor es mayor que la repugnancia, Judas. ¡Pobre leproso espiritual! El mayor de todo Israel. Ven a invocar la salvación de quién te la puede dar….

–                     Dámela, Maestro.

Jesús advierte:

–                     No. No así. En ti no existe el verdadero arrepentimiento y una voluntad decidida. Tan solo existe el esfuerzo de un amor que sobrevive, debido a tu vocación pasada. Existe algo de arrepentimiento, pero es del todo humano. Esto no es malo. Es el primer paso hacia el bien. cultívalo. Auméntalo. Injértalo en lo sobrenatural. ¡Ámame de verdad! Trata de volver a ser lo que eras cuando te acercaste a Mí. ¡Por lo menos eso!

Haz que ese arrepentimiento no sea un palpitar transitorio, emotivo. Un sentimentalismo muerto. Sino un verdadero arrepentimiento activo; que te arrastre hacia el bien. Judas, Yo lo espero. Sé esperar. Yo ruego. Soy Yo quién suplo en esta espera, a tu ángel que está disgustado de ti.

Mi compasión, mi paciencia, mi amor, siendo perfectos; son superiores a los de los ángeles y pueden seguir estando a tu lado, en medio de los hedores insoportables de lo que fermenta en tu corazón; para poder ayudarte

Judas realmente está conmovido. Con labios temblorosos y con una voz que traiciona su sentimiento; pálido pregunta:

–                     Pero, ¿Entonces es verdad que sabes lo que hice?

–                     Todo, Judas. ¿Quieres que te lo diga? O ¿Prefieres que te libre de esta humillación?

–                     ¡Es que no lo puedo creer! ¡Eh!… ¡No es otra cosa!…

–                     Pues bien. Ya que no crees, vamos a la verdad. Esta mañana ya has mentido varias veces, por el dinero y por el modo como pasaste la noche… Ayer por la noche buscaste sofocar con la lujuria todos tus sentimientos, tus odios, tus remordimientos, tu…

Judas se lleva las manos al rostro:

–                     ¡Basta! ¡Basta! ¡Por caridad no prosigas o huiré de tu Presencia!

–                     Más bien deberías asirte a mis rodillas, pidiéndome perdón.

–                     ¡Sí, sí! ¡Perdón! ¡Perdón, Maestro mío! ¡Perdón! ¡Ayúdame! ¡Ayúdame! ¡Es más fuerte que yo! ¡Todo es más fuerte que yo!…

Jesús lo toma entre sus brazos, derramando sobre la cabeza de Judas cuantiosas lágrimas y orando en silencio.

Los demás, unos cuantos metros atrás, se han detenido con prudencia y comentan:

–                     ¿Lo estáis viendo?…

–                     Tal vez Judas tiene serios problemas…

–                     Y esta mañana abrió su corazón al Maestro.

–                     ¡Es un tonto! Yo lo hubiera hecho inmediatamente.

–                     Tal vez se trata de cosas penosas.

–                     Ciertamente no será porque su madre no sea buena.

–                     ¡Esa mujer es una santa!

–                     ¿Qué otra cosa penosa puede haber?…

–                     Tal vez intereses que no van bien…

–                     ¡Oh, no! Gasta y hace limosnas con dinero propio.

–                     ¡Bueno! ¡Negocios suyos! Lo importante es que esté de acuerdo con el Maestro.

–                     Y parece que sí. Hace tiempo que van hablando y en calma.

–                     ¡Ahora se han dado el abrazo!… ¡Muy bien!…

–                     La razón es que él es muy capaz y tiene muchas amistades. Está bien que se ponga de acuerdo. Que sea nuestro amigo, sobre todo del Maestro.

Jesús se vuelve y los llama.

Todos corren.

–                     Venid. La ciudad está cercana. Tenemos que atravesarla para ir a la tumba de Hillel. Atravesémosla juntos. –dice Jesús sin dar ninguna explicación.

Los apóstoles se miran entre sí; como queriendo descubrir lo sucedido entre Jesús y Judas. Más si éste último tiene una cara tranquila, Jesús no tiene su rostro  luminoso…  Más bien está serio.

Entran en Giscala que es una ciudad grande y hermosa. Parece ser un gran centro rabínico, porque hay muchos doctores con grupos de discípulos, que escuchan sus lecciones. Muchos se quedan viendo cuando pasan los apóstoles y sobre todo el Maestro. Algunos se hacen señas. Otros llaman a Judas de Keriot. Como él camina al lado de Jesús, ni siquiera se digna voltear a verlos.

Salen del otro lado de la ciudad y llegan hasta donde está la tumba de Hillel.

–                     ¡Qué desvergüenza!

–                     ¡Nos está provocando!

–                     ¡Es un profanador!

–                     Díselo, Uziel.

–                     No. No me contamino. Díselo tú Saúl, que no eres más que un discípulo.

–                     No. Digámoslo a Judas. Voy a llamarlo.

Y el joven se acerca a Judas:

–                     Ven. Los rabíes quieren hablarte.

Judas replica:

–                     No voy. Me quedo donde estoy. No me molestéis.

Saúl va y refiere la respuesta de Judas.

Entretanto, Jesús ora junto al sepulcro de Hillel, en medio de los suyos.

Los rabíes se acercan despacio, como serpientes cautelosas y dos vejetes le jalan el vestido a Judas.

Éste se vuelve y pregunta con coraje:

–                     ¿Qué se os ofrece? ¿Ya no es posible ni siquiera orar?

–                     Permítenos una palabra… Luego te dejamos.

Simón Zelote y Tadeo, se voltean y hacen señas a los rabíes, pidiendo silencio. Judas se parta unos pasos.

–                     ¿Qué queréis?

El más viejo murmura algo que solo Judas oye.

Su rostro cambia y dice airado:

–                     No. Dejadme en paz, corazones venenosos. No os conozco y no quiero más tratos con vosotros.

Una risa llena e ironía brota del grupo rabínico.

Y se escucha una amenaza:

–                     ¡Cuidado con lo que haces, estúpido!

–                     No yo, sino vosotros. Idlo a decir a los demás. A todos. ¿Comprendido? ¡Dirigíos a quien queráis, pero no a mí! ¡Demonios! –y los deja plantados.

Habló en voz tan alta, que los apóstoles admirados, voltean.

Jesús se mantiene orando imperturbable y no voltea ni siquiera ante la burla y la amenaza, que repercuten en el silencio del santo lugar.

–                     ¡Nos volveremos a ver, Judas de Simón! ¡Nos volveremos a ver!

Judas vuelve y hace a un lado a Andrés que se había acercado a Jesús. Y como si buscara protección, toma la punta del manto de Jesús entre sus manos.

Los rabíes vuelven su rabia contra Jesús. Se acercan con los puños amenazadores. Aúllan llenos de odio:

–                     ¡Qué estás haciendo aquí, Anatema de Israel!… ¡Lárgate de aquí! ¡No perturbes los huesos del hombre justo! A los que no eres digno de acercarte. Se lo diremos a Gamaliel y te castigará.

Jesús se vuelve y los mira de uno por uno…

–                     ¿Por qué nos miras así, endemoniado?

–                     Para grabarme vuestras caras y vuestros corazones. Mi discípulo os volverá a ver, como también Yo.

–                     ¡Bueno! ¡Ya nos has visto!… ¡Ahora lárgate! Si estuviera Gamaliel, no lo hubiera permitido.

–                     El año pasado estuve con él.

–                     ¡No es verdad, mentiroso!

–                     Preguntádselo. Y como es honrado, dirá que sí. Amo y venero a Hillel. Respeto y honro a Gamaliel. Son dos hombres en que se refleja el origen del hombre por su modo santo de proceder y por su sabiduría. Cosas que recuerdan que el hombre fue hecho a semejanza de Dios…

Lo interrumpen varios cómo energúmenos:

–                     ¿En nosotros no, verdad?

–                     En vosotros está ofuscada por intereses y por el odio.

¡Oídlo! ¡En casa ajena habla así y ofende! ¡Largo de aquí! ¡Corruptor de los mejores de  Israel! O cogeremos piedras. Aquí no está Roma para defenderte,

Jesús pregunta con mansedumbre:

–                     ¿Por qué me odiáis? ¿Por qué me perseguís? ¿Qué mal os he hecho? He hecho favores a algunos de vosotros. A todos respeto. ¿Por qué sois crueles conmigo?…

Les habla humilde, suavemente, con pena amorosa. Su mansedumbre es una petición de amor que es tomada por ellos como una señal de debilidad y de miedo. Se envalentonan y pasan a la obra. La primera piedra pega a Santiago de Zebedeo. Rápido, éste la devuelve contra los judíos.

Mientras los demás apóstoles se estrechan alrededor de Jesús….

Pero son doce contra más de un centenar…

Otra pedrada golpea a Jesús en la mano, cuando ordena a  los suyos que no reaccionen. Del dorso de su mano empieza a brotar sangre.

Jesús se endereza imponente. Los atraviesa con sus ojos que parecen centellear. Otra pedrada, saca sangre a la sien de Santiago de Alfeo. Entonces Jesús usa su poder para paralizar a los enemigos en defensa de sus apóstoles; que mansamente soportan las pedradas.

La Presencia y la Majestad de Jesús es pavorosa.

Y con voz atronadora les dice:

–                     Me voy. Pero tened en cuenta que Hillel, jamás hubiera aprobado lo que acabáis de hacer. Me voy. Pero recordad que ni siquiera el Mar Rojo detuvo a los israelitas en el camino que Dios les había trazado. Todo se allanó ante la Voluntad de Dios que pasaba. Y esto mismo sucederá conmigo…

Lentamente, pasa en medio de los paralizados rabíes y sus discípulos. Continúa su camino despacio, seguido por sus apóstoles, en medio del silencio estupefacto de todos los hombres… 

Al día siguiente continúa su marcha por el camino montañoso. La mañana es fría. Jesús lleva su mano vendada y Santiago de Alfeo, su frente. Andrés cojea mucho. Santiago de Zebedeo no trae su alforja, pues la lleva su hermano Juan.

Por dos veces, Jesús ha preguntado a Andrés:

–                     ¿Podrás caminar, Andrés?

–                     Sí, Maestro. Camino mal por las vendas y porque el dolor es fuerte. ¿Y cómo estás de tu mano?

–                     Una mano no es una pierna. Basta con no tocarla y no hace daño.

Pedro dice preocupado:

–                     ¡Uhmm! No creo que no duela mucho. Mira qué hinchada está. Llegó hasta el hueso… ¡Si tuviéramos del ungüento que prepara tu Mamá! Así te va a doler mucho…

Jesús responde:

–                     No, Simón. Tú me quieres mucho y tu amor es un buen ungüento.

–                     ¡Oh! ¡Si así fuera, ya te hubieras curado! Todos sufrimos al ver cómo te trataron. Y algunos hasta lloraron…

Pedro mira a Juan y a Andrés.

–                     Ved. Estoy mucho más contento que ayer; porque hoy sé que sois muy obedientes y que me amáis. Todos. –y Jesús los mira con dulzura y alegría.

Tadeo exclama:

–                     Pero ¡Qué hienas! ¡Jamás había visto un odio semejante! ¡Tenían que ser Judíos!

Jesús pregunta:

–                     No, hermano. No tiene nada que ver el lugar. El odio es igual en todas partes. Recuerda que hace meses me arrojaron de Nazareth y también intentaron apedrearme. ¿Ya lo olvidaste?

Y con estas palabras consuela a los que son de Judea.

Y tanto los consuela que Judas dice:

–                     ¡Pero esto sí que lo diré! No estábamos haciendo ningún mal. No nos defendimos. Y desde que Él empezó a hablar, lo hizo pacíficamente. Y luego la emprendieron a pedradas contra nosotros. Como si fuéramos sierpes. ¡Lo diré!

Andrés pregunta:

–                     ¿Pero a quién si todos son iguales?

–                     Sé a quién. Apenas vea a Esteban o a Hermas, se los contaré. Lo sabrá inmediatamente Gamaliel. Y en Pascua lo diré a quién se debe. Diré: ‘No es justo obrar así. Vuestra rabia os empuja a hacer esto. Sois vosotros los culpables. No Él.

Felipe aconseja sabiamente:

–                     ¡Será mejor que no te acerques a estos tipos!… ¡Me parece que ellos también tienen algo contra ti!…

–                     Es verdad. Es mejor que no los vuelva a ver. Es mejor, pero sí se lo diré a Esteban. Él es bueno y no envenena.

Calmado y persuasivo, Jesús replica:

–                     No te preocupes, Judas. No vas a cambiar nada. He perdonado. No pensemos más en ello.

Dos veces encuentran arroyos. Tanto Andrés como los dos Santiagos, se echan agua en el lugar golpeado…

Jesús no. Sigue tranquilo como si no sintiese dolor. Y sin embargo debe dolerle mucho porque cuando se sientan a comer, pide a Andrés que le parta el pan. O cuando se tiene que desatar las sandalias, pide a Mateo que lo haga…

Cuando van por un atajo pendiente, se resbala y pega contra un tronco. No reprime un lamento y la venda se tiñe de sangre. Tanto, que cuando llegan al siguiente poblado, se detienen a pedir agua y bálsamo, para curarle la mano.

Al retirarle las vendas, se ve muy hinchada, cárdena en el dorso, con la herida rojiza en el centro. Todos miran la mano herida y hacen sus comentarios.

Juan se retira un poco para esconder su llanto y Jesús lo llama:

–                     Ven aquí. No es gran cosa. No llores.

Juan responde:

–                     Lo sé. Si me hubiera tocado a mí, no lloraría. Pero te tocó a Ti. No dices cuanto te duele esta mano, que no ha hecho más que hacer beneficios.

Y tomando la mano herida de Jesús, la acaricia con la punta de sus dedos. La voltea dulcemente para besarle la palma y apoyar su mejilla.

Y exclama sorprendido:

–                     ¡Está caliente!… ¡Oh! ¡Cuánto debe dolerte!… –y lágrimas de compasión caen sobre ella.

Luego le cura la herida y le venda la mano…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

 

 

 

 

50.- EL INCENDIO DE ROMA


En Anzio. En el atrium del palacio del César; Plinio, Haloto y Marcial, están conversando con la Augusta. Terpnum y Menecrato afinan sus cítaras. Entró Nerón y se sentó en un sillón, incrustado de carey y marfil; dijo algo al oído de su liberto Helio y esperó.

Pronto regresó Helio, trayendo un estuche de oro. Nerón lo abrió y extrajo de él un collar de finísimos ópalos y dijo:

–           Estas son joyas dignas de Venus Afrodita.

–          Se diría que las luces de la aurora irradian en ellas. –observó Popea, convencida de que esa joya es para ella.

El César admirando la joya y alabando su belleza, se volvió hacia el tribuno y finalizó diciendo:

–           Marco Aurelio, darás de mi parte este collar a la mujer a quién te ordeno que te unas en matrimonio: la joven hija de Vardanes I, el rey parto.

La mirada de Popea centelleó llena de ira y de asombro… Y pasando del César a Marco Aurelio, la fijó finalmente en Petronio…

Pero éste ni siquiera la mira, parece abstraído delineando los grabados de un arpa que está cerca, como si esto fuera lo más importante del mundo.

Marco Aurelio dio al César las gracias por el obsequio y después, acercándose a Petronio, le dijo en voz baja:

–           ¿Cómo podré agradecerte lo que has hecho por mí?

–          Sacrifica un par de cisnes a Euterpe o niega a tu Dios por mí. Ensalza los versos del César y no dejes que te afecten los presentimientos. Confío en que de ahora en adelante, el rugido de los leones no perturbará más tus sueños, ni los de tu princesa parta.

El tribuno suspiró:

–           No. Ahora estoy del todo tranquilo.

–          ¡Que la fortuna te sea propicia! Más ten cuidado ahora, porque el César acaba de tomar en sus manos el laúd. Suspende el aliento. Escucha y prepárate a derramar lágrimas de emoción…

Y en efecto, en ese momento, el emperador tomó el laúd y alzó la vista al cielo. En aquel recinto se hizo el más profundo silencio. Solo Terpnum y Menecrato que deben acompañar al César, están alertas; es espera de las primeras notas de su canto…

Y en ese mismo instante se oyó un ruido en la entrada y en seguida irrumpieron Faonte, el liberto del César, seguido por el cónsul Cluvio Rufo.

Nerón frunció el entrecejo.

Faonte dijo con voz jadeante:

–          ¡Perdón divino emperador! ¡Hay un incendio en Roma! La mayor parte de la ciudad está siendo presa de las llamas.

Al oír esta noticia, todos los presentes se levantan sobresaltados.

Nerón exclamó:

–           ¡Oh, dioses! Por fin voy a ver una ciudad incendiada y podré terminar mi himno. –Y haciendo a un lado su laúd, pregunta al cónsul- ¿Si partiera inmediatamente alcanzaría a ver el incendio?

Cluvio Rufo, pálido y desencajado, contestó:

–           Señor. Toda la ciudad está convertida en un océano de llamas. El humo ahoga a sus habitantes. Las gentes se desmayan o se arrojan al fuego desesperados, presas del delirio. ¡Roma está pereciendo! ¡Oh, César!

 

            Se hizo un silencio sepulcral.

El cual fue interrumpido por Marco Aurelio al exclamar:

–           ¡Vae mísero mihi! (¡Ay, desgraciado de mí!)

Y el joven tribuno, arrojando la copa de vino, se precipitó corriendo…

Nerón alzó las manos al cielo y exclamó:

–           ¡Ay de ti, sagrada ciudad de Príamo!

Marco Aurelio ordenó a unos cuantos sirvientes que le siguieran y despachó otro a su casa para avisar a sus huéspedes. Luego saltó sobre su caballo y se lanzó a galope tendido por las desiertas calles de Anzio, hacia Laurento. La espantosa noticia le produjo una especie de frenesí, que casi raya en la locura. Lo único que desea es llegar a Roma cuanto antes. Un solo pensamiento, está fijo en su mente: ¡Roma está ardiendo!

El potro de Idumea, caídas las orejas y con el cuello extendido, atraviesa veloz como una flecha, por entre los inmóviles cipreses, los blancos palacios y las casas de campo. Sólo se oye el ruido de los cascos que resuenan en las baldosas. Pronto, los sirvientes fueron quedando atrás, pues Marco Aurelio corre como una centella.

Atravesó Laurento y torció hacia Árdea, en la cual, como en Bobillas y Ustrino, había dejado postas, el día que partió para Anzio, a fin de recorrer en menos tiempo y con los relevos descansados, la distancia hasta Roma. Y como sabe que le esperan caballos de repuesto, casi revienta al que monta. Por un momento cruzó por su mente como un relámpago, el recuerdo de Bernabé y sus fuerzas sobrehumanas. ¿Pero qué puede hacer un hombre por más fuerte que sea, ante la fuerza destructora del fuego?

De repente, un escalofrío de terror lo estremece y le eriza los cabellos, al recordar todas  las conversaciones sobre ciudades incendiadas que en los últimos días se habían repetido con extraña persistencia en la corte de Nerón. La obsesión con la nueva ciudad de Nerópolis y las dolientes quejas del césar al verse obligado a hacer la descripción de una ciudad arrasada por las llamas, sin haber visto jamás un incendio real.

Recordó también la desdeñosa respuesta que diera a Tigelino, cuando éste le ofreció incendiar Anzio, las lamentaciones de Nerón contra Roma y las pestilentes calles del barrio del Suburra.

¡Oh, no! …¡Sí!

¡El César había ordenado el incendio de la ciudad! Sólo él podía dar una orden semejante, así como sólo Tigelino era capaz de darle cumplimiento.

Pero si Roma se estaba incendiando por mandato del César. ¿Quién podía estar seguro de que la población no estaba siendo asesinada por orden suya?

El Monstruo es capaz de eso y más. Incendio y asesinato en masa. ¡Qué terrible caos! ¡Qué desbordamiento de fuerzas destructoras y de frenesí humano! ¡Y en medio de todo esto, está su amada Alexandra!…

Los lamentos de Marco Aurelio se confunden con los resoplidos y jadeos del caballo. El cual, galopando sin descansar por un camino ascendente, en dirección a Aricia, está a punto de reventar. Entonces se cruza con otro jinete que corre en dirección contraria, hacia Anzio, como un bólido. Y al pasar junto a él, grita:

–           ¡Roma está perdida! ¡Oh, dioses del Olimpo!

Y continuó su veloz carrera. Las palabras restantes fueron sofocadas por el ruido ensordecedor de los cascos de su caballo. Pero esa exclamación: ‘¡OH, dioses del Olimpo!’ Le recordó… y oró desde el fondo de su alma.

Con su rostro bañado en lágrimas, suplicó:

–           Padre mío, sólo Tú puedes salvarla… Pater Noster…

La Oración sublime devolvió la paz al alma de Marco Aurelio. Luego divisó las murallas de Aricia, pueblo que está a la mitad del camino hacia Roma. El desesperado jinete lo cruza como una exhalación y llega hasta la posada en donde tiene el caballo de repuesto. Allí ve a un destacamento de soldados pretorianos que vienen de Roma hacia Anzio y corriendo hacia ellos, les pregunta:

–           ¿Qué parte de la ciudad es abrasada por el incendio?

–           ¿Quién eres tú? –preguntó el decurión.

–           Marco Aurelio Petronio. Tribuno del ejército y augustano. ¡Responde!

–          El incendio estalló en las tiendas cercanas al Circo Máximo. En el momento en que fuimos despachados, el centro de la ciudad estaba ardiendo.

–           ¿Y el Transtíber?

–          El fuego no llegaba allí todavía. Pero avanza rápido y abarca nuevos barrios con una fuerza que nadie puede contener. La gente muere sofocada por el calor y el humo. No hay salvación.

En ese momento le trajeron el nuevo caballo y el angustiado tribuno saltó sobre él. Y dando las gracias prosiguió su vertiginosa marcha. Corría ahora en la dirección de Albano, dejando a la derecha a Alba Longa y su espléndido lago.

Albano está al otro lado de la montaña. Pero aún antes de alcanzar la cumbre del monte, el viento le hace llegar el fuerte olor a humo y advierte en la cumbre, unos reflejos dorados…

–           ¡El Incendio! –piensa abrumado.

Las sombras de la noche están dando paso a la luz. El alba da unos destellos se oro y rosa, que no se sabe si son a causa de la aurora o al incendio de Roma.

Cuando por fin llega a la cumbre, un cuadro terrible se extiende ante sus ojos asombrados:

Toda la parte baja está cubierta de humo y parece formar una nube gigantesca, pegada a la tierra. En medio de esa nube, desaparecen ciudades, acueductos, casas de campo y árboles. Pero más allá… en una visión aterradora, la ciudad arde en las colinas. El incendio no tiene la forma de una columna de fuego, como sucede cuando arde un solo edificio, aún cuando tenga una vasta dimensión. Aquello parece más bien un largo cinturón, cuyo fulgor es parecido al de la aurora.

Y sobre aquel extenso cinturón se levanta una ola de humo, en algunos puntos enteramente negro, en otros color de rosa y en otros rojo como la sangre. Hay lugares en los que se retuerce como una espiral. Y en otros, está estrecho y ondula como una serpiente que se extiende y desenrolla. Y esa monstruosa ola humeante, es como una cinta ígnea que levanta las llamas hacia el cielo. Humo y llamas se extienden de un extremo a otro del horizonte, causando la impresión de que no solo está ardiendo la ciudad, sino el mundo entero.

Marco Aurelio desciende hacia Albano y penetra en una región, donde el humo es más denso. Todos los habitantes del pueblo están alarmados. Si en Albano la situación está así, se estremece de terror al pensar:

–           ¿Cómo estará Roma? Es imposible que una ciudad se queme por todas partes al mismo tiempo. No cabe duda de que esto ha sido provocado.

Y mueve la cabeza al pensarlo. Pero luego recuerda la promesa de Cristo, el día de su bautismo… y recupera totalmente la calma.

–           Sé que Alexandra está bien. Él me lo dijo: ‘Que pasare lo que pasare, confiáramos en Él.’ Y yo le creo. Aún cuando Roma arda hasta los cimientos, ella va a estar bien.

Y con esta certeza en el corazón, la esperanza se fue fortaleciendo mientras prosigue su veloz galope. Antes de llegar a Ustrino se vio obligado a disminuir la velocidad de su caballo, a causa de la multitud de gente que viene en dirección contraria. Ustrino está invadido por todos los fugitivos de Roma que están aterrorizados y buscan desesperadamente a los suyos, aumentando la confusión.

Cuando Marco Aurelio llegó por su caballo de refresco a la posada, se encontró con el senador Vinicio. Y éste dio más detalles del incendio.

–           Hay gladiadores y esclavos entregados al saqueo. El fuego comenzó en el Circo Máximo, en la parte colindante con el Palatino y el Monte Celio. Y extendiéndose con incomprensible rapidez, abarcó todo el centro de la ciudad. Nunca había caído sobre Roma, una catástrofe más tremenda. El Circo ha quedado completamente destruido. Las llamas que rodean el Palatino, llegaron hasta el Vicus de las Carenas.

Y Vinicio que poseía en este  barrio una espléndida mansión, llena de obras de arte que estimaba sobremanera, empezó a lamentarse amargamente por todo lo perdido.

Marco Aurelio le puso una mano en el hombro y le dijo:

–         Yo también tengo una casa en las Carenas, pero cuando todo perece, qué importa ya nada. –y recordando que había dicho a Alexandra que fuese a la casa de Publio, preguntó-   ¿Y el Vicus Patricius?

–           Destruido por el fuego.-replicó Vinicio.

–           ¿Y el Transtíber?

El senador lo miró sorprendido. Y oprimiéndose las sienes con las manos, exclamó:

–           ¡Oh! ¡Qué nos importa a nosotros el Transtíber!

–          ¡El Transtíber me importa a mí, más que todo el resto de Roma! –exclamó Marco Aurelio con vehemencia.

–           Puedes llegar hasta allí por la vía del Puerto, cerca del Aventino. Pero te sofocará el humo. En cuanto al barrio del Transtíber, no sé. Cuando yo me salí, el fuego todavía no lo alcanzaba. Lo que haya sucedido, solo lo saben los dioses… Quisiera decirte algo…

–           Habla. Si sabes algo más dimelo y nadie sabrá que tu me lo confiaste.

Vinicio titubeó y luego agregó en voz baja:

–           Como sé que no me vas a traicionar, te diré que el fuego fue provocado. Cuando estaba ardiendo el Circo no se permitió a nadie ir a extinguirlo. Yo oí en medio del incendio muchas voces que gritaban: ‘¡Muerte al que intente salvar!’ Y había muchos individuos que corrían con antorchas encendidas, aplicándolas a los edificios y a las casas.

Marco Aurelio vio sus sospechas confirmadas y solo exclamó:

–           ¡Oh! ¡Qué mentes criminales!

–           Así es… Y por otra parte, el pueblo se ha sublevado y se oyen rumores de que el incendio de Roma, fue decretado. No puedo decir nada más. Es imposible describir lo que está sucediendo. La gente perece entre las llamas o en medio del tumulto. ¡Ay de la ciudad! Y ¡Ay de nosotros!

–           ¡Adiós! –respondió Marco Aurelio saltando a su caballo y emprendió la carrera  a lo largo de la Vía Apia.

Pero ahora se hace más difícil avanzar, por la cantidad de gente que está huyendo de Roma. La ciudad, devorada por una conflagración monstruosa, se presenta ya, ante los espantados ojos del tribuno…

De aquel mar de fuego y humo, se desprende un horrendo calor. Y el rumor clamoroso de los gritos de las víctimas, no alcanza a dominar el chirrido crepitante de las llamas. Al llegar a las murallas, Marco Aurelio ve que casa, campos, cementerios, jardines y Templos, todo lo que había a ambos lados de esa vía, están convertidos en campamentos.

Ustrino con su desorden, da una ligera idea de lo que sucede dentro de la ciudad, que se ha convertido en una ciudad sin ley. Y Marco Aurelio no trae armas. Salió de Anzio, tal como se encontraba en la casa del César, cuando llevaron las noticias del incendio. Se dirige a la Vía Portuense, que conduce directamente al Transtíber. En una aldea llamada Vicus Alexandria cruzó el río Tíber.

Por algunos fugitivos se enteró de que el fuego solo había alcanzado unas pocas calles del Transtíber.

Pero la conflagración no puede ser detenida, porque hay personas que están alimentando el fuego e impiden que nadie intente apagarlo, declarando que tienen orden de proceder así.

Al joven tribuno ya no le queda ninguna duda de que el César fue quién decretó el incendio de Roma. Ningún enemigo de Roma hubiera podido causar mayor daño. La medida está colmada. La locura de Nerón ha llegado al límite más alto, haciendo su víctima al pueblo romano, en los criminales caprichos del tirano. Y también Marco Aurelio piensa que ésta será la hora postrera de Nerón, pues la ruina de toda la ciudad, clama el castigo por sus nefandos crímenes.

En su camino, Marco Aurelio se estremece al ser testigo de las escenas más aterradoras. En más de una ocasión, dos corrientes de individuos que escapan en direcciones opuestas, se encuentran en una estrecha callejuela, se atropellan, luchan entre sí. Se hieren o pisotean a los caídos. Las familias que en medio de aquel tumulto pierden a uno o varios de sus miembros, los llaman con gritos desgarradores. Entre el ensordecedor estrépito de gritos y alaridos, es casi imposible hacer una pregunta y escuchar una respuesta coherente.

Hay momentos en que nuevas columnas de humo, procedentes de la ribera opuesta del río, los envuelven haciendo unas tinieblas negras como la noche. Pero el viento que da pábulo al incendio disipa el denso humo y entonces se vuelve a ver el camino por donde se avanza. Una multitud de gladiadores y bárbaros, destinados a ser vendidos en el mercado de esclavos, embriagados con el vino saqueado del emporium (mercado), se entregan al saqueo. Para ellos, con el incendio y la ruina de Roma, ha terminado su esclavitud y ha sonado también la hora de su venganza desahogando su ira brutal al sentirse libres, por sus largos años de miseria y sufrimiento.

En su carrera militar había presenciado los asaltos y tomas de pueblos, pero nunca sus ojos habían contemplado algo semejante: la desesperación, las lágrimas, los alaridos de dolor, los gritos salvajes de alegría y locura. Todo esto mezclado con un desenfrenado desbordamiento de pasiones, provocan un caos aterrador.

Y por sobre toda esta multitud jadeante, crepita el fuego, extendiéndose devorador. Envolviendo a todos en un hálito de infierno y destrucción. Marco Aurelio oye voces que acusan a Nerón de haber incendiado la ciudad. Hay amenazas de muerte contra el César y contra Popea. Y gritos de:

–           ¡Sannio! ¡Histrio! (Bufón, histrión) ¡Matricida!

Gritos que claman arrojarlo al Tíber y darle el castigo de los parricidas, pues ya les colmó la paciencia. Se mezclan con los gritos postreros de los alcanzados por el fuego.

Al fin llega a la calle en donde se encuentra la casa de Acacio. El calor del verano, aumentado por las llamas del incendio, ha llegado a ser insoportable. El humo irrita los ojos y ciega. No se puede respirar. El aire quema los pulmones. Aún aquellos habitantes que habían abrigado la esperanza de que el fuego no atravesara el río y habían permanecido en sus casas, esperando poder escapar de ser alcanzados, empezaron a abandonarlas.

En medio del tumulto, alguien hirió con un martillo al caballo de Marco Aurelio. El animal echó hacia atrás la cabeza ensangrentada, al mismo tiempo que se oyó este grito:

–           ¡Muerte a Nerón y a sus incendiarios!

El animal se encabritó y ya no quiso obedecer a su jinete. Lo reconocieron como a un augustano. Y este fue un momento de gran peligro. Pero su espantado caballo le arrancó de ahí violentamente, pisoteando a quién encontró a su paso, hasta que Marco Aurelio pudo abandonar su cabalgadura y prosiguió su marcha a pié. Deslizándose a lo largo de las murallas, tratando de llegar hasta la casa de Acacio. Hubo un momento en que tuvo que cortar un pedazo de su túnica, mojarlo y cubrirse con él, el rostro; para poder respirar. Cada vez el calor es más insoportable.

Un viejo que huye penosamente apoyado en sus muletas, le dijo:

–           ¡No os aproximéis al monte Cestio! ¡Toda la isla está envuelta en llamas!

A la entrada del Vicus Patricius donde está situada la casa de Acacio, Marco Aurelio vio altas llamas entre las nubes de humo. Desgraciadamente el aire ya no arrastra solo humo, sino millares de chispas. A través de aquel infierno, distinguió los cipreses de la casa de Acacio, que todavía no ha sido alcanzada por el fuego.

Esto le dio nuevos bríos, pues parece estar intacta. Abrió la puerta de un empellón y se precipitó al interior. La casa está desierta. Llama desesperado:

–           ¡Alexandra! ¡Alexandra!

Nadie le respondió. Los únicos sonidos son los lúgubres rugidos del vivar, que está junto al templo de Esculapio.

Marco Aurelio se estremeció de pies a cabeza. Y al revisar toda la casa, comprueba que está vacía. En el lararium lleno de humo, hay una cruz. Y en vez de lares, arde un cirio. Al revisar los dormitorios reconoce en uno, los vestidos de Alexandra. Se pregunta en donde puede estar. Toma una de sus túnicas y la lleva a su pecho. Y hasta entonces comprende que el que está ahora en peligro es él.

–           Tengo que salir de aquí y ponerme a salvo. –pensó.

Entonces se precipitó a la calle y corre ahora tratando de huir del fuego, para salvar su propia vida. El fuego parece perseguirlo con su hálito quemante. Siente en la boca el sabor a humo y a hollín. El aire la abrasa los pulmones. Está todo cubierto de sudor que escalda como agua hirviendo. Solo lo alienta el recuerdo de su esposa y su capitum alrededor de su cuello. Lo único que quiere ahora, es verla antes de morir.

Tambaleándose como un ebrio, sigue corriendo.

Entretanto se verificó un cambio, en aquella gigantesca y aterradora conflagración, que abrasa a la ciudad entera: todas las que habían sido llamaradas aisladas, se han convertido en un solo mar de llamas.

Un torbellino de chispas, se levanta como un huracán de fuego. En eso, Marco Aurelio divisó una esquina. Y ya próximo a caer, dio la vuelta a la calle y vio a lo lejos la Vía Portuense.

Comprendió que si lograba llegar hasta ella, estaría a salvo. Luego vio una negra nube de humo, que parece cerrarle el paso. Su túnica empezó a arder por las chispas y tuvo que quitársela y arrojarla lejos de sí. Le queda solo el capitum de Alexandra, que mojó en la fuente del implovium en la casa de Acacio, antes de salir y lo trae alrededor de la cabeza, cubriéndose la nariz y la boca. A través del humo distingue voces y oye gritos.

El se acerca con la esperanza de que alguien pueda ayudarle y grita pidiendo auxilio con todas sus fuerzas, antes de llegar hasta ellos. Pero ese fue su último esfuerzo, antes de caer semidesmayado. Dos hombres le han oído y corren a socorrerlo; llevando en las manos, sendas calabazas llenas de  agua.

Marco Aurelio, que había caído desfallecido por el agotamiento, tomó una de las calabazas y bebió su contenido hasta más de la mitad. Con la otra le bañaron y le ayudaron a ponerse de pie.

–           Gracias. Ahora podré seguir caminando.

Varias personas lo rodearon preguntándole si está bien y si no se ha hecho daño. Esto sorprende al tribuno y pregunta:

–           ¿Quiénes sois?

–          Estamos aquí derribando casas, para ver si podemos detener el fuego, impidiendo que llegue hasta la Vía Portuense. –le contestó uno.

Marco Aurelio que desde esa mañana solo había encontrado turbas brutales, saqueadores y asesinos, contempló con más atención a las personas que lo rodeaban y dijo:

–           ¡Qué Cristo os premie!

–           ¡Alabado sea su Nombre! –contestó un coro de voces.

–           ¿El obispo Lino?

Ya no pudo escuchar la respuesta porque se desmayó.

Recobró el conocimiento en un jardín lleno de hombres y mujeres. Le habían puesto una túnica y las primeras palabras que dijo, fueron:

–           ¿Dónde está Lino?

Hubo un largo silencio.

Luego, una voz conocida, le respondió:

–          Se fue hace dos días a Laurento por la Puerta Nomentana. ¡Que la paz sea contigo! ¡Oh, rey de Persia!

Marco Aurelio se incorporó y vio a Prócoro Quironio ante sus ojos.

El griego le dijo:

–          Tu casa se incendió. ¡Oh, señor! Porque el barrio de las Carenas está envuelto en llamas. Pero tú serás siempre tan poderoso como Midas.

El tribuno lo miró sin responder y Prócoro continuó:

–          ¡Oh, qué desgracia! Los cristianos, ¡Oh, hijo de Apolo! Han predicho desde hace tiempo que el fuego destruirá el mundo. sus obispos lo han confirmado cuando hablan de la Parusía.

Marco Aurelio preguntó:

–          ¿Sabes algo del Obispo Lino?

–          Lino acompañado de la joven que buscas, está en Laurento. ¡Oh, qué desventura para Roma!

–           ¿Tú los has visto?

–          ¡Oh, sí, señor! Y le doy gracias a Cristo y a todos los dioses que me permiten darte esta buena noticia.

La tarde llega a su término, pero en el jardín se ve el día claro, pues el incendio que ha ido aumentando, hace que el firmamento se vea rojo para dondequiera que se mire. Pues aquella noche parece que en el mundo se haya desatado el infierno.

Toda la ciudad arde en llamas. La luna grande y llena, apareció entre las colinas. Y el resplandor del fuego la hace aparecer como si fuera de bronce. Sobre las ruinas de la ciudad que ha gobernado al mundo, la inmensa bóveda del cielo, tiene un tinte rosa extraño en el que brillan las estrellas.

Roma parece una pira gigantesca que ilumina toda la Campania. A los resplandores de aquella luz rojo sangre, se miran  a lo lejos  los montes y los pueblos; las casas de campo, los monumentos, los acueductos, los templos.

Y los actos de violencia, el robo, el saqueo, se propagan por doquier. Parece que el espectáculo de aquella ciudad que el fuego está devorando; convirtiéndola en un montón de humeantes ruinas, subleva en el ánimo de los espectadores, la versión de que el César ha dado la orden de quemar Roma, para librarse de los olores del Suburra y construir una nueva ciudad llamada Neronia.

Llenos de ira, dicen que el César está loco y que por un capricho criminal, ha decidido sacrificar a millares de romanos. Muchas personas después de haber perdido todos sus bienes o sus seres queridos, se arrojan a las llamas dominadas por la desesperación. Muchos mueren quemados o asfixiados por el humo. La destrucción parece tan completa, implacable y fatal como el destino. Y el incendio se sigue propagando.

Marco Aurelio fue trasladado a la casa de un comerciante que le da hospedaje, baño, ropa y alimentos, para que recobre sus fuerzas. Éste le confirmó que Lino se había ido con el sacerdote Nicomedes y el prelado Fileas, obispo en cuya casa había encontrado refugio y que estaba fuera de la ciudad, en Laurento.

Saber que ellos habían escapado del incendio le dio nuevas fuerzas. Ve claramente la mano de Dios que los está protegiendo y da gracias por ello en una plegaria silenciosa. Luego dijo:

–           Gracias Efrén, por tu caridad. Iré a buscar a Lino. Mi esposa está con ellos.

Efrén le aconsejó:

–          Será mejor que atravieses el Monte Vaticano hasta la Puerta Flaminia y cruzas el río por ese punto. Es el sitio menos peligroso.

Y Roma ardió por seis días y siete noches.

De las catorce divisiones de Roma, quedaron solo cuatro, incluyendo el Transtíber. Las llamas devoraron todas las demás. La catástrofe ha sido demasiado grande y no tiene paralelo en el mundo.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

SEGUNDO MISTERIO DE GLORIA


LA ASCENCIÓN DE JESÚS AL CIELO

La aurora ha surgido completamente. Ya el sol está alto y se escuchan las voces de los apóstoles. Es una señal para Jesús y María. Se detienen. Se miran, el Uno enfrente de la Otra y luego Jesús abre los brazos y recibe en su pecho a su Madre…  El amor rebosa en una lluvia de besos a su Madre amadísima. El amor cubre de besos al Hijo amadísimo. Parece que no puedan separarse.

Luego la Mujer como criatura, se arrodilla a los pies de su Dios, que es su Hijo; y el Hijo, que es Dios, impone las manos sobre la cabeza de la Madre Virgen, de la eterna Amada y la bendice en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo… Luego se inclina y la levanta, depositando  un último beso en la blanca frente como pétalo de azucena bajo el oro de los cabellos. ¡Todavía muy juveniles!

Regresan hacia la casa y Pedro les sale al encuentro diciendo:

–           ¡Señor! Afuera entre el monte y Betania, están todos los que querías bendecir hoy.

Jesús contesta:

–          Bien. Ahora vamos donde ellos. Pero antes venid. Quiero compartir con vosotros una vez más el pan.

María se retira y se quedan Jesús con sus once apóstoles en el comedor. En la mesa hay carne asada, pequeños quesos y aceitunas pequeñas y negras; un ánfora de vino y otra más grande de agua. Y panes anchos.

Jesús ofrece y divide. Está en el centro, entre Pedro y Santiago de Alfeo. Los ha llamado Él a estos lugares. Juan, Judas de Alfeo y Santiago están frente a Él; Tomás, Felipe y Mateo, a un lado; Andrés, Bartolomé y el Zelote, al otro lado. Así, todos pueden ver a su Jesús…

Una comida de breve duración, y silenciosa.

Los apóstoles, llegado el último día de cercanía de Jesús, y a pesar de las sucesivas apariciones, colectivas o individuales, desde la Resurrección, apariciones llenas de amor, no han perdido ni un momento esa devotísima compostura que ha caracterizado sus encuentros con Jesús Resucitado.

La comida ha terminado. Jesús abre las manos por encima de la mesa y dice:

–           Bien… Ha llegado la hora en que debo dejaros para volver al Padre mío. Escuchad las últimas palabras de vuestro Maestro.

No os alejéis de Jerusalén en estos días. Lázaro, con el cual he hablado, se ha preocupado una vez más de hacer realidad los deseos de su Maestro y os cede la casa de la última Cena, para que dispongáis de una casa donde recoger a la asamblea y recogeros en oración. Estad dentro de esta casa en estos días y orad asiduamente para prepararos a la venida del Espíritu Santo, que os completará para vuestra misión. Recordad que Yo -y era Dios- me preparé con una severa penitencia a mi ministerio evangelizador. Vuestra preparación será siempre más fácil y más breve. Pero no exijo más de vosotros. Me basta con que oréis con asiduidad, en unión con los setenta y dos y bajo la guía de mi Madre, la cual os confío con solicitud filial. Ella será para vosotros Madre y Maestra, de amor y sabiduría perfectos.

Habría podido enviaros a otro lugar para prepararos a recibir al Espíritu Santo. Pero no. Quiero que permanezcáis aquí.

Porque es Jerusalén, la que negó, es Jerusalén la que debe admirarse por la continuación de los prodigios divinos, dados en respuesta a sus negaciones. Después el Espíritu Santo os hará comprender la necesidad de que la Iglesia surja justamente en esta ciudad la cual, juzgando humanamente, es la más indigna de tener a la Iglesia. Pero Jerusalén sigue siendo Jerusalén, a pesar de estar henchida de pecado y a pesar de que aquí se haya verificado el deicidio. Nada la beneficiará. Está condenada.

Pero, aunque ella esté condenada, no todos sus habitantes lo están. Permaneced aquí por los pocos justos que tiene en su seno; permaneced aquí porque ésta es la ciudad regia y la ciudad del Templo, y porque, como predijeron los profetas, aquí, donde ha sido ungido, aclamado y exaltado el Rey Mesías, aquí debe comenzar su soberanía en el mundo y aquí, en este lugar en que Dios ha dado libelo de repudio a la sinagoga a causa de sus demasiado horrendos delitos, debe surgir el Templo nuevo al que acudirán gentes de todas las naciones.

Leed a los profetas (Isaías 2, 1-5; 49, 5-6; 55, 4-5; 60; Miqueas 4, 1-2; Zacarías 8, 20-23). Todo está en ellos predicho.

Primero mi Madre, después el Espíritu Paráclito, os harán comprender las palabras que los profetas dijeron para este tiempo.

Permaneced aquí hasta que Jerusalén os repudie a vosotros como me ha repudiado a mí; hasta que odie a mi Iglesia como me ha odiado a mí y maquine planes para exterminarla. Entonces llevad la sede de esta amada Iglesia mía a otro lugar, porque no debe perecer. Os digo que ni siquiera el Infierno prevalecerá contra ella. Pero si Dios os asegura su protección, no por ello tentéis al Cielo exigiendo todo del Cielo. Id a Efraím, como fue vuestro Maestro porque no era la hora de que fuera capturado por los enemigos. Os digo Efraím para deciros tierra de ídolos y paganos. Pero no será la Efraím de Palestina la que deberéis elegir como sede de mi Iglesia. Desde el corazón del hombre, la sangre se propaga a todos los miembros. Desde el corazón del mundo, el cristianismo se debe propagar a toda la Tierra.

Por ahora mi Iglesia es como una criatura ya concebida pero que todavía se está formando en la matriz. Jerusalén es su matriz y en su interior el corazón aún pequeño, en torno al cual se congregan los pocos miembros de la Iglesia naciente, envía sus pequeñas ondas de sangre a estos miembros.

Está para venir el Espíritu Santo, el Santificador, y vosotros quedaréis henchidos de Él. Mirad que estéis puros, como todo lo que debe acercarse al Señor. Yo también era el Señor como Él. Pero había revestido mi Divinidad con un velo para poder estar entre vosotros, y no sólo para adoctrinaros y redimiros con los órganos y la sangre de este velo, sino también para que el Santo de los Santos estuviera entre los hombres, eliminando la barrera, para todos los hombres, incluso para los impuros, de no poder depositar la mirada en Aquel al que temen mirar los serafines. Pero el Espíritu Santo vendrá sin velo de carne y se posará sobre vosotros y descenderá a vosotros con sus siete dones y os aconsejará. Ahora bien, el consejo de Dios es una cosa tan sublime, que es necesario prepararse para él con la voluntad heroica de una perfección, que os haga semejantes al Padre vuestro y a vuestro Jesús, y a vuestro Jesús en su relación con el Padre y con el Espíritu Santo. Así pues, caridad y pureza perfectas para poder comprender al Amor y recibirlo en el trono del corazón.

Sumíos en el vórtice de la contemplación. Esforzaos en olvidar que sois hombres y en transformaros en serafines. Lanzaos al horno, a las llamas de la contemplación. La contemplación de Dios es semejante a chispa que salta del choque de la piedra contra el eslabón y produce fuego y luz. Es purificación el fuego que consume la materia opaca y siempre impura y la transforma en llama luminosa y pura.

No tendréis el Reino de Dios en vosotros si no tenéis el amor. Porque el Reino de Dios es el Amor, y aparece con el Amor, y por el Amor se instaura en vuestros corazones en medio de los resplandores de una luz inmensa que penetra y fecunda, disuelve la ignorancia, comunica la sabiduría, devora al hombre y crea al dios, al hijo de Dios, a mi hermano, al rey del trono que Dios ha preparado para aquellos que se dan a Dios para tener a Dios, a Dios, a Dios, a Dios sólo. Sed, pues, puros y santos por la oración ardiente que santifica al hombre porque le sumerge en el fuego de Dios, que es la caridad.

¿Os acordáis de mis palabras de la última Cena? Os prometí el Espíritu Santo. Pues bien, está para llegar, para bautizaros no ya con agua, como hizo con vosotros Juan preparándoos para mí, sino con el fuego, para prepararos a que sirváis al Señor tal y como Él quiere que vosotros lo sirváis. Mirad, Él estará aquí dentro de no muchos días. Después de su venida vuestras capacidades aumentarán sin medida, y seréis capaces de comprender las palabras de vuestro Rey y hacer las obras que Él ha dicho que se hagan, para extender su Reino sobre la Tierra.

–           ¿Entonces vas a reconstruir, después de la venida del Espíritu Santo, el Reino de Israel? – le preguntan interrumpiéndole.

–           Ya no existirá el Reino de Israel, sino mi Reino, que se verá cumplido cuando el Padre ha dicho. No os corresponde a vosotros conocer los tiempos ni los momentos que el Padre se ha reservado en su poder. Pero vosotros, entretanto, recibiréis la virtud del Espíritu Santo que vendrá a vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en Judea y en Samaria y hasta los confines de la Tierra, fundando las asambleas en los lugares en que estén reunidas personas en mi Nombre; bautizando a las gentes en el Nombre Stmo. del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo, como os he dicho, para que tengan la Gracia y vivan en el Señor; predicando el Evangelio a todas las criaturas; enseñando lo que os he enseñado; haciendo lo que os he mandado hacer. Y Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.

Otra cosa quiero. Que la asamblea de Jerusalén la presida Santiago, mi hermano. Pedro, como jefe de toda la Iglesia, deberá emprender a menudo viajes apostólicos, porque todos los neófitos desearán conocer al Pontífice jefe supremo de la Iglesia. Pero grande será el predicamento que, ante los fieles de la naciente Iglesia, tendrá mi hermano. Los hombres son siempre hombres y ven las cosas como, hombres. A ellos les parecerá que Santiago sea una continuación de mí, por el simple hecho de ser hermano mío. En verdad digo que es más grande y más semejante al Cristo por la sabiduría que por el parentesco.

Pero, así es; los hombres, que no me buscaban mientras estaba en medio de ellos, ahora me buscarán en aquel que es pariente mío. Tú, Simón Pedro… tú estás destinado a otros honores…

Pedro dice:

–           Que no merezco, Señor. Te lo dije cuando te me apareciste, y te lo digo, en presencia de todos, una vez más. Tú eres bueno, divinamente bueno, además de sabio, y cabal ha sido tu juicio sobre mí. Yo renegué de ti en esta ciudad. Cabalmente has juzgado que no reúno las condiciones para ser su jefe espiritual. Quieres evitarme muchos vituperios justos…

Santiago de Alfeo se inclina rindiendo homenaje a Pedro y contesta:

–           Todos fuimos iguales, menos dos, Simón. Yo también huí. No es por esto, sino por las razones que ha expresado, por lo que el Señor me ha destinado a mí a este puesto; pero tú eres mi Jefe, Simón de Jonás, y como tal te reconozco. En la presencia del Señor y de todos los compañeros, te profeso obediencia. Te daré lo que pueda para ayudarte en tu ministerio, pero, te lo ruego, dame tus órdenes, porque tú eres el Jefe y yo el súbdito. Cuando el Señor me ha recordado una conversación ya lejana, he agachado la cabeza diciendo: “Hágase lo que Tú quieres”. Esto mismo te diré a ti a partir del momento en que, habiéndonos dejado el Señor, tú seas su Representante en la Tierra. Y nos querremos ayudándonos en el ministerio sacerdotal.

Jesús confirma:

–           Sí. Quereos unos a otros, ayudándoos recíprocamente, porque éste es el mandamiento nuevo y la señal de que sois verdaderamente de Cristo.

No os turbéis por ninguna razón. Dios está con vosotros. Podéis hacer lo que quiero de vosotros. No os impondría cosas que no pudierais hacer, porque no quiero vuestra perdición sino vuestra gloria. Mirad, voy a preparar vuestro lugar junto a mi trono. Estad unidos a mí y al Padre en el amor. Perdonad al mundo que os odia. Llamad hijos y hermanos a los que se acerquen a vosotros, o a los que ya están con vosotros por amor a mí.

Tened la paz de saber que siempre estoy preparado para ayudaros a llevar vuestra cruz. Yo estaré con vosotros en las fatigas de vuestro ministerio y en la hora de las persecuciones y no pereceréis, no sucumbiréis, aunque lo parezca a los que ven las cosas con los ojos del mundo. Sentiréis peso, aflicción, cansancio, seréis torturados, pero mi gozo estará en vosotros, porque os ayudaré en todo. En verdad os digo que, cuando tengáis como Amigo al Amor, comprenderéis que todas las cosas sufridas y vividas por amor a mí se hacen ligeras, aun las duras torturas del mundo. Porque para aquel que reviste todas sus acciones -voluntarias o impuestas- de amor, el yugo de la vida y del mundo se le transforman en yugo recibido de Dios, recibido de mí. Y os repito que mi carga está siempre proporcionada a vuestras fuerzas y que mi yugo es ligero, porque Yo os ayudo a llevarlo.

Sabéis que el mundo no sabe amar. Pero vosotros, de ahora en adelante, amad al mundo con amor sobrenatural, para enseñarle a amar. Y si os dicen, al veros perseguidos: “¿Así os ama Dios?, ¿haciéndoos sufrir?, ¿dándoos dolor? Entonces no merece la pena ser de Dios”, responded: “El dolor no viene de Dios. Pero Dios lo permite. Nosotros sabemos el motivo de ello y nos gloriamos de tener la parte que tuvo Jesús Salvador, Hijo de Dios”. Responded: “Nos gloriamos si nos clavan en la cruz, nos gloriamos de continuar la Pasión de nuestro Jesús”. Responded con las palabras de la Sabiduría (Sabiduría 2, 23-24): “La muerte y el dolor entraron en el mundo por envidia del demonio. Pero Dios no es autor de la muerte ni del dolor, ni se goza del dolor de los vivientes. Todas sus cosas son vida y todas son salutíferas”. Responded: “Al presente parecemos perseguidos y vencidos, pero en el día de Dios, cambiadas las tornas, nosotros, justos, perseguidos en la Tierra, estaremos gloriosos frente a los que nos vejaron y despreciaron”. Pero decidles también: “¡Venid a nosotros! Venid a la Vida y a la Paz. Nuestro Señor no quiere vuestra perdición, sino vuestra salvación. Por esto ha entregado a su Hijo predilecto, para la salvación de todos vosotros”.

Y alegraos de participar en mis padecimientos para poder estar después conmigo en la gloria. “Yo seré vuestra desmesurada recompensa” promete en Abraham (Génesis 15, 1) el Señor a todos sus siervos fieles. Sabéis cómo se conquista el Reino de los Cielos: con la fuerza; y a él se llega a través de muchas tribulaciones. Pero el que persevere como Yo he perseverado estará donde estoy Yo.

Ya os he dicho cuál es el camino y la puerta que llevan al Reino de los Cielos, y Yo he sido el primero en caminar por ese camino y en volver al Padre por esa puerta. Si existieran otros os los habría mostrado, porque siento compasión de vuestra debilidad de hombres. Pero no existen otros… Al señalároslos como único camino y única puerta, también os digo, os repito, cuál es la medicina que da fuerza para recorrerlo y entrar. Es el amor. Siempre el amor. Todo se hace posible cuando en nosotros está el amor. Y el Amor, que os ama, os dará todo el amor, si pedís en mi Nombre tanto amor como para haceros atletas en la santidad. Ahora vamos a darnos el beso de despedida, amigos míos queridísimos.

Se pone en pie para abrazarlos. Todos hacen lo mismo. Pero, mientras que Jesús tiene una sonrisa pacífica de una hermosura verdaderamente divina ellos lloran, llenos de turbación.

Juan, echándose sobre el pecho de Jesús, en medio de los fuertes espasmos a causa de los sollozos solicita por todos, intuyendo el deseo de todos:

–           ¡Danos al menos tu Pan! ¡Qué nos fortalezca en este momento!

Jesús le responde:

–           ¡Así sea!

Entonces toma un pan, lo parte después de haberlo ofrecido y bendecido y repite las palabras rituales. Y lo mismo hace con el vino, repitiendo después:

–           Haced esto en memoria mía – añadiendo- De mí que os he dejado esta arra de mi amor para seguir estando y estar siempre con vosotros hasta que vosotros estéis conmigo en el Cielo.

Los bendice y dice:

–           Y ahora vamos.

Salen de la habitación, de la casa…

Jonás, María y Marco están afuera. Se arrodillan y adoran a Jesús.

Jesús los bendice al pasar y dice:

–           La paz permanezca con vosotros, y el Señor os compense de todo lo que me habéis dado.

Marcos se alza y dice:

–           Señor, los olivares que hay a lo largo del camino de Betania están llenos de discípulos que te esperan.

–           Ve a decirles que se dirijan al Campo de los Galileos.

Marcos se echa a correr con toda la velocidad de sus jóvenes piernas.

Los apóstoles dicen entre sí:

–           Entonces, han venido todos.

Más allá, sentada entre Margziam y María Cleofás, está la Madre del Señor. Y viéndolo acercarse, se levanta y lo adora con todo el impulso de su corazón de Madre y de fiel.

Jesús las invita:

–           Ven, Madre, y también tú, María… – al verlas paradas, paralizadas por su majestad que es tan  resplandeciente y emana como en la mañana de la Resurrección.

Jesús no quiere apabullar con esta majestad suya, así que afablemente, pregunta a María de Alfeo:

–           ¿Estás sola?

María de Alfeo contesta:

–           Las otras… las otras están adelante… con los pastores y… con Lázaro y toda su familia… Pero nos han dejado a nosotras aquí, porque… ¡oh, Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!… ¿Cómo soportaré el no verte, Jesús bendito, Dios mío, yo que te quise incluso antes de que nacieras y que tanto lloré por ti cuando no sabía dónde estabas después de la matanza… yo que tenía mi sol y todo mi bien en tu sonrisa desde que volviste?… ¡Oh, cuánto bien! ¡Cuánto bien me has dado!… ¡Ahora sí que voy a ser verdaderamente pobre, viuda, ahora sí que voy a estar verdaderamente sola!… ¡Estando Tú, teníamos todo!… Aquella tarde creí conocer todo el dolor… Pero el propio dolor, todo aquel dolor de aquel día, me había ofuscado y… sí, era menos fuerte que ahora… Y además… estaba el hecho de que ibas a resucitar. Me parecía no creerlo, pero ahora me doy cuenta de que sí lo creía, porque no sentía lo que siento ahora… – y jadea ahogándose por el llanto.

Jesús llama a los pastores, a Lázaro, a José, a Nicodemo, a Manahén, a Maximino y a los otros de los setenta y dos discípulos. Les dice que se acerquen, pero quiere tener especialmente cerca a los pastores. Dice a éstos:

–           Venid aquí. Vosotros, que estuvisteis junto al Señor cuando vino del Cielo y que os inclinasteis ante su anonadamiento; estad ahora cerca del Señor cuando vuelve al Cielo, exultando en vuestro espíritu por su glorificación. Habéis merecido este puesto porque habéis sabido creer contra toda circunstancia desfavorable y habéis sabido sufrir por vuestra fe. Os doy las gracias por vuestro amor fiel.

A todos os doy las gracias. A ti, Lázaro amigo. A ti, José, y a ti. Nicodemo, compasivos con el Cristo cuando serlo podía significar un gran peligro. A ti Manahén, que por ir por mi camino has sabido despreciar los sucios favores de un inmundo. A ti Esteban, florida corona de justicia, que has dejado lo imperfecto por lo perfecto y serás coronado con una corona que todavía no conoces pero que te será anunciada por los ángeles. A ti Juan, por breve tiempo hermano mío en el pecho purísimo y venido a la Luz más que a la vista. A ti Nicolái, que siendo prosélito, has sabido consolarme por el dolor de los hijos de esta nación. Y a vosotras discípulas buenas y más fuertes que Judit, sin que por ello dejan de ser dulces.

Y a ti Margziam niño mío, qué tomarás a partir de ahora el nombre de Marcial, en memoria del niño romano matado en el camino y puesto delante del cancel de Lázaro con el rótulo de desafío: “Y ahora di al Galileo que te resucite, si es el Cristo y si ha resucitado”…  Último de los inocentes que en Palestina perdieron la vida por servirme a Mí aun inconscientemente y primero de los inocentes de todas las naciones; de los inocentes que por haberse acercado a Cristo, serán odiados y recibirán prematura muerte, como capullos de flores arrancados de su tallo antes de abrirse. Que este nombre, Marcial, te señale tu destino futuro: sé apóstol en tierras bárbaras y conquístalas para tu Señor, como mi amor conquistó al niño romano para el Cielo.

A todos…  A todos os bendigo en este adiós, invocando al Padre, invocando para vosotros la recompensa de los que han consolado el doloroso camino del Hijo del hombre. Bendita sea la Humanidad en esa porción selecta suya, que está en los judíos y está en los gentiles y que se ha manifestado en el amor que ha tenido hacia mí.

Bendita sea la Tierra con sus hierbas y sus flores; benditos sus frutos, que me procuraron delicia y alimento muchas veces. Bendita sea la Tierra con sus aguas y con su calor, por las aves y los animales, que muchas veces superaron al hombre en confortar al Hijo del hombre. Bendito seas tú, Sol, bendito seas tú, mar, benditos seáis vosotros, montes, colinas, llanuras; benditas vosotras, estrellas que me habéis acompañado en la nocturna oración y en el dolor. Y tú, Luna, que has sido luz para mis pasos durante mi peregrinaje de Evangelizador. Benditas seáis todas las  criaturas obras del Padre mío, compañeras mías en este tiempo mortal, amigas de Aquel que había dejado el Cielo para quitar a la atribulada Humanidad las espinas de la Culpa que separa de Dios. (Con su última bendición – dirá la Madre Santísima – Jesús devolvió bondad y santidad a todas las cosas de la Creación) ¡Benditos seáis también vosotros  instrumentos inocentes de mi tortura: espinas, metales, madera, cuerdas trenzadas, porque me habéis ayudado a cumplir la Voluntad del Padre mío!

¡Qué voz tan resonante tiene Jesús! Se expande por el aire templado y sereno como voz de bronce golpeado; se propaga en ondas sobre el mar de rostros que lo miran desde todas las direcciones. Rodeándolo mientras sube con aquellos a quienes más quiere hacia la cima del Monte de los Olivos. Al llegar al principio del Campo de los Galileos, despoblado de tiendas en este período situado entre las dos fiestas, Jesús ordena a los discípulos:

–           Detened a la gente donde está. Luego seguidme.

Y sigue subiendo hasta la cima junto con su Madre, los apóstoles, Lázaro, los pastores y Marcial.

Jesús luego se sube sobre un gran peñasco albeante entre la hierba verde de un claro. El sol incide en Él, haciendo blanquear cual si fuera nieve su túnica; relucir cual si fueran de oro, sus cabellos. Y sus ojos centellean con luz divina.

Abre los brazos en ademán de abrazar: parece querer estrechar contra su pecho a todas las multitudes de la Tierra, que su espíritu ve representadas en esa muchedumbre.

Su inolvidable, inimitable voz da la última orden:

–           ¡Id! Id en mi Nombre, a evangelizar a las gentes hasta los extremos confines de la Tierra. Dios esté con vosotros. Que su amor os conforte, su luz os guíe, su paz more en vosotros hasta la vida eterna.

Se transfigura en belleza. ¡Hermoso! Tanto y más hermoso que en el Tabor.

Caen todos de rodillas, adorando. Él, elevándose ya de la piedra en que se apoyaba, busca una vez más el rostro de su Madre y su sonrisa alcanza una potencia que nadie podrá jamás representar… Es su último adiós a su Madre.

Sube, sube… El Sol, aún más libre para besarlo -ahora que no hay frondas, ni siquiera sutiles, que intercepten el camino de sus rayos-, incide con sus resplandores sobre el Dios-Hombre que asciende con su Cuerpo santísimo al Cielo y evidencia sus Llagas gloriosas, que resplandecen como rubíes vivos. El resto es un perlado sonreír de luces. Es verdaderamente la Luz que se manifiesta en lo que es, en este último instante como en la noche natalicia.

Centellea la Creación con la luz del Cristo que asciende. Una luz que supera a la del Sol. Una luz sobrehumana y beatísima. Una luz que desciende del Cielo al encuentro de la Luz que asciende… Y Jesucristo, el Verbo de Dios, desaparece para la vista de los hombres en este océano de esplendores…

En la tierra, dos únicos ruidos en el silencio profundo de la muchedumbre extática: el grito de María cuando El desaparece: « ¡Jesús!», y el llanto de Isaac.

Los demás están enmudecidos por religioso estupor y permanecen allí como en espera de algo, hasta que dos luces angélicas en forma mortal, aparecen y dicen las palabras recogidas en el primer capítulo de los Hechos Apostólicos:

–           Hombres de Galilea, ¿por qué estáis mirando al Cielo? Este Jesús, que os ha sido ahora arrebatado y que ha sido elevado al Cielo, su eterna morada, vendrá del Cielo, en su debido tiempo, tal y como ahora se ha marchado.

DICE MARÍA:

Supone generosidad ofrecerse víctima por el mundo y es grande y santa esta generosidad; porque os hace semejantes a mi Jesús, Víctima Inocente, Santa, Aniquilada por el Amor. Pero se da otra generosidad, aún más excelsa: La Generosidad Heroíca.

Se da la Suprema heroicidad en el Sacrificio, cuando una creatura lleva su amor hasta saber renunciar al consuelo de contar con la ayuda y la Presencia sensible de Dios.

Yo la probé. Yo puedo enseñaros porque soy Maestra en esta Ciencia del Sacrificio; quién a este punto llega, deja de ser alumno y se convierte en maestro. SABER RENUNCIAR a la Libertad, a la salud, a la maternidad, al amor y por último: AL CONSUELO DE DIOS. Que es el que hace soportables todas las renuncias, las endulza y las hace deseables.

Entonces es cuando se apura el acíbar que bebió mi Hijo y se hace comprensible la soledad que envolvió mi corazón, desde la mañana de la Ascensión, hasta mi Asunción.  Esta es la perfección del sufrimiento.

Con todo yo era feliz dentro de mi sufrir; porque no había egoísmo, sino encendida caridad.

Como supe dar cumplimiento en grados ascendentes, a todas las ofrendas y todas las separaciones; teniendo siempre presente en mi espíritu, que cuando lo traspasaban, era conforme a la Voluntad de Dios, mi Señor y aumentaban su Gloria.  Me preparé a estos dolores y supe separarme poco a poco: primero a la preparación de su Misión; a su Predicación; a su Captura; a su Muerte y Sepultura. Supe sonreír y bendecirlo, sin tener en cuenta las lágrimas del corazón.

Al rayar el alba del cuadragésimo día de su Vida Gloriosa; cuando sin testigos como en la mañana de su Resurrección, vino a darme su beso, antes de ascender al Cielo. Había convivido con los apóstoles y había completado las enseñanzas con las que daba vida a la Naciente Iglesia. Me la entregaba para que la tutelase, mientras se fortalecía lo suficiente para caminar solita.

Yo Madre, perdía al Hijo que con su Presencia me proporcionaba el gozo inefable. Pero Yo, también su Primera Creyente; sabía que terminaba para ÉL, su estancia en este mundo, que por más que ya no podía dañarlo; no por eso dejaba de serle hostil.

Se abrieron los Cielos para recibir en la Gloria, al Hijo que tornaba al Padre tras el Dolor. De nuevo se juntó el Amor Trino sin más separaciones. El que llegase a faltarme la Luz y la respiración al no estar ya mi Jesús en el Mundo; el que faltase en el aire su aliento que lo santificara; el que EL, tras haber sido el Hijo del Hombre y volviese a ser el Hijo de Dios, revestido para siempre de su Gloria Divina; fue mi último FIAT  en la Tierra, no menos pronto y generoso que el de Nazaret.

Siempre FIAT a los Quereres de Dios. Ya venga a unirse con nosotros o se nos aleje para prepararnos la mansión en su Reino. Y vivir sin que disminuya un solo grado el amor, por más que ya no esté visible con nosotros.

Se ha de ofrecer esta renuncia para su gloria y por los hermanos,  a fin de que nuestra soledad se cambie para ellos en Divina Compañía y el silencio que ahora nos produce decaimiento; se cambie en Palabra para tantos que se encuentran en necesidad de ser Evangelizados por el Verbo.

*******

Oración.

Amado Padre Celestial: Por tu Infinita Bondad, enséñanos y ayúdanos a ser generosos en la pobreza de espíritu. Ayúdanos a desprendernos de todo y a no aferrarnos a nada que no seas Tú. Danos la humildad y la docilidad que necesitamos, para hacer de Ti el centro de nuestra vida y la razón de nuestra existencia. Ayúdanos a decirte como nuestra Madrecita del Cielo, siempre SÍ a todo lo que nos pidas. Pero también ayúdanos a darte, todo lo que nos vas a pedir. Gracias ABBA Santísimo, seas Bendito y Alabado por los infinitos siglos de los siglos. Amen

PADRE NUESTRO…

DIEZ AVE MARÍA…

GLORIA…

INVOCACIÓN DE FÁTIMA…

CANTO DE ALABANZA…

19.- ATRAPADA…


Nadie intentó detener a Bernabé. Los sirvientes y los soldados que lo vieron pasar con Alexandra semidesmayada en los brazos creyeron que se trataba de un esclavo que lleva a su ama embriagada.

Además, la presencia de Actea fue suficiente para abrirles el paso. Y así se fueron desde el triclinium, a lo largo de una serie de salas y galerías interiores hasta llegar a las habitaciones de Actea.

Después que recorrieron la columnata, entraron por un pórtico lateral que daba a los jardines imperiales. El aire fresco de la mañana despertó a Alexandra. La aurora pinta el cielo con resplandecientes y cambiantes colores, que se reflejan en las copas de los pinos y los cipreses, a los primeros albores de la mañana.

Esa parte del conjunto de edificios que conforman el Palatino; está casi vacía y solo llegan apagados los últimos sonidos de la fiesta que ya agoniza.

A Alexandra le parece que ha sido rescatada del Infierno y al mirar en aquel hermoso lugar el firmamento, la espléndida aurora, la luz, la paz, el silencio, el sonido de la naturaleza que despierta; llorando busca refugio en los brazos del gigante.

Y exclama entre sollozos:

–           ¡Vámonos a la casa de Publio, Bernabé! ¡Vámonos!

Bernabé contestó:

–           Sí. Nos iremos.

Pero Actea movió la cabeza negando y a su señal, Bernabé depositó a Alexandra sobre una banca de mármol, a corta distancia de la fuente.

Actea se esfuerza por tranquilizarla. Le asegura que por el momento no hay ningún peligro, pues todos están tan embriagados, que dormirán hasta muy tarde.

Alexandra insiste como una niña.

–           Debemos regresar a nuestra casa, Bernabé. ¡Vámonos!

Actea dijo entonces:

–          A nadie le está permitido huir de la casa de Nerón. Quién lo intente ofende la majestad el César. Es verdad, podrían irse. Pero en la tarde un centurión con una partida de soldados, sería portador de una sentencia de muerte para toda la familia de Publio Quintiliano. Traerán nuevamente al palacio al rehén y para entonces no tendrás ninguna salvación. Si Publio y su esposa te reciben les llevarás la muerte.

Alexandra dejó caer los brazos con desaliento: ¡Está atrapada! Debe escoger entre su ruina y la ruina de Publio.

Al saber que Marco Aurelio y Petronio han sido los responsables de su situación, ya no hay solución posible. Solo un milagro puede salvarla del abismo de la degradación: un milagro y el poder de Dios.

Alexandra dijo con angustia:

–           Actea. ¿Oíste cuando dijo Marco Aurelio que el César me había destinado para él y que mandaría por mí esta misma tarde, a unos esclavos suyos para que me lleven a su casa?

Actea contestó lacónica:

–           Sí. En la casa del César no estarás más segura que en la de Marco Aurelio.

Y siguió un silencio más que expresivo.

Alexandra lo comprendió.

Actea le dijo sin palabras: “Resígnate a tu suerte. Eres un rehén de Roma. Tendrás que ser la concubina de Marco Aurelio.”

La joven que todavía siente en sus labios, los besos ardientes del oficial, se ruborizó de vergüenza al recordar la afrenta…

Y exclamó con ímpetu incontenible:

–           ¡Jamás!…  No permaneceré aquí. Ni en la casa de  Marco Aurelio… ¡Jamás!

Actea la miró atónita y preguntó con una gran sorpresa en voz:

–           Pero ¿Entonces tú aborreces a Marco Aurelio?

A Alexandra le fue imposible contestar.

Sintió su corazón hecho pedazos por la desilusión, por el dolor y su llanto brotó incontenible.

Actea la abrazó tratando de consolarla.

Bernabé aprieta los puños, conteniéndose a duras penas.

Actea, que sigue confortando a Alexandra con sus caricias maternales, le pregunta:

–           ¿Tan odioso te es Marco Aurelio?

Alexandra murmura entre sollozos:

–           No es odio. Yo le amaba.

–           Nuestra doctrina, tampoco permite matar.

–           Lo sé.

–          Entonces ¿Cómo puedes querer que la venganza del César, caiga sobre la casa de Publio Quintiliano?

Sigue un largo silencio…

Por primera vez en mucho tiempo, Alexandra siente la dolorosa amargura de la esclavitud.

Actea continúa:

–          Desde que era niña he vivido en esta casa y sé perfectamente lo que es la cólera del César. ¡NO! Tú no estás en libertad para huir de aquí. Lo único que te queda es recordar que solo eres una cautiva. E implorar de Marco Aurelio que te regrese a la casa de Publio.

Pero Alexandra la tomó de la mano y suplicó:

–           Acompáñame a orar.

Y se puso de rodillas implorando al Altísimo Señor del Universo.

Actea y Bernabé hicieron lo mismo.

Y los tres dirigieron sus plegarias al Cielo, en la casa del César, al amanecer.

El sol asoma con sus primeros rayos, iluminando las tres figuras que imploran la protección del Altísimo, en aquella mansión saturada de infamia y de crimen.

Oraron con fervor y al fin, cuando Alexandra se levantó; hay en su rostro una expresión de paz y de esperanza.

Bernabé se levantó también y esperó las órdenes de su ama.

Alexandra exclamó decidida:

–         Que Dios bendiga a Publio y a Fabiola. No me está permitido llevarles la ruina a su casa y por lo tanto, no volveré a verlos nunca más.

Publio no sabrá dónde estaría ella. Nadie lo sabrá; porque va a fugarse cuando se efectúe el traslado y esté en camino hacia la casa de Marco Aurelio.

Él le dijo cuando estaba ebrio que mandaría a sus esclavos a buscarla en la tarde. Nunca hubiera hecho semejante confesión, si hubiera estado sobrio…

Entonces se volvió hacia Bernabé:

–           Por favor avísale al obispo Acacio. Y espera su consejo y su ayuda. Debes estar pendiente de mi traslado, para que organices mi rescate.

Bernabé exclamó con energía:

–           Voy inmediatamente. Por si tardamos demasiado en venir por ti y nos alcanza la noche, por favor vístete de blanco. No te preocupes por nada. Todo saldrá bien.

La realización de este plan, le devolvió la sonrisa y los colores al rostro de Alexandra. Y en un impulso, abrazó a actea diciéndole:

–           Tú no me denunciarás. ¿Verdad Actea?

Actea negó con la cabeza y admiró su increíble intrepidez. Luego confirmó apoyándola:

–          No lo haré. Te lo prometo. Pero ruega a Dios que dé a Bernabé las fuerzas, para poder arrancarte de tus conductores.

Bernabé está feliz y Actea sorprendida. El plan es perfecto.

Al efectuar la fuga en estas circunstancias. El César acaso ni siquiera se moleste en ayudar a Marco Aurelio a perseguirla. Y su huida ya no será crimen de lesa majestad, puesto que ya es propiedad de Marco Aurelio y no del César.

Bernabé se inclinó y dijo:

–           Voy ahora mismo a la casa del santo obispo. –y salió rápido a cumplir el encargo.

Alexandra siente un inmenso dolor por perder a sus seres queridos. Lamenta mucho no poder regresar a su hogar, donde siempre se sintió protegida y amada. Pero piensa que ha llegado el momento de poner en práctica las enseñanzas más difíciles que ha recibido: tiene que sacrificar las comodidades y el bienestar, por el culto a la verdad. Va a empezar una vida errante, pero esa es su prueba de Fe. Creer o no creer. ¿Confía o no confía en Jesucristo?

Decidió confiarle todo su futuro y de allí en adelante, Él Mismo guiará sus pasos. Ella solo será una hija fiel y sumisa a su divina Voluntad.

Y si la esperan los sufrimientos, le ruega a Dios aprender a amarlos y soportarlos, por amor a Él. Todo lo que Él disponga, lo aceptará con amor. Ella cree en la Vida Eterna y sabe que en el Cielo recuperará a sus seres queridos. Él se lo prometió cuando oró. Y ella le creyó. Ella es cristiana y ha llegado el momento de rendir el Verdadero Culto al Dios que ama sobre todas las cosas.

En su corazón se mezcla la alegría, el dolor y el miedo a lo desconocido…  Pero éste último, se desvanece al recordar que Jesús está con ella y cuenta con su protección y la de su Madre Santísima. Ahora es el momento de emprender el camino… Pero…

¿A dónde?

Eso qué importa. Dios lo sabe y es más que suficiente, porque ha puesto su confianza en Él. Volvió a sentirse feliz, segura y protegida. Y todo esto se trasluce en su bello semblante.

Sabe que emprende una aventura que puede tener un desenlace fatal, para huir del amor del apuesto tribuno del que se ha enamorado, pero ¿Y qué? Ama a Marco Aurelio que es un traidor y un mentiroso. Pero ama más a su Dios Uno y Trino y ÉL, le ayudará a sanar su corazón. Esto no es un juego.

La Verdad es Dios. Todo lo demás es vanidad, falsedad y espejismo. Marco Aurelio le ofrece un futuro lleno de vergüenza, de mentira y de dolor como el de Actea… ¿Qué es el Palacio del César? Una cloaca de vicios y degradación. Nunca había sentido tanto asco, como el que sintió la noche anterior. ¿Para qué sirven tanto lujo, riquezas y fastuosidad? Volvió a recordar a Marco Aurelio y la fascinación que ejerció en ella… Y lágrimas de dolor, de vergüenza, de humillación y desilusión bañaron sus mejillas, con un llanto ardiente y silencioso.

Pero también son lágrimas de agradecimiento. Ella es una verdadera princesa. Y  una princesa celestial. Y con su oportuna intervención, Bernabé la ha salvado de ser únicamente una prostituta privilegiada.

Su destino está sellado. Ahora está segura del Amor de Dios que vela sobre ella. Y su resolución se fortalece. Decide enfrentar lo que venga. Su rostro radiante y su sonrisa llena de dulzura, le devuelven la belleza por la que Marco Aurelio se ha vuelto loco.

Actea es demasiado prudente y piensa con terror en lo que pueden traer las próximas horas. 

Pero no se atreve a descubrir a Alexandra sus temores y la invita a ir a sus habitaciones a tomar el reposo que es necesario, después de la desvelada anterior.

Alexandra acepta y llegan al cubículum que es muy amplio y está lujosamente amueblado. Allí se recuestan, cada una en su propio lecho.

Más a pesar del cansancio, Actea no puede conciliar el sueño.

Se vuelve hacia Alexandra para conversar sobre su próxima fuga y la ve apaciblemente dormida, como si no la amenazara ningún peligro. Y a través de la cortina, que no ha sido corrida por completo; llega un rayo de sol en cuya extensión titilan en el aire, unos átomos de polvo, suspendidos en el rayo de oro. A la luz de esos rayos contempla Actea el delicado rostro de la joven, que descansa apaciblemente con la respiración regular de quién duerme con un tranquilo sueño.

Y se dijo mentalmente:

–           ¡Ella es tan diferente de mí!

Al pensar en los peligros que la aguardan, siente una inmensa pena y el impulso de protegerla, pero ¿Cómo? Sin poder contenerse la besa suavemente en los cabellos.

Alexandra siguió durmiendo por largas horas.

Era más del mediodía cuando abrió sus ojos y distinguió en medio de la semioscuridad, la figura de la griega.

Y amodorrada, preguntó:

–           ¿Eres tú, Actea?

La griega contestó dulcemente:

–           Sí. Alexandra.

–           ¿Es muy tarde?

–           No. Pero son más de las doce.

–           ¿Bernabé no ha regresado?

–           No dijo que volvería, sino que permanecería al asecho de la litera.

–           Es verdad.

Abandonaron ambas el cubículum y se dirigieron al baño.

Después de arreglarse otra vez y ataviarse con otros vestidos, almorzaron y enseguida se dirigieron a los jardines del palacio, que se encuentran vacíos, puesto que el César y sus cortesanos todavía están durmiendo, después de la juerga de la noche anterior.

Esta vez, Alexandra pudo apreciar en todo su esplendor, los magníficos jardines. Hay enormes pinos, cipreses, robles, olivos y arrayanes. Muchas flores y una gran variedad de estatuas. Los estanques de aguas cristalinas, parecen espejos. Muchos rosales en plena floración son salpicados por las gotas de las fuentes. Hay grutas, arroyuelos y pequeñas cascadas, rodeados de exuberantes madreselvas, hiedras y vides. Cisnes, gacelas, venados, pavorreales blancos y de vistosos colores. También flamencos y aves exóticas de coloridos y riquísimos plumajes, vagan en total libertad. Bellísimos animales procedentes de todos los países conocidos de la tierra. Muchos esclavos están trabajando en el cuidado de los jardines: cantando, podando, arreglando y regando.

Las dos dieron un prolongado paseo, admirando aquella increíble belleza natural y decorada, que a cada paso les brinda alegría y motivos para alabar al Creador; por la sorpresa de tantos primores que se albergan ahí. Y nadie más que ellas dos pasean por aquel espléndido lugar.

Alexandra piensa que si el César fuera bueno, sería muy feliz viviendo en aquel palacio y rodeado de tanta belleza, en aquellos fantásticos jardines.

Cuando se sintieron un tanto fatigadas se sentaron en un banco de mármol que está  oculto casi por completo detrás de unos cipreses. Y volvieron a conversar sobre el proyecto de la fuga.

Actea está más que preocupada por el éxito de la empresa.

Todo lo contrario de Alexandra, que está convencida de que un milagro la va a salvar…

Actea no oculta su zozobra:

–          Pienso que es un plan insensato que va a ser imposible de realizar. Sería mucho más seguro intentar convencer a Marco Aurelio de que voluntariamente te regrese a la casa de Publio. Por el tiempo que tienes de conocerlo, ¿No crees que sería más probable que tú logres influir en su decisión y que se retracte de lo que ha hecho?

Alexandra niega moviendo con tristeza la cabeza:

–         No. En la casa de Publio, Marco Aurelio era muy distinto. Fue muy bueno y gentil. El hombre de ayer, es para mí un desconocido. Un sátiro protervo y  me causa pavor y prefiero huir hasta el fin del mundo, antes que caer en sus manos.

–           Pero en la casa de Publio, Marco Aurelio era para ti alguien muy especial. Hasta llegaste a amarlo. ¿No es así?

–           Lo fue y lo amo todavía. –esta última frase la musitó con voz casi inaudible- Pero este amor está condenado a morir. El hombre del que me enamoré no existe. –y Alexandra inclinó su rostro y cerró los ojos con dolor. Luego concluyó- No puedo amarlo. Ahora ya no.

–           Pero tú no eres una esclava. –La voz de Actea es reflexiva- Marco Aurelio podría casarse contigo. En tus venas corre sangre real. Tú eres un rehén y la hija del rey Vardanes I. Publio y Fabiola te aman como a su hija, ellos podrían adoptarte y así ya no habría ningún obstáculo legal para que fueras su esposa. Marco Aurelio y tú formarían una pareja y una familia muy respetable dentro de la sociedad romana.

Alexandra la miró con sus ojos angustiados y contestó con voz suave:

–           No. No me casaré con él. Prefiero huir hasta el fin del mundo.

–           Alexandra, por favor recapacita. Si tú quieres yo puedo ir a la casa de Marco Aurelio, hablo con él y le digo lo que acabo de decirte.

Pero ella contestó con dolor y firme determinación:

–           ¡No! Ya no quiero saber nada de él.

Y de sus ojos brota su corazón deshecho en el más amargo llanto.

El ruido de pasos que se aproximan interrumpe su conversación.

Y antes de que Actea pueda hacer ningún movimiento, sorpresivamente tuvieron frente a ellas a Popea Sabina con un pequeño séquito de esclavos.

Dos de ellos sostienen sobre su cabeza, varios haces de plumas de avestruz, sujetos con alambres dorados y con ellos abanican suavemente a la emperatriz y al mismo tiempo la protegen del sol de verano que se deja sentir con fuerza.

Delante de ella, una mujer africana negra como el ébano y con los senos turgentes y rebosantes de leche, lleva en sus brazos a una niña envuelta en un suave manto, púrpura con franjas de oro.

Actea y Alexandra se ponen de pié, creyendo que Popea seguirá adelante, sin fijarse en ellas, pero no fue así.

Popea Sabina se detuvo cuando las vio y se acercó hasta quedar frente a ellas. Luego dijo:

–           Actea, los cascabeles que enviaste a la niña no estaban bien asegurados. La niña cortó uno y se lo llevó a la boca. Afortunadamente Coralia pudo verla a tiempo.

–           Perdón, divinidad. –contesta Actea inclinando la cabeza y cruzando los brazos sobre el pecho.

Pero Popea mira detenidamente a Alexandra…

Y después de una larga pausa, preguntó con voz neutra:

–           ¿Quién es esta esclava?

–           No es una esclava, divina Augusta. Sino la hija adoptiva de Publio Quintiliano e hija de Vardanes I, rey de los partos y entregada a Roma como rehén.

–           ¿Y ha venido a visitarte?

–           No, Augusta. Desde anteayer vive en el palacio.

–           ¿Estuvo anoche en la fiesta?

–           Sí, Augusta.

–           ¿Por orden de quién?

–           Por mandato del César.

Al escuchar esto, Popea contempla entonces con más atención a Alexandra, quién se  mantiene de pié con la cabeza ligeramente inclinada, mirando a Popea con disimulada curiosidad y respeto en sus ojos brillantes.

De repente un ceño de contrariedad se dibuja en la frente de la emperatriz…  Celosa de su belleza y de su poder, vive en continua alerta por temor de que  alguna vez, una afortunada rival, pueda ser su perdición; tal y como ella misma lo había sido para Octavia. De allí que toda mujer hermosa que ve en el palacio, despierta en ella mortificantes suspicacias.

Con verdadero ojo crítico, abarcó de un solo golpe y en conjunto, el cuerpo escultural de la doncella y pudo aquilatar hasta el más mínimo detalle de sus exquisitas facciones; de sus ojos increíbles y de su bellísimo rostro. Este examen minucioso la hizo estremecer y se apoderó de ella un gran sobresalto. Su inteligencia reconoció el enorme peligro que representa esta beldad que la rebasa. Y por primera vez sintió miedo.

–           ¡Es más bella que Venus! –pensó. Y de pronto pasó por su mente una idea que no la había perturbado hasta entonces, en presencia de ninguna otra mujer bella: ¡Qué la edad empezaba a hacer estragos en ella!

Y entonces su vanidad herida palpitó con violencia.

En el alma de Popea, se fue materializando una creciente alarma y varias formas sucesivas de inquietud, cruzaron por su mente como relámpagos: ¿Acaso Nerón no había visto a esta joven ninfa? ¿A través de su esmeralda no había apreciado su portentosa belleza? Más… ¿Qué pasaría si el César contemplara en pleno día y a la luz del sol, semejante maravilla de mujer? Por otra parte no es una esclava. ¡Es una verdadera princesa real! ¡La hija de un rey! “¡Dioses inmortales, es tan hermosa como yo y mucho más joven!”  Con estas reflexiones se hizo más profundo el surco de su entrecejo. Y sus ojos brillaron con un frío fulgor de acero, bajo sus rubias pestañas.

Su voz se endureció al preguntar a Alexandra:

–           ¿Has hablado con el César?

Alexandra respondió gentil:

–           No, Augusta.

–           ¿Por qué prefieres quedarte aquí a seguir en la casa de Publio?

–           No lo prefiero, señora. Petronio indujo al César a que me sacara de su casa.   Mi  presencia aquí es contra mi voluntad.

–           Así que ha sido Petronio… ¿Y tú quisieras volver a la casa de Publio?

Y como Popea hizo esta pregunta en forma más benigna y suave, se despertó una esperanza en el corazón de Alexandra. Y extendiendo suplicante la mano, dijo:

–           Señora, el César ha prometido darme a Marco Aurelio como esclava. Más tú intercede por mí y regrésame a la casa de Publio.

Y con una sonrisa llena de inocencia, Popea repite:

–           ¿Entonces Petronio indujo al César a que te sacara de la casa de Publio y te diese a Marco Aurelio?

–           Precisamente señora. Marco Aurelio va a enviar hoy por mí. Por favor ten compasión y ayúdame a regresar a la casa de los Quintiliano.

Al decir esto se inclinó y tomando la orla del traje de Popea, esperó su respuesta con el corazón anhelante.

Popea la siguió contemplando por unos momentos que parecieron eternos…

Y después, con el semblante iluminado por una diabólica sonrisa, dijo al fin:

–           Entonces te prometo que hoy mismo serás la esclava de Marco Aurelio.

Y prosiguió su paseo soberbiamente fastuosa, como una poderosa deidad maligna. Las palabras de Popea siguieron resonando en el aire como una diabólica sentencia…

Y a los oídos de Alexandra y de Actea, que se habían quedado como estatuas, solo llegaron los gemidos de la niña, que comenzó a llorar de repente.  A Alexandra se le llenaron los ojos de lágrimas, pero respiró profundo, se dominó y tomando la mano de Actea, le dijo:

–           Volvamos. El auxilio ha de esperarse tan solo de Aquel que puede darlo.

Y regresaron al atrium, del cual no salieron hasta la tarde.

Actea reunió parte de sus joyas y las puso en una bolsa de fino paño que dio a Alexandra:

–           Por favor no rechaces este obsequio. Te servirán mucho en tu fuga.

Alexandra la abrazó. Y besándola en la mejilla le dijo:

–           Gracias.

Ya casi era de noche cuando se presentó Secundino, el liberto de Marco Aurelio, a quien había  visto una vez en la casa de Publio. El hombre anciano, pero todavía muy fuerte; hizo una profunda reverencia y dijo:

–           Divina Alexandra te saludo en nombre de Marco Aurelio Petronio, quien te espera en su casa con una fiesta preparada en tu honor.

La joven palideció y contestó:

–           Voy.

Y abrazando a Actea, se despidió de ella.

La griega, mentalmente oró:

“Ay Madrecita protégela, porque su futuro amenaza la más oscura tormenta”

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA