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21.- LA MALDICIÓN DIVINA


Al día siguiente…

En la llanura de Esdrelón, Jesús ha terminado de hablar a los campesinos que lo escucharon con admiración.

Ellos le dicen:

–           ¡Oh! ¡Cuánta razón tenía Jonás en llamarte ‘Santo’! Todo en Ti es santo. Las palabras, la mirada, la sonrisa. Jamás habíamos experimentado en el alma, lo que sentimos ahora…

Jesús pregunta:

–           ¿Hace mucho que no veis a Jonás?

–       Desde que está enfermo.

–           ¿Enfermo?

–           Sí, Maestro. No puede más. Antes se podía arrastrar. Pero después de las labores del verano y de la vendimia; ya no puede sostenerse en pie. Y aun así… ése lo hace trabajar. ¡Oh! Tú dices que es menester amar a todos. ¡Pero es muy difícil amar a las hienas! Y Doras es peor que una hiena.

–           Jonás lo ama.

–           Sí, Maestro. Y yo digo que es santo, como los que por su fidelidad al Señor Dios, fueron martirizados.

–           Has dicho bien. ¿Cómo te llamas?

El campesino contesta:

–           Miqueas. Y éste, Saulo. –y va señalando a sus compañeros- Este es Joel y este Isaías.

–           Recordaré al Padre vuestros nombres. ¿Decís que Jonás está muy enfermo?

–           Sí. Apenas termina el trabajo, se hecha en su jergón de paja y no lo vemos más. Nos lo dicen los otros siervos de Doras.

–           ¿Está trabajando a esta hora?

–           Si puede estar en pie, sí. Entonces estará más allá de aquel manzanar.

–           ¿Doras tuvo buena cosecha?

–           ¡Oh! Célebre en toda la región. Los árboles fueron apuntalados por el tamaño tan grande, tan milagroso. Y Doras tuvo que construir nuevas cubas, porque en las antiguas no cabía la uva. ¡Era tanta!

–           Entonces Doras debió haber premiado a su siervo.

–           ¿Premiado? ¡Oh! ¡Señor que mal lo conoces!

–           Jonás me dijo que hace años lo golpearon hasta el punto casi de matarlo porque se perdieron algunos racimos de uvas y que por deudas se convirtió en esclavo, al acusarlo el amo por la pequeña pérdida. Este año que tuvo una cosecha milagrosa, debió premiarlo.

El campesino niega:

–           No. Lo apaleó ferozmente, acusándolo de no haber obtenido en años anteriores igual abundancia, porque no había cultivado la tierra como se debía.

Mateo no puede contenerse y exclama:

–           ¡Ese hombre es una fiera!

Jesús dice:

–           No. Es un sin alma. Os dejo hijos con una bendición. ¿Tenéis comida para hoy?

Le muestran una torta oscura que sacan de una bolsa:

–           Tenemos este pan.

–           Tomad mi comida. No tengo más que esto. Hoy estaré en la casa de Doras y…

–           ¿Tú en la casa de Doras?

–           Sí. Para rescatar a Jonás. ¿No lo sabías?

–           Aquí nadie sabe nada. Pero desconfía, Maestro. Eres como una oveja en la cueva del lobo.

–           No podrá hacerme nada. Tomad mi comida. Santiago, dales todo lo que tenemos. También vuestro vino. Alegraos un poco también vosotros. Pedro, vámonos.

Y Jesús se dirige derecho hacia el manzanar. Lo atraviesan y llegan a los campos de Doras. Jonás no está. Jesús es reconocido y lo saludan sin dejar de trabajar.

Él les pregunta:

–           ¿Dónde está Jonás?

–           Después de trabajar dos horas, se cayó en el surco y lo llevaron a casa. Pobre Jonás. Poco le queda por sufrir. Está agonizando. Jamás volveremos a tener un amigo tan bueno. ¡Oh! Ve pronto a donde está. ¡Qué te vea en su sufrimiento!

Jesús bendice y se va.

Pedro y Simón preguntan:

–           ¿Y ahora qué vas a hacer? ¿Qué vas a decir a Doras?

–           Iré como si no supiese nada. Si él se ve enfrentado, es capaz de enfurecerse contra Jonás y sus siervos.

Pedro dice a Simón:

–           Tiene razón tu amigo: es un chacal.

Simón contesta:

–           Lázaro siempre dice la verdad y nunca habla mal de nadie. ¡Lo conocerás y lo amarás!

Siguen caminando hasta que se distingue la casa del fariseo. Es una casa bien construida en medio de un huerto de árboles frutales, ya sin fruta. Es una casa campirana rica y cómoda. Pedro con Simón, van por delante para avisar.

Sale Doras. Es un viejo con perfil duro y rapaz. Ojos irónicos y boca de sierpe que gesticula con una sonrisa falsa, entre la barba que es más blanca que negra. Saluda familiarmente y con manifiesta condescendencia:

–           Salud Jesús.

–           Tenla igualmente. –responde Jesús sin darle la paz.

–           Entra. La casa te acoge. Has sido puntual como un rey.

Jesús objeta:

–           Como hombre honrado.

Doras ríe con sorna.

Jesús se vuelve hacia sus discípulos que no han sido invitados:

–           Entrad. –y mirando al fariseo, agrega- Son mis amigos.

–           Que entren. Pero, ¿Aquel no es el alcabalero; el hijo de Alfeo?

Jesús contesta con un tono glacial y majestuoso:

–           Este es Mateo; el discípulo del Mesías.

El fariseo entiende y ríe con más sorna que antes. Doras querría aplastar al ‘pobre maestro galileo’ bajo la opulencia de su casa que por dentro es fastuosa. Grandiosa y fría. Los siervos parecen esclavos, caminan inclinados, rápidos y temerosos siempre de ser castigados al menor pretexto. La casa da la impresión de que en ella reina la crueldad y el odio.

–           Mi suegro, Caifás; no creyó que vendrías.

Jesús no se deja aplastar con la ostentación de las riquezas, ni con recordarle la posición y el parentesco.

Y Doras que comprende la indiferencia del Maestro, lo lleva consigo por el jardín, en donde hay más árboles. Le muestra plantas raras y le ofrece frutos de ellas, que los siervos han traído en palanganas y en copas de oro.

Jesús prueba y alaba la exquisitez de las frutas, algunas conservadas como en jalea y adornadas con duraznos bellísimos. Otras parecen peras de un tamaño raro.

Doras no pierde la oportunidad de manifestar:

–           Soy el único en Palestina que tengo estas frutas y creo que ni siquiera las hay en toda la península. Las mandé traer de Persia y de lugares más lejanos todavía. La caravana me costó casi un talento. Pero ni siquiera los tetrarcas tienen estas frutas. Probablemente ni el mismo César. Cuento las frutas y recojo todas las semillas. Las peras, sólo se comen en mi mesa, porque no quiero que se roben ni una semilla. Le envío a Annás, pero tan solo cocidas, porque así ya son estériles.

Jesús dice:

–           Y sin embargo son plantas de Dios. Y los hombres, todos son iguales.

Doras se escandaliza:

–           ¿Iguales? ¡Nooooo! ¿Yo igual a… a tus galileos?

–           El alma viene de Dios y las crea iguales.

El ministro del Templo se esponja como un pavo real y parece erguirse lleno de soberbia cuando dice con manifiesta superioridad:

–           Pero yo soy Doras el fiel Fariseo… -y continúa con una larga perorata de la supremacía de la clase sacerdotal del pueblo hebreo sobre todos los demás pobres humanos que habitan la tierra.

Jesús lo atraviesa con sus ojos de zafiro que se encienden cada vez más; señal precursora en Él, de un acto de piedad o de rigor. Jesús, de vestido purpúreo; es mucho más alto que Doras y domina imponente a este pequeño y encorvado fariseo, embutido en su vestido amplísimo y con una impresionante abundancia de franjas.

Doras, después de un tiempo de auto admiración de sí mismo, exclama:

–           Pero Jesús, ¿Por qué enviar a la casa de Doras el Fariseo puro; a Lázaro, hermano de una prostituta? ¿Lázaro es tu amigo? ¡No debe serlo! ¿No sabes que está en el Anatema, porque su hermana María es una prostituta también de los romanos?

–           El único Lázaro que conozco, es el de sus acciones honradas.

–           Pero el mundo recuerda el pecado de esa casa. Y ve que su mancha se extiende también sobre los amigos. ¡No vayas! ¿Por qué no eres Fariseo? Si quieres… yo soy poderoso. Puedo hacer que te acepten en el Sanedrín, no obstante que tú seas Galileo. En el Sanedrín puedo todo. Annás está en mis manos, como este pedazo de paño en mi manto. Serás poderoso y temido.

–           Yo solo quiero ser amado.

–           Yo te amaré. Ve cuanto te amo, que te cedo atendiendo a tu deseo a Jonás.

–           Lo he pagado.

–           Es verdad. Y me sorprendió que pudieras disponer de tal cantidad.

–           No fui Yo. Sino un amigo que lo hizo por Mí.

–           Bien, bien no indago. Digo: ve que te amo y quiero hacerte feliz. Tendrás a Jonás, después de la comida. Sólo por Ti hago este sacrificio. –y su sonrisa destella con inaudita crueldad.

Jesús lo mira cada vez con mayor rigor. Con los brazos cruzados sobre el pecho.

Están todavía en el huerto del jardín, en espera de la comida.

Con ansiedad mal disimulada, Doras dice:

–           Me debes hacer un favor. Alegría por alegría. Te doy mi mejor siervo. Me privo por tanto de una utilidad futura. Supe que viniste al principio del verano y tu bendición este año, me dio cosechas que hicieron célebres mis posesiones. Bendice ahora mis ganados y mis campos. Para el año próximo extrañaré a Jonás. Y mientras encuentro a otro igual a él; ven. Bendice. Dame la alegría de que se hable de mí por toda Palestina. Y de tener rediles y graneros que revienten de abundancia. ¡Ven! –lo toma por el brazo y lo jala, tratando de llevarlo a la fuerza; empujado por la avaricia y la ambición de su desenfrenada sed por el oro.

Jesús se opone:

–           ¿Dónde está Jonás? –pregunta con energía.

Doras contesta evasivo:

–           En los arados. Ha querido seguir trabajando en agradecimiento a su buen patrón. Pero vendrá antes de que termine la comida. Mientras tanto, ven a bendecir los ganados y los campos. Los árboles frutales, las viñas y los olivares. ¡Todo! ¡Todo! ¡Oh! ¡Qué fértiles serán el año entrante! Ven, pues.

Jesús dice con un tono mucho más fuerte:

–           ¿Dónde está Jonás?

–           ¡Ya te lo dije! Al frente de los arados. Es el capataz y no trabaja: preside.

–           ¡Mentiroso!

–           ¿Yo? ¡Lo juro por Yeové!

–           ¡Perjuro!

–           ¿Yo? ¿Yo, perjuro? Yo soy el fiel más fiel. ¡Ten cuidado cómo me hablas!

–           ¡Asesino!

Jesús ha ido levantando cada vez más fuerte la voz y la última palabra parece como si fuera un trueno.

Los discípulos se acercan a Él. Los siervos se asoman por las puertas,  temerosos. El Rostro de Jesús es formidable en su severidad. Parece como si sus ojos lancen rayos fosforescentes.

A Doras, por un momento lo sobrecoge el miedo. Se hace más pequeñito, en su montón de tela finísima, junto a la majestuosa persona de Jesús; vestido con su túnica de lana pesada en un tono púrpura. Más de pronto la soberbia se apodera de él otra vez y grita con voz chillona, como una zorra furiosa:

–           ¡En mi casa sólo yo doy órdenes! ¡Sal de aquí, vil galileo!

–           ¡Saldré después de haberte maldecido a ti, a tus campos, ganados y viñas; para este año y para los que vengan!

Doras chilla como fiera malherida:

–           ¡Nooo! ¡Esto no! Sí, es verdad. Jonás está enfermo. Pero se ha curado. Se ha recuperado. ¡Retira tu maldición!

Jesús insiste:

–                     ¿Dónde está Jonás? –y ordena implacable- ¡Que un siervo me conduzca a él, al punto! Yo lo pagué. Y puesto que tú lo consideras como una mercancía. Como una máquina; como a tal lo tomo. Y como lo he comprado, lo quiero.

Doras saca un silbato de oro de entre su pecho y silba tres veces. Acuden corriendo muchos siervos de la casa y del campo, ante su temido dueño. Éste ordena:

–                     ¡Llevad a éste a donde está Jonás y entregádselo! ¿A dónde vas?

Jesús ni siquiera responde. Camina detrás de los siervos que se han precipitado más allá del jardín; hacia donde están las casuchas de los campesinos. Entran en la paupérrima choza de Jonás. Él, literalmente es un esqueleto semidesnudo que respira fatigosamente por la fiebre, sobre un lecho de cañas, sobre los que sirve de colchón un vestido remendado. Y de cobija, un manto todavía más roto. Una joven lo cuida como puede.

Jesús dice con infinita ternura:

–                     ¡Jonás, amigo mío! ¡He venido a llevarte!

–                     ¿Tú? ¡Señor, mío! ¡Me muero! ¡Pero soy muy feliz por tenerte aquí!

–                     Fiel amigo, eres libre desde ahora. Y no morirás aquí. Te llevo a mi casa.

–                     ¿Libre? ¿Por qué? ¿A tu casa? ¡Ah, sí! Habías prometido que vería a tu Madre.

Jesús es todo amor. Se inclina sobre el miserable lecho del infeliz pastor. Y dice:

–                     Pedro, tú eres fuerte. Levanta a Jonás. Y vosotros, dadle el manto. Este lecho es demasiado duro para cualquiera en estas condiciones.

Los discípulos rápidamente se quitan los mantos. Los doblan varias veces y le improvisan una camilla. Pedro coloca su carga de huesos y Jesús lo cubre con su propio manto.

Cuando está listo Jesús dice:

–                     Pedro, ¿Tienes dinero?

–                     Sí, Maestro. Tengo cuarenta denarios.

–                     Está bien. Vámonos. Ánimo Jonás. Todavía un poco de molestia. Y después, habrá mucha paz en mi casa, cerca de María.

–                     María. ¡Sí! ¡Oh! –en medio de su agotamiento, Jonás no hace más que llorar.

Jesús dice a la joven:

–                     Adiós, mujer. El Señor te bendecirá por tu misericordia.

–                     Adiós, Señor. Adiós Jonás. Ruega. Rogad, por mí. – y la joven llora.

Cuando están por salir, aparece Doras. Jonás por un momento se llena de terror y se tapa la cara.  Jesús le pone una mano sobre la cabeza y sale a su lado; más severo que un Juez. El miserable cortejo sale al patio y toma el camino del jardín.

Doras, en el colmo de la vileza, exclama:

–                     ¡Este lecho es mío! ¡Te vendí el siervo, no el lecho!

Jesús le arroja a los pies la bolsa sin hablar.

Doras la toma. La vacía y cuenta…

–                     Cuarenta denarios y cinco dracmas. ¡Es poco!

Jesús mira al avariento y repugnante hombre en tal forma, que es imposible describirla. No dice nada.

Doras insiste:

–                     Dime al menos que retiras el anatema.

Jesús lo fulmina con una nueva mirada y una nueva frase:

–                     Te pongo en manos del Dios del Sinaí.

Y pasa muy erguido al lado de la rústica camilla que llevan pedro y Andrés.

Doras, al ver que todo es inútil. Que su condena es segura, grita:

–                     ¡Nos veremos, Jesús! ¡Oh! ¡Te atraparé! ¡Te haré guerra a muerte! Llévate a esa piltrafa de hombre. Ya no me sirve. Me ahorraré el entierro. ¡Vete! ¡Vete! ¡Satanás maldito! ¡Pondré contra Tí a todo el Sanedrín! ¡Satanás! ¡Satanás!

Jesús aparenta no oír.

Los discípulos están consternados.

Jesús se preocupa sólo de Jonás. Busca los caminos más planos. Pero desde el Esdrelón hasta Nazareth, el camino es largo y no se puede avanzar ligeros con la piadosa carga. Continúan en silencio por el camino principal. Jonás parece que duerme, pero no suelta la mano de Jesús.

Al atardecer son alcanzados por un carro militar romano.

Jesús levanta el brazo y dice:

–                     En el Nombre de Dios, deteneos.

Los soldados se detienen. Del carro se asoma la cabeza de un tribuno militar.

Éste pregunta a Jesús:

–                     ¿Qué quieres?

–                     Tengo un amigo que se está muriendo. Os pido para él, un lugar en el carro.

–                     No debería. Pero sube. Tampoco somos perros.

Suben la camilla. El tribuno pregunta:

–                     Tú amigo… ¿Quién eres?

–                     Jesús de Nazareth.

–                     ¡Oh! ¿Tú? –el oficial lo mira curioso- ¡Entonces sí eres tú! Subid cuantos podáis. Basta con que no os asoméis. Así son las órdenes. Pero sobre las órdenes está el ser humano. ¿O no? ¡Y Tú eres Bueno, lo sé! ¡Eh! Nosotros los soldados, todo lo sabemos. ¿Cómo lo sé? Hasta las piedras hablan en bien y en mal. Nosotros tenemos orejas para oír y servir al César. Tú no eres un falso Mesías como los anteriores, sediciosos y rebeldes. Tú eres bueno. Roma lo sabe. Oye, pero… ¡Este hombre está muy enfermo!

–                     Por eso lo llevo a casa de mi Madre.

–                     ¡Ummm! ¡Poco tendrá que cuidarlo! Dale un poco de vino de esa cantimplora. ¡Áquila! –Llama al conductor y ordena-  Arrea los caballos.- ¡Quinto! Tú dame dos raciones de pan, de miel y mantequilla de las mías. –y explica a Jesús-  Es todo lo que tengo, pero le hará bien. Para la tos que trae, la miel le aliviará.

–                     Eres bueno.

–                     No. Soy menos malo que muchos. Estoy contento de tenerte conmigo. Acuérdate de Publio Quintiliano de la Itálica. Estoy en Cesárea, pero ahora voy a Ptolemaida. Estoy en inspección de orden.

–                     No me tratas como a enemigo.

–                     ¿Yo? Soy enemigo de los malos. Jamás de los buenos. Yo también quisiera ser bueno. Dime, ¿Qué doctrina predicas, para nosotros los hombres de armas?

–                     La doctrina es única para todos los hombres. Justicia, honradez, continencia, piedad. Ejercer el propio oficio sin abusos. Aún en los duros momentos de la guerra, no olvidar al ser humano. Buscar de conocer la Verdad; o sea, a Dios Uno y Eterno, sin cuyo conocimiento cualquier acción está privada de la Gracia y por lo tanto del premio eterno.

–                     Y cuando esté muerto, ¿Qué me interesa el bien hecho?

–                     Quién se acerca al Dios Verdadero, encuentra ese bien en la otra vida.

–                     ¿Volveré a nacer? ¿Acaso seré emperador?

–                     No. Te haces igual a Dios, al unirte con Él en la eterna beatitud del Cielo.

–                     ¿Cómo? ¿Yo en el Olimpo? ¿Entre los dioses?

–                     No existen los dioses. Existe el Dios Verdadero. El que Yo predico. El que te oye y pone una señal en tu bondad y en tu deseo de conocer el bien.

–                     ¡Esto me basta! No sabía que Dios se pudiese ocupar de un pobre soldado pagano.

–                     Él te creó, Publio. Por eso te ama y quiere que estés con Él.

–                     ¡Eh! ¿Por qué no? Pero nadie nos habla de Dios, jamás.

–                     Vendré a Cesárea y me escucharás.

El romano extiende el brazo y afirma:

–                     ¡Oh, sí! ¡Iré a oírte! Allá está Nazareth. Quisiera llevarte hasta allá. Pero si me ven…

–                     Desciendo y te bendigo por tu buen corazón.

–                     Salve, Maestro.

–                     El Señor se os muestre. ¡Adiós, soldados!

Descienden y vuelven a caminar.

Jesús dice alentando al enfermo:

–                     Jonás, en breve vas a descansar.

Jonás sonríe. Conforme la tarde avanza, está más seguro de estar más lejos de Doras. Y más tranquilo se muestra.

Juan con su hermano Santiago, corren adelante para avisar a María. Y cuando el pequeño cortejo llega a Nazareth, que está casi desierto en la noche que cae; María está afuera, esperando a su Hijo.

Cuando se encuentran, Jesús dice:

–                     Aquí está Jonás. Bajo tu dulzura comenzará a gustar de su paraíso. ¡Feliz Jonás!

–                     ¡Feliz! ¡Feliz! –murmura el extenuado pastor, como en un éxtasis.

Entran en la casita y se le lleva a la habitación en donde murió José.

–                     Estás en el lecho de mi padre. Aquí estamos mi Mamá y Yo, ¿Ves? Nazareth se convierte en Belén y tú ahora eres el pequeño Jesús, entre dos que te aman. Ellos son los que veneran en ti al siervo fiel. No ves los ángeles, pero revolotean a tu alrededor, con alas de luz y cantan las palabras del canto navideño.

Jesús derrama su dulzura sobre el pobre Jonás, que poco a poco va debilitándose. Parece que hubiera aguantado tanto, solo para morir aquí. Pero es feliz. Sonríe y trata de besar la mano de Jesús; la de María y decir… decir… Pero la falta de aliento se lo impide. María, cual madre lo conforta.

Jonás repite con un hilo de voz:

–                     Sí. Sí. –con una sonrisa en su cara de esqueleto.

Los discípulos miran  conmovidos desde la puerta del huerto.

Jesús le pregunta:

–                     Dios ha escuchado tu gran deseo. La estrella de tu larga noche, se convierte ahora en la estrella de tu eterno amanecer. ¿Sabes su nombre?

El agonizante responde

–           Jesús. El tuyo, ¡Oh! ¡Jesús! Los ángeles… ¿Quién está cantándome el himno angelical. Mi alma lo oye. Pero también mis orejas lo quieren oír. ¿Quién lo canta para hacerme feliz?… tengo mucho sueño. Estoy tan cansado. ¡Muchas lágrimas! Muchos insultos… ¡Doras!… yo lo perdono. Pero no quiero oír su voz y la oigo. Es como la voz de Satanás que no quiere dejarme en paz. ¡Oh! ¿Quién me cubre esa voz, con palabras venidas del Paraíso?

Es María; que vuelve a cantar en voz baja y en el mismo tono, el cántico con el que arrullaba a Jesús Niño y lo repite porque ve que Jonás se tranquiliza al oírla.

Después de unos minutos, Jonás dice:

–           ¡Doras ya no habla más! Sólo los ángeles… era un Niño en un pesebre… entre un buey y un asno… Y era el Mesías… Y yo lo adoré… y con Él estaban José y María…  -la voz se apaga en un breve murmullo. Y sigue el silencio…

Jesús dice:

–           ¡Paz en el Cielo al hombre de buena voluntad! ¡Ha muerto! Lo pondremos en nuestro pobre sepulcro. Merece esperar la resurrección de los muertos, junto a  mi justo padre.

La semana siguiente…

Jesús y los suyos van por un camino que bordea el lago Merón, que tiene una forma oval y es pequeño en comparación con los otros. Los discípulos hablan de Jonás cuya miserable vida compadecen; pero cuya muerte feliz envidian.

Simón Zelote, en voz baja dice:

–                     No pude hacerlo feliz y darle al Maestro un verdadero discípulo que se había madurado en el largo martirio y en una fe inconmovible… Y me duele. ¡El mundo tiene necesidad de hombres que crean, convencidos de Jesús. Para poder balancear la otra parte en que hay tantos que lo niegan. ¡Y que lo negarán!…

Jesús responde:

–                     ¡No importa, Simón! Es más feliz ahora. Es más activo. Y tú has hecho mucho más que cuanto hubiese hecho cualquier otro por él o por Mí. Por esto, también te doy las gracias. Ahora sabe quién lo liberó y te bendice.

Pedro exclama:

–           ¿Entonces ahora maldice a Doras?

Jesús lo mira y pregunta:

–                     ¿Eso crees? ¡Estás en un error! Jonás era un justo. Ahora es un santo. Cuando vivió no odió, ni maldijo. Ahora tampoco lo hace. Desde el lugar en donde se encuentra, mira el Paraíso y como ya sabe que pronto el Limbo dejará salir a los que están esperando, se alegra. No hace otra cosa.

–                     ¿Y a Doras? ¿Le llegará tu maldición?

–                     ¿En qué sentido, Pedro?

–                     Pues… haciéndolo  reflexionar y cambiar. O también castigándolo.

–                     Lo he entregado a la Justicia de Dios. Yo, el Amor; lo he abandonado.

–                     ¡Misericordia! ¡No quisiera estar en su lugar!

Los discípulos exclaman al mismo tiempo:

–                     ¡Ni yo! ¡Ni yo! ¡Nadie querría! ¿Cómo será la Justicia del Perfecto?

Jesús responde:

–                     Será éxtasis de los buenos. Relámpago para Satanás. en verdad os digo: ser esclavo, leproso, mendigo por toda la vida; es una felicidad de reyes; con respecto a una hora; una sola hora, de castigo divino.

Los discípulos dicen:

–                                         Ya empezó a llover, Maestro. ¿Qué hacemos? ¿A dónde vamos?

Y en realidad, sobre el agua se refleja el cielo oscuro, cubierto de nubes plomizas. Caen y rebotan las primeras gotas de un temporal que pronto se convierte en una tormenta. Jesús dice:

–                     A alguna casa. Pediremos refugio en Nombre de Dios y continuaremos mañana a Jericó.

Pedro dice:

–                     Y tal vez encontremos a uno que sea bueno como aquel romano. No creía que fueran así. Los había evitado siempre, como a seres inmundos. Y debo reconocer que son mejores que muchos de nosotros.

–                     ¿Te gustan los romanos?

–                     ¡Eh! No parecen peores que nosotros. Podemos tratarlos como a  los samaritanos.

Jesús sonríe y no dice nada más.  Y caminan rápido, bajo el chaparrón…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA