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170 EL PEQUEÑO PRÍNCIPE


170 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

La mañana siguiente es espléndida e invita realmente a dar un paseo.

Los que están en la casa de Simón Zelote, cual abejas con los primeros rayos solares, se levantan muy temprano y salen a respirar el aire puro al huerto de Lázaro, que circunda la casita hospitalaria.

Pronto se suman a ellos los que están alojados en casa de Lázaro:

Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Andrés y Santiago de Zebedeo.

El sol entra alegre por las ventanas y puertas abiertas de par en par y las habitaciones, sencillas y limpias, se llenan de luz.

Se visten de un tono oro que aviva los colores de los vestidos y hace más brillantes los de los cabellos y las pupilas.

María de Alfeo y María Salomé, la madre de Santiago y de Juan; están en la cocina, preparando el desayuno.

La Virgen María está viendo como un siervo de Lázaro, es el peluquero de Margziam.

Está arrglando sus cabellos, igualándoselos con mucha destreza y haciendo gala de su profesion…

El siervo dice:

–     Por ahora está bien así.

Luego, después del ofrecimiento a Dios de tu melena de niño, te dejaré el pelo muy cortito

Está llegando el calor y estarás mejor sin pelos que te cubran el cuello; además se te pondrán más fuertes.

Ahora están secos y quebradizos; son cabellos descuidados.

¿Ves, María?, necesitan un cuidado especial; ahora los unjo para que no se alboroten.

¿Ves, niño, que buen olor? Es el ungüento que usa Marta: contiene almendra, palma y médula seleccionadas de forma específica.

Y también una  esencia exótica.  

Y mientras manipula ña cabeññera infantil, agrega:

Es muy bueno.

Mi ama ha dicho que se conserve este tarrito para el niño. 

Ha terminado su labor y contemplando al niño, sentencia:

–     ¡Ah! ¡Eso es!…

¡Ahora pareces un pequeño príncipe!

Y le da un toque cariñoso a Margziam en una mejilla, antes de retirarse llevándose sus instrumentos de trabajo. 

Luego se despide de María y se marcha satisfecho. 

Entonces María toma de la mano a Margziam y lo lleva a bañarse,

llevando también un ajuar que perteneció a Lázaro, al que han arreglado para que sea de su medida.

Cuando el baño termina, María dice al Niño:

–     Ven para vestirte…

María le quita la toalla en que estaba casi completamente envuelto y lo cubre una prenda interior de mangas cortas.

Seguido por una túnica blanca de lino muy fino, con crespones en el cuello y en las muñecas.

Luego la sobreveste roja de lana, de amplio escote y anchas mangas.

El lino esplendoroso sobresale níveo por el escote y las mangas, del elegante ropaje rojo y opaco.  

Trabajaron muy bien los costureros de Lázaro, porque el ajuar le ha quedado perfecto,

especialmente cuando María le ciñe la cintura con la suave banda del cinturón, terminada en una borla de lana blanca y roja.

El niño está totalmente transformado y ya no parece ese pobre ser insignificante de pocos días antes. 

Yabé desapareció y Margziam se ve totalmente desconocido.

María lo acaricia con inmenso amor,

y le dice:

–    Ahora vete a jugar sin ensuciarte, mientras yo me preparo.

Y el niño sale saltando contento, a buscar a sus amigos grandes.

El primero que lo ve, es Tomás.

Que sonriendo exclama admirado:

–    Pero, ¡Qué hermoso te ves!

¡De boda! Yo ahora comparado contigo, es que desaparezco. 

El siempre alegre y regordete Tomás lo toma de la mano,

diciéndole:

–     Ven.

Vamos con las mujeres. Te estaban buscando para darte de comer.

Y lo lleva a la cocina.

Tomás con su vozarrón, hace pegar un salto a las dos Marías….

Que estaban agachadas hacia los anafres. 

Y casi gritando, dice:

–     ¡Aquí está el jovencito que estábais buscando!

Y riendo presenta al niño, que se había escondido detrás de su robusta persona.  

María de Alfeo exclama:

–     ¡Cariño!

¡Ven a que te dé un beso! ¡Mira, Salomé, qué hermoso está así!

La madre de Juan y Santiago,

confirma:

–     ¡Verdaderamente!

Ahora sólo le falta hacerse más fuerte. Me encargaré yo de ello.

Ven a que te bese también yo» 

Tomás comenta:

–     Jesús quiere confiárselo a los pastores… 

La tía María Cleofás objeta:

–     ¡Ni soñarlo!

En esto mi Jesús se equivoca.

Pero vosotros los hombres, ¿Qué podéis pretender? ¿Qué sabéis hacer?:

Discutir. Porque, dicho sea de paso, sois más bien dados a discutir…

Salomé agrega:

–    Como los chivos, que se quieren pero se dan cornadas.

Comer, hablar; tenéis mil necesidades y pretendéis del Maestro total atención a vosotros… Si no, malas caras…

María de Alfeo:

–    Los niños tienen necesidad de sus madres. ¿No es verdad?… 

Y levantado la barbilla del niño, en una dulce caricia,

le pregunta:

–      ¿Cómo te llamas?

–     Margziam.

–     ¡Vaya!

¡Bendita María mía! ¡Podía haberte puesto un nombre más fácil!  

Salomé exclama:

–     ¡Es casi como el suyo! 

–     Sí, pero el suyo es más simple.

No tiene esas tres letras en medio… Tres son demasiadas…

Judas que acaba de entrar y por la educación que como sacerdote ha recibido en el Templo…

declara:

–     Ha puesto el nombre de significado exacto…

Según la genuina lengua antigua.  

Salomé mueve la cabeza y dice:

–     Bueno bien, pero…

Es difícil; yo quito una letra y digo Marziam.   

María de Alfeo, dice dubitativa:

–     Es más fácil.

Y no creo que se vaya a hundir el mundo por eso. ¿Verdad, Simón?

Pedro, que pasa en ese momento por delante de la ventana hablando con Juan de Endor,

se asoma y pregunta:

–     ¿Qué quieres?

–     Decía que pienso llamar Marziam al niño, porque es más fácil.

–     Tienes razón, mujer.

Si la Madre me lo permite yo también lo llamaré Marziam. Pero…  

Pedro, como si mirara por primera vez al niño y no lo reconociera…

Exclama admirado:

–    ¡Estás perfectamente así!…

¡Yo también! ¿Eh?!… ¡Observad!  

Pedro da una vuelta sobre sí mismo, mostrándose.

Y en efecto está bien cepillado, tiene afeitados los carrillos, arreglados y ungidos pelo y barba, el vestido sin arrugas.

¿Y las sandalias?:

Las ha limpiado tanto y les ha sacado tanto brillo, que parecen nuevas.

Las mujeres lo admiran y él ríe contento.

El niño, que ha terminado ya de comer, sale para ir con su gran amigo, al que llama siempre “padre”.

Viene Jesús de la casa de Lázaro.

El niño corre a su encuentro…

Y Jesús le dice:

–     La paz entre nosotros, Margziam.

Démonos el beso de la paz.

El niño saluda también a Lázaro, que acompaña a Jesús…

Y recibe una caricia y un dulce.

Todos se reúnen en torno a Jesús.

También María, que lleva ahora una túnica de lino color turquesa y un manto más oscuro de elegantes pliegues.

Viene sonriendo hacia su Hijo.

Jesús dice:

–     Entonces, podemos empezar a marcharnos.

Tú-Simón, con mi Madre y el niño, si es que estás empeñado todavía en comprar, aunque ya Lázaro haya resuelto el problema.

pedro contesta:   

–     ¡Ciertamente!

Además… podré decir que una vez pude caminar al lado de tu Madre, lo cual es un gran honor.

–     Pues ve.

Tú, Simón, me acompañarás a hacer una visita a tus amigos leprosos…

–     ¡Sí, Maestro!

Entonces, si me lo permites, me adelanto, corriendo, para reunirlos…

Me verás allí; total… ya sabes dónde están…

–     De acuerdo. Ve.

Los demás, haced lo que os parezca más conveniente.

Disponed libremente lo que queráis hacer todos hasta el miércoles por la mañana

A la hora tercia los espero ante la Puerta Dorada.

Juan dice:

–     Yo voy contigo, Maestro.

Santiago de Zebedeo agrega:

–     Yo también. 

Los dos primos:

–     Y también nosotros. 

Y Mateo y Andrés al unísono:

–     Yo también.  

Pedro exclama con incertidumbre:

–     ¿Y yo?

También quisiera ir contigo… pero, si voy a hacer las compras, no puedo…   

Jesús dice:

–     Hay una solución.

Primero vamos a ver a los leprosos. Entretanto, mi Madre va con el niño a una casa amiga de Ofel.

Luego la alcanzamos y vas con Ella, mientras Yo y los demás vamos a casa de Juana.

Luego nos reunimos en Getsemaní para comer y al atardecer, volvemos aquí.  

Judas de Keriot dice:

–     Yo, con tu permiso, voy a donde unos amigos… 

–     Pero si ya he dicho que hagáis lo que creáis más conveniente. 

Tomás declara:

–     Entonces yo voy a ver a la familia.

Quizás ha vuelto ya mi padre. Si es así, te lo traigo.  

Bartolomé invita:

–     ¿Qué te parece, Felipe, si nosotros dos vamos a ver a Samuel?

–     Me parece bien.  

Jesús se vuelve hacia Juan de Endor,

preguntando:

–     ¿Y tú, Juan? 

¿Prefieres quedarte aquí a ordenar tus libros o venir conmigo?

El hombre de Endor contesta:

–     Verdaderamente preferiría ir contigo…

Los libros… ahora ya me gustan menos. Prefiero leerte a Tí, Libro Viviente.

–     Pues ven.

Adiós, Lázaro, hasta… 

Lázaro lo interrumpe;

–     No, no; también voy yo.

Las piernas están un poco mejor. Después de los leprosos te dejo y voy a Getsemaní a esperarte.

–     Vamos.

La paz a vosotras, mujeres.

Hasta las cercanías de Jerusalén van todos juntos.

Luego se separan:

Judas se va por su cuenta, entra en la ciudad por la Puerta que está hacia la Torre Antonia.

Tomás, Felipe y Natanael, con María y el niño, caminan todavía con Jesús y los otros compañeros,

para luego entrar en la ciudad por la parte del suburbio de Ofel.