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74.- EL INCENDIARIO


romanos circo

Cuando regresó el buen tiempo, se anunció que los Juegos proseguirán.

El día del espectáculo, millares de espectadores llenaron el Circo desde muy temprano.

El César llegó pronto acompañado por sus cortesanos y las vestales.

Para el inicio fue anunciado un combate entre cristianos, a los cuales ataviaron como gladiadores y provistos de toda clase de armas que usan los verdaderos gladiadores, tanto para atacar como para defenderse.

Pero sucedió algo inesperado para los asistentes:

Los cristianos arrojaron al suelo de la arena, escudos, redes, tridentes y espadas. Se arrodillaron a orar y a cantar sus himnos.

Y los del público se indignaron.

Entonces el César ordenó que soltaran los perros molosios y éstos los destrozaron muy rápido.

Cuando los despojos que quedaron, fueron retirados de la arena y los animales saciados, también fueron sacados.

El espectáculo tomó una faceta diferente.

Fue una serie de cuadros mitológicos, idea del propio César.

Y así la concurrencia pudo ver a Hércules cumpliendo con los Doce Trabajos y ardiendo con la túnica de Neso.

Marco Aurelio se estremeció ante el pensamiento de que hubiesen dado el papel de Hércules a Bernabé.

Pero fue evidente que lo tienen reservado para algo más impactante y aún no ha llegado el turno al fiel servidor de Alexandra, porque el que arde en la pira es otro cristiano, desconocido para el joven tribuno.

A Prócoro, el César no le perdonó la asistencia y tuvo que ver a varios conocidos suyos en la siguiente representación.

El anciano que diera a Prócoro el significado del signo del pescado y que le puso sobre la pista de Alexandra, representó a Dédalo y su hijo desempeñó el papel de Ícaro.

Ambos fueron levantados por un ingenioso mecanismo y enseguida lanzados a la arena hasta una gran altura.

El joven cayó tan cerca del pódium del César, que la sangre salpicó no solo los adornos exteriores, sino también la púrpura que cubre el frontis del palco imperial.

Prócoro cerró los ojos y no vio la caída. Pero oyó el sordo golpe del cuerpo al rebotar en el suelo y cuando abrió los ojos, vio que la sangre le había salpicado sus finas vestiduras.

Y estuvo a punto de desmayarse otra vez.

Los cuadros cambian rápidamente: las sacerdotisas de Cibeles, Las Danaides, Dirce, Pasifae, etc.

Son jovencitas muy tiernas todavía y la gente aplaude al verlas partidas por la mitad, destrozadas y descuartizadas por las bestias desbocadas.

CIRCO

La plebe aplaude delirante las nuevas ideas de Nerón, quién se siente muy ufano y feliz, con las aclamaciones que recibe.

Y se recrea en su ingenio y su crueldad, disfrutando aquellas escenas sangrientas y las postreras convulsiones de sus víctimas.

Luego se suceden otros cuadros, tomados de la historia de la ciudad.

Después del martirio de las vírgenes, representaron el espectáculo de Muscio Escévola cuya mano atada a un trípode sobre una hoguera todos vieron achicharrarse…

Pero Sergio permaneció sin dar un solo gemido, con el rostro levantado al cielo y extasiado en la Oración… No se dio cuenta cuando lo degollaron.

Luego arrastraron su cadáver al Spolarium y se dio la señal para el intermedio.

Y empezó el banquete. Bebidas refrescantes, carnes, dulces, vino, queso, aceitunas, pan y fruta.

El pueblo devora y aclama la munificencia del César. Satisfecha el hambre y la sed, dio principio la distribución de billetes de lotería.

Y empezó una verdadera batalla campal.

Entre la plebe se amontonan, se dan golpes y pisotones. Saltan sobre las graderías, se lanzan objetos, hay gritos, maldiciones, insultos y blasfemias.

Lo cual se explica: porque el que resulte ser uno de los afortunados ganadores de un número privilegiado, pronto se convertirá en dueño de una casa con jardín, de un esclavo, de un espléndido y valioso traje, de una joya…

O de una fiera que se puede vender al Anfiteatro y se convierte así en un premio en efectivo.

A veces es tal el motín, que se hace necesaria la intervención de los pretorianos.

Y sucede que tienen que sacar a personas con las piernas o los brazos fracturados.

Y hasta hay quién ha llegado a morir, aplastado en medio de estos tumultos.

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Nerón se divierte mucho con estas trifulcas.

Cuando comenzó el intermedio, también él pasó a un salón, donde le esperaba un espléndido banquete y lo disfrutó acompañado de sus cortesanos favoritos.

Mientras tanto una multitud de esclavos, empezó a cavar hoyos en hileras a corta distancia unos de otros, en la mitad de la extensión de la arena.

Y los dispusieron de tal forma, que la última quedó a unos cuantos pasos del pódium imperial.

En la otra mitad de la arena se dispuso que unos grupos de cristianos, fueran arrojados a los leones.

Los preparativos al nuevo suplicio se hacen con gran celeridad.

Terminado el intermedio, se abrieron todas las puertas.

Y hacen entrar a empellones y golpes de flagelo, a otros grupos de cristianos desnudos llevando cruces.

Tanto éstas como las víctimas, están adornados con flores.

Los verdugos extienden a las víctimas y empiezan a clavar manos y pies.

Se oye el resonar de los martillos, que repercuten por todo el Anfiteatro.

Taladrando los maderos, los oídos y los corazones.

Como éste es un martirio lento, en el que la muerte puede durar días, Nerón decretó que les quebrasen las piernas.

Entre las víctimas se encuentra Lautaro.

Los leones no lo mataron la primera vez, así que éste es su segundo martirio: la Crucifixión.

Cuando supo el suplicio que los esperaba, había dicho a los cristianos:

–           ¡Demos gracias a nuestro Redentor, que nos ha concedido el privilegio de compartir sus tormentos de una manera total!

¡Alabemos al Padre que con esto nos convierte en sus verdaderos hijos!…

Y mientras los verdugos continúan clavando a sus indefensas víctimas, nuevamente el canto brota de aquellas criaturas martirizadas.

Todos escuchan asombrados el himno que se levanta jubiloso:

¡Aleluya!

Aclamen al Señor, Tierra entera

Sirvan a Jesús con alegría

Lleguen a Él sus cantos de gozo.

Sepan que Jesús es Dios Todopoderoso

Él nos creó. A ÉL pertenecemos.

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Somos su pueblo y ovejas de su aprisco.

Entren por sus puertas dando gracias

Avancen por sus atrios entre himnos

Denle gracias y bendigan el Nombre de Jesús.

Porque el señor es Bondadoso

Su amor dura por siempre

Y su fidelidad por todas las generaciones.

Mi alma suspira y se consume

HeavenGateway

Por estar en los atrios del Señor

Mi corazón y mi carne lanzan gritos

Con anhelo de ver al Dios Viviente.

Felices los que habitan en tu casa

Y te alaban sin cesar

Dichosos los que en Ti encuentran sus fuerzas

Y les gusta subir hasta tu Templo.

Dios es nuestra defensa y fortaleza

Él da Perdón y Gloria

¡Jesús, oh, Dios de los Cielos

Feliz el que en Ti pone su confianza!

-musical-notes-

Las risas y los gritos de la multitud se fueron callando al escuchar aquel coro insólito que los deja desconcertados y perplejos.

Ellos han venido para contemplar las agonías de una muerte en medio de un suplicio atroz.

Y lo único que se oye además de los martillazos, es aquel himno glorioso…

Cuando todas las cruces han sido levantadas, el canto termina y solo queda un gran silencio.

La gente no sabe cómo reaccionar ante lo que está presenciando.

Hasta el mismo César está un poco descontrolado y juguetea nervioso con su collar de rubíes, mientras su semblante no logra ocultar un aire de inquietud…

El crucificado que está frente a él, es Lautaro, que lo mira fija y severamente…

Mientras dice con voz fuerte y sonora:

–           Yo veo los Cielos abiertos, pero también está abierto el profundo Abismo Infernal…

Al que serás arrojado por tu maldad. ¡Oh, Perverso! ¡Ay de ti!…

¡Arrepiéntete de tus crímenes! ¡Matricida! ¡Ay de ti!…

El César se estremeció.

Los augustanos, al escuchar esta injuria lanzada al rostro del ‘divino’ Amo del Mundo, en presencia de millares de espectadores, contuvieron el aliento…

Y el público se paralizó.

Para desgracia de Nerón, Lautaro NO había terminado…

Y su voz aumentó su potencia:

–          ¡Ay de ti! ¡Asesino de tu padre, de tu esposa, de tu hermano!

¡Ay de ti, Anticristo! ¡El Abismo y los Infiernos están ya abiertos bajo tus pies! ¡Arrepiéntete!…

Y enseguida pronuncia la tremenda profecía:

¡Ay de ti, porque morirás temblando de terror, por no poder escoger tu propia muerte.

Pues tu propio pueblo te sentenciará con el suplicio de los parricidas y serás condenado por toda la eternidad!…

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¡Ay de ti, genocida cruel! ¡Asesino perverso! ¡Has colmado la medida y también para ti ha llegado la hora de tu horrendo castigo!

¡Satanás te espera y pagarás tus crímenes y tu maldad contra los inocentes!

Ya está sobre tu cabeza la espada de la Justicia Divina…

¡Perderás tu imperio más pronto de lo que imaginas!…

Una flecha silva en el aire y se clava en el pecho de Lautaro.

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Uno de los arqueros del emperador obedeció la orden de Tigelino, para callar la voz del sacerdote cristiano.

Lautaro dice:

–          Señor Jesús… Recibe mi espíritu… te…

Su cabeza cae sobre su pecho y el mártir expira…

Nerón se ha puesto de pie, temblando de indignación.

Hace una señal a Tigelino…

circoLas fieras son soltadas y empieza una nueva carnicería.

Después de un largo silencio en el Pódium, que nadie se atreve a romper…

Prócoro dice al César:

–           Señor. El mar es hermoso y apacible. Vámonos a Acaya. Allí te aguarda la gloria de Apolo.

Las coronas y los triunfos te están esperando. El pueblo te adorará y los dioses te glorificarán como su igual…

Mientras que aquí, ¡Oh, señor!… –sus palabras se vuelven ininteligibles, porque un violento temblor lo invade y le impide continuar.

El emperador contestó:

–           Partiremos cuando hayan terminado los Juegos.

Sé que aún hay muchos que piensan que los cristianos son víctimas inocentes y lo dicen.

No puedo alejarme porque después todo mundo repetirá eso. ¿Qué es lo que temes?

Nerón dijo estas palabras frunciendo el ceño y mirando fijamente al griego.

Pero su sangre fría es solo aparente. También a él le infundieron pavor las palabras de Lautaro.

Y al regresar al Palatino, las recordará con vergüenza, con rabia y con miedo.

Babilo que es muy supersticioso y que ha escuchado este diálogo, miró a su alrededor…

Y dijo con voz misteriosa:

–           Divinidad, escucha las palabras de este viejo. Hay algo peligroso en esos cristianos.

Sus sacerdotes también son augures y ….

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La Deidad que adoran les da una muerte extraordinaria, pero puede ser también una deidad vengativa y…

Nerón replicó al punto:

–           No he sido yo quién dispuso los Juegos, sino Tigelino.

Al escuchar la respuesta de Nerón,

Tigelino dijo desafiante:

–           ¡Ciertamente! Yo fui. Y también Haloto. Y me río de todos los dioses cristianos.

Babilo es una vejiga llena de supersticiones y este valiente griego, es capaz de morirse de miedo ante una gallina que erice las plumas en defensa de sus polluelos.

Nerón replicó con sequedad:

–           Así es en efecto. Pero de ahora en adelante, ordena que les corten la lengua a esos cristianos.

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Haloto confirmó:

–           El fuego les pondrá restricción, ¡Oh, divinidad!

Prócoro gimió:

–           ¡Ay de mí!

Pero el César, a quien la insolente confianza de Tigelino le ha dado nuevos bríos, empezó a reír…

Y dijo señalando al viejo griego:

–           ¡Mirad a este descendiente de Aquiles!

Y verdaderamente el aspecto de Prócoro es lamentable.

Sus escasos cabellos se han vuelto completamente blancos. La expresión de su cara es de terror.

Ha perdido el control y está como aturdido y fuera de sí.

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Se queda sin contestar a las preguntas que le hacen.

Luego se encoleriza y se vuelve tan insolente, que los augustanos dejan de lanzarle puyas.

Finalmente grita desesperado:

–           ¡Haced de mí lo que queráis, pero yo no iré más a los Juegos!

Nerón lo miró un instante…

Y volviéndose hacia Tigelino, le ordenó:

–           Cuida de que este estoico, se halle cerca de mí en los jardines. Deseo ver qué impresión causan nuestras antorchas, en su ánimo.

Prócoro se llenó de terror ante la amenaza que palpita en la voz del emperador.

Y dijo con un hilo de voz:

–           ¡Oh, señor! No podré observar nada, porque de noche no veo.

Nerón replicó con una sonrisa mordaz:

–           No te preocupes. Estará la noche tan clara, como el día.

CUADRIGA

Y volviéndose hacia los augustanos empezó a hablar de las carreras que piensa organizar cuando terminen los Juegos.

Petronio se acercó a Prócoro y dándole un golpecito en el hombro, con su bastoncito de marfil…

Le preguntó:

–           ¿Recuerdas que te dije que no resistirías?

En lugar de contestar, el griego miró al astrólogo…

Y alargando su mano temblorosa hacia un vaso de vino,

Le dijo:

–           Quiero beber.

Pero no pudo llevarlo a los labios.

Entonces Babilo le tomó el vaso y mientras lo ayuda a que pueda beber…

Le pregunta al griego con curiosidad y temor:

–           ¿Acaso te están persiguiendo las Furias?

erinias REMORDIMIENTOS

diosas de los remordimientos

Prócoro dijo temblando:

–           No. Pero tengo delante de mí a la Noche.

–           ¿Qué dices? ¿De qué noche estás hablando?

–           De unas Tinieblas impenetrables que me envuelven, me arrastran y me llenan de pavor.

–           No te entiendo.

–           Jamás pensé que serían castigados con tanta crueldad…

–           ¿Lo sientes por ellos?

–           ¿Por qué derramar tanta sangre? ¿Acaso no oíste lo que dijo ése desde la Cruz? ¡Ay de nosotros!…

Babilo contestó en voz baja.

–           Sí, lo oí. ¡Pero ellos son incendiarios!

–           ¡No es verdad!

–           Y enemigos de la raza humana.

–           ¡No es verdad!

–           Y envenenadores del agua.

–           ¡No es verdad!

–           Y asesinos de infantes.

–           ¡No es verdad!

CIRCO

Babilo lo miró con asombro y exclamó:

–           ¿Cómo? ¡Tú mismo lo dijiste delante de todos! Los acusaste y los entregaste en manos de Tigelino.

–           Por eso es que ahora la noche me rodea y la muerte viene hacia mí.

¡MENTÍ! Por momentos creo que en realidad ya he muerto… Y también vosotros moriréis.

–           ¡No! Son ellos los que están muriendo. Nosotros estamos vivos. Pero dime ¿Qué es lo que ven al morir?

–           Ven a Cristo y ven el Cielo donde Él Reina.

–           Su Dios. ¿Cómo es su Dios?

Prócoro, en vez de contestar…

Le pregunta a su vez:

–           ¿Oíste las palabras del César? ¿Qué clase de antorchas van a arder en los jardines?

–           Esas antorchas se preparan envolviendo a las víctimas en ‘túnicas dolorosas’ empapadas en pez y atándolas a los postes a los cuales les prenden fuego.

¡Son antorchas humanas! Quiera el Dios de los cristianos no mandar nuevas desventuras sobre la ciudad.

–           ¡Oh, no! Es una pena terrible.

–           Oye. ¿Pero en dónde estabas tú?… Hicieron eso el primer día de los Juegos.

–           Estuve enfermo. Prefiero presenciar ese castigo, pues en él parece que no hay tanta sangre.

Y Prócoro se estremece con violencia al recordar…

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Mientras tanto, los demás augustanos también hablan de los cristianos…

Haloto dijo:

–           Son tantos, que bien podrían promover una guerra civil, si se llegaran a armar… Pero mueren como ovejas.

Tigelino replicó mordaz:

–           ¡Que intenten morir de otra manera!

Petronio replicó:

–           Os estáis engañando a vosotros mismos. Ellos están armados.

Haloto y Tigelino dijeron al mismo tiempo:

–           ¡Qué locura!

–           ¿De qué?

Petronio contestó:

–           De Paciencia.

Lucano preguntó:

–           ¿Es una nueva clase se arma?

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Petronio los miró a todos y sentenció:

–           Ciertamente. Más ¿Podéis decir vosotros, que los cristianos mueren como vulgares delincuentes?

¡NO! Mueren como si los criminales no fueran ellos, sino quienes los han condenado a muerte.

Es decir: nosotros y todo el pueblo romano.

Tigelino respondió con desprecio.

–           ¡Qué desvarío!

Petronio le replicó:

–           ¡Hic Abdera! (El más tonto de los tontos)

Pero muchos, sorprendidos ante la justicia de esta observación, se miraron unos a otros con asombro…

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Y repitieron:

–           ¡Es verdad! ¡Petronio lo ha precisado perfectamente!

Trhaseas dijo:

–           ¡Hay algo tan maravilloso en su muerte! Todo es tan original…

Babilo exclamó:

–           ¡Os digo que ven a su Divinidad!

Entonces algunos augustanos se volvieron hacia Prócoro…

Y le dijeron:

–           ¡Eh viejo, tú que los conoces bien!

–           Dinos ¿Qué es lo que ven?…

El griego derramó el vino en su túnica, pues el vaso se le soltó.

Y respondió azorado:

–           ¡La Resurrección!

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Y comenzó a temblar de tal manera, que todos los que le rodean, soltaron la carcajada…

No había oscurecido aun cuando la gente empezó a acudir a los jardines.

Después de que terminó el espectáculo del Circo, el César llegó hasta la Gran Fuente que está en la entrada de los jardines…

Bajó de su carro con Tigelino de un lado y Prócoro del otro.

Y haciendo una señal a toda su comitiva, se mezcló entre la multitud.

Fue acogido con aplausos y aclamaciones.

Los pretorianos lo rodearon inmediatamente, formando en torno a él un círculo que se llenó de animación, con sus cortesanos y con el pueblo.

El César decidió hacer su recorrido a pie y avanzó hacia donde ya habían empezado a arder, las antorchas humanas de ese día.

BRUTAL TORTURA ISLAMICA PARA OBLIGARLOS A APOSTATAR

BRUTAL TORTURA ISLAMICA PARA OBLIGARLOS A APOSTATAR

Deteniéndose delante de cada una de ellas, empezó a hacer algunas observaciones acerca de las víctimas.

Y a burlarse del griego en cuyo semblante se refleja una desesperación sin límites.

Por último se detuvo frente a un poste decorado con hiedras, mirtos, rosas rojas y blancas.

Las llamaradas envuelven a la víctima y ondean con el suave viento de la noche…

Luego, éste se hace más fuerte y deja al descubierto a un hombre de barba entrecana.

Al verlo, Prócoro lanza una exclamación de sorpresa…

Cae al suelo y se retuerce como una serpiente herida y luego se hace un ovillo.

Finalmente escapa de su boca un grito desgarrador, que está lleno de terror y angustia…

Las palabras brotan incontenibles:

–           ¡Mauro! ¡Mauro!…

El hombre parece como si despertase de un ensueño…

Es Mauro el médico.

Quién al oírle le mira con infinita compasión, desde lo alto del mástil flameante.

Frente a él está su verdugo: el hombre que le traicionó, le robó a su familia y le entregó en manos de sus asesinos.

Y al que después de haberle perdonado todo esto, también lo entregó en manos de sus perseguidores.

La víctima arde en aquel poste embetunado.

El culpable de todos sus agravios y su verdugo, está a sus pies, llamándolo…

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Prócoro volvió a gritar:

–           ¡Mauro! En el Nombre de Jesús, por favor te lo suplico: ¡Perdóname!

Se hizo el silencio alrededor.

Y un estremecimiento recorrió a todos los espectadores de esta dramática escena.

Y todos los ojos se clavan expectantes en el mártir.

Mauro movió su cabeza asintiendo…

Y dijo con voz resonante y fuerte:

–           Sí, Nicias. Yo te perdono… y te bendigo…

Y ruego a Dios que Él también te perdone… y te bendiga… Y te lleve a la Luz…

‘Pater Noster’…

pater-nosterMauro regresa a su éxtasis, mientras repite la Oración Sublime…

Y su rostro vuelto hacia el cielo se vuelve radiante, con una luz más luminosa que la del fuego que lo rodea…

Y las llamaradas lo envuelven nuevamente, escondiéndolo a las miradas fascinadas…

Prócoro cayó con el rostro en tierra y lloró con un llanto inconsolable.

Después de unos momentos se levantó y su semblante se ha transformado.

Alza su mano derecha y grita con una voz tan potente…

Que casi todos los reunidos en aquel parque lo escuchan:

–           ¡Pueblo Romano! ¡Os juro por mi muerte!…

¡Que están pereciendo aquí, víctimas inocentes!

¡AHÍ TENÉIS AL INCENDIARIO!

Y señaló a Nerón…    

Sobrevino un silencio sepulcral y los cortesanos quedaron paralizados.

Prócoro siguió parado, firme y acusador…

Todos los ojos se clavaron en el augustano erguido, con el brazo extendido y tembloroso.

Y el dedo señalando al César…

Inmediatamente se sucedió un tumulto.

El pueblo con el ímpetu de un huracán, se precipitó hacia el viejo queriéndolo tocar…

Y se oyeron distintos gritos simultáneos:

–           ¡Arréstenlo!

–           ¡Ay de nosotros!

–           ¡El Dios de los cristianos se vengará!

–           ¡Matricida!

–           ¡Asesino!

–           ¡Incendiario!

–           ¡Que los dioses te castiguen!

Todo esto entre una tempestad de silbidos, gritos y maldiciones.

Y airadas injurias repetidas y dirigidas al César.

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Inmediatamente los pretorianos se apretuaron, formando una valla protectora alrededor de Nerón.

Mientras la multitud se precipitó sobre los demás integrantes del séquito imperial…

El desorden creció y todos corrieron hacia diferentes lados.

Algunos de los postes que ya se habían quemado por completo, empezaron a caer esparciendo chispas alrededor.

Y aumentando más la confusión…

Un turbión del pueblo arrastró a Prócoro hasta el fondo del jardín.

Los postes consumidos siguieron cayendo en medio de humo, chispas y olor a madera y a carne quemados.

Hasta que todo quedó sumido en la oscuridad.

La multitud alarmada, intranquila y sombría, empezó a retirarse.

Y la noticia corrió como reguero de pólvora, retorcida y exagerada…

Decían algunos que el César se había desmayado.

Otros, que había confirmado la acusación del griego, cayendo en contradicciones y confesando todo.

Otros más, que cayó gravemente enfermo.

Y otros, que lo habían sacado custodiado de los jardines, en carro y que estaba como muerto.

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Y aquí y allá, empezó a haber voces de simpatía a favor de los cristianos:

–           Si no fueron ellos los incendiarios de Roma,

–          ¿Por qué desplegaron en su contra, tanta injusticia y tanta crueldad?

–           ¿Por qué hacerlos víctimas de tan horrendas torturas y derramar tanta sangre?

–           ¿No se encargarán los dioses de vengar a los inocentes?

–           ¡Y cómo apaciguar la justa cólera del Dios de los cristianos!…

La compasión se desbordó hacia los niños que todos vieron morir con tan bárbara ferocidad.

Y esta compasión se transformó en ultrajes al César, a Haloto y a Tigelino….

Los más crueles agentes de Nerón.

Y también se desató otra ola de interrogantes:

–          ¿Quién es esa Divinidad que les da esa fortaleza tan increíble?

–          ¿Cómo es ese Dios, que los hace enfrentar los tormentos de la forma que lo hacen?

–          Y ¿Cómo le hacen para morir así?

–          ¿De dónde sacan esa serenidad y esa alegría?

Y volvieron a sus casas sumergidos en una profunda reflexión…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA,CONÓCELA

62.- LA ORGÍA INOLVIDABLE…


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El emperador Tiberio, fue muy aficionado al dinero y difícilmente se le arrancaba. Con el tiempo, su avaricia le llevó a la rapiña y el lema que rigió su gobierno fue: ‘Que me odien con tal dé que me teman’.

Cuando comenzó su vida militar, antes de que fuera César, sus compañeros le  conocieron por su afición al vino hasta tal grado, que los soldados le apodaron: ‘Biberius Caldus Mero’ (todas estas palabras aluden al vino de diversas maneras)

Su crueldad y su hipocresía eran tales, que cuando Augusto lo nombró su sucesor, las palabras que pronunció en su lecho de muerte, fueron: ‘Desgraciado pueblo romano que va a ser presa de tan lentas mandíbulas’

También era un hombre extremadamente lujurioso. En su retiro de Capri tenía una habitación destinada a sus desórdenes más secretos, guarnecida de lechos alrededor….

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Y allí, un grupo elegido de jóvenes disolutos reunidos de todas partes y algunos que inventaron ‘monstruosos placeres’, a los que llamó ‘spintrias’(sus maestros de voluptuosidad)

Formaban entre sí una triple cadena y entrelazados de esta manera, se prostituían en su presencia para estimular sus lánguidos deseos; pues al final de su vida, solo era un anciano impotente.

Como gran adicto al sexo, en el palacio de Roma que se ha salvado del incendio, también tenía todo un sector destinado a lo mismo.

Además de esa habitación especial, hay diferentes salones arreglados especialmente para estos placeres, adornados con cuadros y bajorrelieves lascivos y llenos de libros de Elephanditis (Pornografía gráfica), para tener en la acción modelos que imitar.

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Sus jardines han sido diseñados como bosques y selvas consagrados a Venus Afrodita y están decorados con grutas excavadas en la roca y en las cuales hay hermosas y artísticas estatuas que parecen casi vivas.

En las cuales se ven jóvenes de ambos sexos, mezclados en actitudes voluptuosas y posiciones obscenas y sugerentes, con trajes de ninfas y faunos.

Hay también un baño con una piscina especialmente diseñada, en la cual enseñó a niños de tierna edad a los que llamaba sus ‘pececillos’ a que jueguen entre sus piernas, excitándole con la lengua y con los dientes.

Y a los más grandecitos que estaban en lactancia aún, les ofrecía los genitales para que le diesen el género de placer al que sus tendencias y su edad le inclinaban de una manera especial.

Recibió un legado de uno de sus amigos que le daba a elegir entre un cuadro de Parrasio en el que Atalante prostituye su boca a Meleagro o un millón de sestercios…

Tiberio prefirió el cuadro y lo colocó como un objeto sagrado en su alcoba…

Y este cuadro adorna ahora el salón principal de la casa de Tiberio en Roma, justo encima de donde se encuentra el triclinio imperial.

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Aminio Rebio y Vitelio en su infancia, fueron ‘pececillos’ de Tiberio y desde su juventud, han sido marcados con el afrentoso nombre de ‘Spintria’.

Y por su gran experiencia en estos oficios, Vitelio ahora es el intendente de placeres de Nerón…

Aminio Rebio, Faonte el liberto del César y dos enviados de Tigelino; fueron a las cárceles para elegir doncellas y jóvenes cristianos… Para recreación del César y de sus invitados…

La fiesta en el palacio de Tiberio en el Esquilino, está en todo su apogeo…

Cientos de lámparas brillan sobre las mesas y penden de las murallas.

Los acordes de la música, invaden el ambiente.

El aroma de las flores y los perfumes de Arabia, son aspirados con deleite por los invitados lujosamente ataviados y que reclinados en sus triclinios, disfrutan de los deliciosos manjares y los exquisitos vinos que aumentan la euforia general.

Y las rosas siguen cayendo…

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Nerón está muy contento…

Y Popea regia y magnífica, luce su belleza con una sonrisa congelada que no llega a sus ojos, ni ilumina la expresión sombría que encubre su dolor, después del asesinato de su hijo Rufio Crispino.

Nerón ya cantó su Troyada y una atronadora tempestad de aplausos y aclamaciones le alimentan su insaciable vanidad de artista.

Algunos que levantaron sus manos como enajenados por su prodigioso talento, le han dejado sumamente satisfecho.

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De vez en cuando mira con una sonrisa de maligna crueldad a Marco Aurelio y a Petronio, a los que tiene como invitados de honor, muy cerca de él…

Petronio, ingenioso y elegante como siempre, hizo destellar su inteligencia y exquisita agudeza a lo largo del banquete…

Sacando a Marco Aurelio de varias sutilezas engañosas por parte de los demás augustanos…

Y luchando él mismo en aquellas arenas movedizas que son las intrigas de la corte imperial, saliendo adelante con donaire y su gallardía habitual.

Marco Aurelio está tranquilo y se porta tan distinguido como su tío, con una innata elegancia y sobriedad en todos sus ademanes.

Popea mira disimuladamente a Marco Aurelio…

Pues que lo único que la alienta en este banquete, es la alegría anticipada de su venganza sobre el tribuno.

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Se siente un poco mareada por el vino y el humo del incienso.

Finge que disfruta de los espectáculos que han sido preparados para la fiesta…

Nuevamente se da lectura a versos y se escuchan diálogos en los cuales la extravagancia, ocupa el lugar del ingenio.

Después Paris el célebre mimo, hace una representación magistral en lo que parecen escenas llenas de encantamiento.

Pues con los movimientos de sus manos y del cuerpo, tiene una increíble habilidad para expresar cosas que parecen imposibles de hacer patentes en una danza…

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Sus manos parecen oscurecer el aire creando una nube animada, sugerente, voluptuosa, que circunda las formas de una doncella agitada por un inefable desmayo…

Es una verdadera pintura, no una danza…

Una pintura expresiva en la que se revelan los secretos del amor, embelesante a la par que impúdico.

Y al finalizar da principio una danza báquica, llena de gritos desenfrenados y licenciosos desbordes.

Acompañados del son de cítaras, tambores, laúdes y címbalos, en una música incitante a dar rienda suelta a la pasión.

Marco Aurelio mantiene en todo momento una actitud tranquila, digna y un tanto seria.

Su carácter reservado y su calma intrigan a todos los augustanos, pero especialmente al César y a Popea…

Tanto Marco Aurelio como Petronio participan del banquete y beben vino, pero sin perder la sobriedad.

Se mantienen sonrientes y ecuánimes.

Entrada la noche Faonte, el liberto del César se acercó y murmura unas palabras a su oído.

El César hace un gesto de asentimiento…

Están en el salón que Nerón llama su ‘Paraíso de deleites’ y que forma parte del sector de la casa de Tiberio que fue construida para sus placeres.

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Los esclavos siguen trayendo más viandas y licores que sirven en la espléndida vajilla ribeteada en oro y las ricas copas artísticamente diseñadas y decoradas con escenas voluptuosas y acordes a la ocasión.

Los manjares y las bebidas han sido especialmente preparados con afrodisíacos.

Entonces Tigelino se acercó a Nerón y a Popea, diciéndoles algo en voz tan baja que…

Petronio que está al lado del César, lo único que pudo captar fue la respuesta del emperador:

–           No importa. Aún nos queda el Circo. Entonces será un espectáculo digno de la multitud.

Lo que Tigelino les ha comunicado, es que por la enfermedad de Alexandra, no ha sido posible sacarla de la prisión y no participará de la fiesta de esa noche.

Popea no logró ocultar su desencanto y su frustración.

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Después de un tiempo prudencial le solicitó a Nerón permiso para retirarse, pues se siente indispuesta.

Y no pudo evitar mirar al tribuno con rencoroso desprecio y a Petronio con una ominosa mirada, que acompañó con su eterna y congelada sonrisa.

El César se levantó para escoltar a Popea que se despidió de los presentes y a los que Nerón les dice que regresará pronto.

Y efectivamente, un poco más tarde volvió al salón, para disfrutar de la sorpresa preparada por Vitelio.

Entre los asistentes al banquete está el joven Aulo Plaucio, un hombre lleno de belleza y gallardía que es amante de Nerón y que tiene una gran voz de barítono.

Nerón había dicho siempre y le ha hecho creer que lo ama y que lo nombrará su heredero al trono del imperio.

En todos los banquetes, después que Popea se retira; él hace las delicias del emperador.

Entre los acordes de la música, el aroma del incienso y las bromas con que el César está demostrando su gran satisfacción en esta noche en particular…

Nadie se percata de la señal que Tigelino le hace a Nerón.

Enseguida éste llamó a Faonte, a Doríforo y a Aulo Plaucio.

Cuando llegaron ante él, ordenó a los libertos que lo sujetaran y ante la sorpresa general; éstos lo tiraron sobre el lecho imperial y lo inmovilizaron…

Mientras el César, haciendo derroche de violencia, lo violó.

Después de esta infamia, Nerón se levantó como si nada hubiera sucedido…

Y declaró:

–           Que mi madre bese ahora a mi sucesor.

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A continuación,  lo acusó de conspiración y ordenó que lo torturaran.

Recomendando que los verdugos lo hieran de manera que se sienta morir y que su muerte sea lenta en el suplicio.

Y luego, envanecido por hacer todo siempre impunemente, se volvió hacia Petronio, lo miró con crueldad y advertencia…

Y dijo con displicencia:

–           Ningún Príncipe ha sabido cuanto puede hacerse desde el poder.

Enseguida miró a Vitelio, agregando:

–       Veamos querido amigo, lo que has preparado para nuestro deleite.

Después de que los libertos se llevaron a Aulo Plaucio, que se había desmayado de terror.

Vitelio se levantó, hizo una reverencia a Nerón y se acercó a Aminio Rebio, que a su vez descorrió una cortina casi transparente que había en un extremo del salón.

Detrás de ella, está un grupo de varones y doncellas que evidentemente han presenciado todo lo  sucedido.

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Y todo esto fue hecho a propósito, para quebrantarles el espíritu…

Y mostrarles lo que les espera, al que tenga la osadía de no someterse.

Tigelino les da una orden y ellos avanzan formando una larga fila de un extremo a otro del enorme salón.

Para que el emperador y sus invitados, puedan verlos y examinarlos bien a todos.

Son veinticuatro mujeres y veintidós hombres, cuyas edades oscilan entre los quince y los veinticinco años.

Todos están totalmente desnudos y llevan una corona de rosas en la cabeza.

Han quedado de pie, frente al César y sus convidados.

Lo más sorprendente es que mantienen una dignidad majestuosa…

A pesar de la humillación que debe significarles el no llevar ninguna prenda de vestir que los cubra…

Marco Aurelio reconoció a varios y sintió una gran opresión.

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Cuando vio a Margarita, la hermana de Alexandra, un profundo dolor se le clavó en el pecho.

Inclinando la cabeza, cerró los ojos y oró…

Petronio permaneció imperturbable. Conoce a Nerón.

Y con su elegancia característica, ni un solo músculo de su rostro, delató sus verdaderos pensamientos y sentimientos…

Séneca, movió la cabeza casi imperceptiblemente y la inclinó para esconder la expresión de su rostro…

Trhaseas frunció el entrecejo y una fugaz sombra de desaprobación nubló su semblante. Y se sumió en sus reflexiones…

Lucano pareció sorprenderse, pero asumió su actitud de siempre.

Plinio solo miró, pero no demostró nada.

Marcial levantó una ceja y no manifestó lo que pensaba. Mantuvo una actitud expectante…

Todos los demás miraron a los jóvenes con una mezcla de admiración, curiosidad morbosa, intensa avidez, lujuria y lascivia.

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Nerón los observó atenta y detenidamente a cada uno de ellos…

Y con una sonrisa, dirigió una mirada de aprobación a Vitelio, Tigelino y Aminio Rebio, que han esperado expectantes su dictamen.

Ellos los seleccionaron.

Y están seguros de que ni siquiera el exigente y perfeccionista Petronio, podrá poner una sola objeción a aquel estupendo grupo de jóvenes…

Que son una muestra excelente de juventud y belleza:

Cuerpos y rostros perfectos. Portes regios y de gran dignidad, sin llegar a la altivez.

Esta promete ser una gran orgía y una noche de placeres incomparables…

Vitelio le prometió que ha preparado con ellos una serie de fantasiosas representaciones, en las cuales él podrá elegir a los que más le agraden, para su placer personal.

Están por gustar de un deleite nuevo y bastante raro… Porque a pesar de su edad, todos son vírgenes…

Lo único que molestó a Nerón y mucho; fue que ninguno al mirarlos él a la cara, bajase la mirada, ni el rostro.

No fueron retadores ni altivos.

Sólo le miraron ellos a su vez con tranquilidad y sin hacer ninguna inclinación. Sin el menor rastro de temor o servilismo.

Sin ninguna turbación o nerviosismo.

¡Y nadie le hizo una reverencia!

Y esto último, lo consideró un gran insulto a su megalomanía.

Petronio también notó esto.

Y conociendo al César, aumentó su admiración y su respeto por los cristianos.

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Y también su preocupación por lo que sucedería a continuación…

Nerón dio la espalda a sus prisioneros y por unos instantes permaneció así.

Su rostro regordete toma una expresión concentrada y terrible…

Mientras parece reflexionar, con su mano izquierda se toca su corona de laurel.

Y tomando la orla de su manto cuajado de estrellas de oro y perlas, con un ademán regio lo levantó con su mano derecha y dándose vuelta, lo soltó hacia atrás.

Enseguida,  miró a los jóvenes cristianos. Caminó lentamente frente a ellos…

Los fue recorriendo uno a uno con lentitud y una expresión maligna y cruel en sus ojos azules, que hizo estremecer a quienes lo conocen muy bien.

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Luego dijo con voz muy pausada:

–           Estas hermosas cabezas, caerán en cuanto yo lo ordene.

Sorpresivamente, una voz muy serena y varonil, respondió:

–           El poder que Dios te ha concedido tiene un límite.

Nerón se volvió con rapidez, buscando entre los hombres al que habló…

Y que al parecer NO está enterado de que a nadie le está permitido hablar, a menos que el emperador lo haya interrogado primero.

Y con una voz contenida y terrible, preguntó:

–            ¿Quién dijo eso?

Da un paso al frente un joven que hubiera podido ser el modelo con el cual Miguel Ángel esculpió su ‘David’ y…

Que con su armoniosa voz, confirmó:

–           Yo…

Y ante la mirada interrogante del César, agregó:

–       Mi nombre es Oliver y soy cristiano.

Cierto es que tienes poder sobre nosotros.

Eres nuestro emperador y como a tal te respetamos.

Pero no puedes ir más allá de lo que te ha sido concedido.

A tu pesar, también tú obedeces los Designios misteriosos del Dios Único y Verdadero.

Nerón amenazó con voz glacial:

–           Puedo hacer contigo lo que acabo de hacer con Aulo Plaucio.

Inesperadamente, una voz dulce entre las vírgenes, se elevó con impresionante firmeza…

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Y dijo:

–           ¡NO! Porque somos Templos vivos del Dios Único y Verdadero. Y NO puedes profanarlos a tu placer.

Nerón se volteó rápidamente, para conocer a la que se ha atrevido a hablarle de ese modo.

Y vio a la más jovencita entre las doncellas que están ahí.

–           ¿Quién eres tú? –preguntó con un tono vibrante de ira.

Ella se irguió aún más.

Y su voz continuó tranquila declarando:

–           Fátima. Soy cristiana. Y te repito: Somos Templos Vivos del Espíritu Santo.

Y estamos aquí, NO PARA TU DELEITE, sino para dar testimonio del Dios Altísimo.

Nerón la fulmina con la mirada, antes de decir con voz escalofriante:

–           ¿Sabes que puedo enviarte para que te deshonren los gladiadores y se diviertan contigo hasta que se cansen?…

Otra voz dulce y femenina lo interrumpió:

–           Puedes. Claro que puedes ¡Si Dios te lo permite!… 

Y sin que nadie se lo ordenase, da un paso al frente identificándose:

–       Soy Margarita y soy cristiana…

Y tú eres esclavo del amo al que perteneces: Satanás.

Y es él a través de ti, el que verdaderamente nos quiere destruir.

Tú solamente eres su miserable instrumento…

La joven virgen se yergue imponente y mira severamente a Nerón…

Su actitud es tan digna que parece una Reyna más majestuosa que la misma Popea.

Y tan solemne que parece una diosa, pues irradia la misma Presencia que un día dejara pasmado a Marco Aurelio…

Cuando Alexandra dijo que el herido permaneciera entre los cristianos…

Petronio la admira literalmente con la boca abierta…

Todos están paralizados por el asombro, pues nadie le ha censurado jamás nada al emperador y esta actitud es inaudita…

Esta virgen bellísima parece una deidad airada y sus palabras manifiestan su severidad implacable…

Trhaseas se cubre la boca tratando de cubrir la exclamación que se le escapa admirado:

–           ¡Athena Parthenos!

Definitivamente las cosas para el César, no están resultando como las esperaba…

Entonces dijo con tono lastimero:

–           ¿Qué clase de religión impera en vosotros que os hace hablar así? Soy tu emperador.

El tono grave de otra voz masculina, rasga el aire:

–           ¿Acaso ignoras que no hay religión si es violenta y oprime a los que no quieren?

Da un paso al frente mientras agrega:

–      Soy Sergio y soy cristiano.

Nerón exclama con desprecio:

–           ¡Cristiano! ¿Cómo se llama tu Dios?

–            El Altísimo Señor del Universo: Yeové, el Padre Eterno. Jesucristo su Hijo y el Espíritu Santo.

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Nerón pregunta perplejo:

–           ¿Son tres dioses?

Otra voz masculina le responde:

–           NO.

Y el que habló dio un paso al frente mientras continua:

–      Son Tres Personas Distintas y un solo Dios Verdadero.

Todopoderoso. Creador, Dueño y Señor de todo el Universo.

Los que le adoramos somos cristianos. Mi nombre es Joshua.

Nerón suelta una carcajada y se burla:

–       ¡Todopoderoso!

Y con gran sarcasmo agrega:

–      ¿No es acaso ese hebreo que fue crucificado con los malhechores en el principado de Tiberio y murió en la Palestina?

Una joven que todavía no cumple los 18 años, se adelanta y proclama:

–         Sí. Murió en la Cruz para salvarnos. Su nombre es Jesús.

Dios lo resucitó y Reina Glorioso desde el Cielo. Y Gobierna todo el Universo y el mundo espiritual e invisible.

Agrega con voz  muy dulce, identificándose:

–         Mi nombre es Jade y soy cristiana.

El César la mira fijamente por un momento demasiado largo…

Enseguida se dibuja en su rostro una sonrisa escalofriante y pregunta suavemente:

–           Si es como dices. ¿Por qué ha dejado que cayerais en mis manos?

En este momento yo soy vuestro dios.

Y os enseñaré a comportaros ante vuestro emperador.

Yo voy a demostraros cuál es el verdadero poder. –Estas palabras las declara Nerón con el rostro oscurecido por una expresión despiadada e inhumana.

En el silencio que sigue, solo se oye el chisporroteo de las lámparas de aceite…

porque hasta los músicos se han quedado paralizados, viendo el contraste total entre la cara de los aterrorizados comensales…

Y el semblante tranquilo de todos los jóvenes.

Después de un momento se oye como una campana, otra voz resonante y firmemente armoniosa:

–           Mi nombre es Daniel y soy cristiano.

¡Y te aclaro que NO haremos lo que esperas de nosotros, según lo que estamos concluyendo!– Dice mientras recorre con una mirada significativa…

Las pinturas y las estatuas que adornan el salón.

Y finaliza con tono solemne, como si fuera un maestro, ante un alumno díscolo:

–       En este lugar al que nos has traído…

Nerón lo mira colérico…

Sin decir una sola palabra, va hacia su pretoriano más próximo y le saca la espada de su vaina.

Con gesto feroz mira al que habló al último y camina hacia él…

Mientras sentencia airado e implacable:

–           ¡Doblegaré tu locura!

El joven lo mira impasible y declara:

–           Puedes aplicarme las torturas más crueles, pero NO me perjudicarás.

Tú en cambio, estás preparando tu alma, para tormentos eternos.

Y los que me inflijas serán dulces, comparados con los que te esperan a ti.

Y te los infligirá el que ahora te induce a atormentarnos.

Nerón se acerca furioso y lo atraviesa con la espada de tal forma…-espada-sangrienta-

Que la punta de la misma sale por la espalda del infortunado, goteando sangre…

Cuando la saca con un movimiento violento; la espada ensangrentada salpica sus vestiduras de color amatista y antes de que pueda decir nada…

La voz del joven que está al lado del que ha sido herido, se oye con acento triunfal:

–           Yo soy Iván y también soy cristiano…

Y debes saber que los que temen a Dios, no pueden ser perjudicados, ni doblegados por los tormentos.

Los suplicios resultan ser sus ganancias para la Vida Eterna, porque todo lo sufren por Cristo.

Es el mayor de todos.

Un  joven como de unos veinticinco años. De rubios cabellos oscuros y ensortijados. Y con unos bellos ojos verdes como el mar.

–           ¡¡¡Aaaahhh!!!

Esta exclamación de sorpresa y admiración, que brota de todas las gargantas, impide una respuesta al insolente.

Nerón voltea y se queda mudo y boquiabierto…

El joven que acaba de herir en forma tan atroz, en lugar de derrumbarse, se ha erguido aún más.

Y su herida ha sanado instantáneamente de forma impresionante, ante los ojos de todos los asistentes a este drama tan singular…

El César está impactado, pero su ferocidad es más fuerte y su crueldad prevaleció.

Dirige una mirada significativa hacia Aminio Rebio: hombre infame, afeminado y cruel.

Y éste se acerca al insolente, obedeciendo la orden silenciosa del emperador…

Con su mano derecha acaricia con lascivia, el cuerpo perfecto de Iván…

Y éste le dice con tono tranquilo:

–           No lo hagas. ¡Detente o lo lamentarás!…El Ángel del Señor está conmigo y no te permitirá lo que pretendes…

Aminio Rebio no lo escucha y mucho menos le hace caso.

Excitado por la lujuria ante la hermosura llena de gallardía de aquel cuerpo perfecto y musculoso…

Lo manosea con sumo deleite, lleno de lascivia…

Pero de repente se aparta como si hubiese sido herido por un rayo.

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Y grita con inmenso dolor:

–           ¡No veo! ¡No veo! El ángel me ha herido en los ojos y no puedo ver nada.

¡Piedad! ¡Piedad! –y se hace para atrás trastabillando, como hacen los ciegos cuando no tienen quién los guié.

Fátima grita con júbilo:

–           ¡Dios resguarda su santuario! Y ¡Ay de vosotros que pretendéis profanarlo!…

Todos los que antes los miraran con lujuria, han perdido la avidez y ven cómo se está arruinando su grandioso festín sexual…

Nerón está estupefacto y aterrado…

Pero arrebatado por la ira como si fuera una fiera herida.

Ordena a sus libertos que los cristianos sean conducidos a la tortura y que los verdugos desplieguen contra ellos toda su violencia…

Concluye diciendo:

–           Yo mismo supervisaré los tormentos. ¡Llévenselos!

Y volviéndose a los invitados del frustrado banquete, les dice:

–        ¡Vamos! La fiesta apenas comienza…

Todos lo miran pasmados, entre admirados y aterrorizados…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONÓCELA

55.- EL EDICTO


00roma-imperialLa liberalidad del César  y los auxilios que ha distribuido entre el populacho, no fueron suficientes para contener la indignación de los romanos.

Solo están contentos los ladrones, criminales y facinerosos sin hogar, que comen, beben y roban a su placer.

Pero las personas que han perdido sus propiedades y sus seres queridos, no pueden ser ganadas mediante la apertura de jardines, las dádivas y la promesa de juegos.

La catástrofe ha sido demasiado grande y no tiene paralelo en el mundo.

Otros, en cuyo corazón está latente el amor patrio por su ciudad y su orgullo por el imperio, se rebelan ante la noticia de que Roma va a desaparecer junto con las cenizas de la ciudad, porque el César piensa crear una nueva capital llamada Nerópolis.

Y este rumor hace crecer una corriente de odio entre las adulaciones de los augustanos y las calumnias de Tigelino.

Nerón, más sensible que ninguno de sus predecesores al favor del público, está alarmado ante la posibilidad de que entre la mortal lucha que se ha iniciado con los patricios en el Senado, pueda llegar el momento de que le falte el apoyo popular.

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También los augustanos están alarmados porque en cualquier momento puede llegar para ellos la hora de la destrucción…

Tigelino quiere traer las legiones que Vespasiano tiene en el Asia Menor.

Haloto, que siempre está riendo, ha perdido su buen humor.

Y Vitelio que siempre está comiendo, el apetito.

Otros toman consejo entre sí, sobre la mejor manera de evitar el peligro, porque todos saben que si el César se ve envuelto en la vorágine de una rebelión, no escapará ninguno de los augustanos, a excepción quizá de Petronio.

Pues es a la influencia de ellos y a sus iniciativas; que se atribuyen las locuras de Nerón y todos los crímenes que comete.

De ahí que el odio hacia los augustanos, sea igual que el que sienten por su emperador.

Es por eso que algunos intentan evadir las responsabilidades que los puedan inculpar en el incendio de la ciudad.

Más comprenden que para librarse de ellas, también es necesario alejar del César toda sospecha, pues de otra manera nadie creerá que no fueron ellos los causantes de la catástrofe.

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Tigelino consultó el asunto con Haloto, que es aún más cruel que él y hasta con Séneca, a quién odia casi tanto como a Petronio.

Popea, totalmente convencida de que en la ruina de Nerón está incluida su propia sentencia, pide el dictamen de sus confidentes y de los rabinos hebreos, pues desde hace varios años, es prosélito de la doctrina de Jehová.

Nerón por su parte, fluctúa entre varios sentimientos: tiembla de miedo o hace berrinches, pero sobretodo se queja continuamente.

En un área del Palatino que ha escapado a la destrucción Incendio, están todos reunidos y enfrascados en una larga discusión.

Petronio declara:

–           Creo que será preferible abandonar este foco de inquietudes y hacer el viaje a Acaya que ha sido proyectado desde hace tiempo. ¿Para qué aplazarlo más, cuando en Roma solo hay tristezas y peligros?

Nerón exclama con entusiasmo:

–           ¡Por Zeus! Es lo más sensato que he oído esta mañana.

Pero Séneca, después de meditar unos instantes, dijo:

–           La partida será fácil. Pero no lo será tanto el regreso.

Petronio replica:

–           ¡Por Marte! Podemos volver a la cabeza de las legiones de Vespasiano.

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El emperador confirma:

–           ¡Eso es! ¡Eso haremos!

Tigelino sabe que la idea de Petronio es la más indicada; pero como a  él no se le ocurre nada; está decidido a evitar que Petronio sea por segunda vez, el único capaz de salvarlos y de conjurar todo peligro en los momentos difíciles.

Y por eso dijo al César:

–           ¡Escúchame divinidad! ¡Ese consejo es destructor! Antes de que tú llegues a Ostia estallará una guerra civil y si eso sucede; hay el peligro de que alguno de los sobrevivientes del divino Augusto, se declare César. Y ¿Qué haremos nosotros si las legiones le siguen?

Nerón contestó tajante:

–           Pensaremos entonces en la manera de que NO haya descendientes de Augusto. No quedan muchos en la actualidad. Por lo tanto, será fácil librarnos de ellos.

–           Lo malo es que no se trata solo de ellos. Ayer mismo algunos de mis soldados oyeron decir a la plebe que un hombre como Trhaseas, debiera de ser el César.

Nerón se mordió los labios.

Trhaseas se estremeció, pero guardó silencio.

El emperador, después de un momento, alzó la vista y dijo:

–           ¡Insaciables ingratos! Tienen trigo en abundancia y fuego para cocer su pan. ¡Qué más quieren!

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Haloto exclamó:

–           ¡Venganza!

Hubo un profundo silencio y cada quién se sumergió en sus propios pensamientos.

Enseguida el César se levantó, extendió la mano y dijo declamando:

–           ¡Los corazones piden venganza y la venganza exige una víctima!

Pasaron unos segundos en los que resonó en el aire esta sentencia.

Y luego Nerón, con el rostro lleno de alegría, exclamó:

–           Dadme una tablilla y el stylus, para escribir este gran pensamiento. Marcial jamás hubiera concebido algo tan sublime. ¡Habéis notado cómo me llegó tan espontáneamente!

Un coro de voces exclamó al unísono:

–           ¡Oh! ¡Incomparable! ¡Excelso!

Nerón escribió el pensamiento y dijo:

–           Sí. La venganza pide una víctima. -Y mirando a os que lo rodeaban agregó- ¿Y si corremos la voz de que Haloto ordenó el incendio de la ciudad y luego lo entregamos a la cólera del pueblo?

Haloto exclamó aterrorizado:

–           ¡Oh, divinidad! ¿Quién soy yo?

–           Cierto. Requerimos una persona más importante. ¿Qué tal Vitelio?

Vitelio palideció, pero se dominó.

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Embromándose a sí mismo, contestó riendo:

–           Mi gordura podría renovar el incendio.

Pero Nerón tenía otra cosa en la mente. Necesita la víctima que pueda saciar la cólera del pueblo…

Y la encontró:

–           Tigelino. ¡Tú fuiste quién incendió a Roma!

Todos los presentes se estremecieron. Comprendieron que el César hablaba en serio y quedaron pasmados y expectantes.

El semblante de Tigelino se contrajo de tal forma, que su boca pareció la de un perro rabioso a punto de morder.

Y dijo como un rugido:

–           ¡Yo puse fuego a Roma, por orden tuya!

Y aquellos dos hombres se miraron uno al otro, como dos demonios acusadores y agresivos al máximo.

Siguió tal silencio que se puede escuchar el zumbido de una mosca.

Nerón interrogó suavemente:

–           Tigelino. ¿Me eres fiel?

–           Tú lo sabes señor.

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–           Sacrifícate entonces por mí.

Tigelino contestó mordaz:

–           ¡Oh, divino César! ¿Por qué presentarme el dulce cáliz que sabes que no he de llevar a mis labios? El pueblo murmura y se levanta ¿Acaso quieres que también se levanten los pretorianos?

Todos los que oyeron estas palabras se quedaron petrificados.

Tigelino es el Prefecto de los pretorianos y la amenaza fue tan clara como impactante.

Nerón lo comprendió en toda su magnitud y palideció completamente.

En ese mismo instante, entró Epafrodito el liberto del César, anunciando que la divina Augusta, deseaba ver a Tigelino.

Que había en sus aposentos unas personas a quienes era indispensable que el Prefecto oyera.

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Tigelino hizo una reverencia a César y salió con rostro sereno y desdeñoso.

Ahora, cuando se había intentado darle el golpe, se volvió como una fiera acorralada y mostró los dientes.

Había hecho comprender a todos, incluyendo a Nerón, quién era.

Y sabiendo lo cobarde que es el emperador, está seguro de que el amo del mundo jamás volverá a atreverse a levantar su mano contra él.

Nerón permaneció silencioso en su asiento por largos minutos.

Y al ver que los demás esperaban una respuesta, dijo:

–           He estado alimentando una serpiente en mi seno.

Petronio se encogió de hombros dando a entender que no es difícil arrancar la cabeza de una serpiente semejante.

Nerón lo miró y le dijo:

–           ¿Qué opinas tú? ¡Habla! ¡Aconséjame! Sólo en ti confío porque tienes más juicio que todos los que me rodean y sé que me amas.

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Petronio estuvo a punto de decirle:

‘Hazme Prefecto de los Pretorianos. Entregaré al pueblo a Tigelino y pacificaré en un día a la ciudad.’

 PERO NO LO DIJO.

Y en ese momento se escribió la historia…

Que marcó los acontecimientos que ya habían sido decretados por el destino.

Prevaleció en él su prudencia. Ser Prefecto representa llevar sobre sus hombros la persona del César y responsabilizarse de un considerable número de administraciones públicas. Entre ellas, la estabilidad del imperio con la comandancia de las legiones.

¡Y no está dispuesto a echarse encima esa labor! Pues ello significa arriesgarlo todo y equilibrar aún más, para gobernar a través del impulsivo y demente emperador; a un imperio que ahora está más inestable que nunca.

Y por eso se limitó a contestar:

–           Te aconsejo el viaje a Acaya.

Nerón no ocultó su desilusión:

–           ¡Ah! Yo esperaba más de ti. El Senado me aborrece. Si nos vamos, ¿Quién me asegura que no se sublevará y nombrará César a otro? El pueblo me ha sido leal hasta ahora, pero hoy estará de parte del Senado. ¡Por las parcas! ¡Ah, si ese senado y ese pueblo, tuviesen solo una cabeza!

Petronio replicó con una sonrisa:

–           Permíteme hacerte una observación divinidad: que si deseas salvar a Roma, es necesario salvar siquiera a algunos romanos.

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–           ¿Y qué me importan a mí Roma y los romanos? Me tendrían que obedecer desde Acaya. Estoy completamente solo. Todos me abandonan y hasta ustedes mismos ya se están preparando para traicionarme.

¡Yo lo sé! –Dijo Nerón con acento quejumbroso- ¡Lo sé! ¡Lo que dirán de vosotros las edades futuras, si abandonáis a un artista como yo!

Y aquí se dio un golpe en la frente exclamando:

–            ¡Claro! En medio de todos estos problemas, casi me olvido de quién soy…

Y volviéndose con el rostro iluminado por la inspiración, dijo a Petronio:

–           Petronio, el pueblo murmura y se alza. Pero si yo llevara mi laúd y me dirigiera al Campo de Marte. Si les entonara el canto que me oísteis durante el incendio ¿No crees que los conmovería, como Orfeo conmovió a las fieras?

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Amino Rebio se impacientó y declaró:

–           Sin duda alguna César. En caso de que te permitan empezar… – Las palabras resuenan tajantes, porque lo único que desea es regresar para divertirse con los esclavos que ha traído de Anzio.

Entonces Nerón exclamó enojado:

–           ¡Vámonos a Grecia!

Pero en ese momento entró Popea, seguida por Tigelino.

Todas las miradas se posaron en éste último, porque jamás un triunfador había ascendido las gradas del Capitolio, con más arrogancia que el Prefecto de los Pretorianos al presentarse de nuevo ante el César.

Empezó a hablar lenta y enfáticamente con un tono mordaz:

–           ¡Necesitábamos una víctima y ya la tenemos! ¡Los dioses cuidan de nosotros!

Nerón lo conoce demasiado bien.

Lo mira con suspicacia y pregunta:

–           ¿Qué estás tratando de decir?

–           ¡Escúchame! ¡Oh, César! Porque ahora puedo decirte lo que he encontrado. El pueblo tiene sed de venganza y quiere una víctima. Tendremos no una, sino centenares. Miles de ellas.

Nerón lo mira estupefacto y dice:

–           ¡Qué! Pero, ¿Cómo…?

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Tigelino prosigue triunfal e implacable:

–           ¿Has oído hablar de Cristo? ¿Aquel a quién Poncio Pilatos hizo crucificar en la Palestina? ¿Ya sabes quienes son los cristianos? ¿No?

Son hombres cuyos nefandos crímenes, con sus abominables ceremonias y sus predicciones de que el mundo será destruido por el fuego, ¡Por eso son los incendiarios culpables de nuestra tragedia!

El pueblo los aborrece y sospecha de ellos. Nadie los ha visto en ningún Templo, porque consideran a nuestros dioses como espíritus malignos.

Jamás las manos de un cristiano te han tributado ningún aplauso. Ninguno te ha reconocido como dios. Son los enemigos de la raza humana, de la ciudad y enemigos tuyos. El pueblo murmura contra ti, pero tú no me has dado orden de incendiar Roma.

Y no he sido yo quien la ha incendiado. El pueblo quiere venganza… ¡Se la daremos! El pueblo quiere sangre y fuego. ¡Los tendrán! El pueblo sospecha de ti. ¡Hagamos que sus sospechas tomen otra dirección!

Nerón escuchó atónito al principio.

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Más a medida que ha avanzado la exposición de Tigelino, se demudó su rostro de histrión y se fueron pintando en él sucesivamente: la cólera, el pesar, la simpatía, la indignación.

De repente se levantó, alzó sus manos al cielo y permaneció en silencio por unos momentos, antes de decir con acento trágico:

–           ¡Oh, Zeus, Apolo, Hera, Atenea, Proserpina y todos vosotros dioses inmortales!

¿Por qué no habéis venido en nuestro auxilio? ¿Qué delito cometió esta desventurada ciudad, contra esos seres tan desdichados como crueles, para que de manera tan inhumana la hayan incendiado?

Popea intervino sentenciando:

–           ¡Son los enemigos de la humanidad y tus propios enemigos!

Varias voces exclamaron al mismo tiempo:

–           ¡Haz justicia! ¡Castiga a los incendiarios! ¡Los mismos dioses claman venganza!

Nerón se sentó.

Inclinó la cabeza sobre el pecho y guardó silencio por segunda vez, como si le hubiese anonadado la perversidad de lo que acaba de escuchar.

neron popea

Después, agitando los brazos dijo:

–           ¡Qué torturas podrían castigar un crimen semejante! Espero que los dioses nos iluminen. Y auxiliado por el poder del Tartarus (Infierno) he de dar a mi pobre pueblo un espectáculo tal, que en los siglos venideros me recordarán con gratitud todas las generaciones, como su principal benefactor.

Hizo luego una señal a Epafrodito y éste se adelantó para escribir el nuevo Edicto.

Nerón se levantó.

Extendió sus brazos y decretó:

         “QUE LOS CRISTIANOS NO EXISTAN.”

Una nube oscureció la frente de Petronio.

Comprendió el peligro que amenaza las cabezas de Marco Aurelio y de Alexandra a quienes ama.

Y las de todas aquellas gentes cuya religión él NO acepta, pero de cuya inocencia está totalmente convencido.

Sabe también que va a empezar una de esas orgías sangrientas tan insoportables para él.

Su corazón se alarma y piensa:

–           Debo salvar a Marco Aurelio. Él se volverá loco si llega a perder a su esposa.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

54.- EL MEJOR ACTOR: ¿NERÓN?


incendio-fuegoAl tercer día del incendio, los soldados con ayuda de algunos habitantes, estaban demoliendo casas en el Esquilino y el Celio, así como en el Transtíber. Y por eso, estos barrios se salvaron en parte.

Pero en la ciudad quedaron destruidos una cantidad incalculable de tesoros acumulados a través de los siglos y las conquistas. Inestimables obras de arte. Espléndidos templos y los más preciosos monumentos de Roma y de su pasado glorioso.

Y Tigelino enviaba a Anzio correo tras correo, implorando al César que viniese a calmar la desesperación de su pueblo con su presencia.

Pero Nerón solamente se movió, cuando el fuego alcanzó la ‘Domus Transitoria’ y aceleró su regreso a fin de no perder el momento, en que la conflagración se encontrara en todo su apogeo.

Entretanto el fuego había llegado hasta la Vía Nomentana, rodeó el Capitolio y se extendió a lo largo del Forum Boarium, destruyendo todo lo que encontraba a su paso, hasta llegar al Palatino.

Tigelino, después de haber reunido a los pretorianos, despachó otro correo al César, anunciándole que no perdería nada de la grandeza del espectáculo, porque el fuego había seguido aumentando y ya casi abrasaba a toda la ciudad.

Pero Nerón que ya venía en camino, quería llegar de noche, a fin de extasiarse en la contemplación de la agonizante y ardiente capital del imperio.

Y por esto se detuvo en los alrededores de Aqua Albano e hizo venir a su tienda, al trágico Alituro. Estudió junto con él, las actitudes y miradas que debía adoptar a la vista del incendio.

Así como también los ademanes y gestos más adecuados; disputando porfiadamente con el actor, acerca de sí al pronunciar las palabras: ‘¡Oh, tú sagrada ciudad que parecías más resistente que Ida!’, Levantaría las dos manos.

O si conservando una de ellas sobre la forminga y cayendo a un lado, solamente alzase la otra.

Éste era el asunto que para él parecía tener la mayor importancia sobre todos los demás.

Luego, mandó llamar a Petronio y le pidió consejo sobre la conveniencia de agregar a los versos en que hacía una descripción de la catástrofe, unas cuantas grandilocuentes blasfemias contra los dioses, que parecieran lo más naturales y plausibles, desde el punto de vista del arte, en boca de un hombre colocado en su situación.

Un gran hombre como él, cuyas palabras quedarían legadas a la posteridad.

Antes de responder, Petronio inclinó la cabeza, con un movimiento que escondió la expresión de su rostro y luego dijo al César las palabras que éste deseaba oír.

Después emprendió la marcha casi al amanecer y llegó cerca de las murallas a la media noche, acompañado de su numerosa corte, compuesta por los augustanos, nobles, senadores y todos los que habían estado en el desfile de su partida, excepto los Flavios que habían sido despachados a Judea y Marco Aurelio y Tigelino que estaban en Roma.

Veinte mil pretorianos dispuestos en línea de batalla a lo largo del camino, velaban por la seguridad y el orden a su entrada. Y mantenían a raya al indignado populacho.

Éste vociferaba, silbaba y maldecía a la vista del César y su comitiva, pero no se atrevía a atacarlo.

En algunos puntos se escuchaban aplausos de aquella plebe.

Eran los que no poseyendo nada, tampoco habían perdido nada en el incendio y sí esperaban a cambio una distribución gratuita de trigo, aceitunas, vestidos y dinero, más abundante que la ordinaria.

A la orden de Tigelino sonaron las trompetas y los cuernos, que ahogaron todos los gritos y vociferaciones.

Nerón, al llegar a la Puerta Ostriense, se detuvo y dijo con un lamento:

–           Soberano sin hogar de un pueblo sin techo. ¿En donde posaré esta noche mi infortunada cabeza?

Después siguió adelante y atravesó el Clivus Delphini, subió al acueducto Apio, por sobre gradas construidas expresamente para esta ocasión.

Le siguieron los augustanos y un coro de cantantes con sus instrumentos musicales.

Y todos los miembros de su comitiva contuvieron el aliento, ante la expectativa de que el césar pronuncie una frase de efecto especial, que en interés de su propia conservación, deban ellos de retener en su memoria.

Pero él se mantuvo solemne, silencioso, vestido de púrpura y oro. Extático ante la contemplación de aquel inmenso mar de fuego.

Y cuando Terpnum le pasó el áureo laúd, alzó los ojos al cielo y miró los destellos rojos de la gigantesca conflagración. Durante un largo momento, pareció esperar a que la inspiración batiera sus alas sobre él.

El pueblo le señalaba desde lejos al verle de pie, en medio de aquel fulgor sangriento.

El fuego crepita devorando los más antiguos y sagrados edificios: el Templo de Hércules construido por Evandro.

El Templo de la Luna, levantado por servio Tulio. La casa de Numa Pompilio. El Santuario de Vesta y el Capitolio.

La Domus Transitoria… el pasado de Roma, su espíritu, su historia, están siendo consumidos por el poderoso foco ígneo.

Mientras que César está ahí, con una cítara en la mano, en teatral expectación, pensando no en su patria arruinada. Sino en la mejor manera de causar la impresión adecuada y precisa.

Con la expresión de su rostro, sus ademanes y en su voz, con las patéticas palabras con que mejor pueda describir, la magnificencia del espectáculo de aquella catástrofe y despertar la mayor admiración, para así recibir las más entusiastas aclamaciones.

En lo profundo de su corazón, la verdad es que odia esta ciudad y detesta a sus habitantes.

¡Oh! ¡Si tan solo pudiese lograr que el corazón del imperio fuese como Athenas y la gloriosa Grecia!

Ama tan solo sus propios versos, su canto, su arte. En lo profundo de su alma experimenta un gran regocijo al ser por fin espectador de una tragedia de aquellas dimensiones…

Y poder describirla es un éxtasis.

El poeta está feliz. El histrión inspirado. El buscador de emociones extático ante aquel horrendo espectáculo.

Su ánimo deleitado por la idea de que la destrucción de Troya es una cosa baladí, comparada con la ruina espectacular que está presenciando.

Esto es más de lo que hubiera podido ambicionar jamás. ¡Su nombre pasará a la historia y será más grande que Príamo y Homero juntos!

Allí está Roma, la poderosa, la señora del mundo, envuelta en llamas. Y él de pie, erguido sobre los arcos del Acueducto.

El hombre más poderoso del mundo, admirado, poético, magnífico. A sus pies, el dantesco espectáculo de una tragedia inmortal.

¡Pasarán los siglos y la humanidad conservará el recuerdo y glorificará el nombre del poeta que en esta magnífica noche, cantará la Caída y el Incendio de Roma!

¡¿Qué es Homero a su lado ahora?!

Y al pensar en esto, levantó los brazos.

Luego pulsó las cuerdas, pronunciando las palabras de Príamo:

–           ¡Oh! ¡La de mis padres, cuna querida!…

Su voz al aire libre, en medio de aquel horrendo estrépito del siniestro y el distante rumor de la muchedumbre enfurecida, se oyó bastante débil, incierta y apagada.

Y los sones del acompañamiento se oyeron lúgubres y discordes completamente, ante la magnitud de la tragedia.

Pero toda la comitiva de Nerón reunida a su alrededor, se mantiene con las cabezas inclinadas, escuchando el canto de su emperador.

Durante largo rato cantó Nerón sus trágicos versos melancólicos.

Cuando se detiene a tomar aliento, el coro de cantantes repite el último verso.

Entonces Nerón deja caer de su espalda la Syrma trágica, (vestidura talar con cola, de los actores trágicos), con un gesto que le enseñó Alituro.

Pulsó de nuevo el laúd y siguió cantando…

Cuando terminó su composición, empezó a improvisar buscando comparaciones grandiosas, acordes al espectáculo que está frente a él.

Y se demudó su semblante. Pero no porque le importe la ruina de su capital; sino porque lo patético de sus propias palabras le ha deleitado a tal punto, que se conmovió y brotaron lágrimas de sus ojos.

Por último, dejó caer con estrépito el laúd a sus pies y envolviéndose en la syrma, permaneció inmóvil.

Petrificado como una de las estatuas de Niobe que adornan el patio del Palatino.

Hubo un breve silencio que fue interrumpido por una tempestad de aplausos, que fueron contestados por los alaridos de la muchedumbre.

Nadie tiene ya la menor duda acerca de que el César había decretado el Incendio de Roma, a fin de darse el inefable placer de aquel espectáculo y consagrarle allí su mejor canto.

Nerón, al escuchar el poderoso alarido que sale de las gargantas de centenares de miles de personas, se volvió hacia los augustanos con la triste y resignada sonrisa de un hombre que está siendo víctima de la incomprensión y de la injusticia.

Y dijo:

–           ¡Ved como estiman los quirites a la poesía y a mi persona!

Vitelio exclamó:

–           ¡Perversos! ¡Ordena, oh señor, que los pretorianos caigan sobre ellos!

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Entonces Nerón preguntó a Tigelino:

–           ¿Puedo contar con la fidelidad de los soldados?

El Prefecto contestó:

–           Si, divinidad.

Pero Petronio, encogiéndose de hombros, dijo:

–          Con su fidelidad sí, más no con su número. Mejor permanece donde estás, aquí estamos más seguros. Pero hay necesidad de pacificar al pueblo.

Séneca y el cónsul Valerio Máximo, fueron de la misma opinión.

Mientras tanto, crecía la agitación abajo y el pueblo estaba armándose con piedras, palos y pedazos de hierro.

Luego se presentaron los jefes de los pretorianos, diciendo que las cohortes ya no podían contener más a la multitud.

Y sin orden de ataque, no sabían que hacer.

Nerón exclamó:

–           ¡Oh, dioses!¡Qué noche! ¡Por un lado el incendio y por otro los tumultos populares!

neron

Y se puso a buscar las expresiones más gráficas y brillantes que pudieran representar el peligro del momento.

Pero al observar las miradas de alarma y la palidez en los semblantes de los cortesanos, le invadió el miedo como a los demás.

Y ordenó:

–           Dadme mi manto oscuro con su caperuza. ¿Entonces realmente hay conato de sublevación?

Sofonio Tigelino contestó con voz temblorosa por el miedo:

–           Señor. He hecho cuanto me ha sido posible para restablecer el orden, pero el peligro es inminente. Habla, ¡Oh, señor, al pueblo! ¡Y hazle promesas que le aplaquen!

Nerón rechazó:

–           ¿Hablar el César a la plebe? Que algún otro lo haga en mi nombre. ¿Quién quiere encargarse de ello?

Hubo un intercambio de miradas temerosas, envueltas por un largo y denso silencio.

Petronio, que había permanecido con la cabeza inclinada, escondiendo la expresión de su rostro, finalmente habló con calma, voz grave y pausada:

–           Yo lo haré.

neron

Nerón contestó presuroso:

–           Ve, amigo mío. Tú siempre me has sido fiel en la hora de la prueba. Ve y haz todas las promesas que consideres necesarias.

Petronio se volvió entonces a los cortesanos y con una expresión irónica, les dijo:

–           Que me sigan los senadores aquí presentes y también Pisón, Nerva y Plinio.

Y descendió lentamente las gradas del arco del acueducto.

petronio0Las personas designadas vacilaron un poco y le siguieron confiadas al observar la calma que demuestra Petronio.

Éste se detuvo al pie de las gradas y ordenó que le trajesen un caballo blanco.

Y montando en él, emprendió lentamente la marcha, en medio de las filas de los pretorianos, hacia la arremolinada y rugiente multitud.

Va desarmado, llevando en la mano un delgado bastón de marfil que usa de ordinario.

Avanzó y desvió su caballo hasta mezclarse entre la muchedumbre.

Y vio a la luz del incendio, los puños que se levantan amenazantes y los proyectiles en las manos, listos para ser lanzados.

Todos los rostros lo miran enfurecidos, lanzando toda clase de injurias al César.

Petronio prosigue su marcha con una fría calma y se abre paso entre la furiosa plebe, que se ha quedado atónita por esta intrépida indiferencia…

Lo que no saben los que lo miran asombrados, es que es la segunda vez que tiene que calmar a una turba enfurecida. La experiencia fortalece la confianza…

La primera fue en Jerusalén, en el conflicto causado por las estatuas de Calígula.

Ahora algunos entre la plebe lo reconocen y empiezan a gritar por todos lados:

–           ¡Es Petronio!

–          ¡El Arbiter Elegantiarum!

–           ¡Petronio!

–          ¡Petronio!

Y a medida que este nombre corre, pone de manifiesto la gran popularidad de que éste goza.

Disminuye el estrépito de las injurias; porque este exquisito y elegante patricio, aunque nunca se ha esforzado por captarse la voluntad del pueblo, sigue siendo su favorito.

Tiene fama de ser un hombre generoso y magnánimo.

Su popularidad aumentó desde el día que por su intervención, se suspendió la sentencia por la que habían sido condenados a pena capital, todos los esclavos del Prefecto Floro.

Y solo por esto el pueblo lo ama y en forma especial, los esclavos. Con ese amor agradecido que los oprimidos y desgraciados, consagran a quienes les dan su simpatía y les demuestran ser sus benefactores.

Se hace el silencio para saber lo que el enviado del César les va a decir.

petronio2-2

Petronio se yergue sobre su cabalgadura y dice con voz clara y firme:

–           ¡Ciudadanos de Roma! ¡Escuchadme y repetid mis palabras a los que se encuentran más lejos! ¡Y entretanto, sabed conduciros todos vosotros como hombres y no como fieras del circo!

Un coro de voces le replicó:

–           ¡Así lo haremos! ¡Así lo haremos!

–          Pues bien. ¡Oíd! : La ciudad será reconstruida y se abrirán los jardines imperiales. Mañana empezará la distribución de trigo, vino y aceitunas de tal forma que todos quedarán plenamente satisfechos.

Además, el César organizará juegos y espectáculos como no se han visto nunca hasta hoy, durante los cuales tendréis banquetes y espléndidos obsequios.

Y se les resarcirán de tal forma sus pérdidas, que seréis más ricos después del incendio, que antes.

Le contestó un murmullo inmenso que se fue extendiendo desde aquel punto como centro hacia todos lados, igual que se expande una onda sobre el agua, donde se ha lanzado una piedra.

Y todos van repitiendo las palabras de Petronio, hasta llegar a los más distantes.

Y enseguida llegó la respuesta.

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Voces de cólera y aplausos que por último se unieron en un solo grito:

–           ¡Pan y Juegos!

Petronio permaneció inmóvil por unos momentos, como una estatua de mármol.

El rumor aumenta hasta ahogar el crepitar de las llamas.

Pero es evidente que el augustano no ha terminado.

Cuando se restablece la calma, imponiéndose de nuevo con un ademán, dice:

–           Ya os he prometido pan y juegos. El César os alimenta y os viste. Sed agradecidos y aclamadlo. Ahora gritad: ¡Viva el César!

La muchedumbre lo mira asombrada y renuente. Todos se quedan callados.

Petronio insiste:

–           ¡Viva el César!

Es una orden perentoria e irresistible. La actitud de Petronio no admite réplica.

Todos le obedecen. Tres veces repite el grito y tres veces Nerón es aclamado.

Enseguida, con su mano en alto, los despide diciendo:

–           Podéis retiraros a descansar, pueblo querido, porque muy pronto amanecerá.

Y después de esto volvió la brida de su caballo y se regresó con paso lento hacia la valla de los pretorianos.

Cuando llegó al pie del acueducto, sobre éste había un verdadero pánico, pues los cortesanos habían interpretado mal los gritos de la multitud, tomándolos como una expresión de ira popular.

Ni siquiera esperaban que Petronio se salvara en medio de aquella tempestad.

Así que cuando Nerón lo vio, se adelantó corriendo hacia las gradas y pálido por el susto, preguntó:

–           ¿Qué pasó?

–           Les he prometido trigo, vino, aceitunas. Libre acceso a los jardines y a los juegos. -Ahora han vuelto a adorarte y están aullando en tu honor. ¡Oh, dioses, qué difícil es manipular las turbas!

Tigelino exclamó despechado:

–           ¡Mis pretorianos se encontraban listos! Y si tú no hubieras calmado a todos esos turbulentos, yo los hubiera hecho callar para siempre. ¡Qué lástima César que no me hayas permitido hacer uso de la fuerza!

Petronio le miró son desdeñosa ironía.

Y encogiéndose de hombros dijo:

–           No te ha de faltar ocasión. Puede que necesites hacer uso de ella mañana mismo…

Nerón intervino apresurado:

–           ¡No! ¡No! Mandaré que abran los jardines y les distribuyan lo que les dijiste. ¡Gracias Petronio!…

Haré disponer juegos y repetiré en público, la canción que habéis escuchado ahora. –puso su mano sobre el hombro de Petronio y le preguntó- Dime con sinceridad. ¿Qué concepto te formaste de mí, cuando cantaba?

Petronio lo miró fijamente antes de decir muy despacio:

–           Te creí digno del espectáculo. Así como el espectáculo es digno de ti…  Pero sigamos contemplándole…

Miró reflexivo hacia la ciudad y agregó con voz fuerte y enigmática:

–         Y demos al postrer adiós a la Antigua Roma…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

51.- EL ENCUENTRO


imperio-romano-cole_thomas_the_consummation_the_course_of_the_empire_1836En el jardín de la casa del obispo Acacio, en el banco junto a la fuente que está rodeado de mirtos y rosales, están sentadas Alexandra y Jazmín, conversando animadamente, cuando llega corriendo Oliver, el sobrino del obispo y les grita:

–           ¡Rápido! ¡Vámonos! Roma está ardiendo.

Las jóvenes se levantan sobresaltadas y Alexandra palidece, mientras murmura angustiada:

–           ¡Marco Aurelio! Él va a venir a buscarme aquí. ¿Cómo le aviso? ¿A dónde vamos?

Se han reunido todos los moradores de la casa y el anciano Lautaro, está con todos en el Atrium.

Llega corriendo Bernabé y dice:

–           ¡Todo el circo está ardiendo y hay incendios en muchas partes! ¡Tenemos que escapar!

Alexandra exclama afligida:

–           Pero ¡Marco Aurelio! ¡Mi esposo!

Lautaro recomienda:

–           No te preocupes. El Señor le ayudará a encontrarte. Lo importante es ponernos a salvo.

Oliver dice:

–           Yo sé como podemos llegar a las canteras de Calixto en una forma más segura. Síganme.

Y el joven Oliver encabeza al grupo de cristianos.

Al salir a la calle, el viento trae el humo acre del fuego y todos siguen a Oliver; que da vuelta en la esquina y sigue por una estrecha callejuela.

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Entretanto el terrible elemento ardiente, sigue abarcando nuevos barrios de la ciudad.

Es imposible abrigar dudas de que manos criminales están encargadas de propagar el fuego, puesto que a cada momento y como siguiendo un plan predeterminado, se ven estallar nuevos incendios a remota distancia del foco principal.

El grito de: ‘¡Roma perece!’ Se escucha por todos lados.

Algunos declaran que Vulcano por orden Júpiter, está destruyendo la ciudad con fuego, porque Vesta está vengando la violación de Rubria.

En el centro de la ciudad entre el Capitolio y el Quirinal, el Victimal y el Esquilino; así como entre el Palatino y el Monte Celio, en donde las calles están ocupadas por una población más densa, el fuego había empezado en tantos puntos al mismo tiempo, que muchas personas al huir en una dirección, se encontraban de repente con una muralla de fuego y tomaban otra dirección, solo para encontrarse con otro cerco de fuego que les cierra el paso.

De esta manera quedan atrapados y finalmente mueren calcinados.

Dominada por el terror, el pánico y el frenesí, la gente no haya como escapar.

Las calles están obstruidas y por todos lados avanza el incendio, abrasando a los infelices que quedan carbonizados, en aquel mar de fuego.

Y mientras unos imploran a los dioses, otros blasfeman de ellos a causa de la desesperación por la espantosa catástrofe.

La destrucción parece tan completa, implacable y fatal, como el destino.

Cerca del anfiteatro de Pompeyo, el fuego alcanza unos depósitos de cáñamo y de barriles de pez, con los que se embrean las cuerdas y las antorchas.

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Y de repente se levanta una gran flama roja, tan brillante y tan enorme que ilumina toda la ciudad.

Y en aquella gran tragedia que es una ruina total, la noche se convierte en día; con aquel fulgor extraño, que hace que la luz parezca de un mortal resplandor sanguinolento, en medio de las crepitantes llamas policromas.

De aquel mar de fuego se elevan hacia la atmósfera gigantescas columnas ígneas y lenguas que en sus cúspides estallan en fantásticos abanicos de chispas doradas, aumentando y propagando una conflagración que cada vez se extiende más, como una ola furiosa y atronadora que va devorando todo a su paso, en la desventurada ciudad.

Tres días antes del incendio, estaba Pedro en la Escuela de Apolonio en el Transtíber, cuando llegó el ingeniero Frontino, diciendo que sería posible continuar las obras de las Catacumbas, pues ya había recibido órdenes para extender la construcción de la Domus Áurea.

Y comentó:

–           Para la extensión de lo que el Príncipe pretende, sería necesario derribar más de la mitad de la ciudad. Y la verdad NO entiendo como eso será posible…

La sangrienta respuesta está envuelta en llamas.

En la parte de las catacumbas que ya había sido concluida, los dos laberintos de túneles galerías que se habían edificado subterráneos en dos polos opuestos fuera de las murallas de la ciudad; uno está en una vastísima área que había sido propiedad de Séneca.

Tiene siete entradas y salidas: cuatro dentro de la ciudad en diferentes casas y barrios. Y tres, fuera de las murallas.

Por fuera, una de las entradas-salidas, está en una rica casa de campo, propiedad del senador Astirio y la otra junto a una cantera, en la propiedad que pertenece a Calixto.

Por encima, nadie sospecharía lo que está edificado abajo. Arriba nada había cambiado: campos de cultivo, extensos huertos y jardines, bosques, almacenes de grano y establos.

Oliver había participado en la construcción de las Catacumbas y ha guiado al grupo hasta una casa donde al llegar, da una contraseña y lo hacen pasar de inmediato, junto con sus acompañantes.

Aquí, el fuego no ha llegado todavía.

Los conducen a través de la casa, hasta el triclinium del jardín posterior.

Junto a la fuente, hay un león y un águila de mármol y un par de corderos pastando junto a un trío de palomas, al lado de una balaustrada.

Alberto, el que los ha guiado, toma la paloma del centro y la gira de su posición original, con la cabecita orientada hacia el norte…

Un ingenioso mecanismo, hace que se muevan los corderos y aparece una abertura bajo el emparrado, entre dos cipreses.

Alberto el que los recibió, le da a Oliver una antorcha y les indica que entren por allí, despidiéndolos con las palabras:

–           Pax Vobiscum. (Que la paz de Cristo esté con vosotros)

Todos no acaban de salir de su asombro, cuando a sus espaldas se cierran las puertas y se encuentran en un sótano, al que sigue una extensa galería, por donde avanzan siguiendo a Oliver…

Cuando por fin salen del oscuro y largo pasadizo a los espacios abiertos, desde donde se ve nuevamente la ciudad ardiendo, les parece increíble que realmente están fuera de las murallas de Roma.

Oliver les dice:

–           Vamos. No está lejos la casa de Calixto. –y decidido se dirige a través del campo, seguido por todos los demás.

Tres días después…

INCENDIO ROMA

Marco Aurelio ha inhalado mucho humo, a pesar de todas las precauciones tomadas.

La carrera desde Anzio. Los incidentes ocurridos mientras buscaba a Alexandra en medio de las casas incendiadas y humeantes; el insomnio, los terribles sucesos y extraordinarias experiencias de las últimas horas, han debilitado sus fuerzas y el resto de ellas parece abandonarlo ahora…

El joven tribuno se recarga vacilante, apoyándose en un peñasco.

Pasan unos minutos, cuando distingue la inconfundible figura del Pontífice de la Iglesia cristiana, acercándose hacia él.

Se arrodilla con gran veneración…

Pedro se acerca y le pone la mano sobre su cabeza inclinada, bendiciéndolo.

Luego…

Pedro dice a Marco Aurelio:

–           Nada temas. La casa del cantero está muy próxima. Si te vas… –y le da las instrucciones necesarias. Luego agrega- En ella encontrarás a Lautaro, a Alexandra y al fiel Bernabé. Cristo, que la ha destinado para ti, te la conserva. Sigue adelante hijo mío y que la Paz del Señor te acompañe siempre.

Las palabras de Pedro, al encontrarlo cerca de la cantera, le renovaron su esperanza y por un momento se siente desvanecer.

Está cada vez más cerca de la persona que para él, es la más cara en el mundo.

Pronto volverá a verla después de casi sentirla perdida, en el caos de la ciudad incendiada.

Besa el anillo en la mano de su Pontífice y continúa arrodillado mientras él y los que lo acompañan se despiden bendiciéndolo y luego se alejan.

Marco Aurelio siente en su ser una alegría tan grande que casi lo hace desmayar. Y eleva una plegaria de agradecimiento al Dios que ha comenzado a amar con todas sus fuerzas.

Recordó que cuando era niño creía en los dioses romanos, pero no los amaba. Ahora Jesús, su Dios amado, es la Fuerza que lo impulsa en todo lo que hace.

Siguiendo las instrucciones de Pedro, llegó a la hondonada que está al filo de las cavernas de la mina de cantera.

Y desde allí distingue al fin la finca en la que brilla una luz a través de la ventana.

El portón está abierto y un extenso jardín rodea la casa. Una vereda bordeada de azucenas, llega hasta la puerta de madera de la entrada.

Marco Aurelio llama, jalando una campanilla y la puerta se abre, dejando ver la gigantesca figura de Bernabé, que al reconocer a Marco Aurelio…

Dice emocionado:

–           ¿Eres tú, señor? ¡Bendito sea el nombre de Jesucristo, por la alegría que darás a mi señora!

Y abre la puerta, inclinándose para que pase.

En la cocina cerca del fuego, está Alexandra sentada con una sarta de peces que está asando para la cena.

Ocupada en separar los pescadillos y creyendo que es solo Bernabé el que ha entrado, no levanta la mirada.

Marco Aurelio se le acerca con los brazos extendidos y pronunciando dulcemente su nombre:

–           ¡Alexandra, amada mía!

Ella levanta su cara con asombro y alegría. Deja la sarta de peces a un lado. Se levanta y se arroja en sus brazos.

Es un abrazo que como un cerco de amor, aumenta la dicha de tenerse; después de haberse sentido perdidos, el uno para el otro.

Se besan una y otra vez. Se miran extasiados y se vuelven a abrazar, repitiendo sus nombres con adoración, con ternura. Y sintiendo como un verdadero milagro, el poder estar juntos otra vez.

Marco Aurelio la abraza. La acaricia sin poder asimilar que ya la tiene entre sus brazos.

Ella le mira con un amor inmenso y los dos se deleitan en su mutua alegría, amor y felicidad sin límites.

Entre besos y caricias, Marco Aurelio le refiere su búsqueda en la incendiada Roma y la casa vacía de Acacio.

También todos los temores y sufrimientos que padeció hasta encontrarla.

Concluye diciendo:

–           Pero ahora que te he encontrado, no puedo dejarte cerca del peligro por más tiempo. Las turbas están enfurecidas. Bajo las murallas están matándose entre sí, los fugitivos de la ciudad y los esclavos que se han sublevado, entregándose al saqueo.

Alexandra exclama:

–           ¡Oh! Pobrecitos… la desesperación los ha enloquecido.

Marco Aurelio dice:

–           ¡Sólo Dios sabe qué calamidades más pesan todavía sobre Roma! Necesitamos salir de aquí, con todos vosotros.

Vámonos a Anzio, en donde tomaremos un barco que nos lleve a Sicilia. Iremos a nuestras propiedades y allá nos encontraremos con Publio.

Alexandra escucha estas palabras, con el rostro radiante de alegría.

Porque en efecto, los cristianos que anteriormente debían soportar las persecuciones de los judíos, ahora con los disturbios provocados por el desastre, estàn llenos de incertidumbre.

NERON EMPERADOR

El obispo Lino, Lautaro y los demás que ya se han acercado a dar la bienvenida al joven tribuno, oyen con asombro la declaración de éste:

–           Roma está ardiendo por mandato del César. En Anzio se quejaba de no haber presenciado jamás un gran incendio.

Y si no ha retrocedido ante un crimen de tal magnitud, pensad en qué otras atrocidades será capaz de perpetrar después del incendio.

¡Huid todos conmigo! ¡En Sicilia esperaremos a que pase la tempestad! Y cuando haya pasado el peligro volveréis, para seguir esparciendo la semilla y las enseñanzas de Cristo.

Afuera, en dirección al Monte Vaticano y como confirmación de los temores expresados por Marco Aurelio, se oyen gritos distantes llenos de rabia y de terror.

En ese momento entra Calixto el cantero y cerrando precipitadamente las puertas, exclama:

–           En las inmediaciones del Circo de Nerón, están matándose. Los esclavos y los gladiadores están atacando a los ciudadanos. Hay saqueos por todas partes.

Marco Aurelio confirma:

–           ¿Lo habéis oído?

Lino dice con tono pesaroso:

–           Se ha colmado la medida y vienen calamidades inmensas sobre todos nosotros.

Pero Marco Aurelio piensa en Pedro y dice impetuoso:

–           Estad preparados. Voy a ir por el Pontífice. No lo vamos a abandonar aquí.

Alexandra lo abraza estrechándose a él y dice:

–           Llévate a Bernabé. No quiero que te suceda nada.

–           No, vida mía. Bernabé se queda contigo. Tú eres demasiado preciosa para mí- Y mirando al gigante, le sonríe y agrega-  Y yo sé cómo él cuidará de ti.

Bernabé se ruboriza al recordar el incidente con Atlante y un poco turbado, dice a Alexandra:

–           El amo tiene razón, domina. Además, si Cristo te protegió y lo guió hasta aquí, nada malo va a pasarle.- Y mira con ojos suplicantes al tribuno.

Lino interviene:

–           Primero cenaremos y luego descansarás. Hijo, has hecho un largo viaje a caballo y muy accidentado.

Mañana irás a buscar a Pedro. Además, todavía nos falta saber en todo esto, cual es la voluntad de Dios.

El obispo es la autoridad entre los cristianos. Todos le obedecen y entonan los cantos de agradecimiento antes de comer y luego se retiran a descansar.

A Marco Aurelio y Alexandra les dejan una habitación. Cuando se quedan a solas,

el tribuno dice:

–           ¿Sabes que gracias a Petronio  el César me autorizó a venirme antes para que estuviera contigo? Me regaló un collar para ti… y…  ¡Oh!… No sé en donde lo perdí…

Alexandra lo besa tiernamente en la nariz y exclama:

–           ¿A mí qué me interesa un collar por fabuloso que sea y regalo del César? Lo único que me importa es que ya estás conmigo…

Entre besos y caricias, Marco Aurelio le relata todas las peripecias de su estancia en Roma y de su viaje desde Anzio.

Y agrega:

–           También necesito despedirme de Petronio…

Los acontecimientos tan extraordinarios hacen que los recién casados pospongan su noche nupcial; porque Marco Aurelio, vencido por el cansancio y las emociones, cae rendido en brazos de su esposa y se duerme como un niño.

Alexandra vela su sueño y lo besa con dulzura y delicadeza, elevando plegarias por este hombre bueno, que Dios le ha dado como esposo.

Al día siguiente, Marco Aurelio se despide de todos.

Lautaro envía con él a Oliver, para que lo acompañe a buscar a Pedro.

Marco quiere despedirse de Petronio, antes de abandonar Roma.

Y cuando van caminando entre el caos de la ciudad que continúa ardiendo, un negro presentimiento le oprime el corazón…

CATACUMBAS

Y recuerda las palabras de Prócoro Quironio, cuando antes de separarse, el griego le comentó:

–           Entre el Janículo y el Monte Vaticano, detrás de los jardines de Agripina, existen unas excavaciones de las cuales se han estado extrayendo piedras y arena, para construir el Circo de Nerón.

Pues bien, escúchame señor. Hace poco los judíos, de los cuales hay un gran número en el Transtíber, han empezado de nuevo a perseguir a los cristianos.

Recordarás que en tiempos del divino Claudio, hubo tales disturbios que el César se vio obligado a decretar la expulsión de los israelitas de Roma.

Marco Aurelio preguntó:

–           ¿Y por qué lo estás mencionando?

Prócoro contestó:

–           Y ahora que han vuelto gracias a la protección de la divina Augusta, se sienten seguros y han vuelto a molestar a los cristianos, de manera más insolente.

Yo sé esto porque lo he presenciado. Ningún edicto ha sido promulgado aún contra los cristianos, pero los judíos se quejan de ellos continuamente al Prefecto de la ciudad.

Los acusan de ser delincuentes y de predicar una religión que el senado no ha reconocido. Y por eso los cristianos se ocultan.

–           ¿Qué estás tratando de decir?

–           Esto, señor. Que las sinagogas existen abiertamente en el Transtíber, pero los cristianos se ven obligados a ocultar su condición como tales y por eso muy pocos los conocen, pues hacen sus reuniones en secreto.

Prócoro era tan parlanchín y tan mentiroso…

Además, en aquel momento estaba tan obsesionado con encontrar a Alexandra en medio del caos horroroso del incendio, que casi no prestó atención a lo que decía.

MEDITACION

Pero ahora sus palabras resuenan claras en su memoria… Y una duda le atravesó como un puñal.

Él conoce perfectamente al griego y sabe que es un pillo consumado. Ya no tiene órdenes ni le estaban pagando por buscar a Alexandra.

Su trato se había terminado la tarde en que Bernabé mató a Atlante y les había dicho a los cristianos que lo enterrasen en el jardín.

Entonces… ¿Cómo sabe  Prócoro todas aquellas cosas y qué estaba haciendo entre los cristianos si es un bribón?

¿Acaso seguía espiando a Alexandra?…

El pensamiento de que Bernabé se había quedado con ella, le tranquilizó un poco; por si el griego estaba pensando en una venganza…

En ese momento, Oliver le preguntó:

–           ¿Adónde quieres que vayamos primero?

–           Vamos por Pedro, creo que a Petronio mejor le escribiré luego una carta…

–           ¿Y cómo sabremos donde está Pedro?…

Marco Aurelio miró a su alrededor y vio que estaban en la Puerta Flaminia.

Luego dijo:

–           Oremos para que el Señor nos guíe.

Después de unos momentos, se dirigieron al río…

Y luego de atravesarlo, pasaron al campo Vaticano, más adelante de la Naumaquia.

Llegaron al Monte Vaticano y se fueron rodeando por donde no hay fuego, tratando de evitar los peligros, pues la ciudad sigue ardiendo.

El Circo Máximo, es un montón de ruinas humeantes.

Calles enteras y callejuelas se están derrumbando en medio de columnas de fuego que se elevan hacia el firmamento.

El viento cambia de dirección y sopla con impetuosa fuerza desde el mar, llevando hacia los montes Celio, Esquilino y Vitimal, ríos de llamas, tizones y cenizas.

Hasta que al fin, las autoridades se pusieron a trabajar en programas de salvamento.

Por orden de Tigelino que se había apresurado a venir de Anzio al tercer día, al quinto día empezaron a derribar los edificios del Esquilino para que el fuego, al llegar a espacios abiertos, se extinguiese por sí solo.

Y esto se ha hecho simplemente para salvar los restos de la ciudad, porque no podía ni pensarse en el salvamento de lo que ya estaba ardiendo.

Y es necesario también ponerse en guardia contra las consecuencias de aquella devastación. En ella se perdieron incalculables riquezas…

Todas las propiedades de la mayoría de los romanos, quedaron reducidas a cenizas.

Muchos vagan errantes y enloquecidos, en medio de la mayor miseria.

El hambre ha empezado a morder las entrañas de los sobrevivientes, pues desde el segundo día de la catástrofe fueron consumidas las inmensas provisiones almacenadas en la ciudad.

En medio del caos y el desorden, nadie pensó en nuevos suministros.

Solamente después de las promesas de Petronio, se comunicaron a Ostia las órdenes necesarias, pues las turbas están cada vez más inquietas y amenazantes, exigiendo: ‘Pan y techo’

pretorianos

En vano los pretorianos traídos desde todos los campamentos, se esfuerzan por mantener de algún modo el orden, pues se encuentran por dondequiera con una abierta resistencia.

En diferentes puntos, grupos de gente inerme, señalan la ciudad ardiendo y gritan:

–           ¡Matadnos ahora! ¡Ya perdimos todo! ¡Qué nos importa la vida!

E injurian al César, a los augustanos, a los pretorianos.

Y el tumulto va creciendo cada vez más, de tal forma que Tigelino al contemplar los millares de incendios, se dice a sí mismo que son otros tantos fuegos de enemigos.

Además de una enorme cantidad de harina, hizo traer todo el pan que fue posible obtener no solo desde el puerto de Ostia, sino de todos los poblados circunvecinos.

Y cuando llegó el primer suministro, el pueblo derribó la puerta que daba al Aventino y se apoderó en un pestañeo de todas las provisiones, en medio de un atropellado desorden.

Se peleaban por los panes, muchos de los cuales caían al suelo y eran pisoteados.

La harina de los sacos rotos, blanqueaba como nieve en todo el espacio comprendido, entre los arcos de Druso y Germánico.

Y aquel desordenado saqueo continuó hasta que los soldados dispersaron a la muchedumbre, disparando flechas y otros proyectiles.

Nunca desde la invasión de Roma por los Galos a las órdenes de Bretón, había presenciado la ciudad un desastre más completo.

El Capitolio era un espectáculo inusitado, pues cuando el viento desviaba por momentos las llamas, se veían sus columnatas rojas como carbones encendidos.

Si en el día era horrendo el espectáculo que deslumbraba la vista; la noche presentaba ser espeluznante como un infierno.

Todo el centro de la ciudad, parecía el cráter de un volcán rugiente.

Diversos rumores y noticias agitan el mar de seres humanos, tratando de sobrevivir al mar de fuego.

Estas noticias son alternativamente opuestas. Se habla de una inmensa provisión de trigo y vestidos, para ser distribuida gratuitamente al pueblo.

Se dice también que el César ha dado orden de que a todas las provincias de África y de Asia, serían despojadas de todos sus tesoros y sus riquezas, para repartirlos a los habitantes de Roma, de tal forma que todos serán más ricos que antes del incendio.

Simultáneamente circula el rumor de que ha sido envenenada el agua de los acueductos.

Que Nerón ha decidido exterminar hasta el último de sus habitantes y que luego se trasladará a Grecia o a Egipto, para fundar una nueva capital.

Cada uno de estos rumores se extiende con la velocidad del rayo y encuentra fácil aceptación entre el pueblo, infundiéndole esperanzas o estallidos de terror, rabia, indignación y una ansiedad febril.

La creencia válida entre los cristianos de que está próximo el Fin del Mundo y su exterminio por medio del fuego, fue ganando terreno y más aún entre los paganos que rinden culto a los dioses del Olimpo o en otros cultos. Pues en ese aspecto, Roma había sido muy tolerante hasta hoy.

Se dispusieron campamentos para el pueblo en los regios jardines del César, en los de Pompeyo, Salustio, Micenas.

En los campos de Marte y otros edificios que el César dispuso. Los pavoreales, cisnes, flamencos, gacelas, etc. Que constituían el principal adorno de esos jardines, perecieron bajo el cuchillo y bandidaje de la plebe.

Mientras tanto, comenzaron a llegar abundantes provisiones del Puerto de Ostia; en una gran cantidad de barcos, buques y botes, anclados a lo largo del Tíber.

El trigo es vendido a precios increíblemente bajos y se distribuye gratuitamente a los desvalidos. Cargamentos de vinos, aceitunas, castañas, toda clase de ganado.

Todo esto hace que muchos infelices disfruten ahora de un bienestar aún mayor que antes del incendio.

El peligro del hambre ha sido neutralizado casi por completo. Pero fue más difícil reprimir los robos, bandidaje, asesinatos y violaciones que a diario ocurren.

La vida nómada asegura la impunidad a los facinerosos, que siempre que pueden proclaman su admiración al César y le tributan aplausos cada vez que aparece en público.

Y la ciudad sigue ardiendo.

La violencia del fuego disminuyó hasta el sexto día. Se renovó su fuerza la séptima noche. Pero tuvo corta duración, pues ya casi no hay combustible que lo alimente.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONÓCELA

49.- LAS LOCURAS DE NERON


roma-imperial

Cuando salieron de la casa del César,  Marco Aurelio dijo a Petronio:

–           Por un momento me dejaste petrificado y lleno de alarma. Pensé que te habías embriagado y solo esperaba la ruina. Recuerda que estás jugando con la muerte.

Petronio contesta seguro:

–           Esta es mi arena y me complace ser el mejor gladiador. Ya viste como concluyó todo… Mi influencia ha aumentado considerablemente desde hoy. Me enviará sus versos en un cilindro y eso es el mejor cumplido viniendo de él.

–           El Prefecto de los Pretorianos estaba furioso.

–           Tigelino al ver el éxito que alcanzan estas sutilezas, va a tratar de imitarme y superarme. Serán vanos sus esfuerzos, pues es tan solo una bestia cruel.

–           Es un enemigo muy peligroso. Él y la Augusta parecen congeniar bastante. ¿No te preocupa eso?

–           Popea está despechada. Y ahí no puedo hacer nada, más que esquivarla lo mejor que pueda. Si yo quisiera, acabaría con él y tendría al propio Enobarbo en mi poder. Pero NO quiero complicarme más la vida. El poder absoluto es una maldición…

–           ¡Qué habilidad la tuya para transformar la crítica en alabanza! Pero ¿Son realmente tan malos esos versos? Yo de eso no entiendo nada.

marcial

Los versos no son peores que cualquier otros. Es verdad que Marcial tiene más talento en uno solo de sus dedos. Aun así, Barba de Bronce tiene algo… Sobre todo un inmenso amor por la poesía y la música. Y sí. Se esfuerza mucho en lo que compone.

–           Se considera una artista divino y no sé si sea genialidad o…

–           Pasado mañana nos reuniremos con él, para escuchar su Himno a Venus Afrodita que ya está terminando. Los versos de Nerón a veces son elocuentes y yo sé que para componerlos sufre una verdadera tortura. A veces le tengo lástima. ¡Hace unas cosas tan extrañas!

Marco Aurelio pregunta reflexivo:

–           ¿Podría alguien prevenir hasta donde llegarán las locuras de Nerón?

Petronio levanta los hombros:

–           ¿Quién puede saberlo? Está decidido a que ocurran cosas que durarán en la memoria de la historia, pues su mayor anhelo es ser un dios inmortal en el arte y de él se puede esperar cualquier barbaridad.

–           No entiendo cómo puedes encontrar emocionante una conducta tan inestable.

–           Y aunque a veces me siento verdaderamente hastiado, creo que bajo el reinado de otro César, me fastidiaría cien veces más. En estas incertidumbres es en donde encuentro el encanto de la vida.

–           ¿La vida? A veces parece que coquetearas con la muerte…

–           Quien no arriesga no pierde, pero tampoco gana. En el riesgo hay una especie de deleite y olvido del presente. Yo juego a la vida, es cierto. Y en eso mismo está el encanto.

Marco Aurelio dice con sinceridad y amor:

–           Te compadezco Petronio.

–           No más de lo que me compadezco yo mismo. Tu amigo el cristiano me dijo la verdad. Y sin embargo él debe saber que los hombres como yo, no aceptaremos su Religión. Yo no quiero cambiar. Mi vida es emocionante y a la vez detestable, lo sé.

–           Si al menos trataras de conocerla, cambiarías de opinión…

–           Antes, tú pasabas la vida agradablemente entre nosotros. Y cuando hacías tus campañas militares, ansiabas volver a Roma. Ahora hay en ti algo diferente, ya no eres el mismo y a veces me pregunto si te conozco todavía.

–           Ahora mismo me ocurre igual. Ansío volver a Roma.

–          Porque estás enamorado de una vestal cristiana, que está esperando por ti. No me sorprende esto, ni te lo reprocho. Pero lo único que me pregunto es: ¿Eres feliz? ¿Tu nuevo Dios te hace feliz?…

Puedo jurarte por el alma de mi padre al que tanto amaste, que nunca imaginé que pudiera existir una felicidad como la que ahora disfruto. Lo único que me preocupa es una especie de presentimiento extraño, que me aflige respecto a Alexandra.

–           Dentro de dos días trataré de obtenerte un permiso, para que puedas dejar Anzio por todo el tiempo que te plazca. Han pasado tres meses. Popea parece estar más tranquila y hasta donde sé, ningún peligro te amenaza; ni a ti, ni a Alexandra.

–           En la mañana, me preguntó la Augusta, qué había estado haciendo en Roma y me sorprendió mucho, pues ya sabes que me fui en secreto.

–           Es posible que haya enviado espías a seguirte. Sin embargo es necesario que ahora ella también cuente conmigo.

–            El día que me despedí de Alexandra. Los dos estábamos sentados en una banca del jardín de la casa del obispo Acacio. En una noche tan tranquila como ésta, ideando planes para el futuro. Sería imposible tratar de describirte la felicidad y el éxtasis que sentía en aquellos momentos, junto a la mujer que amo más que a mi propia vida. Cuando de súbito se escuchó el rugido de los leones….

LEON

–           Tú sabes que esto es un fenómeno común y más cuando se acercan los juegos.

–           Pero desde aquel instante un presagio de infortunio, me inquieta profundamente. Te agradezco mucho ese permiso para salir de Anzio. Esto aliviará un poco la tortura que siento.

–           Los juegos son algo común y emocionante en nuestra cultura romana. ¿Por qué te angustias? ¡No te entiendo!

–           Me preocupa mucho mi esposa y ya no puedo permanecer aquí más tiempo. Me siento tan mal que estoy dispuesto a irme sin él.

–           ¿No crees que es un poco ridículo creer en presentimientos? Además ¿Cómo sabes que fueron leones? Los bisontes germanos rugen casi igual.

–           Anoche presencié una lluvia de estrellas…

lluvia_de_estrellas_fugaces_1

–           Yo también la vi. Fue un espectáculo muy bello. Y hay quien lo considera mal augurio…

Petronio medita unos momentos y después agrega:

–           Si vuestro Cristo se ha levantado de entre los muertos, Él puede protegeros contra la muerte, ¿No crees?

Marco Aurelio confirmó:

–           Así es. Los cristianos estamos protegidos de todas maneras. Para el que ama a Dios, la muerte no existe – Dijo estas palabras, mirando hacia el cielo lleno de estrellas.

estrella fugaz

Petronio le miró completamente desconcertado… Y cambió de tema.

Una semana después…

El César estaba tocando y cantando en honor de Palas Atenea, un himno cuyos versos y música había compuesto él mismo.

Y aquel día sintió que su voz realmente cautivaba a sus oyentes.

Y esta convicción le exalta tanto, que se siente realmente inspirado y al terminar el canto, está pálido, sudoroso y conmovido.

No tiene deseos de escuchar elogios y dice:

–           Estoy fatigado y necesito aire. Saldré a dar un paseo. Entretanto afinad las cítaras.

Y enseguida se envolvió el cuello con un pañuelo de seda y dijo volviéndose a Petronio:

–           Acompáñame. Dame tu brazo Marco Aurelio, pues las fuerzas me faltan. Me apoyaré en ti. Mientras tanto Petronio nos hablará de música.

Y salieron hacia una terraza que tiene pavimento de alabastro.

Cuando estuvieron fuera, Nerón dijo:

–          Aquí uno puede respirar más libremente. Mi alma está conmovida y triste. Aunque ahora sí sé con este ensayo, que ya estoy listo para presentarme en público y alcanzar un triunfo sin igual.

Petronio contestó:

–          Puedes presentarte aquí, en Roma y en Acaya. Tu grandeza artística puede resistir la prueba.

El César contestó mirándolo fijamente:

–           Lo sé. Eres demasiado insolente como para prodigar elogios haciéndote violencia a ti mismo. Y te juzgo sincero como Marcial… Pero tú tienes más conocimientos que él. Dime cuál es tu concepto de la música.

–           Cuando te escucho declamar unos versos. Cuando te veo en el Circo dirigiendo una cuadriga. Cuando veo la belleza de una obra de arte y cuando te oigo en las armonías de tu música, nuevos deleites embelesan mi espíritu; aunque siempre me sorprendes, porque hay en ti, un mar de talento para eso.

neron

¡Qué profundo conocimiento tienes en la materia! –Exclamó Nerón admirado- Tú has dado expresión exacta a mis propias ideas. Y por eso te repito siempre que en toda Roma, eres el único capaz de comprenderme.

–           Mi concepto de la música está en perfecta armonía con el tuyo.

–           Soy el César y el mundo es mío. Puedo hacer lo que yo quiera. Pero la música me abre nuevos horizontes.

–           Las musas te inspiran.

–           Siento a las musas, a los dioses y al Olimpo.

Los dioses son generosos contigo…

–           Hay una grandeza que percibo como en medio de una niebla sutil. ¡Estoy tan emocionado que hasta me siento pequeño! ¿Puedes creerlo?

Petronio concede:

–           Sí. Solamente los grandes artistas tienen la facultad de sentirse pequeños en presencia del Arte.

–           Esta es un anoche de sinceridad y franqueza. Así pues, voy a abrirte mi corazón, como ante un amigo. Dime ¿Crees que soy un hombre ciego o falto de juicio?

–           Eres un artista buscando la inmortalidad.

–           Yo sé que el Pueblo de Roma, escribe en las murallas insultos contra mí. Gritan lo que consideran mis crímenes y dicen que soy un monstruo y un tirano, solo porque Tigelino ha obtenido unas cuantas sentencias de muerte contra mis enemigos.

–         No es posible complacer a todo el mundo. Los inconformes siempre van a criticar…

–           Sí, querido amigo. Me consideran un monstruo y lo sé. Y hablan tanto de crueldad cuando se refieren a mí, que en ocasiones he llegado a preguntarme ¿Efectivamente soy cruel?…

–           Tu talento para sorprender, es tan grande como su incomprensión…

neron

–            Pero lo que ellos no comprenden es que los hechos de un hombre pueden ser crueles, sin que él mismo lo sea. ¡Ah! Nadie creería que en los momentos en que la música me acaricia el espíritu, me siento tan bueno e inofensivo como un infante en la cuna.

–           El verdadero arte ennoblece…

–           ¡Es la verdad! La gente ignora cuanta nobleza se anida en este corazón. ¡Y cuántos tesoros descubro en él, cuando la música lo abre a sus olímpicas armonías!

Petronio no duda que el César esté diciendo la verdad y que la música le despierte nobles inclinaciones que están sepultadas por un monstruoso egoísmo desenfrenado y criminal.

Y solo contestó con seriedad:

–           Los hombres debieran conocerte tan profundamente como yo. Roma jamás te apreciará en tu justo mérito.

El César se apoyó más pesadamente sobre el brazo de Marco Aurelio, como si se sintiese abrumado por una gravosa injusticia y replicó:

–           Tigelino me ha contado que en el Senado dicen que Menecrato y Terpnum tocan la cítara mejor que yo. ¡Hasta eso intentan negarme!

–           El verdadero talento, siempre despierta la envidia.

–           Pero dime tú que eres siempre sincero dímelo ahora: ¿Ellos tocan mejor que yo? ¿O están siquiera a mi altura en destreza?

Petronio exclamó rápido:

–           ¡De ninguna manera! Tú tocas con mayor dulzura e intensidad. En ti se palpa al artista. En ellos al ejecutante experimentado. Y el hombre que los escucha primero a ellos, comprende mejor quién eres tú.

Nerón contestó con inmensa petulancia:

–           ¡Si es así, que vivan! Nunca podrán imaginar le importante servicio que acabas de prestarles en este momento, pues te deben la vida. Por otra parte, si yo los hubiera condenado, tendría que tomar a otros para remplazarlos.

Petronio se limitó a decir:

–           Y las gentes te acusarían de que por amor a la música, destruyes la música en tus dominios. ¡Oh, divinidad! Nunca mates el arte por el arte,

Nerón exclamó con admiración:

–           ¡Qué diferente eres de Tigelino! Pero ya lo ves. Soy un artista antes que todo y no puedo llevar una vida vulgar. La música me dice que lo sobrenatural existe y por esto yo lo busco con todo el poder y todo el dominio que los dioses han puesto en mis manos.

–           Los dones con que te han favorecido, deben desarrollarse para glorificarlos.

–           En ocasiones siento que para alcanzar el Olimpo, es necesario que yo haga algo totalmente extraordinario y que jamás se haya realizado. Algo que sea asombroso para los mismos dioses…

–           Esa puede ser una empresa hercúlea. Y hay que meditarla muy bien.

–           Sé que muchos me llaman loco. Pero yo no estoy loco. ¡Sólo estoy buscando la gloria! ¿Me entiendes?

–           Los grandes artistas llevan ese anhelo en la sangre.

–           ¡Y por lo tanto, mi anhelo es alcanzar la grandeza absoluta, porque solamente de esa manera llegaré a ser el más grande de los artistas!

Y bajando la voz para que Marco Aurelio no le oiga, le dice Petronio al oído:

–           ¿Sabes que condené a muerte a mi madre y a mi esposa, principalmente porque yo deseaba presentar el más grande sacrificio que un hombre pudiera ofrecer?

–           Y ciertamente diste un regio presente. Los dioses deben estar complacidos.

–           Pero parece que para abrir las puertas del Empíreo, se necesita algo más grande que eso y ya que el destino así lo quiere…

petronio

Petronio se alarmó, pero controlándose dijo:

–           ¿Qué intentas hacer?

El César dijo suspicaz:

–           Tú lo verás más pronto de lo que te imaginas. Mientras tanto, solo piensa que existen dos Nerones: uno, el que el pueblo conoce. Otro, el que solo tú conoces. El cual si destruye como la muerte, dominado por un frenesí como Baco; se debe a la trivialidad y a las miserias humanas de la vida ordinaria que lo ahogan.

–           Pero para alcanzar la grandeza no hay necesidad de aniquilar la belleza de la vida.

–           Yo quisiera aniquilarla, aun cuando para ello sea necesario el uso del hierro o del fuego. ¡Oh! ¡Qué vulgar será este mundo cuando yo haya desaparecido de él!

–           Tu temperamento artístico está buscando un clímax.

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–             Nadie tiene la menor idea de mi verdadero temperamento artístico. Este es mi sufrimiento que me llena de melancolía.

Petronio dijo cauteloso:

–           Hay ocasiones que es necesario atemperar el talento, sobre todo cuando hay que ponderar el riesgo desde un trono imperial.

–           ¡Es muy pavoroso para un hombre cargar al mismo tiempo con el peso  del poder supremo y del más excelso talento!

Aunque Petronio se sintió aterrado, consiguió decir:

–           Simpatizo contigo profundamente, ¡Oh, César! Y en ello me acompaña también Marco Aurelio, que te deifica desde el fondo de su alma.

–           Por su parentesco contigo, también me es caro, aunque más bien sirve a Marte y no a las Musas.

–           Él sirve ante todo a Venus Afrodita.

Y en ese mismo instante decidió resolver el asunto de su sobrino de una vez por todas y alejar el peligro que pudiera amenazarle.

Y agregó:

–           Él está perdidamente enamorado… Permítele señor que vuelva a Roma, si no quieres que muera aquí a mi lado. ¡El rehén que le diste fue encontrado! Y Marco Aurelio al venir para Anzio, la dejó a cargo de un cierto Acacio. Marco Aurelio quería convertirla en una amante.

–           ¿Y por qué no lo hizo? Ella es suya. Se la cedí y puede disponer de ella como quiera.

–           Pero como resultó muy virtuosa, eso lo ha cautivado aún más y desea casarse con ella.

alex

–           No veo cual sea el inconveniente. Como es una de las hijas del rey Vardanes I, no hay diferencia de condición entre ellos.

–           Pero Marco Aurelio es ante todo un soldado. Y aunque se pasa la vida entre gemidos y suspiros, no hará nada sin el permiso de su emperador…

Nerón se quedó perplejo…

Luego dijo con cierta suspicacia:

–           El emperador no elige las esposas de sus soldados. ¿Para qué le sirve mi permiso a Marco Aurelio?

Petronio dijo con diplomacia:

–           Ya te he dicho señor que él te deifica.

–           Con mayor razón alcanza mi permiso. Sí. Es esa doncella bonita, pero demasiado escuálida. La augusta Popea se ha quejado de que ella fue la autora de un maleficio a nuestra hija, en los jardines imperiales. Y a causa de eso murió.

–           Pero yo le dije a Tigelino que los dioses no están sujetos a malos encantamientos. Recordarás divinidad su confusión y cómo tú exclamaste ¡Habet!

–           Sí. Tienes razón. Ya lo recuerdo…

Y volviéndose hacia Marco Aurelio, Nerón le preguntó:

–           ¿Es cierto que la amas como dice Petronio?

Marco Aurelio contestó con convicción:

–           Así la amo, señor.

Entonces Nerón detuvo su paseo y declaró:

–           Entonces te ordeno que partas mañana para Roma, a unirte con ella en matrimonio. Y no te presentes de nuevo ante mí, sin el anillo nupcial.

Marco Aurelio se quedó pasmado por un momento y luego exclamó con júbilo:

–           ¡Te doy gracias con todo mi corazón!

El César sonrió con una increíble, benevolencia y dijo:

–           ¡Oh! ¡Cuán grato es hacer felices a los demás! ¡Oh, si los dioses me dejaran hacer solo eso en la vida!

Petronio se preparó a dar el golpe final. Hasta ese momento, su gran influencia y sus maniobras inteligentes, habían salvado a su sobrino de las garras de Popea…

Y por eso dijo:

–           Concédenos un favor más, ¡Oh, divinidad! Declara tu voluntad en este asunto en particular, delante de la Augusta. Marco Aurelio no osaría jamás unirse en matrimonio a una mujer, que no fuese grata a la emperatriz. Tú puedes desvanecer su prevención con solo una palabra, manifestando que has ordenado que se efectúe el matrimonio.

–           Así lo haré. Nada podría rehusaros a ti o a vosotros. –declaró el César sonriendo a Petronio.

Después de esto, suspendió el paseo y emprendió el regreso.

Ambos le siguieron con el corazón inundado de felicidad por la victoria alcanzada.

Marco Aurelio tuvo que refrenar el impulso de lanzarse al cuello de Petronio y besarlo en las mejillas con amor y agradecimiento. Pues ahora le parece que ha quedado removido todo peligro y todo obstáculo…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

41.- INICIO DE LA RUINA DE ISRAEL


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El camino de Anzio no es accidentado, ni largo. La ciudad está compuesta de palacios y casas de campo construidas y amuebladas con lujo. En ellas se puede encontrar todo cuanto se puede exigir para una vida cómoda y con los refinamientos más exquisitos.

Es una ciudad construida para el recreo de los patricios de Roma…

Al tercer día de estar en Anzio, Nerón fue informado del fracaso romano en Judea y la derrota de Cestio Galo. Disimuló la consternación y el terror que le acometían cuando se ve forzado a distraer su atención de lo que le causa placer, para tener que afrontar problemas graves.

Y en apariencia se mostró jactancioso y muy airado; achacando cuanto había acontecido a la negligencia de los jefes romanos…

Y despreciando lo sucedido, deliberó a quién debía encargar de los asuntos de Oriente y que castigase a los rebeldes judíos, poniéndolos como ejemplo para evitar que la enfermedad de la rebelión se extienda a las naciones colindantes.

Haloto le recordó que Vespasiano en su juventud le había ayudado a Claudio a pacificar a los germanos y a Britania.

Él tiene la experiencia del ejercicio de la guerra, además de que sus hijos también son militares y Vespasiano tiene la habilidad para el triunfo.

De todo esto, Nerón sacó un presagio favorable y llamó a Vespasiano.

Cuando el general se presentó ante él, le anunció:

–           Escúchame muy bien Tito. Quiero que a esos perros judíos les des una lección que le sirva a todas las provincias, para aprender lo que significa desafiar las águilas romanas. Te ordeno que arrases su nación y que de su famoso Templo, no quede piedra sobre piedra. Porque el mensaje debe ser muy claro, para cualquiera que esté pensando en hacer lo mismo que Israel.

Vespasiano hizo el saludo militar al emperador y contestó:

–           Entendido majestad. No quedará piedra sobre piedra. Cumpliré lo que has ordenado. Israel será arrasado completamente.

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Nerón hizo una seña a Epafrodito y un esclavo se apresuró a escribir:

–           Tomarás el mandato de las legiones que están acantonadas en Siria y recogerás  de Alejandría, las legiones Quinta y Décima. He aquí el  poder para que reúnas a los ejércitos de los reyes aliados. ¡Si es necesario, perderemos una provincia rica para nosotros; pero convertiré a esa nación en un desierto, solo pasto para las fieras del campo! Ningún levantisco judío volverá a ser libre…

El esclavo le entregó la vitela y Nerón estampó su sello con su anillo de rubí.

Luego la enrolló  y se la entregó a su general.

Vespasiano y Tito partieron a cumplir lo ordenado y Nerón se quedó fastidiado.

Con este ánimo se puso a leer su poema sobre la destrucción de Troya y lamentó no haber podido jamás presenciar el espectáculo del incendio de una ciudad.

Luego de un momento de silencio, dijo:

–           Envidio a Príamo. Ha sido muy afortunado al asistir y contemplar, el incendio y la ruina de su ciudad natal.

Tigelino replicó al punto

–           Pronuncia solo una palabra, ¡Oh, divinidad! Tomaré en mis manos una antorcha y antes de que termine la noche, verás arder a Anzio.

–           ¡Calla, necio! ¿Y entonces a donde podría ir yo a respirar las brisas marinas, que son las que me conservan este don de los dioses que debo proteger para el bien de la humanidad?

¿Acaso no es Roma la que me hace daño? Son las exhalaciones de sus barrios infectos, las que aumentan mi ronquera…  

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Y se quedó mirando al vacío, como si contemplara una visión extática.

Y dando un gran suspiro añadió:

–           ¿Y el incendio de los palacios de Roma, no ofrecerían un espectáculo mil veces más trágico y grandioso que el de Anzio?

Y todos empezaron a comentar esta eventualidad. Previendo la  terrible catástrofe que  constituiría el cuadro de una ciudad como Roma, envuelta en llamas.

De la ciudad que era capital del Imperio que había conquistado el mundo y se viera convertida en cenizas…

Nerón declaró:

–           Si hubiera esa emergencia, mi Poema sería más grande que los cantos de Homero. Y yo reconstruiría la ciudad, alrededor de la Domus Áurea. Sería una urbe grandiosa moderna. Pero sería necesario darle otro nombre…

Y empezó a desarrollar su sueño fantasioso de la ciudad que admiraría la posteridad y que no sería superada jamás.

–           ¡Hazlo! ¡Hazlo! -exclamaron muchos de sus embriagados oyentes.

Vitelio dijo:

–           Sería un homenaje para el mejor artista de todos los tiempos. Podríamos llamarla Nerópolis.

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El César contestó:

–           Menester sería para ello, que yo tuviera amigos más fieles y abnegados.

Marco Aurelio se alarmó.

Pero luego pensó que todo era una locura y puntada de borrachos. Pues por insensatos que fueran el César y sus amigos, no se atreverían a poner en práctica una idea tan demencial. ¿O sí?…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

37.- EL CAPRICHO DE POPEA SABINA


Los augustanos abandonan el Palatino.

Al caminar por la inmensa galería porticada, Petronio miró a Marco Aurelio y dijo:

–           Barba de Bronce renuncia a su viaje por el momento. Está irritado y aburrido. ¡Esta combinación es muy peligrosa! En la fiesta se entregará a un desenfreno absoluto, tratando de aliviar su frustración y su tedio. ¡Ojalá no tengamos sorpresas desagradables!

Marco Aurelio sonrió y contestó:

–           Afortunadamente yo tengo mejores cosas de qué ocuparme y a ti te dejo los cambios de humor del César.

Petronio se detiene y advierte:

–           Fuiste invitado y ni siquiera se te ocurra pensar que puedes evitar asistir.

El tribuno movió la cabeza y fastidiado replicó:

–           Lo que a mí me sorprende es que a ti no te haya dominado el aburrimiento de cuanto te rodea.

–           ¿Quién te ha dicho lo contrario? Desde hace mucho tiempo me domina. Pero yo no tengo tus años. Y tampoco tengo alternativa. Al emperador nadie le abandona sin consecuencias…

–           Lo sé. Y según parece, tampoco se pueden desairar sus invitaciones. Definitivamente no envidio tus privilegios.

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–           Además, amo los libros, la poesía y me encantan las obras de arte. Me agrada mi hogar y la belleza de las obras maestras con que lo he adornado. Tengo todo lo más exquisito y perfecto. Sé que no he de encontrar ya nada superior a lo que actualmente poseo. Y no tengo ganas de desprenderme de nada de esto por ahora.  

–           Perder el favor imperial es una gran desgracia. Y un lujo que al parecer,  nadie se puede permitir voluntariamente sin perder también la vida…

–           He disfrutado lo mejor y la vida me deleita, mientras pueda darme el placer que necesito y pueda conservarla… porque no se sabe… –finaliza dando un profundo suspiro.

Marco Aurelio está tan contrariado, que mejor se queda callado.

Petronio lo observa desconcertado, pero tampoco le dice nada.

Después de un largo silencio, Petronio agrega.

–           ¿Sabes cuál es la última noticia? Tigelino, para las fiestas ha preparado los lupanares con las mujeres más nobles de Roma. Habrá doncellas que hagan su presentación como ninfas.–            ¿Eso te parece apetecible? ¡Convertir a las jóvenes patricias en prostitutas! ¿Tan hastiados están que lo execrable ya no es vergonzoso?

Petronio mira sorprendido a su sobrino y finalmente explota:

–           ¡Éste es nuestro mundo neroniano en Roma! ¡Creo que has arruinado tu vida haciéndote cristiano! ¡Por Pólux que no te comprendo! Nuestras locuras tienen cierto juicio, pero tú… Desprecio a Enobarbo, porque es un bufón griego. ¡Si al menos fuese romano!  ¡Hufff!…

–           La barbarie es barbarie en cualquier lugar. Ya no hay valores, ni honor. No veo de qué te sorprendes. Y sobre este asunto podría enseñarte cosas grandiosas que he aprendido…

–           No empieces con tus cosas cristianas.  No quiero saber nada de eso…

–           Está bien. Tienes razón. Todavía no es el momento en que podrías comprenderlas… Tal vez algún día anheles también aprenderlas.

Petronio agrega sin hacerle caso:

–           No cabe duda de que vamos de mal en peor… Pero este es el mundo que me ha tocado vivir ¡Y hay que tomarlo como es! Prepárate para ir al Fiesta Flotante en la Piscina de Agripa. Y será mejor que nos dispongamos para disfrutarlo…

Al día siguiente…

El buen gusto y refinamiento de Petronio, le han ganado el título de ‘Arbiter Elegantiarum’. Y por esas mismas cualidades, su genial dirección es indispensable para el desarrollo del artista que palpita en el emperador.

Comparándolo con el Prefecto de los Pretorianos, Petronio lo supera infinitamente en cultura, intelecto, conocimiento del Arte, refinamiento y buen juicio. En la conversación, su ingenio conoce la mejor manera de entretener al César.

Y lo que hasta ahora ha sido el mejor talento de Petronio para ser el consejero favorito del emperador, como un arma de doble filo se está volviendo contra él…

Y él ni siquiera imagina porqué…

Tigelino posee bastante buen sentido, para conocer sus propias deficiencias. Y sabe que NO puede competir con Petronio, Plinio, Séneca, Trhaseas u otros de los augustanos que se distinguen por su elegancia y su alcurnia, sus talentos o su ciencia.

Y ha decidido eclipsarlos por medio de una flexibilidad inagotablemente previsora en sus servicios y sobre todo por una magnificencia, capaz de sorprender aún la exaltada imaginación de Nerón.

Porque  conoce bien a Nerón y sabe por dónde llegarle, ha cultivado secretamente las debilidades de su personalidad para prevenirle en contra de su peor enemigo. Esto ha logrado que la influencia de Tigelino aumente día con día.

Y no es porque Nerón le quiera más que a los demás; sino porque el Prefecto de los Pretorianos ha encontrado la manera de hacerse cada vez más indispensable para el emperador.

Arbiter Elegantiarum, esto mortifica la vanidad de Nerón ¿Cómo es posible que alguien lleve delante de él, semejante calificativo?

Y además, hay que agregar el  terrible complejo que siente entre su obesa y grotesca figura y la innegable belleza varonil de su asesor artístico. La indiscutible superioridad en todos los aspectos de la poderosa personalidad de Petronio, ahora constituye su desgracia…

Pues esto ha despertado la envidia de Nerón y siente agobio por cada uno de sus triunfos… En cambio con Tigelino, César se siente a sus anchas; pues comparte con él su misma crueldad, sus bajezas y su ruindad.

¿Quién prevalecerá? ¿El artista o el monstruo?… La guerra y la competencia están muy reñidas…

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En un suceso sin precedentes en la ciudad, los pretorianos han rodeado las arboledas que están alrededor de un lago mediano y es conocido como la gran piscina de Agripa; para que nadie se acerque a molestar al César y a sus huéspedes, que constituyen cuanto hay en Roma de notable por su riqueza, hermosura y talento.

Tigelino quiere compensar al César la contrariedad sufrida, al diferir su viaje a Acaya y al mismo tiempo mostrarle a todos que no tiene rival para alegrarle la vida al emperador.

Para este objeto mandó traer desde las más remotas regiones del imperio: fieras, pájaros exóticos, peces raros, plantas, flores, etc. Y todos los detalles más insólitos que puedan realzar el esplendor de la magnífica fiesta.

Los impuestos de provincias enteras se consumen en la realización de los más insensatos proyectos…

Más el poderoso favorito no siente la menor vacilación al efectuarlos, con tal de asombrar a Nerón y complacer hasta el más mínimo de sus caprichos.

Esto es lo que hace que su influencia aumente día con día y Nerón lo considere casi indispensable…

Y por eso ha dispuesto dar la fiesta en gigantescas balsas, construidas con vigas doradas, cuyos bordes fueron decorados con magníficas conchas marinas. Adornó las orillas  de la piscina con palmeras, lotos y rosales.

También instaló jardines flotantes y alrededor de la piscina a intervalos regulares, fuentes con aguas perfumadas, altares con estatuas de dioses y quemadores de incienso.

Hay muchas  jaulas de oro y plata, con aves exóticas y multicolores…

En el centro de la balsa principal; está el pabellón de una tienda teñido de púrpura fenicia, que es sostenido en columnas de plata.

Debajo, las mesas están preparadas para recibir a los invitados con cristalería de Alejandría y vajillas de inestimable valor; botín recogido de Grecia, Asia Menor e Italia.

La balsa está adornada con tantas plantas, que semeja una isla flotante.

Y hay amarrados con cuerdas de púrpura y oro; botes con forma de cisnes, delfines, aves y peces que son bogados por jóvenes de ambos sexos; cuyas caras y cuerpos están desnudos, adornados con joyas y han sido elegidos por su gran hermosura.

Cuando Nerón llegó a la balsa seguido por Popea y los augustanos, se sentaron en los triclinios.

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Entonces los remos hendieron el agua y se pusieron en movimiento junto con los botes; describiendo círculos alrededor de la piscina.

Le rodean las otras balsas de menor tamaño; en una de las cuales van los músicos tocando sus instrumentos, resonando cantos melodiosos que llenan el ambiente de alegría.

El César con Popea a un lado, está gratamente sorprendido.

Especialmente al ver surgir entre los botes, hermosos jóvenes de ambos sexos, ataviados como sirenas y  tritones, con mallas glaucas que simulan escamas.

Y ejecutan una hermosa danza acuática en honor de Poseidón. Verdaderamente emocionado, Nerón aplaudió y alabó al organizador de la fiesta.

Pero al mismo tiempo y por fuerza del hábito, dirigió la vista hacia Petronio, deseando conocer su opinión.

Y se mostró más entusiasmado aún, al ver que el ‘Árbitro’ sonreía complacido, mostrando su aprobación con un gran aplauso carente de envidia. Pues  realmente el espectáculo es magnífico.

La Fiesta Flotante agradó mucho al César, por su novedad. Se sirvieron tan exquisitos manjares y vinos de tantas clases, que el más exigente sibarita no habría podido objetar nada.

Luego las mujeres se sentaron en la mesa de los augustanos; entre los cuales Marco Aurelio sobresale por su gallardía y juventud.

Anteriormente tanto su cuerpo como su rostro, denotaban con demasiado relieve al soldado profesional. Pero ahora la enfermedad le ha adelgazado y se ve más alto y estilizado. Sus facciones se ven como cinceladas con una varonil hermosura perfecta.

Su piel morena clara y sus enormes ojos castaños, mantienen una expresión soñadora. Su porte es distinguido: a la vez flexible y soberbiamente magnífico. Parece un dios griego tan bizarro y apuesto como Petronio.

Éste había afirmado como hombre de experiencia, que las damas de la corte se rendirían a sus encantos. Y en efecto, todos le miran con admiración sin exceptuar a Popea, ni a Rubria; la virgen vestal a quién César ha llamado a la fiesta.

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Los vinos empezaron a llevar calor a los corazones y a los cuerpos. Y la enorme balsa prosiguió su evolución, circulando lentamente con su carga de invitados que gradualmente se van entregando a una alegre y estrepitosa embriaguez.

La fiesta no había llegado ni a la mitad de su curso, cuando Nerón se levantó y le ordenó a Marco Aurelio que le deje su lugar…

Quiere estar al lado de Rubria, a la que desea con violenta pasión y le empezó a hablar al oído.

Fue de este modo que Marco Aurelio quedó junto a Popea, quién extendió el brazo hacia el joven oficial y le pidió que le asegurara el brazalete que se le había desprendido y que nadie notó que ella misma lo había soltado.

Al hacerlo gentilmente Marco Aurelio, con su mano un tanto temblorosa, rozó la piel de seda de la emperatriz.

Popea le miró fingidamente pudorosa y con un destello de deseo…

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La fiesta prosiguió.

El sol comenzó a ocultarse.

La mayor parte de los invitados ya están ebrios.

La gran balsa hace círculos cada vez más amplios, hasta casi llegar a la orilla.

Con la penumbra del anochecer, se encendieron millares de lámparas y nuevos grupos de mujeres formados por todas las invitadas de la fiesta, que se han despojado de sus ricas vestiduras y han quedado desnudas…

Con voces y ademanes seductores llaman a los hombres para que se reúnan con ellas.

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Entonces la balsa se aproxima a la orilla.

Todos, incluido el César quién atrae consigo a Rubria riendo y haciendo pícaros comentarios, desaparecen entre la arboleda.

Se diseminaron entre el bosque y las grutas artificiales, además de los muchos lugares próximos a las fuentes y manantiales y que han sido especialmente dispuestos para este fin.

Y empezó la orgía…

La lujuria y la locura se apoderaron de todos.

No se puede distinguir nada en medio de la oscuridad.

Ni donde está el César, ni quién está con quién.

Los sátiros y los faunos dan caza a las ninfas y apagan las lámparas que les estorban.

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Solo la luz de la luna llena, es mudo testigo del rumor de risas, gritos, suspiros y coloquios íntimos; además de los gemidos de placer.

Marco Aurelio no está ebrio, como el día de la fiesta en el Palatino, cuando estaba con Alexandra…

Y sabe perfectamente lo que está pasando a su alrededor.

Y decidió irse, pensando que a estas alturas, a nadie le importará un invitado menos.

Por primera vez siente náuseas…

Y recordando a Alexandra, se dijo a sí mismo:

–           La amo y le juré fidelidad. Debo regresar a casa a preparar la boda, en lugar de permanecer en este bacanal.

Y dando media vuelta se precipitó a través del bosque.

Un grupo de doncellas ataviadas con sutiles velos y bellas flores, le interceptaron el paso y danzaron a su alrededor, incitándolo a correr tras ellas…

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Después de provocarlo, huyeron pudorosas y coquetas.

Pero él se quedó enclavado en aquel sitio pensando en su esposa.

Jamás la había visto más hermosa, más pura, ni más digna de adoración, que al ver aquel bosque convertido en un santuario de placer y a todas aquellas jovencitas lascivas y desnudas.

Y el amor y el anhelo por Alexandra, invadieron todo su ser con un poder avasallador.

Simultáneamente se sintió lleno de disgusto y de una repugnancia como nunca antes la experimentara.

Descubrió que le asfixiaba aquel ambiente de infamia y deseando respirar aire puro, se apresuró a huir de allí.

Más apenas había dado un paso, cuando notó que una figura velada, se alzaba delante de él.

Le puso las manos sobre los hombros y le dijo al oído:

–           ¡Te deseo! ¡Te amaré y te haré dichoso! ¡Ven! Nadie nos reconocerá. ¡Apresúrate!

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Un gemido de deleite, un suspiro entrecortado y un beso desquiciante acarició el lóbulo de su oreja.

Mientras Marco Aurelio sentía en su rostro como una oleada de fuego, su aliento perfumado…

Ella prosiguió anhelante:

–           ¡Eres bello como Apolo! Y tan delicioso, ¡Oh! Si tan solo…

La voz susurrante fue como si lo despertara de un sueño.

Entonces él tomando dominio de sí, preguntó:

–           ¿Quién eres?

Ella se reclinó seductora en su pecho y siguió insistiendo:

–          Qué importancia tiene eso…  ¡Pronto! ¡Ya no perdamos más el tiempo! ¡Esta noche es perfecta! ¡Y yo quiero poseerte! ¡Ven! ¡Amémonos!

Marco Aurelio insistió:

–           ¿Quién eres?

–           ¡Adivina!

Y al decir esto tomó entre sus delicadas manos el rostro del joven patricio y a través del finísimo velo, lo besó ardorosamente hasta que le faltó el aliento…

Luego se apartó provocativa, diciendo:

–           ¡Noche de amor! ¡Noche de locura!…

Aspirando el aire ansiosamente, agregó:

–      ¡Hoy estamos aquí y somos libres! ¡Hoy puedes tenerme! ¡Hoy soy tuya! ¡Y yo quiero que seas mío!

Marco Aurelio la empujó suavemente hacia atrás y dijo:

–           Lamento no poder complacerte. Estoy enamorado de una mujer incomparable. Le pertenezco y ahora voy hacia ella.

–           Quítame el velo. –dijo ella inclinando hacia él la cabeza.

Y en ese preciso momento se oyó un leve roce entre las hojas de mirto…

Y ella se separó rápidamente y desapareció como si fuese una visión.

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Pero a la distancia se oyó su risa extraña, estridente, ominosa…

Petronio llegó junto a Marco Aurelio. Lo tomó del brazo y empujándolo, lo instó:

–           He oído y he visto. Alejémonos rápido de aquí.

Así lo hicieron.

Cuando llegaron hasta los cisios, Petronio le dijo:

–           Yo te acompañaré.

Y subieron los dos al carruaje de Marco Aurelio.

Todo el camino, lo recorrieron en silencio. Hasta que se hallaron en el atrium de la casa del joven tribuno…

Petronio preguntó:

–           ¿Sabes quién era ella?

Marco Aurelio se sintió profundamente disgustado ante la idea de que Rubria fuese una vestal y tuviese ese comportamiento tan impúdico.

Y sin disimular su desprecio contestó:

–          ¿Rubria…?

–           No.

–           ¿Entonces quién?

Petronio bajó la voz y dijo:

–          El fuego de Vesta ha sido profanado porque Rubria estuvo con el César. Pero la que se acercó a ti…

Y aquí su voz bajó hasta hacerse casi imperceptible:

–          Fue la divina Augusta.

Siguió un silencio tan denso que casi se podía tocar…

Luego Petronio continuó:

–          César no pudo ocultar a Popea, su inclinación hacia Rubria y tal vez por eso, ella quiso tomar venganza. Pero llegué yo a estorbarlo.

Si tú la hubieras reconocido… al rehusar su solicitud, sería irremediable tu ruina.

Habrías arrastrado en ella a Alexandra y también me habrías comprometido a mí.

Marco Aurelio comprendió la magnitud de la revelación y casi se ahogó por el asombro…

El tiempo pareció detenerse…

Mil ideas cruzaron por su mente como relámpagos y se reflejaron en su gran perturbación…

Luego explotó:

–           ¡Estoy harto de Roma! ¡Del César, de sus fiestas, de Tigelino, de la Augusta y de todos vosotros!…

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 ¡Me estoy asfixiando! ¡Yo no puedo seguir viviendo así! ¡No puedo! ¡Oh Dios mío! ¡No lo soporto más! ¿Me entiendes?

Petronio lo mira desconcertado y exclama:

–           ¡Marco Aurelio! Estás perdiendo el sentido del juicio, la moderación. ¿Qué te pasa?

Marco Aurelio replicó colérico:

–          Lo único que quiero es a Alexandra. Vine a prepararlo todo para mi boda y no me interesa otro amor, ni deseo a ninguna otra mujer. No quiero vuestra vida y no me interesan sus fiestas.

No soporto sus obscenidades y sus crímenes. ¡Soy cristiano! ¿Lo oyes? ¡Soy cristiano! ¡Y no sabes cuánto me alegro de serlo!

Petronio lo mira asombrado.

Es evidente que entre él y Marco Aurelio ya no pueden entenderse y que sus almas se han separado por completo.

Hubo un tiempo en que Petronio ejercía una gran influencia en el joven militar. Había sido para él un modelo en todo y con frecuencia unas cuantas palabras irónicas suyas, bastaban para frenarlo o para inducirlo a una resolución cualquiera.

Pero ahora ya no queda nada de aquello…

Y tan trascendental es el cambio, que Petronio ni siquiera intentó poner en práctica sus antiguos métodos. Porque comprendió que su ironía y su ingenio, habrán de estrellarse contra el nuevo hombre en que se ha convertido el Marco Aurelio que está ante sus ojos y al que apenas si reconoce.

Después de reflexionar un momento, se encogió de hombros y se fue para su casa muy disgustado.

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El veterano escéptico al ver a Marco Aurelio entendió que es un hombre tan diferente, que ya ni siquiera comprende sus reacciones.

Y este conocimiento lo llenó de contrariedad y hasta de un poco de temor…

Éste último llegó a su colmo, al meditar en los acontecimientos de esa noche…

Y piensa:

–           Si de parte de Popea esto no fue sólo un fugaz devaneo, sino un deseo más duradero, van a suceder una de estas dos cosas: Marco Aurelio no se le resistirá y en este caso, le vendrá la ruina por algún ‘accidente’, lo que parece poco probable por su actual estado de ánimo. O se le resiste…

Y entonces sí será segura su ruina y acaso también la mía… Precisamente porque soy su pariente y porque la Augusta terminará envolviendo en su odio a la familia entera y pondrá del lado de Tigelino todo el peso de su influencia.

Moviendo la cabeza, por todas las conclusiones que como un mosaico que se estuviera formando, le muestran un panorama cada vez más sombrío… Petronio es un hombre valiente y no le teme a la muerte. Pero tampoco tiene el menor deseo de atraerla tan pronto.

La Augusta ignora si ha sido reconocida por Marco Aurelio. Si ella piensa que no ha sido descubierta, su vanidad no sufrirá gran cosa.

Pero esta situación es muy precaria, podría modificarse en el futuro y es urgente neutralizar este gran peligro.

La cuestión es: ¿Cómo va a lograrlo?…  

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

113.- UNA ALIANZA PROTECTORA


Las primeras vanguardias del ejército miedoso, sacan precavidos las cabezas por portón. Y al ver que no hay nadie, sienten el valor de salir y de llamar a los demás.

Magdalena con Juana, Anastásica y Elisa; van en la primera fila con Jesús y va guiando por calles secundarias a sus huéspedes. Avanzan seguidos por todas las mujeres. Detrás de ellas, los menos valerosos… Luego las romanas; que decididas a no separarse tan pronto de Jesús; por órdenes de Magdalena, van detrás con Sara y Marcela; para que su presencia pase lo más desapercibida posible.

Jonathás va caminando junto a ellas, a quienes habla casi como si fueran criadas de las discípulas más ricas.

Claudia se aprovecha para decirle:

–                       Oye, te voy a pedir un favor. Ve a llamar al discípulo que trajo la noticia. Dile que venga y dile que lo haga de modo que no llame la atención. ¡Ve!

Las vestiduras no son gran cosa. Pero su modo de hablar es imperioso.

Jonathás abre tamaños ojos.

Se acerca más para ver la cara de quién le ha hablado. Pero lo único que ve es el fulgor de unos ojos muy imperiosos. Intuye que no se trata de una criada. Se inclina y obedece.

Alcanza a Judas de Keriot, que va hablando animadamente con Esteban  y con Timoneo… Y le jala del vestido.

Judas dice:

–                       ¿Qué quieres?

Jonathás dice:

–                       Quiero decirte una cosa.

–                       Dila.

–                       No puedo. Ven conmigo. Te necesitan, por lo que parece para una limosna.

La excusa es buena.

Judas deja a sus compañeros y alegre se va con Jonathás.

Está ya en la última fila y éste dice a Claudia:

–                       Oye. He aquí al hombre que deseabas.

–                       Muchas gracias por tu servicio. –Le dice sin levantarse el velo. Y dirigiéndose a Judas-  Haz el favor de escucharme por un momento.

Judas, que oye una voz fina y delicada. Que ve dos ojos brillantes bajo el sutil velo; se imagina que se trata de alguna aventura y sin pestañear, acepta al punto.

El grupo de las romanas se divide. Con Claudia se quedan Plautina y Valeria. Los demás siguen su camino.

Claudia mira a su alrededor y al no ver a nadie, se hace a un lado el velo…

Judas la reconoce y después de un instante de admiración, se inclina y saluda a la romana:

–                       ¡Domina!

Claudia dice:

–                       Así es. Enderézate y escucha. Tú quieres al Nazareno. Te preocupas por su bien. Te felicito. Es un hombre virtuoso, pero sin defensa. Nosotras lo veneramos como a un hombre Grande y Justo. Y algo más Los judíos no lo veneran. Lo odian. Lo sé. Escucha bien lo que te voy a decir, para que te comportes de este modo.

Quiero protegerlo. No como la lujuriosa de hace unos momentos; sino honesta y virtuosamente. Cuando comprendas que hay algún peligro para Él; ven a verme o mándame algún recado. Claudia puede todo sobre Poncio. Alcanzará la protección a favor de ese Justo, ¿Comprendiste?

Judas está boquiabierto, ni en sus más locos sueños hubiera imaginado la escena que está viviendo… ¡Y nada menos que con la esposa del Procónsul!

Judas pregunta admirado:

–                       SÍ, Domina. Que nuestro Dios te proteja. Tan pronto como pueda, vendré personalmente… ¿Pero cómo haré?…

–                       Pregunta siempre por Álbula Domitila. Es una amiga íntima mía. Y nadie se extrañará de que hable con judíos. Pues es la que tiene a cargo mis liberalidades. Pensarán que eres un cliente. ¿Acaso te humilla esto?

–                       No, Domina. Servir al Maestro… Y alcanzar tu protección es una honra.

–                       Os protegeré. Soy mujer, pero soy de los Claudios. Puedo más que todos los grandes de Israel. Porque detrás de mí, está Roma.

La nieta de Augusto le da a Judas unas grandes y pesadas bolsas repletas de monedas de oro y agrega:

–                       Mientras tanto, ten para los pobres del Mesías. Es nuestro óbolo. Quisiera estar esta noche con los discípulos. Consígueme esta honra y yo te protegeré…

En un tipo como Iscariote, las palabras de la patricia hacen un efecto prodigioso. ¡Se eleva hasta el Séptimo Cielo!…

Y asombrado pregunta:

–                       ¿De veras lo ayudarás?

–                       Sí. Merece que su Reino se funde; porque es un Reino de virtud. Bienvenido en contra de las sucias olas que cubren los reinos de hoy en día. Y que me provocan náuseas…  Roma es grande; pero el Rabí es mucho mayor.

Tenemos las águilas como insignias en nuestras banderas y la orgullosa sigla… Pero sobre ellas se posarán los genios y su santo Nombre. Roma será grande sin duda; lo mismo que la tierra cuando pondrán ese Nombre en sus insignias y su Señal. Tanto sobre sus lábaros, sus templos; como sobre sus arcos y sus columnas…

Judas no sabe qué responder. Sueña extático…  Acaricia las pesadas bolsas que le han dado. Lo hace maquinalmente. Con la cabeza dice que sí. Que sí…

Claudia dice:

–                       Bueno. Vamos a alcanzarlos. Somos aliados, ¿No es verdad? Aliados en proteger a tu Maestro, al Rey de los corazones honrados.

Rápida se baja el velo. Y esbelta, casi corriendo alcanza a sus compañeros.

La siguen las demás y Judas que jadea no tanto por la carrera; sino por lo que oyó. Llegan al palacio de Lázaro, cuando los últimos están entrando en él. Entran también ellos y cierran el portón.

Magdalena y Martha guían a los huéspedes a un amplio salón y ordena a los siervos que preparen todo para la cena, con los alimentos que trajeron los criados de Juana.

Judas llama a pedro aparte y le dice algo al oído.

Pedro abre tamaños ojos y se sacude la mano, como si se quemara…

Totalmente pasmado exclama:

–                       ¡Rayos y ciclones; pero qué estás diciendo!

–                       ¡Mira y piensa! ¡No tengas miedo! ¡Ya no estés preocupado!

–                       ¡Demasiado grande! ¡Demasiado! ¿Cómo dijo? ¿Qué nos protege?… ¡Qué Dios la bendiga! Pero, ¿Quién es?…

–                       Aquella. La vestida de color de tórtola del campo. La alta y delgada. Ahora nos está mirando.

Pedro mira a la mujer alta, de cara regular y seria. De ojos dulces pero imperiosos:

–                       ¿Y cómo hiciste para hablar con ella? No tuviste…

–                       ¡Nada!

–                       ¡Y sin embargo no te gustaba acercarte a ellos! Como a mí tampoco. Como a todos…

–                       Es verdad. Pero lo he superado por amor al Maestro. Como también he superado las ganas de romper con los del Templo. ¡Y todo por el Maestro!

Todos vosotros, incluso mi madre pensáis, que soy un doble. No hace mucho; tú mismo me echaste en cara ciertas amistades mías. Pero si no las mantuviese y con gran dolor en el alma, no estaría al tanto de lo que pasa.

No está bien ponerse vendas en los ojos y cera en las orejas, por temor de que el mundo entre en nosotros por ellos. Cuando se tiene algo grande como lo que tenemos nosotros, hay que vigilar con ojos y orejas del todo limpios. Velar por Él, por su bien. Por su Misión… ¡Porque funde este bendito Reino!…

Muchos de los apóstoles y algunos de los discípulos se han acercado y escuchan aprobando con la cabeza. Porque no se puede decir que Judas esté equivocado…

Pedro, que es un hombre humilde, lo reconoce y dice;

–                       ¡Tienes razón! ¡Perdona mis reproches! Vales más que yo. Sabes hacer bien las cosas. ¡Oh! ¡Ve pronto a decirlo al Maestro! A su madre, a la tuya. ¡Estaba tan angustiada!…

Judas dice.

–                       Porque malas lenguas, algo le han dicho… Por ahora no digas nada. Después. Más tarde… ¿Ves? Se sientan a la mesa y el Maestro hace señal de que nos acerquemos…

La cena es ligera. Las mujeres comen en silencio.

Juana y Magdalena están entre las romanas y se pasan palabras secretas, envueltas en una sonrisa. Parecen niñas, jugando en las vacaciones…

Después de la cena, Jesús ordena que pongan las sillas en forma de cuadrado y que se sienten porque quiere hablarles. Se pone en el centro y comienza a hablar…

–                       … Por esto procurad amar en realidad al Dios Verdadero; llevando una vida que se haga digna de que la consigáis, en la futura. ¡Oh! ¡Vosotros que amáis las grandezas! ¿Qué grandeza mayor que la de llegar a ser hijos de Dios? ¡Y por lo tanto ser dioses! Sed santos. ¿Queréis fundar un Reino, también en la Tierra?

Si os comportáis como santos, lo lograréis. Porque la misma autoridad que nos domina, no lo podrá impedir. Pese a sus legiones, porque los persuadiréis como Yo, a que sigan la Doctrina Santa, sin usar la violencia. He persuadido a las mujeres romanas, de que aquí existe la Verdad…

Las romanas al verse descubiertas, exclaman:

–                       ¡Señor!…

–                       Así es. Escuchad y no lo olvidéis. Os digo a todos las leyes de mi Reino….

Jamás os he dicho que sea cosa fácil el ser míos. El pertenecerme quiere decir vivir en la Luz  en la Verdad.Pero también comer el pan de la lucha y de las persecuciones. Ahora seréis más fuertes en el amor y más decididos en la lucha y en las persecuciones.

Tened confianza en Mí. Creed en Mí por lo que soy: Jesús el Salvador…  Ya es de noche. Mañana es la Parasceve. Podéis iros. Purificaos. Meditad. Celebrad una santa Pascua….

¡Mujeres de raza diversa pero de corazón recto, podéis iros! En nombre de los pobres con los que me identifico; os bendigo por el óbolo generoso y os bendigo por vuestra buena voluntad y vuestras buenas intenciones para conmigo, que vine a traer el amor y la paz a la tierra. ¡Podéis iros! Juana y cuantos no tenéis miedo, ¡Podéis iros!

Un ruido de admiración atraviesa la reunión.

Entretanto las romanas, puestas en la bolsa las tablillas enceradas que Flavia escribía; mientras Jesús hablaba. Salen a excepción de Egla; que se queda con Magdalena. Todas a un mismo tiempo se despiden.

Tanta es la sorpresa, que casi todos se quedan como paralizados.

Cuando se oye el ruido del portón que se cierra, sobreviene un rumor:

–                       ¿Quiénes son?

–                       ¿Cómo es posible que estuvieran entre nosotros?

–                       ¿Qué hicieron?

Judas grita:

–                       ¿Cómo sabes Señor, que nos dieron una buena limosna?

Jesús aplaca la confusión con un ademán y responde:

–                       Son Claudia y sus damas. Mientras que las otras mujeres de Israel; temerosas de que sus maridos se enojaran o porque como ellos; no se atreven a seguirme.

Las despreciadas romanas con santas mañas, procuran venir para aprender la Doctrina que si por ahora aceptan desde un punto de vista humano, es algo que las eleva…

Esta jovencita, esclava de raza judía, es la flor que Claudia ofrece a mis ejércitos al devolverla a la libertad y al entregarla a la Fe en Mí… En cuanto a que sepa lo de la limosna… ¡Oh, Judas! Tú menos que nadie debería de preguntar eso. Sabes bien que veo en los corazones.

 

–                       ¿Entonces habrás visto que he dicho la verdad de que había asechanzas y de que las descubrí, al hacer hablar?… ¡A ciertos tipos culpables!

–                       Es así como tú dices.

–                       Dilo más fuerte para que mi madre lo oiga… ¡Madre! Soy un muchacho, ¡Pero no estúpido!… Madre, hagamos las paces… Comprendámonos. Amémonos. Unidos en el servicio a nuestro Jesús.

Judas, humilde y cariñoso; va a abrazar a su madre que dice:

–                       ¡Sí, hijito!… ¡Sí!… ¡Por ti! Por el Señor. Por tu pobre mamacita.

Entretanto la sala se llena de comentarios y muchos concluyen que fue una cosa imprudente haber aceptado a las romanas. Y reprochan la conducta de Jesús.

Judas oye. Deja a su madre y corre en defensa de su Maestro.  Repite la conversación que tuvo con Claudia y termina diciendo:

–                       No es una ayuda despreciable. Aún sin haberla tenido antes, nos hemos visto perseguidos. Dejémosla que haga como quiera. Pero tened presente que es mejor que nadie lo sepa. Pensad que si es peligroso para el Maestro; no menos lo es para nosotros; que seamos amigos de paganos.

El Sanedrín, que en el fondo teme a Jesús por un temor supersticioso, de no levantar la mano contra el ungido de Dios; no tendrá ningún escrúpulo de matarnos como a perros, a nosotros que valemos un comino.

En vez de poner esas caras de escándalo; recordad que hace poco no erais más una parvada de palomas espantadas. Y bendecid al Señor que nos ayuda con medios imprevistos… Ilegales si queréis; pero buenos para fundar el Reino del Mesías.

¡Podremos todo si Roma nos defiende!  ¡Oh! ¡No tengo temor alguno! ¡Hoy ha sido un gran día! Más que por otra cosa, por ésta… ¡Ah! ¡Cuando seas el Jefe! ¡Qué autoridad tan dulce, tan fuerte, tan bendita! ¡Qué paz habrá! ¡Qué Justicia! ¡El Reino Fuerte y Benigno del Mesías! ¡El Mundo que se acerca, poco a poco!…

¡Las Profecías que se cumplen! Multitudes, naciones… ¡El Mundo a tus pies! ¡Oh, Maestro! ¡Maestro mío! Tú Rey, ¡Nosotros tus ministros!… ¡En la tierra Paz! ¡En el Cielo, Gloria!… ¡Jesús de Nazareth! Rey de la estirpe de David. Mesías Salvador. ¡Yo te saludo y te adoro!…

Judas está extasiado… se postra.

Y continúa:

¡En la Tierra! ¡En el Cielo y hasta en los Infiernos, tu Nombre es conocido! Infinito es tu Poder. ¿Qué fuerza puede oponérsete? ¡Oh, Cordero! ¡Oh, León! Sacerdote y Rey Santo, Santo, Santo…

Y se queda inclinado hasta la Tierra, en una sala muda de estupor…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

 

 

 

99- OCASO DE UNA DINASTÍA


Después de regresar de la Casa de las Gallinas, cayó un rayo en el Palacio de los Césares y cayeron al mismo tiempo las cabezas de todas sus estatuas. A la de Augusto se le cayó el cetro de las manos.

Babilo y sus astrólogos le pronosticaron a Nerón que lo depondrían y él les contestó:

–           El arte nos hará vivir.

El mundo, después de haber soportado por catorce años a este singular gobernante, por fin se hizo justicia; dando la señal de sublevación en la Galia, donde mandaba como propretor Julio Vindex. Fue en Nápoles, en el aniversario de la muerte de Agripina, cuando le avisaron de la rebelión de las Galias.

Y Nerón recibió la noticia con tanta indiferencia, que muchos sospecharon que se alegraba de tener la oportunidad para despojar por derecho de guerra, a las provincias más ricas del imperio. En el acto se marchó al gimnasio y contempló las luchas de los atletas, mostrando gran interés en sus ejercicios.

Durante la cena le trajeron cartas más inquietantes y fue cuando prorrumpió en imprecaciones y amenazas contra los sublevados. Durante ocho días no contestó ninguna carta, no dio orden alguna, tampoco instrucción alguna de ningún tipo. No hizo comentarios sobre aquel acontecimiento y se mantuvo en silencio sobre este asunto.  Trató por todos los medios y en todas las circunstancias de mantener su ritmo de vida habitual, conduciéndose como si no pasara nada extraordinario.

Pero el tiempo y el destino siguieron su implacable marcha. Conforme pasaban los meses, las noticias eran cada vez más inquetantes. Turbado finalmente por las injuriosas proclamas de Vindex, escribió al senado para exhortarles a vengar al emperador y a la república.

Y se excusó con una enfermedad de la garganta para no acudir personalmente.

Pero lo que más le ofendió de aquellas proclamas, fue que lo calificaran de pésimo cantante y que en lugar de Nerón, lo llamaran Enobarbo. En su concepto, lo más falso era la censura que ignoraba un arte que había cultivado con tanto afán y buen éxito.

Y les preguntaba a todos:

–           ¿Habéis conocido un artista más grande que yo?

Mientras tanto, se sucedían las noticias alarmantes y sin poder ocultar su temor, regresó a Roma. Pero cuando supo que Galba y España se habían sublevado, perdió completamente el coraje y dejándose caer, permaneció largo tiempo callado y sin reaccionar; casi como si estuviera muerto.

Luego se levantó, rasgó sus ropas, se golpeó la cabeza y exclamó:

–           Todo ha concluido para mí.

Sus nodrizas le acompañaban y Eglogea queriendo consolarle, le nombró a otros príncipes a los cuales les habían ocurrido desgracias similares.

Y Nerón contestó:

–           Pero las mías son inauditas y sin comparación, pues pierdo el imperio antes que perder la vida.

Y continuó con su vida acostumbrada, llena de diversión  en las carreras en el circo…   

Espectáculos variados,  lujos y molicie.

Dio banquetes espléndidos y compuso contra los jefes de la sublevación versos satíricos, que empezó a cantar gesticulando y procuró divulgar en público. Se hizo llevar secretamente al teatro y mandó decir a un actor que tenía una gran voz y era un gran artista: Que era una gran fortuna para él, que el emperador tuviera otras ocupaciones’.

Concibió muchos proyectos atroces y acordes con su carácter, pero los abandonó ante imposibilidad de ejecutarlos. Saliendo de un convite, apoyado en los hombros de sus amigos, dijo:

–           Iré a las Galias y me presentaré sin armas ante las legiones rebeldes. Me limitaré a llorar ante ellos y un inmediato arrepentimiento me atraerá a los sediciosos. Y a la mañana siguiente, en medio de la alegría general, entonaré un canto de victoria que ahora mismo voy a componer.

Y su primer cuidado al preparar esta expedición, fue elegir carros para el transporte de sus instrumentos musicales y hacer cortar el cabello como si fueran varones, a todas sus concubinas a las que se propuso llevar vestidas como amazonas.

Entonces llegó la noticia de que los demás ejércitos también se habían sublevado…  Se llenó de cólera y furioso rompió la carta que le habían llevado durante la comida. Derribó la mesa y estrelló contra el suelo dos vasos que tenía en gran estima y que llamaba ‘homéricos’, porque estaban esculpidos en ellos escenas tomadas de los poemas de Homero.

Enseguida hizo que Locusta le diera un letal veneno y lo guardó en un cofrecito de oro. Y se fue a los jardines de Servilio…  Allí, mientras sus libertos más fieles se iban a Ostia a preparar naves; quiso comprometer a los tribunos y centuriones del Pretorio a que lo acompañaran en su fuga. Pero no sabiendo que Tigelino ya lo había traicionado, unos se excusaron y otros se negaron abiertamente diciéndole:

–           ¿Tanta desgracia es morir?

Más tarde, después que la conjura fue consumada;  se encontró entre sus papeles un discurso, donde planeaba presentarse públicamente en la tribuna de las arengas con traje de luto y pedir con el acento más lastimero posible, que le perdonasen el pasado o al menos, si los corazones permanecían insensibles; que le concediesen la Prefectura de Egipto. ¡Aún mantenía la esperanza de consolidar su absoluto poder!

El único motivo que le impidió pronunciarlo, fue el miedo de que lo despedazaran antes de llegar al Forum. Y dejó para el día siguiente, el tomar una decisión. Pero se despertó a la medianoche y se dio cuenta de que lo habían abandonado todos sus guardias. Saltó del lecho y mandó mensajeros a las casas de todos sus amigos. Al no recibir contestación, fue con poco séquito a pedir refugio a los que consideraba más fieles entre ellos.

Pero todas las puertas permanecieron cerradas y nadie le contestó. Entonces regresó a su palacio y vio que también  los centinelas habían huido, llevándose hasta las ropas de su lecho y la caja de oro en la que había guardado el veneno. Luego pidió que lo llevaran con los gladiadores para recibir la muerte, pero no encontró a nadie que quisiera matarlo.

Y exclamó:

–           ¡¿Acaso no tengo amigos, ni enemigos?!

Luego quiso hallar un refugio para meditar…  Y su liberto Faonte le ofreció su casa de campo, situada entre la Vía Salaria y la Nomentana, a seis kilómetros de Roma. Desesperado, vestido con la túnica y con los pies descalzos, tal como se encontraba; montó a caballo. Iba envuelto en un manto viejo y descolorido. Llevaba la cabeza cubierta y un pañuelo en el rostro, acompañado de cuatro personas, entre ellos Esporo.

De pronto, sintió temblar la tierra y  vio brillar un relámpago que lo estremeció de terror.

Al pasar cerca del campamento de los pretorianos, oyó los gritos de los soldados que le dirigían imprecaciones y hacían votos por Galba.

Al ver al pequeño grupo, un viajero dijo:

–           Esos persiguen a Nerón.

Y otro preguntó:

–           ¿Qué hay de nuevo en Roma en cuanto a Nerón?

El olor de un cadáver abandonado en el camino, hizo retroceder a su caballo y se le cayó el pañuelo que le ocultaba el rostro, un veterano pretoriano lo reconoció y lo saludó por su nombre. Entonces emprendieron el galope hasta llegar a un cruce de caminos y siguieron por una vereda. Dejaron los caballos y penetrando entre abrojos y espinos por un sendero cubierto de zarzas; en el que no podían avanzar más que tendiendo ropas bajo sus pies, llegaron trabajosamente hasta las tapias de la casa de campo.

Allí le aconsejó Faonte que entrase temporalmente en una cantera de la que había sacado arena… Pero Nerón estaba aterrorizado…

Balbuceando exclamó:

–           No quiero que me entierren vivo. –refutó.

Y se detuvo para esperar a que le abrieran la entrada secreta de la casa. Como tenía sed, cogió en la mano agua de una charca y dijo antes de beberla:

–           He aquí los refrescos de Nerón. – Y se puso a arrancar las zarzas que se habían atorado en su manto.

Después de esto se arrastró sobre las manos, por un agujero abierto debajo de la tapia hasta la habitación más próxima, en la que se acostó sobre un jergón cubierto con una vieja manta. Atormentándolo de vez en cuando el hambre y la sed, rechazó el pan que era de buena calidad; pues Faonte es un hombre muy rico e influyente y bebió gran cantidad de agua templada.

En el Senado ya se conocía su huída y deliberaban la forma de castigarle cuando le atrapasen; pues están seguros de que es demasiado cobarde para darse muerte por sí mismo.

Mientras tanto en la villa de Faonte, Nerón está muy abatido, lleno de impotencia y de contrariedad…

Por largas horas se mantuvo abstraído, tratando de evitar una respuesta a las demandas de sus amigos y de una manera inexplicable para él, le llegó una avalancha de recuerdos en los que hacía demasiado tiempo no reflexionaba… Se miró a sí mismo cuando muy jovencito adoraba a su madre y  después, cuando fue coronado emperador…

Cuando se enamoró perdidamente de Popea Sabina y por la cual mató a su esposa Octavia y a su madre Agripina…

A continuación el Incendio de Roma y todos los intentos por aplacar a la plebe; después del escándalo suscitado por la acusación de Prócoro Quironio… 

Seguidamente fue la pelea con Popea y cuando la asesinó  con un fuerte puntapié;  junto con su heredero estando muy ebrio, después de las carreras…

Todos los que le acompañan están aterrorizados, pues comprenden que ya no hay salida…  Epafrodito volvió a suplicarle, insistiendo en  que el tiempo se está acabando y el Senado ya debe haber tomado una fatal resolución contra él.  Todos sus compañeros lo instan, a que se sustraiga cuanto antes a los ultrajes que le amenazan.

Nerón los miró angustiado y movió la cabeza negando; pero luego se rindió y mandó que abrieran una fosa delante de él, a la medida de su cuerpo.  Pidió que le encontraran unos pedazos de mármol y que trajesen agua y leña, para tributar los últimos honores a su cadáver. Por primera vez en toda su vida, lo que está viviendo no es una escenificación proyectada de antemano.

Su sufrimiento es auténtico y se siente verdaderamente desconsolado al contemplar su total abandono y su absoluto desamparo.  Llorando con cada orden que da, repite sin cesar:

–           ¡Qué gran artista va a perecer conmigo!

Durante estos preparativos llegó un correo a entregarle una carta a Faonte.

Nerón se la arrancó de las manos y leyó que el Senado le ha declarado Enemigo de la Patria y le está buscando para castigarle, según las leyes de los antepasados.

Horrorizado preguntó:

–           ¿En qué consiste este suplicio?

Epafrodito le contestó:

–           En desnudar al criminal. Sujetarle el cuello con una horqueta y azotarlo con varas hasta la muerte.

Aterrorizado,  se cubrió la boca con las manos para ahogar un grito… Luego tomó los puñales que había llevado consigo, probó la punta…

Y volvió a envainarlos diciendo:

–           Aún no ha llegado la hora fatal.

Exhortaba a Esporo a lamentarse y a llorar.

Y luego dijo:

–           Mátese uno de vosotros para que me dé valor para morir.

Pero los presentes le miraron estupefactos y abatidos, sin contestar una sola  palabra.

Luego se reprochó a sí mismo su cobardía, diciéndose en voz alta:

–           Arrastro una vida vergonzosa y miserable. –Y añadió en griego- Esto no es propio de Nerón… En momentos así, es necesaria la sangre fría. ¡Vamos! (Y citando su nombre completo)  NERO·CLAVDIVS·CÆSAR· AVGVSTVS·GERMANICVS   ¡Ya!…¡Despierta!

Entonces oyó que se acercaban los jinetes que traían orden de capturarlo vivo y recitó temblando este verso en griego:

–           Oigo el paso animoso de veloces corceles.

Y enseguida se clavó el puñal en la garganta, ayudado por su secretario, Epafrodito.

Todavía respiraba cuando entró el centurión que quiso vendarle la herida, fingiendo que venía a socorrerle.

Nerón dijo:

–           ¡Es demasiado tarde! ¡Cuánta fidelidad!

Al pronunciar estas palabras expiró con los ojos abiertos, dejando espantados y llenos de horror a quienes lo miraban.

Esporo, sollozando  y muy afligido le cerró los ojos y dijo a los demás…

–           Quieran los dioses respetar su último deseo.

Había recomendado mucho a sus compañeros de fuga, que no abandonasen su cabeza a nadie y que le quemasen entero, de la manera que fuese. Esta autorización la concedió Icelo el liberto de Galba, que acababa de salir del encierro donde lo arrojaron al comenzar la insurrección.

Los funerales de Nerón costaron doscientos mil sestercios. Y emplearon en ellos, tapices blancos bordados de oro. Sus nodrizas Eglogea y Alexandria, junto con Actea; depositaron sus restos en la tumba de los Domicios, que está en el campo de Marte.

Y así pasó Nerón como un tornado, como un huracán, como un incendio.

Como pasa la guerra y pasa la muerte.

Sin embargo, a pesar del Edicto para el exterminio total de los cristianos; la Basílica de San Pedro gobierna espiritualmente hasta hoy, desde las cumbres del Vaticano,  a la ciudad de Roma y al mundo.

Cerca de la antigua Puerta Capena, en la Ciudad Eterna; existe actualmente una pequeña capilla que lleva esta inscripción algo borrada por el tiempo: ¿Quo Vadis Domine? 

Para los primeros cristianos Nerón fue el Primer Anticristo.

El Segundo sería Dioclesiano.

¿Cuál ES el Tercero?…

Nerón murió a los treinta años y medio de edad. En el mismo día que en otro tiempo, él personalmente hiciera perecer a Octavia.

Con él se extinguió la familia de los Césares…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA