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9.- PASCUA SUPLEMENTARIA


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La orden de Jesús esta vez ha sido ejecutada al pie de la letra, de tal manera que Bethania rebosa de personas. Los prados, los senderos, los huertos y los olivares de Lázaro están llenos de discípulos.

Y no siendo éstos suficientes para contener a tanta gente que además no quieren dañar los bienes del amigo de Jesús, muchos se han diseminado por entre los olivares que conducen de Betania a Jerusalén por los caminos del Monte de los Olivos.

Los apóstoles entran en la casa de Simón o salen de ella, moviéndose entre las personas para mantenerlas en calma o responder a sus preguntas.

Los ayudan en esto Lázaro y Maximino. Tras las ventanas del piso de arriba de la casa de Simón se ven aparecer y desaparecer todas las caras de las discípulas: cabelleras grises u oscuras, entre las que resaltan las cabezas rubias de María de Lázaro y de Áurea. De vez en cuando, una se asoma a mirar y luego se retira. Están todas. Jóvenes y ancianas. Incluso las que nunca habían venido, como Sara de Afeq.

En la terraza juegan los niños que Sara recogió, los nietos de Ana de Merón, María y Matías, el niño Shalem, (el niño deforme que era nieto de Nahúm y que ahora vive feliz y sano) , el niño ciego de Sidón al que Jesús le regaló dos ojos idénticos a los suyos. Y otros más: una bandada de pajarillos felices, vigilados por Marziam y por otros discípulos jovencitos, como el pastorcito de Enón y Yaia de Pela.

En medio de un hermosísimo crepúsculo, el sol va desapareciendo.

ANOCHECER

Pedro habla con Lázaro y sus compañeros apóstoles:

–           Yo digo que convendrá despedir a la gente. ¿Qué pensáis vosotros? Hoy tampoco va a venir. Y muchos de éstos tienen que celebrar esta noche 1a pequeña Pascua.

Lázaro contesta:

–           Sí. Conviene despedirlos. Quizás el Señor ha considerado conveniente no venir hoy. En Jerusalén se han reunido todos los del Templo. No sé cómo les ha llegado la voz de que Él venía y…

Tadeo dice con vehemencia:

–           ¡Bueno, y aun así… ¡¿Qué pueden hacerle ya?!

Lázaro explica:

–           Olvidas que ellos son ellos. Y con esto te he dicho todo. Aunque a Él no le puedan hacer nada malo, a estos que han venido a adorarlo sí que pueden hacerles mucho daño. Y el Señor no quiere perjudicar a sus fieles. Además, ¿Tú crees que ellos, cegados como están por su pecado… Y por la persistente idea de que el Señor no resucitó, porque no murió!

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¡Vosotros no sabéis qué espesura agreste de pensamientos, qué enredo, qué borrasca de suposiciones hay en ellos! Ellos se lo han procurado a sí mismos por no confesar la verdad… Verdaderamente se puede decir que los cómplices de ayer hoy están separados por la misma causa que antes los unía. Y a algunos ya les han seducido sus ideas. ¿No veis que algunos ya no están entre los discípulos?…

Bartolomé exclama:

–           ¡Déjalos que se marchen! Otros mejores han venido. Está claro que dentro del número de los que se han marchado, hay que buscar a los que han dicho al Sanedrín que el Señor estaría aquí el decimocuarto día del segundo mes. Y después de la delación no tienen el coraje de venir. ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Basta! ¡Basta ya de traidores!

Zelote contesta:

–           ¡Siempre los tendremos, amigo! ¡El hombre…! Demasiado fácilmente cede ante las impresiones y las presiones. Pero no debemos tener miedo. El Señor ha dicho que no debemos temer.

Pedro agrega:

–           Pues no tememos. Hace pocos días, todavía teníamos miedo. ¿Os acordáis? Yo por mi parte, cuando pensaba en el regreso aquí, sentía miedo. Ahora me parece que ya no tengo ese temor. Pero no me fío demasiado de mí. Y vosotros tampoco os fiéis demasiado de vuestro Cefas, porque ya una vez he demostrado que soy arcilla que se deshace, en vez de granito compacto. Bueno, pues vamos a despedir a éstos. Hazlo, Lázaro.

Lázaro pasa benévolamente un brazo por los hombros de Pedro y llevándolo hacia la escalera, subiendo hacia la terraza que circunda la casa de Simón…

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Lázaro dice:

–          No, Simón Pedro. Hazlo tú. Eres el jefe…

Cuando Pedro hace ademán de hablar, la gente que está cerca calla y los que están más lejos se acercan. Pedro espera a que la mayoría esté allí en torno.

Luego Pedro dice:

–          Hombres venidos de todos los lugares de Israel, escuchad. Os exhorto a que volváis a la ciudad. El sol ha empezado a descender. Marchaos, pues. Si Él viene, os lo comunicaremos cueste lo que cueste. Que Dios esté con vosotros.

Se retira. Entra en una habitación vasta y luminosa donde están congregadas en torno a la Virgen todas las discípulas más fieles, así como las otras mujeres que querían al Señor como Maestro, a pesar de no haberle seguido nunca en sus desplazamientos.

Pedro va a un rincón, a sentarse y mira a María, que le sonríe.

La gente, afuera, lentamente se separa en dos partes: la de los que se quedan y la de los que vuelven a la ciudad.

Voces de personas mayores que llaman a niños, vocecitas de niños que responden. Luego el murmullo desciende de tono.

Pedro dice:

–           Y ahora nos marchamos también nosotros…

Marziam objeta:

–           ¡Padre, pero el Señor dijo que estaría aquí!..

–           Ya lo sé. Pero, como ves, no ha venido. Y es el día prescrito…

Magdalena dice:

–           Sí. Y mi hermano ha preparado todo para vosotros. Y aquí llega Marcos de Jonás, que viene para guiaros y abriros el cancel. Pero también voy yo. Todos vamos. Lázaro ha preparado para todos.

–           ¿Y dónde va a ser la cena para tanta gente?

–           El mismo Getsemaní hará de Cenáculo. Dentro de la casa, la habitación para los que Jesús ha dicho. Afuera junto a la casa, las mesas de los otros: así lo ha querido.

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–           ¿Quién? ¿Lázaro?

–           El Señor.

–           ¿El Señor? ¿Pero cuándo ha venido?

Bartolomé dice:

–           Ha venido… ¿Qué más te da el día? Ha venido y ha hablado con Lázaro.

–           Yo creo que Él viene, es más: que ha venido, a visitar a cada uno de nosotros, aunque no todos lo digan, porque guardan esa alegría como su más preciada perla, que hasta temen mostrarla porque tienen miedo de que pierda su esplendor más hermoso. ¡Los secretos del Rey! – y mira al grupito de las discípulas vírgenes, que se ponen como la púrpura, como si en sus caras se reflejaran los rayos del sol poniente; pero lo que las enciende es una llama espiritual de intensa alegría.

María, la Virgen de las vírgenes, que viste túnica de blanco lino, una azucena vestida de candor, agacha la cabeza sonriendo sin hablar. ¿Cómo se parece en este momento a la Virgencita de la Anunciación!

VIRGEN Y MADRE

Mateo confiesa:

–          Está claro que solos no nos deja, aunque no aparezca visiblemente. Según mi opinión, es Él el que pone en mi pobre corazón y en mi mente aún más pobre, ciertos pensamientos…

Los otros no hablan… Se miran, mientras se ponen los mantos observándose recíprocamente.

Pero el cuidado mismo con que algunos se tapan lo más posible la cara para ocultar la onda de alegría espiritual que emerge al pensar en los divinos, secretos encuentros pone en claro que pertenecen al grupo de los más privilegiados.

Los demás dicen:

–          ¡Decidlo, ¡¿No?! ¡No es que estemos celosos! Ni queremos saber indiscretamente. ¡Pero sí será un consuelo para nosotros la esperanza de no estar para siempre privados de verlo! Recordad las palabras de Rafael a Tobías: “Bueno es mantener oculto el secreto del rey, pero también es honorífico revelar y publicar las obras de Dios”(Tobías 12, 7). ¡Tiene razón el ángel de Dios! Mantened el secreto de las palabras que Él os haya dicho, pero revelad su continuo amor a nosotros.

Santiago de Alfeo mira a María, como para recibir una luz y al ver la sonrisa de Ella que asiente…

Santiago de Alfeo dice:

–          Es verdad. He visto al Señor.

No dice más. Y es el único que lo dice. Los otros dos Juan y Pedro, no dicen nada.

Salen todos en grupos: delante, los once; luego, en torno a María, Lázaro con sus hermanas y las discípulas; luego los pastores y muchos de los setenta y dos discípulos.

Se encaminan hacia Jerusalén por el camino que lleva al Monte de los Olivos. Los niños que quedaban van y vienen, corriendo felices.

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Marcos muestra un caminito que sortea el Campo de los Galileos y las zonas más transitadas y que lleva directamente a la cerca nueva del Huerto de los Olivos. Abre. Los invita a pasar. Cierra.

Muchos discípulos se intercambian palabras en tono bajo y alguno de ellos va a preguntar algo a los apóstoles, especialmente a Juan.

Pero hacen gestos que significan que esperen, que no es el momento de hacer lo que piden y todos se tranquilizan.

¡Cuánta paz en este vasto olivar, al que los últimos rayos del sol besan en las altas copas! Un suave viento entre las frondas verde-plateadas  y un alegre cantar de pájarillos despidiéndose del día que muere.

Ahí está la pequeña casa del guardián. En la terraza que le sirve de techo, Lázaro ha mandado levantar un pabellón y una cobertura de toldos, de forma que aquélla se ha transformado en un ventilado cenáculo para los discípulos que un mes antes no habían podido celebrar la Pascua.

Abajo, dispuestas en la pequeña y bien limpia explanada, otras mesas. Dentro de la casa, en la habitación más grande, la mesa de las discípulas.

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Se llevan a las distintas mesas de los que no han celebrado la Pascua los corderos asados, las verduras, los ázimos y la salsa rojiza y se pone en las mesas el cáliz del rito.

Pero en la de las mujeres no está este cáliz, sino que hay tantas copas cuantas son las comensales. Se deduce que de esta parte de la ceremonia estaban eximidas las mujeres.

Y, en las mesas de los que han celebrado ya la Pascua en su debido momento, está el cordero, pero faltan los ázimos y las verduras con la salsa rojiza.

Lázaro y Maximino dirigen todo. Y Lázaro se inclina hacia Pedro para decirle algo, algo que le hace al apóstol menear bruscamente la cabeza negando con obstinación.

El apóstol que está a su lado…

Felipe confirma:

–          Pues… es función tuya.

Pero Pedro, señalando a Santiago de Alfeo, dice:

–          Éste debe hacerlo.

Mientras debaten esto, el Señor aparece donde empieza la explanada.

Y saluda:

–          Paz a vosotros.

JESUS RESUCITADO

Todos se ponen en pie. El ruido advierte a las discípulas de lo que está sucediendo. Están para salir, pero ya Jesús entra en la casa y las saluda a ellas también.

María dice:

–           « ¡Hijo mío!» y lo adora más profundamente que todos los demás.

Enseñando con ese gesto que por muy amigo que pueda ser Jesús, amigo y pariente hasta el punto de ser incluso hijo…

Él sigue siendo Dios y como a Dios se le ha de adorar.

Adorarlo siempre, con espíritu adorador, aunque su amor por nosotros sea tan pleno, que lo lleve a darse, como Hermano y Esposo nuestro, con toda familiaridad.

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Jesús saluda:

–          La paz a ti, Madre. Sentaos, comed. Yo subo arriba, donde Marziam espera su premio.

Sale otra vez, para subir por la pequeña escalera y…

Jesús llama con fuerte voz:

–          Simón Pedro y Santiago de Alfeo, venid.

Los dos nombrados suben detrás de Él.

Jesús se sienta ante la mesa del centro, donde está Marziam y dice a los dos apóstoles:

–           Haréis lo que os diga – Y a Matías, que está sentado en la presidencia de la mesa.-  Empieza el banquete pascual.

Jesús esta noche tiene a Marziam a su lado, en el lugar donde estaba Juan la otra vez.

Pedro y Santiago están detrás del Señor, esperando sus órdenes.

Y con el mismo ritual de la Cena pascual se desarrolla ésta: los himnos, las preguntas y el beber de los sucesivos cálices.

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Jesús  que ahora está ofreciendo los mejores trozos de su cordero a Marziam, que está tan dichoso, que parece extasiado.

Jesús, al principio, había hecho a Pedro una señal de que se inclinara para escucharlo y…

Pedro, después de escucharlo, ha dicho con fuerte voz:

–           En este momento el Señor, siendo Padre y Cabeza de su Familia, ofreció por todos nosotros el cáliz.

Ahora hace una nueva señal a Pedro, el cual de nuevo lo escucha y de nuevo se levanta para decir:

–           Y en este momento el Señor se ciñó para purificarnos y enseñarnos lo que habíamos de hacer nosotros mismos para celebrar dignamente el Sacrificio Eucarístico.

La cena continúa.

Y Pedro, tras una nueva señal, dice:

–           En este momento el Señor tomó el pan y el vino, lo ofreció y, orando, los bendijo y, hechas las partes nos las distribuyó a nosotros diciendo: “Esto es mi Cuerpo y ésta es mi Sangre del nuevo Testamento eterno, que por vosotros y por muchos será derramada para el perdón de los pecados”.

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Jesús se pone en pie. Está majestuosísimo.

Ordena a Pedro y a Santiago que tomen un pan y que lo partan en pequeños trozos y que llenen de vino una copa, la más grande que haya en las mesas.

Ellos obedecen y sostienen delante de Él el pan y el vino.

Jesús entonces extiende sobre el pan y el vino sus manos, orando sin gesto alguno aparte de la mirada arrobada…

Y dice:

–           Distribuid las partes del pan y pasad el cáliz fraterno. Todas las veces que así lo hagáis, lo haréis en memoria mía.

Los dos apóstoles obedecen, llenos de veneración…

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Jesús, mientras se verifica la distribución de las Especies, baja donde las mujeres. Y da la Comunión a su Madre con sus propias manos.

Luego vuelve a la terraza. Ya no se sienta. La cena toca a su fin.

Él dice:

–           ¿Todo está consumado?

Pedro contesta:

–           Todo está consumado, Señor.

–           Así hice Yo en la Cruz. Levantaos y oremos.

Extiende sus brazos como si estuviera en la cruz y entona la oración del Padrenuestro.

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Todos lloran, con una emoción profunda.

–           Marchaos. Y que la Gracia del Señor esté en todos vosotros y su paz os acompañe – dice Jesús despidiéndolos.

Y desaparece en medio de un resplandor de luz, que supera con mucho al claror de la Luna llena, alta sobre el Huerto silente y de las lámparas que están sobre las mesas.

No se oye ni una voz. Lágrimas en los rostros, adoración en los corazones… Nada más…

La noche vela y conoce junto con los ángeles los latidos de estos benditos.

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

 

191.- LA ÚLTIMA LLAMADA


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Bajo el cielo de un hermoso amanecer de Abril, que canta sus alabanzas al creador; Jesús camina entre los huertos y los olivares en flor. Y los pétalos bañados de rocío brillan al contacto de los primeros rayos de la aurora que un viento perfumado, mece suavemente.

Las tiernas hojas de las vides y de todas las plantas, junto con el perfume de las flores y el cantar de los pajarillos, parecen saludarlo en un hosanna mañanero.

Lo acompañan los Doce.

Y Él en medio de ellos, les dice:

–                       Todo lo que ha sucedido es solo el comienzo de una cadena por la que será condenado el Hijo del Hombre. Debemos prepararnos tanto vosotros, como mi Madre, para hacer frente a la maldad humana.

El hombre jamás de improviso se hace experto en el bien, como en el Mal. Sube o se hunde gradualmente. Lo mismo sucede respecto al dolor. Por eso debemos robustecer el corazón. Todos. En el bien, en el mal o en el dolor. Y sin embargo, no hemos llegado a la cima. Todavía no la hemos tocado. ¡Es tan grande! Quiero ahora que conozcáis el sentido de las profecías, para que nada os quede oscuro.

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Os ruego que estéis conmigo lo más posible. Durante el día estaré con todos. Por la noche os suplico que no os alejéis de Mí. No quiero sentirme solo…

Jesús está muy triste.

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Los apóstoles lo ven y se angustian.

Se le acercan y Judas se porta como si fuera el más cariñoso de todos…

Jesús los acaricia y continúa:

–                       Quiero que conozcáis mejor al Mesías. En las profecías están dibujados mi amanecer y mi crepúsculo; mejor de lo que hubiera podido hacerlo un pintor. El alba y el anochecer son las dos fases que lo profetas mejor pintaron.

El Mesías que bajó del Cielo. El Justo que las nubes soltaron como lluvia bendita sobre la tierra. El Retoño hermoso va a ser entregado a la muerte. Va a ser despedazado como un cedro bajo el rayo.

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Hablemos de su muerte…

No suspiréis. No mováis la cabeza. No murmuréis en vuestros corazones. No maldigáis a los hombres. De nada sirve… Subiremos a Jerusalén. La Pascua ya está próxima.

Este mes será para vosotros el primero del año. Este mes será para el Mundo, el principio de una nueva Era. Jamás conocerá fin. Inútilmente de vez en cuando se tratará de poner otro mes en su lugar. Son muchos los que están a punto de alimentarse del Cordero.

Una multitud que no puede contarse y que asiste a un banquete sin límite de tiempo. Y no es necesario que haya fuego, porque no habrá sobras. Aquellas partes que serán ofrecidas o rechazadas por el Odio, serán consumidas por el fuego mismo de la Víctima, por su Amor.

Os amo, ¡Oh, Hombres! A vosotros Doce. Amigos míos en quienes están las Doce tribus de Israel y las trece veces del Linaje Humano. Todo lo he juntado en vosotros. Y todo en vosotros lo veo reunido. Todo…

Iscariote pregunta:

–                       Pero en las venas del cuerpo de Adán, están también las de Caín. Ninguno de nosotros ha levantado su mano contra su compañero. ¿Dónde está pues Abel?

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Jesús responde:

–                       Tú lo has dicho. En las venas del cuerpo, están también las de Caín. Yo soy Abel. Os amo aunque vosotros no me améis. El Amor apresura y realiza la obra de los sacrificadores.

Yo Soy el Cordero de Dios. El que es como el Padre no envejece en su Divinidad. Sólo hay una cosa que lo aniquila: la desilusión de haber venido en vano para muchos.

Cuando sepáis como fue matado y lo veáis transformado en un leproso cubierto de llagas, decid: “De esto no murió. Sino porque los que más amaba lo desconocieron y rechazaron por su demasiada tendencia hacia lo humano.”

El tiempo es como un relámpago en relación con la eternidad. Cuando llega la muerte, aún la vida más larga se reduce a nada. Y siempre es polvo el honor y el oro; para el hombre que tanto se fatigó y el sabor insensato que se tuvo por el fruto, se pierde. ¿Mujeres? ¿Dinero? ¿Poder? ¿Ciencia? ¿Qué queda de todo eso? Nada. Sólo la conciencia y el juicio de Dios ante él.

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Pues se presenta la pobre conciencia sin protección humana alguna, pero sí cargada con el peso de sus acciones, a lo largo de su existencia terrenal.

Por eso les digo: ‘Tomad mi Sangre y ponedla sobre vuestro corazón muerto’ Y Yo digo al Padre que espera: “Mira. No los rechaces. Porque rechazarías tu sangre.” Pero a mi Sangre debe unirse vuestro arrepentimiento.

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Sin éste que es amargo pero saludable, inútilmente habré muerto por vosotros.

Vosotros veis como en Mí no se da la tristeza del vencido, ni la vengativa del perverso. Sino sólo la ecuanimidad de quién ve a qué punto puede llegar la posesión de Satanás en el hombre. Vosotros estáis viendo como pudiendo reducir a cenizas con sólo una chispa de mi voluntad; por tres años he extendido mis manos como invitación amorosa a todos, sin descanso. Y todavía estas manos mías se extenderán para ser heridas.

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El Demonio más astuto se ha metido en el hombre más corrompido. Y como el veneno está oculto en el diente del áspid, así está encerrado en él creando un monstruo híbrido que es Satanás y hombre. A él le digo lo mismo que dije a Jerusalén: “¡Oh, sí en esta hora que se te ha concedido, supieses venir a tu Salvador!”

¡No hay amor mayor que el mío! ¡No hay poder mayor! El Mismo Padre asiente si afirmo ‘Quiero’ No sé decir otras palabras que de piedad para aquellos que han caído y que del Abismo me tienden sus brazos.

¡Oh, Alma del más Grande Pecador! Tu Salvador en los umbrales de la muerte se inclina sobre tu abismo y te invita a tomar su mano. No evitaré la muerte… Pero tú te salvarías. Tú a quién amo todavía…

El alma de tu amigo no se estremecería de horror al pensar que por causa tuya debe conocer el horror de la muerte. Y de ESTA muerte concreta…

Jesús oprimido… Calla.

Los apóstoles en voz baja se preguntan:

–                       ¿Pero de quién está hablando?

–                       ¿Quién es?

Judas miente desvergonzado:

–                       Ciertamente ha de ser uno de los falsos fariseos. Me imagino que ha de ser de José o Nicodemo. O tal vez Cusa y Mannaém. Tienen mucho que perder y bienes que proteger. Tal vez Herodes o el Sanedrín… ¡Él se fió mucho de ellos! ¿No os disteis cuenta de que tampoco ayer estuvieron presentes? No tienen el valor de estar con Él…

Jesús se adelanta y llega a donde están los discípulos. Han llegado hasta un otero  cercano a Jerusalén. Se sientan a descansar bajo la sombra de una arboleda.

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Después, Jesús se levanta y se dirige hacia la parte alta de la colina. Su alta estatura se dibuja clara en el vacío y le sirve de marco y parece aún mucho más alto. Cruza sus manos sobre su pecho, sobre su manto azul rey. Observa la ciudad que se extiende a sus pies. Con una mirada severa…

La ve en todos sus rincones. Sus elevaciones, sus casas, sus calles… Detiene su mirada sobre algunos lugares en específico… Y se pone a llorar sin estremecimiento alguno.

Lágrimas silenciosas le resbalan por sus mejillas y caen… Lágrimas envueltas en un silencio y tristeza como las que se deben llorar solo, sin esperanza de consuelo o de comprensión. Como las de quien debe llorar por un dolor que no puede ser evitado…  Y debe sufrirse completamente.

Santiago el  hermano de Juan, es el primero que nota ese llanto… Y lo dice a los demás. Que se miran mutuamente, sorprendidos.

Pedro y Juan se levantan y se le acercan. Los demás también hacen lo mismo.

Juan pregunta:

–                       Maestro, ¿Por qué estás llorando?

Y apoya su rubia cabeza sobre la espalda de Jesús.

Pedro le pone su mano en la cintura, como si quisiera abrazarlo y le pregunta:

–                       ¿Qué te hace sufrir? Dínoslo a nosotros que te amamos.

Jesús apoya su rostro sobre la cabeza de Juan y con el otro brazo, abraza la espalda de Pedro.

Tres amigos. Pero el llanto continúa.

Juan siente que le cae alguna lágrima, vuelve a preguntarle:

–                       ¿Por qué lloras Maestro? ¿Te hemos causado algún dolor?

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Todos esperan ansiosos la respuesta:

–                       No. No me habéis causado ningún dolor. Sois mis amigos. Y la amistad cuando es sincera, es bálsamo. Es sonrisa. Pero nunca lágrimas.

Jesús extiende su mano derecha y señala hacia la ciudad:

–                       Allí está la corrupción. Vamos a entrar en Jerusalén y el Altísimo es el Único que sabe, como quisiera santificarla con la santidad del Cielo. Volver a santificar esta ciudad, que debería ser la Ciudad Santa. Pero no podré conseguir nada. Está corrompida.

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Los ríos de santidad que salen del Templo Vivo y que por algunos días seguirán corriendo, no serán suficientes para redimirla. La Samaría y el mundo pagano vendrán al Santo. Sobre los templos ficticios, se levantarán Templos al Dios Verdadero. Los corazones de los gentiles adorarán al Mesías.

Pero este Pueblo… Esta ciudad… No lo aceptará y su odio lo llevará  a cometer el mayor pecado. Lo cual debe suceder. Pero ¡Ay de aquellos que serán los instrumentos de tal delito! ¡Ay!…

Jesús tiene frente a Él a Judas y lo mira fijamente.

Pero él no baja su mirada y miente con descaro:

–                       Tal cosa no nos sucederá porque somos tus apóstoles. Creemos en Tí y estamos dispuestos a morir por Ti.

Los demás se unen a Judas.

Jesús, sin responder directamente al Apóstol Traidor, dice:

–                       Quiera el Cielo que así seáis. Pero todavía hay mucha debilidad en vosotros y la tentación podría volveros iguales  a los que me odian. Orad mucho y tened cuidado. Satanás sabe que está por ser vencido y quiere vengarse arrancándoos de Mí. Satanás nos rodea.

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A Mí, para impedirme cumplir con la Voluntad del Padre y mi Misión. A vosotros, para convertiros en sus esclavos. Estad atentos. Dentro de aquellos muros, Satanás se apoderará de quién no supo ser fuerte. Aquel para el cual será una maldición el haber sido Elegido. Porque habrá hecho de su elección, un fin humano. Os elegí para el Reino de los Cielos y no para el mundo. Recordadlo.

Y tú, ciudad que quieres tu ruina y por quién lloro. Ten en cuenta que tu Mesías ruega por tu redención. ¡Oh, sí al menos en esta hora que te queda quisieras venir a Quién sería tu felicidad! ¡Si comprendieses en esta Hora, el amor que puse en medio de ti y te despojases del Odio que te ciega y te hace loca! ¡Que hace que seas cruel para contigo y que rechaces tu bien!

¡Pero vendrá el día en que te acordarás de esta hora! ¡Será demasiado tarde para llorar y para arrepentirte! ¡Habrá pasado el amor y desaparecido entre tus calles y sólo se quedará el Odio que has preferido! Y el Odio te odiará a ti y a tus hijos… Porque lo quisiste.

El Odio se paga con Odio. No se tratará del Odio del fuerte,  contra el Inerme; sino del Odio contra el Odio. Y por lo tanto la guerra y la muerte…

Rodeada de trincheras y de ejércitos. Te irás debilitando, antes de ser destruida. Y verás caer a tus hijos bajo la fuerza de las armas, bajo el hambre. Los que sobrevivan serán tomados prisioneros y escarnecidos. Pedirás misericordia, pero no la encontrarás, porque no has querido conocer tu salvación.

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     Lloro, amigos. Porque soy humano y lamento las ruinas de mi patria… La Misericordia compadece las desventuras de una ciudad culpable, pero la Justicia no puede compadecer sus costumbres, porque son precisamente éstas, las que producen las desventuras y el verlas, aumenta mi dolor.

Mi Ira contra los profanadores del Templo es consecuencia de que estoy viendo las desventuras de Jerusalén. Las profanaciones del Culto Divino, de la Ley Divina, provocan los castigos del Cielo.

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Al convertir la Casa de Dios en cueva de ladrones, los sacerdotes y los fieles indignos, atraen sobre todo el pueblo la maldición y la muerte. Y los males que sufre el pueblo, son porque Dios se retira y el Mal avanza. Este es el fruto de una vida nacional indigna del Nombre del Santo.

Dios llama con prodigios repetidos y cuando lo único que se atrae son la burla, la indiferencia y el Odio; tanto los hombres como las naciones recuerden que es inútil llorar, cuando primero rechazaron su salvación. Inútilmente me invocarán después de haberme echado fuera, con una guerra sacrílega que partiendo de cada conciencia entregada al Mal, se esparció por toda la nación.

Los países no se salvan con las armas; sino con una forma de vida que atraiga la protección del Cielo.

Pero es justo que se cumpla lo dicho, porque la corrupción avanza por sobre estos muros sobre todo límite e invoca el castigo de Dios. ¡Ay de los que tendrían que ser santos, para conseguir que los otros fueran honrados y sin embargo profanan el Templo; su ministerio y a sí mismos!

Venid. Mi intervención de nada servirá. Pero hagamos brillar la luz una vez más, sobre las Tinieblas.

Jesús desciende acompañado de los suyos. Callado. Serio. Parece muy  disgustado…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA