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45.- EL CONTENDIENTE…


catacumbasPrimer Encuentro de Petronio con los cristianos…

La primera parte de las Catacumbas ha sido concluida. Para consagrarlas, en la capilla principal, Pedro ha oficiado la Primera Misa con dos motivos: la sepultura de Celina que ha sido la primera en ser depositada en este sacro lugar y la consagración de un gran número de obispos y sacerdotes.

Después de la solemne ceremonia, todos se dirigen a la Puerta del Cielo, donde el médico y evangelista Lucano se encarga de las cartas con los nombramientos y el envío de los nuevos prelados, a todos los puntos del imperio.

Para preparar a los obispos a la inminente Persecución que nadie sabe cómo, ni cuándo empezará; pero para la que hay que estar listos, Pedro les dice:

“Mi Señor Jesucristo dijo: “Las Puertas del Infierno no prevalecerán contra Ella.” Nosotros debemos ser prudentes y tomar todas las providencias necesarias para que la Iglesia sobreviva y que siempre estén listos los sucesores, conforme se vayan necesitando.

Siempre debe haber pastores que reúnan a las ovejas dispersas y heridas, por la furia huracanada de Satanás.

Pero Dios es fiel a sus promesas. Y aunque ríos de sangre corran, siempre habrá un alma consagrada que mantenga el altar de un corazón encendido, en el Verdadero Culto al Santísimo.

Porque el día que ya no pueda celebrarse el Sacrificio Perpetuo. ¡Ay del Mundo y de los hombres!

Recuerden todos que Dios NO nos abandonará, si nosotros no le abandonamos a ÉL. El secreto está en el Amor de Fusión y de Coparticipación.”

snpedroY Pedro los bendice antes de retirarse a sus habitaciones para orar.

Gruesas lágrimas corren por sus mejillas, cuando eleva sus brazos implorando la ayuda divina, para cargar el peso de la Cruz.

Los cabellos blancos caen sobre el rostro del Pontífice, cuando de rodillas y con el rostro inclinado, ora con fervor por horas y horas. Cuando finalmente se levanta, sus mejillas siguen húmedas por el llanto; pero hay en su rostro la mirada serena y llena de esperanza, que da el haber recibido respuesta a sus plegarias y la fortaleza necesaria para cumplirla Gran Misión que pesa sobre sus hombros.

Su cara irradia majestad y dulzura.

Y piensa:

‘Si Dios está con nosotros. ¿Quién contra nosotros?’

Y sonríe. Una resolución llena de valor y de Fe… Es la sonrisa del capitán que toma con firmeza el timón de un barco, en medio de la borrasca; pero que sabe perfectamente hacia donde debe dirigirse. Sin dudas, ni vacilaciones.

La luz de un faro se abre paso en medio de la Oscuridad. Él sabe dónde está el puerto y también cómo llegar a él.

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Pedro sale de su Oración revitalizado y con suave firmeza, sigue dirigiendo el destino de la Iglesia. Y girando las instrucciones necesarias de acuerdo a los sucesos, que se van presentando.

El Pastor debe trasmitir la confianza a las ovejas. Cristo, el Cordero y el Pastor, es el que está llevando a su Esposa Santa, hacia Él. Dios la va a recibir, revirginizada con el Martirio…

Jesús es el que dirige. La madre Santísima, la que protege.

El Adversario deberá volver a tragarse su derrota. Satanás será vencido, una vez más.

¿Cómo?

Los mártires se lo demostrarán…  

Lo importante es caminar con el corazón henchido de Fe y de Amor, confiados totalmente en Dios y abandonados en su Voluntad, y la victoria está asegurada. Por lo único que se debe implorar es por la perseverancia y Dios se encarga de lo demás…

Pedro lo sabe y en eso está su seguridad.

Siente un inmenso dolor por haber perdido a Celina, ‘su perla romana’.  Aunque tal vez esta primicia que ahora descansa en las Catacumbas, es el inicio de la masacre que sabe que viene del Palatino…

Pero Celina ya descansa en Dios. Jesús no permitió que su virgen fuese profanada.

Pedro sonríe en medio de su tristeza. Celina ya está en la Patria Celestial. Los que necesitan ayuda, son los peregrinos en esta Tierra… 

Mientras tanto, en Anzio…

Statue of Emperor Nero Anzio Roma Italy

Statue of Emperor Nero Anzio Roma Italy

Una mañana después de un banquete, Nerón decidió dar el día libre a sus augustanos, para llevarse a Popea a un paseo en barco.

Petronio prefirió ir a su villa e invitó a algunos de sus amigos y a todo el séquito que lo acompañaba.

Se sentaron en la terraza, desde donde se puede admirar el mar. Mientras se deleitan con un refrigerio, aspiran el aroma de la brisa marina y oyen el rumor de las olas que rompen en la playa.

Decidió que era el momento de probar quienes eran los cristianos y conocer de cerca su fraudulenta verdad, pues aun resiente mucho en su corazón el cambio que alejó de sí, tan completamente a Marco Aurelio; al grado de convertirlo en un desconocido.

También quiso burlarse un poco de su fanatismo y buscar de donde asirse, para recuperar al sobrino que quiere como a un hijo.

Todos los dioses que conoce tienen fallas y quiere ver cuál es el punto débil de este Dios Desconocido que ha enajenado a Marco Aurelio; para partir de allí y disputarle su preponderancia.

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Está plenamente convencido de que los fanatismos son nefastos y pueden arruinar la vida de cualquier hombre… Y por lo poco que ha averiguado, el cristianismo está lleno de superstición y eso le tiene muy preocupado…

Después de un buen rato de indagar con mucha astucia, haciendo preguntas a todos los invitados de Marco Aurelio y según las respuestas obtenidas, decidió debatir sus opiniones…

Petronio como siempre, hizo sus comentarios como en broma y en tono zumbón.

Y su conclusión fue:

–              Ningún Dios en su sano juicio se haría un hombre mortal.

Entonces el obispo Ethan, replicó:

–              ¿Cómo puedes negar tú sabio Petronio, que Cristo existió y se levantó de entre los muertos, si ni siquiera lo has comprobado? Nosotros somos testigos y predicamos a un Dios Vivo y Resucitado.

Pedro y Juan lo conocieron en vida. Pablo lo reconoció en el Camino a Damasco y Lucano el Médico, en Antioquia. Yo, cuando me convertí. Demuestra con tu sabiduría, que somos unos impostores y entonces podrás rechazar nuestro testimonio.

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Petronio contestó:

–              No tengo la menor intención de negar nada, porque sé que hay muchos casos incomprensibles, sostenidos y comprobados por gentes fidedignas. Pero una cosa es el descubrimiento de un nuevo Dios extranjero y otra muy diferente, la aceptación de su doctrina.

–              Primero hay que conocer antes de rechazar. Eso es lo más lógico, ¿No crees?

–              No tengo el menor deseo de adquirir ningún nuevo conocimiento que venga a trastornar la vida y a distorsionar su belleza. A mí no me importa si nuestros dioses existen o no. Son hermosos… Su imperio es amable y cómodo…  Y vivimos sin afanes, disfrutando de los deleites de la vida. Yo no quiero cambiar eso.

Ethan replicó:

–                              Tú rechazas una Religión de Amor, de Justicia, de Perdón; atento solo a los deleites de la existencia. Más piensa Petronio, ¿Se halla en realidad tu vida exenta de ansiedades? Mira… Ni tú ni nadie entre los más ricos y poderosos, sabe si al entregarse al sueño por la noche, a la mañana siguiente al despertar, no le aguarda una sentencia de muerte. Y dime entonces ¿Qué es la felicidad de un día? ¿Qué os espera después de la muerte?

–              Yo pienso que después de la tumba hay solo silencio. La vida es muy corta para desperdiciarla en filosofías improbables…

–              Lo que te estoy proponiendo NO es sólo una filosofia improbable… Mi Señor está Vivo y puedo comprobártelo ahorita mismo…

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Petronio se alarmó y exclamó:

–           No me interesa conocer, ni comprobar nada… Estoy muy feliz como vivo y no voy a cambiar nada. Por más persuasivo que tú te comportes… Hay cosas que no acepto.

–              El Mensaje de Salvación no se impone. Dios que te amó tanto para crearte, no te obliga a aceptarlo. Desea tu amor, no tu sometimiento.

–              Qué bueno que lo comprendes. No me interesa conocer ninguna nueva religión… Yo solo admito lo que es tangible a mi experiencia. Y lo sobrenatural no es mi debilidad… Así que te agradeceré que no insistas…

–              Te sientes alarmado de que mi Religión te haga perder tus goces. Tú estás satisfecho de tu suerte, porque eres opulento, poderoso y vives en la molicie.

Petronio respondió sin disimular su molestia:

–              Veo que eres un hombre noble y de ilustre linaje. Y me sorprende que todo eso te haya dejado de importar…

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–              Alguna vez fui y pensé como tú. Aunque yo no fui cercano al círculo del César, conozco la fuerza que da el tener inmensas riquezas y nacer en una familia nobilísima y poderosa. Pero también conozco el vacío y el hastío de los placeres amargos y efímeros.

Por primera vez en su vida, Petronio se ha quedado sin palabras…

Ethan continuó:

–              Tú también tienes un ilustre linaje. Y te sientes orgulloso de ser descendiente de nobles y antiguos quirites. De ser rico. De rodearte de cosas bellas y placenteras. Pero contéstame con la verdad: ¿Qué sientes al observar a tu alrededor, la atmósfera que te envuelve? ¡Cuánta abyección! ¡Cuánta infamia! ¡Qué indigno tráfico de dignidad y de fidelidad!…  Y… ¿En qué, de lo que te rodea puedes confiar en realidad?

Petronio no está dispuesto a abrir su corazón a un desconocido que está viendo en lo más íntimo de su ser como si hubiese penetrado en él y su silencio se hizo más hermético todavía…

¡Pero lo más extraordinario es que parece que su indiscutible ingenio se hubiese apagado y esta es una sensación nueva para él!… ¡Y muy desagradable, por cierto!…

Ethan prosiguió implacable:

–              Eres rico… ¿Y si mañana recibes la orden de renunciar a tus riquezas o te las confisca el capricho del emperador? Eres joven… Con la ruindad que conoces plenamente en los que te rodean, ¿Estás seguro que vivirás mañana?… Eres poderoso junto al César… ¿Estás seguro que su favor lo tendrás siempre? Amas… y la traición te asecha. Estás enamorado de tus mansiones y de tus posesiones; tus tesoros, tus estatuas y tus obras de arte… ¿Y qué harás si recibes una orden de destierro a la Isla Pandataria, como le sucedió a Octavia?

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Petronio tuvo que hacer uso de todo su autocontrol para no delatarse en el profundo asombro que le invadió al ver sus más íntimos temores reflejados en las palabras del Obispo cristiano…

¡Y sintió miedo!… ¿Cómo sabe éste hombre cosas que él ni siquiera a si mismo se ha atrevido a  reconocer en su interior?…

Ethan le mira de una forma… que le es imposible definir… Es como si NO FUERA UN HOMBRE IGUAL A ÉL, el que lo mirara… Irradia una extraña Presencia que ni siquiera es capaz de comprender y ya ni siquiera el deseo de desenmascararlo y burlarse un poco lo motiva…

Es una sensación pasmosa verse desnudado en su alma, sin poder replicar absolutamente nada…

El Obispo prosigue:

–              Todo el mundo tiembla delante de vosotros y simultáneamente tembláis entre ustedes; unos con otros, porque de nada estáis seguros. Dices que nuestra religión destruye la vida. Y es al contrario, la engrandece. Porque nuestra Fe y nuestra confianza no están puestas en lo efímero y pasajero; en el espejismo de esta vida material.

Nosotros vivimos lo espiritual y esperamos lo eterno: una vida verdadera, llena de gozo y de amor. Sin traiciones, ni mentiras. Estoy seguro de que si te tomaras la molestia de conocer nuestra Doctrina, serías mucho más dichoso y te deleitarías con la verdadera sabiduría. Pues una inteligencia como la tuya sabe que cuando se conoce lo excelente, es imposible conformarse con menos. ¿O no es así?

Petronio sintió una sacudida en su interior y una extraña alarma. Por primera vez en su vida, decidió huir…

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Y fingiendo que lo acomete un bostezo, dijo:

–              Esto no es para mí. Yo prefiero mil veces, la compañía de una mujer tan hermosa como mi Aurora. Tu Dios NO me interesa. -y con un súbito arranque de sinceridad, agregó- Es más… No quiero luchar contigo en ese palenque.

Ethan sonrió…

Y con modales tan elegantes y distinguidos como los de Petronio tomó su copa, dio un sorbo a su vino…

Y mirándolo fijamente, dijo:

–              Podemos invocarlo y Él vendrá. ¿Acaso tienes miedo de que yo te lo presente?  Sabes que tengo razón…

–              No soy un cobarde. Simplemente NO acepto lo que me dices…

–              Ahora… Pero tú momento llegará…

  Jamás en toda su vida, Petronio se había sentido tan vulnerable y tan angustiado…  

Y para su buena fortuna, su amigo el poeta lo salvó….

Porque entonces Lucano inquirió:

–              Puesto que ustedes viven bajo las leyes de Roma, deben amar a nuestro Príncipe.

El obispo Acacio, respondió:

–                 ¿Quién tiene más respeto y amor al emperador que los cristianos? Continuamente hacemos Oración por él. Para que alcance larga vida y gobierne con justo poder a los pueblos y goce de paz, durante su reinado.

También oramos por la salud de los soldados y por la conservación de todo el Orbe.

Petronio suspiró aliviado al ver que el debate cambió de protagonistas…

Plinio intervino:

–                   Te felicito. Pero para que el emperador conozca mejor tu homenaje, ofrécele un sacrificio en nuestra compañía.

Acacio respondió:

–              Yo ruego a mi Dios Verdadero y Grande por la salud del emperador. Pero en cuanto al sacrificio, ni él nos lo puede exigir, ni nosotros ofrecérselo. ¿Quién se atrevería a hacer un sacrificio a un hombre?

Entonces Trhaseas preguntó:

–              ¿A qué Dios le ofreces tu Oración, para que nosotros también le ofrezcamos sacrificios?

Acacio respondió mirándolo fijamente:

–              Anhelo que conozcas lo que es de provecho. Y sobre todo, conozcas al verdadero Dios.

–              Dime su Nombre.

–              Padre Celestial: Yeové. Jesús y el Espíritu Santo.

–              ¿Estos son nombres de dioses?

–             Es la Santísima Trinidad. Ese es el Dios Verdadero y a Quién debemos temer.

–             ¿Qué Dios es ese?

–              Yeové. Adonaí el Altísimo. El que se sienta entre los Querubines y los Serafines.

–              ¿Quiénes son esos?

–              Son Ministros del Dios Altísimo y le asisten en su excelso Trono.

Plinio interviene con fastidio:

–              Esta es una inútil disputa filosófica. Trhaseas no te dejes atrapar. Un Dios Invisible e intangible… ¡Bah! Más bien tú, -se dirige a Acacio- desdeña las cosas invisibles y reconoce a nuestros dioses que están delante de nuestros ojos. A ellos es a los que debes sacrificar.

Acacio replica:

–              ¿Cuáles son los dioses a los que tú querrías que sacrifique?

Plinio contesta:

–              A Apolo, nuestro salvador. Ahuyenta el hambre y la peste. El rige y conserva a todos.

–              Ese Apolo. ¿Es el mismo al que ustedes tienen como intérprete del futuro? ¡Buen adivino resultó!…  El infeliz corría loco de amor por Daphne, una muchachita, ignorando que iba a perder a su presa suspirada. Es evidente que no fue adivino, el que esto ignoraba. Ni dios, ya que se dejó burlar por una joven.

Y no fue ésta su única desgracia, ya que la suerte le deparó un golpe más cruel. Como estaba poseído por un torpe amor por los adolescentes, se prendó de la hermosura de Jacinto y se enamoró de él, como bien sabéis vosotros.

Pero ignorante del futuro, mató con un tiro de disco, a aquel a quién más deseaba que viviera. ¡Humm! Ese Apolo… ¿Es el mismo que fue jornalero de Neptuno y que guardó rebaños ajenos? ¿A ese quieres que yo sacrifique?

Ahora es Plinio el que tiene dificultades para contestar.

Y Acacio insiste:

–              ¿O prefieres que sacrifique a Esculapio, que fue muerto por un rayo? ¿O a la adúltera Venus? ¿O a los demás Monstruos? ¿Habría de adorar a los que me avergüenzo de imitar? ¿A los que desprecio, a los que condeno, a los que aborrezco?

Si alguien quisiera ahora imitar sus ejemplos, no escaparía al severo castigo de las leyes romanas. ¿Cómo puede ser que adoren en los dioses, lo que castigarían en los hombres?

Plinio replica muy enojado:

–              Al parecer, los cristianos vomitan mil injurias contra nuestros dioses.

Marcial interviene con tono conciliatorio:

–              Para demostrar tu buena voluntad al emperador, vamos al Templo de Júpiter y Juno. Y celebremos juntos un grato banquete. Rindamos a las divinidades el culto que se les debe.

Acacio responde:

–              ¿Cómo puedo sacrificar a alguien que como todos saben, está sepultado en Creta? ¿Acaso resucitó de entre los muertos?

–              ¿Y acaso tu Dios sí resucitó?

–              ¡Claro que sí! ¿Quieres conocerlo? ¡Te lo presento ahorita mismo!…

–              ¡No desvaríes! Estamos hablando seriamente…

–              No desvarío y estoy dispuesto a demostraros en este momento, el por qué mi Dios está Vivo!…

Plinio replica:

–            A tu Dios,  lo ejecutó Poncio Pilatos… ¡Estás diciendo disparates! Mejor respeta a los dioses y ofréceles una ofrenda de desagravio por todas las tonterías que estás afirmando.

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–              No son desvaríos. Es la Verdad y yo no ofrezco sacrificios a falsos ídolos.

Nadie responde y  Plinio pregunta con severidad:

–              Si hubiera una ley que te obligase a hacerlo y yo fuese el Procurador, ¿Qué harías?

–              No puedes obligarme.

–              Pero como Procurador tengo el Idus Gladius (Poder de vida y muerte) ¡O sacrificas o mueres!

–              Tu amenaza se parece a la que dirigen los bandoleros de Dalmacia, maestros en el arte de robar. Se apostan en los desfiladeros y lugares escondidos. Están al asecho de los viandantes. Y apenas aparece un pobre viajero, lo conminan con este dilema: ‘¡O la bolsa o la vida!

Allí no admiten razones. La única razón es la fuerza que intimida. Tu ultimátum es similar, ya que quieres que yo cumpla una acción injusta o me amenazas con la muerte.

Plinio se toma muy en serio su supuesto papel de Procurador y replica más enojado todavía:

–              Pero yo obedezco las leyes de Roma y hay un edicto que te obliga a obedecerme.

Acacio también contesta muy serio:

–              Las leyes castigan al libertino, al adúltero, al ladrón, al corruptor sexual, al malhechor y al homicida. Si yo fuera reo de estos crímenes yo mismo me condenaría, sin aguardar tu sentencia. En cambio, si fuera condenado al suplicio por adorar al Dios Verdadero, no sería condenado por la ley, sino por la arbitrariedad del juez.

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–              Yo no te estoy juzgando. Pero como Procurador; si quiero, puedo obligarte. Si desprecias mi intimidación, puedes estar seguro del castigo.

–              También a mí se me ha mandado no negar jamás a mi Dios. Si tú obedeces a un hombre frágil y de carne que muy pronto abandonará este mundo. Y como se sabe, será pasto de los gusanos. Con cuanta mayor razón yo debo obedecer a un Dios potentísimo, cuyo poder consolidó todo cuanto existe.

Él dijo: “Si alguno me niega delante de los hombres, Yo también lo negaré delante del Padre Celestial, cuando venga en mi Gloria y Poder, a juzgar a los vivos y a los muertos.”

Marcial interviene:

–              Justamente lo que tanto deseaba saber, lo acabas de confesar ahorita: el error capital de tus creencias y la Ley de ustedes. Según dices: ¿Tiene Dios un Hijo?

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Acacio contestó:

–               Lo tiene.

–              ¿Y quién es ese Hijo de Dios            ?

–              El Verbo de Gracia y de Verdad.

–              ¿Es ese su Nombre?

–              Su Nombre es Jesucristo.

–              ¿Qué diosa lo concibió?

–              Dios no engendró a su Hijo al modo humano, con una mujer. Sería absurdo que la Majestad Divina, pudiera tener contacto con una doncella. Dios formó a Adán con su mano derecha. Compuso con el barro los miembros de aquel primer hombre. Y después de haber completado toda la figura, le infundió el alma y el aliento de vida introduciéndole su Espíritu.

Pero el segundo Adán, el Hijo de Dios, el Verbo de la Verdad, procedió del Corazón de Dios. Por eso está escrito: ‘Mi Corazón produjo una Palabra Santa.’

–              Luego Dios tiene cuerpo.

–              ¡Claro que lo tiene! A nosotros nos creó a su Imagen y Semejanza. Nosotros veneramos su virtud y su Poder. Su Hijo tiene un Cuerpo Resucitado. Y con la sabiduría que es un don de Dios, aprendemos a conocerlo y a amarlo.

Plinio replica con desprecio:

–              Solo eres un mago y maestro de este artificioso embuste.

Acacio contestó:

–              Los cristianos, todo lo que tenemos lo recibimos de Dios y aborrecemos toda clase de arte mágica.

Plinio insistió:

–              Ustedes son magos, porque han introducido no sé qué nueva modalidad religiosa.

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–             Nosotros despreciamos a esos dioses que ustedes fabrican y luego veneran. Sin duda si al artista le faltara el mármol o si el mármol se quedara sin artista, ustedes se quedarían sin dioses. En cambio nosotros adoramos a Aquel que nos creó a nosotros. Él nos formó como Señor. Nos amó como Padre. Y como buen defensor, nos libró de la muerte eterna…

Plinio escuchó y se quedó colérico y callado…

Séneca tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para no soltar una carcajada…

Plinio ya no supo que responder y se despidió alegando que tenía importantes negocios que atender.

Invitó a Petronio a acompañarlo y también invitó a Séneca…

Pero en aquel duelo verbal, Séneca se estuvo divirtiendo de lo lindo y no pudo disimular su absoluta satisfacción… Y rechazó cortésmente…

Trhaseas, Lucano y Marcial también prefirieron quedarse un poco más y finalmente,  solo se fueron los dos.

Plinio furioso y Petronio muy pensativo, caminaron presurosos hacia la salida…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

12.- LA ASCENSIÓN


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Es una esplendorosa mañana en el Getsemaní. Los pétalos de las flores y las hojas de los olivos, todavía conservan el rocío matinal.

Jesús dice:

–           Ahora vamos a darnos el beso de despedida, amigos míos queridísimos.

Se pone en pie para abrazarlos.

Todos hacen lo mismo.

Pero mientras que Jesús tiene una sonrisa pacífica de una hermosura totalmente  divina, ellos lloran llenos de turbación…

Juan, echándose sobre el pecho de Jesús, en medio de los fuertes espasmos a causa de los sollozos que le rompen el pecho de tan lacerantes como son; solicita por todos, intuyendo el deseo de todos…

Juan suplica sollozando:

–           ¡Danos al menos tu Pan! ¡Haz que nos fortalezca en este momento!

Jesús le responde:

–           ¡Así sea!

Entonces toma un pan, lo ofrece, lo bendice y  repite las palabras rituales. Y lo mismo hace con el vino, repitiendo después:

–           Haced esto en memoria mía – añadiendo: -De mí que os he dejado esta prenda de mi amor para seguir estando y estar siempre con vosotros hasta que vosotros estéis conmigo en el Cielo.

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Los bendice y dice:

–          Y ahora vamos.

Salen de la habitación, de la casa…

Jonás, María y Marcos están afuera. Se arrodillan y adoran a Jesús.

Jesús les dice:

–           La paz permanezca con vosotros, y el Señor os compense de todo lo que me habéis dado – dice Jesús bendiciéndolos al pasar.

Marcos se levanta y dice:

–           Señor, los olivares que hay a lo largo del camino de Betania están llenos de discípulos que te esperan.

Jesús ordena:

–           Ve a decirles que se dirijan al Campo de los Galileos.

Marcos se echa a correr con toda la velocidad de sus jóvenes piernas.

Los apóstoles dicen entre sí:

–          Entonces, han venido todos.

Más allá, sentada entre Marziam y María Cleofás, está la Madre del Señor. Y viéndolo acercarse se levanta y lo adora con todo el impulso de su corazón de madre y de fiel.

Jesús las invita:

–           Ven Madre y también tú, María…

Ellas están paralizadas por la majestad resplandeciente que emana de Él, como en la mañana de la Resurrección.

Jesús no quiere apabullar con esta majestad suya así que, afablemente pregunta a María de Alfeo:

–           ¿Estás sola?

–           Las otras… las otras están adelante… con los pastores y… con Lázaro y toda su familia… Pero nos han dejado a nosotras aquí, porque… ¡Oh, Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!… ¿Cómo soportaré el no verte Jesús bendito, Dios mío; yo que te quise incluso antes de que nacieras y que tanto lloré por ti cuando no sabía dónde estabas después de la matanza…?

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¿Yo que tenía mi sol y todo, todo mi bien en tu sonrisa desde que volviste?… ¡Oh, cuánto bien! ¡Cuánto bien me has dado!… ¡Ahora sí que voy a ser verdaderamente pobre, viuda, ahora sí que voy a estar verdaderamente sola!…

¡Estando Tú, teníamos todo!… Aquella tarde creí conocer todo el dolor… Pero el propio dolor, todo aquel dolor de aquel día me había ofuscado y… sí, era menos fuerte que ahora… Y además… estaba el hecho de que ibas a resucitar. Me parecía no creerlo, pero ahora me doy cuenta de que sí lo creía, porque no sentía lo que siento ahora… – llora.

Y tanto la ahoga el llanto, que jadea.

–           María buena, verdaderamente te afliges como un niño que crea que su madre ya no lo quiere y que lo haya abandonado por haber ido a la ciudad, a comprarle regalos que lo harán feliz y pronto volverá a él para cubrirlo de caricias y regalos. ¿No es esto acaso, lo que Yo hago contigo? ¿No voy a prepararte la alegría? ¿No voy para volver y decirte: “Ven, pariente y discípula mía amada, madre de mis amados discípulos”? ¿No te dejo mi amor? ¡Te doy mi amor, María! ¡Bien sabes que te quiero! No llores así. Exulta más bien, porque ya no me verás vilipendiado y fatigado, ni perseguido, ni sólo rico del amor de pocos. Y con mi amor te dejo a mi Madre.

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Juan será para ella hijo. Tú sé para Ella buena hermana, como siempre. ¿Lo ves? Mi Madre no llora. Sabe que, si bien la nostalgia de mí será la lima que consumirá su corazón, la espera será en todo caso breve respecto a la gran alegría de una eternidad de unión.  Y sabe también que esta separación nuestra no será tan absoluta que le haga exclamar: “Ya no tengo Hijo”.

Ése fue el grito de dolor del día del Dolor. Ahora en su corazón canta la esperanza: “Sé que mi Hijo sube al Padre, pero no me dejará sin sus espirituales amores”. Créelo así también tú y todos… Ahí están los otros y las otras. Ahí están mis pastores.

Y las caras de Lázaro y sus hermanas, en medio de todos los domésticos de Betania y la cara de Juana, semejante a una rosa bajo un velo de lluvia. Y las de Elisa y Nique, ya marcadas por la edad y ahora las arrugas se hacen más profundas a causa del dolor: dolor de cualquier modo, para la criatura humana, aunque el alma se alegre por el triunfo del Señor.  Y la cara de Anastática y las caras de azucena de las primeras vírgenes.  Y el ascético rostro de Isaac, el inspirado de Matías, el rostro viril de Mannaém, los austeros de José y Nicodemo… Caras, caras, caras…

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Jesús llama a los pastores, a Lázaro, a José, a Nicodemo, a Mannaém, a Maximino y a los otros de los setenta y dos discípulos. Les dice que se acerquen, porque quiere tener especialmente cerca a los pastores.

Dice a éstos:

–           Venid aquí. Vosotros, que estuvisteis junto al Señor cuando vino del Cielo, y que os inclinasteis ante su anonadamiento, estad ahora cerca del Señor cuando vuelve al Cielo, exultando en vuestro espíritu por su glorificación. Habéis merecido este puesto porque habéis sabido creer contra toda circunstancia desfavorable y habéis sabido sufrir por vuestra fe. Os doy las gracias por vuestro amor fiel.

A todos os doy las gracias. A ti, Lázaro amigo. A ti, José y a ti Nicodemo, compasivos con el Cristo cuando serlo podía significar un gran peligro. A ti, Manaém, que por ir por mi camino has sabido despreciar los sucios favores de un inmundo.

A ti Esteban, florida corona de justicia que has dejado lo imperfecto por lo perfecto y serás coronado con una corona que todavía no conoces pero que te será anunciada por los ángeles.

A ti Juan, por breve tiempo hermano mío en el pecho purísimo y venido a la Luz más que a la vista. A ti Nicolái, que siendo prosélito has sabido consolarme por el dolor de los hijos de esta nación. Y a vosotras discípulas buenas y más fuertes que Judit, sin por ello dejar de ser dulces.

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Y a ti Marziam niño mío, que tomarás a partir de ahora el nombre de Marcial, en memoria del niño romano matado en el camino y puesto delante del cancel de Lázaro con el rótulo de desafío: Y ahora di al Galileo que te resucite, si es el Cristo y si ha resucitado. “Marcial, último de los inocentes que en Palestina perdieron la vida por servirme a Mí, aun inconscientemente, y primero de los inocentes de todas las naciones.

De los inocentes que por haberse acercado a Cristo. Serán odiados y recibirán prematura muerte, como capullos de flores arrancados de su tallo antes de abrirse.

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Que este nombre Marcial, te señale tu destino futuro: sé apóstol en tierras bárbaras y conquístalas para tu Señor, como mi amor conquistó al niño romano para el Cielo.

A todos, a todos os bendigo en este adiós invocando al Padre, invocando para vosotros la recompensa de los que han consolado el doloroso camino del Hijo del hombre.

Bendita sea la Humanidad en esa porción selecta suya, que está en los judíos y está en los gentiles y que se ha manifestado en el amor que ha tenido hacia mí.

Bendita sea la Tierra con sus hierbas y sus flores; benditos sus frutos, que me procuraron delicia y alimento muchas veces. Bendita sea la Tierra con sus aguas y con su calor; por las aves y los animales, que muchas veces superaron al hombre en confortar al Hijo del hombre.

Bendito seas tú Sol, bendito seas tú mar, benditos seáis vosotros montes, colinas, llanuras; benditas vosotras, estrellas que me habéis acompañado en la nocturna oración y en el dolor. Y tú, Luna, que has sido luz para mis pasos durante mi peregrinaje de Evangelizador.

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Benditas seáis todas vosotras, criaturas obras del Padre mío, compañeras mías en este tiempo mortal; amigas de Aquel que había dejado el Cielo para quitar a la atribulada Humanidad las espinas de la Culpa que separa de Dios.

Jesús con su última bendición, dirá después a  la Madre Santísima… Que devolvió bondad y santidad a todas las cosas de la Creación…

Jesús continúa:

–           ¡Benditos seáis también vosotros, instrumentos inocentes de mi tortura: espinas, metales, madera, cuerdas trenzadas, porque me habéis ayudado a cumplir la Voluntad del Padre mío!

¡Qué voz tan resonante tiene Jesús! Se expande por el aire templado y sereno como tono de bronce golpeado; se propaga en ondas sobre el mar de rostros que lo miran desde todas las direcciones.

Constituyen centenares las personas que rodean a Jesús, que sube con aquellos a quienes más quiere hacia la cima del Monte de los Olivos. Pero Jesús, al llegar al principio del Campo de los Galileos, despoblado de tiendas en este período situado entre las dos fiestas…

Jesús ordena a los discípulos:

–           Ordenad a la gente que se detenga dónde está. Luego seguidme.

Sigue subiendo hasta la cima del monte, la que está más cerca de Betania y no de Jerusalén, cima que domina todo. Muy cerca de Él, están su Madre; los apóstoles, Lázaro, Mannaém, los pastores y Marziam. Más allá en semicírculo, manteniendo a distancia a la muchedumbre de los fieles, los otros discípulos.

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Jesús está en pie sobre un peñasco que sobresale sobre el claro, entre la verde hierba mostrando su blancura. El sol toca sus vestiduras y las hace resplandecer como nieve y brillar como si fueran de oro, sus cabellos. Sus ojos de zafiro, centellean con luz divina.

Abre los brazos en ademán de abrazar: parece querer estrechar contra su pecho a todas las multitudes de la Tierra, que su espíritu ve representadas en esa pequeña multitud

Con esa voz que no puede olvidarse, da la última orden:

–           ¡Id! ¡Id en mi Nombre, a evangelizar a las gentes hasta los extremos confines de la tierra!  Dios esté con vosotros. Que su amor os conforte, su luz os guíe, su paz more en vosotros hasta la vida eterna.

Se transfigura en belleza. ¡Hermoso! Tanto y más hermoso que en el Tabor.

Caen todos de rodillas, adorando. Él, elevándose ya de la piedra en que se apoyaba, busca una vez más el rostro de su Madre, y su sonrisa alcanza una potencia que nadie podrá jamás representar… Es su último adiós a su Madre.

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Sube, sube… El Sol, aún más libre para besarlo, ahora que no hay frondas que intercepten el camino de sus rayos; toca con sus resplandores sobre el Dios-Hombre que asciende con su Cuerpo santísimo al Cielo y evidencia sus Llagas gloriosas, que resplandecen como rubíes vivos.

El resto es un perlado mar de luces. Es verdaderamente la Luz que se manifiesta en lo que es, en este último instante como en la noche natalicia.

Centellea la Creación con la luz del Cristo que asciende. Una luz que supera a la del Sol. Una luz sobrehumana y beatísima. Una luz que desciende del Cielo al encuentro de la Luz que asciende…

Y Jesucristo, el Verbo de Dios, desaparece para la vista de los hombres en este océano de esplendores…

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En la tierra dos gritos se escuchan en medio del profundo silencio de la muchedumbre extática:

El grito de María cuando El desaparece: « ¡Jesús!» y el que precede al copioso llanto de Isaac.

Los demás están enmudecidos por religioso estupor y permanecen allí, como en espera de algo…  Hasta que dos luces angélicas candidísimas, en forma mortal aparecen y dicen las palabras recogidas en el primer capítulo de los Hechos Apostólicos:

–          Hombres de Galilea, ¿Por qué estáis mirando al Cielo? Este Jesús, que os ha sido ahora arrebatado y que ha sido elevado al Cielo su eterna morada, vendrá del Cielo en su debido tiempo, tal y como ahora se ha marchado.

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

 

 

136.- MAREA DE ODIO


1TEMPLO

La entrada de Jesús al Templo de Jerusalén, que está pletórico de gente que ha venido a la Fiesta de los Tabernáculos, no pasa desapercibida. Se levanta un murmullo como una colmena inquieta y sobrepuja las voces de los doctores que están enseñando en el Patio de los Gentiles. La lección se suspende como por encanto.

Y los alumnos de los escribas corren en todas direcciones a llevar la noticia de la llegada de Jesús; de modo que cuando Él entra en al Patio de los Israelitas, diversos Fariseos, escribas y sacerdotes están de pie en las escalinatas para observarlo. No le dicen nada mientras que ora y ni siquiera se le acercan. Tan solo vigilan.

Jesús regresa al Pórtico de los Gentiles y todos se van detrás de Él.

El murmullo se esparce entre la gente. Se oyen aquí y allá, voces aisladas que gritan:

–                       ¡Veis como ha venido!

–                       Es un hombre justo.

–                        No podía faltar a la Fiesta.

–                       ¿Qué ha venido a hacer?

–                       ¿A perturbar más al pueblo?

–                       ¿Estáis contentos ahora?

–                       Ya veis donde está.

–                       ¡Tanto que lo buscasteis!

Voces irónicas. Voces envueltas en veneno que escupen los enemigos… Y luego se apaciguan porque tienen miedo de la gente. Y ésta, después de una prueba clara en favor del Maestro, teme las represalias de los poderosos. Es el reino del miedo recíproco…

El único que no tiene miedo es Jesús.

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Camina despacio, con majestad, al lugar a donde se dirige. Parece un poco absorto en Sí. Pero acaricia a los niños y sonríe a los ancianos, que lo saludan bendiciéndolo.

En el Pórtico de los Gentiles, de pie entre un grupo de alumnos, está Gamaliel. Éste levanta su cara y sus profundos ojos de pensador, se fijan por un instante en el rostro tranquilo de Jesús. Una mirada escudriñadora. Atormentada…

Jesús la siente y se vuelve. Lo mira.

Las miradas se encuentran…

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Los ojos de zafiro de Jesús, con su mirada franca, dulce. Que deja que se le escudriñe.

Los ojos negrísimos de Gamaliel, con su mirada impenetrable; ansia por conocer y descubrir el misterio que para él, es el Rabí Galileo. Fue solo un instante…

Jesús continúa su camino y el rabí Gamaliel, reclina su cabeza sobre el pecho, sordo a las preguntas de sus discípulos. Se sumerge en sus pensamientos y con sus brazos cruzados sobre el pecho, parece ausente a lo que lo rodea.

Jesús va al lugar que ha escogido. Con una columna a su espalda. De pié en la grada más alta en el fondo del Pórtico. El lugar menos buscado.

Y se pone a predicar… Su discurso es el eco amplificado del que dijera veinte años atrás, cuando rodeado de doctores, el Niño Jesús convenciera de que Él era el Mesías a Hillel  y a un Gamaliel más joven…

HILLEL (1)

Habla de la venida del Reino de Dios y de la preparación a este Reino. De la Profecía de Daniel. Del Precursor que predijeron los Profetas. Recuerda la estrella de los Sabios. La Matanza de los Inocentes en Belén. Las señales de que el Mesías ha llegado a la Tierra. La muerte del Precursor. Y los milagros que confirman que Dios está con su Mesías.

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Jamás ataca a sus contrarios. Parece como si no los viera. Habla para confirmar en la Fe a sus seguidores e iluminar a los que sin culpa, todavía no lo ven.

Sus enemigos le hacen preguntas capciosas y maliciosas tratando de interrumpirlo, pero Él continúa como si no los oyera.

Un Fariseo le dice:

–                       Tú, Maestro. ¿No desciendes acaso de David y naciste en Belén?

Jesús responde lacónicamente:

–                       Tú lo has dicho.

–                       Entonces satisface nuestras esperanzas. Comprendes que callar no es cosa buena porque favorece las nubes de duda que hay en los corazones.

1JES

–                       No de duda. De soberbia, que es mucho más grave.

–                       ¿Cómo? ¿Dudar de Ti es menos grave que ser soberbios?

–                       Sí. Porque la soberbia es lujuria de la mente. Y es el pecado mayor. Es el mismo Pecado de Lucifer. Dios perdona muchas cosas. Su luz resplandece amorosa para iluminar las ignorancias y ahuyentar las dudas. Pero no perdona la soberbia que se burla, creyéndose superior a Él.

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Varios gritan:

–                       ¿Quién dice entre nosotros, que Dios sea más pequeño que nosotros?

–                       No blasfemamos…

Jesús levanta su Voz majestuosa:

–                       No lo decís con los labios, pero lo confirmáis con vuestras acciones. Queréis decir a Dios: “No es posible que el Mesías sea un Galileo. Un hombre de pueblo. No es posible que sea éste.”  Yo pregunto: ¿Qué cosa hay imposible para Dios?…

La Voz de Jesús parece un trueno. Si antes estaba un poco como decaído, apoyado como un hombre cansado sobre la columna…  Ahora se yergue. Se separa de ella. Levanta majestuoso la cabeza y atraviesa a la multitud con sus ojos fulgurantes. Todavía está sobre la grada, pero su aspecto se ha vuelto grandioso, como un Rey Poderoso.

La gente retrocede espantada. Y nadie responde a la última pregunta.

Luego, un rabino pregunta con una risa falsa y solapada:

–                       La lujuria se realiza entre dos. ¿Con quién la realiza la mente? No es corpórea. ¿Cómo puede pecar lujuriosamente? ¿Siendo incorpórea, con quién se junta para pecar?

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–                       ¿Con quién? Con Satanás. La mente del soberbio fornica con Satanás, contra Dios y contra el amor.

Pero los Fariseos apenas han empezado. Acribillan a Jesús con preguntas que Él contesta con Divina Sabiduría, dejándolos furiosos y derrotados…

Un murmullo corre entre la gente.

Gamaliel levanta la cabeza y mira fijamente a Jesús. Una mirada que ya no se aparta de Él y que sigue la escaramuza con los Fariseos con mucha atención. Después de una larga y rabínica disputa…

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Jesús concluye:

–                       … Pero vosotros no comprendéis estas cosas porque no queréis. Vámonos.

Vuelve la espalda a todos y se dirige a la salida. Lo siguen sus apóstoles y sus discípulos que lo miran con tristeza.

Y sus enemigos lo ven marcharse con enojo y mucho odio. Una marea de odio feroz, que crece siempre más…

Él, pálido y sonriendo les dice:

–                       No estéis tristes. Sois mis amigos. Y hacéis bien en serlo, porque mi tiempo se acerca a su fin…

Al día siguiente…

El Templo está más lleno de gente, que el día anterior. Y todos miran constantemente hacia la puerta. Los doctores bajo los portales se esfuerzan en levantar su voz para llamar la atención y lucir su elocuencia. Pero la gente no les hace caso. Y ellos se dirigen entonces a sus alumnos.

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Gamaliel está en su sitio, pero no habla. Pasea de un lado a otro sobre la rica alfombra, con los brazos cruzados. La cabeza inclinada, meditando. Su vestido blanquísimo, es largo y mucho más el manto, que lleva suelto. Retenido a la espalda por fíbulas de plata y  que empuja con el pie cuando da vuelta.

Sus discípulos, apoyados contra el muro, lo miran en silencio reverentes. Respetando los pensamientos en que está absorto su maestro.

Los Fariseos y sacerdotes van y vienen.

Varios gritan:

–                       ¡Allá viene! ¡Por la Puerta Dorada!

–                       ¡Vamos a su encuentro!

–                       Yo me quedo aquí.

–                       Va a venir a hablar y no pierdo mi lugar.

Jesús se acerca lentamente. Pasa cerca de Gamaliel que no levanta su cabeza y va al mismo lugar de ayer.

Cuando Jesús empieza a hablar se forma una confusión.

Los enemigos se adelantan para aprehenderlo y pegarle…

Los apóstoles, los discípulos, la gente, los prosélitos y los gentiles, reaccionan para defenderlo.

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Acuden otros en ayuda de los primeros y tal vez lo hubieran logrado, si Gamaliel que parecía no poner atención, sale de su alfombra y va hacia donde está Jesús que es empujado hacia el Pórtico, por quien lo quiere defender.

Gamaliel, el que es considerado el más grande Doctor de Israel, grita:

–                       Dejadlo en paz. Quiero oír lo que dice.

La voz de Gamaliel logra más que el pelotón de legionarios, que han acudido a calmar el tumulto…  Que se apaga cómo nació y la gritería se transforma en un ruido confuso. Los legionarios por prudencia, se quedan cerca de la valla exterior.

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Gamaliel ordena a Jesús:

–                       Habla. Responde a quien te acusa. –el tono es imperioso.

Pero sin acento de burla.

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Jesús se adelanta hacia el Patio… Tranquilo, vuelve a tomar la palabra.

Gamaliel se queda dónde está y sus discípulos se apresuran a llevarle la alfombra y el banquillo, para que esté más cómodo. Se para en ella con los brazos cruzados, la cabeza inclinada, los ojos cerrados, atento solo a escuchar.

Jesús empieza a hablar y Gamaliel hace que le traigan una tablilla y pergaminos. Y se sienta a escribir…

Jesús empieza un largo discurso:

–                       … Vosotros, lo sé. No veis en Mí, sino un hombre semejante a vosotros. Inferior a vosotros… Y os parece imposible que un hombre pueda ser el Mesías…

Jesús habla de su filiación con el Padre. De su Divinidad Encarnada. De Misión de Redentor… Del Dios que se inmola a sí Mismo para la salvación del hombre. De que es su alegría Hacer la Voluntad del Padre.

Gamaliel escribe sin parar durante el larguísimo discurso.

Jesús concluye:

–                       … ¡Padre, Padre mío! ¡Heme aquí para hacer tu Voluntad! Y te lo repetiré hasta que tu Voluntad sea cumplida.

Jesús, que al decir estas palabras había levantado sus brazos hacia el Cielo, los baja ahora y los recoge sobre su pecho. Inclina la cabeza, cierra los ojos y se absorbe en una oración secreta.

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La gente cuchichea. No todos han comprendido, pero intuyen que ha anunciado grandes cosas y se callan admirados.

Los malos que no han comprendido o no han querido comprender, se ríen con sarcasmo y dicen:

–                       ¡Delira!  -pero no se atreven a decir más.

Y se van moviendo la cabeza. Esta prudencia es el resultado de las lanzas romanas que brillan al sol, en la muralla del fondo.

Gamaliel se abre paso entre los que han quedado. Llega hasta donde está Jesús absorto en Oración, lejano de la multitud y del lugar y lo llama con ansiedad…

Gamaliel dice:

–                       ¡Rabbí Jesús!

Jesús levanta su cabeza con los ojos todavía absortos en una visión interna y pregunta:

–                       ¿Qué se te ofrece, rabí Gamaliel?

–                       Una explicación tuya.

–                       Habla.

–                       ¡Retiraos todos!   -ordena Gamaliel con tal tono…

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Que apóstoles, discípulos, seguidores, curiosos y hasta sus propios discípulos, rápidamente se separan.

Quedan solo ambos frente a frente. Se miran. Jesús siempre manso y dulce. El otro, autoritario por costumbre y soberbio en apariencia… Cosas que le han venido por los tantos años en que ha sido reverenciado hasta la exageración.

Gamaliel dice:

–                       Maestro… Me han referido las palabras que dijiste en el banquete donde  pretendieron hacerte rey. Que desaprobé porque no era sincero. Combato o no combato, pero siempre abiertamente. He meditado en esas palabras. Las he confrontado con las que viven en mi memoria… Te he esperado aquí. Para preguntarte algo sobre ellas. Primero quise oírte hablar. Ellos no comprendieron. Espero haberlo podido yo. Escribí tus palabras, según la dijiste. Para meditarlas y no para hacerte ningún mal. ¿Me crees?

Jesús responde:

–                       Te creo. Y quiera el Altísimo hacerlas resplandecer en tu espíritu.

–                       Así sea. Oye, ¿Las piedras que deben estremecerse, son acaso las de nuestros corazones?

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Jesús rechaza:

–                       No rabí. Estas. -Y señala las murallas del Templo siguiendo su configuración- ¿Por qué lo preguntas?

–                       Porque mi corazón se ha estremecido cuando me refirieron tus palabras del banquete. Y tus respuestas a los que te tentaron… Creí que aquel estremecimiento fuese la señal…

–                       No rabí. Es muy poco el estremecimiento de tu corazón y el de otros pocos, para ser la señal que no deje dudas… Aun cuando tú con un gesto de humilde reconocimiento de ti mismo, llamas piedra a tu corazón. –Jesús mira con amor infinito al doctor y pregunta- Rabí Gamaliel, ¿De veras no puedes hacer de tu corazón hecho piedra, un altar luminoso que acoja a Dios? No porque Yo reciba algo útil, rabí. Sino para que tu modo de obrar sea perfecto…

Jesús observa dulcemente al viejo maestro que se coge la barba, se pasa los dedos por la frente, con una agonía interior llena de angustia… Finalmente murmurando con la cabeza inclinada…

Gamaliel dice despacio:

–                       No puedo. Todavía no puedo…  Más espero… ¿Darás de todos modos esa señal?

–                       La daré.

–                       Adiós Rabí Jesús.

–                       El Señor venga a Ti, rabí Gamaliel.

Jesus y Fariseos

Se separan.

Jesús hace una señal a los suyos y sale con ellos del Templo.

Escribas, Fariseos, sacerdotes, discípulos de los rabinos, se precipitan como otros tantos buitres en torno a Gamaliel, que está metiendo dentro de la cintura, los pergaminos escritos.

Todos dicen al mismo tiempo:

–                       ¿Y bien?

–                        ¿Qué te parece?

–                       ¿Un loco?

–                       Hiciste bien en haber escrito sus delirios.

–                       Nos servirán.

–                        ¿Estás decidido?

–                       ¿Persuadido? Ayer…

–                       Hoy…

–                       Hay más que suficiente para persuadirte.

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Todos hablan al mismo tiempo.

Gamaliel se calla mientras se arregla la cintura. Tapa el tintero que tiene colgando. Entrega a su discípulo la tablilla, sobre la que se había apoyado para escribir sus pergaminos.

–                       ¿No respondes?  Desde ayer no hablas… -insiste un colega suyo.

Gamaliel contesta:

–                       Escucho. No a vosotros. A Él…  Y trato de reconocer en sus palabras de ahora. Las palabras que un día me habló. Aquí… En este mismo lugar… Era el Mesías Encarnado en un niño y yo lo supe entonces…

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Varios se ríen y preguntan:

–                       ¿Y acaso las encuentras?

–                       Es algo así como un trueno que tiene diverso rumor, según está más cerca o más lejos. Pero siempre es un rumor de trueno.

Alguien dice con tono de burla:

–                       Luego, a ninguna conclusión llegan.

Gamaliel reprende:

–                       No está bien, Leví. Aún en el trueno puede estar la Voz de Dios. Y nosotros somos tan necios que la tomemos como un rumor de nubes que se rompen. Tampoco te rías tú, Elquías; ni tú, Simón Boetos, no sea que el trueno se cambie en rayos, os fulmine y os haga cenizas…

Los aludidos cuestionan:

–                       ¿Entonces tú?

–                       ¿Cómo qué quieres insinuar que el Galileo es aquel Niño que tú y Hillel tomasteis por profeta?

–                        ¿Y qué ese niño, esto es, Este Hombre, es el Mesías?…

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Preguntan con burla solapada, porque Gamaliel se impone aun sobre estos ‘grandes’ y se hace respetar…

–                       Yo no afirmo nada… Digo que el rumor de trueno, es siempre rumor de trueno.

–                       ¿Más cercano o más lejano?

–                       ¡Ay de mí! Las palabras son más fuertes, como la edad las supone. Los veinte años que han pasado, han cerrado veinte veces más mi inteligencia al Tesoro que posee. Y el sonido penetra cada vez más débil…

Gamaliel deja caer su cabeza, pensativo…

Todos se echan a reír y dicen:

–                       ¡Ah, ah, ah!

–                       ¡Te estás haciendo viejo y tonto Gamaliel!

–                       Tomas los fantasmas por cosa real.

–                       ¡Ah, ah, ah!

Gamaliel desdeñosamente levanta sus hombros y recoge su amplísimo manto, que le caía por detrás. Se envuelve en él y se va sin agregar palabra. Dándoles despectivo la espalda con su silencio.

Al día siguiente…

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Jesús camina con sus primos al sur de Jerusalén.

Tadeo pregunta:

–                       ¿A dónde vamos Jesús?

Jesús contesta:

–                       A saludar a los galileos que están en el olivar.

Cuando llegan:

–                       La paz sea con vosotros. –dice Jesús saludándolos, mientras acaricia a los niños, que son sus amiguitos de Galilea.

Jesús pregunta a Jairo si la viuda de Afeq, se ha establecido en Cafarnaúm y si tiene al huérfano de Giscala.

Jairo dice:

–                       No lo sé, Maestro. Ya había partido…

Un coro de voces infantiles informa:

–                       Sí. Sí. Llegó una mujer que da mucha miel y reparte caricias a los niños.

–                       Hace tortas.

–                       Van a comer siempre a su casa los niños que iban a la tuya.

–                       El último día nos mostró a un pequeñín.

–                       Compró ya dos cabras para que le den leche.

–                       Nos dijo que el niño es hijo del Cielo y del Señor.

–                       No vino a la Fiesta como deseaba, porque no podía traer consigo al niño.

–                       Pero nos dijo que te dijésemos, que lo amará mucho y que te bendice.

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Los niños de Cafarnaúm forman un enjambre de vocecillas alrededor de Jesús, orgullosos de saber ellos, lo que ni siquiera el arquisinagogo sabe. Y de ser portadores de noticias que el Maestro escucha atentamente…

Jesús responde:

–                       Vosotros le diréis que también Yo la bendigo. Y que ame por Mí a los niños. Vosotros amadla mucho. No os aprovechéis de que sea buena. No la queráis solo por su miel y sus tortas. Sino porque es buena. Tanto que ha comprendido que quien ama a un niño en mi Nombre, me hace feliz. Imitadla todos.

Niños y adultos, pensando siempre que el que acoge a un pequeñín en mi Nombre, tiene un lugar asegurado en el Cielo; porque la misericordia siempre tiene su premio.

Pero la que se tiene con los pequeñuelos, salvándolos no solo del hambre, sed, frío… Sino de la corrupción del mundo, recibe un premio infinitamente mayor… vine a bendeciros antes de que partáis.

Jesús bendice también la comida y los niños comen a su alrededor. Los corazones saborean y tranquilidad y amistad. Y pasan un rato de tranquilidad junto al Maestro al que aman.

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Cuando la comida termina, Jesús se pone de pie, bendice a todos y se despide. El pequeño Benjamín de Mágdala, le tira del vestido para que se incline a escucharlo.

–                       ¿Tienes todavía contigo a aquel hombre malo?

Jesús le dice sonriendo:

–                       ¿Cuál malo? Conmigo no hay malos…

–                       ¡Sí que los hay! Aquel hombre alto y joven, que se reía… ¿Recuerdas? Aquel a quién le dije que era hermoso por fuera, pero muy feo por dentro… ¡Ése es malo!

Tadeo, que está detrás de Jesús, dice:

–                       Se refiere a Judas.

–                       Lo sé. –responde Jesús volviéndose.

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Y luego dice a Benjamín:

–                       Ese hombre está conmigo. Es un apóstol mío. Ahora es muy bueno… ¿Por qué sacudes la cabeza? No se debe pensar mal del prójimo, sobre todo de aquel que no se conoce.

El niño baja la cabeza y se calla.

–                       ¿No me respondes?

–                       A Ti no te gusta que se digan mentiras… y yo te prometí no decirlas. Y he cumplido mi promesa. Pero si ahora te dijese que sí. Que creo que es bueno, diría una cosa que es falsa… Porque pienso que es muy malo. Puedo tener callada la boca para agradarte, pero no puedo evitar que mi cabeza piense en ello.

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El razonamiento es tan claro y lógico en su sencillez infantil, que todos los que lo escuchan, se echan a reír.

Menos Jesús, que suspira y dice:

–                       Bueno. Tú debes hacer una cosa: Rogar para que sea bueno, si es que piensas que es malo… Debes ser su ángel, ¿Lo harás? Si se hace, mejor. Yo me alegraré mucho. Así pues, si ruegas por él, ruegas para que Yo esté contento.

–                       Lo haré. Pero si él es malo y no se hace bueno estando contigo, de nada servirá que yo ruegue.

Jesús trunca la discusión deteniéndose e inclinándose a besar a los niños, una última vez antes de irse…

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Cuando se encuentran solos, Jesús y sus dos primos.

Tadeo dice concluyendo un pensamiento interno:

–                       ¡Tiene razón! ¡Tiene toda la razón! Yo también pienso como él.

Santiago, que iba absorto en otra cosa; le pregunta:

–                       ¿De qué hablas?

–                       De Benjamín. Lo que dijo… ¡Pero Tú no quieres escucharlo! Y también yo te digo que Judas es… Más bien, ¡No es un verdadero apóstol!… No es sincero. No te ama. No…

Jesús dice:

–                       ¡Judas! ¡Judas! ¿Por qué me causas esta aflicción?

Tadeo responde:

–                       Hermano mío, porque te amo. Tengo mucho miedo de Iscariote. Más miedo que de una cobra…

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–                       Eres injusto. Tal vez Yo ya hubiera sido capturado, si él no me hubiese ayudado.

Santiago interviene:

–                       Jesús tiene razón. Judas ha hecho mucho. Se atrajo odios y burlas sin cuento. Trabajó y trabaja por Jesús.

Tadeo afirma:

–                       Yo no puedo convencerme de que Tú seas un tonto. Que tú mientas… me pregunto por qué sostienes a Judas. No hablo por celos, ni por odio. Hablo porque creo que por dentro, él es malo. Que no es sincero… Lo que puedo admitir por amor a Ti, es que está loco… es un pobre loco que hoy delira de un modo y mañana de otro.

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Pero que sea bueno, ¡No lo es! ¡Desconfía de él, Jesús! ¡Desconfía!… Ninguno de nosotros somos buenos. Pero míranos. Nuestros ojos son francos. Nuestra conducta no es voluble, es igual. ¿No te dice nada el hecho, de que los Fariseos no le hagan pagar las burlas que les hace?

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¿No significa nada para Ti que los del templo, no reaccionen contra sus palabras? ¿Tampoco que tenga siempre amigos entre aquellos a quienes aparentemente ofende? ¿Ni que siempre traiga mucho dinero? No me refiero a nosotros dos… Pero ni siquiera a Nathanael que es rico y a Tomás a quien no le faltan los medios, tienen solo lo necesario… Pero él… él… ¡Oh!…

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Jesús no dice nada…

Santiago confirma:

–                       En parte mi hermano tiene razón, Maestro. Es cierto que Judas siempre encuentra el modo de… estar solo. De ir solo… de… Pero no quiero murmurar ni juzgar. Tú lo sabes…

Jesús dice:

–                       Sí. Lo sé. Y por eso he dicho que no quiero juicios. Cuando estéis en el mundo en mi lugar, encontraréis gente más rara que Judas. ¿Qué apóstoles vais a ser si las evitáis porque son raras? ¿Y cómo las convertiréis?…

Lo interrumpe un joven que sube hacia el Getsemaní:

–                       La paz sea contigo Maestro. ¿No me conoces?

–                       ¿Tú? ¡Tú eres el levita que estuvo con nosotros el año pasado, junto con el sacerdote Juan!

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–                       Exacto. Soy yo. ¿Cómo me has reconocido, Tú que tienes un mundo a tu alrededor?

–                       Jamás olvido las características de las caras y de las almas.

–                       ¿Cuál es la de mi alma?

–                       Buena. Pero insatisfecha. Estás cansado de lo que te rodea. Tu espíritu tiende a cosas mejores. Quieres la Luz. Sientes que es la hora de decidirse por un bien Eterno.

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El joven cae de rodillas ante Jesús:

–                       Maestro, lo has dicho. Es verdad. Lo traigo en el corazón. Y no sabía decidirme. El viejo sacerdote Jonathás, creyó y luego murió. Era viejo. Yo soy joven. Te oí hablar en el Templo… No me rechaces Señor. porque no todos los de ahí, te odian. Y yo soy de los que te aman. Dime qué debo hacer siendo levita…

LEVITA

–                       Cumplir con tu deber hasta la   Nueva Era. Piensa que al venir a Mí, no sales al encuentro de una gloria terrena, sino al del dolor. Si perseveras tendrás gloria en el Cielo. Instrúyete en mi Doctrina. Confírmate en Ella…

–                       ¿Con qué?

levitas

–                       El Cielo mismo te confirmará con sus señales. Procura conocer y practicar lo que he enseñado. Haz esto y conseguirás la Vida Eterna.

–                       Lo haré Señor. pero, ¿Puedo seguir sirviendo en el Templo?

–                       Te lo acabo de decir… Hasta la   Nueva Era.

–                       Bendíceme, Maestro. Será mi nueva consagración.

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Jesús lo bendice y lo besa. Se separan.

Cuando queda nuevamente solo con sus apóstoles les dice:

–                       ¿Veis? Así es la vida de los operarios del Señor. Hace un año que es ese corazón vacío cayó la semilla y no pareció que hubiera sido victoria, porque no brotó al punto. Después de un año, ved lo que sucede. Y que esto sirva para confirmar lo que hace poco os venía diciendo…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA,CONOCELA

90.- ENVIADOS A ANTIOQUÍA


El sol ya está en su cenit, cuando Pedro llega solo y sin que nadie lo espere a la casa de Nazareth. Viene cargado de canastos y paquetes.

María lo recibe alegremente y Pedro la saluda muy respetuoso.

Luego pregunta:

–                     ¿Dónde están el maestro y Marziam?

María contesta solícita:

–                     Están por el borde, arriba de la gruta. Como quién va a la casa de Alfeo. Creo que Marziam está cortando uvas y Jesús está meditando. Ahora los voy a llamar.

Pedro dice:

–                     Yo lo hago.

–                     Entonces quítate eso de encima. Vienes cargadísimo de cosas.

–                     No, no. Es una sorpresa para el niño. Me encanta ver su cara de asombro, cuando registra con ansia… y su dicha. ¡Oh, pobre niño mío!

Y se va con premura hacia el huerto.

Grita a todo pulmón:

–                     La paz sea contigo, Maestro. ¡Marziam!

Marziam lo escucha sorprendido y dice a Jesús:

–                     ¡Maestro! Creo que mi padre nos está llamando.

Jesús se sorprende y dice:

–                     Yo no oí nada.

Pedro vuelve a gritar y Marzíam corre a recibirlo pleno de júbilo.

Pedro lo encuentra y lo levanta en el aire, mientras todos los demás ríen al presenciar el cariñoso abrazo. Y luego se acercan.

Marziam pregunta:

–                     ¿Y mamá?

–                     Esa Porfiria no dejaba de decirme: ‘Vete a ver a Marziam’ y te mandó un montón de cosas… Se levantó muy temprano a cocinarte las empanadas que tanto te gustan… Con miel y…

Marziam exclama:

–                     ¡Oh, las empanadas!…  –Pero al punto guarda silencio.

Pedro confirma:

–                     Sí. Porfiria las preparó con higos secos al horno, mantequilla, aceitunas y manzanas. También te manda un pan con mantequilla, quesos de tus ovejitas y te tejió un vestido que no deja pasar el agua… ¿Por qué lloras?

Marziam dice sollozando:

–                     Porque hubiese preferido que ella viniese… La quiero mucho, ¿Sabes?

–                     ¡Divina Misericordia! ¡Si ella lo oyese, se derretiría cómo la manteca!… ¿Quién lo hubiera imaginado?

María dice:

–                     Marziam tiene razón. Podías haberla traído. Hace tiempo que quiere verla. Nosotras las mujeres somos así con nuestros hijos…

Pedro exclama:

–                      ¡Iré por ella! Descansaré un poco… ¡E iré por ella!…

Marziam dice:

–                     ¡Qué bonito! ¡Estaré con mis dos mamás!

Todos entran en la casa y Pedro descubre sus tesoros:

–                     Pescado seco en escabeche y fresco. Le gustará a María… Este queso suave que te gusta mucho, Maestro. Estos huevos los traje de Caná para Juan.

Y también hay uvas que me dio Susana, donde pernocté. –Abre un tarrito de miel- ¡Y también esto! Mira Marziam, qué color dorado tan hermoso. Parece como si hubiera sido hecho con los cabellos de María… –y levanta la miel que corre en dorados hilillos.

María dice:

–                     ¿Por qué tantas cosas? ¡Te has sacrificado Simón!

Pedro protesta:

–                     ¿Sacrificado? ¡No! He tenido buenas pescas y nada cuesta cuando se causa alegría al dar algo…  Además, las Encenias ya están a la puerta y debemos hacer un banquete. Es la costumbre, ¿No? –Mira a Marziam y dice- ¿No quieres probar la miel?

Marziam contesta muy serio:

–                     No puedo.

–                     ¿Por qué? ¿Estás enfermo?

–                     No. Pero no puedo comérmela.

–                     Pero, ¿Por qué?

El niño se pone rojo, pero no contesta. Mira a Jesús y no dice una palabra.

Jesús sonríe y dice:

–                     Marziam hizo un voto, para obtener un favor.  Durante cuatro semanas, no puede probar la miel.

–                     Está bien. Se la comerá después. Da lo mismo. Toma el tarro… Pero mira. Apenas si lo puedo creer…

El niño lo toma entre sus manos y se va, con su tarrito.

Jesús dice:

–                      Ha sido muy generoso Simón. Quién desde su niñez se habitúa a la penitencia, encontrará fácil el camino de la virtud durante toda su vida.

Pedro le mira alejarse. Está sorprendido. Luego pregunta:

–                     ¿No está simón Zelote?

–                     Está en casa de María de Alfeo. Pronto regresará. Esta noche dormiréis juntos en el taller de mi padre José. Ven conmigo, Simón Pedro.

Jesús se lo lleva hacia el huerto, mientras Síntica y María guardan todos los envoltorios traídos por Pedro.

Pedro dice a Jesús:

–                     Maestro, vine a verte a Ti y al niño. He pensado mucho desde que llegaron a Cafarnaúm tres zánganos venenosos… A los que dije más mentiras, que peces hay en el mar. Ahora deben estar llegando a Getsemaní, pensando que se encontrarán con Juan de Endor.  Y luego irán a casa de Lázaro para encontrar a Síntica y a Ti. ¡Qué les aproveche la caminata!… Pero luego regresarán y…  ¡Maestro! Te quieren dar unos dolores de cabeza, por estos infelices…

Jesús contesta tranquilo:

–                     Desde hace meses preví esto. Cuando regresen, éstos ya no estarán aquí; ni en ningún lugar de Palestina. ¿Ves estos cofres? Son para ellos. Mira esos vestidos doblados cerca del telar que hice para Síntica. También son para ellos. ¿Te sorprende?

Pedro mira a Jesús totalmente asombrado.

Y exclama:

–                     Sí, Maestro. Pero, ¿A dónde los mandas?

–                     A Antioquía.

Pedro lanza un chiflido que es más que elocuente…

Y luego pregunta:

–                     ¿A casa de quién? ¿Cómo se irán?

–                     A una casa de Lázaro. La última que tiene allí, donde su padre gobernó en nombre de Roma. Se irán por mar…

–                     Está bien. Porque si Juan tuviese que irse por sus propios pies…

–                     Por mar. También yo tengo mucho gusto en hablarte de ello. Escucha. Dos o tres días después de la Fiesta de las Encenias, partiremos sin que nadie lo note junto con algunos de los apóstoles: Yo, tú; Andrés, Santiago, Juan y mis primos; acompañando a Síntica y a Juan de Endor.

Iremos a Ptolemaide. De allí en barca los acompañaras a Tiro. En ese lugar subiréis a algún barco que vaya a Antioquía, cómo si fueseis prosélitos que regresan a su casa. Luego regresaréis y me encontraréis en Aczib. Estaré arriba del monte diariamente. Por lo demás, el Espíritu Santo os guiará…

–                     ¿Cómo? ¿No vienes con nosotros?

–                     Lo sabrían todos al punto. Quiero que el corazón de Juan esté tranquilo.

–                     ¿Y cómo lo voy a hacer? Jamás he ido hasta allá…

–                     No eres un niño. y dentro de poco tendrás que ir mucho más allá de Antioquía. Confío en ti. Mira cuánto te aprecio…

–                     ¿Y Felipe y Bartolomé?

–                     Nos saldrán al encuentro en Jotapata. Evangelizando mientras llegamos. Les escribiré y les llevarás la carta.

–                     Y esos dos, ¿Saben ya su destino?

–                     No. Quiero que disfruten la fiesta tranquilamente.

–                     ¡Hum! ¡Pobrecitos! Piensa que si a uno lo tienen que perseguir criminales de corazón…

–                     No te ensucies la boca, Simón de Jonás.

–                     Está bien maestro. Oye… ¿Pero cómo voy a hacer para llevar estos cofres? ¡Y también llevar a Juan! Me parece que está muy enfermo…

–                     Alquilaremos un asno.

–                     Dirás una carreta.

–                     Sí. Una carreta estará bien.

–                     ¿Y quién la guiará?

–                     Si Judas de Simón aprendió a remar; Simon de Jonas aprenderá a guiar. No creo que sea tan dificil guiar a un asno con la rienda. En la carreta pones los cofres y a los dos que enviaras. Y nosotros iremos a pie… Sí. de este modo hay que hacerlo, créemelo.

–                     Y ¿Quien nos proporciona la carreta? Ten en cuenta que no quiero que nadie note la partida…

Pedro se pone a pensar…  Y encuentra la solución…

Pregunta:

–          ¿Tienes dinero?

–          Si. Todavía queda mucho de las perlas de Misace.

–          Entonces todo esta arreglado. Dame un poco de dinero. Encontrare un asno y una carreta. Luego regalaremos el asno a algún pobrecito y venderemos la carreta. ¿Deberé volver por mi mujer?

–          Si. Es lo mas conveniente.

–          Asi se hara. ¡Y esos dos pobrecitos!  Me desagrada que Juan se vaya… ¡Es tan poco lo que va a durar! Hubiera podido morir aquí como Jonas…

–          No se lo habrían permitido… El mundo odia a quien se redime…

–          Se va a apenar mucho…

–          Yo inventare una excusa para que su partida no sea dolorosa…

–          ¿Cuál?

–          La misma que sirvió para enviar lejos a Judas de Simon: la de trabajar para Mi.

–          ¡Ah! Solo que en Juan hay santidad y en Judas, una grandiosa soberbia.

–          Simon, no murmures.

–          ¡Mas difícil que hacer cantar a un pescado! Es verdad, Maestro. No es murmuración… pero creo que ya estoy oyendo que llego Simon Zelote con tus primos… Vamos a saludarlos.

–          Vamos y ¡Cuidado con chistar algo a alguien!

–          ¿Me lo pides? No puedo guardar la verdad cuando hablo. Pero se callar completamente cuando quiero.  Y ahora quiero. Lo juro por mi mismo. Ire hasta Antioquia, ¡A la punta del mundo! ¡Oh! ¡No veo la hora de estar de regreso! No dormire hasta que todo haya concluido.

Mas tarde, estan todos sentados a la mesa, terminando de comer. Sintica se levanta y trae la fruta para terminar la cena: manzanas, nueces, uvas y almendras. Las lámparas estan encendidas, pues ya ha anochecido.

Pedro mira a Marziam y dice:

–          Este año prenderemos una mas. Por ti, hijo mio. Es la primera vez que la encenderemos por un niño. Traeré a Porfiria y sera muy feliz…

Zelote dice:

–          El año pasado pasado era yo quien suspiraba, junto con Maria de Alfeo y Salome. Y la madre de Tomas y Maria de Simon en la casa de Keriot… ¡Oh, la madre de Judas! Este año tendra a su hijo… pero tal vez no sea feliz… Bueno. No hablemos de esto… Nosotros estuvimos en la casa de Lazaro… ¡Cuantas luces! Parecia un cielo de oro y fuego… Este año Lazaro tiene a su hermana… Se que ellos estan suspirando pro ti, Jesus… Y el año que viene, ¿En donde estaremos?…

Juan de Endor, en voz muy baja dice:

–          Yo estare muy lejos…

Pedro se voltea a mirarlo, porque lo tiene a su lado. Pero Jesus lo esta mirando…  Se refrena y es Marziam el que pregunta:

–          ¿Dónde estaras?

Juan de Endor  contesta:

–          Por la misericordia de Dios, espero estar en el seno de Abraham.

–          ¿Quieres morirte? ¿No quieres evangelizar? ¿No te desagrada morir sin haberlo hecho?

–          La Palabra del señor debe salir de labios santos.  Mucho ha sido el que se me permitiese oírla y que ella me redimiese. Me habría gustado… Pero es muy tarde…

Marziam pregunta a Maria:

–          ¡Por que mama no has puesto en la mesa las empanadas con miel? A Jesus le gustan y a Juan le harian mucho bien para su garganta. Y tambien a mi padre le gustan mucho…

Pedro concluye:

–          Y tambien a ti…

–          Para mi… es como si no existiesen… Lo prometi…

Maria lo acaricia y dice:

–          Por eso no las puse…

El niño objeta:

–          No, no. Las debes traer y dárselas a todos.

Sintica toma una bandeja y las trae de la cocina. Marziam toma la bandeja y empieza a distribuir. La mas bonita y dorada, que es una obra de arte de la pastelería, la da a Jesus. La segunda a la Virgen. Despues a Pedro y luego a Simon. Y finalmente a Sintica.

Cuando le toca a Juan de Endor, que esta enfermo y ha sido su pedagogo, le dice:

–          A ti te doy la tuya y la mia. Y además un beso, por todo lo que me enseñas. –Regresa a su lugar y se cruza de brazos.

Pedro, al ver que su hijo adoptivo no toma nada para si;  dice feliz:

–          Me muero de alegria con esto. –y le ofrece a Marziam un pedacito mientras dice- Toma al menos esto. ¡Vamos! Es de la mia, para que no te mueras de ganas. Sufres mucho… Lo veo… Y Jesus te lo permite…

Marziam contesta muy serio:

–          Si no sufriese, no tendría merito. Como sabia que me costaría mucho; por eso lo ofreci como sacrificio. Y por otra parte estoy muy contento. Desde que lo hice, me parece que estoy lleno de miel… Siento su sabor por todas partes… hasta me parece que respiro su olor por el aire…

–          Aunque te mueras de ganas…

–          No. Es porque se que Dios me dice: ‘Haces bien, hijo mio’

–          El Maestro te ama tanto, que te habría contentado aunque no hubieras hecho este sacrificio…

–          Si. Pero no es justo. Porque El me ama, no debo aprovecharme de ello… Si en el Cielo habrá una recompensa por cada vaso de agua ofrecido en su Nombre, tambien lo sera por cada empanada y un poco de miel que me privo en favor de un hermano, ¿Verdad Maestro?

Jesus responde:

–          Hablas como un sabio. Hubiera concedido lo que me pediste por la pequeña Raquel, sin que hubieras ofrecido ningún sacrificio; porque era cosa buena y mi Corazon lo deseaba. Pero lo hice con mas alegria con tu ayuda… La Comunión de  los Santos es este obrar continuo para ayudar a los hermanos. Todo sacrificio ofrecido puede traer paz  o servir para un milagro, para alguien que no conocemos; pero que Dios conoce y al que su amor Infinito quiere ayudar… Nada se pierde en la Economia del Amor Universal…

Marziam contesta resuelto:

–          Entonces no esta mal que yo haga siempre sacrificios, para cuando seamos perseguidos.

Pedro pregunta alarmado:

–          ¿Perseguidos?

–          Si. No recuerdas que Jesus un dia dijo: ‘Sereis perseguidos por mi causa’ Tu tambien me lo dijiste, cuando por primera vez viniste a evangelizar a Betsaida, en el verano.

Pedro comenta admirado:

–          Este muchacho se acuerda de todo.

Terminan de cenar y Jesus se pone de pie. Ora por todos, bendice y da gracias. Las mujeres ponen todo en orden y Jesus empieza a tallar un pedazo de madera que ante los ojos admirados de Marziam, se va convirtiendo en un cordero…

Dos semanas después…

La mañana invernal se baña en el agua que cae del cielo. Jesús está en su taller trabajando en pequeños objetos que complementan un telar, magníficamente provisto.

María entra con un tarro lleno de leche espumosa y dice:

–           Bébela Hijo. Hay mucha humedad y mucho frío. Y estás trabajando desde la madrugada…

Jesús se sienta en al banco y bebe la leche que le ha traído su Madre…

Y comenta:

–           Sí. Pero ya terminé todo. Estos ocho días de fiesta no me dejaron trabajar como lo hubiese deseado…

María acaricia el telar  y Jesús le pregunta sonriente:

–           ¿Lo bendices, Mamá?

María responde:

–           No. Lo acaricio porque Tú lo hiciste. Al modelarlo lo has bendecido, desde que lo creaste en tu pensamiento. Le servirá mucho a Síntica, es muy experta en tejer y con él atraerá a mujeres casadas y solteras jóvenes. ¿Qué otra cosa hiciste? Veo virutas de olivo cerca del horno…

Jesús contesta:

–           Algo que le servirá mucho a Juan de Endor. Es un cofrecito para sus stylus y una pequeña mesa para escribir. Y estos pequeños armarios, para que ponga en ellos sus libros… Los hice porque Simón de Jonás va a traer una carreta y podremos cargar con ellos cuando se vayan… Y así podrán comprobar en todas estas pequeñas cosas, cuanto los he amado…

–           Sufres mucho al desprenderte de ellos y alejarlos… ¿Verdad?

–           Sufro. Infinitamente… Por Mí y por ellos…  Es un sufrimiento que está clavado en mi corazón y que me entristeció, aún la Fiesta de las Luces… Es un sufrimiento que hubiese preferido experimentar Yo sólo…

Jesús llora amargamente…

María lo acaricia en su mano para consolarlo…

Jesús continúa:

–           Cómo Dios, fueron mis primeras conquistas paganas… ¡Los amo!… Y tengo que desprenderme de ellos por… –un sollozo corta la frase.

María lo observa impotente y las lágrimas también ruedan por sus pálidas mejillas…

Sigue un prolongado silencio interrumpido solo por los sollozos angustiosos de los dos…

Luego Jesús pregunta:

–           ¿Ya se levantó Juan?

María responde:

–           Sí. Lo oí que tosía. Tal vez está en la cocina bebiendo su leche. ¡Pobre Juan!

Todavía no lo sabe, ¿Verdad?

Jesús se yergue:

–           Voy a decírselo… Debo decírselo. Con Síntica será más fácil. Pero para él… Mamá… Vete con Marziam. Despiértalo y orad juntos, mientras hablo con él… Será como si le estrujara las entrañas… Puedo matarlo o paralizarlo en su vida espiritual… –La voz se le apaga. Y se dobla sobre Sí Mismo. Implora- ¡Padre mío!… ¡Qué dolor, Padre mío! Voy…

Y Jesús sale verdaderamente abatido.

Encuentra a Síntica que viene hacia la cocina con un haz de leña para alimentar el fuego y que le saluda sin imaginar nada del drama de su Maestro.

Jesús responde a su saludo de manera automática… Pero inmediatamente se yergue majestuoso y recupera su donaire natural. Camina resuelto hasta la puerta de la habitación que fuera de José y se asoma preguntando:

–           ¿Puedo entrar?

Juan de Endor contesta afable:

–           ¡Maestro! ¡Siempre lo puedes! Estaba escribiendo lo que dijiste ayer sobre la prudencia y la obediencia. Quiero que lo veas, por si olvidé algo… Mi memoria está cada vez peor y…

Jesús toma los pergaminos y los lee…

Luego dice:

–           Lo transcribiste perfecto… No te has equivocado en nada. Posees la prudencia y Yo también… Por esto te aparté de las fatigas del apostolado que sobrellevan los otros discípulos y te traje aquí; para que estés descansado y en paz…

–           Gracias, Maestro. Espero no decir una barbaridad… En esta casa he experimentado lo que es el Cielo… Tu Madre es la Esposa de Dios y una verdadera diosa… Ella está llena de la Gracia de Dios y es la Mujer Perfecta… Su bondad y su Pureza, transfunden todo lo que toca…

–           Lo sé. Ella fue mi Maestra y es mi jardín de delicias… Es la Dulzura de Dios en este planeta lleno de tanta amargura y dolor…

Todas tus discípulas son maravillosas y me han hecho reconciliarme con la mujer. Te confieso que a Síntica es a la que más quiero, porque además de su sabiduría perfecta, comparto con ella igualdad de condición: ella esclava y yo galeoto. Esto me permite una confianza que no puedo tener con las demás. Ella es un refugio, un descanso…

Ya soy viejo y la respeto y la admiro. La amo como a la hija inteligente y estudiosa que me hubiera gustado tener. Su afecto maternal me consuela y me cura de todo el mal que por la mujer llegó a mi vida. Sobre mi alma que va al encuentro con la muerte, siento el rocío de su amor y capto en ella la perfección de la mujer. Y por esto perdono todo el mal que de la mujer me vino… Siento que por ella perdonaría inclusive a la desventurada que fue mi esposa y a la que maté, junto con su amante: el romano que era mi amigo y que me traicionó…

–           Me alegro que hayas encontrado todo esto en Síntica. Será una buena compañera tuya para el resto de la vida… Y juntos haréis mucho bien, porque Yo os uniré…

Jesús escudriña de nuevo a Juan.

Y éste sonríe mientras dice:

–           Señor, trataremos de servirte lo mejor que podamos.

–           Estoy seguro de que lo haréis, no importa el lugar a donde os envíe y aunque no os agradase…

Juan se sobresalta. Palidece. Y su único ojo se clava escudriñador en Jesús…

Que lo abraza y lo mantiene junto a sí, cómo suele hacer con Juan el apóstol…

Jesús, pálido por el dolor que sabe que va a proporcionar, dice:

–           También ahora Dios te confía una misión delicada y santa. Una misión que es una señal de su amor y que tú eres el único que sería capaz de llevar a cabo. Cualquier otro la rechazaría y tampoco tendría las cualidades para realizarla. Tu nombre es Juan y como tal, eres precursor de mi doctrina… Prepararás los caminos de tu Maestro y serás cómo Él…

Juan se estremece e intenta zafarse del abrazo de Jesús para mirarle a la cara. Pero no lo logra porque Jesús lo retiene suave pero firmemente, mientras el Maestro continúa diciendo:

–           Yo no puedo ir tan lejos… Hasta Siria… Hasta Antioquía…

Juan se zafa de los brazos de Jesús  y grita:

–           ¡Señor!… ¡Hasta Antioquía!… Dime que he entendido mal… ¡Dímelo por favor!

Está de pié… Con una súplica reflejada en su único ojo que resalta en su cara de color ceniciento y en sus labios y en sus manos que también están extendidas y temblorosas…  Mientras su cabeza se inclina doblegada por la fatal noticia…

Jesús también se levanta y abre sus brazos para acoger al viejo pedagogo, mientras confirma:

–           Hasta Antioquía, en casa de Lázaro… Con Síntica, partiréis mañana…

Juan, con un desconsuelo absoluto,  con su flaca cara bañada de lágrimas, exclama sollozante:

–           ¡¿Ya no me quieres más contigo?! ¿Qué fue lo que hice que te pudo haber desagradado tanto, Señor?…

Y su voz se rompe en un estallido de sollozos que destrozan su corazón y rompen las entrañas, mientras se interrumpen por los accesos de tos; que ni siquiera las caricias de Jesús logran consolar…

El pobre viejo exclama:

–           ¡Me arrojas! ¡Me hechas fuera! ¡No te veré más!…

Jesús está sufriendo visiblemente y con el rostro desencajado ora ferviente… Sale despacio y ve en la puerta de la cocina a María y a Marziam, que está espantado por el llanto dolorosísimo de Jesús…

Más allá, también está Síntica, sorprendida y asustada…

Jesús dice:

–           ¡Madre! Ven aquí… Un momento…

María se acerca ligerita y pálida…

Y los dos se acercan y se inclinan sobre el pobre Juan de Endor que llora como si fuese un niño indefenso…

Y que clama angustiosamente:

–           ¡Me echa fuera!… ¡Moriré sólo y lejos!… ¿Por qué no esperar otro mes y dejarme morir aquí?… ¿Por qué este castigo? ¿¡Qué pecado cometí!? ¿Qué molestias te causé? ¿Por qué darme esta tranquilidad y luego condenarme?…

Y Juan se retuerce sobre la mesa llorando y jadeante…

Jesús le pone la mano sobre su flaca espalda y le dice sollozando:

–           ¿Y puedes creer que si Yo hubiera podido, no te hubiera mantenido junto a Mí?…  ¡Oh, Juan! En los caminos del señor se encuentran necesidades absolutas. Yo soy el primero en sufrir por esto. Yo que llevo conmigo mi dolor y el de todo el Mundo… Mírame Juan… Yo no te odio, ni estoy cansado de ti… Ven a mis brazos y siente cómo palpita de dolor mi corazón…

Escúchame Juan…

Es la última expiación que Dios te impone para abrirte las Puertas del Cielo… –Jesús lo levanta y lo abraza- Escucha… Mamá… Sal un momento…

María se retira y Jesús continúa:

–           Ahora que estamos solos, escúchame Juan… TU SABES QUIEN SOY… ¿Crees firmemente que sea Yo el Redentor?…

Juan suspira y responde:

–                       ¿Y cómo no voy a creerlo? Por esto querría estar contigo siempre, hasta la muerte…

Jesús confirma:

–           Hasta la muerte… ¡Horrible será!…

–           Lo he dicho por la mía… ¡La mía!

–           La tuya será placentera. La consolaré con mi Presencia… Que te infundirá la        certeza de que Dios te ama; de que te ama Síntica; además de la alegría de haber preparado el triunfo del Evangelio en Antioquía. ¡Pero mi muerte! Me verías reducido a un montón de carne llagada, escupida, abandonada al ludibrio de una multitud feroz. Me verías morir suspendido en una Cruz, como si fuera un criminal… ¿Podrías soportarlo?

Juan, a cada palabra de Jesús grita:

–           ¡No! ¡No! ¡NO!…

Su ‘No’ es duro, sin réplica… Y añade:

–           Volvería a odiar al hombre…  Más entonces ya estaré muerto; porque Tú eres joven y…

–           Y solamente veré otras Encenias más…

Juan lo mira aterrado…

Jesús continúa:

–           Te lo he dicho en secreto para explicarte y una de las razones por las que te mando lejos es ésta…  No serás el único a quién trataré así… A todos a los que no quiero que lleguen a sentirse inferiores ante la realidad; los alejaré de antemano.  ¿Te parece que esto no sea una prueba de amor?…

No. Mi Dios Mártir… Pero entretanto yo debo dejarte y… Moriré lejos…

–           por la Verdad que Soy Yo, te prometo que estaré inclinado sobre tu almohada, cuando llegue tu agonía…

–           Pero, ¿Cómo va a ser esto, si estaré muy lejos? Y Tú estás diciendo que no puedes ir hasta allá… Lo dices para consolarme y que me vaya tranquilo…

–           Juana de Cusa que estaba agonizando a los pies del Líbano, me vio y Yo estaba muy lejos… Ella no me conocía… Y con todo, la volví a traer a esta pobre vida  de la tierra…

Tú eres una alegría mía y llevarás el encargo de decir a los vivientes en el seno de Abraham: “La Hora de señor ha llegado. Así como ahora viene la Primavera sobre la Tierra, así también ahora despunta la del Paraíso.”

Iré varias veces a ti, antes de esto. Me sentirás siempre junto a ti… Puedo hacerlo y lo haré… Tendrás al Maestro en ti, como ni ahora lo tienes…  porque el Amor puede comunicarse a quien ama… Y tan sensiblemente que llegará no sólo al corazón; sino a los mismos sentidos… ¿Te sientes ahora más tranquilo, Juan?

–           Sí, Señor mío. ¡Pero qué dolor!

–           No te rebelas. ¿Verdad?

–           ¿Rebelarme? Jamás. Te perdería completamente. Solamente digo: “Padre mío. Hágase tu voluntad”

–           Sabía qué me ibas a comprender.

Jesús lo besa en las mejillas flacas y bañadas por las lágrimas, que no han dejado de manar…

Y Juan dice:

–           ¿Me permites hablar con el niño? Lo quiero mucho…

–           Sí. Lo llamaré al punto. También llamaré a Síntica. Va a sufrir muchísimo… Debes ayudarla, tú que eres el hombre…

–           Sí Señor. Lo haré…

Jesús sale y llama a Marziam y a la joven griega…

Cuando la doncella entra, lo ve llorando y Juan le dice:

–           Nos mandan lejos. ¿No lo sabías? Nos mandan a Antioquía.

Síntica responde con serenidad:

–           ¿Y qué? ¿Acaso no ha dicho que donde hay dos o tres reunidos en su Nombre, también Él estará en medio de ellos? ¡Ánimo, Juan! Posiblemente hasta ahora siempre has elegido tu suerte y por esto te asusta que alguien te imponga su voluntad.

Por mi parte, estoy acostumbrada a aceptar la voluntad de otros…  Jamás me rebelé contra la esclavitud déspota, sino hasta cuando quisieron esclavizar mi alma. ¿Acaso podría rebelarme contra esta dulce esclavitud de amor que no daña; sino que nos eleva y nos da el título de siervos suyos?

¿Tienes miedo del mañana porque estás enfermo? Yo trabajaré por ti. ¿Tienes miedo de quedarte solo?  Jamás te abandonaré. Puedes estar seguro de ello. No tengo otro objetivo en mi vida que amar a Dios y al prójimo.  Tú eres el prójimo que Dios me confía… ¡Piensa ahora si no te voy a querer!

Jesús dice:

–                      No tendréis necesidad de trabajar para vivir, porque estaréis en una casa de Lázaro. Os aconsejo que busquéis un modo de enseñar, para que os atragáis a la gente.

Tú como maestro y tú cómo mujer, con quehaceres de tu sexo. Esto servirá al apostolado y para que paséis felices el día.

Síntica responde con firmeza:

–           Así se hará Señor.

Juan pregunta:

–           ¿Cómo iremos a Antioquía?

Jesús contesta:

–           Por mar. ¿Tienes miedo?

–           No, Señor. Tú nos mandas y eso nos protegerá.

–           Iréis con los dos Simones, mis hermanos y los hijos de Zebedeo, Andrés y Mateo. Hasta Ptolemaide en carreta, con los cofres y el telar que te hice Síntica y con algunos objetos que serán muy útiles a Juan.

Un sollozo contenido rompe la voz de Síntica al decir:

–           ¿Cuándo partiremos?

–           En cuanto lleguen los apóstoles. Tal vez mañana.

Síntica se dobla por la ola de dolor que la envuelve… Pero se levanta con heroísmo y dice con serenidad:

–           Me había imaginado algo, al ver los cofres y los vestidos… Y preparé mi corazón para la separación…  ¡Era un sueño demasiado hermoso el vivir aquí!…  Entonces si me permites, voy a poner en orden todo lo necesario en los cofres… Dame tus libros, Juan…

Juan de Endor responde:

–           Tómalos… Pero dame ese pergamino que está amarrado con el cordón azul…

En ese preciso instante, entra Marziam con su tarro de miel y le dice al anciano maestro:

–           Ten Juan… Te la comerás por mí.

Juan protesta:

–           Pero, ¡No muchacho! ¿Por qué?

Marziam dice muy serio:

–           Porque Jesús dijo que una cucharada de miel ofrecida en sacrificio, puede traer paz y esperanza a un afligido. Tú lo estás. Te doy toda la miel para que te consueles…

Es un gran sacrificio jovencito.

–           ¡No lo es! En la Oración que Jesús nos enseñó, decimos: ‘No nos lleves  a la tentación; sino líbranos del Mal.’ Este vaso es una tentación para mí y puede ser un mal; porque por él puedo quebrantar mi promesa. Si ya no lo veo… Será mucho más fácil y Dios me ayudará por este nuevo sacrificio.  Pero ya no lloréis… Ni tú tampoco Síntica…

De hecho, la griega ha estado llorando silenciosamente, mientras recoge los libros de Juan. Ella sale con los pergaminos y María con el tarro de miel.

Juan se queda con Jesús, que sentado a su lado y con el niño en los brazos, está calmado pero totalmente abatido.

Juan extiende un pergamino hacia Marziam y dice:

–           Mira jovencito. Estas son las palabras del Maestro que dijo cuándo no estabas presente y algunas otras… Las estuve copiando para ti; porque tienes toda la vida por delante y siempre podrás evangelizar…  Yo ya no puedo hacerlo más… Me quedaré sin sus palabras… – Un sollozo dolorosísimo corta la frase y el hombre vuelve a llorar desconsolado.

Marziam, dulce y virilmente, le abraza por el cuello y le dice:

–           Ahora seré yo quien escriba por ti y te las mandaré… ¿Verdad Maestro?

Jesús confirma.

–           Así será. Y será una gran caridad hacerlo.

–           Lo haré. Y cuando yo no esté, Simón zelote lo hará, porque me quiere y también a ti te quiere mucho. No llores más. Luego iré a verte… En realidad, no estarás tan lejos…

–           Estaré demasiado lejos… Nos separarán demasiadas millas… Pronto moriré…

–           Nos escribiremos…  Cuando se leen las páginas sagradas es como estar con  Dios. Será cómo cuando se lee una carta de la persona que más amamos…

Y Marziam junto con Jesús, se esfuerzan en consolar al anciano exgaleote…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

 

45.- EL CONTENDIENTE…


Primer Encuentro de Petronio con los cristianos…

La primera parte de las Catacumbas ha sido concluida. Para consagrarlas, en la capilla principal, Pedro ha oficiado la Primera Misa con dos motivos: la sepultura de Celina que ha sido la primera en ser depositada en este sacro lugar y la consagración de un gran número de obispos y sacerdotes.

Después de la solemne ceremonia, todos se dirigen a la Puerta del Cielo, donde el médico y evangelista Lucano se encarga de las cartas con los nombramientos y el envío de los nuevos prelados, a todos los puntos del imperio.

Para preparar a los obispos a la inminente Persecución que nadie sabe cómo, ni cuándo empezará; pero para la que hay que estar listos, Pedro les dice:

“Mi Señor Jesucristo dijo: “Las Puertas del Infierno no prevalecerán contra Ella.” Nosotros debemos ser prudentes y tomar todas las providencias necesarias para quela Iglesia sobreviva y que siempre estén listos los sucesores, conforme se vayan necesitando.

Siempre debe haber pastores que reúnan a las ovejas dispersas y heridas, por la furia huracanada de Satanás. Pero Dios es fiel a sus promesas. Y aunque ríos de sangre corran, siempre habrá un alma consagrada que mantenga el altar de un corazón encendido, en el Verdadero Culto al Santísimo. Porque el día que ya no pueda celebrarse el Sacrificio Perpetuo. ¡Ay del Mundo y de los hombres!

Recuerden todos que Dios no nos abandonará, si nosotros no le abandonamos a ÉL. El secreto está en el Amor de Fusión y de Coparticipación.”

Y Pedro los bendice antes de retirarse a sus habitaciones para orar. Gruesas lágrimas corren por sus mejillas, cuando eleva sus brazos implorando la ayuda divina, para cargar el peso de la Cruz.

Los cabellos blancos caen sobre el rostro del Pontífice, cuando de rodillas y con el rostro inclinado, ora con fervor por horas y horas. Cuando finalmente se levanta, sus mejillas siguen húmedas por el llanto; pero hay en su rostro la mirada serena y llena de esperanza, que da el haber recibido respuesta a sus plegarias y la fortaleza necesaria para cumplirla Gran Misiónque pesa sobre sus hombros. Su cara irradia majestad y dulzura. Y piensa:

‘Si Dios está con nosotros. ¿Quién contra nosotros?’

Y sonríe. Una resolución llena de valor y de Fe… Es la sonrisa del capitán que toma con firmeza el timón de un barco, en medio de la borrasca; pero que sabe perfectamente hacia donde debe dirigirse. Sin dudas, ni vacilaciones. La luz de un faro se abre paso en medio de la oscuridad. Él sabe dónde está el puerto y también cómo llegar a él.

Pedro sale de su Oración revitalizado y con suave firmeza, sigue dirigiendo el destino de la Iglesia. Y girando las instrucciones necesarias de acuerdo a los sucesos, que se van presentando. El Pastor debe trasmitir la confianza a las ovejas. Cristo, el Cordero y el Pastor, es el que está llevando a su Esposa Santa, hacia Él. Dios la va a recibir, revirginizada con el Martirio…

Jesús es el que dirige. La madre Santísima, la que protege. El Adversario deberá volver a tragarse su derrota. Satanás será vencido, una vez más. ¿Cómo?

Los mártires se lo demostrarán…  

Lo importante es caminar con el corazón henchido de Fe y de Amor, confiados totalmente en Dios y abandonados en su Voluntad, y la victoria está asegurada. Por lo único que se debe implorar es por la perseverancia y Dios se encarga de lo demás…

Pedro lo sabe y en eso está su seguridad.

Siente un inmenso dolor por haber perdido a Celina, ‘su perla romana’. Pero tal vez esta primicia que ahora descansa en las Catacumbas, es el inicio de la masacre que sabe que viene del Palatino… Pero Celina ya descansa en Dios. Jesús no permitió que su virgen fuese profanada.

Pedro sonríe en medio de su tristeza. Celina ya está en la Patria Celestial. Los que necesitan ayuda, son los peregrinos en esta Tierra… 

Mientras tanto, en Anzio…

Una mañana después de un banquete, Nerón decidió dar el día libre a sus augustanos, para llevarse a Popea a un paseo en barco.

Petronio prefirió ir a su villa e invitó a algunos de sus amigos y a todo el séquito que lo acompañaba. Se sentaron en la terraza, desde donde se puede admirar el mar. Mientras se deleitan con un refrigerio, aspiran el aroma de la brisa marina y oyen el rumor de las olas que rompen en la playa.

Decidió que era el momento de probar quienes eran los cristianos y conocer de cerca su fraudulenta verdad, pues aun resiente mucho en su corazón el cambio que alejó de sí, tan completamente a Marco Aurelio; al grado de convertirlo en un desconocido.

También quiso burlarse un poco de su fanatismo y buscar de donde asirse, para recuperar al sobrino que quiere como a un hijo. Todos los dioses que conoce tienen fallas y quiere ver cuál es el punto débil de este Dios Desconocido que ha enajenado a Marco Aurelio; para partir de allí y disputarle su preponderancia. Está plenamente convencido de que los fanatismos son nefastos y pueden arruinar la vida de cualquier hombre…

Y por lo poco que ha averiguado, el cristianismo está lleno de superstición y eso le tiene muy preocupado…

Después de un buen rato de indagar con mucha astucia, haciendo preguntas a todos los invitados de Marco Aurelio y según las respuestas obtenidas, decidió debatir sus opiniones…

Petronio como siempre, hizo sus comentarios como en broma y en tono zumbón. Y su conclusión fue:

–              Ningún Dios en su sano juicio se haría un hombre mortal.

Entonces el obispo Ethan, replicó:

–              ¿Cómo puedes negar tú sabio Petronio, que Cristo existió y se levantó de entre los muertos, si ni siquiera lo has comprobado? Nosotros somos testigos y predicamos a un Dios Vivo y Resucitado. Pedro y Juan lo conocieron en vida. Pablo lo reconoció en el Camino a Damasco y Lucano el Médico, en Antioquia. Yo, cuando me convertí. Demuestra con tu sabiduría, que somos unos impostores y entonces podrás rechazar nuestro testimonio.

Petronio contestó:

–              No tengo la menor intención de negar nada, porque sé que hay muchos casos incomprensibles, sostenidos y comprobados por gentes fidedignas. Pero una cosa es el descubrimiento de un nuevo Dios extranjero y otra muy diferente, la aceptación de su doctrina.

–              Primero hay que conocer antes de rechazar. Eso es lo más lógico, ¿No crees?

–              No tengo el menor deseo de adquirir ningún nuevo conocimiento que venga a trastornar la vida y a distorsionar su belleza. A mí no me importa si nuestros dioses existen o no. Son hermosos… Su imperio es amable y cómodo…  Y vivimos sin afanes, disfrutando de los deleites de la vida. Yo no quiero cambiar eso.

Ethan replicó:

–                              Tú rechazas una Religión de Amor, de Justicia, de Perdón; atento solo a los deleites de la existencia. Más piensa Petronio, ¿Se halla en realidad tu vida exenta de ansiedades? Mira… Ni tú ni nadie entre los más ricos y poderosos sabe si al entregarse al sueño por la noche, a la mañana siguiente al despertar, no le aguarda una sentencia de muerte. Y dime entonces ¿Qué es la felicidad de un día? ¿Qué os espera después de la muerte?

–              Yo pienso que después de la tumba hay solo silencio. La vida es muy corta para desperdiciarla en filosofías improbables…

–              Lo que te estoy proponiendo no es sólo una filosofia improbable… Mi Señor está Vivo y puedo comprobártelo ahorita mismo…

Petronio se alarmó y exclamó:

–           No me interesa conocer, ni comprobar nada… Estoy muy feliz como vivo y no voy a cambiar nada. Por más persuasivo que tú te comportes… Hay cosas que no acepto.

–              El Mensaje de Salvación no se impone. Dios que te amó tanto para crearte, no te obliga a aceptarlo. Desea tu amor, no tu sometimiento.

–              Qué bueno que lo comprendes. No me interesa conocer ninguna nueva religión… Yo solo admito lo que es tangible a mi experiencia. Y lo sobrenatural no es mi debilidad… Así que te agradeceré que no insistas…

–              Te sientes alarmado de que mi Religión te haga perder tus goces. Tú estás satisfecho de tu suerte, porque eres opulento, poderoso y vives en la molicie.

Petronio respondió sin disimular su molestia:

–              Veo que eres un hombre noble y de ilustre linaje. Y me sorprende que todo eso te haya dejado de importar…

–              Alguna vez fui y pensé como tú. Aunque yo no fui cercano al círculo del César, conozco la fuerza que da el tener inmensas riquezas y nacer en una familia nobilísima y poderosa. Pero también conozco el vacío y el hastío de los placeres amargos y efímeros.

Por primera vez en su vida, Petronio se ha quedado sin palabras…

Ethan continuó:

–              Tú también tienes un ilustre linaje. Y te sientes orgulloso de ser descendiente de nobles y antiguos quirites. De ser rico. De rodearte de cosas bellas y placenteras. Pero contéstame con la verdad: ¿Qué sientes al observar a tu alrededor, la atmósfera que te envuelve? ¡Cuánta abyección! ¡Cuánta infamia! ¡Qué indigno tráfico de dignidad y de fidelidad!…  Y… ¿En qué, de lo que te rodea puedes confiar en realidad?

Petronio no está dispuesto a abrir su corazón a un desconocido que está viendo en lo más íntimo de su ser como si hubiese penetrado en él y su silencio se hizo más hermético todavía…  ¡Pero lo más extraordinario es que parece que su indiscutible ingenio se hubiese apagado y esta es una sensación nueva para él!… ¡Y muy desagradable, por cierto!…

Ethan prosiguió implacable:

–              Eres rico… ¿Y si mañana recibes la orden de renunciar a tus riquezas o te las confisca el capricho del emperador? Eres joven… Con la ruindad que conoces plenamente en los que te rodean, ¿Estás seguro que vivirás mañana?… Eres poderoso junto al César… ¿Estás seguro que su favor lo tendrás siempre? Amas… y la traición te asecha. Estás enamorado de tus mansiones y de tus posesiones; tus tesoros, tus estatuas y tus obras de arte… ¿Y qué harás si recibes una orden de destierro a la Isla Pandataria, como le sucedió a Octavia?

Petronio tuvo que hacer uso de todo su autocontrol para no delatarse en el profundo asombro que le invadió al ver sus más íntimos temores reflejados en las palabras del Obispo cristiano…

¡Y sintió miedo!… ¿Cómo sabe éste hombre cosas que él ni siquiera a si mismo se ha atrevido a  reconocer en su interior?…

Ethan le mira de una forma… que le es imposible definir… Es como si no fuera un hombre igual a él, el que lo mirara… Irradia una extraña Presencia que ni siquiera es capaz de comprender y ya ni siquiera el deseo de desenmascararlo y burlarse un poco lo motiva…  Es una sensación pasmosa verse desnudado en su alma, sin poder replicar absolutamente nada…

El Obispo prosigue:

–              Todo el mundo tiembla delante de vosotros y simultáneamente tembláis entre ustedes; unos con otros, porque de nada estáis seguros. Dices que nuestra religión destruye la vida. Y es al contrario, la engrandece. Porque nuestra Fe y nuestra confianza no están puestas en lo efímero y pasajero; en el espejismo de esta vida material. Nosotros vivimos lo espiritual y esperamos lo eterno: una vida verdadera, llena de gozo y de amor. Sin traiciones, ni mentiras. Estoy seguro de que si te tomaras la molestia de conocer nuestra Doctrina, serías mucho más dichoso y te deleitarías con la verdadera sabiduría. Pues una inteligencia como la tuya sabe que cuando se conoce lo excelente, es imposible conformarse con menos. ¿O no es así?

Petronio sintió una sacudida en su interior y una extraña alarma. Por primera vez en su vida, decidió huir…  Y fingiendo que lo acomete un bostezo, dijo:

–              Esto no es para mí. Yo prefiero mil veces, la compañía de una mujer tan hermosa como mi Aurora. Tu Dios no me interesa.  Es más… No quiero luchar contigo en ese palenque.

Ethan sonrió…

Y con modales tan elegantes y distinguidos como los de Petronio tomó su copa, dio un sorbo a su vino y mirándolo fijamente, dijo:

–              Podemos invocarlo y Él vendrá. ¿Acaso tienes miedo de que yo te lo presente?  Sabes que tengo razón…

–              No soy un cobarde. Simplemente no acepto lo que me dices…

–              Ahora… Pero tú momento llegará…

  Jamás en toda su vida, Petronio se había sentido tan vulnerable y tan angustiado…  

Y para su buena fortuna, su amigo el poeta lo salvó….

Porque entonces Lucano inquirió:

–              Puesto que ustedes viven bajo las leyes de Roma, deben amar a nuestro Príncipe.

El obispo Acacio, respondió:

–                 ¿Quién tiene más respeto y amor al emperador que los cristianos? Continuamente hacemos Oración por él. Para que alcance larga vida y gobierne con justo poder a los pueblos y goce de paz, durante su reinado. También oramos por la salud de los soldados y por la conservación de todo el Orbe.

Petronio suspiró aliviado al ver que el debate cambió de protagonistas…

Plinio intervino:

–                   Te felicito. Pero para que el emperador conozca mejor tu homenaje, ofrécele un sacrificio en nuestra compañía.

Acacio respondió:

–              Yo ruego a mi Dios Verdadero y Grande por la salud del emperador. Pero en cuanto al sacrificio, ni él nos lo puede exigir, ni nosotros ofrecérselo. ¿Quién se atrevería a hacer un sacrificio a un hombre?

Entonces Trhaseas preguntó:

–              ¿A qué Dios le ofreces tu Oración, para que nosotros también le ofrezcamos sacrificios?

Acacio respondió mirándolo fijamente:

–              Anhelo que conozcas lo que es de provecho. Y sobre todo, conozcas al verdadero Dios.

–              Dime su Nombre.

–              Padre Celestial: Yeové. Jesús y el Espíritu Santo.

–              ¿Estos son nombres de dioses?

–             Es la Santísima Trinidad. Ese es el Dios Verdadero y a Quién debemos temer.

–             ¿Qué Dios es ese?

–              Yeové. Adonaí el Altísimo. El que se sienta entre los Querubines y los Serafines.

–              ¿Quiénes son esos?

–              Son Ministros del Dios Altísimo y le asisten en su excelso Trono.

Plinio interviene con fastidio:

–              Esta es una inútil disputa filosófica. Trhaseas no te dejes atrapar. Un Dios Invisible e intangible… ¡Bah! Más bien tú, -se dirige a Acacio- desdeña las cosas invisibles y reconoce a nuestros dioses que están delante de nuestros ojos. A ellos es a los que debes sacrificar.

Acacio replica:

–              ¿Cuáles son los dioses a los que tú querrías que sacrifique?

Plinio contesta:

–              A Apolo, nuestro salvador. Ahuyenta el hambre y la peste. El rige y conserva a todos.

–              Ese Apolo. ¿Es el mismo al que ustedes tienen como intérprete del futuro? ¡Buen adivino resultó!…  El infeliz corría loco de amor por Daphne, una muchachita, ignorando que iba a perder a su presa suspirada. Es evidente que no fue adivino, el que esto ignoraba. Ni dios, ya que se dejó burlar por una joven. Y no fue ésta su única desgracia, ya que la suerte le deparó un golpe más cruel. Como estaba poseído por un torpe amor por los adolescentes, se prendó de la hermosura de Jacinto y se enamoró de él, como bien sabéis vosotros. Pero ignorante del futuro, mató con un tiro de disco, a aquel a quién más deseaba que viviera. ¡Humm! Ese Apolo… ¿Es el mismo que fue jornalero de Neptuno y que guardó rebaños ajenos? ¿A ese quieres que yo sacrifique?

Ahora es Plinio el que tiene dificultades para contestar.

Y Acacio insiste:

–              ¿O prefieres que sacrifique a Esculapio, que fue muerto por un rayo? ¿O a la adúltera Venus? ¿O a los demás Monstruos? ¿Habría de adorar a los que me avergüenzo de imitar? ¿A los que desprecio, a los que condeno, a los que aborrezco? Si alguien quisiera ahora imitar sus ejemplos, no escaparía al severo castigo de las leyes romanas. ¿Cómo puede ser que adoren en los dioses, lo que castigarían en los hombres?

Plinio replica muy enojado:

–              Al parecer, los cristianos vomitan mil injurias contra nuestros dioses.

Marcial interviene con tono conciliatorio:

–              Para demostrar tu buena voluntad al emperador, vamos al Templo de Júpiter y Juno. Y celebremos juntos un grato banquete. Rindamos a las divinidades el culto que se les debe.

Acacio responde:

–              ¿Cómo puedo sacrificar a alguien que como todos saben, está sepultado en Creta? ¿Acaso resucitó de entre los muertos?

–              ¿Y acaso tu Dios sí resucitó?

–              ¡Claro que sí! ¿Quieres conocerlo? ¡Te lo presento ahorita mismo!…

–              ¡No desvaríes! Estamos hablando seriamente…

–              No desvarío y estoy dispuesto a demostraros en este momento, el por qué mi Dios está Vivo!…

Plinio replica:

–            A tu Dios,  lo ejecutó Poncio Pilatos… ¡Estás diciendo disparates! Mejor respeta a los dioses y ofréceles una ofrenda de desagravio por todas las tonterías que estás afirmando.

–              No son desvaríos. Es la Verdad y yo no ofrezco sacrificios a falsos ídolos.

Nadie responde y  Plinio pregunta con severidad:

–              Si hubiera una ley que te obligase a hacerlo y yo fuese el Procurador, ¿Qué harías?

–              No puedes obligarme.

–              Pero como Procurador tengo el Idus Gladius (Poder de vida y muerte) ¡O sacrificas o mueres!

–              Tu amenaza se parece a la que dirigen los bandoleros de Dalmacia, maestros en el arte de robar. Se apostan en los desfiladeros y lugares escondidos. Están al asecho de los viandantes. Y apenas aparece un pobre viajero, lo conminan con este dilema: ‘¡O la bolsa o la vida! Allí no admiten razones. La única razón es la fuerza que intimida. Tu ultimátum es similar, ya que quieres que yo cumpla una acción injusta o me amenazas con la muerte.

Plinio se toma muy en serio su supuesto papel de Procurador y replica más enojado todavía:

–              Pero yo obedezco las leyes de Roma y hay un edicto que te obliga a obedecerme.

Acacio también contesta muy serio:

–              Las leyes castigan al libertino, al adúltero, al ladrón, al corruptor sexual, al malhechor y al homicida. Si yo fuera reo de estos crímenes yo mismo me condenaría, sin aguardar tu sentencia. En cambio, si fuera condenado al suplicio por adorar al Dios Verdadero, no sería condenado por la ley, sino por la arbitrariedad del juez.

–              Yo no te estoy juzgando. Pero como Procurador; si quiero, puedo obligarte. Si desprecias mi intimidación, puedes estar seguro del castigo.

–              También a mí se me ha mandado no negar jamás a mi Dios. Si tú obedeces a un hombre frágil y de carne que muy pronto abandonará este mundo. Y como se sabe, será pasto de los gusanos. Con cuanta mayor razón yo debo obedecer a un Dios potentísimo, cuyo poder consolidó todo cuanto existe. Él dijo: “Si alguno me niega delante de los hombres, Yo también lo negaré delante del Padre Celestial, cuando venga en mi Gloria y Poder, a juzgar a los vivos y a los muertos.”

Marcial interviene:

–              Justamente lo que tanto deseaba saber, lo acabas de confesar ahorita: el error capital de tus creencias y la Ley de ustedes. Según dices: ¿Tiene Dios un Hijo?

Acacio contestó:

–               Lo tiene.

–              ¿Y quién es ese Hijo de Dios            ?

–              El Verbo de Gracia y de Verdad.

–              ¿Es ese su Nombre?

–              Su Nombre es Jesucristo.

–              ¿Qué diosa lo concibió?

–              Dios no engendró a su Hijo al modo humano, con una mujer. Sería absurdo que la Majestad Divina, pudiera tener contacto con una doncella. Dios formó a Adán con su mano derecha. Compuso con el barro los miembros de aquel primer hombre. Y después de haber completado toda la figura, le infundió el alma y el aliento de vida introduciéndole su Espíritu. Pero el segundo Adán, el Hijo de Dios, el Verbo de la Verdad, procedió del Corazón de Dios. Por eso está escrito: ‘Mi Corazón produjo una Palabra Santa.’

–              Luego Dios tiene cuerpo.

–              ¡Claro que lo tiene! A nosotros nos creó a su Imagen y Semejanza. Nosotros veneramos su virtud y su Poder. Su Hijo tiene un Cuerpo Resucitado. Y con la sabiduría que es un don de Dios, aprendemos a conocerlo y a amarlo.

Plinio replica con desprecio:

–              Solo eres un mago y maestro de este artificioso embuste.

Acacio contestó:

–              Los cristianos, todo lo que tenemos lo recibimos de Dios y aborrecemos toda clase de arte mágica.

Plinio insistió:

–              Ustedes son magos, porque han introducido no sé qué nueva modalidad religiosa.

–             Nosotros despreciamos a esos dioses que ustedes fabrican y luego veneran. Sin duda si al artista le faltara el mármol o si el mármol se quedara sin artista, ustedes se quedarían sin dioses. En cambio nosotros adoramos a Aquel que nos creó a nosotros. Él nos formó como Señor. Nos amó como Padre. Y como buen defensor, nos libró de la muerte eterna…

Plinio escuchó y se quedó colérico y callado…

Séneca tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para no soltar una carcajada…

Plinio ya no supo que responder y se despidió alegando que tenía importantes negocios que atender. Invitó a Petronio a acompañarlo y también invitó a Séneca…

Pero en aquel duelo verbal, Séneca se estuvo divirtiendo de lo lindo y no pudo disimular su absoluta satisfacción… Y rechazó cortésmente…

Trhaseas, Lucano y Marcial también prefirieron quedarse un poco más y finalmente,  solo se fueron los dos.

Plinio furioso y Petronio muy pensativo, caminaron presurosos hacia la salida…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

12.- LA PRUEBA


En la Puerta del Cielo, en el recinto de las vírgenes; están todas reunidas en uno de los jardines, cuando llegan a avisar a Celina, que hay un mensajero de su casa esperándola en el atrium. Ella se levanta un tanto intrigada y dice a sus amigas:

–           Enseguida regreso. Voy a ver qué sucede.

Cuando llega al atrium, la saluda un hombre de mediana edad y que la saluda amorosamente:

–          La paz sea contigo amita. Eladio me mandó con esta carta para ti. Espero por la  respuesta.

Celina toma la tablilla y dice:

–           La paz sea contigo, Raymundo. Gracias. Cuando Recordarás que ya no soy tu ama. Tú eres mi hermano. Hace quince años que eres libre.

Raymundo le contesta:

–           Tú siempre serás mi amita por el amor.

Celina sonríe y mueve la cabeza. Luego rompe el sello. Lee:

Eladio a Celina:

La paz sea contigo, mi niña.

Ha venido varias veces a buscarte, el noble Narciso Haloto. Y ayer, uno de los jardineros del Palatino, escuchó una conversación cuando estaba trabajando. El ministro de Nerón, estaba con su liberto de confianza y le estuvo dando instrucciones. Y de esta manera fue como se enteró del siniestro complot con el que pretende raptarte, para obligarte a que te cases con su hijo. Creyó oportuno avisarme, porque también él sabe que eres una virgen consagrada. Te lo ruego. Durante un buen tiempo, no regreses, ni vayas a ningún lugar donde él pueda encontrarte. Por lo que cuentan sus esclavos, sabemos que es un hombre infame y muy cruel.  Solo a Raymundo con quién te envío esta carta, dile en donde podré encontrarte, para enviarte noticias. Cuídate mucho. Que el poder del Altísimo te siga protegiendo. Adiós.

Celina se queda pensativa… Recuerda todo el trabajo que tienen y dice a Raymundo:

–           Dile que me quedaré aquí. Vete en paz hermano.

El hombre se retira y ella regresa nuevamente al jardín.

Diana al verla llegar, le pregunta:

–           ¿Qué pasó?

Celina les lee la carta…

Ariadna dice:

–           Te quedarás aquí.

Diana apoya:

–           También yo me quedaré contigo.

Celina sonríe con dulzura, como si ningún peligro la amenazara. La conversación se generaliza. Y todas vuelven a su tema preferido: JESÚS.

Mientras tanto, en otro jardín de la misma mansión; sentados en una banca de mármol, junto al estanque; Leonardo conversa con Sofía. Sus grandes y expresivos ojos son muy diferentes. Reflejan una dulzura y veneración que antes no existían. Tomando las manos de Sofía, las lleva a los labios, las besa. La mira conmovido y agradecido…

Luego le suplica:

–           Sofía… Amor mío.  Por favor ¡Perdóname! Ahora comprendo. Quiero que tu Dios, sea mi Dios. Enséñame a amarlo como lo amas tú. Enséñame a conocerlo, como lo conoces tú. Enséñame sobre todo, a adorarlo y a servirlo, como lo haces tú. Yo quiero ser cristiano, como tú.

La sonrisa de Sofía se vuelve luminosa y tomándolo de la mano, se levanta y lo lleva hasta el Lararium.

Allí está la enorme cruz desnuda, con el sudario que pende de uno a otro de sus brazos. Hay un cirio encendido a cada lado. Y hermosos jarrones llenos de lirios y azucenas. Al frente, una balaustrada de mármol sirve como reclinatorio para arrodillarse. Sobre el arco superior, están grabadas estas palabras:

DIOS ES AMOR’ 

Bajo el arco de la pared izquierda, hay un letrero tanto en griego como en latín:

‘EN ESTA CASA APRENDERAS A CONOCERLO, A AMARLO, A ADORARLO Y A SERVIRLO.’

Bajo el arco de la pared derecha, igual se lee:

‘Para ser un verdadero hijo de Dios, aprende esta ciencia:

VIVIR MURIENDO

Y      

MORIR AMANDO

Cuando la domines, alcanzarás la Gloria.

Después de meditar un largo rato en estas palabras, los dos se dirigen a un amplio salón, donde está reunido un grupo de más de doscientas personas. Leonardo se sienta en un banco junto a la pared. Y la armoniosa voz de Sofía proclama las palabras de la segunda lección para los nuevos cristianos:

LA PRUEBA

Cuando Dios creó a su Arcángel Predilecto, el Cielo entero enmudeció de admiración. Dios quiso a su lado a este maravilloso arcángel, cuando realizó la Creación del Universo. El más bello de todos los ángeles, espíritu perfecto inferior solamente a Dios, fue llenado de dones: segundo en belleza de todo cuanto existe, una inteligencia privilegiada y poder. Fue puesto al mando de la tercera parte de los Ejércitos Celestiales. Dirigía los coros angélicos. Y como intermediario entre Dios y los hombres, le fue dado el título de Dominador de las Naciones. En las misiones destinadas a los hombres, él hubiera sido el ejecutor del querer divino y por eso se llamó:

LUCIFER = PORTADOR DE LA LUZ.

En los ángeles también hay Libertad de Arbitrio. En el orden perfecto del Universo, Lucifer abusó de su libertad. En su ser luminoso nació un vapor de soberbia, que él no dispersó: al verse en Dios. Al verse a sí mismo y compararse con sus compañeros, porque Dios le envolvía con su Luz y se gozaba en el esplendor de su arcángel. Y porque los ángeles le veneraban como el espejo más acabado de Dios, se maravilló. Debía admirar solamente a Dios.

Más en todas las criaturas, se encuentran presentes todas las fuerzas buenas y malas que luchan entre sí, hasta que una de las dos partes vence para proporcionar bien o mal, del mismo modo que en la atmósfera se encuentran todos los elementos gaseosos por ser necesarios y es la manera de usarlos la que determina que sean buenos o nocivos.

Lucifer no era santo hasta el punto de ser todo amor. La medida del amor, Lucifer no quiso completarla y no rechazó la complacencia de sí mismo, que ocupaba en él un espacio en el que no podía haber amor. De haber sido todo amor, no habría habido sitio en él para la soberbia, a la que también es justo llamar: desorden del entendimiento. Vapor de soberbia que él no dispersó. Al contrario: lo condensó y lo cobijó. Y de esta incubación, nació el Mal.

Lucifer desarrolló la soberbia, la cultivó, la aumentó e hizo de ella, arma y seducción. Dios había creado a un ministro glorioso y bellísimo. Y la libre voluntad del ángel creó a SATANAS   =   ADVERSARIO.

La soberbia es la palanca que derriba los espíritus y los arranca de Dios. Lucifer quiso más de lo que era y de lo que tenía. Él, que ya era tanto; quiso todo. Y ésta fue la brecha por donde entró ruinosa, su depravación. Siendo ella la causa de que no pudiera comprender ni aceptar al CRISTO-AMOR, compendio del Infinito, Único y Trino Amor.

Y se negó a servir.

Al conocer las futuras maravillas de Dios, quiso ponerse él en su lugar. Con su mente turbada se vio a sí mismo al frente de los hombres futuros, adorado por ellos como poder supremo. Y conociendo el secreto de Dios y sus designios, decidió que él podía terminar lo que Dios había comenzado y apoderarse del reino que sería la herencia de Jesús. Sedujo a los menos reflexivos de entre sus compañeros, distrayéndolos de la contemplación de Dios como Suprema Belleza.

Y se rebeló contra Dios.

Los demás ángeles que estaban bajo su mando y que fueron débiles en el amor y la fidelidad hacia Dios, también se rebelaron. Y así quedó orquestado el primer golpe de estado de la Historia.

Así se consumó, el PECADO DE LOS ÁNGELES.

Y partir de ese momento, fue su nombre: SATÁN.

Nombre dado por Dios, al Adversario. Al Enemigo Implacable en que se convirtió, el que fuera el más grande de todos los ángeles.

Y una Gran Batalla estalló en el Cielo. Batalla de inteligencia y de voluntad, combatida en la Presencia de Dios y que determinó para la Eternidad, el futuro destino de los ángeles y de los hombres. Fue un hecho histórico de importancia primaria, que incluyó Cielo y Tierra, pues la Historia de la Humanidad está atada y condicionada, a este acontecimiento.

Y Lucifer y los demás soberbios y desobedientes, fueron arrojados para siempre del Paraíso Celestial, por San Miguel Arcángel y sus ángeles. Cuando los derrotados fueron castigados, Dios los congeló en su rebeldía y les quitó la capacidad de amar, (Dios se retiró de ellos para siempre) pero no la necesidad de ser amados. Y ésta se convirtió en ira. El amor y la belleza, (atributos de Dios) les fueron quitados y de esta forma quedaron convertidos en demonios horrorosos.

El gran amor que los animaba se convirtió en Odio y fueron precipitados en el Infierno para ser devorados por la concupiscencia del espíritu… en el Fuego del Rigor de Dios.

“Y creó Dios al hombre a su Imagen. A Imagen de Dios lo creó. Macho y hembra los creó. Dios los bendijo diciéndoles: ‘Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la Tierra y sométanla.”

Dios no les prohibió a los hombres amarse. Solo que Él deseaba que su amor fuera perfecto y sin el desorden perjudicial de las pasiones desordenadas. El uno y la otra se complementaban a la perfección. Y fueron hechos para amarse. La perfección es amor. El amor es armonía. La armonía es orden. No hay armonía en donde es turbado el orden. No hay amor en donde es turbada la armonía. No hay perfección en donde falta el amor. Así sucede en todas las cosas y las obras. En las humanas y sobretodo en las sobrenaturales.

La única limitación al inmenso poseer del hombre, fue la prohibición de coger los frutos del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal. Esto era inútil e injustificado, porque el hombre tenía ya la Ciencia que le era necesaria y en una medida superior a la establecida por Dios, no podía más que causar daño.

LA PRUEBA DE LA OBEDIENCIA. 

Se había dado Él, Dios Mismo ¿Y prohibía mirar un fruto? Había dado al polvo la Vida, infundiéndole su hálito divino en el hombre, ¿Y prohibía de coger un fruto? Había hecho al hombre Rey de todas las criaturas. Lo consideraba su propio hijo ¿Y prohibía comer un fruto?

Aunque este episodio pudiera parecer de una obstinación inexplicable, no es así.

El medio: el árbol y la manzana. Dos cosas pequeñas. Insignificantes si se las compara con las inmensas riquezas que Dios había concedido al hombre.

El árbol no era diferente de las otras plantas y como todo lo hecho por Dios, tenía sus frutos buenos, bellos y sabrosos. Pero era planta de Bien y Mal. Esto lo convertía según el comportamiento del hombre, no tanto por la planta, sino por la orden divina.

Obedecer es Bien. Desobedecer es Mal.

La manzana no era solo la realidad: fruto. Era también el símbolo: el símbolo del Derecho Divino y del Deber humano. Dios sabía que sobre aquel fruto andaría Satanás para tentar. Dios todo lo sabe. El malvado fruto era la palabra de Satanás, gustada por Eva. El peligro de acercarse al árbol, estaba en la desobediencia que haría que los Inocentes cayeran en la trampa tendida por Satanás. 

LA DESOBEDIENCIA.

Eva fue al árbol. La curiosidad la arrastra para ver lo que había de especial en él. La imprudencia la empuja a no tener como útil, la Orden Divina, puesto que Ella es fuerte y pura. La Reina del Edén, en donde todas las cosas le obedecen y ninguna puede causarle mal. La presunción la llevó a la ruina. La presunción es el fermento de la soberbia. En el Árbol se encuentra al Seductor, el cual canta la Canción de la Mentira a su inexperiencia:

“¿Piensas que aquí hay algo de Mal? No. Dios te lo prohibió porque os quiere tener como esclavos de su Poder. ¿Creéis ser reyes? No sois ni siquiera libres, como lo es la fiera. Ella si puede amar de verdad. A ella se le ha permitido ser creadora como Dios. Ella engendrará hijos y los verá crecer y serán una familia feliz. Pero vosotros, no. A vosotros se os ha negado esta alegría. ¿A qué fin os ha hecho macho y hembra, si debéis vivir de este modo? ‘¿Sois dioses y no sabéis lo que es ser dos en una sola carne, que crea una tercera y muchas más? No creáis a las promesas de Dios de que tendréis una posteridad al ver que vuestros hijos procrean nuevas familias y dejan por ellas, padre y madre. Os dio una apariencia engañosa de la vida: la verdadera vida consiste en conocer las leyes de la vida. Entonces seréis semejantes a dioses y podréis decir a Dios: ¡Somos tus iguales!… Ven, acércate… Yo te enseñaré…”

Y la seducción continuó porque no había voluntad de rechazarla. Y lo que sí se quería, era conocer lo que no pertenecía al hombre.

Satanás sedujo a los hijos de Dios, con pensamientos de soberbia. Inoculó en los inocentes la sed de ser grandes de todas las grandezas: del poder, del saber y del poseer.

A la ciencia pura que Dios les había dado, Satanás inoculó su malicia impura, que pronto fermentó también en la carne. Pero antes corrompe el espíritu, haciéndolo rebelde y después el intelecto, haciéndolo astuto. Y con todo esto lo lleva al pecado contra el Amor: la soberbia de la mente y del corazón, por el cual el hombre inocente se volvió culpable. El tremendo pecado del ‘yo’ que quiere ser como Dios, cometido por Lucifer, el mismo con el cual después seduce al hombre, para convertirlo al igual que él, en un rebelde contra Dios.

Satanás robó la virginidad intelectual al hombre. Y con su lengua serpentina acarició los miembros y los ojos de Eva, suscitando reflejos y agudezas que antes no había, porque la malicia no los había intoxicado.

Eva quiso conocer lo que de manera tan atractiva le fue presentado. Lucifer la había seducido y ella deseó ardientemente, lo que solo Dios podía conocer sin peligro: La Ciencia del Bien y del Mal.

Y el Árbol Prohibido fue mortal. Porque de sus ramas pende el fruto del saber amargo que proviene de Satanás. Eva ‘vio’ y viendo quiso probar. La carne se había excitado. Y ‘comprendió’. La malicia bajó a morderle las entrañas. Vio con nuevos ojos y oyó con nuevos oídos los instintos y las voces de los animales. Y los anheló con loca ansiedad. Y la Mujer se convirtió en Hembra. Se corrompió en maldad y se volvió contra Dios con todos sus sentidos desordenados.

La Creación entera lloró amargamente la Inocencia de su Reina Profanada.

En lugar de arrepentirse y llamar al Señor, que la hubiera perdonado sin duda y le hubiera regenerado su pérdida, ella fue a seducir a su compañero. Y con el fermento satánico en el corazón, fue a corromper a Adán y le enseñó todo lo que había aprendido. De criatura se convirtió en creadora y al usar de este don indignamente, nada en el hombre quedó exento de culpa y todas las partes del ‘yo’ físico y moral, quedaron envenenadas con las tendencias al mal. Y con la voluntad cautiva para que fueran instrumentos para seguir pecando, convirtiéndolo así en esclavo de Satanás.

Eva inició sola el pecado. Lo llevó a término con su compañero. Llegada a este nivel la carne, corrompido lo moral, degradado lo espiritual, conocieron el dolor y la muerte del espíritu privado de la Gracia y de la carne privada de la Inmortalidad.

Y por esto sobre la mujer pesa una condena mayor. Porque por ella el hombre se volvió rebelde a Dios y conoció la lujuria y la muerte. Y es por causa de ella que el hombre ya no puede dominar sus tres reinos: el del espíritu, porque permitió que el espíritu desobedeciese a Dios y con el pecado le dio la muerte. El del alma, porque permitió que las pasiones lo dominaran. Y el del cuerpo porque lo sometió a las leyes instintivas de los brutos.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA