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520 El Buen Pastor


520 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

432a Con los campesinos de Yocaná, cerca de Sefori.

Los apóstoles comentan…

Bartolomé:

–           ¡Cuánta gente!

Tomás:

–           ¡Han venido todos, incluso los niños!…

Andrés:

–           El Maestro estará contento…

Tadeo exclama:

–            ¡Ah, ahí está el Maestro!

Vamos a acercarnos.

Se unen al Maestro, que camina con dificultad por el prado.

Porque va apretujado entre los muchos que le rodean.

Cuando los apóstoles logran llegar hasta Él.

Jesús pregunta:

–           ¿Judas sigue todavía ausente?

–            Sí, Maestro.

Pero si quieres lo llamamos…

–           No hace falta.

Mi Voz lo alcanza en el lugar donde esté.

Y su conciencia, libre, le habla con su propia voz.

No es necesario añadir vuestras voces…

Para forzar una voluntad.

Venid, sentémonos aquí con estos hermanos nuestros.

Y perdonad si no he podido compartir con vosotros el pan,

en un ágape de amor.

Mientras se acercan al lugar designado,

todos recuerdan al soberbio apóstol rebelde.

Pues es de sobra conocidos su desprecio y su repudio

hacia éstos ínfimos de la sociedad judía: los siervos hebreos.

La SOBERBIA es el principal signo de la posesión demoníaca perfecta y NO PUEDE reverenciar a Dios, porque Satanás lo odia y a sus instrumentos, es lo que les trasmite…

Actitud que se agudizó el año pasado, en la anterior visita

cuando verificaron el castigo, en las tierras de Doras…

Pero ahora comparten el gozo de tener la Presencia del Dios Vivo.

¡Y eso es lo único que importa!

Se sientan en círculo con Jesús en el centro.

Quien quiere alrededor de Él a todos los niños.

Los cuales, se pegan a Él mimosos y con confianza.

Una mujer grita:

–          ¡Bendícelos, Señor!

Que vean lo que nosotros anhelamos ver.

¡La libertad de amarte!

Un anciano gime:

–          Sí.

Nos quitan incluso esa libertad.

No quieren ver grabadas tus palabras en nuestro espíritu.

Ahora nos impiden vernos.

Y te prohíben a Ti venir…

¡Ya no oiremos palabras santas!

Un hombre joven, se lamenta:

–          Abandonados así, nos volveremos pecadores.

Tú nos enseñabas el perdón…

Nos dabas tanto amor, que podíamos soportar la malevolencia del patrón…

Pero ahora…

Jesús dice:

–           No lloréis.

No os dejaré sin mi palabra.

Volveré, mientras pueda…

Varios dicen:

–           No, Maestro y Señor.

–           Él es malo.

–            Y también sus amigos.

–            Podrían dañarte…

Y por causa nuestra.

–            Nosotros hacemos el sacrificio de perderte;

pero no nos des el dolor de decir:

«Por nosotros lo prendieron»».

–           Sí, sálvate, Maestro.

Jesús dice:

–            No temáis.

Se lee en Jeremías (Jeremías 36)

cómo él mismo dijo a su secretario Baruc que escribiera lo que el Señor le dictaba.

Y que fuera a leer el escrito recibido a los que estaban reunidos en la casa del Señor;

leerlo en vez del profeta, que estaba preso y no podía ir.

Así voy a hacer Yo.

Muchos y fieles Baruc tengo entre mis apóstoles y discípulos.

Ellos vendrán a deciros la palabra del Señor…

Y no perecerán vuestras almas.

Y Yo no seré prendido por causa vuestra;

porque el Dios altísimo me ocultará a sus ojos…

Hasta que llegue la hora en que el Rey de Israel deba ser mostrado a las turbas,

para que el mundo entero lo conozca.

Y no temáis tampoco perder las palabras que hay en vosotros.

También en Jeremías se lee que, aun después de que Yoyaquim, rey de Judá

– el cual esperaba destruir las palabras eternas y veraces quemando el rollo –

destruyera el volumen.

El dictado de Dios permaneció,

porque el Señor mandó al profeta:

«Toma otro volumen

y escribe en él todas las cosas que había en el volumen quemado por el rey».

Y Jeremías dio un volumen a Baruc…

Un volumen sin escritura.

Y dictó nuevamente a su secretario las palabras eternas…

Además de otras más como complemento de las primeras,

porque el Señor remedia los estropicios humanos

cuando el remedio es un bien para las almas.

Y no permite que el odio anule lo que es obra de amor.

Ahora bien, aunque a Mí,

comparándome a un volumen lleno de verdades santas, me destruyeran…

¿Creéis que el Señor os dejaría perecer sin la ayuda de otros volúmenes?

En ellos estarán mis palabras y las de mis testigos,

que narrarán lo que Yo no voy a poder decir

por estar prisionero de la Violencia y ser destruido por ella.

¿Y creéis que lo que está impreso en el libro de vuestros corazones,

podrá borrarse por el paso del tiempo sobre las palabras?

No.

El ángel del Señor os las repetirá…

Y las mantendrá frescas en vuestros espíritus deseosos de Sabiduría.

Y no sólo eso, sino que os las explicará…

Y seréis sabios en la palabra de vuestro Maestro.

Vosotros selláis el amor a Mí con el dolor.

¿Puede acaso, perecer lo que resiste incluso la persecución?

No puede perecer.

Yo os lo digo.

El don de Dios no se cancela.

El pecado es lo único que lo anula.

Pero vosotros, ciertamente no queréis pecar…

¿No es verdad, amigos míos?  Muchos contestan:

–            No, Señor.

–            Significaría perderte también en la otra vida.

–           Pero nos harán pecar.

–           Nos ha impuesto que no salgamos ya más de las tierras el Sábado…

–           Y ya no volverá a haber Pascua para nosotros.

Así que pecaremos…

Jesús afirma:

–           No.

No pecaréis vosotros.

Pecará él.

Sólo él.

Él, que hace violencia al derecho de Dios y de los hijos de Dios,

de abrazarse y amarse en dulce coloquio de amor y enseñanza en el día del Señor.

–           Pero él hace reparación con muchos ayunos y dádivas.

Nosotros no podemos…

Porque ya es demasiado poca la comida,

en proporción al esfuerzo que hacemos…

Y no tenemos qué ofrecer…

Somos pobres…

–             Ofrecéis aquello que Dios aprecia:

Vuestro corazón.

Dice Isaías (58, 3 – 7) hablando en nombre de Dios a los falsos penitentes:

«En el día de vuestro ayuno aparece vuestra voluntad y oprimís a vuestros deudores.

Ayunáis para reñir, discutir y perversamente, pelear.

Dejad de ayunar como hasta hoy, para hacer oír en las alturas vuestros clamores.

¿Es éste, acaso, el ayuno que Yo deseo?

¿Que el hombre se limite a afligir durante un día su alma,

y castigue su cuerpo y duerma sobre la ceniza?

¿Vas a llamar a esto ayuno y día grato al Señor?

El ayuno que prefiero es otro.

Rompe las cadenas del pecado, disuelve las obligaciones que abruman;

da libertad a quien está oprimido, quita todo yugo.

Comparte tu pan con quien tiene hambre, acoge a los pobres y a los peregrinos,

viste a los desnudos y no desprecies a tu prójimo»

Pero Yocaná no hace esto.

Vosotros, por el trabajo que le hacéis y que lo hace rico, sois sus acreedores.

Y os trata peor que a deudores morosos.

Alzando la voz para amenazaros y la mano para golpearos.

No es misericordioso con vosotros y os desprecia por ser siervos.

Pero el siervo es tan hombre como el patrón.

Y si tiene el deber de servir,

tiene también el derecho a recibir lo necesario para un hombre;

tanto materialmente como en el espíritu.

No se honra el Sábado, aunque se pase en la sinagoga;

si ese mismo día el que lo practica pone cadenas

y da a sus hermanos áloe como bebida.

Celebrad vuestros sábados razonando entre vosotros acerca del Señor.

Y el Señor estará en medio de vosotros…

Perdonad y el Señor os glorificará.

Yo soy el buen Pastor y tengo piedad de todas las ovejas.

Pero sin duda, amo con especial amor,

a las que han recibido golpes de los pastores ídolos,

para que se alejen de mis caminos.

Para éstas, más que para ninguna otra, he venido.

Porque el Padre mío y vuestro me ha ordenado:

«Apacienta estas ovejas destinadas al matadero,

matadas sin piedad por sus amos, que las han vendido diciendo:

`¡Nos hemos enriquecido!’,

Y de las que no han tenido compasión los pastores».

Pues bien, apacentaré el rebaño destinado al matadero,

¡Oh pobres del rebaño!

Y abandonaré a sus iniquidades a los que os afligen

y afligen al Padre, que en sus hijos sufre.

Extenderé la mano hacia los pequeños de entre los hijos de Dios

y los atraeré hacia Mí para que tengan mi gloria.

Lo promete el Señor por la boca de los profetas

que celebran mi piedad y mi poder como Pastor.

Y os lo prometo Yo directamente a vosotros que me amáis.

Cuidaré de mi Rebaño.

A quienes acusen a las ovejas buenas de enturbiar el agua

y de deteriorar los pastos por venir a Mí, les diré:

«Retiraos.

Vosotros sois los que hacéis que falte el manantial y se agoste el pasto de mis hijos.

Pero Yo los he llevado a otros pastos y los seguiré llevando.

A los pastos que sacian el espíritu.

Os dejaré a vosotros el pasto para vuestros gruesos vientres,

dejaré el manantial amargo que habéis hecho manar vosotros.

Y Yo me iré con éstos, separando las verdaderas de las falsas ovejas de Dios;

ya nada atormentará a mis corderos,

sino que exultarán eternamente en los pastos del Cielo».

¡Perseverad, hijos amados!

Tened todavía un poco de paciencia, de la misma forma que la tengo Yo.

Sed fieles, haciendo lo que os permite el patrón injusto.

Y Dios juzgará que habéis hecho todo y por todo os premiará.

No odiéis, aunque todo se conjure para enseñaros a odiar.

Tened fe en Dios.

Ya visteis que Jonás fue liberado de su padecimiento y Yabés fue conducido al amor.

Como con el anciano y el niño,

lo mismo el Señor hará con vosotros:

en esta vida, parcialmente y en la otra, totalmente.

Lo único que os puedo dar son monedas,

para hacer menos dura vuestra condición material.

Os las doy.

Dáselas, Mateo.

Que se las repartan.

Son muchas, pero en todo caso pocas para vosotros que sois tantos…

Y que estáis tan necesitados.

No tengo otras cosas…

Otras cosas materiales.

Pero tengo mi amor, mi potencia de ser Hijo del Padre,

para pedir para vosotros los infinitos tesoros sobrenaturales

como consuelo de vuestros llantos y luz de vuestras brumas.

¡Oh, triste vida que Dios puede hacer luminosa!

¡Él sólo!

¡Sólo Él!…

Y digo: «Padre, te pido por éstos.

No te pido por los felices y ricos del mundo,

sino por estos que lo único que tienen es a Ti y a Mí.

Haz que asciendan tanto en los caminos del espíritu,

que encuentren toda consolación en nuestro Amor.

Y démonos a ellos con el amor, con todo nuestro amor infinito;

para cubrir de paz, serenidad y coraje sobrenaturales,

sus jornadas, sus ocupaciones,

de forma que, como enajenados del mundo por el amor nuestro,

puedan resistir su calvario…

Y después de la muerte, tenerte a Ti, a Nosotros, beatitud infinita».

Jesús, mientras oraba, ha ido poniéndose de pie

y librándose poco a poco de los niñitos que se habían dormido sobre Él.

En su Oración, su aspecto es majestuoso y dulce.

Ahora baja de nuevo los ojos,

diciendo:

–            Me marcho.

Es la hora, para que podáis volver a vuestras casas a tiempo.

Nos veremos todavía otra vez.

Y traeré a Margziam.

Pero, cuando ya no pueda volver…

Mi Espíritu estará siempre con vosotros.

Y estos apóstoles míos os amarán como Yo os he amado.

Deposite el Señor sobre vosotros su bendición.

Poneos en camino.

Y se inclina a acariciar a los niñitos, que duermen.

Y no opone resistencia a las expresiones de afecto de esta pobre turba,

que no sabe separarse de Él…

Pero al final, cada uno se pone en camino por su parte,

de forma que los dos grupos se separan mientras la Luna desciende.

Ramas encendidas deben dar algo de luz al camino.

Y el humo acre de las ramas aún ligeramente húmedas,

es una buena justificación del brillo de los ojos…

Judas los está esperando apoyado en un tronco.

Jesús lo mira y no dice nada.

Ni siquiera cuando Judas dice:

–          «Estoy mejor».

Siguen caminando durante la noche, como mejor pueden…

Luego con el alba, más ágilmente.

A la vista de un cuadrivio,

Jesús se detiene y dice:

–           Separémonos.

Conmigo vienen Tomás, Simón Zelote y mis hermanos.

Los otros irán al lago, a esperarme.

Judas dice:

–            Gracias, Maestro…

No me atrevía a pedírtelo.

Pero Tú me lo has facilitado.

Estoy verdaderamente cansado.

Sí lo permites, me detengo en Tiberíades…

Santiago de Zebedeo no se puede contener,

agregando:

–            En casa de un amigo.

Judas abre muchísimo los ojos…

Pero se limita a esto.

Jesús se apresura a decir:

–           Me basta con que el sábado vayas a Cafarnaúm con los compañeros.

Venid para que os bese a los que me dejáis.

Y con afecto, besa a los que se marchan,

dando a cada uno de ellos un consejo en voz baja…

Ninguno expresa objeción alguna.

Sólo Pedro, ya cuando se marcha, dice:

–            Ven pronto, Maestro.

los demás apoyan:

–           Sí, ven pronto.

Y Juan termina:

–             Estará muy triste el lago sin Ti.

Jesús los bendice una vez más.

Y promete:

–            ¡Pronto!

Todos se separan y se van…

512 El Hombre-Dios


512 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

427 Bartolomé instruye a Áurea Gala.

Son tan precoces las albas estivas…

Que breve es el tiempo que media entre el ocaso de la Luna y la aparición del primer albor.

De manera que, a pesar de que hayan caminado ligeros;

la fase más oscura de la noche los sorprende todavía en las cercanías de Cesárea.

Y tampoco da suficiente luz una rama encendida de un arbusto espinoso.

Es necesario hacer un alto…

Incluso porque la jovencita, menos acostumbrada que ellos a caminar de noche;

tropieza a menudo en las piedras medio sepultadas en la arena, del camino.

Caminan rápido y todavía está oscuro en las cercanías de Cesárea.

Jesús dice:

–            Es mejor detenernos un poco.

La niña no ve y está cansada.

Castañeteando los dientes, mezclando hebreo y latín en un nuevo idioma, para hacerse entender…

La niña responde rápida:

–             No, no.

Si puedo…

Vámonos lejos, lejos, lejos…

Podría venir…

Por aquí pasamos para ir a esa casa.

Jesús trata de tranquilizarla:

–           Iremos detrás de aquellos árboles y nadie nos verá.

No tengas miedo.

Bartolomé, para darle ánimos,

dice:

–             No tengas miedo.

A estas horas, ese romano está debajo de la mesa, borracho como una cuba,

convertido en una sopa de vino…

Pedro agrega:

–             Y estás con nosotros.

¡Todos te queremos!

No permitiremos que te hagan daño.

¡Oh! ¡Somos doce hombres fuertes!…

Pedro, que apenas es un poco más alto que ella.

Él tan corpulento, cuánto grácil y delicada es ella.

Él quemado por el sol y ella blanca como alabastro.

¡Pobre florecita que fue criada para ser solamente estimulante, valiosa, admirada y más preciosa!

Entonces se escucha la voz llena de amor de Juan…

La jovencita, a la última luz de la improvisada antorcha;

Levanta sus maravillosos ojos azul verde como reflejo del mar,

con dos limpios iris aún brillantes por el llanto vertido con el terror de poco antes…

Es recelosa, pero, no obstante, de ellos se fía…

Juan le dice:

–           Eres una hermanita nuestra.

Y los hermanos defienden a sus hermanas.

Y cruza con ellos el arroyo seco que está pasado el camino.

Para entrar en una propiedad que termina allí en un tupido huerto.

Es noche oscura.

Cuando llegan a la arboleda,

se sientan y aguardan.

Los hombres se dormirían gustosos…

Pero a ella cualquier ruido la hace gritar.

Y el galope de un caballo la hace agarrarse convulsa al cuello de Bartolomé;

que quizás por parecer el más anciano, atrae su confianza y confidencia.

Por tanto es imposible dormir.

Bartolomé le dice:

–            No tengas miedo.

Cuando uno está con Jesús, nunca sucede una desgracia.

La niña contesta temblando:

–           ¿Por qué?

Mientras sigue todavía asida al cuello de Bartolomé.

–           Porque Jesús es Dios en la tierra.

Y Dios es más fuerte que los hombres.

–           ¿Dios?

¿Qué cosa es Dios?

Bartolomé exclama:

–         ¡Pobre criatura!

Pero, ¿Cómo te educaron?

¿No te enseñaron nada?…

La niña contesta:

–            Sí.

A conservar blanco el cutis.

brillante la cabellera.

A obedecer a los patrones.

A decir siempre que sí…

Pero yo no podía decir sí al romano…

Era feo y me daba miedo.

¡Todo el día tenía miedo!

En su casa siempre había unos ojos…

Siempre allí…

Cuando en el baño, en los vestidores dónde uno se viste;

en el cubiculum…

Siempre estaban unos ojos…

Y esas manos… ¡Oh!

¡Y si alguien no decía sí, era apaleado!…

Y comienza a llorar.

Jesús dice:

–               No lo serás más.

¡Ya no recibirás más palos!

Ya no está el romano.

Ni están sus manos…

Lo que hay es la paz…

Felipe comenta:

–           ¡Es una crueldad!

Cómo a bestias y peor todavía…

Porque a una bestia le enseñas su oficio.

Y los otros comentan:

             ¡Pero qué horror!

¡Como a animales de valor, no más que como a animales!

Y peor todavía…

Porque un animal sabe al menos que le enseñan a arar.

O a llevar la montura y el bocado porque ésa es su función.

Pero a esta criatura la lanzaron sin saber…

Ella responde:

–            Si hubiese sabido, me hubiera arrojado al mar.

Él decía: ‘Te haré feliz…’

Zelote dice:

–            De hecho te hizo feliz.

De una manera que nunca imaginó.

Feliz en la tierra y feliz en el Cielo.

conocer a Jesús, es la felicidad.

Hay un silencio en el que todos y cada uno,

meditan en las crueldades y los horrores del mundo.

Luego en voz baja, la niña le pregunta a Bartolomé:

–            ¿Me puedes decir que es Dios?

¿Y por qué Él es Dios?…

Después de una pausa agrega:

–            ¿Porque es hermoso y bueno?…

Bartolomé se siente atolondrado.

Se toma de la barba con perplejidad.

Y dice lleno de incertidumbre:

–            Dios…

¿Cómo haré para enseñarte a ti, que no tienes ninguna idea de religión en tu cabeza?

¿Qué estás vacía de toda idea religiosa?

–            ¿Religiosa?

¿Qué es?

Esto provoca otra pregunta todavía más complicada, para el abrumado apóstol:

–           ¿Qué cosa es religión?

Bartolomé decide pedir auxilio:

–           ¡Oh, que esto no me lo esperaba!…

¡Altísima Sabiduría!

¡Me siento como uno que se está ahogando en un gran mar!

¿Cómo me las arreglo ante esta sima?

¿Qué puedo hacer ante el abismo?

Jesús aconseja:

–          Lo que te parece difícil, es muy sencillo Bartolomé.

Es un abismo, sí.

Pero vacío…

Y puedes llenarlo con la Verdad.

Peor es cuando los abismos están llenos de fango, veneno, serpientes.

Habla con la sencillez con que hablarías a un niño pequeño.

Y ella te entenderá mejor, como no lo haría un adulto.

Bartolomé pregunta:

–           ¡Maestro!

¿Pero no podrías hacerlo Tú?

–           Podría.

Pero la niña aceptará más fácilmente las palabras de un semejante suyo:

que las mías que son de Dios.

Y por otra parte es que…

Os encontraréis en lo futuro ante estos abismos y los llenaréis de Mí.

Debéis pues aprender a hacerlo.

–          Es verdad.

Voy a intentarlo.

Lo probaré…

Después de pensarlo un poco, Bartolomé pregunta:

–            Oye niña, ¿Te acuerdas de tu mamá?

Ella sonríe y contesta:

–           Si, señor.

hace siete años que…

Que las flores florecen sin ella.

Pero antes estaba con ella.

–           Está bien.

¿La recuerdas?

¿La amas?

Ella solloza con un:

–          ¡Oh!

Y da un pequeño grito.

El acceso de llanto unido a la exclamación lo dice todo.

–             ¡Pobre criatura!

No llores.

¡Pobre niña!

Escucha:

Oye, el amor que tienes por tu mamita…

–              Y por mi papá y por mis hermanos…  -contesta sollozando.

–             Sí.

Por tu familia…

El amor por tu familia.

Los pensamientos que guardas por ella.

El deseo que tienes de regresar a ella…

–            ¡Nunca más los veré…!

¡Ya nunca…!

–            Pero todo es algo que podría llamarse religión de la familia.

Las religiones, las ideas religiosas son el amor…

El pensamiento, el deseo de ir a donde está aquel o aquellos en quienes creemos;

a quienes amamos y anhelamos;

a quienes deseamos ver…

Ella señalando a Jesús,

pregunta:

–            Si yo creo en ese Dios que está allí.

¿Tendré una religión?…

¡Es muy fácil!

Bartolomé está totalmente desorientado:

–             ¡Bien!

¿Fácil qué cosa?…

¿Tener una religión o creer en ese Dios que está allí?

La niña dice convencida:

–            En ambas cosas…

Porque fácilmente se cree en un Dios Bueno, como el que está allí.

El romano me nombraba muchos y juraba.

Decía:

‘¡Por la diosa Venus!

¡Por el dios Júpiter!

¡Por el dios Cupido!

Han de ser dioses malos, porque él hacía cosas malas cuando los invocaba.

Pedro comenta en voz baja:

–            No es tan tonta la niña.

Ella dice:

–           Pero yo no sé todavía que cosa es Dios.

Veo que es un hombre como tú…

Entonces es un Hombre- Dios.

¿Y cómo se hace para comprenderlo?

¿En qué aspecto es más fuerte que todos?

No tiene ni espada, ni siervos…

Bartolomé suplica:

–           Maestro, ayúdame…

Jesús responde:

–           No, Nathanael.

Enseñas muy bien.

–           Lo dices porque eres bueno.

Busquemos otro modo de seguir adelante.

Se vuelve hacia la niña,

diciendo:

–         Oye niña…

Oye niña, Dios no es hombre…

Él es como una luz, una mirada, un sonido tan grandes, que llenan el cielo y la tierra e iluminan todo.

Y todo lo ve, instruye todo y a todo da órdenes…

Y en todas las cosas manda…

–            ¿También al romano?

Entonces no es un Dios bueno.

¡Tengo miedo!…

Bartolomé se apresura a aclarar:

–            Dios es bueno y da órdenes buenas.

A los hombres les ha prohibido armar guerras, hacer esclavos;

arrebatar a las hijitas de sus madres y espantar a las niñas…

Pero los hombres no siempre escuchan las órdenes de Dios.

Ella dice:

–            Pero tú, sí.

–            Yo sí.

–            Si es más fuerte que todos…

¿Por qué no se hace obedecer?

¿Y Cómo habla, si no es un hombre?

Bartolomé está perdido,

y exclama:

–           ¡Dios…!

¡Oh, Maestro!…

Jesús dice:

–           Sigue.

Sigue, Bartolomé.

Eres un maestro muy competente.

Sabes decir con gran simplicidad pensamientos muy profundos.

¿Y ahora ya no quieres seguir?…

¿Siendo un maestro tan sabio?

¿Y sabiendo decir con tanta sencillez los más altos pensamientos, tienes miedo?

¿No sabes que el Espíritu Santo está en los labios de los que enseñan la Justicia?

Bartolomé argumenta:

–            Parece fácil cuando se te escucha.

Todas tus palabras están aquí dentro.

¡Pero sacarlas afuera cuando se debe hacer lo que Tú haces!…

¡Oh, miseria de nosotros los humanos!

¡Maestros inútiles!

¡Ay, míseros de nosotros, pobres hombres!

¡Qué maestros de tres al cuarto!

–            El reconocer la nulidad propia,

predispone el corazón a la enseñanza del Espíritu Paráclito…

–          Está bien, Maestro…

De todas formas vamos a intentar seguir adelante.

Se vuelve hacia ella, mirándola con ternura,

diciendo:

–           Escucha, niña…

Dios es fuerte, fortísimo.

Más que César.

Más que todos los hombres juntos con sus ejércitos y sus máquinas de guerra…

Pero no es un amo despiadado que haga decir siempre que sí…

so pena del azote para quien no lo dice.

Dios es un Padre.

¿Te quería mucho tu padre?

–            ¡Mucho!

Me puso por nombre Áurea Gala, porque el oro es precioso.

Y Galia es mi patria.

Y decía que me amaba más que el oro que en otro tiempo tuvo…

Y más que a la patria…

–          ¿Te azotó tu padre?

Áurea Gala contesta:

–           No. Jamás.

Cuando no me portaba bien, me decía:

‘Pobrecita hija mía’ y lloraba.

–            ¡Eso!

Así hace Dios.

Es Padre, nos ama y llora si somos malos.

 

Pero no nos obliga a obedecerle.

Pero el que decide ser malo, un día será castigado con suplicios horrendos…

–           ¡Oh, qué bueno!

El dueño que me arrebató de mi madre y me llevó a la isla.

Y también el romano, irán a los suplicios.

¿Y lo veré?…

Esto es demasiado para el pobre Nathanael,

que contesta:

–           Tú verás de cerca a Dios, si crees en Él y eres buena.

Y para ser buena no debes odiar ni siquiera al romano.

–           ¿No?

¿Y cómo lograrlo?

–           Rogando por él.

–           ¿Qué es rogar?

–           Hablar con Dios diciéndole que lo amamos.

Y pidiéndole lo que necesitamos…

 Ella llevada por su coraje, con salvaje vehemencia,

exclama apasionadamente:

–          Pero, ¡Yo quiero que mis dueños tengan una mala muerte!

Bartolomé objeta:

–          No.

No debes…

Jesús no te amará si dices así.

–           ¿Por qué?

–           Porque no se debe odiar a quien nos ha hecho el mal.

–            Pero no puedo amarlos.

–           Pero puedes por ahora no pensar en ellos.

Trata de olvidarlos…

Luego, cuando Dios te instruya más…

Rogarás por ellos.

Decíamos pues, que Dios es Poderoso, pero deja a sus hijos en libertad de obrar.

Ella pregunta:

–           ¿Yo soy hija de Dios?…

¿Tengo dos padres?…

¿Cuántos hijos tiene Dios?…

Bartolomé contesta:

–          Todos los hombres son hijos de Dios, porque han sido hechos por Él.

¿Ves las estrellas allá arriba?

Las ha hecho Él.

¿Y estos árboles?

Los ha hecho Él.

¿Y la tierra donde estamos sentados?

¿Y aquel pájaro que canta?

¿Y el mar con su grandeza?

¡TODO!

¡Y a todos los hombres!

Y los hombres son más hijos que todo, porque son hijos por una cosa que se llama alma…

Y que es luz, sonido, mirada, no grandes como su luz, su sonido, su mirada, que llenan el Cielo y la Tierra;

pero hermosos de todas formas.

Y que no mueren nunca, como tampoco muere Él.

Porque es una partecita de Dios que es inmortal como Él.

            ¿Dónde está el alma?

¿Tengo yo también un alma?

–             Sí.

En tu corazón.

Y es la que te ha hecho comprender que el romano era malo.

Y ciertamente no te hará desear ser como él.

¿No es verdad?

–            Sí…

Áurea reflexiona después del titubeante si…

Y luego con firmeza dice:

–             ¡Sí!

Era como una voz de dentro y una necesidad de que alguien me auxiliara…

Y con otra voz aquí dentro – pero esta era mía – llamaba a mi mamá…

Porque no sabía que existía Dios, que existía Jesús…

Si lo hubiera sabido, le habría llamado a Él con aquella voz que tenía aquí dentro.

Jesús interviene:

–              Has comprendido bien, niña.

Y crecerás en la Luz.

Yo te lo aseguro.

Cree en el Dios verdadero.

Escucha la voz de tu alma alma en la que no existe todavía una sabiduría adquirida,

pero en la que tampoco existe mala voluntad…

Y encontrarás en Dios a un Padre.

Y en la muerte, que es un paso de la tierra al Cielo para los que creen en el Dios Verdadero y son buenos…

Encontrarás un lugar en el Cielo cerca de tu Señor.

Como ella se ha arrodillado delante de Él,

Jesús le pone su mano sobre la cabeza.

Áurea dice:

–           Cerca de Ti.

¡Qué bien se siente uno al estar contigo!

No te separes de mí, Jesús…

Ahora sé Quién Eres y por eso me arrodillo.

En Cesárea tuve miedo de hacerlo…

Me parecías sólo un hombre…

Ahora sé que Eres Dios escondido en un Hombre.

Y que para mí eres un Padre y un Protector…

Jesús agrega:

–           Y Salvador, Áurea Gala.

Ella exclama jubilosa:

–           Y Salvador.

¡Sí! Me salvaste…

–             Y te salvaré más.

Tendrás un nombre nuevo…

–            ¿Me quitas el nombre que me dio mi padre?

El amo en la isla me llamaba Aurea Quintilia, porque nos dividían por color y por número.

Porque yo era la quinta rubia así…

Pero ¿Por qué no me dejas el nombre que me dio mi padre?

–            No te lo quito.

Llevarás, añadido a tu antiguo nombre, el nombre nuevo, eterno».

Isaías 43 2 : «Yo nunca te dejaré»

–            ¿Cuál?

–             Cristiana.

Porque Cristo te salvó…

Comienza a alborear.

Vámonos.

Jesús se vuelve hacia su más anciano apóstol,

y agrega:

–           ¿Ves Nathanael qué es fácil hablar de Dios a los abismos vacíos?

Hablaste muy bien.

La niña se instruirá fácilmente.

Se formará rápidamente en la Verdad.

Y ordena con suavidad:

–           Sigue adelante con mis hermanos Áurea…

La niña obedece pero con temor.

Preferiría quedarse con Bartolomé, el cual comprende todo…

El apóstol le dice:

–           Voy enseguida.

Vete…

Obedece.

511 El Óbolo de Claudia


511 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

426c La joven esclava salvada.

Pasan las horas.

Jesús está sentado sobre un malacate con las manos sobre las rodillas.

Ora…

Piensa… Espera.

No quita los ojos del camino que viene de la ciudad.

La luna está casi perpendicular y el mar retumba con mayor fuerza…

La Luna se eleva, levantándose cada vez más sobre el cielo estrellado.

Está perpendicular sobre la cabeza.

El mar retumba más fuerte y el agua del canal tiene un olor más intenso.

El cono de 1a Luna que hunde sus rayos en el mar se hace más amplio…

abrazando toda la balsa de agua que está frente a Jesús.

Y se pierde cada vez más lejano:

Senda de luz que desde los confines del mundo parece venir hacia Jesús, remontando el canal;

terminando en la balsa de la dársena.

La luna está casi perpendicular y el mar retumba con mayor fuerza…

Por el canal viene una barca pequeña, blanca.

Que avanza deslizándose, sin dejar huellas de su trayectoria,

en el camino de agua que se reconstruye después de su paso…

Remonta el canal…

Ya está en la dársena silenciosa.

Aborda.

Se detiene.

Y tres sombras bajan.

Son tres personas.

Un hombre musculoso, una mujer y una figura delicada, entre los dos.

Se dirigen hacia la casa del cordelero…

Jesús se levanta, para salir a su encuentro…

Va hacia ellos y los saluda diciendo:

–           La paz a vosotros.

¿A quién buscáis?

–            A ti, Maestro.

Responde Lidia mientras se descubre y se aproxima sola.

Y continúa:

«Claudia te ha servido.

Porque era una cosa justa y completamente moral.

señalándola, agrega:

Ésa es la muchacha.

Valeria, dentro de un poco la tomará como niñera de la pequeña Fausta.

Pero entretanto, te ruega que la tengas Tú.

Es más, que se la confíes a tu Madre o a la madre de tus parientes.

Es completamente pagana.

Bueno, peor que pagana.

El amo con quien ha crecido, la alimentó pero no le enseñó nada en absoluto…

Nunca ha oído hablar del Olimpo, ni de ninguna otra cosa.

Lo único que tiene es un terror loco hacia los hombres,

porque desde hace algunas horas, la vida se le ha descubierto totalmente….

Como es:

¡Cruel!

Y en toda su brutalidad,

Jesús pregunta:

–            ¡Oh!

¡Triste palabra!

¿Demasiado tarde?

–          No, materialmente…

Él la preparaba poco a poco…

Digamos… para su sacrilegio.

Y la niña está espantadísima…

Claudia ha tenido que dejarla durante toda la cena junto a ese sátiro.

Y sólo pudo intervenir cuando el vino le había nublado el pensamiento.

Haciéndole menos capáz para reflexionar.

No es necesario que te diga que si el hombre es un lúbrico en sus amores sensuales;

lo es mucho más cuando está ebrio…

Pero es solo entonces que se convierte en un juguete con el que se puede hacer lo que se quiera…

Y arrebatarle su tesoro.

Claudia se aprovechó del momento.

Ennio quiere regresar a Italia…

De la que salió porque perdió el favor imperial…

Claudia le prometió el regreso a cambio de la muchacha.

Reservándose para entrar en acción cuando el vino le hubiera hecho menos capaz de reflexionar.

Enio mordió el anzuelo…

Mañana cuando ya no esté borracho,

protestará, la buscará, hará su comedia…

Pero también mañana, Claudia buscará el modo de hacerlo callar.

Jesús protesta:

–             ¿Con la violencia?

¡No!…

Lidia sonríe con travesura:

–       ¡Oh, Maestro!

¡La violencia empleada con buen fin!…

Pero no será necesaria…

También Claudia se encargó de ‘ayudar’ a su marido a pasarla muy bien en la cena…

Y ahora Pilatos, que está inconsciente por el vino que digirió esta noche…

Está firmando y sellando la orden de que Ennio se presente en Roma…

¡Ah, ah!…

Y partirá en el primer buque militar.

Lo único, es que lo que hará Pilatos mañana…

Cuando esté todavía atontado por el mucho vino bebido esta noche…

Pero mientras tanto, es mejor que la niña esté en otra parte por precaución…

De que en cuanto a Pilatos se le pase la borrachera, se arrepienta y revoque la orden…

¡Es muy endeble!

Y es mejor así…

Para que la niña olvide las asquerosidades humanas…

¡Oh, Maestro!

Por este motivo fuimos a la cena.

Pero, ¡Es inconcebible!

¿Cómo hemos podido ir a esas orgías hasta hace pocos meses, sin sentir náusea?

Hemos huido de allí en cuanto hemos obtenido lo que queríamos…

Allá están todavía nuestros maridos, imitando a los brutos.

¡Qué náuseas, Maestro!

Y debemos recibirlos después…

Después que…

–          Sed austeras y pacientes.

Con vuestro ejemplo haréis mejores a vuestros maridos.

–          ¡Oh, no es posible!

Tú no sabes…

Livia llora más de coraje, que de dolor.

Jesús suspira.

Y ella continúa:

–          Claudia te manda decir que lo hizo para mostrarte:

que te venera como al Único Hombre que merece veneración…

Y quiere que te diga que te agradece,

haberle enseñado lo que vale un alma y lo que vale la pureza.

Lo recordará siempre…

¿Quieres ver a la niña?

–           Sí.

El hombre…

¿Quién es?

–           El númida mudo que emplea Claudia, para sus servicios secretos.

No hay ningún peligro de delación…

No tiene lengua.

Jesús repite:

–           ¡Infeliz!

Pero tampoco ahora hace el milagro.

Lidia va por la muchacha.

La toma de la mano y casi la lleva a rastras frente a Jesús.

Livia dice:

–           Sabe unas cuantas palabras latinas.

Judías casi ninguna.

Es una salvajita…

Que la eligieron únicamente como objeto de placer.

Y dirigiéndose a la niña:

–            No tengas miedo.

Dale las gracias.

Él fue el que te salvó.

Arrodíllate y bésale los pies.

¡Ea! ¡Hazlo!

¡No tengas miedo!

¡Ánimo!

¡No tiembles!…

¡Perdona, Maestro!

Está aterrorizada por las últimas caricias de Enio ya borracho…

Poniéndole su mano en la cabeza cubierta, con mucha compasión;

Jesús dice:

–           ¡Pobre niña!

¡No tengas miedo!

Te llevaré a casa de mi Madre, por algún tiempo.

A la casa de Mamá,

¿Entiendes?

Y tendrás muchos hermanos buenos…

¡No tengas miedo, hijita mía!

¿Qué hay en la voz de Jesús y en la mirada?

Todo: paz, seguridad, pureza, amor santo.

La jovencita lo siente;

echa hacia atrás el manto y la capucha para mirarlo mejor.

Y aparece el rostro delicado de una niña que se asoma a la pubertad…

Con la figurita grácil casi todavía niña;

de gracias inmaduras e inocente aspecto, aparece envuelta en una túnica demasiado ancha para ella…

Sus modales son sencillos.

Su expresión está llena de inocencia.

El vestido que trae le queda muy largo…

Livia dice:

–            Estaba casi desnuda.

Le puse lo primero que encontré.

Lleva otros en la alforja…

Jesús la mira con piedad e infinita compasión,

exclamando:

–          ¡Es una niña!

Y tomándola de la mano le pregunta- ¿Quieres venir conmigo?

La niña contesta:

–          Sí, patrón.

Jesús rebate:

–            No.

No soy tu patrón.

Dime Maestro.

Ella dice con más confianza:

–           Sí, Maestro.

Y una tímida sonrisa substituye a la expresión de miedo,

que había antes en el pálido rostro.

Jesús pregunta:

–          ¿Eres capaz de caminar mucho?

–           Sí, Maestro.

–           Después descansarás en la casa de mi Madre.

En mi casa, hasta que llegue Fausta.

Una niña a la que vas a querer mucho.

¿Quieres?…

–         ¡Oh, sí!

Y ella confiada, levanta sus bellísimos ojos verde-azul,

que lo miran asombrados bajo sus cejas color oro.

Y con un destello de terror que vuelve a turbar su mirada.

Se atreve a preguntar:

–          ¿Ya nunca más aquel amo?

Jesús repite su promesa:

–             ¡Jamás!

Poniendo su mano en su cabellera rubia.

Livia se despide:

–             Adiós, Maestro.

Dentro de pocos días iremos al lago.

Tal vez podremos verte una vez más.

Ruega por tus pobres discípulas romanas.

Jesús repica:

–          Gracias…

Vete en paz.

Adiós, Lidia.

Di a Claudia que éstas son las conquistas que pretendo y no otras.

Se vuelve  hacia la niña,

agregando:

–          Ven niña.

Partiremos inmediatamente.

La barca se aleja por el canal de la dársena…

Jesús llevándola de la mano, se asoma a la puerta del almacén llamando a los apóstoles.

Mientras 1a barca, sin dejar huella de su venida, regresa al mar abierto…

Jesús y los apóstoles, con la niña en medio del grupo, cubierta con un manto…

Van, por las callejuelas periféricas y desérticas,

hacia los campos…

509 El Profeta Romano


509 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

426a Con las romanas en Cesárea Marítima. Profecía en Virgilio.

Jesús tiene un aspecto serio y pálido…

Y dice con una sonrisa de disculpa:

–           No es un lugar apropiado para ustedes.

Pero no dispongo de otra cosa.

Ellas se quitan el velo y el manto.

Y se descubre que son Plautina, Livia, Valeria y la liberta Álbula Domitila.

Plautina responde:

–             No vemos al lugar, sino Al que en estos momentos está en él.

Jesús sonríe y dice:

–             Por esto entiendo que pese a todo;

todavía me consideráis como a un hombre justo.

–             Y más que eso.

Y Claudia nos manda precisamente porque cree que eres más que un justo.

Y no toma en cuenta lo que se oyó…

Pero quiere tu confirmación al respecto, para tributarte doble veneración.

Y hacerlo con mayor razón.

–              O para no hacerlo si me muestro a ella como quisieron pintarme.

Pero decidle que  no hay nada de eso.

No tengo miras humanas.

Mi Ministerio y mi deseo es tan solo sobrenatural.

Y nada más.

Quiero, sí; reunir a todos los hombres en un solo reino.

¿A qué hombres?

¿A los que están hechos de carne y sangre?

¡No!

Eso lo dejo, materia frágil, cosa corruptible…

A las monarquías que pasan;

a los reinos que se tambalean.

Quiero reunir bajo mi único cetro, sólo los corazones de los hombres;

espíritus inmortales en un reino inmortal.

Cualquier otra versión la rechazo como contraria a mi Voluntad.

Quienquiera que sea que la haya dado.

Y os ruego que creáis y que digáis a quien os envía;

que la Verdad tiene solamente una palabra…

–           Tu apóstol habló con mucha seguridad.

–           Es un muchacho exaltado…

Y como a tal hay que escucharlo.

Plautina dice enojada:

–            ¡Pero te hace daño. !

¡Repréndelo!

¡Despídelo!

La negativa para rechazar el MUNDO es la señal más preocupante, de la posesión demoníaca perfecta…

Regáñalo…

Arrójalo de Ti…

–           ¿Entonces dónde estaría mi misericordia?

Él lo hace llevado de un amor equivocado.

¿No debo acaso compadecerlo?

¿Y qué cambiará si lo arrojo de Mí?

Se haría doble mal a sí mismo y me haría doble mal a Mí.

–             ¡Entonces para ti es como una bola atada al pie!…

Como una zancadilla constante…

–             Es para Mí un infeliz a quién tengo que redimir…

Plautina cae de rodillas con los brazos extendidos,

diciendo:

–             ¡Ah!

¡Maestro más grande que cualquier otro!

¡Qué fácil es tenerte por Santo, cuando se siente tu corazón en tus palabras!

¡Qué fácil es amarte y seguirte,

debido a esta caridad tuya, que es mayor que tu inteligencia!

Jesús objeta:

–            No mayor.

Sino que es más asequible y comprensible a vosotros…

Que tenéis vuestro intelecto estorbado por demasiados errores…

Y no tenéis la generosidad de despojarlo de todo…

Para acoger la Verdad.

Livia dice:

–           Tenéis razón.

Eres tan adivino como sabio.

–            La sabiduría, porque es una forma de santidad…

Da siempre luminosidad de juicio…

Ya sobre hechos pasados o presentes, ya sobre premoniciones…

Bien se trate de cosas.

O bien de la advertencia previa a hechos futuros.

–             Por esto vuestros profetas…

–             Eran unos santos.

Dios se comunicaba a ellos con una gran plenitud.

–             ¿Eran santos porque eran de Israel?

–              Por eso y porque fueron justos en sus acciones.

Pues no todo Israel es y ha sido santo, pese a ser Israel.

No es el pertenecer por casualidad a un pueblo o a una religión,

lo que puede hacer santos a los hombres.

Estas dos cosas pueden ayudar grandemente a serlo.

Pero no son el factor absoluto de la santidad.

–             ¿Cuál es ese factor?

–             La voluntad del hombre.

La voluntad que hace que las acciones del hombre sean santas, si es buena.

Perversas, si es mala.

–             Entonces entre nosotros puede ser que haya justos.

–             Así es.

Y no cabe duda de que entre vuestro antepasados hubo justos.

Y los hay entre los que viven actualmente.

Porque sería muy horrible que todo el mundo pagano, perteneciese a los demonios.

Quienes de entre vosotros se sienten atraídos hacia el Bien y la Verdad.

Sienten repugnancia hacia el vicio y la degradación que produce…

Y huyen de él y de las malas acciones que envilecen al hombre.

Creedme que estáis ya en el sendero de la justicia.

–            Entonces Claudia…

–            Sí.

Y vosotras también…

Perseverad.

–             Pero…

¿Si muriéramos antes de convertirnos a Tí?

¿Para qué serviría el haber sido virtuosas?

–             Dios es justo en el juzgar.

Pero, ¿Por qué aplazar el ingreso al Reino?

¿Por qué debéis dar la espalda al Dios Verdadero?

Las tres bajan la cabeza.

Sigue un silencio…

Y luego hacen la confesión que dará la clave de la crueldad romana…

Y su resistencia al cristianismo:

–            Porque nos parece que al hacerlo, traicionaríamos a la patria. 

–           Al revés.

La serviríais.

Pues la haríais moral y espiritualmente más grande.

Porque tendría la FUERZA, con la posesión y protección de Dios;

además de su ejército y sus riquezas.

Roma la Urbe del Mundo;

la Urbe de la Religión Universal…

Pensadlo…

Un silencio.

Luego Livia, encendida como una llama,

dice:

–           Maestro, hace tiempo te buscábamos a Tí, aun en los escritos de nuestro Virgilio.

Porque para nosotros tienen más valor las…

Profecías de los completamente vírgenes respecto a la fe de Israel,

que las de vuestros profetas…

En los cuales podemos ver la sugestión de creencias milenarias…

Y hemos discutido de ello…

Comparando las diversas personas que en todo tiempo, nación y religión, te han presentido.

Pero ninguno te sintió con tanta exactitud como nuestro Virgilio…

porque nadie mejor que él te presagió…

¡Cuánto hablamos aquel día con Diomedes el liberto griego…

astrólogo a quién quiere mucho Claudia!

El sostuvo que esto sucedió porque los tiempos eran más cercanos.

Y los astros lo decían con sus conjunciones…

Pero no nos convenció, porque…

En más de cincuenta años ningún otro sabio de todo el mundo ha hablado de Ti por noticia de los astros…

A pesar de estar más próximos aún a tu manifestación actual.

Para apoyar su tesis adujo el hecho de los tres Sabios de los tres países de Oriente,

que vinieron a adorarte cuando eras un infante.

Y con ello provocaron la matanza de la que la misma Roma se horrorizó;

pues cuando se supo, Augusto dijo:

Que Herodes era un cerdo sediento de sangre…’

Claudia exclamó: “

¡Hace falta el Maestro!

Nos diría la verdad.

Y el destino de nuestro más grande poeta…

Querrías decirnos para Claudia…

Algo que nos muestre que no estás irritado contra ella.

–             He comprendido su reacción de romana.

Y no le guardo ningún rencor.

Decidle que esté tranquila.

Y escuchad:

Virgilio no fue grande solo como poeta.

¿No es así?

–             ¡Oh, no!

También lo fue como hombre.

En medio de una sociedad que estaba corrompida y viciada…

Fue un faro de pureza espiritual.

Nadie lo vio lujurioso, ni amante de orgías, ni de costumbres licenciosas.

Sus escritos son castos y mucho más casto fue su corazón.

Tanto es así que en los lugares donde vivió, se le llamó ‘La doncella’,

para vergüenza de los viciosos y veneración de los buenos.

–            ¿Y en el alma pura de un hombre casto, no habrá podido reflejarse Dios…

aun cuando ese hombre fuese pagano?

La Virtud Perfecta, ¿No habrá amado al virtuoso?

Y si se le concedió amar y ver la Verdad debido a la belleza pura de su corazón…

¿No podrá haber tenido un fulgor de profecía?

¿De una profecía que no es más que la Verdad que se descubre…

a quién merece conocerla como premio e incentivo para una virtud mayor?

–             ¡Entonces profetizó de Ti!

–              Su inteligencia prendida en la pureza y en el genio;

logró ascender y conocer una página que se refiere a Mí.

Y puede llamársele al poeta pagano y justo…

Un hombre dotado de espíritu profético y anterior a Mí, por premio de sus virtudes.

Valeria y Plautina exclaman,

preguntando:

–           ¡Oh, nuestro Virgilio!

–          ¿Y tendrá algún premio?

–           Ya lo dije.

Dios es justo.

Pero vosotras no imitéis al poeta, deteniéndoos hasta donde él llegó.

Avanzad…

Porque la Verdad, no se os ha mostrado por intuición y en parte;

sino completa…

Y os ha hablado.

Plautina sin dar respuesta,

dice:

–           Gracias, Maestro.

Nos retiramos.

Claudia nos dijo que te preguntásemos si te puede ser útil en asuntos morales.

–            Y os mandó que me preguntaseis si soy un usurpador…

–            ¡Oh, Maestro!

¿Cómo lo sabes?

–            ¡Soy más que Virgilio y que los profetas!…

–            ¡Es verdad!

¡Todo es verdad!

¿Podemos servirte?

395 MAREIMONIO Y DIVORCIO


395 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

357  Los fariseos y la cuestión del divorcio.

Es por la mañana.

Una mañana de Marzo.

Por tanto, nubes y claros se alternan en el cielo.

Pero las nubes sobrepujan a los claros y tratan de apoderarse del cielo.

Un aire caliente, con rachas rítmicas, sopla y carga el ambiente enrareciéndolo

con polvo venido de las zonas del altiplano.

Pedro al salir de la casa con los otros,

sentencia:

–          Si no cambia el viento, esto es agua!

El último en salir es Jesús, que se despide de las dueñas de la casa.

El dueño acompaña a Jesús.

Se dirigen hacia una plaza.

Dados pocos pasos, los detiene un suboficial romano que está con otros soldados.

Y le pregunta:

–          ¿Eres Tú Jesús de Nazaret?

Jesús responde:

–          Lo soy.

–          ¿Qué haces?

–          Hablo a las gentes.

–          ¿Dónde?

–           En la plaza.

–            ¿Palabras sediciosas?

–          No.

Preceptos de virtud.

–          ¡Ojo! No mientas.

Roma ya tiene suficientes falsos dioses.

–           Ven tú también.

Verás como no estoy mintiendo.

El hombre que ha alojado a Jesús, siente el deber de intervenir:

–          ¿Pero desde cuándo tantas preguntas a un rabí?

El oficial romano responde:

–          Denuncia de hombre sedicioso.

–         ¿Sedicioso? ¿Él?

¡Pero hombre, Mario Severo, eso es una ilusión!

Éste es el hombre más manso de la Tierra.

Te lo digo yo.

El suboficial se encoge de hombros,

y responde:

–         Mejor para Él.

Pero esta es la denuncia que ha recibido el centurión.

Que vaya si quiere.

Está avisado.

Se da la media vuelta y se marcha con los subalternos.

Varios dicen:

–          ¿Pero quién puede haber sido?

–          ¡No lo entiendo!

Jesús responde:

–          Dejad de entender.

No hace falta.

Vamos a la plaza mientras haya muchos.

Luego nos marcharemos también de aquí.

Cuando llegan a ella, es posible notar….

Debe ser una plaza más bien comercial.

No es un mercado pero poco le falta, porque está circundada de fondaques

en los que hay depósitos de mercancías de todos los tipos.

Y la gente se aglomera en ellos.

Por tanto, hay mucha gente en la plaza…

Y alguno hace señas de que está Jesús,

de forma que pronto un círculo de gente está alrededor del «Nazareno».

Un círculo compuesto de personas de todo tipo, clase y nación.

Quién por veneración, quién por curiosidad.

Jesús hace un gesto de querer hablar.

Un romano que sale de un almacén,

dice:

–           ¡Vamos a escucharlo!

Un compañero suyo, le responde:

–          ¿No nos tocará oír alguna lamentación?

–          No lo creas, Constancio.

Es menos indigesto que uno de nuestros oradores de rigor.

Y la Voz de Jesús, resuena como un bronce, llenando todo el lugar…

–          ¡Paz a quien me escucha!

Está escrito en el libro de Esdras, en la oración de Esdras:

«¿Qué vamos a decir ahora, Dios nuestro, después de las cosas que han sucedido?

¿Qué, si hemos abandonado los preceptos que habías decretado por medio de tus siervos…?».

Un puñado de fariseos que se abre paso entre la gente,

grita:

–         ¡Detente, Tú que hablas!

–         ¡Nosotros proponemos el tema! – grita

Casi al mismo tiempo, vuelve a aparecer la unidad armada y se detiene en el ángulo más cercano.

Los fariseos están ya frente a Jesús.

Y lo interrogan:

–         ¿Eres Tú el Galileo?

–          ¿Eres Jesús de Nazaret?

–         ¡Lo soy!

–        ¡Bendito sea Dios por haberte encontrado!

La verdad es que tienen unas caras de tan mala catadura,

que no se ve que estén alegres por el encuentro…

El más viejo habla:

–          Te seguimos desde hace muchos días;

pero llegamos siempre cuando Tú ya te has marchado.

–          ¿Por qué me seguís?

–           Porque eres el Maestro…

Y deseamos ser adoctrinados sobre un punto oscuro de la Ley.

–          No hay puntos oscuros en la Ley de Dios.

Varios dicen:

–          En ella no.

Pero… en fin… pero la Ley ha sufrido «superposiciones», como Tú dices…

–          En fin… que han proyectado oscuridad.

–          Penumbras, al máximo.

Jesús declara:

–          Y basta volver el intelecto a Dios para eliminarlas.

–          No todos lo saben hacer.

Nosotros, por ejemplo, permanecemos en penumbra.

Tú eres el Rabí, así que ayúdanos.

–          ¿Qué queréis saber?

–           Queríamos saber si le es lícito al hombre, repudiar por un motivo cualquiera a su mujer.

Es una cosa que sucede frecuentemente,

Y siempre, donde sucede esto, da mucho que hablar.

Vienen a nosotros para saber si es lícito.

Y nosotros, según el caso, respondemos.

–          Aprobando lo sucedido en el noventa por ciento de los casos.

Y el diez por ciento que queda desaprobado pertenece a la categoría de los pobres o de vuestros enemigos.

–           ¿Cómo lo sabes?

–           Porque sucede así en todas las cosas humanas.

Y agrego a la categoría la tercera clase:

La que – si fuera lícito el divorcio – más derecho tendría, por ser la de los verdaderos casos penosos:

como una lepra incurable, una cadena perpetua, o enfermedades innominables…

–           ¿Entonces para ti nunca es lícito?

–           Ni para mí ni para el Altísimo ni para ninguno de corazón recto.

¿No habéis leído que el Creador, al comienzo de los días, creó al hombre y a la mujer?

Y los creó varón y hembra.

Y no tenía necesidad de hacerlo, porque, si hubiera querido, habría podido, para el rey de la Creación,

hecho a su imagen y semejanza, crear otro modo de procreación.

Y hubiera sido igualmente bueno, aun siendo distinto de todos los otros naturales.

Y dijo: “Así, por esto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer

y los dos serán una sola carne».

Así pues, Dios los unió en una sola unidad.

No son por tanto, ya «dos» sino «una» sola carne.

Lo que Dios ha unido, porque vio que «es buena cosa»,

no lo separe el hombre, pues si así sucediera sería una cosa ya no buena.

–           ¿Pero por qué, entonces, Moisés dijo:

«Si el hombre ha tomado consigo una mujer, pero la mujer no ha hallado gracia ante sus ojos

por algún defecto desagradable, él escribirá un libelo de repudio, se lo entregará en mano

y la despedirá de su casa»?

–           Lo dijo por la dureza de vuestro corazón.

Para evitar, con una orden, desórdenes demasiado graves.

Por esto os permitió repudiar a vuestras mujeres.

Pero desde el principio no fue así.

Porque la mujer es más que el animal, el cual sigue el capricho del amo

o de las libres circunstancias naturales…

Y va a este o a aquel macho, es carne sin alma que hace pareja para reproducirse.

Vuestras mujeres tienen un alma como vosotros.

Y no es justo pisotearla despiadadamente.

Porque, si bien la condena dice:

«Estarás sometida a la potestad de tu marido y él te dominará»,

ello debe acaecer según justicia y no con atropello lesivo de los derechos del alma libre

y digna de respeto.

Vosotros, con el repudio, que no os es lícito, ofendéis al alma de vuestra compañera,

a la carne gemela que se ha unido a la vuestra;

a ese todo que es la mujer con que os habéis casado exigiendo su honestidad,

mientras que vosotros, ¡Perjuros!, vais a ella deshonestos, minorados, a veces corrompidos…

Y seguís corrompidos.

Y aprovecháis todas las ocasiones para herirla y dar mayor campo a la lujuria insaciable

que hay en vosotros.

¡Prostituidores de vuestras esposas!

Por ningún motivo podéis separaros de la mujer que está unida a vosotros según la Ley y la Bendición.

Sólo en el caso de que la gracia os toque, y comprendáis que la mujer no es una propiedad sino un alma,

y que, por tanto, tiene iguales derechos que vosotros de ser reconocida parte del hombre

y no su objeto de placer.

Y sólo en el caso de que vuestro corazón sea tan duro, que no sepáis elevarla a esposa,

después de haber gozado de ella como una prostituta,

sólo en el caso de anular este escándalo de dos que conviven sin que Dios bendiga su unión,

podéis despedirla.

Porque entonces vuestra unión no es tal, sino que es fornicación.

Y frecuentemente sin el honor de unos hijos, porque son eliminados forzando la naturaleza,

o repudiados como una vergüenza.

En ningún otro caso.

En ningún otro.

Porque si tenéis hijos ilegítimos de vuestra concubina, tenéis el deber de poner término al escándalo

casándoos con ella, si sois libres.

No contemplo el caso del adulterio consumado contra la esposa ignara.

Para ese caso, santas son las piedras de la lapidación y las llamas del Seol.

Y para el que repudia a su esposa legítima, porque está saciado de ella…

Y toma a otra, hay sólo una sentencia: ése es adultero.

Y es adúltero el que toma a la repudiada, porque, si el hombre se ha arrogado el derecho de separar

lo que Dios ha unido;

la unión matrimonial continúa ante los ojos de Dios.

Y maldito aquel que pasa a segunda esposa sin ser viudo.

Y maldito aquel que toma otra vez a su mujer primera después de haberla despedido por repudio

Mateo 5, 27-32

y haberla abandonado a los miedos de la vida;

siendo así que ella haya cedido a nuevo matrimonio para ganarse el pan,

si queda viuda del segundo marido.

Porque, aunque sea viuda, fue adúltera por culpa vuestra.

Y haríais doble su adulterio.

¿Habéis comprendido, fariseos que me tentáis?

Éstos se van humillados, sin responder.

Un romano dice:

–          Es un hombre severo.

Si fuera a Roma, vería que allí fermenta un fango aún más hediondo.

También algunos de Gadara se quejan:

–          ¡Dura cosa ser hombres, si hay que ser castos de esa forma!…

Y algunos, más fuerte,

gritan:

–          ¡Si tal es la condición del hombre respecto a la mujer, es mejor no casarse!

Y también los apóstoles repiten este razonamiento, mientras toman de nuevo el camino

que conduce a los campos, tras haber dejado a los de Gadara.

Lo dice Judas con sarcasmo.

Lo dice Santiago de Zebedeo con respeto y reflexión.

Y Jesús responde al uno y al otro:

–          No todos comprenden esto, ni lo comprenden bien.

Algunos, efectivamente, prefieren el celibato para tener libertad de secundar sus vicios;

otros para evitar la posibilidad de pecar siendo maridos no buenos.

Sólo algunos – a los cuales les es concedido – comprenden la belleza de estar limpios de sensualidad

e incluso de una honesta hambre de mujer.

Y son los más santos, los más libres, los más angélicos sobre la faz de la tierra.

Hablo de aquellos que se hacen eunucos por el Reino de Dios.

Hay hombres que nacen así.

A otros los hacen eunucos.

Los primeros son personas deformes que deben suscitar compasión; los segundos…

son abusos que hay que reprimir.

Mas está esa tercera categoría de eunucos voluntarios;

los cuales, sin usar violencia para consigo – por tanto con doble mérito -, saben adherirse

a eso que Dios pide…

Y viven como ángeles para que el altar abandonado de la tierra tenga todavía flores e inciensos

para el Señor.

Éstos no complacen a su parte inferior, para crecer en la parte superior,

de forma que ésta florezca, en el Cielo, en los arriates más próximos al trono del Rey.

Y en verdad os digo que no son personas mutiladas,

sino seres dotados de aquello que a la mayor parte de los hombres les falta.

No son, pues, objeto de necio escarnio;

antes al contrario, de gran veneración.

Comprenda esto quien debe.

Y respete, si puede.

Los apóstoles casados musitan entre sí.

Jesús pregunta:

–           ¿Qué os pasa?

Bartolomé responde por todos,

diciendo:

–          ¿Y nosotros?

No sabíamos esto y hemos tomado mujer.

Pero nos gustaría ser como Tú dices…

–          Y no os está prohibido hacerlo de ahora en adelante.

Vivid en continencia, viendo en vuestra compañera a vuestra hermana,

y tendréis gran mérito ante los ojos de Dios.

Vamos a acelerar el paso.

Para estar en Pel.la antes de la lluvia.

366 DEFECTOS DE JUVENTUD


366 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Dejando el pueblo de Meirón, Jesús, con sus apóstoles, toma un camino,

también éste de montaña, que va en dirección noroeste, entre bosques y prados.

Sigue subiendo.

Quizás han venerado ya algunas tumbas, porque van hablando de ello.

Ahora es precisamente Judas el que va adelante con Jesús.

Se comprende que en Meirón han recibido y dado limosnas.

Judas rinde cuentas, diciendo los donativos que han recibido…

Y las limosnas que han dado.

Termina diciendo:

–        Y ahora, aquí está, mi donativo

He jurado esta noche que te lo iba a dar para los pobres, como penitencia.

No es mucho.

Pero no tengo mucho dinero.

De todas formas, he convencido a mi madre de que me mande dinero a menudo

a través de muchos amigos.

Las otras veces que dejaba mi casa era con mucho dinero.

Pero esta vez, teniendo que ir por los montes solo o sólo con Tomás,

he tomado sólo lo suficiente, para la duración del viaje.

Prefiero hacerlo así.

La única cosa es que…

Tendré que pedirte alguna vez autorización para separarme de vosotros,

durante unas horas para ir donde mis amigos.

Ya he dispuesto todo…

Maestro, ¿Sigo teniendo el dinero yo

¿Todavía yo? ¿Te fías todavía de mí

Jesús dice:

–        Judas, tú solo dices todo.

Y no sé el motivo por el que lo haces.

Has de saber que para Mí nada ha cambiado…

Porque espero con ello que cambies tú y vuelvas a ser el discípulo que fuiste…

Y llegues a ser el justo por cuya conversión oro y sufro.

–        Tienes razón, Maestro.

Pero, con tu ayuda, ciertamente lo seré.

Por lo demás…

Son imperfecciones de juventud.

Cosas sin peso.

Es más, sirven para poder comprender a los semejantes y para curarlos.

Jesús exclama:

–        ¡Verdaderamente, Judas, tu moral es muy extraña!

Y debería decir más.

Nunca se ha visto a un médico que enferme voluntariamente,

para poder decir después:

«Ahora sé curar mejor a los que tienen esta enfermedad».

¿Así que Yo soy un incapaz?

–        ¿Quién lo dice, Maestro?

–        Tú.

Yo no cometo pecados; por tanto, no sé curar a los pecadores.

–        Tú eres Tú.

Pero nosotros no somos Tú.

Y tenemos necesidad de la experiencia para saber hacer…

–        Es tu vieja idea.

La misma de hace unas veinte lunas.

Sólo que entonces opinabas que Yo debía pecar, para ser capaz de redimir.

Verdaderamente me sorprende que no hayas tratado de corregir este…

Defecto mío, según tus modos de juzgar,

Y de dotarme de esta…

Capacidad de comprender a los pecadores.

-Estás bromeando, Maestro.

Bien, me agrada que bromees.

Me causabas pena. Estabas muy triste.

Y para mí es doble satisfacción el que sea precisamente yo quien te hace bromear.

Pero nunca he pensado en elevarme a ser tu pedagogo.

Además, ya ves que he corregido mi modo de pensar; tanto,

que digo que esta experiencia es necesaria sólo para nosotros.

Para nosotros, pobres hombres.

Tú eres el Hijo de Dios, ¿No es verdad?

Tienes, por tanto, una sabiduría que, para ser sabiduría;

no tiene necesidad de experiencias

–         Bueno, pues, has de saber que la inocencia también es sabiduría,

mucho mayor que el bajo y peligroso conocimiento del pecador.

Donde la santa ignorancia del mal limitaría la capacidad de guiarse y de guiar,

suple el ministerio angélico, que jamás se ausenta de un corazón puro.

Cree que los ángeles, aun siendo purísimos, saben distinguir el Bien y el Mal.

Y conducir al hombre puro que custodian, por el sendero recto y hacia actos rectos.

El pecado no es aumento de sabiduría.

No es luz. No es guía. Jamás.

Es corrupción. Es privación de ver. Es caos.

De modo que quien lo cometa conocerá su sabor,

mas perderá también la capacidad de saber muchas otras espirituales cosas

y ya no tendrá a un ángel de Dios, espíritu de orden y amor, que lo guíe;

sino a un ángel de Satanás,

para conducirlo por la vía de un desorden cada vez mayor,

por el odio insaciable que devora a estos espíritus diabólicos.

–        Y… escucha, Maestro.

¿Si uno quisiera volver a tener la guía angélica?

¿Basta el arrepentimiento, o, por el contrario, el veneno del pecado perdura

incluso después de que uno se ha arrepentido y ha sido perdonado?…

Ya sabes…

Uno que se ha dado al vino, por ejemplo, aunque jure no volver a emborracharse,

y lo jure con verdadera voluntad de cumplirlo,

sigue sintiendo la incitación a beber.

Y sufre…

–        Claro. Sufre.

Por este motivo uno no se debería hacer nunca esclavo de lo malo.

Pero sufrir no es pecar. Es expiar.

Como un borracho arrepentido no comete pecado

si resiste heroicamente a la incitación y deja de beber vino;

asimismo, quien ha pecado y se arrepiente y resiste a todas las incitaciones,

adquiere un mérito.

Y no le falta la ayuda sobrenatural para esta resistencia.

Ser uno tentado no es pecado.

Es más, es batalla que procura victoria.

Y – cree también esto – Dios desea sólo perdonar…

Y ayudar a quien habiendo errado luego se arrepiente…

Judas está en silencio un rato…

Luego, toma la mano de Jesús y la besa.

E inclinado todavía hacia la mano que ha besado,

dice:

–        Pero yo ayer por la noche me he pasado de la raya.

Te he insultado, Maestro…

¡He dicho estas blasfemias!

¿Pueden acaso serme perdonadas?

–        El mayor pecado es desesperar de la misericordia divina…

Judas, Yo he dicho:

«Todo pecado contra el Hijo del hombre será perdonado».

El Hijo del hombre ha venido para perdonar, salvar, curar, para llevar al Cielo.

¿Por qué quieres perder el Cielo? ¡Judas!

¡Judas’. ¡Mírame!

Lávate el alma en el Amor que brota de mis ojos…

–        ¿Pero no te causo repulsa?

–         Sí…

Pero el Amor es mayor que la repulsa.

Judas, pobre leproso, el mayor leproso de Israel;

Ven a invocar la salud a Aquel que te la puede dar…

–        Dame la salud, Maestro.

–        No.

No así.

No hay en ti arrepentimiento verdadero y voluntad firme.

Hay sólo un conato de amor sobreviviente por Mí, por tu pasada vocación.

Hay un pulular de sentimiento, pero enteramente humano.

No es que sea malo todo esto.

Es más, es el Primer paso hacia el Bien.

Cultívalo, auméntalo, injértalo en lo sobrenatural;

 haz de ello un verdadero amor por Mí,

una vuelta verdadera a lo que eras cuando viniste a Mí, ¡Eso al menos!

¡Eso al menos!

Haz de ello, no un latido transitorio, emotivo, de sentimentalismo inactivo;

sino un verdadero sentimiento, activo, de atracción al Bien.

Judas, Yo espero.

Sé esperar. Yo oro.

Soy Yo quien suple, en esta espera, a tu ángel disgustado.

Mi piedad, mi paciencia, mi amor; siendo perfectos, son superiores a los angélicos,

y pueden permanecer a tu lado,

en medio de los desagradables hedores de lo que te fermenta en el corazón,

PARA AYUDARTE… 

Judas se estremece, no fingidamente, sino en la realidad.

Con labios temblorosos, con voz quebradiza por lo que le estremece,

pálido, pregunta:

–        ¿Pero Tú sabes realmente lo que he hecho?

—        TODO, JUDAS. 

¿Quieres que te lo diga o prefieres que te ahorre esta humillación?

–          Pero… bueno, es que no puedo creer…

–         Bien, pues entonces vamos a recorrer hacia atrás el camino…

Y a decirle al incrédulo la verdad.

Esta mañana ya has mentido más de una vez:

Sobre el dinero y sobre cómo has pasado la noche.

Tú ayer por la noche has tratado de ahogar con la lujuria todos tus otros

sentimientos, todos los odios, los remordimientos. Tú…

–        ¡Basta! ¡Basta!

¡Por caridad, no sigas!

O huiré de tu Presencia.

–       Deberías, por el contrario, abrazarte a mis rodillas pidiendo perdón.

–        ¡Sí, sí!

¡Perdón! ¡Perdón, Maestro mío

¡Perdón! ¡Ayúdame!

¡Ayúdame! ¡Es más fuerte que yo!

Todo es más fuerte que yo.

–        Menos el amor que deberías tener por Jesús…

Pero, ven aquí, para vencerte la tentación y librarte de ella.

Y lo toma entre sus brazos.

Y llora silenciosas lágrimas, encima de la cabeza morena de Judas.

Los demás, que están algunos metros más atrás, se han detenido prudentemente

321 PRUDENCIA Y SECRETO


321 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Las olas se rompen contra la playita de Mágdala, cuando las dos barcas tocan tierra

al caer de una tarde del mes de Noviembre.

No son olas grandes.

En todo caso, son molestas para quien desembarca, porque los vestidos se mojan.

Pero la perspectiva del ya próximo alojamiento en casa de María de M{agdala,

hace soportar sin refunfuños el no deseado baño.  

Jesús dice a los mozos: 

–        Poned en seguro las barcas y luego nos alcanzáis.

 Y enseguida, se pone en camino siguiendo el litoral;

porque han desembarcado en una pequeña ensenada que está un poco fuera de la ciudad

y en la que hay otras barcas de pescadores de Mágdala.  

Jesús dice:

–        Judas de Simón y Tomás, venid aquí conmigo.

Los dos van sin demora.

–        He decidido daros un encargo de confianza y al mismo tiempo, una alegría.

El cometido es éste: que acompañéis a las hermanas de Lázaro a Bethania.

Y, con ellas, a Elisa.

Os estimo lo suficiente como para confiaros las discípulas.

Aprovecharéis para llevar una carta mía a Lázaro.

Luego, una vez cumplido este cometido, iréis a vuestras casas, para las Encenias…

No interrumpas, Judas.

Todos pasaremos las Encenias en nuestra casa, este año.

Es un invierno demasiado lluvioso para poder viajar.

Como podéis ver, incluso los enfermos son más escasos.

Por tanto, aprovecharemos de ello para descansar y dar una satisfacción a nuestras familias.

Os espero en Cafarnaúm para el final de Sabat.  

Tomás pregunta:

–        ¿Pero vas a estar en Cafarnaúm?

–        No estoy todavía seguro de dónde voy a estar.

En un sitio o en otro, para mí es igual.

Basta con tener cerca a mi Madre.  

Judas dice:

–        Yo prefería pasar las Encenias contigo.

–        Te creo.

Pero, si me amas, obedece; mucho más;

considerando que vuestra obediencia os proporcionará la manera de ayudar a los discípulos

que se han vuelto a esparcir por todas partes.

¡Sí que tenéis que ayudarme en esto!

En las familias, los hijos mayores son los que ayudan a los padres en la formación de los hijos menores.

Vosotros sois los hermanos mayores de los discípulos, que son los menores,

y os debéis sentir contentos de que Yo me ponga en vuestras manos.

Ello es señal de que he quedado contento de vuestra reciente actuación.

Tomás dice sencillamente:

–        Demasiado bueno, Maestro.

Pero, por lo que a mí respecta, trataré de hacer las cosas ahora todavía mejor.

De todas formas, siento dejarte…

Bueno… pasará pronto…

Y mi anciano padre se sentirá contento de tenerme para la fiesta y también mis hermanas…

¿Y mi hermana gemela?…

Debe haber tenido un niño, o estará para tenerlo…

Mi primer sobrino…

Si es varón y nace cuando estoy yo, ¿Qué nombre le pongo?

–        José.

-¿Y si es niña?

–        María.

No hay nombres más dulces.

Judas, sin embargo, orgulloso del encargo recibido, ya está pavoneándose…

y haciendo proyectos, y más proyectos…

Se ha olvidado completamente de que se aleja de Jesús;

mientras que, poco tiempo antes (en los Tabernáculos), había protestado como un potro salvaje

ante la disposición de Jesús de separarse de Él por un tiempo.

Pierde también de vista completamente la sospecha de entonces,

de que era un deseo de Jesús de apartarlo.

Todo lo olvida…

Y está contento de ser considerado una persona a la que se le pueden confiar cometidos delicados.

Promete:

–        Te traeré mucho dinero para los pobres.

Y mientras, saca la bolsa y dice:

–       «Toma éstos.

Es todo lo que tenemos. No tengo más.

Tú dame el viático para nuestro viaje de Bethania a nuestra casa.  

Tomás objeta:

–        Pero no partimos esta noche.

Judas está exaltado.

–        No importa.

En casa de María no hace falta más dinero, por tanto…

Bien contento estoy de no tener más dinero que manejar…

Cuando vuelva le traeré a tu Madre semillas de flores.

Se las pediré a mi madre.

Quiero también traer un regalo a Margziam… 

Jesús lo mira…

Ya llegan a la casa de María de Mágdala.

Se dan a conocer y entran todos.

Las mujeres acuden llenas de alegría al encuentro del Maestro, que ha venido a alojarse en su hogar.

Después de la cena, cuando ya los apóstoles, cansados se han retirado.

Jesús, sentado en el centro de una sala, rodeado por el círculo de las discípulas,

comunica a éstas su deseo de que partan cuanto antes.

Al contrario de los apóstoles, ninguna de ellas protesta.

Inclinan la cabeza en señal de asentimiento y salen para preparar sus equipajes.

Jesús llama a la Magdalena cuando está para atravesar el umbral de la puerta.

–        ¿Entonces, María?

¿Por qué me has susurrado a mi llegada:

«Tengo que hablarte en secreto»?

–        Maestro,

he vendido las piedras preciosas en Tiberíades.

Las ha vendido Marcela con la ayuda de Isaac.

Tengo la suma en mi habitación.

No he querido que Judas viera nada…

Y se ruboriza intensamente.

Jesús la mira fijamente, pero no dice nada.

La Magdalena sale…

Y vuelve con una pesada bolsa y se la da a Jesús.

Diciendo:

–        Aquí tienes.

Las han pagado bien.

–       Gracias, María.

–       Gracias, Rabbuní;

por haberme pedido este favor.

¿Deseas pedirme alguna cosa más?…

–        No, María.

Y tú, ¿Tienes algo más que decirme?

–       No, Señor.

Bendíceme, Maestro mío.

–      Sí. Te bendigo…

María… ¿Estás contenta de volver donde Lázaro?

Imagínate que Yo ya no estuviera en Palestina.

¿Volverías gustosa a casa, entonces?

–       Sí, Señor. Pero…

–       Termina, María.

No tengas miedo nunca de manifestarme lo que piensas.

–       Pero estaría más contenta de volver a casa;

si en vez de Judas de Keriot viniera Simón el Zelote, gran amigo de familia.

–       Lo necesito para una seria misión.

–       Entonces tus hermanos o Juan, de corazón de paloma.

Bueno, todos menos él…

Señor no me mires con severidad…

Quien se ha alimentado de lujuria siente su proximidad…

No la temo.

Sé controlar a alguien que supera ampliamente a Judas.

Es mi terror a no ser perdonada, es mi yo;

es Satanás, que ciertamente da vueltas en torno a mí, es el mundo…

Pero si María de Teófilo no tiene miedo de ninguno,

María de Jesús siente repulsa por el vicio que la había subyugado.

Y la… Señor…

El hombre que brega por la carnalidad me da asco…

–        No estás sola en el viaje, María.

Y contigo estoy seguro de que no se volverá para atrás...

Ten presente que debo proveer para la partida de Síntica y Juan para Antioquía.

Y que ello no debe saberlo quien es un imprudente…

–        Es verdad.

Iré entonces…

Maestro, ¿Cuándo nos volveremos a ver?

–       No lo sé, María.

Quizás no antes de la Pascua.

Ve en paz ahora.

Te bendigo esta noche y todas las noches.

Y contigo, a tu hermana y al buen Lázaro.

María se agacha para besar los pies de Jesús y sale.

Dejando solo a Jesús en la silenciosa habitación

273 EL LASTRE DE LA RIQUEZA


273 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Es en la casa de Cafarnaúm, a la sombra de los árboles en el huerto umbrío,

temprano  por la matutina.

Los apóstoles se fueron a predicar.

Jesús cura a unos enfermos, acompañado de Mannaém.

Que ya no lleva ni el precioso cinturón ni la lámina de oro en la frente:

sujeta su túnica un cordón de lana; una cinta de tela, como la prenda que cubre su cabeza.

Jesús tiene descubierta la cabeza, como siempre cuando está en casa. 

Una vez que ha terminado de curar y de consolar a los enfermos,

sube con Manahén a la habitación alta.

Aunque parece que la canícula ha terminado, el sol todavía calienta implacable…

Se dirigen hacia la parte mas sombreada y fresca.

Y se  sientan los dos en la pequeña terraza de la ventana que mira al mont

Mannaém dice:

–       Dentro de poco empezará la vendimia.

Jesús le contesta:

–       Sí.

Luego vendrá la Fiesta de los Tabernáculos…

Y el invierno estará a las puertas.

¿Cuándo piensas partir?

–       ¡Mmm!…

De mi parte no me iría nunca…

Pero pienso en el Bautista.

Herodes es una persona débil.

Si se le sabe influir

Se le puede sugestionar para que haga el bien y si no se hace bueno;

por lo menos que no sea sanguinario.

Desgraciadamente son pocos los que le aconsejan bien.

¡Y esa mujer!… ¡Esa mujer!…

Yo quisiera estar aquí hasta que regresen tus apóstoles.

Aunque mi ascendencia ha disminuido, desde que saben que sigo los senderos del Bien.

Pero no me importa.

Quisiera tener la verdadera valentía, de saber abandonar todo para seguirte completamente,

como aquellos discípulos que estás esperando.

¿Lo lograré alguna vez?

Nosotros que no pertenecemos a la plebe, somos más obstinados para seguirte.

¿Por qué será?

–      Porque los tentáculos de las míseras riquezas os retienen.

–      Conozco a algunos que no son tan ricos, pero sí son doctos o están en camino de serlo.

Y tampoco vienen. 

–       También están retenidos por los tentáculos de las míseras riquezas.

No se es rico sólo de dinero.

Existe también la riqueza del saber.

Pocos llegan a la confesión de Salomón: «Vanidad de vanidades, todo es vanidad»,

considerada de nuevo y ampliada -no tanto materialmente cuanto en profundidad-

en Qohélet.

¿Lo recuerdas?

La ciencia humana es vanidad, porque aumentar sólo el humano saber

«es afán y aflicción de espíritu. 

Y quien multiplica la ciencia multiplica los afanes».

En verdad te digo que es así.

Como también digo que no sería así, si la ciencia humana estuviera sostenida y refrenada

por la sabiduría sobrenatural y el santo amor a Dios.

El placer es vanidad, porque no dura;

arde y rápido se desvanece dejando tras sí ceniza y vacío.

Los bienes acumulados con distintas habilidades son vanidad, para el hombre que muere,

porque con los bienes no puede evitar la muerte, y los deja a otros.

La mujer, contemplada como hembra y como tal apetecida, es vanidad.

De lo cual se concluye que lo único que no es vanidad es el santo temor de Dios

y la obediencia a sus Mandamientos.

O sea, la sabiduría del hombre, que no es sólo carne,

sino que posee la segunda naturaleza: la espiritual.

Solo el que logra ver la vanidad de todo lo mundano,

logra liberarse de cualquier tentáculo de pobres posesiones

e ir libre al encuentro del Sol.

–      ¡Quiero recordar estas palabras!

¡Cuánto me has dado en estos días

Ahora puedo ir entre la inmundicia de la corte, que les parece brillante solo a los necios.

Que parece poderosa y libre y es solo miseria, cárcel y oscuridad.

Me llevaré un tesoro que me permitirá vivir allí mejor, a la espera de lo superior.

Pero, ¿Llegaré alguna vez a esta meta sublime, que es pertenecerte totalmente?

–       Lo lograrás.

–       ¿Cuándo?

¿El año próximo?

¿Más adelante todavía?

¿O hasta que la ancianidad me haga prudente y sabio?

–        Lo lograrás.

-Llegarás… alcanzando la madurez de espíritu….

Perfección de voluntad y a una decisión perfecta

En el término de unas cuantas horas.

Y al decir esto, Jesús sonríe de una manera enigmática.  

Pues ha lanzado su mirada hacia el futuro y ve el heroísmo del que será capaz su discípulo.

Mannaém lo mira pensativo y escrutador…

Pero no pregunta nada más.

Después de un largo silencio que interrumpe Jesús,

al preguntar:

–        ¿Has estado alguna vez con Lázaro de Bethania?

–         No, Maestro.

Nos hemos encontrado algunas veces.

Puedo decir que no;

que si hubo algún encuentro, no puede llamarse amistad.

Ya sabes.

.

Yo con  Herodes, Herodes contra él…

Por tanto…

–        Ahora Lázaro te mirará más allá de estas cosas.

Te mirará en Dios…

Procura tratarlo como condiscípulo.

–        Lo haré si Tú así lo quieres…

Se oyen voces llenas de alarma en el huerto, que buscan al Maestro.

Preguntan con angustia:

–        ¡El Maestro!

–       ¡El Maestro!

–       ¿Está aquí?

Responde la voz cantarina de la dueña de la casa:

–        Está en la habitación de arriba.

¿Quiénes sois?

¿Estáis enfermos?

—       No. – 

         Somos discípulos de Juan. 

–       Y  queremos ver a Jesús de Nazaret.

Jesús se asoma por la ventana,

y dice:

—      Paz a vosotros…

Ellos levantan la cabeza  y los reconoce,

invitándoles:

–      ¡Oh!

¿Sois vosotros?

¡Venid! ¡Venid!

Sus  pasos apresurados suben por la escalera.

Son los tres pastores: Juan, Matías y Simeón.

Jesús deja la habitación y va a su encuentro a la terraza.

Manahén lo sigue.

Se encuentran justamente en el punto en que la escalera termina en la soleada terraza.

Los tres se arrodillan y besan el suelo.

Mientras Jesús los saluda.

–       La paz sea con vosotros…

Levantan la cabeza y muestran un rostro lleno de dolor.

Ni siquiera viendo a Jesús se sosiegan.

Su grito ahogado por el llanto:

–       ¡Oh, Maestro!

Juan habla en nombre de los demás:

–      Y ahora recógenos, Señor.

Porque somos tu herencia.

Y las lágrimas se deslizan por la cara del discípulo y de sus compañeros.

Jesús y Mannaém dan un solo grito:

–        ¿¡Juan!?

–        ¡Lo mataron…!

La noticia cae como un rayo que paraliza hasta el aire, en un silencio horrorizado.

Cuyo  enorme fragor cubre todos los ruidos del mundo,

a pesar de que haya sido pronunciada en voz muy baja.

Petrifica a quien la dice y a quien la oye.

Y se produce un rato de silencio tan profundo…

Que parece extenderse en su  profunda inmovilidad también en los animales,

las frondas y el aire,

Porque es como si la Tierra entera, para recoger esta palabra y sentir todo su horror,

suspendiera todo ruido  propio.

Queda suspendido el zureo de las palomas, truncada la flauta de un mirlo,

enmudecido el coro de los pajarillos.

Y como si de golpe se le hubiera roto el artilugio, una cigarra detiene su chirrido al improviso,

mientras se detiene el viento que, haciendo frufrú de seda y crujido de palos,

acariciaba las pámpanas y las hojas.

Jesús palidece.

Sus ojos se agrandan.

Vidrian por el llanto que se asoma.

Abre los brazos.

Su voz es más profunda, por el esfuerzo que hace para que sea firme y tranquila.

Y dice:

–       Paz al Mártir de la Justicia y a mi Precursor.

Cierra los ojos y los brazos sobre su pecho.

Su espíritu ora.

Entrando en contacto con el Espíritu de Dios y el de Juan  Bautista.

Mannaém no dice nada, no hace ningún gesto, ni se atreve ni a moverse.

Al revés de Jesús, se  pone colorado y la ira lo invade.

Se pone rígido y paralizado.

Toda su turbación se manifiesta en el movimiento mecánico de la mano derecha,

que sacude el cordón de la túnica y de la izquierda, que instintivamente busca el puñal

Pero no lo encuentra, porque se le olvidó que está desarmado.

Pues para poder ser discípulo del manso, es requisito para estar cerca del Mesías.

Y mueve la cabeza compadeciéndose de su fragilidad

y de sentirse tan impotente. 

Jesús recupera la Majestad Divina que le es habitual.

Y tan solo le queda una profunda tristeza, dulcificada con paz.

Con voz serena dice:

–       Venid.

Me lo contaréis.

De hoy en adelante me pertenecéis.

EVANGELIO DE SAN MARCOS

Capítulo 6

Muerte de Juan el Bautista

14. Se enteró el rey Herodes, pues su nombre se había hecho célebre. Algunos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso actúan en él fuerzas milagrosas.»

15. Otros decían: «Es Elías»; otros: «Es un profeta como los demás profetas.»

16. Al enterarse Herodes, dijo: «Aquel Juan, a quien yo decapité, ése ha resucitado.»

17. Es que Herodes era el que había enviado a prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado.

18. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano.»

19. Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía,

20. pues Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía; y al oírle, quedaba muy perplejo, y le escuchaba con gusto.

21. Y llegó el día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea.

22. Entró la hija de la misma Herodías, danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y te lo daré.»

23. Y le juró: «Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino.»

18. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano.» 19. Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, Marcos 6

24. Salió la muchacha y preguntó a su madre: «¿Qué voy a pedir?» Y ella le dijo: «La cabeza de Juan el Bautista.»

25. Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: «Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista.»

26. El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales.

27. Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la cárcel

28. y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre.

29. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.

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246 EL DIOS DESCONOCIDO DE LA AERÓPOLIS


246 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Después de cruzar el punto peligroso…

Jesús levantando la cabeza y dirigiendo su mirada adelante, hacia una maraña de zarzas…

Y otras plantas de largas ramas lanzadas al asalto de una voluminosa barrera de cactus;

situada más atrás, con sus palas tan duras cuanto flexibles son las ramas agresoras.

Jesús pregunta:

–      ¿Qué es lo que se mueve en aquellos zarzales?

Martha se espanta:

–      ¡Oh, no!

Y gime aterrorizada: 

–      ¿Otro cocodrilo, Señor?…

Pero el crujir de frondas aumenta y tras ellas aparece un rostro humano, de mujer.

Mira. Ve a todos estos hombres.

Duda entre huir por el campo o introducirse en la agreste galería.

Vence lo primero y huye hacia la campiña con un alarido.

Todos están asombrados y se preguntan perplejos:

–      ¿Leprosa?

–      ¿Loca?

–      ¿Endemoniada?

Pero la mujer regresa corriendo, porque de Cesárea que está ya cercana, 

viene un carro romano y se encuentra acorralada.

Es una joven muy bella, a pesar de sus vestidos desgarrados y su cabellera en desorden.

La mujer se ve como un ratón sin escapatoria.

No sabe a dónde ir,

porque Jesús con los suyos están ahora junto al matorral que le servía de  refugio y no puede volver.

Y hacia el carro no quiere ir…

Tras el intenso ocaso de un maravilloso crepúsculo…  

Entre las primeras sombras del anochecer que muestran que la noche se acerca de prisa.

Todavía se ve que es joven, hermosa y con donaire…

A pesar de estar harapienta y despeinada.  

Jesús ordena con imperio: 

–      ¡Mujer!

Ven aquí!

La mujer tiende los brazos hacia Él,

suplicando:

–       ¡No me hagas daño!

–      Ven aquí.

¿Quién eres?

No te voy a hacer ningún daño 

Lo dice tan dulcemente, que logra persuadirla.  

Ella se adelanta, se inclina y cae al suelo,

diciendo:

–      Quienquiera que seas, ten piedad de mí.

Mátame pero no me entregues a mi patrón.

Soy una esclava que se escapó…

–      ¿Quién era tu amo?

¿De dónde eres?

Se ve que no eres hebrea, por tu modo de hablar y tu vestido.

–      Soy griega.

La esclava griega de…

¡Piedad!

¡Escondedme!

¡El carro está llegando!.

¡El amo se acerca!…

Todos forman un círculo entorno a la infeliz que está agazapada en el suelo.

El vestido desgarrado por las espinas,

muestra su espalda surcada por golpes, latigazos y rasguños.

Jesús le pregunta:

–     ¿Por qué has huido

El carro pasa sin que ninguno de sus ocupantes muestre interés,

por este grupo parado junto al matorral.

–      Se han ido.

Habla.

Si podemos, te ayudaremos…

Y le pone la punta de sus dedos, sobre la cabellera despeinada.

–      Soy Síntica.

Esclava griega de un noble romano, del séquito del Procónsul.

Magdalena exclama:

–     ¡Entonces eres la esclava de Valeriano!

La infeliz suplica llorando:

–     ¡Oh! ¡Piedad!

¡Piedad! No me denuncies a él…

Magdalena responde:

–     No tengas miedo.

Jamás volveré a hablar con Valeriano.

Y dice el por qué a Jesús: 

–     Lo conozco.

Es uno de los romanos más ricos y más repugnantes que hay acá.

Es tan asqueroso, como cruel.

Jesús pregunta: 

–      ¿Por qué has huido?   

Ella levanta su cabeza,

Y responde con dignidad:

–     Porque tengo un alma.

No soy una mercancía.

El me compró, es verdad.

Podrá haber comprado mi persona para que embellezca su casa;

para que le alegre las horas con leerle.

Para que le sirva, pero nada más.

La mujer siente seguridad al ver que ha encontrado a personas compasivas.  

Y continúa: 

–      No soy una mercancía.

¡El alma es mía!

No es una cosa que se compre.

Y él quería también ésta.

–     ¿Cómo tienes conocimiento del alma?

–      No soy literata, Señor.

Soy botín de guerra desde mi más tierna edad.

Pero no plebeya.

Este es ni tercer dueño y es un fauno asqueroso.

Pero en mí todavía están las palabras de nuestros filósofos.

Y sé que no somos sólo carne. hay algo inmortal encerrado en nosotros.

Algo que no podemos definir claramente,

Pero hace poco he sabido su nombre.

Un día pasó un hombre por Cesárea, hace como un año.

Haciendo prodigios y hablando mejor que Sócrates y Platón.

Mucho se ha hablado de Él, en las termas y en los triclinios.

En los banquetes y en los Pórticos Dorados;

Ensuciaron su augusto nombre,

pronunciándolo en las salas de sus inmundas orgías.

Y mi amo me mandó leer otra vez, precisamente a mí;

que ya sentía dentro de mí algo inmortal que sólo le corresponde a Dios  

Me hizo leer otra vez las obras de los filósofos;

Volví a leerlas despacio para cotejar…

Y buscar si esta cosa ignorada; 

que el hombre que había venido a Cesárea había llamado «alma»,

estaba descrita en ellas.

Y que no se compra como si fuera una mercancía, en los mercados de esclavos.

¡El me hizo leer esto!…

Y después, de estas inmersiones en la sabiduría,

¡El quería que yo le complaciese en los sentidos!

¡A mí me lo hizo leer!

¡A mí a quien quería someter a su carnalidad!

Y mientras Valeriano con otros compañeros suyos, escuchaban mi voz… 

Y entre bostezos y eructos, trataban de comprender, parangonar y discutir.

De este modo, llegué a saber que esta cosa inmortal es el alma.

Porque yo unía lo que decían, refiriendo las palabras del Desconocido; 

a las palabras de los filósofos y me las metía aquí…

Con la mano apoyada sobre su pecho señala su corazón.  

Y prosigue: 

Y con ellas me construía una dignidad cada vez más  fuerte, para rechazar su libídine…

Porque yo unía las palabras del Desconocido, a las de los filósofos y las ponía de mi parte.

Con ellas me creaba una dignidad mucho mayor, que la simple humanidad animal; 

para rechazar su pasión insensata…

Hace unos días, una noche, me pegó salvajemente, 

Y me golpeó hasta casi matarme;

porque a mordidas lo rechacé…

Al día siguiente me escapé.

Hace cinco días que vivo entre aquellos matorrales, recogiendo por la noche, moras y tunas.

Pero terminaré por ser atrapada otra vez, pues sé que anda en mi busca.

Le costé mucho dinero.

Y le agrado demasiado, para que me deje en paz. 

¡Ten piedad, te lo ruego!

Ten piedad!

Eres hebreo y ciertamente que sabes en donde se encuentra Él.

Te pido que me conduzcas a ese Desconocido que habla también a los esclavos y a los galeotes.

Y que habla del alma.

Me han dicho que es pobre.

No me importa sufrir hambre, pero quiero estar cerca de Él;

para que me instruya y me levante otra vez.

Vivir en medio de los brutos, embrutece a uno, aunque se resista a ellos.

Quiero volver a tener mi antigua dignidad moral.

Con cierta admiración y una sonrisa radiante,

Jesús dice: :

–    El Hombre.

El Desconocido que buscas, está delante de ti.

Síntica lo mira asombrada y boquiabierta;

y dice:

–      ¿Tú? ¡Oh!

¡Dios Desconocido de la Aerópolis!

¡Ave!…

Yo te saludo…

Y se postra delante de Él, besando la tierra… 

–      Aquí no puedes estar.

Estamos cerca de Cesárea.

–       ¡No me dejes, Señor!

–       No te dejaré.

Estoy pensando…

Magdalena aconseja:

–     ¡Maestro!

Nuestro carro está, sin duda, en el lugar convenido, esperándonos.

Manda a avisar.

En el carro estará segura como en nuestra casa.

Martha suplica:

–      ¡Sí, confíanosla a nosotras, Señor!

Ocupará el lugar del anciano Ismael.

La instruiremos sobre ti.

Será una mujer arrebatada al paganismo.

Jesús le pregunta:

–     ¿Quieres venir con nosotros?

–      Con cualquiera de los tuyos.

Con tal de no volver con aquel hombre.

¡Pero… pero esta mujer ha dicho que lo conoce!

¿No me traicionará?

¿No irán romanos a su casa?

¿No…?

Magdalena la interrumpe, para tranquilizarla. 

Y dice: 

–      No tengas miedo. 

A Bethania no llegan los romanos y mucho menos los de esa clase.

Las mujeres se la llevan y la visten con un manto de Susana.

Jesús ordena: 

–      Simón y Simón Pedro, id a buscar el carro.

Os esperamos aquí.

Entraremos en la ciudad después.

Un tiempo más tarde… 

Cuando el pesado carro cubierto anuncia su presencia;

con el ruido de los cascos y las ruedas.

Y con el farol oscilante colgado de su techo.

Los que esperaban se levantan del ribazo donde han cenado y bajan al camino.

El carro se para, bamboleándose, en la orilla del camino deformado.

Bajan Pedro y Simón.

Inmediatamente después, baja una mujer anciana; 

es Noemí la nodriza que corre a abrazar a la Magdalena,  

diciendo:

–      Ni siquiera un momento.

No quiero dejar pasar ni un momento sin decirte que soy feliz.

Que tu madre exulta conmigo, que eres de nuevo la rubia rosa de nuestra casa;

como cuando dormías en la cuna después de haber mamado de mi pecho.

Y la besa una y otra vez.

María llora entre sus brazos.  

Jesús dice a la nodriza: 

–      Mujer… 

Te confío a esta joven y te pido el sacrificio de esperar aquí toda la noche.

Mañana podrás ir al primer pueblo de la vía consular y esperar allí.

Nosotros iremos antes del final de la tercia. 

Ella responde: 

–      Todo sea como Tú quieras.

¡Bendito seas!

Déjame sólo darle a María los vestidos que le he traído.

Y vuelve a subir al carro, con María Santísima, María y Marta.

Cuando vuelven a salir..

La Magdalena aparece como la veremos en lo sucesivo: 

Siempre: con una túnica sencilla, un lienzo fino y grande de lino como velo. 

 Y un manto sin adornos.  

Jesús se despide diciendo: 

–      Ve tranquila, Síntica.

Mañana vendremos nosotros. Adiós.

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211 BATALLA CONTRA ASMODEO


211 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús, soleado, sudoroso y lleno de polvo, regresa con Pedro y Juan a la casa de Cafarnaúm.

Apenas entra en el huerto, cuando el dueño de la casa le dice:

–     Jesús, ha regresado a buscarte la mujer de la que te hablé en Betsaida.

Le dije que te esperara y la llevé arriba, en la habitación que está allí.

Jesús contesta:

–    Gracias Tomás.

Voy al punto.

Si vienen los demás, retenlos aquí y no dejes que me interrumpan.

Y Jesús sube ligero la escalera, sin quitarse siquiera el manto.

La escalera va a dar a una terraza.

En ella inmóvil, está Marcela, la sierva de Marta.

Que lo saluda diciendo:

–     ¡Maestro nuestro!

Mi señora está ahí dentro.

Te espera desde hace muchos días. 

Mientras se arrodilla ante Jesús para venerarlo.  

–     Ya me lo imaginaba.

Voy enseguida a verla.

Dios te bendiga, Marcela.

Jesús levanta la cortina que protege de la luz.

Aún violenta a pesar de que la puesta de sol esté ya adelantada;

Y vuelve fuego al aire pareciendo encender las casas blancas de Cafarnaúm, con la roja reverberación de un enorme brasero.

En la habitación está Marta, toda velada y envuelta en un manto, sentada junto a una ventana.

Está absorta mirando a un trozo de lago, en que un collado boscoso zambulle un entrante.

Está tan ensimismada, que no oye el leve roce de los pies de Jesús, que se está acercando a ella;  

Cuando Jesús la llama suavemente:

–  Martha…

Ella grita:

–   ¡Oh, Maestro!

Y se derrumba de rodillas, con los brazos tendidos hacia adelante, como solicitando ayuda,:

Luego se inclina hasta tocar con la frente en el suelo y se suelta a llorar.

Jesús pregunta: 

–     ¿Por qué?

 Pero, ¿Qué sucede?

¡Levántate! ¿Por qué estas lágrimas?

¿Qué pasó?

He estado en Betania, ¿Sabes?

¿Sí? Allí he sabido que había buenas noticias.

Quítate el velo y el manto. Debes estar muriéndote de calor.

Ahora estás llorando…

–     ¿Qué ha pasado?

Y la obliga a levantarse.

Y a que se siente en el asiento que está colocado contra la pared.

El se sienta frente a ella.  

Preguntando: 

–     ¿Por qué este llanto desconsolado?

¿Tienes alguna desventura que manifestarme?

¿Sí? ¿Cuál? Dime.

Martha se muestra deshecha, con su rostro colorado y los ojos hinchados…

Está tan angustiada que no puede decir nada.  

Jesús repite: 

–     Quítate ese velo y ese manto, como hago Yo.

Te estarás ahogando con ellos.

Además, quiero ver el rostro de esta Marta turbada, para alejar todas las nubes que lo ensombrecen.

Martha obedece sin dejar de llorar. 

Y Jesús agrega:

–    ¿Bueno? Te ayudaré…

María te mandó llamar. Ha llorado mucho.

Ha querido saber mucho de Mí.

Y has llegado a imaginar que se trata de una buena señal…

Por lo que has querido que esté Yo aquí, para realizar el milagro.

Aquí estoy. ¿Y ahora?…

Martha responde con voz ahogada:

–    Ahora ya no hay nada, Maestro.

Me equivoqué.

Una esperanza demasiado viva, hace ver cosas inexistentes…

Te hice venir por nada…

María está peor que antes.

Aunque ya no quiere más cerca de sí a los hombres, es diferente, pero sigue siendo mala.

Me parece que está loca.

Ya no la entiendo.

Antes por lo menos la comprendía, ¡Pero ahora!

¿Quién la entiende?

Y Martha vuelve a llorar desconsoladamente.

Jesús dice:

–   ¡Ea!

Tranquilízate y dime qué cosa hace.

¿Por qué es mala?

Si ya no quiere hombres a su alrededor y vive sola  en su casa.

Eso está muy bien.

El haber deseado que estuvieses cerca de ella, para evitar las tentaciones, apartándose de relaciones culpables.

O simplemente de lo que podría inducir al Mal, es signo de buena voluntad.

–    ¿De veras lo crees así, Maestro?

–   Pues claro.

¿En qué te parece mala? Cuéntame que hace…

Martha, animada con las palabras de Jesús,

habla con mayor claridad:

–  Mira.

Desde que llegué, María no sale de casa, del jardín.

Ni siquiera para ir al lago con la barca.

Y su nodriza me dijo que este cambio empezó en la Pascua.

Iban a buscarla personas y no siempre las rechazaba.

Luego dio órdenes de que no se le permitiese entrar a nadie.

Y parecían órdenes absolutas.

Entonces si, habiendo oído las voces de los visitantes, iba al vestíbulo.

Y si ya éstos se habían marchado…

incluso llegó a azotar a los sirvientes en un arrebato de injusta ira.

Desde mi llegada no lo ha vuelto a hacer.

La primera tarde -y por eso nació en mí tanta esperanza-

me dijo:

“Detenme. Amárrame si quieres; pero no me dejes salir más.

Que no vuelva a ver a nadie, que no seas tú o la nodriza.

Yo estoy enferma y me quiero curar.

Los que vienen a verme o quieren que vaya a verlos, son como pantanos donde hierve la fiebre.

Hacen que me enferme más todavía.

Aparentemente son tan hermosos como frutos de aspecto agradable que no logro resistir,

porque soy una infortunada.

Una desgraciada, Martha.

Tu hermana es débil.

Y hay quién se aprovecha de su debilidad, para que cometa cosas infames…

Aunque una partecilla de mí, no consiente en ellas.

Lo único que me queda de mamá todavía, de mi pobrecita mamacita.”

Y se ponía a llorar.

Yo me porté con ella dulcemente, en las horas en que era más razonable.

Y con firmeza cuando parecía una fiera enjaulada.

Jamás se rebeló contra mí.

Al contrario, pasados los momentos de mayor tentación;

venía a llorar a mis pies, con la cabeza sobre las rodillas,

 Y me decía:

–    ¡Perdóname! ¡Perdóname!

–    ¿Por qué hermana, si no me has hecho nada?

–    Porque ayer cuando me prohibiste salir, en mi corazón te odiaba, maldecía y deseaba que te murieras.

Martha agrega con un sollozo:

–   Esto es muy doloroso.

¿Acaso está loca?

¿A esto la llevó el vicio?

Me imagino que algún amante suyo le dio una pócima;

para hacerla esclava de la lujuria…

Y ya le llegó hasta el cerebro…

–    No. Nada de pócimas.

Es algo muy diferente.

Es una adicción. 

Pero sigue…

–   Conmigo es respetuosa y obediente.

No ha maltratado más a los siervos.

Pero después de la primera noche, ya no ha preguntado por Ti.

Si Yo le hablo de Ti, desvía la conversación.

Se pasa horas en el peñasco del mirador…

Y se queda contemplando el lago.

Cuando ve pasar una barca, dice:

–   ¿Te parece que sea la de los pescadores galileos?

Jamás pronuncia tu Nombre, ni el de los apóstoles.

Pero yo sé que te ve a Ti y a ellos, en la barca de Pedro.

A veces cuando paseamos por el jardín o yo estoy bordando…

Ella está mano sobre mano, sin hacer nada,

me dice:

–     ¿De este modo es necesario vivir, según la doctrina que sigues?

Y a veces llora amargamente.

Luego ríe con unas carcajadas sarcásticas de loca o de demonio.

Otras veces se pone uno de mis vestidos, se suelta los cabellos que siempre trae muy bien arreglados.

Y hace dos trenzas.

Luego se acerca toda tímida; púdica, jovencita virginal en la expresión de la cara.

Y pregunta:

–   ¿A este punto debe llegar María?

Y luego se pone a llorar, besando sus espléndidas y gruesas trenzas, que le llegan hasta las rodillas.

Con esa belleza que era la gloria de mi madre.

A veces prorrumpe en horribles carcajadas….

O bien me dice:

–   Pero mira, mejor hago así y me mato.

Y se anuda el cuello con las trenzas.

Se aprieta en tal forma, que se pone morada como si quisiera estrangularse.

Otras veces cuando la tentación es más fuerte, se compadece a sí misma o se maltrata…

La he encontrado golpeándose con furia el pecho, las piernas.

Se rasguña la cara.

Da cabezazos contra la pared.

Y si le pregunto:

–   ¿Por qué lo haces?

Me enfrento con una mirada feroz, de enajenada…

Y me responde:

–   Para despedazarme.

Y despedazar mis entrañas, mi cabeza.

Las cosas nocivas y malditas, deben destruirse.

Yo me estoy destruyendo.

Tengo que destruir lo que me domina…

Cuando hablo de Ti, de la Misericordia Divina.

Porque Yo no le hago caso…

Y le hablo de Ti, como si ella fuera la más fiel de tus discípulas.

Y te juro que a veces me arrepiento de hacerlo ante ella.

Me responde:

–    Para mí no puede haber misericordia.

He pasado la medida.

Es entonces cuando una desesperación se apodera de ella…

Y grita golpeándose hasta que le mana sangre:

–   Pero, ¿Por qué?

¿Por qué este monstruo que me destroza?

No me deja en paz.

Me arrastra hacia el mal, con arrullos melodiosos…

Y luego se me juntan las voces de papá y mamá.

De vosotros que me maldecís.

Porque tú y Lázaro me maldecís, al igual que todo Israel.

¿Por qué este monstruo me hace enloquecer?

Cuando habla así, yo le respondo:

–    ¿Por qué piensas en Israel que es sólo un pueblo y no piensas en Dios?

Dado que no pensaste antes, cuando todo lo pisoteabas.

Piensa ahora en vencer todo y deja de preocuparte por el mundo.

Piensa en Dios, en nuestros padres.

Ellos no te maldicen.

Si cambias de vida, te abrirán los brazos…

Ella me escucha pensativa, estupefacta, como si le dijera algo imposible.

Luego se pone a llorar y ya no dice nada.

Algunas veces ordena a los siervos, que le lleven vinos y manjares.

Y bebe, como ‘para no pensar’, como dice ella.

Desde que sabe que estás en el lago, cada vez que vengo me dice:

–   Alguna vez, también iré yo.

Y riéndose con esa sonrisa que es un insulto para ella misma;

termina con:

–    Así al menos el ojo de Dios caerá sobre el estiércol.

Pero ya no quiero que venga.

Espero a que ella cansada, por la ira. 

Fatigada con el vino, con el llanto, con todo; se quede dormida.

Hoy también así he salido.

Regresaré a la noche, antes de que se despierte.

Esta es mi vida y no espero más…

Una explosión de llanto le impide seguir.

Jesús le dice:

–    ¿Te acuerdas Martha de lo que te dije un día?

“María está enferma” y no lo quisiste creer.

Ahora lo estás viendo.

Tú la crees loca.

Ella misma te dice que está enferma de fiebre pecaminosa.

Yo digo enferma del espíritu, por ‘posesión diabólica’.

Siempre es una enfermedad.

Sus incoherencias.

Sus arrebatos de ira.

Sus llantos, desconsuelos, ansias de venir a Mí.

Son las fases de su mal, que cuando va llegando el momento de su curación;

se manifiesta en estas crisis.

Haces bien en ser bondadosa con ella, en ser paciente, en hablarle de Mí.

No te arrepientas de pronunciar mi Nombre en su presencia.

¡Pobre alma de mi María!

También salió del Padre Creador, igual que las demás.

Y también ella está incluida entre las almas por las que me he hecho Carne;

para ser Redentor.

¡Pobre alma de mi María a quien amo tanto!

¡Pobre alma envenenada con siete venenos, además del primordial y universal!

¡Pobre alma prisionera de María!

¡Déjala que venga a Mí!

Deja que respire mi aliento.

Que oiga mi Voz, que encuentre mi mirada.

Si dice ‘estiércol’ refiriéndose a sí misma

¡Oh, pobre alma que de los siete demonios, el menos fuerte que tiene, es la soberbia!

Sólo por esto se salvará.

Martha pregunta con voz temblorosa:

–   ¿Y si después de haber salido, encuentra alguien que la conduzca nuevamente al vicio?

Ella misma siente este temor…

–   Y siempre lo tendrá.

Ahora que ha llegado a experimentar náuseas con el vicio.

Pero no te preocupes, cuando una alma ha concebido ya el deseo de ir al Bien…

Y  tan solo la detiene el enemigo diabólico que sabe que va a perder su presa.

Y trata de impedir al espíritu, que domine al ‘yo’ humano;

entonces esa alma ya se ha fortalecido contra los asaltos del vicio y de los viciosos.

No le hagas reproches de ningún tipo.

Ella es toda una llaga.

Solo tócala con el bálsamo de la dulzura, del perdón, de la esperanza.

Déjala en libertad de que venga.

Si llegas a ver en ella ese impulso, tú no vengas.

Espérala en casa.

La Misericordia la hará suya.

Porque la debo arrebatar a esa malvada fuerza que ahora la oprime.

Y por unas horas parecerá como una que acaba de arrojar el veneno…

Una a quién el médico le haya quitado los huesos.

Después se sentirá mejor.

Estará atolondrada.

Tendrá necesidad de caricias y de silencio.

Asístela como si fueses su segundo ángel custodio, sin hacérselo notar.

Si la ves llorar, déjala que llore.Si la ves sonreír con una sonrisa cambiada, con una mirada diferente, con una cara distinta;

no le hagas preguntas.

No trates de dominarla.

Sufre más ahora en el subir, que cuando bajó.

Y debe hacerlo por sí misma.

Como lo hizo por sí misma cuando bajó. 

No tuvo valor de tolerar vuestras miradas cuando bajaba;

porque en vuestros ojos estaba el reproche.

Pero ahora no puede soportarlos por la vergüenza que por fin se le despertado.

Entonces era fuerte porque tenía en sí a Satanás; su dueño y la fuerza siniestra que la dominaba.

Por eso podía desafiar al mundo y con todo, vosotros nunca la visteis cuando pecaba.

Ahora Satanás ya no está en ella como su dueño; sino como su huésped.

Pero a quién la voluntad de María tiene ya cogido por la garganta.

Todavía no me tiene a Mí, por eso es muy débil.

No puede sostener ni siquiera la caricia de tus ojos de hermana;

al declararse por su Salvador. 

Los esclavos de la Lujuria, SON ADORADORES DE ASMODEO

Toda su energía está dirigida a tener asidos de la garganta a los siete demonios.

En todo lo demás está indefensa, desnuda.

Pero la volveré a vestir y la fortificaré.

Vete en paz, Martha.

Y mañana. Con tacto, dile que hablaré cerca de la fuente, aquí en Cafarnaúm.

Al atardecer. Vete en paz.

Te bendigo.

Martha está perpleja.

Jesús la está mirando y le dice:

–    No caigas en la incredulidad, Martha.

–    No Señor.

Pero pienso…

María sufre mucho y yo tengo miedo de que no logre vencer al Demonio.

–     ¡Eres una niña!

María me tiene a Mí y a ti.

¿No lo logrará?

Vete tranquila. Mi paz sea contigo.

Martha le hace una profunda reverencia y se va.

Jesús sonríe cuando la ve dirigirse a Mágdala.

Luego baja a la cocina y al ver que Juan está por irse a la plaza, se va con él.

Lo rodean los niños y conversan con Él.

Pasa Simón el Fariseo y le hace una pomposa inclinación.

Jesús también lo saluda.

El hombre le dice:

–  Vengo a invitarte a mi casa.

Mañana.  

Jesús responde: 

–   Mañana no puedo.

¿Qué te parece dentro de dos días?

–    Muy bien.

Tendré amigos…Y les tendrás paciencia…

–   Sí. Sí.

Iré con Juan.

–  ¿Sólo él?

–   Los otros tienen diversas misiones.

Míralos…

Ahora regresan de la campiña.

La paz sea contigo, Simón.

–   Dios sea contigo,  Jesús.

Te espero.

El fariseo se va y Jesús se reúne con los apóstoles.

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