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18.- LA ORGIA Y EL DESENGAÑO


0-orgia-banquete-romano-l-7378vyVitelio por su parte, también se pone de pie. Y con total descaro, se despoja de su vestimenta.

Ante el asombro general, exhibe su miembro erecto y cubierto con un enorme falo de oro. Parece un dios Príapo bastante obeso y ridículo.priapo0

Como en una representación teatral, se dirige hacia el bello Esporo y pone en práctica su experiencia como spintrias. (Maestro del placer)

Epafrodito y Pitágoras, se unen y complementan el otro cuarteto.

Todos se acarician con la urgencia que hace desaparecer todas las inhibiciones y revelan el frenesí  animal, imposible de negar.

El Clímax del Banquete está listo… 

Nerón observa al pequeño grupo con los ojos semi-cerrados.

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Vuelve su mirada hacia el joven Aulo Plaucio que está sentado junto a él, en el lugar que poco antes ocupara Popea Sabina…

–         ¡Por Júpiter! ¡Qué hermoso es!

Sintió una febril excitación mientras su mente se llena de los más voluptuosos pensamientos. Saber que pronto va a estar acariciándolo y ser acariciado por él, lo hace sentir que se derrite por dentro.

Lo desea tanto y le proporciona tanto placer, que le ha prometido que lo adoptará y lo nombrará su heredero… ¡Oh!…

Con su lengua se humedece los labios y extiende su mano gorda y grande, temblorosa por el deseo, hacia él.

Por ahora, él y solamente EL, es el centro de todos sus anhelos.

Con un suspiro de deleite anticipado, el César se inclinó y lo besó apasionadamente en la boca.

Aulo Plaucio corresponde ardientemente al beso del emperador y…

Esto es una señal, que como el repique de una campana se extiende rápidamente y llega hasta el último rincón del Gran Triclinium…

Todos los invitados contienen el aliento…

Y en seguida en todas las mesas empiezan a repetirse escenas parecidas…

Cuando la Maldad y la Depravación solo se imaginan, se puede vivir con ellas

Pero cuando se revelan ante tus ojos en toda su crudeza y magnitud, la reacción es inmediata…

Alexandra está al mismo tiempo: asombrada, asqueada, fascinada y asustada.

Las rosas siguen cayendo y el cada vez más ebrio Marco Aurelio, le dice:

–           Te vi en la casa de Publio en la fuente. Clareaba la aurora y tú creíste que nadie te miraba, pero yo te vi. Y te veo así ahora, aunque ocultes tu cuerpo bellísimo con el peplo.

Ponlo a un lado, como lo ha hecho Julia Mesalina. Mira como hombres y mujeres buscan y piden amor. Nada hay en el mundo como el amor. Reclina sobre mi pecho tu cabeza y cierra los ojos.

El pulso de Alexandra late acelerado.

Le parece que sus sienes van a estallar. Se siente al borde de un abismo… Y es precisamente Marco Aurelio el que hasta hace poco pareciera su protector y tan digno de su confianza, el que en vez de salvarla de ese abismo, empieza a arrastrarla junto con él.

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Y lo lamentó profundamente por él.

Un asco profundo se apoderó de ella.  Se estremeció… 

Empezó de nuevo a tener miedo…

De la fiesta, de su compañero, de sí misma. Aunque siente que ya es demasiado tarde, pues la llama que los había envuelto a los dos, ha desaparecido…

 La desilusión la tiene paralizada y por momentos siente que va a desmayarse…

Y no quiere que esto suceda pues sabe que lo lamentará irreparablemente…

También sabe que a nadie le está permitido levantarse antes que el César.

Y aunque ella desea huir, tampoco le quedan fuerzas para moverse…

Y lo peor…

Todavía falta mucho para que termine la fiesta.

Los esclavos siguen trayendo nuevas viandas y llenando incesantemente las copas.

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La música sigue llenando el ambiente con sus melodías.

Siguieron luego otros espectáculos a los que ya casi nadie les presta atención, pues el vino ha comenzado a producir sus efectos en la mayoría de los invitados y el banquete se ha convertido en una colosal borrachera y licenciosa orgía.

La música sigue sonando.

El aire se vuelve sofocante. Las lámparas languidecen, con una luz cada vez más tenue.

Las guirnaldas de rosas que coronaban las cabezas, ya no están en su lugar y los semblantes se han vuelto pálidos y sudorosos.

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Vitelio ha rodado bajo la mesa.

Lucrecia totalmente desnuda, descansa mareada sobre el pecho de Tigelino; quién igual de ebrio, le sopla el polvo de oro de la cabeza de su compañera y alza luego la vista como enajenado de inmenso placer.

Babilo, con la majadería del borracho; narra por décima vez lo de la carta del procónsul.

Haloto saciado en su lujuria con Aminio Rebio y Galba, además de Lucila. Ahora sigue mofándose de los dioses, en un monólogo que nadie escucha.

Petronio no está borracho pues su inteligencia NO le permite perder la sobriedad, en el peligroso mundo en el que se desenvuelve su vida.

Pero Nerón que había bebido poco al principio, en consideración a ‘su voz divina’; después empezó a vaciar copa tras copa hasta quedar bastante embriagado.

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En ese estado, quiso cantar más versos suyos… Pero se le olvidaron.

Luego comenzó a admirar fascinado la belleza de Pitágoras y empezó a besarle extasiado las manos, mientras decía:

–           Solo una vez he visto manos tan hermosas… ¿Cuáles fueron? – y llevándose la palma de la mano a la frente, le pareció recordar… Y se llenó de terror- ¡Ah, sí! ¡Las manos de mi madre!..

¡Agripina! – Y luego, como si hablara consigo mismo- Dicen que ella vaga errante a la luz de la luna, sobre el mar, en los alrededores de Baias. Pero el pescador sobre el que ella fija la mirada, muere.

Petronio contestó con displicencia:

–           No es mal tema para una composición.

Nerón habla con su lengua torpe y trata de justificarse:

–          Este es el quinto año… tuve que condenarla porque envió asesinos contra mí y si no me hubiese adelantado a ella, no estaría yo aquí, esta noche…- y continuó divagando, tratando de defenderse y arrancar de algún modo, su tremendo sentimiento de culpa.

Y César siguió bebiendo.

Marco Aurelio también está igual de embriagado que los demás.

Por añadidura, su sangre arde por el deseo que siente por Alexandra y que se ha acrecentado de manera insoportable, pues ella lo ha esquivado hábilmente toda la noche. Se siente frustrado y tiene ganas de pelear. Su rostro ha palidecido. Y con su lengua torpe, dijo en voz alta e imperiosa:

–           ¡Alexandra, ya no me rechaces y dame tu amor! Hoy o mañana,  es igual. ¡Basta ya! ¡El César te hizo salir de la casa de Publio, para entregarte a mí! ¿Entiendes?

El César, antes de sacarte de tu casa, me prometió que serías mía. ¡Y tendrás que ser mía! ¡No te resistas más, no quiero esperar hasta mañana! ¡Ven y ámame!

Y se adelantó a abrazarla.

Pero ella se negó y se escudó detrás de la griega.

Actea empezó a defenderla y le imploró que tuviera piedad, intentando arrancarla de la vigorosa presión de los brazos de Marco Aurelio, que trata de besarla.

Alexandra siente en su rostro el aliento alcoholizado del que ya no es el hombre amante al que ella conociera y del que se había enamorado.  Ahora es un desconocido.

Un sátiro ebrio y protervo, que la llena de repulsión y de pavor. Pero se está quedando sin fuerzas y no consigue zafarse.

Cada vez le cuesta más trabajo esquivar el rostro para escapar de sus besos ardientes, pues Marco Aurelio se ha puesto de pie, la abraza con fuerza y ha comenzado a besarla apasionadamente.

Pero en ese preciso instante; una fuerza poderosa apartó los brazos de Marco Aurelio del cuerpo de la joven con tanta facilidad, como si hubiesen sido los brazos de un niño y lo hizo a un lado como si fuera un muñeco.

Por la fuerza del impulso, el tribuno cayó sobre el triclinio.

Marco Aurelio se pasó la mano por el rostro y miró con ojos atónitos la gigantesca figura de Bernabé, el sirviente de la casa de Publio.

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Bernabé está parado frente a él, sereno. Pero hay en sus ojos azules fijos en Marco Aurelio, una mirada que hiela la sangre en las venas del joven del patricio.

Enseguida, el gigante tomó a su reina entre sus brazos y salió del triclinium, con paso mesurado y tranquilo.

Actea le siguió.

Marco Aurelio quedó petrificado por un momento… y luego, corrió gritando:

–           ¡Alexandra! ¡Alexandra!

Pero al llegar a la puerta, la frustración, el asombro por la sorpresa, la ira, el vino y el aire frío, le hicieron sentir vértigo. Tambaleante, caminó unos pasos y finalmente, cayó al piso.

Dentro del Gran Triclinium,  casi la totalidad de los participantes al banquete, evidencia sus excesos de una u otra forma. Y no queda rastro alguno de la dignidad y la elegancia con la que habían llegado.

En el exterior clarea ya el alba…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

16.- INTENDENTE DEL PLACER


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Hasta entonces ella no le había visto nunca y su aspecto es muy diferente a como lo había imaginado…

Vio una figura casi grotesca: un hombre muy obeso, de cuello corto, con una cabeza y una cara como de niño. Trae una túnica de color amatista que ha sido prohibido a los simples mortales y  que da unos reflejos azulados a su rostro redondo, que es más bello que agradable.

Tiene los cabellos peinados en bucles simétricos. No tiene barba, pues la ha sacrificado a Júpiter; aunque hay rumores de que tal sacrificio se debe a su color rojo, como la han tenido todos en su familia.

Su frente es amplia, sus cejas pobladas con el ceño contraído. En todo su aspecto y sus ademanes se advierte su plena conciencia del poder supremo.

Alexandra recuerda también las conversaciones de Tito y Vespasiano en la casa de Publio y evoca la imagen que habían bosquejado de él:

Debajo de esa frente coronada de semidiós, está la cara de un muñeco siniestro y lleno de crueldad. Un beodo comediante, inflado de gordura a pesar de su juventud y con algo indefinible que lo hace repugnante.

A Alexandra le pareció un ser ominoso; pero más que nada, muy repulsivo…

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Después de una pausa larguísima, Nerón dejó la esmeralda y no miró más hacia donde estaba la joven.

Ésta a su vez, quedó impresionada por sus salientes ojos azules, vidriosos y como hastiados. Unos ojos fríos y completamente vacíos de toda expresión…

Mientras tanto…

En la mesa imperial, Nerón pregunta a Petronio:

–           ¿Es ésa el rehén del que está enamorado Marco Aurelio?El escritor se detuvo en el movimiento de llevar una aceituna a la boca y dijo con una gran indiferencia:

–           Ella misma.

–           ¿Cómo se llama su patria?

–              Parthia.

–           ¿Marco Aurelio la cree hermosa?–           Pon un tronco de olivo en un peplo de mujer y Marco Aurelio lo declarará hermoso. –Sonrió y agregó- Es un hombre demasiado gentil y yo no puedo hacer nada…

¡Oh!  Pero en tu semblante juez incomparable, estoy leyendo la sentencia… ¡No es necesario que la pronuncies! Y esa sentencia es justa: demasiado delgada, sin formas y sin gracia. Un simple botón sobre un frágil tallo.

Nerón preguntó con incredulidad:

–           ¿Cómo es posible? ¿Acaso tu sobrino no heredó en tu familia el amor por la auténtica belleza? Por lo que he podido apreciar, tengo que admitir que tiene un rostro esplendoroso.

Petronio replicó:

–           Tú mejor que nadie, sabes que eso no es suficiente.

–           Eso es cierto. Sólo la belleza sin defectos es capaz de cautivar. ¿Y aun así enamoró a Marco Aurelio? – Nerón está perplejo.alexandraPetronio hizo gala de toda su astucia:

–           Tu sensibilidad de artista solo aprecia la perfección absoluta  y en cuestión de mujeres, es necesaria la belleza provocativa y sensual.

El emperador confirmó:

–           No solamente en ellas, también en los hombres es necesaria, además de la fuerza. Y… – Hizo un gesto lascivo muy significativo y agregó- Y el placer supremo es obtener lo que se anhela.

El Árbitro de la Elegancia contestó un tanto displicente:

–           No obstante, estoy dispuesto a apostar con Haloto acerca de ella. Y por su preferencia hacia los varones, él encontrará que es hermosa porque está “muy estrecha de caderas”.

Nerón sonrió con picardía y repitió guiñando un ojo:

–           Muy estrecha de caderas.

En los labios de Petronio se dibujó una imperceptible sonrisa.

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Pero Haloto, que hasta ese momento había estado concentrado en una discusión con Babilo el astrólogo, respecto a los sueños premonitorios; se volvió hacia Petronio y aun cuando NO tiene la menor idea del asunto que se ha estado tratando, dijo con vehemencia:

–           ¡Estás equivocado! Yo opino como el César.

El escritor le replicó:

–           Muy bien. Acabo de sostener que tienes algunos destellos de inteligencia, pero el César insiste en que eres simplemente un asno.

Nerón soltó una sonora carcajada…

Y luego confirmó:

–           ¡Habet! (Así es) – volviendo hacia abajo el pulgar, como lo hace en el Circo cuando un gladiador recibe un golpe y debe ser eliminado.

En un extremo de la mesa imperial está sentado, el Intendente del Placer del César.

Aulo Vitelio heredó de su padre un maravilloso talento para la adulación y el día que nació, Sextilla su madre, una mujer severamente virtuosa y de distinguida familia, ordenó que trajeran a los astrólogos para que pronosticaran el horóscopo de su nacimiento.

Pero el augurio fue aterrador:

“Superando a Alcmeón, emulará a  Saturno y después de que alcance la dignidad suprema, un gallo cantará sobre su cabeza y tendrá el castigo de los parricidas.”

Esto espantó de tal suerte a toda su familia, que todos enfocaron todos sus esfuerzos en impedir que se le confiase ninguna provincia y que nunca tuviese el cargo de cónsul.

Cuando era todavía lactante, fue cedido por su padre al anciano Tiberio y pasó su primera infancia y parte de su adolescencia en Capri, adquiriendo el afrentoso nombre de “spintria” por el género de favores concedido al emperador en sus repugnantes complacencias.

En su juventud, después de que Calígula ajusticiara a un auriga porque perdió una carrera con Incitatus, empezó a guiar los carros del emperador.

Como es un hombre con una estatura muy elevada, tuvo un incidente en una carrera y la herida de su pierna le trajo como secuela, el tenerla más delgada que la otra y esto hace tenga una manera muy particular de caminar.

Después, dirigió su talento a otras cosas menos peligrosas y fue compañero de juegos de Claudio.

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Estas dos pasiones, más su innegable experiencia para complacer en todos los ámbitos, le atrajo  las simpatías de los últimos tres emperadores.

A Nerón lo conquistó completamente el día que estaba presidiendo los juegos neronianos y vislumbró que el emperador apenas podía reprimir el deseo de competir con los citaristas, pero no se atrevía a hacerlo, a pesar de las peticiones de varios de sus amigos.

En la inquietud resultante, Nerón miraba el teatro con absoluta fascinación y moviendo la cabeza, prefirió salir.

Entonces Vitelio se levantó y lo llamó al escenario, expresándole que también presidía los deseos del Pueblo y no estarían satisfechos hasta que les mostrara su extraordinario talento.

De esta manera, le proporcionó al emperador el placer de rendirse y poder cumplir de esta manera su más anhelado sueño.

Y desde aquel día, fue elevado a la cumbre de todos los honores y adquirió el cargo que le dio su nombre: Vitelio, Intendente del Placer.

Un día le pidió a Locusta que le diera el mismo veneno que le preparó a Nerón para envenenar a Británico y lo usó con su hijo Petroniano.

Luego lo calumnió para defenderse…Y desde entonces su apetito por el vino y la comida se volvieron insaciables.Aunque acostumbra vomitar, esta voracidad ha tenido como consecuencia, el que su rostro esté encendido y manchado, por el abuso del vino.

Su vientre es muy abultado y su cuerpo alto y atlético, ahora tiene una obesidad mórbida.

Sextilla estaba muy deprimida, disgustada del presente y aterrorizada por un nefasto porvenir. Un día le pidió veneno y él se lo ofreció sin ninguna dificultad.

De esta forma Vitelio, ahora comparte con el emperador no solo los mismos crímenes, sino también el mismo tormento.

Esto ha hecho que su amistad se vuelva más estrecha y firme.

La primera parte del augurio de su nacimiento se ha cumplido totalmente. ¿Qué pasará en el futuro?… Pero mejor trata de no pensar en eso…

Y ahoga su inquietud con el vino y la comida. Porque al igual que Nerón, ha perdido la paz y nada le hace sentir alivio.

Desde su primera juventud, compartió su vida con el liberto Asiático y estaban muy unidos por el comercio de su mutua prostitución. Pero un día huyó muy disgustado y ya no lo volvió a ver, hasta que supo que estaba en Puzol y era dueño de una taberna.

Vitelio mandó que lo arrestaran y lo obligó a servirlo nuevamente para sus placeres. Pero se cansó de su carácter áspero y regañón. Y la semana anterior lo vendió a un lanista.

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Sus principales vicios son la glotonería y la crueldad.

Y este hombre tan corrupto que ha sido el terror en las provincias donde ha gobernado, no comprende por qué haber hecho esto lo tortura tanto…

Cuando lo fustiga el remordimiento, empieza a beber desde que despierta…

Y ya se siente ebrio, desde antes de emprender su travesía hacia el Gran Triclinio.

Más tarde…

El César dirigió su atención hacia una joven patricia llamada Julia Mesalina y le preguntó:

–                ¿En dónde está la hermosa Estatilia?

ROMA mesalinaLa linda y sensual mujer, le contesta:

–           Fue a Nápoles con Ático Vestinio. Regresarán en el otoño.

Haloto, siguiendo el hilo de una conversación anterior, insistió:

–          Pero yo creo en los sueños y sé que a veces son premonitorios.

Julia Mesalina declaró:

–           Yo sí creo. Anoche soñé que me había convertido en una virgen vestal.

A esta ocurrencia, Nerón batió palmas y todos le imitaron. La aplaudieron en medio de ruidosas carcajadas, pues Julia es conocida en Roma por sus múltiples divorcios y su fabuloso desenfreno.

Pero ella sin desconcertarse en lo más mínimo, agregó:

–           ¿Y qué? Todas ellas son viejas y feas. Solo Rubria es diferente. Y si mi sueño se volviera realidad, ya seríamos dos.

Petronio la miró y dijo con gentileza:

–           Admitamos entonces purísima Julia, que tú podrías volverte una vestal. Pero solo en sueños.

Ella replicó provocándolo:

–           Pero ¿Y si el César lo ordenase?

Petronio la miró inalterable y le dijo con calma:

–           En tal caso yo creería que los más imposibles sueños, pueden llegar a ser una realidad.

Haloto intervino:

–           Y efectivamente, muchos sueños llegan a serlo.

Nerón declaró:

–                 Ayer soñé que Júpiter lanzaba un rayo que arrancaba el cetro de la mano de Augusto   y a mí me dejaba completamente desnudo. – y miró fijamente a su astrólogo personal.

Babilo se sorprendió, tuvo un gran sobresalto y rápidamente trató de disimularlo…  Luego de una larga pausa, cautelosamente respondió:

–          Las predicciones y los sueños están relacionados.

–           No puedo evitarlo. Tengo un mal presentimiento…  Si este sueño significa un mal augurio ¿Aun crees que lo que me predijeron en Delfos se llegue a cumplir?

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–           Hasta ahora lo habías considerado un augurio dichoso. ¿Por qué no seguir pensándolo así? – esquivó Babilo hábilmente.

Julia Mesalina preguntó mimosa:

–                     ¿Qué fue lo que te predijo Apolo, divinidad?

El César respondió:

–                      Que Roma dejaría de existir y mi nombre seguiría resonando a través de los siglos.

Tigelino intervino:

–                     Es un augurio glorioso.

Nerón dijo preocupado:

–                     ¿Y mi sueño de ayer? Mi corazón se angustió.

Petronio trató de tranquilizarlo:

–           Estás más fuerte que nunca ¿Por qué preocuparte por algo que tal vez nunca suceda?

Tigelino, por el odio que siente hacia Petronio, dijo impulsivo:

–                     Tú tienes razón divinidad. Los dioses no son infalibles.

Haloto, por la misma razón confirmó:

–                     Ya ves lo que le pasó a Apolo con Jacinto. No pudo impedir su muerte.

Petronio declaró imperturbable:

–                     Por eso algunos ya no creen en los dioses.

Trhaseas agregó:

–                      Sí. Para ellos mismos, son incapaces de impedir el infortunio…

El César los miró a todos con perplejidad y preguntó:

–                     Si lo interpreté correctamente, ¿Qué pasará con los Claudios? (Todos los miembros de su familia)

Séneca sentenció:

–           Para qué te preocupas… Cuanto mayor es la prosperidad, tanto menos se debe confiar en ella. Sólo el tiempo descubre la verdad.

Nerón cuestionó:

–           ¿Entonces Apolo mi protector está equivocado? ¿A quién le debo creer?

Julia Mesalina dijo:

–           Comprendo que haya gente que ya no cree en los dioses. Pero, ¿Cómo es posible no creer en los sueños?

Babilo contestó:

–           Una vez un procónsul muy incrédulo envió un esclavo al Templo de Delfos con una carta cerrada y con la orden de que nadie la abriese. Hizo esto para ver si el dios podía contestar la pregunta contenida en la carta. El esclavo durmió una noche en el templo con el fin de tener un sueño profético y cuando regresó dijo: “Vi a un joven que brillaba como el sol y solo dijo una palabra: ‘Blanco’.

El procónsul palideció. Y les extendió una carta con el sello intacto a sus huéspedes que al igual que él, eran incrédulos. Le pidió a uno que la abriera y la leyese… –aquí Babilo se calló. Y alzando su copa de vino empezó a beber.

Haloto no pudo contenerse:

–           ¿Qué contenía la carta?

Babilo dijo lentamente:

–           En ella había esta pregunta: “¿De qué color ha de ser el toro que debo sacrificar? ¿Negro o blanco?”

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Julia Mesalina contestó:

–           No podemos ir por la vida sin creer en nada, pues nada hay para sostenerse. ¿Quién puede vivir así?

Séneca replicó:

–           La vida se divide en tres tiempos: presente, pasado y futuro. De éstos, el presente es brevísimo. El futuro, dudoso. Y el pasado es lo único cierto.

Trasheas agregó:

–           Y sería tonto dejar de disfrutarla por creer en los augurios.

Haloto observó:

–           Los augurios siempre se cumplen… Y si alguien dice que no, que le pregunte a Vitelio.

En ese preciso instante el aludido, que había llegado ebrio al banquete; intempestivamente y sin ningún motivo, soltó una sonora carcajada.

Nerón preguntó:

–           ¿De qué se ríe ese barril de sebo?

Petronio contestó con displicencia:

–           La risa distingue a los hombres de las bestias. Y ése no tiene otra prueba para demostrar que no es un jabalí.

Vitelio dejó de reír y miró a todos con asombro, como si no los conociera. Luego levantó las dos manos y dijo con voz ronca:

–          No encuentro mi anillo. –y volviendo a reír, empezó a buscarlo en el peplo de Melisa, la mujer que está junto a él.00guillaume-seignac-french-1870-1929-jeune-fille-au-papillon-oil-on-canvas-97-8-x-78-7-cm

Queriendo burlarse, al mismo tiempo; Haloto se puso a imitar los gritos de una mujer aterrorizada y que sufre violencia.

Y una mujer joven con rostro de niña y mirada lasciva, llamada Lucila, dijo en voz alta:

–           Está buscando lo que no ha perdido. –Y añadió con poca delicadeza- Lo que quiere es agasajar a la que siempre está dispuesta para el que se le acerque.

El poeta Marcial concluyó:

–          De todas maneras,  casi siempre obtiene lo que desea.

Conforme pasan los minutos, la fiesta se hace cada vez más animada.

Multitud de esclavos van y vienen trayendo nuevas viandas. De grandes vasos llenos de nieve y adornados con guirnaldas de hiedra, extraen y sirven incesantemente diversos licores.

De graciosas y bellas jarras de metales preciosos, escancian los vinos.

Todos beben sin restricción.

A intervalos caen rosas desde arriba, sobre las cabezas de los invitados. Entonces…

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Petronio dijo a Nerón:

–           Será mejor que solemnices la fiesta con tu canto, antes de que los presentes se excedan en la bebida y estén tan ebrios que no puedan apreciar el arte y la belleza que solo tú puedes brindarnos.

Y un coro de voces apoyó esta petición.

Pero Nerón se negó al principio, diciendo:

–         Los dioses saben cuántos esfuerzos me cuestan cada una de mis composiciones y de mis éxitos. Lo hago, porque comprendo que es necesario mi aporte para el arte. Y además, si Apolo me concedió el don de la voz, no es conveniente desperdiciarlo. Pero ahora tengo la garganta lastimada y estoy un poco ronco. Ayer me abrigué con un manto de pieles de visón, pero no me sirvió de nada. Estoy pensando en hacer un viaje a Anzio, para respirar el aire del mar.

Aulo Plaucio, le imploró en nombre del arte y la humanidad:

–         Todos sabemos, ¡Oh divino cantante y poeta! Que has compuesto un nuevo himno a Venus, que comparado con el de Lucrecio, el de éste último parece el aullido de un lobezno.

Esporo agregó:

–           Falta el evento más importante para que éste banquete sea una verdadera fiesta. Y un gobernante tan bondadoso como tú, no debe causar semejantes torturas a sus súbditos, privándonos de tu voz privilegiada.

Pitágoras confirmó:

–          No seas cruel, ¡Oh, César!

Y los demás le hacen coro repitiendo la petición uniéndose a todos los que están cercanos.

Nerón extiende las manos en señal de que se ve obligado a ceder.

Todos los semblantes le demuestran su gratitud. Y la atención de todos los asistentes se centra en él.

Entonces  el César da la orden de anunciar a Popea que va a cantar. Y mirando a todos…

Luego manifiesta:

–           Ella no va a venir a la fiesta porque está un poco resentida en su salud. Pero ya que  no hay mejor medicina que mi canto, que es el que le da algún alivio. La he llamado para no privarla de él.

CONTINUARA…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

8.-INSTRUCCIONES FINALES


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Jesús continúa instruyendo a su recién nacida Iglesia. En el Monte Carmelo, los discípulos escuchan muy atentos, la enseñanza de su Maestro Resucitado…

Jesús dice a Pedro:

–               Pastor y navegante para los tiempos borrascosos, recoge, guía, levanta alto Mi Evangelio, porque es en él y no en otra ciencia que se encuentra la salvación.

Luego se dirige a todos:

–           Llegarán días en que como nos sucede a los de Israel y peor todavía, el Sacerdocio creerá ser una clase selecta porque conoce lo superfluo y no lo indispensable. O lo conoce como una letra muerta, con que los sacerdotes actuales, conocen la Ley: por su forma exterior, por sus vestidos cargados de franjas y filacterias; pero la desconocen en su espíritu.

Vendrán días en que todos los libros substituirán al Libro, que se le usará como algo que es obligatorio emplear y lo usarán de forma mecánica. Igual como un agricultor ara, siembra, recoge, sin meditar en la maravillosa providencia que hay en esa nueva multiplicación de semillas que sucede todos los años: una semilla arrojada a la tierra removida, que se hace tallo y espiga, luego harina y luego pan por paterno amor de Dios.

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¿Quién al llevarse a la boca un trozo de pan alza el espíritu hacia Aquel que creó la primera semilla y desde siglos la hace renacer y crecer, distribuyendo con medida las lluvias y el calor para que germine y se alce y madure sin que se ponga lacia o se queme? De igual modo llegará el tiempo en que será enseñado el Evangelio científicamente bien, pero espiritualmente mal.

Porque, ¿Qué es la ciencia a la que falta la sabiduría? Es paja. Paja que hincha, pero que no nutre. Y en verdad os digo que llegará un tiempo en el cual,  demasiados Sacerdotes serán semejantes a hinchados pajares. Soberbios pajares, que se mostrarán arrogantes con su orgullo de estar muy llenos; como si a sí mismos se hubieran proporcionado esas espigas que coronaron las caña y creerán ser todo por tener toda esa paja, en vez del puñado de mies, del verdadero alimento que es el espíritu del Evangelio. Y cosecharán  solo paja… ¡Un montón de paja! Pero ¿Puede ser suficiente sólo la paja?

Ni siquiera para la barriga del asno basta, si el dueño no vigoriza al animal con cereales, forraje fresco y otros alimentos.  El asno que es nutrido sólo con paja, se debilita e incluso muere.

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Pues bien, os digo que llegará el momento en que los Sacerdotes, olvidando que con pocas espigas e instruído sus corazones en la Verdad… Y olvidando tambien lo que ha costado a su Señor ese Pan Verdadero del espíritu; que mana sólo de la sabiduría divina, que se llama Palabra Divina, la cual es majestuosa en su estilo doctrinal.

Que al repetirse es siempre nueva y siempre milenaria. Que si se le repite, es para que no se pierdan las verdades.

Palabra que es humilde por la forma en que se presenta, sin oropeles de ciencia humana; sin añadiduras históricas o geográficas.

Esos sacerdotes se preocuparán, no del espíritu de la Palabra, sino sólo del revestimiento con el que puedan ostentar su conocimiento a las multitudes, con el que presumirán cuantas cosas saben. El espíritu del Evangelio desaparecerá bajo la avalancha de una ciencia humana.

Pero, si no lo poseen, ¿Cómo pueden transmitirlo? ¿Qué darán a los fieles estos pajares hinchados? ¡Nada sino paja!  ¿Qué alimento podrán tener los corazones de los fieles? El suficiente para arrastrar una vida lánguida. ¿Qué fruto producirán de esta enseñanza y de este conocimiento imperfecto del Evangelio? Un enfriamiento de los corazones.

Una infiltración de doctrinas heréticas en vez de la Única y verdadera Doctrina. Una preparación del terreno para la Bestia, para su fugaz reino de hielo, tinieblas y horror.

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En verdad os digo que de la misma manera que el Padre y Creador multiplica las estrellas para que el cielo no se quede sin alguna de ellas, cuando han terminado su ciclo de vida y perecen; De igual manera, Yo tendré que evangelizar muchísimas veces a discípulos a los que distribuiré entre los hombres y a lo largo de los siglos.

Y también en verdad os digo que el destino de éstos será como el mío: es decir, la sinagoga y los soberbios los perseguirán como me han perseguido a Mí. Pero tanto Yo como ellos tenemos nuestra recompensa: la de hacer la Voluntad de Dios y la de servirle hasta la muerte de cruz; para que su gloria resplandezca y el conocimiento de Él no se apague.

Pero tú Pontífice y vosotros Pastores, en vosotros y en vuestros sucesores; velad para que no se pierda el espíritu del Evangelio. Rogad sin cesar al espíritu Santo,  para que se renueve en vosotros un constante Pentecostés.

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Ahora no sabéis lo que estoy diciendo, pero pronto lo sabréis…  De forma que podáis comprender todos los idiomas y discernir y saber escoger mis voces, de las del Eterno Simio de Dios: Satán. Y no dejéis que caigan en el vacío mis voces futuras. Cada una de ellas es un acto de misericordia mía para ayudaros… Y esas voces, tanto más numerosas serán, cuanto juzgue Yo por razones divinas, que el Cristianismo las necesita para superar  y vencer las borrascas que con el paso de los siglos, más numerosas serán.           

¡Pastor y nauta, Pedro! Pastor y nauta. Llegará el día en que no te bastará con ser pastor, si no eres nauta; ni con ser nauta, si no eres pastor. Ambas cosas deberás ser: para mantener congregados a los corderos.

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Esos corderos que tentáculos y garras feroces tratarán de arrebatarte o que falaces melodías de promesas imposibles te seducirán.

Y para llevar adelante la barca, esa barca que será embestida por todos los vientos: de Septentrión y Meridión, de Oriente y Occidente; azotada y sacudida por las fuerzas del abismo; asaeteada por los arqueros de la Bestia; lamida por el aliento de fuego del dragón, que barrerá sus bordes con su cola, de tal forma que los imprudentes sufrirán el fuego y perecerán cayendo a las enfurecidas olas.

Pastor y nauta en los tiempos tremendos… Tu brújula, el Evangelio. En él están la Vida y la Salvación. Y todo está dicho en él. Todos los artículos del Códice Santo, todas las respuestas para los múltiples casos de las almas están en él. Y haz que de él no se separen ni los Sacerdotes ni los fieles. Haz que no vengan dudas sobre él, ni alteraciones a él, ni sustituciones ni sofisticaciones.

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El Evangelio… Soy Yo mismo el Evangelio. Desde Mi nacimiento hasta la muerte. En el Evangelio está Dios. Porque en él aparecen manifiestas las obras del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo. El Evangelio es amor. Yo he dicho: “Mi Palabra es Vida”. He dicho “Dios es caridad”. Que conozcan pues, los pueblos mi Palabra y tengan en ellos el amor. O sea, a Dios.

Para tener el Reino de Dios. Porque el que no está en Dios no tiene en sí la Vida. Porque los que no reciban la Palabra del Padre, no podrán ser una sola cosa con el Padre, conmigo y con el Espíritu Santo en el Cielo. Y no podrán pertenecer a ese único Redil que es santo como Yo quiero que lo sea. No serán sarmientos unidos a la Vid, porque quien rechaza en su totalidad o parcialmente mi Palabra es un miembro por el que ya no circula la savia de la Vid.

Mi Palabra es savia que nutre y hace crecer y fructificar.

Todo esto lo haréis en recuerdo de Mí, que os lo he enseñado. Mucho más podría deciros sobre estas cosas. Pero me he limitado a echar la semilla.

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El Espíritu Santo la hará germinar. He querido daros Yo la semilla, porque conozco vuestros corazones y sé cómo titubearíais a causa del miedo, por indicaciones espirituales, inmateriales. El miedo a caer en engaño paralizaría vuestra voluntad. Por eso os he hablado Yo primero de todas las cosas. Luego el Paráclito os recordará mis palabras y os las ampliará detalladamente. Y no temeréis porque recordaréis que la primera semilla os la di Yo.

Dejaos guiar por el Espíritu Santo. Si mi Mano os ha guiado con dulzura, su Luz es dulcísima. Él es el Amor de Dios. Así Yo me marcho contento, porque sé que Él ocupará mi lugar y os guiará al conocimiento de Dios.

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Todavía no lo conocéis, a pesar de que os haya hablado mucho de Él. Pero no es culpa vuestra. Vosotros habéis hecho de todo por comprenderme y por eso estáis justificados, a pesar de que hayáis comprendido poco en tres años.

La falta de la Gracia ofuscaba vuestro espíritu. Ahora también comprendéis poco, aunque la Gracia de Dios haya descendido de mi cruz sobre vosotros. Tenéis necesidad del Fuego.

Un día hablé de esto a uno de vosotros, yendo por los caminos de las orillas del Jordán.

La hora ha llegado. Vuelvo a mi Padre, pero no os dejo solos, porque os dejo la Eucaristía, o sea: a vuestro Jesús hecho alimento para los hombres.

Y os dejo al Amigo: al Paráclito. Él os guiará. Paso vuestras almas de mi Luz a su Luz y Él llevará a cabo vuestra formación.

Todos están desolados y dicen:

–           ¿Nos dejas ahora?

–           ¿Aquí?

–           ¿En este monte?

Jesús contesta:

–           No. Todavía no. Pero el tiempo vuela y pronto llegará ese momento.

Isaac extiende sus manos y suplica de rodillas:

–           ¡No me dejes en la Tierra sin ti, Señor! Te he querido desde tu Nacimiento hasta tu Muerte, desde tu Muerte hasta tu Resurrección y siempre. Pero ¡Demasiado triste sería saber que no estuvieras ya entre nosotros! Escuchaste la oración del padre de Eliseo. Has acogido las peticiones de muchos. ¡Acoge la mía, Señor!

–           La vida que todavía podrías tener sería predicación de mí, quizás gloria de martirio. Supiste ser mártir por amor a mí cuando era niño, ¿Temes ahora serlo por amor a mí glorioso?

–           Mi gloria consistiría en seguirte, Señor. Soy pobre e ignorante. Todo lo que podría dar lo he dado con buena voluntad. Ahora lo que querría sería seguirte. Pero hágase como Tú quieres, ahora y siempre.

Jesús pone su mano sobre la cabeza de Isaac y la mantiene haciendo una larga caricia mientras dice a todos los presentes:

–           ¿No tenéis preguntas que hacerme? Son las últimas lecciones. Hablad a vuestro Maestro… ¿Veis como los pequeños tienen confianza conmigo?

En efecto, también hoy Marziam apoya la cabeza en el cuerpo de Jesús, pegándose fuertemente a Él e Isaac tampoco ha mostrado reticencia en exponer su deseo.

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Pedro dice:

–           La verdad… Sí… Tenemos preguntas que hacerte…

–           Os escucho. Preguntad.

–           Sí… Ayer al declinar del día cuando nos dejaste, estuvimos hablando entre nosotros sobre lo que habías dicho. Ahora otras palabras se acumulan en nosotros por lo que acabas de decir. Ayer y también hoy, si lo pensamos bien, has hablado como si fueran a surgir herejías y divisiones y pronto además. Esto nos hace pensar que tendremos que ser muy prudentes con los que quieran incorporarse a nosotros. Porque está claro que en ellos estará la semilla de la herejía y de la división.

–           ¿Lo crees? ¿Y no está dividido ya Israel respecto a venir a mí? Tú quieres decir que el Israel que me ha querido nunca será hereje y nunca estará dividido. ¿No? Pero, ¿Acaso ha estado unido alguna vez desde hace siglos?, ¿Acaso estuvo unido incluso, en los momentos de su antigua formación? ¿Y ha estado unido en seguirme? En verdad os digo que está en él la raíz de la herejía.

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Pero…

–           Pero es idólatra y vive en la herejía desde hace siglos, bajo apariencia externa de fidelidad. Ya conocéis sus ídolos y sus herejías. Los gentiles serán mejores. Por eso, Yo no los he excluido y os digo que hagáis lo que Yo he hecho.

Esta será para vosotros una de las cosas más difíciles. Lo sé. Pero, traed a vuestra memoria a los profetas. Profetizan la vocación de los gentiles y la dureza de los judíos (Isaías 45, 14-17; 49, 5-6; 55, 5; 60: Jeremías 16, 19-21; Miqueas 4, 1-2; Sofonías 3, 9-10; Zacarías 8, 20-23. Y profetizan le dureza de los judíos; por ejemplo, en: Éxodo 32, 7-10; 33, 5; 34, 8; Deuteronomio 9, 1- 14; 31, 24-27; 2 Crónicas 30, 7-8; 36, 14-16; Jeremías 3, 6-25; 4, 1-4; 7, 21-28; Ezequiel 2, 3-8; 3, 4-9; 6, 11-14; 7, 15-27; 8,- 11, 2-12; 20; 22). ¿Qué razón tendríais para cerrar las puertas del Reino a los que me aman y se acercan a la Luz que su alma buscaba?

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¿Los creéis más pecadores que vosotros porque hasta el momento no han conocido a Dios; porque han seguido su religión y la seguirán hasta que no se vean atraídos por la nuestra? No debéis hacerlo. Yo os digo que muchas veces son mejores que vosotros; porque profesando una religión que no es santa, saben ser justos.

No faltan los justos en ninguna nación ni religión. Dios observa las obras de los hombres, no sus palabras.

Y si ve que un gentil por justicia de corazón, hace naturalmente lo que la Ley del Sinaí manda, ¿Por qué debería considerarlo abyecto? ¿No es aún más meritorio el que un hombre que no conoce el mandato de Dios de no hacer esto o aquello, porque está mal; se imponga por sí mismo un imperativo de no hacer lo que su razón le dice que no es bueno y lo siga fielmente?…

¿No es esto mayor respecto al mérito relativo de aquel que, conociendo a Dios, fin del hombre, y conociendo la Ley, que permite conseguir este fin, haga continuos compromisos y cálculos para adecuar el imperativo perfecto a la voluntad corrompida?

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¿Os parece que Dios tenga en cuenta las tretas que Israel ha puesto a la obediencia, para no tener que sacrificar mucho su concupiscencia? ¿Os parece bien que cuando un gentil sale del mundo y aparece justo ante la Presencia de Dios, por haber seguido la ley que su conciencia le dictaba, se le tenga por un demonio?

Os digo que Dios juzgará las acciones de los hombres y YO el Juez de todas las gentes, premiaré a los que sintieron el anhelo en su alma cual ley íntima, para llegar al fin último del hombre, que es reunirse nuevamente con su Creador, con el Dios Desconocido para los paganos; pero que piensan que es el Dios Verdadero y Santo; que vive más allá del escenario en que aparecen los dioses falsos del Olimpo.

Procurad no ser un escándalo para los gentiles. Muchas veces el Nombre de Dios ha sido objeto de befa entre ellos a causa de las obras de los hijos del Pueblo de Dios. No os creáis tesoreros absolutos de mis dones y mis méritos.  He muerto por judíos y gentiles. Mi Reino será para todas las gentes. No abuséis de la paciencia con que Dios os ha tratado hasta este momento diciéndoos a vosotros mismos: “A nosotros todo nos está permitido”.

No. Os lo digo: Ya no existe éste o aquel pueblo.

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Existe mi Pueblo. Y en él tienen el mismo valor los vasos que se han gastado en el servicio del Templo y los que ahora se colocan en las mesas de Dios. Es más, muchos vasos gastados en el servicio del Templo, pero no de Dios serán arrinconados y en vez de ellos; sobre el altar serán colocados los que ahora no conocen ni incienso ni aceite ni vino ni bálsamo, pero están deseosos de llenarse de esto y de ser usados para la gloria de Dios.

No exijáis mucho a los gentiles. Basta con que tengan la fe y con que obedezcan a mi Palabra. Una nueva circuncisión toma el lugar de la antigua. De ahora en adelante, la circuncisión del hombre es la del corazón; la del espíritu…  Mejor aún que la del corazón; porque la sangre de los circuncisos, que significa purificación de aquella concupiscencia que excluyó a Adán de la filiación divina, ha quedado sustituida por mi Sangre purísima; la cual es válida en el circunciso y en el incircunciso en cuanto al cuerpo, con tal de que tenga mi Bautismo y de que renuncie a Satanás, al mundo y a la carne por amor a Mí.

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 No despreciéis a los incircuncisos. Dios no despreció a Abraham, a quien, por su justicia y antes de que la circuncisión mordiera su carne, eligió como jefe de su Pueblo. Si Dios estableció contacto con Abraham (Génesis 12, 1-3.7) para transmitirle sus preceptos cuando era incircunciso vosotros podréis establecer contacto con los incircuncisos para instruirlos en la Ley del Señor. Considerad cuántos pecados han cometido y a qué pecado han llegado los circuncisos. No seáis pues, intransigentes con los gentiles.

–           ¿Pero tenemos que decirles a ellos lo que Tú nos has enseñado? No comprenderán nada, porque no conocen la Ley.

–           Vosotros lo decís. Pero, ¿Acaso ha comprendido Israel, que conocía la Ley y los Profetas?

–           Es verdad.

–           De todas formas, estad atentos. Diréis lo que el Espíritu os sugiera que digáis con toda exactitud; sin miedos, sin querer obrar por propia iniciativa. Y cuando de entre los fieles surjan falsos profetas, los cuales manifestarán sus ideas como si fueran ideas inspiradas y serán los herejes, pues combatid con medios más estables que la palabra sus doctrinas heréticas. Pero no os preocupéis. El Espíritu Santo os guiará. Yo nunca digo nada que no se cumpla.

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¿Y qué vamos a hacer con los herejes?

–           Combatid con todas las fuerzas la herejía en sí misma; pero tratad con todos los medios, de convertir para el Señor a los herejes. No os canséis de buscar las ovejas descarriadas para conducirlas de nuevo al Redil. Orad, sufrid, incitad a orar y a sufrir. Id pidiendo sacrificios y sufrimientos a los puros, a los buenos, a los generosos, porque con estas cosas se convierten los hermanos.

La Pasión de Cristo continúa en los cristianos… No os he excluido de esta gran obra que es la Redención del mundo. Sois todos miembros de un único cuerpo. Ayudaos entre vosotros y quien esté sano y sea fuerte, que trabaje para los más débiles. Y quien esté unido que extienda las manos y llame a los hermanos que están lejos.

–           ¿Pero los habrá, después de haber sido hermanos bajo un mismo techo?

–           Los habrá.

–           ¿Y por qué?

–           Por muchas razones. Llevarán todavía mi Nombre. Es más, se gloriarán de él. Trabajarán por extender el conocimiento de mi Nombre. Contribuirán a que Yo sea conocido hasta en los últimos confines de la Tierra.

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No se lo impidáis, porque os recuerdo que el que no está contra Mí está de mi parte. Pero… ¡Pobres hijos! Su trabajo será siempre parcial; sus méritos, siempre imperfectos. No podrán estar en Mí, si están separados de la Vid. Sus obras serán siempre incompletas.

Vosotros, digo “vosotros” y hablo a los que os sucederán; id a donde estén ellos, no digáis farisaicamente: “No voy para no contaminarme”  o perezosamente: “No voy porque ya hay quien predica al Señor” o temerosamente: “No voy para no ser repelido por ellos”.

Id. Id, os digo. A todas las gentes. Hasta los confines del mundo.  Para que sea conocida toda mi Doctrina y mi única Iglesia. Y las almas tengan la manera de entrar a formar parte de ella.

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¿Y diremos o escribiremos todas tus acciones?

–           Os he dicho que el Espíritu Santo os aconsejará sobre lo que conviene decir o callar según los tiempos. Ya veis que todo lo que he realizado es creído o negado y que algunas veces blandido por manos que me odian, se toma como arma contra Mí.

Me han llamado Belzebú cuando, como Maestro y en presencia de todos, obraba milagros. ¿Qué dirán ahora, cuando sepan que tan sobrenaturalmente he obrado? Seré blasfemado más aún. Y vosotros seríais perseguidos antes de su momento. Por tanto, callad hasta que llegue la hora de hablar.

–           ¿Pero y si esa hora llegara cuando ya nosotros, testigos, hubiéramos muerto?

–           En mi Iglesia habrá siempre sacerdotes, doctores, profetas, exorcistas, confesores, obradores de milagros, inspirados: todo lo que ella requiere para que las gentes reciban de ella lo necesario. El Cielo la Iglesia triunfante, no dejará sola a la Iglesia docente y ésta socorrerá a la Iglesia militante. No son tres cuerpos. Son un solo Cuerpo.

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No hay división entre ellas, sino comunión de amor y de fin: amar la Caridad y gozar de la Caridad en el Cielo, su Reino. Por eso, también la Iglesia militante deberá con amor, aportar sufragios a la parte suya que, destinada ya a la triunfante, todavía se encuentra excluida de ésta por razón de la satisfactoria reparación de las faltas absueltas pero no expiadas enteramente ante la perfecta divina Justicia.

En el Cuerpo Místico todo debe hacerse en el amor y por amor, porque el amor es la sangre que por él circula. Socorred a los hermanos que purgan. De la misma manera que he dicho que las obras de misericordia corporales os conquistan un premio en el Cielo, también he dicho que os lo conquistan las espirituales. Y en verdad os digo que el sufragio para los difuntos, para que entren en la paz, es una gran obra de misericordia, por la cual Dios os bendecirá y os estarán agradecidos los beneficiarios del sufragio.

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Os digo que cuando en el día de la resurrección de la carne, estéis todos congregados ante Cristo Juez, entre aquellos a quienes bendeciré estarán los que tuvieron amor por los hermanos purgantes ofreciendo y orando por su paz.

Ninguna buena acción quedará sin fruto y muchos resplandecerán vivamente en el Cielo sin haber predicado, ni administrado, ni realizado viajes apostólicos, sin haber abrazado especiales estados, sino solamente por haber orado y sufrido por dar paz a los purgantes, por llevar a la conversión a los mortales.

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También estas personas: sacerdotes a quienes el mundo desconoce, apóstoles desconocidos, víctimas que sólo Dios ve, recibirán el premio de los jornaleros del Señor, pues habrán hecho de su vida un perpetuo sacrificio de amor por los hermanos y por la gloria de Dios. En verdad os digo que a la vida eterna se llega por muchos caminos y uno de ellos es éste…  Y muy apreciado por mi Corazón. ¿Tenéis alguna otra cosa que preguntar? Hablad.

–           Señor, ayer y no sólo ayer, pensábamos que habías dicho: “Os sentaréis en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel”. Pero ahora somos once…

–           Elegid al duodécimo. Es tarea tuya, Pedro.

–           ¿Mía? ¡Mía no, Señor! Indícalo Tú.

–           Yo elegí a mis Doce una vez y los formé. Luego elegí a su cabeza. Luego les di la Gracia e infundí en ellos el Espíritu Santo. Ahora es tarea suya andar, porque ya no son lactantes incapaces de caminar.

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Pedro pide:

–           Pero dinos, al menos, dónde debemos poner nuestros ojos…

Jesús señala a los setenta y dos que están en círculo alrededor…

Y dice:

–           Mirad, ésta es la parte selecta del rebaño.

Ellos suplican:

–           Nosotros no, Señor.

–           Nosotros no.

–           El puesto del traidor nos da miedo.

–           Tomamos a Lázaro. ¿Quieres, Señor?

Jesús calla.

–          ¿José de Arimatea?

–          ¿Nicodemo?…

Jesús calla.

–           ¡Claro, Lázaro!

Jesús dice:

–           ¿Y al amigo perfecto queréis darle el lugar que vosotros no queréis?

Zelote dice:

–           Señor, quisiera decir algo

–           Habla.

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–           Lázaro, por amor a Ti estoy seguro de ello, tomaría incluso ese lugar y lo ocuparía de una manera tan perfecta, que haría olvidar de quién fue ese puesto. Pero por otros motivos, no me parece conveniente hacerlo. Las virtudes espirituales de Lázaro están en muchos de entre los humildes de tu rebaño.

Y creo que sería mejor dar a éstos la prioridad, para que los fieles no digan que se buscó sólo el poder y las riquezas, cosa de fariseos, en vez de la virtud a secas.

–           Bien has hablado, Simón. Y más aún considerando que has hablado con justicia sin que la amistad con Lázaro te pusiera obstáculos.

–           Pues hacemos a Marziam el apóstol duodécimo. Es ya un jovencito.

Marziam contesta:

–           Yo para borrar ese vacío horrendo, aceptaría; pero no soy digno. ¿Cómo podría hablar yo siendo sólo un jovencito, a un adulto? Señor, di si no tengo razón.

–           Tienes razón. De todas formas, no tengáis prisa. Llegará el momento y os asombraréis entonces de tener todos, un pensamiento común. Orad, mientras tanto Yo me marcho. Retiraos en oración. Me despido de vosotros por ahora. Y esmeraos en estar todos para el decimocuarto de Ziv en Bethania.

Jesús se levanta. Y todos se arrodillan, se postran rostro en tierra, entre la hierba. Los bendice.

Entonces la luz, servidora suya que lo anuncia y precede cuando viene y lo envuelve cuando se marcha, lo abraza y oculta absorbiéndolo una vez más.

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

231.-LA VENGANZA DE YEOVÉ


1uvas

La hermosa campiña luce los viñedos y los huertos de manzanas, en todo su esplendor…En la casa de campo donde Jesús acompañado por María de Simón la madre de Judas, obró el milagro al curar a Ana la madre de Juana, la joven que murió por el abandono del apóstol infiel…

Hay una gran habitación que está en el fondo de un enorme corredor…  Y en el lecho está una mujer irreconocible por la angustia mortal que la está destruyendo.  ¡Era tan hermosa!…

2MARIA DE SIMON

Y ahora la fiebre la devora, encendiendo sus mejillas salientes. Las sienes las tiene hundidas. Los ojos rojos por la calentura y el llanto, cerrados bajo unos párpados hinchados. Y lo que no está rojo tiene la amarillez intensa, verdosa, como de bilis derramada en la sangre. Tiene los brazos descarnados y las manos afiladas, sobre las mantas que se mueven al jadear.

Cerca de la enferma, está Ana la madre de Juana. Y ella le seca las lágrimas y el sudor. Agita un abanico de palma. Cambia los lienzos mojados en vinagre aromatizado, de la frente y de la garganta. Le acaricia las manos y los cabellos despeinados, que son más blancos que negros. Que le caen sobre las mejillas tiesos del sudor; sobre las orejas que parecen de alabastro por lo transparente.

También Ana llora y la consuela diciendo:

–                       No así, María. No así. Basta… él fue el que pecó. Tú sabes cómo es el Señor Jesús.

María de Simón, grita:

–                       ¡Cállate! No repitas ese Nombre, que al decírmelo se profana. ¡Soy la madre… del Caín… de Dios!… ¡Ah!

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El llanto es desgarrador. Siente que se ahoga. Se arroja la cuello de su amiga, que la ayuda a vomitar bilis que le sale de la boca.

Ana le dice:

–                       ¡Calma! ¡Calma! ¡No así! ¿Qué quieres que te diga, para persuadirte de que el Señor te ama? Te lo repito… Te lo digo por lo que me es más santo: mi Salvador y mi hija. Él me lo dijo, cuando me lo trajiste. Dijo algo con lo que mostró, su infinito amor por ti. Tú eres inocente. Él te ama. Estoy segura. Segura de que otra vez se entregaría para darte paz; pobre madre atormentada.

¡Madre del Caín de Dios! ¿Escuchas? Ese viento que sopla allá afuera… lo dice… Lleva por el mundo su voz que grita: ‘María de Simón. Madre de Judas, el que Traicionó al Maestro. Y lo entregó a sus verdugos.’ ¿Lo oyes?…

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Todo lo proclama. Las tórtolas, las ovejas, toda la tierra está gritando que soy yo… ¡No! ¡No quiero curarme! ¡Quiero morirme!… Dios es justo y no me castigará en la otra vida. Pero acá, el mundo no perdona… No distingue. Estoy enloqueciendo, porque el mundo aúlla: ¡Eres la madre de Judas!…

Se deja caer sobre la almohada.

Ana la acomoda otra vez y sale con los lienzos sucios.

María. Con los ojos cerrados después del último esfuerzo…

Muy angustiada, gime:

–                       ¡La madre de Judas! ¡De Judas! ¡De Judas!  -jadea. Y luego pregunta- Pero, ¿Qué cosa es Judas? ¿Qué cosa parí? ¿Qué cosa es Judas? ¿Qué cosa?…

Esta vez no hay luz. Nada anuncia la Presencia santa del Dios-Hombre Resucitado. De pronto Jesús se materializa a un lado del lecho de la enferma.

Se inclina sobre ella y le dice amorosísimo:

–                       ¡María! ¡María de Simón!

La mujer casi delira y no le hace caso. Está sumergida en el torbellino de su dolor. Está obsesionada con la misma idea que se repite monótona, como el golpeteo de un tamboril: ¡La madre de Judas! ¡Qué cosa parí! El mundo aúlla: ¿Qué cosa es Judas?

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Aparecen dos lágrimas en los dulces ojos de Jesús. Pone la mano sobre la frente de la enferma; haciendo a un lado las cataplasmas húmedas de vinagre.

Y le dice:

–                       Un infeliz. Nada más esto. Si el mundo aúlla. Dios ahoga su aullido diciéndote: ‘Tranquilízate, porque Te amo.’ ¡Mírame, pobre madre!  Controla tu espíritu extraviado y ponlo en mis manos. ¡Soy Jesús!…  

María de Simón abre sus ojos como si saliera de una pesadilla y ve al Señor.

Siente su mano sobre su frente. Se lleva las manos a la cara y…

Llorando gime:

–                       ¡No me maldigas! ¡Si hubiera sabido lo que había concebido; me hubiera arrancado las entrañas, para que no hubiera nacido!

Jesús dice muy serio:

–                       Y hubieras cometido un pecado muy grave, María. ¡Oh, María! ¡No quieras hacer algo malo por culpa de otro! Las madres que han cumplido con su deber, no tienen por qué sentirse responsables por los pecados de sus hijos. Tú cumpliste con tu deber. María, dame tus manos. Cálmate ¡Pobre, madre!

–                       Soy la madre de Judas. Estoy inmunda como todo lo que tocó ese demonio. ¡Madre de un Demonio! No me toques. –y solloza amargamente.

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Se revuelve en el lecho, tratando de esquivar las manos divinas que la quieren tocar. Las dos lágrimas de Jesús, le caen sobre la cara enrojecida por la fiebre.

Jesús le dice:

–                       Te he purificado María. Mis lágrimas de compasión han caído sobre ti. Desde que bebí mi Cáliz de Dolor, por nadie he llorado. Pero sobre ti, lo hago con toda mi compasión.

La toma de las manos y se sienta a un lado del lecho. Teniendo las manos temblorosas de María, entre las suyas. La compasión que brilla en los hermosos ojos de color zafiro acaricia, envuelve a la enferma curándola.

La infeliz mujer, se calma y murmura:

–                        ¿No me tienes rencor?

Jesús le contesta.

–                       Te amo. Por eso he venido. Tranquilízate.

–                       Tú perdonas. Pero el mundo no. Tu Madre me odiará…

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–                       Ella te considera una hermana. El mundo es cruel… Tienes razón. Pero mi Madre, es la Madre del Amor. Es buena. Tú no puedes andar por el mundo. Pero Ella vendrá a ti, cuando ya todo esté en paz. El tiempo tranquiliza…

–                       Si me amas, hazme morir.

–                       Todavía no. Tu hijo no supo darme nada. Sufre un poco de tiempo por Mí… Será  muy breve.

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–                       Mi hijo te dio mucho dolor…  ¡Te dio un horror infinito!

–                       Y a ti, un dolor infinito. El horror ha pasado. No sirve para más. Pero tú dolor sí sirve…  Se une al mío. Tus lágrimas y mi Sangre lavan el mundo… Tus lágrimas están entre mi Sangre y el llanto de mi Madre. Y alrededor, el dolor de los santos que sufrirán por Mí. ¡Pobre María!

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Y con cuidado la recuesta. Le cruza las manos y ve cómo se tranquiliza.

Ana regresa y se queda estupefacta en el umbral.

Jesús, que se ha puesto de pie; la mira y…

Le dice:

–                       Cumpliste con mi deseo. Para los obedientes hay paz. Tu corazón me ha comprendido. Vive en mi paz.

Vuelve a bajar los ojos sobre María de Simón, que lo mira entre un río de lágrimas, más tranquila. Le sonríe…

Y la consuela nuevamente:

–                       Pon tus esperanzas en el Señor. Y te dará sus consuelos.

La bendice y trata de irse; pero…10la_suegra_de_pedro

María de Simón da un grito de dolor:

–                       Se dice que mi hijo te Traicionó con un beso. ¿Es verdad Señor? Si es así permíteme que lo lave besándote las manos. ¡Oh! ¡No puedo hacer otra cosa!  ¡No puedo hacer otra cosa, para borrarlo!… ¡Para borrarlo!  -el dolor la ahoga, mordiendo su corazón con ferocidad.

Jesús no le da sus manos para que se las bese. En toda la entrevista, Él ha tenido cuidado para que no le vea las llagas, que ha mantenido ocultas con la blanquísima tela que no es de este mundo.

9sanando

Y lo que hace, es tomarle la cabeza entre sus manos y besarla en la frente, de la más infeliz de todas las mujeres. Es el beso de Dios. ¡Qué no habrá transmitido en él!…

Luego Jesús le dice:

–                       ¡Mis lágrimas y mi beso! Nadie ha tenido tanto de Mí… Quédate tranquila. Entre Yo y tú, no hay más que amor.

La bendice y atraviesa rápidamente la habitación. Sale detrás de Ana, que no se atrevió a acercarse, ni a hablar; pero que llora de emoción.

11sanando

Cuando están en el corredor, Ana hace la pregunta que la inquieta en su corazón:

–                       ¿Mi hija?

Jesús responde:

–                       Hace quince días que goza del Cielo. No te lo dije allá adentro, porque hay un gran contraste entre tu hija y su hijo.

Ana dice:

–                       Es verdad. Una desgracia. Creo que morirá.

–                       No. No tan pronto.

–                       Ahora estará más tranquila. La has consolado. ¡Tú! ¡Tú que puedes más que todos!

–                       Yo la compadezco más que todos. Soy la Divina Compasión. Soy el Amor. Yo te lo digo, Mujer: si Judas me hubiera lanzado tan solo una mirada de arrepentimiento, le habría alcanzado de Dios el Perdón.

1rjesus

¡Cuánta tristeza en el rostro de Jesús!

La mujer queda maravillada.

Y sólo pregunta:

–                       Pero, ¿Ese desgraciado pecó de repente? O…

–                       Desde hacía meses que pecaba. Y ni una palabra mía. Ninguna acción mía, pudieron detenerlo. Pues era muy grande su voluntad de pecar. Pero no se lo digas a ella…

13jesus-judas

–                       No se lo diré Señor… Cuando Ananías huyó de Jerusalén sin haber consumado la Pascua. La misma noche de la Parasceve, entró gritando: “Tu hijo traicionó al Maestro y lo entregó a sus enemigos. Lo Traicionó con un beso.

14jdolor

Yo he visto al Maestro golpeado, escupido, flagelado; coronado de espinas.

15Crucifixion-Jesus-Christ-mormon1

Cargando con la Cruz; crucificado y muerto por obra de tu hijo.

16Carl-Heinrich-Bloch-xx-The-Burial-of-Christ-xx-Public-collection

Nuestro nombre lo gritan los enemigos del Maestro, cual bandera de triunfo, con palabras obscenas. La hazaña de tu hijo la cuentan a gritos. 17Jesus-Judas-kiss

Por menos de lo que cuesta un cordero, vendió al Mesías. Y con un beso traidor, lo señaló a los guardias.”18traicion

María cayó por tierra  y se puso negra. El médico dice que se le derramó la bilis; que se le despedazó el hígado. Y que toda la sangre se le ha corrompido. Y… el mundo es malo. Ella tiene razón.

Tuve que traérmela aquí; porque iban a la casa de ella en Keriot a gritar: “¡Tu hijo Deicida y suicida! ¡Se ahorcó! Belcebú se ha llevado su alma y Satanás su cuerpo…” ¿Es verdad este horrible prodigio?

19judas-muerte

–                       No mujer. Fue encontrado muerto, pendiente de un olivo…

–                       ¡Ah! Y gritaban: “El Mesías ha Resucitado. Es Dios. Tu hijo Traicionó a Dios. Eres la madre del traidor de Dios. Eres la madre de Judas.”

20jvende

Por la noche, me la traje aquí.  Con Ananías y un siervo fiel; el único que se quedó con ella, porque todos los demás la dejaron y nadie quiso estar con ella. Ahora esos gritos los oye María en el viento, en el rumor de la tierra. En todas partes.

21jesucristo du ministerio

–                       ¡Pobre madre! ¡Es cosa horrible! ¡Sí!

–                       ¿Pero aquel demonio no pensó en eso?

–                       Era una de las razones que Yo empleaba para detenerlo. Pero de nada sirvió. Judas llegó a Odiar inmensamente a Dios. Cuando jamás amó verdaderamente a su padre, ni a nadie. A ningún prójimo suyo. Su egoísmo fue tal, que terminó destruyéndose a sí mismo.

–                       ¡Es verdad!

–                       Adiós mujer. Mi bendición te de fuerzas para soportar los insultos del mundo, porque compadeces a María. Besa mi mano. A ti si te la puedo mostrar. A ella le hubiera causado un gran dolor.

22jresu

Echa hacia atrás la manga, dejando al descubierto la muñeca atravesada. Ana lanza un gemido al tocar con sus labios la punta de sus dedos.

En ese momento se escucha el ruido de la puerta al abrirse y el grito ahogado de un viejo que se postra…

Y dice:

–                       ¡El Señor!

Ana le dice emocionada:

–                       Ananías, el Señor es Bueno. Vino a consolar a tu parienta y a nosotros también.

El hombre no se atreve a moverse.

Llora diciendo:

–                       Pertenecemos a una raza cruel. No puedo mirar al Señor.

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Jesús se le acerca. Le toca la cabeza diciendo las mismas palabras que le había dicho a María…

Jesús repite:

–                       Los familiares que han cumplido con su deber, no tienen por qué sentirse responsables del pecado de un pariente. ¡Anímate, Ananías! ¡Dios es Justo! La paz se contigo y con esta casa. He venido y tú irás a donde te envíe. Para la Pascua Suplementaria los discípulos estarán en Bethania.

Irás a ellos y les dirás que doce días después de que Yo morí, me viste en Keriot, vivo y verdadero. En cuerpo, alma y divinidad. Te creerán porque he estado mucho con ellos. Pero los confirmarás en su Fe, acerca de mi Naturaleza Divina, al comprobar que estoy en cualquier lugar, al mismo tiempo.

24sag-cor

Pero antes que eso, irás hoy mismo a Keriot y le dirás al sinagogo que reúna al pueblo. Y ante la presencia de todos, proclamarás que he venido aquí y que se acuerden de mis palabras de despedida. Te replicarán: ‘¿Por qué no ha venido Él con nosotros?’ Y les responderás así: ‘El Señor me ha dicho que os dijese, que si hubierais hecho lo que Él os ordenó que hicierais para con una madre inocente, Él se hubiera manifestado. Habéis faltado al Amor.’  ¿Lo harás?

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Ananías responde:

–                       ¡Es difícil, Señor! Es difícil hacerlo. Todos nos tienen por leprosos del corazón… El sinagogo no me escuchará y no me dejará hablar al pueblo. Tal vez me pegue… Sin embargo lo haré, porque Tú lo ordenas…

El anciano no ha levantado su cabeza y contestó manteniendo su actitud de profunda adoración…

Jesús le dice:

–                       ¡Mírame Ananías!

Cuando Ananías obedece, lo ve. Jesús está tan bello como en el monte Tabor…

25transfiguracion

Es Dios en todo su esplendor. La luz lo cubre ocultando su Rostro y su sonrisa…

Ha desaparecido…

En el corredor solo están los dos que quedan postrados en profunda adoración…

26casa-campo

Mientras tanto en la hacienda que tiene Daniel, el sobrino de Elquías en Beterón. Un grupo de sinedristas están discutiendo…

27Sanhedrin%20Trial

Elquías dice:

–                       Lo traje aquí porque no sé a dónde llevarlo. Vosotros sabéis que tengo mis dudas de que Daniel también sea miembro de esa odiosa y nueva secta que ha dado en llamarse ‘cristianos’ Vine también para comprobarlo…

Sadoc le aconseja:

–                       Simón quiere huir. Irse por el mar. ¿Por qué no darle gusto?

Nahúm objeta:

–                       Porque es incapaz de actos juiciosos. A solas en el mar moriría. Y ninguno de nosotros es capaz de conducir una barca.

Eleazar ben Annás:

–                       ¡Y luego, aunque se pudiera! ¿Qué sucedería con lo que diga, en el lugar del desembarco? Dejad que escoja su camino…

28elquias

Cananías:

–                       A la presencia de todos. Aún de su pariente… Haz que exprese su voluntad y que se haga como quiera realizarla.

Se admite esta proposición y Elquías llama a un siervo. Le ordena que traigan a Simón Boeto y que llamen a Daniel.

Enseguida vienen los dos. Y si Daniel da la impresión de no sentirse cómodo con cierta clase de gente…

Simón tiene el semblante de un verdadero orate al que no le falta ni la baba…

Elquías:

–                       Óyenos Simón. Tú dices que te tenemos en prisión, porque queremos matarte…

Simón Boeto:

–                       Tenéis que hacerlo. Tal es la orden.

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Sadoc:

–                       Deliras, Simón. Calla y escucha. ¿Dónde crees que te podrías curar?

Simón:

–                       En el mar. En el mar. En medio del mar. Donde no se oye ninguna voz. Donde no hay sepulcros. Porque los sepulcros se abren y de ellos salen los muertos. Y mi madre me maldice…

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Elquías:

–                       Calla. Escucha. Te amamos. Como a nuestra propia carne. ¿De veras quieres ir allá?

Simón:

–                       Sí que quiero. Porque aquí los sepulcros se abren y mi madre me maldice… Y…

Cananías:

–                       Irás pues. Te llevaremos al mar. Te daremos una barca y tú…

Daniel grita:

–                       ¡Cometéis un homicidio! ¡Está loco! ¡No puede ir solo!…

Nahúm:

–                       Dios no hace fuerza a la voluntad del hombre. ¿Acaso podríamos hacer lo que Dios no quiere?

Daniel objeta:

–                       Pero si está loco. No tiene voluntad. Entiende menos que un infante. No podéis hacer eso…

1hebreo

Elquías:

–                       Tú cállate. Sólo eres un campesino ignorante. Nosotros sí sabemos. Mañana partiremos por mar. ¡Alégrate, Simón! ¡Por el mar! ¿Comprendes?

Simón suspira:

–                       ¡Ah! ¡Ya no escucharé las voces de la tierra! Ya no más las voces… ¡Ah!

Pero luego empieza la confusión…

Simón da un grito prolongado. Se convulsiona. Se tapa las orejas y cierra los ojos. Luego escapa aterrorizado.

1muerte-resurreccion

Al mismo tiempo, Daniel corre al lado contrario que Simón y a unos veinte metros se postra en tierra con una adoración profunda…

Jesús está frente a él, con toda la majestad del Hombre-Dios Resucitado y lo saluda con una sonrisa llena de amor, pues Daniel es uno de los setenta…

Jesús le dice:

–                       Sígueme.

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Daniel contesta:

–                       ¿A dónde, Señor mío y Dios mío?

–                       Ve a Jerusalén. Allí encontrarás a los apóstoles. Irás por el mundo a predicar mi Palabra y a llevar la Buena Nueva de mi Resurrección. Luego te daré más instrucciones. Te amo.

Jesús lo bendice y desaparece.

Daniel llora de felicidad.

Simultáneamente, Simón Boeto cae preso de unas convulsiones aterradoras, hecha espuma por la boca y da unos alaridos escalofriantes…

32simonatormentado

Señalando a donde está Jesús con Daniel, grita:

–                       ¡Hazlo callar! ¡No está muerto! ¡Grita! ¡Grita! ¡Grita más que mi madre! ¡Más que mi padre! ¡Más que en el Gólgota! ¡Allí! ¡Allí! ¡No lo veis allí! ¡Allí está!…

Y señala donde está Daniel feliz, sonriente. Con la cara levantada en alto, después de haberla tenido pegada contra el suelo…

33sanedritayesclavo

Elquías exclama totalmente desconcertado:

–                       ¿Pero quién es? ¿Qué es lo que sucede? Detened a ese loco y a aquel necio. –Luego su voz parece un gruñido. Y grita furioso-  ¿Acaso todos estamos perdiendo el seso?

Elquías se acerca al ‘necio’ que no es otro Daniel y lo sacude con fuerza. Está colérico y no se preocupa del ‘loco’ de Simón que se revuelca en la tierra, con espuma en la boca y lanzando gritos como si fuese un animal rabioso.

Todos los miran a los dos, paralizados por el terror.

Elquías apostrofa a Daniel:

–                       Visionario holgazán. ¿Quieres explicarme qué estás haciendo?

Daniel le replica:

–                       Déjame. Ahora te conozco bien. Me voy lejos de ti. He visto a Quién para mí es un Dios Bondadoso y para vosotros terror… He visto Aquel a quién afirmáis que está muerto.

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Y por la cara que tienen tus compinches, creo que también vosotros lo habéis visto…

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 Me voy. Más que el dinero y cualquier otra riqueza, me importa mi alma. A ti lo que te interesa, es la herencia de mi padre, ¡Quédatela! ¡Adiós, maldito! Y si puedes, trata de alcanzar el Perdón de Dios.

–                       ¿A dónde vas?  ¡No te lo permito!

–                       No puedes detenerme. ¿Acaso tienes derecho de meterme a la cárcel? ¿Quién te lo dio? Te dejo todo esto, que es lo que amas. Yo sigo a Quién amo con toda mi alma, con todo mí ser. Adiós.

Y dándole la espalda, se aleja corriendo como si tuviera alas en los pies, hacia la pendiente verde de olivos y de árboles frutales.

Todos lo miran pasmados.

36James_Tissot_Pharisees_400

Mientras tanto, con heridas. Con espuma. Temblando de terror e infundiendo pavor a su vez; Simón da unos alaridos espeluznantes.

Gritando:

–                ¡Me ha llamado Parricida! ¡Haced que se calle!… ¡Cállate!… ¡Parricida! ¡La misma palabra que mi madre! ¿Por qué los muertos dicen las mismas palabras?…

Elquías y los demás están lívidos. La Ira los ahoga.

Elquías amenaza:

–                       ¡Acabaré contigo, Daniel! Exterminaré a todos los que con sus ‘delirios’ afirman que el Galileo está vivo. Lo digo y lo haré. Lo juro por…

37nahum

Sadoc lo interrumpe:

–                       Lo haremos. Lo haremos… Pero no podemos tapar todas las bocas. Todos los ojos que hablan porque ven…  También nosotros lo hemos visto…  Y tú no puedes negarlo, porque lo viste también…

Elquías y otros aúllan:

–                       ¡Cállate! ¡Cállate!…

38eliazar de anas

Eleazar ben Annás tiene todo el terror milenario que Israel tiene hacia el Altísimo, al pronunciar con sus labios temblorosos:

–                       Estamos vencidos. Tenemos que cargar nuestro Crimen. Y ha llegado la expiación… -Se golpea el pecho angustiosamente. Como si ya tuviera ante sí el patíbulo. Y se lamenta- Tendremos que enfrentar la Venganza de Yeové… 

39yahveh-sebaod

La continuación de esta historia, está en la Biblia…

                                   (EL QUE TENGA OÍDOS, QUE OIGA…)

40JESUS Y LA BIBLIA

210.- SUDOR DE SANGRE


1abatido

Jesús se agita como presa de un súbito malestar. Vuelve a quitarse el manto, se seca las manos, la cara, el cuello, los antebrazos. El sudor continúa. Cada poro tiene su gota que se forma, crece y cae. Se oprime una y otra vez  con más fuerza, el manto sobre la cara y al quitárselo, aparecen en él claramente las huellas frescas que parecen de color negro. La hierba del suelo, está enrojecida de sangre.

Jesús da la impresión de que está próximo a desmayarse. Se afloja la cinta de su vestido, como si sintiera ahogarse. Se lleva la mano al corazón, después al cuello. Se da aire con ella, teniendo la boca abierta. Se ha sentado sobre el peñasco dejándose caer sobre la espalda; con los brazos caídos a lo largo del cuerpo y la cabeza inclinada sobre el pecho, como si estuviese ya muerto…

No se mueve para nada.

23

Permanece así durante un largo rato. Luego emite un grito ahogado y levanta la cara: Es un rostro desencajado. Un instante sólo. Luego se derrumba rostro en tierra y se queda así. Un deshecho de hombre sobre el que pesa todo el pecado del mundo; sobre el que se abate toda la Justicia del Padre; sobre el que descienden las tinieblas, la ceniza, la hiel…

Esa tremenda, tremenda, tremendísima cosa que es el abandono de Dios mientras Satanás nos tortura…

Es estar “huérfanos de Dios”. Es la locura, la agonía…  Es la persuasión de ser rechazados por Dios…

 De estar condenados. ¡Es el infierno!…

3condenado

Las víctimas propiciatorias lo conocen. Y no soportan ver los mismos espasmos en Cristo, sabiendo  que es un millón de veces más atroz que el que las ha consumido a ellas y que con solo el recordarlo, los perturba profundamente.

Para vencer la Desesperación y a Satanás que es su origen. Para servir a Dios y darnos a nosotros la Vida Jesús debe saborear al Muerte. No la muerte física que le espera al ser crucificado, sino la Muerte Total.

Muerte Consciente, del luchador que cae… Después de haber triunfado con un corazón destrozado, con una Sangre que se pierde por la herida de un esfuerzo superior a las fuerzas humanas, para ser fiel a la Voluntad de Dios… 

Jesús está siendo oprimido por un trauma psíquico, superior a sus fuerzas humanas. Su agonía ha ido en aumento, hasta llegar el momento de sudar sangre: por el esfuerzo que debe hacer para vencerse y resistir el peso que sobre Él ha sido impuesto. Es el Hijo del Dios Altísimo, pero también es el Hijo del Hombre. Su Palabra y sus obras dan Fe de su Divinidad. Las necesidades materiales, las pasiones, los sufrimientos que padeció en Sí Mismo; dan testimonio de su Humanidad.

4agonia

La tercera Horade su Agonía  fue la locura, fue la desesperación, fue la agonía, fue la muerte. La muerte de su alma…

No resucitó solamente su Cuerpo. También su alma ha tenido que resucitar. Porque conoció la Muerte. Porque, ¿Qué es la muerte del espíritu?: La separación eterna de Dios.

Y Él está ahora separado de Dios. Su espíritu ha muerto. Es la verdadera hora de eternidad que concede a sus predilectos.

Nosotros conocemos la muerte del espíritu, sin haberla merecido; para comprender el horror de la condenación, que es el tormento de los pecadores impenitentes.

La conocemos para poder salvarles, Él la sufrió primero… El corazón se rompe, Él lo sufrió primero…   La razón vacila y la desesperación muerde… Él lo sufrió, porque nos ama…  Es el horror infernal, estamos a la merced del Demonio porque estamos separados de Dios. 

5JESUS Y ELANGEL

Dura así un largo rato. Entonces, una gran luz esplendorosa se forma sobre su cabeza, suspendida a la altura de un metro sobre Él aproximadamente. Un resplandor tan fuerte, que incluso el Postrado lo ve filtrarse entre sus cabellos ondulados  y  densos, tras el velo que la sangre pone en sus ojos.

Levanta la cabeza… Resplandece la Luna sobre esta pobre faz y aún más resplandece la luz angélica, semejante a la diamantina blanco-azul de la estrella Venus. La  luz lunar y angelical fundidas, iluminan y muestran un rostro rojo por la sangre.

6gotas-de-sangre

Las plegarias de María, le han obtenido la presencia de un ángel en el Getsemaní. Dios ha concedido esa gota de consuelo, para que no sobrevenga la muerte antes de que la Misión haya sido completada. El ángel le ofrece un cáliz celestial.

Jesús levanta sus brazos y lo toma entre sus manos…

7caliz

Y aparece toda la tremenda agonía en la sangre que rezuma a través de los poros: las pestañas, el cabello, el bigote, la barba están asperjados y rociados de sangre. Sangre rezuma en las sienes… Sangre brota de las venas del cuello… Gotas de sangre caen de las manos…

Todo su cuerpo está empapado de sangre. Y cuando tiende las manos para tomar el cáliz y beberlo, las mangas anchas se deslizan hacia los codos y se ve claramente como los antebrazos de Jesús, sudan sangre. En la cara, tan solo brillan dos surcos de tez palidísima, formados por las lágrimas que corren sobre la roja faz, que parece una máscara de sangre.

Jesús bebe despacio, mientras el ángel que lo acompaña en su dolor, lo conforta en su espíritu abatido y le habla de la esperanza de todos los que se salvarán por medio de su sacrificio.

Y como un bálsamo para su agonía; le va enumerando todos los nombres que están escritos en el Cielo, de aquellos que le amarán con un amor total, hasta compartir con Él, todas sus torturas.

8AGONIA

Aquellos que se enfrentarán también a Satanás y lo vencerán gracias a Él. Tal y como Él acaba de hacerlo.  ¡Jesús! ¡Jesús el Salvador! ¡Jesús, el Héroe Divino!

Acaba de obtener para los cristianos el poder enfrentar y vencer a la muerte, en todas sus múltiples torturas, con el Don de la Inmunidad al Dolor, que originalmente poseyera Adán.

En el Calvario será culminada la Magna Obra de la Redención.

¡Ya venció a Satanás!

Ahora debe vencer a la Muerte…

Jesús bebe hasta el fondo y devuelve el cáliz al ángel. Una sonrisa dolorosa ilumina su faz ensangrentada. María será la abogada de sus víctimas. Ella hará que la Misericordia de Jesús obtenga de la Justicia del Padre, la piedad para sus creaturas; que junto con Él serán hermanos en el Amor de Coparticipación.

9EL CALIZ DE JESUS

Más dulce que un vino saturado con miel, ellas están en el cáliz que el ángel le ha ofrecido para mitigar la amargura del cáliz paterno. Para fortalecer su Humanidad desfallecida, en una cruel agonía. ¡Los nombres de los redimidos que creerán…!11agonia (2)

Cada uno de ellos han sido como una inyección en sus venas, que le ha dado fuerzas. Cada uno de esos nombres será luz, vigor, en medio de las tinieblas que ya lo envuelven y durante las horas dolorosísimas… que ya han llegado. Para no mostrar el dolor que soportará como Hombre. Para no desesperar y no decir que Dios es muy severo e injusto con su Víctima, Jesús se repetirá estos nombres…

En la cara sólo las lágrimas forman dos líneas nítidas sobre la máscara roja.

Se quita otra vez el manto y se seca las manos, la cara, el cuello, los antebrazos. Pero el sudor continúa. Él presiona varias veces la tela contra la cara y la mantiene apretada con las manos y cada vez que cambia el sitio aparecen nítidamente en la tela de color rojo oscuro las señales; las cuales estando húmedas, parecen negras. La hierba del suelo está roja de sangre.

11agonia (1)

Jesús parece próximo al desfallecimiento. Se lleva la mano al corazón y luego a la cabeza y la agita delante de la cara como para darse aire, manteniendo entreabierta la boca. Arrastrándose se pega a la roca y apoya la espalda contra la piedra, de tal forma que parece como si estuviera ya muerto.  Los brazos le cuelgan paralelos al cuerpo y la cabeza contra el pecho. Ya no se mueve.

La luz angelical se desvanece poco a poco como si fuera absorbida por la luz de la luna que se filtra entre las hojas del olivo, iluminando al Héroe caído, que no se mueve para nada.

12agonia

Después de un rato,  Jesús abre sus ojos de nuevo. Con esfuerzo levanta la cabeza. Con mucha fatiga alza el cuerpo. Mira a su alrededor.  Está solo, pero menos angustiado.

Alarga una mano y tomando su manto que había dejado abandonado en la hierba, vuelve a secarse el sudor de su terrible  baño de sangre. Se seca la cara, la barba, los cabellos…

13muguet

Toma una hoja larga y ancha, empapada de rocío y con ella termina de limpiarse mojándose la cara y las manos y luego secándose de nuevo todo. Y repite lo mismo con otras hojas, hasta que borra las huellas de su tremendo sudor.

Sólo la túnica, especialmente en los hombros y en los pliegues de los codos, en el cuello y la cintura, en las rodillas, está manchada…

La mira y menea la cabeza. Mira también el manto y lo ve demasiado manchado. Lo dobla y lo pone encima de la piedra, junto a las florecillas. Por su extrema debilidad, con mucho esfuerzo se vuelve y se pone de rodillas.  Ora apoyando la cabeza en las manos que están sobre el manto. Luego eleva su rostro…

Su cara está palidísima, pero ya no tiene expresión turbada. Es una faz llena de majestad y de hermosura divina, a pesar de aparecer más exangüe y triste que nunca.

Luego, apoyándose sobre la roca se levanta y todavía tambaleándose ligeramente, con paso vacilante va hacia donde están los apóstoles…

14apagada

Los tres duermen profundamente, arropados en sus mantos, junto a la hoguera apagada. Se les oye respirar profundamente e incluso con un sonoro ronquido.

Jesús los llama…  Es inútil. Debe agacharse y dar un buen zarandeo a Pedro.

El apóstol desenvuelve su manto verde oscuro, se asusta y pregunta:

–                ¿Qué sucede? ¿Quién viene a arrestarme?

Jesús dice suavemente:

–     Nadie. Te llamo Yo.

Pedro pregunta aturdido:

–           ¿Es ya por la mañana?

–           No. Ha terminado… Es casi la segunda vigilia.

Pedro está todo entumecido.

Jesús da unos meneos a Juan, que emite un grito de terror al ver inclinado hacia él un rostro que de tan marmóreo como se ve, parece el de un fantasma.

Juan exclama asustado:

–           ¡Oh… me pareces un muerto!

Luego se acerca a Santiago, lo mueve…

Y el apóstol, creyendo que lo llama su hermano, dice:

–           ¿Apresaron al Maestro?

Jesús responde:

–                  Todavía no, Santiago…  Pero, levantaos ya. Vamos. El que me traiciona está cerca. 

15arresto

Los tres todavía pasmados, se levantan. Miran a su alrededor… Olivos, luna, ruiseñores, leve viento, paz… Nada más.

Pero siguen a Jesús sin hablar.

Llegan a donde están los otros ocho, igualmente dormidos alrededor del fuego ya apagado.

Jesús dice con voz potente:

–           ¡Levantaos! ¡Mientras viene Satanás, mostrad al insomne y a sus hijos, que los hijos de Dios no duermen!

Todos dicen al mismo tiempo:

–           ¡Sí, Maestro!

–           ¡Dónde está, Maestro?

–           Jesús, yo…

–           ¿Pero ¿qué ha sucedido?

Y entre preguntas y respuestas enredadas, se ponen los mantos…

En el preciso momento en que aparece la chusma de esbirros del Templo, capitaneada por Judas, que irrumpe en el quieto solar y lo ilumina bruscamente con muchas antorchas encendidas…

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LA ENTREGA

Son una horda de bandidos disfrazados de soldados, caras de la peor calaña afeadas por sonrisas maliciosas y demoníacas.

Vienen también algunos representantes del Templo.

Los apóstoles, súbitamente se hacen a un lado. Pedro delante y  detrás de él, los demás.

Jesús se queda quieto.

Judas se acerca resistiendo a la mirada de Jesús, que ha vuelto a ser esa mirada centelleante de sus mejores días…

Y aun así, el apóstol infiel no baja la cara… Al contrario, se acerca con una sonrisa de hiena y lo besa en la mejilla derecha.

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Jesús dice serenamente:

–           Amigo, ¿Y qué has venido a hacer? ¿Con un beso me traicionas?

Judas agacha un instante la cabeza; pero luego vuelve a levantarla… Muerto a la reprensión y a cualquier invitación al arrepentimiento.

Jesús, después de las primeras palabras; dichas todavía con la solemnidad del Maestro, adquiere el tono afligido de quien se resigna a una desventura.

La chusma, con un clamor hecho de gritos, se acerca con cuerdas y palos y trata de prender a Jesús y a los demás apóstoles.

Jesús pregunta tranquilo y solemne:

–          ¿A quién buscáis?

El encargado del Templo contesta:

–           A Jesús Nazareno.

La Voz es un trueno al responder:

–           Soy Yo.

Ante el mundo asesino y el inocente, ante la naturaleza y las estrellas, Jesús da de Sí, casi con un cierto júbilo; este testimonio abierto, leal, seguro…

¡Ah!, pero si de Él hubiera emanado un rayo no habría hecho más efecto: como un haz de espigas segadas, todos caen al suelo.

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Permanecen en pie sólo Judas, Jesús y los apóstoles…

Los cuales, ante el espectáculo de los soldados derribados se recuperan tanto, que se acercan a Jesús y con amenazas tan claras contra Judas; que éste súbitamente huye al otro lado del Cedrón y se adentra en la negrura de una callejuela…

Justo a tiempo para  evitar el golpe maestro de la espada de Simón Zelote y seguido en vano por una lluvia de piedras y palos que le lanzan los apóstoles que no estaban armados…

Jesús dice tranquilo:

–           Levantaos. ¿A quién buscáis?, vuelvo a preguntaros.

El mismo hombre vuelve a contestar:

–          A Jesús Nazareno.

Jesús responde con dulzura:

–          Os he dicho que soy Yo

Y Sí: con dulzura, vuelve a decir:

–           Dejad pues, libres a estos otros. Yo voy…  Guardad las espadas y los palos. No soy un bandolero…  Estaba siempre entre vosotros. ¿Por qué no me habéis arrestado entonces? Pero ésta es vuestra hora y la de Satanás…

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Mientras Él habla, Pedro se acerca al hombre que está extendiendo las cuerdas para atar a Jesús y descarga un golpe de espada desmañado… Si la hubiera usado de punta, lo habría degollado como a un carnero. Así…  Lo único que hace es arrancarle casi una oreja, que queda colgando en medio de un gran flujo de sangre.

El hombre grita que lo han matado…

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Se produce confusión entre aquellos que quieren arremeter y los que al ver lucir espadas y puñales tienen miedo.

Jesús dice sereno:

–          Guardad esas armas. Os lo ordeno. Si quisiera, tendría como defensores a los ángeles del Padre. –Y volviéndose hacia el herido, agrega- Y tú, queda sano. En el alma primero, si puedes…

Y antes de ofrecer sus manos para las cuerdas, toca la oreja y la cura.

De una manera incomprensible, para quien no tiene el espíritu ‘vivo’ y no saben lo que sucede a nivel espiritual…

Los apóstoles le gritan alterados:

–          « ¡Nos has traicionado!»

–          « ¡Pero ha perdido la razón!»

–          « ¿Quién puede creerte?».

Y el que no grita huye…

Y Jesús se queda solo…   Él y los esbirros…       Y empieza el camino de la Cruz…

22

Mi mayor dolor, fue pensar para cuántos mi Martirio sería estéril…

23

Todos los que rechazarían la Salvación y preferirían las Tinieblas a la Luz…

A éstos también los tuve presentes y a sabiendas de ello, me dirigí a la Muerte…

24

Satanás quería vencerme con la desesperación, para convertirme en su esclavo…

 Sentí el sabor de la muerte, cuando decidí daros la vida…

25

Y cubierto con la lepra de vuestros pecados, siendo solamente el hombre culpable a los ojos de Dios; ACEPTÉ SER EL MALDITO Y CON ELLO, ACEPTÉ TAMBIÉN EL CASTIGO.

26

Y vencí la desesperación y a Satanás, para servir a Dios y daros a vosotros la Vida…

Pero saboreé la Muerte. No la muerte física del Crucificado, (No fue tan dolorosa)

                                                  Sino la Muerte Total…       

27

La Muerte Consciente…

La Muerte que cae después de haber triunfado, con un corazón destrozado…        28

Con una sangre que se pierde por la herida de un esfuerzo muy superior a la fuerza humana. 

Y sudé sangre. ¡Sí, la sudé!… 

Para ser fiel a la Voluntad de Dios.

32

El espíritu venció la Tentación Espiritual. 

Con la Oración lo vencí: ‘¡ABBA, PADRE! Todo es posible para Ti; aparta de Mí esta copa; pero no sea como Yo quiero, sino como quieras TÚ…’

30

No tengo más que recordar esta Hora para llamaros hermanos. 

¿Puedo Yo que he probado; no comprender vuestra degradación y no amaros porque estáis degradados?… Os amo por esto. Porque en aquella Hora no era el Verbo de Dios…

Era el Hombre Culpable.

31

Mi mejilla arde por el beso de los traidores… 

Curádmela con el beso de la Fidelidad: ¡Convertíos y amad! Para que el Padre os pueda llamar: ¡Hijos!

bloch2

El Ángel que me acompañó en mi dolor, me habló de la esperanza de todos los que se salvarían con mi Sacrificio y fue el bálsamo para mi agonía…

Mi mirada se extendió a través de los siglos…

Y OS MIRÉ….

Y FUE CADA UNO DE VUESTROS NOMBRES como una inyección de fortaleza, para las horas dolorosísimas que se aproximaban… 

33

Fuisteis mi consuelo cuando vi que os salvaríais…

QUE ÉRAIS DIGNOS DEL SACRIFICIO DE UN DIOS.

Y desde aquel momento os he llevado en mi Corazón…

34

Y cuando sonó el momento de que vinieseis a la tierra, quise estar presente a vuestra llegada, regocijándome al pensar que una nueva flor de amor había brotado en el mundo y que viviría para Mí…

¡Oh, benditos míos!.. ¡Consuelo mío cuando agonizaba!.. Mi Madre, mi Apóstol, las mujeres piadosas…

Pero también TÚ…

Tú que estás leyendo esto y a quién mi Madre ha guiado hasta aquí… 

35

MIS OJOS AGONIZANTES TE MIRARON A TRAVÉS DE LOS SIGLOS…

Junto al rostro adolorido de mi Madre…

36

Y los cerré gozoso porque vi que te salvarías al corresponder a mi llamado a la Conversión y al Amor…

Y corrí al encuentro de mi Martirio, que se inició con un beso…

EL BESO DE LA TRAICIÓN.

36traicion

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

121.- LA OVEJA NEGRA


Unos días después…

Pedro dice a Jesús:

–                       Judas se ha hecho como un demonio, apenas te fuiste. No se podía hablar con él; ni razonar. Se peleó con todos y ha escandalizado a todos en la casa de Elisa.

Bartolomé, tratando de excusarlo al ver que el rostro de Jesús se ha puesto enérgico, dice:

–                       Tal vez se puso celoso porque te trajiste a Simón…

Pedro replica:

–                       No es cuestión de celos. Deja de excusarlo. O me peleo contigo por no haber podido desahogarme contra él. Pues, Maestro… Logré mantener la boca cerrada. ¡Piénsalo! ¡Estuve callado! Por obediencia y porque te amo. Pero… ¡Vaya que me costó! Después de que Judas salió golpeando las puertas… Nosotros pensamos que era mejor irnos para evitar que le diésemos una tunda de bofetadas. Y Bartolomé y yo, nos salimos antes de que regresase… Porque sentía que no podía aguantarme más.

Jesús contesta:

–                       Hiciste bien. Como también los demás.

–                       ¿También Judas? ¡Oh, no Señor mío! ¡No lo digas! Dio un espectáculo indigno.

–                       Él no hizo bien, pero no lo juzgues.

–                       …No, Señor…  -el ‘No’ le sale a Pedro con un gran esfuerzo.

Se hace un silencio…

Y luego Pedro pregunta:

–                        Pero… ¿Puedes decirme al menos, porqué Judas de repente se ha vuelto así? ¡Parecía haberse hecho tan bueno! ¡Estábamos tan bien!… De mi parte he ofrecido oraciones y sacrificios para que continuase así… Porque no puedo verte afligido… A partir de las Encenias aprendí que hasta una cucharada de miel tiene valor. Y esta verdad la aprendí del discípulo más pequeño… No la olvidé porque he visto sus frutos y comprendí que hay que amarte no solo con palabras; sino salvando las almas con nuestro sacrificio para darte alegría… Pero Señor, dime ¿Por qué Judas ha cambiado tanto, así?

–                       Ya no te preocupes de ello… Vamos a descansar, porque vamos a salir al anochecer…

Al día siguiente, van caminando a través de la llanura. Son las primeras horas de la mañana y…

–                       ¡No veo la hora de llegar a los montes!  -exclama Pedro bufando y secándose el sudor que le corre por las mejillas y el cuello.

Judas, cuyo temor de verse descubierto se ha desvanecido; ha vuelto a ser el mismo autoritario y petulante sobre todos los apóstoles.

Con mucho sarcasmo pregunta:

–                       ¿Cómo? ¿A ti que antes no te gustaban, ahora sí?

–                       ¿Y qué quieres? Ahora si los busco. En estos calores es lo mejor. Pero nunca como mi mar… ¡Ah, ese!… –Pedro suspira- No comprendo por qué los campos son más calientes después de la siega. El sol siempre es el mismo y…

Mateo responde con su sentido común:

–                       No es que sean más calientes. Es que son más tristes y se cansa uno al verlos así, más que cuando tienen todavía la mies.

Santiago de Zebedeo replica:

–                       No. Simón tiene razón. Son insoportablemente calientes después de la siega. Jamás había sentido tanto calor.

Judas dice:

–                       ¿Jamás? ¿Y dónde pones el que sentimos en la casa de Nique?

Andrés le responde:

–                       Jamás como éste.

Judas insiste:

–                       ¡Apuesto que no! Hace cuarenta días que el verano está encima y por eso el sol quema.

Bartolomé dice con tono grave:

–                       Es un hecho que el rastrojo despide más calor que los campos con espiga. El sol que antes se abatía sobre las espigas; ahora lo hace directamente contra el suelo desnudo y caliente. Y por eso reverbera su calor hacia arriba. Y el hombre se encuentra en medio de dos fuegos…

Iscariote se ríe con ironía y le presenta sus respetos diciendo:

–                       Rabí Nathanael, te saludo y te agradezco tu docta lección.  –sus palabras son mordaces, lo mismo que su voz.

Bartolomé lo mira, pero no dice nada.

Felipe dice muy serio:

–                       No hay porqué burlarse. Es como él lo dijo. No podrás negar una verdad que miles de cabezas con buen sentido, han dicho que así es.

Judas explota:

–                       ¡Claro que sí! ¡Claro que sí! Sé muy bien que sois de los doctos; de los expertos; de los sensatos; de los buenos; de los perfectos… ¡Sois todo! ¡Todo! ¡Tan solo yo soy la Oveja Negra de la blanca manada!…

¡Sólo yo soy el cordero bastardo! ¡El oprobio que se ve y tiene cuernos de cabro!… ¡Sólo yo soy el Pecador; el Imperfecto; la causa de todo el mal que existe entre nosotros; en Israel; en el mundo… y tal vez hasta en las estrellas! ¡No puedo más!

No puedo ver que yo sea el último. Ver que nulidades tan grandes como esos dos necios, que están hablando con el Maestro; sean admirados como dos santos oráculos. Estoy cansado de…

Con las mejillas rojas por la indignación, Pedro empieza a decir:

–                       ¡Oye muchacho!…  – pero no termina porque…

Judas Tadeo lo interrumpe:

–                       ¿Mides a los demás con tu medida? Trata tú de ser una nulidad como son mi hermano Santiago y Juan de Zebedeo. Y te aseguro que ya no habrá imperfecciones en nuestro grupo de apóstoles.

Judas replica:

–                       ¡Esto es lo que yo estaba diciendo! ¡Que la imperfección soy yo! ¡Oh! ¡Es demasiado! ¡Es…!

Tomás interviene:

–                       También yo lo creo. Porque demasiado fue el vino que nos hizo beber José… Y con este calor hace daño… Tan solo quieres burlarte… -tratando de que la disputa se convierta en un chiste.


Pero Pedro, a quien ya se le acabó la paciencia; con los dientes apretados y los puños cerrados, dice:

–                       Oye muchacho. Una sola cosa te aconsejo. Sepárate un poco de nosotros…

–                       ¿Yo? ¿Separarme yo? ¿Por qué tú lo mandas?  Tan solo el Maestro puede darme órdenes. Solo a Él obedezco. ¿Quién eres tú? Un pobre…

–                       Pescador, ignorante, vulgar, inútil para cualquier cosa. Tienes razón… Soy el primero en decírmelo. Y ante nuestro Yeové Omnipresente y Omnividente digo que preferiría ser el último y no el primero. Digo que quisiera verte o a cualquier otro en mi lugar. Pero más que todo a ti, para que te vieses libre del monstruo de los celos, que te hace tan duro. Y no tuvieses que obedecer, sino que yo lo hiciese…

Créeme que me costaría menos trabajo hablarte como al ‘primero’, que ahora. Creo que necesitas reflexionar… Te encontrabas a tus anchas solo, como lo hiciste desde Beter hasta el valle. Continúa haciéndolo… El Maestro va a la cabeza. Tú a la cola. En medio nosotros. Los ‘nada’…  No hay nada mejor para comprender y calmarse, que estar solos… Acepta mi consejo. Es mejor para todos y sobre todo, para ti.  –lo toma del brazo y lo saca fuera del grupo.

Lo lleva hasta atrás. Separándolo como veinte metros, se detiene y le ordena en voz firme, mientras lo mira fijamente:

–                         Quédate allí, mientras nosotros damos alcance al Maestro y luego… vente despacio. Mucho muy despacio… Y verás que se te pasa, a ti el berrinche… Y a nosotros… el temporal.

Lo deja plantado y se une a sus compañeros que van adelante unos diez metros. Cuando los alcanza dice:

–                       ¡Uff! He sudado más hablándole que caminando. ¡Qué tipo! ¿Se podrá sacar algo bueno de él?

Judas Tadeo le responde:

–                       No lo creo, Simón.  Mi hermano se obstina en conseguirlo… Pero… de él no se sacará nada bueno.

Andrés dice en voz baja:

–                       Con él… ¡Es un buen castigo el que se nos ha venido encima! Juan y yo casi le tenemos miedo. Y nos callamos para no discutir.

Bartolomé dice:

–                       Es lo mejor que podéis hacer.

Tadeo confiesa:

–                       Yo no logro hacerlo.

–                       Yo muy mal… Pero he encontrado el secreto.  –dice Pedro.

Todos le preguntan:

–                       ¿Cuál es? ¡Dínoslo!…

–                       Trabajando como un buey que tira del arado. Un trabajo tal vez inútil… Pero que me ayuda a no echar contra Judas, todo lo que me bulle por dentro.

Santiago de Zebedeo dice:

–                       ¡Ah! ¡Ahora comprendo por qué hiciste aquel destrozo de arbustos, cuando bajábamos hacia el valle! Por esto, ¿No es verdad?

–                       Exacto… pero hoy no tenía por aquí, nada que romper, sin causar algún daño. No hay más que árboles frutales y sería un pecado atacarlos. Me he cansado más con vencerme. Me duelen los huesos.

Bartolomé y Zelote hacen el mismo gesto y dicen cariñosamente casi al mismo tiempo a Pedro:

–                       ¿Y te sorprendes de que Él te haya hecho el primero entre nosotros?

–                        Eres un maestro…

Pedro los mira sorprendido y dice:

–                       ¿Yo? ¿Por esto? ¡Tonterías!… soy un pobre hombre… Sólo os pido que me ayudéis con vuestros doctos consejos. Con vuestras ideas cariñosas y sencillas… ¡Amor y sencillez! Para que sea como vosotros… y sólo por amor a Él, que ya bastantes aflicciones tiene ya consigo…

Mateo confirma:

–                       Tienes razón. Por lo menos nosotros no hay que dárselas.

Tomás pregunta:

–                       Yo estuve muy preocupado cuando lo mandó llamar Juana. ¿Vosotros no sabéis nada?

Pedro responde:

–                       ¡Claro que no! Pero sospechamos que ese que nos sigue… ¡Habrá hecho una buena fechoría! 

Tadeo confiesa:

–                        ¡Chitón! Lo mismo pensé al escuchar al Maestro el sábado…

Santiago de Zebedeo agrega:

–                       Igualmente yo…

Tomás exclama:

–                       ¡Vamos! No me lo habría imaginado, ni siquiera cuando vi a Judas tan negro aquella tarde. Y tan grosero, si es que así puede decirse.

Pedro concluye:

–                       Bueno. No hablemos más de eso y procuremos hacer que se haga mejor con nuestro cariño, con nuestros sacrificios. Como nos enseñó Marziam.

Andrés pregunta sonriendo:

–                       ¿Qué estará haciendo ahora?

–                       ¡Bah!… Pronto estaremos son él. No veo la hora. Estas separaciones me cuestan mucho.

Santiago de Zebedeo dice:

–                       No entiendo por qué el Maestro lo separó de nosotros. Ya no es un niño. Ni está endeble.

Felipe agrega:

–                       El año pasado caminamos mucho con él. Ahora que ha crecido más, con mayor razón podría hacerlo.

Mateo advierte.

–                       Yo me imagino que es para que no asista a ciertas tonterías.

Tadeo refunfuña:

–                       Y que no se junte con ciertos tipos…  -Porque realmente no soporta a Iscariote.

Pedro dice reflexivo:

–                       Tal vez vosotros dos tenéis razón…

Tomás asegura:

–                       ¡Eso no! Tal vez solo quiere que se haga más fuerte. Veréis que el año próximo nos acompañará.

Bartolomé pregunta pensativo:

–                       ¡El año que entra! ¿Estará todavía el año próximo el Maestro con nosotros? Sus discursos… me parecen que…

Los demás le ruegan:

–                       ¡No lo digas!

–                       No quisiera decirlo. Pero el no decirlo no sirve para desterrar lo que ha sido predeterminado.

Pedro responde:

–                       Entonces… Con mayor razón debemos tratar de ser mejores en estos meses;  para no causarle ningún daño y estar listos. Quiero pedirle que ahora que descansemos en Galilea, nos instruya mucho a nosotros Doce… Dentro de poco llegaremos.

Bartolomé confiesa:

–                       Y no veo la hora. Ya estoy viejo y las caminatas con este calor, me causan muchas incomodidades.

Mateo comenta:

–                       También a mí. Fui un vicioso y soy más viejo de lo que se puede pensar, si se tienen en cuenta los años… las crápulas… Ahora todo lo sufro en los huesos…

Zelote agrega:

–                       ¿Y yo? Estuve enfermo por años… Y aquella vida en las cuevas, con poca comida y miserable… ¡Todo se deja ver ahora!…

La voz de Judas los sobresalta a todos:

–                       Pero siempre has dicho que desde que te curó, te has sentido siempre fuerte… –a sus espaldas, pues ya se les juntó. Y con su inseparable ironía agrega – ¿Ya se te acabó tan pronto el efecto del milagro?

Mentalmente, Simón implora: “Señor ven aquí y dame paciencia” Pero con una cortesía exquisita, responde a Judas:

–                       No. No ha terminado el efecto del milagro. Y todos pueden verlo, no he vuelto a enfermarme. Me siento fuerte, duro. Pero los años son años y las fatigas, fatigas. Y luego estos calores que nos hacen sudar como si estuviéramos metidos en un horno.

Y las noches tan heladas que nos congelan el sudor en la espalda, mientras el rocío vuelve a humedecer nuestros vestidos empapados por el sudor; es claro que estos cambios no me hacen bien. Por eso no veo la hora en que podamos descansar un poco. Por la mañana sobre todo, cuando dormimos bajo las estrellas, estoy hecho una piedra por lo duro. Si me enfermo, ¿Para qué sirvo?

Andrés le responde:

–                       Para que sufras. Él dice que el sufrimiento vale igual que el trabajo y la Oración.

–                       Es cierto. Pero preferiría servirle como apóstol y…

Judas de Keriot dice:

–                       Y también estás cansado. Confiésalo. Estás cansado de continuar con esta vida sin perspectiva de horas mejores. Antes bien, viendo cómo se echan encima las persecuciones y las derrotas. Y empiezas a reflexionar que corres el peligro de volver a ser proscrito.

–                       No reflexiono nada. Lo que digo es que me siento mal.

Judas contesta con una sonrisa cargada de ironía:

–                       ¡Oh! ¡Cómo te curó una sola vez!…

Bartolomé presiente otra agria discusión y la evita llamando a Jesús:

–                       Maestro, ¿No nos toca nada a nosotros? Siempre vas adelante…

Judas se queda mohíno y pensativo… Y cesa en sus intentos de querer molestar a los demás.

Más tarde, busca la oportunidad de estar a solas con Jesús y le dice:

–                       Tenme contigo. No quiero errar más para no causarte dolor ni a Dios; ni a Ti…

Eso es todo.

Pero es más que suficiente para que el Maestro lo abrace con amor…

Cuando llegan las horas de más calor, se detienen a descansar a la sombra de una tupida arboleda y junto a un arroyo. Después de haber orado, ofrecido y bendecido los alimentos, comen y conversan.  Sombra, frescura, silencio en las horas en que arde más inclemente el sol. Y que invitan a dormitar.  Todos se acomodan a su gusto en el verde pasto y a la sombra de los árboles…

Jesús se sienta apoyando su espalda contra el tronco de un árbol y se interesa en los insectos que vuelan sobre las flores. En un determinado momento, hace una señal a Juan, a Judas de Keriot y a Bartolomé que están despiertos. Y cuando éstos llegan junto a Él, los invita a observar un pequeño drama de la naturaleza.

Los tres apóstoles se sientan alrededor y escuchan atentos a su Maestro que dice:

–                       Ved este pequeño insecto y observad el trabajo que está realizando… Está recogiendo polen y mientras lo hace, coopera a la fecundación de las plantas…

Jesús da una enseñanza sobre la razón y el instinto… En el transcurso, se han levantado los demás y asisten a la lección…

Para finalizarla, Jesús dice:

–                       … El insecto no es responsable si comete una mala acción, porque está siguiendo su instinto. El hombre sí lo es. El hombre goza de una inteligencia superior y tanto lo será, cuanto más comprenda las cosas de Dios. Por esto el hombre es más responsable de sus acciones.

Bartolomé dice:

–                       Entonces Maestro. Nosotros a quienes adoctrinas, tendremos mayor responsabilidad.

Jesús responde:

–                       Muy grande. Y mayor la tendréis en lo futuro, cuando se realice el Sacrificio y venga la Redención. Y con ella la Gracia que es fuerza y luz. Después de ella vendrá quién os dará mayores fuerzas para querer… Quien no quisiere, tendrá que responder, ¡Y en qué forma!

–                       Entonces muy pocos serán los que se salven.

–                       ¿Por qué Bartolomé?

–                       Porque el hombre es muy débil.

–                       Pero si robustece su debilidad confiando en Mí, se hace fuerte. ¿Creéis que no comprendo Yo vuestras luchas? ¿Qué no compadezco vuestras debilidades? Ved. Satanás es como una araña que está tejiendo su tela de esta ramita a aquella flor. ¡Tan sutil, tan engañosa! Ved como brilla el hilito, parece de plata. Parece una filigrana impalpable. En la noche no se le puede ver. Cuando el alba nace, brillará como una piedra preciosa.

Y las moscas imprudentes que vuelan por la noche en busca de alimento; caerán atrapadas en la telaraña y también las maripositas que se sienten atraídas por lo que brilla…

¡Pues bien! Mi amor hace con Satanás, lo que hace ahora mi mano que destruye la tela. Mirad como la araña huye y se esconde. Tiene miedo del más fuerte. También Satanás tiene miedo del más fuerte. Y el más fuerte es el amor.

Pedro, que siempre saca conclusiones de todo, pregunta:

–                       ¿No sería mejor acabar con la araña?

–                       Sería mejor. Pero esa araña no hace más que cumplir con lo que debe. Es verdad que mata a las pobres maripositas tan bonitas; pero acaba también con muchas moscas feas que acarrean enfermedades y contaminan a los sanos y a los vivos.

Zelote pregunta:

–                       ¿Pero en nuestro caso qué cosa hace la araña?

Jesús contesta:

–                       ¿Que qué hace Simón? Hace lo que hace la buena voluntad en vosotros. Destruye las vacilaciones; la flojedad; la vana presunción. Os obliga a que estéis vigilantes. ¿Qué cosa es la que os hace dignos de premio? La Lucha y la Victoria.

¿Podéis conseguir la Victoria si no tenéis la Lucha? La presencia de Satanás hace que se vigile continuamente. El amor por su parte, hace que su presencia no sea tan dañina. Si os quedáis cerca del Amor, Satanás os tentará; pero no podrá haceros daño en realidad.

–                       ¿Nunca?

–                       Nunca. Ni en las cosas pequeñas, ni en las grandes. Veamos una cosa pequeña: te aconseja que tengas cuidado de tu salud. Un consejo engañoso para poderte separar de Mí. El Amor te tiene junto conmigo, Simón. Y tus dolores dejan de existir aún ante tus ojos.

–                       ¡Oh, Señor! ¿Lo sabes?

–                       Sí, pero no pierdas tu valor. ¡Ea! ¡Arriba! El amor te dará tantas fuerzas, que es el primero en reírse de ti, que tiemblas por causa de tus reumas…

Jesús sonríe al avergonzado apóstol. Lo abraza para consolarlo. Y aún en medio de la sonrisa de Jesús, hay dignidad.

Los demás también se ríen.

Jesús mira a Judas y su sonrisa se hace más grande… Con su sonrisa le muestra su felicidad, para darle un estímulo en su intento de regresar a Dios… Porque aún este tenue deseo, que persiste como una flor en su corazón desierto; hace que el Padre Celestial le mire con ojos benignos a este discípulo al que ama y que sabe que no puede salvar… Pese a todos sus esfuerzos.

Jesús lo sabe… Y suspira profundo…

¡La mirada de Dios posada sobre un corazón!

Es necesario un tacto infinito para curar los corazones.

Y Jesús, manteniendo a Judas cerca de Sí, quiere enseñarles a los demás, el arte de redimir y de ayudar a quien se redime. Jesús debe ser feliz; para dar al desgraciado apóstol aún este medio para levantarse…

El acicate de la alegría del Maestro, al ver que regresa a Él…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

 

 

19.- EL COLEGIO APOSTÓLICO


Unos días después…

En la pequeña habitación que da al huerto que está lleno de follaje, con todo el esplendor del verano; Jesús está con María. Están sentados juntos en la banca de piedra junto a la pared. Después de terminada la cena, los demás se retiraron a descansar.

La Madre y el Hijo se sienten felices de estar cerca y de trabar una dulce conversación. Hablan de lo sucedido durante su separación: Del bautismo. Del ayuno en el desierto. De la formación del Colegio Apostólico. Jesús ha contado a su Madre sus primeras jornadas de evangelización. Sus primeras conquistas de corazones.

Y María está pendiente de cada palabra de su Jesús. Está más pálida y más delgada, evidenciando el sufrimiento de este tiempo. Sus bellísimos ojos azules, tienen las ojeras de quien ha llorado mucho y no oculta su preocupación. Pero ahora está feliz. Y sonríe acariciando la mano de su Hijo. Ha vuelto a tenerlo ahí, corazón con corazón; en el silencio de la noche que comienza.

La higuera tiene ya sus primeros frutos maduros, que se extienden hasta la casa. Y Jesús se pone de pie, a cortar algunos. Da los más bonitos a su Madre; limpiándolos con cuidado. Se los presenta como si fueran cálices blancos de estrías rojas, con su corona de pétalos blancos por dentro y púrpura por fuera. Los presenta en la palma de su mano y sonríe al ver que le gustan a su Mamá.

Después le pregunta a quemarropa:

–           Mamá, ¿Has visto a mis discípulos? ¿Qué piensas de ellos?

María, que está a punto de llevarse a la boca el tercer higo, levanta la cabeza. Suspende su movimiento, se sobresalta y mira a Jesús.

Él recalca:

–           ¿Qué piensas de ellos ahora que te los he presentado?

Ella contesta:

–           Creo que te aman y que podrás obtener mucho de ellos. Juan… Ama a Juan, como solo Tú puedes amar. Es un ángel y estoy tranquila cuando pienso que está contigo. También Pedro es bueno. Es duro porque ya es viejo. Pero franco y de convicción. Y su hermano Andrés; Felipe y Natanael. Y también Tomás… te aman como ahora son capaces de hacerlo. Después te amarán más. Zelote es agradecido y también Mateo. Así como los primos, ahora que se han convencido; te serán fieles.

Pero el hombre de Keriot… ese no me gusta, Hijo. Su ojo no es limpio y mucho menos su corazón. Me causa miedo.

–           Contigo es respetuoso.

–           Demasiado respetuoso. También contigo es muy respetuoso. Pero no es por ti, Maestro. Es por Ti, futuro rey de quien espera utilidades y gloria. Era un donnadie. Apenas un poco más que los demás de Keriot. Pero ahora espera desempeñar a tu lado, un papel de gran importancia y

¡Oh, Jesús!… No quiero faltar a la caridad. Pero pienso, aun cuando no quiero pensarlo; que en caso de que lo desilusiones, no dudará en reemplazarte.

O en tratar de hacerlo. Es ambicioso; avariento y vicioso. Está más preparado para ser ministro de un rey terrenal, que no un apóstol tuyo, Hijo mío. ¡Me causa mucho miedo!

Y la Mamá, mira a su Jesús con los ojos aterrorizados en su pálida cara… María, la plena de Gracia por el poder del Espíritu santo; ha leído en el corazón de judas, como en un libro abierto.

Jesús lanza un suspiro. Piensa por un largo momento. Luego mira a su Madre. Le sonríe para darle fuerzas.

Y dice:

–           También esto es necesario, Mamá. Si no fuese él, sería otro. Mi Colegio debe representar el mundo. Y en el mundo no todos son ángeles. Y no todos son del temple de Pedro y de Andrés. Si escogiese todas las perfecciones, ¿Cómo podrían las pobres almas enfermas; atreverse a poder llegar a ser mis discípulos? He venido a salvar lo que estaba perdido. Mamá; Juan por sí ya está a salvo. Pero, ¡Cuántos otros no lo están!

–           No tengo miedo de Leví. Se redimió porque quiso serlo. Dejó su pecado, junto con su banco de alcabalero. Y se hizo un alma nueva para venir contigo. Pero Judas de Keriot, no. Y además el orgullo llena más su alma manchada. Pero Tú sabes todas estas cosas, Hijo. ¿Por qué me las preguntas? No puedo sino rogar y llorar por Ti. Tú eres el Maestro…  Y también de tu pobre Mamá.

El coloquio sigue…

Y al día siguiente… El amplio taller de carpintería ha sido convertido en dormitorio. Con lechos bajos que han sido colocados junto a las paredes. Y los discípulos están cenando en el gran banco que sirve de mesa. Los apóstoles hablan entre sí y con el Maestro.

Judas de Keriot, pregunta:

–           ¿Vas de veras al Líbano?

Jesús responde con firmeza:

–           No prometo nunca, si no voy a cumplir. Apenas salga la luna, partiremos. El camino será largo; aun cuando usemos la barca hasta Betsaida. Nos esperan los pastores y Juana de Cusa.

–           ¡Con este calor! ¡Apenas comienza el verano!  ¡Mira lo que haces! Lo digo por Ti.

–           Las noches están menos sofocantes. El sol pronto estará en león y los temporales harán que no se sienta tanto. Pero lo repito, no obligo a nadie a que venga conmigo. Y a mí alrededor todo es espontáneo. Si tenéis negocios u os sentís cansados, quedaos. Nos volveremos a ver después.

–           Muy bien. Tú lo dices, yo tengo que ver por los intereses de mi casa. Llega el tiempo de la vendimia y mi madre me rogó que viera a algunos amigos. Y como soy el hombre de mi familia…  

Pedro rezonga:

–           Menos mal de que se acuerda de que la madre es siempre la primera, después del padre.

Sea que Judas no oiga o no quiera oír, no da señales de comprender lo que ha dicho Pedro. A quién por otra parte, Jesús refrena con una mirada. Mientras que Santiago de Zebedeo, sentado junto a Pedro, le jala el vestido para hacerlo callar.

Jesús dice:

–           Ve pues, Judas. Comprendo que debes ir. No hay que faltar a la obediencia a la madre.

–           Me voy al punto, si me lo permites. Llegaré a Naím a tiempo para encontrar hospedaje. Adiós, Maestro. Adiós, amigos.

Jesús le dice:

–           Sé amigo de la paz y merece tener a Dios siempre contigo. ¡Adiós!

Todos le saludan con un gesto simultáneo.

No hay ninguna aflicción al verlo partir. Al contrario… Pedro, para que no se arrepienta, le ayuda a apretar las cintas de su alforja y a ponérsela. Lo acompaña hasta la puerta del huerto y se queda en el umbral para verlo partir. Y cuando ve que se ha alejado hace un gesto de alegría y de irónico saludo. Y regresa restregándose las manos. No dice nada. Pero ya lo ha dicho todo.

Los que lo vieron, ríen para sus adentros.

Pero Jesús no lo nota, porque está mirando fijamente a su primo Santiago que se ha ruborizado y deja de comer las aceitunas.

Y le pregunta:

–           ¿Qué te pasa?

Santiago de Alfeo contesta:

–           Dijiste: ‘No se debe faltar a la obediencia de la madre’… ¿Y entonces nosotros?…

–           No tengas escrúpulo. Como línea de conducta así es. Cuando uno no es más que hombre y más que hijo. Pero cuando está uno cerca de otra naturaleza y de otra paternidad, no. Ella es más sublime si se le sigue según órdenes y deseos. Judas llegó primero que tú y que Mateo. Pero está muy atrás todavía. Es necesario que se forme. Y lo hará muy despacio. Tened caridad con él. ¡Tenla, Pedro!

–           ¡Oh, Maestro! ¡Me es tan difícil con él…!

–           Lo comprendo, pero te digo: ten caridad. Soportar a las personas molestas es una virtud. ¡Úsala!

–           Sí, Maestro. Pero cuando lo veo así… Así… mejor me callo. Tú me comprendes. Es bueno que se vaya y me reforzaré para soportarlo. Después…

 

            Jesús sonríe y mueve la cabeza, compadeciendo al justo y sanguíneo Pedro. Se oye el golpeteo de herraduras y de pronto en el umbral de la calle, se asoma el cuerpo negro y sudoroso de un caballo; del que se apea un jinete que se precipita como un bólido y se postra a los pies de Jesús. Los besa con adoración. Todos lo miran asombrados.

Jesús pregunta:

–           ¿Quién eres? ¿Qué quieres?

El hombre contesta:

–           Soy Jonathás.

José responde con un grito, pues no lo había reconocido y corre hacia él.

Jonathás  exclama emocionado:

–           Sí. ¡Adoro a mi Señor amado! Treinta años de espera… ¡Oh! ¡Larga espera! Más ahora han florecido como la flor de un agave solitario. Y florecido de golpe en un éxtasis feliz. Y tanto más feliz, cuanto más lejano. ¡Oh, mi Salvador!

Jesús dice:

–           Levántate Jonatás. Estaba a punto de ir a buscarte. También a Benjamín y a Daniel.

–           Lo sé.

–           Levántate para darte el beso que he dado a tus compañeros.

Y lo levanta y lo besa.

–           Lo sé. –repite el  viajero robusto; bien parecido y lujosamente vestido- Lo sé. Ella tenía razón. No era delirio de agonizante. ¡Oh, Señor Dios! ¡Cómo te ve el alma y cómo te siente cuando Tú la llamas!   –Jonathás está conmovido-    Estaba yo de viaje con la patrona que agoniza. Caminábamos despacio, pues ella sufre mucho con los vómitos de sangre. En Cesárea de Filipo parecía ya muerta y me dijo: ‘Jonatás, llévame otra vez a casa. Pero pronto…  ‘OBEDECE.’

Es la primera vez desde hace seis años que le sirvo, que me habla así. ¡Qué viaje! Casi he matado a los caballos, para llegar a Tiberíades. Llegamos esta madrugada. Y por las palabras de Esther comprendí que fuiste Tú el que te le apareciste al alma de mi patrona y le dijiste que la esperabas para darle la vida. Me ha mandado por delante. Para decirte: ‘¡Oh! ¡Ven, Salvador mío!’

–           Voy al punto. La fe merece su premio. Quien me quiere, me tiene. ¡Vamos!

–           Están por llegar unos borriquillos que contraté porque no tenían caballos. Así iremos más pronto. Espero encontrarla cerca de Caná.

La Virgen se acerca, seguida por María de Alfeo.

Jonathás cruza las manos sobre el pecho y la saluda inclinándose profundamente. Luego se arrodilla y besa la orla de su vestido, diciendo:

–           Te saludo, Madre de mi Señor.

Alfeo de Sara, dice al gran número de curiosos:

–           ¡Oh! ¿Qué decís de esto? ¿No es vergonzoso que solo seamos nosotros los que no tenemos fe?

Llegan los asnos y parten. La noche ha entrado y aparece la luna en su cuarto creciente. A la cabeza, van Jesús y Jonathás. Seguidos por todos los demás.

Después de un rato, Jesús vuelve su rostro al escuchar una carcajada fresca de Juan, a la que hacen coro los demás…

Pedro explica:

–           Soy yo, Maestro, el que hago reír. En la barca estoy más seguro que un gato. Pero aquí arriba, ¡Parezco un barril de madera suelto en el puente de una nave, con el viento del sudoeste!

Jesús sonríe y lo anima prometiéndole que pronto terminará el trote.

Pedro contesta:

–           ¡Oh! No importa. Si los muchachos se ríen, no hay nada de malo. ¡Vamos! Vamos a hacer feliz a esa buena mujer.

Siguen avanzando y Jesús vuelve otra vez su rostro ante otra explosión de risas.

Pedro exclama:

–           ¡No! Esto no te lo digo, Maestro. Aunque pensándolo bien… ¿Por qué no? Sí que te lo digo…

Decía yo: Nuestro supremo primer ministro, se roerá las manos cuando sepa que no estuvo cuando tenía que hacerla de pavo real, cerca de la dama’ -Todos se ríen. Y Pedro continúa-  Pero así es. Estoy seguro que si hubiera sabido, no hubiera habido viñedos que cuidar.

Jesús no contradice.

Llegan pronto a Caná y se acercan al carro cubierto. Jesús se apea y Jonathás anuncia:

–           ¡El Mesías!

La vieja nodriza se acerca suplicando:

–           ¡Oh, sálvala Señor! ¡Está muriendo!

Jesús sube al carro donde hay un montón de cojines. Y sobre ellos un cuerpo macilento. Una sierva llora mientras seca el sudor helado, de la agonizante. Jesús se inclina sobre la mujer de mejillas enjutas por la tuberculosis. La respiración es difícil y en los labios semiabiertos, hay una sombra purpúrea.

Jesús le toma la mano y le dice:

–           ¡Juana! ¡Juana, Soy Yo! Yo que te amo. Soy la Vida. Mírame vine a salvarte. ¿Puedes creer en Mí?

La moribunda asiente con la cabeza.

–           Yo lo quiero. Sé sana. Levántate.

Una fracción de minuto… Y luego Juana de Cusa, sin ayuda de nadie se sienta. Da un grito y se lanza a los pies de Jesús, con una voz fuerte y llena felicidad.

–           ¡Oh! ¡Amarte toda mi vida! ¡Para siempre tuya! ¡Nodriza! ¡Jonatás! ¡Estoy curada! ¡Pronto! ¡Corred a decirlo a Cusa! ¡Que venga a adorar al Señor! Señor quédate en mi casa. ¡Soy tan feliz!

–           Voy. Pero tengo mis discípulos.

–           Mis hermanos, Señor. Juana tendrá para ellos, como para Ti; de comer, de beber y descanso. ¡Hazme feliz!

–           Está bien. Vamos…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

TERCER MISTERIO DE GLORIA


TERCER MISTERIO DE GLORIA

(Hech. 2, 1-36

            LA VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO

ESPÍRITU SANTO:

YO SOY EL AMOR

No hago uso de Mi Propia Voz, por cuanto mi Voz se encuentra en todo lo creado y más allá de lo creado. Me derramo como el éter por todo cuanto existe. Enciendo el fuego, circulo como la sangre.

Estoy Presente en todas las palabras de Cristo y florezco en los labios de la Virgen; purifico y vuelvo luminosa la boca de los profetas y de los santos. YO SOY AQUEL QUE INSPIRO TODAS LAS COSAS ANTES DE QUE FUESEN; ya que mi poder es el que puso en movimiento, como un latido, el Pensamiento Creador del Eterno.

Todas las cosas se hicieron por Cristo. Más todas las hice YO-AMOR, puesto que Soy yo, Quién con mi Secreta Fuerza, moví al Creador a realizar tal Prodigio.

Cuando nada había, EXISTÍA YO. Y estaré asimismo, cuando nada quede sino el Cielo.

Yo Soy el Inspirador de la Creación del Hombre, al que se le entregó el mundo para su deleite. Este Mundo en el que desde los océanos, hasta las estrellas; de las nevadas cumbres de las montañas, hasta los delicados pétalos de las flores, aparece impreso Mi Sello.

Yo seré quién ponga en los labios del último hombre, esta invocación: “¡VEN SEÑOR JESÚS!”

Yo Soy Aquel que habla sin palabras dondequiera y a través de toda doctrina que tenga su origen en Dios.

Yo Soy Aquel que para aplacar al Padre, infundí la idea de la Encarnación y bajé como Fuego Creador a hacerme Germen en las entrañas purísimas de María; iniciando la Encarnación de Dios y la Redención del Hombre: Sangre Divina, híbase formando del manantial de sangre humana. Corazón del Hijo que latía al ritmo del Corazón de la Madre. Carne Eterna que se formaba de  la Carne Inmaculada de la Virgen, para subir después convertido en Hombre a la Cruz y de la Cruz al Cielo; para estrechar con un Aro de Amor, la Nueva Alianza entre Dios y los hombres. Lo mismo que con un Abrazo de Amor, estrechara al Padre y al Hijo, engendrando la Trinidad.

Yo estaba al lado del Verbo Inmolado por más que al parecer, no hubiese indicios de que estuviera allí. ÉL invocó al padre por tenerlo Ausente; más no a Mí. Yo me encontraba en Él cuando sublimaba al Amor a fuerza de Sacrificio. Yo estaba en ÉL infundiéndole fuerza para sufrir el Infinito Dolor del Mundo; de todo el mundo y para el Mundo. Pues formé su Cuerpo Santísimo, justo era que estuviese en el Corazón de la Víctima del Amor, para recoger sus méritos y presentarlos al Padre.

YO FUI EL SACERDOTE DEL CALVARIO, EL QUE ELEVÉ LA VICTIMA OFRECIÉNDOLA.

Y fui el Sacerdote, porque en el sacrificio es siempre el Sacerdote, -y lo es de un modo indispensable- EL AMOR.

Yo descendí a revestir con mi Poder a los Doce reunidos en el Cenáculo. Y me derramé también sobre María. Más si para todos fue conocimiento, por el que se les hizo patente la Tercera Persona con sus Dones Divinos; para María no fue sino un más vivo reencuentro. Para todos fue Llama, para Ella fue Beso. Y, EL ETERNO PARÁCLITO ERA SU ESPOSO DESDE HACÍA TREINTA Y CUATRO AÑOS, en que mi Fuego la poseyó de tal forma; que hice de su Candor un cuerpo de Madre. Y aún después de los Esponsales Divinos, hasta tal punto la colmé de Mí, que ya no podía añadir más a la ya Llena de Gracia.

PERFECCIÓN SOBRE PERFECCIÓN. Y la Purísima Carne de la Virgen se convirtió en el Arca Viviente, que guardó el Misterio de la Encarnación.

La Obra de nuestra mutua entrega, ya se había realizado. Nuestro Hijo había vuelto al Cielo, tras haber dado cumplimiento a Todo. Vine a depositar el segundo beso de agradecimiento a la Esposa Santa, que con cada latido de su corazón repetía, alegrando a Dios Uno y Trino: ¡Santo, Santo, Santo y Bendito seas Tú, Señor Excelso!

Bajé por segunda vez a reiterar mi abrazo de Esposo, mientras mi Presencia se hizo visible en una flama. Prometí a María la Tercera y definitiva Unión, en la feliz morada del Cielo. Porque el Cielo era su meta. Porque en Ella ya no había más que un deseo: POSEER A DIOS. No por unos instantes, sino en un eterno presente.

Yo transformo en mi esposa al alma que me llama con un corazón puro y amante: EL AMOR SE DA A QUIEN SE ARREPIENTE, A QUIEN CREE, A QUIEN ESERA, A QUIEN PERDONA, A QUIEN AMA…

*******

No hay voces ni ruidos en la casa del Cenáculo. Sólo están los Doce y María Santísima.  La habitación parece más grande porque los muebles y enseres están colocados de forma distinta y dejan libre todo el centro de la habitación, como también dos de las paredes. A la tercera ha sido arrimada la mesa grande que fue usada para la Cena.

La Virgen, sentada sola en su asiento tiene a sus lados en los triclinios, a Pedro y a Juan. Matías, el nuevo apóstol, está entre Santiago de Alfeo y Judas Tadeo. La Virgen tiene delante un arca ancha y baja de madera oscura, cerrada. María está vestida de azul oscuro. Cubre sus cabellos un velo blanco, cubierto a su vez por el extremo de su manto.  Todos los demás tienen la cabeza descubierta.

María lee atentamente en voz alta. Pero por la poca luz que le llega, creo que más que leer repite de memoria las palabras escritas en el rollo que tiene abierto. Los demás la siguen en silencio, meditando. De vez en cuando responden, si es el caso de hacerlo.

El rostro de María aparece transfigurado por una sonrisa extática. ¡¿Qué estará viendo, que tiene la capacidad de encender sus ojos como dos estrellas claras, y de sonrojarle las mejillas de marfil, como si se reflejara en Ella una llama rosada?!: es, verdaderamente, la Rosa mística…

Los apóstoles se echan algo hacia adelante, y permanecen levemente al sesgo, para ver el rostro de María mientras tan dulcemente sonríe y lee (y parece su voz un canto de ángel). A Pedro le causa tanta emoción, que dos lagrimones le caen de los ojos y  por un sendero de arrugas excavadas a los lados de su nariz, descienden para perderse en la mata de su barba entrecana.

Pero Juan refleja la sonrisa virginal y se enciende como Ella de amor, mientras sigue con su mirada a lo que la Virgen lee y cuando le acerca un nuevo rollo, la mira y le sonríe.

La lectura ha terminado. Cesa la voz de María. Cesa el sonido que produce el desenrollar o enrollar los pergaminos.

María se recoge en una secreta oración, uniendo las manos sobre el pecho y apoyando la cabeza sobre el arca. Los apóstoles la imitan…

Entonces un ruido fortísimo y armónico, con sonido de viento y arpa, con sonido de canto humano y de voz de un órgano perfecto, resuena de improviso en el silencio de la mañana. Se acerca, cada vez más armónico y fuerte, y llena con sus vibraciones la Tierra, las propaga a la casa y las imprime en ésta, en las paredes, en los muebles, en los objetos. La llama de la lámpara, hasta ahora inmóvil en la paz de la habitación cerrada, vibra como chocada por el viento, y las delgadas cadenas de la lámpara tintinean vibrando con la onda de sobrenatural sonido que las choca.

Los apóstoles levantan la cabeza al escuchar  ese fragor hermosísimo, que contiene las más hermosas notas de los Cielos y la Tierra salidas de la mano de Dios que se acerca cada vez más. Algunos se ponen de pie preparándose para huir; otros se acurrucan en el suelo cubriéndose la cabeza con las manos y el manto o dándose golpes de pecho pidiendo perdón al Señor; otros, demasiado asustados como para conservar ese comedimiento que siempre tienen respecto a la Purísima, se arriman a María.

El único que no se asusta es Juan y es porque ve la paz luminosa de alegría que se acentúa en el rostro de María, la cual levanta  la cabeza y sonríe frente a algo que sólo Ella conoce y luego se arrodilla abriendo los brazos y las dos alas azules de su manto así abierto se extienden sobre Pedro y Juan que, como Ella, se han arrodillado.

Pero, todo lo que he tardado minutos en describir se ha verificado en menos de un minuto.

Y luego entra la Luz, el Fuego, el Espíritu Santo, con un último fragor melódico, en forma de globo lucentísimo, ardentísimo; entra en esta habitación cerrada, sin que puerta o ventana alguna se mueva y permanece suspendido un momento sobre la cabeza de María, a unos tres palmos de su cabeza (que ahora está descubierta, porque María, al ver al Fuego Paráclito, ha levantado los brazos como para invocarlo y ha echado hacia atrás la cabeza emitiendo un grito de alegría, con una sonrisa de amor sin límites). Y pasado ese momento en que todo el Fuego del Espíritu Santo, todo el Amor, está recogido sobre su Esposa, el Globo Santísimo se escinde en trece llamas cantarinas y lucentísimas -su luz no puede ser descrita con parangón terrenal alguno- y desciende y besa la frente de cada uno de los apóstoles.

Pero la llama que desciende sobre María no es lengua de llama vertical sobre besadas frentes: es corona que abraza y nimba la cabeza virginal, coronando Reina a la Hija, a la Madre, a la Esposa de Dios; a la incorruptible Virgen, a la Llena de Hermosura, a la eterna Amada y a la eterna Niña; pues que nada puede mancillar a Aquella a quien el dolor había envejecido, pero que ha resucitado en la alegría de la Resurrección y tiene en común con su Hijo una acentuación de hermosura y de frescura de su cuerpo, de sus miradas, de su vitalidad… gozando ya de una anticipación de la belleza de su glorioso Cuerpo elevado al Cielo para ser la flor del Paraíso.

El Espíritu Santo fulguran sus llamas en torno a la cabeza de la Amada. ¿Qué palabras le dirá? ¡Misterio! El bendito rostro aparece transfigurado de sobrenatural alegría y sonríe con la sonrisa de los serafines, mientras ruedan por las mejillas de la Bendita lágrimas beatíficas,  que incidiendo en ellas la Luz del Espíritu Santo, parecen diamantes.

El Fuego permanece así un tiempo… Luego se disipa… De su venida queda, como recuerdo, una fragancia que ninguna flor terrenal puede emanar… es el perfume del Paraíso…

Los apóstoles vuelven en sí… María permanece en su éxtasis. Recoge sus brazos sobre el pecho, cierra los ojos, baja la cabeza… nada más… continúa su diálogo con Dios… insensible a todo… Y ninguno osa interrumpirla.

Juan, señalándola, dice:

–              Es el altar y sobre su gloria se ha posado la Gloria del Señor…

Pedro confirma con sobrenatural impulsividad:

–              Sí. No perturbemos su alegría. Vamos, más bien, a predicar al Señor para que se pongan de manifiesto sus obras y palabras, en medio de los pueblos.

Santiago de Alfeo dice:

-¡Vamos! ¡Vamos! El Espíritu de Dios arde en mí.

Matías agrega:

-Y nos impulsa a actuar. A todos. Vamos a evangelizar a las gentes…

Salen como empujados por una vigorosa fuerza que los impulsa a llevar el Reino de Dios a todos los hombres…

 

Oración.

VEN ESPÍRITU SANTO:

Ven Espíritu Santo y envía desde el Cielo, los rayos de tu virtud. Ven Padre de los pobres. Ven Dador de los dones, ven Luz de los corazones. Consolador Magnífico; Dulce Huésped del Alma, Suavísimo Dulzor. Descanso en la fatiga, Brisa en el ardiente estío, Consuelo en el Dolor. ¡Oh Fuego Dichosísimo inunda en resplandores el corazón del fiel! Sin tu Divina Gracia, nada hay puro en el hombre, pobre de todo bien. Lava el corazón sórdido; riega el que está marchito; sana el que enfermo está. Doblega al duro y rígido; inflama al tibio y endereza al que extraviado va. Da a tus oyentes súbditos que sólo en Ti confían, el Septiforme Don. Danos preciosos méritos, danos dichoso tránsito y eterno galardón. ¡Oh, Divino Amor! ¡Lazo Sagrado que unes al Padre y al Hijo! Espíritu Todopoderoso, Fiel Consolador de los afligidos; penetra en los abismos de mi corazón; haz brillar en él tu esplendorosa Luz. Esparce ahí tu dulce rocío, a fin de hacer cesar su grande aridez. Envía los rayos celestiales de Tu Amor, hasta lo profundo de mi alma, para que penetrando en ella se enciendan todas mis debilidades, mis negligencias, mis languideces. Ven Dulce Consolador de las almas desoladas; Refugio en los peligros y Protector en la miseria. Ven Tú que lavas a las almas de sus manchas y curas sus llagas. Ven Fuerza del débil y Apoyo del que cae. Ven Doctor de los humildes y Vencedor de los orgullosos. Ven Padre de los huérfanos, Esperanza de los pobres, Tesoro de los que están en la indigencia. Ven Estrella de los navegantes, Puerto seguro de los náufragos, Ven, Fuerza de los Vivientes y salud de los que van a morir. Ahuyenta al enemigo, infúndenos tu calma, dirige nuestros pasos y nuestro mal aparta. Enséñanos al Padre y al Hijo nos declaras. Y en Ti de ambos Espíritu, Fe de nuestra alma. ¡Ven Espíritu Santo! Ven y ten piedad de mí. Haz a mi alma sencilla, dócil y fiel. Compadécete de mí debilidad con tanta bondad, que mi pequeñez encuentre gracia ante tu Grandeza Infinita. Mi impotencia la encuentre ante la multitud de tus misericordias. Por nuestro Señor Jesucristo, mi Salvador, que contigo y con el Padre, Vive y Reina, siendo Dios, por los siglos de los siglos. Amen

PADRE NUESTRO…

DIEZ AVE MARÍA…

GLORIA…

INVOCACIÓN DE FÁTIMA…

CANTO DE ALABANZA…

 

DRAMA EN EL GETSEMANÍ III


Y no obstante, un esplendor más vivo se forma sobre su cabeza, suspendido como a un metro de Él aproximadamente. Una luminosidad  tan viva, que incluso el Postrado lo ve filtrarse entre sus cabellos ondulados  y ya densos, tras el velo que la sangre pone en sus ojos.

Levanta la cabeza… Resplandece la Luna sobre esta pobre faz y aún más resplandece la luz angélica; semejante a la del diamante blanco-azul de la estrella Venus.

Y aparece toda la tremenda agonía en la sangre que rezuma a través de los poros: las pestañas, el cabello, el bigote, la barba están asperjados y rociados de sangre. Sangre rezuma en las sienes; sangre brota de las venas del cuello; gotas de sangre caen de las manos y cuando tiende las manos hacia la luz angélica y las anchas mangas se deslizan hacia los codos; aparecen sus antebrazos también llenos de sudor de sangre.

En la cara sólo las lágrimas forman dos líneas nítidas sobre la máscara roja.

Se quita otra vez el manto y se seca las manos, la cara, el cuello, los antebrazos. Pero el sudor continúa. Él presiona varias veces la tela contra la cara y la mantiene apretada con las manos y cada vez que cambia el sitio aparecen nítidamente en la tela de color rojo oscuro las señales; las cuales, estando húmedas, parecen negras. La hierba del suelo está roja de sangre.

Jesús parece próximo al desfallecimiento. Se desata la túnica en el cuello, como si sintiera ahogarse. Se lleva la mano al corazón y luego a la cabeza y la agita delante de la cara como para darse aire, manteniendo entreabierta la boca. Arrastrándose se pega a la roca y apoya la espalda contra la piedra, de tal forma que parece como si estuviera ya muerto.  Los brazos le cuelgan paralelos al cuerpo y la cabeza contra el pecho. Ya no se mueve.

La luz angélica va decreciendo poco a poco, hasta que se absorbe en esplendor de los rayos de la luna…

Después de un rato,  Jesús abre sus ojos de nuevo. Con esfuerzo levanta la cabeza. Mira a su alrededor.  Está solo, pero menos angustiado. Alarga una mano y tomando su manto que había dejado abandonado en la hierba, vuelve a secarse el sudor de su terrible  baño de sangre. Coge una hoja ancha, empapada de rocío y con ella termina de limpiarse mojándose la cara y las manos y luego secándose de nuevo todo. Y repite lo mismo con otras hojas, hasta que borra las huellas de su tremendo sudor. Sólo la túnica, especialmente en los hombros y en los pliegues de los codos, en el cuello y la cintura, en las rodillas, está manchada.

La mira y menea la cabeza. Mira también el manto y lo ve demasiado manchado. Lo dobla y lo pone encima de la piedra, junto a las florecillas. Por su extrema debilidad, con mucho esfuerzo se vuelve y se pone de rodillas.  Ora apoyando la cabeza en las manos que están sobre el manto. Luego eleva su cara palidísima…

Pero ya no tiene expresión turbada. Es una faz llena de divina belleza, a pesar de aparecer más exangüe y triste que nunca.

Luego, apoyándose sobre la roca se levanta y todavía tambaleándose ligeramente, va hacia donde están los discípulos…

Los tres duermen profundamente, arropados en sus mantos, junto a la hoguera apagada. Se les oye respirar profundamente e incluso con un sonoro ronquido.

Jesús los llama…  Es inútil. Debe agacharse y dar un buen zarandeo a Pedro.

El apóstol desenvuelve su manto verde oscuro, se asusta y pregunta:

–          ¿Qué sucede? ¿Quién viene a arrestarme?

Jesús dice suavemente:

–           Nadie. Te llamo Yo.

–           ¿Es ya por la mañana?

–           No. Ha terminado casi la segunda vigilia.

Pedro está todo entumecido.

Jesús da unos meneos a Juan, que emite un grito de terror al ver inclinado hacia él un rostro que de tan marmóreo como se ve, parece el de un fantasma.

Juan exclama asustado:

–           ¡Oh… me pareces un muerto!

Luego se acerca a Santiago, lo mueve y el apóstol, creyendo que lo llama su hermano, dice:

–           ¿Apresaron al Maestro?

Jesús responde:

–           Todavía no, Santiago…  Pero, levantaos ya. Vamos. El que me traiciona está cerca.

Los tres todavía pasmados, se levantan. Miran a su alrededor… Olivos, luna, ruiseñores, leve viento, paz… Nada más. Pero siguen a Jesús sin hablar.

Llegan a donde están los otros ocho, igualmente dormidos alrededor del fuego ya apagado.

Jesús dice con voz potente:

–           ¡Levantaos! ¡Mientras viene Satanás, mostrad al insomne y a sus hijos que los hijos de Dios no duermen!

Todos dicen al mismo tiempo:

–           ¡Sí, Maestro!

–           ¡Dónde está, Maestro?

–           Jesús, yo…

–           ¿Pero ¿qué ha sucedido?

Y entre preguntas y respuestas enredadas, se ponen los mantos…

En el preciso momento en que aparece la chusma de esbirros del Templo, capitaneada por Judas; que irrumpe en el quieto solar y lo ilumina bruscamente con muchas antorchas encendidas.

 

Satanás quería vencerme con la desesperación, para convertirme en su esclavo…

 Sentí el sabor de la muerte, cuando decidí daros la vida…

Y cubierto con la lepra de vuestros pecados, siendo solamente el hombre culpable a los ojos de Dios; ACEPTÉ SER EL MALDITO Y CON ELLO, ACEPTÉ TAMBIÉN EL CASTIGO.

vencí la desesperación y a Satanás, para servir a Dios y daros a vosotros la Vida… 

Pero saboreé la Muerte. No la muerte física del Crucificado, (No fue tan dolorosa)

Sino la Muerte Total…

La Muerte Consciente… 

La Muerte que cae después de haber triunfado, con un corazón destrozado…

Con una sangre que se pierde por la herida de un esfuerzo muy superior a la fuerza humana. 

Y sudé sangre. ¡Sí, la sudé!… 

Para ser fiel a la Voluntad de Dios.

El espíritu venció la Tentación Espiritual. 

Con la Oración lo vencí: ‘¡ABBA, PADRE! Todo es posible para Ti; aparta de Mí esta copa; pero no sea como Yo quiero, sino como quieras TÚ…’

No tengo más que recordar esta Hora para llamaros hermanos. 

¿Puedo Yo que he probado; no comprender vuestra degradación y no amaros porque estáis degradados?… Os amo por esto.

Porque en aquella Hora no era el Verbo de Dios…

Era el Hombre Culpable. 

Mi mejilla arde por el beso de los traidores… 

Curádmela con el beso de la Fidelidad. ¡Convertíos y amad!

Para que el Padre os pueda llamar: ¡Hijos!

El Ángel que me acompañó en mi dolor, me habló de la esperanza de todos los que se salvarían con mi Sacrificio y fue el bálsamo para mi agonía…

Mi mirada se extendió a través de los siglos…

Y OS MIRÉ….

Y FUE CADA UNO DE VUESTROS NOMBRES como una inyección de fortaleza, para las horas dolorosísimas que se aproximaban…  

Fuisteis mi consuelo cuando vi que os salvaríais… 

QUE ÉRAIS DIGNOS DEL SACRIFICIO DE UN DIOS.

Y desde aquel momento os he llevado en mi Corazón…

Y cuando sonó el momento de que vinieseis a la tierra, quise estar presente a vuestra llegada, regocijándome al pensar que una nueva flor de amor había brotado en el mundo y que viviría para Mí…

¡Oh, benditos míos!.. ¡Consuelo mío cuando agonizaba!.. Mi Madre, mi Apóstol, las mujeres piadosas…

Pero también TÚ…

Tú que estás leyendo esto y a quién mi Madre ha guiado hasta aquí…

MIS OJOS AGONIZANTES TE MIRARON A TRAVÉS DE LOS SIGLOS…

Junto al rostro adolorido de mi Madre…

Y los cerré gozoso porque vi que te salvarías al corresponder a mi llamado a la Conversión y al Amor…

Y corrí al encuentro de mi Martirio, que se inició con un beso… 

EL BESO DE LA TRAICIÓN.

Al momento justo en que aparece la chusma de esbirros del Templo, capitaneada por Judas; que irrumpe en el quieto solar y lo ilumina bruscamente con muchas antorchas encendidas.

Son una horda de bandidos disfrazados de soldados, caras de la peor calaña afeadas por sonrisas maliciosas y demoníacas. Vienen también algunos representantes del Templo.

Los apóstoles, súbitamente se hacen a un lado. Pedro delante y  detrás de él, los demás.

Jesús se queda quieto.

Judas se acerca resistiendo a la mirada de Jesús, que ha vuelto a ser esa mirada centelleante de sus mejores días. Y aun así, el apóstol infiel no baja la cara… Al contrario, se acerca con una sonrisa de hiena y lo besa en la mejilla derecha.

Jesús dice serenamente:

–           Amigo, ¿y qué has venido a hacer? ¿Con un beso me traicionas?

Judas agacha un instante la cabeza; pero luego vuelve a levantarla… Muerto a la reprensión y a cualquier invitación al arrepentimiento.

Jesús, después de las primeras palabras, dichas todavía con la solemnidad del Maestro, adquiere el tono afligido de quien se resigna a una desventura.

La chusma, con un clamor hecho de gritos, se acerca con cuerdas y palos y trata de prender a Jesús y a los demás apóstoles.

Jesús pregunta tranquilo y solemne:

–          ¿A quién buscáis?

El encargado del Templo contesta:

–           A Jesús Nazareno.

La Voz es un trueno al responder:

–           Soy Yo.

Ante el mundo asesino y el inocente, ante la naturaleza y las estrellas, Jesús da de Sí, casi con un cierto júbilo; este testimonio abierto, leal, seguro…

¡Ah!, pero si de Él hubiera emanado un rayo no habría hecho más efecto: como un haz de espigas segadas, todos caen al suelo.

Permanecen en pie sólo Judas, Jesús y los apóstoles; los cuales, ante el espectáculo de los soldados derribados; se recuperan tanto, que se acercan a Jesús y con amenazas tan claras contra Judas; que éste súbitamente huye al otro lado del Cedrón y se adentra en la negrura de una callejuela…

Justo a tiempo para  evitar el golpe maestro de la espada de Simón Zelote y seguido en vano por una lluvia de piedras y palos que le lanzan los apóstoles que no estaban armados…

Jesús dice tranquilo:

–           Levantaos. ¿A quién buscáis?, vuelvo a preguntaros.

El mismo hombre vuelve a contestar:

-A Jesús Nazareno.

Jesús responde con dulzura:

-Os he dicho que soy Yo

Y Sí: con dulzura, vuelve a decir:

–           Dejad, pues, libres a estos otros. Yo voy. Guardad las espadas y los palos. No soy un bandolero. Estaba siempre entre vosotros. ¿Por qué no me habéis arrestado entonces? Pero ésta es vuestra hora y la de Satanás…

Mientras Él habla, Pedro se acerca al hombre que está extendiendo las cuerdas para atar a Jesús y descarga un golpe de espada desmañado. Si la hubiera usado de punta, lo habría degollado como a un carnero. Así, lo único que hace es arrancarle casi una oreja, que queda colgando en medio de un gran flujo de sangre.

El hombre grita que lo han matado.

Se produce confusión entre aquellos que quieren arremeter y los que al ver lucir espadas y puñales tienen miedo.

Jesús dice sereno:

-Guardad esas armas. Os lo ordeno. Si quisiera, tendría como defensores a los ángeles del Padre. –Y volviéndose hacia el herido, agrega- Y tú, queda sano. En el alma primero, si puedes…

Y antes de ofrecer sus manos para las cuerdas, toca la oreja y la cura.

De una manera incomprensible, para quien no tiene el espíritu ‘vivo’ y no saben lo que sucede a nivel espiritual, los apóstoles le gritan alterados:

–          « ¡Nos has traicionado!» « ¡Pero ha perdido la razón!» « ¿Quién puede creerte?».

Y el que no grita huye…

Y Jesús se queda solo…          Él y los esbirros…       Y empieza el camino de la Cruz…

Yo he vencido a la Muerte. Yo. No Satanás. La Muerte se vence aceptando la muerte.

Te había prometido un gran regalo. Como he concedido a pocos. Te lo he dado.

Has conocido la extrema tentación de tu Jesús. Ya te la había desvelado. Pero todavía no tenías madurez para conocerla plenamente. Ahora lo puedes hacer.

¿Ves que tengo razón al decir que no habría sido comprendida y admitida por aquellos pequeños cristianos que son larvas de cristianos y no cristianos formados?

Vete en paz, que Yo estoy contigo”.

*******

Oración:

Amado Padre Celestial: Llénanos el corazón de arrepentimiento y amor, para ser Agradecidos al Amor tan incomprendido en su profundidad y plenitud, que sólo un Dios Único y Trino, infinitamente maravilloso como TÚ, podías manifestar como lo hiciste por nosotros los hombres. Ayúdanos a conocerte y amarte, adorarte y servirte. Porque no bastarían un millón de vidas de adoración y sacrificio, para corresponderte aunque solo fuera un poquito, de lo mucho que te debemos. Gracias ABBA. Amen

PADRE NUESTRO…

DIEZ AVE MARÍA…

GLORIA…

INVOCACIÓN DE FÁTIMA…

CANTO DE ALABANZA…

 

 

 

 

18.- LA ORGIA Y EL DESENGAÑO III


ILUSIONES DESTROZADAS

Vitelio por su parte, también se pone de pie. Y con total descaro, se despoja de su vestimenta.

Ante el asombro general, exhibe su miembro erecto y cubierto con un enorme falo de oro. Parece un dios Príapo bastante obeso y ridículo.

Como en una representación teatral, se dirige hacia el bello Esporo y pone en práctica su experiencia como spintrias. (Maestro del placer)

Epafrodito y Pitágoras, se unen y complementan el otro cuarteto.

Todos se acarician con la urgencia que hace desaparecer todas las inhibiciones y revelan el frenesí  animal, imposible de negar.

El clímax del banquete está listo…

Nerón observa al pequeño grupo con los ojos semicerrados.

Vuelve su mirada hacia el joven Aulo Plaucio que está sentado junto a él, en el lugar que poco antes ocupara Popea Sabina…

¡Por Júpiter! ¡Qué hermoso es!

Sintió una febril excitación mientras su mente se llena de los más voluptuosos pensamientos. Saber que pronto va a estar acariciándolo y ser acariciado por él, lo hace sentir que se derrite por dentro.

Lo desea tanto y le proporciona tanto placer, que le ha prometido que lo adoptará y lo nombrará su heredero… ¡Oh!…

Con su lengua se humedece los labios y extiende su mano gorda y grande, temblorosa por el deseo, hacia él.

Por ahora, él y solamente EL, es el centro de todos sus anhelos.

Con un suspiro de deleite anticipado, el César se inclinó y lo besó apasionadamente en la boca.

Aulo Plaucio corresponde ardientemente al beso del emperador y…

Esto es una señal, que como el repique de una campana se extiende rápidamente y llega hasta el último rincón del Gran Triclinio…

Todos los invitados contienen el aliento…

Y en seguida en todas las mesas empiezan a repetirse escenas parecidas…

Cuando la maldad y la depravación solo se imaginan, se puede vivir con ellas. Pero cuando se revelan ante tus ojos en toda su crudeza y magnitud, la reacción es inmediata…

Alexandra está al mismo tiempo: asombrada, asqueada, fascinada y asustada.

Las rosas siguen cayendo y el cada vez más ebrio Marco Aurelio, le dice:

–           Te vi en la casa de Publio en la fuente. Clareaba la aurora y tú creíste que nadie te miraba, pero yo te vi. Y te veo así ahora, aunque ocultes tu cuerpo bellísimo con el peplo. Ponlo a un lado, como lo ha hecho Julia Mesalina. Mira como hombres y mujeres buscan y piden amor. Nada hay en el mundo como el amor. Reclina sobre mi pecho tu cabeza y cierra los ojos.

El pulso de Alexandra late acelerado.

Le parece que sus sienes van a estallar. Se siente al borde de un abismo y es precisamente Marco Aurelio; el que hasta hace poco pareciera su protector y tan digno de su confianza; el que en vez de salvarla de ese abismo, empieza a arrastrarla junto con él.

Y lo lamentó profundamente por él.

Un asco profundo se apoderó de ella.  Se estremeció… 

Empezó de nuevo a tener miedo…

De la fiesta, de su compañero, de sí misma. Aunque siente que ya es demasiado tarde, pues la llama que los había envuelto a los dos, ha desaparecido…

 La desilusión la tiene paralizada y por momentos siente que va a desmayarse…

Y no quiere que esto suceda pues sabe que lo lamentará irreparablemente…

También sabe que a nadie le está permitido levantarse antes que el César.

Y aunque ella desea huir, tampoco le quedan fuerzas para moverse…

Y lo peor…

Todavía falta mucho para que termine la fiesta.

Los esclavos siguen trayendo nuevas viandas y llenando incesantemente las copas.

La música sigue llenando el ambiente con sus melodías.

Siguieron luego otros espectáculos a los que ya casi nadie les presta atención, pues el vino ha comenzado a producir sus efectos en la mayoría de los invitados y el banquete se ha convertido en una colosal borrachera y licenciosa orgía.

La música sigue sonando.

El aire se vuelve sofocante. Las lámparas languidecen, con una luz cada vez más tenue.

Las guirnaldas de rosas que coronaban las cabezas, ya no están en su lugar y los semblantes se han vuelto pálidos y sudorosos.

Vitelio ha rodado bajo la mesa.

Lucrecia, totalmente desnuda, descansa mareada sobre el pecho de Tigelino, quién igual de ebrio, le sopla el polvo de oro de la cabeza de su compañera y alza luego la vista como enajenado de inmenso placer.

Babilo, con la majadería del borracho; narra por décima vez lo de la carta del procónsul.

Haloto saciado en su lujuria con Aminio Rebio y Galba, además de Lucila. Ahora sigue mofándose de los dioses, en un monólogo que nadie escucha.

Petronio no está borracho pues su inteligencia no le permite perder la sobriedad, en el peligroso mundo en el que se desenvuelve su vida.

Pero Nerón que había bebido poco al principio, en consideración a ‘su voz divina’; después empezó a vaciar copa tras copa hasta quedar bastante embriagado.

En ese estado, quiso cantar más versos suyos… pero se le olvidaron.

Luego comenzó a admirar fascinado la belleza de Pitágoras y empezó a besarle extasiado las manos, mientras decía:

–           Solo una vez he visto manos tan hermosas… ¿Cuáles fueron? – y llevándose la palma de la mano a la frente, le pareció recordar… Y se llenó de terror- ¡Ah, sí! ¡Las manos de mi madre!… ¡Agripina! – Y luego, como si hablara consigo mismo- Dicen que ella vaga errante a la luz de la luna, sobre el mar, en los alrededores de Baias. Pero el pescador sobre el que ella fija la mirada, muere.

Petronio contestó con displicencia:

–           No es mal tema para una composición.

Nerón habla con su lengua torpe y trata de justificarse:

–          Este es el quinto año… tuve que condenarla porque envió asesinos contra mí y si no me hubiese adelantado a ella, no estaría yo aquí, esta noche…- y continuó divagando, tratando de defenderse y arrancar de algún modo, su tremendo sentimiento de culpa.

Y César siguió bebiendo.

Marco Aurelio también está igual de embriagado que los demás.

Por añadidura, su sangre arde por el deseo que siente por Alexandra y que se ha acrecentado de manera insoportable, pues ella lo ha esquivado hábilmente toda la noche. Se siente frustrado y tiene ganas de pelear. Su rostro ha palidecido. Y con su lengua torpe, dijo en voz alta e imperiosa:

–           ¡Alexandra, ya no me rechaces y dame tu amor! Hoy o mañana,  es igual. ¡Basta ya! ¡El César te hizo salir de la casa de Publio, para entregarte a mí! ¿Entiendes? El César, antes de sacarte de tu casa, me prometió que serías mía. ¡Y tendrás que ser mía! ¡No te resistas más, no quiero esperar hasta mañana! ¡Ven y ámame!

Y se adelantó a abrazarla.

Pero ella se negó y se escudó detrás de la griega.

Actea empezó a defenderla y le imploró que tuviera piedad, intentando arrancarla de la vigorosa presión de los brazos de Marco Aurelio, que trata de besarla.

Alexandra siente en su rostro el aliento alcoholizado del que ya no es el hombre amante al que ella conociera y del que se había enamorado.  Ahora es un desconocido.

Un sátiro ebrio y protervo, que la llena de repulsión y de pavor. Pero se está quedando sin fuerzas y no consigue zafarse. Cada vez le cuesta más trabajo esquivar el rostro para escapar de sus besos ardientes; pues Marco Aurelio se ha puesto de pie, la abraza con fuerza y ha comenzado a besarla apasionadamente.

Pero en ese preciso instante; una fuerza poderosa apartó los brazos de Marco Aurelio del cuerpo de la joven con tanta facilidad, como si hubiesen sido los brazos de un niño y lo hizo a un lado como si fuera un muñeco.

Por la fuerza del impulso, el tribuno cayó sobre el triclinio.

Marco Aurelio se pasó la mano por el rostro y miró con ojos atónitos la gigantesca figura de Bernabé, el sirviente de la casa de Publio.

Bernabé está parado frente a él, sereno. Pero hay en sus ojos azules fijos en Marco Aurelio, una mirada que hiela la sangre en las venas del joven del patricio. Enseguida, el gigante tomó a su reina entre sus brazos y salió del triclinium, con paso mesurado y tranquilo.

Actea le siguió.

Marco Aurelio quedó petrificado por un momento… y luego, corrió gritando:

–           ¡Alexandra! ¡Alexandra!

Pero al llegar a la puerta, la frustración, el asombro por la sorpresa, la ira, el vino y el aire frío, le hicieron sentir vértigo. Tambaleante, caminó unos pasos y finalmente, cayó al piso.

Dentro del Gran Triclinium,  casi la totalidad de los participantes al banquete, evidencia sus excesos de una u otra forma. Y no queda rastro alguno de la dignidad y la elegancia con la que habían llegado.

En el exterior clarea ya el alba…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA