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76.- EL RECURSO DEFINITIVO


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Las prisiones han quedado considerablemente vacías.

El pueblo está harto de sangre y empieza a manifestar cansancio y una alarma creciente, por los sucesos extraordinarios que envuelven la muerte de los condenados.

También temen a la venganza del Dios de los cristianos y al tifus que de las prisiones se ha extendido por la ciudad, pues cada día perecen más personas y todos están inquietos.

Y se preguntan si será necesario hacer sacrificios expiatorios para apaciguar al Dios Desconocido…

Porque si la ciudad fue incendiada por orden del César, a los cristianos se les ha estado castigando injustamente.

Pero por esa misma razón, el César y sus secuaces deciden ser más implacables en la Persecución y para calmar a la gente, ordenan nuevas distribuciones de trigo, aceitunas y vino.

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El emperador en persona, asiste a las sesiones del Senado, para promover el bienestar del pueblo y de la ciudad.

Pero hacia los cristianos NO HAY ni siquiera una sombra de clemencia.

El Amo del Mundo se ha propuesto fortalecer la convicción de que tan implacables castigos sólo pueden haberse aplicado, a los verdaderos culpables del incendio; porque tienen una religión criminal.

En el Senado NO se escucha ninguna voz en favor de los cristianos, porque comprenden que es inútil y nadie quiere ofender al César.

Los muertos son entregados a los parientes, pues las leyes romanas no incluyen en su venganza a los cadáveres.

Marco Aurelio siente un triste consuelo al pensar en que si Alexandra muere, él podrá sepultarla en la tumba de su familia y descansará a su lado.

Lo único que desea es encontrar los medios que le permitan verla, pues ya no abriga la menor esperanza de salvarla.

Entonces recuerda que David entraba y salía de la cárcel Mamertina como fosor. Y decidió hace lo mismo que él.

El encargado de las fosas pútridas fue sobornado y le admitió entre los esclavos a quienes mandaba a buscar cadáveres.

Es poco probable que le reconozcan, pues lo protegen las sombras de la noche, su vestimenta de esclavo y hay poca luz dentro de la prisión

¿Quién se imaginaría que un patricio, nieto de un senador e hijo de un cónsul, pueda andar revuelto entre los esclavos, conduciendo cadáveres y expuesto a los miasmas de los calabozos y las fosas pútridas?

Y empezó para el tribuno una faena a la cual solo se ven obligados algunos hombres… ya sea por su esclavitud o por su pobreza extrema.

Por la noche se vistió con alegría su traje de sepulturero. Se cubrió la cabeza con un paño empapado en trementina.

Y con el corazón palpitante de ansiedad de dirigió junto con los demás, al Esquilino.

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La guardia pretoriana revisó sus pases a la luz de la linterna.

Y los dejaron pasar.

Después de atravesar las enormes puertas de hierro…

Marco Aurelio se encontró en un amplio sótano abovedado, al cual siguen muchos más…

Unos cirios que dan muy poca luz, alumbran el interior de cada uno.

Algunos presos duermen pegados junto a las murallas.

Otros están sentados en el suelo, con los codos apoyados sobre las rodillas, orando o meditando.

Algunas madres acunan a sus hijos dormidos, otros beben agua de pequeñas ánforas.

En los ángulos, hay enfermos que son atendidos por los más sanos.

El pensar que Alexandra está en medio de tanta miseria y sufrimiento, le oprimió el corazón…

Y aumenta su deseo de encontrarla pronto.

En ese momento oye al encargado de las fosas pútridas…

Que dice:

–          ¿Cuántos cadáveres tenéis hoy?

El encargado de la prisión contestó:

–           Como una docena. Pero habrá más antes del amanecer, pues algunos están agonizando junto a las murallas.

Se escuchan entonces las voces de dos carceleros:

–           Estoy harto de custodiar a estos perros.

–           Mi trabajo no es mejor que el tuyo.

Y se queja de que algunas mujeres no se quieren separar de sus hijos muertos y han  tratado de ocultarlos.

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Este diálogo le recordó a Marco Aurelio la urgencia de encontrar a Alexandra.

Los sótanos están comunicados por pasadizos hechos recientemente…

Y los fosores solo pueden pasar cuando hay muertos que transportar.

Al tribuno se le encoge el corazón al pensar que puede perder el privilegio tan penosamente alcanzado…

Pero felizmente su jefe vino en su auxilio:

–           La infección se propaga más por medio de los cadáveres.

Es necesario sacar los muertos inmediatamente si no queréis morir junto con los presos.

El Decurión responde:

–           Somos solo diez guardias para todos los sótanos y es necesario que durmamos.

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–           Dejaré aquí cinco de mis hombres, quienes recorrerán los sótanos durante la noche, para que recojan a todos los que vayan muriendo.

–           Si haces eso, beberemos juntos mañana.

Sólo que es necesario someter todo cadáver a la prueba:

Hemos recibido la orden de atravesarles el cuello, antes de mandarlos a las fosas pútridas. El centurión encargado, supervisa.

–           Muy bien. Entonces mañana beberemos juntos.

Y enseguida escoge cinco hombres, Marco Aurelio entre ellos.

Y les dice:

–           Ya oyeron. Antes de sacar el cadáver, le avisan al centurión de los pretorianos.

Y se lleva a los demás, para que saquen los cadáveres que ya están listos para ser retirados.

Marco Aurelio respira aliviado.

Ahora por lo menos está seguro de que podrá encontrarla.

Examinó cuidadosamente el primer sótano.

Vio a los que junto a las paredes duermen envueltos en sus mantos.

Y algunos enfermos graves que son velados con mucho amor…

Pero Alexandra no está aquí. Ni en el segundo. Ni en el tercero…

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Los guardianes instalados en los corredores también duermen.

El único sonido que se escucha es el murmullo de los que están despiertos y hablan en voz baja.

Marco Aurelio llega al cuarto sótano que parece ser el más pequeño y levantando la linterna, se estremece de alegría.

Porque cerca de una abertura enrejada que hay en la muralla, le pareció ver la gigantesca silueta de Bernabé…

Se acerca con cuidado y le dice:

–           La paz sea contigo. ¿Eres tú, Bernabé?

El gigante se sorprende…

Volviendo la cabeza, pregunta:

–           Y también contigo. ¿Quién eres?

Marco Aurelio a su vez, cuestiona:

–           ¿No me conoces, hermano mío?

–           ¿Cómo quieres que lo haga, si apenas te veo?

Pero Marco Aurelio ve a Alexandra recostada cerca de la pared y envuelta en un manto.

Y sin decir nada más, se arrodilla junto a ella.

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Entonces Bernabé lo reconoció…

–          ¡Alabado sea Jesucristo! Eres tú…

Marco Aurelio contesta con voz trémula:

– Eternamente lo sea…

Marco Aurelio la contempla por un laguísimo momento…

Y las lágrimas se deslizan por sus pálidas mejillas.

A pesar de la oscuridad distingue su rostro, iluminado por la luz de la luna que se filtra a través de la pequeña abertura.

La ve tan pálida, que parece de alabastro.

Su amor se desborda, pero no se atreve a tocarla.

Siente tanta piedad, respeto, adoración…

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Que sin poder contenerse, inclina su cara hasta el suelo…

Y luego acerca sus labios a  la cabeza de la que para él, es lo más amado en el mundo.

Bernabé contempla largo tiempo al tribuno en silencio…

Y finalmente tirando de su túnica.

Le preguntó:

–           ¿Vienes a salvarla?

El joven militar se levanta.

Y controlando sus emociones dijo al fin:

–           Indícame los medios.

–           Creí que tú los habías encontrado. Solamente uno me ha venido a la cabeza.

Y al decir esto mira el enrejado que hay en la muralla, en la abertura por la cual le vio Marco Aurelio.

Y agregó:

–           Por allí. Pero habrá soldados afuera…

–           Un centenar de pretorianos.

–           ¿Entonces no podríamos pasar?

–           ¡NO!

El Parto se llevó la mano a la frente con desaliento…

Y preguntó:

–           ¿Cómo llegaste hasta aquí?

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–           Tengo un pase de entrada como fosor de las fosas pútridas…

Se para en seco.

Una idea como un relámpago ilumina su semblante…

Y dice con precipitación:

–           ¡Ya sé!… Me quedo en su lugar. Que ella tome mi pase. Puedo darle mi traje.

Entre los esclavos hay muchachos jóvenes. Los pretorianos no se fijarían en el cambio.

Y una vez que ella se encuentre en la casa de Petronio, ella estará a salvo.

Pero Bernabé NO comparte su entusiasmo…

Deja caer la cabeza sobre el pecho.

Y dice con consternación:

–           Ella no consentirá, porque te ama. Y además está enferma e imposibilitada para levantarse.

Si ni tú, ni el noble Petronio habéis podido sacarla de la prisión. ¿Quién podría?

–           Solamente Dios.

–           Cristo hubiera podido salvar a todos los cristianos.

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NIÑOS CRISTIANOS PRESOS, ANTES DE SER QUEMADOS VIVOS POR EL ESTADO ISLÁMICO

Y el parto con sencillez, agregó:

–            Pero si NO lo ha hecho y seguimos aquí… Es porque ha llegado la hora del Martirio y de la Muerte.

Marco Aurelio se arrodilla nuevamente junto a su joven esposa.

Alexandra abre los ojos y pone su mano ardiente por la fiebre, en el brazo de él.

Mientras le dice con infinita ternura:

–           Te veo, Marco Aurelio. Sabía que vendrías.

El tomó su mano y llevándola a los labios, murmuró:

–           He venido… ¡Alexandra adorada! –y no dijo más porque siente su corazón acongojado…

Y NO quiere aumentarle sus penas.

–           Marco, estoy enferma y voy a morir. En la cárcel o en la arena…  ¡He orado tanto al Señor, pidiéndole que me dejara verte por última vez!…

¡Y has venido, amor mío!… Jesús escuchó mi plegaria.

Marco Aurelio fue incapaz de contestarle y solo estrechó a la joven contra su corazón…

Ella continuó:

–           Yo te vi a través de la ventana del Tullianum. ¡Y supe que sentías lo mismo que yo!

Porque estamos unidos en el mismo anhelo.

¡Bendito sea Dios que nos ha permitido despedirnos!…

Me voy con Él, al Cielo Marco. Pero te amo y te amaré eternamente.

El tribuno consiguió dominarse.

Ahogó heroicamente su inmenso dolor y lo entregó a Jesús.

Inmediatamente sintió la Paz que le ayudó a hablar con serenidad…

Y firmeza:

–           ¡No, Alexandra mía! ¡Tú no morirás!

Jesús me preguntó que si confiaba en Él… Y yo confío en Él. Yo tengo Fe y le estoy pidiendo a Dios un milagro.

Ya agoté todos los recursos humanos. Y es Nerón el que te mantiene aquí.

Pero yo creo que nuestro Dios es Todopoderoso y el poder del emperador, es polvo junto a Él.

¡Si tú supieras las cosas que hemos visto últimamente!…

Alexandra lo interrumpió:

–          ¡Oh, Marco! El mismo Cristo le dijo al Padre:Aparta de mis labios este amarguísimo cáliz, pero NO se haga mi voluntad, sino la tuya…’

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Y lo apuró. Cristo murió en la Cruz y millares de confesores están muriendo ahora por Él

¿Por qué tendría que exceptuarme a mí? ¿Quién soy yo, Marco?

Al propio Pedro le he oído decir que él también morirá martirizado…

Y cuando pedimos el Bautismo, sabemos que estamos pidiendo el Martirio.

Cuando los pretorianos nos arrestaron, tuve miedo a la tortura y a la muerte. Pero ya NO les temo. Mira qué terrible prisión es ésta. También es dulce sufrir por Jesús.

El Dolor es temporal, pero yo voy al Cielo. Piensa que aunque el César reina aquí y es malo y cruel con nosotros; allá Reina el Redentor Bueno y Misericordioso. Allá NO hay sufrimiento, ni tortura, ni muerte.

Tú me amas como yo te amo. Piensa cuán feliz voy a ser, ¡Oh, mi adorado Marco!

En la Casa de nuestro Padre, en donde yo te estaré esperando. Piensa que allá estaremos juntos y felices por toda la Eternidad.

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Se detiene para tomar aliento y tomando en sus manos el rostro de él, le besa dulcemente en los labios.

Y en aquellas manos varoniles tan fuertes…

Y ¡Tan amadas!…

Suspira profundamente y dice:

–           ¿Marco Aurelio?

–           Dime, amor mío…

–           No llores por mí. Ten esto presente: esto NO se acaba aquí. Es muy poco el tiempo que hemos vivido y NI siquiera hemos podido hacerlo juntos. Pero Dios nos unió.

Aunque NO hemos consumado nuestro matrimonio, somos una sola alma. Y le diré a Jesús que aún cuando mi muerte te causó mucho dolor, tú NO blasfemaste contra Él, NI te alejaste de Él.

Veré con alegría que tú acataste su Voluntad y seguiste amándolo cada día más. Porque nos uniremos con Él en la eternidad… y Él me dejará venir por ti… Porque le amarás ¿No es así?

Y sufrirás con paciencia mi ausencia. ¡Te amo tanto y  deseo estar contigo en el Cielo! –le faltó de nuevo el aliento y luego dijo en voz baja- ¡Prométeme esto, Marco!

Marco Aurelio la abrazó temblando…

Y llorando silenciosamente.

Luego dijo con voz clara y firme:

–           ¡Claro que te lo prometo, amor mío!

El rostro de Alexandra se volvió radiante…

Y murmuró con deleite, en su voz vibrante de felicidad:

–           ¡Soy tu esposa!

Y los dos al mismo tiempo, empezaron a orar el ‘Pater Noster’…

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Por espacio de tres noches, nada turbó la paz de los amantes esposos.

Cuando terminaba la faena diaria de la cárcel, la cual consistía en separar a los enfermos graves…

Marco aurelio oraba por ellos y los confortaba.

Y una vez que los guardias se iban a dormir en los corredores, el joven tribuno entraba en el sótano de Alexandra y  permanecía con ella hasta rayar el alba.

Ella apoyaba su cabeza en el pecho de Marco Aurelio y ambos hablaban en voz baja: del amor y de la muerte.

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Él le contó los prodigios que hizo el Señor en las mazmorras de Calígula, la noche del banquete truncado.

La valentía de Margarita y su martirio…

También lo sucedido con Prócoro en los jardines imperiales: su acusación al César y su martirio.

En pensamientos y palabras. En deseos y esperanzas…

Sin darse cuenta ellos mismos, se fueron desprendiendo más y más de la Existencia.

Y parecían dos navegantes que partían en un viaje hacia el infinito, pues sus almas gemelas se unieron en tal forma tan íntima y espiritualmente, por aquel amor recíproco que se tenían a través de Dios…

Hasta que ese amor humano divinizado, maduró y se convirtió e un amor perfecto.

Tan fuerte y tan grande, que los llena de plenitud y de una dicha incomparable.

Y los dejó listos para emprender el vuelo hacia lo eterno…

Solo por momentos hay en el corazón de Marco Aurelio oleadas de Dolor que lo sumergen como torbellinos…

Pero ora y los entrega a Jesús.

Y enseguida vuelve aquella Paz inalterable…

También hay relámpagos de esperanza que le hacen vislumbrar aquel milagro tan anhelado…

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Llamaradas de confianza nacidas de su amor y de su Fe en el Dios Crucificado.

Sus almas se han desprendido de las vanidades del mundo y de todo lo terrenal…

Y aceptan apaciblemente la Voluntad de Dios, en todo lo que el destino les tenga reservado.

En la mañana, cuando sale de la prisión y regresa a la casa de Petronio, le parece estar soñando…

Todo se ha vuelto tan extraño y distante, que es como si él mismo ya no perteneciese a este Mundo.

La tortura ha dejado de ser terrible…

Su espíritu se ha fortalecido. Y ahora comprende por qué los mártires soportan todo con ese heroísmo extraordinario.

Él mismo siente esa fortaleza y la alegría de tener a Dios consigo…

Pablo les envía la Eucaristía.

¡Cómo anhelan los cristianos esa Sagrada Comunión!

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En ella está el secreto de su heroísmo…

Y en Marco Aurelio le ayuda a llevar su martirio moral y espiritual, con más entereza cada día.

Todas las prioridades de su vida han cambiado.

A los dos amantes esposos, les parece que la eternidad ha comenzado a recibirlos.

Bajo el imperio del terror y de la muerte. En medio de la amargura y del sufrimiento.

En el fondo de aquel sombrío calabozo, se ha abierto el Cielo para ambos; pues ella ha tomado a su esposo de la mano y le ha llevado como un ángel salvador, hacia la Fuente de la Vida.

Aprendió, con la sabiduría y los dones del Espíritu Santo, a conocer y a amar a Dios como jamás lo creyó posible.

Y su Fe y su amor crecieron en una forma impresionante.

Al ser sostenidos solamente POR EL PODER DE DIOS.

Y ambos dicen con Adoración: “HÁGASE TU VOLUNTAD” con un ímpetu nacido desde lo más profundo de su corazón…
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En el crisol de esta prueba tan dolorosísima, ahora ambos anhelan ardientemente el Cielo.

Por su parte, Petronio ha observado que su sobrino pasa las noches fuera de casa.

Y pensó que tal vez ha ideado un nuevo plan para liberar a Alexandra, de la cárcel del Esquilino.

Pero se abstiene de preguntarle por temor de arruinarle sus proyectos.

Aunque no logra adivinar como podría ser esto posible.

Porque este escéptico de tan exquisito buen gusto, con los últimos acontecimientos ya no sabe qué pensar…

Su fracaso en el intento de liberar a la joven de la prisión Mamertina, le quitó seguridad en sí mismo y en su buena estrella.

Duda mucho de que tengan éxito las nuevas tentativas de Marco Aurelio.

La prisión del Esquilino no es tan terrible como el viejo Tullianum, cercano al capitolio.

Pero está cien veces mejor custodiada.

Petronio comprende que Alexandra ha sido conducida allí, sólo para que no muera y escape del Anfiteatro.

Petronio piensa con una gran preocupación:

–           Es evidente que tanto el César como Tigelino, la han reservado para un espectáculo especial, más horrendo que los anteriores.

Y Marco Aurelio tiene ahora más probabilidades de perderse a él mismo en su nuevo proyecto, que de salvar a Alexandra.

Y al mismo tiempo, este gran augustano está estupefacto, porque nota ahora en el semblante de su sobrino, una Paz y una Alegría que NO había tenido nunca.

Piensa que tal vez verdaderamente el tribuno ha encontrado el medio para rescatar a su esposa.

Y se siente mortificado de que el joven no le haya confiado nada.

Al cuarto día, incapaz de contenerse por más tiempo,

le dijo:

–           Ahora tienes otro aspecto. No trates de ocultarme tus secretos pues bien sabes que tengo voluntad y medios para apoyarte. ¿Has dispuesto algo?

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Marco lo mira con una expresión indefinible..

Y luego declara:

–           Sí. Pero tú no puedes ayudarme. Después de que ella muera, confesaré públicamente que soy cristiano y me reuniré con ella.

–           ¿Entonces ya no abrigas ninguna esperanza?

–           Por el contrario. Las abrigo todas. Cristo nos unirá eternamente y ya no volveremos a separarnos jamás.

Petronio empezó a pasearse por el atrium.

Y en su semblante se reflejan la desilusión y la impaciencia…

Finalmente dijo:

–           Tu Cristo no hace falta para eso. El Thanatos (La muerte) nuestro, te puede prestar el mismo servicio.

Marco Aurelio sonrió con cierta tristeza…

Y con resignada fortaleza, dijo:

–           No querido mío. Tú no puedes comprender… Si alguna vez te decidieras a ser cristiano, entonces tal vez…

Pero ahora…  Ni puedo explicártelo, ni tú podrías entenderlo. Perdóname, necesito ir a ver a Alexandra.

Y salió.

Dejando a Petronio más confundido que nunca.

Se dirigió apresuradamente a recoger su pase.

Pero lo esperaba una contrariedad.

El encargado se lo negó, diciendo:

–           Lo siento. He hecho por ti cuanto me ha sido posible, pero ya no puedo seguir arriesgando mi vida.

Han reforzado la guardia con oficiales. Los calabozos están llenos de soldados. Si llegan a reconocerte, mis hijos y yo estamos perdidos.

Marco Aurelio comprende que es inútil insistir.

No obstante abriga la esperanza de que los soldados que antes le han visto entrar, le admitan sin presentar el pase. Llegada la noche se disfrazó como de costumbre y fue a la prisión.

Pero aquel día los pases fueron examinados con mayor cuidado.

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Y lo peor…

Julio Vindex, soldado muy estricto y que pertenecía a la guardia personal del César, lo reconoció…

Pero se movió a compasión por el infortunio del augustano.

Y en lugar de golpear con su lanza el escudo, para dar la alarma.

Condujo aparte al tribuno y le dijo:

–           Señor, regresa a tu casa. Sé quién eres y no quiero tu ruina, por eso guardaré silencio.

No puedo dejarte pasar. Regresa por donde has venido y quieran los dioses suavizar tu dolor.

Y Marco Aurelio emprendió el regreso con un nuevo dolor en el corazón…

Al día siguiente el cónsul Lucio Calpurnio Víndex, junto con el senador Flavio Escevino, visitaron a Petronio.

El cónsul estuvo conversando con él, acerca de los aciagos tiempos que están viviendo y del César.

Vindex se expresó con tan abierta franqueza, que Petronio se mostró cauteloso y prudente, aún cuando lo considera un buen amigo.

Éste se quejó de estar llevando una existencia llena de locura e injusticia.

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Teme que todo aquello termine en una tragedia peor que el Incendio de Roma, ya que los mismos augustanos están descontentos y asustados con todo lo que ha sucedido, con el asunto de los cristianos.

Que Vinicio, el Segundo Prefecto de los Pretorianos, no está de acuerdo con las infames órdenes de Tigelino.

Y que todos los parientes de Séneca están muy consternados por la conducta del César con su antiguo maestro, así como con el mismo Lucano.

Finalmente aludió al descontento que hay entre el pueblo y aún entre los mismos pretorianos, cuya lealtad en su mayoría, se está ganando el mismo Vinicio.

Petronio le preguntó:

–           ¿Por qué me estás diciendo todo esto?

Calpurnio contestó:

–           En interés del César. Tengo un sobrino entre los pretorianos que también se llama como yo y por él, sé lo que pasa en el campamento.

El disgusto aumenta también allí. Calígula enloqueció y tú sabes lo que le pasó con Casio Queroneo. Él fue el que liberó al mundo de un monstruo.

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–           ¿Lo que estás tratando de decirme es que aunque  no apruebas a Casio Queroneo, necesitamos más hombres como él?

En lugar de contestar, Calpurnio cambió el tema y empezó a elogiar a Pisón.

Exaltando su familia, su nobleza de espíritu, todas las cualidades de su carácter, su intelecto, su ecuanimidad y su simpatía.

Y agregó:

–           El César no tiene descendencia y todos creen que Pisón será su sucesor y además, le miran con agrado. Fenio Rufo, le ama. Hay muchos que le son adictos y morirían por él. Puedo proporcionarte todos los nombres.

–           No es conveniente que lo hagas.

–           Muchos simpatizan con los cristianos y están en contra de la Persecución que se les hace a esos infortunados.

Esto debiera ser para ti una cualidad que te predispusiera en su favor, pues a ti también te importa que se acabe esta locura.

–           No a mí, sino a Marco Aurelio.

Por consideración a él, quisiera yo salvar a cierta doncella.

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Pero no puedo, pues ya he perdido el favor de Enobarbo.

Calpurnio se extrañó:

–           ¿Cómo puedes decir eso? ¿Acaso no has notado que el César te busca nuevamente y empieza a conversar contigo otra vez?

Petronio respondió:

–            Te diré por qué. Se está preparando para la expedición a Acaya, donde piensa cantar en griego sus himnos.

El senador:

–           Arde en deseos de emprender el viaje, pero en realidad les teme a los griegos.

Calpurnio:

–           Piensa que allá le espera el más grande triunfo o el peor de los fracasos.

El senador Escevino exclamó:

–        ¡Por supuesto! Necesita un buen consejo y él sabe que nadie puede dárselo mejor que tú.

–        Eres su director artístico. Esa es la razón por la que estás empezando a recuperar su favor.

Petronio replicó sereno:

–           Lucano podría ocupar mi lugar.

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Los dos opinaron:

–           Barba de Bronce aborrece a Lucano. Está lleno de envidia hacia él.

–           En lo íntimo de su ser ya tiene decretada su sentencia de muerte.

Y Calpurnio agregó:

–           El poeta ya está condenado, solo está buscando el pretexto.

Petronio se defendió:

–           ¡Por Zeus! Es muy posible que yo pudiera tener otro medio para recuperar pronto su favor.

–           ¿Cuál?

–           Repitiendo a Barba de Bronce todo cuanto acabas de decirme.

Calpurnio palideció y exclamó alarmado:

–           ¡Yo no he dicho nada!

Petronio puso una mano en el hombro del cónsul,

Y dijo:

–           Tú has llamado loco al César. Has previsto la sucesión de Pisón y has dicho: ‘Lucano comprende la necesidad de apresurar las cosas’ ¿Qué cosas quieres tú apresurar, caro amigo?

Calpurnio se puso todavía más pálido…

Y por un instante los dos se miraron a los ojos.

Luego exclamó:

–           ¡Tú no lo repetirás!

–           ¡Por Zeus! No lo repetiré, es verdad. ¡Qué bien me conoces!

No puedo repetir lo que no he oído y por otra parte ¡Tampoco quiero oír! ¿Me entiendes?

La vida es demasiado corta para que en ella encuentre tiempo, para iniciar empresa alguna que valga la pena.

Lo único que te pido es que saliendo de aquí visites a Tigelino y converses con él un tiempo igual al que has utilizado para hablar conmigo, acerca del tema que mejor  te plazca.

–           ¿Por qué?

–           Si alguna vez Tigelino me llega a decir: ‘Calpurnio estuvo contigo’

Yo quiero poder contestarle, ‘También estuvo contigo ese mismo día.’

Calpurnio al escuchar estas palabras, rompió su bastón de marfil que traía en la mano.

Comprendió la sabiduría y la astucia que encerraban…

Y dijo:

–           ¡Reniego de ese bastón! Iré a ver a Tigelino hoy mismo y después iré a la fiesta del César. Supongo que también irás tú…

Petronio lo miró sin contestar.

Y el otro se despidió:

–            En todo caso, adiós.

Escevino se despidió diciendo:

–         Volveremos a vernos hasta que nos encontremos en el Anfiteatro.

Y Calpurnio:

–          En donde se presentarán pasado mañana, los últimos cristianos. ¡Hasta entonces!

Los dos distinguidos visitantes se fueron muy apresurados.

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Cuando Petronio se quedó solo…

Se repitió en voz alta:

–           ¡Pasado mañana!… ¡No hay tiempo que perder!

Y decidió intentar el último recurso…

En el Banquete, el César habló con Petronio de Acaya y de las ciudades que visitarán en su gira artística.

Los que le preocupan más son los atenienses…

Y Petronio se dio cuenta de que les teme.

Nerón tiene un verdadero pánico escénico y dijo:

–           Creo que no he vivido hasta ahora y me imagino que voy a nacer solamente en Grecia.

Petronio le contestó:

–           Allá vas a nacer a una nueva gloria y a la inmortalidad.

–           Confío en que esto sea cierto y que Apolo no se muestre envidioso. Si de allí regreso triunfante, le he de ofrecer una hecatombe, como antes no la haya tenido ningún otro Dios.

El barco ya está listo en Nápoles. Quisiera partir mañana mismo, si fuera posible.

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Al oír esto, Petronio se levantó. Y mirando fijamente a Nerón,

Dijo:

–           ¡Oh, divinidad! Permíteme celebrar entonces una fiesta nupcial, a la que te he de invitar a ti, antes que a todos los demás.

–           ¿Una fiesta nupcial? ¿Qué fiesta nupcial?

–           La de mi sobrino Marco Aurelio con aquel rehén tuyo: la hija del rey Artabán. Ella está actualmente en una prisión pero por su calidad de rehén, no puede estar sujeta a encarcelamiento.

Además, tú mismo dispusiste que Marco Aurelio se uniese a ella en matrimonio y siendo tus sentencias inmutables como las de Zeus, tú has de ordenar que salga de la prisión y yo la entregaré a tu elegido.

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La sangre fría y la tranquila seguridad en sí mismo, con que Petronio habló, dejó perplejo a Nerón.

Y bajando los ojos dijo:

–           Ya sé. He pensado en ella y en aquel gigante que mató a Atlante.

Petronio contestó con firme tranquilidad:

–           En ese caso ambos están salvados.

Pero Tigelino intervino rápidamente en ayuda del César diciendo:

–           Ella está en prisión por voluntad del César. Y tú mismo has dicho ¡Oh, Petronio! Que sus sentencias son inmutables.

Todos los presentes conocen la historia de Marco Aurelio y de Alexandra. Y saben exactamente de qué se trata.

Así pues, se hizo un profundo silencio, esperando el resultado final de esta conversación.

Petronio replicó enfático:

–           Ella está en una prisión contra la voluntad del César y a causa de un error tuyo, nacido de tu ignorancia de la Ley de las Naciones.

Tú eres un necio, Tigelino. Pero aún así, no serás tan tonto como para afirmar que ella incendió a Roma. Esa acusación nadie te la aceptará.

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Pero Nerón ya se recuperó de la sorpresa.

Y entrecerrando sus ojos miopes con una cruel malicia, dijo:

–           Petronio tiene razón.

Tigelino lo miró sorprendido…

–           Petronio tiene razón. – repitió.

Y agregó sentenciando:

–          Mañana serán abiertas para esa joven, las puertas de la prisión.

Y en cuanto a la fiesta nupcial, hablaremos de ella al día siguiente de nuestra fiesta en el Anfiteatro.

Petronio suspiró…

Y pensó:

–           He perdido nuevamente.

Y al llegar a su casa se sintió tan deprimido y tan seguro de que ya llegó el fin para Alexandra…

Que mandó al Anfiteatro a uno de sus libertos, para negociar con el jefe del spolarium, la entrega del cadáver de la joven.

Para poder después entregárselo a Marco Aurelio…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA,CONÓCELA

57.- EL QUE ESTÁ DESTINADO A LA CARCEL…


bacanales-en-el-imperio-romanoAl separarse de César, Petronio ordenó que lo condujesen a su casa de las Carenas la cual, rodeada por jardines que ocupan una extensión enorme, había escapado de ser arrasada por el fuego.

Por esta causa, otros augustanos que perdieron sus propiedades y dentro de ellas considerables riquezas y numerosas obras de arte, alaban la buena suerte de Petronio.

Él había sido considerado un hijo predilecto de la fortuna, mientras gozó del favor del César. Pero eso ya se había terminado…

Dentro de su litera, reflexiona con ironía:

–           ¡Por Zeus! ¡Y pensar que tuve en mis manos él haber sido prefecto en lugar de Tigelino! Lo hubiera entregado como incendiario al populacho, brindando protección al inocente. Hubiera reconstruido Roma… Yo debí haber asumido ese puesto. Y si la tarea hubiera sido abrumadora, me quedaba el recurso de transferir a Marco Aurelio el mando; a lo cual Nerón ni siquiera se hubiera opuesto.

Y aunque mi sobrino hubiese bautizado a todo el imperio, incluido el mismo César ¿En qué me habría perjudicado? Nerón piadoso y lleno de virtud. ¡Oh! Ese sí que hubiera sido todo un espectáculo… -y comenzó a reír ante esa perspectiva.

Luego  agregó con amarga decisión- él ‘hubiera’ NO existe. El momento pasó y no lo hice. En este mundo hay cosas bellas, pero la mayor parte de los hombres son tan viles, que la vida no merece apenarse por ella. Quién ha sabido vivir, debe saber morir. Aun perteneciendo a la corte, he sido más independiente de lo que yo mismo esperaba.

Todos pensarán que estoy temblando de miedo, pero no es así. Sabía que este momento tarde o temprano llegaría. La muerte piensa en nosotros, sin necesidad de que le ayudemos. Sería una maravilla que en realidad existan los Campos Elíseos y en ellos se pasearan las sombras de los humanos.

Aurora y yo estaríamos juntos y vagaríamos por el Prado de Asfódelos. Tal vez en aquella sociedad, todos serían más decentes. ¡Estoy harto de todos estos bufones y charlatanes de los que me he rodeado hasta hoy!

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Y observó con asombro, la enorme distancia que en su interior mantiene con todas aquellas gentes a las que ha conocido y valorado oportunamente y a las que desprecia más que nunca.

Meditó en su situación personal y comprendió que su ruina es definitiva, aunque no tan inmediata.

Nerón había pronunciado unas cuantas y muy selectas frases acerca de la amistad y la clemencia, para disfrazar ¿Qué?…

–           Jugará conmigo como el gato con el ratón, antes de engullírselo. Tendrá que buscar pretextos. Y mientras los encuentra, bien puede pasar mucho tiempo. Ahora lo importante, es que celebrará con cristianos los próximos juegos.

Y solo después de que éstos se hayan terminado, pensará en mí. Y siendo así, no tengo porqué tomarme ninguna molestia. No voy a hacer un solo cambio en mi sistema de  vida. Un peligro más inmediato es el que amenaza la vida de Marco Aurelio. ¡Tengo que salvarlo de alguna manera!

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Ordenó a los cuatro fornidos bitinios que aceleren el paso y su litera avanzó con premura  a través de los escombros, piedras y montones de cenizas, de que está lleno el barrio de las Carenas, hasta llegar a su palacio particular.

Al entrar, el mayordomo le avisa que Marco Aurelio le espera en la biblioteca.

Rápido se dirigió hacia allí y sus primeras palabras a su sobrino fueron:

–           ¿Has visto hoy a Alexandra?

–           Sí. En la mañana la dejé en la casa de Calixto el cantero. He venido a despedirme. Hoy nos vamos a Sicilia.

–           ¡Magnífico! ¡Es una excelente noticia! ¡Bien! Escucha lo que voy a decirte y no pierdas tiempo en hacer preguntas. Esta mañana se ha resuelto en casa del César, culpar a los cristianos del incendio de Roma. Les amenazan la persecución, las torturas y el exterminio.

Y éstas pueden empezar hoy mismo. Toma a Alexandra y huyan inmediatamente. Pasa los Alpes y llega hasta África si es posible. Y apresúrate, porque el Transtíber está más cerca del Palatino que esta casa. 

Marco Aurelio es demasiado soldado para perder el tiempo en averiguaciones inútiles.

Escuchó a Petronio, frunció el entrecejo y se dibujó en su rostro una expresión anhelante, terrible y luego impávida.

Su primer impulso ante el peligro, es defenderse y dar batalla, pero…

–           Voy. –se limitó a decir.

–           Una cosa más. Lleva una bolsa de oro, armas y un puñado de tus cristianos. ¡Y en caso necesario, arrebata a Alexandra de manos de tus enemigos!

Marco Aurelio se encuentra ya en la puerta del atrium,

Cuando Petronio exclamó:

–           ¡Espera! ¡Dionisio, vete con él! –Ordenó al esclavo portero-Te acompañará para que me mandes con él las noticias pertinentes.

Al quedar solo, Petronio empezó a pasearse entre las columnas del atrium y la extensa galería que va hasta el jardín del fondo, con las manos entrelazadas en la espalda y su concentrada expresión pensativa. Nadie se atrevió a molestarlo.

Está muy preocupado y tiene la esperanza de que nadie en el Palatino sepa en donde encontrar a Marco Aurelio y a Alexandra.

Tal y como están las cosas, espera que ellos se pongan a salvo antes de que lleguen los pretorianos. Pues sabe que Tigelino es como un león voraz y su crueldad debe haber extendido sus redes por toda la ciudad, para cazar el mayor número posible de cristianos.

–           Aun cuando manden una decuria en busca de Alexandra, ese gigante parto les romperá los huesos. Ojala  Marco Aurelio llegue a tiempo.

Y esta idea le tranquilizó. Pues lo desea con ferviente anhelo y es su última esperanza.

Es verdad que resistir a los pretorianos es casi lo mismo que declararle la guerra al César.

Petronio también sabe que sustraer a Marco Aurelio a la venganza de Nerón, le reportará que esa venganza caiga sobre su propia cabeza. Más es lo que menos le importa.

Al contrario, le complace la idea de trastornar los planes de Nerón y de Tigelino.

Y resolvió no omitir en esta empresa, ni hombres, ni recursos. Puesto que en Anzio  los amigos de Marco Aurelio habían convertido a la mayor parte de sus esclavos, sabe que al empeñarse en la defensa de los cristianos, puede contar con el celo y la abnegación de todos ellos.

La llegada de Aurora, interrumpe el curso de sus meditaciones y al verla se desvanecieron inmediatamente todas sus preocupaciones.

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Olvidó al César, la desgracia en la que ha caído, la degradación de los augustanos, la persecución que amenaza a los confesores de Cristo. Y olvidó también a Marco Aurelio y a Alexandra, para concentrar su pensamiento solo en Aurora, a quién mira con ojos de verdadero enamorado y amante.

Deleitándose con su hermosura perfecta y llena de gracia. Está ataviada con un vestido de gasa transparente que deja traslucir las formas de todo su cuerpo y está bella como una diosa.

Radiante y sonriente, sintiéndose admirada y deseada por Petronio, amándole a su vez con todo su ser y anhelando siempre sus caricias. Al estar frente a él, se cubrió de rubor su bello rostro, cual si en realidad fuera una inocente virgen.

Petronio extendió los brazos en una muda invitación y preguntó:

–           ¿Qué sucede, carísima?

Aurora inclinó su áurea cabeza y contestó:

–           Artemio ha venido con sus coristas y pregunta si deseas oírle.

–           Que espere. Nos cantarán durante la comida el himno a Apolo. ¡Por Zeus! Cuando te veo frente a mí, me parece tener delante a Venus Afrodita, velada por un cendal etéreo.

–           ¡Oh,  mi amado señor!

–           Ven aquí, Aurora. Estréchame en tus brazos y bésame. ¿Me amas?

–           Tanto como no lo podéis imaginar.

Y oprimiendo con los suyos los labios de Petronio, en un apasionado beso; se estrechó entre sus brazos temblando de felicidad.

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Después de deleitarse mutuamente, gozándose en su amor por un largo rato…

Petronio dijo:

–           ¿Y si fuera necesario que nos separásemos?

Aurora se alarmó, se estremeció y preguntó:

–           Señor. ¿Qué dices?

–           Nada temas. Te hago esta pregunta, porque es posible que deba emprender un largo, muy largo viaje…

–           Llévame contigo a donde sea. No me importa. Yo no puedo vivir sin ti. Así fuese hasta la misma muerte, ¡Por favor te lo suplico, señor! ¡No me separes nunca de ti! ¡Qué me importa nada en la vida si no te tengo!…

La siempre tímida Aurora ha dicho todo esto con un tono tan apasionado…

Que Petronio, asombrado y conmovido, cambia rápidamente de tema y dice:

–           Dime ¿Hay asfódelos en los prados del jardín?

–           Los cipreses y el pasto, se pusieron amarillos por el fuego. Los mirtos se han deshojado y todo el jardín parece como si hubiera muerto.

–           Roma entera está así. Y pronto se convertirá en un cementerio… ¿Sabes que Nerón ha promulgado un Edicto contra los cristianos y ya comenzó la Persecución?

–           ¿Por qué castigar a los cristianos, señor? Son buenos y pacíficos.

–           Por esa misma razón. Quieren exterminarlos…

ENAMORADOS

–           Vámonos al mar. Tus hermosos ojos no gustan del espectáculo de la sangre.

–           Así es. Pero mientras es necesario reconfortarme. Ven conmigo. Me daré un baño con agua de rosas y me ungirás. Y luego, después de… (Hace un gesto pícaro y tierno.)¡Nos tomaremos un refrigerio porque tendremos mucha sed!…

¡Por Venus! ¡Nunca me has parecido más hermosa! Voy a ordenar que hagan para ti, un baño en forma de concha. Tú en ella te verás como una preciosísima perla. ¡Ven diosa mía de cabellos de oro!…

Dos horas después ambos amantes, coronados de rosas y con los ojos nublados por el placer, descansan en el triclinium, gozando de deliciosas viandas y exquisitos licores, servidos en la más preciosa vajilla que el arte puede ofrecer.

Escuchan el himno a Apolo  cantado al son de las arpas y los coros de Artemio.

Ellos son felices, disfrutando del amor, de la vida y sus deleites.

Pero antes de que termine el himno, Héctor el mayordomo, entró en el triclinium.

Su voz está temblorosa por la alarma al anunciar:

–           Amo, un centurión con un destacamento de pretorianos, está esperando en la puerta y por orden del César desea verte.

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Al punto se suspendieron el canto y los sones de los laúdes. Y el temor se apoderó de todos los presentes, porque el César para sus comunicaciones con personas amigas, no acostumbra servirse de los pretorianos. Y la presencia de ellos no augura nada bueno.

Petronio es el único que no demuestra ninguna emoción…

Pero con el tono desdeñoso de un hombre al que fastidian visitas inoportunas, dijo:

–           Bien podrían dejarme comer en paz. Tráelo aquí.

Héctor desapareció detrás de la cortina y un momento después se oyeron los pesados pasos militares.

Y se presentó Marcelo, centurión a quién Petronio conoce.

El militar lo saludó:

–           Salve, noble señor. Te traigo una carta del César.

Petronio extendió su blanca mano, la tomó y la leyó.

Luego la pasó a Aurora con ademán tranquilo diciendo:

–           Esta noche se propone dar lectura a un nuevo libro de su troyada  y me invita a que lo escuche.

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El centurión dice:

–           Solo he recibido la orden de entregarte la carta.

Petronio sonríe y confirma:

–           Sí. No hay respuesta. Pero Marcelo, bien puedes descansar un momento en nuestra compañía y escanciar una copa de vino.

–           Gracias te doy, noble señor. Una copa de vino beberé gustoso a tu salud. Pero descansar no me es posible, porque estoy de servicio.

–           ¿Por qué te dieron la carta a ti y no me la enviaron con un esclavo?

–           No lo sé, señor. Tal vez porque yo debía venir en esta dirección en desempeño de otro encargo.

–           Lo imagino… Contra los cristianos. ¿No es así?

–           Así es, señor.

–           ¿Desde cuándo empezó la Persecución?

–           Antes del mediodía fueron enviados algunos destacamentos al Transtíber.

Y dicho esto, el centurión bebió un poco de vino en honor de Marte, luego bebió el resto hasta vaciar la copa…

Y dijo:

–           Que los dioses te concedan cuanto deseas, señor.

–           Llévate la copa en recuerdo mío. –dijo Petronio.

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Luego hizo un ademán a Artemio para que siguiera la música.

El soldado hizo un saludo militar y se retiró admirando el precioso obsequio.

Se vuelven a escuchar los acordes de las arpas y Petronio piensa:

–           Barba de Bronce empieza a jugar conmigo y con Marco Aurelio. ¡Adivino su plan! Ha querido aterrorizarme enviándome su carta por medio de un centurión. Le preguntarán a éste luego, como la recibí ¡No! ¡No! ¡No te divertirás gran cosa, cruel y perverso poeta! ¡Sé que no olvidarás la injuria!

Sé que mi destrucción se aproxima. Pero si crees que voy a mirarte con ojos temerosos y suplicantes, ¡Te equivocas! Si piensas que vas a leer el terror en mi semblante, ¡Buen chasco te vas a llevar!

La voz de Aurora interrumpe su monólogo interior, al preguntarle con preocupación:

–           El César te ha invitado, señor. ¿Irás?

–           Mi salud está muy buena y hasta puedo escuchar sus versos. Con mayor razón debo ir, puesto que Marco Aurelio no puede.

Y efectivamente, terminada la comida y el paseo habitual, se arregló. Una hora después, hermoso como un dios, se hizo conducir al Palatino.

Ya es tarde. La noche está tranquila y tibia. La luna brilla en su esplendorosa claridad.

En las calles y entre las ruinas, pululan numerosos grupos de personas, ebrios por el vino y cubiertos de guirnaldas. Llevando en sus manos ramos de mirto y laurel, tomados de los jardines del César.

La abundancia de trigo y la proximidad de los grandes juegos, regocija los corazones de todos. Gritos, danzas y alegría, exteriorizados a la luz de la luna.

Los esclavos se ven en la necesidad de gritar:

–           Abran paso a la litera del noble Petronio.

Y entonces los grupos se apartan, aclamando a su vez y aplaudiendo al favorito popular.

Mientras tanto Petronio va dentro de su litera pensando en Marco Aurelio y extrañado por no haber tenido noticias de él.

Petronio es epicúreo y egoísta, pero desde su viaje a Anzio  y su contacto con los cristianos; así como sus breves conversaciones con el obispo Acacio, sin que él mismo se diera cuenta, ha ocurrido en él un cambio fundamental.

Ahora se preocupa por otras personas.

Marco Aurelio es su sobrino preferido, porque desde su niñez amó mucho a su hermano, el padre del joven tribuno.

Se ha involucrado tanto en su vida y en sus asuntos, que ahora lo ve como si fuera su propio hijo y su interés es parte de una gran tragedia. Espera con todo su corazón que Marco Aurelio se haya adelantado a los pretorianos y alcanzaran a huir.

Hubiese deseado tener toda la certidumbre de esto, para saber qué contestar a las preguntas que puedan presentarse y para las cuales le hubiese gustado estar preparado.

Llegó por fin al Palatino y se bajó de la litera.

Cuando llegó al atrium, éste estaba lleno de augustanos.

Los amigos de la víspera se sorprendieron al verlo y comprendieron que también él había recibido invitación.

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Se hicieron a un lado y Petronio pasó por en medio de ellos, hermoso, despreocupado y sonriente. Tan lleno de confianza y seguridad en sí mismo como si en sus manos estuviese el distribuir favores a su alrededor.

Algunos al verlo así, se sintieron alarmados en su interior, temiendo haberle manifestado indiferencia demasiado pronto.

El César fingió no verlo y no contestó su saludo aparentando estar muy concentrado en una conversación…

Pero Tigelino se le acercó y dijo:

–           Buenas noches, Arbiter Elegantiarum. ¿Todavía persistes en afirmar que no fueron los cristianos quienes incendiaron Roma?

Petronio se encogió de hombros y golpeando ligeramente con su bastoncillo a Tigelino en la espalda, recordándole su condición de liberto, le dijo:

–           Tú sabes tan bien como yo, qué pensar sobre ese punto.

Tigelino entrecerró los ojos y dijo:

–           Y no me atrevo a competir contigo en sabiduría.

–           Haces muy bien. Porque si de tal competencia fueras capaz, cuando el César nos lea de nuevo su libro en la Troyada, tal vez puedas rebuznar una opinión que no sea como tú, necia y obtusa.

Tigelino se mordió los labios…

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Ciertamente no le había gustado para nada la idea del César, de leer aquella noche un nuevo poema de su libro, porque eso le obliga a entrar en un terreno donde le es imposible rivalizar con Petronio.

Y durante la lectura, Nerón acostumbrado por el hábito, volvió constantemente sus ojos hacia Petronio; para observar la impresión que le causan los versos que va leyendo, buscando inconscientemente su aprobación.

Petronio escucha, alza las cejas, asiente en ocasiones y en otras concentra su atención, como para asegurarse de no perder ni una sílaba. Luego alaba, critica, propone correcciones o insinúa que se dé mayor énfasis a algunos versos.

El mismo Nerón comprende que las exageradas adulaciones de los demás, no significan para ellos más que la conservación de sus propias personas y que solo Petronio es lo bastante auténtico para ocuparse de la poesía, por la poesía misma.

Que solamente él le comprende y que si la elogia, es porque sus versos merecen ser elogiados.

Y sin darse cuenta, gradualmente se ve enfrascado en una discusión con él. Discusión que por momentos reviste carácter de disputa.

Y cuando Petronio le manifestó sus dudas, acerca de la propiedad de cierta expresión,

el César dijo:

–           Ya verás en el último libro, porqué la he usado.

Petronio pensó:

–           ‘¡Ah! Esto significa que viviremos hasta que termine el último libro.’

Y más de alguno de los presentes al escuchar aquella observación, se dijo en su interior:

–           ¡Ay de mí si Petronio llega a disponer del tiempo suficiente! Es capaz de recuperar el favor del César y derribar aún al mismo Tigelino.

Y empezaron a acercársele nuevamente…

Pero el fin de la velada fue menos afortunado para el escritor.

Porque el César en el momento en que Petronio se despidió, le preguntó de súbito guiñando los ojos y con expresión a la vez festiva y maliciosa en su semblante:

–           ¿Por qué no te acompañó Marco Aurelio?

Si Petronio hubiera estado seguro de que Marco Aurelio y Alexandra estaban a salvo y lejos de la ciudad, él hubiera respondido: ‘De acuerdo al permiso que le otorgaste, se ha casado y se ha ido de viaje’

Pero notando la extraña sonrisa de Nerón, contestó:

–           Tu invitación divinidad, no le encontró en casa.

Nerón dijo con una velada ironía:

–           Di a Marco Aurelio que me será grato verle. Y agrégale de mi parte que no falte a los juegos en que aparecerán los cristianos.

Estas palabras alarmaron a Petronio y más el tono con el que fueron dichas…

Pero haciendo uso de su ejercitado autodominio, inclinó la cabeza y dijo:

–           Se lo diré. Y allí estaremos los dos.

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Así pues, cuando llegó a su litera, ordenó que lo llevasen a su casa con la mayor rapidez posible.

Extrañamente, en las calles parece haber más gente que cuando fue al Palatino.

Las turbas están ahora presas de una gran excitación y se oyen a la distancia unos gritos que de momento Petronio no comprende, pero que van creciendo y generalizándose hasta convertirse en un solo alarido salvaje.

Y lo deja helado y paralizado al oírlo cercano y repetitivo:

–           ¡¡¡Los cristianos a los leones!!!

Las ricas literas de los cortesanos van circulando entre la rugiente plebe.

Sin poder evitarlo, Petronio exclama con enojo y desprecio:

–           ¡Vil manada de fieras! ¡Asco de sociedad! ¡Pueblo digno de tu César! Roma gobierna al mundo y al mismo tiempo es la lepra del mundo…

Petronio comprende que solamente los cristianos traen consigo bases nuevas y prodigiosas para la vida.

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Pero… piensa con tristeza que con el exterminio del Edicto de Nerón, pronto no quedará ni rastro de los confesores de Cristo y ¿Qué sucederá entonces?

La llegada a su casa interrumpió sus cavilaciones y la puerta fue abierta al punto por el vigilante guardián.

Petronio le preguntó:

–           ¿Ya regresó el noble Marco Aurelio?

Dionisio le contestó:

–           Sí amo. Hace unos momentos.

Petronio pensó:

–           Entonces no la salvó. – y corrió hacia el atrium.

Marco Aurelio está sentado en un escabel.

Tiene la cabeza entre las manos, inclinada hasta las rodillas. Pero al escuchar el ruido de pasos, alzó su rostro demudado en el cual sus ojos muestran un brillo febril.

Petronio preguntó:

–           ¿Llegaste tarde?

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Marco Aurelio contestó desolado:

–           Sí. Antes del mediodía la capturaron.

Hubo un largo silencio…

Luego, el augustano le volvió apreguntar:

–           ¿La has visto?

–           Sí.

–           ¿En dónde está?

–           En la cárcel Mamertina.

Petronio se estremeció y miró interrogante a Marco Aurelio…

Éste comprendió y dijo:

–           No. No la han arrojado al Tullianum (calabozo que hizo construir Servio Tulio y que está en el sótano, con solo una pequeña abertura hacia el techo), ni tampoco  a la prisión del centro.

He pagado al guardia para que le dé su propio aposento. Bernabé está en el umbral de la puerta, con la orden de custodiarla.

–           ¿Y por qué Bernabé no la defendió?

–           La arrestaron con cincuenta pretorianos y además, Lino se lo prohibió.

–           ¿Qué vas a hacer?

–           Salvarla o morir con ella. Yo también soy cristiano.

Marco Aurelio habla con calma, pero hay en su voz un dolor lacerante y Petronio siente en el pecho un estremecimiento de compasión.

–           Comprendo. Pero ¿Cómo esperas salvarla?

–           He pagado gruesas sumas a los guardias. Primero para que la defiendan de cualquier ultraje y también para que no impidan su fuga.

–           ¿Y cuándo se va a verificar ésta?

–           Me dijeron que no me la pueden entregar inmediatamente, por miedo a la responsabilidad. Pero cuando la cárcel se encuentre llena y se vuelva confusa la cuenta de los presos, la entregarán.

–               ¡Pero ése es un recurso desesperado!

–             ¡Sálvala tú y sálvame!… Tú eres amigo del César. Él mismo me la dio… ¡Ve a su casa y sálvanos!

Petronio en lugar de contestar, llama a un esclavo y ordena que traigan dos mantos oscuros y dos espadas.

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Y volviéndose a Marco Aurelio, le dice:

–           En el camino te contaré… Ahora ponte ese manto y toma una espada. Vamos a la cárcel. Allí pagaremos a los guardias lo que sea necesario para que nos entreguen a Alexandra inmediatamente. Después será demasiado tarde…

El joven se sorprendió. Pero solo dijo:

–           Vamos.

Cuando estuvieron en la calle, Petronio dijo:

–                      Ahora escúchame. No he querido perder tiempo explicándote antes. Estoy en desgracia desde hoy. Mi propia vida pende de un cabello, por eso no puedo intentar nada con  el César pues en todo lo que intente, Nerón hará exactamente lo contrario de lo que yo le pida… Por eso te aconsejé que huyeras con Alexandra.

Además al escapar tú, la cólera del César caerá sobre mi cabeza. En la actualidad estaría más dispuesto contigo y en tu favor, que en el mío. Así que no cuentes con eso en absoluto. ¡Sácala de la prisión y huye con ella, más allá de los confines del imperio si es preciso! No queda ningún otro recurso…

Si en esto no tienes éxito, ya pensaremos en otra cosa. Mientras tanto debes saber que Alexandra está en la cárcel NO tan solo porque cree en Cristo: la cólera de Popea te persigue a ella y a ti. Ofendiste a la Augusta al rechazar sus requerimientos ¿Recuerdas?…

Popea sabe que la despreciaste por Alexandra a quién aborreció desde la primera vez que la vio. Y aún más, ya había intentado perderla, cuando la acusó de que por maleficios suyos murió la Infanta. Es la mano de Popea la que está detrás de todo esto…

Y si no, ¿Cómo explicas que haya sido precisamente Alexandra la primera víctima de la Persecución actual? Fueron a arrestarla con media centuria y antes de generalizar las órdenes contra todos los demás cristianos.

¿Quién ha podido señalarla y ubicarla tan rápido? Lo más seguro es que la han espiado desde hace tiempo… Sé que estoy torturándote y destruyendo tu esperanza.

Pero te digo esto deliberadamente por si no logras rescatarla, antes de que lleguen a sospechar que éste será tu intento… Porque de ser así, ¡Ambos están irremediablemente perdidos!…

Marco Aurelio murmuró:

–           Sí. Comprendo…

Ya es de madrugada y las calles están desiertas.

Pero son interrumpidos por un gladiador borracho que se acerca tambaleante a Petronio.

Le pone su mano en el hombro y le lanza al rostro su aliento alcohólico, al gritarle con voz ronca:

–           ¡A los leones con los cristianos!

Petronio lo miró y dijo con voz pausada:

–           Mirmidón. Escucha un buen consejo: sigue tu camino.

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El hombre tomó entonces a Petronio del brazo, con la otra mano y dijo:

–           Si no quieres que te rompa el pescuezo, grita conmigo: ¡Los cristianos a los leones!

Pero estos ya eran demasiados gritos para los nervios de Petronio. Desde que salió del Palatino, le han perseguido como una pesadilla y le taladran los oídos.

Así pues cuando vio levantado sobre él, el puño del gladiador, se le agotó la paciencia y dijo:

–           Amigo, hueles mucho a vino y me estás estorbando el paso.

Y al decir esto introdujo en el pecho del imprudente, hasta la empuñadura; la espada corta con la que se armara al salir de casa.

El hombre se desplomó sobre sí mismo con un quejido ronco…

Mientras, Petronio enfunda su espada y continúa como si nada hubiese ocurrido:

–           Hoy el César me dijo: ‘Di a Marco Aurelio de mi parte, que no falte a los juegos en los que van a participar los cristianos’ ¿Entiendes lo que significa esto?…

Quieren hacer de tu dolor un espectáculo. Es algo que ya decidieron.

Y ese tal vez es el motivo por el cual NO estamos tú y yo en prisión. ¡Si no podemos liberarla ahora, ya no sé qué decirte! Pudiera ser que Actea quiera ayudarnos… Pero contra Popea, esto no servirá de gran cosa.

Estamos cara a cara frente al César, ¿Te das cuenta?…

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De esta manera continúan conversando…

Desde las Carenas hasta el fórum, no hay mucha distancia, así que llegan pronto.

Ya es casi el alba y las murallas del castillo empiezan a emerger de entre las sombras.

De repente, al torcer hacia la cárcel Mamertina, Petronio  se detiene en seco y exclama:

–           ¡Pretorianos! ¡Es demasiado tarde!

Y la cárcel está rodeada por una doble fila de soldados.

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Los primeros destellos de la mañana refulgen en sus yelmos y en la punta de sus jabalinas.

Marco Aurelio palidece y dice:

–           Sigamos.

Y llegan hasta la línea. Dotado de una memoria extraordinaria, Petronio reconoce al jefe de una cohorte de pretorianos y le hace señas para que se acerque.

El hombre lo saluda militarmente y Petronio le pregunta:

–           ¿Qué es esto Silvano? ¿Habéis recibido órdenes de vigilar la prisión?

–           Sí, noble Petronio. El prefecto teme que se hagan tentativas para salvar a los incendiarios.

Marco Aurelio preguntó:

–           ¿También tenéis orden para no permitir la entrada?

–           No, señor. Los presos pueden ser visitados por sus conocidos. Porque de esa forma lograremos capturar a un mayor número de cristianos.

–           Entonces déjame entrar.-y estrechando la mano a Petronio, agregó- Ve a ver a Actea. Iré pronto a conocer su respuesta.

Petronio contestó:

–           Sí. En la casa, te esperaré.

Marco Aurelio corrió hacia el interior.

Y en ese momento, debajo de la tierra y a través del aire que rodea las imponentes murallas, se escuchó un cántico.

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El himno, confuso y velado al principio, fue oyéndose cada vez más fuerte y melodioso.

Voces de hombres mujeres y niños, se confunden en un coro armonioso y magistral.

Toda la prisión parece vibrar ante a los ecos de aquel cántico…

Pero no son voces de pesar, ni de desesperación, por el contrario, palpita en ellas una alegría triunfal.

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Los soldados se miran atónitos.

Petronio escucha asombrado aquellas estrofas y su oído experto capta una esencia extraordinaria y desconocida a la que parece hacerle un marco perfecto, la maravillosa aurora que deja ver en el firmamento los primeros resplandores matinales oro, rosa y flama que matizan el horizonte, al despuntar el sol.

El patricio se quedó inmóvil al escuchar estos versos:

¡Aleluya!

Amo al señor porque escucha. Mi voz suplicante

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Y el clamor de mi Plegaria.

Porque inclinó su oído hacia mí, el día que lo invoco.

Lo invocaré mientras viva.

Cuando me aferraban los lazos de la Muerte

Las redes del sepulcro me envolvieron

Cuando caí en la angustia y la tristeza:

Invoqué el Nombre del Señor:

¡Oh, Jesús salva mi alma!

Tierno y Justo es el Señor

Lleno de compasión nuestro Dios.

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Jesús protege a los sencillos.

Yo estaba postrado y me salvó

Alma mía, recobra la calma

Pues el Señor ha sido bueno contigo.

Ha librado mi alma de la muerte

Mis ojos de las lágrimas

Y mis pies de tropezar.

Caminaré en la Presencia del señor

En la tierra que habitan los vivientes.

He tenido Fe, aun cuando dije

¡Qué desdichado soy!

He dicho en mi congoja:

‘Es vano confiar en el hombre’

¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?

Alzaré la copa de la salvación

Invocando el Nombre del Señor:

¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!

Santo y Bendito es el Nombre de Jesús.

Cumpliré mis votos al Señor en presencia de todo su Pueblo.

Es muy penoso para el Señor, ver la muerte de sus fieles.

Yo Señor soy tu siervo

En verdad tu siervo, hijo de tu esclava:

Jesús, Tú rompiste mis cadenas.

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Me ofreceré en sacrificio de acción de gracias

E invocaré el Santísimo Nombre de Jesús.

Sí. Cumpliré mis votos al Señor

Y en presencia de todos su Pueblo

En los atrios de la Casa del Señor

En medio de ti, Jerusalén.

¡Aleluya!

Alaben al señor todas las Naciones

Y festéjenlo todos los pueblos

Porque grande es su Amor hacia nosotros

Su fidelidad permanece para siempre.

En Jesús puse toda mi esperanza

Él se inclinó hacia mí

Y escuchó mi clamor,  Jesús

Escuchó mi clamor.

Me sacó de la fosa fatal

Del fango cenagoso

Asentó mis pies sobre la roca

Mis pasos consolidó

Puso en mi boca un canto nuevo

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Una alabanza a nuestro Dios

Muchos verán y en Él creerán…

Y en Jesús confiarán.

El canto suave al principio ha ido in crescendo hasta ser una explosión de júbilo triunfante.

Luego vuelve a ser suave y muy dulce, para volver a resonar con un triunfo total. Es un himno de gloria absoluto.

Petronio empieza a caminar muy pensativo. Recordando cada verso y su entonación perfecta.

Lo más  increíble es que ¡Los cantores están en la prisión, a la espera del martirio!

Esto es demasiado para todo lo que le ha sucedido en los últimos días…

Y el refinado y elegante patricio camina con paso decidido hacia el Palatino, pero nada en su rostro revela el impacto que acaba de recibir…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

76.- EL RECURSO DEFINITIVO


Las prisiones han quedado considerablemente vacías. El pueblo está harto de sangre y empieza a manifestar cansancio y una alarma creciente por los sucesos extraordinarios que envuelven la muerte de los condenados. También temen a la venganza del Dios de los cristianos y al tifus que de las prisiones se ha extendido por la ciudad, pues cada día perecen más personas y todos están inquietos. Y se preguntan si será necesario hacer sacrificios expiatorios para apaciguar al Dios Desconocido; porque si la ciudad fue incendiada por orden del César, a los cristianos se les ha estado castigando injustamente.

Pero por esa misma razón, el César y sus secuaces deciden ser más implacables en la Persecución y para calmar a la gente, ordenan nuevas distribuciones de trigo, aceitunas y vino. El emperador en persona, asiste a las sesiones del Senado, para promover el bienestar del pueblo y de la ciudad.

Pero hacia los cristianos no hay ni siquiera una sombra de clemencia.

El Amo del Mundo se ha propuesto fortalecer la convicción de que tan implacables castigos sólo pueden haberse aplicado, a los verdaderos culpables del incendio; porque tienen una religión criminal.

En el Senado no se escucha ninguna voz en favor de los cristianos, porque comprenden que es inútil y nadie quiere ofender al César.

Los muertos son entregados a los parientes pues las leyes romanas no incluyen en su venganza a los cadáveres.

Marco Aurelio siente un triste consuelo al pensar en que si Alexandra muere, él podrá sepultarla en la tumba de su familia y descansará a su lado. Lo único que desea es encontrar los medios que le permitan verla, pues ya no abriga la menor esperanza de salvarla.

Entonces recuerda que David entraba y salía de la cárcel Mamertina como fosor y decidió hace lo mismo que él. El encargado de las fosas pútridas fue sobornado y le admitió entre los esclavos a quienes mandaba a buscar cadáveres. Es poco probable que le reconozcan, pues lo protegen las sombras de la noche, su vestimenta de esclavo y la poca luz de la prisión.

¿Quién se imaginaría que un patricio, nieto de un senador e hijo de un cónsul, pueda andar revuelto entre los esclavos, conduciendo cadáveres y expuesto a los miasmas de los calabozos y las fosas pútridas?

Y empezó para el tribuno una faena a la cual solo se ven obligados algunos hombres, ya sea por su esclavitud o por su pobreza extrema. Por la noche se vistió con alegría su traje de sepulturero. Se cubrió la cabeza con un paño empapado en trementina. Y con el corazón palpitante de ansiedad de dirigió junto con los demás, al Esquilino. La guardia pretoriana revisó sus pases a la luz de la linterna. Y los dejaron pasar.

Después de atravesar las enormes puertas de hierro, Marco Aurelio se encontró en un amplio sótano abovedado, al cual siguen muchos más. Unos cirios que dan muy poca luz, alumbran el interior de cada uno.

Algunos presos duermen pegados junto a las murallas Otros están sentados en el suelo, con los codos apoyados sobre las rodillas, orando o meditando. Algunas madres acunan a sus hijos dormidos, otros beben agua de pequeñas ánforas.

En los ángulos hay enfermos que son atendidos por los más sanos. El pensar que Alexandra está en medio de tanta miseria y sufrimiento, le oprimió el corazón y aumenta su deseo de encontrarla pronto.

En ese momento oye al encargado de las fosas pútridas, que dice:

–          ¿Cuántos cadáveres tenéis hoy?

El encargado de la prisión contestó:

–           Como una docena. Pero habrá más antes del amanecer, pues algunos están agonizando junto a las murallas.

Se escucha entonces se escucha las voces de dos carceleros:

–           Estoy harto de custodiar a estos perros.

–           Mi trabajo no es mejor que el tuyo.

Y se queja de que algunas mujeres no se quieren separar de sus hijos muertos y han  tratado de ocultarlos.

Este diálogo le recordó a Marco Aurelio la urgencia de encontrar a Alexandra. Los sótanos están comunicados por pasadizos hechos recientemente. Y los fosores solo pueden pasar cuando hay muertos que transportar.

Al tribuno se le encoge el corazón al pensar que puede perder el privilegio tan penosamente alcanzado.

Pero felizmente su jefe vino en su auxilio:

–           La infección se propaga más por medio de los cadáveres. Es necesario sacar los muertos inmediatamente si no queréis morir junto con los presos.

El decurión responde:

–           Somos solo diez guardias para todos los sótanos y es necesario que durmamos.

–           Dejaré aquí cinco de mis hombres, quienes recorrerán los sótanos durante la noche, para que recojan a todos los que vayan muriendo.

–           Si haces eso, beberemos juntos mañana. Sólo que es necesario someter todo cadáver a la prueba: hemos recibido la orden de atravesarles el cuello, antes de mandarlos a las fosas pútridas. El centurión encargado, supervisa.

–           Muy bien. Entonces mañana beberemos juntos.

Y enseguida escoge cinco hombres, Marco Aurelio entre ellos.

–           Ya oyeron. Antes de sacar el cadáver, le avisan al centurión de los pretorianos.

Y se lleva a los demás, para que saquen los cadáveres que ya están listos para ser retirados.

Marco Aurelio respira aliviado. Ahora por lo menos está seguro de que podrá encontrarla. Examinó cuidadosamente el primer sótano. Vio a los que junto a las paredes duermen envueltos en sus mantos. Y algunos enfermos graves que son velados con mucho amor.

Pero Alexandra no está aquí. Ni en el segundo. Ni en el tercero. Los guardianes instalados en los corredores también duermen. El único sonido que se escucha es el murmullo de los que están despiertos y hablan en voz baja.

 

Marco Aurelio llega al cuarto sótano que parece ser el más pequeño y levantando la linterna, se estremece de alegría, porque cerca de una abertura enrejada que hay en la muralla, le pareció ver la gigantesca silueta de Bernabé.

Se acerca con cuidado y le dice:

–           La paz sea contigo. ¿Eres tú, Bernabé?

El gigante se sorprende y pregunta volviendo la cabeza:

–           Y también contigo. ¿Quién eres?

–           ¿No me conoces, hermano mío?

–           ¿Cómo quieres que lo haga, si apenas te veo?

Pero Marco Aurelio ve a Alexandra recostada cerca de la pared y envuelta en un manto. Y sin decir nada más, se arrodilla junto a ella.

Entonces Bernabé lo reconoció…

–          ¡Alabado sea Jesucristo! Eres tú…

Marco Aurelio contesta con voz trémula:

– Eternamente lo sea…

Marco Aurelio la contempla… y las lágrimas se deslizan por sus pálidas mejillas…  A pesar de la oscuridad distingue su rostro, iluminado por la luz de la luna que se filtra a través de la pequeña abertura. La ve tan pálida, que parece de alabastro. Su amor se desborda, pero no se atreve a tocarla. Siente tanta piedad, respeto, adoración; que sin poder contenerse, inclina su cara hasta el suelo y luego acerca sus labios a  la cabeza de la que para él, es lo más amado en el mundo.

Bernabé contempla largo tiempo al tribuno en silencio… y finalmente, tirando de su túnica, le preguntó:

–           ¿Vienes a salvarla?

El joven militar se levanta. Y controlando sus emociones dijo al fin:

–           Indícame los medios.

–           Creí que tú los habías encontrado. Solamente uno me ha venido a la cabeza. – Y al decir esto mira el enrejado que hay en la muralla, en la abertura por la cual le vio Marco Aurelio. Y agregó- por allí. Pero habrá soldados afuera…

–           Un centenar de pretorianos.

–           ¿Entonces no podríamos pasar?

–           ¡No!

El Parto se llevó la mano a la frente con desaliento y preguntó:

–           ¿Cómo llegaste hasta aquí?

–           Tengo un pase de entrada como fosor de las fosas pútridas…

Se para en seco. Una idea como un relámpago ilumina su semblante y dice con precipitación:

–           ¡Ya sé!… Me quedo en su lugar. Que ella tome mi pase. Puedo darle mi traje. Entre los esclavos hay muchachos jóvenes. Los pretorianos no se fijarían en el cambio. Y una vez que ella se encuentre en la casa de Petronio, ella estará a salvo.

Pero Bernabé no comparte su entusiasmo… Deja caer la cabeza sobre el pecho y dice con consternación:

–           Ella no consentirá, porque te ama. Y además está enferma e imposibilitada para levantarse. Si ni tú, ni el noble Petronio habéis podido sacarla de la prisión. ¿Quién podría?

–           Solamente Dios.

–           Cristo hubiera podido salvar a todos los cristianos. –dijo el parto con sencillez- pero si no lo ha hecho y seguimos aquí; es porque ha llegado la hora del martirio y de la muerte.

Marco Aurelio se arrodilla nuevamente junto a su joven esposa.

Alexandra abre los ojos y pone su mano ardiente por la fiebre en el brazo de él, mientras le dice con infinita ternura:

–           Te veo, Marco Aurelio. Sabía que vendrías.

El tomó su mano y llevándola a los labios, murmuró:

–           He venido… ¡Alexandra adorada! –y no dijo más porque siente su corazón acongojado y no quiere aumentarle sus penas.

–           Marco, estoy enferma y voy a morir. En la cárcel o en la arena…  ¡He orado tanto al Señor, pidiéndole que me dejara verte por última vez!… ¡Y has venido, amor mío!… Jesús escuchó mi plegaria.

Marco Aurelio fue incapaz de contestarle y solo estrechó a la joven contra su corazón…

Ella continuó:

–           Yo te vi a través de la ventana del Tullianum. ¡Y supe que sentías lo mismo que yo! Porque estamos unidos en el mismo anhelo. ¡Bendito sea Dios que nos ha permitido despedirnos! Me voy con Él, al Cielo Marco. Pero te amo y te amaré eternamente.

El tribuno consiguió dominarse. Ahogó heroicamente su inmenso dolor y lo entregó a Jesús. Inmediatamente sintió la paz que le ayudó a hablar con serenidad y firmeza:

–           ¡No, Alexandra mía! ¡Tú no morirás! Jesús me preguntó que si confiaba en Él… Y yo confío en Él. Yo tengo Fe y le estoy pidiendo a Dios un milagro. Ya agoté todos los recursos humanos. Y es Nerón el que te mantiene aquí. Pero yo creo que nuestro Dios es Todopoderoso y el poder del emperador, es polvo junto a Él. ¡Si tú supieras las cosas que hemos visto últimamente!…

Alexandra lo interrumpió:

–                      ¡Oh, Marco! El mismo Cristo le dijo al Padre: ‘Aparta de mis labios este amarguísimo cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya…’ Y lo apuró. Cristo murió en la Cruz y millares de confesores están muriendo ahora por Él ¿Por qué tendría que exceptuarme a mí? ¿Quién soy yo, Marco? Al propio Pedro le he oído decir que él también morirá martirizado…

Y cuando pedimos el bautismo, sabemos que estamos pidiendo el martirio. Cuando los pretorianos nos arrestaron, tuve miedo a la tortura y a la muerte. Pero ya no les temo. Mira qué terrible prisión es ésta. También es dulce sufrir por Jesús. El dolor es temporal, pero yo voy al Cielo. Piensa que aunque el César reina aquí y es malo y cruel con nosotros; allá Reina el Redentor Bueno y Misericordioso. Allá no hay sufrimiento, ni tortura, ni muerte. Tú me amas como yo te amo. Piensa cuán feliz voy a ser, ¡Oh, mi adorado Marco! En la Casa de nuestro Padre, en donde yo te estaré esperando. Piensa que allá estaremos juntos y felices por toda la Eternidad.

Se detiene para tomar aliento y tomando en sus manos el rostro de él, le besa dulcemente en los labios y en aquellas manos varoniles tan fuertes y ¡Tan amadas!… Suspira profundamente y dice:

–           ¿Marco Aurelio?

–           Dime, amor mío…

–           No llores por mí. Ten esto presente: esto no se acaba aquí. Es muy poco el tiempo que hemos vivido y ni siquiera hemos podido hacerlo juntos. Pero Dios nos unió. Aunque no hemos consumado nuestro matrimonio, somos una sola alma y le diré a Jesús que aún cuando mi muerte te causó mucho dolor, tú no blasfemaste contra Él, ni te alejaste de Él. Veré con alegría que tú acataste su Voluntad y seguiste amándolo cada día más. Porque nos uniremos con Él en la eternidad y Él me dejará venir por ti… Porque le amarás ¿No es así? Y sufrirás con paciencia mi ausencia. ¡Te amo tanto y  deseo estar contigo en el Cielo! –le faltó de nuevo el aliento y luego dijo en voz baja- ¡Prométeme esto, Marco!

Marco Aurelio la abrazó temblando y llorando silenciosamente. Luego dijo con voz clara y firme:

–           ¡Claro que te lo prometo, amor mío!

El rostro de Alexandra se volvió radiante y murmuró con deleite en su voz vibrante de felicidad:

–           ¡Soy tu esposa!

Y los dos al mismo tiempo, empezaron a orar el ‘Pater Noster’…

Por espacio de tres noches, nada turbó la paz de los amantes esposos.

Cuando terminaba la faena diaria de la cárcel, la cual consistía en separar a los enfermos graves y una vez que los guardias se iban a dormir en los corredores, el joven tribuno entraba en el sótano de Alexandra y permanecía con ella hasta rayar el alba. Ella apoyaba su cabeza en el pecho de Marco Aurelio y ambos hablaban en voz baja, del amor y de la muerte.

Él le contó los prodigios que hizo el Señor en las mazmorras de Calígula, la noche del banquete truncado. La valentía de Margarita y su martirio… También lo sucedido con Prócoro en los jardines imperiales: su acusación al César y su martirio.

En pensamientos y palabras. En deseos y esperanzas. Sin darse cuenta ellos mismos, se fueron desprendiendo más y más de la existencia.

Y parecían dos navegantes que partían en un viaje hacia el infinito, pues sus almas gemelas se unieron en tal forma, tan íntima y espiritualmente, por aquel amor recíproco que se tenían a través de Dios. Hasta que ese amor humano divinizado, maduró y se convirtió e un amor perfecto; tan fuerte y tan grande, que los llena de plenitud y de una dicha incomparable y los dejó listos para emprender el vuelo hacia lo eterno.

Solo por momentos hay en el corazón de Marco Aurelio oleadas de dolor que lo sumergen como torbellinos, pero ora y los entrega a Jesús. Y enseguida vuelve aquella paz inalterable… También hay relámpagos de esperanza que le hacen vislumbrar aquel milagro tan anhelado…

Llamaradas de confianza nacidas de su amor y de su Fe en el Dios crucificado. Sus almas se han desprendido de las vanidades del mundo y de todo lo terrenal y aceptan apaciblemente la Voluntad de Dios, en todo lo que el destino les tenga reservado.

En la mañana, cuando sale de la prisión y regresa a la casa de Petronio, le parece estar soñando.

Todo se ha vuelto tan extraño y distante, que es como si él mismo ya no perteneciese a este mundo. La tortura ha dejado de ser terrible. Su espíritu se ha fortalecido y ahora comprende por qué los mártires soportan todo con ese heroísmo extraordinario. Él mismo siente esa fortaleza y la alegría de tener a Dios consigo…

Pablo les envía la Eucaristía. ¡Cómo anhelan los cristianos esa Sagrada Comunión! En ella está el secreto de su heroísmo y en Marco Aurelio le ayuda a llevar su martirio moral y espiritual, con más entereza cada día.

Todas las prioridades de su vida han cambiado. A los dos amantes esposos, les parece que la eternidad ha comenzado a recibirlos. Bajo el imperio del terror y de la muerte. En medio de la amargura y del sufrimiento. En el fondo de aquel sombrío calabozo, se ha abierto el Cielo para ambos, pues ella ha tomado a su esposo de la mano y le ha llevado como un ángel salvador, hacia la Fuente de la Vida.

Aprendió, con la sabiduría y los dones del Espíritu Santo, a conocer y a amar a Dios como jamás lo creyó posible. Y su Fe y su amor crecieron en una forma impresionante.

Por su parte, Petronio ha observado que su sobrino pasa las noches fuera de casa y pensó que tal vez ha ideado un nuevo plan para liberar a Alexandra, de la cárcel del Esquilino. Pero se abstiene de preguntarle por temor de arruinarle sus proyectos.

Aunque no logra adivinar como podría ser esto posible. Porque este escéptico de tan exquisito buen gusto, con los últimos acontecimientos ya no sabe qué pensar… Su fracaso en el intento de liberar a la joven de la prisión Mamertina, le quitó seguridad en sí mismo y en su buena estrella.

Duda mucho de que tengan éxito las nuevas tentativas de Marco Aurelio. La prisión del Esquilino no es tan terrible como el viejo Tullianum cercano al capitolio; pero está cien veces mejor custodiada.

Petronio comprende que Alexandra ha sido conducida allí, sólo para que no muera y escape del Anfiteatro.

Petronio piensa con una gran preocupación:

–           Es evidente que tanto el César como Tigelino, la han reservado para un espectáculo especial, más horrendo que los anteriores. Y Marco Aurelio tiene ahora más probabilidades de perderse a él mismo en su nuevo proyecto, que de salvar a Alexandra.

Y al mismo tiempo está estupefacto, porque nota ahora en el semblante de su sobrino, una paz y una alegría que no había tenido nunca. Piensa que tal vez verdaderamente el tribuno ha encontrado el medio para rescatar a su esposa. Y se siente mortificado de que el joven no le haya confiado nada. Al cuarto día, incapaz de contenerse por más tiempo, le dijo:

–           Ahora tienes otro aspecto. No trates de ocultarme tus secretos pues bien sabes que tengo voluntad y medios para apoyarte. ¿Has dispuesto algo?

Marco lo mira con una expresión indefinible y luego declara:

–           Sí. Pero tú no puedes ayudarme. Después de que ella muera, confesaré públicamente que soy cristiano y me reuniré con ella.

–           ¿Entonces ya no abrigas ninguna esperanza?

–           Por el contrario. Las abrigo todas. Cristo nos unirá eternamente y ya no volveremos a separarnos jamás.

Petronio empezó a pasearse por el atrium y en su semblante se reflejan la desilusión y la impaciencia.

–           Tu Cristo no hace falta para eso. El Thanatos (La muerte) nuestro, te puede prestar el mismo servicio.

Marco Aurelio sonrió con cierta tristeza y dijo:

–           No querido mío. Tú no puedes comprender… Si alguna vez te decidieras a ser cristiano, entonces tal vez… Pero ahora…  Ni puedo explicártelo, ni tú podrías entenderlo. Perdóname, necesito ir a ver a Alexandra.

Y salió. Dejando a Petronio más confundido que nunca.

Se dirigió apresuradamente a recoger su pase. Pero lo esperaba una contrariedad. El encargado se lo negó, diciendo:

–           Lo siento. He hecho por ti cuanto me ha sido posible, pero ya no puedo seguir arriesgando mi vida. Han reforzado la guardia con oficiales. Los calabozos están llenos de soldados. Si llegan a reconocerte, mis hijos y yo estamos perdidos.

Marco Aurelio comprende que es inútil insistir.

No obstante abriga la esperanza de que los soldados que antes le han visto entrar, le admitan sin presentar el pase. Llegada la noche se disfrazó como de costumbre y fue a la prisión. Pero aquel día los pases fueron examinados con mayor cuidado. Y lo peor… Julio Vindex, soldado muy estricto y que pertenecía a la guardia personal del César, lo reconoció…

Pero se movió a compasión por el infortunio del augustano y en lugar de golpear con su lanza el escudo, para dar la alarma. Condujo aparte al tribuno y le dijo:

–           Señor, regresa a tu casa. Sé quién eres y no quiero tu ruina, por eso guardaré silencio. No puedo dejarte pasar. Regresa por donde has venido y quieran los dioses suavizar tu dolor.

Y Marco Aurelio emprendió el regreso con un nuevo dolor en el corazón…

Al día siguiente el cónsul Lucio Calpurnio Víndex, junto con el senador Flavio Escevino; visitó a Petronio y estuvo conversando con él, acerca de los aciagos tiempos que están viviendo y del César. Vindex se expresó con tan abierta franqueza, que Petronio se mostró cauteloso y prudente, aún cuando lo considera un buen amigo.

Éste se quejó de estar llevando una existencia llena de locura e injusticia. Teme que todo aquello termine en una tragedia peor que el Incendio de Roma, ya que los mismos augustanos están descontentos y asustados con todo lo que ha sucedido, con el asunto de los cristianos. Que Vinicio, el Segundo Prefecto de los Pretorianos, no está de acuerdo con las infames órdenes de Tigelino. Y que todos los parientes de Séneca están muy consternados por la conducta del César con su antiguo maestro, así como con el mismo Lucano. Finalmente aludió al descontento que hay entre el pueblo y aún entre los mismos pretorianos, cuya lealtad en su mayoría, se está ganando el mismo Vinicio.

Petronio le preguntó:

–           ¿Por qué me estás diciendo todo esto?

Calpurnio contestó:

–           En interés del César. Tengo un sobrino entre los pretorianos que también se llama como yo y por él, sé lo que pasa en el campamento. El disgusto aumenta también allí. Calígula enloqueció y tú sabes lo que le pasó con Casio Queroneo. Él fue el que liberó al mundo de un monstruo.

–           ¿Lo que estás tratando de decirme es que aunque  no apruebas a Casio Queroneo, necesitamos más hombres como él?

En lugar de contestar, Calpurnio cambió el tema y empezó a elogiar a Pisón, exaltando su familia, su nobleza de espíritu, todas las cualidades de su carácter, su intelecto, su ecuanimidad y su simpatía. Y agregó:

–           El César no tiene descendencia y todos creen que Pisón será su sucesor y además, le miran con agrado. Fenio Rufo, le ama. Hay muchos que le son adictos y morirían por él. Puedo proporcionarte todos los nombres.

–           No es conveniente que lo hagas.

–           Muchos simpatizan con los cristianos y están en contra de la Persecución que se les hace a esos infortunados. Esto debiera ser para ti una cualidad que te predispusiera en su favor, pues a ti también te importa que se acabe esta locura.

–           No a mí, sino a Marco Aurelio. Por consideración a él, quisiera yo salvar a cierta doncella, pero no puedo, pues ya he perdido el favor de Enobarbo.

–           ¿Cómo puedes decir eso? ¿Acaso no has notado que el César te busca nuevamente y empieza a conversar contigo otra vez?

Te diré por qué. Se está preparando para la expedición a Acaya, donde piensa cantar en griego sus himnos. Arde en deseos de emprender el viaje, pero en realidad les teme a los griegos. Piensa que allá le espera el más grande triunfo o el peor de los fracasos.

Necesita un buen consejo y él sabe que nadie puede dárselo mejor que tú. Eres su director artístico. Esa es la razón por la que estás empezando a recuperar su favor.

–           Lucano podría ocupar mi lugar.

–           Barba de Bronce aborrece a Lucano. Está lleno de envidia hacia él.  En lo íntimo de su ser ya tiene decretada su sentencia de muerte. El poeta ya está condenado, solo está buscando el pretexto.

–           ¡Por Zeus! Es muy posible que yo pudiera tener otro medio para recuperar pronto su favor.

–           ¿Cuál?

–           Repitiendo a Barba de Bronce todo cuanto acabas de decirme.

Calpurnio palideció y exclamó alarmado:

–           ¡Yo no he dicho nada!

Petronio puso una mano en el hombro del cónsul y dijo:

–           Tú has llamado loco al César. Has previsto la sucesión de Pisón y has dicho: ‘Lucano comprende la necesidad de apresurar las cosas’ ¿Qué cosas quieres tú apresurar, caro amigo?

Calpurnio se puso todavía más pálido y por un instante los dos se miraron a los ojos. Luego exclamó:

–           ¡Tú no lo repetirás!

–           ¡Por Zeus! No lo repetiré, es verdad. ¡Qué bien me conoces! No puedo repetir lo que no he oído y por otra parte ¡Tampoco quiero oír! ¿Me entiendes?

La vida es demasiado corta para que en ella encuentre tiempo para iniciar empresa alguna que valga la pena.

Lo único que te pido es que saliendo de aquí visites a Tigelino y converses con él un tiempo igual al que has utilizado para hablar conmigo, acerca del tema que mejor  te plazca.

–           ¿Por qué?

–           Si alguna vez Tigelino me llega a decir: ‘Calpurnio estuvo contigo’ Yo quiero poder contestarle, ‘También estuvo contigo ese mismo día.’

Calpurnio al escuchar estas palabras, rompió su bastón de marfil que traía en la mano y dijo:

–           ¡Reniego de ese bastón! Iré a ver a Tigelino hoy mismo y después iré a la fiesta del César. Supongo que también irás tú…

En todo caso, adiós. Volveremos a vernos hasta que nos encontremos en el Anfiteatro, en donde se presentarán pasado mañana, los últimos cristianos. ¡Hasta entonces!

Los dos distinguidos visitantes se fueron muy apresurados.

Cuando Petronio se quedó solo, se repitió en voz alta:

–           ¡Pasado mañana!… ¡No hay tiempo que perder!

Y decidió intentar el último recurso…  En el Banquete, el César habló con Petronio de Acaya y de las ciudades que visitarán en su gira artística. Los que le preocupan más son los atenienses. Y Petronio se dio cuenta de que les teme.

Nerón tiene un verdadero pánico escénico y dijo:

–           Creo que no he vivido hasta ahora y me imagino que voy a nacer solamente en Grecia.

Petronio le contestó:

–           Allá vas a nacer a una nueva gloria y a la inmortalidad.

–           Confío en que esto sea cierto y que Apolo no se muestre envidioso. Si de allí regreso triunfante, le he de ofrecer una hecatombe, como antes no la haya tenido ningún otro Dios. El barco ya está listo en Nápoles. Quisiera partir mañana mismo, si fuera posible.

Al oír esto, Petronio se levantó y mirando fijamente a Nerón, dijo:

–           ¡Oh, divinidad! Permíteme celebrar entonces una fiesta nupcial, a la que te he de invitar a ti, antes que a todos los demás.

–           ¿Una fiesta nupcial? ¿Qué fiesta nupcial?

–           La de mi sobrino Marco Aurelio con aquel rehén tuyo: la hija del rey Artabán. Ella está actualmente en una prisión pero por su calidad de rehén, no puede estar sujeta a encarcelamiento. Además, tú mismo dispusiste que Marco Aurelio se uniese a ella en matrimonio y siendo tus sentencias inmutables como las de Zeus, tú has de ordenar que salga de la prisión y yo la entregaré a tu elegido.

La sangre fría y la tranquila seguridad en sí mismo, con que Petronio habló, dejó perplejo a Nerón y bajando los ojos dijo:

–           Ya sé. He pensado en ella y en aquel gigante que mató a Atlante.

Petronio contestó con firme tranquilidad:

–           En ese caso ambos están salvados.

Pero Tigelino intervino rápidamente en ayuda del César diciendo:

–           Ella está en prisión por voluntad del César. Y tú mismo has dicho ¡Oh, Petronio! Que sus sentencias son inmutables.

Todos los presentes conocen la historia de Marco Aurelio y de Alexandra y saben exactamente de qué se trata. Así pues, se hizo un profundo silencio, esperando el resultado final de esta conversación.

Petronio replicó enfático:

–           Ella está en una prisión contra la voluntad del César y a causa de un error tuyo, nacido de tu ignorancia de la Ley de las Naciones. Tú eres un necio, Tigelino. Pero aún así, no serás tan tonto como para afirmar que ella incendió a Roma. Esa acusación nadie te la aceptará.

Pero Nerón ya se recuperó de la sorpresa. Y entrecerrando sus ojos miopes con una cruel malicia, dijo:

–           Petronio tiene razón.

Tigelino lo miró sorprendido…

–           Petronio tiene razón –repitió- mañana serán abiertas para esa joven, las puertas de la prisión. Y en cuanto a la fiesta nupcial, hablaremos de ella al día siguiente de nuestra fiesta en el Anfiteatro.

Petronio suspiró y pensó:

–           He perdido nuevamente.

Y al llegar a su casa se sintió tan deprimido y tan seguro de que ya llegó el fin para Alexandra que mandó al Anfiteatro a uno de sus libertos, para negociar con el jefe del spolarium, la entrega del cadáver de la joven, para poder después entregárselo a Marco Aurelio…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA,CONOCELA

57.- EL QUE ESTÁ DESTINADO A LA CARCEL…


Al separarse de César, Petronio ordenó que lo condujesen a su casa de las Carenas, la cual, rodeada por jardines que ocupan una extensión enorme, había escapado de ser arrasada por el fuego. Por esta causa, otros augustanos que perdieron sus propiedades y dentro de ellas considerables riquezas y numerosas obras de arte, alaban la buena suerte de Petronio.

Él había sido considerado un hijo predilecto de la fortuna, mientras gozó del favor del César. Pero eso ya se había terminado…

Dentro de su litera, reflexiona con ironía:

–           ¡Por Zeus! ¡Y pensar que tuve en mis manos él haber sido prefecto en lugar de Tigelino! Lo hubiera entregado como incendiario al populacho, brindando protección al inocente. Hubiera reconstruido Roma… Yo debí haber asumido ese puesto. Y si la tarea hubiera sido abrumadora, me quedaba el recurso de transferir a Marco Aurelio el mando; a lo cual Nerón ni siquiera se hubiera opuesto. Y aunque mi sobrino hubiese bautizado a todo el imperio, incluido el mismo César ¿En qué me habría perjudicado? Nerón piadoso y lleno de virtud. ¡Oh! Ese sí que hubiera sido todo un espectáculo… -y comenzó a reír ante esa perspectiva. Luego  agregó con amarga decisión- él ‘hubiera’ no existe. El momento pasó y no lo hice. En este mundo hay cosas bellas, pero la mayor parte de los hombres son tan viles, que la vida no merece apenarse por ella. Quién ha sabido vivir, debe saber morir. Aun perteneciendo a la corte, he sido más independiente de lo que yo mismo esperaba.

Todos pensarán que estoy temblando de miedo, pero no es así. Sabía que este momento tarde o temprano llegaría. La muerte piensa en nosotros, sin necesidad de que le ayudemos. Sería una maravilla que en realidad existan los Campos Elíseos y en ellos se pasearan las sombras de los humanos. Aurora y yo estaríamos juntos y vagaríamos por el Prado de Asfódelos. Tal vez en aquella sociedad, todos serían más decentes. ¡Estoy harto de todos estos bufones y charlatanes de los que me he rodeado hasta hoy!

Y observó con asombro, la enorme distancia que en su interior mantiene con todas aquellas gentes a las que ha conocido y valorado oportunamente y a las que desprecia más que nunca. Meditó en su situación personal y comprendió que su ruina es definitiva, aunque no tan inmediata.

Nerón había pronunciado unas cuantas y muy selectas frases acerca de la amistad y la clemencia, para disfrazar ¿Qué?…

–           Jugará conmigo como el gato con el ratón, antes de engullírselo. Tendrá que buscar pretextos. Y mientras los encuentra, bien puede pasar mucho tiempo. Ahora lo importante, es que celebrará con cristianos los próximos juegos. Y solo después de que éstos se hayan terminado, pensará en mí. Y siendo así, no tengo porqué tomarme ninguna molestia. No voy a hacer un solo cambio en mi sistema de  vida. Un peligro más inmediato es el que amenaza la vida de Marco Aurelio. ¡Tengo que salvarlo de alguna manera!

Ordenó a los cuatro fornidos bitinios que aceleren el paso y su litera avanzó con premura  a través de los escombros, piedras y montones de cenizas, de que está lleno el barrio de las Carenas, hasta llegar a su palacio particular.

Al entrar, el mayordomo le avisa que Marco Aurelio le espera en la biblioteca. Rápido se dirigió hacia allí y sus primeras palabras a su sobrino fueron:

–           ¿Has visto hoy a Alexandra?

–           Sí. En la mañana la dejé en la casa de Calixto el cantero. He venido a despedirme. Hoy nos vamos a Sicilia.

–           ¡Magnífico! ¡Es una excelente noticia! ¡Bien! Escucha lo que voy a decirte y no pierdas tiempo en hacer preguntas. Esta mañana se ha resuelto en casa del César, culpar a los cristianos del incendio de Roma. Les amenazan la persecución, las torturas y el exterminio. Y éstas pueden empezar hoy mismo. Toma a Alexandra y huyan inmediatamente. Pasa los Alpes y llega hasta África si es posible. Y apresúrate, porque el Transtíber está más cerca del Palatino que esta casa.

Marco Aurelio es demasiado soldado para perder el tiempo en averiguaciones inútiles. Escuchó a Petronio, frunció el entrecejo y se dibujó en su rostro una expresión anhelante, terrible y luego impávida. Su primer impulso ante el peligro, es defenderse y dar batalla, pero…

–           Voy. –se limitó a decir.

–           Una cosa más. Lleva una bolsa de oro, armas y un puñado de tus cristianos. ¡Y en caso necesario, arrebata a Alexandra de manos de tus enemigos!

Marco Aurelio se encuentra ya en la puerta del atrium,  cuando Petronio exclamó:

–           ¡Espera! ¡Dionisio, vete con él! –Ordenó al esclavo portero-Te acompañará para que me mandes con él las noticias pertinentes.

Al quedar solo, Petronio empezó a pasearse entre las columnas del atrium y la extensa galería que va hasta el jardín del fondo, con las manos entrelazadas en la espalda y su concentrada expresión pensativa. Nadie se atrevió a molestarlo.

Está muy preocupado y tiene la esperanza de que nadie en el Palatino sepa en donde encontrar a Marco Aurelio y a Alexandra. Tal y como están las cosas, espera que ellos se pongan a salvo antes de que lleguen los pretorianos. Pues sabe que Tigelino es como un león voraz y su crueldad debe haber extendido sus redes por toda la ciudad, para cazar el mayor número posible de cristianos.

–           Aun cuando manden una decuria en busca de Alexandra, ese gigante parto les romperá los huesos. Ojala  Marco Aurelio llegue a tiempo.

Y esta idea le tranquilizó. Pues lo desea con ferviente anhelo y es su última esperanza.

Es verdad que resistir a los pretorianos es casi lo mismo que declararle la guerra al César. Petronio también sabe que sustraer a Marco Aurelio a la venganza de Nerón, le reportará que esa venganza caiga sobre su propia cabeza. Más es lo que menos le importa. Al contrario, le complace la idea de trastornar los planes de Nerón y de Tigelino.

Y resolvió no omitir en esta empresa, ni hombres, ni recursos. Puesto que en Anzio  los amigos de Marco Aurelio habían convertido a la mayor parte de sus esclavos, sabe que al empeñarse en la defensa de los cristianos, puede contar con el celo y la abnegación de todos ellos.

La llegada de Aurora, interrumpe el curso de sus meditaciones y al verla se desvanecieron inmediatamente todas sus preocupaciones.

Olvidó al César, la desgracia en la que ha caído, la degradación de los augustanos, la persecución que amenaza a los confesores de Cristo. Y olvidó también a Marco Aurelio y a Alexandra, para concentrar su pensamiento solo en Aurora, a quién mira con ojos de verdadero enamorado y amante. Deleitándose con su hermosura perfecta y llena de gracia. Está ataviada con un vestido de gasa transparente que deja traslucir las formas de todo su cuerpo y está bella como una diosa.

Radiante y sonriente, sintiéndose admirada y deseada por Petronio, amándole a su vez con todo su ser y anhelando siempre sus caricias. Al estar frente a él, se cubrió de rubor su bello rostro, cual si en realidad fuera una inocente virgen.

Petronio extendió los brazos en una muda invitación y preguntó:

–           ¿Qué sucede, carísima?

Aurora inclinó su áurea cabeza y contestó:

–           Artemio ha venido con sus coristas y pregunta si deseas oírle.

–           Que espere. Nos cantarán durante la comida el himno a Apolo. ¡Por Zeus! Cuando te veo frente a mí, me parece tener delante a Venus Afrodita, velada por un cendal etéreo.

–           ¡Oh,  mi amado señor!

–           Ven aquí, Aurora. Estréchame en tus brazos y bésame. ¿Me amas?

–           Tanto como no lo podéis imaginar.

Y oprimiendo con los suyos los labios de Petronio, en un apasionado beso; se estrechó entre sus brazos temblando de felicidad.

Después de deleitarse mutuamente, gozándose en su amor por un largo rato, Petronio dijo:

–           ¿Y si fuera necesario que nos separásemos?

Aurora se alarmó, se estremeció y preguntó:

–           Señor. ¿Qué dices?

–           Nada temas. Te hago esta pregunta, porque es posible que deba emprender un largo, muy largo viaje…

–           Llévame contigo a donde sea. No me importa. Yo no puedo vivir sin ti. Así fuese hasta la misma muerte, ¡Por favor te lo suplico, señor! ¡No me separes nunca de ti! ¡Qué me importa nada en la vida si no te tengo!…

La siempre tímida Aurora ha dicho todo esto con un tono tan apasionado… que Petronio, asombrado y conmovido, cambia rápidamente de tema y dice:

–           Dime ¿Hay asfódelos en los prados del jardín?

–           Los cipreses y el pasto, se pusieron amarillos por el fuego. Los mirtos se han deshojado y todo el jardín parece como si hubiera muerto.

–           Roma entera está así. Y pronto se convertirá en un cementerio… ¿Sabes que Nerón ha promulgado un Edicto contra los cristianos y ya comenzó la Persecución?

–           ¿Por qué castigar a los cristianos, señor? Son buenos y pacíficos.

–           Por esa misma razón. Quieren exterminarlos…

–           Vámonos al mar. Tus hermosos ojos no gustan del espectáculo de la sangre.

–           Así es. Pero mientras es necesario reconfortarme. Ven conmigo. Me daré un baño con agua de rosas y me ungirás. Y luego, después de… (Hace un gesto pícaro y tierno.)¡Nos tomaremos un refrigerio porque tendremos mucha sed! ¡Por Venus! ¡Nunca me has parecido más hermosa! Voy a ordenar que hagan para ti, un baño en forma de concha. Tú en ella te verás como una preciosísima perla. ¡Ven diosa mía de cabellos de oro!…

Dos horas después ambos amantes, coronados de rosas y con los ojos nublados por el placer, descansan en el triclinium, gozando de deliciosas viandas y exquisitos licores, servidos en la más preciosa vajilla que el arte puede ofrecer. Escuchan el himno a Apolo  cantado al son de las arpas y los coros de Artemio.

Ellos son felices, disfrutando del amor, de la vida y sus deleites. Pero antes de que termine el himno, Héctor el mayordomo, entró en el triclinium…

Su voz está temblorosa por la alarma al anunciar:

–           Amo, un centurión con un destacamento de pretorianos, está esperando en la puerta y por orden del César desea verte.

Al punto se suspendieron el canto y los sones de los laúdes. Y el temor se apoderó de todos los presentes, porque el César para sus comunicaciones con personas amigas, no acostumbra servirse de los pretorianos. Y la presencia de ellos no augura nada bueno. Petronio es el único que no demuestra ninguna emoción…

Pero con el tono desdeñoso de un hombre al que fastidian visitas inoportunas, dijo:

–           Bien podrían dejarme comer en paz. Tráelo aquí.

Héctor desapareció detrás de la cortina y un momento después se oyeron los pesados pasos militares. Y se presentó Marcelo, centurión a quién Petronio conoce.

El militar lo saludó:

–           Salve, noble señor. Te traigo una carta del César.

Petronio extendió su blanca mano, la tomó y la leyó. Luego la pasó a Aurora con ademán tranquilo diciendo:

–           Esta noche se propone dar lectura a un nuevo libro de su troyada  y me invita a que lo escuche.

El centurión dice:

–           Solo he recibido la orden de entregarte la carta.

Petronio sonríe y confirma:

–           Sí. No hay respuesta. Pero Marcelo, bien puedes descansar un momento en nuestra compañía y escanciar una copa de vino.

–           Gracias te doy, noble señor. Una copa de vino beberé gustoso a tu salud. Pero descansar no me es posible, porque estoy de servicio.

–           ¿Por qué te dieron la carta a ti y no me la enviaron con un esclavo?

–           No lo sé, señor. Tal vez porque yo debía venir en esta dirección en desempeño de otro encargo.

–           Lo imagino… Contra los cristianos. ¿No es así?

–           Así es, señor.

–           ¿Desde cuándo empezó la persecución?

–           Antes del mediodía fueron enviados algunos destacamentos al Transtíber.

Y dicho esto, el centurión bebió un poco de vino en honor de Marte, luego bebió el resto, hasta vaciar la copa y dijo:

–           Que los dioses te concedan cuanto deseas, señor.

–           Llévate la copa en recuerdo mío. –dijo Petronio.

Luego hizo un ademán a Artemio para que siguiera la música.

El soldado hizo un saludo militar y se retiró admirando el precioso obsequio.

Se vuelven a escuchar los acordes de las arpas y Petronio piensa:

–           Barba de Bronce empieza a jugar conmigo y con Marco Aurelio. ¡Adivino su plan! Ha querido aterrorizarme enviándome su carta por medio de un centurión. Le preguntarán a éste luego, como la recibí ¡No! ¡No! ¡No te divertirás gran cosa, cruel y perverso poeta! ¡Sé que no olvidarás la injuria! Sé que mi destrucción se aproxima. Pero si crees que voy a mirarte con ojos temerosos y suplicantes, ¡Te equivocas! Si piensas que vas a leer el terror en mi semblante, ¡Buen chasco te vas a llevar!

La voz de Aurora interrumpe su monólogo interior, al preguntarle con preocupación:

–           El César te ha invitado, señor. ¿Irás?

–           Mi salud está muy buena y hasta puedo escuchar sus versos. Con mayor razón debo ir, puesto que Marco Aurelio no puede.

Y efectivamente, terminada la comida y el paseo habitual, se arregló. Una hora después, hermoso como un dios, se hizo conducir al Palatino.

Ya es tarde. La noche está tranquila y tibia. La luna brilla en su esplendorosa claridad. En las calles y entre las ruinas, pululan numerosos grupos de personas, ebrios por el vino y cubiertos de guirnaldas. Llevando en sus manos ramos de mirto y laurel, tomados de los jardines del César.

La abundancia de trigo y la proximidad de los grandes juegos, regocija los corazones de todos. Gritos, danzas y alegría, exteriorizados a la luz de la luna.

Los esclavos se ven en la necesidad de gritar:

–           Abran paso a la litera del noble Petronio.

Y entonces los grupos se apartan, aclamando a su vez y aplaudiendo al favorito popular. Mientras tanto Petronio va dentro de su litera pensando en Marco Aurelio y extrañado por no haber tenido noticias de él.

Petronio es epicúreo y egoísta, pero desde su viaje a Anzio  y su contacto con los cristianos; así como sus breves conversaciones con el obispo Acacio, sin que él mismo se diera cuenta, ha ocurrido en él, un cambio fundamental. Ahora se preocupa por otras personas.

Marco Aurelio es su sobrino preferido, porque desde su niñez amó mucho a su hermano, el padre del joven tribuno. Se ha involucrado tanto en su vida y en sus asuntos, que ahora lo ve como si fuera su propio hijo y su interés es parte de una gran tragedia. Espera con todo su corazón que Marco Aurelio se haya adelantado a los pretorianos y alcanzaran a huir.

Hubiese deseado tener toda la certidumbre de esto, para saber qué contestar a las preguntas que puedan presentarse y para las cuales le hubiese gustado estar preparado.

Llegó por fin al Palatino y se bajó de la litera. Cuando llegó al atrium, éste estaba lleno de augustanos. Los amigos de la víspera se sorprendieron al verlo y comprendieron que también él había recibido invitación.

Se hicieron a un lado y Petronio pasó por en medio de ellos, hermoso, despreocupado y sonriente. Tan lleno de confianza y seguridad en sí mismo como si en sus manos estuviese el distribuir favores a su alrededor.

Algunos al verlo así, se sintieron alarmados en su interior, temiendo haberle manifestado indiferencia demasiado pronto.

El César fingió no verlo y no contestó su saludo aparentando estar muy concentrado en una conversación…

Pero Tigelino se le acercó y dijo:

–           Buenas noches, Arbiter Elegantiarum. ¿Todavía persistes en afirmar que no fueron los cristianos quienes incendiaron Roma?

Petronio se encogió de hombros y golpeando ligeramente con su bastoncillo a Tigelino en la espalda, recordándole su condición de liberto, le dijo:

–           Tú sabes tan bien como yo, qué pensar sobre ese punto.

Tigelino entrecerró los ojos y dijo:

–           Y no me atrevo a competir contigo en sabiduría.

–           Haces muy bien. Porque si de tal competencia fueras capaz, cuando el César nos lea de nuevo su libro en la Troyada, tal vez puedas rebuznar una opinión que no sea como tú, necia y obtusa.

Tigelino se mordió los labios…

Ciertamente no le había gustado para nada la idea del César, de leer aquella noche un nuevo poema de su libro, porque eso le obliga a entrar en un terreno donde le es imposible rivalizar con Petronio.

Y durante la lectura, Nerón acostumbrado por el hábito, volvió constantemente sus ojos hacia Petronio; para observar la impresión que le causan los versos que va leyendo, buscando inconscientemente su aprobación.

Petronio escucha, alza las cejas, asiente en ocasiones y en otras concentra su atención, como para asegurarse de no perder ni una sílaba. Luego alaba, critica, propone correcciones o insinúa que se dé mayor énfasis a algunos versos.

El mismo Nerón comprende que las exageradas adulaciones de los demás, no significan para ellos más que la conservación de sus propias personas y que solo Petronio es lo bastante auténtico para ocuparse de la poesía, por la poesía misma. Que solamente él le comprende y que si la elogia, es porque sus versos merecen ser elogiados. Y sin darse cuenta, gradualmente se ve enfrascado en una discusión con él. Discusión que por momentos reviste carácter de disputa.

Y cuando Petronio le manifestó sus dudas, acerca de la propiedad de cierta expresión, el César dijo:

–           Ya verás en el último libro, porqué la he usado.

Petronio pensó:

–           ¡Ah! Esto significa que viviremos hasta que termine el último libro.

Y más de alguno de los presentes al escuchar aquella observación, se dijo en su interior:

–           ¡Ay de mí si Petronio llega a disponer del tiempo suficiente! Es capaz de recuperar el favor del César y derribar aún al mismo Tigelino.

Y empezaron a acercársele nuevamente…

Pero el fin de la velada fue menos afortunado para el escritor.

Porque el César en el momento en que Petronio se despidió, le preguntó de súbito guiñando los ojos y con expresión a la vez festiva y maliciosa en su semblante:

–           ¿Por qué no te acompañó Marco Aurelio?

Si Petronio hubiera estado seguro de que Marco Aurelio y Alexandra estaban a salvo y lejos de la ciudad, él hubiera respondido: ‘De acuerdo al permiso que le otorgaste, se ha casado y se ha ido de viaje’ Pero notando la extraña sonrisa de Nerón, contestó:

–           Tu invitación divinidad, no le encontró en casa.

Nerón dijo con una velada ironía:

–           Di a Marco Aurelio que me será grato verle. Y agrégale de mi parte que no falte a los juegos en que aparecerán los cristianos.

Estas palabras alarmaron a Petronio y más el tono con el que fueron dichas… Pero haciendo uso de su ejercitado autodominio, inclinó la cabeza y dijo:

–           Se lo diré. Y allí estaremos los dos.

Así pues, cuando llegó a su litera, ordenó que lo llevasen a su casa con la mayor rapidez posible. Extrañamente, en las calles parece haber más gente que cuando fue al Palatino.

Las turbas están ahora presas de una gran excitación y se oyen a la distancia unos gritos que de momento Petronio no comprende, pero que van creciendo y generalizándose hasta convertirse en un solo alarido salvaje. Y lo deja helado y paralizado al oírlo cercano y repetitivo:

–           ¡Los cristianos a los leones!

Las ricas literas de los cortesanos van circulando entre la rugiente plebe.

Sin poder evitarlo, Petronio exclama con enojo y desprecio:

–           ¡Vil manada de fieras! ¡Asco de sociedad! ¡Pueblo digno de tu César! Roma gobierna al mundo y al mismo tiempo es la lepra del mundo…

Petronio comprende que solamente los cristianos traen consigo bases nuevas y prodigiosas para la vida. Pero… piensa con tristeza que con el exterminio del edicto de Nerón, pronto no quedará ni rastro de los confesores de Cristo y ¿Qué sucederá entonces?

La llegada a su casa interrumpió sus cavilaciones y la puerta fue abierta al punto por el vigilante guardián.

Petronio le preguntó:

–           ¿Ya regresó el noble Marco Aurelio?

Dionisio le contestó:

–           Sí amo. Hace unos momentos.

Petronio pensó:

–           Entonces no la salvó. – y corrió hacia el atrium.

Marco Aurelio está sentado en un escabel.

Tiene la cabeza entre las manos, inclinada hasta las rodillas. Pero al escuchar el ruido de pasos, alzó su rostro demudado en el cual sus ojos muestran un brillo febril.

Petronio preguntó:

–           ¿Llegaste tarde?

Marco Aurelio contestó desolado:

–           Sí. Antes del mediodía la capturaron.

Hubo un largo silencio… Luego, el augustano le volvió apreguntar:

–           ¿La has visto?

–           Sí.

–           ¿En dónde está?

–           En la cárcel Mamertina.

Petronio se estremeció y miró interrogante a Marco Aurelio…

Éste comprendió y dijo:

–           No. No la han arrojado al Tullianum (calabozo que hizo construir Servio Tulio y que está en el sótano, con solo una pequeña abertura hacia el techo), ni tampoco  a la prisión del centro. He pagado al guardia para que le dé su propio aposento. Bernabé está en el umbral de la puerta, con la orden de custodiarla.

–           ¿Y por qué Bernabé no la defendió?

–           La arrestaron con cincuenta pretorianos y además, Lino se lo prohibió.

–           ¿Qué vas a hacer?

–           Salvarla o morir con ella. Yo también soy cristiano.

Marco Aurelio habla con calma, pero hay en su voz un dolor lacerante y Petronio siente en el pecho un estremecimiento de compasión.

–           Comprendo. Pero ¿Cómo esperas salvarla?

–           He pagado gruesas sumas a los guardias. Primero para que la defiendan de cualquier ultraje y también para que no impidan su fuga.

–           ¿Y cuándo se va a verificar ésta?

–           Me dijeron que no me la pueden entregar inmediatamente, por miedo a la responsabilidad. Pero cuando la cárcel se encuentre llena y se vuelva confusa la cuenta de los presos, la entregarán. ¡Pero ése es un recurso desesperado! ¡Sálvala tú y sálvame!… Tú eres amigo del César. Él mismo me la dio… ¡Ve a su casa y sálvanos!

Petronio en lugar de contestar, llama a un esclavo y ordena que traigan dos mantos oscuros y dos espadas.

Y volviéndose a Marco Aurelio, le dice:

–           En el camino te contaré… Ahora ponte ese manto y toma una espada. Vamos a la cárcel. Allí pagaremos a los guardias lo que sea necesario para que nos entreguen a Alexandra inmediatamente. Después será demasiado tarde…

El joven se sorprendió. Pero solo dijo:

–           Vamos.

Cuando estuvieron en la calle, Petronio dijo:

–                      Ahora escúchame. No he querido perder tiempo explicándote antes. Estoy en desgracia desde hoy. Mi propia vida pende de un cabello, por eso no puedo intentar nada con  el César pues en todo lo que intente, Nerón hará exactamente lo contrario de lo que yo le pida… Por eso te aconsejé que huyeras con Alexandra. Además al escapar tú, la cólera del César caerá sobre mi cabeza. En la actualidad estaría más dispuesto contigo y en tu favor, que en el mío. Así que no cuentes con eso en absoluto. ¡Sácala de la prisión y huye con ella, más allá de los confines del imperio si es preciso! No queda ningún otro recurso… Si en esto no tienes éxito, ya pensaremos en otra cosa. Mientras tanto debes saber que Alexandra está en la cárcel no tan solo porque cree en Cristo: la cólera de Popea te persigue a ella y a ti. Ofendiste a la Augusta al rechazar sus requerimientos ¿Recuerdas?…

Popea sabe que la despreciaste por Alexandra a quién aborreció desde la primera vez que la vio. Y aún más, ya había intentado perderla, cuando la acusó de que por maleficios suyos murió la Infanta. Es la mano de Popea la que está detrás de todo esto… Y si no, ¿Cómo explicas que haya sido precisamente Alexandra la primera víctima de la persecución actual? Fueron a arrestarla con media centuria y antes de generalizar las órdenes contra todos los demás cristianos. ¿Quién ha podido señalarla y ubicarla tan rápido? Lo más seguro es que la han espiado desde hace tiempo… Sé que estoy torturándote y destruyendo tu esperanza. Pero te digo esto deliberadamente por si no logras rescatarla, antes de que lleguen a sospechar que éste será tu intento… Porque de ser así, ¡Ambos están irremediablemente perdidos!…

Marco Aurelio murmuró:

–           Sí. Comprendo…

Ya es de madrugada y las calles están desiertas. Pero son interrumpidos por un gladiador borracho que se acerca tambaleante a Petronio. Le pone su mano en el hombro y le lanza al rostro su aliento alcohólico, al gritarle con voz ronca:

–           ¡A los leones con los cristianos!

Petronio lo miró y dijo con voz pausada:

–           Mirmidón. Escucha un buen consejo: sigue tu camino.

El hombre tomó entonces a Petronio del brazo, con la otra mano y dijo:

–           Si no quieres que te rompa el pescuezo, grita conmigo: ¡Los cristianos a los leones!

Pero estos ya eran demasiados gritos para los nervios de Petronio. Desde que salió del Palatino, le han perseguido como una pesadilla y le taladran los oídos. Así pues cuando vio levantado sobre él, el puño del gladiador, se le agotó la paciencia y dijo:

–           Amigo, hueles mucho a vino y me estás estorbando el paso.

Y al decir esto introdujo en el pecho del imprudente, hasta la empuñadura; la espada corta con la que se armara al salir de casa.

El hombre se desplomó sobre sí mismo con un quejido ronco…

Mientras, Petronio enfunda su espada y continúa como si nada hubiese ocurrido:

–           Hoy el César me dijo: ‘Di a Marco Aurelio de mi parte, que no falte a los juegos en los que van a participar los cristianos’ ¿Entiendes lo que significa esto?…  Quieren hacer de tu dolor un espectáculo. Es algo que ya decidieron. Y ese tal vez es el motivo por el cual no estamos tú y yo en prisión. ¡Si no podemos liberarla ahora, ya no sé qué decirte! Pudiera ser que Actea quiera ayudarnos… Pero contra Popea, esto no servirá de gran cosa. Estamos cara a cara frente al César, ¿Te das cuenta?…

De esta manera continúan conversando…  Desde las Carenas hasta el fórum, no hay mucha distancia, así que llegan pronto. Ya es casi el alba y las murallas del castillo empiezan a emerger de entre las sombras.

De repente, al torcer hacia la cárcel Mamertina, Petronio  se detiene en seco y exclama:

–           ¡Pretorianos! ¡Es demasiado tarde!

Y la cárcel está rodeada por una doble fila de soldados. Los primeros destellos de la mañana refulgen en sus yelmos y en la punta de sus jabalinas.

Marco Aurelio palidece y dice:

–           Sigamos.

Y llegan hasta la línea. Dotado de una memoria extraordinaria, Petronio reconoce al jefe de una cohorte de pretorianos y le hace señas para que se acerque. El hombre lo saluda militarmente y Petronio le pregunta:

–           ¿Qué es esto Silvano? ¿Habéis recibido órdenes de vigilar la prisión?

–           Sí, noble Petronio. El prefecto teme que se hagan tentativas para salvar a los incendiarios.

Marco Aurelio preguntó:

–           ¿También tenéis orden para no permitir la entrada?

–           No, señor. Los presos pueden ser visitados por sus conocidos. Porque de esa forma lograremos capturar a un mayor número de cristianos.

–           Entonces déjame entrar.-y estrechando la mano a Petronio, agregó- Ve a ver a Actea. Iré pronto a conocer su respuesta.

Petronio contestó:

–           Sí. En la casa, te esperaré.

Marco Aurelio corrió hacia el interior.

Y en ese momento, debajo de la tierra y a través del aire que rodea las imponentes murallas, se escuchó un cántico. El himno, confuso y velado al principio, fue oyéndose cada vez más fuerte y melodioso. Voces de hombres mujeres y niños, se confunden en un coro armonioso y magistral.

Toda la prisión parece vibrar ante a los ecos de aquel cántico…

Pero no son voces de pesar, ni de desesperación, por el contrario, palpita en ellas, una alegría triunfal. Los soldados se miran atónitos.

Petronio escucha asombrado aquellas estrofas y su oído experto capta una esencia extraordinaria y desconocida a la que parece hacerle un marco perfecto, la maravillosa aurora que deja ver en el firmamento los primeros resplandores matinales oro, rosa y flama que matizan el horizonte, al despuntar el sol.

El patricio se quedó inmóvil al escuchar estos versos:

¡Aleluya!

Amo al señor porque escucha. Mi voz suplicante

Y el clamor de mi Plegaria.

Porque inclinó su oído hacia mí, el día que lo invoco.

Lo invocaré mientras viva.

Cuando me aferraban los lazos de la Muerte

Las redes del sepulcro me envolvieron

Cuando caí en la angustia y la tristeza:

Invoqué el Nombre del Señor:

¡Oh, Jesús salva mi alma!

Tierno y Justo es el Señor

Lleno de compasión nuestro Dios.

Jesús protege a los sencillos.

Yo estaba postrado y me salvó

Alma mía, recobra la calma

Pues el Señor ha sido bueno contigo.

Ha librado mi alma de la muerte

Mis ojos de las lágrimas

Y mis pies de tropezar.

Caminaré en la Presencia del señor

En la tierra que habitan los vivientes.

He tenido Fe, aun cuando dije

¡Qué desdichado soy!

He dicho en mi congoja:

‘Es vano confiar en el hombre’

¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?

Alzaré la copa de la salvación

Invocando el Nombre del Señor:

¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!

Santo y Bendito es el Nombre de Jesús.

Cumpliré mis votos al Señor en presencia de todo su Pueblo.

Es muy penoso para el Señor, ver la muerte de sus fieles.

Yo Señor soy tu siervo

En verdad tu siervo, hijo de tu esclava:

Jesús, Tú rompiste mis cadenas.

Me ofreceré en sacrificio de acción de gracias

E invocaré el Santísimo Nombre de Jesús.

Sí. Cumpliré mis votos al Señor

Y en presencia de todos su Pueblo

En los atrios de la Casa del Señor

En medio de ti, Jerusalén.

¡Aleluya!

Alaben al señor todas las Naciones

Y festéjenlo todos los pueblos

Porque grande es su Amor hacia nosotros

Su fidelidad permanece para siempre.

En Jesús puse toda mi esperanza

Él se inclinó hacia mí

Y escuchó mi clamor,  Jesús

Escuchó mi clamor.

Me sacó de la fosa fatal

Del fango cenagoso

Asentó mis pies sobre la roca

Mis pasos consolidó

Puso en mi boca un canto nuevo

Una alabanza a nuestro Dios

Muchos verán y en Él creerán…

Y en Jesús confiarán.

El canto suave al principio ha ido in crescendo hasta ser una explosión de júbilo triunfante. Luego vuelve a ser suave y muy dulce, para volver a resonar con un triunfo total. Es un himno de gloria absoluto.

Petronio empieza a caminar muy pensativo. Recordando cada verso y su entonación perfecta. Lo más  increíble es que ¡Los cantores están en la prisión, a la espera del martirio!

Esto es demasiado para todo lo que le ha sucedido en los últimos días…

Y el refinado y elegante patricio camina con paso decidido hacia el Palatino, pero nada en su rostro revela el impacto que acaba de recibir…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA