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275 JORNADA APOSTOLICA


275 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Es ya plena noche cuando Jesús vuelve a casa.

Entra en el huerto sin hacer ruido.

Se asoma un momento a la oscura  cocina; la ve vacía.

Se asoma a las dos habitaciones donde están las esteras y las camas: también están vacías.

El único indicio de que los apóstoles hayan regresado es la ropa cambiada amontonada en el suelo.

La casa está tan silenciosa, que parece deshabitada.

Jesús, haciendo menos ruido que una sombra, sube la pequeña escalera

-candor en el candor de la Luna llena- y llega a la terraza.

La atraviesa.

Parece un espectro moviéndose sin hacer ruido, un luminoso espectro.

En la incandescencia blanca de la Luna parece estilizarse, alzarse aún más.

Levanta con la mano la cortina que cubre la puerta de la habitación de arriba

que (estaba corrida desde cuando los discípulos de Juan habían entrado en la habitación con Jesús).

Dentro, sentados acá o allá, en grupos, están los apóstoles con los discípulos de Juan,

con Manahén.

Y también Margziam, que está dormido, reclinada su cabeza en las rodillas de Pedro.

La Luna se encarga de iluminar la habitación entrando con sus flujos fosfóricos por las ventanas abiertas.

Ninguno habla. 

Y ninguno duerme; aparte del niño, sentado en el suelo sobre una estera.

Jesús entra despacio.

El primero que lo ve es Tomás.

Que exclama sobresaltado:

–      ¡Oh, Maestro!

Todos los demás también reaccionan.

Pedro, en su ímpetu, hace ademán de levantarse repentinamente,

pero se acuerda del niño y se levanta suavemente,

apoyando la morena cabeza de Margziam donde estaba sentado,

de forma que es el último en acercarse al Maestro.

Jesús mientras está respondiendo, con voz cansada como de quien ha sufrido mucho,

a Juan, Santiago y Andrés, que le están expresando su dolor.

Jesús dice:
–       Lo comprendo.

Pero solamente el que no cree debe sentirse desolado por una muerte.

No nosotros, que sabemos y creemos.

Juan ya no está separado de nosotros; antes lo estaba.

Es más, antes nos separaba: o conmigo o con él.

Ahora ya no es así;

donde está él estoy Yo, junto a mí está él.

Pedro introduce su cabeza entrecana entre las cabezas juveniles.
Jesús lo ve, 

Y pregunta:
–        ¿También has llorado tú, Simón de Jonás?

Y Pedro, con voz más ronca de lo habitual,

responde:
–      Sí, Señor.

Porque yo también había sido de Juan… 

Y además… y además…

¡Y pensar que el viernes pasado lamentaba,

el que la presencia de los fariseos nos fuera a amargar el sábado!

¡Este sí que es un sábado de amargura!

Había traído al niño…

para gozar de un sábado más bonito…

Sin embargo…

–       No desfallezcas, Simón de Jonás.

No hemos perdido a Juan.

Te lo digo también a ti.

Y en cambio tenemos tres discípulos bien formados.

¿Dónde está el niño?

Pedro señala y dice:

–       Está allí, Maestro, durmiendo.

Jesús se inclina hacia la cabecita morena que duerme tranquila.

Y pregunta:

–        Déjalo dormir.

¿Habéis cenado?

–        No, Maestro.

Te esperábamos a Tí y ya estábamos preocupados por la tardanza.

No sabíamos dónde buscarte…

Nos parecía que te habíamos perdido también a Ti.

–       Tenemos todavía tiempo para estar juntos.

¡Vamos, preparad la cena, que luego nos marchamos a otro lugar!

Necesito aislarme, entre amigos. 

Si nos quedamos aquí, mañana estaremos rodeados de personas.

–        Y te juro que no los soportaría.

Especialmente a esos reptiles de las almas fariseas.

¡Y sería grave que se les escapase una sonrisa -aunque fuera una sola-

referida a nosotros, en la sinagoga!– 

      ¡Tranquilo, Simón!…

Pero he calculado también esto.

Por eso he vuelto para tomaros conmigo.  

A la luz de las lamparillas encendidas a ambos lados de la mesa,

se ven mejor las alteraciones de los rostros.

Sólo Jesús se muestra con majestad solemne.

Margziam sonríe en el sueño.  

Pedro explica:

–         El niño comió antes.

Jesús dice: – 

     Entonces es mejor dejarlo dormir.

Y en medio de los suyos ofrece y distribuye la parca comida.

Y se la comen sin ganas.

Pronto termina la cena.

Jesús los anima diciendo:

–       Contadme ahora qué habéis hecho… 

Pedro dice:

-Yo he estado con Felipe por los campos de Betsaida.

Y hemos evangelizado y curado a un niño enfermo.

Felipe, no queriendo tomarse una gloria no suya.

aclara:

–       Verdaderamente ha sido Simón el que lo ha curado.

-¡Oh, Señor!

No sé cómo.

Sé que he orado mucho, con todo mi corazón,

porque me daba pena el enfermito.

Luego lo ungí con el aceite y le he restregado ligeramente con mis rudas manos…

Y  se ha curado.

Cuando le he visto que tomaba color su cara y que abría los ojos,

en pocas palabras que revivía, casi  sentí miedo.

Jesús le pone la mano en la cabeza sin decir nada.

Tomás dice:    

–        Juan ha causado gran asombro al arrojar un demonio.

Pero hablar me ha tocado a mí. 

Mateo agrega:

–        También tu hermano Judas Tadeo lo ha hecho.

Y Santiago de Alfeo:

–       Entonces también Andrés.

Bartolomé dice asombrado:

–       Simón el Zelote ha curado a un leproso.

¡No ha tenido miedo de tocarlo! 

Y luego me ha dicho: “Pero no tengas miedo.

A nosotros no se nos pega ningún mal físico por voluntad de Dios”

Jesús confirma:

–       Bien dices, Simón.

Jesús mirando a Santiago de Zebedeo y a Judas de Keriot,

que están un poco retirados.  

Pregunta:

¿Y vosotros dos?

El primero hablando con los tres discípulos de Juan,.

El segundo solo y mustio, como si estuviera enojado.   

Santiago responde:

–      Yo no he hecho nada

Pero Judas realizó TRES milagros poderosos: un ciego, un paralítico, un endemoniado.

A mí me parecía lunático.

Pero la gente decía eso…  

La acción del Espíritu Santo fluyó con dos objetivos: 

La santidad y la humildad de Santiago pasaron y permitieron la prueba para los dos. 

Se cumplió la órden divina emitida por Jesús y la obediencia realizó los milagros requeridos. 

Santiago fue humilde y no lamentó que los milagros los realizara Judas. 

Pero Dios los hizo gracias a él y para que el apóstol rebelde reflexionara…  

Pero no fue así. 

Por su soberbia indomable, Judas desobedeció y buscó alojamiento del fariseo rico,

para gozar las comodidades a las que se cree con derecho,

porque él es rico y de linaje sacerdotal…

La posesión demoníaca perfecta NO PUEDE reverenciar a Dios, porque Satanás lo odia y a sus instrumentos, es lo que les trasmite…

y deslumbrar con el poder otorgado por Dios.

Pero Satanás está furioso por lo mismo.

Y la posesión demoníaca perfecta que le ofrecen, todos los vicios del apóstol indigno,

trasmiten el odio que lo consume a su instrumento maligno…  

Y esto lo refleja la actitud de Judas….

Pedro dice:

–       ¿Y estás ahí con esa cara habiéndote ayudado Dios tanto?

Judas replica:

–       Yo también sé ser humilde.

Santiago:

–        Luego nos  alojó en su casa un fariseo.

Yo no me sentía a gusto, pero Judas, que es más hábil, le bajó bien los humos.

El primer día era altivo, pero luego..

¿Verdad, Judas?

Judas asiente con la cabeza, sin decir nada.

Jesús dice:   

–       Muy bien.

Y cada vez lo haréis mejor.

La próxima semana estaremos juntos.

Entretanto Simón, ve a preparar las barcas.

También tú, Santiago.

Pedro objeta: 

–       ¿Para todos, Maestro?

No cabremos».

–        ¿No puedes conseguir otra?

–        Se la pediré a mi cuñado, sí.

Voy.

–       Ve.

Y en cuanto hayas terminado vuelve.

Y no des muchas explicaciones.

Los cuatro pescadores se marchan.

Los demás bajan a coger sacos y unos mantos.

Se queda Manahén con Jesús.

El niño sigue durmiendo.

–        Maestro, ¿Vas lejos?

–        Todavía no lo sé…

Ellos están cansados y apenados.

Yo también.

Mi propósito es ir a Tariquea, a la campiña, para aislarnos en paz…

–       Yo tengo el caballo, Maestro.

Pero si me lo permites, voy bordeando el lago.

¿Vas a estar allí mucho?

–       Quizás toda la semana.

No más.

–       Entonces iré. Maestro.

Bendíceme en esta primera despedida.

Y quítame un peso del corazón

–       ¿Cuál, Mannaém?

–       Tengo el remordimiento de haber dejado a Juan.

Quizás, si hubiera estado…

–        No.

Era su hora.

Además él ciertamente se ha alegrado al verte venir donde Mí.

No tengas este peso.

Es más, trata de liberarte pronto y bien del único peso que tienes:

el gusto de ser hombre.

Hazte espíritu, Mannaém.

Puedes hacerlo.

Está en ti la capacidad de serlo.

Adiós, Mannaém.

Mi paz sea contigo.

Pronto nos veremos de nuevo en Judea.

Mannaém se arrodilla y Jesús lo bendice;

luego lo levanta y lo besa.

Vuelven los otros y se saludan recíprocamente, tanto los apóstoles como los discípulos de Juan.

Los últimos en llegar son los pescadores.

Pedro dice:

–       Ya está, Maestro; podemos marcharnos.

–       Bien.

Despedíos de  Mannaém, que se queda aquí hasta la puesta del sol de mañana.

Recoged las provisiones, tomad el agua y vámonos.

Haced poco ruido.

Pedro se agacha para despertar a Margziam.

Pero Jesús objeta:

–       No, deja.

Podría echarse a llorar.

Lo tomaré en mis brazos. 

 Y delicadamente levanta al niño, que refunfuña entre sueños un poco,

pero luego se acomoda instintivamente en los brazos de Jesús.

Todos se despiden de Mannaém que se queda en el umbral.

Y se van por la calle solitaria, bañada por la luna.

Bajan.

En el linde del huerto saludan nuevamente a Mannaém,

Y luego en fila.

Avanzan silenciosos por el camino iluminado por la luz de la luna y van al lago:

Que es un enorme espejo de plata bajo la Luna en su zenit.

Tres gotas rojas sobre el espejo sereno,…

Parecen los tres farolillos de las proas ya metidas en el agua.

Suben y se distribuyen por las barcas.

Los últimos en subir son los pescadores:

Pedro y un mozo ayudante, donde Jesús;

Juan y Andrés en la otra;

Santiago y otro ayudante en la tercera.

Pedro pregunta: 

–       ¿A dónde, Maestro? 

–       A Tariquea.

Donde desembarcamos después del milagro de los gerasenos.

Ahora no habrá pantano.

habrá calma.

Pedro se adentra en el lago.

Y lo siguen también los otros detrás, con las barcas:

tres estelas en una.

Ninguno habla.

Sólo cuando están ya en zona abierta y Cafarnaúm se difumina entre el claror de la luna,

que uniforma todo con su diminuto polvillo de plata,

Pedro, como si le hablara a la caña del timón,

dice:

–        Pues me da gusto.

Mañana nos buscarán, vieja mía.

Y gracias a ti no nos encontrarán.

Bartolomé pregunta:

–        ¿Con quién hablas, Simón?

–         Con la barca.

¿No sabes que para los pescadores es como una esposa?

¡Cuánto he hablado con ella!

¡Más que con Porfiria, Maestro!…

¿Está bien tapado el niño?

De noche hay relente en el lago…

       Sí.

Mira, Simón, ven aquí, que tengo que decirte una cosa…

Pedro pasa la caña del timón al ayudante y va donde Jesús.

–      He dicho Tariquea.

Pero será suficiente estar allí pasado el sábado para saludar de nuevo a Mannaém.

¿No podrías encontrar un sitio cerca de allí donde estar en paz?

–        Maestro…

¿En paz nosotros o también las barcas?

Para las barcas hace falta Tariquea o los puertos de la otra orilla.

Pero si es para nosotros, basta con que te adentres en los bosques del otro lado del Jordán,

Y sólo los animales te descubrirán…

Y quizás algún que otro pescador que esté vigilando las nasas de los peces.

Podemos dejar las barcas en Tariquea, cuando lleguemos al alba;

luego nos echamos a caminar veloces hasta el otro lado del vado.

Se pasa bien en este período.

–        Bien. Así lo haremos…

–       Te da asco también a ti el mundo, ¿eh?

Prefieres los peces y los mosquitos, ¿eh?

Tienes razón.

–       No tengo asco.

No hay que tenerlo.

Lo que pasa es que quiero evitar que arméis alboroto.

Y quiero consolarme en vosotros en estas horas del sábado

–        Maestro mío…

Pedro lo besa en la frente y se retira secándose un lagrimón

que se empeña en rodar por su mejilla  y bajar hacia la barba.

Vuelve a su timón y apunta al sur, con firmeza,

mientras la luz lunar decrece al ponerse el planeta, que desciende

por debajo de la línea de un collado, escondiendo su carota a la vista de los hombres,

pero dejando todavía el cielo blanco de su luz y de plata la orilla oriental del lago;

lo demás, es añil oscuro que apenas si se distingue a la luz del farol de proa.

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273 EL LASTRE DE LA RIQUEZA


273 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Es en la casa de Cafarnaúm, a la sombra de los árboles en el huerto umbrío,

temprano  por la matutina.

Los apóstoles se fueron a predicar.

Jesús cura a unos enfermos, acompañado de Mannaém.

Que ya no lleva ni el precioso cinturón ni la lámina de oro en la frente:

sujeta su túnica un cordón de lana; una cinta de tela, como la prenda que cubre su cabeza.

Jesús tiene descubierta la cabeza, como siempre cuando está en casa. 

Una vez que ha terminado de curar y de consolar a los enfermos,

sube con Manahén a la habitación alta.

Aunque parece que la canícula ha terminado, el sol todavía calienta implacable…

Se dirigen hacia la parte mas sombreada y fresca.

Y se  sientan los dos en la pequeña terraza de la ventana que mira al mont

Mannaém dice:

–       Dentro de poco empezará la vendimia.

Jesús le contesta:

–       Sí.

Luego vendrá la Fiesta de los Tabernáculos…

Y el invierno estará a las puertas.

¿Cuándo piensas partir?

–       ¡Mmm!…

De mi parte no me iría nunca…

Pero pienso en el Bautista.

Herodes es una persona débil.

Si se le sabe influir

Se le puede sugestionar para que haga el bien y si no se hace bueno;

por lo menos que no sea sanguinario.

Desgraciadamente son pocos los que le aconsejan bien.

¡Y esa mujer!… ¡Esa mujer!…

Yo quisiera estar aquí hasta que regresen tus apóstoles.

Aunque mi ascendencia ha disminuido, desde que saben que sigo los senderos del Bien.

Pero no me importa.

Quisiera tener la verdadera valentía, de saber abandonar todo para seguirte completamente,

como aquellos discípulos que estás esperando.

¿Lo lograré alguna vez?

Nosotros que no pertenecemos a la plebe, somos más obstinados para seguirte.

¿Por qué será?

–      Porque los tentáculos de las míseras riquezas os retienen.

–      Conozco a algunos que no son tan ricos, pero sí son doctos o están en camino de serlo.

Y tampoco vienen. 

–       También están retenidos por los tentáculos de las míseras riquezas.

No se es rico sólo de dinero.

Existe también la riqueza del saber.

Pocos llegan a la confesión de Salomón: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”,

considerada de nuevo y ampliada -no tanto materialmente cuanto en profundidad-

en Qohélet.

¿Lo recuerdas?

La ciencia humana es vanidad, porque aumentar sólo el humano saber

“es afán y aflicción de espíritu. 

Y quien multiplica la ciencia multiplica los afanes”.

En verdad te digo que es así.

Como también digo que no sería así, si la ciencia humana estuviera sostenida y refrenada

por la sabiduría sobrenatural y el santo amor a Dios.

El placer es vanidad, porque no dura;

arde y rápido se desvanece dejando tras sí ceniza y vacío.

Los bienes acumulados con distintas habilidades son vanidad, para el hombre que muere,

porque con los bienes no puede evitar la muerte, y los deja a otros.

La mujer, contemplada como hembra y como tal apetecida, es vanidad.

De lo cual se concluye que lo único que no es vanidad es el santo temor de Dios

y la obediencia a sus Mandamientos.

O sea, la sabiduría del hombre, que no es sólo carne,

sino que posee la segunda naturaleza: la espiritual.

Solo el que logra ver la vanidad de todo lo mundano,

logra liberarse de cualquier tentáculo de pobres posesiones

e ir libre al encuentro del Sol.

–      ¡Quiero recordar estas palabras!

¡Cuánto me has dado en estos días

Ahora puedo ir entre la inmundicia de la corte, que les parece brillante solo a los necios.

Que parece poderosa y libre y es solo miseria, cárcel y oscuridad.

Me llevaré un tesoro que me permitirá vivir allí mejor, a la espera de lo superior.

Pero, ¿Llegaré alguna vez a esta meta sublime, que es pertenecerte totalmente?

–       Lo lograrás.

–       ¿Cuándo?

¿El año próximo?

¿Más adelante todavía?

¿O hasta que la ancianidad me haga prudente y sabio?

–        Lo lograrás.

-Llegarás… alcanzando la madurez de espíritu….

Perfección de voluntad y a una decisión perfecta

En el término de unas cuantas horas.

Y al decir esto, Jesús sonríe de una manera enigmática.  

Pues ha lanzado su mirada hacia el futuro y ve el heroísmo del que será capaz su discípulo.

Mannaém lo mira pensativo y escrutador…

Pero no pregunta nada más.

Después de un largo silencio que interrumpe Jesús,

al preguntar:

–        ¿Has estado alguna vez con Lázaro de Bethania?

–         No, Maestro.

Nos hemos encontrado algunas veces.

Puedo decir que no;

que si hubo algún encuentro, no puede llamarse amistad.

Ya sabes.

.

Yo con  Herodes, Herodes contra él…

Por tanto…

–        Ahora Lázaro te mirará más allá de estas cosas.

Te mirará en Dios…

Procura tratarlo como condiscípulo.

–        Lo haré si Tú así lo quieres…

Se oyen voces llenas de alarma en el huerto, que buscan al Maestro.

Preguntan con angustia:

–        ¡El Maestro!

–       ¡El Maestro!

–       ¿Está aquí?

Responde la voz cantarina de la dueña de la casa:

–        Está en la habitación de arriba.

¿Quiénes sois?

¿Estáis enfermos?

—       No. – 

         Somos discípulos de Juan. 

–       Y  queremos ver a Jesús de Nazaret.

Jesús se asoma por la ventana,

y dice:

—      Paz a vosotros…

Ellos levantan la cabeza  y los reconoce,

invitándoles:

–      ¡Oh!

¿Sois vosotros?

¡Venid! ¡Venid!

Sus  pasos apresurados suben por la escalera.

Son los tres pastores: Juan, Matías y Simeón.

Jesús deja la habitación y va a su encuentro a la terraza.

Manahén lo sigue.

Se encuentran justamente en el punto en que la escalera termina en la soleada terraza.

Los tres se arrodillan y besan el suelo.

Mientras Jesús los saluda.

–       La paz sea con vosotros…

Levantan la cabeza y muestran un rostro lleno de dolor.

Ni siquiera viendo a Jesús se sosiegan.

Su grito ahogado por el llanto:

–       ¡Oh, Maestro!

Juan habla en nombre de los demás:

–      Y ahora recógenos, Señor.

Porque somos tu herencia.

Y las lágrimas se deslizan por la cara del discípulo y de sus compañeros.

Jesús y Mannaém dan un solo grito:

–        ¿¡Juan!?

–        ¡Lo mataron…!

La noticia cae como un rayo que paraliza hasta el aire, en un silencio horrorizado.

Cuyo  enorme fragor cubre todos los ruidos del mundo,

a pesar de que haya sido pronunciada en voz muy baja.

Petrifica a quien la dice y a quien la oye.

Y se produce un rato de silencio tan profundo…

Que parece extenderse en su  profunda inmovilidad también en los animales,

las frondas y el aire,

Porque es como si la Tierra entera, para recoger esta palabra y sentir todo su horror,

suspendiera todo ruido  propio.

Queda suspendido el zureo de las palomas, truncada la flauta de un mirlo,

enmudecido el coro de los pajarillos.

Y como si de golpe se le hubiera roto el artilugio, una cigarra detiene su chirrido al improviso,

mientras se detiene el viento que, haciendo frufrú de seda y crujido de palos,

acariciaba las pámpanas y las hojas.

Jesús palidece.

Sus ojos se agrandan.

Vidrian por el llanto que se asoma.

Abre los brazos.

Su voz es más profunda, por el esfuerzo que hace para que sea firme y tranquila.

Y dice:

–       Paz al Mártir de la Justicia y a mi Precursor.

Cierra los ojos y los brazos sobre su pecho.

Su espíritu ora.

Entrando en contacto con el Espíritu de Dios y el de Juan  Bautista.

Mannaém no dice nada, no hace ningún gesto, ni se atreve ni a moverse.

Al revés de Jesús, se  pone colorado y la ira lo invade.

Se pone rígido y paralizado.

Toda su turbación se manifiesta en el movimiento mecánico de la mano derecha,

que sacude el cordón de la túnica y de la izquierda, que instintivamente busca el puñal

Pero no lo encuentra, porque se le olvidó que está desarmado.

Pues para poder ser discípulo del manso, es requisito para estar cerca del Mesías.

Y mueve la cabeza compadeciéndose de su fragilidad

y de sentirse tan impotente. 

Jesús recupera la Majestad Divina que le es habitual.

Y tan solo le queda una profunda tristeza, dulcificada con paz.

Con voz serena dice:

–       Venid.

Me lo contaréis.

De hoy en adelante me pertenecéis.

EVANGELIO DE SAN MARCOS

Capítulo 6

Muerte de Juan el Bautista

14. Se enteró el rey Herodes, pues su nombre se había hecho célebre. Algunos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso actúan en él fuerzas milagrosas.»

15. Otros decían: «Es Elías»; otros: «Es un profeta como los demás profetas.»

16. Al enterarse Herodes, dijo: «Aquel Juan, a quien yo decapité, ése ha resucitado.»

17. Es que Herodes era el que había enviado a prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado.

18. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano.»

19. Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía,

20. pues Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía; y al oírle, quedaba muy perplejo, y le escuchaba con gusto.

21. Y llegó el día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea.

22. Entró la hija de la misma Herodías, danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y te lo daré.»

23. Y le juró: «Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino.»

18. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano.» 19. Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, Marcos 6

24. Salió la muchacha y preguntó a su madre: «¿Qué voy a pedir?» Y ella le dijo: «La cabeza de Juan el Bautista.»

25. Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: «Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista.»

26. El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales.

27. Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la cárcel

28. y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre.

29. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.

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265 ¿ERES EL QUE HA DE VENIR?


265 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús está sólo con Mateo, que no ha podido ir con los demás a predicar,

por tener herido un pie.

De todas formas, enfermos y otras personas deseosas de la Buena Nueva llenan la terraza

y el espacio libre del huerto para oírlo y solicitarle ayuda.

Jesús termina de hablar

diciendo:

–       Habiendo contemplado juntos la gran frase de Salomón:

“En la abundancia de la justicia está la suma fortaleza”, os exhorto a poseer esta abundancia,

pues es moneda para entrar en el Reino de los Cielos.

Tened con vosotros mi paz y Dios sea con vosotros.

Luego se acerca a los pobres y enfermos, en muchos casos son una y otra cosa juntamente.

Y escucha con bondad lo que cuentan, ayuda con dinero, aconseja con palabras,

sana con la imposición de las manos y con la palabra.

Mateo a su lado, se encarga de dar las monedas.

Jesús está escuchando con atención a una pobre viuda que entre lágrimas,

le narra la muerte repentina de su marido carpintero, en el banco de trabajo,

acaecida pocos días antes:

-Vine corriendo a buscarte aquí.

Todo el parentesco del difunto me acusó de falta de compostura y de ser dura de corazón.

Ahora me maldicen.

Pero había venido porque sabía que resucitabas

y sabía que si te encontraba mi marido resucitaría.

No estabas…

Ahora él está en el sepulcro desde hace dos semanas…

Y yo estoy aquí con cinco hijos…

Los parientes me odian y me niegan su ayuda.

Tengo olivos y vides.

Pocos, pero me darían pan para el invierno, si pudiera tenerlos hasta la recolección.

Pero no tengo dinero,

porque mi marido desde hacía tiempo estaba enfermo y trabajaba poco.

Y para mantenerse, comía y bebía, yo digo que demasiado.

Decía que el vino le sentaba bien…

La verdad es que hizo el doble mal de matarlo a él…

Y de consumir los ya escasos ahorros por su poco trabajo.

Estaba terminando un carro y un baúl;

le habían encargado dos camas, unas mesas y también unas repisas.

Pero ahora…

No están terminados.

Y mi hijo varón solo tiene siete años.

Perderé el dinero…

Tendré que vender los útiles y la madera.

El carro y el baúl ni siquiera los puedo vender como tales, aunque estén casi terminados,

Así que los voy a tener que dar como leña para el fuego.

No va a ser suficiente el dinero;

porque yo, mi madre anciana y enferma y cinco hijos, somos siete personas…

Que no tenemos como sostenernos.

Venderé el majuelo y los olivos…

Pero ya sabes cómo es el mundo…

Donde hay necesidad, ahoga.

Dime, ¿Qué debo hacer?

Quería guardar el banco y las herramientas para mi hijo;

que ya sabe algo de la madera…

Quería conservar la tierra para vivir…

y también como dote para mis hijas…

Jesús está muy atento, escuchando todo esto…

Cuando una agitación de la gente le advierte de que hay alguna novedad.

Se vuelve para ver lo que sucede…

Y ve a tres hombres que se están abriendo paso entre la multitud.

Buscando acercarse para llegar hasta Él.

Jesús reconoce a uno de ellos… 

Y entonces se vuelve otra vez hacia la viuda,

para preguntarle:

–      ¿Dónde vives?

–      En Corozaín, junto al camino que va a la Fuente caliente.

Es una casa baja entre dos higueras.

–       Bien. Iré a terminar el carro y el baúl.

De modo que podrás vendérselos a quien los había encargado.

Espérame mañana a la aurora.

La mujer se siente ahogar por el estupor. 

Y pregunta: 

–       ¿Tú?

¿Tú trabajar para mí? 

–       Volveré a mi trabajo y te daré paz a ti.

Al mismo tiempo, a esos de Corozaín sin corazón, les daré la lección de la caridad.

–      ¡Oh, sí!

¡Sin corazón!

¡Si viviera todavía el viejo Isaac!

¡No me dejaría morir de hambre!

Pero ha vuelto a Abraham…

–       No llores.

Vuelve a casa serena.

Con esto tendrás para hoy.

Mañana iré Yo.

Ve en paz.

La mujer se arrodilla a besarle la túnica y se marcha más consolada.

Uno de los tres hombres que habían llegado y que estaban parados, detrás de Jesús,

esperando a que despidiera a la mujer y que por tanto, han oído la promesa de Jesús.

respetuosamente le pregunta: 

–      Maestro tres veces santo,

¿Te puedo saludar?

El hombre que ha saludado es Mannaém.

Jesús se vuelve,

y sonriendo, dice:

–       ¡Paz a ti, Mannaém!

¡Entonces, te has acordado de Mí!…

—       ¿Y tú también de Mí?

–       Eso siempre, Maestro.

Había decidido ir a verte a casa de Lázaro y al huerto de los Olivos para estar contigo.

Pero antes de la Pascua apresaron a Juan el Bautista.

Lo prendieron con traición otra vez;

yo temía que en ausencia de Herodes, que había ido a Jerusalén para la Pascua,

Herodías ordenara la muerte del santo.

No quiso ir para las fiestas a Sión, porque decía que estaba enferma.

Enferma, sí: de odio y lujuria…

Estuve en Maqueronte para vigilar y…

refrenar a esa pérfida mujer, que sería capaz de matarlo  con su propia mano…

Si no lo hace, es porque tiene miedo a perder el favor de Herodes, que…

por miedo o convicción, defiende a Juan y se limita a tenerlo prisionero.

Ahora Herodías se ha ido a un castillo de su propiedad,

huyendo del calor agobiante de Maqueronte.

Yo he venido con estos amigos míos y discípulos de Juan.

Los ha enviado él con una pregunta para Tí.

Me he unido a ellos.

La gente, al oír hablar de Herodes y comprendiendo quién es el que habla de él,

se arremolina curiosa, en torno al pequeño grupo de Jesús y de los tres hombres.

Tras recíprocos saludos con los dos austeros personajes.

Jesús dice:

–      ¿Qué pregunta queríais hacerme? 

Uno de los dos dice: 

–      Habla tú, Mannaém,

Porque sabes todo y eres más amigo.  

El hermano de Herodes explica: 

–       Escucha, Maestro.

Sé comprensivo, si ves que por exceso de amor, en los discípulos nace un recelo

hacia Aquel al que creen antagonista o suplantador de su maestro.

Lo hacen los tuyos, lo hacen igual los de Juan.

Son celos comprensibles, que demuestran todo el amor de los discípulos, hacia sus maestros.

Yo… soy imparcial.

Y lo pueden decir éstos que están conmigo,

Porque os conozco a ti y a Juan y os amo con equidad.

Tanto es así que, aunque te ame a Ti por lo que Eres,

preferí hacer el sacrificio de estar con Juan,

porque lo venero también a él por lo que es.

Y actualmente, porque está en mayor peligro que Tú.

Ahora, por este amor -no sin el soplo rencoroso de los fariseos-

han llegado a poner en duda que Tú eres el Mesías.

Y así se lo han confesado a Juan, creyendo que le daban una alegría diciéndole:

“Para nosotros el Mesías eres tú, no puede haber uno más santo que tú”.

Pero primero Juan los ha reprendido llamándolos blasfemos;

luego después de la reprensión, con más dulzura,

ha ilustrado todas las cosas que te señalan como verdadero Mesías.

En fin, viendo que todavía no estaban convencidos, ha tomado a dos de ellos, éstos…

Y les ha dicho: “Id donde Él y decidle en mi nombre:

¿Eres Tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?”‘

No ha enviado a los discípulos que antes habían sido pastores, porque creen

y no habría aportado nada el enviarlos.

Los ha tomado de entre los que dudan,

para acercártelos y para que su palabra disipara las dudas de otros como ellos.

He venido con ellos para verte.

Esto es todo.

Ahora Tú acalla sus dudas.

El hombre aclara: 

–       ¡No nos creas hostiles a ti, Maestro!

Las palabras de Mannaém te lo podrían hacer pensar.

Nosotros… nosotros…

Conocemos desde hace años al Bautista, siempre lo hemos visto santo, penitente, inspirado.

A Ti… no te conocemos sino por boca de terceros.

Y ya sabes lo que es la palabra de los hombres…

Crea y destruye fama y honra, por el contraste entre quien exalta y quien humilla;

de la misma forma que dos vientos contrarios forman y dispersan una nube.

Jesús responde con dulzura: 

–      Lo sé, lo sé.

Leo en vuestro corazón y vuestros ojos leen la verdad en lo que os rodea,

como también vuestros oídos han escuchado la conversación con la viuda.

Sería suficiente para convencer.

Mas Yo os digo:

Observad qué personas me rodean:

aquí no hay ricos, ni gente que se dé la gran vida, aquí no hay personas de vida escandalosa;

sólo hay pobres, enfermos, honrados israelitas que quieren conocer la Palabra de Dios.

Éste, éste, esta mujer..

También esa niñita y aquel anciano, han venido aquí enfermos y ahora están sanos.

Preguntadles y os dirán qué tenían y cómo los he curado.

Y cómo están ahora.

Preguntad, preguntad…

Yo, mientras, hablo con Mannaém» y hace ademán de separarse.

Pero ellos objetan. 

–       No, Maestro.

–       No dudamos de tus palabras.

Danos sólo una respuesta que llevar a Juan,

para que vea que hemos venido y para que pueda,

sobre la base de esa respuesta, persuadir a nuestros compañeros.

–       Id y referid esto a Juan:

“Los sordos oyen; esta niña era sorda y muda.

Los mudos hablan; aquel hombre era mudo de nacimiento.

Los ciegos ven”.

Hombre, ven aquí.

Jesús le dice: 

–      Di a éstos lo que tenías…

Mientras coge de un brazo a uno que ha sido sanado milagrosamente.

Éste dice:

–       Soy albañil.

Me cayó en la cara un cubo lleno de cal viva.

Me quemó los ojos.

Desde hace cuatro años vivía en la oscuridad.

El Mesías me ha mojado los ojos secos con su saliva

y ahora están de nuevo más frescos que cuando tenía veinte años.

¡Bendito sea!

Jesús prosigue:

–      Y no sólo ciegos, sordos o mudos, curados;

sino también cojos que corren, tullidos que se enderezan.

Mirad ese anciano: hace un rato estaba anquilosado, encorvado… 

Y ahora está derecho como una palma del desierto y ágil como una gacela.

Quedan curadas las más graves enfermedades.

Tú, mujer, ¿Qué tenías?

–       Una enfermedad del pecho;

por haber dado demasiada leche a bocas voraces;

la enfermedad, además del pecho, me comía la vida

Ahora mirad. – y se destapa el vestido y muestra, intactos, los pechos.

Y añade:

–      «Lo tenía que era todo una llaga.

Lo demuestra la túnica, todavía mojada de pus.

Ahora voy a casa para ponerme un vestido limpio; estoy fuerte y contenta.

Ayer mismo estaba muriéndome.

Me han traído aquí unas personas compasivas.

Me sentía muy infeliz… por los niños, que se iban a quedar pronto sin madre.

¡Eterna alabanza al Salvador!

–      ¿Habéis oído?

Podéis preguntarle también al arquisinagogo de esta ciudad sobre la resurrección de su hija.

Y, volviendo en dirección a Jericó, pasad por Naím.

e informaos sobre el joven que fue resucitado en presencia de toda la ciudad,

cuando ya estaba para ser introducido en la tumba.

Así, podréis referir que los muertos resucitan.

El hecho de que muchos leprosos hayan sido curados,

lo podréis saber en muchos lugares de Israel;

pero, si queréis ir a Sicaminón, buscad entre los discípulos y encontraréis muchos ex leprosos.

Decid, pues, a Juan que los leprosos quedan limpios.

Decid, además, que se anuncia la Buena Nueva a los pobres, porque lo estáis viendo.

Y bienaventurado quien no se escandalice de Mí.

Decid esto a Juan.

Y también que lo bendigo con todo mi amor.

–       Gracias, Maestro.

Bendícenos también a nosotros antes de marcharnos.

–       No podéis iros a esta hora, con este calor…

Quedaos en casa como invitados míos hasta el atardecer;

así viviréis por un día la vida de este Maestro que no es Juan, pero que es amado por Juan,

porque Juan sabe quién ES.

Venid a casa.

Está fresca.

Os daré la posibilidad de reponer fuerzas.

Adiós a vosotros que me escucháis.

La paz sea con vosotros.

Despide a la muchedumbre y entra en la casa con sus tres invitados…

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260 UNA TRAMPA FARISAICA


260 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús entra en la sinagoga de Cafarnaúm, que lentamente se va llenando de fieles porque es sábado.

Muy grande es el estupor al verlo.

Unos a otros se lo señalan musitando comentarios.

Alguno tira de la túnica a éste o a aquel otro apóstol para preguntar que cuándo han vuelto a la ciudad,

porque nadie sabía que habían llegado.

Pedro responde: 

–       Hemos desembarcado ahora en el “pozo de la higuera”

viniendo de Betsaida, para no dar ni un paso más de lo prescrito, amigo. 

Urías el fariseo, ofendido por ver que un pescador le llama “amigo”,

se marcha con aire de desdén a donde están los suyos, en primera fila.  

Andrés advierte:

–       ¡No los pinches, Simón!

–      ¿Pincharlos?

Me ha preguntado y he respondido, diciendo incluso que hemos evitado caminar por respeto al sábado.

–      Dirán que hemos trabajado con la barca…

–      ¡Al final dirán que hemos trabajado porque hemos respirado!

¡No seas ignorante!

Es la barca la que trabaja, el viento y las olas, no nosotros yendo en barca.

Andrés se queda con la regañina y guarda silencio.

Después de las oraciones preliminares, llega el momento de la lectura de un texto y su explicación.

El jefe de la sinagoga le pide a Jesús que sea Él quien lo haga.

Pero Jesús señala a los fariseos

y dice:

–       Que lo hagan ellos.

No obstante, dado que ellos no lo quieren hacer, debe hablar Él.

Jesús lee el trozo del primer Libro de los Reyes, en que se narra cómo David,

traicionado por los zifitas, fue señalado a Saúl, que estaba en Guibeá.

Devuelve el rollo y empieza a hablar.

–       Violar el precepto de la caridad, de la hospitalidad, de la honradez, siempre es cosa reprobable.

Sin embargo, el hombre no vacila en hacerlo con total indiferencia.

Aquí tenemos un episodio compuesto de dos partes: esta violación y el consiguiente castigo de Dios.

La conducta de los zifitas era artera; la de Saúl no lo era menos:

los primeros, viles intentando ganarse al más fuerte y sacar beneficio de él;

el segundo, vil intentando eliminar al ungido del Señor:

el egoísmo, por tanto, los aunaba

Y, ante la indigna propuesta, el rey falso y pecador de Israel

osa dar una respuesta en que aparece nombrado el Señor:

“Que el Señor os bendiga”.

–      ¡Hacer burla de la justicia de Dios!…

¡Hacerlo habitualmente!…

Demasiadas veces se invoca el Nombre del Señor y su bendición,

como premio o garantía de las maldades del hombre.

Está escrito: “No tomarás el Nombre de Dios en vano”.

¿Podrá haber algo más vano -peor: más malo- que nombrarlo,

para cumplir un delito contra el prójimo?

Pues bien, a pesar de todo, es éste un pecado más común que ningún otro,

cometido con indiferencia incluso por aquellos que ocupan siempre los primeros puestos

en las asambleas del Señor, en las ceremonias y en la enseñanza.

Recordad que es pecaminoso indagar, observar,

prepararlo todo con la finalidad de perjudicar al prójimo;

como también es pecaminoso el hacer que otros indaguen, observen y preparen todo,

para perjudicar al prójimo:

es inducir a los demás al pecado,

tentándolos con recompensas o amenazándolos con represalias.

Os advierto de que es pecado;

de que una conducta semejante es egoísmo y odio.

Sabéis que el odio y el egoísmo son los enemigos del amor.

Os lo advierto porque me preocupo de vuestras almas;

porque os amo; porque no quiero que estéis en pecado;

porque no quiero que Dios os castigue, como le sucedió a Saúl;

el cual, mientras perseguía a David para atraparlo y matarlo,

vio su tierra hollada por los filisteos.

En verdad, esto le sucederá siempre a aquel que perjudica a su prójimo.

Su victoria durará cuanto la hierba del prado

crecerá pronto, y pronto se secará y será triturada por el pie indiferente de los que pasan.

Sin embargo, la buena conducta, la vida honrada,

parece como si tuviera dificultad en nacer y consolidarse,

pero, una vez formada como hábito de vida, se hace árbol robusto y frondoso

que no será descuajado por el torbellino ni abrasado por la canícula;

en verdad, quien es fiel a la Ley, verdaderamente fiel,

se hace árbol poderoso que no será combado por las pasiones

ni quemado por el fuego de Satanás.

He dicho.

Si alguien quiere decir algo más, que lo diga.  

Urías pregunta: 

–      Lo que te preguntamos es si has hablado para nosotros los fariseos.

Jesús responde:

–      ¿Acaso está llena de fariseos la sinagoga?

Sois cuatro, la gente son muchas personas.

La palabra es para todos.

–       La alusión, de todas formas, es muy clara.

–       ¡Verdaderamente no se ha visto nunca que un indiciado,

denunciado sólo por un parangón se acuse a sí mismo!

Y sin embargo, vosotros lo hacéis.

¿Por qué os acusáis si Yo no os acuso?

¿Tenéis conciencia de actuar como he dicho?

Yo no lo sé.

De todas formas, si fuera así, cambiad.

Porque el hombre es débil y puede pecar, pero Dios lo perdona

si surge en él el arrepentimiento sincero y el deseo de no volver a pecar

Ahora bien, persistir en el mal es doble pecado.

Y sin perdón.

–       No tenemos este pecado.

–       Pues entonces no os aflijáis por mis palabras.

El incidente queda zanjado.

Los himnos llenan la sinagoga.

Luego parece que está para disolverse la asamblea sin más incidentes.

Pero, he aquí que el fariseo Joaquín detecta la presencia de un hombre entre la masa de la gente. 

Y con la mirada lo llama y con gestos, le obliga a pasar a la primera fila.

Es un hombre de unos cincuenta años, tiene un brazo atrofiado,

mucho más pequeño que el otro;

también la mano, porque la atrofia ha destruido los músculos.

Jesús lo ve y ve también todo el montaje que han hecho para que lo viera.

En su rostro se dibuja un gesto de disgusto y compasión;

es una expresión casi instantánea, pero muy clara.

No obstante, no desvía el golpe, sino que afronta con firmeza la situación.  

Jesús ordena al hombre: 

–      Ven aquí al centro.

Una vez que lo tiene delante, se vuelve a los fariseos,

y dice:

–       ¿Por qué me tentáis?

¿No acabo de hablar contra la insidia y el odio?

¿No acabáis de decir: “No tenemos este pecado”?

¿No respondéis?

Responded al menos a esto:

¿Es lícito hacer el bien o el mal en día de sábado?

¿Es lícito salvar o quitar la vida?

¿No respondéis?

Responderé por vosotros, en presencia de todos los ciudadanos;

los cuales juzgarán mejor que vosotros porque son sencillos y no tienen odio ni soberbia.

No es lícito hacer ningún trabajo en día de sábado.

Pero, de la misma forma que es lícito orar, también es lícito hacer el bien;

porque el bien es Oración, mayor que los himnos y salmos que hemos cantado.

Sin embargo, ni en día de sábado ni los otros días es lícito hacer el mal.

Y vosotros habéis hecho el mal, trajinando para poder tener hoy aquí a este hombre,

que ni siquiera es de Cafarnaúm, que le habéis hecho venir desde hace dos días,

porque sabíais que Yo estaba en Betsaida e intuíais que vendría a mi ciudad.

Lo habéis hecho para ver cómo acusarme.

Actuando así, cometéis también otro pecado:

el de matar vuestra alma en vez de salvarla.

Por mi parte, os perdono.

Respecto a este hombre, no defraudaré su esperanza.

Porque le habéis hecho venir diciéndole que lo iba a curar,

mientras que lo que queríais era ponerme una trampa.

A él no se le puede culpar, porque ha venido aquí con la única intención de quedar curado.

Pues bien, así sea.

Hombre: extiende tu mano y ve en paz.

El hombre obedece y su brazo queda sano, con su mano igual que la otra.

La usa enseguida para coger la orla del manto de Jesús besarla,

y decir:

–       Tú sabes que desconocía la verdadera intención de éstos.

Si la hubiera conocido, no habría venido;

hubiera preferido quedarme con la mano seca, antes que servir contra Ti.

Por tanto, no te enojes conmigo.

–       Ve en paz, hombre.

Yo sé la verdad.

Respecto a ti, no siento sino benevolencia.

La gente sale comentando estas cosas.

El último en salir es Jesús con los once apóstoles.

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R FIESTA DE PENTECOSTÉS


MAYO 19 DE 2021 – 2:10 PM

LAMADO URGENTE DE MARÍA SANTIFICADORA AL PUEBLO DE DIOS.

Hijitos de mi Corazón,

la Paz de mi Señor esté con todos vosotros Mis niños,

Grandes bendiciones, dones y carismas, vais recibir en este Pentecostés que se aproxima.

Congregaos en torno a la Oración, el recogimiento, Ayuno y penitencia,

para que la efusión del Santo Espíritu de Dios se derrame en cada uno de vosotros,

así como sucedió con los discípulos de mi Hijo.

En este Pentecostés el Espíritu de Dios va a manifestarse con todo su poder

sobre aquellos hijitos que permanecen firmes en la Fe y en gracia de Dios;

ORANDO AYUNANDO Y PIDIENDO SU EFUSIÓ

En este Pentecostés va a haber un gran derramamiento del Espíritu Santo

para preparar al Pueblo de Dios para la llegada del Aviso.

Alegraos mis pequeños,

PORQUE VAIS A RECIBIR DONES Y CARISMAS

 que os van a fortalecer espiritualmente,

PARA QUE PODÁIS DEFENDEROS

de los ataques del Enemigo de vuestra alma y sus huestes del Mal.

Llegó la hora de practicar los Carismas y aprender a usar las matemáticas divinas…

Preparaos pues a recibir la efusión del Espíritu de Dios que en este Pentecostés 

que se aproxima, va a derramarse muy abundantemente sobre los hijos de Dios.

MANANTIALES DE AGUA VIVA,

BROTARÁN EN LOS CINCO CONTINENTES;

Habrá muchas conversiones y después de este especial Pentecostés

el Evangelio y la Palabra de Dios, será anunciada sin temor.

Los discípulos de mi Hijo de estos Últimos Tiempos

se encargarán de evangelizar por todo el mundo

Hay que REPARTIR lo que estáis recibiendo y APRENDIENDO…

Y ALLANARÁN EL CAMINO

PARA SU SEGUNDA VENIDA.

Recogeos en Oración, Ayuno y Penitencia,

que la venida del Santo Espíritu os coja en Gracia de Dios;

leed la Santa Palabra en los hechos de los apóstoles,

para que el día de Pentecostés podáis recibir el Bautismo del Espíritu,

QUE OS TRANSFORMARÁ

EN DISCÍPULOS DE MI HIJ

Pentecostés: el Bautismo de Fuego, con el Poder del Espíritu Santo

DE ÉSTOS ÚLTIMOS TIEMPOS

Hijitos, se acercan días de hambruna en la Tierra;

acoged nuestros llamados y cuanto antes,

si contáis con recursos económicos, aprovisionaos de víveres:

granos, alimentos no perecederos y mucha agua,

PARA QUE LA HAMBRUNA

NOS OS COJA POR SORPRESA

Lo mucho o lo poco que tengáis debéis de compartirlo con los más necesitados.

Mis hijitos que carezcan de recursos económicos para aprovisionarse de alimentos,

les digo, NO TEMAN

mi Padre os hará llegar el Maná de cada día,

porque es grande y eterna su Misericordia.

En el tiempo de escasez y de hambruna que se aproxima,

debéis de rezar el Rosario de la Misericordia de mí Hijo

y luego el Rosario de Provisión dado a mi pequeño Enoch,

con el cual mi Padre multiplicará vuestros alimentos

y le hará llegar a los más necesitados el Pan de cada día.

  • Estáis pues avisados mis niños,

ESTA PRUEBA LA SUPERAREIS

SOLO DANDO EL PASO DE FE, ¡APRENDEMOS A VOLAR!

SI CONFIÁIS EN LA PROVIDENCIA DIVINA

Y COMPARTÍS LO MUCHO O LO POCO

CON VUESTROS HERMANOS.

 Acordaos

ORACIÓN + FE = MILAGROS

todas las pruebas serán superadas

si ponéis vuestra confianza en Dios y os ayudáis mutuamente

Que la Paz de mi Señor, permanezca en vosotros,

mis Amados niños

Vuestra Madre, María Santificadora

Dad a conocer los mensajes de salvación

al Mundo entero, hijitos de mi Corazón

http://www.mensajesdelbuenpastorenoc.org/mensajesrecientes.html

240 PARÁBOLA DEL MINERO


240 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

251 A los pescadores siro-fenicios: la parábola del minero perseverante.

Son las primeras horas de la mañana cuando Jesús llega a una ciudad de mar.

Está ante ella.

Cuatro barcas siguen a la suya.

La ciudad se adentra en el mar de una forma extraña, como si estuviera construida en un istmo.

O más exactamente como si un estrecho istmo uniera sus dos partes:

la que penetra completamente en el mar y la que se extiende sobre la orilla.

Vista desde el mar, parece un enorme hongo:

Acostada su cabeza en las olas, hincada su base en la costa y como pie el istmo).

A los lados del istmo, dos puertos:

Uno, el que mira a septentrión, menos cerrado, está lleno de embarcaciones pequeñas;

el otro, situado al Sur, mucho más protegido; está lleno de naves grandes, que llegan o zarpan.

Señalando hacia el puerto de las embarcaciones pequeñas,

Isaac dice:

–     Hay que ir allá.

Allí están los pescadores.

Costean la isla y se puede ver que el istmo es artificial;

una especie de dique ciclópeo que une la islita con tierra firme.

¡En aquellos tiempos construía sin tacañerías!

Realmente es una ciudad muy rica, con hermosos y funcionales puertos, con un gran número de navíos.

Con un comercio marítimo muy activo.

comercialmente muy activa.

Detrás de la ciudad, tras una zona de llanura, hay algunas colinas bajas y de gracioso aspecto.

En la lejanía se pueden ver el gran Hermón y la cadena libanesa.

Pues esta ciudad era una de las que se veía en la panorámica del monte;

donde estaban Simón y Juan contemplando el Líbano.

La barca de Jesús, entretanto, está llegando al puerto septentrional;

a la rada del puerto  donde se mueve lentamente sin atracar;

con los remos hacia adelante y hacia atrás, hasta que Isaac ve a los que buscaba.

Y los llama gritando.

Se acercan dos bonitas barcas de pesca.

Los pescadores se inclinan hacia las barcas más pequeñas de los discípulos.

Isaac les dice:

–       El Maestro está con nosotros, amigos.

Venid, si queréis oír su palabra.

Esta misma tarde vuelve a Sicaminón.

Ellos le contestan:

–      Enseguida.

–      ¿A dónde vamos?

–      A un lugar tranquilo.

El Maestro no baja a Tiro, ni a la ciudad de tierra firme.

Hablará desde la barca.

Elegid un sitio que esté a la sombra y protegido.

–      Venid detrás de nosotros.

Iremos hacia las rocas.

Allí hay ensenadas tranquilas y con sombra.

Podréis incluso bajar a tierra.

Y van a una concavidad del arrecife, más al Norte.

La pared rocosa, cortada a pico, protege del sol.

Es un lugar solitario, sólo poblado de gaviotas y las palomas torcazas;

que salen para hacer sus incursiones en el mar y vuelven emitiendo fuertes gritos a sus nidos de la roca.

Pero en esto, otras pequeñas embarcaciones se han ido uniendo a las que van en cabeza,

de manera que forman ya una minúscula flotilla.

En el fondo de este pequeñísimo golfo, hay una pequeña playa, verdaderamente minúscula.

Una pequeña explanada pedregosa;

pero una pequeña multitud de algunos cientos de personas sí que cabe.

Bajan sirviéndose de un escollo ancho y liso que, cual si fuera un espigón natural;

sobresale de las aguas profundas.

Y se colocan en la playita pedregosa y brillante de sal.

Son hombres morenos, enjutos, tostados por el sol y el mar.

Llevan cortas túnicas que dejan descubiertas las extremidades ágiles y delgadas.

Es muy visible la diversidad de la raza respecto a los judíos presentes…

Diversidad que se nota menos respecto a los galileos.

Pues estos siro-fenicios se parecen más a los filisteos lejanos, que a los pueblos cercanos.

Jesús se sitúa en un promontorio pegado a la pared rocosa…

Y empieza a hablar:

–     Se lee en el libro de los Reyes…

Cómo el Señor mandó a Elías que fuera a Sarepta de los Sidones

durante la sequía y carestía que afligieron a la Tierra durante más de tres años.

No es que al Señor le faltaran recursos para dar el necesario sustento a su profeta en todos los lugares.

No lo envió a Sarepta porque en esta ciudad abundasen los alimentos.

Es más, allí la gente ya moría de hambre.

¿Por qué, entonces, Dios mandó a Elías tesbita?

Había en Sarepta una mujer de corazón recto, viuda y santa.

Pobre y sola, madre de un niño;

la cual, a pesar de todo, no se rebelaba contra el tremendo castigo;

ni era desobediente., ni se mostraba egoísta padeciendo el hambre.

Dios quiso agraciarla con tres milagros:

Uno por el agua que ofreció al sediento

otro por el panecillo cocido bajo la brasa, cuando ella no tenía sino un puñado de harina;

otro por la hospitalidad que ofreció al profeta.

Le dio pan y aceite, la vida de su hijo y el conocimiento de la palabra de Dios.

Así podéis ver cómo un acto de caridad, no sólo sacia el cuerpo y aleja el dolor de la muerte;

sino que también instruye al alma en la sabiduría del Señor.

Vosotros habéis ofrecido alojamiento a los siervos del Señor y Él os da la palabra de la Sabiduría.

He aquí entonces, que a este lugar donde no viene la palabra del Señor, una buena acción la trae.

Os puedo comparar con aquella única mujer de Sarepta que recibió al profeta;

vosotros aquí también sois los únicos que recibís al Profeta;

porque si hubiera bajado a la ciudad;

los ricos, los poderosos, no me habrían recibido.

Y los atareados comerciantes y marineros de las naves, no me habrían hecho caso.

Y mi venida aquí habría resultado ineficaz.

Yo ahora os dejaré.

Y diréis: “Pero, ¿Qué somos nosotros? Un puñado de hombres.

¿Qué poseemos? Una gota de sabiduría”.

Pues bien, no obstante, os digo: “Os dejo con el encargo de anunciar la hora del Redentor”.

Os dejo, repitiendo las palabras de Elías profeta:

“El ánfora de la harina no se agotará, el aceite no disminuirá hasta que venga quien lo distribuya con mayor abundancia”.

Ya lo habéis hecho.

Porque aquí hay fenicios mezclados con vosotros de allende el Carmelo.

Señal es de que habéis hablado como se os habló a vosotros.

Como podéis ver el puñado de harina y la gota de aceite no se han agotado;

sino que han aumentado cada vez más.

Seguid haciendo que aumente.

Y si os parece extraño el que Dios os haya elegido para esta obra, porque no os sintáis capaces de llevarla a cabo,

pronunciad la palabra de la profunda confianza:

“Me fiaré de tu palabra y haré lo que dices”.

Un pescador de Israel pregunta:

–      Maestro,

¿Cómo tenemos que comportarnos con estos paganos?

A éstos los conocemos por la pesca.

Nos une a ellos el trabajo, que es el mismo.

Pero, ¿Los otros?

Jesús responde:

–      Dices que participáis del mismo trabajo y ello os une.

¿Y no debería uniros un origen común?

Dios ha creado tanto a los israelitas como a los fenicios.

Los de la llanura de Sarón o los de la Alta Judea, no difieren de los de esta costa.

El Paraíso fue hecho para todos los hijos del hombre.

Y el Hijo del hombre viene para llevar al Paraíso a todos los hombres.

La finalidad es conquistar el Cielo y alegrar al Padre.

Caminad, pues, por el mismo camino y amaos espiritualmente de la misma forma que os amáis por razones de trabajo.

Varios dicen:

–      Isaac nos ha dicho muchas cosas.

–      Pero quisiéramos saber más.

–     ¿Es posible tener a un discípulo para nosotros, tan lejos como estamos?

Judas de Keriot sugiere:

–      Maestro…

Mándales a Juan de Endor,

Vale mucho…

Y además está acostumbrado a vivir entre paganos.

Jesús responde con firmeza:

–      No.

Juan estará con nosotros.

Y volviéndose a los pescadores,

pregunta:

–      « ¿Cuándo termina la pesca de la púrpura?».

–      Con las borrascas de otoño.

Después el mar está demasiado agitado aquí.

–      ¿Volveréis entonces a Sicaminón?

–      Allí y a Cesárea.

Abastecemos mucho a los romanos.

–      Entonces podréis encontraros con los discípulos.

Mientras tanto perseverad.

–      A bordo de mi barca hay uno que yo no quería que viniera…

Pero que se presentó en tu nombre, casi.

–      ¿Quién es?

–      Un joven pescador de Ascalón.

–      Dile que baje y que venga.

El hombre sube a su barca

Y vuelve con un joven tímido al que se ve más bien aturdido, por ser objeto de tanta atención.

El apóstol Juan lo reconoce.

Y dice a Jesús:

–       ¡Oh! sí, Maestro.

Es uno de los que nos dieron el pescado,

Y se levanta a saludarlo,  caminando a su encuentro

diciéndole:

–       ¿Entonces has venido!

¡Eh! Hermasteo.

¿Tú aquí? y ¿Vienes solo?

El joven contesta:

–      Sí, solo.

En Cafarnaúm sentí vergüenza…

Me quedé en la orilla, esperando…

–      ¿Qué esperabas?

–       Ver a tu Maestro.

–      ¿No es todavía el tuyo?

¿Por qué, amigo, eludes la decisión todavía?

Ve a la Luz, que te está esperando.

Mira cómo te observa y sonríe.

Hermasteo se ruboriza más,

y pregunta:

–       ¿Cómo podrá soportarme?

Juan llama a Jesús:

–      Maestro, ven un momento.

Jesús se levanta de su promontorio y va donde Juan.

Juan lo disculpa, diciendo:

–      No se atreve porque es extranjero. 

Jesús contesta con dulzura:

–      Para mí no hay extranjeros.

¿Y tus compañeros?

¿No erais muchos?…

No te apenes.

Tú eres el único que ha sabido perseverar.

Pero, aunque sea por ti sólo, me siento feliz.

Ven conmigo.

Jesús vuelve con su nueva conquista a donde estaba.

Y mirando a Judas,

le dice:

–      A éste sí que se lo vamos a dar a Juan de Endor.

Hermasteo tiene el espíritu y el carácter para se un buen apóstol y alma víctima;

que crecerá mucho espiritualmente junto al juzgado indigno de acompañar al grupo apostólico;

pero que será la gema más preciosa en su corona de corredentor…

Igual que la Magdalena, porque los dos ya aprendieron a ser holocaustos vivientes,

para la gloria del Señor, Único y Trino.

Y se pone a hablarles a todos.

Parábola del minero perseverante…

Un grupo de excavadores bajaron a una mina en que sabían que había tesoros,

que, de todas formas, estaban muy escondidos en las entrañas del suelo.

Y empezaron a excavar.

Pero el terreno era duro y el trabajo fatigoso.

Muchos se cansaron.

Y, arrojando los picos, se marcharon.

Otros se burlaron del responsable del equipo de obreros, casi tratándolo como a un estúpido.

Otros imprecaron contra el estado en que se encontraban, contra el trabajo, contra la tierra, contra el metal…

Y, airadamente, golpearon las entrañas de la tierra y fragmentaron el filón en inservibles partículas.

Y luego,  al ver que en vez de obtener ganancias, sólo se habían hecho daño, se marcharon también.

Se quedó solo el más perseverante.

Con delicadeza trató los estratos de la tenaz tierra, para perforarla sin hacer daños.

Hizo una serie de pruebas, con las que decidió cual seguir en profundidad, excavó…

Al final quedó al descubierto un espléndido filón precioso.

La perseverancia del minero fue premiada y con el metal precioso que descubrió;

pudo obtener muchos trabajos y conquistar mucha gloria y muchos clientes;

porque todos querían de ese metal que solamente la perseverancia había sabido encontrar;

donde los otros holgazanes o iracundos, no habían obtenido nada.

Mas el oro hallado, para que sea bonito hasta el punto de que sirva para el orfebre;

debe a su vez perseverar en su voluntad de dejarse trabajar.

Si el oro, después del primer trabajo de excavación,

no quisiera ya volver a sufrir penas, no pasaría de ser un metal en bruto que no es elaborable.

Así pues, podéis ver cómo no basta el primer entusiasmo para tener éxito;

ni como apóstoles, ni como discípulos, ni como fieles.

El éxito en la vida no se mide por lo que logras; sino por los obstáculos que superas.”

Es necesario perseverar.

Eran muchos los compañeros de Hermasteo;

por efecto del primer entusiasmo, todos habían prometido venir.

Sólo él fue a Cafarnaún y ha venido.

Muchos son mis discípulos, y más lo serán.

Pero sólo la tercera parte de la mitad, sabrán serlo hasta el final.

Perseverar…

Es la gran palabra, para todas las cosas buenas.

¿Cuándo echáis el trasmallo para conseguir las conchas de la púrpura, lo hacéis una sola vez?

No. Lo hacéis una y otra vez y otra, durante horas, días, meses;

ya incluso con la idea de volver al año siguiente al mismo sitio…

Porque ello os da pan y bienestar a vosotros y a vuestras familias.

Pues bien, siendo esto así, ¿Os comportaréis de forma distinta en las cosas más grandes;

como son los intereses de Dios y de vuestras almas, si sois fieles;

vuestras y de vuestros hermanos, si sois discípulos?

En verdad os digo que para conseguir la púrpura de las vestiduras eternas, es necesario perseverar hasta el final.

Y ahora estemos aquí como buenos amigos hasta la hora de volver.

Así nos conoceremos mejor y nos será fácil reconocernos unos a otros…

Y todos se dispersan por la pequeña ensenada peñascosa.

Cuecen mejillones y cangrejos arrebatados a los escollos…

O peces pescados con pequeñas redes.

Y duermen en lechos de algas secas, dentro de cavernas abiertas en la costa rocosa por los terremotos o las olas.

Y el cielo y el mar son un azul cegador que se besa en el horizonte;

las gaviotas, continuo carrusel de vuelos, del mar a los nidos, con gritos y batir de alas;

únicas voces que, junto con el chapoteo de las olas, hablan en esta hora de bochorno estivo.

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212 RAZÓN DEL SILENCIO


212 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Luego Jesús baja a la cocina; pero al ver que Juan va a salir para ir a la fuente;

en vez de quedarse en la cocina caliente y humosa, prefiere ir con él.

Y deja a Pedro batallando con unos peces que acaban de traer los mozos de Zebedeo, para la cena del Maestro y los apóstoles.

No van al manantial de las afueras del pueblo, sino a la fuente de la plaza;

que recibe el agua del abundante manantial que brota de la escarpa del monte que está junto al lago.

En la plaza se ve la consabida aglomeración de gente, típica de los pueblos palestinos por la tarde.

Mujeres con ánforas, niños jugando, hombres hablando de negocios o… de dimes y diretes del lugar.

Pasan también, circundados de siervos o clientes, los fariseos, dirigiéndose hacia las casas ricas;

todos se apartan para dejarlos pasar, haciéndoles reverencias.

Aunque luego, nada más que han pasado, los maldicen de corazón y cuentan sus últimos atropellos y engaños.

Mateo, en un ángulo de la plaza, arenga a sus amigos de antes…

lo cual hace decir en tono despreciativo y en voz alta,

al fariseo Urías:

–     ¡Las famosas conversiones!

El apego al pecado permanece.

Se ve en que se mantienen las amistades. ¡Ja!, ¡ja!

Entonces Mateo, resentido, se gira…

y responde:

–     Se mantienen para convertirlos».

–     ¡No es necesario!

Es suficiente tu Maestro.

Tú manténte a distancia, no vaya a ser que te vuelva la enfermedad;

suponiendo que verdaderamente estés curado.

Mateo se pone violáceo por el esfuerzo de no decirle cuatro verdades.

Pero se limita a contestar:

–     Ni temas ni esperes.

–    ¿Qué?

–     Que no temas que vuelva a ser Leví el publicano.

Y que no esperes que te imite para perder a estas almas.

Las distancias y los desprecios te los dejo a ti y a tus amigos.

Yo imito a mi Maestro y me acerco a los pecadores, para conducirlos a la Gracia.

Urías se dispone a replicar, pero en esto llega el otro fariseo, el viejo Elí,

que dice:

–     Pero hombre, no manches tu pureza.

No contamines tu boca amigo; ven conmigo.

Y toma del brazo a Urías y le lleva hacia su casa.

Entretanto la gente, especialmente los niños, se han ido arrimando más a Jesús.

Entre los niños están la pareja de hermanitos Juana y Tobías, los que en un día ya lejano;

reñían por unos higos.

Ahora le dicen a Jesús, mientras toquetean con las manitas su alto cuerpo, para llamar su atención:

–     ¡Oye, oye!

¡Hoy también hemos sido buenos!,

¿Sabes?

No hemos llorado en todo el día, ni nos hemos molestado, por amor a Tí.

¿Nos das un beso?

Jesús les dice: 

–     ¿Entonces habéis sido buenos?  

¡Y por amor a Mí!

¡Qué alegría me dais!

Aquí tenéis el beso.

Mañana sed mejores todavía.

También está Santiago, el niño que llevaba todos los sábados, la bolsa de Mateo a Jesús.

Dice:

–     Leví ya no me da nada para los pobres del Señor.

Pero yo he reservado toda la recompensa que me dan, cuando soy bueno.

Toma.

¿Se lo das a los pobres por mi abuelo?

–     Sí claro.

Pero, ¿Qué le pasa a tu abuelo?

–     Ya no puede andar.

Es muy viejo y no se mantiene en pie con las piernas.

–     ¿Te entristece esto?

–     Sí,.

Porque era mi maestro, cuando caminábamos por el campo.

Me decía muchas cosas.

Me hacía amar al Señor.

Ahora todavía me habla de Job y me muestra las estrellas del cielo, pero…

Desde su silla…

Era más bonito antes.

–     Iré mañana a ver a tu abuelo.

Estás contento?

Pero Benjamín el de Cafarnaúm, que ha llegado a la plaza con su mamá y ha visto a Jesús.

Suplanta a Santiago.

Suelta la mano materna y corre con un grito que parece de golondrina, adentro de la pequeña muchedumbre.

Ha llegado donde Jesús, le rodea con los brazos las rodillas,

y le dice: 

–     ¡También a mí!

¡Hazme también a mí una caricia

En ese momento pasa el fariseo Simón.

Dedica a Jesús una pomposa reverencia.

Jesús devuelve el saludo.

El fariseo se para y mientras la gente se aparta como atemorizada,

dice:

–     A mí no me harías una caricia?

Y sonríe levemente.

–     A todos los que me la piden.

Me alegro contigo Simón, de que estés en perfecta salud.

Me habían dicho en Jerusalén que habías estado muy enfermo.

–     Sí. Mucho.

Deseaba verte… para sanar.

–     ¿Creías que podía hacerlo?

–     Nunca lo he dudado.

Pero he tenido que curarme solo, porque has estado ausente durante mucho tiempo.

¿Dónde has estado?

–     En los confines de Israel:

Así he ocupado los días entre Pascua y Pentecostés.

–     ¿Muchos éxitos?

He sabido lo de los leprosos de Hinnon y Siloán.

Grandioso.

–     ¿Sólo eso?

–     No, ciertamente.

Pero eso se sabe por el sacerdote Juan.

Quien no tiene prejuicios, cree en Tí y es feliz.

–     ¿Y quien no cree porque tiene prejuicios?

¿Qué es de él, sabio Simón?

El fariseo se turba un poco…

Vacila entre el deseo de no condenar a sus demasiados amigos, que tienen prejuicios contra Jesús.

Y el de merecer de verdad los elogios de Jesús.

Vence éste último,

y dice:

–     Quien no quiere creer en Tí…

A pesar de las pruebas que das, está condenado

–     Yo no quisiera la condena de ninguno…

–     Tú.

Y sin embargo, nosotros no correspondemos contigo con la misma medida de bondad, que Tú tienes con nosotros.

Son demasiados los que no te merecen…

Jesús, quisiera invitarte mañana a mi casa…

–     Mañana no puedo.

Dejémoslo para dentro de dos días.

¿Aceptas?

–     Siempre.

Vendrán… amigos míos…

Tendrás que compadecerlos si…

–     Sí, sí.

Iré con Juan.

–     ¿Sólo él?

–     Los otros tienen otros encargos.

Mira, están volviendo de la campiña.

Paz a ti, Simón.

–     Dios esté contigo, Jesús.

El fariseo se marcha.

Y Jesús se reúne con los apóstoles.

Vuelven a casa para la cena.

Mientras están a la mesa, comiendo el pescado asado;

llegan unos ciegos que ya antes en el camino, habían implorado el favor de Jesús.

Repiten ahora su súplica:

–    « ¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de nosotros!».

A lo cual, en tono de reproche,

contesta Simón-Pedro:

–     ¡Marchaos, hombre!

Si os ha dicho que mañana, es mañana.

Dejadlo comer. 

Jesús objeta: 

–     No, Simón.

No los eches.

Tanta constancia merece un premio.

Y a los ciegos,

les dice:

–     Entrad los dos.

Los ciegos entran tentando con el bastón el suelo y las paredes.

–     ¿Creéis que os puedo devolver la vista?

–     ¡Oh, sí, Señor!

Hemos venido porque estamos seguros de ello.

Jesús se levanta de la mesa y se acerca a ellos.

Pone las yemas de sus dedos en los párpados ciegos, levanta el rostro, ora…

Y dice:

–     Hágase con vosotros según la fe que tenéis.

Entonces quita las manos:

En uno, los párpados que antes no tenían movimiento se mueven, porque la luz hiere de nuevo sus pupilas renacidas.

Al otro se le desellan los párpados, de forma que donde antes había una sutura natural;

debida ciertamente a úlceras mal curadas; ahora se forma de nuevo el borde palpebral sin defectos.

Y sube y baja con movimiento de ala.

Los dos caen de rodillas.

–     Levantaos.

Marchaos.

Cuidad de que nadie sepa lo que he hecho con vosotros.

Llevad a vuestras ciudades la nueva de la gracia recibida.

A los familiares, a los amigos.

Aquí ni es necesario ni es bueno para vuestra alma.

Conservadla inmune de toda lesión a su fe; de la misma forma que ahora que sabéis lo que son los ojos…

Los preservaréis de toda lesión, para no quedaros ciegos de nuevo.

Los curados se van llorando de felicidad.

Termina la cena.

Suben a la terraza, donde hay un poco de aire fresco.

El lago es todo un cabrilleo bajo el cuarto de luna.

Jesús se sienta en el borde del antepecho y se abstrae, contemplando este lago de plata en movimiento.

Los demás hablan entre sí, aunque en voz baja, para no molestarlo.

Eso sí, lo miran como embelesados.

¡Claro! ¡Qué hermosura la suya!

Tiene la cabeza levemente hacia atrás, apoyada sobre el áspero sarmiento de vid que desde ahí sube y se extiende por la terraza.

Le aureola por entero una luna que ilumina su rostro, al mismo tiempo severo y sereno;

permitiendo estudiarlo hasta sus mínimos detalles.

Sus ojos de forma alargada, de un azul que en la noche asemeja casi al color del ónix;

parecen emanar olas de paz sobre todas las cosas.

De vez en cuando se levantan hacia el cielo sereno, sembrado de astros.

Otras veces descienden para mirar a las colinas.

O más aún para mirar al lago; más todavía.

Y entonces se quedan fijos en un punto indeterminado y parecen sonreír ante algo que sólo ellos ven.

Sus cabellos ondean leves con el viento ligero.

Está sentado al sesgo, con una pierna suspendida a poca distancia del suelo y la otra apoyada en la tierra. 

Las manos relajadas sobre el regazo.

Su vestidura blanca parece acentuar su propio candor, haciéndose casi de plata por la luz lunar.

Sus largas manos blanco marfil, parecen intensificar la propia tonalidad de marfil viejo…

Y la propia belleza viril, a pesar de su forma ahusada.

También la cara, con su frente alta y su nariz recta;

con sus delicadas mejillas ovaladas, alargadas por la barba rubia-cobre, que parece bajo esta luz lunar; 

hacerse de color marfil viejo, perdiendo el tenue matiz róseo, que de día se nota en los pómulos. 

Pedro pregunta: 

–    ¿Estás cansado, Maestro? 

–     No.

–     Te veo pálido y pensativo…

–     Estaba pensando, sí…

Pero no creo que esté más pálido de lo habitual.

Venid aquí…

La luz de la luna os pone a todos vosotros pálidos también.

Mañana iréis a Corazaín.

Quizás encontréis a algunos discípulos.

Habladles.

Y tened en cuenta que mañana a la caída de la tarde, tenéis que estar aquí.

Predicaré junto al torrente.

Andrés pregunta: 

–     ¡Qué bien!

Se lo diremos a los de Corazaín.

Hoy, regresando aquí, nos hemos encontrado con Marta y Marcela.

¿Habían estado aquí.

–     Sí.

Santiago de Zebedeo dice: 

–     En Mágdala se hablaba mucho de María:

Que ya no sale de casa, ya no organiza fiestas.

Nos hemos parado a descansar donde la mujer de la otra vez.

Benjamín me ha dicho que cuando le vienen ganas de comportarse mal, piensa en Tí y… 

Judas dice: 

–    … Y en mí.

Puedes decirlo, Santiago.

–     No lo ha dicho.

–     Lo ha dado a entender diciendo:

“Yo no quiero ser guapo, pero malo” 

Y me ha mirado de reojo.

No me puede soportar…  

Jesús dice: 

–     Antipatías sin peso, Judas.

No pienses en ello.

–     Sí, Maestro.

Pero es molesto que…  

Una voz masculina, gritando desde el camino,

lo interrumpe: 

–     ¿Está el Maestro? 

Pedro ordena: 

–     Está… 

Pero, ¿Qué queréis otra vez ahora?

¿No os basta todo el tiempo del día?

¿Es hora ésta de venir a importunar a unos pobres peregrinos?

Volved mañana.

–     Es que tenemos aquí con nosotros a un mudo endemoniado.

Se nos ha escapado tres veces por el camino;

Si no, hubiéramos llegado antes.

¡Sed benévolos!

Dentro de poco, cuando la Luna esté alta, dará fuertes gritos y atemorizará a todo el pueblo.

¿Veis como ya empieza a agitarse?

Jesús atraviesa toda la terraza y se asoma por el antepecho.

Los apóstoles hacen lo mismo.

Es un collar de cabezas inclinadas hacia una turba de gente;

que a su vez la levantan hacia aquellos que la agachan.

En medio, con movimientos y aullidos de oso o de lobo, encadenado;

hay un hombre bien atado por las muñecas para impedir que se escape.

Aúlla revolviéndose con movimientos animalescos y como buscando en el suelo quién sabe qué cosa.

Cuando alza los ojos y se encuentra con la mirada de Jesús, emite un grito brutal, inarticulado.

Un verdadero aullido…

Y trata de huir.

La multitud, casi toda Cafarnaúm, se aparta atemorizada.  

El hombre suplica: 

–     ¡Ven, por caridad!

¡Le está volviendo a dar como antes…!  

Jesús responde: 

–     Voy enseguida.

Y Jesús baja rápidamente y va de frente hacia el desdichado;

que está más agitado que nunca.

Jesús ordena: 

–     Sal de éste! ¡Lo quiero!

El aullido queda estrellado en una palabra:

–     ¡Paz!

Sí, paz.

Ten paz ahora que has sido liberado.

La muchedumbre grita maravillada al ver el inmediato paso, de la furia a la quietud;

de la posesión a la liberación;

del mutismo a la posibilidad de hablar.  

Jesús pregunta: 

–     ¿Cómo habéis sabido que estaba aquí?

–     En Nazaret nos dijeron: 

“Está en Cafarnaúm”.

En Cafarnaúm nos lo confirmaron dos hombres, que decían que les habías curado los ojos, en esta casa.

Muchos dicen: 

–     Es verdad.

–    Es verdad.

–    Nos lo han dicho también a nosotros…

Y comentan:

–     « ¡Jamás se han visto cosas semejantes en Israel!

Mas los fariseos de Cafarnaúm -entre los que no está Simón-, con risa sarcástica,

dicen:

–     Si no fuera con la ayuda de Belcebú, no las haría.  

El liberado dice: 

–     Ayuda o no ayuda, estoy curado.

Y los ciegos también.

Vosotros no lo podríais hacer a pesar de vuestras altas oraciones.

Replica el endemoniado mudo curado.

Y besa la túnica de Jesús.

El cual no responde a los fariseos.

Se limita a despedir a la muchedumbre,

diciendo:

–     La paz esté con vosotros.

Retiene al hombre curado y a los que lo acompañan,.

Y les ofrece hospedaje en la habitación alta para que descansen hasta el alba.

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210 EN CAFARNAÚM


210 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En Betsaida, Jesús habla en la casa de Felipe.

Se ha reunido mucha gente y llega uno de Cafarnaúm a rogarle que vaya lo más pronto posible a la casa del sinagogo, porque su hija se está muriendo.

Jesús promete que irá durante el transcurso de la mañana, cuando termine de hablar y curar enfermos.

Un par de horas después, Jesús camina por una calle polvorienta que bordea la ribera del lago.

Va rodeado por una gran multitud que lo ha seguido desde Betsaida y a la que se ha juntado la de Cafarnaúm.

Se amontonan a su alrededor, no obstante que los apóstoles se esfuerzan en separarlos;

utilizando los brazos, las espaldas… 

Y gritando en voz alta, exigiendo que lo dejen pasar.

Jesús por su parte, no se inquieta por el alboroto.

Mucho más alto que todos los que lo rodean, mira con una dulce sonrisa a la gente que lo estruja. 

Responde a los saludos, acaricia a los niños que logran acercársele.

Y a los que las madres le ponen a su alcance para que los toque

De esta forma sigue caminando, lenta y pacientemente;

en medio de estos apretujamientos que pondrían histérico a cualquiera.

Se oye el grito angustiado de un hombre:

–     ¡Abrid paso!

¡Abrid paso!

Los que lo conocen y lo respetan mucho, a duras penas le abren paso.

Es un hombre maduro y vestido como dignatario del Templo.

Cuando llega ante Jesús se postra a sus pies,

y suplica:

–      ¡Oh, Maestro!

¿Por qué has tardado tanto?

Mi niña está agonizando.

Nadie la puede curar…

Tú Eres mi esperanza y la de mi mujer.

Ven Maestro.

Te he esperado con ansia infinita.

Ven. Ven al punto.

Mi única hija está muriendo…

Y rompe en un llanto desconsolado.

Jesús pone su mano sobre la cabeza del hombre que solloza angustiado.

Y le dice:

–     No llores.

Ten fe. Tu niña vivirá.

¡Vamos! ¡Levántate! ¡Vamos! –estas últimas palabras son perentorias como una orden.

Y vuelven a ponerse en camino.

Jesús lleva de la mano al padre que llora.

Santiago y Judas vienen detrás, tratando de formar una barrera.

Todos los demás apóstoles intentan rechazar a la muchedumbre que casi los aplasta.

Jesús, de repente se detiene y se voltea con todo su cuerpo;

soltando la mano del padre que ha tratado de consolar.

Toma la actitud majestuosa de un rey, con el rostro y la mirada severos.

Con sus ojos investigadores, busca entre la muchedumbre.

Sus ojos despiden una luz de majestad,

cuando pregunta:

–    ¿Quién me ha tocado?

Nadie responde.

Jesús insiste:

–   ¿Quién me ha tocado?

Judas y varios apóstoles dicen:

–     Maestro…

¿Acaso no ves cómo la gente nos apretuja por todas partes?

–     Todos te tocan no obstante nuestros esfuerzos.

–     ¿Cómo puedes preguntar quién te ha tocado?

Jesús responde:

–     Pregunto qué quién me ha tocado para alcanzar un milagro.

He sentido que la virtud de hacer un milagro, ha salido de Mí;

porque lo pidió un corazón con fe.

¿De quién es este corazón?

Los ojos de Jesús bajan hasta una mujer madura, vestida muy pobremente.

Y que trata de desaparecer entre la multitud.

Los ojos divinos le traspasan el alma y ella comprende que no puede huir.

Se arroja a los pies de Jesús,

y suplica:

–     Perdón Señor.

Fui yo.

Estaba enferma.

¡Desde hace doce años que estaba enferma!

Todos huían de mí.

Mi marido me abandonó.

He gastado todos mis bienes para no ser tenida como oprobio;

pero nadie pudo curarme.

Lo ves Maestro: He envejecido antes de tiempo…

Las fuerzas se me escaparon con este flujo incurable.

Uno a quién curaste de su lepra y que no tuvo asco de mí; me dijo que Eres Bueno.

¡Perdóname!

Pensé que con solo tocarte me curaría.

Pero no te he hecho inmundo.

Toqué la punta de tu vestido que va tocando el suelo…

Que toca lo sucio del camino.

También yo soy una suciedad…

¡Pero estoy curada! ¡Bendito seas!

En el momento en que toqué tu vestido, mi mal se detuvo.

Ya nadie huirá más de Mí.

Podré recuperar a toda mi familia y los podré acariciar.

¡Gracias Jesús!

¡Maestro Bueno!

¡Qué siempre seas Bendito!

Jesús la mira con un amor infinito.

Le sonríe y le dice:

–     Vete en paz, hija.

Tu fe te ha salvado.

Estás curada para siempre.

Sé buena y sé felíz.

Vete

En este preciso momento, llega un siervo.

Y dice ansioso al padre que estaba llorando:

–     Tu hija ya murió.

Es inútil que molestes al Maestro.

Su espíritu la ha abandonado…

Y ya las mujeres comenzaron los lamentos.

Tu mujer te manda el recado y te ruega que regreses al punto.

El pobre padre emite un sollozo ahogado.

Se lleva las manos a la cabeza y se oprime, abrumado por el dolor.

Y se dobla como si hubiese sido derribado por un golpe.

Jesús se vuelve y poniendo la mano sobre la espalda encorvada,

le dice:

–    Ya te lo he dicho:

Ten fe. Ahora te lo repito: Ten fe.

No tengas miedo. Tu niñita vivirá.

Vamos allá.

Abraza al hombre aniquilado por el dolor y lo conduce suavemente.

La multitud, que se ha quedado pasmada por el milagro que acaba de suceder, se detiene atemorizada.

Se divide y no estorba más el paso.

Esto hace que el grupo apostólico avance más rápidamente.

Cuando llegan al centro de Cafarnaúm, enfrente de una bella casona, están las plañideras a todo pulmón.

Jesús dice a los suyos que permanezcan en el umbral.

Y llamando a Pedro, Juan y Santiago de Alfeo;

con ellos entra a la casa.

Mantiene fuertemente asido al padre que llora amargamente.

Parece como si quisiera infundirle la certeza, de que Él está allí para hacerlo feliz.

Las plañideras al ver al dueño de la casa y a sus acompañantes, aumentan aun más sus aullidos.

Baten las manos y tocando unos triángulos al ritmo de la música, apoyan sus lamentos.

Jesús ordena suavemente:

–     Callaos.

No es necesario que lloréis.

La niña no está muerta, sino que está dormida.

Las mujeres lanzan gritos más desgarradores y algunas se arrojan por tierra.

Y simulan arañarse, mostrando muchos gestos de desesperación, para demostrar que sí ha muerto.

Los que tocan los instrumentos, los parientes y amigos de la familia; 

sacuden la cabeza ante lo que consideran una ilusión de Jesús.

Jesús repite con imperio:

–     ¡Callaos!

Y hay tal energía en la demanda, que lo obedecen a regañadientes.

Jesús avanza hasta la habitación donde está extendida sobre el lecho, una niña de unos once años;

muerta, delgada y palidísima.

Ya ha sido arreglada para el sepulcro y la cubren muchas flores.

Su mamá llora y besa su manita, que parece de cera.

Jesús se transfigura con una belleza extraordinaria…

Y se acerca rápido hasta el lecho.

Los tres apóstoles se quedan en la puerta e impiden el paso a los curiosos

El padre avanza hasta los pies del lecho y la contempla, paralizado por el dolor.

Jesús se dirige al lado contrario de donde llora la madre y extiende su mano izquierda.

Con ella toma la otra mano inerte de la niña…

Y levantando su brazo derecho, ordena con absoluta majestad:

–   ¡Niña!

¡Yo te lo ordeno!

¡Levántate!

Después de unos segundos electrizantes en los que todos;

menos Jesús y la muerta, quedan en suspenso…

Los apóstoles alargan su cuello para ver mejor.

Tanto el padre como la madre, desgarrados por el dolor, miran angustiados a su hija.

Luego…

Un instante que pareciera un siglo…

Y enseguida se escucha un profundo suspiro, que se levanta del pecho de la muertita.

Un ligero color empieza a cubrir la carita de cera y hace desaparecer la palidez de la muerte…

Una sonrisa se dibuja en los exangües labios, que de pronto se sonrojan…

Justo antes de que unos bellos ojos castaños se abran.

Es como si ella despertase de un apacible sueño…

Y sorprendida mira a su alrededor…

Ve el rostro de Jesús que le sonríe con una dulzura incomparable…

Y ella le sonríe a su vez.

Jesús repite con ternura:

–    Levántate.

Y con su amorosa mano sosteniendo la pequeñita que lo acoge sin miedo;

la ayuda a levantarse.

Mientras separa todos los preparativos fúnebres que la cubrían.

La ayuda a bajar del lecho y hace que de unos pasos.

Jesús ordena suavemente:

–     Ahora dadle de comer.

Está curada.

Dios la ha devuelto.

Dadle gracias y no digáis a nadie lo que le había pasado.

Habéis creído y merecido un milagro.

Los otros no han tenido fe…

Inútil es el persuadirlo.

Dios no se muestra a quién niega el milagro.

Y tú niña, sé buena.

Adiós.

Y sale diciendo a los atónitos padres:

–     La paz sea en esta casa.

Cierra la puerta detrás de Sí y se reúne con sus apóstoles.

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208 UN SUEÑO REALIZADO


208 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En un bello amanecer en el lago de Galilea,

Jesús está con todos los apóstoles y también con Judas de Keriot,

que ya está totalmente recuperado y con una cara más dulce.

Tal vez debido a la enfermedad y a los cuidados que recibió.

También está Margziam, un poco atemorizado porque es la primera vez que está en el agua.

Trata de disimular, pero a cada movimiento fuerte de la barca;

se agarra con un brazo del cuello de la oveja, que comparte su mismo miedo con él,

balando lastimosamente…

Y con el otro se agarra de lo que puede y cierra los ojos,

convencido de que ha llegado su última hora.

Pedro le da un cachetito y le dice:

–    No tengas miedo.

Un discípulo jamás debe temer.

El niño dice que no con la cabeza, pero como el viento sopla más fuerte y el agua se mueve más; 

conforme se van acercando a la desembocadura del río Jordán,

Margziam se asusta más. 

Aprieta más fuerte los ojos y cuando una ola azota fuertemente,

sobre un costado de la nave, grita de miedo.

Algunos se ríen.

Otros se burlan de Pedro, porque quiso ser padre de uno que no sabe estar en la barca.

Y otros se burlan de Margziam, porque dijo que quería ir por tierras y mares, a predicar a Jesús. 

 Y ahora tiene miedo de navegar unos cuantos km. En el lago.

Pero Margziam se defiende diciendo:

–     Cada quien tiene miedo de lo que no conoce.

Yo del agua y Judas de la muerte…

¡Y vaya que Judas debió haber tenido miedo de morir!

En lugar de reaccionar como acostumbra;

con un dejo de cansancio y tristeza,

dice:

–   Dijiste bien.

Se tiene miedo de lo que no se conoce.

Pero ahora estamos por llegar a Betsaida y tú estás seguro de encontrar allí amor.

Andrés le pregunta sorprendido:

–    ¿Desconfías de Dios?

Judas contesta:

–    No.

Desconfío de mí mismo. 

En los días en que estuve enfermo, rodeado de tantas mujeres puras y buenas.

¡Me sentí tan pequeño en mi espíritu!

¡Cuánto he pensado!

Decía:

–    “Si ellas todavía trabajan para ser mejores y para conquistar el Cielo.

¿Qué cosa debo hacer yo?…  

Se vuelve hacia Jesús,

preguntando:

–    ¿Llegaré alguna vez, Maestro?

Jesús dice:

–    Con buena voluntad, todo se puede.

–    Pero mi voluntad es muy imperfecta.

–    El auxilio de Dios, pone en ella lo que le hace falta, para ser completa.

Tu actual humildad ha nacido de la enfermedad.

Piensa pues que el Buen Dios ha proveído mediante un incidente penoso,

para darte una cosa que antes no tenías.

–    Es verdad, Maestro.

Pero, ¡Esas mujeres!

¡Qué perfectas discípulas!

No me refiero a tu Mamá.

Ella es cosa aparte y clara.

Me refiero a las demás.

¡Oh! ¡Verdaderamente se superaron!

He sido una de sus primeras pruebas en su futuro ministerio.

Créeme, Maestro.

Puedes apoyarte seguro en ellas.

Elisa y yo estuvimos bajo sus cuidados.

Elisa ha regresado a Betsur con el alma rehecha y yo…

espero rehacérmela ahora que tanto trabajaron…

Judas, todavía débil, llora.

Jesús, que está sentado a su lado, le pone una mano sobre la cabeza;

mientras hace un gesto a los demás para que guarden silencio.

Pero, la verdad es que Pedro y Andrés están muy ocupados,

con las últimas maniobras de atracada.

Y no hablan.

Simón Zelote, Mateo, Felipe y Margziam, no tienen ninguna intención de hacerlo. 

Quién porque está distraído por el ansia de la llegada.

Quién porque es de por sí prudente.

La barca penetra en el río Jordán.

Poco después se detiene en el guijarral.

Los mozos bajan para asegurarla atándola con una soga a una peña.

Y para afianzar una tabla que sirva de puente.

Pedro entretanto, se pone de nuevo la túnica larga.

Y lo mismo hace Andrés.

Mientras, la otra barca ya ha hecho la misma maniobra y están bajando los otros apóstoles.

También Judas y Jesús bajan.

Pedro por su parte, está poniéndole su vestido nuevo al niño.

Y lo arregla para presentarlo en orden a su mujer…

Ya han bajado todos, con las ovejas incluidas.

Pedro dice: 

–     Y ahora pongámonos en marcha.

Está realmente emocionado.

Le da la mano al niño, que está también muy emocionado.

Tanto que se olvida de las ovejitas.

Juan se ocupa de ellas.

Margziam está tan angustiado;

que cuando Pedro lo toma de la mano;

no puede ocultar un destello de miedo.

Y estremeciéndose pregunta:

–    Pero, ¿Me aceptará?

¿De veras me amará?

Pedro solicita con la mirada, la ayuda a Jesús.

Jesús sonríe…

y dice:

–     No os preocupéis.

Pedro lo tranquiliza.

Aunque quizás el miedo se le ha contagiado,

porque dice a Jesús:

–     Háblale Tú a Porfiria, Maestro. 

Porque creo que no sabré expresarme bien.

Jesús sonríe.

Pero promete hacerlo.

Siguiendo por la arena a lo largo de la playa, pronto llegan a la casa de Pedro.

Encuentran a Porfiria ocupada en sus quehaceres domésticos.

Jesús se asoma a la puerta de la cocina, donde Porfiria está ordenando sus trastos.

Y en cuanto la mujer de Pedro se da cuenta.

Se alegra tanto y exclama: 

–  ¡Jesús! ¡Simón!

Y corre a postrarse primero ante Jesús…

Luego da la bienvenida a su marido.

Enseguida, levantando una cara que no es un dechado de belleza;

pero que está iluminada por una gran bondad,

continúa toda ruborizada:   

–     ¡Tanto que os he estado esperando!

¿Estáis todos bien?

Venid. Venid.

Estaréis muy cansados…

Jesús sonríe y dice:

–    No.

Venimos de Nazareth, dónde nos detuvimos unos días.

Y de Caná, donde también estuvimos algunos días.

En Tiberíades estaban las barcas.

Puedes ver que no estamos cansados.

Judas se encuentra débil, porque estuvo enfermo.

Y también traíamos un niño con nosotros.

Porfiria exclama:

–    ¡Oh!

¿Un niño? 

¿Un discípulo pequeño?

–    Un huérfano que recogimos en el camino.

Porfiria ve a Margziam, que está semiescondido detrás de Jesús…

Y se arrodilla extendiendo sus brazos hacia él. 

Diciendo: 

–   ¡Oh, prenda!

¡Ven tesoro para que te bese!

Margziam se deja abrazar y besar sin protestar.

Y mientras lo estrecha contra sí y la mejilla del niño está junto a la suya,

Porfiria dice:

–    Y ahora os lo lleváis.

Tan pequeño y frágil que es!

Se cansará…

Una gran compasión irradia en su voz.

Jesús dice:

–    En realidad, yo tenía pensado confiarlo a alguna discípula;

cuando nos vamos lejos de Galilea, del lago…

Porfiria lo interrumpe anhelante:

–    ¿A mí no Señor?

Nunca tuve hijos.

Sobrinos sí y sé cómo tratar a los niños.

Soy la discípula que no sabe hablar.

Que no estoy  muy sana para poder seguirte, como lo hacen las otras que…

¡Oh! ¡Tú lo sabes!

Seré cobarde si quieres.

Pero entiendes entre qué tenazas me encuentro…  

Mi madre es demasiado dominante…

¿Tenazas dije?… No.

Me encuentro en medio de dos sogas,

que me arrastran en direcciones contrarias.

Y no tengo el valor para romper una de ellas.

Déjame servirte aunque sea un poco, siendo la mamá-discípula de este niño.

Le enseñaré todo lo que las otras enseñan a tantos…

A amarte..

Jesús le pone la mano sobre la cabeza,

y dice:

–   Hemos traído aquí al niño.

Porque aquí habría encontrado una madre y un padre.

¡Ea pues! Formemos una familia.

Y Jesús pone la mano de Margziam sobre la de Pedro,

que tiene los ojos anegados de lágrimas.

Y luego las une con la de Porfiria.

Agrega:

–    Educadme santamente a este inocente..

Pedro se seca las lágrimas con el dorso de la mano.

Y Porfiria, que se ha quedado como estatua por la estupefacción.

Sacude su cabeza cómo si no pudiera asimilar, lo que está pasando…

Vuelve a arrodillarse…

Y dice:

–    ¡Oh, Señor mío!

Me quitaste al esposo haciéndome casi viuda;

pero ahora me das un hijo…

Así pues devuelves todas las rosas a mi vida.

No sólo las que tomaste, sino las que nunca tuve

Qué seas Bendito.

Amaré a este niño, mucho más que si hubiese salido de mis entrañas.

Porque Tú me lo has dado…

Y besa la orla del vestido de Jesús.

Luego abraza estrechamente a Margziam…

Y lo sienta sobre sus rodillas.

Es una mujer absolutamente felíz…

Jesús dice:

–   Dejémosla expansionarse.

Quédate también tú Simón Pedro.

Nosotros vamos a la ciudad a predicar.

Vendremos al atardecer, a pedirte comida y descanso.

Y Jesús sale con los apóstoles, dejando tranquilos a los tres…

Juan dice:

–     Mi Señor.

A Simón hoy se le ve muy feliz!

–     ¿Tú también quieres un niño?

–     No.

Sólo quisiera un par de alas para elevarme hasta las puertas del Cielo.

Y aprender el lenguaje de la Luz, para repetirlo a los hombres.

Y sonríe.

Acondicionan a las ovejitas en el fondo del huerto, junto al local de las redes.

Y les dan ramitas, hierba y agua del pozo.

Luego se marchan hacia el centro de la ciudad.

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207 UNA DULCE MUERTE


207 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús, en compañía de Simón Zelote, llega al jardín de Lázaro en una bellísima mañana de verano.

Todavía no ha concluido la aurora, así que todo está fresco y risueño.

El  jardinero, que ha acudido a recibir al Maestro;

señala a Jesús el ruedo de un atavío  blanco que desaparece tras un seto,

y dice:

–     Lázaro va a la pérgola de los jazmines con unos rollos para leer.

Ahora lo llamo.

–     No, voy Yo, solo.

Jesús camina ligero a lo largo de un sendero limitado por setos florecidos.

La hierbecilla que hay al pie del seto amortigua el sonido de los pasos.

Jesús trata de poner el pie precisamente en la hierba, para llegar adonde Lázaro de improviso.

Lo sorprende de pie, erguido, con los rollos apoyados en una mesa de mármol, orando en voz alta.

Está diciendo:

–     No me niegues lo que te pido, Señor.

Haz crecer este hilo de esperanza que ha nacido en mi corazón.

Dame lo que con lágrimas, con las obras, con el perdón, con todo mi ser, te he pedido diez mil, cien mil veces.

Dámelo y tómate a cambio mi vida.

Dámelo en nombre de tu Jesús, que me ha prometido esta paz.

¿Puede, acaso, mentir?

¿Tendré que pensar que su pro-mesa fue sólo con palabras?

¿O que su poder es inferior al abismo de pecado que es mi hermana?

Respóndeme, Señor, que yo me resignaré por amor a ti…

Jesús dice: 

–     ¡Sí, te respondo! 

Lázaro se vuelve como movido por un resorte, 

y grita:

–     ¡Mi Señor!

¿Cuándo has venido

Y se inclina para besar la túnica de Jesús.

–     Hace algunos minutos.

–     ¿Solo?

–     Con Simón Zelote.

Pero aquí, donde estabas tú, he venido solo.

Sé que me debes decir una cosa importante.

Dímela, pues.

–     No.

Antes responde a las preguntas que dirijo a Dios.

Según tu respuesta te la diré.

–     Dime esta cosa importante tuya, dímela.

La puedes decir…

Y Jesús sonríe y lo invita a hablar abriendo los brazos.

–     ¡Dios altísimo!

¿Entonces es verdad?

¿Entonces sabes que es verdad!

Y Lázaro va a los brazos de Jesús, a confiarle su cosa importante.

–     María ha llamado a Marta a Mágdala.

Marta se ha puesto en camino afligida, con el temor de que hubiera ocurrido alguna grave desgracia…

Yo me he quedado aquí solo, con el mismo temor.

Pero Marta, con el sirviente que la ha acompañado, me ha mandado una carta que me ha llenado de esperanza.

Mira, la tengo aquí, en mi pecho; la tengo aquí porque me es más preciosa que un tesoro.

Son pocas palabras, pero las leo cada poco, para estar seguro de que verdaderamente han sido escritas.

Mira… 

Y Lázaro saca de entre su vestido un pequeño rollo atado con una cintita violeta.

Lo desenrolla.

Y dice: 

–      ¿Ves?

Lee, lee.

En voz alta.

Leída por Tí me parecerá aún más verdadero. 

Jesús lee:   

“Lázaro, hermano mío, paz y bendición.

He llegado pronto y bien.

Mi corazón ha dejado de palpitarme por miedo a nuevas desgracias,

porque he visto a María, a nuestra María, sana…

Y… sí, debo decirte que menos exaltada de aspecto que antes.

Ha llorado reclinada sobre mi pecho.

Un profundo llanto…

Y, luego, por la noche, en la habitación a que me había llevado, me preguntó muchas cosas.

Muchas, sobre el Maestro.

Por ahora sólo esto; pero yo, que veo el rostro de María además de oír sus palabras,

digo que en mi corazón ha nacido la esperanza.

Ora, hermano. Ten esperanza. ¡Ah, si fuera verdad!…

Me quedo todavía un tiempo porque percibo que quiere tenerme cerca,

como para sentirse defendida de la tentación.

Y para descubrir lo que nosotros ya conocemos: la bondad infinita de Jesús.

Le he hablado de aquella mujer que vino a Betania…

Veo que piensa, piensa, piensa… Haría falta que Jesús estuviera presente.

Ora. Ten esperanza. El Señor esté contigo”».

Jesús recoge el rollo y se lo devuelve a Lázaro.

Que dice: 

–     Maestro…

Jesús dice: 

–     Iré.

¿Tienes alguna forma de avisar a Marta de que dentro de no más de quince días venga a mi encuentro a Cafarnaúm?

–     Sí, puedo avisarla, Señor.

¿Y yo?

–     Tú te quedas aquí.

También a Marta la mandaré para acá.

–     ¿Por qué?

–     Porque el redimido tiene un profundo pudor.

Y nada produce más vergüenza que la mirada de un padre o de un hermano.

Yo también te digo: “Ora, ora, ora”.

Lázaro llora en el pecho de Jesús…

Después ya calmado,

sigue hablando todavía de su angustia, sus desalientos… 

Y exclama:

–     Hace casi un año que mantengo la esperanza…

Que desespero…

¡Qué largo es el tiempo de la resurrección!

Jesús lo deja que hable, que hable, que hable…

Hasta que Lázaro se da cuenta de que está faltando a sus deberes de hospitalidad.

Y se levanta para llevar a Jesús a la casa.

En el trayecto, pasan al lado de un tupido seto de jazmines en flor

sobre cuyas corolas de forma de estrella zumban abejas de oro.

–     ¡Ah!…

Me olvidaba de decirte que el anciano patriarca que me mandaste,

ha vuelto al seno de Abraham.

Se lo encontró Maximino aquí, con la cabeza apoyada en este seto,

como si se hubiera quedado dormido…

Junto a las colmenas que cuidaba como si fueran casas, llenas de niños de oro.

Así llamaba a las abejas.

Daba la impresión de que las entendía, y de que ellas también lo entendieran.

Sobre el patriarca dormido en la paz de la buena conciencia;

cuando Maximino lo encontró,
estaba extendido un precioso velo de pequeños cuerpecitos de oro.

Todas las abejas posadas sobre su amigo.

No poco tuvieron que trabajar los sirvientes para separarlas de él.

Tan bueno como era, quizás sabía a miel…

Tan honesto era, que quizás para las abejas era como una corola pura…

Me ha dolido su muerte.

Hubiera querido tenerlo más tiempo en mi casa. Era un justo…

–     No te entristezca su ausencia.

Él está en paz.

Desde la paz ora por ti, que le has hecho dulces sus últimos días.

¿Dónde está sepultado?

–     En el fondo del huerto.

Sigue cerca de sus colmenas.

Ven conmigo que te guío…

Y se ponen a caminar, por un pequeño bosque de laurocerasos, hacia las colmenas, de las cuales proviene un runruneo laborioso…

Mas tarde, ese mismo día…

Es un Judas muy pálido este que baja del carro, con la Virgen y las discípulas:  las Marías, Juana y Elisa…

Judas convaleciente, vuelve adonde Jesús;

que está en el Getsemaní con María,

que lo ha cuidado.

Y con Juana, que insiste para que las mujeres y el convaleciente,

vuelvan en el carro a Galilea.

Jesús es también de esta opinión.

Y hace incluso montar en el carro al niño con ellas.

Sin embargo, Juana y Elisa se quedan en Jerusalén unos días,

para luego regresar respectivamente a Béter y a Betsur

Elisa decía:

–    Ahora tengo el valor de volver allí…

Porque mi vida ya no es una vida sin objetivo.

Ganaré para ti la estima de mis amigos.

Juana añadió:

–     también lo haré en mis tierras, mientras Cusa me deje aquí.

Será también servirte.

Aunque preferiría ir contigo.

Igualmente Judas decía:

–     No he añorado a mi madre ni siquiera en las horas peores de la enfermedad…

Porque tu Madre ha sido una verdadera madre para mí,

dulce y amorosa; no lo olvidaré nunca.

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