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55.- EL EDICTO


00roma-imperialLa liberalidad del César  y los auxilios que ha distribuido entre el populacho, no fueron suficientes para contener la indignación de los romanos.

Solo están contentos los ladrones, criminales y facinerosos sin hogar, que comen, beben y roban a su placer.

Pero las personas que han perdido sus propiedades y sus seres queridos, no pueden ser ganadas mediante la apertura de jardines, las dádivas y la promesa de juegos.

La catástrofe ha sido demasiado grande y no tiene paralelo en el mundo.

Otros, en cuyo corazón está latente el amor patrio por su ciudad y su orgullo por el imperio, se rebelan ante la noticia de que Roma va a desaparecer junto con las cenizas de la ciudad, porque el César piensa crear una nueva capital llamada Nerópolis.

Y este rumor hace crecer una corriente de odio entre las adulaciones de los augustanos y las calumnias de Tigelino.

Nerón, más sensible que ninguno de sus predecesores al favor del público, está alarmado ante la posibilidad de que entre la mortal lucha que se ha iniciado con los patricios en el Senado, pueda llegar el momento de que le falte el apoyo popular.

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También los augustanos están alarmados porque en cualquier momento puede llegar para ellos la hora de la destrucción…

Tigelino quiere traer las legiones que Vespasiano tiene en el Asia Menor.

Haloto, que siempre está riendo, ha perdido su buen humor.

Y Vitelio que siempre está comiendo, el apetito.

Otros toman consejo entre sí, sobre la mejor manera de evitar el peligro, porque todos saben que si el César se ve envuelto en la vorágine de una rebelión, no escapará ninguno de los augustanos, a excepción quizá de Petronio.

Pues es a la influencia de ellos y a sus iniciativas; que se atribuyen las locuras de Nerón y todos los crímenes que comete.

De ahí que el odio hacia los augustanos, sea igual que el que sienten por su emperador.

Es por eso que algunos intentan evadir las responsabilidades que los puedan inculpar en el incendio de la ciudad.

Más comprenden que para librarse de ellas, también es necesario alejar del César toda sospecha, pues de otra manera nadie creerá que no fueron ellos los causantes de la catástrofe.

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Tigelino consultó el asunto con Haloto, que es aún más cruel que él y hasta con Séneca, a quién odia casi tanto como a Petronio.

Popea, totalmente convencida de que en la ruina de Nerón está incluida su propia sentencia, pide el dictamen de sus confidentes y de los rabinos hebreos, pues desde hace varios años, es prosélito de la doctrina de Jehová.

Nerón por su parte, fluctúa entre varios sentimientos: tiembla de miedo o hace berrinches, pero sobretodo se queja continuamente.

En un área del Palatino que ha escapado a la destrucción Incendio, están todos reunidos y enfrascados en una larga discusión.

Petronio declara:

–           Creo que será preferible abandonar este foco de inquietudes y hacer el viaje a Acaya que ha sido proyectado desde hace tiempo. ¿Para qué aplazarlo más, cuando en Roma solo hay tristezas y peligros?

Nerón exclama con entusiasmo:

–           ¡Por Zeus! Es lo más sensato que he oído esta mañana.

Pero Séneca, después de meditar unos instantes, dijo:

–           La partida será fácil. Pero no lo será tanto el regreso.

Petronio replica:

–           ¡Por Marte! Podemos volver a la cabeza de las legiones de Vespasiano.

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El emperador confirma:

–           ¡Eso es! ¡Eso haremos!

Tigelino sabe que la idea de Petronio es la más indicada; pero como a  él no se le ocurre nada; está decidido a evitar que Petronio sea por segunda vez, el único capaz de salvarlos y de conjurar todo peligro en los momentos difíciles.

Y por eso dijo al César:

–           ¡Escúchame divinidad! ¡Ese consejo es destructor! Antes de que tú llegues a Ostia estallará una guerra civil y si eso sucede; hay el peligro de que alguno de los sobrevivientes del divino Augusto, se declare César. Y ¿Qué haremos nosotros si las legiones le siguen?

Nerón contestó tajante:

–           Pensaremos entonces en la manera de que NO haya descendientes de Augusto. No quedan muchos en la actualidad. Por lo tanto, será fácil librarnos de ellos.

–           Lo malo es que no se trata solo de ellos. Ayer mismo algunos de mis soldados oyeron decir a la plebe que un hombre como Trhaseas, debiera de ser el César.

Nerón se mordió los labios.

Trhaseas se estremeció, pero guardó silencio.

El emperador, después de un momento, alzó la vista y dijo:

–           ¡Insaciables ingratos! Tienen trigo en abundancia y fuego para cocer su pan. ¡Qué más quieren!

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Haloto exclamó:

–           ¡Venganza!

Hubo un profundo silencio y cada quién se sumergió en sus propios pensamientos.

Enseguida el César se levantó, extendió la mano y dijo declamando:

–           ¡Los corazones piden venganza y la venganza exige una víctima!

Pasaron unos segundos en los que resonó en el aire esta sentencia.

Y luego Nerón, con el rostro lleno de alegría, exclamó:

–           Dadme una tablilla y el stylus, para escribir este gran pensamiento. Marcial jamás hubiera concebido algo tan sublime. ¡Habéis notado cómo me llegó tan espontáneamente!

Un coro de voces exclamó al unísono:

–           ¡Oh! ¡Incomparable! ¡Excelso!

Nerón escribió el pensamiento y dijo:

–           Sí. La venganza pide una víctima. -Y mirando a os que lo rodeaban agregó- ¿Y si corremos la voz de que Haloto ordenó el incendio de la ciudad y luego lo entregamos a la cólera del pueblo?

Haloto exclamó aterrorizado:

–           ¡Oh, divinidad! ¿Quién soy yo?

–           Cierto. Requerimos una persona más importante. ¿Qué tal Vitelio?

Vitelio palideció, pero se dominó.

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Embromándose a sí mismo, contestó riendo:

–           Mi gordura podría renovar el incendio.

Pero Nerón tenía otra cosa en la mente. Necesita la víctima que pueda saciar la cólera del pueblo…

Y la encontró:

–           Tigelino. ¡Tú fuiste quién incendió a Roma!

Todos los presentes se estremecieron. Comprendieron que el César hablaba en serio y quedaron pasmados y expectantes.

El semblante de Tigelino se contrajo de tal forma, que su boca pareció la de un perro rabioso a punto de morder.

Y dijo como un rugido:

–           ¡Yo puse fuego a Roma, por orden tuya!

Y aquellos dos hombres se miraron uno al otro, como dos demonios acusadores y agresivos al máximo.

Siguió tal silencio que se puede escuchar el zumbido de una mosca.

Nerón interrogó suavemente:

–           Tigelino. ¿Me eres fiel?

–           Tú lo sabes señor.

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–           Sacrifícate entonces por mí.

Tigelino contestó mordaz:

–           ¡Oh, divino César! ¿Por qué presentarme el dulce cáliz que sabes que no he de llevar a mis labios? El pueblo murmura y se levanta ¿Acaso quieres que también se levanten los pretorianos?

Todos los que oyeron estas palabras se quedaron petrificados.

Tigelino es el Prefecto de los pretorianos y la amenaza fue tan clara como impactante.

Nerón lo comprendió en toda su magnitud y palideció completamente.

En ese mismo instante, entró Epafrodito el liberto del César, anunciando que la divina Augusta, deseaba ver a Tigelino.

Que había en sus aposentos unas personas a quienes era indispensable que el Prefecto oyera.

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Tigelino hizo una reverencia a César y salió con rostro sereno y desdeñoso.

Ahora, cuando se había intentado darle el golpe, se volvió como una fiera acorralada y mostró los dientes.

Había hecho comprender a todos, incluyendo a Nerón, quién era.

Y sabiendo lo cobarde que es el emperador, está seguro de que el amo del mundo jamás volverá a atreverse a levantar su mano contra él.

Nerón permaneció silencioso en su asiento por largos minutos.

Y al ver que los demás esperaban una respuesta, dijo:

–           He estado alimentando una serpiente en mi seno.

Petronio se encogió de hombros dando a entender que no es difícil arrancar la cabeza de una serpiente semejante.

Nerón lo miró y le dijo:

–           ¿Qué opinas tú? ¡Habla! ¡Aconséjame! Sólo en ti confío porque tienes más juicio que todos los que me rodean y sé que me amas.

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Petronio estuvo a punto de decirle:

‘Hazme Prefecto de los Pretorianos. Entregaré al pueblo a Tigelino y pacificaré en un día a la ciudad.’

 PERO NO LO DIJO.

Y en ese momento se escribió la historia…

Que marcó los acontecimientos que ya habían sido decretados por el destino.

Prevaleció en él su prudencia. Ser Prefecto representa llevar sobre sus hombros la persona del César y responsabilizarse de un considerable número de administraciones públicas. Entre ellas, la estabilidad del imperio con la comandancia de las legiones.

¡Y no está dispuesto a echarse encima esa labor! Pues ello significa arriesgarlo todo y equilibrar aún más, para gobernar a través del impulsivo y demente emperador; a un imperio que ahora está más inestable que nunca.

Y por eso se limitó a contestar:

–           Te aconsejo el viaje a Acaya.

Nerón no ocultó su desilusión:

–           ¡Ah! Yo esperaba más de ti. El Senado me aborrece. Si nos vamos, ¿Quién me asegura que no se sublevará y nombrará César a otro? El pueblo me ha sido leal hasta ahora, pero hoy estará de parte del Senado. ¡Por las parcas! ¡Ah, si ese senado y ese pueblo, tuviesen solo una cabeza!

Petronio replicó con una sonrisa:

–           Permíteme hacerte una observación divinidad: que si deseas salvar a Roma, es necesario salvar siquiera a algunos romanos.

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–           ¿Y qué me importan a mí Roma y los romanos? Me tendrían que obedecer desde Acaya. Estoy completamente solo. Todos me abandonan y hasta ustedes mismos ya se están preparando para traicionarme.

¡Yo lo sé! –Dijo Nerón con acento quejumbroso- ¡Lo sé! ¡Lo que dirán de vosotros las edades futuras, si abandonáis a un artista como yo!

Y aquí se dio un golpe en la frente exclamando:

–            ¡Claro! En medio de todos estos problemas, casi me olvido de quién soy…

Y volviéndose con el rostro iluminado por la inspiración, dijo a Petronio:

–           Petronio, el pueblo murmura y se alza. Pero si yo llevara mi laúd y me dirigiera al Campo de Marte. Si les entonara el canto que me oísteis durante el incendio ¿No crees que los conmovería, como Orfeo conmovió a las fieras?

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Amino Rebio se impacientó y declaró:

–           Sin duda alguna César. En caso de que te permitan empezar… – Las palabras resuenan tajantes, porque lo único que desea es regresar para divertirse con los esclavos que ha traído de Anzio.

Entonces Nerón exclamó enojado:

–           ¡Vámonos a Grecia!

Pero en ese momento entró Popea, seguida por Tigelino.

Todas las miradas se posaron en éste último, porque jamás un triunfador había ascendido las gradas del Capitolio, con más arrogancia que el Prefecto de los Pretorianos al presentarse de nuevo ante el César.

Empezó a hablar lenta y enfáticamente con un tono mordaz:

–           ¡Necesitábamos una víctima y ya la tenemos! ¡Los dioses cuidan de nosotros!

Nerón lo conoce demasiado bien.

Lo mira con suspicacia y pregunta:

–           ¿Qué estás tratando de decir?

–           ¡Escúchame! ¡Oh, César! Porque ahora puedo decirte lo que he encontrado. El pueblo tiene sed de venganza y quiere una víctima. Tendremos no una, sino centenares. Miles de ellas.

Nerón lo mira estupefacto y dice:

–           ¡Qué! Pero, ¿Cómo…?

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Tigelino prosigue triunfal e implacable:

–           ¿Has oído hablar de Cristo? ¿Aquel a quién Poncio Pilatos hizo crucificar en la Palestina? ¿Ya sabes quienes son los cristianos? ¿No?

Son hombres cuyos nefandos crímenes, con sus abominables ceremonias y sus predicciones de que el mundo será destruido por el fuego, ¡Por eso son los incendiarios culpables de nuestra tragedia!

El pueblo los aborrece y sospecha de ellos. Nadie los ha visto en ningún Templo, porque consideran a nuestros dioses como espíritus malignos.

Jamás las manos de un cristiano te han tributado ningún aplauso. Ninguno te ha reconocido como dios. Son los enemigos de la raza humana, de la ciudad y enemigos tuyos. El pueblo murmura contra ti, pero tú no me has dado orden de incendiar Roma.

Y no he sido yo quien la ha incendiado. El pueblo quiere venganza… ¡Se la daremos! El pueblo quiere sangre y fuego. ¡Los tendrán! El pueblo sospecha de ti. ¡Hagamos que sus sospechas tomen otra dirección!

Nerón escuchó atónito al principio.

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Más a medida que ha avanzado la exposición de Tigelino, se demudó su rostro de histrión y se fueron pintando en él sucesivamente: la cólera, el pesar, la simpatía, la indignación.

De repente se levantó, alzó sus manos al cielo y permaneció en silencio por unos momentos, antes de decir con acento trágico:

–           ¡Oh, Zeus, Apolo, Hera, Atenea, Proserpina y todos vosotros dioses inmortales!

¿Por qué no habéis venido en nuestro auxilio? ¿Qué delito cometió esta desventurada ciudad, contra esos seres tan desdichados como crueles, para que de manera tan inhumana la hayan incendiado?

Popea intervino sentenciando:

–           ¡Son los enemigos de la humanidad y tus propios enemigos!

Varias voces exclamaron al mismo tiempo:

–           ¡Haz justicia! ¡Castiga a los incendiarios! ¡Los mismos dioses claman venganza!

Nerón se sentó.

Inclinó la cabeza sobre el pecho y guardó silencio por segunda vez, como si le hubiese anonadado la perversidad de lo que acaba de escuchar.

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Después, agitando los brazos dijo:

–           ¡Qué torturas podrían castigar un crimen semejante! Espero que los dioses nos iluminen. Y auxiliado por el poder del Tartarus (Infierno) he de dar a mi pobre pueblo un espectáculo tal, que en los siglos venideros me recordarán con gratitud todas las generaciones, como su principal benefactor.

Hizo luego una señal a Epafrodito y éste se adelantó para escribir el nuevo Edicto.

Nerón se levantó.

Extendió sus brazos y decretó:

         “QUE LOS CRISTIANOS NO EXISTAN.”

Una nube oscureció la frente de Petronio.

Comprendió el peligro que amenaza las cabezas de Marco Aurelio y de Alexandra a quienes ama.

Y las de todas aquellas gentes cuya religión él NO acepta, pero de cuya inocencia está totalmente convencido.

Sabe también que va a empezar una de esas orgías sangrientas tan insoportables para él.

Su corazón se alarma y piensa:

–           Debo salvar a Marco Aurelio. Él se volverá loco si llega a perder a su esposa.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

177.- POSESIÓN DIABÓLICA PERFECTA


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Judas se enfurece y recupera su diabólica audacia…

Casi se arroja contra Jesús y grita:

–        Mandaste a que me espiaran para quitarme la honra. Que me espiara ese muchacho estúpido, que ni siquiera sabe guardar silencio. Que me avergonzará delante de todos. ¡Esto era lo que querías! Por lo demás… ¡Sí! ¡Esto también lo busco yo! ¡Lo quiero! ¡Qué me arrojes! ¡Qué me maldigas! ¡Qué me maldigas! ¡Qué me maldigas! He hecho todo lo posible para que me arrojaras…

Su voz es muy ronca y  jadea como si algo lo estrangulase…

Jesús le repite en voz baja, pero terrible:

–          ¡Ladrón! ¡Ladrón! ¡Hoy Ladrón y mañana asesino como Barrabás!  ¡Y peor que él!

Mientras el Maestro se ha ido acercando cada vez más. El aliento de Jesús y su mirada escalofriante, llegan hasta la cara de Judas…

Éste le contesta desafiante:

–          Sí. Ladrón y por culpa tuya. Todo el mal que hago es por tu culpa y no te cansas nunca de llevarme a la ruina. Salvas a todos. Amas y honras a todos. Acoges a pecadores. No te causan asco las prostitutas y tratas como amigos a los ladrones, a los usureros, a los proxenetas de Zaqueo. Acoges como si fueses el Mesías al espía del Templo.

¡Eres un necio! Nos diste como jefe a un ignorante. Hiciste tesorero a un recaudador de impuestos y de tus confianzas a un estúpido. A mí me das lo mínimo…  No me das ni un céntimo. Me tienes cerca como un galeote amarrado al banco.

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No quieres que nosotros que yo, reciba los óbolos de los peregrinos. Y para que no toque yo el dinero, has dado órdenes de que no se reciba de nadie… Y todo esto es…  ¡Porque me odias!

Pues bien, ¡Yo también te odio! No te atreviste a pegarme, ni a maldecirme. Tu maldición me hubiera convertido en cenizas…  ¿Por qué no me la arrojaste? La hubiera preferido a verte así: inútil, debilucho, como un hombre sin fuerzas, como un vencido…

Jesús ordena:

–           ¡Cállate!

–          ¡No! ¿Tienes miedo de que Juan oiga? ¿No quieres que comprenda quién eres y te abandone?…  –Judas se ríe con la misma risa escalofriante y solapada de sus últimas manifestaciones… Y grita triunfante-  ¡Ah, esto es lo que temes!…

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Judas está agachado y parece un perro feroz a punto de lanzarse sobre su presa. Se acerca  Jesús y en su cara hay una transformación satánica… Sus manos parecen garfios. Los brazos, pegados al cuerpo y los ojos fulgurantes de rabia.

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Jesús lo encara sin miedo, esperando sin hacer ningún gesto, ni decir una palabra, a que la furia de Judas se calme, pues se desata como una avalancha…

Y su voz suena como un latigazo…

–      ¡Temes! ¡Tú que te crees un héroe!… ¡Temes! Me tienes miedo… ¡Me temes! Por esto no pudiste maldecir. Por esto finges amarme, cuando en realidad me odias. Para ablandarme. Para mantenerme quieto… ¡Sabes que yo soy una fuerza! ¡Sabes que soy la Fuerza! La Fuerza que te odia y que te vencerá…  

Te prometí que te seguiría hasta la muerte, ofreciéndote todo y todo te he ofrecido…

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Estaré cerca de Ti, hasta tu Hora y mi hora. ¡Valiente rey que no puede maldecir y arrojar a uno! ¡Un rey payaso! ¡Un rey ídolo! ¡Un rey necio! ¡Un rey mentiroso! Eres un traidor de tu mismo destino.

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Desde nuestro primer encuentro me has despreciado… No me has correspondido. ¡Te crees un sabio y eres un estúpido! Te señalaba el camino recto, pero Tú… ¡Oh, Tú eres el Puro!

Eres la creatura que es hombre, pero también Dios y te atreves a despreciar los consejos del Inteligente…  

Desde el primer momento te equivocaste y sigues equivocándote.  Tú… Tú Eres… ¡Ahggg!…

El torrente de palabras cesa de golpe. Hay un silencio lúgubre…

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Jesús ha estado callado, mirando con infinito dolor al desgraciado apóstol, elevando una plegaria silenciosa… Cuando de pronto, Jesús abre los brazos horizontalmente  y toma la postura de un crucificado. Es cuando Judas ha callado con un ahogado ¡Ah!…

En un momento de clara posesión diabólica, Satanás ha hablado por boca del apóstol pervertido, cercano ya al umbral del mayor delito, condenado por su propia voluntad.

El torrente de palabras cesó, dejando al apóstol como atolondrado… Pasa un larguísimo minuto…

Luego Judas parece como si saliera de un delirio y se pasa la mano por la frente perlada de sudor… Piensa… Recuerda… Las fuerzas lo abandonan y cae por tierra llorando…

Jesús baja los brazos.

Y con voz queda pero clara, le dice:

–         ¿Y luego?…  ¿Te odio?…  Podría pegarte con el pie y aplastarte llamándote ‘gusano’ Podría maldecirte, así como te he librado de la fuerza que te hacía delirar…

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Has creído que el no maldecirte es debilidad de mi parte. No lo es. Soy el Salvador y el Salvador no puede maldecir. Quiero salvar. Dijiste: ‘Soy la fuerza que te odia y que te vencerá’

Yo Soy la Única Fuerza y es Amor no Odio. El Amor no odia. No maldice, jamás. La Fuerza podría vencer las batallas individuales, como ésta entre Yo y Satanás, que está en ti. Quitarte tu patrón para siempre, como acabo de hacerlo. Tomando la actitud de la TAU, la Señal que salva y que Lucifer no puede ver.

Pero, ¿De qué serviría traspasar las reglas perfectas de mi Padre? ¿Sería justicia? ¿Habría mérito? ¡NO! Ni una cosa, ni la otra. No sería justicia para con los culpables, a los que no se les quitó la libertad de serlo. Los cuales podrían en el último día, preguntarme porqué fueron condenados y echarme en cara el haber sido parcial contigo.

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Habrá miles y miles de hombres, que cometerán tus mismos pecados: que se permitirán ser presa del demonio; ofensores de Dios; torturadores de sus padres; asesinos, ladrones, mentirosos, adúlteros, lujuriosos, sacrílegos y hasta deicidas…

Matando materialmente al Mesías dentro de poco tiempo; matándolo espiritualmente en sus corazones, en tiempos venideros…

Todos podrían decirme, cuando venga a separar a los corderos de los cabros. A bendecir a los primeros y a maldecir;  entonces sí, a maldecir a los otros. A maldecir porque ya no habrá más Redención. Sino Gloria o Condenación…  

A volverlos a maldecir después de haberlos maldecido individualmente, cuando murieron y fueron juzgados. Porque el hombre y lo sabes, porque lo he dicho muchísimas veces: puede salvarse mientras le dura la vida. Aún en sus últimos momentos basta un instante, para que todo se arregle entre el alma y Dios. Para que se pida perdón y se alcance absolución…

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     Todos los condenados podrían decirme: “¿Por qué no nos amarraste al bien, como hiciste con Judas?” Y tendrían razón…  Porque cada hombre nace con los mismos elementos.

Y mientras unos adornan su alma secundando el querer de Dios; haciendo fructificar sus dones gratuitos. Con una perfección cada vez más heroica. Tú por el contrario, has destruido tu alma y los dones que Dios le entregó. ¿Qué has hecho de tu libre albedrío? ¿Qué de tu inteligencia? ¿La has conservado libre? ¡NO! Tú que no quieres obedecerme a Mí. No digo a Mí Hombre,  pero ni siquiera a Mí, Dios. Obedeces a Satanás como un esclavo.

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Empleas tu inteligencia y tu libertad, para comprender a las Tinieblas. Voluntariamente. Delante de ti se te han puesto el Bien y el Mal. Y has elegido el Mal. Aún más: se te ha puesto delante solo el Bien: Yo el Eterno, Tu Creador, que ha seguido el desenvolvimiento de tu alma y te ha puesto delante solo el Bien, porque sabe que eres más débil que un alga seca.

Me echaste en cara que te odio y esta acusación la has lanzado contra Dios, Uno y Trino. Contra Dios Padre que te creó por Amor. Contra Dios Hijo que se Encarnó por Amor, para salvarte. Contra Dios Espíritu que te ha hablado muchas veces, para darte buenos deseos. Has acusado a Dios Uno y Trino que tanto te ha amado que te ha traído a mi Camino.

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     Haz rechazado el Bien y libremente te has entregado al Mal. Con tu libre albedrío has querido esto y descortésmente siempre has rechazado mi Mano; que te he ofrecido para sacarte del remolino. Y siempre te alejas de Mí, para sumergirte en el enfurecido mar de las pasiones, del Mal. ¿Cómo puedes acusarnos de que te hemos odiado?

Me has echado en cara que quiero tu mal… También el niño enfermo se enoja contra el médico y contra su madre, porque le hacen beber medicinas amargas y porque le niegan cosas que le harán daño. ¿Te ha cegado tanto Satanás que ya no comprendes la verdadera razón de las providencias que he tomado por tu bien?

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¿Y te atreves a llamar mala voluntad y deseo de llevarte a la ruina lo que es providencia amorosa de tu Maestro, de tu Salvador, de tu Amigo que quiere curarte? Te he impedido que tocases ese metal infame que te enloquece, para que su veneno no te llevase a la muerte.

¿No sientes que es como uno de esos brebajes mágicos que provocan una sed insaciable que inocula en la sangre un ardor, una rabia que llevan a  la muerte? Leo en tu pensamiento que me estás reprochando: “Entonces, ¿Porqué por tanto tiempo me permitiste que administrase el dinero?”

1-cerebro

     ¿Por qué? Porque si te  lo hubiera impedido desde el principio. Te habrías vendido antes. Habrías robado antes. De todos modos te vendiste, porque poco podías robar. Yo tuve que impedirlo sin hacer violencia a tu voluntad. El oro es tu ruina. Porque por causa del oro te has hecho lujurioso y traidor.

Judas exclama:

–          ¡Eso! Te han informado mal. Yo no soy…

–          ¡Cállate!

Parece el eco de un trueno. Jesús lo ha dicho con Ira. Severamente mira a Judas, que se encoge y se queda callado.

En el silencio se escucha el esfuerzo que Jesús hace por dominarse. Luego vuelve a hablar con su tono dulce, enérgico, persuasivo, conquistador…

Sólo los demonios pueden resistir a esta voz:

–                       No necesito que nadie me diga para conocer tus acciones. ¡Oh, desgraciado! ¿Sabes delante de Quién estás?…  

Dijiste que ya no comprendías mis palabras, ¡Pobre Infeliz! Ni siquiera te comprendes a ti mismo. Ya ni siquiera distingues el Bien del Mal. Satanás, al que has obedecido en todas las tentaciones que te ha presentado, te ha vuelto estúpido.

Pero hubo un tiempo en que me comprendías. ¡Creías que Yo Soy Quien Soy! Y este recuerdo no se apagado en ti. ¿Puedes creer que el Hijo de Dios? ¿Qué Dios tenga necesidad de las palabras de un hombre, para saber el pensamiento y las acciones de otro?

Aún no estás del todo pervertido, que no creas que Soy Dios. Y en esto está tu mayor culpa. Lo demuestra el miedo que tienes a mi Ira. Sientes que no luchas contra un Hombre, sino contra Dios Mismo y tiemblas. Y pese a que sabes Quién Soy, luchas contra Mí…

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Si te maldijera no sería más el Salvador. Querrías que te arrojase y dices que todo lo haces, para que te arroje. Esta razón no justifica tus acciones, porque no hay necesidad de pecar, para separarte de Mí…

Puedes hacerlo, te lo he dicho. Desde que regresaste a Nobe, lleno de mentiras y de Lascivia; como si hubieras salido del Infierno para caer en el fango de los cerdos o con los libidinosos monos.

Y tuve que hacerme fuerza a Mí Mismo, para no arrojarte a puntapiés, como un harapo asqueroso. Y para refrenar la náusea que sentía, no solo en el corazón, sino aún en las entrañas.

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Siempre te lo dije aún antes de aceptarte, antes de que vinieras con nosotros. Pero quisiste quedarte… ¡Para tu ruina! ¡Tú, mi más grande dolor! Pero andas pensando y diciendo que soy superior al Dolor; tú, el primero de los herejes que vendrán…

NO. Sólo al Pecado soy superior. Sólo a la ignorancia lo soy. Al pecado porque soy Dios. A la ignorancia porque no puede existir en el alma que no ha sido herida por la Culpa Original. Y Yo soy superior al Pecado por mi propia voluntad, porque no quiero pecar.

Vine al Mundo para devolver a los hombres su realeza de hijos de Dios, enseñándoles a vivir como dioses. He querido demostrar que se puede vivir como enseño…  Y para mostrarlo, tuve que tomar un cuerpo verdadero. Para poder sufrir las tentaciones humanas y decir al hombre después de haberlo instruido: ‘Haced como Yo’

Todos los hombres pueden ser tentados pero solo son pecadores los que quieren serlo. No hay pecado donde no se consiente a la tentación, Judas. Existe el pecado dónde aún sin consumarlo, se consiente a la tentación y se mira con buenos ojos. Será pecado venial, pero ya es una preparación para el pecado mortal, que se desenvuelve en vosotros.

Porque acoger la tentación y pensar en ella siguiendo mentalmente las fases del pecado, es debilitarse a sí mismo. Satanás lo sabe y por eso lanza repetidos ataques, esperando que penetre uno; pues es fácil que el hombre tentado se haga culpable.

Y tú eres un hombre en el que la tentación rechazada no se calma… No se calma, porque no la rechazas totalmente…  No realizas el acto, pero cobijas su deseo y así lo has hecho hasta que caes en la realización del pecado. Por eso te  enseñé que pidieses la ayuda del Padre, para que no te dejase entrar en tentación.

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      Yo, el Hijo de Dios. Yo, el Vencedor de Satanás; he pedido ayuda al Padre, porque soy humilde. Tú no lo eres. Eres un soberbio y por eso te hundes… ¿Recuerdas esto?

¿Puedes comprender ahora lo que significa para Mí, verdadero Hombre con todas las reacciones humanas y verdadero Dios, con todas las reacciones de Dios?…  ¡Verte así: lujurioso, mentiroso, ladrón, traidor, homicida! ¿Sabes cuáles son los esfuerzos a los que me sujetas, para tenerte cercano a Mí? ¿Sabes lo que me cuesta dominarme como ahora, para que mi misión en ti, se realice completamente?…

Cualquier otro hombre te habría cogido por la garganta, al sorprenderte forzando los cofres y apoderándote del dinero, al saber que eres un traidor y más que un traidor… Te hablo con compasión. Mira…  no es verano y por la ventana entra ya el aire fresco del atardecer. Y sin embargo estoy sudando como si hubiera hecho un trabajo demasiado duro.

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¿No te das cuenta de los que me cuestas?  ¿De lo que eres? ¿Quieres que te arroje? No. Jamás. Cuando alguien se está ahogando, es un asesino el que lo deja que se hunda. Te encuentras en medio de dos fuerzas que te jalan: Yo y Satanás.

Si te dejo, solo lo tendrás a él. ¿Y cómo te salvarás? Y con todo me abandonarás… Ya me abandonaste en tu corazón.  Y Yo tengo todavía conmigo, la crisálida de Judas: tu cuerpo privado de la voluntad de amarme. Tu cuerpo inerte para el bien. Lo detengo hasta que exijas también este despojo, para unirlo al espíritu y pecar con todo tu ser…

Judas, ¿No me hablas? ¿No encuentras una palabra que decir a tu Maestro? No te exijo que me digas: “¡Perdón!” muchas veces te he perdonado sin resultado.  Sé que esa palabra saldría solo de tus labios, no de tu espíritu arrepentido. Quisiera que saliese de tu corazón.

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 ¿Estás tan muerto que no eres capaz de formar un deseo? ¡Habla! ¿Me temes? ¡Oh, si fuera realidad! ¡Por lo menos esto! Pero no. Si me temieses te diría las palabras que te dije aquel día ya lejano, en que hablamos de las tentaciones y los pecados: “Te aseguro que aún después del Mayor Crimen que se cometerá,   si el culpable de él corriese a los pies de Dios con verdadero arrepentimiento y llorando pidiese perdón, ofreciéndose a expiar confiadamente, sin desesperarse; Dios lo perdonaría.  Y por medio de la expiación salvaría su alma.

Judas si no me temes, aun así, Yo todavía te amo. ¿No tienes nada que pedir ahora, a mi amor infinito?…

La voz de Jesús es una caricia dulcísima…

1bES

Judas responde con altanería:

–         No. Mejor dicho sí. Una sola cosa. Que impongas silencio a Juan. ¿Cómo quieres que pueda reparar, si seré la vergüenza entre vosotros?

1el-egoismo-maligno-

–        ¿Y así hablas? Juan no hablará. Pero Yo te pido que al menos tú, obres de tal modo, que nada trasluzca tu ruina. Recoge esas monedas y ponlas en la bolsa de Juana… Trataré de cerrar el cofre, con el alambre que empleaste para abrirlo…

La voz de Jesús tiene un timbre de derrota y está impregnada con un infinito Dolor.

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Mientras Judas de mala manera, recoge las monedas desparramadas sobre el suelo.

Jesús se apoya sobre el cofre abierto abrumado por el cansancio. Aunque la luz es débil, permite ver que llora en silencio; mirando al apóstol encorvado, que está recogiendo las monedas.

Cuando Judas termina se acerca al cofre; toma la gruesa y pesada bolsa, mete adentro las monedas, la cierra y dice:

–        Aquí están.  –y se hace a un lado.

Jesús toma la ganzúa y con mano temblorosa, hace girar la chapa y cierra el cofre. Caen lágrimas sobre su vestido blanco de lino.

Judas lo ve y finalmente tiene un impulso de arrepentimiento. Se cubre la cara con las manos y en medio de un sollozo…

Judas dice:

–      ¡Soy un maldito! ¡Soy el Oprobio de la tierra!

Jesús contesta:

–       ¡Eres el desgraciado eterno! ¡Y pensar que si quisieras, podrías todavía ser feliz!

1Little_Demon

Judas grita:

–        ¡Júrame! ¡Júrame que nadie se enterará de esto!… ¡Y yo te juro que me redimiré!

1egolatría

–        No. No digas ‘me redimiré.’ No puedes. Solo Yo puedo redimirte. Solo Yo puedo vencer al que habló por tus labios… Pronuncia la palabra de humildad: “Señor, Sálvame.” Y te libraré de tu opresor. ¿No comprendes que espero esta palabra con más ansias que un beso de mi Madre?…

Judas llora…  Pero no la pronuncia… 

Después de un minuto que parece un siglo.

Jesús dice:

–       Vete. Sube a la terraza. Vete a donde quieras, pero no hagas ninguna comedia. Vete, vete. Nadie te descubrirá, porque Yo me preocuparé de ello. Desde mañana tendrás el dinero. ¡Es inútil todo ya!…

Judas sale sin replicar.

Jesús se queda solo. Se sienta sobre una silla que hay cerca de la mesa. Y con la cabeza apoyada sobre sus brazos, llora angustiosamente.

Pocos minutos después, llega Juan. Se detiene un momento en el umbral. Está pálido como un muerto y corre hacia Jesús.

Lo abraza suplicando:

–       ¡No llores, Maestro! ¡No  llores! Te amo también por ese infeliz.

Juan ve las lágrimas de su Dios y llora a su vez.

1jesus-lloro

Jesús lo abraza. Y las dos cabezas rubias, juntas se intercambian las lágrimas y los besos.

Jesús pronto se domina y dice:

–       Juan, por amor mío. Olvida todo esto. Lo quiero.

Juan contesta:

–       Sí. Señor mío. Trataré de hacerlo. Pero no sufras más… ¡Ah, qué dolor! Me hizo pecar, Señor mío. Mentí. Tuve que mentir porque vinieron a agradecerte los samaritanos. Les nació felizmente un varoncito. Les dije que habías ido al monte… Luego vinieron las discípulas y volví a mentir, diciendo que tal vez estarías en la casa de Ada… Yo estaba atolondrado.  Tu Madre me vio que tenía lágrimas y me preguntó angustiada: ¿Qué te pasa Juan? Volví a mentir: Estoy conmovido por la felicidad de Ada… ¡A tanto puede llevar el estar cerca de un pecador! ¡A la mentira!… ¡Perdóname, Jesús mío! 

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–           Quédate en paz. Olvídate de estos momentos. No ha pasado nada. Es sólo un mal sueño…

–           Sufres. ¡Qué cambiado estás, Maestro! Respóndeme sólo esto: ¿Se arrepintió Judas?

–           ¡Quién puede comprenderlo, hijo mío!

–           Ninguno de nosotros. Pero Tú sí.

Jesús no responde. Nuevas lágrimas silenciosas corren por su cansado rostro.

Juan comprende aterrado:

–        ¡Ah! ¡No se arrepintió!

–        ¿Dónde está ahora? ¿Lo viste?

–         Sí. Asomándose a la terraza, mirando si había alguien. Y al verme que estaba solo, sentado bajo la higuera, bajó corriendo y salió por la puerta del huerto. Entonces me vine…

–        Hiciste bien. Pongamos las sillas en su lugar. Recoge la jarra. Que no queden huellas de nada…

–         Luchó contigo.

–        No, Juan. No.

–        Estás muy turbado Maestro, para quedarte aquí. Tu Madre comprendería y sufriría…

–         Tienes razón. Salgamos. Me adelanto al arroyo en dirección al bosque…

Jesús sale y Juan se queda a poner todo en orden. Luego, sale detrás de Jesús…

Lo encuentra sentado sobre una piedra.

1jmed

Él se vuelve al oír los pasos de su apóstol. Su figura resalta a la luz del atardecer. Juan se sienta a sus pies y recuesta la cabeza sobre sus rodillas. Ve que todavía llora…

Juan dice:

–       ¡No sufras, más! ¡No sufras más, Maestro! ¡No soporto verte sufrir!

Jesús contesta:

–        ¿No puedo sufrir por esto? ¡Es mi mayor dolor! Recuérdalo Juan: ¡Este será para siempre mi mayor dolor! Y todavía no puedes comprender todo… Mi mayor dolor…  -Jesús está totalmente abatido.

1demonio-soberbia

Juan se aflige por no poder consolarlo…

Jesús levanta su cabeza. Abre sus ojos, que tenía cerrados tratando de contener las lágrimas y dice:

–        Recuerda que somos tres los que sabemos: el culpable, Yo y tú. Y que nadie más debe saberlo.

–        Nadie lo sabrá de mi boca. ¿Pero, cómo pudo hacerlo? Cuando se apropiaba el dinero de la bolsa común, ¡Paciencia!… ¡Pero esto! ¡Creí que estaba yo loco, cuando lo vi!… ¡Horror!

–       Te he dicho que lo olvides.

–        Me esfuerzo Maestro, pero es muy horrible…

–        ¡Horrible! Sí, ¡Horrible!

Jesús apoya su cabeza sobre la espalda de Juan y vuelve a llorar de dolor. Las sombras de la noche bajan rápidamente y los envuelven…

1anochecer

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

55.- EL EDICTO


La liberalidad del César  y los auxilios que ha distribuido entre el populacho, no fueron suficientes para contener la indignación de los romanos. Solo están contentos los ladrones, criminales y facinerosos sin hogar, que comen, beben y roban a su placer. Pero las personas que han perdido sus propiedades y sus seres queridos, no pueden ser ganadas mediante la apertura de jardines, las dádivas y la promesa de juegos. La catástrofe ha sido demasiado grande y no tiene paralelo en el mundo.

Otros, en cuyo corazón está latente el amor patrio por su ciudad y su orgullo por el imperio, se rebelan ante la noticia de que Roma va a desaparecer junto con las cenizas de la ciudad, porque el César piensa crear una nueva capital llamada Nerópolis. Y este rumor hace crecer una corriente de odio entre las adulaciones de los augustanos y las calumnias de Tigelino.

Nerón, más sensible que ninguno de sus predecesores al favor del público, está alarmado ante la posibilidad de que entre la mortal lucha que se ha iniciado con los patricios en el Senado, pueda llegar el momento de que le falte el apoyo popular. También los augustanos están alarmados porque en cualquier momento puede llegar para ellos la hora de la destrucción…

Tigelino quiere traer las legiones que Vespasiano tiene en el Asia Menor. Haloto, que siempre está riendo, ha perdido su buen humor. Y Vitelio que siempre está comiendo, el apetito. Otros toman consejo entre sí, sobre la mejor manera de evitar el peligro, porque todos saben que si el César se ve envuelto en la vorágine de una rebelión, no escapará ninguno de los augustanos, a excepción quizá de Petronio.

Pues es a la influencia de ellos y a sus iniciativas; que se atribuyen las locuras de Nerón y todos los crímenes que comete. De ahí que el odio hacia los augustanos, sea igual que el que sienten por su emperador. Es por eso que algunos intentan evadir las responsabilidades que los puedan inculpar en el incendio de la ciudad. Más comprenden que para librarse de ellas, también es necesario alejar del César toda sospecha, pues de otra manera nadie creerá que no fueron ellos los causantes de la catástrofe.

Tigelino consultó el asunto con Haloto, que es aún más cruel que él y hasta con Séneca, a quién odia casi tanto como a Petronio.

Popea, totalmente convencida de que en la ruina de Nerón está incluida su propia sentencia, pide el dictamen de sus confidentes y de los rabinos hebreos, pues desde hace varios años, es prosélito de la doctrina de Jehová.

Nerón por su parte, fluctúa entre varios sentimientos: tiembla de miedo o hace berrinches, pero sobretodo se queja continuamente.

En un área del Palatino que ha escapado a la destrucción Incendio, están todos reunidos y enfrascados en una larga discusión.

Petronio declara:

–           Creo que será preferible abandonar este foco de inquietudes y hacer el viaje a Acaya que ha sido proyectado desde hace tiempo. ¿Para qué aplazarlo más, cuando en Roma solo hay tristezas y peligros?

Nerón exclama con entusiasmo:

–           ¡Por Zeus! Es lo más sensato que he oído esta mañana.

Pero Séneca, después de meditar unos instantes, dijo:

–           La partida será fácil. Pero no lo será tanto el regreso.

Petronio replica:

–           ¡Por Marte! Podemos volver a la cabeza de las legiones de Vespasiano.

El emperador confirma:

–           ¡Eso es! ¡Eso haremos!

Tigelino sabe que la idea de Petronio es la más indicada; pero como a  él no se le ocurre nada; está decidido a evitar que Petronio sea por segunda vez, el único capaz de salvarlos y de conjurar todo peligro en los momentos difíciles.

Y por eso dijo al César:

–           ¡Escúchame divinidad! ¡Ese consejo es destructor! Antes de que tú llegues a Ostia estallará una guerra civil y si eso sucede; hay el peligro de que alguno de los sobrevivientes del divino Augusto, se declare César. Y ¿Qué haremos nosotros si las legiones le siguen?

Nerón contestó tajante:

–           Pensaremos entonces en la manera de que no haya descendientes de Augusto. No quedan muchos en la actualidad. Por lo tanto, será fácil librarnos de ellos.

–           Lo malo es que no se trata solo de ellos. Ayer mismo algunos de mis soldados oyeron decir a la plebe que un hombre como Trhaseas, debiera de ser el César.

Nerón se mordió los labios.

Trhaseas se estremeció, pero guardó silencio.

El emperador, después de un momento, alzó la vista y dijo:

–           ¡Insaciables ingratos! Tienen trigo en abundancia y fuego para cocer su pan. ¡Qué más quieren!

Haloto exclamó:

–           ¡Venganza!

Hubo un profundo silencio y cada quién se sumergió en sus propios pensamientos. Enseguida el César se levantó, extendió la mano y dijo declamando:

–           ¡Los corazones piden venganza y la venganza exige una víctima!

Pasaron unos segundos en los que resonó en el aire esta sentencia. Y luego Nerón, con el rostro lleno de alegría, exclamó:

–           Dadme una tablilla y el stylus, para escribir este gran pensamiento. Marcial jamás hubiera concebido algo tan sublime. ¡Habéis notado cómo me llegó tan espontáneamente!

Un coro de voces exclamó al unísono:

–           ¡Oh! ¡Incomparable! ¡Excelso!

Nerón escribió el pensamiento y dijo:

–           Sí. La venganza pide una víctima. -Y mirando a os que lo rodeaban agregó- ¿Y si corremos la voz de que Haloto ordenó el incendio de la ciudad y luego lo entregamos a la cólera del pueblo?

Haloto exclamó aterrorizado:

–           ¡Oh, divinidad! ¿Quién soy yo?

–           Cierto. Requerimos una persona más importante. ¿Qué tal Vitelio?

Vitelio palideció, pero se dominó. Embromándose a sí mismo, contestó riendo:

–           Mi gordura podría renovar el incendio.

Pero Nerón tenía otra cosa en la mente. Necesita la víctima que pueda saciar la cólera del pueblo… Y la encontró:

–           Tigelino. ¡Tú fuiste quién incendió a Roma!

Todos los presentes se estremecieron. Comprendieron que el César hablaba en serio y quedaron pasmados y expectantes.

El semblante de Tigelino se contrajo de tal forma, que su boca pareció la de un perro rabioso a punto de morder. Y dijo como un rugido:

–           ¡Yo puse fuego a Roma, por orden tuya!

Y aquellos dos hombres se miraron uno al otro, como dos demonios acusadores y agresivos al máximo. Siguió tal silencio que se puede escuchar el zumbido de una mosca.

Nerón interrogó suavemente:

–           Tigelino. ¿Me eres fiel?

–           Tú lo sabes señor.

–           Sacrifícate entonces por mí.

Tigelino contestó mordaz:

–           ¡Oh, divino César! ¿Por qué presentarme el dulce cáliz que sabes que no he de llevar a mis labios? El pueblo murmura y se levanta ¿Acaso quieres que también se levanten los pretorianos?

Todos los que oyeron estas palabras se quedaron petrificados.

Tigelino es el Prefecto de los pretorianos y la amenaza fue tan clara como impactante.

Nerón lo comprendió en toda su magnitud y palideció completamente.

En ese mismo instante, entró Epafrodito el liberto del César, anunciando que la divina Augusta, deseaba ver a Tigelino. Que había en sus aposentos unas personas a quienes era indispensable que el Prefecto oyera.

Tigelino hizo una reverencia a César y salió con rostro sereno y desdeñoso. Ahora, cuando se había intentado darle el golpe, se volvió como una fiera acorralada y mostró los dientes. Había hecho comprender a todos, incluyendo a Nerón, quién era.

Y sabiendo lo cobarde que es el emperador, está seguro de que el amo del mundo jamás volverá a atreverse a levantar su mano contra él.

Nerón permaneció silencioso en su asiento por largos minutos. Y al ver que los demás esperaban una respuesta, dijo:

–           He estado alimentando una serpiente en mi seno.

Petronio se encogió de hombros dando a entender que no es difícil arrancar la cabeza de una serpiente semejante.

Nerón lo miró y le dijo:

–           ¿Qué opinas tú? ¡Habla! ¡Aconséjame! Sólo en ti confío porque tienes más juicio que todos los que me rodean y sé que me amas.

Petronio estuvo a punto de decirle: ‘Hazme Prefecto de los Pretorianos. Entregaré al pueblo a Tigelino y pacificaré en un día a la ciudad.’

 PERO NO LO DIJO.

            Y en ese momento se escribió la historia…

Que marcó los acontecimientos que ya habían sido decretados por el destino.

Prevaleció en él su prudencia. Ser Prefecto representa llevar sobre sus hombros la persona del César y responsabilizarse de un considerable número de administraciones públicas. Entre ellas, la estabilidad del imperio con la comandancia de las legiones. ¡Y no está dispuesto a echarse encima esa labor! Pues ello significa arriesgarlo todo y equilibrar aún más, para gobernar a través del impulsivo y demente emperador; a un imperio que ahora está más inestable que nunca.

Y por eso se limitó a contestar:

–           Te aconsejo el viaje a Acaya.

Nerón no ocultó su desilusión:

–           ¡Ah! Yo esperaba más de ti. El Senado me aborrece. Si nos vamos, ¿Quién me asegura que no se sublevará y nombrará César a otro? El pueblo me ha sido leal hasta ahora, pero hoy estará de parte del Senado. ¡Por las parcas! ¡Ah, si ese senado y ese pueblo, tuviesen solo una cabeza!

Petronio replicó con una sonrisa:

–           Permíteme hacerte una observación divinidad: que si deseas salvar a Roma, es necesario salvar siquiera a algunos romanos.

–           ¿Y qué me importan a mí Roma y los romanos? Me tendrían que obedecer desde Acaya. Estoy completamente solo. Todos me abandonan y hasta ustedes mismos ya se están preparando para traicionarme. ¡Yo lo sé! –Dijo Nerón con acento quejumbroso- ¡Lo sé! ¡Lo que dirán de vosotros las edades futuras, si abandonáis a un artista como yo! –y aquí se dio un golpe en la frente exclamando-¡Claro! En medio de todos estos problemas, casi me olvido de quién soy…

Y volviéndose con el rostro iluminado por la inspiración, dijo a Petronio:

–           Petronio, el pueblo murmura y se alza. Pero si yo llevara mi laúd y me dirigiera al Campo de Marte. Si les entonara el canto que me oísteis durante el incendio ¿No crees que los conmovería, como Orfeo conmovió a las fieras?

Amino Rebio se impacientó y declaró:

–           Sin duda alguna César. En caso de que te permitan empezar… – Las palabras resuenan tajantes, porque lo único que desea es regresar para divertirse con los esclavos que ha traído de Anzio.

Entonces Nerón exclamó enojado:

–           ¡Vámonos a Grecia!

Pero en ese momento entró Popea, seguida por Tigelino.

Todas las miradas se posaron en éste último, porque jamás un triunfador había ascendido las gradas del Capitolio, con más arrogancia que el Prefecto de los Pretorianos al presentarse de nuevo ante el César.

Empezó a hablar lenta y enfáticamente con un tono mordaz:

–           ¡Necesitábamos una víctima y ya la tenemos! ¡Los dioses cuidan de nosotros!

Nerón lo conoce demasiado bien. Lo mira con suspicacia y pregunta:

–           ¿Qué estás tratando de decir?

–           ¡Escúchame! ¡Oh, César! Porque ahora puedo decirte lo que he encontrado. El pueblo tiene sed de venganza y quiere una víctima. Tendremos no una, sino centenares. Miles de ellas.

Nerón lo mira estupefacto y dice:

–           ¡Qué! Pero, ¿Cómo…?

Tigelino prosigue triunfal e implacable:

–           ¿Has oído hablar de Cristo? ¿Aquel a quién Poncio Pilatos hizo crucificar en la Palestina? ¿Ya sabes quienes son los cristianos? ¿No? Son hombres cuyos nefandos crímenes, con sus abominables ceremonias y sus predicciones de que el mundo será destruido por el fuego, ¡Por eso son los incendiarios culpables de nuestra tragedia!  El pueblo los aborrece y sospecha de ellos. Nadie los ha visto en ningún Templo, porque consideran a nuestros dioses como espíritus malignos.

Jamás las manos de un cristiano te han tributado ningún aplauso. Ninguno te ha reconocido como dios. Son los enemigos de la raza humana, de la ciudad y enemigos tuyos. El pueblo murmura contra ti, pero tú no me has dado orden de incendiar Roma. Y no he sido yo quien la ha incendiado. El pueblo quiere venganza… ¡Se la daremos! El pueblo quiere sangre y fuego. ¡Los tendrán! El pueblo sospecha de ti. ¡Hagamos que sus sospechas tomen otra dirección!

Nerón escuchó atónito al principio.

Más a medida que ha avanzado la exposición de Tigelino, se demudó su rostro de histrión y se fueron pintando en él sucesivamente: la cólera, el pesar, la simpatía, la indignación.

De repente se levantó, alzó sus manos al cielo y permaneció en silencio por unos momentos, antes de decir con acento trágico:

–           ¡Oh, Zeus, Apolo, Hera, Atenea, Proserpina y todos vosotros dioses inmortales! ¿Por qué no habéis venido en nuestro auxilio? ¿Qué delito cometió esta desventurada ciudad, contra esos seres tan desdichados como crueles, para que de manera tan inhumana la hayan incendiado?

Popea intervino sentenciando:

–           ¡Son los enemigos de la humanidad y tus propios enemigos!

Varias voces exclamaron al mismo tiempo:

–           ¡Haz justicia! ¡Castiga a los incendiarios! ¡Los mismos dioses claman venganza!

Nerón se sentó. Inclinó la cabeza sobre el pecho y guardó silencio por segunda vez, como si le hubiese anonadado la perversidad de lo que acaba de escuchar.

Después, agitando los brazos dijo:

–           ¡Qué torturas podrían castigar un crimen semejante! Espero que los dioses nos iluminen. Y auxiliado por el poder del Tartarus (Infierno) he de dar a mi pobre pueblo un espectáculo tal, que en los siglos venideros me recordarán con gratitud todas las generaciones, como su principal benefactor.

Hizo luego una señal a Epafrodito y éste se adelantó para escribir el nuevo Edicto.

Nerón se levantó. Extendió sus brazos y decretó:

         “QUE LOS CRISTIANOS NO EXISTAN.”

Una nube oscureció la frente de Petronio.

Comprendió el peligro que amenaza las cabezas de Marco Aurelio y de Alexandra a quienes ama. Y las de todas aquellas gentes cuya religión él no acepta, pero de cuya inocencia está totalmente convencido. Sabe también que va a empezar una de esas orgías sangrientas tan insoportables para él.

Su corazón se alarma y piensa:

–           Debo salvar a Marco Aurelio. Él se volverá loco si llega a perder a su esposa.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA