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375 PERSECUCION Y MARTIRIO


375 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En la comitiva apostólica, ya no caminan.

Corren.

Corren con la nueva aurora, aún más esplendorosa y genuina que las anteriores;

adornada con todo un destellar de gotas de rocío que llueven, junto con pétalos

multicolores, sobre cabezas y prados.

Para poner tonalidades de flores deshojadas junto a las ya innumerables de las

florecillas de las márgenes y del interior, que se yerguen sobre sus tallos.

Y para encender nuevos diamantes en los hilos de hierba reciente.

Corren entre cantos de aves en celo y de brisa ligera, de risueñas aguas,

que suspiran o arpegian: pasando entre las ramas,

acariciando el heno y los cereales.

que crecen día tras día o fluyendo entre las márgenes,

Y alejándose, plegando delicadamente los tallos que tocan las límpidas aguas.

Corren como si fueran a un banquete de amor.

Incluso los mayores maduros como Felipe, Bartolomé, Mateo, el Zelote,

comparten la alegre prisa de los jóvenes.

Y lo mismo sucede entre los discípulos:

los más viejos emulan a los más jóvenes en andar deprisa.

No se ha secado todavía el rocío en los prados

cuando llegan a la zona de Betsaida

comprendida en el poco espacio que hay entre el lago, el río y el monte.

Y del bosque del monte, desciende por un sendero un jovencito corvo bajo el peso

de un haz de ramas.

Baja raudo, casi corriendo.

Por la postura no ve a los apóstoles…

Canta contento, corriendo así, bajo su haz de leña.

Cuando llega al camino principal, a la altura de las primeras casas de Betsaida,

deja caer al suelo su carga y se endereza para descansar.

Y echa hacia atrás sus cabellos oscuros.

Alto y fino, derecho, de cuerpo fuerte y extremidades ágiles y delgadas, también

fuertes: una bonita figura juvenil.

Andrés dice:

–        Es Margziam.

Pedro le responde:

–        ¿Estás mal de la cabeza?

Ése es un hombre ya.

Andrés pone abocinadas las manos en la boca y lo llama con fuerza.

El jovencito, que estaba agachándose para coger de nuevo la carga, tras haberse

ceñido bien con el cinturón la corta túnica, que apenas si le llega a las rodillas,

y que está abierta en el pecho, porque probablemente ya no cabe en ella…

Se vuelve en la dirección del reclamo y ve a Jesús, a Pedro y a los demás,

que lo están mirando,

parados junto a un grupo de sauces llorones que sueltan sus

frondas en las aguas de un ancho arroyo;

el último afluente del Jordán por la izquierda antes del lago de Galilea y situado

justamente en donde empieza el pueblo.

Deja caer el haz, alza los brazos,

y grita:

–        ¡Mi Señor! ¡Mi padre!.

Y se lanza de carrera.

Pero también Pedro se echa a correr,

vadea el arroyo sin quitarse siquiera las sandalias, limitándose a remangarse las

vestiduras, para correr luego por el camino polvoriento,

dejando las grandes señales húmedas de sus sandalias marcadas en el terreno seco

Se encuentran los dos exclamando:

–        ¡Padre mío!

–        ¡Hijo mío querido!

Están recíprocamente, el uno entre los brazos del otro.

Y verdaderamente, Margziam es tan alto como Pedro,

de forma que sus cabellos oscuros, durante el beso de amor, caen sobre el rostro de

Pedro; de todas formas, siendo esbelto, parece más alto que Pedro.

Pero Margziam se separa del dulce abrazo y prosigue su carrera hacia Jesús,

que ya está en esta parte del arroyo y viene caminando lentamente en medio de la

corona de los apóstoles.

Margziam cae a sus pies, con los brazos levantados,

y dice:

–        ¡Oh, mi Señor, bendice a tu siervo!

Mas Jesús se inclina, lo pone de pie, lo acerca a su corazón,

lo besa en las dos mejillas,

y le desea

–        «Continua paz y crecimiento en sabiduría y en gracia, en los caminos del Señor.

También los demás apóstoles saludan jovialmente al jovencito:

especialmente los que no lo veían desde hacía meses le manifiestan su contento

por su desarrollo.

¡Pero Pedro! ¡Ah, Pedro!…

¡Si lo hubiera procreado él, no se sentiría tan contento!

Da una vuelta alrededor de Margziam, lo mira, lo toca… 

Y pregunta a éste o a este otro:

–        ¿No es acaso guapo?

¿No está bien modelado?

¡Fijaos que derecho! ¡Qué pecho tan alto! ¡Qué piernas más derechas!…

Un poco delgado, con poco músculo todavía. ¡Pero promete!

¡Verdaderamente promete mucho!

¡Y la cara!

Observad y decidme si parece ahora esa criaturita que llevaba en brazos el año

pasado y me parecía como llevara un pajarillo:

desnutrido, apagado, triste, asustadizo…

¡Hay que ver Porfiria!

¡Verdaderamente lo ha hecho muy bien, con toda su miel, mantequilla, aceite,

huevos, hígado de pescado.

Merece que se lo diga inmediatamente.

Y Pedro pregunta a Jesús:

–         ¿Me dejas Maestro, ir donde está mi esposa?

Jesús responde: 

–        Ve, ve, Simón.

Yo iré pronto.

Margziam, todavía de la mano de Jesús,

dice

–        Maestro…

Estoy seguro de que mi padre encargará a mi madre que haga de comer.

Déjame dejarte para ayudarla…

–        Ve.

Y que Dios te bendiga por honrar a quienes son para ti padre y madre.

Margziam toma de nuevo su haz de leña, se lo carga, y se marcha corriendo,

da alcance a Pedro y camina al lado de él.

Bartolomé observa:

–         Parecen Abraham e Isaac subiendo el monte.

Simón Zelote dice:

–        ¡Pobre Margziam!

¡Sólo faltaría eso! Y Andrés agrega: 

–         ¡Y pobre hermano mío!

No sé si sería capaz de hacer de Abraham…

Jesús lo mira

luego mira la cabeza entrecana de Pedro, que se va distanciando al lado de su

Margziam,

y dice:

–        En verdad os digo que llegará un día en que Simón Pedro sentirá alegría al

saber que su Margziam ha sido encarcelado, herido, flagelado,

colocado ante el umbral de la muerte.

Y que se sentiría con fuerzas incluso de extenderlo con su propias manos sobre el

patíbulo para revestirlo de la púrpura de los Cielos.

Y para fecundar con la sangre del mártir la tierra;

envidioso y afligido sólo por un motivo: por no estar él en el lugar de su hijo

y subalterno, porque su elección como Jefe supremo de mi Iglesia le obligará a

reservarse para Ella hasta que Yo le diga:

“Ve a morir por ella”

Vosotros no conocéis todavía a Pedro.

Yo lo conozco.

Andrés pregunta:

–        ¿Prevés el martirio para Margziam y mi hermano?

–         ¿Te duele, Andrés?

–        No.

Lo que me duele es que no lo preveas también para mí.

–        En verdad, en verdad os digo que seréis revestidos todos de púrpura,

menos uno.

Todos inquieren:

–       ¿Quién? ¿Quién?

Jesús responde triste y solemne: 

–        Dejemos el silencio sobre el Dolor de Dios.   

Y todos callan atemorizados y pensativos

Entran en la primera calle de Betsaida, entre huertas llenas de plantas tiernas.

Pedro, con otros de Betsaida, está llevando a un ciego a la presencia de Jesús.

Margziam no está.

Sin duda se ha quedado a ayudar a Porfiria.

Con los de Betsaida y los padres del ciego,

hay muchos discípulos venidos a Betsaida

de Sicaminón y otras ciudades;

entre éstos, Esteban, Hermas, el sacerdote Juan y Juan el escriba y muchos otros.

Pedro explica: 

–        Te lo he traído, Señor.

Estaba aquí esperando desde hace varios días. 

 Mientras el ciego y sus padres entonan una nenia de

–        «¡Jesús, Hijo de David, piedad de nosotros!»,

«Pon tu mano en los ojos de mi hijo y verá»,

«¡Ten piedad de mí, Señor!

¡Yo creo ti!»

Jesús toma de la mano al ciego y retrocede con él unos metros para resguardarlo

del sol, que ya inunda la calle.

Lo arrima a la pared cubierta de follaje de una casa, la primera del pueblo.

Y Él se pone de frente.

Se moja de saliva los dos índices

y le restriega los párpados con los dedos húmedos;

luego le aprieta los ojos con las manos:

La base de la mano en la concavidad de las órbitas y los dedos abiertos

y metidos entre los cabellos del desdichado.

Así ora.

Luego le quita las manos.

Y le pregunta:

–        ¿Qué ves? 

El hombre responde:

–        Veo hombres

Son sin duda hombres.

Pero así me imaginaba los árboles vestidos de flores; pero son hombres, porque

andan y gesticulan en dirección a mí.

Jesús impone otra vez las manos y las vuelve a quitar,

Y dice:

–        ¿Y ahora?

–         ¡Ahora veo bien la diferencia entre los árboles plantados en la tierra

y estos hombres que me están mirando!... ¡Y te veo a Ti!

¡Que hermosura la tuya!

Tus ojos son iguales que el cielo y tus cabello parecen rayos de sol…

Y tu mirada y tu sonrisa son propios de Dios

¡Señor, te adoro!

Y se arrodilla para besarle la orla de su túnica.

Jesús le dice:

–        Levántate y ven adonde tu madre… 

Que durante tantos años ha sido para ti luz y consolación…

Y de la cual no conoces otra cosa sino el amor.

Lo toma de la mano y lo lleva a su madre,

que está arrodillada a algunos pasos de distancia, en actitud de adoración,

de la misma forma que antes estaba en actitud

de súplica.

Jesús le dice:

–        Levántate, mujer.

Aquí tienes a tu hijo, que ve la luz del día.

Quiera su corazón seguir la Luz eterna.

Ve a casa. Sed felices.

Y sed santos por agradecimiento a Dios.

Pero, al pasar por los pueblos,

no digáis a ninguno que te he curado, para que la

muchedumbre no se desplace aquí enseguida para impedirme ir a donde es justo

que vaya a llevar confirmación en la fe.

Y luz y alegría a otros hijos de mi Padre.

Y rápido, por un senderillo que discurre entre huertos,

se escabulle en dirección hacia la casa de Pedro,

donde entra saludando a Porfiria con su dulce saludo.

368 UN MILAGRO EN EL MILAGRO


368 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA.  

Es una mañana esplendorosa, que ilumina el camino montañoso,

por donde avanza la comitiva apostólica.

Jesús tiene vendada la mano y Santiago de Alfeo la frente.

Andrés cojea bastante y Santiago de Zebedeo no lleva el talego,

que ahora lo carga su hermano Juan.  

Jesús ha preguntado dos veces:

–        ¿Puedes seguir caminando, Andrés?

El apóstol contesta:

–        Sí, Maestro.

Camino mal por el vendaje.

Pero el dolor no es fuerte.

Y la segunda vez añade:

–        ¿Y tu mano, Maestro?

Jesús responde:

–        Una mano no es una pierna.

Está en descanso y duele poco.

Pedro observa:

–        ¡Mmm! Poco no creo.

Tan hinchada como está y tan abierta, hasta el hueso…

El aceite hace bien.

Pero quizás hubiera sido mejor si de ese ungüento de tu Madre,

le hubiéramos pedido un poco a…

Jesús ataja con rapidez:

–        A mi Madre.

Tienes razón – sintiendo lo que está para salir de los labios de Pedro.

El cual confuso, se pone colorado y mira con mirada desolada a su Jesús

tan desolada, que Él sonríe y apoya precisamente la mano herida,

encima del hombro de Pedro, para arrimársele a Sí. 

Diciéndole:

–        Te hará daño estar así.

No. Simón.

Tú me quieres y tu amor es un magnífico aceite saludable.

–        ¡Oh, entonces, si es por eso, ya deberías estar curado!

Hemos sufrido todos de verte tratado de ese modo.

Y hay quien ha llorado.

Pedro mira a Juan y a Andrés…

Mientras Jesús agrega:

–         Aceite y agua son buena medicina, pero el llanto de amor y piedad,

es más potente que cualquier otra cosa. ¿Veis?

Estoy mucho más alegre hoy que ayer.

Porque hoy sé cuán obedientes sois y cuánto me queréis.

TODOS…

Y Jesús los mira con su mirada dulce, en cuya ya habitual tristeza,

hay una tenue luz de alegría esta mañana.

Tadeo dice:

–         Pero qué hienas, ¡Eh!

¡Jamás he visto un odio como ése!

Debían ser todos judíos.

Jesús muy sereno, corrige:

–        No, hermano.

La región no tiene nada que ver.

El Odio es igual en todos los sitios.

Recuerda que en Nazaret, hace meses fui expulsado y me querían apedrear.

¿No te acuerdas?

Y ello sirve de consuelo de las palabras de Judas Tadeo para los que son judíos.

Tanto consuelo, que Judas dice:

–         ¡Ah, pero esto lo voy a decir!

¡Vaya que si lo voy a decir!

No estábamos haciendo nada malo.

No hemos reaccionado.

Y Él ha hablado lleno de amor al principio.

Han empezado a pedradas con nosotros, como si fuéramos serpientes.

Lo voy a decir.

Felipe pregunta:

–        ¿Y a quién se lo vas a decir, si están todos contra nosotros?

–        Yo sé a quién decírselo.

De momento, en cuanto vea a Esteban y a Hermas se los digo.

Lo sabrá enseguida Gamaliel.

Pero para Pascua se lo digo a quien yo me sé.

Voy a decir: “No es justo actuar así. Con vuestro furor sois ilegales.

Vosotros sois culpables, no Él”

Felipe aconseja:

–         Mejor sería que no te acercaras mucho a esos “señores”!…

Tengo la impresión de que para ellos tú también eres culpable.   

Judas concede:

–        Es verdad.

Mejor es que no vuelva a tener nunca contacto con ellos.

Sí. Es mejor.

Pero a Esteban sí se lo digo.

Es bueno y no envenena…

Jesús dice sereno y persuasivo:

–          ¡Déjalo, hombre, Judas!

No harías mejorar nada.

Yo he perdonado.

No pensemos más en ello.    

Los milagros NO SON para volver cómoda, la vida de los trabajadores de la Viña…

Dos veces que encuentran riachuelos, tanto Andrés como los dos Santiagos

se mojan las vendas que cubren sus contusiones.

Jesús no.

Prosigue tranquilo, como si no sintiera dolor.

Y sin embargo, el dolor debe ser notable, Si;

cuando se detienen para comer, debe pedir a Andrés que le parta el pan;

¡Sí! cuando se le desata una sandalia, debe decir a Mateo que se la ate de nuevo;

¡Sí!, sobre todo, al bajar por un atajo con un fuerte declive… 

Y yendo a chocar contra un tronco, porque su pie ha resbalado;

no puede reprimir un quejido;

Y se le pone otra vez roja de sangre la venda…

Tanto que en la primera casa de un pueblo, al que llegan hacia el crepúsculo… 

Se detienen.

Piden agua y aceite para medicarle la mano;

la cual, quitadas las vendas, aparece muy hinchada y de un color aturquesado,

en el dorso, con la herida rojiza en el centro.

Mientras esperan a que la mujer de la casa llegue con lo que han pedido… 

Se arriman todos a la mano herida para observarla…

Y hacen sus respectivos comentarios.

Pero Juan se retira un poco más allá, para esconder su llanto.

Jesús lo llama, diciendo:

–           Ven aquí.

No es una cosa grave. No llores.

Juan responde:

–         Lo sé.

Si lo tuviera yo, no lloraría.

PERO LO TIENES TÚ…  

Y no dices todo el daño que te hace esta amada mano,

que no ha dañado nunca a nadie.

Jesús le ha dejado la mano relajada.

Juan la acaricia dulcemente, en la punta de los dedos, en la muñeca.

TODO alrededor de la moradura.

Y la vuelve con dulzura;

para besar su palma y apoyar su mejilla en el cuenco de la mano…

Y dice:

–        «Está ardiendo…

¡Cuánto te debe doler! – y lágrimas de piedad caen sobre ella.

La mujer trae el agua y el aceite.

Con un pedazo de tela, Juan quiere limpiar la mano manchada de sangre;

con delicadeza, hace circular agua tibia sobre la parte herida;

luego la unge, la venda con unas tiras limpias de tela.

Y en el lazo pone un beso.

Jesús le coloca la otra mano en la cabeza, que tiene inclinada.

La mujer pregunta:

–        ¿Es tu hermano?

Juan responde:     

–         No.

Es mi Maestro, nuestro Maestro.

La mujer sigue preguntando, esta vez a los otros:

–         ¿De dónde venís?

–        Del Mar de Galilea.

–        ¡Lejos!

–        ¿Para qué?

–          Para predicar la Salud.

–          Es casi de noche.

Quedaos en mi casa.

Casa de pobres, pero de gente honrada.

Puedo daros leche en cuanto vuelvan mis hijos con las ovejas.

Mi marido os acogerá con gusto.

–         Gracias, mujer.

–         Si el Maestro quiere, nos quedamos aquí.

La mujer va a sus labores.

Mientras los apóstoles le preguntan a Jesús qué deben hacer.

–        Sí. Bien.

Mañana vamos a ir a Quedes y luego hacia Panéade.

He reflexionado, Bartolomé.

Conviene hacer como dices.

Me has dado un buen consejo.

Espero encontrar así a otros discípulos y enviarlos delante de Mí a Cafarnaúm.

Sé que a estas alturas ya deben haber estado algunos discípulos en Quedes,

entre los cuales están los tres pastores libaneses.

Vuelve la mujer y pregunta:

–         ¿Entonces?

–         Sí, buena mujer.

Pasamos aquí esta noche.

–         Y cenáis.

Aceptadlo. No me pesa.

Y además, algunos que son discípulos de ese Jesús de Galilea, al que llaman Mesías,

que hace tantos milagros y predica el Reino de Dios,

nos han enseñado la misericordia.

Pero El no ha venido nunca aquí.

Quizás porque estamos en los confines sirofenicios.

Pero sí han venido sus discípulos.

Y ya es mucho.

Para Pascua, los del pueblo queremos ir todos a Judea para ver si vemos a este Jesús.

Porque tenemos enfermos y los discípulos han curado a algunos, pero a otros no.

Y entre éstos está un hijo, joven, de un hermano de la mujer de mi cuñado.

Sonriendo, Jesús pregunta:

–        ¿Qué le pasa? –

–        Es… No habla y no oye.

Nació así.

Quizás un demonio entró en el vientre de la madre para hacerla desesperarse y sufrir.

Pero es bueno.

Un endemoniado no sería así.

Los discípulos han dicho que para él es necesario Jesús de Nazaret,

porque debe faltarle algo, y sólo este Jesús…

¡Ah, aquí están mis hijos y mi marido!

Y volviéndose hacia el esposo,

agrega:

Melquías, he acogido a estos peregrinos en nombre del Señor.

Estaba hablando de Leví…

Sara, ve pronto a ordeñar la leche,

y tú, Samuel, baja a la gruta por aceite y vino.

Y trae manzanas del desván.

Date prisa, Sara; preparamos las camas en las habitaciones altas.

Jesús dice:

–        No te afanes, mujer.

Estaremos bien en cualquier sitio.

¿Podría ver al hombre de que hablabas?

–        Sí… Pero…

¡Oh! ¡Señor! ¿No serás Tú el Nazareno?

Jesús dice con sencilléz.

–        Soy Yo.

La mujer cae de rodillas,

y grita:

–         ¡Melquías, Sara, Samuel!

¡Venid a adorar al Mesías!

¡Qué gran día! ¡Qué gran día!

¡Y yo lo tengo en mi casa!

¡Y estaba hablando con Él, así!

¡Y le he traído el agua para lavar la herida!… ¡Oh!…

Se ahoga de emoción.

Y corre a donde el barreño.

Lo ve vacío:

–        « ¿Por qué habéis tirado esa agua?

¡Era santa!

¡Melquías

¡El Mesías en nuestra casa!

–         Sí.

Pero tranquilízate, mujer.

Y no se lo digas a nadie.

Más bien, ve por el sordomudo y tráemelo… – dice Jesús sonriendo…

..Y pronto regresa Melquías con el joven sordomudo,

los parientes de él y medio pueblo al menos…

La madre del infeliz adora a Jesús,

y le suplica:

–         Sí, será como tú quieres.

Toma de la mano al sordomudo,

le separa un poco de la masa de personas que se apiña;

mientras los apóstoles, por compasión hacia la mano herida,

luchan por mantener a la gente separada.

Jesús arrima a Sí bien al sordomudo;

le pone los índices en las orejas y la lengua en los entreabiertos labios;

luego, alzando los ojos al cielo ya algo oscurecido,

expele su aliento sobre el rostro del sordomudo,

y grita fuertemente:

–          «¡Abríos!» y lo suelta.

El joven lo mira por un momento, mientras la gente cuchichea.

Es sorprendente el cambio de la cara del sordomudo:

primero apática y triste, ahora sorprendida y sonriente.

Se lleva las manos a las orejas.

Aprieta y suelta…

Se convence de que realmente oye..

Abre a boca y dice:

–          ¡Mamá! ¡Oigo!

¡Oh, Señor, yo te adoro!

Se apodera de la gente el entusiasmo habitual;

mucho más todavía, porque se preguntan:

–         ¿Y cómo puede saber hablar, si nunca, desde que nació, oyó palabra alguna?

¡Un milagro en el milagro!

Le ha soltado el habla y al mismo tiempo le ha enseñado a hablar.

¡Viva Jesús de Nazaret!

¡Hosanna al Santo, al Mesías!

Y se apiñan contra Él, que levanta su mano herida para bendecir,

mientras algunas personas, informadas por la mujer de la casa,

se mojan la cara y los miembros con las gotas de agua,

que habían quedado en el barreño.

Jesús los ve y grita:

–        Por vuestra fe, quedad todos curados.

Id a vuestras casas.

Sed buenos, honestos. Creed en la palabra del Evangelio.

Y conservad para vosotros lo que sabéis,

hasta que llegue la hora de proclamarlo en las plazas y por los caminos de la tierra.

Mi paz sea con vosotros.

Y entra en la amplia cocina, donde resplandece el fuego

y tiemblan las luces de dos lámparas.

354 LA MUJER CANANEA


354 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Es una mañana invernal, donde el sol resplandece de forma maravillosa sobre las plantas

que lucen sus destellos dorados; pero no calienta los cuerpos.

sólo las ovejas, tienen sus abrigos esponjosos y muy blancos,

como el invierno que ya se despide, en los últimos vestidos de nieve…

iJudas Tadeo, entra en la cocina, donde la lumbre ya resplandece acogedora,

para calentar la leche y el lugar, que está un poco frío en estas primeras horas

de una bellísima mañana de finales de Enero;

bellísima, pero bastante punzante en su frío amanecer…

El viejo campesino Jonás, también entra en la cocina y al ver al apóstol,,

le pregunta:

–         ¿El Maestro está contigo?

.Tadeo le responde:

–         Habrá salido a orar.

Sale frecuentemente al alba, cuando sabe que puede estar solo.

Regresará pronto.

¿Por qué lo preguntas?

–        Lo he preguntado también a los otros, que se han desperdigado para buscarlo,

porque hay una mujer allí, con mi esposa.

Es una del pueblo de allende el confín con los fenicios.

La verdad no sabría decir cómo ha podido saber que está aquí el Maestro.

Pero lo sabe.

Y quiere hablar con Él. 

Tadeo afirma:

–        Bien.

Hablará con Él.

Quizás es la mujer que Él está esperando, con una hijita enferma.

O la habrá guiado aquí su espíritu.

–        No.

Está sola.

No tiene hijos consigo.

Los pueblos están tan cercanos… por eso la conozco…

Y el valle es de todos.

Yo, además, pienso que para servir al Señor no hace falta ser crueles con los vecinos,

si son fenicios.

Estaré equivocado, pero…

–        El Maestro también dice siempre que tenemos que ser compasivos con todos.

–        Él lo es, ¿No es verdad.

–        Lo es.

–        Me ha dicho Anás que también esta vez lo han tratado mal.

¡Mal, siempre mal!…

En Judea, en Galilea, en todos los lugares.

¿Por qué, me pregunto yo, Israel es tan malo con su Mesías?

Me refiero a los principales de Israel.

Porque el pueblo lo ama.

–         ¿Cómo sabes estas cosas?

–         Vivo aquí, lejos; pero soy un fiel israelita.

¡Basta ir para las fiestas de precepto al Templo, para saber todo lo bueno y todo lo malo!

Y el bien se sabe menos que el mal.

Porque el bien es humilde y no hace autoalabanza.

Deberían proclamarlo los que han sido agraciados.

Pero pocos son los agradecidos después de recibir una gracia.

El hombre acepta el beneficio y lo olvida…

El mal, sin embargo, toca fuerte sus trompetas y hace escuchar sus palabras incluso

a quienes no quieren oírlas.

¡Vosotros, sus discípulos, no sabéis cuánto abundan en el Templo las críticas

y acusaciones contra el Mesías!

Los escribas ya sólo tratan de esto en sus lecciones.

Yo creo que se han hecho un libro de lecciones sobre cómo acusar al Maestro.

Y de hechos que presentan como objetos de acusación verosímiles.

Y se necesita una conciencia muy recta, firme y libre;

para saber resistir y juzgar con cordura.

¿Él está al corriente de todas estas sucias maniobras?

–       De todas.

Y también nosotros, más o menos, las conocemos.

Pero Él no se intranquiliza, ni se detiene.

Continúa su obra,.

Y los discípulos o las personas que creen en Él aumentan cada día que pasa.

–        Dios quiera que perseveren hasta el final.

Pero el hombre es de pensamiento mudable.

Y débil…

Está viniendo el Maestro hacia la casa, con tres discípulos.

Y el viejo sale afuera, seguido por Judas Tadeo, para venerar a Jesús;

que, lleno de majestad, viene hacia la casa.

Jesús al verlo, lo saluda:

–        La paz sea contigo hoy y siempre, Jonás.

–        Gloria y paz contigo, Maestro, siempre.

–        Paz a ti, Judas.

¿Andrés y Juan no han vuelto todavía?

–         No.

Y no los he oído salir.

A ninguno.

Estaba cansado y dormía profundamente.

Jonás los invita:

–        Entra, Maestro.

Entrad.

El ambiente está fresco esta mañana.

En el bosque debía hacer mucho frío.

Ahí hay leche caliente para todos.

Y todos, excepto Jesús…

Están bebiendo la leche, mojando en ella unos recios trozos de pan,

cuando he aquí que llegan Andrés y Juan, junto con Anás, el pastor.

Andrés exclama al verlo:

–        ¡Ah! ¿Estás aquí?

Volvíamos para decir que no te habíamos encontrado… –

Jesús dirige su saludo de paz a los tres,

y añade:

–        Pronto.

Tomad vuestra parte y pongámonos en marcha.

Quiero estar, antes de que anochezca, al menos en las faldas del monte de Akcib.

Esta noche empieza el sábado.

El pastor pregunta perplejo:

–        ¿Y mis ovejas?

Jesús sonríe y responde:

–         Estarán curadas después de la bendición.

–        ¡Pero yo estoy a oriente del monte!

Tú vas hacia poniente para ir a ver a esa mujer…

—        Déjalo en manos de Dios y Él a todo proveerá.

Terminado el desayuno, los apóstoles suben por los talegos de viaje,

preparándose para partir.

–         Maestro…

¿No vas a escuchar a esa mujer que está allí?

–        No tengo tiempo, Jonás.

El camino es largo.

Y además Yo he venido para las ovejas de Israel.

Adiós, Jonás.

Que Dios te recompense por tu caridad.

Mi bendición a ti y a todos tus parientes.

Vamos.

El viejo, entonces, se pone a gritar con todas sus fuerzas:

–         ¡Hijos! ¡Mujeres!

¡El Maestro se marcha! ¡Venid!

Y como responde a la voz de la clueca que los llama una nidada de pollitos desperdigados

por un pajar, de todas las partes de la casa acuden mujeres y hombres,

ocupados en sus labores o todavía medio dormidos.

Y niños semidesnudos con su carita sonriente recién salida del sueño…

Se apiñan en torno a Jesús, que está en medio de la era.

Las madres envuelven en sus amplias faldas a los niños para protegerlos del aire frío.

O los estrechan entre sus brazos hasta que una criada llega con los vestiditos,

que enseguida son empleados.

Pero viene también una que no es de la casa.

Una pobre mujer que llora.

Se la ve abochornada.

Camina encorvada, casi arrastrándose.

Llegada cerca del grupo en cuyo centro está Jesús, se pone a gritar:

–        ¡Ten piedad de mí, Señor, Hijo de David!

Mi hija vive malamente atormentada por el demonio, que le hace hacer cosas vergonzosas.

Ten piedad, porque sufro mucho y todos se burlan de mí por esto.

Como si mi hija tuviera la culpa de hacer lo que hace…

Ten piedad, Señor, Tú que lo puedes todo.

Alza tu voz y tu mano.

Y ordena al espíritu inmundo que salga de Palma.

Sólo tengo a esta criatura, y soy viuda…

¡Oh, no te vayas! ¡Piedad!…

Jesús, efectivamente, una vez que ha terminado de bendecir a cada uno de los componentes

de la familia, después de haber amonestado a los adultos por haber hablado de su venida. –

Ellos se disculpan diciendo:

«         ¡Créenos, Señor, no hemos hablado!» –

Jesús se marcha, inexplicablemente duro para con la pobre mujer, que se arrastra

sobre sus rodillas, tendidos los brazos en actitud de congojosa súplica, ,

mientras dice:

—       ¡Yo, yo te vi ayer cuando pasabas el torrente!

¡Y oí que te llamaban: “Maestro”.

He venido siguiéndoos, ocultándome

entre las matas.

Oía lo que iban diciendo éstos.

He comprendido quién Eres…

Y esta mañana, todavía de noche, he venido a ponerme aquí a la puerta como un perrito;

hasta que se ha levantado Sara y me ha invitado a entrar.

¡Señor, piedad! ¡Piedad de una madre y de una niña!

Pero Jesús camina ligero, sordo a toda apelación.

Los de la casa dicen a la mujer:

–       ¡Resígnate!

No te quiere escuchar.

Ya ha dicho que ha venido para los de Israel…

Pero ella se pone en pie desesperada.

Y al mismo tiempo llena de Fe,

y responde:

–        No.

¡Suplicaré tanto, que me escuchará!

Y se echa a seguir al Maestro suplicando a gritos sin parar.

Sus súplicas hacen que salgan a las puertas de las casas del pueblo, todos los que están

despiertos, los cuales, como los de la casa de Jonás, se ponen a seguir a la mujer

para ver en qué termina la cosa.

Los apóstoles, por su parte, se miran recíprocamente con estupor.

Y susurran:

–         ¿Pero por qué hace esto?

No lo ha hecho nunca!

Y Juan dice:

–        En Alejandrocena ha curado incluso a aquellos dos.

Tadeo responde:

–         Pero eran prosélitos.

¿Y esta a la que va a curar ahora?

El pastor Anás dice:

–       También es prosélito.

–       ¿Y cuántas veces ha curado también a gentiles o a paganos?

Andrés dice desconsolado:

–       ¿Y la niña romana, entonces?…

Andrés, que no logra tranquilizarse ante la dureza de Jesús hacia la mujer cananea.

Santiago de Zebedeo, exclama:

–        Yo os digo lo que pasa.

Lo que pasa es que el Maestro está indignado.

Su paciencia se acaba ante tantos asaltos de maldad humana.

¿No veis cómo ha cambiado?

¡Tiene razón!

De ahora en adelante se dedicará sólo a los que conoce convenientemente.

¡Y hace bien!

Mateo se queja:

–        Sí.

Pero mientras tanto, ésta viene aquí detrás de nosotros gritando.

Y la sigue una buena cola de gente.

Si quiere pasar inadvertido, ha encontrado la manera de llamar la atención,

hasta de los árboles…

Tadeo está indignado:

–        Vamos a decirle que la despida…

¡Fijaos aquí qué lindo cortejo tenemos a nuestras espaldas!

¡Si llegamos así a la vía consular, estamos frescos!

Y ésta, si no le dice que se marche, no nos deja…

Judas Tadeo muestra tanto su molestia, que se vuelve y conmina a la mujer:

–        ¡Cállate y vete!

Y lo mismo hace Santiago de Alfeo, solidario con su hermano.

Pero ella no se impresiona por las amenazas y órdenes.

Y sigue suplicando.

Mateo dice:

–        ¡Vamos a decirle al Maestro que la eche Él!

¡Dado que no quiere concederle lo que pide!

¡Así no se puede seguir!

Andrés susurra:

–        «¡Pobrecilla!»

Y Juan repite sin tregua: «No comprendo… no comprendo…».

Juan está confundido por el modo de actuar de Jesús.

Mas ya, acelerando el paso, han alcanzado al Maestro, que camina raudo,

como un perseguido.

Los apóstoles gritan:

–         ¡Maestro!

¡Dile a esa mujer que se vaya!

–       ¡Es un escándalo!

–        ¡Viene gritando detrás de nosotros!

–        ¡Nos señala ante todos!

El camino se va poblando cada vez más de gente…

Y muchos se ponen detrás de ella.

Los apóstoles protestan:

–       Dile que se marche.

Jesús dice tajante:

–        Decídselo vosotros.

Yo ya le he respondido.

–         No nos escucha.

–         ¡Díselo Tú, hombre! –

Y además severamente.

Jesús se detiene y se vuelve.

La mujer interpreta ello como signo de gracia; acelera el paso y alza el tono, ya agudo,

de la voz.

Su rostro palidece por la aumentada esperanza.

–        ¡Cállate, mujer!

Vuelve a casa.

Ya lo he dicho: “He venido para las ovejas de Israel”.

Para curar a las enfermas y buscar a las perdidas.

Tú no eres de Israel.

Pero la mujer ya está a sus pies y se los besa, adorándolo;

sujetándolo fuerte por los tobillos como si fuera una náufraga

que hubiera encontrado un escollo de salvación.

Y gime:

–        ¡Señor, ayúdame!

Tú lo puedes, Señor. Dale una orden al demonio, Tú que eres santo…

Señor, Señor, Tú eres el amo de todo: de la gracia y del mundo.

Todo está sometido a ti, Señor.

Yo lo sé. Lo creo.

Toma, pues, tu poder y úsalo para mi hija.

Jesús objeta:

—       No está bien tomar el pan de los hijos de la casa y arrojarlo a los perros de la calle.

–       Yo creo en Ti.

Creyendo, he pasado de ser perro de la calle a ser perro de la casa.

Ya te he dicho que he venido antes del alba a acurrucarme a la puerta de la casa,

donde estabas.

Y si hubieras salido, habrías tropezado sobre mí.

Pero has salido por el otro lado y no me has visto.

No has visto a este pobre perro lacerado, hambriento de Tu Gracia,

que esperaba entrar, arrastrándose, adonde Tú estabas, para besarte los pies así,

pidiéndote que no la arrojaras de tu presencia…

–        No está bien echar el pan de los hijos a los perros – repite Jesús.

–        Pero los perros entran en la habitación donde come el amo con sus hijos.

Y comen lo que cae de la mesa.

O los desperdicios que les dan los de la familia, lo que ya no sirve.

No te pido que me trates como a una hija, no te pido que me invites a sentarme a tu mesa;

¡Te suplico implorándote!

¡Te pido al menos las migajas…!

Jesús sonríe.

¡Cómo se transfigura su rostro con esta sonrisa de gozo!…

La gente, los apóstoles, la mujer, lo miran admirados…

Sintiendo que está para suceder algo.

Y Jesús dice:

–       ¡Oh, mujer!

¡Grande es tu fe!

Con tu fe consuelas mi espíritu.

Ve, pues, y te suceda como quieres.

Desde este momento, el demonio ha salido de tu hijita.

Ve en paz.

Y, de la misma forma que, como perro extraviado, has sabido querer ser perro de casa,

sabe ser hija en el futuro, sentada a la mesa del Padre.

Adiós.

–         ¡Oh! ¡Señor!

¡Señor! ¡Señor!…

Quisiera echarme a correr, para ver a mi Palma amada…

¡Quisiera estar contigo, seguirte!

¡Bendito! ¡Santo!

–         Ve, ve, mujer.

Ve en paz.

Y Jesús reanuda su camino, mientras la cananea, más ligera que una niña;

regresa corriendo por el mismo camino que había venido;

tras ella la gente, curiosa de ver el milagro…

Santiago de Zebedeo. pregunta:

–        ¿Pero, por qué, Maestro, la has hecho suplicar tanto; si luego la ibas a escuchar? 

Jesús responde:

–       Por causa tuya y de todos vosotros.

Esta no es una derrota, Santiago.

Aquí no me han expulsado, no se han burlado de Mí, no me han maldecido…

Sirva ello para levantar vuestro espíritu abatido.

Yo ya he recibido mi dulcísimo alimento.

Y bendigo a Dios por ello.

Y ahora vamos a ver a esta otra que sabe creer y esperar con Fe segura.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

353 LOS HIJOS DEL TRUENO


353 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús va caminando por una zona muy montañosa.

No son montes altos, pero es un continuo subir y bajar de collados.

Y un fluir de torrentes (alegres en esta estación fresca y nueva;

límpidos como el cielo; niños como las primeras hojas, cada vez más numerosas,

sobre las ramas).

Mas, a pesar de que la estación del año sea tan bella y alegre, que podría aliviar el corazón,

no parece que Jesús esté muy aliviado de espíritu.

Y menos que Él lo están los apóstoles.

Caminan, muy callados, por el fondo de un valle.

Solamente pastores y greyes se presentan ante sus ojos.

Pero Jesús ni tan siquiera da muestras de verlos.

Lo que capta la atención de Jesús es el suspiro desconsolado de Santiago de Zebedeo.

Y sus improvisas palabras, fruto de un pensamiento amargo…

Santiago dice:

–         ¡Derrotas y más derrotas!…

Parecemos como malditos…

Jesús le pone la mano en el hombro: 

Y dice:

–          ¿No sabes que ése es el sino de los mejores?

–         ¡Sí, sí!

¡Lo sé desde cuando estoy contigo!

Pero, de vez en cuando sería necesario algo distinto.

Y antes lo teníamos, para confortar el corazón y la Fe…

–          ¿Dudas de mí, Santiago?

¡Cuánto dolor tiembla en la voz del Maestro!

–         ¡No, no!…

La verdad es que no es muy seguro el “no”.

–         Pero dudar, dudas.

¿De qué, entonces?

¿Ya no me amas como antes?

¿Ver que me echan de un lugar, que sencillamente  se burlan de Mí; 

que no me prestan atención en estos confines fenicios, ha debilitado tu amor?

Hay un llanto tembloroso en las palabras de Jesús…

A pesar de que no haya sollozos ni lágrimas: es verdaderamente su alma la que llora.

Santiago protesta:

–         ¡Eso no, Señor mío!

Es más, mi amor a Ti crece a medida que te veo menos comprendido;

menos amado, más postrado, más afligido.

Y, por no verte así, por poder cambiar el corazón a los hombres,

solícito daría mi vida en sacrificio.

Debes creerme.

No me tritures el corazón, ya tan afligido, con la duda de que piensas que no te amo.

Si no… Si no, romperé todos los cánones.

Volveré para atrás y me vengaré de los que te causan dolor,

para demostrarte que te amo, para quitarte esta duda.

Y, si me atrapan y me matan, no me importará lo más mínimo.

Me conformaré con haberte dado una prueba de amor.

–         ¡Oh, hijo del trueno!

¿De dónde tanta impetuosidad?

¿Es que quieres ser un rayo exterminador?

Jesús sonríe por la fogosidad y los propósitos de Santiago.

–         ¡Al menos, te veo sonreír!

Ya es un fruto de estos propósitos míos. ¿Tú que opinas, Juan?

¿Debemos llevar a cabo mi pensamiento para confortar al Maestro,

abatido por tantas reacciones contrarias?  

Juan responde apasionadamente:

–        ¡Sí, sí!

Vamos nosotros.

Hablamos de nuevo.

Y si lo vuelven a insultar, llamándolo rey de palabras, rey hazmerreír, rey sin dinero, rey loco;

repartimos palos a diestra y siniestra, para que se den cuenta de que el rey tiene también

un ejército de fieles y que estos fieles no permiten burlas.

La violencia es útil en ciertas cosas.

¡Vamos, hermano!

Le responde Juan está colérico: y no parece él mismo, porque siempre es dulce.

Jesús se mete entre los dos,

los aferra por los brazos para detenerlos,

y dice:

–         ¿Pero los estáis oyendo?

¿Y Yo qué he predicado durante tanto tiempo?

¡Sorpresa de las sorpresas!

¡Hasta incluso Juan, mi paloma, se me ha transformado en gavilán!

Miradlo, vosotros, qué feo está, tenebroso, hosco, desfigurado por el odio.

¡Qué vergüenza!

¿Y os asombráis porque unos fenicios reaccionen con indiferencia?

¿Y de que haya hebreos que tengan odio en su corazón?

¿Y de que unos romanos me conminen a marcharme?

¿Cuándo vosotros sois los primeros que no habéis entendido todavía nada?

¿Después de dos años de estar conmigo?

¿Cuándo vosotros os habéis llenado de hiel por el rencor que tenéis en el corazón?

¿Cuando arrojáis de vuestros corazones mi doctrina de amor y perdón?

¿Y la echáis afuera como cosa estúpida?

¿Y acogéis por buena aliada a la violencia?

¡Oh, Padre santo!

¡Esta si que es una derrota!

En vez de ser como gavilanes que se afilan rostro y garfas,

¿No sería mejor que fuerais ángeles que orasen al Padre,

para que confortara a su Hijo?

¿Cuándo se ha visto que un temporal beneficie con sus rayos y granizadas?

Pues bien, para recuerdo de este pecado vuestro contra la caridad, para recuerdo

de cuando vi aflorar en vuestra cara el animal-hombre en vez del hombre-ángel

que quiero ver siempre en vosotros, os voy a apodar “Los hijos del Trueno”.

Jesús está semiserio mientras habla a los dos inflamados hijos de Zebedeo.

Pero el reproche, al ver el arrepentimiento de ellos, pasa.

Y con cara luminosa de amor los estrecha contra su pecho,

diciendo:

–         Nunca más, feos de esta forma.

Y gracias por vuestro amor.

Y volviéndose hacia Mateo, Andrés y los dos primos hijos de Alfeo,

agrega:

Y también por el vuestro, amigos.

Venid aquí, que quiero abrazaros también a vosotros.

¿No sabéis que, aunque no tuviera nada más que la alegría de hacer la voluntad de mi Padre

y vuestro amor, sería siempre feliz, aunque todo el mundo me abofetease?

Estoy triste, mas no por Mí, por mis derrotas, como vosotros las llamáis.

Estoy triste por piedad hacia las almas que rechazan la Vida.

Bien, ahora estamos todos contentos, ¿No es verdad?

niños grandes, que es lo que sois.

Ánimo, entonces.

Id donde esos pastores que están ordeñando el rebaño.

Pedid un poco de leche en nombre de Dios.

Y al ver la mirada desolada de los apóstoles. 

añade:

No tengáis miedo.

Obedeced con Fe.

Recibiréis leche y no palos, aunque el hombre sea fenicio.

Y los seis se dirigen hacia el hombre indicado.

Mientras Jesús los espera en el camino.

Y ora, entretanto, este Jesús triste al que ninguno quiere…

Vuelven los apóstoles con un pequeño cubo de leche.

Y dicen:

–        Ha dicho el hombre que vayas allí, que tiene que decirte algo.

Y no puede dejar las cabras a los pastorcillos, porque son antojadizas e imprevisibles.

Jesús dice:

–          Vamos entonces allí, a comer nuestro pan.

Y suben todos a lo alto de la escarpa, desde donde se asoman, prominentemente,

las caprichosas cabras.

Cuando llegan,

Jesús dice:

–        Te agradezco la colodra de leche que me has dado.

¿Qué deseas de Mí?

–         Tú eres el Nazareno, ¿Verdad?

¿El que hace milagros?

–         Soy el que predica la Bienaventuranza eterna.

Soy el Camino para ir al Dios verdadero; la Verdad que se da; la Vida que os vivifica.

No soy el hechicero que hace prodigios.

Éstos son las manifestaciones de mi bondad y de vuestra debilidad, que tiene necesidad

de pruebas para creer.

Pero, ¿Qué deseas de mí?

–          Mira…

¿Hace dos días estabas en Alejandrocena?

–         Sí. ¿Por qué?

–          Yo también estaba, con mis cabritillos.

Cuando he comprendido que iba a producirse una riña, he desaparecido,

porque es costumbre suscitarlas para robar lo que hay en los mercados.

Son ladrones todos: los fenicios…

Y también los otros.

No debería decirlo, porque soy de padre prosélito y de madre siria.

Y yo mismo soy prosélito.

Pero es la verdad. Bien.

Volvamos a lo que estaba diciendo.

Me había metido en una caballeriza, con mis animales,

esperando a que llegara el carro de mi hijo.

Al atardecer, al salir de la ciudad, encontré a una mujer que lloraba con una hijita suya

en los brazos.

Había recorrido ochos millas para llegar a Ti, porque está fuera, en los campos.

Le pregunté que qué le sucedía.

Es prosélito. Había venido para vender y comprar.

Había oído hablar de Ti, y le había nacido la esperanza en el corazón.

Había ido corriendo a casa, había tomado en brazos a la niña.

¡Pero con un peso se camina despacio!

Cuando llegó a los almacenes de los hermanos, ya no estabas.

Ellos, los hermanos, le dijeron: “Lo han echado.

Pero ayer por la tarde nos dijo que haría de nuevo un alto en Tiro”.

Yo – también yo soy padre – le dije: “Pues entonces ve a Tiro”.

Pero ella me respondió: “¿Y si, después de todo lo que ha sucedido, pasa por otros caminos

para volver a Galilea?”. Le dije: “Mira. O ese confín o el otro.

Yo pastoreo entre Rohob y Lesemdán,

justamente en el camino que hace de confín entre aquí y Neftalí.

Si lo veo, se lo digo; palabra de prosélito”.

Y te lo he dicho.

–        Y que Dios te recompense por ello.

Iré a ver a esa mujer.

Tengo que volver a Akcib.

–         ¿Vas a Akcib?

Entonces podemos ir juntos, si no desdeñas a un pastor.

—         No desdeño a nadie.

Por qué vas a Akcib?

–        Porque allí tengo los corderos.

A no ser que… ya no los tenga…

–        ¿Por qué?

–         Porque hay una enfermedad…

No sé si ha sido una hechicería o qué.

Sé que mi lindo rebaño se me ha enfermado.

Por eso he traído aquí las cabras, que están todavía sanas; para separarlas de las ovejas.

Aquí estarán con dos hijos míos.

Ahora están en la ciudad, para hacer las compras.

Vuelvo allá… para ver morir a mis lindas ovejas lanosas…

El hombre suspira…

Mira a Jesús y se disculpa:

–        Hablarte a Ti, siendo quien Eres, de estas cosas.

Y afligirte, estando ya afligido de cómo te tratan, es una necedad.

Pero las ovejas son afecto y dinero, ¿Sabes?,

Para nosotros…

–         Comprendo.

Pero se pondrán buenas.

¿No las has llevado a que las vea un médico rural?

–        Todos me han dicho lo mismo: “Mátalas y vende sus pieles.

No hay otra posibilidad” e incluso me han amenazado si las saco…

Tienen miedo de que las suyas se contagien la enfermedad.

Así que las tengo que tener encerradas…

Y aumenta la mortalidad.

Son malos los de Akcib…, ¿Sabes?  

Jesús dice simplemente:

–        Lo sé.

–       Yo digo que me las han embrujado…

–        No.

No creas esas historias…

¿En cuanto vengan tus hijos te pones en marcha?

–        Inmediatamente.

De un momento a otro llegarán.

¿Éstos son tus discípulos?

¿Son sólo éstos?

–         No.

Tengo otros más.

–         ¿Y por qué no vienen aquí?

Una vez, cerca de Merón, me encontré con un grupo de ellos.

A la cabeza del grupo había un pastor.

Decía serlo.

Uno alto, fuerte, de nombre Elías.

Fue en Octubre, me parece.

Antes o después de los Tabernáculos.

¿Ahora te ha abandonado?

–         Ningún discípulo me ha abandonado.

–         Me habían dicho que…

–          ¿Qué te habían dicho?

–         Que Tú… que los fariseos…

En fin, que los discípulos te habían abandonado por miedo.

Y porque Tú eras un..

Jesús completa la palabra que el pastor calla: .

—        Demonio.

Dilo tranquilamente.

Lo sé.

Doble mérito para ti, que crees igualmente.

–         ¿Y por este mérito no podrías?…

Quizás estoy pidiendo una cosa sacrílega…

–          Dila.

Si es una cosa mala, te lo digo.

Se le ve lleno de ansiedad al hombre…  

Cuando pide:

–        ¿No podrías, al pasar, bendecir a mi rebaño? –

Jesús sonríe al decir:

–        Bendeciré a tu rebaño.

A éste… –

Y Jesús levanta  la mano bendiciendo a las cabritas desperdigadas,..

Y al de las ovejas.

–         ¿Crees que mi bendición las salvará?

–         De la misma forma que salvas a los hombres de las enfermedades,

podrás salvar a los animales.

Dicen que eres el Hijo de Dios.

Las ovejas las ha creado Dios.

Por tanto son cosas del Padre. Yo… no sabía si era una cosa respetuosa el pedírtelo.

Pero, si se puede, hazlo, Señor. 

Y llevaré al Templo grandes ofrendas de alabanza; mejor: te lo doy a Ti, para los pobres,

creo que será mejor.

Jesús sonríe y calla.

Llegan los hijos del pastor.

Poco después, Jesús con los suyos y el viejo se ponen en marcha.

Dejan a los pastorcillos jóvenes custodiando las cabras.

Caminan raudos porque quieren llegar pronto a Quedes,

para dejarla también enseguida, con intención de tomar la vía que del mar va hacia el interior.

Debe ser la misma que recorrieron yendo a Alejandrocena,

la que se bifurca a los pies del promontorio.

Al parecer, por lo que conversan el pastor y los discípulos.

Jesús va adelante, solo.

Santiago de Alfeo, comenta: .

–         ¿No nos encontraremos con otros problemas?

El hijo del pastor responde:

–          Quedes no depende de aquel centurión.

Está fuera de los confines fenicios.

A los centuriones basta con no pincharlos y se desinteresan de la religión.

–         Y además no nos vamos a detener...

–         ¿Vais a aguantar más de treinta millas en un día? –

–         ¡Sí, hombre!

¡Somos peregrinos perpetuos!

Caminan ininterrumpidamente…

Llegan a Quedes.

La atraviesan sin ningún contratiempo.

Toman la vía directa.

En el mojón está indicada Akciba.

El pastor lo señala diciendo:

–        Mañana llegaremos.

Esta noche venís conmigo.

Conozco labriegos de estos valles, pero muchos están dentro de los confines fenicios…

¡Bueno!, Pues pasaremos los confines.

Seguro que no nos van a descubrir inmediatamente…

¡Lo que es la vigilancia!…

¡Mejor sería que vigilasen a los bandidos!…

El sol declina.

 Y los valles ciertamente no contribuyen a mantener la luz,  menos aún siendo boscosos.

Pero el pastor conoce muy bien la zona y va seguro.

Llegan a un poblado muy pequeño, verdaderamente solo un puñado de casas.

–        Vamos a ver si nos dan posada.

Aquí son israelitas.

Estamos justamente en los confines.

Si no nos reciben, vamos a otro pueblo, que es fenicio.

–       No tengo prejuicios, hombre.

Llaman a una casa.  

Una mujer muy anciana, abre la puerta,

y los recibe:

–         ¿Tú, Anás?

¿Con amigos?

Ven, ven, y que Dios sea contigo.

Entran en una amplia cocina alegrada por una lumbre.

Alrededor de la mesa está reunida una numerosa familia de todas las edades,

pero que hace sitio amablemente a los que de improviso acaban de llegar.

El pastor los presenta:

–         Éste es Jonás.

Ésta es su esposa, y sus hijos y nietos y nueras.

Una familia de patriarcas fieles al Señor.

Anás a Jesús.

Y luego, volviéndose hacia el anciano Jonás:

–       «Y éste que está conmigo es el Rabí de Israel, al que deseabas conocer.

El anciano Jonás responde:

–         Bendigo a Dios por ser hospitalario y por tener sitio esta noche.

Y, pidiendo bendición, bendigo al Rabí que ha venido a mi casa.

Anás explica que la casa de Jonás es casi una posada para los peregrinos,

que del mar van hacia el interior.

Se sientan todos en la caliente cocina.

Las mujeres sirven a los recién llegados.

El respeto que hay es tal, que incluso paraliza.

Pero Jesús resuelve la situación rodeándose, nada más terminar la cena,

de los muchos niños presentes.

E interesándose por ellos, los cuales en seguida fraternizan.

Detrás de ellos, durante el breve espacio de tiempo que separa la cena del descanso,

encuentran valor los hombres de la casa y narran lo que han sabido del Mesías,

y preguntan cosas nuevas.

Jesús, benigno, rectifica, confirma, explica, en serena conversación,

hasta que peregrinos y familiares se van a descansar, tras haberlos bendecido Jesús a todos.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

351 UN AUDITORIO MULTIRACIAL


351 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

El patio de los tres hermanos está la mitad en sombra… 

La mitad luminosa de sol, está lleno de gente que va y viene para sus compras,

mientras que fuera del portón, en la placita, vocea el mercado de Alejandrocene

en medio de un confuso ir y venir de adquisidores y compradores; de asnos, de ovejas,

de corderos, de volatería;

porque se comprende que aquí tienen menos remilgos y llevan al mercado también a los

pollos, sin miedo a ningún tipo de contaminación.

Rebuznos, balidos, cacareos de gallinas y triunfales quiquiriquíes de gallitos;

se mezclan con las voces de los hombres,

formando un alegre coro que de vez en cuando, adquiere notas agudas y dramáticas

por algún altercado.

También dentro del patio de los hermanos hay bullicio.

Y no falta algún que otro altercado, por el precio o porque un marchante ha tomado

lo que otro, para sus adentros había elegido.

No falta el quejido lastimero de los mendigos que en la plaza, cerca del portón, recitan la

letanía de sus miserias con una cadencia cantora y triste como un aúllo de moribundo.

Soldados romanos con aire dominador, van y vienen por la hostería y la plaza; en servicio,

porque van armados y nunca solos, en medio de los fenicios;

que también van todos armados.

Jesús pasea arriba y abajo por el patio, con los seis apóstoles, esperando el momento

adecuado para hablar.

Luego sale a la plaza un momento.

Pasa cerca de los mendigos y les da una limosna.

La gente se distrae unos minutos a mirar al grupo galileo…

Y se pregunta quiénes serán esos extranjeros.

Hay quien informa de quiénes son los huéspedes de los tres hermanos;

porque les ha pedido a éstos información.

Un rumor sigue los pasos de Jesús… 

Que va tranquilo, acariciando a los niños que encuentra en su camino.

En el rumor no faltan risitas irónicas y epítetos poco halagüeños para los hebreos,

como tampoco falta el honesto deseo de oír a este «Profeta», a este «Rabí», a este «Santo»,

a este «Mesías» de Israel.

Así, se lo señalan unos a otros con tales nombres, según su grado de fe

y su rectitud de corazón. 

Dos madres: dicen: 

–        ¿Pero es verdad?

–        Me lo ha dicho Daniel, precisamente a mí.

Y él ha hablado en Jerusalén con gente que ha visto los milagros del Santo.

–        Sí, de acuerdo.

¿Pero será el mismo hombre?

–         Me ha dicho Daniel que no hay duda de que es Él, por lo que dice.

–         Entonces…

¿Qué piensas…

¿Me concederá la gracia aunque sea sólo prosélito?

–        Yo diría que sí…

Inténtalo.

Quizás no vuelve.

¡Inténtalo, inténtalo!

¡Mal no te hará, eso está claro!

–       Sí.

Dice la mujercita.

Y dejando plantado a un vendedor de loza con el que estaba contratando unos cuencos,

se marcha.

El vendedor que ha oído la conversación de las dos y ahora está defraudado;

enfadado por el buen trato que se ha esfumado,

se abalanza contra la mujer que queda y la cubre de improperios:

–        «Maldita neófita.

Sangre de hebrea. Mujer vendida» etc., etc.

Dos hombres, barbudos y de porte grave,

dicen:

–        Me gustaría oírlo hablar.

Dicen que es un gran Rabí.

–        Un Profeta querrás decir.

Mayor que el Bautista.

¡Me ha dicho Elías unas cosas!… 

¡Unas cosas!

Él las sabe porque tiene una hermana que está casada con uno que vive al servicio,

de un rico de Israel.

Y para saber de ella, va a preguntar a los compañeros de servicio.

Este rico es muy amigo del Rabí…

Un tercero, un fenicio que estando cerca, ha oído la conversación… 

asoma su cara enjuta, satírica, entre los dos….

Y con sardónica risotada, dice:

–        ¡Pues vaya santidad!

¡Aderezada con riquezas!

¡Por lo que yo sé, el santo debería vivir en pobreza!

–        Calla, Doro, mala lengua.

Tú pagano, no eres digno de juzgar estas cosas.

–       ¡Ah, vosotros sí sois dignos, especialmente tú, Samuel!

Mejor sería que me pagaras esa deuda.

–       ¡Ten, y no sigas dando vueltas alrededor de mí, vampiro de cara de fauno!…

Un anciano semiciego, que está acompañado de una muchachita,

y que pregunta:

–        ¿Dónde está, dónde está el Mesías?

Y la niña:

–      « ¡Dejad paso al viejo Marcos!

¡Por favor, decidle al viejo Marcos dónde está el Mesías!».

Las dos voces:  la senil, débil y trémula; la de la niña argentina y segura,

se expanden en vano por la plaza;

hasta que otro hombre dice:

–      ¿Buscáis al Rabí?

Ha vuelto hacia la casa de Daniel.

Ahí está, parado, hablando con los mendigos.

Dos soldados romanos: dicen: 

–       Debe ser ese al que persiguen los judíos.

¡Menudos bichos, ésos!

A simple vista se ve que es mejor que ellos.

 ¡Eso es lo que los fastidia!

–       Vamos a decírselo al alférez.

Ésa es la orden.

–      ¡Disparatada, Cayo!

Roma se cuida de los corderos y soporta, diría incluso que acaricia, a los tigres.

–       ¡No creo, Escipión!

¡A Poncio matar le es fácil!

–       Sí…

Pero no cierra su casa a las hienas rastreras que lo adulan.

–      ¡Política, Escipión! ¡Política!.

–      Vileza, Cayo, y necedad.

De éste debería hacerse amigo.

Ganaría una ayuda para mantener obediente a esta gentuza asiática.

No sirve bien a Roma

Poncio desatendiendo a este hombre bueno y adulando a los malos.

–        No critiques al Procónsul.

Somos soldados.

El superior es sagrado como un dios.

Hemos jurado obediencia al divino César y el Procónsul lo representa.

–      Eso está bien en lo que respecta al deber hacia la Patria, sagrada e inmortal,

pero no para el juicio interno.

–       Pero la obediencia viene del juicio.

Si tu juicio se rebela contra una orden y la critica, ya no obedecerás totalmente.

Roma se apoya en nuestra obediencia ciega para tutelar sus conquistas.

–        Pareces un tribuno.

Y es correcto lo que dices.

Pero te hago una observación:

Roma es reina, pero nosotros no somos esclavos, sino súbditos.

Roma no tiene, no debe tener, ciudadanos esclavos.

Y esclavitud es imponer silencio a la razón de los ciudadanos.

Yo digo que mi razón juzga que Poncio hace mal, no ocupándose de este israelita…

Llámalo Mesías, Santo, Profeta, Rabí, lo que quieras.

Y siento que puedo decirlo; 

porque diciéndolo, no viene a menos mi fidelidad a Roma, ni mi amor;

es más, si deseo esto;

es porque siento que Él, enseñando respeto a las leyes y a los Cónsules, como hace,

ayuda al bienestar de Roma.

–     Eres culto, Escipión…

Llegarás lejos.

¡Ya vas adelante! Yo soy un pobre soldado.

Pero, ¿Ves, mientras, allí?

El soldado señala al grupo que se ha congregado…

Y agrega:

–      La gente se ha amontonado en torno al Hombre.

Vamos a decírselo a los jefes militares…

Efectivamente, cerca del portón de los tres hermanos,

hay un montón de gente alrededor de Jesús,

al cual se le ve bien por su alta estatura.

Luego de repente, se eleva un grito.

Y la gente se agita.

Otros, que estaban en el mercado, acuden corriendo.

Y algunos del remolino de gente corren hacia la plaza e incluso más allá de la plaza.

Preguntas… respuestas…

–       ¿Qué ha pasado?

–        ¿Qué sucede?

–       ¡El Hombre de Israel ha curado a Marcos, el anciano!

El velo de sus ojos se ha disipado.

Jesús, entretanto, ha entrado en el patio, seguido de una procesión de gente.

Renqueando al final, viene uno de los mendigos… 

Un renco que se arrastra más con las manos que con las piernas.

Pero, si las piernas están torcidas y carecen de fuerza;

por lo cual sin los bastones, no andaría… 

La voz por el contrario, es muy vigorosa.

Parece una sirena que desgarra el aire luminoso de la mañana:

Grita desgañitándose y sin tregua.

–       ¡Santo! ¡Santo!

¡Mesías! ¡Rabí!

¡Piedad de mí! 

Se vuelven dos o tres personas:

–       ¡No malgastes energías!

–       Marcos es hebreo, tú no.

–       ¡Para los israelitas verdaderos hace milagros, no para los hijos de perro!

–        Mi madre era hebrea…

–        Y Dios la ha castigado dándole a ti, un monstruo, por su pecado.

–        ¡Fuera, hijo de loba!

–        Vuelve a tu sitio, lodo en el lodo…

El hombre se pega a la pared, acobardado;

atemorizado ante los amenazadores puños levantados…

Jesús se detiene, se vuelve, mira.

Ordena:

–        ¡Hombre, ven aquí!

El hombre lo mira, mira a los que lo amenazan…

Y no se atreve a avanzar.

Jesús se abre paso entre la pequeña muchedumbre y se acerca a él.

Lo toma de la mano y le pone la otra mano en el hombro,

y dice:

–          No tengas miedo.

Ven aquí delante conmigo.

Y mirando a los despiadados,

dice severo: –

        «Dios es de todos los hombres que lo buscan y que son misericordiosos».

Comprenden la alusión.

Y ahora son ellos los que se quedan parados, arrinconados y acobardados,  donde están.

Jesús se vuelve de nuevo.

Los ve allí, confusos, casi decididos a marcharse.

Y les dice:

–        No, venid también vosotros.

Os vendrá bien también a vosotros, para enderezar y fortalecer vuestra alma,

de la misma forma que enderezo y fortalezco a éste; porque ha sabido tener fe.

Hombre, Yo te lo digo:  ¡Queda curado de la enfermedad!

Y quita la mano del hombro del renco;

tras haber experimentado éste como una sacudida.

El hombre se yergue seguro, sobre sus propias piernas;

arroja las muletas ya consumidas por el uso,

y grita:

–        ¡El me ha curado!

¡Bendito sea el Dios de mi madre!

Y se arrodilla para besar los bordes de la túnica de Jesús.

El tumulto de quien quiere ver o ya ha visto y ahora comenta, alcanza su culmen.

En el profundo atrio, que de la plaza conduce al patio, las voces resuenan con sonoridad

de pozo y producen eco contra las murallas del Castro.

Los soldados temen que se haya producido una reyerta, algo que es fácil en estos lugares,

con tantos contrastes de razas y fes.

Y pronto acude un pelotón y se abre paso rudamente preguntando qué sucede.

Algunos responden:

–        ¡Un milagro, un milagro! Jonás, el renco, ha sido curado.

–         Ahí está, al lado del Hombre galileo!

Los soldados se miran unos a otros.

No hablan hasta que no ha pasado toda la muchedumbre.

Detrás se ha agregado más gente, de la que había en los locales de la hostería. 

Y en la plaza, donde ahora se ve solamente a los vendedores, enojadísimos por el imprevisto

reclamo, que hace fracasar el mercado de ese día.

Luego, al ver pasar a uno de los tres hermanos,

preguntan:

–        Felipe, ¿Sabes lo que piensa hacer ahora el Rabí?

Felipe todo alborozado, responde: 

–        Va a hablar, a adoctrinar.

¡Y además en mi patio! 

Los soldados se consultan. ¿Quedarse? ¿Marcharse?

–        El alférez nos ha dicho que vigilemos…

Y se contestan:

–        ¿A quién?

–        ¿Al Hombre?

Escipión, el soldado defensor de Jesús,

agrega:

–        Por Él podríamos ir a jugarnos a los dados un ánfora de vino de Chipre.

A mí me parece que es Él el que necesita ser protegido, no el derecho de Roma!.

¿No lo veis?

Ninguno de nuestros dioses tiene un aspecto tan manso y al mismo tiempo tan viril.

Esta gentuza no es digna de Él.

Y los indignos son siempre malos.

Medio sarcástico, medio admirado, otro soldado, 

exclama:

–        ¡Vamos a quedarnos a protegerlo!

Si hace falta le guardamos las espaldas…

Y se las acariciamos a estos bribones.

–        Bien dices, Pudente.

Es más, para que Prócoro el alférez, que siempre está soñando complots contra Roma y…

ascensos para él, por gracia y mérito de su solícita vigilancia por la salud del divino César

y de la diosa Roma, madre y señora del mundo, se convenza de que aquí no va a conquistar

brazalete o corona, ve a llamarlo, Acio.

Un soldado joven se marcha corriendo y corriendo vuelve,

diciendo:

–        Prócoro no viene, manda al triario Aquila…

–        ¡Bien! ¡Bien!

Mejor él que el propio Cecilio Máximo. Aquila ha servido en África, en Galia,

y estuvo en las crueles selvas que nos arrebataron a Varo y a sus legiones.

Conoce a griegos y bretones y tiene buen olfato para distinguir…

Y viendo llegar al glorioso oficial.

lo saluda diciendo:

–         ¡Salve! ¡Aquí tenemos al glorioso Aquila!

¡Ven, enséñanos, a nosotros míseros, a comprender el valor de los seres!  

Todos los demás soldados gritan:

–        ¡Viva Aquila, maestro de soldados!

Dándole afectuosos zarandeos al viejo soldado, marcado de cicatrices en el rostro…

Y, como el rostro, así tiene sus brazos y pantorrillas desnudos.

É1 sonríe bonachón,

y exclama:

–         ¡Viva Roma, maestra del mundo!

¡No yo, que soy un pobre soldado!

¿Qué sucede, pues?

–          Vigilar a ese hombre alto y rubio como el más claro cobre.

–         Bien. Pero, ¿Quién es?

–          El Mesías, según dicen.

Se llama Jesús y es de Nazaret.

Es aquel, ¿Ya sabes, no?,

Por el que se comunicó aquella orden…

–         ¡Mmm! Bien…

Pero me parece que perseguimos nubes.

–          Dicen que quiere hacerse rey y suplantar a Roma.

El Sanedrín, los fariseos, saduceos y herodianos, lo han denunciado ante Poncio.

Ya sabes que los hebreos tienen esta obsesión en la cabeza…

Y, de vez en cuando, aparece un rey…

–        Sí, sí…

¡Pero si es por este hombre!…

De todas formas, vamos a oír lo que dice.

Creo que se dispone a hablar.

–         He sabido por el soldado, que está con el centurión;

que Publio Quintiliano le ha hablado de Él como de un filósofo divino…

Otro soldado, joven, dice

–        Las mujeres imperiales se muestran entusiastas… 

Otro soldado joven suelta la carcajada y riéndose

agrega abiertamente:

–         ¡Claro!

También yo me sentiría entusiasta de El si fuera una mujer…

¡Y querría tenerlo en mi cama…!  

Otro más, bromeando, agrega:

–        ¡Cállate, impúdico!

¡La lujuria te come! 

–         ¿Y tú no, Fabio?

Ana, Sira, Alba, María…

El triano, ordena.

–        Silencio, Sabino.

Está hablando y quiero escuchar.

Y todos guardan silencio….

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

342 UN TRIPLE PRODIGIO


342 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Mientras el grupo sube por el puente,

se encuentran con el cretense que está esperando el incienso, desesperado.

Lleno de rabia y a gritos dice:

–          ¿Acaso no estáis viendo que sin un milagro divino, naufragamos?

¡Es la primera vez!…

¡La primera vez desde que navego que sucede esto!

Tadeo dice en voz baja:

–        Ahora fíjáos que va a decir, que somos nosotros la causa…

En realidad, el cretense grita como un aullido:

–       ¡Malditos israelitas!

¿Qué maldición pesa sobre vosotros?

¡Perros hebreos, me habéis traído la mala suerte!

¡Largo de aquí!

¡Que ahora voy a sacrificar a la Venus Naciente!…

Pedro se opone:

–          No.

Mejor nosotros sacrificamos…

–        ¡Largaos!

¡Sois unos paganos!

¡Es por vosotros que Poseidón está furioso!

¡Sois unos demonios!  ¡Sois…!

–         ¡Oyeee!

¡Te juro que si nos dejas, verás el prodigio!

–         ¡No!

¡Largo!

Nicomedes enciende el incienso, rezando algunas fórmulas y lo arroja al mar como puede.

Y también un líquido que ya había ofrecido en una libación,

frente a un pebetero y ante un altar, con la figura de Afrodita, sobre la cubierta…Pero el mar rechaza el incienso, arrojándolo otra vez sobre el puente…

En vez calmarse, el oleaje se pone más furioso. .. 

Y una enorme ola se lleva todos los aparejos del rito,

las tablas donde se había erigido el altar a Afrodita y se había ofrecido el sacrificio.

Y por poco, no arrastra también a Nicomedes.. ..

Pedro dice:

–        ¡Qué buena respuesta te ha dado tu diosa!

Ahora nos toca a nosotros…

También nosotros tenemos una Mujer Pura, hecha de espuma del mar y después…

Canta Juan, el mismo canto de ayer.

Nosotros te seguimos…

Nicomedes grita furioso:

–        ¡Sí, probad!

Pero si el mar se enfurece más;

os arrojaré a todos vosotros como víctimas propiciatorias para Afrodita…

Pedro concede:

–         Está bien.

Aceptamos.

¡Vamos Juan!

Juan empieza a cantar y es seguido por todos los demás…

Stella Maris resuena triunfal en las gargantas de los apóstoles…

Hasta Pedro que generalmente no canta porque siente que es bastante desentonado,

agrega su voz con el ritmo de los remos del día anterior.

El cretense los mira con los brazos cruzados sobre el pecho…

Y una sonrisa entre airada e irónica.

Después que termina el canto, los apóstoles oran con los brazos abiertos.

Recitan el Pater Noster, como Jesús se los enseñara y lo cantan en arameo.

Continúan con unos salmos de alabanza, que entonan triunfales..

Y con las voces a todo pulmón…

Y así se alternan unos con otros, a pesar de las olas que los bañan una y otra vez…

Ellos no se agarran de nada para sostenerse.

Se sienten seguros, como si una fuerza invisible los asegurara al puente…

Las olas van disminuyendo de violencia, paulatinamente…

Y aunque no ceden totalmente, ni el viento disminuye su aullido;

la furia del mar que barría el puente, es notable que sí se ha calmado.

Las olas continúan azotando el puente, pero cada vez con menor intensidad..

Y realmente disminuyen de violencia poco a poco.

No cesan del todo, y tampoco el viento, pero ya no es la furia de antes.

Hasta que de hecho las olas ya no llegan al puente.

La cara del cretense es todo un poema de estupor…

Pedro lo mira de reojo y sigue orando.

Juan sonríe.

Y canta más fuerte…

Los otros lo acompañan.

Y sus voces van triunfando cada vez más, sobre el fragor de la tempestad…

A medida que el mar para volver a su movimiento regular.

Y el viento para soplar normalmente, se van aplacando.

El cretense y todos sus marinos están totalmente pasmados…

Pedro lo mira, pero no deja de orar…

Juan sonríe y canta con más fuerza…

Los otros lo secundan venciendo el fragor del océano

que poco a poco se va calmando más y más…

Finalmente Pedro pregunta:

–      ¿Y ahora… qué tienes que decir?

El cretense pregunta asombrado:

–      ¿Qué habéis dicho?

¿Qué fórmula empleasteis?

–         La del Dios Verdadero y la de su Esclava…

Pero, ¿Esa estrella a la que adoráis quién es?

En todo caso Venus, ¿No?

–        Veneráis, se dice.

Se adora sólo a Dios.

Pero nada de Venus.

Ella es María.

María de Nazaret, María hebrea, la Madre de Jesús, Mesías de Israel.

Endereza la vela y prepara todo.

Ya puedes izar las velas y arreglar todos los desperfectos, esto…

¿Aquello que se ve allá…?

¿No es una isla?

–          Sí. Es Chipre.

El mar está todavía más tranquilo en este canal…

En medio de la tormenta fuimos arrojados hasta acá…  ¡Extraño!

Donde hubiese sido normal el oleaje brutal;

ha disminuído para ser un mar totalmente calmo…

Dos hechos extraordinarios…

Nicómedes mueve la cabeza, sin poder asimilar lo ocurrido…

Un tiempo después, pregunta:

–        ¿Y qué fue lo otro?

¿Estabais cantando en hebreo? ¿No es así?

–         No.

Hablamos en nuestro dialecto: el arameo.No, era nuestro dialecto, el de nuestro lago, de nuestra patria.

Pero no te lo podemos decir a ti, que eres pagano.

Es una oración a Yeohveh.

Sólo los creyentes la pueden conocer.

Hasta luego, Nicomedes.

Y no te preocupes por lo que ha ido al fondo.

Un… sortilegio menos para poderte atraer una desgracia.

Hasta luego,

¡Eh! ¿Eres de sal?

Y no lamentes lo que se ha ido al fondo.

Un sortilegio menos…

Que no te traerá infortunio…

Adiós, ¿Eh?

Nicómedes está verdaderamente compungido

Y dice casi implorante: :

–      No…

Pero perdonadme…

Os he insultado.

Pedro lo tranquiliza: 

–        ¡No te preocupes por ello…! 

Son efectos de tu culto por… Venus…

Vamos muchachos a donde están los demás…

Y muy feliz y contento, Pedro se dirige al camarote donde dejó a Síntica.

El cretense los sigue preguntando:

–       ¡Por favor escuchadme!

¿Ya murió el herido?

Pedro lo mira,

y sonríe:

–       ¡Imposible!

Creo que te lo devolveremos más sano de lo que estaba…

Es algo que…

¡Tal vez también lo atribuyas a nuestros sortilegios! ¿Eh?

–        ¡Oh, Perdonad!

Por favor, ¡Perdonadme!

Decidme dónde puedo aprenderlos, para servirme de ellos…

Os pagaré…

–         Lo siento, Nicomedes. ¡Adiós!

No tenemos permitido vender a los paganos las cosas sagradas…

¡Qué te vaya bien amigo!

Cuando conozcas al Dios Verdadero, también sabrás el secreto de su Poder…

¡Que Dios te bendiga con su Luz y que te vaya muy bien!

Pedro, sonriente y acompañado de todos los suyos regresa al camarote,

También sonríe el mar calmado, con un viento mistral armónico que favorece la navegación,

mientras declina el sol y al oriente, se dibuja un huso de luna tendente a su plenitud…

Que se refleja en un mar plácido…

Al día siguiente, el mar y el cielo les regalan paisajes maravillosos.

que con sus destellos plateados ilumina todo lo que toca y también parece sonreír…

El crepúsculo es hermosísimo cuando llegan a la ciudad de Seleucia.

La nave, con sus velas desplegadas se dirige veloz hacia el puerto del Tigris.

En la cubierta, están los marinos que ya se encuentran relajados y alegres,

por las magníficas condiciones de la travesía…

Y los pasajeros que ya contemplan cercana su meta;

junto a un Juan de Endor que sigue flaco y pálido y tambien el marinero herido.

Tiene la cabeza vendada y sonríe feliz, tanto a sus bienhechores,

como a sus compañeros marinos, que lo miran con asombro…

Y lo felicitan por haber regresado al puente.

El cretense deja por unos momentos su puesto, que entrega al jefe de la tripulación,

mientras se acerca a saludar a su marino convaleciente…

Y dice a los apóstoles:

–        ¡Querido Demetrio!

Me alegro mucho de ver que estás cada día mejor.

Nunca pensé que pudieras sobrevivir al golpe del palo y al del hierro del mástil

No cabe duda que éstos,-señala a los apóstoles- Te han engendrado otra vez a la vida.

Porque ya habías muerto, cuando caíste prensado bajo todas las mercancías.

Y luego por las olas que te arrastraron y te hubieran llevado al reino de Neptuno,

entre las nereidas y los tritones;

cuando este hombre santo te rescató.

Y luego te han curado con sus maravillosos ungüentos…

¡Déjame ver la herida!…

El marino se suelta la venda y muestra la cicatriz.

Una señal roja que va de la sien a la nuca.

Nicomedes la toca con la punta de los dedos muy ligeramente…

Y exclama asombrado:

–        ¡Hasta el hueso está soldado!

¡De veras que te ha amado la Venus marina!

Y quiere verte sobre las olas del mar y caminando dichoso, sobre las playas de Grecia.

Que Eros te sea propicio ahora que desembarcaremos en Seleucia.

Y haga que olvides esta desgracia y el terror de Thanatos, en cuyos brazos estuviste ayer.

La expresión en la cara de Pedro…

Manifiesta claramente  lo que piensa sobre este discurso mitológico.

Recargado sobre un mástil, apenas puede contenerse para replicarle a Nicomedes

sobre su paganismo.

Los demás apóstoles también manifiestan claramente su desprecio.

Y optan por voltear a mirar el mar, ignorando totalmente al cretense.

El hombre lo nota…

Y trata de disculparse:

–       ¡Es nuestra religión!

Así cómo vosotros tenéis la vuestra, nosotros creemos en la nuestra…

Y decide cambiar de tema:

Venid a la proa, para que podáis admirar la ciudad que se aproxima…

¿La conocéis?

Zelote responde tajante:

–         Yo vine una vez; pero el viaje lo hice por tierra.

–        ¡Ah!

¡Entonces sabes bien que el verdadero puerto de Antioquía es Seleucia!

¡Que está junto a la desembocadura del Orontes!

Y que es posible viajar por su curso en barcas pequeñas, hasta llegar a Antioquía.

¡Oh!

¡Podréis admirar todas las grandiosas obras que han hecho los romanos en Seleucia!

¡Y Antioquía!

Es un puerto con tres dársenas, que es uno de los mejores.

Cosa igual no hay en Palestina y es porque Siria es la mejor provincia del imperio…

El entusiasmo por los romanos no encuentra eco en nadie..

Y sus palabras caen envueltas con un silencio glacial.

Aún Síntica que por ser griega, siente menos desprecio que los demás;

se mantiene callada y hierática, como una diosa pagana.

El cretense lo nota y dice:

–        ¡Qué queréis!

¡Hablando en plata, yo siempre gano con los romanos!…

La respuesta de Síntica es dura como un sablazo:

–        ¡Y el oro quita el filo a la espada, al honor nacional y a la libertad!

Lo ha dicho de tal manera y con un latín tan puro, que el otro se queda callado.

Luego Nicomedes pregunta con timidez:

–        ¿Eres griega?

–         Lo soy.

Pero tú amas a los romanos.

Por eso te hablo en la lengua de tus patrones, no en la mía, la de la patria mártir.

El cretense ya no sabe qué decir.

Los apóstoles están contentos por la lección dada majestuosamente por Síntica.

Después de un largo silencio,

pregunta a Pedro:

–       ¿Ya saben cómo ir de Seleucia a Antioquía?

Pedro contesta muy serio:

–       Con los pies.

–       Ya es tarde.

Será de noche cuando desembarquemos.

–       Buscaremos una posada.

–       ¡Claro!

Pero podríais dormir aquí hasta mañana..

Tadeo, que ya vio los preparativos para honrar a los dioses en cuanto lleguen al puerto,

contesta rápido:

–        No es necesario.

Muchas gracias por tu gentileza.

Pero es mejor que descendamos.

¿Verdad Simón?

Pedro confirma:

–        Así es.

También nosotros tenemos que presentar nuestras plegarias…

Tú a tus dioses y nosotros a nuestro Dios.

–        Haced como os plazca.

Quería honrar al hijo de Teófilo y agradaros a ustedes por él.

Zelote contesta:

–        También nosotros por el Hijo de Dios, al persuadirte que sólo hay un Dios Verdadero.

Pero tú eres inconmovible como una piedra.

Estamos pues, iguales.

Ojalá qué un día te encontremos y ya no seas tan cerrado…

Nicomedes encoge los hombros, con un gesto de indiferencia irónica.

Y sólo dice:

–        Adiós.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =He

328 LOS NIÑOS DISCÍPULOS


328 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús, con Simón Zelote y Margziam, atraviesa Nazaret en dirección a la campiña que separa Nazaret de Caná.

Atraviesa esta ciudad suya incrédula y hostil, precisamente por las calles del centro

y cortando oblicuamente la plaza del mercado, llena de gente en esa hora matutina.

Muchos se vuelven a mirarlo;

algún nazareno – pocos – lo saluda;

las mujeres, especialmente las ancianas; le sonríen;

pero, aparte de algún que otro niño, ninguno se acerca a El.

Un murmullo le sigue cuando termina de pasar.

Jesús ve todo, pero hace como si no viera.

Habla con Simón o con el niño, que va entre los dos hombres.

Y sigue por su camino.

Ya han llegado a las últimas casas.

A la puerta de una de éstas hay una mujer de unos cuarenta años.

Parece esperar a alguien.

Al ver a Jesús hace ademán de moverse,

luego se queda quieta e inclina la cabeza ruborizándose.  

Jesús al apóstol,

le dice; .

–       Es una pariente mía, la esposa de Simón de Alfeo.

La mujer parece incómoda, en lucha con un fuerte contraste de sentimientos.

Cambia de color, alza y baja los ojos, todo su rostro expresa un deseo de hablar,

contenido por algún motivo.

Jesús ha llegado a la altura de ella,

y la saluda:

–        Paz a ti, Salomé. 

La mujer lo mira como asombrada del afecto que hay en la voz de su Pariente,

Y ruborizándose más todavía,

responde:

–        Paz …

Un nudo de llanto le impide concluir la frase.

Se tapa la cara con un brazo doblado y llora acongojada,

contra la jamba de la puerta de su casa.

–        ¿Por qué lloras así, Salomé?

¿No puedo hacer nada para consolarte?

Ven aquí, detrás de esta esquina,

y dime qué te pasa…

Y tomándola por un codo, la conduce a una callejuela estrecha que hay entre su casa

y el huerto de otra casa.

Simón y Margziam, que está todo asombrado, se quedan a la entrada de aquélla.  

Jesús insiste:

–        ¿Qué te pasa, Salomé?

Sabes que siempre te he querido.

Os he querido siempre.

A todos.

Y os quiero.

Debes creerlo y tener, por tanto, confianza…

El llanto se detiene a intervalos como para escuchar esas palabras…

Y comprender su verdadero significado.

Luego vuelve con más fuerza, entrecortado con palabras quebradas:

–       Tú sí…

Nosotros… Yo no…

Ni tampoco Simón…

Pero él es más necio que yo…

Yo le decía… “Llama a Jesús”…

Pero tenemos la oposición de todo un pueblo…

Tú… yo… y mi hijo…

Habiendo tocado el punto trágico, el llanto se hace también trágico.

La mujer se contorsiona y gime,

Mientras se golpea la cara como en un delirio de dolor.

Jesús la toma de las manos,

y dice:

–        No hagas esto.

Estoy aquí para consolarte.

Habla. Haré todo…

La mujer lo mira con unos ojos desorbitados por el estupor y el dolor.

Pero la esperanza le da fuerzas para hablar;

para hablar incluso con orden:

–        ¿Aunque Simón sea reprobable, usarás misericordia conmigo?

¿Sí?…

¡Oh, Jesús que a todos salvas!

¡Mi hijo! ¡Alfeo, el último, está mal…

¡Se está muriendo!

Tú amabas a Alfeo.

Le tallabas juguetes de madera…

Lo alzabas para que cogiera uvas e higos de tu huerta…

Y, antes de marcharte para… para ir por el mundo;

ya le enseñabas muchas cosas buenas…

Ahora no podrías hacerlo…

Está como muerto…

Ya no volverá a comer ni uvas ni higos.

Ya no aprenderá nada más…

Y llora fuertemente.

–        Salomé, cálmate.

Dime qué le pasa.

–        Su vientre está muy enfermo.

Ha estado muchos días gritando, con dolores atroces, delirando.

Ahora ya no dice nada.

Está como si hubiera recibido un golpe en la cabeza.

Gime, pero no responde.

Ni siquiera se da cuenta de sus gemidos.

Está violáceo.

Se está poniendo frío.

Hace muchos días que le suplico a Simón que vaya a Ti.

Pero… ¡Oh!…

Lo he amado siempre, pero ahora lo odio, porque es un estúpido;

que por una idea estúpida permite que muera mi hijo.

Pero, cuando se muera, me voy.

A mi casa.

Con mis otros hijos.

No es capaz de ser padre en el momento necesario.

Protejo a mis hijos.

Me voy. Sí. 

Que la gente diga lo que quiera.

Me voy…

–        No digas eso.

Abandona inmediatamente este pensamiento de venganza.

–        De justicia.

Me rebelo. ¿Ves?

Te he esperado yo, porque ninguno te decía: “Ven”.

Te lo digo yo. Pero he tenido que hacerlo como si fuera una mala acción.

Y no te puedo decir: “Entra”, porque en casa están los de José y…

–        No es necesario.

¿Me prometes que perdonarás a Simón?

¿Que serás siempre una buena esposa?

Si me lo prometes, te digo: “Entra en casa, que tu hijo te sonreirá curado”.

¿Eres capaz de creer esto?

–       Yo creo en Ti.

Creo, aunque sea contra todo el mundo.

–       ¿Y, de la misma forma que tienes Fe, eres capaz de perdonar?

–        … ¿Pero verdaderamente me lo vas a curar?

–       No sólo eso.

Te prometo que cesará la vacilación de Simón respecto a Mí.

Y que el pequeño Alfeo, y con él tus otros hijos y tú misma, con tu esposo y padre de tus hijos,

volveréis a mi casa.

María te menciona muchas veces…

–        ¡Oh! ¡María!

¡María! Estaba ella cuando Alfeo nació…

Sí, Jesús. Perdonaré.

No le diré nada…

No, es más, le diré:

“Mira cómo responde Jesús a tu comportamiento: te rescata un hijo”.

¡Puedo decir esto?

–        Lo puedes decir…

Ve, Salomé.

Ve. No llores más.

Adiós. Paz a ti, buena Salomé.

Ve. Ve.

La acompaña de nuevo a la puerta.

La mira mientras entra.

Sonríe al ver que por el ansia que la invade;

se echa a correr por el vestíbulo, sin cerrar siquiera la puerta.

Y la entorna Él lentamente, hasta cerrarla del todo.

Se vuelve a sus dos compañeros,

y dice:

–        Y ahora vamos a donde teníamos que ir…

Zelote pregunta

–        ¿Crees que Simón se convertirá? 

–        No es una persona infiel.

Sólo es uno que se deja dominar por el más fuerte.

–       ¡Pues entonces!

¡Más fuerte que el milagro!…

–        Como ves, tú te das la respuesta…

Estoy contento de haber salvado al niño.

Lo vi cuando tenía sólo unas pocas horas.

Siempre me ha querido mucho…  Margziam pregunta:

–        ¡Cómo te quiero yo?

¿Se va a hacer discípulo?

El niño está interesado y un poco incrédulo de que uno pueda amar a Jesús como lo ama él.

–        Tú me quieres como niño y como discípulo.

Alfeo me quería sólo como niño.

Pero más adelante me querrá también como discípulo.

Pero ahora es muy niño.

Está para cumplir ocho años.

Lo verás.

–        ¿Entonces, niño y discípulo soy sólo yo?

–        Por ahora sólo tú.

Eres el adalid de los niños discípulos.

Cuando seas hombre plenamente maduro, acuérdate de que supiste ser discípulo, mejor que los hombres;

abre, pues, los brazos a todos los niños que vayan a ti buscándome a Mí,

diciendo:

“Quiero ser discípulo de Cristo”. 

¿Lo vas a hacer?  

Margziam promete muy serio: 

–        Lo haré.

Los campos abiertos, llenos de sol, ya los rodean… 

Y ellos se alejan bajo el sol..

UN EXORCISTA PRIVILEGIADO 1


Para comprender plenamente lo IMPORTANTÍSIMO QUE ES LA CONVERSIÓN

y para ayudarnos a reflexionar seriamente en el tremendo peligro que significa la TIBIEZA

y el modernísimo, CRISTIANISMO LIGTH;

voy a compartirles dos testimonios que espero que al menos los pongan a pensar

en la manera cómo están viviendo su religiosidad cristiana

y apliquen las reformas necesarias, si quieren hacer más perfecta su unión con Dios.

Por la IGNORANCIA ESPIRITUAL, de la que adolecemos la inmensa mayoría de las personas;

no comprendemos plenamente la inmensa TRAGEDIA que significa el Pecado.

Para darnos una idea, basta meditar con verdadera contemplación…

los Misterios Dolorosos del Rosario

Y horrorizarnos con el Infinito Sufrimiento de nuestro Redentor.

En 1980, yo tenía 28 años; estaba casada y tenía tres niños pequeños, la mayor de cinco años.

Trabajaba en una importante empresa federal, había sido educada en colegio de monjas

y mi familia era ultraconservadora en lo que a la práctica de las ‘buenas costumbres’ se refiere.

Mi madre era terriblemente estricta y yo estaba convencida de ser buena católica,

pues estaba criando a mis hijos en el santo temor de Dios, como me enseñaron a mí.

Si alguien me hubiera dicho que tenía un catolicismo de tradiciones,

pero exento de verdadera FE; no lo hubiera aceptado jamás.

Pero un día de otoño, tuve que enfrentar mi triste realidad; 

en el Congreso de Renovación Carismática que se celebró en la Plaza de Toros de la ciudad donde radico: Guadalajara.

El padre Emiliano Tardiff era uno de los conferencistas,

y para no alargar demasiado esto; sólo les voy a decir que Dios en su Infinita Bondad,

me demostró mi gran error y me convertí.

¿CÓMO APRENDÍ LO QUE VERDADERAMENTE ES EL PECADO? 

Después de mi conversión en la plaza de toros,

el Señor me llevó a un curso de Evangelización de un mes en el Templo de San Luis Gonzaga;

éramos 356 catecúmenos y desde el momento en que llegamos,

el sacerdote nos aclaró que no podíamos faltar a ninguna plática;

porque el que lo hiciera no recibiría la imposición de manos.

Había un pastorcito para cada dos bancas y todas nuestras dudas nos las aclaraban ellos.

Fue un adoctrinamiento completo desde el conocimiento más primario de la Doctrina Cristiana.

En la banca que estaba delante de mí,

había un joven como de unos 23 años con el cabello rubio y rostro de querubín,

que luego se casó con la joven que lo acompañaba y que se llamaba David.

Durante la  segunda semana, un viernes y un sábado; David ya no fue al seminario

y luego volví a verlo el lunes siguiente, con un parche negro en uno de sus ojos azules,

que le hacía lucir como si fuera un pirata;

él explicó que el sacerdote le había dado permiso por razones médicas.

La pastorcita lo recibió y él siguió asistiendo hasta finalizar el curso,

donde después nos daría su portentoso testimonio…

Conforme avanzábamos en el conocimiento de nuestra religión,

iban creciendo mis expectativas con respecto al Dios Maravilloso que estaba descubriendo

y me iba enamorando más de Él.

Hasta que llegó el día más esperado de mi vida.

El día que representaba nuestro Pentecostés personal…

Finalizamos el retiro y en la misa de consagración en la que el obispo,

además de los sacerdotes que nos habían evangelizado,

nos impusieron las manos en la cabeza y recibimos el Bautismo en el Espíritu Santo.

Yo miraba fascinada el despliegue asombroso de los dones bellísimos del Espíritu Santo,

en un maravilloso Pentecostés, que se volvía a realizar en aquella tarde de finales de Enero.

Veía a mi alrededor, como unos hablaban y cantaban en lenguas;

otros profetizaban o describían visiones celestiales;

otros más, interpretaban lo que se hablaba en lenguas…

Y muchos lloraban de felicidad por la Presencia Tangible de Dios, en aquella fiesta celestial.

Todos alababan y bendecían…

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Y el obispo se mostraba muy satisfecho.

Cuando llegó mi turno, primero el sacerdote y después el obispo,

pusieron sus manos en mi cabeza y oraron por mí.

Y yo… NADA.

No tuve ninguna manifestación extraordinaria de absolutamente nada.

En mi interior, yo me sentía muy decepcionada.

Lentamente regresé a mi lugar, me senté y sin poder evitarlo comencé a llorar en silencio.

Aunque trataba de pasar inadvertida y que nadie se diera cuenta de lo que me sucedía,

no pude refrenar las lágrimas que brotaban de mis ojos y que casi me ahogaban.

Aunque con mi pequeño manto de encaje, casi me cubrí todo el rostro,

mi pastorcita me había seguido;

se sentó junto a mí, me abrazó y me preguntó qué sucedía…

Me sentí como una niña que hubiera sido invitada a una gran fiesta;

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todos disfrutaron de un banquete maravilloso y recibieron muchos regalos.

Menos yo.

Con voz entrecortada por el llanto le contesté:

–      Teresita, Jesús no me quiere.

A mí no me regaló nada.

Ella sonrió y dijo:

–          No digas eso.

A ti te dio regalos más preciosos que los que son aparatosos.

–          Pero yo esperaba verlo o cuando menos oírlo.

–          Muchos que reciben esos carismas, pronto se olvidan de Él;

o son incapaces de seguirlo por el Camino de la Cruz.

–       No.

A mí no me dieron nada.

Creo que soy la única en toda esta iglesia, que tiene las manos vacías.

¡Mira a todos los demás!

Mi pastorcita tenía entre sus carismas, visión y profecía, además de muchos otros dones,

Y tal vez haciendo uso de ellos, me dijo:

fe-fanoy me dijo:

–          Tienes el don de la Fe.

Yo seguía desilusionada y nada me consolaba.

Y con mi franqueza de siempre,

le contesté:

–          ¿Eso para qué me sirve?

¿Acaso no todos la tenemos? Por eso venimos aquí.

–          La que Dios te acaba de dar,

la vas a necesitar mucho en tu ministerio.

Los dones que recibiste no pueden verse;

pero son los más importantes de todos.

En el futuro, también te darán muchos otros carismas

con los cuales vas a servir poderosamente al Señor.

Ahorita no puedes comprenderlo.

Pero algún día lo harás…

Ven vamos a orar al Sagrario, para dar Gracias.

No muy convencida la acompañé,

y oramos.

parabola de los talentos

En ese momento no tenía la más remota idea, de que cada uno de esos maravillosos ‘dones’,

eran los ‘Talentos’ de la parábola.

Y que teníamos una gran responsabilidad sobre cada uno de ellos.

Pero esa era una lección que paulatinamente aprendería en el futuro,

al comenzar a caminar por la nueva vida que como templo del Dios Vivo,

empezaría a partir de aquel día…

EL MILAGRO DE DAVID

Álvaro Ramírez dijo en una ocasión: “La FEG ha dado para todo”.

Cierto. En 64 años de vida ha servido para hacer grilla estudiantil, tener diputados y pistoleros,

defender al sistema político mexicano, protestar contra Vietnam;

reivindicar el nacionalismo – pero también el socialismo científico–,

solicitar precios bajos en los boletos del pasaje urbano, secuestrar y reprimir,

hacer negocios chuecos, pelearse a muerte entre los mismos compañeros

y tener dos víboras con dos cabezas:

una dentro de la UdeG (Universidad de Guadalajara) y otra fuera.

Fuente:  http://www.proceso.com.mx/?p=293122

Para entender plenamente la historia de David y si quieren comprender todo,

el link de la Revista Proceso les informa una parte de la historia de Jalisco.

UNIVERSIDAD DE GUADALAJARA

Universidad de Guadalajara,

Sobre todo en la época en que el presidente mexicano Luis Echeverría Alvarez,

concedió refugio político a cientos de chilenos que fueron rescatados por el gobierno mexicano

con tendencias izquierdistas,

después del golpe de estado contra Salvador Allende.

Y fue entonces cuando la FEG, (Federación de Estudiantes de Guadalajara)

empezó una guerra sucia contra la naciente y opositora FER, (Federación de Estudiantes Revolucionarios)

que convirtió nuestra bella ciudad en un campo de batall;

donde estallaban balaceras, un día sí y el otro también, en los lugares más inesperados.

Después de este breve y necesario preámbulo;

volvamos al día cuando lloré…

porque según yo, había salido con las manos vacías de dones celestiales.

Al terminar la ceremonia y la santa Misa de Acción de Gracias, tuvieron lugar los testimonios.

Y el párroco de la Iglesia, tomó el micrófono,

y dijo:

–       ¿Recuerdan cuando les dije que el que faltara a una plática, ya no iba a recibir la imposición de manos?

Bueno, pues un día se me acercó un joven que me dijo:

Padre, pasado mañana me operan del cerebro y yo quiero pedirle permiso de faltar el Viernes y el Sábado.

El Lunes me presentaré de nuevo, si Ud. Me lo permite.’

Yo pensé, este cuate está loco, ¿Cómo va a venir después de dos días de haber sido operado del cerebro?

Para no hacer polémica, lo autoricé.

¡Y grande fue mi sorpresa cuando lo ví el lunes con su parche en el ojo,

muy dispuesto a seguir con la evangelización!

Ahora se queda con ustedes David…N, para contarles como le fue.

Entonces al costado del altar, donde se leen las lecturas;

subió mi compañerito de la banca de adelante y muy sonriente con su parche de pirata,

empezó así:

–      Hermanos, primero déjenme contarles la historia de mi conversión. –y las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas-

Desde hace varios años, mi mamá era muy devota del Espíritu Santo.

En la casa tenía un grupo de Oración de carismáticos y cada semana se reunían para orar.

Le encantaba la música y tocaba varios instrumentos;

cuando tocaba el piano, ella compuso un canto que se escucha en todas las misas y dice:

‘Entre tus manos, está mi vida Señor…’ ¿Lo conocen?

Bueno, pues mi santa madre lo compuso.

Soy integrante de la FEG y voy a hablarles con mi léxico antiguo.

Mi mamá estaba con todos sus beatos, cucarachas de iglesia,

embelesados con sus cantos religiosos que me molestaban tanto…

Y luego llegaba yo quemando llanta…

Y entraba a la casa como una tromba, diciendo ‘Abran paso, bola de…!”#$%&/

No me estorben.’

Seguido por mis amigos, que eran igual que yo.

Mi mamá se ponía de todos colores, pero no me decía nada;

sólo se le llenaban sus ojos de lágrimas.

Se apartaban todos asustados aunque ya me conocían…

Y nadie hablaba una palabra.

Yo entraba hasta la habitación donde teníamos las armas.

Y después salía con mis compinches armados hasta los dientes,

para hacer lo que teníamos que hacer.

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Imagínense el contraste;

después que yo me iba ellos seguían orando…

Y mi madre nunca se cansó de repetirme con dulzura:

Hijo, recapacita. Está en juego tu salvación. Mira…’

Aunque trataba de no faltarle al respeto, ¡Cómo me fastidiaba su insistencia!

Lograba zafarme como podía…

Y siempre que quería hablarme de Dios, yo salía huyendo.

Pero un día se enfermó y se puso muy grave.

Cuando estaba agonizando, yo me incliné sobre su lecho y

¡Cómo me arrepentí de todo lo que yo le había hecho!

Pero para mi desgracia o mi bendición en este caso, era más terca que yo.

Y me tiró de pechito:

–          David, de esto ya no me voy a levantar.

El Señor me está esperando.

Si me amas, quiero que me jures delante de Dios, que vas a ir al Congreso de Septiembre en la plaza de toros.

Mira este es tu boleto. Ya te lo compré.

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¡Júramelo niño mío, júramelo!

Es lo único que me detiene para ya descansar en paz.

David, ¿Me lo juras?…

Hermanos, díganme ¿Cómo se le niega algo a una madre, en un momento así?

Aunque yo no tenía ni la más remota intención de cumplirlo, se lo juré.

Y ella partió para siempre.

Cuando llegó la fatídica fecha, yo estaba renuente…

Y le daba vueltas al boleto con ganas de tirarlo a la basura.

Pero algo muy fuerte me detenía…

Y finalmente me decidí: “Voy a ir.

Entro a la plaza y me salgo como bala. Yo creo que con eso ya cumplí…

Y me voy a olvidar de todas estas chingaderas…”

Y como lo pensé lo hice.

Llegué, entregué el boleto, entré a la plaza y estaba llena hasta el tope.

Oí los cantos y recordé el grupo que cantaba en mi casa, mientras mi madre tocaba el piano…

Pensando en todo esto, me senté más o menos a la mitad del graderío.

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Y cuando oí los cantos, me acordé de mi mamá y de todas las cosas que ella me decía…

y que yo no quería oír.

Entonces dije:

Bueno. Me quedo un poquito más.’

Me quedé mirando la arena y las graderías y dije:

¡Caray! Está más lleno que cuando hay corridas…’

Entonces cuando menos acordé, la gente había desaparecido, como si una nube la hubiera cubierto…

Y pensé: ‘¡Diablos! Ya estoy imaginando cosas.

Estos chiflados ya me contagiaron de sus delirios’

Pero en ese mismo instante, ví a una persona delante de mí.

Y cómo yo estaba sentado y agachado; sólo le veía los pies y la parte baja de una túnica blanquísima.

Observé y ví que a pesar de que traía unas sencillas sandalias,

se podía mirar los agujeros de dos llagas rojas y brillantes, como si las acabaran de abrir.

Empecé a levantar la mirada muy despacio y solamente llegué hasta la cintura,

porque ya no pude seguir…

Mi cabeza me estallaba…

¡No puede ser que yo esté mirando a…!

¡OH NO! ¡Esto no es posible!

¡Porque yo…! ¡Porque yo soy…!

¡Yo soy…!

¡Oh, No!

¡Yo soy…!

61

Y una Voz hermosísima y llena de dulzura,

completó lo que yo tenía atorado en la garganta,

mientras me extendía dos manos varoniles y preciosas,

que también tenían dos llagas impresionantes

y en los dedos fulguraban dos argollas matrimoniales de fino oro.

A estas alturas, la voz de David era un ronco sollozo entrecortado,

que sin vergüenza alguna, continuó mientras seguía llorando:

Era Jesús de Nazareth.

Y me dijo firmemente y con ternura:

–          ERES UN ASESINO.

Lo sé.

Pero también eres mi hijo y aún así, TE AMO.

. Y TODOS TUS PECADOS YA LOS PAGUÉ EN LA CRUZ.

Estoy aquí, ante ti; por las oraciones y los sufrimientos de tu madre.  

arrepentido

Yo no fui capaz de levantar el rostro y nunca le miré la cara.

Sentía una vergüenza que me es imposible describírselas.

Entonces Él, extendió la mano derecha hacia mí y me ofreció una de las argollas,

que pareció más deslumbrante todavía,

mientras me decía:

Si tú me aceptas esta Alianza, se hará efectiva la Redención que pagué por ti.

Y vendrás a mi Reino donde ya se encuentra tu madre Conmigo.

Lo único que pude hacer fue extender mi mano izquierda;

mientras Jesús me deslizaba la alianza en mi dedo anular…

Y luego Él se ponía la otra en su dedo anular.

Se despidió diciéndome: ‘Ve al sacerdote y confiésate.

Y esta Alianza es un Pacto de Amor entre tú y Yo’

Cuando desapareció, ya no pude controlar mis lágrimas.

A pesar de que todos los sacerdotes que estaban confesando afuera y alrededor de la plaza de toros,

tenían unas colas enormes para oír confesiones, no sé como encontré uno que se estaba desocupando,

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y duré confesándome ¡Cuatro horas!

Cuando el padre me dio la absolución, me sentí ligero como una pluma…

Y disfruté los otros dos días del retiro.

¡Fue una cosa gloriosa, como no la había vivido jamás!

L A   B A L A   F U G I T I V A

Un tiempo después, se dieron las circunstancias para que yo terminara viviendo esta evangelización con todos ustedes.

Pero justamente cuando estaba a punto de venir;

me llamaron para decirme que ya estaba programado todo para la operación que yo necesitaba…

Y que ya tenía un par de años esperando.

Le pedí al Señor que Él me ayudara, porque no quería perderme la evangelización…

Y por eso le pedí permiso al señor cura.

Lo que pasa es que…

¿Se acuerdan de la balacera que hubo afuera de la Facultad de Leyes, donde hubo varios muertos y muchos heridos?

Bueno, pues uno de los heridos era yo.

Tenía una esquirla de bala alojada en el cerebro…

Y otro balazo quedó a un par de mm del corazón ¡Sin tocarlo!

Y los doctores no me habían querido operar,

porque las dos intervenciones eran muy peligrosas…

No querían que me les muriera en el quirófano.

Preferían esperar a ver si la bala se movía un poquito, para que ya no fuera tan peligroso.

Así pasó el tiempo y yo seguía con mi vida normal, salvo unos dolores de cabeza.

Pero después de Navidad no sé qué pasó, que de repente me llamaron,

y dije:

Bueno, si me muero; al menos voy a estar con Jesús… 

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Y voy a ver a mi mamá.’

En el Hospital Santa María Chapalita, el neurocirujano decidió,

que por lo que mostraba la radiografía,

podía operarme sacándome el globo ocular

y a través de la cavidad del ojo, hacer la incisión y extraer la esquirla.

Y así lo hizo.

Luego me volvió a poner el ojo en su lugar y no tengo cicatrices visibles.

Solo tengo que traer este parche y voy a ir la próxima semana, para que me den de alta.

Pero también quiero platicarles otro milagro que me hizo Jesús.

Cuando me tenían anestesiado, todo salió tan bien; que el doctor quiso aprovechar la anestesia,

para sacarme la bala que tenía en el pecho…

Y mandó pedir el aparato de rayos X ambulatorio;

para ver si la bala ya se había movido lo suficiente, para operarme sin peligro.

Pero ¿Qué creen?

En la radiografía no salía nada;

más que la trayectoria cicatrizada en los pulmones…

Y la bala… ¡No estaba!

El doctor se enojó mucho y dijo que las balas no desaparecen así como así.

Y lo que había pasado, era que ese mugrero de aparato, ya se había descompuesto.

Me llevaron dormido hasta la sala de rayos X y la bala tampoco apareció.

Todavía dormido, me llevaron de tour por toda la ciudad…

Y hasta en el Hospital Civil,

hospital civil de Gua

Hospital Civil Fray Antonio Alcalde, en la ciudad de Guadalajara

LA BALA TAMPOCO APARECÍA.

Aquí están las radiografías miren. –Y levantó triunfante un sobre grande y café,

que contenía todos los estudios médicos que le realizaron durante toda la noche,

por todos los hospitales de Guadalajara.

Luego David agregó:

–     No me querían dar de alta.

Pero yo les dije: Jesús es mejor Médico que ustedes y ÉL me sacó la bala.

Ya me voy porque mañana tengo un compromiso muy importante.

Dejen de chingar y mejor pónganse a leer el Evangelio de San Marcos…

Y verán todas las cosas que ÉL SABE HACER.

(Esto se lo oí decir a mi mamá muchas veces:

que si le quitaban al Evangelio de San Marcos los milagros, ¡Se quedaban sin Evangelio!)

San Marcos Evangelista

Por lo pronto yo me quité la bata y me vestí.

Y los doctores estaban tan desconcertados, que ni siquiera intentaron detenerme,

pues sabían muy bien quién era yo.”

La forma tan graciosa como David hablaba y el constatar las maravillas de Jesús,

nuestro Dios Vivo y Resucitado que seguía haciendo tales milagros,

hizo que toda la Iglesia estallara en aplausos y alabanzas para Nuestro Dios Vivo y Poderoso.

314 MILAGROS BAJO LA LLUVIA


314 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Después de un rato de silencio…

Viene corriendo Timoneo:

Y dice:

–        Maestro, allí se ve el pueblo antes de Aera.

Podremos hacer un alto en el camino o pedir burros

Jesús responde::

–         Ya está dejando de llover.

Es mejor seguir.

–        Como quieras Maestro.

Pero ahora, con tu permiso, me adelanto.

–        Bien.

Timoneo se echa a correr con Marcos.

Jesús, sonriendo, observa:

–        Quiere que tengamos un ingreso triunfal.

De nuevo están todos en grupo.

Jesús deja que se metan a hablar con pasión de las diferencias de las regiones.

Luego se retrasa, tomando consigo al Zelote.

En cuanto están solos,

pregunta:

–       ¿Por qué te has puesto colorado, Simón?

Simón vuelve a ponerse rojo como las brasas, pero no dice nada.

Jesús repite la pregunta.

Simón, más rojo y más callado.

Jesús insiste en la pregunta.

Zelote exclama fuerte:

–       ¡Señor, pero si Tú ya lo sabes!

¿Por qué me obligas a hablar? 

Dolido como si fuera un torturado.

–       ¿Tienes certeza?

–        No me lo ha negado.

Sin embargo, ha dicho:

“Lo hago por previsión. Soy sensato.

El Maestro no piensa nunca al mañana”.

Forzando las cosas, hasta podría ser así.

Pero… en todo caso es… en todo caso es…

Maestro, mete Tú la palabra exacta.

–        En todo caso es una demostración de que Judas es solamente un “hombre“.

No sabe elevarse a ser un espíritu.

Pero, más o menos, sois todos así.

Teméis por estupideces.

Os preocupáis de previsiones inútiles.

No sabéis creer que la Providencia es potente y está presente.

Bien, que esto quede entre nosotros dos. ¿No es verdad?

–        Sí, Maestro

Sigue un momento de silencio.

Luego Jesús dice:

–        Pronto volveremos al lago…

Será hermoso un poco de recogimiento después de tanto camino.

Nosotros dos iremos a Nazaret y estaremos allí un tiempo, hacia las Encenias.

Estás sólo…

Los otros estarán en familia.

Tú, conmigo».

–        Señor, Judas, Tomás, y también Mateo, están solos.

–        No te preocupes.

Cada uno celebrará las fiestas con la familia.

Mateo tiene a su hermana.

Tú estás solo.

A menos que quieras ir con Lázaro…

Simón contesta rápido:

–        No, Señor.

 No. Quiero a Lázaro.

Pero estar contigo es estar en el Paraíso.

Gracias, Señor – y le besa la mano.

Hace poco que han dejado atrás el poblado, cuando he aquí que bajo otro aguacero,

aparecen de nuevo por el camino inundado Timoneo y Marcos,

que gritan:

–        ¡Deteneos!

Está Simón Pedro con unos burros.

Lo he encontrado mientras venía para acá.

Lleva ya tres días de camino hacia aquí con los animales, bajo la lluvia.

Se detienen al amparo de un robledal que resguarda un poco del chaparrón.

Y ven venir, montado en un asno – el primero de una fila de borriquillos – a Pedro; 

que con la manta que se ha echado sobre la cabeza y la espalda, parece un fraile.

Y lo saluda diciendo:

–      ¡Dios te bendiga, Maestro!

¡Ya decía yo que estarías mojado como uno que se hubiera caído al lago!

¡Vamos enseguida, a caballo todos, que Aera hace tres días que está ardiendo

de tanto como tiene encendidas sus chimeneas para secarte!

Rápido, rápido… ¡En qué estado!…

¡Fijaos aquí!

¿Pero no erais capaces de hacerle esperar?

¡Ah, si no estoy yo! ¡Pero, yo digo…!

¡Pero mirad aquí!

Tiene el pelo tieso como un ahogado.

Debes estar helado. ¡Con toda esta agua!

¡Qué imprudencias! ¿Y vosotros?

¿Y vosotros? ¡Infames!

Tú el primero hermano, que no piensas.

Y todos los demás. ¡Bien guapos estáis!

¡Parecéis sacos caídos a un pantano!

¡Vamos, ligeros!

¡Ya no me vuelvo a fiar de confiároslo!

Me falta poco para ahogarme de horror…  

Mientras el asno trota al lado del de Pedro, a la cabeza de la caravana asnal,

Jesús responde sereno:

–        Y de lo que hablas, Simón 

Jesús repite:

«       Y de lo que hablas.

De palabras inútiles.

No me has dicho si han llegado los otros, si han partido las mujeres,

si tu mujer está bien…

No me has dicho nada.

–        Te diré todo.

Pero ¿Por qué te has puesto en camino con esta lluvia?

–        ¿Y tú por qué has venido?

–        Porque tenía prisa de verte, Maestro mío.

–        Porque tenía prisa de reunirme contigo, Simón mío.

–        ¡Oh, mi querido Maestro!

¡Cuánto te quiero!

¡Mujer, niño, casa? ¡Nada, nada!

Todo es feo si Tú no estás.

¿Crees que te quiero así?

–        Lo creo.

Sé quién eres, Simón.

–        ¿Quién?

–        Un gran niño lleno de pequeños defectos.

Y bajo estos defectos, sepultadas, muchas dotes excelentes.

Pero hay una que no está sepultada: tu honestidad en todo.

¿Y entonces, quién está en Aera?

–       Judas, tu hermano, con Santiago;

más Judas de Keriot con los otros.

Parece que Judas ha hecho las cosas muy bien.

Todos lo alaban…

–        ¿Te ha hecho preguntas?

–        ¡Muchas!

No he respondido a nada.

He dicho que no sabía nada.

Y es así, porque ¿Qué sé yo, aparte de haber acompañado hasta Gadara a las mujeres?

Mira, no le he dicho nada de Juan de Endor.

Él cree que está contigo.

Deberías decírselo a los otros.

–        No.

Ellos, como tú, tampoco saben dónde está Juan.

Inútil decir más cosas.

¿Pero estos burros?… ¡Tres días!…

¡Qué gasto! ¿Y los pobres?

–        Los pobres…

Judas tiene un montón de dinero.

Se ocupa él.

Estos burros no me cuestan un céntimo. 

Los habitantes de Aera me habrían dejado incluso mil, sin ningún gasto, para Ti.

He tenido que levantar la voz para impedir venir a buscarte con un ejército de asnos.

Tiene razón Timoneo.

Aquí todos creen en Ti.

Son mejores que nosotros… – y suspira.

–        ¡Simón, Simón!

En la Transjordania nos honraron;

hubo un galeote, paganas, pecadoras, mujeres, que os dieron lecciones de perfección.

Recuérdalo siempre, Simón de Jonás.  

Han llegado a la entrada del poblado,

y  Pedro señala:

–       Trataré de recordarlo, Señor.

Mira; mira, los primeros de Aera.

¡Mira cuánta gente!

Está la madre de Timoneo.

Ahí están tus hermanos entre la multitud.

Y los discípulos a los que habías dicho que se adelantaran.

Y también los que han venido con Judas de Keriot.

Ahí está el más rico de Aera con sus servidores.

Quería que te alojaras en su casa.

Pero la madre de Timoneo ha hecho valer su derecho y estarás en su casa.

¡Mira, mira!

Están irritados porque el agua apaga las antorchas.

Hay muchos enfermos, ¡eh!

Se han quedado en la ciudad, junto a las puertas, para verte enseguida.

Uno que tiene un almacén de leña ha puesto a su disposición los cobertizos.

Hace tres días que están allí, ¡Pobre gente!

Desde que llegamos nosotros y nos extrañamos de no verte.

El grito de la multitud impide que Pedro continúe, así que se calla.

Y permanece al lado de Jesús como si fuera un escudero.

Ya han llegado a la gente.

La multitud se va abriendo y Jesús pasa con su borriquillo,

bendiciendo continuamente mientras pasa.

Entran en la ciudad.  

Jesús indica:

–         Vamos donde los enfermos, inmediatamente.

Sin hacer caso de las protestas de quienes quisieran ofrecerle un techo…

Darle alimento y fuego por miedo a que sufra demasiado. 

 –        Ellos sufren más que Yo – responde.

Tuercen a la derecha.

Ya llegan al rústico recinto del almacén de la leña.

Abren de par en par la puerta.

Del interior del recinto sale un clamor quejumbroso:

–       ¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de nosotros!

Es un coro suplicante, constante como una letanía.

Voces de niños, de mujeres, de hombres, de ancianos:

tristes como balidos de corderos en pena;

acongojadas como de madres en agonía;

descorazonadas como de quien tiene una sola esperanza;

temblorosas como de quien ya sólo sabe llorar…

Jesús entra en el recinto.

Se yergue lo más que puede sobre los estribos…

Y levantando la mano derecha, con su voz potente como una trompeta

Con imperio  y majestad,

declara:

–        ¡A todos los que creen en Mí, salud y bendición!

Se apoya de nuevo en la silla y hace ademán de volver afuera.

Pero la multitud le oprime;

los que han quedado curados se cierran en torno a Él.

Y, a la luz de las antorchas, que al amparo de los pórticos arden

y dan viveza de resplandores al crepúsculo;

se ve al gentío que bulle delirante de alegría, aclamando al Señor;

al Señor, que casi desaparece en medio de un tapiz de flores de niños sanados;

que las madres le han puesto en los brazos, en el regazo y hasta en el cuello del asno;

sujetándolos para que no se caigan.

Jesús tiene los brazos colmados de niños, como si fueran flores y sonríe feliz.

Y los besa, porque, sujetándolos como está con los brazos, no puede bendecirlos.

Finalmente retiran a los niños.

Ahora son los ancianos curados los que lloran de alegría y le besan las vestiduras mojadas. 

Y siguen los hombres y las mujeres…

Es ya de noche cuando puede entrar en la casa de Timoneo y reponerse,

con el fuego y la ropa seca.

275 JORNADA APOSTOLICA


275 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Es ya plena noche cuando Jesús vuelve a casa.

Entra en el huerto sin hacer ruido.

Se asoma un momento a la oscura  cocina; la ve vacía.

Se asoma a las dos habitaciones donde están las esteras y las camas: también están vacías.

El único indicio de que los apóstoles hayan regresado es la ropa cambiada amontonada en el suelo.

La casa está tan silenciosa, que parece deshabitada.

Jesús, haciendo menos ruido que una sombra, sube la pequeña escalera

-candor en el candor de la Luna llena- y llega a la terraza.

La atraviesa.

Parece un espectro moviéndose sin hacer ruido, un luminoso espectro.

En la incandescencia blanca de la Luna parece estilizarse, alzarse aún más.

Levanta con la mano la cortina que cubre la puerta de la habitación de arriba

que (estaba corrida desde cuando los discípulos de Juan habían entrado en la habitación con Jesús).

Dentro, sentados acá o allá, en grupos, están los apóstoles con los discípulos de Juan,

con Manahén.

Y también Margziam, que está dormido, reclinada su cabeza en las rodillas de Pedro.

La Luna se encarga de iluminar la habitación entrando con sus flujos fosfóricos por las ventanas abiertas.

Ninguno habla. 

Y ninguno duerme; aparte del niño, sentado en el suelo sobre una estera.

Jesús entra despacio.

El primero que lo ve es Tomás.

Que exclama sobresaltado:

–      ¡Oh, Maestro!

Todos los demás también reaccionan.

Pedro, en su ímpetu, hace ademán de levantarse repentinamente,

pero se acuerda del niño y se levanta suavemente,

apoyando la morena cabeza de Margziam donde estaba sentado,

de forma que es el último en acercarse al Maestro.

Jesús mientras está respondiendo, con voz cansada como de quien ha sufrido mucho,

a Juan, Santiago y Andrés, que le están expresando su dolor.

Jesús dice:
–       Lo comprendo.

Pero solamente el que no cree debe sentirse desolado por una muerte.

No nosotros, que sabemos y creemos.

Juan ya no está separado de nosotros; antes lo estaba.

Es más, antes nos separaba: o conmigo o con él.

Ahora ya no es así;

donde está él estoy Yo, junto a mí está él.

Pedro introduce su cabeza entrecana entre las cabezas juveniles.
Jesús lo ve, 

Y pregunta:
–        ¿También has llorado tú, Simón de Jonás?

Y Pedro, con voz más ronca de lo habitual,

responde:
–      Sí, Señor.

Porque yo también había sido de Juan… 

Y además… y además…

¡Y pensar que el viernes pasado lamentaba,

el que la presencia de los fariseos nos fuera a amargar el sábado!

¡Este sí que es un sábado de amargura!

Había traído al niño…

para gozar de un sábado más bonito…

Sin embargo…

–       No desfallezcas, Simón de Jonás.

No hemos perdido a Juan.

Te lo digo también a ti.

Y en cambio tenemos tres discípulos bien formados.

¿Dónde está el niño?

Pedro señala y dice:

–       Está allí, Maestro, durmiendo.

Jesús se inclina hacia la cabecita morena que duerme tranquila.

Y pregunta:

–        Déjalo dormir.

¿Habéis cenado?

–        No, Maestro.

Te esperábamos a Tí y ya estábamos preocupados por la tardanza.

No sabíamos dónde buscarte…

Nos parecía que te habíamos perdido también a Ti.

–       Tenemos todavía tiempo para estar juntos.

¡Vamos, preparad la cena, que luego nos marchamos a otro lugar!

Necesito aislarme, entre amigos. 

Si nos quedamos aquí, mañana estaremos rodeados de personas.

–        Y te juro que no los soportaría.

Especialmente a esos reptiles de las almas fariseas.

¡Y sería grave que se les escapase una sonrisa -aunque fuera una sola-

referida a nosotros, en la sinagoga!– 

      ¡Tranquilo, Simón!…

Pero he calculado también esto.

Por eso he vuelto para tomaros conmigo.  

A la luz de las lamparillas encendidas a ambos lados de la mesa,

se ven mejor las alteraciones de los rostros.

Sólo Jesús se muestra con majestad solemne.

Margziam sonríe en el sueño.  

Pedro explica:

–         El niño comió antes.

Jesús dice: – 

     Entonces es mejor dejarlo dormir.

Y en medio de los suyos ofrece y distribuye la parca comida.

Y se la comen sin ganas.

Pronto termina la cena.

Jesús los anima diciendo:

–       Contadme ahora qué habéis hecho… 

Pedro dice:

-Yo he estado con Felipe por los campos de Betsaida.

Y hemos evangelizado y curado a un niño enfermo.

Felipe, no queriendo tomarse una gloria no suya.

aclara:

–       Verdaderamente ha sido Simón el que lo ha curado.

-¡Oh, Señor!

No sé cómo.

Sé que he orado mucho, con todo mi corazón,

porque me daba pena el enfermito.

Luego lo ungí con el aceite y le he restregado ligeramente con mis rudas manos…

Y  se ha curado.

Cuando le he visto que tomaba color su cara y que abría los ojos,

en pocas palabras que revivía, casi  sentí miedo.

Jesús le pone la mano en la cabeza sin decir nada.

Tomás dice:    

–        Juan ha causado gran asombro al arrojar un demonio.

Pero hablar me ha tocado a mí. 

Mateo agrega:

–        También tu hermano Judas Tadeo lo ha hecho.

Y Santiago de Alfeo:

–       Entonces también Andrés.

Bartolomé dice asombrado:

–       Simón el Zelote ha curado a un leproso.

¡No ha tenido miedo de tocarlo! 

Y luego me ha dicho: “Pero no tengas miedo.

A nosotros no se nos pega ningún mal físico por voluntad de Dios”

Jesús confirma:

–       Bien dices, Simón.

Jesús mirando a Santiago de Zebedeo y a Judas de Keriot,

que están un poco retirados.  

Pregunta:

¿Y vosotros dos?

El primero hablando con los tres discípulos de Juan,.

El segundo solo y mustio, como si estuviera enojado.   

Santiago responde:

–      Yo no he hecho nada

Pero Judas realizó TRES milagros poderosos: un ciego, un paralítico, un endemoniado.

A mí me parecía lunático.

Pero la gente decía eso…  

La acción del Espíritu Santo fluyó con dos objetivos: 

La santidad y la humildad de Santiago pasaron y permitieron la prueba para los dos. 

Se cumplió la órden divina emitida por Jesús y la obediencia realizó los milagros requeridos. 

Santiago fue humilde y no lamentó que los milagros los realizara Judas. 

Pero Dios los hizo gracias a él y para que el apóstol rebelde reflexionara…  

Pero no fue así. 

Por su soberbia indomable, Judas desobedeció y buscó alojamiento del fariseo rico,

para gozar las comodidades a las que se cree con derecho,

porque él es rico y de linaje sacerdotal…

La posesión demoníaca perfecta NO PUEDE reverenciar a Dios, porque Satanás lo odia y a sus instrumentos, es lo que les trasmite…

y deslumbrar con el poder otorgado por Dios.

Pero Satanás está furioso por lo mismo.

Y la posesión demoníaca perfecta que le ofrecen, todos los vicios del apóstol indigno,

trasmiten el odio que lo consume a su instrumento maligno…  

Y esto lo refleja la actitud de Judas….

Pedro dice:

–       ¿Y estás ahí con esa cara habiéndote ayudado Dios tanto?

Judas replica:

–       Yo también sé ser humilde.

Santiago:

–        Luego nos  alojó en su casa un fariseo.

Yo no me sentía a gusto, pero Judas, que es más hábil, le bajó bien los humos.

El primer día era altivo, pero luego..

¿Verdad, Judas?

Judas asiente con la cabeza, sin decir nada.

Jesús dice:   

–       Muy bien.

Y cada vez lo haréis mejor.

La próxima semana estaremos juntos.

Entretanto Simón, ve a preparar las barcas.

También tú, Santiago.

Pedro objeta: 

–       ¿Para todos, Maestro?

No cabremos».

–        ¿No puedes conseguir otra?

–        Se la pediré a mi cuñado, sí.

Voy.

–       Ve.

Y en cuanto hayas terminado vuelve.

Y no des muchas explicaciones.

Los cuatro pescadores se marchan.

Los demás bajan a coger sacos y unos mantos.

Se queda Manahén con Jesús.

El niño sigue durmiendo.

–        Maestro, ¿Vas lejos?

–        Todavía no lo sé…

Ellos están cansados y apenados.

Yo también.

Mi propósito es ir a Tariquea, a la campiña, para aislarnos en paz…

–       Yo tengo el caballo, Maestro.

Pero si me lo permites, voy bordeando el lago.

¿Vas a estar allí mucho?

–       Quizás toda la semana.

No más.

–       Entonces iré. Maestro.

Bendíceme en esta primera despedida.

Y quítame un peso del corazón

–       ¿Cuál, Mannaém?

–       Tengo el remordimiento de haber dejado a Juan.

Quizás, si hubiera estado…

–        No.

Era su hora.

Además él ciertamente se ha alegrado al verte venir donde Mí.

No tengas este peso.

Es más, trata de liberarte pronto y bien del único peso que tienes:

el gusto de ser hombre.

Hazte espíritu, Mannaém.

Puedes hacerlo.

Está en ti la capacidad de serlo.

Adiós, Mannaém.

Mi paz sea contigo.

Pronto nos veremos de nuevo en Judea.

Mannaém se arrodilla y Jesús lo bendice;

luego lo levanta y lo besa.

Vuelven los otros y se saludan recíprocamente, tanto los apóstoles como los discípulos de Juan.

Los últimos en llegar son los pescadores.

Pedro dice:

–       Ya está, Maestro; podemos marcharnos.

–       Bien.

Despedíos de  Mannaém, que se queda aquí hasta la puesta del sol de mañana.

Recoged las provisiones, tomad el agua y vámonos.

Haced poco ruido.

Pedro se agacha para despertar a Margziam.

Pero Jesús objeta:

–       No, deja.

Podría echarse a llorar.

Lo tomaré en mis brazos. 

 Y delicadamente levanta al niño, que refunfuña entre sueños un poco,

pero luego se acomoda instintivamente en los brazos de Jesús.

Todos se despiden de Mannaém que se queda en el umbral.

Y se van por la calle solitaria, bañada por la luna.

Bajan.

En el linde del huerto saludan nuevamente a Mannaém,

Y luego en fila.

Avanzan silenciosos por el camino iluminado por la luz de la luna y van al lago:

Que es un enorme espejo de plata bajo la Luna en su zenit.

Tres gotas rojas sobre el espejo sereno,…

Parecen los tres farolillos de las proas ya metidas en el agua.

Suben y se distribuyen por las barcas.

Los últimos en subir son los pescadores:

Pedro y un mozo ayudante, donde Jesús;

Juan y Andrés en la otra;

Santiago y otro ayudante en la tercera.

Pedro pregunta: 

–       ¿A dónde, Maestro? 

–       A Tariquea.

Donde desembarcamos después del milagro de los gerasenos.

Ahora no habrá pantano.

habrá calma.

Pedro se adentra en el lago.

Y lo siguen también los otros detrás, con las barcas:

tres estelas en una.

Ninguno habla.

Sólo cuando están ya en zona abierta y Cafarnaúm se difumina entre el claror de la luna,

que uniforma todo con su diminuto polvillo de plata,

Pedro, como si le hablara a la caña del timón,

dice:

–        Pues me da gusto.

Mañana nos buscarán, vieja mía.

Y gracias a ti no nos encontrarán.

Bartolomé pregunta:

–        ¿Con quién hablas, Simón?

–         Con la barca.

¿No sabes que para los pescadores es como una esposa?

¡Cuánto he hablado con ella!

¡Más que con Porfiria, Maestro!…

¿Está bien tapado el niño?

De noche hay relente en el lago…

       Sí.

Mira, Simón, ven aquí, que tengo que decirte una cosa…

Pedro pasa la caña del timón al ayudante y va donde Jesús.

–      He dicho Tariquea.

Pero será suficiente estar allí pasado el sábado para saludar de nuevo a Mannaém.

¿No podrías encontrar un sitio cerca de allí donde estar en paz?

–        Maestro…

¿En paz nosotros o también las barcas?

Para las barcas hace falta Tariquea o los puertos de la otra orilla.

Pero si es para nosotros, basta con que te adentres en los bosques del otro lado del Jordán,

Y sólo los animales te descubrirán…

Y quizás algún que otro pescador que esté vigilando las nasas de los peces.

Podemos dejar las barcas en Tariquea, cuando lleguemos al alba;

luego nos echamos a caminar veloces hasta el otro lado del vado.

Se pasa bien en este período.

–        Bien. Así lo haremos…

–       Te da asco también a ti el mundo, ¿eh?

Prefieres los peces y los mosquitos, ¿eh?

Tienes razón.

–       No tengo asco.

No hay que tenerlo.

Lo que pasa es que quiero evitar que arméis alboroto.

Y quiero consolarme en vosotros en estas horas del sábado

–        Maestro mío…

Pedro lo besa en la frente y se retira secándose un lagrimón

que se empeña en rodar por su mejilla  y bajar hacia la barba.

Vuelve a su timón y apunta al sur, con firmeza,

mientras la luz lunar decrece al ponerse el planeta, que desciende

por debajo de la línea de un collado, escondiendo su carota a la vista de los hombres,

pero dejando todavía el cielo blanco de su luz y de plata la orilla oriental del lago;

lo demás, es añil oscuro que apenas si se distingue a la luz del farol de proa.

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