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520 El Buen Pastor


520 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

432a Con los campesinos de Yocaná, cerca de Sefori.

Los apóstoles comentan…

Bartolomé:

–           ¡Cuánta gente!

Tomás:

–           ¡Han venido todos, incluso los niños!…

Andrés:

–           El Maestro estará contento…

Tadeo exclama:

–            ¡Ah, ahí está el Maestro!

Vamos a acercarnos.

Se unen al Maestro, que camina con dificultad por el prado.

Porque va apretujado entre los muchos que le rodean.

Cuando los apóstoles logran llegar hasta Él.

Jesús pregunta:

–           ¿Judas sigue todavía ausente?

–            Sí, Maestro.

Pero si quieres lo llamamos…

–           No hace falta.

Mi Voz lo alcanza en el lugar donde esté.

Y su conciencia, libre, le habla con su propia voz.

No es necesario añadir vuestras voces…

Para forzar una voluntad.

Venid, sentémonos aquí con estos hermanos nuestros.

Y perdonad si no he podido compartir con vosotros el pan,

en un ágape de amor.

Mientras se acercan al lugar designado,

todos recuerdan al soberbio apóstol rebelde.

Pues es de sobra conocidos su desprecio y su repudio

hacia éstos ínfimos de la sociedad judía: los siervos hebreos.

La SOBERBIA es el principal signo de la posesión demoníaca perfecta y NO PUEDE reverenciar a Dios, porque Satanás lo odia y a sus instrumentos, es lo que les trasmite…

Actitud que se agudizó el año pasado, en la anterior visita

cuando verificaron el castigo, en las tierras de Doras…

Pero ahora comparten el gozo de tener la Presencia del Dios Vivo.

¡Y eso es lo único que importa!

Se sientan en círculo con Jesús en el centro.

Quien quiere alrededor de Él a todos los niños.

Los cuales, se pegan a Él mimosos y con confianza.

Una mujer grita:

–          ¡Bendícelos, Señor!

Que vean lo que nosotros anhelamos ver.

¡La libertad de amarte!

Un anciano gime:

–          Sí.

Nos quitan incluso esa libertad.

No quieren ver grabadas tus palabras en nuestro espíritu.

Ahora nos impiden vernos.

Y te prohíben a Ti venir…

¡Ya no oiremos palabras santas!

Un hombre joven, se lamenta:

–          Abandonados así, nos volveremos pecadores.

Tú nos enseñabas el perdón…

Nos dabas tanto amor, que podíamos soportar la malevolencia del patrón…

Pero ahora…

Jesús dice:

–           No lloréis.

No os dejaré sin mi palabra.

Volveré, mientras pueda…

Varios dicen:

–           No, Maestro y Señor.

–           Él es malo.

–            Y también sus amigos.

–            Podrían dañarte…

Y por causa nuestra.

–            Nosotros hacemos el sacrificio de perderte;

pero no nos des el dolor de decir:

«Por nosotros lo prendieron»».

–           Sí, sálvate, Maestro.

Jesús dice:

–            No temáis.

Se lee en Jeremías (Jeremías 36)

cómo él mismo dijo a su secretario Baruc que escribiera lo que el Señor le dictaba.

Y que fuera a leer el escrito recibido a los que estaban reunidos en la casa del Señor;

leerlo en vez del profeta, que estaba preso y no podía ir.

Así voy a hacer Yo.

Muchos y fieles Baruc tengo entre mis apóstoles y discípulos.

Ellos vendrán a deciros la palabra del Señor…

Y no perecerán vuestras almas.

Y Yo no seré prendido por causa vuestra;

porque el Dios altísimo me ocultará a sus ojos…

Hasta que llegue la hora en que el Rey de Israel deba ser mostrado a las turbas,

para que el mundo entero lo conozca.

Y no temáis tampoco perder las palabras que hay en vosotros.

También en Jeremías se lee que, aun después de que Yoyaquim, rey de Judá

– el cual esperaba destruir las palabras eternas y veraces quemando el rollo –

destruyera el volumen.

El dictado de Dios permaneció,

porque el Señor mandó al profeta:

«Toma otro volumen

y escribe en él todas las cosas que había en el volumen quemado por el rey».

Y Jeremías dio un volumen a Baruc…

Un volumen sin escritura.

Y dictó nuevamente a su secretario las palabras eternas…

Además de otras más como complemento de las primeras,

porque el Señor remedia los estropicios humanos

cuando el remedio es un bien para las almas.

Y no permite que el odio anule lo que es obra de amor.

Ahora bien, aunque a Mí,

comparándome a un volumen lleno de verdades santas, me destruyeran…

¿Creéis que el Señor os dejaría perecer sin la ayuda de otros volúmenes?

En ellos estarán mis palabras y las de mis testigos,

que narrarán lo que Yo no voy a poder decir

por estar prisionero de la Violencia y ser destruido por ella.

¿Y creéis que lo que está impreso en el libro de vuestros corazones,

podrá borrarse por el paso del tiempo sobre las palabras?

No.

El ángel del Señor os las repetirá…

Y las mantendrá frescas en vuestros espíritus deseosos de Sabiduría.

Y no sólo eso, sino que os las explicará…

Y seréis sabios en la palabra de vuestro Maestro.

Vosotros selláis el amor a Mí con el dolor.

¿Puede acaso, perecer lo que resiste incluso la persecución?

No puede perecer.

Yo os lo digo.

El don de Dios no se cancela.

El pecado es lo único que lo anula.

Pero vosotros, ciertamente no queréis pecar…

¿No es verdad, amigos míos?  Muchos contestan:

–            No, Señor.

–            Significaría perderte también en la otra vida.

–           Pero nos harán pecar.

–           Nos ha impuesto que no salgamos ya más de las tierras el Sábado…

–           Y ya no volverá a haber Pascua para nosotros.

Así que pecaremos…

Jesús afirma:

–           No.

No pecaréis vosotros.

Pecará él.

Sólo él.

Él, que hace violencia al derecho de Dios y de los hijos de Dios,

de abrazarse y amarse en dulce coloquio de amor y enseñanza en el día del Señor.

–           Pero él hace reparación con muchos ayunos y dádivas.

Nosotros no podemos…

Porque ya es demasiado poca la comida,

en proporción al esfuerzo que hacemos…

Y no tenemos qué ofrecer…

Somos pobres…

–             Ofrecéis aquello que Dios aprecia:

Vuestro corazón.

Dice Isaías (58, 3 – 7) hablando en nombre de Dios a los falsos penitentes:

«En el día de vuestro ayuno aparece vuestra voluntad y oprimís a vuestros deudores.

Ayunáis para reñir, discutir y perversamente, pelear.

Dejad de ayunar como hasta hoy, para hacer oír en las alturas vuestros clamores.

¿Es éste, acaso, el ayuno que Yo deseo?

¿Que el hombre se limite a afligir durante un día su alma,

y castigue su cuerpo y duerma sobre la ceniza?

¿Vas a llamar a esto ayuno y día grato al Señor?

El ayuno que prefiero es otro.

Rompe las cadenas del pecado, disuelve las obligaciones que abruman;

da libertad a quien está oprimido, quita todo yugo.

Comparte tu pan con quien tiene hambre, acoge a los pobres y a los peregrinos,

viste a los desnudos y no desprecies a tu prójimo»

Pero Yocaná no hace esto.

Vosotros, por el trabajo que le hacéis y que lo hace rico, sois sus acreedores.

Y os trata peor que a deudores morosos.

Alzando la voz para amenazaros y la mano para golpearos.

No es misericordioso con vosotros y os desprecia por ser siervos.

Pero el siervo es tan hombre como el patrón.

Y si tiene el deber de servir,

tiene también el derecho a recibir lo necesario para un hombre;

tanto materialmente como en el espíritu.

No se honra el Sábado, aunque se pase en la sinagoga;

si ese mismo día el que lo practica pone cadenas

y da a sus hermanos áloe como bebida.

Celebrad vuestros sábados razonando entre vosotros acerca del Señor.

Y el Señor estará en medio de vosotros…

Perdonad y el Señor os glorificará.

Yo soy el buen Pastor y tengo piedad de todas las ovejas.

Pero sin duda, amo con especial amor,

a las que han recibido golpes de los pastores ídolos,

para que se alejen de mis caminos.

Para éstas, más que para ninguna otra, he venido.

Porque el Padre mío y vuestro me ha ordenado:

«Apacienta estas ovejas destinadas al matadero,

matadas sin piedad por sus amos, que las han vendido diciendo:

`¡Nos hemos enriquecido!’,

Y de las que no han tenido compasión los pastores».

Pues bien, apacentaré el rebaño destinado al matadero,

¡Oh pobres del rebaño!

Y abandonaré a sus iniquidades a los que os afligen

y afligen al Padre, que en sus hijos sufre.

Extenderé la mano hacia los pequeños de entre los hijos de Dios

y los atraeré hacia Mí para que tengan mi gloria.

Lo promete el Señor por la boca de los profetas

que celebran mi piedad y mi poder como Pastor.

Y os lo prometo Yo directamente a vosotros que me amáis.

Cuidaré de mi Rebaño.

A quienes acusen a las ovejas buenas de enturbiar el agua

y de deteriorar los pastos por venir a Mí, les diré:

«Retiraos.

Vosotros sois los que hacéis que falte el manantial y se agoste el pasto de mis hijos.

Pero Yo los he llevado a otros pastos y los seguiré llevando.

A los pastos que sacian el espíritu.

Os dejaré a vosotros el pasto para vuestros gruesos vientres,

dejaré el manantial amargo que habéis hecho manar vosotros.

Y Yo me iré con éstos, separando las verdaderas de las falsas ovejas de Dios;

ya nada atormentará a mis corderos,

sino que exultarán eternamente en los pastos del Cielo».

¡Perseverad, hijos amados!

Tened todavía un poco de paciencia, de la misma forma que la tengo Yo.

Sed fieles, haciendo lo que os permite el patrón injusto.

Y Dios juzgará que habéis hecho todo y por todo os premiará.

No odiéis, aunque todo se conjure para enseñaros a odiar.

Tened fe en Dios.

Ya visteis que Jonás fue liberado de su padecimiento y Yabés fue conducido al amor.

Como con el anciano y el niño,

lo mismo el Señor hará con vosotros:

en esta vida, parcialmente y en la otra, totalmente.

Lo único que os puedo dar son monedas,

para hacer menos dura vuestra condición material.

Os las doy.

Dáselas, Mateo.

Que se las repartan.

Son muchas, pero en todo caso pocas para vosotros que sois tantos…

Y que estáis tan necesitados.

No tengo otras cosas…

Otras cosas materiales.

Pero tengo mi amor, mi potencia de ser Hijo del Padre,

para pedir para vosotros los infinitos tesoros sobrenaturales

como consuelo de vuestros llantos y luz de vuestras brumas.

¡Oh, triste vida que Dios puede hacer luminosa!

¡Él sólo!

¡Sólo Él!…

Y digo: «Padre, te pido por éstos.

No te pido por los felices y ricos del mundo,

sino por estos que lo único que tienen es a Ti y a Mí.

Haz que asciendan tanto en los caminos del espíritu,

que encuentren toda consolación en nuestro Amor.

Y démonos a ellos con el amor, con todo nuestro amor infinito;

para cubrir de paz, serenidad y coraje sobrenaturales,

sus jornadas, sus ocupaciones,

de forma que, como enajenados del mundo por el amor nuestro,

puedan resistir su calvario…

Y después de la muerte, tenerte a Ti, a Nosotros, beatitud infinita».

Jesús, mientras oraba, ha ido poniéndose de pie

y librándose poco a poco de los niñitos que se habían dormido sobre Él.

En su Oración, su aspecto es majestuoso y dulce.

Ahora baja de nuevo los ojos,

diciendo:

–            Me marcho.

Es la hora, para que podáis volver a vuestras casas a tiempo.

Nos veremos todavía otra vez.

Y traeré a Margziam.

Pero, cuando ya no pueda volver…

Mi Espíritu estará siempre con vosotros.

Y estos apóstoles míos os amarán como Yo os he amado.

Deposite el Señor sobre vosotros su bendición.

Poneos en camino.

Y se inclina a acariciar a los niñitos, que duermen.

Y no opone resistencia a las expresiones de afecto de esta pobre turba,

que no sabe separarse de Él…

Pero al final, cada uno se pone en camino por su parte,

de forma que los dos grupos se separan mientras la Luna desciende.

Ramas encendidas deben dar algo de luz al camino.

Y el humo acre de las ramas aún ligeramente húmedas,

es una buena justificación del brillo de los ojos…

Judas los está esperando apoyado en un tronco.

Jesús lo mira y no dice nada.

Ni siquiera cuando Judas dice:

–          «Estoy mejor».

Siguen caminando durante la noche, como mejor pueden…

Luego con el alba, más ágilmente.

A la vista de un cuadrivio,

Jesús se detiene y dice:

–           Separémonos.

Conmigo vienen Tomás, Simón Zelote y mis hermanos.

Los otros irán al lago, a esperarme.

Judas dice:

–            Gracias, Maestro…

No me atrevía a pedírtelo.

Pero Tú me lo has facilitado.

Estoy verdaderamente cansado.

Sí lo permites, me detengo en Tiberíades…

Santiago de Zebedeo no se puede contener,

agregando:

–            En casa de un amigo.

Judas abre muchísimo los ojos…

Pero se limita a esto.

Jesús se apresura a decir:

–           Me basta con que el sábado vayas a Cafarnaúm con los compañeros.

Venid para que os bese a los que me dejáis.

Y con afecto, besa a los que se marchan,

dando a cada uno de ellos un consejo en voz baja…

Ninguno expresa objeción alguna.

Sólo Pedro, ya cuando se marcha, dice:

–            Ven pronto, Maestro.

los demás apoyan:

–           Sí, ven pronto.

Y Juan termina:

–             Estará muy triste el lago sin Ti.

Jesús los bendice una vez más.

Y promete:

–            ¡Pronto!

Todos se separan y se van…

512 El Hombre-Dios


512 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

427 Bartolomé instruye a Áurea Gala.

Son tan precoces las albas estivas…

Que breve es el tiempo que media entre el ocaso de la Luna y la aparición del primer albor.

De manera que, a pesar de que hayan caminado ligeros;

la fase más oscura de la noche los sorprende todavía en las cercanías de Cesárea.

Y tampoco da suficiente luz una rama encendida de un arbusto espinoso.

Es necesario hacer un alto…

Incluso porque la jovencita, menos acostumbrada que ellos a caminar de noche;

tropieza a menudo en las piedras medio sepultadas en la arena, del camino.

Caminan rápido y todavía está oscuro en las cercanías de Cesárea.

Jesús dice:

–            Es mejor detenernos un poco.

La niña no ve y está cansada.

Castañeteando los dientes, mezclando hebreo y latín en un nuevo idioma, para hacerse entender…

La niña responde rápida:

–             No, no.

Si puedo…

Vámonos lejos, lejos, lejos…

Podría venir…

Por aquí pasamos para ir a esa casa.

Jesús trata de tranquilizarla:

–           Iremos detrás de aquellos árboles y nadie nos verá.

No tengas miedo.

Bartolomé, para darle ánimos,

dice:

–             No tengas miedo.

A estas horas, ese romano está debajo de la mesa, borracho como una cuba,

convertido en una sopa de vino…

Pedro agrega:

–             Y estás con nosotros.

¡Todos te queremos!

No permitiremos que te hagan daño.

¡Oh! ¡Somos doce hombres fuertes!…

Pedro, que apenas es un poco más alto que ella.

Él tan corpulento, cuánto grácil y delicada es ella.

Él quemado por el sol y ella blanca como alabastro.

¡Pobre florecita que fue criada para ser solamente estimulante, valiosa, admirada y más preciosa!

Entonces se escucha la voz llena de amor de Juan…

La jovencita, a la última luz de la improvisada antorcha;

Levanta sus maravillosos ojos azul verde como reflejo del mar,

con dos limpios iris aún brillantes por el llanto vertido con el terror de poco antes…

Es recelosa, pero, no obstante, de ellos se fía…

Juan le dice:

–           Eres una hermanita nuestra.

Y los hermanos defienden a sus hermanas.

Y cruza con ellos el arroyo seco que está pasado el camino.

Para entrar en una propiedad que termina allí en un tupido huerto.

Es noche oscura.

Cuando llegan a la arboleda,

se sientan y aguardan.

Los hombres se dormirían gustosos…

Pero a ella cualquier ruido la hace gritar.

Y el galope de un caballo la hace agarrarse convulsa al cuello de Bartolomé;

que quizás por parecer el más anciano, atrae su confianza y confidencia.

Por tanto es imposible dormir.

Bartolomé le dice:

–            No tengas miedo.

Cuando uno está con Jesús, nunca sucede una desgracia.

La niña contesta temblando:

–           ¿Por qué?

Mientras sigue todavía asida al cuello de Bartolomé.

–           Porque Jesús es Dios en la tierra.

Y Dios es más fuerte que los hombres.

–           ¿Dios?

¿Qué cosa es Dios?

Bartolomé exclama:

–         ¡Pobre criatura!

Pero, ¿Cómo te educaron?

¿No te enseñaron nada?…

La niña contesta:

–            Sí.

A conservar blanco el cutis.

brillante la cabellera.

A obedecer a los patrones.

A decir siempre que sí…

Pero yo no podía decir sí al romano…

Era feo y me daba miedo.

¡Todo el día tenía miedo!

En su casa siempre había unos ojos…

Siempre allí…

Cuando en el baño, en los vestidores dónde uno se viste;

en el cubiculum…

Siempre estaban unos ojos…

Y esas manos… ¡Oh!

¡Y si alguien no decía sí, era apaleado!…

Y comienza a llorar.

Jesús dice:

–               No lo serás más.

¡Ya no recibirás más palos!

Ya no está el romano.

Ni están sus manos…

Lo que hay es la paz…

Felipe comenta:

–           ¡Es una crueldad!

Cómo a bestias y peor todavía…

Porque a una bestia le enseñas su oficio.

Y los otros comentan:

             ¡Pero qué horror!

¡Como a animales de valor, no más que como a animales!

Y peor todavía…

Porque un animal sabe al menos que le enseñan a arar.

O a llevar la montura y el bocado porque ésa es su función.

Pero a esta criatura la lanzaron sin saber…

Ella responde:

–            Si hubiese sabido, me hubiera arrojado al mar.

Él decía: ‘Te haré feliz…’

Zelote dice:

–            De hecho te hizo feliz.

De una manera que nunca imaginó.

Feliz en la tierra y feliz en el Cielo.

conocer a Jesús, es la felicidad.

Hay un silencio en el que todos y cada uno,

meditan en las crueldades y los horrores del mundo.

Luego en voz baja, la niña le pregunta a Bartolomé:

–            ¿Me puedes decir que es Dios?

¿Y por qué Él es Dios?…

Después de una pausa agrega:

–            ¿Porque es hermoso y bueno?…

Bartolomé se siente atolondrado.

Se toma de la barba con perplejidad.

Y dice lleno de incertidumbre:

–            Dios…

¿Cómo haré para enseñarte a ti, que no tienes ninguna idea de religión en tu cabeza?

¿Qué estás vacía de toda idea religiosa?

–            ¿Religiosa?

¿Qué es?

Esto provoca otra pregunta todavía más complicada, para el abrumado apóstol:

–           ¿Qué cosa es religión?

Bartolomé decide pedir auxilio:

–           ¡Oh, que esto no me lo esperaba!…

¡Altísima Sabiduría!

¡Me siento como uno que se está ahogando en un gran mar!

¿Cómo me las arreglo ante esta sima?

¿Qué puedo hacer ante el abismo?

Jesús aconseja:

–          Lo que te parece difícil, es muy sencillo Bartolomé.

Es un abismo, sí.

Pero vacío…

Y puedes llenarlo con la Verdad.

Peor es cuando los abismos están llenos de fango, veneno, serpientes.

Habla con la sencillez con que hablarías a un niño pequeño.

Y ella te entenderá mejor, como no lo haría un adulto.

Bartolomé pregunta:

–           ¡Maestro!

¿Pero no podrías hacerlo Tú?

–           Podría.

Pero la niña aceptará más fácilmente las palabras de un semejante suyo:

que las mías que son de Dios.

Y por otra parte es que…

Os encontraréis en lo futuro ante estos abismos y los llenaréis de Mí.

Debéis pues aprender a hacerlo.

–          Es verdad.

Voy a intentarlo.

Lo probaré…

Después de pensarlo un poco, Bartolomé pregunta:

–            Oye niña, ¿Te acuerdas de tu mamá?

Ella sonríe y contesta:

–           Si, señor.

hace siete años que…

Que las flores florecen sin ella.

Pero antes estaba con ella.

–           Está bien.

¿La recuerdas?

¿La amas?

Ella solloza con un:

–          ¡Oh!

Y da un pequeño grito.

El acceso de llanto unido a la exclamación lo dice todo.

–             ¡Pobre criatura!

No llores.

¡Pobre niña!

Escucha:

Oye, el amor que tienes por tu mamita…

–              Y por mi papá y por mis hermanos…  -contesta sollozando.

–             Sí.

Por tu familia…

El amor por tu familia.

Los pensamientos que guardas por ella.

El deseo que tienes de regresar a ella…

–            ¡Nunca más los veré…!

¡Ya nunca…!

–            Pero todo es algo que podría llamarse religión de la familia.

Las religiones, las ideas religiosas son el amor…

El pensamiento, el deseo de ir a donde está aquel o aquellos en quienes creemos;

a quienes amamos y anhelamos;

a quienes deseamos ver…

Ella señalando a Jesús,

pregunta:

–            Si yo creo en ese Dios que está allí.

¿Tendré una religión?…

¡Es muy fácil!

Bartolomé está totalmente desorientado:

–             ¡Bien!

¿Fácil qué cosa?…

¿Tener una religión o creer en ese Dios que está allí?

La niña dice convencida:

–            En ambas cosas…

Porque fácilmente se cree en un Dios Bueno, como el que está allí.

El romano me nombraba muchos y juraba.

Decía:

‘¡Por la diosa Venus!

¡Por el dios Júpiter!

¡Por el dios Cupido!

Han de ser dioses malos, porque él hacía cosas malas cuando los invocaba.

Pedro comenta en voz baja:

–            No es tan tonta la niña.

Ella dice:

–           Pero yo no sé todavía que cosa es Dios.

Veo que es un hombre como tú…

Entonces es un Hombre- Dios.

¿Y cómo se hace para comprenderlo?

¿En qué aspecto es más fuerte que todos?

No tiene ni espada, ni siervos…

Bartolomé suplica:

–           Maestro, ayúdame…

Jesús responde:

–           No, Nathanael.

Enseñas muy bien.

–           Lo dices porque eres bueno.

Busquemos otro modo de seguir adelante.

Se vuelve hacia la niña,

diciendo:

–         Oye niña…

Oye niña, Dios no es hombre…

Él es como una luz, una mirada, un sonido tan grandes, que llenan el cielo y la tierra e iluminan todo.

Y todo lo ve, instruye todo y a todo da órdenes…

Y en todas las cosas manda…

–            ¿También al romano?

Entonces no es un Dios bueno.

¡Tengo miedo!…

Bartolomé se apresura a aclarar:

–            Dios es bueno y da órdenes buenas.

A los hombres les ha prohibido armar guerras, hacer esclavos;

arrebatar a las hijitas de sus madres y espantar a las niñas…

Pero los hombres no siempre escuchan las órdenes de Dios.

Ella dice:

–            Pero tú, sí.

–            Yo sí.

–            Si es más fuerte que todos…

¿Por qué no se hace obedecer?

¿Y Cómo habla, si no es un hombre?

Bartolomé está perdido,

y exclama:

–           ¡Dios…!

¡Oh, Maestro!…

Jesús dice:

–           Sigue.

Sigue, Bartolomé.

Eres un maestro muy competente.

Sabes decir con gran simplicidad pensamientos muy profundos.

¿Y ahora ya no quieres seguir?…

¿Siendo un maestro tan sabio?

¿Y sabiendo decir con tanta sencillez los más altos pensamientos, tienes miedo?

¿No sabes que el Espíritu Santo está en los labios de los que enseñan la Justicia?

Bartolomé argumenta:

–            Parece fácil cuando se te escucha.

Todas tus palabras están aquí dentro.

¡Pero sacarlas afuera cuando se debe hacer lo que Tú haces!…

¡Oh, miseria de nosotros los humanos!

¡Maestros inútiles!

¡Ay, míseros de nosotros, pobres hombres!

¡Qué maestros de tres al cuarto!

–            El reconocer la nulidad propia,

predispone el corazón a la enseñanza del Espíritu Paráclito…

–          Está bien, Maestro…

De todas formas vamos a intentar seguir adelante.

Se vuelve hacia ella, mirándola con ternura,

diciendo:

–           Escucha, niña…

Dios es fuerte, fortísimo.

Más que César.

Más que todos los hombres juntos con sus ejércitos y sus máquinas de guerra…

Pero no es un amo despiadado que haga decir siempre que sí…

so pena del azote para quien no lo dice.

Dios es un Padre.

¿Te quería mucho tu padre?

–            ¡Mucho!

Me puso por nombre Áurea Gala, porque el oro es precioso.

Y Galia es mi patria.

Y decía que me amaba más que el oro que en otro tiempo tuvo…

Y más que a la patria…

–          ¿Te azotó tu padre?

Áurea Gala contesta:

–           No. Jamás.

Cuando no me portaba bien, me decía:

‘Pobrecita hija mía’ y lloraba.

–            ¡Eso!

Así hace Dios.

Es Padre, nos ama y llora si somos malos.

 

Pero no nos obliga a obedecerle.

Pero el que decide ser malo, un día será castigado con suplicios horrendos…

–           ¡Oh, qué bueno!

El dueño que me arrebató de mi madre y me llevó a la isla.

Y también el romano, irán a los suplicios.

¿Y lo veré?…

Esto es demasiado para el pobre Nathanael,

que contesta:

–           Tú verás de cerca a Dios, si crees en Él y eres buena.

Y para ser buena no debes odiar ni siquiera al romano.

–           ¿No?

¿Y cómo lograrlo?

–           Rogando por él.

–           ¿Qué es rogar?

–           Hablar con Dios diciéndole que lo amamos.

Y pidiéndole lo que necesitamos…

 Ella llevada por su coraje, con salvaje vehemencia,

exclama apasionadamente:

–          Pero, ¡Yo quiero que mis dueños tengan una mala muerte!

Bartolomé objeta:

–          No.

No debes…

Jesús no te amará si dices así.

–           ¿Por qué?

–           Porque no se debe odiar a quien nos ha hecho el mal.

–            Pero no puedo amarlos.

–           Pero puedes por ahora no pensar en ellos.

Trata de olvidarlos…

Luego, cuando Dios te instruya más…

Rogarás por ellos.

Decíamos pues, que Dios es Poderoso, pero deja a sus hijos en libertad de obrar.

Ella pregunta:

–           ¿Yo soy hija de Dios?…

¿Tengo dos padres?…

¿Cuántos hijos tiene Dios?…

Bartolomé contesta:

–          Todos los hombres son hijos de Dios, porque han sido hechos por Él.

¿Ves las estrellas allá arriba?

Las ha hecho Él.

¿Y estos árboles?

Los ha hecho Él.

¿Y la tierra donde estamos sentados?

¿Y aquel pájaro que canta?

¿Y el mar con su grandeza?

¡TODO!

¡Y a todos los hombres!

Y los hombres son más hijos que todo, porque son hijos por una cosa que se llama alma…

Y que es luz, sonido, mirada, no grandes como su luz, su sonido, su mirada, que llenan el Cielo y la Tierra;

pero hermosos de todas formas.

Y que no mueren nunca, como tampoco muere Él.

Porque es una partecita de Dios que es inmortal como Él.

            ¿Dónde está el alma?

¿Tengo yo también un alma?

–             Sí.

En tu corazón.

Y es la que te ha hecho comprender que el romano era malo.

Y ciertamente no te hará desear ser como él.

¿No es verdad?

–            Sí…

Áurea reflexiona después del titubeante si…

Y luego con firmeza dice:

–             ¡Sí!

Era como una voz de dentro y una necesidad de que alguien me auxiliara…

Y con otra voz aquí dentro – pero esta era mía – llamaba a mi mamá…

Porque no sabía que existía Dios, que existía Jesús…

Si lo hubiera sabido, le habría llamado a Él con aquella voz que tenía aquí dentro.

Jesús interviene:

–              Has comprendido bien, niña.

Y crecerás en la Luz.

Yo te lo aseguro.

Cree en el Dios verdadero.

Escucha la voz de tu alma alma en la que no existe todavía una sabiduría adquirida,

pero en la que tampoco existe mala voluntad…

Y encontrarás en Dios a un Padre.

Y en la muerte, que es un paso de la tierra al Cielo para los que creen en el Dios Verdadero y son buenos…

Encontrarás un lugar en el Cielo cerca de tu Señor.

Como ella se ha arrodillado delante de Él,

Jesús le pone su mano sobre la cabeza.

Áurea dice:

–           Cerca de Ti.

¡Qué bien se siente uno al estar contigo!

No te separes de mí, Jesús…

Ahora sé Quién Eres y por eso me arrodillo.

En Cesárea tuve miedo de hacerlo…

Me parecías sólo un hombre…

Ahora sé que Eres Dios escondido en un Hombre.

Y que para mí eres un Padre y un Protector…

Jesús agrega:

–           Y Salvador, Áurea Gala.

Ella exclama jubilosa:

–           Y Salvador.

¡Sí! Me salvaste…

–             Y te salvaré más.

Tendrás un nombre nuevo…

–            ¿Me quitas el nombre que me dio mi padre?

El amo en la isla me llamaba Aurea Quintilia, porque nos dividían por color y por número.

Porque yo era la quinta rubia así…

Pero ¿Por qué no me dejas el nombre que me dio mi padre?

–            No te lo quito.

Llevarás, añadido a tu antiguo nombre, el nombre nuevo, eterno».

Isaías 43 2 : «Yo nunca te dejaré»

–            ¿Cuál?

–             Cristiana.

Porque Cristo te salvó…

Comienza a alborear.

Vámonos.

Jesús se vuelve hacia su más anciano apóstol,

y agrega:

–           ¿Ves Nathanael qué es fácil hablar de Dios a los abismos vacíos?

Hablaste muy bien.

La niña se instruirá fácilmente.

Se formará rápidamente en la Verdad.

Y ordena con suavidad:

–           Sigue adelante con mis hermanos Áurea…

La niña obedece pero con temor.

Preferiría quedarse con Bartolomé, el cual comprende todo…

El apóstol le dice:

–           Voy enseguida.

Vete…

Obedece.

41.- INICIO DE LA RUINA DE ISRAEL


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El camino de Anzio no es accidentado, ni largo. La ciudad está compuesta de palacios y casas de campo construidas y amuebladas con lujo. En ellas se puede encontrar todo cuanto se puede exigir para una vida cómoda y con los refinamientos más exquisitos.

Es una ciudad construida para el recreo de los patricios de Roma…

Al tercer día de estar en Anzio, Nerón fue informado del fracaso romano en Judea y la derrota de Cestio Galo. Disimuló la consternación y el terror que le acometían cuando se ve forzado a distraer su atención de lo que le causa placer, para tener que afrontar problemas graves.

Y en apariencia se mostró jactancioso y muy airado; achacando cuanto había acontecido a la negligencia de los jefes romanos…

Y despreciando lo sucedido, deliberó a quién debía encargar de los asuntos de Oriente y que castigase a los rebeldes judíos, poniéndolos como ejemplo para evitar que la enfermedad de la rebelión se extienda a las naciones colindantes.

Haloto le recordó que Vespasiano en su juventud le había ayudado a Claudio a pacificar a los germanos y a Britania.

Él tiene la experiencia del ejercicio de la guerra, además de que sus hijos también son militares y Vespasiano tiene la habilidad para el triunfo.

De todo esto, Nerón sacó un presagio favorable y llamó a Vespasiano.

Cuando el general se presentó ante él, le anunció:

–           Escúchame muy bien Tito. Quiero que a esos perros judíos les des una lección que le sirva a todas las provincias, para aprender lo que significa desafiar las águilas romanas. Te ordeno que arrases su nación y que de su famoso Templo, no quede piedra sobre piedra. Porque el mensaje debe ser muy claro, para cualquiera que esté pensando en hacer lo mismo que Israel.

Vespasiano hizo el saludo militar al emperador y contestó:

–           Entendido majestad. No quedará piedra sobre piedra. Cumpliré lo que has ordenado. Israel será arrasado completamente.

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Nerón hizo una seña a Epafrodito y un esclavo se apresuró a escribir:

–           Tomarás el mandato de las legiones que están acantonadas en Siria y recogerás  de Alejandría, las legiones Quinta y Décima. He aquí el  poder para que reúnas a los ejércitos de los reyes aliados. ¡Si es necesario, perderemos una provincia rica para nosotros; pero convertiré a esa nación en un desierto, solo pasto para las fieras del campo! Ningún levantisco judío volverá a ser libre…

El esclavo le entregó la vitela y Nerón estampó su sello con su anillo de rubí.

Luego la enrolló  y se la entregó a su general.

Vespasiano y Tito partieron a cumplir lo ordenado y Nerón se quedó fastidiado.

Con este ánimo se puso a leer su poema sobre la destrucción de Troya y lamentó no haber podido jamás presenciar el espectáculo del incendio de una ciudad.

Luego de un momento de silencio, dijo:

–           Envidio a Príamo. Ha sido muy afortunado al asistir y contemplar, el incendio y la ruina de su ciudad natal.

Tigelino replicó al punto

–           Pronuncia solo una palabra, ¡Oh, divinidad! Tomaré en mis manos una antorcha y antes de que termine la noche, verás arder a Anzio.

–           ¡Calla, necio! ¿Y entonces a donde podría ir yo a respirar las brisas marinas, que son las que me conservan este don de los dioses que debo proteger para el bien de la humanidad?

¿Acaso no es Roma la que me hace daño? Son las exhalaciones de sus barrios infectos, las que aumentan mi ronquera…  

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Y se quedó mirando al vacío, como si contemplara una visión extática.

Y dando un gran suspiro añadió:

–           ¿Y el incendio de los palacios de Roma, no ofrecerían un espectáculo mil veces más trágico y grandioso que el de Anzio?

Y todos empezaron a comentar esta eventualidad. Previendo la  terrible catástrofe que  constituiría el cuadro de una ciudad como Roma, envuelta en llamas.

De la ciudad que era capital del Imperio que había conquistado el mundo y se viera convertida en cenizas…

Nerón declaró:

–           Si hubiera esa emergencia, mi Poema sería más grande que los cantos de Homero. Y yo reconstruiría la ciudad, alrededor de la Domus Áurea. Sería una urbe grandiosa moderna. Pero sería necesario darle otro nombre…

Y empezó a desarrollar su sueño fantasioso de la ciudad que admiraría la posteridad y que no sería superada jamás.

–           ¡Hazlo! ¡Hazlo! -exclamaron muchos de sus embriagados oyentes.

Vitelio dijo:

–           Sería un homenaje para el mejor artista de todos los tiempos. Podríamos llamarla Nerópolis.

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El César contestó:

–           Menester sería para ello, que yo tuviera amigos más fieles y abnegados.

Marco Aurelio se alarmó.

Pero luego pensó que todo era una locura y puntada de borrachos. Pues por insensatos que fueran el César y sus amigos, no se atreverían a poner en práctica una idea tan demencial. ¿O sí?…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

127-EL ÓBOLO DE CLAUDIA


Los cordeleros siguen trabajando.

Luego, Jesús regresa despacio al almacén y se queda pensativo. Se sienta sobre un montón de cuerdas enrolladas. Ora intensamente…

Los once apóstoles continúan durmiendo profundamente. La vida en el puerto se desarrolla con la misma pacífica rutina, de las provincias gobernadas por el imperio más poderoso del mundo.

Roma es una máquina de eficiencia y disciplina…

Una hora después, el cordelero asoma la cabeza en el depósito y le dice a Jesús que vaya a la puerta, porque…

–                       Hay un esclavo que te quiere ver.

El esclavo. Un númida, está parado junto al platanar, en la plaza llena de sol… Cuando ve a Jesús, se inclina y sin hablar, le entrega una tableta encerada.

Jesús la lee y dice:

–                       Dirás que esperaré hasta antes del alba. ¿Entendiste?

El esclavo mueve la cabeza asintiendo. Y para que vea por qué no habla, abre su boca y le enseña la lengua tronchada.

Jesús mueve la cabeza con un gesto lleno de tristeza y dice:

–                       ¡Infeliz!  – acariciándolo con mucha compasión.

Por las mejillas del esclavo corren dos lágrimas. Toma la mano blanca entre las suyas negras y se la pone en la cara. La besa, se la lleva al pecho y se echa en tierra. Toma el pie de Jesús y se lo pone en la cabeza…

Un lenguaje mudo para expresar su agradecimiento por ese gesto de amor.

Y Jesús repite:

–                       ¡Infeliz!  -pero no lo cura.

El esclavo se levanta y pide la tableta encerada. Claudia no quiere dejar huellas de su contacto epistolar.

Jesús sonríe y devuelve la tableta. El númida se va y Jesús se acerca a donde está el cordelero…

El Maestro dice:

–                       Simón, debo quedarme hasta antes del alba. ¿Me lo permites?

Simón contesta:

–                       Todo lo que quieras. Me desagrada ser pobre…

–                       Me agrada que seas honrado.

–                       ¿Quiénes eran esas mujeres?

–                       Unas extranjeras que necesitaban de consejo.

–                       ¿Están sanas?

–                       Como Yo y tú.

–                       Entonces está bien. Ahí están tus apóstoles.

Los once salen del almacén, somnolientos.

Pedro dice:

–                       Maestro, hay que cenar antes de partir.

Jesús contesta:

–                       No. No partiremos hasta el amanecer.

–                       ¿Por qué?

–                       Porque me pidieron que así lo hiciera.

–                       ¿Por qué? ¿Por quién?…  Es mejor caminar de noche… La luna es nueva.

–                       Espero salvar a una criatura y esto es más luminoso que la luna y más refrescante que las frescuras de la noche.

Pedro lo lleva aparte:

–                       ¿Qué pasó? ¿Viste a las romanas? ¿Qué humor tienen? ¿Son ellas las que se van convertir? ¡Dímelo!…

Jesús sonríe:

–                       Si me dejas responder te lo diré, hombre curiosísimo. Vi a las romanas. Muy lentamente caminan hacia la Verdad. Pero no retroceden…  Lo que ya es mucho.

–                       Y… acerca de lo que dijo Judas, ¿Hay algo?

–                       Que continuarán venerándome como a un sabio.

–                       ¿Por causa de Judas? ¿Es él el que lo ha hecho?

–                       Vinieron a buscarme a Mí no a él…

Pedro pregunta inquieto:

–                       Entonces, ¿Por qué Judas tuvo miedo de encontrarse con ellas? ¿Por qué no quería que vinieras a Cesárea?

–                       Simón, no es la primera vez que Judas tiene caprichos estrambóticos…

–                       Es verdad. ¿Y van a venir esta noche las romanas?

–                       Ya vinieron.

–                       Entonces, ¿Por qué esperamos hasta que amanezca?

–                       ¿Por qué eres tan curioso?

–                       Maestro, sé bueno… Por favor dime todo.

–                       Te lo diré para quitarte toda duda. También tú escuchaste la conversación de aquellos tres romanos…

–                       ¡Claro que la oí!… Inmundos. Apestosos. Demonios. Pero a nosotros, ¿Qué nos importa?… ¡Ah! ¡Entiendo!… Las romanas van a ir a la cena y luego vendrán a pedirte perdón, por haber estado en medio de la inmundicia… Me maravilla que consientas en ello.

–                       Yo me maravillo de que te formes juicios temerarios.

–                       ¡Perdóname, Maestro!

–                       Sí. Pero ten en cuenta que las romanas van a ir a la cena y yo pedí a Claudia que interviniese a favor de esa muchachita…

–                       ¡Ah, pero Claudia no puede hacer nada!…  El romano compró a la muchacha y tiene todo el poder sobre ella.

–                       Pero Claudia tiene mucho más poder sobre el romano. Y Claudia me mandó decir que no parta hasta antes del alba. No hay otra cosa. ¿Estás contento ahora?

–                       Sí, Maestro. Pero no has descansado nada. Ven. Estás muy agotado. Vigilaré para que te dejen en paz. Ven. Ven. –y amorosamente tiránico lo jala, lo empuja y lo obliga a tirarse en el montón de cáñamo.

Pasan las horas. El sol se oculta. Cesa el trabajo. Entra la noche, las golondrinas van a sus nidos y los niños a la cama. Uno tras otro van muriendo los ruidos, hasta que solo queda el estrépito de las olas, al estrellarse sobre la playa…

Los apóstoles  duermen sobre el cáñamo.

Jesús está sentado sobre un malacate con las manos sobre las rodillas. Ora… Piensa… Espera.  No quita los ojos del camino que viene de la ciudad.

La luna está casi perpendicular y el mar retumba con mayor fuerza…

Por el canal avanza una barca pequeña y sube hasta la dársena silenciosa. Se detiene y bajan tres personas. Un hombre robusto, una mujer y una figura delicada. Se dirigen hacia la casa del cordelero…

Jesús se levanta y sale a su encuentro…

Cuando llega hasta ellos saluda:

–                       La paz sea con vosotros. ¿A quién buscáis?

Livia contesta:

–                       A ti, Maestro.  –descubriéndose y acercándose ella sola-  Claudia hizo lo que le pediste, porque era una cosa justa y completamente moral… –señala hacia la barca y agrega-  Aquella es la muchachita. Dentro de poco tiempo, Valeria la tomará como doncella de su pequeña Fausta…  Pero te ruega que entre tanto la tengas Tú, que puedes confiarla a tu Madre o a la madre de tus parientes. Es pagana del todo… Mejor dicho, es peor que pagana. El dueño que la alimentó no le enseñó nada en absoluto…  Nunca ha oído hablar ni del Olimpo, ni de ninguna otra cosa. Tan solo se siente aterrorizada ante los hombres, porque hace unas cuantas horas la vida se le reveló como es: brutal y cruel…

Jesús pregunta:

–                       ¡Oh! ¿Demasiado tarde?

–                       No, materialmente… él la preparaba poco a poco…  Digamos… para su sacrilegio. Y la niña está espantadísima… Claudia tuvo que dejarla durante toda la cena cerca de ese sátiro y sólo pudo intervenir cuando el vino le había nublado el pensamiento. No es necesario que te diga que si el hombre es un lúbrico en sus amores sensuales, lo es mucho más cuando está ebrio…

Pero es solo entonces que se convierte en un juguete con el que se puede hacer lo que se quiera y arrebatarle su tesoro.  Claudia se aprovechó del momento.

Ennio quiere regresar a Italia, de la que salió porque perdió el favor imperial… Claudia le prometió el regreso a cambio de la muchacha.

Ennio mordió el anzuelo… Mañana cuando ya no esté borracho protestará, la buscará, hará su comedia… Pero también mañana Claudia buscará el modo de hacerlo callar.

Jesús protesta:

–                       ¿Con la violencia? ¡No!

Livia sonríe con travesura:

–                       ¡Oh, Maestro! ¡La violencia empleada con buen fin!…  Pero no será necesaria… También Claudia se encargó de ‘ayudar’ a su marido a pasarla bien en la cena… Y ahora sólo Pilatos, que está inconsciente por el vino que digirió esta noche, está firmando y sellando la orden de que Ennio se presente en Roma… ¡Ah, ah!… Y partirá en primer buque militar.

Pero mientras tanto, es mejor que la niña esté en otra parte por precaución de que en cuanto a Pilatos se le pase la borrachera, se arrepienta y revoque la orden… ¡Es muy endeble!  Y es mejor así… Para que la niña olvide las asquerosidades humanas…

¡Oh, Maestro! Por este motivo fuimos a la cena. Pero, ¿Cómo pudimos ir allá hasta hace unos cuantos meses, sin haber sentido náuseas?… Tan pronto obtuvimos lo que se deseaba, nos salimos… Todavía nuestros maridos están imitando a los brutos ¡Qué náuseas, Maestro!  Y debemos recibirlos después… después que…

–                       Sed austeras y pacientes. Con vuestro ejemplo haréis mejores a vuestros maridos.

–                       ¡Oh, no es posible! Tú no sabes… -Livia llora más de coraje, que de dolor.

Jesús suspira y ella continúa:

–                       Claudia te manda decir que lo hizo para mostrarte que te venera como al Único Hombre que merece veneración… Y quiere que te diga que te agradece haberle enseñado lo que vale un alma y lo que vale la pureza. Lo recordará siempre…

¿Quieres ver a la niña?

–                       Sí. El hombre ¿Quién es?

–                       El númida mudo que emplea Claudia, para sus servicios secretos. No hay ningún peligro de delación… No tiene lengua.

Jesús repite:

–                       ¡Infeliz!

La romana toma a la niña de la mano y casi la arrastra hasta donde está Jesús…

Livia dice:

–                       Sabe unas cuantas palabras latinas. Judías casi ninguna. Es una salvajita… Que la eligieron únicamente como objeto de placer.  –y dirigiéndose a la niña-  No tengas miedo. Dale las gracias. Él fue el que te salvó. Arrodíllate y bésale los pies. ¡Ea! ¡Hazlo! ¡No tengas miedo! Perdona Maestro, todavía tiene el terror que le inspiraron las caricias de Ennio que estaba ebrio…

–                       ¡Pobre niña!  -dice Jesús poniéndole su mano en la cabeza- ¡No tengas miedo! Te llevaré a casa de mi Madre, por algún tiempo. A la casa de Mamá, ¿Entiendes? Y tendrás muchos hermanos buenos… ¡No tengas miedo, hijita mía!

En la Voz y en la mirada de Jesús hay todo: paz, seguridad, pureza, amor santo.

La niña lo siente y se echa para atrás el manto con su capucho, para mirarlo mejor. Y aparece el rostro delicado de una niña que se asoma a la pubertad…

Sus modales son sencillos. Su expresión está llena de inocencia. El vestido que trae le queda muy largo…

Livia dice:

–                       Estaba casi desnuda. Le puse lo primero que encontré. Lleva otros en la alforja…

Jesús la mira con piedad e infinita compasión y dice:

–                       ¡Es una niña!  -Y tomándola de la mano le pregunta- ¿Quieres venir conmigo?

La niña contesta:

–                       Sí, patrón.

Jesús rebate:

–                       No. No soy tu patrón. Dime Maestro.

–                       Sí, Maestro. –le dice con más confianza.

Y una tímida sonrisa se asoma en la carita que antes estaba pálida por el miedo.

Jesús pregunta:

–                       ¿Eres capaz de caminar mucho?

–                       Sí, Maestro.

–                       Después descansarás en la casa de mi Madre. En mi casa, hasta que llegue Fausta. Una niña a la que vas a querer mucho. ¿Quieres?…

–                       ¡Oh, sí! –y ella confiada, levanta sus bellísimos ojos verde-azul, que lo miran asombrados bajo sus cejas color oro y con un destello de terror que vuelve a turbar su mirada, se atreve a preguntar- ¿Ya no más aquel patrón?…

–                       No, más.  –le promete Jesús, poniendo su mano en su cabellera rubia.

Livia se despide:

–                       Adiós, Maestro. Dentro de pocos días iremos al lago. Tal vez podremos verte una vez más. Ruega por tus pobres discípulas romanas.

Jesús repica:

–                       Gracias…  Vete en paz. Adiós, Lidia. Di a Claudia que éstas son las conquistas que pretendo y no otras. – se vuelve  hacia la niña y agrega- Ven niña. Partiremos ahora.

Y tomándola de la mano, se dirige a la puerta del almacén y llama a los apóstoles.

La barca se va sin dejar rastro de haber venido y entra al mar abierto…

Caminan rápido y todavía está oscuro en las cercanías de Cesárea. Se detienen un poco, porque la niña que no está acostumbrada a caminar de noche y frecuentemente tropieza con las piedras del caminan…

Jesús dice:

–                       Es mejor esperar un poco. La niña no ve y está cansada.

La niña responde rápida:

–                       No, no. Si puedo… Vámonos lejos, lejos, lejos… Podría venir… Por aquí pasamos para ir a esa casa.  –Lo dice castañeteando los dientes, mezclando hebreo y latín para hacerse entender.

Jesús trata de tranquilizarla:

–                       Vamos detrás de aquellos árboles y nadie nos verá. No tengas miedo.

Bartolomé, para darle ánimos, dice:

–                       No tengas miedo. A estas horas, ese romano es una sopa de vino bajo la mesa…

Pedro agrega:

–                       Y estás con nosotros. Todos te queremos. No permitiremos que te hagan daño. ¡Oh! ¡Somos doce hombres fuertes!…

Pedro, que apenas es un poco más alto que ella. Él la robustez y ella la delicadeza. Él quemado por el sol y ella blanca como alabastro.

¡Pobre florecita que fue criada para ser solamente admirada y más preciosa!

Juan le dice:

–                       Eres una hermanita nuestra y los hermanos defienden a sus hermanas.

Cuando llegan a la arboleda, se sientan y aguardan. Los hombres se dormirían gustosos, pero a ella cualquier ruido la hace gritar.

Y el galope de un caballo la hace que se cuelgue del cuello de Bartolomé que tal vez por ser el de mayor edad atrae su confianza y de esta manera… No es posible dormir.

Bartolomé le dice:

–                       No tengas miedo. Cuando uno está con Jesús, nunca sucede una desgracia.

La niña contesta temblando:

–                       ¿Por qué?  – y sigue todavía asida al cuello de Bartolomé.

–                       Porque Jesús es Dios y Dios es más fuerte que los hombres.

–                       ¿Dios? ¿Qué cosa es Dios?

Bartolomé exclama:

–                       ¡Pobre criatura! Pero, ¿Cómo te educaron? ¿No te enseñaron nada?…

La niña contesta:

–                       Sí. A conservar blanco el cutis, brillante la cabellera. A obedecer a los patrones. A decir siempre que sí…

Pero yo no podía decir sí al romano… Era feo y me daba miedo. En su casa siempre había unos ojos.  En el baño, en los vestidores, en el cubiculum… Unos ojos… Y esas manos… ¡Oh! ¡Y si alguien no decía sí, era apaleado!… –y comienza a llorar.

Jesús dice:

–                       No lo serás más. Ya no está el romano. Ni están sus manos… Sólo la Paz.

Felipe comenta:

–                       ¡Es una crueldad! Cómo a bestias y peor todavía… Porque a una bestia le enseñas su oficio. Pero a esta criatura la lanzaron sin saber…

Ella responde:

–                       Si hubiese sabido, me hubiera arrojado al mar. Él decía: ‘Te haré feliz…’

Zelote dice:

–                        De hecho te hizo feliz, de una manera que nunca imaginó. Feliz en la tierra y feliz en el Cielo. Porque conocer a Jesús, es la felicidad.

Hay un silencio en el que todos meditan en las crueldades del mundo.

Luego en voz baja, la niña le pregunta a Bartolomé:

–                       ¿Me puedes decir que es Dios? ¿Y por qué Él es Dios?… –después de una pausa agrega- ¿Porque es hermoso y bueno?…

Bartolomé se siente atolondrado. Se toma de la barba con perplejidad y dice lleno de incertidumbre:

–                       Dios… ¿Cómo haré para enseñarte a ti, que no tienes ninguna idea de religión en tu cabeza?

Esto provoca otra pregunta todavía más complicada, para el abrumado apóstol:

–                       ¿Qué cosa es religión?

Bartolomé decide pedir auxilio:

–                       ¡Oh, que esto no me lo esperaba!…  Estoy ahora como uno que se ahoga en el mar. ¿Qué puedo hacer ante el abismo?

Jesús aconseja:

–                       Lo que te parece difícil, es muy sencillo Bartolomé. Es un abismo, sí. Pero vacío… Y puedes llenarlo con la Verdad. Peor es cuando los abismos están llenos de fango, veneno, sierpes. Habla con sencillez como si hablases a un infante. Y ella te entenderá como no lo haría un adulto.

Bartolomé pregunta:

–                       Maestro, ¿Pero no podrías hacerlo Tú?

–                       Podría. Pero la niña aceptará más fácilmente las palabras de un semejante suyo, que las mías que son de Dios. Y por otra parte, os encontraréis en lo futuro ante estos abismos y los llenaréis de Mí. Debéis pues aprender a hacerlo.

–                       Es verdad. Lo probaré…

Después de pensarlo un poco, Bartolomé pregunta:

–                       Oye niña, ¿Te acuerdas de tu mamá?

Ella sonríe y contesta:

–                       Si, señor. hace siete años que… antes estaba con ella.

–                       Está bien. ¿La recuerdas? ¿La amas?

Ella solloza en un:

–                       ¡Oh!  -y da un pequeño grito.

–                       No llores. ¡Pobre niña! Oye, el amor que tienes por tu mamita…

–                       Y por mi papá y por mis hermanos…  -contesta sollozando.

–                       Sí. Por tu familia… el amor por tu familia. Los pensamientos que guardas por ella. El deseo que tienes de regresar a ella…

–                       ¡Nunca más los veré…!

–                       Pero todo es algo que podría llamarse religión de la familia. Las religiones, las ideas religiosas son el amor… El pensamiento, el deseo de ir a donde está aquel o aquellos en quienes creemos; a quienes amamos y a quienes deseamos ver…

–                       Si yo creo en ese Dios que está allí, ¿Tendré una religión?… ¡Es muy fácil!

Bartolomé está totalmente desorientado:

–                       ¡Bien! ¿Fácil qué cosa?…  ¿Tener una religión o creer en ese Dios que está allí?

La niña dice convencida:

–                       En ambas cosas…  Porque fácilmente se cree en un Dios Bueno, como el que está allí. El romano me nombraba muchos y juraba. Decía: ‘¡Por la diosa Venus, por el dios Júpiter, por el dios Cupido!’ Han de ser dioses malos porque él hacía cosas malas cuando los invocaba.

Pedro comenta en voz baja:

–                       No es tan tonta la niña.

Ella dice:

–                       Pero yo no sé todavía que cosa es Dios. Veo que es un hombre como tú… Entonces es un Hombre- Dios. ¿Y cómo se hace para comprenderlo? ¿En qué aspecto es más fuerte que todos? No tiene ni espada, ni siervos…

Bartolomé suplica:

–                       Maestro, ayúdame…

Jesús responde:

–                       No, Nathanael. Enseñas muy bien.

–                       Lo dices porque eres bueno. Busquemos otro modo de seguir adelante. – se vuelve hacia la niña- Oye niña… Oye niña. Dios no es hombre…  Él es como una luz, una mirada, un sonido tan grande que llena el Cielo y la tierra. Y todo lo ilumina, todo lo ve, todo lo ordena y en todas las cosas manda…

–                       ¿También al romano? Entonces no es un Dios bueno. ¡Tengo miedo!…

Bartolomé se apresura a aclarar:

–                       Dios es bueno y da órdenes buenas. A los hombres les ha prohibido armar guerras, hacer esclavos, arrebatar a las hijitas de sus madres y espantar a las niñas… Pero los hombres no siempre escuchan las órdenes de Dios.

Ella dice:

–                       Pero tú, sí.

–                       Yo sí.

–                       Si es más fuerte que todos, ¿Por qué no se hace obedecer? ¿Y Cómo habla, si no es un hombre?

Bartolomé está perdido y exclama:

–                       Dios… ¡Oh, Maestro!…

Jesús dice:

–                       Sigue. Sigue, Bartolomé. Eres un maestro muy competente. Sabes decir con gran simplicidad pensamientos muy profundos. ¿Y ahora ya no quieres seguir?…  ¿No sabes que el Espíritu Santo está en los labios de los que enseñan la Justicia?

Bartolomé argumenta:

–                       Parece fácil cuando se te escucha. Todas tus palabras están aquí dentro. Pero sacarlas, ¡Oh, miseria de nosotros los humanos! ¡Maestros inútiles!

–                       El reconocer la nulidad propia dispone el corazón a la enseñanza del Espíritu Paráclito…

–                       Está bien, Maestro… –La mira con ternura y dice- Oye niña.  Dios es fuerte, fortísimo. Más que César. Más que todos los hombres juntos con sus ejércitos y sus máquinas de guerra…  Pero no es un Señor sin compasión que quiera siempre que se le diga que sí, so pena de azotarlo. Dios es un Padre. ¿Te quería mucho tu padre?

–                       ¡Mucho! Me puso por nombre Áurea Gala, porque el oro es precioso y Galia es mi patria. Y decía que me amaba más que el oro que en otro tiempo tuvo y más que a la patria…

–                       ¿Te azotó tu padre?

Áurea Gala contesta:

–                       No. Jamás. Cuando no me portaba bien, me decía: ‘Pobrecita hija mía’ y lloraba.

–                       Bueno. Pues así hace Dios… Es Padre, nos ama y llora si somos malos. Pero no nos obliga a obedecerle. Pero el que decide ser malo, un día será castigado con suplicios horribles…

–                       ¡Oh, qué bueno! El dueño que me arrebató de mi madre y me llevó a la isla. Y también el romano, irán a los suplicios, ¿Y lo veré?…

Esto es demasiado para el pobre Nathanael, que contesta:

–                       Tú verás de cerca a Dios, si crees en Él y eres buena. Y para ser buena no debes odiar ni siquiera al romano.

–                       ¿No? ¿Y cómo lograrlo?

–                       Rogando por él.

–                       ¿Qué es rogar?

–                       Hablar con Dios diciéndole que lo queremos…

Ella, llevada por su coraje, exclama apasionadamente:

–                       Pero, ¡Yo quiero que mis dueños tengan una mala muerte!

Bartolomé objeta:

–                       No. No debes… Jesús no te amará si dices así.

–                       ¿Por qué?

–                       Porque no se debe odiar a quien nos ha hecho el mal.

–                       Pero no puedo amarlos.

–                       Pero puedes por ahora no pensar en ellos. Trata de olvidarlos…  Luego, cuando Dios te instruya más… rogarás por ellos. Decíamos pues, que Dios es Poderoso, pero deja a sus hijos en libertad de obrar.

Ella pregunta:

–                       ¿Yo soy hija de Dios?…  ¿Tengo dos padres?…  ¿Cuántos hijos tiene Dios?…

Bartolomé contesta:

–                       Todos los hombres son hijos de Dios, porque Él los creó. ¿Ves esas estrellas allá arriba? Él las hizo. ¿Ves estas plantas? Él las hizo. La tierra en la que estamos sentados, el pájaro que canta, el mar inmenso…  Todo y a todos los hombres, los creó Él. Y los hombres son más hijos suyos que todo lo demás. Porque tienen algo especial que se llama alma y que no muere, porque es una partecita de Dios que es inmortal como Él.

–                       ¿Dónde está el alma? ¿Tengo yo también un alma?

–                       Sí. En tu corazón. Es la que te hizo comprender que el romano era malo y que ciertamente no te dejará que desees ser como él. ¿No es verdad?

–                       Sí…  -Áurea reflexiona… Y luego con firmeza dice- ¡Sí! Era como una voz que estuviese adentro y como una necesidad de tener quién me ayudase. Y con otra voz que era la mía, llamaba a mi mamita…  Porque yo no sabía que Dios existía. Ni que existiese Jesús… Si lo hubiera sabido, lo hubiera llamado a Él, con esa voz que llevaba dentro…

Jesús interviene y dice:

–                       Has comprendido bien, niña. Crecerás en la Luz. Yo te lo aseguro. Cree en el Dios Verdadero. Escucha la voz de tu alma en la que no existe todavía una sabiduría, pero en la que tampoco existe mala voluntad… Y encontrarás en Dios a un Padre. Y en la muerte, que es un paso de la tierra al Cielo para los que creen en el Dios Verdadero y son buenos…  Encontrarás un lugar en el Cielo cerca de tu Señor.

Como ella se ha arrodillado delante de Él, Jesús le pone su mano sobre la cabeza.

Áurea dice:

–                       Cerca de Ti. ¡Qué bien se siente uno al estar contigo! No te separes de mí, Jesús…  Ahora sé Quién Eres y por eso me arrodillo. En Cesárea tuve miedo de hacerlo… Me parecías sólo un hombre… Ahora sé que Eres Dios escondido en un Hombre. Y que para mí eres un Padre y un Protector…

Jesús agrega:

–                       Y Salvador, Áurea Gala.

Ella exclama jubilosa:

–                       Y Salvador. ¡Sí! Me salvaste…

–                       Y te salvaré cada vez más. Tendrás un nombre nuevo…

–                       ¿Me quitas el nombre que me dio mi padre? ¿Por qué no me lo dejas?

–                       No te lo voy a quitar. Junto a tu nombre antiguo tendrás otro nuevo…  Eterno.

–                       ¿Cuál?

–                       Cristiana. Porque Cristo te salvó… Comienza a alborear. Vámonos. –Jesús se vuelve hacia su más anciano apóstol y agrega-  ¿Ves Nathanael qué es fácil hablar de Dios a los abismos vacíos? Hablaste muy bien. La niña se instruirá fácilmente. Es la verdad. –y ordena con suavidad- Sigue adelante con mis hermanos Áurea…

La niña obedece pero con temor. Preferiría quedarse con Bartolomé, el cual comprende todo…

El apóstol le dice:

–                       Voy enseguida. Vete… Obedece.

Y quedándose con Jesús, Pedro, Simón y Mateo, advierte:

–                       Está mal que la tenga Valeria. Es pagana.

Jesús contesta:

–                       No puedo decirle a Lázaro que la tome.

Mateo sugiere:

–                       Está Nique, Maestro.

Pedro sugiere:

–                       Y Elisa…

Zelote:

–                       Y Juana, es amiga de Valeria… Valeria se la cederá con gusto. Estaría en una casa buena.

Jesús piensa y calla.

Bartolomé decide:

–                       Haz lo que te parezca. La niña con frecuencia vuelve atrás su cara. Voy con ella…  Confía en mí, porque ya estoy viejo. Me gustaría quedarme con ella. Una hija más…-Da un suspiro profundo y agrega- Pero no es de Israel…

Y se va el buen Nathanael, que es demasiado israelita.

Jesús lo mira y sacude su cabeza.

Zelote pregunta:

–                       ¿Por qué eso Maestro?

Jesús replica:

–                       Porque me causa dolor ver que aún los prudentes, son esclavos de prejuicios…

Pedro se acuerda de las dificultades que hubo por la griega y dice:

–                       Pero, lo digo aquí entre nosotros. Bartolomé tiene razón… Y aún más, debe tomar sus providencias. Acuérdate de Síntica y de Juan. Para que no suceda algo semejante. Envíala a donde está Síntica…

Jesús contesta:

–                       Dentro de poco, Juan morirá…  Síntica no está del todo instruida, para ser maestra de una niña como Áurea. Y no es un ambiente propicio…

Zelote insiste:

–                       Y con todo, no puedes tenerla. Piensa que Judas pronto se reunirá con nosotros. Y Judas… Permíteme que te lo diga, maestro…  Es un lujurioso y un… Uno que fácilmente habla, cuando puede obtener una utilidad…  Y tiene demasiados amigos entre los Fariseos…

Pedro exclama:

–                       Exacto…  Simón ha dicho la verdad. También yo pensaba en lo mismo. Haz lo que dice él, Maestro.

Jesús piensa y calla… Pasan algunos minutos…

Luego Jesús dice:

–                       Oremos. El Padre nos ayudará…

Y todos oran fervorosamente.

El alba se ha teñido de colores. Atraviesan un poblado y toman el camino que va por la campiña…

El sol calienta más fuerte. Se sientan a comer a la sombra de un nogal gigantesco.

Jesús pregunta:

–                       ¿Estás cansada?  – a la niña que come sin ganas- Dínoslo y nos detendremos.

Áurea responde:

–                       No, no… vámonos.

Santiago de Alfeo dice:

–                       Se lo hemos preguntado varias veces. Pero siempre dice que no…

Áurea insiste:

–                       Puedo. Todavía tengo fuerzas. Vámonos lejos…

Vuelven a caminar y Áurea se acuerda de algo.

–                       Tengo una bolsa. Las señoras me dijeron: ‘La darás cuando empiecen los montes.’ Y los montes están aquí.

Jesús se detiene…

Ella busca en la alforja que Livia le dio. Saca la bolsa y se la entrega al Maestro.

Jesús dice:

–                       El óbolo… No quisieron quedarse sin dar las gracias. Son mejores que muchos de los nuestros… -mira a sus apóstoles y dice- Toma Mateo. Guarda este dinero. Nos servirá para hacer limosnas secretas…

Mateo pregunta:

–                       ¿Debo decirlo a Judas de Keriot?

Jesús dice tajante:

–                       No.

–                       Él va a ver a la niña…

Jesús no responde.

Continúan caminando con fatiga, debido al mucho calor, al polvo y al reverbero. Comienzan a subir el Monte Carmelo. Aunque aquí hay más sombra y está más fresco, Áurea va tropezando con más frecuencia.

Bartolomé se acerca a Jesús:

–                       Maestro, la niña tiene fiebre y está agotada. ¿Qué hacemos?

Áurea se niega a detenerse. Está colorada por la fiebre. Acepta que Bartolomé y Felipe le ayuden; pero continúa caminando…

Pasan la colina y llegan al otro lado. La llanura de Esdrelón está allá abajo y más allá las colinas entre las que se encuentra Nazareth…

Continúan caminando y casi al pie de la colina, distinguen a un grupo de discípulos. Para las mujeres hay una carreta de la que tira un fuerte mulo.

Jesús exclama:

–                       ¡Es la Providencia que nos socorre!   -y ordena que todos se detengan, mientras va a hablar con ellos y sobre todo con las discípulas.

La lleva aparte con Isaac y les cuenta algo de lo sucedido con Áurea:

–                       La arrebatamos a un patrón inmundo. Quisiera llevarla a Nazareth para curarla, porque está enferma de miedo y de cansancio. Peo no tengo en qué llevarla. ¿A dónde vais vosotros?

Isaac contesta.

–                       A Belén de Galilea. A la casa de Mirta. Es imposible tolerar el calor de la llanura…

–                       Id primero a Nazareth. Os lo pido por caridad. Llevadla a donde está mi Madre y decidle que dentro de tres días, estaré en casa. La niña tiene fiebre y por eso no debéis hacer caso de sus delirios. Os lo contaré después…

–                       Sí, Maestro. Lo que Tú quieras. Partimos al punto. ¡Pobrecita niña! ¿La azotaba?…

–                       Quería violarla.

–                       ¿Cuántos años tiene?

–                       Más o menos trece…

Mirta exclama:

–                       ¡Un vil! ¡Inmundo! Nosotros la cuidaremos con cariño. Somos madres, ¿Verdad Noemí?

Noemí contesta:

–                       Cierto Mirta. Señor, ¿Es tu discípula?

Jesús se queda callado por unos omentos y luego dice:

–                       No lo sé todavía… Rogad mucho y no digáis nada a nadie. ¿Entendisteis? A nadie.

Las dos mujeres afirman:

–                       Así lo haremos.

Van con el carruaje. Isaac guía. Lo siguen Jesús y las mujeres. La observan por unos momentos y…

Exclaman:

–                       ¡Qué hermosa es!

Mirta la acaricia y dice:

–                       Querida, no tengas miedo. Soy una mamá, ¿Sabes? Ven…   -Y entre todos la levantan y la acomodan en la carreta.

Isaac humedece estos paños para ponérselos sobre la frente…Siente su calor y exclama:

–                        ¡Qué calentura!… ¡Pobre hija!…

Las dos mujeres se inclinan sobre ella y muestran sus cuidados maternales…

Áurea no se da cuenta de lo que sucede a su alrededor, por la fiebre.

Cuando Isaac levanta el látigo para partir, le dice a Jesús:

–                       Maestro, en el puente encontrarás, a Judas de Keriot, que te está esperando como un mendigo…. Él fue el que nos dijo que pasarías por aquí. ¡La paz sea contigo, Maestro! Al anochecer estaremos en Nazareth!

El carruaje parte rápido… Y…

Jesús dice:

–                       ¡Demos gracias al Señor!

Suerte para la niña. Suerte para Judas. Es mejor que no se sepa nada…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA