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171 LA INTERCESORA


172 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Da la espalda a la ciudad y se dirige a un lugar desolado que está en las faldas de una colina rocosa que hay entre dos caminos que llevan de Jericó a Jerusalén.

Un lugar extraño hecho como de escalones.

Al dirigir la vista hacia abajo, se ve un foso como de tres metros de profundidad que baja en declive.

El lugar es árido. Está muerto. Se respira mucha tristeza.

Después de la primera subida por la que trepa un escarpado sendero, se presenta una estructura escalonada de forma que hasta el primer desnivel, hay al menos tres metros a pico. 

Igual el segundo desnivel…

Es un lugar árido, muerto…

Mortalmente triste.  

Entonces se oye el grito de Simón Zelote:

–     ¡Maestro, estoy aquí!

Po favor detente, para indicarte el camino…

Simón, que estaba apoyado en la roca buscando un poco de sombra, viene.

Y conduce a Jesús por una vereda también escalonada, que va en dirección a Getsemaní…  

Mount of Olives view from Solomon’s Temple grounds in Jerusalem, Israel

Aunque del otro lado del camino que une el Monte de los Olivos con Betania. 

 Entonces Simón explica: 

–     Hemos llegado.

Yo viví entre los sepulcros de Siloán. Aquí están mis amigos.

Parte de ellos, porque los otros están en Ben Hinnom y no han podido venir.

Pues para ello habrían tenido que atravesar el camino y los habrían visto.  

Jesús dice:

–     Iremos a verlos también a ellos.

–     ¡Gracias!, por ellos y por mí.

–     ¿Son muchos?

–     El invierno ha matado a la mayoría.

Aquí hay todavía cinco de aquellos con los que había hablado. Te esperan.

Mira allí están, en el borde de su presidio…  

Realmente no se sabe cuántos son…

Porque si bien a cinco de ellos se los puede ver parados…

A los otros por el color grisáceo de su piel, por la deformidad de su rostro y porque apenas se distinguen del pedregal que los rodea…  

Éste los camufla de tal manera, que su número es muy impreciso…. 

Son como una docena.

Entre los que están en pie, hay sólo una mujer:  

Ello se deduce por sus características distintivas…

Sus encanecidos cabellos descuidados, duros y sucios, le caen por la espalda hasta la cintura.

Por lo demás, no se distingue su sexo, pues la enfermedad, ya muy avanzada, la ha convertido prácticamente en un esqueleto, destruyendo sus contornos femeninos. 

Igualmente respecto a los hombres, sólo uno conserva en su cara rastros de bigote y barba.

A los demás los ha rasurado la destructora enfermedad. 

Todos gritan:

–      ¡Jesús, Salvador nuestro!

–     ¡Ten piedad de nosotros!

–     ¡Jesús Hijo de David, ten piedad!

–    ¡Oh, Señor, ten piedad!

–     ¡Piedad de nosotros, Jesús, Salvador nuestro!

Y extienden hacia Él sus manos, deformes y ulceradas.

Jesús los mira con infinita compasión…Y levantando su rostro hacia esas ruinas humanas.

les pregunta:

–    ¿Qué queréis que os haga?

–     Que nos liberes del pecado y de la enfermedad.

–     Del pecado libera la voluntad y salva el arrepentimiento.

–     Pero si quieres puedes cancelar nuestros pecados…

La mujer suplica:

–     Por lo menos eso, si es que no quieres curar nuestros cuerpos.

Jesús declara:

–     Yo os digo:

Escoged entre ambas cosas, ¿Cuál queréis?

–     El Perdón de Dios, para vivir menos desolados y abatidos.

Jesús hace una señal de aprobación.

En su rostro brilla una sonrisa.

Levanta los brazos y grita:

–   Obtened lo que pedís.

 ¡Sea como queréis! ¡Lo Quiero!…

¡Como queréis!: puede referirse al pecado o a la enfermedad… O a las dos cosas.

Los cinco desdichados quedan en la incertidumbre…

Pero los apóstoles no dudan y gritan hosannas…

Al ver que la lepra desaparece rápido, como un copo de nieve junto al fuego.

Entonces ellos comprenden que fueron escuchados del todo…

Su grito resuena cual clarín de victoria.

Se abrazan entre sí.

Lanzan besos a Jesús…

Porque no pueden ir a arrojarse a sus pies.

Luego se vuelven a sus compañeros de desgracia,

diciéndoles:

–  ¿Y no queréis creer todavía?

–    ¿Pero qué clase de infelices sois?

Jesús dice:

–    ¡Calma! Sed buenos.

Nuestros pobres hermanos tienen necesidad de pensar. No les digáis nada.

La fe no se impone.

Se predica con paz, dulzura, paciencia, constancia.

Lo que haréis después de vuestra purificación, como Simón hizo con vosotros.

Por otra parte, el milagro habla ya de por sí.

Vosotros curados, id al sacerdote lo más pronto posible.

Vosotros enfermos, esperad hasta la tarde. Os traeremos comida.

La paz sea con todos vosotros.

Jesús regresa al camino seguido por las bendiciones de todos.

Y dice a sus apóstoles:

–    Ahora vamos a Ben Hinnóm.

Lázaro dice:

–     Maestro…

Quisiera ir contigo, pero comprendo que no puedo. Voy al Getsemaní.  

Jesús dice:

-Ve, ve, Lázaro.

La paz sea contigo.

Mientras Lázaro lentamente se pone en camino…  

Juan apóstol dice:

–     Maestro, lo acompaño.

Camina con dificultad y la vereda no es muy buena. Te alcanzo en Ben Hinnom.

–     Bien, ve.

Vámonos.

Pasan el Cedrón.

Siguen el lado sur del monte Tofet.

Llegan a un valle lúgubre, sembrado de tumbas e inmundicias, sin un solo árbol.

Ninguna defensa contra el sol que flagela con sus rayos, en los escalones que descienden a este lugar infernal,

Sin nada que proteja del sol, que en este lado meridional cae implacable y flagela con sus rayos de fuego. 

Poniendo al rojo el pedrisco de estos escalones que descienden a este lugar infenal.

De cuyo fondo emana un tufo apestoso que con sus vértigos, aumenta el calor.

Y dentro de los sepulcros están los cuerpos de los pobres que se consumen vivos.

Siloán, siendo húmedo y estando orientado al Norte, será espantoso en invierno.

Pero este lugar debe ser terrorífico en verano.

Simón Zelote, con un gran grito como llamada…  

Pasan algunos minutos angustiosos y …

Aparecen primero tres, luego dos, luego uno y todavía otro más.

Se acercan como pueden hasta el límite prescrito.

Aquí hay dos mujeres.

Una de ellas lleva de la mano a un niño monstruoso.

Un esperpento al que la lepra le atacó especialmente en la cara y ya está ciego…

Otro de ellos es un hombre de aspecto noble a pesar de su mísera condición, el cual toma la palabra en nombre de todos.

Y dice:

–    Sé bendito, Mesías del Señor…

Que has bajado a nuestro infierno; para sacar de él a los que esperan en Ti. ¡Sálvanos Señor, que nos morimos! ¡Sálvanos, Salvador!

¡Rey de la estirpe de David! ¡Rey de Israel! ¡Piedad para tus súbditos! ¡Oh, Retoño de la estirpe de Jesé, de quién se dijo que en su tiempo no habría ya mal!

Extiende tu mano para que recojas a estos restos de tu Pueblo. Aparta de nosotros esta muerte. Seca nuestras lágrimas, porque así está escrito de Ti.

Llámanos Señor a tus campos ubérrimos. A tus dulces aguas porque estamos sedientos. Llévanos a las eternas colinas en donde no hay culpa, ni dolor.

¡Ten piedad, Señor…!

–    ¿Quién eres?

–    Juan.

Un sacerdote del Templo. Tal vez me contaminé con algún leproso. Hace poco, como puedes ver. ¡Pero éstos!…

Hay quién hace años que está esperando la muerte

Esta niña, cuando todavía no comenzaba a caminar… No conoce las obras que Dios ha creado.

Lo que conoce o recuerda de las maravillas de Dios, son estos sepulcros. Este sol despiadado y las estrellas de la noche.

Ten piedad para los inocentes y para los culpables.

¡Señor, Salvador nuestro!

Todos están arrodillados y con sus brazos extendidos…

Jesús llora ante tanta miseria

Abre sus brazos y grita:

–     Padre Yo lo quiero:

Curación, vida, vista y santidad para ellos.

Y permanece así, con los brazos abiertos…

Orando ardorosamente con todo su espíritu: parece estilizarse y elevarse en su oración; llama de amor, pura e intensa, bañada en el intenso oro del sol.  

Y el primer grito resuena como clarín de victoria:

–     ¡Mamá!…

¡Veo! 

A este primer grito infantil, responde el de su madre que estrecha contra su corazón a la niña curada.

Luego uno a uno, se oyen los de los demás enfermos sanados.

Y los de los apóstoles…

Se ha realizado el milagro.

Jesús indica:

–    Juan, tú que eres sacerdote…

Guiarás a tus compañeros en el rito.

La paz sea con vosotros.

Os traeremos comida esta tarde.

Jesús bendice y hace ademán de emprender el camino.

Pero el ex – leproso Juan, grita:

–     ¡Quiero seguir tus pasos!

¡Dime qué tengo que hacer!

¡ A dónde debo ir para predicarte!

–    Sea esta tierra desolada y desnuda que tiene necesidad de convertidos al Señor…

Y también sea la ciudad de Jerusalén tu campo.

Adiós.

Y volviéndose a sus apóstoles,

agrega:

–     Vamos ahora adonde mi Madre.

Y muchos de los presentes preguntan:

–     Pero, ¿Dónde está?

–    En una casa que Juan conoce: la de la niña curada el año pasado.

Entran en la ciudad y recorren una buena parte del populoso suburbio de Ofel, hasta una casita blanca. 

La puerta estaba entornada, la empuja y al entrar, saluda dulcemente

Proveniente del interior de la casa, se oye la dulce voz de María y la voz argentina de Analía.

La voz de su madre más áspera, responde al saludo mientras se arrodilla.  

La jovencita se inclina profundamente para adorar.

María se levanta.

Quisieran retenerlos, al Maestro y a su Madre.

No obstante, Jesús, prometiendo volver otro día, bendice y se despide.

Pedro se marcha contento con María.

Llevan los dos de la mano al niño: parecen una pequeña familia feliz.

Muchos se vuelven a mirarlos.

Jesús, sonriendo, observa cómo van.  

Zelote exclama:

–     ¡Simón se siente feliz!  

Jesús lanza su mirada a través del Tiempo… 

Santiago de Zebedeo pregunta: 

–     ¿Por qué sonríes, Maestro? 

Jesús responde:

–     Porque en ese pequeño grupo veo una gran promesa. 

Tadeo inquiere:

–     ¿Cuál, Hermano?

¿Qué es lo que ves? 

–     Veo que me podré marchar tranquilo cuando llegue la hora.

No debo temer por mi Iglesia. Entonces será pequeña y débil como Margziam.

Pero estará mi Madre, cual Madre suya, para sujetarla de la mano.

Y, cual padre suyo, estará Pedro, en cuya mano honesta y callosa puedo depositar sin preocupación, la mano de mi naciente Iglesia.

Pedro le dará la fuerza de su protección; mi Madre, la fuerza de su amor.

Así la Iglesia se desarrollará… como Margziam… ¡Verdaderamente es un niño – símbolo!

¡Dios bendiga a mi Madre, a mi Pedro y al niño de ellos y nuestro!

Vamos a casa de Juana…

Por la tarde, de nuevo en la casita de Betania.

Muchos, cansados, se han retirado ya.

Pedro no, pues va y viene paseando por el sendero, levantando la cabeza muy frecuentemente hacia la terraza donde están sentados hablando, Jesús y María.

Juan de Endor por su parte está hablando con Simón Zelote, sentados los dos bajo un granado exuberante todo en flor.

Se ve que María ha hablado ya mucho, porque Jesús,

le responde:

–     Todo lo que me has dicho es muy cabal.

Tendré presente la equidad de tus palabras. También estimo exacto tu consejo por lo que se refiere a Analía.

Es buena señal que ese hombre lo haya recibido con tanta disposición.

Es verdad que en la alta Jerusalén hay mucho embotamiento y odio, porquería se puede decir.

Pero, entre sus gentes humildes hay perlas de ignorado valor. Me alegro de que Analía se sienta feliz. Es una criatura que es más del Cielo que de la tierra.

Quizás ese hombre, ahora que ha entrado en el concepto del espíritu, lo ha intuido y por eso manifiesta hacia ella una gran veneración.

Su idea de marcharse a otro lugar, para no turbar con un latido humano el cándido voto de la muchacha, lo demuestra. 

María dice:

–     Sí, Hijo mío.

El hombre advierte el perfume de quienes son vírgenes… Me viene José a la memoria. Yo no sabía qué palabras usar. El no sabía mi secreto…

Y no obstante, con percepción de santo, me ayudó a manifestarlo:

Había detectado el perfume de mi alma… Fíjate también Juan: ¡Qué paz! Todos quieren estar a su lado… hasta el mismo Judas de Keriot, a pesar de que…

No, Hijo, Judas no ha cambiado; yo lo sé y Tú lo sabes.

No hablamos porque no queremos encender la guerra; pero aunque no hablemos, sabemos…

Y aunque no hablemos, los demás intuyen…

¡Oh, Jesús mío, los jóvenes me han contado hoy en Getsemaní el episodio de Mágdala y el del sábado por la mañana…

La inocencia habla… porque ve con los ojos de su ángel.

Pero también los ancianos vislumbran…

No se equivocan: es un ser huidizo… todo en él es huidizo.

Le tengo miedo… y tengo en mis labios las mismas palabras de Benjamín en Mágdala y de Margziam en Getsemaní.

Porque siento ante Judas el mismo escalofrío que sienten los niños.

–     ¡No todos pueden ser Juan!…

–     ¡No lo pretendo!

¡Sería un paraíso esta tierra!

Pero mira, me has hablado del otro Juan… Un hombre que incluso ha matado. Pues bien, me da sólo pena… 

 Judas, sin embargo, me da miedo.

–     ¡Ámalo, Madre!

¡Ámalo, por amor a Mí!

–     Sí, Hijo.

Pero ni siquiera servirá mi amor, significará solamente sufrimiento para mí y culpa para él.

¿Pero por qué ha entrado? Turba a todos; ofende a Pedro, que merece todo respeto.

–     Sí.

Pedro es muy bueno. Por él haría cualquier cosa, porque lo merece.

–     Si te oyera, diría con esa sonrisa suya buena y franca: “¡Ah, Señor, eso no es verdad!”.

Y tendría razón.

–    ¿Por qué, Madre?

Pero Jesús ya sonríe, porque ha comprendido.

–     Porque no lo complaces dándole un hijo.

Me ha hablado de todas sus esperanzas, sus deseos…

Y tus negativas.

–     ¿No te ha explicado las razones, con que las he justificado?

–     Sí. Me las ha dicho.

Y ha añadido: “Es verdad… pero yo soy un hombre, un pobre hombre.

Jesús se obstina en ver en mí a un gran hombre. Pero sé que soy muy mísero, así que… me podría dar un hijo. Me casé para tenerlos… y me voy a morir sin tenerlos”.

Y ha dicho – aludiendo al niño, que, contento con el bonito vestido que Pedro le había comprado, lo había besado y le había llamado “padre querido”–, ha dicho:

“Mira, cuando este pequeñuelo que hace diez días no lo conocía, me llama así; siento que me vuelvo más blando que la mantequilla y más dulce que la miel.

Y me pongo a llorar, porque cada día que pasa se me lleva a este hijo…”

María guarda silencio observando a Jesús, estudiando su rostro, en espera de una palabra…

Pero Jesús ha puesto el codo en la rodilla…

Y con la cabeza apoyada sobre la mano, guarda también silencio mientras mira a la explanada verde del extenso huerto.

María toma una mano de Jesús, se la acaricia,

y dice:

–     Simón tiene este gran deseo..

Mientras íbamos juntos, no ha hecho otra cosa sino hablarme de ello. Y exponiendo razones tan justas, que… no he podido objetarle nada.

Eran las mismas razones que pensamos todas nosotras, mujeres y madres.

El niño no es fuerte. Si fuera como eras Tú… ¡Ah, entonces podría afrontar la vida de discípulo sin miedo!

¡Pero, es físicamente tan delicado!… Muy inteligente, muy bueno… Pero nada más.

A un pichoncillo delicado no se le puede lanzar pronto a volar, como se hace con los fuertes.

Los pastores son buenos… pero son hombres y los niños tienen necesidad de las mujeres.

¿Por qué no se lo dejas a Simón? Comprendo que le niegues una criatura nacida de él.

Un hijo propio es como un ancla.

Y Simón que está destinado a tan alto destino, no puede estar retenido por ninguna ancla.

Pero estarás de acuerdo en que él debe ser “el padre” de todos los hijos que le vas a confiar.

¿Cómo va a poder ser padre si no ha aprendido antes con un niño?

Un padre debe ser dulce. Simón es bueno, pero no dulce.

Es impulsivo e intransigente. Sólo una criaturita le puede enseñar el sutil arte de la compasión hacia el débil…

Considera este destino de Simón… ¡Nada menos que tu sucesor!

¡Oh, esta atroz palabra también tengo que decirla!

Escúchame, por todo el dolor que me causa el pronunciarla.

Jamás te aconsejaría algo que no fuera bueno. Margziam… quieres hacer de él un discípulo perfecto… pero es todavía un niño.

Tú… te marcharás antes de que se haga hombre.

¿A quién mejor que a Simón se le podrá entregar para que complete su formación? Y además…

¡Pobre Simón!… ya sabes el tormento que ha recibido de su suegra, incluso por causa tuya.

Pues bien, a pesar de ello, no se ha apropiado ni siquiera de una partícula de su pasado,

de su libertad de hace ya un año, para que lo dejase en paz su suegra, a la que ni siquiera Tú has podido cambiar.

¿Y su esposa?: ¡Pobre mujer!…

¡Desea tanto amar y ser amada…! Su madre… ¡Oh!… ¿Y el marido?: encantador pero autoritario…

Jamás recibió afecto sin que se le exigiera a cambio demasiado… ¡Pobre mujer!… Confíale el niño.

Escúchame, Hijo.

Por ahora lo llevamos con nosotros. Yo también iré por Judea.

Me llevarás contigo a casa de una compañera mía del Templo. casi pariente porque procede de David.

Está en Betsur. Me alegrará volver a verla, si vive todavía.

Luego, cuando volvamos a Galilea, se lo damos a Porfiria.

Cuando estemos cerca de Betsaida, Pedro lo tomará consigo; cuando estemos aquí lejos, el niño se quedará con ella.

¡Ah!,… te veo sonreír…

Entonces es que vas a contentar a tu Madre.

Gracias, Jesús mío.

–     Sí, sea como Tú quieres.

Jesús se levanta…

Y llama con voz potente:

–     ¡Simón de Jonás, ven aquí!

Pedro reacciona instantáneamente y sube corriendo las escaleras.   

Pregunta:

–     ¿Qué quieres, Maestro?

–     ¡Ven aquí, hombre usurpador y corruptor!

–     ¿Yooo?

¿Por qué? ¿Qué he hecho, Señor?

–     Has coaccionado a mi Madre.

Por este motivo quisiste estar solo.¿Qué debo hacer contigo?

Pero Jesús sonríe…

Y Pedro se tranquiliza

–     Me has asustado verdaderamente.

Menos mal que te veo sonreír. ¿Qué quieres de mí, Maestro? ¿La vida?

Ya sólo me queda la vida porque me has tomado todo lo demás… Pero, si quieres, te la doy.

–     No quiero tomarte nada.

Quiero darte algo.

De todas formas, no te aproveches de la victoria…

Y NO DIGAS ESTE SECRETO A LOS DEMÁS… 

Astutísimo hombre, que vences al Maestro con el arma de la palabra materna.

Tendrás el niño, pero…

Jesús no puede seguir hablando, porque Pedro, que se había arrodillado, se pone en pie de un salto…

Y besa a Jesús con tal ímpetu, que le corta la palabra.

     Agradéceselo a Ella.

Pero recuerda que esto debe ser una ayuda para tí, NO un obstáculo…

–     Señor, no te arrepentirás de este regalo…

¡Oh, María, santa y buena, bendita seas siempre!…

Y Pedro, que de nuevo ha caído de rodillas, llora abiertamente, besando la mano de María…

161 RESURRECCIÓN EN NAÍM


161 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Naím debía tener una cierta importancia en tiempos de Jesús.

No es muy grande pero está bien construida. La rodea una muralla, 

Se asienta sobre una colina derivada del Pequeño Hermón, que domina desde lo alto la fértil llanura abierta hacia el noroeste.

Para llegar a ella viniendo de Endor, hay que atravesar un riachuelo afluente del Jordán.

Que desde aquí ya no se ve, pues lo ocultan unas colinas que dibujan un arco en forma de signo de interrogación abierto hacia el este.

Jesús avanza en dirección a esta ciudad, por un camino de primer orden que comunica las regiones del lago con el Hermón y sus pueblos.

Tras El van muchos habitantes de Endor, verdaderamente locuaces.

La distancia que separa al grupo apostólico de los muros de la ciudad es ya muy poca: 

Unos doscientos metros, no más.

Ya está avanzada la mañana y las puertas de la ciudad están abiertas.

Dado que el camino va derecho a meterse por una de las puertas de la ciudad,

se puede ver todo lo que está sucediendo en la zona inmediatamente situada al otro lado de los muros.

Es así que Jesús, que iba hablando con los apóstoles y con el nuevo convertido,

ve venir, en medio de un gran revuelo de plañideras, un cortejo fúnebre.  

Los habitantes de Endor, se precipitan a la puerta, para mirar…

Algunos apóstoles preguntan:

–     ¿Vamos a ver, Maestro? 

Jesús acepta diciendo: 

–     Bueno, vamos.  

Judas dice a Juan:

–     Debe ser un niño…

¡Fíjate cuántas flores y cintas hay sobre el lecho fúnebre!   Juan responde:

–     O quizás una virgen.  

Bartolomé niega:

–     No.     

Sin duda es un muchachito joven, por los colores que han puesto.

Además faltan los mirtos…

El cortejo fúnebre ya está fuera de la ciudad.

No es posible ver lo que hay en la litera, que va en alto, cargada sobre los hombros…

Sólo por el relieve que hace, se intuye un cuerpo extendido, fajado, tapado con una sábana.

Y se comprende que es un cuerpo que ya ha alcanzado su completo desarrollo, porque ocupa toda la largura de la camilla.

A su lado, una mujer velada, ayudada por parientes, camina llorando.

Es el único llanto sincero en toda esa comedia de plañideras.

Y si uno de los que llevan las andas tropieza con una piedra, hay un agujero o una pequeña elevación del suelo, de forma que la litera sufre una violenta oscilación,

la madre gime:

–     ¡No, no, despacio!

¡Mi niño ha sufrido mucho!

Y levantando una de sus temblorosas manos, acaricia el borde de la camilla. 

–     ¡Más no puede!

Y besa los ondeantes velos y las cintas que el viento agita, acariciando la figura inmóvil. 

Pedro, a punto de llorar,

exclama con aflicción: 

–     Es la madre.  

Pero no es el único que tiene bañados los ojos por esa congoja:

Al Zelote, a Andrés, a Juan y hasta a Tomás, que siempre está alegre, les brillan los ojos.

Todos, todos están conmovidos.

Judas dice en voz baja:

–     ¡Si fuera yo…!

¡Pobrecilla de mi madre…!  

Jesús, con una dulzura en sus ojos tan profunda que se hace irresistible,

Se dirige hacia la camilla.

La madre, sollozando ahora más intensamente,

porque el cortejo se prepara a girar en dirección al sepulcro abierto.  

Con un impulso incomprensible –¡Quién sabe de qué tiene miedo!- aparta con violencia a Jesús.

Al ver su ademán de tocar la camilla.

Y mirándolo con ojos delirantes por el dolor.

 grita:

–    ¡Es mío!  

Jesús responde:

–     Ya sé que es tuyo, madre.

–     ¡Es mi único hijo!

¿Por qué le ha tenido que llegar la muerte?:

¿Por qué a él, que era bueno, que era encantador, que era la alegría de esta viuda?

¿Por qué?… 

La comparsa de las plañideras aumenta su pagado llanto para hacer coro a la madre,

que continúa:

–     ¿Por qué él y no yo?

No es justo que quien ha dado la vida vea perecer al fruto de su vientre.

El fruto debe vivir, porque, si no, ¿Qué sentido tiene el que estas entrañas se desgarren para dar a luz a un hombre?

Con violencia y desesperada, se golpea el vientre.  

Jesús le toma las manos,

diciendo:

–     ¡No, así no!

¡No llores, madre!

Se las aprieta fuertemente, sujetándolas con su mano izquierda, mientras con la derecha toca la camilla,

y dice a los que la llevan:

–    Deteneos.

Poned en el suelo la camilla.

Los hombres obedecen y bajan la camilla, que queda apoyada en el suelo sobre sus cuatro patas.

Jesús agarra la sábana que cubre al muerto y la echa hacia atrás, quedando así descubierto el cadáver.

La madre grita su dolor, con el nombre de su hijo:

–     ¡Daniel!

Jesús sigue teniendo en su mano las manos maternas.

Se yergue imponente, con su mirada centelleante en su rostro,

que es la expresión de los milagros más poderosos.

Y bajando la mano derecha mientras dice con toda la fuerza de su voz:

–     Jóven, Yo te lo mando: ¡Levántate!

Después de unos segundos impactantes…

El muerto envuelto en las vendas, se incorpora.

Se sienta en la camilla,

y dice:

–   ¡Mamá!…

Es el grito de un niño aterrorizado.

Jesús, soltándo las manos de la madre,

dice:

–    Es tuyo, mujer.

Te lo devuelvo en el Nombre de Dios.

Ayúdale a quitarse el sudario. Sed felices.

Jesús trata de retirarse.

Pero no lo dejan.

La multitud lo aprisiona junto a la camilla.

A donde la madre se ha arrojado, gesticulando entre las vendas, para quitarlas lo más pronto posible.

Mientras se oye una y otra vez la voz implorante:

–    ¡Mamá! ¡Mamá!…

Ella ha quitado el sudario y las vendas

Madre e hijo se abrazan.

Sin tomar en cuenta las capas de bálsamo pegajoso, que la madre retira de la cara, de las manos…

Con las mismas vendas.

Y luego, no teniendo con qué vestirlo de nuevo, se quita el manto y con él lo envuelve.

Y todo sirve para acariciarlo, con inmenso amor…

Jesús los mira.

Observa a esta pareja que se abraza llena de amor, estrechándose sobre la orilla de la camilla…

Que ha dejado de ser fúnebre.

Y viendo en el tiempo, contempla una escena similar y a la vez muy diferente…

Que sucederá en un futuro no muy lejano…

Y sus ojos se llenan de lágrimas.

Judas de Keriot ve este llanto y pregunta:

–     ¿Por qué lloras, Señor?

Jesús voltea su rostro,

y dice:

–    Pienso en mi Madre…

Esta breve conversación hace que la mujer se vuelva hacia su Bienhechor.

Toma por la mano al hijo, lo levanta.

Ella se arrodilla,

y dice:

–    También tú, hijo mío.

Bendice a este Santo que te ha devuelto a la vida y a tu madre.

Y se inclina a besar la orla del vestido de Jesús.

Mientras que la multitud prorrumpe en hosannas a Dios y a su Mesías;

porque los apóstoles y los vecinos de Endor, lo han propalado así.

Toda la multitud grita:

–   ¡Sea Bendito el Dios de Israel!

–    ¡Bendito el Mesías, su enviado!

–    ¡Bendito Jesús, Hijo de David

–   ¡Un gran profeta ha nacido entre nosotros!

–    ¡Dios ha visitado realmente a su Pueblo!

–    ¡Aleluya! ¡Aleluya!…

Finalmente Jesús puede escabullirse y entrar en la ciudad.

La multitud lo sigue.

 Lo persigue, con amor exigente.  

Le sale al paso un sacerdote que se inclina profundamente,

y lo saluda:

–    Te ruego que te quedes en mi casa.

Jesús objeta:

–     No puedo.

La Pascua me impide que me detenga fuera de lo establecido.

Dentro de pocas horas llegará el atardecer y hoy es Viernes.

Por esta razón debo llegar antes del crepúsculo a mi próxima etapa. Te doy las gracias como si me quedase. No me retengas.

–    Soy el sinagogo.

–    Hombre, hubiera bastado con que me tardase una hora…

Para que aquella mujer no hubiese recuperado a su hijo.

Voy a donde otros infelices me están esperando. No retardes su alegría, por egoísmo.

Otra vez regresaré y me hospedaré contigo en Naím, por algunos días.

Te lo prometo. Ahora déjame ir.

El hombre no insiste más.

Se limita a decir:

–    Lo has dicho.

Te espero.

–    Sí.

La paz sea contigo y con los habitantes de Naím.

Y volviéndose hacia la comitiva que venía con él,

agrega:

–    También a vosotros los de Endor.

Regresad a vuestras casas.

Dios os ha hablado a través del milagro.

Haced que en todos vuestros corazones, por la fuerza del amor; haya otras tantas resurrecciones.

Hay una última, unánime, exultación de la multitud.

para después dejar a Jesús que continúe su camino.

Y Jesús atraviesa diagonalmente la ciudad …

Y sale hacia los campos, en dirección al Esdrelón.

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160 Y EL INFIERNO…


160 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Toman el camino que va al Tabor.

Pronto el camino ha dejado de ser lodoso y está firme.

La vegetación va desapareciendo y en su lugar, se ven árboles muy altos y montones de zarzas, llenas de hojas nuevas y de flores.  

Después de pernoctar en las faldas del Tabor, llegan a una llanura entre montes y ascienden a la cima.

El tiempo es fresco.

El Tabor está ahora a espaldas de los caminantes. Ya lo han atravesado.

El grupo camina por una llanura cerrada entre este monte y otro que está de frente.

Van hablando de la ascensión que todos han realizado, aunque al principio parecía que los mayores querían evitarla, ahora están contentos de haber subido a la cima.

Se anda bien ahora porque van por un camino de primer orden bastante cómodo.   

Jesús señala un ranchito aferrado a las primeras altitudes del grupo montañoso.   

Y pregunta:

–     Judas, aquello es Endor.

¿De veras quieres ir allá?…

–    Si quieres darme gusto.

–    Vamos entonces.

Bartolomé que por su edad no es muy amante de excursiones panorámicas,

pregunta:

–     ¿Tendremos que caminar mucho?

Jesús aclara:

–    ¡Oh, no!

Si os queréis quedar…

Judas se apresura a decir:

–    Sí.

Sí. Mejor es que os quedéis. Me basta ir con el Maestro.

Pedro responde:

–     Pues bien, yo quisiera saber qué hay de hermoso, antes de decidir…

Sobre el Tabor vimos el mar. Y después del discurso del muchacho, debo confesar que fue como si lo viera por primera vez…

Y lo he visto como tú, Juan: con el corazón.

Allí… -Pedro señala Endor- Quisiera saber qué otra cosa se puede aprender. Y en este caso voy; aunque me canse…

Jesús invita:

–   ¿Lo oyes?

¡Tú no has dicho todavía tu intención! Por cortesía hacia tus compañeros, dila.

Judas lo piensa un poco…

Y luego dice:

–     ¿No fue Endor a donde quiso ir Saúl, a consultar a la pitonisa?

–     Sí.

¿Y qué con ello?…

–    Pues a mí me gustaría, Maestro…

Ir a aquel lugar y oírte hablar de Saúl…

Pedro exclama entusiasta:

–     ¡Oh!

Si es así, entonces hasta yo voy…

Y todos confirman:

–     Vamos.

Recorren ligeros el último trecho del camino principal, para dejarlo luego por un camino secundario que lleva directo a Endor.

Las casas están cimentadas en las laderas que se hacen más escabrosas.

En torno a las casas, pocas vides que decoran un poco las míseras paredes oscuras, cual si fuera un lugar más bien húmedo.

Están construidas sobre la falda del monte, que más allá de este ranchito es muy áspera.

Es un lugar muy pobre y pobres son sus habitantes.

Son pastores que llevan sus ganados por el monte y por los bosques, de encinas centenarias.

Algunos campos cultivados con cebada o de pienso y pocos árboles de manzanos e higueras. 

Jesús dice:

–    Ahora preguntemos dónde era el lugar donde estaba la adivina.

Detiene a una mujer que viene de la fuente con cántaros.

Ella los mira con curiosidad y luego que Jesús le pregunta…

groseramente responde:

–   No sé.

Tengo otras cosas más importantes en qué pensar, que en estas estupideces. 

Y lo deja plantado.

Entonces Jesús se dirige a un viejecito que talla un pedazo de leño.

Después de escuchar la preguntam lo mira extrañado,

y responde:

–    ¿La adivina?

¿Saúl? ¿Y quién piensa más en ello?… Pero espera.

Hay uno que ha estudiado y que tal vez, él si sabe. Ven…

El viejecito sube renqueando por una callejuela pedregosa, hasta una casa muy miserable y descuidada. 

Y dice: 

–   Espérame aquí.

Voy a llamarlo…

El hombre entra.

Y Pedro señalando a las gallinas que escarban en un corralito sucio.

y dice:

–    Este hombre no es israelita.

Apenas acaba de decirlo, cuando ya está de regreso el viejecito a quién sigue un hombre tuerto, sucio y desaliñado.  

Y dice a Jesús:

–     ¿Ves?

Este hombre dice que es allí, pasada aquella casa derruida: hay un sendero, luego un arroyo, atravesando una arboleda, siguen unas cavernas… 

Bueno, pues la más alta de esas cuevas, la que tiene todavía a su lado muros derruidos, es la que estás buscando. ¿No es así? 

El hombre corrige:

–     No.

Has confundido todo. Iré con estos extranjeros.

El hombre tiene la voz dura y gutural; lo que aumenta el sentimiento de malestar.

Y empieza a caminar para guiarlos.

Pedro, Felipe y Tomás, hacen señas a Jesús para que no vaya.

Pero éste no les hace caso.

Camina con Judas, detrás del hombre.

Y los demás los siguen de mala gana.

El hombre pregunta a Jesús:

–    ¿Eres israelita?

Jesús contesta:

–    Sí.

–    Yo también, aunque no lo parezca.

Estuve mucho tiempo en tierras extranjeras y tomé costumbres que estos tontos no pueden aceptar.

Soy mejor que los demás. Me dicen demonio porque leo mucho, crío gallinas que vendo a los romanos y sé curar con hierbas.

Cuando era muy joven; por causa de una mujer reñí con un romano; estaba entonces en Cintium y lo apuñalé.

Él murió y yo perdí un ojo y mis bienes.

Y fui condenado a prisión por muchos años… para siempre.

Pero como sabía curar, sané a la hija del carcelero. Esto me valió su amistad y un poco de libertad. Me aproveché de ella para huir.

Ciertamente hice mal, porque él pagó con su vida mi huida. La libertad parece atractiva cuando uno está prisionero…

–   ¿Y después no lo es?

–    No.

Es mejor la cárcel. Donde se está solo en contacto con hombres que no te permiten estar solo.

Y que están juntos para odiarse…

–   ¿Has estudiado a los filósofos?

–    Era maestro en Cintium.

Era prosélito…

–    ¿Y ahora?

–     Ahora no soy nada.

Vivo en la realidad. Y odio como fui odiado y lo soy…

–   ¿Quién te odia?

–   Todos. Dios es el primero.

Tenía mi mujer y Dios permitió que me traicionase y arruinase.

Era yo libre y respetado y Dios permitió que me convirtiera en presidiario.

El abandono de Dios; la injusticia de los hombres; han borrado a Aquel y a éstos. Aquí no hay nada…

Y se pega en la frente y en el pecho.

Luego agrega:

–     Esto es.

Aquí en la cabeza está el pensamiento. El saber. 

Y tocando su corazón, señala:

–     Aquí está lo que es nada. –y escupe con desprecio.

Jesús objeta:

–    Te equivocas.

Tienes todavía dos cosas allí…

–   ¿Cuáles?

–    El recuerdo y el odio.

Vacíate de ellos. Y te daré una cosa nueva para que la metas allí…

–   ¿Qué cosa?

–    El amor.

–    ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!

Me haces reír. ¡Oye!… Hace treinta y cinco años que yo no me reía.

Desde que comprobé que mi mujer me traicionaba con el mercader romano de vinos.

El Amor… ¿A mí?…

Es como si echase joyas a mis pollos. Morirían de indigestión si no lograsen arrojarlas en el estiércol.

Lo mismo me sucederá a mí. Tu amor me sería pesado si no lo puedo digerir…

Jesús claramente afligido, le pone la mano sobre la espalda.

y dice:

–     No, hombre.

No digas eso.

El hombre lo mira con el único ojo que tiene…

Y lo que ve en ese rostro joven, dulce y hermosísimo, lo hace enmudecer y cambiar de expresión.

Del sarcasmo pasa a una seriedad profunda. De ésta, a una verdadera tristeza.

Baja la cabeza y pregunta con una voz diferente:

–    ¿Quién eres?

–    Jesús de Nazareth. El Mesías…

–    ¡¡¡Tú!!!

–     Sí.

¿No sabías nada de Mí, tú que lees?

–    Sabía…

Pero no que estuvieses vivo. Y no… ¡Oh! ¡Sobre todo, esto no lo sabía! No sabía que fueses bueno con todos… así… hasta con los asesinos.

Perdóname lo que dije de Dios y del Amor. Ahora entiendo por qué quieres darme el Amor. Porque sin él, el mundo es un infierno.

Y Tú Mesías, quieres convertirlo en un Paraíso…

–     Un paraíso en cada corazón.

Dame el recuerdo y el odio que te tienen enfermo y deja que Yo meta en tu corazón el Amor.

–     ¡Oh! ¡Si te hubiese conocido antes!…

Pero cuando yo lo maté; ciertamente no habías nacido todavía…

Pero después; cuando libre. Como es libre la serpiente en el bosque; viví para envenenar con mi odio.

–     Pero también has hecho el bien.

¿No dijiste que curabas con hierbas?

–     Sí. Para que me toleren.

cuantas veces he luchado con el deseo de envenenar con pócimas…

¿Ves? Me vine a refugiar aquí.

Porque es un lugar donde se ignora el mundo y en que éste a su vez, lo ignora a uno. Porque puedo comprar libros y estudiar… Y…

Pero es un territorio maldito. En otros lugares me odiaban; yo odiaba y tenía miedo de ser reconocido…

Pero soy malo.

–   Tienes remordimientos de haber perjudicado al carcelero de la prisión.

¿Ves que todavía tienes algo de bondad? No eres malvado…

Sólo tienes una gran herida abierta y nadie te la cura…

Tu bondad huye de ella, como la sangre se escapa de las heridas.

Pero si hubiese quién te curase la herida pobre hermano, tu bondad paulatinamente crecería en ti…

El hombre llora con la cabeza inclinada, sin que nada indique que llora.

Sólo Jesús, que camina a su lado, lo ve.

Pero no dice nada más.

Llegan al socavón que está hecho de ruinas y cuevas abandonadas en el monte.

El hombre trata de que su voz sea segura:

–    Es aquí.

Puedes entrar.

–    Gracias, amigo. Eres bueno.

El hombre no dice nada y se queda allí.

Mientras Jesús con los suyos, subiendo sobre grandes piedras que fueron trozos de muros muy fuertes;

perturbando lagartijas y otros animales, llegan hasta el lugar indicado. 

Entran en una espaciosa gruta que está ahumada en las paredes.

Hay rastros del zodiaco y cosas semejantes en las piedras.

En un rincón que está más ahumado, hay un nicho y debajo un agujero, como si fuese un desagüe.

Los murciélagos adornan el techo con sus alas extendidas que causan horror y un búho, que descansaba en el nicho,

molestado con la luz de una rama que enciende Santiago de Zebedeo, para evitar pisar víboras o escorpiones,

sacude sus alas y cierra sus ojos.

Se percibe el hedor de animales muertos y hay rastros de ratones, pájaros y comadrejas,

además del estiércol y la humedad del suelo, que contribuyen a aumentar el ambiente de un marco tenebroso de horror…

Pedro dice con ironía:

–    Un hermoso lugar en realidad.

Y volviéndose a Juan, añade:

–      Era mejor tu Tabor y tu mar.

Suspira y añade dirigiéndose a Jesús:     

–     Maestro, contenta pronto a Judas, porque aquí…

Ciertamente no es la sala real de Antipas.

Jesús responde:

–   Al punto.

Y volviéndose hacia Judas,   

pregunta:

–    ¿Qué es lo que quieres saber exactamente?

Judas lo mira y dice:

–     Pues… quiero saber…

¿Por qué pecó Saúl al venir aquí?

¿Y si es posible que alguien pueda de verdad llamar a los muertos?

¡Oh! ¡Mejor habla Tú! Te haré las preguntas…

Pedro suplica:

–     Bonito negocio.

Vamos por lo menos allá afuera, al sol.

Sobre las piedras, nos veremos libres de la humedad y del hedor.

Jesús asiente y salen.

Se sientan como pueden sobre las ruinas.

El Maestro dice:

–    El pecado de Saúl fue solo uno de muchos que cometió antes y muchos después.

Todos graves.

Judas pregunta:

–     ¿Contra Quién?

No mató a nadie.

–    Mató su alma.

Exactamente aquí, terminó de matarla.

¿Por qué bajas la cabeza?

–    Estoy pensando, Maestro.

–    Que estás pensando lo veo.

Pero, ¿En qué? ¿Por qué quisiste venir aquí?

No por mera curiosidad de investigar… Confiésalo.

–    Siempre se oye hablar de adivinos, magos, espíritus invocados…

Quería ver si descubría algo… Me gustaría saber cómo sucedió… Pienso que nosotros  estamos destinados a llamar la atención…

Y para atraer, debemos ser un tanto adivinos. Tú Eres Tú y lo haces con tu poder.

Pero también nosotros debemos  pedir un poder… una ayuda…

Para hacer obras prodigiosas que se impongan…

Mientras más avanzados en ciencias ocultas, MÁS TINIEBLAS nos oscurecen y más satanizados nos encontramos…

Varios gritan al mismo tiempo:

–      ¡Oh!

–      ¡Bah!

–     ¿Estás loco?

–      Pero, ¿Qué estás diciendo?

Jesús dice:

–      Callad.

Dejadlo hablar. No está loco. Continúa Judas…

–      Sí.

Me parecía que al venir aquí, podía entrar en mí algo de la magia de tiempos idos y así hacerme más grande.

Por interés tuyo, créemelo.

–     Sé que eres sincero en este deseo natural tuyo, hijo…

No obstante, te respondo con palabras eternas, porque están contenidas en el Libro.   

Y el Libro existirá mientras exista el hombre; existirá siempre, ya crean en él y lo empuñen en nombre de la Verdad.

Ya sea objeto de burla o de risa.

Está escrito: “Y Eva, vio que el fruto del árbol era apetitoso para el paladar y agradable a la vista, lo tomó y comió y se lo ofreció a su marido..

Entonces sus ojos se abrieron.

Se dieron cuenta de que estaban desnudos y se hicieron unos ceñidores…

Y Dios dijo: “¿Cómo os habéis dado cuenta de que estabais desnudos? Por haber comido el fruto prohibido’”. Y los echó del paraíso de delicias”.

En el libro de Saúl se lee: “Apareció Samuel y dijo: ¿Por qué me has incomodado invocándome?

¿Por qué me consultas después de que el Señor se ha retirado de ti? El Señor te tratará como te he anunciado… porque no has obedecido a la voz del Señor'”.

Pero no extiendas tu mano al fruto prohibido.

Aún sólo acercarla es imprudencia.

No tengas curiosidad por conocer lo ultraterreno; ten temor a que el veneno satánico de la curiosidad se te adhiera.

Evita lo oculto y lo que no tiene explicación.

Evita aquello que no es Dios y que no se puede explicar con las fuerzas de la razón ni crear con las fuerzas del hombre.

Huye de eso. Huye de eso.

EVÍTALO. Para que no se te abran las fuentes de la malicia y comprendas que estás “desnudo”.

DESNUDO; Repelente de humanidad mezclada con el satanismo.

¿Por qué quieres causar asombro con oscuros prodigios?

Cáusalo con tu santidad, luminosa como cosa proveniente de Dios.

No desees rasgar los velos que separan a los vivos de los difuntos. No molestes a los difuntos.

Escúcha a los sabios mientras están en este mundo y venéralos obedeciéndolos incluso después de la muerte. 

Pero no disturbes su segunda vida.

Quien no obedece a la voz del Señor pierde al Señor.

Mas el Señor ha prohibido el ocultismo, la nigromancia, el satanismo en todas sus formas.

¿Qué más quieres saber aparte de lo que te dice la Palabra?

¿Qué más quieres obrar aparte de lo que tu bondad y mi poder te conceden que obres?

No te inclines hacia el pecado, antes bien, aspira a la santidad, hijo.

No te sientas avergonzado. Me agrada que reveles tu humanidad.

Lo que te atrae a ti atrae a muchos, a demasiados.

‘El de ser poderoso para atraer a Mí’, quita mucho peso a esta debilidad tuya y pone alas, pero son de pájaro nocturno. 

O sea, “tener potencia para atraer hacia Mí”; pero son alas de ave nocturna.

No, Judas mío. Ponle alas solares, de ángel, a tu espíritu.

Bastará el viento de estas alas para captar a los corazones.

Y los atraerás en tu estela a Dios.  

¿Por qué quieres llamar la atención con prodigios tenebrosos?

Una sola cosa tiene que aceptarse con santa Fe: Dios.

Haz que los demás queden estupefactos con tu santidad y que sea luminosa, como cosa que viene de Dios.

¿Qué quieres saber de más, que la Palabra no te lo haya dicho?

¿Qué quieres hacer de más; de cuanto tu bondad y mi Poder te conceden realizar?

No ambiciones el pecado, sino la santidad; hijo.

 ¿Podemos irnos?…

–     Sí, Maestro.

Me equivoqué…

–     No. Has sido un investigador.

El mundo está lleno siempre de eso. Ven, ven. Salgamos de este apestoso lugar.

Dentro de pocos días es la Pascua. Y luego iremos a la casa de tu madre.

Te recuerdo tu casa honesta, a tu madre santa. ¡Oh, qué paz!

Como siempre, el recuerdo y la alabanza de Jesús a la madre, tranquilizan a Judas.

Salen de las ruinas y empiezan a descender por el sendero.

El hombre tuerto todavía está allí.

Tratando de no ver la cara enrojecida por el llanto,

Jesús le pregunta:

–     ¿Todavía estás aquí?

–      Sí. Aquí.

Si me lo permites, te seguiré. Tengo que decirte algo…

–     Ven pues conmigo.

¿Qué es lo que quieres decirme?

–     Jesús…

Pienso que para tener fuerzas de hablar y de cambiarme a mí mismo, por medio de una magia santa;

para evocar mi alma muerta del modo como  la adivina llamó a Samuel, porque era el deseo de Saúl; yo debo pronunciar tu Nombre, que es dulce como tu mirada.

Santo como tu Voz. Tú me acabas de dar una nueva vida y no tiene forma.

Está incapacitada como la de un ser que acaba de nacer, con miembros débiles.

Lucha entre membranas que le estorban. Ayúdame a salir de mi muerte.

–    Sí, amigo.

–    Yo…

Yo comprendo que tengo todavía un poco de ser humano en mi corazón. No soy del todo una fiera.

Puedo todavía amar y ser amado. Perdonar y ser perdonado.

Esto me lo está enseñando tu amor, que es Perdón. ¿No es así?

–     Sí, amigo.

–     Entonces llévame contigo.

Seré Félix. ¡Ironía! Dame otro nombre. Quiero que el antiguo quede muerto para siempre.

Te seguiré como el perro callejero que al fin encuentra un dueño. Seré tu esclavo si así lo deseas.

Pero no me dejes solo…

–     Sí, amigo.

–     ¿Qué nombre me das?

–     Un nombre que amo:

Juan. Porque eres el regalo que hace el Señor. ¿Y tu casa?

–     Ya no tengo casa.

Dejaré a los pobres cuanto poseo. Sólo dame amor y un pan.

–     Ven.

Jesús se voltea y llama a los apóstoles: 

–     A vosotros, amigos.

Y sobre todo a ti Judas, os doy las gracias. Hé aquí al nuevo discípulo.

Viene con nosotros hasta que lo podamos dejar con los demás. Alabad a Dios conmigo.

Realmente los doce, no parecen muy felices.

Pero hacen buena cara por obediencia y cortesía.

Juan de Endor, dice:

–     Aquella es mi casa.

Si me permites, me adelanto. Me encontrarás en el umbral.

–    Ve pues.

El hombre parte a la carrera.

Y Jesús dice:

–    Ahora que estamos solos, os ordeno.

Esto os ordeno, de que seáis buenos con él y que no digáis a nadie, nada de su pasado. Por ningún motivo. ¿Lo entendéis?

Quién diga algo o falte a la caridad al hermano redimido, lo arrojaré al punto de Mí. ¿Habéis entendido?

Y ¡Ved cuán bueno es el Señor! Venimos aquí por un fin humano y Él nos concede regresar con algo sobrenatural.

¡Oh! ¡Yo gozo por la alegría que hay en el Cielo por el nuevo convertido!

Llegan frente a la casa.

En el umbral de la entrada, con un vestido oscuro y limpio, un manto igual, un par de sandalias nuevas y un talego grande a las espaldas, está el hombre.

Se ha aseado y se ve diferente.

Cierra la puerta y…

Algo extraño en un hombre que uno podría considerar insensible, toma una gallina blanca, que acloca entre sus manos.

Luego la besa, llora y la deja sobre el suelo. 

Dice a Jesús:

–   Vámonos.

Perdona, pero estas gallinas me han amado. Platicaba con ellas y me comprendían…

–     Yo también te comprendo…

Y te quiero… mucho. Te daré todo el amor que en treinta y cinco años el mundo te ha negado.

-¡Lo sé! ¡Lo siento en mí! Por eso me voy contigo. Y… sé indulgente con un hombre que… que ama a un animal que…

que… que le ha sido más fiel que el hombre…

–     Sí…sí.

No pienses más en el pasado. En el futuro tendrás muchas cosas que hacer. Con tu experiencia harás mucho bien.

Simón, ven aquí y también tú, Mateo.

Mira, éste fue peor que un preso, fue un leproso; éste, pecador.

Pues bien, Yo los quiero entrañablemente porque saben comprender a los corazones desvalidos. ¿No es verdad?

Simón dice:   

–     Por bondad tuya, Señor. 

Pero… sí, créelo amigo, sirviéndole se cancela todo. Queda sólo paz. 

Mateo testifica: 

–     Sí, paz.

Y donde había una vejez de vicio u odio, nace una juventud nueva. Yo era un publicano y ahora soy un apóstol.

Tenemos ante nosotros el mundo y nosotros sabemos acerca del mundo.

No somos como esos muchachitos distraídos que pasan al lado del fruto nocivo y del árbol torcido y no ven la realidad.

Nosotros lo conocemos. Podemos evitar el mal y enseñar a otros a evitarlo.

Como también sabemos enderezar a quien se tuerce, porque sabemos el consuelo que supone el ser sujetados.

Y sabemos quién sujeta: Él.

Juan de Endor exclama: 

–     ¡Es verdad!

¡Es verdad! Me ayudaréis. Gracias.

Es como pasar de un lugar oscuro y fétido a un dilatado prado florido…

Una cosa parecida experimenté el día en que salí libre, al fin libre, tras veinte años de prisión y de trabajo brutal en las minas de Anatolia.

Y me vi – había huido durante una noche borrascosa – en lo alto de un monte, escabroso pero abierto, lleno del sol de la aurora y cubierto de olorosos bosques…

¡Oh, la libertad! ¡Pero ahora es más! ¡Todo en mí se dilata! Ya hacía doce años que no llevaba cadenas.

Y sin embargo el odio, el miedo, la soledad, para mí eran como cadenas… ¡Ahora han caído éstas también!…

Hemos llegado a la casa del anciano que os ha conducido a mí. 

Juan lo llama a gritos:  

¡Eh, hombre! ¡Hombre!

El viejecillo acude.

Y se queda de piedra al ver que el tuerto está limpio, con vestido de viaje y la cara sonriente.

Juan le dice: 

–     Ten, ésta es la llave de mi casa.

Me marcho para siempre. Tú has sido mi benefactor y por ello te estoy agradecido. Me has devuelto la familia.

Haz de lo mío todo lo que quieras… y cuida de mis pollos; no los maltrates.

Todos los sábados viene un romano que compra los huevos… sacarás algún beneficio… Trata bien a mis gallinitas…

Y que Dios te lo pague.

El anciano se ha quedado estupefacto.

Boquiabierto, coge la llave.

Jesús dice:

–     Sí, haz como dice.

Y también Yo te quedaré agradecido. En nombre de Jesús te bendigo. 

El hombre exclama: 

–     ¡El Nazareno!

¡Eres Tú! ¡Misericordia! ¡He hablado con el Señor!

El hombre está tan felíz y lo manifiesta abiertamente, gritando alabanzas.

Y luego grita a los cuatro vientos: 

¡Mujeres! ¡Mujeres! ¡Hombres! ¡El Mesías está aquí, con nosotros!

Y gritando a todo el pueblo:

–    ¡Vengan todos!

¡El Mesías está con nosotros!

Y de todas partes vienen corriendo personas. 

Que gritan:  

–     ¡Tu bendición!

–     ¡Tu bendición! 

Otros:

–    ¡Quédate!

–    ¡Quédate con nosotros!

Y otros:

–    ¿A dónde vas?

–    Al menos dinos a dónde vas.  

Jesús responde: 

–     Voy a Naím.

No puedo quedarme.

–     ¡Te seguimos!

–    ¿Quieres?

–     Venid.

Y paz y bendición para los que se quedan.

Se encaminan hacia el camino principal.  

Lo toman. y avanzan por él.   

Juan de Endor, que camina junto a Jesús, se dobla un poco bajo el peso de su alforja, atrae la curiosidad de Pedro.

El antiguo pescador le pregunta:

–   Pero, ¿Qué llevas ahí que parece tan pesado?

Juan de Endor contesta:

–   Mi ropa y… libros.

Mis amigos, junto con los pollos. No pude separarme de ellos y pesan…

–    ¡Eh! ¡La ciencia pesa!

Y ¿A quién le gusta, he?

–    Me ayudaron a no enloquecer.

–    Debes quererlos mucho.

Qué libros son.

–    De filosofía e historia. Poesía griega y romana.

–    Hermosos, hermosos.

Ciertamente hermosos. Pero, ¿Piensas llevarlos contigo?

–    Algún día lograré separarme de ellos.

Pero al mismo tiempo todo, no se puede. O ¿No es así, Mesías?

Jesús responde:

–    Llámame Maestro.

No se puede. Te buscaré un lugar donde puedas dar refugio a tus amigos, los libros. Te podrán servir para discutir con los paganos acerca de Dios.

–    ¡Oh! ¡Cuán claramente sabes pensar y comprender!

Jesús sonríe.

Y Pedro exclama:

–    ¡Vive Dios!

Señala a Jesús y añade:

–    ¡Él es la misma Sabiduría Encarnada!

Juan de Endor agrega:

–    Es la Bondad.

Créemelo. Y ¿Tú eres culto?

Pedro dice:

–    ¿Yo?

¡Cultísimo! Distingo una alosa de una carpa y ahí termina toda mi cultura. Soy pescador, amigo.

Y Pedro ríe humilde y francamente.

–    Eres honrado.

Es una ciencia que se aprende por sí misma. Y es muy difícil conseguirla. Me agradas.

–    También tú porque eres franco.

Y aún en el excusarte. Yo perdono todo. ayudo a todos. Pero soy enemigo jurado de los falsos e hipócritas. Me dan asco.

–     Tienes razón.

El falso es un criminal.

–     Un criminal.

Lo has dicho. Oye, ¿No tienes desconfianza en prestarme un poco tu alforja?

Puedes estar seguro de que no me escaparé con los libros. Me parece que te pesan mucho.

–    Veinte años de minas lo despedazan a uno.

Pero, ¿Por qué quieres cansarte tú?

–     Porque el Maestro nos ha enseñado a amarnos como hermanos.

Dámela y toma mis harapos. Mi alforja es ligera. No hay historias, ni poesía y la otra cosa que dijiste es Él…

¿Filosofía?…  Él, mi Jesús; nuestro Jesús…

Y siguen conversando mientras avanzan a lo largo del camino que atraviesa la montaña…

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157 LA TEMPESTAD CALMADA


157 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

El mar de Galilea tiene forma de un arpa y en una tarde que ya hace más de tres horas que el sol rebasó su cenit…

El cielo que había estado despejado, está empezando a mostrar unas nubes que se están juntando en cumulus y hace muy poco viento.

Haciendo que el mar se vea como un espejo terso, de un azul zafiro muy intenso…

Una barca de vela de regular tamaño, que usan los pescadores de Cafarnaúm, surca las aguas del hermoso lago, al que riza un oleaje muy suave.

Jesús duerme en la popa.

Va vestido de blanco, como lo acostumbra y tiene la cabeza reclinada sobre el brazo izquierdo.

Debajo del brazo y la cabeza, ha colocado su manto azul-gris doblado, como si fuera una improvisada almohadilla.

Está sentado, en el fondo de la barca.

Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal.

Su cabeza la apoya sobre esa porción de entablado que está en el extremo de la popa.

Duerme plácidamente.

Se le ve cansado.

Pero está sereno.

Pedro guía el timón.

Andrés se ocupa de las velas.

Juan con su hermano Santiago y otro más, están poniendo en orden maromas y redes en el fondo de la barca,

como si tuvieran intención de prepararse para la pesca nocturna.

El día se encamina al atardecer, pues el sol desciende ya hacia occidente.

Todos los discípulos se han subido las túnicas, de forma que sujetas con el cinturón, están abolsadas a la altura de la cintura.

Para así estar más libres de movimientos y poder desplazarse mejor por la barca,  salvando remos, asientos, cestas y redes, sin que las túnicas estorben.

Todos se han quitado el manto.

Entonces el cielo se oscurece y el sol se esconde detrás de unos nubarrones de tormenta que han aparecido de repente…

Detrás del pináculo de una colina.

El viento los empuja velozmente hacia el lago.

Por el momento, el viento está alto y el lago se mantiene sereno.

Aunque eso sí, adquiere una tonalidad más oscura y su superficie se frunce…

No son todavía olas, pero empieza a agitarse el agua.

Pedro y Andrés observan el cielo y el lago… 

Y organizan las maniobras para acercarse a la orilla.

Pero, he aquí que el viento se abate sobre el lago y en pocos minutos todo bulle y espumea.

Con olas que se embisten mutuamente, que chocan contra la barca levantándola, bajándola, girándola en todas las direcciones…

Impidiendo las maniobras del timón.

Como el viento hace lo mismo con las de la vela, que debe ser arriada.

Jesús sigue durmiendo.

No lo despiertan ni los pasos, ni las azogadas voces de los discípulos…

Ni el silbar del viento…

Ni siquiera los latigazos de las olas contra los costados y la proa.

Sus cabellos ondean al viento.

Le alcanza alguna salpicadura de agua.

Él duerme.

Juan saca de debajo de un entablado su manto y desde la proa, corre a la popa….

Y lo tapa; lo cubre con delicado amor.

La tempestad se hace cada vez más amenazadora.

El lago está tan negro, que parece como si en él se hubiera derramado tinta.

Estriado por la espuma de las olas.

La barca empieza a llenarse de agua.

El viento cada vez más la va empujando mar adentro.

Los discípulos ya sudan haciendo la maniobra…

Y achicando por la borda, el agua que las olas vierten dentro.

Pero no sirve de nada…

Pronto se ven chapoteando ya en el agua, hasta la mitad de las piernas.

Y la barca cada vez se hace más pesada.

Pedro pierde la calma y la paciencia.

25. Acercándose ellos le despertaron diciendo: ¡Señor, sálvanos, que perecemos! Mateo 8

Deja a su hermano el timón y bamboleándose, se llega a Jesús y lo menea vigorosamente.

Jesús se despierta y levanta la cabeza.

Pedro grita fuerte:

–     ¡Sálvanos, Maestro, que perecemos!

Tiene que gritar para poder ser oído.

Jesús mira a su discípulo fijamente, mira a los demás y luego al lago.

Y pregunta:

–     ¿Tienes fe en que os puedo salvar?

–     ¡Rápido, Maestro!

Grita Pedro…

Mientras una verdadera montaña de agua originada en el centro del lago se dirige veloz contra la  barca.

Amenazando con destruirla.

Es tan alta, espantosa, que parece una tromba de agua.

Los discípulos, que la ven venir, se arrodillan…

Y se agarran donde pueden y como pueden…

Convencidos de que ha llegado el final.

Jesús se levanta.

Está erguido sobre el entablado de la barca:

Una figura blanca contra el color lívido de la tempestad

Extiende los brazos hacia la enfurecida ola,

Y dice al viento:

–     ¡Detente y calla!

Y al agua:

–    ¡Cálmate! ¡Lo quiero!

Y el golpe se disuelve en espuma, que cae inocua:

Un último bramido que se apaga en un susurro.

Y también el viento, cambiándose en un suspiro su último silbido.

Sobre el lago pacificado vuelve el cielo despejado…

Junto con la esperanza y la Fe, al corazón de los discípulos.

La impresionante Majestad Divina de Jesús,

que se manifestó cuando resucitó al amante de María de Mágdala,

fué exactamente la misma que volvió a mostrar al reprender al viento y a las olas.

Es un verdadero deleite que nos llena de un gozo sublime, porque nos deja una plenitud inexplicable

que sólo puede comprenderla, el feliz mortal que la experimenta…

27. Y aquellos hombres, maravillados, decían: ¿Quién es éste, que hasta los vientos y el mar le obedecen? Mateo 8

Su inefable Presencia.

La maravillosa e inexpresable Presencia de Dios, cuando nos consiente espiritualmente…

Y pienso en cuán plácido era el sueño de Jesús…

Y cuán potente su imperio sobre el viento y las olas.

La siguiente enseñanza, debemos meditarla profunda y minuciosamente…

 Porque nos vamos a ver obligados a recordarla y ACTUAR en consecuencia,

la próxima vez que se enfrenten a un huracán…

Porque cuando se repita, no olviden que estamos siendo examinados en la FE, la Caridad y el Amor al prójimo…

El huracán más grande de la historia, se convierte en lluvia tropical al tocar tierra…

Satanás está atacando moviendo las fuerzas de la Naturaleza en nuestra contra;

con todo su Odio, su Furia, su Venganza y su poder, a través de los satanistas en sus rituales malditos…

Los hijos de la Luz estamos obligados a USAR los Carismas del Espíritu Santo,

para contrarrestar sus maléficas huestes infernales… 

Los milagros en el Evangelio no fueron escritos sólo para adornar la figura humana de Jesucristo,

mientras evangelizaba en Palestina…

Ni tampoco para que los super intelectuales modernos se atraganten sus pechos henchidos de soberbia, 

diciendo que son Leyendas…

(cuentos fantásticos de cristianos fanáticos)

Cómo nos catalogan los iluminados sabios agnósticos de modernas ideologías…

Y nos sentencian con su super inteligencia: 

Con las que adornaron la Vida del “Maestro Ascendido” más famoso de la Historia, porque

¡¡¡Los Milagros se acabaron después que se murió el último apóstol!!!

Huracán Patricia, 20 -24 de Octubre de 2015  TODO MÉXICO SE UNIÓ EN ORACION y el mundo nos apoyó…

Así cómo muchos no podrán clamar:

¡Señor, nosotros detuvimos a Patricia en las bahías de Puerto Vallarta!

Y quedarnos mudos de espanto cuando el Divino Juez nos pregunte: 

¿Y cuántas almas me salvaste?…

¡Y ME ENTREGASTE! 

Tampoco desearemos estar en los zapatos de los que griten:

¡Señor, Señor yo sí recé por las almas de los del segundo tsunami de… ¿¿¿???

¡Que golpeó igual y peor, que el de la Navidad de 2004…!

Y entonces la pregunta sea: 

¡Pudiste haber evitado tanto sufrimiento!

¿¿¿ Por qué NO lo hiciste???  

Nuestra honestidad debería salvarnos, contestando: 

“Lo lamento mucho Señor, ¡TUVE MIEDO de lo pudieran pensar de mí…!

La desgraciada cárcel, del “MIEDO al qué dirán…”

Porque en ese desdichado momento, ni los me-mes de Patricia nos van a librar…   

Si realmente quieren evitarse tragos amargos,

NO OLVIDEN que la pregunta más importante,

en cuanto tengamos noticias de un Tsunami, un Huracán o lo que sea

que haya rebasado las escalas conocidas,

ES… 

“Y ahora Señor, ¿Qué es lo que QUIERES QUE HAGAMOS?…”

LO HACEMOS...

Con tu Rosario Madrecita, convertido en la Red Divina de la Salvación, te entrego con cada Ave María, LAS ALMAS DE…

Y también por favor, recen el Santo Rosario por las almas de todos los involucrados… 

Dice Jesús: 

No os voy a comentar el Evangelio en el sentido en que lo hacen todos.

Voy a ilustraros los preliminares del pasaje evangélico.

¿Por qué dormía Yo?

¿No sabía, acaso, que la borrasca estaba llegando?

Sí, Yo lo sabía.

Sólo Yo lo sabía.

Y entonces, ¿Por qué dormía?

Los apóstoles eran hombres.

Animados sí, de buena voluntad, pero todavía demasiado “humanos”.

El hombre se cree siempre capaz de todo.

Y si se da el caso de que realmente sea hábil en algo, se envanece y se llena de apego a su “habilidad”.

Pedro, Andrés, Santiago y Juan eran buenos pescadores y por tanto,

se creían insuperables en las maniobras marineras.  

Yo, para ellos era un gran “rabí”, pero no valía nada como marinero.

Por ello, me juzgaban incapaz de ayudarlos…

Y cuando subían a la barca para atravesar el Mar de Galilea,

me rogaban que estuviera sentado porque no era capaz de nada más.

También lo hacían por afecto, porque no querían darme trabajos físicos,

si bien el apego a sus capacidades era el elemento más importante.

Yo sólo me impongo en casos excepcionales.

Generalmente os dejo libres y espero.

Aquel día, cansado como estaba y habiéndome solicitado que descansara,

Dicho de otra forma: 

“que los dejase actuar a ellos…”

A ellos que tan duchos eran, entonces me puse a dormir…

Y a constatar cómo el hombre “es hombre” y quiere actuar por sí solo.

Y no percibe que Dios no pide sino ayudarle.

Veía en esos “sordos espirituales”, “ciegos espirituales”, a todos los sordos y ciegos del espíritu

que durante siglos y siglos acarrearían su propia ruina, 

por querer “actuar por sí solos”

Teniéndome a Mí, abierto a sus necesidades, en espera de su llamada pidiendo ayuda.

Cuando Pedro gritó:

–    “¡Sálvanos!”

Mi amargura descendió como una piedra por su propio peso.  

Yo no soy “hombre”, Soy el Dios-Hombre.

No actúo como vosotros que,

cuando uno ha rechazado vuestro consejo o ayuda…

Y luego lo veis en problemas.

Aunque no seáis tan malos que os alegréis de ello…

Sí lo sois siempre,

en cuanto que os lo quedáis mirando desdeñosamente y con indiferencia…

Y no os conmovéis ante su grito que pide ayuda, con grave ademán que significa:

“¿No me has aceptado cuando te quería ayudar?

Pues ahora arréglatelas solo”.  

Yo NO Soy así.

No, Yo soy Jesús, soy Salvador.

Y salvo.

Salvo siempre, en cuanto se me invoca.

Mas vosotros, amados hombres, podríais objetar:

“¿Y por qué permites que se formen tempestades, en el individuo o en la colectividad?”.

Si con mi poder destruyese el Mal (del tipo que fuera),

acabaríais creyéndoos autores del Bien, que en realidad es un Don mío…  

Y no os volveríais a acordar jamás de Mí.

Dios utiliza las Maldades de Satanás para entrenarnos y hacernos crecer espiritualmente…

JAMÁS.  

Tenéis necesidad amados hijos, del Dolor.

Para acordaros de que tenéis un Padre.

Como el hijo pródigo, que se acordó de que lo tenía, cuando sintió hambre.

Las desventuras sirven para convenceros de vuestra nada, de vuestra ignorancia.

Causa de tantos errores.

Y de vuestra maldad, causa de tantos lutos y dolores.

De vuestras culpas, causa de castigo que vosotros mismos os proporcionáis…

Y de mi Existencia, Potencia y Bondad.

Esto es lo que os dice el Evangelio, “vuestro” evangelio de la Hora presente, pobres hijos míos.

Llamadme.

Jesús duerme sólo porque está angustiado de ver vuestro desamor hacia Él.

Llamadme y acudiré. 

146 EL ESCRIBA GENEROSO


146 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Entre las muchas flores que perfuman el suelo y alegran la vista, se yergue el horrendo espectro de un leproso, llagado, maloliente, corroído.

La gente grita de espanto y se vuelca de nuevo hacia las primeras pendientes del monte.

Hay quien incluso agarra piedras para tirárselas al imprudente.

Pero Jesús se vuelve, con los brazos abiertos,

gritando:

–     ¡Paz!

¡Quedaos donde estáis y no tengáis miedo! Dejad las piedras. Tened piedad de este pobre hermano. También él es hijo de Dios.

La gente obedece dominada por el poder del Maestro, que se acerca a través de las altas hierbas en flor hasta pocos pasos del leproso.

El cual a su vez, habiendo comprendido que está bajo la protección de Jesús, se ha acercado también.

Ya próximo a Jesús, se postra:

La hierba florecida lo acoge y lo sumerge, cual fresca y perfumada agua.

Las flores ondean y se agrupan, como haciendo de velo a la miseria oculta tras ellas.

Sólo la voz quejumbrosa que de allí dentro proviene, recuerda la presencia de un pobre ser.

La voz dice:

–     Señor, si Tú quieres puedes limpiarme.

¡Ten piedad también de mí!

Jesús responde:

–     Alza tu rostro y mírame.

El hombre debe saber mirar al Cielo cuando cree en él. Y tú crees, porque pides.

Las hierbas se agitan y se abren de nuevo.

Aparece, cual cabeza de náufrago sobre la superficie del mar, el rostro del leproso, despojado de cabellos y de barba.

Es una cabeza de calavera con restos de carne todavía.

Sin embargo, Jesús se atreve a colocar la punta de sus dedos en esa frente, en el punto en que está limpia.

O sea, sin llagas.

Donde sólo es piel cinérea, escamosa, entre dos erosiones purulentas, de las cuales una ha destruido el cuero cabelludo y la otra ha abierto un hueco donde antes estaba el ojo derecho.

De manera que no se sabe si dentro de ese enorme agujero lleno de porquería, que va desde la sien hasta la nariz,  dejando al descubierto el pómulo y el cartílago nasal, está o no todavía el globo ocular.

Y dice Jesús, manteniendo apoyada ahí la punta de su bonita mano:

–     Lo quiero. Queda limpio.

Y como si el hombre no estuviera corroído por la lepra y llagado, sino sólo recubierto de porquería…

Y sobre él se arrojasen aguas purificadoras, el mal desaparece…

Primero se cierran las llagas, luego recupera su color claro la piel, el ojo derecho vuelve a aparecer bajo el renacido párpado, los labios vuelven a cerrarse delante de los dientes amarillentos. 

Sólo le siguen faltando el pelo y la barba, apareciendo escasos mechones de pelo, en los lugares donde antes existía todavía un trocito de epidermis sana.

La muchedumbre grita de estupor.

El hombre, por esos gritos de júbilo, comprende que ha quedado curado.

Levanta las manos, que hasta este momento habían quedado escondidas entre la hierba, y se toca el ojo, en el lugar en que antes estaba el enorme agujero.

Se toca la cabeza, donde antes estaba la extensa llaga que dejaba al descubierto el hueso craneal…

Y siente la nueva piel.

Entonces se pone en pie y se mira el pecho, las caderas…

Todo ha quedado curado y limpio…

El hombre se deja caer de nuevo sobre el prado florido, llorando de alegría. 

Jesús dice:

–     No llores.

Levántate y escúchame. Cumple el rito y vuelve a la vida; no hables a nadie hasta que no lo hayas cumplido.

Preséntate lo antes posible al sacerdote, haz la ofrenda prescrita por Moisés como testimonio del milagro de tu curación.

–     ¡A ti te debería presentar mi testimonio, Señor!

–     Así lo harás amando mi doctrina. Ve.

La muchedumbre se ha acercado de nuevo.

Y aun guardando debida distancia, se congratula con el hombre que ha sido curado.

No falta quien siente la necesidad de arrojarle, como viático, unas monedas.

Otros le lanzan unos panes y otras provisiones.

Y uno, viendo que el vestido del leproso no es sino un harapo reducido a jirones que deja todo al descubierto,

se quita el manto, lo anuda como si fuese un pañuelo muy grande y se lo arroja al leproso,

el cual puede así taparse de forma decente.

Otro – pues la caridad es contagiosa cuando se hace en común, no resiste al deseo de procurarle las sandalias:.

Se las quita y las lanza hacia el leproso.  

Jesús pregunta al ver el gesto.

–     ¿Y tú? 

El hombre responde:

–     Estoy aquí cerca.

Puedo andar descalzo. Él tiene que recorrer mucho camino.

–     La bendición de Dios descienda sobre ti y sobre todos los que han favorecido a este hermano.

Y volviéndose hacia el sanado,

le dice:

–    Hombre: pedirás por ellos.

–     Sí, sí.

Por ellos y por ti: para que el mundo tenga fe en ti. 

–     Adiós.

Ve en paz.

El hombre anda unos metros y luego se vuelve,

y grita:

–     ¿Puedo decirle al sacerdote que Tú me has curado?

–     No hace falta.

Di solamente: “El Señor ha tenido misericordia de mí”. Dices toda la verdad y no hace falta más.

La gente se arremolina en torno al Maestro.

Es un círculo que bajo ningún concepto quiere abrirse.

Pero, entretanto, el sol se ha ocultado y comienza el reposo del sábado.

Los centros habitados están lejos.

De todas formas, la gente no echa de menos ni el pueblo ni la comida ni nada.

No sucede lo mismo con los apóstoles.

Y se lo comentan a Jesús.

También los discípulos ancianos están preocupados.

Hay mujeres y niños.

Y si bien la temperatura de la noche es moderada y la hierba de los campos está blanda.

Las estrellas no son pan, ni se transforman en alimentos las piedras de las laderas.

Jesús es el único que se lo toma con tranquilidad.

La gente, mientras, come lo que les había sobrado, sin mayores problemas.

Jesús llama la atención de los discípulos sobre este hecho:

–     ¡En verdad os digo que éstos están más adelantados que vosotros!

Mirad con qué despreocupación consumen todo lo que tienen. Les he dicho: “El que no sea capaz de creer que mañana Dios dará el alimento a sus hijos que se retire”,

Y se han quedado aquí.

Dios no desmentirá a su Mesías ni defraudará a quien en Él espera.

Los apóstoles se encogen de hombros y ya no se ocupan de nada más.

Se pone la tarde, después de un intenso rojo de ocaso, serena y bella.

El silencio del campo se extiende sobre todas las cosas, tras el último coro de los pájaros.

Algún frufrú del viento y luego el primer vuelo mudo de ave nocturna junto a la primera estrella y la primera rana que croa.

Los niños ya duermen.

Los adultos hablan entre sí.

De vez en cuando alguno va a donde el Maestro a pedirle alguna aclaración.

Es así que no se produce estupor cuando, por un sendero entre dos campos de trigo, se ve venir a una persona que impone por su aspecto, indumento y edad.

Le siguen algunos hombres.

Todos se vuelven a mirarlo y se lo señalan unos a otros bisbiseando.

El bisbiseo se transmite de grupo a grupo. Se aviva y se atenúa.

Los grupos más lejanos se acercan atraídos por la curiosidad.

El hombre de noble aspecto llega hasta donde Jesús, que está sentado al pie de un árbol escuchando a unos hombres…

Y lo saluda con toda reverencia.

Jesús se levanta enseguida y responde al saludo con igual respeto.

Los presentes se centran completamente en ellos.

–     Estaba en el monte.

Quizás has pensado que no tenía fe, que me iba por miedo a tener que ayunar. La verdad es que me fui por otro motivo.

Quería comportarme como hermano con los hermanos, como el hermano mayor. Quisiera manifestarte aparte lo que pienso. ¿Podrías escucharme?

A pesar de ser un escriba, no soy enemigo tuyo.

Jesús dice:

–     Vamos un poco lejos…

Y se meten entre los cereales.

–     Quería proveer de alimento a los peregrinos, así que bajé para encargar que hicieran pan para una multitud.

Respecto a la distancia estoy dentro de la Ley, porque estos campos son míos y de aquí a la cima se puede recorrer en día de sábado.

Mi intención era venir mañana con los siervos, pero he sabido que estabas aquí con la muchedumbre. Te ruego que me permitas surtir de lo necesario a la muchedumbre este sábado…

Si no, sentiría demasiado el haber renunciado a tus palabras por nada.

–     En ningún caso hubiera sido por nada, porque el Padre te habría recompensado con sus luces.

Yo por mi parte te doy las gracias. No te defraudaré. Lo único que quisiera observarte es que la gente es mucha.

–     He encargado que enciendan todos los hornos.

Incluso los que se usan para secar productos agrícolas. Conseguiré pan para todos.

–     No lo digo por eso, lo digo por la cantidad de pan…

–     No me causa problema.

El año pasado recogí mucho trigo. Y este año ya ves qué espigas. Déjame, que sé lo que hago.

¡Qué mayor seguridad para mis tierras! Y, además, Maestro… ¡El pan que me has dado hoy!… ¡Tú sí que eres Pan del espíritu!…

–     Sea entonces como quieres.

Ven, vamos a decírselo a los peregrinos.

–     No. Tú lo has dicho.

–     ¿Y eres escriba?

–     Sí, lo soy.

–     Que el Señor te lleve a donde tu corazón merece.

–     Comprendo lo que no dices.

Quieres decir: a la Verdad. Porque en nosotros hay mucho error y.., y mucha mala fe.

–     ¿Quién eres?

–     Un hijo de Dios.

Ruega al Padre por mí. Adiós.

–     La paz sea contigo.

Jesús regresa lentamente hacia los suyos mientras el hombre se aleja con los siervos.  

Jesús se ve asaltado de preguntas.

–     ¿Quién era?

–    ¿Qué quería?

–    ¿Te ha dicho alguna cosa desagradable?

–    ¿Tiene algún enfermo?

–     No sé quién es.

Bueno, quiero decir, tiene buen corazón y esto me… 

Uno de la multitud dice:

–     Es Juan el escriba.

–     Bien, pues ahora lo sé por tus palabras.

Quería sencillamente ser el siervo de Dios para con los hijos de Dios. Orad por él porque mañana todos comeremos gracias a su bondad. 

Otro dice:

–     Verdaderamente es un justo. 

Uno más, comenta:

–     Sí.

Lo que no sé es cómo puede ser amigo de otros.

Otro concluye:

–     Fajado de escrúpulos y de reglas como un recién nacido.

Pero no es malo.

–     ¿Son éstas sus tierras? – preguntan muchos, que no son de la zona.

–     Sí.

Creo que el leproso era uno de sus siervos o de sus labriegos. Pero permitía que estuviera en las cercanías, e incluso creo que le daba de comer.

La crónica continúa, pero Jesús se abstrae de ello y llama a sí a los Doce,

Y les pregunta:

–     ¿Y ahora qué tengo que deciros por vuestra incredulidad?

¿No ha puesto, acaso, el Padre pan para todos nosotros en las manos de una persona que, por su casta, está contra Mí?

¡Oh, hombres de poca fe!… Id, id allí, al mullido heno y dormid.

Yo voy a orar al Padre para que abra vuestros corazones y para darle las gracias por su bondad.

Paz a vosotros.

Y va a las primeras pendientes del monte.

Se sienta y se recoge en su oración.

Alza los ojos y ve el rebaño de las estrellas que abarrotan el cielo;

los baja y ve el rebaño de los que duermen echados en los prados.

Nada más.

Mas es tal la alegría que siente en su corazón, que parece transfigurarse de luz…

140 EL AMOR ES DINÁMICO


140 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Los dos pobres se quedan.

Son una mujer muy delgada y un anciano muy viejo.

No están juntos, se han encontrado allí por azar.

Se habían quedado en un ángulo intimidados, poniendo inútilmente la mano a quienes pasaban por delante.

Ahora no se atreven a acercarse, pero Jesús va directamente hacia ellos y los toma de la mano para ponerlos en el centro del grupo de los discípulos,

bajo una especie de tienda que Pedro ha montado en un ángulo

Quizás les sirve de refugio durante la noche y como lugar de reunión durante las horas más calurosas del día: es un cobertizo de ramajes y de… mantos.

Pero sirve para su finalidad, a pesar de que sea tan bajo, que Jesús y Judas Iscariote, los dos más altos. tienen que agacharse para poder entra.  

Jesús dice:

–     Aquí tenéis a un padre y a una hermana nuestra.

Traed todo lo que tenemos. Mientras comemos escucharemos su historia.  

Y Jesús se pone personalmente a servir a los dos vergonzosos y escucha la dolorosa narración.

Ambos viven solos:

El viejo, desde cuando su hija se fue con su marido a un lugar lejano y se olvidó de su padre…

La mujer, que además está enferma, desde que su marido murió a causa de una fiebre.  

El anciano dice:

–     El mundo nos desprecia porque somos pobres.

Voy pidiendo limosna para juntar unos ahorrillos y poder cumplir la Pascua.

Tengo ochenta años. Siempre la he cumplido. Esta puede ser la última.

No quiero ir con Abraham, a su seno, con algún remordimiento. De la misma forma que perdono a mi hija, espero ser perdonado.

Quiero cumplir mi Pascua.

–     Largo camino, padre.

–     Más largo es el del Cielo, si se incumple el rito.

–     ¿Vas sólo?…

¿Y si te sientes mal por el camino?

–     Me cerrará los párpados el ángel de Dios. 

Jesús acaricia la cabeza temblorosa y blanca del anciano.   

Y pregunta a la mujer:

–     ¿Y tú?

–     Voy en busca de trabajo.

Si estuviera mejor alimentada, me curaría de mis fiebres; una vez sana, podría trabajar incluso en los campos de cereales.

–     ¿Crees que sólo el alimento te curaría?

–     No. Estás también Tú…

Pero, yo soy una pobre cosa, demasiado pobre cosa como para poder pedir conmiseración.

–     Y, si te curara, ¿Qué pedirías después?

–     Nada más.

Habría recibido ya con creces cuanto puedo esperar.

Jesús sonríe y le da un trozo de pan mojado en un poco de agua y vinagre, que hace de bebida.

La mujer se lo come sin hablar.  

Jesús continúa sonriendo.

La comida termina pronto (¡era tan parca!…).

Apóstoles y discípulos van en busca de sombra por las laderas, entre los matorrales.

Jesús se queda bajo el cobertizo.

El anciano se ha apoyado contra la pared herbosa; ahora, cansado, duerme.

Pasado un poco de tiempo, la mujer, que también se había alejado en busca de sombra y descanso, vuelve hacia Jesús…

Que le sonríe para infundirle ánimo.

Ella se acerca, tímida, pero al mismo tiempo contenta, casi hasta la tienda;

luego la vence la alegría y da los últimos pasos velozmente, para caer finalmente rostro en tierra emitiendo un grito reprimido:

–     ¡Me has curado!

¡Bendito! ¡Es la hora del temblor fuerte y no se me repite!…

Y besa los pies a Jesús.

–     ¡Estás segura de estar curada?

Yo no te lo he dicho. Podría ser una casualidad…

–     ¡No!

Ahora he comprendido tu sonrisa cuando me dabas el trozo de pan. Tu virtud ha entrado en mí con ese bocado.

No tengo nada que darte a cambio, sino mi corazón.

Manda a tu sierva, Señor, que te obedecerá hasta la muerte.

–     Sí. ¿Ves aquel anciano?

Está solo y es un hombre justo.

Tú tenías marido, pero te fue arrebatado por la muerte; él tenía una hija, pero se la quitó el egoísmo. Esto es peor.

Y, no obstante, no impreca; pero no es justo que vaya sólo en sus últimas horas. Sé hija para él.

–     Sí, mi Señor.

–     Fíjate que ello significa trabajar para dos.

–     Ahora me siento fuerte. Lo haré.

–     Ve entonces allí, encima de ese risco.

Y dile al hombre que allí está descansando, aquél vestido de gris, que venga aquí.

La mujer va sin demora y vuelve con Simón Zelote. 

Jesús indica:

–     Ven, Simón.

Debo hablarte.

Espera, mujer.

Jesús se aleja unos metros. 

Y pregunta:

–     ¿Crees que a Lázaro le supondrá alguna dificultad el recibir a una trabajadora más?  

Simón exclama:

–     ¡Lázaro!

¡Si creo que ni siquiera sabe cuántos le prestan servicio!

¡Uno más o menos…! … Pero, ¿De quién se trata?

–     Es aquella mujer.

La he curado y…

–     No sigas, Maestro.

Si la has curado, es señal de que la amas. Y lo que Tú amas es sagrado para Lázaro. Empeño mi palabra por él.

–     Es verdad, lo que Yo amo es sagrado para Lázaro; bien dices. 

Por este motivo, Lázaro será santo, porque, amando lo que Yo amo, ama la perfección.

Deseo vincular a aquel anciano con esa mujer.

Y que aquel patriarca pueda cumplir con júbilo su última Pascua.

Quiero mucho a los ancianos santos.

Y si puedo hacerles sereno el crepúsculo de la vida, me siento dichoso.

–     También amas a los niños…

–     Sí, y a los enfermos…

–     Y a los que lloran…

–     Y a los que están solos…

–     ¡Maestro mío!

¿No te das cuenta de que amas a todos, incluso a tus enemigos?  

–     No me doy cuenta, Simón; amar es mi naturaleza.

Mira, el patriarca se está despertando.

Vamos a decirle que celebrará la Pascua con una hija a su lado y sin necesidad de buscarse el pan.

Y vuelven a la tienda, donde la mujer los está esperando.

Acto seguido van los tres donde el anciano, que está sentado, atándose las sandalias. 

Jesús pregunta:

–     ¿Qué piensas hacer, padre?

–     Voy a descender hacia el valle.

Espero encontrar un refugio para la noche. Mañana pediré limosna por el camino.   

luego, abajo, abajo, abajo,…

Dentro de un mes, si no me he muerto, estaré en el Templo.

–     No.

–     ¿No debo hacerlo?

¿Por qué?

–     Porque el buen Dios no quiere.

No vas a ir solo. Esta mujer irá contigo. Te conducirá al lugar que voy a indicaros; os acogerán por amor a Mí.

Celebrarás tu Pascua, pero sin penalidades. Ya has llevado tu cruz, padre; suéltala ahora.

Y recógete en acción de gracias al buen Dios.

–     ¿Por qué esto?…

¿Por qué esto?… No… no merezco tanto… Tú… una hija…

Es más que si me dieras veinte años… ¿A dónde me quieres enviar?…

El anciano llora entre la espesura de su poblada barba.

–     Con Lázaro de Teófilo.

No sé si lo conoces.

–     Soy de la zona confinante con Siria.

¡Claro que me acuerdo de Teófilo! ¡Oh, Hijo bendito de Dios, deja que te bendiga!

Y Jesús, que está sentado en la hierba frente al anciano…

Se inclina realmente para dejar que éste le imponga, solemne, las manos sobre su cabeza.

Y pronuncie, poderoso y con voz cavernosa de anciano venerable, la antigua bendición:

«El Señor te bendiga y te guarde. El Señor te muestre su rostro y tenga misericordia de ti. El Señor vuelva a ti su rostro y te dé su paz.

Y Jesús, Simón y la mujer responden juntos:

–     Y así sea.

129 LOS OTROS CRISTOS


129 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús desciende a media altura de la escarpada ladera y encuentra a muchos discípulos…

Y a otros muchos que poco a poco se han ido añadiendo, a quienes la necesidad de un milagro o el deseo de la palabra de Jesús, han conducido a este lugar apartado del tránsito:

Han venido seguros, o por las indicaciones de la gente o por el instinto del alma.

Pienso que sus ángeles, los de estos hombres deseosos de Dios los guiaban al Hijo de Dios. No creo que al decir esto me ponga al nivel de la leyenda:

En efecto, si se piensa con qué pronta y astuta constancia Satanás conducía a los enemigos hacia Dios y hacia su Verbo,

en los momentos en que el espíritu demoníaco podía mostrarles a los hombres, una apariencia de culpa en Cristo…

Se podrá pensar también  y más que lícito es justo, que los ángeles no fueran inferiores a los demonios y que llevaran a los espíritus no demoníacos a Cristo.

Jesús se prodiga en favores, milagros y la propia palabra, para estas personas que le han esperado sin cansancio ni temor.

¡Cuántos milagros!

Una riqueza semejante a la de las flores que decoran los rodales del abrupto monte).

Milagros grandes, como el de un niño al que han extraído, con atroces quemaduras, de un pajar en llamas:

Es un amasijo de carne quemada que gime lastimeramente bajo el lienzo con que lo han cubierto para ocultar su horrible aspecto; ya agoniza.  Lo han traído en una camilla.

Jesús, infundiéndole su aliento, regenerando las zonas quemadas, lo devuelve a su estado precedente:

Las quemaduras han desaparecido completamente.

Tanto es así que el jovencito se pone en pie, completamente desnudo. Y corre feliz hacia su madre, la cual, llorando de alegría, acaricia su carne totalmente sana, sin huellas de quemaduras.

Y besa sus ojos, que deberían estar quemados y que,sin embargo, se muestran vivaces y resplandecientes de alegría…

Y su cabello, muy corto  pero no destruido, cual si una llamarada hubiera actuado como una navaja.

También milagros pequeños, como el de un viejecillo tosegoso que dice:

–     No por mí, sino porque tengo que hacer de padre con mis nietecillos huérfanos.

Y no puedo labrar la tierra teniendo esta mucosidad que me ahoga aquí parada en la garganta»…   

Con el don de ciencia infusa…

El milagro – no visible, aunque sin duda real, que provoca estas palabras de Jesús:

«Entre vosotros hay uno que llora con el alma y que no se atreve a decir de palabra: “Ten piedad”. Mi respuesta es: “Sea como pides.

Toda la piedad. Para que sepas que soy la Misericordia”.

Lo único que por mi parte digo es que seas generoso. Sé generoso con Dios, rompe toda atadura con el pasado.

Y pues que sientes a Dios, ve a El con corazón libre, con total amor».

No sé, entre la muchedumbre, a qué hombre o mujer van dirigidas estas palabras.

Jesús sigue diciendo:

–     Éstos son mis apóstoles.

Cada uno de ellos es otro Cristo, porque los he elegido tales.

Dirigíos a ellos con confianza.

Conocen de Mí todo lo de que tenéis necesidad para vuestras almas…

Los apóstoles miran a Jesús que más asustados no podrían…

Pero Jesús sonríe y prosigue:

«… Y la intensa luz astral y el copioso rocío reconfortante que darán a vuestras almas impedirán que languidezcáis en las tinieblas; después vendré Yo y os daré plenitud de sol y de agua…

Toda la sabiduría para haceros sobrenaturalmente fuertes y felices.

Paz a vosotros, hijos. Otros me esperan, otros más infelices y pobres que vosotros.

No os dejo solos, os dejo a mis apóstoles:

Rs como si confiara a los hijos de mi amor a los cuidados de las más amorosas y fiables nodrizas.

Jesús hace un gesto de despedida y bendición.

Y se pone en camino incidiendo en la masa de la muchedumbre, que no quiere dejarlo partir…

Es entonces cuando se produce el último milagro:

El de una ancianita semiparalizada. 

La había traído su nieto.

Pues bien, ahora agita jovialmente su brazo derecho, que antes estaba inerte,

y grita:

–     ¡Me ha rozado con su manto al pasar y he quedado curada!

Ni siquiera se lo había pedido, porque ya soy vieja… pero ha tenido piedad incluso de mi secreto deseo y me ha curado con el manto, con un extremo del manto que apenas si me ha tocado el brazo perdido!

¡Oh, qué gran Hijo ha tenido nuestro santo David! ¡Gloria a su Mesías!

¡Fijaos!, ¡fijaos!, la pierna también, como el brazo, se mueve ligera… ¡Estoy como a los veinte años!

Gracias a que muchos de los presentes se arremolinan en torno a la viejecita, que proclama a voz en grito su dicha,

Jesús puede escabullirse y desde ese momento ya no le vuelven a interceptar el paso.

Los apóstoles lo siguen.

Llegados casi al llano a un espacio desierto, entre las matas de un espeso brezal que desciende hacia el lago, se detienen un momento y…

Jesús dice:

–     ¡Os bendigo!

Volved a vuestro trabajo y hacedlo hasta que regrese como he dicho.

Pedro, que hasta ese momento había estado callado,

Exclama:

–     Pero, mi Señor, ¿Qué has hecho?

¿Por qué has dicho que tenemos todo aquello de que tienen necesidad las almas?

Es verdad que nos has dicho muchas cosas, pero somos duros de mollera, al menos yo y…

Y de lo que te he oído me ha quedado poco, realmente poco.

Me pasa como a aquel que lo que le queda en el estómago después de una comida es la parte más consistente; lo demás ya no está.

Jesús sonríe abiertamente:

–     ¿Y dónde está el resto de la comida?

–     Bueno, pues… no sé.

Lo que sé es que si como cositas delicadas, pasada una hora no siento nada en el estómago, mientras que si como raíces pesadas o lentejas con aceite, sé que me cuesta digerirlo.

–     Cuesta.

Pues piensa que esas raíces y esas lentejas, que parece que te llenan más, son las que menos sustancia te dejan: es todo paja que pasa sin aprovechar gran cosa.

Sin embargo, los alimentos delicados, que ya no los sientes después de una hora, pasado ese tiempo ya no están en el estómago, pero sí en tu sangre.

Una vez digerido un alimento, ya no está en el estómago, pero su sustancia está en la sangre y aprovecha más.

Ahora os parece, tanto a ti como a tus compañeros, que de todo lo que os he ido diciendo, nada o muy poco os queda.

Quizás  o sin quizás, tenéis bien presentes los aspectos que se conforman más a vuestro modo particular de ser:

Los de carácter impulsivo, los aspectos impulsivos; los de carácter meditativo, pues los aspectos meditativos; los afectuosos, los aspectos cargados de amor. No.

Creedme: todo está en vosotros, aunque os parezca que se haya perdido. La verdad es que lo habéis absorbido.

Vuestro pensamiento se irá desenvolviendo cual hilo multicolor, aportándoos las tonalidades suaves o severas, según las vayáis necesitando.

No temáis. Pensad también que Yo sé las cosas y que nunca os encargaría algo para lo que os viera incapaces.

Adiós, Pedro.

¡Venga, hombre, sonríe! ¡Ten fe! ¡Pon un buen acto de fe en la Sabiduría omnipresente!

Adiós a todos.

El Señor queda con vosotros.

Y rápido los deja, todavía atónitos y turbados por todo lo que han oído que tienen que hacer.

Tomás dice:

–     Lo que está claro es que hay que obedecer. 

Pedro comenta:

–     ¡Sí… claro!…

¡Pobre de mí! Casi que le doy alcance corriendo…

Santiago de Alfeo:

–     No, no lo hagas; la obediencia es amor a Él.

SIimón Zelote aconseja:

–     Es elemental y señal de santa prudencia…

Empezar ahora que todavía lo tenemos cercano y puede darnos un consejo si nos equivocamos.  Tenemos que ayudarle.

Bartolomé confirma:

–     Es verdad.

Jesús está visiblemente cansado. Tenemos que aliviarle en lo que podamos; no basta con transportar los talegos y preparar las camas y la comida; estas cosas las puede hacer cualquiera.

Hay que ayudarle en su misión, como Él quiere

Santiago de Zebedeo dice quejumbroso:

–     Tú sabes hablar porque eres una persona instruida; pero yo…  soy casi un completo ignorante…

Andrés exclama: 

–     ¡Ay, Dios!,

¡Están llegando los que estaban arriba! ¿Qué hacemos? 

Mateo interviene:

–     Perdonad si yo, que soy el más mísero, doy un consejo:

Pero ¡¿No sería mejor orar al Señor en vez de estar aquí plañendo por cosas que no se arreglan con lamentaciones?!

¡Venga, Judas, tú que sabes tan bien la Escritura, di por todos la Oración de Salomón para obtener la Sabiduría!

¡Rápido, antes de que lleguen!

Y Judas Tadeo, con su hermosa voz de barítono,

comienza:

–     Dios de mis padres, Señor de misericordia que todo lo has creado… – etc., etc.,… hasta donde dice: «… por la Sabiduría se salvaron todos los pue fueron gratos al Señor desde los orígenes.

Termina justo un instante antes de que la gente llegue…

Los circunde, los asalte con mil preguntas sobre el lugar a dónde ha ido el Maestro, sobre cuándo piensa volver…;

Y lo que es más difícil de conseguir, pretendiendo una respuesta satisfactoria,

a la pregunta:

«¿Cómo se las arregla uno para seguir al Maestro no con las piernas sino con el alma, por los caminos del Camino que Él indica?».

Esta pregunta pone en apuro a los apóstoles.

Se miran unos a otros.

Al final, Judas Iscariote responde:

–     Siguiendo la perfección – como si fuera una respuesta que pudiera explicar todo.

Santiago de Alfeo, más humilde y sereno, piensa un poco

y dice:

–     La perfección a que alude mi compañero se alcanza obedeciendo a la Ley,…

Porque la Ley es justicia y la justicia es perfección.

Pero la gente no se da todavía por satisfecha y por boca de uno de ellos que parece un dirigente,

objeta:

–     Nosotros somos pequeños como niños por lo que respecta al Bien.

Los niños no conocen todavía el significado del Bien y del Mal; no distinguen.

Igualmente nosotros, en este Camino que Jesús indica estamos tan poco formados que somos  incapaces de distinguir. 

Conocíamos un camino, el viejo, el que se nos ha enseñado en las escuelas:

¡Qué camino tan difícil, largo y amedrentador!

Ahora, por sus palabras, sentimos que es como aquel acueducto que se ve desde aquí…

Abajo está el camino de los animales y del hombre; arriba, encima de los ligeros arcos, alto, inscrito en sol y azul cielo, cercano a las ramas más altas, con su frufrú de viento y su canto de aves, hay otro, …

Tan alto, tan liso, limpio y luminoso; cuanto escabroso, sucio, oscuro es el inferior, un camino para el agua límpida y rumorosa, esa agua que es bendición. 

Un camino para el agua que viene de Dios, acariciada por lo que de Dios es: rayos de sol y de estrellas, frondas nuevas, flores, alas de golondrina.

Quisiéramos subir a ese camino alto, el suyo, pero no sabemos cómo, porque estamos aquí clavados, bajo el peso de toda la vieja construcción…

Y añade: «No sabemos cómo hacer».

El que ha hablado es un joven de unos veinticinco años, moreno, de complexión recia, mirada inteligente, de aspecto menos llano que la mayoría de los presentes.

Está respaldado por otro más maduro.

Judas de Keriot que siendo alto lo ve…

susurra a sus compañeros:

–     ¡Rápido, hablad bien!

Está Hermas con Esteban. A Esteban lo aprecia Gamaliel.

Ello termina de perturbar a los apóstoles.

45 CONSEJO MATERNAL


A MIS PEQUEÑOS CORREDENTORES

45 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

Como conclusión de la vida oculta.

Dice María:

«Antes de que entregues estos cuadernos, uno a ellos mi bendición.

Ahora — tan sólo se necesita que queráis hacerlo con un poco de paciencia — podéis tener una colección completa de los hechos de la vida íntima de mi Jesús.

Tenéis, desde la Anunciación hasta el momento en que sale de Nazaret para predicar, no sólo los dictados, sino también la ilustración de los hechos que acompañaron la vida familiar de Jesús.

Los Evangelios, al describir el vasto cuadro de la vida de mi Hijo, engloban en breves referencias, sus primeros años, su niñez, su adolescencia y su juventud.

En los Evangelios, Él es el Maestro.

Aquí, es el Hombre, el Dios que se humilla por amor al hombre.

‘Mas también obra milagros aquí, en el anonadamiento de una vida corriente, los obra en mí.

Sintiendo mi alma llevada a la perfección al vivir en contacto con este Hijo mío que estaba formándose en mi seno.

Los obra en casa de Zacarías, santificando al Bautista, ayudando a Isabel en el momento del parto, devolviéndole la palabra y la fe, a Zacarías.

Los obra en José, abriéndole el espíritu a la luz de una verdad tan excelsa que no hubiera podido comprenderla por sí solo, a pesar de ser justo.

José, después de mí, fue el más consolado de esta lluvia de divinos beneficios.

Observa cuánto camino recorre, espiritual camino, desde que viene a mi casa hasta el momento de la huida a Egipto.

Al principio era solamente un hombre justo según los cánones de su tiempo.

Luego, por fases, deviene el justo del tiempo cristiano.

Se enriquece de la fe en Cristo y, tanto se abandona a esta fe segura, que de la frase pronunciada al principio del viaje de Nazaret hacia Belén: 

  “¿Cómo nos las arreglaremos?”

Frase en que estaba comprendido todo el hombre, todo ese hombre que se revela con sus temores humanos, con sus humanas preocupaciones, pasa a la esperanza.

Así, en la gruta, antes del nacimiento, dice: “Mañana irá mejor”.

Jesús, ya cercano, lo fortifica con esta esperanza, que entre los dones de Dios es uno de los más bellos.

Y luego, cuando el contacto con Jesús lo santifica, pasa de esta esperanza a la intrepidez.

Siempre se había dejado dirigir por mí, llevado del respeto de altísima veneración que hacia mí abrigaba.

Ahora, por el contrario, dirige él, tanto las cosas de orden material como las de otro orden superior. 

Y en calidad de cabeza de la Familia, decide todo él.

Es más, cuando tras los meses de unión con el Hijo divino que le saturaron de santidad, llega la penosa hora de la huida…

Es él quien alivia mi pena,

y me dice:

–    “Aun en el caso de perderlo todo, teniéndole a Él tenemos todo”.

Y también en los pastores mi Jesús obra milagros de gracia.

Así, el Ángel se dirige al pastor ya predispuesto a la Gracia por su fugaz encuentro conmigo.

Y lo conduce a la Gracia, para que sea de ella salvado para siempre.

Obra milagros por doquiera que pasa, ya en exilio, ya de nuevo en su pequeña patria de Nazaret.

Dondequiera que estuviese, en efecto, la santidad se expandía como el aceite sobre un lienzo o  la fragancia de las flores por el aire,

Y todo aquel que recibía su toque, a menos que no fuera un demonio, salía ansioso de santidad.

Tal anhelo es ya raíz de vida eterna, pues quien quiere ser bueno consigue la bondad, que lleva al Reino de Dios.

Ahora ya tenéis, en escenas que reflejan momentos diversos, la santa Humanidad de mi Hijo, desde el alba al ocaso.

Podríamos haber dado todo junto, pero la Providencia juzgó que así estaba bien; por ti, alma mía.

En cada uno de los dictados te hemos dado la medicina para aquellas heridas que te serían infligidas.

Te la hemos ido dando con antelación, para prepararte.

Mientras está granizando, nada parece protegernos, mas no es así.

Si bien es cierto que la tempestad reaviva la humanidad que duerme sepultada bajo las aguas espirituales,

No lo es menos que también saca a la superficie las gemas de una doctrina sobrenatural que, habiendo sido depositadas en vuestro corazón,

Cuando nos crucificamos y Dios nos convierte en corredentores, somos pararrayos de la Justicia Divina…

esperaban precisamente esa hora de tempestad para emerger y deciros:

“Acordaos de que también existimos nosotros”.

Y no es sólo una razón de Providencia, alma mía; sino que también hay en ello una razón de bondad.

En efecto, ¿Cómo te hubiera sido posible, en el actual estado de postración en que te encuentras, (se dirige a María Valtorta) ver u oír ciertas visiones o ciertos dictados?

Te habrían lesionado en modo tal, que te habrían incapacitado para tu misión de ”portavoz”.

Por eso, los hemos dado antes, evitando así quebrarte el corazón – pues somos buenos – con visiones y palabras demasiado acordes con tu sufrir.   

Que te lo habrían agudizado hasta llevarlo al espasmo.

No somos crueles, María.

Siempre actuamos de forma que recibáis de Nosotros consuelo…

Y no temor o aumento de vuestro dolor.

Nos es suficiente que os fiéis de Nosotros.

Nos es suficiente que, con José, digáis: “Si me queda Jesús, todo me queda”.

Para que vayamos con dones celestes a consolar vuestro espíritu.

No te prometo dones y consolaciones humanas.

Sí, las mismas consolaciones que tuvo José: sobrenaturales. 

Todos han de saber efectivamente que, bajo la presión de la usura, que sofoca a todo pobre fugitivo, los dones de los Magos se disiparon, con la rapidez del relámpago,

en conseguir un techo y ese mínimo de enseres o del necesario alimento, proveniente de aquella única fuente, mientras no pudimos encontrar trabajo.

En la comunidad hebrea ha habido siempre mucha ayuda mutua, pero la de Egipto en concreto estaba formada en su mayor parte por gente perseguida que había tenido que expatriarse.   

Gente pobre, por tanto, como nosotros, que nos añadíamos a su número.

Y una pequeña parte de aquella riqueza, que queríamos reservarla para Jesús, para cuando fuera adulto,

La que se había salvado de los gastos de asentarnos en Egipto, nos sirvió para cubrir las necesidades del regreso a la patria. 

 Y fue apenas suficiente para organizar de nuevo en Nazaret casa y taller.

Los tiempos cambian, pero la avidez humana es siempre la misma. 

Y siempre aprovecha la necesidad ajena para, abusivamente, succionar su parte.

No. El tener con nosotros a Jesús no nos procuró bienes materiales.

Muchos de vosotros es esto lo que pretendéis en cuanto os sentís un poquito unidos a Jesús.

Os olvidáis de que Él dijo: “Buscad las cosas del espíritu”.

Todo lo demás es añadidura.

Es verdad que Dios proporciona también el alimento a los hombres, como a las aves, pues sabe que mientras la carne sea armadura de vuestra alma, lo necesitáis.

Cierto; pero, pedid primero su Gracia, pedid primero por vuestro espíritu.

El resto se os dará por añadidura.

A José, humanamente hablando, la unión con Jesús no le procuró sino trabajos, esfuerzos, persecuciones, hambre.

Pero, dado que tendía sólo hacia Jesús, todo esto se transformó en paz espiritual, en alegría sobrenatural.

Yo quisiera conduciros al punto en que estaba mi esposo cuando decía:

Aunque nos quedáramos sin nada, tendremos siempre TODO, porque tenemos a Jesús”.

Sé que el corazón se rompe, sé que la mente se nubla, sé que la vida se consume.

Sí, María, pero… ¿Eres de Jesús? ¿Quieres serlo? ¿Dónde, cómo murió Jesús?

Niña querida mía, llora, pero persevera en la fortaleza.

El martirio no está en la forma del tormento, está en la constancia con que el mártir lo soporta.

Por tanto, tan martirio es una pena moral cuanto lo es un arma, cuando aquélla se soporta con la misma finalidad.

Tú soportas por amor a mi Hijo.

Todo lo que haces los hermanos es siempre amor a Jesús, el cual los quiere salvos.

Por tanto, lo que vives es martirio; persevera en él.

No quieras actuar por tí sola.

Es suficiente, puesto que estás sometida a presión demasiado fuerte como para poder tener todavía el vigor de guiarte por tí sola… Y de dominar incluso tu humanidad, impidiéndole llorar.   

Es suficiente con que dejes que el dolor te torture sin rebelarte.

Basta que le digas a Jesús: “¡Ayúdame!”.

Lo que tú no puedes hacer, Él lo hará en ti.

Permanece en Él. Siempre en Él.

No quieras salir de Él; y no saldrás si tú no lo quieres.

Y aunque de hecho, como ahora, la intensidad del dolor te impida ver dónde estás, tú estarás siempre en Jesús.

Te bendigo. Di conmigo: “Gloria Patri et Filio et Spiritui Sancto” .

Que éste sea siempre tu grito.

Hasta que lo digas en el Cielo.

La gracia del Señor esté siempre en ti». 

36 LA HUÍDA A EGIPTO


35 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

Dice Jesús: 

Y también esta serie de visiones terminan así. Hemos ido mostrándote las escenas que precedieron, acompañaron y siguieron a mi Llegada;

no por ellas mismas, que son muy conocidas, sino para aplicación, en ti y en los demás, del sentido sobrenatural que de ellas deriva…

Y dároslo como norma de vida.

Estas escenas son muy conocidas, aunque haya que decir que han sido alteradas por elementos que han ido superponiéndose con los siglos, debido siempre a ese modo de ver, humano.

Que, pretendiendo dar mayor gloria a Dios — y por ello queda perdonado —transforma en irreal, lo que sería tan bonito dejar real.

Porque ello no disminuye mi Humanidad ni la de María, de la misma manera que este ver las cosas en su realidad no ofende ni a mi Divinidad, ni a la Majestad del Padre, ni al Amor de la Trinidad Santísima.  

Antes bien, con ello resplandecen los méritos de mi Madre y mi perfecta humildad.

Y refulge la bondad omnipotente del eterno Señor. 

El Decálogo es la Ley; mi Evangelio, la doctrina que os la hace más clara y más atractiva de seguirse.

Serían suficientes esta Ley y esta Doctrina para obtener, de los hombres, santos.

Pero vuestra humanidad os pone tantas dificultades — humanidad que, verdaderamente, en vosotros sobrepuja demasiado al espíritu — que no podéis seguir estos caminos.

Y caéis, u os detenéis descorazonados.

Os decís a vosotros mismos, y a quienes quisieran haceros caminar citándoos los ejemplos del Evangelio: “Pero Jesús, María, José… (y así todos los santos) no eran como nosotros.

Eran fuertes; han sufrido, pero han sido inmediatamente consolados; fueron aliviados incluso de ese poco dolor que sufrieron; no sentían las pasiones…

Eran seres que ya estaban fuera de la tierra”.

¡Ese poco dolor!… ¡No sentían las pasiones!…

El dolor fue amigo fiel nuestro, con los más variados aspectos y nombres

Las pasiones… No uséis mal la palabra, llamando “pasiones” a los vicios que os sacan del camino recto.

Llamadlos sinceramente “vicios”, y, además, capitales.

No es que nosotros ignorásemos los vicios.

Teníamos ojos y oídos.

Y Satanás hacía danzar ante nosotros y a nuestro alrededor estos vicios, mostrándonoslos en los viciosos con toda su carga de suciedad.

O tentándonos con insinuaciones.

Mas estas porquerías y estas insinuaciones, tendida como estaba la voluntad a querer agradar a Dios, en vez de producir lo que se había propuesto Satanás, producían lo contrario.

Y cuanto más insistía él, más nos refugiábamos nosotros en la luz de Dios, por asco hacia las tinieblas fangosas que nos ponía ante los ojos del cuerpo y del espíritu.

Pero no hemos ignorado las pasiones en sentido filosófico entre nosotros.

Amamos la patria y con ella a nuestra pequeña Nazaret, más que a cualquier otra ciudad de Palestina.

Tuvimos afectos hacia nuestra casa, hacia los parientes y los amigos. ¿Por qué no íbamos a haberlos tenido?

EL PRIMER MANDAMIENTO DE LA LEY DE DIOS

Pero no nos hicimos esclavos de los afectos, porque nada sino Dios debe ser Señor.

antes bien hicimos de ellos buenos compañeros nuestros.

Mi Madre gritó de alegría cuando, pasados aproximadamente cuatro años, volvió a Nazaret y puso pie en su casa.

Y besó esas paredes entre las cuales su “Sí” abrió su seno para recibir la Semilla de Dios.

José saludó con alegría a los parientes, a los sobrinitos, crecidos en número y en edad.

Gozó al verse recordado por sus conciudadanos y al ver que por sus dotes en el oficio lo buscaron enseguida.

Yo fui sensible a la amistad.

Sufrí por la traición de Judas como por una crucifixión moral.

¿Y qué?

Ni mi Madre ni José antepusieron su amor a la casa, o a los familiares, a la voluntad de Dios.

Y Yo no escatimé palabras — si había que decirlas — que me habrían de acarrear el rencor de los hebreos o la animadversión de Judas.

Yo sabía — y podría haberlo hecho — que bastaba el dinero para sujetarlo a Mí; pero hubiera sido no a mí como Redentor, sino a mí como rico.

Yo, que multipliqué los panes, si hubiera querido, habría podido multiplicar el dinero; pero no había venido para proporcionar satisfacciones humanas. A nadie.

Mucho menos a los que había llamado.

Yo había predicado sacrificio, desapego, vida casta, puestos humildes.

¿Qué Maestro habría sido Yo, qué Justo; si hubiese dado dinero a uno para su sensualismo mental y físico, sólo porque ése hubiera sido el modo de sujetarlo a Mí.

Para ser grandes en mi Reino hay que hacerse “pequeños”. 

Quien quiera ser “grande” a los ojos del mundo no es apto para reinar en mi Reino; paja es para el lecho de los demonios.

Porque la grandeza del mundo está en antítesis con la Ley de Dios.

El mundo llama “grandes” a quienes — con medios casi siempre ilícitos — saben conseguir los mejores puestos y para hacerlo, hacen del prójimo escabel.

Y ponen su pie encima y lo aplastan.

Llama “grandes” a los que saben matar para reinar — matar moral o materialmente — y arrebatan puestos o se enseñorean de las naciones. 

Y se enriquecen desangrando a los demás, arrebatándoles la riqueza individual o colectiva.

El mundo llama frecuentemente “grandes” a los delincuentes.

No. La “grandeza” no está en la delincuencia, está en la bondad, la honradez, el amor, la justicia.

¡Observad qué venenosos frutos — recogidos en su malvado, demoníaco jardín interior — vuestros “grandes” os ofrecen!

Deseo hablar de la última visión, dejando de lado otras cosas.

Total, sería inútil, porque el mundo no quiere oír la verdad que le concierne.

Esta visión da luz acerca de un detalle citado dos veces en el Evangelio de Mateo, una frase repetida DOS VECES:   “¡Levántate, toma al Niño y a su Madre y huye a Egipto!”

“¡Levántate, toma al Niño y a su Madre y vuelve a la tierra de Israel!”.

Y has podido ver cómo en la habitación estaba María sola con el Niño.

La virginidad de María después del parto y la castidad de José sufren muchas agresiones,

por parte de quienes, siendo sólo lodo putrefacto, no admiten que uno pueda ser ala y luz.

Desdichados, cuyo fauno está tan corrompido y cuya mente está tan prostituida a la carne…

Qson incapaces de pensar que uno como ellos pueda respetar a una mujer, viendo en ella el alma y no la carne.

Incapaces de elevarse a sí mismos viviendo en una atmósfera sobrenatural, tendiendo no a las cosas carnales, sino a las divinas.

Pues bien, a estos que combaten contra la suprema belleza,

a estos gusanos incapaces de transformarse en mariposa, a estos reptiles cubiertos por la baba de su lujuria,

incapaces de comprender la belleza de una azucena…

Yo les digo que María fue virgen y siguió siéndolo.

Y que solo su alma se desposó con José, como también su espíritu únicamente se unió al Espíritu de Dios,

Y por obra de Éste concibió al Único que llevó en su seno:

a M, a Jesucristo, Unigénito de Dios y de María.

No se trata de una tradición que haya florecido después, por un amoroso respeto hacia mi Bienaventurada Madre;

se trata de una verdad conocida ya desde los primeros tiempos.

Mateo no nació siglos más tarde; era contemporáneo de María.

Mateo no era un pobre ignorante que hubiera vivido en los bosques y que fuera propenso a creerse cualquier patraña.

Era un funcionario de hacienda, como diríais ahora vosotros (nosotros entonces decíamos recaudador).

Sabía ver, oír, entender, escoger entre la verdad y la falsedad.

Isaías 7, 14

Mateo no oyó las cosas por referencias de terceros, sino que las recogió de labios de María, preguntándole a Ella. 

Llevado de su amor hacia el Maestro y hacia la verdad.

Y no quiero pensar que estos que niegan la inviolabilidad de María piensen que Ella quizás pudo mentir.

Mis propios parientes, si hubiera habido otros hijos, hubieran podido desmentir su testimonio:

Santiago, Judas, Simón y José eran condiscípulos de Mateo.

Por tanto éste hubiera podido fácilmente confrontar las versiones, si hubiese habido otras versiones.

Y sin embargo Mateo nunca dice: “¡Levántate y toma contigo a tu mujer!”. Dice: “¡Toma contigo a la Madre de Él!”.

Y antes dice: “Virgen desposada con José”; ‘José, su esposo”.

Y que éstos no objeten que se trataba de un modo de hablar de los hebreos, como si decir “la mujer de” fuera una infamia.

No, negadores de la Pureza. Ya desde las primeras palabras del Libro se lee: “… y se unirá a su mujer”. Se la llama “compañera” hasta el momento de la consumación física del vínculo matrimonial,

Y luego se la llama “la mujer de” en distintos momentos y en distintos capítulos.

Así se les llama a las esposas de los hijos de Adán: 

y a Sara, llamada “mujer de” Abraham: “Sara, tu mujer”. Y también: “Toma contigo a tu mujer y a tus dos hijas”, a Lot.

Y en el libro de Rut está escrito: “La Moabita, mujer de Majlón”.

Y en el primer libro de los Reyes se dice: “Elcana tuvo dos mujeres”; y luego: “Elcana después conoció a su mujer Ana”

Y  también: “Elí bendijo a Elcana y a la mujer de éste”.

Y también en el libro de los Reyes está escrito: “Betsabé, mujer de Urías Eteo, vino a ser mujer de David y le dio a luz un hijo”.

Y ¿Qué se lee en el libro azul de Tobías, lo que la Iglesia os canta en vuestras bodas, para aconsejaros que seáis santos en el matrimonio?

Se lee:

“Llegado Tobit con su mujer y con su hijo…”; y también: “Tobit logró huir con su hijo y con su mujer”.

Y en los Evangelios, o sea, en tiempos contemporáneos a Cristo, en que, por tanto, se escribía con lenguaje moderno respecto a aquellos tiempos — por lo que no pueden sospecharse errores de trascripción — se dice,

Y precisamente lo dice Mateo en el capítulo 22: “…y el primero, habiendo tomado mujer, murió y dejó su mujer a su hermano”. Y Marcos en el capítulo 10: “Quien repudia a su mujer…”. 

Y Lucas llama a Isabel mujer de Zacarías, cuatro veces seguidas; y en el capítulo 8 dice: ‘Juana, mujer de Cusa”.

Como podéis ver, este nombre no era un vocablo proscrito por quien estaba en las vías del Señor, un vocablo inmundo, no digno de ser proferido y mucho menos escrito,

donde se tratara de Dios y de sus obras admirables.

Y el ángel, diciendo: “el Niño y su Madre”, os demuestra que María fue verdadera Madre suya, pero no fue la mujer de José.

Siempre fue: la Virgen desposada con José.

Y ésta es la última enseñanza de estas visiones.

Y es una aureola que resplandece sobre las cabezas de María y de José. 

La Virgen inviolada.

El hombre justo y casto.

Las dos azucenas entre las que crecí oyendo sólo fragancias de pureza.

A ti, pequeño Juan, te podría hablar sobre el dolor de María por su doble, brusca separación de la casa y de la patria.

Pero no hay necesidad de palabras.

Tú lo comprendes y ello te hace morir.

Dame tu dolor. Sólo quiero esto. Es más que cualquier otra cosa que puedas darme.

Es viernes, María. (María Valtorta)

Piensa en mi dolor y en el de María en el Gólgota para poder soportar tu cruz.

Nuestra paz y nuestro amor quedan contigo

33 ADORACIÓN DE LOS REYES MAGOS


33 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

 Adoración de los Magos.

 28 de Febrero de 1944.

Mi interno consejero (el Espíritu Santo, con carisma de profecía) me dice:

«A estas contemplaciones que vas a tener, que Yo te voy a manifestar, 

Llámalas “Evangelios de la Fe”, porque vendrán a ilustrarte a tí y a los demás el poder de la fe y de sus frutos, así como a confirmaros en la Fe en Dios».

La visita de los magos

  1. Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén,
  2. diciendo: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle.»
  3. En oyéndolo, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén.
  4. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo.
  5. Ellos le dijeron: «En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta:
  6. = Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel.» =
  7. Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella.
  8. Después, enviándolos a Belén, les dijo: «Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle.»
  9. Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño.
  10. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría.
  11. Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra.
  12. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino. MATEO 2

Veo Belén, pequeña y blanca, recogida como una parvada bajo la claridad de las estrellas.

Dos calles principales la cortan en cruz: una, que llega desde fuera y es la vía principal, que luego prosigue más allá del pueblo.

La segunda va de un extremo a otro de éste, y ahí termina.

Hay otras callecitas que dividen a este pueblito, pero sin la más mínima norma de planificación urbana, como nosotros concebimos;

sino adaptándose más bien al terreno sinuoso y a las casas que han ido surgiendo aquí o allá, según el capricho del suelo o del constructor.

Estando unas hacia la derecha, otras hacia la izquierda; algunas formando arista con la calle que pasa por ellas…

Estas casas obligan a las calles a ser como una cinta que se desenrede tortuosamente, en vez de algo rectilíneo que vaya de una a otra parte sin desviarse.  

Una placita de vez en cuando…

Por un mercado o por una fuente…

O porque se ha construido arbitrariamente sin criterio: restos de suelo al sesgo en que no es posible ya construir nada.

En el punto en que de forma particular me parece estar, hay precisamente una de estas placitas irregulares.

Que debería haber sido cuadrada, o al menos, rectangular…

Sin embargo ha resultado un trapecio tan extraño, que parece un triángulo acutángulo con el vértice truncado.

En el lado más largo — la base del triángulo — hay una construcción ancha y baja, la más grande del pueblo.

La rodea un muro liso y desnudo, abierto sólo en dos puntos:

Dos puertas, que ahora están perfectamente cerradas.

Al otro lado del muro, sin embargo, en su vasto cuadrado, se abren en el primer piso muchas ventanas;

en la planta baja hay unos pórticos que rodean a unos patios que tienen paja y detritos en el suelo y sus correspondientes pilones, para abrevar a los caballos o a otros animales.

En las toscas columnas de las arcadas hay unas argollas para atar a los animales.

Y en uno de los lados, existe un vasto cobertizo para cobijar a rebaños y cabalgaduras.

Comprendo que se trata de la posada de Belén. 

En los otros dos lados iguales de la placita hay casas más o menos grandes, unas con un poco de huerto delante, otras no.

Efectivamente, algunas de ellas tienen la fachada hacia la plaza, mientras que otras por el contrario, la parte de atrás.

Finalmente en el lado más corto de frente a la posada, hay una única casita con una escalerita externa,

que introduce a mitad de la fachada en las habitaciones del piso habitado.

Todas las casas están cerradas porque es de noche.

No hay nadie por las calles, dada la hora.

Veo intensificarse la luz nocturna que llueve del cielo lleno de estrellas, hermosísimas en el cielo oriental, tan vivas y grandes que parecen cercanas…

Y parece fácil acercarse a donde están esas flores resplandecientes, que están en el terciopelo del firmamento y tocarlas.

Levanto la mirada para tratar de comprender el origen de este aumento de luz…

Una estrella, cuyo insólito tamaño le hace asemejarse a una pequeña Luna, avanza por el cielo de Belén.

Las otras parecen eclipsarse y apartarse, cual siervas al paso de su reina, pues el resplandor es tan grande que las sumerge y las anula. 

Su globo, que parece un enorme zafiro pálido encendido internamente por un Sol,

va dejando una estela en la que con el predominante color del zafiro claro;

se funden los amarillos de los topacios, los verdes de las esmeraldas, los opalescentes de los ópalos,

los sanguíneos destellos de los rubíes y el delicado titilar de las amatistas.

Todas las piedras preciosas de la Tierra están presentes en esa estela,

que barre el cielo con un movimiento veloz y ondulante, como si estuviera viva

El color que predomina, no obstante, es el que emana del globo de la estrella:

El paradisíaco color de pálido zafiro que desciende a colorar de plata azul las casas, las calles, el suelo de Belén, cuna del Salvador.

No es ya esa pobre villa que para nosotros no sería ni siquiera un pueblo;

es una villa fantástica de fábula, en que todo es de plata.

Y el agua de las fuentes y de los pilones es de diamante líquido.

El efluvio de resplandor se hace más vivo.

La estrella se detiene encima de la casita que está situada en el lado más corto de la plazuela.

Ni los que en aquélla habitan ni los betlemitas la ven, pues están durmiendo en sus casas cerradas.

Pero la estrella acelera sus latidos de luz;

su cola vibra y ondula más intensamente,  trazando casi semicírculos en el cielo.

Que se ilumina todo, por la red de astros que la estrella arrastra.

Por esta red llena de joyas resplandecientes que tiñen de los más hermosos colores a las otras estrellas,

casi como si les transmitieran una palabra de alegría.

La casita ahora está toda bañada de este fuego líquido de gemas.

El techo de la breve terraza, la escalerita de piedra oscura, la pequeña puerta…

Todo es como un bloque de pura plata sembrado todo de polvo de diamantes y perlas.

Ningún palacio de la Tierra ha tenido jamás, ni la tendrá; una escalera como ésta, hecha para recibir el paso de los ángeles,

para ser usada por la Madre que es Madre de Dios;

sus pequeños pies de Virgen Inmaculada pueden apoyarse sobre ese cándido esplendor,

esos sus pequeños pies destinados a descansar sobre los escalones del Trono de Dios.

Y sin embargo, la Virgen está ajena de ello;

Ella vela orante junto a la cuna de su Hijo.

En su alma tiene resplandores que superan a éstos con que la estrella embellece las cosas.

Por la calle principal avanza una caravana.

Caballos enjaezados, caballos guiados de las riendas, dromedarios y camellos montados o que transportan su carga.

El sonido de los cascos produce un rumor como el del agua de un torrente, cuando roza las piedras y choca contra ellas.

Cuando llegan a la plaza, todos se detienen.

La caravana, bajo la luz radiante de la estrella, tiene un esplendor fantástico.

Los jaeces de las riquísimas cabalgaduras, los ropajes de sus jinetes, las caras, los equipajes… 

Todo resplandece, uniendo y avivando su brillo de metal, de cuero, de seda, de piedras preciosas, de pelaje…

con el brillo estelar.

Y los ojos relucen,..

Y ríen las bocas, porque en los corazones se ha encendido otro fulgor: el de una alegría sobrenatural.

Mientras los siervos se encaminan hacia la posada con los animales…

Tres de la caravana se bajan de sus respectivas cabalgaduras; un siervo las conduce inmediatamente a otra parte,

Y ellos, a pie, se dirigen hacia la casa.

Se postran, rostro en tierra, para besar el suelo.

Son tres potentados, a juzgar por sus riquísimas vestiduras.

Uno de ellos, de piel muy oscura, que se ha bajado de un camello, se arropa con una toga de cándida seda esplendente;

ciñen su frente y su cintura preciosos aros;

del de la cintura pende un puñal o una espada, cuya empuñadura está cuajada de gemas.

Los otros dos, que montaban espléndidos caballos, están vestidos así:

uno, de paño de rayas bellísimo en que predomina el color amarillo, elaborado a manera de dominó, largo,   

ornado con capucha y cordón, tan recamados que parecen una única labor de filigrana de oro.

El otro lleva una camisa sedeña, que, formando bolsas, sobresale del pantalón amplio y largo ceñido a los pies.

Y  va envuelto en un finísimo chal, tan ornado todo él de flores y tan vivas éstas, que asemeja a un jardín florido.

Y lleva en la cabeza un turbante sujetado por una cadenita, toda ella con engastes de diamantes.

Tras haber venerado la casa en que está el Salvador, se ponen de nuevo en pie y se dirigen a la posada. 

Que está ya abierta a los pajes que se habían adelantado para llamar a la puerta.

Y aquí cesa la visión.

”Tres horas después vuelve:

Es la escena de la adoración de los Magos a Jesús.

Ahora es de día.

Un hermoso sol resplandece en el cielo de la tarde.

Un paje de los tres Magos cruza la plaza y sube la escalerita de la casa.

Entra. Vuelve a salir.

Regresa a la posada.

Salen los tres Sabios, cada uno seguido de su propio paje. Atraviesan la plaza.

Los escasos transeúntes se vuelven a mirar a estos pomposos personajes que pasan muy lentamente…

Con con mucha solemnidad.

Entre cuando el paje ha entrado y la entrada de éstos, ha transcurrido ampliamente un cuarto de hora…

Los habitantes de la casita así han podido prepararse para recibir a los que llegan.

Los tres están vestidos aún más ricamente que la noche precedente.

Las sedas resplandecen, las gemas brillan, un gran penacho de preciosas plumas…

Sembrado de escamas aún más preciosas, ondula trémulo e irradia destellos sobre la cabeza del que lleva el turbante.

Los pajes llevan: uno, un cofre todo taraceado, cuyos refuerzos metálicos son de oro burilado.

El segundo, una labradísima copa, cubierta por una aún más labrada tapa, toda de oro.

El tercero, una especie de ánfora ancha y baja, también de oro,

cubierta con una tapa en forma de pirámide en cuyo vértice hay un brillante.

Debe pesar, pues los pajes lo llevan con esfuerzo, especialmente el del cofre.

Suben por la escalera y entran.

Entran en una habitación que va de la parte de la calle al dorso de la casa.

Por una ventana abierta al sol, se ve el huertecillo posterior.

Hay puertas en las otras dos paredes; desde ellas los propietarios curiosean.

Éstos son: un hombre, una mujer…

Y entre jovencitos y niños, tres o cuatro.

María está sentada con José, en pie, a su lado.

Tiene al Niño en su regazo.

No obstante, cuando ve entrar a los tres Magos, se levanta y hace una reverencia.

Está toda vestida de blanco.

¡Qué hermosa, con su sencillo vestido blanco que la cubre desde la base del cuello hasta los pies, desde los hombros hasta sus delgadas muñecas;

qué hermosa, con su cabeza pequeña coronada de trenzas rubias, con ese rostro suyo más vivamente rosado por la emoción, con esos ojos que sonríen dulcemente,

con esa su boca que se abre para saludar diciendo:

«Dios sea con vosotros»!

Tanto es así, que los tres Magos, impresionados, se detienen un instante.

Pero luego caminan otro poco y se postran a sus pies.

Y le ruegan que se siente. 

Ellos no, no se sientan, a pesar de los ruegos de Ella; permanecen de rodillas, relajados sobre los talones.

Detrás, también de rodillas, los tres pajes.

Se han detenido apenas traspasado el umbral de la puerta, han depositado delante de ellos los tres objetos que llevaban y están esperando.

Los tres Sabios contemplan al Niño, que creo que puede tener de nueve meses a un año,

pues su aspecto es muy vivaz y pujante; está sentado sobre el regazo de su Mamá,

y sonríe y balbucea con una vocecita de pajarillo.

Está vestido todo de blanco como su Mamá; en sus diminutos piececitos, unas pequeñas sandalias.

Es un vestidito muy sencillo: una tuniquita de la que sobresalen los bonitos piececitos inquietos y las manitas gorditas que querrían agarrar todas las cosas.

Y sobre todo, la lindísima carita en que brillan los ojos azul oscuros y la boca hace hoyitos a los lados,

riendo y descubriendo los primeros dientecitos diminutos.

Los ricitos de Jesús son tan lúcidos y vaporosos, que parecen polvo de oro.

El más anciano de los Sabios toma la palabra en nombre de los tres,

Para explicarle a María que durante una noche del pasado Diciembre, vieron encenderse una nueva estrella en el cielo, de inusitado esplendor.

Jamás las cartas del cielo habían registrado ese astro, jamás lo habían mencionado.

No se conocía su nombre, porque no lo tenía.

Nacida entonces del seno de Dios, esa estrella había brillado,

para manifestar a los hombres una bendita verdad, un Secreto de Dios.

Pero los hombres no le habían prestado atención, porque tenían hundida el alma en el fango;

No alzaban la mirada hacia Dios y no sabían leer las palabras que Él escribe, alabado sea eternamente por ello,

con astros de fuego en la bóveda del cielo.

Ellos la habían visto y se habían esforzado por entender su voz.

Y perdiendo contentos el poco sueño que concedían a sus miembros…

Y aun olvidándose del alimento, se habían sumido en el estudio del zodiaco.

Las conjunciones de los astros, el tiempo, la estación…

El cálculo de las horas pasadas y de las combinaciones astronómicas,

les habían dicho el nombre y el secreto de la estrella.

Su nombre: “Mesías”.

Su secreto: “ser el Mesías venido al mundo”.

Y se habían puesto en camino para adorarlo.

ARTABÁN el cuarto rey mago

Cada uno de ellos sin que los otros lo supieran.

Por montes y desiertos, por valles y ríos, viajando incluso durante la noche, habían venido hacia Palestina,

porque la estrella se movía en esa dirección.

Para cada uno de ellos, desde tres puntos distintos de la tierra, se movía en esa dirección.

Se habían encontrado después del Mar Muerto.

La voluntad de Dios los había reunido allí.

Y juntos habían continuado,

comprendiéndose a pesar de que cada uno hablaba su propia lengua.

Y comprendiendo.

Y pudiendo hablar la lengua del país por un milagro del Eterno.

Juntos se habían dirigido a Jerusalén,

dado que el Mesías debía ser el Rey de esta ciudad, el Rey de los judíos;

Pero en el cielo de esa ciudad la estrella se había ocultado, sintiendo ellos rompérseles de dolor el corazón.

Y se habían examinado para saber, si quizás se hubieran hecho indignos de Dios.

Pero, habiéndolos tranquilizado su conciencia, fueron a donde el rey Herodes,

para preguntarle en qué palacio había nacido el Rey de los Judíos que ellos habían venido a adorar.

El rey, convocados los príncipes de los sacerdotes y los escribas,

Había interrogado acerca del lugar en que podía nacer el Mesías.

A lo que éstos habían respondido:

–     «En Belén de Judá».

Y habían venido hacia Belén.

La estrella, dejada ya la Ciudad santa, había aparecido de nuevo ante sus ojos,…

Y de noche, el día anterior había aumentado sus resplandores:

El cielo todo era un fuego;

luego se había parado sobre esta casa, reuniendo toda la luz de las otras estrellas en su haz luminoso.

Así, habían comprendido que ahí estaba el Nacido Divino. 

Y ahora lo estaban adorando, ofreciendo sus pobres presentes.

Y sobre todo su propio corazón, el cual jamás cesaría de bendecir a Dios por la gracia concedida…

Y de amar a su Hijo, cuya santa Humanidad estaban viendo. 

Luego volverían a informar al rey Herodes, pues también él deseaba adorarlo.

Entonces cada uno de los reyes, hizo un ademán a su respectivo paje y éstos se acercaron…

Llevando los dones que habían traído…  

Mientras que cada uno explicaba porqué lo habían traído…

Y la revelación que habían recibido.

El Primer rey dijo:

–      Este es el oro que a todo rey corresponde poseer.  

Y el paje postrado en tierra, lo entregó

El Segundo rey dijo:

Esto, el incienso, como corresponde a Dios.

Y el paje también postrado en tierra, lo entregó.

Al Tercer rey  se le llenaron los ojos de lágrimas, que comenzaron a rodar bañando sus mejillas hasta su barba blanca…

Pero su voz no delató la conmoción que sentía, porque aunque sonó angustiado,

Lleno de compasión, con firmeza dijo: 

–    Y esto, ¡Oh Madre!, esto es la mirra.

Porque tu Hijo ES además de Dios, Hombre.

Y habrá de conocer, de la carne y de la vida humana, la AMARGURA y la inevitable ley de la muerte.

Nuestro amor quisiera NO pronunciar estas palabras y concebirlo Eterno también en la carne, como Eterno es su Espíritu.

Pero, ¡Oh Mujer!, si nuestros mapas…

Y sobre todo, nuestras almas, no yerran;

Él ES, este Hijo tuyo, el Salvador, el Cristo de Dios…

Y  por tanto, deberá, para salvar a la Tierra, cargar sobre sí mismo el peso del Mal de la Tierra,

uno de cuyos castigos es la muerte.

Esta resina es para esa Hora, para que la carne santa no conozca la podredumbre de la corrupción…

Y conserve la integridad hasta su resurrección. 

¡Y que por este presente nuestro Él se acuerde de nosotros y salve a sus siervos dándoles su Reino!  

Otro añade:

–     De momento Ella, la Madre, para ser santificados por Él, dé su Niño a nuestro amor,..

Para que besando sus pies, descienda sobre nosotros la Bendición celeste.

María, que ha superado la turbación suscitada por las palabras del Sabio…

Y ha celado la tristeza de la fúnebre evocación bajo una sonrisa…

Ofrece el Niño.

Lo deposita en los brazos del más anciano, que lo besa y Jesús lo acaricia.

Y luego lo pasa a los otros dos.

Jesús sonríe y juguetea con las cadenitas y las cintas de los regios atavíos de los tres…  

Y mira con curiosidad el cofre abierto, lleno de una cosa amarilla que brilla…

Y ríe al ver que el sol hace un arco iris al herir el brillante de la tapa de la mirra.

Los tres Magos devuelven el Niño a María y se levantan.

También se pone en pie María.

Inclinan mutuamente la cabeza en gesto de reverencia.

Antes el más joven había dado una orden al siervo y éste había salido.

Los tres siguen hablando todavía un poco. No saben decidirse a separarse de esa casa.

de emoción hay en sus ojos…

Al final se dirigen hacia la salida acompañados por María y José.

El Niño ha querido bajar y darle la manita al más anciano de los tres y anda así,

de la mano de María y del Sabio, los cuales se inclinan para tenerlo de la mano.

Jesús, con su pasito todavía inseguro; de infante, ríe, golpeando con sus piececitos sobre la franja que el sol dibuja en el suelo.

Llegados al umbral de la puerta — téngase presente que la habitación tenía la misma largura de la casa —

los tres se despiden arrodillándose una vez más y besando los piececitos de Jesús.

María, inclinada hacía el Pequeñuelo, le toma la manita y la guía…

Y hace así ésta un gesto de bendición sobre la cabeza de cada uno de los Magos.

Es éste ya un signo de cruz trazado por los pequeños dedos de Jesús, guiados por María.

Tras ello, los tres bajan la escalera.

La caravana ya está ahí esperando preparada.

Los bullones de las cabalgaduras reflejan el Sol del ocaso.

La gente se ha agolpado en la placita para ver este insólito espectáculo.

Jesús ríe dando palmadas con sus manitas.

Su Mamá lo ha alzado y lo ha apoyado en el ancho parapeto que limita el descansillo,

y lo tiene con un brazo sujeto contra su pecho para que no se caiga. 

José, que ha bajado con los tres Magos, sujeta a cada uno de ellos el estribo al subirse éstos a los caballos o al camello.

Ya todos, siervos y señores, están a caballo.

Se da orden de marcha.

Los tres, como último saludo, se inclinan hasta tocar el cuello de la cabalgadura.

José hace una reverencia.

María también, volviendo a guiar la manita de Jesús en un gesto de adiós y bendición.  

La visita de los magos

12. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino. MATEO 2