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108 EXORCISMO Y CONVERSIÓN


108 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús va caminando solo, casi rozando un seto de cácteas que, burlándose de todas las demás plantas desnudas,

resplandecen bajo el sol con sus carnosas paletas espinosas, en las que hay todavía algún fruto al que el tiempo ha dado un color rojo ladrillo.

O en que ya ríe alguna flor precoz amarilla con pinceladas de color bermellón.

Los apóstoles, detrás, cuchichean. Están molestos y ciertamente no van alabando al Maestro.

En un momento dado, Jesús se vuelve de repente,

Y dice:

–     Quien está pendiente del viento no siembra, quien está pendiente de las nubes no recoge nunca.

Es un refrán antiguo, pero Yo lo sigo.

Como podéis ver, donde temíais adversos vientos y no queríais deteneros, he encontrado terreno y modo de sembrar.

Y, a pesar de “vuestras” nubes, que conviene que lo oigáis, no está bien que las mostréis donde la Misericordia quiere mostrar su sol,

estoy seguro de haber cosechado ya.

Tomás replica:

–     Sí, pero ninguno te ha pedido un milagro.

¡Es una fe en ti muy extraña!

–     Tomás, ¿Crees que el hecho de pedir milagros es lo único que prueba que hay fe?

Te equivocas. Es todo lo contrario.

Quien quiere un milagro para poder creer patentiza que sin el milagro, prueba tangible, no creería.

Sin embargo quien, por la palabra de otro, dice “creo” muestra la máxima fe.

Tadeo protesta:

–     ¡Así que entonces los samaritanos son mejores que nosotros!

–     No estoy diciendo eso.

Pero en su estado de minoración espiritual, han mostrado tener una capacidad de comprender a Dios mucho mayor que la de los fieles de Palestina.

Esto os lo encontraréis muchas veces en vuestra vida.

Os ruego que os acordéis también de este episodio para saberos conducir sin prejuicios con las almas que se acerquen a la fe en el Cristo.

Santiago de Alfeo, amonesta:

–     De todas formas – perdona, Jesús, si te lo digo – ya te persigue mucho odio y dar pie a nuevas acusaciones creo que te perjudica.

Si los miembros del Sanedrín vinieran a saber que has tenido…

–     ¡Dilo, hombre!: “amor”, porque esto es lo que he tenido y tengo, Santiago.

Tú, que eres primo mío, comprenderás que en Mí no puede haber sino amor.

Te he mostrado cómo en mí sólo hay amor, incluso para con quienes me eran enemigos en mi familia y en mi tierra.

Y entonces, ¿No debía amar a éstos, que me han respetado a pesar de que no me conocían?

Los miembros del Sanedrín pueden hacer todo el mal que quieran,

pero la consideración de este futuro mal no cerrará las esclusas de mi amor omnipresente y omnioperante.

Pero además es que, aunque lo hiciera, ello no impediría al odio del Sanedrín encontrar motivos de acusación.  

Felipe agrega:

–     Sí, pero Maestro…

Pierdes tu tiempo en una ciudad idólatra, habiendo como hay muchos lugares en Israel que te esperan.

Dices que es necesario consagrar cada hora del día al Señor. ¿No son horas perdidas?

Jesús advierte:

–     Un día dedicado a reagrupar las ovejas extraviadas no es un día perdido, Felipe.

Está escrito: “Hace muchas oblaciones quien respeta la Ley… mas quien practica la misericordia ofrece un sacrificio”.

Está escrito: “Que tu ofrenda al Altísimo esté en proporción de cuanto te ha dado; ofrece con mirada alegre según tus facultades”.

Yo lo hago, amigo, y el tiempo empleado en el sacrificio no es un tiempo perdido.

Practico la misericordia y uso de las facultades recibidas ofreciendo mi trabajo a Dios. Tranquilos, por tanto.

Además, el que de vosotros, quería que hubieran pedido milagros para convencerse de que los de Sicar creían en Mí, va a quedar satisfecho.

Aquel hombre nos sigue, sin duda por algún motivo. Detengámonos.

Efectivamente, el hombre viene en dirección a ellos.

Se le ve encorvado bajo la carga de un voluminoso fardo que lleva malamente contrapesado sobre los hombros.

Al ver que el grupo de Jesús se ha detenido lo hace él también.

Pedro refunfuña:

–     Se ha parado porque ve que nos hemos dado cuenta de sus malas intenciones.

¡Son samaritanos!

Jesús cuestiona:

–     ¿Estás seguro, Pedro?

–     ¡Sin duda!

–     Pues entonces quedaos aquí. Yo me acerco.

–     No, Señor, eso no. Si vas Tú, también yo.

–     De acuerdo, ven.

Jesús se dirige hacia el hombre.

Pedro trota a su lado, entre curioso y hostil.

Llegados a pocos metros uno del otro,

Jesús dice:

–     ¿Hombre, qué quieres?

¿A quién buscas?

El hombre responde:

–     A Tí.

–     Y ¿Por qué no has venido a Mí cuando estaba en la ciudad?

–     No me atrevía…

Si en presencia de todos me hubieras rechazado, hubiera sufrido demasiado dolor y vergüenza.

–     Podrías haberme llamado cuando me quedé solo con los míos.

–     Mi deseo era acercarme a ti estando Tú solo, como Fotinai.

También yo, como ella, tengo un motivo importante para estar a solas contigo…

–     ¿Qué quieres?

¿Qué es lo que transportas con tanto esfuerzo sobre tus hombros?

–     Es mi mujer.

Un espíritu se ha adueñado de ella y la ha transformado en un cuerpo muerto y una inteligencia apagada.

Debo hasta darle la comida en la boca, vestirla, llevarla como a una niña pequeña.

Ocurrió de improviso, sin previa enfermedad… La llaman “la endemoniada”.

Todo esto me supone dolor, afanes, gastos. Mira.

El hombre pone en el suelo su fardo de inerte carne envuelta en un sayo como un saco.

Y descubre un rostro de mujer, todavía joven, que si no respirase se podría decir que está muerta: ojos cerrados, boca entreabierta.

Es el rostro de una persona que ha expirado o que estuviese en estado comatoso.

Jesús se agacha hacia la desdichada mujer que yace en el suelo, la mira, luego mira al hombre,

Y le dice:

–     ¿Crees que puedo hacerlo?…

¿Por qué lo crees?

–     Porque eres el Cristo.

–     Pero tú no has visto nada que lo pruebe.

–     Te he oído hablar. Me basta.

–     ¿Has oído, Pedro?

¿Qué piensas que debo hacer ante una fe tan genuina?

Pedro balbucea:

–     Pues… Maestro… Tú… Yo… Bueno, decide Tú.

Pedro está desconcertado.

–     Sí, ya he decidido.

Hombre, mira.

Jesús coge la mano de la mujer y ordena:

–     ¡Vete de ella! ¡Lo quiero!

La mujer, que hasta ese momento había permanecido inerte, se contrae en una horrenda convulsión, primero muda.

Luego acompañada de quejidos y gritos que terminan con uno más fuerte durante el cual, como quien se despierta de una pesadilla,

abre como platos los ojos que hasta ahora había mantenido cerrados.

Luego se tranquiliza y con cierto estupor, mira a su alrededor…

Fija primero sus ojos en Jesús – el Desconocido que le sonríe… -; luego mira a la tierra del camino en que yace…

Y a una mata nacida en el borde, en la que la cabezuela blanco-roja de las margaritas de los prados, coloca perlas ya próximas a abrirse en forma de radiado nimbo.

Mira al seto de cactáceas, al cielo, muy azul. Luego vuelve la mirada y ve a su marido… 

A este marido suyo que ansioso, la mira a su vez escudriñando todos sus movimientos.

Sonríe y recuperada completamente su libertad, se pone en pie como impulsada por un resorte para refugiarse en el pecho de su marido.

Éste, llorando, la acaricia y la abraza. 

Ella pregunta:

–     ¿Cómo es que estoy aquí?

¿Por qué? ¿Quién es este hombre?

El esposo contesta:

–     Es Jesús, el Mesías.

Estabas enferma y te ha curado. Dile que lo quieres.

–     ¡Oh…, sí! ¡Gracias!…

Pero, ¿Qué tenía? Mis niños… Simón… no recuerdo cosas de ayer, pero sí recuerdo que tengo hijos…

Jesús dice:

–     No es necesario que te acuerdes de ayer.

Acuérdate siempre del día de hoy. Sé buena. Adiós. Sed buenos y Dios estará con vosotros.

Y Jesús, seguido por la bendiciones de los dos, se retira rápido.

Llegado adonde están los demás, que se habían quedado al pie del seto, no les dirige la palabra.

Pero sí a Pedro:

–     ¿Y ahora, tú, que estabas seguro de que aquel hombre venía con malas intenciones, qué dices?

¡Simón, Simón! ¡Cuánto te falta todavía para ser perfecto!

¡Cuánto os falta! Tenéis, excepto una patente idolatría, todos los pecados de éstos. Y además soberbia en el juicio.

Tomemos nuestro alimento. No podemos llegar antes de la noche a donde quería.

Dormiremos en algún aprisco, si es que no encontramos nada mejor.

Los doce, con el sabor en su corazón de la corrección recibida, se sientan sin hablar y se disponen a comer.

El sol de este sereno día ilumina los campos, que descienden, formando suaves ondulaciones, hacia una llanura.

Después de comer, todavía permanecen un tiempo en el lugar, hasta que Jesús se pone en pie,

y dice:

–     Venid tú, Andrés y tú, Simón; quiero ver si aquella casa es amiga o enemiga.

Y se pone en movimiento.

Los otros permanecen en el lugar y guardan silencio hasta que,

Santiago de Alfeo le dice a Judas de Keriot:

–     ¿Pero esta que viene no es la mujer que estaba en Sicar?

Judas contesta:

–     Sí, es ella.

La reconozco por el vestido. ¿Qué querrá?

Pedro responde malhumorado:

–     Seguir su camino.

–     No.

Nos está mirando demasiado, protegiéndose los ojos del sol con la mano.

La observan hasta que llega cerca de ellos…

Y pregunta sumisa:

–    ¿Dónde está vuestro Maestro?

–     Se ha ido.

¿Por qué preguntas por Él?

–    Lo necesito…

Pedro replica cortante:

–     No se echa a perder con mujeres.

–     Ya lo sé.

Con mujeres, no; pero yo soy un alma de mujer que tiene necesidad de Él.

Tadeo le aconseja a Pedro que la deje quedarse.

Y responde a la mujer: 

–    Espera. Dentro de poco vuelve.

La mujer se retira a una curva del camino y allí se queda, en silencio.

Los apóstoles se desinteresan de ella.

Jesús, al poco tiempo regresa.

Pedro dice a la mujer:

–     Ahí está el Maestro.

Dile lo que quieras. ¡Apúrate!

La mujer ni siquiera le responde.

Va hasta los pies de Jesús y se prosterna hasta tocar el suelo.

Y guarda silencio.

Jesús pregunta:

–     Fotinai, ¿Qué quieres de Mí?

–     Tu ayuda, Señor.

Yo soy muy débil. No quiero pecar más. Esto se lo he dicho ya al hombre.

Pero, ahora que he dejado de pecar no sé nada más. Ignoro el bien.

¿Qué tengo que hacer? Dímelo Tú. Soy fango, pero tu pie pisa también el camino para ir a las almas.

Pisa mi fango, pero ven a mi alma con tu consejo.

Y cubriéndose el rostro, con las manos juntas, empieza a llorar.

Jesús le dice:

–     Seguirme como única mujer no es posible.

Si verdaderamente quieres no pecar y conocer la ciencia de no pecar, regresa a tu casa con espíritu de penitencia, y espera.

Llegará el día en que tú mujer, entre otras muchas, igualmente redimidas, podrás estar al lado de tu Redentor y aprender la ciencia del Bien.

Ve. No tengas miedo. Sé fiel a la voluntad que tienes ahora de no pecar. Adiós.

La mujer besa la tierra, se levanta y se retira caminando hacia atrás durante algunos metros.

Luego se vuelve hacia Sicar…

103 UN CORAZÓN HERIDO


103 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Señalando al hombre que camina detrás…

Pedro pregunta:

–      Señor, ¿Qué vamos a hacer con éste?

Es José y los sigue desde que han dejado Emaús.

Va conversando con los dos hijos de Alfeo y Simón, que se ocupan de él de modo particular.

Jesús responde: 

–    Ya lo he dicho: viene con nosotros hasta Galilea.

–    ¿Y luego?…

–     Luego… se quedará con nosotros; ya verás…

–     ¿También él discípulo? ¿Con ese pasado?

–      ¿También tú fariseo?

–      ¡No! Pero…

Lo que me parece es que los fariseos nos vigilan demasiado…

–     Y si lo ven con nosotros nos crearán dificultades.

Es lo que quieres decir, ¿No?

¿Y entonces, por temor a que nos molesten, tendríamos que dejar a un hijo de Abraham a merced de su desolación?

No, Simón Pedro; es un alma que puede perderse o salvarse según el tratamiento que se dé a su profunda herida.

–     ¿Pero, ¿No somos nosotros ya tus discípulos?…

Jesús mira a Pedro y sonríe con gentileza.

 Luego responde:

–     Te dije un día, hace muchos meses: “Vendrán otros muchos discípulos”.

E1 campo de acción es vastísimo; los obreros, debido a esta vastedad, serán siempre insuficientes…

Y también, porque muchos acabarán como Jonás: perdiendo su vida en el duro trabajo.

Pero vosotros seréis siempre mis predilectos.

Termina Jesús, arrimando a sí a este Pedro apurado, que con la promesa se ha tranquilizado.

–      Entonces viene con nosotros, ¿No?

–     Sí. Hasta que su corazón recobre la salud.

Está envenenado de tanta animadversión como ha tenido que tragar. Está intoxicado.

Santiago, Juan y Andrés alcanzan al Maestro y se ponen también a escuchar.

–     No podéis evaluar el inmenso mal que un hombre puede hacer a su congénere con una actitud de hostil intransigencia.

Os ruego que recordéis que vuestro Maestro fue siempre muy benigno con los enfermos espirituales.

Sé que opináis que mis mayores milagros y principal virtud se manifiestan en las curaciones de los cuerpos.

No, amigos… Acercaos también los que vais delante y los rezagados; el camino es ancho y podemos andar en grupo.

Todos se arriman a Jesús, que prosigue:

–     Mis principales obras, las que más testifican mi Naturaleza y mi Misión, las en que recae dichosa, la mirada de mi Padre,

son las curaciones de los corazones, tanto cuando son sanadoras de uno o varios vicios capitales;

como cuando eliminan la desolación que abate el ánimo, persuadido de estar bajo sanción divina y abandonado de Dios.

¿Qué es un alma, si pierde la seguridad de la ayuda de Dios?

Es como una delgada correhuela: no pudiendo seguir aferrada a la idea que constituía su fuerza y dicha, se arrastra por el polvo.

Vivir sin esperanza es horroroso. La vida es bonita, dentro de sus asperezas, sólo si recibe esta onda de Sol divino.

El fin de la vida es ese Sol. ¿Es lóbrego el día humano?, ¿Está empapado de llanto y signado con sangre? Sí. Pero saldrá el Sol.

Se acabarán, entonces, dolor y separaciones, asperezas y odios, miserias y soledades de momentos angustiosos, de momentos de ofuscación.

Luminosidad, entonces, canto y serenidad, paz y Dios.

Dios, que es el Sol eterno. Fijaos qué triste está la Tierra cuando hay eclipse. Si el hombre dijese para sí: “El Sol ha muerto”,

¿No le parecería acaso, vivir para siempre en un oscuro hipogeo, como emparedado, enterrado, difunto antes de haber muerto?

¡Ah…, pero el hombre sabe que más allá de ese astro que oculta al Sol, que hace fúnebre al mundo, sigue estando el radiante Sol de Dios!

Así es el pensamiento de la unión con Dios durante una vida. ¿Hieren los hombres?, ¿Despojan a otros de sus bienes? ¿Calumnian?

5. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Sí. Pero Dios medica, reintegra, justifica… ¡Y con medida colmada! ¿Dicen los hombres que Dios te ha rechazado?

Bueno, ¿Y qué?; el alma que se siente segura piensa, debe pensar: “Dios es justo y bueno, ve las causas de las cosas y es más benigno.

Más que el mejor de los hombres, infinitamente benigno; por tanto, no me rechazará si apoyo mi rostro lloroso sobre su pecho y le digo:

“Padre, sólo Tú me quedas; tu hijo está desconsolado y abatido; dame tu paz…”.

Ahora Yo, el Enviado, el enviado por Dios, recojo a aquellos a quienes el hombre ha confundido, o han sido arrastrados por Satanás, y los salvo.

Ésta es mi obra, ésta es verdaderamente mía. El milagro obrado en los cuerpos es potencia divina,

la redención de los espíritus es la obra de Jesucristo, el Salvador y Redentor.

Pienso, y no yerro, que estos que han encontrado en Mí su rehabilitación ante los ojos de Dios y los propios, serán mis discípulos fieles,

los que podrán arrastrar con mayor fuerza a las turbas hacia Dios, diciendo: “¿Vosotros pecadores? Yo también. ¿Vosotros descorazonados? Yo también.

¿Vosotros desesperados? También yo. Ved cómo a pesar de todo, el Mesías ha tenido piedad de mi miseria espiritual y me ha querido sacerdote suyo;

porque El es la Misericordia y quiere que se persuada de ello el mundo (y nadie es más capaz de persuadir que quien tiene propia experiencia)”.

Yo, ahora, a éstos los uno a mis amigos y a los que me adoraron desde el momento de mi Nacimiento, es decir, a vosotros y a los pastores;

los uno en particular, a los pastores, a los curados, a aquellos que, sin especial elección como la de vosotros doce,

han entrado en mi camino y habrán de seguirlo hasta la muerte.

En Arimatea está Isaac. Me ha pedido esto José, amigo nuestro.

Tomaré conmigo a Isaac para que se una a Timoneo, cuando llegue.

Si prestas fe a que en Mí hay paz y razón de toda una vida, podrás unirte a ellos; serán para ti buenos hermanos».

José Emmaús exclama:

–     ¡Oh, Consolación mía!

Es exactamente como Tú dices. Mis grandes heridas, tanto de hombre como de creyente, se van curando cada hora que pasa.

Hace tres días que estoy contigo y ya me parece como si eso que, hace sólo tres días, era mi tormento, fuera un sueño que se va desvaneciendo.

Lo hice, sí; pero, ante tu realidad, cuanto más va pasando el tiempo, más va perdiendo sus extremos cortantes.

Estas noches he pensado mucho.

En Joppe tengo un pariente que es bueno, aunque haya sido causa involuntaria de mi mal, pues por él conocí a aquella mujer.

Que esto te diga si podíamos saber de quién era hija…

¿De la primera mujer de mi padre? Sí, lo habrá sido; pero no de mi padre; llevaba otro nombre y venía de lejos.

Conoció a mi pariente por unas transacciones de mercancías. Yo la conocí así.

Mi pariente ambiciona mis negocios. Y se los voy a ofrecer, porque sin dueño se perderían.

Los adquirirá. Incluso por no sentir todo el remordimiento de haber sido causa de mi mal… Así podré bastarme y seguirte tranquilo.

Sólo te pido que me concedas la compañía de este Isaac que nombras; tengo miedo de estar solo con mis pensamientos: son demasiado tristes todavía…

–    Te daré su compañía.

Tiene buen corazón. El dolor lo ha perfeccionado. Ha llevado su cruz durante treinta años. Sabe lo que es el sufrimiento…

Nosotros, entretanto, continuaremos. Nos alcanzaréis en Nazaret.  

Simón pregunta:

–     ¿No nos vamos a detener en casa de José? 

Jesús responde: 

–     José está probablemente en Jerusalén…

El Sanedrín tiene mucho que hacer. De todas formas lo sabremos por Isaac.

Si está, le llevaremos nuestra paz; si no, nos quedaremos sólo a descansar una noche.

Tengo prisa de llegar a Galilea.

Allí hay una Madre que sufre, porque tenéis que pensar que hay a quien le apremia causarle dolor y quiero confortarla.

MI PROJIMO 1


Después de mi conversión, mi alma estaba sedienta de Dios y lo buscaba en donde quiera que mi corazón lo presentía.

Cuando recién comenzaba a trabajar en el Ministerio de Sanación y Liberación, una vez Jesús me dijo:

“Pronto aprenderás que Conmigo, LAS BATALLAS SE GANAN. PERDIENDO…

Cuando estuve viviendo una temporada, en la casa solariega que tenía una de mis hermanas en una ranchería cercana al aeropuerto de Guadalajara en México, Jesús estuvo muy activo…

Con el grupo de Oración de la Renovación Carismática y la dirección del sacerdote del pueblo, el Señor realizó su ministerio, tal como lo hacia cuando caminaba por los senderos del antiguo Israel.

Y llegó un momento en que vinieron muchas personas buscando alivio y sanación a múltiples dolencias.

Fue allí que se perfeccionó  nuestro conocimiento sobre la influencia que nuestros pecados le proporcionan a Satanás. 

Las cadenas para esclavizarnos, someternos y destruirnos, de diferentes maneras.

En las evangelizaciones, Jesús medicaba las almas y las instruía.

Luego mandábamos a los conversos a que se reconciliaran con los Sacramentos y así aumentaba el Rebaño que el Sr. Cura pastoreaba en la parroquia.

Y nosotros siempre aprendíamos algo nuevo.

Las Oraciones de Liberación, las realizábamos siguiendo las instrucciones que nos daba Jesús, con los diferentes Carismas en acción,

que el Espíritu Santo nos proporcionaba al grupo Juvenil de Oración y que constaba de alrededor de 3 adultos y siete jóvenes.

Jesús dirigía a través mío, lo que había qué hacer contando con la asistencia y la ayuda del Cielo entero.

PORQUE CADA EXORCISMO ERA UNA GUERRA

Satanás utilizaba todas las estratagemas para NO soltar a sus presas,  pero el Espíritu Santo nos ayudaba  a bloquear sus argucias y siempre lo vencíamos.

Una de sus tretas favoritas era fingir que ya se habían ido y se escondían. Pero con los Carismas podíamos verlos y además conocíamos sus nombres.

Al nombrarlos adquiríamos un poder especial sobre ellos y les dábamos órdenes específicas, que NO podían ignorar.

Una cosa que me costaba mucho trabajo entender, era porqué cada vez aumentaba la dificultad para vencerlo y nuestros combates eran cada vez más arduos y difíciles.

En los últimos enfrentamientos, NO vacilaba en recurrir a la agresión física, tratando de amedrentarnos.

NO nos obedecía y hacía que las liberaciones fuesen largas y sumamente laboriosas.

Yo me había acostumbrado a que Dios debía ser Obedecido de inmediato  y a que nuestros oponentes NO debían costarnos tanto trabajo…  

Pero las últimas experiencias parecían contradecir todo esto…

Yo acababa de sanar de una tremenda quemadura  y ya estaba otra vez teniendo un combate feroz, donde mi Oponente parecía haberse fortalecido hasta un grado inimaginable.

Un día estábamos orando por un hombre que pesaba más de 200 kg. Él estaba recostado en la cama, mientras los demás orábamos por él.

Los Demonios nos ofrecían una resistencia brutal y hacían gala de su rebeldía profiriendo blasfemias atroces.

Por más que los amenazaba, ellos se burlaban y mostraban su soberanía sobre aquella alma, encarándose directamente con Dios y retándolo con bestial crueldad,

enumerando los diversos pecados que les permitían poseerlo.

Se burlaban de Dios diciéndole los diversos motivos por los él se negaba a amarlo y obedecer sus Mandamientos… 

Y a continuación describían sus pecados y el motivo por el que tenían la razón para atormentarlo…

Al mismo tiempo que le recriminaban a Dios, el que Él no tuviera una sola razón para intervenir e impedirles lo que ellos habían determinado hacerle, al sujeto de su posesión.

Esto para mí fue demasiado… Y con impotencia creciente, pensaba en la forma de callarlos.

Lo único que había en la habitación además del Crucifijo, era un cuadro de la Virgen de Guadalupe donde se miraban las rosas cayendo de la tilma de Juan Diego.De forma impulsiva les grité:

 –   ¡¡¡Ya basta!!!

Cómo NO quieren callarse, en este momento les pongo en la boca una rosa del Tepeyac y convierto sus blasfemias en Bendiciones. 

En el Nombre de Jesús lo digo + y en el Nombre de Jesús lo hago+ Amén

Después de esto hubo un silencio total y seguimos con la Liberación.

Pero Satanás NO había terminado.

Aun no comprendo cómo pasó.

Pero de repente uno de los jóvenes que estaban orando, estaba debajo de la cama y empezó a ser aplastado por el enorme peso de nuestro rehén, que intentábamos liberar.

Le pedí ayuda a Mamá María y a nuestros ángeles de la guarda y de pronto…

Con una sola mano, porque con la otra sosteníamos los rosarios, el Agua Bendita y yo además la Biblia… 

Levantamos la cama y alguien lo arrastró, sacándolo de la mortal trampa.

Entonces Satanás atrapó a otro de los jóvenes que orábamos… 

31. «¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo;
32. pero yo he rogado por ti, para que tu Fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos.» Lucas 22

Y sacándolo a la terraza de la recámara que estaba en el primer piso, literalmente lo mandó volando a través del huerto hasta el abrevadero de los caballos.

La mitad del grupo salió corriendo hasta la piscina, donde los caballerangos ejercitaban a los corceles y que era donde Lucifer intentaba ahogarlo.

Yo también salí corriendo…

Y en el salón de juegos, que estaba donde empezaba la escalinata para  bajar a la sala principal, me topé con mi sobrinita de cinco años que estaba desternillándose de risa.

Ante mi mirada interrogante, me dijo:

–       ¡Ay tía! ¡Esto es más divertido que las caricaturas en la televisión!

¡Todos los diablos no pueden hablar y se ven muy simpáticos con una enorme rosa en la boca!…

Por un segundo me paralicé por la sorpresa…

Pero recordé la emergencia…

Y continué mi carrera hasta las caballerizas, donde Satanás continuaba en sus intentos por ahogar a Octavio.

Cuando llegué a la piscina, me eché un clavado, levanté la cabeza de Octavio fuera del agua.

Y  abrazándolo, le grité muy enojada a Lucifer:

–        ¡ALTO! ¿Quién te crees que eres para atacarnos así?

Lárgate de aquí. Te aseguro que esta vez vas a lamentar el combatir con nosotros…

¡Porque todavía NO me conoces y Me conocerás!… 

¡Constatarás que de princesa, sólo tengo los genes! Porque te juro que te voy a hacer llorar…

Sacamos a nuestro valiente hermanito del agua…

Y en el pasto que rodeaba la piscina…

Oré por Octavio mientras lo reanimaba…

Y Jesús lo volvió a la consciencia totalmente intacto.

Empapados pero felices, regresamos a continuar la Liberación.

Aunque sentía de forma maravillosa, la Portentosa Presencia de mi Señor Único y Trino, mi resolución no cambió un ápice y al contrario…

Cuando entramos nuevamente a la casa, YO NO estaba dispuesta a soportarles más majaderías…

Y me sentía tan furiosa, que decidí mandar por la borda, todos los buenos modales con que Jesús nos dirigía…

Mala decisión, porque no le pedí permiso... ¡Y SIMPLEMENTE LO HICE!

Entonces surgió la charra que siempre ha habitado en mí. Y aquí emergió uno de mis mayores defectos:

Cuando estoy enojada, NO reflexiono, ACTÚO.

Este altanero Arcángel le faltaba al respeto a Dios, Blasfemaba lo que quería y escarnecía con enorme crueldad al Señor.  

¡Esto me dolía tanto…!

¡QUÉ DECIDÍ PONERLE LA CHINGA DE SU VIDA!

Era UN VALENTÓN COBARDE, al que nadie le había puesto un alto y por eso su Soberbia estaba tan inflada.

Mi sobrinita sin querer, me había dado un dato crucial:

Todo lo que yo decía, se hacía¨ Entonces si mi palabra era tan importante

Estuve deliberando en la forma de doblegar tan grande soberbia… 

Pensé en los miedos que tenían supremacía en la sociedad a la que había pertenecido desde que nací…

Y que sometían la mayoría de sus comportamientos sociales…

Lo más importante eran las apariencias y el PRESTIGIO ante los demás.

Por eso prevalecían los modales elegantes y todo mundo quería pertenecer a una élite en ascenso…

–     ¡Vaya, vaya…! (una idea PERVERSA empezó a germinar en mi cabeza)

Por eso en las visiones que teníamos sobre el Infierno, Satanás siempre andaba elegantísimo y desplegando prepotencia y poder. 

Entonces me fijé en un calendario que estaba junto al cuarto de lavado y tenía una bella imagen del Carnaval.

En un par de días  empezaría la Cuaresma…

Lucifer está tan pagado de Sí mismo, que TODO lo que se relaciona con él, debe ser impresionante…

Recordé sus desafíos, sus burlas, sus despliegues de poder y sus manifestaciones llenas de deslumbrante magnificencia…

Y también CÓMO SE SIENTE INTOCABLE COMO UN  DIOS. 

Estaba tan enojada con él, que decidí que era el momento de darle una Lección…

Y que NO la olvidara jamás…

CONCLUÍ…

Bueno, veamos que hace, al proporcionarle una sopa de su mismo chocolate…

Y actué con la misma resolución que lo hacía, cuando de sacudirme un poco el extremo rigor de mi madre se trataba:

En casos de necesidad, es mejor pedir perdón que pedir permiso…” Y esto era una emergencia.

Y cómo los jugadores en la mesa de pókar cuando apuestan todo…

Ya me la estaba jugando por Jesús en el hombre por el que orábamos…

Habíamos recibido varios ataques que hubieran podido tener un desenlace fatal al menos con tres de los integrantes del equipo de Liberación.

Sólo me faltaba una cosa…

Uno de los miedos más grandes que los exorcistas tienen, es que los espíritus del poseso puedan penetrar en ellos…

Y así convertirse en una víctima más, torturada en venganza, por la Maldad de Satanás.

Pero ese Miedo ES precisamente la TRAMPA Y EL PELIGRO. 

Cuando tienes a Dios de tu lado, NO HAY  porqué tener miedo.

Y cuando confías en Él, ES CUANDO VES LOS MAYORES MILAGROS…

Yo le había entregado mi vida entera a Jesús y después de 15 años de choques frontales con el Enemigo en los que más o menos había aprendido a conocerlo,

Una idea se había metido en mi mente y estaba cristalizándose más fuerte, durante los últimos combates.

¿La Muerte? ¿Qué es la muerte para el que espera en Dios?

Sólo es el tránsito para el encuentro definitivo con el Amado.

Y decidí jugarme el todo, por el TODO.

“YO SOY HIJA DEL LEÓN DE LA TRIBU DE JUDÁ, Y ESTOY TOMANDO POSESIÓN DE MI HEREDAD…

Si moría, moriría sirviendo al Dios que adoro sobre todas las cosas. Viéndolo de esta manera, tenía boleto express para reunirme con ÉL…

Todos estos pensamientos, fueron veloces mientras retornaba con nuestro ‘pacientito’… 

Y mi corazón galopó de alegría…

Cuando íbamos a entrar a la habitación nuevamente, me detuve por un momento, evalué la situación…

Y resolví acabar de una vez por todas con aquella batalla.

Llevábamos muchas horas luchando, había atentado contra nuestras vidas dos veces.

Satanás seguía sintiéndose Intocable y yo YA NO estaba dispuesta a prolongar aquello.

Así que agarré a toro por los cuernos  

Y APOSTÉ MI TODO… 

DECIDÍ SER LA GUERRERA SUICIDA DEL EJÉRCITO DE JESÚS…  

Yo le gané a Satanás este privilegio…

Gracias Padre por cada marca y cada cicatríz que llevo en mi cuerpo y en mi alma, garantizando que la Lucha no ha sido fácil, pero Tú haz sido mi Fortaleza…

Ya NO iba a dar órdenes y esperar a que fuesen obedecidas…

Cuando entramos en la habitación donde yacía el que estaba siendo liberado, me dirigí directamente hacia él…

Y poniendo mis manos sobre su cabeza DECLARÉ: 

–     “Amadísimo Padre Celestial, Tú que Eres Infinitamente Bueno, Infinitamente Poderoso, Infinitamente Misericordioso, escucha la Oración que te presento a través del Inmaculado Corazón de María Santísima y por la Sangre Preciosísima de Jesús.

Te entrego mi cuerpo, mi alma, mi vida y mi espíritu, por mi hermanito, (dije el nombre de nuestro enfermito)

Por favor PÁSAME A MÍ, TODO LO QUE HAY EN ÉL…

Y dale a él todo lo que me has dado a mí:

Tu Perdón, tu salvación, tu sanación, tu Paz, tu Amor. Y todas las Gracias que tu Espíritu Santo decida.

Soy Tuya mi Señor y deseo serlo siempre por toda la Eternidad.

Te consagro a… al Corazón Inmaculado de María santísima, para que sea una ovejita del Rebaño de Jesús. Amén

Y los diablos que acaban de entrar en mí, no saldrán hasta que yo lo ordene

y deberán hacer junto conmigo TODO lo que yo haga.

Me arrodillé ante la Virgen y recé el Angelus. 

Bendita sea tu pureza y eternamente lo sea, pues todo un Dios se recrea en tan graciosa belleza. A Ti, celestial Princesa, Virgen Sagrada María, yo te ofrezco en este día alma, vida y corazón. Mírame con compasión, no me dejes, Madre mía, caer en la tentación…

También la honré con “Bendita sea tu Pureza…”

Cuando terminé, besé los piés de la Guadalupana y les dije a mis nuevos huéspedes:

–         ¡BIENVENIDOS!

¡ALABAREMOS AL DIOS ALTÍSIMO!

¡Y LO HARÁN CADA VEZ QUE YO LO HAGA!

¡ Y CON LA ALABANZA CON QUE YO LO HAGA!

Así que si quieren librarse de esto, NO tienen otra alternativa que correr a postrarse a los Pies de Cristo Rey y hacer lo que Él les mande.  

Por lo pronto, vamos a cantar…

Salve Reina de los Cielos y Señora de los ángeles, Salve Raíz, Salve Puerta, que dió paso a nuestra Luz. Alégrate Virgen Gloriosa, entre todas la más bella…

Y el Salve Regina sonaba triunfal en todas las gargantas, incluída la del hombre que había sido sanado y liberado…

Verificamos que la Liberación había sido completa y que nuestro rehén estaba totalmente intacto…

Y pudimos proclamar la victoria total en el Nombre de Jesucristo.

Todos nos consagramos nuevamente a los Sagrados Corazones y…

Después de esto le dije a Lucifer:

  –        Lo siento amigo, acabas de perder.

Mi tiempo es demasiado valioso, para desperdiciarlo con tus argucias.

Ya NO quiero escuchar tus soberbios desplantes. Y conmigo NO funcionan tus trucos.

Este rehén YA NO ES tuyo.

Por si no te diste cuenta, pasé sus espíritus inmundos y tus compinches a mi interior, tanto si estaban dispuestos a hacerlo, como si no.

Yo NO dejo alternativas. Acabo de liberarlo de sus pecados y de las cadenas con que lo controlabas.

¡ESTÁ LIBRE!

Creo que te metiste con el alma equivocada, porque todavía tengo una gran sorpresa para ti y para TODO tu séquito infernal:

–         Esto es una guerra, NO un juego.

Y porque parece que ustedes olvidan con

Quién

se enfrentan, es necesario darles un pequeño recordatorio. 

Por esto, en el Nombre de Jesús yo los visto a todos ustedes, con los mismos ropajes que ataviarán los participantes en el Carnaval de Río de Janeiro. 

Los que han promovido el descaro y la indecencia en la mujer, vestirán los más diminutos biquinis y NO me importa si son masculinos.

Los que alardean de su elegancia varonil, llevarán los trajes carnavalescos de la Marcha del Orgullo Gay… 

Y al que se atreva a protestar, LE GARANTIZO MÁS CREATIVIDAD con su atuendo personal. 

Y esto se aplica a todas las Jerarquías.

¿¿¿Entendieron???…

O ¿Se los explico con manzanas, palitos y bolitas?

¡Y NO se los podrán quitar, HASTA QUE YO LO DECIDA! Amén 

Ahora sí. ya tienen mi permiso para irse,

Y  más les vale que lo hagan rápido, porque me tienen bastante fastidiada.

Y están en peligro de que decida agregarles otro pequeño inconveniente para ustedes…

Había sido una jornada de más de doce horas, plagada de fenómenos extraordinarios y que me dejaron a mí, totalmente exhausta.

Y todavía faltaban las Consecuencias de mi impulsivo arrebato…

Cuando terminamos, el grupo se disolvió…

Y yo me dormí como un bebé, después de haber sido bañado…

Mi parábola de los talentos

Fresas con Crema

87 EL NOVENO MANDAMIENTO


87 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

El día sereno y sin viento, ha traído a muchísima gente.

Jesús se abre paso entre un verdadero pequeño pueblo que lo llama desde todas partes.

Uno le enseña sus heridas, otro le enumera sus desventuras, un tercero se limita a decir: «Ten piedad de mí».

Hay también quien le presenta a su propio hijito para que lo bendiga.

Jesús ha llegado casi a su puesto cuando, del sendero que lleva al río, sube un lamento conmovedor:

–      ¡Hijo de David, ten piedad de este pobre infeliz tuyo!

Jesús se vuelve en esa dirección, como también la gente y los discípulos…

Pero unos tupidos matorrales de bojes esconden a la persona que ha proferido esta súplica.

–     ¿Quién eres? Ven.

–     No puedo.

Estoy contaminado. Debo ir donde el sacerdote para que me cancelen del mundo.

He pecado y me ha brotado la lepra en el cuerpo. ¡Espero en ti!

La muchedumbre se alborota:

–     ¡Un leproso! 

–      ¡Un leproso!

–     ¡Maldito! 

    ¡Lapidémoslo! 

Jesús hace un gesto que impone silencio e inmovilidad.

Y dice:

–     No está más contaminado que quien está en pecado.

A los ojos de Dios, es todavía más inmundo el pecador impenitente que el leproso arrepentido.

Quien sea capaz de creer, que venga conmigo.

Algunos curiosos, además de los discípulos, siguen a Jesús.

Los demás, aun deseando ir, se quedan donde están.

Jesús va hasta más allá de la casa y del sendero, hacia los matorrales de bojes.

Y cómo si obedeciera un llamado interno…

Luego se detiene y le ordena al leproso que se deje ver.

Sale un hombre muy joven, apenas mayor que Juan. 

Bigote y barba tenues cubren apenas su rostro: es un rostro aún fresco y lleno.

Tiene los ojos enrojecidos por el llanto.

Un gran grito de entre un grupo de mujeres enteramente tapadas, pues ya lloraban en el patio de la casa al pasar Jesús.

Y su llanto había aumentado por las amenazas de la muchedumbre.

Y la mujer le saluda:

–      ¡Hijo mío!…

La mujer cae sin fuerzas en los brazos de otra, que se apresura a sostenerla.

Jesús solo, sigue avanzando hacia el desdichado.

Y le pregunta:

–      Eres muy joven.

¿Cómo es que estás leproso?

El joven baja los ojos, se enciende de rubor su rostro, balbucea… y no se atreve a más.

Jesús repite la pregunta.

El joven dice algo en forma más nítida, pero sólo se entienden las palabras:

–      …Mi padre… fui… y pecamos… no sólo yo… 

Jesús habla severo:

–     Allí está tu madre, esperando y llorando.

En el Cielo está Dios, que sabe lo sucedido, aquí estoy Yo, que también lo sé.

Pero necesito tu humillación para tener piedad. Habla.

Gime la madre, que se ha hecho gran violencia a sí misma, para llegar hasta donde Jesús.

Y que ahora de rodillas, teniendo en una mano la orla del manto de Jesús,

tiende la otra hacia su hijo mostrando su pobre rostro bañado por las lágrimas.

La madre suplica:

–     Habla, hijo.

Ten piedad de las entrañas que te llevaron. – 

Jesús le pone la mano sobre la cabeza.

–     Habla -vuelve a decir. 

El joven con la vista baja, habla fuerte y claro:

–     Soy el primogénito y ayudo a mi padre en los negocios.

Él me ha mandado a Jericó muchas veces para hablar con sus clientes, y… y uno… uno tenía una mujer joven y hermosa… Me… me gustó.

Fui más allá de donde debía… Le gusté… Nos deseamos y… pecamos en ausencia del marido…

No sé cómo sucedió, porque ella estaba sana. Sí. No sólo yo estaba sano y la quise… ella también estaba sana y me quiso.

No sé si… si además de a mí amó antes a otros y se había contagiado…

Lo que sí sé, es que ella se marchitó en poco tiempo y que ahora está en los sepulcros muriendo en vida… Y yo… y yo…

¡Mamá!, tú lo has visto, es poca cosa, pero dicen que es lepra… y… moriré de lepra. ¿Cuándo?… Se acabó la vida, la casa… y tú, mamá…

¡Oh, mamá, te veo y no te puedo besar!… Hoy vienen a descoserme los vestidos y a arrojarme de casa… del pueblo…

Es peor que si hubiera muerto; ni siquiera tendré el llanto de mi madre sobre mi cadáver…

El joven llora.

La madre está tan estremecida por los sollozos que parece un árbol zarandeado por el viento.

La gente hace diversos comentarios, dictados por sentimientos opuestos.

Jesús está apenado.

Y dice:

–      Y mientras pecabas ¿No pensabas en tu madre?

¿Estabas tan enajenado que no te acordabas de que tenías una madre en la Tierra y un Dios en el Cielo?

Si no te hubiera aparecido la lepra, ¿Te habrías acordado alguna vez de que habías ofendido a Dios y al prójimo?

¿Qué has hecho de tu alma? ¿Qué has hecho de tu juventud?

–     Fui tentado…

–     ¿Eres acaso un niño, para no saber que era un fruto maldito?

Merecerías morir sin piedad».

–     ¡Oh! ¡Piedad! Sólo Tú puedes…

–     No Yo, Dios. Y si aquí juras no pecar más.

–     Lo juro. Lo juro.

¡Sálvame, Señor! Dispongo sólo de pocas horas antes de la condena.

¡Mamá!… ¡Mamá, ayúdame con tu llanto!… ¡Oh…, madre mía!

La mujer ya no tiene ni siquiera voz.

Lo único que hace es agarrarse a las piernas de Jesús y levantar su cara con los ojos dilatados por el dolor:

una cara de tragedia como de quien se está ahogando y sabe que ése es el último apoyo que lo sujeta y que puede salvarlo.

Jesús la mira. Le sonríe compasivo…

Y declara:

–      Levántate, madre.

Tu hijo está curado; pero por ti, no por él.

La mujer todavía no cree; le parece que así a distancia, no puede haber quedado curado. 

Y hace signos de disentimiento entre continuos sollozos.

Jesús mirando al joven le ordena:

–      Hombre, quítate la túnica del pecho, donde tenías la mancha; para consolar a tu madre.

El joven se baja el vestido, apareciendo desnudo ante los ojos de todos.

No tiene sino una piel uniforme y lisa, de un joven fuerte y bien formado. 

Jesús se inclina para levantar a la mujer, diciendo:

–      Mira, madre…

Este movimiento sirve también para contenerla cuando su amor de madre y el hecho de ver el milagro, la hubiera lanzado contra su hijo sin esperar a su purificación.

Sintiéndose impedida para ir a donde la impulsa su amor materno, se abandona en el pecho de Jesús, a quien besa en un verdadero delirio de alegría.

Llora, ríe, besa, bendice…

Y Jesús la acaricia con piedad.

Luego le dice al muchacho:

–      Ve al sacerdote, y acuérdate de que Dios te ha curado por tu madre y para que seas justo en el futuro. Ve.

El muchacho bendice al Salvador y se marcha.

A distancia, le siguen su madre y las otras mujeres que estaban con ella.

La muchedumbre grita jubilosa.

Jesús vuelve a su tarima improvisada.

Y habla:

–      Este joven también había olvidado que hay un Dios que ordena honestidad de costumbres.

Había olvidado que está prohibido hacerse dioses al margen de Dios.

Había olvidado que debía santificar su sábado, como he enseñado; había olvidado que existe el respeto amoroso a la madre.

Había olvidado que no se debe fornicar, ni robar, ni ser falso, ni desear la mujer del prójimo…

Ni matarse uno a sí mismo o la propia alma, ni cometer adulterio.

EL NOVENO MANDAMIENTO DE LA LEY DE DIOS

Había olvidado todo y ya veis cuál había sido su castigo.

“No desearás la mujer del prójimo” se une a “no cometerás adulterio”,

Porque el deseo precede siempre a la acción.

El hombre es demasiado débil como para poder desear sin llegar después a consumar el deseo.

Y lo que es verdaderamente triste, es que el hombre no sepa hacer lo mismo respecto a los deseos justos.

En el Mal se desea y luego se cumple.

En el bien se desea, para luego detenerse, aunque no se retroceda.

Lo que le he dicho a él os lo digo a todos vosotros, porque el pecado de deseo está tan difundido como las malas hierbas,  que por sí solas se propagan:

¿Sois unos niños como para no saber que esa tentación es venenosa y que hay que huir de ella?

“Fui tentado.” ¡Frase remota!

27. «Habéis oído que se dijo: = No cometerás adulterio. = 28. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Mateo 5

Más, he aquí que tenemos también un remoto ejemplo y por tanto, debería el hombre acordarse de sus consecuencias.

Y debería saber decir: “No”.

En nuestra historia no faltan ejemplos de castos, que permanecieron tales a pesar de todas las seducciones del sexo y a pesar de las amenazas de los violentos.

¿Es un mal la tentación? No lo es; es la obra del Maligno, pero se transforma en gloria para quien la vence.

El marido que va a otros amores es un asesino de su esposa, de sus hijos, de sí mismo.

Quien entra en morada ajena para cometer adulterio es un ladrón, y de los más viles: como el cuco, goza del nido ajeno sin aportar nada.

Quien sustrae la buena fe al amigo es un falsario, porque finge una amistad que en realidad no tiene.

Quien así actúa se deshonra a sí mismo y deshonra a sus padres. ¿Puede, entonces, tener a Dios consigo?

He hecho el milagro por esa pobre madre. Pero me da tanto asco la lujuria, que me siento nauseado.

Vosotros habéis gritado por miedo y repulsa de la lepra. Yo, con mi alma, he gritado a causa de la repugnancia por la lujuria.

Todas las miserias me circundan y por todas ellas Yo soy el Salvador,

pero prefiero tocar a un muerto, a un justo que esté ya descompuesto en la carne suya que fue honesta, mas en paz ya su espíritu,

antes que acercarme a uno que tenga tufo de lujuria.

Soy el Salvador, pero también Soy el Inocente.

Tengan presente esto todos los que vienen aquí o hablan de Mí, proyectando en mi personalidad la levadura de la suya.

Comprendo que vosotros querríais de mí algo distinto, pero no puedo.

La ruina de una juventud apenas formada y demolida por la libídine me ha turbado más que si hubiera tocado la Muerte.

Vamos con los enfermos; no pudiendo, por la nausea que me ahoga, ser la Palabra, seré la Salud de quien espera en Mí.

La paz esté con vosotros.

Efectivamente Jesús está muy pálido y su rostro denota dolor.

No le vuelve la sonrisa sino cuando se agacha hacia unos niños enfermos u otras personas enfermas en sus camillas.

Entonces vuelve a ser Él, especialmente cuando metiendo su dedo en la boca de un mudito de unos diez años le hace decir «Jesús», y luego «mamá».

La gente se marcha muy lentamente.

Jesús se queda paseando bajo el sol que inunda la era, hasta que viene hasta Él, Judas de Keriot.

Que le dice:

–     Maestro, yo no estoy tranquilo… 

Jesús responde:

–     ¿Por qué, Judas?

–     Por los de Jerusalén… Yo los conozco.

Déjame ir allí unos días. No me refiero a que me mandes solo; es más, te ruego que no sea así.

Mándame con Simón y Juan, que fueron muy buenos conmigo durante el primer viaje a Judea.

Uno me frena, el otro me purifica hasta en el pensamiento. ¡No te puedes imaginar lo que significa Juan para mí!:

Es rocío que calma mis ardores, aceite sobre mis aguas agitadas… Créelo.

–     Lo sé.

Por eso, no te debes asombrar de que Yo lo quiera tanto. Es mi paz.

Pero tú también, si eres siempre bueno, serás mi consuelo. Si usas los dones de Dios -y tienes muchos, para el bien.

Como has estado haciendo desde hace algunos días y llegarás a ser un verdadero apóstol.

–     ¿Y me amarás como a Juan?

–     Yo te amo igualmente, Judas; sólo que entonces lo haré sin esfuerzo y dolor.

–     ¿Qué bueno eres, Maestro mío!

–     Ve a Jerusalén, aunque no va a servir para nada.

No quiero contrariar tu deseo de ayudarme. Ahora se lo digo inmediatamente a Simón y a Juan. Vamos.

¿Has visto cómo sufre tu Jesús por ciertas culpas? Son como uno que ha levantado un peso demasiado fuerte.

No me des nunca este dolor. Nunca más…

–     No, Maestro, No.

Te quiero. Tú lo sabes… pero soy débil…

–     El amor fortalece.

Entran en casa y todo termina.

85 ¡NO MATARÁS!


85 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

El sinagogo del lugar, junto con muchísimos peregrinos; se han unido a las más de trescientas personas que escuchan atentas a Jesús,

que extensa y minuciosamente explica el Quinto Mandamiento:

–     … Se dijo ‘No matarás’.

Os pregunto: ¿Es solamente un pecado de homicidio? Al matar… ¿Sólo cometéis este único pecado?…

“No matarás”, está escrito. ¿A cuál de los dos grupos de Mandamientos pertenece éste?

¿”Al segundo”, decís? ¿Estáis seguros?

Otra pregunta: ¿Es un pecado que ofende a Dios o a la víctima? ¿Decís: “A la víctima’? ¿Estáis seguros de esto también?

Os hago una tercera pregunta: ¿Es sólo pecado de homicidio?

Al matar, ¿No cometéis más que este único pecado? ¿”Este sólo”, decís? ¿Ninguno tiene duda de ello?

Decid en voz alta vuestras respuestas. Que uno hable por todos vosotros, Yo espero.

Jesús se inclina a acariciar a una niña pequeña que se ha acercado a Él y que lo está mirando extática, olvidándose incluso de seguir mordisqueando la manzana que, para mantenerla quieta, le ha dado su madre.

Se pone en pie un anciano de aspecto grave y dice:

–      Escucha, Maestro.

Yo sirvo a la sinagoga desde hace mucho tiempo y me han dicho que hable en nombre de todos. Hablo pues.

Me parece, nos parece, que hemos respondido según justicia y según cuanto nos han enseñado.

Baso mi certidumbre en el capítulo de la Ley que habla del homicidio y de las agresiones físicas.

Tú sabes, de todas formas, para qué hemos venido: para ser aleccionados, porque reconocemos en ti sabiduría y verdad.

Por tanto, si me equivoco, ilumina mis tinieblas a fin de que el anciano siervo vaya a su Rey vestido de luz.

Y como conmigo, hazlo también con éstos, que son de mi rebaño y que han venido con su pastor a beber las fuentes de la Vida.

Y se inclina, antes de sentarse, con el máximo respeto.  

Jesús pregunta:

–     ¿Quién eres, padre?

–     Cleofás, de Emaús, tu siervo.

–     No mío, sino de Aquel que me ha enviado, porque debe dársele al Padre toda prioridad y todo amor en el Cielo, en la Tierra y en los corazones.

El primero que le tributa este honor es su Verbo, el cual toma y ofrece en la mesa sin defecto los corazones de los buenos como hace el sacerdote con los panes de la proposición.

Mas escucha, Cleofás, para que vayas a Dios enteramente iluminado conforme a tu santo deseo.

Para medir una culpa es necesario pensar en las circunstancias que la preceden, la preparan, la justifican, o la explican.

¿A quién he matado? ¿Qué he matado?, ¿Dónde? ¿Con qué medios? ¿Por qué he matado? ¿Cómo he matado? ¿Cuándo he matado?:

Éstas son las preguntas que debe hacerse quien ha matado, antes de presentarse a Dios para pedirle perdón.

¿A quién he matado? A un hombre. Yo digo: a un hombre.

No pienso ni considero si es rico o si es pobre, si es libre o si es esclavo.

Para Mí no existen esclavos u hombres de poder. Existen sólo hombres creados por un Único; por tanto, todos iguales.

En efecto, frente a la majestad de Dios es polvo hasta el más poderoso monarca de la Tierra

y ante sus ojos y ante los míos no existe sino una esclavitud: la del pecado, por tanto la de estar bajo Satanás.

La Ley antigua distingue entre libres y esclavos y entra en detalles acerca del hecho de matar en el acto o matar dejando sobrevivir un día o dos.

O también acerca de si la mujer encinta muere por el golpe recibido o si pierde la vida sólo su fruto.

Pero esto se dijo cuando estaba aún lejana la luz de la perfección.

Ahora se halla entre vosotros y dice: Quienquiera que mate a un semejante suyo peca.

Y no peca sólo con el hombre, sino también contra Dios. ¿Qué es el hombre?

El hombre es la criatura soberana que Dios ha creado para ser rey en la Creación.

Creado a su Imagen y Semejanza, dándole la semejanza según el espíritu, y la imagen extrayendo de su pensamiento perfecto esta perfecta imagen.

Observad el aire, la tierra y las aguas. ¿Acaso veis animal alguno o planta alguna que por muy hermosos que sean, igualen al hombre?

El animal corre, come, bebe, duerme, genera, trabaja, canta, vuela, se arrastra, trepa… pero no tiene la capacidad de hablar.

El hombre, como el animal, sabe correr y saltar.

Y en el salto es tan ágil que emula al ave. Sabe nadar, y nadando es tan veloz que semeja al pez.

Sabe arrastrarse como lo hace un reptil; sabe trepar asemejándose al simio; sabe cantar…

Y en esto se parece a los pájaros. Sabe engendrar y reproducirse… Pero, además, sabe hablar.

No digáis como objeción:

“Todo animal tiene su lenguaje”. Sí. Uno muge, otro bala, el otro rebuzna, el otro pía o gorjea… pero, desde el primer bovino al último, siempre tendrán al mismo y único mugido.

Y así igualmente el ovino balará hasta el fin del mundo y el burro rebuznará como rebuznó el primero.

Y el gorrión siempre emitirá su breve canto, mientras que la alondra y el ruiseñor cantarán el mismo himno al Sol…

La primera a la noche estrellada, el segundo aunque sea el último día de la Tierra, de la misma manera que saludaron al primer Sol y a la primera noche terrestre.

El hombre, por el contrario, debido a que no tiene sólo la campanilla y la lengua, sino que también tiene un conjunto de nervios centrados en el cerebro, sede del intelecto.

SABE, debido a ello captar las sensaciones nuevas y reflexionar en ellas y darles un nombre.

Adán puso por nombre “perro” a su amigo y llamó “león” a aquel que por su melena tupida y abundante, en una cara ligeramente barbada, se le parecía más.

Llamó “oveja” a la cordera que lo saludaba mansamente y llamó “pájaro” a esa flor de plumas que volaba como la mariposa y que además emitía dulce, un canto que ésta no posee.

Y andando el tiempo a lo largo de los siglos, los hijos de Adán siguieron creando nuevos nombres, a medida que “fueron conociendo” las obras de Dios en las criaturas.

O cuando por la chispa divina que hay en el hombre, engendraron además de otros hijos; cosas útiles o nocivas, para esos mismos hijos.

Si estaban con Dios o contra Dios: están con Dios quienes crean y llevan a cabo cosas buenas; están contra Dios quienes crean cosas que resultan maléficas para el prójimo.

Dios venga a los hijos suyos que han sido torturados por la MALDAD, en el ingenio humano.

El hombre es pues, la criatura predilecta de Dios. Aunque en la presente situación sea culpable, continúa siendo el más querido por Él:

Lo testifica el hecho de que haya enviado a su mismo Verbo, NO a un ángel, un arcángel, querubín o serafín, sino a su Verbo, revistiéndolo de la humana carne, para salvar al hombre.

Y no consideró indigna esta vestidura para hacer capaz de sufrir y expiar a Aquel que, por ser como Él purísimo Espíritu, no habría podido sufrir y expiar la culpa del hombre.

El Padre me dijo:

“Serás hombre: el Hombre.

Yo hice ya un HOMBRE PERFECTO, como todo lo que hago.

Había dispuesto para él una vida dulce, una dulcísima dormición, un beato despertar, una beatísima permanencia eterna en mi celeste Paraíso.

Pero como Tú sabes, en ese Paraíso no puede entrar nada contaminado, porque en él Yo-Nosotros, Dios Uno y Trino, tenemos un Trono.

Y ante este Trono no puede haber sino santidad. Yo Soy el que Soy.

Mi Divina Naturaleza, nuestra misteriosa Esencia, no puede ser conocida sino por aquellos que no tienen mancha.

Al presente, el hombre en Adán y por Adán, está sucio. Ve. Límpialo. Es mi deseo.

Serás Tú de ahora en adelante, el Hombre, el Primogénito. Porque serás el Primero en entrar aquí con carne mortal sin pecado, con alma sin culpa original.

Los que te han precedido sobre la faz de la Tierra, así como los que te seguirán, tendrán vida por tu muerte de Redentor”.

Sólo podía morir quien previamente hubiera nacido… Yo he nacido y moriré.

El hombre es la criatura predilecta de Dios.

Decidme: si un padre tiene muchos hijos y uno de ellos es su predilecto: La pupila de sus ojos y se lo matan…

¿No sufrirá más que si la víctima hubiera sido otro de sus hijos?

No debería ser así, porque el padre debería ser justo con todos sus hijos; pero de hecho así sucede. Y es porque el hombre es imperfecto.

Sin embargo, Dios lo puede hacer con justicia, porque el hombre es la única de las criaturas que tiene en común con el Padre Creador el alma espiritual…

Signo innegable de la Paternidad Divina.

¿Si se le mata un hijo a un padre, se ofende sólo al hijo?

¡NO! También al padre. En la carne al hijo; en el corazón, al padre: ambos son víctimas.

¿Matando a un hombre se ofende sólo al hombre? ¡NO!

También a Dios. En la carne, al hombre; en su  derecho, a Dios: sólo a Dios le corresponde el dar o quitar la vida y la muerte.

Matar es usar violencia contra Dios y contra el hombre.

Matar es penetrar en el dominio de Dios. Matar es faltar contra el Precepto del Amor.

EL QUINTO MANDAMIENTO DE LA LEY DE DIOS

Quien mata no ama a Dios, porque destruye una obra de sus manos: un hombre.

Quien mata no ama al prójimo, porque le priva al prójimo de aquello que el homicida quiere para sí: la vida.

Ved que así he dado respuesta a las dos primeras preguntas. ¿En dónde he agredido a mi víctima?

Se puede hacer en la calle, en casa de la víctima o atrayéndola a la propia casa. La agresión puede recaer en uno u otro órgano, causando mayor sufrimiento.

Puedo cometer incluso dos homicidios en uno, si la víctima es una mujer que tiene el seno grávido de su fruto.

Se puede matar en la calle sin tener intención de hacerlo. Un animal que se escape a nuestro control puede matar a un transeúnte; pero entonces en nosotros no hay premeditación.

Si por el contrario, uno va armado de puñal bajo las hipócritas vestiduras de lino a la casa de su enemigo.

Y sucede con frecuencia que es enemigo el que ha cometido la equivocación de ser mejor….

O lo invita a su casa, aparentemente por deferencia hacia él, y luego lo degüella y lo echa al pozo; entonces hay premeditación….

Y la culpa es completa en malicia, en crueldad, en violencia.  ¡SÍ! Si matando a la madre, mato también a su fruto.

Entonces Dios me pedirá cuentas de dos, porque el vientre que engendra a un nuevo hombre según el Precepto de Dios es sagrado; como lo es la pequeña vida que en aquél madura, a la que Dios ha dado un alma.

¿Qué medios he utilizado? En vano uno dirá: “No quería matar”, cuando en realidad iba armado con un arma segura.

En un momento de ira incluso las manos se transforman en arma… Y la piedra cogida del suelo o la rama arrancada del árbol.

Mas aquel que observa fríamente el puñal o el hacha y si cree que cortan poco, los afila… Y luego se los ciñe al cuerpo de forma que no se vean pero pueda empuñarlos con facilidad…

Y preparado de tal suerte va adonde su rival, ciertamente no podrá decir: “No había en mí deseo de agredir”.

Y aquel que prepara un veneno cogiendo hierbas y frutos venenosos y haciendo con ellos polvo o bebida, luego lo ofrece a la víctima como especia o como sidra,

ciertamente no podrá decir: “No quería matar”.

Y ahora escuchadme vosotras mujeres, tácitas e impunes asesinas de tantas vidas.

Separar de vuestro seno un fruto que crece en él, por el hecho de que provenga de culpable simiente o porque sea un vástago no deseado; una carga a vuestro lado.

O una carga para vuestra economía, también es matar.

Hay un solo modo de no tener esa carga: permanecer castas.

No unáis homicidio con lujuria, violencia con desobediencia; no creáis que Dios no ve porque el hombre no vea.

Dios ve todo y se acuerda de TODO. Tenedlo presente también vosotras.

¿Por qué he matado?

¡Oh, por cuántos porqués!

Desde el desequilibrio desencadenado en vosotros inesperadamente por una emoción violenta, como veros profanado el tálamo,

encontraros con un ladrón dentro de casa, un inmundo intento de violar a vuestra hija en la flor de la adolescencia…

Hasta el frío y meditado cálculo para liberarse de un testigo peligroso, de alguien que obstaculice el propio camino, de alguien a cuyo puesto se aspira o cuya riqueza se ambiciona:

Éstas y otras muchas parecidas, son las razones.

Pues bien, Dios puede conceder el perdón a quien, febril por el dolor asesina; más no se lo concede a quien lo hace por ambición de poder o para ganarse la estima de los demás.

Obrad siempre bien para no temer ni el ojo ni la palabra de nadie. Contentaos con lo vuestro para no aspirar a lo ajeno, hasta el punto de convertiros en asesinos por conseguir lo que es del prójimo.

¿Cómo he matado?

¿Ensañándome con la víctima aun después de la primera reacción impulsiva?

En algunas ocasiones el hombre no se puede frenar, porque Satanás lo impele al mal del mismo modo que el hondero lanza la piedra.

Pero, ¿Qué diríais de una piedra que habiendo dado en el blanco, volviera por sí misma a la honda para ser lanzada de nuevo y de nuevo golpear en su objetivo?

Diríais: “Está poseída por una fuerza mágica e infernal”.

Así es el hombre que da un segundo, un tercero, un décimo golpe, después del primero, con la misma saña.

Porque la ira desaparece para dar paso a la razón inmediatamente después del primer impulso, si éste obedece a un motivo en cierto modo justificable.

Mientras que por el contrario, la saña aumenta cuantos más golpes recibe la víctima en el verdadero asesino.

O sea, en el Satanás que no tiene ni puede tener piedad del hermano porque siendo un satanás, es ODIO

¿Cuándo he matado? ¿Durante el primer impulso? ¿Una vez que éste ha cesado? ¿Fingiendo haber perdonado, mientras que en realidad ha ido fermentando cada vez más el rencor?

¿O he esperado incluso años para cometer el asesinato, produciendo así un doble dolor al matar al padre a través de los hijos?

Así podéis ver cómo al matar se viola el primero y el segundo grupo de Mandamientos.

En efecto, al hacerlo os arrogáis el derecho de Dios y pisoteáis al prójimo.

Es pecado por tanto, contra Dios y contra el prójimo. Cometéis no sólo un pecado de homicidio, sino también de ira, de violencia, de soberbia, de desobediencia, de sacrilegio.

Y en ocasiones, si matáis para haceros con un puesto o con una bolsa, de codicia.

Y no aludo a ello, os lo explicaré mejor otro día. Y no se peca de homicidio sólo con un arma o con veneno; también calumniando.

Meditad en ello.

Y digo que el amo que da una paliza a un esclavo, pero con la astucia de que no se le muera entre sus manos, es doblemente culpable.

El hombre esclavo no es dinero del amo, es alma de su Dios. ¡Maldito sea, eternamente, quien lo trata peor que a un buey!

El rostro de Jesús está fulgurante y su voz truena.

Todos lo miran sorprendidos, porque antes hablaba con serenidad.

“Maldito sea. La Ley nueva abroga la dureza contra el esclavo, todavía justa cuando en el pueblo de Israel no había hipócritas que se fingían santos y agudizaban el ingenio sólo para sacar el máximo provecho y eludir la Ley de Dios.

Pero al presente, rebosando Israel de estos seres viperinos, que hacen lícito el placer sólo porque ellos son ellos, los miserables poderosos a quienes Dios mira con odio y asco.

Al presente Yo digo: ya no es así.

Caen los esclavos en los surcos o ante las piedras de molino; caen, con los huesos quebrantados, visibles los nervios, a causa del látigo.

Los acusan de falsos delitos para poderlos golpear, para justificar su propio sadismo satánico.

Hasta el milagro se usa como acusación para tener derecho a golpearlos.

Ni el poder de Dios, ni la santidad del esclavo convierte su alma retorcida. NO PUEDE SER CONVERTIDA.

El bien no entra donde hay saturación de mal. Pero Dios ve, y dice: “¡BASTA!”.

Demasiados son los Caínes que matan a los Abeles.

Y ¿Qué os pensáis, inmundos sepulcros blanqueados por fuera, por fuera cubiertos con las palabras de la Ley; mientras que por dentro se pasea el rey Satanás y pulula el satanismo más astuto, qué os pensáis?

¿Que es sólo Abel hijo de Adán? ¿Que el Señor mira benigno sólo a quienes no son esclavos de hombre, mientras que rechaza el único ofrecimiento que puede elevarle el esclavo, el de su honestidad sazonada de llanto?

¡NO! En verdad os digo que todo aquel que es justo es un Abel, aunque esté cargado de grilletes, aunque esté muriendo en la gleba o sangrando por vuestras flagelaciones.

En verdad os digo que son Caínes todos los injustos que le dan a Dios por orgullo, no por verdadero culto, lo que está inquinado con su pecar y manchado de sangre.

Profanadores del milagro. Profanadores del hombre, ¡ASESINOS! ¡SACRÍLEGOS! ¡FUERA!

 ¡Fuera de mi Presencia! ¡Basta! Yo digo: basta. Y puedo decirlo, porque soy la divina Palabra que traduce el Pensamiento divino. ¡FUERA!

Jesús, en pie. Erguido, sobre su tosca tarima, presenta un aspecto tan grave, que verdaderamente asusta.

Su brazo derecho extendido señalando a la puerta de salida; sus ojos, dos fuegos azules: parece fulminar a los pecadores presentes.

La niña pequeña que estaba a sus pies empieza a llorar y corre hacia donde está su mamá.

Los discípulos se miran sorprendidos y tratan de ver a quién va dirigida la invectiva.

La multitud se vuelve también con mirada interrogativa.

Por fin se descubre el enigma.

En el fondo, fuera de la puerta, semioculto tras un grupo de altos aldeanos, se deja ver Doras, aún más seco que antes.

Amarillo, lleno de arrugas, todo él nariz y mentón prominente. Lleva consigo un siervo que le ayuda a moverse, porque parece medio paralítico.

¿Quién podía verle entre la gente que está en el patio?

Osa hablar con su voz ronca:

–     ¿Me dices a mí? ¿Lo dices por mí?

Jesús ordena imperioso:

–     ¡Por ti, sí! ¡Sal de mi casa!

–     Salgo. Pero pronto ajustaremos las cuentas, no lo dudes.

–     ¿Pronto? ¡Enseguida!

 Te dije en su momento que el Dios del Sinaí te espera.

–     También a ti, maléfico, que a mí me has acarreado las enfermedades y a mis tierras los animales dañinos.

Volveremos a vernos, para gozo mío.

–     Sí. Y no te agradará el volver a verme, porque Yo te voy a juzgar.

–     ¡Ja! ¡Ja! mald… – Hace unos aspavientos, gorgotea…

Y cae.

El siervo grita:

–     ¡Ha muerto!

¡Ha muerto el patrón! ¡Bendito seas, Mesías, Vengador nuestro!

–     No Yo. Dios, Señor eterno.

Que ninguno se contamine: que sólo el siervo se ocupe de su patrón. Y sé bueno con su cuerpo. Sed buenos, vosotros todos, sus siervos.

No exultéis de alegría, con resentimiento por el caído, para no merecer condena.

Que Dios y el justo Jonás se os muestren siempre amigos y Yo con ellos. Adiós.

Pedro pregunta:

–     ¿Ha muerto porque Tú así lo has querido?

–     No. Pero el Padre ha entrado en Mí…

Es un misterio que no puedes entender. Sólo has de saber que no es lícito arremeter contra Dios.

Él, sin concurso ajeno, se toma venganza.

–     ¿Y no podrías decirle al Padre tuyo que hiciera morir a todos los que te odian?

–     ¡Calla! ¡Tú no sabes de qué espíritu eres! Yo soy Misericordia, no Venganza.

Se acerca el anciano de la sinagoga:

–     Maestro, has resuelto todos mis interrogantes, la luz está en mí.

Bendito seas. Ven a mi sinagoga. No le niegues a un pobre viejo tu palabra.

–     Iré. Vete en paz. El Señor está contigo.

Mientras la multitud se va yendo lentamente, todo termina.

82 EL PRIMER EXORCISMO


82 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús está hoy con los nueve que se han quedado; los otros tres han salido para Jerusalén.

Tomás, siempre alegre, tiene que multiplicarse para atender a sus verduras y también a las otras incumbencias más espirituales.

Mientras que Pedro, Felipe, Bartolomé y Mateo se encargan de los peregrinos; los demás van al río para el bautismo ¡verdaderamente de penitencia, con el frío que hace!.

Jesús está todavía en su rincón, en la cocina.

Tomás trajina, pero guarda silencio para dejar tranquilo al Maestro.

En ese momento entra Andrés y dice:

–      Maestro, hay un enfermo que a mí me parece que convendría curarlo enseguida porque…

dicen que está loco, porque no son israelitas; nosotros diríamos que está poseído. Chilla, vocea, se retuerce… Ven a ver.

–     Ahora mismo. ¿Dónde está?

–     Todavía en el campo. ¿Oyes esos aullidos? Es él.

Parece un animal, pero es él. Debe ser un hombre rico porque el que lo acompaña va bien vestido.

Y al enfermo lo han bajado de un carro de mucho lujo muchos siervos. Debe ser pagano porque blasfema contra los dioses del Olimpo».

–     Vamos.

Tomás tiene curiosidad y dice:

–     Voy también yo a ver. – dejando de lado su preocupación por las verduras.

Salen y en vez de torcer hacia el río, tuercen hacia los campos que separan esta granja de la casa del capataz.

En medio de un prado donde antes pastaban unas ovejas que con el alboroto corrieron despavoridas, se diseminaron en todas las direcciones y los pastores y un perro, en vano las tratan de agrupar de nuevo.

Está un hombre al que tienen atado fuertemente y a pesar de todo, pega unos brincos de loco, gritando terriblemente y cada vez más fuerte a medida que Jesús se acerca.

Pedro, Felipe, Mateo y Natanael están allí cerca, perplejos, junto con muchos hombres, porque las mujeres tienen miedo y se alejaron.

Pedro dice:

–     ¿Has venido, Maestro? ¿Ves qué furia?

–     Ahora se le pasará.

–     Pero… es pagano, ¿Sabes?

–     ¿Y eso qué importancia tiene?

–     ¡Hombre!… ¡Por el alma!…

Jesús sonríe ligeramente y sigue avanzando; llegando hasta el grupo del loco, que cada vez se agita más.

Se separa del grupo uno que por sus vestiduras y por llevar el rostro rasurado manifiesta ser un romano…

Y saluda diciendo:

–      ¡Salve, Maestro! He oído hablar de Tí.

Eres más grande que Hipócrates en el arte de curar y que el simulacro de Esculapio, en obrar milagros con las enfermedades.

Porque sé esto, he venido. Mi hermano ya lo ves, está loco a causa de un misterioso mal. Ningún médico sabe lo que le pasa.

He ido con él al templo de Esculapio y ha salido aún más loco. En Tolemaida tengo un familiar, me envió un mensaje con una galera, decía que aquí había Uno que curaba a todos.

Y lo he traído. ¡Qué viaje más horroroso!

–     Merece premio.

–     Pero, mira, no somos ni siquiera prosélitos. Somos romanos, fieles a los dioses. Vosotros decís “paganos”. Somos de Síbaris, pero ahora estamos en Chipre.

–     Es verdad. Paganos sois.

–     Entonces… ¿Para nosotros nada? O tu Olimpo rechaza al nuestro o el nuestro al tuyo».

–     Mi Dios, Único y Trino reina, único y solo.

El romano muestra su total desconsuelo y dice:

–      He venido en vano.

–     ¿Por qué?

–      Porque yo soy de otro dios.

–     El alma es creada por Uno Solo.

–     ¿El alma?…

Jesús confirma:

–     El alma.

Esa cosa divina que Dios crea para cada uno de los hombres: compañera en la existencia, superviviente más allá de la existencia.

–     ¿Y dónde está?

–      En lo profundo del ‘yo‘.

Pero, a pesar de que esté, como cosa divina, en el interior del más sagrado templo, de ella se puede decir y digo “ella”, no ésta;

porque no es una cosa, sino un ente verdadero y digno de todo respeto, que no está contenida, sino que contiene.

El romano exclama sorprendido:

–     ¡Por Júpiter! ¿Eres filósofo?

–     Soy la Razón unida a Dios.

–     Creía que lo eras, por lo que decías…

–     ¿Y qué es la filosofía, cuando es verdadera y honesta, sino la elevación de la humana razón, hacia la Sabiduría y la Potencia infinitas, o sea, hacia Dios?

–     ¡Dios! ¡Dios!…

Ahí tengo a ese desdichado que me perturba, pero casi me olvido de su estado por escucharte a Tí, divino.

–     No lo soy como tú lo dices.

Tú llamas divino a quien supera lo humano; Yo digo que tal nombre debe darse sólo a Quién procede de Dios.

–     ¿Qué es Dios? ¿Acaso alguien lo ha visto?

–     Está escrito:

“¡A Tí, que nos formaste, salve! Cuando describo la perfección humana, la armonía de nuestro cuerpo, celebro tu gloria”.

Alguien dijo: “Tu bondad refulge en que has distribuido tus dones a todos los que viven para que todo hombre tuviera aquello que necesita.

Y tu sabiduría queda testificada por tus dones, como tu poder al cumplirse tus deseos”. ¿Reconoces estas palabras?

–     Si Minerva me ayuda…

Esas palabras son de Galeno. ¿Cómo es que las sabes? ¡Me maravillo!…

Jesús sonríe y responde:

–      Ven al Dios verdadero y su divino espíritu te hará docto en la “verdadera sabiduría y piedad, que es conocerte a tí mismo y dar culto de adoración a la Verdad”

–     ¡Pero si sigue siendo Galeno!

Ahora estoy seguro. No sólo eres médico y mago, sino también filósofo. ¿Por qué no vienes a Roma?

–      No soy ni médico ni mago ni filósofo, como tú dices.

Sino testimonio de Dios en la Tierra.

Y dirigiéndose a ellos, Jesús ordena a los siervos:   

–     ‘Traedme aquí al enfermo.

Entre gritos y forcejeos lo arrastran hasta allí.

Entonces mirando al romano:

–      ¿Ves? Dices que está loco.

Dices que ningún médico ha podido curarlo.

Es cierto: ningún médico, porque no está loco. Lo que sucede es que un ser infernal, así te hablo porque eres pagano, ha entrado en él.

–     Pero no tiene espíritu pitón.

Es más, dice sólo incoherencias.

–     Nosotros lo llamamos “demonio”, no pitón.

Está el que habla y el mudo, el que engaña con razones con apariencias de verdad y el que sólo crea desorden mental.

El primero de estos dos es el más completo y peligroso. Tu hermano tiene el segundo, pero ahora saldrá de él.

–     ¿Cómo?

–     El mismo te lo dirá.

Y con un imperio pleno de majestad,

Jesús ordena:

–     ¡Deja a este hombre! Vuelve a tu Abismo.

El hombre contesta con una voz gutural espeluznante:

–     Me marcho.

Contra Tí, demasiado débil es mi poder. Me echas y me amordazas. ¿Por qué siempre nos vences?…

El espíritu maligno ha hablado por la boca del hombre, el cual después de ello, se desploma como desmayado.

Jesús manifiesta con su acostumbrada mansedumbre:

–     Está curado. Soltadlo sin miedo.

El romano estaba con la boca abierta, totalmente pasmado. 

Y pregunta: 

–     ¿Curado?

¿Estás seguro? ¡Yo… yo te adoro!

El romano hace ademán de postrarse.

Pero Jesús lo detiene:

–     Levanta el espíritu.

En el Cielo está Dios. Adóralo a Él y ve hacia Él. Adiós.

El patricio objeta:

–     No. Así no.

Al menos toma.- le entrega un bolso, agregando- Permíteme que haga como haría con los sacerdotes de Esculapio.

Permíteme oírte hablar… Permíteme hablar de Tí en mi patria…

Jesús lo invita:

–     Hazlo.

Y ven con tu hermano.

El hombre caído ha dado un profundo suspiro y mira a su alrededor asombrado.,,

Y pregunta:

–     Pero, ¿Dónde estoy?

¡Esto no es Cintium! ¿Dónde está el mar.

Jesús hace un gesto para imponer silencio.

Y le contesta:

–     Sufrías…

Sufrías a causa de una fuerte fiebre y te han traído a otro clima.

Ahora estás mejor. Ven.

Todos van hacia el galerón donde estaba el establo, pero no todos conmovidos de la misma forma:

Porque así como hay quien admira, también hay quien critica la curación del pagano.

Jesús va hacia su púlpito improvisado en el pesebre y tiene en la primera fila de la asamblea a los romanos.

Y empieza a hablar:

–      “No os moleste el que cite un pequeño párrafo de los Reyes. (2 de Reyes 5)

En él se lee que, estando el rey de Siria preparado para la guerra contra Israel, tenía en su corte un hombre que era noble, grande y honrado de nombre Naamán, que estaba leproso.

Se lee igualmente que a este hombre, una jovencita de Israel convertida en esclava suya, porque se habían apoderado de ella los sirios, le dijo:

“Si mi señor hubiera ido al profeta que está en Samaria, sin duda le habría curado de la lepra”.

Enterado de esto, Naamán pidió licencia al rey y siguió el consejo de la joven.

El rey de Israel sin embargo, muy desasosegado, dijo: “¿Acaso soy Dios para que el rey de Siria me envíe a los enfermos? Esto es una trampa para provocar la guerra”.

Pero el profeta Eliseo, al enterarse del hecho, dijo: “Que venga a mí el leproso y yo lo curaré y sabrá que hay un profeta en Israel”.

Naamán fue entonces a donde Eliseo, pero Eliseo no lo recibió; simplemente le envió este mensaje: “Lávate siete veces en el Jordán y quedarás limpio”.

Esto enojó a Naamán, pareciéndole que en balde había hecho tanto camino. E indignado, se preparó para regresarse.

Pero los siervos le dijeron: “No te ha pedido más que lavarte siete veces y aunque te hubiera ordenado mucho más, deberías hacerlo, porque él es el profeta”.

Entonces Naamán cedió.

Fue, se lavó y recuperó la salud.

Jubiloso, retornó a donde el siervo de Dios y le dijo: “Ahora sé la verdad: no hay otro Dios sobre toda la Tierra, sino solamente el Dios de Israel”.

Y dado que Eliseo no quería dones, le pidió poder tomar al menos tanta tierra como para hacer un altar y poder hacer sacrificios sobre tierra de Israel, al Dios verdadero.

Sé que no todos vosotros aprobáis lo que he hecho. Sé también que no estoy obligado a justificarme ante vosotros.

Pero, puesto que os amo con amor verdadero, quiero que comprendáis mi gesto y de él aprendáis…

Y que desaparezca de vuestro ánimo todo sentido de crítica o de escándalo.

Aquí tenemos a dos súbditos de un estado pagano. Uno estaba enfermo. Se les dijo ciertamente por medio de Israel, a través de un pariente:

“Si fuerais al Mesías de Israel, Él sanaría al enfermo”. Y ellos han venido a Mí de muy lejos. Mayor aún su confianza que la de Naamán, porque nada sabían de Israel y del Mesías,

mientras el sirio por la cercanía de las naciones y por el continuo contacto con esclavos de Israel, ya sabía que en Israel estaba Dios, el verdadero Dios.

¿No conviene que ahora un hombre pagano pueda volver a su patria diciendo: “Verdaderamente en Israel hay un hombre de Dios y en Israel adoran al verdadero Dios”?

Yo no he dicho: “Lávate siete veces”. He hablado de Dios y del alma, dos cosas que ellos ignoran.

Y que conllevan, como bocas de manantial inagotable, los siete dones; porque donde existe el concepto de Dios y el de espíritu, y el deseo de llegar a ellos,

nacen los árboles de la Fe, Esperanza, Caridad, Justicia, Templanza, Fortaleza, Prudencia: virtudes que ignoran quienes de sus dioses no pueden copiar, sino las comunes pasiones humanas.

Humanas pero más licenciosas, dado que las cumplen seres supuestamente excelsos. Ahora ellos vuelven a su patria.

Y más que la alegría de haberles sido concedido lo que pedían está la de decir: “Sabemos que no somos bestias; que más allá de la vida hay todavía un futuro.

Sabemos que el verdadero Dios es Bondad y que por tanto, nos ama también a nosotros y nos socorre, para persuadirnos a que vayamos a El”.

–      ¿Acaso creéis, que son los únicos que ignoran la verdad?

Hace un rato, un discípulo mío pensaba que Yo no podía curar al enfermo por tener alma pagana.

Pero, ¿El alma qué es?, ¿De quién viene? El alma es la esencia espiritual del hombre, es la que creada de edad perfecta, reviste, acompaña, vivifica toda la vida de la carne.

Y continúa viviendo una vez desaparecida la carne, siendo como es, inmortal como Aquel que la crea: Dios.

Habiendo un solo Dios, no existen almas de paganos o almas de no paganos creadas por distintos dioses. Hay una sola Fuerza que crea las almas: la del Creador.

La del Dios nuestro, Único, Poderoso, Santo, Bueno que no tiene pasión alguna aparte del Amor. Caridad Perfecta enteramente espiritual.

Para que estos romanos me entiendan, del mismo modo que he dicho “caridad”, digo también “caridad enteramente moral”; porque son párvulos y desconocen por completo las palabras santas, no comprenden el concepto “espíritu”.

¿Que creéis? ¿Que he venido sólo para Israel? Yo Soy quien reunirá a las estirpes bajo un solo báculo: el del Cielo.

En verdad os digo que está cercano el tiempo en que muchos paganos dirán:

“Dejadnos tomar lo necesario para poder celebrar en nuestro suelo pagano, sacrificios al Dios verdadero, al Dios Uno y Trino”. Cuya Palabra Soy Yo.

Ahora ellos se marchan. Y van más convencidos que si Yo por el contrario, los hubiera humillado con mi desdén. Convencidos tanto por el milagro, como en mis palabras; sienten a Dios y esto es lo que dirán en su tierra.

Además os digo: ¿No era justo premiar tanta Fe?

Desorientados por los dictámenes de los médicos, desilusionados por los viajes inútiles a los templos, han sabido no obstante, seguir teniendo Fe para venir al Desconocido.

Al Gran Desconocido del mundo; al escarnecido, al Gran Escarnecido y Calumniado de Israel y decirle:

“Creo que podrás”.

El primer crisma de su nueva mentalidad les viene de este haber sabido creer.

Yo los he sanado no tanto de la enfermedad cuanto de su errada fe, porque he acercado sus labios a un cáliz que cuanto más se bebe de él, hace sentir más sed:

LA SED DE CONOCER AL DIOS VERDADERO.

He terminado.

A vosotros de Israel os digo: sabed tener Fe como han sabido éstos.

El romano se acerca con el hombre que ha sido curado.

Y dice:

–      Ya no me atrevo a decir “por Júpiter”.

Digo esto sí, que por mi honor de ciudadano romano, te juro que tendré esta sed. Ahora debo irme. Pero en adelante ¿Quién me dará de beber?

Jesús les dice:

–     Tu espíritu, el alma VIVA que ahora sabes que tienes; hasta cuando un enviado mío vaya a visitarte.

–     ¿Y Tú no?

–     Yo… Yo no.

Pero no estaré ausente, aun no estando presente.

Y dentro de poco más de dos años, te haré un Regalo mayor que la curación de éste que tú amabas.

Adiós a los dos. Sabed perseverar en este sentimiento de Fe.

El curado contesta:

–     Salve, Maestro; que el Dios verdadero te salve.

Los dos romanos se van y se oye que llaman a los siervos que están con el carro.

Un anciano dice en voz baja:

–     ¡Y ni siquiera sabían que tenían un alma! 

Jesús responde:

–     Sí, padre, y han sabido aceptar mi palabra mejor que muchos en Israel.

Ahora, dado que han ofrecido tanta limosna, favorezcamos a los pobres de Dios con doble y triple medida.

Y que los pobres rueguen por estos benefactores, más pobres que ellos mismos; para que lleguen a la verdadera, única riqueza: conocer a Dios.

La velada llora bajo su velo, que impide ver sus lágrimas, pero no oír sus sollozos.

Pedro dice:

–     Esa mujer está llorando.

Quizás es que no tiene ya dinero. ¿Se lo damos?

Jesús dice:

–     No llora por eso.

Pero, ve y dile esto: “Las patrias pasan, pero el Cielo permanece y es de quien sabe tener Fe. Dios es Bondad y por eso, ama también a los pecadores y te otorga favores para persuadirte de que vayas a Él”.

Ve, dile esto, y luego déjala llorar: es veneno que sale.

Pedro se acerca a la mujer, que ya se había encaminado hacia los campos.

La llama y ella regresa.

Cumplido el encargo, Pedro regresa sorprendido…

Y dice:

–     Se ha echado a llorar más fuerte. Yo creía que la iba a consolar…-

Y mira a Jesús.

El Maestro le responde:

–     Y efectivamente está consolada.

También la alegría provoca llanto.

–     ¡Mmm!… ¡Bueno!…

Mira, yo me quedaré contento cuando le vea el rostro. ¿La veré?».

–     El día del Juicio.

–     ¡Oh, divina Misericordia!

¡Pero para entonces habré muerto! y ¿Qué voy a hacer con saberlo? ¡Para entonces estaré ocupado mirando al Eterno!

–     Hazlo desde este momento; es la única cosa útil.

–     Sí… pero… Maestro, ¿Quién es?

Todos sueltan una carcajada…

Y siguen riendo con la respuesta de Jesús:

–     Si lo vuelves a preguntar, nos vamos de aquí inmediatamente; así te olvidas de ella.

–     No. Maestro. Pero… basta con que Tú te quedes…

Jesús sonríe y agrega:

–     Esa mujer, es una sobra y una primicia.

–     ¿Qué quieres decir? No entiendo.

Pero Jesús lo deja plantado y se marcha hacia el poblado.

Andrés explica:

–     Va a ver a Zacarías.

Tiene a su mujer agonizando. Me ha encargado a mí que se lo diga al Maestro.

Pedro exclama:

–     ¡Tú me sacas de quicio!

Sabes todo, haces todo y no me dices nunca nada. Eres más escurridizo y peor que un pez,

Pedro descarga sobre su hermano el chasco que se ha llevado.

Andrés trata de apaciguarlo:

–      Hermano, no te lo tomes a mal.

Tú hablas también por mí. Vamos a recoger nuestras redes. Ven.

Unos van hacia la derecha, otros hacia la izquierda, y todo termina.

 

80 CUARTO MANDAMIENTO


80 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Es el mediodía de un invierno que comienza y en la soleada ribera del río Jordán,  los apóstoles han terminado su cometido asignado.

Vuelven Bartolomé y Mateo con los bautizados.

Jesús comienza a hablar:

“La paz sea con vosotros todos.

He pensado hablaros de Dios por la mañana, puesto que ahora venís aquí ya desde por la mañana y os es más cómodo partir al mediodía.

He pensado también hospedar a los peregrinos que no puedan volver a sus casas antes de que anochezca

Yo también soy peregrino y no poseo sino lo mínimo indispensable que la piedad de un amigo me ha dado.

Juan posee aún menos que Yo. Pero a Juan van personas sanas o simplemente poco enfermas, tullidos, ciegos, mudos; no moribundos o personas febriles, como vienen a Mí.

Van a él para bautismo de penitencia; a Mí venís también para curación de cuerpos. La Ley dice: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”.

Yo pienso y digo: ¿Cómo mostraría mi amor hacia los hermanos, si cerrara mi corazón a sus necesidades, incluso físicas?

Y concluyo: les daré a ellos lo que me ha sido dado. Extendiendo la mano hacia los ricos, pediré para el pan de los pobres.

Desprendiéndome de mi propio lecho, acogeré en él a quien esté cansado o se sienta mal. Somos todos hermanos y el amor no se demuestra con palabras sino con hechos.

Aquel que cierra su corazón a su semejante tiene corazón de Caín. Aquel que no tiene amor es un rebelde respecto al precepto de Dios. Somos todos hermanos.

Y no obstante Yo veo, y vosotros veis que incluso dentro de las familias – donde la sangre común remarca, incluso consigo misma y con la carne, la hermandad que nos viene de Adán, hay odios o roces.

Los hermanos están contra los hermanos, los hijos contra los padres; los consortes, enemigos el uno del otro.

Pero, para no ser malvados hermanos siempre, y adúlteros esposos un día, hay que aprender ya desde la primera edad el respeto hacia la familia, que es el más pequeño y a la vez el más grande organismo del mundo:

el más pequeño respecto al organismo de una ciudad, de una región, de una nación, de un continente; pero el mayor porque es el más antiguo, pues lo puso Dios cuando aún el concepto de patria, de país, no existía,

viviendo sin embargo ya y siendo activo el núcleo familiar, manantial de la raza humana y de las distintas razas, pequeño reino en que el hombre es rey, la mujer reina, súbditos los hijos.

¿Puede acaso un reino dividido, en que sus habitantes entre sí son enemigos, subsistir? No puede.

Pues así, en verdad, una familia no subsiste si no hay obediencia, respeto, economía, buena voluntad, laboriosidad, amor.

“Honra al padre y a la madre” dice el Decálogo.

¿Cómo se honran? ¿Por qué se deben honrar?

Se honran con verdadera obediencia, con exacto amor, con confidente respeto, con un temor reverencial que no cierra las puertas a la confidencia,

como tampoco nos hace tratar a nuestros mayores como si fuéramos siervos e inferiores.

Se les debe honrar porque, después de Dios, quienes dan la vida y proveen a todas las necesidades materiales de la vida, los primeros maestros, los primeros amigos del joven ser nacido a este mundo, son el padre y la madre.

Se dice: “Que Dios te bendiga”; se dice: “Gracias” a aquel que nos recoge un objeto que se nos ha caído, o nos da un mendrugo de pan.

Pues entonces, ¿No vamos a decir, con amor, “que Dios te bendiga”, y “gracias”, a quienes se matan trabajando por darnos de comer,

o tejiendo nuestros vestidos y manteniéndolos limpios, a quienes se levantan para escrutar nuestro sueño, se niegan el descanso por cuidarnos, o nos hacen de su seno lecho en nuestros momentos más dolorosos de cansancio?

Son nuestros maestros. Al maestro se le teme y se le respeta. Mas éste nos toma cuando ya sabemos lo indispensable para sostenernos y nutrirnos y decir lo esencial,

y nos deja cuando la más ardua enseñanza de la vida, o sea, “el vivir”, aún se nos debe enseñar: y son el padre y la madre quienes nos preparan: para la escuela primero, para la vida después.

Son nuestros amigos. Mas, ¿Qué amigo puede ser más amigo que un padre, o más amiga que una madre? ¿Podéis tener miedo de ellos? ¿Podéis decir que él o ella os van a traicionar?

Bueno, pues ved cómo ese joven necio y esa muchacha aún más necia se buscan amigos entre los extraños, y cierran su corazón al padre y a la madre,

Y corrompen su mente y su corazón con contactos al menos imprudentes, si es que no son incluso culpables, motivo de lágrimas paternas y maternas, que hienden, como gotas de plomo fundido, el corazón de los padres.

Pero Yo os digo que esas lágrimas no caen en el polvo y en el olvido; Dios las recoge y las cuenta.

El martirio de un padre o de una madre pisoteados recibirá premio del Señor.

Así como tampoco será olvidado el acto de un hijo que somete a suplicio a su padre o a su madre, aunque éstos, en su doliente amor, supliquen piedad de Dios para su hijo culpable.

“Honra a tu padre y a tu madre si quieres vivir largamente sobre la Tierra” está escrito; “y eternamente en el Cielo”, añado.

¡Demasiado poco castigo sería el vivir poco aquí por haber ofendido a los padres! El más allá no es un cuento, y en el más allá se recibirá premio o castigo, según hayamos vivido.

Quien ofende a un padre o a una madre ofende a Dios, porque Dios ha mandado amarlos, y quien no ama peca; pierde, por tanto, así, más que la vida material, la verdadera vida:

EL CUARTO MANDAMIENTO DE LA LEY DE DIOS

le espera la muerte (es más, ya está en él, habiendo caído su alma en desgracia de su Señor); tiene ya en sí el delito porque hiere el amor más santo después de Dios;

tiene ya en sí los gérmenes de los futuros adulterios, porque de un mal hijo viene un pérfido esposo; tiene ya en sí los estímulos de la corrupción social,

porque de un hijo malo nace el futuro ladrón, el torvo y violento asesino, el frío usurero, el libertino seductor, el vividor cínico, el repugnante traidor de la patria, de los amigos, de los hijos, de la esposa, de todos.

¿Podéis, acaso, nutrir estima y confianza hacia quien ha sido capaz de traicionar el amor de una madre y burlarse de las canas de un padre?

Escuchad, no obstante, también esto: el deber de los hijos se corresponde con un parejo deber de los padres.

¡Maldición al hijo culpable… pero también para el culpable progenitor!

Haced que los hijos no puedan criticaros y copiaros en el mal. Haceos amar por haber dado amor con justicia y misericordia.

Dios es Misericordia. Los padres, que van sólo después de Dios, sean misericordia. Sed ejemplo y consuelo de los hijos. Sed paz y guía. Sed el primer amor de vuestros hijos.

Una madre es siempre la primera imagen de la esposa que querríamos. Un padre, para las hijas jovencitas, tiene el rostro que sueñan para el esposo.

Haced que, sobretodo, vuestros hijos e hijas elijan con sabia mano a sus recíprocos consortes pensando en la madre, en el padre, y deseando en el consorte lo que hay en el padre, en la madre: una virtud veraz.

Si tuviera que hablar hasta agotar el tema, no serían suficientes el día y la noche. Por ello, en atención a vosotros, concluyo.

El resto, que os lo manifieste el Espíritu eterno. Yo echo la simiente y sigo caminando. En los buenos, la semilla echará raíz y dará espiga.

Marchad. La paz sea con vosotros.”

Quien se marcha se va raudo, quien se queda entra en la tercera pieza y come su pan o el que ofrecen los discípulos en nombre de Dios.

Sobre rústicos apoyos han sido colocados unos tablones y paja donde pueden dormir los peregrinos.

La mujer velada se marcha con paso ágil; la otra, la que ya estaba llorando desde el principio y ha seguido llorando sin interrupción mientras Jesús hablaba, se mueve incierta y luego se decide a marcharse.

Jesús entra en la cocina para tomar alimento; pero apenas acaba de empezar a comer y ya le tocan a la puerta.

Se levanta Andrés, que está más cerca, y sale al patio.

Habla y luego vuelve:

–     Maestro, una mujer, la que lloraba, pregunta por ti. Dice que tiene que marcharse y que debe hablarte.  

Pedro exclama:

–     Pero en este plan ¿Cómo y cuándo come el Maestro? 

Felipe añade:

–     Debías haberle dicho que viniera más tarde.

Jesús ordena:

–     ¡Silencio! Luego como. Seguid vosotros.

Jesús sale.

La mujer está afuera.

–     Maestro… una palabra… Tú has dicho… ¡Oh…, ven detrás de la casa! ¡Es penoso manifestar mi dolor.

Jesús condesciende, sin decir palabra; se limita, una vez detrás de la casa,

a preguntar:

–     ¿Qué quieres de Mí?

–      Maestro… te he oído antes, cuando hablabas entre nosotros…

Y luego te he oído mientras predicabas. Parece como si hubieras hablado para mí. Has dicho que en toda enfermedad física o moral está Satanás… Yo tengo un hijo enfermo en su corazón.

¡Ojalá te hubiera oído cuando hablabas de los padres! Es mi tormento. Se ha desviado con malos compañeros y es… es exactamente como Tú dices… ladrón por ahora, en casa, pero…

Es un pendenciero… un avasallador… Siendo, como es, joven, se destruye con la lujuria y la crápula. Mi marido quiere echarlo de casa. Yo… yo soy su madre… y muero de dolor.

¿Ves cómo jadea mi pecho? Es el corazón que se me parte de tanto dolor. Desde ayer deseaba hablarte, porque… espero en ti, Dios mío; pero, no me atrevía a decir nada.

¡Es tan doloroso para una madre decir: “Tengo un hijo cruel”!…

La mujer llora, curvada y doliente, ante Jesús.

–     No llores más. Quedará curado de su mal.

–     Si pudiera oírte, sí; pero no quiere oírte. ¡Oh…, nunca sanará!

–     ¡¿Tienes fe tú por él?! ¿Tienes voluntad tú por él?

–     ¿Y me lo preguntas? Vengo de la Alta Perea para rogarte por él…

–     Pues entonces ve. Cuando llegues a tu casa, tu hijo te saldrá al encuentro arrepentido.

–     Pero, ¿Cómo?

–     ¿Cómo? ¿Crees que Dios no puede hacer lo que Yo pido?

Tu hijo está allí, Yo estoy aquí, pero Dios está en todas partes… y Yo le digo a Dios: “Padre, piedad por esta madre”. Y Dios hará tronar su llamada en el corazón de tu hijo.

Ve, mujer. Un día pasaré por las calles de tu ciudad, y tú, orgullosa de tu hijo, saldrás a recibirme con él.

Y cuando él llore sobre tus rodillas, pidiéndote perdón y contándote su misteriosa lucha, de la que salió con alma nueva, y te pregunte cómo sucedió, dile: “Por Jesús has nacido de nuevo al bien”.

Háblale de Mí. Si has venido a Mí, es señal de que conoces; haz que él conozca y me lleve en su pensamiento para tener consigo la fuerza salvadora.

Adiós. La paz a la madre que ha tenido Fe, al hijo que vuelve, al padre contento, a la familia restaurada. Ve.

La mujer se va en dirección al pueblo y todo termina.

78 CONTRA LA CORRIENTE


78 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Al día siguiente, en el amanecer lleno de neblina por el frío invernal, Jesús pasea lentamente arriba y abajo a lo largo de la arboleda que bordea la orilla del río.

La niebla se estanca aún entre los cañizares de las márgenes y no hay nadie hasta donde alcanza la vista en las dos orillas del Jordán.

Sólo nieblecilla baja, runrún de agua entre las cañas, rumor de aguas que por las lluvias de los días precedentes, están turbias.

Y algunos reclamos de pájaros, cortos, tristes, como lo son cuando terminada la estación de los amores, las aves están apagadas por el invierno y la escasez del alimento.

Jesús los escucha y parece interesarse mucho en el reclamo de un pajarito que con regularidad de reloj, vuelve su cabecita hacia el Norte y emite un “^chiruit?” quejumbroso,

Y luego vuelve la cabecita hacia el Sur y repite su interrogativo “¿chiruit?” sin respuesta.

 Al fin el pajarito parece haber recibido una respuesta en el “chip” que viene de la otra orilla y emprende el vuelo y se aleja a través del río, con un pequeño grito de alegría.

Jesús hace un gesto como diciendo: “¡Menos mal!”

Y continúa con su paseo.

Se oye el trinar de los pájaros en busca de comida.

Juan llega corriendo a través de los prados, hasta donde está su Maestro,

y pregunta:

–    ¿Te perturbo, Maestro?

Jesús contesta:

–     No. ¿Qué quieres?

Juan anuncia muy contento:

–    Quería decirte… creo que es una noticia que te puede confortar y he venido enseguida; no sólo por ello, sino también para pedirte consejo.

Estaba barriendo nuestras habitaciones y ha venido Judas de Keriot. Me ha dicho: “Te ayudo”.

Yo me he quedado asombrado porque siempre muestra poca disposición, para hacer las cosas de este tipo que se le mandan…

No obstante, me he limitado a decir: “¡Oh, gracias! Así lo haré antes y mejor”.

Él se ha puesto a barrer y hemos terminado pronto.

Entonces ha dicho: “Vamos al bosque. Siempre traen leña los mayores. No es correcto. Vamos nosotros. No soy un experto, pero si me enseñas…”. Y hemos ido. 

Después, mientras estaba yo atando la leña, me dijo:

–    Juan, te quiero decir una cosa…

–     Habla. –le dije pensando que sería una crítica.

Y fue al contrario. Me dijo:

 “Yo y tú somos los más jóvenes. Tendríamos que estar más unidos. Tú tienes casi miedo de mí, y tienes razón, porque no soy bueno. Pero, créeme… no lo hago adrede.

Hay veces que siento la necesidad de ser malo; quizás porque, habiendo sido único, me han enviciado. Y quisiera hacerme bueno. Los mayores – lo sé – no me ven muy bien.

Los primos de Jesús están enfadados porque… sí, les he faltado mucho, como también a su primo. Pero tú eres bueno y paciente.

Tú quiéreme. Hazte idea de que soy un hermano, un hermano malo, sí, pero un  hermano al que hay que querer aunque sea malo.

El mismo Maestro dice que hay que actuar así. Cuando veas que no actúo correctamente, dímelo. Y otra cosa: no me dejes siempre solo.

Cuando vaya al pueblo, ven también tú; así me ayudarás a no hacer el mal. Ayer sufrí mucho. Jesús me habló y yo lo miré.  

En mi estúpido rencor no me miraba ni a mí mismo ni a los demás.

Ayer miré y vi… Tienen razón al decir que Jesús está sufriendo… y siento que parte de la culpa es mía. No quiero seguir teniendo culpa. Ven conmigo.

¿Vas a venir? ¿Me vas a ayudar a ser menos malo?”. Esto ha dicho, y te confieso que me latía el corazón como le late a un gorrión en manos de un muchacho.

Latía de alegría porque me agrada que él se haga bueno. Por Tí me agrada. Y latía un poco de miedo porque… no quisiera volverme como Judas.

Pero luego me he acordado de cuanto me habías dicho el día que tomaste a Judas y he respondido: “Sí, ciertamente te ayudaré; pero yo tengo que obedecer, y si recibo otras órdenes…”.

Pensaba: ahora se lo digo al Maestro y si Él quiere lo hago; si no quiere, que me dé la orden de no alejarme de la casa.

Jesús mira con infinito amor a su Predilecto y le dice:

–     Oye, Juan. Puedes ir.

Pero debes prometerme que si sientes que alguna cosa te turba, me lo dirás. Me has alegrado con esto. Mira, ahí viene Pedro con su pescado. Puedes irte, Juan.

El jovencito se va y Jesús se dirige a Pedro:

–    ¿Buena pesca?

Pedro mueve la cabeza y responde:

–    ¡Hummm! No muy buena… sólo son pescaditos.

Pero todo sirve. Santiago está renegando porque algún animal rompió el lazo y se perdió una red. Le dije: ‘¿Él no debe comer? Ten compasión de un pobre animalito.’

Pero él no lo toma así… -Y Pedro suelta una carcajada.

Jesús dice muy serio:

–     Es lo que Yo digo de uno que es hermano y eso no lo sabéis hacer.

–    ¿Te refieres a Judas?

–     Me refiero a él. Sufre.

Tiene buenos deseos e inclinación perversa. Pero dime un poco tú; experto pescador.

Cuando quisiese ir en barca por el Jordán, para llegar al lago de Nazareth; ¿Cómo debería hacer? ¿Lo lograría?…

–      ¿Desde aquí?… ¡Eh! ¡Sería un trabajo enorme!

Lo lograrías con lanchas planas. Cuesta trabajo, ¿Sabes? ¡Es lejos! Sería necesario medir siempre el fondo.

Tener ojo en la ribera. En los remolinos, en los bosquecillos flotantes en la corriente. ¡Ufff!

La vela en estos casos, estorba y no sirve. Pero, ¿Quieres regresar al lago siguiendo el río?

Ten en cuenta que no le va a uno bien, ir contra la corriente. Es menester dividirse en muchas cosas, si no…

–     Tú lo has dicho.

Cuando alguien es vicioso, para ir al Bien; debe ir contra la corriente. Y no puede lograrlo por sí solo.

Judas es uno de estos. Y vosotros no lo ayudáis. El pobre rema hacia arriba solo y se pega contra el fondo. Da contra remolinos; se mete en los bosquecillos flotantes y cae en una vorágine.

Si quiere medir el fondo, no puede tener al mismo tiempo, el timón y el remo.

¿Por qué se le echa en cara si no avanza? Tenéis piedad de los extraños y de él; vuestro compañero, ¡¿No?!…

¡No es justo! ¿Ves ahí a Juan y a él, que van al poblado a traer pan y verduras? Él ha pedido que por favor no se le deje ir solo.

Se lo pidió a Juan, porque no es tonto y sabe cómo pensáis los viejos de él.

–   ¿Y Tú lo has mandado? ¿Y si Juan también se echa a perder?

Santiago ha llegado con la red que sacó de las varas y escuchó las últimas palabras.

Pregunta:

–   ¿Quién? ¿Mi hermano? ¿Por qué va a echarse a perder?

Jesús contesta:

–   Porque Judas va con él.

–   ¿Desde cuándo?

–   Desde hoy. Yo le di permiso.

–    Si Tú lo permites… Entonces…

–     Aún más bien. Lo aconsejo a todos.

Lo dejáis muy solo. No seáis sólo sus jueces. No es peor que otros. Está muy mal educado desde su infancia.

Santiago dice:

–    Así será.

Si hubiese tenido por padre y madre a Zebedeo y a Salomé, las cosas no serían así. Mis padres son buenos, pero estrictos. Se acuerdan que tienen un derecho y una obligación sobre sus hijos.

–    Dijiste bien hoy hablaré exactamente sobre esto.

Vámonos. Veo que empieza a parecer gente por los prados…

Pedro dice entre animado y fastidiado:

–    No sé cómo vamos a hacer para vivir.

Ya no hay tiempo para comer, orar, descansar… Y la gente aumenta siempre más.

Jesús responde:

–    ¿Te desagrada? Es señal de que todavía hay quién busca a Dios.

–     Sí, Maestro. Pero Tú sufres.

Ayer te quedaste sin comer y esta noche sin más cobija que tu manto. ¡Si lo supiese tu Madre!

–    ¡Bendeciría a Dios que me trae tantos fieles!

Llegan Felipe y Bartolomé diciendo:

–    ¡Oh! ¡Maestro! ¿Qué hacemos?

–    Es una verdadera peregrinación de enfermos, quejosos y pobres que vienen de lejos, sin medios.

Jesús contesta:

–   Compraremos pan.

Los ricos dan limosnas. Las emplearemos en ellos.

Felipe dice:

–   Los días son breves.

El cobertizo está lleno de gente que parece que va a pernoctar. Las noches son húmedas y frías.

–   Tienes razón, Felipe.

Nos estrecharemos en un solo galerón. Podemos hacerlo y arreglaremos los otros, para quienes no puedan regresar a su casa en la misma tarde.

Pedro refunfuña:

–   ¡Entendido!

Dentro de poco tendremos que pedirles permiso a los huéspedes, para cambiarnos de ropa. Nos invadirán en tal forma, que nos arrojarán.

–    Otras fugas verás, Pedro mío…  ¿Qué tiene esa mujer?

Han llegado a la era y Jesús la ve llorando.

Bartolomé contesta:

–     Ayer también estuvo y también lloraba.

Cuando hablabas con Mannaém intentó acercarse a Ti. Pero después se fue. Debe estar en el poblado, porque ha regresado y no parece enferma.

Al pasar junto a ella, Jesús le dice:

–     La paz sea contigo, mujer.

Ella responde en voz baja:

–     Y contigo.

Son por lo menos trescientas personas.

Bajo el cobertizo hay ciegos, cojos, mudos. Uno que no hace más que temblar.

Un jovencillo claramente hidrocéfalo, tomado de la mano por un hombre; no hace más que bufar, babear y sacudir su cabezota con expresión de estúpido.

Una mujer pregunta:

–   ¿El Maestro, cura también los corazones?

Pedro la oye y dice a Jesús:

–    Tal vez es una mujer traicionada.

Mientras Jesús va a donde están los enfermos, Bartolomé y Felipe van a bautizar a muchos peregrinos.

La mujer llora en un rincón sin moverse.

Jesús no niega nadie el milagro.

Llega ante el jovencito y toma entre sus manos su cabezota y con su aliento le infunde la inteligencia.

Todos se agolpan.

También la mujer velada, que perdida entre la multitud; se atreve a acercarse más y se pone junto a la mujer que llora.

Jesús dice al tonto:

–    Quiero en ti la luz de la inteligencia, para abrir paso a la Luz de Dios. Oye, di conmigo: Jesús. Dilo, lo quiero.

El tonto, que antes mugía como una bestia, masculla fatigosamente:

–     ¡Jesiú!

–     Otra vez. –dice Jesús, que continúa teniendo entre sus manos, la cabeza deforme y lo mira fijamente.

–    ¡Jess-sús!

–     ¡Otra vez!

–     ¡Jesús! –dice finalmente.

En sus ojos ya hay una expresión y en su boca se dibuja una sonrisa diferente.

Jesús dice a su padre:

–    Hombre, tuviste fe. Tu hijo está curado.

Pregúntaselo. El Nombre de Jesús es milagro contra las enfermedades y las pasiones.

El hombre pregunta a su hijo:

–    ¿Quién soy yo?

El muchacho contesta:

–     Mi padre.

El hombre lo estrecha contra su pecho y dice:

–    Así nació. Mi mujer murió en el parto.

Y él tenía impedida la mente y el habla. Ahora ved. Tuve fe, sí. Vengo desde Joppe. ¿Qué debo hacer por Ti, Maestro?

–     Ser bueno. También tu hijo. No más.

–    ¡Y amarte! ¡Oh!

¡Vamos a decírselo a tu abuela! Fue ella la que me persuadió a venir. Que sea bendita.

Los dos se van felices.

Del infortunio pasado no queda rastro. Sólo la cabeza grande del muchacho. La expresión del rostro y el habla son normales.

Varios quieren saber y preguntan a Jesús:

–    ¿Se curó por voluntad tuya o por poder de tu Nombre?

–    Por voluntad del Padre, siempre benigno con su Hijo.

También mi Nombre es salvación. Vosotros sabéis que ‘Jesús’ quiere decir Salvador. La salvación es de las almas y de los cuerpos.

Quién dice el Nombre de Jesús con verdadera devoción y Fe; se levanta de las enfermedades y del Pecado.

Porque en cada enfermedad espiritual y física; está la uña de Satanás; el cual produce las enfermedades físicas, para llevar a la rebelión y a la desesperación; al sentir los dolores de la carne.

Y las morales y espirituales para conducir a la condenación eterna.

–     Entonces según Tú, ¿En todas las cosas que afligen al hombre; no es un extraño Belcebú?

–     No es un extraño.

La enfermedad y la muerte entraron por él. E igualmente la corrupción y el delito.

Cuando veáis algún atormentado por una desgracia; recordad que él también sufre por causa de Satanás.

Cuando veáis que alguien es causa de infortunio; pensad que es un instrumento de Satanás.

–    Pero las enfermedades vienen de Dios.

–    Las enfermedades son un desorden del Orden.

Porque Dios creó al hombre sano y perfecto.

El Desorden introducido por Satanás en el orden puesto por Dios; ha traído consigo la enfermedad en el cuerpo y las consecuencias de la misma.

O sea; la muerte y también las herencias funestas.

El hombre heredó de Adán y Eva, la mancha de Origen. Pero no solo esa. La Mancha se extiende cada vez más; comprendiendo las tres ramas del hombre: la carne siempre más viciosa y por lo tanto débil y enferma.

La parte moral, siempre más soberbia y por lo tanto, corrompida.

El espíritu siempre más incrédulo; o sea, cada vez más idólatra.

Por esto es necesario hacer como hice con el jovencito: enseñar el Nombre que ahuyenta a Satanás. grabarlo en la mente y en el corazón.

Ponerlo sobre el ‘yo’, como un sello de propiedad.

–   Pero, ¿Nos posees Tú? ¿Quién Eres que te crees tan gran cosa?

–   ¡Si fuera así! Pero no lo es.

Si os poseyese estaríais ya salvados. Sería mi derecho porque Soy el Salvador. Salvaré a los que tengan fe en Mí.

Uno de los curados que antes usaba muletas y ahora se mueve ágilmente, dice:

–   Yo vengo de parte de Juan el Bautista.

Me dijo: ‘Ve al que habla y bautiza cerca de Efraín y Jericó.  Él tiene el poder de atar y desatar.

Mientras que yo solo puedo decirte que hagas penitencia para hacer tu alma ágil en conseguir la salvación.

Otro pregunta:

–    ¿No siente el bautista que pierde gente?

Y el que acaba de hablar, responde:

–    ¿Sentirlo? A todos nos dice: ‘Id. Id.”

“Yo soy el astro que se oculta. Él es el astro que sube y se queda fijo en su eterno resplandor.”

Para no permanecer en tinieblas, id a Él; la Luz Verdadera; antes de que se pague mi lamparilla.

–    ¡Los fariseos no dicen así!

Están rabiosos y llenos de odio, porque atraes a las multitudes. ¿Lo sabías?

Jesús responde escueto:

–     Lo sabía.

Se desata una disputa sobre la razón y modo de proceder de los fariseos.

Jesús la trunca con un:

–           ¡No critiquéis!  – que no admite réplica.

76 EL PRIMER MANDAMIENTO


75 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús habla apoyado sobre el pesebre vacío.

Juan y los dos primos, junto con Mateo y Felipe, están a su lado, mientras que Judas, Pedro, Bartolomé, Santiago y Andrés están en la puerta, para que la entrada de los que siguen llegando se efectúe con  orden.

Tomás y Simón, por su parte, se mueven entre la gente, haciendo callarse a los niños, recogiendo los óbolos, escuchando peticiones.

La hermosa Voz de tenor de Jesús, retumba por los aires:

“Está escrito: “No te harás dioses en mi Presencia.

No te harás ninguna escultura, ni representación de lo que hay arriba en el Cielo.

Aquí abajo, en la Tierra o en las aguas que están bajo ella. No adorarás tales cosas, ni les prestarás culto. Yo soy el Señor tu Dios, fuerte y celoso.

Que visita la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de aquellos que me odian… y concede Misericordia hasta la milésima, de aquellos que lo aman y observan sus Mandamientos”.

La voz de Jesús retumba en la amplia estancia, que está llena de gente, dado que está lloviendo y todos se han resguardado en ella.

En primera fila hay cuatro personas enfermas:

Un ciego, guiado por una mujer; un niño enteramente lleno de costras; una mujer amarilla debido a la ictericia o a la malaria.

Y uno al que han llevado en una pequeña camilla.

“No te harás dioses en mi Presencia.”

“NO TENDRÁS DIOSES AJENOS DELANTE DE MÍ”

Habéis oído cómo Dios está en todas partes con su mirada y con su Voz. Verdaderamente siempre estamos en su Presencia.

Guardados dentro de una estancia, o entre el público del Templo, estamos igualmente en su Presencia.

Ya seamos ocultos benefactores que hasta a quien recibe el favor le celamos nuestro rostro, ya seamos asesinos que asaltan y asesinan bárbaramente al viandante en un desfiladero solitario…

Estamos igualmente en su Presencia. En su Presencia está el rey rodeado de su corte, el soldado en el campo de batalla, el levita en el Templo, el sabio encorvado sobre los libros…

El campesino en el surco, el mercader en su banco, la madre inclinada hacia la cuna, la esposa en la cámara nupcial, la virgen en el secreto de la paterna morada…

El niño pequeño estudiando en la escuela, el anciano cuando se echa para morir.

TODOS EN SU PRESENCIA,

TODAS LAS ACCIONES, IGUALMENTE, EN SU PRESENCIA.

EL PRIMER MANDAMIENTO DE LA LEY DE DIOS

¡Todas las acciones del hombre! ¡Tremenda palabra, pero, al mismo tiempo, consoladora!

Tremenda si las acciones son pecaminosas; consoladora, si son santas.

Saber que Dios ve: impedimento para obrar mal; estímulo para obrar bien. Dios ve que me comporto bien.

Yo sé que Él no olvida lo que ve. Yo creo que Él premia las buenas acciones. Por tanto, estoy seguro de obtener este prem

Y en esta seguridad descanso.

Ella me dará una vida serena y una plácida muerte; porque ya en vida, ya en muerte, mi alma se verá consolada por el rayo estelar de la Amistad de Dios.

Así razona quien obra bien.

Pero, quien obra mal ¿Por qué no piensa que entre las acciones prohibidas se encuentran los cultos idolátricos?

¡Por qué no dice: “Dios ve que mientras finjo un culto santo… adoro a un dios o dioses engañadores a quienes he erigido un altar.

Secreto ante los ojos de los hombres, pero que Dios conoce.

¿Qué dioses, diréis, si ni siquiera en el Templo hay figuras de Dios?

¿Qué rostro tienen estos dioses, si nos ha resultado imposible atribuirle un rostro al verdadero Dios?

¡SÍ! Imposible atribuirle un rostro, porque el Perfecto y el Purísimo no puede ser dignamente representado por el hombre.

Sólo el espíritu vislumbra su incorpórea y sublime belleza, y oye su Voz.

Y saborea su caricia cuanto Él se efunde sobre un santo merecedor de estos contactos divinos.

Mas el ojo, el oído, la mano del hombre no pueden ni ver ni oír, ni representar con el sonido en la cítara, o con el martillo y el cincel en el mármol, lo que es el Señor.

¡Oh, felicidad sin fin cuando, oh espíritus de los justos, veáis a Dios! La primera mirada será la aurora de la beatitud que por los siglos de los siglos será compañera vuestra.

Y, no obstante, lo que no pudimos hacer respecto al verdadero Dios, el hombre lo hace respecto a los dioses engañadores.

Y así uno erige el altar a la mujer; el otro, al oro; el otro, al poder; el otro, a la ciencia; el otro, a los triunfos militares.

Uno adora al hombre que tiene poder, semejante a él por naturaleza, superior sólo en ímpetu avasallador o en dinero.

Otro se adora a sí mismo diciendo: “No hay quien se me iguale”.

Éstos son los dioses de quienes pertenecen al pueblo de Dios.

No os asombréis de los paganos que adoran animales, reptiles y astros. ¡Cuántos reptiles! ¡Cuántos animales! ¡Cuántos astros apagados adoráis en vuestros corazones!

Los labios pronuncian palabras mentirosas para adular, para poseer, para corromper. ¿No son, acaso, éstas las oraciones de los secretos idólatras?

Los corazones nutren pensamientos de venganza, de tráficos ilícitos, de prostitución. ¿Y no son acaso éstos, los cultos a los dioses inmundos del placer, de la codicia, del Mal?

Está escrito: “No adorarás nada que no sea tu Dios verdadero, único, eterno”.

Está escrito: “Yo soy el Dios fuerte y celoso”.

FUERTE: Ninguna otra fuerza es más fuerte que la suya. El hombre es libre de actuar, Satanás es libre de tentar. Pero cuando Dios dice: “¡Basta!”, el hombre no puede ya actuar mal.

Y Satanás ya no puede tentar.

Repelido y arrojado éste a su Infierno, abatido aquél por el uso en su mala conducta, porque ésta tiene un límite más allá del cual Dios no permite que se vaya.

Celoso. ¿De qué? ¿Con qué celos? ¿Los celos mezquinos de los pequeños hombres? ¡NO!

Los santos celos de Dios respecto a sus hijos. Los justos celos. Los amorosos celos. Os ha creado. Os ama. Os desea para Sí.

Sabe lo que os perjudica. Conoce lo que puede separaros de Él. Se siente Celoso de este “Qué” que se mete entre el Padre y los hijos.

Y los desvía del único Amor que es salvación y paz: Dios.

Entendemos estos sublimes celos; no mezquinos, ni crueles ni carceleros, sino Amor Infinito.

Infinita bondad, libertad sin límites, Celos que se ofrecen a la criatura finita que para aspirarla perdurablemente hacia Dios, hacia dentro de Dios,.

Y hacerla copartícipe de su Infinitud. Un padre bueno no quiere gozar solo sus riquezas, sino que quiere que sus hijos las disfruten con él.

En el fondo las ha acumulado más para sus hijos que para Sí, Pues así ES Dios. Pero llevando en este amor y deseo la perfección que reside en toda acción suya.

No defraudéis al Señor. Hay promesa suya de castigo sobre los culpables y sobre los hijos de los hijos culpables.

Y Dios no miente nunca en sus promesas. ¡Pero no se deprima vuestro ánimo, hijos del hombre y de Dios! Oíd la otra promesa y exultad:

“Y concede Misericordia hasta la milésima de aquellos que lo aman y observan sus Mandamientos”.

Hasta la milésima generación de los buenos, y hasta la milésima debilidad de los pobres hijos del hombre, que caen no por malicia, sino por irreflexividad…

Y por las celadas tendidas por Satanás.

Más aún: os digo que Él os abre los brazos, SÍ, con el corazón contrito y el rostro lavado por el llanto, decís:

“Padre, he pecado, lo sé, me humillo por ello y a TÍ me confieso; perdóname. Tu perdón será mi fuerza para volver a `vivir’ la verdadera vida”.

No temáis. Antes de que vosotros pecarais por debilidad, Él sabía que pecaríais.

Mas su Corazón se cierra sólo cuando persistís en el pecado queriendo pecar, haciendo de un pecado en concreto o de muchos pecados, vuestros dioses de horror.

¿Qué nombre tiene lo que ocupa mis pensamientos la mayor parte del tiempo? Es el nombre de mi ídolo…

Abatid todo ídolo, haced sitio al Dios verdadero.

Él descenderá con su gloria a consagrar vuestro corazón, cuando se vea Él solo en vosotros.

DEVOLVEDLE A DIOS SU MORADA, QUE ESTÁ EN LOS CORAZONES DE LOS HOMBRES,

 Y no en los templos de piedra.

Lavad el umbral de su puerta, liberad su interior de todo inútil o culpable dispositivo. Dios sólo. Sólo Él. ¡Todo es Él!

Y en nada es inferior al Paraíso, el corazón de un hombre en que esté Dios, el corazón de un hombre que cante su amor al Huésped Divino.

Haced un Cielo de cada corazón. Empezad a vivir con el Excelso. En vuestro eterno mañana ese vivir con El se perfeccionará en potencia y alegría,

mas aquí tendrá ya tal entidad, que dejará atrás la temblorosa turbación de Abraham, Jacob y Moisés.

No será ya, en efecto, el encuentro incisivo como rayo, y aterrador, con el Poderoso; sino la permanencia con el Padre y el Amigo que descienden para decir:

Mi alegría es estar entre los hombres. Tú me haces feliz. Gracias, hijo“.

Los presentes, que superan el centenar, tardan algo en salir de su estado de encantamiento.

Hay quien se da cuenta de que está llorando o sonriendo por la misma esperanza de gozo.

Finalmente parece que se despiertan, emiten un murmullo, un fuerte suspiro y terminan gritando como sintiéndose liberados:

–     ¡Bendito seas! ¡Tú nos abres la vía de la paz!

Jesús sonríe y responde:

–     La Paz está en vosotros, si seguís desde hoy el Bien.

Luego va a donde los enfermos y pasa la mano sobre el niño enfermo, sobre el ciego y sobre la mujer toda amarilla.

Se inclina hacia el paralítico y dice:

–     Quiero.

El hombre lo mira, y grita:

–     ¡Ha vuelto el calor al cuerpo apagado! 

Y se pone en pie, tal y como está, hasta que le echan encima la manta de la yacija.

La madre, por su parte, levanta al niño, que ya no tiene costras, y el ciego parpadea a causa de su primer contacto con la luz y unas mujeres gritan:

« ¡Dina ya no está amarilla como los ranúnculos silvestres!».

El alboroto llega a su colmo.

Hay quien grita, quien bendice, quien empuja para ver, quien trata de salir para ir al pueblo a decirlo.

Jesús se ve asaltado por todas partes.

Pedro, viendo que casi lo aplastan, grita:

–     ¡Muchachos! ¡Que lo asfixian al Maestro! ¡Vengan, a abrir paso!

Y con una verdadera gimnasia de codos, e incluso alguna patada en las espinillas, los doce logran abrirse paso y liberar a Jesús,

Y lo llevan afuera.

Pedro pregunta:

–     Mañana me ocupo yo de esto. 

Tú en la puerta y los demás en el fondo. ¿Te hicieron daño?

Jesús responde:

–    No.

–    ¡Parecían locos! ¡Qué formas!

–    Déjalos. Se sentían felices…

Y Yo también con ellos. Id a quien pida el bautismo. Yo entro en la casa.

Tú, Judas, con Simón, darás el óbolo a los pobres. Todo. Nosotros tenemos mucho más de lo justo para ser los apóstoles del Señor.

Ve, Pedro, ve. No temas hacer demasiado. Yo te justifico ante el Padre porque te mando Yo. Adiós, amigos.

Y Jesús, cansado y sudoroso, se encierra en la casa, mientras los discípulos hacen cada uno su encargo con los peregrinos.

75 EL PRIMER SEMINARIO


75 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Es un día frío, sereno y nublado y la muchedumbre que espera a Jesús, ha aumentado considerablemente. 

Hay también personas de clases menos comunes. Algunos han venido en burros y ahora están ingiriendo su comida bajo el cobertizo, en cuyos palos han atado sus asnos, en espera del Maestro.

La gente cuchichea; los más doctos dan explicaciones de quién es y por qué el Maestro habla en ese lugar.

En un pequeño grupo, uno pregunta;

–     Pero, ¿Supera a Juan?

–     No. Es distinto. Aquél – yo era de Juan – es el Precursor y es la voz de la justicia; éste es el Mesías, y es la voz de la sabiduría y la misericordia.

Varios se interesan:

–    ¿Cómo lo sabes? 

–     Me lo han dicho tres discípulos del Bautista de los que están siempre con él.

¡Si supierais qué cosas! Ellos lo vieron nacer. Fijaos: nació de la luz. La luz era tan fuerte, que ellos, que eran pastores, abandonaron corriendo el redil, entre el ganado enloquecido de terror. 

Y vieron que toda Belén estaba en llamas.

Luego descendieron del cielo unos ángeles y apagaron el fuego con sus alas y sobre el suelo estaba Él, el Niño nacido de la luz.

Todo el fuego se transformó en una estrella…

Uno objeta:

–     ¡No, hombre, no, no es así!

–     Sí, es así. Me lo ha dicho uno que era mozo de cuadra en Belén cuando yo era niño y que ahora que el Mesías es hombre se gloría de ello.

–     No es así. La estrella vino después.

Vino con aquellos magos de Oriente, aquellos de los que uno era descendiente de Salomón y por tanto, pariente del Mesías, porque Él es de David.

Y David es padre de Salomón y Salomón amó a la reina de Saba porque era hermosa. Y por los regalos que le había traído, tuvo de ella un hijo, que es de Judá a pesar de ser de más allá del Nilo.

Varios contradicen:

–    ¿Pero qué estás diciendo? 

–     ¿Estás loco?

–     No.

–     ¿Pretendes decir que no es cierto que su pariente le trajo los aromas como es costumbre entre reyes, y más aún de esa estirpe?

Otro declara:

–     Yo sé cómo sucedió verdaderamente.

Lo sé porque Isaac es uno de los pastores y es amigo mío, así fue: el Niño nació en un establo de la casa de David. Estaba profetizado…

–    ¿Pero no es de Nazaret?

–    Dejadme hablar.

Nació en Belén porque es de David, y era tiempo de edicto. Los pastores vieron una luz de insuperablebelleza, y el más pequeño, porque era inocente, fue el primero que vio al ángel del Señor,

el cual habló con música de arpa diciendo: “Ha nacido el Salvador. Id y adorad”, y, a continuación, una muchedumbre de ángeles cantó “Gloria a Dios y paz a los hombres buenos”.

Entonces los pastores fueron y vieron a un niñito en un pesebre entre un buey y un asno, y a la Madre y al padre.

Y lo adoraron y luego lo condujeron a casa de una buena mujer. Y el Niño crecía como todos, hermoso, bueno, todo amor.

Luego vinieron los magos del otro lado del Eufrates y más allá  del Nilo, porque habían visto una estrella y reconocido en ella la estrella de Balaam.

Pero el Niño ya podía andar. El rey Herodes ordenó el exterminio por celos de poder. Pero el ángel del Señor había advertido del peligro y los pequeñuelos de Belén murieron, pero no Él, que había huido más allá de Matarea.

Después volvió a Nazaret, a trabajar como carpintero y habiendo llegado a su tiempo, después de haber sido anunciado por el Bautista, primo suyo, ha comenzado la misión y primero ha buscado a sus pastores.

A Isaac lo liberó de una parálisis, después de treinta años de enfermedad.

E Isaac le predica incansablemente. Esto es.

El primero replica disgustado:

–     ¡Pues, no obstante, los tres discípulos del Bautista me han dicho verdaderamente esas palabras!» 

–     Y son verdaderas. Lo que no es verdadero es la descripción del mozo de cuadra.

¿Se gloría? Haría bien en decir a los betlemitas que fueran buenos. Ni en Belén ni en Jerusalén puede predicar.

–     Pero hombre, ¿Cómo piensas que los escribas y fariseos deseen sus palabras?

Esos son víboras y hienas, como los llama el Bautista.

Uno más explica:

–     Yo querría que me curase. ¿Ves?

Tengo una pierna con gangrena. He sufrido lo indecible para venir aquí en burro. Pero lo he buscado en Sión y ya no estaba… 

Otro responde:

–     Lo han amenazado de muerte… 

–     ¡Perros!

–     Sí. ¿De dónde vienes?

–     De Lida.

–     ¡Un largo camino!

Un tercero muy angustiado, confiesa:

–     Yo… yo quisiera expresarle un pecado mío…

Se lo he manifestado al Bautista… pero me ha recriminado de tal modo, que he huido. Creo que ya no podré ser perdonado… 

–     ¿Pues qué es lo que has hecho?

–      Mucho mal. A Él se lo manifestaré.

¿Qué decís? ¿Me maldecirá?

Un anciano de aspecto grave responde:

–      No. Lo he oído hablar en Betsaida.

Casualmente me encontraba allí. ¡Qué palabras! Hablaba de una pecadora.

¡Ah…, casi habría deseado ser ella para merecerlas!… 

En eso gritan muchos:

–     ¡Ahí viene! 

El hombre que se siente culpable, dice:

–     ¡Misericordia! ¡Me da vergüenza! – y trata de huir.  

Al pasar Jesús junto a ellos, dice:

–     ¿A dónde huyes, hijo mío?

¿Tanta negrura tienes en el corazón, que odias la Luz hasta el punto de tener que huir de ella? ¿Has pecado tanto como para tener miedo de mí Perdón?

¿Pero qué pecado puedes haber cometido? Ni aun en el caso de que hubieras matado a Dios deberías tener miedo, si en ti hubiera verdadero arrepentimiento.

¡No llores! O ven, lloremos juntos.

Jesús que, alzando una mano, había hecho que se detuviera el fugitivo, ahora lo tiene estrechado contra sí.

Y dirigiéndose hacia quienes están esperando,

les  dice:

–     Un momento sólo, para aliviar a este corazón. Después estoy con vosotros.

Y se aleja hasta más allá de la casa, chocándo al volver la esquina, contra la mujer velada, que está en su lugar de escucha.

Jesús la mira fijamente un instante, luego continúa una docena de metros más allá y se detiene.

Con mucho amor le pregunta:

–     ¿Qué has hecho, hijo?

El hombre cae de rodillas.

Es un hombre que tiene unos cincuenta años; un rostro quemado por muchas pasiones y devastado por un tormento secreto.

Tiende los brazos y grita:

–     Para gozarme con las mujeres dilapidé toda la herencia paterna, he matado a mi madre y a mi hermano…

Desde entonces no he vuelto a tener paz… Mi alimento… ¡sangre! Mi sueño… ¡pesadillas!… Mi placer…

¡Ah! en el seno de las mujeres, en su gemido de lujuria, sentía el hielo de mi madre muerta y el jadeo agonizante de mi hermano envenenado.

¡Malditas las mujeres de placer! ¡Aspides, medusas, murenas insaciables! ¡Perdición, perdición, mi perdición! 

Jesús dice:

–    No maldigas. Yo no te maldigo…

–    ¿No me maldices?

–    No. ¡Lloro y cargo sobre Mí tu pecado!…

Cuánto pesa! Me quiebra los miembros, pero aun así lo abrazo estrechamente para anularlo por ti…

y a ti te concedo el perdón. Sí. Yo te perdono tu gran pecado.

Extiende Jesús las manos sobre la cabeza del hombre, que está sollozando,

Y ora:

–    Padre, mi Sangre será derramada también por él. Por ahora, llanto y oración. Padre, perdona, porque está arrepentido.

¡Tu Hijo, a cuyo juicio todo ha sido remitido, así lo quiere!…

Permanece así durante unos minutos…

Luego se agacha para levantar al hombre y le dice:

–    La culpa queda perdonada.

Está en ti ahora el expiar, con una vida de penitencia, cuanto queda de tu delito».

–    ¿Dios me ha perdonado?

¿Y mi madre? ¿Y mi hermano?

–    Lo que Dios perdona queda perdonado por todos, quienes sean. Ve y no vuelvas a pecar nunca.

El hombre llora aún con más intensidad y le besa la mano.

Jesús lo deja con su llanto y vuelve hacia la casa.

La mujer velada hace ademán como de ir a su encuentro, mas luego baja la cabeza y no se mueve.

Jesús pasa delante de ella sin mirarla.

Cuando llega al lugar elegido para su magisterio…

Empieza a hablar:

–    Un alma ha vuelto al Señor.

Bendita sea su omnipotencia, que arranca de las circunvoluciones de la serpiente demoníaca a sus almas creadas, y las conduce de nuevo por el camino de los Cielos.

¿Por qué esa alma se había perdido? Porque había perdido de vista la Ley.

Dice el Libro que el Señor se manifestó en la cima del Sinaí con toda su terrible potencia, para, valiéndose también de ella, decir:

“Yo soy Dios. Ésta es mi voluntad. Éstos son los rayos que tengo preparados para aquellos que se muestren rebeldes a la voluntad de Dios”.

Y antes de hablar impuso que nadie del pueblo subiera para contemplar a Aquel que es, y que incluso los sacerdotes se purificasen antes de acercarse al limen de Dios, para no recibir castigo.

Esto fue así porque era tiempo de justicia y de prueba. Los Cielos estaban cerrados como por una losa que cubría el misterio del Cielo y el desdén de Dios.

Y sólo las saetas de la justicia alcanzaban, provenientes de los Cielos, a los hijos culpables.

Mas ahora no es así. Ahora el Justo ha venido a consumar toda justicia y ha llegado el tiempo en que sin rayos y sin límites, la Palabra divina habla al hombre para darle Gracia y Vida.

La primera palabra del Padre y Señor es ésta: “Yo soy el Señor Dios tuyo”.

En todo instante del día la voz de Dios pronuncia esta palabra y su dedo la escribe. ¿Dónde? Por todas partes. Todo lo dice continuamente: desde la hierba a la estrella,

desde el agua al fuego, desde la lana al alimento, desde la luz a las tinieblas, desde el estar sano hasta la enfermedad, desde la riqueza a la pobreza.

Todo dice: “Yo soy el Señor.

Por mí tienes esto. Un pensamiento mío te lo da, otro te lo quita, y no hay fuerza de ejércitos ni de defensas que te pueda preservar de mi voluntad”.

Grita en la voz del viento, canta en la risa del agua, perfuma en la fragancia de la flor, se incide sobre las cúspides de las montañas. Y susurra, habla, llama, grita en las conciencias: “Yo soy el Señor Dios tuyo”.

¡No os olvidéis nunca de ello! No cerréis los ojos, los oídos; no estranguléis la conciencia para no oír esta palabra.

Es inútil, ella es; y llegará el momento en que en la pared de la sala del banquete, o en la agitada ola del mar, o en el labio del niño que ríe,

o en la palidez del anciano que se muere, en la fragante rosa o en la fétida tumba, será escrita por el dedo de fuego de Dios.

Es inútil, llega el momento en que en medio de las embriagueces del vino y del placer, en medio del torbellino de los negocios, durante el descanso de la noche, en un solitario paseo… ella alza su voz y dice: “Yo soy el Señor Dios tuyo”

Y no esta carne que besas ávido, y no este alimento que, glotón, engulles, y no este oro que, avaro, acumulas, y no este lecho sobre el que te solazas.

Y de nada sirve el silencio, o el estar solo, o durmiendo, para hacerla callar.

“Yo soy el Señor Dios tuyo“, el Compañero que no te abandona, el Huésped que no puedes echar. ¿Eres bueno? Pues el huésped y compañero es el Amigo bueno.

¿Eres perverso y culpable? Pues el huésped y compañero pasa a ser el Rey airado, y no concede tregua. Mas no deja, no deja, no deja.

Sólo a los réprobos les es concedido el separarse de Dios. Pero la separación es el tormento insaciable y eterno.

“Yo soy el Señor Dios tuyo”, y añade: “que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud”. ¡Oh, con qué verdad, ahora, realmente lo dice!

¿De qué Egipto, de qué Egipto te saca, hacia la tierra prometida, que no es este lugar, sino el Cielo, el eterno Reino del Señor en que no habrá ya hambre o sed, frío ni muerte, sino que todo rezumará alegría y paz?

¡Y de paz y de alegría, se verá saciado todo espíritu!

De la esclavitud verdadera ahora os saca. He aquí el Libertador. Yo soy. Vengo a romper vuestras cadenas.

Cualquier dominador humano puede conocer la muerte, y por su muerte quedar libres los pueblos esclavos. Pero Satanás no muere. Es eterno.

Y es él el dominador que os ha puesto grilletes para arrastraros hacia donde desea.

El Pecado está en vosotros, y el Pecado es la cadena con que Satanás os tiene cogidos. Yo vengo a romper la cadena.

En nombre del Padre vengo, y por deseo mío. He aquí que por tanto, se cumple la no comprendida promesa: “te saqué de Egipto y de la esclavitud”.

Ahora esto tiene espiritualmente cumplimiento. El Señor Dios vuestro os saca de la tierra del ídolo que sedujo a vuestros progenitores, os arranca de la esclavitud de la Culpa, os reviste de Gracia, os admite en su Reino.

En verdad os digo que quienes vengan a mí podrán, con dulzura de paterna voz, oír al Altísimo decir en su corazón bienaventurado: “Yo soy el Señor Dios tuyo y te traigo hacia mí, libre y feliz”.

Venid. Volved al Señor corazón y rostro, oración y voluntad. La hora de la Gracia ha llegado.

Jesús ha terminado.

Pasa bendiciendo y acariciando a una viejecita y a una niñita morenita y risueña.  

El enfermode gangrena le implora:

–     Cúrame, Maestro. ¡Me aflige un mal grave! 

–     Primero el alma, primero el alma. Haz penitencia…

–     Dame el bautismo como Juan. No puedo ir a él. Estoy enfermo.

–     Ven.

Jesús baja hacia el río que se encuentra después de atravesar dos grandísimos prados y el bosque que lo oculta.

Se descalza, como también lo hace el hombre que hasta allí se ha arrastrado con las muletas.

Descienden a la orilla.

Y Jesús, haciendo copa con las dos manos unidas, esparce el agua sobre la cabeza del hombre, que está dentro del agua hasta la mitad de las espinillas. 

Jesús le ordena:

–     Ahora quítate las vendas.

Mientras vuelve a subir al sendero.

El hombre obedece.

La pierna está curada. La multitud grita su estupor.

Y muchos también gritan:

–     ¡Yo también!

–     ¡Yo también!

–     ¡Yo también el bautismo dado por Ti! 

Jesús, que ya está a medio camino, se vuelve,

y les dice:

–     Mañana. Ahora marchaos y sed buenos. La paz sea con vosotros.

Después de despedirlos, Jesús vuelve a casa, a la cocina que está oscura a pesar de que sean todavía las primeras horas de la tarde.

Los discípulos se aglomeran a su alrededor.

Y Pedro pregunta

–    ¿Ese hombre al que has llevado detrás de la casa, qué tenía?

–     Necesidad de purificación.

–     No ha vuelto, de todas formas, y no estaba entre los que pedían el bautismo.

–     Ha ido a donde lo he mandado.

–    ¿A dónde?

–    A expiar, Pedro.

–    ¿A la cárcel?

–     No. A hacer penitencia por todo el resto.

–    ¿No se purifica entonces con el agua?

–     Es agua también el llanto.

–     Sí, cierto.

Ahora que has hecho el milagro, ¿Qsabe cuántos vendrán!… Eran ya el doble hoy…

–     Sí. Si tuviera Yo que hacer todo, no podría.

Vais a bautizar vosotros. Primero uno cada vez, luego seréis dos, tres, muchos.

Y Yo predicaré y curaré a los enfermos y a los pecadores.

–    ¿Nosotros, bautizar? ¡Oh, yo no soy digno de ello!

¡Quítame, Señor, esta misión! ¡Tengo yo necesidad de ser bautizado!

Pedro se ha puesto de rodillas y está en actitud suplicante.

Pero Jesús se inclina hacia él y dice:

–     Pues tú vas a ser el primero en bautizar. Desde mañana.

–     ¡No, Señor! ¿Cómo puedo hacerlo, si estoy más negro que esa chimenea?

Jesús sonríe ante la sinceridad humilde del apóstol, que se puesto de rodillas contra sus rodillas, sobre las cuales tiene unidas sus gruesas manos de pescador.

Y lo besa en la frente, en el límite de su cabello entrecano que, áspero, se riza:

–     Eso es. Te bautizo con un beso. ¿Estás contento?

–     ¡Cometería inmediatamente otro pecado para recibir otro beso!

–     No, eso no. Nadie se burla de Dios, abusando de sus dones».

Judas dice muy despacio:

–     Y ¿A mí no me das un beso? También yo tengo uno que otro pecado.

Jesús lo mira atentamente.

Su mirada que estaba tan llena de alegría mientras hablaba con Pedro, se nubla con una cansada severidad…

Y dice:

–     Sí… a ti también. Ven.

Yo no actúo injustamente con nadie. Sé bueno, Judas. ¡Si tú quisieras!…

Eres joven. Toda una vida para subir y subir, hasta la perfección de la santidad…»

Y lo besa.

Luego los llama a todos para comunicarles con un beso, el Espíritu Santo:

–    Ahora tú, Simón amigo mío.

Y tú Mateo; mi victoria.

Y tú, sabio Bartolomé. Y tú, Felipe, fiel. Y tú Tomás; el de la pronta voluntad.

Ven. Andrés; el del silencio activo. Y tú, Santiago; el del primer encuentro.

Y ahora tú; alegría de tu Maestro y tú Judas, compañero de infancia y de juventud.

Y tú, Santiago que me recuerdas al Justo; en sus facciones y en su corazón.

Venid todos, todos… Pero, acordaos de que mi amor es mucho, pero es necesaria también vuestra buena voluntad.

Desde mañana daréis un paso más hacia adelante, en vuestra vida de discípulos míos.

Pensad, no obstante, que cada paso hacia adelante es un honra y una obligación.

Pedro dice:

–     Maestro… un día me dijiste a mí, a Juan, a Santiago y a Andrés, que nos enseñarías a orar.

Creo que si orásemos como Tú oras; seremos capaces de ser dignos del trabajo que requieres de nosotros.

–    En aquella ocasión te respondí:

Cuando estéis fuertemente formados, os enseñaré la plegaria sublime; para dejaros mi plegaria.

Pero también ella no tendrá ningún valor, sí se le dice sólo con la boca. Por ahora levantad el alma y la voluntad hacia Dios. La plegaria es un don que Dios concede. Y que el hombre da a Dios.

Judas de Keriot pregnta:

–    ¿Cómo es esto?

¿Todavía no somos dignos de orar? Todo Israel ora… 

–    Sí, Judas.

  Pero puedes ver por sus obras, cómo ora Israel. No quiero hacer de vosotros traidores. Quién ora externamente y por dentro está en contra del Bien; es un Traidor.

Judas piensa…

Y luego dice:

–    ¿Y los milagros? ¿Cuándo nos capacitas para que los hagamos?

Pedro se escandaliza:

–    ¿Milagros? ¿Nosotros?… ¡Misericordia Eterna!… pero muchacho. ¿Estás loco?

Pedro está asustado, fuera de sí y agrega:

–    ¡Y eso que bebemos agua pura! ¿Nosotros, milagros?

Judas reafirma:

–     ¡Él nos lo dijo, en Judea! ¿0 acaso no es verdad?

Jesús responde:

–     Sí, es verdad, lo dije. Y lo haréis.

Pero, mientras en vosotros haya demasiada carne, no tendréis milagros.

Judas declara:

–   ¡Ayunaremos!

–   De nada sirve. Por carne me refiero a las pasiones corrompidas.

La Triple concupiscencia. Y detrás de esta pérfida trinidad, la secuela con sus vicios… iguales a los hijos de una unión lujuriosa bígama.

La soberbia de la inteligencia engendra; con la avidez de la carne y del poder; todo el mal que hay en el hombre y en el mundo.

Judas objeta:

–    Nosotros lo hemos dejado todo por Ti.

–    Pero no a vosotros mismos.

–   ¿Entonces debemos morir? Con tal de estar contigo lo haríamos; yo al menos…

–    No. No pido vuestra muerte material.

Pido que muera en vosotros lo animal y satánico. Y esto no muere, mientras la carne esté satisfecha y haya en vosotros mentira, orgullo, ira, soberbia, gula, avaricia y pereza.

Bartolomé suspira:

–    ¡Somos tan frágiles cerca de Ti que eres tan santo!

El primo Santiago, declara:

–    Y Él siempre fue santo. Lo podemos afirmar.

Juan dice:

–     Él sabe cómo somos. No debemos perder los ánimos.

Lo único que debemos decirle, es: ‘Danos diariamente la fuerza para servirte. Somos débiles y pecadores. Ayúdanos con tu fuerza y tu perdón’.

Dios no nos desilusionará y en su Bondad y Justicia; nos perdonará y purificará de la iniquidad de nuestros pobres corazones.

Jesús se acerca al rincón en donde está el joven apóstol y atrayéndolo hacia Él, dice:

–    Eres bienaventurado, Juan. Porque la verdad habla en tus labios, que tienen perfume de inocencia y sólo besan al adorable Amor – dice Jesús levantándose,

Y atrae hacia su corazón al predilecto, que ha hablado desde el rincón oscuro.