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273 EL LASTRE DE LA RIQUEZA


273 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Es en la casa de Cafarnaúm, a la sombra de los árboles en el huerto umbrío,

temprano  por la matutina.

Los apóstoles se fueron a predicar.

Jesús cura a unos enfermos, acompañado de Mannaém.

Que ya no lleva ni el precioso cinturón ni la lámina de oro en la frente:

sujeta su túnica un cordón de lana; una cinta de tela, como la prenda que cubre su cabeza.

Jesús tiene descubierta la cabeza, como siempre cuando está en casa. 

Una vez que ha terminado de curar y de consolar a los enfermos,

sube con Manahén a la habitación alta.

Aunque parece que la canícula ha terminado, el sol todavía calienta implacable…

Se dirigen hacia la parte mas sombreada y fresca.

Y se  sientan los dos en la pequeña terraza de la ventana que mira al mont

Mannaém dice:

–       Dentro de poco empezará la vendimia.

Jesús le contesta:

–       Sí.

Luego vendrá la Fiesta de los Tabernáculos…

Y el invierno estará a las puertas.

¿Cuándo piensas partir?

–       ¡Mmm!…

De mi parte no me iría nunca…

Pero pienso en el Bautista.

Herodes es una persona débil.

Si se le sabe influir

Se le puede sugestionar para que haga el bien y si no se hace bueno;

por lo menos que no sea sanguinario.

Desgraciadamente son pocos los que le aconsejan bien.

¡Y esa mujer!… ¡Esa mujer!…

Yo quisiera estar aquí hasta que regresen tus apóstoles.

Aunque mi ascendencia ha disminuido, desde que saben que sigo los senderos del Bien.

Pero no me importa.

Quisiera tener la verdadera valentía, de saber abandonar todo para seguirte completamente,

como aquellos discípulos que estás esperando.

¿Lo lograré alguna vez?

Nosotros que no pertenecemos a la plebe, somos más obstinados para seguirte.

¿Por qué será?

–      Porque los tentáculos de las míseras riquezas os retienen.

–      Conozco a algunos que no son tan ricos, pero sí son doctos o están en camino de serlo.

Y tampoco vienen. 

–       También están retenidos por los tentáculos de las míseras riquezas.

No se es rico sólo de dinero.

Existe también la riqueza del saber.

Pocos llegan a la confesión de Salomón: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”,

considerada de nuevo y ampliada -no tanto materialmente cuanto en profundidad-

en Qohélet.

¿Lo recuerdas?

La ciencia humana es vanidad, porque aumentar sólo el humano saber

“es afán y aflicción de espíritu. 

Y quien multiplica la ciencia multiplica los afanes”.

En verdad te digo que es así.

Como también digo que no sería así, si la ciencia humana estuviera sostenida y refrenada

por la sabiduría sobrenatural y el santo amor a Dios.

El placer es vanidad, porque no dura;

arde y rápido se desvanece dejando tras sí ceniza y vacío.

Los bienes acumulados con distintas habilidades son vanidad, para el hombre que muere,

porque con los bienes no puede evitar la muerte, y los deja a otros.

La mujer, contemplada como hembra y como tal apetecida, es vanidad.

De lo cual se concluye que lo único que no es vanidad es el santo temor de Dios

y la obediencia a sus Mandamientos.

O sea, la sabiduría del hombre, que no es sólo carne,

sino que posee la segunda naturaleza: la espiritual.

Solo el que logra ver la vanidad de todo lo mundano,

logra liberarse de cualquier tentáculo de pobres posesiones

e ir libre al encuentro del Sol.

–      ¡Quiero recordar estas palabras!

¡Cuánto me has dado en estos días

Ahora puedo ir entre la inmundicia de la corte, que les parece brillante solo a los necios.

Que parece poderosa y libre y es solo miseria, cárcel y oscuridad.

Me llevaré un tesoro que me permitirá vivir allí mejor, a la espera de lo superior.

Pero, ¿Llegaré alguna vez a esta meta sublime, que es pertenecerte totalmente?

–       Lo lograrás.

–       ¿Cuándo?

¿El año próximo?

¿Más adelante todavía?

¿O hasta que la ancianidad me haga prudente y sabio?

–        Lo lograrás.

-Llegarás… alcanzando la madurez de espíritu….

Perfección de voluntad y a una decisión perfecta

En el término de unas cuantas horas.

Y al decir esto, Jesús sonríe de una manera enigmática.  

Pues ha lanzado su mirada hacia el futuro y ve el heroísmo del que será capaz su discípulo.

Mannaém lo mira pensativo y escrutador…

Pero no pregunta nada más.

Después de un largo silencio que interrumpe Jesús,

al preguntar:

–        ¿Has estado alguna vez con Lázaro de Bethania?

–         No, Maestro.

Nos hemos encontrado algunas veces.

Puedo decir que no;

que si hubo algún encuentro, no puede llamarse amistad.

Ya sabes.

.

Yo con  Herodes, Herodes contra él…

Por tanto…

–        Ahora Lázaro te mirará más allá de estas cosas.

Te mirará en Dios…

Procura tratarlo como condiscípulo.

–        Lo haré si Tú así lo quieres…

Se oyen voces llenas de alarma en el huerto, que buscan al Maestro.

Preguntan con angustia:

–        ¡El Maestro!

–       ¡El Maestro!

–       ¿Está aquí?

Responde la voz cantarina de la dueña de la casa:

–        Está en la habitación de arriba.

¿Quiénes sois?

¿Estáis enfermos?

—       No. – 

         Somos discípulos de Juan. 

–       Y  queremos ver a Jesús de Nazaret.

Jesús se asoma por la ventana,

y dice:

—      Paz a vosotros…

Ellos levantan la cabeza  y los reconoce,

invitándoles:

–      ¡Oh!

¿Sois vosotros?

¡Venid! ¡Venid!

Sus  pasos apresurados suben por la escalera.

Son los tres pastores: Juan, Matías y Simeón.

Jesús deja la habitación y va a su encuentro a la terraza.

Manahén lo sigue.

Se encuentran justamente en el punto en que la escalera termina en la soleada terraza.

Los tres se arrodillan y besan el suelo.

Mientras Jesús los saluda.

–       La paz sea con vosotros…

Levantan la cabeza y muestran un rostro lleno de dolor.

Ni siquiera viendo a Jesús se sosiegan.

Su grito ahogado por el llanto:

–       ¡Oh, Maestro!

Juan habla en nombre de los demás:

–      Y ahora recógenos, Señor.

Porque somos tu herencia.

Y las lágrimas se deslizan por la cara del discípulo y de sus compañeros.

Jesús y Mannaém dan un solo grito:

–        ¿¡Juan!?

–        ¡Lo mataron…!

La noticia cae como un rayo que paraliza hasta el aire, en un silencio horrorizado.

Cuyo  enorme fragor cubre todos los ruidos del mundo,

a pesar de que haya sido pronunciada en voz muy baja.

Petrifica a quien la dice y a quien la oye.

Y se produce un rato de silencio tan profundo…

Que parece extenderse en su  profunda inmovilidad también en los animales,

las frondas y el aire,

Porque es como si la Tierra entera, para recoger esta palabra y sentir todo su horror,

suspendiera todo ruido  propio.

Queda suspendido el zureo de las palomas, truncada la flauta de un mirlo,

enmudecido el coro de los pajarillos.

Y como si de golpe se le hubiera roto el artilugio, una cigarra detiene su chirrido al improviso,

mientras se detiene el viento que, haciendo frufrú de seda y crujido de palos,

acariciaba las pámpanas y las hojas.

Jesús palidece.

Sus ojos se agrandan.

Vidrian por el llanto que se asoma.

Abre los brazos.

Su voz es más profunda, por el esfuerzo que hace para que sea firme y tranquila.

Y dice:

–       Paz al Mártir de la Justicia y a mi Precursor.

Cierra los ojos y los brazos sobre su pecho.

Su espíritu ora.

Entrando en contacto con el Espíritu de Dios y el de Juan  Bautista.

Mannaém no dice nada, no hace ningún gesto, ni se atreve ni a moverse.

Al revés de Jesús, se  pone colorado y la ira lo invade.

Se pone rígido y paralizado.

Toda su turbación se manifiesta en el movimiento mecánico de la mano derecha,

que sacude el cordón de la túnica y de la izquierda, que instintivamente busca el puñal

Pero no lo encuentra, porque se le olvidó que está desarmado.

Pues para poder ser discípulo del manso, es requisito para estar cerca del Mesías.

Y mueve la cabeza compadeciéndose de su fragilidad

y de sentirse tan impotente. 

Jesús recupera la Majestad Divina que le es habitual.

Y tan solo le queda una profunda tristeza, dulcificada con paz.

Con voz serena dice:

–       Venid.

Me lo contaréis.

De hoy en adelante me pertenecéis.

EVANGELIO DE SAN MARCOS

Capítulo 6

Muerte de Juan el Bautista

14. Se enteró el rey Herodes, pues su nombre se había hecho célebre. Algunos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso actúan en él fuerzas milagrosas.»

15. Otros decían: «Es Elías»; otros: «Es un profeta como los demás profetas.»

16. Al enterarse Herodes, dijo: «Aquel Juan, a quien yo decapité, ése ha resucitado.»

17. Es que Herodes era el que había enviado a prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado.

18. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano.»

19. Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía,

20. pues Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía; y al oírle, quedaba muy perplejo, y le escuchaba con gusto.

21. Y llegó el día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea.

22. Entró la hija de la misma Herodías, danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y te lo daré.»

23. Y le juró: «Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino.»

18. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano.» 19. Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, Marcos 6

24. Salió la muchacha y preguntó a su madre: «¿Qué voy a pedir?» Y ella le dijo: «La cabeza de Juan el Bautista.»

25. Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: «Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista.»

26. El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales.

27. Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la cárcel

28. y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre.

29. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.

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246 EL DIOS DESCONOCIDO DE LA AERÓPOLIS


246 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Después de cruzar el punto peligroso…

Jesús levantando la cabeza y dirigiendo su mirada adelante, hacia una maraña de zarzas…

Y otras plantas de largas ramas lanzadas al asalto de una voluminosa barrera de cactus;

situada más atrás, con sus palas tan duras cuanto flexibles son las ramas agresoras.

Jesús pregunta:

–      ¿Qué es lo que se mueve en aquellos zarzales?

Martha se espanta:

–      ¡Oh, no!

Y gime aterrorizada: 

–      ¿Otro cocodrilo, Señor?…

Pero el crujir de frondas aumenta y tras ellas aparece un rostro humano, de mujer.

Mira. Ve a todos estos hombres.

Duda entre huir por el campo o introducirse en la agreste galería.

Vence lo primero y huye hacia la campiña con un alarido.

Todos están asombrados y se preguntan perplejos:

–      ¿Leprosa?

–      ¿Loca?

–      ¿Endemoniada?

Pero la mujer regresa corriendo, porque de Cesárea que está ya cercana, 

viene un carro romano y se encuentra acorralada.

Es una joven muy bella, a pesar de sus vestidos desgarrados y su cabellera en desorden.

La mujer se ve como un ratón sin escapatoria.

No sabe a dónde ir,

porque Jesús con los suyos están ahora junto al matorral que le servía de  refugio y no puede volver.

Y hacia el carro no quiere ir…

Tras el intenso ocaso de un maravilloso crepúsculo…  

Entre las primeras sombras del anochecer que muestran que la noche se acerca de prisa.

Todavía se ve que es joven, hermosa y con donaire…

A pesar de estar harapienta y despeinada.  

Jesús ordena con imperio: 

–      ¡Mujer!

Ven aquí!

La mujer tiende los brazos hacia Él,

suplicando:

–       ¡No me hagas daño!

–      Ven aquí.

¿Quién eres?

No te voy a hacer ningún daño 

Lo dice tan dulcemente, que logra persuadirla.  

Ella se adelanta, se inclina y cae al suelo,

diciendo:

–      Quienquiera que seas, ten piedad de mí.

Mátame pero no me entregues a mi patrón.

Soy una esclava que se escapó…

–      ¿Quién era tu amo?

¿De dónde eres?

Se ve que no eres hebrea, por tu modo de hablar y tu vestido.

–      Soy griega.

La esclava griega de…

¡Piedad!

¡Escondedme!

¡El carro está llegando!.

¡El amo se acerca!…

Todos forman un círculo entorno a la infeliz que está agazapada en el suelo.

El vestido desgarrado por las espinas,

muestra su espalda surcada por golpes, latigazos y rasguños.

Jesús le pregunta:

–     ¿Por qué has huido

El carro pasa sin que ninguno de sus ocupantes muestre interés,

por este grupo parado junto al matorral.

–      Se han ido.

Habla.

Si podemos, te ayudaremos…

Y le pone la punta de sus dedos, sobre la cabellera despeinada.

–      Soy Síntica.

Esclava griega de un noble romano, del séquito del Procónsul.

Magdalena exclama:

–     ¡Entonces eres la esclava de Valeriano!

La infeliz suplica llorando:

–     ¡Oh! ¡Piedad!

¡Piedad! No me denuncies a él…

Magdalena responde:

–     No tengas miedo.

Jamás volveré a hablar con Valeriano.

Y dice el por qué a Jesús: 

–     Lo conozco.

Es uno de los romanos más ricos y más repugnantes que hay acá.

Es tan asqueroso, como cruel.

Jesús pregunta: 

–      ¿Por qué has huido?   

Ella levanta su cabeza,

Y responde con dignidad:

–     Porque tengo un alma.

No soy una mercancía.

El me compró, es verdad.

Podrá haber comprado mi persona para que embellezca su casa;

para que le alegre las horas con leerle.

Para que le sirva, pero nada más.

La mujer siente seguridad al ver que ha encontrado a personas compasivas.  

Y continúa: 

–      No soy una mercancía.

¡El alma es mía!

No es una cosa que se compre.

Y él quería también ésta.

–     ¿Cómo tienes conocimiento del alma?

–      No soy literata, Señor.

Soy botín de guerra desde mi más tierna edad.

Pero no plebeya.

Este es ni tercer dueño y es un fauno asqueroso.

Pero en mí todavía están las palabras de nuestros filósofos.

Y sé que no somos sólo carne. hay algo inmortal encerrado en nosotros.

Algo que no podemos definir claramente,

Pero hace poco he sabido su nombre.

Un día pasó un hombre por Cesárea, hace como un año.

Haciendo prodigios y hablando mejor que Sócrates y Platón.

Mucho se ha hablado de Él, en las termas y en los triclinios.

En los banquetes y en los Pórticos Dorados;

Ensuciaron su augusto nombre,

pronunciándolo en las salas de sus inmundas orgías.

Y mi amo me mandó leer otra vez, precisamente a mí;

que ya sentía dentro de mí algo inmortal que sólo le corresponde a Dios  

Me hizo leer otra vez las obras de los filósofos;

Volví a leerlas despacio para cotejar…

Y buscar si esta cosa ignorada; 

que el hombre que había venido a Cesárea había llamado “alma”,

estaba descrita en ellas.

Y que no se compra como si fuera una mercancía, en los mercados de esclavos.

¡El me hizo leer esto!…

Y después, de estas inmersiones en la sabiduría,

¡El quería que yo le complaciese en los sentidos!

¡A mí me lo hizo leer!

¡A mí a quien quería someter a su carnalidad!

Y mientras Valeriano con otros compañeros suyos, escuchaban mi voz… 

Y entre bostezos y eructos, trataban de comprender, parangonar y discutir.

De este modo, llegué a saber que esta cosa inmortal es el alma.

Porque yo unía lo que decían, refiriendo las palabras del Desconocido; 

a las palabras de los filósofos y me las metía aquí…

Con la mano apoyada sobre su pecho señala su corazón.  

Y prosigue: 

Y con ellas me construía una dignidad cada vez más  fuerte, para rechazar su libídine…

Porque yo unía las palabras del Desconocido, a las de los filósofos y las ponía de mi parte.

Con ellas me creaba una dignidad mucho mayor, que la simple humanidad animal; 

para rechazar su pasión insensata…

Hace unos días, una noche, me pegó salvajemente, 

Y me golpeó hasta casi matarme;

porque a mordidas lo rechacé…

Al día siguiente me escapé.

Hace cinco días que vivo entre aquellos matorrales, recogiendo por la noche, moras y tunas.

Pero terminaré por ser atrapada otra vez, pues sé que anda en mi busca.

Le costé mucho dinero.

Y le agrado demasiado, para que me deje en paz. 

¡Ten piedad, te lo ruego!

Ten piedad!

Eres hebreo y ciertamente que sabes en donde se encuentra Él.

Te pido que me conduzcas a ese Desconocido que habla también a los esclavos y a los galeotes.

Y que habla del alma.

Me han dicho que es pobre.

No me importa sufrir hambre, pero quiero estar cerca de Él;

para que me instruya y me levante otra vez.

Vivir en medio de los brutos, embrutece a uno, aunque se resista a ellos.

Quiero volver a tener mi antigua dignidad moral.

Con cierta admiración y una sonrisa radiante,

Jesús dice: :

–    El Hombre.

El Desconocido que buscas, está delante de ti.

Síntica lo mira asombrada y boquiabierta;

y dice:

–      ¿Tú? ¡Oh!

¡Dios Desconocido de la Aerópolis!

¡Ave!…

Yo te saludo…

Y se postra delante de Él, besando la tierra… 

–      Aquí no puedes estar.

Estamos cerca de Cesárea.

–       ¡No me dejes, Señor!

–       No te dejaré.

Estoy pensando…

Magdalena aconseja:

–     ¡Maestro!

Nuestro carro está, sin duda, en el lugar convenido, esperándonos.

Manda a avisar.

En el carro estará segura como en nuestra casa.

Martha suplica:

–      ¡Sí, confíanosla a nosotras, Señor!

Ocupará el lugar del anciano Ismael.

La instruiremos sobre ti.

Será una mujer arrebatada al paganismo.

Jesús le pregunta:

–     ¿Quieres venir con nosotros?

–      Con cualquiera de los tuyos.

Con tal de no volver con aquel hombre.

¡Pero… pero esta mujer ha dicho que lo conoce!

¿No me traicionará?

¿No irán romanos a su casa?

¿No…?

Magdalena la interrumpe, para tranquilizarla. 

Y dice: 

–      No tengas miedo. 

A Bethania no llegan los romanos y mucho menos los de esa clase.

Las mujeres se la llevan y la visten con un manto de Susana.

Jesús ordena: 

–      Simón y Simón Pedro, id a buscar el carro.

Os esperamos aquí.

Entraremos en la ciudad después.

Un tiempo más tarde… 

Cuando el pesado carro cubierto anuncia su presencia;

con el ruido de los cascos y las ruedas.

Y con el farol oscilante colgado de su techo.

Los que esperaban se levantan del ribazo donde han cenado y bajan al camino.

El carro se para, bamboleándose, en la orilla del camino deformado.

Bajan Pedro y Simón.

Inmediatamente después, baja una mujer anciana; 

es Noemí la nodriza que corre a abrazar a la Magdalena,  

diciendo:

–      Ni siquiera un momento.

No quiero dejar pasar ni un momento sin decirte que soy feliz.

Que tu madre exulta conmigo, que eres de nuevo la rubia rosa de nuestra casa;

como cuando dormías en la cuna después de haber mamado de mi pecho.

Y la besa una y otra vez.

María llora entre sus brazos.  

Jesús dice a la nodriza: 

–      Mujer… 

Te confío a esta joven y te pido el sacrificio de esperar aquí toda la noche.

Mañana podrás ir al primer pueblo de la vía consular y esperar allí.

Nosotros iremos antes del final de la tercia. 

Ella responde: 

–      Todo sea como Tú quieras.

¡Bendito seas!

Déjame sólo darle a María los vestidos que le he traído.

Y vuelve a subir al carro, con María Santísima, María y Marta.

Cuando vuelven a salir..

La Magdalena aparece como la veremos en lo sucesivo: 

Siempre: con una túnica sencilla, un lienzo fino y grande de lino como velo. 

 Y un manto sin adornos.  

Jesús se despide diciendo: 

–      Ve tranquila, Síntica.

Mañana vendremos nosotros. Adiós.

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211 BATALLA CONTRA ASMODEO


211 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús, soleado, sudoroso y lleno de polvo, regresa con Pedro y Juan a la casa de Cafarnaúm.

Apenas entra en el huerto, cuando el dueño de la casa le dice:

–     Jesús, ha regresado a buscarte la mujer de la que te hablé en Betsaida.

Le dije que te esperara y la llevé arriba, en la habitación que está allí.

Jesús contesta:

–    Gracias Tomás.

Voy al punto.

Si vienen los demás, retenlos aquí y no dejes que me interrumpan.

Y Jesús sube ligero la escalera, sin quitarse siquiera el manto.

La escalera va a dar a una terraza.

En ella inmóvil, está Marcela, la sierva de Marta.

Que lo saluda diciendo:

–     ¡Maestro nuestro!

Mi señora está ahí dentro.

Te espera desde hace muchos días. 

Mientras se arrodilla ante Jesús para venerarlo.  

–     Ya me lo imaginaba.

Voy enseguida a verla.

Dios te bendiga, Marcela.

Jesús levanta la cortina que protege de la luz.

Aún violenta a pesar de que la puesta de sol esté ya adelantada;

Y vuelve fuego al aire pareciendo encender las casas blancas de Cafarnaúm, con la roja reverberación de un enorme brasero.

En la habitación está Marta, toda velada y envuelta en un manto, sentada junto a una ventana.

Está absorta mirando a un trozo de lago, en que un collado boscoso zambulle un entrante.

Está tan ensimismada, que no oye el leve roce de los pies de Jesús, que se está acercando a ella;  

Cuando Jesús la llama suavemente:

–  Martha…

Ella grita:

–   ¡Oh, Maestro!

Y se derrumba de rodillas, con los brazos tendidos hacia adelante, como solicitando ayuda,:

Luego se inclina hasta tocar con la frente en el suelo y se suelta a llorar.

Jesús pregunta: 

–     ¿Por qué?

 Pero, ¿Qué sucede?

¡Levántate! ¿Por qué estas lágrimas?

¿Qué pasó?

He estado en Betania, ¿Sabes?

¿Sí? Allí he sabido que había buenas noticias.

Quítate el velo y el manto. Debes estar muriéndote de calor.

Ahora estás llorando…

–     ¿Qué ha pasado?

Y la obliga a levantarse.

Y a que se siente en el asiento que está colocado contra la pared.

El se sienta frente a ella.  

Preguntando: 

–     ¿Por qué este llanto desconsolado?

¿Tienes alguna desventura que manifestarme?

¿Sí? ¿Cuál? Dime.

Martha se muestra deshecha, con su rostro colorado y los ojos hinchados…

Está tan angustiada que no puede decir nada.  

Jesús repite: 

–     Quítate ese velo y ese manto, como hago Yo.

Te estarás ahogando con ellos.

Además, quiero ver el rostro de esta Marta turbada, para alejar todas las nubes que lo ensombrecen.

Martha obedece sin dejar de llorar. 

Y Jesús agrega:

–    ¿Bueno? Te ayudaré…

María te mandó llamar. Ha llorado mucho.

Ha querido saber mucho de Mí.

Y has llegado a imaginar que se trata de una buena señal…

Por lo que has querido que esté Yo aquí, para realizar el milagro.

Aquí estoy. ¿Y ahora?…

Martha responde con voz ahogada:

–    Ahora ya no hay nada, Maestro.

Me equivoqué.

Una esperanza demasiado viva, hace ver cosas inexistentes…

Te hice venir por nada…

María está peor que antes.

Aunque ya no quiere más cerca de sí a los hombres, es diferente, pero sigue siendo mala.

Me parece que está loca.

Ya no la entiendo.

Antes por lo menos la comprendía, ¡Pero ahora!

¿Quién la entiende?

Y Martha vuelve a llorar desconsoladamente.

Jesús dice:

–   ¡Ea!

Tranquilízate y dime qué cosa hace.

¿Por qué es mala?

Si ya no quiere hombres a su alrededor y vive sola  en su casa.

Eso está muy bien.

El haber deseado que estuvieses cerca de ella, para evitar las tentaciones, apartándose de relaciones culpables.

O simplemente de lo que podría inducir al Mal, es signo de buena voluntad.

–    ¿De veras lo crees así, Maestro?

–   Pues claro.

¿En qué te parece mala? Cuéntame que hace…

Martha, animada con las palabras de Jesús,

habla con mayor claridad:

–  Mira.

Desde que llegué, María no sale de casa, del jardín.

Ni siquiera para ir al lago con la barca.

Y su nodriza me dijo que este cambio empezó en la Pascua.

Iban a buscarla personas y no siempre las rechazaba.

Luego dio órdenes de que no se le permitiese entrar a nadie.

Y parecían órdenes absolutas.

Entonces si, habiendo oído las voces de los visitantes, iba al vestíbulo.

Y si ya éstos se habían marchado…

incluso llegó a azotar a los sirvientes en un arrebato de injusta ira.

Desde mi llegada no lo ha vuelto a hacer.

La primera tarde -y por eso nació en mí tanta esperanza-

me dijo:

“Detenme. Amárrame si quieres; pero no me dejes salir más.

Que no vuelva a ver a nadie, que no seas tú o la nodriza.

Yo estoy enferma y me quiero curar.

Los que vienen a verme o quieren que vaya a verlos, son como pantanos donde hierve la fiebre.

Hacen que me enferme más todavía.

Aparentemente son tan hermosos como frutos de aspecto agradable que no logro resistir,

porque soy una infortunada.

Una desgraciada, Martha.

Tu hermana es débil.

Y hay quién se aprovecha de su debilidad, para que cometa cosas infames…

Aunque una partecilla de mí, no consiente en ellas.

Lo único que me queda de mamá todavía, de mi pobrecita mamacita.”

Y se ponía a llorar.

Yo me porté con ella dulcemente, en las horas en que era más razonable.

Y con firmeza cuando parecía una fiera enjaulada.

Jamás se rebeló contra mí.

Al contrario, pasados los momentos de mayor tentación;

venía a llorar a mis pies, con la cabeza sobre las rodillas,

 Y me decía:

–    ¡Perdóname! ¡Perdóname!

–    ¿Por qué hermana, si no me has hecho nada?

–    Porque ayer cuando me prohibiste salir, en mi corazón te odiaba, maldecía y deseaba que te murieras.

Martha agrega con un sollozo:

–   Esto es muy doloroso.

¿Acaso está loca?

¿A esto la llevó el vicio?

Me imagino que algún amante suyo le dio una pócima;

para hacerla esclava de la lujuria…

Y ya le llegó hasta el cerebro…

–    No. Nada de pócimas.

Es algo muy diferente.

Es una adicción. 

Pero sigue…

–   Conmigo es respetuosa y obediente.

No ha maltratado más a los siervos.

Pero después de la primera noche, ya no ha preguntado por Ti.

Si Yo le hablo de Ti, desvía la conversación.

Se pasa horas en el peñasco del mirador…

Y se queda contemplando el lago.

Cuando ve pasar una barca, dice:

–   ¿Te parece que sea la de los pescadores galileos?

Jamás pronuncia tu Nombre, ni el de los apóstoles.

Pero yo sé que te ve a Ti y a ellos, en la barca de Pedro.

A veces cuando paseamos por el jardín o yo estoy bordando…

Ella está mano sobre mano, sin hacer nada,

me dice:

–     ¿De este modo es necesario vivir, según la doctrina que sigues?

Y a veces llora amargamente.

Luego ríe con unas carcajadas sarcásticas de loca o de demonio.

Otras veces se pone uno de mis vestidos, se suelta los cabellos que siempre trae muy bien arreglados.

Y hace dos trenzas.

Luego se acerca toda tímida; púdica, jovencita virginal en la expresión de la cara.

Y pregunta:

–   ¿A este punto debe llegar María?

Y luego se pone a llorar, besando sus espléndidas y gruesas trenzas, que le llegan hasta las rodillas.

Con esa belleza que era la gloria de mi madre.

A veces prorrumpe en horribles carcajadas….

O bien me dice:

–   Pero mira, mejor hago así y me mato.

Y se anuda el cuello con las trenzas.

Se aprieta en tal forma, que se pone morada como si quisiera estrangularse.

Otras veces cuando la tentación es más fuerte, se compadece a sí misma o se maltrata…

La he encontrado golpeándose con furia el pecho, las piernas.

Se rasguña la cara.

Da cabezazos contra la pared.

Y si le pregunto:

–   ¿Por qué lo haces?

Me enfrento con una mirada feroz, de enajenada…

Y me responde:

–   Para despedazarme.

Y despedazar mis entrañas, mi cabeza.

Las cosas nocivas y malditas, deben destruirse.

Yo me estoy destruyendo.

Tengo que destruir lo que me domina…

Cuando hablo de Ti, de la Misericordia Divina.

Porque Yo no le hago caso…

Y le hablo de Ti, como si ella fuera la más fiel de tus discípulas.

Y te juro que a veces me arrepiento de hacerlo ante ella.

Me responde:

–    Para mí no puede haber misericordia.

He pasado la medida.

Es entonces cuando una desesperación se apodera de ella…

Y grita golpeándose hasta que le mana sangre:

–   Pero, ¿Por qué?

¿Por qué este monstruo que me destroza?

No me deja en paz.

Me arrastra hacia el mal, con arrullos melodiosos…

Y luego se me juntan las voces de papá y mamá.

De vosotros que me maldecís.

Porque tú y Lázaro me maldecís, al igual que todo Israel.

¿Por qué este monstruo me hace enloquecer?

Cuando habla así, yo le respondo:

–    ¿Por qué piensas en Israel que es sólo un pueblo y no piensas en Dios?

Dado que no pensaste antes, cuando todo lo pisoteabas.

Piensa ahora en vencer todo y deja de preocuparte por el mundo.

Piensa en Dios, en nuestros padres.

Ellos no te maldicen.

Si cambias de vida, te abrirán los brazos…

Ella me escucha pensativa, estupefacta, como si le dijera algo imposible.

Luego se pone a llorar y ya no dice nada.

Algunas veces ordena a los siervos, que le lleven vinos y manjares.

Y bebe, como ‘para no pensar’, como dice ella.

Desde que sabe que estás en el lago, cada vez que vengo me dice:

–   Alguna vez, también iré yo.

Y riéndose con esa sonrisa que es un insulto para ella misma;

termina con:

–    Así al menos el ojo de Dios caerá sobre el estiércol.

Pero ya no quiero que venga.

Espero a que ella cansada, por la ira. 

Fatigada con el vino, con el llanto, con todo; se quede dormida.

Hoy también así he salido.

Regresaré a la noche, antes de que se despierte.

Esta es mi vida y no espero más…

Una explosión de llanto le impide seguir.

Jesús le dice:

–    ¿Te acuerdas Martha de lo que te dije un día?

“María está enferma” y no lo quisiste creer.

Ahora lo estás viendo.

Tú la crees loca.

Ella misma te dice que está enferma de fiebre pecaminosa.

Yo digo enferma del espíritu, por ‘posesión diabólica’.

Siempre es una enfermedad.

Sus incoherencias.

Sus arrebatos de ira.

Sus llantos, desconsuelos, ansias de venir a Mí.

Son las fases de su mal, que cuando va llegando el momento de su curación;

se manifiesta en estas crisis.

Haces bien en ser bondadosa con ella, en ser paciente, en hablarle de Mí.

No te arrepientas de pronunciar mi Nombre en su presencia.

¡Pobre alma de mi María!

También salió del Padre Creador, igual que las demás.

Y también ella está incluida entre las almas por las que me he hecho Carne;

para ser Redentor.

¡Pobre alma de mi María a quien amo tanto!

¡Pobre alma envenenada con siete venenos, además del primordial y universal!

¡Pobre alma prisionera de María!

¡Déjala que venga a Mí!

Deja que respire mi aliento.

Que oiga mi Voz, que encuentre mi mirada.

Si dice ‘estiércol’ refiriéndose a sí misma

¡Oh, pobre alma que de los siete demonios, el menos fuerte que tiene, es la soberbia!

Sólo por esto se salvará.

Martha pregunta con voz temblorosa:

–   ¿Y si después de haber salido, encuentra alguien que la conduzca nuevamente al vicio?

Ella misma siente este temor…

–   Y siempre lo tendrá.

Ahora que ha llegado a experimentar náuseas con el vicio.

Pero no te preocupes, cuando una alma ha concebido ya el deseo de ir al Bien…

Y  tan solo la detiene el enemigo diabólico que sabe que va a perder su presa.

Y trata de impedir al espíritu, que domine al ‘yo’ humano;

entonces esa alma ya se ha fortalecido contra los asaltos del vicio y de los viciosos.

No le hagas reproches de ningún tipo.

Ella es toda una llaga.

Solo tócala con el bálsamo de la dulzura, del perdón, de la esperanza.

Déjala en libertad de que venga.

Si llegas a ver en ella ese impulso, tú no vengas.

Espérala en casa.

La Misericordia la hará suya.

Porque la debo arrebatar a esa malvada fuerza que ahora la oprime.

Y por unas horas parecerá como una que acaba de arrojar el veneno…

Una a quién el médico le haya quitado los huesos.

Después se sentirá mejor.

Estará atolondrada.

Tendrá necesidad de caricias y de silencio.

Asístela como si fueses su segundo ángel custodio, sin hacérselo notar.

Si la ves llorar, déjala que llore.Si la ves sonreír con una sonrisa cambiada, con una mirada diferente, con una cara distinta;

no le hagas preguntas.

No trates de dominarla.

Sufre más ahora en el subir, que cuando bajó.

Y debe hacerlo por sí misma.

Como lo hizo por sí misma cuando bajó. 

No tuvo valor de tolerar vuestras miradas cuando bajaba;

porque en vuestros ojos estaba el reproche.

Pero ahora no puede soportarlos por la vergüenza que por fin se le despertado.

Entonces era fuerte porque tenía en sí a Satanás; su dueño y la fuerza siniestra que la dominaba.

Por eso podía desafiar al mundo y con todo, vosotros nunca la visteis cuando pecaba.

Ahora Satanás ya no está en ella como su dueño; sino como su huésped.

Pero a quién la voluntad de María tiene ya cogido por la garganta.

Todavía no me tiene a Mí, por eso es muy débil.

No puede sostener ni siquiera la caricia de tus ojos de hermana;

al declararse por su Salvador. 

Los esclavos de la Lujuria, SON ADORADORES DE ASMODEO

Toda su energía está dirigida a tener asidos de la garganta a los siete demonios.

En todo lo demás está indefensa, desnuda.

Pero la volveré a vestir y la fortificaré.

Vete en paz, Martha.

Y mañana. Con tacto, dile que hablaré cerca de la fuente, aquí en Cafarnaúm.

Al atardecer. Vete en paz.

Te bendigo.

Martha está perpleja.

Jesús la está mirando y le dice:

–    No caigas en la incredulidad, Martha.

–    No Señor.

Pero pienso…

María sufre mucho y yo tengo miedo de que no logre vencer al Demonio.

–     ¡Eres una niña!

María me tiene a Mí y a ti.

¿No lo logrará?

Vete tranquila. Mi paz sea contigo.

Martha le hace una profunda reverencia y se va.

Jesús sonríe cuando la ve dirigirse a Mágdala.

Luego baja a la cocina y al ver que Juan está por irse a la plaza, se va con él.

Lo rodean los niños y conversan con Él.

Pasa Simón el Fariseo y le hace una pomposa inclinación.

Jesús también lo saluda.

El hombre le dice:

–  Vengo a invitarte a mi casa.

Mañana.  

Jesús responde: 

–   Mañana no puedo.

¿Qué te parece dentro de dos días?

–    Muy bien.

Tendré amigos…Y les tendrás paciencia…

–   Sí. Sí.

Iré con Juan.

–  ¿Sólo él?

–   Los otros tienen diversas misiones.

Míralos…

Ahora regresan de la campiña.

La paz sea contigo, Simón.

–   Dios sea contigo,  Jesús.

Te espero.

El fariseo se va y Jesús se reúne con los apóstoles.

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175 DIAGNÓSTICO ESPIRITUAL


175 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

La ciudad está semidesierta en esta noche serena y clara por la luna llena que resplandece en toda su plenitud.

La Pascua ha sido celebrada y consumida en una de las casas de Lázaro.

En la puerta exterior Jesús, con esa señorial cortesía muy suya, se ha despedido de Juan de Endor, dejándolo como custodio de las mujeres y dándole las gracias por esto mismo.

Le dió un beso a Margziam, que también acudió a la puerta.

Y se encamina con los suyos en el barrio de Bezetha, siguen a lo largo de la muralla y dejan atrás la casa de José de Arimatea.

Avanzan ligeros hacia fuera por la Puerta de Herodes.

Tadeo pregunta:

–     ¿A dónde vamos, Señor?

Jesús responde:

–     Venid conmigo.

Os llevo a coronar la Pascua con una perla anhelada y singular.

Por este motivo he querido estar sólo con vosotros, ¡Mis apóstoles!

Gracias amigos, por el gran amor que me tenéis; si pudierais ver cómo me consuela, os asombraríais.

Fijaos, Yo me muevo entre continuas contrariedades y desilusiones. Desilusiones por vosotros.

Convenceos de que por Mí no tengo ninguna desilusión, pues no me ha sido concedido el don de ignorar…

Por esta razón también os aconsejo que os dejéis guiar por Mí.

Si permito una cosa, la que sea, no opongáis resistencia a ello; si no intervengo para poner fin a algo, no os toméis la iniciativa de hacerlo vosotros.

Cada cosa a su debido tiempo. Confiad en Mí, en todo.

Ya están en el ángulo nordeste de la muralla; vuelven la esquina y van siguiendo la base del monte Moria…

Hasta llegar a un punto en que por un puentecito, pueden cruzar el Cedrón.

Santiago de Alfeo pregunta:

–    ¿Vamos a Getsemaní?

–    Más arriba.

A la cima del monte de los Olivos.

Juan exclama:

–    ¡Oh! ¡Será algo bello!

Pedro susurra:

–    También le habría gustado al niño.

Jesús dice:

–     ¡Tendrá oportunidad de verlo otras muchas veces!

Estaba cansado y además es un niño.

Quiero ofreceros una cosa grande, porque ya es justo que la tengáis.

Suben entre los olivos, dejando Getsemaní a su derecha.

Suben más arriba por el monte, hasta alcanzar la cima, donde los olivos se balancean crugiendo…

Avanzan por entre le olivar, hasta que Jesús se frena y dice:

–     Detengámonos aquí…

Todos se acomodan a su alrrededor, sentándose para escucharlo…

Jesús dice:

“Queridos, muy queridos discípulos míos, continuadores míos en el futuro, acercaos a Mí.

Hace poco tiempo, me habéis dicho:

“Enséñanos a orar como lo haces Tú; enséñanos, como Juan enseñó a los suyos.

Y siempre os respondí:

‘Os enseñaré cuando vea en vosotros un mínimo de preparación suficiente, para que la plegaria no se convierta en una fórmula vacía de palabras humanas.

Sino que sea una verdadera conversación con el Padre.

Ha llegado el tiempo. Hemos obedecido el Precepto Pascual, como verdaderos israelitas y el precepto divino de la caridad; para con Dios y para con el prójimo.

Uno de vosotros ha sufrido mucho en estos días, debido a una acción que no merecía.

Y ha sufrido por el esfuerzo que se ha hecho a sí mismo, para controlar la ira que esa acción había provocado.

Sí, Simón de Jonás, ven aquí.

Ni una palpitación de tu corazón honrado, me ha pasado desapercibida.

Y no ha habido sufrimiento que no haya compartido contigo.

Yo… y tus compañeros.

Pedro dice:

–    Pero Tú Señor, has sido ofendido más que yo.

Y esto era para mí una pena mayor… Que Judas haya desdeñado acompañarme en la fiesta, me molestó mucho como hombre.

Pero al ver que Tú estabas adolorido y ofendido, me molestó de otro modo. Y sufrí el doble…

Yo no quiero gloriarme, ni hacerme el héroe, usando tus palabras. Pero debo decir que he sufrido con mi alma…

Y esto causa mayor dolor.

–    No es soberbia, Simón.

Has sufrido espiritualmente, porque Simón de Jonás, pescador de Galilea; se está convirtiendo en Pedro de Jesús;

Maestro del espíritu; por lo cual también sus discípulos se hacen activos y sabios en el espíritu. Porque has avanzado en la vida del espíritu.

Y porque vosotros también habéis avanzado, quiero enseñaros esta noche la Oración.

¡Cuánto habéis cambiado desde aquel día en que nos detuvimos en un lugar desierto por algunos días!

Bartolomé pregunta un poco incrédulo:

–   ¿Todos, Señor?

–   Comprendo lo que quieres decir.

Yo os hablo a vosotros los once, que estáis aquí, no a otros.

Andrés dice con mucha tristeza:

–   Pero, ¿Qué le pasa a Judas de Simón, Maestro?

Ya no lo comprendemos. Parecía muy cambiado y ahora… desde que dejamos el lago…

Pedro interviene:

–    Cállate hermano.

La llave del misterio la tengo.

Se ha colgado un pedacito de zebú.

Fue a buscarlo a la caverna de Endor, para sorprender a los demás.

Lo tomó del nicho donde estaba el búho.

¡Y se lo tiene merecido!

El Maestro se lo dijo aquel día…

En Gamala, los diablos entraron en los cerdos.

En Endor, los que salieron del desgraciado Juan, entraron en él. Se entiende que…

Se entiende… ¡Déjame decirlo, Maestro!

Lo tengo aquí, en la punta de la lengua y si no lo digo, me muero…

Jesús le pide:

–   Simón. Sé bueno.

–   Sí, Maestro.

Y te aseguro que no le haré ningún desprecio.

La posesión espiritual perfecta se agrava tremendamente por la Lujuria y la maldad de Asmodeo…

Pero digo y pienso que siendo Judas tan vicioso… Y tan mujeriego…

Todo el Templo lo conoce, lo sabe y Todos lo sabemos.

Y está sin protección porque quiere. Se entiende que también los demonios, gustosos cambian de casa.

Es un semejante al cerdo…

Pedro calla.

El  silencio se extiende un largo momento.

Y agrega con un suspiro:

–    Bueno, lo he dicho.

Santiago de Zebedeo pregunta:

–   ¿Entonces tú piensas que por eso es así?

–   ¿Y qué otra cosa quieres que sea?

No hay ninguna otra razón para que se haya vuelto tan intratable.

Está peor que en Agua Especiosa.

Allí se podía pensar que el humor y la estación  lo pusiesen nervioso.

Pero ahora…

Jesús agrega con calma:

–    Hay otra razón, Simón…

–    Dila, Maestro.

Estoy contento de desengañarme del compañero.

–   Judas está celoso.

Está inquieto por celos.

–   ¿Celoso de quién?

No tiene mujer. Y aunque la tuviese, creo que ninguno de nosotros sería capaz de ofender a un condiscípulo…

–    Está celoso de Mí.

Piensa… Judas ha cambiado desde Endor y luego…  Empeoró en Esdrelón.

Esto es; desde que vio que me ocupaba de Juan y de Marziam.

Pero ahora que Juan nos dejará y que se irá con Isaac, verás que volverá a ser alegre y bueno.

–   Está bien.

Pero no querrás decirme que no es presa de un diablillo…

Y sobre todo; no querrás que diga que se ha compuesto en estos meses en que se ha portado peor.

El año pasado yo también era celoso… ¿No recuerdas que no quería que hubiese nadie más que nosotros seis?

Ahora deja que invoque a Dios como testigo de mi pensamiento. Ahora digo que soy feliz; entre más aumentan los discípulos a tu alrededor.

¡Oh! ¡Cómo quisiera traerte a todos los hombres!

Pero, ¿Por qué he cambiado? Porque me he dejado cambiar por Ti. Él…  él no ha cambiado. Al contrario…

Convéncete, Maestro. Un diablillo se ha apoderado de él…

–    No lo digas, ni lo pienses.

Ruega para que se cure. Los celos son una enfermedad emocional…

Que destrozan el alma.

–    De la que se puede curar si uno quiere.

¡Ah! Lo soportaré por causa tuya… Pero, ¡Qué fatiga!…

Judas Tadeo, dice:

–    Me parece que ya recibió su castigo…

Al no estar con nosotros en esta noche; en que aprenderemos algo tan importante.

Jesús dice:

–     Ha llegado el momento.

Vosotros poseéis cuanto es suficiente para conocer las palabras dignas que se digan a Dios y os las quiero enseñar esta noche en medio de la paz y el amor que existe entre nosotros.

En la paz y el amor de Dios y con Dios…

Escuchad: cuando oréis, decid así:

“Padre Nuestro…”

D REINO DE LAS TINIEBLAS 2


CUMPLIMIENTO

Impresionante Testimonio de un ex Gay, que sintió cuando el Demonio lo Vino a Buscar

Joseph Sciambra, de 47 años, es un ex actor porno gay, que ha descrito su propio viaje hacia el núcleo más oscuro del infierno gay.

De niño comenzó con la pornografía y el deseo de placer le llevaba a buscar sensaciones cada vez más morbosas.

“La pornografía es adictiva, y es progresiva”, explica con lucidez Joseph Sciambra.

“Esto puede ser comparado a la droga. Cuando comienzas a tomarla, empiezas con lo más suave como el alcohol o la marihuana. Entonces se pierde el sentido de lo que estás haciendo y entras a drogas más duras.

Es lo mismo con el porno”.

Un día se encontró en el hospital luego de una orgía y sintió al demonio que lo venía a buscar.

Y el rosario de su madre y el encuentro con Jesús, le hizo cambiar de vida.

Cuenta cosas impresionantes de lo que vivió dentro del mundo gay. Y sugiere la forma de tratar a los gays para sanar sus heridas.

Joseph Sciambra, de 47 años, es un ex actor porno gay, que ha descrito su propio viaje hacia el núcleo más oscuro del infierno gay, en el distrito Castro de San Francisco a principios de los años 90.

Lo documentó enTragado por Satanás“,que es el título de su libro, en el que relata sus experiencias.

‍Joseph, que abandonó la escena gay hace 14 años después de una dramática reconversión a la fe católica, dice que su búsqueda de amor y aceptación a través del sexo comenzó con la pornografía.

‍A la edad de ocho años, un día él ingenuamente hojeó una revista porno dejada por un hermano mayor. Esto lo despertó y lo enganchó a una búsqueda por revistas porno más gráficas.

Luego vino la masturbación y la necesidad de actuar con los demás, lo que veía en las revistas.

Joseph dice que lo que él ansiaba era experimentar un nirvana sexual profundo y satisfactorio. Y esto amplió el horizonte de sus aventuras sexuales.

Nuevas experiencias sexuales con nuevas parejas fue el único estímulo que parecía ofrecer la emoción, que buscaba desesperadamente.

Los burdeles y las prostitutas se convirtieron en parte de su rutina sexual. Cuando  Joseph se aburrió del porno femenino, se trasladó a la pornografía gay.

Entonces se dio cuenta de que debía estar con los hombres gays, para satisfacer sus crecientes deseos sexuales.

Hombres gay mayores iniciaron a Joseph de 19 años en el sexo gay en el ambiente gay de Castro. Entonces él comenzó a visitar las casas de baños y salas de juego de vídeo para adultos, de sexo gay anónimo.

En su búsqueda de amor y compañía Joseph se sumergió profundamente en el mundo gay y lo  que tan desesperadamente buscaba, constantemente se le escapaba.

Las llamadas “cabinas gloria” (un lugar para el sexo oral anónimo) ofrecieron la siguiente forma de excitación y  fue en uno de esos lugares que Joseph relata que se entregó sexualmente a Satanás,

Quien se presentó en forma de una boca abierta con una larga lengua,

y a  partir de ese momento Joseph comenzó a escuchar voces dentro de su cabeza y buscando nuevos estímulos, fue que Joseph se convirtió en un actor porno amateur y finalmente se encontró viajando

cada vez más hacia abajo, en la oscuridad del sadomasoquismo, allí infligió y recibió dolor y tortura sexualizada esto incluye prácticas horrendas demasiado gráficas para describir aquí.

La mayor parte de esto fue filmado para la industria del porno gay y el nirvana sexual de Joseph, podía ahora sólo obtenerse con la violencia, la dominación y la agresión.

Ahora, a sus más de 40 años, Joseph dice que lo único que experimentó en su interior fue odio.: Odio por otros hombres, odio por su vida y odio por el mundo.

A esas alturas ya había experimentado el sexo con más de mil hombres y abrazó todo lo que era sexualmente espantoso y horrible.

Una orgía diabólica muy violenta, mandó a Joseph al hospital. Allí tuvo una experiencia de la muerte y de su alma descendiendo a una boca abierta y salivante, que supo que era el Infierno.

Pero la madre católica de Joseph estuvo al lado de su cama, rezando fervientemente el Rosario.

El miedo se apoderó del corazón de Joseph. No quería entrar en la boca eterna que se había abierto para recibirlo a causa de escoger el pecado para su vida.

‍Dice que pidió la ayuda de Dios y la liberación. En ese momento, sintió que lo trajo de vuelta a su cuerpo.

Joseph redescubrió su fe católica que había abandonado en su infancia. Él experimentó el perdón de Dios por sus años de pecado sexual en el sacramento de la confesión.

‍Los demonios fueron echados de él en un exorcismo realizado por un sacerdote católico.

‍Él dice que encontró la fuerza para continuar su camino de fe con la recepción de la Eucaristía en la Misa, y encontró ayuda y el consuelo de María, la Madre de Dios.

‍Joseph admite que todavía lucha con la atracción hacia otros hombres y con la tentación de masturbarse.

Pero él dice que ha llegado a saber que el amor, la aceptación y la paz que tan ardientemente buscaba al tener sexo con otros hombres, Jesús se la da ahora en abundancia a través de una vida espiritual.

Para Joseph, la atracción entre personas del mismo sexo es una cruz que Dios ha pedido soportar a algunas personas por la redención del mundo.

Ahora lleva adelante una tienda religiosa católica en Napa, California; Joseph dice que existe un auténtico gozo en llevar la cruz.

‍Al unir sus sufrimientos a los de Jesús sufriente, Joseph cree que está ayudando a salvar a sus amigos gay de una suerte endiablada de la que apenas escapó.

‍Según Joseph, muchos hombres gay han llegado a él, diciéndole de su infelicidad y sus propias experiencias similares en el estilo de vida gay.

Joseph dice que habla en primer lugar de su amor por ellos. Luego habla de cómo su encuentro y aceptación del amor de Dios lo salvó de ser “tragado por satanás.”

Él les dice que el éxtasis sexual gay es momentáneo e ilusorio, pero el amor de Dios es duradero, satisfactorio y real.

Sciambra explica en su libro la carrera hacia sensaciones más fuertes que tienen los gay y la búsqueda permanente de liberarse de ese mundo que los persigue.

Y adelanta forma en que se pueden liberar y cómo se los puede ayudar.

UNA CARRERA HACIA SENSACIONES PORNOGRÁFICAS MÁS FUERTES

Sciambra describe como fue iniciado por la pornografía. Los niños son naturalmente curiosos sobre el sexo opuesto y el sexo en general.

‍Antes incluso de ver una revista pornográfica ya había sido introducido a la idea de la sexualidad femenina a través de los programas más populares de la época, como “Los ángeles de Charlie” y “Apartamento para tres”.

Cuando tuvo la oportunidad de ver mujeres desnudas en Playboy o Penthouse, por supuesto la tomó.

Después de todo, muchos de los padres de sus amigos coleccionaban Playboy, al igual que su hermano mayor, por lo que fue visto como una especie de rito de pasaje masculino.

Después de esa primera introducción a la pornografía, te enganchas.

‍Entonces comienza un deseo de más pornografía y las formas variantes del porno; es decir, diferentes modelos femeninos, material más explícito, la incapacidad para excitarse por formas suaves de porno.

‍Es un ciclo de adicción que a menudo se refleja en el abuso de drogas y alcohol.

Cuando sucede la exposición a la pornografía en la infancia, toda la estructura del deseo en la mente se vuelve dependiente de un flujo constante de estímulos visuales.

Más tarde, en la edad adulta, la idea de estar con una sola mujer, a menudo deja la sensación al adicto a la pornografía, de insuficiente.

Ahora, uno de los principales dispositivos de reclutamiento gay es el porno.  Se da una visión completamente falsa de las relaciones homosexuales y el sexo gay.

En el porno, todo el mundo es hermoso, feliz y saludable.

Sus temas, a menudo enfatizan la suprema masculinidad y las relaciones padre-hijo sexualizadas apuntan a las mismas heridas que se encuentran en el centro del sentido incorrecto de cada hombre gay sobre la masculinidad.

‍Sus deseos y anhelos más íntimos, son presos del porno.  Lo que se obtiene, es una solución rápida. Eso más tarde, te deja más dañado que antes.

LA BÚSQUEDA PERMANENTE DE LIBERACIÓN DE PARTE DE LOS GAY

Sciambra opina que el concepto de matrimonio gay, se ha fusionado con éxito con el de la igualdad homosexual.

Esto crea una dinámica en la que todos los gays se sienten obligados a apoyar el matrimonio gay,  incluso si no tienen ningún interés en el matrimonio por sí mismos.

Porque tiene que ver con la liberación homosexual.

Y el punto de la liberación homosexual es crear inevitablemente algún tipo de alivio dentro de la mente gay.

Porque cada persona gay, una vez que ha abrazado su homosexualidad, quiere el final de tanto sufrimiento, persecución y lucha.

El entrar en el estilo de vida gay, es un intento de tener paz e integridad.

PERO, ES UN ENGAÑO.

Y LA PAZ QUE ANHELAN NUNCA SUCEDE.

Debido a que la corriente principal de los medios de comunicación está colaborando con los de la Élite Gay, se ha producido una imagen muy sesgada y falsa del estilo de vida homosexual. ‍

En un momento, él ha comparado eso también, aunque las imágenes eran muy diferentes cuando era un niño.

En ese momento, The Village People y The Castro, en San Francisco se presentaban como una gran fiesta. En el momento en que entró en el estilo de vida, el estado de ánimo había cambiado con la aparición del SIDA.

‍Tuvo que ver como hermosos jóvenes de todas partes de los Estados Unidos, que llegaban a San Francisco buscando un puerto seguro de aceptación, sucumbían a la enfermedad.

Le rompió el corazón.

Pero en los años 90, las cosas empezaron a volver a lo de siempre:

La pornografía gay se convirtió en un producto de moda y una nueva generación de niños, fue atraída a la muerte por las promesas de placer sin riesgo.

Él dice que en su libro, la intención no es simplemente que la gente se disguste o se salga, sino revelar un lado muy importante de la forma de vida gay, que rara vez se investiga.

La última exploración seria fue probablemente la película tan denostada “Cruising”, dirigida por William Friedkin.

El considera que esa película hizo bien.

Porque si bien, los hombres gay pueden un día asentarse y entrar en la monogamia; la gran mayoría de antemano, tienen que viajar a través de un terreno de perversidad y promiscuidad.

Porque cada joven que acaba de entrar en el estilo de vida, se ajusta rápidamente a una tropa de hombres mayores entusiastas y listos para explotar nuevos reclutas.

Esto te prepara para una vida de amargura y decepción.

Algunos sobreviven y siguen adelante, muchos no lo hacen.  Sin embargo, todos ellos reaparecen dañados y desconfiados.

En especial quería llegar a los padres modernos que están tan dispuestos a ofrecer a sus hijos a este horror.

Para explicar lo que le espera a sus hijos…

Y

.también para dar un poco de dignidad a los que cayeron en esa vida debido a causas ajenas a ellos.

LA FORMA EN QUE LOS GAY SE PUEDEN LIBERAR

Sciambra dice que ha visto a muchos hombres y mujeres homosexuales infelices y alejados del cristianismo a causa de un exceso de celo cristiano, que les mostró condena, pero no amor.

‍Dice que ha descubierto, que cuando una persona gay está contemplando dejar el estilo de vida, a menudo sólo quiere un amigo desinteresado, es decir, alguien que no quiera o no le pida algo a ellos.

Esto puede ser una cuestión de simplemente escuchar, realmente no ofrecer mucho de catequesis o dogma, sino simplemente hacerles saber que te importan.

Una vez establecida la relación, tienes que decidir cuándo y cómo la verdad del plan de Jesucristo para cada uno de nosotros se va a entregar.

‍Siempre hay que recordar que ellos están profundamente heridos y las personas que sufren, necesitan simpatía, compasión y oraciones.

El consejo que le daría a alguien que está luchando con la pornografía es que la curación es posible, pero que se necesita tiempo, paciencia, y ser valiente de corazón.

Lo más importante, es que esto sólo es posible por la gracia de Dios y nuestra plena cooperación en Su amor por nosotros.

‍Para aquellos que luchan con la atracción hacia el mismo sexo, le gustaría animarlos a desarrollar su vida de oración, su relación con Dios.

Tienen que pasar mucho tiempo en oración, ir a misa todos los días, y hacer una confesión semanal.

Una gran parte de este esfuerzo es tener un muy buen confesor y director espiritual.

Porque ha visto hombres vagando de confesor en confesor, porque les da vergüenza, y así se han convertido en pecadores habituales.

Cuando uno encuentra un director espiritual cualificado, quédese con él.

‍Hay que empezar desde el lugar de la honestidad: con uno mismo, con los demás y con Dios.

En lugar de actuar sobre los deseos – que implica la actividad sexual con otra persona o ver pornografía -, los que quieren dejar tienen que excavar sus sentimientos y recuerdos.

Con el fin de descubrir por qué tienen estos deseos homosexuales.

Este es un proceso muy difícil y doloroso, pero debe llevarse a cabo.

A continuación, deben desnudarse completamente a sí mismos de su falso orgullo y ponerse de pie completamente sin vergüenza ante el Señor.

Porque, sin excepción, todos los hombres gay y las mujeres que he conocido, de mala gana a veces, podían rastrear su homosexualidad volviendo a algo de su experiencia de la niñez.

Y cuando alguien está preocupado por una persona que conocen, que pueda estar experimentando con la homosexualidad, primero tiene que tener en cuenta que Dios es amor.

‍No tener sorpresa, ni horror, ni ira.

Por lo tanto, la manera de acercarse a esa persona no es desde la preocupación o el cuestionamiento, sino con el resaseguramiento del amor.

Toda persona que se adentra en el estilo de vida gay es una persona que ha sido herida.

Como resultado, a menudo pueden ser recelosa, desconfiada, y demasiado sensible.

Con esto en mente, la mejor difusión es ser amable, paciente y comprensivo.

Esto no quiere decir capitular, por el contrario, debes tener una fuerza interior basada en la verdad de Cristo, pero también debe ser guiada y abierta a las obras del Espíritu Santo.

Debes evitar ser emocional, porque la verdad sólo puede ser transmitida y aceptada cuando se ofrece en la bondad y la comprensión.

Fuente: Foros de la Virgen María.

87 EL NOVENO MANDAMIENTO


87 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

El día sereno y sin viento, ha traído a muchísima gente.

Jesús se abre paso entre un verdadero pequeño pueblo que lo llama desde todas partes.

Uno le enseña sus heridas, otro le enumera sus desventuras, un tercero se limita a decir: «Ten piedad de mí».

Hay también quien le presenta a su propio hijito para que lo bendiga.

Jesús ha llegado casi a su puesto cuando, del sendero que lleva al río, sube un lamento conmovedor:

–      ¡Hijo de David, ten piedad de este pobre infeliz tuyo!

Jesús se vuelve en esa dirección, como también la gente y los discípulos…

Pero unos tupidos matorrales de bojes esconden a la persona que ha proferido esta súplica.

–     ¿Quién eres? Ven.

–     No puedo.

Estoy contaminado. Debo ir donde el sacerdote para que me cancelen del mundo.

He pecado y me ha brotado la lepra en el cuerpo. ¡Espero en ti!

La muchedumbre se alborota:

–     ¡Un leproso! 

–      ¡Un leproso!

–     ¡Maldito! 

    ¡Lapidémoslo! 

Jesús hace un gesto que impone silencio e inmovilidad.

Y dice:

–     No está más contaminado que quien está en pecado.

A los ojos de Dios, es todavía más inmundo el pecador impenitente que el leproso arrepentido.

Quien sea capaz de creer, que venga conmigo.

Algunos curiosos, además de los discípulos, siguen a Jesús.

Los demás, aun deseando ir, se quedan donde están.

Jesús va hasta más allá de la casa y del sendero, hacia los matorrales de bojes.

Y cómo si obedeciera un llamado interno…

Luego se detiene y le ordena al leproso que se deje ver.

Sale un hombre muy joven, apenas mayor que Juan. 

Bigote y barba tenues cubren apenas su rostro: es un rostro aún fresco y lleno.

Tiene los ojos enrojecidos por el llanto.

Un gran grito de entre un grupo de mujeres enteramente tapadas, pues ya lloraban en el patio de la casa al pasar Jesús.

Y su llanto había aumentado por las amenazas de la muchedumbre.

Y la mujer le saluda:

–      ¡Hijo mío!…

La mujer cae sin fuerzas en los brazos de otra, que se apresura a sostenerla.

Jesús solo, sigue avanzando hacia el desdichado.

Y le pregunta:

–      Eres muy joven.

¿Cómo es que estás leproso?

El joven baja los ojos, se enciende de rubor su rostro, balbucea… y no se atreve a más.

Jesús repite la pregunta.

El joven dice algo en forma más nítida, pero sólo se entienden las palabras:

–      …Mi padre… fui… y pecamos… no sólo yo… 

Jesús habla severo:

–     Allí está tu madre, esperando y llorando.

En el Cielo está Dios, que sabe lo sucedido, aquí estoy Yo, que también lo sé.

Pero necesito tu humillación para tener piedad. Habla.

Gime la madre, que se ha hecho gran violencia a sí misma, para llegar hasta donde Jesús.

Y que ahora de rodillas, teniendo en una mano la orla del manto de Jesús,

tiende la otra hacia su hijo mostrando su pobre rostro bañado por las lágrimas.

La madre suplica:

–     Habla, hijo.

Ten piedad de las entrañas que te llevaron. – 

Jesús le pone la mano sobre la cabeza.

–     Habla -vuelve a decir. 

El joven con la vista baja, habla fuerte y claro:

–     Soy el primogénito y ayudo a mi padre en los negocios.

Él me ha mandado a Jericó muchas veces para hablar con sus clientes, y… y uno… uno tenía una mujer joven y hermosa… Me… me gustó.

Fui más allá de donde debía… Le gusté… Nos deseamos y… pecamos en ausencia del marido…

No sé cómo sucedió, porque ella estaba sana. Sí. No sólo yo estaba sano y la quise… ella también estaba sana y me quiso.

No sé si… si además de a mí amó antes a otros y se había contagiado…

Lo que sí sé, es que ella se marchitó en poco tiempo y que ahora está en los sepulcros muriendo en vida… Y yo… y yo…

¡Mamá!, tú lo has visto, es poca cosa, pero dicen que es lepra… y… moriré de lepra. ¿Cuándo?… Se acabó la vida, la casa… y tú, mamá…

¡Oh, mamá, te veo y no te puedo besar!… Hoy vienen a descoserme los vestidos y a arrojarme de casa… del pueblo…

Es peor que si hubiera muerto; ni siquiera tendré el llanto de mi madre sobre mi cadáver…

El joven llora.

La madre está tan estremecida por los sollozos que parece un árbol zarandeado por el viento.

La gente hace diversos comentarios, dictados por sentimientos opuestos.

Jesús está apenado.

Y dice:

–      Y mientras pecabas ¿No pensabas en tu madre?

¿Estabas tan enajenado que no te acordabas de que tenías una madre en la Tierra y un Dios en el Cielo?

Si no te hubiera aparecido la lepra, ¿Te habrías acordado alguna vez de que habías ofendido a Dios y al prójimo?

¿Qué has hecho de tu alma? ¿Qué has hecho de tu juventud?

–     Fui tentado…

–     ¿Eres acaso un niño, para no saber que era un fruto maldito?

Merecerías morir sin piedad».

–     ¡Oh! ¡Piedad! Sólo Tú puedes…

–     No Yo, Dios. Y si aquí juras no pecar más.

–     Lo juro. Lo juro.

¡Sálvame, Señor! Dispongo sólo de pocas horas antes de la condena.

¡Mamá!… ¡Mamá, ayúdame con tu llanto!… ¡Oh…, madre mía!

La mujer ya no tiene ni siquiera voz.

Lo único que hace es agarrarse a las piernas de Jesús y levantar su cara con los ojos dilatados por el dolor:

una cara de tragedia como de quien se está ahogando y sabe que ése es el último apoyo que lo sujeta y que puede salvarlo.

Jesús la mira. Le sonríe compasivo…

Y declara:

–      Levántate, madre.

Tu hijo está curado; pero por ti, no por él.

La mujer todavía no cree; le parece que así a distancia, no puede haber quedado curado. 

Y hace signos de disentimiento entre continuos sollozos.

Jesús mirando al joven le ordena:

–      Hombre, quítate la túnica del pecho, donde tenías la mancha; para consolar a tu madre.

El joven se baja el vestido, apareciendo desnudo ante los ojos de todos.

No tiene sino una piel uniforme y lisa, de un joven fuerte y bien formado. 

Jesús se inclina para levantar a la mujer, diciendo:

–      Mira, madre…

Este movimiento sirve también para contenerla cuando su amor de madre y el hecho de ver el milagro, la hubiera lanzado contra su hijo sin esperar a su purificación.

Sintiéndose impedida para ir a donde la impulsa su amor materno, se abandona en el pecho de Jesús, a quien besa en un verdadero delirio de alegría.

Llora, ríe, besa, bendice…

Y Jesús la acaricia con piedad.

Luego le dice al muchacho:

–      Ve al sacerdote, y acuérdate de que Dios te ha curado por tu madre y para que seas justo en el futuro. Ve.

El muchacho bendice al Salvador y se marcha.

A distancia, le siguen su madre y las otras mujeres que estaban con ella.

La muchedumbre grita jubilosa.

Jesús vuelve a su tarima improvisada.

Y habla:

–      Este joven también había olvidado que hay un Dios que ordena honestidad de costumbres.

Había olvidado que está prohibido hacerse dioses al margen de Dios.

Había olvidado que debía santificar su sábado, como he enseñado; había olvidado que existe el respeto amoroso a la madre.

Había olvidado que no se debe fornicar, ni robar, ni ser falso, ni desear la mujer del prójimo…

Ni matarse uno a sí mismo o la propia alma, ni cometer adulterio.

EL NOVENO MANDAMIENTO DE LA LEY DE DIOS

Había olvidado todo y ya veis cuál había sido su castigo.

“No desearás la mujer del prójimo” se une a “no cometerás adulterio”,

Porque el deseo precede siempre a la acción.

El hombre es demasiado débil como para poder desear sin llegar después a consumar el deseo.

Y lo que es verdaderamente triste, es que el hombre no sepa hacer lo mismo respecto a los deseos justos.

En el Mal se desea y luego se cumple.

En el bien se desea, para luego detenerse, aunque no se retroceda.

Lo que le he dicho a él os lo digo a todos vosotros, porque el pecado de deseo está tan difundido como las malas hierbas,  que por sí solas se propagan:

¿Sois unos niños como para no saber que esa tentación es venenosa y que hay que huir de ella?

“Fui tentado.” ¡Frase remota!

27. «Habéis oído que se dijo: = No cometerás adulterio. = 28. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Mateo 5

Más, he aquí que tenemos también un remoto ejemplo y por tanto, debería el hombre acordarse de sus consecuencias.

Y debería saber decir: “No”.

En nuestra historia no faltan ejemplos de castos, que permanecieron tales a pesar de todas las seducciones del sexo y a pesar de las amenazas de los violentos.

¿Es un mal la tentación? No lo es; es la obra del Maligno, pero se transforma en gloria para quien la vence.

El marido que va a otros amores es un asesino de su esposa, de sus hijos, de sí mismo.

Quien entra en morada ajena para cometer adulterio es un ladrón, y de los más viles: como el cuco, goza del nido ajeno sin aportar nada.

Quien sustrae la buena fe al amigo es un falsario, porque finge una amistad que en realidad no tiene.

Quien así actúa se deshonra a sí mismo y deshonra a sus padres. ¿Puede, entonces, tener a Dios consigo?

He hecho el milagro por esa pobre madre. Pero me da tanto asco la lujuria, que me siento nauseado.

Vosotros habéis gritado por miedo y repulsa de la lepra. Yo, con mi alma, he gritado a causa de la repugnancia por la lujuria.

Todas las miserias me circundan y por todas ellas Yo soy el Salvador,

pero prefiero tocar a un muerto, a un justo que esté ya descompuesto en la carne suya que fue honesta, mas en paz ya su espíritu,

antes que acercarme a uno que tenga tufo de lujuria.

Soy el Salvador, pero también Soy el Inocente.

Tengan presente esto todos los que vienen aquí o hablan de Mí, proyectando en mi personalidad la levadura de la suya.

Comprendo que vosotros querríais de mí algo distinto, pero no puedo.

La ruina de una juventud apenas formada y demolida por la libídine me ha turbado más que si hubiera tocado la Muerte.

Vamos con los enfermos; no pudiendo, por la nausea que me ahoga, ser la Palabra, seré la Salud de quien espera en Mí.

La paz esté con vosotros.

Efectivamente Jesús está muy pálido y su rostro denota dolor.

No le vuelve la sonrisa sino cuando se agacha hacia unos niños enfermos u otras personas enfermas en sus camillas.

Entonces vuelve a ser Él, especialmente cuando metiendo su dedo en la boca de un mudito de unos diez años le hace decir «Jesús», y luego «mamá».

La gente se marcha muy lentamente.

Jesús se queda paseando bajo el sol que inunda la era, hasta que viene hasta Él, Judas de Keriot.

Que le dice:

–     Maestro, yo no estoy tranquilo… 

Jesús responde:

–     ¿Por qué, Judas?

–     Por los de Jerusalén… Yo los conozco.

Déjame ir allí unos días. No me refiero a que me mandes solo; es más, te ruego que no sea así.

Mándame con Simón y Juan, que fueron muy buenos conmigo durante el primer viaje a Judea.

Uno me frena, el otro me purifica hasta en el pensamiento. ¡No te puedes imaginar lo que significa Juan para mí!:

Es rocío que calma mis ardores, aceite sobre mis aguas agitadas… Créelo.

–     Lo sé.

Por eso, no te debes asombrar de que Yo lo quiera tanto. Es mi paz.

Pero tú también, si eres siempre bueno, serás mi consuelo. Si usas los dones de Dios -y tienes muchos, para el bien.

Como has estado haciendo desde hace algunos días y llegarás a ser un verdadero apóstol.

–     ¿Y me amarás como a Juan?

–     Yo te amo igualmente, Judas; sólo que entonces lo haré sin esfuerzo y dolor.

–     ¿Qué bueno eres, Maestro mío!

–     Ve a Jerusalén, aunque no va a servir para nada.

No quiero contrariar tu deseo de ayudarme. Ahora se lo digo inmediatamente a Simón y a Juan. Vamos.

¿Has visto cómo sufre tu Jesús por ciertas culpas? Son como uno que ha levantado un peso demasiado fuerte.

No me des nunca este dolor. Nunca más…

–     No, Maestro, No.

Te quiero. Tú lo sabes… pero soy débil…

–     El amor fortalece.

Entran en casa y todo termina.

81 ¡NO FORNICARÁS!


81 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Me dice Jesús:

 “Ten paciencia, alma mía, por este doble esfuerzo. Es tiempo de sufrimiento. ¿Sabes lo cansado que estaba los últimos días? Ya ves. Al andar me apoyo en Juan, en Pedro, en Simón y también en Judas…

Sí. ¡Yo, que emanaba milagro con sólo rozar con mis vestiduras, no pude cambiar aquel corazón! Déjame que me apoye en tí, pequeño Juan. (Llamaba así Jesús, como seudónimo a María Valtorta)

¡Y AHORA NOS ESTÁ LLAMANDO ASÍ, A NOSOTROS, los que estamos leyendo estas enseñanzas!

Para volver a decir las palabras ya dichas en los últimos días a esos obstinados obtusos sobre quienes el anuncio de mi tormento resbalaba y no penetraba.

Y deja también que el Maestro hable de sus horas de predicación en la triste llanura del Agua Especiosa.

Y te bendeciré dos veces: por tu esfuerzo y por tu piedad. Llevo la cuenta de tus esfuerzos, recojo tus lágrimas.

Los esfuerzos por amor a los hermanos, recibirán la recompensa de aquellos que se consumen, por dar a conocer a Dios a los hombres.

Tus lágrimas por mi sufrimiento de la última semana recibirán como premio el beso de Dios, Uno y Trino.

Escribe y recibe mi Bendición.

EL SEXTO MANDAMIENTO

Jesús está en pie, encima de un cúmulo de tablas, levantadas a manera de tribuna, en el pesebre del establo.

Y desde allí habla con voz poderosa, para que lo oigan tanto los que están dentro de la estancia, como los que se encuentran bajo el cobertizo e incluso en la era, encharcada por la lluvia.

Cubiertos con sus mantos oscuros y de lana en bruto, sobre la cual resbala el agua, todos parecen frailes.

En la estancia están los más débiles; bajo el cobertizo, las mujeres; en el patio bajo la lluvia los fuertes, la mayoría hombres.

Pedro va y viene, descalzo y sólo con la prenda corta, cubierto con un lienzo que se ha puesto sobre la cabeza; pero no pierde el buen humor,

a pesar de que tenga que ir chapoteando en el agua y se esté duchando sin desearlo.

Con él están Juan, Andrés y Santiago.

Están trayendo de la otra estancia con precaución, a unos enfermos. Guiando a unos ciegos y haciendo de apoyo a algunos tullidos.

Jesús aguarda con paciencia a que todos hayan terminado de acomodarse.

Y sólo le duele el que los cuatro discípulos estén empapados, como esponjas dentro de un cubo.

Ante su preocupación, Pedro dice:

–     ¡Nada, nada! Somos madera empecinada.

No te preocupes. Nos bautizamos otra vez y el bautizador es Dios mismo.  

Cuando por fin todos están en sus respectivos lugares y Pedro estima que puede ir a ponerse ropa seca.

Así lo hace, como también los otros tres.

Pero, vuelto donde el Maestro, ve sobresalir por la esquina del cobertizo el manto gris de la mujer velada.

Y se dirige hacia ella sin pensar que para hacerlo tiene que volver a cruzar el patio en diagonal bajo el chaparrón…

Y que otra vez se va a mojar.

Sin pensar en los charcos que salpican hasta la rodilla al chocar tan fuerte en ellos el chubasco de agua.

La agarra de uno de los codos, sin retirar el manto y la arrastra hasta la pared de la estancia, resguardada del agua.

Y  luego se planta a su lado, duro e inmóvil como un centinela.

Jesús ha visto la escena y ha sonreído inclinando la cabeza, para celar la luminosidad de su sonrisa.

Ahora empieza a hablar:

     “No digáis, vosotros, los que habéis venido con regularidad, que no hablo con orden y que salto alguno de los Diez Mandamientos.

Vosotros oís, Yo veo; vosotros escucháis, Yo aplico mi palabra a los dolores y a las llagas que veo en vosotros. Yo soy el Médico.

Un médico va primero a los más enfermos, a los que están más cerca de la muerte. Luego se vuelve a los menos graves. Yo también hago así.

Hoy digo: “No forniquéis”.

No dirijáis a vuestro alrededor la mirada tratando de leer en el rostro de uno la palabra: “lujurioso”.

Tened recíproca caridad. ¿Os gustaría que alguien la leyera en vosotros?

No. Pues entonces no queráis leerla en el ojo turbado de quien está a vuestro lado; en su frente que se avergüenza y se inclina hacia el suelo.

Además… ¡Oh!, decidme especialmente vosotros, hombres.

¿Quién de entre vosotros no ha hincado nunca los dientes en el pan de ceniza y estiércol de la satisfacción sexual?

¿Acaso es lujuria sólo la que os lleva a estar durante una hora entre brazos meretricios?

¿No es acaso lujuria también, la profanación del connubio con la esposa al eludir las consecuencias de éste, que queda reducido por tanto, a una recíproca satisfacción del sentido, a un vicio legalizado?

Matrimonio quiere decir procreación… Y el acto quiere decir y debe ser fecundación.

Sin ello es inmoralidad.

No se debe del tálamo hacer un lupanar.

Y en lupanar se transforma si se ensucia de libídine y no se consagra con maternidades.

La Tierra no rechaza la semilla, la acoge y de ella forma una planta. La semilla no huye de la gleba una vez depositada.

Por el contrario, en seguida echa raíz y se agarra para crecer y dar una espiga: la criatura vegetal nacida del connubio entre gleba y semilla.

El hombre es la semilla, la mujer es la tierra, la espiga es el hijo.

Negarse a producir la espiga y desaprovechar la fuerza, para vicio, es culpa.

Es meretricio cometido en el lecho nupcial, pero en nada distinto del otro.

Es más, agravado por la desobediencia al Mandamiento que dice: “Sed una sola carne y multiplicaos en los hijos”.

Por tanto ved, mujeres voluntariamente estériles, esposas legales y honestas no a los ojos de Dios, sino del mundo…

Cómo a pesar de ello, vosotras podéis ser prostitutas y fornicar igual.

Aunque seáis sólo de vuestro marido, porque no vais hacia la maternidad; sino al placer, demasiado y demasiado frecuentemente.

¿Y no os paráis a pensar que el placer es un tóxico que, aspirado por una boca, cualquiera que fuere: contagia, produce quemazón, cual fuego que creyendo consumirse?

¿Traspasa devorador, cada vez más insaciable, los límites del hogar, dejando acre sabor de ceniza bajo la lengua y desagrado?

¿Y náusea y desprecio de sí y del compañero de placer?

Porque cuando la conciencia se despierta – y lo hace entre dos momentos febriles – no puede dejar de nacer este desprecio de sí…

rebajados como quedan uno y otro, a un nivel incluso inferior al de los animales.

Nota del traductor, (un sacerdote) con respecto a este tema:

la Iglesia admite la paternidad responsable, o sea, que cuando ya se es generoso en hijos, se pueden adoptar determinadas medidas para no concebir.

Pero que no sean medios artificiales como anticonceptivos, preservativos, etc.

Sino recursos naturales, como el de la regulación natura basada en los días infértiles de la mujer, etc.

Asimismo, el placer sexual únicamente como simple demostración de amor y desahogo pasional, dentro del matrimonio, es lícito.

Siempre y cuando se tengan en cuenta estas dos medidas antes mencionadas: ser generosos en hijos y no usar medios anticonceptivos artificiales.

Jesús continúa:

“NO FORNICARÁS”, está escrito.

Es fornicación gran parte de las acciones carnales del hombre, ni siquiera toco la cuestión de esas uniones inconcebibles, que son como una pesadilla…

Y que el Levítico condena con estas palabras:

TRIPLE SACRILEGIO: Como consagrado, como heredero del Padre y como hombre…

“Hombre, no te acercarás al hombre como si fuera una mujer”

Y también: “No te unirás a bestia alguna para no contaminarte con ella.

Y así hará la mujer.

Y no se unirá a ninguna bestia, porque es infamia” -.

Bien… he hecho alusión al deber de los esposos respecto al matrimonio; el cual deja de ser santo cuando por malicia, viene a ser infecundo.

Y ahora voy a hablar de la fornicación en sentido propio entre hombre y mujer:

Por recíproco vicio o por obtener dinero o regalos.

El cuerpo humano es un magnífico templo que encierra en sí un altar.

EL SEXTO MANDAMIENTO DE LA LEY DE DIOS

En ese altar debería estar Dios. Pero Dios no está donde hay corrupción.

Por tanto, el cuerpo del impuro tiene su altar desconsagrado y sin Dios.

Como quien se revuelca, ebrio, en el lodo y en el vómito de la propia ebriedad…

El hombre, en la bestialidad de la fornicación, se rebaja a sí mismo, viniendo a ser menos que un gusano o que el animal más inmundo.

Decidme – si entre vosotros hay alguno que se haya depravado a sí mismo hasta el punto de comerciar con su cuerpo, como se hace con cereales o animales…

¿Qué beneficio os ha reportado?

Poneos, poneos vuestro corazón en la mano… observadlo.

Preguntadle, escuchadlo, ved sus heridas, sus estremecimientos de dolor.

Y luego decidme, respondedme:

¿Tan dulce era ese fruto, que compensara este dolor de un corazón nacido puro…

FORZADO POR VOSOTROS A VIVIR EN UN CUERPO IMPURO?

¿A latir, para dar vida y calor a la lujuria, a irse consumiendo en el vicio?

Decidme:

¿Sois tan depravadas que no lloráis secretamente sintiendo una voz de niño que llama: “mamá” y pensando en vuestra madre…  

¡Oh mujeres de placer que habéis huido de casa u os han echado de ella;

para que el fruto podrido no destruyera con el exudado de su putridez, a los demás hermanos! 

¿Pensando en vuestra madre, muerta quizás por el dolor de tener que decirse a sí misma:

“He dado a luz a una persona que ha sido motivo de oprobio”?

¿Pero es que no sentís que se os parte el corazón cuando veis a un anciano cuyas canas le dan un porte solemne…?

¿Al pensar que sobre las de vuestro padre habéis derramado el deshonor, como barro tomado a manos llenas…?

¿Y junto con el deshonor ha tenido que recibir,  el menosprecio de su tierra natal?

¿Porque todos los que luchan por su perfección espiritual, conocen su desgracia, PERO NO LO COMPADECEN;

Cuando un niño no es amado, como lo que es: UN DON DIVINO para ser custodiado y que deberemos regresar al Creador, convertido en OTRO CORREDENTOR…

pues Juzgan que no supo educar a quién ha llenado de oprobio a TODA la familia?

¿Pero es que no sentís que se os retuercen las entrañas de doliente añoranza al ver la felicidad de una esposa?

¿O la inocencia de una virgen, teniendo que decir: “Yo he renunciado a todo esto… y nunca más volveré a poseerlo”?

¿Pero es que no sentís como si la vergüenza os arrancara la piel de la cara, al ver la mirada, voraz o llena de desprecio, de los hombres?

¿Pero es que no sentís vuestra miseria cuando tenéis sed de un beso de niño y ya no os atrevéis a decir: “Dámelo”…?

¡¿Porque habéis matado vidas en su comienzo?!

Vidas que habéis rechazado como peso fastidioso e inútil carga, vidas arrancadas del mismo árbol que las había concebido, arrojadas para estiércol.

Vidas que ahora os gritan: “¡Asesinas!”

¿Pero es que no teméis sobre todo, al Juez que os ha creado y que os espera para preguntaros y deciros:

“¿Qué has hecho de ti misma?

¿Para eso acaso, te di la vida? Pululante nido de gusanos, ¿Cómo te atreves a estar en mi Presencia?

Tuviste todo lo que para ti era dios: EL PLACER. 

¡Ve al lugar de maldición sin término”!

¿Quién llora? ¿Ninguno? ¿Decís: “ninguno”?

Pues mi alma va hacia otra alma que llora. ¿Para qué va hacia ella? ¿Para lanzarle el anatema por ser meretriz?

¡NO! Porque siento piedad por su alma.

Todo en Mí es repulsa hacia su sucio cuerpo, sudado por el esfuerzo lascivo.

¡Pero su alma…! ¡Oh! ¡Padre! ¡Padre!

¡También por esta alma Yo me he encarnado y he dejado el Cielo para ser su Redentor y el de muchas almas hermanas suyas!

¿Por qué debo no recoger a esta oveja que va descarriada y llevarla al redil?

Limpiarla, unirla al rebaño, sacarla a pastar,

Y darle un amor que sea perfecto como sólo el mío lo puede ser…

Tan distinto de los que tuvieron hasta ahora para ella nombre de amor y no eran sino odio.

Tan piadoso, completo, delicado, que ella ya no llore por el tiempo pasado o lo haga sólo para decir:

“Demasiados días he perdido lejos de ti, eterna Belleza.

¿Quién me restituirá el tiempo perdido?

¿Cómo gustar en lo poco que me queda cuanto habría gustado si hubiera sido siempre pura?

A pesar de ello, no llores, alma pisoteada por toda la libídine del mundo.

Escucha: eres un trapo asquerosamente sucio, pero puedes volver a ser una flor.

Eres un estercolero, pero puedes ser un jardín; eres un animal inmundo, pero puedes volver a ser un ángel.

Un día lo fuiste; danzabas en los prados floridos, rosa entre las rosas, fresca como ellas…

Y despedías fragancia de virginidad;

cantabas, serena, tus canciones de niña y luego corrías a donde tu madre, a donde tu padre,

y les decías: “Vosotros sois mis amores”.

Y el invisible guardián que tienen todas las criaturas al lado sonreía ante tu alma blanca-azul…

¿Y luego? ¿Por qué?

¡¿Por qué te has arrancado esas alas de pequeño inocente?!

¿Por qué has pisoteado un corazón de padre y de madre, para correr hacia otros corazones inciertos?

¿Por qué has consignado tu voz pura a embusteras frases de pasión?

¿Por qué has quebrado el tallo de la rosa y te has profanado a ti misma?

Arrepiéntete, hija de Dios.

El arrepentimiento renueva. El arrepentimiento purifica. El arrepentimiento sublima.

¿El hombre no te puede perdonar? ¿Ni siquiera tu padre podría ya hacerlo?

Bueno, pues Dios puede, porque la bondad de Dios no es comparable a la bondad humana.

21. El hijo le dijo: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo.”

Y su Misericordia es infinitamente más grande que la humana miseria.

Hónrate a ti misma haciendo, con una vida honesta, digna de honor a tu alma. Justifícate ante Dios no volviendo a pecar contra tu alma.

Hazte un nombre nuevo ante Dios. Eso es lo que tiene valor.

¿Eres vicio? Sé honestidad, sé sacrificio, sé la mártir de tu arrepentimiento.

Bien supiste martirizar tu corazón, para hacer gozar a la carne.

Sabe ahora martirizar la carne, para darle a tu corazón una eterna paz.

Ve. Marchad todos, cada uno con su peso y con su pensamiento, y meditad.

 Dios espera a todos y no rechaza a ninguno que se arrepienta.

¿Que el Señor os dé su luz para conocer vuestra alma! ¡Adiós!

Muchos se marchan en dirección al pueblo.

Otros entran en la habitación.

77 EL SEGUNDO MANDAMIENTO


77 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús no está. Hay un gran desconcierto entre los discípulos. Su agitación es tanta, que parecen un enjambre provocado.

Hablan, miran fuera nerviosamente, hacia todas partes… 

Finalmente toman una decisión respecto a lo que los tiene agitados.

Pedro ordena a Juan:

–    Vete a buscar al Maestro. Está en el bosque junto al río. Dile que venga pronto para que diga lo que debemos hacer.

Juan va a la carrera.

Judas de Keriot, dice:

–    No entiendo por qué tanta confusión y tanta descortesía.

Yo habría ido y lo habría recibido con todos los honores. Es un honor suyo y también para nosotros. Así pues…

Pedro advierte.

–   Yo no sé nada.

Él será diferente a su pariente… pero a quién está con hienas se le pega el olor y el instinto.

Por lo demás, tú querrías que se fuese aquella mujer… ¡Pero ten cuidado! El Maestro no quiere y yo la tengo bajo mi protección.

Si la tocas… ¡Yo no soy el Maestro! Te lo digo para tu conducta futura.

Judas dice con ironía:

–   ¡Hummm! ¿Quién es pues? ¿Tal vez la bella Herodías?

–    ¡No te hagas el gracioso!

–    Si me hago el gracioso es por tí.

Has creado en torno a ella una guardia real, como si se tratara de una reina…

–    El Maestro me dijo: ‘Procura que no se le perturbe y respétala’ Y eso es lo que hago.

Tomás pregunta:

–   ¿Pero quién es? ¿Lo sabes?

Pedro dice:

–    Yo no.

Varios insisten:

–    ¡Ea! ¡Dilo! ¡Tú lo sabes!

–   Os juro que no sé nada. El Maestro lo sabe. Pero yo no.

–   Hay que preguntárselo a Juan. A él le dice todo.

Judas pregunta:

–  ¿Por qué? ¿Qué cosa especial tiene Juan? ¿Es acaso un dios tu hermano?

Santiago de Zebedeo responde:

–   No, Judas. Es el más bueno de nosotros.

Santiago de Alfeo dice:

–   Por mí ni me preocupo.

Ayer mi hermano la vio cuando salía del río con el pescado que le había dado Andrés y se lo preguntó a Jesús.

Él respondió: ‘Tadeo. No tiene cara. Es un espíritu que busca a Dios. Para Mí no se trata de otra cosa y así quiero que sea para todos.’

Y lo dijo en tal forma: ‘Quiero’ que os aconsejo de no insistir.

Judas de Keriot dice:

–   Yo voy a donde está ella.

Pedro se enciende como un gallo de pelea y replica:

–    ¡Haz la prueba! Si eres capaz…

–   ¿La harás de espía para acusarme con Jesús?

–    Dejo ese encargo a los del Templo.

Nosotros los del lago ganamos el pan con el trabajo y no con la delación. No tengas miedo de que Simón de Jonás la haga de espía.

Pero no me provoques y no te atrevas a desobedecer al Maestro, porque yo soy…

–    ¿Y quién eres tú? ¡Un pobre hombre como yo!

–     Sí, señor. al revés.

Más pobre, más ignorante, más vulgar que tú. Y no me avergüenzo. Me avergonzaría si fuese igual a ti en el corazón.

El Maestro me confió este encargo y yo lo hago.

–    ¿Igual a mí en el corazón? Y…

¿Qué cosa hay en mi corazón que te causa asco? ¡Habla! ¡Acusa! ¡Ofende!…

Bartolomé interviene:

–    ¡Judas! ¡Cállate! Respeta las canas de Pedro.

–    Respeto a todos. Pero quiero saber qué cosa hay en mí…

Pedro estalla:

–    Al punto eres servido.

Déjame hablar… hay tanta soberbia que con ella se puede llenar esta cocina. Hay falsedad y hay lujuria.

Judas casi se ahoga:

–   ¿Yo falso?…

Todos se interponen y Judas debe callar.

Simón, con calma dice a Pedro:

–    Perdona amigo, si te digo una cosa.

Él tiene defectos, pero tú también los tienes. Y uno de ellos es el de no compadecer a los jóvenes. ¿Por qué no tomas en cuenta la edad? ¿El nacimiento y… tantas otras cosas?

Mira. Tú obras por amor a Jesús. Pero, ¿No has notado que estas disputas le causan hastío? A él no le digo nada. –señala a Judas- pero a ti, sí.

Porque eres un hombre maduro y muy sincero, te hago esta súplica:

¡Él tiene tantas penas por sus enemigos y dárselas también nosotros! Hay tantas guerras a su alrededor. ¿Por qué provocar otra en su nido?

Tadeo confirma:

–   Es verdad. Jesús está triste y ha adelgazado.

En las noches oigo que da vueltas en su cama y suspira. Hace algunos días, me levanté y ví que lloraba, orando.

Le pregunté: ‘¿Qué te pasa?’ Él me abrazó y me dijo: ‘Quiéreme mucho. ¡Qué fatigoso es ser ‘Redentor’!

Felipe agrega:

–    También yo me di cuenta de que había llorado en el bosque junto al río.

Y a mi mirada interrogante respondió: ‘¿Sabes qué diferencia hay entre el Cielo y la Tierra, además de no ver a Dios?

Es la falta de amor entre los hombres. Me estrangula como una soga.

He venido a darles granos a los pajaritos, para que me amen los seres que se aman.’

amor animal

Escuchar todo esto, resquebraja por un momento el gran egoísmo de Judas.

Siente una oleada de amor por su Maestro y el conocer su sufrimiento, se le clava como un puñal en su corazón.

Y se deja caer, llorando como un niño.

Y en ese preciso momento, entra Jesús con Juan:

–  Pero, ¿Qué sucede? ¿Por qué ese llanto?

Pedro responde:

–  Por mi culpa, Maestro. Cometí un error. Regañé a Judas muy duramente.

Judas replica entre sollozos:

–  No… yo… yo… el culpable soy yo.

Yo soy el que te causa dolor. No soy bueno… Perturbo… Pero, ¡Ayúdame a ser bueno! Porque tengo algo aquí en el corazón…

Algo que no comprendo… que me obliga a hacer cosas que no quiero hacer. Es más fuerte que yo.

Judas con Posesión diabólica perfecta por la MALDAD

Y te causo dolor a Ti, Maestro; al que debería dar gozo. Créelo; no es falsedad.

Jesús dice:

–    Sí, Judas. No lo dudo.

Viniste a Mí, con sinceridad de corazón; con verdadero entusiasmo. Pero eres joven…

Nadie. Ni siquiera tú mismo te conoces como Yo te conozco. ¡Ea! ¡Levántate y ven aquí!

Luego hablaremos los dos solos. Mientras tanto, hablemos de aquello por lo que me mandasteis llamar.

¿Qué hay de malo en que venga Mannaém?

¿No puede un hermano de leche de Herodes, tener sed del Dios Verdadero?

¿Tenéis miedo por Mí? Tened fe en mi palabra. Este hombre ha venido con fines honestos.

Pedro:

–   ¿Entonces por qué no se dio a conocer?

Jesús:

–   Precisamente porque viene como un ‘alma’; no como hermano de Herodes.

Se ha envuelto en el silencio, porque piensa que ante la Palabra de Dios, no existe el parentesco con un rey. Respetaremos su silencio.

Andrés:

–    Pero si por el contrario… ¿Él lo envió?

–   ¿Quién?…  ¿Herodes?… No. No tengáis miedo.

Tadeo:

–   ¿Quién lo manda entonces?

Santiago:

–   ¿Cómo se ha informado de Ti?

–   Es discípulo de mi primo Juan.

Id y sed con él corteses; como con los demás. Id. Yo me quedo con Judas.

Los discípulos se van.

Jesús mira a Judas, que está todavía lloroso y le pregunta:

–      ¿Y? ¿No tienes nada que decirme?

Yo sé todo lo tuyo. Pero quiero saberlo por ti. ¿Por qué ese llanto? Y sobre todo, ¿Por qué ese desequilibrio, que te tiene siempre tan descontento?

Judas con posesión demoníaca perfecta por la SOBERBIA

–     ¡Oh, sí Maestro! Lo dijiste.

Soy celoso por naturaleza. Tú sabes que así es… Y sufro al ver que… Al ver tantas cosas.

Esto me saca de quicio, porque soy injusto. Y me hago malo, aun cuando no quisiera. No…

–     ¡Pero no llores de nuevo!

¿De qué estas celoso? Acostúmbrate a hablar con tu verdadera alma. Hablas mucho. Hasta demasiado…

Pero, ¿Con quién? Con el instinto y con tu mente. Tomas un fatigoso y continuo trabajo, para decir lo que quieres decir: hablo por ti. De tu ‘yo’.

Porque cuando tienes que hablar de otros y a otros, no te pones cortapisas, ni límites. Y lo mismo haces con tu carne.

Ella es un caballo bronco. Pareces un jinete a quien el jefe de las carreras, le hubiese dado dos caballos locos para hacer el paso de la muerte…

Uno es el sentido. Y el otro… ¿Quieres saber cuál es el otro? ¿Sí?…

Judas asiente con la cabeza.

Jesús continúa:

–           Es el error que no quieres domar.

Tú…  Jinete capaz pero imprudente. Te fías de tu capacidad y crees que basta.

Quieres llegar primero… no pierdes tiempo ni siquiera para cambiar de caballo.

Antes bien, los espoleas y pinchas. Quieres ser el ‘vencedor’… quieres aplauso.

¿Acaso no sabes que la victoria es segura cuando se conquista con constante, paciente y prudente trabajo?…

Habla con tu alma. De allí es de donde quiero que salga tu confesión. O, ¿Debo decirte lo que hay dentro?

Cuando se tiene una posesión demoníaca perfecta, Satanás es el Huésped dentro de nuestro corazón y la tragedia más grande de Jesús, es que Él ve con Quién está dialogando y lo tiene que mantener dentro de su círculo íntimo a pesar de ser su más grande Adversario…

Una sombra cruza por la mirada de Judas antes de responder:

–     Veo que también Tú no eres justo. Y no eres firme y esto me hace sufrir.

–    ¿Por qué me acusas? ¿En qué he faltado a tus ojos?

–     Cuando quise llevarte con mis amigos, no te gustó.

Y dijiste: ‘Prefiero estar entre los humildes.’ Luego Simón y Lázaro te dijeron que era bueno que te pusieras bajo la protección de un poderoso y aceptaste.

Tú das preferencia a Pedro, a Simón, a Juan. Tú…

–    ¿Qué otra cosa?

–    Nada más, Jesús.

–    Nubecillas… pompas de espuma.

Me das compasión porque eres un desgraciado  que te torturas, pudiendo alegrarte.

¿Puedes decir que este lugar es de lujo? ¿Puedes decir que no hubo una razón poderosa que me obligó a aceptarlo?…

¿Si Sión no me hubiera arrojado, estaría refugiado en un lugar de asilo?

–    No.

–   ¿Entonces cómo puedes decir que no te trato como a los demás?

¿Puedes decir que he sido duro contigo cuando has faltado? Tú no fuiste sincero… las vides… ¿Qué nombre tenían esas vides?…

No fuiste complaciente con quién sufría y se redimía. Ni siquiera fuiste respetuoso conmigo. Y los otros lo vieron.

Y con todo; una sola voz se levanta incansable en tu defensa: la mía. Los demás tendrían el derecho de estar celosos.

Porque si ha Habido uno que fuera preferido y protegido, eres tú.

Judas, avergonzado y conmovido, llora.

–    Me voy.

Es la hora en que soy de todos. Tú quédate y reflexiona…

–    Perdóname, Maestro.

No podré tener paz, si no tengo tu perdón. No estés triste por mi causa. Soy un muchacho malvado… Amo y atormento…

Así sucedía con mi madre. Así es ahora contigo. Y así será con mi esposa, si algún día me caso… creo que sería mejor que me muriese.

–    Sería mejor que te enmendases.

Estás perdonado. ¡Hasta luego!

Jesús sale.

Afuera está Pedro, que le dice:

–     Ven, Maestro. Ya es tarde.

Hay mucha gente. Dentro de poco se pondrá el sol. Y no has comido. Ese muchacho es causa de todo.

–    ‘Ese muchacho’ Tiene necesidad de todos vosotros para no ser el causante de estas cosas.

Procura recordarlo, Pedro. Si fuese tu hijo, ¿Lo compadecerías?

–    ¡Uhmmm! Sí y no.

Lo compadecería. Pero le enseñaría también algunas cosas. Aunque fuese adulto le enseñaría como a un jovencillo mal educado.

Bueno… si fuese mi hijo, no sería así…

–    ¡Basta!

–    Sí, ¡Basta, Señor mío!

Mira, allí está Mannaém. Es el que tiene el manto rojo muy oscuro, que parece casi negro.

Me dio esto para los pobres. Y me preguntó que si podía quedarse a dormir.

–   ¿Qué respondiste?

–   La verdad. ‘No hay más que para nosotros…’

Jesús no dice nada. Deja a Pedro y va a dónde está Juan y le dice algo en voz baja.

Luego, ya en su puesto, comienza a hablar:

–    La paz esté con todos vosotros, y con ella descienda sobre vosotros luz y santidad.

Está escrito: “No profieras en vano mi Nombre”.

¿Cuándo se le toma en vano? ¿Sólo cuando se le blasfema? No. También cuando uno lo profiere sin ser digno de Dios.

¿Puede un hijo decir: `Amo y honro a mi padre”, si luego, a todo lo que el padre desea de él opone una acción contraria?

No es diciendo: “padre, padre” como se le ama. No es diciendo: “Dios, Dios”, como se ama al Señor.

‘En Israel, que – como he explicado anteayer – tiene tantos ídolos en el secreto de los corazones, existe también un hipócrita alabar a Dios, un alabar que no queda corroborado por las obras de quienes lo hacen.

Hay en Israel también una tendencia: la de descubrir muchos pecados en las cosas externas y no querer encontrarlos donde realmente existen, en las cosas internas.

Tiene también Israel una necia soberbia, un antihumano y antiespiritual hábito: el de estimar blasfemia el Nombre de nuestro Dios pronunciado por labios paganos,

llegando a prohibirles a los gentiles el acercarse al Dios verdadero porque se considera sacrilegio. Así ha sido hasta ahora; cese ya.

El Dios de Israel es el mismo Dios que ha creado a todos los hombres. ¿Por qué impedir que los seres creados sientan la atracción de su Creador?

¿Creéis que los paganos no sienten algo en el fondo dei corazón, una insatisfacción que grita, que se agita, que busca?; ¿A quién?, ¿A qué?:  al Dios desconocido.

¿Y pensáis que si un pagano orienta su propio ser hacia el altar del Dios desconocido, hacia ese altar incorpóreo que es el alma en que siempre hay un recuerdo de su Creador, el alma que espera ser poseída por la gloria de Dios,

como lo fue el Tabernáculo erigido por Moisés según la orden recibida y que llora hasta no quedar poseída, pensáis que Dios rechaza su ofrecimiento como si de una profanación se tratase?

EL SEGUNDO MANDAMIENTO DE LA LEY DE DIOS

¿Y creéis que es pecado ese acto, suscitado por un honesto deseo del alma que, despertada por celestes llamadas, dice “voy” al Dios que le está diciendo “ven”?

¿Mientras que por el contrario sería santidad el corrompido culto de un Israel que ofrece al Templo lo que tras haber gozado le sobra,

y entra a la presencia de Dios y lo nombra, al Purísimo,  con alma y cuerpo que no son sino toda una gusanera de culpas?

No. En verdad os digo que es en ese israelita, que con alma impura pronuncia en vano el Nombre de Dios, donde se da la perfección del sacrilegio.

Es pronunciarlo en vano cuando – y estúpidos no sois – cuando, por el estado de vuestra alma sabéis que lo pronunciáis inútilmente.

¡Oh, verdaderamente veo el rostro indignado de Dios, volviéndose hacia otra parte con disgusto, cuando un hipócrita lo llama, cuando lo nombra un impenitente!

Y siento terror de ello, Yo que no merezco ese enojo divino.

Leo en más de un corazón este pensamiento:

“Pero entonces, aparte de los niños, ninguno podrá invocar a Dios, dado que en todas partes en el hombre hay impureza y pecado”.

No. No digáis eso. Son los pecadores quienes deben invocar ese Nombre.

Deben invocarlo quienes se sienten estrangulados por Satanás y quieren liberarse del pecado y del Seductor.

Quieren. He aquí lo que transforma el sacrilegio en rito. Querer curarse.

Llamar al Poderoso para ser perdonados y para ser curados. Invocarlo para poner en fuga al Seductor.

Está escrito en el Génesis que la Serpiente tentó a Eva en el momento en que el Señor no paseaba por el Edén.

Si Dios hubiera estado en el Edén, Satanás no habría podido estar. Si Eva hubiera invocado a Dios, Satanás habría huido.

Tened siempre en el corazón este pensamiento. Y llamad con sinceridad al Señor. Ese Nombre es salvación. Muchos de vosotros quieren bajar a purificarse.

Purificaos primero el corazón, incesantemente, escribiendo en él, con el amor, la palabra “Dios”.

No con engañosas oraciones o con prácticas consuetudinarias, sino con el corazón, con el pensamiento, con los actos, con todo vosotros mismos, pronunciad ese Nombre: Dios.

Pronunciadlo para no estar solos, pronunciadlo para ser sostenidos, pronunciadlo para ser perdonados. Comprended el significado de la palabra del Dios del Sinaí:

“En vano” es cuando decir “Dios” no supone una transformación en bien; y entonces, es pecado.

“En vano” no es cuando, como el latido de sangre en el corazón, cada minuto de vuestro día, y toda acción vuestra honesta, toda necesidad, tentación, todo dolor os trae a los labios la filial palabra de amor:”¡Ven, Dios mío!”.

Entonces, en verdad, no pecáis nombrando el Nombre santo de Dios. 

Marchad. La paz sea con vosotros.

No hay ningún enfermo.

Jesús permanece con los brazos cruzados apoyado contra la pared, bajo el techado en que ya descienden las sombras.

Cuando termina, no hay ningún enfermo. Jesús se queda con los brazos cruzados y mira a los que se van yendo, después de que los ha despedido y bendecido.

El hombre vestido de rojo oscuro, parece que no sabe qué hacer.

Jesús no lo pierde de vista, cuando lo ve que se dirige hacia su caballo, lo alcanza y le pregunta:

–    ¡Oye! Espérame. Ya va anochecer. ¿Tienes dónde dormir? ¿Vienes de lejos? ¿Estás solo?

El hombre contesta titubeante:

–    De muy lejos… Y me iré. No sé… si en el poblado encontraré… o hasta Jericó. Allí dejé la escolta en la que no confiaba.

Jesús le dice:

–    No. Te ofrezco mi cama. Ya está lista. ¿Tienes que comer?

–    No tengo nada. Creí que este lugar sería más hospitalario.

–     No falta nada.

–     Nada. Ni siquiera el odio contra Herodes. ¿Sabes quién soy? 

–    Los que me buscan tienen un solo nombre: ‘Hermanos, en el Nombre de Dios’. Ven. Juntos compartiremos el pan. Puedes llevar el caballo a aquel galerón. Yo dormiré allí y te lo cuidaré.

     No. Esto jamás. Yo dormiré ahí. Acepto el pan; pero no más. No pondré mi sucio cuerpo donde Tú pones el tuyo, que es santo.

–     ¿Me crees santo?

–    Sé que eres santo. Juan, Cusa, tus obras… tus palabras.

El palacio real es como una concha que conserva el rumor del mar. Yo iba a donde estaba Juan… Y luego lo perdí.

Él me dijo: ‘Uno que es más santo que yo, te recogerá y te elevará’ no podrías ser otro, sino Tú.

Vine en cuanto supe en dónde estabas.

Zelote regresa del río, después de bautizar y Jesús bendice a los últimos bautizados.

Luego le dice:

–    Esta persona, es el peregrino que busca refugio en el Nombre de Dios. Y en el Nombre de Dios lo saludamos como amigo.

Simón se inclina y el hombre también.

Entran en el galerón y Mannaém amarra el hermosísimo caballo blanco, con gualdrapas de color rojo que penden de la silla, adornadas con plata, en el pesebre.

Juan acude con hierba y un cubo con agua.

Acude Pedro también, con una lámpara de aceite, porque ya está oscuro.

Mannaém dice:

–    Aquí estaré muy bien. Dios os lo pague.

Jesús le pone la mano en el hombro y le dice:

–   Ven amigo mío. Vamos a compartir el pan…

Luego entran todos en la cocina, donde arde una tea y se reúnen para cenar…

68 DIAGNÓSTICO DIVINO


68 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Es una mañana radiante en la plaza de Jericó; con sus árboles y sus mercaderes que vocean.

En una esquina está el alcabalero Zaqueo, ocupado en sus transacciones legales e ilegales.

También compra y vende cosas preciosas. Pesa e indica el valor de joyas y objetos de metales finos que le venden o le entregan en pago de contribuciones.

Toca el turno a una mujer delgada, que está toda cubierta con un fino manto rojizo y que lleva la cara velada.

Extiende su mano con un brazalete de oro y piedras preciosas. Se ve que es joven.

Sus pies están calzados con finas sandalias que dejan ver unos dedos y tobillos muy blancos y delicados. Entrega la joya sin decir palabra alguna…  

Recibe el dinero sin objetar y se va.

Detrás de ella está Judas de Keriot, que le ha observado atentamente y cuando ella está por irse le dice en voz baja y en griego, un piropo muy audaz.

Pero ella no responde y se va ligera.

Entonces Judas pregunta a Zaqueo:

–     ¿Quién es?

Zaqueo contesta:

–     No pregunto a los clientes su nombre. Sobre todo cuando son buenos como ésa.

–    ¿Es joven, verdad?

–     Así parece.

–     Es judía.

–     ¿Quién puede saberlo? ¡El oro brilla igual en todos los países!

–     Déjame ver el brazalete.

–     ¿Lo quieres comprar?

–      No.

–     Entonces nada. ¿Para qué lo quieres?

–     Quería ver si lograba saber quién es.

–    ¿Tanto te urge? ¿Eres nigromante que adivinas o perro de caza que perciba el olor?

¡Lárgate y cálmate! Viene velada. O es honrada, o infeliz o leprosa. Lo que sea, no hay nada que hacer.

Judas responde con desprecio:

–    ¡No tengo hambre de mujeres!

–    Así será. Pero con esa cara que tienes; no lo creo. ¡Bien! Si no quieres algo más, retírate. Tengo a otros a quién atender.

Judas se va enojado.

Llega con los mercaderes y pregunta a uno que vende pan y al de junto, que vende frutas; si conocen a la mujer que les acaba de comprar su mercancía, si saben en donde vive.

Ellos no lo saben y agregan:

–   Hace tiempo que viene cada dos o tres días. Pero ignoramos donde esté.

Judas está seguro que debe ser una extranjera, porque hay algo en ella que…

Además, aunque está toda cubierta, puede percibir en ella una belleza que lo atrae irresistiblemente.

Como los mercaderes no añaden más…

Judas insiste:

–    ¿Y cómo habla?

Los dos sueltan la carcajada y uno de ellos contesta:

–     Con la lengua.

Judas les increpa enojado:

–     ¡Sois unos imbéciles! –y se va apresurado…

¡A caer justamente en medio del grupo apostólico!

Jesús y los suyos han ido al mercado a comprar los víveres. La sorpresa es mutua… y no muy entusiasta.

Jesús solo murmura:

–      ¿Quién eres?

Y Judas masculla algo entre dientes.

Pedro explota en una clamorosa carcajada y dice:

–  Estoy ciego o incrédulo. No veo las viñas y no creo en el milagro.

Los compañeros le preguntan:

–     ¿Qué dices?

–      Digo la verdad. Aquí hay palmerales no hay viñedos.

Y no puedo creer que Judas vendimie entre este polvo, sólo  porque es discípulo del Rabí.

Judas replica secamente:

–    Hace tiempo que la vendimia terminó.

Pedro concluye:

–   Y Keriot está muy lejos de aquí.

Judas se resiente:

–    Tú siempre me atacas. No me quieres.

–    No es eso. Soy menos tonto de lo que tú querrías.

Jesús interviene:

–    ¡Basta!

Está enojado y se vuelve hacia a Judas:   

–      No esperaba encontrarte aquí. Por lo menos pensé que llegarías a Jerusalén para la fiesta de los Tabernáculos.

Judas contesta apresurado:

–     Mañana me voy. Estaba esperando a un amigo de la familia que…

–    Te ruego. Es suficiente.

–    ¿No me crees, Maestro. Te juro que yo…

–    No te he preguntado nada. Y te ruego que no digas nada.

Estás aquí y basta. Puedes venir con nosotros, o ¿Tienes todavía otros negocios? Responde con franqueza.

–    No. He terminado. Ese tal vez ya no viene. Y yo voy a Jerusalén a la fiesta. Y Tú, ¿A dónde vas?

–    A Jerusalén.

–   ¿Hoy mismo?

–    Esta tarde estaré en Betania.

–    Entonces yo también voy.

–    Llegaremos hasta Betania.

Después, Santiago de Zebedeo y Tomás; irán a Get-Sammi a preparar nuestra llegada para todos nosotros. Y tú irás con ellos.

Jesús marca en tal forma las palabras, que no le deja ninguna alternativa a Judas.

Entonces Pedro pregunta:

–     ¿Y nosotros?

–     Tú, con mis primos y Mateo; iréis a dónde os enviaré, para regresar por la tarde.

Juan, Bartolomé, Simón y Felipe, se quedarán conmigo.

O sea; que irán por Betania a avisar que el Rabí ha llegado y que les hablará a las tres de la tarde.

Más tarde; aprisa por la campiña desierta; sopla el aire anunciador de la tempestad, no en el cielo sereno; sino en los corazones.

Todos lo presienten y avanzan en silencio.

Al llegar a Betania, viniendo de Jericó, la casa de Lázaro es de las primeras. Jesús despide al grupo que debe ir a Jerusalén.

Después manda al otro, que va hacia Belén.

Entretanto, Simón ha llamado en el cancel y los siervos lo abren. Uno de ellos le avisa a Lázaro y éste acude a recibirlos.

Judas de Keriot, que se había distanciado unos cuantos metros, regresa con una excusa y dice a Jesús:

–   Te he desagradado, Maestro. Lo entiendo. Perdóname.

Y mira ansiosamente a través del cancel abierto, por el cual se ve el jardín y la casa.

Jesús, le contesta:

–   Sí. Está bien. ¡Vete, vete! No hagas esperar a los compañeros.

Judas tiene que irse.

Y Pedro, hablando en voz baja dice:

–   Esperaba que hubiese cambio de órdenes. 

–   Esto jamás, Pedro. Sé lo que hago. Pero tú… compadece a este hombre.

–   Trataré. Pero no lo prometo. Adiós, Maestro. Ven, Mateo. Y también vosotros dos. Vámonos ligeritos.

Jesús los despide:

–    Mi Paz sea siempre con vosotros.

Y Jesús entra en la casa, con los cuatro restantes…

 Lázaro llega a recibirlos y Jesús los presenta.

Se dirigen hacia la casa. Bajo el grandioso portal hay una mujer.

Es alta, morena clara. Con un cuerpo armoniosamente grueso. De cabello negro y enormes ojos castaños de mirada dulce.

Su vestido es muy rico y elegante.

Cuando llegan hasta ella, Lázaro dice:

–    Esta es mi hermana, Maestro. Se llama Martha.

Es el consuelo y la honra de la familia. Y la alegría del pobre Lázaro. Antes era mi primera y única alegría. Pero ahora es la segunda; porque la primera eres Tú.

Martha se postra hasta el suelo y besa la orla del vestido de Jesús.

Él dice:

–  Paz a la buena hermana y a la mujer casta. ¡Levántate!

Martha se levanta y entra a la casa a dar órdenes para atender a los invitados.

Todos se quedan en una sala muy grande y lujosamente decorada.

Jesús y Lázaro se dirigen hacia la biblioteca, que parece ser el rincón favorito de Lázaro.

Lázaro dice:

–    Es mi paz… -refiriéndose a Martha.

Que anda supervisando que les sirvan viandas para deleitar a los recién llegados.

Y al decirlo, mira a Jesús.

Es una mirada investigadora que Jesús hace como si no la viera.

Lázaro pregunta:

–    ¿Y Jonás?

Jesús contesta:

–    Ha muerto.

–   ¿Muerto?… ¿Entonces?…

–    Lo tuve al final de su vida. Murió libre y feliz en mi casa, en Nazareth. Entre Yo y mi Madre.

–    ¡Doras te lo acabó antes de entregártelo!

–    Sí. Con cansarlo y también con golpearlo.

–   Es un demonio y te odia. Esa hiena odia a todo el mundo. ¡Y ni siquiera te conoce! ¿No te dijo que te odiaba?

–    Me lo dijo.

–    Desconfía de él, Jesús. Es capaz de todo.

Señor… ¿Qué te dijo Doras? ¿No te previno contra mí diciendo que me evitaras? ¿Puso en mal contigo al pobre Lázaro?

–    Creo que me conoces lo suficiente para comprender que Yo juzgo con justicia.

Y cuando amo; amo sin pensar si ese amor puede beneficiarme o perjudicarme, según los entenderes del mundo.

–   Pero este hombre es cruel y atroz en herir y en dañar.

Me molestó a mí también hace unos días. Vino aquí y me dijo… ¡Oh!… ya tengo bastantes penas para querer arrebatarme también de Ti. 

–     Soy el consuelo de los atormentados y también el compañero de los abandonados.

He venido a ti, también por esto.

–    ¡Ah! Entonces… ¿Sabes?… ¡Oh, vergüenza mía!

–     No. ¿Por qué tuya? Lo sé.

¿Y qué con ello? ¿Acaso te despreciaré porque sufres? Yo soy misericordia, paz, perdón y amor para todos. ¡Cuánto más para los inocentes! Tú no tienes el pecado por el que sufres.

¿Estaría bien que me ensañase contra ti, si tengo piedad también para ella?

–   ¿La has visto?

–    Sí. No llores.

Más Lázaro, con la cabeza reclinada sobre la mesa que también le sirve de escritorio, llora dolorosamente.

Martha se asoma y mira.

Jesús le hace señas de que se esté quieta y ella se retira, con lágrimas que le caen silenciosamente por el rostro.

Lázaro, poco a poco se calma y se humilla por su debilidad.

Jesús lo consuela y como desea retirarse un momento, sale al jardín.

Y pasea entre las veredas que están llenas de rosas purpúreas.

Pero después, Martha lo alcanza.

–    Maestro, ¿Lázaro te ha dicho…?

Jesús contesta:

–    Sí, Martha.

–     Lázaro no puede estar tranquilo desde que se enteró que tú lo sabes y que la viste.

–     ¿Cómo lo supo?

–    Primero, aquel hombre que estaba contigo y que dijo ser tu discípulo: aquel joven alto, de cabello castaño y sin barba.

Luego Doras. Éste abofetea con su desprecio. El otro… sólo dijo que la habías visto en el lago con sus amantes.

Martha llora amargamente.

Jesús dice:

–   ¡Pero no lloréis por esto! ¿Pensáis que ignoraba vuestra herida?

Lo sabía desde que estaba con el Padre… no te aflijas Martha. Levanta tu corazón y la frente.

Martha suplica:

–   Ruega por ella, Maestro.

Yo ruego, pero no sé perdonar completamente. Y tal vez el Eterno rechaza mi oración.

–   Has dicho bien. Es menester perdonar, para ser perdonados y escuchados.

Yo ruego por ella. Pero dame tu perdón y el de Lázaro. Dadme vuestro perdón completo, santo. Y Yo haré lo demás…

–   ¿Perdonar?… No podemos.

Nuestra madre murió de dolor por sus malas acciones. Y eran de poca importancia en comparación con las actuales.

Aún veo los tormentos que sufrió mi madre. Y también veo lo que sufre Lázaro.

–    Está enferma, Martha. Está loca. ¡Perdónala!

–     Está endemoniada, Maestro.

–   Y ¿Qué es la posesión diabólica, sino una enfermedad del espíritu contagiado por Satanás, hasta el punto de convertirse en un ser espiritual diabólico?

De otro modo, ¿Cómo explicarías ciertas perversiones en los humanos? Perversiones que hacen del hombre una bestia peor que cualquiera de ellas.

Más libidinosa que los monos en celo. ¿Que crean un ser híbrido en el que se funden el hombre, el animal y el Demonio?

Esta es la explicación de lo que nos deja estupefactos y es como una monstruosidad inexplicable, en tantas criaturas.

No llores. Perdona. Yo veo. Perdona porque ella está enferma.

Ella exclama angustiada:

–     Entonces, ¡Cúrala!

–     La curaré. Ten fe. Te haré feliz.

Perdona y di a Lázaro que lo haga. Perdónala. Vuélvela a amar.

Acércate a ella. Háblale como si fuese una como tú. Háblale de Mí…

–     ¿Cómo quieres que te entienda a Ti, que eres santo?

–     Parecerá que no comprende. Pero aún sólo mi Nombre es salvación.

Haz que piense en Mí y que me invoque. ¡Oh! ¡Satanás huye cuando en un corazón se piensa en mi Nombre! Sonríe Martha, ante esta esperanza.

En tu casa hay ahora llanto y dolor. Después… después habrá alegría y gloria.

Vete. Dilo a Lázaro. Mientras Yo, en la paz de este jardín, ruego al Padre por María y por vosotros.

Más tarde…

Lázaro dice a Jesús que para darlo a conocer, invitó a varios amigos que le son fieles.

Y a continuación le expone las características morales de cada uno:

–    José de Arimatea es un hombre justo y verdadero israelita.

Espera en Ti: el anunciado por los profetas. Pero no se atreve a decirlo, porque teme al Sanedrín, del que él forma parte.

Él mismo me ha pedido, poder venir a conocerte, para poder juzgar por sí mismo. Pues no le parece justo lo que dicen de Ti, tus enemigos.

Aunque desde Galilea han venido fariseos a acusarte de pecado. Pero José juzgó de este modo:

Quién obra milagros tiene a Dios consigo. Quién tiene a Dios, no puede estar en pecado. Antes bien, no puede ser otro que uno a quien Dios ama.”

Quiere verte en su casa de Arimatea. Me dijo que te lo dijera.

Te lo ruego. Escucha mi petición y la suya.

Jesús responde:

–    He venido para los pobres y para los que sufren en el alma y en el cuerpo; más que para los poderosos que ven en Mí, sólo un objeto de interés.

Iré a la casa de José.

Un discípulo mío; el que por curiosidad y por darse importancia que él mismo se deroga; el que vino aquí sin órdenes mías, es un joven a quien hay que compadecer.

Es testigo de mi respeto por las castas reinantes que se autoproclaman ‘Defensores de la Ley’ y dan a entender: ‘Las sustentadoras del Altísimo’.

¡Oh! Que el Eterno por Sí Solo se sustenta. Ninguno entre los doctores ha tenido igual respeto por los oficiales del Templo como Yo.

–     Lo sé. Y esto lo saben muchos. Lo llaman: ‘Hipocresía’

–     Cada quién da lo que tiene en sí, Lázaro.

–     Es verdad. Pero si vas a la casa de José, él querría que fuese el próximo sábado.

–     Iré. Se lo puedes comunicar.

–    También Nicodemo es bueno. Hasta me dijo… ¿Puedo decirte un juicio sobre uno de tus discípulos?

–    Dilo. Si es justo, justo dirá. Si es injusto, criticará una conversión. Porque el Espíritu da luz al espíritu del alma.

Si es hombre recto, el espíritu del hombre guiado por el Espíritu de Dios, tiene sabiduría sobrehumana y lee la verdad en los corazones.

Lázaro continúa:

–    Nicodemo me dijo: ‘No critico la presencia de los ignorantes, ni la de los publicanos entre los discípulos del Mesías. Pero no creo que sea digno de Él, siendo uno de los suyos

 Uno que no sabe si está a favor o en contra de Él. Parece un camaleón que toma el color del lugar en donde se encuentra…’

–    Es Iscariote. Lo sé.

Pero creedme todos: juventud es vino que fermenta y luego se purifica. Cuando fermenta se esponja y hace espuma.

Y se derrama por todas partes por la exuberancia de su fuerza. Viento de primavera que sopla por doquier y parece un loco, arrancador de hojas.

Pero es al que debemos agradecer que fecunde las flores. Judas es vino y viento. Malvado no lo es.

Su modo de ser desorienta y turba. Hasta molesta y hace sufrir. Pero no es del todo malvado. Es un potro de sangre ardiente.

Jesús se ha callado el juicio de uno de sus discípulos:

Es activo y servicial. Pero lleno de avaricia, de ambición, de envidia. Y no hace nada por combatir estas pasiones’

Lázaro sólo comenta:

–    Tú lo dices. Yo no soy competente para juzgarlo.

De él me ha quedado la amargura de haberme dicho que la habías visto…

–     Pero esa amargura se modera con la miel de ahora. Con mi promesa.

–    Sí. Pero recuerdo aquel momento. El sufrimiento no se olvida, aunque haya cesado.

–     ¡Lázaro! ¡Lázaro! Tú te turbas por muchas cosas. ¡Y tan mezquinas!

Deja que pasen los días. Pompas de aire que se esfuman y que no regresan con sus colores alegres o tristes. Mira el Cielo. No desaparece y es para los justos.

–     Sí, Maestro y amigo. No quiero juzgar porqué Judas está contigo. Ni porqué lo tienes. Rogaré porque no te haga daño.

Jesús sonríe y cambia el tema de la conversación…

3 LA SUPREMA TENTACIÓN


3 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

DEL TAMAÑO DE LA MISIÓN, ES LA TENTACIÓN

Ante mí la soledad pedregosa que había contemplado a mi izquierda en la visión del Bautismo de Jesús en el Jordán.

Pero debo haberme adentrado mucho en ella, porque no veo en absoluto el hermoso río lento y azul, ni la vena de hierba que sigue su curso por las dos orillas, como alimentada por aquella arteria de agua.

Aquí sólo soledad, pedruscos, tierra tan abrasada que ha quedado reducida a polvo amarillento, que de vez en cuando el viento levanta en pequeños remolinos que parecen hálito de boca febril, por lo seco y calientes que están.

Son muy molestos por el polvo que con ellos penetra en la nariz y en la faringe.

Muy raros se  ven, algúnos pequeños matorrales espinosos que han resistido, quién sabe por qué. 

En aquella desolación, parecen los restos de mechones de cabellos en la cabeza de un calvo.

Arriba, un cielo despiadadamente azul; abajo, el terreno árido; en torno, rocas y silencio. 

Apoyado en una roca que por su forma, crea una covacha y sentado en una piedra que ha sido arrastrada hasta la oquedad, está Jesús.

Se resguarda así del sol ardiente.

Y el interno consejero me indica que esa piedra en la que ahora está sentado, es también su reclinatorio y su almohada,

cuando descansa por breves horas envuelto en su manto bajo la luz de las estrellas y el aire frío de la noche.

Ahí cerca está la bolsa que tomó antes de salir de Nazaret.

Y por lo flácida que aparece, todo su haber está vacía de la poca comida que en ella había puesto María.

Jesús está muy delgado y pálido.

Está sentado, con los codos apoyados en las rodillas y los antebrazos hacia fuera, con las manos unidas y entrelazadas por los dedos. Medita.

De vez en cuando, levanta la mirada y la dirige a su alrededor. Y mira al Sol que está alto casi a plomada, en el cielo azul.

De vez en cuando y especialmente después de dirigir la mirada en torno a sí y alzarla hacia la luz solar, como con vértigo.

Cierra los ojos y se apoya en la peña que le sirve de cobijo.

Entonces se acerca un beduino envuelto en ricas vestiduras y un gran manto, que se asemeja a un disfraz de dominó.

En la cabeza el turbante, cuyas faldas blancas caen sobre los hombros y a ambos lados de la cara para protegerlos.

De manera que de la cara, puede verse un pequeño triángulo muy moreno, de labios delgados y sinuosos, de ojos negrísimos y hundidos, llenos de destellos magnéticos.

Dos pupilas que te leen en el fondo del corazón, pero en las que no lees nada o una sola palabra: MISTERIO.  

Lo opuesto de los ojos de Jesús, también muy magnéticos y fascinantes, que te lee en el corazón; pero en el que tú lees también que en su corazón hay amor y bondad hacia ti.

La mirada de Jesús es una caricia en el alma.

Ésta es como un doble puñal que te perfora y quema.  

Jesús lo reconoce, pero no da indicios de ello.

Satanás se acerca despacio y lentamente pronuncia un cuestionamiento:

–      ¿Estás sólo?

Jesús lo mira y no responde. 

–      ¿Cómo es que estás aquí? ¿Te has perdido?.

Jesús vuelve a mirarlo y calla. 

 –      Si tuviera agua en la cantimplora, te la daría, pero yo también estoy sin ella. Se me ha muerto el caballo y me dirijo a pie al vado.

Allí beberé y encontraré a alguien que me dé un pan. Sé el camino. Ven conmigo. Te guiaré.

Jesús ya ni siquiera alza los ojos. 

 –      ¿No respondes? ¿Sabes que si te quedas aquí mueres? Ya se levanta el viento. Va a haber tormenta. Ven».

Jesús aprieta las manos en muda oración.   

–       ¡Ah, entonces eres Tú! ¡Hace mucho que te busco! Y hace mucho que te vengo observando.

Desde el momento en que fuiste bautizado. ¿Llamas al Eterno?

Está lejos. Ahora estás en la tierra, entre los hombres.

Y sobre los hombres reino yo.

Pero, me das pena y quiero ayudarte, porque eres bueno y has venido a sacrificarte por nada.

Los hombres te odiarán por tu bondad.

No entienden más que de oro, comida y sensualidad.

Sacrificio, dolor, obediencia, son para ellos palabras más muertas que esta tierra que tenemos a nuestro alrededor. Son aún más áridos que este polvo.

Sólo la serpiente y el chacal pueden esconderse aquí, esperando morder o despedazar a alguno.

Vámonos. No merece la pena sufrir por ellos. Los conozco más que Tú.

Satanás se ha sentado frente a Jesús, lo escudriña con su mirada tremenda y sonríe con su boca de serpiente.

Jesús sigue callado y ora mentalmente. 

Su archienemigo mortal, hace un ademán con la mano y empieza a proyectar poderosas imágenes sobre el alma de un humano que considera inferior a él. 

Con el pecado quedamos sometidos, él influye fuertemente sobre nuestros pensamientos y sobre nuestros sentimientos. 

El Nazareno es por ahora, solamente un Hombre al que cree poder controlar a su antojo. Y por lo tanto está sometido a su angelical poder…

Lucifer insiste:

–      Tú desconfías de mí. Haces mal. Yo soy la sabiduría de la Tierra. Puedo ser maestro tuyo para enseñarte a triunfar. Mira: lo importante es triunfar.

Luego, cuando uno se ha impuesto, cuando ha engatusado al mundo, puede conducir a éste a donde quiera. Pero primero hay que ser como les gusta a ellos, como ellos.

Seducirlos haciéndoles creer que los admiramos y seguimos su pensamiento.

Eres joven y atractivo. Empieza por la mujer, Siempre se debe comenzar por ella.

Yo me equivoqué induciendo a la mujer a la desobediencia.

Debería haberla aconsejado de otra forma.

Habría hecho de ella un instrumento mejor y habría vencido a Dios. Actué precipitadamente.

¡Pero Tú…! Yo te enseño porque un día deposité en tí mi mirada con júbilo angélico y aún me queda un resto de aquel amor.

Escúchame y usa mi experiencia: búscate una compañera. Adonde Tú no llegues, ella llegará. Eres el nuevo Adán, debes tener tu Eva.

Además, ¿Cómo podrás comprender y curar las enfermedades de la sensualidad si no sabes lo que son?

¿No sabes que es ahí donde está el núcleo del que nace la planta de la codicia y del afán de poder?

¿Por qué el hombre quiere reinar? ¿Por qué quiere ser rico, potente? Para poseer a la mujer.

Ésta es como la alondra. Tiene necesidad de algo que brille para sentirse atraída.

El oro y el poder son las dos caras del espejo que atraen a las mujeres y las causas del mal en el mundo.

Mira: detrás de mil delitos de distinta naturaleza, hay al menos novecientos que tienen raíz en el hambre de posesión de la mujer.

O en la voluntad de una mujer consumida por un deseo que el hombre aún no satisface, o ya no satisface. Ve a la mujer, si quieres saber qué es la vida.

Sólo después sabrás atender y curar los males de la Humanidad.

¡Es bonita la mujer! No hay nada más hermoso en el mundo.

El hombre tiene el pensamiento y la fuerza. ¡Pero la mujer!…

Su pensamiento es un perfume, su contacto es caricia de flores, su gracia es como vino que entra, su debilidad es como madeja de seda o rizo de niño en las manos del hombre.

Su caricia es fuerza que se vierte en la nuestra y la enciende.

El dolor, la fatiga, la aflicción, quedan anulados cuando se está junto a una mujer y ella entre nuestros brazos como un ramo de flores.

Pero, ¡Qué tonto soy! Tú tienes hambre y te hablo de la mujer.

Tu vigor está exhausto Por ello, esta fragancia de la Tierra, esta flor de la creación, este fruto que da y suscita amor, te parece sin importancia.

Pero, mira estas piedras:

¡Qué redondeadas son y qué pulidas están, doradas bajo el Sol que cae!; ¿No parecen panes?

Tú, Hijo de Dios, no tienes más que decir “Quiero”, para que se transformen en oloroso pan como el que ahora están sacando del horno las amas de casa para la cena de sus familiares.

Y estas acacias tan secas, si Tú quieres, ¿No pueden llenarse de dulces pomos, de dátiles de miel?

¡Sáciate, oh Hijo de Dios! Tú eres el Dueño de la Tierra. Ella se inclina para ponerse a tus pies y quitarte el hambre.

¿Ves cómo te pones pálido y te tambaleas con solo oír nombrar el pan?

¡Pobre Jesús! ¿Estás tan débil, que ya no puedes ni siquiera dominar el milagro? ¿Quieres que lo haga yo en tu lugar?

No estoy a tu altura, pero algo puedo. Me quedaré falto de fuerzas durante un año, las reuniré todas, pero te quiero servir porque Tú eres bueno.

Y siempre me acuerdo que eres mi Dios, aunque me haya hecho indigno de llamarte tal.

Ayúdame con tu oración para que pueda…. 

Jesús responde con autoridad:

–      Calla. No sólo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que viene de Dios. 

La Tentación Física ha sido vencida…

El demonio siente una sacudida de rabia. Le rechinan los dientes y aprieta los puños.

De todas formas, se contiene…

Y transforma su mueca en sonrisa, antes de decir: 

 –     Comprendo, Tú estás por encima de las necesidades de la Tierra y te da repugnancia el servirte de mí. Me lo he merecido.

Hace otro ademán con la mano, haciendo que Jesús contemple la realidad existente en el Templo de Jerusalén…

Exponiéndole sin misericordia, los pecados de los sacerdotes, burlándose de sus sacrilegios y ESCARNECIENDO a Dios, sin palabras. 

Mientras dice con un tono de aparente comprensión:

–     Ven, entonces y ve lo que hay en la Casa de Dios, ve cómo incluso los sacerdotes no rehúsan hacer transacciones entre el espíritu y la carne; porque, al fin y al cabo, son hombres y no ángeles.

Cumple un milagro espiritual.

Yo te llevo al pináculo del Templo, Tú transfigúrate en belleza allí arriba. Y luego llama a las cohortes de ángeles y di que hagan de sus alas entrelazadas alfombra para tus pies y te porten así al patio principal.

Que te vean y se acuerden de que Dios existe.

De vez en cuando es necesario manifestarse, porque el hombre tiene una memoria muy frágil, especialmente en lo espiritual. Tú sabes qué dichosos se sentirán los ángeles de proteger tu pie y servirte de escalera cuando bajes. 

Jesús responde con severidad:

–      “No tientes al Señor tu Dios”, está escrito. 

La Tentación moral ha sido superada.

Lucifer replica contundente:

–      Comprendes que tu aparición tampoco mudaría las cosas y el Templo continuaría siendo un mercado y un lugar de corrupción.

Tu divina sabiduría sabe que los corazones de los ministros del Templo son un nido de víboras, que se devoran.

Y devoran, con tal de aumentar su poder.

Sólo los doma el poder humano.

Ven entonces. Adórame. Yo te daré la Tierra.

Alejandro, Ciro, Cesar, todos los mayores dominadores pasados o vivos serán semejantes a jefes de mezquinas caravanas respecto a Tí, que tendrás a todos los reinos de la Tierra bajo tu cetro.

Y con los reinos todas las riquezas, todas las cosas bellas de la Tierra: mujeres, caballos, soldados y templos.

Podrás poner en alto en todas partes tu Signo, cuando seas Rey de los reyes y Señor del mundo.

Entonces te obedecerá y venerará el pueblo y el sacerdocio.

Todas las castas te honrarán y servirán, porque serás el Poderoso, el Único, el Señor.  

¡Adórame aunque sólo sea un momento! ¡Quítame esta sed que tengo de ser adorado!

Es la que me ha perdido, pero ha quedado en mí y me quema.

Las llamaradas del Infierno son aire fresco de la mañana respecto a este ardor que me quema por dentro. Es mi infierno, esta sed.

¡Un momento, un momento sólo, Cristo, Tú que eres bueno!

¡Un momento, aunque sólo sea de gozo, al Eterno Atormentado!

Hazme sentir lo que quiere decir ser dios y me tendrás devoto; obediente como siervo durante toda la vida, en todas tus empresas.

¡Un momento! ¡Un solo momento y no te atormentaré más!

Satanás cae de rodillas, suplicando. 

Jesús por el contrario, se ha levantado.

Ha adelgazado en estos días de ayuno y parece aún más alto. Su rostro tiene un terrible aspecto de severidad y potencia,

Sus ojos son dos zafiros abrasadores, su Voz es un trueno que resuena en la oquedad de la roca y se esparce por el pedregal y el llano desolado,

Cuando dice:  

–      ¡Vete, Satanás! Está escrito: “Adorarás al Señor tu Dios y a Él sólo servirás”. 

La Tentación espiritual, también ha sido desechada.

Satanás, con un alarido de condenado, desgarro y de odio indescriptible, sale corriendo (es tremendo ver su furiosa, humeante persona).

Y desaparece con un nuevo alarido de maldición.

Jesús se sienta cansado, apoyando hacia atrás la cabeza contra la roca.

Parece exhausto. Suda.

Pero seres angélicos vienen a mover suavemente el aire con sus alas en el ambiente de bochorno de la cueva, purificándolo y refrescándolo.

Jesús abre los ojos y sonríe. No lo veo comer.

Yo diría que se nutre del aroma del Paraíso, obteniendo así nuevas fuerzas.

El Sol desaparece por el poniente.

Jesús toma su vacío talego y acompañado por los ángeles que producen una tenue luz suspendidos sobre su cabeza mientras la noche cae rapidísima, se dirige hacia el nordeste.

Ha recuperado su expresión habitual, el paso seguro.

Sólo queda como recuerdo del largo ayuno, un aspecto más ascético en su rostro delgado y pálido.

Y en sus ojos, absortos en una alegría que no es de esta Tierra.

Dice Jesús:

 Has visto que Satanás se presenta siempre con apariencia benévola, con aspecto común.

Si las almas están atentas y sobre todo, en contacto espiritual con Dios, advierten ese aviso que las hace cautelosas y las dispone a combatir las insidias demoníacas.

Pero si las almas no están atentas a lo divino, separadas por una carnalidad oprimente y ensordecedora,

SIN LA AYUDA DE LA ORACIÓN QUE UNE A DIOS

Y VIERTE SU FUERZA COMO POR UN CANAL EN EL CORAZÓN DEL HOMBRE

 Entonces difícilmente se dan cuenta de la celada y caen en ella.

Y luego es muy difícil liberarse.

Las dos vías más comunes que Satanás toma para llegar a las almas son la sensualidad y la gula.

Empieza siempre por la materia; una vez que la ha desmantelado y subyugado, pasa a atacar a la parte superior:

Primero lo moral (el pensamiento con sus soberbias y deseos desenfrenados).

Después el espíritu, quitándole no sólo el amor — que ya no existe cuando el hombre ha substituido el amor divino por otros amores humanos — sino también el temor de Dios. 

Es entonces cuando el hombre se abandona en cuerpo y alma a Satanás, con tal de llegar a gozar de lo que desea, de gozar cada vez más.

Has visto cómo me he comportado Yo: SILENCIO Y ORACIÓN.

Silencio y Oración. Silencio.

Efectivamente, si Satanás lleva a cabo su obra de seductor y se nos acerca, se le debe soportar sin impaciencias necias ni miedos mezquinos.

Pero reaccionar: ante su presencia, con entereza; ante su seducción, con la Oración.

Es inútil discutir con Satanás.

Vencería él, porque es fuerte en su dialéctica.

Sólo Dios puede Vencerlo.

Entonces recurrir a Dios, que hable por nosotros, a través de nosotros.

Mostrar a Satanás ese Nombre y ese Signo, no tanto escritos en un papel o grabados en un trozo de madera, cuanto escritos y grabados en el corazón.

MI NOMBRE, MI SIGNO.

 Rebatir a Satanás únicamente cuando insinúa que es como Dios, rebatirle usando la Palabra de Dios; no la soporta.

Luego, después de la lucha, viene la victoria.

Y los ángeles sirven y defienden del Odio de Satanás al vencedor; lo confortan con los rocíos celestes, con la gracia que vierten a manos llenas en el corazón del hijo fiel, con la bendición que acaricia al espíritu.

Hace falta tener la voluntad de vencer a Satanás.

Y Fe en Dios y en su ayuda; Fe en la fuerza de la Oración y en la Bondad del Señor.

En ese caso Satanás no puede causar ningún daño.