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345 PEDAGOGOS EN ANTIGONIO


345 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

El anciano Felipe mientras sirve a los huéspedes leche humeante,

dice: .

–       Mi hijo Tolmái ha venido para los mercados.

Hoy, a la sexta, regresa a Antigonio.

El día está templado.

¿Queréis ir, según vuestro deseo? 

Pedro responde:

–        Iremos, seguro.

¿Cuándo has dicho?

–        A la sexta.

Podréis volver mañana, si queréis; o si preferís, en la víspera del sábado, al caer de la tarde, cuando vienen para las funciones del sábado todos los subalternos hebreos

o los que han entrado en la fe.

–        Lo haremos así.

Se podría incluso elegir ese lugar, para que vivieran éstos.

–        Será un placer en todo caso, aunque los pierda.

Porque es un lugar salubre.

Y podríais hacer mucho bien con los subalternos, algunos de los cuales

son todavía los que dejó el amo.

Otros provienen de la bondad de la bendita ama, que los rescató de amos crueles.

Por eso no son todos israelitas.

Pero ahora ya no son tampoco paganos.

Hablo de las mujeres.

Los hombres, todos, están circuncidados.

No sintáis aversión…

Pero están todavía muy lejos de la justicia de Israel.

Los santos del Templo, que son perfectos, se escandalizarían de ellos…

Pedro exclama:

–       ¡Ah, ya!

¡Ya! ¡Ya!…

¡Bueno, bien!

Ahora podrán progresar aspirando sabiduría y bondad de los enviados del Señor…

¿Estáis oyendo cuántas cosas que hacer tenéis aquí? – termina Pedro, dirigiéndose a los dos.

Síntica promete:

–        Lo haremos.

No defraudaremos al Maestro

Y sale para preparar lo que cree oportuno.

Juan de Endor pregunta a Felipe:

–        ¿Piensas que en Antigonio voy a poder hacer un poco de bien,  también a otros,

enseñando como pedagogo?

–        Mucho bien.

El anciano Plauto ha muerto ya hace tres lunas y los niños de los gentiles no tienen escuela.

En cuanto a los hebreos, no hay maestro, porque todos los nuestros huyen de ese lugar

que está cerca de Dafne.

Se necesita uno que sea…

que sea… como era Teófilo…

Sin rigideces para… para…

Pedro concluye expeditivo.

–        Sí, en fin,

sin fariseísmo, quieres decir.

–        Eso… sí…

No quiero criticar…

Pero pienso…

Maldecir no sirve para nada.

Mejor sería ayudar…

Como hacía la ama, que con su sonrisa conducía a la Ley más y mejor, que un rabí.

Juan de Endor exclama:

–        ¡Ahora comprendo por qué me ha enviado aquí el Maestro!

Soy exactamente el hombre con los requisitos precisos…

¡Haré su voluntad!

¡Hasta el último respiro!

Ahora creo, creo con firmeza que es exclusivamente una misión de predilección ésta mía.

Voy a decírselo a Síntica.

Vais a ver como nos quedamos allí..

Voy, voy a decírselo.

Y sale, animado como hacía tiempo no lo estaba.

Pedro exclama:

–        ¡Altísimo Señor, te doy las gracias y te bendigo!

Sufrirá todavía, pero no como antes…

¡Ah, qué alivio! 

Y luego siente el deber de explicar a Felipe un poco, de la forma que puede,

el por qué de su alegría:

«       Debes saber que los…“rígidos” de Israel – tú los llamas “rígidos” – persiguen a Juan.

–        ¡Ah, comprendo!

Perseguido político como… como… – y mira al Zelote.  

Simón confirma:

–        Sí, como yo y más;

por otros motivos también.

Porque, además de por la casta distinta, los irrita por ser del Mesías.

Por lo cual, dicho sea de una vez por todas, él y ella quedan confiados a tu fidelidad…

¿Comprendes?

–        Comprendo.

Y sabré cómo moverme.

–        Ante los demás, ¿Cómo los vas a llamar?

–        Dos pedagogos recomendados por Lázaro de Teófilo,

él para los niños, ella para las niñas.

Veo que tiene bordados y telares…

Gente extranjera hace y vende muchas labores femeninas en Antioquía.

Pero son labores toscas y recargadas

Ayer he visto una labor suya que me ha recordado a la buena ama mía…

Serán labores muy solicitadas…

Pedro dice:

–        Una vez más, alabado sea el Señor.

Judas Tadeo., responde: 

–        Sí.

Esto disminuye en nosotros el dolor de la ya próxima despedida.

–        ¿Ya os queréis marchar?

Y Tadeo explica:

–        Tenemos que marcharnos.

La tormenta nos ha hecho perder tiempo.

Para los primeros días de Sabat tenemos que estar con el Maestro.

Nos está esperando, porque ya vamos con retraso.   

Se separan y va cada uno a sus asuntos:

Felipe a donde lo llama una mujer;

los apóstoles al sol, en la azotea. 

Santiago de Alfeo pregunta: 

–        Podríamos partir el día siguiente del sábado.

¿Qué os parece? 

Todos asienten…

–       ¡Por mí!…

¡Fíjate tú! 

Pedro:   

–       Todos los días me levanto con el tormento de Jesús solo, sin ropa, desatendido,

y todas las noches me acuesto con el mismo tormento.

De todas formas, hoy lo decidimos.

Andrés comenta:

–        Decidme.

¿Creéis que el Maestro sabía todo esto?

Hace días que me pregunto cómo sabía que encontraríamos al cretense;

cómo ha visto con anticipación el trabajo de Juan y Síntica;

cómo, cómo… en definitiva, muchas cosas.  

Zelote dice:

–        Verdaderamente creo que el cretense tiene épocas fijas de estancia en Seleucia.

Quizás Lázaro se lo dijo a Jesús…

Y Él, por ello, decidió la partida sin esperar a la Pascua… 

Santiago de Alfeo. pregunta: 

–        ¡Sí! ¡Eso!

¿Y Juan cómo va a celebrar la Pascua? 

Mateo dice:

–        Pues como todos los israelitas… 

Tadeo dice:

–        No.

Sería caer en la boca del lobo».

-¿Pero qué dices, hombre?

Entre tanta gente, ¿Quién lo va a descubrir?

Pedro dice y corta la frase: 

–       El Iscar…

¡Oh, ya hablé!

No penséis en ello.

Es un capricho de mi mente…

Pedro está colorado, afligido por haber hablado.

Judas Tadeo le pone una mano en el hombro, sonriendo con su sonrisa grave,

y dice:

–        ¡Bueno, hombre!

Todos pensamos lo mismo…

Pero mejor no decírselo a ninguno.

Bendigamos, más bien, al Eterno, que ha desviado la mente de Juan, de este pensamiento.

Todos, abstraídos, guardan silencio.

Pero para ellos, verdaderos israelitas, es una preocupación el cómo va a poder celebrar

la Pascua en Jerusalén, el discípulo exiliado…

Y vuelven sobre el tema. 

Mateo dice:

–        Yo creo que Jesús proveerá.

Quizás Juan lo sabe.

Basta preguntárselo.

Juan suplica:

–        No lo hagáis.

No creéis deseos y espinas donde apenas si se acaba de establecer la paz.

Santiago de Alfeo. confirma: 

–        Sí.

Es mejor preguntárselo al Maestro mismo

Andrés pregunta: 

–       ¿Cuándo lo veremos?

¿Qué pensáis vosotros? 

Santiago de Zebedeo dice: 

–        Si partimos el día siguiente del sábado,

para el final de la luna estaremos seguro en Tolemaida…

Tadeo observa:

–        Si encontramos nave… 

Y su hermano añade:

–        Y si no hay tempestad.

–        Por lo que se refiere a la nave, siempre hay alguna que parte para. Tiro.  

Y pagando, haremos que se haga escala en Tolemaida aunque la nave vaya para Joppe.

Zelote pregunta a Pedro:

–        ¿Tienes todavía?

–       . Contando incluso con que me ha pelado bien ese ladrón del cretense,

a pesar de todas sus declaraciones de querer favorecer a Lázaro.

Pero tengo que pagar la permanencia de la barca y la de Antonio…

Y no toco los denarios que me han dado para Juan y Síntica.

Son sagrados.

Los dejo intactos, a costa incluso de no comer.

Zelote comenta:

–       Haces bien.

Ese hombre está muy enfermo.

Él cree que podrá ejercer la función de pedagogo.

Yo creo que su única función será la de enfermo, pronto… 

Santiago de Zebedeo, confirma: .

–        Sí, también yo creo eso.

Síntica, más que labores, tendrá que hacer ungüentos 

Juan dice admirado:

–        Ese ungüento, ¿Eh?

¡Qué prodigio!

Síntica me ha dicho que quiere hacer más

y usarlo para poder entrar en familias de aquí».

Mateo proclama: 

–       ¡Buena idea!

Un enfermo que se cura es siempre un discípulo conquistado, y con él los suyos

  Pedro exclama: 

      ¡Ah, no, eso no! 

Andrés cuestiona y con él, otros más:

—      ¿Cómo?

¿Quieres decir que el milagro no arrastra hacia el Señor?  

Pedro interroga:

–        Sois unos niñitos!

¡Parece que acabáis de bajar del Cielo!

¿Pero no veis lo que le hacen a Jesús?

¿Se ha convertido Elí de Cafarnaúm

¿Y Doras?

¿Y Oseas de Corazín?

¿Y Melquías de Betsaida?

¿Y – perdonad los de Nazaret

 y toda Nazaret por los cinco, seis, diez milagros cumplidos,

hasta el último, el de vuestro sobrino? 

Ninguno replica, porque es la amarga verdad…

Después de unos minutos de silencio,

Juan dice: 

–        No hemos encontrado todavía al soldado romano.

Jesús ya lo había dado a entender..

Zelote dice: . 

–        Se lo diremos a los que se quedan.

Es más, será otra misión más en su vida.

Vuelve Felipe

diciendo:

–        Mi hijo está ya listo.

Se ha dado prisa.

Está con su madre, que prepara regalos para los nietos.

–        ¿Es buena tu nuera, no?

–        Buena.

Ha sido consuelo mío en la pérdida de mi José.

Es como una hija.

Era sierva de Euqueria. La educó ella.

Venid a reponer fuerzas antes de poneros en marcha.

Los otros ya lo están haciendo…

.Y,precedidos por el carro de Tolmái, nieto de Felipe, trotan hacia Antigonio…

Llegan pronto a esta pequeña ciudad.

Sepultada en la feracidad de sus jardines, protegida de las corrientes por las cadenas de

montes que tiene alrededor; 

suficientemente lejanas para no ahogarla, pero suficientemente cercanas para protegerla

y derramar sobre ella los efluvios de sus bosques de árboles resinosos y esenciales;

toda llena de sol, alegra la vista y el corazón con sólo cruzarla.

Los jardines de Lázaro están al sur de la ciudad.

Están precedidos por un paseo, por ahora sin frondas, a lo largo del cual están las casas

de los que trabajan en los jardines.

Son casitas bajas, pero bien cuidadas.

A sus puertas se asoman caras de niños que observan curiosos…

Y de mujeres que saludan sonriendo.

Las razas distintas se manifiestan en la diversidad de los rostros.

Tolmái, en cuanto traspasan la cancilla donde empieza la propiedad,

hace un especial chasquido de tralla al ir pasando por delante de todas las casas;

debe ser como una señal

Y los que viven en ellas, tras haber observado, entran de nuevo y luego vuelven a salir,

cierran las puertas y empiezan a caminar por el paseo, detrás de los dos carros,

que van al paso y luego se paran en el centro de una confluencia de senderos

(dirigidos, como los radios de una rueda, en todas las direcciones

entre muchos campos dispuestos en cuadros, unos desnudos, otros de un verde perenne,

custodiados por laureles, por acacias o árboles semejantes.

O por otros árboles que a través de los tajos incididos en su tronco

rezuman leche olorosa y resinas).

En el ambiente hay un olor mixto de aromas balsámicos, resinosos, fragantes.

Panales por todas partes.

Y pilones para el riego, en que beben palomas blanquísimas.

Y, en zonas especiales, de tierra desnuda, recientemente cavada,

escarban gallinitas también blancas custodiadas por muchachas.

Tolmái restalla la tralla repetidas veces,

hasta que todos los súbditos del pequeño reino se reúnen en torno a los recién llegados.

Entonces empieza su presentación:

–       Escuchad.

Felipe, jefe nuestro y padre de mi padre, manda y recomienda a estos santos de Israel,

venidos aquí por voluntad de nuestro patrón.

Que Dios esté siempre con él y con su casa.

Mucho nos quejábamos porque aquí faltaba la voz de los rabíes santos.

He aquí que la bondad del Señor y de nuestro patrón, lejano pero que mucho nos ama

Dios le compense el bien que ofrece a sus siervos,

nos procuran lo que nuestro corazón soñaba.

En Israel ha aparecido Aquel que había sido prometido a las gentes.

Ya nos lo habían dicho durante las Fiestas en el Templo y en la casa de Lázaro.

Pero ahora realmente ha llegado para nosotros el tiempo de la gracia,

porque el Rey de Israel ha pensado en sus siervos más pequeños

y ha enviado a sus ministros a portarnos sus palabras.

Éstos son sus discípulos.

Y dos de ellos vivirán en medio de nosotros, aquí o en Antioquía;

enseñando la Sabiduría para ser instruidos en orden al Cielo.

Y también la otra que se necesita para la tierra.

Juan, pedagogo y discípulo de Cristo, enseñará a nuestros niños estas dos sabidurías;

Síntica, discípula y maestra con la aguja, enseñará la ciencia del amor a Dios

y el arte del trabajo femenil a las muchachas.

Recibidlos como bendición del Cielo y amadlos como los ama Lázaro de Teófilo y Euqueria

– gloria a sus almas y paz – Y como los aman las hijas de Teófilo, Marta y María,

nuestras amadas señoras y discípulas de Jesús de Nazaret, el Rabí de Israel,

el Prometido, el Rey.

El pequeño pueblo de hombres, vestidos con cortas túnicas, de manos terrosas

que sostienen utensilios de jardinería;

de mujeres, de niños de todas las edades, escucha asombrado.

Luego bisbisean.

Finalmente saludan con una profunda reverencia…

Y Tolmái empieza las presentaciones:

–        Simón de Jonás, el jefe de los enviados del Señor;

Simón el Cananeo, amigo de nuestro señor;

Santiago y Judas, hermanos del Señor;

Santiago y Juan, Andrés y Mateo.

Y luego, a los apóstoles y discípulos:

–        Ana, mi mujer, de la tribu de Judá, como, por lo demás, mi madre,

porque somos puros, venidos con Euqueria de Judá.

José, el varón consagrado al Señor,

y Teoqueria, primogénita, que en el nombre lleva el recuerdo de los justos señores,

sabia hija y amante de Dios como una verdadera israelita.

Nicolái y Dositeo. Nicolái es nazireo. Dositeo es el tercero de los hijos; ya lleva casado

(y un fuerte suspiro acompaña el anuncio de esto) varios años con Hermiona.

Ten aquí, mujer…

Se adelanta una jovencísima morenita con un lactante en brazos.

–       Ésta es.

Es hija de un prosélito y de una griega.

Mi hijo la vio en Alejandrocena de Fenicia,cuando fue para unas compraventas…

Y la quiso para sí…

Y Lázaro no se opuso, antes al contrario me dijo: “Mejor así que al mal”.

Y no es ningún mal.

Pero yo quería sangre de Israel…

La pobre Hermiona está con la cabeza agachada como una acusada.

Dositeo está visiblemente agitado y se ve que sufre.

Ana, la madre y suegra, mira con ojos entristecidos…

Juan, a pesar de ser el más joven,

siente la necesidad de elevar los espíritus humillados

y dice:

–        En el Reino del Señor no hay ya griegos o israelitas, romanos o fenicios;

sino solamente hijos de Dios.

Cuando, a través de estos que han venido, conozcas la Palabra de Dios,

sentirás elevarse tu corazón a nuevas luces.

Y ésta ya no será “la extranjera” sino la discípula, como tú y como todos,

del Señor nuestro Jesús.

Hermiona levanta la humillada cabeza y sonríe con gratitud a Juan.

En los rostros de Dositeo y de Ana se ve la misma expresión de agradecimiento.

Tolmái responde austero:

–        Y Dios quiera que sea así,

porque, aparte del origen, nada tengo que recriminar a mi nuera.

El que está en sus brazos es Alfeo, el último nacido, que del padre de ella, prosélito,

ha tomado el nombre.

La pequeña de los ojos de cielo bajo los rizos de ébano es Mírtica, del nombre de la madre

de Hermiona.

Y éste, el primogénito, es Lázaro, porque así lo quiso el señor nuestro, y el otro es Hermas.

Juan. interviene nuevamente,

diciendo:

–        El quinto se debe llamar Tolmái y la sexta Ana,

para decir al Señor y al mundo  que tu corazón se ha abierto a nuevas comprensiones.  

Tolmái se inclina sin decir nada.

Luego reanuda las presentaciones:

–       Éstos son dos hermanos de Israel: Miriam y Silvano, de la tribu de Neftalí.

Y éstos son Elbónides Danita y Simeón judío.

Luego, aquí están los prosélitos, que eran romanos, caridad de Euqueria hecha obra; 

arrancados por ella al yugo y a gentilidad: Lucio, Marcelo, Solón, hijo de Elateo.

Síntica observa: 

–        Nombre griego.

–        De Tesalónica.

Esclavo de un siervo de Roma – el desprecio es manifiesto al decir “siervo de Roma” –

Euqueria lo tomó, junto con el padre agonizante, en un momento confuso;

si el padre murió pagano, Solón es prosélito…

Priscila ven aquí adelante con tus hijos…

Una mujer alta y delgada, de rostro aquilino, se adelanta empujando a una niña y a un niño;

cogidas de la falda lleva a dos pequeñuelos.

–        Ésta es la mujer de Solón, que fue liberta de una romana ya difunta.

Y Mario, Cornelia, María y Martila, gemelas.

Priscila es experta en esencias.

Amiclea, ven con tus hijos. Ésta es hija de prosélitos.

Y prosélitos son los dos niños, Casio y Teodoro.

Tecla, no te escondas

Es la mujer de Marcelo.

Su dolor es que es estéril. También hija de prosélitos.

Éstos son los colonos.

Ahora a los jardines.

Venid.

Y los guía por la vasta propiedad, seguido de los jardineros,

que explican los cultivos y trabajos;

mientras las muchachas vuelven a sus gallinitas,

que han aprovechado la ausencia de las guardianas para irse a otros lugares,

sobrepasando los límites, establecidos.

Tolmái explica:

–        Se las trae aquí para limpiar la tierra de larvas, antes de la siembra de los cultivos anuales.

Juan de Endor sonríe a las gallinitas, que cloquean

y dice:

–        Parecen las que tenía yo…

Y se agacha para echar miguitas de pan que tenía en el talego,

hasta que se ve rodeado de polluelas.

Y ríe porque una de ellas, petulante, le arrebata el pan de los dedos.  

Pedro exclama:

–        ¡Menos mal!

Dando con el codo a Mateo y señalando a Juan, que juega con los pollos…

Y a Síntica, que está hablando griego con Solón y Hermiona.

Luego vuelven hacia la casa de Tolmái

que explica:

–        Éste es el sitio.

Pero, si queréis enseñar, se puede hacer un lugar.

¿Os quedáis aquí o…?  

Juan de Endor suplica:

–        ¡Sí, Síntica!

¡Aquí! ¡Es más bonito!

Antioquía me ahoga de recuerdos… 

Síntica concede:

–        ¡Sí, hombre, claro!

Como quieras.

Basta con que tú estés bien.

Para mí todo es igual.

No miro ya hacia atrás… sólo adelante, adelante…

¡Ánimo, Juan!

Aquí estaremos bien.

Niños, flores, palomas y gallinas para nosotros, pobres criaturas.

Y para nuestra alma el gozo de servir al Señor.

¿Qué opináis vosotros? 

Pregunta volviéndose a los apóstoles.  

Pedro dice:

–        Pensamos como tú, mujer

–        Pues ya está dicho.

–        Muy bien.

Nos iremos contentos…

Juan de Endor, vuelve a su dolor…

exclamando:

–        ¡Oh, no os marchéis!

¡No os volveré a ver!

¿Por qué tan pronto? ¿Por qué?… – 

–        ¡No nos marchamos ahora!

Estamos aquí hasta… hasta que seas…

Pedro no sabe expresar lo que será Juan,

Y para que no se vea que también él está repleto de lágrimas,

abraza a Juan, que está llorando,

y trata de consolarlo así…  

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

344 CAMINO A ANTIOQUÍA


344 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En efecto, por un lado del patio viene el carro.

Un carro sólido al que está unido un robusto caballo guiado por el hospedero;

por el otro, vienen hacia ellos los dos discípulos.

Síntica, pregunta: 

–        ¿Es hora de marcharnos? 

Pedro responde: 

–        Sí. Es la hora.

¿Estás cubierto bien, Juan?

¿Van mejor tus dolores?

–         Sí.

Estoy envuelto en lana y la unción con el ungüento me ha hecho bien

¿Por qué el bálsamo de María no surte el mismo efecto en Juan de Endor,

sanándolo milagrosamente;

como sucede en el marinero griego del barco de Nicómedes el cretense?

Porque los milagros son signos, para CONVERTIR, -resucitar espiritualmente- a los paganos. 

Sabemos que vivimos en un mundo gobernado por el Maligno;  

Y esto debería hacernos reflexionar muchas cosas...

En el mundo actual, hasta los católicos que asisten regularmente a la iglesia

Cumplen con TODOS los rituales, sin faltar a ninguno.

Y se sienten católicos perfectos…  

Cuando lo reflexionamos a la luz espiritual del Espíritu Santo

¡SON PAGANOS!

¿Qué nombre tiene lo que ocupa mis pensamientos la mayor parte del tiempo? Es el nombre de mi ídolo…

En la siguiente entrega del “exorcista privilegiado”, entenderán mejor esto…

Y también entenderán el porqué del desprecio de los hebreos hacia los paganos…

Los milagros NO SE HICIERON para proporcionarnos COMODIDAD a los corredentores;

son una “ayuda” de nuestro  evangelizador.

Juan de Endor, como víctima expiatoria, DEBE sufrir el destino que él mismo eligió…

También las enfermedades, son parte de nuestro destino expiatorio...

Pero esto jamás debemos verlo con un criterio miope y derrotista…

Nuestro privilegio como CORREDENTORES es que somos guerreros privilegiados,

que PODEMOS INFLIGIR un daño catastrófico a las hordas y las fortificaciones

del ANTICRISTO…

Señor, te entrego mis sufrimientos, UNIDOS al de tu hijo santísimo Jesucristo en la Cruz  para que sean destruídos los planes del Anticristo….

Pedro dice: 

–        Entonces sube;

que ahora subimos también nosotros.

.Y ultimada la carga, todos ya en el carro, salen por la amplia puerta,

después de repetidos aseguramientos del hospedero de que e1 caballo es dócil.

Cruzan una plaza que les ha sido indicada.

Y entran por una calle que bordea los muros de la ciudad, hasta que salen por una puerta;

después siguen el curso de un profundo canal y luego el propio río.

Es un camino bonito y bien mantenido, que va en dirección norte-este,

pero siguiendo los meandros del río.

Por el otro lado hay montes muy verdes, con sus pendientes, sus concavidades, sus barrancas.

Y ya se ven en los matorrales del monte bajo, en los lugares más expuestos al sol,

llenarse las gemas de mil arbustos. 

Síntica. exclama: 

–        ¡Cuántos arrayanes! 

Mateo añade: 

–       ¡Y laurel! 

Juan de Endor. dice: 

–        Cerca de Antioquía hay un lugar sagrado dedicado a Apolo.

–        Quizás el viento ha traído las semillas hasta aquí…

Zelote dice: 

–        Quizás.

Pero éste es un lugar todo lleno de plantas hermosas. 

Y Juan de Endor preguntya:

–        Tú, que has estado aquí,

¿Crees que pasaremos por Dafne?

Para suscitar en los dos discípulos pensamientos consoladores,

Zelote contesta: .

–        Por fuerza.

Veréis uno de los valles más bonitos del mundo.

Aparte del culto obsceno y degenerado en orgías que cada vez son más asquerosas,

es un valle de paraíso terrenal.

Y si en él entra la Fe, se transformará en un paraíso verdadero.

Somos los Apóstoles de los Últimos Tiempos..

¡Cuánto bien podréis hacer aquí!

Os deseo corazones fértiles como fértil es el suelo… – 

Pero Juan agacha la cabeza,

y Síntica suspira.

El caballo trota cadencioso.

Pedro, estando todo centrado en el esfuerzo de guiar

aunque el animal va seguro sin necesidad de guía o estímulo, no habla.

Así que el camino discurre bastante rápidamente.

Llegan a un puente y se detienen para comer y para que el caballo descanse.

El sol está en su zenit y se ve toda la hermosura de la gloriosa naturaleza.

Pedro observando en derredor.,

dice: 

–        De todas formas…

prefiero estar aquí antes que en el mar… 

–        ¡Pero qué tempestad!

Juan muy sonriente,

dice:   

–       El Señor ha orado por nosotros.

Lo he sentido cerca cuando orábamos en el puente de la nave.

Cerca como si estuviera en medio de nosotros… 

–        ¿Y dónde estará?

No estoy tranquilo pensando que no tiene ropa…

¿Y si se moja?

¿Y qué come?

Es capaz de hacer ayuno…

Santiago de Alfeo, dice con seguridad: 

–       Puedes estar convencido de que lo hace, para ayudarnos a nosotros. 

Tadeo agrega:

–       Y también por otros motivos.

Nuestro hermano está muy afligido desde hace un tiempo.

Creo que se mortifica continuamente para vencer al mundo.

Santiago de Zebedeo., corrige: 

–        Querrás decir: al demonio que hay en el mundo.

–        Es lo mismo. 

Andrés suspira:

–        No lo va a conseguir.

Tengo el corazón oprimido por mil miedos… 

No sin aflicción, Juan de Endor., añade: 

–       ¡Ahora que nosotros estarnos lejos, todo irá mejor! 

Tadeo responde resuelto: 

–        No pienses eso.

Tú y ella no erais nada respecto a las “grandes culpas” del Mesías,

según los grandes de Israel. 

Juan de Endor., dice: 

–        ¿Estás seguro?

Yo, dentro de mi sufrimiento, tengo en el corazón también la espina,

de haber sido con mi llegada causa de mal para Jesús.

Si estuviera seguro de que no es así, sufriría menos.  

Tadeo le pregunta:

–        ¿Me crees veraz, Juan?

–        ¡Sí que lo creo!

–        Pues bien, entonces, en nombre de Dios y mío,

te aseguro que tú has dado sólo una sola pena a Jesús:

la de tener que mandarte aquí en misión.

En todas las otras penas suyas, pasadas, presentes y futuras, tú no estás implicado.

La primera sonrisa, después de tantos días de lóbrega melancolía, ilumina el rostro

agobiado de Juan de Endor,

que dice:

–        ¡Qué alivio me das!

El día me parece más luminoso, más ligero mi mal, más consolado el corazón.

¡Gracias, Judas de Alfeo! ¡Gracias!

Vuelven a subir al carro.

Y pasando por el puente, toman la otra orilla del río,

el otro camino, que va derecho hacia Antioquía, a través de una zona fertilísima.

Simón Zelote señalando, explica: 

–        ¡Allí está

En aquel valle poético está Dafne, con su templo y sus bosquecillos.

Y allá, en aquella llanura, se ve Antioquía.

Y sus torres que se alzan sobre las murallas.

Entraremos por la puerta que hay al lado del río.

La casa de Lázaro no está muy lejos de las murallas.

Las casas más bonitas han sido vendidas.

Queda ésta, que fue lugar de parada tanto para el personal de Teófilo como para sus clientes;

con muchas caballerizas y graneros.

Ahora vive en ella Felipe. Un buen viejo.

Un fiel de Lázaro.

Os encontraréis bien.

Y, juntos, iremos a Antigonio, donde estaba la casa en que vivían Euqueria y sus hijos,

que entonces eran niños…

Pedro observa:  

–        Muy fortificada esta ciudad, ¿Eh?-

Que respira tranquilo ahora que ve que su primer intento como auriga ha ido bien.

–        Mucho.

Murallas de altura y anchura grandiosas.

Más de cien torres, que como veis, parecen gigantes enhiestos encima de las murallas.

Y fosos infranqueables al pie de ellas.

El Silpio también contribuye con sus cimas a la defensa.

Y hace de contrafuerte de las murallas en la parte más débil…

Ahí está la puerta.

Es mejor que pares y entres sujetando el bocado.

Yo te guío porque sé el camino…

Pasan la puerta, vigilada por romanos.

Juan apóstol dice:

–        Quién sabe si está aquí ese soldado de la puerta de los Peces…

Jesús se alegraría de saberlo…

Pedro, turbado por la idea de ir a una casa desconocida,

ordena: .

–        Lo buscaremos.

Pero ahora camina raudo.

Juan obedece sin decir nada;

se limita a mirar atentamente a todos los soldados que ve.

Un camino corto, luego una casa sólida y sencilla.

O sea, un alto muro sin ventanas.

Solamente un portal en el centro del muro. 

Zelote dice: 

-.       Aquí es. Para.

–        ¡Anda, Simón, habla tú ahora!

–       ¡Sí, hombre, si ello te agrada, hablo yo!

Y Zelote llama al recio portón.

Simón se presenta como un enviado de Lázaro.

Entra solo.

Sale con un anciano alto y de noble porte, que se prodiga en profundas reverencias.

Y da a uno del servicio, la orden de abrir el portón para permitir entrar al carro;

luego se disculpa por hacerles pasar a todos por esa puerta, en vez de por la puerta de casa.

con cuatro recios plátanos en los cuatro ángulos y otros dos en el centro

que amparan un pozo y un pilón para abrevar a los caballos.

El administrador ordena a su subordinado;

–        Preocúpate del caballo

Y dice a los que recibe como huéspedes:

–       «Por favor, venid.

Bendito sea el Señor, que me manda siervos suyos y amigos de mi jefe.

Ordenad, que vuestro siervo escucha».

Pedro se pone colorado, porque especialmente a él van esas palabras y esas reverencias.

Y no sabe qué decir…

Le ayuda el Zelote.

–        Los discípulos del Mesías de Israel…  

De que te habla Lázaro de Teófilo, que a partir de ahora vivirán en tu casa,

para servir al Señor,

no necesitan sino descansar.

¿Nos enseñas dónde pueden habitar?

–        Siempre tenemos preparadas habitaciones para peregrinos,

como era costumbre de mi ama.

Venid, venid…

Y, seguido por todos, entra en un pasillo y luego en un pequeño patio.

Al final de este patio, está la verdadera casa.

Abre la puerta.

Va por un vestíbulo.

Tuerce a la derecha.

Hay una escalera. Suben.

Otro pasillo con habitaciones a los lados.  

El anciano dice: 

–        Aquí tenéis.

Que sea agradable vuestra permanencia.

Voy a decir que traigan agua y ropa.

Dios sea con vosotros.

Y se marcha.

Abren las contraventanas de las habitaciones que eligen.

Las murallas y fuertes de Antioquía están frente a las ventanas de un lado;

el tranquilo patio adornado de rosales trepadores,

por ahora pobres a causa del período del año en que están, se ve por las del otro lado.

Y, después de tanto caminar, por fin una casa, una habitación, un lecho…

Para algunos, sólo una etapa; para otros… 

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

343 EXILIADOS…


343 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En una bellísima puesta de sol, se delinea la ciudad de Seleucia

como un voluminoso aglomerado blanco en el límite de las aguas azules del mar calmo

y risueño: todo un jugueteo de olitas bajo un cielo que funde su cobalto sin nubes

con la púrpura del ocaso.

La nave, desplegadas sus velas, enfila veloz hacia la ciudad lejana,

y tanto inciden en ella los esplendores del sol poniente, que parece incendiarse,

con fuego de alegría por la fiesta de la llegada ya cercana.

En el puente de la nave, entre los marineros, que ya ni trajinan ni están inquietos,

están los pasajeros, que ven acercarse la meta.

Sentado junto a Juan de Endor (más macilento aún que cuando partió),

se ve al marinero herido

Todavía tiene fajada la cabeza con una venda ligera;

su tez, pálida-marfil por la gran cantidad de sangre que ha perdido.

Pero sonríe y habla con sus salvadores, o con los compañeros que, pasando,

se congratulan con él de verlo en el puente.

También el cretense se percata de su presencia.

Deja por un momento su puesto, poniéndolo en manos del jefe de la tripulación,

para ir a saludar a su «óptimo Demetes», que ha vuelto al puente por primera vez

después de sufrir la herida.

Y dirigiéndose a los apóstoles,

les dice:

       «Y gracias a todos vosotros» .

«No tenía ninguna esperanza de que sobreviviera, después del golpe de ese pesado travesaño

y del hierro que lo hacía todavía más pesado

Verdaderamente, Demetes, éstos te han dado de nuevo a la vida,

porque estabas ya dos veces muerto.

La primera, yaciendo como una mercancía en el puente, donde habrías perecido por el

desangramiento… y por las olas, que te hubieran llevado al mar;

habrías descendido al reino de Neptuno, a hacer compañía a nereidas y tritones.

La segunda, por haberte curado con esos maravillosos ungüentos.

Y se va hacia el puente de mando para tomar el timón, pues ya están muy cerca del atracadero.

Pedro dice:

–           Vamos a tomar nuestro cargamento.

No veo la hora de alejarnos de este asqueroso pagano.

Juan… Síntica…

En cuanto bajemos con la carga, vendremos por ustedes…

Y los ocho apóstoles se van ligeros a hacer lo que han dicho.

Los dos que se quedan,

observan los diques y la sinfonía de silbidos con que se trasmiten las órdenes

para que el navío quede a punto para el desembarco.

Juan de Endor dice muy triste:

–           Síntica, cada vez damos un paso más hacia lo desconocido.

Otro paso que nos aleja del dulce pasado.

Otra agonía… no creo que aguante…

Síntica está muy pálida y también agobiada por la tristeza,

pero es siempre la mujer fuerte que da fuerzas a los que ama:

–        Es verdad, Juan.

Otro golpe que destroza el corazón.

Otra agonía…

Pero no digas: ‘Otro paso más hacia lo desconocido’ No está bien.

Conocemos nuestra misión.

Jesús nos lo dijo.

Y nos estamos uniendo a la Voluntad de Dios, que sólo Él sabe por qué lo está permitiendo…

Ni siquiera debemos decir: ‘Otro golpe’

Nosotros seguimos fieles a su Voluntad.

El golpe abate.

Nosotros nos unimos.

Nos vemos libres de los placeres sensibles de nuestro amor por Él, por nuestro Maestro.

Y nos reservamos las delicias suprasensibles, haciendo que nuestro amor y obligación

se trasladen a un plan superior.

¿No estás convencido de ello?

¿Sí?

Juan asiente en silencio con un gesto afirmativo.

–        Entonces no debes decir ‘otra agonía’

Decir agonía significa que la muerte está cerca.

Pero nosotros al llegar a un plano espiritual por nuestros propósitos, no morimos,

sino que ‘vivimos’.

Porque lo espiritual es eterno.

Por esta razón subimos a una vida mejor, anticipo de la vida verdadera del Cielo.

¡Ea, ánimo!

¡Olvida que eres el Juan inútil!

Y piensa que eres el hombre destinado al Cielo.

Reflexiona, reacciona y medita…

Y espera solo en ser el ciudadano de aquella patria inmortal.

Los apóstoles ya tienen la carga lista para desembarcar,

cuando la nave entra majestuosa, al lugar donde va a atracar.

Se acercan los dos que están sufriendo el dolor infinito del alejamiento

del que ya aman con todo su ser.

Nicómedes se acerca a despedirlos.

Y Pedro dice:

–        Adiós y muchas gracias.

–        ¡Salve hebreos!

También yo os las doy.

Si os apresuráis, encontrareis alojamiento…

Hasta la vista…

Después de bajar la carga, los diez descienden.

Y cargados con sus fardos, se alejan en busca del albergue…

Al día siguiente…

Erguido enfrente de los apóstoles bajo el primer sol de la mañana…

El anciano posadero dice:

–        En los mercados encontraréis seguro un carro.

Pero, si queréis el mío os lo dejo, en recuerdo de Teófilo.

Si vivo tranquilo, se lo debo a él.

Me defendió, porque era justo.

Ciertas cosas no se olvidan.   

Pedro objeta:

–        Es que tú estarías sin tu carro varios días…

Y además, ¿Quién lo guía?

Yo con un burro… todavía…

¡Pero con un caballo!…

–        ¡Es igual!

No te voy a dar un potro indómito.

doy un prudente caballo de tiro, bueno como un cordero.

Llegaréis pronto y sin fatigaros.

Para la hora novena estaréis en Antioquía;

mucho más considerando que el caballo conoce muy bien el camino y va solo.

Me lo devolverás cuando quieras, sin interés por mi parte,

si no es el de hacer una cosa grata al hijo de Teófilo.

Decidle que todavía le debo muchas cosas.

Y que lo recuerdo y me siento siervo suyo. 

Pedro pregunta a sus compañero

–       ¿Qué hacemos? – 

–        Lo que te parezca mejor.

Tú juzga y nosotros obedecemos…

-¿Probamos con el caballo?

Lo digo por Juan…

Y también para abreviar…

Me siento como si estuviera llevando a uno a la muerte

y estoy deseando acabar todo esto lo antes posible…

Todos aprueban: 

–        Tienes razón

–        Entonces, hombre, acepto.

—       Y yo ofrezco con alegría.

Voy a aparejar el vehículo.

El hospedero se marcha.

Pedro da rienda suelta a su pensamiento:

–        He consumido en estos pocos días la mitad del tiempo de vida que tenía.

¡Una pena!… ¡Una pena!…

Habría querido tener el carro de Elías, el manto que cogió Eliseo,

que les hiciera olvidar, que les…

¡No sé! Algo, en definitiva, que no les hiciera sufrir tanto…

Pero, si logro saber quién es la causa principal de este dolor,

dejo de ser Simón de Jonás si no lo retuerzo como a un paño empapado.

No digo matarlo, ¡No!,

Pero sí exprimirlo, como él ha exprimido la alegría y la vida a esos dos pobrecillos…

Santiago de Alfeo.,

dice:

–        Tienes razón.

Es una gran pena.

Pero Jesús dice que se debe perdonar las ofensas… 

–         Si me las hubieran hecho a mí, debería perdonar.

Y podría.

Estoy sano y fuerte.

Y si alguien me ofende tengo fuerza para reaccionar incluso contra el dolor.

¡Pero, el pobre Juan!

No, no puedo perdonar la ofensa contra el redimido del Señor;

contra uno que muere afligido de esta forma…

Andrés suspira, diciendo: 

–        Yo pienso en el momento en que lo dejemos del todo… – 

Mateo susurra:

–        Yo también.

Es un pensamiento fijo y que aumenta a medida que se acerca el momento…

Pedro dice:

–        Hagámoslo pronto, por piedad

Poniendo una mano en el hombro de Pedro.

Zelote dice serenamente:

–        No, Simón.

Perdona si te observo que te equivocas deseando eso.

Tu amor al prójimo se está transformando en un amor desviado.

Y esto no debe suceder en ti, que siempre has sido recto.

–       ¿Por qué, Simón?

Eres culto y bueno.

Muéstrame mi error.

Y yo, si así lo veo, te diré: tienes razón.

–        Tu amor se está haciendo malsano, porque está para transformarse en egoísmo.

–        ¿Cómo?

¿Me aflijo por ellos y soy egoísta?

–        Sí, hermano;

porque tú, por exceso de amor, todo exceso es desorden.

Y por tanto, induce al pecado, te envileces.

Quieres no sufrir tú de ver sufrir.

Eso es egoísmo, hermano en el nombre del Señor.

Pedro concede:

-¡Es verdad!

Tienes razón. Y

Te agradezco esta advertencia.

Así se debe hacer entre buenos compañeros. Bien.

Entonces ya no tendré prisa…

Pero, decid la verdad,

¿No es un acto de piedad? 

Todos dicen: 

–       Lo es, lo es… 

–       ¿De qué forma los vamos a dejar? 

Andrés sugiere: 

–       Propondría hacerlo cuando nos haya recibido Felipe,

pero quedándonos quizás ocultos un tiempo en Antioquía.

Y preguntándole a Felipe cómo se van adaptando… 

Santiago de Alfeo.. objeta: 

–        No.

Sería hacerles sufrir demasiado con una separación tan brusca.  

Santiago de Zebedeo, comenta:

–        Entonces…

Sigamos a medias el consejo de Andrés.

Quedémonos en Antioquía, pero no en casa de Felipe.

Y durante unos días vamos a verlos, cada vez menos, cada vez menos, hasta que…

No volvemos… 

Tadeo opina:

–        Dolor renovado una y otra vez.

Y cruel desilusión.

No. No se debe hacer. 

–        ¿Qué hacemos, Simón?

Pedro dice abatido:

–       ¡Ah!, por lo que a mí respecta,

quisiera estar en su lugar, más bien que tener que decir: “Me despido de vosotros”

Zelote dice: 

–        Propongo una cosa.

Vamos con ellos a casa de Felipe.

Nos quedamos allí.

Luego, siguiendo todavía juntos, vamos a Antigonio.

Es un lugar ameno…

Y allí también estamos un tiempo.

Una vez que ellos se hayan aclimatado, nos retiramos, con dolor pero con virilidad.

Yo diría esto.

A menos que Simón-Pedro tenga órdenes distintas del Maestro. 

–        ¿Yo? No.

Me dijo: “Haz todo, bien, con amor, sin pereza y sin prisa.

Y de la forma que juzgues mejor”.

Hasta ahora creo que lo he hecho. 

¡Está eso de que dije que era pescador!…

Pero, si no lo hubiera dicho no me habría dejado estar en el puente.

Tadeo lo conforta:

–      No te crees escrúpulos tontos, Simón.

Son puntadas del demonio para turbarte. 

Juan de Zebedeo confirma:

–       Verdaderamente es así!

Creo que está alrededor de nosotros como no lo ha estado jamás,

poniéndonos obstáculos y creándonos miedos, para movernos a actos viles.

Y concluye en voz baja:

«       Creo que quería inducir a la desesperación a ellos dos, reteniéndolos en Palestina…

Y ahora que se escapan de su asechanza se venga en nosotros…

Me lo siento alrededor como una serpiente escondida entre la hierba…

Y ya hace meses que me lo siento alrededor así…

Mirad, ahí vienen el hospedero por un lado y Juan y Síntica por el otro.

Os diré el resto cuando estemos solos, si os interesa.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

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333 LOS CORREDENTORES


333 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En Nazareth, Jesús está hablando con Juan de Endor: 

–        Y estoy también seguro de que lo haréis, sin discutir ni trabajo ni el lugar que os asignaré,

aun no siendo como vosotros deseáis…

Juan tiene un primer indicio  de lo que le espera.

Cambia de cara y de color:

Se pone serio y pálido.

Y su único ojo ahora mira fijamente, atento y escudriñador, al rostro de Jesús,

que prosigue:

–       ¿Te acuerdas Juan cuando, para calmar tus dudas acerca del perdón de Dios te dije:

“Para hacer que comprendas la Misericordia te emplearé en obras especiales de misericordia

y para ti expondré las parábolas de la misericordia”?

–       Sí.

Y fue verdad.

Me persuadiste y me has concedido exactamente hacer obras de misericordia.

Y diría que las más delicadas, como limosnas,

como la instrucción de un niño, de un filisteo y de una griega.

Esto me ha dicho que Dios había conocido tanto mi verdadero arrepentimiento

– y lo había visto real -, que me confiaba almas inocentes o almas de personas en vías de

conversión, para que los formase en El.

Jesús abraza a Juan acercándoselo a su costado,

– es el gesto que hace habitualmente con el otro Juan –

y palideciendo por el dolor que debe causar,

dice:

–       También ahora Dios te confía una tarea delicada y santa.

Una tarea de predilección.

ALMAS VÍCTIMAS CRUCIFICADOS POR EL AMOR

Sólo tú, que eres generoso, que no tienes restricciones ni prevenciones, que eres sabio,

que, sobre todo, te has ofrecido a todas las renuncias y penitencias, para purgar aquel resto

de expiación, aquella deuda que todavía tenías con Dios;

sólo tú lo puedes hacer.

Cualquier otro no querría, y tendría razón, porque le faltarían los requisitos necesarios. 

Ninguno de mis apóstoles posee todo lo que tú tienes para ir a preparar los caminos del Señor…

Bueno, y te llamas Juan.

Serás, por tanto, un precursor de mi Doctrina…

Prepararás los caminos a tu Maestro…

Es más, harás las veces de tu Maestro, que no puede ir tan lejos…

Juan se sobresalta y trata de liberarse del brazo de Jesús para mirarle a la cara,

pero no lo consigue, porque Jesús lo tiene estrechado dulce pero autoritariamente

y ya su boca da el golpe final…

—       …No puede ir tan lejos…

Hasta Siria… Hasta Antioquía…

Juan liberándose violentamente del abrazo de Jesús,

grita:

–       ¡Señor!

¡Señor! ¿A Antioquía?

¡Dime que he entendido mal!

¡Dímelo, por piedad!…

Está de pie…

Todo en él es súplica:

Su único ojo, su rostro, que se ha puesto cinéreo, sus labios trémulos, sus manos

temblorosas extendidas hacia adelante;

su cuerpo, que parece plegarse hacia el suelo como subyugado por la noticia.

Pero Jesús no puede decir:

«Has entendido mal».


Abre los brazos, levantándose a su vez para recibir en su corazón al anciano pedagogo.

Y abre los labios para confirmar:

–       A Antioquía, sí.

A casa de Lázaro.

Con Síntica.

Partiréis mañana o pasado mañana.

La desolación de Juan es verdaderamente lastimosa.

Se libera del abrazo a medias… 

Y frente a frente, bañadas en lágrimas sus flacas mejillas,

grita:

–        ¡Ah, ya no me quieres a tu lado!

¿En qué te he contrariado, mi Señor?

Y se separa y se deja caer en la mesa mientras rompe en sollozos desgarradores, lastimosos,…

Intercalados con accesos ásperos de tos, insensible a las caricias de Jesús,

Susurrando:

–       «Me alejas de Ti, me alejas de Ti, no te volveré a ver…

Jesús sufre visiblemente,

Y Ora…

Luego sale quedamente.

Ve en la puerta de la cocina a María con Margziam, que está asustado de ese llanto…

Más allá está Síntica, también sorprendida.

Jesús la llama:

–       Madre, ven aquí un momento.

María va, ligera y pálida.

Entran juntos.

María se inclina hacia el hombre que llora como si fuera un pobre niño,

y dice:

–       ¡Cálmate, pobre hijo mío, cálmate!

¡No, esto no!

Te perjudicará.

Juan levanta su cara desencajada,

y grita:

–       ¡Me despide!…

Moriré solo, lejos…

Podía esperar unos meses y dejarme morir aquí.

¿Por qué este castigo?

¿En qué he pecado?

¿Te he causado alguna vez molestias?

¿Por qué me has dado esta paz para luego… para luego…

Se deja caer de nuevo encima de la mesa, llorando más fuerte, jadeando…

Jesús le pone la mano en sus flacos y convulsos hombros,

mientras dice:

–        ¿Cómo puedes pensar que, si hubiera podido, no te habría tenido aquí?

¡Oh, Juan!

En el camino del Señor hay tremendas necesidades.

Y el primero que sufre por ello soy Yo.

Yo, que llevo mi dolor y el de todo el mundo.

Mírame, Juan.

Observa si mi rostro, ¿Es el de una persona que te odia, que está cansada de ti…

Ven aquí, a mis brazos, siente cómo palpita de dolor mi corazón.

Compréndeme, Juan; no me entiendas mal.

Es la última expiación que Dios te impone, para abrirte las puertas del Cielo.

Escucha…

Lo levanta y lo estrecha entre sus brazos.

Escucha…

Mamá, sal un momento…

Ahora que estamos solos, escucha.

Tú sabes Quién Soy…

¿Crees firmemente que soy el Redentor?

–       Claro que sí.

Por ello quería estar contigo siempre, hasta la muerte…

–      Hasta la muerte…

¡Horrenda será mi muerte!…

–       La mía, digo. ¡La mía!…

–       La tuya será tranquila, confortada por mi Presencia, que te infundirá la certeza del amor

de Dios; y por el amor de Síntica;

además de por la alegría de haber preparado el triunfo del Evangelio en Antioquía.

¡Pero la mía!… Me verías reducido a un amasijo de carne llagada, cubierta de esputos,

infamada, abandonada en manos de una muchedumbre rabiosa, dada a la muerte

colgándola de una cruz, como un delincuente…

¿Podrías soportar esto?

Juan, que a cada descripción de cómo será Jesús en la Pasión,

ha respondido gimiendo:

–       « ¡No, no!»

Grita un «no» seco, y añade:

–       Odiaría de nuevo a la Humanidad…

Pero yo ya habré muerto, porque Tú eres joven y…

–       Y veré ya sólo una vez las Encenias.

Juan lo mira fijamente, aterrorizado…

–        Te lo he dicho en secreto…

Para explicarte que una de las razones por las que te mando lejos es ésta.

No serás el único.

A todos aquellos que no quiero que sean turbados por encima de sus fuerzas,

los mandaré antes a otro lugar.

¿Esto te parece falta de amor?…

–       No, mi Mártir Dios…

Pero yo te debo dejar… y moriré lejos.

–       Por la Verdad que Soy, te prometo que estaré inclinado hacia la almohada de tu agonía.

–       ¿Y cómo, si estaré muy lejos y me dices que Tú no vas tan lejos?

Lo dices para que me vaya menos triste…

–       Juana de Cusa, agonizando a los pies del Líbano, me vio.

Y Yo estaba muy lejos y no me conocía todavía.

Pues allí la devolví a la pobre vida de esta tierra.

¡Créeme que el día de mi muerte ella lamentará haber vivido!…

Sin embargo, para ti, alegría de mi corazón en este segundo año de Maestro, haré más.

Iré a conducirte a la paz, te daré la misión de decir a los que esperan:

“La hora del Señor ha llegado.

Así como ahora llega la primavera a la tierra, para nosotros llega la primavera del Paraíso”.

Pero, no iré sólo entonces…

Iré, me sentirás, siempre…  

(Con el carisma de la Ubicuidad).

Lo puedo hacer y lo haré.

Tendrás al Maestro en ti como ni siquiera ahora me tienes.

Porque el Amor puede comunicarse a aquel a quien ama.

Y tan sensiblemente que puede tocar no solo el espíritu sino los mismos sentidos.

¿Más tranquilo ahora, Juan?

–       Sí, mi Señor.

¡Pero qué dolor!

–       De todas formas, ¿No te rebelas, no?

–       ¿Rebelarme? ¡Jamás!

Te perdería del todo.

Digo “mi” Padrenuestro: hágase tu voluntad.

–       Sabía que me comprenderías…

Lo besa en las mejillas surcadas por un continuo, aunque sereno, llanto.

–       ¿Me permites saludar al niño?…

Este es otro dolor… Le que-… – El llanto vuelve, ahora más intenso…

–        Sí.

Lo llamo enseguida…

Y también a Síntica, que también sufrirá….

Tú, siendo hombre, debes ayudarla…

–       Sí, Señor.

Jesús sale.

Mientras, Juan llora.

Y besa acariciando las paredes y los objetos de la pequeña habitación hospitalaria.

Entran juntos María y Margziam.

–       ¡Madre!

¿Has oído? ¿Lo sabías?

María responde:

–       Lo sabía, y me dolía…

Pero yo también me he separado de Jesús…

Y soy su Madre…

–       ¡Es verdad!…

Margziam, ven aquí.

¿Sabes que me marcho y que no volveremos a vernos?…

Quiere mostrarse fuerte.

Pero… coge al niño en brazos, se sienta en el borde de la cama y llora abundantemente

encima de la cabeza morena de Margziam,

que a su vez, bien se encarga de imitarlo.

Entra Jesús con Síntica.

Ésta pregunta:

–        ¿Por qué tanto llanto, Juan?

–        Nos traslada, ¿No lo sabes?

¿No lo sabes todavía?

¡Nos manda a Antioquía!

–        ¿Y qué quieres decir con ello?

¿No ha dicho Él, que si dos están congregados en su Nombre estará en medio de ellos?

¡Ánimo, Juan.’

Quizás es que hasta ahora tú has elegido siempre tu destino…

Y entonces la imposición de una voluntad, aunque sea de amor, te abate.

Yo… yo estoy acostumbrada a aceptar el destino impuesto por otras personas.

¡Y qué destino!…

Por eso ahora doblego con gusto mi cabeza ante este nuevo destino.

Si no me he rebelado contra la despótica esclavitud, sino cuando pretendía imponerse a mi alma,

¿Debería rebelarme ahora contra esta dulce esclavitud de amor, que no lesiona sino que eleva

nuestra alma y nos confiere el título de siervos suyos?

¿Te da miedo el mañana porque te encuentras mal?

Trabajaré para ti.

¿Tienes miedo a quedarte solo?

No te dejaré nunca.

Puedes estar seguro de esto.

La única finalidad de mi vida es amar a Dios y al prójimo.

Tú eres el prójimo que Dios me confía.

¡Imagínate cuánto te voy a querer!  

Jesús dice:

–       No tendréis necesidad de trabajar para vivir, porque estaréis en una casa de Lázaro.

Eso sí, os aconsejo que uséis la vía de la enseñanza para entablar contactos con la gente;

tú, como maestro; tú, mujer, con trabajos femeninos:

servirá para el apostolado y para llenar vuestras jornadas.  

Síntica responde firmemente:

–       Así lo haremos, Señor-

Juan sigue teniendo en brazos al niño y llora quedamente.

Margziam lo acaricia…

–       ¿Te vas a acordar de mí?

–       Siempre, Juan, y rezaré por ti…

Es más…

Espera un momento…

Sale corriendo.

Síntica pregunta:

–       ¿Cómo vamos a ir a Antioquía?

–       Por mar. ¿Tienes miedo?

–       No, Señor.

Además nos mandas Tú y eso nos protegerá.

–       Iréis con los dos Simones, mis hermanos, los hijos de Zebedeo. Andrés y Mateo.

De aquí a Tolemaida en el carro;

donde  se van a cargar los arcones y un telar que te he hecho, Síntica;

y algunos objetos útiles para Juan…

–       Yo ya me había imaginado algo al ver los arcones y los vestidos.

Así que había preparado mi alma para la separación.

¡Era demasiado bonito vivir aquí!…

Un sollozo reprimido quiebra la voz de Síntica.

Pero se rehace para sostener el valor de Juan.

Pregunta con voz reafirmada:

–       ¿Cuándo partimos?

–        En cuanto lleguen los apóstoles.

Quizás mañana.

–       Entonces, si me permites, voy a colocar los vestidos en los arcones.

Dame tus libros, Juan.

Es evidente que Síntica desea estar sola para llorar…

Juan responde:

–       Cógelos…

Pero dame ese rollo atado con azul.

Vuelve Margziam con su tarro de miel.

–       Ten, Juan.

Te la comerás por mí…

–       ¡No, niño!

¿Por qué?

–       Porque Jesús ha dicho que una cucharada de miel ofrecida,

puede dar paz y esperanza a una persona afligida.

Tú estás afligido…

Te doy toda la miel para llenarte de consuelo.

–       Pero es demasiado sacrificio, niño.

–       ¡No, no!

En la oración de Jesús se dice: “No nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal”.

Este tarro era una tentación para mí…Y podía ser un mal porque podía hacerme infringir el voto.

Así ya no lo veo… y es más fácil…

Y estoy seguro de que Dios te va a ayudar por este nuevo sacrificio.

Pero no llores más.

Y tampoco tú, Síntica…

Efectivamente, la griega ya llora silenciosamente, mientras recoge los libros de Juan.

Y Margziam los acaricia alternadamente, con un gran deseo de llorar también.

Mas Síntica sale, cargada de rollos,

María la sigue con el tarro de miel.

Juan se queda con Jesús, que se sienta a su lado, y con el niño en sus brazos.

Está sereno, pero alicaído.  

Jesús aconseja:

–       Une también al volumen tu último escrito

–       Creo que se lo quieres dar a Margziam…

–       Sí…

Yo tengo para mí una copia…

Aquí tienes, muchacho.

Estas son las palabras del Maestro.

Las que ha dicho cuando tú no estabas, y otras…

Quería seguir copiándolas, para ti, porque tú tienes la vida por delante…

¡Y quién sabe cuánto evangelizarás!…

Pero ya no puedo continuar…

Ahora soy yo quien se queda sin tus palabras…

Y se echa de nuevo a llorar con fuerza.

Margziam muestra un nuevo gesto, dulce y viril:

Se echa al cuello de Juan y dice:

–       Ahora seré yo quien las escriba para ti y te las mandaré…

¿Verdad, Maestro?

Se puede, ¿No?

–       Claro que se puede.

Y será una gran obra de caridad.

–       Lo haré.

Y, cuando no esté yo, se lo encargaré a Simón Zelote.

Nos quiere a los dos, y lo hará por ejercitar la caridad con nosotros.

Así que no llores más.

Y voy a ir a verte…

No es que te vayas a ir lejos…

–        ¡Ah, sí, qué lejos!

Cientos de millas…

Y moriré pronto.

El niño está desilusionado y afligido.

Pero se rehace con la bella serenidad del niño al que todo parece fácil.

–        De la misma forma que vas tú, puedo ir yo con mi padre.

Y además… nos escribiremos.

Cuando se leen las páginas sagradas es como estar con Dios,

¿No es verdad?

Pues, cuando se lee una carta, es como estar con la persona a la que queremos

y que nos la ha escrito.

Vamos, ven conmigo allí…

–       Sí, vamos allí, Juan.

Dentro de poco vendrán mis hermanos con el Zelote.

Les he mandado aviso de que vengan.

–       ¿Ya saben…?

–        Todavía no.

Espero a decirlo cuando estén presentes todos…

–       De acuerdo, Señor.

Vamos…

Es un anciano muy encorvado el que sale de la habitación de José.

Un anciano que parece saludar a cada uno de los hilos de hierba, a cada tronco,

al pilón y a la gruta;

mientras se dirige hacia el vasto taller, donde María y Síntica, silenciosamente,

están colocando los objetos y los vestidos en el fondo de los arcones…

Y así, silenciosos y tristes, los encuentran Simón, Judas y Santiago.

Observan… pero no hacen preguntas.

Y no es posible comprender si intuyen la verdad.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista y a un corderito, de nuestro grupo de oración,

un padre de familia joven que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

Que Dios N:S: les pague vuestra caridad….

¡Muchísimas gracias y Bendiciones…!  

Y quién de vosotros quiera ayudarnos, aportando una donación económica;

para este propósito, podrán hacerlo a través de éste link

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331 SACRIFICIOS POR AMOR


331 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

 La presencia de Pedro en la mesa familiar de Nazaret, hace que la reunión sea más bulliciosa.

Ya casi han terminado de comer.

Síntica se levanta para llevar a la mesa manzanas, nueces, uvas y almendras;

que concluyen la cena, porque es de noche y las lámparas están ya encendidas.

El tema de conversación versa precisamente sobre las lámparas,

mientras Síntica lleva la fruta

Pedro dice:

–        Este año encenderemos una más.

Y en lo sucesivo siempre una más, por Ti, hijo mío.

Sí, queremos encenderla nosotros por ti, aunque estés aquí.

Es la primera vez que la encendemos por un niño…

Y Simón se emociona un poco al terminar:

«       La verdad es que… si tú estuvieras, sería más bonito…  

María dice:

–        El año pasado era yo, Simón, la que suspiraba así por mi Hijo lejano.

Y junto conmigo María de Alfeo y Salomé.

También María de Simón, en su casa de Keriot.

Y la madre de Tomás…

Simón Zelote dice:

–        ¡Oh, 1a madre de Judas!

Este año tendrá con ella a su hijo…

Pero no creo que se sienta más feliz…

Bueno, vamos a  dejarlo…

Nosotros estábamos en casa de Lázaro.

¡Cuántas lámparas!…

Parecía un cielo de oro y fuego.

Este año Lázaro tiene a su hermana…

Pero estoy seguro de que no me equivoco, sí digo que estarán afligidos

pensando que Tú no estás.

¿Y para el que viene, dónde estaremos?  

Juan de Endor, susurra:

–        Yo, muy lejos… 

Pedro se vuelve a mirarlo, porque lo tiene a su lado.

Y está para preguntar algo, pero afortunadamente, se sabe contener

por la llamada de atención de Jesús con la mirada.

Margziam pregunta:

–        ¿Dónde vas a estar?

–        Por la misericordia del Señor, espero que con Abraham, en su seno…

–        ¿Quieres morir?

¿No quieres evangelizar?

¿No te pesa morir sin haber evangelizado?

–        La palabra del Señor debe salir de labios santos.

Ya es mucho el que me haya permitido escucharla y redimirme por ella.

Me habría gustado…

Pero es tarde…

Jesús dice:

–        Sin embargo, evangelizarás.

Ya lo has hecho.

Tanto que has atraído hacia ti la atención.

Por eso serás igualmente llamado discípulo evangelizador,

aunque no peregrines esparciendo la Buena Nueva.

Y recibirás en la otra vida el premio reservado a mis evangelizadores.

–        Tu promesa me hace desear la muerte…

Cada minuto de vida puede esconder un peligro que yo, siendo débil como soy,

quizás no podría superar.

Si Dios me acoge, satisfecho de lo que he realizado,

¿No es bondad grande que debe ser bendecida?

–        En verdad te digo que la muerte será suma bondad para muchos, que así, conocerán hasta

qué punto el hombre se puede volver demonio, desde un punto donde la paz los consolará

de esta cognición y la transformará en alabanza, porque estará unida a la inefable alegría

de la liberación del Limbo.

Simón Zelote, que ha estado muy atento,

pregunta:

–        ¿Y los años siguientes dónde vamos a estar, Señor? 

–        Donde quiera el Eterno.

¿Pretendes fijar anticipadamente el tiempo lejano, cuando no estamos seguros del momento

que vivimos, ni sí nos será concedido terminarlo?

Y, además, cualquiera que fuere el lugar en que se celebren las futuras Encenias,

en todo caso será santo, si estáis allí para cumplir la Voluntad de Dios».

Pedro pregunta:

–        ¿Estáis? ¿Y Tú? 

–        Estaré siempre donde estén mis amados.

María no ha hablado en todo este tiempo.

Pero sus ojos no han dejado ni un momento de examinar el rostro de su Hijo…

La saca de su ensimismamiento la observación de Margziam,

que dice:

–        ¿Madre,

¿Por qué no has puesto en la mesa los bollos de miel?

A Jesús le gustan y a Juan le vendrían bien para su garganta.

Y además también le gustan a mi padre…

–        Y a ti – termina Pedro.

–        Para mí…

Es como si no existieran.

He hecho una promesa…

María acariciándolo, porque Margziam está entre Ella y Síntica en uno de los lados de la mesa,

mientras que los cuatro hombres están en el lado opuesto

Dice:

–        Por esto, encanto, no los he traído…

–        No, no.

Los puedes traer.

Es más, debes traerlos. Y se los doy yo a todos.

Síntica toma una lámpara, sale, vuelve con los bollos.

Y Margziam agarra la bandeja y empieza a distribuir.

Le da a Jesús el más hermoso (dorado, esponjado con la maestría de un pastelero).

Uno, el segundo en perfección, a María.

Luego es el turno de Pedro, sigue Simón, luego de Síntica.

Y, para dárselo a Juan, el niño se levanta.

Se pone al lado del anciano y enfermo pedagogo,

y le dice:

–        Para ti el tuyo y el mío.

Y además un beso;

por todo lo que me enseñas.

Luego vuelve a su sitio;

deposita con resolución la bandeja en medio de la mesa y cruza los brazos.  

Al ver que Margziam ni lo prueba,

Pedro dice:

–        Así se me atraganta esta cosa deliciosa.

Y añade:

–       «Al menos un trocito.

¡Venga, hombre, del mío;

aunque sólo sea para no morir de ganas!

Sufres demasiado…

Jesús te lo concede.

–        Pero si no sufriera no tendría mérito, padre mío.

He ofrecido este sacrificio precisamente porque sabía que me iba a hacer sufrir….

Y, en definitiva… 

estoy tan contento desde que lo he hecho;

que me siento como todo lleno de miel.

Siento el sabor de la miel en todas partes.

Hasta me da la impresión de respirarlo junto con el aire…

–        Es porque te mueres de las ganas.

–        No.

Es porque sé que Dios me dice: “Haces bien, hijo mío”.

–        El Maestro te habría contentado incluso sin este sacrificio.

¡Te quiere mucho!

–        Sí.

Pero no es justo que me aproveche porque me quiera.

Además, Él dice que es grande la recompensa en el Cielo,

incluso por un vaso de agua ofrecido en su Nombre.

Pienso que, si es grande por un vaso ofrecido a otros en su Nombre,

también lo será por un bollo…

 un poco de miel negados a nosotros mismos por amor a un hermano.

¿Me equivoco, Maestro?

–        Hablas sabiamente.

Yo podía efectivamente, sin tu sacrificio, concederte también la cosa que me pedías para la

pequeña Raquel, porque bueno era hacerla y mi corazón la deseaba.

Pero la hice con más alegría, porque me ayudaste tú.

El amor hacia nuestros hermanos no se limita a medios y límites humanos,

sino que se yergue a lugares mucho más altos.

Cuando es perfecto, toca absolutamente el Trono de Dios y se funde con su infinita caridad

y bondad.

La Comunión de los santos es exactamente este continuo obrar;

de la misma forma que continuamente y en todos los modos obra Dios,

para ayudar a los hermanos,

sea en sus necesidades materiales, sea en sus necesidades espirituales,

o en las dos;

como en el caso de Margziam, que, obteniendo la curación de Raquel,

la libera de la enfermedad y, al mismo tiempo, eleva el espíritu abatido de la anciana Juana

y enciende una confianza cada vez mayor en el Señor,

en el corazón de todos los de aquella familia.

Sí, también el sacrificio de una cucharada de miel, puede servir para devolver la paz

y la esperanza a una persona afligida;

así como un bollo, u otro alimento que no se come por una finalidad de amor,

puede conseguir un pan, ofrecido milagrosamente,

para una persona hambrienta lejana que nunca conoceremos;

y retener, por espíritu de sacrificio, una palabra de ira, aunque fuera justa;

puede impedir un delito lejano;

así como resistir a las ganas de coger un fruto por amor;

puede servir para inspirar a un ladrón la idea de enmendarse, impidiendo así un latrocinio.

Nada se pierde en la economía santa del amor universal.

No se pierde el holocausto de un mártir,

no se pierde el heroico sacrificio de un niño ante una bandeja de bollos.

Es más, os digo que el holocausto de un mártir frecuentemente tiene origen en la heroica 

educación que se haya procurado desde la infancia por amor a Dios y al prójimo.

Margziam. dice convencido: 

–        Entonces conviene mucho que haga siempre sacrificios.

Para cuando seamos perseguidos.  

Pedro cuestiona:

–        ¿Perseguidos? 

–        Sí.

¿No te acuerdas que lo dijo?:

Los presos en Medio Oriente cantan alabanzas, antes de ser ejecutados, igual que Pablo y Silas en prisión…

“Seréis perseguidos por causa mía”.

Me lo dijiste tú la primera vez que viniste, solo, a Betsaida a evangelizar, en verano.

Pedro comenta admirado: 

–        Este niño se acuerda de todo.

La cena termina.

Jesús se levanta.

Ora por todos y bendice.

Luego, mientras las mujeres van a sus labores de ordenar la loza,

Jesús con los hombres se pone en un ángulo de la habitación y labra un trozo de madera,

que, ante la sorprendida mirada de Margziam, se transforma en una ovejita…   

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista. Y a un corderito, un padre de familia joven

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos. 

Que Dios N:S: les pague vuestra caridad….

Y quién de vosotros quiera ayudarnos, aportando una donación económica;

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327 LA SALUD ESPIRITUAL


327 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Síntica añade:

–       ¡Ah, sí!

Como aquel día…

¿Te acuerdas, Juan?

¡Tuviste dos alumnos muy mortificantes ese día!

¡Y muy ignorantes! –

Síntica, sonriendo levemente y mirando fijamente al discípulo con su mirada profunda.

Juan sonríe a su vez,

y dice:

–       Sí.

Y vosotros tuvisteis un maestro muy incapaz, que tuvo que pedir ayuda a la verdadera Maestra…

porque, en ninguno de los muchos libros que había leído;

este pedagogo ignorante había encontrado la respuesta para un niño.

Señal de que soy un pedagogo ignorante todavía.

–       La ciencia humana es ignorante todavía.

Lo insuficiente no era el pedagogo, sino lo que le habían dado para serlo.

¡La pobre ciencia humana!

¡Oh, qué mutilada la veo!

Me recuerda a una divinidad que era venerada en Grecia.

¡Se requería verdaderamente la materialidad pagana, para poder creer que, por estar privada

de alas, la Victoria fuera para siempre propiedad de los griegos!

No sólo las alas a la Victoria;

la libertad incluso nos han quitado…

Mejor hubiera sido, en nuestra creencia, que hubiera tenido alas.

Habríamos podido concebirla capaz de volar, 

para arrebatar rayos celestes y asaetear a los enemigos.

Pero, así, sin alas, no daba esperanza sino desconsuelo y mensaje de tristeza.

No la podía mirar sin apenarme…

La veía doliente, descorazonada por su mutilación.

Un símbolo de dolor, no de alegría…

Y lo fue.

Pero es que el hombre hace con la Ciencia lo mismo que con la Victoria.

Le amputa las alas que bañarían en lo sobrenatural el saber…

Y darían una clave para abrir muchos secretos de lo cognoscible y de la creación.

Han creído, y creen, que, mutilándole las alas la tienen cautiva…

Lo único que han hecho ha sido reducirla a minusválida…

La Ciencia alada sería Sabiduría.

Así, en ese estado, es solamente comprensión parcial.  

Jesús pregunta:

–       ¿Y mi Madre os dio respuesta ese día?  

Síntica dice:

–        Con perfecta claridad y con casta palabra, adecuada para el oído de un niño.

Y de dos adultos de sexo distinto sin que ninguno se ruborizase.

–       ¿Sobre qué versaba?

–       Sobre el pecado original, Maestro.

Tomé nota de la explicación de tu Madre para recordarla.

Juan de Endor dice:

–      También yo.

Creo que será una cosa muy solicitada, si un día se va a los gentiles.

Yo no creo que vaya porque…».  

Jesús pregunta:

–       ¿Por qué, Juan?

–       Porque viviré poco.

–       ¿Pero irías con gusto?

–       Más que muchos otros de Israel, porque no tengo prejuicios.

Y también…

Sí, también por esto.

Yo di mal ejemplo entre los gentiles, en Cintium, y en Anatolia.

Hubiera deseado poder hacer el bien en los lugares en que he hecho el mal.

El bien que debería hacer:

Llevar tu palabra allí, darte a conocer…

Pero habría sido demasiado honor…

No lo merezco…

Jesús lo mira sonriendo;

pero no dice nada a este respecto.

Pregunta:

–        ¿Y no tenéis otras preguntas que hacer? 

Síntica dice:

–        Yo tengo una.

Me ha surgido la otra noche, cuando hablabas del ocio con el niño.

He tratado de darme una respuesta, pero no lo he conseguido.

Esperaba al sábado para hacértela, cuando las manos están inactivas y nuestra alma,

en tus manos, es elevada a Dios. 

–        Haz ahora tu pregunta, mientras esperamos la hora del descanso.

–       Maestro.

Tú dijiste que, si uno se vuelve tibio en el trabajo espiritual, se debilita

y predispone a las enfermedades del espíritu.

¿No es así?

–       Sí, mujer.

–       Pues bien.

Esto me parece en contraste con cuanto os he oído a Ti y a tu Madre, acerca del pecado original,

sus efectos en nosotros, la liberación de éste por medio de Ti.

Me habéis enseñado que con la Redención quedará anulado el pecado original.

Creo que no yerro si digo que será anulado no para todos,

sino solamente para aquellos que crean en ti.

–       Es verdad.

–       Dejo, por tanto a los otros.

Y tomo en consideración a uno de estos salvados.

Lo contemplo después de los efectos de la Redención.

Su alma ya no tiene el pecado original.

Vuelve, pues, a poseer la Gracia como la tenían los Progenitores.

¿Esto no le dará un vigor que no podrá sufrir desfallecimiento alguno?

Tú dirás: “El hombre comete también pecados personales”.

Bien, de acuerdo.

Pero pienso que también éstos caerán con tu Redención.

No te pregunto cómo.

Pero supongo que, como testimonio de que ella se ha producido verdaderamente,

– y no sé cómo acontecerá, si bien cuanto se refiere a Ti en el Libro sagrado hace temblar,

y espero que sea sufrimiento simbólico, restringido a lo moral;

aunque el dolor moral no es una ilusión

sino un espasmo quizás mucho más atroz que el físico.

Dejarás, digo, unos medios, unos símbolos.

Todas las religiones los tienen;

en algunas ocasiones los llaman “misterios”…

El bautismo actual, vigente en Israel, es uno de ellos, ¿No es verdad?

–       Lo es.

Y habrá, con nombre distinto del que tú les das, en mi Religión también,

signos de esta Redención, que serán aplicados a las almas para purificarlas,

fortalecerlas, iluminarlas, sostenerlas, nutrirlas, absolverlas.

–       ¿Y entonces?

Si son absueltas también de los pecados personales, siempre estarán en gracia…

¿Cómo es que entonces, serán débiles y propensas a enfermedades espirituales?

–       Te pongo una comparación.

Tomemos un niño recién nacido de padres sanísimos, sano y robusto.

No hay en él ninguna tara física, hereditaria.

Esqueleto y órganos perfectos.

Goza de sangre sana.

Tiene, pues, todos los requisitos para desarrollarse fuerte y sano;

dándose, además, el caso de que su madre tiene leche abundante y sustanciosa.

Mas, he aquí que en los albores de su vida se manifiesta en él una gravísima enfermedad,

cuya causa se desconoce;

una enfermedad auténticamente mortal.

A duras penas se salva, por la piedad de Dios;

que le retiene la vida que estaba a punto de marcharse de ese cuerpecito.

Pues bien, ¿Crees que, después, ese niño tendrá el mismo vigor,

que si no hubiera sufrido esa enfermedad?

No.

Tendrá siempre en sí un estado de debilidad, que aunque no se manifieste claramente,

estará ahí y lo predispondrá a las enfermedades más fácilmente,

que si no hubiera estado enfermo.

Algún órgano ya nunca estará íntegro como antes.

Su sangre será menos fuerte y pura que antes.

Razones todas éstas por las que contraerá enfermedades más fácilmente;

las cuales, a su vez, cada vez que le afecten,

lo dejarán más propenso a enfermarse de nuevo.

Lo mismo sucede en el campo espiritual.

El pecado original quedará cancelado en los que crean en Mí.

Pero el espíritu conservará una tendencia al pecado;

que no habría tenido sin el pecado original.

Por tanto, es necesario vigilar y cuidar continuamente el propio espíritu,

como hace la solícita madre con su hijito debilitado por una enfermedad infantil.

Por tanto, es necesario no estar ocioso, sino ser siempre diligentes para fortalecerse en virtud.

Si uno cae en la indolencia o en la tibieza, más fácilmente será seducido por Satanás.

Y cada pecado grave, siendo semejante a una grave recaída;

predispondrá cada vez más a la enfermedad y muerte del espíritu.

Por el contrario, la Gracia, restituida por la Redención;

si va acompañada de una voluntad activa e incansable, se conserva.

No sólo se conserva, sino que aumenta;

porque queda asociada a las virtudes conseguidas por el hombre.

¡Santidad y Gracia!

¡Qué alas más seguras para volar a Dios!

¿Has comprendido?

-Sí, mi Señor.

Tú, o sea, la Trinidad Santísima, dais el Medio base al hombre.

El hombre, con su trabajo y atención, no lo debe destruir.

Comprendo.

Todo pecado grave significa destrucción de la Gracia.

O sea, de la salud del espíritu.

Los signos que vas a dejarnos devolverán, sí, la salud;

pero el pecador obstinado, que no lucha por no pecar, será cada vez más débil,

aunque todas las veces sea perdonado.

Es necesario, pues, vigilar para no perecer.

Gracias, Señor…

Margziam se está despertando.

Es tarde…

–       Sí.

Vamos a orar todos juntos y luego iremos a descansar.

Jesús se levanta y todos lo imitan.

(también el niño, que todavía está adormilado).

Y el “Pater noster” resuena fuerte y armónico,

en la pequeña habitación..

321 PRUDENCIA Y SECRETO


321 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Las olas se rompen contra la playita de Mágdala, cuando las dos barcas tocan tierra

al caer de una tarde del mes de Noviembre.

No son olas grandes.

En todo caso, son molestas para quien desembarca, porque los vestidos se mojan.

Pero la perspectiva del ya próximo alojamiento en casa de María de M{agdala,

hace soportar sin refunfuños el no deseado baño.  

Jesús dice a los mozos: 

–        Poned en seguro las barcas y luego nos alcanzáis.

 Y enseguida, se pone en camino siguiendo el litoral;

porque han desembarcado en una pequeña ensenada que está un poco fuera de la ciudad

y en la que hay otras barcas de pescadores de Mágdala.  

Jesús dice:

–        Judas de Simón y Tomás, venid aquí conmigo.

Los dos van sin demora.

–        He decidido daros un encargo de confianza y al mismo tiempo, una alegría.

El cometido es éste: que acompañéis a las hermanas de Lázaro a Bethania.

Y, con ellas, a Elisa.

Os estimo lo suficiente como para confiaros las discípulas.

Aprovecharéis para llevar una carta mía a Lázaro.

Luego, una vez cumplido este cometido, iréis a vuestras casas, para las Encenias…

No interrumpas, Judas.

Todos pasaremos las Encenias en nuestra casa, este año.

Es un invierno demasiado lluvioso para poder viajar.

Como podéis ver, incluso los enfermos son más escasos.

Por tanto, aprovecharemos de ello para descansar y dar una satisfacción a nuestras familias.

Os espero en Cafarnaúm para el final de Sabat.  

Tomás pregunta:

–        ¿Pero vas a estar en Cafarnaúm?

–        No estoy todavía seguro de dónde voy a estar.

En un sitio o en otro, para mí es igual.

Basta con tener cerca a mi Madre.  

Judas dice:

–        Yo prefería pasar las Encenias contigo.

–        Te creo.

Pero, si me amas, obedece; mucho más;

considerando que vuestra obediencia os proporcionará la manera de ayudar a los discípulos

que se han vuelto a esparcir por todas partes.

¡Sí que tenéis que ayudarme en esto!

En las familias, los hijos mayores son los que ayudan a los padres en la formación de los hijos menores.

Vosotros sois los hermanos mayores de los discípulos, que son los menores,

y os debéis sentir contentos de que Yo me ponga en vuestras manos.

Ello es señal de que he quedado contento de vuestra reciente actuación.

Tomás dice sencillamente:

–        Demasiado bueno, Maestro.

Pero, por lo que a mí respecta, trataré de hacer las cosas ahora todavía mejor.

De todas formas, siento dejarte…

Bueno… pasará pronto…

Y mi anciano padre se sentirá contento de tenerme para la fiesta y también mis hermanas…

¿Y mi hermana gemela?…

Debe haber tenido un niño, o estará para tenerlo…

Mi primer sobrino…

Si es varón y nace cuando estoy yo, ¿Qué nombre le pongo?

–        José.

-¿Y si es niña?

–        María.

No hay nombres más dulces.

Judas, sin embargo, orgulloso del encargo recibido, ya está pavoneándose…

y haciendo proyectos, y más proyectos…

Se ha olvidado completamente de que se aleja de Jesús;

mientras que, poco tiempo antes (en los Tabernáculos), había protestado como un potro salvaje

ante la disposición de Jesús de separarse de Él por un tiempo.

Pierde también de vista completamente la sospecha de entonces,

de que era un deseo de Jesús de apartarlo.

Todo lo olvida…

Y está contento de ser considerado una persona a la que se le pueden confiar cometidos delicados.

Promete:

–        Te traeré mucho dinero para los pobres.

Y mientras, saca la bolsa y dice:

–       «Toma éstos.

Es todo lo que tenemos. No tengo más.

Tú dame el viático para nuestro viaje de Bethania a nuestra casa.  

Tomás objeta:

–        Pero no partimos esta noche.

Judas está exaltado.

–        No importa.

En casa de María no hace falta más dinero, por tanto…

Bien contento estoy de no tener más dinero que manejar…

Cuando vuelva le traeré a tu Madre semillas de flores.

Se las pediré a mi madre.

Quiero también traer un regalo a Margziam… 

Jesús lo mira…

Ya llegan a la casa de María de Mágdala.

Se dan a conocer y entran todos.

Las mujeres acuden llenas de alegría al encuentro del Maestro, que ha venido a alojarse en su hogar.

Después de la cena, cuando ya los apóstoles, cansados se han retirado.

Jesús, sentado en el centro de una sala, rodeado por el círculo de las discípulas,

comunica a éstas su deseo de que partan cuanto antes.

Al contrario de los apóstoles, ninguna de ellas protesta.

Inclinan la cabeza en señal de asentimiento y salen para preparar sus equipajes.

Jesús llama a la Magdalena cuando está para atravesar el umbral de la puerta.

–        ¿Entonces, María?

¿Por qué me has susurrado a mi llegada:

“Tengo que hablarte en secreto”?

–        Maestro,

he vendido las piedras preciosas en Tiberíades.

Las ha vendido Marcela con la ayuda de Isaac.

Tengo la suma en mi habitación.

No he querido que Judas viera nada…

Y se ruboriza intensamente.

Jesús la mira fijamente, pero no dice nada.

La Magdalena sale…

Y vuelve con una pesada bolsa y se la da a Jesús.

Diciendo:

–        Aquí tienes.

Las han pagado bien.

–       Gracias, María.

–       Gracias, Rabbuní;

por haberme pedido este favor.

¿Deseas pedirme alguna cosa más?…

–        No, María.

Y tú, ¿Tienes algo más que decirme?

–       No, Señor.

Bendíceme, Maestro mío.

–      Sí. Te bendigo…

María… ¿Estás contenta de volver donde Lázaro?

Imagínate que Yo ya no estuviera en Palestina.

¿Volverías gustosa a casa, entonces?

–       Sí, Señor. Pero…

–       Termina, María.

No tengas miedo nunca de manifestarme lo que piensas.

–       Pero estaría más contenta de volver a casa;

si en vez de Judas de Keriot viniera Simón el Zelote, gran amigo de familia.

–       Lo necesito para una seria misión.

–       Entonces tus hermanos o Juan, de corazón de paloma.

Bueno, todos menos él…

Señor no me mires con severidad…

Quien se ha alimentado de lujuria siente su proximidad…

No la temo.

Sé controlar a alguien que supera ampliamente a Judas.

Es mi terror a no ser perdonada, es mi yo;

es Satanás, que ciertamente da vueltas en torno a mí, es el mundo…

Pero si María de Teófilo no tiene miedo de ninguno,

María de Jesús siente repulsa por el vicio que la había subyugado.

Y la… Señor…

El hombre que brega por la carnalidad me da asco…

–        No estás sola en el viaje, María.

Y contigo estoy seguro de que no se volverá para atrás...

Ten presente que debo proveer para la partida de Síntica y Juan para Antioquía.

Y que ello no debe saberlo quien es un imprudente…

–        Es verdad.

Iré entonces…

Maestro, ¿Cuándo nos volveremos a ver?

–       No lo sé, María.

Quizás no antes de la Pascua.

Ve en paz ahora.

Te bendigo esta noche y todas las noches.

Y contigo, a tu hermana y al buen Lázaro.

María se agacha para besar los pies de Jesús y sale.

Dejando solo a Jesús en la silenciosa habitación

320 LA MANO EN EL ARADO


320 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Agua, agua, agua…

Los apóstoles, poco satisfechos de ir bajo la lluvia;

insinúan a Jesús que si no sería mejor buscar refugio en Nazaret, que no está lejos…

Y Pedro dice: 

–       Luego podríamos reanudar la marcha con el niño…

El «no» de Jesús es tan seco, que ninguno se atreve a insistir.

Jesús va delante, completamente solo…

Los otros van detrás, mohínos, en dos grupos.

Luego Pedro, no sabiendo resistir más, se acerca a Jesús.

Un poco apesadumbrado,

le pregunta:

–        Maestro, ¿Me aceptas aquí?

–       Siempre me eres grato, Simón. Ven.

Pedro se tranquiliza.

Camina con paso forzado al lado de Jesús,

que con sus largos pasos recorre mucho camino fácilmente.

Al poco rato dice:

–        Maestro…

¡Qué bonito sería si hubiéramos traído con nosotros al niño para la fiesta…!

Jesús no responde.

Pedro insiste:

–        Maestro, ¿Por qué no me das esta satisfacción?

–        Simón, te estás arriesgando a que te quite el niño.

–        ¡No!

¡Señor! ¿Por qué?

Pedro está aterrorizado por la amenaza y desolado.

–        Porque no quiero que estés atado a nada.

Te lo dije cuando te concedí a Margziam.

Tú, sin embargo, te estás encallando en este afecto.

–        No es pecado amar.

Y amar a Margziam…

Tú también lo quieres…

–        Pero este amor no me impide darme enteramente a mi misión.

¿No tienes presentes mis palabras sobre los afectos humanos?,

¿Mis consejos – tan claros que son órdenes – acerca de quien quiere poner la mano en el arado?

¿Te estás cansando, Simón de Jonás, de ser heroicamente mi discípulo?

Con voz ronca de llanto,

Pedro responde:

–        No, Señor.

Tengo presente todo y no estoy cansado.

Me da la impresión de que sea lo contrario…

Que Tú estés cansado de mí, del pobre Simón que ha dejado todo por seguirte…

–        Que ha hallado todo siguiéndome, querrás decir.

–        No… Sí…

Maestro… Yo soy un pobre hombre…

–        Lo sé.

Precisamente por eso te labro.

Para hacer del pobre hombre un hombre.

Y de éste un santo, mi Apóstol, mi Piedra.

Soy duro para hacerte duro.

No quiero que seas blando como este fango, sino un bloque escuadrado, perfecto:

la Piedra de base.

¿No comprendes que esto es amor?

¿No recuerdas lo que dice el Sabio?

Dice que quien ama es severo.

¡Pero compréndeme, hombre!

¡Compréndeme tú, al menos!

¿No ves cómo estoy agobiado;

desolado por tantas incomprensiones, por demasiadas simulaciones, por la mucha indiferencia,

y por las aún más numerosas desilusiones?

–        ¿Te sientes… te sientes así, Maestro?

¡Oh! ¡Divina Misericordia!

¡Y yo sin darme cuenta!

¡Pero qué animal soy!…

Pero, ¿Desde cuándo?

¡Por causa de quién?

Dímelo…

–        No se gana nada con decírtelo.

No podrías hacer nada.

Ni siquiera Yo puedo hacer nada…

–       ¿No podría hacer absolutamente nada para aliviarte?

–        Ya te lo he dicho:

comprender que mi severidad es amor.

Ver el amor en todo acto mío respecto a ti.

–        Sí, sí.

Ya no hablo más.

¡Mi amado Maestro! Ya no hablo más.

Perdona a este completo animal que soy.

Dame una prueba de que realmente me perdonas…

–        ¡La prueba!

Verdaderamente debería bastarte mi sí.

De todas formas te doy la prueba.

Mira: no puedo ir a Nazaret, porque en Nazaret están Juan de Endor y Síntica,

además de Margziam, y no se debe saber.

–        ¡¿Ni siquiera nosotros?!

¿Por qué?…

¡Ah! ¡¿Maestro?!

¡¿Maestro?!

¿Desconfías de alguno de nosotros?

–        La prudencia enseña que cuando se debe guardar secreto de una cosa,

demasiado es que dos la sepan.

Se puede hacer daño también con una palabra dicha a la ligera.

Y no todos ni siempre sois reflexivos.

–        Es verdad…

No lo soy tampoco yo.

Pero cuando quiero sé callar.

Y en este caso callaré.

¡Sin duda callaré!

¡Dejaré de ser Simón de Jonás si no sé callar!

Gracias, Maestro, por tu estima.

Esto sí que es una gran prueba de amor…

¿Entonces ahora vamos a Tariquea?

–      Sí.

Luego a Mágdala con las barcas.

Tengo que retirar el oro de las joyas…

–        ¡Ves como sé guardar silencio!

¡No le he dicho nada a Judas, eh!

Jesús no comenta la interrupción.

Continúa:

-Una vez que haya retirado el oro, os dejo a todos libres hasta el día de las Encenias.

Si necesito a alguno de vosotros, os llamo para que vayáis a Nazaret.

Los judíos, excepto Simón Zelote, acompañarán a las hermanas de Lázaro y a sus criadas,

más Elisa de Betsur, a la casa de Betania.

Luego irán para las Encenias a sus casas.

Me bastará con que estén de regreso para el final de Sabat;

entonces reanudaremos la marcha.

Esto lo sabes sólo tú, ¿Verdad, Simón Pedro?

–        Lo sé yo sólo.

Pero… de todas formas, tendrás que decirlo…

–        Lo diré en su momento.

Ahora regresa con los compañeros y estáte seguro de mi amor.

Pedro obedece contento.

Y Jesús se vuelve a ensimismar en sus pensamientos. 

315 FIN DEL SEGUNDO GRAN VIAJE


315 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús está hablando en la plaza principal de Aera:

“-«…Y no os estoy expresando, como he hecho en otros lugares,

las primeras e indispensables cosas que hay que saber y hacer para salvarse.

Ya las sabéis y muy bien, por obra de Timoneo, sabio arquisinagogo de la Ley antigua,

sapientísimo ahora al renovarla con la Luz de la Ley nueva.

Lo que quiero es poneros en guardia contra un peligro que en el estado de espíritu

en que os encontráis no podéis ver.

Es el peligro de presiones o malignas acusaciones que os desvíen, con la intención de separaros de esta fe que ahora tenéis en Mí.

Os voy a dejar a Timoneo durante un tiempo.

Con otros, os explicará las palabras del Libro a la luz nueva de mi Verdad, que él ha abrazado.

Pero antes de dejaros;

habiendo escrutado vuestros corazones, habiéndolos visto sinceramente amantes, voluntariosos y humildes;

quiero comentar con vosotros un punto del cuarto Libro de los Reyes.

(Corresponde, en la nueva nomenclatura bíblica a 2 Reyes 18, 17-36)

Cuando Ezequías, rey de Judá, sufrió el asalto de Senaquerib,

fueron a él los tres altos personajes del rey enemigo para aterrorizarlo,

con temores de quiebra de alianzas, de potencias que ya lo circundaban.

A las palabras de los poderosos enviados, respondieron Elyaquim, Sebná y Yoaj:

“Habla de forma que el pueblo no comprenda” (para que el pueblo aterrorizado no invocara la paz).

Pero esto es lo que querían los mensajeros de Senaquerib;

así que dijeron con fuerte voz y en perfecto hebreo:

“Que no os seduzca Ezequías…

Concertad con nosotros lo que os conviene y rendíos.

Y todos podrán comer de su vid y de su higuera.

Y podréis beber el agua de vuestras cisternas;

hasta cuando vengamos a llevaros a una tierra como la vuestra, fecunda, rica en vino;

una tierra abundante de pan y uvas, tierra de aceitunas, aceite y miel;

así viviréis y no moriréis…”.

Y está escrito que el pueblo no respondió, porque había recibido la orden del rey de no responder.

Ved. Yo también, por compasión de vuestras almas

asediadas por fuerzas más feroces aún que las de Senaquerib, que podía dañar los cuerpos

mas no lesionar los espíritus…

Mientras que la guerra que os plantea el ejército enemigo capitaneado por el más fiero y cruel

déspota que hay en la Creación, es contra vuestros espíritus,

Yo también he rogado a sus mensajeros, a esos mensajeros suyos que, para perjudicarme a Mí en vosotros,

tratan de aterrorizarnos a Mí y a vosotros con amenazas de tremendos castigos,

les he suplicado diciendo: “Habladme a Mí, pero dejad en paz a las almas que nacen ahora a la Luz.

Meteos conmigo, torturadme a Mí, acusadme a Mí, matadme a Mí;

pero no os ensañéis con estos pequeñuelos de la Luz.

Son débiles todavía.

El cristiano debe tener identidad de realeza con corazón de siervo. Y EL CORAJE DE UN GUERRERO…

Un día serán fuertes, pero ahora son débiles.

No arremetáis contra ellos.

No arremetáis contra la libertad que tienen los espíritus de elegir un camino.

No arremetáis contra el derecho que Dios tiene a llamar a Sí a estos que lo buscan con sencillez y amor”.

¿Pero puede, acaso, uno que odia ceder a las súplicas de la persona odiada?

¿Puede, acaso, uno que es víctima del odio conocer el amor?

No puede.

De aquí que, con mayor dureza aún.

Y cada vez con mayor dureza, vendrán a deciros: “Que no os seduzca el Cristo.

Venid con nosotros y tendréis todos los bienes”.

Y os dirán: “¡Ay de vosotros si le seguís! ¡Seréis perseguidos!”.

Y os urgirán con ficticia bondad: “Salvad vuestras almas. Es un Satanás”.

Muchas cosas os dirán de Mí, muchas, para persuadiros a abandonar la Luz.

Yo os digo: “A los tentadores responded con el silencio”.

Después, cuando descienda la Fuerza del Señor a los corazones de los fieles de .Jesucristo,

Mesías y Salvador, entonces podréis hablar, porque no seréis vosotros;

sino el mismo Espíritu de Dios, el que hablará en vuestros labios.

Y vuestros espíritus serán adultos en la Gracia, fuertes e invencibles en la Fe.

Sed perseverantes. Sólo os pido esto.

Recordad que Dios no puede ceder a los sortilegios de un enemigo suyo.

Que sean vuestros enfermos, aquellos que han recibido confortación y paz en su espíritu,

los que hablen siempre entre vosotros, con su sola presencia, de Quién es el que vino a vosotros

para deciros: “Perseverad en mi amor y en mi doctrina y tendréis el Reino de los Cielos”.

Mis obras hablan más aún que mis palabras.

Y a pesar de que saber creer sin necesidad de pruebas sea perfecta bienaventuranza,

os he permitido ver los prodigios de Dios para el fortalecimiento de vuestra fe.

Responded a vuestro cerebro, tentado por los enemigos de la Luz, con las palabras de vuestro espíritu:

“Creo porque he visto a Dios en sus obras”.

Responded al enemigo con el silencio activo y diligente.

Y con estas dos respuestas caminad en la Luz.

La paz sea siempre con vosotros.

Y los despide. Luego se encamina afuera de la plaza.

Nathanael pregunta:

–        ¿Por qué les has hablado tan poco, Señor?

Timoneo quizás se ha quedado desilusionado.

Jesús responde:

–        No se sentirá desilusionado porque es un justo.

Y comprende que advertir a uno de un peligro, es amarlo con amor más intenso.

Este peligro está muy presente.

Mateo dice:

–        Como siempre, los fariseos, ¿no?

–        Ellos y otros.

Juan pregunta afligido:

–        ¿Estás apesadumbrado, Señor?

–        No.

No más que de costumbre…

–        Sin embargo, estabas más alegre estos días pasados…

–        Será tristeza por no tener ya consigo a los discípulos.

Judas pregunta:

–        Pero, ¿Y  por qué los has despedido?

¿Es que quieres seguir el viaje?

–        No.

Éste es el último lugar.

De aquí se va a casa.

Pero las mujeres no podían continuar con estas condiciones climáticas.

Han hecho mucho.

No deben hacer más.

–        ¿Y Juan?

–        Enfermo.

En una casa amiga como estuviste tú.

Luego Jesús se despide de Timoneo y de otros discípulos que se quedan en la comarca;

a los cuales les hadado órdenes para el futuro, pues no insiste en más consejos.

Están en la puerta de la casa de Timoneo,

porque Jesús ha querido bendecir una vez más a la dueña de la casa.

La gente, respetuosa, lo observa.

Y lo sigue cuando reanuda el camino en dirección al arrabal, a las huertas, a la campiña.

Los más tenaces lo siguen todavía un poco más, en un grupo cada vez más reducido;

hasta ser sólo nueve, luego cinco, luego tres, luego uno…

Este uno también se vuelve para Aera,

Mientras Jesús toma la dirección de occidente, sólo con los doce apóstoles;

pues también Hermasteo se ha quedado, con Timoneo.

Jesús dice:

–        El viaje, el segundo gran viaje apostólico, está cumplido.

Ahora es el regreso a los conocidos campos de Galilea.

298 EL MERCADER


298 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Después de una fértil llanura, seguida por un largo tramo allende el Jordán,

y es hermoso caminar en esta estación serena y dulce de un morir de Octubre,

Hacen un alto en un pueblecillo acurrucado a los pies de las primeras pendientes,

de una respetable cadena montañosa

pues alguna de sus cimas puede tomar el verdadero nombre de montaña.

Más adelante se encuentran una caravana grande y rica que va custodiada

por hombres altos y morenos, que van muy bien armados.

Y se agregan a ella.

Atraviesan la llanura del otro lado del Jordán y cuando abrevan sus animales en un estanque,

Jesús platica con el rico mercader que la conduce.

y se entera de que van a pasar por las ciudades por las que Él también pasará.

Como sabe que los ladrones se la pensarán bien antes de asaltarlos,

decide ir con él, para que las mujeres vayan más seguras.

El mercader le pregunta:

–       ¿Eres el Mesías?

Jesús le contesta:

–       Sí.

–        Me llamo Alejandro Mixsace.

Hace días estuve en el Templo; en el Patio de los Gentiles y te oí.

Yo te protegeré y Tú me protegerás.

Llevo un cargamento de mucho valor.

Nos detendremos en el siguiente poblado.

Me alegro de haberte encontrado, porque he perdido de vista a Dios.

–         Porque tienes por dioses el comercio, el dinero, la vida…

Y Dios es el que te concede estas cosas.

¿Por qué entraste al Templo?

–        Por curiosidad.

Fui a hacer algunos negocios, vi a un grupo de personas que te veneraban.

Y recordé lo que había oído de Ti en Ascalón, de un fabricante de tapetes.

Pregunté quién eras y te seguí.

Como ya terminaron de abrevar los animales, avisan al mercader que ya están listos,

El hombre da algunas órdenes y se ponen en camino.

Jesús organiza su comitiva a la zaga de su larga caravana

rica de cuadrúpedos y de hombres bien armados, con los que ha hablado antes,

mientras daban de beber a sus animales en los pilones de la plaza.

Son, en su mayor parte, hombres altos y muy morenos, ya de apariencia asiática.

Montado en un fortísimo mulo, está el jefe de la caravana, armado hasta los dientes,

más otras armas que penden de la silla.

Y no obstante, se ha mostrado muy deferente con Jesús.

Los apóstoles preguntan a Jesús:

–        ¿Quién es?

–        Un rico mercader de allende el Eufrates.

Le he preguntado a dónde iba, y ha sido amable.

Pasa por la ciudad por la que tengo intención de pasar Yo.

Es una cosa providencial por estos montes, llevando mujeres con nosotros.

–        ¿Temes algo?

–        Como robos nada, porque no tenemos nada.

Pero sería ya suficiente el miedo para las mujeres.

Un puñado de ladrones no asalta jamás a una caravana tan fuerte.

Y podrá sernos útil también para conocer los pasos mejores y superar los difíciles.

Me ha preguntado: “¿Eres el Mesías?”,

Y habiendo sabido que sí, ha dicho: “Estaba en el patio de los Paganos, hace días.

Y más que verte, porque soy pequeño, te he escuchado.

Bien, yo te protejo a ti y Tú me proteges a mí.

Llevo una cargamento de mucho valor”.

–        ¿Es prosélito?

–        No creo.

Pero quizás procede de nuestro pueblo.

La caravana se mueve despacio;

como si no quisiera agotar las fuerzas de los cuadrúpedos marchando mucho.

Por eso es fácil seguir su ritmo.

Es más, a menudo es necesario pararse,

porque los acemileros hacen pasar a los animales cargados de uno en uno,

llevándolos del cabestro en los puntos difíciles.

A pesar de que sea montaña propiamente dicha, la zona es muy fértil y está bien cultivada.

Quizás los montes situados al nordeste, que van siendo más altos, protegen de las corrientes

frías del norte o de las perjudiciales del este, y esto favorece los cultivos.

La caravana sigue el curso de un torrente que ciertamente vierte en el Jordán,

bien nutrido de aguas que descienden desde la cima.

La vista es bella, cada vez más bella a medida que se va subiendo:

se extiende hacia occidente por la llanura del Jordán.

Y, más allá de la llanura, presenta los graciosos perfiles de los collados y montes

de la Judea del Norte.

A oriente y a septentrión es una continua variación de panoramas,

ora paisajes abiertos a lejanías, anchurosos.

Ora paisajes que ofrecen a la mirada un encabalgarse de lomas y picos verdes,

o rocosos, que parecen cerrar el camino cual improviso muro laberíntico.

Acercase el sol a su ocaso tras los montes de Judea,

arrebolando intensamente el cielo y las pendientes;

cuando el rico mercader, que se había detenido dejando pasar a la caravana,

dice a Jesús:

–        Hay que llegar al pueblo antes de que anochezca.

Pero muchos de los tuyos parecen cansados.

Este trayecto es duro.

Diles que monten en los mulitos de reserva.

Son animales tranquilos.

Tendrán toda la noche para descansar.

Y además no es fatiga llevar el peso de una mujer.

Jesús acepta.

El hombre da orden de pararse para que puedan montar en los animales las mujeres.

Jesús dispone que también monte a caballo Juan de Endor.

Los que van a pie -también Jesús – cogen los ramales para hacer más segura la marcha a las mujeres.

Margziam quiere comportarse como un hombre y aunque esté derrengado,

no quiere de ninguna manera subir a la montura con nadie;

antes al contrario, coge él también un ramal del mulito de María Santísima,

que queda así entre Jesús y el niño que camina valeroso.

E1 mercader se ha quedado al lado de Jesús,

y dice a María:

–       ¿Ves, Mujer, aquel pueblo?

Es Ramot. Nos detendremos allí.

Me conocen en la posada porque recorro este camino dos veces al año;

mientras que otras dos veces voy por la costa, para vender o comprar.

Mi vida… dura vida.

Pero tengo doce hijos y muy pequeños.

Me he casado tarde.

A uno lo he dejado con nueve días.

Ahora me lo encontraré ya con los primeros dientes.  

María comenta:

–       Una bonita familia…

«Que el Cielo te la conserve.

–        Efectivamente.

No me quejo de su ayuda, a pesar de que me la merezca muy poco.

Jesús pregunta:

–        ¿Eres al menos prosélito?

–        Debería serlo…

Mis antepasados eran verdaderos israelitas.

Luego… nos aclimatamos allí…

–        El alma se aclimata a un solo ambiente, el del Cielo.

–       Tienes razón.

Pero, ya sabes…

Mi bisabuelo se casó con una que no era de Israel.

Sus hijos fueron menos fieles…

Los hijos de sus hijos se casaron a su vez con nuevas mujeres que no eran de Israel… 

Y dieron hijos que sólo mantenían el respeto hacia el nombre judío;

porque, como origen, somos judíos.

Ahora yo, nieto de nietos… ya nada.

Estando en contacto con todos, he cogido de todos, para terminar por no ser de ninguno.

–        No es buena razón esto que me dices.

Te lo voy a demostrar.

Si tú, yendo por este camino, que sabes que es bueno,

te encontraras con cinco o seis personas, las cuales te dijeran:

“¡No, hombre, no, ve por allí!”, “Vuelve para atrás”, “Párate”,

“Ve hacia oriente”, “Tuerce a occidente”

 ¿Qué dirías?

–        Diría: “Sé que éste es el camino más corto y atinado. No lo dejo”.

–      Otro ejemplo:

Si tuvieras que concluir un trato y conocieras el método adecuado para llevarlo a cabo…

¿Prestarías oídos a quienes por mera petulancia o por astucia calculada,

te aconsejasen en otra línea?

–        No.

Seguiría aquello que mi experiencia me señala como mejor.

–        Muy bien.

Tú, originario de Israel, tienes a tus espaldas milenios de fe.

No eres ni un estúpido ni un inculto.

¿Por qué, entonces, absorbes lo que te viene de los contactos con todos en materia de fe,

mientras que sabes rechazarlo en materia de dinero o de seguridad de caminos?

¿No te parece esto deshonroso incluso humanamente?

Postergar a Dios al dinero y al camino…

–        No pospongo a Dios.

Lo he perdido de vista…

–        Porque tienes como dioses el comercio, el dinero, la vida.

Y sin embargo es Dios, es Él, quien te permite tener estas cosas..