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11.- SATYRICÓN


Después que el general se marchara, Marco Aurelio en rápida carrera, se montó otra vez en el caballo y salió como un bólido de la casa. Y a galope tendido, prácticamente voló en dirección a la domus de Petronio, dando a su paso empellones a todo lo que se cruzó por su camino.

Cuando llegó… El portero al verlo, no se atrevió a detenerlo.

Marco Aurelio entró hasta el atrium con la violencia de un huracán.

Y como le dijeron que el amo estaba en la biblioteca, se precipitó hacia allí con el mismo ímpetu.

Encontró a Petronio escribiendo… y furioso se lanzó contra él. Le arrebató el stylus, lo hizo pedazos y lo arrojó al suelo. Barrió con el brazo todo lo que había sobre la mesa de trabajo y temblando por la furia, le clavó los dedos en los hombros a Petronio.

Levantando y acercando su rostro al de su tío, le preguntó con voz ronca:

–           ¿¡Qué has hecho con ella!? ¿Dónde está?…

Aquel flexible y de tan refinado hasta cierto punto ‘delicado’ Petronio, cogió las manos con que el joven guerrero le oprimía los hombros. Y sujetándole las dos con una de las suyas, como si fuera de acero…

Le dijo gélidamente:

–           Solo por las mañanas me encontrarás incapaz. Por la tarde tengo todo mi vigor.- y mirándolo con fijeza, añadió con seriedad- Intenta desprenderte. Algún tejedor debe  haberte enseñado gimnástica y un gladiador modales.

Y su semblante no tenía el menor rastro de enojo… Pero sus ojos destellaban con una energía tan intrépida, como nadie lo hubiera imaginado. Después de un largo momento, dejó caer las manos de Marco Aurelio.

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Éste se encontró ante él, abrumado por la ira y la vergüenza.

Y casi llorando dijo:

–           Tienes unas manos de acero. Pero si me has traicionado, te juro por Marte que he de clavar un puñal en tu pecho, aunque te refugies en las habitaciones del César.

Petronio replicó:

–           No te tengo miedo. Pero hablemos con calma… Como puedes ver, el acero es más fuerte que el hierro, aunque parezca más frágil. Sin embargo te pareces a tu padre y sé muy bien de lo que eres capaz… Por el contrario, no sabes cuánto me apena tu rudeza. Y lo que más me sorprende es tu ingratitud…

–           ¡¿Dónde está Alexandra?!

–           En un prostíbulo.

–           ¡¡¡Petronio!!!

–           Es decir, en la Domus Transitoria.

–           ¡Oh no! ¡Por Pólux! ¡¿Cómo pudiste…?!

–          Cálmate y siéntate.

Marco Aurelio se dejó caer sobre la silla más próxima. De repente se sintió exhausto, estaba sufriendo demasiado…

Y Petronio continuó:

–        He pedido al César dos cosas que ha prometido concederme. Primero: sacar a Alexandra de la casa de Publio. Y segunda: dártela. ¿Traes algún puñal entre los pliegues de tu túnica? Creo que ya es tiempo de que me hieras. Solo que te advierto que esperes siquiera un par de días, porque serías llevado a una prisión… Y mientras tanto tu amada, se fastidiará sola en tu casa.

Se hizo un silencio total.

Marco Aurelio miró a Petronio con ojos atónitos. Y completamente apenado dijo:

–           Perdóname. La amo tanto que me estoy volviendo loco.

Petronio se irguió aún más. Le sonrió y luego se pavoneó ante él:

–          Admírame, Marco Aurelio. Anteayer dije al César: “Marco Aurelio el hijo de mi hermano Cayo, se ha enamorado a tal grado de una escuálida doncella que han criado los Quintiliano, que los suspiros tienen convertida la casa en un baño de vapor.

Ni tú, ¡Oh, César! Ni yo; porque ambos sabemos lo que es la verdadera belleza, daríamos ni siquiera mil sestercios por ella. Pero ese muchacho ha sido siempre obtuso como un trípode, ahora acaba de perder el poco juicio que le quedaba y necesito ayudarlo”.

Casi se le desorbitaron los ojos a Marco Aurelio al exclamar:

–           ¡¡¡Petronio!!!

–          Si no alcanzas a comprender que todo esto lo dije para la mayor seguridad de Alexandra, voy a creer que dije al César la verdad.

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Marco Aurelio inclinó la cabeza y reconoció:

–           ¡Tienes razón! ¡Perdóname!

–          Convencí a Barba de Bronce de que un hombre de su temperamento artístico y estético, NO podría considerar bonita a esa muchachita. Y Nerón, que hasta ahora solo mira las cosas a través de mis ojos, NO encontrará belleza en ella. Y al NO encontrarla, NO la deseará. Era necesario que nos pusiéramos en guardia contra ese monstruo. Ahora no será él quien aprecie la hermosura de tu princesa parta, sino Popea. Y ésta se esforzará por despedirla cuanto antes del palacio.

Además, dije a Enobarbo: “Haz venir a Alexandra y entrégasela a Marco Aurelio. Tú tienes el derecho de hacerlo porque ella es un rehén. Y así, tú la guardarás causando una gran pena a Publio.” Y él convino en esto con mayor satisfacción, pues mi consejo le dio la oportunidad de mortificar a personas honorables.

–           ¡Qué asco de hombre! Pero no voy a hablar mal de él, si gracias a eso me entrega a la mujer de mis sueños.

Petronio agregó con cinismo:

–           Este es el mundo en que vivimos. Quién no aprende a vivir en él, termina siendo devorado. Así pues, te harán custodio oficial de ese rehén en especial y pondrán en tus manos a ese tesoro parto. El César, para salvar las apariencias, la guardará por unos días en su casa y enseguida te la enviará. ¡Hombre afortunado!

Marco Aurelio no puede disimular su inquietud:

–           Entonces ¿Nada la amenaza en el Palatino?

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–           Si tuviera que permanecer allí, Popea emplearía a Locusta, la hechicera que le proporciona a Nerón sus venenos. Pero tratándose tan solo de unos cuantos días, no hay peligro. Moran diez mil individuos en esa casa. El César quizá ni siquiera llegue a verla.

–           ¿Y qué piensas hacer mientras tanto?

–           Enobarbo ha dejado a mi exclusivo arbitrio todo el asunto. Hace un momento estuvo aquí el centurión que acaba de conducirla al palacio y la ha confiado al cuidado de Actea. Es una buena mujer y yo dispuse que le fuera entregada la rehén. Es evidente que Fabiola comparte mi opinión, pues le escribió una carta a Actea recomendándole a Alexandra.

Marco Aurelio no puede contener una exhalación de profundo alivio.

–           ¡¡¡Aaah!!! – Y enseguida pregunta ansioso- ¿Y luego qué vas a hacer? ¿Cuándo podré verla?

Petronio contesta complacido:

–           Mañana habrá fiesta en el Palatino y he pedido para ti, un asiento junto a esa joven.

–           Perdona Tito mi impaciencia. Creía que habías dado orden de llevarla para ti o para el César.

–           Puedo perdonar tu impaciencia, pero me cuesta más trabajo perdonar tus modales groseros, tus exclamaciones vulgares y tus gritos de estibador. Necesitas pulirte. ¿Cómo fuiste capaz de pensar eso de mí?

–           ¡Es que yo no sabía nada! ¡Pensé que tú también te habías enamorado de ella!…

Petronio aspira profundamente, antes de contestar:

–           Debes saber que Tigelino es el encargado de los lenocinios cesáreos y que si yo quisiera a esa joven para mí, ahora mismo y mirándote de frente te diría: “¡Marco Aurelio! Te quito a Alexandra… ¡Y me voy a quedar con ella hasta que me harte!”. -y dijo esto clavando en su sobrino sus ojos grises acerados, con una mirada insolente y fría.

El joven tribuno se anonadó por completo y dijo:

–          La falta es mía. Tú eres bueno y digno. Te lo agradezco con todo mi corazón. Solo dime: ¿Por qué no enviaste a Alexandra directamente a mi casa?

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–           Porque el César desea guardar las apariencias. En toda Roma se hablará de esto y ella permanecerá en palacio hasta que se aplaquen los comentarios. Con todas las cosas que ha hecho Enobarbo, no es conveniente alborotar más a quienes ya lo odian y lo desprecian profundamente. Después la enviaremos sin ruido hasta tu casa y todo habrá terminado.

–           Tienes razón. Todavía hay comentarios por el regalo que hizo a Popea, cuando le mandó la cabeza de Octavia.

–           Barba de bronce es un canalla cobarde. Yo creo que matar a su padre, a su madre, a su hermano y a su esposa, es digno de un reyezuelo asiático como Herodes y no de un emperador romano. Sin embargo él, después de cometer estos asesinatos, se ha tomado el trabajo de escribir al senado cartas de justificación.

–           ¿Por qué? Se considera el Amo del Mundo y nadie se atreve a protestar por sus fechorías.

–           Nerón las ha escrito porque quiere salvar las apariencias.

Marco Aurelio mueve la cabeza con perplejidad:

–           No entiendo. ¿Por qué ese inútil esfuerzo de aparentar justicia en el crimen que se ha cometido y que se sabe que será impune?

Petronio contestó con indiferencia:

–           Yo creo que es porque el crimen es algo feo y repugnante, en tanto que la virtud es siempre noble y bella. El verdadero esteta es por lo tanto, un hombre virtuoso. ¡Admírame!

Pero Marco Aurelio, como hombre realista que es, no quiso filosofar y contestó:

–           ¡Mañana veré a mi Alexandra y lo más pronto posible la tendré en mi casa todos los días junto a mí, hasta la muerte!

Petronio replicó:

–          Tú tendrás a Alexandra para amarla y yo tendré a Publio Quintiliano sobre mi cabeza, como la espada de Damocles… Porque a mí me culpará y será mi enemigo para siempre… Estoy seguro de que él invocará en su auxilio y contra mí, la venganza de todas las divinidades, pidiendo que yo sufra la más espantosa de las muertes…

Marco Aurelio lo interrumpió:

–           Publio estuvo en mi casa. He prometido darle noticias de Alexandra.

–          Le quité Alexandra para dártela, porque te quiero como si fueras mi hijo. Escríbele que el deseo del divino César es la suprema ley y que a tu primer hijo le pondrás por nombre Publio. Es necesario dar algún consuelo a ese pobre hombre.

Y Marco Aurelio se puso a escribir la carta que le hará perder al general, hasta el último resto de su esperanza…

Más tarde cuando estaban en el triclinium, Petronio entregó a Marco Aurelio un hermoso tubo de plata labrada que contiene unos rollos. Y le dijo:

–           He aquí un obsequio para ti.

Marco Aurelio lo toma y lee el título:

–          “SATYRICÓN” (Sátiras). ¡Muchas Gracias Petronio!

Se siente muy feliz  y una sonrisa  luminosa vuelve a dibujarse en su semblante. Luego mira a Petronio con curiosidad y  pregunta:

–           ¿Es una obra nueva?

–           Acabo de terminarla.

Marco Aurelio desenrolla el manuscrito como a la mitad, lo lee un poco y dice:

–          Tú has dicho que no escribes versos. Pero aquí veo que la prosa alterna con ellos.

Petronio le responde:

–           Cuando la leas fija tu atención en la “Fiesta de Trimalquión”. En cuanto a los versos, eran necesarios. Pero me han hastiado desde que he tenido que soportar a Nerón escribiendo un poema épico.

Incapaz de contener su entusiasmo, Marco Aurelio exclama:

–           Lo poco que leí me encantó. Promete ser un libro muy interesante. Pero todo lo que escribes es genial, ya lo sé. Una vez más muchas gracias Petronio, yo también te amo como si fueras mi padre.

Petronio sonrió complacido y dijo:

–           Me alegro mucho que te guste. Y también yo sé que lo disfrutarás.

Marco Aurelio suspiró ruidosamente antes de preguntar:

–          ¿Me ayudarás a preparar todo para recibir a Alexandra en mi casa?

–           ¿Qué quieres hacer?

–           Verás…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

6.- ARBITER ELEGANTIARUM


En una villa ancestral  que en su mayor parte está orientada hacia el sur. Hay un pabellón apartado que está rodeado por un patio al que dan sombra muchas palmeras; varios robles, sauces llorones, cedros, fresnos  y cuatro plátanos. En el centro, una fuente derrama su agua en una pila de mármol y salpica suavemente los plátanos que la rodean y las plantas que éstos cobijan. En este pabellón está ubicado un dormitorio que no permite entrar la luz del día, ni escuchar el ruido. A un lado está el triclinium (comedor)

Existe también una habitación sombreada por el verdor del plátano más cercano, decorada con  una espléndida pintura que representa a unos pájaros posados sobre las ramas de unos árboles. Aquí se encuentra una pequeña fuente con una pila rodeada por unos surtidores que emiten un susurro muy agradable.

Es el refugio de un escritor. Y sobre la mesa de trabajo se puede ver un fragmento de su última obra literaria, en la que está desarrollando su talento. Al acercarse se puede leer: “La Cena de Trimalción…”  El autor trabaja en ella por las mañanas, cuando se lo permiten las fiestas de Nerón…

Ahora, después del banquete de la víspera que se prolongó más de lo acostumbrado; Tito Petronio se levantó tarde sintiéndose sumamente  fastidiado…

En  su travesía por los baños recuperó su ingenio y complacido, se sintió rejuvenecer. Rebosante de vida, de energía y de fuerza; cuando estaba sumergido en el agua tibia, le avisaron que su sobrino Marco Aurelio acaba de llegar a visitarlo.

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Petronio ordena que lo conduzcan al jardín adyacente para conversar plácidamente y sale del agua poniéndose una bata de lino suave.

Marco Aurelio es hijo su hermano Publio, el mayor y más querido. Y ha estado sirviendo bajo las órdenes de Corbulón en la guerra contra los partos. Es su sobrino predilecto. Un hombre íntegro; que ha heredado de su tío el gusto por el placer, el arte, la belleza y la estética; cualidades que Petronio valora sobre todo lo demás. No por nada le han apodado el “Árbitro de la Elegancia.”

Toma una manzana del platón que está en la mesa más cercana y está a punto de morderla, cuando entró un joven con pasos largos y flexibles exclamando:

–                 ¡Salve Petronio! Que te sean propicios todos los dioses.

Petronio sonríe y contesta:

–          ¡Salve Marco Aurelio! Te doy la bienvenida a Roma. Espero que disfrutes de un  merecido descanso después de las fatigas de la guerra. ¿Qué noticias traes de Armenia?

Mientras el joven se sienta en una banca a su lado, exclama con cierto fastidio:

–           De no ser por Corbulón, esta guerra sería un desastre.

–           ¡Es un verdadero Marte! ¿Sabes que Nerón le teme?

Marco Aurelio lo mira sorprendido y pregunta:

–           ¿Por qué?

–           Porque si quisiera, podría encabezar una revuelta.

–           Corbulón no es ambicioso hasta ese grado.

Petronio sentencia:

–          Si quitáramos la ambición y la vanidad ¿Dónde quedarían los héroes y los patriotas?

–           Lo conozco bien y sé que no debéis temer nada de él. Hablas como Séneca.

–          Se puede apreciar el carácter de un hombre en la forma como recibe la alabanza. Y tienes razón. Séneca es un maestro al que hay muchas cosas que aprenderle. Es uno de los pocos hombres que respeto y admiro.

Petronio cerró los ojos y Marco Aurelio se fijó en el semblante un tanto demacrado de su tío y cambiando el tema, le preguntó por su salud.

El augustano hizo un mohín, antes de replicar:

–           ¿Salud? No lo sé. Mi salud no está como yo quisiera. Trato de ser fuerte y aparento estar perfectamente. Pero empiezo a sentir un cierto cansancio que… Considerando las circunstancias, creo que estoy bien. ¿Y tú cómo estás?

–           Las flechas de los partos respetaron mi cuerpo, pero… un dardo de amor acaba de  herirme y ha acabado con mi tranquilidad. Estoy aquí para pedirte un consejo.

Petronio lo miró sorprendido y dijo:

–         Te puedes casar o quedarte soltero. Pero te aseguro que te arrepentirás de las dos cosas.- luego lo invitó – Vamos a sumergirnos en el agua tibia y me sigues platicando. ¿Qué te parece?

Marco Aurelio aceptó encantado:

–           Vamos.

Los dos regresan al frigidarium.  Marco Aurelio se desnuda y Petronio contempla el cuerpo vigoroso de su sobrino. Le recuerda las estatuas de Hércules que adornan el camino al Palatino. Es un atleta pleno de vigor juvenil. Y en el armonioso rostro que completa la apolínea belleza masculina, hay un gesto de sufrimiento reprimido. El joven se lanza al agua, salpicando el mosaico que representa a Perseo liberando a Andrómeda.

Petronio admira todo esto con los ojos regocijados del artista embelesado con la auténtica belleza…

Y después de lanzarse al agua, dice:

–          En la actualidad hay demasiados poetas. Es una manía de los tiempos que vivimos. El césar escribe versos y por eso todos lo imitan. Lo único que no está permitido es escribir mejores versos que él… Hace poco hubo un certamen y Nerón leyó una poesía dedicada a las transformaciones de Niobe. Los aplausos de la multitud cubrieron la voz de Nerón; pero en aquellas muestras de forzado entusiasmo faltaba el acento de la espontaneidad que nace del corazón.

Luego Lucano declamó otra, celebrando el descenso a los infiernos de Orfeo. Cuando se presentó, el respeto y el temor contenían a los oyentes… Más por uno de esos triunfos del arte que parecen milagrosos, el poeta logró suspender los ánimos; los arrebató y consiguió que se olvidaran de sí y del emperador. Y le decretaron unánimes el laurel de la gloria y el codiciado premio. ¿Te imaginas lo que sucedió después?…

Imposible que Nerón consintiese un genio superior a su inspiración. Se salió despechado del certamen y prohibió a Lucano que volviese a leer en público sus versos. Por eso yo escribo en prosa.

–          ¿Para ti no ambicionas la gloria?

–           A nadie ha hecho rico el cultivo del ingenio.

–           ¿Qué estás escribiendo ahora?

–          Una novela de costumbres: las correrías de Encolpio y sus amigos Ascilto y Gitón.  Ya casi la termino. Estoy en el convite ridículo de un nuevo rico. Lo he titulado “La Cena de Trimalción”

–           ¿El libro?

–          No. El capítulo. El libro es una sorpresa. Espera un poco… – se queda pensativo un momento. Y luego añade- Enobarbo ama el canto. En particular el suyo propio. Dime ¿Tú no haces versos?

Marco Aurelio lo mira sorprendido… y luego responde firme:

–           No. Jamás he compuesto ni un hexámetro.

–           ¿Y no tocas el laúd, ni cantas? – insiste Petronio.

–           No. Me gusta oír a los que sí saben hacerlo.

–           ¿Sabes conducir una cuadriga?

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–           Lo intenté una vez en Antioquia, pero fui un fracaso.

–          Entonces ya no debo preocuparme por ti. Y ¿A qué partido perteneces en el hipódromo?

–           A los azules; porque los únicos que me entusiasman son Porfirio y Scorpius.

–          Ahora sí ya estoy del todo tranquilo. Porque en la actualidad hacer cualquiera de estas cosas es muy peligroso. Tú eres un joven apuesto y tu único peligro es que Popea llegue a fijarse en ti. Pero no…  Esa mujer tiene demasiada experiencia y le interesan otras cosas. ¿Sabes que ese estúpido de Otón, su ex marido? ¿Todavía la ama con locura? Vaga por la España, borracho y descuidado en su persona.

–           Comprendo perfectamente su situación.- suspiró Marco Aurelio.

Petronio  movió la cabeza. Y siguieron conversando…

Cuando más tarde salieron del Thepidarium, dos bellas esclavas africanas, con sus perfectos cuerpos como si fueran de ébano, los esperan para ungirlos con sus esencias de Arabia…

Al terminar, otras dos doncellas griegas que parecen deidades, los vistieron.

Con movimientos expertos adaptaron los pliegues de sus togas. Marco Aurelio las contempló con admiración y exclamó:

–           ¡Por Júpiter! ¡Qué selecciones haces!

Petronio sentenció:

–           La belleza y la rareza fija el precio de las cosas. Prefiero la calidad óptima. Toda mi “familia” (Un amo con sus parientes  y sus esclavos) en Roma, ha sido seleccionada con el mismo criterio.

–           Cuerpos y caras más perfectos no posee ni siquiera el mismo Barba de Bronce.- alaba Marco Aurelio mientras aspira los aromas con deleite.

–           Tú eres mi pariente.- aceptó Petronio con cariño. Y agregó- Y yo no soy tan intolerante como Publio Quintiliano.

Marco Aurelio al escuchar este nombre se queda paralizado. Olvidó a las doncellas y preguntó:

–           ¿Por qué has recordado a Publio Quintiliano? ¿Sabías que al venir para acá una serpiente asustó a mi caballo y me derribó?  Pasé varios días en su villa fuera de la ciudad. Un esclavo suyo, el médico frigio Alejandro, me atendió. Precisamente de esto era de lo que quería hablarte.

–           ¿Por qué? ¿Acaso te has enamorado de Fabiola? En ese caso te compadezco. Ella es muy hermosa pero ya no es joven. ¡Y es virtuosa! Imposible imaginar peor combinación. ¡Brrr!.- Y Petronio hace un cómico gesto de horror.

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–           ¡De Fabiola, no! ¡Caramba!

–           ¿Entonces de quién?

–          Yo mismo no lo sé. Una vez al rayar el alba la vi bañándose en el estanque del jardín, con los primeros rayos del sol que parecían traspasar su cuerpo bellísimo. Te juro que es más hermosa que Venus Afrodita. Por un momento creí que iba a desvanecerse con la luz del amanecer… Y desde ese momento me enamoré de ella con locura.

–           Si era tan transparente, ¿No sería acaso un fantasma?

–          No me embromes Petronio. Te estoy abriendo mi corazón. Después volví a verla dos veces más. Y desde entonces ya no sé lo que es tranquilidad. Ya no me interesa nada de lo que Roma pueda ofrecerme. Ya no existen para mí otras mujeres… Ni vino, fiestas o diversiones. Me siento enfermo. Traté de indagar de mil maneras sutiles y creo que se llama Alexandra. No estoy muy seguro… Pero solo la quiero a ella.

No se aparta de mi mente un solo instante. Te lo digo con sinceridad Petronio, siento por ella un anhelo tan vehemente, que he perdido el apetito. En el día me atormenta la nostalgia y por las noches no puedo dormir. Y cuando consigo hacerlo, solo sueño con ella. Y así transcurre mi vida, con este torturante deseo…

Petronio lo mira con conmiseración… Y luego dice con determinación:

–           Si es una esclava, ¡Cómprala!

Marco Aurelio replica con desaliento:

–           No es una esclava.

–           ¿Es acaso alguna liberta perteneciente a la casa de Quintiliano?

–           No habiendo sido jamás esclava, tampoco puede ser liberta.

–           ¿Quién es entonces?

–          ¡No lo sé!… No pude averiguar mucho. Por favor escúchame. Es la hija de un rey, creo. –Y añade desesperado-  O algo por el estilo…

Petronio lo mira interrogante. Y cuestiona lentamente:

–           Estás despertando mi curiosidad, Marco Aurelio.

Su sobrino lo mira con impotencia y explica:

–          Hace tiempo el rey de Armenia invadió a los partos, mató a su rey y tomó como rehenes a su familia, a algunos principales de su nuevo territorio y los entregó a Roma. El gobernador no sabía qué hacer y el César los recibió junto con el botín de guerra que enviaron como regalo. Luego los entregó a Publio Quintiliano, ya que no pueden considerarse como cautivos y se desconoce el motivo que lo impulsó a entregarlos a él. Pero el tribuno los recibió muy bien. Y en esa casa en la que todos son  virtuosos, la doncella es igual a Fabiola.

–           ¿Y cómo estás tan enterado de todo esto?

–           Publio Quintiliano me lo refirió. Esto pasó hace quince años. Y también te digo que a mi regreso de Asia, pasé por  el templo de Delfos a fin de consultar a la sibila. Y Apolo se me apareció…  y me anunció que a influjos del amor, se operaría un cambio trascendental en mi existencia…

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–          ¿Y qué quieres hacer?

–          Quiero que Alexandra sea mía. Deseo sentirla entre mis brazos y estrecharla contra mi corazón. Deseo tenerla en mi casa hasta que mi cabeza sea tan blanca, como las nieves de la montaña. Deseo aspirar su aliento puro y extasiarme mirando sus ojos bellísimos. Si fuera una esclava, pagaría por ella lo que fuera. Pero ¡Ay de mí! No lo es…

–           No es una esclava pero pertenece a la familia de Quintiliano. ¿Por qué no le pides que te la ceda?

–           ¡Cómo si no los conocieras!…Tú sabes que Publio es muy diferente a las demás personas y en ese matrimonio, ambos la tratan como si fuera su verdadera hija.

Petronio se queda reflexivo, se toca la frente y luego dice con impotencia:

–           No sé qué decirte, Marco Aurelio mío. Conozco a Publio Quintiliano, quién aun cuando censura mi sistema de vida; en cierto modo me estima y me respeta más, pues sabe que no soy como la canalla de los íntimos de Enobarbo; exceptuando dos o tres como Séneca y Trhaseas… –levanta las manos con desconcierto y agrega- Si crees que algo puedo hacer acerca de este asunto, estoy a tus órdenes.

–           Creo que sí puedes…  Tienes influencia sobre Publio y además tu ingenio te ofrece inagotables recursos. ¡Si quisieras hacerte cargo de la situación y hablar con él!

–           Tienes una idea exagerada de mi ingenio y de mis recursos. Pero si no deseas más que eso, hablaré con Publio lo más pronto posible. Yo te avisaré…

–           Te estaré esperando.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

11.- SATYRICÓN


Después que el general se marchara, Marco Aurelio, en rápida carrera se montó otra vez en el caballo y salió como un bólido de la casa. Y prácticamente voló en dirección a la domus de Petronio, dando a su paso empellones a todo lo que se cruzó por su camino.

Cuando llegó… El portero al verlo, no se atrevió a detenerlo.

Marco Aurelio entró hasta el atrium con la violencia de un huracán.

Y como le dijeron que el amo estaba en la biblioteca, se precipitó hacia allí con el mismo ímpetu. Encontró a Petronio escribiendo y furioso se lanzó contra él. Le arrebató el stylus, lo hizo pedazos y lo arrojó al suelo. Barrió con el brazo todo lo que había sobre la mesa de trabajo y temblando por la furia, le clavó los dedos en los hombros a Petronio. Levantando y acercando su rostro al de su tío, le preguntó con voz ronca:

–           ¿¡Qué has hecho con ella!? ¿Dónde está?

De pronto sucedió una cosa sorprendente…

Aquel flexible y de tan refinado hasta cierto punto ‘delicado’ Petronio, cogió las manos con que el joven guerrero le oprimía los hombros. Y sujetándole las dos con una de las suyas; como si fuera de acero…

Le dijo gélidamente:

–           Solo por las mañanas me encontrarás incapaz. Por la tarde tengo todo mi vigor.- y mirándolo con fijeza, añadió con seriedad- Intenta desprenderte. Algún tejedor debe  haberte enseñado gimnástica y un gladiador modales.

Y su semblante no tenía el menor rastro de enojo, pero sus ojos destellaban con una energía tan intrépida, como nadie lo hubiera imaginado. Después de un momento dejó caer las manos de Marco Aurelio.

Éste se encontró ante él, abrumado por la ira y la vergüenza.

Y casi llorando dijo:

–           Tienes unas manos de acero. Pero si me has traicionado, te juro por Marte que he de clavar un puñal en tu pecho, aunque te refugies en las habitaciones del César.

Petronio replicó:

–           No te tengo miedo. Pero hablemos con calma. Como puedes ver, el acero es más fuerte que el hierro, aunque parezca más frágil. Aunque sé de lo que eres capaz… Por el contrario, no sabes cuánto me apena tu rudeza. Y lo que más me sorprende es tu ingratitud…

–           ¡¿Dónde está Alexandra?!

–           En un prostíbulo.

–           ¡¡¡Petronio!!!

–           Es decir, en la Domus Transitoria.

–           ¡Oh no! ¡Por Pólux! ¡¿Cómo pudiste…?!

–          Cálmate y siéntate. He pedido al César dos cosas que ha prometido concederme. Primero: sacar a Alexandra de la casa de Publio. Y segunda: dártela. ¿Traes algún puñal entre los pliegues de tu túnica? Creo que ya es tiempo de que me hieras. Solo que te advierto que esperes siquiera un par de días, porque serías llevado a una prisión… Y mientras tanto tu amada, se fastidiará sola en tu casa.

Se hizo un silencio total.

Marco Aurelio miró a Petronio con ojos atónitos. Y completamente apenado dijo:

–           Perdóname. La amo tanto que me estoy volviendo loco.

Petronio se irguió aún más. Le sonrió y luego se pavoneó ante él:

–          Admírame, Marco Aurelio. Anteayer dije al César: “Marco Aurelio el hijo de mi hermano Cayo, se ha enamorado a tal grado de una escuálida doncella que han criado los Quintiliano, que los suspiros tienen convertida la casa en un baño de vapor. Ni tú, ¡Oh, César! Ni yo; porque ambos sabemos lo que es la verdadera belleza, daríamos ni siquiera mil sestercios por ella. Pero ese muchacho ha sido siempre obtuso como un trípode, ahora acaba de perder el poco juicio que le quedaba y necesito ayudarlo”.

Casi se le desorbitaron los ojos a Marco Aurelio al exclamar:

–           ¡¡¡Petronio!!!

–          Si no alcanzas a comprender que todo esto lo dije para la mayor seguridad de Alexandra, voy a creer que dije al César la verdad.

Marco Aurelio inclinó la cabeza y reconoció:

–           ¡Tienes razón! ¡Perdóname!

–          Convencí a Barba de Bronce de que un hombre de su temperamento artístico y estético, no podría considerar bonita a esa muchachita. Y Nerón, que hasta ahora solo mira las cosas a través de mis ojos, no encontrará belleza en ella. Y al no encontrarla, no la deseará. Era necesario que nos pusiéramos en guardia contra ese monstruo. Ahora no será él quien aprecie la hermosura de tu princesa parta, sino Popea. Y ésta se esforzará por despedirla cuanto antes del palacio. Además, dije a Enobarbo: “Haz venir a Alexandra y entrégasela a Marco Aurelio. Tú tienes el derecho de hacerlo porque ella es un rehén. Y así, tú la guardarás causando una gran pena a Publio.” Y él convino en esto con mayor satisfacción, pues mi consejo le dio la oportunidad de mortificar a personas honorables.

–           ¡Qué asco de hombre! Pero no voy a hablar mal de él, si gracias a eso me entrega a la mujer de mis sueños.

Petronio agregó con cinismo:

–           Este es el mundo en que vivimos. Quién no aprende a vivir en él, termina siendo devorado. Así pues, te harán custodio oficial de ese rehén en especial y pondrán en tus manos a ese tesoro parto. El César, para salvar las apariencias, la guardará por unos días en su casa y enseguida te la enviará. ¡Hombre afortunado!

Marco Aurelio no puede disimular su inquietud:

–           Entonces ¿Nada la amenaza en el Palatino?

–           Si tuviera que permanecer allí, Popea emplearía a Locusta, la hechicera que le proporciona a Nerón sus venenos. Pero tratándose tan solo de unos cuantos días, no hay peligro. Moran diez mil individuos en esa casa. El César quizá ni siquiera llegue a verla.

–           ¿Y qué piensas hacer mientras tanto?

–           Enobarbo ha dejado a mi exclusivo arbitrio todo el asunto. Hace un momento estuvo aquí el centurión que acaba de conducirla al palacio y la ha confiado al cuidado de Actea. Es una buena mujer y yo dispuse que le fuera entregada la rehén. Es evidente que Fabiola comparte mi opinión, pues le escribió una carta a Actea recomendándole a Alexandra.

Marco Aurelio no puede contener una exhalación de profundo alivio.

–           ¡¡¡Aaah!!! – Y pregunta ansioso- ¿Y luego qué vas a hacer? ¿Cuándo podré verla?

Petronio contesta complacido:

–           Mañana habrá fiesta en el Palatino y he pedido para ti, un asiento junto a esa joven.

–           Perdona Tito mi impaciencia. Creía que habías dado orden de llevarla para ti o para el César.

–           Puedo perdonar tu impaciencia, pero me cuesta más trabajo perdonar tus modales groseros, tus exclamaciones vulgares y tus gritos de estibador. Necesitas pulirte. ¿Cómo fuiste capaz de pensar eso de mí?

–           ¡Es que yo no sabía nada! ¡Pensé que tú también te habías enamorado de ella!…

Petronio aspira profundamente, antes de contestar:

–           Debes saber que Tigelino es el encargado de los lenocinios cesáreos y que si yo quisiera a esa joven para mí, ahora mismo y mirándote de frente te diría: “¡Marco Aurelio! Te quito a Alexandra y me voy a quedar con ella hasta que me harte”. -y dijo esto clavando en su sobrino sus ojos grises acerados, con una mirada insolente y fría.

El joven tribuno se anonadó por completo y dijo:

–          La falta es mía. Tú eres bueno y digno. Te lo agradezco con todo mi corazón. Solo dime: ¿Por qué no enviaste a Alexandra directamente a mi casa?

–           Porque el César desea guardar las apariencias. En toda Roma se hablará de esto y ella permanecerá en palacio hasta que se aplaquen los comentarios. Con todas las cosas que ha hecho Enobarbo, no es conveniente alborotar más a quienes ya lo odian y lo desprecian profundamente. Después la enviaremos sin ruido hasta tu casa y todo habrá terminado.

–           Tienes razón. Todavía hay comentarios por el regalo que hizo a Popea, cuando le mandó la cabeza de Octavia.

–           Barba de bronce es un canalla cobarde. Yo creo que matar a su padre, a su madre, a su hermano y a su esposa, es digno de un reyezuelo asiático como Herodes y no de un emperador romano. Sin embargo él, después de cometer estos asesinatos, se ha tomado el trabajo de escribir al senado cartas de justificación.

–           ¿Por qué? Se considera el Amo del Mundo y nadie se atreve a protestar por sus fechorías.

–           Nerón las ha escrito porque quiere salvar las apariencias.

Marco Aurelio mueve la cabeza con perplejidad:

–           No entiendo. ¿Por qué ese inútil esfuerzo de aparentar justicia en el crimen que se ha cometido y que se sabe que será impune?

Petronio contestó con indiferencia:

–           Yo creo que es porque el crimen es algo feo y repugnante, en tanto que la virtud es siempre noble y bella. El verdadero esteta es por lo tanto, un hombre virtuoso. ¡Admírame!

Pero Marco Aurelio, como hombre realista que es, no quiso filosofar y contestó:

–           ¡Mañana veré a mi Alexandra y lo más pronto posible la tendré en mi casa todos los días, junto a mí; hasta la muerte!

Petronio replicó:

–          Tú tendrás a Alexandra para amarla y yo tendré a Publio Quintiliano sobre mi cabeza, como la espada de Damocles… Porque a mí me culpará y será mi enemigo para siempre… Estoy seguro de que él invocará en su auxilio y contra mí, la venganza de todas las divinidades, pidiendo que yo sufra la más espantosa de las muertes…

Marco Aurelio lo interrumpió:

–           Publio estuvo en mi casa. He prometido darle noticias de Alexandra.

–          Le quité Alexandra para dártela, porque te quiero como si fueras mi hijo. Escríbele que el deseo del divino César es la suprema ley y que a tu primer hijo le pondrás por nombre Publio. Es necesario dar algún consuelo a ese pobre viejo.

Y Marco Aurelio se puso a escribir la carta que le hará perder al general hasta el último resto de su esperanza…

Más tarde, cuando estaban en el triclinium, Petronio entregó a Marco Aurelio un hermoso tubo de plata labrada que contiene unos rollos. Y le dijo:

–           He aquí un obsequio para ti.

Marco Aurelio lo toma y lee el título:

–          “SATYRICÓN” (Sátiras). ¡Muchas Gracias Petronio!

Se siente muy feliz  y una sonrisa  luminosa vuelve a dibujarse en su semblante. Luego mira a Petronio con curiosidad y  pregunta:

–           ¿Es una obra nueva?

–           Acabo de terminarla.

Marco Aurelio hojea el manuscrito como a la mitad, lo lee un poco y dice:

–          Tú has dicho que no escribes versos. Pero aquí veo que la prosa alterna con ellos.

Petronio le responde:

–           Cuando la leas fija tu atención en la “Fiesta de Trimalquión”. En cuanto a los versos, eran necesarios. Pero me han hastiado desde que he tenido que soportar a Nerón escribiendo un poema épico.

Incapaz de contener su entusiasmo, Marco Aurelio exclama:

–           Lo poco que leí me encantó. Promete ser un libro muy interesante. Pero todo lo que escribes es genial, ya lo sé. Una vez más, muchas gracias, Petronio; yo también te amo como si fueras mi padre.

Petronio sonrió complacido y dijo:

–           Me alegro mucho que te guste. Y también yo sé que lo disfrutarás.

Marco Aurelio suspiró ruidosamente antes de preguntar:

–          ¿Me ayudarás a preparar todo para recibir a Alexandra en mi casa?

–           ¿Qué quieres hacer?

–           Verás…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA