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109 LA DESPEDIDA


109 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Es una clara noche de luna.

Tan nítida, que el terreno aparece con todos sus detalles y los campos, con el trigo nacido pocos días antes,

parecen alfombras de felpa verdeplata vareteadas con las listas oscuras de los senderos.

Velándolas están los troncos de los árboles: del todo blancos por el lado de la Luna; del todo negros por el lado oeste.

Jesús va caminando seguro y solo.

Avanza muy deprisa por su camino…  

Hasta que se encuentra con un curso de agua que desciende gorgoteando hacia la llanura en dirección norte-este.

Remonta su curso hasta un lugar solitario al lado de una escarpadura cubierta de vegetación espesa.

Tuerce otra vez, trepando por un sendero y llega a un refugio natural de la ladera del collado.

Entra.

Se inclina hacia un cuerpo extendido en el suelo.

Un cuerpo que casi ni se vislumbra a la luz de la luna, que ilumina el sendero, pero no penetra en la cueva.

Lo llama:

–     Juan.

El hombre se despierta y se incorpora, todavía entre las nieblas del sueño.

Pronto se da cuenta de Quién es el que lo ha llamado…

Y se levanta bruscamente, para postrarse en tierra diciendo:

–      ¿Cómo es que viene a mí mi Señor?

–     Para alegrar tu corazón y el mío.

Anhelabas mi presencia, Juan; aquí estoy. Levántate.

Vamos a salir a la luz de la luna.

Sentémonos a conversar en esta peña que hay junto a la cueva.

Juan obedece, se levanta y sale.

Pero, una vez que Jesús se ha sentado…

él, con la piel de oveja que mal cubre su flaquísimo cuerpo, se pone de rodillas delante del Cristo,

echándo hacia atrás sus cabellos largos y desordenados que le pendían por delante de los ojos, para ver mejor al Hijo de Dios.

El contraste es fortísimo:

Jesús, de tez pálida, rubio, cabellos esponjosos y ordenados, corta barba en la parte baja del rostro.

El otro, todo él, una mata de pelos negrísimos, tras los cuales apenas si asoman dos ojos hundidos que parecen febriles,

por el fuerte brillo de su negro de azabache.

Jesús dice:

–     Vengo a decirte “gracias”.

Has cumplido y cumples, con la perfección de la Gracia que hay en ti, tu misión de Precursor mío.

Cuando llegue la hora, entrarás en el Cielo a mi lado, porque habrás merecido todo de Dios;

pero ya durante la espera tendrás la paz del Señor, amigo mío dilecto.

–    Muy pronto entraré en la paz.

Bendice, Maestro mío y Dios mío, a tu siervo; para fortalecerlo en la última prueba. Sé que está cercana.

Y que debo dar todavía un testimonio: el de la sangre.

Tú tampoco desconoces – menos todavía que yo – que mi hora está llegando.

Tu venida aquí ha sido deseo de la misericordiosa bondad de tu corazón de Dios, para fortalecer al último mártir de Israel y primero del nuevo tiempo.

Dime sólo una cosa: ¿Voy a tener que esperar mucho hasta que vengas?

–     No, Juan.

No mucho más de cuanto transcurrió desde tu nacimiento, hasta el mío.

–     ¡Bendito sea el Altísimo! Jesús…

¡Puedo llamarte así?

bautista

–     Puedes, por sangre y por santidad.

Este Nombre, pronunciado incluso por los pecadores, puede pronunciarlo el santo de Israel.

Para ellos significa salvación. Sea para ti dulzura. ¿Qué quieres de Jesús, tu Maestro y primo?

–     Voy a la muerte.

Me preocupo de mis discípulos como un padre lo hace con sus hijos. Mis discípulos…

Tú, que eres Maestro, sabes cuán vivo es nuestro amor por ellos.

El único pesar de mi muerte es el temor a que se descarríen, como ovejas sin pastor.

Recógelos Tú.

Te restituyo los tres tuyos, que en espera de Tí, han sido perfectos discípulos míos.

En ellos, sobre todo en Matías, habita realmente la Sabiduría.

Tengo otros discípulos que irán a Tí. Deja de todas formas que te confíe personalmente a estos tres; son los tres preferidos.

–    También Yo les profeso este amor.

Ve tranquilo, Juan. No perecerán ni éstos ni los otros verdaderos discípulos que tienes.

Recojo tu herencia. La velaré como el tesoro más apreciado, recibido del perfecto amigo mío y siervo del Señor.

Juan se postra y se inclina profundamente hasta tocar el suelo y cosa que parece imposible en un personaje tan austero,

solloza fuertemente, de alegría espiritual.

Jesús le pone una mano sobre la cabeza:

–     Tu llanto, que es alegría y humildad, encuentra su correspondencia en un lejano canto, al son del cual tu pequeño corazón saltó de júbilo.

Aquel canto y este llanto son el mismo himno de alabanza al Eterno, que “ha hecho grandes cosas; Él, que es poderoso en los espíritus humildes”.

Mi Madre también va a entonar de nuevo su canto, el mismo que en aquel momento cantó.

Pero después, Ella recibirá la mayor de las glorias, como tú tras tu martirio. Te traigo su saludo. Todos los saludos y todos los consuelos. Lo mereces.

Aquí, sólo es la mano del Hijo del Hombre lo que está sobre tu cabeza; pero del Cielo abierto desciende la Luz y el Amor para bendecirte, Juan.

–     No merezco tanto. Soy tu siervo.

–     Tú eres mi Juan.

Aquel día, en el Jordán, Yo era el Mesías que se estaba manifestando;

aquí, ahora, soy tu primo y tu Dios,  con el deseo de darte el viático de su amor de Dios y de pariente.

Levántate, Juan. Démonos el beso de despedida.

–     No merezco tanto…

Lo he deseado siempre, durante toda la vida; sin embargo, no oso cumplir este gesto contigo: Tú eres mi Dios.

–     Yo soy tu Jesús. Adiós.

Mi alma estará al lado de la tuya hasta la paz. Vive y muere en paz, por tus discípulos. Ahora sólo puedo darte esto.

En el Cielo te daré el céntuplo, porque has hallado toda gracia ante los ojos de Dios.

Lo ha puesto en pie y lo ha abrazado besándolo en las mejillas, recibiendo a su vez el beso de Juan, quien tras ello, vuelve a arrodillarse.

Jesús le impone las manos y ora con los ojos levantados al cielo. Parece como si lo estuviera consagrando.

Jesús se manifiesta imponente.

El silencio se prolonga así, durante un tiempo.

Luego Jesús se despide con su dulce saludo.

–     Mi paz esté siempre contigo. 

Y emprende el regreso, por el mismo camino que había recorrido antes.

105 FOTINAÍ


105 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús dice:

–     Yo me detengo aquí.

Id a la ciudad. Comprad los alimentos necesarios. Comeremos en este lugar.

–      ¿Vamos todos?

–     Sí, Juan. Es bueno que estéis en grupo.

–     ¿Y Tú? ¿Te quedas solo?… Son samaritanos…

–      No serán los peores de entre los enemigos del Cristo.

¡Vamos, poneos en camino! Yo oraré mientras os espero. Por vosotros y por éstos.

Los discípulos se van a regañadientes.

Tres o cuatro veces se vuelven a mirar a Jesús, que se ha sentado en una paredilla soleada al lado del bajo y ancho brocal de un pozo.

Un pozo grande, tan ancho que parece casi una cisterna.

En verano deben darle sombra unos árboles grandes que ahora están deshojados.

No se ve el agua, pero en el suelo junto al pozo, hay signos claros de haberla sacado:

pequeños charcos y círculos de jarros húmedos.

Jesús se sienta y se pone a meditar en su acostumbrada posición:

los codos apoyados sobre las rodillas; las manos hacia adelante, unidas; el cuerpo levemente curvado. la cabeza inclinada hacia abajo.

Luego, sintiendo el calor de un agradable solecillo, se deja caer el manto de la cabeza y de los hombros y lo tiene recogido sobre su regazo.

Alza la cabeza para sonreír a una multitud de pájaros reñidores que se están disputando una migaja que se le ha caído a alguien junto al pozo.

De improviso, llega una mujer. Los pájaros huyen.

Viene al pozo con un ánfora vacía sujeta de una de las asas con la mano izquierda;

la derecha separa con gesto de sorpresa el velo, para ver quién es el hombre que está sentado allí.

Jesús sonríe a esta mujer de unos treinta y cinco años, alta, de facciones fuertemente marcadas y bonitas.

Un tipo de mujer que nosotros diríamos casi español: palidez aceitunada; labios muy encendidos y más bien túmidos;

ojos muy grandes y negros, bajo cejas muy espesas; trenzas que se transparentan a través del ligero velo, de color negro corvino.

También las formas, bien modeladas y llamativas, reflejan un marcado tipo oriental, como el de las mujeres árabes.

Lleva un vestido de rayas multicolores, bien ceñido a la cintura, tirante en las caderas y el pecho, para pender luego, en una especie de orla ondulante, hasta el suelo.

Muchos anillos en las manos y muchas pulseras en las muñecas que despuntan bajo las bocamangas de lino.

En el cuello lleva un pesado collar, muy elaborado. Pesados pendientes, que brillan bajo el velo, caen hasta la altura del cuello.

Jesús la saluda:

–     La paz sea contigo, mujer.

¿Me das de beber? He caminado mucho y tengo sed.

Ella se asombra:

–     ¿Pero no eres judío?

¿Me pides de beber a mí, que soy samaritana? ¿Qué ha sucedido? ¿Hemos sido rehabilitados, o es que vosotros estáis disgregados?

Sin duda algo grande ha sucedido, cuando un judío habla amablemente con una samaritana.

De todas formas, debería responderte: “No te doy nada, para castigar en ti todas las injurias que los judíos desde hace siglos nos infligen”.

–     Así es: un gran acontecimiento.

Como consecuencia, muchas cosas han cambiado y más aún van a cambiar.

Dios ha otorgado un gran don al mundo y por él muchas cosas han cambiado.

Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice:

“Dame de beber”, quizás tú misma le pedirías de beber y Él te daría Agua Viva.

–     El agua viva está en las venas de la tierra.

Este pozo la tiene… pero es nuestro 

La mujer se muestra burlona y arrogante.

–      El agua es de Dios, como también es de Dios la bondad.

Y la vida misma. Todo es de un único Dios, mujer. Y todos los hombres vienen de Dios: tanto los samaritanos como los judíos.

¿No es éste el pozo de Jacob? ¿Jacob no es cabeza de nuestra estirpe? Si luego un error nos ha dividido, ello no cambia el origen.

La mujer pregunta agresiva:

–     ¿Error nuestro, ¿verdad? 

–      Ni nuestro ni vuestro.

Error de alguien que había perdido de vista caridad y justicia. No te estoy ofendiendo, ni tampoco a tu raza ¿Por qué quieres tú mostrarte ofensiva?

–     Eres el primer judío al que oigo hablar así.

Los otros… Pero, respecto al pozo, sí, es el de Jacob y tiene tanta agua y tan clara que los de Sicar la preferimos a las otras fuentes.

De todas formas, es muy profundo, y no tienes ni ánfora ni odre; ¿Cómo podrías sacar para mí agua viva?

¿Eres, acaso, más que Jacob, nuestro santo patriarca, que encontró esta abundante agua para él, para sus hijos y sus hatos de ganado?

¿Y que nos la dejó como don y recuerdo suyo?

–     Tú lo has dicho.

Mira, quien bebe de esta agua seguirá teniendo sed; Yo, en cambio, tengo un agua que si uno la bebe no vuelve a sentir sed.

Pero es sólo mía y la doy a quien me la pide.

En verdad te digo que quien reciba esta agua que Yo le dé quedará saciado para siempre y no volverá a tener sed,

porque mi agua se hará en él manantial seguro, eterno.

–     ¿Cómo? No entiendo.

¿Eres un mago? ¿Cómo puede un hombre transformarse en un pozo?

El camello bebe y se aprovisiona de agua en su voluminoso vientre, pero luego la consume y no le dura toda la vida.

¿Y Tú dices que tu agua dura toda la vida?

–     Más que eso: saltará hasta la vida eterna.

Fluirá hasta la vida eterna en quien la beba, y producirá semillas de vida eterna, porque es surtidor de salud.

–     Dame de esa agua si es verdad que la posees.

Me canso viniendo hasta aquí. La tendré y no volveré a sentir sed, y no enfermaré jamás ni me haré vieja.

–    ¿Sólo de eso te cansas?

¿De nada más? ¿Sólo sientes necesidad de sacar agua para beber, para tu pobre cuerpo?

Reflexiona. Hay algo que vale más que el cuerpo: el alma. Jacob no dio a los suyos y a sí mismo sólo el agua de la tierra, sino que se preocupó de darse.

Y de dar la santidad, el agua de Dios.

–     Vosotros nos llamáis paganos.

Si eso es verdad, no podemos ser santos…

La mujer ha perdido su tono petulante e irónico y ahora se muestra sumisa y ligeramente confundida.

–      Un pagano puede también ser virtuoso.

Dios, que es justo, le premiará el bien realizado. No será un premio completo,

pero sí te digo que entre un fiel en culpa grave y un pagano sin culpa Dios mira con menos rigor al pagano.

¿Y por qué, si sabéis que lo sois, no vais al verdadero Dios? ¿Cómo te llamas?

–     Fotinai.

–     Pues, respóndeme, Fotinai:

¿Te duele el no poder aspirar a la santidad por el hecho de ser pagana, como tú dices?

¿Por vivir, como digo Yo, en la ofuscación de un antiguo error?

–     Me aflige.

–     ¿Y entonces, ¿por qué no vives, al menos, como una virtuosa pagana?

–     ¡Señor! …

–     Sí. ¿Puedes, acaso, negarlo?

Ve a llamar a tu marido y vuelve aquí con él.

–     No tengo marido…

La confusión de la mujer crece.

–     Tú lo has dicho: no tienes marido.

Has tenido cinco hombres y ahora tienes contigo otro que tampoco es marido tuyo.

¿Era necesario esto? También tu religión desaconseja la impudicia.

También tenéis vosotros el Decálogo. ¿Por qué vives así, Fotinai?

¿No te sientes cansada de este esfuerzo de ser la carne de tantos, en vez de la honesta esposa de uno solo?

¿No tienes miedo de cuando decline tu vida, de cuando te encuentres sola con tus recuerdos, con la amargura de lo pasado, con tus temores?

Sí, también con tu miedo, tu miedo a Dios y a los espectros. ¿Dónde están tus hijos?

La mujer baja del todo la cabeza y calla.

–     No los tienes aquí en la Tierra.

Sin embargo, sus almitas, a las que has impedido conocer el día de la luz, te acusan; siempre.

Joyas… bonitos vestidos… casa rica… una mesa bien surtida… Sí, pero vacío y lágrimas y miseria interior.

En realidad eres una desvalida, Fotinai.

Sólo con un arrepentimiento sincero, a través del perdón de Dios y como consecuencia, el de tus hijos, puedes volver a ser rica.

–     Señor, veo que eres profeta. Me avergüenzo…

–     ¿Ante el Padre que está en los Cielos no sentías vergüenza cuando hacías el mal?

Pero… no llores de humillación ante el Hombre…

Ven aquí, Fotinai, junto a Mí. Yo te hablaré de Dios.

Quizás no lo conocías bien y por eso… sí, por eso has cometido tantos errores.

Si hubieras conocido bien al verdadero Dios, no te habrías rebajado de este modo, Él te habría hablado y sostenido…

–     Señor, nuestros padres adoraron en este monte.

Vosotros decís que sólo en Jerusalén se puede adorar. Pero, como Tú dices, Dios es sólo uno.

Ayúdame a ver dónde y cómo debo hacerlo…

–     Mujer, créeme, está llegando la hora en que ni en el monte de Samaria ni en Jerusalén será adorado el Padre.

Vosotros adoráis a quien no conocéis, nosotros a quien conocemos, porque la salvación viene de los judíos.

Recuerda a los Profetas.

Pero llega la hora, es ésta, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad.

No ya con el rito antiguo sino con el nuevo, exento de sacrificios y hostias de animales consumidos por el fuego:

el Rito del sacrificio eterno de la Hostia Inmaculada, consumida por el Fuego de la Caridad:

culto espiritual del Reino espiritual, que será comprendido por aquellos que sepan adorar en espíritu y en verdad.

Dios es Espíritu y debe ser adorado espiritualmente.

–     Dices santas palabras.

Yo sé, también nosotros sabemos alguna cosa, que el Mesías va a llegar pronto; el Mesías, llamado también “el Cristo”.

Cuando venga nos enseñará todo. Aquí cerca está el que dicen que es su Precursor; muchos van a él a oírle. Pero es muy severo.

Tú eres bueno. Las almas menesterosas no sienten miedo de Tí. Yo creo que el Cristo será bueno.

Lo llaman Rey de la paz… ¿Tardará mucho en venir?

–     Te he dicho que su tiempo es éste.

–     ¿Cómo lo sabes?

¿Eres discípulo suyo? El Precursor tiene muchos discípulos; también los tendrá el Cristo.

–     Soy Yo, el que te está hablando, el Cristo Jesús.

–     ¡Tú!… ¡Oh!…

La mujer, que se había sentado junto a Jesús, se levanta y hace ademán de huir.

Jesús la detiene diciendo:

–     ¿Por qué quieres huir, mujer?  

–     Porque me da horror estar a tu lado. Tú eres santo…

–     Soy el Salvador.

He venido aquí, y no era necesario; porque sabía que tu alma estaba cansada de vagar. Ya te produce náuseas tu alimento…

He venido a darte uno nuevo, que te quitará las náuseas y la hartura…

Allí vuelven mis discípulos, con mi pan, pero el solo hecho de haberte dado estas migas iniciales de tu redención ya me ha alimentado.

Los discípulos miran a la mujer de soslayo, más o menos prudentemente, pero ninguno habla.

Ella se marcha olvidando agua y ánfora.  

Pedro dice:

–     Mira Maestro, nos han tratado bien.

Aquí hay queso, pan reciente, aceitunas y manzanas. Coge lo que quieras.

Esa mujer ha hecho bien dejando el ánfora; así será más rápido, que no con nuestros pequeños odres. Bebemos y luego los llenamos.

Y así no tendremos que pedir nada a los samaritanos, no tendremos ni siquiera que acercarnos a sus fuentes.

¿No comes?

He buscado pescado para ti, pero no había. Quizás te hubiera gustado más. Te veo cansado y pálido.

–     Tengo un alimento que vosotros no conocéis.

Comeré de ése. Repondrá ampliamente mis energías.

Los discípulos se miran con ademán de querer preguntar.

Jesús responde a sus calladas preguntas.

–     Mi alimento consiste en hacer la voluntad del que me ha enviado y consumar la obra que me ha encomendado.

Cuando un sembrador esparce la semilla, ¿Puede pensar que ya ha hecho todo, como si hubiera cosechado? Ciertamente no.

¡Cuánto tendrá que hacer todavía para poder decir: “Mi obra está cumplida”! Hasta ese momento no podrá descansar.

Fijaos en estos campos bajo el alegre sol de la hora sexta.

Hace sólo un mes, incluso menos, la tierra estaba desnuda, oscura por el agua de las lluvias.

Fijaos ahora: abundantes tallitos de trigo, recién brotados, de un verde muy tenue que, bajo esta intensa luz, parece todavía más claro.

La hacen blanquecina con el sutil velo con que la cubren, que es la mies futura. Vosotros, viéndolo, decís:

“Dentro de cuatro meses será la cosecha.

Los sembradores tomarán consigo a los segadores; porque, aunque uno sea suficiente para sembrar su propio campo,

muchos son necesarios para segarlo.

Ambas partes están contentas: tanto el que ha sembrado un pequeño saquito de trigo y ahora debe preparar los graneros para guardarlo,

como los que en pocos días ganan de qué vivir para algunos meses”.

De la misma forma, en el campo del espíritu, los que recojan lo que por mí fue sembrado se alegrarán conmigo,

y como Yo, porque les daré mi salario y el fruto debido.

Les daré de qué vivir en mi Reino eterno. Vosotros sólo tenéis que recoger.

Yo he hecho la parte más dura del trabajo; no obstante, os digo:

“Venid, cosechad en mi campo; contento me siento de que os carguéis de manípulos de mi trigo.

Una vez que hayáis recogido todo mi trigo, sembrado por mí por todas partes, infatigable, quedará cumplida la voluntad de Dios.

Y Yo me sentaré al banquete de la celeste Jerusalén”.

Allí vienen los samaritanos con Fotinai.

Mostrad caridad para con ellos. Son almas que se acercan a Dios.

100 UN LLAMADO


100 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús ha ido a dar las gracias, al administrador de las posesiones de Lázaro en Aguas Especiosas y a despedirse. 

El hombre le dice:

–      Señor, yo no he hecho sino cumplir con mi deber ante Dios, ante mi jefe y ante la honestidad de conciencia.

He estado atento a esa mujer durante este tiempo en que ha sido huésped mía, y siempre la he visto honesta. Habrá sido una pecadora.

Bien. Ahora no lo es. ¿Por qué razón tengo yo que indagar sobre un pasado que ella misma ha tachado para anularlo?

Yo tengo hijos en edad joven y no feos. Pues bien, no ha mostrado nunca su rostro, realmente muy hermoso, ni ha hecho oír su palabra.

Puedo decir que conocí el tono de su voz de plata, cuando gritó a causa de las heridas.

De hecho ella lo poco que pedía, siempre a mí o a mi mujer, lo susurraba tras su velo.

Y tan bajo que casi no se entendía.

Date cuenta de lo prudente que fue: cuando temió que su presencia pudiera ser causa de algún perjuicio, se marchó…

Yo le había prometido protección y ayuda. Y sin embargo, ella no quiso aprovecharlo. ¡No, así no se comportan las mujeres perdidas!

Yo rogaré por ella, como ha pedido; incluso sin este recuerdo. 

Y alarga hacia Jesús un valioso brazalete, cuajado de piedras preciosas…

Mientras agrega:  

–   Tenlo, Señor.

Empléalo como limosna para bien suyo. Dándola Tú, ciertamente, recibirá a cambio paz.

Ha sido el encargado quien ha hablado a Jesús y lo ha hecho respetuosamente.

Es un hombre todavía joven y de buena apariencia. rostro honesto y cuerpo recio.

Detrás de él hay seis galanes, jóvenes, parecidos al padre, seis rostros de aspecto franco e inteligente.

También está su esposa, una mujercita grácil y todo dulzura, que escucha a su marido como escucharía a un dios, asintiendo continuamente con la cabeza.

Jesús recibe el brazalete de oro y se lo pasa a Pedro diciendo:

–      Para los pobres.

Luego se dirige al encargado en estos términos:

–      No todos tienen tu rectitud en Israel.

Tú eres sabio, porque distingues el bien del mal y sigues el bien sin sopesar la utilidad humana que el cumplirlo pueda comportar.

En nombre del eterno Padre, te bendigo a ti, a tus hijos, a tu esposa y tu casa.

Manteneos siempre en esta disposición de espíritu y el Señor estará siempre con vosotros, y tendréis la vida eterna.

Yo ahora parto. Pero no quiere decir que no nos volvamos a ver nunca. Yo volveré… Y vosotros podréis siempre llegaros hasta Mí.

Por todo lo que habéis hecho por Mí y por esa pobre criatura, Dios os dé su paz.

El encargado, los hijos y por último, la mujer, se arrodillan y besan los pies de Jesús…  

El cual, tras un último gesto de bendición, se aleja con sus discípulos, dirigiéndose hacia el pueblo.  

Felipe pregunta:

–     ¿Y si están todavía esos granujas? 

Tadeo responde:

–     A nadie se le puede impedir que vaya por los caminos de la Tierra.

–     No.  Pero nosotros para ellos somos “anatema”.

–     ¡Déjalos, hombre! ¿Te preocupa?

Pedro refunfuña entre dientes:

–     Yo no me preocupo sino porque el Maestro no quiere violencia. Y ellos, que lo saben, se aprovechan…

Sin duda, piensa que Jesús, que está hablando con Simón y con el Iscariote, no está oyendo.

Pero sí ha oído y se vuelve, mitad severo, mitad sonriente…

Y dice:

–     ¿Tú crees que Yo vencería haciendo violencia?

Esto es un pobre sistema humano que sirve por un tiempo, para victorias de los hombres. 

¿Cuánto tiempo dura la opresión? Hasta que no produzca en los que la sufren, reacciones que al unirse, engendren una violencia mayor, que abate el atropello que existía antes.

No quiero un reino temporal. Quiero un Reino Eterno: el Reino de los Cielos. ¿Cuantas veces os lo he dicho? ¿Cuántas os lo deberé decir?

¿No lo entenderéis jamás? Sí. Vendrá el momento cuando lo entenderéis.

Pedro dice:

–      ¿Cuándo, Señor mío?

Tengo prisa por entender para ser menos ignorante.

–     ¿Cuándo? Cuando seáis triturados como el trigo entre las piedras del dolor y del arrepentimiento.

Podríais, es más, deberíais, entender antes. Pero para ello, deberíais quebrantar vuestra humanidad y dejar libre al espíritu…

Y no sabéis todavía, haceros esta violencia. Pero entenderéis… entenderéis.

Entonces entenderéis también cómo no podía hacer uso de la violencia, que es un medio humano, para instaurar el Reino de los Cielos: el Reino del espíritu.

Pero, mientras esto se cumple, no tengáis miedo.

Esos hombres que os preocupan no nos harán nada. Les basta con haberme arrojado.

Tomás advierte:

–      ¿No era más fácil mandar un recado al sinagogo para que viniese a la casa del administrador o que nos esperase en el camino principal?

–     ¡Oh! ¡Qué prudente estás hoy, Tomás mío!

Era más fácil pero no sería justo. Él ha demostrado heroísmo por Mí y se le injurió en su hogar por causa mía.

Es justo que Yo vaya a consolarlo a su casa.

Tomás se encoge de hombros y ya no habla más.

Ya se ve el pueblo, vasto pero de aspecto marcadamente rural, con casas entre huertos, que ahora están desnudos y con muchos apriscos.

Debe ser un lugar apto para el pastoreo, porque se oye por todas partes, un denso balar de rebaños que van a los pastos de la llanura o que vienen de ellos.

Tiene el consabido cruce de caminos con la plaza y su fuente en el centro en el lugar donde aquéllos confluyen.

Y ahí está la casa del jefe de la sinagoga.

Abre una mujer anciana con claros signos de llanto en su rostro.

No obstante, al ver al Señor experimenta un sentimiento de alegría y profiriendo palabras de bendición, se postra.

Jesús le dice:

–     Levántate, madre.

He venido para deciros adiós. ¿Dónde está tu hijo?

Ella señala una habitación en el fondo de la casa. 

Y dice:

–     Está allí…

 ¿Has venido a consolarlo? Yo no soy capaz…

–     Entonces, ¿Está afligido por algo?

¿Le duele el haberme defendido?

–     No, Señor.

Pero siente un escrúpulo. Bueno, Tú lo escucharás. Lo llamo.

–     No. Voy Yo. 

Y se vuelve hacia los discípulos diciendo:

Vosotros esperad aquí. Vamos, mujer.

Jesús recorre los pocos metros del vestíbulo, empuja la puerta, entra en la habitación.

Se acerca despacio a un hombre que está sentado, inclinado hacia el suelo, absorto en una dolorosa meditación.

Jesús lo saluda:

–     Paz a tí, Timoneo.

–     ¡Señor! ¡Tú!

–     Yo. ¿Por qué tan triste?

–     Señor… Yo… me han dicho que he pecado.

Me han dicho que soy anatema. Yo me examino… y no creo que lo sea. Pero ellos son los santos de Israel y yo el pobre jefe de la sinagoga.

Sin duda tienen razón. Yo ahora no me atrevo a levantar la mirada hacia el rostro airado de Dios, a pesar de que me sería muy necesario en este momento.

Yo le servía con verdadero amor. Trataba de darlo a conocer.

Ahora quedaré privado de este bien, porque el Sanedrín me ha maldecido. 

–      Pero, ¿Cuál es el dolor?

¿El de dejar de ser el jefe de la sinagoga? o ¿El de quedar imposibilitado para hablar de Dios?

–     Es precisamente esto, Maestro, lo que me produce dolor.

Supongo que cuando dices que si me duele el no ser jefe de la sinagoga te refieres a las ganancias y a los honores que ello conlleva.

Eso no me preocupa. Sólo tengo a mi madre. Ella es nativa de Aera y allí tiene una pequeña casa. Techo y sustento, para ella, hay.

Para mí… yo soy joven. Trabajaré. Pero ya jamás osaré hablar de Dios, pues he pecado.

–     ¿Por qué has pecado?

–     Dicen que soy cómplice del…

¡Señor…, no me hagas decirlo…!

–      No. Yo lo digo. Bueno, ni siquiera lo digo.

Yo y tú conocemos sus acusaciones. Y Yo y tú sabemos que no son ciertas. Por tanto, tú no has pecado. Yo te lo digo.

–       Entonces, ¿Puedo todavía levantar la mirada hacia el Omnipotente?

¿Todavía puedo…?

–      ¿Qué, hijo?

Jesús es todo dulzura mientras se inclina hacia el hombre, que se ha detenido bruscamente, como con miedo. 

Lo que sucede, es que ante los ojos de Timoneo, Jesús ha sufrido una transformación espiritual…

A través del velo de su Carne, El Padre Celestial se está manifestando con su propia Persona, en la persona de Jesús y mira a Timoneo con infinita ternura…

El afligido hombre, ha servido con fidelidad en la sinagoga al Dios Trino al que ama sobre todas las cosas y Jesús es el Tabernáculo Viviente y purísimo, que le está concediendo un privilegio extraordinario…

Mirando a Jesús casi aterrorizado, al hombre le cuesta trabajo asimilar que a través de Jesús, pueda entrever la Presencia de…

Pero Jesús se lo confirma diciendo: 

–      ¿Qué? Mi Padre busca tu mirada, la quiere.

Y Yo quiero tu corazón y tu pensamiento. Sí, el Sanedrín descargará su mano sobre ti; Yo abro los brazos y digo: “Ven”.

¿Quieres ser un discípulo mío? Yo veo en ti todo lo necesario para ser un obrero del Dueño eterno.

Ven a mi viña….

–      ¿Lo dices en serio, Maestro?

Madre… ¿Estás oyendo? ¡Yo me siento feliz, madre! Yo… bendigo este sufrimiento porque me ha procurado este gozo tan inmenso. 

¡Celebrémoslo a lo grande, madre! Luego me iré con el Maestro y tú volverás a tu casa.

Voy enseguida, Señor mío; Tú, que me has librado de todo temor y dolor. Y también del miedo a Dios.

Jesús objeta:

–      No. Esperarás la palabra del Sanedrín, con corazón sereno y sin rencor.

Quédate en en tu puesto, mientras se te permita que sigas. Luego te juntarás conmigo en Nazaret o en Cafarnaúm.

Adiós. La paz sea contigo y con tu madre.

–     ¿No te vas a quedar un tiempo en mi casa?

–      No. Iré a casa de tu madre.

–      Es pueblo poco fiel.

–      Le enseñaré la fidelidad.

Adiós, madre. ¿Te sientes feliz ahora?

Jesús la acaricia, como hace siempre con las mujeres ancianas, a las cuales les da casi siempre el nombre de “madre”.

La mujer llora ahora, pero de felicidad…

–       Feliz, Señor. Había criado y educado a un varón para el Señor.

El Señor me lo toma como siervo de su Mesías. Bendito sea por ello el Señor. Bendito seas Tú que eres su Mesías.

Bendita sea la hora en que has venido aquí. Bendito sea mi hijo, que ha sido llamado a tu servicio.

–       Bendita sea la madre santa como Ana de Elcana.

La paz sea con vosotros.

Jesús sale, seguido de madre e hijo.

Se junta con sus discípulos, saluda una vez más y luego inicia el regreso hacia la Galilea.

92 EL APÓSTOL TÍMIDO


92 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Agua Especiosa sin peregrinos…

Produce una extraña sensación verla así, sin signos de que alguien haya acampado o al menos, consumido su comida en la era o bajo el cobertizo.

Sólo limpieza y orden hoy, sin ninguna de esas señales que dejan los rastros en una fuerte confluencia de gente.

Los discípulos ocupan su tiempo en trabajos manuales:

Unos, trenzando mimbres para hacer nuevas trampas para los peces; otros, ocupados en pequeños trabajos de desmonte del terreno…

Y de canalización del agua de los tejados para que no se estanque en la era.

Jesús está en pie en un prado, echando migas de pan a los gorriones.

Hasta donde alcanza la vista, no hay ni un ser viviente, a pesar de que el día esté sereno. 

Andrés ha terminado una tarea encomendada y se dirige hacia Jesús.

Lo saluda:

–     Paz a ti, Maestro.

–     Y a ti, Andrés.

Ven aquí un poco conmigo. Tú puedes estar con los pajarillos. Eres como ellos.

¿Te das cuenta?: cuando ellos saben que quien se les acerca los quiere, pierden el miedo.

Mira lo confiados que son y seguros y alegres. Primero estaban casi junto a mis pies, ahora estás tú y están alerta…

Mira, mira… mira ese gorrión, es más audaz y se está acercando, ha comprendido que no hay ningún peligro. 

Y detrás de él vienen los otros. ¿Ves cómo comen?

¿No es igual que para nosotros, que somos hijos del Padre? Él nos sacia de su amor.

Y cuando estamos seguros de ser amados y de que nos ha invitado a su amistad, ¿Por qué tener miedo de Él y de nosotros?

Su amistad debe hacernos audaces incluso entre los hombres.

Cree esto: sólo el malhechor debe tener miedo de sus semejantes; no el justo, como tú eres.

Andrés se ha puesto colorado y no habla.

Jesús lo aacerca hacia sí y dice sonriendo:

–      Habría que uniros a ti y a Simón en un mismo néctar, diluiros y luego daros de nuevo forma.

Seríais perfectos. Con todo… si te dijera que, a pesar de ser tan distinto al principio, serás perfectamente igual a Pedro al final de tu misión, ¿Lo creerías?

–     Si Tú lo dices, es cierto.

Ni siquiera me pregunto cómo podrá ser, porque todo lo que Tú dices es verdad.

Me alegraré de ser como Simón, mi hermano, porque es un hombre justo y te hace feliz. ¡Simón vale!

Me siento muy contento de que sea una persona que vale. Valiente, fuerte. ¡Bueno, también los demás!…

–     ¿Y tú, no?

–     ¿Yo?… Tú eres el único que puede estar contento de mí…

–     Y darme cuenta de que trabajas silenciosamente y con más profundidad que los otros.

Porque en los Doce hay quien llama la atención en forma proporcionada a su trabajo, hay quien la llama mucho más de cuanto trabaja.

Y hay quien sólo trabaja, sin llamar la atención; un trabajo humilde, activo, ignorado… los otros pueden creer que éste no hace nada.

Mas Aquel que ve, sabe las cosas.

Existen estas diferencias porque aún no sois perfectos y existirán siempre entre los futuros discípulos, entre aquellos que vengan después de vosotros.

Hasta el momento en que el ángel proclame con voz de trueno: “El tiempo ha terminado”.

Siempre habrá ministros del Cristo en que estarán nivelados lo que hacen y la atracción hacia ellos de las miradas del mundo: los maestros.

Y existirán por desgracia, aquellos que serán sólo rumor y gesto externos, sólo externos, los falsos pastores de poses histriónicas…

¿Sacerdotes? NO. Mimos, nada más. No es el gesto el que hace al sacerdote, y tampoco el hábito.

No hacen al sacerdote ni su cultura terrena, ni las relaciones influyentes de este mundo; es su alma. Un alma tan grande que anule la carne.

Todo espíritu mi sacerdote… así le sueño, así serán mis santos sacerdotes.

El espíritu no tiene voz, ni pose de trágico; es inconsistente porque es espiritual y por tanto, no puede llevar peplos o máscaras.

Es lo que es: espíritu, llama, luz, amor; habla a los espíritus, habla con la castidad de las miradas, de los hechos, de las palabras, de las obras.

El hombre mira, y ve a un semejante suyo. Pero, más allá de la carne y por encima de ella, ¿Qué ve?:

Algo que le hace detenerse en su caminar apresurado, meditar y concluir: “Este hombre, semejante a mí, tiene de hombre sólo el aspecto; el alma es de ángel”.

Y, si se trata de un incrédulo, concluirá: “Por él creo que hay un Dios y un Cielo” y si es lujurioso, dice: “Éste, igual a mí, tiene ojos de Cielo; freno mi sentido para no profanarlos”.

Si se trata de un avaro, decidirá: “Por el ejemplo de éste, que no tiene apego a las riquezas, yo ceso de ser avaro”

Si es un iracundo, una persona violenta, en presencia del manso se vuelve un ser más sereno. Todo esto puede hacer un sacerdote santo.

Y créelo, siempre existirán, entre los sacerdotes santos, los que sepan incluso morir por amor a Dios y al prójimo.

Y hacerlo tan silenciosamente, después de haber ejercitado la perfección durante toda la vida también silenciosamente, que el mundo ni siquiera se dé cuenta de ellos.

Pero, si el mundo no acaba siendo enteramente un lupanar y un lugar de idolatría; será por éstos, los héroes del silencio y de la laboriosidad fiel.

Y tendrán tu sonrisa, pura y tímida.

Porque siempre habrá Andreses… ¡Por gracia de Dios por suerte para el mundo, los habrá.

Andrés está ruborizado y asombrado.

Y balbucea:

–     Yo no creía merecer estas palabras…

No había hecho nada para suscitarlas…

–     Me has ayudado a llevar hacia Dios a un corazón.

Y es el segundo que conduces hacia la Luz».

–     ¿Por qué ha hablado! ¡Me había prometido…!

–     Nadie ha hablado.

Pero Yo sé las cosas. Cuando los compañeros duermen cansados; tres son los que están en vela en Agua Especiosa:

El apóstol de silencioso y activo amor hacia los hermanos pecadores.

La criatura a la que su alma aguijonea hacia la salvación… Y el Salvador que ora y vela, que espera y tiene esperanza…

Mi esperanza es ésta: que un alma encuentre su salud… Gracias, Andrés. Sigue así. Bendito seas por ello.

–     ¡Maestro!…

Pero no digas nada a los otros… A solas, hablándole a una leprosa en una playa desierta, hablándole aquí a una mujer cuyo rostro no veo, algo sé hacer.

Pero, si los otros lo saben, especialmente Simón y quiere venir… yo ya no sé hacer nada…

No vengas ni siquiera Tú… porque me avergüenzo de hablar delante de Tí.

–     No iré contigo.

Jesús no irá, pero el Espíritu de Dios ha ido siempre contigo. Vamos a casa. Nos están llamando para la comida.

Y todo cesa entre Jesús y el manso discípulo.