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186.- EL HIJO DEL “SANTO”


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En la puerta aparece la cara juvenil de Analía.

Jesús la llama:

–                       Acércate. ¿En dónde está tu compañera?

Analía contesta señalado la terraza:

–                       Allí, Señor. Quiere regresar. Están por irse. Martha ha comprendido mi deseo y yo me quedaré hasta mañana, después del crepúsculo. Sara regresa a casa, para decir que yo me quedo. Quisiera que la bendigas porque… Luego te lo diré…

–                       Que venga y la bendeciré.

La joven sale y regresa con su compañera que se postra ante el Señor.

Jesús la saluda:

–                       La paz sea contigo y la Gracia del Señor te lleve por los senderos por donde te ha llevado Analía, que te precedió. Ama a su madre y bendice al Cielo que te ha librado de los lazos y dolores, para que fueses toda para Él. Llegará un día en que más que ahora bendecirás al Cielo, por haber sido estéril por voluntad propia. Vete.

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La jovencita sale conmovida.

Analía dice:

–                       Le has dicho todo lo que quería. Soñaba con estas palabras. Siempre me decía: “Me agrada tu elección, aun cuando sea muy rara en Israel. También quisiera hacer lo mismo. No tengo padre y mi madre es tan dulce como una paloma. Y me apoyará. Pero para estar segura, quisiera oírlo de su boca.” Ahora se lo has dicho y también yo me siento tranquila.

–                       ¿Desde cuándo está contigo?

–                       Desde… Que llegó la orden del Sanedrín. Me dije: “Ha llegado la Hora del Señor y debo prepararme para morir.” Porque yo te lo pedí, Señor… Hoy te lo recuerdo. Si vas al Sacrificio; yo quiero ser hostia junto contigo…

–                       ¿Sigues queriéndolo?

–                       Sí, Maestro. No podría vivir en un mundo en donde no estuvieras. Y no podría sobrevivir a tus tormentos. ¡Tengo tanto miedo por Ti! Muchos de entre nosotros se hacen ilusiones… ¡Yo no! Siento que ha llegado la Hora. ¡Es demasiado el Odio!…

Espero que aceptarás mi ofrenda. No tengo otra cosa que darte, más que mi vida, pues sabes que soy pobre: mi vida y mi pureza. Por esto convencí a mi mamá de que llamase a su hermana para que viviese con ella, para que no esté sola. Sara tomará mi lugar como hija y la madre de Sara la consolará.

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¡No vayas a desilusionarme Señor! El mundo no tiene ningún atractivo para mí. Para mí es una cárcel en donde siento repugnancia. Tal vez se deberá a que quien ha estado en los umbrales de la muerte, comprende que lo que para muchos es alegría; para uno no es más que un vacío que no llena.  Cierto es, que lo que más deseo es el sacrificio… Precederte… Para no ver que el Odio del Mundo se lance cual arma torturadora sobre Ti, Señor mío y para ser semejante a Ti en el Dolor…

–                       Colocaremos pues el lirio cortado sobre el altar, donde se inmola el Cordero. Y se teñirá de rojo con su Sangre Redentora. Sólo los ángeles sabrán que el Amor fue el Sacrificador de una cordera, toda blanca. Y marcarán el nombre de la primera víctima de amor. De la primera continuadora mía…

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–                       ¿Cuándo Señor?

–                       Ten preparada la lámpara y vístete con vestiduras de Bodas. El Esposo está a la puerta. Verás su Triunfo, pero no su Muerte. Y entrarás triunfante en el Reino con Él.

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–                       Entones bendíceme, Maestro. Absuélveme de todos mis pecados. Haz que esté pronta a las bodas y a tu venida. Porque Tú Dios mío, eres el que vienes a tomar a tu pobre sierva y a hacerla tú esposa.

La jovencita radiante de alegría y de salud, se inclina a los pies del Maestro, mientras Él la bendice orando por ella.

Luego, Él sale a despedir a los que se van.

Lázaro le pregunta:

–                       ¿Has comido, Maestro?

Jesús contesta:

–                       Muy temprano.

–                       Pronto será de noche. Vamos para que comas.

–                       No. No tengo hambre. Allá en el cancel veo a un pobre niño agarrado a él. Tal vez tenga hambre. Sus vestidos están rotos y se ve flaco. Tengo rato observándolo. Estaba Yo allí, cuando salió el carruaje y huyó para que no lo viesen y lo arrojasen. Luego regresó a mirar con insistencia hacia la casa y en dirección nuestra…

–                       Iré a traerle comida. Adelántate Maestro.

Lázaro corre hacia la casa y Jesús apresura el paso hacia el cancel…

En la cara del niño se refleja el dolor y brillan sus ojos castaños.

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Jesús le sonríe:

–                       ¿A quién buscas, pequeñín?

Le niño contesta:

–                       ¿Eres tú el Señor Jesús?

–                       Sí.

–                       A Ti te busco.

–                       ¿Quién te ha enviado?

–                       Nadie. Quiero hablarte. A muchos escuchas. A mí  también.

Jesús quiere abrir el cancel y pide al niño que suelte las barras que tiene asidas.

El niño las suelta y al hacerlo, bajo su pobre vestido se ve el esqueleto de un pobre niño raquítico, con la cabeza sumida en los hombros y las piernas zambas. Está jorobado. Su cara es triste y marchita. Parece tener unos siete años de edad.

Jesús se inclina a acariciarlo y le dice:

–                       Dime que es lo que quieres. Soy tu amigo. Yo Soy Amigo de todos los niños.

Con estas dulces palabras, Jesús toma la flacucha carita entre sus manos y lo besa en la frente.

El niño contesta:

–                       Lo sabía y por eso vine. ¿Ves cómo estoy? Quisiera morirme, para no sufrir más y para no ser de nadie. Tú que curas a muchos y resucitas a muertos, hazme morir. Nadie me ama y nunca podré trabajar…

–                       ¿No tienes padres? ¿Eres huérfano?

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–                       Tengo padre. Pero no me ama porque estoy así. Echó a la calle a mi madre y le dio el libelo de divorcio y a mí también me arrojó fuera. Mi madre murió por mi culpa… Porque estoy contrahecho.

–                       ¿Con quién estás viviendo?

–                       Cuando murió mi madre, los siervos me llevaron otra vez con mi padre… Pero como él se casó de nuevo y tiene hijos hermosos, me arrojó. Me entregó a unos campesinos suyos, que hacen lo que le gusta a mi padre… Hacerme sufrir…

–                       ¿Te golpean?

–                       No. Pero cuidan más de los animales que de mí. Me befan… Y como soy enfermizo, me molestan. Cada vez me hago más contrahecho y sus hijos se burlan de mí y me tiran al suelo. Soy un estorbo. Este invierno me enfermé y mi padre no quiso gastar en las medicinas. Dijo que lo mejor que podría hacer, sería morirme. Desde entonces te he estado esperando, para pedirte que me hagas morir.

Jesús lo toma del cuello y lo levanta para abrazarlo, sin hacer caso de las protestas del niño, que dice:

–                       Tengo los pies llenos de lodo. Y mi vestido también está sucio, porque estuve sentado en el camino. Te ensuciarás tu vestidura…

–                       ¿Has venido de lejos?

–                       Vivo en las afueras de la ciudad. Vi pasar a tus discípulos. Supe que eran, porque los campesinos dijeron: “Esos son los discípulos del Rabí Galileo. Pero Él no viene”  Y entonces me vine a buscarte…

–                       ¡Estás mojado! Pobrecito. Te vas a enfermar de nuevo…

–                       Si tú no me escuchas, por lo menos hazme morir por la enfermedad. ¿Adónde me llevas?

–                       Adentro. No puedes continuar así.

Jesús entra al jardín con el niño deforme entre los brazos y…

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Jesús grita a Lázaro:

–                       Cierra tú el cancel. Traigo a este pequeñuelo que está todo mojado, entre mis brazos.

Lázaro pregunta:

–                       ¿Quién es, Maestro?

–                       No lo sé. Ni siquiera le pregunté su nombre.

El niño responde:

–                Tampoco lo diré. No quiero que me conozcan. Sólo quiero lo que te pedí. Mi mamá me decía: “¡Pobre hijo mío! Yo me muero y cómo quisiera que te murieras conmigo, porque allá no estarás deforme. Ni sufrirás en el cuerpo, ni en el corazón. Allá nadie se burla de los que nacen infelices; porque Dios es bueno con los inocentes y con los desgraciados.” Jesús, ¿Me mandas con Dios?

Jesús dice:

–                       El muchacho quiere morirse. Es una historia triste…

Lázaro lo mira fijamente y luego exclama:

–                       Pero, ¿No eres tú el nieto de Nahúm? ¿No eres el que suele estar sentado bajo el sol, cerca del sicómoro que está en los límites  del olivar de Nahúm y que tu padre te entregó a Yosía; su campesino?

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–                       Lo soy. Pero, ¿Para qué lo has dicho?…

–                       ¡Pobre niño! No lo dije por burlarme de ti.  Créeme Maestro que es menos triste la suerte de un perro en Israel, que la de él. Si no regresa a casa, nadie lo buscará. Los siervos son como los patrones, hienas en el corazón.

José conoce muy bien lo que sucedió… no comprendo cómo logró llegar hasta acá. ¿Quién sabe desde cuándo emprendió el camino hasta aquí?

Jesús dice:

–                       Desde que Pedro pasó en la mañana por aquel lugar.

Lázaro pregunta:

–                       ¿Y ahora qué hacemos?

El niño suplica:

–                       Yo no regreso a mi casa. Quiero morirme. Quiero irme muy lejos. ¡Ayúdame y compadécete de mí, Señor Jesús!

Entran en la casa y Lázaro dice a un siervo que traiga una cobija y que diga a Noemí que venga a cuidar al niño, que viene empapado.

Luego dice a Jesús:

–                       ¡Es el hijo de uno de tus más encarnizados enemigos! Uno de los más duros en Israel. ¿Cuántos años tienes, niño?

–                       Diez.

–                       ¡Diez! ¡Diez años de padecer!

Jesús lo pone en el suelo y dice con voz fuerte:

–                       ¡Y son suficientes! ¡Está muy contrahecho!…

Y efectivamente, el hombro derecho está más alto que el izquierdo. El pecho, excesivamente fuera del cuello delgado, sumido entre las clavículas. Las piernas zambas…

Jesús lo mira con compasión, mientras Noemí lo seca y lo viste, antes de envolverlo en una cobija caliente. Lázaro también lo mira con compasión.

Noemí dice:

–                       Le voy a dar leche caliente Señor y luego lo acuesto en mi cama.

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El niño exclama:

–                       ¿Pero no me vas a hacer morir? Ten piedad. He esperado en Ti, Señor. -Un reproche y una desilusión, repercuten en la voz infantil.

Jesús se inclina a acariciarlo una vez más, poniendo su mano sobre el trágico cuerpecito y le dice:

–                       Sé bueno y obedece. Y el Cielo te consolará.   –y volviéndose a Noemí. Agrega- Llévalo a la cama y cuídalo… Después… ya proveeré…

Aunque el niño llora muy triste, se lo llevan a acostar.

Lázaro exclama pensando en Nahúm:

–                       ¡Y es de los que se creen más santos! 

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA