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29.- EL CAZADOR, CAZADO


Marco Aurelio, después de unas horas, se sintió más penosamente mal.

Y estuvo muy enfermo en realidad. La noche llegó y con ella una violenta fiebre. Cuando ésta cedió, no podía dormir y seguía con la mirada a Alexandra a dondequiera que iba.

Por momentos caía en una especie de sopor, durante el cual oía lo que sucedía a su alrededor, pero luego se sumergía en febriles delirios.

Y así transcurrieron varios días…

Cuando recuperó la conciencia, despertó y miró alrededor de él. Una lámpara brilla dando su claridad. Todos están calentándose al fuego, pues hace frío y se ve como de sus bocas sale el aliento en forma de vapor.

Pedro está sentado, con Alexandra en un escabel a sus pies. Luego Mauro, Lautaro, Isabel y David, un joven de rostro agraciado y cabellos negros y ensortijados… Todos están atentos, escuchando al apóstol que habla en voz baja…

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Y también Marco Aurelio concentró su atención tratando de escuchar lo que dice. Entiende que está hablando de la Muerte y Resurrección de Cristo y de las enseñanzas que Jesús les dio  durante cuarenta días, antes de ascender al Cielo.

Marco Aurelio pensó:

–           Sólo viven invocando ese Nombre.

Y cerró los ojos invadido por la fiebre.

Cuando los volvió a abrir, vio la brillantez de la luz de la chimenea, pero ahora no hay nadie. Trozos de leña se consumen y las astillas de pino que acaban de poner, iluminan suavemente a Alexandra sentada cerca de su lecho.

Y al mirarla se conmovió, ella está velando su sueño. Es fácil adivinar su cansancio. Está inmóvil y tiene cerrados los ojos. Él se pregunta si está dormida o solamente absorta en sus pensamientos. Contempló su delicado perfil… sus largas pestañas caídas lánguidamente, sus manos sobre sus rodillas.

Y vio que sobre su belleza exterior que es tan extraordinaria, hay otra belleza que irradia desde adentro de su ser y la hace sobrenaturalmente hermosísima…

Y aunque le repugna llamarla cristiana, tiene que aceptarla con la religión que ella confiesa. Aún más, comprende que si todos se han retirado a descansar  y solo ella permanece en vela. Ella, a quién él ha ofendido tanto, es sólo porque su religión así lo prescribe.

Pero ese pensamiento que causa admiración al relacionarlo con la religión de Alexandra, le fue también muy desagradable… Hubiera preferido que la joven obrara así, tan solo por amor a él.

Alexandra abrió los ojos y vio que él la miraba.

Se acercó y le dijo con dulzura:

–           Estoy contigo.

Marco Aurelio murmuró débilmente:

–           Y yo he visto lo que en verdad eres en mis sueños. Gracias. –y volvió a dormirse.

A la mañana siguiente despertó. Débil, pero con la cabeza fresca y sin fiebre.

Bernabé hurga en la chimenea apartando la ceniza de los carbones encendidos.

Marco Aurelio recordó como este hombre había destrozado a Atlante. Y examinó con atención su enorme  espalda y sus poderosos brazos. Sus piernas sólidas y fuertes como columnas. Y pensó: “¡Gracias a los dioses que no me ha roto el cuello! ¡Por Marte! ¡Si los demás partos son como éste, las legiones romanas NO cruzarán sus fronteras!

 Luego dijo en voz alta:

– ¡Hola esclavo!

Bernabé sacó la cabeza de la chimenea y sonriendo con expresión amistosa, le dijo con cordialidad:

–           Que Dios te de buenos días y mejor salud. Pero yo soy un hombre libre y no un esclavo.

Esto le hizo una impresión favorable, pues su orgulloso temperamento le impide el alternar con un esclavo. Éstos sólo son objetos sin índole humana.

Esta respuesta le facilita interrogar a Bernabé acerca del lugar en donde Alexandra ha nacido.

–           Entonces ¿Tú no perteneces a Publio?

Bernabé respondió con sencillez:

–           No. Sirvo a Alexandra como serví a su madre. Por mi propia voluntad.

Y se puso a agregar trozos de leña al fuego de la chimenea.

Cuando terminó, se irguió y declaró:

–           Entre nosotros no hay esclavos.

–           ¿Dónde está Alexandra?

–           Salió. Y yo voy a hacerte de comer. Ella te estuvo velando toda la noche.

–           ¿Y por qué no la relevaste tú?

–           Porque ella quiso velar a tu lado y mi deber es obedecerla. – Pasó por sus ojos una expresión sombría.-  Si la hubiera desobedecido, tú no estarías vivo ahora.

–           ¿Entonces lamentas el no haberme dado muerte?

–           No. Cristo nos manda no matar.

–           Pero… ¿Y Secundino y Atlante?

–           No pude evitarlo. –murmuró Bernabé.

Y miró con tristeza sus manos. Luego puso una olla sobre la rejilla y se quedó contemplando el fuego, con mirada pensativa.

Finalmente declaró:

–           La culpa fue tuya. ¿Por qué levantaste tu mano contra la hija de un rey?

Una oleada de orgullo irritado ruborizó las mejillas de Marco Aurelio, ante el reproche del parto…

Más como se sentía débil, se contuvo. Especialmente porque predomina el deseo de saber más detalles sobre Alexandra. Más aún con la confirmación de su linaje real, pues como la hija de un rey ella puede ocupar en la corte del César una posición igual a las de las mejores y más nobles patricias romanas.

Cuando se calmó, pidió al parto que le contase como era su país.

Bernabé contestó:

–           Vivimos en los bosques, pero poseemos tal extensión de territorio, que no se pueden saber los límites, pues más allá se extiende el desierto…-y siguió describiendo sus ciudades, la familia de Alexandra…

Sus gentes, sus costumbres y como se defendían de los que trataban de invadirlos.

Concluyó diciendo:

–       Nosotros no les tememos a ellos, ni al mismo César romano.

Marco Aurelio respondió con tono severo:

–        Los dioses han dado a Roma el dominio del mundo.

Bernabé replicó con sencillez:

–        Los dioses son espíritus malignos. Y donde no hay romanos, no hay supremacía de ningún género.

Y se volvió a avivar el fuego de la chimenea, revolviendo con un cucharón, la olla donde se cocinan los alimentos. Cuando estuvo listo, vació en un plato grande y esperó a que se enfriara un poco.

Luego dijo:

–           Mauro te aconseja, que aún el brazo sano lo muevas lo menos posible. Alexandra, me ha ordenado que te dé de comer.

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¡Alexandra ordenaba! No había ninguna objeción que hacer. Así pues, Marco Aurelio ni siquiera protestó.

Bernabé vació el líquido en un tazón, se sentó junto a la cama y lo llevó a los labios del joven patricio. Y hay tal solicitud y tan afable sonrisa en su semblante, que el tribuno no da crédito a sus ojos.

Aquel titán tan terrible que había aniquilado a Atlante y que luego se había vuelto contra él como un tornado ¡Le habría hecho trizas si no hubiera intervenido Alexandra!

Ahora es un delicado enfermero, tan solícito como gentil, al tomar el tazón entre sus dedos hercúleos y acercarlo a los labios de Marco Aurelio.

En ese momento apareció Alexandra, vestida con el camisón de dormir y con el cabello suelto.

Marco Aurelio sintió que su corazón se aceleró al verla y la amonestó suavemente por no estar descansando.

Ella dijo con acento afable:

–           Me preparaba para dormir y vine a ver cómo estás. Dame la taza Bernabé. Yo le daré de comer.

Y tomando entre sus manos el recipiente, se sentó a la orilla del lecho, dio de comer al enfermo, que se siente a la vez rendido y gozoso.

Cuando ella se inclina hacia él, percibe el tibio calor de la joven y le rozan sus cabellos ondulados y negrísimos. Se siente desfallecer de felicidad. Está pálido por la emoción.

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Al principio tan solo la había deseado y ahora siente que la adora con todo su ser. Antes solo prevalecía su egoísmo y ahora reconoce haber sido tan insensible y tan ciego, que empieza a pensar en ella y en lo que ella necesita y desea.

Como un niño obediente se tomó la mitad el contenido del tazón. Y aun cuando la compañía de Alexandra y el contemplarla lo extasían de dicha, le dijo:

–           Basta ya. Vete a descansar, diosa mía.

Ella replicó ruborizada:

–           No me llames de ese modo.  No está bien que me digas así.

Sin embargo lo mira sonriente y le reitera que ya no tiene sueño, ni fatiga. Y lo insta para que termine de comer.

Y finalizó diciendo:

–           No me retiraré a descansar hasta que llegue Mauro.

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El la escucha encantado y se siente invadido por una gran alegría y una gratitud sin límites.

Emocionado le dice:

–           Alexandra… Yo no te había conocido antes. Hasta hoy me doy cuenta que quise alcanzarte con medios reprobables. Así pues ahora te digo: regresa a la casa de Publio y descansa en la seguridad de que en adelante, no habrá ninguna mano que se levante contra ti.

Una nube de tristeza cubrió el rostro de la joven y contestó:

–           Dichosa me sentiría si llegara a verlos aunque fuera de lejos, pero ya no puedo volver a su casa.

Marco Aurelio la miró asombrado y preguntó:

–           ¿Por qué?

Alexandra le contempló por unos segundos, antes de responder:

–           Los cristianos sabemos por Actea lo que sucede en el Palatino. ¿Acaso no sabes que el César, poco después de mi fuga y antes de partir para Nápoles, hizo comparecer a su presencia a Publio y a Fabiola? Y creyendo que me habían secundado los amenazó con su cólera.

Por fortuna Publio pudo decirle: ‘Majestad, tú me conoces y sabes que no te mentiría. Nosotros no hemos favorecido su fuga e ignoramos igual que tú, que suerte ha corrido ella.’ Y el césar creyó y enseguida olvidó.  Por consejo de mis superiores, jamás les he escrito comunicándoles donde estoy, a fin de que siempre puedan decir la verdad y que ignoran dónde me encuentro.

Acaso tú no comprendes esto, Marco Aurelio; pero has de saber que entre nosotros está prohibida la mentira, aunque para ello debamos arriesgar la vida. Esta es la Religión que da norma hasta a los afectos de nuestro corazón. Y por lo mismo no he visto, ni debo ver a mis padres.

Desde que me despedí de ellos, solo de vez en cuando, ecos lejanos les hacen saber que estoy bien y que no me amenaza ningún peligro.

Al decir estas palabras la añoranza la invadió y las lágrimas humedecieron sus ojos. Pero se recuperó rápidamente y añadió:

Sé que también ellos languidecen por nuestra separación. Pero nosotros disponemos de un consuelo que los demás no conocen.

Marco Aurelio está anonadado: ¡Actea cristiana!…

Y dice lleno de confusión:

–           Sí, lo sé. Cristo es vuestro consuelo. Más yo no comprendo eso.

–           ¡Mira! Para nosotros no hay separaciones, dolores, ni sufrimiento, que Dios no transforme luego en gozo. La muerte misma que ustedes consideran como el  término de la vida, para nosotros es solo el comienzo de la verdadera Vida. Considera cuán regia es una Religión que nos ordena amar aún hasta a nuestros enemigos.

–           He sido testigo de lo que dices. Pero contéstame: ¿Ahora eres feliz?

–           Lo soy. Amo a Dios sobre todas las cosas. Y todo el que confiesa a Cristo, no puede ser desgraciado.

Marco Aurelio admiró su convicción, pero no alcanza a comprenderla y le dijo:

–           ¿Entonces no quieres volver a la casa de los Quintiliano?

–           Lo anhelo con toda mi alma. Y he de volver algún día si esa es la Voluntad de Dios.

–           Pues entonces yo te digo: ‘Regresa’ Y te juro por mis lares que no alzaré mi mano contra ti.

–           No. Me es imposible exponer al peligro a los que se encuentran cerca de mí. El César no quiere a los Quintiliano. Si yo volviera…y ya ves que rápido se extiende por toda Roma una noticia, mi regreso al hogar haría ruido en la ciudad. Nerón lo sabría, castigaría a Publio y a Fabiola. Por lo menos me arrancaría una segunda vez de su lado.

–           Es verdad. Eso podría suceder. Y lo haría tan solo para demostrar que sus mandatos deben ser obedecidos. –Y cerrando los ojos exclamó- ¡No soportaría saberte otra vez en el Palatino!

Y él sintió como si se abriera ante sí, un abismo sin fondo. Él es un patricio. Un tribuno militar. Un potentado. Pero sobre todos los potentados del mundo al que pertenece, está un loco cuyos caprichos y cuya malignidad, son imposibles de prever…

Solamente los cristianos pueden prescindir absolutamente de Nerón o dejar de temerle, porque son gentes que parecen no pertenecer a este mundo, ya que la misma muerte les parece cosa de poca monta. Todos los demás tienen que temblar en presencia del tirano.

Y las miserias de la época en que viven se presentan a los ojos de Marco Aurelio, en toda su monstruosa malignidad. Y pensó que en tales tiempos, solo los cristianos pueden ser felices.

Y sobre todo, aquilató por primera vez la dimensión del daño que le había hecho a ella. Y una honda pena se apoderó de él.

Bajo la desalentadora influencia de ese pesar; lleno de impotencia, le dijo:

–           ¿Sabes que eres más feliz que yo? Tú estás en medio de la pobreza, viviendo con gentes sencillas, pero tienes tu Religión. Tienes tu Cristo. Pero yo solo te tengo a ti. Y cuando huiste de mi lado, me convertí en una especie de mendigo en medio de mi riqueza.

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Ella lo miró atónita y sin saber qué decir.

Marco Aurelio prosiguió:

–                      Tú eres más cara a mi corazón que todo lo que hay en el mundo. Yo te busqué porque no puedo vivir sin ti. Hasta ahora solo me ha sostenido la esperanza de volver a verte. No anhelaba ni placeres, ni fiestas. No podía dormir, ni descansar, ni comer. Y no encontraba alivio para mi dolor. Si no hubiera sido por la esperanza de encontrarte, me hubiera arrojado sobre mi espada.

Alexandra replicó conmovida:

–           No digas eso Marco Aurelio. Ningún ser humano debe idolatrar a otro hasta ese punto.

–           Pero pensé que si moría, ya no te volvería a ver. Te estoy diciendo la verdad pura, cuando te afirmo que no podré vivir sin ti. Hasta ahora solo me ha sostenido la ilusión de volver a verte como ahora lo hago y hundirme en la mirada de esos ojos tuyos bellísimos, que son mi anhelo.

La mira con un amor tan intenso que ella se ruboriza y no le contesta nada.

Él agrega apasionado:

–           ¿Recuerdas nuestras conversaciones en casa de Publio? Un día trazaste un pescado en la arena y entonces yo no sabía su significado. ¿Recuerdas que jugamos a la pelota? Yo te amaba ya más que a mi vida y trataba de decírtelo, cuando Publio nos interrumpió.

Y Fabiola al despedirse de Petronio, le dijo que Dios era Uno, Justo y Todopoderoso. Yo no tenía ni la menor idea de que Cristo era su Dios y el tuyo. Yo no conozco a tu Dios. Tú estás sentada cerca de mí y sin embargo, solo piensas en Él…

Marco Aurelio calló, palideció y cerró los ojos, mientras ardientes lágrimas silenciosas se deslizaron por sus mejillas…

Es apasionado tanto en el amor como en el odio. Y dejó salir sus palabras con sinceridad, desde el fondo mismo de su alma. Puede percibirse al oírlo: la amargura, el dolor, el éxtasis, los anhelos, la adoración. Acumulados y confundidos por tanto tiempo, hasta que se desbordaron en un torrente de ardorosas frases.

Alexandra está sorprendida y su corazón empezó a palpitar con fuerza. Sintió compasión y pena por aquel hombre y sus sufrimientos. Se siente conmovida por la adoración que ha descubierto… ¡Él la ama!… ¡La adora!…

Sentirse amada y deificada por aquel hombre que hasta ayer era tan peligroso e indomable y que ahora se le está entregando totalmente, en cuerpo y alma. Rindiéndose como si fuera un esclavo suyo.

Esa conciencia de la sumisión de él y del poder que le ha dado a ella, la inundaron de felicidad y regresaron por un momento los sentimientos y los recuerdos de otros días.

Ahora ha vuelto a ser para ella, aquel espléndido Marco Aurelio; hermoso como un dios pagano. El mismo que en la casa de Publio le había hablado de amor y despertado como de un sueño, su corazón virgen al amor de un hombre.

Pero es también el mismo de cuyos brazos Bernabé la había arrancado en el banquete del Palatino y rescatado del incendio en que su pasión la envolviera…

Y ahora que se ven pintados en su rostro imperioso, el éxtasis y el dolor. Que yace en aquel lecho, con el rostro pálido y los ojos suplicantes. Herido, quebrantado por el amor, rendido y entregado a ella; se le presentó a Alexandra como el hombre que ella había deseado y amado.

Como el hombre grato a su alma, como nunca antes lo fuera. ¡Y de súbito comprendió que ella también lo ama! Y que ese amor la arrastra como un torbellino y la atrae hacia él, como el más poderoso imán.

Y en ese preciso  momento llegó Mauro que viene a ver a su paciente, para revisarlo y seguir atendiéndolo.

Marco Aurelio suspiró derrotado, porque la respuesta de la joven, NO alcanzó a llegar.

Alexandra se retiró con el alma llena de ansiedad…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

23.- SEPULTURA DE ESTEBAN


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Es plena noche y además oscura, porque la Luna ya se ha ocultado cuando María sale de la casita del Getsemaní junto con Pedro, Santiago de Alfeo, Juan, Nicodemo y el Zelote.

Dada la oscuridad de la noche, Lázaro, que está esperándolos delante de la casa en el lugar donde comienza el sendero que conduce hacia el  cancel más bajo, enciende una lámpara de aceite a la que ha provisto de una protección de delgadas láminas de alabastro. La luz es tenue, pero lleva la lámpara baja hacia el suelo y es muy útil para ver las piedras y los obstáculos que pueden encontrarse en el recorrido.

Lázaro se pone al lado de María, para que Ella vea bien.

Juan está en el otro lado y va sujetando de un brazo a la Madre.

Los otros caminan detrás, en grupo.

Llegan al Cedrón y prosiguen bordeándolo, para quedar semiocultos por los matorrales silvestres que crecen junto a las orillas del torrente. También el murmullo del agua sirve para ocultar y confundir el rumor producido por las sandalias de los caminantes.

Sin apartarse de lo que es la parte exterior de las murallas, hasta la Puerta más cercana al Templo…

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Luego adentrándose en la zona deshabitada y yerma, llegan al lugar donde fue lapidado Esteban.

Se dirigen hacia el montón de piedras bajo el que está semisepultado. Quitan las piedras hasta que el cuerpo aparece: Está ya cárdeno por la muerte, por los golpes y la lapidación recibidos. El cadáver está frío, rígido y encogido como lo atrapó la muerte.

Juan ha mantenido abrazada compasivamente a la Virgen Madre, pero cuando terminan de retirar las piedras, ella se libera y corre hasta ese pobre cuerpo cubierto de heridas y de sangre.

Sin hacer caso de las manchas que la sangre coagulada imprime en su túnica, María abraza llorando el cuerpo martirizado del joven diácono y lo baña de lágrimas… Luego lo llena de besos en su cara, como si fuera su verdadera madre.

Y murmura con inmensa ternura, sollozando:

–           ¿Qué te hicieron, pequeñito mío? No pudieron soportar que tú también lo amaras…

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Enseguida ayudada por Santiago de Alfeo y por Juan, colocan el cuerpo sobre un lienzo extendido sobre la tierra, en un lugar en que no hay piedras.  Y con un paño de lino que moja en una pequeña ánfora que el Zelote le acerca, limpia como puede la cara de Esteban y ordena sus cabellos; tratando de colocarlos sobre las sienes y las mejillas heridas,  para tapar las horrendas huellas que las piedras han dejado.

Mientras lo hace, derrama sobre Esteban un torrente de amorosas palabras llenas de ternura y amor maternal.

Verdaderamente el joven discípulo de Jesús es como si fuera el hermano más joven, del Hijo que una vez diera a Luz en una pobre gruta de Belén…

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Limpia también sus miembros e intenta darles una postura menos trágica… Pero el hielo de la muerte que hace muchas horas lo ha congelado, no lo permite del todo.

Lo intentan también los hombres más fuertes físicamente que María, pero es inútil. Ellos también deben resignarse y dejarlo como ha quedado…

María parece de nuevo la Madre Dolorosa del Gólgota y del Sepulcro.

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Después lo visten con una larga túnica limpia, porque la suya no la encuentran…  O tal vez se ha perdido o ha sido robada por desprecio, por los verdugos. Y la túnica corta que le han dejado, ya no es más que un andrajo hecho jirones y está cubierta de sangre.

Todos miran con respeto admirado, el gran amor de María por el joven diácono martirizado.

Santiago de Alfeo le dice asombrado:

–           Realmente eres la Madre de todos los hombres. ¡Y sufres también por él!…

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María le contesta:

–           Jesús me entregó a toda la Humanidad en Juan. Y todos los hombres son mis hijos. Como Corredentora,  también los he redimido con mi Dolor de Madre… ¡Todos son mis hijos!… También soy vuestra Abogada y Medianera ante el trono de Dios. Los amo a todos, porque a todos los he parido con mi pasión incruenta. ¡Cuánta sangre de mi Corazón Inmaculado me estáis costando! 

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¡Y cuántos hijos estoy perdiendo!…

Nuestro infinito sacrificio de Jesús y mío, no podrán salvarlos, ¡Porque al igual de Judas, nos rechazan a los Dos!

Estoy viendo… (Parece extender su mirada a una visión futura)

Aún aquellos que no me amarán, me odiarán, renegarán de mí, me ofenderán y no me reconocerán como su Madre… Me insultarán soezmente, porque Satanás los empujará a ello, tratando de impedirles mi poderosa protección.

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Ellos serán mi mayor dolor y preocupación, porque no saben que también Soy su Madre. Que yo los amo y deseo protegerlos de las hordas malignas del Anticristo y de la furia de Satanás…  

¡Si tan solo se consagraran a mi Corazón Inmaculado…!

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Yo los defendería con todo y los entregaría al Redentor para que nadie pueda tocarlos… No importa que me insulten y no me amen. Yo los amo y soy su Madre… Yo veo cómo Satanás los ha apartado  de esta Iglesia que apenas comienza a caminar, como los bebés cuando los tomamos de la mano.

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¡Oh, pequeñitos míos que también seréis apartados de mí, para impedirme que los proteja y los salve…!

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Un grito de dolor impresiona a todos los que la miran…

Y no comprenden que la Reina de los Profetas acaba de profetizar sobre los hijos que le serán arrancados por los Cismas futuros, clavando una nueva espada en su Corazón Inmaculado…

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María grita con angustia:

–           ¡Dios mío, por piedad regrésamelos!…

Y torna a acariciar  a Esteban besándolo con infinita ternura y murmurando dulcísimas palabras en el oído del mártir…

Los presentes la observan impresionados y en silencio… Y la dejan que expansione  sus sentimientos maternales sobre Esteban…

De esta forma pasan algunos minutos…

CALVARIO

Después de hacer esto y bajo la luz de la lámpara que Lázaro sostiene junto al cuerpo martirizado, levantan a Esteban  y lo depositan sobre otra sábana limpia.

Nicodemo recoge el primer lienzo, empapado por el agua usada para lavar el cuerpo del mártir de la sangre coagulada…  Y lo mete debajo de su manto.

Juan y Santiago por la parte de la cabeza…

Pedro y el Zelote por la parte de los pies, levantan el lienzo que contiene el cuerpo de Esteban y emprenden el regreso, precedidos por Lázaro y María.

Parece repetirse la escena del traslado de Jesús…

TRASLADO

Acaecida pocos meses atrás…

No toman el mismo camino por el que vinieron. Se internan en la campiña y torciendo al pie del olivar, llegan al camino que conduce hacia Jericó y Betania. Allí se detienen para descansar y hablar.

Nicodemo que por haber estado presente aunque de forma pasiva en la condena de Esteban y por ser uno de los príncipes de los sacerdotes del Templo de Jerusalén, conoce mejor que nadie las decisiones del Sanedrín.

Cuando todos se han sentado sobre la hierba, junto al cadáver de Esteban…

Nicodemo advierte:

–           Es importante que sepáis que se ha desencadenado la persecución contra los cristianos. Ha sido ordenada por Caifás y Esteban es sólo el primero de una larga lista de nombres señalados como seguidores de Jesús.

E1 primer grito de todos los Apóstoles es:

–           ¡Que hagan lo que quieran!

–           ¡No desistiremos, ni por amenaza ni por prudencia!

Lázaro mira a Pedro y contesta:

–           Pensad en una cosa. La Iglesia tiene muy pocos sacerdotes…

Nicodemo confirma:

–           Los primeros en esa lista son Pedro, Santiago y Judas de Alfeo… Por ser los parientes de Jesús…

Lázaro insiste:

–           Pedro por ser Pontífice y Santiago obispo de Jerusalén, sois ahora los más poderosos en la Jerarquía de la Iglesia… Y si los matan a ustedes, La Iglesia difícilmente se salvará.

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Nicodemo agrega:

–           Jesús, el Maestro y fundador de Ella, dejó Judea por Samaría; para que no lo matasen antes de haberlos instruido mejor y acabase de formar plenamente a sus primeros sacerdotes…  Ustedes son el Nuevo Sanhedrín y los Príncipes de la Iglesia Cristiana. Los integrantes del Colegio Apostólico formados directamente por Él, si os matan… Las enseñanzas del Maestro morirán con ustedes.  

Lázaro dice:

–           Recordad cómo Jesús os aconsejó que siguieseis su ejemplo hasta que los pastores fuesen tantos, que no se pudiese temer la dispersión de los fieles por la persecución y muerte de los pastores. Dispersaos también vosotros por Judea y Samaria. Haced ahí prosélitos.

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Nicodemo confirma:

–           Formad numerosos pastores. Y desde estas tierras esparcíos por la Tierra, para que como Él mandó que se hiciera, todas las gentes conozcan el Evangelio.

Los Apóstoles están perplejos.

Miran a María, como queriendo conocer su juicio al respecto.

María, comprendiendo esas miradas dice:

–           El consejo es justo. Escuchadlo. No es cobardía…  Es prudencia. Él enseñó que fueseis sencillos como palomas y prudentes como serpientes.  Os envió  como ovejas en medio de lobos.  Guardaos de los hombres.

Santiago la interrumpe:

–           Sí, Madre. Pero también dijo: “Cuando os atrapen en sus manos y os conduzcan ante los gobernantes, no os turbéis por lo que deberéis responder. No seréis vosotros los que hablaréis. En vosotros y por vosotros, hablará el Espíritu de vuestro Padre”. Y yo me quedo aquí. El discípulo debe ser como el Maestro.

Él ha muerto por dar vida a la Iglesia. Cada una de nuestras muertes será una piedra que se añadirá al Gran Nuevo Templo. Un aumento de vida para el grande, inmortal cuerpo de la Iglesia Universal.

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Que me maten, si eso es lo que quieren. Viviendo en el Cielo seré más feliz, porque estaré al lado de mi Hermano y seré más potente todavía. No le temo a la muerte.

Temo al pecado. Abandonar mi lugar me parece como imitar el gesto de Judas, el perfecto traidor. Y ese pecado Santiago de Alfeo no lo cometerá nunca. Si debo caer, caeré como un héroe en mi lugar de combate, en el puesto en que Él quiso que estuviera.

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María le responde:

–           No penetro en tus secretos con el Hombre-Dios. Si Él te lo inspira así, hazlo así. Sólo Él que es Dios, tiene derecho a ordenar. A todos nosotros nos corresponde sólo obedecerle siempre en todo, para hacer su Voluntad.

Pedro menos heroico, habla con el Zelote, para conocer su parecer al respecto.

Lázaro, que está cerca de los dos y lo oye, propone:

–           Venid a Betania. Está cerca de Jerusalén y también del camino de Samaria. Desde allí partió Jesús muchas veces, para escapar de sus enemigos…

Nicodemo, a su vez, sugiere:

–           Venid a mi casa del campo. Es segura y está cerca tanto de Betania como de Jerusalén. Y queda junto al camino que va a Efraím por Jericó.

Lázaro insiste:

–           No, es mejor la mía, que está protegida por Roma.

Nicodemo le responde:

–           Ya te odian demasiado… Desde que Jesús te resucitó afirmando tan poderosamente su Naturaleza divina… Considera que su suerte fue decidida por este motivo. Y por favor: ¡No vayas ahora a decidir tú la tuya!

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Simón Zelote sugiere:

–           ¿Y qué decís de mi casa? En realidad es de Lázaro. Pero todavía está a mi nombre.

María interviene diciendo:

–           Permitidme que reflexione; que medite, piense y juzgue lo que es mejor hacer. En mi Oración, Dios no me dejará sin su luz y me dirá lo que sea más conveniente hacer. Cuando lo sepa, os lo diré. Por ahora,  venid conmigo al Getsemaní.

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Todos responden simultáneamente:

–           Sede de toda sabiduría,

–           Madre de la Palabra y de la Luz,

–           Madre de la Iglesia,

–           Madre de la divina Gracia,

–           Espejo de Justicia,

–           Arca de la alianza,

–           Refugio de los Pecadores,

–           Consuelo de los Afligidos,

–           Auxilio de los cristianos,

–           Siempre eres para nosotros la Estrella segura que guía.

–           Te obedecemos.

Es como si el Espíritu Santo hubiera hablado a sus corazones y a través de sus labios…

Todos se levantan de la hierba en que descansaban sentados  en los bordes del camino.

Y mientras Pedro, Santiago, Simón y Juan van con María hacia el Getsemaní…

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Lázaro y Nicodemo ayudados por los demás, levantan el lienzo que envuelve el cuerpo de Esteban y con las primeras luces del alba, se dirigen hacia el camino de Betania y Jericó…

¿A dónde llevan al mártir?

Misterio…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

4.- EL DOLOR MÁS GRANDE


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Es mediodía en el Monte Tabor. En la mitad antes de llegar a la cima hay un espeso bosque de encinas y bajo la sombra fresca de los árboles que mitigan la luz y el calor son su tupido ramaje, está un grupo grande de personas descansando.

Casi todos dormitan, teniendo en cuenta la hora, pero basta el grito de un niño, para que todos se levanten, se pongan de rodillas  y se postren.

Están todos los apóstoles, los pastores, incluso Jonathan  al que Cusa despidió de su mayordomía, el grupo de los setenta y dos y muchos más.

Jesús pasa en medio de ellos, saludando y bendiciendo:

–           La paz a todos vosotros. Aquí me tenéis entre vosotros. Paz a vosotros. Paz a vosotros.

Muchos lloran de alegría, otros sonríen dichosos. Pero en todos hay mucha paz. Jesús se detiene en el lugar en que los apóstoles y los pastores forman un compacto grupo, junto con Marziam, Mannaém, Esteban, Nicolái, Juan de Éfeso, Hermas y otros.

Jesús acaricia la cabeza de Marziam, que llora al verlo, lo besa en la frente y lo abraza estrechamente.

Se vuelve hacia los demás y dice:

–           Muchos y pocos. ¿Dónde están los otros? Sé que son muchos mis discípulos fieles. ¿Por qué, entonces, aquí a duras penas se llega entre todos a quinientos, excluidos los niños, hijos de alguno de vosotros?

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Pedro, que estaba de rodillas,  se pone de pie.

Y dice:

–           Señor, entre el decimotercero y el vigésimo día, empezando a contar desde el día de tu muerte, han venido aquí muchos de muchas ciudades de Palestina, diciendo que estabas donde ellos. Por eso, muchos para verte antes se han marchado. Algunos acaban de hacerlo hace muy poco. Pues los que llegaron decían que te habían visto y que habían hablado contigo en lugares distintos. Y asombrosamente, todos coincidieron en que te habían visto el duodécimo día de después de tu muerte.

Nosotros hemos pensado que se trataba de una falacia de alguno de esos falsos profetas que dijiste que surgirían para engañar a los elegidos. Lo dijiste allá, en el monte de los Olivos, la noche que precedió… que precedió a…

Pedro, se interrumpe otra vez bajo los efectos de su dolor ante este recuerdo, agacha la cabeza y calla. Dos lágrimas, seguidas por muchas otras, caen al suelo por las hebras de su barba…

Jesús le pone la mano derecha en el hombro.

Pedro, al sentir ese contacto se estremece y no atreviéndose a tocar esa Mano con las suyas; pliega el cuello e inclina la cara, para acariciar con la mejilla y rozar con los labios esa Mano adorable.

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Santiago de Alfeo continúa refiriendo:

–           Y hemos desaconsejado creer en esas apariciones. Se lo hemos desaconsejado a los nuestros que se levantaron para ponerse en camino presurosos hacia el gran mar o hacia diferentes poblaciones y algunos decían: “Lo hemos visto y oído”. Otros enviaban el recado de decir que te habían visto, e incluso que habían comido contigo. Sí, tratamos de retenerlos, porque no sabíamos si eran trampas de los que nos atacan o fantasmas vistos por justos que están tan sugestionadas en Tí, que acaban viéndote donde no estás. Pero han querido ir. Unos a unos lugares, otros a otros. De forma que nos hemos quedado reducidos a menos de un tercio.

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Jesús responde:

–           Teníais razón en insistir para retenerlos. No porque Yo no haya estado realmente donde los que han venido a decíroslo han dicho, sino porque había ordenado que estuvierais aquí unidos en oración esperando a que Yo viniera, y también porque quiero que mis palabras sean obedecidas, especialmente por mis siervos. Si empiezan a desobedecer éstos, ¿Qué van a hacer los fieles?

Escuchad todos los que estáis aquí. Recordad que en un organismo, para que verdaderamente sea activo y esté sano, se necesita una jerarquía; esto es: quien mande, quien transmita las órdenes y quien obedezca.  Así sucede en las cortes de los reyes y en las religiones. Desde la nuestra, la mosaica, hasta las otras, aunque sean tan imperfectas.

Hay siempre una cabeza y ministros de esa cabeza y asistentes de esos ministros y fieles. Un Pontífice, no puede actuar solo. Tampoco un rey. Y sus disposiciones son cosas que se refieren a contingencias humanas o a formalismos rituales… Así es aun en la misma religión mosaica, en la por desgracia, no queda sino el formalismo de los ritos, la continuación de los movimientos de un mecanismo que sigue realizando los mismos actos, incluso ahora que el alma que los motivaba está muerto.

transarkMuerto para siempre. El divino Animador de esos
actos, Aquel que daba a los ritos un valor, se ha retirado y los ritos son actos
nada más. Actos que cualquier payaso puede imitar como si estuviese en el
escenario de un teatro.  ¡Ay de aquella
religión que muere y que de ser una potencia real y viva, se convierte en una
pantomima ruidosa, exterior! ¡Una cosa vacía, detrás del escenario barnizado,
tras unas vestiduras pomposas, mecanismos que realizan determinados movimientos;
de la misma manera que una llave acciona un resorte, pero ni éste ni la llave
tienen conciencia de lo que hacen! ¡Ay de aquel día! ¡Desdicha! ¡Pensad! Recordad
siempre, y decídselo a vuestros sucesores, porque quiero que esta verdad la
conozcan los siglos.-

Sanhedrín de los Últimos Tiempos

Causa menos terror la caída de un planeta, que la caída de la religión. El que el cielo quedara vacío de astros y planetas no sería para los pueblos una desventura semejante a la magnitud de la de quedarse sin una religión verdadera. Dios proveería sabiamente a las necesidades de los mortales, porque Dios todo lo puede para aquellos humanos que, por el camino sabio o por el camino que su ignorancia conoce; buscan, aman a la Divinidad con recto espíritu. Pero, si llegara un día en que los hombres ya no amaran a Dios, porque los sacerdotes de todas las religiones hubieran hecho de ellas únicamente una vacía pantomima, siendo ellos los primeros en no creer en la religión, ¡Ay de la Tierra!

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Ahora bien, si esto lo digo incluso por las religiones que no son las verdaderas, algunas con origen en parciales revelaciones otorgadas a un sabio o por la necesidad instintiva del hombre de crearse una fe para saciar el hambre del alma hacia un dios.  Es este deseo el estímulo más fuerte en el hombre, el estado permanente de búsqueda de Aquel que Existe, que el corazón anhela y ama, aun cuando la inteligencia soberbia se niegue a reverenciar a cualquier divinidad; aun cuando el hombre no sepa dar un nombre preciso a este anhelo, que aletea dentro de él.  

Si esto lo digo incluso para las religiones imperfectas, ¿Qué habré de decir para ésta Religión que Yo os he dado; que lleva mi Nombre, para la que YO he creado pontífices y sacerdotes? ¿Para esta que os ordeno que propaguéis por toda la Tierra?…

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Esta religión única, verdadera, perfecta, inmutable en su Doctrina; que Yo cual Maestro he enseñado y que el Espíritu Santo, Guía Santísimo de mis Pontífices y de todos los que le ayuden cual cabezas secundarias, en las distintas Iglesias creadas en las distintas regiones en que se afiance mi Palabra.

Estas iglesias, diversas en número, no lo serán en el pensamiento.  Serán una sola cosa con la Iglesia, siendo partes del Gran Edificio siempre mayor. El Nuevo Templo que con todos sus recintos, tocará todos los confines del mundo.

vaticanoNo serán diversas en el pensamiento, ni se contradirán entre sí mismas, sino que se unirán cómo hermanas, sujetas todas a la cabeza de la Iglesia: a Pedro y a sus sucesores, hasta el Fin de los Siglos.

Y aquellas que por cualquier motivo se separasen de la Iglesia Madre serían como miembros amputados, a los que la mística sangre, la Gracia que de Mí brota cual Cabeza Divina, no llega. Como hijos pródigos separados por voluntad propia de la casa paterna, contarán con sus efímeras riquezas, pero su miseria será cada vez mayor. Embotándose el intelecto espiritual con alimentos y vinos demasiado pesados, y luego languidecerían comiendo las amargas bellotas de los animales impuros hasta que, con corazón contrito regresen a la casa paterna diciendo: “Hemos pecado. Padre, perdónanos y ábrenos las puertas de tu morada”.

Y entonces, ya se trate de un miembro de una Iglesia separada, ya se trate de una Iglesia entera, bien sea una persona o una asamblea los que regresan, abridles las puertas. ¡Oh, ojalá así fuera!

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Pero ¿dónde, cuándo surgirán muchos imitadores míos idóneos para redimir a estas Iglesias separadas, a costa de la vida, para hacer, para rehacer un único Rebaño bajo el cayado de un solo pastor, como ardientemente deseo?

Sed paternos. Pensad que todos, durante una o muchas horas, quizás durante años, fuisteis, cada uno en particular, hijos pródigos envueltos en la concupiscencia. No os mostréis duros para con los que se arrepienten. ¡Recordadlo! ¡Recordadlo!

Muchos de vosotros huisteis, hace veintidós días. ¿Y esta huida no era acaso,  de vuestro amor hacia mí? Pues bien, si Yo os he acogido en cuanto arrepentidos, habéis vuelto a mí; haced vosotros lo mismo. Todo lo que Yo he hecho hacedlo vosotros. Este es mi mandamiento.

Habéis vivido tres años conmigo. Conocéis mis obras y mi pensamiento. Cuando en el futuro, os encontréis frente a un caso para el que tengáis que tomar una decisión; volved vuestra mirada al tiempo en que estuvisteis conmigo y comportaos como Yo me he comportado. Jamás os equivocaréis. Yo soy el ejemplo vivo y perfecto de lo que debéis hacer.

James-Tissot-Judas-va-a-buscar-a-los-judios-y-ultima-cena-Judas-goes-to-find-the-jews-and-last-supperY recordad también que Yo no me negué a Mí mismo al propio Judas de Keriot… El Sacerdote debe con todos los medios, tratar de salvar. Predomine el amor siempre, entre los medios usados para salvar. Pensad que Yo no ignoraba el horror de Judas… Y, no obstante, superando toda repugnancia, traté al mezquino como traté a Juan. A vosotros… frecuentemente ignoraréis la amargura que supone el saber que todo es inútil, para salvar a un discípulo amado… Y podréis hacerlo sin la desilusión que se saborea cuando se sabe que todo es inútil. Se debe trabajar incluso en ese caso… siempre… hasta que todo quede cumplido…

Beso Judas_ Scala sancta

Varios dicen al mismo tiempo:

–          ¡¿Pero Tú estás sufriendo, Señor?!

–          ¡Oh, no creía que pudieras sufrir ya más!

–          ¡Sufres por Judas, todavía!

Juan grita:

–          ¡Olvídale, Señor! – que no desvía ni un instante su mirada de su Señor.

Jesús abre los brazos con su gesto habitual de resignada confirmación ante un hecho penoso y dice:

–           Así es… Judas ha sido y es el dolor más grande en el mar de mis dolores. Es el dolor que permanece… es el más grande dolor que me queda. Los otros dolores han terminado al terminar el Sacrificio. Pero éste permanece. Lo he amado.

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Me he consumido todo en el esfuerzo de salvarlo… He podido abrir las puertas del Limbo y sacar de él a los justos, he podido abrir las puertas del Purgatorio y sacar de él a los penantes. Pero el lugar de horror estaba cerrado en torno a él. Para él, inútil mi muerte.

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Juan suplica:

–           ¡No sufras! ¡No sufras! ¡Eres glorioso, mi Señor! Gloria y gozo a ti. ¡Tú has apurado tu dolor!

Todos están sorprendidos y conmovidos y dicen:

–           ¡Verdaderamente, ninguno pensaba que Él pudiera sufrir todavía!

Las lágrimas bañan las mejillas del hermosísimo rostro de Jesús y…

Jesús contesta sereno:

–           ¿Y no pensáis el dolor que deberá aún padecer mi Corazón a lo largo de los siglos, por cada pecador impenitente, por cada hereje que me niegue, por cada creyente que abjure de mí, por cada… desgarro de los desgarros

SagradoCorazonDeJesus

 ¡Oh, Dolor indecible!: ¡¿Por cada sacerdote culpable, causa de escándalo y perdición?! ¡No! ¡Vosotros no conocéis esto! Todavía no lo conocéis. No lo conoceréis nunca completamente, sino cuando estéis conmigo en la luz del Cielo. Entonces comprenderéis… Contemplando a Judas, he contemplado a los elegidos para quienes la elección se transforma en perdición por su voluntad perversa…

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¡Oh, vosotros que sois fieles, vosotros que formaréis a los sacerdotes futuros, recordad mi dolor; formadlos santos para que, en la medida de lo posible, no se repita este dolor; exhortad, velad, enseñad, luchad, estad atentos como madres, sed incansables como maestros, estad despiertos como pastores, sed viriles como guerreros, para sostener a los sacerdotes que serán formados por vosotros! ¡Haced, oh, haced que la culpa del duodécimo apóstol no se vea demasiadas veces repetida en el futuro!…

Sed como Yo fui con vosotros, como soy con vosotros. Os dije: “Sed perfectos como el Padre de los Cielos”. Y vuestra humanidad tiembla ante tal orden. Ahora más que cuando os la di, porque ahora conocéis vuestra debilidad. Pues bien, para animaros, os diré: “Sed como vuestro Maestro”.

Yo soy el Hombre. Lo que Yo he hecho vosotros podéis hacerlo. Incluso los milagros. Sí, incluso los milagros. Para que el mundo sepa que soy Yo el que os envía, y para que el que sufre no llore ante el pensamiento desconsolado de decir: “El ya no está entre nosotros para curar a nuestros enfermos y consolar nuestros dolores”.

En estos días he hecho milagros para consolar los corazones y convencerlos de que el Mesías no ha sido exterminado porque se sujetó a la muerte. Al contrario, es más Poderoso, eternamente fuerte y poderoso. Pero, cuando Yo ya no esté en medio de vosotros, vosotros haréis las cosas que Yo he hecho hasta ahora y que seguiré haciendo.

Padre-Pio

Pero el amor a la nueva Religión crecerá no tanto por el poder de los milagros, sino por vuestra santidad. Y es de vuestra santidad no del don que Yo os transmito, de lo que debéis estar celosamente atentos. Cuanto más santos seáis, más os amará mi Corazón y el Espíritu de Dios os iluminará, mientras la Bondad de Dios y su Poder colmarán vuestras manos de los dones del Cielo.

El milagro no es acto común e indispensable para la vida en la fe. Es más, ¡Dichosos los que sepan permanecer en la fe sin medios extraordinarios que ayuden a su acto de creer!

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Pero tampoco el milagro es un acto tan exclusivamente reservado a tiempos especiales que tenga que cesar con el cese de éstos. El milagro estará en el mundo. Siempre. Y, cuanto más numerosos sean los justos en el mundo, más numerosos serán los milagros.

Cuando se vean escasear mucho los milagros verdaderos, dígase entonces que la fe y la justicia están languideciendo. Porque Yo he dicho: “Si tenéis fe, podréis mover las montañas”. Porque Yo he dicho: “Las señales que acompañarán a los que tengan verdadera fe en mí serán la victoria sobre los demonios y sobre las enfermedades, sobre los elementos y las insidias”. Dios está con quien lo ama. Señal de cómo mis fieles estén en mí será el número y la fuerza de los prodigios que harán en mi Nombre y para glorificar a Dios. A un mundo sin milagros verdaderos, se le podrá decir, sin falsedad: “Has perdido la fe y la justicia. Eres un mundo sin santos”

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Así pues, volviendo al principio; habéis hecho bien en tratar de retener a los que, como niños seducidos por un rumor de músicas o por un brillo extraño, corren despreocupados lejos de las cosas seguras. Pero, ¿veis? Tienen su castigo, porque pierden mi palabra.

De todas formas, también vosotros habéis tenido vuestra parte de error. Os habéis acordado de que Yo había dicho que no se corriera acá o allá ante cualquier voz que dijera que estaba en un determinado lugar. Pero no os habéis acordado de que también había dicho que, en la Segunda Venida, el Cristo será semejante al relámpago que sale de Oriente y culebrea hasta Occidente, en menos tiempo de lo que dura un parpadeo.

Ahora bien, esta segunda venida ha empezado desde el momento de mi Resurrección. Culminará con la aparición del Cristo Juez a todos los resucitados. Pero antes ¡cuántas veces me apareceré para convertir, curar, consolar, enseñar, dar órdenes!

En verdad os digo: Estoy para volver al Padre mío, pero la Tierra no perderá mi Presencia. Estaré, en actitud vigilante y como amigo, como Maestro y como Médico, en donde cuerpos o almas, pecadores o santos, tengan necesidad de mí o sean elegidos por mí para transmitir a otros mis palabras.

PADRE WILSON SALAZAR

PADRE WILSON SALAZAR

Porque y también esto es verdad, la Humanidad tendrá necesidad de un continuo acto de amor por mi parte; pues es tan poco dócil y tan tendente a entibiarse y a olvidar, tan tendente a seguir la bajada en vez de la subida, que si Yo no la sujetara con los medios sobrenaturales, no servirían la ley y el Evangelio, las ayudas divinas que mi Iglesia administrará; para conservar a la Humanidad en el conocimiento de la Verdad y en la bondad de alcanzar el Cielo.

Y estoy hablando de la Humanidad que crea en mí… siempre poca respecto a la gran masa de los habitantes de la Tierra. Yo vendré. El que me tenga que siga humilde; el que no, que no esté ávido de tenerme para recibir alabanzas. Que ninguno desee lo extraordinario. Dios sabe cuándo y dónde darlo. Y no es necesario poseer lo extraordinario para entrar en el Cielo.

Es más, ello es un arma que si se usa mal, puede llevar al Infierno en vez del Cielo. Y ahora os voy a decir cómo. Porque la soberbia puede surgir. Porque puede venir un estado de espíritu abyecto ante los ojos de Dios. Abyecto porque es semejante a un entorpecimiento en que uno se acomoda para acariciar el tesoro recibido, considerándose ya en el Cielo por haber recibido ese don.

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No. En ese caso, en vez de llama y ala, el don se transforma en hielo y pesada piedra y el alma se hunde y muere. Y también: un don mal usado puede suscitar la avidez de recibir todavía más dones para recibir mayores alabanzas. Entonces en este caso, el Espíritu del Mal podría entrar en lugar del Señor, para seducir a los imprudentes con prodigios falsos.

Manteneos siempre alejados de todas las seducciones, de cualquier género que sean. Huid de ellas. Sentíos contentos de lo que Dios os conceda. Él sabe lo que os es útil y en qué manera. Y siempre pensad que todo don, además de don es prueba, una prueba de vuestra justicia y voluntad.

Yo os he dado a todos vosotros las mismas cosas. Pero lo que a vosotros os hizo mejores perdió a Judas. ¿Era, pues, un mal el don? No. Maligna era la voluntad de aquel espíritu…

Judas-Iscariote

De la misma manera ahora. Me he aparecido a muchos. No sólo para consolar y conceder dones, sino también para felicidad vuestra. Me habíais pedido que convenciera al pueblo, al que tratan de convencer los del Sanedrín de que no he resucitado. Me he aparecido a niños y a adultos, en el mismo día, en puntos tan distantes entre sí, que haría falta muchos días de camino para llegar a ellos. Pero para mí ya no existe la esclavitud de las distancias.

Y este hecho de aparecerme simultáneamente os ha desorientado también a vosotros. Os habéis dicho: “Éstos han visto fantasmas”. Vosotros, pues, habéis olvidado una parte de mis palabras: que de ahora en adelante estaré en Oriente y Occidente, en Septentrión y Mediodía, donde juzgue justo estar, sin que nada me lo impida y rápido como rayo que surca el cielo.

Relampago

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

N5.- REFUGIO DE LOS PECADORES


MADRE VESTIDA DE SOL

MADRE VESTIDA DE SOL

Amadísimos hijos de Mi Corazón Inmaculado:

Reciban la bendición de esta Madre que viene a Sus hijos, una vez más como tantas otras, con Mi Corazón abierto, el cual es “Refugio de todos los Pecadores”.

LES INVITO A MANTENERSE EN UNIDAD Y A PERDONARSE MUTUAMENTE

COMO MI HIJO PERDONA A LOS SUYOS.

En este instante, más que otros, ustedes como Pueblo de Mi Hijo y como hijos Míos,

DEBEN MANTENERSE EN UNIDAD.

Las legiones malignas se abalanzan sobre el Pueblo de Mi Hijo para destruirlo.

¿Y cuál arma más grande y poderosa que la desunión?

Amados, Mi Hijo vino a esparcir la semilla, la buena semilla por toda la Tierra, pero vinieron aves de rapiña, tomaron unas semillas que no estaban afianzadas a la tierra fértil y las llevaron a terrenos áridos en donde dieron fruto…

Pero no buenos frutos sino carentes de amor, carentes de paz, carentes de obediencia y desconocedores de la entrega hacia sus hermanos.

SANEDRÍN MODERNO

Estos frutos totalmente humanos, guiados por el mal, a pasos agigantados fueron tomando poder en la Casa de Mi Hijo aquí en la Tierra, recorrieron los pasillos, llevando oscuridad por doquier,

distorsionando la Voluntad de Mi Hijo y en su lugar, suplantándola con los desdenes y caprichos del maligno.

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¡Tanta oración que les he solicitado por Mis hijos Predilectos!…

Y en muchos de ellos esta maléfica semilla humana ha dado fruto pero no el fruto de Mi Hijo,

sino el fruto que cayó en terreno árido y distorsionando la Palabra de Mi Hijo y dejándose invadir por los caprichos del mal oscurecieron la Casa de Mi Hijo,

RAYO-VATICANO

cerraron las ventanas para que no penetrara la Luz Divina,

 cerraron las puertas para tramar a escondidas y bajo la oscuridad planearon la caída de la Iglesia de Mi Hijo.

NUNCA EL MAL PREVALECERÁ SOBRE EL BIEN,

JAMÁS MI HIJO ABANDONARÁ A SU IGLESIA, A SU CUERPO MÍSTICO,

 PERO ESTAS ALMAS QUE SE ENTREGARON A LA OSCURIDAD, HARÁN PASAR AL CUERPO MÍSTICO POR LA MÁS CRUENTA SENDA DE DOLOR EN LA HISTORIA DE LA HUMANIDAD. 

USTEDES PERMANEZCAN EN FE, CONOZCAN Y RECONOZCAN A MI HIJO, CONOZCAN Y RECONOZCAN A ESTA MADRE QUE LES AMA,

Para que reforzados por Mi Amor hacia ustedes y con el rezo del Santo Rosario ante el cual los demonios son ahuyentados, se mantengan de pie y fortalecidos en la fe;

ARMA CELESTIAL

ARMA CELESTIAL

Pero para esto deben conocer a Mi Hijo, deben penetrar en las Escrituras y aceptar la Palabra y aceptar los Mandamientos y aceptar los Mandatos que Mi Hijo les legó.

USTEDES, PUEBLO AMADO, HIJOS DE MI CORAZÓN INMACULADO,

NO CEDAN ANTE LOS MODERNISMOS, NO CEDAN A LAS NUEVAS DOCTRINAS QUE LES DESEEN IMPLANTAR.

La Doctrina es una: “Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. La Ley del Amor es incambiable, insuperable, y ésta conlleva la obediencia a Mi Hijo.

Amados Míos, la serpiente se mueve entre el Pueblo de Mi Hijo sigilosa y en silencio, sin que ustedes se percaten

y está envenenando a numerosa cantidad de Mis hijos para que reaccionen en contra de sus hermanos, para que lleguen a la traición,

para que lleven la oscuridad a todos Mis amados hijos.

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PERO, “¿NO ESTOY YO AQUÍ QUE SOY MADRE DE TODA LA HUMANIDAD?”

¡Y NO PERMITIRÉ QUE EL ENEMIGO APLASTE AL CUERPO MÍSTICO!…

ES NECESARIA LA ORACIÓN,

ES NECESARIA LA MEDITACIÓN PARA QUE EL TEMOR Y EL MIEDO NO LES INVADAN Y LES IMPIDAN RAZONAR…

 Y LES IMPIDAN DISCERNIR ENTRE LO QUE ES DEBIDO Y LO QUE NO ES DEBIDO.

VIDA DE ORACION Y SACRIFICIO

LES LLEVARÁN HACIA FALSAS DOCTRINAS, REFORMAS Y MODERNISMOS QUE NO SON LA VOLUNTAD DE MI HIJO,

QUE SON CONTRARIAS A LA VOLUNTAD DE MI HIJO.

 NO CEDAN,

MANTÉNGANSE FIELES A MI HIJO.

Ustedes tienen que mantenerse en fe, fusionados con la Voluntad Divina para que no sean engañados.

No se sumen a aquellos que lleguen a ustedes con falsas noticias de nuevas reformas que no son acordes al Amor y a la Fidelidad que predicó Mi Hijo para Su Pueblo.

Mi Hijo viene en su Segunda Venida a rescatar a sus fieles. Esto ocurrirá luego de la Purificación de toda la Iglesia,

luego de que el impostor sea arrojado del Trono de Pedro aquí en la tierra.

YA VENDRÁ EL MISMO PEDRO A SENTARSE EN SU SILLA JUNTO A MI AMADO HIJO

 Y REINARÁ EN LA IGLESIA SANTA Y REMANENTE.

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Pero Yo, como Madre de toda la Humanidad, no deseo que ninguno se pierda. Ustedes, amados Míos, presten atención

Y recuerden que la oración y la fidelidad a Mi Hijo es continua, de instante a instante, no momentánea, no a conveniencia, sino continua.

LA ORACIÓN ES LA PRÁCTICA DEL AMOR Y DE LA ENTREGA, DE LA OBEDIENCIA Y DE LA FIDELIDAD;

Sin estos requisitos el árbol no se mantiene mirando hacia el Cielo, sino que en su lugar, decae y cae por tierra, siendo arrastrado por las multitudes enardecidas que siguen la falsedad del engendro del mal que ya prepara sus garras para destrozar a la Iglesia de Mi Hijo.

EUCARISTÍA Y ORACIÓN

EUCARISTÍA Y ORACIÓN

NO SE TURBEN, CUERPO MÍSTICO,

NO SE TURBEN CUANDO ESCUCHEN QUE LA CASA DE MI HIJO HA SIDO DERRUMBADA,

PORQUE LA CASA DE MI HIJO PERMANECE EN CADA UNO DE USTEDES.

USTEDES SON los Sagrarios en donde Mi Hijo se mantiene y es amado.

Los edificios son muestra de amor del hombre hacia Mi Hijo,

pero el Verdadero Sagrario es cada uno de ustedes, Templo y Sagrario del Espíritu Santo.

FUEGO ESPIRITU SANTO

SEAN FIELES, ES NECESARIO QUE CADA CRIATURA ORE,

QUE CADA CRIATURA REFLEXIONE,

QUE CADA CREATURA INTIME CON MI HIJO Y LLAME A ESTA MADRE.

El que no se acerque a Mi Hijo, el que no piense en Mi Hijo, el que no le lleve en su corazón, el que no acuda a esta Madre, caerá en las garras del mal.

Ningún edificio se sostiene sin bases sólidas ya que ellas son las que lo mantienen en perfecto estado.

Tomen ustedes, hijos Míos, el arma de Mi Santo Rosario y únanse a esta Madre,

 vendré a ustedes con Mis Legiones Celestiales a combatir al hijo de la impiedad.

Amados hijos:

NO TEMAN,

¿POR QUÉ TEMEN?

CONVERSACIÓN AMISTOSA

CONVERSACIÓN AMISTOSA
(Si reconocemos que no tenemos FE, ¡Hay que pedírsela a Jesús!)

¿DÓNDE SE ENCUENTRA VUESTRA FE EN LA PROTECCIÓN DE MI HIJO?

¿POR QUÉ TEMEN, SI SABEN QUE LAS PUERTAS DEL MAL Y QUE EL FUEGO DEL INFIERNO JAMÁS DERROTARÁN A LA IGLESIA DE MI HIJO?

 PORQUE ÉL ES CABEZA DEL CUERPO MÍSTICO

Amados Míos, en este instante viven el camino al Calvario,

pero recuerden que luego de la Crucifixión viene la Resurrección y con la Resurrección, la Vida Eterna, la Verdad.

No crean en las mentiras del impío y sus secuaces.

Oren por Mi Amado Vicario Benedicto XVI, oren, oren por ÉL, envíenle su amor para que los lobos no lo destrocen.

papa benedicto

PERMANEZCAN ATENTOS Y SEAN AMOR HACIA MI HIJO.

 LES ENTREGO MI AMOR,

ÁMENSE UNOS A OTROS Y NO SEAN DE AQUELLOS FARISEOS QUE PROCLAMAN EL AMOR Y NO LO PRACTICABAN.

No sean de aquellos fariseos que llegan a la Casa de Mi Hijo golpeándose el pecho para ver quiénes entran en ellos y luego delatarlos.

No, así no actúan los verdaderos discípulos.

Oren, amados Míos, oren por Costa Rica, padecerá.

OREN POR INGLATERRA, SERÁ CUNA DE MALDAD.

Oren, amados Míos, oren por Jamaica, padecerá.

La Naturaleza, consternada ante la llegada del impío,

reacciona y traerá dolor a la humanidad,

ustedes manténganse preparados.

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Hoy les llamo a amarse en un solo Pueblo, en un solo Corazón, a permanecer como almas orantes, a no seguir la corriente de cuanto escuchen,

a no temer tanto que las fuerzas se agoten, porque la encrucijada hacia el Calvario tan sólo está iniciando.

TÓMENSE LAS MANOS Y EN UN SOLO CORAZÓN, BAJO LA FE EN UN SOLO DIOS,

ENTREGADOS A MI HIJO Y TOMADOS DE MI MANO

Y ALBERGADOS EN MI CORAZÓN,

AVANCEMOS PARA APLASTAR LA CABEZA DE LA SERPIENTE INFERNAL,

USURPADOR DEL TRONO DE MI HIJO AQUÍ EN LA TIERRA.

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Les bendigo, les amo, no teman, no Me encuentro en el desierto,

Me encuentro con Mis amados hijos, a los que amo y a los que defenderé como Madre que soy de todos ustedes.

LEVANTEN LA CABEZA, LEVANTEN EL ALMA Y EL ESPÍRITU QUE SE ENCUENTRA ANTE MI HIJO,

VIVAN CONSTANTEMENTE EN ADORACIÓN A LA TRINIDAD SACROSANTA.

 PROCLAMEN LA GRANDEZA DE DIOS Y PROCLAMEN LA RESURRECCIÓN DE MI HIJO,

resurrección gloriosa

PROCLAMEN LA REDENCIÓN DEL GÉNERO HUMANO

Y PROCLAMEN QUE ESTA MADRE ES REINA DE LA HUMANIDAD.

Les bendigo, queden en la Paz de Mi Hijo y dentro de Mi Corazón Inmaculado.

NO TAMBALEEN, NO TAMBALEEN, NO TAMBALEEN.

AVE MARÍA PURÍSIMA, SIN PECADO CONCEBIDA.

AVE MARÍA PURÍSIMA, SIN PECADO CONCEBIDA.

AVE MARÍA PURÍSIMA, SIN PECADO CONCEBIDA.

BAJÓ AL TEPEYAC

COMENTARIO DEL INSTRUMENTO

Hermanos (as):

En la tierra participamos de la Gloria Divina mediante la conciencia y disponibilidad para vivir la Voluntad Trinitaria.
A la vez como herederos de cuanto Cristo nos legó, es que en este instante somos víctimas en gran parte, de la ignorancia espiritual en la que hemos sido sumergidos deliberadamente.
La Madre Santísima nos habla al corazón para que salgamos de esa ignorancia y así reconozcamos la Voz del Maestro y no nos equivoquemos.
No sea el pensamiento el que nos gobierne sino el Espíritu Santo el que se pose sobre todos nosotros y podamos así discernir.

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Amén.

171.- EL ZAFORÍM


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Por la noche, Jesús está solo en la caverna. La hoguera alumbra y alienta esparciendo un fuerte olor a resinas. Afuera se oye el estrépito de un aguacero envuelto por la luz incierta del amanecer lluvioso…

Hay un ruido de pasos y luego se recorta en la entrada, la figura de un hombre que chorrea agua por todas partes…

Y suspira aliviado, mientras monologa consigo mismo:

–                       ¡Hum! Estoy mojado hasta los huesos. ¡El lugar no está mal! ¿Quién habrá encendido la hoguera? Algún desafortunado como yo. ¿No habrá ladrones?…  Samuel eres un tonto…  ¿Qué pueden quitarme si no tengo un céntimo? ¡Son unos malditos! Hasta perdí la bolsa. Me dijeron: ‘Es el camino más seguro’ pero como ellos no caminan en él. ¡Bueno! ¡No importa! Este fuego vale más que un tesoro. Si tuviese unas cuantas ramas para reavivarlo, me quitaría los vestidos para secarlos…

Jesús dice sin moverse de su lugar.

–                       Si quieres ramas amigo… Aquí hay.

El hombre que estaba de espaldas a Jesús, se estremece al oír sus palabras y se voltea espantado.

Tratando de ver al que le habló, pregunta:

–                       ¿Quién eres?

Jesús contesta:

–                       Un viajero como tú. Yo prendí el fuego y me alegro que te sirviera de guía. Reaviva la llama, antes de que todo sea ceniza… No tengo yesca, ni eslabón. Porque quién me las prestó, ya se fue.

Jesús se acerca con un manojo de ramas y las deja cerca del fuego. Aunque habla con tono amigable, regresa a su rincón envuelto en su manto.

Samuel se inclina a soplar con todas sus fuerzas, hasta que la llama se levanta otra vez. Echa ramas más gruesas, alimentando la hoguera.

1-fogata-en-el-bosque

Luego se quita la ropa mojada y dice fastidiado:

–                       ¡Maldito viaje! Se desplomó una pendiente y me vi arrastrado por lodo y agua. Para salvarme dejé escapar la bolsa. ¡Mira! Mi vestido está roto. Si por lo menos hubiera traspasado el sábado.

Jesús extiende el brazo ofreciendole su propia vestidura y dice:

–                       Ten mi vestido. Está seco y caliente. A Mí me basta con el manto. Tómalo. Estoy sano. No tengas miedo.

–                       Y eres bueno. ¿Cómo podré agradecértelo?

–                       Queriéndome como a un hermano.

–                       ¡Queriéndote como a un hermano! Tú no sabes quién soy. Si fuese un malvado, querrías que te amase.

–                       Para hacerte bueno.

El hombre tiene más o menos la edad de Jesús. Toma el vestido que Jesús le pasó, se lo pone y se queda pensativo…

Jesús pregunta:

–                       ¿Cuándo comiste?

Samuel contesta:

–                       Ayer. No alcancé a llegar al valle. Y perdí el camino, la bolsa y el dinero.

–                       Ten. Me sobró un poco. Era lo que tenía para mañana. Pero ten. A mí no me pesa el ayuno.

–                       Si debes caminar, necesitarás fortalecerte.

–                       ¡Oh! No voy muy lejos. Solo a Efraím.

–                       Eres samaritano.

–                       ¿Te desagrada?… No soy samaritano.

–                       ¿Quién eres? ¿Por qué no te descubres? ¿Acaso eres un criminal? No te denunciaré.

–                       Soy un viajero. Mi Nombre te diría poco o mucho… No tengo nada que me obligue a estar oculto. Y con todo me denunciarías, porque dentro de tu corazón hay algo que no está bien… Los malos pensamientos son raíz de acciones malas.

El hombre se estremece y va a donde está Jesús, que le ofrece un envoltorio que le había dejado Mannaém.

Samuel lo toma y se queda reflexionando…

Jesús le dice:

–                       Come amigo.

El viajero regresa a la hoguera. Come despacio sin hablar. Está pensativo. La carne asada lo pone de buen humor.

Jesús parece dormir.

El viajero mira al Desconocido que se ha portado de manera tan noble. Luego de un rato…

Samuel pregunta:

–                       ¿Duermes?

Jesús contesta:

–                       No. Pienso y oro…

1Jesus01

–                       ¿Por quién?

–                       Por todos los infelices. ¡Y son tantos!

–                       ¿Eres un Penitente?

–                       Lo soy. La Tierra tiene mucha necesidad de Penitencia para que los débiles puedan tener fuerzas, para resistir a Satanás.

–                       Dijiste bien. Hablas como un Rabí. Lo comprendo porque soy un zaforim. (Escriba) Estoy con el rabí Jonathás ben Uziel. Soy su discípulo predilecto… Y ahora, si el Altísimo me ayuda me amará mucho más y todo Israel alabará mi nombre…

Jesús no replica.

Pasa el tiempo…

Samuel vuelve a preguntar:

–                       Dijiste que vas a Efraím. ¿Vives ahí?

–                       Vivo allí.

–                       Pero no eres samaritano.

–                       No lo soy.

–                       Dicen que ahí se ha refugiado el Rabí de Nazareth. El maldito. El proscrito. ¿Es verdad?…

–                       Así es. Jesús el Mesías del Señor, está ahí.

Samuel exclama lleno de Odio:

–                       ¡No es el Mesías del Señor! ¡Es un mentiroso! ¡Blasfemo! ¡Demonio! ¡es la causa de nuestras desgracias! 

–                       ¿Te ha hecho algún mal, para que aún con la voz lo odies?

–                       A mí no. Una vez lo vi en la Fiesta de los Tabernáculos. Hace poco tiempo que estoy en el Templo; pero desde antes soy discípulo de Jonathás ben Uziel. Me pareció oír un reproche en tu voz. ¿Eres acaso un seguidor del Nazareno?

–                       No. Pero cualquiera que sea justo, condena el odio.

–                       El odio es justo, cuando se odia a un enemigo de Dios o de la patria. Y eso es el Rabí Nazareno. Es cosa santa el combatirlo y odiarlo.

–                       ¿Combatir al hombre? ¿O la Idea que representa y la Doctrina que sostiene?

–                       Da lo mismo. No se puede combatir una cosa, si no se ataca la otra. En el hombre existe su doctrina y su idea. O se destruye todo o no se hace nada. Cuando se acepta una idea, se acepta también a quién la propaga. Lo sé por experiencia propia. Las ideas de mi maestro son mías. Sus deseos son ley para mí.

1jon-benuziel

–                       De veras eres un buen discípulo. Pero conviene distinguir si el maestro es bueno. Y solo en este caso, seguirlo…  Porque no es lícito perder la propia alma, por amor a un hombre.

–                       Jonathás ben Uziel es un buen hombre.

–                       No. No lo es.

–                       ¿Qué dices? ¿A mí me lo dices?  Estamos solos. Puedo matarte porque has ofendido a mi maestro. Soy fuerte.

–                       No tengo miedo. No tengo miedo a la violencia…  No te tengo miedo y no me opondré.

–                       Comprendo. Eres un discípulo del Rabí. Un apóstol…  Así llama Él a sus discípulos más fieles…  ¿Vas a juntarte con ellos? El que estuvo contigo antes, era igual a ti y ahora esperas a otro semejante.

–                       Espero a alguien. Es verdad.

–                       ¿Al Rabí?

–                       Estoy a la espera de un alma envenenada, que delira y quiero curarla.

–                       ¡Eres un apóstol! Sabemos que los envía, porque Él tiene miedo de salir, desde que el Sanedrín lo condenó. Por eso piensas como Él. Su Doctrina es no reaccionar contra quién ofende.

–                       Su Doctrina enseña el amor, el perdón, la justicia, la bondad. Ama a los enemigos, como si fuesen sus amigos; porque todo lo ve en Dios.

–                       Si yo lo encuentro, no me amará. ¡Sería un necio! Pero no puedo hablar contigo porque eres su apóstol. Lamento haberlo dicho. Se lo comunicarás…

–                       No es necesario. Te aseguro que Él te ama, no obstante que vayas a  Efraím  para entregarlo al Sanedrín, que ha prometido una gran recompensa a quién lo haga.

1_sanedrin_

Samuel se alarma y pregunta:

–                       ¿Eres profeta? ¿Te comunicó su poder? ¿También tú eres un maldito? Acepté tu vestido y el pan que me diste, has sido un buen amigo. Y sería injusto hacerte algún mal. Pero no perdonaré a tu Rabí, porque no lo conozco. Y ciertamente no me ha hecho ni bien, ni mal.

–                       ¡Insensato! ¿Cómo puedes respetar el sábado, si no respetas el precepto de no matar?

–                       Yo no mato.

–                       No hay diferencia entre quién mata y quien pone a su víctima en manos del asesino. Engañosamente, por un puño de dinero, por un poco de honor; al traicionar a un Inocente, te prestaste a un crimen…

Samuel corrobora:

–                       No lo hago solo por dinero y honor. Sino para agradar a Yeové y salvar a la patria. Quiero hacer lo que hicieron Yael y Judith… -su fanatismo le brota por todas partes…

1JUECES~1

–                       Sísara y Holofernes eran enemigos de nuestra patria. La habían invadido. Eran crueles. ¿Pero qué es el Rabí de Nazareth? ¿A qué país invade? ¿Qué usurpa? Es pobre y no quiere riquezas. Es humilde y no quiere honores. Es bueno con todos. Son millares los que han recibido beneficios de su mano. ¿Por qué lo odias?…  ¿Por qué lo odias?Jesús repite esta última frase muy despacio y haciendo un énfasis muy especial.

1judith_u

Luego prosigue:

No te es lícito hacer daño a tu prójimo. Obedece al Sanedrín… Pero ¿Será el Sanedrín el que te juzgará en la otra vida o Dios? Y ¿Cómo te juzgará? No digo cómo te juzgará porque mataste al Mesías; sino cómo te juzgará porque mataste a un inocente.

Tú no crees que el Rabí de Nazareth sea el Mesías y por eso no se te imputará tal crimen. Pero Dios te culpará de haber matado a un inocente, porque sabes que lo es…

Te han envenenado el corazón. Te han embriagado de Odio. Pero no lo estás tanto que no comprendas que Él es Inocente. Sus obras hablan a su favor. Vuestro miedo es lo que os empuja a ver lo que no existe. No hay razón de que temáis que os suplante.

Os abre los brazos y os llama hermanos. No os maldice. Tan solo quiere salvaros. Porque sabéis y sabiendo, pecáis… ¿Puedes acusarlo? ¿Lo has visto faltar a la Ley; faltar al respeto a Sanedrín o cometer algún pecado? ¡Habla!…

Por obedecer al veredicto del Sanedrín, es ahora un proscrito.

Él podría lanzar un grito y toda Palestina lo seguiría, para marchar contra unos cuantos que lo odian. Sin embargo aconseja a sus discípulos el perdón y la paz. Podría, porque el Cielo y el Infierno le están sujetos…

1Tissot (2)

Podría fulminaros con la Ira divina y librarse así de sus enemigos. Sin embargo el ruega por vosotros. Cura a vuestros familiares, cura vuestros corazones. Os da pan, vestido, fuego. Yo soy Jesús de Nazareth, el Mesías. El que buscas para obtener la recompensa y los honores de Libertador de Israel prometidos por el Sanedrín.

Yo soy Jesús de Nazareth el Mesías. Aquí estoy. Aprehéndeme. Como Maestro y como Hijo de Dios, te declaro libre y absuelto de la obligación de no levantar la mano contra quién te ha hecho el bien.

Jesús se ha puesto de pie, echándose el capucho del manto para atrás. Extiende las manos como para ser apresado y atado. Se ve más delgado… Pues solo trae la túnica interior corta, que lo deja en paños menores…  Y el manto que le cae por la espalda. Sus ojos están clavados en la cara de su perseguidor…

Las llamas de la hoguera parecen poner chispas de fuego en sus cabellos e iluminan sus ojos de zafiro. Su actitud infunde más respeto y reverencia, que si estuviese rodeado de un ejército para defenderlo.

jradiante

Samuel lo mira fascinado… Paralizado de estupor…

Se han abierto sus ojos espirituales y puede contemplar a Jesús con toda su impactante majestad, de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad…

La sublime humanidad del Dios-Hombre y la increíble Divinidad del Santo de los santos que los sacerdotes adoran en Lugar Santísimo del Templo de Jerusalén, se encuentran sin el Velo de púrpura y escarlata, con los querubines bordados en oro…  Con toda su divina grandeza, ante el despavorido zaforím…

1velo-templo

La persona humana del Hijo del hombre y la Persona Divina del Hijo de Dios, están en todo su esplendor ante el zaforím-escriba y futuro sacerdote,  que  ha llegado hasta ahí y está más que dispuesto a sacrificarlo…

Samuel tiene ante sus ojos, lo que ningún otro ser humano fuera de la Virgen María, ha contemplado jamás…

1levitas

Después de algunos larguísimos y al mismo tiempo, cortos instantes…

Samuel solo atina a murmurar:

–                       ¡Tú! ¡Tú! ¡Tú!

Jesús insiste:

–                       Aprehéndeme. Quita aquella inútil cuerda en la que están secándose tus vestidos y átame con ella. Te seguiré como el cordero al matador. No te odiaré porque me lleves a la muerte. Para ti soy culpable de todos los crímenes y obedeces a la justicia, acabando con un malhechor. Para ti, soy la ruina de Israel y crees salvarlo, matándome…

¿Quieres inmolarme aquí? Allí está el cuchillo con el que partí el pan. Tómalo. Lo que emplee por amor a mi prójimo, puede ser el cuchillo que me sacrifique. Mi carne no es más resistente que la del cordero asado, que mi amigo me dio para calmar mi hambre. Y que Yo te he dado a ti, mi enemigo…

¿Temes a las patrullas romanas? Ellas arrestan al que mata a un Inocente y no permiten que nos hagamos justicia, porque somos súbditos y ellos los dominadores. Por eso no te atreves a matarme, cargando mi cadáver para que lo muestres y ganes el premio.

Bueno…  Déjalo aquí y avisa a tus jefes. Porque tú no eres un discípulo, sino un esclavo. Porque has renunciado a la soberana libertad de pensamiento y voluntad que Dios ha dado a los hombres. Y tú obedeces ciegamente a tus jefes…  Hasta el crimen.

1J-elquias

Pero no eres culpable. Estás ‘envenenado’. Yo esperaba a tu alma envenenada… ¡Ea! La noche y el lugar son propicios, para el crimen. Digo mal. Para la Redención de Israel. ¡Oh, pobre hombre! Dices palabras proféticas sin saberlo. Mi muerte será realmente Redención. Y no solo de Israel, sino de todos los hombres. Vine para ser inmolado…  Ardo en deseos de ser el Salvador de todos…

Tú zaforim del docto Jonathás ben Uziel, conoces a Isaías. El Hombre de Dolores está delante de ti. Si no parezco el que vio David, con los huesos descubiertos. Si no soy como el leproso que vio Isaías, es porque no ves mi corazón. Soy todo una llaga…  La falta de amor, el Odio, la dureza, vuestra injusticia. Me han herido todo y despedazado…

¿No tenía acaso oculto mi rostro mientras me ofendías por lo que realmente Soy: el Verbo de Dios?…

1-judith-and-holofernes-

¡Ea! ¡Pega!… No tengo miedo, ni tú tampoco debes tenerlo. Porque soy inocente y no tengo miedo al Juicio de Dios. Al extender mi cuello al cuchillo hago que se cumpla la Voluntad de Dios. Anticipando un poco mi hora, en bien vuestro…

¡No tengas miedo! ¡No invoco sobre ti el castigo de Caín! Ruego por tu bien. Te amo. ¿Tu mano no me alcanza porque soy muy alto? Es verdad… El hombre no podría dar el golpe final a Dios; si Dios se pusiese voluntariamente en sus manos…  Pues bien. Me arrodillo ante ti. El Hijo del Hombre está a tus pies. ¡Pega!…

Jesús se arrodilla y extiende el cuchillo a su perseguidor, que retrocede pasmadísimo…

Samuel lo mira atolondrado…

1Jesus_ora

Y murmurando:

–                       ¡No! ¡No!

Jesús pregunta:

–                       ¿Por qué te alejas? ¿No quieres ver cómo muere un Dios?

Samuel mueve las manos y suplica:

–                       ¡No me mires! ¡No me mires! ¿A dónde huiré para no ver tu mirada?

–                       ¿Qué no quieres ver?

Samuel no puede comprender cómo Jesús, al que está viendo transfigurado en Dios, pueda hablarle con esa mansedumbre y esa humildad… Arrodillado y ofreciéndose para que sea consumado el crimen… Sus ojos se agrandan con dolor…

Y Samuel exclama:

–                       A Tí… No quiero ver mi crimen. ¡Es verdad que mi pecado está ante mis ojos! ¿A dónde…? ¿A dónde huir?   -el hombre está aterrorizado.

Jesús abre los brazos con una tiernísima invitación:

–                       ¡A mi Corazón, hijo! ¡Entre mis brazos se acaban las pesadillas, los temores! Sólo hay paz.  ¡Ven, ven! ¡Hazme feliz!

Jesús se ha puesto de pie y extiende sus brazos.

1jmanos-abiertas

El hombre cae de rodillas, cubriéndose la cara y gritando:

–                       ¡Piedad de mí! ¡Oh, Dios! ¡Piedad de mí! ¡Borra mi pecado! ¡Quería matar a tu Mesías! ¡Piedad! ¡Ah! ¡No puede haber piedad, para un crimen semejante! ¡Estoy condenado! ¡Piedad! ¡Oh! ¡Malditos!…

Llora amargamente con el rostro pegado a la tierra.

Jesús va hacia el hombre. Se inclina y lo toca en la cabeza.

–                       No maldigas a los que te echaron a perder. Te hicieron el más grande favor: El de que Yo te hablase. El de que te tuviese entre mis brazos.

Jesús lo toma por la espalda, lo levanta. Se sienta en tierra estrechándolo hacia Sí…

El zaforim cae de rodillas con un llanto desgarrador…

Jesús lo acaricia esperando que se calme.

El Zaforim levanta su cabeza, con la cara cambiada y…

Gime con adoración:

–                       ¡Oh Altísimo Señor!…  ¡Tú Perdón!…

Jesús se inclina y lo besa en la frente.

1sag-cor

El hombre recarga su cabeza sobre el hombro de Jesús, estremecido por los sollozos. Quiere contar como lo sugestionaron para cometer el crimen, pero Jesús se lo prohíbe diciendo:

–                       ¡Cállate! ¡Cállate! Cuando entraste, te conocí por lo que eras. Y por lo que querías hacer. Pude haberme alejado y huir. Me quedé para salvarte. Ya lo estás. El pasado ha muerto. No lo recuerdes más.

–                       Pero, ¿Confías tan fácilmente en mí? ¿Y si volviese al pecado?

–                       No. No volverás al pecado. Lo sé. Estás curado.

–                       Lo estoy. Pero ellos son astutos. No me devuelvas a ellos.

–                       ¿Adónde quieres ir que no estén?

–                       Contigo. A Efraím… Si ves mi corazón, verás que no es un lazo el que te tiendo; sino una súplica para que me protejas…

–                       Lo sé. Ven. Pero te advierto que allá está Judas de Keriot; vendido al Sanedrín y traidor del Mesías. 

1judas

El hombre exclama con un estupor sin límites:

–                       ¡Divina Misericordia! ¿También esto lo sabes?

–                       Sé todo. El cree que no lo sé. Pero conozco todo…  Y sé también que estás en tal forma convertido que no hablarás con Judas, ni con ningún otro sobre esto. Piensa bien que si Judas es capaz de traicionar a su Maestro, ¿Qué no te podrá hacer a ti?…

El hombre piensa mucho… Calibra todo  lo que va a perder por unirse al Mesías y como también se convertirá en un perseguido por el Sanedrín  y lo que eso significa… Finalmente se decide…

Samuel contesta:

–                       ¡No importa! ¡Judas fue zaforim de Sadoc y ahora es gran amigo de los grandes de Sión! ¡Realmente puede hacer mucho daño!…

1annas-caifas

Si no me despides, me quedo contigo. Por lo menos algún tiempo, hasta que te reúnas con tus discípulos. Me uniré a ellos. ¡Oh! ¡Si es verdad que me has perdonado, no me arrojes!…

–                       No te arrojo. Esperaremos a que amanezca. Y luego iremos a Efraím. Diremos que la casualidad nos juntó y que tú viniste a estar con nosotros. Es la verdad.

–                       Sí. Entonces mis vestidos estarán secos y te devolveré los tuyos.

–                       No. Deja esos vestidos que son un símbolo. Tú eres el hombre que se despoja de su pasado y viste ropa nueva. Deja esos vestidos que estuvieron en contacto de sepulcros llenos de asquerosidad. Vive ahora para gloria tuya: la de servir a Dios con justicia y poseerlo en la eternidad…

El silencio reina, porque el hombre cansado se duerme, con la cabeza reclinada sobre el hombro de Jesús, que sigue orando.

Por la mañana llegan ante la casa de María de Jacob.

1sam

Pedro corre a su encuentro y abraza a Jesús:

–                       ¡Maestro bendito! ¡Qué sábado tan triste me has hecho pasar! No me decidía a partir sin volver a verte.

Jesús lo besa, sin quitarse el manto.

Los otros también han acudido.

Judas de Keriot mira asombrado al extraño que acompaña al Maestro y…

Judas grita:

–                       ¡Tú, Samuel!

Samuel responde con voz clara y firme:

–                       Yo. El Reino de Dios está abierto a todos. Ya entré en él…

Judas ríe de una manera muy rara que sorprende a los que lo rodean, pero no replica.

1judas-dem

Todos miran al recién llegado y Pedro pregunta:

–                       ¿Quién es?

Jesús contesta:

–                       Un nuevo discípulo. La casualidad hizo que nos encontráramos. Esto es: Dios lo quiso. Y el Padre me ordenó que lo tomase conmigo y quiero que hagáis lo mismo. Y como hay una gran fiesta cuando alguien entra en el Reino de los Cielos; deponed alforjas y mantos. Y estemos juntos hasta mañana.

1dios-padre

Judas vuelve a reír del mismo modo extraño…

Jesús lo mira…

Los demás se acercan al nuevo discípulo, se presentan ante él y le dan el saludo de paz.

1Tissot (1)

 

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

 

162.- MILAGRO NEGADO


647-1805B

la noche, Jesús se retira al Monte de los Olivos a orar. Se ve extenuado, como si un gran peso lo agobiara. La luz de la luna ilumina su hermoso rostro. Y se ven las lágrimas que corren por sus mejillas, sin que se oiga ni un sollozo…

Es la tercera vez que llora en este día.

La primera, ante la tumba de Lázaro al comprobar la ruina a la cual Satanás llevó al hombre al seducirlo al mal… Ruina cuya  condición humana es el dolor y la muerte. La muerte física. Emblema y símbolo vivo de la muerte espiritual que el pecado infiere en el alma, sumergiéndola en las tinieblas infernales… A ella, que estaba destinada a vivir como reina en el Reino de la Luz.

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La segunda… Ante la persuasión  de que ni siquiera este milagro tan portentoso,  puesto como corolario sublime de tres años de evangelización, convencería al mundo judío de la Verdad de  la que Jesús es portador… Es demasiada la Soberbia que impide reconocer y amar a Dios. En lugar de amarlo, prefieren odiarlo y…

¡Oh! El Dolor de estar próximo a morir por tan pocos…

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La tercera, ahora…

¿Por qué llora Jesús?

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Tiene ante sus ojos, la visión mental de su próxima muerte. Es el Hombre Dios. Y para ser Redentor, debe sentir el peso de la Expiación y por lo tanto, el horror de la muerte.

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¡Y de una muerte tan atroz!…

Él se siente vivir. Tiene treinta y tres años.  Está sano y sin embargo piensa…

“Pronto moriré. Pronto estaré en el sepulcro como Lázaro. Pronto la agonía más atroz será mi compañera. Debo morir. La Bondad de Dios libra al hombre del conocimiento del porvenir. Yo estoy viendo…

¡Oh!… ¡Madre! ¡Madre! ¡Madre mía!

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¡Eterna Dulzura Mía! ¡Oh, Madre, cómo quisiera tenerte junto a Mí!”

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Es un llamado que brota desde lo más profundo de su corazón.

Y continúa llorando con infinito dolor, por largo rato… Después deja de llorar, pero sigue oprimido por un sufrimiento muy  grande.

Luego se pone de pie y parece responder a Alguien:

–                       Soy Hombre, Padre. Soy el Hombre. La virtud de la amistad que he conservado se ve herida, traicionada. Se retuerce, se lamenta dolorosamente…

–                       … 

–                       Sé que debo sufrir todo. Como Dios lo sé. Como Dios lo quiero para bien del Mundo. También como Hombre lo sé, porque mi espíritu divino lo comunica a mi humanidad. También como hombre lo quiero para bien del Mundo. Pero ¡Qué dolor, Padre mío! Esta hora me es más dolorosa que la que tuve contigo y con mi espíritu en el desierto. Y la actual tentación de no amar. De no tolerar más a mi lado, al hombre sucio y falaz que se llama Judas…

ojos grises de judas

–                       … 

–                       Padre. Lo estoy sintiendo. Cada vez te muestras más severo con tu Hijo. Cuanto más me acerco al fin de mi expiación por el linaje humano; tanto más se aleja de Mí tu dulzura. Y aparece tu Rostro severo ante mi espíritu, que cada vez más busca un refugio en su profundidad. Allá, donde la humanidad que recibió tu castigo, gime desde hace miles de años. ¡Oh, Padre! ¡Mis fuerzas se encuentran cansadas por la falta de Amor!…

Tentacion-of-JesusYo sabía que en el desierto
Satanás, después de terminada la Tentación, se iría como lo hizo. Y que los
ángeles vendrían a consolar a tu Hijo por ser Hombre… Por ser objeto de las
tentaciones del Demonio. Pero ahora no cesará. Vendrá el Mundo con su Odio, con
sus burlas, con su incomprensión. Vendrá y será cada vez más tortuoso, más pérfido
y más sagaz en el traidor. El vendido a Satanás…

023

¡¡¡Padre!!!…

Es un grito preñado de dolor, de miedo. Un grito que ruega, que implora…

–                      

–                       ¡Padre! Lo sé. Lo veo. Mientras sufro aquí y sufriré… Yo te ofrezco mis sufrimientos por su conversión. ¡Oh, Padre mío! Yo lo amo. Todavía lo amo…

Es un hombre. Es uno de aquellos por los cuales te dejé…  Por mi humillación, sálvalo… ¡Déjame que lo redima Señor Altísimo! Esta penitencia es más por él, que por los demás…

1jo

¡Es demasiado doloroso el ver que se pierda uno de mis consagrados!.. ¡No puedo soportar saber que se va a condenar en el horroroso Abismo del Infierno!… ¡Oh, no!… ¡Eso no! ¡Padre mío, eso no!… Déjame salvarlo, por favor… ¡No!… ¡Oh, no! ¡No! ¡Satanás lo posee de manera absoluta!..

demonio (2)

¡Oh! Comprendo que es inútil lo que te pido. Sé todo lo que hay… Pero Padre, por un momento no veas en Mí a tu Verbo. Contempla solo mi humanidad de un hombre justo… Permite que por un instante pueda ser solo el hombre en tu Gracia. El hombre que no conoce el futuro. Que puede engañarse…

El hombre que ignorando el hecho que no puede esquivarse, puede orar con  esperanza absoluta, para obtener de Ti el milagro. ¡Un milagro! ¡Un milagro para Jesús de Nazareth!

inmaculado_corazon_de_maria (2)

 ¡Para Jesús, el hijo de María de Nazareth, nuestra Eterna Amada! ¡Un milagro que borre lo escrito y lo anule! ¡La salvación de Judas!…

–          

Ha vivido a mi lado. Ha bebido mis palabras. Ha partido conmigo el pan. Se ha recostado sobre mi pecho… ¡Que no sea él mi traidor! No te pido que no sea Yo traicionado.

Esto tiene que ser así… Y lo será… Para que por medio de mi dolor de un traicionado, se cancelen todas las mentiras. Como por el de verme vendido, toda avaricia. Como por la angustia de que me blasfemen, sean reparadas todas las blasfemias. Y por el dolor de no haberme creído, se dé Fe a los que viven sin ella. Como por mis tormentos, sean lavadas todas las culpas del hombre…

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Puesto que debo morir a manos de los hombres, concédeme Padre que no sea él, a quién he llamado amigo y a quién he amado como a tal, que sea el Traidor.

–                      

1jf

Padre! ¡Padre mío!… ¡Multiplica mis tormentos, pero dame el alma de Judas! Esta plegaria la pongo en el altar de mi Persona Víctima. ¡Padre acógela!…

–               

–                ¡Oh!…  ¡No!… ¡Oh!… ¡El Cielo está cerrado!… ¡Está mudo!… ¿Este es el horror que me acompañará hasta la muerte?

¡El Cielo no responde!… ¡El Cielo está cerrado!… ¿Será acaso éste, el silencio y la cárcel en que expirará mi último aliento?…

¡El Cielo sigue mudo! ¡Sigue cerrado!… ¿Será este mi supremo tormento?…

¡Padre! Hágase tu voluntad y no la mía… Pero por mis dolores…

Jesús poco a poco se ha ido arrodillando. Ahora llora con el rostro pegado al suelo y ruega mientras la luna ilumina su figura postrada…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

132.- EL ‘YO’ ENEMIGO…


Pasa de la medianoche y la luna ilumina el sendero solitario, por el que Jesús pasea lentamente; yendo y viniendo. Medita y ora. Pero está al tanto de lo que lo rodea. Escucha complacido el canto de un ruiseñor que entona una serie de arpegios y trinos tan fuertes y largos, que parece imposible que salgan de tan pequeño emplumado.

Levanta su rostro sonriente y cierra los ojos; para disfrutar el maravilloso canto. Cuando el ave termina, Jesús aplaude. Y mueve su cabeza asintiendo con satisfacción y una sonrisa de aprobación.

Se inclina sobre una mata de madreselvas en flor que despiden su perfume y que a la luz de la luna parecen de plata. Las admira. Las acaricia con la mano. Las huele… Y luego prosigue su paseo, mirando de vez en cuando hacia el lago que brilla como un espejo. Mira el plácido centellear de las estrellas, en la noche de verano y se sienta sobre una piedra, a los pies de un árbol muy alto. Apoya sus codos sobre las rodillas, con las manos entrelazadas y se sumerge en la Oración.

Después de un rato, una sombra sale de la espesura y lo llama:

–                       ¡Maestro!

Jesús pregunta:

–                       Judas. ¿Qué quieres?

–                       ¿Dónde estás, Maestro?

–                       A los pies del nogal. Acércate.

Jesús se pone de pie, para que Judas pueda localizarlo en el sendero bañado por la luz de la luna.

Jesús dice:

–                       ¿Viniste Judas a acompañar un poco a tu Maestro?  -poniéndole con cariño, un brazo sobre la espalda-  ¿O me necesitan en Corozaím?

–                       No, Maestro. No te necesitan. Tuve ganas de venir a donde estás.

–                       Bien. Los dos podemos sentarnos sobre esta piedra. Ven.

Se sientan juntos. Silencio. Judas no habla. Lucha…

Jesús trata de ayudarlo:

–                       ¡Qué hermosa noche, Judas! Mira como todo está limpio. Me imagino que así fue la primera noche que Adán durmió sobre la tierra en el paraíso terrestre. Mira cómo huelen esas flores. Huélelas, pero no las cortes. No he querido cortarlas para no profanarlas.

¡Qué bella es la vida cuando se emplea en el bien! y estas flores perfuman y proporcionan miel a las abejas y a las mariposas. Sí hubieras venido antes, hubieras oído a un pajarillo cantar tan dulcemente su alegría de vivir y su deseo de alabar al Señor. ¡Qué hermosos pájaros! ¡Qué bien sirven de ejemplo al hombre! Se contentan con poco y sólo de lo que es lícito…

Y Jesús expone las maravillas que ha contemplado de la Creación… Y la bondad de Dios al crearlas y la bondad de las criaturas al corresponder con los dones que les fueron dados.

Judas no dice nada. También él piensa… Luego…

Judas dice:

–                       ¡Qué bello es oírte hablar así, Maestro! Todo se ilumina a los ojos de uno, a la mente, al corazón… Y todo parece más fácil. Hasta el decir: ‘Quiero ser bueno’ Hasta decirte… Hasta decirte… decirte: Maestro también yo tengo mi alma intranquila. No tengas asco de mí, Maestro…  Tú que tanto amas lo puro.

Jesús lo mira con bondad y pregunta:

–                       ¡Oh, Judas! ¿Qué Yo tenga asco? Amigo mío, hijo mío. ¿Qué cosa te perturba?

–                       Tenme contigo, Maestro. Tenme junto a Ti… He jurado ser bueno desde que me hablaste tan hermosamente. He jurado volver a ser el Judas de los primeros días, que te seguía y que te amaba con mi alma, como el novio a la novia. Y no anhelaba otra cosa, más que a Ti. Y encontraba en Ti, toda mi alegría. Así te amaba, Jesús…

–                       Lo sé. Y por esto te amé… Y te sigo amando…  ¡Oh, pobre amigo mío! ¡Qué herido estás!…

–                       ¿Cómo sabes que lo estoy?…  ¿Sabes de qué cosa?…

Silencio.

Jesús mira a Judas con unos ojos tan dulces… Parecen como si las lágrimas los hiciesen más dulces y disminuyeran su fulgor. Ojos de niño inocente e indefenso, que se entrega por completo al amor.

Judas se echa a sus pies, con la cara sobre las rodillas y comienza a llorar.

–                       Tenme contigo, Maestro. Tenme…  -se abraza a Él como un niño que busca protección-  … Mi carne aúlla como un demonio. Y si cedo, entonces todos los males se dejan venir. Sé que lo sabes, pero que esperas a que lo confiese… Es muy duro Maestro, decir: ‘He pecado’

–                       Lo sé, amigo mío. Por esto sería necesario obrar bien. para no verse uno obligado a decir: ‘Pequé’. Con todo, Judas. También en esto se encuentra una buena medicina. El tener que hacer un esfuerzo para confesar la culpa, lo detiene a uno. Y si se cometió, la pena que se siente al acusarse, es ya penitencia que redime. Si después uno sufre, no ya por honra propia, ni por miedo al castigo; sino porque uno sabe que al faltar ha causado dolor…  Entonces Yo te lo digo, la culpa se borra. Es el amor el que salva.

–                       Yo te amo, maestro. Pero soy débil… ¡Oh!… ¡No puedes amarme!… Eres puro y amas a los puros. No puedes amarme porque yo soy… Yo soy… ¡Oh!… ¡Jesús quítame el hambre del placer! Sabes qué clase de demonio es.

–                       Lo sé. No obedecí a su voz. Pero sé qué clase de voz sea.

–                       ¿Lo ves? ¿Lo ves? Te causa tanto asco que con solo decirlo, tu rostro cambió… ¡No puedes perdonarme!

–                       Judas, ¿No te acuerdas de María y de Mateo? ¿Del publicano que se hizo leproso? ¿Y de la prostituta romana a la que le profeticé que se iría al Cielo, porque después de que la perdoné, viviría santamente?

–                       Maestro… Maestro… Maestro… ¡Qué dolencia tengo en el corazón! Esta noche escapé de Corozaím. Porque si me hubiera quedado, estaba perdido. ¿Sabes? Es como quien bebe y se emborracha. El médico le quita el vino y cualquier bebida alcohólica. Se cura y sana. Hasta que vuelve a sentir el sabor…

Pero si cede sólo una vez y vuelve a saborearlo. Siente una sed… una sed por beber… tan fuerte que no resiste más. Y bebe y bebe. Y se enferma de nuevo… Enfermo para siempre… Loco… Poseído… Poseído por su demonio. Por ese demonio suyo… ¡Jesús! ¡Jesús, Jesús!… no lo digas a los demás. No lo digas… Tengo vergüenza con todos.

–                       Pero no de Mí.

Judas entiende mal.

–                       ¡Es verdad! ¡Perdóname! Debería de tener más vergüenza de Ti, que de cualquier otro, porque eres Perfecto…

–                       ¡No hijo! No quería decir esto. Tu dolor, tu angustia, tu humillación, que no sean un velo. Dije que puedes avergonzarte de todos, pero no de Mí. Un hijo no tiene miedo, ni vergüenza de su buen padre. Y un enfermo de un buen médico. Al uno y al otro debe decirse todo sin temor. Porque el uno ama y perdona y el otro comprende y cura. Yo te amo y te perdono y por eso te comprendo y te curo.

Pero dime Judas, ¿Qué es lo que te pone en las manos de tu demonio?¿Acaso Yo?… ¿Los hermanos?… ¿Las mujeres de mala vida?… NO.  Es tu voluntadAhora te perdono y te curo… ¡Me has dado una gran satisfacción, Judas! Estaba muy contento con esta noche serena, perfumada, llena de trinos y de alabanza al Señor. Pero la alegría que me has dado, supera todo. Estoy feliz con tu buena voluntad.

Pronto será el alba. Las tinieblas de la noche con sus fantasmas, van desapareciendo. Mira qué rápido ha pasado el tiempo, que de no haber venido a Mí, lo hubieras pasado entre el hastío y el remordimiento. Ven siempre, cuando tengas miedo de ti, Judas.

El propio ‘yo’ es un gran amigo, un gran tentador, un gran enemigo y un gran juez. Y mira, es amigo bueno y  fiel, si eres bueno. Sabe ser amigo falso, si no eres bueno. Y después de que te sirvió de cómplice para hacerte caer, se convierte en juez inexorable y te atormenta con sus reproches… Sus reproches son crueles… ¡No Yo!…

Bueno. Vámonos. La noche está terminando.

–                        Maestro, no te dejé descansar. Y hoy tendrás que hablar tanto…

–                       He descansado con la alegría que me diste. No tengo mejor descanso que decir: ‘Hoy he salvado un alma que estaba a punto de perecer’ Ven. Ven. Vamos a Corozaím. ¡Si esta ciudad, Judas; supiese imitarte!…

–                       Maestro, ¿Qué dirás a mis compañeros?

–                       Nada, si no me lo preguntan. Si preguntan, diré que hablábamos de las misericordias de Dios. Es un tema real y sin límites.

Y bajan… Ambos son altos. Ambos son bellos, pero de un modo diferente. Desaparecen tras un grupo de árboles…

Entre los montes fértiles y llenos de bellos bosques, se encuentra Giscala; en uno de los panoramas más hermosos de Palestina. Antes de atravesar el poblado, se detiene para acariciar a los niños de un pastor que lo ha reconocido y le ofrece leche para Él y para los apóstoles.

Mientras están descansando en la llanura junto al rebaño, se le acerca a Jesús una anciana que sin reconocerlo, empieza a contarle sus penas familiares y la aflicción que le produce una nuera caprichuda e irrespetuosa…

Aunque Jesús la compadece, la exhorta a ser paciente y a persuadir con la bondad. Y finalmente le dice:

–                       Debes ser para ella madre, aunque no sea tu hija. Dime la verdad, si en vez de ser tu nuera fuera tu hija, ¿Te parecerían tan enormes sus defectos?

La mujer piensa y luego responde:

–                       No… una hija es siempre una hija…

–                       Y si una hija tuya te dijese que en la casa de su esposo, la madre de él la maltrata,  ¿Qué dirías?

–                       Que es mala, porque debería enseñar bondadosamente las costumbres de la casa, pues cada una tiene las suyas, sobre todo si la esposa es joven. Le diría que se acordase de cuando fue esposa joven, de que fue feliz al amar a su suegra, si tuvo la suerte de que ésta fuera buena… o de que había sufrido, si se encontró con una mala. Y que no hiciera sufrir lo que no sufrió o de no hacerlo, porque por experiencia sabe lo que es sufrir. ¡Defendería a mi hija!

–                       ¿Cuántos años tiene tu nuera?

–                       Dieciocho, Rabbí. Hace tres años que se casó con Santiago.

–                       Muy joven. ¿Es fiel al marido?

–                       Sí. Siempre está en casa y es toda amor por él y por sus hijos: el pequeño Leví y la pequeñita Anna que se llama como yo. Nació en la Pascua y ¡Es muy bella!

–                       ¿Quién quiso que se llamase Anna?

–                       María mi nuera. ¡Eh! Leví se llamaba el suegro y Santiago le puso este nombre al primogénito. María cuando dio a luz a la niña dijo: ‘A ésta se le dará el nombre de nuestra madre’

–                       ¿Y no te parece que éste sea amor y respeto?

La viejecilla piensa…

Jesús insiste:

Ella es honesta. Siempre en casa, es amorosa tanto como mujer, que como madre y deseosa de darte alegrías… Pudo haber puesto a su hija el nombre de su madre y sin embargo le puso el tuyo. Honra tu casa con su conducta…

–                       Si. No es como esa sinvergüenza de Jezabel.

–                       Y luego. ¿Por qué te lamentas y tú misma te afliges? ¿No te parece que quieres tener dos medidas al juzgar de manera diferente a tu nuera, de lo que harías con tu hija?

La mujer llora amargamente y finalmente brota de su corazón, la eterna razón de los prejuicios y los conflictos de las suegras…

–                       Es que… Es que… Me ha arrebatado el amor de mi hijo. Antes él era todo para mí y ahora la ama más que a mí…

–                      ¿No te da nada tu hijo? ¿Te descuida desde que se casó?

–                       Si. No es como esa sinvergüenza de Jezabel.

–                       Y luego. ¿Por qué te lamentas y tú misma te afliges? ¿No te parece que quieres tener dos medidas al juzgar de manera diferente a tu nuera, de lo que harías con tu hija?

La mujer llora amargamente y finalmente brota de su corazón, la eterna razón de los prejuicios y los conflictos de las suegras…

–                       Es que… Es que… Me ha arrebatado el amor de mi hijo. Antes él era todo para mí y ahora la ama más que a mí…

¿No te da nada tu hijo? ¿Te descuida desde que se casó?

Jesús sonríe bondadosamente ante la celosa madre.

Pero no la reprende. Compadece sus sufrimientos y trata de curarlos. Le extiende el brazo sobre  sus hombros, poniendo su manto sobre la espalda  y la abraza diciendo:

–                       Madre, ¿Y acaso no está bien que así sea? Tu marido lo hizo contigo y su madre no lo perdió del todo, como dices y piensas sino sólo en parte; porque tu esposo compartió su amor entre su madre y tú.

El padre de tu marido dejó de ser todo de su madre, para amar a la madre de sus hijos. Y así de generación en generación, hasta Eva: la primera madre que vio cómo sus hijos condividian el amor que antes era exclusivo de ella y de Adán con sus esposas.

Acaso no dice el Génesis: ‘He aquí finalmente el hueso de mis huesos y la carne de mi carne… El hombre por ella abandonará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y los dos serán una sola carne…’

–                       Esas fueron palabras de un hombre…

–                       Sí. ¿Pero de qué Hombre?… El inocente estaba en gracia y reflejaba absolutamente la Sabiduría que lo había creado y conocía la verdad.  Por la Gracia e inocencia, poseía en modo completo, también los otros dones de Dios. Con los sentidos sujetos a la razón, tenía una inteligencia clara, que no estaba ofuscada con los vapores de la concupiscencia. Por la ciencia proporcionada a su estado, decía palabras llenas de verdad y fue profeta. ¿Tú sabes que profeta quiere decir el que habla en nombre de otro?

Y cómo los verdaderos profetas hablan siempre  de cosas pertinentes al tiempo presente y a la carne; porque en los pecados de la carene y en los sucesos del tiempo actual, están las semillas de los castigos futuros… O los hechos del futuro, tienen su raíz en un evento antiguo.  Por ejemplo, la venida del Salvador tiene su origen en la Culpa de Adán…

Y los castigos de Israel predichos por los profetas, nacen de la conducta de Israel. De igual modo el que mueve los labios para decir cosas del espíritu, no puede ser sino el Espíritu Eterno que todo lo ve en tiempo presente. Y el espiritu Eterno habla en los santos, porque no puede habitar en los pecadores. Adán era santo, esto es existía en él la justicia completa, así como también todas las virtudes, porque Dios había infundido en él la plenitud de sus dones.

Ahora para llegar a la justicia y a la posesión de las virtudes, el hombre debe trabajar mucho, porque el incentivo al mal, existe en él.

En Adán no existían tales incentivos. La Gracia lo hacía un poco inferior a Dios, su Creador. Por esto, de sus labios brotaban palabras de un sabio. Así pues, son verdaderas estas palabras: ‘El hombre dejará a padre y madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.’

Tanto es cierto, que el Buen Dios siempre dispuesto a consolar a madres y padres, puso en la Ley el Cuarto Mandamiento: ‘Honra a tu padre y a tu madre’

Mandamiento que no termina cuando el hombre se casa, sino que se mantiene. Instintivamente los buenos honraban a sus padres, aún después de haberse separado de ellos, para formar una nueva familia.

A partir de Moisés es una obligación de la Ley y esto para suavizar los dolores de los padres a quienes muchas veces olvidaban sus hijos después de su matrimonio.

Pero la Ley no borró el dicho profético de Adán: ‘El hombre dejará padre y madre por su mujer’ Fueron palabras que dijo un justo y siguen vigentes. Reflejaban el pensamiento de Dios y el pensamiento de Dios es inmutable, porque es perfecto.

Tú madre, debes pues aceptar sin egoísmos, que tu hijo ame a su mujer y también serás santa. Por otra parte cualquier sacrificio, tiene ya una recompensa acá en la tierra.  ¿No te sientes dichosa de besar a los hijos de tu hijo? ¿Y no te es placentera la noche cuando te entregas al sueño, sabiendo que tienes a una hija cercana, en lugar de las otras que ya no tienes en casa?

La mujer exclama asombrada:

–                       ¿Cómo sabes que mis hijas mayores que mi hijo, están casadas y viven lejos? ¿Acaso eres también un profeta? Rabbí, lo Eres. Y eso lo demuestran los flecos de tu vestido. Y aunque no los tuvieses lo declaran tus palabras, pues hablas como un doctor. ¿Acaso eres amigo de Gamaliel? Antier estuvo aquí. Ahora no sé… Venían con él muchos rabinos y muchos de sus discípulos predilectos. Tal vez llegas tarde.

–                       Conozco a Gamaliel, pero no voy a donde está. Ni siquiera entro en Giscala…

–                       ¿Pero quién eres? Ciertamente un Rabbí. Hablas mejor todavía que Gamaliel… Entonces haz lo que te dije y tendrás paz en ti.  Adiós madre. Yo sigo mi camino, tú entra en la ciudad.

–                       ¡Me llamas madre! Los otros rabinos no son tan humildes para con una pobre mujer… La que te llevó en el vientre debe ser más santa que Judith, si te dio ese dulce corazón para con todas las criaturas…

–                       Santa lo es en realidad.

–                       Dime su nombre.

–                       María.

–                       ¿Y el tuyo?

–                       Jesús.

–                       ¡Jesús!

La mujer lo mira estupefacta y se queda como paralizada.

Jesús dice:

–                       Adiós mujer, la paz sea contigo.

Y Jesús se va ligero, casi corriendo antes de que ella reaccione.

Los apóstoles lo siguen con igual premura, en medio del revoloteo de vestidos.

En vano los siguen los gritos  de la mujer que suplica:

–                       ¡Deteneos! ¡Jesús, Rabbí detente! ¡Quiero decirte una cosa…!

Aflojan el paso hasta que lo tupido del bosque nuevamente los ha escondido y solamente se ve el camino solitario, que lleva a Giscala.

Bartolomé dice:

–                       ¡Qué hermoso le hablaste a esa mujer!

Santiago de Alfeo observa:

–                       ¡Una lección de doctor!  ¡Lástima que estuviera ella sola!…

Pedro exclama:

–                       ¡Quiero grabarme esas palabras!

Tomás comenta:

–                       La mujer comprendió o medio comprendió, después que escuchó tu Nombre… Ahora va a ir a divulgarlo a la ciudad…

Judas de Queriot dice en voz baja:

–                       Con tal de que no provoque a las avispas y nos las eche encima…

El siempre optimista Andrés replica:

–                       ¡Estamos lejos!… Entre estos
bosques no se dejan rastros y nada nos perturbará…

Jesús contesta a todos:

–                       ¡Aunque nos las echase encima! Es la paz de una familia que se ha vuelto a cimentar…

Pedro se lamenta:

–                       ¡Pero cómo son! Todas las suegras son iguales…

Varios dicen:

–                       No. Hemos conocido algunas buenas.

–                       ¿Te acuerdas de la suegra de Yerusa de Docco?

–                       ¿Y qué dices de la suegra de Dorcas, de Cesárea de Filipo?

Pedro contesta al último:

–                       ¡Claro que sí Santiago!… Hay una qué otra buena… –pero es evidente que piensa que la suya es un tormento.

Jesús dice:

–                       Detengámonos a comer. Luego descansaremos para llegar al poblado del valle, para pernoctar allí.

Se detienen en un claro del bosque, junto a una caída de agua… El horizonte hacia los montes del Líbano, presenta un espectáculo maravilloso allá en lontananza…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

 

35.- LA HERENCIA DEL BAUTISTA


Es una noche clara de luna llena. Tan clara que se ve el terreno con todas sus particularidades y los campos con el trigo que acaba de nacer unos cuantos días antes. Parecen alfombras de felpa verde y plateada, por las que atraviesan las cintas oscuras de los senderos y brillan los árboles, bañados con la luz plateada de la luna.

Jesús camina solo con su paso veloz. Hasta que se encuentra un riachuelo que desciende hacia la llanura. Y sube por su curso hasta un lugar solitario y cercano a una cuesta de árboles. Da vuelta, trepando por un sendero y llega a un refugio natural que está en la falda de la colina. Entra.

Se inclina sobre alguien que está en el suelo y dice suavemente:

–                     Juan…

El hombre se despierta. Se sienta todavía adormilado. Pero reconoce quién lo llama y se postra en tierra diciendo:

–                     ¿Cómo es posible que haya venido a verme, mi Señor?

Jesús contesta:

–                     Para hacer feliz tu corazón y el mío. Me querías ver, Juan. He venido. Levántate. Vamos a la luz de la luna y sentémonos sobre la piedra que está junto a la cueva.

Juan obedece. Se levanta y sale. Cuando Jesús se ha sentado; él, con su piel de oveja que pobremente le cubre su flaquísimo cuerpo; se pone de rodillas frente a Cristo. Con las manos, se echa hacia atrás lo largos cabellos descompuestos que le caen sobre los ojos, para ver mejor al Hijo de Dios…

El contraste es muy grande.

Jesús, pálido y rubio; con su cabellera muy bien peinada y barba corta.

Juan es un mechón de cabellos negrísimos, por los que se asoman dos ojos hundidos; ardientes. Que brillan profundamente en su color negro azabache.

Jesús dice:

–                     He venido a darte las gracias. Has cumplido y sigues cumpliendo con la gracia que tienes: tu misión de ser Precursor mío. Cuando llegue la hora a mi lado entrarás al Cielo; porque Dios con ello te premiará todo. Cuando me esperes estarás ya en la paz del Señor, querido amigo mío.

Juan contesta:

–                     Muy pronto entraré en la paz, Maestro mío y Dios mío. Bendice a tu siervo para que encuentre fuerzas en su última prueba. Sé que está próxima y que todavía tengo que dar un testimonio: el de la sangre. Y Tú mejor que nadie sabes que la hora se acerca. Tu venida es muestra de tu misericordiosa bondad, de tu corazón de Dios; para fortalecer al último mártir de Israel y al primer mártir de la Nueva Era. Pero dime una cosa, ¿Deberé esperar mucho tu llegada?

–                     No, Juan. Un poco más de cuanta diferencia existió entre tu nacimiento y el mío…

–                     Sea bendito el Altísimo. Jesús… ¿Puedo decirte así?…

–                     Lo puedes… Porque eres mi pariente y porque eres santo. El Nombre que también los pecadores pronuncian, lo puede decir el santo de Israel. Para ellos es salvación, para ti que sea dulzura. ¿Qué quieres de Mí, maestro y primo tuyo?

–                     Voy a morir. Así como un padre se preocupa de sus hijos; así yo de mis discípulos… Tú Eres el Maestro y sabes cómo los amamos. La única pena que tengo al morir, es el miedo de que se pierdan como ovejas sin pastor. Recógelos. Te devuelvo los que son tuyos y que fueron perfectos discípulos míos, en esperarte. En ellos, especialmente en Matías, está realmente presente la sabiduría. Tengo otros… Irán a Ti. Pero permite que te confíe éstos, personalmente. Son los que más quiero.

–                     Yo también los quiero. Tranquilízate, Juan. No perecerán. Ni éstos. Ni los otros, tus verdaderos discípulos. Recojo tu herencia y la cuidaré como el tesoro más querido que Yo el Señor, haya recibido de su amigo y siervo.

Juan se postra en tierra. Y cosa que se ve extraña en un personaje tan austero: llora fuertemente de alegría.

Jesús le pone la mano sobre la cabeza y le dice:

–                     Tu llanto de alegría y humildad, tiene eco en un canto lejano, a cuya melodía tu corazoncito saltó de júbilo. Ese canto y ese llanto son el mismo himno de alabanza al Eterno, ‘Que ha hecho grandes cosas. Él que es Poderoso, extendió el brazo de su poder y disipó el orgullo de los soberbios y elevó a los humildes.’ También mi Madre está por entonar su canto, que en otros tiempos cantara.

Y después, también para Ella vendrá la más grande gloria. Como para ti; después del martirio. Te manda por mi medio, muchos saludos. La despedida y consuelos. Lo mereces. Aquí no tienes más que la mano del Hijo del Hombre, que está sobre tu cabeza. Pero del Cielo abierto desciende la Luz y el amor para bendecirte, Juan.

–                     No merezco tanto. Soy tu siervo.

–                     Eres mi Juan.

–                     ¡Ah! ¡Tu Juan!

–                     Aquel día en el Jordán era Yo el Mesías que se manifestaba. Ahora, soy el primo y Dios, que te quiere dar el viático de su amor de Dios y de pariente. Levántate Juan, démonos el beso de despedida.

–                     No merezco tanto… Siempre lo he deseado. Durante toda mi vida. Pero no me atrevo a besarte. Eres mi Dios.

–                     Soy tu Jesús. Adiós. Mi alma estará junto a la tuya, hasta la paz. Vive y muere en paz, por amor a tus discípulos…  No puedo darte ahora, más que esto. Pero en el Cielo te daré el ciento por ciento, porque has encontrado gracia ante los ojos de Dios.

Lo levanta y lo abraza, besándole sobre las mejillas y a su vez, Juan lo besa. Luego éste se arrodilla otra vez y Jesús le pone las manos sobre su cabeza y ora con los ojos levantados al Cielo.

Parece como si lo consagrase en una escena majestuosa. Finalmente, se despide con su dulce saludo:

–                     Mi paz sea siempre contigo.

Y torna por el camino por el que vino.

Unas horas más tarde, cuando está con sus discípulos.

Simón le dice:

–                     Señor, ¿Por qué no reposas en la noche? Esta vez me levanté y no te encontré. Tu lugar estaba vacío.

Jesús pregunta:

–                     ¿Para qué me buscabas?

–                     Para darte mi manto. No quise que tuvieras frío en la noche que era serena, pero muy fresca.

–                     ¿Y tú no tenías frío?

–                     Me acostumbré durante muchos años de miseria a vivir casi desnudo. Sin comer. Sin dónde dormir… el Valle de los Muertos… ¡Qué horror!… Otra vez que bajemos a Jerusalén; ven Señor mío, a aquellos lugares de muerte. Hay tantos infelices ahí… Y la miseria corporal no es lo peor. Lo que más roe y consume allí, es la desesperación. ¿No te parece Señor, que hay mucha dureza contra los leprosos?

Judas se adelanta a contestar a Zelote:

–           ¿Y querrías entonces que estuviesen entre la gente? Peor para ellos si son leprosos.

Pedro exclama:

–                     ¡Lo único que falta es que se conviertan en mártires de los hebreos! ¡Bonito sería que la lepra anduviese entre todos nosotros!

Santiago de Alfeo advierte:

–                     Me parece que es una medida de justa prudencia, el tenerlos alejados.

Simón contesta:

–                     Sí. Pero se haría con piedad, no con condena. No sabes lo que significa ser leproso. No puedes hablar. Porque si es justo tener cuidado de nuestros cuerpos; no observamos igual justicia para con las almas de los leprosos. ¿Quién les habla de Dios? Y sólo Dios sabe cuánta necesidad tienen de Él; en una paz; en medio de aquella atroz desolación.

Jesús dice:

–                     Simón. Tienes razón. Iré a ellos porque es justo. Y para enseñaros esta clase de misericordia. Iré a lo más miserable de Israel. Y entre ellos están los leprosos del valle de los Muertos. No haré que pierdan su fe en Mí; éstos a quienes evangelizó un leproso agradecido.

–                     ¿Cómo sabes que lo hice, Señor?

–                     Como sé lo que piensan de Mí, amigos o enemigos, cuyo corazón escudriño.

Pedro grita:

–                     ¡Misericordia! ¿Tú sabes exactamente todo lo nuestro, Maestro?

–                     Sí. También tú… y no sólo tú, querías alejar a Fotinaí. Pero, ¿No sabes que no te es lícito alejar del Bien a un alma? El primer año ha terminado. También debéis avanzar en este segundo año. De otra manera sería inútil que me cansase en evangelizar y volver a evangelizaros a vosotros, mis futuros sacerdotes.

Juan dice:

–                     ¿Fuiste a orar, Maestro? No prometiste enseñarnos tus oraciones. ¿Lo harás este año?

–                     Lo haré. Más quiero enseñaros a ser buenos. Pues la bondad en sí, ya es oración. Lo haré, Juan.

Judas de Keriot pregunta:

–                     ¿Y también nos enseñarás a hacer milagros este año?

–                     No se enseña a hacer milagros. No es juego de ilusionista. El milagro viene de Dios. Lo obtiene quien goza de favor ante Dios. Si aprendéis a ser buenos; tendréis este favor y podréis hacer milagros.

Pedro dice:

–                     Pero tú nunca respondes a nuestra pregunta. La hicieron Simón y Juan y no nos dices a dónde fuiste esta noche. Ir así; sólo, en un país pagano, puede ser peligroso.

–                     Fui a hacer feliz a un corazón recto, porque pronto morirá. Y a recoger su herencia.

–                     ¿De veras? ¿Es mucha?

–                     Mucha Pedro. Y de gran valor. Fruto del trabajo de un verdadero justo.

–                     Pero… Pero yo no he visto nada en tu alforja. ¿Acaso son joyas que tienes en el seno?

–                     Sí. Son joyas que amo con todo el corazón.

–                     Muéstranoslas, Señor.

–                     Las recibiré cuando el que está por morir, haya fallecido. Por ahora le sirven a él y a Mí, dejándolas donde están.

–                     ¿Las has puesto en interés?

–                     ¿Crees que todo lo valioso sea dinero? Esto es la cosa más inútil e insípida que haya sobre la tierra. No sirve sino para la materia, el crimen y el Infierno. Muy raras veces el hombre lo emplea para el Bien.

–                     ¿Entonces si no es dinero, que cosa es?

–                     Tres discípulos educados por un santo.

–                     ¡Has estado con el bautista!, ¡Oh! Pero, ¿Por qué?

–                     Porque vosotros siempre me tenéis y entre todos, valéis menos que una sola uña del Profeta. ¿No era justo que llevase al santo de Israel, la bendición de Dios; para darle fuerzas para el martirio?

Judas exclama:

–                     Pero si es un santo, no tiene necesidad de fuerzas. ¡Lo hace por sí mismo!

Jesús lo mira detenidamente, antes de responder:

–                     Llegará un día en que mis santos serán llevados ante los jueces y a la muerte. Serán santos. Estarán en gracia de Dios. Estarán fortalecidos con la Fe, Esperanza y caridad. Y con todo… ¡Ya oigo el grito de su corazón!: ‘¡Señor, ayúdanos en esta hora!… Sólo con mi ayuda, mis santos serán fuertes en las persecuciones.

Bartolomé dice:

–                     Pero no seremos nosotros, ¿No es verdad? Porque yo no tengo realmente la capacidad para sufrir.

–                     Es verdad. No la tienes Bartolomé; porque todavía no estás bautizado.

–                     Sí que lo he sido.

–                     Con el agua. Pero te falta todavía otro bautismo. Entonces sabrás sufrir.

–                     Ya estoy viejo.

–                     Y cuando seas viejísimo; serás más fuerte que un joven.

–                     Pero nos ayudarás siempre, ¿Verdad?

–                     Estaré siempre con vosotros.

–                     Trataré de acostumbrarme al sufrimiento. –concluye Bartolomé.

Mateo dice:

–                     Yo debo sufrir y espero haber lavado con mucho trabajo mi espíritu.

Juan suspira y agrega:

–                     Y yo… no sé. Querría morir pero no verte sufrir. Querría estar a tu lado para consolarte en la agonía. Querría vivir por mucho tiempo, para servirte por largos años. Querría morir contigo para entrar contigo en el Cielo. Querría todo porque te amo y pienso que yo; el menor entre mis hermanos; podré todo esto si sé amarte perfectamente. JESÚS AUMENTA TU AMOR.

Judas corrige:

–                     Querrás decir, aumenta mi amor. Porque somos nosotros quienes debemos amar siempre más.

Jesús atrae hacia Sí al apasionado y puro Juan. Y lo besa en la frente diciendo:

–                     Has revelado un misterio de Dios sobre la santificación de los corazones. Dios se derrama sobre los justos. Y cuanto más ellos se rinden a su amor, tanto más Él lo aumenta y crece la santidad. No es equivocación, sino una sabia palabra el pedir que Él aumente su amor en el corazón de uno.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

33.- ANATEMA


Después de la Fiesta de las Encenias en Bethania, Jesús regresa con sus discípulos. El día está lluvioso y todo está desierto en Aguas Hermosas. Llama a Judas de Keriot y lo envía al poblado, para comprar lo más necesario.

Luego se le acerca Andrés, que siempre tímido le dice en voz baja:

–                     ¿Quieres escucharme, Maestro?

–                     Sí. Ven conmigo adelante.

Y alarga el paso seguido por su discípulo, separándose unos metros de los demás.

Andrés dice afligido:

–                     ¡Ya no está la mujer Maestro! Le pegaron y huyó. Estaba herida y manaba sangre. El administrador la vio. Me adelanté diciendo que iba a ver si no había asechanzas, pero era porque quería ir a donde ella estaba. ¡Tenía tantas esperanzas de traerla a la Luz! ¡He orado mucho por ella en estos días!… ¡Ahora ha huido! Se perderá. Si supiera en donde está, la iría a buscar. No lo diría a los demás, pero a Ti sí. Porque me entiendes. Sabes que no hay pasión alguna, sino tan sólo el deseo, ¡Oh, tan grande que parece un tormento! De salvar a una hermana…

Jesús contesta:

–                     Lo sé, Andrés y te digo: aun cuando las cosas se han presentado así, tu deseo se cumplirá. Jamás la plegaria que se hace por ese motivo, se pierde. Dios la escucha y ella se salvará.

–                     Tú lo dices y mi dolor se dulcifica.

–                     ¿No querrías saber otra cosa de ella? ¿No te interesa ser quien me la traiga? ¿No me preguntas cómo sucederá?…

Jesús sonríe dulcemente con un esplendor de luz en sus pupilas que miran al apóstol que va caminando a su lado. Una de esas sonrisas y esas miradas cautivadoras con las que conquista los corazones.

Andrés, con sus dulces ojos castaños lo mira y dice:

–                                         Me basta con saber que vendrá a Ti. Que sea otro o yo, no me importa. ¿Cómo sucederá? Tú lo sabes y yo no tengo necesidad de saberlo. Tengo tu promesa y me siento feliz.

Jesús le pasa un brazo por la espalda y lo atrae hacia Sí, dándole un abrazo afectuoso y diciendo:

–                     Éste es el don del verdadero apóstol. Me decías que el administrador la vio. Cuéntame…

–                     Tres días después de que nos fuimos, vinieron unos fariseos a buscarte. Como no te encontraron dieron vueltas por el poblado y por las casas de la campiña. Entraron a la fonda, arrojando con soberbia a los que estaban ahí; porque decían que no querían estar en contacto con extranjeros desconocidos que pudieran contaminarlos y aún profanarlos.

Todos los días iban a la casa y un día vieron a la pobrecita, que también había ido esperando encontrarte. La hicieron huir. La siguieron hasta su refugio en los establos del administrador. No le pegaron porque él intervino con sus hijos armados con garrotes, pero por la tarde cuando salió, regresaron y habían otros con ellos. Y cuando estaba en el pozo la apedrearon; llamándola prostituta y exponiéndola al oprobio del pueblo.

Y cómo huyese maltratada. La alcanzaron, le quitaron el velo y el manto para que todos la viesen y otra vez la golpearon.

Se impusieron con su autoridad sobre el sinagogo y te culparon a Ti, que la habías traído al país. Pero como él no quiso hacerlo, ahora está a la espera del Anatema del Sanedrín.

El administrador la arrancó de las manos de esos bribones y la ayudó. Por la noche se fue dejando un brazalete y escrito sobre un pedazo de pergamino: ‘Gracias. Ruega por mí.’ El administrador dice que es joven y hermosísima.

Aunque estaba muy pálida y delgada. La buscó por los campos porque estaba muy herida. Pero no la encontró. Y no sabe cómo pudo irse tan lejos. Tal vez se murió en algún sitio y no se salvó…

–                                         No.

–                                         ¿No? ¿No ha muerto? ¿No se ha perdido?

–                                         La voluntad de redimirse es ya una absolución. Aun cuando hubiese muerto, sería perdonada porque ha buscado la Verdad y puesto el error bajo sus pies. Empieza a subir por la pendiente del Monte de la Redención.

La veo… inclinada bajo su llanto de arrepentimiento. El llanto la hace siempre más fuerte y su peso disminuye. La veo. Se dirige al encuentro del Dios-Sol. Va subiendo… ayudada con tus oraciones.

Andrés está tan impactado de poder ayudar a un alma en su santificación, que casi no puede creerlo. Le parece una gracia tanmaravillosa, que lo que considera sus pequeñas oraciones, ahora Dios le muestre lo que está haciendo en las palabras de su Maestro…

–                     ¡Oh, Señor!… –Y mira a Jesús casi espantado.

Jesús sonríe mucho más dulce.

–                     Será necesario abrir los brazos y el corazón al sinagogo perseguido e ir a bendecir al buen administrador. Vamos con tus compañeros a decírselo.

Regresan para unirse a los discípulos que se habían detenido aparte, comprendiendo que Andrés tenía cosas confidenciales que comunicar al Maestro.

Y mientras tanto ven que Judas se acerca a la carrera. Con su manto que flota al viento, parece una mariposa que atraviesa por un jardín y con los brazos abiertos hace toda clase de señales.

Pedro pregunta:

–                     ¿Qué le pasa? ¿Se ha vuelto loco?

Antes de que nadie pueda responder, llega Judas jadeante y gritando:

–                     ¡Espera, Maestro!… ¡Escúchame antes de ir a la casa! ¡Hay asechanzas! ¡Oh, qué villanos! ¡Oh, Maestro! ¡No se puede ir allá! En la población están los fariseos y todos los días van a la casa. Te están esperando para hacerte daño. Despiden a los que van a buscarte. Los espantan con anatemas horrendos.

¿Qué quieres hacer? Aquí te perseguirán y tu obra resultaría en vano… Uno de ellos me vio y me atacó. Un viejo feo, narigón que me conoce porque es uno de los escribas del Templo. Me atacó aferrándose a mí con sus garras. Y me insultó con su voz de gavilán y me rasguñó. ¡Mira!… (En la muñeca y en la mejilla trae las señales de las uñas) No le hice nada. Pero cuando babeó sobre Ti, lo tomé por el cuello…

Jesús grita:

–                     ¡Pero Judas!

–                     No, Maestro. No lo estrangulé. Tan solo le impedí que blasfemase contra Ti. Y luego lo dejé que se fuera. Ahora está allí, muriéndose de miedo por el percance que se encontró. Vámonos de aquí, te lo ruego. Por otra parte, con ellos acá, nadie podrá venir a verte…

Todos exclaman al mismo tiempo:

–                     ¡Maestro!

–                     ¡Es un horror!

–                     Judas tiene razón.

–                     ¡Son como hienas al acecho!

–                     Fuego del Cielo que bajaste sobre Sodoma, ¡Por qué no vuelves a bajar?

Bartolomé dice:

–                     En realidad has estado valiente muchacho.

Pedro dice:

–                     Es una mala suerte que no hubiese estado yo también. Te habría ayudado.

Judas contesta:

–                     ¡Oh, Pedro! Si hubieses estado también tú, ese viejo gavilán hubiese perdido para siempre las plumas y la voz.

–                     ¿Pero cómo hiciste para… para no darle un hermoso fin?

–                     ¡Ah! ¡Un rayo de luz atravesó mi mente! Una idea que salió quién sabe de qué parte profunda del corazón: ‘El Maestro condena la violencia.’… y me contuve. Experimenté un choque más profundo que el que recibí cuando di contra el muro, sobre el que me había arrojado el escriba cuando me atacó. Sentí los nervios como despedazados… en tal forma que no tenía más fuerzas. ¡Qué fatiga es vencerse!…

–                     ¡Eres un muchacho valiente! ¿Verdad, Maestro? ¿No das tu parecer?…

Pedro está feliz por lo que hizo Judas, que no comprende porqué Jesús haya pasado del estado luminoso que tenía antes en su rostro, a una actitud tan severa, que le brota a los ojos y le aprieta la boca que parece hacerse más pequeña.

La abre para decir:

–                     Yo digo que estoy más disgustado de vuestro modo de pensar, que de la conducta de los judíos. Ellos, desgraciados; se encuentran en las tinieblas. Vosotros que estáis en la Luz, sois duros, vengativos, murmuradores, violentos, aprobadores de un acto brutal como ellos. Os digo que me dais la prueba de ser los mismos que erais cuando me visteis por primera vez. Y esto me duele.

En cuanto a los fariseos, sabed que el Mesías no huye. Voy a hacerles frente. No soy un cobarde. Cuando hable con ellos y no los haya persuadido me retiraré. No se debe decir que no haya recurrido a todos los medios para atraerlos a Mí. También ellos son hijos de Abraham. Cumplo con mi deber hasta el fin. Su condenación la pronunciará su mala voluntad y no el que los haya descuidado.

Y Jesús va hacia la casa que se ve con su techo bajo, más allá de una hilera de árboles sin hojas. Los apóstoles lo siguen con la cabeza baja, hablando entre sí. Cuando llegan a la casa entran a la cocina en silencio y se ponen a preparar lo necesario. Jesús está absorto en sus pensamientos.

Están a punto de comer cuando un grupo de personas aparece en la puerta.

Judas dice en voz baja:

–                     Helos aquí.

Jesús, rápido se ha levantado y se dirige hacia ellos. Es tan imponente que el grupillo retrocede por un instante.

Pero el saludo de Jesús les da seguridad:

–                     La paz sea con vosotros, ¿Qué queréis?

Se envalentonan y le intiman con arrogancia:

–                     En Nombre de la Santa Ley, te ordenamos que abandones este lugar, Tú turbador de las conciencias. Violador de la Ley. Corruptor de las tranquilas ciudades de Judá. ¿No temes al castigo del Cielo? Tú, mono imitador del justo que bautiza en el Jordán. Tú que proteges a las prostitutas lárgate de la tierra santa de Judá. Que tu aliento no llegue hasta aquí, a la ciudad santa.

Jesús contesta humildemente:

–                     No hago ningún mal. Enseño como Rabí. Curo como taumaturgo. Arrojo a los demonios como exorcista. Éstas categorías también existen en Judá. Y Dios que las quiere, hace que las respetéis y las veneréis. No exijo veneración. Sólo quiero que me dejéis hacer el bien a los que están enfermos en el cuerpo, en la mente o en el espíritu. ¿Por qué me lo prohibís?

–                     Eres un poseído. ¡Lárgate!

–                     El insulto no es una respuesta. Os pido que no me prohibáis lo que a otros permitís.

–                     ¡Lárgate! ¡Porque eres un poseído! Arrojas a los demonios y haces milagros con ayuda de ellos.

–                     ¿Y vuestros exorcistas entonces?… ¿Con la ayuda de quién lo hacen?

–                     Con su vida santa. Tú eres un pecador. Y para aumentar tu poder te sirves de  las pecadoras. Porque con esta clase de uniones aumenta su fuerza la posesión demoníaca. Nuestra santidad ha purificado la zona de tu cómplice; pero no permitimos que te quedes aquí, para que no atraigas a otras mujeres.

Pedro que se ha acercado al Maestro en actitud no muy conciliadora, pregunta:

–                     ¿Pero esta casa es vuestra?

–                     No es casa nuestra. Pero todo Judá y todo Israel está en manos de los santos, de los puros de Israel.

Judas también se ha acercado, dice con una risa sarcástica:

–           ¿Lo sois vosotros? ¿Dónde está el otro amigo vuestro? ¿Todavía está temblando? ¡Desvergonzados! ¡Largaos de aquí! Y al punto. De otro modo haré que os arrepintáis de…

Jesús interviene:

–                     ¡Silencio, Judas! Y tú Pedro, regresa a tu lugar. Oíd escribas y fariseos: por vuestro bien, por piedad de vuestra alma, os ruego que no combatáis al Verbo de Dios. Venid a Mí. No os odio. Comprendo vuestra mentalidad y la compadezco. Pero os ruego que no combatáis al Verbo de Dios. Venid a Mí. No os odio. Pero os ruego que tengáis una nueva mentalidad santa, capaz de santificarse y de que os dé el Cielo. ¿Creéis que he venido para pelear contra vosotros?

¡Oh, no! He venido para salvaros. Os amo. Os pido amor y comprensión. Precisamente porque sois los más santos en Israel, debéis comprender más que todos la Verdad. Sed alma y no cuerpo. ¿Queréis que os lo pida de rodillas? Lo hago. Os pido en cambio vuestra alma que pondría bajo mis pies para adquirirla para el Cielo. Seguramente que el Padre no tomará como error mío, mi humillación. ¡Decidme la palabra que espero!

Y Jesús está ante ellos en actitud tan implorante, con sus manos extendidas hacia adelante en una rendición completa.

Pero los miembros del Sanedrín se niegan al amoroso ruego y su soberbia se esponja como la cola de un pavo real…

Y sentencian implacables:

–                     ¡Maldición!

–                     Es lo que decimos.

Jesús baja los brazos con una tristeza muy evidente y dice:

–                     Está bien. Está dicho. Idos. También Yo me iré.

Y Jesús les da la espalda y regresa a su lugar.  Dobla su cabeza sobre la mesa y llora.

Bartolomé cierra la puerta, para que ninguno de los que lo han insultado y que se retiran con amenazas y blasfemias, vean ese llanto.

Sigue un largo silencio.

Luego Santiago de Alfeo acaricia la cabeza de Jesús y le dice:

–                     No llores. Nosotros te amamos. Y también en su lugar.

Jesús levanta su rostro y dice:

–                     No lloro por Mí. Lloro por ellos, que se matan a sí mismos, sordos a toda llamada. 

Santiago de Zebedeo pregunta:

–                     ¿Qué vamos a hacer, Señor?

Jesús contesta:

–                     Iremos a Galilea. Partiremos mañana por la mañana.

–                     ¿Hoy no, Señor?

–                     No. Debo saludar a los buenos del lugar. ¿Vendréis conmigo?

Todos se unen a su alrededor y le profesan su amor y su adhesión. Luego van a la casa del administrador.

Después de los saludos mutuos, Jesús le agradece lo que hizo.

El hombre dice:

–           Señor. No he cumplido más que mi deber para con Dios, con mi amo y la sinceridad de mi conciencia. Durante el tiempo que estuvo esta mujer la cuidé porque era mi huésped y siempre vi que era una mujer honesta. Puede ser que haya sido pecadora. Ahora no lo es. ¿Por qué debo meterme en el pasado sobre el que ella ha puesto una cerradura, para anularlo? Tengo hijos jóvenes y que no son feos. Jamás enseñó su cara que es verdaderamente hermosísima. Ni se le oyó hablar.

Puedo decir que oí su voz argentina, cuando gritó al ser herida. Cuando pedía algo, era poca cosa. Me lo pedía a mí o a mi mujer. Y lo decía detrás del velo y tan quedito, que casi no se le entendía. Mira qué prudente fue, cuando temió que su presencia podía causar daño se fue. Le había prometido ayuda y defensa, pero no la aceptó. De este modo no se comportan las mujeres perdidas. Rogaré por ella como me lo pidió, sin tener necesidad de este recuerdo. Tenlo, Señor. Haz alguna limosna con el brazalete y que sea para su bien. Ciertamente esto le producirá paz.

El administrador habla respetuoso a Jesús, que toma el brazalete de oro y lo entrega a Pedro, diciendo:

–                     Para los pobres. –Luego se dirige al administrador- No todos en Israel tienen tu rectitud. Eres sabio porque distingues el bien y el mal. Y sigues el bien sin valuar la utilidad humana al hacerlo. Te bendigo en Nombre del Eterno Padre y también a tu familia y a tu casa. Conservaos siempre en esta disposición de espíritu y el Señor estará siempre con vosotros. Ahora me voy. Pero regresaré y podréis venir siempre a Mí. Dios os dé su paz por lo que hiciste por Mí y por esa pobre criatura.

El administrador, su esposa y sus hijos se arrodillan y besan los pies de Jesús, que después de un último ademán de bendición, se aleja junto con los discípulos en dirección al poblado.

Felipe pregunta:

–                     ¿Y si todavía están allí esos sinvergüenzas?

Tadeo responde:

–                     A nadie se le puede prohibir hablar por las calles de la tierra.

–                     No. Pero para ellos somos anatema.

–                     ¡Oh! ¡Déjalos! ¿Te preocupa algo?

Pedro rezonga:

–                     Lo único que me preocupa es que el maestro rechaza la violencia. Y ellos lo saben y se aprovechan de ello. 

Y Jesús que ha estado hablando con Simón y Judas de Keriot, lo oye. Medio severo y sonriente, se vuelve y le dice:

–           ¿Crees que vencería usando la violencia? Esto es un pobre sistema humano que sirve por un tiempo, para victorias de los hombres. ¿Cuánto tiempo dura el atropello? Hasta que no produzca en los atropellados reacciones que al unirse engendren una violencia mayor, que abate el atropello que existía antes. No quiero un reino temporal. Quiero un Reino Eterno: el Reino de los Cielos. ¿Cuantas veces os lo he dicho? ¿Cuántas os lo deberé decir? ¿No lo entenderéis jamás? Sí. Vendrá el momento cuando lo entenderéis.

Pedro dice:

–                     ¿Cuándo, Señor mío? Tengo prisa en entender para ser menos ignorante.

–                     ¿Cuándo? Cuando seréis machacados como el grano entre las piedras del dolor y el arrepentimiento. Deberíais entender antes. Pero para entender esto deberéis despedazar vuestra humanidad y dejar libre al espíritu. Y no sabéis usar esta fuerza sobre vosotros mismos. Pero entenderéis. Entenderéis…  Y entonces también comprenderéis, que no podéis usar la violencia, ni ningún medio humano para establecer el Reino de los Cielos: el Reino del Espíritu. Pero mientras tanto no tengáis miedo. Esos hombres que os preocupan no os harán nada. A ellos  les basta el haberme arrojado.

Tomás pregunta:

–                     ¿No era más fácil mandar un recado al sinagogo para que viniese a la casa del administrador o que nos esperase en el camino principal?

–                     ¡Oh! ¡Qué prudente estás hoy, Tomás mío! Era más fácil pero no sería justo. Él ha demostrado heroísmo por Mí y se le injurió en su hogar por causa mía. Es justo que Yo vaya a consolarlo a su casa.

Tomás levanta los hombros y no dice más.

Llegan a la casa del sinagogo. Una anciana en cuya cara hay rastros de llanto, abre y al ver a Jesús se alegra y se postra bendiciéndolo.

Jesús le dice:

–                     Levántate madre. Vine a deciros adiós. ¿Dónde está tu hijo?

–                     Allí. –y señala una habitación que está en el fondo- ¿Viniste a consolarlo? Yo no soy capaz.

–                     ¿Está desconsolado? ¿Le duele el haberme defendido?

–                     No, Señor. Pero tiene un escrúpulo. Tú lo oirás. Voy a llamarlo.

–                     No. Yo voy. Esperadme todos aquí. Vamos mujer.

Jesús entra en la habitación. Se acerca despacio al hombre que está sentado. Absorto en una dolorosa meditación.

Jesús lo saluda:

–                     La paz sea contigo, Timoneo.

El hombre contesta:

–                     ¡Señor! ¡Tú!

–                     Yo. ¿Por qué estás triste?

–                     Señor, yo… Me dijeron que he pecado. Me dijeron que soy anatema. Me estoy examinando y no me parece que lo sea. Pero ellos son los santos de Israel y yo el pobre sinagogo. Ciertamente tienen razón. Ahora no me atrevo a levantar la cara ante el Rostro Airado de Dios. Y tanto que me hace falta en este momento. Le servía con verdadero amor y trataba de darlo a conocer. Ahora estoy privado de este bien porque el Sanedrín me ha maldecido.

–                     ¿Pero cuál es el dolor? ¿De no ser más el sinagogo o de estar imposibilitado de hablar de Dios?

–                     ¡Es esto, Maestro lo que me produce dolor! Pienso que me insinúas que me desagrada ya no ser el sinagogo por las utilidades y honores que trae consigo. Esto no me preocupa. No tengo más que a mi madre. Nativa de Azra, donde tengo una pequeña casa. Techo para ella y con qué viva ella lo hay. En cuanto a mí… Soy joven. Trabajaré. Pero yo he pecado y no me atreveré a hablar más de Dios.

–                     ¿Por qué has pecado?

–                     Dicen que soy cómplice de… ¡Oh, Señor!… ¡No me hagas que lo diga!…

–                     No. Ni siquiera Yo lo digo. Yo y tú conocemos sus acusaciones  y sabemos que son mentira. Por lo tanto, no has pecado. Yo te lo digo.

–                     ¿Entonces puedo otra vez levantar mi mirada al Omnipotente? ¿Te puedo?…

–                     ¿Qué cosa, hijo? –Jesús es todo dulzura mientras se inclina sobre el joven que bruscamente se ha encogido, como atemorizado.

Lo que sucede, es que ante los ojos de Timoneo, Jesús ha sufrido una transformación espiritual… A través del velo de su Carne, El Padre Celestial se está manifestando con su propia Persona, en la persona de Jesús y mira a Timoneo con infinita ternura…

Jesús continúa:

– ¿Qué cosa?… Mi Padre busca tu mirada. La quiere. Yo quiero tu corazón y tu pensamiento. Cierto que el Sanedrín lanzará su golpe contra ti. Yo te abro los brazos y te digo: VEN. ¿Quieres ser un discípulo mío? Veo en ti cuanto es necesario para ser obrero del Patrón Eterno. Ven a mi viña…

Timoneo lo mira asombrado y contesta:

–                     ¡Oh! ¿De veras lo dices, Maestro?… ¡Madre!… ¿Oyes? ¡Qué feliz soy madre mía! Yo… bendigo este dolor porque me ha proporcionado esta alegría. Celebrémoslo con una fiesta. Luego me iré con el Maestro y tú regresarás a tu casa. Vengo al punto Señor mío; que has desterrado todos mis temores, dolores y miedo que tenía de Dios.

–                     No. Esperarás la palabra del Sanedrín con corazón sereno y sin rencor. Quédate en tu lugar hasta que se te permita que sigas. Luego me alcanzarás en Nazareth o en Cafarnaúm. Adiós. La paz sea contigo y con tu mamá. Adiós  madre. ¿Estás feliz ahora?

Jesús la acaricia.

La anciana contesta:

–                     Feliz Señor. Había alimentado a un varón para el Señor. Él me lo toma para siervo de su Mesías. Sea bendito el Señor. Bendito Tú que eres su Mesías. Bendita la hora en que viniste. Bendito mi hijo que ha sido llamado a tu servicio.

–                     Bendita sea la madre santa como Anna de Elianna. La paz sea con vosotros.

Jesús sale y se va con sus discípulos. Emprenden el camino para Galilea. Llegan a un lugar muy montañoso. El camino es duro y áspero. Los más viejos se cansan mucho. Los jóvenes por su parte, van contentos alrededor de Jesús y más los de Galilea, por el regreso. Su alegría es tanta que contagia a Judas, que desde hace tiempo está en las mejores disposiciones de espíritu.

Se limita a preguntar:

–                     Maestro, para Pascua, si vienes al Templo… ¿Regresarás a Keriot? Mi madre espera siempre volver a verte. Me lo ha hecho saber. Igualmente mis paisanos…

Juan agrega:

–                     ¿Para Pascua podremos venir? Quisiera mostrar tu gruta a Santiago y a Andrés.

Judas contesta:

–                     ¿Te olvidas que Belén no nos ama? Mejor dicho, al Maestro…

–                     No. Pero iré con Santiago y Andrés.

Simón dice:

–                     Jesús podría estar en Yutta o en tu casa…

Judas aplaude como un niño:

–                     ¡Oh! ¡Eso sí me gustaría! ¿Lo harás, Maestro? Ellos van a Belén. Tú te quedas conmigo en Keriot. Sólo conmigo. Nunca has estado… y tengo tantas ganas de hospedarte…

Jesús dice:

–                     ¿Estás celoso? ¿No sabes que amo a todos de igual modo? ¿No crees que estoy con todos vosotros por igual?

–                     Sé que nos amas. Si no fuese así, serías más severo. Al menos conmigo… Creo que tu espíritu vela siempre sobre nosotros. ¿Pero somos todos más espíritu? Existe también el hombre con sus pasiones, sus deseos y sus quejas. Jesús mío; yo sé que no soy quién te tiene más contento. Pero creo que conoces cuán vivo es en mí, el deseo de agradarte y cómo me pesan las horas en que te pierdo por mi miseria…

–                     No, Judas. No me pierdes. Estoy más cerca de ti por la sencilla razón de que conozco lo que eres…

–                     ¿Qué cosa soy, Señor mío? Dímelo. Ayúdame a entender lo que soy. No me comprendo. Me parece que soy como una mujer que sufro los efectos de estar encinta. Tengo apetitos santos y perversos. ¿Por qué? ¿Qué cosa soy yo?…

Jesús lo mira con una expresión indefinible. Está triste, pero con una tristeza llena de compasión. Mucha piedad… Parece un médico que comprueba el estado del enfermo y que sabe que es una enfermedad incurable… pero no habla.

Judas insiste:

–                                         Dímelo, Maestro. Tu juicio será el menos severo de todos los que se lancen contra el pobre de Judas y luego… somos hermanos. No me importa que sepan de que estoy hecho. Al contrario. Al oírlo de Ti, corregirán su juicio. Y me ayudarán. ¿No es verdad?

Los otros están cohibidos y no saben qué decir. Miran al compañero. Miran a Jesús. Él hace que Judas ocupe el lugar que antes tenía su primo Santiago y dice:

–                                         Eres simplemente un desordenado. Tienes en ti los mejores elementos pero no bien asegurados. El soplo más débil de viento, los echa por tierra. Hace poco pasamos por aquellos desfiladeros y nos mostraron el daño que el agua, la tierra y las plantas, causaron en el poblado. Estos tres elementos son cosas útiles y benditas, ¿No es verdad? Y sin embargo allí, fueron una maldición.

¿Por qué? Porque el agua del río no tenía una ribera propia. Además por la pereza del hombre, se había formado más riberas, según su capricho. Era bello, mientras no había tempestades. Eran bellas las plantas nacidas al azar y que dejaban claros llenos de sol. Bella, la tierra suave, depositada por lejanos aluviones, en la quebrada del monte. Era como un primor de joyeles esa agua clara que regaba el monte con muchos riachuelos que el hombre gozaba porque era útil a sus campos.

Bastó que llegaran hace un mes las tempestades, para que los caprichosos senderos del río, se uniesen y se desbordasen por otro camino, arrastrando las plantas que no estaban en orden, llevándose consigo los trozos de tierra, hasta el valle. Si las aguas hubiesen estado bien reguladas… si las plantas hubiesen estado dispuestas en bosques bien ordenados… si la tierra hubiese estado sostenida con antemurales; entonces los tres elementos buenos: las plantas, el agua y la tierra, no se habrían convertido en ruina y muerte para ese poblado.

Tú tienes inteligencia, valor, educación, actividad, elegancia y muchas otras cosas. Pero están colocadas sin orden alguno y los dejas así. Mira… tienes necesidad de un trabajo paciente y constante sobre ti mismo, para poner orden. Que es también fuerza en tus cualidades; de modo que cuando ruja la tempestad de la tentación, lo bueno que existe en ti, no se convierta en mal para ti y para los demás.

Judas lo mira pasmado y dice:

–                     Tienes razón Maestro. De vez en cuando un viento me golpea  y todo se me embrolla. Y dices que podré…

–                     La voluntad lo es todo, Judas.

–                     Pero hay tentaciones tan ardientes… que se ocultan por miedo de que el mundo las pueda leer en la cara…

–                     ¡Aquí está el error! Sería el momento preciso de no ocultarse. Sino de buscar en el mundo de los buenos, su ayuda. También el contacto con los buenos calma la fiebre. Y buscar también a los criticones del mundo, porque el orgullo empuja a esconderse, para que no se lea entre nuestros espíritus tentados y esto sirve de reactivo a la debilidad moral… y no se caería.

–                     Te metiste en el desierto…

–                     Porque lo podía hacer. Pero ¡Ay! De los solos si no son en su soledad, multitud contra multitud.

–                     ¿Cómo? No entiendo.

–                     Multitud de virtudes contra multitud de tentaciones. Cuando la virtud es poca, hay que hacer lo que hace esta hiedra: aferrarse a las ramas de los árboles robustos para poder subir.

–                     Gracias maestro. Yo me aferro a Ti y a mis compañeros. Ayudadme todos. Sois mejores que yo.

Santiago de Alfeo responde:

–                     Ha sido mejor el ambiente parco y honesto en el que hemos crecido amigo. Ahora estás con nosotros y te queremos mucho. Verás… no es por criticar la Judea, pero créeme que en Galilea hay menos riquezas  y menos corrupción. Están cerca Tiberíades, Mágdala y otros lugares de recreo. Pero vivimos con nuestra alma sencilla, vulgar si quieres; pero activa, contenta, santamente con lo que da Dios.

Juan Objeta:

–                     ¿Santiago, no sabes que la mamá de Judas es una mujer santa? Se le ve la bondad en la cara.

Judas de Keriot al oír tal alabanza, le envía una sonrisa que crece cuando Jesús confirma:

–                     Dijiste bien, Juan. Es una criatura santa.

–                     ¡Eh! ¡Sí! Pero mi padre soñaba con hacerme un gran personaje en el mundo. Y muy pronto y profundamente, me arrancó de mi madre.

Pedro se acerca y pregunta:

–                                         ¿Pero de qué tema habláis que siempre hay materia? ¡Deteneos! Esperadnos. No está bien caminar así y no pensar en que yo tengo las piernas cortas.

Jesús responde:

–                                         Hablábamos de las cualidades de ser buenos…

Y se detienen en una arboleda, para descansar…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

 

CUARTO MISTERIO DE GOZO


JESÚS ES PRESENTADO EN EL TEMPLO

“Asimismo cuando llegó el día en que, de acuerdo con la Ley de Moisés, debían cumplir el rito de la Purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, tal y como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor. También ofrecieron el sacrificio que ordena la Ley del Señor: una pareja de tórtolas o dos pichones. Había entonces en Jerusalén un hombre muy piadoso y cumplidor a los ojos de Dios, llamado Simeón. Este hombre esperaba el día en que Dios atendiera a Israel y el Espíritu Santo estaba con él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no moriría antes de haber visto al Mesías del Señor.  El Espíritu también lo llevó al Templo en aquel momento.  Como los padres traían al niño Jesús para cumplir con él lo que mandaba la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios con estas palabras: ‘Ahora Señor ya puedes dejar que tu servidor muera en paz, como le has dicho. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, que has preparado y ofreces a todos los pueblos, luz que revelará a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel.’ Su padre y su madre estaban maravillados por todo lo que se decía del niño. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: ‘Mira, este niño traerá a la gente de Israel caída o resurrección. Será una señal de contradicción, mientras a ti misma una espada te atravesará el alma. Por este medio sin embargo, saldrán a la luz los pensamientos íntimos de los hombres.’ Había también una profetisa muy anciana, llamada Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Casada cuando joven, había quedado viuda después de siete años; hacía ya ochenta y cuatro años que servía a Dios día y noche con ayunos y oraciones y no se apartaba del Templo. Llegó en aquel momento y también comenzó a alabar a Dios, hablando del niño a todos los que esperaban la liberación de Jerusalén. Una vez que cumplieron todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a Galilea a su ciudad de Nazaret. El niño crecía y se desarrollaba lleno de sabiduría y la Gracia de Dios permanecía con él. (Lucas 2, 22-40)

María revela:

“ Ya están por cumplirse cuarenta días del nacimiento del pequeño Rey Jesús, y el FIAT Divino nos llama al templo para cumplir la Ley de la Presentación de mi Hijo. Era la primera vez que salía junto con mi dulce Niño.

Una vena de dolor se abrió en mi Corazón: ¡Iba a ofrecerlo como Víctima por la salvación de todos! Si el Querer Divino no me hubiera sostenido Yo habría muerto al instante de puro dolor…

Sin embargo me dio vida para empezar a formar en Mí el REINO DE LOS DOLORES DEL REINO DE SU DIVINA VOLUNTAD.

“LLEVADO DEL ESPÍRITU SANTO”  dice el Evangelio. Es el Espíritu Santo el Amigo Perfecto, el Maestro que guía, fortalece y consuela con infinita sabiduría; porque Es la Sabiduría Misma cuando se derrama sobre el alma que lo invoca y reúne las condiciones que no alejan a este Amor de la Santísima Trinidad. Dios nunca niega la efusión de su Espíritu, al alma que se lo pide y que tiene un corazón despierto por la fe, la humildad, la obediencia, la pureza, el perdón, la caridad, la generosidad y… LA ORACIÓN.

LA ORACIÓN. Esa bendita comunicación del hombre con Dios, que nos vigoriza y nos dispone a pertenecerle cada vez más.

A través de la oración le había sido revelado a Simeón, que él vería al Mesías Prometido y el Espíritu Santo le llevó al Templo, el mismo día que nosotros fuimos a cumplir con el precepto de la consagración del primogénito.

A DIOS SE LE SIRVE MÁS AMANDO QUE CUMPLIENDO FORMALIDADES.

Si los sacerdotes sumergidos en sus ritos, hubiesen tenido el corazón despierto, hubiesen visto lo que Simeón vio: al Hijo de Dios, al Mesías, al Salvador en forma de niño que le sonreía.

Simeón llevó una vida honesta y piadosa. Los largos años transcurridos hasta el momento de encontrarnos en el Templo, estuvieron llenos de trabajos y de pruebas, que no disminuyeron su fe en el Señor, ni en sus promesas. Jamás dudó y su perseverancia obtuvo la sonrisa de Dios en los labios infantiles de Jesús.

No fue preciso que Simeón hablase para conocer mi destino. El futuro de la vida de Jesús, no tenía secretos para mí.

Y aunque esto era un tormento; era a la vez felicidad; porque nuestra Misión al hacer la voluntad de Dios era: Obtener la anulación de la culpa y redimir para unir con Dios a los hijos separados.  

Aumentar la gloria del Padre y devolver al hombre la grandeza caída, devolviéndole su dignidad perdida: hijo verdadero de Dios.

También las palabras de Ana consolaron mi corazón; porque Dios da siempre con la prueba, la fortaleza para resistirla. 

Y cuando salimos del Templo, tanto José como yo sabíamos que Dios junto con sus ángeles, velaba por nuestro Niño.  

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Oración:

Amado Padre Celestial: toma nuestro corazón y con tu infinita misericordia, lávalo de nuestros pecados en la Sangre Preciosa de tu amadísimo Hijo Jesucristo. Danos un corazón nuevo y despierto, para que también nosotros podamos contemplarte. Abre nuestros oídos y nuestros ojos, para que ya no seamos más ciegos y sordos a tu Palabra. Amen

PADRE NUESTRO…

DIEZ AVE MARÍA…

GLORIA…

INVOCACIÓN DE FÁTIMA…

CANTO DE ALABANZA…