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171.- EL ZAFORÍM


1-aurora- boreal

Por la noche, Jesús está solo en la caverna. La hoguera alumbra y alienta esparciendo un fuerte olor a resinas. Afuera se oye el estrépito de un aguacero envuelto por la luz incierta del amanecer lluvioso…

Hay un ruido de pasos y luego se recorta en la entrada, la figura de un hombre que chorrea agua por todas partes…

Y suspira aliviado, mientras monologa consigo mismo:

–                       ¡Hum! Estoy mojado hasta los huesos. ¡El lugar no está mal! ¿Quién habrá encendido la hoguera? Algún desafortunado como yo. ¿No habrá ladrones?…  Samuel eres un tonto…  ¿Qué pueden quitarme si no tengo un céntimo? ¡Son unos malditos! Hasta perdí la bolsa. Me dijeron: ‘Es el camino más seguro’ pero como ellos no caminan en él. ¡Bueno! ¡No importa! Este fuego vale más que un tesoro. Si tuviese unas cuantas ramas para reavivarlo, me quitaría los vestidos para secarlos…

Jesús dice sin moverse de su lugar.

–                       Si quieres ramas amigo… Aquí hay.

El hombre que estaba de espaldas a Jesús, se estremece al oír sus palabras y se voltea espantado.

Tratando de ver al que le habló, pregunta:

–                       ¿Quién eres?

Jesús contesta:

–                       Un viajero como tú. Yo prendí el fuego y me alegro que te sirviera de guía. Reaviva la llama, antes de que todo sea ceniza… No tengo yesca, ni eslabón. Porque quién me las prestó, ya se fue.

Jesús se acerca con un manojo de ramas y las deja cerca del fuego. Aunque habla con tono amigable, regresa a su rincón envuelto en su manto.

Samuel se inclina a soplar con todas sus fuerzas, hasta que la llama se levanta otra vez. Echa ramas más gruesas, alimentando la hoguera.

1-fogata-en-el-bosque

Luego se quita la ropa mojada y dice fastidiado:

–                       ¡Maldito viaje! Se desplomó una pendiente y me vi arrastrado por lodo y agua. Para salvarme dejé escapar la bolsa. ¡Mira! Mi vestido está roto. Si por lo menos hubiera traspasado el sábado.

Jesús extiende el brazo ofreciendole su propia vestidura y dice:

–                       Ten mi vestido. Está seco y caliente. A Mí me basta con el manto. Tómalo. Estoy sano. No tengas miedo.

–                       Y eres bueno. ¿Cómo podré agradecértelo?

–                       Queriéndome como a un hermano.

–                       ¡Queriéndote como a un hermano! Tú no sabes quién soy. Si fuese un malvado, querrías que te amase.

–                       Para hacerte bueno.

El hombre tiene más o menos la edad de Jesús. Toma el vestido que Jesús le pasó, se lo pone y se queda pensativo…

Jesús pregunta:

–                       ¿Cuándo comiste?

Samuel contesta:

–                       Ayer. No alcancé a llegar al valle. Y perdí el camino, la bolsa y el dinero.

–                       Ten. Me sobró un poco. Era lo que tenía para mañana. Pero ten. A mí no me pesa el ayuno.

–                       Si debes caminar, necesitarás fortalecerte.

–                       ¡Oh! No voy muy lejos. Solo a Efraím.

–                       Eres samaritano.

–                       ¿Te desagrada?… No soy samaritano.

–                       ¿Quién eres? ¿Por qué no te descubres? ¿Acaso eres un criminal? No te denunciaré.

–                       Soy un viajero. Mi Nombre te diría poco o mucho… No tengo nada que me obligue a estar oculto. Y con todo me denunciarías, porque dentro de tu corazón hay algo que no está bien… Los malos pensamientos son raíz de acciones malas.

El hombre se estremece y va a donde está Jesús, que le ofrece un envoltorio que le había dejado Mannaém.

Samuel lo toma y se queda reflexionando…

Jesús le dice:

–                       Come amigo.

El viajero regresa a la hoguera. Come despacio sin hablar. Está pensativo. La carne asada lo pone de buen humor.

Jesús parece dormir.

El viajero mira al Desconocido que se ha portado de manera tan noble. Luego de un rato…

Samuel pregunta:

–                       ¿Duermes?

Jesús contesta:

–                       No. Pienso y oro…

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–                       ¿Por quién?

–                       Por todos los infelices. ¡Y son tantos!

–                       ¿Eres un Penitente?

–                       Lo soy. La Tierra tiene mucha necesidad de Penitencia para que los débiles puedan tener fuerzas, para resistir a Satanás.

–                       Dijiste bien. Hablas como un Rabí. Lo comprendo porque soy un zaforim. (Escriba) Estoy con el rabí Jonathás ben Uziel. Soy su discípulo predilecto… Y ahora, si el Altísimo me ayuda me amará mucho más y todo Israel alabará mi nombre…

Jesús no replica.

Pasa el tiempo…

Samuel vuelve a preguntar:

–                       Dijiste que vas a Efraím. ¿Vives ahí?

–                       Vivo allí.

–                       Pero no eres samaritano.

–                       No lo soy.

–                       Dicen que ahí se ha refugiado el Rabí de Nazareth. El maldito. El proscrito. ¿Es verdad?…

–                       Así es. Jesús el Mesías del Señor, está ahí.

Samuel exclama lleno de Odio:

–                       ¡No es el Mesías del Señor! ¡Es un mentiroso! ¡Blasfemo! ¡Demonio! ¡es la causa de nuestras desgracias! 

–                       ¿Te ha hecho algún mal, para que aún con la voz lo odies?

–                       A mí no. Una vez lo vi en la Fiesta de los Tabernáculos. Hace poco tiempo que estoy en el Templo; pero desde antes soy discípulo de Jonathás ben Uziel. Me pareció oír un reproche en tu voz. ¿Eres acaso un seguidor del Nazareno?

–                       No. Pero cualquiera que sea justo, condena el odio.

–                       El odio es justo, cuando se odia a un enemigo de Dios o de la patria. Y eso es el Rabí Nazareno. Es cosa santa el combatirlo y odiarlo.

–                       ¿Combatir al hombre? ¿O la Idea que representa y la Doctrina que sostiene?

–                       Da lo mismo. No se puede combatir una cosa, si no se ataca la otra. En el hombre existe su doctrina y su idea. O se destruye todo o no se hace nada. Cuando se acepta una idea, se acepta también a quién la propaga. Lo sé por experiencia propia. Las ideas de mi maestro son mías. Sus deseos son ley para mí.

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–                       De veras eres un buen discípulo. Pero conviene distinguir si el maestro es bueno. Y solo en este caso, seguirlo…  Porque no es lícito perder la propia alma, por amor a un hombre.

–                       Jonathás ben Uziel es un buen hombre.

–                       No. No lo es.

–                       ¿Qué dices? ¿A mí me lo dices?  Estamos solos. Puedo matarte porque has ofendido a mi maestro. Soy fuerte.

–                       No tengo miedo. No tengo miedo a la violencia…  No te tengo miedo y no me opondré.

–                       Comprendo. Eres un discípulo del Rabí. Un apóstol…  Así llama Él a sus discípulos más fieles…  ¿Vas a juntarte con ellos? El que estuvo contigo antes, era igual a ti y ahora esperas a otro semejante.

–                       Espero a alguien. Es verdad.

–                       ¿Al Rabí?

–                       Estoy a la espera de un alma envenenada, que delira y quiero curarla.

–                       ¡Eres un apóstol! Sabemos que los envía, porque Él tiene miedo de salir, desde que el Sanedrín lo condenó. Por eso piensas como Él. Su Doctrina es no reaccionar contra quién ofende.

–                       Su Doctrina enseña el amor, el perdón, la justicia, la bondad. Ama a los enemigos, como si fuesen sus amigos; porque todo lo ve en Dios.

–                       Si yo lo encuentro, no me amará. ¡Sería un necio! Pero no puedo hablar contigo porque eres su apóstol. Lamento haberlo dicho. Se lo comunicarás…

–                       No es necesario. Te aseguro que Él te ama, no obstante que vayas a  Efraím  para entregarlo al Sanedrín, que ha prometido una gran recompensa a quién lo haga.

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Samuel se alarma y pregunta:

–                       ¿Eres profeta? ¿Te comunicó su poder? ¿También tú eres un maldito? Acepté tu vestido y el pan que me diste, has sido un buen amigo. Y sería injusto hacerte algún mal. Pero no perdonaré a tu Rabí, porque no lo conozco. Y ciertamente no me ha hecho ni bien, ni mal.

–                       ¡Insensato! ¿Cómo puedes respetar el sábado, si no respetas el precepto de no matar?

–                       Yo no mato.

–                       No hay diferencia entre quién mata y quien pone a su víctima en manos del asesino. Engañosamente, por un puño de dinero, por un poco de honor; al traicionar a un Inocente, te prestaste a un crimen…

Samuel corrobora:

–                       No lo hago solo por dinero y honor. Sino para agradar a Yeové y salvar a la patria. Quiero hacer lo que hicieron Yael y Judith… -su fanatismo le brota por todas partes…

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–                       Sísara y Holofernes eran enemigos de nuestra patria. La habían invadido. Eran crueles. ¿Pero qué es el Rabí de Nazareth? ¿A qué país invade? ¿Qué usurpa? Es pobre y no quiere riquezas. Es humilde y no quiere honores. Es bueno con todos. Son millares los que han recibido beneficios de su mano. ¿Por qué lo odias?…  ¿Por qué lo odias?Jesús repite esta última frase muy despacio y haciendo un énfasis muy especial.

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Luego prosigue:

No te es lícito hacer daño a tu prójimo. Obedece al Sanedrín… Pero ¿Será el Sanedrín el que te juzgará en la otra vida o Dios? Y ¿Cómo te juzgará? No digo cómo te juzgará porque mataste al Mesías; sino cómo te juzgará porque mataste a un inocente.

Tú no crees que el Rabí de Nazareth sea el Mesías y por eso no se te imputará tal crimen. Pero Dios te culpará de haber matado a un inocente, porque sabes que lo es…

Te han envenenado el corazón. Te han embriagado de Odio. Pero no lo estás tanto que no comprendas que Él es Inocente. Sus obras hablan a su favor. Vuestro miedo es lo que os empuja a ver lo que no existe. No hay razón de que temáis que os suplante.

Os abre los brazos y os llama hermanos. No os maldice. Tan solo quiere salvaros. Porque sabéis y sabiendo, pecáis… ¿Puedes acusarlo? ¿Lo has visto faltar a la Ley; faltar al respeto a Sanedrín o cometer algún pecado? ¡Habla!…

Por obedecer al veredicto del Sanedrín, es ahora un proscrito.

Él podría lanzar un grito y toda Palestina lo seguiría, para marchar contra unos cuantos que lo odian. Sin embargo aconseja a sus discípulos el perdón y la paz. Podría, porque el Cielo y el Infierno le están sujetos…

1Tissot (2)

Podría fulminaros con la Ira divina y librarse así de sus enemigos. Sin embargo el ruega por vosotros. Cura a vuestros familiares, cura vuestros corazones. Os da pan, vestido, fuego. Yo soy Jesús de Nazareth, el Mesías. El que buscas para obtener la recompensa y los honores de Libertador de Israel prometidos por el Sanedrín.

Yo soy Jesús de Nazareth el Mesías. Aquí estoy. Aprehéndeme. Como Maestro y como Hijo de Dios, te declaro libre y absuelto de la obligación de no levantar la mano contra quién te ha hecho el bien.

Jesús se ha puesto de pie, echándose el capucho del manto para atrás. Extiende las manos como para ser apresado y atado. Se ve más delgado… Pues solo trae la túnica interior corta, que lo deja en paños menores…  Y el manto que le cae por la espalda. Sus ojos están clavados en la cara de su perseguidor…

Las llamas de la hoguera parecen poner chispas de fuego en sus cabellos e iluminan sus ojos de zafiro. Su actitud infunde más respeto y reverencia, que si estuviese rodeado de un ejército para defenderlo.

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Samuel lo mira fascinado… Paralizado de estupor…

Se han abierto sus ojos espirituales y puede contemplar a Jesús con toda su impactante majestad, de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad…

La sublime humanidad del Dios-Hombre y la increíble Divinidad del Santo de los santos que los sacerdotes adoran en Lugar Santísimo del Templo de Jerusalén, se encuentran sin el Velo de púrpura y escarlata, con los querubines bordados en oro…  Con toda su divina grandeza, ante el despavorido zaforím…

1velo-templo

La persona humana del Hijo del hombre y la Persona Divina del Hijo de Dios, están en todo su esplendor ante el zaforím-escriba y futuro sacerdote,  que  ha llegado hasta ahí y está más que dispuesto a sacrificarlo…

Samuel tiene ante sus ojos, lo que ningún otro ser humano fuera de la Virgen María, ha contemplado jamás…

1levitas

Después de algunos larguísimos y al mismo tiempo, cortos instantes…

Samuel solo atina a murmurar:

–                       ¡Tú! ¡Tú! ¡Tú!

Jesús insiste:

–                       Aprehéndeme. Quita aquella inútil cuerda en la que están secándose tus vestidos y átame con ella. Te seguiré como el cordero al matador. No te odiaré porque me lleves a la muerte. Para ti soy culpable de todos los crímenes y obedeces a la justicia, acabando con un malhechor. Para ti, soy la ruina de Israel y crees salvarlo, matándome…

¿Quieres inmolarme aquí? Allí está el cuchillo con el que partí el pan. Tómalo. Lo que emplee por amor a mi prójimo, puede ser el cuchillo que me sacrifique. Mi carne no es más resistente que la del cordero asado, que mi amigo me dio para calmar mi hambre. Y que Yo te he dado a ti, mi enemigo…

¿Temes a las patrullas romanas? Ellas arrestan al que mata a un Inocente y no permiten que nos hagamos justicia, porque somos súbditos y ellos los dominadores. Por eso no te atreves a matarme, cargando mi cadáver para que lo muestres y ganes el premio.

Bueno…  Déjalo aquí y avisa a tus jefes. Porque tú no eres un discípulo, sino un esclavo. Porque has renunciado a la soberana libertad de pensamiento y voluntad que Dios ha dado a los hombres. Y tú obedeces ciegamente a tus jefes…  Hasta el crimen.

1J-elquias

Pero no eres culpable. Estás ‘envenenado’. Yo esperaba a tu alma envenenada… ¡Ea! La noche y el lugar son propicios, para el crimen. Digo mal. Para la Redención de Israel. ¡Oh, pobre hombre! Dices palabras proféticas sin saberlo. Mi muerte será realmente Redención. Y no solo de Israel, sino de todos los hombres. Vine para ser inmolado…  Ardo en deseos de ser el Salvador de todos…

Tú zaforim del docto Jonathás ben Uziel, conoces a Isaías. El Hombre de Dolores está delante de ti. Si no parezco el que vio David, con los huesos descubiertos. Si no soy como el leproso que vio Isaías, es porque no ves mi corazón. Soy todo una llaga…  La falta de amor, el Odio, la dureza, vuestra injusticia. Me han herido todo y despedazado…

¿No tenía acaso oculto mi rostro mientras me ofendías por lo que realmente Soy: el Verbo de Dios?…

1-judith-and-holofernes-

¡Ea! ¡Pega!… No tengo miedo, ni tú tampoco debes tenerlo. Porque soy inocente y no tengo miedo al Juicio de Dios. Al extender mi cuello al cuchillo hago que se cumpla la Voluntad de Dios. Anticipando un poco mi hora, en bien vuestro…

¡No tengas miedo! ¡No invoco sobre ti el castigo de Caín! Ruego por tu bien. Te amo. ¿Tu mano no me alcanza porque soy muy alto? Es verdad… El hombre no podría dar el golpe final a Dios; si Dios se pusiese voluntariamente en sus manos…  Pues bien. Me arrodillo ante ti. El Hijo del Hombre está a tus pies. ¡Pega!…

Jesús se arrodilla y extiende el cuchillo a su perseguidor, que retrocede pasmadísimo…

Samuel lo mira atolondrado…

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Y murmurando:

–                       ¡No! ¡No!

Jesús pregunta:

–                       ¿Por qué te alejas? ¿No quieres ver cómo muere un Dios?

Samuel mueve las manos y suplica:

–                       ¡No me mires! ¡No me mires! ¿A dónde huiré para no ver tu mirada?

–                       ¿Qué no quieres ver?

Samuel no puede comprender cómo Jesús, al que está viendo transfigurado en Dios, pueda hablarle con esa mansedumbre y esa humildad… Arrodillado y ofreciéndose para que sea consumado el crimen… Sus ojos se agrandan con dolor…

Y Samuel exclama:

–                       A Tí… No quiero ver mi crimen. ¡Es verdad que mi pecado está ante mis ojos! ¿A dónde…? ¿A dónde huir?   -el hombre está aterrorizado.

Jesús abre los brazos con una tiernísima invitación:

–                       ¡A mi Corazón, hijo! ¡Entre mis brazos se acaban las pesadillas, los temores! Sólo hay paz.  ¡Ven, ven! ¡Hazme feliz!

Jesús se ha puesto de pie y extiende sus brazos.

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El hombre cae de rodillas, cubriéndose la cara y gritando:

–                       ¡Piedad de mí! ¡Oh, Dios! ¡Piedad de mí! ¡Borra mi pecado! ¡Quería matar a tu Mesías! ¡Piedad! ¡Ah! ¡No puede haber piedad, para un crimen semejante! ¡Estoy condenado! ¡Piedad! ¡Oh! ¡Malditos!…

Llora amargamente con el rostro pegado a la tierra.

Jesús va hacia el hombre. Se inclina y lo toca en la cabeza.

–                       No maldigas a los que te echaron a perder. Te hicieron el más grande favor: El de que Yo te hablase. El de que te tuviese entre mis brazos.

Jesús lo toma por la espalda, lo levanta. Se sienta en tierra estrechándolo hacia Sí…

El zaforim cae de rodillas con un llanto desgarrador…

Jesús lo acaricia esperando que se calme.

El Zaforim levanta su cabeza, con la cara cambiada y…

Gime con adoración:

–                       ¡Oh Altísimo Señor!…  ¡Tú Perdón!…

Jesús se inclina y lo besa en la frente.

1sag-cor

El hombre recarga su cabeza sobre el hombro de Jesús, estremecido por los sollozos. Quiere contar como lo sugestionaron para cometer el crimen, pero Jesús se lo prohíbe diciendo:

–                       ¡Cállate! ¡Cállate! Cuando entraste, te conocí por lo que eras. Y por lo que querías hacer. Pude haberme alejado y huir. Me quedé para salvarte. Ya lo estás. El pasado ha muerto. No lo recuerdes más.

–                       Pero, ¿Confías tan fácilmente en mí? ¿Y si volviese al pecado?

–                       No. No volverás al pecado. Lo sé. Estás curado.

–                       Lo estoy. Pero ellos son astutos. No me devuelvas a ellos.

–                       ¿Adónde quieres ir que no estén?

–                       Contigo. A Efraím… Si ves mi corazón, verás que no es un lazo el que te tiendo; sino una súplica para que me protejas…

–                       Lo sé. Ven. Pero te advierto que allá está Judas de Keriot; vendido al Sanedrín y traidor del Mesías. 

1judas

El hombre exclama con un estupor sin límites:

–                       ¡Divina Misericordia! ¿También esto lo sabes?

–                       Sé todo. El cree que no lo sé. Pero conozco todo…  Y sé también que estás en tal forma convertido que no hablarás con Judas, ni con ningún otro sobre esto. Piensa bien que si Judas es capaz de traicionar a su Maestro, ¿Qué no te podrá hacer a ti?…

El hombre piensa mucho… Calibra todo  lo que va a perder por unirse al Mesías y como también se convertirá en un perseguido por el Sanedrín  y lo que eso significa… Finalmente se decide…

Samuel contesta:

–                       ¡No importa! ¡Judas fue zaforim de Sadoc y ahora es gran amigo de los grandes de Sión! ¡Realmente puede hacer mucho daño!…

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Si no me despides, me quedo contigo. Por lo menos algún tiempo, hasta que te reúnas con tus discípulos. Me uniré a ellos. ¡Oh! ¡Si es verdad que me has perdonado, no me arrojes!…

–                       No te arrojo. Esperaremos a que amanezca. Y luego iremos a Efraím. Diremos que la casualidad nos juntó y que tú viniste a estar con nosotros. Es la verdad.

–                       Sí. Entonces mis vestidos estarán secos y te devolveré los tuyos.

–                       No. Deja esos vestidos que son un símbolo. Tú eres el hombre que se despoja de su pasado y viste ropa nueva. Deja esos vestidos que estuvieron en contacto de sepulcros llenos de asquerosidad. Vive ahora para gloria tuya: la de servir a Dios con justicia y poseerlo en la eternidad…

El silencio reina, porque el hombre cansado se duerme, con la cabeza reclinada sobre el hombro de Jesús, que sigue orando.

Por la mañana llegan ante la casa de María de Jacob.

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Pedro corre a su encuentro y abraza a Jesús:

–                       ¡Maestro bendito! ¡Qué sábado tan triste me has hecho pasar! No me decidía a partir sin volver a verte.

Jesús lo besa, sin quitarse el manto.

Los otros también han acudido.

Judas de Keriot mira asombrado al extraño que acompaña al Maestro y…

Judas grita:

–                       ¡Tú, Samuel!

Samuel responde con voz clara y firme:

–                       Yo. El Reino de Dios está abierto a todos. Ya entré en él…

Judas ríe de una manera muy rara que sorprende a los que lo rodean, pero no replica.

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Todos miran al recién llegado y Pedro pregunta:

–                       ¿Quién es?

Jesús contesta:

–                       Un nuevo discípulo. La casualidad hizo que nos encontráramos. Esto es: Dios lo quiso. Y el Padre me ordenó que lo tomase conmigo y quiero que hagáis lo mismo. Y como hay una gran fiesta cuando alguien entra en el Reino de los Cielos; deponed alforjas y mantos. Y estemos juntos hasta mañana.

1dios-padre

Judas vuelve a reír del mismo modo extraño…

Jesús lo mira…

Los demás se acercan al nuevo discípulo, se presentan ante él y le dan el saludo de paz.

1Tissot (1)

 

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

 

110.- LA PASCUA DE SANGRE


Sabea del Carmelo se calla por un momento…

Y para consternación de los escribas, fariseos y saduceos, que insisten ante Jesús para que la exorcice del implacable espíritu profético que los está avasallando… Ella parece haber hecho una pausa, únicamente para continuar con más fuerza           …

Y da un grito que hace estremecer:

–      ¡Horror! La Voz da luz. La luz da vista… ¡Horror! ¡Yo veo!…

Su grito parece un aullido. Se retuerce como si estuviera viendo un horrible espectáculo, que le torturase el corazón y se rehusara a verlo. De la espalda se le cae el manto. Le queda solo la vestidura marfileña, que tiene por fondo el negro tronco.

A la luz del crepúsculo agonizante, su cara adquiere un aspecto trágico e imponente. Su rostro está esculpido por el dolor.

Se retuerce las manos mientras repite llorando:

–          ¡Veo! ¡Veo! Veo los crímenes de este Pueblo mío. Soy impotente para detenerlos. Veo el corazón de mis compatriotas y no lo puedo cambiar. ¡Horror! ¡Horror! Satanás ha abandonado sus lugares y ha venido a vivir a su corazón.

Los escribas ordenan a Jesús:

–                       ¡Hazla callar!

Jesús contesta:

–                       Prometisteis que la dejaríais hablar…

La mujer continúa:

–                       ¡Inclínate a tierra, al lodo! ¡Oh, Israel! ¡Que todavía sabes amar al Señor! Cúbrete de ceniza. Vístete de cilicio. ¡Por ti! ¡Por ellos! ¡Jerusalén, Jerusalén! ¡Sálvate! Veo a una ciudad que en tumulto, va a cometer un crimen.

¡Oigo! ¡Oigo los gritos de los que con odio invocan su sangre sobre sí! Veo levantar la Víctima en la Pascua de Sangre.

Y que corre esa Sangre. Y que esa Sangre grita, más que la sangre de Abel.

Mientras se abren los cielos, la Tierra se sacude y el sol se oscurece. ¡Esa Sangre no pide venganza, sino piedad por su Pueblo Asesino! ¡Piedad por nosotros!…

¡Jerusalén, conviértete! ¡Esa Sangre…! ¡Esa Sangre…! ¡Un río…! ¡Un río que lava el mundo curándolo de todos los males; borrando toda Culpa!…

¡Pero para nosotros…!

¡Para nosotros de Israel, esa Sangre es Fuego!… Para nosotros es un cincel que escribe sobre los hijos de Jacob, el nombre de los Deicidas y la Maldición de Dios… ¡Jerusalén, ten piedad de ti misma y de nosotros!

Los escribas gritan.

–                       ¡Hazla callar! ¡Te lo ordenamos!

Mientras la mujer solloza cubriéndose la cara.

Jesús dice:

–                       No puedo imponer silencio a la verdad.

Los escribas acosan a Jesús:

–                       Ciertamente es una loca que delira.

–                       ¿Qué Maestro eres si tomas por verdad, las palabras de una demente?

–                       ¿Qué Mesías eres si no sabes hacer callar a una mujer?

–                       ¿Qué Profeta eres si no sabes poner en fuga al demonio? ¡Y otras veces lo has hecho!

–                       Lo ha hecho, sí. Pero ahora no le conviene. Es todo un juego preparado para atemorizar a las turbas.

Jesús responde:

–                       ¿Habría Yo escogido esta hora? ¿Este lugar? ¡Este puñado de hombres!… Cuando podría haberlo hecho en Jericó, cuando me han seguido cinco mil y tal vez más de cinco mil personas. Y me han circundado, ¿Cuando el recinto del Templo ha sido estrecho, para dar cabida a todos los que querían oírme?

¿Puede el demonio decir palabras sabias? ¿Quién de vosotros, con el corazón en la mano, puede afirmar que de los labios de ella ha brotado algún error? ¿No resuenan en sus labios femeninos las terribles palabras de los Profetas? ¿No percibís el alarido de Jeremías y el llanto de Isaías y de los otros profetas?

¿No percibís la Voz de Dios a través de esta mujer?

La Voz que quiere ser oída, para vuestro bien? No me escucháis a Mí. Podéis pensar que hablo en mi favor. Pero ésta que me es desconocida, ¿Qué favor puede esperar de estas palabras? No recogerá más que vuestro desprecio.

Vuestras amenazas; tal vez vuestra venganza. ¡NO! ¡Que no le impongo silencio! Antes bien; para que estos pocos la oigan… Y para que vosotros podáis así enmendaros, le ordeno: ¡Habla! ¡Habla te lo digo, en el Nombre del Señor!…

Es Jesús ahora el que parece majestuoso. Es el Mesías de las horas del Milagro. Con sus grandes ojos magnéticos; en los que una chispa de azul desprendida de la hoguera que está entre ella y Él, hace más brillantes.

La mujer por el contrario, oprimida por el Dolor, causa menor impresión. Sigue con la cabeza inclinada. Con la cara cubierta por sus manos, sobre las que caen sus negros cabellos, que se han soltado y que tanto delante como en la espalda; parecen como un velo de luto sobre su vestido blanco.

Jesús insiste:

–                       ¡Habla, te lo ordeno! Tus palabras de dolor no dejan de tener su fruto. Sabea de la estirpe de Aarón, ¡Habla!…

La mujer obedece:

–                       ¡Oh, Jordán; sagrado río de nuestros padres! Eres un río de paz y conoces muchos dolores. ¡Oh, Jordán que en las negras horas de tempestad, sobre tus crecidas aguas, algunas veces el tierno arbusto en que había un nido; lo arrastras vertiginoso hacia el abismo mortal del mar salado y no tiene piedad del par de pajarillos que sigue con su vuelo piando de dolor, su nido que has destruido!

De igual modo verás, ¡Oh, sagrado Jordán!  Azotado por la Ira Divina.

 

Arrancado de sus casas, de su altar; caminar a la ruina, sumergiéndose en la muerte más espantosa; al Pueblo que no quiso al Mesías. Pueblo mío, ¡Sálvate! ¡Cree en tu Señor! ¡Sigue a tu Mesías! Reconócelo por lo que Es. No es Rey de pueblos y de ejércitos. ¡Es Rey de almas!

De tus almas. De todas las almas. Descendió a reunir a las almas justas. ¡Y volverá a subir para conducirlas al Reino Eterno! ¡Vosotros que todavía podéis amar, estrechaos al Santo! ¡Vosotros a quienes os preocupa el destino de la patria, uníos al Salvador!

¡Que no perezca toda la descendencia de Abraham! ¡Huid de los falsos profetas, de bocas mentirosas y de corazones de rapiña, que tratan de apartaros de la Salvación! Salid de las Tinieblas que se alzan a vuestro alrededor. ¡Escuchad la Voz de Dios!

Los grandes a quienes hoy teméis; son ya polvo en el Decreto de Dios. Uno solo es el Viviente.

Los lugares donde mandan y desde donde oprimen, son ya ruinas. Uno solo perdura.

Jerusalén, ¿Dónde están los orgullosos hijos de Sión de los que te glorías? ¡Míralos! ¡Oprimidos, encadenados caminan hacia el destierro! Por entre los escombros de tus  palacios; entre el hedor de los muertos que degolló la espada, que mató el hambre.

¡El furor de Dios se abate sobre Ti! ¡Oh, Jerusalén que rechazas a tu Mesías! Le golpeas en el Rostro, en el corazón. Toda la hermosura que había en Ti, se ha marchitado. Muerta está para ti toda esperanza. Profanados están el Templo y el altar…

Los escribas gritan:

–                       ¡Hazla callar! ¡Blasfema! Te decimos que la hagas callar…

Sabea:

–                                   … arrancado el Efod. No sirve más…

Sadoc insiste:

–                       ¡Tú eres culpable si no le impones silencio!

Sabea continúa:

–                       …porque no reina más. Hay otro Pontífice Eterno. Es Santo. Dios lo ha enviado como Rey-Sacerdote para siempre. Lo envió quien toma las injurias hechas al Mesías por suyas y las venga. Otro Pontífice; el Verdadero; el Santo, Ungido de Dios.

Y por su Sacrificio, en lugar de aquel en cuya frente la tiara es una deshonra, porque cobija pensamientos criminales…

–                       ¡Cállate, maldita! ¡Cállate o te golpeamos!

Los escribas la maldicen atrozmente, pero ella parece no oír.

El pueblo se arremolina:

–                       Dejadla hablar, vosotros locuaces. Dice la verdad. Así es. No hay más santidad entre vosotros. Uno solo es el Santo y vosotros lo maltratáis.

Los escribas opinan que es mejor callarse.

La mujer continúa con su voz cansada y dolorosa:

–                       Había venido para traernos la Paz y lo combatiste. La salud y te burlaste de Él. El amor y lo odiaste. Milagros y has dicho que eran del demonio. Sus manos curaron tus enfermos y tú se las perforaste. Te trajo la Luz y lo cubriste con salivazos y con suciedades en su Rostro. Te trajo la Vida y le diste la muerte.

¡Llora tu error Israel! Y no impreques al Señor cuando vayas al destierro que no tendrá fin, como en otro tiempo. ¡Oh, Israel!… ¡Recorrerás toda la tierra, como un pueblo vencido y maldito; perseguido por la Voz de Dios y con las mismas palabras que se dijeron a Caín!

 

No podrás reconstruir un nido sólido, sino hasta que reconozcas junto con los otros pueblos, que éste es Jesús, el Mesías, el Señor, el hijo del Señor…

La voz de Sabea se apaga envuelta por el dolor y la fatiga. Parece como si agonizara. Pero aún no ha terminado.

Se reanima a una última orden:

–                     ¡A tierra, Pueblo que todavía sabes amar! ¡Cúbrete de ceniza! ¡Vístete de cilicio! ¡El Furor de Dios está suspendido sobre vosotros, como una nube preñada de granizo y rayos, sobre un campo maldito!

La mujer cae de rodillas con los brazos extendidos hacia Jesús y grita:

–                       ¡Paz, Paz! ¡Oh, Rey de Justicia! ¡Paz!, ¡Oh, Adonaí Grande y Poderoso a quién ni siquiera el Padre resiste! ¡Por tu Nombre! ¡Oh, Jesús Salvador y Mesías Redentor! ¡Rey, Dios tres veces Santo; alcánzanos la Paz!

Y se tira sacudida por los sollozos, con la cara sobre la hierba.

Los escribas rodean a Jesús.

Lo llevan aparte, lejos de los demás y con voz amenazante le dicen:

–                       Lo menos que puedes hacer, es curarla. Porque si en verdad quieres decir que no está poseída por un demonio, no puedes negar que sea una enferma.

Sadoc insinúa:

–                       ¡Mujeres!… y mujeres sacrificadas por el destino. Su vitalidad debe mostrarse por cualquier parte. Y divagan. Y dicen cosas irreales sobre todo a Ti, que eres joven y muy bello…

Jesús increpa:

–                       ¡Cállate, boca de serpiente! Tú mismo no crees en lo que dices.

Jesús lo ha ordenado con tal fuerza, que le corta las palabras en los labios del escriba flaco y narigudo que al principio se había burlado de la mujer como de una falsa profetiza.

El escriba que fue a encontrarlo en el camino y  le hizo la propuesta a Jesús, se dirige al escriba que lo ha insultado:

–                       No ofendamos al Maestro, Sadoc. Lo elegimos por Juez de un caso que no podíamos resolver.

–                       Los demás lo atacan al punto:

–                       ¡Cállate Yoel, llamado Alamot hijo de Abdías! ¡Sólo un mal nacido como tú, puedes decir esas palabras!

El escriba se pone rojo por la ofensa, pero se domina y con dignidad responde:

–                       Si mi nacimiento no puede aceptarse, eso no quita que mi inteligencia sea clara antes bien; el prohibirme muchos placeres, me ha hecho un hombre de sabiduría. Si fuerais santos no me humillaríais. Sino respetaríais al sabio.

Sadoc dice:

–                       ¡Bueno! Hablemos de lo que nos preocupa. Maestro, tienes obligación de curarla. Porque con su delirio espanta a la gente y ofende al sacerdocio, a los fariseos y a nosotros.

Jesús pregunta dulcemente:

–                       Si os hubiera alabado, ¿Me diríais que la curase?

Sadoc replica:

–                       No. Porque haría que la gente nos respetase. Este pueblo de cabrones que nos odia en su corazón y se befa de nosotros cuando puede. – sin percatarse de la trampa.

Jesús pregunta otra vez con dulzura:

–                       ¿Pero no continuaría siendo una enferma? ¿No debería curarla?

Parece un estudiante que preguntase al profesor lo que debe hacer.

Los escribas están tan cegados por la ira, que no comprenden que se están descubriendo…

–                       En tal caso, no. ¡Más bien tendrías que dejarla que delirase!  Hacer todo lo posible para que la gente le creyese profetisa. ¡Honrarla! ¡Señalarla!

–                       ¿Y si no fuesen cosas verdaderas?

–                       ¡Oh, Maestro! Si quita lo que dice contra nosotros, lo demás serviría de mucho para levantar el orgullo de Israel contra el romano. A sujetar el orgullo del pueblo contra nosotros.

Jesús replica secamente:

–                       Pero no se le puede intimar: ‘Habla de este modo’  Ni tampoco, ‘No digas esto…’

–                       ¿Y por qué no?

–                       Porque el que delira habla sin saber lo que dice.

Varios escribas dicen:

–                       ¡Con dinero y alguna que otra amenaza!…

–                       ¡Se podría obtener todo!

–                       También así se comportaban los profetas…

Jesús pregunta perplejo:

–                       No veo claro, en verdad…

Sadoc y Cananías dicen:

–                       ¡Ah! ¡Es porque no sabes leer entre líneas!

–                       Y porque no todo se dejó escrito en papel.

Jesús cambia el tono de su voz y empieza su contraataque:

–                     El espíritu profético no conoce imposición alguna, escriba. Viene de Dios. Y a Dios no se le compra, ni se le atemoriza.

El escriba le replica:

–                       Pero esta no es una profetisa. Ya no es tiempo de profetas.

–                       ¿Ya no es tiempo de profetas? ¿Y por qué no?

–                       Porque no nos lo merecemos. Estamos muy corrompidos.

–                       ¿De veras? ¿Y lo dices tú? ¡Tú que hace unos instantes la juzgabas digna de castigo porque afirmaba lo mismo!

El escriba Sadoc queda desorientado.

Simón otro escriba, viene en su ayuda:

–                       El tiempo de los profetas terminó con Juan.

Nahúm otro fariseo apoya:

–                       Y no hay necesidad de ellos.

Jesús dice:

–                       ¿Cómo es posible?

–                       Porque Tú estás para hablarnos de la Ley y hablarnos de Dios.

–                       También en tiempos de los profetas existía la Ley y la sabiduría hablaba de Dios. Y con todo, los había.

Sadoc interviene:

–                       ¿Pero qué profetizaban? ¡Tú venida!

Nahúm declara:

–                       Ya estás aquí. Ya no sirven para nada.

–                       Una y mil veces me habéis preguntado vosotros, como también los sacerdotes y los fariseos, si Soy Yo el Mesías o no. Y porque lo he afirmado me llamáis blasfemo, loco. Y habéis tomado piedras para arrojármelas, ¿No acaso eres tú Sadoc, a quién llaman el Escriba de Oro? –pregunta Jesús al viejo narigudo.

Sadoc contesta:

–                       ¿Lo soy y qué?

–                       Pues bien. Tú exactamente tú has sido siempre el primero, tanto en Giscala, como en el Templo, en volverte violento contra Mí. Te perdono. Te lo recuerdo sólo porque dijiste que no puedo ser Yo el Mesías. Te recuerdo la apuesta que te hice en Quedes. Dentro de poco verás que se cumple parte de ella.

Cuando la luna brille en el invierno te daré la prueba. La primera. La otra, la tendrás cuando el grano de trigo sacuda sus espigas al soplo de los vientos del Nisán, el año entrante.

A los que dicen que los profetas son inútiles, respondo: ¿Quién es el que va a poner límites al Altísimo?

En verdad, en verdad os digo que mientras exista el hombre habrá profetas. Son las teas en medio de las tinieblas del mundo. Son los hornos entre el hielo del mundo. Son las voces que recuerdan a Dios y sus verdades que el tiempo olvida y el descuido arrastra.

Los profetas traen directamente al hombre la Voz de Dios. Provocando sacudidas de emoción en los olvidadizos, en  los apáticos hijos del hombre. Tendrán otros nombres, pero tendrán igual misión e igual suerte en el dolor humano y en el gozo inimaginable. ¡Ay si no existieran estos espíritus que el mundo odiará, pero a quienes Dios amará sobre manera!

¡Ay si no padeciesen y no perdonasen! ¡Si no amasen y no trabajasen para obedecer al Señor! ¡El mundo perecería en las tinieblas, en el hielo, en un sopor de muerte, en una idiotez; en una ignorancia salvaje y brutal! Por esto Dios seguirá suscitándolos.

¿Quién podrá decir a Dios que no lo haga? ¿Tú Sadoc? O ¿Tú Nahúm? O ¿Tú Elquías? En verdad os digo que ni siquiera los espíritus de Abraham, de Jacob, de Moisés, de Elías y de Eliseo, podrían decir a Dios que no lo hiciera. Y sólo Dios sabe cuan santos fueron y en medio de qué luces eternas se encuentran.

Sadoc exclama:

–                       ¡Entonces no quieres curar a la mujer!

Elquías pregunta:

–                       ¿Ni siquiera condenarla?

Jesús responde:

–                       No.

–                       ¿La consideras cómo profetisa?

–                       Inspirada, sí.

–                       Eres un demonio como ella. Vámonos. No nos conviene perder el tiempo con los demonios.

Y al decir esto, Sadoc da un empujón de cargador a Jesús, haciéndolo a un lado. Está más que furioso.

Muchos lo siguen. Otros se quedan. Entre estos últimos al que llamaron Yoel Alamot.

Jesús señala a los que se van…

Y a los que se quedan,  les pregunta:

–                       ¿Y vosotros no los seguís?

Yoel Alamot contesta:

–                       No, Maestro. Nos vamos porque ya es de noche. Pero queremos decirte que aceptamos tu decisión. Dios puede todo. Es verdad.

El de más edad apoya:

–                       Y puede suscitar almas para nosotros que caemos en muchas culpas, para que nos llamen a la justicia.

Jesús dice:

–                       Dijiste bien. Y esta humildad tuya, es mucho más grande a los ojos de Dios, que tu saber.

–                       Entonces acuérdate de mí cuando estés en tu Reino.

–                       Sí, Jacob.

–                       ¿Cómo sabes mi nombre?

Jesús sonríe sin responder.

 

–                       Maestro, acuérdate también de nosotros.  –dicen otros dos.

Yoel Alamot, añade:

–                       Bendigamos al Señor que nos dio esta hora.

Jesús responde:

–                       ¡Bendigamos al Señor!

Se saludan.  Se separan.

Jesús se reúne con sus apóstoles. Y con ellos va a donde está la mujer que ha regresado a su postura inicial, sentada sobre la raíz del roble.

Sus padres le preguntan con ansias:

–                       ¿Nuestra hija tiene un demonio? Eso dijeron aquellos antes de irse.

Jesús contesta:

–                       No. Estad tranquilos. Amadla porque su destino es muy amargo. Como el de todos sus semejantes… Los verdaderos profetas de Dios…

–                       Añadieron que esa había sido tu opinión…

–                       Mintieron. Yo no miento. Estad tranquilos.

Juan de Éfeso se acerca con Salomón y otros discípulos y dice:

–                       Maestro. Sadoc ha amenazado a éstos. Te lo aviso.

 

–                       ¿A éstos o a ésta?

–                       A éstos y a ella. ¿No es verdad?

El anciano replica:

–                       Sí. Nos dijeron a mí y a mi esposa que si no procuramos hacer callar a nuestra hija, ¡Ay de nosotros! Y a Sabea le dijeron: “Si hablas te denunciaremos al Sanedrín”

Prevemos que días negros se cernirán sobre nosotros. Pero estamos tranquilos por lo que dijiste y aguantaremos lo que nos venga. Pero por ella, ¿Qué podemos hacer Señor?…

Jesús piensa…

Luego dice:

–                       ¿No tenéis parientes que vivan lejos de Betlequi?

–                       No, Maestro.

–                       Os mandaré con la madre de un discípulo mío que sabe lo que es tener un hijo perseguido. Le diréis que se le de hospedaje en mi Nombre. –luego dice a Sabea- escucha: vas a ir a donde te envío. Continúa sirviendo al Señor en justicia y obediencia. Te bendigo mujer. Quédate en paz.

Sabea responde:

–                       Sí, Señor y Dios mío…  ¿Cuándo deba hablar, lo podré hacer?

–                       El espíritu que te ama te guiará según las circunstancias. No tengas miedo de su Amor. Sé humilde, casta, sencilla y sincera. Y Él no te abandonará. Quédate en paz.

La bendice y se va con sus apóstoles…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

 

108.- MILAGRO EN EL JORDÁN


Siguen caminando y a cada paso que dan, se manchan y resbalan como si el lodo fuese jabón.

El cielo está nebuloso y plomizo, con nubes espesas y oscuras. El viento no cesa. Los discípulos se quejan del tiempo, del camino y también de que el Maestro quiera andar por estos caminos y con este temporal.

Juan se pone al lado de su Maestro, deseando que no haya oído las quejas de sus compañeros.

Jesús le dice sonriendo:

–                       Juan, me has alcanzado.

Juan lo mira con amor profundo y dice:

–                       Sí, Maestro mío. ¿Me quieres contigo?

–                       Siempre. Quisiera que todos tuvieran tu corazón. Pero si sigues por ahí  y vas a acabar de empaparte.

–                       ¡No importa, Maestro! ¡Nada me importa con tal de estar cerca de Ti!

–                       ¿Quieres estar siempre conmigo? ¿No piensas que soy un imprudente y que os puedo poner también a vosotros en riesgo? ¿No te sientes ofendido porque no escucho tus consejos?

Juan exclama consternado:

–                       ¡Maestro! ¿Entonces has oído?

–                       Todo lo he oído, pero no te pongas triste. No sois perfectos. Lo sabía desde el momento en que os escogí. No pretendo que lo seáis lo más pronto posible. Antes de dejar de ser árboles selváticos; conviene que se os pongan dos injertos…

–                       ¿Cuáles Maestro?

–                       Uno de sangre y el otro de fuego. Después seréis héroes del Cielo y convertiréis al mundo empezando por vosotros.

–                       ¿De sangre? ¿De fuego?

–                       Sí, Juan. De mi Sangre…

Juan lo interrumpe con un gemido:

–                       ¡No, Jesús!

–                       Bueno amigo mío, no me interrumpas. Sé el primero en escuchar estas verdades. Lo mereces. De mi Sangre, lo sabes. Vine para esto… Soy el Redentor… Piensa en los profetas. Seré el hombre al que describió Isaías. Y cuando haya derramado mi Sangre; ésta os fecundará. Pero no me contentaré sólo con esto.

Sois tan imperfectos, débiles, tontos y miedosos; que Glorioso al lado de mi Padre, os enviaré el Fuego. La Fuerza que procede de mí Ser, por generación del Padre y que une al Padre y al Hijo con un anillo indisoluble, haciendo de Uno, Tres: el Pensamiento, la Sangre, el Amor.

Cuando el Espíritu de Dios; esto es, el Espíritu del Espíritu de Dios: la Perfección de las Perfecciones divinas. Venga sobre vosotros, vosotros ya no seréis lo que sois; sino que seréis nuevos, poderosos santos…

Para uno, mi Sangre no servirá de nada, lo mismo que el Fuego. Porque mi Sangre le servirá de condenación y por toda la Eternidad probará otro Fuego en el que arderá arrojando sangre y tragando sangre; pues verá sangre dondequiera que pose sus ojos mortales. O su corazón, desde que haya traicionado la Sangre de un Dios…

–                       ¡Oh, Maestro! ¿Quién es?

–                       Lo sabrás un día. Ahora ignóralo. Y por caridad no trates ni siquiera de indagar quién sea. Porque podría acarrear sospechas. No debes de sospechar de los hermanos; porque la sospecha es falta de caridad.

–                       Me basta con que me asegures que no seré yo, ni Santiago los que te traicionemos.

–                       ¡Oh! ¡Tú no! Ni tampoco Santiago. ¡Tú eres mi consuelo, buen Juan!

Y Jesús le pasa un brazo sobre la espalda.

Por algunos momentos caminan sin decir nada. También los demás se han callado. Tan solo se oye el chapotear del lodo que se prende y desprende de los pies.

Después se escucha un rumor diverso. Es un ruido borbollante.

Jesús pregunta:

–                       ¿Oyes? El río está cerca. Los cañaverales de la ribera, se rompen bajo el peso de las aguas. Démonos prisa.

–                       Te entretuvieron en aquellos poblados de la Decapolis.

–                       Quién está enfermo quiere curarse. Y la Piedad cura al punto. No importa. Pasaremos.

Y caminan entre esclarecimientos de nubes y cortos aguaceros.

Llegan a un villorrio extendido a la vera de río.

Pedro llega a una casa y sale un anciano vigoroso, preguntando:

–                       ¿Qué quieres?

Pedro contesta:

–                       Barcas para pasar.

–                       ¡Imposible! El río está muy crecido… la corriente es demasiado caudalosa…

–                       ¡Ey amigo! ¿A quién se lo estás diciendo? ¡Soy un pescador Galileo!

–                       El mar es otro cuento. Esto es un río. No quiero perder la barca. Y luego no tengo más que una y vosotros sois muchos…

–                       ¡Mentiroso! ¿Estás diciéndome a mí, que tienes una sola barca?

–                       ¡Quede ciego si miento! Yo…

–                       Ten cuidado. No sea que te vayas a quedar de veras ciego. Este es el Rabí de Galilea, que da vista a los ciegos y que… puede darte el gusto de que se te sequen los ojos.

–                       ¡Misericordia! ¡El Rabí! ¡Perdóname, Rabonní!

Jesús le dice:

–                       Está bien. pero no mientas jamás. Dios ama a los sinceros. ¿Por qué has dicho que tienes una sola barca, cuando todo el poblado puede desmentirte? Cosa vil para el hombre es la mentira y que se le desenmascare. ¿Me prestas tus barcas?

–                       Todas, Maestro.

–                       ¿Cuántas son necesarias, Pedro?

Pedro contesta:

–                       En tiempos normales, bastarían dos. Pero con el río crecido es difícil maniobrar. Hacen falta tres.

El anciano dice:

–                       Tómalas, pescador. Pero, ¿Cómo haré para traerlas de nuevo?

–                       Vienes en una. ¿No tienes hijos?

–                       Tengo un hijo, dos yernos y nietos.

–                       Bastan dos por barca para regresar.

–                       Vamos.

El anciano llama a los otros y con la ayuda de Pedro, Andrés, Santiago y Juan, empujan las barcas al agua.

La corriente es tan fuerte que está a punto de arrastrarlos. Las cuerdas que las tienen amarradas a los troncos, están tensas como un arco y rechinan.

Pedro mira las barcas. Mira al río… y mueve su cabeza. Luego echa unos ojos curiosos a Jesús…

El Maestro le pregunta:

–                       ¿Tienes miedo, Pedro?

–                       ¡Eh!… ¡Casi, casi…!

–                       No tengas miedo. Ten Fe. También tú. Quien lleva a Dios y a sus enviados, no debe tener miedo. Entremos en la barca. Yo soy el primero.

El dueño de las barcas hace un gesto como de resignación. Piensa que ha llegado su última hora y la de sus familiares. Y lo menos que puede pasar es que pierda las barcas.

Jesús entra en la barca y se para en la proa. Todos los demás también entran y en las otras dos.

Se queda en tierra un ancianito.

Pedro dice:

–                       ¿Estamos?

El barquero contesta:

–                       Estamos.

–                       ¿Prontos los remos?

–                       Prontos.

–                       Suelta.

El viejecito suelta poco a poco las cuerdas de las estacas y los nudos de los troncos. Por un momento parece que las barcas van a ser arrastradas por la corriente…

En el rostro de Jesús se refleja la fuerza del milagro. ¡Y da una orden al río!…

La corriente se detiene y se mueve como si el Jordán no estuviera crecido…

Las barcas atraviesan el agua sin ningún trabajo y hasta con cierta velocidad, que deja mudos de admiración a todos. Llegan a la otra ribera. Bajan fácilmente. Ni la corriente arrastra las barcas, aun cuando los remos están firmes.

El dueño de las barcas dice:

–                       Maestro, veo que eres verdaderamente poderoso. Bendice a tu siervo y acuérdate de mí, que soy un pecador.

–                       ¿Por qué Poderoso?

–                       ¡Eh! ¿Te parece poco? Has suspendido la avenida del Jordán.

–                       Josué hizo un milagro mayor, porque las aguas del río desaparecieron para que pudiera pasar el Arca de la Alianza.

Judas dice con toda calma:

–                       Y tú has pasado a la Verdadera Arca de Dios.

El hombre se arrodilla:

–                       ¡Dios Altísimo! ¡Sí lo creo! ¡Eres el verdadero Mesías! ¡El Hijo de Dios Altísimo! ¡Oh! ¡Lo proclamaré por las ciudades y los poblados de la ribera! Contaré lo que has hecho. Lo que te he visto hacer. ¡Regresa, Maestro! En mi pueblito hay muchos enfermos. ¡Ven a curarlos!

–                       Volveré. Entretanto predica en mi Nombre la Fe, la santidad. Hasta pronto. Vete en paz. No tengas miedo al regresar.

–                       No lo tendré. Creo en Ti y en tu Bondad. Me voy sin pedir nada. ¡Adiós!

Sube en su barca y es el primero en poner la proa hacia el río. Y se va confiado y veloz. Lo siguen las otras y las tres barcas tocan la otra orilla.

Jesús los ve tocar tierra y los bendice. Luego emprende de nuevo su camino.

El río vuelve a rugir y a bramar con sus aguas turbulentas…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA