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7.- ENTRE LA CRUZ Y LA MAGIA


CRUZ CIELOEn la casa de Adrián, éste está sentado con Diego en una de las bancas del jardín más próximas a su cubículum (dormitorio) Hasta allí se escuchan unos gritos. Una especie de gruñidos, alaridos y rugidos, unidos en una sola y escalofriante mezcla.

Diego muestra preocupación en su mirada mientras pregunta:

–           ¿Sigue igual?

Adrián mueve la cabeza de un lado para otro y contesta con tristeza:

–          No. Está peor. Por eso te mandé llamar. Ningún médico comprende lo que le pasa. Lo único que saben decir es que está loco. Se retuerce, echa espuma, blasfema de los dioses del Olimpo y hemos tenido que encadenarlo porque se ha vuelto más agresivo, desde que lo llevamos al templo de Esculapio.

–          Te veo mal. ¿Estás enfermo?

–          Mi madre llora sin consuelo y nada me ha funcionado con los sortilegios, ni con los consejos de mi espíritu guía y protector.  Y si a esto le agregas el dolor que me abruma a causa de Ariadna. ¿Qué te puedo decir, amigo mío?

Diego suspira y luego comenta:

–           Te comprendo demasiado bien. También yo estoy muy apesadumbrado por causa de ella. Tal parece que cargamos con una maldición.

–          Hemos sido amigos desde niños ¿Por qué teníamos que enamorarnos de la misma mujer?

–           Eros se está divirtiendo con nosotros.

–           Ayer tuve una experiencia muy curiosa. Por la tarde yo estaba en el triclinium del jardín, pensando angustiado en todo lo que me estaba sucediendo. Mi hermano Víctor se puso peor que nunca y yo no sabía cómo consolar a mi pobre madre. Adela mi aya, nos llevó unos refrigerios y tratando de consolarme me dijo: “Amito Adriano, ¿Me permitirías llamar a Miriam? Es la ayudante en la cocina. Ella tiene algo muy importante que deciros, si consientes en escucharla unos momentos. ¿Lo harás?”– y me miró con unos ojos tan suplicantes, que no supe que me pasó y le dije: “Está bien. Que venga.”

Estuve a punto de arrepentirme en consentir hablar con los esclavos. ¡Y menos con una judía! Cuando regresaron las dos, yo seguía allí, sintiéndome cada vez más desgraciado. ¡Fíjate cuán grande sería mi desesperación, que hasta invoqué al Dios Desconocido de los griegos y le prometí una ofrenda si me ayudaba!

Cuando Myriam llegó, le ordené: “Habla”

Al principio con timidez y luego con gran seguridad, me contó esta historia:

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“Cuando el rey de Siria estaba listo para hacer la guerra a Israel, había en su corte un hombre valioso y respetado de nombre Naamán, el cual estaba leproso. Había también una esclava israelita que habían robado los sirios y ésta les dijo: “Si llevasen a mi señor al profeta que hay en Samaría, ciertamente lo limpiaría de la lepra.” Naamán le pidió permiso al rey y siguió el consejo de la joven.

El rey de Israel se enojó mucho y exclamó: ‘¿Soy acaso Dios para que el rey de Siria me mande sus enfermos? Esta es una trampa para que haya guerra.’ Más el profeta Eliseo cuando se enteró, dijo: “Que venga a mi casa el leproso, lo curaré y sabrá que en Israel hay un profeta.” Naamán fue a ver a Eliseo, pero éste no lo recibió; tan solo le mandó  decir: “Lávate siete veces en el río Jordán y quedarás limpio.” Naamán se fastidió y pareciéndole que para nada había venido de tan lejos y caminado tanto, trató de regresar. Sus siervos le dijeron: ‘Solo te pidió que te lavaras siete veces y aunque te hubiese mandado muchas más, deberías hacerlo porque él es el profeta.’

Entonces Naamán reflexionó, se levantó, fue y se lavó. Y quedó curado. Lleno de gozo, fue a casa del siervo de Dios y le dijo: “Ahora sé la verdad. No hay otro Dios sobre la Tierra, sino solo el Dios de Israel.” Y como Eliseo no aceptara dones, le pidió que cuando menos le permitiera llevar tanta tierra como para hacer un altar en el que él  pudiera sacrificar para El Dios Verdadero, sobre tierra de Israel.” Y Miriam calló.

Algo se removió dentro de mí y le pregunté: ¿Qué tratas de decirme?

Y entonces Adela intervino y me contestó:

pedro_pablo_rubens__san_pedro–           Si tú lo quieres, mi amo. Pasado mañana, estará aquí en Roma un profeta más grande que Eliseo, porque es un Apóstol del Dios Único y Verdadero. Y él puede curar a Víctor y hacer que regrese la felicidad a esta casa. 

Yo me sorprendí mucho, pero una luz de esperanza prendió en mi corazón y le contesté:

–          ¡Claro que quiero! Llévame con él.

Adrián hace una pausa y luego pregunta a Diego:

–           Te mandé llamar para invitarte ¿Te gustaría acompañarnos?

–           ¡Claro que sí! Por nada me pierdo semejante portento… -y agregó dubitativo- Oye, ¿Y si no pasa nada?

Adrián dice esperanzado:

–           Algo me dice que no será así. Presiento… no sé… Pero tengo necesidad tanto de comprobarlo, como de que mi hermano se cure.

La tarde declina y pronto será de noche. Los dos amigos se quedan hablando de aquella insólita aventura.

Mientras tanto en otra casa del Vicus Patricius…

En el pórtico que circunda un enorme jardín, en donde se escucha el murmullo del agua que lanzan los surtidores de una bella fuente, Leonardo da largos paseos con las manos unidas a su espalda. Su ceño fruncido, su ira contenida y su furiosa concentración, hablan de un humor que no debe ser perturbado. Sus pisadas son fuertes y enérgicas. Después de hablar con su “espíritu guía”, está más confundido que nunca.

Tres días antes, uno de los informantes que había distribuido en todos los lugares donde puede averiguar algo de Sofía, le avisó que había regresado a su casa. Él fue inmediatamente a buscarla…

Y al recordar la entrevista que tuvieron, su rostro se ensombreció más todavía…

Estaba más bella que nunca. Alta, morena clara, con un cuerpo escultural que se dibujaba a través de los pliegues de su vestido color malva. Sus cabellos negros y ondulados, peinados con una diadema que por detrás tiene un velo como de seda en un tono rosa muy tenue. Su rostro de finas y armoniosas facciones, tiene una mezcla de dulzura a pesar de su severidad.

Están sentados en el atrium y hacen una hermosa pareja. Leonardo tiene una sonrisa forzada que lo hace lucir poco agradable. Pareciera que bajo una capa de benevolencia, late una voluntad turbia y oscura. Él hace grandes protestas de afecto a la joven, declarándose listo para hacer de ella una esposa feliz; reina de su corazón y de su casa.

Pero ella rechaza sus ardientes declaraciones de amor, con serena firmeza.

Leonardo insiste:

–           Pero tú podrías hacer de mí, un santo de tu Dios, Sofía. Porque tú eres cristiana y  yo lo sé. Pero no soy enemigo de los cristianos. Tampoco soy un incrédulo sobre las verdades de ultratumba. Creo en la otra vida y en la existencia del espíritu. También creo que seres espirituales velan sobre nosotros y se manifiestan si los invocamos para ayudarnos. Yo he recibido su guía y su auxilio.

Como puedes ver, creo cuanto tú crees. No podría nunca acusarte, porque sería como acusarme a mí mismo por tu mismo delito. No creo como los demás, que los cristianos sean personas que ejercen una magia malvada. Y estoy convencido de que nosotros dos estando unidos, haríamos grandes cosas.

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Inconmovible, ella responde:

–           Leonardo, por favor no insistas. Yo no discuto tus creencias. Yo también quiero creer que unidos, haremos grandes cosas. Ni siquiera niego que soy cristiana. Y quiero admitir que tú eres amigo de los cristianos. Rogaré a Dios por ti para que tú los llegues a amar a tal punto, que tú te conviertas en un campeón entre nosotros. Entonces si Dios lo quiere, estaremos unidos en una misma suerte.

Pero sería un destino totalmente espiritual. Pues de otro tipo de uniones yo soy esquiva, porque he decidido reservarme a mí misma con todo mi ser, para entregarme al Señor y Dios mío. Voy a conseguir aquella Vida en la cual también dices que crees, alcanzando la amistad de los que tú también admites que están sobre nosotros; protegiéndonos vigilantes y operantes en el Nombre Santísimo del Señor, obrando para nuestro bien.

Leonardo exclama exasperado:

–           ¡Basta, Sofía! Mi espíritu protector es muy poderoso y te doblegará hasta que te sometas a mis deseos.

Sofía replica con firmeza:

–           ¡OH, NO! Si él es un espíritu celestial, sólo querrá lo que la Voluntad de Dios quiera. Dios para mí, quiere la virginidad. Y yo espero el martirio. Y por lo mismo, tu protector no logrará inducirme a hacer ninguna cosa contraria al querer de Dios. Y si es un espíritu que no viene del Cielo, entonces absolutamente nada podrá sobre mí.

Porque sobre él levantaré en mi defensa  el Signo de la Victoria que tengo en la mente, en el corazón en el espíritu, sobre mi cuerpo. Grabado como un tatuaje vivo, que nos vuelve victoriosos sobre cualquier voz que no sea la de mi Señor. Vete en paz hermano y que Dios te ilumine para que conozcas la Verdad. Yo rogaré para que su luz llegue a tu alma.

Leonardo deja la casa refunfuñando amenazas. Y Sofía lo ve partir con lágrimas de compasión.

Sus padres están alarmados y la joven los tranquiliza diciendo:

–           No temáis. Dios nos protegerá y hará nuestro a Leonardo. Orad vosotros también y Tengamos fe en nuestro Señor Jesucristo.

Y Sofía se retira a su cubículum y ora postrada delante de una cruz desnuda, sostenida entre dos ventanas y sobrepuesta en la figura labrada del Cordero Místico.

alma angelesSu oración es ferviente y hay un momento en que sobre ella; suspendida en el aire aparece una luminosidad que poco a poco toma la forma incorpórea de un ser angélico, que la envuelve totalmente con su luz.

Mientras tanto, a la misma hora en la casa de Leonardo. En una estancia privada, en la que hay instrumentos y signos cabalísticos y mágicos; el joven patricio trabaja alrededor de un trípode, sobre el cual lanza sustancias resinosas que hacen que se levanten densas volutas de humo; al mismo tiempo que traza sobre él signos, murmurando palabras que siguen un oscuro ritual.

El ambiente se satura de una niebla azulada que vela el contorno de las cosas y hace que parezca que el cuerpo de Leonardo, está en una lejanía de aguas trémulas. Entonces se forma un punto fosforescente que va creciendo poco a poco, hasta alcanzar la forma y el volumen de un cuerpo humano.

Enseguida los dos establecen un diálogo incomprensible a nadie más. Leonardo se arrodilla y da muestras de veneración, al mismo tiempo que ruega al que parece considerar alguien muy poderoso.

magoLuego, la niebla desaparece lentamente y Leonardo queda nuevamente solo…

Entonces en la estancia de Sofía sucede un cambio. Ella continúa orando. Un punto fosforescente y danzante, como una bola de fuego envuelve a la joven orante. Es la hora de la tentación para Sofía.

familia-romanaY la luz de fuego se transforma en un ángel maligno. El cual con visiones mentales, trata de suscitar sensaciones para hacer caer a la virgen consagrada a Dios y persuadirla a través de los sentidos.

Ella sufre intensamente y cuando está a punto de ser dominada…

amor y sexo

Supera la durísima prueba con el signo de la cruz que ella traza con su mano en el aire, mientras lleva su otra mano hacia su cuello, a otra cruz que cuelga de una fina cadena de oro. La saca de su pecho y la levanta, mientras dice con voz autoritaria:

–           ¡Retírate Satanás! Yo soy de Dios y nada en mí te pertenece.

Pero el Adversario no se da por vencido. Le muestra a Sofía escenas de una vida familiar idílica, con un esposo rendido y apasionado.

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A la tercera vez, la tentación es tan fuerte y el ataque es tan violento; que Sofía se abraza a la gran cruz que está suspendida y agarrada sobre el muro. Ella alza delante de sí la otra pequeña cruz.

Parece un combatiente aislado que se defiende a la espalda con un firme refugio y al frente, con un escudo invencible. La luz fosforescente NO RESISTE aquella doble señal y desaparece.

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Al día siguiente, Leonardo regresa a la casa de la joven que lo tiene obsesionado y trata de convencerla una vez más con sus reiteradas promesas de amor.

–           Te estoy proponiendo que seas mi esposa, Sofía. La reina de mi hogar y la madre de mis hijos. Estoy siendo honesto y no te pido nada indebido. ¿Por qué te sigues negando? –Suplica exasperado- Por favor recapacita y cambia tu decisión.

la tentacion de sofia

Sofía replica inconmovible:

–           No soy yo quién debo cambiar de pensamiento, sino tú el tuyo, Leonardo. Si te liberas de la esclavitud a que te somete ese espíritu malvado, tu alma será salvada. Yo ahora más que nunca, permanezco fiel a Dios en el cual creo. Y a Él todo lo sacrifico por el bien de todos. Y ya verás que el poder de mi Dios es infinitamente superior al de vuestros dioses y al del Maligno que en ellos adoráis.

Leonardo se retira desilusionado una vez más; colérico y decidido a no renunciar a ella. “Tiene que ser mía.” Piensa mientras vuelve a su casa a repetir el ritual del día anterior.

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Y nuevamente una jovencita sola, con una cruz en las manos y otra adosada al muro de su habitación, entabla un combate feroz.

Es una doncella convencida del Poder de la Cruz, que se ha refugiado en ella para vencer.

En su lucha hay un hombre cuyo contubernio con Satanás, lo hace rico de todos los vicios capitales y tiene como aliado al Amo del Infierno, con todo su poder y sus seducciones.

luciferÉste está furioso porque a pesar de haber desencadenado todas las fuerzas del Mal, para destruir y hacer perecer; no solo ha sido vencido por la joven virgen, sino que también es doblegado y obligado por la fuerza invencible de Dios.

De esta forma,  Satanás debe confesar la verdad y perder a su discípulo:

“El Dios Crucificado es más poderoso que todo el Infierno junto. Siempre me vencerá. Quién cree en Él, está a salvo de cualquier insidia. LA FE ES LA CUESTIÓN VITAL.”
La respuesta de su “protector” ha sido la causante de la ira del patricio. Y es lo que más lo abruma en su paseo.

Finalmente se sienta en el triclinio y con su  mentón apoyado sobre su puño izquierdo cerrado, piensa por largo rato. Siguiendo el hilo de sus pensamientos, levanta su mano derecha y traza en el aire, con el dedo una cruz… Y se queda inmóvil por unos segundos.

Luego se refleja en su semblante una firme determinación. Se levanta. El razonamiento que lo ha decidido ha sido éste: “Ya que Jesucristo el Crucificado es el Dios Todopoderoso y nada puede contra Él, me convertiré en  cristiano y voy a adorarlo.

Parece una magnífica estatua. De su semblante desaparece el aire torvo y sombrío. En ese momento llega un esclavo y le avisa que ha llegado un mensajero de la casa de Adriano, con una carta para él. Leonardo la lee…

Y a la mañana siguiente se une a la comitiva que se dirige a la Puerta del Cielo.

Cuando cruzan el atrio de la regia mansión, Leonardo se fija en el Lararium (especie de oratorio donde se adoran los dioses domésticos): lo único que tiene es una enorme cruz desnuda hecha de mármol que parece suspendida con lazos invisibles, con un gran lienzo blanco y plegado que cuelga de uno a otro de sus brazos y un letrero en un pedestal que en latín y en griego dice: “JESÚS ESTA VIVO”

la cruz desnuda

Al lado izquierdo se lee: “Si quieres alcanzar la perfección, aprende la ciencia de VIVIR MURIENDO Y MORIR AMANDO.”

En el lado derecho está escrito: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, con todo tu ser, sobre todas las cosas. Y a tu prójimo como a ti mismo…”

Adela, la aya de Adriano, dice unas palabras al que los ha recibido. Este asiente con la cabeza y luego se dirige a todos:

–      Bienvenidos, hermanos. Que la Paz de nuestro Señor Jesucristo esté con todos vosotros. No temáis. Todo estará bien. Traigan al enfermo.

Cuatro africanos gigantescos llevan al enfermo amarrado como un bulto, hasta un salón anexo al atrium y que en otros tiempos funcionó como taberna para los invitados.

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Luego todos los demás son conducidos al jardín posterior, donde Pedro está hablando en el salón porticado a una gran cantidad de personas reunidas:

“Os hablo una vez más de esta Cena en que antes de ser Inmolado por los hombres, Jesús de Nazaret, llamado el Nazareno, el Hijo de Dios Vivo y Verdadero. Y Salvador nuestro, como hemos creído con todo nuestro corazón e inteligencia. Porque en creerlo está nuestra salvación. Se inmoló por su propia voluntad y por su gran amor, se dio a Sí Mismo en comida y bebida a los hombres, cuando tomó un pan entero y lo puso sobre una copa llena de vino. Los bendijo y los ofreció a Dios Padre.

Luego partió el Pan en trece pedazos y dio uno a cada uno de los apóstoles, reservando uno para su Madre Santísima. Y dijo: “Tomad y comed. Esto es mi Cuerpo. Haced esto en recuerdo de Mí, que me voy”… Después tomó el Cáliz y dijo: “Tomad y bebed. Esto es mi Sangre. Este es el Cáliz del Nuevo Pacto sellado en mi Sangre y por mi Sangre que será derramada por vosotros, para que se os perdonen vuestros pecados y para daros la Vida. Haced esto en recuerdo mío.”Eucaristìa pan vivoY es lo que estamos haciendo. Así como nosotros sus testigos creemos que en el Pan y en el Vino, ofrecidos y bendecidos como Él lo hizo, en memoria suya y por obedecerle, están su Cuerpo Santísimo y su Sangre Preciosa, Poderosa y Adorable. Este Cuerpo y esta Sangre que son del Dios Encarnado, Hijo del dios Altísimo. Sangre que fue derramada y Cuerpo que fue crucificado por amor y para dar Vida a los hombres. Así también a vosotros que habéis entrado a formar parte de la Iglesia verdadera, inmortal, que predijeron los profetas y que fundó Jesús, debéis creerlo.

Creed y bendecid esta señal como perdón suyo. Pues nosotros, si no fuimos sus crucificadores materiales, si lo fuimos moral y espiritualmente, principalmente por nuestros pecados. Por nuestra debilidad en servirlo. Por nuestra ceguera en comprenderlo. Por nuestra cobardía en abandonarlo, huyendo en su hora postrera y ¿Qué puedo deciros de mi personal traición? Pues lo negué por miedo y cobardía.

NEGACIÓN DE PEDRO

Negué que era su discípulo aun cuando me había elegido para ser el primero entre sus siervos.- gruesas lágrimas corren por sus mejillas y bañan todo su rostro- Poco antes de la hora Prima allá, en el patio del Templo.

Creed y bendecid al Señor, todos los que no lo conocieron cuando era el Nazareno y permite que ahora lo conozcan como el Verbo Encarnado. El Cordero que ha sido Inmolado. Rey de Reyes, Sacerdote y Dios, Hijo del Dios Altísimo; Hombre Verdadero y Dios Verdadero. Maestro, Salvador y Redentor nuestro, que murió Crucificado y Resucitó de entre los muertos. Y ahora ha regresado al Cielo, para estar glorioso con el Padre. “Venid y Tomad” Él lo dijo: “Quién come mi Carne y bebe mi sangre, tendrá Vida Eterna.” 

Él creó vuestras almas y las redimió con su Vida y con su Sangre Santísima. Él os está llamando para ser ovejas de su Rebaño. El Buen Pastor está buscando a la oveja perdida. Y os llama para salvaros. Él ha redimido vuestras almas y las espera para darles la Vida Eterna.

Pedro calla.

EL SEÑOR ES MI PASTOR jesus-animated-gif

Después de unos momentos, dice:

–           Vayamos ahora a los enfermos…

Celina se acerca y le dice algo en voz baja. Pedro sonríe y se dirige hacia donde está el grupo de Adriano. Los saluda:

–           Paz a ustedes, hermanos.

–           Salve.- contestan todos.

Y mientras caminan al lugar en que dejaron a Víctor, Adrián dice:

–          Está loco por un mal misterioso. Nadie ha podido curarlo. Es mi hermano, -señalando a la mujer que llora con profundo dolor, agrega.- y ella es mi madre. Hemos venido…

Adrián ya no sabe que decir y baja la cabeza apesadumbrado.

Pedro trata de consolarlo:

–           Ahora se le pasará.

Y Pedro se dirige al hombre que pese a que está amarrado fuertemente, da unos saltos con unos rugidos escalofriantes que aumentan a medida que el apóstol se va acercando.

Todos miran asombrados al enfermo que se agita siempre más.

Adrián advierte:

–           Ten cuidado. Es muy agresivo.

Pedro llega hasta el hombre que a pesar de sus ataduras, pareciera a punto de soltarse;  mientras gruñidos espeluznantes rugen en forma sobrehumana de su garganta.

El apóstol declara tranquilamente:

–           Vosotros le creéis loco. Dices que ningún médico puede curarlo. Es verdad. Ningún médico porque no está loco; sino que uno de los inferiores como ustedes los conocen, ha entrado en él…

Adrián replica:

–           Pero no tiene el espíritu de Pitón. Al contrario. Solo dice incoherencias.

Pedro explica:

–           Nosotros lo llamamos “Demonio” no Pitón. Hay el que habla y el que es mudo. El que engaña con razones aparentes de verdad y suele pasar desapercibido. Es el más peligroso. Y hay el que produce solo un desorden mental. El primero de los dos es el más completo y entre menos se advierte su presencia, más destrucción produce. Tu hermano tiene el segundo, pero ahora saldrá de él.

–           ¿Cómo?

–           Él mismo te lo dirá.

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Entonces, dirigiéndose al enfermo, Pedro ordena:

–           ¡En el Nombre de Jesucristo deja a este hombre y regresa a tu Abismo!

El hombre lanza un alarido escalofriante y grita:

–          ¡Me voy! Contra ti y por Él, mi poder es demasiado débil. Me arrojas y me amordazas. ¿Por qué siempre nos vences?

El espíritu que habló por boca de Víctor, sale con un alarido más fuerte. Y el hombre se desploma como si se hubiera desmayado.

Pedro dice:

–           Está curado. ¡Soltadlo sin miedo!

Varias voces dicen al mismo tiempo:

–           ¿Curado?… ¿Estás seguro?… Pero…

Adrián intenta postrarse, al mismo tiempo que exclama:

–           ¡Yo te adoro!

Pero Pedro lo detiene inmediatamente:

–          ¡No lo hagas! Yo soy solo un hombre como tú. Levanta tu alma. En el Cielo está Dios. A Él adórale. Y dirige tus pasos hacia Él.

–           Entonces permite que te trate como a los sacerdotes de Esculapio. Permite que te oigamos hablar y ver como curas a los enfermos.

–           Hazlo. Y trae a tu hermano.-y dirigiéndose al grupo, los invita – Si queréis, todos podéis pasar.

Mientras tanto, Víctor está sorprendido. Y mirando a todos pregunta:

–           ¿Pero dónde estoy? Esto no es Ostia. ¿Dónde está el mar?

Adrián contesta:

–           ¡Estabas…!

Pedro lo interrumpe al hacer una señal con la que impone silencio y dirigiéndose a Víctor le dice:

–           Tenías una fiebre muy alta y te han traído a Roma. Ahora estás mejor. Ven.

Dócilmente, el hombre se levanta y camina junto al apóstol. Todos los siguen conmovidos, sorprendidos y sin comprender cabalmente lo que ha sucedido.

Adrián no puede contenerse y adelantándose llega hasta Pedro y le pregunta:

–          Dijiste levanta tu alma. ¿Qué cosa es el alma? ¿De quién viene? ¿Dónde está?

–           Seguidme y lo sabréis…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

5.- TRES HECHICEROS ENAMORADOS


En el eloethesium (Parte de los baños en donde se untan el cuerpo con aceite) en sendas mesas de ciprés cubiertas con lienzos egipcios, están tendidos tres hombres desnudos. A cada uno en sus cuerpos atléticos y bien formados, dos enormes masajistas que han sumergido las manos en aromáticos aceites, les frotan hábilmente todos los músculos con masajes expertos.

Ellos disfrutan de esto que junto con el calor del sudadero, reaniman todas sus energías. Cuando los esclavos terminan su trabajo, se dirigen al Thepidarium.

Sumergidos en el estanque de agua tibia, los tres amigos empiezan a conversar:

–      ¡El gran Leonardo! Bendecido por los dioses con todos los dones: eres rico, noble, poderoso y bello como Apolo. ¿Qué más puedes pedir? ¿Tu hermosa Sofía ya aceptó ser tu esposa?

El aludido hace un gesto de fastidio y sus armoniosas facciones se contraen con profundo enojo, antes de decir:

–      ¡Ni siquiera sé en donde está!… Parece como si se la hubiera tragado la tierra.-luego comenta con fingido desprecio- ¡Bah! Nadie me quiere decir su paradero. ¿Y ustedes? – pregunta con una sonrisa llena de ironía- También vosotros tenéis los mismos dones qué me habéis atribuido ¿A cuál de los dos la regia Ariadna le ha dado el ‘SÍ’?

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Y efectivamente, tanto Diego como Adrián son hombres en la plenitud de su juventud y su gallardía varonil, pues los tres tienen alrededor de veinticinco años. Se hacen los desentendidos y con el dedo trazan figuras imaginarias en el agua.

Leonardo los mira… Y no puede resistir el impulso de picarlos:

–      ¿Y bien? ¿Qué pasó? – insiste más burlonamente.

Los dos suspiran, levantan el rostro, miran en silencio a su interlocutor. Luego se miran mutuamente… Sus caras son todo un poema de fracaso y decepción.

Finalmente Diego, con un suspiro ruidoso dice:

–      Estamos igual que tú. Tampoco sabemos en dónde está. Ni siquiera con los sortilegios hemos logrado nada…

Leonardo pregunta mordaz:

–      ¡Oh! ¡Cómo es posible! ¿Acaso están perdiendo sus poderes?

Los dos exclaman al mismo tiempo:

–      ¡¡ NO!!

Adrián dice con frustración:

–      Algo  muy poderoso la protege.

Diego confirma:

–      No sabemos lo que es. Pero no nos daremos por vencidos. Cuando la encontremos la seguiremos y seremos como su sombra. Y descubriremos por qué no nos hace caso. ¿Y tú?

La voz de Leonardo truena con un juramento:

–      Sofía tiene que ser mía. ¡Y por Júpiter que lo será!

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Cuando salen de los baños, vigorizados y elegantemente ataviados, se dirigen hacia el Fórum. Detrás de ellos otro hombre joven ha salido de las termas, pero no está contento. Está concentrado en un pensamiento y  un sufrimiento que lo atormentan. De pronto, parece tomar una decisión  y dando media vuelta, se dirige al lado contrario y se encamina al Vicus Patricius, hacia la casa de Petronio.

Mientras tanto en la Puerta del Cielo…

En un área en donde hay muchas galerías construidas en círculo una con otra y donde hay grandes aposentos; en el centro de un prado, sentadas en bancas de mármol con cojines, un grupo de doncellas conversa animadamente. Sus risas pletóricas de alegría, su juventud y su belleza, coronan el esplendor del magnífico paisaje que las rodea.

La mayor de todas tiene veintidós años. Es Celina, la hija espiritual de Pedro. Su primera conquista romana y la que lo consuela con su respetuosa y amorosa devoción, de todos los dolores de su evangelización en Roma.

Pedro por amor a Jesús, dejó casa y familia en Israel. Pero Dios le hizo encontrar en Celina y en su casa ayuda, hospitalidad y sobre todo, amor. Cuando era niña conoció el amor de Jesús y su inocencia ha fructificado en un alma llena de virtudes, que ama a Dios con todo su ser.

La poliomielitis la dejó paralítica y su vida había estado llena de dolor. Pero el Dueño del milagro le devolvió la salud y Celina la ha usado para servir a los intereses de Dios. Ahora en la Iglesia, es la encargada del grupo de las vírgenes.

El grupo de jovencitas conversa animadamente…

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Ximena suspira antes de decir:

–      El gobernador Santino no se da por vencido y me ha ofrecido todo para que lo acepte. La última vez que me negué, se enojó mucho, pero lo disimuló. Y aunque él no creyó que lo oyese, lo escuché cuando murmuró y juró que doblegaría mi voluntad o se vengaría. Rogué a mis padres que me dejasen venir a Roma para ver si con el tiempo se le apagan sus ardores. Seguramente ahora está más enojado y no solo me buscará en Catania, sino en toda Sicilia; porque más que enamorado, está encaprichado conmigo.

Sarah, levanta su cabeza coronada por una trenza muy rubia y dice:

–      Yo también soy de Sicilia y tengo el mismo problema que tú. Allá dejé a mi madre para alejarme de un hombre despechado. Mi ex-novio está muy enojado porque no quise casarme y terminé nuestra relación. Sospecha que soy cristiana. Mi madre me aconsejó que viniera a Roma.  Es verdad que Santiago y yo ya estábamos comprometidos; pero desde muy joven decidí ser virgen consagrada y él ya no acepta mi negativa. ¿Por qué será que los hombres no saben aceptar un “NO” como respuesta?

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Diana exclama:

–      ¡Los hombres! ¡Hummm! Paganos, presuntuosos y soberbios. Algunos tan poderosos como vengativos. A veces son tan encantadores que se convierten en una verdadera tentación para nuestros votos. Nos catalogan como dementes porque no los aceptamos. ¡A ellos, que se consideran un regalo de los dioses para nosotras! –lo ha dicho con tanta gracia, que todas sueltan la carcajada.

Entonces Jazmín extiende sus blancas manos y dice con impotencia:

–      El mundo en el que vivimos no puede comprender como unas jóvenes como nosotras, a nuestra edad no solo no estemos casadas; sino que no nos interesa el estado matrimonial y constantemente rechazamos a pretendientes obsesionados con nosotras ¿Cómo explicarles por qué no nos interesa el matrimonio?

Carolina interviene:

–      Para que el mundo comprenda porqué es tan importante para nosotros el vivir castos, necesitaríamos explicarles el valor de la Pureza y eso solo un cristiano lo entiende y lo valora. Para los demás, es un asunto de risa.

Fernanda dice suavemente:

–      Mi matrimonio ya había sido concertado por mis padres y ¿Sabéis que la semana pasada, Nicolás me confirmó que quiere que sea su esposa y yo acepté?

Varias voces escandalizadas se elevan al mismo tiempo:

–      ¡¡¡ Fernanda!!!

Ximena exclama con asombro y un velado reproche:

–      ¡Pero eres una virgen consagrada! ¿Cómo te atreviste a hacer eso?

Fernanda replica:

–      Lo único que os pido queridísimas hermanas es que oréis junto conmigo y me ayudéis a resolver este problema. Es todo lo que necesito: un milagro…

Todas se miran desconcertadas y Sarah expresa el sentir general:

–      Creo que te has vuelto loca. ¿Cómo vas a conciliar una cosa con la otra?: ¡¡Una virgen casada!! Pero está bien. Oraremos. Aunque no entiendo como lograrás obtenerlo…

Jocelyn dice pensativa:

–      ¿Qué será lo que nos espera? El mensaje de la Madre Celestial hace parecer que la persecución es inminente… – y un escalofrío la estremece.

Fátima, la más jovencita, responde con aplomo:

–      ¿Para qué te preocupas? Del tamaño de la prueba será la fortaleza. Yo estoy segura  de que Dios no nos abandonará. ¿Acaso no somos sus vírgenes?

Celina responde con expresión reflexiva:

–      El Señor es todo en mi vida. Prefiero morir antes que perderlo. Narciso está tan obsesionado conmigo, que ya no sé qué sea peor: un futuro peligroso y anunciado. O un hombre despechado que se convierte en tu peor enemigo.

Sofía da un profundo suspiro antes de decir:

–           Pues yo tengo uno que está haciendo uso de la magia para tratar de seducirme. Y no os podéis imaginar lo difícil que es lidiar con Satanás haciendo de cupido.

Entonces se levanta Ariadna. Es una joven muy bella. Alta, majestuosa, de grandes ojos castaños. Se parece a ciertas estatuas de hermosas emperatrices romanas. Volviéndose hacia Sofía le responde:

–          Creedme que te comprendo perfectamente porque yo tengo el mismo problema, pero duplicado. Tengo que lidiar con dos brujos enamorados y… ¡Vaya que es bastante complicado!– da un profundo suspiro y agrega – Como sabéis, mi madre Faustina fue curada por N. S. Jesucristo cuando vivió con mi abuela Valeria en Palestina. Su esposo había sido enviado por Tiberio con el Procurador Poncio Pilatos y allá conoció a nuestro Salvador.

Desde entonces nuestra familia  ha sido cristiana. Esta casa que pertenecía a mi tío Séneca, será un refugio seguro para quién desee quedarse y para quién invitéis. Aquí todos somos una familia. Algunas de vosotras regresaréis a Roma a trabajar en la Viña del Señor y estaremos unidas con la oración. Recuerden que vivimos tiempos difíciles…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

P154 HIJOS DE LA OSCURIDAD


28A_Pastor4JULIO 18 DE 2016 – 3:40 P.M

Mi Paz sea con vosotros, Rebaño mío.

Hago un Llamado Urgente a todos aquellos que practican el Ocultismo o pagan para atar con brujería a sus hermanos.

Si NO habéis vendido el alma al Amo de las Tinieblas, OS PUEDO RESCATAR, para que no muráis eternamente.

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Acordaos, no quiero vuestra muerte, sino que tengáis Vida Eterna.

Si os arrepentís de corazón y reparáis todo el mal que habéis hecho, no os dejaré perder.

Hijos de la Oscuridad, salid de las Tinieblas y caminad en la Luz. Os estoy tendiendo Mis Manos, porque no quiero vuestra Muerte.vida_muerte_pensamiento_libro

Si aceptáis mi Oferta de Amor, id adonde uno de mis predilectos y haced una buena Confesión de Vida.

Haced Reparación.

Doblad rodillas y pedidme que os Libere. Y gustoso lo haré.

Tan culpable es el que practica el Ocultismo, como el que paga un trabajo para hacerle daño a su hermano; ambos quedan con el alma negra.

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Por eso si os arrepentís de corazón, Yo limpiaré vuestra alma y os prometo que no volveré a recordar vuestro pasado.

Los que vendieron su alma, ya no puedo hacer nada, porque mi Espíritu no mora en ellos. Son propiedad del Amo de las Tinieblas.

Cuando lleguen a la Eternidad el Infierno los estará esperando.

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Hijos de la Oscuridad, estáis en los Últimos Instantes de Misericordia… Acogeos a Mí, que soy Camino, Verdad y Vida, para que vuestras almas no se pierdan eternamente.

Hago un llamado a todos los brujos, hechiceros, magos, mentalistas, santeros, espiritistas y ocultistas en general: VENID A MÍ.

Dejaos tocar por Mí. Dejad que os purifique con mi Sangre. Sumergíos en Ella y renunciad a vuestras detestables prácticas y mañana viviréis.

RESURRECCION ESPIRITUAL

Os digo: NINGUNA MAGIA ES BUENA. Toda magia llámese como se llame, es Ocultismo. Para que no os equivoquéis diciendo que la magia blanca es buena.

El Gran Engañador os tiene vendados.

¡Quitaos las vendas de vuestros ojos y volved a Mí, para que tengáis vida en abundancia!

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¡Detesto todo Ocultismo!  ¡Especialmente la práctica ocultista de la santería, porque utilizan las imágenes sagradas para hacerle el mal a sus hermanos!

Os digo, el castigo para las almas que practican la santería, es uno de los más dolorosos en el Averno.

Os estoy haciendo mis Últimos Llamados, antes de que venga mi Justicia Divina. Acogeos a mi Amnistía de Perdón. Os estoy esperando como Padre, con mis brazos abiertos.

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¿Qué queréis? ¿Misericordia o Justicia? ¡De vosotros depende la vida o la muerte!

De nuevo os digo: si no habéis vendido vuestra alma, puedo salvaros. ¡Decidíos lo más pronto, antes de que llegue mi Aviso…

Para que pueda purificaros en este Mundo, porque en la Eternidad ¡Lo más seguro es que no lo soportaríais y os perderíais eternamente!

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Os estoy esperando no tardéis. Acordaos que el tiempo YA NO ES TIEMPO.

Mi Paz os dejo, mi Paz os doy. Arrepentíos y convertios, porque el Reino de Dios está cerca.

Vuestro Salvador, Jesús el Buen Pastor

Rebaño mío, dad a conocer mis mensajes a toda la Humanidad

PASTOR rebaño de jesus

http://www.mensajesdelbuenpastorenoc.org/mensajesrecientes.htm

139.- VOLUNTAD CORROMPIDA


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Van caminando a través de un abrupto sendero montañoso; desde el cual la mirada contempla un panorama increíble que incluye la tétrica vista del Lago de Asfalto en el que no se ve ni una señal de vida. Siempre triste, aunque lo bañe el sol.

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Están dentro de una cadena montañosa. Al noroeste, el verde valle del Jordán que desemboca en el Mar Muerto. Al occidente, el solitario mar y luego el desierto. Se aprestan a bajar al valle, por una parte muy agreste. ¡Qué veredas para bajar!… Necesitan agarrarse a troncos y matorrales y esto hace murmurar a Iscariote.

Pedro le replica:

–                       Y con todo, de buena gana regresaría.

–                       Tienes gustos propios. Esto es peor que el primero y el segundo lugares.

Juan interviene:

–                       Pero no peor que aquel en donde nuestro Maestro se preparó para la predicación.

Judas dice con ironía:

–                       ¡Eh, para ti todo es bello siempre!

–                       Sí. Todo lo que se refiere a mi Maestro, es bueno, es bello y me gusta.

–                       Ten en cuenta que en todo esto también estoy yo…Y frecuentemente están los saduceos, escribas y herodianos… ¿Amas también a éstos?

–                       Él los ama.

–                       ¡Ah! ¿Y tú haces como Él? Él es Él. Y tú eres tú. No sé si podrás amar siempre. Sobre todo tú que palideces cuando oyes hablar de Traición y de Muerte.

–                       El hecho de que pierda mi control por temor de Él y de rabia contra los culpables, es señal de que todavía soy muy imperfecto.

–                       ¡Ah! ¿También pierdes el control con la ira? No lo creía… entonces, suponiendo que un día vieses que alguien atacase realmente a tu Maestro, ¿Qué harías?

–                       ¿Yo? ¿Me lo preguntas? La Ley dice: Ojo por ojo, diente por diente… Mis manos se convertirán en tenazas en su garganta.

–                       ¡Oh, Oh! Él predica que se debe perdonar. ¿Esto es lo que sacaste de tus meditaciones?

–                       ¡Déjame sinvergüenza! ¿Por qué tientas y perturbas?  ¿Qué tienes en el corazón? Quisiera poder leértelo…

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Bartolomé que venía a sus espaldas y que es evidente que ha oído todo, mirando a Judas con amonestación dice:

–                       Alguien puede escudriñar las aguas del Mar Muerto, pero no descubrirá el misterio que hay en su fondo. Esas aguas son la tapa del sepulcro, donde hay tanta podredumbre oculta.

Judas replica con evidente fastidio:

–                       ¡El sabio Tolmai! ¡Es obvio que me comparas con el Mar Salado!

–                       No te hablaba a ti, sino a Juan. Ven conmigo hijo del Zebedeo. Yo no te molestaré.  –y toma del brazo a Juan, como para sostenerse y se separa platicando con él.

Judas se queda atrás y a sus espaldas les hace una mueca de ira. Parece como si lanzara un juramento y una amenaza silenciosos…

Juan pregunta al viejo Nathanael:

–                       ¿Qué quería decir Judas? ¿Tú que le quisiste decir?

Bartolomé responde:

–                       No te preocupes, amigo. Pensemos mejor en todo lo que el Maestro nos ha enseñado en estos días.

–                       Eres bueno, Nathanael. ¡Si fuésemos todos como tú!… – y Juan suspira profundamente…

–                       No digas eso. Mejor roguemos por Judas…

Una semana después…

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Apenas acaban de pasar el vado de Betavara y desde el río de aguas azuladas y abundantes, por las recientes lluvias otoñales, se ve la otra ribera.

Pedro se sienta sobre un pedazo de pared pequeña, que hay allí.

Jesús pregunta:

–                       ¿Qué te pasa? ¿Te sientes mal?

–                       No. Pero no puedo más. Ese arranque de violencia… ¡Oh!  -y mete la cabeza entre sus manos y llora…

Jesús pone una de sus manos sobre el hombro del apóstol y le dice:

–                       No te acobardes, Simón. No me prives también de tu valor. De vuestro valor.

Pedro contesta entre sollozos:

–                       ¡No puedo! ¡No puedo ver que te traten así! Si me permitieses reaccionar… tal vez podría. Pero así. Tener que conformarme y presenciar sus insultos… Tus sufrimientos… ¡Cómo un impotente párvulo!… ¡Oh! ¡Siento que se me rompen las entrañas! Me siento como un andrajo… Yo tengo miedo a los endemoniados.

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Pienso que si Satanás se apoderó de ellos de ese modo, debieron ser muy malos… Pero el hombre puede caer en sus garras sin saberlo. Por el contrario, los que sin estar poseídos, se comportan como lo hacen, con toda su inteligencia… ¡Oh! No los vencerás jamás, puesto que no los quieres castigar. Ellos… te vencerán…  -y las lágrimas del fiel apóstol se hacen más abundantes.

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–                       Pedro mío. ¿Crees que ellos no están poseídos? ¿Crees que la Obsesión se manifiesta solo con gritos de loco, con brincos, furia, manías extrañas y la inteligencia entorpecida? No. Existen otras posesiones mucho más sutiles y fuertes…

Y mucho más peligrosas; porque no estorban, ni impiden el uso de la razón para hacer cosas buenas y disimular. Pero sí aumentan las fuerzas, para que sean más poderosos en servir a quien es su Dueño: el Demonio.

En los que voluntariamente se le han entregado para triunfar, les comunica su inteligencia superior, con la única condición de que la dirijan solamente al Mal. A hacer daño, a ofender a Dios y al hombre…

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La acción satánica, al encontrar en el alma consentimiento, prosigue y poco a poco el hombre llega al total conocimiento del Mal…

Estas son las peores posesiones. No se ve nada al exterior y por eso no se huye de ellos, como si estuvieran poseídos. Pero si lo están… Como lo he dicho muchas veces, el hijo del Hombre será el blanco de esta clase de poseídos.

Felipe pregunta:

–                       Pero, ¿No podría Dios derrotar al Infierno?

–                       Sí. Es más fuerte. ¡Y lo derrotará!…

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Tomás pregunta:

–                       Maestro, el otro día dijiste que el Redentor, esto es, Tú. Tendrá un Traidor, ¿Cómo puede un hombre traicionarte a Ti, hijo de Dios?

–                       De hecho, un hombre no podría traicionar al Hijo de Dios, que es Dios como el Padre. Pero ese tal, no será un hombre. Será un demonio en cuerpo de hombre: el más poseído de los hombres.

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María Magdalena tuvo siete demonios y el endemoniado de hace unos cuantos días, era presa de Belcebú. Pero en Ese, estarán Belcebú  y toda su corte de demonios. ¡Oh! ¡En ese corazón estará el Infierno completo, para impulsarle a vender a sus Enemigos, cual cordero para ser degollado, al Hijo de Dios!

Iscariote pregunta:

–                       Maestro, ¿Satanás ya ha tomado posesión de ese hombre?

Jesús contesta:

–                       No, Judas. Pero él se inclina a Satanás…  E inclinarse a él quiere decir, estar en condiciones de echarse en sus brazos. Hasta ahora solo ha tenido manifestaciones esporádicas.

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Andrés pregunta:

–                       ¿Y por qué no viene a ti para curarse de su inclinación?  ¿Sabe que lo está o lo ignora?

–                       Si lo ignorase no sería culpable como lo es. Porque él sabe que se inclina hacia el Mal… Porque su Pecado lo atrae, le encanta y no quiere dejarlo; pues piensa que puede manejarlo… Y no persiste en sus resoluciones de salir de él.

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Si persistiese, vendría a Mí… Pero no viene… el veneno penetra y el contacto conmigo no lo limpia; porque él no lo desea y más bien huye de él. ¡Ese es el error vuestro! Huís de Mí, cuando más necesidad tenéis de Mí…

Mateo pregunta:

–                       ¿Ha venido algunas veces a Ti? ¿Lo conoces? ¿lo conocemos nosotros?

–                       Mateo, yo conozco a los hombres antes de que me conozcan. Tú lo sabes y también éstos. Yo soy quién os llamé porque os conocía.

–                       ¿Pero lo conocemos nosotros?  -insiste Mateo.

–                       ¿Y acaso no sois capaces de conocer a quien viene a vuestro Maestro? Vosotros sois mis amigos y compartís conmigo la comida, el descanso y las fatigas. Hasta mi casa se os ha abierto. Por esta razón conocéis a todos los que vienen a Mí.

Simón de Jonás pregunta:

–                       ¿En qué ciudad lo encontraste?

–                       ¡Pedro, Pedro!

–                       Es verdad, Maestro. Soy peor que una mujer chismosa. Perdóname, pero es el amor ¿Sabes?…

Jesús sonríe:

–                       Lo sé. Y por eso te digo que no me desagrada tu defecto. Pero deséchalo también.

–                       Sí, Señor mío.

El sendero se estrecha en una hilera de árboles y una zanja no muy profunda. Y el grupo se alarga. Jesús habla con Iscariote al que da órdenes sobre los gastos y limosnas. Detrás de dos en dos, vienen los demás.

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En el último lugar, solo, viene Pedro. Con la cabeza baja, absorto en tal forma en sus pensamientos, que no se da cuenta que se ha separado un poco de sus compañeros.

Un hombre montado a caballo, pasa su lado y le dice:

–                       ¡Oye tú! ¿Vienes con el Nazareno?

–                       Sí. ¿Por qué?

–                       ¿Vais a Jericó?

–                       ¿Te interesa saberlo? Yo no sé nada. Vengo en pos del Maestro y no pregunto nada. El camino lleva para Jericó, pero podemos torcer hacia la Decápolis. ¿Quién lo sabe? Si quieres informarte mejor, allá va el Maestro.

El hombre espolea su caballo y Pedro hace una mueca curiosa.

Y entre sí, refunfuña:

–                       No me fío, querido señor. ¡Todos sois una jauría de perros! No quiero ser el Traidor. Juro por mí mismo que esta boca estará cerrada.  –y hace una señal sobre sus labios como si los cerrase con un candado.

El jinete alcanza a Jesús y le habla. Lo que hace que Pedro pueda reunirse con sus compañeros. Cuando el jinete vuelve a partir, hace una señal de saludo a Iscariote. Nadie lo nota, más que Pedro que camina al último y a quién no le agrada para nada.

Toma a Judas por una manga y le pregunta:

–                       ¿Quién es? ¿Lo conoces? ¿Cómo es posible?

Judas de Keriot contesta:

–                       De vista. Es un rico de Jerusalén.

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Pedro dice:

–                       Tienes amistades muy arriba. Bien… con tal de que sean para bien. Dime, ¿Es esa cara de zorra que te dice tantas cosas?

–                       ¿Qué?

–                       Bueno. Las que dices que sabes acerca del Maestro.

–                       ¿Yo?

–                       Sí. Tú. ¿No recuerdas aquella tarde de agua y lodo? ¿Cuándo fue el aluvión?

–                       ¡Ah! ¡No, no! ¿Pero tomas en cuenta todavía las palabras dichas en un momento de malhumor?

–                       Yo me acuerdo de todo lo que pueda dañar a Jesús. Cosas, personas, amigos, enemigos… Estoy siempre listo a mantener las promesas que hago a quienes quieren hacer el mal a Jesús. Hasta pronto.

Judas, con una actitud rara mira irse a Pedro. En sus ojos hay admiración, pena, enfado y hasta rencor.

Pedro alcanza a Jesús y lo llama.

Jesús le pone su brazo en la espalda y le dice:

–                       ¡Oh, Pedro, ven!

Pedro pregunta:

–                       ¿Quién era ese áspero judío?

–                       ¿Áspero Pedro, si estaba todo liso y perfumado?

–                       Pero tenía áspera la conciencia. Desconfía Jesús…

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–                       Te he dicho que todavía no es mi tiempo. Y cuando llegue, ninguna prevención me salvará… Si es que quisiera salvarme.

–                       Será como dices. Pero desconfía, Maestro.

–                       ¿Qué te pasa, Pedro?

–                       Quiero decirte una cosa que es un peso en el corazón.

–                       ¿Una cosa? ¿Un peso?

–                       Sí. El peso es un pecado. La cosa es un consejo.

–                       Comienza por el pecado.

–                       Maestro… yo…yo odio… Siento repulsión, sí. Repulsión, no odio, por uno de los nuestros. Me parece estar cerca de una cueva de serpientes en celo, de donde salga su hedor… Y no quiero que salgan, para que no te hagan ningún daño. Ese hombre es un nido de serpientes y él mismo está en relación con el Demonio.

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–                       De dónde sacas esto?

–                       ¡Bueno!… No lo sé. Soy un rústico y un ignorante, pero tonto no lo soy. Estoy acostumbrado a leer en los vientos y en las nubes… Y hasta creo que en los corazones. Jesús… Tengo mucho miedo…

–                       No juzgues, Pedro. No sospeches. La sospecha crea fantasmas. Se ve lo que no existe.

–                       El Dios Eterno quiera que no sea nada de ello. Pero yo dudo…

–                       ¿De quién Pedro?

–                       De Judas de Keriot. Se gloría de tener muy grandes amistades y hace poco aquel sinvergüenza jinete, lo saludó como se saluda a un buen conocido. Antes no los tenía…

–                       Judas es el que recibe y distribuye. Tiene ocasiones de acercarse a los ricos…  Lo sabe hacer.

–                       ¡Si, eh! Que si lo sabe hacer… Maestro dime la verdad. ¿No tienes Tú sospechas?

–                       Pedro te quiero mucho. Pero quiero que seas perfecto y no es perfecto el que no obedece. Te he dicho: no juzgues y no sospeches.

–                       Pero entretanto no me respondes…

–                       Dentro de poco llegaremos a Jericó y nos detendremos a esperar a una mujer que no puede recibirnos en su casa…

–                       ¿Por qué? ¿Es una pecadora?

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–                       No. Es una infeliz. Ese jinete que tanto te ha molestado, vino a decirme que la esperara y la esperaré. Aun cuando sepa que no puedo hacer nada por ella. ¿Y sabes quién los puso a ella y al jinete sobre mi camino? Judas. ¿Ves que no es cosa mala que conozca a ese judío?

Pedro baja la cabeza y se calla avergonzado. Pero tal vez, no persuadido y con la curiosidad todavía adentro. Pero no habla más.

Jesús se detiene fuera de los muros de la ciudad. Cansado, se sienta bajo la sombra de un grupo de árboles plantados cerca de una fuente.

Se le acerca una mujer envuelta en un manto oscuro. El grueso velo le cubre la mitad de la cara.

Viene con ella el jinete de antes y otros tres hombres lujosamente vestidos.

El jinete dice:

–                       ¿Cómo estás Maestro?

–                       La paz sea con vosotros.

–                       Esta es la mujer. Escúchala y hazle el favor que desea.

–                       Si puedo.

–                       Puedes todo.

–                       ¿Lo crees tú Saduceo?  -el saduceo es el jinete.

–                       Creo en lo que veo.

–                       ¿Y has visto que puedo?

–                       Sí.

–                       ¿Y por qué puedo? ¿Lo sabes?

Silencio.

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Jesús no habla más al saduceo, ni tampoco se dirige a los otros.

Habla ahora a la mujer:

–                       ¿Qué se te ofrece?

Ella dice turbada:

–                       Maestro… Maestro…

–                       Habla sin temor.

La mujer echa una mirada de soslayo a sus acompañantes, que la interpretan a su modo. El jinete explica:

–                       La mujer tiene su marido enfermo y te pide que lo cures. Es una persona de influencia en la corte de Herodes. Te conviene escucharla.

–                       No porque sea influyente, sino porque es infeliz. La escucharé si puedo.

Jesús se vuelve hacia la mujer y pregunta:

–                       ¿Qué tiene tu marido? ¿Por qué no vino? ¿Por qué no quieres que vaya a dónde está?

Otro silencio y miradas de soslayo.

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Jesús comprende:

–                       ¿Quieres hablarme sin testigos? Ven.  –se separan unos metros-  Habla.

–                       Maestro, yo creo en Ti. Tanto es así que estoy segura de que sabes todo lo de él, de mí, de nuestra vida desgraciada. Pero él no cree… Te odia… él cree…

–                       Pero él no puede curarse porque no tiene fe. Y no solo no tiene fe en Mí, ni siquiera en el Dios Verdadero.

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–                       ¡Ah! ¡Lo sabes!  -la mujer llora amargamente- ¡Mi casa es un infierno! Tú curas a los obsesos y sabes lo que es el Demonio. Pero, ¿Conoces a esta clase de demonio sutil, inteligente, mentiroso, sabio? ¿Sabes a qué perversiones puede llevar? ¿Sabes a qué pecados? ¿Sabes qué desgracias arrastra consigo? Mi casa… ¿Es un hogar? ¡No!… ¡Es el umbral del Infierno!

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Mi marido… ¿Marido mío? Ahora está enfermo y no se preocupa de mí. Pero aun cuando fue robusto y buscaba el amor, ¿acaso era un hombre el que me abrazaba, que me tenía, que estaba conmigo? ¡No! Eran los tentáculos de un demonio. Sentí su hedor, su viscosidad. Siempre he querido a mi marido y lo sigo queriendo. Soy su mujer. Era apenas una doncella cuando me conoció. Yo tenía catorce años.

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Ahora cuando vienen a mi memoria aquellas primeras horas en que me convertí en mujer; yo siempre aborrecí con el alma y con todo mi ser, lo que veía en él de nigromancia. Me parecía que no era mi marido, sino los muertos que todavía invoca, los que querían saciarse conmigo…

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Y todavía hoy, solo con mirarlo, agonizante y sumergido en esa magia, siento asco. No lo veo a él. ¡Veo a Satanás!

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¡Oh, desgracia mía! Ni siquiera en la muerte estaré con él, porque la Ley lo prohíbe. ¡Sálvalo, Maestro!… Te ruego que lo cures para darle tiempo a que se arrepienta… ¡Oh!…

La mujer llora angustiada.

Jesús dice despacio:

–                       ¡Pobre mujer! No puedo curarlo.

–                       ¿Por qué Señor?

–                       Porque él no quiere.

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–                       Sí. Tiene mucho miedo de la muerte. Si quiere…

–                       No quiere. No es un loco, ni un tonto que no comprenda su estado… Su inteligencia es libre para poder pedir que se la libere. Su voluntad no está maniatada. Es uno que quiere ser lo que es… Sabe que lo que hace está prohibido. Sabe que el Dios de Israel lo maldice. Pero persiste.

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Aun cuando lo curase y primero en su alma… él volverá a su fruición satánica. Su voluntad está corrompida. Es un rebelde. No puedo.

La mujer llora con mayor angustia.

Se acercan los acompañantes y le preguntan:

–                       ¿No le quieres hacer lo que pide, Maestro?

–                       No puedo.

–                       ¿Y las razones?

–                       ¿Me las preguntas tú, Saduceo? Te recuerdo el Libro de los Reyes. Lee lo que dijo Samuel a Saúl. El espíritu del Profeta echó en cara al rey el que lo hubiera perturbado, evocándolo del reino de los muertos. No es lícito hacerlo. Difuntos o vivos, están en las manos de Dios. Y no es lícito arrancarlos de donde están; ni por curiosidad, ni con sacrílega violencia. Ni por incredulidad reprobable.

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¿Qué deseáis saber? ¿Si hay un futuro eterno? Y decís que creéis en Dios, ¿Por qué no creéis en su Palabra? No dice: “Si alguien va a los magos y a los adivinos y con ellos se comunica, apartaré mi Rostro de él. Y lo exterminaré de en medio de mi pueblo.” Si decís que el alma no es inmortal, ¿Por qué invocáis a los muertos?

–                       Tú eres el que insultas y atacas. Te lo hago notar. Nosotros vinimos a verte para…

–                       Para ponerme una trampa. Os leo el corazón. ¡Abajo la máscara, profanadores de la Casa de Dios!

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–                       Eres un perverso como Satanás y en su nombre haces milagros. No puedes hacerlo con nosotros, porque somos herederos de la amistad de Dios.

–                       Satanás no se arroja a sí mismo. Yo arrojo a los demonios, ¿En Nombre de Quién? ¡Responded!

Los tres dicen al mismo tiempo:

–                       No perdamos el tiempo con este poseso.

–                        ¡Nazareno loco! Ven mujer… tu marido es un santo con respecto a éste.

–                       Será necesario que te purifiques, ¡Has tocado a Satanás!

Y se van arrastrando a la mujer que llora, con vivos gestos de repulsa.

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Jesús dice a los apóstoles:

–                       Vámonos.

Ellos preguntan:

–                       ¿A dónde, Maestro? ¿A Jericó?

–                       No. Tomemos una barca y vayamos a la Decápolis. Luego a Tiberíades y después a Nazareth. Tengo necesidad de mi Madre. ¡Oh, Madre mía!…

–                       ¿Lloras Maestro? ¡Nosotros te defenderemos!

–                       No lloro y no tengo miedo de los que me desean el Mal… Lloro porque sus corazones son más duros que el jaspe y no puedo nada en muchos de ellos.  Venid, amigos…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

137.- LA MUJER ADÚLTERA


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En cuanto Jesús entra a la casa,  Judas dice:

–                       En la habitación superior hay personas de Nazareth. Vinieron tus hermanos ayer a buscarte. Luego algunos Fariseos. Muchos enfermos y un hombre de Antioquia.

Jesús pregunta:

–                       ¿Ya se fueron?

–                       No. El de Antioquia fue a Tiberíades, pero regresa el sábado. Los enfermos están en diversas casas. Los Fariseos con muchos honores, quisieron que tus hermanos estuviesen con ellos. Todos son huéspedes de Simón el Fariseo.

Pedro refunfuña:

–                       ¡Uhmm!…

Judas le pregunta:

–                       ¿Qué te pasa? ¿No te gusta que honren al Maestro, en la persona de sus familiares?

–                       Sí. Es un verdadero honor y un encuentro útil… Reviento de felicidad. –dice Pedro con sarcasmo.

–                       Desconfiar es juzgar. El Maestro no quiere que juzguemos a otros.

–                       Así es. ¡Bueno! Para estar seguro, esperaré para poder juzgar. De este modo no seré un necio, ni cometeré ninguna falta.

Jesús dice:

–                       Vamos arriba, donde están los Nazarenos. Mañana iremos a donde están los enfermos.

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Iscariote se vuelve a Jesús:

–                       No puedes. Es sábado. ¿Quieres que los Fariseos tengan algo que reprocharte? Si no piensas en tu bien, yo si pienso. No comprendo que ardas en deseos de curar pronto a los que te buscan. Mira, iremos nosotros e impondremos las manos en tu Nombre…

Jesús responde:

–                       No.   –es un ‘No’ terminante que no admite discusión.

–                       ¿No quieres que hagamos algún milagro? ¿Quieres hacerlo Tú? Bueno, iremos a decir que estás aquí y que prometes curarlos. Estarán felices…

–                       No es necesario. Todos saben ya que estoy aquí… Saben que se cura el que tiene Fe en Mí. Y esto se ve por el hecho de que vinieron a buscarme.

Judas no responde; pero en su cara se refleja el descontento que lleva en el corazón.

Más tarde, en el interior del Templo…

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Jesús está hablando en el Patio de los gentiles…

Y un grupo de Fariseos arrastra a una mujer de unos treinta años; despeinada, con sus vestidos desarreglados y se ve que ha sido muy golpeada. Viene llorando… La arrojan a los pies de Jesús, como si fuera un despojo andrajoso. Con la cara apoyada sobre los brazos y contra el suelo.

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El fariseo Samuel, el que fuera esposo de Rosa de Jericó, dice:

–                       Maestro, ésta fue sorprendida en flagrante adulterio. Su marido la amaba. Nada le faltaba. Era la reina de su hogar. Pero lo traicionó porque es una pecadora.

Ismael ben Fabi:

–                       Una viciosa. Una ingrata. Una sacrílega.

Sadoc:

–                       Es una adúltera y como a tal, se le va a lapidar.

Cananías:

–                       Moisés lo prescribió. Manda en su Ley que tales mujeres sean lapidadas, como animales inmundos.

Nahúm:

–                       Porque traicionan la fe y al hombre que las ama y las cuida.

Simón Boetos agrega contundente:

–                       Porque son como tierra que jamás se sacia y están ávidas de lujuria. Son peor que prostitutas, porque sin necesidad se hacen daño a sí mismas para alimentar su impudicia.

Calascebona:

–                       Son unas corrompidas que todo contaminan y por eso son condenadas a muerte.

Sadoc:

–                       Moisés lo mandó y Tú, Maestro, ¿Qué dices a esto?

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Cuando llegaron los fariseos, Jesús los atravesó con su mirada penetrante…

Y luego, bajando sus ojos a la mujer arrojada a sus pies, no dice nada…

De cuclillas se inclina y con un dedo, escribe sobre las piedras del Patio, que el viento ha cubierto de polvo.

Ellos hablan y Él escribe.

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–                       Maestro, te estamos hablando.

–                        Escúchanos.

–                        Respóndenos.

–                       ¿No has entendido?

–                       Esta mujer fue sorprendida en adulterio.

–                       En su casa.

–                       En el lecho de su marido.

–                       Lo ha ensuciado con su pecado.

Jesús continúa escribiendo…

Los fariseos apostrofan:

–                       ¡Qué si es tonto este hombre!

–                        ¿No veis que no comprende nada?

–                       ¡Y está trazando signos en el polvo, como un pobre demente!

–                       Maestro, por tu buen nombre, habla.

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–                       Tu sabiduría que responda a nuestra pregunta.

–                       Te repetimos que a esta mujer nada le faltaba.

–                       Tenía todo y ha traicionado.

Jesús continúa escribiendo…

Y Elquías dice:

–                       Ha faltado a su marido, que tenía confianza en ella. Su boca mentirosa lo saludó al despedirse y con una sonrisa lo acompañó hasta la puerta.

Calascebona:

–                       Con su pecado ha profanado la santidad de su hogar y de nuestro linaje sagrado.

ASMODEO

Samuel:

–                       Y luego abrió la puerta secreta e introdujo a su amante.

Simón Boestos:

–                       Y mientras su marido estaba ausente por el trabajo, que era para ella.

Cananías:

–                       Ésta, como un animal inmundo, se arrojó en brazos de la lujuria.

Sadoc:

–                       Maestro, es una profanadora de la Ley, además del lecho nupcial.

Ismael ben Fabi:

–                       Una rebelde, una sacrílega, una blasfema.

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Jesús continúa escribiendo.

Escribe y borra lo escrito con sus sandalias. Y luego escribe más allá, dando vuelta sobre Sí Mismo, para encontrar espacio.

Parece un niño que estuviese jugando…

Pero lo que escribe no son palabras de juego.

Sucesivamente ha escrito: ‘Usurero’ ‘Falso’ ‘Hijo irrespetuoso’ ‘Fornicador’ ‘Asesino’ ‘Profanador de la Ley’ ‘Libidinoso’ ‘Usurpador’ `Marido y padre indigno’ ‘Blasfemo’ ‘Rebelde ante Dios’ ‘Adúltero’…

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Lo escribe una y otra vez, mientras los acusadores hablan:

–                       ¡Maestro, tu parecer!

–                       La mujer va a ser juzgada.

–                       No puede seguir contaminando la tierra con su presencia.

–                       Su aliento es veneno que perturba los corazones.

Jesús ha estado escuchando en silencio. Lo que más le duele, es la falta de caridad y de sinceridad en los acusadores que no mienten al acusarla.

La mujer es realmente culpable, pero están siendo hipócritas al hacer escándalo de una falta que incontables veces, ellos han cometido. Y que sólo debido a su astucia o a su buena estrella, ha quedado oculta.

Ella, es la primera vez que peca y ha sido menos astuta y menos afortunada. Pero ninguno de los hombres o mujeres que están esperando su veredicto, están exentos de culpa.

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Adúltero es el que llega al acto, apetece el acto y lo desea con todas sus fuerzas. La lujuria existe tanto en el que peca, como en el que desea pecar. No basta no hacer el mal. Es menester no desear hacerlo. Si por un milagro en estos momentos dijera a su sangre que escribiese sobre sus frentes su pecado; entre las muchas acusaciones hubiera prevalecido la de ‘adúlteros’ de hecho y de deseo.

Sin sinceridad y sin caridad. Ni siquiera el ser semejantes a ella por la concupiscencia que los consume, los lleva a tener caridad.

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Jesús se levanta. ¡Su rostro despide rayos contra los acusadores!

Su estatura parece aumentar y resplandece su Presencia Divina…

Su serenidad y su imponente y regia majestad, son indescriptibles. El manto se le ha caído de un hombro y forma detrás de Él una especie de cauda. Su sonrisa ha desaparecido por completo…

Sus ojos de zafiro, parecen dos puñales escrutadores y los mira de uno por uno con tal intensidad…

¡Qué les habrá dicho con esa mirada!… que les infunde pavor…  

Muchos de ellos tratan de esconderse entre la multitud. Están ante la Presencia de un Juez Airado…

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Después de una larga pausa… Por fin habla…

Es el Dios-Hombre que sentencia ásperamente:

–                       Quién de vosotros esté sin pecado, arroje sobre la mujer la primera piedra… 

Su voz es un trueno acompañado por el fulgor relampagueante de sus ojos de zafiro. Jesús cruza los brazos sobre su pecho y así continúa. Erguido como un Juez implacable. Su mirada no da paz… Escudriña…Penetra… Acusa…

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Primero uno y luego todos los demás; poco a poco se van retirando, con la cabeza inclinada.

No solo los Escribas y Fariseos; sino todos los que se habían acercado para oír la sentencia y condenación…

También los que entre el pueblo decían insultos a la culpable y pedían su lapidación…

Finalmente, Jesús se queda solo, con Pedro y Juan.

Cuando todo el Patio está vacío y un gran silencio reina en él, a excepción del ruido del viento y de una fuente que hay en un rincón; Jesús levanta su cabeza y mira. Su rostro ya está tranquilo… Un poco triste,…  Pero enojado.

Dirige una mirada a Pedro que está un poco lejos, apoyado sobre una columna… Y a Juan, que muy cerca de Él lo mira con mucho amor.

Su rostro refleja una sonrisa al mirar a Pedro, al enviarle un mensaje mental:

–                        Pedro, tampoco faltes tú a la caridad y a la sinceridad. Recuerda esta hora y juzga como un maestro en el porvenir.

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El apóstol recibe el silencioso mensaje e inclina la cabeza en señal de asentimiento.

A Juan lo mira con una sonrisa todavía más amplia y luminosa:

–                       Tú puedes juzgar y no lo haces, porque tienes mi mismo sentimiento. Gracias porque eres muy semejante a Mí…

El más joven en años y con corazón de niño, entiende la mirada de Jesús, recibe el mensaje mental y sonríe a su vez a su amado Maestro.

Jesús mira a la mujer que sigue postrada en el suelo, llorando.

La contempla largamente. Él siente caridad por aquella mujer humillada… Él, el único que debió haber tenido asco…

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Se compone el manto y hace señal a sus apóstoles de que se dirijan hacia la salida…  Por más que alguien sea culpable, hay que tratarlo con respeto y caridad. No gozarse con su envilecimiento… No encarnizarse en él, ni siquiera con miradas curiosas. ¡Hay que tener piedad para el caído!…

Por eso ha querido que ambos se retiren antes de dirigirse a ella; para no aumentar su pena, con la presencia de testigos…

Cuando se queda solo, dice a la mujer:

–                       Mujer, escúchame. Mírame…

Repite su orden, porque ella no se atreve a levantar la cara.

–                       Mujer, estamos solos. Mírame.

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La desgraciada mujer, levanta una cara que el llanto y el polvo han desfigurado…

Jesús pregunta:

–                       ¿Dónde están mujer, los que te acusaban?

Jesús habla despacio, con misericordia… Se inclina hacia esa miseria humana, con una expresión indulgente en sus ojos. Con una fuerza renovadora.

Jesús insiste con dulzura:

–                       ¿Nadie te condenó?

La mujer, sollozando, responde:

–                       Nadie, Maestro.

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–                       Tampoco Yo te condeno. Vete y no peques más. Ve a tu casa… Procura que te perdone tu marido. Que te perdone Dios… No abuses de la benignidad del Señor. Vete.

La ayuda a incorporarse tomándola de una mano, pero no la bendice y no le da la paz.

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La ve irse con la cabeza inclinada. Caminando vacilante, bajo el peso de la tremenda  vergüenza.

Cuando desaparece…

Jesús se une con sus discípulos.

Ha señalado a la culpable, el camino que tiene que seguir para redimirse: volver a su hogar. Pedir humildemente perdón y obtenerlo con una vida honesta. No ceder más a las tentaciones de la carne. No abusar de la bondad divina y de la bondad humana para no purgar dos o más veces la culpa.

No le dio la paz, ni la bendición, porque no existía en ella la separación del pecado y el arrepentimiento, que son necesarios para obtener el Perdón. Todavía no existía en su carne y en su corazón, la náusea por el  pecado.

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María Magdalena al saborear la Palabra de Jesús, había experimentado disgusto por el Pecado. Y se acercó a Jesús, con la firme decisión de ser otra.

En esta mujer hay un fluctuar de voces, entre la carne y el espíritu. Ni aún con todo lo que ha pasado, había decidido poner el hacha en la raíz de su carne.

Jesús quisiera ser el Salvador de todos…  Pero no todos quieren ser salvados. Y ese es uno de los dolores más atroces de su agonía de Redentor…

Los apóstoles y los discípulos están esperándolo en la pendiente del Monte de los Olivos, cerca de la Fuente de Siloan.

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Cuando ven que a paso largo acompañado de Pedro y de Juan, Jesús viene hacia ellos.

Todos corren a su encuentro.

Jesús ordena:

–                       Subamos por el camino que va a Bethania. Me voy de la ciudad por un poco de tiempo. En el camino os diré lo que debéis hacer.

Varios preguntan:

–                       ¿Te vas de la ciudad?

–                       ¿Te ha pasado algo?

Jesús contesta:

–                       No. Pero hay muchos lugares que me aguardan…

–                       ¿Qué has hecho esta mañana?

–                       He hablado. Los Profetas una vez más… Pero no entienden…

Mateo pregunta:

–                       ¿Ningún milagro Maestro?

–                       Ninguno. Un perdón. Una defensa.

–                       ¿Quién fue? ¿A quien ofendió?

–                       Unos que se creían sin pecado, acusaron a una pecadora. La salvé.

Bartolomé:

–                       Si era pecadora, ellos tenían razón.

–                       En su cuerpo era realmente pecadora. Pero su alma… Muchas cosas podría deciros acerca de las almas. No llamo pecadores solo a aquellos cuya culpa es clara. Son también pecadores los que empujan a otros a pecar. Y su pecado es más astuto. Hacen el papel de la Serpiente y del Pecador.

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Tomás pregunta:

–                       ¿Qué había hecho la mujer?

–                       Había cometido adulterio.

Judas de Keriot exclama:

–                       ¡Adulterio! ¿Y la salvaste? ¡No debiste!

Jesús lo mira detenidamente… luego le pregunta:

–                       ¿Por qué no debí?

–                       Porque… Te puede acarrear algún mal. Sabes bien cuanto te odian y que buscan acusaciones contra Ti. Ciertamente salvar a una adúltera, es ir contra la Ley.

–                       Yo no hice eso. Dije a ellos que el que estuviese sin pecado la lapidase. Ninguno la lapidó, porque ninguno estaba libre de pecado. Así pues, confirmé la Ley que ordena que los adúlteros sean lapidados. Pero también salvé a la mujer, porque no hubo nadie que la lapidase.

–                       Pero Tú…

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–                       ¿Querías que Yo la hubiese lapidado? Habría podido y habría sido un acto de justicia, pero no de misericordia…

–                       ¡Ah, se arrepintió! Te suplicó y Tú…

–                       No. Ni siquiera estaba arrepentida. Tan solo estaba deshecha y temblando de miedo.

–                       Pero entonces… ¿Por qué?… ¡Cada vez te comprendo menos! Antes lograba entender lo que habías hecho con una María de Mágdala, con Juan de Endor. Con muchos pec…

Mateo dice con calma y dignidad:

–                       Dilo claro: con Mateo. No me ofendo… Antes bien te agradezco que me ayudes a recordar mi deuda de reconocimiento, para con mi Maestro.

Judas añade:

–                       Bueno. También con Mateo. Pero ellos estaba arrepentidos de su pecado. De su vida licenciosa. ¡Pero esa!… ¡Te comprendo cada vez menos! Y no soy el único…

Jesús contesta:

–                       Lo sé. No me comprendes… Siempre me has comprendido poco. Y no has sido el único. Pero eso no cambia mi modo de obrar.

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Judas no oculta su disgusto y dice categórico:

–                       Se perdona a quien lo pide.

–                       ¡Oh, si Dios tuviese que perdonar tan solo a quién se lo pide! ¡Y castigar al punto a quién no se arrepiente de su culpa! ¿No te has sentido alguna vez perdonado antes de haberte arrepentido? ¿Puedes con toda verdad afirmar que te arrepentiste y que por esto se te perdonó?

–                       Maestro, yo…

–                       Escuchadme todos. Porque muchos de vosotros pensáis que hice mal y que Judas tiene razón. Aquí están Pedro y Juan. Oyeron lo que dije a la mujer y lo pueden repetir. No fui un necio al perdonar. No dije lo que he dicho a otras almas, a las que perdoné porque estaban del todo arrepentidas…

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Pero he dado manera y tiempo para que esa alma llegue a arrepentirse y sea santa, si ella quiere. Recordadlo para cuando seáis maestros de las almas y que vean en vosotros aun verdadero y santo confidente, en cuyas rodillas no se avergüenzan de llorar. Si las condenareis privándolas de ayuda espiritual, haréis que se enfermen y se debiliten…

Judas, tú que juzgas con severidad, si en este momento te dijese: Te voy a denunciar al Sanedrín por prácticas de magia…”

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Judas se queda paralizado… Su pecado más secreto está al descubierto… Su rostro se vuelve pálido como si fuera de alabastro. Mira a Jesús con los ojos desorbitados…

Y logra balbucir aterrorizado:

–                       ¡Señor, no lo harías! Sería… sería… tú sabes que es…

Jesús, tranquilo y con su mejor tono de Maestro dice:

–                       Sé y no sé…  ¿Pero ves que inmediatamente invocas piedad sobre ti?… Y sabes que ellos no te condenarían porque…

Judas se estremece con un escalofrío de terror e interrumpe a Jesús, muy nervioso:

–                       ¿Qué insinúas Maestro? ¿Por qué dices esto?

Jesús mira a su apóstol- levita… Sus ojos atraviesan el corazón de Judas y al mismo tiempo, para calmar a su apóstol alterado y  sobre quién convergen todas las miradas…

Jesús dice con tono muy apacible:

–                       Porque ellos te aman. Tienes buenos amigos allá adentro, lo has dicho muchas veces.

Judas da un suspiro de alivio y se enjuga un sudor extraño…  ¡En un día en que sopla el viento!

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Y dice:

–                       Es verdad. Viejos amigos. Pero no creo que si pecase…

–                       ¿Y por eso invocas piedad?

–                       Ciertamente. Soy todavía imperfecto y quiero ser perfecto.

–                       Lo has dicho. También aquella mujer es muy imperfecta. Le he dado tiempo para que sea buena, si quiere…

Judas no replica.

Y siguen por el camino que va a Bethania, alejándose de Jerusalén.

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA,CONOCELA

62.- EL SECRETO DEL PODER


Han emprendido el regreso de la gira por tierras fenicias. Y la comitiva se interna en el bosque para atravesarlo y bajar al valle donde está el camino que los llevará a Judea. Se encuentran con peregrinos que van a Jerusalén, para la Fiesta de Pentecostés.

También con la caravana de una novia…

En un prado donde se detienen para comer, cerca del grupo apostólico; dos hombres conversan acerca de la riqueza que rodea al que será un fastuoso matrimonio, digno de la hija de un rey.

Cuando termina la comida…

Bartolomé refunfuña:

–                     A mí no me gustó ese hombre que hizo hablar a aquel tonto de allá. Tan pronto como supo lo que quería, se fue por el monte. Estos lugares son malos y es la ocasión oportuna para que los bandidos den un golpe… Noche de luna, calor que adormece; árboles llenos de verdor. ¡Umm! ¡No me gusta este lugar! ¡Sería mejor proseguir!

Pedro pregunta:

–                     ¡Y ése imbécil que ha hablado de tantas riquezas!… ¡Y el otro que la hace de héroe y de custodio!… Bueno, yo vigilaré las hogueras. ¿Quién viene conmigo?

Zelote responde:

–                     Yo, Simón. ¡Aguanto bien el sueño!

Pasan las horas y quién no ronca, cabecea. Jesús está en Oración.

El silencio es profundo. El perro que cuida los rebaños de unos pastores, gruñe. Otro se pone alerta y también gruñe. Un ruido imperceptible viene del bosque…

Simón dice a Pedro:

–                     Vamos por el Maestro.

El pastor despierta a sus compañeros y el perro está cada vez, más inquieto.

Todos se despiertan y se reúnen…

Jesús dice:

–                     Llamad a los que están durmiendo, a todos. Decidles que vengan aquí sin hacer ruido. Sobre todo a las mujeres y a los esclavos con los cofres. Decidles que tal vez se trata de bandidos; pero no lo digáis a las mujeres. A los hombres, nada más.

Los apóstoles se desparraman, obedeciendo al Maestro.

Jesús dice a los pastores:

–                     Echad mucha leña al fuego, para que se levante una buena llama. No tengáis miedo. No se os quitará ni siquiera un pelo de lana…

Llegan los mercaderes, echando improperios contra los gobernantes romanos y judíos; porque no limpian el mundo de ladrones. Llegan las mujeres, llorando aterrorizadas. Jesús los conforta a todos y trata de tranquilizarlos.

Pone a las mujeres en el centro, reducido de hombres y bestias espantadas.

Los asnos rebuznan. Los perros aúllan. Las ovejas balan. Los hombres maldicen y están más aterrorizados que las mujeres.

Jesús está tranquilo, como si nada pasara. El ruido del bosque no se puede escuchar en medio de este alboroto.

Que los bandidos están en el bosque; lo denuncian las ramas que se quiebran o las piedras que ruedan…

Jesús ordena:

–                     ¡Silencio!

Y lo dice en tal forma, que todos callan.

Jesús se va en dirección al bosque, donde termina el prado.

Y empieza a hablar:

“La maldita hambre del oro, empuja al hombre a los sentimientos más abyectos…

Un largo discurso y un llamado al arrepentimiento a ‘los hombres sin conciencia cuyas manos chorrean sangre fraterna’. Y que termina así:

–                     … Yo no os odio., ni os temo. Os extiendo la mano y por eso digo a éstos: “Regresad a donde estabais durmiendo, sin tener rencor contra vuestros hermanos. Rogad por ellos. Yo me quedo aquí a mirarlos con ojos de amor y os juro que nada os sucederá. Porque el Amor desarma a los violentos y harta a los avaros. Sea bendito el Amor. Fuerza verdadera del mundo. Fuerza desconocida y poderosa. Fuerza que es Dios.

Escondidos en el bosque, los hombres que esperaban obtener un buen botín, están totalmente desconcertados.

Gestas, el líder; está aterrorizado. Una fuerza desconocida lo tiene paralizado… Su miedo está lleno de ira. Pero no puede hacer nada.

Su segundo en la banda: Dimas… Ha inclinado la cabeza y está llorando. Cada una de las palabras de Jesús ha tocado su corazón y le ha revelado una gran verdad. Se siente avergonzado e infinitamente desdichado…

Y volviéndose a todos, Jesús termina diciendo:

–                     Volved. Volved. No tengáis miedo. Allí ya no hay bandidos, sólo hombres asustados y hombres que lloran. Quién llora no hace daño. Quiera Dios que así permanezcan, como ahora son. Sería su redención.

Los bandidos se retiran, como si una fuerza invisible los alejara de allí.

Los integrantes de la caravana vuelven a sus lugares. Todos reflexionan en lo que han escuchado…

Al día siguiente…

La comitiva apostólica sufre un cambio en su séquito. Ya no viene más el macho cabrío. Y en su lugar vienen trotando una oveja y dos corderillos. La oveja está gorda; las ubres llenas y los corderitos alegres.

Jesús dice:

–                     Os había dicho que quería la cabrita para Marziam, para que fuese un pequeño pastor. Pero en lugar de ella; porque a vosotros no os gustaba, tenemos ovejas blancas… ¡Eh! Tal cual la soñaba Pedro…

Pedro confirma:

–                     Tienes razón. Me parecía que el macho cabrío nos arrastraba en pos de Belcebú.

Judas dice irritado:

–                     Y de hecho, desde que estuvo con nosotros, nos pasaron cosas muy desagradables. Era el sortilegio que nos perseguía.

Juan contesta calmadamente:

–                     Entonces era un buen sortilegio. ¿No? Porque nada malo nos sucedió.

Zelote ratifica:

–                     Juan tiene razón.

Tadeo agrega:

–                     Parece que todo lo que hubiese sido malo se convirtió en un bien. –voltea hacia Jesús-  Hermano, dime la verdad. ¿Tú sabías lo que nos iba a suceder?

Jesús contesta:

–                     Muchas veces os he dicho que leo en los corazones y que cuando el Padre no dispone de otro modo; no ignoro lo que debe suceder.

Judas de Keriot le pregunta:

–                     Entonces, ¿Por qué a veces cometes errores, como los de ir al encuentro de fariseos que son hostiles o de ciudadanos que no nos quieren?

Jesús lo mira fijamente y luego responde con calma:

–                     No son errores. Es algo inherente a mi misión. Los enfermos tienen necesidad del Médico y los ignorantes del Maestro. Algunas veces, unos y otros rechazan al Médico y al Maestro.

Vosotros querríais que donde me presente se desvanezca toda resistencia. Lo podría hacer. Pero no hago violencia a nadie. Persuado. La coacción se usa tan solo en casos muy excepcionales.

Pedro pregunta:

–                     ¿Cómo ayer noche?

Judas de Keriot dice con significativo desprecio:

–                     Los ladrones de anoche tuvieron miedo al vernos prontos a recibirlos.

Tomás objeta:

–                     No. Fueron persuadidos por sus palabras.

Santiago de Zebedeo, pregunta:

–                     Maestro, dime la verdad. Desde ayer te lo quería preguntar. ¿Fueron en verdad tus palabras o tu voluntad?

Jesús sonríe y calla.

Mateo responde:

–                     Yo creo que fue su voluntad la que venció la dureza de esos corazones, para paralizarlos y así poder hablarles y salvarlos.

Andrés dice:

–                     También yo digo lo mismo y por eso; Él se quedó allí, mirando al bosque. Los tenía subyugados con su mirada.

Se traba una discusión.

Iscariote apoyado ligeramente por Tomás, dice:

–                     No puedo creer que la mirada de un hombre tenga tanta fuerza.  

Mateo replica:

–                     Esto y algo más. Yo me convertí al contacto, primero de su mirada que de sus palabras.

Pedro dice:

–                     ¡Está bien! pero esto lo decimos nosotros. Son ideas nuestras quiero saberlo del Maestro. La mirada de Jesús es diferente a la de cualquier hombre. ¿Es porque eres el Mesías? O ¿Por qué eres siempre Dios? 

Jesús toma la palabra:

–                     En verdad os digo que no solo Yo; sino cualquiera que esté unido íntimamente a Dios con una santidad, una pureza, una fe sin tacha; podrá hacer esto y mucho más. La mirada de un niño, si su espíritu está unido a Dios; puede hacer  que las fieras sean mansas.

Lo mismo que los hombres fieras, rechazar la muerte, derrotar las enfermedades del espíritu. Así como la palabra de un niño unido con el Señor e instrumento suyo, puede curar enfermedades. Hacer que las serpientes no sean venenosas. Obrar cualquier clase de milagros, porque Dios obra en él.

Pedro exclama:

–                     ¡Ah! ¡He entendido! –mira a Juan y luego concluye su razonamiento que tenía fermentando en su interior- ¡Cierto! Maestro, Tú lo has podido porque Eres Dios y porque Eres Hombre unido con Dios. Y lo mismo sucede con quién llega a estar unido con Dios. ¡He entendido bien! pero, ¿Cuál es la llave de esta unión? ¿Cuál es el secreto de este Poder? Una Oración o palabras secretas…

–                     Hace poco Judas culpaba a la cabra de todos los momentos desagradables que han ocurrido. Las bestias no traen ningún sortilegio consigo. Arrojad de vosotros esas supersticiones que huelen a idolatría y que pueden acarrear males.

Los brujos obran prodigios porque al ser posesos de Satanás, es el Arcángel caído que sigue siendo poderoso, el que obra los sortilegios.

Y así como no existen fórmulas para hacer brujerías, así tampoco existen para hacer milagros. 

Tan solo existe el Amor. Si Dios está en vosotros y lo poseéis de un modo pleno, por medio de un amor perfecto; el ojo se convierte en fuego o en un arma que desarma. Y la palabra se hace poderosa. 

San Antonio predica a los peces

Tratad de llegar a esto y pronto harás lo que hacen los hijos de Dios y los que lo llevan consigo. Y recordad que para juzgar una conversión o una santidad; debéis tener siempre por medida la humildad.

Si en alguien perdura el orgullo, no os hagáis ilusiones de que se haya convertido. Y si en alguien; aun cuando sea tenido por ‘santo’, reina la soberbia; estad seguros de que santo no es.

Podrá como charlatán e hipócrita, hacer de santo. Fingir milagros. Pero no es tal. La apariencia es hipocresía. Los prodigios, satanismo. ¿Habéis entendido?…

Para hacer milagros en nombre de Dios, es necesario estar unidos a Mí, como el sarmiento a la vid y participar de la santidad de Dios padre…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

 

 

42.- PRINCIPIO DE LA CAÍDA


Jesús despide las barcas diciendo:

–                 No regresaré atrás.

Y seguido  por los suyos a través de un área que desde la ribera se veía frondosa, se dirige a un monte.

Los apóstoles malhumorados, caminan en silencio hablándose con los ojos. Avanzan despacio por el camino que atraviesa esta región hermosa pero selvática, en la que es muy difícil caminar, por los lugares engañosos de hierbas que parecen haber nacido en suelo firme y que ocultan hoyos de agua en los que de repente se sume el pie. Y esto sucede porque solo son montones de amarantos que nacieron en pequeñas charcas y  las esconden formando trampas, a veces algo profundas.

Jesús por su parte, parece muy feliz con todo este verdor de tantos matices. Con las flores, los pajarillos y sus nidos. Va admirando el paisaje y su naturaleza; la tierra que creó Dios Padre y que todavía el hombre no ha profanado. Quiere compartir su felicidad con los otros, pero no encuentra terreno propicio.

Los corazones están cansados y agriados de tanta perversidad y traen un mutismo negro.

Tan solo su primo Santiago, Zelote y Juan, se interesan por lo que interesa a Jesús. Pero los demás… parecen ausentes, por no decir hostiles.

De pronto se oye un grito de admiración, al ver a un halcón que llega hasta  su compañera, trayéndole un pescadito plateado.

Jesús dice:

–                 ¿Puede haber algo más agasajador?

Pedro responde:

–                 Más gentil, tal vez no. Pero te aseguro que es más cómoda la barca. Aquí también está  húmedo y no hay comodidad.

Judas de Keriot dice:

–                 Hubiese preferido el camino real a este… jardín; si quieres llamarlo así. Y estoy completamente de acuerdo son Simón.

Jesús contesta:

–                 Vosotros no quisísteis el camino real.

Bartolomé gruñe:

–                 ¡Eh! Así es. Pero hubiera sido preferible estar al alcance de los gerasenos, si hubiéramos continuado  al otro lado del río siguiendo por Gadara, Pela y más abajo.

Felipe concluye:

–                 A fin de cuentas, los caminos son de todos y también nosotros podíamos pasar.

Jesús dice tranquilo:

–                 Amigos… amigos. Estoy afligido. Hastiado. No aumentéis más mi dolor con vuestras mezquindades. Dejadme buscar un poco de consuelo, en las cosas que no saben odiar…  

El reproche dulce y triste, llega al corazón de los apóstoles.

Varios dicen al mismo tiempo:

–                 Tienes razón, Maestro.

–                 Somos indignos de Ti.

–                 Perdona nuestra necedad.

–                 Tú eres capaz de ver lo hermoso, porque eres Santo y miras con los ojos del corazón.

–                 Nosotros, piltrafa humana, no sentimos más que ésta… incomodidad.

–                 No hagas caso. Son tan solo nuestros cuerpos…

Jesús promete:

–                 Dentro de poco saldremos de aquí y encontraremos terreno más cómodo, aunque menos fresco.

Pedro pregunta:

–                 ¿A dónde vamos?

–                 Llegaremos al Tabor. Lo rodearemos y pasando cerca de Endor, iremos a Naím y después a la llanura de Esdrelón…

Juan exclama:

–                 ¡Oh! Será bello. Dicen que desde la cima se descubre el Mar Grande, el de Roma. Tanto que me gusta.  ¿Nos llevas a verlo? –suplica Juan con su carita de niño grande, mirando a Jesús.

Jesús pregunta acariciándolo:

–                 ¿Por qué te gusta tanto verlo?

–         No sé. Porque es grande y no se le ve el horizonte. Me hace pensar en Dios. Cuando estuvimos en el Líbano, por primera vez vi el mar; porque nunca había estado fuera del Jordán o en nuestro lago. Y lloré de emoción. ¡Qué azul! Tanta agua y no rebosa jamás. Qué cosa tan maravillosa… Y los astros que rielan en el mar con sus luces. ¡Oh! ¡No te rías de mí! Contemplaba el camino de oro del sol, hasta quedar deslumbrado.

El plateado de la luna hasta no tener más que su blancura fija en el ojo. Y los miraba cómo se perdían en lontananza. Esos caminos me hablaban. Me decían: ‘Dios está en aquella lontananza infinita y estos son los caminos de fuego y pureza que un alma debe seguir para llegar a Dios. Ven. Sumérgete en lo infinito; navegando por estos dos caminos y encontrarás al Infinito.’

Tadeo dice admirado:

–                 Eres poeta, Juan.

–                 No sé si sea poesía esto. Lo que sé es que me enciende el corazón.

Santiago de Zebedeo advierte:

–                 También has visto el mar en Cesárea y en Ptolemaida. Y muy de cerca. Estuvimos en la playa. No veo porqué debamos caminar tanto, para ver otra agua de mar. De hecho, hemos nacido en el agua…

Pedro exclama:

–                 ¡Y todavía lo estamos y en qué forma!…

Se distrajo por un momento, al escuchar a Juan. No vio un charco disimulado y se ha metido en él hasta la cintura.

Todos se ríen y él es el primero.

Juan responde:

–                 Es verdad. Pero desde arriba es más hermoso. Se alcanza a ver más lejos. Se piensa más elevado y más extensamente… Se desea… se sueña… -mira hacia adelante y sonríe a su sueño…

Jesús parece un padre que pregunta a su hijo más querido, al decir en voz baja a su predilecto:

–                 ¿Qué cosa deseas? ¿En qué sueñas?…

Juan suspira profundamente, antes de contestar:

–                 Deseo ir a ese mar infinito. Ver otras tierras que están más allá. Deseo ir allá para hablar de Ti. Sueño… sueño con ir a Roma. A Grecia. A los lugares desconocidos, para llevar la   Luz. Donde los que viven en tinieblas, entren en contacto contigo, Luz del Mundo… Sueño de un mundo mejor. En hacerlo mejor, conociéndote.

O sea, a través del conocimiento del Amor que los haga buenos, puros, heroicos. Un mundo que se ame por tu Nombre y levante tu Nombre, tu Fe, tu Doctrina; sobre el odio, el pecado, la carne, el vicio de la inteligencia, el oro. Y sueño en que yo con éstos mis hermanos; vaya por esos mares de Dios. Por caminos de luz a llevarte… como tu Madre te trajo un tiempo entre nosotros, del Cielo.

Sueño… sueño en ser el muchacho, que sin conocer otra cosa más que el amor, está sereno aún en las tormentas… y que canta para dar fuerzas a los adultos que piensan demasiado. Y que va adelante al encuentro de la muerte con una sonrisa… al encuentro de la gloria con la humildad de quién no sabe cuanto hace; pero que sí sabe ir a Ti, Amor…

Los apóstoles ni siquiera parecen respirar durante la confesión extática de Juan. Miran admirados al más joven.

Miran a Jesús que se transfigura de gozo, al encontrarse así; perfecto en su discípulo.

Cuando Juan calla, quedando un poco inclinado, Jesús lo besa sobre la frente y le dice:

–                 Iremos a ver el mar, para hacerte soñar en el porvenir de mi Reino en el Mundo.

Judas de Keriot dice:

–                 Señor. Dijiste que iremos a Endor. Entonces conténtame a mí también. Para olvidar el juicio amargo de aquel chiquillo…

Jesús pregunta:

–                 ¡Oh! ¿Todavía estás pensando en eso?

–                 Sí. Me siento empequeñecido ante tus ojos y ante los compañeros. Pienso en lo que pensaréis de mí…

–                 ¡Cómo te exprimes el cerebro por nada! Ni siquiera Yo pienso en esa tontería. Ni en lo que dijo de los otros. Tú eres el que te acuerdas de eso… Eres un muchacho acostumbrado a las caricias. Y la palabra de un niño, te ha parecido la condenación de un juez.

No debes tener miedo a esta palabra, sino más bien a tus acciones y al juicio de Dios. Pero para demostrarte que te quiero como antes, te digo que te daré gusto. ¿Qué quieres ver en Endor? Es un lugar pobre entre las rocas…

–                 Llévame y te lo diré…

–                 Está bién. Pero ten cuidado de no sufrir luego…

–                 Si a éste no le puede hacer daño ver el mar; a mí tampoco ver Endor.

–                 ¿Ver?… No. No. Es el deseo del que quiere ver en el ver, lo que te hace mal. Pero iremos…

Toman el camino que va al Tabor. Pronto el camino deja de ser lodoso y está firme. La vegetación va desapareciendo y en su lugar, se ven árboles muy altos y montones de zarzas, llenas de hojas nuevas y de flores.

Después de pernoctar en las faldas del Tabor; llegan a una llanura entre montes y ascienden a la cima. El tiempo es fresco.

Jesús señala un ranchito aferrado a las primeras altitudes del grupo montañoso y pregunta:

–                 Judas, aquello es Endor. ¿De veras quieres ir allá?…

–                 Si quieres darme gusto.

–                 Vamos entonces.

Bartolomé que por su edad no es muy amante de excursiones panorámicas, pregunta:

–                 ¿Tendremos que caminar mucho?

Jesús aclara:

–                 ¡Oh, no! Si os queréis quedar…

Judas se apresura a decir:

–                 Sí. Sí. Mejor es que os quedéis. Me basta ir con el Maestro.

Pedro responde:

–                 Pues bien. yo quisiera saber qué hay de hermoso, antes de decidir… Sobre el Tabor vimos el mar. Y después del discurso del muchacho, debo confesar que fue como si lo viera por primera vez… y lo he visto como tú, Juan: con el corazón. Allí… -Pedro señala Endor- Quisiera saber qué otra cosa se puede aprender. Y en este caso voy; aunque me canse…

Jesús invita:

–                 ¿Lo oyes? ¡Tú no has dicho todavía tu intención! Por cortesía hacia tus compañeros, dila.

Judas lo piensa un poco y luego dice:

–                 ¿No fue Endor a donde quiso ir Saúl, a consultar a la pitonisa?

–                 Sí. ¿Y qué con ello?…

–                 Pues a mí me gustaría, Maestro; ir a aquel lugar y oírte hablar de Saúl…

Pedro exclama entusiasta:

–                 ¡Oh! Si es así, entonces hasta yo voy…

Y todos confirman:

–           Vamos.

Rápidamente caminan hasta llegar a Endor.

Es un lugar muy pobre. Las casas están construidas sobre la falda del monte, que más allá de este ranchito es muy áspera. La gente que vive ahí es pobre. Sus habitantes son pastores que llevan sus ganados por el monte y por los bosques de encinas centenarias.

Pocos campos de cebada o de pienso y árboles de manzanas o higos. Pocos viñedos junto a las casas que sirven para adornar las paredes oscuras. Parece un lugar más bien húmedo.

Jesús d            ice:

–                 Ahora preguntemos dónde era el lugar donde estaba la adivina.

Detiene a una mujer que viene de la fuente con cántaros. Ella los mira con curiosidad y luego que Jesús le pregunta; groseramente responde:

–                 No sé. Tengo otras cosas más importantes en qué pensar, que en estas estupideces. –Y lo deja plantado.

Jesús se dirige a un viejecito que talla un pedazo de leño. Lo mira extrañado y responde:

–                 ¿La adivina? ¿Saúl? ¿Y quién piensa más en ello?… Pero espera. Hay uno que ha estudiado y que tal vez, él si sabe. Ven…

El viejecillo sube por una callejuela pedregosa, hasta una casa muy miserable y descuidada.

–                 Espérame aquí. Voy a llamarlo…

El hombre entra.

Y Pedro señala a las gallinas que escarban en un corralito sucio y dice:

–                 Este hombre no es israelita.

Apenas acaba de decirlo, cuando ya está de regreso el viejecillo a quién sigue un hombre tuerto, sucio y desaliñado, que dice:

–                 Iré con estos extranjeros.

El hombre tiene la voz dura y gutural; lo que aumenta el sentimiento de malestar. Y empieza a caminar para guiarlos.

Pedro, Felipe y Tomás, hacen señas a Jesús para que no vaya; pero éste no les hace caso.

Camina con Judas, detrás del hombre. Y los demás los siguen de mala gana.

El hombre pregunta a Jesús:

–                 ¿Eres israelita?

Jesús contesta:

–                 Sí.

–                 Yo también, aunque no lo parezca. Estuve mucho tiempo en tierras extranjeras y tomé costumbres que estos tontos no pueden aceptar. Soy mejor que los demás. Me dicen demonio porque leo mucho, crío gallinas que vendo a los romanos y sé curar con hierbas. Cuando era muy joven; por causa de una mujer reñí con un romano; estaba entonces en Cintium y lo apuñalé.

Él murió y yo perdí un ojo y mis bienes. Y fui condenado a prisión por muchos años… para siempre. Pero como sabía curar, sané a la hija del carcelero. Esto me valió su amistad y un poco de libertad. Me aproveché de ella para huir. Ciertamente hice mal, porque él pagó con su vida mi huida. La libertad parece atractiva cuando uno está prisionero…

–                 ¿Y después no lo es?

–                 No. Es mejor la cárcel; donde se está solo en contacto con hombres que no te permiten estar solo y que están juntos para odiarse…

–                 ¿Has estudiado a los filósofos?

–                 Era maestro en Cintium. Era prosélito…

–                 ¿Y ahora?

–                 Ahora no soy nada. Vivo en la realidad. Y odio como fui odiado y lo soy…

–                 ¿Quién te odia?

–                 Todos. Dios es el primero. Tenía mi mujer y Dios permitió que me traicionase y arruinase. Era yo libre y respetado y Dios permitió que me convirtiera en presidiario. El abandono de Dios; la injusticia de los hombres; han borrado a Aquel y a éstos. Aquí no hay nada… -y se pega en la frente y en el pecho- esto es. Aquí en la cabeza está el pensamiento. El saber. Aquí está lo que es nada. –y escupe con desprecio.

Jesús objeta:

–                 Te equivocas. Tienes todavía dos cosas allí…

–                 ¿Cuáles?

–                 El recuerdo y el odio. Vacíate de ellos. Y te daré una cosa nueva para que la metas allí…

–                 ¿Qué cosa?

–                 El amor.

–                 ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! Me haces reír. ¡Oye!… Hace treinta y cinco años que yo no me reía. Desde que comprobé que mi mujer me traicionaba con el mercader romano de vinos. El Amor… ¿A mí?… Es como si echase joyas a mis pollos. Morirían de indigestión si no lograsen arrojarlas en el estiércol. Lo mismo me sucederá a mí. Tu amor me sería pesado si no lo puedo digerir…

Jesús claramente afligido, le pone la mano sobre la espalda y Dice:

– No, hombre. No digas eso.

El hombre lo mira con el único ojo que tiene… Y lo que ve en ese rostro joven, dulce y hermosísimo, lo hace enmudecer y cambiar de expresión. Del sarcasmo pasa a una seriedad profunda. De ésta, a una verdadera tristeza.

Baja la cabeza y pregunta con una voz diferente:

–                 ¿Quién eres?

–                 Jesús de Nazareth. El Mesías…

–                 ¡¡¡Tú!!!

–                 Sí. ¿No sabías nada de mí, tú que lees?

–                 Sabía… Pero no que estuvieses vivo. Y no… ¡Oh! ¡Sobre todo, esto no lo sabía! No sabía que fueses bueno con todos… así… hasta con los asesinos. Perdóname lo que dije de Dios y del Amor. Ahora entiendo por qué quieres darme el Amor. Porque sin él, el mundo es un infierno. Y Tú Mesías, quieres convertirlo en un Paraíso…

–                 Un paraíso en cada corazón. Dame el recuerdo y el odio que te tienen enfermo y deja que Yo meta en tu corazón el Amor.

–                 ¡Oh! ¡Si te hubiese conocido antes!… Pero cuando yo lo maté; ciertamente no habías nacido todavía… Pero después; cuando libre. Como es libre la serpiente en el bosque; viví para envenenar con mi odio.

–                 Pero también has hecho el bien. ¿No dijiste que curabas con hierbas?

–                 Sí. Para que me toleren. Pero cuantas veces he luchado con el deseo de envenenar con pócimas… ¿Ves? Me vine a refugiar aquí. Porque es un lugar donde se ignora el mundo y en que éste a su vez, lo ignora a uno. Porque puedo comprar libros y estudiar… Y… Pero es un territorio maldito. En otros lugares me odiaban; yo odiaba y tenía miedo de ser reconocido… Pero soy malo.

–                 Tienes remordimientos de haber hecho mal al carcelero de la prisión. ¿Ves que todavía tienes algo de bondad? No eres malvado… Sólo tienes una gran herida abierta y nadie te la cura… Tu bondad huye de ella, como la sangre se escapa de las heridas. Pero si hubiese quién te curase la herida pobre hermano, tu bondad paulatinamente crecería en ti…

El hombre llora con la cabeza inclinada, sin que nada indique que llora.

Sólo Jesús, que camina a su lado, lo ve. Pero no dice nada más.

Llegan al socavón que está hecho de ruinas y cuevas abandonadas en el monte.

El hombre trata de que su voz sea segura:

–                 Es aquí. Puedes entrar.

–                 Gracias, amigo. Eres bueno.

El hombre no dice nada y se queda allí; mientras Jesús con los suyos, subiendo sobre grandes piedras que fueron trozos de muros muy fuertes; perturbando lagartijas y otros animales; entran en una espaciosa gruta que está ahumada en las paredes.

Hay rastros del zodiaco y cosas semejantes en las piedras.

En un rincón que está más ahumado, hay un nicho y debajo un agujero, como si fuese un desagüe. Los murciélagos adornan el techo con sus alas extendidas que causan horror y un búho, que descansaba en el nicho, molestado con la luz de una rama que enciende Santiago de Zebedeo, para evitar pisar víboras o escorpiones, sacude sus alas y cierra sus ojos.

Se percibe el hedor de animales muertos y hay rastros de ratones, pájaros y comadrejas, además del estiércol y la humedad del suelo, que contribuyen a aumentar el ambiente de un marco tenebroso de horror…

Pedro dice con ironía:

–                 Un hermoso lugar en realidad. –Y volviéndose a Juan- Era mejor tu Tabor y tu mar. –Suspira y añade dirigiéndose a Jesús- Maestro, contenta pronto a Judas, porque aquí… Ciertamente no es la sala real de Antipas.

Jesús responde:

–           Al punto. –Y volviéndose hacia Judas-  ¿Qué es lo que quieres saber exactamente?

Judas lo mira y dice:

–                 Pues… quiero saber ¿Por qué pecó Saúl al venir aquí? ¿Y si es posible que alguien pueda de verdad llamar a los muertos? ¡Oh! ¡Mejor habla Tú! Te haré las preguntas…

Pedro suplica:

–                 Bonito negocio. Vámonos por lo menos allá afuera, al sol. Sobre las piedras, nos veremos libres de la humedad y del hedor.

Jesús asiente y salen. Se sientan como pueden sobre las ruinas.

El Maestro dice:

–                 El pecado de Saúl fue solo uno de muchos que cometió antes y muchos después. Todos graves.

Judas pregunta:

–                 ¿Contra Quién? No mató a nadie.

–                 Mató su alma. Exactamente aquí, terminó de matarla. ¿Por qué bajas la cabeza?

–                 Estoy pensando, Maestro.

–                 Que estás pensando lo veo. Pero, ¿En qué? ¿por qué quisiste venir aquí? No por mera curiosidad de investigar… confiésalo.

–         Siempre se oye hablar de adivinos, magos, espíritus invocados… Quería ver si descubría algo… Me gustaría saber cómo sucedió… Pienso que nosotros  estamos destinados a llamar la atención y para atraer, debemos ser un tanto adivinos. Tú Eres Tú y lo haces con tu poder. Pero también nosotros debemos  pedir un poder… una ayuda; para hacer obras prodigiosas que se impongan…

Varios gritan al mismo tiempo:

–                 ¡Oh!

–                 ¡Bah!

–                 ¿Estás loco?

–                  Pero, ¿Qué estás diciendo?

Jesús dice:

–                 Callad. Dejadlo hablar. No está loco. Continúa Judas…

–                 Sí. Me parecía que al venir aquí, podía entrar en mí algo de la magia de tiempos idos y así hacerme más grande. Por interés tuyo, créemelo.

–                 Sé que eres sincero en este deseo natural tuyo, hijo… Pero no extiendas tu mano al fruto prohibido. Aún sólo acercarla es imprudencia. No tengas curiosidad por conocer lo ultraterreno, tan sólo por temor de que no se te meta el veneno satánico.

Huye de lo oculto y de lo que no tiene explicación. Una sola cosa tiene que aceptarse con santa Fe: Dios. Pero lo que Dios no es y que no es explicable con las fuerzas de la razón o que pueden crearse con las fuerzas del hombre, huye de eso. Huye de eso. Que no se te abran las fuentes de la malicia y finalmente comprendas que estás desnudo. DESNUDO. Desnudo; cosa repulsiva aún al mundo.

Dios dijo a Adán y Eva, ¿Cómo supisteis que estabais desnudos? Sólo por haber comido del fruto prohibido… Y los arrojó del Paraíso de delicias.

Y en el Libro, de Saúl está escrito: “Dijo Samuel apareciendo, ¿Por qué me perturbaste con hacerme llamar? ¿Por qué preguntarme después de que el Señor se ha retirado de ti? El Señor te tratará cómo te lo dije, porque no quisiste obedecer a su Voz”

¿Por qué quieres llamar la atención con prodigios tenebrosos? Haz que los demás queden estupefactos con tu santidad y que sea luminosa, como cosa que viene de Dios.

No tengas deseos de rasgar los velos que separan a los vivientes de los que se han ido. No los perturbes. Escúchalos si son prudentes, mientras están en la tierra.

Venéralos con obedecerles, aún después de su muerte. Pero no disturbes su segunda vida. Quien no obedece la voz del Señor, pierde al Señor. 

Y el Señor ha prohibido el Ocultismo, la nigromancia y el satanismo en todas sus formas. ¿Qué quieres saber de más, que la Palabra no te lo haya dicho? ¿Qué quieres hacer de más; de cuanto tu bondad y mi Poder te conceden realizar? No ambiciones el pecado, sino la santidad; hijo.

No te mortifiques. Me gusta que te descubras tal cual eres. Lo que te agrada a ti, agrada a muchos. A demasiados  Solo el fin que pones a este deseo tuyo: ‘El de ser poderoso para atraer a Mí’, quita mucho peso a esta debilidad tuya y pone alas, pero son de pájaro nocturno. 

No, Judas mío. Ponte alas de sol. Pon alas de ángel a tu espíritu. Con el solo viento de ellas, atraerás corazones. Y los atraerás en tu estela a Dios. ¿Podemos irnos?…

–                 Sí, Maestro. Me equivoqué…

–                 No. Has sido un investigador. El mundo está lleno siempre de eso. Ven, ven. Salgamos de este apestoso lugar. Dentro de pocos días es la Pascua. Y luego iremos a la casa de tu madre. Te recuerdo tu casa honesta, a tu madre santa. ¡Oh, qué paz!

Como siempre, el recuerdo y la alabanza de Jesús a la madre, tranquilizan a Judas. Salen de las ruinas y empiezan a descender por el sendero. El hombre tuerto todavía está allí.

Tratando de no ver la cara enrojecida por el llanto, Jesús le pregunta:

–                 ¿Todavía estás aquí?

–                 Sí. Aquí. Si me lo permites, te seguiré. Tengo que decirte algo…

–                 Ven pues conmigo. ¿Qué es lo que quieres decirme?

–                 Jesús… Pienso que para tener fuerzas de hablar y de cambiarme a mí mismo, por medio de una magia santa; para evocar mi alma muerta del modo como  la adivina llamó a Samuel, porque era el deseo de Saúl; yo debo pronunciar tu Nombre, que es dulce como tu mirada. Santo como tu Voz. Tú me acabas de dar una nueva vida y no tiene forma. Está incapacitada como la de un ser que acaba de nacer, con miembros débiles. Lucha entre membranas que le estorban. Ayúdame a salir de mi muerte.

–                 Sí, amigo.

–                 Yo… yo comprendo que tengo todavía un poco de ser humano en mi corazón. No soy del todo una fiera. Puedo todavía amar y ser amado. Perdonar y ser perdonado. Esto me lo está enseñando tu amor, que es Perdón. ¿No es así?

–                 Sí, amigo.

–                 Entonces llévame contigo. Seré Félix. ¡Ironía! Dame otro nombre. Quiero que el antiguo quede muerto para siempre. Te seguiré como el perro callejero que al fin encuentra un dueño. Seré tu esclavo si así lo deseas. Pero no me dejes solo…

–                 Sí, amigo.

–                 ¿Qué nombre me das?

–                 Un nombre que amo: Juan. Porque eres el regalo que hace el Señor. ¿Y tu casa?

–                 Ya no tengo casa. Dejaré a los pobres cuanto poseo. Sólo dame amor y un pan.

–                 Ven. –Jesús se voltea y llama a los apóstoles- A vosotros, amigos. Y sobre todo a ti Judas, os doy las gracias. Hé aquí al nuevo discípulo. Viene con nosotros hasta que lo podamos dejar con los demás. Alabad a Dios conmigo.

Realmente los doce, no parecen muy felices. Pero hacen buena cara por obediencia y cortesía.

Juan de Endor, dice:

–                 Aquella es mi casa. Si me permites, me adelanto. Me encontrarás en el umbral.

–                 Ve pues.

El hombre parte a la carrera. Y Jesús dice:

–                 Ahora que estamos solos, os ordeno. Esto os ordeno, de que seáis buenos con él y que no digáis a nadie, nada de su pasado. Por ningún motivo. ¿Lo entendéis? Quién diga algo o falte a la caridad al hermano redimido, lo arrojaré al punto de Mí. ¿Habéis entendido? Y ¡Ved cuán bueno es el Señor! Venimos aquí por un fin humano y Él nos concede regresar con algo sobrenatural. ¡Oh! ¡Yo gozo por la alegría que hay en el Cielo por el nuevo convertido!

Llegan frente a la casa. En el umbral está el hombre con un vestido oscuro y limpio, un manto y un par de sandalias nuevas. Y una alforja sobre la espalda. Se ha aseado y se ve diferente. Cierra la puerta y toma una gallina blanca que acloca entre sus manos. La besa, llora y la deja.

Dice a Jesús:

–                 Vámonos. Perdona, pero estas gallinas me han amado. Platicaba con ellas y me entendían… -Y se vuelve hacia un vecino que lo mira pasmado- Ten. Esta es la llave de mi casa. Yo me voy para siempre. Haz con lo mío lo que tú quieras y cuida de mis gallinas. No las maltrates. Cada sábado viene un romano y compra los huevos… te dejarán utilidades. Y que Dios te lo pague.

El hombre está atolondrado. Toma la llave y se queda con la boca abierta.

Jesús agrega:

–                 Haz como él dice. También Yo te lo agradeceré. En Nombre de Jesús, Yo te bendigo.

El hombre lo mira asombrado y grita:

–                 ¡Oh! ¡El Nazareno! ¡Eres Tú! ¡Misericordia! ¡He hablado con el Señor…! ¡Oh!

Y gritando a todo el pueblo:

–           ¡Vengan todos! ¡El Mesías está con nosotros!

El hombre está tan felíz y lo manifiesta abiertamente, gritando alabanzas.

Luego pregunta a Jesús:

–                 ¿A dónde vas?

Jesús contesta:

–                 A Naím. No puedo quedarme.

–                 Te seguiremos… ¿Quieres?

–                 Venid. Y a quién se queda, dejo mi paz y mi bendición.

Se dirigen hacia el camino principal y lo toman.

Juan de Endor, que camina junto a Jesús y que se dobla un poco bajo el peso de su alforja, atrae la curiosidad de Pedro.

El antiguo pescador le pregunta:

–                 Pero, ¿Qué llevas ahí que parece tan pesado?

Juan de Endor contesta:

–                 Mi ropa y… libros. Mis amigos, junto con los pollos. No pude separarme de ellos y pesan…

–                 ¡Eh! ¡La ciencia pesa! Y ¿A quién le gusta, he?

–                 No me dejaron enloquecer.

–                 Debes quererlos mucho. Qué libros son.

–                 Filosofía e historia. Poesía griega y romana.

–                 Hermosos, hermosos. Ciertamente hermosos. Pero, ¿Piensas llevarlos contigo?

–                 Algún día lograré separarme de ellos. Pero al mismo tiempo todo, no se puede. O ¿No es así, Mesías?

Jesús responde:

–                 Llámame Maestro. No se puede. Te buscaré un lugar donde puedas dar refugio a tus amigos, los libros. Te podrán servir para discutir con los paganos acerca de Dios.

–                 ¡Oh! ¡Cuán claramente sabes pensar y comprender!

Jesús sonríe y Pedro exclama:

–                 ¡Vive Dios! –Señala a Jesús- ¡Él es la misma Sabiduría Encarnada!

Juan de Endor agrega:

–                 Es la Bondad. Créemelo. Y ¿Tú eres culto?

Pedro dice:

–                 ¿Yo? ¡Cultísimo! Distingo una alosa de una carpa y ahí termina toda mi cultura. Soy pescador, amigo. –Y Pedro ríe humilde y francamente.

–                 Eres honrado. Es una ciencia que se aprende por sí misma. Y es muy difícil conseguirla. Me gustas.

–                 También tú porque eres franco. Y aún en el excusarte. Yo perdono todo. ayudo a todos. Pero soy enemigo jurado de los falsos e hipócritas. Me dan asco.

–                 Tienes razón. El falso es un criminal.

–                 Un criminal. Lo has dicho. Oye, ¿No tienes desconfianza en prestarme un poco tu alforja? Puedes estar seguro de que no me escaparé con los libros. Me parece que te pesan mucho.

–                 Veinte años de minas lo despedazan a uno. Pero, ¿Por qué quieres cansarte tú?

–                 Porque el Maestro nos ha enseñado a amarnos como hermanos. Dámela y toma mis harapos. Mi alforja es ligera. No hay historias, ni poesía y la otra cosa que dijiste es Él… ¿Filosofía?…  Él, mi Jesús; nuestro Jesús…

Y siguen conversando mientras avanzan a lo largo del camino que atraviesa la montaña…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

 

 

7.- ENTRE LA CRUZ Y LA MAGIA


En la casa de Adrián, éste está sentado con Diego en una de las bancas del jardín más próximas a su cubículum (dormitorio) Hasta allí se escuchan unos gritos. Una especie de gruñidos, alaridos y rugidos, unidos en una sola y escalofriante mezcla.

Diego muestra preocupación en su mirada mientras pregunta:

–           ¿Sigue igual?

Adrián mueve la cabeza de un lado para otro y contesta con tristeza:

–          No. Está peor. Por eso te mandé llamar. Ningún médico comprende lo que le pasa. Lo único que saben decir es que está loco. Se retuerce, echa espuma, blasfema de los dioses del Olimpo y hemos tenido que encadenarlo porque se ha vuelto más agresivo, desde que lo llevamos al templo de Esculapio.

–          Te veo mal. ¿Estás enfermo?

–          Mi madre llora sin consuelo y nada me ha funcionado con los sortilegios, ni con los consejos de mi espíritu guía y protector.  Y si a esto le agregas el dolor que me abruma a causa de Ariadna. ¿Qué te puedo decir, amigo mío?

Diego suspira y luego comenta:

–           Te comprendo demasiado bien. También yo estoy muy apesadumbrado por causa de ella. Tal parece que cargamos con una maldición.

Hemos sido amigos desde niños ¿Por qué teníamos que enamorarnos de la misma mujer?

–           Eros se está divirtiendo con nosotros.

–           Ayer tuve una experiencia muy curiosa. Por la tarde yo estaba en el triclinium del jardín, pensando angustiado en todo lo que me estaba sucediendo. Mi hermano Víctor se puso peor que nunca y yo no sabía cómo consolar a mi pobre madre. Adela mi aya, nos llevó unos refrigerios y tratando de consolarme me dijo: “Amito Adriano, ¿Me permitirías llamar a Miriam? Es la ayudante en la cocina. Ella tiene algo muy importante que deciros, si consientes en escucharla unos momentos. ¿Lo harás?”- y me miró con unos ojos tan suplicantes, que no supe que me pasó y le dije “Está bien. Que venga.” Estuve a punto de arrepentirme en consentir hablar con los esclavos. ¡Y menos con una judía! Cuando regresaron las dos, yo seguía allí, sintiéndome cada vez más desgraciado. ¡Fíjate cuán grande sería mi desesperación, que hasta invoqué al Dios Desconocido de los griegos y le prometí una ofrenda si me ayudaba!

Cuando Myriam llegó, le ordené: “Habla”

Al principio con timidez y luego con gran seguridad, me contó esta historia:

“Cuando el rey de Siria estaba listo para hacer la guerra a Israel, había en su corte un hombre valioso y respetado de nombre Naamán, el cual estaba leproso. Había también una esclava israelita que habían robado los sirios y ésta les dijo: “Si llevasen a mi señor al profeta que hay en Samaría, ciertamente lo limpiaría de la lepra.” Naamán le pidió permiso al rey y siguió el consejo de la joven. El rey de Israel se enojó mucho y exclamó: ‘¿Soy acaso Dios para que el rey de Siria me mande sus enfermos? Esta es una trampa para que haya guerra. Más el profeta Eliseo cuando se enteró, dijo: “Que venga a mi casa el leproso, lo curaré y sabrá que en Israel hay un profeta.” Naamán fue a ver a Eliseo, pero éste no lo recibió; tan solo le mandó  decir: “Lávate siete veces en el río Jordán y quedarás limpio.” Naamán se fastidió y pareciéndole que para nada había venido de tan lejos y caminado tanto, trató de regresar. Sus siervos le dijeron: ‘Solo te pidió que te lavaras siete veces y aunque te hubiese mandado muchas más, deberías hacerlo porque él es el profeta.’ Entonces Naamán reflexionó, se levantó, fue y se lavó. Y quedó curado. Lleno de gozo, fue a casa del siervo de Dios y le dijo: “Ahora sé la verdad. No hay otro Dios sobre la Tierra, sino solo el Dios de Israel.” Y como Eliseo no aceptara dones, le pidió que cuando menos le permitiera llevar tanta tierra como para hacer un altar en el que él  pudiera sacrificar para El Dios Verdadero, sobre tierra de Israel.” Y Miriam calló.

Algo se removió dentro de mí y le pregunté: ¿Qué tratas de decirme?

Y entonces Adela me contestó:

–           Si tú lo quieres, mi amo. Pasado mañana, estará aquí en Roma un profeta más grande que Eliseo, porque es un Apóstol del Dios Único y Verdadero. Y él puede curar a Víctor y hacer que regrese la felicidad a esta casa.

–          ¡Claro que quiero! Llévame con él.

Adrián hace una pausa y luego pregunta a Diego:

–           Te mandé llamar para invitarte ¿Te gustaría acompañarnos?

–           ¡Claro que sí! Por nada me pierdo semejante portento… Oye, ¿Y si no pasa nada?

Adrián dice esperanzado:

–           Algo me dice que no será así. Presiento… no sé… Pero tengo necesidad tanto de comprobarlo, como de que mi hermano se cure.

La tarde declina y pronto será de noche. Los dos amigos se quedan hablando de aquella insólita aventura.

Mientras tanto en otra casa del Vicus Patricius…

En el pórtico que circunda un hermoso jardín, en donde se escucha el murmullo del agua que lanzan los surtidores de una bella fuente, Leonardo da largos paseos con las manos unidas a su espalda. Su ceño fruncido, su ira contenida y su furiosa concentración; hablan de un humor que no debe ser perturbado. Sus pisadas son fuertes y enérgicas. Después de hablar con su “espíritu guía”, está más confundido que nunca.

Tres días antes, uno de los informantes que había distribuido en todos los lugares donde puede averiguar algo de Sofía, le avisó que había regresado a su casa. Él fue inmediatamente a buscarla…

Y al recordar la entrevista que tuvieron, su rostro se ensombreció más todavía…

Estaba más bella que nunca. Alta, morena clara, con un cuerpo escultural que se dibujaba a través de los pliegues de su vestido color malva. Sus cabellos negros y ondulados, peinados con una diadema que por detrás tiene un velo como de seda en un tono rosa muy tenue. Su rostro de finas y armoniosas facciones, tiene una mezcla de dulzura a pesar de su severidad. Están sentados en el atrium y hacen una hermosa pareja. Leonardo tiene una sonrisa forzada que lo hace lucir poco agradable. Pareciera que bajo una capa de benevolencia, late una voluntad turbia y oscura. Él hace grandes protestas de afecto a la joven, declarándose listo para hacer de ella una esposa feliz; reina de su corazón y de su casa. Pero ella rechaza sus ardientes declaraciones de amor, con serena firmeza.

Leonardo insiste:

–           Pero tú podrías hacer de mí, un santo de tu Dios, Sofía. Porque tú eres cristiana y  yo lo sé. Pero no soy enemigo de los cristianos. Tampoco soy un incrédulo sobre las verdades de ultratumba. Creo en la otra vida y en la existencia del espíritu. También creo que seres espirituales velan sobre nosotros y se manifiestan si los invocamos para ayudarnos. Yo he recibido su guía y su auxilio. Como puedes ver, creo cuanto tú crees. No podría nunca acusarte, porque sería como acusarme a mí mismo por tu mismo delito. No creo como los demás, que los cristianos sean personas que ejercen una magia malvada. Y estoy convencido de que nosotros dos estando unidos, haríamos grandes cosas.

Inconmovible, ella responde:

–           Leonardo, por favor no insistas. Yo no discuto tus creencias. Yo también quiero creer que unidos, haremos grandes cosas. Ni siquiera niego que soy cristiana. Y quiero admitir que tú eres amigo de los cristianos. Rogaré a Dios por ti para que tú los llegues a amar a tal punto, que tú te conviertas en un campeón entre nosotros. Entonces si Dios lo quiere, estaremos unidos en una misma suerte. Pero sería un destino totalmente espiritual. Pues de otro tipo de uniones yo soy esquiva, porque he decidido reservarme a mí misma con todo mi ser, para entregarme al Señor y Dios mío. Voy a conseguir aquella Vida en la cual también dices que crees, alcanzando la amistad de los que tú también admites que están sobre nosotros; protegiéndonos vigilantes y operantes, en el Nombre Santísimo del Señor, obrando para nuestro bien.

Leonardo exclama exasperado:

–           ¡Basta, Sofía! Mi espíritu protector es muy poderoso y te doblegará hasta que te sometas a mis deseos.

Sofía replica con firmeza:

–           ¡OH, NO! Si él es un espíritu celestial, sólo querrá lo que la Voluntad de Dios quiera. Dios para mí, quiere la virginidad. Y yo espero el martirio. Y por lo mismo, tu protector no logrará inducirme a hacer ninguna cosa contraria al querer de Dios. Y si es un espíritu que no viene del Cielo, entonces absolutamente nada podrá sobre mí. Porque sobre él levantaré en mi defensa  el Signo de la Victoria que tengo en la mente, en el corazón en el espíritu, sobre mi cuerpo. Grabado como un tatuaje vivo, que nos vuelve victoriosos sobre cualquier voz que no sea la de mi Señor. Vete en paz hermano y que Dios te ilumine para que conozcas la Verdad. Yo rogaré para que su luz llegue a tu alma.

Leonardo deja la casa refunfuñando amenazas. Y Sofía lo ve partir con lágrimas de compasión.

Sus padres están alarmados y la joven los tranquiliza diciendo:

–           No temáis. Dios nos protegerá y hará nuestro a Leonardo. Orad vosotros también y Tengamos fe en nuestro Señor Jesucristo.

Y Sofía se retira a su cubículum y ora postrada delante de una cruz desnuda, sostenida entre dos ventanas y sobrepuesta en la figura labrada del Cordero Místico. Su oración es ferviente y hay un momento en que sobre ella; suspendida en el aire aparece una luminosidad que poco a poco toma la forma incorpórea de un ser angélico, que la envuelve totalmente con su luz.

Mientras tanto, a la misma hora en la casa de Leonardo. En una estancia privada, en la que hay instrumentos y signos cabalísticos y mágicos; el joven patricio trabaja alrededor de un trípode, sobre el cual lanza sustancias resinosas que hacen que se levanten densas volutas de humo; al mismo tiempo que traza sobre él signos, murmurando palabras que siguen un oscuro ritual. El ambiente se satura de una niebla azulada que vela el contorno de las cosas y hace que parezca que el cuerpo de Leonardo, está en una lejanía de aguas trémulas. Entonces se forma un punto fosforescente que va creciendo poco a poco, hasta alcanzar la forma y el volumen de un cuerpo humano.

Enseguida los dos establecen un diálogo incomprensible a nadie más. Leonardo se arrodilla y da muestras de veneración, al mismo tiempo que ruega al que parece considerar alguien muy poderoso. Luego, la niebla desaparece lentamente y Leonardo queda nuevamente solo…

Entonces en la estancia de Sofía sucede un cambio. Ella continúa orando. Un punto fosforescente y danzante, como una bola de fuego envuelve a la joven orante. Es la hora de la tentación para Sofía. Y la luz de fuego se transforma en un ángel maligno. El cual con visiones mentales, trata de suscitar sensaciones para hacer caer a la virgen consagrada a Dios y persuadirla a través de los sentidos. Ella sufre intensamente y cuando está a punto de ser dominada, supera la durísima prueba con el signo de la cruz que ella traza con su mano en el aire, mientras lleva su otra mano hacia su cuello, a otra cruz que cuelga de una fina cadena de oro. La saca de su pecho y la levanta, mientras dice con voz autoritaria:

–           ¡Retírate Satanás! Yo soy de Dios y nada en mí te pertenece.

Pero el adversario no se da por vencido. Le muestra a Sofía escenas de una vida familiar idílica, con un esposo rendido y apasionado.

A la tercera vez, la tentación es tan fuerte y el ataque es tan violento; que Sofía se abraza a la gran cruz que está suspendida y agarrada sobre el muro. Ella alza delante de sí la otra pequeña cruz. Parece un combatiente aislado que se defiende a la espalda con un firme refugio y al frente, con un escudo invencible. La luz fosforescente no resiste aquella doble señal y desaparece.

Al día siguiente, Leonardo regresa a la casa de la joven que lo tiene obsesionado y trata de convencerla una vez más con sus reiteradas promesas de amor.

–           Te estoy proponiendo que seas mi esposa, Sofía. La reina de mi hogar y la madre de mis hijos. Estoy siendo honesto y no te pido nada indebido. ¿Por qué te sigues negando? –Suplica exasperado- Por favor recapacita y cambia tu decisión.

Sofía replica inconmovible:

–           No soy yo quién debo cambiar de pensamiento, sino tú el tuyo, Leonardo. Si te liberas de la esclavitud a que te somete ese espíritu malvado, tu alma será salvada. Yo ahora más que nunca, permanezco fiel a Dios en el cual creo. Y a Él todo lo sacrifico por el bien de todos. Y ya verás que el poder de mi Dios es infinitamente superior al de vuestros dioses y al del Maligno que en ellos adoráis.

Leonardo se retira desilusionado una vez más; colérico y decidido a no renunciar a ella. “Tiene que ser mía.” Piensa mientras vuelve a su casa a repetir el ritual del día anterior.

Y nuevamente una jovencita sola, con una cruz en las manos y otra adosada al muro de su habitación, entabla un combate feroz.

Es una doncella convencida del Poder de la Cruz, que se ha refugiado en ella para vencer. En su lucha hay un hombre cuyo contubernio con Satanás, lo hace rico de todos los vicios capitales y tiene como aliado al Amo del Infierno, con todo su poder y sus seducciones.

Éste está furioso porque a pesar de haber desencadenado todas las fuerzas del Mal, para destruir y hacer perecer; no solo ha sido vencido por la joven virgen, sino que también es doblegado y obligado por la fuerza invencible de Dios.

De esta forma,  Satanás debe confesar la verdad y perder a su discípulo:

“El Dios Crucificado es más poderoso que todo el Infierno junto. Siempre me vencerá. Quién cree en Él, está a salvo de cualquier insidia. LA FE ES LA CUESTION VITAL.”

La respuesta de su “protector” ha sido la causante de la ira del patricio. Y es lo que más lo abruma en su paseo.

Finalmente se sienta en el triclinio y con su  mentón apoyado sobre su puño izquierdo cerrado, piensa por largo rato. Siguiendo el hilo de sus pensamientos, levanta su mano derecha y traza en el aire, con el dedo una cruz… Y se queda inmóvil por unos segundos.

Luego se refleja en su semblante una firme determinación. Se levanta. El razonamiento que lo ha decidido ha sido éste: “Ya que Jesucristo el Crucificado es el Dios Todopoderoso y nada puede contra Él, me convertiré en  cristiano y voy a adorarlo.”

Parece una magnífica estatua. De su semblante desaparece el aire torvo y sombrío. En ese momento llega un esclavo y le avisa que ha llegado un mensajero de la casa de Adriano, con una carta para él. Leonardo la lee…

Y a la mañana siguiente se une a la comitiva que se dirige a la Puerta del Cielo.

Cuando cruzan el atrio de la regia mansión, Leonardo se fija en el Lararium (especie de oratorio donde se adoran los dioses domésticos): lo único que tiene es una enorme cruz desnuda hecha de mármol que parece suspendida con lazos invisibles, con un gran lienzo blanco y plegado que cuelga de uno a otro de sus brazos y un letrero en un pedestal que en latín y en griego dice: “JESÚS ESTA VIVO”

Al lado izquierdo se lee: “Si quieres alcanzar la perfección, aprende la ciencia de VIVIR MURIENDO Y MORIR AMANDO.”

En el lado derecho está escrito: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, con todo tu ser, sobre todas las cosas. Y a tu prójimo como a ti mismo…”

Adela, la aya de Adriano, dice unas palabras al que los ha recibido. Este asiente con la cabeza y luego se dirige a todos:

–      Bienvenidos, hermanos. Que la paz de nuestro Señor Jesucristo esté con todos vosotros. No temáis. Todo estará bien. Traigan al enfermo.

Cuatro africanos gigantescos llevan al enfermo amarrado como un bulto, hasta un salón anexo al atrium y que en otros tiempos funcionó como taberna para los invitados.

Luego todos los demás son conducidos al jardín posterior, donde Pedro está hablando en el salón porticado a una gran cantidad de personas reunidas:

“Os hablo una vez más de esta Cena en que antes de ser Inmolado por los hombres, Jesús de Nazaret, llamado el Nazareno, el Hijo de Dios Vivo y Verdadero. Y Salvador nuestro, como hemos creído con todo nuestro corazón e inteligencia. Porque en creerlo está nuestra salvación. Se inmoló por su propia voluntad y por su gran amor, se dio a Sí Mismo en comida y bebida a los hombres, cuando tomó un pan entero y lo puso sobre una copa llena de vino. Los bendijo y los ofreció a Dios Padre. Luego partió el Pan en trece pedazos y dio uno a cada uno de los apóstoles, reservando uno para su Madre Santísima. Y dijo: “Tomad y comed. Esto es mi Cuerpo. Haced esto en recuerdo de Mí, que me voy… Después tomó el Cáliz y dijo: “Tomad y bebed. Esto es mi Sangre. Este es el Cáliz del Nuevo Pacto sellado en mi Sangre y por mi Sangre que será derramada por vosotros, para que se os perdonen vuestros pecados y para daros la Vida. Haced esto en recuerdo mío.”

Y es lo que estamos haciendo. Así como nosotros sus testigos creemos que en el Pan y en el Vino, ofrecidos y bendecidos como Él lo hizo, en memoria suya y por obedecerle, están su Cuerpo Santísimo y su Sangre Preciosa, Poderosa y Adorable. Este Cuerpo y esta Sangre que son del Dios Encarnado, Hijo del dios Altísimo. Sangre que fue derramada y Cuerpo que fue crucificado por amor y para dar Vida a los hombres. Así también a vosotros que habéis entrado a formar parte de la Iglesia verdadera, inmortal, que predijeron los profetas y que fundó Jesús, debéis creerlo.

Creed y bendecid esta señal como perdón suyo. Pues nosotros, si no fuimos sus crucificadores materiales, si lo fuimos moral y espiritualmente, principalmente por nuestros pecados. Por nuestra debilidad en servirlo. Por nuestra ceguera en comprenderlo. Por nuestra cobardía en abandonarlo, huyendo en su hora postrera y ¿Qué puedo deciros de mi personal traición? Pues lo negué por miedo y cobardía. Negué que era su discípulo aun cuando me había elegido para ser el primero entre sus siervos.- gruesas lágrimas corren por sus mejillas y bañan todo su rostro- Poco antes de la hora Prima; allá, en el patio del Templo.

Creed y bendecid al Señor, todos los que no lo conocieron cuando era el Nazareno y permite que ahora lo conozcan como el Verbo Encarnado. El Cordero que ha sido Inmolado; Rey de Reyes; Sacerdote y Dios; Hijo del Dios Altísimo; Hombre Verdadero y Dios Verdadero; Maestro, Salvador y Redentor nuestro; que murió Crucificado y Resucitó de entre los muertos. Y ahora ha regresado al Cielo, para estar glorioso con el Padre. “Venid y Tomad” Él lo dijo: “Quién come mi Carne y bebe mi sangre, tendrá Vida Eterna.”

Él creó vuestras almas y las redimió con su Vida y con su Sangre Santísima. Él os está llamando para ser ovejas de su Rebaño. El Buen Pastor está buscando a la oveja perdida. Y os llama para salvaros. Él ha redimido vuestras almas y las espera para darles la Vida Eterna.

Pedro calla.

Después de unos momentos, dice:

–           Vayamos ahora a los enfermos…

Celina se acerca y le dice algo en voz baja. Pedro sonríe y se dirige hacia donde está el grupo de Adriano. Los saluda:

–           Paz a ustedes, hermanos.

–           Salve.- contestan todos.

Y mientras caminan al lugar en que dejaron a Víctor, Adrián dice:

–          Está loco por un mal misterioso. Nadie ha podido curarlo. Es mi hermano, -señalando a la mujer que llora con profundo dolor, agrega.- y ella es mi madre. Hemos venido…

Adrián ya no sabe que decir y baja la cabeza apesadumbrado.

Pedro trata de consolarlo:

–           Ahora se le pasará.

Y Pedro se dirige al hombre que pese a que está amarrado fuertemente, da unos saltos con unos rugidos escalofriantes que aumentan a medida que el apóstol se va acercando.

Todos miran asombrados al enfermo que se agita siempre más.

Adrián advierte:

–           Ten cuidado. Es muy agresivo.

Pedro llega hasta el hombre que a pesar de sus ataduras, pareciera a punto de soltarse;  mientras gruñidos espeluznantes rugen en forma sobrehumana de su garganta. El apóstol declara tranquilamente:

–           Vosotros le creéis loco. Dices que ningún médico puede curarlo. Es verdad. Ningún médico porque no está loco; sino que uno de los inferiores como ustedes los conocen, ha entrado en él…

Adrián replica:

–           Pero no tiene el espíritu de Pitón. Al contrario. Solo dice incoherencias.

Pedro explica:

–           Nosotros lo llamamos “demonio” no Pitón. Hay el que habla y el que es mudo. El que engaña con razones aparentes de verdad y suele pasar desapercibido. Es el más peligroso. Y hay el que produce solo un desorden mental. El primero de los dos es el más completo y entre menos se advierte su presencia, más destrucción produce. Tu hermano tiene el segundo, pero ahora saldrá de él.

–           ¿Cómo?

–           Él mismo te lo dirá.

Entonces, dirigiéndose al enfermo, Pedro ordena:

–           ¡En el Nombre de Jesucristo deja a este hombre y regresa a tu Abismo!

El hombre lanza un alarido escalofriante y grita:

–          ¡Me voy! Contra ti y por Él, mi poder es demasiado débil. Me arrojas y me amordazas. ¿Por qué siempre nos vences?

El espíritu que habló por boca de Víctor, sale con un alarido más fuerte. Y el hombre se desploma como si se hubiera desmayado.

Pedro dice:

–           Está curado. ¡Soltadlo sin miedo!

Varias voces dicen al mismo tiempo:

–           ¿Curado?… ¿Estás seguro?… Pero…

Adrián intenta postrarse, al mismo tiempo que exclama:

–           ¡Yo te adoro!

Pero Pedro lo detiene inmediatamente:

–          ¡No lo hagas! Yo soy solo un hombre como tú. Levanta tu alma. En el Cielo está Dios. A Él adórale. Y dirige tus pasos hacia Él.

–           Entonces permite que te trate como a los sacerdotes de Esculapio. Permite que te oigamos hablar y ver como curas a los enfermos.

–           Hazlo. Y trae a tu hermano.-y dirigiéndose al grupo, los invita – Si queréis, todos podéis pasar.

Mientras tanto, Víctor está sorprendido. Y mirando a todos pregunta:

–           ¿Pero dónde estoy? Esto no es Ostia. ¿Dónde está el mar?

Adrián contesta:

–           ¡Estabas…!

Pedro lo interrumpe al hacer una señal con la que impone silencio y dirigiéndose a Víctor le dice:

–           Tenías una fiebre muy alta y te han traído a Roma. Ahora estás mejor. Ven.

Dócilmente, el hombre se levanta y camina junto al apóstol. Todos los siguen, conmovidos, sorprendidos y sin comprender cabalmente lo que ha sucedido.

Adrián no puede contenerse y adelantándose llega hasta Pedro y le pregunta:

–          Dijiste levanta tu alma. ¿Qué cosa es el alma? ¿De quién viene? ¿Dónde está?

–           Seguidme y lo sabréis…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA