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70 INICIO DE LA PERSECUCIÓN


70 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

En el interior del Templo. Jesús está con los suyos, muy cerca del Lugar Santo, a donde sólo pueden entrar los sacerdotes.

Es un hermoso Patio, en donde oran los israelitas y donde solo los hombres pueden entrar. 

La tarde desciende a la hora temprana de un día nublado de Noviembre.

Entonces se oye un estrepitoso vocerío en que se escucha la voz estentórea y preocupada de un hombre que en latín dice blasfemias, mezclada con las altas y chillonas de los hebreos.

Es como la confusión de una lucha.

Y en el instante se oye una voz femenina que grita:

–     ¡Oh! ¡Dejadlo que pase! ¡Él dice que lo salvará!

El recogimiento del suntuoso Santuario, se interrumpe.

Hacia el lugar de donde provienen los gritos, muchas cabezas voltean.  Y también Judas de Keriot que está con los discípulos, la vuelve.

Como es muy alto; ve y dice:

–  ¡Es un soldado romano que lucha por entrar! ¡Está violando el lugar sagrado! ¡Horror!

Y muchos le hacen eco.

El romano grita:

–    ¡Dejadme pasar, perros judíos!

Aquí está Jesús. ¡Lo sé! ¡Lo quiero a Él! ¡No sé qué hacer con vuestras estúpidas piedras! El niño está muriendo y Él lo salvará. ¡Apartaos, bestias hipócritas! ¡Hienas!

Jesús, tan pronto como comprende que lo buscan a Él; al punto se dirige al Pórtico bajo el cual se oye el alboroto.  

Cuando llega a él, grita:

–     ¡Paz y respeto al lugar y a la hora de la Oferta!

Es el militar con el que habló en una ocasión, en la Puerta  de los Peces.

Y al ver Jesús le dice::

–      ¡Oh! ¡Jesús, salve! Soy Alejandro. ¡Largo de aquí perros!

Y Jesús, con voz tranquila dice:

–      Haceos a un lado. Llevaré a otra parte al pagano que no sabe lo que significa para nosotros este lugar.

El círculo se abre y Jesús llega a donde está el soldado que tiene la coraza ensangrentada.

 

Jesús, al verlo le dice:

–     ¿Estás herido? Ven. Aquí no podemos estar.

Y lo conduce a través de los pórticos, hasta el Patio de los Gentiles. 

Alejandro le explica:

–                 Yo no estoy herido. Es un niño…

Mi caballo cerca de la Torre Antonia, no obedeció el freno y lo atropelló. Le abrió la cabeza de una patada.

Prócoro, nuestro médico dijo: ‘No hay nada que hacer’. Yo no tengo la culpa. Pero me sucedió a mí y su madre está desesperada…

Como te vi pasar y sabía que venías aquí… pensé…’Prócoro no puede. Pero Él, sí’ y le dije: ‘Vamos mujer. Jesús lo curará.’

Pero me detuvieron estos locos. Y tal vez el niño ya está muerto.

Jesús pregunta:

–     ¿Dónde está?

–      Debajo de aquel pórtico. En los brazos de su madre.

–     Vamos.

Y Jesús casi corre, seguido por los suyos y por la gente curiosa.

En las gradas que dividen el pórtico; apoyada en una columna está una mujer deshecha, que llora por su hijo que está boqueando.

El niño tiene el color ceniciento. Los labios morados, semiabiertos, cosa característica en los que han recibido un golpe en el cerebro.

Tiene una venda en la cabeza. Sangre por la nuca y por la frente.

Alejandro advierte:

–     La cabeza está abierta por delante y por detrás.

Se ve el cerebro. A esta edad es tierno y el caballo, además de fuerte; tiene herraduras nuevas.

Jesús está cerca de la mujer que no dice una palabra; aturdida por el dolor, ante su hijo que está agonizando. Le pone la mano sobre la cabeza,

Y le dice con infinita dulzura:

–    No llores, mujer. Ten fe. Dame a tu hijo.

La mujer  mira atontada, la multitud maldice a los romanos y compadece al niño y a la madre.

Alejandro se encuentra atrapado entre la ira por las acusaciones injustas, la piedad y la esperanza.

Jesús se sienta junto a la mujer que es obvio que no reacciona.

Se inclina, toma entre sus manos la cabeza herida. Se inclina sobre la carita color de cera. Le da respiración de boca a boca. Pasa un momento…

Después se ve una sonrisa, que se percibe entre los cabellos que le han caído por delante. Se endereza.

El niño abre los ojitos e intenta sentarse.

La madre teme, pensando que sea el último estertor y grita aterrorizada, estrechándolo contra su corazón.

Jesús le indica:

–     Déjalo que camine, mujer. –extiende sus brazos con una sonrisa e invita- Niño, ven a Mí.

El niño, sin miedo alguno, se arroja en ellos y llora, no como si algo le doliera; sino por el miedo al recuerdo de algo acaecido.

Jesús le asegura:

–    Ya no está el caballo. No está. ¿Ves? Ya pasó todo. ¿Todavía te duele aquí?

El niño se abraza a Él y grita:

–   ¡No! ¡Pero tengo miedo! ¡Tengo miedo!

Jesús dice con calma:

–   ¿Lo ves, mujer? ¡No es más que miedo! Ya pasará. 

Mirando a los presentes, dice:

–     Traedme agua. La sangre y las vendas lo impresionan.

Luego ordena a su Predilecto:

–     Juan, dame una manzana. –después de recibirla, agrega- Toma, pequeñuelo. Come. Está sabrosa.

El niño la muerde con deleite.

El soldado Alejandro trae agua en el yelmo y al ver que Jesús trata de quitar la venda… grita:

–     ¡No! ¡Volverá a sangrar!…

La madre exclama al mismo tiempo:

–    ¡La cabeza está abierta!

Jesús sonríe y quita la venda. Una, dos, tres; ocho vueltas. Retira los hilos ensangrentados.

Desde la mitad de la frente hasta la nuca. En la parte derecha no hay más que un solo coágulo de sangre fresca en la cabellera del niño.

Jesús moja una venda y lava.

Alejandro insiste:

–     Pero debajo está la herida. Si quitas el coágulo; volverá a sangrar.

La madre se tapa los ojos para no ver.

Jesús lava, lava y lava. El coágulo se deshace. Ahora aparecen los cabellos limpios. Están húmedos, pero ya no hay herida.

También la frente está bien. Tan sólo queda la señal roja de la cicatriz.

La gente grita de admiración.

La mujer se atreve a mirar. Y cuando ve… no se detiene más. Se arroja sobre Jesús y lo abraza junto con el niño, llorando de alegría y de agradecimiento.

Jesús tolera esas expansiones y esas lágrimas.

Alejandro dice:

–     Te agradezco, Jesús. Me dolía haber matado a un inocente.

Jesús contesta:

–    Tuviste bondad y confianza. Adiós, Alejandro. Regresa a tu puesto.

Alejandro está para irse; cuando llegan como un ciclón, oficiales del Templo y sacerdotes.

El sacerdote que dirige le dice a Jesús:

–     El Sumo Sacerdote te intima a Ti y al pagano profanador por nuestro medio, para que pronto salgas del Templo.

Habéis turbado la Oferta del Incienso. Éste entró en el lugar de Israel. No es la primera vez que por tu causa hay confusión en el Templo.

El Sumo Sacerdote y con él, los ancianos de turno, te ordenan que no vuelvas a poner los pies aquí dentro. ¡Vete! Y quédate con tus paganos.

Alejandro; herido por el desprecio con el que los sacerdotes han dicho: ‘Paganos’,

responde:

–     Nosotros no somos perros.

Él dice que hay un solo Dios, Creador de los judíos y de los romanos. Si ésta es su Casa y Él me creó; puedo entrar también yo.

Mientras tanto Jesús que ha besado y entregado el niño a su madre.

Se pone de pie y dice:

–    ¡Calla, Alejandro! Yo hablo.

Y agrega mirando al que lo arroja:

–     Nadie puede prohibir a un fiel. A un verdadero israelita al que de ningún modo se le puede acusar de pecado, de orar junto al Santo.

El sacerdote encargado le increpa:

–     Pero de explicar en el Templo la Ley, sí.

Te has arrogado un derecho y ni siquiera lo has pedido. ¿Quién Eres? ¡Quién Eres! ¿Quién te conoce? ¿Cómo te atreves a usurpar un nombre y un puesto que no es tuyo?

  ¡Jesús los mira con unos ojos!…

Luego dice:

–    ¡Judas de Keriot! ¡Ven aquí!

A Judas no parece gustarle que lo llame.

Había tratado de eclipsarse en cuanto llegaron los sacerdotes y los oficiales del Templo.

Más tiene que obedecer, porque Pedro y Tadeo, lo empujan hacia delante.

Jesús dice:

–    Responde, Judas.

Y vosotros miradlo. ¿Le conocéis?… es del Templo… ¿Le conocéis?

A su pesar, tienen que reconocer que sí.

Jesús mira fijamente a Judas y le dice:

–    Judas, ¿Qué te pedí que hicieses, cuando hablé aquí por primera vez?

Y di también de qué te extrañaste y qué cosa dije al ver tu admiración. Habla y sé franco.

Judas está como cortado y habla con timidez:

–    Me dijo: ‘Llama al oficial de turno para que pueda pedirle permiso de enseñar’

Y dio su Nombre y prueba de su personalidad y de su tribu… y me admiré de ello, como de una formalidad inútil, porque se dice el Mesías.

Y Él me dijo: ‘Es necesario. Y cuando llegue mi hora recuerda que no he faltado al respeto al Templo; ni a sus oficiales.’

Ciertamente así dijo. Y debo decirlo por honor a la verdad.

Después de la segunda frase; con uno de esos gestos bruscos tan suyos y desconcertantes; ha tomado confianza y la última frase la dice con cierta arrogancia.

Un sacerdote le reprocha:

–     Me causa admiración que lo defiendas. Has traicionado la confianza que depositamos en ti.

Judas exclama iracundo:

–     ¡No he traicionado a nadie! ¡Cuántos de vosotros sois del Bautista!… Y… ¿Por eso sois traidores? Yo soy del Mesías y eso es todo.

Otro sacerdote replica con desprecio:

–     Con todo y eso. Éste no debe hablar aquí. Que venga como fiel. Es mucho para uno que se hace amigo de paganos; meretrices y publicanos…

Jesús interviene enérgica pero tranquilamente:

–     Respondedme a Mí entonces. ¿Quiénes son los ancianos de turno?

–     Doras y Félix, judíos. Joaquín de Cafarnaúm y José Itureo.

–     Entiendo. Vámonos.

Decid a los tres acusadores; porque el Itureo no ha podido acusar; que el Templo no es todo Israel e Israel no es todo el mundo.

Que la baba de los reptiles aunque sea mucha y venenosísima; no aplastará la Voz de Dios. Ni su veneno paralizará mi caminar entre los hombres, hasta que no sea la Hora.

Jesús se pone sobre los hombros su manto oscuro y sale en medio de los suyos.

Afuera del recinto del Templo; Alejandro, que ha sido testigo de la disputa; cuando llegan cerca de la Torre Antonia, le dice:

–     Lo lamento mucho. Que te vaya bien, Maestro. Y te pido perdón por haber sido la causa del pleito contra Ti.

Jesús le contesta tranquilo:

–     ¡Oh, no te preocupes! Buscaban un pretexto y lo encontraron.

Si no eras tú; hubiera sido otro… Vosotros en Roma, celebráis juegos en el Circo, con fieras y serpientes. ¿No es verdad?

Alejandro asiente con la cabeza y sin palabras.

–     Pues bien… Te digo que no hay fiera más cruel y engañosa, que el hombre que quiere matar a otro.

–     Y yo te digo que al servicio del César, he recorrido todas las regiones de Roma.

Pero entre los miles y miles de súbditos suyos; jamás he encontrado uno más Divino que Tú. ¡Ni siquiera nuestros dioses son divinos como Tú!

Vengativos, crueles, pendencieros, mentirosos… Tú Eres Bueno. Tú verdaderamente Eres el Hombre. Que te conserves bien, Maestro.

–     Adiós Alejandro. Prosigue en la Luz.

Alejandro se queda en la Torre Antonia y Jesús y los suyos siguen su camino…

69 LA SEÑAL PROMETIDA


69 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús camina a través de los montes hacia la fértil llanura.

Arimatea, está en una zona montañosa.

El camino desaparece por los recodos en el horizonte, en medio de una neblina baja que parece una extensión de agua interminable… 

Jesús está con Simón y Tomás. No lleva otros apóstoles consigo.

Pareciera que valora sabiamente los efectos de los tipos de personas con que debe tratar,

Llevando consigo, según los distintos ambientes, a aquellos que pueden ser aceptados sin crear demasiado contraste en el entorno requerido.

Van conversando sobre José de Arimatea.

Tomás parece conocerlo muy bien, porque señala las posesiones vastas y muy ricas que se extienden por la montaña,

especialmente por la parte de Jerusalén, siguiendo el camino que desde la capital viene hacia Arimatea y une después este lugar con Joppe.

También Tomás elogia las tierras que José posee a lo largo de los caminos de la llanura. 

Simón dice:

–      ¡Al menos aquí no se trata como animales a los hombres! ¡Oh…. ese Doras! 

Efectivamente, aquí los trabajadores están bien nutridos y bien vestidos. Y reflejan esa satisfacción, propia de quien se encuentra a gusto.

Los trabajadores lo saludan respetuosamente:

Al parecer, ya se ha corrido la voz del caminante que recorre los campos de Arimatea.

Y saben Quién ES el se acerca hacia la casa de su patrón; saben Quién es ese Hombre alto y apuesto. 

Lo observan y hacen comentarios en voz baja.

En el punto en que ya se ve la casa, hay un siervo de José, que se postra…

Y pregunta:

–     ¿Eres Tú el Rabí esperado?

–     Soy Yo – responde Jesús.

El hombre se despide con profundo respeto y se marcha corriendo para avisar a su patrón.

Luego otro lo conduce a través de un vastísimo jardín, hacia la casa que está circundada por una alta valla de siemprevivas y de árboles que por ahora no tienen mucho follaje.

El Anciano José de Arimatea, con sus amplias vestiduras y cintas, sale al encuentro de Jesús y se inclina profundamente, con los brazos cruzados sobre el pecho. 

No es el saludo humilde de quien reconoce en Jesús el Dios hecho Carne y que hace acto de sumisión postrándose, besando sus pies y la orla de la túnica; no es esto.

Pero, de todas formas, es una demostración de profundo respeto.

Jesús, igualmente, se inclina y da su saludo de paz.

José agrega:

–    Entra, Maestro. Me haces feliz al haber aceptado mi invitación. No esperaba tanta condescendencia de tu parte.

Jesús contesta con sencillez:

–   ¿Por qué? También voy a la casa de Lázaro y…

–    Lázaro es tu amigo. Y yo soy un desconocido.

–    Eres un alma que busca la Verdad. Por eso la Verdad no te rechaza.

–   ¿Eres Tú la Verdad?

–    Soy Camino, Vida y Verdad. Quien me ama y me sigue, tendrá el camino cierto; la vida bienaventurada y conocerá a Dios. Porque Dios, además de ser Amor y Justicia; es Verdad.

–   Eres un gran Doctor. Cada palabra tuya respira sabiduría.

Luego se dirige a Simón: 

–    Estoy contento de que tú también regreses a mi casa, después de tan larga ausencia.

Simón contesta:

–    No lo estuve porque quise. Tú sabes la suerte que tuve y cuán grande llanto hubo en la vida del pequeño Simón, a quién tu padre amaba.

–    Lo sé. Y creo que sabes que jamás dije nada contra ti.

–   Sé todo. Mi fiel siervo me dijo que también a tí te debo el que mis posesiones fueran respetadas. Dios te lo premie.

–   Valía yo algo en el Sanedrín y lo emplee en ayudar según la justicia, a un amigo de mi casa.

El zelote reitera: 

–   Muchos eran amigos de mi casa. Y muchos eran algo, en el Sanedrín. Pero no todos fueron honrados como tú…

José mira al otro discípulo de Jesús e interroga:

–  ¿Y éste quién es? Me parece conocido. No recuerdo dónde…

Él sonríe y contesta complacido:

–  Soy Tomás, apodado Dídimo.

–   ¡Ah! ¡Ya!.. ¿Vive aún tu anciano padre?

–   Vive. Continúa con sus negocios, con mis hermanos. Lo abandoné por el Maestro; pero soy muy feliz por ello.

Simón dice:

–   Su padre es un verdadero israelita.

Y como ha llegado a creer que Jesús de Nazareth es el Mesías; es muy feliz al saber que su hijo es uno de los predilectos.

Conversando de esta forma, han llegado hasta la puerta principal de la casa.

Cuando están a punto de entrar,

José dice:

–    Entretuve a Lázaro. Está en la biblioteca.

Está leyendo un resumen de las últimas juntas del sanedrín. No quería quedarse, porque… sé bien que Tú también lo sabes.

Y no quería quedarse. Pero yo le dije: ‘No es justo que te avergüences así. En mi casa, nadie te ofenderá. Quédate. Quién se aísla, queda solo contra todo un mundo.

Y como en el mundo hay más malos que buenos; el que está solo siempre es derrotado y pisoteado. ¿Dije bien?

Jesús responde:

–    Dijiste bien y has hecho bien.

–   Maestro, hoy estará Nicodemo y… Gamaliel. ¿Te molesta?

–   ¿Cómo quieres que me moleste? Reconozco su saber.

–   Sí. Él también tiene deseos de verte y…

Pero está aferrado a sus ideas, ¿Sabes? Él dice que ya vio una vez al Mesías y que espera la señal que Él le prometió cuando se manifieste.

Pero también reconoce que Tú eres un hombre de Dios. No dice: ‘El Hombre de Dios’.

Sutilezas rabínicas. ¿Verdad? ¿No te ofendes? ¿No es así?

–   Sutilezas. Lo has dicho bien.

No hay que preocuparse. Los mejores se podarán a sí mismos, de todas las ramas inútiles, que no son más que follaje y que no dan ningún fruto. Y vendrán a Mí.

–      He querido referirte sus palabras porque, sin duda, te las repetirá a ti. Es auténtico – hace notar José.

–      Virtud rara y que aprecio mucho. 

–      Sí. Le he dicho también: “Pero, con el Maestro está Lázaro de Betania”.

Se lo he dicho porque…, sí, en suma, por causa de su hermana.

Pero Gamaliel ha respondido: “¿Ella está presente? ¿No? ¿Y entonces? Del vestido que no sigue en el fango el barro se desprende.

Lázaro se lo ha sacudido de sí, y no me contamina la túnica.

Además, juzgo que si a su casa va un hombre de Dios, puedo también tratarlo yo, Doctor de la Ley”.

–     Gamaliel juzga bien. Fariseo y doctor hasta la médula, pero todavía honesto y justo.

–     Me alegra oírtelo decir. Maestro mira, ahi viene Lázaro.

Lázaro se inclina hasta besar el borde de la túnica de Jesús.

Se siente dichoso de estar con Él, pero también se ve claramente que esperando a los convidados, está muy preocupado.

El pobre Lázaro a sus conocidas torturas, conocidas por los hombres por haber sido transmitidas por la historia, ha de añadir ésta desconocida y no meditada por la mayoría:

Su sufrimiento moral de ese tremendo aguijón que supone el pensamiento:

«¿Qué me dirá éste? ¿Qué piensa de mí? ¿Cómo me considera? ¿Me herirá con palabras o mirada de desprecio?».

Aguijón éste que atormenta a todos aquellos que tienen alguna deshonra en su familia y reciben el desprecio y el sarcasmo del ‘qué dirán’.

Han entrado en la grandiosa sala, en donde está la mesa ya preparada y  solo esperan a Gamaliel y a Nicodemo; porque los otros invitados ya han llegado y son presentados como:

Félix, Juan, Simón y Cornelio.

Se arma un alboroto entre los siervos, cuando llegan Nicodemo y Gamaliel.

El siempre imponente Gamaliel. El de espléndido vestido níveo, que lleva con regia majestad.

José se precipita a encontrarlo y el saludo que se dan, es de un pomposo respeto.

También se inclina ante Jesús y Él lo hace igual.

Nicodemo lo saluda:

–    El Señor sea contigo.

Jesús responde:

–   Y su paz siempre te acompañe.

Lázaro a su vez, también los saluda.

Gamaliel ocupa el centro de la mesa, entre Jesús y José.

Junto a Jesús, está Lázaro. Y junto a José, Nicodemo.

Empieza la comida y las preces rituales las recita Gamaliel, .

Luego de un intercambio oriental de cortesías, entre los principales personajes: Jesús, Gamaliel y José.

Gamaliel es un hombre de gran dignidad, pero no orgulloso. Prefiere escuchar que hablar.

Se ve que medita cada una de las palabras de Jesús. Y lo mira frecuentemente con sus negros, profundos y severos ojos.

Cuando Jesús se calla, porque el tema se ha agotado; Gamaliel, con una pregunta oportuna, enciende de nuevo la conversación.

Lázaro, al principio estaba un poco sin saber qué decir. Pero después que ha tomado confianza, participa en la conversación.

Hasta cuando la comida está por terminar, no hacen alusiones directas a la personalidad de Jesús.

Se prende entonces entre Félix y Lázaro, a quién se une a apoyarlo Nicodemo y también el escriba Juan;

una discusión acerca de los milagros y lo que pueden significar a favor o en contra del individuo.

Jesús guarda silencio. Se le nota una sonrisa hasta cierto punto misteriosa, pero no dice nada.

Gamaliel también calla. Tiene un codo apoyado sobre el lecho y mira intensamente a Jesús.

Parece que quisiera descifrar algún enigma sobrenatural escrito en la cara de Jesús o como si quisiera conocer sus pensamientos.

Félix sostiene que la santidad de Juan el Bautista es innegable.

Y de esta santidad de la que nadie discute, ni duda; saca una conclusión desfavorable para Jesús de Nazareth, autor de muchos y muy famosos milagros.

Concluye:

–    El milagro no es prueba de santidad, porque en la vida de Juan no los hay.

Y sin embargo nadie en Israel, lleva una vida igual a la suya. Para él no hay banquetes, ni amistades, ni comodidades.

Para él, los sufrimientos y las prisiones por el honor de la Ley. Para él, la soledad. Aunque sí tiene discípulos, no convive con ellos y encuentra culpas aún en los más honrados.

Y sobre todos truena… mientras… ¡Eh!… mientras el Maestro de Nazareth aquí presente, ha hecho grandes milagros, es verdad. Pero veo que a Él también le gusta lo que la vida ofrece.

No desdeña amistades… y perdona que te lo diga uno de los ancianos del Sanedrín:

Es muy fácil en perdonar en Nombre de Dios y en amar a los pecadores públicos y señalados con anatemas. No lo debería hacer, Jesús.

Jesús sonríe. Pero no habla.

Lázaro responde por Él:

–    Nuestro poderoso Señor es libre de dirigir a sus siervos, cómo y a donde quiera.

A Moisés le concedió el milagro. A Aarón su primer Pontífice, no se lo concedió. Y entonces, ¿Qué concluyes? ¿El uno más santo que el otro?

Félix responde:

–   Ciertamente. Así es.

–   Entonces el más santo es Jesús, que hace milagros.

Todo desorientado, Félix no sabe qué decir. Ya perdió la brújula.

Pero acude a un último subterfugio:

–    A Aarón se le había concedido el Pontificado. Era suficiente.

Nicodemo replica:

–    No amigo. El pontificado es un cargo santo; pero no es más que un cargo.

No siempre y no todos los pontífices de Israel han sido santos. Y sin embargo fueron pontífices, aunque no fuesen santos.

Entonces Félix exclama provocador:

–   ¡No querrás decir que el Sumo Sacerdote sea un hombre privado de Gracia!

El escriba Juan, interviene:

–   Félix. No entremos en el fuego que quema. Yo, tú, Gamaliel, José, Nicodemo… todos sabemos muchas cosas.

Félix se escandaliza:

–  ¡Pero, cómo!… ¡Pero, cómo!… ¡Gamaliel, interviene!

Los tres que la traen contra Félix dicen:

–   Si es justo, dirá la verdad que no quieres oír, ni reconocer.

José el Anciano, interviene y trata de poner paz.

Jesús no dice nada. Lo mismo hacen Tomás, Zelote y el otro Simón, amigo de José.

Gamaliel simula estar jugando con las cintas de su vestido. Pero mira de arriba abajo a Jesús.

Félix grita:

–   ¡Habla pues, Gamaliel!

Los otros tres dicen:

–   ¡Sí!

–   ¡Habla!

–   ¡Habla, Gamaliel!

Gamaliel respira profundamente y responde:

–   Yo digo: las debilidades de la familia se mantienen ocultas.

Félix se encrespa:

–   ¡Esa no es una respuesta! Parece como si confesases que hay culpas en la casa del Pontífice.

Los tres le replican:

–   Es boca de la que sale la verdad.

Gamaliel se corrige y se vuelve hacia Jesús:

–   Aquí está el Maestro que eclipsa a los más doctos. Que sea Él; el que hable sustanciosamente.

Jesús lo mira fijamente y luego dice despacio:

–   ¿Lo quieres? Obedezco.

Yo digo: el hombre es hombre. El cargo o misión está sobre el hombre. Pero el hombre revestido de un cargo, se hace capaz de cumplirlo como superhombre; cuando lleva una vida santa y tiene a Dios como Amigo.

Él es Quién dijo: ‘tú eres sacerdote según el orden que Yo te he dado’ ¿Qué cosa está escrita en el Racional? “Doctrina y Verdad” esto deberían tener los que son pontífices.

A la Doctrina se llega por medio de una meditación constante, dirigida a conocer al Sapientísimo.

A la Verdad, con fidelidad absoluta al bien. El que juega con el Mal, entra en la Mentira y pierde la Verdad.

Gamaliel no puede contenerse y exclama:

–   ¡Has respondido bien! Como un gran Rabí. Yo Gamaliel te lo digo: ¡Me ganas!

Félix estalla:

–   Entonces que Éste aclare porqué Aarón no hizo milagros y Moisés sí.

Jesús al punto responde:

–   Porque Moisés debía imponerse sobre la masa oscura, pesada y hasta contraria de los israelitas.

Y debía llegar a tener sobre ellos un ascendiente, para poder inclinarlos a hacer la Voluntad de Dios. El hombre es el eterno salvaje y el eterno niño se admira con lo que se sale de las reglas.

Eso es lo que es el milagro. Es una luz movida ante las pupilas cerradas. Es un sonido que resuena cerca de las orejas tapadas.

Despierta. Llama. Hasta que se diga: ‘Aquí está Dios’

Félix rebate:

–    Esto lo dices a tu favor.

–   ¿A mi favor? ¿Y en qué me favorece el hacer milagros?

¿Puedo parecer más alto, si pongo una hoja de hierba bajo mis pies? Así es el milagro con respecto a la santidad. Hubo santos que jamás hicieron milagros.

Hay magos y nigromantes que con fuerzas oscuras hacen prodigios, pero no son santos y ellos son unos demonios.

Yo seré Yo, aunque no hiciere más milagros.

Gamaliel aplaude aprobando:

–    ¡Perfectamente bien! ¡Eres grande, Jesús!

Félix pregunta con ansia a Gamaliel:

–   ¿Y quién es según tú, este ‘Grande’?

Gamaliel contesta:

–    El más grande Profeta que yo haya conocido. Tanto en obras como en palabras.

José dice:

–   Es el Mesías. Te lo digo Gamaliel, créelo. Tú eres sabio y justo.

Félix les dice a los dos con sarcasmo:

–   ¡Cómo! ¿Con que tú jefe de los judíos? ¿Tú, el Anciano, gloria nuestra?

¿Has caído en la idolatría por un hombre? ¿Quién te prueba que es el Mesías?

Yo no lo creeré jamás aunque lo vea hacer milagros. Pero ¿Por qué no hace uno delante de nosotros? ¡Díselo tú que lo alabas!

Y ¡También tú que lo defiendes!

José responde seriamente:

–   No lo invité para ser diversión de mis amigos. Y te ruego que recuerdes que eres mi huésped.

Félix, enojado y grosero; se levanta y se va.

Después de unos momentos, Jesús se dirige a Gamaliel:

–   ¿Y tú no me pides el milagro para creer?

El gran doctor le contesta:

–   No serán los milagros de un hombre de Dios, los que me quiten la espina dolorosa que llevo en el corazón, de tres preguntas que siempre han permanecido sin respuesta.

–   ¿Qué preguntas?

–    ¿Está vivo el Mesías? ¿Era Aquel?… ¿Es éste?

José exclama:

–    ¡El Es! Te lo digo, Gamaliel.

¿No lo sientes santo? ¿Diferente? ¿Poderoso? ¿Sí? ¿Entonces qué esperas para creer?

Gamaliel no responde a José y se dirige a Jesús:

–    Una vez… no te desagrade Jesús, si soy tenaz en mis ideas.

Una vez, cuando aún vivía el grande, el sabio Hilell. Yo creí y él conmigo, que el Mesías ya estaba en Israel. ¡Un gran resplandor del Sol Divino en aquel frío día, de un persistente invierno!

Era Pascua. El campesino temblaba por las mieses heladas. Yo dije después de haber oído sus palabras: ‘Israel está a salvo, ¡Desde hoy, abundancia en los campos y bendiciones en los corazones!

‘El Esperado se ha manifestado con su primer fulgor’ Y no me equivoqué.

Todos podéis recordar qué cosechas hubo aquel año de trece meses. Cosa que se repite en este año.

Varios dicen al mismo tiempo:

–   ¿Qué palabras oíste?

–   ¿Quién las dijo?

Gamaliel reponde:

–    Uno que era poco más que un Niño.

Pero Dios resplandecía en su inocente y apacible Rostro. Hace ya diecinueve años que pienso… que recuerdo… y trato de volver a oír aquella Voz.

Que hablaba palabras llenas de sabiduría. ¿En qué parte de la tierra está? Yo pienso que era Dios revestido como un niño para no aterrorizar al hombre.

Y como el rayo que instantáneamente recorre los cielos de oriente a poniente. De norte a sur. Él, el Divino, recorre con su vestidura de hermosa Misericordia,

con Voz y Rostro de Niño y pensamiento divino; la tierra para decir a los hombres: ‘Yo Soy’. Así pienso.

¿Cuándo regresará a Israel? ¿Cuándo? Y me digo: Cuando Israel sea un altar, para los pies de Dios.

Y mi corazón gime al ver la abyección de Israel. Y un dolor me dice que jamás sucederá. ¡Oh! ¡Dura respuesta!

¡Y verdadera! ¿Puede la Santidad descender en su Mesías, mientras exista en nosotros el Abominio?

Jesús responde:

–    Puede y lo hace, porque es Misericordia.

Gamaliel lo mira pensativo y le pregunta:

–    ¿Cuál es tu verdadero Nombre?

Y Jesús imponente, se levanta y con infinita Majestad, declara:

–   Yo Soy Quién Soy.

14. Dijo Dios a Moisés: «Yo soy el que soy.» Y añadió: «Así dirás a los israelitas: “Yo soy” me ha enviado a vosotros.»

El Pensamiento y la Palabra del Padre. Soy el Mesías del Señor.

Gamaliel lo mira con angustia.

Y dice:

–    ¿Tú? No lo puedo creer. Grande es tu santidad.

Pero Aquel Niño en quién creo; cuando estábamos en el Templo, dijo: ‘Yo daré una Señal.

Estas piedras bramarán cuando llegue mi Hora’. Espero esta Señal, para creer. ¿Me la puedes dar Tú, para persuadirme de que Eres el Esperado?

Los dos están de pie. Altos, majestuosos.

Uno con su vestido de lino muy blanco. Otro con el suyo de lana, de color rojo tinto oscuro. Uno de edad. El otro, joven.

Ambos de ojos dominadores y profundos, se miran fijamente; en un mutuo reconocimiento.

Entonces Jesús baja su brazo derecho que tenía sobre el pecho,

Y como si jurase exclama:

–    ¿Ésta señal aguardas? ¡Y la tendrás!

Repito las palabras de aquel día: ‘Las piedras del Templo del Señor, se estremecerán con mis últimas palabras’

Espera esa señal, Doctor de Israel. Hombre justo. Y luego cree, si quieres obtener perdón y salvación.

¡Serías bienaventurado si pudieses creer antes! Pero no puedes.

Siglos de creencias equivocadas de una promesa justa. Y nubes de orgullo, como muro se interponen para llegar a la Verdad y a la Fe.

–    Dices bien. Esperaré esa señal. ¡Adiós! ¡El Señor sea contigo!

–    Adiós, Gamaliel. Que el Espíritu Eterno te ilumine y te guíe.

Todos saludan a Gamaliel, que se va con Nicodemo, Juan y Simón, el sanedrista.

Se quedan Jesús, Lázaro, Tomás, Simón Zelote y Cornelio.

José dice con pesar:

–    ¡No se doblega!

Me gustaría que estuviese entre tus discípulos. Sería un peso decisivo en tu favor y no lo logro.

–    No te aflijas por ello.

. No hay influencia capaz de salvarme de la tempestad que se está preparando. Pero Gamaliel, si no se pliega a favor, tampoco lo hará contra Cristo. Es de los que esperan…

Todo termina.

63 MADRE DEL AMOR


63 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Todos los campos de Galilea están en el festivo trabajo de la vendimia.

Los hombres, encaramados sobre altas escaleras, recogen uva de las pérgolas y de las parras; las mujeres, en cestos, sobre la cabeza, llevan racimos de oro y rubí a donde esperan los pisaúvas.

Cantos, risas, bromas corren de loma a loma, de huerto a huerto, junto al olor de mostos y a un gran zumbar de abejas que parecen ebrias de tan veloces y danzarinas

como van de los sarmientos aún restantes, aún ricos de racimos, a los cestos y a los tinos donde se pierden los granos, que ellas buscan, en el caldo turbio de los mostos.

Los niños cual faunos, pringados de zumo trinan como golondrinas corriendo por la hierba, por los patios, por los caminos.

Jesús se dirige hacia un pueblo que está a poca distancia del lago y que a pesar de ello, es de llanura.

Parece un amplio álveo entre dos lejanos sistemas montañosos orientados hacia el Norte.

La llanura está bien regada, porque la atraviesa el río Jordán.

Jesús pasa por la calzada principal.

Muchos lo saludan con el grito:

–     ¡Rabí! ¡Rabí!». Jesús pasa bendiciendo.

Antes de llegar al pueblo hay una rica propiedad, al principio de la cual un matrimonio anciano está esperando al Maestro.

El dueño del viñedo dice:

–      Entra. Cuando el trabajo cese, todos acudirán aquí para oírte.  

¡Cuánta alegría llevas contigo! Emana de ti y se extiende como la savia por los sarmientos. Y se transforma en vino de gozo para los corazones. ¿Aquélla es tu Madre? 

Jesús responde:

–     Es Ella. Os la he traído porque ahora también forma parte del grupo de mis discípulos.

El último en ser recibido, el primero en orden de fidelidad. Es el Apóstol. Me predicó aún antes de que Yo naciera… 

Luego se vuelve hacia María diciendo: 

–    Madre, ven. 

Un día – eran los primeros tiempos en que evangelizaba – esta madre fue tan dulce con tu Hijo cansado, que hizo que no llorase tu recuerdo. 

María dice:

–     Que el Señor te otorgue su don, mujer piadosa. 

La mujer contesta:

–     Ya lo poseo porque tengo al Mesías y te tengo a ti.  

El anciano invita:

–     Ven. La casa es fresca y la luz que hay en ella es moderada.  

Entran en una hermosa finca solariega.

El anciano conversando con Jesús y María conversando con la anfitriona.  

La anciana dice: 

–     Podrás descansar. Estarás fatigada.

–     Sólo me supone cansancio el odio del mundo.

Seguirlo y oírlo…! Ha sido mi deseo desde la más lejana infancia.

–     ¿Sabías que eras la futura Madre del Mesías?

–     ¡Oh, no!

Sí esperaba vivir tanto como para poder oírlo y servirle; última entre sus evangelizados, pero fiel, ¡Fiel!

–     Lo oyes y le sirves y eres la primera.

Yo también soy madre y tengo hijos sabios; cuando los oigo hablar, mi corazón salta de orgullo. ¿Qué sientes Tú oyéndolo a Él?

–     Un delicado éxtasis.

Me sumerjo en mi nada, y la Bondad – que es Él mismo – me eleva consigo.

Entonces veo con simple mirada la Verdad eterna y Ella se hace carne y sangre de mi espíritu.

–     ¡Bendito corazón tuyo!

Es puro, por ello comprende así al Verbo. Nosotros somos más duros porque estamos llenos de culpas…

–     Quisiera dar a todos mi corazón para esto, para que el amor fuera en ellos luz para comprender.

Porque, créelo, es el amor – y yo soy su Madre y por tanto en mí es natural el amor – lo que hace fácil toda empresa.

Las dos mujeres siguen hablando, la anciana junto a la muy joven, siempre muy joven Madre del Señor.  

Mientras, Jesús habla con el dueño de la casa, junto a los lagares, donde grupos y más grupos de vendimiadores vuelcan racimos y más racimos.

Los apóstoles, sentados a la sombra de una pérgola de jazmines, saborean con buen apetito uva y pan.

Ya declina el día y el trabajo cesa lentamente.

Todos los colonos están ya en el amplio patio rústico, donde hay un fuerte olor de uvas pisadas.

De casas cercanas vienen también otros campesinos.

Jesús sube por una pequeña escalera que da a un ala: una galería de arcos bajo la cual se conservan sacos de productos agrícolas y herramientas.

¡Cómo sonríe Jesús subiendo esos pocos peldaños! Lo veo sonreír entre el ondear de sus esponjosos cabellos agitados por una brisa vespertina.

¡Oh, su hermosa sonrisa tan luminosa!

La alegría de esta sonrisa entra en el corazón que cuando está triste es como ese vino de que hablaba el dueño de la casa, confortándolo.

Se vuelve. Se sienta en el último peldaño, en el punto más alto de la escalera, que se transforma en una tribuna para los más afortunados oyentes.

Es decir, para los dueños de la casa, para los apóstoles y para María, la cual, siempre humilde, ni siquiera había tratado de subir a ese puesto de honor, sino que la había conducido a él la señora.

Está sentada justamente un peldaño más abajo que Jesús, de manera que su cabeza está a la altura de las rodillas de su Hijo.

Y estando sentada de lado, Ella lo puede mirar a la cara, con su mirada de paloma enamorada. El delicado perfil de María destaca nítido como en un mármol contra el muro oscuro de la rústica galería.

Más abajo están los apóstoles y los dueños de la casa. En el patio, todos los aldeanos: unos en pie, otros sentados en el suelo, otros encaramados en los lagares o en las higueras que hay en los cuatro ángulos del patio.

Jesús habla lentamente, hundiendo la mano en un amplio saco de trigo colocado detrás de la espalda en María; parece como si estuviera jugando con esos granos o los estuviera acariciando con gusto,

mientras con la derecha gesticula sosegadamente:

–     Me han dicho: “Ven, Jesús, a bendecir el trabajo del hombre”. Heme aquí.

En nombre de Dios lo bendigo. Efectivamente, todo trabajo, si es honesto, merece bendición por parte del Señor eterno. Pero he dicho esto:

La primera condición para obtener de Dios bendición es ser honestos en todas las acciones.

Veamos juntos cuándo y cómo las acciones son honestas. Lo son cuando se cumplen teniendo presente en el espíritu al eterno Dios.

¿Puede acaso pecar uno que diga: “Dios me está mirando. Dios tiene sus ojos puestos en mí, y no pierde ni un detalle de mis acciones”? No. No puede.

Porque pensar en Dios es un pensamiento saludable y le impide al hombre pecar más que cualquier amenaza humana. ¿Pero al eterno Dios se le debe sólo temer? No. Escuchad.

Os fue dicho: “Teme al Señor tu Dios”. Y los Patriarcas temblaron, y temblaron los Profetas cuando el Rostro de Dios, o un ángel del Señor, se apareció a sus espíritus justos.

Y ciertamente es verdad que en tiempo de cólera divina, la aparición de lo sobrenatural debe hacer temblar el corazón.

¿Quién, aun siendo puro como un párvulo, no tiembla ante el Poderoso, ante cuyo fulgor eterno están en actitud de adoración los ángeles, rostro en tierra en el aleluya paradisíaco?

Dios atenúa con un piadoso velo el insostenible fulgor de un ángel, para concederle al ojo humano poder mirarlo sin que se le queden abrasadas pupila y mente.

¿Qué será entonces ver a Dios? Pero esto es así mientras dura la ira.

Cuando ésta queda sustituida por la paz y el Dios de Israel dice:

“He jurado y mantengo mi pacto. He ahí a quien envío y soy Yo, aun no siendo Yo sino mi Palabra que se hace Carne para ser Redención”

Entonces el amor debe -suceder al temor, y sólo amor debe dársele al eterno Dios, con alegría; porque el tiempo de paz ha llegado para la Tierra.

La Paz ha llegado entre Dios y el hombre.

Cuando los primeros vientos de la primavera esparcen el polen de la flor de la vid, el agricultor debe temer aún, dado que la intemperie y los insectos pueden tenderle al fruto muchas insidias.

Más cuando llega la feliz hora de la vendimia, ¡Ah!, entonces cesa todo temor y el corazón se regocija por la certeza de la cosecha.

E1 Vástago de la estirpe de Jesé, habiendo sido previamente anunciado por las palabras de los Profetas, ha venido; ahora está entre vosotros.

Él es Racimo óptimo que os trae el zumo de la Sabiduría eterna y no pide sino ser cogido y exprimido y ser así Vino para los hombres.

Él es Vino de alegría sin fin para aquellos que se nutran con Él.

Pero, ¡Ay de aquellos que habiendo tenido a su alcance este Vino lo hayan rechazado!

¡Y tres veces desdichados aquellos que después de haberse nutrido con Él, lo hayan rechazado o mezclado en su interior con la comida de Satanás!

Y así vuelvo al primer concepto.

La primera condición para obtener la bendición de Dios, tanto en las obras del espíritu como en las del hombre, es la honestidad de propósitos.

Honesto es el que dice: “Sigo la Ley, no para obtener de ella alabanza por parte de los hombres, sino por fidelidad a Dios”.

Honesto es aquel que dice: “Sigo a Cristo, no por los milagros que hace, sino por los consejos que me da de vida eterna”.

Honesto es quien dice: “Trabajo, no por ávido lucro, sino porque también el trabajo ha sido puesto por Dios como medio de santificación por su valor formativo, mortificante, preservativo, elevante;

trabajo para poder ayudar a mi prójimo; trabajo para poder hacer resplandecer los prodigios de Dios, que de un granito minúsculo hace una macolla de espigas,

de una semilla de uva hace una gran cepa, de la semilla de un fruto hace un árbol.

Y de Mí, hombre, pobre nada, sacado de la nada por voluntad suya, hace un ayudante suyo en la obra infatigable de perpetuar los cereales, vides y árboles frutales, como en la de poblar la Tierra de hombres”.

Hay personas que trabajan como bestias, pero sin otra religión aparte de la de aumentar sus riquezas.  

¿Que muere de aprietos y cansancio delante de él el compañero que ha sido menos favorecido por la suerte? ¿Que se mueren de hambre los hijos de este miserable? ¿Y qué le importa al ávido acumulador de riquezas?

Hay otros todavía más duros, que no trabajan pero obligan a trabajar, y atesoran con el sudor ajeno.

Y hay otros que dilapidan lo que avaramente arrebatan al esfuerzo ajeno. En verdad, en éstos el trabajo no es honesto. Y no digáis: “Y a pesar de todo Dios los protege”.

No. No los protege. Hoy gozarán de una hora de triunfo, pero no pasará mucho tiempo sin que los alcance la severidad divina, que, en el tiempo o en la Eternidad, les recordará este precepto: 

“Yo soy el Señor tu Dios, ámame sobre todas las cosas y ama a tu prójimo como a ti mismo'”.

¡Oh, entonces, verdaderamente, si esas palabras resuenan eternamente, serán más tremendas que los rayos del Sinaí!

Muchas, demasiadas son las palabras que se os dicen. Yo os digo sólo éstas: “Amad a Dios. Amad al prójimo”.

Son como el trabajo que hace fecundo al sarmiento, realizado con la vid en primavera.

El amor a Dios y al prójimo es como la grada que limpia el suelo de las hierbas nocivas del egoísmo y de las malas pasiones.

Es como la azada que excava un círculo en torno a la cepa para que quede aislada del contagio de hierbas parásitas y nutrida con frescas aguas de riego;

es como cizalla que elimina lo superfluo para condensar la energía y dirigirla hacia donde dará fruto; es lazo que aprieta y sostiene junto al robusto palo;

es, finalmente, sol que madura los frutos de la buena voluntad haciendo de ellos frutos de vida eterna.

Exultáis ahora porque el año ha sido bueno, ricas las mieses y óptima la vendimia.

Pero en verdad os digo que este júbilo vuestro es menos que un diminuto granito de arena en relación con el júbilo sin medida que será vuestro cuando el eterno Padre os diga:

“Venid, fecundos sarmientos míos injertados en la verdadera Vid.

Vosotros os prestasteis a toda operación, aunque fuera penosa, con tal de dar abundante fruto, y ahora venís a Mí cuajados de los zumos dulces del amor a mí y al prójimo.

Floreced en mis jardines durante toda la eternidad”.

Tended a este eterno goce. Perseguid con fidelidad este bien. Agradecidos, bendecid al Eterno, que os ayuda a alcanzarlo.

Bendecidlo por la gracia de su Palabra, bendecidlo por la gracia de la buena cosecha.

Amad con gratitud al Señor y no tengáis miedo. Dios da el ciento por uno a quien le ama.

Jesús habría terminado, pero todos gritan:

–      ¡Bendícenos, bendícenos! ¡Danos tu bendición!

Jesús se levanta, extiende los brazos y dice con voz de trueno:

–      Que el Señor os bendiga y guarde, os muestre su faz y tenga piedad de vosotros. Que el Señor vuelva hacia vosotros su rostro y os dé su paz.

Que el nombre del Señor esté en vuestros corazones, en vuestras casas y en vuestros campos.

La multitud, la pequeña multitud reunida, prorrumpe en un griterío de alegría y de aclamaciones al Mesías, mas luego calla.

Y se abre para dejar pasar a una madre que lleva en brazos a un niño paralítico de unos diez años.

Ella lo coloca echado a los pies de la escalera, como si se lo ofreciera a Jesús. 

El anciano anfitrion explica:

–     Es una criada mía. Su hijo varón se cayó el año pasado desde la terraza y se partió la columna.

La dueña añade: 

–    Toda la vida tendrá que yacer sobre la espalda. Ha esperado en ti todos estos meses… 

Jesús indica:

–     Dile que se acerque.

Pero la pobre mujer está tan emocionada, que parece como si tuviera ella la parálisis. Tiembla toda y se le enredan los pies en el largo vestido al subir los altos escalones con su hijo en brazos.

María, piadosa, se pone en pie y baja hacia ella.

–     Ven. No temas. Mi Hijo te quiere.

Dame a tu niño. Así podrás subir mejor. Ven, hija. Yo también soy madre.

Y le toma al niño, al cual sonríe dulcemente. Luego sube con el peso de esta conmovedora carga sobre sus brazos.

La madre del niño la sigue, llorando.

Ya está María ante Jesús.

Se arrodilla y dice:

–     ¡Hijo! ¡Por esta madre!

No dice nada más.

Jesús ni siquiera solicita su consabido “¿Qué deseas que te haga? ¿Crees que puedo hacerlo?”. No.

Hoy sonríe y dice:

–      Mujer, ven aquí.

La mujer se coloca justo junto a María.

Jesús le pone una mano sobre la cabeza y se limita a decir: «Alégrate».

Aún no ha terminado de decir esta palabra y el niño, que hasta ahora había estado extendido como un cuerpo muerto, colgándole las piernas en brazos de María, se sienta como impulsado por un resorte…

Y prorrumpe en un grito de alegría « ¡Mamá!», y corre a refugiarse en el pecho materno.

Los gritos de hosanna parece como si quisieran penetrar en el cielo completamente rojo del atardecer.

La mujer, con su hijo apretado contra el corazón, no sabiendo qué decir,

Pregunta:

–     ¿Qué… qué tengo que hacer para decirte que soy feliz?

A lo que Jesús, que sigue acariciándola, contesta:

–     Ser buena, amar a Dios y a tu prójimo, educar en este amor a tu hijo.

Pero la mujer no se muestra todavía satisfecha. Quisiera… quisiera…

Y por fin, pide:

–     Dadle un beso Tú y tu Madre a mi niño.

Jesús se inclina y lo besa, y María también.

Y mientras la mujer se marcha feliz, entre las aclamaciones de un cortejo de amigos,

Jesús le explica a la dueña de casa:

–     No ha hecho falta más.

Él estaba en los brazos de mi Madre. Incluso sin mediar palabra alguna lo habría curado, porque Ella se siente feliz cuando puede consolar una aflicción.

Y Yo deseo hacerla feliz.

Entonces Jesús y María se intercambian una de esas miradas cuyo significado es tan profundo, que sólo quien las ha visto las puede entender.

T LAS LÁGRIMAS DE MARÍA


CUANDO LA IGLESIA CALLA, HABLAN LAS PIEDRAS

¿Por Qué Lloran en Todo el Mundo Imágenes de la Virgen María?

Por todo el mundo aparecen noticias de que alguna imagen de la Virgen llora.

‍Algunos casos clamorosos han sido aprobados por la Iglesia.

38. Decían: = «Bendito el Rey que viene en nombre del Señor! = Paz en el cielo y gloria en las alturas.» 39. Algunos de los fariseos, que estaban entre la gente, le dijeron: «Maestro, reprende a tus discípulos.» 40. Respondió: «Os digo que si éstos callan gritarán las piedras.» LUCAS 19

Mientras que la inmensa mayoría ha quedado en la esfera privada.

Este fenómeno se ha acentuado desde el siglo XX.

Y en las iglesias ortodoxas se ven iconos que exudan aceite y mirra, pero se puede considerar que es el mismo fenómeno.

¿Que hay que pensar cuando uno mira las gotas de agua, de las lágrimas, que aparecen en una estatua de plástico o yeso?

Acá te ofrecemos pistas.

Quien recorra las redes verá cantidad de imágenes de la Santísima Virgen que derraman lágrimas, sangre, óleo.

‍Naturalmente que esta información se puede encontrar en los sitios que creen en las manifestaciones sobrenaturales y no en los sitios católicos que son refractarios a los sucesos sobrenaturales.

Incluso algunos argumentos que aducen, es que su posición es porque la Iglesia Católica no aprobó esas manifestaciones.

‍Lo cual es un argumento absurdo.

Porque la iglesia no tiene la capacidad de investigar todas las manifestaciones sobrenaturales que suceden ni siquiera un 1%.

Ni muchos párrocos ni obispos está dispuestos a hacerlo, por aquello que dijo el padre Rene Laurentin:

Que ha avanzado tanto la INCREDULIDAD en lo sobrenatural, que si las apariciones de Lourdes se hubieran dado en estos años, la Iglesia no las aprobaría.

Además, cuando al final se forma una comisión para investigar un fenómeno sobrenatural, debido a la presión de la opinión pública, la conclusión es que no se sabe lo que pasó.

Por lo tanto es razonable que la absoluta mayoría de los fenómenos sobrenaturales queden en el ámbito privado, como manifestaciones privadas, sin la intención que la Iglesia se expida.

Lamentablemente la formación mariológica de la mayoría de los sacerdotes es mala o inexistente y su predisposición lo mismo.

Por lo cual no le prestan atención a estos hechos, porque creen que al Vaticano no le gustan estas cosas Y TAMPOCO QUIEREN COMPROMETERSE…

Y algo de razón tienen para cultivar esta conducta políticamente correcta.

Y recién le van a dar crédito cuando algo de eso explote en su parroquia, como sucedió en el caso de la Virgen de la Paz de Civitavecchia.

Donde el Obispo era absolutamente contrario a las manifestaciones marianas y se encontró con una imagen que lloraba en una casa y la trasladaron a la parroquia.

Era tal su aversión que le pidió al párroco que destruyera la imagen a martillazos.

‍Pero un día lloró en sus manos y el Obispo cayó de rodillas, casi desvanecido, pidiendo perdón.

‍A partir de ahí se convirtió en un firme creyente en estas manifestaciones.  

 Historia de los eventos de la Virgen de Civitavecchia

‍Muchos sacerdotes no saben nada de La Salette por ejemplo, una aparición aprobada por la Iglesia en que la Virgen lloraba.

Las lacrimaciones son expresiones de dolor de Nuestra Señora y esto no se puede ignorar.

‍Y debemos compadecernos, o sea padecer con ella.

También el llanto tiene la intención de conmover el corazón de sus hijos.

‍Y podríamos considerar que la diferencia entre las lácrimaciones de oleo o de suero humano y las lacrimaciones de sangre sea la gravedad de los fenómenos que ella está evocando.

Naturalmente estas manifestaciones tienen un mensaje detrás.

‍El primer mensaje es: Yo estoy aquí, Me preocupo por ustedes, crean en Mí y en Mi Hijo, existe el mundo sobrenatural, etc…

De modo que toda manifestación debe hacernos doblar las rodillas y rezar intensamente, porque Nuestra Señora está al lado nuestro y le debemos reverencia.

Pero también puede haber mensajes más específicos, que pueden estar referidos a un tema local o a un tema global.

Y puede ser una expresión de dolor por lo que está sucediendo como por lo que vendrá.

Y sí está referido al futuro es un aviso.

Por lo que siempre es recomendable discernir el mensaje sobre lo que puede haber causado esa lacrimación.

Preguntarse qué nos quiere decir Nuestra Madre con estas lágrimas.

Es posible también que no lleguemos a una conclusión única, porque hay muchísimos temas locales y globales, por las que Nuestra Señora está preocupada, al punto de provocar sus lágrimas.

‍Desde la dureza de nuestros corazones para convertirnos, hasta el avance de la Persecución al mensaje de Jesús.

‍Y desde las cosas que suceden dentro de la Iglesia, hasta el desprecio y la ignorancia que tiene de Dios la mayoría de la población.

‍Una pista la podemos tener en los mensajes que decenas de videntes están recibiendo en todo el mundo en este momento.

Pero de cualquier forma, nada justifica que no caigamos de rodillas ante una lacrimación de la Santísima Virgen, aunque no entendamos su mensaje.

DOS EXPERIENCIAS DE PERIODISTAS

Cuando Michael H. Brown, a mediados de la década de 1990 en un suburbio de Toronto, sostuvo una estatua en sus manos “lloró profusamente.”

Una pequeña estatua hueca.

Miró en el interior y buscó cualquier manguera o mecanismo alguno, pero nada.

Era una estatua de plástico hueca de la Santísima Madre.

Esto también sucedió hace un par de años a otro periodista, Rod Dreher.

‍Que ha servido varias temporadas como columnista en periódicos como el Dallas Morning News y The New York Post.

Ahora escribe para publicaciones como The American Conservative.

Dreher observó con asombro como una estatua en Baton Rouge, Louisiana, hizo lo mismo.

Una estatua de la Rosa Mystica que pertenecía a una mujer que había estado sufriendo de cáncer.

Una vez más, era una representación de María que estaba ante sus ojos mientras oraban y un líquido se formada en ella.

CIENTOS DE TESTIMONIOS DE LACRIMACIONES

Estas estatuas se han reconocido por derramar lágrimas por todo el mundo.

‍Lo mismo ha sido con una estatua peregrina de Fátima, así como una de tamaño natural de la Virgen de Guadalupe.

Hay casas donde no una, sino un gran número de objetos “lacriman”.

Los fenómenos parecen estar vinculado a un lugar o una persona.

De hecho, eso sucedió cerca de Syracusa, Nueva York, y en el norte de California.

Y en una iglesia en Virginia (este caso vinculado a un sacerdote).

A través de los años hay cientos de testimonios en internet de aquellos que han visto decenas de objetos – estatuas, rosarios, imágenes, y medallas – que exudan líquidos acuosos o aceitosos.

‍A veces sucede el caso que todo lo que tienes que hacer es traer una estatua cerca de un que está lacrimando, para que lo haga.

‍Uno de los casos más sorprendentes es en Medjugorje, donde un Corpus de bronce macizo de Jesús,  misteriosamente exuda constantemente un líquido acuoso-aceitosa, durante más de una década, de una “herida” en la rodilla derecha.

Y varios milagros son informados a raíz de esto.

LOS MISTERIOS DE LAS ESTATUAS SON HISTÓRICOS

Casi desde el comienzo del cristianismo, sin duda antes de la Edad Media, los milagros se han asociado con las representaciones de Jesús y María.

En su mayor parte, está involucrados con luces inexplicables que vienen de tal objeto, reacciones extrañas de animales a las imágenes sagradas.

O una aparición indicando una estatua enterrada, porque muchas fueron escondidas cuando los musulmanes trataron de conquistar Europa.

Pero no fue hasta el siglo XX que los milagros se concentraron en las lágrimas.

En las iglesias ortodoxas, a menudo es la emanación de aceite y mirra.

Hay casos clásicos de llanto como en una iglesia en Long Island, ver aquí, es la iglesia ortodoxa griega de San Pablo en Hempstead).

‍También en una iglesia en Michigan, una imagen que derrama aceite y mirra: a la que también acompañan  curaciones.

‍A veces, la exudación es sangre, lo que puede ser problemático, sobre todo cuando hay coagulación antiestética.

‍¿El diablo participa en alguna de ellas? Uno tiene siempre que discernir.

En alguno de estos casos, se puede sentir la gracia, en otros, puede haber una sensación de desbarajuste.

CASOS DE APROBACIONES DE LA IGLESIA

Una de las más famosas estatuas que lloran fue en Siracusa, Sicilia.

Los investigadores enviados por el obispo lo vieron por sí mismos.

Las lágrimas se acumulaban en una cavidad formada por la mano sobre su corazón. En un discurso por radio el 17 de octubre de 1954, el Papa Pío XII reconoció:

“La declaración unánime de la Conferencia Episcopal celebrada en Sicilia de la realidad del caso” y preguntó:

–     ¿Los hombres comprenden el misterioso lenguaje de las lágrimas?

Estas manifestaciones parecen especialmente dirigidas a nuestra era, pero estos fenómenos, se remontan veinte siglos.

Otro caso famoso y aprobado por la Iglesia fue en Akita, Japón, donde una estatua de madera de María lloró en 101 ocasiones.

Las lágrimas se analizaron químicamente, como también fue el caso de Syracusa.

‍En Italia, una estatua de Nuestra Señora Reina de la Paz de Medjugorje comprada también ha llorado delante de un obispo  y ha tenido la aprobación de la Iglesia, esto en Civitavecchia.

Se trataba de sangre huamana.

¿POR QUÉ LLORA?

¿Aborto? ¿Guerra? ¿Qué pensar de estatuas e imágenes que lloran?

¿Es una manifestación sobre el estado general de la moralidad?.

¿Es también un aviso sobre lo que viene como resultado?

¿Tiene que ver con un aviso de algo que vendrá en esa parte del mundo?

‍Hemos informado del caso de un fenómeno extraordinario de muchas imágenes llorando en Irlanda hace 20 años.

Y luego la que otrora  fuera la nación mas católica del mundo, votó en un referéndum para habilitar el ‘matrimonio’ homosexual, fue primera vez que este hecho se dió en el mundo.

Las pistas hay que buscarlas en cada caso, pero siempre hay un aviso detrás de la lacrimación.

También hay mensajes que han recibido videntes sobre este fenómeno.

Estos son dados a Luz de María:

Vivencia mística de Luz de María

10/02/2015

Contemplación al final del Mensaje:

Luego Nuestra Madre Santísima toma el globo terráqueo en Sus Manos, lo besa y con Sus benditos Labios, miro que besa la sangre de inocentes en varios continentes.

Nuestra Madre derrama lágrimas sobre la Tierra y todos los seres que penden de Su Manto en ese instante, quedan como inertes, cada uno sintiendo el dolor de la Madre Santísima.

El Manto de la Madre no destella luz, toma un solo color, y con el globo terráqueo en Sus Manos la miro poco a poco desaparecer. 

MANIFESTACIÓN EN CALIFORNIA, EE.UU

NOVIEMBRE DE 2015

Esta manifestación se produjo en el lugar donde se hospedaba Luz de María, al mismo tiempo en que Cristo le compartía Su Pasión.

06/05/2015

¡Tanto crisol se acerca a ustedes, amado Pueblo Mío! ¡Cuánto sufro por ello!

Mi Madre, derrama lágrimas de sangre en diferentes hogares o templos, anunciando que ese dolor es una nueva espada en Su Corazón,

PERO USTEDES NO REGRESAN A MÍ

Se sumergen en el libertinaje mundano en instantes en que los espíritus malignos llevan a caer, a aquellas criaturas que no permanecen seguras de ser de Mi Propiedad. 

COSTA RICA, 29.03.2018

En esta fecha tan sublime Nuestro Señor Jesucristo no solo nos bendice con Su Palabra, sino que nos grafica Su Amor a través de una manifestación visible para reafirmarnos Su donacion por la Humanidad.

CALIFORNIA, EE.UU 30.10.18

Estando Luz de María en éxtasis frente al Crucifijo manifestándose Nuesto Señor le dió el siguiente mensaje…

Amado Pueblo Mío:

He aquí Mi Sangre… He aquí el Óleo de Mi Amor que se derrama por toda la Humanidad, ante tanta ofensa, ante tanto pecado con el que el hombre continuamente Me azota, Me hiere y Me crucifica.

ME MANIFIESTO PARA QUE DESISTAN DE ENTREGARSE AL MAL

Mi Sangre Preciosa sea el Escudo que fortalezca a Mi Pueblo para que ningún alma se pierda…

Mi Óleo sea en cada uno la defensa para que no sucumban por un día de festividad y de ahí en adelante continúen entregándose más y más al desenfreno que el demonio ha sembrado en la Humanidad.

PUEBLO MÍO, HEME AQUÍ, YO TE AMO Y TE BENDIGO

Su Jesús.

 El día 15 de septiembre de 2015  se manifestó con sangre una imagen de Cristo en el hogar de Luz de Maria

 La Santísima Virgen María 

22/04/2015

¡Mírenme como Madre de la humanidad!  Así permanezco.

Mis lágrimas descienden de Mi rostro, así como la impureza y la maldad han logrado que la sangre corra por la Tierra.

Me llaman Madre para que les auxilie en las congojas, para que les proteja cuando los opresores les persiguen, cuando les niegan los alimentos y cuando les niegan la salud.

Pero Yo, que soy Abogada de todos los hombres, a pesar de eso les miro cual si fuera la primera vez que están ante Mí y Mis Ojos derraman lágrimas de sangre y Mi Corazón sangra. 

No desfallezcan, continúen orando el Santo Rosario, Me atraen, Mi Mirada se vuelve instantáneamente hacia aquel que clama a Mí en cada Avemaría.

Porque como Madre del Verbo, en Mi Vientre Materno albergo a cada una de las creaturas humanas y sangro con lágrimas de sangre por aquellos que se han alejado, que desprecian Mi Maternidad, pero sobre todo por los que desprecian el Amor de Mi Hijo. 

22/11/2015

Con Mis Lágrimas lograré que el corazón de piedra se vuelva de carne, que la mente oprimida encuentre la libertad y que la razón nublada por lo mundano, por la codicia, por el desconocimiento y el desamor encuentre, la luz de Mi Hijo

31/01/2016

Por esta humanidad flagelada por sí misma, lloro lágrimas de sangre pero al final les tomaré de Mi mano, y como intercesora de toda la humanidad, les presentaré ante Mi hijo. 

07/10/2016

Derramo Mis lágrimas por la Tierra, en diferentes lugares, llamándoles a la conversión para que no padezcan lo que no es Voluntad Divina.

11/07/2017

He derramado Mis lágrimas por la violencia en que vive la Humanidad, la matanza de inocentes, la subversión en que se encuentra la Humanidad. 

30/08/2017

Continúo derramando Mis Lágrimas por la Tierra, como signo de Mi Presencia y del padecer de Mis hijos, como preludio a los instantes anteriores a una tribulación para la Humanidad. 

Mis Lágrimas de Sangre son Mi dolor ante la falta de Amor en el corazón de Mis hijos.

UN APÓSTOL CELESTIAL


En China la Persecución no cesa y nuestros hermanitos, padecen con heroísmo la confesión de la Fe Cristiana.

Como Dios ama tanto a sus hijos, hubo una intervención directa del Cielo y con un Apóstol… ¡Sencillamente extraordinario! 

He aqui dos testimonios de cómo nuestro ABBA no nos abandona en las garras del Anticristo…

Dos Fantásticas CONVERSIONES Sobrenaturales en China

Las intervenciones del Cielo para la conversión tienen las formas más imprevisibles.

Y muchas se están operando hoy en China que será el país con más cantidad de cristianos en una década.

Traemos dos historias.

Una de una mujer que durante su vida estuvo esperando que la bautizaran; había sido catequizada por San José.

Y otra de una mujer que tuvo una experiencia cercana a la muerte, tuvo un mini juicio por Jesucristo y se convirtió.

FANTÁSTICA APARICIÓN Y CATEQUESIS DE SAN JOSÉ A UNA CHINA

El que presentamos es un caso muy especial.

‍Una anciana china agonizante, que no sabía leer, ni nada sobre el cristianismo.

Fue localizada por unos misioneros jesuitas y pidió que la bautizaran, mostrando un sorprendente conocimiento de los ritos católicos.

Al final resultó que había sido visitada por un enviado de Dios que la fue instruyendo a través de los años.

Ese parece que fue San José.

Dos misioneros jesuitas austríacos, el padre Gotsch y el hermano Gervasio, vivieron en China una experiencia única.

Gervasio, que había acompañado al Profesor Filchner a través del Tibet y en India, contó este hecho ocurrido en 1976.

Un día, en China meridional, estaba acompañando al P. Gotsch que había ido a asistir a un moribundo en Kaotai para administrarle los últimos sacramentos.

Atravesaron 200 km por caminos montañosos y colinas montados a caballo y llegaron después de 3 días a la casa de aquel hombre.

Demasiado tarde, porque éste ya había fallecido.

‍Emprendieron el camino de regreso luego de haberlo enterrado religiosamente.

A mitad del camino se encontraron con un joven que parecía estar esperándolos al borde del camino y que les pidió que lo siguieran a casa de su madre que estaba enferma.

Acompañaron a este joven hasta un pueblito que distaba 15 km de allí.

‍En una habitación extremadamente precaria, una mujer agonizaba.

Al ver al sacerdote, le preguntó:

      Extranjero, ¿Me contestarás la verdad a las preguntas que te haga?

–      Por supuesto, madre.

–     ¿Existe un Dios en el cual hay tres personas? ¿Existe otra vida, un lugar de felicidad para los buenos y un lugar de terror para los malos?

¿Es verdad que Dios vino a esta tierra para morir por los hombres y abrirles el lugar de felicidad?

Extranjero, ¿Es verdad todo eso?

Estupefacto, el sacerdote le respondió SI.

Pero ¿De quién había podido esta mujer aprender todo aquello?

La mujer continuó:

–      Traes agua contigo, entonces, ¡lávame (bautízame), para que pueda ir a aquel sitio de felicidad!

¿Cómo sabía que el sacerdote llevaba consigo agua para los bautismos?

‍Su actitud decidida era algo infantil y al mismo tiempo convincente.

El sacerdote le explico brevemente la liturgia y el sentido del Sacramento y luego la Bautizó.

‍La enferma, desbordante de alegría, todavía dijo:

–      También tienes contigo el pan. Ese es un pan especial porque Dios está adentro. ¡Dame de ese pan!

El padre extrajo de su bolso la hostia consagrada que llevaba consigo.

¡La enferma sabía que él tenía “El Pan”!

El sacerdote le explicó el sentido del Sacramento de la Eucaristía y le dio la comunión.

Le administró también los últimos sacramentos (la confesión de los pecados y la unción de los enfermos).

Después le dijo:

–      Hasta ahora fuiste tú quién hacías las preguntas. Ahora me toca a mí:

‍¿Quién te ha enseñado las verdades de la fe? ¿Has conocido a creyentes católicos o evangelistas?

–      No, extranjero.

–      Entonces ¿Has leído libros cristianos?

–      No sé leer, extranjero, y ni siquiera sabía que existían libros de ese tipo.

–       Entonces, ¿De dónde y de quién has recibido la noticia de la Fe?

San José, Terror de los Demonios

–       Siempre pensé que debía ser así y desde hace 10 años que vivo de esta forma.

También he instruido así a mis hijos y puedes lavarlos a todos (bautizarlos).

–       Pero ¿Sabías que íbamos a pasar hoy por aquí?

–       ¡Por supuesto!

‍Vi a un hombre en sueños. Él fue quien me dijo que enviara a mi hijo menor a la ruta a que llamara a los dos extranjeros que pasarían por allí.

También me dijo que me iban a “lavar” para ir al lugar de la felicidad después de la muerte.

Los misioneros estaban profundamente conmovidos.

La actitud de la mujer frente a la muerte era tan apacible que no dejaba lugar a duda.

‍Antes de partir, los misioneros le regalaron una estampa de san José, patrono de los moribundos.

‍Colmada de felicidad exclamó:

–     ¡Pero a éste, lo conozco!

Vino a verme muchas veces.

¡Es quien me dijo que mandara a mi hijo a la ruta para llamarlos!

¿Había tenido un sueño o san José verdaderamente había ido en persona a visitarla?

Ella no lo sabía.

Por otra parte, no importaba saberlo. ‍

Lo importante era que san José había instruido a la enferma.

Los misioneros se enteraron más tarde que la mujer había muerto aquella noche.

Hay otra interesante historia de conversión de una china llamada Mei.

Quien tuvo el mini-juicio en una experiencia cercana a la muerte, que muchos llaman la ‘iluminación de la conciencia”.

La historia es la siguiente.

Ella disfrutaba de la playa en el sur de China por primera vez en su vida.

Había sido abandonada por su esposo y era divorciada.

Estaba de vacaciones en la playa de Sanya con su novio, un hombre casado.

‍Su esposo la había abandonado inmediatamente después de tener familia. Y en su desesperación había manejado su vida en dirección equivocada.

Estaba sin trabajo, sin dinero, sin dignidad y este hombre casado se acercó a ella y la invitó a ir a la playa con él.

Era a la primera vez qué veía el mar y no tenía conocimiento de Dios.

Ella se había criado en el río Yangtse y era una nadadora capaz.

De repente estaba nadando y fue arrastrada mar adentro.

‍Ella sintió una mano sosteniéndole el tobillo, que la arrastraba hacia abajo en el agua, e hizo todo lo que pudo para nadar hasta la orilla pero no podía.

Trato de pedir Auxilio pero sintió una mano alrededor de su garganta que no le permitía gritar.

No podía hacer ningún ruido aunque su boca se movía y la mano la sostenía cada vez más fuerte.

‍De repente vio una cara en medio del remolino, y aunque nunca le enseñaron quién era el diablo, ahí lo identificó.

Se acercó a ella y le susurró “te voy a matar hoy”.

Ella pensó que estaba acabada y estaba muriendo.

Pensó en sus padres y en su hija, mientras trataba en vano de llegar a la orilla.

En un último arrebato gritó algo que ella no comprendió dijo “mi Dios…” con toda su fuerza, aunque no sabía que estaba diciendo.

Fue cuando los cielos se abrieron y descendió una paloma sobre ella que identificó como el Espíritu Santo, si bien no tenía ninguna información sobre la Biblia y sobre Espíritu Santo.

Y apareció un hombre alto con una túnica y un aura de luz.

Hizo un gesto y penetró un rayo de luz sobre ella y vio pasar su vida ante sus ojos como en una película, apreciando los pecados que había cometido.

Esto es lo que han experimentado muchos que tuvieron experiencias cercanas a la muerte y es un mini juicio a través de la iluminación de la conciencia.

Ella dice que no podía creer que “yo fuera a una persona tan pecadora y tan sucia”.

En ese momento ella quiso morir pero oyó una voz misericordiosa que le dijo:

“Mi hija has vuelto por fin. Te he estado esperando mucho tiempo”.

Entonces vio un amor puro que brotaba de los ojos de esa figura y ella le preguntó:

–       “¿Es para mí?”

Y la figura le respondió:

–       “Si es para ti, te amo y nunca pedí nada de ti”

Ella nunca había experimentado un amor tan grande e incondicional y se echó a llorar.

Pero aún estaba en peligro de ahogarse y oyó la voz que decía “ve a ayudarla”.

De repente apareció un hombre y la arrastró hasta la orilla poniéndola en la arena.

En ese momento ella pensó que se había encontrado con el Dios que no conocía ni sabía nada de Él.

Cuando regresó a su pueblo fue a una iglesia y pidió una Biblia, pero tuvo que esperar algunos meses porque las Biblias en China son escasas.

‍Cuando le llegó la Biblia después de un año, la empezó a leer desde el Génesis; todo le parecía extraño y difícil de entender.

‍En definitiva Mei tuvo una aparición o se la imaginó, no sabemos, y descubrió a Jesús en su corazón comenzando la peregrinación hacia el cristianismo en un medio hostil como China.

Mira el video relacionado a continuación.

59 ESTERILUDAD Y REPUDIO


59 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús se encuentra en esa preciosa ciudad marítima que en el mapa presenta un golfo natural amplio y bien protegido.

Este golfo tiene capacidad para muchos navíos y lo hace aún más seguro un fuerte espigón portuario.

Al parecer es muy usado incluso militarmente porque hay trirremes romanas con soldados a bordo.

En uno están desembarcando tropas para reforzar la guarnición. El puerto se parece un poco a la ciudad portuaria de Nápoles, dominada por los montes vesubianos.

Jesús está sentado dentro de una modesta casa cercana al puerto, donde habitan amigos de Pedro y de Juan, pescadores como ellos.

Y con quienes hablan de la diferencia entre la pesca en el mar de Galilea y en este gran puerto, situado en el gran océano.

Jesús habla con los miembros de la familia que los han hospedado y con otros que han venido a escucharlo. No es, sin embargo, una predicación formal, son palabras sencillas de consejo, de consuelo; como sólo Él puede ofrecer. 

Andrés regresa con los panes que le habían encargado y se acerca ruborizado al maestro, diciendo con  su característica timidéz:

–      Maestro, ¿Podrías venir conmigo? Se… se trata de hacer un poco de bien. Sólo Tú puedes.

Jesús se pone en pie sin preguntar ni siquiera qué bien es ése.

Sin embargo, Pedro pregunta:

–     ¿A dónde lo llevas? Está muy cansado. Es la hora de la cena. Lo pueden esperar mañana.

–     No… Es una cosa que hay que hacer en seguida. Es…

–     ¡Habla, gacela espantada! ¿Pero vosotros creéis que un hombre hecho y derecho debe ser así?… ¡Parece un pez enmarañado en la red!

Andrés se pone todavía más colorado.

Jesús, atrayéndolo hacia sí, lo defiende:

–     A mí me gusta así. Déjalo.

Tu hermano es como agua salubre. Trabaja en lo profundo y sin hacer ruido. Sale de la tierra como un hilo de agua, pero quien se acerca a él queda curado. Vamos, Andrés. 

Pedro contesta decidido:

–     Voy también yo. Quiero ver a dónde te lleva.

Andrés suplica:

–     No, Maestro. Yo y Tú solos. Si hay gente, no se puede… Es cosa de corazones…

–     ¿Qué pasa? ¿Ahora te dedicas a hacer de paraninfo?

Andrés no le responde a su hermano.

Dice a Jesús:

–      Un hombre quiere repudiar a su esposa y… y yo he intervenido, pero no sé hacerlo.

Si hablas Tú… te saldrá bien, porque el hombre no es malo; es… es… él te lo dirá.

Jesús sale con Andrés sin decir nada más.

Pedro permanece un poco en duda.

Luego dice:

–      Yo también voy; quiero al menos ver a dónde van.

Y sale, a pesar de que los otros le digan que no lo haga.

A pesar del rechazo, Pedro se detiene; pero sólo lo suficiente para pasar desapercibido a los que ha decidido perseguir.

Andrés va a torcer por una callecita de aspecto popular. Pedro lo sigue detrás.

Continúan luego por una placita llena de comadres. Y Pedro detrás.

Entran en un portal que es un arco sin puerta y que da a un amplio patio circundado de casitas bajas y pobres. Y Pedro detrás.

 Jesús entra en una de estas casitas con Andrés. Y Pedro se aposta fuera.

Una mujer lo ve y le pregunta:

–     ¿Eres familia de Aava? ¿Y esos dos también? ¿Habéis venido a llevárosla?

Pedro contesta fastidiado:

–     ¡Cállate, cotorra! No me deben ver.

¡Hacer callar a una mujer! Es una cosa difícil. Pedro le lanza una mirada que la fulmina, pero entonces ella va a hablar con otras comadres.

Enseguida el pobre Pedro, se encuentra rodeado por un círculo de mujeres, chicos y hombres; los que sólo por imponerse silencio unos a otros hacen un gran rumor que denuncia su presencia.

Pedro se consume interiormente, se enfada… pero no sirve de nada.  

Del interior de la casa se oye la voz grave, hermosa, serena de Jesús; junto a la voz quebrada de una mujer y a la de un hombre ronca y cortante.

Jesús dice:

–     Si ha sido siempre buena esposa, ¿Por qué repudiarla? ¿Alguna vez te ha faltado?

La mujer gime:

–     No, Maestro, ¡Te lo juro! Lo he querido como a la pupila de mis ojos.

Y el hombre, breve y duro, dice:

–     No, no me ha faltado nada más que en ser estéril y yo quiero hijos. No quiero la maldición Dios sobre mi nombre.

–     Tu mujer no tiene la culpa de serlo.

–     Me echa la culpa, a mí y a los míos, como si hubiera sido una traición…

–     Mujer, sé sincera. ¿Sabías que eras estéril?

–     No. Era y soy en todo como todas.

El médico lo ha dicho también. Pero no logro tener hijos.

–     ¿Ves como no te ha engañado?

Ella también sufre por ello. Responde también tú sinceramente: si ella fuese madre, ¿La repudiarías?

–     No. Lo juro. No tengo motivo para ello.

Sucede que el rabino me lo ha dicho, como también me lo ha dicho el escriba: “La estéril es la maldición de Dios en casa y tú tienes el derecho y el deber de darle libelo de divorcio y no contrariar tu virilidad privándola de hijos”

Yo hago lo que la Ley dice.

Jesús rebate:

–      No. Escucha. La Ley dice: “No cometas adulterio” y tú estás para cometerlo.

El mandamiento inicial es éste y ninguna otra cosa. Y, si, por la dureza de vuestros corazones, Moisés concedió el divorcio, fue para impedir uniones ilícitas y concubinatos odiosos a Dios.

Luego, progresivamente, vuestro vicio trabajó sobre la cláusula de Moisés recabando las malvadas cadenas y las homicidas piedras que sor las condiciones actuales de la mujer,

víctima siempre de vuestro despotismo, de vuestro capricho, de vuestra sordera y ceguera de afectos. Yo te lo digo: No te es lícito hacer lo que pretendes. Tu acto ofende a Dios.

¿Repudió acaso Abraham a Sara? ¿Y Jacob a Raquel? ¿Y Elcana a Ana? ¿Y Manué a su esposa?

¿Conoces al Bautista? ¿Sí? Está bien, ¿No fue estéril su madre hasta la vejez y después dio a luz al santo de Dios, así como también la esposa de Manué dio a luz a Sansón, y Ana de Elcana a Samuel, y Raquel a José, y Sara a Isaac?

Dios premia la continencia del esposo, su piedad hacia la estéril, su fidelidad al desposorio y es un premio celebrado por los siglos,

así como también da sonrisa al llanto de las estériles que ya no lo son ni se encuentran humilladas, sino que se hallan gloriosas regocijándose de ser madres.

No te es lícito ofender el amor de esta mujer. Sé justo y honesto. Dios te premiará más de lo que mereces.

El hombre lo mira asombrado.

Y trata de disculparse:

–      Maestro, sólo Tú hablas así… Yo no sabía.

Había preguntado a loa doctores y me habían dicho: “Hazlo”. Pero no me dijeron ni una palabra respecto a que Dios premie con dones un acto bueno.

Estamos en sus manos… y nos cierran los ojos y el corazón con mano de hierro. No soy malo, Maestro. No te enojes conmigo.

–      No te rechazo.

Me produces más compasión, que esta pobre mujer que está llorando, porque su dolor acabará cuando termine su vida y el tuyo comenzará entonces y para toda la eternidad. Piénsalo.

–     No, no comenzará. No lo quiero. ¿Me juras por el Dios de Abraham que cuanto dices es verdad?

–     Yo soy Verdad y Ciencia. Quien cree en Mí tendrá en Él justicia, sabiduría, amor y paz.

–     Te quiero creer. Sí. Te quiero creer.

No sé… siento en Tí algo que no hay en los demás. Ahora voy al sacerdote y le digo: “Ya no la repudio. Me quedo con ella y sólo le pido a Dios que me ayude a sentir menos el dolor de no tener hijos”.

Aava, no llores. Le diremos al Maestro que vuelva para mantenerme calmado. Y tú… sigue queriéndome.

La mujer llora con más fuerza, por el contraste entre el dolor de antes y la alegría actual.

Jesús, por el contrario, sonríe:

–      No llores. Mírame. Mírame, mujer.

Ella levanta la cabeza. Mira su rostro luminoso con su rostro lagrimoso. 

Jesús los llama:

–      Hombre, ven aquí. Ponte de rodillas junto a tu esposa. 

Cuando los dos han obedecido,

Jesús abre sus brazos y dice con solemnidad:

Ahora yo os bendigo y santifico vuestra unión. Escuchad:

“Señor Dios de nuestros padres, que hiciste a Adán del barro y le diste a Eva como compañera para que poblasen de hombres la tierra educándolos en tu santo temor,

desciende con tu bendición y tu misericordia, abre y fecunda las entrañas que el Enemigo tenía cerradas para portar a un doble pecado de adulterio y de desesperación.

Ten piedad de estos dos hijos, Padre santo, Creador supremo. Hazlos felices y santos.

Ella, fecunda como una vid; él, protector como el olmo que la sujeta.

Desciende, Vida, a dar vida. Desciende, Fuego, a calentar. Desciende, Poderoso, a obrar. ¡Desciende!

Haz que para la fiesta de alabanza por las fecundas mieses del próximo año te ofrezcan su vivo vástago, su primogénito, hijo consagrado a Tí, Eterno, que bendices a quienes esperan en Tí.

Jesús ha orado con voz de trueno, con las manos tendidas sobre las dos cabezas inclinadas.

La gente no se contiene más y se arremolina en torno, con Pedro en primera línea.

Jesús dice:

–     Levantaos. Tened fe y sed santos. 

Los dos reconciliados imploran:

–     ¡No te vayas, Maestro! 

–     No puedo quedarme. Volveré. Bastantes veces.

La multitud grita:

–     ¡No te vayas, no te vayas!

–     ¡Háblanos también a nosotros!

Jesús bendice pero no se detiene. Promete sólo volver pronto.

Y seguido por la pequeña multitud de vecinos, se dirige hacia la casa donde los hospedan.

Por el camino pregunta a Pedro:

–     Hombre curioso, ¿Qué debería hacer contigo?

Pedro contesta:

–     Lo que quieras, pero, ahora ya… yo estuve allí…

Entran en la casa, despiden a la gente, que comenta las palabras que han oído y se ponen a cenar.

Pedro se siente todavía curioso.

–     Maestro, ¿Pero realmente tendrán un hijo?

–     ¿Me has visto alguna vez prometer cosas que no se cumplan?

¿Crees que Yo me permito usar la confianza en el Padre para mentir y provocar desilusiones?

–     No… pero… ¿Podrías hacer esto con todas las esposas?

–     Podría. Pero lo hago sólo donde veo que un hijo puede significar un impulso hacia la santificación. Donde significaría obstáculo, no lo hago.

Pedro se alborota el pelo entrecano y calla.

Entonces entra el pastor José. Está completamente lleno de polvo del camino, como quien hubiera andado mucho. 

Después del beso de saludo, Jesús pregunta:

–     ¿Tú? ¿Por qué? 

José contesta:

–      Tengo cartas para ti.

Tu Madre me las ha dado y una es suya. Aquí están.

Y José entrega tres pequeños rollos de una especie de pergamino fino, atados con una cinta.

La más voluminosa de las cartas está incluso cerrada con un sello, otra tiene sólo el nudo, la tercera muestra un sello roto.

–      Ésta es de tu Madre – dice José, indicando la que tiene el nudo.

Jesús la desenrolla y la lee.

Primero en voz baja, luego alto:

“A mi amado Hijo, paz y bendición. Ha llegado a mí a la hora prima de las calendas de la luna de Elul un enviado de Betania.

Se trata de Isaac, pastor. Le he dado en tu nombre un ósculo de paz y refrigerio como personal agradecimiento.

Me ha traído estas dos cartas que ahora te envío, diciéndome de palabra que el amigo Lázaro de Betania te insta para que condesciendas con lo que te pide.

Amado Jesús, mi bendito Hijo y Señor, yo también tendría dos cosas que pedirte:

Una, recordarte que me prometiste llamar a tu pobre Mamá para instruirla en la Palabra; la segunda, que no vengas a Nazaret sin haber hablado conmigo antes”.

Jesús se detiene bruscamente y se pone de pie, caminando luego hasta encontrarse entre Santiago y Tadeo.

Los abraza estrechamente y termina repitiendo sin leer, las palabras:

–     Alfeo ha vuelto al seno de Abraham la pasada luna llena, con gran duelo de la ciudad…

Los dos hijos lloran sobre el pecho de Jesús, que termina:

…En el último momento te hubiera deseado a su lado, pero Tú estabas lejos. Esto, no obstante, es un consuelo para María, que ve en ello perdón de Dios y debe dar paz también a mis sobrinos”.

¡Habéis oído? Ella lo dice, y Ella sabe lo que dice.

Santiago suplica:

–     Dame la carta.

Jesús se opone:

–     No. Te perjudicaría.

Tadeo dice con un suspiro:

–      ¿Por qué? ¿Qué puede decir que sea más penoso que la muerte de un padre?…

–      Que nos ha maldecido

Jesús refuta:

–      No. No es eso.

Santiago se lamenta:

–      Lo dices… para no traspasar nuestro corazón. Pero es así. 

Jesús le entrega la carta:

–      Lee, entonces.

Y Judas lee:

«Jesús, te ruego, y conmigo María, que no vengas a Nazaret hasta que el duelo no haya terminado. El amor hacia Alfeo hace injustos a los nazarenos respecto a Tí y tu Madre llora por ello.

El buen amigo Alfeo me consuela, y pone calma en el pueblo. Ha tenido mucha resonancia lo que han contado Aser e Ismael de la mujer de Cusa, pero Nazaret es ahora un mar agitado por vientos contrarios.

Te bendigo, Hijo mío y te pido paz y bendición para mi alma. Paz a mis sobrinos. Mamá”.

Los apóstoles hacen comentarios y consuelan a los dos hermanos, que están llorando.

Pedro pregunta:

–   ¿Y esas, no las lees?

Jesús hace un gesto de asentimiento y abre la de Lázaro.

Llama a Simón Zelote. Leen juntos en un ángulo.

Luego abren el otro rollo y lo leen también. Debaten. Enseguida Simón trata de persuadir de algo a Jesús, pero no lo consigue.

Jesús, con los rollos en la mano, se coloca en medio de la estancia y dice:

–   Oíd, amigos. Somos todos una familia y no hay secretos entre nosotros.

Y si tener oculto el mal es piedad, dar a conocer el bien es justicia. Oíd lo que escribe Lázaro de Betania:

“Al Señor Jesús paz y bendición, y paz y salud a mi amigo Simón. He recibido tu carta y como siervo que soy he puesto mi corazón, mi palabra y todos mis medios a tu servicio, para satisfacerte y tener el honor de serte siervo no inútil.

He ido a ver a Doras a su castillo de Judea, a rogarle que me vendiera a su siervo Jonás como Tú deseas. Confieso que si no hubiera sido petición de Simón, amigo fiel paraTí, no habría enfrentado a ese chacal burlón, cruel y funesto.

Pero por Tí, mi Maestro y Amigo, me siento capaz de enfrentar hasta incluso a Satanás. Ello porque pienso que quien trabaja para Tí, te tiene cercano y está por tanto, protegido.

Y ciertamente he recibido ayuda, porque he vencido, contra todas las previsiones. Dura fue la discusión y humillantes las primeras negativas.

Tres veces tuve que agachar la cabeza ante este esbirro con poder. Luego me impuso una espera de días.

Finalmente, la carta; digna de un áspid. Yo casi no me atrevo decirte: “Cede para conseguir el objetivo”, porque él no es digno de tu Presencia; pero no hay otra forma.

He aceptado en tu Nombre y he firmado. Si he hecho mal, repréndeme.

No obstante – créeme – he tratado de servirte lo mejor que podía. Ayer ha venido un discípulo tuyo judío, diciendo que venía en tu Nombre a saber si había alguna noticia que llevarte. Ha dicho llamarse Judas de Keriot.

Sin embargo he preferido esperar a Isaac para entregarle la carta. Y me ha extrañado mucho el que hubieras mandado a otros, sabiendo que todos los sábados viene aquí Isaac, para su reposo sabático.

No tengo más que decirte. Sólo, besándote los pies santos, te ruego conducirlos adonde tu siervo y amigo Lázaro, como prometiste. A Simón, salud. A ti, Maestro y Amigo, un ósculo de paz solicitando tu bendición. Lázaro”. 

Jesús despliega el pergamino que tiene roto el sello, mientras dice:   

–     Y ahora la otra:

“A Lázaro, salud. He decidido. Por que por una suma doble obtendrás a Jonás. Y no pienso cambiar respecto a lo que propongo, por ningún motivo.

Estas son las condiciones:

Quiero que primero Jonás termine la cosecha de este año y su entrega se efectuará al final de la luna de Tisri.

Quiero que venga personalmente a recogerlo Jesús de Nazaret, al cual le pido que entre bajo mi techo, para conocerlo.

Quiero pago inmediato a la vista de contrato en regla.

Adiós. Doras”.  

Pedro grita:

–    ¡Qué peste! Pero, ¿Quién paga?

Quién sabe lo que pide. Y nosotros… ¡Estamos siempre sin un céntimo!

Jesús dice:

–    Simón paga.

Para darme esta alegría a Mí y al pobre Jonás. No adquiere más que un residuo de hombre, que de ninguna manera le prestará servicio; pero adquiere un gran mérito en el Cielo. 

Todos miran asombrados a Simón cananeo:

–    ¿Tú? ¡Oh!

Hasta los hijos de Alfeo salen de su aflicción por el estupor. 

Y Jesús confirma:

–     Él es. Es justo que ello sea conocido. 

Pedro indaga:

–     Sería también justo saber por qué Judas de Keriot ha ido donde Lázaro. ¿Quién lo había enviado? ¿Tú?

Jesús no le responde a Pedro. Se muestra muy serio y pensativo.

Sale de su meditación sólo para decir:

–     Preocupaos de que José cene y repose, luego nos retiraremos a descansar.

Yo prepararé la contestación para Lázaro… ¿Isaac está todavía en Nazaret?

José responde:

–     Me espera.

–     Iremos todos.

–     ¡Noo! Tu Madre dice…

Todos se agitan.

–     Callad. Quiero que sea así.

Mi Madre habla con su corazón de amor. Yo juzgo con mi razón. Prefiero hacer esto mientras no esté Judas y deseo tender la mano amiga a mis primos Simón y José.

Y  también llorar con ellos antes de que termine el duelo. Luego volveremos a Cafarnaúm, a Genesaret. En definitiva al lago, esperando finalice la luna de Tisri. 

Y tomaremos a las Marías con nosotros. Vuestra madre tiene necesidad de amor. Se lo daremos. Y la mía tiene necesidad de paz. Yo soy su paz. 

Pedro indaga:

–     ¿Crees que en Nazaret?…

–      No creo nada.

–      ¡Ah, bueno! Porque si le causasen algún daño o algún dolor… ¡Se las tendrían que ver conmigo! – dice Pedro todo agitado.

Jesús lo acaricia, pero está tan absorto en otros pensamientos que más bien está triste.

Luego va hacia donde Tadeo y Santiago, se pone entre los dos y se sienta, teniéndolos abrazados para consolarlos.

Los demás hablan bajo para no turbar su dolor.

57 EN EL UMBRAL DE LA MUERTE


57 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Y al día siguiente… El amplio taller de carpintería ha sido convertido en dormitorio. Con lechos bajos que han sido colocados junto a las paredes.

Y los discípulos están cenando en el gran banco que sirve de mesa.

Los apóstoles hablan entre sí y con el Maestro.

Judas de Keriot, pregunta:

–    ¿Vas de veras al Líbano?

Jesús responde con firmeza:

–    No prometo nunca, si no voy a cumplir.

Y en este caso lo he prometido dos veces: a los pastores y a la nodriza de Juana de Cusa.

He esperado los cinco días que le había dicho y he añadido aún hoy por prudencia. Pero ahora parto. 

Será un largo camino, aunque usemos la barca hasta Betsaida. No obstante, será para mi corazón motivo de gozo saludar también a Benjamín y a Daniel.

Ya ves qué almas tienen los pastores. ¡Oh!, merece la pena ir a honrarlos; efectivamente, ni siquiera Dios mengua honrando a un siervo suyo, antes bien acrecienta su justicia.

Apenas salga la luna, partiremos. El camino será largo; aun cuando usemos la barca hasta Betsaida. 

–    ¡Con este calor!

¡Apenas comienza el verano!  ¡Mira lo que haces! Lo digo por Ti.

–    Las noches están menos sofocantes.

El sol estará un poco más en León y las tormentas hacen menos abrasador el calor.  Además, os lo repito: no obligo a nadie a venir.

Todo es espontáneo en mí y en torno a mí. Si tenéis otras ocupaciones o si os sentís cansados, quedaos. Nos volveremos a ver después.

–       Eso, Tú lo has dicho.

Yo tendría que ocuparme de asuntos de mi casa. Llega el tiempo de la vendimia y mi madre me había rogado que viera a algunos amigos… Ya sabes que yo soy el hombre de mi casa y cabeza de la familia.

Pedro rezonga:

–       Menos mal que se acuerda de que la madre es siempre la primera después del padre.

Sea que Judas no oiga o no quiera oír, no da señales de comprender lo que ha dicho Pedro.

A quién por otra parte, Jesús refrena con una mirada. Mientras que Santiago de Zebedeo, sentado junto a Pedro, le jala el vestido para hacerlo callar.

Jesús dice:

–    Ve pues, Judas. Comprendo que debes ir. No hay que faltar a la obediencia a la madre.

–    Me voy al punto, si me lo permites. Llegaré a Naím a tiempo para encontrar hospedaje. Adiós, Maestro. Adiós, amigos.

Jesús le dice:

–    Sé amigo de la paz y merece tener a Dios siempre contigo. ¡Adiós!

Todos le saludan con un gesto simultáneo.

No hay ninguna aflicción al verlo partir. Al contrario…

Pedro, para que no se arrepienta, le ayuda a apretar las cintas de su alforja y a ponérsela. Lo acompaña hasta la puerta del huerto y se queda en el umbral para verlo partir.

Y cuando ve que se ha alejado hace un gesto de alegría y de irónico saludo. Y regresa restregándose las manos. No dice nada. Pero ya lo ha dicho todo.

Los que lo vieron, ríen para sus adentros.

Pero Jesús no lo advierte, porque está mirando fijamente  a su primo Santiago, que se ha ruborizado y entristecido, dejando de comer sus aceitunas.

Le pregunta:

–   ¿Qué te pasa?

Santiago de Alfeo contesta:

–    Has dicho: “No se debe desobedecer a la madre…”. ¿Y nosotros entonces?

–   No tengas escrúpulo. Como línea de conducta así es.

Cuando uno no es más que hombre y más que hijo. Pero cuando está uno cerca de otra naturaleza y de otra paternidad, no. 

Ella es más sublime si se le sigue según órdenes y deseos. Judas llegó primero que tú y que Mateo. Pero está muy atrás todavía. 

Es necesario que se forme. Y lo hará muy despacio. Tened caridad con él. ¡Tenla, Pedro! 

Pedro responde:

–    ¡Oh, Maestro! ¡Me es tan difícil con él…!

–    Lo comprendo, pero te digo: ten caridad. Soportar a las personas difíciles es una virtud. ¡Úsala!

–    Sí, Maestro… pero, cuando lo veo tan… tan…

Bien, cállate, Pedro, total… Tú comprendes. Tengo la impresión de ser una vela que está demasiado tirante por el viento… Crujo, me hace crujir este esfuerzo, y se me rompe siempre algo…

Ahora bien, Tú sabes, bueno… no sabes, porque como barquero no vales nada… Por tanto te lo digo yo: si a una vela, por demasiada tensión, se le rompen todas las amarras, te juro que le da un voleo tal al inexperto barquero, que lo atonta…

Bueno, pues yo siento que corro el riesgo de que se me rompan todos los lazos y entonces… Es mejor, sí, que de vez en cuando se vaya él.

Así la vela, faltándole el viento, se calma, y a mí me da tiempo de reforzar las amarras.

Jesús sonríe y mueve la cabeza, compadeciendo al justo y sanguíneo Pedro.

Un estrépito de cascos herrados y un vocerío de chicos llega de fuera.

–      ¡Aquí es! ¡Aquí es! ¡Para, hombre!

De pronto en el umbral de la calle, se asoma el cuerpo negro y sudoroso de un caballo; del que se apea un jinete que se precipita como un bólido y se postra a los pies de Jesús. Los besa con adoración.

Todos lo miran asombrados.

Jesús pregunta:

–           ¿Quién eres? ¿Qué quieres?

El hombre contesta:

–           Soy Jonathán.

Responde un grito de José, que, por estar sentado detrás del alto banco y por lo fulminante de la llegada, no ha podido reconocer al amigo.

El pastor corre hasta el hombre postrado:

–    ¡Tú! ¡Si eres tú!…

–    Sí. Adoro a mi Señor amado.

Treinta años de esperanza ¡Oh, larga espera! que florecen ahora como flor solitaria de agave; y florecen en un instante, en un éxtasis feliz.

Tanto más feliz aún que aquél, lejano. ¡Oh, mi Salvador!

Mujeres, niños y algún hombre, entre los cuales el buen Alfeo de Sara, que tiene todavía un pedazo de pan y queso en la mano, se arremolinan en la entrada y hasta dentro de la espaciosa estancia.

Jesús dice:

–    Levántate Jonathán. Estaba a punto de ir a buscarte. También a Benjamín y a Daniel.

–    Lo sé.

–    Levántate para darte el beso que he dado a tus compañeros.

Jesús se inclina y lo levanta para besarlo. 

Jonathán está muy conmovido:

–     Lo sé. –repite el  viajero robusto; bien parecido y lujosamente vestido- Lo sé.

Con gran emoción continúa:  

Ella tenía razón. No era delirio de agonizante. ¡Oh, Señor Dios! ¡Cómo te ve el alma y cómo te siente cuando Tú la llamas!

¡Oh, no os burléis de un hombre dichoso, vosotros que escucháis! ¡Dichoso y angustiado hasta obtener tu “Voy”! Ya sabes que estaba de viaje con la patrona moribunda.

¡Qué viaje! De Tiberíades a Betsaida fue bueno; pero luego, dejada la barca y tomado un carro, a pesar de haberlo acondicionado lo mejor que podía, fue una tortura. Se viajaba despacio y de noche, pero ella sufría.

En Cesárea de Filipo estuvo a punto de morir por los vómitos de sangre. Nos detuvimos…

A la tercera mañana, hace siete días, me manda llamar. De lo blanca y agotada que estaba, parecía ya muerta. Pero cuando la llamé abrió sus dulces ojos de gacela agonizante y me sonrió.

Me indicó con la manita helada que me inclinase, porque tiene sólo un hilo de voz y me dijo: “Jonatán, llévame a casa; pero inmediatamente”. ¡OBEDECE!

Era tan grande el esfuerzo de su orden, ella que es siempre más dulce que una buena niña, que se le colorearon las mejillas y durante un momento, recobraron el fulgor sus ojos. Continuó diciéndome:

“He soñado con mi casa de Tiberíades. Dentro estaba Uno con rostro de estrella, alto, rubio, con ojos de cielo y una voz más dulce que sonido de arpa. Me decía: “Yo soy la Vida. Ven. Vuelve. Te espero para dártela”. “

Jonathán quiero ir” Yo decía: “¡Pero, patrona!… ¡No puedes! ¡Estás mal! Ahora, cuando estés mejor, veremos”.

Lo consideraba delirio de moribundo. Pero ella se echó a llorar y luego…

Es la primera vez que lo ha dicho en estos seis años que la tengo como patrona. Estaba enojada, se sentó; ella, que no tiene fuerzas para nada. Y luego me dijo: “Siervo, lo quiero. Yo soy tu patrona. ¡OBEDECE!”

Y cayó envuelta en sangre. Creí que moría… Y me dije: “Démosle gusto. ¡Muerte por muerte!…

No sentiré el remordimiento de no haberla complacido al final, después de haber querido hacerlo siempre”.

¡Qué viaje! No quería descansar ella, aparte de las horas entre tercia y sexta. Casi he matado a los caballos para abreviar. Hemos llegado a Tiberíades esta mañana a la hora de nona.

Ester me ha referido… Entonces he entendido que eras Tú quien la había llamado, porque coincidían la hora y el día en que Tú prometías un milagro a Ester y te aparecías al espíritu de mi patrona.

Ha querido proseguir de inmediato y a mí me ha mandado adelante… ¡Oh, Salvador mío! Jesús, Salvador y Mesías nuestro, he venido a rogarte que vengas conmigo.

Jesús responde:   

–     Voy enseguida. La Fe merece premio. Quien me desea me tiene. Vamos.

–     Espera. He arrojado mientras venía una bolsa a un joven, diciendo: “Tres, cinco, los asnos que queráis, si no tenéis caballos; rápido a la casa de Jesús”.

Estarán para llegar. Así abreviaremos. Espero encontrarla cerca de Caná. Si al menos…

–     ¿Qué, Jonathán?

–      Si al menos estuviera viva…

–     Viva está. Pero, aunque estuviese muerta, Yo soy Vida. ‘Aquí está mi Madre.

La Virgen se acerca, seguida por María de Alfeo

Y pregunta:

–     Hijo, ¿Te vas?

–     Sí, Madre. Voy con Jonathán. Ha venido. Sabía que podría dártelo a conocer. Por eso he esperado un día más.

Jonathás cruza las manos sobre el pecho y la saluda inclinándose profundamente. Luego se arrodilla y besa la orla de su vestido, diciendo:

–           Te saludo, Madre de mi Señor.

Alfeo de Sara dice a los curiosos:

–     ¿Qué decís a esto? ¿No deberíamos avergonzarnos de ser sólo nosotros quienes no tenemos Fe?

Un estrépito numeroso de cascos se oye en la calle. Son los borricos. Pareciera que son todos los de Nazaret; y son tantos, que bastarían para un escuadrón.

Mientras Jonatán escoge los mejores y contrata, pagando sin escatimar y toma consigo a dos nazarenos con otros borricos,

por precaución a que algún animal por el camino, pierda las herraduras y para que puedan volver con toda esta rebuznadora recua.

María y la otra María ayudan a cerrar sacos y talegos.

María de Alfeo dice a sus hijos:

–     Dejaré aquí vuestras camas y las acariciaré… Me parecerá estaros acariciando a vosotros.

Sed buenos, dignos de Jesús, hijos… y yo… yo me sentiré feliz…» y mientras dice esto vierte gruesos lagrimones.

María ayuda por su parte a su Jesús y lo acaricia con amor, haciendo mil recomendaciones y encargos para los otros dos pastores libaneses, porque Jesús declara que no volverá hasta encontrarlos.

Se ponen en marcha. Ha caído la tarde y el cuarto creciente de la Luna se alza ahora.

A la cabeza va Jesús con Jonathán; detrás, todos los demás.

Mientras están en la ciudad van al paso, porque la gente se arremolina. Pero en cuanto salen van al trote, en una caravana sonora de cascos y cascabeles.

Jonathán explica:

–     Está en el carro con Ester. ¡Oh, patrona mía! ¡Qué alegría, hacerte feliz!

¡Llevarte a Jesús! ¡Oh, mi Señor! ¡Tenerte aquí, a mi lado! ¡Tenerte!… Tienes justamente el rostro de estrella que ella te ha visto, y eres rubio y con ojos de Cielo. Y tu voz es realmente un sonido de arpa…

¡Oh, pero tu Madre!… ¿La vas a llevar a la patrona un día?

–     Irá la patrona a Ella. Serán amigas.

–     ¿Sí?… Sí, puede serlo. Juana está casada y ha sido madre, pero tiene un alma pura como una virgen. Puede estar junto a María bendita.  

Entonces Jesús vuelve su rostro al escuchar una carcajada fresca de Juan, a la que hacen coro los demás…

Pedro explica:

–    Soy yo, Maestro, el que hago reír. En la barca estoy más seguro que un gato. Pero aquí arriba, ¡Parezco un barril de madera suelto en el puente de una nave, con el viento del sudoeste!

Jesús sonríe y lo anima prometiéndole que pronto terminará el trote.

Pedro contesta:

–    ¡Oh! No importa. Si los muchachos se ríen, no hay nada de malo. ¡Vamos! Vamos a hacer feliz a esa buena mujer.

Después de un rato, otra explosión de risas hace que Jesús voltee una vez más.

Pedro exclama:

–    ¡No! Esto no te lo digo, Maestro. Aunque pensándolo bien… ¿Por qué no? Sí que te lo digo…

Decía yo: ‘Nuestro supremo primer ministro, se roerá las manos cuando sepa que no estuvo cuando tenía que hacerla de pavo real, cerca de la dama’

Todos se ríen.

Y Pedro continúa: 

–     Pero así es. Estoy seguro que si hubiera sabido, no hubiera habido viñedos que cuidar.

Jesús no contradice.

Se recorre rápido el camino sobre estos borriquillos bien nutridos. Con el claro de luna dejan atrás Caná.

Jonathán dice:

–     Si me permites, te precedo. Paro el carro. Los movimientos bruscos la hacen sufrir mucho.

–     Ve, sí.

Jonatán pone el caballo al galope.

Siguen y siguen bajo la luz blanca de la Luna.

Luego aparece la forma oscura de un voluminoso carro cubierto, parado en el borde del camino.

El asno en que va Jesús, instigado por Él, alcanza un pequeño galope sesgado.

Jesús llega al carro. Se apea.

Jonathán anuncia:

–     ¡El Mesías!

La anciana nodriza se arroja del carro al camino, del camino al polvo.

Y suplica:

–     ¡Oh, sálvala! Se está muriendo.

–     Aquí estoy.

Y Jesús sube al carro, donde hay extendido, un considerable número de almohadones y sobre ellos un cuerpo macilento.

Hay un farolito en un ángulo y copas y ánforas. Y una joven criada llorando, está secando el sudor helado de la agonizante.

Jonatán acude con uno de los faroles del carro.

Jesús se inclina hacia la mujer decaída, verdaderamente moribunda.

No hay diferencia entre el candor del vestido de lino y la palidez, incluso ligeramente azulada, de las manos y del rostro esqueléticos.

Sólo las pobladas cejas y las largas pestañas negrísimas proporcionan un color a ese rostro de nieve.

Ni siquiera tiene ya ese rojo infausto de los tísicos en los pómulos descarnados. Los labios, semiabiertos por el respiro dificultoso, son apenas una sombra de un rosa violáceo.

Jesús se arrodilla a su lado y la observa. La nodriza le toma una mano y la llama, pero el alma, ya en los umbrales de la muerte, no oye nada.

Habiendo llegado los discípulos y los dos jóvenes de Nazaret, se agolpan en torno al carro.

Jesús pone una mano sobre la frente de la moribunda, la cual un momento abre los ojos nublados y vagos para volver a cerrarlos luego.

Esther gime:

–     Ya no oye nada – Y llora con más fuerza.

Jesús hace un gesto:

–     Madre, oirá. Ten fe.

Y luego llama:

–     ¡Juana! ¡Juana! ¡Soy Yo! Soy Yo quien te llama. Soy la Vida. Mírame. Juana.

La moribunda abre con una mirada más viva sus grandes ojos negros y mira al rostro que hacia ella se ha inclinado.

Manifiesta un movimiento de alegría y una sonrisa.

Mueve despacio los labios: una palabra que no llega a adquirir sonido.  

Y jesús la interpela:

–     Sí, Yo soy. Has venido y Yo he venido, a salvarte. ¿Puedes creer en mí?

La moribunda asiente con la cabeza.

Toda la vitalidad está concentrada en la mirada así como también toda la palabra, no pudiendo expresarla de otra manera.

–     Pues bien…

Jesús, aunque permanezca de rodillas y con la izquierda sobre la frente de ella, se endereza y toma el aspecto de milagro.

Y dice con autoridad:

–     Pues bien, Yo lo quiero, queda curada, levántate.

Quita la mano y se pone en pie.

Una fracción de minuto y Juana de Cusa, sin ningún tipo de ayuda, se sienta, emite un grito…

Y se arroja a los pies de Jesús gritando con voz fuerte y dichosa:

–     ¡Oh, amarte, toda mi Vida! ¡Para siempre! ¡Tuya! ¡Para siempre tuya!

¡Nodriza! ¡Jonatán! ¡Estoy curada! ¡Rápido! ¡Corred a decírselo a Cusa! ¡Que venga a adorar al Señor!

¡Oh, bendíceme, sigue haciéndolo, sigue, sigue! ¡Oh, mi Salvador!

Llora y ríe besando los indumentos y las manos de Jesús.

–     Te bendigo, sí. ¿Qué más quieres que te haga?

–     Nada, Señor. Sólo quererme y dejar que yo te quiera.

–     ¿Y no querrías un niño?

–     ¡Oh, un niño!…

En tus manos lo dejo, Señor. Yo te abandono todo: mi pasado, mi presente, mi futuro. Te debo todo, todo te doy. Da Tú a tu sierva lo que consideres mejor.

–     Entonces, la vida eterna. Sé feliz. Dios te ama. Yo me marcho. Te bendigo y os bendigo.

–     No, Señor. Quédate un tiempo en mi casa, que ahora es realmente rosal florido. Permíteme que vuelva a ella contigo…

¡Dichosa de mí! –     Voy. Pero tengo a mis discípulos.

–     Mis hermanos, Señor. Juana tendrá, tanto para ellos como para Tí, comida, bebida y todo tipo de refrigerio.¡Concédemelo. 

–     Vamos. Que se regresen los burros, seguidnos a pie.

El camino ya es poco. Iremos lentamente para que podáis seguirnos. Adiós, Ismael y Aser. Despedidme una vez más de mi Madre y de mis amigos.

Los dos nazarenos, estupefactos, parten con sus rebuznadores asnos, mientras el carro emprende el retorno con su carga de alegría, ahora.

Detrás van los discípulos en grupo comentando el hecho.

P APÓSTOLES Y SERVIDORES


Septiembre 02_ 2020  

Habla Dios Padre

Hoy hijitos Míos, os quiero hablar sobre lo que debiera ser  primordial en cada alma de Mis hijos: el Don del Servicio.

A cada uno de vosotros se os han dado dones, cualidades, bendiciones.

Cada uno de vosotros es un ser único, con características propias; nadie es igual a otro, en cada uno de vosotros he derramado Mi Santo Espíritu en forma diferente.

Sois similares en algunas cosas pero individuales en otras y de ahí que cada uno de vosotros forméis, junto con Mi Hijo Jesucristo, el Cuerpo Místico de Mi Iglesia, el Cuerpo Místico de Mi Gloria.

EL HECHO DE SER IRREMPLAZABLES OS HACE NECESARIOS, EN CIERTA FORMA,

PARA LLEVAR A CABO MI PLAN DE SALVACIÓN Y REDENCIÓN DEL GÉNERO HUMANO.

Todos los dones que habéis recibido son dones gratuitos y prestados para ser usados para servir a vuestro Dios y a vuestros hermanos.

Los dones para servicio a vuestro Dios son aquellos que he otorgado, primeramente a Mis sacerdotes, Mis consagrados.

En ellos he puesto dones de una finura muy especial, puesto que ellos son los encargados de llevarMe a la Tierra, para que en Mi Presencia real en la Sagrada Eucaristía, puedan tomarMe y vivirMe.

He puesto en ellos DONES ESPECIALES para que puedan conocer mejor a las almas y así, ya sea en la confesión, ya sea en el dar una guía o consejo, Mi Presencia Real se manifieste a través de ellos.

He puesto infinidad de bendiciones en Mis Ministros, para que pueda seguir viviendo Mi Iglesia, la Iglesia de Mi Hijo Jesucristo, a pesar de los ataques de nuestro Enemigo

Y A PESAR DE LOS DEFECTOS HUMANOS, DE TODOS CUÁLES,

AÚN MIS MISMOS CONSAGRADOS, NO ESTÁN EXENTOS DE ELLOS

Ellos así se vuelven vínculo de amor entre Yo, vuestro Dios y vosotros, Mis pequeños.

Ellos llevan una tarea de unión fraterna y de crecimiento, en las enseñanzas de Mi Espíritu.

LUEGO SIGUEN LOS DONES QUE LES HE OTORGADO A TODOS VOSOTROS, MIS HIJITOS

Y ÉSTOS VARÍAN DE ACUERDO AL PLAN QUE TENGO YO

PARA PROSEGUIR MI OBRA DE SALVACIÓN

Todos los dones que os he otorgado son para servir.

Vosotros, cada uno de vosotros, Me pedisteis bajar a la Tierra a servirMe y para ayudarMe en la salvación de todas las almas.

Os he otorgado Mis Dones para fortaleceros en la lucha por llevar Mi Amor entre las Tinieblas en las que vuestro Mundo se encuentra.

Yo he previsto TODO y conozco perfectamente las necesidades que se van presentando con el transcurso de los años y de las necesidades espirituales que se necesitan, para que no seáis absorbidos por las Tinieblas del Mal.

El Maligno conoce perfectamente que en cada uno de vosotros he puesto Mi Vida Espiritual, la cuál tiene que ser compartida para con vuestros hermanos y así salvarlos de sus Garras con las que os quiere ahogar y condenar.

El Maligno usará de todos sus artificios para haceros olvidar vuestra misión en la donación libre que debéis de tener, cada uno de vosotros, para la salvación de vuestros hermanos.

POR VUESTRO LIBRE ALBEDRÍO, VOSOTROS OS CONVERTÍS EN CORREDENTORES

O EN TRAIDORES A MI CAUSA DE SALVACIÓN

Sois libres de usar de todos los dones con los que Yo os he dotado.

Y de ésa Libertad y de la forma de usarlos se desprenderá la prontitud de Mi Llegada, de la Llegada de Mi Reino.

Romanos 12, 6-8 1 Corintios 12, 8-10 1 de Corintios 12, 28-30 Efesios 4, 11-12

Si vosotros pudiérais ver los regalos tan grandes que son los Dones y que he puesto en cada uno de vosotros, no dejaríais de darMe las gracias por ellos.

Son piedras preciosas que brillan intensamente ante Mis Ojos y ante os ojos de todas las almas purificadas que están Conmigo en el Cielo.

CADA DON QUE TENÉIS Y QUE UTILICÉIS PARA SERVIRME EN VUESTROS HERMANOS,

SERÁ VUESTRO DISTINTIVO POR TODA LA ETERNIDAD

Obviamente cada don debe ser utilizado con base en el amor.

Nunca un don que otorgo se ofrece a los demás forzando vuestra voluntad.

Por ejemplo, los que tenéis el don de curación, éste trabaja muchísimo mejor, cuando es el amor el que lo guía.

Se le atribuye el don de la bilocacion. Sin salir de Lima, fue visto en México, en África, en China y en Japón, animando a los misioneros que se encontraban en dificultad o curando enfermos. Mientras permanecía encerrado en su celda, lo vieron llegar junto a la cama de ciertos moribundos a consolarlos o curarlos. Muchos lo vieron entrar y salir de recintos, estando las puertas cerradas. En ocasiones salía del convento, a atender a un enfermo grave y volvía luego a entrar sin tener llave de la puerta y sin que nadie le abriera. Preguntado cómo lo hacía, siempre respondía: ‘yo tengo mis modos de entrar y salir.’

Cuando es el amor el que se interesa en la necesidad que tiene el alma que pide su curación y cuando en ambas partes existe la humildad en alto grado,

en uno, el enfermo, en confiar en que la curación que ¡se pide a un semejante, se va a lograr gracias a que Mi Voluntad se va a hacer patente con la ayuda de Mi hijo que paseé el Don,

quién con humildad e intercediendo por amor a su hermano, va a obtener la gracia que se Me pide, sabiendo que una petición hecha con amor sincero, Yo no la desoigo.

ESTO MISMO ES APLICABLE A TODOS LOS DEMÁS DONES,

SIEMPRE DEBERÉIS ACTUAR CON AMOR Y HUMILDAD.

Como véis, hijitos Míos, Yo os he dado todo lo que necesitáis en vuestra estadía temporal en la Tierra, tanto en lo material como en lo espiritual.

Lo que causa que no todos obtengan lo que necesitáis en lo espiritual y en lo material,

14. ¿Está enfermo alguno entre vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el nombre del Señor.
15. Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor hará que se levante, y si hubiera cometido pecados, le serán perdonados. Santiago 5

Es por vuestra falta de Fé y de confianza en Mí, vuestro Padre.

Ya os he explicado que la Fé mueve montañas y las montañas no son otra cosa, que

LOS OBSTÁCULOS QUE VOSOTROS MISMOS OS PONÉIS

PARA NO DEJAR QUE MI VIDA FLUYA LIBREMENTE A TRAVÉS VUESTRO.

Imaginaos todos por un momento, si cada uno de vosotros Me permitiera hacer Mi Voluntad haciéndoos instrumentos fieles de Mi Amor, ¿Qué sucedería?

El Mal y todas sus causas terminarían inmediatamente, porque sería el Amor el que reinaría.

Todos los Dones de Mi Santo Espíritu se lograrían desarrollar a niveles inimaginables, produciendo en todos vosotros un crecimiento inmenso en Sus dones.

Obtendríais una Sabiduría como antes nadie la ha tenido anteriormente.

Entenderíais Mis Misterios y agradeceríais profundamente la forma en que os he consentido desde antes de que fuerais.

Entenderíais Mi Amor para con todos vosotros y vuestra felicidad sería inconmensurable.

Compartiríais vuestros Dones con total libertad y donación, sin esperar más recompensa que la de saberMe contento al veros por fin, viviendo como verdaderos hijos Míos.

TENDRÍAIS VUESTRO CIELO EN LA TIERRA

Vuestro paso de la Tierra al Cielo no sería en ninguna forma, de incertidumbre ni de temor, sino de una santa alegría al saber que cumplisteis perfectamente con vuestra misión.

Os falta Fé hijitos Míos, para que podáis lograr esto.

Estáis retrasando vuestra felicidad por no poner vuestros dones al servicio de los demás, en forma desinteresada y amorosa.

Estáis cegados con las cosas del mundo, cegados por sus Tinieblas, las cuáles cubren las bellezas y maravillas que existen en cada una de vuestras almas.

Estáis cegados a la Gracia de Mi Espíritu que habita en vosotros y que si aprendierais a interiorizaros, encontraríais la Luz de Amor que habita en vosotros.

Al tener ésa vida interior, encontraríais Mi Reino de Luz, de Vida y de Amor y si le permitierais salir, produciríais Luz Divina la cuál destruiría a las Tinieblas que os rodean.

Cada uno de vosotros debe interiorizarse, vivir en comunión con Mi Santo Espíritu, para que El os guíe y os enseñe a usar de Sus Dones,

Dones que ha otorgado a cada uno de vosotros en forma particular y al permitirLe que El trabaje a través vuestro, lograréis así el cambio que tanto necesita el Mundo.

Y no digo vuestro Mundo, ya que los que son realmente Mis Hijos, saben que NO PERTENECEN AL MUNDO, Me pertenecen, pertenecen al Reino de los Cielos.

JUNTOS, VOSOTROS CONMIGO, PODEMOS LOGRAR LA REDENCIÓN DEL MUNDO

Y ASÍ REPARAR JUNTOS,

POR EL PECADO COMETIDO POR VUESTROS PRIMEROS PADRES.

Yo no os puedo forzar a vivir bajo Mi Divina voluntad, os dí libertad, os dí el libre albedrío y éste es el que debe actuar para permitir que Mi Vida fluya libremente a través vuestro.

¡Cambiad hijitos Míos, cambiad!

DETENED EN VOSOTROS TODO AQUELLO QUE IMPIDE

QUE MIS DONES Y VIRTUDES FLUYAN

Romanos 12, 6-8 1 Corintios 12, 8-10 1 de Corintios 12, 28-30 Efesios 4, 11-12

PARA BIEN DE VUESTROS SEMEJANTES.

Volveos fieles instrumentos Míos y si acaso teméis a que os vaya a pedir cosas imposibles de realizar, os equivocáis,

ya que ¿Qué padre ó que madre de la Tierra obliga a sus hijos a hacer cosas en las que los pueda poner en peligro de accidente ó de muerte?

Yo Soy el más sensible y amoroso, Yo Soy El Amor En Pleno, de Mi sólo obtendréis amor infinito

y aún cuando os pidiera vuestra propia vida, vuestros dolores los tomaría Yo y así lo podéis corroborar con la vida de Mis Santos Mártires.

Podéis comprobar como aún en el suplicio o en los momentos en los cuáles deberían sufrir lo indecible, estaban felices, estaban gozosos y algunos hasta bromistas de lo que sus verdugos hacían en sus cuerpos.

Lo estaban, ya que Yo viviendo plenamente en ellos, tomaba sus dolores y les daba al mismo tiempo Mi Gozo infinito en gratitud a su libre donación.

NO TEMÁIS A LOS ACONTECIMIENTOS,

NO DEJÉIS QUE NADA NI NADIE OS QUITE EL GRAN REGALO DE MI PAZ.

No desconfiéis en lo absoluto de Mi Presencia Paternal que os cuidará en todo momento.

Si a ratos sentís abandono, es por vuestra falta de Fé.

Yo nunca abandono a Mis hijos y si acaso sentís el “abandono santo” es para acrisolaros en la Fé y haceros crecer en méritos para consentiros con más regalos cuando lleguéis al Reino de los Cielos.

Aún en el supuesto abandono, estad seguros que Yo os estoy mirando y que esto os baste para que confiéis en Mí. Nunca os dejaré caer, si os volcáis en Mi Divina Voluntad.

También os quiero hablar sobre el Celo por Mi Casa.

Mi Hijo Jesucristo durante Su Vida Pública, os dio muestra de lo que la Iglesia, Mi Templo, el lugar santo en donde Yo habito, junto con El en la Sagrada Eucaristía, debe ser.

Recordaréis cómo con celo santo, corrió a los vendedores del Templo diciéndoles: “Mi Casa es Casa de oración y vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones”.

TODOS LOS QUE OS CONSIDERÁIS MIS VERDADEROS HIJOS,

DEBERÉIS TENER ÉSE CELO POR MI CASA, POR MI TEMPLO,

TANTO COMO EDIFICIO MATERIAL,

ASÍ COMO MI TEMPLO EN VUESTRO SER, EN VUESTRO CORAZÓN.

Mi Casa como edificio material, alberga Mi Presencia viva en el Tabernáculo.

Todo el edificio, así, se vuelve santo, porque es Santísimo lo que está albergando.

Vuestra presencia dentro de Mi Templo debe ser de perfecto recato, de perfecta devoción, de perfecta Fé, de perfecto respeto en vuestro vestir y en vuestros modales.

¡Estáis ante la Presencia Santa y Divina de vuestro Dios!

No estáis entrando al mercado, no estáis entrando a un lugar público en el que podáis platicar de vuestros acontecimientos cotidianos o de vuestras experiencias sin valor espiritual con vuestros vecinos ahí reunidos,

ESTÁIS EN UN LUGAR SANTO, PRIVADO,

EN EL QUE ES VUESTRO DIOS, EL QUE OS ESCUCHA,

PORQUE ES MI CORAZÓN ABIERTO EL QUE OS ESTÁ ESPERANDO

PARA ESCUCHAR VUESTROS PENSAMIENTOS AMOROSOS,

VUESTROS DESEOS DE AGRADECIMIENTO, VUESTROS DESEOS DE REPARACIÓN,

VUESTRA COMPAÑÍA EN MI SAGRADA EUCARISTÍA, LA SANTA MISA.

Está Mi Presencia Viva para tener un coloquio secreto entre vuestro corazón y el Mío.

Es Mi divina Presencia entre vosotros, Mis pequeñitos, como en los tiempos antiguos cuando Mi Hijo os llevó Mi Vida y Mi Presencia a través de El Mismo.

Aquí, en Mi Templo, Me volvéis a tener real y verdaderamente entre vosotros.

Yo estoy realmente Presente en la Sagrada Eucaristía, os escucho, os consuelo, comparto con vosotros alegrías y tristezas.

Yo os espero con verdadera ansia y deseos grandes de que os acerquéis con confianza de niños, sin preguntaros nada, simplemente aceptando Mi Presencia ahí, delante de vosotros.

ES ÉSA CONFIANZA DE NIÑO LA QUE MÁS GRACIAS ARRANCA A MI CORAZÓN DESEOSO DE DAR.

Es ésa confianza sincera y llena de Fé la que produce los milagros, es ésa confianza amorosa la que más repara a Mi corazón adolorido por causa de tantos pecados y faltas de Fé que existen actualmente en el Mundo.

El santo celo lo deben de vivir y hacer vivir enseñándolo a sus pequeños y a sus semejantes, pero no sólo con palabras sino con vuestro ejemplo.

Mi Casa es casa de Oración, no de reunión social.

Vosotros, todos, venís a verMe a Mí, a vivir momentos divinos Conmigo, no debéis venir a Mi Casa a platicar con vuestro amigo o pariente, al que tenéis tiempo de no verle.

YO SOY EL PRIMERO Y EL ÚNICO DIOS VERDADERO

En el Sagrario te amo, en el Sagrario te espero, en el Sagrario te aguardo.

Y MI PRESENCIA ES SAGRADA

Me ofendéis cuando entráis a Mi Templo y os ponéis a platicar de vanalidades o a criticar la vestimenta de vuestros semejantes u os ponéis a reír de tonterías.

Si vosotros pudiérais ver cómo los ángeles del cielo suben y bajan continuamente a postrarse en adoración ante los Tabernáculos de la Tierra,

OS DARÍA VERGUENZA VER VUESTRA FRIALDAD Y VUESTRA TIBIEZA

al no saberos comportar dignamente ante Mi Presencia Divina en el Tabernáculo.

Mi Hijo os prometió quedarse con vosotros hasta el fin del Mundo y lo ha cumplido.

¿Por qué vosotros pagáis tan infamemente éste prodigio de Amor?

Cuántos quisieran tener lo que vosotros tenéis y NO lo tienen ni lo tuvieron.

Hijitos Míos, Me merezco todo el respeto posible de parte de Mis sacerdotes y de todos Mis fieles hijitos.

EL AMBIENTE QUE SE DEBE SENTIR DENTRO DE UNA IGLESIA, DENTRO DE UN TEMPLO,

DEBE SER SANTO, LLENO DE VIDA ESPIRITUAL,

LLENO DE RESPETO A VUESTRO DIOS Y A VUESTROS HERMANOS.

Se debe sentir Mi Presencia, al darse el respeto debido dentro del Templo. Mis Iglesias y Templos deben ser lugares santos en los que todos vosotros, Mis pequeños, entren a llenarse de Gracias y Bendiciones

QUE YO, VUESTRO DIOS, DERRAMARÉ SOBRE TODOS VOSOTROS

AL VENIR A MÍ Y QUE CON SINCERO DESEO Y FÉ ABSOLUTA.

ME PIDÁIS LO QUE NECESITÉIS

Yo Soy Fuente de Vida, Yo Soy Fuente, de Amor y a Mi se acercan todos los que Humildemente se reconocen pequeños y necesitados de su Dios.

Además de Mis Templos e Iglesias como construcciones materiales, existe Mi Templo Divino en vuestro ser.

YO realmente habito en vosotros y si en Mi Templo material os pido respeto, presencia y modales dignos para estar frente a vuestro Dios;

lo mismo en lo espiritual os pido, para Mi Templo en vuestro corazón.

MI Presencia Viva se debe transparentar a través de vuestros actos todos, el respeto hacia vuestros semejantes, la ayuda mutua, las conversaciones, vuestra intercesión ante Mí.

17. Y una voz que salía de los cielos decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco.» MATEO 3

TODOS DEBERÉIS SER MI HIJO NUEVAMENTE,

QUE CAMINA EN PRESENCIA VUESTRA

Os deberéis preguntar ante cada acontecimiento que se os presente en vuestra vida:

¿Cómo actuaría Mi Jesús aquí, ante éste suceso? ¿Cómo respondería Mi Jesús ante ésta grosería o ante éste ataque de parte de un semejante?

¿Qué ayuda daría mi Jesús ante el necesitado que se me acerque? ¿Qué ejemplo daría Mi Jesús ante hijos, familiares y amigos?

La Vida de Mi Hijo que es la Mía, es la que debe de ahora en adelante, hacerse patente en vuestras vidas.

YA NO debe ser vuestro egoísmo, vuestra soberbia, vuestra vanagloria, vuestra decadencia por el pecado, lo que salga a relucir de un alma que fue creada por Mi en total santidad y amor.

YA ES EL TIEMPO EN QUE DEBERÉIS CRECER

Y DAROS CUENTA DE QUE VUESTRO DIOS

NECESITA DE UN CRECIMIENTO MAYOR EN SUS HIJOS,

DE UNA MADUREZ ESPIRITUAL MÁS ALTA,

PARA PODERLES DAR RESPONSABILIDADES MAYORES

El tiempo que viene es tiempo de vida en el amor hacia Mí y hacia vuestros hermanos.

Debéis prepararos para entrar en una época santa, en una Era del Amor Supremo de vuestro Dios, donde el respeto,

Esa cruz me pertenece Señor, ¡Crucifícame Jesús, porque te adoro sobre todas las cosas! Y ayúdame a Amar, haciendo Tu Voluntad y no la mía…´´

la donación total, libre y soberana de vuestra voluntad, se vuelque a la Voluntad Amorosa de vuestro Dios.

Es la humildad y vuestra sed por Mi Divinidad la que os deberá acercar a Mí.

El alma que se acepta pequeña y sedienta, vendrá a apagar su sed a Mi Fuente Divina, a Mi Corazón abierto de Amor por todos vosotros.

¡SÓIS MÍOS! OS AMO INFINITAMENTE

Y OS NECESITO VOLCADOS PLENAMENTE A MI VOLUNTAD

PARA ASÍ CONSENTIROS Y DAROS LOS REGALOS MÁS GRANDES

QUE AÚN VUESTRAS CAPACIDADES NO ALCANZAN A VISLUMBRAR

Os quiero consentir, hijitos Míos, llevadMe amorosamente en vuestro interior.

TenedMe respeto santo en vuestros pensamientos, platicadMe íntimamente y compartidMe todo lo vuestro.

Todo lo sé, todo lo escucho, pero no es lo mismo que Yo habite como ser solitario en vuestro corazón, al que Yo habite como vuestro amigo, como vuestro Padrecomo vuestra compañía perfecta.

ya que cuando así lo hacéis, Mi gozo se vuelve grandísimo y al compartidMe vuestra vida, YO OS COMPARTO LA MÍA y juntos hacemos un Cielo divino aquí en la Tierra.

Buscad ése celo santo en Mi Templo, en Mis sacerdotes, en vuestros semejantes y en vuestro interior.

Y así Yo Me podré manifestar perfecta y libremente en todos vosotros.

Y, así como Mi Presencia en el Tabernáculo santifica a todo el edificio, Mi Presencia en vosotros, cuando Me dejáis vivir plenamente., también os santifica.

SOR MARIA DE JESUS DE ÁGREDA, oraba y ayunaba. Y desde su celda le decía a Jesús: “Señor, ayer el jefe de los sioux nos torturó hasta matarnos; ¿Crees que ahora sí se den por vencidos y accedan a escucharnos? Hoy que regresemos dices que también estaremos con los cherokees y los cheyennes; entonces  también el Espíritu Santo tendrá que multiplicar los rosarios, porque ya aumentaron las mujeres que me están enseñando a bordar, mientras rezamos…”

GRANDES DONES OS HE OTORGADO A CADA UNO DE VOSOTROS

Y SI LO PUDIÉRAMOS HABLAR EN TÉRMINOS DEL MUNDO

OS DIRÍA QUE NI CON TODAS LAS RIQUEZAS QUE EXISTEN EN VUESTRO MUNDO,

PODRÍAIS PAGAR EL MÁS PEQUEÑO DE LOS DONES CON LOS QUE YO OS PUEDO DOTAR

Son regalos inmensos que Yo he derramado en cada uno de vosotros.

Ponedlos a crecer, viviéndolos en el servicio a vuestros hermanos.

No les saquéis provecho propio porque se os volverían jueces en lugar de bendiciones, al momento de vuestro juicio, al final de vuestra misión.

Sois poseedores de regalos inimaginables y si no los sabéis ver es por vuestra falta de vida interior.

APARTAOS DEL MUNDO Y DE SUS MENTIRAS

VIVID BAJO LA LUZ Y GUÍA DE MI SANTO ESPÍRITU Y LLEVAD EL CIELO, MI REINO,

QUE CADA UNO DE VOSOTROS PASEÉ EN VUESTRO INTERIOR,

A TODOS VUESTROS HERMANOS

Y ASÍ, JUNTO CONMIGO, LOGREMOS LA VIDA DE MI REINO DE AMOR EN LA TIERRA.

Yo os bendigo y pedídMe que os conceda el Don de poder hacer vida interior para que podáis abrir vuestro ser, vuestra voluntad a Mi Voluntad y así Me pueda hacer patente, a través vuestro, con todos vuestros hermanos.

Que Mi Paz y Mi Amor queden con todos vosotros.

Yo os amo y os bendigo en Mi Santo Nombre, en la Presencia Divina y Real de Mi Hijo en la Sagrada Eucaristía y en el Amor que todo perdona y que todo lo une” de Mi Santo Espíritu.

Dejaos guiar por Mi Hija, la Siempre Virgen María, quién aceptó siempre con celo bendito Mi Presencia en Su Vida.

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49 LA BELDAD DE COROZAÍN


49 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús sale de la casa de la suegra de Pedro junto con sus discípulos a excepción de Judas Tadeo.

El primero que lo ve es un muchacho, el cual lo dice incluso a quien no desea saberlo.

Jesús va a la orilla del lago y se sienta en el borde de la barca de Pedro.

Se ve inmediatamente rodeado de gente de la ciudad que lo acoge en modo festivo, por haber vuelto.

Y le hace mil preguntas, a las que Jesús responde con su insuperable paciencia, sonriente y tranquilo, como si todo ese vocerío fuera una armonía celeste.

Viene también el arquisinagogo.

Jesús se levanta para saludarlo.

Es un recíproco saludo lleno de respeto oriental.

El hombre dice:

–      Maestro, ¿Puedo esperar que vengas para la instrucción al pueblo?

Jesús responde:

–      Sin duda, si tú y el pueblo lo deseáis.

–      Lo hemos deseado durante todo este tiempo. Ellos te lo pueden decir.

El pueblo, efectivamente, asiente con nuevos gritos.

–      Si es así, iré durante el crepúsculo. Ahora marchaos todos. Tengo que ir a ver a una persona que está deseosa de Mí.

La gente se aleja a regañadientes, mientras Jesús, Pedro y Andrés emprenden la travesía por el lago.

Los otros discípulos se quedan en la orilla.

La barca navega a vela por un breve espacio. Luego los dos pescadores la dirigen hacia una pequeña ensenada, entre dos bajas colinas que originalmente parecen haber sido una sola.

La ensenada está hundida en el centro por erosión de aguas o por movimiento telúrico y forma un minúsculo fiordo que no es noruego y no tiene abetos;

sino sólo despeinados olivos, nacidos quién sabe cómo en esas paredes escarpadas, entre peñas desmoronadas y cortantes rocas salientes.

Olivos que entrelazan sus frondas, retorcidas por los vientos del lago, que aquí parecieran muy activos, hasta formar una especie de techo, bajo el cual espumea un pequeño torrente caprichoso.

Todo rumor porque es todo cascadas, todo espuma porque cae de metro en metro; formando un encantador curso de agua.

Andrés salta al agua para arrastrar la barca lo más posible contra la orilla y atarla a un tronco.

Mientras Pedro ata la vela y asegura una tabla como puente para Jesús.

Pedro dice:

–     No obstante, te aconsejo descalzarte, quitarte la túnica y hacer como nosotros. Ese loco (y señala al riachuelo) agita enormemente el agua del lago y con ese balanceo el puente no está seguro.

Jesús obedece sin discutir.

En tierra calzan de nuevo las sandalias.

Jesús se pone también la túnica.

Los otros dos permanecen con las prendas cortas de debajo, que son oscuras.

Jesús pregunta:

–      ¿Dónde está?

–      Se habrá adentrado en la espesura al oír voces. Ya sabes… con lo que tiene encima y con su pasado…

–     Llámala.

Pedro grita fuerte:

–     ¡Soy el discípulo del Rabí de Cafarnaúm! ¡Está aquí el Rabí! ¡Ven fuera!

Nadie da señales de vida.

Andrés explica:

–     No se fía. Un día hubo quien la llamó diciendo: “Ven, que hay comida“, y luego le tiró piedras.

Nosotros la vimos entonces por primera vez, porque yo al menos, no la recordaba cuando era la Beldad de Corazín.

–     ¿Y qué hicisteis entonces?

–      Le arrojamos un pan y algo de pescado.

Y un trapo hecho un pedazo de vela rota que teníamos para secarnos, porque estaba desnuda. Luego huimos para no contaminarnos.

–     ¿Cómo es que volvisteis entonces?

–      Maestro… Tú estabas fuera y nosotros pensábamos en qué podíamos hacer, para darte a conocer cada vez más. Pensamos en todos los enfermos, en todos los ciegos, lisiados, mudos… y también en ella.

Dijimos: “Probemos”. Ya sabes… muchos… por culpa nuestra claro, nos han considerado locos y no nos han querido escuchar. Otros, por el contrario, nos han creído.

A ella le he hablado yo en persona. He venido solo con la barca durante varias noches de luna. La llamaba, le decía: “Encima de la piedra, al pie del olivo, hay pan y pescado. Ven sin miedo”, y me marchaba.

Ella yo creo que debía esperar a verme desaparecer para venir, porque nunca la veía.

La sexta vez la vi en pie sobre la orilla, exactamente ahí donde estás Tú. Me estaba esperando…

¡Qué horror! No me eché a correr porque pensé en TÍ… dijo: “¿Quién eres? ¿Por qué esta piedad?”.

Dije: “Porque soy discípulo de la Piedad”.

“¿Quién es?”

“Es Jesús de Galilea.”

“¿Y os enseña a tener piedad de nosotros?”

“De todos”.

“¿Sabes quién soy?”

Eres la Beldad de Corazín; ahora, la leprosa”.

“¿Y para mí también hay piedad?”.

“Él dice que su piedad llega a todos y nosotros, para ser como Él, la debemos tener con todos.”

A1 llegar a este punto Maestro, la leprosa blasfemó sin querer. Dijo: “Entonces también Él debe haber sido un gran pecador”.

Le dije: “No. Es el Mesías, el Santo de Dios”. Habría querido decirle: “Maldita seas por tu lengua”, pero no dije sino eso porque me hice este razonamiento: “Destruida como está, no puede pensar en la misericordia divina”.

Entonces se echó a llorar y dijo: “Si es el Santo, no puede, no puede tener piedad de la Beldad. De la leprosa podría… pero de la Beldad no. Y yo que esperaba…”.

Le pregunté: “¿Qué esperabas, mujer?”.

“La curación… volver al mundo… entre los hombres… morir como una mendiga, pero entre los hombres…, no como un animal salvaje en una guarida de fieras a las que incluso causo horror”.

Le dije: “¿Me juras que, si vuelves al mundo, serás honesta?”.

Y ella: “Sí. Dios me ha herido justamente, por haber pecado. Estoy arrepentida. Mi alma lleva consigo su expiación, pero aborrece el pecado para siempre”.

Me pareció entonces que podía prometerle salvación en tu nombre.

Me dijo: “Vuelve, vuelve… Háblame de Él. Que mi alma lo conozca antes que mi ojo…”.

Y venía a hablarle de ti… como sé hacerlo. 

–      Y Yo vengo a dar la salvación a la primera convertida de mi Andrés»

Porque es Andrés quien ha estado hablando, mientras Pedro ha remontado el torrente, saltando de piedra en piedra y llamando a la leprosa.

Al fin ella muestra su horrendo rostro entre las ramas de un olivo. Ve. Se le escapa un grito. 

Pedro exclama:

–      ¡Venga, baja! ¡No quiero lapidarte! Allí está el Rabí Jesús. ¿Lo ves?

La mujer se deja caer, casi rodando por la pendiente y llega a los pies de Jesús, antes de que Pedro regrese junto al Maestro.

Y con voz gutural implora:

–       Piedad, Señor!

Jesús dice misericordioso:

–      ¿Puedes creer que Yo te la puedo dar?

–       Sí, porque eres santo y yo estoy arrepentida.

Yo soy el Pecado, pero Tú eres la Misericordia. Tu discípulo ha sido el primero que ha tenido misericordia de mí y ha venido a darme pan y Fe.

Límpiame, Señor; antes el alma que la carne. Porque soy tres veces impura y si me concedieras una limpieza, una sola, te pido la de mi alma pecadora.

Antes de oír tus palabras repetidas por él, yo decía: “Curarme para volver entre los hombres”. Ahora que sé y digo: “Ser perdonada para tener vida  eterna”.

–      Te concedo perdón. Pero nada más aparte de esto…

–      ¡Bendito seas! Viviré en la paz de Dios en mi escondrijo… libre…

Libre de remordimientos y de temores. ¡No más temor a la muerte, ahora que he sido perdonada;! ¡No más miedo a Dios, ahora que Tú me has absuelto!

–     Ve al lago y lávate. Estate dentro hasta que te llame.

Ella, misérrimo espectro de mujer esquelética, corroída, de cabellera despeinada, dura, canosa; se levanta del suelo y baja.

Y se mete en el agua del lago, con su harapo de vestido que bien poco cubre.

Pedro dice:

–     ¿Por qué le has dicho que se lave? Es cierto que su hedor apesta; pero… no comprendo.

–     Mujer, sal y ven aquí. Coge ese pedazo de tela que está en esa rama.

Es el trozo de tela usado por Jesús para secarse, después del breve paso de la barca a tierra.

La mujer obedece y emerge, completamente desnuda, habiendo quedado despojada de su andrajo dentro del agua,  para tomar el pedazo de tela seco.

Pedro, que la estaba mirando, es el primero que grita.

Andrés, más tímido, le había dado la espalda, pero ante el grito de su hermano se vuelve y grita a su vez.

La mujer, que tenía los ojos tan fijos en Jesús, que no se ocupaba de nada más; ante esos gritos, ante esas manos que la señalan, se mira…

Y ve que con su vestido hecho jirones se ha quedado en el lago también su lepra.

Y en lugar de correr se agacha, acurrucándose en la orilla, llena de vergüenza por su desnudez.

Emocionada hasta tal punto, que sólo se siente capaz de llorar con un lamento largo y extenuado, que es más desgarrador que cualquier grito.

Jesús se dirige hacia ella…

Llega y la cubre con el pedazo de tela.

Le acaricia ligeramente la cabeza y…

Le dice:

–     Adiós. Sé buena. Has merecido la gracia por la sinceridad de tu arrepentimiento. Crece en la Fe del Cristo y obedece a la ley de la purificación.

La mujer sigue llorando, llorando, llorando sin parar.

Sólo al oír el roce que hace la tabla al meterla Pedro de nuevo en la barca, levanta la cabeza, tiende los brazos y grita:

–      ¡Gracias, Señor. Gracias, bendito! ¡Oh, bendito, bendito!…

Jesús le hace un gesto de adiós, antes de que la barca vuelva el espolón del pequeño fiordo y desaparezca…

Hacia el atardecer Jesús, ahora con todos los discípulos, entra en la sinagoga de Cafarnaúm después de recorrer la plaza y la calle que a ella conducen.

La noticia del nuevo milagro debe haber corrido ya, porque se oye mucho murmullo y muchos comentarios.

Justo en el umbral de la puerta de la sinagoga está el futuro apóstol Mateo.

Está ahí quieto, medio dentro y medio fuera, como si estuviese turbado por todas las miradas que le lanzan.

O incluso con disgusto por algún epíteto poco agradable que le dirigen.

Dos fariseos togados recogen premeditadamente sus amplios mantos, como si temieran pescarse la peste con sólo rozarlos con el vestido de Mateo.

Jesús al entrar, lo mira fijamente durante un instante y durante un instante se detiene.

Mateo se limita a bajar la cabeza.

Pedro, apenas traspasada la puerta, le dice en voz baja a Jesús:

–    ¿Sabes quién es ese hombre más acicalado y perfumado que una mujer?

Es Mateo, nuestro recaudador… ¿A qué viene aquí? Es la primera vez. Quizás no ha encontrado a los compañeros y sobre todo a las compañeras, con los que pasa el sábado,

gastándose en orgías lo que nos chupa en tasas duplicadas y triplicadas… para el fisco y para el vicio.

Jesús mira a Pedro tan severamente, que Pedro se pone más colorado que una amapola y baja la cabeza, deteniéndose de modo que de ser el primero, pasa a ser último en el grupo apostólico.

Cuando Jesús está ya en su puesto, después de los cantos y las oraciones con el pueblo, se vuelve para hablar.

El arquisinagogo le pregunta si quiere algún rollo,

Pero Jesús responde:

–     No hace falta. Ya tengo el tema.

Y comienza:

–      El gran rey de Israel, David de Belén, después de haber pecado lloró, contrito su corazón, gritando a Dios su arrepentimiento y solicitando de Dios perdón.

David había tenido el espíritu oscurecido por la niebla de la lujuria y esto le había impedido continuar viendo el Rostro de Dios y comprender su Palabra. “El Rostro” he dicho.

En el corazón del hombre hay un punto que se acuerda del Rostro de Dios, es el punto más preciado, nuestro Sancta Sanctorum,

aquel del cual vienen las santas inspiraciones y las santas decisiones; el que perfuma como un altar, resplandece como una hoguera, canta como sede de serafines.

Pero, cuando el pecado produce humo en nosotros, entonces ese punto se entenebrece tanto, que cesa la luz, el perfume, el canto,

quedando sólo un mal olor de denso humo, sabor amargo de sensualidad satisfecha y un sabor acre de ceniza.

Mas cuando vuelve la luz, porque un siervo de Dios la lleva consigo a quien ha quedado en la oscuridad, he aquí que entonces éste ve su fealdad, su condición inferior y horrorizado de sí, exclama como el rey David:

“Ten piedad de mí, Señor, según tu gran misericordia; por tu infinita bondad, lávame de mi pecado” y no dice: “No puedo ser perdonado; por tanto, insisto en pecar”

Sino que dice: “Me siento humillado, contrito sí, pero te lo suplico: Tú que sabes cómo he nacido en la culpa, aspérjame y límpiame, para que vuelva a ser como nieve de las cimas”.

Y dice: “Mi holocausto no consistirá en carneros y bueyes, sino en la verdadera contrición del corazón, porque sé que es esto lo que quieres de nosotros y no lo desprecias.

Esto decía David después del pecado. Y después de que el siervo del Señor, Natán, le hubiera llamado al arrepentimiento.

Con mayor razón los pecadores deben decir esto ahora que el Señor no les manda un siervo suyo, sino al Redentor Mismo, su Verbo, el Cuál justo y dominador no sólo de los hombres sino también del Cielo y del Abismo,

ha emergido en medio de su pueblo como la luz de la aurora que brilla sin nubes cuando el sol sale por la mañana.

Ya habéis leído cómo el hombre, en manos de Satanás, es más débil que un tísico moribundo, aunque primero fuera el “fuerte”.

Sabéis cómo Sansón quedó reducido a nada tras haber cedido a la lujuria. Quiero que conozcáis la lección de Sansón, hijo de Manué, destinado a vencer a los filisteos opresores de Israel.

Condición primera para ser tal, era que desde su concepción fuera mantenido virgen de lo que estimula la sensualidad sin freno y une en connubio las entrañas del hombre con carnes impuras.

O sea, vino, licores y carnes grasas, que encienden en los costados un fuego impuro.

Condición segunda: que para ser el libertador fuera consagrado al Señor desde su infancia y permaneciese tal con continua castidad y celibato.

Consagrado es aquel que no sólo externamente, sino también internamente se conserva santo. Entonces Dios está con él.

Pero la carne es carne y Satanás es Tentación.

Y la Tentación toma como instrumento, para combatir a Dios en un corazón y en sus santos decretos, la carne que excita al hombre: la mujer.

He aquí que entonces tiembla la fuerza del “fuerte” y viene a ser un ser débil que despilfarra el don que Dios le ha dado.

Escuchad: Sansón fue atado con siete cuerdas de nervios frescos, con siete cuerdas nuevas, fue fijado al suelo con siete trenzas de sus cabellos. Y él siempre había vencido.

Pero no se tienta en vano al Señor, ni siquiera en su bondad. No es lícito. Él perdona una y otra vez; pero para continuar perdonando, exige la voluntad de abandonar el pecado.

Necio quien dice: “¡Señor, perdón!” y luego no evita lo que le induce a un continuo pecado.

Sansón, tres veces victorioso, no evita a Dalila, la lujuria, el pecado. Y completamente harto – dice el Libro – y habiendo decaído de ánimo – dice el Libro – develó el secreto: “Mi fuerza está en mis siete trenzas”

¿No hay ninguno entre vosotros que, cansado, con el gran cansancio del pecado, sienta que pierde el ánimo – porque nada abate como la mala conciencia y esté para entregarse vencido al Enemigo?

No, quienquiera que seas, no, no lo hagas.

Sansón dio a la Tentación el secreto de someter sus siete virtudes: las siete simbólicas trenzas, sus virtudes, o sea, su fidelidad de nazareo. Se durmió cansado, sobre el seno de la mujer y fue vencido:

Ciego, esclavo, incapaz, por haber negado la fidelidad a su voto. Y no volvió a ser el “fuerte”, el “libertador”, sino cuando en el dolor de un arrepentimiento verdadero, encontró de nuevo su fuerza…

Arrepentimiento, paciencia, constancia, heroísmo… y Yo os prometo, ¡Oh pecadores!, que seréis los libertadores de vosotros mismos.

En verdad os digo que ningún bautismo vale, ni ningún rito sirve, si no hay arrepentimiento y voluntad de renunciar al pecado.

En verdad os digo que no hay pecador tan pecador que no pueda hacer renacer con su llanto las virtudes que el pecado le ha arrancado de su corazón.

Hoy una mujer, una culpable de Israel, castigada por Dios por su pecado, ha obtenido misericordia por su arrepentimiento.

He dicho misericordia. Menos misericordia obtendrán aquellos que hacia ella no la tuvieron y se ensañaron sin piedad con esta mujer que ya había sido castigada.

¿Éstos no tenían lepra de culpa en sí mismos? Que cada cual se examine… y tenga piedad para obtener piedad.

Yo os tiendo la mano por esta arrepentida que vuelve con los vivos después de una segregación de muerte.

Simón de Jonás no Yo, retirará el óbolo por la arrepentida que en el umbral de la muerte, vuelve a la Vida verdadera.

Y no murmuréis, vosotros, los grandes. No murmuréis.

Yo no estaba cuando ella era “la Beldad”, pero vosotros sí estabais. Y no quiero decir más.  

Uno de los dos viejos, reclama:

–     ¿Nos acusas de haber sido sus amantes? 

–     Que cada cual se ponga frente a su corazón y a sus acciones. Yo no acuso, hablo en nombre de la Justicia.

Vámonos…

Jesús sale con los suyos.

Pero a Judas lo paran los dos que parecen conocerlo bastante.

Y le dicen:

–     ¿Tú también estás con Él? 

–     ¿Es santo realmente?

Judas Iscariote respinga, con una de esas reacciones suyas que desorientan:

–      Os deseo que lleguéis al menos a entender su santidad.

–      Sí, pero ha curado en sábado.

–      No. Ha perdonado en sábado.

Y ¿Qué día más apto para el perdón que el sábado? ¿No me dais nada para la redimida?

–     No damos nuestro dinero a las meretrices. 

–    Porque es dinero ofrecido al Templo santo.

Judas se ríe irreverentemente y los deja plantados.

Llega hasta donde el Maestro cuando está entrando de nuevo en la casa de Pedro.

El cual le está diciendo:

–      Mira: el pequeño Santiago, nada más salir de la sinagoga; me ha dado hoy dos bolsas en vez de una.

Como siempre por encargo de ese desconocido. ¿Quién es, Maestro? Tú lo sabes… Dímelo.

Jesús sonríe:

–      Te lo diré cuando hayas aprendido a no murmurar de nadie.

Y todo termina.

28 ISACC APÓSTOL PRIMICIA


28 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Apenas está amaneciendo en el fresco valle rumoroso, lleno de aguas que van hacia el sur entre saltos y espumas del pequeño torrente argentino, que asperja su frescura sobre los herbazales de las orillas.

Y pareciera como si su linfa subiese también por las pendientes, por el verdor de éstas.

Son las laderas esmeraldas de verde veteado que sube desde el nivel del suelo, a través de los matorrales y los arbustos del monte bajo, hasta las copas de los altos árboles.

Donde hay muchos nogales entre un bosque salpicado de zonas abiertas y rellanos exuberantes de pasto sano y nutritivo para el ganado.

Jesús desciende con los suyos y con los tres pastores, hacia el torrente.

Pacientemente se detiene cuando hay que esperar a una oveja que se queda rezagada…

O a uno de los pastores que debe ir por una cordera que se desvía.

Ahora es exactamente el Buen Pastor.

También Él se ha procurado una larga rama para apartar los ramajes de las móreas,  de los espinos y clemátides que salen al paso por todas partes, tratando de atrapar los vestidos.

Ello completa su figura de pastor.

Elías dice:

–    ¿Ves? Yuttá está allá arriba. Ahora cruzaremos el torrente; hay un vado por el que se puede pasar en verano, sin necesidad de recurrir al puente. Habría sido más breve venir por Hebrón, pero no has querido.

Jesús reponde:

–    No. A Hebrón después. Siempre primero, donde están los que sufren.

Los muertos ya no sufren, cuando son justos. Y Samuel era un justo.

Además, para los muertos que necesitan oraciones, no es necesario estar junto a sus huesos para ofrecerlas.

Los huesos, ¿Qué son? Prueba del poder de Dios, que con la tierra creó al hombre. Nada más.

También los animales tienen huesos, aunque su esqueleto es menos perfecto que el del hombre.

Sólo el hombre rey de la Creación tiene posición erecta, como rey que está por encima de sus súbditos.

Y su rostro mira recto y hacia arriba sin necesidad de torcer el cuello.

Hacia arriba, donde está la morada del Padre. Pero no son más que huesos, polvo que vuelve a ser polvo.

La Bondad eterna ha decidido reconstruirlos en el Día eterno para proporcionarles a los bienaventurados un gozo aún más vivo.

Pensad: no sólo los espíritus serán reunidos y se amarán como y mucho más que  en la Tierra; que incluso gozarán de volverse a ver con el aspecto que tuvieron en la Tierra:

los niños de pelo rizado y tiernos como los tuyos, Elías.

Los padres y las madres de un corazón y de un rostro todo amor como los vuestros, Leví y José.

Es más, para ti, José, significará el conocer por fin esos rostros cuya nostalgia sientes.

Ya no habrá huérfanos, ni viudos, entre los justos, allá arriba…

En cualquier parte se puede ofrecer sufragio por los muertos.

Es oración de un espíritu, por el espíritu de quien estaba con nosotros al Espíritu perfecto, que es Dios y que está en todas partes.

¡Oh, santa libertad de todo lo que es espiritual! Ni distancias, ni destierros, ni prisiones, ni sepulcros…

Nada que divida o encadene reduciendo a penosa impotencia lo que está fuera o por encima de las cadenas de la carne.

Vosotros vais, con la parte mejor de vosotros, a vuestras personas queridas; ellos, con su parte mejor, vienen a vosotros.

Y todo gira, con esta efusión de espíritus que se aman, en torno al Fulcro eterno, a Dios: Espíritu perfectísimo, Creador de todo cuanto fue, es y será.

Amor que os ama y os enseña a amar… Pero… hemos llegado al vado, creo.

Veo una fila de piedras que sobresale de la poca agua del fondo.

–     Sí, es aquél, Maestro.

En tiempo de crecida es una cascada rumorosa, ahora no es más que siete hilos de agua que ríen entre las seis voluminosas piedras del vado.

En efecto, seis piedras de gran tamaño, bastante regulares, están depositadas, a un poco más de un palmo de distancia entre sí, sobre el fondo del torrente,

Y el agua, que hasta este punto formaba un única cinta brillante, se separa en siete cintas menores dándose prisa en reunirse pasado el vado, en un único frescor que sigue su curso entre los cantos del fondo.

Los pastores vigilan el paso de las ovejas, de las cuales una parte pasa por encima de las piedras y otra parte prefiere meterse en el agua, de no más de un palmo de profundidad.

Y beber en esta diamantina ola que espuma y ríe.

Jesús pasa por las piedras y detrás de El los discípulos.

Continúan caminando por la otra margen del torrente.

Elías pregunta

–    ¿Me has dicho que quieres que Isaac sepa de tu Presencia, pero sin entrar en el pueblo?.

–    Sí, así lo deseo.

–    Entonces conviene que nos separemos.

Yo iré a verlo, Leví y José se quedarán con el rebaño y con vosotros. Subo por aquí. Tardaré menos.

Elías afronta la subida de la abrupta pendiente, hacia unas casas que arriba  muestran su blancura resplandeciendo al sol.

Llega ante las primeras casas, entra por una pequeña bocacalle entre casas y huertos. Continúa caminando algunas decenas de metros.

Tuerce y va a dar a una calle más ancha, que lo lleva a una plaza donde está todavía el mercado, donde  amas de casa y vendedores se desgañitan en torno a los árboles que dan sombra a la plaza.

Elías camina con seguridad hasta el punto en que la plaza vuelve a ser una calle bastante bonita, quizás la más bonita del pueblo.

En la esquina hay una mísera  habitación con la puerta abierta.

Casi en la entrada hay una cama de pobre aspecto y encima de ella un esquelético enfermo que gimiendo, pide un óbolo a todos los que pasan.

Elías entra como un cohete.

–    Isaac… soy yo.

–   ¿Tú? No te esperaba. Has venido la pasada luna.

–    Isaac… Isaac… ¿Sabes por qué he venido?

–    No lo sé… Estás emocionado… ¿Qué sucede?

–    He visto a Jesús de Nazaret, ya hombre y rabí. Ha venido a buscarme… Y quiere vernos.

¡Oh! ¡Isaac! ¿Te sientes mal?

Isaac parece desmayarse, pero toma nuevas fuerzas.

–    No. La noticia… ¿Dónde está? ¿Cómo es? ¡Oh, si pudiera verlo!

–    Está abajo, hacia el valle. Me manda a decirte  exactamente en estos términos: “Ven, Isaac, que quiero verte y bendecirte”.

Ahora voy a llamar a alguien que me ayude a llevarte abajo.

–    ¿Ha dicho eso?

Isaac echa hacia arriba las cobijas, mueve las piernas inertes, las saca fuera del jergón…

Y las apoya con fuerza en el suelo.

Elías lo mira asombrado y dice:

–    Eso. Pero, ¿Qué haces?

–    Me pongo en camino.

Se levanta, aún un poco inseguro y tambaleante.

Todo en un instante, ante la mirada atónita de Elías…

Que acaba entendiendo y da un grito…

Se asoma una mujer curiosa, ve al enfermo en pie, cubriéndose — no tiene otra cosa — con una de las cobijas,

Y se echa a correr gritando como una gallina.

Isaac lo urge:

–    Vamos… vamos por aquí, para tardar menos y no toparnos con mucha gente… Rápido, Elías.

Y salen corriendo por la puertecita de un huertecillo posterior.

Empujan la puerta de ramas secas, están afuera; marchan rápidamente por una calleja miserable, luego abajo por un camino entre huertos.

Y continúan bajando, por los prados y arboledas, hasta el torrente.

Elías señala a un centenar de metros…

–    Allí está Jesús. Es Aquél alto, hermoso, rubio, vestido de blanco, con el manto rojo…

Isaac corre, abre el rebaño que pace… 

Y con un grito de triunfo, de alegría, de adoración, se postra a los pies de Jesús.

Que dice sonriente:

–    Levántate, Isaac. He venido a traerte paz y bendición.

Levántate, que quiero saber cómo es tu rostro.

Pero Isaac no puede levantarse. Han sido demasiadas emociones juntas.

Se queda, con su feliz llanto, contra el suelo.

–    Has venido inmediatamente. No te has preguntado si podías…

–   Tú me has dicho que viniera… Y he venido.

Elías interviene:

–    Ni siquiera ha cerrado la puerta, ni ha recogido las limosnas, Maestro.

–    No importa. Los ángeles estarán en su casa vigilando. ¿Estás contento, Isaac?

–    ¡Oh, Señor!

–    Llámame Maestro.

–    Sí, Señor, Maestro mío. Aunque no estuviera curado, me habría sentido dichoso de verte.

¿Cómo he podido obtener de Tí tanta gracia?

–    Por tu fe y paciencia, Isaac. Sé lo que has sufrido…

–    ¡Nada, nada! ¡Ya nada! ¡Te he encontrado a Tí! ¡Vives! ¡Existes! Esto sí que es real…

Lo demás, todo lo demás, pertenece al pasado. Pero, Señor y Maestro, ahora ya no te vas, ¿Verdad?.

–    Isaac, tengo todo Israel que evangelizar. Yo parto…

Pero, si bien es cierto que no puedo quedarme, tú sí me puedes servir y seguir. ¿Quieres ser mi discípulo, Isaac?

–   ¡No voy a servir!

–   ¿Sabrás confesar mi presencia en el mundo? ¿Confesarlo contra las burlas y las amenazas?

¿Y decir que Yo te he llamado y has venido?

–    Aunque Tú no quisieras, diría todo eso. En esto te desobedecería, Maestro. Perdona que lo diga.

Jesús sonríe.

–    ¿Ves cómo eres capaz de ser discípulo?

Isaac es un hombre que tiene alrededor de cincuenta y cinco años. 

Y dice:

–    ¡Oh, si sólo es para hacer esto!…

Creía que era más difícil, que se necesitase ir a aprender con los rabíes para servirte a Tí, Rabí de los rabíes… E ir a aprender cuando se es anciano…

–    Tú ya has aprendido todo lo que se enseña en una escuela, Isaac.

–    ¿Yo? No.

–    Tú, sí. ¿No has seguido creyendo y amando, respetando y bendiciendo a Dios y al prójimo, evitando tener envidias, o desear lo ajeno, e incluso lo que era tuyo y ya no tenías?

¿No has seguido diciendo sólo la verdad, aunque ello te perjudicase?

¿No has evitado fornicar con Satanás cometiendo pecados? ¿No has hecho todo esto en estos treinta años de desventura?

–    Sí, Maestro.

–   ¿Ves? Ya has concluido los estudios. Sigue así y añade la manifestación de mi presencia en el mundo. No hay nada más que hacer.

–    Ya te he predicado. Señor Jesús.

A los niños que se acercaban cuando sin apenas poder sostenerme en pie, llegué a este pueblo.

Pidiendo un pan y haciendo todavía algunos trabajos de esquilador o haciendo productos lácteos.

Y luego, cuando venían alrededor de mi cama, cuando ya la enfermedad se había hecho fuerte y me había aniquilado desde la cintura para abajo.

Les hablaba de ti a los niños de entonces y a los niños de ahora, hijos de aquellos…

Los niños son buenos y creen siempre…

Hablaba de cuándo habías nacido… de los ángeles… de la Estrella y de los Magos…

Y de tu Madre…

¡Dime!: ¿Vive?

–    Vive y te envía saludos. Siempre hablaba de vosotros.

–    ¡Quién pudiera verla!

–    La verás. Irás un día a mi casa. María te saludará con la palabra “amigo”.

–    María… sí. Decir ese nombre es como tener miel en la boca…

Hay una mujer en Yuttá, ahora es ya mujer madre desde hace poco de su cuarto hijo, que entonces era una niña, una de mis pequeñas amigas…

Bueno, pues a sus hijos les ha puesto por nombre: María y José a los dos primeros.

Y no atreviéndose a llamar al tercero Jesús, lo ha llamado Emmanuel, como signo de bendición para sí misma, para su casa y para Israel.

Y está pensando en qué nombre ponerle al cuarto, que ha nacido hace seis días.

¡Ah, cuando sepa que estoy curado, y que Tú estás aquí!… Buena como el pan hecho por la propia madre es Sara e igualmente Joaquín, su esposo.

¿Y sus familiares? Por ellos estoy vivo. Siempre me han dado posada y me han ayudado.

–    Vamos adonde ellos a pedir alojamiento para las horas de sol y llevarles bendición por su caridad.

–    Por aquí, Maestro. Más cómodo para el rebaño y más oportuno para pasar desapercibido a la gente, que ciertamente está agitada.

La anciana que me ha visto ponerme en pie, ya debe haber hablado.

Siguen el torrente; lo dejan más al sur para tomar un sendero en subida más bien pronunciada a lo largo de un espolón del monte en forma de quilla de nave. 

Ahora el torrente va en dirección contraria a quien sube; discurre en el fondo, entre dos cadenas montañosas que se entrecruzan formando un valle accidentado y hermoso.

Llegan hasta una tapia sin argamasa que delimita la propiedad que desciende bruscamente hacia el valle.

Está rodeada por los prados con los manzanos, las higueras y los nogales.

Ahí está la casa blanca grande, con su ala saliente que protege la escalera formando un pórtico y mirador.

Sobresale la pequeña cúpula en la parte más alta y el huerto-jardín con el pozo, la pérgola, los cuadros…

Un gran murmullo sale de la casa.

Isaac se adelanta, entra llamando con fuerte voz:

–      ¡María, José, Emmanuel! ¿Dónde estáis? Venid aquí con Jesús.

Acuden tres críos: una niña de casi cinco años y dos niños de los cuatro a los dos, el último todavía con el paso un poco inseguro.

Se quedan con la boca abierta ante el… ‘resucitado‘.

Luego la niña grita:

–    ¡Isaac! ¡Mamá! ¡Isaac está aquí! ¡Es verdad lo que ha visto Judit!

De una habitación donde hay gran murmullo de voces, sale una mujer.

Es la madre de lozano aspecto, morena, alta, exuberante, hermosa toda con sus vestidos de fiesta:

Trae un vestido de cándido lino, como una rica túnica, que desciende hasta los tobillos formando pliegues.

Y que está ceñida a las caderas por un chal de rayas multicolores que pende con flecos hasta la rodilla, por detrás.

Ella lo mira asombrada, diciendo:

–     ¡Isaac! ¿Pero cómo es posible? Judit… Creía que el sol le había hecho perder la cabeza… ¡Andas!… ¿Qué sucedió?

–     ¡El Salvador! ¡Oh! ¡Sara! ¡Él es ya una realidad y ha venido!

–    ¿Quién? ¿Jesús de Nazaret? ¿Dónde está?

–     ¡Allí, detrás del nogal! ¡Y dice que si lo puedes recibir!

–     ¡Joaquín! ¡Madre! ¡Todos! ¡Venid! ¡Está aquí el Mesías!

Salen todos corriendo: mujeres, hombres, muchachos, niños; salen dando gritos, chillando…

Pero, al ver a Jesús, alto y majestuoso, pierden toda vehemencia y quedan como petrificados.

Jesús saluda:

–      Paz a esta casa y a todos vosotros, la paz y la bendición de Dios

Jesús se dirige despacio, sonriente, hacia el grupo de personas:  

–     Amigos, ¿queréis recibir en vuestra casa al Viandante? – y sonríe aún más.

Su sonrisa vence los temores.

El esposo tiene el valor de hablar:

–     Entra, Mesías. Si te hemos amado sin conocerte, más te amaremos conociéndote.

La casa hoy está de fiesta por tres cosas: por Tí, por Isaac y por la circuncisión de mi tercer hijo varón. Bendícelo, Maestro.

¡Mujer, trae al niño! Entra, Señor.

Entran en una estancia adornada para fiesta: mesas, viandas, alfombras y ramilletes por todas partes.

Vuelve Sara con un recién nacido en los brazos y se lo presenta a Jesús.

–     Dios esté con él, siempre. ¿Qué nombre tiene?

–     Ninguno. Ésta es María, éste es José, éste es Emmanuel, éste… no tiene nombre todavía…

Jesús mira fijamente a los dos esposos, uno al lado del otro.

Sonríe diciendo:

–    Pensad un nombre, si hoy debe ser circuncidado…

Los dos se miran, lo miran, abren los labios, los cierran sin decir nada.

Todos están atentos.

Jesús insiste:

–    Muchos nombres grandes, dulces, benditos, tiene la historia de Israel más dulces y benditos ya han sido puestos, pero quizás quede todavía alguno.

A una voz los dos esposos exclaman:

–    ¡El tuyo, Señor!

Y la esposa añade:  

–    Pero es demasiado santo…

Jesús sonríe y pregunta:

–   ¿Cuándo se le circuncida?.

–    Estamos esperando al que lo hace.

–    Estaré presente en la ceremonia.

Bien, antes de nada os doy las gracias por mi Isaac. Ahora ya no tiene necesidad de los buenos, pero los buenos siguen teniendo necesidad de Dios.

Llamasteis al tercero “Dios con nosotros”.  A Dios lo tuvisteis desde que tuvisteis caridad con mi siervo.

Benditos seáis. En la Tierra y en el Cielo será recordada vuestra acción.

–    ¿Isaac se va ahora? ¿Nos deja?

–    ¿Os duele? Él debe servir a su Maestro. No obstante, volverá, y Yo también vendré.

Vosotros, entre tanto, hablaréis del Mesías… ¡Hay tanto que decir para convencer al mundo!… 

José el esposo, señala:

–    Llega la persona que esperábamos.

Entra un personaje pomposo con un sirviente.

Hay saludos y reverencias.

El hombre pregunta con altiva gravedad:

–   ¿Dónde está el niño?

Joaquín el esposo, señala:

–    Aquí está. Pero antes saluda al Mesías, está aquí.

–    ¿El Mesías?… ¿El que ha curado a Isaac? Ya, ya lo sé.

Hablaremos de esto en otro momento. Tengo mucha prisa. Rápido, el niño y su nombre.

Los presentes se sienten desconcertados por los modales del hombre.

Jesús, sin embargo, sonríe como si los desaires no tuvieran que ver con Él.

Toma al pequeñuelo, le toca en la frente con sus hermosos dedos, como para consagrarlo.

Y dice:

–    Su nombre es Iesaí

Y se lo vuelve a dar al padre; el cual, con el hombre soberbio y con otros, va a una habitación cercana.

Jesús se queda dónde está, hasta que regresan con el infante, que viene chillando desesperadamente.

Jesús, para consolar a la angustiada madre dice:

–   Dame al pequeñuelo, mujer. Dejará de llorar.

El niño, cuando es depositado en las rodillas de Jesús, efectivamente se calla. 

Jesús forma un grupo aparte, con todos los niños alrededor. 

Enseguida se agregan los pastores y los discípulos.

Afuera se oye balar a las ovejas, Elías las ha metido en el aprisco.

En la casa hay rumor de fiesta.

Traen dulces y bebidas a Jesús y a los suyos.

Pero Jesús distribuye éstas entre los pequeños.

Joaquín pregunta:

–   ¿No bebes Maestro? ¿No lo aceptas? Te lo damos de corazón.

–   Lo sé, Joaquín, y lo acepto de corazón.

Pero déjame que primero dé gusto a los pequeñuelos; ellos constituyen mi alegría…

Isaac interviene:

–    No hagas caso de ese hombre, Maestro.

–    No, Isaac. Ruego porque vea la Luz.

Jesús se vuelve hacia su predilecto:

–   Juan, lleva a los dos niños a ver las ovejas. 

Y a la niña mayor le dice:

–    Y tú, María, acércate más y dime:

 –   ¿Quién soy Yo?

Ella dice muy solemne:

–     Tú eres Jesús, Hijo de María de Nazaret, nacido en Belén.

Isaac te vio y me puso el nombre de tu Mamá para que yo fuera buena.

–     Tienes que ser buena como el ángel de Dios.

Más pura que una azucena florecida en las altas cumbres, pía como el levita más santo, para imitarla. ¿Lo serás?

–    Sí, Jesús.

Judas la corrige:

–    Di “Maestro” o “Señor”, niña.

Jesús declara:

–    Deja que me llame con mi Nombre, Judas. Sólo pasando por labios inocentes no pierde el sonido que tiene en los labios de mi Madre.

Todos, en los siglos futuros pronunciarán ese Nombre, pero unos por un interés, otros por otro… y muchos para hacerlo objeto de blasfemia.

Sólo los inocentes, sin cálculo y sin odio, lo pronunciarán con amor semejante al de esta pequeña y al de mi Madre.

Incluso los pecadores, sintiéndose necesitados de piedad, me invocarán.

¡Sin embargo, mi Madre y los niños…!

¿Por qué me llamas Jesús? – pregunta, acariciando a la pequeña.

La niña levanta su carita, abraza sus rodillas y…

responde riendo:

–    Porque te quiero… como a mi padre, a mamá y a mis hermanitos.

Jesús se inclina y la besa…