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237 LA VOCACIÓN Y EL MARTIRIO


237 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

La comitiva apostólica partió al rayar el alba y ya llevan varias horas caminando. 

La mañana serena y luminosa favorece la marcha.

Van salvando colinas orientadas hacia el oeste, o sea, hacia el mar.  

Mateo dice:

–      Hemos hecho bien en llegar a los montes a las primeras horas de la mañana.

Con este sol no habríamos podido estar en la llanura.

Aquí hay sombra y frescor.

Me dan pena los que siguen la vía romana.

Que es buena para el invierno.

Jesús agrega: 

–      Después de estas colinas…

Tendremos el viento del mar, que siempre templa el aire.

Santiago de Alfeo añade: 

–      Comeremos allá, en aquella cima.

El otro día era muy bonito.

Y desde aquí debe serlo todavía más, porque el Carmelo está más cerca.

.Y también el mar.  

Andrés exclama:  

–       ¡Es verdaderamente bonita nuestra tierra!

Judas confirma:  

–       ¡Oh! Sí.

Hay de todo en ella:

Montes nevados, suaves colinas, lagos, ríos…

Todo tipo de plantas… 

Y no falta el mar.

Realmente es la tierra de delicias celebrada por nuestros salmistas, nuestros profetas;

nuestros grandes guerreros y poetas

Tadeo: 

–      Recítanos algún fragmento,.

Santiago de Zebedeo, ruega: 

–      Hazlo tú que sabes tantas cosas.

La bien entonada y varonil voz de Judas,

parece cantar: 

“Con la belleza del Paraíso Él ha formado la tierra de Judá.

Con la sonrisa de sus ángeles ha decorado la tierra de Neftalí,

con los ríos de miel del cielo ha dado sabor a los frutos de su tierra.

La Creación entera se refleja en ti, gema de Dios,

don de Dios a su pueblo santo.

Más dulce que los pingües racimos que maduran en las laderas de tus montes,

más suave que la leche que llena las ubres de tus corderas,

más embriagadora que la miel que lleva el sabor de las flores que te visten, tierra bienaventurada,

es tu belleza para el corazón de tus hijos.

El cielo ha descendido y se ha hecho río para unir dos gemas,

se ha hecho colgante y cinturón sobre tu verde vestido.

Tu Jordán canta.

Uno de tus mares ríe, el otro recuerda que Dios es terrible,

mientras las colinas parecen danzar al atardecer,

cual donosas muchachas en un prado;

tus montes rezan en las auroras angélicas o cantan el aleluya bajo el ardor del sol.

O adoran con las estrellas tu poder, Señor altísimo.

No nos has encerrado entre apretados confines,

delante nos has dejado el abierto mar para decirnos que el mundo es nuestro”.  

Lleno de orgullo nacional y amor por la patria,

Pedro comenta: : 

–     ¡Bonito, ¿Eh?!

¡Precioso!

Sólo he estado en la parte del lago y en Jerusalén;

durante muchos años no he visto nada más.

Ahora conozco sólo Palestina.

Pero estoy seguro de que no hay nada más bonito en el mundo.

Juan añade: 

–      María me decía que también es muy bonito el valle del Nilo.  

Simón Zelote: 

–       Y el hombre de Endor habla de Chipre, como de un paraíso.

–       ¡Ya, pero nuestra tierra!…

Y los apóstoles;

todos menos Judas de Keriot y Tomás, que están con Jesús, un poco más adelante,

siguen cantando las bellezas de Palestina.

Las mujeres que van las últimas en la comitiva apostólica.  

Porque son bonitas y porque serán un recuerdo de su viaje… 

No pueden contenerse de recoger semillas de flores, para plantarlas en sus huertos y  jardines. 

Hay algunas águilas y cóndores,

que dibujan amplios círculos por encima de las crestas de las colinas…

Y de vez en cuando descienden en busca de alguna presa.

Surge una lucha entre dos buitres.

Giran, giran, perdiendo plumas;

en un elegante y fiero duelo que termina con la huida del perdedor;

que quizás va a morir a lo alto de algún remoto pico;

al menos así lo juzgan todos, pues su vuelo es muy cansado, un vuelo de moribundo.  

Tomás comenta: 

–       Le ha hecho daño la avidez. 

Mateo añade: 

–       La avidez y la obstinación siempre hacen daño.  

Felipe

–      ¡También a los tres de ayer!…

Pedro:

–      ¡Misericordia eterna!  

Tadeo:

–     ¡Qué triste destino!  

Andrés pregunta: 

–      ¿No se curarán jamás?   

Mateo:

–      Pregúntaselo al Maestro.

Le preguntan a Jesús,

y responde:

–      Mejor sería preguntar si se van a convertir.

Porque en verdad os digo que es preferible morir leproso y santo, que no sano y pecador.

La lepra queda en la Tierra, en la tumba;

el pecado, en la eternidad. 

Simón Zelote: 

–      A mí me gustó mucho ayer tu discurso de por la noche.

Judas:   

–      Pues a mí no.

Era muy duro para demasiados israelitas.

Jesús: 

–      ¿Estás tú entre ellos?

–       No, Maestro.

–       ¿Y entonces?

¿Por qué esta susceptibilidad?

–       Porque te puede perjudicar.

–      Entonces… 

¿Para evitar perjuicios, debería hacer tratos con los pecadores y hacerme su cómplice?

–       No digo eso.

No podrías hacerlo.

Pero sí guardar silencio.

No buscarte la enemistad de los grandes…

–       Callar es otorgar.

No doy mi visto bueno a los pecados; ni de los pequeños ni de los grandes.

–       ¿Ves lo que le ha pasado al Bautista?

–       Su gloria.

–       ¿Su gloria?….

A mí me parece que es su ruina.

–       Persecución y muerte…

Por fidelidad a nuestro deber, son gloria para el hombre.

El mártir es siempre glorioso.

–       Pero con la muerte se impide a sí mismo ser maestro.

Y aflige a sus discípulos y familiares;

él se quita las penas, pero deja a los otros sumergidos en penas mucho mayores.

El Bautista no tiene a sus más cercanos familiares, es verdad;

pero tiene de todas formas, deberes para con sus discípulos.

–      Aunque tuviera a esos familiares sería igual.

La vocación está por encima de la sangre.

–       ¿Y el cuarto mandamiento?

–       Viene después de los dedicados a Dios.

–      Ya has visto ayer cómo una madre sufre por un hijo…

Jesús llama a María: 

–       ¡Madre! Ven.

María va donde Jesús,

y pregunta:

–      ¿Qué quieres, Hijo mío?

–      Madre… 

Judas de Keriot está perorando en defensa de tu causa, por amor a ti y a Mí.

–      ¿Mi causa?

¿En qué?

–       Quiere persuadirme de que sea más prudente;

para no caer como nuestro pariente Juan.

Y me está diciendo que hay que tener compasión de las madres y no arriesgar la propia vida, por ellas;

porque así lo quiere el cuarto mandamiento.

¿Tú qué piensas de ello?

Te cedo la palabra, Madre, para que adoctrines con dulzura a nuestro Judas.  

María declara: 

–       Yo digo que dejaría de amar a mi Hijo como Dios

que pensaría que siempre me he equivocado,

que he sufrido siempre error acerca de su Naturaleza,

si lo viera perder su perfección, rebajando su pensamiento a consideraciones humanas;

perdiendo de vista las consideraciones sobrehumanas.

O sea: redimir.

Tratar de redimir a los hombres, por amor a ellos y para gloria de Dios;

a costa de crearse penas y rencores.

Lo seguiría queriendo como a un hijo descarriado, por efecto de una fuerza maligna,

lo seguiría queriendo por piedad,

por el hecho de ser hijo mío, porque sería un desdichado;

pero no ya con esa plenitud de amor, con que lo amo ahora viéndolo fiel al Señor.   

Judas puntualiza:

–       A Sí mismo, quieres decir.

–       Al Señor.

Ahora Él es el Mesías del Señor y debe ser fiel al Señor como todos los demás.

Es más, más que ninguno.

Porque su Misión es mayor que toda otra misión que haya existido, existe y existirá, en la Tierra;

ciertamente recibe de Dios la ayuda proporcional a tan alta misión.

–       Pero, ¿no llorarías si le sucediera algún mal?

–       Todas mis lágrimas.

Pero lloraría lágrimas y sangre, si lo viera desleal a Dios.

¿No estoy yo aquí, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y en hueco de mi mano?

Las sutilezas rabínicas de Judas insisten: 

–       Ello disminuirá mucho el pecado de los que lo persigan.

–       ¿Por qué?

–       Porque tanto Él como tú, casi los justificáis.

–       No lo creas.

Los pecados serán siempre iguales a los ojos de Dios,

tanto si nosotros juzgamos que ello es inevitable,

como si juzgamos que ningún hombre de Israel debería obrar mal, respecto al Mesías.

–       ¿Hombre de Israel?

¿Y si fueran gentiles no sería lo mismo?

–       No.

Para los gentiles sólo habría pecado hacia un semejante.

Israel sabe quién es Jesús.

–       Mucho Israel no lo sabe.

–       No lo quiere saber.

Es incrédulo voluntariamente

A la anti-caridad, por tanto, une la incredulidad y niega la esperanza.

Pisotear las tres virtudes principales no es un pecado mínimo, Judas;

ES GRAVE muy grave, espiritualmente más grave que el acto material respecto a mi Hijo.

La victoria de la Madre,

Maestra formada en el corazón de Israel:

el sagrado Templo de Jerusalén, es irrebatible.

Judas no contesta más. 

Porque ya se ha quedado sin argumentos suficientes…

Entonces se agacha para atarse una sandalia y se queda retrasado.

La caminata continúa, con los demás participando en diferentes diálogos..

Llegan a un risco que está casi en la cima y que se extiende por entero hacia adelante;

como si quisiera correr hacia la sonrisa azul del mar infinito.

Un tupido encinar proyecta una luz de color esmeralda claro, en que inciden leves agujas de sol,

en este picacho bonito, aireado, abierto a la costa ya cercana, frente a la majestuosa cadena del Carmelo.

Hacia abajo, al pie del monte del risco saliente como por anhelo de volar,

más abajo de unos pequeños campos a mitad de la pendiente,

hay un valle estrecho con un torrente profundo.

Bastante imponente por la violencia de las aguas, en tiempo de crecida;

mas ahora reducido a un espumaje de plata en el centro del lecho.

El torrente corre hacia el mar rozando la base del Carmelo.

Un camino realzado sigue su orilla derecha.

Un camino que une una ciudad construida en el centro de la bahía, con las del interior de Samaria.  

Jesús dice:

–       Aquella ciudad es Sicaminón.

Llegaremos en la noche.

Ahora descansaremos porque el descenso, aunque fresco y corto, es difícil.

Y, sentados en círculo, mientras se asa en una tosca brocheta un cordero que fue regalo de los pastores. 

Se generaliza la conversación entre todos…  

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222 JARDÍN DE AZUCENAS


222 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

La barca costea el trecho que va de Cafarnaúm a Magdala.

María de Magdala está por primera vez, en la que será, su postura habitual de convertida:

sentada en el fondo de la barca a los pies de Jesús…

el cual está sentado, con porte grave, en uno de los bancos de la barca.

El rostro de la Magdalena tiene hoy un aspecto muy distinto del de ayer;

no es todavía ese rostro radiante de la Magdalena que sale al encuentro de su Jesús,

cada vez que Él va a Betania,

pero es ya un rostro liberado de temores y tormentos;

y su mirada, que antes fuese descarada y luego reflejaba humillación, ahora es seria, pero segura,

y en su noble seriedad brilla de vez en cuando,

una chispa de alegría escuchando a Jesús, que habla con los apóstoles o con su Madre y Marta.

Ahora van hablando de la bondad de Porfiria, tan sencilla y amorosa.

Y de la afectuosa acogida de Salomé.

Junto con las mujeres e hijas de Bartolomé y Felipe.

Éste dice:

–     Si no fuera porque son todavía muy niñas…

Y su madre es contraria a que estén por los caminos, también te seguirían, Maestro.  

Jesús responde: 

–     Me sigue su alma.

Que es igualmente santo amor. Felipe, escúchame.

Tu hija mayor está para prometerse, ¿No?

–     Sí, Maestro.

Dignos esponsales y un buen esposo.

¿No es verdad, Bartolomé?

–      Es verdad.

Lo puedo garantizar porque conozco a la familia.

No he podido aceptar hacer yo la propuesta.

Pero lo habría hecho si no estuviera ocupado en el seguimiento del Maestro;

con plena tranquilidad de crear una santa familia.

–     Pero la muchacha me ha rogado que te dijera que no hicieras nada.  

Felipe dice: 

–     ¿No le gusta el novio?

Está en un error.

De todas formas, la juventud no tiene seso.

Espero que se persuada. No hay razón para rechazar a un excelente esposo.

A menos que…

¡No, no es posible! 

Jesús lo incita: 

–     ¿A menos que…?

Termina, Felipe

–     A menos que ame a otro.

Pero eso no es posible.

No sale nunca de casa y en casa vive muy retirada.

¡No es posible!

–     Felipe…

Hay amadores que penetran hasta en las casas más cerradas.

Y saben hablar a sus amadas a pesar de todas las barreras y vigilancias;

derriban cualquier obstáculo (viudez o juventud bien custodiadas… u otros)

Y las consiguen.

Hay amadores que no pueden ser rechazados, porque su anhelo es impositivo;

porque vencen seductoramente toda posible resistencia, hasta la del mismo diablo.

Pues bien, tu hija ama a uno de éstos.

Y además al más poderoso.

–     ¿Y quién es?

¿Uno de la corte de Herodes?

–     ¡Eso no es poder!

–     ¿Uno… uno de la casa del Procónsul?,

¿Un patricio romano? No lo permitiré de ninguna manera.

La sangre pura de Israel no tendrá contacto con la impura.

Aunque tuviera que matar a mi hija.

¡No sonrías, Maestro, que yo sufro!

–     Porque estás como un caballo encabritado.

Ves sombras donde sólo hay luz. ¡Tranquilízate, hombre!

El Procónsul no es más que un siervo también, como lo son también sus amigos patricios.

Y siervo es el César.

–     ¡Estás bromeando, Maestro!

Querías asustarme.

Nadie hay mayor que César, ni con más autoridad que él.

–     ¿Y Yo, Felipe?

–     ¡Tú!

¿Tú quieres casarte con mi hija!

–     No.

Con su alma.

Soy Yo el amante que penetra en las casas más cerradas y en los corazones más cerrados aún:

Con un sinfín de llaves.

Soy Yo el que sabe hablar a pesar de todas las barreras y vigilancias,

el que abate todo obstáculo y toma lo que anhela:

puros o pecadores, vírgenes o viudos, de vicios libres o esclavos.

Doy a todos ellos un alma única y nueva, regenerada, beatificada, eternamente joven.

Son mis esponsales.

Y nadie puede negarme mis dulces presas; ni el padre, ni la madre, ni los hijos, ni siquiera Satanás.

Sea que hable al alma de una joven como tu hija;

sea que se trate de un pecador envuelto en el pecado y encadenado por Satanás con siete cadenas;

Cuando Dios te quiere, te busca, te sigue, te persigue y te consigue

el alma viene a mí.

Y nada ni nadie me las arrebatará.

No hay riqueza, ni poder, ni alegría del mundo, que comunique esa felicidad perfecta;

propia de quienes se desposan con mi pobreza, con mi mortificación:

despojados de todo pobre bien; vestidos de todo bien celeste.

Jubilosos, con esa beatitud de ser de Dios, sólo de Dios…

Son los señores de la tierra y del Cielo: de la primera, porque la dominan; del segundo, porque lo conquistan.  

Bartolomé exclama: 

–     ¡Nunca ha sido así en nuestra Ley! 

–     Despójate del hombre viejo, Natanael.

La primera vez que te vi te saludé definiéndote perfecto israelita sin engaño.

Pero ahora eres de Cristo, no de Israel.

Sélo sin engaño y sin ataduras.

Revístete de esta nueva mentalidad.

Si no, habrá muchas bellezas de la redención que he venido a traer a toda la Humanidad, que no podrás entender.

Felipe interviene diciendo:

–     ¿Y dices que has llamado a mi hija?

¿Y ahora qué hará?

Yo ciertamente no me voy a oponer, pero quisiera saber, incluso para ayudarla, en qué consiste su llamada…

–     En llevar a las azucenas de amor virginal al jardín de Cristo.

¡Habrá muchas en los siglos futuros!… ¡Muchas!

Macizos de incienso para contrapesar las sentinas de vicios.

Almas orantes para contrapesar a blasfemos y ateos;

auxilio en todas las desdichas humanas: alegría de Dios.

María de Magdala toda ruborizada, abre los labios para preguntar: 

–    ¿Y nosotros, las ruinas que Tú reconstruyes?

¿Qué acabamos siendo?

–     Lo mismo que las hermanas vírgenes…

–     ¡Oh, no es posible!

Hemos pisado demasiado fango y… y…

¡No puede ser!  

La Virgen responde: 

–     ¡María, María!

Jesús no perdona nunca a medias.

Te ha dicho que te ha perdonado y así es.

Jesús confirma: 

–    Tú…

Y todos los que como tú han pecado y han sido perdonados por mi amor, que con vosotros se desposa;

perfumaréis, oraréis, amaréis, consolaréis, siendo conscientes ya del mal. 

Y aptos para curarlo donde se encuentra, siendo almas mártires ante los ojos de Dios.

Y amadas por tanto, como las vírgenes».

–     ¿Mártires?

¿En qué, Maestro?

DAME MÁS AMOR, PARA AMARTE MÁS Y ADORACIÓN, PARA ADORARTE ETERNAMENTE

–     Contra vosotras mismas…

Y los recuerdos del pasado.

Y por sed de amor y expiación.

–     ¿Lo debo creer?…

La Magdalena mira a todos los que están en la barca, pidiendo confirmación a la esperanza que se enciende en ella.

Jesús le dice: 

–     Pregúntaselo a Simón.

Una noche estrellada, en tu jardín, hablé de ti y de vosotros pecadores en general.

Todos tus hermanos te pueden decir si mi palabra no cantó los prodigios de la misericordia.

Y la inversión respecto a todos los redimidos.

–     Me lo ha expresado también el niño, con voz de ángel.

He vuelto con el alma confortada después de su lección.

Por él te he conocido mejor aún que por mi hermana.

Tanto que hoy me sentía más fuerte para afrontar el regreso a Mágdala.

Y, ahora que me dices esto, siento crecer mi fortaleza.

He dado escándalo al mundo, pero te juro mi Señor, que ahora el mundo al mirarme; comprenderá tu poder.

Jesús deposita un momento la mano sobre su cabeza.

Mientras María Santísima le sonríe como ella sabe hacer:

paradisíacamente.

Ya se ve Magdala, que se extiende en el borde del lago.

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221 LA NUEVA DISCÍPULA


221 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Ha vuelto el cielo sereno sobre el mar de Galilea.

Todo está incluso más hermoso que antes de la tormenta, porque ha quedado limpio de polvo.

El aire presenta una nitidez absoluta.

Y el ojo, mirando al firmamento, recibe la impresión de que haya sido retirado, hecho más ligero…

un velo casi transparente extendido entre la tierra y los fulgores del Paraíso.

El lago refleja este azul perfecto y sosegado con sus aguas de turquesa.

Está comenzando la aurora.

Jesús con María, Marta y Magdalena, sube a la barca de Pedro y Andrés;

también Simón Zelote, Felipe y Bartolomé.

Mateo, Tomás, los primos de Jesús y Judas Iscariote están, sin embargo, en la barca de Santiago y Juan.

Se enfilan hacia Betsaida: un breve trayecto favorecido por el viento.

En pocos minutos hacen el recorrido.

Cuando están ya para llegar,

Jesús dice a Bartolomé y al inseparable Felipe:

–     Iréis a avisar a vuestras mujeres e hijas.

Hoy visitare vuestra casa.

Y mira fijamente a los dos en manera elocuente.  

Felipe contesta: 

–    Así lo haremos, Maestro.

Y Bartolomé pregunta: 

–    ¿No nos vas a conceder ni a mí ni a Felipe hospedarte?

–     Nos detendremos sólo hasta la puesta del sol.

Y no quiero privar a Simón Pedro de la delicia de estar con Margziam.

La barca roza en la orilla y se detiene.

Bajan.

Felipe y Bartolomé se separan de los compañeros para ir al pueblo.

Pedro, que ha sido el primero en bajar y está a un lado de Jesús,

pregunta: 

–     ¿A dónde van esos dos? 

Jesús responde: 

–     A avisar a sus mujeres e hijas.

–     Voy yo también entonces a avisar a Porfiria.

–     No hace falta.

Porfiria es tan buena que no hace falta prepararla para nada.

Su corazón sólo sabe dar dulzura.

A Simón Pedro se le ilumina el rostro al oír la alabanza a su esposa y no dice nada más.

Entretanto han bajado también las mujeres, para ellas han puesto una tabla como puente.

Y todos se dirigen hacia la casa de Simón

El primero que los ve es Margziam, que en ese momento estaba saliendo con sus ovejas;

para llevarlas a pastar a la hierba fresca de las primeras pendientes de Betsaida.

El niño da el anuncio de esta visita con un grito de alegría.

Y corre a refugiarse en el pecho de Jesús, que se inclina para besarlo.

Luego va a Pedro.

Porfiria viene diligentemente, con las manos llenas de harina.

Y se inclina para saludar.  

Jesús dice: 

–     Paz a ti, Porfiria.

¿No nos esperabas tan pronto, verdad?

Es que te he querido traer a mi Madre y a dos discípulas, además de mi bendición.

Mi Madre deseaba ver de nuevo al niño…

Ahí está ya entre sus brazos.

Y las discípulas querían conocerte… 

Y Jesús las presenta: 

–    Ésta es la esposa de Simón…

La discípula buena y silenciosa, más activa en su obediencia que muchos otros.

Éstas son Marta y María de Betania.

Dos hermanas. Quereos.

Porfiria, muy sonriente responde: 

–     ¡Oh, Maestro!…

A las personas que Tú traes, las quiero más que a mi propia sangre.

Ven.

Mi casa se embellece cada vez que pones pie en ella.

María se acerca sonriente y abraza a Porfiria,

diciéndole:

–     Veo que tienes en ti verdaderamente viva la maternidad.

El niño ha prosperado y se le ve feliz.

Gracias.

–     ¡Oh, Mujer más bendita que ninguna otra!

Sé que por ti he recibido la alegría de ser llamada mamá.

Te digo que no te daré el dolor de no serlo con todo lo mejor que hay en mí.

Pasa, pasa con las hermanas…

Margziam mira con curiosidad a la Magdalena.

En su cabeza se forma todo un torbellino de pensamientos.

Al final dice:

–     Pero…

En Betania no estabas…

Magdalena se ruboriza intensamente y muy sonriente,

contesta: 

–     No estaba.

Pero ahora estaré siempre.

Y acaricia al niño,

mientras le pregunta:

–    ¿Me amarás….?

¿A pesar de que no nos hayamos conocido hasta ahora?  

Margziam contesta: 

–    ¡Claro que sí!

Ya te amo, porque también te llamas María…

Y porque eres buena. ¿Has llorado, verdad?

Por eso eres buena. ¿Te llamas María, verdad?

También mi mamá se llamaba así y era buena.

Todas las mujeres que se llaman María son buenas.

Pero… -agrega para no entristecer a Marta y a Porfiria…

Pero también hay mujeres buenas que tienen otro nombre. Tu mamá cómo se llamaba?

–     Euqueria…

Y era muy buena… 

Dos lagrimones caen de los ojos de María de Magdala.

Margziam le acaricia las manos, que Magdalena  tiene cruzadas sobre el vestido oscuro,

y le pregunta: 

–     ¿Lloras porque ha muerto? – 

Y añade:

No debes llorar. ¿Sabes?, no estamos solos.

Nuestras mamás están siempre a nuestro lado.

Lo dice Jesús.

Y son como ángeles custodios. Esto también lo dice Jesús.

Y, si somos buenos, vienen a nuestro encuentro cuando morimos y subimos a Dios en brazos de nuestras mamás.

Es verdad ¿Eh? ¡Lo ha dicho Él!

María de Magdala abraza fuertemente al pequeño consolador.

Y lo besa diciendo:

–    Reza entonces para que yo sea buena de esa forma».

–    ¿Pero no lo eres?

Con Jesús van sólo los que son buenos…

Y si uno no es del todo bueno progresa hasta serlo, para poder ser discípulos de Jesús;

porque no se puede enseñar si no se sabe.

No se puede decir “perdona” si primero no perdonamos nosotros.

No se puede decir: “Tienes que amar a tu prójimo”, si antes no lo amamos nosotros.

¿Sabes la Oración de Jesús?

–     No.

–     ¡Ah, claro!

¡Es que hace poco que estás con Él!

Es muy bonita, ¿Sabes?

Dice todo esto.

Escucha qué bonita es.

Y Margziam dice lentamente el “Pater noster”, con sentimiento y fe.

–     ¡Qué bien la sabes! – dice admirada María de Magdala.

–     Me la han enseñado mi mamá por la noche…

Y la Mamá de Jesús durante el día.

Si quieres te la enseño.

¿Quieres venir conmigo?

Las ovejitas balan. Tienen hambre.

Ahora las llevo al pasto. Ven conmigo.

Te enseño a rezar y así serás buena del todo.

Y la toma de la mano.

–     Pero, no sé si el Maestro quiere…  

Jesús la anima:  

–     Ve, ve, María.

Tienes a un inocente por amigo y corderitos…

Ve. Serenamente.

María de Magdala sale con el niño y se le ve alejarse precedida de las tres ovejitas.

Jesús mira…

Y también los otros.  

Martha dice: 

–     ¡Pobre hermana mía! 

Jesús observa: 

–     No la compadezcas.

Es una flor que está enderezando su tallo después del huracán.

¿Oyes?… Ríe…

La inocencia siempre conforta.

Mientras resuena en el aire, la risa cantarina de María de Mágdala…

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217 PARÁBOLA DEL TESORO


217 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En el camino que desde el lago Merón va hacia Galilea;

Jesús va acompañado por Simón Zelote y Bartolomé.

Llegan a un punto donde esperan a los demás, junto a un torrente que aunque esté reducido a un arroyo muy pequeño;

alimenta una arboleda de frondosos árboles.

Los otros están llegando desde dos partes distintas.

Es un día tórrido.

Y después de haber predicado por los campos en distintos lugares, mucha gente ha seguido a los tres grupos,

encaminando a los enfermos hacia el grupo de Jesús y reservándose predicar sobre Él a los sanos.

Hay muchos que han sido agraciados con milagros y forman ahora un grupo feliz, sentado entre los árboles;

su alegría es tal, que no sienten siquiera el cansancio producido por el calor, el polvo, la luz cegadora;

Mientras que todas estas cosas hacen sufrir y no poco, a los demás.

Cuando el grupo capitaneado por Judas Tadeo llega -es el primero- adonde Jesús,

se manifiesta evidente el cansancio de todos los que lo forman y de los que vienen detrás.

El último es el grupo capitaneado por Pedro; vienen en él muchos de Corazaín y Betsaida.

Pedro lanza un gran suspiro y dice:

–     Hemos hecho lo que estaba previsto, Maestro.

Pero haría falta ser muchos grupos…

Ya ves… andar mucho no se puede, por el calor.

¿Qué hacemos, entonces?

El mundo parece ensancharse más, cuantas más cosas tenemos que hacer;

porque los pueblos se desperdigan y se alargan las distancias.

No me había percatado nunca de que fuera tan grande Galilea.

Estamos sólo en un rincón de ella, realmente en un rincón…

Y no logramos evangelizarla, de tan grande como es y de tantas necesidades…

Y  tanto deseo de Tí como hay…

Tadeo le responde:

–     No es que el mundo crezca, Simón.

Lo que crece es el conocimiento de nuestro Maestro.

Santiago de Zebedeo, agrega:

–     Sí, es verdad.

Mira cuánta gente.

Algunos nos siguen desde esta mañana.

Durante las horas de calor, nos hemos refugiado en un bosque.

Pero incluso ahora, que se acerca el atardecer, es un sufrimiento el caminar.

Y estos pobrecillos están mucho más lejos de casa que nosotros.

No sé cómo nos las vamos a arreglar, si sigue aumentando todo a este ritmo…

Tratando de consolar,

Andrés comenta:

–     En Octubre vendrán también los pastores.

Pedro protesta:

–     ¡Sí! ¡Ya!

Pastores, discípulos… ¡Maravillosos!

Pero son útiles sólo para decir:

“Jesús es el Salvador. Está allí”.

Nada más –

Zelote:

–     Al menos la gente sabrá dónde encontrarlo.

Ahora, sin embargo… nosotros venimos aquí y ellos corren aquí;

mientras ellos vienen aquí, nosotros vamos allá.

Y ellos tienen que correr detrás de nosotros…

Y con niños y enfermos no es muy cómodo.

Jesús habla:

–     Tienes razón, Simón-Pedro.

También siento Yo compasión de estas almas y de estas turbas.

Para muchos el no encontrarme en un momento dado, puede ser causa irreparable de desventura.

Observad qué cansados están y cuán desorientados se sienten, los que no poseen aún la certeza de mi Verdad.

Y cuán hambrientos los que han gustado mi Palabra y ya no saben estar sin ella.

Y ninguna otra palabra los satisface.

Semejan a ovejas sin pastor, que vagan no encontrando a alguien que las guíe y lleve a pastar.

Yo les seré próvido.

Pero vosotros tenéis que ayudarme, con todas vuestras fuerzas espirituales, morales y físicas.

Dejaréis de formar grupos numerosos;

debéis saber ir de dos en dos.

Mandaremos en parejas a los discípulos mejores.

La mies es verdaderamente mucha.

En verano os prepararé para esta gran misión.

Para Tammuz contaremos con Isaac, que vendrá con los mejores discípulos y os prepararé.

De todas formas, no seréis todavía suficientes; porque la mies es verdaderamente mucha y los obreros pocos.

Rogad pues al Dueño de la tierra, que envíe muchos obreros a su mies.

Santiago de Alfeo responde:

–     Sí, mi Señor.

Pero ello no modificará mucho la situación de éstos que te buscan.

Tadeo pregunta:

–     ¿Por qué, hermano?

–     Porque buscan no sólo doctrina y palabra de Vida.

Sino también remedio a sus flaquezas, a sus enfermedades;

a toda tara de su parte inferior o superior, causada por la vida o por Satanás.

Santiago se vuelve hacia Jesús:

–   Y esto sólo Tú lo puedes hacer, porque en Tí está el Poder.

Jesús responde:

–    Los que son una sola cosa conmigo llegarán a hacer lo que Yo hago.

Y los pobres recibirán ayuda en todas sus miserias.

Pero aún no tenéis en vosotros lo necesario para esto.

Esforzaos en superaros a vosotros mismos, en aplastar vuestra humanidad para que triunfe el espíritu.

No asimiléis sólo mi palabra sino también su espíritu.

O sea, santificaos por ella…

Entonces todo lo podréis.

Mas ahora vamos a manifestarles mi Palabra, dado que no quieren marcharse sin que Yo les dé la palabra de Dios.

Luego volveremos a Cafarnaúm.

También allí habrá quien nos esté esperando…  

Tomás pregunta:

–     Señor, pero…

¿Es verdad que María de Magdala, te ha pedido perdón en casa de Simón el fariseo?

–     Es verdad, Tomás.

Felipe cuestiona:

–     ¿Y se lo diste?

–     Se lo he dado.

Bartolomé exclama:

–     Pero…

¡Has hecho mal, ¿No?!

–     ¿Por qué?

Era un arrepentimiento sincero y merecía perdón.

Judas dice con tono de reproche:

–     Pero no debías darlo en esa casa, públicamente…

–     No veo en qué he errado.

–     En esto:

Tú sabes quiénes son los fariseos, cuántas argucias tienen en su cabeza;

cómo te vigilan; cómo te calumnian, cómo te odian.

Tenías uno de ellos, en Cafarnaúm, que era amigo tuyo: Simón.

Y llamas a su casa a una prostituta para profanar la casa y escandalizar al amigo Simón.

–     No la llamé Yo.

Vino ella.

No era una prostituta; era una mujer arrepentida.

Todo esto cambia mucho la cosa.

Si antes no sentían asco de estar a su lado;

si no han sentido nunca asco de desearla, incluso en mi Presencia.

tampoco ahora que ella ya no es sólo una carne, sino un alma;

deben sentirlo por verla entrar para arrodillarse a mis pies y llorar acusándose.

Humillándose con su pública, humilde confesión, totalmente presente en su llanto.

La casa de Simón fariseo ha recibido santificación por un milagro grande: la  resurrección de un alma.

En la plaza de Cafarnaúm, hace cinco días, me preguntaba:

“¿Has hecho sólo ese milagro?”, y me respondía por su cuenta: “¡No, claro!”.

Porque había deseado mucho ver uno.

Pues se lo he dado.

Lo he elegido para testigo, paraninfo, de estos esponsales del alma con la Gracia.

Debería sentirse orgulloso.

Judas:

–     Pues sin embargo, está escandalizado.

Quizás has perdido un amigo.

–     He encontrado un alma.

Merece la pena perder la amistad de un hombre, su pobre amistad de hombre;

con tal de devolver a un alma la amistad con Dios.

–     Es inútil.

Contigo no se puede mantener humana reflexión.

¡Estamos en la tierra, Maestro! Recuérdalo.

Aquí mandan las leyes y las ideas de la tierra.

Tú actúas con el método del Cielo, te mueves en el Cielo que tienes en tu corazón, ves todo a través de luces de Cielo.

¡Pobre Maestro mío!

¡Cuán divinamente inepto eres para vivir entre nosotros los perversos!

Judas de Keriot lo abraza, maravillado y desolado al mismo tiempo.

Y finaliza:

–    Y me duele el que te crees tantos enemigos, por demasiada perfección.

Jesús argumenta:

–     No te duela, Judas.

Está escrito que debe ser así.

Pero, ¿Cómo sabes que Simón se siente ofendido?

–     No ha dicho que se sienta ofendido.

Pero a mí y a Tomás, nos ha dado a entender que aquello no se debía haber hecho;

no debías haberla invitado a su casa, donde sólo entran personas honestas.

Pedro advierte:

–     ¡Bueno, Eh….!

¡Sobre la honestidad de los que van a casa de Simón mejor no seguir!

Y Mateo:

–    Yo podría decir que el sudor de las prostitutas ha goteado en repetidas ocasiones;

en los suelos, en las mesas y…

En otros sitios, de la casa de Simón el fariseo.

Judas rebate:

–     Pero no públicamente.

Pedro:

–     No.

Con hipocresía para esconderlo.

–     Pues cambia la cosa.

–     Cambia también la entrada de una prostituta que entra para decir:

“Dejo mi pecado infame”, respecto a la de una que entra para decir: “Aquí me tienes para cumplir el pecado juntos”.

Todos coinciden:

–    Mateo tiene razón.

–     Sí, tiene razón.

Pero ellos no piensan como nosotros.

Y es necesario llegar a un acuerdo con ellos, adaptarse a ellos para tenerlos como amigos.

Jesús objeta imperioso:

–     Eso nunca, Judas.

En la verdad, en la honestidad, en la conducta moral, no hay ni adaptaciones ni acuerdos.

Y, además, Yo sé que he actuado bien y para el bien.

Y basta.

Vamos a despedir a estas personas cansadas.

Y se acerca a los que, diseminados bajo los árboles, miran en dirección a Él con ansia de oírlo.

–     Paz a todos vosotros…

Que, salvando estadios y soportando el intenso sol, habéis venido a oír la Buena Nueva.

En verdad os digo que estáis empezando a entender realmente lo que es el Reino de Dios.

Y también cuán valioso es poseerlo y cuán dichoso pertenecer a él.

De forma que cualquier tipo de esfuerzo pierde para vosotros ese valor que para otros tiene;

porque el espíritu impera en vosotros y dice a la carne:

“Regocíjate si te oprimo, porque lo hago por tu bienaventuranza.

Cuando te reúnas conmigo, después de la resurrección final,

me amarás por todo cuanto te subyugué y verás en mí a tu segundo salvador”.

¿No habla así vuestro espíritu?

–     ¡Sí, sí que habla así!

Al presente, basáis vuestro comportamiento en la enseñanza de mis lejanas parábolas;

pero ahora os voy a ofrecer otras luces para que os enamoréis cada vez más;

de este Reino de valor inconmensurable que os espera.

Escuchad:

Un hombre, que había ido a un campo por casualidad a buscar mantillo para llevarlo a su huerta,

al excavar fatigosamente en la tierra dura, debajo de algún estrato, se encuentra un filón de metal precioso.

¿Qué hace entonces aquel hombre?

Vuelve a tapar con tierra lo que ha encontrado.

No le importa tener que trabajar más, porque el descubrimiento compensa la fatiga.

Luego va a su casa, empieza a juntar todos sus bienes en dinero y en objetos…

Y estos últimos los vende para sacar mucho dinero.

Cuando logra juntar todo, se presenta al dueño del campo y le dice:

“Me gusta tu campo. ¿Cuánto quieres por vendérmelo?”.

“No, no lo vendo” responde el otro.

Mas el hombre ofrece sumas cada vez más fuertes, exageradas en relación al valor del campo…

Y termina convenciendo al dueño, que piensa: “¡Este hombre es un loco!

Bien, pues, dado que está loco, me aprovecho.

Tomo la suma que me ofrece.

No es engaño porque es él quien me la quiere dar.

Con el dinero me compraré al menos otros tres campos y de mayor calidad”.

Y vende, convencido de haber cerrado un espléndido trato.

Sin embargo, es el otro el que cierra un espléndido trato,

porque se priva de objetos que puede robar el ladrón o que puede perder

O que se consumirán, pero se procura un tesoro que por ser verdadero, natural, es inagotable.

Le compensa, por tanto, el haber sacrificado todo lo que tenía por esta compra;

se queda durante algo de tiempo sólo con la propiedad del campo;

pero en realidad posee para siempre el tesoro que allí se esconde.

Vosotros habéis entendido esto y hacéis como el hombre de la parábola.

Dejáis las efímeras riquezas para poseer el Reino de los Cielos.

Se las vendéis a los necios del mundo; se las cedéis y aceptáis el escarnio del mundo;

que juzga estúpido vuestro modo de actuar.

Actuad así, siempre así, y vuestro Padre que está en los Cielos jubiloso,

un día os dará vuestro lugar en el Reino.

Volved a vuestras casas antes de que llegue el sábado.

En el día del Señor, pensad en la parábola del tesoro del Reino celeste.

La paz sea con vosotros.

La gente se dispersa lentamente, por los caminos y senderos de la campiña.

Mientras Jesús se dirige a Cafarnaúm en la tarde que declina.

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204 APÓSTOL DEL AMOR


204 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

La comitiva apostólica sufre un cambio en su séquito.

Ya no viene más el macho cabrío.

Y en su lugar vienen trotando una oveja y dos corderillos.

La oveja está gorda; las ubres llenas y los corderitos alegres.

Un minúsculo rebaño que, por su aspecto menos mágico que la negrísima cabra, da más alegría a todos.

Jesús dice:

–    Os había dicho que quería la cabrita para Margziam.

Para que fuese un pequeño pastor feliz..

En vez de la cabrita, dado que no queréis saber nada de cabras, han venido ovejas.

Y además blancas, exactamente como Pedro las soñaba.

Pero en lugar de ella; porque a vosotros no os gustaba, tenemos ovejas blancas…

¡Eh! Tal cual la soñaba Pedro…

Pedro confirma:

–    Tienes razón.

Me parecía que el macho cabrío nos arrastraba en pos de Belcebú.

Judas dice irritado:

–    Y de hecho…

Desde que estuvo con nosotros, nos pasaron cosas muy desagradables.

Era el sortilegio que nos perseguía.

Juan contesta calmadamente:

–    Entonces era un buen sortilegio. ¿No?

Nada malo nos sucedió.

Todos desaprueban, como recriminándolo por su ceguera:

–     ¿Pero no has visto cómo se han burlado de nosotros en Modín?

–     ¿Te parece nada la caída de mi hermano?…

–     Pues se podía haber hecho daño de verdad…

–     Y si se hubiera roto las piernas o la columna… 

–    ¿Cómo nos las hubiéramos arreglado para transportarlo?;

–    ¿Te ha parecido bonito el entreacto de ayer?

Juan dice: 

–    He visto todo.

Todo lo he considerado. Y he bendecido al Señor porque no nos ha sucedido nada malo.

El mal ha venido hacia nosotros, pero luego se ha alejado, como siempre.

El encuentro con el mal ha servido para dejar la simiente del bien, tanto en Modín como con los viñadores; 

que vinieron inmediatamente con la certeza de encontrar una persona al menos herida; 

arrepentidos por haberse comportado sin caridad, hasta el punto de que quisieron reparar el mal de alguna forma.

Y también con los ladrones de ayer noche, que no han hecho ningún mal.

Además, hemos ganado – bueno, Pedro nos ha conseguido

las ovejas a cambio del macho cabrío y como regalo por haber salido ilesos.

Por si fuera poco, ahora tenemos mucho dinero para los pobres:

Las bolsas que nos han dado los mercaderes y las ofrendas de las mujeres.

Además todos – y es lo que más valor tiene – han recibido la palabra de Jesús.

Zelote ratifica:

–   Juan tiene razón.

Tadeo agrega:

–    Parece que todo lo que hubiese sido malo se convirtió en un bien.

Voltea hacia Jesús,

y agrega:

–    Hermano, dime la verdad.

¿Tú sabías lo que nos iba a suceder?

«Da la impresión de que todo suceda por una clara cognición de las cosas venideras.

¡Mira que encontrarnos precisamente allí, con retraso por causa de mi caída,

junto a aquellas mujeres enjoyadas!

¡Con esos pastores de gordos rebaños, con esos mercaderes repletos de dinero!…

Todos ellos magníficas presas para los ladrones.

Hermano, dime la verdad, ¿Sabías que iba a suceder lo que ha sucedido? 

Jesús contesta:

–     Muchas veces os he dicho que leo en los corazones.

Y que cuando el Padre no dispone de otro modo; no ignoro lo que debe suceder.

Judas de Keriot le pregunta:

–    Entonces, ¿Por qué a veces cometes errores, como los de ir al encuentro de fariseos que son hostiles o de ciudadanos que no nos quieren?

Jesús lo mira fijamente, por unos segundos…

Y luego responde con calma:

–     No son errores.

Es algo inherente a mi misión.

Los enfermos tienen necesidad del Médico y los ignorantes del Maestro.

Algunas veces, unos y otros rechazan al Médico y al Maestro

Pero éstos, si son buenos médicos y buenos maestros,

siguen yendo a quienes los rechazan, porque es su deber…

Vosotros querríais que donde me presente se desvanezca toda resistencia.

Lo podría hacer. Pero no hago violencia a nadie.

Persuado.

La coacción se usa tan solo en casos muy excepcionales.

Y sólo cuando el espíritu iluminado por Dios; 

comprende que tal gesto puede servir para persuadir de que Dios existe y es el más fuerte.

O también en casos de salvación múltiple.

Pedro pregunta:

–   ¿Cómo ayer noche?

Judas de Keriot dice con significativo desprecio:

–     Los ladrones de anoche tuvieron miedo al vernos bien despiertos para recibirlos. 

Tomás objeta: 

–    No.

Las palabras los persuadieron.  

Felipe comenta: 

–    ¡Sí! ¡Estás listo!

¡Como si fueran tiernas almas que se dejan persuadir por dos palabras, aunque sean de Jesús!

¡Bien presente tengo aquella vez que nos asaltaron a toda mi familia, a mí…

y a muchos de Betsaida en el desfiladero de Adomín! 

Santiago de Zebedeo, pregunta:

–    Maestro, dime la verdad.

Desde ayer te lo quería preguntar.

¿Fueron en verdad tus palabras o tu voluntad, lo que hizo que no sucediera nada?

Jesús sonríe y calla.

Mateo responde:

–    Yo creo que fue su voluntad…

La que venció la dureza de esos corazones, para paralizarlos y así poder hablarles y salvarlos.

Andrés dice:

–    Yo también soy de esa opinión.

Por eso se quedó allí solo, mirando al bosque.

Los tenía subyugados con su mirada, con su confianza en ellos, sereno e inerme.

¡No tenía ni siquiera una estaca!… 

Pedro dice: 

–    Bien, de acuerdo. 

 Pero todas estas cosas es lo que decimos nosotros, son ideas nuestras.

Yo lo quiero saber del Maestro. 

Entonces se enciende un vivo debate, que Jesús permite; 

entre Bartolomé quien piensa que, habiendo declarado Jesús que no fuerza a nadie;

no habrá aplicado la violencia tampoco con estos ladrones,.

Y por otra parte Judas apoyado moderadamente por Tomás,

que dice que no puede creer que la mirada de un hombre tenga tanto poder.

Todos se muestran tenaces en su propia tesis, de forma que se elevan “síes” y “noes” discrepantes, violentos.

Juan, como Jesús, guarda silencio, sonríe con la cabeza inclinada (lo hace para disimular su sonrisa).

Pedro vuelve al asalto, porque ninguna de las razones de los compañeros lo convence.

Piensa que la mirada de Jesús es distinta que la de los otros hombres;

pero quiere saber si es por ser Jesús, el Mesías, o por ser Dios.

Iscariote apoyado ligeramente por Tomás,

dice:

–    No puedo creer que la mirada de un hombre tenga tanta fuerza.  

Mateo replica:

–  Esto y algo más.

Yo me convertí al contacto, primero de su mirada que de sus palabras.

Pedro dice:

–     ¡Está bien!

Pero esto lo decimos nosotros.

Son ideas nuestras.

Quiero saberlo del Maestro.

La mirada de Jesús es diferente a la de cualquier hombre.

Y pregunta: 

¿Es porque eres el Mesías?

O ¿Por qué eres siempre Dios? 

Jesús toma la palabra:

–    En verdad os digo que no solo Yo;

Sino cualquiera que esté unido íntimamente a Dios con una santidad, una pureza, una fe sin tacha;

podrá hacer esto y mucho más.

La mirada de un niño, si su espíritu está unido a Dios;

puede hacer que se desplomen los templos sin necesidad de imprimir ninguna sacudida como lo hizo Sansón;

puede ordenar la mansedumbre a las fieras y a los hombres-fiera;

rechazar la muerte, domeñar las enfermedades del espíritu.

De la misma forma, la palabra de un alma víctima corredentora,

fundida con el Señor e instrumento del Señor;

puede curar enfermedades, quitar el veneno a las serpientes, obrar cualquier milagro.

Porque Dios obra en él.Lo mismo que los hombres fieras, rechazar la muerte, derrotar las enfermedades del espíritu.

Pedro exclama:

–     ¡Ah! ¡He entendido!

Mira fijamente a Juan y luego concluye su razonamiento que tenía fermentando en su interior,

Agregando:

–     ¡Cierto!

Maestro, Tú lo has podido porque Eres Dios y porque Eres Hombre unido con Dios. 

Y lo mismo sucede con quién llega a estar fusionado por el amor con Dios.

¡He entendido perfectamente

Jesús lo mira y pregunta:

–    Pero, ¿No te preguntas acerca de la clave de esta unión y el secreto de este poder?

No todos lo alcanzan, incluso en el caso de hombres dotados de iguales capacidades.

–    ¡Exacto!

¿Dónde está la clave de esta fuerza para unirse a Dios y someter las cosas?

¿Es una oración, o quizás palabras secretas…?

Jesús responde: 

–    Hace poco Judas culpaba a la cabra de todos los momentos desagradables que han ocurrido.

Las bestias no traen ningún sortilegio consigo.

Arrojad de vosotros esas supersticiones que huelen a idolatría y que pueden acarrear males.

Los brujos obran prodigios porque al ser posesos de Satanás,

es el Arcángel caído que sigue siendo poderoso, el que obra los sortilegios.

Y así como no existen fórmulas para hacer brujerías,

así tampoco existen para hacer milagros. 

Tan solo existe el Amor.

Si Dios está en vosotros y lo poseéis de un modo pleno, por medio de un amor perfecto;.

El ojo se convierte en fuego o en un arma que desarma.

Y la palabra se hace poderosa. 

Como he dicho ayer por la noche, el Amor calma a los violentos y sacia a los codiciosos.

El Amor es Dios.

Con Dios en vosotros, plenamente poseída por el mérito de un amor perfecto;

vuestra mirada se transforma en fuego que quema todo ídolo y echa por tierra sus imágenes.

Y la palabra se transforma en potencia.

Y os digo, la mirada es entonces, arma que  desarma.

Dios, el Amor, es irresistible.

Sólo el demonio le resiste, porque es el Odio perfecto.

Y con él, los que son hijos suyos.

Los otros, los débiles, los que están subyugados por una pasión,

pero que no se han vendido voluntariamente al demonio, no lo resisten.

Sea cual sea su religión,o su abstención completa de fe.

Sea cual sea su bajeza espiritual, reciben el impacto del Amor, que es el gran Vencedor.

Trata de llegar a esto pronto… 

Y harás lo que hacen los hijos y portadores de Dios.

Pedro no quita los ojos de Juan.

También las inteligencias de Simón Zelote, los hijos de Alfeo, Santiago y Andrés,

se han despertado e indagan.

Santiago de Zebedeo dice: 

–    Pero entonces, Señor… 

 ¿Qué es lo que le ha acontecido a mi hermano?

Hablas de él.

¿Es él el muchacho que hace milagros?

Es eso?,

¿Es así? ¿Qué ha hecho?

–    Ha pasado una página del libro de la Vida, ha leído y ha conocido nuevos misterios.

Nada más.

Os ha precedido porque no se detiene a considerar cada uno de los obstáculos…

A sopesar cada dificultad, a calcular si compensa o no…

Ya no ve este mundo, ve la Luz y a ella va, sin momentos de pausa.

Dejadlo, dejadlo tranquilo.

Hay almas que arden más que otras.

No se debe poner dificultad a este fuego suyo que alegra y consume.

Hay que dejarlas arder, lo cual es al mismo tiempo sumo gozo y sumo esfuerzo.

Dios les concede momentos de noche;

porque sabe que el ardor mata a estas almas-flor,  si están expuestas a un sol continuo.

Dios concede silencio y místico rocío a estas almas-flor, como a las flores del campo.

Dejad descansar al atleta del amor cuando Dios lo deja descansar.

Imitad a los preparadores de los gimnastas…

que conceden a éstos el debido descanso…

Cuando lleguéis vosotros adonde él ha llegado…

Y más lejos, pues tanto vosotros como él llegaréis a más todavía…

Comprenderéis la necesidad de respeto, de silencio…

De penumbra que experimentan esas almas de las que el Amor se ha apropiado…

“¿Y ahora qué quieres que HAGAMOS Abba?

Y a las que ha hecho instrumento suyo.

Y no penséis:

“Llegado ese momento querré darlo a conocer.

Juan se comporta como un necio, porque el alma del prójimo, como la de los niños,

desea la seducción de lo maravilloso”.

No.

Cuando lleguéis a ese estado, sentiréis el mismo deseo de silencio y penumbra que ahora siente Juan.

Cuando yo no esté ya con vosotros, acordaos de que,

teniendo que juzgar sobre una conversión o sobre una santidad exuberante

debéis tomar siempre como medida la humildad.

Si en alguien perdura el orgullo, no os hagáis ilusiones de que se haya convertido.

Y si en alguien; aun cuando sea tenido por ‘santo’, reina la soberbia;

estad seguros de que santo no es.

Podrá como charlatán e hipócrita, hacerse el santo y simular prodigios.  

Pero no es santo:

La apariencia es hipocresía; los prodigios, satanismo.

¿Habéis entendido?

-Sí, Maestro….

Todos, muy pensativos, guardan silencio.

Pero, aunque las bocas estén cerradas,

los pensamientos se adivinan con claridad a través de sus miradas y expresiones.

Los envuelve, como un éter tembloroso que emanase de ellos, un gran deseo de saber.

Simón Zelote se esfuerza en distraer a sus compañeros, para tener tiempo de aconsejarlos aparte; 

para insistir en que sepan callar.

Al parecer Simón Zelote tiene encargado este ministerio en el grupo apostólico;

es el moderador, el conciliador, el consejero de sus compañeros; 

además de ser un apóstol que comprende muy bien al Maestro.

En este momento está diciendo:

–    Estamos ya en las tierras de Juana.

Aquel pueblo que se ve en aquella cuna es Béter

Aquel palacio que está en aquella cima es su castillo natal.

¿No percibís este perfume del aire?

Son los rosales, que empiezan a perfumar bajo el sol de la mañana;

por la tarde es una exuberancia de aromas.

Pero ahora, con el frescor de la mañana es precioso verlos, aljofarados todavía de rocío;

como millones de diamantes desparramados sobre millones de corolas que florecen.

Cuando declina el sol recogen todas las flores que están completamente abiertas.

Venid. Os quiero mostrar desde una loma la vista de los rosales,

que desde la cima rebosan como en cascada…

Y van descendiendo por los rellanos de la otra ladera.

Una cascada de flores, que luego vuelve a subir como una ola, por las otras dos colinas.

Es un anfiteatro, un lago de flores.

¡Espléndido

El camino es más empinado, pero merece la pena ir, porque desde aquel borde se domina todo ese paraíso.

Llegaremos pronto también al castillo.

Juana vive allí libre, con sus campesinos, que es la única vigilancia de tanta copiosidad.

Pero quieren tanto a su ama, que hace de estos valles un edén de belleza y paz…

que son más eficientes que toda la guardia de Herodes.

Mira Maestro; mirad, amigos…

Y con el gesto indica un semicírculo de colinas invadido de rosales.

La mirada, en cualquier parte en que se deposite ve,

bajo altísimos árboles que tienen la función de proteger del viento, de los rayos de sol demasiado intensos…

Y de las granizadas, un sinfín de rosales.

El sol traspasa y el aire circula bajo este leve techo, que hace de velo pero no ahoga.

Y que los jardineros mantienen en las debidas condiciones:

debajo viven, felices, los más bellos rosales del mundo.

millares y millares de rosales de toda especie:

enanos, bajos, altos, altísimos; formando un matorral, como cojines recamados de flores al pie de los árboles. 

O esparcidos por los prados de verdísima hierba, formando setos a lo largo de los senderos…

y de los leves cursos de agua.

O en círculo alrededor de los estanques de riego que están  diseminados,

por este parque que comprende también colinas.

Enroscados en los troncos de los árboles y tendiendo de uno a otro…

sus cabelleras florecidas, para formar festones y guirnaldas.

Es una cosa realmente de sueño.

Todos los tamaños, las tonalidades, están representados.

Y se entremezclan colocando los colores marmóreos de las rosas de té,

al lado del sangriento ardor de otras corolas.

Y reinando soberanas por número, las verdaderas rosas del color de mejilla infantil

que va atenuándose hacia los bordes, hasta una tonalidad blanquecina rosácea

Todos quedan impresionados por tanta belleza. 

Felipe pregunta:

–     ¿Para que quiere todo esto? 

Tomás responde: 

–    Lo goza.  

Simón explica: 

–    No.

También saca esencias, con lo cual da trabajo a cientos de jardineros y de trabajadores de las prensas,

para extraer esencias.

Los romanos las solicitan con avidez.

Jonathán me lo decía mientras me mostraba las cuentas de la última recolección.

Pedro mira y dice:

–    Pero…

Ahí está María de Alfeo con el niño.

Nos han visto. Están llamando a las otras…

Así es.

Juana y las dos Marías, precedidas de Margziam, que baja corriendo,

con los brazos ya preparados para el abrazo…

Vienen deprisa, hacia Jesús y Pedro.

Se postran ante Jesús.

Jesus with his arms open and posing outdoors

Que las saluda sonriente,

y preguntando:

–    Paz a todas vosotras.

¿Dónde está mi Madre?

Juana responde: 

–    Entre los rosales, Maestro.

Está con Elisa, ¡Que está bien curada y puede afrontar el mundo y seguirte!

¡Gracias por haberte servido de mí para esto!

–    Gracias a ti, Juana.

¿Ves como era provechoso venir a Judea?

Y mirando al niño le entrega, 

diciendo: 

–    Margziam, estos regalos son para ti:

Este bonito muñeco y estas lindas ovejitas.

¿Te gustan?

El niño, de la alegría, se ha quedado sin respiración.

Se echa hacia Jesús, que se había agachado para darle el muñeco y se había quedado mirando su rostro.

Y se abraza a su cuello y lo besa con toda la vehemencia de que es capaz.

–    Así te harás manso como las ovejas. 

Y luego serás un buen pastor para los que crean en Jesús.

¿Verdad?

Margziam dice “sí, sí, sí” con la respiración entrecortada…

Y los ojos brillantes de alegría

–    Ahora ve donde Pedro.

Yo voy con mi Madre.

Veo allí una parte de su velo moviéndose a lo largo de un seto de rosas.

Y corre al encuentro de María. 

Y la recibe abrazándola contra su corazón a la altura de la curva del sendero.

Después del primer beso…

María, todavía jadeante,

explica:

–    Detrás viene Elisa…

He corrido para besarte…porque, Hijo mío, no besarte no podía…

Y besarte ante ella, no quería…

Está muy cambiada…

Pero el corazón sigue doliendo ante una alegría ajena, que a ella le ha sido negada para siempre.

Ahí viene

Elisa recorre veloz los últimos metros y se arrodilla para besar la túnica de Jesús.

Ya no es la mujer de trágica imagen de Betsur.

Ahora es una anciana austera, marcada por el dolor;

solemne por la huella que la pena ha dejado en su rostro y su mirada.

Elisa lo saluda: 

–    ¡Bendito seas, Maestro mío!   

¡Ahora y siempre, por haberme procurado de nuevo lo que había perdido!

Jesús responde: 

–    Paz cada vez mayor a ti, Elisa.

Me alegro de verte aquí.

Levántate

–    Yo también me alegro.

Tengo muchas cosas que decirte y que preguntarte, Señor.

–    Tendremos todo el tiempo que queramos…

Dado que pienso permanecer aquí unos días.

Ven, que quiero que conozcas a los condiscípulos.

–    ¡Oh!…,

¿Entonces has entendido ya lo que quería decirte?

¿Que quiero renacer a vida nueva: la tuya.

Tener de nuevo una familia: la tuya.

Unos hijos: los tuyos.

Como dijiste en mi casa, en Betsur, hablando de Noemí.

Yo soy una nueva Noemí gracias a ti, Señor mío.

¡Bendito seas por ello!

Ya no vivo afligida, ni soy infecunda.

Seré todavía madre.

Y si María lo permite, incluso un poco madre tuya; además de madre de los hijos de tu doctrina.

–    Sí, lo serás.

María no se sentirá celosa y Yo te querré de forma que no te arrepentirás de tu decisión.

Vamos ahora a ver a los que quieren decirte que te quieren como hermanos.

Y Jesús la toma de la mano y la lleva con su nueva familia.  

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El viaje en espera de Pentecostés ha terminado.

202 EL SECRETO DE JUAN


202 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Pasada Yabnia, las colinas, en dirección oeste-este respecto a la estrella polar, aumentan de altura;.

Más lejos se ven montañas que se yerguen cada vez más altas, más altas en la lejanía.   

Bajo la última claridad de la tarde, se dibujan los yugos verdes y violetas de las montañas de Judea.

El día ha declinado rápidamente, como sucede en los lugares meridionales.

De la orgía de rojo del ocaso, en menos de una hora se ha pasado al primer titilar de estrellas.

Parece imposible que la lumbrarada solar se haya apagado tan rápidamente.

Anulando el color sangre del cielo con una veladura, cada vez más densa, de amatista sanguíneo.

Y luego un malva que va palideciendo y haciéndose cada vez más transparente…

Para dejar entrever un cielo irreal no azul, sino verde pálido que poco después se ensombrece.

Para adquirir un color glauco como de avena nueva, preludio del añil que reinará en la noche. 

Recamándose de diamantes, como un manto regio.

Y las primeras estrellas sonríen ya por el oriente, junto a un cuarto de luna creciente.

La tierra exulta cada vez más, con hilaridad verdaderamente paradisíaca, bajo la luz de los astros y en el silencio de los hombres.

Ahora cantan las cosas que no pecan::

Los ruiseñores; las aguas con su arpegio; el follaje con su frufrú; los grillos lisonjeros.  

Los sapos, que hacen acompañamiento de oboe cantando al rocío.

Quizás cantan también arriba las estrellas (ellas están más cerca de los ángeles que nosotros)…

El calor ardiente se va desvaneciendo en el aire de la noche húmeda de rocío

¡Qué grato a la hierba, al hombre, a los animales!

Juan ha ido a buscar a los  apóstoles a Yabnia y vuelve con ellos…

Jesús los ha estado esperando al pie de una colina.  

Judas de Keriot le entrega unas bolsas con monedas y Jesús le da instrucciones sobre cómo repartirlas.

Detrás de Él está Juan, que tiene el macho cabrío y que guarda silencio,

entre Simón Zelote y Bartolomé,..

Que hablan de Yabnia, donde han demostrado su coraje Andrés y Felipe. 

Más atrás todavía, en grupo les siguen todos los demás.

Es un grupo vocinglero, que está haciendo un resumen de las aventuras corridas en tierras filisteas.

Y que muestra claramente su alegría por el ya próximo regreso a Judea para Pentecostés.

Felipe, muy cansado ya de la rápida marcha sobre arenas abrasadoras…    

Pregunta

–    Pero, ¿Vamos a ir inmediatamente?  

Eso ha dicho el Maestro.

Santiago de Alfeo responde: 

–    Ya lo has oído.   

Santiago de Zebedeo agrega: 

–    Mi hermano lo sabe, sin duda.

Pero parece como ido. Lo que han hecho durante estos cinco días es un misterio.

Pedro dice

–     Sí.

No aguanto más la curiosidad…

Al menos como premio por la… purga que hemos pasado en Yabnia.

Cinco días en que uno tenía que estar atento a cada una de las palabras que pronunciaba.

A cada mirada y a cada paso que daba, para no verse metido en un apuro.

Mateo está contento, 

y dice:  

–     Pero nos ha salido bien.

Ya empezamos a saber.

Felipe comenta: 

–     La verdad…

Yo me he echado a temblar dos o tres veces.

¡Ese bendito muchacho de Judas de Simón!…

¿Pero es que no va a aprender nunca a moderar sus maneras?

Andrés trata de justificarlo: 

–    Cuando sea viejo.

De todas formas, pensemos que lo hace con buen fin.

Ya oíste; el mismo Maestro lo ha dicho.

Lo hace por celo… 

Pedro exclama: 

–     ¡Venga hombre!

El Maestro ha dicho eso porque es la Bondad y la Prudencia, pero no creo que lo apruebe.

Tadeo objeta:   

–     Él no miente. 

–     No, mentir no.

Pero sabe dar a sus respuestas toda la prudencia que nosotros no sabemos dar.

Y dice la verdad sin hacer sangrar el corazón de ninguno.

Sin despertar resentimientos, sin dar pie a censuras.

¡Claro! ¡El es Él! – suspira Pedro.

Sigue una tregua de silencio mientras van caminando bajo la claridad cada vez más nítida de la luna.

Luego Pedro mia a Santiago de Zebedeo,

y le dice:

–     Mira a ver, llama a Juan.

No sé por qué no quiere estar con nosotros».

Tomás responde: 

–    Yo te lo puedo decir.

Porque sabe que si está con nosotros lo vamos a ahogar con nuestro deseo de saber.

Felipe confirma: 

–    ¡Claro!

Por eso va con los dos más prudentes y sabios.

Pedro insiste: 

–     Bueno, de todas maneras.

¡Anda, Santiago, inténtalo!» 

Entonces Santiago condescendiente, llama a Juan, tres veces.

Pero éste no oye o hace como que no oye.

El que se vuelve es Bartolomé.

Y Santiago le dice:

–     Di a mi hermano que venga.       

Y luego dice a Pedro:

–     «De todas formas no creo que averigüemos nada».

Juan, obediente, va donde ellos inmediatamente.

Y pregunta:

–     ¿Qué queréis?

Su hermano contesta: 

–     Saber si de aquí se va directamente a Judea.

–     Eso es lo que ha dicho el Maestro.

No quería casi retroceder desde Ecrón.

Quería mandarme a mí por vosotros, pero al final ha preferido venir hasta las últimas pendientes… 

Total, también por aquí se va a Judea.

–    ¿Hacia Modín?

–    Hacia Modín.

Tomás objeta: 

–    Es camino de malhechores…

Ya que esperan a las caravanas para asaltarlas; es inseguro.

–    Pero… ¡Yendo con Él!…

¡Nada se le resiste!…».

Juan levanta hacia el cielo un rostro extasiado quién sabe en qué recuerdos y sonríe.

Todos los presentes lo observan…

Y Pedro dice:

–    Juan, …

¿Tienes esa expresión porque estás leyendo una historia feliz en el cielo estrellado?

–     ¿Yo? No…

–     ¡Venga, hombre!

Hasta las piedras ven que estás lejos del mundo. Dinos lo que te ha sucedido en Ecrón.

–     Nada, Simón, nada.

Te lo aseguro.

Si hubiera sucedido algo penoso, no estaría contento.

–     No penoso, todo lo contrario…

¡Venga! ¡Habla!

–     ¡Pero si no tengo nada que contar que no haya dicho ya Él!

Han sido buenos.

´Propios de personas asombradas por los milagros.

Eso es todo.

Es exactamente como ha dicho Él. 

Pedro mueve la cabeza,

y dice: 

–     No…

No, no sabes mentir.

Eres limpio como agua de manantial.

No. Cambias de color.

Te conozco desde que eras niño. Jamás podrás mentir…

Por incapacidad de tu corazón, de tu pensamiento, de tu lengua…

Y hasta de tu piel, que cambia de color.

Por eso te quiero tanto y te he querido siempre mucho.

¡Venga, hombre, ven aquí, con tu viejo Simón de Jonás, con tu amigo!

¿Te acuerdas de cuando eras niño? Yo era ya un hombre.

¿Te acuerdas con qué mimo te trataba?

Querías oírme contar historias y querías barcas de corcho, “que no naufragaban nunca” – decías.

Y que te servían para ir lejos…

Como ahora, que te vas lejos y dejas en la orilla al pobre Simón.

Y tu barca no naufragará jamás.

Se aleja colmada de flores, como las que echabas a navegar de niño en Betsaida.

Para que el río las llevara al lago y se marcharan lejos.

¿Te acuerdas?

Juan, yo te quiero.

Todos te queremos.

Eres nuestra vela, nuestra barca que no naufraga; navegamos siguiendo tu estela.

¿Por qué no nos hablas del prodigio de Ecrón?

Pedro mientras hablaba tenía ceñida con un brazo la cintura de Juan;

el cual trata de eludir la pregunta,

diciendo:

–    Y tú, que eres la cabeza…

¿Por qué no hablas a las muchedumbres con esta intensidad persuasiva que usas conmigo?

Ellas necesitan que se las convenza, no yo.

–    Porque contigo me siento a mis anchas.

Yo te quiero a ti, a las muchedumbres no las conozco – dice Pedro como justificación.

–    Y no las amas.

Ése es tu error. Ámalas aunque no las conozcas.

Dite a ti mismo: “Son de nuestro Padre”.

Verás como te parecerá conocerlas y las amarás.

Ve en cada uno de los que componen esas muchedumbres a otro Juan…

–    ¡Parece fácil!

Como si tú niño eterno, pudieras ser intercambiado con las áspides o los puercoespines.

–     ¡Yo soy como todos!

Santiago de Zebedeo.

le contesta: 

–    No, hermano, no eres como todos.

Nosotros, excepto quizás Bartolomé, Andrés y el Zelote..

Habríamos dicho ya hasta a la hierba lo que nos hubiera sucedido que nos hiciera dichosos.

Tú sin embargo, guardas silencio.

Pero a mí, que soy tu hermano mayor, debes decírmelo.

Soy para ti como un padre.   

–     El Padre es Dios, el Hermano es Jesús, la Madre es María…

Santiago se inquieta y levanta la voz: 

–    ¿De forma que la sangre para ti ya no cuenta nada?

–     No te alteres.

Yo bendigo la sangre y el seno que me formaron: padre y madre.

Y te bendigo a ti, hermano de mi misma sangre.

Pero, a los primeros porque me han engendrado y sustentado para darme la posibilidad de seguir al Maestro, y a ti porque lo sigues.

A nuestra madre, desde que es discípula, la amo de dos formas: como hijo, con la carne y la sangre.

Y como condiscípulo suyo, con el espíritu.

¡Qué alegría estar unidos en el amor a Él!…

Jesús, al oír la voz nerviosa de Santiago, ha volteado a mirarlos. 

Y las últimas palabras lo iluminan acerca de la cuestión. 

Y dice. 

–    Dejad tranquilo a Juan.

Es inútil que lo atormentéis, tiene muchos puntos en común con mi Madre, no hablará.

Todos suplican; 

–     Pues entonces dilo Tú, Maestro.

–    Bien.

Mirad, he llevado conmigo a Juan porque era el más adecuado para lo que quería hacer.

A mí me ha servido de ayuda y él se ha perfeccionado.

Eso es.

Pedro, Santiago el hermano de Juan, Tomás y Judas Iscariote se miran.

Y desilusionados, tuercen un poco la boca.

Judas no se limita a quedar desilusionado,

y dice:

—     ¿Por qué perfeccionarlo a él si ya es el mejor?

Jesús le responde:

–    Tú dijiste:

“Cada uno tiene su modo, y lo usa”.

Yo tengo el mío. Juan el suyo, muy parecido al mío.

El mío no puede perfeccionarse, el suyo sí

Y esto es lo que quiero, porque es justo que sea así.

Así que por este motivo lo he tomado conmigo.

Necesitaba a uno que tuviera ese modo y ese corazón suyos.

Por tanto, ni malos humores ni curiosidad.

Vamos a Modín.

La noche está serena, fresca y luminosa.

Caminaremos mientras haya luna, luego dormiremos hasta el alba.

Llevaré a los dos Judas a venerar las tumbas de los Macabeos, cuyo nombre glorioso llevan.

Judas se alegra mucho y dice: 

–    ¿Solos contigo?

–    No.

Con todos

Pero la visita a la tumba de los Macabeos es para vosotros, para que los sepáis imitar sobrenaturalmente…

con luchas y victorias en un campo enteramente espiritual.

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197 UN PACTO SELLADO


197 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús está parado en la plaza principal de la ciudad de Ascalón y ha despedido a los apóstoles en grupos de cuatro, para que misionen en el puerto filisteo.  

Él los mira mientras los apóstoles se alejan.

Con Él se ha quedado sólo Judas de Keriot, que ha declarado que a éstos no les va a decir nada, porque son peores que los paganos.

Pero, cuando oye que Jesús va a ir aquí o allá…

Y no va a hablar, entonces cambia de idea, 

y dice:

–     ¿Te molesta si te dejo solo?

Querría ir con Mateo, Santiago y Andrés…

Son los menos dotados…  

Jesús responde:

–     Ve, ve. Adiós.

Jesús, solo, va por la ciudad, sin rumbo fijo; a lo largo y a lo ancho, anónimo entre la atareada gente…

Ni siquiera se fijan en El

Salvo dos o tres niños que levantan curiosos, la cabeza,…

Y una mujer provocadoramente vestida, que viene resueltamente hacia Él con una sonrisa llena de insinuaciones… 

Pero Jesús la mira tan severamente, que ella se ruboriza violentamente;

 roja como la púrpura; baja los ojos y cambia de dirección. 

Llegando a la esquina se vuelve…

Pero uno del lugar que ha observado la escena, la hiere con una observación mordaz y burlona por su derrota.

Entonces ella se envuelve en su manto y huye.  

Los niños lo miran curiosos y lo rodean.

Lo miran, sonríen ante su sonrisa.

El que es más audaz, un chicuelo como de ocho años; 

le pregunta:

–            ¿Quién eres?

Jesús acariciándolo,

le responde:

–     Jesús.

–     ¿Qué haces?

–     Estoy esperando a unos amigos.

–     ¿De Ascalón?

–     No, de mi tierra y de Judea.

–     ¿Eres rico?

Yo sí. Mi padre tiene una casa bonita. Adentro trabaja alfombras.

Ven a ver. Está aquí cerca.

Y Jesús va con el niño. 

Entran en un largo atrio que se conecta con una calle cubierta.

En el fondo resplandece, avivado por la penumbra del atrio, un retazo de mar todo encendido por el sol.

Encuentran a una niña demacrada que llora de miedo.  

El niño explica: 

–     Es Dina.

Es pobre, ¿Sabes? Mi madre le da comida.

Su madre está muy enferma y ya no está en condiciones de ganar dinero.

Su padre murió en el mar, era un marinero nuestro.  

Fue una tormenta, mientras iba de Gaza al puerto del Gran Río a llevar y recoger mercancías.

Como la mercancía era de mi padre y el padre de Dina era uno de nuestros marineros, mi madre se ocupa ahora de ellos.

Muchos se han quedado sin padre así… ¿Tú que opinas?

Debe ser duro ser huérfano y pobre.

Ahí está mi casa. No digas que estaba en la calle, porque tenía que estar en la escuela.

Pero es que me han echado porque hacía reír a los compañeros con esto… 

Y saca de debajo del vestido, un muñeco tallado en una delgada tablita de madera, realmente muy cómico, 

Es la caricatura de un hombre con barba y una nariz descomunales.

Por los labios de Jesús se asoma una sonrisa que reprime rápidamente,

diciendo serio:

–   ¿No será el maestro verdad?

¿Ni ningún familiar? ¡No está bien!

El chiquillo responde:

–   No.

Es el sinagogo de los judíos.

Es viejo y feo. Y siempre nos burlamos de él.

–    Eso tampoco está bien.

Fíjate que es mucho mayor que tú y…

–   ¡Oh!….

Es un vejete medio jorobado y casi ciego.

Pero, ¡Es tan feo!… Yo no tengo la culpa de que sea feo.

–     No.

Pero tienes la culpa de burlarte de un anciano.

También tú cuando seas viejo serás feo.

Porque caminarás enclinado, tendrás pocos cabellos, estarás medio ciego y caminarás con bastones.

Tendrás una cara semejante…

¿Te gustaría que se burlaran de ti, muchachos sin respeto?

Y luego, ¿Por qué perturbas al maestro y a tus compañeros?

¡No está bien!

Si tu padre lo supiese te castigaría.

Tu madre se apenaría.

Yo no les voy a decir nada, pero tú me das inmediatamente dos cosas:

La promesa de no volver a cometer estas faltas y el muñeco.

¿Quién lo ha hecho?

-Yo, Señor… – dice el niño muy avergonzado.

Pues está plenamente consciente ya, de la gravedad de sus… fechorías…

Y añade:

«    ¡Me gusta mucho trabajar la madera!

Algunas veces logro reproducir las flores y los animales de las alfombras.

¡Fíjate… también los dragones, las esfinges… y otras figuras más!

–     Esos animales sí los puedes hacer. r.

Hay tantas cosas bellas en la tierra.

Así pues, promete y dame ese muñeco.

Si no, ya no somos amigos.

Lo guardaré como recuerdo tuyo y rogaré por ti.

¿Cómo te llamas?

–    Alexandro.

¿Y Tú que me das?

Jesús se preocupa.

Casi nunca tiene nada.

Se acuerda de que Salomé le puso una hebilla muy bonita en el cuello de su vestido.

Busca en su alforja, la encuentra, la quita.

Se la da al niño y le dice:

–    Ahora vámonos.

Pero ten en cuenta que aunque Yo me vaya; de todos modos Yo sé todo.

Y si sé que eres malo, regresaré y le diré todo a tu mamá.

El pacto queda hecho.

Entran en la casa.

Al otro lado del vestíbulo hay un espacioso patio, limitado en tres de sus lados por unas naves en que están los telares.

La criada que ha abierto, al ver al niño con un desconocido, se queda sorprendida…

Y va a avisar a la señora.

Y ésta, una mujer alta y de dulce aspecto, viene inmediatamente,

y pregunta:

–     ¿Se ha sentido mal mi hijo?

–     No, mujer…

Me ha conducido aquí para mostrarme tus telares.

Soy forastero.

–     ¿Quieres comprar?

–      No. Yo no tengo dinero.

Pero tengo amigos a los que les gustan las cosas bellas, llenas de arte y que tienen dinero.

La mujer mira sorprendida a este hombre que confiesa paladinamente así, sin rodeos, que es pobre.

Y dice:

–     Pues te creía un señor

Tienes modales y aspecto de gran señor.

–    Soy simplemente un rabí galileo, Jesús, el Nazareno.

–     Somos comerciantes. 

No tenemos prejuicios. Pasa y mira…

Y le acompaña a que vea sus telares, donde trabajan muchas jóvenes bajo su dirección.

Las alfombras son verdaderamente valiosas en cuanto a dibujo y flores;

espesas, blandas, parecen hermosos cuadros realizados con mucho arte. 

Pedazos de jardín llenos de flores, una imagen calidoscópica de gemas.

Otras, mezcladas con las flores, tienen figuras alegóricas:

Hipogrifos, sirenas, dragones o grifos heráldicos muy elaborados.

Jesús admira estas obras, 

Y dice: 

–     Eres muy hábil.

Me alegro de haber visto todo esto, eres muy inteligente, como también me alegra el que seas buena.

–     ¿Cómo sabes eso?

–     Se ve en la cara.

Además el niño me ha hablado de Dina.

Dios te lo pague. Aunque no lo creas, teniendo como tienes en ti la caridad, estás muy cerca de la Verdad.

–     ¿Qué verdad?

–     Muy cerca del Señor altísimo.

El que ama al prójimo y ejercita la caridad con su familia y sus subordinados…

Y la extiende a los pobres, tiene ya en sí la Religión.

El niño me ha contado lo de Dina. Es esa niña, ¿No es así?

–     Sí. Su madre se está muriendo.

Después la tomaré yo conmigo, pero no para los telares; es demasiado pequeña y débil para ello.  

Se vuelve hacia la niña y la llama:

–     Ven, Dina, acércate a este señor.

La niña, con la carita triste propia de los niños infelices, se acerca tímidamente.

Jesús la acaricia y dice

–     ¿Me llevas a ver a tu madre?

Querrías que se pusiera buena, ¿Verdad?

Bueno, pues llévame a ella.  

Jesús la toma de la mano y se despide:

–     Adiós, mujer.

Adiós, Alejandro; y sé bueno.

Sale llevando a la niña de la mano.  

Y le pregunta: 

-¿Tienes hermanos? 

La voz infantil se quiebra al contestar: 

–     Tengo tres hermanos pequeños.

El último no conoció a nuestro padre.

–     No llores.

¿Eres capaz de creer que Dios puede curar a tu madre?

¿Sabes, verdad, que hay un solo Dios, que quiere a los hombres que ha creado y especialmente a los niños buenos?

¿Y que lo puede todo?

–     Sí, lo sé, Señor.

Antes iba a la escuela mi hermano Tolmé.

Allí están mezclados con los judíos y aprenden muchas cosas.

Sé que existe y que se llama Yeohveh.

Y que nos castigó porque los filisteos fueron malos con Él.

Siempre nos lo echan en cara los niños hebreos.

Pero yo no vivía en aquella época, ni mi mamá ni mi padre.

Entonces, ¿Por qué…?

Y el llanto hace de barrera a la palabra.  

Jesús la consuela: 

–     No llores.

Te quiere también a ti y me ha traído aquí por ti y por tu mamá.

¿Sabes que los israelitas esperan al Mesías, que debe venir para fundar el Reino de los Cielos?

¿El Reino de Jesús, Redentor y Salvador del mundo?

–     Lo sé, Señor.

Nos amenazan diciendo:

–     Y cuando Él venga… “Entonces ¡Ay de vosotros cuando llegue!”

–     ¿Sabes lo que hará el Mesías?

–     Hará grande a Israel y a nosotros nos tratará muy mal. 

–    No. Redimirá al Mundo.

Quitará los pecados.

Enseñará a no pecar.

Amará a los pobres; a los enfermos, a los afligidos.

Irá a donde estén ellos.

Enseñará a los ricos, a los sanos; a los felices, a que lo amen.

Recomendará la bondad para obtener la Vida Eterna y bienaventurada en el Cielo.

Esto es lo que hará…

Y no será tirano con nadie

–     ¿Y cómo se sabrá que es Él?

–     Porque querrá a todos y curará a los enfermos que crean en Él.

Redimirá a los pecadores y enseñará el amor.

La niña exclama:

–    ¡Oh!…

¡Si Él estuviese antes de que mi mamá se muriese! ¡Yo creería!

¡Yo le rogaría! Iría a buscarlo hasta encontrarlo  y le diría:

‘Soy una pobre niña sin padre.

Mi mamá se está muriendo. Yo espero en Ti’

Y estoy segura de que aunque yo sea filistea, Él me escucharía.

Toda una fe sencilla y fuerte vibra en la voz de la niña.

Jesús la mira con infinita ternura y le sonríe a la inocente que camina a su lado.

Ella no ve esa sonrisa esplendorosa, porque va mirando que están por llegar a su paupérrima casa, que está situada en el fondo de un callejón. 

Empuja la puerta y…

La niña lo invita: 

–     Es aquí, Señor. Entra….

Es una habitación miserable.

Un jergón con un cuerpo desvanecido.

Tres pequeñitos que van desde los tres hasta los diez años, están sentados alrededor.

Miseria y hambre, se reflejan por todas partes.

Jesús saluda:

–    La paz sea contigo, mujer.

No te muevas

Tranquila. No te sientas incómoda ni hagas esfuerzos.

He conocido a tu hija, supe que estás enferma y he venido.

¿Quieres recobrar la salud?

La mujer, con un hilo de voz, responde:

–    ¡Oh, Señor!

 ¡Ya no tengo remedio! Para mí ya todo ha terminado…

Y le resbalan las lágrimas por las enjutas mejillas.

–    Tu hija ha llegado a creer, que el Mesías puede curarte…

¿Y tú?

–    ¡Oh! Si Él viniese también yo creería…

Pero,  ¿En dónde está el Mesías?

Jesús declara sencillamente:

–    Soy Yo, que te está hablando.  

Entonces Jesús, que estaba curvado hacia el jergón susurrando sus palabras junto a la cara de la enferma mortecina,

se endereza majestuoso,

y exclama en voz alta: 

–      ¡Lo quiero! ¡Queda curada!

Los niños sienten casi miedo de la gravedad de Jesús.

Están tres rostros llenos de estupor, formando una corona a la yacija materna.

Dina aprieta las manos contra su pequeño pecho; una luz de esperanza, de felicidad, ilumina su carita.

Contiene la respiración, por lo emocionada que está y casi jadea; tiene la boca abierta, preparada para una palabra que ya su corazón le susurra…

Y cuando ve que su madre, antes cérea y completamente sin fuerzas;

como atraída por una fuerza que le hubiera sido trasvasada, se incorpora y se sienta.

Y luego, sin quitar un momento los ojos de los del Salvador, se pone en pie…

Dina profiere un grito de júbilo:

–     ¡Mamá!

Ha sido pronunciada la palabra que llenaba su corazón…

Y luego otra:

–     « ¡Jesús!».

Entonces, abrazando a su madre, la obliga a arrodillarse,

mientras dice:

–     ¡Adora, adora!

Es el Salvador profetizado al que se refería el maestro de Tolmé.

Jesús dice:

–    Adorad al verdadero Dios.

Sed buenos. Acordaos de Mí. Adiós.  

Y Jesús sale rápidamente, mientras las dos felices, están postradas en el suelo…

Pronto se pierde entre las callejuelas de Ascalón

194 PARÁBOLA DEL DIENTE DE LEÓN


194 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Una llanura martilleada por el sol, que encandece los cereales maduros y extrae de ellos un olor que ya recuerda al pan.

Huele a sol, a ropa lavada, a mieses en sazón… a verano.

Cuando viajamos con nuestro cuerpo espiritual, sus sentidos son infinitamente más sensibles que las limitaciones de nuestro cuerpo físico…

Sí, cada estación, se podría decir incluso cada mes y cada hora del día, tiene su olor característico.

Como también lo tiene cada lugar, para una  persona de sentidos bien afinados y agudo espíritu de observación.

E1 olor de un día invernal con viento cortante es muy  distinto del olor suave de un día neblinoso de invierno, o del olor que la nieve esparce.

Qué distinto de éstos es el olor de la primavera que llega, que anuncia su presencia antes de llegar, como un perfume que no es perfume, muy distinto del olor del invierno.

Una buena mañana nos levantamos y… el aire tiene un olor distinto:

Es el primer suspiro de la primavera.

Y así se va adelante: olores de los huertos en flor, luego olores de los jardines, de las mieses;

hasta llegar a ese olor caliente de la vendimia. 

Pasando como un intermedio, por el olor de la tierra después de una tormenta…

¿Y las horas?

Sería necedad decir que el olor de la aurora es como el del mediodía.

Y éste como el de la tarde o el de la noche.

El primero, fresco y virginal.

El segundo, riente y lleno de vitalidad.

El otro, cansado y saturado de todo lo que exhaló durante el día: sus olores.

E1 último el nocturno es moderado; recogido como si la tierra fuera una enorme cuna abierta para recibir el sueño de sus pequeñuelos.

¿Y los lugares?

¡Oh, el olor del litoral, tan distinto desde el alba a la tarde, del mediodía a la noche;

de la tempestad a la calma, de las zonas de arrecife a las de playa baja!

¿Y el olor de las algas cuando quedan al aire después de las mareas?

¡Y parece como si el mar hubiera abierto sus entrañas para hacernos aspirar el olor acre de su fondo?:

¡Qué distinto del de las llanuras de tierra adentro!

Como éste lo es del de los lugares de colinas y éste último del olor de los altos montes.

Grande es la infinitud del Creador, que ha imprimido una señal de luz, color, perfume, sonido, forma o altura; 

en cada una de las infinitas cosas que ha creado.

¡Oh, belleza infinita del Universo!

¡Cuán grande eres, potente, inagotable, exenta de monotonía!

Así, siguiendo a Jesús, que va con sus apóstoles por esta llanura llena de mieses,

¡Qué delicioso es dejarse apresar por la alegría de hablar de Dios en sus espléndidas obras!

Pues también es amor porque el hombre alaba en las criaturas aquello que en ellas ama.

Lo mismo se da de la criatura al Creador: quien lo ama. 

¡Y así brota la alabanza!

El amor ardiente es incontenible en su gozo inefable…

¡Y nos inflama como un volcán! 

Señor, enciende mi corazón en el FUEGO de tu AMOR ARDIENTE y ayúdame a AMAR como Tú Quieres que lo haga…

Porque cuanto más se le ama más se lo alaba, por Él y por sus obras.

¡Oh, deseo de mirarte continuamente y de olvidar lo bajo de los hombres!

¡Y amarlos en su alma y por su alma, para llevarlos a Dios!…

¡Y esta es la energía que nos hace levantarnos de las caídas que nos proporciona Satanás;

cuando nos vapulea y nos derriba para impedir el cumplimiento de nuestra misión…! 

Y eso precisamente es lo que impulsa a Jesús,en esta travesía que ha emprendido con sus Doce apóstoles…

Es una llanura sobre la que el sol cae y caldea el trigo maduro.

Se aspira el olor de las mieses.

El olor del verano.  

Jesús avanza por los campos de cereales en sazón.

El día está caluroso; el paraje, desierto.

No se ve un solo hombre por los campos; sólo espigas maduras y árboles diseminados acá o allá.

Sol, mieses, pájaros, lagartijas, matas verdes y quietas en el aire tranquilo:

Esto es lo que hay en torno a Jesús, que va por un camino de primer orden…

Una cinta polvorienta y cegadora entre el cimbreo de las espigas;

a cuyos lados hay respectivamente, un pequeño pobñado y una hacienda; nada más.

Todos caminan en silencio, acalorados y sudorosos.

Se han despojado de sus mantos; pero sufren igualmente bajo sus vestidos, que son de lana ligera.   

Solamente Jesús con sus dos primos y Judas de Keriot, llevan ropajes de lino o de cáñamo.

Los de Jesús son de lino blanco.

Los de los hijos de Alfeo por su densidad, parecen demasiado pesados para ser lino, son de color marfil intenso, justo como el del cáñamo sin blanquear.

Los otros apóstoles llevan los atavíos habituales y van secándose el sudor con el lienzo que les sirve de velo.

Llegan a un grupo de árboles que hay en un cruce de caminos.

Bajo su saludable sombra se detienen y ávidamente, beben de sus botijas.   odres

Judas está sediento, acalorado, cansado y hambriento…

Pero esta vez no se ha quejado… 

Muy pensativo, bebe su agua tibia…

Pedro refunfuña:

–    Está caliente como si la hubiera quitado del fuego.

Bartolomé suspira:

–     Si hubiera por lo menos un arroyo.

¡Pero nada! ¡No hay nada!  

Dentro de poco me quedaré sin agua.

Santiago de Zebedeo, congestionado por el calor.

se queja:

–    Creo que sería mejor la montaña.

El corazón de Pedro se va a su lago y su barca…

Y suspira:

–    ¡Ah! Mejor es la barca.

Fresca, tranquila y limpia.

Jesús trata de darles ánimo,

y dice: 

–     Tenéis razón todos.

Pero los pecadores están tanto en la montaña como en la llanura.

Si no nos hubieran arrojado de Agua Especiosa y perseguido pisándonos los talones, habría venido aquí entre Tébet y Scebat. (invierno)

De todas formas, pronto estaremos en el litoral, donde la brisa del mar abierto refresca el aire.   

Pedro cuestiona: 

–     ¡Sí, claro!

¡Eh! Que si hace falta…

Aquí parecemos pescados agonizantes.

Pero… ¿Cómo logran estar tan hermosas las espigas de trigo, sin agua?

Jesús explica: 

–     Hay agua subterránea…

Que mantiene húmedo el terreno.

Con su humor impetuoso,

Pedro responde:

–     Mejor hubiera sido que estuviese en la superficie. 

¿De qué me sirve si está bajo tierra?

¡Yo no soy raíz! 

Todos sueltan la carcajada.

Y cuando cesan las risas…

Un momento después, Tadeo se pone serio,

y dice:

–     El suelo es egoísta.

Como los corazones y como ellos, es árido.

Si nos hubieran dejado estar en el pueblo anterior y pasar el sábado allí;

habríamos tenido sombra, agua, posibilidad de descanso.

Pero nos arrojaron…  

Tomás señala el pueblo a sus espaldas, en el oriente, 

y dice: 

– También habríamos tenido comida…

Pero ni siquiera eso. Yo tengo hambre.

¡Si tan sólo hubiese fruta!

Éstas, si las hay; porque los árboles frutales están cerca de las casas.

Judas replica: 

–     Y ¿Quién va?

¿Quién se atreve a acercarse?

Si todos tienen el humor de aquellos..  

Y éstos piensan igual que los de allá.

¿Cómo crees que nos recibirán?

Simón Zelote dice:

–    Toma mi comida.

Yo no tengo mucha hambre.

Jesús apoya:

–    Toma también la mía.

Y agrega: 

–    Quién sienta tener más hambre que coma…

Juntan las provisiones de Jesús, Zelote y Nathanael.

¡Son tan poquitas.…!

Lo dicen los ojos espantados de Tomás y de los jóvenes…

Pero se callan, mordisqueando las microscópicas partes.

El Zelote paciente, va hacia un punto en que una verde hilera sobre la tierra quemada, advierte la existencia de humedad.

Y efectivamente, encuentra un hilo de agua que en el fondo del arenal;

lo guía hasta un pequeño arroyuelo que discurre por el terreno guijarroso…

Simón da un grito a los compañeros, que han quedado ya lejos, para que vengan a gozar de este alivio.

Todos van corriendo, por la sombra discontinua de una hilera de árboles que sigue la ribera del arroyuelo semiseco.  

Llenan los odres que ya estaban vacíos y los apoyan en el agua, en donde se proyecta sombra;

para tenerlos más frescos.

Una vez allí, pueden refrescarse los pies polvorientos, lavarse la cara sudorosa.

Se sientan al pie de un árbol y con el cansancio que tienen, se quedan dormidos.

Jesús los mira con amor y compasión… 

Jesús los mira con amor y compasión.

Mueve la cabeza…

Zelote, que había ido a beber agua otra vez, lo descubre…

Y le pregunta:

–     ¿Qué te pasa, Maestro?

Jesús se levanta, le pone un brazo sobre la espalda y lo lleva a un árbol que está más lejos.

Le dice:

–    ¿Qué tengo?

Me aflijo por vuestro cansancio.

Si no supiese lo que estoy haciendo de vosotros…

No me permitiría jamás, causaros tantas molestias.

Simón objeta:

–     ¿Molestias?

No, Maestro. ¡Es nuestra alegría!

Todo desaparece al venir contigo.

Todos somos felices, créelo.

Ninguno se lamenta, ni…

–     Calla, Simón.

Lo humano da gritos, aún en los buenos…

Y humanamente hablando no os equivocáis al gritar.

Os he arrancado de vuestras casas, familias e intereses.

Y vinisteis pensando que significaría otra cosa el seguirMe.

De todas formas, un día este grito vuestro de ahora, este grito íntimo, se aplacará…  

Entonces comprenderéis la belleza de haber caminado entre neblinas, fango, barro, polvo, canículas… 

O con un calor asfixiante…

Perseguidos, sedientos, cansados, hambrientos.

Detras el Maestro perseguido, odiado, calumniado… y…

Y otras cosas.  

Todavía falta más… 

Y entonces entenderéis que fue una cosa hermosa, haber venido entre neblinas y fango; 

entre polvo y canículas;

perseguidos, sedientos, cansados, hambrientos;

detrás del Maestro perseguido, odiado, calumniado… y más.

Todavía falta más.

Entonces todo os parecerá hermoso, porque vuestro pensamiento será diferente.

Y todo lo veréis bajo otra luz.

Y me bendeciréis por haberos conducido por mis caminos tan difíciles…

–     Estás triste, Maestro.

El mundo justifica tu tristeza, pero no nosotros.

Todos estamos contentos…

–   ¿Todos?

¿Estás seguro?….

    ¿Piensas Tú de otra forma?

–    Sí, Simón.

De otra forma.

Tú estás siempre contento.

Tú has comprendido; muchos otros, no.

¿Ves a esos que están durmiendo?

¿Puedes imaginar, cuántos pensamientos envuelven aún el sueño?…

¿Y todos los que están entre los discípulos?

¿Crees que serán felices hasta que todo se cumpla?

Mira, juguemos a esto que ciertamente tú hiciste cuando eras pequeño..

Jesús toma un diente de león que se yergue entre las piedras…

Y que ha alcanzado ya la plena maduración.

Se lo lleva delicadamente a la altura de la boca, sopla y…

Se disgrega en muy pequeños vilanos que se esparcen por el aire, vagando con su borlita mantenida derecha por el minúsculo tallito.  

Jesús continúa: 

¿Ves? Mira…

¿Cuántos han caído en mis rodillas, cual si estuvieran enamorados de Mí?

Cuéntalos…

Son veintitrés.

Eran, por lo menos, el triple.

¿Y los otros?

Mira. Unos siguen vagando por el aire.

Otros como por demasiado peso, han caído ya al suelo.

Algunos orgullosos, suben vanagloriándose de su penacho de plata.

Otros caen en ese barrillo que hemos formado con nuestros odres.

Sólo… Mira, mira… incluso de los veintitrés que tenía en mis rodillas siete se han ido.

Ha sido suficiente el vuelo de ese abejorro para que se marcharan…

¿Temían algo?: quizás el aguijón.

¡Los ha seducido algo?:

Quizás los hermosos colores negros y amarillos.

O el aspecto gallardo… O las alas irisadas…

Se han ido… tras una belleza falaz…

Simón, así sucederá con mis discípulos…

Se disgregarán detrás de una vana hermosura mentirosa porque así serán…

Algunos por inquietud, otros por inconstancia, quién por torpeza, quién por orgullo…

Unos por nerviosismo, otros por inconstancia, por estar demasiado cargados;

Alguien por ligereza, por apetito de fango, uno más por miedo…

Otros por demasiada simplicidad, otros por pereza…

Por orgullo, por ligereza, por amor al fango, por miedo o ingenuidad…

Pero se irán.

¿Tú crees que a todos los que ahora me dicen: “Voy contigo” los veré a mi lado cuando llegue la hora decisiva de mi misión?

Los vilanos de ese diente de león que creó mi Padre eran más de setenta…

Ahora, en mis rodillas, hay sólo siete…

Pues otros se han ido también, por este movimiento del aire que ha hecho decir “sí” a los tallitos más ligeros.

Así sucederá.

Y pienso en las luchas que soatendréis por manteneros fieles a Mí…

Ven, Simón.

Vamos a ver aquellas libélulas, que hacen sus danzas sobre el agua.

A no ser que quieras descansar.

–   No, Maestro.

Tus palabras me han llenado de tristeza.

Espero que no te abandone el leproso curado, el perseguido al que Tú rehabilitaste; el hombre solitario a quien has dado compañía;

el nostálgico de afecto al que has abierto el Cielo para que encontrase amor y el mundo para que lo diera…

Maestro… ¿Qué piensas de Judas?

El año pasado lloraste conmigo por él.

Luego… no sé…

Maestro, deja esas dos libélulas, mírame a mí, escúchame.

Esto que te voy a decir no se lo diría a ningún otro, ni a los compañeros ni a ningún amigo;

pero a Tí sí:

No logro amar a Judas; lo confieso.

Es él quien rechaza mi deseo de amarlo.

No quiero decir que me trate con desprecio, no;

es más, hasta incluso se muestra muy cortés con el viejo Zelote, al que intuye más experto que los demás en el conocimiento de los hombres.

Es su modo de actuar.

¿Te parece sincero?

Dímelo.

Jesús guarda silencio durante unos momentos…

Pareciera estar como fascinado con dos libélulas,

que posadas sobre la superficie del agua del pequeño estanque,

Con sus élitros irisados dibujan un pequeño arco iris; 

un especioso arco iris que sirve para atraer a un mosquito curioso…

Que acaba devorado por uno de los voraces insectos.

El cual a su vez cae en vuelo, víctima de un sapo que estaba agazapado…

Y que se la come junto con el mosquito que había cazado.

Jesús se mueve, se pone de pie…

Pues casi se había echado para observar estos pequeños dramas de la naturaleza,…

Y dice:

–     Así es:

La libélula tiene fuertes mandíbulas para nutrirse de hierbas.

Y alas fuertes para derribar a los mosquitos.

La rana, garganta ancha para tragarse a las libélulas.

Cada uno tiene lo suyo y lo suyo usa.

Vamos Simón.

Los otros ya despertaron.

–    No me has respondido, Señor.

¿No quieres hacerlo?

Jesús exclama: 

–    ¡Te he dado la respuesta!

Viejo sapiente mío.

Medita y darás con ella.

Zelote suspira…

Y Jesús, remontando el lecho guijarroso, va donde los discípulos, que se están despertando y ya lo buscan.

Y los dos vuelven a subir por el arenal, a reunirse con los demás.

168 LA HORA DEL INCIENSO


  1. 169 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Pedro entra en el recinto del Templo, en funciones de padre, con aspecto verdaderamente solemne; lleva de la mano a Yabés.

Camina con tanta gallardía, que hasta parece más alto.

Detrás en grupo, todos los demás.

Jesús va el último, ocupado en una animada conversación con Juan de Endor, al cual parece que le da vergüenza entrar en el Templo.

Pedro pregunta a su pupilo:

–     ¿Has venido aquí alguna vez?

–     Cuando nací, padre.

Pero no me acuerdo – lo cual hace reír de satisfacción a Pedro,

que repite la respuesta a los compañeros y éstos se echan a reír también.

Y dicen, con bondad y perspicacia:

–     Quizás es que dormías y por eso…

–    Estamos todos como tú.

–    No nos acordamos de cuando vinimos aquí recién nacidos».

Igualmente hace Jesús con su protegido.

Y recibe una respuesta análoga (poco más o menos).

Juan de Endor en efecto,

dice:

–     Éramos prosélitos.

Vine en brazos de mi madre, precisamente en una Pascua, porque nací a principios de Adar.

Mi madre era de Judea.

Se puso en viaje en cuanto pudo, para ofrecer dentro del tiempo establecido a su hijo varón al Señor…

Quizás demasiado prematuramente…

De hecho, enfermó y no volvió a recuperar la salud.

Yo tenía menos de dos años cuando me quedé sin madre; fue la primera desventura de mi vida.

Pero, siendo su primogénito – unigénito, por su enfermedad -, se sentía orgullosa de morir por haber obedecido a la Ley.

Mi padre me decía: “Ha muerto contenta por haberte ofrecido al Templo”…

¡Pobre madre mía! ¿Qué ofreciste?: un futuro asesino…

–     Juan, no digas eso.

Entonces eras Félix, ahora eres Juan. Ten siempre presente la gran gracia que Dios te ha donado, eso sí.

Pero que no te desaliente ya más lo que fuiste… -¿No volviste ninguna vez al Templo?

–     ¡Sí, sí, a los doce años!

Y, a partir de entonces, siempre. Mientras… mientras pude hacerlo… Después, aun pudiendo venir, ya no volví, porque…

Bueno, ya te he dicho cuál era mi único culto: el Odio.

Incluso por este motivo no me atrevo a entrar aquí.

Me siento extranjero en la Casa del Padre…

Lo he abandonado durante demasiado tiempo…

–     Tú vuelves al Templo de mi mano.

Y Soy el Hijo del Padre; si Yo te conduzco ante el altar es porque sé que todo está perdonado.

Juan de Endor siente una brusca convulsión de llanto,

y dice:

–     Gracias, Dios mío.

–     Sí, da gracias al Altísimo.

¿Ves cómo tu madre, una verdadera israelita, tenía espíritu profético?

Eres el varón consagrado al Señor y que no será rescatado.

Eres mío, eres de Dios, discípulo y por tanto, futuro sacerdote de tu Señor en la nueva era y religión,

que de Mí recibirán el nombre.

Yo te absuelvo de todo, Juan.

Camina sereno hacia el Santo.

En verdad te digo que entre los que viven en este recinto, hay muchos más culpables que tú, más indignos que tú, de acercarse al altar…

Pedro entretanto, se las ingenia para explicarle al niño las cosas más dignas de relieve en el Templo.

Y pide ayuda a los otros más cultos, especialmente a Bartolomé y a Simón,

porque siendo ancianos, se encuentra a gusto con ellos en su papel de padre.

En esto, estän ya ante el gazofilacio para hacer las ofrendas, cuando los llama José de Arimatea.

Después de los recíprocos saludos, 

José pregunta: 

–     ¿Estáis aquí?

¿Cuándo habéis llegado? 

–     Ayer por la tarde.

–     ¿Y el Maestro?

–     Está allí…

Con un discípulo nuevo. Ahora vendrá.

José mira al niño y le pregunta a Pedro:

–     ¿Un sobrinito tuyo?

–     No… sí.

Bueno, quiero decir que, nada en cuanto a la sangre mucho en cuanto a la fe, todo en cuanto al amor.

–     No te comprendo…

–     Un huerfanito…

Por tanto, nada en cuanto a la sangre.

Un discípulo… por tanto, mucho en cuanto a la fe.

Un hijo… por tanto, todo en cuanto al amor.

El Maestro lo ha recogido… y yo le doy mi cariño.

Debe alcanzar la mayoría de edad en estos días…

–     ¿Tan pequeño y ya doce años?

–     Es que…

Bueno, ya te lo contará el Maestro… José, tú eres bueno, uno de los pocos buenos que hay aquí dentro…

Dime, ¿Estarías dispuesto a ayudarme en esta cuestión? Ya sabes…

Lo presento come si fuera mi hijo, pero soy galileo y tengo una fea lepra…  

José se aterroriza separándose.

Y exclama preguuntando: 

–     ¡¿Lepra?! 

Pedro lo tranquiliza: 

–     ¡No tengas miedo!…

Mi lepra es la de ser de Jesús:

la más odiosa para los del Templo, salvo pocas excepciones.

–     ¡No, hombre, no!

]No digas eso!

–     Es la verdad y hay que decirla…

Por tanto, temo que se comporten cruelmente con el pequeño por causa mía y de Jesús.

Además, no sé qué conocimientos tendrá de la Ley, la Halasia, la Haggada y los Midrasiots.

Jesús dice que sabe mucho…

–    ¡Bueno, pues si lo dice Jesús, entonces no tengas miedo!

–     Aquéllos… con tal de amargarme…

–     ¿Quieres mucho a este niño, ¿eh!?

¿Lo llevas siempre contigo?

–     ¡No puedo!…

Yo estoy siempre en camino; él es pequeño y frágil…  

Yabé dice: 

–     Pero iría contigo con gusto…

Que, con las caricias de José, está más tranquilo.

Pedro rebosa de alegría…

Pero añade:

–     El Maestro dice que no se debe…

Y no lo haremos. De todas formas, nos veremos… José, ¿Me vas a ayudar?

–     ¡Claro, hombre!

Estaré contigo. Delante de mí no harán injusticias. ¿Cuándo?

José ve llegar a Jesús…

Y exclama: 

 –   ¡Oh, Maestro!

¡Dame tu bendición!

–     Paz a ti, José.

Me alegro de verte. Y además, saludable.

–     También yo, Maestro.

Los amigos se alegrarán de verte. ¿Estás en Getsemaní?

–     Estaba.

Después de la oración voy a Betania.

–     ¿A casa de Lázaro?

–     No, donde Simón.

Tengo también allí a mi Madre, a la madre de mis hermanos y a la de Juan y Santiago.

¿Irás a verme?

–     ¿Lo preguntas?

Será una gran alegría y un gran honor.

Te lo agradezco. Iré con muchos amigos…  

Simón Zelote aconseja: 

–     ¡Prudente José, con los amigos!… 

–     ¡No, hombre… ya los conocéis!

Es verdad que la prudencia dice: “Que no oiga el aire”.

Pero, cuando los veáis, comprenderéis que son amigos.

–     Entonces…

–     Maestro…

Simón de Jonás me estaba hablando de la ceremonia del niño.

Has llegado cuando estaba preguntando cuándo pensáis llevarla a cabo.

Quiero estar presente también yo.

–     El miércoles que precede a la Pascua.

Quiero que celebre su Pascua, ya como hijo de la Ley.

–     Muy bien.

Comprendido. Iré a recogeros a Betania.

Pero antes el lunes, iré con los amigos.

–     De acuerdo, no se hable más.

–     Maestro, te dejo.

La paz sea contigo. Es la hora del incienso.

–     Adiós, José.

La paz sea contigo.

Ven Yabé, que es la hora más solemne del día.

Hay otra análoga por la mañana, pero ésta es todavía más solemne.

El día empieza con la mañana:

justo es que el hombre bendiga al Señor para que el Señor lo bendiga durante todo el día en todas sus obras.

Pero al atardecer es aún más solemne: declina la luz, cesa el trabajo, llega la noche.

La luz que declina recuerda la caída en el mal.

Y verdaderamente las acciones de pecado se producen generalmente por la noche.

¿Por qué?

Porque el hombre ya no está ocupado en el trabajo y más fácilmente se ve envuelto por el Maligno,

que proyecta sus propuestas y pesadillas.

Bueno es por tanto, después de haberle agradecido a Dios su protección durante el día,

elevarle nuestra súplica para que se alejen de nosotros los fantasmas de la noche y las tentaciones.

La noche con su sueño, símbolo de la muerte…

Dichosos aquellos que, habiendo vivido con la bendición del Señor se duermen no en las tinieblas, sino en una fúlgida aurora.

El sacerdote ofrece el incienso por todos nosotros, ora por todo el pueblo, en comunión con Dios.

Y Dios le confía su bendición para que la imparta al pueblo de sus hijos.

¿Te das cuenta de lo grande que es el ministerio del sacerdote?

–     Yo quisiera… Me sentiría todavía más cerca de mi madre…

–     Si eres siempre un buen discípulo e hijo de Pedro, lo serás.

Mas ahora ven.

Mira, las trompetas anuncian que ha llegado la hora.

Vamos con veneración a alabar a Yeohveh.

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164 EL ANHELO IMPOSIBLE


164 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Santiago de Alfeo pregunta: 

–     ¿Señor, aquella cima es el Carmelo? 

Jesús responde:

–     Sí, hermano.

Aquélla es la cadena montañosa del Carmelo. La cúspide más alta le da el nombre.

–     Debe ser bonito también desde allí el mundo.

¿Has estado alguna vez?

–     Una vez,

Yo solo al principio de mi predicación. Al pie de ese monte curé a mi primer leproso. Pero iremos de nuevo juntos, para recordar a Elías…

–     Gracias, Jesús.

Me has comprendido, como siempre.

–     Y como siempre, te perfecciono, Santiago.

–     ¿Por qué?

–     El porqué está escrito en el Cielo.

–     ¿No me lo dices, hermano?

¿Tú que lees lo que está escrito en el Cielo?

Jesús y Santiago van caminando el uno al lado del otro.

Sólo el pequeño Yabé, que va también ahora de la mano de Jesús, puede oír la conversación confidencial de los dos primos, que se sonríen mirándose a los ojos.

Jesús, pasando un brazo por encima de los hombros de Santiago para acercárselo aún más,

pregunta:

–     ¿Realmente quieres saberlo?

Pues bien, te lo voy a decir en forma de adivinanza; cuando encuentres la clave serás sabio.

Escucha:

“Habiéndose reunido los falsos profetas en el monte Carmelo, se acercó Elías y dijo al pueblo:

“¿Hasta cuándo seguiréis cojeando de dos partes? Si el Señor es Dios, seguidlo; si Baal, seguid a éste”.

El pueblo no respondió.

Entonces Elías siguió diciendo al pueblo:

“De los profetas del Señor he quedado yo sólo” y la única fuerza de este hombre solo era el grito :

“Escúchame, Señor, escúchame, para que este pueblo reconozca que eres el Señor Dios y que has convertido de nuevo sus corazones”.

Entonces el fuego del Señor cayó y devoró el holocausto”.

Hermano, adivina.

Santiago inclina la cabeza y se pone a pensar.

Jesús lo mira sonriendo.

Caminan unos metros así,

luego Santiago dice:

–     ¿Tiene que ver con Elías o con mi futuro?

–     Con tu futuro, naturalmente…

Santiago se queda de nuevo pensativo.

Y susurra:

–     ¿Seré destinado a invitar a Israel a que siga con autenticidad un camino?

¿Seré llamado a quedarme solo en Israel? Si la respuesta es afirmativa, quieres decir que los otros serán perseguidos y que los dispersarán.

Y que… que… elevaré mi oración a Tí por la conversión de este pueblo…

Como sacerdote… como… víctima…

Si es así, ¡Oh! inflámame ya desde este momento, Jesús!…

–     Lo estás ya.

Mas ha de raptarte el Fuego, como a Elías; por este motivo subiremos al Carmelo tú y Yo solos…

Y hablaremos.

–     ¿Cuándo?

¿Después de la Pascua?

–     Después de una Pascua, sí.

Entonces te diré muchas cosas…

Un arroyo que fluye hacia el mar, colmado su caudal por las lluvias primaverales y la disolución de las nieves, se interpone en su camino.

Acude Pedro y dice:

–     El puente está más arriba.

Por donde pasa el camino que va de Tolemaida a Engannim.

Jesús, dócilmente vuelve sobre sus pasos.

Cruza el arroyo por un sólido puente de piedra.

Enseguida vuelven a verse montañas y colinas pequeñas.

Felipe pregunta: 

–     ¿Llegaremos a Engannim antes de que anochezca? 

–     Ciertamente.

Pero… ahora tenemos con nosotros a un niño. 

Y Jesús pregunta amoroso: 

–    ¿Estás cansado Yabé?

Sé sincero como un ángel. 

El niño contesta:  

–     Un poco, Señor.

De todas formas, me esforzaré en seguir caminando.  

El hombre de Endor, con su voz gutural,

dice:

–     Este niño está débil.

Pedro exclama: 

–     ¡Mira tú éste!…

¡Con la vida que lleva desde hace algunos meses!… ¡Ven para que te tome en brazos!

–     ¡Oh, no, señor!

No, que te cansas. Todavía puedo andar yo.

–     ¡Ven, ven, que no pesas!

Pareces un pajarillo desnutrido.  

Pedro lo levanta en vilo, lo sienta montado sobre sus anchos y fuertes hombros.

Y lo sujeta por las piernitas flacas que le cuelgan a los lados..

Caminan ligeros porque el sol ya es fuerte y los invita estimulándolos a llegar a las boscosas colinas.

Se detienen en un pueblo llamado Megguidó, para comer y descansar junto a una fuente muy fresca.  

Rumorosa por la mucha agua que de ella brota y que cae en una pila de piedra oscura.

Ninguno del pueblo se interesa por los peregrinos anónimos, entre los muchos que van a pie, en burros o mulas hacia Jerusalén para la Pascua.

Se respira ya aire de fiesta.

Muchos niños, pensando jubilosos en la ceremonia de su mayoría de edad, van con los viajeros.  

Yabé está con Pedro, que lo tiene conquistado con bagatelas y golosinas.  

Dos muchachitos de holgada y evidente riqueza, que se han acercado a jugar junto al manantial, cerca de donde están Yabé y Pedro,

le preguntan al niño:

–  ¿Tú también vas para ser hijo de la Ley?

Yabé responde casi escondiéndose detrás de Pedro:

–   Sí.

–   ¿Este es tu padre?

¿Eres pobre, verdad?

–   Sí. Soy pobre.

Los muchachos que parecen ser hijos de fariseos, lo escudriñan irónicos y curiosos.

Le dicen:

–   Se ve.

Y de hecho, sus vestidos son miserables harapos y demasiado cortos.

Sus pequeños pies calzan unas sandalias muy feas, sostenidas con burdas correas, que son una tortura para sus pies.

Y los muchachitos, llevados por un egoísmo cruel propio de muchos niños que no son buenos,

dicen:

–   ¡Oh!

¡Entonces no vas a tener vestido nuevo para tu fiesta

¡Nosotros, mira…! ¿Verdad Joaquín?

Mi vestido es rojo y también el manto. El de él es azul. Y tendremos sandalias con hilos de plata.

Y un cinturón bordado con oro y un talet sostenido con una lámina de oro y…  

Pedro que ha terminado de llenar las cantimploras,

les grita: 

–  Y un corazón de piedra, ¡Digo yo!

¡Sois malos, muchachos! La ceremonia y los vestidos valen un comino, si el corazón no es bueno. Prefiero a mi niño.

¡Largaos orgullosos y presumidos!

¡Idos con los ricos y tened respeto a quién es pobre y honesto!

Ven Yabé. El agua es buena para los pies cansados. Ven para que te los lave.

Después caminarás mejor. Te llevaré en brazos hasta Enganím. Buscaré uno para que te haga sandalias nuevas.

Y Pedro lava y seca los pequeños pies lastimados, que desde hace tanto tiempo no han sido acariciados.  

Yabé va a cumplir doce años, pero parece un niño escuálido de nueve.

El niño mira a Pedro, titubea, luego se inclina sobre el hombre que le está acomodando las sandalias, lo rodea con sus bracitos flacos,

y le dice:

–  ¡Qué bueno eres!

Y lo besa en los cabellos alborotados.

Pedro se conmueve…

Se sienta en la tierra mojada y le pide:

–   Ahora dime: ‘padre’…

El cuadro es enternecedor.

Jesús se acerca junto con los demás.

Los dos niños, que se habían quedado por curiosidad,

dicen:

–   Luego, ¿No es tu padre?

Yabé responde con firmeza:

–   Para mí es padre y madre.

–   Sí querido.

Dijiste bien: padre y madre.

Y a vosotros señoritos; os aseguro que no irá mal vestido a la ceremonia. Irá como un rey.

Los dos rapazuelos se sorprenden y se van corriendo.

Jesús pregunta con una gran sonrisa:

–    ¿Qué haces Simón, sentado en el suelo mojado?

–           ¿Mojado?

¡Oh, sí! No me había dado cuenta. ¡Ah, Maestro! Debes dejar que me encargue de este pequeño. Luego lo entregaré.

Hasta que no sea un verdadero israelita es mío.

–  ¡Pero claro que sí!

Tú serás su tutor, como un viejo padre. ¿Está bien? Vámonos. Para llegar al atardecer y para no hacer correr mucho al niño…

–  Yo lo cargo.

Pesa más mi red. No puede caminar con estas suelas rotas. Ven, Yabé.

Y Pedro, cargándose encima a su ‘hijito’, continúa feliz su camino, cada vez más sombreado bajo las  arboledas de frutas varias, en un ascender suave de colinas…

Desde las cuales la vista se dilata hacia la fecunda llanura de Esdrelón.

Engannim es una linda ciudad, no grande, bien abastecida de agua de las colinas a través de un acueducto elevado.

Jesús y los suyos están ya en las cercanías de la ciudad.

Entonces perciben el rumor de una patrulla militar que está acercándose.

Se hacen a un lado, arrimándose al borde del camino y los cascos de los caballos resuenan contra el pavimento,

Publio Quintiliano es el comandante, baja del caballo y deteniéndolo pór la brida, se acerca a Jesús con una sonrisa franca. 

Y lo saluda: 

–           ¡Salve, Maestro!

Milagro de verte por aquí. 

Sus soldados aflojan el paso y lo esperan.

Jesús contesta:

–   Voy a Jerusalén para la Pascua.

–   Yo también.

Durante las fiestas se refuerzan las guardias, pero también viene Poncio Pilatos a ellas y está Claudia.

Somos su estafeta. Nosotros patrullamos los caminos para protegerla a ella. ¡Son caminos tan inseguros!… Las águilas espantan a los chacales.

Dice el tribuno muy sonriente y mira a Jesús.

Después en voz baja agrega:

–     Este año tenemos doble guardia para proteger las espaldas del desvergonzado de Antipas.

Hay mucho descontento porque arrestó al Profeta. Descontento en Israel y como consecuencia, entre nosotros.

Pero… hemos pensado en dar una cadenciosa melodía de flautas al Sumo Sacerdote y a sus compinches.

Y en voz más baja aún, añade:

–     Tú estás seguro. Los de uñas largas no las sacarán. ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! Nos tienen miedo.

Basta con aclarar la voz; para que crean que es un rugido.

¿Hablarás en Jerusalén? Ven cerca del Pretorio. Claudia habla de Ti, diciendo que eres un gran filósofo. Eso es bueno para Ti, porque…

el verdadero Procónsul es Claudia; es nieta de Augusto.

Quintiliano mira a su alrededor y ve a Pedro cargado, rojo y sudado.  

Y pregunta: 

–     ¿Y ese niño?

–     Un huérfano que he tomado conmigo.

–     ¡Pero… ese hombre tuyo se está esforzando demasiado!

Niño, ¿Tienes miedo a ir unos metros a caballo? Te pongo aquí, bajo mi clámide; iré suave.

Cuando lleguemos a las puertas, te dejo que sigas con este hombre.

El niño no ofrece resistencia y es dulce como un cordero.

Publio lo levanta en vilo y lo sienta consigo en su montura.

A1 dar la orden de ir despacio a los soldados, ve también al hombre de Endor.

Lo mira fijamente y dice:

–     ¿Tú también por aquí?

–     Sí.

Ya no vendo huevos a los romanos, pero los pollos están todavía allí. Ahora estoy con el Maestro…

–     ¡Bien para ti!

Así te sentirás más confortado. ¡Adiós!

¡Salve, Maestro, te espero en aquel pequeño grupo de árboles.

Y espolea a su cabalgadura.   

Los apóstoles preguntan a Juan de Endor: 

–     ¿Os conocéis?

–     Sí, como proveedor de pollos.

Antes no me conocía. Una vez fui llamado a la comandancia a Naím, para fijar los precios, y estaba él.

Desde entonces, cuando iba a Cesárea a comprar libros o algún utensilio siempre me saludaba. 

 Me llama Cíclope o Diógenes. No es malo. A pesar de mi odio por los romanos, no me mostré nunca agresivo con él porque me podía ser útil. 

Pedro dice: 

–    ¿Has oído, Maestro?

¿Ves?, han surtido buen efecto mis palabras al centurión de Cafarnaúm.

Ahora estoy más tranquilo.

Y llegan a la arboleda a cuya sombra se ha detenido la patrulla. 

El tribuno dice: 

 –      Bien. Aquí está el niño.

¿Algunas órdenes, Maestro?

–      No, Publio.

Dios te muestre su rostro.

–    Salve.  –Y se sube al caballo.

Lo espolea y los suyos le siguen.

Se oyen los cascos de los caballos y se ven brillar las corazas.   

Entran a la ciudad y Pedro lleva al niño a comprarle sus sandalias.

Zelote dice:

–   Este hombre se muere por tener un hijo.

Tiene razón.

Jesús contesta:

–   Os daré millares.

Ahora vamos a buscar refugio para seguir mañana al amanecer.

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