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135 EL SERMÓN DEL MONTE


135 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús está dando instrucciones a los apóstoles.

Designando a cada uno un lugar para que dirijan y controlen a la multitud que desde las primeras horas de la mañana está subiendo al monte, llevando enfermos en brazos o en andas. 

Otros se mueven a duras penas con muletas.

Entre la gente están Esteban y Hermas. (discípulos de Gamaliel)

Hay un aire suave y frío.

De todas formas, el sol templa pronto este cortante aire de montaña que, si por una parte suaviza el ardor del astro, por otra saca partido de éste, adquiriendo una pureza fresca moderada.

La gente se sienta en las piedras, más o menos voluminosas, que están diseminadas por el vallecillo que separa las dos cimas.

Otros esperan a que el sol seque la hierba cubierta de rocío para sentarse en el suelo.

Hay mucha gente, de todas las regiones de Palestina, de todas las condiciones.

Los apóstoles se confunden entre la muchedumbre; pero, cual abejas que van y vienen de los prados al panal, cada cierto tiempo vuelven donde el Maestro,

para comunicar alguna cosa, para preguntar, o por la satisfacción de que el Maestro los mire de cerca.

Jesús sube un poco más alto que el prado, que es el fondo de la hondonada, se arrima a la pared rocosa.

Y empieza a hablar

–     Muchos, durante todo un año de predicación, me han planteado esta cuestión:

“Tú, que te dices el Hijo de Dios, explícanos lo que es el Cielo, lo que es el Reino, lo que es Dios, pues nuestras ideas al respecto son confusas.

Sabemos que existe el Cielo, con Dios y los ángeles; pero nadie ha venido jamás a referirnos cómo es, pues está cerrado para los justos”.

Me han preguntado también qué es el Reino y qué es Dios. Yo me he esforzado en explicároslo, no porque me resultara difícil explicarlo; sino porque es difícil, por un conjunto de factores, haceros aceptar una verdad que por lo que se refiere al Reino,

choca contra todo un edificio de ideas configuradas a través de los siglos.

Una verdad que, por lo que se refiere a Dios, se topa con la sublimidad de su Naturaleza.

Otros me han dicho: “De acuerdo, esto es el Reino y esto es Dios, pero ¿Cómo se conquistan?”.

Y he tratado de explicaros, sin dar muestra de cansancio, cuál es la verdadera alma de la Ley del Sinaí; quien hace suya esa alma hace suyo el Cielo.

Pero, para explicaros la Ley del Sinaí es necesario hacer llegar a vuestros oídos el potente trueno del Legislador y de su Profeta,

los cuales, si bien es cierto que prometen bendiciones a los que observen aquélla, anuncian, amenazadores, tremendas penas y maldiciones a los desobedientes.

La epifanía del Sinaí fue tremenda; su carácter terrible se refleja en toda la Ley, halla eco en los siglos, se refleja en todas las almas.

Mas Dios no es sólo Legislador, Dios es Padre, y además Padre de inmensa bondad.

Quizás – y sin quizás – vuestras almas, debilitadas por el pecado original, por las pasiones, los pecados y los muchos egoísmos vuestros y ajenos – los ajenos irritan vuestra alma, los propios la cierran .

No pueden elevarse a contemplar las infinitas perfecciones de Dios …

Y menos que todas la bondad, porque ésta es la virtud que con el amor, es menos propiedad de los mortales.

¡La bondad…Oh, qué dulce es ser buenos, sin odio ni envidias ni soberbias!

Tener ojos que sólo miren animados por el amor, y manos que se extiendan para gesto de amor, y labios que no profieran sino palabras de amor.

¡Y corazón – sobretodo corazón – que henchido sólo de amor, haga que los ojos y las manos y los labios se esfuercen en actos de amor!

Los más doctos de entre vosotros saben con qué dones Dios había enriquecido a Adán, para él y sus descendientes.

Hasta los menos instruidos de entre los hijos de Israel saben que tenemos un espíritu…

Sólo los pobres paganos ignoran la existencia de este huésped regio, soplo vital, luz celeste que santifica y vivifica nuestro cuerpo.

Ahora bien, los más doctos saben qué dones habían sido otorgados al hombre, a su espíritu.

No fue menos magnánimo con el espíritu que con la carne y la sangre de la criatura creada por Él con un poco de barro y su aliento.

De la misma forma que otorgó los dones naturales de belleza e integridad, inteligencia y voluntad, capacidad de amarse y de amar.

Otorgó los dones morales, sujetando el apetito a la razón, siendo así que en la libertad y dominio de sí y de la propia voluntad con que Dios había favorecido a Adán,

no se introducía la maligna tiranía de los sentidos y pasiones: libre era el amarse y el desear y el gozar en justicia. 

Sin eso que os esclaviza haciéndoos sentir el aguijón del veneno que Satanás esparció y que se extravasa, que os esclaviza sacándoos del límpido álveo.  

Para llevaros a cenagosos campos, a pantanos en putrefacción, donde fermentan las fiebres de los sentidos carnales y morales.

Pues habéis de saber que es sensualidad incluso la concupiscencia del pensamiento.

Recibieron también dones sobrenaturales: la Gracia santificante, el destino superior, la visión de Dios.

La Gracia santificante es la vida del alma, es cosa espiritualísima depositada en la espiritual alma nuestra.

Nos hace hijos de Dios porque nos preserva de la muerte del pecado.

Y quien no está muerto “vive” en la casa del Padre, o sea, el Paraíso; en mi Reino, es decir, el Cielo.

¿Qué es esta Gracia que santifica, que da Vida y Reino?

¡No uséis muchas palabras… la Gracia es amor!

La Gracia es, pues, Dios.

Es Dios, que, mirándose embelesado a Sí mismo en la criatura creada perfecta, se ama, se contempla, se desea, se da a Sí mismo lo que es suyo,

para multiplicar esta riqueza suya, para gozarse de esta multiplicación, para amarse en razón de todos los que son otros Él-mismo.

¡Oh, hijos, no despojéis a Dios de este derecho suyo, no le robéis esta riqueza, no defraudéis este deseo de Dios!

Pensad que actúa por amor. Aunque vosotros no existierais, Él sería en cualquier caso el Infinito, su poder no se vería disminuido.

Mas Él, a pesar de ser completo en su medida infinita, inconmensurable,  quiere, no para sí y en sí – no podría porque ya es el Infinito – sino para la Creación, criatura suya,

aumentar el amor en la proporción de todas las criaturas contenidas en ella.   

Y es así que os da la Gracia: el Amor, para que vosotros, en vosotros, lo llevéis a la perfección de los santos.

Y vertáis este tesoro – sacado del tesoro que Dios os ha otorgado con su Gracia.

Y aumentado con todas vuestras obras santas, con toda vuestra vida heroica de santos – en el Océano infinito donde Dios está:

En el Cielo.

¡Divinas, divinas cisternas del Amor!…

¡Oh, vosotras sois, y no conocerá la muerte vuestro ser, porque sois eternas como Dios, siendo así que sois dioses! ( María Valtorta añade las referencias a: Salmo 82 (Vulgata 81), 6; Romanos 8, 16; 2 Pedro 1, 4)

¡Vosotras seréis, y no se pondrá término a vuestro ser, porque sois inmortales como los espíritus santos que os han supernutrido volviendo a vosotras enriquecidos con los propios méritos:

vivís y nutrís, vivís y enriquecéis, vivís y formáis esa santísima cosa que es la Comunión de los espíritus, desde Dios, Espíritu perfectísimo, hasta el niño recién nacido que por primera vez mama del materno seno!

No me critiquéis en vuestro corazón, vosotros los doctos!

No digáis: “Está fuera de sí, habla como un desquiciado cuando dice que la Gracia está en nosotros, siendo así que por la Culpa estamos privados de ella;

miente al decir que ya somos uno con Dios”. Sí, la Culpa existe, como también existe la separación.

Pero, ante el poder del Redentor, la Culpa, cruel separación entre el Padre y los hijos, caerá cual muralla sacudida por el nuevo Sansón;

ya la he aferrado, ya la remuevo violentamente, ya se muestra endeble…

Ya tiembla de ira Satanás.

Y de impotencia, al no poder nada contra mi poder; al sentirse arrebatar tantas presas y hacérsele más difícil arrastrar al hombre al pecado.

En efecto, una vez que os haya conducido a mi Padre a través de Mí, una vez que, al empaparos mi Sangre y mi dolor, hayáis quedado purificados y fortalecidos,

la Gracia renacerá en vosotros, se despertará de nuevo, recuperará su poder, y triunfaréis, si queréis.

Dios no fuerza vuestro pensamiento, ni tampoco os fuerza a santificaros. Sois libres.

Lo que hace es daros de nuevo la fuerza, devolveros la libertad respecto al dominio de Satanás.

Os toca ahora a vosotros colocaros otra vez el yugo infernal o ponerle a vuestra alma alas angélicas.

Ttodo depende ahora de vosotros, conmigo como hermano para guiaros y alimentaros con alimento inmortal.

Decís: “¿Cómo se conquista a Dios y su Reino por un camino más dulce que no el severo camino del Sinaí?”.

No hay otro camino, ése es; mirémoslo, no obstante, no a través del color de la amenaza sino del del amor.

No digamos: “¡Ay de mí si no hago tal cosa!”, temblorosos esperando pecar, esperando no ser capaces de no pecar; digamos, por el contrario:

“¡Bienaventurado seré si hago tal cosa!”. 

 Y con arrebato de sobrenatural alegría, gozosos,

lancémonos hacia estas bienaventuranzas nacidas de la observancia de la Ley. cual corolas de rosa de una mata de espinas.

Digamos:

“¡Bienaventurado seré si soy pobre de espíritu, porque será mío el Reino de los Cielos!

¡Bienaventurado seré si soy manso, porque heredaré la Tierra!

¡Bienaventurado seré si soy capaz de llorar sin rebelarme, porque seré consolado!

¡Bienaventurado seré si tengo hambre y sed de justicia, más que de pan y vino para saciar la carne: la Justicia me saciará!

¡Bienaventurado seré si soy misericordioso, porque se usará conmigo divina misericordia!

¡Bienaventurado seré si soy puro de corazón, porque Dios se inclinará hacia mi corazón puro, y lo veré!

¡Bienaventurado seré si tengo espíritu de paz, porque Dios me llamará hijo suyo, pues en la paz está el amor y Dios es Amor amante de quien se asemeja a Él!

¡Bienaventurado seré si soy perseguido por amor a la justicia, porque Dios, Padre mío, como compensación por las persecuciones terrenas, me dará el Reino de los Cielos!

¡Bienaventurado seré si, por saber ser hijo tuyo, oh Dios, me ultrajan y acusan con mentira!

Ello no deberá hacerme sentir desolado, sino alegre, porque me pone al nivel de tus mejores siervos, al nivel de los Profetas, perseguidos por el mismo motivo;

con ellos compartiré – lo creo firmemente – la misma recompensa, grande, eterna en ese Cielo que ya es mío!”.

Veamos así el camino de la salud, a través de la alegría de los santos.