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P41 EL LIBRE ALBEDRÍO


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Para quien vive sumergido en el mundo y le gustan los espectáculos y los deportes, en el próximo año 2014 se celebrará en Brasil el Campeonato Mundial de Futbol; evento que engloba las esperanzas y los intereses de millones de personas en el mundo entero.

Todo gira alrededor de una copa ganada por los integrantes de dos equipos, que se disputarán en la cancha el honor y la gloria que en la antigüedad proporcionaban una corona de laurel y que ahora promete satisfacciones a sueños increíbles: fama mundial, dinero, gloria deportiva, etc. Todo esto merece el sacrificio y el precio, por verlo convertido en realidad: ser los campeones del mundo.

campeon del mundo

Para el resto de los humanos que no somos atletas deportivos, pero queremos admirar esta competencia, nos quedan dos alternativas: para quien posee los medios económicos, trasladarse al país del carnaval y la samba. O si no, disfrutarlo por televisión. Para los aficionados al futbol, corear goles aunque sea en la sala de la casa o en su restaurant-bar favorito, será todo un acontecimiento.

Para quien conoce la emoción generada por miles de espectadores en un coloso como el de Santa Úrsula, (Estadio Azteca) deseará vivirlo igualmente en Maracaná.

Es apasionante hacer la ‘ola’, aplaudir, gritar, dar libre expansión a la pasión futbolera. Y compartir con los demás, el triunfo de nuestro favorito. ¡O al menos esa es la ilusión! Ya sabemos cuántas lágrimas y sueños truncados, costarán a los eliminados.

Los espectadores no nos preocupamos gran cosa por eso. Al público sólo le importa, apoyar y aplaudir… O abuchear, cuando la actuación es decepcionante.

La gran mayoría de la gente estamos acostumbrados precisamente a esto: A SER ESPECTADORES.

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Y ESTAMOS COMETIENDO UN ERROR TERRIBLE al pensar que en el mundo espiritual, las cosas se manejan de la misma manera.

Si trasladamos la Guerra Espiritual por las almas a un escenario deportivo; con la tremenda confusión que tenemos en nuestro pensamiento, creemos que también somos espectadores. En la cancha se disputan nuestras almas, el equipo de los diablos rojos (Y no del Toluca) contra los ángeles blancos. Y seguimos lanzando porras a nuestro equipo favorito, mientras disfrutamos lo más que podemos de los espectáculos y la bulla que nos rodea… (El mundo) que generalmente también, es de lo más divertido.

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Satanás se encuentra más que satisfecho con el desarrollo actual de los acontecimientos y no tiene la más mínima intención de cambiar la situación o permitir que se la cambien. Todo es cuestión de perspectivas…

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LA REALIDAD es que en esta contienda, ¡NO HAY GRADERÍAS! En el estadio de la vida real, no existen tribunas.

Estamos en la cancha jugando, metiéndole goles a la portería de Satanás: Si nuestra vida es CRISTOCÉNTRICA y gira alrededor de la Eucarístía, la Oración, el Evangelio y los Sacramentos. También las guerras personales para mantenerla así, suelen tener aventuras tragicómico EMOCIONANTES, mientras mantenemos a raya a los diablos que suelen complicarnos las cosas, bastante.

angel demonio

O estamos metiéndole goles a la portería celestial y a Dios:

Si nuestras obligaciones religiosas terminan al salir de Misa los Domingos y las satisfacciones espirituales las obtenemos de nuestros coqueteos con la yoga, el reiki, la new age, la meditación tántrica, la ‘inocencia’ de nuestras escapadas con los maestros mentalistas; para obtener buena fortuna en el dinero, la salud y el amor.

mentalismo

Nos damos limpias de vez en cuando, para cortar con los maleficios de los envidiosos o cargamos nuestros amuletos favoritos para… etc, etc, etc. Porque la vida hay que vivirla y el fanatismo religioso, también es perjudicial. Además…

Nuestras justificaciones PARA NO CAMBIAR NI UN ÁPICE DE NUESTRA COMODIDAD; son tan abundantes, como nuestro rechazo absoluto a lo que atenta contra nuestras ideas particulares de lo que HEMOS DECIDIDO CREER…

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Porque al evangelio de san evangelista, (santo que no existe y su evangelio tampoco) que nos permite aceptar de la Sagrada Escritura ‘lo que me gusta y me acomoda, a mi muy particular manera de vivir y de pensar’; no estamos dispuestos a renunciar a él.

“¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien. También los demonios lo creen y tiemblan.” (Santiago 2, 19)

Demonios (17)

EL LIBRE ALBEDRÍO

Publicado el 22/12/2013 por Y María del Getsemaní

(Habla Dios Padre)

¿Qué vamos a hacer con los pequeños que aprietan sus ojitos para no ver y que puedan seguir pecando con cierta holgura?

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Por más que se les envían señales, mensajes, bendiciones, reprimendas, NO QUIEREN VER.

Carnival in Rio: Elaborate costume

Y siguen sus vidas de pecado sin siquiera agradecer que sus comunidades y sus casas están en pie. Cuando ya millones han perdido sus casas, sus trabajos y sus pertenencias. No se colocan en posición sensata.

Hasta Mis animalitos lo hacen: al ver que viene una tormenta, un fuego que se extiende, un volcán que está en erupción…

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Hasta ellos agachan sus cabecitas y se unen unos a otros.

Pero los hombres no. No rompen ese individualismo atroz que los lleva a pensar cómo PROTEGERSE DE LOS OTROS EN CASO DE CALAMIDAD.

Algunos lo que consiguen son armas de fuego para proteger sus bienes y alimentos.

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Ni siquiera el ver estas calamidades que se extienden y brotan alrededor del mundo, se solidarizan unos con otros. ES UNA INDIFERENCIA TOTAL.

Y sus luchas siguen siendo por motivos egoístas que tocan sus bolsillos.

¿Cuántas marchas y protestas habéis visto por motivos que toquen su economía alrededor del mundo?

¿Y cuántas por detener las guerras, los abominables abortos y la eutanasia?

¿Cuántos por motivos de su dinero?

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¿Y cuántas por motivos de salvaguardar Mis leyes de las manos del inicuo?

NO VEN, NO CREEN, NO ENTIENDEN, NO ACEPTAN y cuando el cataclismo les cae; entonces buscan motivos como “la suerte”, -que no existe-

O vanas e insuficientes explicaciones que sus científicos aventuran; para tratar de sentir que siguen “en control”.

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Cuando nunca lo han tenido.

¿Es acaso el hombre con su soberbia e inteligencia quien regula el ritmo de las mareas? ¿O la fuerza del viento o dónde sopla?

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¿Es el hombre quien hace girar la tierra y el sol y mantiene a las estrellas en el Cielo?

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¿Es el hombre quien ha creado el orden perfecto universal, como para que se sienta dueño y creador?

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Sois unas pequeñísimas y muy limitadas creaturas con un poder enorme: que es el de vuestro libre albedrío

¿Y por qué os digo que es un poder enorme éste?

Porque con él, por él y a través de él; podéis alcanzar el Cielo, la salvación.

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Y Queridos Niños, MAL EMPLEADO: con este mismo poder de decisión con que os he regalado, podéis alcanzar la eterna condenación.

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¿COMPRENDÉIS EL PODER QUE OS HE DADO PARA DECIDIR LIBREMENTE VUESTROS PROPIOS DESTINOS?

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Ese es el único poder que os he Dado. Todo lo demás viene de Mí. 

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Si decidís por vuestra Salvación os voy llenando de Dones, Bendiciones, Gracias y Regalos para que crezcáis en ello y podáis llegar a sitios altísimos en el Cielo

Pero si vosotros Me seguís rechazando

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¿Qué podéis esperar sino angustia, soledad y desesperación?

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Vuestro Cielo o vuestro Infierno parece comenzar en la tierra,

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por cómo os sentís respecto a vuestro Altísimo Dios,

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Y ESTO NO MUDA CON LA MUERTE, SINO QUE CONTINUA DE MANERA PUNTUAL.

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No creáis las nuevas y modernas teorías: de que todos se salvarán. Que basta confesarse ser Cristiano para serlo.

HAY QUE SERLO,

Seguir a Mi Amadísimo Hijo,

Pies

Porque os lo he dicho: La fe sin obras en fe muerta y vosotros no vivís si no sois fieles a Mi Evangelio, ¿Lo podéis comprender?

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Así Mis Críos, que esta arma poderosísima que os he dado: VUESTRO LIBRE ALBEDRÍO, ¿Lo usaréis para buscar vuestra salvación o vuestra Condenación?

La decisión es enteramente vuestra; NO MÍA.

LA MÍA ES QUE TODOS OS SALVÉIS, que cada uno entre a gozar las Bienaventuranzas del Cielo

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Pero ME RECHAZÁIS. Rechazáis a Mi Espíritu Santo de Bien y Verdad. Rechazáis al Evangelio de Mi Hijo Amado. Rechazáis Mis Leyes Ancestrales. Os mofáis de Mi Santa Iglesia y de Mis Sacerdotes,

¿Y aún así os juzgáis a vosotros mismos como salvos?

ES VUESTRA LA DECISIÓN DE DÓNDE PASARÉIS LA ETERNIDAD

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Así Mis Críos, que decidid vuestro Bien y alejaos del mal que hacéis.

Porque no queréis salvaros y no sabéis lo que estáis haciendo.

Una vez que el velo caiga; habréis perdido la oportunidad de decidir, ya no podréis mudar.

Y no es suficiente un último suspiro para enmendar tanto error que habéis cometido.

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Así que ¡MUDAD YA! Que el tiempo ya no lo es, os lo he Dicho.

Os seguimos exhortando, amonestando e incitando porque uno de vosotros podríais mudar vuestro destino postrer.

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(Nos Habla Nuestro Señor Jesucristo)

Cuando alguna de Mis criaturas se alegra con su Señor, cuando es tiempo y motivo de Celebración y se entristece su corazón cuando es tiempo de adviento reflexivo, este es AMIGO AMADO DEL CIELO

Pero si vosotros os mantenéis INDIFERENTES ante las penurias y las alegrías de vuestra Familia Celestial, ¿Cómo podéis decir que pertenecéis a ella? ¿Lo comprendéis?

FUERA DE SU ELEMENTO

FUERA DE SU ELEMENTO

Una Familia en una UNIDAD y vosotros no podéis pretender ser parte de ella, si vuestros actos, anhelos, deseos, pensamientos y trabajos; están en los intereses y en las celebraciones y lutos del mundo.

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Son dos casas distintas, opuestas; diferentes…

Y vosotros habréis de decidir a cuál de las dos pertenecéis,

Porque al uniros a una o la otra estáis decidiendo el destino que una y otra tendrán.

¿QUERÉIS EL TRIUNFO FINAL Y LA GLORIA?

 ¿O queréis el disfrute fugaz y la indiferencia hacia vuestro Señor, Rey de reyes y Señor de señores?

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Y con ello el fracaso definitivo que es el seguir arriesgándoos a vuestra libre condenación

Pensad en ello. Meditad en ello. Haced un examen de conciencia y decidMe con honestidad:

Si murierais ahora, ¿Sería el Cielo vuestro destino postrero?

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Si no lo podéis afirmar, pedidMe lo que necesitéis para que vuestra respuesta sea un profundo, confiado y amoroso: “Sí”

Os amo de manera infinita

Vuestro Amantísimo Señor Jesucristo, Rey de reyes y Señor de señores en este Fin de los Tiempos.

(Habla Nuestra Santísima Madre Reina de los Ángeles)

Niños muy amados de Mi Inmaculado Corazón,

Para vosotros que no os contáis entre las ovejitas más adelantadas, pero no por ello menos amadas, sino que Nos ocasionan mayor preocupación;

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 os seguimos exhortando a que sigáis con estas Guías Santas para que os adelantéis y pidáis los Hermosos Diálogos que siguen llegando como lluvia de Sabiduría y Bendiciones del Santo Cielo.

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No os detengáis, seguid, seguid, seguid, Mis Críos.

Que entre más se acerca el terrible final, –que no es el final sino el preámbulo doloroso y necesario para el retorno EN GLORIA Y MAJESTAD DE MI AMADÍSMO HIJO JESUCRITO, Rey de reyes y Señor de Señores- (Nuestra Santísima Madre María, Reina de los Cielos, se hinca en reverencia) más cercanos tendréis los cataclismos.

No os confiéis. REFUGIAOS EN MI INMACULADO CORAZÓN PARA QUE OS PUEDA PROTEGER.

inmaculado corazón

Manteneos en el Camino y no os desvíes ni a derecha ni a izquierda, Mis Hijitos. Que en breve Mi Señor viene por los suyos y esta Madre Santísima quiere la alegría de veros a todos y a cada uno de vosotros Mis Hijitos, allí. ¿Lo haréis por esta vuestra Santísima Madre, Reina del Cielo?

¿Os mantendréis, –aunque os cueste trabajo, soledad, rechazo y renuncia dentro del Estrecho Camino que os lleva a Mis Brazos Amados?,

¿O Me rechazaréis y confiaréis en vuestra propia suerte sin el cobijo del Cielo? Porque Mis Niños, la decisión es enteramente vuestra.

libre albedrio

No hagáis mal uso de vuestro Libre albedrío para que no tengáis similar destino de vuestros primeros Padres (Adán y Eva), sino de vuestra Madre Santísima.

Pero la decisión es vuestra

¿Preferís ser como Eva y escoger el mismo destino, o como vuestra Madre María, con su mismo destino?

Ambos caminos están abiertos y la decisión es ENTERAMENTE vuestra.

decisión

Os amo y os espero anhelante a los Pies de La Santa Cruz de Mi Amadísimo Hijo Amadísimo Jesucristo como Rey de reyes y Señor de señores

http://tambienestuya.com/

93.- LA TEMPESTAD


En el mar Mediterráneo se levantan las olas en poderosas crestas llenas de espuma. Ya no hay neblina, ni obscuridad. Las poderosas olas se levantan y se estrellan sobre el puente de la nave, pasando de un lugar al otro y rompiéndose en una cascada, que moja todo lo que toca.

El navío sube y baja, balanceándose a merced del mar, desde el fondo hasta la punta de sus mástiles, cruje la madera golpeada por este mar embravecido. A excepción de los que tienen que gobernar la nave, no hay nadie en el puente de mando.

Las escotillas atrancadas no permiten ver lo que pasa bajo la cubierta. Pero indudablemente la mayoría de los navegantes están rezando a sus dioses favoritos, para escapar de la furia de la naturaleza desatada con todo su furor. El rugido del viento y los golpes de las olas, de un mar que parece poderoso e implacable…

Pedro saca la cabeza enmarañada por el viento que lo golpea sin piedad, mira atentamente y vuelve a cerrar, justo antes de que un torrente de agua se le eche encima. Vuelve a abrir y se asoma. Cierra rápido y logra saltar antes de que la siguiente ola lo atrape. Se ase de donde puede y contempla ese mar que es literalmente un infierno donde ruge el viento, el agua y la madera golpeada por las olas. Por todo comentario, se limita a silbar.

Nicomedes está desnudo en la cubierta, girando órdenes a diestra y siniestra.

Y cuando lo ve, le grita:

–           ¡Largo de aquí! ¡Largo! Cierra esa portezuela. Si la nave se llena de agua nos iremos a pique, hasta el fondo. Agradece que todavía no ha echado la carga al fondo… ¡Jamás había visto una tempestad igual! ¡Lárgate de aquí! ¡Te lo ordeno! No quiero hombres de tierra sobre la cubierta, en este terrible momento… Éste no es lugar para jardineros…

Y no sigue con su invectiva, porque una ola se estrella sobre el puente y cubre todo amenazando con arrastrarlos hacia el océano embravecido…

Nicomedes está amarrado con una cuerda en su cintura y grita:

–           ¿Lo has visto?

Pedro bañado como una sopa, contesta:

–           Lo estoy viendo. No sólo soy capaz de guardar jardines. Nací sobre el agua, sobre un lago de verdad… Fui pescador…

Pedro está inspirado y no muestra ninguna emoción. Hace ritmo con sus piernas cortas y encorvadas, siguiendo el movimiento del navío.

El cretense lo mira fijamente mientras se le acerca y le pregunta:

–           ¿No tienes miedo?

–           ¡Ni en sueños!

–           ¿Y los demás?

–           Tres de ellos son pescadores, cómo yo. Mejor dicho, lo fueron. Los demás a excepción del enfermo son fuertes.

–           ¿También la mujer? ¡Pon atención! ¡Fíjate! ¡Agárrate!

Una ola gigantesca se ha estrellado sobre el puente.

Pedro espera a que pase y dice:

–           ¡Qué bien me hubiera sabido esta bañada en los días calurosos! ¡Paciencia!…  ¿Decías algo sobre la mujer? Ruega… Y no estaría mal que también lo hicieras tú…. ¿Dónde nos encontramos? ¿En el canal de Chipre?…

¡Ojalá fuera así! Me acercaría a la isla en espera de la calma… Apenas estamos a la altura de la colonia Julia o Berito, si lo prefieres. Ahora viene lo peor… Aquellas son las montañas del Líbano.

–           ¿No podríamos anclar en aquella población que se ve a lo lejos?

–           el puerto es malo y tiene muchos escollos… ¡Ten cuidado!

Otro torrente y un tronco de árbol que hiere a un hombre y no lo arrastra la marejada porque es detenido por un obstáculo…

El cretense grita:

–           ¡Lo estás viendo! ¡Es muy peligroso estar aquí! ¡Vete abajo! ¡Lo estás viendo!

–           Lo veo. Pero ese hombre…

–           Si no está muerto, volverá en sí. Yo no puedo hacer nada. No puedo curarlo. Lo ves… Estoy tratando de gobernar la nave, hasta que salgamos de esto…

No cabe duda que el cretense está al tanto de todo…

Pedro le dice:

–           Dámelo. Lo curará la mujer que viene con nosotros…

¡Haz lo que quieras! ¡Pero ya lárgate a tu camarote y cierra bien!

Pedro se arrastra hasta el lugar en donde está el marino herido y tira de él por un pie. Lo ve… Silba y dice:

–           Tiene la cabeza abierta como una granada…  Aquí hace falta el Señor… ¡Oh! ¡Si estuviera Él! Señor Jesús, Maestro mío, ¿Por qué nos has dejado? –y el dolor repercute en su voz.

Se echa al herido sobre la espalda y la túnica se le mancha de sangre.  Y se dirige hacia la portezuela del camarote…

El cretense le grita:

–           ¡Es inútil todo! ¡Míralo bien! ¡Es un hombre muerto!…

Pedro, con su carga encima, no le hace caso y agarrándose fuertemente ante el embate de una nueva ola…

Pedro dice para sí mismo:

–           Eso lo veremos. – Y abriendo la portezuela grita- ¡Santiago! ¡Juan! ¡Venid aquí!

Cierra tras de sí la portezuela y con ayuda de los apóstoles baja al hombre herido.

A la pálida luz de las lámparas que se bambolean, los apóstoles preguntan:

–                     ¿Estás herido?

–                     Yo no. La sangre es de éste. Rogad para que… ¡Síntica! Ven aquí y ayúdame a curarlo. Tiene la cabeza abierta…

Síntica deja de sostener a Juan de Endor que sufre mucho y se acerca hasta la mesa en donde han puesto al herido.

La joven griega lo mira y exclama:

–                      ¡La herida es muy profunda!  Es igual a la que vi en dos esclavos a los que había golpeado su dueño y al otro, que lo había golpeado una enorme roca en Craparola. Es necesaria mucha agua para lavar la herida y detener la sangre…

Pedro grita:

–           Si solo necesitas agua, es lo que sobra en este momento. Ven Santiago y ayúdame. Con un cubo, los dos lo haremos pronto…

Van y regresan empapados.

Síntica le pone lienzos mojados, para lavar la herida en la nuca y aparece el daño infligido en el cráneo, en toda su horrorosa realidad… Desde la sien hasta la nuca, el hueso está al descubierto.

El herido abre sus ojos sin expresión y se le oye roncar… el miedo instintivo a la muerte se ha apoderado de él…

Síntica trata de consolarlo:

–           ¡Bueno! ¡Bueno! ¡Te vas a curar! – Y se lo dice en griego, porque el hombre herido habló en esta lengua.

El hombre está semiinconsciente y la mira sorprendido. Y al escuchar su lengua materna, un atisbo de sonrisa se dibuja en sus labios. Busca la mano de Síntica… En los umbrales del sufrimiento, instintivamente busca la caricia maternal de la mujer que le ha hablado con ternura…

Cuando Síntica ve que la hemorragia se detiene, dice con fe:

–           Voy a ungirlo con el ungüento de María.

Mateo está palidísimo, tanto por la sangre como por el bamboleo del barco y objeta:

–                     Eso es para los dolores reumáticos de Juan…

Síntica explica:

–                     ¡Oh, lo hizo María con sus manos! Se lo aplicaré rogando a Jesús… Rogad también vosotros. El Padre Celestial nos escuchará… Y no le puede hacer ningún mal. El aceite es medicina…

Mateo encoge los hombros y Síntica va hacia la alforja de Pedro. Saca un recipiente que parece de bronce. Lo abre y toma un poco de ungüento. Lo calienta entre sus manos y lo pone sobre un trozo de lino doblado, que pone sobre la cabeza del herido y lo recuesta sobre su manto doblado como si fuera una almohada.  Y se sienta junto a él, orando mientras el herido parece adormecerse.

La acompañan en la oración todos los demás, mientras arriba la nave, sigue siendo fuertemente atacada por el mar; que sube y baja con el vaivén de las olas.

Después de un rato, se abre la portezuela y entra un marinero…

Pedro pregunta:

–                     ¿Qué sucede?

El marino responde:

–                     Estamos en peligro. Vengo a tomar incienso y las oblaciones para un sacrificio…

–                     ¡Déjate de esas cosas!

–                     Es que Nicomedes quiere hacer un sacrificio a Venus. ¡Estamos en su mar!…

Pedro dice despacio:

–                     ¡Qué está loco como él! -Luego agrega con voz fuerte-  Vengan todos. Vayamos al puente. Tal vez podamos hacer algo… –Y mirando a Síntica agrega- ¿Tienes miedo de quedarte sola con el herido y éstos dos?

Los dos, son Mateo y Juan de Endor que están absolutamente mareados…

Y Síntica responde:

–          ¡No! No. Id si os parece…

Mientras el grupo sube por el puente, se encuentran con el cretense que está esperando el incienso desesperado.

Lleno de rabia y a gritos dice:

–          ¿Acaso no estáis viendo que sin un milagro divino, naufragamos? ¡Es la primera vez!…  ¡La primera vez desde que navego que sucede esto!

Judas de Alfeo dice en voz baja:

–          Ahora fíjate que va a decir, que somos nosotros la causa…

En realidad, el cretense grita como un aullido:

–          ¡Malditos israelitas! ¿Qué maldición pesa sobre vosotros? ¡Perros hebreos, me habéis traído la mala suerte! ¡Largo de aquí! ¡Que ahora voy a sacrificar a la Venus Naciente!…

Pedro dice:

–          No. Mejor nosotros sacrificamos…

–          ¡Largaos! ¡Sois unos paganos! ¡Sois unos demonios!  ¡Sois…!

–          ¡Oye! ¡Te juro que si nos dejas, verás el prodigio!

–          ¡No! ¡Largo!

Nicomedes enciende el incienso y lo arroja al mar como puede. Y también un líquido que ya había ofrecido en un pebetero y ante un altar, sobre la cubierta…

Pero el mar rechaza el incienso y parece enfurecerse más…  y una ola arrastra tras de sí todas las tablas donde se había erigido el altar a Afrodita y se había ofrecido el sacrificio. Y por un verdadero milagro, no arrastra también a Nicomedes…

Pedro dice:

–                     ¡Qué buena respuesta te ha dado tu diosa! Ahora nos toca a nosotros… También nosotros tenemos una Mujer Pura, hecha de espuma del mar y después… Canta Juan, el mismo canto de ayer. Nosotros te seguimos…

Nicomedes grita furioso:

–           ¡Sí, probad! Pero si el mar se enfurece más, os arrojo a todos vosotros como víctimas propiciatorias para Afrodita…

–           Está bien. Aceptamos. ¡Vamos Juan!

Juan empieza a cantar y es seguido por todos los demás… Hasta Pedro que generalmente no canta porque siente que es bastante desentonado, agrega su voz con el ritmo de los remos del día anterior.

El cretense los mira con los brazos cruzados sobre el pecho y una sonrisa entre airada e irónica.  Después que termina el canto, los apóstoles oran con los brazos abiertos. Recitan el Pater Noster, como Jesús se los enseñara y lo cantan en arameo. Continúan con unos salmos de alabanza, que entonan triunfales y con las voces a todo pulmón… Y así se alternan unos con otros, a pesar de las olas que los bañan una y otra vez…

Ellos no se agarran de nada para sostenerse. Se sienten seguros, como si una fuerza invisible los asegurara al puente…

Las olas van disminuyendo de violencia, paulatinamente y aunque no ceden totalmente, ni el viento disminuye su aullido; la furia del mar que barría el puente sí se ha calmado. Las olas continúan azotando el puente, pero cada vez con menor intensidad…

El cretense y todos sus marinos no salen del estupor…

Pedro lo mira, pero no deja de orar…

Juan sonríe y canta con más fuerza… Los otros lo secundan venciendo el fragor del océano embravecido, que poco a poco se va calmando más y más…

Finalmente Pedro pregunta:

–           ¿Tienes algo que replicar?

El cretense pregunta pasmado:

–                     ¿Qué habéis dicho? ¿Qué fórmula empleasteis?

–                     La del Dios Verdadero y la de su Esclava…  Endereza la vela y prepara todo.  Aquello que se ve allá… ¿No es una isla?

–                     Sí. Es Chipre. El mar está todavía más tranquilo en este canal…En medio de la tormenta fuimos arrojados hasta acá…  ¡Extraño! ¿Cuál es  la Estrella que adoráis y a la que estabais alabando? ¡Siempre es Venus!… O ¿No?

–                     No hay nada de Venus.  Nosotros sólo adoramos a Dios. Le cantamos a María de Nazareth, la Madre de Jesús; que es el Mesías de Israel…

–                     ¿Y qué fue lo otro? ¿Estabais cantando en hebreo? ¿No es así?

–                     No. Hablamos en nuestro dialecto: el arameo. En la lengua de nuestro lago y de nuestra patria… Pero no podemos enseñártela a ti que eres pagano.  Es algo que dijimos a Yeové y sólo los creyentes pueden saberlo… Adiós Nicomedes. Y no lamentes lo que se ha ido al fondo. Un sortilegio menos… Que no te traerá infortunio… Adiós, ¿Eh?

–                     No… Pero perdonadme… Os he insultado.

–                     ¡No te preocupes por ello…!  Son cosas de tu culto por… Venus… Vamos muchachos a donde están los demás…

Y muy feliz y contento, Pedro se dirige al camarote donde dejó a Síntica.

El cretense los sigue preguntando:

–           ¡Por favor escuchadme! ¿Ya murió el herido?

Pedro lo mira y sonríe:

–           ¡Imposible! Creo que te lo devolveremos más sano de lo que estaba… Es algo que… ¡Tal vez también lo atribuyas a nuestros sortilegios! ¿Eh?

–           ¡Oh, Perdonad! Por favor, ¡Perdonadme! Decidme dónde puedo aprenderlos, para servirme de ellos… Os pagaré…

–           Lo siento, Nicomedes. ¡Adiós! No tenemos permitido vender a los paganos las cosas sagradas… ¡Qué te vaya bien amigo! Cuando conozcas al Dios Verdadero, también sabrás el secreto de su Poder…  ¡Que Dios te bendiga con su Luz y que te vaya muy bien!

Pedro, sonriente y acompañado de todos los suyos regresa al camarote, ante un mar plácido iluminado por la luna que con sus destellos plateados ilumina todo lo que toca y también parece sonreír…

Al día siguiente, el mar y el cielo les regalan paisajes maravillosos. El crepúsculo es hermosísimo cuando llegan a la ciudad de Seleucia. La nave, con sus velas desplegadas se dirige veloz hacia la lejana ciudad.

En la cubierta, están los marinos que ya se encuentran relajados por las magníficas condiciones de la travesía y los pasajeros que ya contemplan cercana su meta; junto a un Juan de Endor que sigue flaco y pálido y tambien el marinero herido. Tiene la cabeza vendada y sonríe feliz, tanto a sus bienhechores como a sus compañeros marinos, que lo miran con asombro y lo felicitan por haber regresado al puente.

El cretense deja por unos momentos su puesto, que entrega al jefe de la tripulación mientras se acerca a saludar a su marino convaleciente…

Y dice a los apóstoles:

–                ¡Querido Demetrio! Me alegro mucho de ver que estás cada día mejor. Nunca pensé que pudieras sobrevivir al golpe del palo y al del hierro. No cabe duda que éstos,-señala a los apóstoles- Te han engendrado otra vez a la vida. Porque ya habías muerto, cuando caíste prensado bajo todas las mercancías y luego por las olas que te arrastraron y te hubieran llevado al reino de Neptuno, entre las nereidas y los tritones; cuando este hombre santo te rescató.  Y luego te han curado con sus maravillosos ungüentos… ¡Déjame ver la herida!…

El marino se suelta la venda y muestra la cicatriz. Una señal roja que va de la sien a la nunca. Nicomedes la toca con la punta de los dedos muy ligeramente y exclama asombrado:

–           ¡Hasta el hueso está soldado! ¡De veras que te ha amado la Venus marina! Y quiere verte sobre las olas del mar y caminando dichoso, sobre las playas de Grecia. Que Eros te sea propicio ahora que desembarcaremos en Seleucia y haga que olvides esta desgracia y el terror de Thanatos, en cuyos brazos estuviste ayer.

La expresión en la cara de Pedro, manifiesta claramente  lo que piensa sobre este discurso mitológico. Recargado sobre un mástil, apenas puede contenerse para replicarle a Nicomedes sobre su paganismo.

Los demás apóstoles también manifiestan claramente su desprecio y optan por voltear a mirar el mar, ignorando totalmente al cretense.

El hombre lo nota y trata de disculparse:

–           ¡Es nuestra religión! Así cómo vosotros tenéis la vuestra, nosotros creemos en la nuestra… –Y decide cambiar de tema- Venid a la proa, para que podáis admirar la ciudad que se aproxima… ¿La conocéis?

Zelote responde tajante:

–           Yo vine una vez; pero el viaje lo hice por tierra.

–           ¡Ah! ¡Entonces sabes bien que el verdadero puerto de Antioquía es Seleucia, que está junto a la desembocadura del Orontes! Y que es posible viajar por su curso en barcas pequeñas, hasta llegar a Antioquía. ¡Oh! ¡Podréis admirar todas las grandiosas obras que han hecho los romanos en Seleucia y Antioquía! Un puerto con tres dársenas, que es uno de los mejores. Tiene canales, rompeolas, diques. Cosa igual no hay en Palestina y es porque Siria es la mejor provincia del imperio…

El entusiasmo por los romanos no encuentra eco en nadie y sus palabras caen envueltas con un silencio glacial. Aún Síntica que por ser griega, siente menos desprecio que los demás, se mantiene callada y hierática, como una diosa pagana.

El cretense lo nota y dice:

–           ¡Qué queréis! ¡Hablando en plata, yo siempre gano con los romanos!…

La respuesta de Síntica es dura como un sablazo:

–           ¡Y el oro quita el filo a la espada, al honor nacional y a la libertad!

Lo ha dicho de tal manera y con un latín tan puro, que el otro se queda callado. Luego Nicomedes pregunta con timidez:

–           ¿Eres griega?

–           Lo soy. Pero tú amas a los romanos. Por eso te hablo en la lengua de tus patrones, no en la mía, la de la patria mártir.

El cretense ya no sabe qué decir. Los apóstoles están contentos por la lección dada majestuosamente por Síntica.

Después de un largo silencio pregunta a Pedro:

–           ¿Ya saben cómo ir de Seleucia a Antioquía?

Pedro contesta muy serio:

–           Con los pies.

–           Ya es tarde. Será de noche cuando desembarquemos.

–           Buscaremos una posada.

–           ¡Claro! Pero podríais dormir aquí hasta mañana…

Tadeo, que ya vio los preparativos para honrar a los dioses en cuanto lleguen al puerto, contesta rápido:

–           No es necesario. Muchas gracias por tu gentileza. Pero es mejor que descendamos. ¿Verdad Simón?

–           Así es. También nosotros tenemos que presentar nuestras plegarias… Tú a tus dioses y nosotros a nuestro Dios.

–           Haced como os plazca. Quería honrar al hijo de Teófilo y agradaros a ustedes por él.

Zelote contesta:

–           También nosotros por el Hijo de Dios, al persuadirte que sólo hay un Dios Verdadero. Pero tú eres inconmovible como una piedra.  Estamos pues, iguales.  Ojalá qué un día te encontremos y ya no seas tan cerrado…

Nicomedes encoge los hombros, con un gesto de indiferencia irónica y sólo dice:

–           Adiós.

Y se va hacia el puente de mando para tomar el timón, pues ya están muy cerca del atracadero.

Pedro dice:

–           Vamos a tomar nuestro cargamento. No veo la hora de alejarnos de este asqueroso pagano. Juan… Síntica… En cuanto bajemos con la carga, vendremos por ustedes…

Y los ocho apóstoles se van ligeros a hacer lo que han dicho.

Los dos que se quedan observan los diques y la sinfonía de silbidos con que se trasmiten las órdenes para que el navío quede a punto para el desembarco.

Juan de Endor dice muy triste:

–           Síntica, cada vez damos un paso más hacia lo desconocido. Otro paso que nos aleja del dulce pasado. Otra agonía… no creo que aguante…

Síntica está muy pálida y tambien agobiada por la tristeza, pero es siempre la mujer fuerte que da fuerzas a los que ama:

–           Es verdad, Juan. Otro golpe que destroza el corazón. Otra agonía… Pero no digas: ‘Otro paso más hacia lo desconocido’ No está bien. Conocemos nuestra misión. Jesús nos lo dijo. Y nos estamos uniendo a la Voluntad de Dios, que sólo Él sabe por qué lo está permitiendo…

Ni siquiera debemos decir: ‘Otro golpe’ Nosotros seguimos fieles a su voluntad. El golpe abate. Nosotros nos unimos.  Nos vemos libres de los placeres sensibles de nuestro amor por Él, por nuestro Maestro. Y nos reservamos las delicias suprasensibles, haciendo que nuestro amor y obligación se trasladen a un plan superior. ¿No estás convencido de ello? ¿Sí?

Juan asiente en silencio con un gesto afirmativo.

–           Entonces no debes decir ‘otra agonía’ Decir agonía significa que la muerte está cerca. Pero nosotros al llegar a un plano espiritual por nuestros propósitos, no morimos, sino que ‘vivimos’. Porque lo espiritual es eterno. Por esta razón subimos a una vida mejor, anticipo de la vida verdadera del Cielo. ¡Ea, ánimo! ¡Olvida que eres el Juan inútil! Y piensa que eres el hombre destinado al Cielo. Reflexiona, reacciona y medita… Y espera solo en ser el ciudadano de aquella patria inmortal.

Los apóstoles ya tienen la carga lista para desembarcar, cuando la nave entra majestuosa, al lugar donde va a atracar. Se acercan los dos que están sufriendo el dolor infinito del alejamiento del que ya aman con todo su ser.

Nicomedes se acerca a despedirlos y Pedro dice:

–          Adiós y muchas gracias.

–          ¡Salve hebreos! También yo os las doy. Si os apresuráis, encontrareis alojamiento…  Hasta la vista…

Después de bajar la carga, los diez descienden y cargados con sus fardos, se alejan en busca del albergue…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

92.- VÍCTIMAS PROPICIATORIAS


En Ptolemaide, Pedro y su grupo se dirigen hacia el muelle menor que tiene forma de arco y semeja una segunda dársena más estrecha, debido a las barcas de pesca. Llega hasta una en particular. Es grande y se ve bastante buena. Se detiene, mira y grita.

Desde el fondo se levanta un marinero y se acerca al borde diciendo:

–           ¿De veras quieres partir? Ten en cuenta que la vela no te servirá hoy. No hay viento y tendrás que hacerlo a fuerza de remos.

Pedro contesta:

–           Con este frío, esto nos servirá para entrar en calor y para tener buen apetito.

El marinero cuestiona:

–           ¿Eres de veras eres capaz de navegar?

–           ¡Bah! ¡Hombre! ¿Todavía no era capaz de pronunciar la palabra ‘mamá’ cuando ya mi padre me había puesto en las manos las cuerdas y las farcias del navío. Allí crecieron mis dientes de leche.

–           Es que, ¿Sabes? Esta barca es todo lo que poseo…

–           Desde ayer me lo has estado repitiendo… ¿No sabes otra canción?

–           Lo que sé es que si te vas a pique, estoy arruinado y…

–           El arruinado seré yo, porque pierdo la piel, ¡Y no tú!

–           Es que la barca constituye toda mi riqueza, mi pan y mi alegría. Es el patrimonio de mi esposa y la dote de mi hija…

¡Uff!… Oye, no me sigas molestando porque mis nervios estan a punto de reventar… Te he dado tanto que casi te pagué la barca. No te escatimé nada, ¡Ladrón marino que eres!… Te demostré que sé remar y sé gobernar la vela mejor tú. Hicimos un contrato ante dos testigos y ya…  ¡Basta! Cangrejo peludo, déjame entrar…

–           Pero al menos dame otra garantía…  ¡Si mueres, quién me paga la nave!

–           ¿La nave? A esta calabaza sin pulpa la llamas nave. ¡Oh, miserable y orgulloso tenías que ser! Te daré otras cien dracmas… Junto con todo lo que ya te dí, puedes comprarte otras tres mejores que ésta.

Te dejo empeñada mi carreta y no quiero que te pases de listo con mi burro Antonio. Pues él solo vale diez veces más que tu barca. Pero ten en cuenta que son una garantía y que cuando regrese me los devolverás. ¿Has entendido?

El barquero asiente satisfecho y se apresura a meter en la barca, el telar que Tadeo puso en el suelo. Luego ayudado por otros tres y los apóstoles, suben y acomodan todo el cargamento que traen en la carreta de forma que quede en equilibrio y que tengan paso libre para las maniobras.  Por último suben las alforjas y las cosas personales.

Luego Pedro dice:

–           ¿Ves vampiro que si sé hacerlo? Lárgate ahora y que te vaya bien…

Y junto con Andrés, pone el remo contra el muelle y empieza a separarse. Cuando llega a la corriente, le entrega el timón a Mateo diciendo:

–           Tú puedes hacerlo muy bien. Te traerá recuerdos de cuando nos sorprendías en la pesca. –Y se sienta en la proa sobre una banquita, junto a su hermano.

Frente a él estan sentados Santiago y Juan de Zebedeo, que bogan rítmicamente. La barca se desliza veloz y sin problemas pese al cargamento y oyen las alabanzas por su paso ligero y por el perfecto bogar, que les lanzan los marineros de las grandes naves cuando navegan junto a ellas.

Pronto dejan atrás los diques y llegan a mar abierto.

Ptolemaida está extendida, hermosa y blanca sobre la ribera. En la barca el silencio es completo y solo se oye el chasquido de los remos contra el agua. Poco a poco, el puerto se va perdiendo en la distancia y Pedro dice:

–           Sí. Había un poco de viento… Ahora no hay absolutamente nada… ¡Ni un soplo!

Santiago de Zebedeo comenta:

–           ¡Con tal de que no vaya a llover!

–           ¡Humm! Y parece que sí…

Una llovizna fina y tupida los cubre.

Tadeo dice a Síntica:

–           Cubríos y da el huevo a Juan es la hora…

Santiago dice:

–           Con un mar asi, nada se puede mover en el estómago…

Andrés:

–           ¿Qué estará haciendo Jesús?

Pedro:

–           ¡Sin vestidos y sin dinero!

Tadeo:

–           ¿Dónde estará ahora?

Juan de Zebedeo:

–           Sin duda rogando por nosotros.

–           Está bien. ¿Pero dónde?

Nadie puede responder la pregunta. Y sólo Dios conoce la respuesta.

La barca avanza fatigosamente, bajo un cielo plomizo; sobre un mar de color ceniciento y bajo una finísima lluvia que parece neblina y produce un cosquilleo prolongado. Los montes se ven envueltos en un manto amarillento. Pero el mar tiene una rara fosforescencia que es molesta de mirar.

Pedro que es incansable en el remo extiende su brazo señalando a lo lejos y dice:

–           En aquel poblado vamos a detenernos, para comer y descansar.

Los demás asienten.

Y cuando llegan, es un montón de casas de pescadores que estan montadas sobre una saliente del monte.

Pedro refunfuña:

–           Aquí no podemos desembarcar. No hay fondo. –un suspiro- ¡Bueno! Comeremos aquí…

Todos comen con buen apetito, mientras la llovizna se calma y luego arrecia… Un hombre está en la playa y se dirige hacia una pequeña barca.

Pedro se pone las dos manos en torno a los labios, formando un embudo y grita:

–           ¡Oye, tú! ¿Eres pescador?

La respuesta llega débil en la distancia:

–           ¡Sí!

–           ¿Qué tiempo vamos a tener?

–           Dentro de poco, mar picado. Si no eres de por aquí, te aconsejo que te vayas inmediatamente más allá del promontorio. Allí las olas son menores, sobre todo junto a la ribera y puedes ir porque el mar es muy profundo. Pero vete al punto.

–           Gracias. ¡La paz sea contigo!

–           ¡Paz y buena suerte contigo!

Pedro se vuelve hacia sus compañeros y dice:

–           ¡Ánimo! Y que Dios esté con nosotros.

Andrés toma el remo y empieza a bogar mientras dice:

–           No cabe duda que lo está. Y Jesús ruega por nosotros.

Los demás también toman los remos y empiezan a bogar. Olas gigantescas están empezando a formarse y rechazan a la barca en su intento por avanzar. La lluvia aumenta implacable, junto con un viento que azota las espaldas de los navegantes.

Simón de Jonás le grita unos pintorescos epítetos, porque es un viento contrario que no solo no ayuda, sino que entorpece los esfuerzos de los marineros y trata de lanzarlos contra los escollos del promontorio que no está lejos.

La barca trata de deslizarse en la curva de este golfo miniatura, de color negruzco cual tinta. Todos continúan bogando fatigosamente, concentrando todos sus esfuerzos por avanzar, bañados por la molesta lluvia. Juan de Endor y Síntica, están sentados en el centro junto al mástil de la vela. Detrás los hijos de Alfeo y en la popa, Mateo y Simón, que luchan por mantener derecho el timón, a cada golpe del oleaje.

Es un trabajo arduo dar la vuelta al promontorio y finalmente lo logran. Los remadores extenuados, logran al fin descansar un poco y se preguntan si sería prudente refugiarse en el poblado que se ve más allá del promontorio… La idea de ‘Que se debe obedecer al Maestro, aun cuando el sentido común diga lo contrario’ prevalece. “Él dijo que se debe llegar a Tiro en un solo día…” Todos están de acuerdo en esto y deciden seguir la travesía…

Después de decidir esto y continuar navegando con el mar picado… De improviso el mar se calma y todos notan el fenómeno…

Santiago de Alfeo dice:

–           El premio de haber obedecido…

Pedro confirma:

–           Sí. Satanás se ha largado porque no logró hacernos desobedecer…

Mateo dice:

–           Llegaremos a Tiro en la noche. Este mal tiempo nos ha detenido mucho…

Simón Zelote dice:

–           No importa. Iremos a dormir y mañana buscaremos la nave.

Juan de Endor:

–           ¿La podremos encontrar?

Tadeo dice con aplomo:

–           Jesús lo dijo. Claro que la encontraremos…

Andrés propone:

–           Podemos levantar la vela hermano.  El viento que está soplando nos ayuda y avanzaremos más ligeros…

La vela se infla lo suficiente para que los remadores sientan un poco de alivio. La barca se desliza veloz hacia el Istmo de Tiro, que se ve blanquear en lontananza cuando los últimos rayos del sol casi han desaparecido.

La noche los alcanza y lo más extraño, después de tanta neblina, le firmamento estrellado, se adorna con una claridad extraordinaria. La Osa Mayor resalta en una bóveda celeste que viste al mar con un reflejo plateado iluminado por la luna…

Juan de Zebedeo admira todo y ríe. Y siguiendo el ritmo de su remo, con su voz de tenor empieza a cantar:

“Salve estrella matutina,

Jazmín de la noche,

Luna Dorada de mi Cielo

Santa Madre de Jesús…

En Ti el navegante espera,

El que sufre, el que muere, en Ti piensa,

Brilla siempre, Estrella santa, Estrella pía,

Sobre quien te ama, ¡Oh, María!

Santiago su hermano dice:

–           ¿Pero qué dices? ¡Nosotros hablamos de Jesús y tú hablas de María!

–           Él está en Ella. Y Ella en Él. Él existe porque Ella ha existido.  Déjame cantar…

Y todos se dejan seducir y llevar por su canto y lo acompañan en una alabanza maravillosa… De esta manera llegan a Tiro y sin ninguna dificultad desembarcan en el pequeño puerto que está al sur del istmo.

Mientras Pedro y Santiago se quedan en la barca para cuidar el cargamento, todos los demás van a buscar una fonda para poder descansar.

Al día siguiente, luce una mañana esplendorosa con un cielo despejado, adornado por unos cuantos cirros muy blancos como la espuma de las olas que revientan en la playa…

Pedro se levanta del lugar en donde pasó la noche y viendo a Santiago que también se ha despertado, le dice:

–           Creo que ya es hora de que nos vayamos. ¡Hum!… Dime Santiago, ¿No te parece que en verdad es cómo si lleváramos dos víctimas al sacrificio? A mí, sí.

Santiago de Alfeo contesta:

–           También a mí, Simón. De mi parte agradezco al Maestro la confianza que ha depositado en nosotros. Pero no me gusta que se haya sufrido tanto… Jamás había visto ni imaginado siquiera, una cosa tan dolorosa…  El Sufrimiento en Jesús era tan grande… Y en estos dos… Sentí que casi era como si se me partiera también a mí el corazón…

–           Todos los sentimos, hasta el corazón de paloma de mi Porfiria… Y tampoco yo lo había experimentado así… pero… ¿Sabes? Estoy seguro de que el Maestro nunca lo hubiera hecho, si el Sanedrín no hubiera metido sus narices…

–           Él ya lo dijo… ¿Quién lo habrá comunicado al Sanedrín? Eso es lo que yo quisiera saber…

¿Qué quién? ¡Dios Eterno, no me dejes hablar ni pensar!… Le he hecho esta promesa para que no me siga trepanando el cerebro esta idea. Ayúdame Santiago a no pensar… Mejor hablemos de otra cosa…

–           ¿De qué? ¿Del tiempo?

–           si así lo quieres…

–           Porque yo no entiendo nada de mar…

Pedro se queda mirando el mar y dice:

–           Pienso que vamos a tener un buen baile.

Santiago mira a los enormes barcos y dice:

–           ¡Nooo! Las olas son pequeñas y me hacen reir. Ayer estaba un poco enfurecido. ¡Qué hermoso será ver este mar desde lo alto de la nave! También le gustará a Juan y lo impulsará a que cante. ¿Cuál será la nave?

Poco a poco, el puerto se llena de gente y de movimiento.

Y Pedro  contesta:

–           Ahora lo averiguo.  Espera…  – y saltando de la barca se dirige hacia un marinero ocupado en otra barca cercana…  – ¡Oye! ¿Sabes si se encuentra en el puerto el navío de…? Espera, voy a leer su nombre…  –y sacando un pergamino que trae en la cintura- Sí. Es Nicómedes Filadelfo de Filipo; cretense de Paleocastro…

El marinero se admira:

–           ¡Oh! ¡El famoso navegante! ¿Y quién no lo conoce? Es el más conocido desde el Golfo de las Perlas hasta las Columnas de Hércules… Y aun más allá; hasta los fríos mares en los que la noche puede durar meses enteros. ¿Sí eres marinero, cómo es posible que no lo conozcas?…

–           Es así. No lo conozco; pero ando en su busca porque conocemos a nuestro amigo Lázaro de Teófilo, que en un tiempo fue gobernador de Siria…

–           ¡Ah! Cuando yo navegaba… Ahora estoy viejo, pero entonces él estaba en Antioquía… ¡Qué tiempos aquellos!… ¿Lázaro es amigo tuyo? …Y buscas a Nicómedes el cretense. Entonces puedes ir seguro. ¿Ves aquel navío? El más grande y que tiene muchas banderolas flotando al viento… Ese es el suyo. Va a zarpar antes del mediodía… él no tiene miedo al mar.

Santiago empieza a decir:

–           No hay porqué temerlo. No es un gran… –pero una enorme ola le quita la palabra bañándolos desde la cabeza hasta los pies.

Pedro refunfuña, mientras se seca la cara:

–           Ayer estaba calmado y hoy demasiado intranquilo.  Un tonto bravucón, ¿No? Prefiero mi lago…

El marinero dice:

–           Os aconsejo que entréis en la dársena. Allá se están yendo todos. Llevad vuestra barca, podréis guardarla hasta vuestro regreso… Por una cuota diaria, te la cuidarán…

–           Gracias amigo. Allá vienen mis compañeros y la guardaremos donde dices…

Pedro sale al encuentro del grupo apostólico.

Y Andrés le pregunta ansioso:

–           ¿Dormiste bien hermano?

–           Como un niño en la cuna.  Ni arrullo, ni canciones me faltaron…

Tadeo agrega sonriente:

–           Y por lo visto también acabas de bañarte…

–           El mar se encargó de lavarnos y quitarnos el sueño que quedaba, ¿Verdad Santiago?

Santiago, igual de mojado que Pedro, asiente con una carcajada…

Y luego dice:

–           Pero ya sabemos con quién debemos ir…

Juan de Endor comenta:

–           Entonces tendremos danza en el canal de Chipre.

Mateo dice preocupado:

–           ¡Ah! ¿Sí?

–           Sí. Pero Dios nos ayudará.

El marinero de Tiro dice:

–           ¡Oigan! Se dice que en Israel ha nacido un nuevo Profeta que predica el amor. ¿Es verdad?

Pedro contesta:

–           Sí. ¡Y los milagros que hace! Resucita los muertos, cura a los enfermos, convierte a los ladrones y da órdenes al mar, para tranquilizarlo.

–           ¡Oh! ¿Pero es verdad todo eso?…

–           No dudes. Todos nosotros hemos sido testigos de eso…

–           ¡Oh! ¿Dónde?…

–           En el lago de Genesareth.  Ven conmigo a la barca y mientras vamos al depósito te contaré…

Y Pedro da instrucciones a Andrés y a Santiago de Zebedeo para llevar la barca a la dársena, mientras le habla de Jesús al marinero de Tiro…

Zelote observa:

–           ¿Ya vísteis a Pedro? Mientras dirige las maniobras, evangeliza. Y Pedro dice que no sabe hacer nada. Tiene el arte de hacer todas las cosas a las buenas y así logra más que todos juntos…

Juan de Endor confirma:

–           Lo que más me gusta de él es su franqueza.

Mateo añade:

–           Y su constancia.

Santiago de Alfeo agrega:

–           Y su humildad. Ya se fijaron que nunca se enorgullece de ser la ‘cabeza’. Trabaja más que todos y se preocupa por todos y cada uno de nosotros. Más que de sí mismo.

Síntica concluye:

–           A su modo es muy virtuoso. Y un excelente hermano…

Y ya no pueden seguir comentando, porque Pedro regresa diciendo:

–           Ya está todo arreglado. Dejaremos la barca y hay que llevar el cargamento hasta el navío que está allá…

Todos toman los cofres y las  cajas y se van a través del Istmo hasta el muelle grande y el de Tiro los sigue acompañando y ayudando… Llegan hasta la nave del cretense que ya está empezando las maniobras para partir…

Y Pedro grita a los de a bordo para que bajen la escalerilla…

El jefe de la tripulación responde…

–           No se puede. ¡Ya está cargado…!

El marinero de Tiro les grita, señalando a Pedro:

–           ¡Tiene unas cartas que entregar a Nicómedes!

–           ¿Cartas? ¿De quién?…

–           De Lázaro de Teófilo… El que fue gobernador de Antioquía…

–           ¡Ah! ¡Espera! ¡Se lo voy a decir al patrón!…

Pedro dice a Zelote y a Mateo:

–           Ahora os toca. Yo soy un pobre maleducado para tratar con personajes como ese…

Mateo objeta:

–           ¡No! Tú eres el jefe y lo haces muy bien.

Y Simón:

–           Te ayudaremos si es necesario. Pero estamos seguros de que todo lo resolverás perfectamente…

Se asoma un hombre moreno y vestido como egipcio. Delgado, hermoso, musculoso y elegante. Mientras se asoma por la baranda, ordena que bajen la escalerilla y el jefe de la tripulación grita. :

–           ¡Que suba el que trae las cartas!

Pedro, que ya se ha cambiado el vestido  y ahora trae el manto; sube con toda dignidad, seguido por Mateo y Zelote.

Cuando aborda la nave saluda muy ceremonioso:

–           Que la paz sea contigo.

El cretense lo mira y dice:

–           Salve. ¿Dónde está la carta?

Pedro le extiende el pergamino. El cretense rompe el sello y extiende el pergamino. Lo lee y dice:

–           ¡Sean bienvenidos los enviados de la familia de Teófilo! Los cretenses no olvidan jamás que fue bueno y caballeroso.  Pero daos prisa, porque estamos listos para zarpar. ¿Traéis mucho equipaje?

Pedro señala en el muelle y dice:

–           Lo que está allí.

–           ¿Sois…?

–           Diez.

–           Está bien. Daremos un lugar especial a la mujer y vosotros os arreglaréis cómo podáis…  ¡Daos prisa! Debemos zarpar antes de que el viento arrecie y esto llegará después de la siesta…

Con silbidos que rasgan el aire, señala a los marineros el lugar donde acomodarán el cargamento y suben los apóstoles, Juan de Endor y Síntica. Cuando todos han abordado, Izan velas y cierran todo. Empieza a moverse el navío para salir del puerto y las velas se hinchan ante el fuerte viento que sopla. Y balanceándose la nave de un lado a otro, emprenden el camino hacia Antioquía…

Pese al fuerte viento, Juan y Síntica permanecen en la cubierta y contemplan cómo van alejándose de la costa… De la tierra palestinense. Y los dos se abrazan llorando…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA