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273 EL LASTRE DE LA RIQUEZA


273 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Es en la casa de Cafarnaúm, a la sombra de los árboles en el huerto umbrío,

temprano  por la matutina.

Los apóstoles se fueron a predicar.

Jesús cura a unos enfermos, acompañado de Mannaém.

Que ya no lleva ni el precioso cinturón ni la lámina de oro en la frente:

sujeta su túnica un cordón de lana; una cinta de tela, como la prenda que cubre su cabeza.

Jesús tiene descubierta la cabeza, como siempre cuando está en casa. 

Una vez que ha terminado de curar y de consolar a los enfermos,

sube con Manahén a la habitación alta.

Aunque parece que la canícula ha terminado, el sol todavía calienta implacable…

Se dirigen hacia la parte mas sombreada y fresca.

Y se  sientan los dos en la pequeña terraza de la ventana que mira al mont

Mannaém dice:

–       Dentro de poco empezará la vendimia.

Jesús le contesta:

–       Sí.

Luego vendrá la Fiesta de los Tabernáculos…

Y el invierno estará a las puertas.

¿Cuándo piensas partir?

–       ¡Mmm!…

De mi parte no me iría nunca…

Pero pienso en el Bautista.

Herodes es una persona débil.

Si se le sabe influir

Se le puede sugestionar para que haga el bien y si no se hace bueno;

por lo menos que no sea sanguinario.

Desgraciadamente son pocos los que le aconsejan bien.

¡Y esa mujer!… ¡Esa mujer!…

Yo quisiera estar aquí hasta que regresen tus apóstoles.

Aunque mi ascendencia ha disminuido, desde que saben que sigo los senderos del Bien.

Pero no me importa.

Quisiera tener la verdadera valentía, de saber abandonar todo para seguirte completamente,

como aquellos discípulos que estás esperando.

¿Lo lograré alguna vez?

Nosotros que no pertenecemos a la plebe, somos más obstinados para seguirte.

¿Por qué será?

–      Porque los tentáculos de las míseras riquezas os retienen.

–      Conozco a algunos que no son tan ricos, pero sí son doctos o están en camino de serlo.

Y tampoco vienen. 

–       También están retenidos por los tentáculos de las míseras riquezas.

No se es rico sólo de dinero.

Existe también la riqueza del saber.

Pocos llegan a la confesión de Salomón: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”,

considerada de nuevo y ampliada -no tanto materialmente cuanto en profundidad-

en Qohélet.

¿Lo recuerdas?

La ciencia humana es vanidad, porque aumentar sólo el humano saber

“es afán y aflicción de espíritu. 

Y quien multiplica la ciencia multiplica los afanes”.

En verdad te digo que es así.

Como también digo que no sería así, si la ciencia humana estuviera sostenida y refrenada

por la sabiduría sobrenatural y el santo amor a Dios.

El placer es vanidad, porque no dura;

arde y rápido se desvanece dejando tras sí ceniza y vacío.

Los bienes acumulados con distintas habilidades son vanidad, para el hombre que muere,

porque con los bienes no puede evitar la muerte, y los deja a otros.

La mujer, contemplada como hembra y como tal apetecida, es vanidad.

De lo cual se concluye que lo único que no es vanidad es el santo temor de Dios

y la obediencia a sus Mandamientos.

O sea, la sabiduría del hombre, que no es sólo carne,

sino que posee la segunda naturaleza: la espiritual.

Solo el que logra ver la vanidad de todo lo mundano,

logra liberarse de cualquier tentáculo de pobres posesiones

e ir libre al encuentro del Sol.

–      ¡Quiero recordar estas palabras!

¡Cuánto me has dado en estos días

Ahora puedo ir entre la inmundicia de la corte, que les parece brillante solo a los necios.

Que parece poderosa y libre y es solo miseria, cárcel y oscuridad.

Me llevaré un tesoro que me permitirá vivir allí mejor, a la espera de lo superior.

Pero, ¿Llegaré alguna vez a esta meta sublime, que es pertenecerte totalmente?

–       Lo lograrás.

–       ¿Cuándo?

¿El año próximo?

¿Más adelante todavía?

¿O hasta que la ancianidad me haga prudente y sabio?

–        Lo lograrás.

-Llegarás… alcanzando la madurez de espíritu….

Perfección de voluntad y a una decisión perfecta

En el término de unas cuantas horas.

Y al decir esto, Jesús sonríe de una manera enigmática.  

Pues ha lanzado su mirada hacia el futuro y ve el heroísmo del que será capaz su discípulo.

Mannaém lo mira pensativo y escrutador…

Pero no pregunta nada más.

Después de un largo silencio que interrumpe Jesús,

al preguntar:

–        ¿Has estado alguna vez con Lázaro de Bethania?

–         No, Maestro.

Nos hemos encontrado algunas veces.

Puedo decir que no;

que si hubo algún encuentro, no puede llamarse amistad.

Ya sabes.

.

Yo con  Herodes, Herodes contra él…

Por tanto…

–        Ahora Lázaro te mirará más allá de estas cosas.

Te mirará en Dios…

Procura tratarlo como condiscípulo.

–        Lo haré si Tú así lo quieres…

Se oyen voces llenas de alarma en el huerto, que buscan al Maestro.

Preguntan con angustia:

–        ¡El Maestro!

–       ¡El Maestro!

–       ¿Está aquí?

Responde la voz cantarina de la dueña de la casa:

–        Está en la habitación de arriba.

¿Quiénes sois?

¿Estáis enfermos?

—       No. – 

         Somos discípulos de Juan. 

–       Y  queremos ver a Jesús de Nazaret.

Jesús se asoma por la ventana,

y dice:

—      Paz a vosotros…

Ellos levantan la cabeza  y los reconoce,

invitándoles:

–      ¡Oh!

¿Sois vosotros?

¡Venid! ¡Venid!

Sus  pasos apresurados suben por la escalera.

Son los tres pastores: Juan, Matías y Simeón.

Jesús deja la habitación y va a su encuentro a la terraza.

Manahén lo sigue.

Se encuentran justamente en el punto en que la escalera termina en la soleada terraza.

Los tres se arrodillan y besan el suelo.

Mientras Jesús los saluda.

–       La paz sea con vosotros…

Levantan la cabeza y muestran un rostro lleno de dolor.

Ni siquiera viendo a Jesús se sosiegan.

Su grito ahogado por el llanto:

–       ¡Oh, Maestro!

Juan habla en nombre de los demás:

–      Y ahora recógenos, Señor.

Porque somos tu herencia.

Y las lágrimas se deslizan por la cara del discípulo y de sus compañeros.

Jesús y Mannaém dan un solo grito:

–        ¿¡Juan!?

–        ¡Lo mataron…!

La noticia cae como un rayo que paraliza hasta el aire, en un silencio horrorizado.

Cuyo  enorme fragor cubre todos los ruidos del mundo,

a pesar de que haya sido pronunciada en voz muy baja.

Petrifica a quien la dice y a quien la oye.

Y se produce un rato de silencio tan profundo…

Que parece extenderse en su  profunda inmovilidad también en los animales,

las frondas y el aire,

Porque es como si la Tierra entera, para recoger esta palabra y sentir todo su horror,

suspendiera todo ruido  propio.

Queda suspendido el zureo de las palomas, truncada la flauta de un mirlo,

enmudecido el coro de los pajarillos.

Y como si de golpe se le hubiera roto el artilugio, una cigarra detiene su chirrido al improviso,

mientras se detiene el viento que, haciendo frufrú de seda y crujido de palos,

acariciaba las pámpanas y las hojas.

Jesús palidece.

Sus ojos se agrandan.

Vidrian por el llanto que se asoma.

Abre los brazos.

Su voz es más profunda, por el esfuerzo que hace para que sea firme y tranquila.

Y dice:

–       Paz al Mártir de la Justicia y a mi Precursor.

Cierra los ojos y los brazos sobre su pecho.

Su espíritu ora.

Entrando en contacto con el Espíritu de Dios y el de Juan  Bautista.

Mannaém no dice nada, no hace ningún gesto, ni se atreve ni a moverse.

Al revés de Jesús, se  pone colorado y la ira lo invade.

Se pone rígido y paralizado.

Toda su turbación se manifiesta en el movimiento mecánico de la mano derecha,

que sacude el cordón de la túnica y de la izquierda, que instintivamente busca el puñal

Pero no lo encuentra, porque se le olvidó que está desarmado.

Pues para poder ser discípulo del manso, es requisito para estar cerca del Mesías.

Y mueve la cabeza compadeciéndose de su fragilidad

y de sentirse tan impotente. 

Jesús recupera la Majestad Divina que le es habitual.

Y tan solo le queda una profunda tristeza, dulcificada con paz.

Con voz serena dice:

–       Venid.

Me lo contaréis.

De hoy en adelante me pertenecéis.

EVANGELIO DE SAN MARCOS

Capítulo 6

Muerte de Juan el Bautista

14. Se enteró el rey Herodes, pues su nombre se había hecho célebre. Algunos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso actúan en él fuerzas milagrosas.»

15. Otros decían: «Es Elías»; otros: «Es un profeta como los demás profetas.»

16. Al enterarse Herodes, dijo: «Aquel Juan, a quien yo decapité, ése ha resucitado.»

17. Es que Herodes era el que había enviado a prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado.

18. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano.»

19. Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía,

20. pues Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía; y al oírle, quedaba muy perplejo, y le escuchaba con gusto.

21. Y llegó el día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea.

22. Entró la hija de la misma Herodías, danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y te lo daré.»

23. Y le juró: «Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino.»

18. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano.» 19. Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, Marcos 6

24. Salió la muchacha y preguntó a su madre: «¿Qué voy a pedir?» Y ella le dijo: «La cabeza de Juan el Bautista.»

25. Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: «Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista.»

26. El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales.

27. Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la cárcel

28. y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre.

29. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.

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208 UN SUEÑO REALIZADO


208 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En un bello amanecer en el lago de Galilea,

Jesús está con todos los apóstoles y también con Judas de Keriot,

que ya está totalmente recuperado y con una cara más dulce.

Tal vez debido a la enfermedad y a los cuidados que recibió.

También está Margziam, un poco atemorizado porque es la primera vez que está en el agua.

Trata de disimular, pero a cada movimiento fuerte de la barca;

se agarra con un brazo del cuello de la oveja, que comparte su mismo miedo con él,

balando lastimosamente…

Y con el otro se agarra de lo que puede y cierra los ojos,

convencido de que ha llegado su última hora.

Pedro le da un cachetito y le dice:

–    No tengas miedo.

Un discípulo jamás debe temer.

El niño dice que no con la cabeza, pero como el viento sopla más fuerte y el agua se mueve más; 

conforme se van acercando a la desembocadura del río Jordán,

Margziam se asusta más. 

Aprieta más fuerte los ojos y cuando una ola azota fuertemente,

sobre un costado de la nave, grita de miedo.

Algunos se ríen.

Otros se burlan de Pedro, porque quiso ser padre de uno que no sabe estar en la barca.

Y otros se burlan de Margziam, porque dijo que quería ir por tierras y mares, a predicar a Jesús. 

 Y ahora tiene miedo de navegar unos cuantos km. En el lago.

Pero Margziam se defiende diciendo:

–     Cada quien tiene miedo de lo que no conoce.

Yo del agua y Judas de la muerte…

¡Y vaya que Judas debió haber tenido miedo de morir!

En lugar de reaccionar como acostumbra;

con un dejo de cansancio y tristeza,

dice:

–   Dijiste bien.

Se tiene miedo de lo que no se conoce.

Pero ahora estamos por llegar a Betsaida y tú estás seguro de encontrar allí amor.

Andrés le pregunta sorprendido:

–    ¿Desconfías de Dios?

Judas contesta:

–    No.

Desconfío de mí mismo. 

En los días en que estuve enfermo, rodeado de tantas mujeres puras y buenas.

¡Me sentí tan pequeño en mi espíritu!

¡Cuánto he pensado!

Decía:

–    “Si ellas todavía trabajan para ser mejores y para conquistar el Cielo.

¿Qué cosa debo hacer yo?…  

Se vuelve hacia Jesús,

preguntando:

–    ¿Llegaré alguna vez, Maestro?

Jesús dice:

–    Con buena voluntad, todo se puede.

–    Pero mi voluntad es muy imperfecta.

–    El auxilio de Dios, pone en ella lo que le hace falta, para ser completa.

Tu actual humildad ha nacido de la enfermedad.

Piensa pues que el Buen Dios ha proveído mediante un incidente penoso,

para darte una cosa que antes no tenías.

–    Es verdad, Maestro.

Pero, ¡Esas mujeres!

¡Qué perfectas discípulas!

No me refiero a tu Mamá.

Ella es cosa aparte y clara.

Me refiero a las demás.

¡Oh! ¡Verdaderamente se superaron!

He sido una de sus primeras pruebas en su futuro ministerio.

Créeme, Maestro.

Puedes apoyarte seguro en ellas.

Elisa y yo estuvimos bajo sus cuidados.

Elisa ha regresado a Betsur con el alma rehecha y yo…

espero rehacérmela ahora que tanto trabajaron…

Judas, todavía débil, llora.

Jesús, que está sentado a su lado, le pone una mano sobre la cabeza;

mientras hace un gesto a los demás para que guarden silencio.

Pero, la verdad es que Pedro y Andrés están muy ocupados,

con las últimas maniobras de atracada.

Y no hablan.

Simón Zelote, Mateo, Felipe y Margziam, no tienen ninguna intención de hacerlo. 

Quién porque está distraído por el ansia de la llegada.

Quién porque es de por sí prudente.

La barca penetra en el río Jordán.

Poco después se detiene en el guijarral.

Los mozos bajan para asegurarla atándola con una soga a una peña.

Y para afianzar una tabla que sirva de puente.

Pedro entretanto, se pone de nuevo la túnica larga.

Y lo mismo hace Andrés.

Mientras, la otra barca ya ha hecho la misma maniobra y están bajando los otros apóstoles.

También Judas y Jesús bajan.

Pedro por su parte, está poniéndole su vestido nuevo al niño.

Y lo arregla para presentarlo en orden a su mujer…

Ya han bajado todos, con las ovejas incluidas.

Pedro dice: 

–     Y ahora pongámonos en marcha.

Está realmente emocionado.

Le da la mano al niño, que está también muy emocionado.

Tanto que se olvida de las ovejitas.

Juan se ocupa de ellas.

Margziam está tan angustiado;

que cuando Pedro lo toma de la mano;

no puede ocultar un destello de miedo.

Y estremeciéndose pregunta:

–    Pero, ¿Me aceptará?

¿De veras me amará?

Pedro solicita con la mirada, la ayuda a Jesús.

Jesús sonríe…

y dice:

–     No os preocupéis.

Pedro lo tranquiliza.

Aunque quizás el miedo se le ha contagiado,

porque dice a Jesús:

–     Háblale Tú a Porfiria, Maestro. 

Porque creo que no sabré expresarme bien.

Jesús sonríe.

Pero promete hacerlo.

Siguiendo por la arena a lo largo de la playa, pronto llegan a la casa de Pedro.

Encuentran a Porfiria ocupada en sus quehaceres domésticos.

Jesús se asoma a la puerta de la cocina, donde Porfiria está ordenando sus trastos.

Y en cuanto la mujer de Pedro se da cuenta.

Se alegra tanto y exclama: 

–  ¡Jesús! ¡Simón!

Y corre a postrarse primero ante Jesús…

Luego da la bienvenida a su marido.

Enseguida, levantando una cara que no es un dechado de belleza;

pero que está iluminada por una gran bondad,

continúa toda ruborizada:   

–     ¡Tanto que os he estado esperando!

¿Estáis todos bien?

Venid. Venid.

Estaréis muy cansados…

Jesús sonríe y dice:

–    No.

Venimos de Nazareth, dónde nos detuvimos unos días.

Y de Caná, donde también estuvimos algunos días.

En Tiberíades estaban las barcas.

Puedes ver que no estamos cansados.

Judas se encuentra débil, porque estuvo enfermo.

Y también traíamos un niño con nosotros.

Porfiria exclama:

–    ¡Oh!

¿Un niño? 

¿Un discípulo pequeño?

–    Un huérfano que recogimos en el camino.

Porfiria ve a Margziam, que está semiescondido detrás de Jesús…

Y se arrodilla extendiendo sus brazos hacia él. 

Diciendo: 

–   ¡Oh, prenda!

¡Ven tesoro para que te bese!

Margziam se deja abrazar y besar sin protestar.

Y mientras lo estrecha contra sí y la mejilla del niño está junto a la suya,

Porfiria dice:

–    Y ahora os lo lleváis.

Tan pequeño y frágil que es!

Se cansará…

Una gran compasión irradia en su voz.

Jesús dice:

–    En realidad, yo tenía pensado confiarlo a alguna discípula;

cuando nos vamos lejos de Galilea, del lago…

Porfiria lo interrumpe anhelante:

–    ¿A mí no Señor?

Nunca tuve hijos.

Sobrinos sí y sé cómo tratar a los niños.

Soy la discípula que no sabe hablar.

Que no estoy  muy sana para poder seguirte, como lo hacen las otras que…

¡Oh! ¡Tú lo sabes!

Seré cobarde si quieres.

Pero entiendes entre qué tenazas me encuentro…  

Mi madre es demasiado dominante…

¿Tenazas dije?… No.

Me encuentro en medio de dos sogas,

que me arrastran en direcciones contrarias.

Y no tengo el valor para romper una de ellas.

Déjame servirte aunque sea un poco, siendo la mamá-discípula de este niño.

Le enseñaré todo lo que las otras enseñan a tantos…

A amarte..

Jesús le pone la mano sobre la cabeza,

y dice:

–   Hemos traído aquí al niño.

Porque aquí habría encontrado una madre y un padre.

¡Ea pues! Formemos una familia.

Y Jesús pone la mano de Margziam sobre la de Pedro,

que tiene los ojos anegados de lágrimas.

Y luego las une con la de Porfiria.

Agrega:

–    Educadme santamente a este inocente..

Pedro se seca las lágrimas con el dorso de la mano.

Y Porfiria, que se ha quedado como estatua por la estupefacción.

Sacude su cabeza cómo si no pudiera asimilar, lo que está pasando…

Vuelve a arrodillarse…

Y dice:

–    ¡Oh, Señor mío!

Me quitaste al esposo haciéndome casi viuda;

pero ahora me das un hijo…

Así pues devuelves todas las rosas a mi vida.

No sólo las que tomaste, sino las que nunca tuve

Qué seas Bendito.

Amaré a este niño, mucho más que si hubiese salido de mis entrañas.

Porque Tú me lo has dado…

Y besa la orla del vestido de Jesús.

Luego abraza estrechamente a Margziam…

Y lo sienta sobre sus rodillas.

Es una mujer absolutamente felíz…

Jesús dice:

–   Dejémosla expansionarse.

Quédate también tú Simón Pedro.

Nosotros vamos a la ciudad a predicar.

Vendremos al atardecer, a pedirte comida y descanso.

Y Jesús sale con los apóstoles, dejando tranquilos a los tres…

Juan dice:

–     Mi Señor.

A Simón hoy se le ve muy feliz!

–     ¿Tú también quieres un niño?

–     No.

Sólo quisiera un par de alas para elevarme hasta las puertas del Cielo.

Y aprender el lenguaje de la Luz, para repetirlo a los hombres.

Y sonríe.

Acondicionan a las ovejitas en el fondo del huerto, junto al local de las redes.

Y les dan ramitas, hierba y agua del pozo.

Luego se marchan hacia el centro de la ciudad.

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44 TRÁNSITO DE JOSÉ


44 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

La muerte de José.

Jesús es la paz de quien sufre y de quien muere.

Veo un interior de taller de carpintero.

Dos de sus paredes parecen estar formadas de roca (como si se hubieran aprovechado grutas naturales para hacer habitaciones).

En este caso, para mayor detalle, son de roca los lados norte y oeste; las otras dos paredes, sin embargo, la sur y la este, están enlucidas, como las nuestras.

En el lado norte, un entrante de la roca ha sido adaptado para fogón rudimentario; en él hay una cazuelita con barniz o cola, no lo distingo bien.

La leña quemada desde hace años en ese lugar ha ennegrecido tanto la pared, que parece alquitranada. ¿Y como chimenea para aspirar el humo de la combustión?…

Un agujero en la pared con una especie de teja grande y cóncava en su parte alta.

Pero esta chimenea ha debido cumplir mal su función; en efecto, no sólo esta pared sino también las otras están muy ennegrecidas a causa del humo;

en este momento, incluso, por toda la habitación hay una niebla de humo.

Jesús está trabajando en un banco de carpintero.

Está alisando unas tablas.

Y las va apoyando en la pared que está a sus espaldas.

Luego va a donde tiene una especie de taburete apretado por dos lados en una mordaza.

Lo saca, mira si el trabajo está perfectamente hecho, observa el objeto desde todos los puntos.

Luego se acerca al fogón, coge la cazuelita y remueve dentro con un palito. 

Jesús está vestido de color castaño oscuro, la túnica es más bien corta, está remangado hasta más arriba del codo.

Y delante trae puesto una especie de delantal, en el cual se restriega los dedos que han tocado la cazuelita.

Está solo.

Trabaja sin pausas, pero con sosiego.

No hay en él ningún movimiento desordenado o impaciente.

Trabaja con continuidad y precisión.

No pierde la paciencia por nada: ni por un nudo en la madera, que no se deja alisar; ni por un destornillador — eso al menos me parece — que dos veces se le ha caído del banco.

Ni por el humo del ambiente, que debe estarle entrando en los ojos.

De vez en cuando levanta la cabeza para mirar hacia la pared sur, donde hay una puerta que está cerrada…

Como queriendo escuchar.

Después hay un momento en que abre una puerta que está en la pared este y que da a la calle…

Y se asoma.

Veo un trecho de una callejuela polvorienta.

Parece como si estuviera esperando a alguien.

Luego vuelve a su labor. No está triste, pero sí serio.

Cierra de nuevo la puerta y reanuda su trabajo.

Y mientras está ocupado en fabricar unos componentes — al menos eso me parece — del aro de una rueda…

Entra su Madre.

Entra por una puerta de la pared situada al sur.

Entra con prisa y corre hacia Jesús.

Está vestida de azul oscuro y lleva la cabeza descubierta.

Su vestido es una túnica sencilla ceñida a la cintura con un cordón del mismo color.

Acongojada, apoyada con las dos manos en un brazo de su Hijo, lo llama con un gesto de súplica y dolor.

Jesús la acaricia, le pasa un brazo por encima de los hombros y la consuela.

Luego, dejando inmediatamente el trabajo y quitándose el mandil, va con Ella.

María dice:

–    ¡Oh! ¡Jesús!

 ¡Ven! ¡Está mal!

Han sido pronunciadas estas palabras por labios temblorosos…

Y con un brillo de llanto en sus enrojecidos y cansados ojos.

Jesús únicamente dice:

–   « ¡Mamá!»- más todo está incluido en esa palabra. 

Pasan a la habitación de al lado.

El sol, que entra por una puerta que da a un huertecillo lleno de luz y de verdor en que revolotean unas palomas por entre el ondear de ropa tendida,

hace encantadora esta habitación, que es pobre sí, pero está ordenada.

Hay en ella un lecho bajo, cubierto de colchoncitos (digo colchoncitos porque son unas cosas altas y mullidas, pero no es una cama como las nuestras).

Sobre él, recostado sobre muchos almohadones, está José.

Agoniza. Lo refleja claramente la palidez cárdena de su rostro, la mirada apagada, el pecho jadeante…

Y el completo decaimiento de todo el cuerpo.

María se pone a su izquierda.

Le coge la mano rugosa, cárdena en las uñas.

Y la frota, la acaricia y la besa.

Luego, con un paño de lino, le seca el sudor, que crea surcos brillantes en las sienes hundidas…

Y la lágrima, que en el lagrimal se vuelve vítrea.

Y le humedece los labios con un paño mojado en un líquido que parece vino blanco.

Jesús se pone a la derecha.

Levanta levemente, ligero pero con cuidado, este cuerpo que se está hundiendo.

Le incorpora apoyándolo sobre los almohadones.

Y junto con María, pone en orden éstos.

Acaricia la frente del moribundo, trata de reanimarlo.

María llora quedo… sin hacer ruido, pero llora.

Los lagrimones ruedan hacia abajo por las pálidas mejillas y caen sobre el vestido azul oscuro; parecen zafiros resplandecientes.

José se reanima bastante y mira fijamente a Jesús…

Le da la mano como para decirle algo y para recibir, con el contacto divino, fuerza en la última prueba.

Jesús inclina su cabeza hacia esta mano y la besa.

José sonríe.

Luego se vuelve buscando a María con la mirada…

Y le sonríe también a Ella.

María se arrodilla al lado de la cama tratando de sonreír.

No le sale la sonrisa…

Y entonces agacha la cabeza.

José le pone la mano encima de Ella, con una casta caricia que parece una bendición.

Sólo se oye el revoloteo y el arrullo de las palomas, el frufrú de las hojas, un gorgoritear de agua…

Y en la habitación, el respiro del moribundo.

Jesús pasa al otro lado de la cama, toma un taburete y se lo ofrece a María, para que se siente en él. 

Llamándola una vez más,

y solamente:

–    «Mamá».

Luego vuelve a donde estaba y coge de nuevo entre sus manos la mano de José.

La escena es tan real, que me pongo a llorar a causa del dolor de María.

Y Jesús, inclinándose hacia el moribundo…

Le susurra un salmo.

Sé que es un salmo, pero ahora no sé cuál de ellos.

Empieza así:

«”Protégeme, Señor, porque en ti he puesto mi esperanza… En pro de los santos que en la tierra de él están, ha dado cumplimiento admirablemente a todos mis deseos… Bendeciré al Señor, que me aconseja…

Tengo siempre la presencia del Señor. Él está a mi derecha para que no vacile. Por ello se alegra mi corazón y exulta mi lengua,

y mi cuerpo también descansará en la esperanza. Porque Tú no abandonarás a mi alma en su estancia entre los muertos,

y no permitirás que tu santo vea la corrupción. Me darás a conocer los caminos de la vida, me colmarás de alegría mostrándome tu rostro”».

José se reanima mucho, sonríe a Jesús con una mirada más viva y le aprieta los dedos.

Jesús responde a la sonrisa con otra sonrisa,

Y al gesto de la mano con una caricia.

Y continúa, dulcemente…

inclinado hacia su padre putativo:

–   “¡Cuán grande es el encanto de tus Tabernáculos, Señor! Mi alma se consume en el deseo de los atrios del Señor. El gorrión encuentra una casa, la tortolita un nido para sus criaturas.

Yo deseo tus altares, Señor. ¡Dichosos los que habitan en tu casa!… ¡Dichoso el hombre que encuentra en ti su fuerza! Él tiene en su corazón las veredas para subir del valle de las lágrimas al lugar electo.

¡Oh, Señor, escucha mi oración…! ¡Oh, Dios, vuelve tus ojos y mira el rostro de tu Cristo…!”».

José, visiblemente conmovido, mira a Jesús.

Y hace ademán de querer hablar, como para bendecirlo, pero no puede…

Se ve que entiende, pero no puede hablar.

No obstante, está feliz y mira con vivacidad y confianza a su Jesús.

Jesús continúa:

«”¡Oh, Señor, Tú has sido propicio a tu tierra, has liberado de la esclavitud a Jacob…! Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu Salvador. Quiero oír lo que dice dentro de mí el Señor Dios.

Él, sin duda, hablará de paz a su pueblo para sus santos y para quien de corazón vuelve a Él. Sí, tu salvación está cercana… y la gloria habitará sobre la tierra…

Se han dado encuentro la bondad y la verdad; la justicia y la paz se han besado.  La verdad ha germinado de la tierra, la justicia ha mirado desde el Cielo.

Sí, el Señor se mostrará benigno y nuestra tierra dará su fruto. La justicia caminará en su presencia y dejará imprimidas en el camino sus huellas”.

Jesús añade:

Tú has visto esta hora, padre.

Y por ella has trabajado fatigosamente. Has colaborado en el cumplimiento de esta hora y el Señor te premiará por ello. Yo te lo digo»

Enjugando una lágrima de alegría que desciende lentamente por la mejilla de José.

Y sigue:

«”¡Oh, Señor, acuérdate de David y de toda su benignidad. Acuérdate de que juró al Señor: ‘Yo no entraré en mi casa, no me echaré en el lecho de mi reposo,

no concederé sueño a mis ojos ni descanso a mis párpados ni quietud a mis sienes, mientras no encuentre un lugar para el Señor, una morada para el Dios de Jacob…’.

¡Levántate, Señor y ven a tu reposo, Tú y el Arca de tu santidad! (María comprende la alusión y rompe a llorar).

Revístanse de justicia tus sacerdotes, regocíjense tus santos. Por amor de David, tu siervo, no nos niegues el rostro de tu Cristo.

El Señor ha jurado a David la promesa y la mantendrá: ‘Pondré en tu trono al fruto de tu seno’.

El Señor la ha elegido como morada… Yo haré florecer la potencia de David preparando una antorcha encendida para mi Cristo”. Gracias, padre mío, por Mí y por mi Madre.

Tú has sido para mí un padre justo.

Y el Eterno te ha puesto como custodio de su Cristo y de su Arca.

Tú fuiste la antorcha encendida para Él. Para con el Fruto del seno santo has tenido entrañas de caridad.

Ve en paz, padre. La Viuda no quedará desamparada. El Señor ya ha provisto a que no se quede sola.

Ve sereno a tu reposo. Yo te lo digo».

María llora con su rostro apoyado contra las cobijas (parecen mantos) que cubren este cuerpo de José que ya se está enfriando.

Jesús se prodiga aún más en confortarle, pues la respiración se ha hecho más fatigosa y la mirada ha vuelto a velarse.

«”¡Dichoso el hombre que teme al Señor y sólo se complace en sus mandamientos!… Su justicia permanecerá por los siglos de los siglos.

En medio de los hombres rectos, se alza luminoso en las tinieblas el misericordioso, el benigno, el justo… El justo será recordado eternamente… Su justicia es eterna, su potencia se elevará hasta la gloria…”.

Y tú tendrás esta gloria, padre. Pronto iré a llevarte, junto con los Patriarcas que te han precedido, a la gloria que te espera.

Exulte tu espíritu con estas palabras mías.

“Quien confía en la ayuda del Altísimo vive bajo la protección del Dios del Cielo”.

Ésa es tu morada, padre mío. “Él me libró del lazo de los cazadores y de las palabras duras. Te cubrirá con sus alas; bajo sus plumas encontrarás amparo.

Su verdad te protegerá como un escudo; no temerás miedos nocturnos… No se acercará a ti el mal… porque ha dado orden a sus ángeles de protegerte en todos tus caminos.

Te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en las piedras. Caminarás sobre el áspid y el basilisco; hollarás al dragón y al león. Porque has esperado en el Señor, Él te dice, padre, que te librará y te protegerá.

Puesto que has elevado a Él tu voz, te escuchará; estará contigo en la última tribulación; te glorificará después de esta vida, haciéndote ver ya desde ésta su Salvación”.

Y en la otra haciéndote entrar, por la Salvación que ahora te conforta y que pronto, ¡Oh…, pronto irá, te lo repito, a ceñirte con un abrazo divino y a llevarte consigo,

a la cabeza de todos los Patriarcas, al lugar preparado para morada del Justo de Dios que fue el padre mío bendito!

Precédeme para decirles a los Patriarcas que la Salvación está en el mundo y que el Reino de los Cielos pronto les será abierto.

Ve, padre. Que mi Bendición te acompañe».

Ahora la voz de Jesús es más alta, para que pueda llegar a la mente de José, que está abismándose en las nieblas de la muerte.

El final es inminente.

El anciano respira a duras penas.

María le acaricia.

Jesús se sienta en el borde de la cama y abraza y atrae hacia sí al moribundo, el cual, exhausto, se apaga sin convulsión alguna.

Es una escena llena de paz solemne.

Jesús coloca de nuevo al Patriarca y abraza a María, que, al final, angustiada de dolor; se había acercado a Él.

Dice Jesús:

«Mi lección para todas las mujeres casadas que sienten una pena acongojante es ésta:

Imitar a María de viuda.

Y lo que Ella hizo fue unirse a Jesús.

Se equivocan los que piensan que las penas del corazón no hicieran sufrir a María.

Mi Madre sufrió, sabedlo.

Sufrió, sí, santamente – todo en Ella era santo —, mas no por ello no sufrió intensamente.

Igualmente se equivocan aquellos que piensan que María amó tibiamente a su esposo, fundándose en que José era su esposo de espíritu no de carne. NO.

María amaba intensamente a su José, al cual le había dedicado seis lustros de vida fiel.

Y José había sido para Ella un padre, un esposo, un hermano, un amigo, un protector.

Y Ella ahora se sentía sola, como un sarmiento si le talan el árbol que le servía de apoyo.

Su casa estaba como si la hubiera asestado su golpe el rayo; se dividía.

Primero era una unidad cuyos miembros se sostenían mutuamente; ahora venía a faltar el muro maestro.

Éste fue el primer golpe asestado a esa Familia…

Y fue símbolo del otro abandono, que ya estaba próximo:

el de su amado Jesús.

La voluntad del Eterno había querido que fuera esposa y Madre.

Ahora, por ésta misma voluntad, habría de experimentar la viudez y el que su Hijo la dejara.

Y María responde, entre lágrimas, con uno de esos “síes” sublimes suyos:

“Sí, Señor, hágase en mí según tu palabra”.

Y ¿Qué hace en esa hora, para tener la necesaria fuerza?: se abraza a Jesús.

María, siempre, en las horas más graves de su vida, se había abrazado a Dios.

Así lo hizo en el Templo, cuando recibió la llamada al matrimonio.

Como en Nazaret, cuando fue llamada a la Maternidad.

O llorando al verse viuda.

O en Nazaret también, cuando tuvo que pasar por el suplicio de verse separada de su Hijo.

Como en el Calvario, bajo la tortura que le supuso el verme morir.

Aprended, vosotros, los que lloráis.

Aprended vosotros, que morís.

Vosotros, que para morir vivís, aprendedlo.

Tratad de merecer las mismas palabras que Yo dije a José.

Ellas serán vuestra paz en medio de la batalla de la muerte.

Aprended, vosotros, que morís, a merecer que Jesús esté a vuestro lado para confortaros.

Mas, aunque NO lo hubierais merecido, tened la osadía, de todas formas, de llamarMe para que vaya a vuestro lado.

Yo iré, llenas mis manos de gracias y consuelo, lleno mi Corazón de perdón y de Amor, llenos mis labios de palabras de absolución y de palabras de aliento.

La muerte, vivida entre mis brazos, pierde toda su parte cruda; creedlo.

Yo no puedo abolir la muerte, pero sí puedo hacérsela dulce a aquel que muere confiando en Mí.

Ya dijo Cristo, en su Cruz, por todos vosotros: “Señor, te confío mi espíritu”.

Lo dijo en su agonía pensando en la de cada uno de vosotros,

pensando en vuestros sentimientos de terror, en vuestros errores, en vuestros temores, en vuestros deseos de perdón.

Lo dijo con el corazón quebrado más que por la lanzada por la congoja, por una congoja más espiritual que física…

Para que la agonía de aquellos que mueren pensando en Él fuera dulcificada por el Señor.

Y para que el espíritu pasara de la muerte a la Vida, del dolor al gozo, para siempre.  

93 ODIO, VENGANZA Y MIEDO


93 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Están aún comiendo y ya han encendido las lámparas, porque la tarde desciende muy presurosa.

El viento boreal incita a tener cerrada la puerta. Entonces se escuchan los toques que llaman.

Y se oye la voz alegre de Juan. 

Y todos reaccionan simultáneamente, se levantan apresurados para recibirlos…

–     ¡Nos alegramos de que hayáis regresado!

–     ¡Habéis tardado poco!

–     ¿Qué novedades hay, entonces?

–     ¡Qué cargados venís!

Todos hablan al mismo tiempo, mientras se ayuda a los tres a liberarse de las pesadísimas sacas que traen sobre los hombros.

–     ¡Despacio!

–     ¡Dejadnos saludar al Maestro!

–     ¡Un momento!

Es un alboroto alegre, familiar, por la alegría de estar juntos otra vez.

Jesús los saluda:

–     ¡Hola, amigos! Dios os ha dado días tranquilos.

Judas de Keriot responde:

–     Sí, Maestro, pero no tranquilas noticias. Lo preveía.

Todos quieren saber:

–     ¿Qué pasa? ¿Qué pasa?…

Se ha creado un ambiente de curiosidad.

–     Dejadlos primero que tomen algo y repongan fuerzas – dice Jesús.

–     No, Maestro.

Primero te damos lo que tenemos para Tí y para los demás.

Y primero… Juan, da la carta.

–     La tiene Simón.

Yo temía estropearla entre la carga.

El Zelote, que ha estado luchando hasta ese momento con Tomás, que quería traerle agua para sus pies cansados,

acude diciendo:

–      Aquí la tengo, en la bolsa del cinturón.

Y abre el bolsillo interno de su ancho cinturón de cuero rojo y extrae de él un rollo ya aplastado.

Diciendo:

–     Es de tu Madre.

Estando cerca de Betania, encontramos a Jonathán que estaba yendo a casa de Lázaro con la carta y otras muchas cosas.

Judas explica:

Jonathán va a Jerusalén porque Cusa está poniendo en orden su palacio… Quizás Herodes va a Tiberíades…

Y Cusa no quiere que su mujer esté cerca de Herodías.

Mientras Jesús desata los nudos del rollo y lo despliega para leerlo..

Los apóstoles cuchichean mientras Jesús lee con beata sonrisa las palabras de su Madre.

Y luego dice:

–      Escuchad, también hay algo para los galileos.

Mi Madre escribe:

“A Jesús, mi dulce Hijo y Señor, paz y bendición.

Jonathán, siervo de su Señor, me ha traído de parte de Juana, unos obsequiosos regalos;

ella pide a su Salvador, para sí, para su esposo y para toda su casa, la bendición.

Jonathán me dice que él, por orden de Cusa, va a Jerusalén, habiendo recibido la indicación de abrir de nuevo el palacio de Sión.

Yo bendigo a Dios por esto, porque así puedo hacerte llegar mis palabras y mi bendición.

Igualmente, María de Alfeo y Salomé envían a sus hijos besos y bendiciones.  

Y, dado que Jonathán ha sido extremadamente bueno, también hay saludos de la mujer de Pedro para su marido lejano.

Y para Felipe y Natanael, de sus familiares.

Todas vuestras mujeres, queridos hombres que os encontráis lejos, bien con la aguja, bien con el telar y con el trabajo de la huerta,

os envían ropa para estos meses de invierno.

Y dulce miel, aconsejándoos que la toméis con agua bien caliente en las húmedas noches.

Cuidad de vosotros mismos. Esto es lo que las madres y esposas me dicen que os diga, y yo lo transmito; también a mi Hijo.

No por nada nos hemos sacrificado, creedlo.

Disfrutad de los humildes presentes que nosotras, discípulas de los discípulos de Cristo, damos a los siervos del Señor;

dadnos sólo la alegría de saber que estáis sanos.

Ahora, amado Hijo mío, pienso que desde hace casi un año, ya no eres todo mío.

Y me parece haber vuelto al tiempo en que sabía sí, que Tú ya habías venido, porque sentía tu pequeño corazón latir en mi seno;

pero también podía decir que no habías venido todavía, porque estabas separado de mí por una barrera que me impedía acariciar tu amado cuerpo,

y sólo podía adorar tu espíritu.  ¡Oh, mi querido Hijo y adorable Dios!

También ahora sé que vives y que tu corazón late con el mío, jamás separado de mí aunque esté separado;

pero no te puedo acariciar, oír, servir, venerar, Mesías del Señor y de su pobre sierva.

Juana quería que fuese donde ella para que yo no estuviera sola en la fiesta de las Luminarias.

Pero he preferido quedarme aquí con María a encender las lámparas; por mí y por Tí.

Ya que aunque fuera la mayor de las reinas de la Tierra y pudiera encender mil, diez mil lámparas; estaría en la oscuridad, porque Tú no estás aquí.

Mientras que por el contrario, estaba en la perfecta luz en aquella oscura gruta cuando te tuve en mi corazón, Luz mía y Luz del mundo.

Será la primera vez que me diré: “Mi Niño hoy tiene un año más” sin tener a mi Niño. 

Y será más triste que tu primer cumpleaños en Matarea.

Mas Tú llevas a cabo tu misión y yo la mía.

Y ambos hacemos la Voluntad del Padre y trabajamos para la gloria de Dios: esto enjuga toda lágrima.

Querido Hijo, comprendo lo que haces por lo que me dicen.

Como las olas desde mar abierto llevan la voz de alta mar hasta una solitaria y cerrada bahía,

así el eco de tu santo trabajo por la gloria del Señor llega a la tranquila casita nuestra, a oídos de tu Madre.

Siendo para Ella causa de júbilo, mas también de estremecimiento; porque si todos hablan de Tí, no todos lo hacen con igual corazón.

Vienen amigos y personas que han recibido algún bien, a decirme: “¡Bendito sea el Hijo de tu vientre!”

Y vienen enemigos tuyos a herir mi corazón diciendo: “¡Sea anatema!’.

Mas por éstos yo ruego, porque son unos infelices; más que los paganos, que vienen a preguntarme: “¿Dónde está el mago, el divino?”

Y no saben que dicen una gran verdad, dentro de su error.

Porque verdaderamente Tú eres sacerdote y grande, que es el sentido de esa palabra para la antigua lengua y divino eres, mi Jesús.

Y yo te los mando, diciendo: `Está en Betania’. Porque es lo que sé que tengo que decir, hasta que Tú no lo ordenes de otra manera.

Y ruego por estos que vienen a buscar salud para lo que muere, a fin de que encuentren salud para el espíritu eterno.

Y, te lo suplico, no te aflijas por mi dolor: queda compensado por la gran alegría que me producen las palabras de los sanados de alma y de carne.

Pero María sufrió y sufre todavía un dolor más fuerte que el mío. No me hablan sólo a mí.

José de Alfeo quiere que sepas que, durante un reciente viaje suyo de negocios a Jerusalén, lo pararon y lo amenazaron por causa tuya.

Eran hombres del Gran Consejo.

Yo creo que algún grande de aquí les dio la referencia, porque si no ¿Quién podía conocer a José como cabeza de familia y hermano tuyo?

Yo te digo esto por obediencia de mujer. Pero por mí te digo: quisiera estar a tu lado, para confortarte.

De todas formas, actúa Tú, Sabiduría del Padre, sin tener en cuenta mi llanto.

Simón tu hermano, quería casi ir a Tí, después de este hecho.

Y quería ir conmigo, pero la estación en que estamos lo ha retenido.

Y más aún el temor de no encontrarte, porque nos dijeron en tono de amenaza, que Tú donde estás no puedes permanecer.

¡Hijo, Hijo mío, adorado y santo Hijo mío! Estoy con los brazos alzados como Moisés en el monte, para rogar por Tí,

que estás batallando contra los enemigos de Dios y tuyos, mi Jesús al que el mundo no ama.

Aquí ha muerto Lía de Isaac. Lo he sentido mucho porque fue siempre buena amiga mía.

Pero el padecimiento mayor eres Tú, lejano y no amado.

Yo te bendigo Hijo mío. Y así como yo te doy paz y bendición, te ruego dársela Tú a Mamá”.

Pedro grita:

–      ¡Llegan hasta esa casa esos desvergonzados! 

Y Tadeo exclama:

–     José… podía haberse guardado para sí lo sucedido.

Pero… ¡Lo ha llenado de satisfacción el poder comunicarlo!

Felipe sentencia:

–     Grito de hiena no asusta a los vivos. 

Judas dice:

–     Lo malo es que no son hienas, son tigres. Buscan presa viva.

 Y volviéndose hacia Simón Zelote,

le solicita: 

 –   Refiere tú lo que hemos sabido.

Simón relata:

–     Sí, Maestro. El temor de Judas está justificado.

Hemos estado donde José de Arimatea y donde Lázaro; allí abiertamente, como amigos tuyos.

Después, yo y Judas – como si yo fuera un amigo suyo de la infancia – hemos estado donde algunos amigos suyos de Sión…

Bueno, pues José y Lázaro te dicen que dejes este lugar enseguida y vayas adonde ellos durante estas fiestas. Cede, Maestro; es por tu bien.

Además, los amigos de Judas dijeron:

“Mira que ya se ha decidido ir a sorprenderlo para inculparlo. Precisamente en estos días de fiestas en que no hay gente.

Que se retire durante un tiempo, para que queden burladas estas víboraes.

La muerte de Doras ha estimulado su veneno y su miedo, porque además de sentir odio tienen miedo.

El miedo les hace ver lo que no existe y el odio les hace incluso mentir”.

Judas agrega:

–      ¡Todo, pero es que saben TODO de nosotros!

¡Es odioso! ¡Y todo lo alteran, todo lo exageran! Y, cuando les parece que no hay todavía suficiente para maldecir, se lo inventan. Yo me siento asqueado y abatido.

Me viene el deseo de expatriarme, de marcharme…; no sé… lejos… fuera de este Israel que no es sino pecado… 

Judas de Keriot está totalmente deprimido.

Jesús lo exhorta:

–     ¡Judas, Judas!, una mujer para dar a un hombre al mundo trabaja nueve lunas…

Tú para dar al mundo el conocimiento de Dios, ¿Querrías emplear menos tiempo?

Se necesitarán no nueve lunas, sino milenios de lunas; del mismo modo que la luna nace y muere en cada lunación,

manifestándose a nosotros como acabada de nacer, luego llena, luego menguada…

sucederá así siempre en el mundo, mientras exista: habrá fases crecientes, llenas y decrecientes, de religión.

Pero, aun cuando parezca muerta tendrá vida, como la luna, que está aun cuando parece que haya llegado a su fin.

Y quien haya trabajado en esta religión, recibirá el consiguiente pleno mérito, a pesar de que sólo una exigua minoría de almas fieles quede sobre la Tierra.

¡Venga, venga! Nada de fáciles entusiasmos en los triunfos ni de fáciles depresiones en las derrotas.  

Judas responde:

–      No obstante… deja este lugar.

No somos nosotros fuertes todavía y sentimos que frente al Sanedrín tendríamos miedo; yo al menos… los otros, no lo sé…

Pero, hacer la prueba lo considero una imprudencia. Nosotros no tenemos el corazón de los tres jóvenes de la corte de Nabucodonosor.  

Todos los discípulos concuerdan:

–     Sí, Maestro, es mejor.

–     Es prudente.

–     Judas tiene razón.

–     Mira cómo también tu Madre y tus familiares…

–     Y Lázaro y José.

–     Hagámosles venir en vano.

Jesús extiende los brazos y dice:

–     Hágase como queréis; pero luego se vuelve aquí.

Veréis cuántos vienen. Yo ni fuerzo ni tiento vuestra alma; efectivamente, no la siento preparada…

Bueno… veamos los trabajos que han hecho las mujeres.

Pero mientras todos, con ojos risueños y voces de alegría, extraen de las sacas los paquetes con la ropa, las sandalias o los alimentos de las madres y de las esposas…

Y tratan de interesar a Jesús para que admire tanta gracia de Dios, Él permanece triste y absorto.

Se ha retirado con una lamparita al rincón más alejado de la mesa en que están la ropa, las manzanas, recipientes de metal, pequeños quesos… 

Y lee una y otra vez la carta materna, haciendo con una mano de visera para los ojos, parece meditar, pero en realidad está sufriendo.

 Pedro está rebosante de alegría y lo manifiesta,

diciendo:

–      Mira, Maestro, mi esposa, ¡Pobrecilla!

¡Qué prenda tan linda y qué manto con capucha me ha hecho! Quién sabe lo que le habrá costado hacerlo, porque no es tan experta como tu Madre.

Con los brazos cargados de sus tesoros. 

Jesús responde con cortesía:

–     Bonitos, sí, bonitos. Es una esposa excelente – pero con la vista lejos de lo que le ha mostrado.

Santiago de Zebedeo dice:

–     A nosotros nuestra madre nos ha hecho dos túnicas dobles.

¡Pobre mamá! ¿Te gustan, Jesús? Es un color bonito, ¿No es verdad?

–     Muy bonito, Santiago; te quedarán bien.

Tadeo añade:

–     Mira, estoy seguro de que estos cinturones los ha hecho tu Madre; es Ella la que borda así.

Y este velo doble para cubrir del sol, yo también digo que lo ha hecho María; es igual que el tuyo.

La túnica no; ciertamente ha sido nuestra madre la que la ha confeccionado.

¡Pobre mamá! Después de tanto como ha llorado este verano, ve menos y frecuentemente se le rompe el hilo.

¡Qué buena es! – Judas de Alfeo besa la gruesa túnica de color rojo-marrón.

Bartolomé observa:

–     No estás alegre, Maestro.

Ni siquiera miras lo que te han mandado.

Simón Zelote argumenta:

–     No puede estarlo.

Jesús responde:

–     Estoy pensando…

Pero… Volved a hacer los paquetes. Ponedlo todo en orden. No es este el momento de que nos prendan, y no nos prenderán.

Bien entrada la noche, con el claro de la luna, iremos hacia Doco y luego a Betania.  

Juan:

–     ¿Por qué a Doco?

–     Porque allí hay una mujer que se está muriendo y espera de Mí la curación. 

–     ¿No pasamos por casa del encargado?

–     No, Andrés, por ningún sitio.

Así nadie tendrá necesidad de mentir diciendo que no sabe dónde estamos. Si vuestra preocupación es que no nos persigan.

La mía es no crear complicaciones a Lázaro. 

Judas:

–     Pero Lázaro te espera.

–     Y vamos donde él. O, mejor,…

Simón, ¿Me hospedas en la casa de tu viejo siervo?

Zelote responde:

–     Con mucho gusto, Maestro.

Tú ya sabes todo. Por tanto, puedo decirte en nombre de Lázaro, de mí mismo y de quien vive en ella, que esa casa es tuya.  

Jesús apremia:

–     Vamos. Rápido. Para estar en Betania antes del sábado.

Y mientras todos se dispersan con lámparas, para hacer lo que la improvisa partida requiere, Jesús se queda solo.

Vuelve Andrés, se acerca a su Jesús y dice:

–     ¿Y esa mujer?

Me duele abandonarla ahora que parecía que iba a venir… Es prudente… ya lo has visto…

–     Vete a decirle que dentro de un tiempo volveremos y que mientras tanto recuerde tus palabras…

–     Las tuyas, Señor. Yo he dicho sólo las tuyas.

–     Ve. Date prisa.

Y cuida de que nadie te vea. Verdaderamente en este mundo de malvados, los inocentes deben tomar aspecto de pérfidos… 

Todo termina aquí, con esta gran verdad.

43.- EL AMOR ENTRE EL SUFRIMIENTO


88 – 43 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Por un senderillo entre campos quemados – sólo rastrojos y grillos – Jesús camina entre Leví y Juan.

Detrás, en grupo, van José, Judas y Simón.

Es de noche y sin embargo, no se siente refrigerio. La tierra es fuego que continúa ardiendo incluso después del incendio del día.

El rocío no puede nada contra este bochorno: tan fuerte es la llamarada que sale de los surcos y de las grietas del suelo, que se seca incluso antes de tocar el suelo.

Todos caminan en silencio, fatigados y acalorados.

Jesús sonríe y pregunta a Leví:

–    ¿Lo encontraremos?

El pastor contesta:

–     Ciertamente. Por este campo guarda la mies y todavía no ha empezado la recolección de frutas.

Los campesinos por eso están ocupados en vigilar los viñedos y los árboles frutales, protegiéndolos de los ladrones. Sobre todo cuando los amos son aborrecidos, como el que tiene Jonás.

Samaría está cercana y cuando ellos pueden… ¡Oh! Con gusto a nosotros los de Israel, nos causan daño. Aunque saben que luego a los criados se les apalea. Pero como nos odian tanto.

–    No tengas rencor, Leví.

–    No. Pero Tú mismo verás como por culpa suya, Jonás fue golpeado hace como cinco años. 

Desde entonces pasa la noche en guardia. El flagelo es un suplicio cruel…

 

–    ¿Todavía nos falta mucho para llegar?

–    No, Maestro.

¿Ves allá donde terminan estos campos y empieza aquel monte oscuro? Allá están las arboledas de Doras, el duro fariseo.

Si me permites, me adelanto para que me oiga Jonás.

–     Ve.

Juan pregunta a Jesús:

–    Pero Señor mío. ¿Así son todos los fariseos? ¡Oh! ¡Yo jamás querría estar a su servicio! Prefiero la barca.

Jesús, un poco serio, pregunta a su vez:

–    ¿Es la barca tu predilecta?

Juan se apresura a contestar:

–    No. ¡Eres Tú! La barca lo era cuando ignoraba que el Amor estaba en la tierra.

Jesús ríe de su vehemencia y dice bromeando:

–    ¿No sabías que en la tierra estaba el Amor? Entonces ¿Cómo naciste, si tu padre no amaba a tu madre?

–     Ese amor es hermoso, pero no me seduce. Tú eres mi amor. Tú eres el Amor sobre la tierra para el pobre Juan.

Jesús lo estrecha contra sí y dice:

–    Deseaba oírtelo decir.

El Amor está ansioso de amor y el hombre da y dará siempre a su avidez imperceptibles gotas, como estas que caen del cielo, tan insignificantes que se consumen, mientras caen, en la ola de calor estival.

Como también las gotas de amor de los hombres se consumirán a mitad de camino, eliminadas por llamaradas de demasiadas cosas.

El corazón seguirá destilándolas, pero los intereses, los amores, los negocios, la avidez… muchas, muchas cosas humanas las harán evaporarse. Y, ¿Qué subirá a Jesús?

¡Oh, demasiado poco! Los restos. De entre todos los latidos humanos, los que queden, los latidos interesados de los humanos para pedir, pedir, pedir mientras la necesidad urge.

Amarme por amor sin mezcla de otra cosa será propiedad de pocos: de los Juanes… Observa una espiga renacida. Es, quizás, una semilla caída durante la cosecha.

Ha sabido nacer, resistir el sol, la sequía, crecer, desarrollar los primeros brotes, echar espiga… Mira: ya está formada. Sólo ella vive en estos campos asolados.

Dentro de poco los granos maduros caerán al suelo rompiendo la lisa cascarilla que los tiene ligados al tallo, y serán caridad para los pajaritos, o, dando el ciento por uno, volverán a nacer una vez más.

Y antes de que el invierno vuelva a traer el arado a los terrones, estarán de nuevo maduros y darán de comer a muchos pájaros, oprimidos por el hambre de las estaciones más tristes…

¿Ves, Juan mío, lo que puede hacer una semilla intrépida? Así serán los pocos que me amen por amor.

Uno sólo servirá para el hambre de muchos, bastará uno para embellecer la zona en que lo único que hay – había – es la fealdad de la nada, uno sólo bastará para crear vida donde antes había muerte.

A él se acercarán los hambrientos, comerán un grano de su laborioso amor y luego, egoístas y disipados, volarán.

Pero incluso sin saberlo ellos ese grano depositará gérmenes vitales en su sangre, en su espíritu… y volverán… Y hoy, y mañana, y al otro, como decía Isaac, los corazones crecerán en el conocimiento del Amor.

El tallo, desnudo, ya no será nada, un hilo de paja quemado, pero su sacrificio ¡Cuánto bien producirá!, su sacrificio ¡Cuánto será premiado!

Jesús – que se había detenido un instante ante una frágil espiga nacida al borde del sendero, en una cuneta que en tiempos de lluvias quizás era una acequia, prosigue su camino.

Juan mientras, lo escucha embelesado.

Los otros, que van hablando entre sí, no se dan cuenta del dulce coloquio.

Llegan al huerto, se detienen, y se reúnen todos.

El calor es tal, que sudan a pesar de no llevar manto. Callan y esperan.

Del follaje espeso apenas iluminado por la luna, emergen dos figuras: destaca la silueta clara de Leví y detrás, otra sombra más oscura.

Leví anuncia:

–      Maestro, aquí está Jonás.

Jesús saluda desde aquí:

–      ¡Recibe mi paz! – aún cuando aún Jonás no ha llegado donde Él.

Pero Jonás no responde, corre a su encuentro y llorando, se arroja a sus pies y los besa.

Cuando puede hablar dice:

–      ¡Cuánto te he esperado! ¡Cuánto!

¡Qué desconsuelo sentir la vida pasar, venir la muerte, y deber decir: “¡Y no lo he visto!“! Y sin embargo, no, no toda la esperanza moría, ni siquiera una vez que estuve a las puertas de la muerte.

Decía: Ella lo dijo: `Vosotros aún le serviréis‘ y Ella no puede haber dicho nada que no sea verdad. Es la Madre del Emmanuel;

por tanto, ninguna tiene consigo a Dios más que Ella, y quien a Dios tiene conoce las cosas de Dios.

Jesús contesta:

–       Levántate. Ella te saluda. Cerca de ti la has tenido y la tienes cerca. Reside en Nazaret.

–      ¡Tú! ¡Ella! ¿En Nazaret? ¡Oh, si lo hubiera sabido…!

De noche, en los fríos meses del hielo, cuando duermen los campos y los malintencionados no pueden perjudicar a los cultivadores, habría ido corriendo a besaros los pies.

Y me habría regresado con mi tesoro de certeza. ¿Por qué no te has manifestado, Señor?

–      Porque no era la hora. Ahora sí. Hay que saber esperar.

Tú lo has dicho: “En los meses del hielo, cuando los campos duermen” y ya han sido sembrados, ¿No es cierto? 

Pues bien, Yo era también como el grano sembrado. Tú me habías visto en el momento de la siembra.

Luego había desaparecido sepultado bajo un silencio obligatorio, para crecer y llegar al tiempo de la cosecha y resplandecer ante los ojos de quien me había visto Recién Nacido.

Y también ante los ojos del mundo. Ese tiempo ha llegado. Ahora el Recién Nacido preparado para ser Pan del mundo.

Y en primer lugar busco a mis fieles, y les digo: “Venid. Saciad vuestra hambre conmigo”.

El hombre lo escucha sonriendo dichoso, mientras dice como para sí, « ¡Oh! ¡Es verdad, vives! ¡Eres Tú, es verdad!

Jesús pregunta:

–    ¿Has estado a punto de morir? ¿Cuándo?

–    Cuando me azotaron a muerte, porque a dos parras mías les habían robado.

¡Mira cuantos cardenales!…

Se baja la túnica y muestra los hombros del todo marcados con heridas estriadas y la espalda, que es como una pintura de cicatrices caprichosas.

Y agrega:

–     Me pegó con un cordel de hierro. Contó los racimos que se habían llevado y revisó donde las uvas fueron arrancadas. Y por cada una, me dio un golpe más… hasta que quedé medio muerto.

Me socorrió María, la joven esposa de un compañero mío. Siempre me ha estimado. Su padre era el encargado antes de mí. Cuando vine aquí le tomé cariño a la niña porque se llamaba María. 

Me cuidó y me curé, aunque hicieron falta meses porque las llagas con el calor habían tomado un aspecto malísimo y daban fiebre fuerte.

Dije al Dios de Israel: “No importa. Permíteme volver a ver a tu Mesías y no me importará este mal; tómalo como sacrificio.

No puedo ofrecerte un sacrificio nunca. Soy siervo de un hombre cruel, Tú lo sabes. Ni siquiera durante la Pascua me permite ir a tu altar. Tómame a mí como hostia. ¡Pero, dame a Jesús!

Jesús le dice.

–      Y el Altísimo ha satisfecho tu deseo. Jonás, ¿Me quieres servir, como ya lo hacen tus compañeros?

–      ¡Oh!, Y ¿Cómo podré hacerlo?

–      Como lo hacen ellos. Leví sabe cómo. Te dirá lo simple que es servirme a mí. Quiero sólo tu buena voluntad.

–      La buena voluntad te la he ofrecido incluso cuando, recién nacido llorabas.

Por ella he superado todo, tanto los momentos de desolación como los odios. Es… que aquí se puede hablar poco.

El patrón una vez me dio de patadas, porque yo insistía diciendo que Tú existías.

Pero cuando él estaba lejos, y con quien podía fiarme, yo narraba el prodigio de aquella noche.

–      Pues entonces ahora narra el prodigio del encuentro conmigo.

Os he encontrado a casi todos… Y todos fieles. ¿No es esto un prodigio? Por el simple hecho de haberme contemplado con Fe y amor os habéis hecho justos ante Dios y ante los hombres.

–      ¡Oh, ahora sí que voy a tener un valor…, un valor…! Ahora sé que vives y puedo decir: “Está allí. ¡Id a Él!…”. Pero ¿Dónde, Señor mío?

–       Por todo Israel.

Hasta Septiembre estaré en Galilea; frecuentemente en Nazaret o Cafarnaúm, allí se me podrá encontrar.

Luego… estaré por todas partes; he venido a reunir a las ovejas de Israel.

–      ¡Ay, Señor mío, te encontrarás muchas cabras! ¡Desconfía de los poderosos de Israel!

–      Si no es la hora, ningún mal me harán. Tú, a los muertos, a los que duermen, a los vivos, diles: “El Mesías está entre nosotros”

–      ¿A los muertos, Señor?

–       A los muertos del espíritu.

Los otros, los justos muertos en el Señor, ya exultan de gozo por la liberación del Limbo, que ya está cercana.

Diles a los muertos que soy la Vida, diles a los que duermen que soy el Sol que sale y saca del sueño, diles a los vivos que soy la Verdad que ellos buscan.

–     ¿Curas también a los enfermos? Leví me ha hablado de Isaac. ¿Sólo para él el milagro, porque es tu pastor, o para todos?

–     A los buenos, el milagro como justo premio; a los menos buenos, para impulsarlos a la verdadera bondad.

A los malvados, también en alguna ocasión, para removerlos de su estado y persuadirlos de que Yo soy y de que Dios está conmigo.

El milagro es un don. El don es para los buenos. Pero, Aquel que es Misericordia y que ve la pesantez humana, no removible sino por un hecho extraordinario,

recurre a esto también para poder decir: “He hecho todo con vosotros y de nada ha servido. Decid entonces vosotros mismos qué más os debo hacer”.

–     Señor, ¿No te da asco entrar en mi casa?

Si me aseguras que no vienen los ladrones a la propiedad, quisiera hospedarte y llamar a los pocos que te conocen a través de mi palabra para reunirlos en torno a Tí.

El patrón nos ha doblegado y quebrado como a tallos despreciables. Sólo nos queda la esperanza de un premio eterno.

Pero si Tú te manifiestas a los corazones oprimidos tendrán nuevo vigor.

–    Voy. No temas por los árboles ni por las viñas. ¿Puedes creer que los ángeles vigilarán fielmente en lugar de ti?

–    ¡Oh! ¡Señor! Yo he visto a tus siervos celestes. Creo. Voy seguro contigo.

¡Benditos estos árboles y estas cepas que poseen viento y canción de alas y voces angélicas! ¡Bendito este sueño que santificas con tu pie! ¡Ven, Señor Jesús!

¡Oíd, árboles y vides, oíd, terrones levantados por el arado: Aquel Nombre que os confié para paz mía, ahora se lo dirijo a Él! ¡Jesús está aquí!

¡Escuchad! ¡Por ramas y sarmientos discurra a borbotones la savia, el Mesías está con nosotros!

Jonás está exultante de alegría. Y los lleva hacia su pobre choza.

Todo termina con estas palabras gozosas.

25 CONSECUENCIAS EN BELEN


25 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús encabeza el pequeño grupo que camina en fila india por un sendero pedregoso polvoriento, que el sol del estío ha quemado.

Y está bordeado por la hierba que crece bajo la sombra de los grandes olivos, cargados de aceitunas.

Zelote, Juan y Judas de Keriot, le siguen bajo la sombra de los árboles.

El suelo está cubierto con las florecillas del olivo que cayeron después de la fecundación.

Exactamente en donde el camino da una vuelta en ángulo recto, hay una construcción de forma cúbica, sobre la que está una pequeña cúpula.

Está cerrada como si estuviese abandonada.

Más allá se ve un pequeño poblado con numerosas casitas esparcidas.

Simón exclama:

      ¡Allí está el sepulcro de Raquel!

Judas pregunta:

–      Entonces ya casi llegamos. ¿Entramos en la ciudad?

Jesús dice:

       No, Judas. Primero os enseñaré un lugar…Después entraremos en la ciudad.

Y como todavía hay sol y será una noche con luna casi llena, podremos hablar a la población.

     ¿Querrán oírnos?

Han llegado al antiguo sepulcro pintado de blanco.

Jesús se detiene a beber agua, en un pozo cercano.

Una mujer que ha venido a sacar agua, le ofrece,

y Jesús le pregunta:

–      ¿Eres de Belén?

La mujer contesta:

–      Sí. Pero ahora en tiempo de cosecha, estoy con mi marido en este lugar, para cuidar del huerto y los frutos que han nacido. ¿Tú eres Galileo?

–     Nací en Belén; pero vivo en Nazareth de Galilea.

–    ¿También Tú eres perseguido? La familia.

    Pero ¿Por qué dices “tú también”? ¿Hay muchos perseguidos entre los betlemitas?

–    ¿No lo sabes? ¿Cuántos años tienes?

–     Treinta.

–     Si es así…Naciste exactamente cuándo… ¡Oh! ¡Qué desgracia! Pero, ¿Por qué nació Él aquí?

–    ¿Quién?

–     Aquel que era llamado el Salvador. ¡Maldición a esos estúpidos borrachos de cerveza que vieron ángeles en las nubes!

Oyeron voces celestiales en los balidos y rebuznos.

Y en medio de su embriaguez, confundieron a tres miserables con los más santos de la tierra.

¡Malditos sean ellos!… y ¡Quién les creyó!

–      Pero con todas tus maldiciones no explicas lo que sucedió. ¿Por qué maldices?

–      Porque… Óyeme, primero dime: ¿A dónde vas?

–     A Belén. Debo saludar a viejos amigos y llevarles el saludo de mi Madre.

Pero antes necesito saber muchas cosas; porque nosotros los de la familia, hace muchos años que estamos ausentes.

Dejamos la ciudad cuando Yo tenía unos cuantos meses…

–     Antes de la desgracia. Si no te repugna la casa de un campesino, ven con nosotros a compartir el pan y la sal, Tú y tus compañeros.

Hablaremos durante la cena y os daré hospedaje hasta mañana.

Tengo una casa muy pequeña, pero en el pajar hay mucho heno amontonado.

La noche es cálida y serena, creo que podrás dormir.

–      Que el Señor de Israel pague tu hospitalidad. Con gusto voy a tu casa.

–      El peregrino siempre trae bendiciones consigo, vamos.

Pero antes todavía debo echar seis cántaros de agua en las verduras que acaban de nacer.

–      Yo te ayudo.

–      No. Tú eres un señor. Lo dice tu modo de obrar.

      Soy un obrero, mujer,-señala a Juan- y éste es pescador.

Éstos son judíos, hombres de una casta superior. Yo no

Y al decir esto toma el cántaro que estaba junto al brocal del pozo y lo baja.

Los demás preguntan a la mujer:

–       Decidnos donde está la hortaliza.

–       Muéstranosla y la regaremos.

Ella los mira con agradecimiento:

–       Dios os bendiga. Tengo los riñones destrozados con tanto trabajo. Venid…

Y mientras Jesús llena su cántaro.

Los otros tres se van con ella.

Después regresan con dos cántaros vacíos. Los llenan y se van.

Y así lo hacen unas diez veces.

Judas está sonriente y feliz.

Su bello rostro se ilumina al decir:

–      No termina de bendecirnos. Hemos arrojado tanta agua en la hortaliza, que por lo menos dos días, la tierra estará húmeda, Maestro.

Pero… ¿Sabes?… creo que no somos gratos.

Jesús lo mira y pregunta:

–      ¿Por qué lo dices, Judas?

–       Porque se la trae contra el Mesías.

Le dije: “No blasfemes. ¿Acaso no sabes que el Mesías es la mayor gracia para el pueblo de Dios?

Yeové lo prometió a Israel y ¿Tú lo odias?”

Y ella me respondió: “No lo odio a Él.

Sino al que los pastores borrachos y los malditos Magos de Oriente, llamaron Mesías”

Y… puesto que Eres Tú…

–      No importa. Sé que he sido puesto para prueba y contradicción de muchos. ¿Le dijiste Quién Soy Yo?

–      No. No soy un tonto. Quise librar tu espalda y la nuestra.

–      Hiciste bien.

No por las espaldas, sino porque Yo deseo manifestarMe cuando lo considere conveniente. Continuemos…

Después de otros tres cántaros, la mujer los guía hasta una casa que está en medio de la huerta y donde su esposo la está esperando.

Jesús saluda:

–       La paz sea en esta casa.

El hombre responde:

–      Quienquiera que Tú seas, la bendición sea contigo y con los tuyos. Entra.

Y les lleva un lavamanos para que los cuatro se refresquen y se limpien.

Después se sientan a la mesa.

El anfitrión dice:

–      Os agradezco lo que hicieron a nombre de mi mujer. Nunca había tratado a los galileos. Me habían dicho que eran vulgares y buscapleitos.

Pero vosotros habéis sido gentiles y buenos. ¡Estabais ya cansados y trabajasteis tanto! ¿Habéis venido de muy lejos?

Jesús contesta:

–      De Jerusalén.

El hombre se vuelve hacia su esposa y le dice:

–      Mujer. Trae la comida.

Mirando a sus invitados agrega:

–      No tengo más que pan y verduras. Aceitunas y queso. Sólo soy un campesino.

Jesús, sonriendo con dulzura responde:

–      Yo tampoco soy un señor. Soy un carpintero.

–     ¿Tú? ¿Con esos modales?

La mujer interviene:

–      El huésped es de Belén, te lo dije.

Y si los suyos son perseguidos, tal vez habrán sido ricos e instruidos; como Josué de Ur y los otros… ¡Pobres desgraciados!

Jesús interroga:

–      ¿Eran familias betlemitas?

El campesino se asombra:

–      ¿Cómo?… si eres de Belén, ¿No sabes quiénes eran?

La mujer contesta:

–      Se fue antes de la matanza.

El hombre dice:

–      ¡Ah! Comprendo.

De otro modo, nadie hubiera quedado. ¿No has regresado allá?

–      No.

–      ¡Qué desgracia! Encontrarás a muy pocos de los que quieres saludar. Muchos fueron asesinados.

Muchos huyeron. Muchos fueron dispersos y muchos desaparecieron.

Y no se sabe si en el desierto o fueron arrojados a la cárcel, para castigarlos por su rebelión. Más…

¿Quién hubiera podido permanecer inerte; cuando fueron degollados tantos inocentes? ¡No!

¡No es justo que sigan viviendo David y Elías! ¡Mientras tantos inocentes fueron asesinados!

Jesús indaga:

–      ¿Quiénes son esos dos? ¿Y qué fue lo que hicieron?

Massacre of the Innocents, the gothic sculpture in Chartres cathedral

–       En la matanza que hizo Herodes, más de treinta infantes en la ciudad y otros tantos en la campiña; fueron asesinados. Y casi todos eran varones.

Porque en medio de la furia, de la oscuridad, de la confusión; esos crueles hombres arrancaron de las cunas, de los lechos maternos y de las casa que asaltaron, hasta a las niñitas…

Y  las mataron como los arqueros matan a las gacelas que están mamando la leche de su madre. Y bien… ¿Todo esto por qué?…

Porque un grupo de pastores que para no helarse de frío en lo más crudo del invierno; habían bebido mucha cerveza.

Empezaron a delirar diciendo que habían visto ángeles; habían oído cantos celestiales y recibido de ellos indicaciones para encontrar al Mesías…

Y nos dijeron a todos nosotros los de Belén: “Venid y adorad al Mesías, que acaba de nacer” ¡Imagínate! ¡El Mesías en una cueva!

Pero debo reconocer que en realidad todos estábamos ebrios. Hasta yo que en ese entonces era sólo un jovencillo y mi mujer era una niña.

Porque todos creímos y fuimos a ver en una pobre mujer galilea, a la Virgen que da a luz; la misma de la que hablaron los Profetas.

Pero ¡Si estaba con un vulgar galileo, que ciertamente era su marido! Entonces…

¿Cómo podía ser la Virgen?

 

En resumidas cuentas, ¡Creímos!…

Regalos, adoraciones. Los hogares se abrían para hospedarlos…

¡Oh! ¡Pobre Anna! Perdió los bienes, la vida y también a los hijos de su hija mayor; que fue la única que se salvó, porque estaba en Jerusalén.

Perdieron los bienes, porque la casa la quemaron y todo el sembradío fue destruido por órdenes de Herodes.

 

Hasta hoy es un campo desierto, en el que pacen los animales.

Jesús pregunta:

–     ¿Toda la culpa es de los pastores?

El campesino contesta:

–     ¡No! También de tres brujos que vinieron del reino de Satanás. tal vez eran compadres de los otros tres…

¡Y nosotros tan estúpidos que nos sentimos tan honrados!

¡Y el Arquisinagogo! Lo matamos porque juró que las profecías se cumplían exactamente con las palabras de los pastores y  de los Magos.

–     Entonces, ¿Toda la culpa fue de los pastores y de los Magos?

–     No, Galileo. También fue culpa nuestra, nuestra credulidad. ¡Tanto que esperábamos al Mesías! Siglos de espera.

Muchas desilusiones sufridas en los últimos tiempos a causa de los falsos Mesías. Uno era galileo como Tú. Otro se llamaba Teoda.

¡Mentirosos! ¡Ellos Mesías! ¡No eran más que aventureros rapaces en busca de fortuna!

Debía de habernos servido la lección, para que abriésemos los ojos. Por el contrario…

–     Y entonces, ¿Por qué maldecís solamente a los pastores y a los Magos?

Si también vosotros os juzgáis tontos; deberíais de maldeciros a vosotros mismos. La maldición no la permite el mandamiento del amor.

¿Estáis seguros de estar en lo justo? ¡No podría haber sido cierto que los pastores y los Magos hubiesen dicho la verdad que Dios Mismo les reveló!

¿Por qué debe pensarse que fuesen mentirosos?

–     Porque no se habían cumplido los años de la Profecía.

Después lo reflexionamos.

Después que la sangre que enrojeció los tanques de agua y los ríos, nos abrió los ojos del discernimiento.

Con una gran paz, Jesús dice:

–      Y el Altísimo; llevado por un gran amor por su Pueblo; ¿No habría podido anticipar la venida del Salvador?

¿En qué apoyaron los Magos su dicho? Me has dicho que vinieron del Oriente…

–      En sus cálculos sobre una nueva estrella.

–     ¿Y acaso no está dicho: Una estrella nacerá de Jacob y una vara se alzará de Israel?

¿No es Jacob el gran patriarca que vivió en esta tierra de Belén, a la que quiso como a la pupila de sus ojos, porque en ella murió su amada Raquel?…

Y no acaso por boca del profeta, Dios dijo: Brotará un retoño de la raíz de Jesé y saldrá una flor de esta raíz. Isaí, padre de David, nació acá.

El retoño que está en el tronco fue cortado a raíz, con la usurpación de los tiranos. ¿No es acaso la “Virgen” que dará a luz a un niñito sin intervención de hombre, de otro modo no sería virgen, sino por la Voluntad Divina? 

¿Y por esto será el Emmanuel; el Hijo de Dios que será Dios y llevará a Dios al Pueblo como su Nombre lo dice?

¿Y acaso la Profecía no dice que será anunciada a los pueblos de las tinieblas?

¿Esto es a los paganos, con una luz grande; como la estrella que vieron los Magos; la gran luz de las dos profecías: la de Balam y de Isaías?

Hasta la misma matanza que hizo Herodes, ¿Acaso no está profetizada?:

Se ha oído un gran lamento allá arriba…Es Raquel que llora a sus hijos.”

Jesús continúa:

–     Estaba indicado que los huesos de Raquel llorarían lágrimas en su sepulcro de Efratá; cuando a causa del Salvador, hubiera venido la recompensa al Pueblo Santo.

Lágrimas que después se cambiarían en sonrisa celestial, como el arco iris que se forma con las últimas gotas del temporal y que parece decir: ¡Ea! ¡Ahora todo está sereno!

El campesino, no muy convencido, cuestiona:

–    Eres muy docto. ¿Eres Rabí?

–    ¡Sí!

–    Lo creo. Hay luz y verdad en tus palabras.

Sin embargo… todavía hay muchas heridas que manan sangre en esta tierra de Belén, a causa del verdadero o falso Mesías. Nunca le aconsejaría a Él que viniese para acá.

La tierra lo rechazaría como se rechaza a un bastardo, por el que mueren los hijos verdaderos.

Pero, si era Él… murió con los otros degollados.

–     ¿Dónde viven ahora Leví y Elías?

El hombre se pone en guardia y sospecha:

–     ¿Los conoces?

–     No conozco su rostro. Pero… son unos desgraciados y siempre tengo compasión por los infelices.

Quiero ir a verlos.

–     ¡Humm! Serás el primero después de seis lustros.

Aún son pastores y están al servicio de un rico herodiano de Jerusalén que se apoderó de muchos bienes de los que murieron. ¡Siempre hay alguien que gana!

Los encontrarás con los ganados que cuidan, por las vertientes que van a Hebrón.

Pero, te daré un consejo: que los betlemitas no te vean hablar con ellos. Te iría muy mal.

Los soportamos, porque está el herodiano. Si no fuera por eso…

–     Sí. Está el odio. ¿Por qué odiar?

–     Porque es justo. Porque nos hicieron mucho daño.

–     Ellos creyeron hacer un bien.

–     Pero hicieron daño. Y el daño lo tenemos.

Debimos haberlos matado, como ellos mataron con su torpeza. Pero todos estábamos como intoxicados.

Ahora mismo los mataríamos si no estuviera en medio su patrón.

–     Hombre, Yo te lo digo. No hay que odiar. No hay que desear el mal. Aquí no hay culpa. Dilo a los betlemitas:

‘Cuando haya caído el odio de vuestros corazones, veréis al Mesías.

Entonces lo conoceréis porque Él vive. Él ya no estaba cuando sucedió la matanza.

Yo te lo digo: no fue culpa de los pastores, ni de los Magos el que haya sucedido esa desgracia.

Fue Satanás. El Mesías ha nacido aquí.

Ha venido a traer la Luz a la tierra de sus padres. Hijo de Madre Virgen de la estirpe de David, en las ruinas de la Casa de David.

Ha abierto al mundo el torrente de gracias eternas. Ha mostrado la vida al hombre…

El campesino se levanta y señalando la puerta, grita:

–    ¡Largo! ¡Largo de aquí! ¡Sal de aquí Tú, secuaz del falso Mesías! ¡Tú lo defiendes!…

Judas se pone de pie, violento e iracundo.

Toma del brazo al campesino y lo sacude,

al tiempo que dice amenazante:

–     Cálmate, hombre. Soy judío y tengo amigos poderosos. Puedo hacer que te arrepientas del insulto. 

El hombre se atemoriza.

Pero insiste:

–     ¡No! ¡No! ¡Fuera de aquí! No quiero pleitos con los betlemitas. Ni con Roma. Ni con Herodes. ¡Idos de aquí, malditos!…

Jesús siente su corazón destrozado.

Interviene diciendo:

–     Vámonos, Judas. No reacciones. Dejémosle con su rencor. Dios no entra donde hay ira. ¡Vámonos!

Judas amenaza:

–     Sí. Vámonos. Pero me las pagarán.

–     No digas nada. Están ciegos… Y habrá tantos a lo largo de mi camino…

Salen detrás de Simón.

Afuera, detrás de la esquina del pajar, encuentran a la mujer,

que toda contrita les dice:

–      Perdona a mi marido, Señor. –le da unos huevos- Mira, ten. Están frescos. Es lo único que tengo.

Perdónanos. ¿Dónde dormirás hoy?

Jesús los toma y la tranquiliza:

–       No te preocupes. Sé a dónde ir. Tranquilízate en tu buen corazón. Adiós.

Caminan unos metros en silencio.

Después, Judas explota:

–       ¡Es el colmo! ¡Pero Tú…no hacerte adorar! ¿Por qué no hiciste que ese puerco blasfemo besara el lodo?…

¡A tierra! ¡Arrojado al polvo por haberte faltado a Ti! ¡Al Mesías!… ¡Oh! ¡Yo lo hubiera hecho!

¡Los rebeldes tienen  que ser castigados con fuego milagroso! ¡Eso es lo único que los persuade!

–       ¡Oh! ¡Cuántas veces habré de oír lo mismo! ¡Si debiese convertir en cenizas a todo el que me ofenda!… No, Judas. He venido para crear; no para destruir.

–                     Lo que Tú digas. Pero mientras tanto, otros te destruyen.

Jesús no contesta.

Judas está tan furioso, que no comprende en absoluto lo que considera una pasividad inexplicable, pero que es la mansedumbre característica del Hombre-Dios.

Y siguen avanzando en silencio, por el camino bordeado de huertos y olivos cargados de aceitunas.

Más tarde, Simón pregunta:

–     ¿A dónde vamos ahora, Maestro?

–     Venid conmigo. Conozco un lugar…

Judas lo interrumpe todavía más irritado:

–      Pero si nunca has estado aquí desde que huiste. ¿Cómo es que lo conoces?

–      Lo conozco. No es hermoso. Pero estuve una vez ahí.

No es en Belén. Es afuera. Un poco, nada más… Vamos por acá…

Jesús toma la delantera.

Le siguen Simón, Judas y por último, Juan.

En el silencio interrumpido por el roce de las sandalias contra las piedrecillas del camino, se percibe un llanto.

Jesús pregunta volteándose:

–      ¿Quién llora?

Judas contesta:

–       Es Juan. Está atemorizado.

Juan protesta:

–       No. No tengo miedo. Ya tenía la mano en el cuchillo que pende de mi cintura…

Pero me acordé de tu ‘no matar’. Perdona, siempre lo dices.

Judas le pregunta:

–       Entonces ¿Por qué lloras?

–       Porque sufro al ver que el mundo no ama a Jesús. No lo reconoce y no quiere reconocerlo.

¡Oh, qué dolor! Es algo así como si con espinas de fuego me restregasen el corazón. Como si hubiera visto pisoteada mi madre y escupida la cara de mi padre. Todavía peor.

Como si hubiera visto a los caballos romanos profanar el Templo y comer en el Arca Santa y descansar en el lugar donde está el Santo de los Santos.

Jesús lo consuela:

–      No llores, Juan mío. Repetirás lo mismo una y otra vez: Él era la Luz que vino a brillar en las tinieblas, pero las tinieblas no lo comprendieron.

Vino al mundo que Él había hecho, pero el mundo no lo conoció. Vino a su ciudad, a su casa; pero los suyos no lo recibieron.

Juan redobla su llanto.

Y Jesús le pide:   

–        ¡Oh! ¡No llores así!

Juan obedece y suspira:

–        Esto no sucede en Galilea.

Judas, confirma:

–        Pero… ni siquiera en Judea. Jerusalén es la capital y hace tres días que te lanzaban hosannas a Ti, el Mesías.

Aquí, lugar de pastores burdos, campesinos y hortelanos; no se puede tomar como punto de partida.

Los Galileos…

Jesús ordena:

–      Basta, Judas. No conviene perder la calma. Estoy tranquilo. También estadlo vosotros.

Judas, ven aquí. Debo hablarte…

Judas va hacia donde está Jesús,

que le dice:

–     Toma la bolsa. Te encargarás de los gastos de mañana.

Judas pregunta:

–     ¿Y ahora en donde nos albergaremos?

Jesús sonríe y calla.

Dando media vuelta empieza a caminar y todos lo siguen.

23 CONSECUENCIAS EN BELEN


22 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús encabeza el pequeño grupo que camina en fila india por un sendero pedregoso polvoriento, que el sol del estío ha quemado.

Y está bordeado por la hierba que crece bajo la sombra de los grandes olivos, cargados de aceitunas.

Zelote, Juan y Judas de Keriot, le siguen bajo la sombra de los árboles.

El suelo está cubierto con las florecillas del olivo que cayeron después de la fecundación.

Exactamente en donde el camino da una vuelta en ángulo recto, hay una construcción de forma cúbica, sobre la que está una pequeña cúpula.

Está cerrada como si estuviese abandonada.

Más allá se ve un pequeño poblado con numerosas casitas esparcidas.

Simón exclama:

      ¡Allí está el sepulcro de Raquel!

Judas pregunta:

–      Entonces ya casi llegamos. ¿Entramos en la ciudad?

Jesús dice:

       No, Judas. Primero os enseñaré un lugar…Después entraremos en la ciudad.

Y como todavía hay sol y será una noche con luna casi llena, podremos hablar a la población.

     ¿Querrán oírnos?

Han llegado al antiguo sepulcro pintado de blanco.

Jesús se detiene a beber agua, en un pozo cercano.

Una mujer que ha venido a sacar agua, le ofrece,

y Jesús le pregunta:

–      ¿Eres de Belén?

La mujer contesta:

–      Sí. Pero ahora en tiempo de cosecha, estoy con mi marido en este lugar, para cuidar del huerto y los frutos que han nacido. ¿Tú eres Galileo?

–     Nací en Belén; pero vivo en Nazareth de Galilea.

–    ¿También Tú eres perseguido? La familia.

    Pero ¿Por qué dices “tú también”? ¿Hay muchos perseguidos entre los betlemitas?

–    ¿No lo sabes? ¿Cuántos años tienes?

–     Treinta.

–     Si es así…Naciste exactamente cuándo… ¡Oh! ¡Qué desgracia! Pero, ¿Por qué nació Él aquí?

–    ¿Quién?

–     Aquel que era llamado el Salvador. ¡Maldición a esos estúpidos borrachos de cerveza que vieron ángeles en las nubes!

Oyeron voces celestiales en los balidos y rebuznos.

Y en medio de su embriaguez, confundieron a tres miserables con los más santos de la tierra.

¡Malditos sean ellos!… y ¡Quién les creyó!

–      Pero con todas tus maldiciones no explicas lo que sucedió. ¿Por qué maldices?

–      Porque… Óyeme, primero dime: ¿A dónde vas?

–     A Belén. Debo saludar a viejos amigos y llevarles el saludo de mi Madre.

Pero antes necesito saber muchas cosas; porque nosotros los de la familia, hace muchos años que estamos ausentes.

Dejamos la ciudad cuando Yo tenía unos cuantos meses…

–     Antes de la desgracia. Si no te repugna la casa de un campesino, ven con nosotros a compartir el pan y la sal, Tú y tus compañeros.

Hablaremos durante la cena y os daré hospedaje hasta mañana.

Tengo una casa muy pequeña, pero en el pajar hay mucho heno amontonado.

La noche es cálida y serena, creo que podrás dormir.

–      Que el Señor de Israel pague tu hospitalidad. Con gusto voy a tu casa.

–      El peregrino siempre trae bendiciones consigo, vamos.

Pero antes todavía debo echar seis cántaros de agua en las verduras que acaban de nacer.

–      Yo te ayudo.

–      No. Tú eres un señor. Lo dice tu modo de obrar.

      Soy un obrero, mujer,-señala a Juan- y éste es pescador.

Éstos son judíos, hombres de una casta superior. Yo no

Y al decir esto toma el cántaro que estaba junto al brocal del pozo y lo baja.

Los demás preguntan a la mujer:

–       Decidnos donde está la hortaliza.

–       Muéstranosla y la regaremos.

Ella los mira con agradecimiento:

–       Dios os bendiga. Tengo los riñones destrozados con tanto trabajo. Venid…

Y mientras Jesús llena su cántaro.

Los otros tres se van con ella.

Después regresan con dos cántaros vacíos. Los llenan y se van.

Y así lo hacen unas diez veces.

Judas está sonriente y feliz.

Su bello rostro se ilumina al decir:

–      No termina de bendecirnos. Hemos arrojado tanta agua en la hortaliza, que por lo menos dos días, la tierra estará húmeda, Maestro.

Pero… ¿Sabes?… creo que no somos gratos.

Jesús lo mira y pregunta:

–      ¿Por qué lo dices, Judas?

–       Porque se la trae contra el Mesías.

Le dije: “No blasfemes. ¿Acaso no sabes que el Mesías es la mayor gracia para el pueblo de Dios?

Yeové lo prometió a Israel y ¿Tú lo odias?”

Y ella me respondió: “No lo odio a Él.

Sino al que los pastores borrachos y los malditos Magos de Oriente, llamaron Mesías”

Y… puesto que Eres Tú…

–      No importa. Sé que he sido puesto para prueba y contradicción de muchos. ¿Le dijiste Quién Soy Yo?

–      No. No soy un tonto. Quise librar tu espalda y la nuestra.

–      Hiciste bien.

No por las espaldas, sino porque Yo deseo manifestarMe cuando lo considere conveniente. Continuemos…

Después de otros tres cántaros, la mujer los guía hasta una casa que está en medio de la huerta y donde su esposo la está esperando.

Jesús saluda:

–       La paz sea en esta casa.

El hombre responde:

–      Quienquiera que Tú seas, la bendición sea contigo y con los tuyos. Entra.

Y les lleva un lavamanos para que los cuatro se refresquen y se limpien.

Después se sientan a la mesa.

El anfitrión dice:

–      Os agradezco lo que hicieron a nombre de mi mujer. Nunca había tratado a los galileos. Me habían dicho que eran vulgares y buscapleitos.

Pero vosotros habéis sido gentiles y buenos. ¡Estabais ya cansados y trabajasteis tanto! ¿Habéis venido de muy lejos?

Jesús contesta:

–      De Jerusalén.

El hombre se vuelve hacia su esposa y le dice:

–      Mujer. Trae la comida.

Mirando a sus invitados agrega:

–      No tengo más que pan y verduras. Aceitunas y queso. Sólo soy un campesino.

Jesús, sonriendo con dulzura responde:

–      Yo tampoco soy un señor. Soy un carpintero.

–     ¿Tú? ¿Con esos modales?

La mujer interviene:

–      El huésped es de Belén, te lo dije.

Y si los suyos son perseguidos, tal vez habrán sido ricos e instruidos; como Josué de Ur y los otros… ¡Pobres desgraciados!

Jesús interroga:

–      ¿Eran familias betlemitas?

El campesino se asombra:

–      ¿Cómo?… si eres de Belén, ¿No sabes quiénes eran?

La mujer contesta:

–      Se fue antes de la matanza.

El hombre dice:

–      ¡Ah! Comprendo.

De otro modo, nadie hubiera quedado. ¿No has regresado allá?

–      No.

–      ¡Qué desgracia! Encontrarás a muy pocos de los que quieres saludar. Muchos fueron asesinados.

Muchos huyeron. Muchos fueron dispersos y muchos desaparecieron.

Y no se sabe si en el desierto o fueron arrojados a la cárcel, para castigarlos por su rebelión. Más…

¿Quién hubiera podido permanecer inerte; cuando fueron degollados tantos inocentes? ¡No!

¡No es justo que sigan viviendo David y Elías! ¡Mientras tantos inocentes fueron asesinados!

Jesús indaga:

–      ¿Quiénes son esos dos? ¿Y qué fue lo que hicieron?

Massacre of the Innocents, the gothic sculpture in Chartres cathedral

–       En la matanza que hizo Herodes, más de treinta infantes en la ciudad y otros tantos en la campiña; fueron asesinados. Y casi todos eran varones.

Porque en medio de la furia, de la oscuridad, de la confusión; esos crueles hombres arrancaron de las cunas, de los lechos maternos y de las casa que asaltaron, hasta a las niñitas…

Y  las mataron como los arqueros matan a las gacelas que están mamando la leche de su madre. Y bien… ¿Todo esto por qué?…

Porque un grupo de pastores que para no helarse de frío en lo más crudo del invierno; habían bebido mucha cerveza.

Empezaron a delirar diciendo que habían visto ángeles; habían oído cantos celestiales y recibido de ellos indicaciones para encontrar al Mesías…

Y nos dijeron a todos nosotros los de Belén: “Venid y adorad al Mesías, que acaba de nacer” ¡Imagínate! ¡El Mesías en una cueva!

Pero debo reconocer que en realidad todos estábamos ebrios. Hasta yo que en ese entonces era sólo un jovencillo y mi mujer era una niña.

Porque todos creímos y fuimos a ver en una pobre mujer galilea, a la Virgen que da a luz; la misma de la que hablaron los Profetas.

Pero ¡Si estaba con un vulgar galileo, que ciertamente era su marido! Entonces…

¿Cómo podía ser la Virgen?

 

En resumidas cuentas, ¡Creímos!…

Regalos, adoraciones. Los hogares se abrían para hospedarlos…

¡Oh! ¡Pobre Anna! Perdió los bienes, la vida y también a los hijos de su hija mayor; que fue la única que se salvó, porque estaba en Jerusalén.

Perdieron los bienes, porque la casa la quemaron y todo el sembradío fue destruido por órdenes de Herodes.

 

Hasta hoy es un campo desierto, en el que pacen los animales.

Jesús pregunta:

–     ¿Toda la culpa es de los pastores?

El campesino contesta:

–     ¡No! También de tres brujos que vinieron del reino de Satanás. tal vez eran compadres de los otros tres…

¡Y nosotros tan estúpidos que nos sentimos tan honrados!

¡Y el Arquisinagogo! Lo matamos porque juró que las profecías se cumplían exactamente con las palabras de los pastores y  de los Magos.

–     Entonces, ¿Toda la culpa fue de los pastores y de los Magos?

–     No, Galileo. También fue culpa nuestra, nuestra credulidad. ¡Tanto que esperábamos al Mesías! Siglos de espera.

Muchas desilusiones sufridas en los últimos tiempos a causa de los falsos Mesías. Uno era galileo como Tú. Otro se llamaba Teoda.

¡Mentirosos! ¡Ellos Mesías! ¡No eran más que aventureros rapaces en busca de fortuna!

Debía de habernos servido la lección, para que abriésemos los ojos. Por el contrario…

–     Y entonces, ¿Por qué maldecís solamente a los pastores y a los Magos?

Si también vosotros os juzgáis tontos; deberíais de maldeciros a vosotros mismos. La maldición no la permite el mandamiento del amor.

¿Estáis seguros de estar en lo justo? ¡No podría haber sido cierto que los pastores y los Magos hubiesen dicho la verdad que Dios Mismo les reveló!

¿Por qué debe pensarse que fuesen mentirosos?

–     Porque no se habían cumplido los años de la Profecía.

Después lo reflexionamos.

Después que la sangre que enrojeció los tanques de agua y los ríos, nos abrió los ojos del discernimiento.

Con una gran paz, Jesús dice:

–      Y el Altísimo; llevado por un gran amor por su Pueblo; ¿No habría podido anticipar la venida del Salvador?

¿En qué apoyaron los Magos su dicho? Me has dicho que vinieron del Oriente…

–      En sus cálculos sobre una nueva estrella.

–     ¿Y acaso no está dicho: Una estrella nacerá de Jacob y una vara se alzará de Israel?

¿No es Jacob el gran patriarca que vivió en esta tierra de Belén, a la que quiso como a la pupila de sus ojos, porque en ella murió su amada Raquel?…

Y no acaso por boca del profeta, Dios dijo: Brotará un retoño de la raíz de Jesé y saldrá una flor de esta raíz. Isaí, padre de David, nació acá.

El retoño que está en el tronco fue cortado a raíz, con la usurpación de los tiranos. ¿No es acaso la “Virgen” que dará a luz a un niñito sin intervención de hombre, de otro modo no sería virgen, sino por la Voluntad Divina? 

¿Y por esto será el Emmanuel; el Hijo de Dios que será Dios y llevará a Dios al Pueblo como su Nombre lo dice?

¿Y acaso la Profecía no dice que será anunciada a los pueblos de las tinieblas?

¿Esto es a los paganos, con una luz grande; como la estrella que vieron los Magos; la gran luz de las dos profecías: la de Balam y de Isaías?

Hasta la misma matanza que hizo Herodes, ¿Acaso no está profetizada?:

Se ha oído un gran lamento allá arriba…Es Raquel que llora a sus hijos.”

Jesús continúa:

–     Estaba indicado que los huesos de Raquel llorarían lágrimas en su sepulcro de Efratá; cuando a causa del Salvador, hubiera venido la recompensa al Pueblo Santo.

Lágrimas que después se cambiarían en sonrisa celestial, como el arco iris que se forma con las últimas gotas del temporal y que parece decir: ¡Ea! ¡Ahora todo está sereno!

El campesino, no muy convencido, cuestiona:

–    Eres muy docto. ¿Eres Rabí?

–    ¡Sí!

–    Lo creo. Hay luz y verdad en tus palabras.

Sin embargo… todavía hay muchas heridas que manan sangre en esta tierra de Belén, a causa del verdadero o falso Mesías. Nunca le aconsejaría a Él que viniese para acá.

La tierra lo rechazaría como se rechaza a un bastardo, por el que mueren los hijos verdaderos.

Pero, si era Él… murió con los otros degollados.

–     ¿Dónde viven ahora Leví y Elías?

El hombre se pone en guardia y sospecha:

–     ¿Los conoces?

–     No conozco su rostro. Pero… son unos desgraciados y siempre tengo compasión por los infelices.

Quiero ir a verlos.

–     ¡Humm! Serás el primero después de seis lustros.

Aún son pastores y están al servicio de un rico herodiano de Jerusalén que se apoderó de muchos bienes de los que murieron. ¡Siempre hay alguien que gana!

Los encontrarás con los ganados que cuidan, por las vertientes que van a Hebrón.

Pero, te daré un consejo: que los betlemitas no te vean hablar con ellos. Te iría muy mal.

Los soportamos, porque está el herodiano. Si no fuera por eso…

–     Sí. Está el odio. ¿Por qué odiar?

–     Porque es justo. Porque nos hicieron mucho daño.

–     Ellos creyeron hacer un bien.

–     Pero hicieron daño. Y el daño lo tenemos.

Debimos haberlos matado, como ellos mataron con su torpeza. Pero todos estábamos como intoxicados.

Ahora mismo los mataríamos si no estuviera en medio su patrón.

–     Hombre, Yo te lo digo. No hay que odiar. No hay que desear el mal. Aquí no hay culpa. Dilo a los betlemitas:

‘Cuando haya caído el odio de vuestros corazones, veréis al Mesías.

Entonces lo conoceréis porque Él vive. Él ya no estaba cuando sucedió la matanza.

Yo te lo digo: no fue culpa de los pastores, ni de los Magos el que haya sucedido esa desgracia.

Fue Satanás. El Mesías ha nacido aquí.

Ha venido a traer la Luz a la tierra de sus padres. Hijo de Madre Virgen de la estirpe de David, en las ruinas de la Casa de David.

Ha abierto al mundo el torrente de gracias eternas. Ha mostrado la vida al hombre…

El campesino se levanta y señalando la puerta, grita:

–    ¡Largo! ¡Largo de aquí! ¡Sal de aquí Tú, secuaz del falso Mesías! ¡Tú lo defiendes!…

Judas se pone de pie, violento e iracundo.

Toma del brazo al campesino y lo sacude,

al tiempo que dice amenazante:

–     Cálmate, hombre. Soy judío y tengo amigos poderosos. Puedo hacer que te arrepientas del insulto. 

El hombre se atemoriza.

Pero insiste:

–     ¡No! ¡No! ¡Fuera de aquí! No quiero pleitos con los betlemitas. Ni con Roma. Ni con Herodes. ¡Idos de aquí, malditos!…

Jesús siente su corazón destrozado.

Interviene diciendo:

–     Vámonos, Judas. No reacciones. Dejémosle con su rencor. Dios no entra donde hay ira. ¡Vámonos!

Judas amenaza:

–     Sí. Vámonos. Pero me las pagarán.

–     No digas nada. Están ciegos… Y habrá tantos a lo largo de mi camino…

Salen detrás de Simón.

Afuera, detrás de la esquina del pajar, encuentran a la mujer,

que toda contrita les dice:

–      Perdona a mi marido, Señor. –le da unos huevos- Mira, ten. Están frescos. Es lo único que tengo.

Perdónanos. ¿Dónde dormirás hoy?

Jesús los toma y la tranquiliza:

–       No te preocupes. Sé a dónde ir. Tranquilízate en tu buen corazón. Adiós.

Caminan unos metros en silencio.

Después, Judas explota:

–       ¡Es el colmo! ¡Pero Tú…no hacerte adorar! ¿Por qué no hiciste que ese puerco blasfemo besara el lodo?…

¡A tierra! ¡Arrojado al polvo por haberte faltado a Ti! ¡Al Mesías!… ¡Oh! ¡Yo lo hubiera hecho!

¡Los rebeldes tienen  que ser castigados con fuego milagroso! ¡Eso es lo único que los persuade!

–       ¡Oh! ¡Cuántas veces habré de oír lo mismo! ¡Si debiese convertir en cenizas a todo el que me ofenda!… No, Judas. He venido para crear; no para destruir.

–                     Lo que Tú digas. Pero mientras tanto, otros te destruyen.

Jesús no contesta.

Judas está tan furioso, que no comprende en absoluto lo que considera una pasividad inexplicable, pero que es la mansedumbre característica del Hombre-Dios.

Y siguen avanzando en silencio, por el camino bordeado de huertos y olivos cargados de aceitunas.

Más tarde, Simón pregunta:

–     ¿A dónde vamos ahora, Maestro?

–     Venid conmigo. Conozco un lugar…

Judas lo interrumpe todavía más irritado:

–      Pero si nunca has estado aquí desde que huiste. ¿Cómo es que lo conoces?

–      Lo conozco. No es hermoso. Pero estuve una vez ahí.

No es en Belén. Es afuera. Un poco, nada más… Vamos por acá…

Jesús toma la delantera.

Le siguen Simón, Judas y por último, Juan.

En el silencio interrumpido por el roce de las sandalias contra las piedrecillas del camino, se percibe un llanto.

Jesús pregunta volteándose:

–      ¿Quién llora?

Judas contesta:

–       Es Juan. Está atemorizado.

Juan protesta:

–       No. No tengo miedo. Ya tenía la mano en el cuchillo que pende de mi cintura…

Pero me acordé de tu ‘no matar’. Perdona, siempre lo dices.

Judas le pregunta:

–       Entonces ¿Por qué lloras?

–       Porque sufro al ver que el mundo no ama a Jesús. No lo reconoce y no quiere reconocerlo.

¡Oh, qué dolor! Es algo así como si con espinas de fuego me restregasen el corazón. Como si hubiera visto pisoteada mi madre y escupida la cara de mi padre. Todavía peor.

Como si hubiera visto a los caballos romanos profanar el Templo y comer en el Arca Santa y descansar en el lugar donde está el Santo de los Santos.

Jesús lo consuela:

–      No llores, Juan mío. Repetirás lo mismo una y otra vez: Él era la Luz que vino a brillar en las tinieblas, pero las tinieblas no lo comprendieron.

Vino al mundo que Él había hecho, pero el mundo no lo conoció. Vino a su ciudad, a su casa; pero los suyos no lo recibieron.

Juan redobla su llanto.

Y Jesús le pide:   

–        ¡Oh! ¡No llores así!

Juan obedece y suspira:

–        Esto no sucede en Galilea.

Judas, confirma:

–        Pero… ni siquiera en Judea. Jerusalén es la capital y hace tres días que te lanzaban hosannas a Ti, el Mesías.

Aquí, lugar de pastores burdos, campesinos y hortelanos; no se puede tomar como punto de partida.

Los Galileos…

Jesús ordena:

–      Basta, Judas. No conviene perder la calma. Estoy tranquilo. También estadlo vosotros.

Judas, ven aquí. Debo hablarte…

Judas va hacia donde está Jesús,

que le dice:

–     Toma la bolsa. Te encargarás de los gastos de mañana.

Judas pregunta:

–     ¿Y ahora en donde nos albergaremos?

Jesús sonríe y calla.

Dando media vuelta empieza a caminar y todos lo siguen.

EL CARISMA DE SANACIÓN 1


IMITAR AL MAESTRO, ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En la casa de Cafarnaúm, se preparan para el Sábado.

Mateo, que cojea todavía, recibe a los compañeros.

Les brinda agua y frutas frescas. Les pregunta sobre las misiones.

Pedro arruga la nariz al ver que hay fariseos vagabundeando cerca de la casa.

Y dice:

–        Tienen ganas de amargarnos el Sábado. Quisiera ir al encuentro del Maestro y decirle que se vaya a Betsaida, para que éstos se queden con un palmo de narices.

Andrés le pregunta:

–      ¿Y crees que el Maestro lo haría?

Y Mateo observa:

–       Además… En la habitación de abajo está el pobre infeliz que lo espera.

Pedro insiste:

–       Podríamos llevarlo en la barca a Betsaida y yo o cualquier otro ir al encuentro del Maestro, que hoy regresa de Corozaím.

Como Felipe tiene a su familia en Betsaida y nada le daría más gusto, dice entusiasmado:

–      Pues vamos…

Pedro agrega:

–       ¡Tanto más que estáis viendo cómo han reforzado la guardia con escribas! Vamos sin perder tiempo. Vosotros con el enfermo, pasáis por el huerto y salís por atrás de la casa.

Yo llevo la barca hasta el pozo de la higuera y Santiago hará lo mismo. Simón Zelote y los hermanos de Jesús, irán al encuentro del Maestro.

Judas de Keriot grita:

–        ¡Yo no voy con el endemoniado!

–       ¿Por qué? ¿Tienes miedo de que se te pegue el demonio?

–        No me hagas enojar, Simón de Jonás. Dije que no voy y no voy.

–        Ve con los primos al encuentro de Jesús.

–         No.

–         ¡Uf! Ven en la barca.

–         No.

–         En resumidas cuentas… ¿Qué es lo que quieres? Eres siempre el de los obstáculos…

–        Quiero quedarme en donde estoy. No temo a nadie y no me escapo. Por otra parte, el Maestro no estaría contento con ello.

Sería causa para otro sermón de reproche y no me lo quiero merecer por vuestra culpa. Id vosotros. Yo me quedaré a informar…

Pedro grita:

–        ¡Así no! Todos o nadie.

Zelote, que estaba mirando hacia el camino, dice muy serio:

–        Entonces nadie. Porque el Maestro ya está aquí. Vedlo que se acerca.

Pedro disgustado, rezonga entre la barba y va a encontrar a Jesús con los demás.

Y después de los saludos le dicen del endemoniado ciego y mudo que con los familiares le esperan desde hace mucho tiempo.

Mateo explica:

–          Está como inerte. Se echó sobre unos sacos vacíos y de allí no se ha movido. Los familiares tienen confianza en Ti. Ven a tomar algo y luego lo curarás.

Jesús objeta:

–          No. Voy al punto donde está él. ¿En dónde?

–          En la habitación de abajo, cerca del horno. Allí lo puse junto con sus familiares. Porque hay muchos fariseos y también escribas que parecen estar al asecho.

Pedro refunfuña:

–         Es cierto. Y sería mejor no darles gusto.

Jesús pregunta:

–        ¿No está Judas de Simón?

Pedro vuelve a rezongar:

–         Se quedó en casa. Siempre hace lo que otros no hacen.

Jesús lo mira pero no reprende.

Se apresura a ir a la casa. Saluda a Judas, que parece muy ocupado en acomodar los trastes.

Jesús dice:

–          Sacad al enfermo.

Un fariseo extraño a Cafarnaúm, replica:

–        No es un enfermo. Es un endemoniado.

–        Es siempre una enfermedad del espíritu…

–        Le ha impedido el ver y el hablar.

–        La posesión es siempre una enfermedad del espíritu, que se extiende a los miembros y a los órganos. Si me hubieses dejado terminar; hubieras sabido que me refería a esto.

También la fiebre está en la sangre cuando uno se enferma. Y luego, a través de la sangre, ataca las diferentes partes del cuerpo. 

Por eso para usar del Carisma de Sanación con éxito, debemos averiguar DÓNDE está el problema.

Ahora hay muchos enfermos, con la POSESIÓN DIABÓLICA PERFECTA, como la de Judas. 

El fariseo no puede replicar más y se calla.

Llevan al endemoniado ante Jesús.

Se ve inerte y aniquilado.

La gente se agolpa, junto con los notables de Cafarnaúm, los fariseos, escribas, Jairo y un centurión romano, con otros gentiles.

Cuando “vemos” cuales son los demonios autores del tormento y con el Don de ciencia infusa, también conocemos cómo entraron…

Haciendo el ademán de imperio, Jesús ordena:

–        ¡En Nombre de Dios, deja las pupilas y la lengua de éste! Lo quiero. Sal de ésta criatura. Ya no te es lícito tenerla. ¡Largo!

El milagro se desenvuelve con un grito de rabia del demonio…

Y termina con uno de alegría del liberado que exclama:

–        ¡Hijo de David! ¡Hijo de  David! ¡Santo Rey!

Jesús comisiona a los apóstoles
14. Por último, estando a la mesa los once discípulos, se les apareció y les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, por no haber creído a quienes le habían visto resucitado.
15. Y les dijo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación.
16. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará.
17. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas,
18. agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien.»
La ascensión
19. Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios.
20. Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban.

Un escriba pregunta:

–       ¿Cómo supo que fue Él quien lo curó?

Otro fariseo contesta:

–       ¡Si todo es una comedia!

–       ¡Esta gente ha sido pagada para representarla! –contesta uno más alzando los hombros.

Jairo el sinagogo replica:

–      ¿Quién le pagó? ¿Se puede saber?

–       Tú también.

–       ¿Con qué fin?

–       Para hacer célebre Cafarnaúm.

–       No envilezcas tu inteligencia, diciendo estupideces. Y tu lengua, ensuciándola con mentiras. Sabes que no es verdad. Y deberías comprender que estás repitiendo una sandez.

Lo que sucedió aquí, ha sucedido en muchas partes de Israel. ¿Habrá siempre quién pague?

Yo no sabía que la plebe fuese tan rica, pues es la única que ama al Maestro.

–        Tú eres el sinagogo y lo amas.

–        Allí está Mannaém, el hermano de Herodes. En Bethania está Lázaro, el hijo de Teófilo.

–       Ellos no pertenecen a la plebe.

–       Pero ellos y yo somos honestos. No engañamos a nadie y menos en asuntos de creencia. No nos lo permitimos, pues tememos a Dios y a Él le agrada la honestidad.

Los fariseos le dan la espalda a Jairo y atacan a los familiares del curado:

–        ¿Quién os dijo que viniesen aquí?

–         Muchos que fueron sanados.

–         ¿Qué os dieron?

–        ¿Darnos? La seguridad de que Él lo sanaría.

–        ¿Pero de veras estaba enfermo?

–         ¡Oh, cabezas fraudulentas! ¿Pensáis que todo esto fue una pantomima? Si no nos creéis vayan a Gadara y preguntad por la desgracia de Anna de Ismael.

Se arma una discusión entre los que creen y  los que no creen.

Un escriba dice desdeñoso:

–       Pero no aumentéis el fanatismo del pueblo con vuestras afirmaciones.

–       ¿Y qué es entonces, según vosotros?

–       ¡Un Belzebú!

Varios gritan al mismo tiempo:

–       ¡Lenguas de víboras!

–       ¡Queréis quitarnos la alegría del Mesías!

–       ¡Blasfemos!

–       ¡Usureros!

–       ¡Ruina nuestra!…

Y se enciende más la disputa.

Jesús que había ido a la casa a beber un poco de agua, se asoma al umbral a tiempo para oír la necia acusación farisea:

–        Este es un Belcebú, porque los demonios lo obedecen. 

–        El gran Belcebú, su padre le ayuda y es con su poder que arroja a los demonios.

Jesús se acerca derecho y severo; pero tranquilo. Se detiene frente al grupo de escribas y fariseos.

Los mira agudamente y les dice:

–         Aún en la tierra vemos que un reino dividido en partidos contrarios, se debilita internamente…

Y en un larguísimo discurso habla de la astucia y la maldad de Satanás que vive para ‘robar, dañar, mentir, ofender, meter confusión, destruir…’

Del pecado contra el Espíritu Santo y de la posesión diabólica. 

NUESTRA MISIÓN ESTÁ PRIMERO

Casi ha terminado cuando dicen a Jesús:

–         Maestro, están tu Mamá y tus hermanos.

–         Da orden de que se aleje la gente, para que puedan acercarse a Ti, pues tienen una razón importante que los obligó a venir a buscarte.

21. Otro de los discípulos le dijo: «Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre.» 22. Dícele Jesús: «Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos.» MATEO 8

Jesús levanta su cabeza y ve el rostro angustiado de María que lucha por no llorar, mientras que José de Alfeo, le habla irritado con gestos enérgicos.

Y la cara de Simón, claramente afligida y disgustada…

Pero Jesús no sonríe y no da ninguna orden.

Deja a la Afligida en su dolor y a sus primos, donde están.

Mira a la multitud y responde a los apóstoles que están cerca y que tratan de hacer valer la sangre sobre el deber.

Solamente dice:

–       ¿Quién es mi madre? ¿Quiénes son mis hermanos?

Gira los ojos. Hay severidad en su rostro, que palidece por la violencia que debe hacerse a Sí Mismo, para colocar el deber sobre el afecto y la sangre.

Y lograr negar su unión con su Madre, para servir al Padre.

Señala con un largo ademán a la multitud que se aprieta a su alrededor.

–      He aquí mi madre. He aquí a mis hermanos. Los que hacen la voluntad de Dios, son mis hermanos y hermanas, son mi madre. No tengo otros.

Los míos serán esto si cumplen la Voluntad Divina y con mayor perfección que cualquier otro;

en hacer la voluntad de Dios hasta el sacrificio total de cualquier otro querer o voz de sangre y de afectos.

La multitud ruge como un mar agitado por el viento.

Estaban al acecho por si curaba en Sábado.

Los escribas son los primeros en huir diciendo:

–        ¡Es un demonio! ¡Reniega hasta de su sangre!

Los parientes, hermanos de Judas Tadeo y Santiago de Alfeo, se adelantan:

–        ¡Es un loco!

–        ¡Tortura hasta a su madre!

Los apóstoles:

–       En verdad que en esta palabra concentra todo el heroísmo.

La multitud dice:

–       ¡Cómo nos ama!

A duras penas, María con José y Simón, se abren paso.

María toda dulzura. José, todo rabia. Simón, todo turbado.

Llegan hasta Jesús.

José al punto lo ataca:

–        Eres un loco. Ofendes a todos. No respetas ni siquiera a tu Madre. Pero ahora estoy aquí y te lo impediré. ¿Es verdad que vas de acá para allá como trabajador?

Si es verdad, ¿Por qué no trabajas en tu carpintería, para alimentar a tu Madre?

¿Por qué mientes diciendo que tu trabajo es la predicación? Ocioso e ingrato que eres; si luego vas a buscar en casa ajena un trabajo remunerado. ¡Responde!

Jesús se vuelve.

Toma de la mano al niño, lo levanta sosteniéndolo por las axilas y dice:

–        Mi trabajo fue para dar de comer a este inocente y a su familia. Y persuadirles de que Dios es Bueno. Se predicó a Corozaím la humildad y la caridad.

Y no sólo a Corozaím, sino también a ti José, hermano injusto. Te perdono porque sé que la sierpe te mordió. 

Con el Don de DISCERNIMIENTO, Jesús SABE lo que Satanás hizo a través de Judas y ahora TAMBIÉN TRATA DE IMPEDIR  que realice su MISIÓN.

Te perdono a ti también, Simón inconstante. A mi Madre no tengo nada que perdonar, ni Ella a Mí, porque juzga con justicia. Que el mundo haga lo que quiera.

Yo hago lo que Dios quiere. Y con la bendición del Padre y mi Madre soy más feliz; que si todo mundo me aclamase como Rey suyo.

Satanás siempre NOS ATACA o nos obstaculiza con lo que más amamos.

Ven Madre, no llores. Ellos no saben lo que hacen. Perdónalos.

María dice:

–        ¡Oh, Hijo! ¡Yo sé! Tú sabes. No hay nada que decir…

–         No hay otra cosa qué decir, más que: ‘Idos en paz.’

Jesús bendice a la multitud y tomando de la mano a María, sube la escalera…

 

LA CIENCIA DE LA MUERTE 2


1RESURRECCION

LA CONVERSION ES LA RESURRECCIÓN DEL ESPÍRITU  

Jesús llevó su Amor a empurpurarse con su Sangre sobre la cima del Calvario y ahí esplende, para recordarnos que fuimos hechos para el Cielo.

Y relampaguea para llamarnos a Sí. Para volver a grabar el Nombre Santo de Jesucristo, sobre el altar de nuestro corazón sin Dios y sobre el templo profanado de nuestra mente.

Para consagrarlos al Dios Verdadero con un verdadero culto a Dios.

Hay que amar, alabar, cantar, invocar, bendecir, CREER en el Nombre Bendito de Jesús.

EL ARREPENTIMIENTO ES EL DOLOR DE HABER CAUSADO DAÑO.

“Yo Soy el Señor Dios Tuyo.”

Pareciera que el dedo de Dios haya escrito esta sentencia en todo lo creado.

El pecador trata de ahogar este grito de la conciencia.

Pero siempre llega el momento en que en medio de la ebriedad y del placer. En el ajetreo del trabajo, en el reposo de la noche, en el paseo solitario, en el vacío de Dios, le reprocha:

Sufres porque has convertido en dios a esta carne que ávido besas; este oro que avaro acumulas; este odio que carcome tu existencia, con el ansia de venganza.

Dios es Paz.

El que quiere recuperarla, debe escombrar la mente, el corazón, la carne; de todo lo que no es paz y causa turbación.

EL PECADO ES UNA MALDICIÓN, que atrae la Justicia Divina. 

El arrepentimiento quita el anatema cuando es sincero.

Cada hombre debe examinarse con sinceridad y entonces sabe en dónde ha errado.

De Dios nadie puede hacer burla.

El alma que se acerca a Él con humildad, obtiene su Perdón.

NO HAY ARREPENTIMIENTO

Tropezar no es malo, encariñarse con la piedra, SÍ.

MIENTRAS DURE EL DESEO POR EL OBJETO POR EL QUE PECAMOS.

Dios no perdona a quién no se arrepiente, porque es necesario limpiar el corazón para obtener gracias…

Y las excusas no se pueden perdonar.

EL MAL NO BASTA NO HACERLO.

TAMBIÉN ES NECESARIO NO DESEAR HACERLO.

Por eso Jesús dijo: “Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió con ella adulterio en su corazón.”

Porque el pecado a los ojos de Dios es un delito realizado, cuando hay deleite alimentando pensamientos de adulterio, se es adúltero;

De homicidio, homicida; de traición, traidor; etc.

Jesús vino para salvar a los pecadores y cada alma que se arrepiente y se convierte; es una justificación para la tremenda humillación a que se sometió el Infinito al tomar forma humana.

Porque en la llama del arrepentimiento, el alma se ofrece amando a la Flama del Amor Divino, que la absuelve y la absorbe dentro de Sí Mismo.

El hombre es débil y cuando peca por lo sorpresivo de los ataques de Satanás, Dios le perdona si surge en él un arrepentimiento sincero y la voluntad de no pecar más.

PORQUE QUIÉN ES REALMENTE FIEL Y AMA A DIOS, NO SE DOBLEGA A LAS PASIONES,

NI LO QUEMA EL FUEGO DE SATANÁS,

YA QUE EL PECADO LE REPUGNA.

Y cuando amamos a Dios con todo nuestro ser, no pecamos.

Porque el pecado es un dolor que se da a Dios.

Quién ama verdaderamente no quiere lastimar jamás al Amado, ni con el más mínimo dolor.

Para el pecador arrepentirse significa abandonar su vida de pecado,

Postrado ante la Cruz en la que has muerto y a la que yo también te he condenado. Sólo puedo decirte hoy que lo siento, que te amo y te pido perdón por mis errores y te pido perdón por mis pecados. Perdóname Señor, HOY ME ARREPIENTO, Perdóname Padre mío por mi maldad, perdóname Señor, por mis errores, perdóname señor por mis pecados. PERDÓNAME SEÑOR, HOY ME ARREPIENTO, PERDÓNAME MI DIOS, CRUCIFICADO.

Y volverse hacia Dios por el camino de la Oración y la Penitencia.

Los pecadores son los muertos del espíritu y cuando el hombre atiende el llamado de Dios y se arrepiente, se verifica el milagro anunciado por Jesús.

Y los que escuchan y atienden su llamada, se levantan de su tumba espiritual y resucitan a la verdadera Vida.

NO HACER EL MAL, NO ES SUFICIENTE PARA ESCAPAR DEL INFIERNO.

El poder de Dios arranca de la esclavitud del pecado, pero el arrepentimiento debe llevar a la conversión.

Es decir, al deseo continuo de conocer, amar y pertenecer, cada vez más a Dios; buscando hacer siempre la Voluntad Divina.

Y el Reino de Dios llega al corazón que acepta la Ley que vino de los Cielos a través del Evangelio de Jesús, porque al practicarla el hombre se convierte en ciudadano del Reino.

LA CONVERSIÓN DEBE VIVIRSE TODOS LOS DIAS.

Para el cristiano, convertirse significa despertarse cada día, con el deseo ferviente de ser mejor que el día anterior,

de pertenecer más a Dios y amarle cada vez más, limando las imperfecciones.

Tratando de conquistar con el heroísmo y la voluntad, estratos más elevados de la perfección.

Conquistando la salvación con todas las potencias y poniendo en juego todos los dones recibidos de la Gracia de Dios.

LA RESURRECCIÓN MORAL Y ESPIRITUAL.

La salvación se encuentra en el Evangelio.

Aceptando todas sus verdades espirituales, practicando una auténtica caridad.

No se puede conciliar el Reino de Dios, con el Reino de Satanás.

No es posible dar gusto al mismo tiempo a la carne y al espíritu.

ES INDISPENSABLE EL ESCOGER. 

Él se ha dado a Sí Mismo dejando el seno del Padre, para hablar a los hombres.

Se ha humillado Él, Dios; a morir como un malhechor, para lavar nuestro corazón y volverlo capaz de acoger a Dios.

Él ha dado el Paráclito para que fuese Maestro en el conocimiento de su Doctrina de Caridad, pureza, bondad, humildad.

JESÚS LLAMA: 

 “¡Venid! Mis brazos están abiertos. Mi boca tiene besos de perdón y mi Corazón tiene Tesoros de Amor. Dejad las riquezas injustas y venid a Mí, Soy la Riqueza Verdadera.

Dejad los goces indignos y venid a Mí, Gozo Verdadero. Yo Soy el Dios de la Paz. Todo Dolor en Mí se calma. Todo peso se vuelve ligero.

Venid. Dejad aquello que mata y que muere. Aquello que hace daño. Aquello que quiere el Mal. Ayudadme a rechazar al infierno en el Infierno y a abriros el Cielo.

Venid a Mí que os amo. Ayudadme con vuestra voluntad. La quiero para actuar. No porque yo la necesite, sino porque es necesaria para vosotros, para merecer el Reino.

Yo puedo darles todo si venís a mi Corazón y no de manera humana, sino sobrehumana, eterna, inefablemente dulce.

No les digo que no conoceréis el Dolor, lo he conocido Yo que Soy Dios.

Pero les digo:

tu dolor se volverá suave si lo sufres sobre mi Corazón. Todo dolor en Mí se calma”

El llamado a la conversión, es el llamado a la Vida, a la resurrección del espíritu.

Y esto solo puede suceder aquí en la Tierra, en este momento, mediante un milagro de gracia.

Solo aquí, en nuestro único día.

La respuesta la tenemos nosotros con nuestra voluntad.

EL QUE LO AMA DE VERDAD Y QUIERE AMARLO SIEMPRE MÁS

SE LIBERA DE LAS CADENAS DEL ERROR Y DEL PECADO Y LE DA EL ‘’.

HAY QUE DAR EL PRIMER PASO Y DECIR A JESÚS: ‘SEÑOR. VENGO A TI.’

Y A SATANÁS: ‘ALÉJATE DE MÍ. YO NO TE PERTENEZCO’.

PREPARACIÓN A LA MUERTE

La muerte es inevitable. Entró en el mundo como consecuencia inmediata del Pecado. Nadie ama la muerte, sobretodo sí es dolorosa, sí es prematura e inmerecida. Nadie la ama.

Y sin embargo, todos debemos morir. Por eso se debe mirar a la muerte con la misma serenidad, con que se mira todo lo que debe terminar.

Si pedimos a Dios poder amarla, avanzaremos velozmente en el camino de la perfección.

Dios desea estar con sus creaturas y las creaturas debieran desear estar con Él.

            La contemplación de la Muerte es Escuela de Vida.

Si vivimos con santidad, la muerte se convierte en esto:

Separación temporal del cuerpo, del espíritu, para después resucitar triunfalmente para siempre, reunidos y felices en Dios.

Todos nacemos desnudos. Todos morimos y somos destinados a la corrupción.

Como se nace, reyes o pordioseros, así se muere. Es solo la envoltura superficial de lo ostentoso, lo que permite una diferencia entre uno y otro.

Pero lo esencial, el ser humano, no deja de ser carne muerta.

Despojos cuyo destino final es la destrucción. No es así lo incorruptible: el alma.

EN LA HORA DE LA MUERTE

La Cruz de la muerte es la última cruz del hombre y tiene dos brazos. Uno es la Cruz de Jesús y el otro el nombre de María.

Entonces la muerte sucede  en la paz de los liberados también de la cercanía de Satanás, porque estas son las dos cosas que el maldito no soporta.

Todos vamos a morir y esto nunca hay que olvidarlo, si queremos salir victoriosos de la extrema insidia que nos odia infinitamente.

El grito que salva porque nunca se le invoca inútilmente, es el Nombre de Jesús.

El vela en espera de ser llamado y acude pronto, pues ante el Nombre de Jesús, tiemblan de alegría los Cielos y de terror los Abismos.

Y SE OBRAN LOS MILAGROS… 

Sólo los hijos desamorados e imprudentes esperan el último momento, para llamarlo.

Satanás vela para apoderarse de las almas, como un ladrón que ataca de repente.

 

El mundo está lleno de muertes repentinas y es uno de los productos de nuestra manera de existir.

Hemos multiplicado los placeres y la muerte. El saber y la muerte.

Hay que luchar para que el sol quemante de nuestra carnalidad, no nos vuelva irreconocibles a los ojos de Dios y repelentes ante Él.

Hay que vencer, pidiéndole a Dios que nos ayude en nuestra voluntad de ser buenos y con un ferviente deseo de complacerlo. A Él le basta con esto.

Quién hace esto, hace todo. Porque Dios es nuestro refugio contra Satanás que trata de impedírnoslo.

Por eso hay que arder en el amor de Dios. El pecado nos ha enfermado.

Jesús vino por los enfermos y los pecadores.

Las fiebres pueden conocer sus caricias. Nuestros sudores, su Sudario. Nuestras agonías, sus brazos para sostenernos. Nuestras angustias, su Palabra.

Y la carne, fiera enloquecida; cuando se pierde se encuentra la Vida.

Los que están enfermos  por haber traicionado la Ley de Dios y servido a la carne, pueden encontrar alivio, Jesús no se cansa de salvar.

Él es el único que sufre y vela con nosotros. Sonríe a nuestras esperanzas y en canto el Padre lo quiere, las convierte en realidad.

Para los que tienen el decreto de muerte, Él toma a los que tiemblan frente al Misterio de la Muerte y que lo llaman.

Él trasforma las tinieblas en Luz, el dolor en alegría y nos toma de la mano.

Él conoce la muerte. La ha conocido antes que nosotros.

Él sabe que es solo un instante y que Dios aturde los sentidos sobrenaturalmente, para no dejar al alma sola en la lucha extrema.

Hay que confiar y mirarlo solo a Él.

Y cuando Él está con nosotros y su Amor y su Sangre nos cubren, ya no hay miedo para el encuentro con Dios.

Y así se gana el Combate Final.

VIVIR MURIENDO

El que quiere vivir por el espíritu y quiere llevar a otros a que vivan la misma vida, debe posponer la carne; casi matarla, para cuidar solo del espíritu.

El hombre debe pasar por una autogénesis a una segunda creación. Volver a crearse y hacer que el espíritu reine hasta llegar a la perfección.

Por eso hay que llorar por las culpas, pero ¡Hay que levantarse!

No siendo muertos vivos y formar parte en el futuro, de los eternos condenados.

El amor es el factor más potente que Jesús nos da en anticipo, para estimular un cambio.

El hombre es como un niño que aprende a hacerse adulto e independiente de la ayuda de otros, precisamente como lo necesita un incapaz que debe ser ayudado en todo;

para crecer, nutrirse caminar y lo auxilia el que ya está formado, habiendo alcanzado la edad perfecta en el cuerpo, en el intelecto, en el espíritu.

Y Jesús hace de ‘madre’ para hacer del hombre ‘infante espiritual’, un adulto de la estirpe selecta, un regio sacerdote, una hostia viviente, que continuamente se ofrece a Dios como Cristo, con Cristo, por Cristo,

a fin de continuar el Sacrificio Perpetuo que se ha iniciado con Cristo y que terminará hasta el Fin de los Siglos.

Y la leche que nos nutre, es su Caridad.

Verdaderamente los hombres han sido redimidos por el Amor, antes que por la Sangre y que la Muerte del Hijo de Dios.

Y es su Amor el que da la madurez necesaria, para que el alma aprenda a ser vino y hostia, consagrados a su Amor.

El hombre es un ser que solo delante del holocausto, se rinde. Jesús obtuvo su triunfo, después de la Muerte.

Y lo mismo es para sus discípulos.

Para ser harina de hostias, es necesario saberse despojar de todas las impurezas por el Amor.

Ninguna otra cosa como el Amor, es absoluta en operar esta depuración de la personalidad, para volverla apta para vivir en el Cielo.

Pero después de tanto dolor, toda la amargura que se vive por amor a nuestro Rey, la encontraremos convertida en dulzura.

ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

Todas las heridas con las que seamos afligidos, serán gemas eternas. ¡Todo el dolor será júbilo!

El tiempo pasa y todo instante pasa. Solo queda Dios y con Él, su Eternidad.

Cuando se piensa en esto, se anhela el Dolor como el aire para respirar.

La uva es más dulce, cuanto más madura es y más madura es, cuanto más sol agarra.

El dueño de la viña no cosecha su uva para hacerla vino, si no está bien madurada.

Y para que madure. La poda de modo que el sol pueda descender y circular entre racimo y racimo.

Y hacer de los granillos ásperos y verdes, otras tantas perlas de líquido azucarado.

En el otoño, después de tanto sol y tanta podadura, las uvas están bellas y útiles al hombre.

Dios es el Sol y las almas-víctimas, la viña donde debe formar el Vino Eterno.

Dios es el Sol y el Viñador.

Las circunda y las inunda con sus rayos.

Y los mortifica para que sean verdaderos sarmientos cargados de fruta y no vanos zarcillos que no sirven a nadie.

Es necesario que el Sol y el Viñador los trabajen a su completo placer en las almas.

Y ellas deben imitar a los racimos que no hacen voces de protesta, ni hacen resistencia al Sol y al Viñador.

Sino al contrario, se dejan abrir para recibir los rayos cálidos.

Se dejan medicar con líquidos apropiados.

Se dejan acomodar sin reacción alguna. Y así se hacen siempre más grandes y dulces.

Un verdadero prodigio de jugos y de belleza.

También las almas deben desear el sol y la obra del Eterno Viñador,

cuanto más se acerca para ellas la hora de la Divina Vendimia.

No están destinadas al Místico Lagar, los racimos reacios y enfermos que no han querido volverse maduros, sanos y dulces.

Y que se han escondido, para no ser curados.

Los que son dignos de la Vendimia, son los racimos que no han tenido miedo de ser podados y medicados.

Y que dócilmente se han sacrificado en sus gustos por Dios.

Cuando la Vendimia se avecina, las almas-víctimas deben aumentar sus esfuerzos, para absorber cuanto más puedan de Dios.

ÉL LOS CONVERTIRÁ EN LICOR DE VIDA ETERNA.

Deben secundar su generosidad, para secundar las Obras de Jesús.

Él quiere hacer de ellos, racimos dignos de ser puestos a los pies del Trono de Dios.

ALMAS – VÍCTIMAS.

Los CORREDENTORES tienen el deber de salvar primeramente a sus familias.

Y Jesús tiene con ellos los mismos cuidados que el Viñador tiene con las plantas haraganas.

Aunque ahora no sepan darnos las gracias, cuando lleguen a la Vida las darán,

porque la Luz les ilumina horizontes que su humanidad les vela.

Y con éstas promesas no hay que llorar, sino continuar orando, llorando y sufriendo por ellos,

en los brazos de Jesús que son más dulces que aquellos de todas las madres.

Jesús nos devolverá los seres que hemos amado, en un Reino donde la triste muerte de la Tierra no tiene acceso y donde la horrible muerte del espíritu, ya no es posible.

Las promesas de Jesús secan las lágrimas, cuando desciende esta esperanza que es Fe y bendición.

La separación es penosa, pero cuando sabemos que no es total, el dolor disminuye.

Vivir muriendo, es morir amando.

Y morir amando es seguir el camino de la Cruz.

Es amar el Calvario, el Dolor, el Sacrificio, hasta el martirio Total.

MORIR AMANDO

Amar Es morir. Amar totalmente, es morir totalmente.

Para el que ama, la muerte deja de ser Destrucción para volverse Construcción.

El que muere construye, reedifica.

El que ama se dona totalmente, con una generosidad absoluta; porque lo único que desea, es la felicidad del ser amado y su completo bienestar.

PARA EL ALMA-VÍCTIMA QUE LLEGA A AMAR A DIOS CON UN AMOR TOTAL,

LA MUERTE ES LA OFRENDA CON LA CUAL AGRADECE TODOS LOS DONES RECIBIDOS

de Aquel que murió por ella primero y obtener la sonrisa y el beso de Jesús, es la máxima de las recompensas.

ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

El Amor fue el sacerdote del Calvario.

El Amor es el sacerdote del místico altar donde se realiza la inmolación total, para morir por el Dios Único y Trino,

al cual ha llegado a amar de tal forma, que la muerte no solo ha perdido su horror, sino que se ha convertido en una imperiosa necesidad, con la cual puede abrazar a su Dios,

al probarle de esta manera, como Él es más importante que su propia vida y no puede ahogar el grito de su corazón, que clama jubiloso en una triple oblación.

Morir amando es una gloria que solo puede comprender el que la prueba.

Morir amando es rendir el Verdadero Culto a Dios.

Morir amando solo se puede gozar cuando se ha aprendido la Ciencia de la Muerte y una dulzura inefable envuelve las palabras:

“Sacrifícame Señor mío y Dios mío, porque te adoro sobre todas las cosas…”

ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

El Amor de Dios, el hombre lo rechaza con desprecio y en los tiempos actuales, el Amor Vilipendiado de Dios, por Justicia y Respeto de su Perfección, no puede soportar más las afrentas.

Dios llama una y otra vez por todos los medios, pidiendo que se abran los corazones a su Amor Intensísimo y que se hagan víctimas, aceptando ser consumidos, para darle alivio al Amor.

Advierte que es la hoguera de un holocausto lo que ofrece;

pero que NO HUYAN de él, los que no se han vendido a Satanás.

NINGUNO, por más pequeño y mezquino que sea por su estado de pecado debe creerse rechazado por Él.

Eso es Misericordia.

Y de las almas más miserables, puede y quiere hacer, estrellas fulgidísimas para su Cielo.

Y repite su amoroso llamado:

“YO TE AMO TAL COMO ERES, EN ESTE MOMENTO.”

            No importa los pecados que hayas cometido. Ya los he pagado Yo en la Cruz. En Ella y con los brazos abiertos, te estoy diciendo cuanto te amo.

Te estoy esperando. Arrepiéntete y conviértete. SOY TU PADRE Y TE AMO.

 Quiero darte consuelo y alivio. Venid a Mí, todos. Pobres, manchados, débiles y los haré reyes. Dadme vuestra miseria, Yo la cubriré con mi Grandeza.

Dadme vuestras tinieblas y Yo os daré mi Luz. Vuestras imperfecciones y Yo os daré mi Perfección. Vuestro egoísmo y Yo lo cubriré con mi Bondad.

¡Venid! Entrad en mi Amor y dejadlo entrar en vosotros.

Soy el Pastor que se fatiga hasta la muerte por la oveja perdida y por ella Yo he dado mi Sangre.

¡Oh, mis corderitos! No teman si muchos harapos y manchas hay en vuestros vestidos y heridas en vuestra alma.

Abrid solo el corazón y aspirad mi Amor.

Seréis justos para con Dios y para con vosotros mismos, porque daréis consuelo a Dios y a vosotros, salvación.

¡Venid! Generosos que me amáis ya. Arrastrando a los hermanos que titubean todavía.

Si en todos pido que me permitan entrar,

es para dar alivio al Amor Rechazado.

A vosotras amadísimas almas-víctimas, pido de daros totalmente a Mí.

Seréis destruidos sobre la Tierra por mi Amor vehemente, pero recreados de una gloria tan alta, como ustedes no lo pueden concebir.

¡QUÉ FULGOR TENDRÁN LAS ALMAS QUE ACOGIERON EL AMOR DE DIOS,

HASTA SER CONSUMIDAS POR ÉL!

Tendrán el Fulgor mismo de mi Amor que quedará en ellas:

Fuego y Gema eterna de Divinísimo Esplendor.  

LA CIENCIA DE LA MUERTE 1


En el Cenáculo hay unos grandes salones anexos al triclinium principal, que es donde se celebra la Eucaristía y en uno de ellos, están reunidas más de trescientas personas que han sido convocadas por el trabajo apostólico de todos los discípulos de Jesucristo.

Son personas de todas las edades, estratos sociales y razas. De hecho, son personas que sólo podrían accesar al Patio de los Gentiles, en el Templo de Jerusalén.

Mannaém, ungido por el Espíritu Santo y ordenado sacerdote por Pedro de acuerdo a los carismas recibidos, es el maestro elegido por Dios para instruir a los nuevos catecúmenos cristianos.

Muy poco queda del antiguo y regio hermano de Herodes.

Ahora es un maestro cristiano, humilde, amoroso y sencillo; al que escuchan con mucha atención los nuevos catecúmenos cristianos, que anhelan recibir las enseñanzas de su nueva religión.

Mannaém ungido por el Espíritu Santo, habla con poder y convicción:

El Misterio de la Muerte

Dios creó todo, pero la Muerte, no es obra suya. Dios no creó la Muerte. Ha sido generada por los esponsales humanos con Satanás.

Adán la generó, antes de generar a su hijo, cuando débil ante la debilidad de la Mujer pecó seducido por ella, bajo el silbido de la Serpiente y las lágrimas de los ángeles.

Pero la pequeña muerte no es un gran mal, cuando con ella cae como una hoja que ha terminado su ciclo, la carne. Al contrario, es un bien porque nos regresa a nuestro Origen, en donde un Padre nos Espera…

Y así como no ha hecho la muerte de la carne, Dios tampoco ha hecho la muerte del espíritu.

Al contrario, él mandó al Resucitador Eterno, a su Hijo Jesucristo a darnos la Vida, a los que estábamos muertos.

El milagro de Lázaro, del joven de Naím y de la hija de Jairo, fueron milagros de la pequeña muerte.

De Magdalena, Zaqueo, Dimas, etc. Todos muertos en el espíritu, Jesús hizo vivos en el Señor.

La muerte da gloria a Dios, cuando es aceptada y sufrida con santidad.

La muerte es una voluntad de Dios que se cumple, también aunque el ejecutor de ella, sea un hombre feroz que se ha vuelto árbitro de los destinos de los demás.

Y por su adhesión a Satanás, se convierte en instrumento para atormentar a sus iguales, asesinando a los mismos y siendo maldito por Dios.

La muerte es siempre la extrema obediencia a Dios, que amenazó con la muerte al hombre por su pecado. La muerte del cuerpo, es liberación del espíritu.

Nuestra vida en la Tierra no es más que una gestación para nacer a la Luz, a la Vida.

Muchos miran con horror la fosa sepulcro oscuro, donde el cuerpo que se ama con idolatría, vuelve a la verdad de su origen: Lodo.

Fango del cual se suelta una flama, una luz: EL ALMA.

Qué es lo que hace valioso al cuerpo con el espíritu, que es manifestación de Dios y ante el cual la carne es una nada despreciable.

El hombre cuida mucho de los derechos de la carne que es perecedera y mortal.

Y que solo cuando es tenida como esclava del espíritu y no dueña del espíritu, puede convertirse a su debido tiempo en regia habitante del Reino de los Cielos.

La pequeña muerte es la que nos saca de la tierra y libera nuestro espíritu de la carne.

La gran Muerte es la que mata lo inmortal: el espíritu.

De la primera se resucita. De la segunda NO se resucita en la Eternidad. Se estará para siempre separado de la Vida, porque Dios es nuestra vida.

Los animales obedeciendo la orden de los instintos saben regularse en la comida, en los connubios, en el escogerse las madrigueras.

Y el hombre con sus continuas desobediencias en el orden natural y sobrenatural, muchas veces se da la primera y la segunda muerte;

con abusos en sus placeres y en sus vicios, matando también su carne; al manejarlos como si fueran armas esgrimidas en un loco frenesí de autodestrucción, matando su alma.

Buscan la muerte con los errores de la vida. Y la perdición con las obras de sus manos.

Siempre es justa la hora de la muerte, porque es dada por Dios. Él es el Dueño de la vida y de la muerte.

Y si no son de Él ciertos medios de muerte usados por el hombre por instigación demoníaca;

son siempre de Él, las sentencias de muerte dadas por Él, para quitar a un alma de un tormento terreno demasiado atroz o para impedir mayores culpas a aquella alma.

La muerte es siempre un calvario, grande o pequeño, pero siempre calvario.

Aunque las apariencias indiquen lo contrario. Porque es proporcionada por Dios, a las fuerzas de cada uno de sus hijos.

Fuerzas que Dios aumenta a medida que la muerte que ha destinado para su creatura, es cumplida santamente.

Cuando la hora de la reunión con Dios está más próxima, es más necesario aumentar la Fe, porque en la hora de la muerte Satanás nunca se cansa de perturbar con sus trampas:

Es astuto, feroz, lisonjero y con sonrisas, con cantos, con engaños, aparentes caricias de sus garras, tratando de hipnotizar con silbidos repentinos con los que siempre ha buscado doblegarnos;

aumenta sus operaciones para arrancarnos del Cielo.

Y es precisamente en esta hora cuando debemos abrazarnos de la Cruz, para que las olas del último huracán satánico no nos sumerjan.

Después viene la Paz Eterna. Hay que tener ánimo.

La Cruz es la fuerza en la Hora de la Muerte.

El justo no le teme a la muerte, porque sabe que al obrar el bien tiene la sonrisa de Dios.

Para los impíos la muerte es pavorosa. Tienen miedo. Y más miedo todavía cuando sienten que no han actuado bien o lo han hecho mal del todo.

La boca mentirosa del hombre trata de engañarse a sí mismo, para consolarse y engañar a los demás. ‘Yo he actuado bien’

Pero la conciencia, que está como un espejo de dos caras bajo su rostro y el Rostro de Dios; acusa al hombre de no haber obrado bien y de no obrar para nada bien como lo proclama.

Y es entonces cuando un gran miedo los molesta: el miedo del Juicio de Aquel que todo lo conoce.

Y aquí la gran pregunta: ¿Por qué si se le teme tanto como a Juez, no evitan el tenerlo como tal?

¿Por qué lo rechazan como salvador y no lo aceptan como Padre?

¿Por qué si lo temen, no actúan obedeciendo sus Mandatos y no lo saben escuchar con voz de Padre que guía, hora por hora con mano de amor?

Si al menos lo obedecieran cuando habla con voz de Rey. Sería obediencia menos premiada, porque es menos dulce a su corazón. ¡Pero sería obediencia!

Entonces, ¿Por qué no lo hacen y sin embargo le tienen pavor a la muerte?

La muerte no se evita y son felices los que llegan a ella vestidos de amor, al encuentro de Aquel que los espera.

Temen a la muerte aquellos que no conocen el amor y que no tienen la conciencia tranquila. Éstos, cuando por enfermedad, por edad o por cualquier otro motivo, se sienten amenazados por la muerte; se asustan, se afligen o se rebelan.

Intentan por todos los medios y con todas sus fuerzas, escapar de ella.

Inútilmente, porque cuando la hora ha sido señalada, ninguna cautela vale para desviar la muerte.

La muerte de los inocentes que mueren sin rencor, es bella como un martirio.

Y como no tienen la mancha del odio, también son víctimas que Dios toma como hostias. Son las flores de hoy, cortadas por el Enemigo de Dios que busca destruir a sus hijos.

Y por el Odio desencadenado con todas sus fuerzas en el fragor del Infierno de la violencia en su máximo esplendor.

No solamente la muerte del pecador es horrible, sino también su vida.

No hay que ilusionarse sobre su aspecto exterior, es un maquillaje. Un barniz para cubrir la verdad.

Porque una hora; solamente una hora de la paz del justo, es incalculablemente más rica en felicidad, que ni la más larga vida de pecado.

Las apariencias indican lo contrario.

Y así como a los ojos del mundo no aparecen la riqueza y la alegría de los santos; así también se esconde el abismo de inquietud y de insatisfacción que hay en el corazón del injusto.

Y del que como cráter de un volcán en erupción vomita vapores acres, corrosivos y venenosos; que intoxican  a los desventurados, cada vez más.

Tratan de sofocar la inquietud buscando darse todas las satisfacciones que apetecen en su ánimo extraviado y por lo mismo satisfacciones de maldad, porque están fermentados en ella. 

Los pecadores obstinados e impenitentes, llegan a la perfección del mal y su muerte es un horror que los hace estallar en la otra vida, porque los sumerge en un horror mucho más grande.

LA GRAN MUERTE.

El alma tiene derecho a la Vida Verdadera.

El alma muere cuando se la mantiene separada de Dios. Hay que nutrirla lo más posible con la Palabra de Dios.

Y solo así saturados de Él, todos los días tendremos vitalidad espiritual, para vencer todas las asechanzas y todas las tentaciones.

La muerte del espíritu se puede constatar a la medida que se pierde la noción del Bien y del Mal.

El alma que se ha sumergido en la impenitencia final, es incapaz de sentir ni siquiera remordimientos y se vuelve insensible al daño causado al prójimo.

La falta de remordimiento es la señal de su decadencia espiritual.

El espíritu está muerto cuando no se tiene la gracia vivificante del Espíritu Santo.

Un espíritu muerto, comunica su muerte al alma y de la misma manera que un espíritu vivo, trasmite su vida al alma.

Como la sangre trasmite la vida al cuerpo, así el espíritu proporciona la vida al alma.

¡Hay que vivir! Sólo entonces la muerte no será un fin, sino un principio. Un principio de alegría sin medida.

El espíritu es el señor de nuestro ser y cuando está muerto es un esclavo.

Y ésta será la culpa de la que responderemos.

El hecho de que el hombre lo atropelle y lo mate, no le cambia su característica de señor de nuestro ser.

EL QUE DEJA QUE EL ENEMIGO MATE SU ESPÍRITU

SE CONVIERTE EN CÓMPLICE DEL DELITO DE DEICIDIO.

Porque a los ojos de Dios, el espíritu es la parte selecta que Él Mismo dio al hombre y permite a Dios convertirnos en Templos Vivos e hijos suyos.

El espíritu es el que volverá a animar la carne, en la hora del Último Juicio.

Resurrección gloriosa del espíritu vivo o tremenda realidad, para merecer la Segunda Muerte.

Con el pecado, somos muertos espirituales, cargando un espíritu agonizante…

Dios no quiere moradas hechas por mano de hombre.

Él quiere los templos que Él hizo con sus propias Manos.

Templos de sangre y de alma.

Templos que la Sangre de Jesús ha revestido de Púrpura Inmortal, Purificando sus preciosos altares.

ESTO ES LO QUE ÉL QUIERE, PARA RECONCILIARSE CON EL HOMBRE.

Las tentaciones son inevitables, pero ellas por sí solas no hacen daño. Son malas cuando cedemos a ellas.

Nunca serán más fuertes que nosotros, porque el Padre siempre da fuerzas superiores a quién quiere permanecer en el Bién.

El Mal está, cuando deseamos ceder al mal y es entonces cuando nosotros mismos saboteamos las fuerzas de Dios con una voluntad perversa, al abandonarnos al beso de la Tentación.

Cuando procedemos así, sometemos al alma a un trance de muerte y de un alma enferma o moribunda, salen aquellos sentimientos que causan asombro.

Y no debería.

En un cuerpo corrupto están los hedores de la muerte y en las almas corruptas, están las manifestaciones de Pecado.

ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

Por eso hay que ser cristianos verdaderos y no de nombre o de palabra.

El signo de la Cruz debe ser grabado en las fibras vivas de nuestro corazón, no sobre frontones vacíos.

Hay que abrir el corazón al Amor.

Para el cristiano, la muerte ha sido destruida con la Muerte de Jesús.

Nuestras culpas han sido anuladas con su Sangre. En anticipo Él nos ha rescatado.

Y el espíritu que es impulsado por el Espíritu Santo, debe dar obediencia y agradecimiento a Dios por los dones del Espíritu Santo que auxilian al espíritu vivo en el que Él habita.

Y nos convierte en verdaderos hijos de Dios. Y por eso hay que imitar en todo a Cristo.

¿Hay sufrimiento? Hay que reflexionar en quién nos hace sufrir. Veremos que es el hombre.

Siempre está el nombre de un hombre (o una mujer) detrás de la causa de nuestro sufrimiento y solo Dios puede aliviarlo.

¿Nos sentimos débiles en el espíritu y mortificados por nuestras caídas?

EXAMINÉMONOS BIÉN. 

Tropezar no es malo, encariñarse con la piedra, SÍ.

¿Somos nosotros los que pusimos los medios y no huimos de nuestros tentadores?

En nuestra alma la culpa ha sido lavada por el Bautismo, pero han quedado los fomes.

Por eso debemos rechazar totalmente las tentaciones y buscar siempre la semejanza y la perfección, tal como lo ordenó el Mandato de Jesús.

Quién espontánea y premeditadamente mata su alma, termina casi siempre por matar también su cuerpo.

Violento contra su alma, se vuelve violento contra su carne.

Y la mata con sus vicios y termina suicidándose como Judas.

Quién sin premeditación mata su alma con el pecado mortal, pero poseyendo voluntad de vida, arrepentido busca regeneración y confía en la Misericordia,

No solo devolverá la vida a su espíritu, sino por la humillación de la caída, disminuirá en soberbia y crecerá en su amor por Dios.

LA CONVERSIÓN ES LA RESURRECCIÓN DEL ESPÍRITU

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA