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201 PARÁBOLA DEL HIJO DEFORME


201  IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Los olivos, ante un vientecillo ligero, bambolean entre el verdeplata de sus ramas, sus ovales gotas de jade colgadas del sutil pecíolo.

Los solemnes nogales mantienen, duros y erguidos en su pedúnculo sus frutos y los van engrosando bajo la felpa del ruezno.

Los almendros están terminando de madurarlos, bajo el involucro que ya frunce su terciopelo y cambia de color.

Las vides abultan sus uvas; ya alguno que otro racimo, en posición favorablemente orientada;

anuncia tímidamente el topacio transparente y el futuro rubí del  grano maduro.

Las cácteas de la llanura o de las primeras pendientes, exultan por los adornos cada día que pasa más vivos;

de los óvalos de coral que un decorador alegre ha posado caprichosamente, en lo alto de las carnosas palas, que parecen manos,

muchas manos, dentro de fundas espinosas, que elevan al cielo los frutos que ellas mismas han nutrido y madurado.

Palmeras aisladas y tupidos algarrobos, recuerdan bastante a la cercana África:

Las primeras suenan las castañuelas de sus hojas duras, dispuestas en forma de peine curvo;

los otros se han vestido de esmalte verde oscuro.

Y están engallados, señoriales con ese vestido suyo tan hermoso.

Cabras bermejas y negras, altas, gráciles, de largos cuernos retorcidos y ojos  dulces y penetrantes, comen las cactáceas.

Asaltan las carnosas pitas: 

esos enormes pinceles de hojas duras y espesas que, semejantes a alcachofas abiertas;

desde el centro de su corazón, extraen poderosos el candelabro de siete brazos, digno de una catedral;

de su tallo gigante, en cuyo ápice flamea su flor amarilla y roja, de delicado perfume.

Los apóstoles preguntan:

—    ¿De Yabnia vamos a ir a Ecrón? 

Mientras van a través de unos feracísimos campos en que el trigo duerme su último sueño bajo el fuerte sol que lo ha madurado.

Extendido en gavillas por los campos segados y tristes, inmensos lechos de muerte; ahora que ya no están vestidos de espigas.

Sino poblados de despojos a la espera de ser transportados a otro lugar.

Mas, si los campos están desnudos, los manzanos se visten de fiesta, con sus frutos que se dan prisa en madurar…

Que pasan del verde duro del fruto aún demasiado joven al tierno, amarillento, rosado brillante como cera, del fruto que ya madura.

Y la piel elástica de los higos se rompe.

Y abren éstos su cofre, su dulcísimo cofre de fruto-flor.

Y muestran, tras la fisura verdeblanca o morada y blanca;

la gelatina transparente, salpicada de granitos más oscuros que la pulpa.

África y Europa se dan la mano vistiendo la tierra de bellezas vegetales.

En cuanto el grupo apostólico deja la llanura para tomar el sendero que trepa por una colina literalmente cubierta de viñedos.

Por esta pendiente rocosa que mira al mar.

Pendiente  calcárea, en la cual la uva es verdaderamente preciosa, por la mutación de su jugo en almíbar

El maravilloso mar de Juan, creado por Dios, deja ver su desmesurado manto de seda crespa y azul.

Y habla de lejanías, de infinito, de poder;

cantando con el cielo y el Sol: el trío de las glorias creadoras.

Y la llanura toda se abre, con toda su ondulada belleza de tímidas elevaciones de pocos metros,

que se alterna con zonas llanas y dunas de oro, hasta las ciudades y pueblos de la orilla del mar,

blancos en el marco azul.

Juan está extasiado…

Y susurra: 

–     ¡Qué hermosura!

¡Qué hermosura!  

Pedro dice: 

–    ¡Mi Señor!…

Este muchacho vive de azul; deberás destinarlo a ello.

¡Es como si viera a su amada cuando ve el mar! –

Como Pedro no ve mucha diferencia entre agua marina y lacustre; ríe con bondad.

Jesús responde: 

eL Apocalipsis de Patmos

–    Ya está destinado, Simón.

Todos tenéis ya vuestro destino.

–    ¡Pues qué bien!

Y a mí a dónde me vas a mandar?

–     ¡Ah, tú…!.

–     ¡Anda, dímelo!

–     A un lugar más grande que tu ciudad y la mía.

Y Magdala y Tiberíades juntas».

–     Pues me voy a perder.

–     No temas.

Parecerás una hormiga en un esqueleto de grandes dimensiones.

Pero, yendo y viniendo incansable, resucitarás a ese esqueleto.

–     No entiendo nada…

Martirio de san Pedro en la colina del Vaticano, capital del imperio romano.

Sé más explícito.

–     ¡Ya entenderás, ya entenderás!…

Y Jesús sonríe.  

Y todos lo asaltan preguntando lo mismo:

–     ¿Y yo?

–    ¿Y yo?

Todos quieren saber.

Están en la orilla guijarrosa de un torrente, que lleva todavía mucha agua en su centro.

Jesús se agacha y coge del suelo un puñado de grava muy fina;

la tira hacia arriba y cae diseminándose en todas las direcciones.

Dice:

–     Esto es lo que pienso hacer.

Mirad, sólo una piedrecita ha terminado entre mi pelo.

Pues bien, vosotros seréis diseminados así.

Santiago de Alfeo dice: 

–     Y Tú hermano, representas Palestina, ¿Verdad?

Y vuelve a preguntar: 

–     Quisiera saber quién será el que se quede en Palestina.

–     Ten esta piedrecita.

Martirio de Santiago el obispo de Jerusalén

Como recuerdo.

Y Jesús le da a su primo Santiago, el granito de grava que se le había quedado enredado entre sus cabellos.

Y sonríe. 

Pedro dice: 

–     ¡¿No podrías dejarme a mí en Palestina?

Yo soy el más indicado, porque soy el menos cultivado.

Y, en nuestra casa, más o menos me arreglo, ¡Pero fuera…! 

–     Pues al contrario.

Tú eres el menos indicado para quedarte aquí.

‘Tenéis un prejuicio contra el resto del mundo.

Creéis que es más fácil evangelizar en país de fieles que de idólatras y gentiles.

Y sin embargo, la realidad es exactamente la contraria.

Meditad en lo que nos ofrecen las clases altas de la verdadera Palestina.

Y aunque menos, también el pueblo común.

Pensad luego que aquí, lugar de odio al nombre “Palestina” y de desconocimiento del nombre “Dios” en su verdadera expresión.

Hemos sido acogidos al menos no peor que en Judea, Galilea o la Decápolis.

Reflexionad en esto y veréis como caen vuestros prejuicios.

Comprenderéis que es exacto esto que digo.

O sea, que es más fácil convencer a los que ignoran al Dios verdadero, que no a los del pueblo de Dios. 

Sutilmente idólatras; culpables, que orgullosamente se creen perfectos y que quieren seguir siendo como son.

¡Cuántas gemas, cuántas perlas ve mi mirada donde vosotros no veis sino tierra y mar!

La tierra de las multitudes que no son Palestina.

El mar de la Humanidad que no es Palestina: como mar,

no espera sino recibir a los buscadores de perlas, para  ofrecérselas;

como tierra, que escarben en ella, para dejarse arrebatar las gemas.

En todas partes hay tesoros, pero hay que buscarlos.

Todo terruño puede esconder un tesoro y dar alimento a una semilla.

Como también toda profundidad puede celar una perla.

¿O es que pretendéis que el mar revuelva su fondo con terribles borrascas, para arrancar de los placeles las  madreperlas

¿Y abrirlas con las embestidas de sus embravecidas olas, para ofrecerlas luego en la playa a los perezosos que no  quieren esforzarse.?  

O ¿A los pusilánimes que no quieren correr peligros?

¿Pretendéis acaso, que la tierra, sin semilla alguna, haga  crecer un árbol de un grano de arena para daros frutos?

No, amigos míos.

Es necesario esforzarse, trabajar, tener coraje.

Sobre  todo, huelgan los prejuicios.

Sé que desaprobáis quién más, quién menos, este viaje por tierras de filisteos.

Ni siquiera las glorias que estas tierras rememoran.

Las glorias de Israel que narran estos campos, fecundados con la sangre hebrea derramada para hacerlo grande.

O las ciudades arrebatadas una a una, de las manos de sus detentadores, para coronar a Judá y constituir una nación poderosa.

Ni siquiera ello basta, para despertar vuestra estima por este peregrinaje..

Ni siquiera es suficiente la idea de preparar el terreno, para recibir el Evangelio.

Y la esperanza de salvar espíritus.

No incluyo esta última entre las razones que someto a vuestra  consideración, para que veáis la justicia de este viaje.

Sería un pensamiento, hoy por hoy, demasiado alto para vosotros.

Si bien llegará el día en que lo comprendáis.

En aquel momento diréis:

“Creíamos que era un capricho, una pretensión, poco amor del Maestro para con nosotros,

el hacernos ir tan lejos por un camino largo y penoso.

Arriesgando pasar momentos muy desagradables.

Sin embargo, era amor, previsión; era allanarnos el camino, para ahora que ya no lo tenemos.

Y que nos sentimos  más desorientados; porque cuando estaba Él éramos como sarmientos que crecíamos en todas las direcciones;

pero sabiendo que la cepa nos nutría y que teníamos al lado, el palo robusto que nos podía sujetar.

Mientras que ahora somos sarmientos que deben crear por sí mismos una pérgola;

nutriéndose, sí, de la cepa de la vid, pero sin el madero en que apoyarse”.

Esto es lo que diréis.

Y entonces me lo agradeceréis.

Y, además…

¿Es que, acaso, no es hermoso ir dejando a nuestro paso destellos de luz en tierras envueltas en tinieblas?

¿Notas sonoras en corazones mudos, corolas celestiales en almas yermas como desiertos?

¿Perfumes de verdad para anular el hedor de la Mentira, sirviendo y dando gloria a Dios.

Y además hacerlo juntos así, Yo y vosotros.

Vosotros y Yo, el Maestro y los apóstoles, formando todos un solo corazón, un solo deseo, una sola voluntad?

¡Oh, que la esperanza, el deseo y el hambre de Dios consisten en querer que sea conocido y amado!

¡En querer reunir a todas las gentes bajo su dosel y que estén todos donde Él está!

¡Y son la misma esperanza, deseo y hambre de los espíritus;

los cuales no son de razas distintas sino de una sola: la creada por Dios!

Siendo todos hijos de Uno solo, tienen los mismos deseos, esperanzas, hambre, del Cielo, de la Verdad, del Amor real…

Se diría que siglos de error han cambiado el instinto de los espíritus, pero no es así.

El error envuelve a las mentes, porque éstas están fundidas con la carne

y se resienten del veneno inoculado por Satanás en el animal hombre.

De la misma forma, el error puede envolver también al corazón; pues como aquéllas, está injertado en la carne y se resiente de su veneno.

Una triple concupiscencia roe respectivamente la carne, el sentimiento y el pensamiento.

Mas el espíritu no está injertado en la carne.

Podrá sufrir un aturdimiento a causa de los golpes que le lanzan Satanás y la concupiscencia.

Podrá quedar casi ciego a causa de los baluartes carnales y de las salpicaduras de la sangre hirviente del animal-hombre en que ha sido infundido.

Sí, pero no cambiará su aspiración al Cielo, a Dios. No puede cambiar.

¿Veis el agua pura de este torrente?:

Ha descendido del cielo y al cielo tornará por evaporación de las aguas bajo el efecto del viento y el sol.

Baja y vuelve a subir.

El elemento no se consume sino que torna a los orígenes.

El espíritu torna a los orígenes.

Esta agua que corre entre las piedras si pudiera hablar, os diría que aspira a volver arriba, para que impulsada por el viento;

blanda, blanca, o rosada a la aurora, cobre encendido al ocaso, violeta como una flor en los crepúsculos ya estrellados,

surcar los hermosos campos del firmamento.

Os diría que querría ser tamiz para las estrellas que se asoman por los claros de los  cirros, para que recordasen a los hombres el Cielo.

O hacer de velo a la Luna para que no vea las fealdades nocturnas…

Sí, os diría que aspira a volver arriba, antes que estar aquí, encerrada entre los bordes de las orillas.

Amenazada de convertirse en barro, obligada a saber de los connubios de culebras y ranas;

cuando lo que desea vehementemente es la libertad solitaria de la atmósfera.

Lo mismo los espíritus.

Si tuvieran el valor de hablar, dirían todos lo mismo:

Si no miras a Dios, si no escuchas y no hablas de Dios, te secas y te mueres. ¡Vive para Dios!

“¡Dadnos a Dios! ¡Dadnos la Verdad!”.

Pero no lo dicen porque saben que el hombre no advierte, no comprende o ridiculiza esta súplica de los “grandes mendigos”

de los espíritus que con tremenda hambre – hambre de Verdad – buscan a Dios.

Estas gentes idólatras, estos romanos, estos ateos, estos desdichados que nos vamos encontrando en nuestro camino…

Y que siempre encontraréis, éstos que tienen denigrados sus deseos de Dios, por política, por egoísmo familiar,

o por herejía que radica en un corazón corrompido y prolifera en las naciones, éstos tienen hambre.

¡Tienen hambre! Y Yo, piedad de ellos.

¿Podría no sentir piedad Yo, que soy el que soy?

Si doy el alimento necesario por piedad, al hombre y al gorrión,

¿No habría de tener piedad con los espíritus a los que se han puesto obstáculos para ser del verdadero Dios?

Y que extienden sus brazos gritando:

“¡Tenemos hambre!’?

Muero interiormente y no sé por qué… ¡Tengo hambre de Dios!

¿Creéis que son malos, salvajes, incapaces de llegar a amar la religión de Dios y a Dios mismo?

Pues estáis en un error.

Son espíritus que esperan amor y luz.

Esta mañana nos ha despertado el balido agresivo del macho cabrío, que quería alejar a ese perro grande que ha venido a olfatearme.

Os habéis echado a reír al ver que orientaba sus cuernos amenazador hacia el perro,

tras haber roto la delgada cuerda con que estaba atado al árbol bajo el que dormíamos,

habiéndose puesto de un salto entre el perro y Yo,

sin pensar que en la desigual lucha por defenderme a mí, el maloso le habría podido atacar y lo habría degollado.

Pues lo mismo estos pueblos, que veis como machos cabríos salvajes…

Sabrán defender la fe de Cristo, una vez que hayan conocido que Cristo es Amor que los invita a seguirlo.

Sí, los invita.

Y vosotros debéis ayudarles a venir.

Escuchad una parábola.

Un hombre se casó y tuvo muchos hijos de su mujer.

Pero, uno de éstos nació con deformidades físicas.

Parecía además, de raza distinta.

El hombre lo consideró un deshonor y no lo amó, a pesar de que la criatura fuera inocente.

El niño creció desatendido, apartado con los últimos siervos ya que en efecto, se le juzgaba inferior a sus hermanos.

No tenía madre – pues había muerto al darle a luz – que pudiera moderar la dureza del padre.

O impedir la burla de sus hermanos.

O corregir las ideas equivocadas que nacían en la mente salvaje del niño:

Que una pequeña fiera mal soportada en la casa de los otros hijos bien queridos.

El niño, así se hizo hombre.

Entonces su razón, que aunque se hubiera desarrollado con retardo, había llegado a la madurez;

comprendió que no era ser hijo, vivir en las cuadras, recibir un mendrugo de pan y un andrajo.

Y nunca un beso, un palabra, una invitación a entrar en la casa paterna… Y sufría.

Sufría, lamentándose en su cuchitril: “¡Padre! ¡Padre!”.

Mordía su pan, pero continuaba la gran hambre de su corazón.

Se cubría con sus andrajos, pero seguía el gran frío de su corazón.

Tenía como amigos a los animales y a algunas personas compasivas del pueblo.

Pero su corazón estaba solo.

“¡Padre! ¡Padre!”… Lo oían gemir siempre así como fuera de sí; los siervos, los propios hermanos, sus paisanos.

Y lo llamaban “el loco”.

Por fin, un día uno de los siervos tuvo el coraje de ir a verlo.

Estaba casi convertido en una fiera y le dijo:

“¿Por qué no te arrojas a los pies de tu padre?”.

“Lo haría. Pero no me atrevo…”.

“¿Por qué no vienes a la casa?”

“Tengo miedo.”

“Pero, ¿Desearías hacerlo?”

“¡Sí, ciertamente! Es de esto de lo que tengo hambre.

Ésta es la causa del frío que paso, por eso me siento solo como en un desierto. 

Pero no sé cómo se vive en la casa de mi padre”.

Entonces el siervo bueno se puso a instruirle, a hacer que tuviera mejor aspecto…

A quitarle el terror a que su padre le tuviera aversión, diciéndole:

“Tu padre te querría a su lado, pero no sabe si tú lo quieres, porque siempre lo evitas…

Quita a tu padre el remordimiento de haber actuado demasiadoseveramente.

Y su dolor de verte errante

Ven. Tus hermanos tampoco tienen ya intención de burlarse de ti, porque les he referido tu dolor”.

Y así el pobre hijo, una tarde, guiado por el siervo bueno, fue a la puerta paterna…

Y gritó: “¡Padre, yo te quiero! ¡Déjame entrar!…”.

El padre que viejo y triste, pensaba en su pasado y en su futuro eterno, sintió un sobresalto cuando oyó esa voz.

Y dijo: “¡Oh, mi dolor se aplaca al fin, porque en la voz de mi hijo deforme, he oído la mía!

¡Y su amor prueba que es sangre de mi sangre y carne de mi carne!

Entre, pues, a ocupar su lugar junto a sus hermanos.

¡Bendito sea el siervo bueno que ha hecho posible que mi familia se completase, integrando al hijo repudiado con todos mis otros hijos!”.

Ésta es la parábola.

Ahora bien, al aplicarla debéis pensar que el Padre de los deformes espirituales:

Que son los cismáticos, los herejes, los separados, los pecadores voluntarios e impenitentes…

Dios, se ha visto obligado a la severidad por las deformidades voluntarias que ellos mismos han querido.

Pero su amor jamás ha abdicado.

Los espera. Llevadlos a él. Es vuestro deber.

Os he enseñado a decir: “Danos hoy nuestro pan, Padre nuestro”.

Pero, ¿Sabéis qué significa “nuestro”?

No quiere decir vuestro en el sentido de vosotros doce.

No es vuestro como discípulos de Cristo, sino vuestro como hombres.

He puesto en vuestros labios la Oración por TODOS.

Por todos los hombres:

Los presentes y los que vendrán; los que conocen a Dios y los que no lo conocen;

los que aman a Dios y a su Cristo.

2 Timoteo 3 – 5 Una religión sin vida…

Y los que no lo aman o lo aman mal.

Éste es vuestro ministerio.

Vosotros que conocéis a Dios, a su Cristo y los amáis, debéis orar por todos.

Os he dicho que mi Oración es universal, durará cuanto dure la tierra.

Pues bien, vosotros debéis orar universalmente…

Uniendo vuestras voces de apóstoles y vuestros corazones de discípulos, de la Iglesia de Jesús

a las voces y a los corazones de los que pertenezcan a otras iglesias, cristianas pero no apostólicas.

Y tenéis que insistir, porque sois hermanos.

Vosotros en la casa del Padre, ellos fuera de la casa del Padre común, con su hambre, su nostalgia…

Hasta que se les conceda, como a vosotros, el “Pan” verdadero, que es el Cristo del Señor, administrado en las mesas apostólicas.

No en otras, donde está mezclado con alimentos impuros.

Tenéis que insistir hasta que el Padre diga a estos hermanos “deformes”:

“Mi dolor se aplaca, porque en vosotros, en vuestra voz, he oído la voz y las palabras de mi Unigénito y Primogénito.

¡Benditos sean los siervos que os han traído a la Casa de vuestro Padre para que quedara completa mi Familia”.

Sois siervos de un Dios infinito y tenéis que poner la infinitud, en todas vuestras intenciones.

¿Habéis comprendido?

Ahí se ve Yabnia. 

En una ocasión pasó por este lugar el Arca para ir a Ecrón, pero esta ciudad no pudo custodiarla y la envió a Betsemes.

El Arca vuelve a Ecrón.

Juan, ven conmigo.

Vosotros quedaos en Yabnia.

Sabed reflexionar y hablar.

La paz esté con vosotros.

Y Jesús se marcha con Juan y con el macho cabrío.

El cual, balando, le sigue como un perro.

199 LOS PROFETAS AL REVÉS


199 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Obedientes a la orden recibida, los grupos de los apóstoles van llegando a la puerta de la ciudad.

Jesús está con sus apóstoles, que le están narrando las peripecias de misión como ap´sotoles en la ciudad de Ascalón…

La altanera respuesta de Judas a la reprensión de Simón Zelote, con la explicación no comprendia por nadie más en el grupo apostólico…

Provoca la serena réplica de Santiago de Alfeo:

¡Pues vaya una razón!…

 Y continúa:

–     Nosotros…

¿No estamos aquí para corregirnos, antes que para corregir?

El Maestro ha sido primero nuestro Maestro.

No lo habría sido si no hubiese querido que cambiásemos nuestras costumbres e ideas.

Judas insiste:

–    Era ya Maestro por la sabiduría.

Tadeo replica muy serio:

–   ¿Era?… ¡Es!

–    ¡Oh! ¡Cuántas cavilaciones!

Es. Sí. Es…

Santiago de Alfeo aconseja con dulzura:

–    Y también es Maestro de todos los demás.

No solo por la sabiduría.

Su enseñanza se dirige a todo lo que hay en nosotros.

Él es Perfecto. Nosotros imperfectos.

Esforcémonos pues por serlo y mejorarnos siempre más…

Judas replica a la defensiva:

–    No veo la falta que he cometido.

Es que éstos son una raza maldita. Todos son perversos…

Tomás interrumpe:

–     ¡Oye! No.

No puedes afirmar eso.

Juan fue a los de la clase ínfima.

A los pescadores que llevan el pescado al mercado.

Y mira este saco húmedo…

Es del pescado más sabroso.

Por miedo de que el de la mañana no estuviese fresco por la tarde, volvieron al mar y nos llevaron con ellos.

Es pescado de lo más fino: han renunciado a su ganancia por dárnoslo.

Me parecía estar en el Lago de Galilea.

Y te aseguro que si el lugar parecía recordarlo, lo parecían más las barcas llenas de caras atentas.

Mucho más lo recordaba Juan. Parecía otro Jesús.

Las palabras de su boca sonriente, le salían dulces como la miel.

Su cara brillaba como otro sol. ¡Cómo se parecía a Ti, Maestro!

Era como estarte oyendo a Ti.  

Con la fusión, el Padre Celestial habló a través del apóstol inocente y puro. 

Y Juan fue otro instrumento perfecto en manos de  la Voluntad Divina….

¡Yo estaba emocionado!

Hemos estado tres horas en el mar, esperando a que las redes extendidas entre las boyas, estuvieran llenas de peces. 

Y fueron tres horas llenas de felicidad…

Querían verte, pero Juan dijo:

‘Os doy la cita en Cafarnaúm…’

Como si estuviera, en la plaza de la ciudad.

Han prometido que irán.

¡Han tomado nota!

¡Y hemos tenido que oponernos a que nos cargaran con demasiado pescado!

Nos han dado el más selecto.

Vamos a cocinarlo. Esta noche habrá´un gran banquete, para compensar el ayuno de ayer.

Judas pregunta turbado:

–    Pero, ¿Tú qué dijiste pues?

Juan responde:

–    Nada especial.

Sólo hablé de Jesús… 

Tomás explica:

–     A la manera como tú hablaste…

También Juan citó a los profetas. Pero los puso al revés.

Judas replica sorprendido:

–    ¿Al revés?

¿Acaso los puso de cabeza?…

–    Sí.

Tú de los profetas extrajiste aspereza y él, dulzura…

Porque la misma aspereza de ellos es amor.

Exclusivo. Violento, si quieres…

Pero siempre amor por las almas, que querrían que fuesen fieles al Señor.

No sé si lo has pensado tú, alumno de los escribas más famosos.

No sé si tú has meditado alguna vez esto;

yo sí, a pesar de ser orfebre.

Al oro también se le golpea con el martillo y se le pasa por el crisol, pero es para afinarlo.

No por aversión, sino por aprecio.

Así actúan los Profetas con las almas.

Yo lo entiendo; porque soy orfebre.

Pues bien, Juan ha citado a Zacarías, en su profecía a cargo de Jadrak y Damasco.

Y ha  tocado el punto:

“A la vista de ello Ascalón quedará aterrorizada, Gaza experimentará una gran aflicción

  y también Ecrón, porque su esperanza se ha desvanecido.

Gaza quedará sin rey”.

Y se ha puesto a explicar cómo todo esto era porque el hombre se había separado de Dios.

Y hablando de la venida del Mesías, que es perdón amoroso;

ha prometido que de  una pobre realeza como la que desean para su nación los hijos de la tierra; 

los que sigan la Doctrina del Mesías

alcanzarán una realeza eterna e infinita en el Cielo.

Dicho así no parece nada, pero ¡Había que oírlo!…

Se tenía la impresión de estar oyendo una música y de subir de manos de los ángeles.

Y mira por dónde…

Mira que los profetas que a ti te dieron de palos; a nosotros nos dieron un pescado exquisito. 

Judas guarda silencio, totalmente desconcertado.     

Jesús pregunta a sus primos y a Zelote:

–    ¿Y vosotros?

Santiago de Alfeo explica:

–    Fuimos por donde están los astilleros; los calafateadores.

Nosotros también hemos preferido ir a los pobres.

De todas formas, había igualmente filisteos ricos, que vigilaban la construcción de sus navíos.  

No sabíamos quién debía hablar y lo decidimos como los niños: con puntos.

Judas sacó siete dedos, yo cuatro y Simón dos.

Le tocó pues a Judas.

Todos preguntan curiosos:

–    ¿Y qué fue lo que dijiste?

Tadeo refiere:

–     Me di a conocer francamente por lo que soy.

Les he dicho que recurría a su hospitalidad para pedir la bondad de acoger la palabra de un peregrino;

que en cada uno de ellos veía a un hermano suyo, teniendo un origen y un término comunes.

Y la esperanza no común, pero llena de amor, de poderlos conducir consigo a la casa del Padre.

Y llamarlos “hermanos” por los siglos de los siglos en la gran dicha del Cielo.

“Está escrito en Sofonías, nuestro Profeta: “

La región del mar será lugar de pastores… allí tendrán sus pastos, al atardecer descansarán en las casas de Ascalón”,

Y he desarrollado este pensamiento diciendo:

“El Pastor supremo ha venido a vosotros, no armado de flechas sino de amor.

Os abre los brazos, os señala sus santos pastos;

no se acuerda del pasado, si no es para mostrarse compasivo para con los hombres; 

por el gran daño que se han hecho unos a otros, como niños alocados, odiándose;

cuando, amándose pues son hermanos; habrían podido disolver muchos dolores.

Esta tierra será lugar de pastores santos, los siervos del Pastor Supremo;

los cuales ya saben que aquí tendrán sus pastos más fértiles y las greyes mejores.

Y su corazón cuando decline su vida, podrá descansar pensando en los vuestros y en los de vuestros hijos; 

más íntimos que casas amigas porque su Señor será Jesús, nuestro Señor”.

Me han comprendido.

Simón ha hablado de su curación, mi hermano de tu bondad para con los pobres.

De esto último es prueba esta nutrida bolsa para los pobres que encontramos por el camino.

Tampoco a nosotros nos han hecho ningún daño los Profetas…

Judas Iscariote no abre la boca.

Me entendieron. Nos preguntaron…

Simón refirió su curación…

Mi hermano Santiago; tu bondad para con los pobres.

La prueba aquí está.

Cinco gruesas bolsas para los pobres que encontremos por el camino.

Tampoco a nosotros los profetas nos hicieron ningún mal…

Judas traga saliva, pero permanece mudo.

Jesús dice consoladoramente:

–      Pues bien.

Otra vez Judas lo hará mejor.

Él creyó hacerlo bien de ese modo. Como obró con fin honesto, no cometió ningún pecado.

También con él estoy contento. Hacerla de apóstol, no es fácil.

Se aprende después.

Una cosa me desagrada y es no haber tenido antes ese dinero y no haberos encontrado.

Me hubieran servido para socorrer a una familia muy desgraciada.

Zelote dice:

–    Todavía podemos regresar.

Aún es temprano.

Pero; perdona, Maestro. ¿Cómo la encontraste?…

 ¿Tú que hiciste?

¿De veras nada? ¿No evangelizaste?

 

–   ¿Yo? He paseado.

Con el silencio dije a una prostituta: ‘Deja tu pecado’.

También encontré a un niño, pilluelo como el que más y lo evangelicé.

Intercambiamos regalos.

Le di la hebilla que María Salomé me puso en el vestido y él me dio este trabajo suyo…

Jesús saca del bolsillo el muñeco caricaturesco…

Todos lo miran admirados y sueltan la carcajada.

Jesús continúa:

–     Luego fui a ver los primorosos tapetes que hacen en un taller de Ascalón;

para venderlos en Egipto y otras muchas partes…

Luego he consolado a una niña huérfana de padre, curándole a su madre.

Y nada más.

Pedro dice asombrado:

–    ¿Y te parece poco?

–     Sí, porque hacía falta también dinero y no tenía.

Tomás decide: 

–    Pues volvemos dentro de la ciudad nosotros, que no hemos incomodado a nadie.  

Santiago de Zebedeo lo embroma:

–     ¿Y tus pescados? 

—    ¿El pescado?… 

El pescado aquí está.

Vosotros que tenéis encima el anatema, id a la casa del viejo que nos hospeda y comenzad a prepararlo.

Nosotros vamos a la ciudad.

Jesús confirma: 

–     Sí. 

De todas formas os voy a indicar la casa desde lejos.

Habrá gente. Yo no voy porque me van a entretener. 

No quiero ofender al que nos da hospedaje y nos está esperando, faltando a su invitación.

La descortesía es una acción que falta siempre a la caridad.

Judas de Keriot  baja más la cabeza y se pone morado como una berenjena.

Cambia tantas veces de color; cuantas veces ha caído en esa falta.

Jesús añade:

–     Vosotros id a esa casa.

Buscad a la niña.

No os podéis equivocar porque es la única niña.

Le daréis esta bolsa y le diréis:

“Esto te lo manda Dios por haber sabido creer.

Es para ti, tu mamá y tus hermanitos”.

No digáis nada más.

Y regresaos al punto.

Vámonos.

El grupo se divide: con Jesús y a la ciudad, van Juan, Tomás y los primos.

Los otros regresan a la casa de Ananías, el hortelano filisteo.

196 EL PRIMER CRISTIANO


196 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

La aurora despierta con su hálito fresco a los durmientes.

Se levantan del lecho de arena en que han dormido, al abrigo de  una duna salpicada de escasas hierbas resecas.

Trepan hasta la cima.

Ante ellos se abre una profunda pendiente arenosa, mientras que un poco más allá y acá de ella;

hay parcelas cultivadas y bonitas.

Un torrente carente de agua marca con sus guijarros blancos el oro de la arena.

Y ya con este blancor de huesos resecos hasta el mar, que cabrillea a lo lejos;

con sus olas llenas por la marea de la mañana, más llenas por un ligero mistral que peina el océano.

Caminan por el borde de la duna, hasta el torrente desecado.

Lo pasan y siguen caminando en diagonal por las dunas, que ceden bajo sus pies.

Y que con su superficie toda ondulada, parecen continuación del océano, de materia sólida y seca en vez de las móviles aguas.

Llegan a la húmeda playa.

Ahora andan más deprisa.

Juan se queda como hipnotizado ante la visión del mar sin límites;

labrado en infinitas caras encendidas por los primeros destellos del sol;

Parece beber esa belleza y parecen teñirse aún más de azul sus ojos.

Mientras Pedro más práctico, se descalza, se sube un poco la ropa y chapotea por las suaves olas de la orilla;

con  la esperanza de encontrar algún cangrejillo o alguna concha de molusco que chupar.

A dos kilómetros largos de distancia se ve una bonita ciudad marítima, edificada en la orilla…

Siguiendo el arrecife de forma de media luna, al otro lado del cual el viento y las borrascas, han transportado las arenas.

El arrecife, ahora que el agua con la baja marea se está retirando, emerge también aquí;

obligandolos a volver a la arena seca, para no torturar con los escollos los pies desnudos.  

Felipe pregunta:  

-¿Por dónde entramos, Señor?

Por este lado se ve sólo una muralla bien sólida.

Por el mar no se puede entrar.

La ciudad está en el punto más profundo del arco. 

Jesús responde: 

–     Venid.

Sé por donde se entra.

–     ¿Has estado alguna otra vez aquí?

–     Una vez, de niño.

No creo que recuerde cómo es, pero sé por dónde se pasa.

Santiago de Zebedeo observa: 

–     ¡Extraño!

He notado muchas veces que Tú no yerras nunca el camino;

alguna vez te lo hacemos confundir nosotros.

¡Tú… parece como si hubieras estado en todos los sitios por donde te mueves! 

Jesús sonríe, pero no responde.

Va, sin vacilar, hasta un pequeño suburbio rural donde los hortelanos cultivan verduras para la ciudad.

Las parcelas, las huertas, son de trazado regular y están bien cuidadas.

Mujeres y hombres las cultivan.

Ahora están regando los surcos, extrayendo el agua de los pozos a fuerza de brazos o con el viejo y chirriante sistema del pobre:

Un burrito vendado que eleva los arcaduces dando vueltas en torno al pozo.

Los cultivadores no dicen nada.

Jesús saluda:

–     Paz a vosotros.

Pero la gente permanece, si no hostil, al menos indiferente.

Tomás dice: 

–     Señor, aquí se corre el riesgo de morir de hambre.

No comprenden tu saludo. Voy a probar yo. 

 Y aborda al primer hortelano que ve,

diciéndole:

–     ¿Cuesta cara tu verdura? 

El hombre contesta: 

–     No más que la de otras huertas.

Es cara o no, según lo nutrida que esté la bolsa.

–     Bien has dicho…

Pero como puedes ver, yo no muero de inanición; estoy gordo y tengo buen color, a pesar de no comertus verduras.

Lque significa que mi bolsa es una buena ubre.

En pocas palabras: Somos trece y podemos comprar…

¿Qué nos vendes?

–     Huevos, verduras, almendras tempranas, manzanas…

También pasas, porque son de hace bastante tiempo, aceitunas…

Lo que quieras.

–     Dame huevos, manzanas y pan, para todos.

–     Pan no tengo.

En la ciudad lo encuentras.

–     Tengo hambre ahora, no hambre dentro de una hora.

No creo eso de que no tienes pan.

–     No tengo.

La mujer lo está haciendo.

Mira, ¿Ves allá, donde está a aquel viejo? Siempre tiene mucho pan…

 Porque estando más cerca del camino, a menudo se lo piden los peregrinos.

Ve donde Ananías y pídeselo.

Ahora te traigo los huevos.

De todas formas, ten en cuenta que cuestan a un denario el par.

–     ¡Ladrón!

¿Qué pasa? ¿Acaso tus gallinas ponen huevos de oro?

–     No.

Pero uno no está en medio del hedor de los pollos por nada; ya que no es agradable.

Además, ¿No sois judíos?

Pues pagad.

–     Quédate con los huevos y considérate bien pagado

Tomás le vuelve la espalda y empieza a caminar…   

El hombre grita: 

–     ¡Eh, hombre!

¡Ven! Te los doy por menos: tres al denario.

–     Ni cuatro; bébetelos.

Y a ver si se te atragantan.  

El hortelano sigue a Tomás. 

Y le dice: 

–     Ven.

Escúchame.

¿Cuánto me quieres dar?

–     Nada.

Ya no los quiero.

Quería tomar un tentempié antes de entrar en la ciudad.

Será mejor que no coma nada.

Así no pierdo ni la voz para cantar las crónicas del rey, ni el apetito para comer bien en la hostería.

–     Te los doy a un didracma el par.

–     ¡Uf, eres peor que un tábano!

¡Dame esos huevos! ¡Que sean frescos!

Si no, vuelvo y te pongo el morro más amarillo de lo que lo tienes.  

Tomás va con el hombre y vuelve con, al menos, dos docenas de huevos en el vuelo del manto.

Y le dice a Jesús: 

–     ¿Has visto?

A partir de ahora en este pueblo de ladrones, yo hago  las compras; sé cómo tratarlos.

Ellos vienen cargados de dinero a comprar a nuestra tierra, para sus mujeres. 

Los brazaletes nunca son lo suficientemente gruesos…

Y se pasan jornadas enteras regateando el precio.

Ahora me vengo. 

Vamos con aquel otro escorpión.

Ven Pedro.

Y entregándolos, 

dice: 

–    Ten estos huevos, Juan.   

Los dos apóstoles se dirigen a donde está el anciano Ananías…

Que tiene la huerta a lo largo de la vía principal. que conduce a la ciudad.

Y que desde el norte, siguiendo el trazado de las casas del suburbio, 

Es una vía bien adoquinada, sin lugar a dudas, hecha por los romanos.

Ya está cerca la puerta del lado oriental de la ciudad.

Dentro, se ve que la vía prosigue derecha verdaderamente artística, transformada en un doble soportal umbrío;

sostenido por columnas de mármol por cuya fresca sombra la gente camina;

dejando el centro de la calle para los asnos, camellos carros y caballos.

Tomás llega a su destino.

Preguntando:  

–     ¡Salud!

¿Nos vendes pan? 

El anciano no oye o finge que no quiere oír.

La verdad es que el chirrido de la noria es tal, que puede crear confusión.

Pedro pierde la paciencia,

Y grita:

–     ¡Para a tu Sansón!

Al menos podrá coger respiro para no morir ante mi vista.

¡Escúchanos!

El hombre para el burro y mira a su interlocutor con cara de pocos amigos…

Pero Pedro le desarma inmediatamente,

diciendo:

–     ¡Vaya que sí es inteligente!…

¿No te parece acertado llamar Sansón a un burro?

Si eres filisteo te dará gusto porque ofendería a Sansón…

Y si eres israelita también te gustará, porque recordaría una derrota de los filisteos.

Así que…

–     Soy filisteo…

¡Y a mucha honra!

–     Me parece bien.

Yo también te ensalzaré, si nos das pan.

–     Pero, ¿No eres judío?

–     Soy cristiano.

–     Nunca lo había escuchado…

No lo conozco. ¿Qué lugar es?

–     No es un lugar.

Es una persona.

Y yo soy de esa persona.

–     ¿Eres esclavo suyo?

–     Soy más libre que ningún otro hombre,

porque quien es de esa persona, ya no depende sino de Dios.

El anciano pregunta admirado: 

–     ¿Es verdad eso que dices?

¿Ni siquiera del César?

–     ¡Bah!,

¿Cómo vas a comparar al César con Aquel a quien yo sigo?…

¡Al cual pertenezco y en cuyo Nombre te pido un pan!

–     Pero, ¿Pónde está esta persona poderosa?

–     Es aquel hombre de allí, el que mira hacia aquí y sonríe.

Es el Cristo, el Mesías.

¿No le has oído nunca mencionar?

–     Sí.

El rey de Israel.

¿Derrotará a Roma?

–     ¡A Roma!

¡Al mundo entero y hasta al Infierno!

–     ¿Sois sus generales?

¿Vestidos así?

Quizás lo hacéis para evitar el hostigamiento de los pérfidos judíos…

–     Sí y no. Pero…

Dame pan y mientras comemos te explico.

–     ¿Pan?…

¡Hombre y también agua y vino!

¡Y unos bancos aquí a la sombra para ti, tú compañero y tu Mesías!

¡Llámalo!

Pedro trota ligero hacia Jesús. 

Y lo llama: 

–     ¡Ven, ven!

Ese filisteo anciano nos da lo que queramos.

Pero creo que te va a asaltar a preguntas…

Le he dicho quién Eres, más o menos.

Tiene buena disposición.

Todo el grupo se dirige hacia la huerta.

Cuando llegan…

El hombre tiene ya preparados unos bancos en torno a una tosca mesa, a la sombra de una tupida pérgola de vid.

Jesús lo saluda, diciendo: 

–     Paz, Ananías.

Prosperidad a tus tierras por tu caridad.

Que te produzcan pingües frutos.  

El hombre agradece:  

–     Gracias.

Paz a ti. Siéntate, sentaos.   

Y a gritos llama,

Indicando:

–    ¡Anibé! ¡Nubi!

Pan, vino, agua.

Inmediatamente.

 Ordena el anciano a dos mujeres que se ve que son africanas:

Una es completamente negra, de labios gruesos y pelo crespo.

La otra, muy oscura, aunque de tipo más europeo.

El anciano explica:

–     «Son las hijas de las esclavas de mi difunta mujer.

También han muerto ya las que vinieron con ella.

Las hijas han quedado. Son del Alto y Bajo Nilo.

Mi mujer era de allí.

Prohibido, ¿No? no me preocupa. No soy de Israel y las mujeres de raza inferior son dóciles.

–     ¿No eres de Israel?

–     Lo soy a la fuerza…

Porque a Israel lo tenemos al cuello como un yugo. Pero…

Tú eres israelita… ¿Te ofendes por esto que digo?

–     No. No me ofendo.

Lo único que querría es que escucharas la Voz de Dios.

–     A nosotros no nos habla.

–     Eso lo dices tú.

Yo te estoy hablando, y es su Voz.

–     ¡Pero Tú eres el Rey de Israel!.

Las mujeres, que están llegando con el pan, el agua y el vino…

Y que oyen hablar de “rey” se detienen turbadas, mirando al joven rubio, sonriente, honorable, al que el amo llama “rey”.

Y deciden retirarse, casi arrastrando los pies por el respeto.

Jesús les dice:   

–     Gracias, mujeres.

Paz también a vosotras.

Luego, vuelto al anciano:

–     Son jóvenes…

Sigue, sigue tu trabajo.

–     No. La tierra está mojada y puede esperar.

Habla un poco. Anibé, suelta al burro y llévalo a su sitio.

Tú, Nubi, vuelca los últimos arcaduces y luego…  

Dirigiéndose a Jesús, le pregunta:

–    ¿Te vas a detener un tiempo, Señor?

–     No te tomes más molestias.

Me basta con un poco de comida, luego entro en Ascalón.

–     No es molestia.

Ve a la ciudad si tienes esos planes, pero vuelve a la noche;

partiremos el pan y compartiremos la sal.  

Y vuelve a dar órdenes: 

¡Venga, vosotras, daos prisa!

Tú ocúpate del pan, tú llama a Yeteo y que mate un cabritillo y lo preparas para la cena.

Poneos en marcha.

Y las dos mujeres se van sin hablar.  

Ananías reanuda su diálogo con Jesús: 

–     ¿Así que eres Rey?

¿Y las armas?

Herodes es cruel en todas sus manifestaciones.

Nos ha reconstruido Ascalón, pero lo ha hecho buscando su propia gloria. ¡Y ahora!…

Bueno, conoces mejor que yo las vergüenzas de Israel.

¿Cómo te las vas a arreglar?

–     Sólo tengo el arma que viene de Dios.

–     ¿La espada de David?

–     La espada de mi palabra.

–     ¡Pobre iluso!

Perderá la punta y el filo contra el bronce de los corazones.

–     ¿Tú crees?

Mi mirada no se dirige a un reino de este mundo; sino por todos vosotros, al Reino de los Cielos.

–     ¿Todos nosotros?

¿También yo, que soy filisteo? ¿También mis esclavas?

–     Todos.

Tú y ellas. Y hasta por el más salvaje que haya en el centro de las selvas africanas.

–     ¿Quieres construir un reino tan grande?

¿Por qué dices “de los Cielos”? Podrías llamarlo: Reino de la Tierra.

–     No.

No comprendas en modo errado.

Mi Reino es el Reino del verdadero Dios.

Dios está en el Cielo. Por eso es Reino del Cielo.

Todo hombre es un alma vestida de cuerpo.

Y el alma no puede vivir sino en el Cielo.

Yo os quiero curar el alma, eliminar en vuestra alma errores y odios;

conducirla a Dios a través de la bondad y el amor.

–     Me agrada mucho esto.

Aunque no vaya a Jerusalén,

sé que los de Jerusalén no hablan así desde hace siglos.  

¿De modo que no nos odias?

–     No odio a nadie.

El anciano se queda pensando un momento…

Luego pregunta:

–     ¿Y las dos esclavas tienen también alma como vosotros los de Israel?

–     Ciertamente.

No son fieras capturadas.

Son criaturas desdichadas.

Se las debe amar.

¿Tú lo haces?

–     No las trato mal.

Exijo obediencia, pero no uso el látigo.

Y además las alimento bien.

Animal mal nutrido no trabaja, se dice.

Tampoco es buen partido el hombre mal alimentado.

Además… han nacido en casa. Las he visto niñas.

Ahora se quedarán ellas solas, porque soy muy viejo.

Casi ochenta, ¿Sabes?

Ellas y Yeteo son lo que me queda de mi casa de otros tiempos.

Les tengo afecto, como a muebles míos.

Serán ellos quienes cierren mis ojos…

–     ¿Y luego?

–     Y luego…

¡Psss!… No lo sé.

Irán a servir y la casa se disgregará. Lo siento.

La he hecho próspera con mi trabajo. Esta tierra volverá a ser arenosa, estéril…

Esta viña… la plantamos yo y mi mujer.

Aquel rosal… es egipcio, Señor; en él siento el perfume de mi esposa…

Es para mí como un hijo, como mi hijo único… ya polvo, que está enterrado a sus pies…

Esto son penas…  

Mejor morir de joven y no ver esto.

Y la muerte que se acerca…

–     Tu hijo no ha muerto, ni tampoco tu mujer. 

Sobrevive su espíritu, sólo la carne está muerta.

La muerte no debe causar terror.

La muerte es vida para quien espera en Dios y vive en la justicia.

Piensa en esto.

Ahora voy a la ciudad.

Volveré esta noche y te pediré ese pórtico para dormir Yo y los míos.

–     No, Señor.

Tengo muchas habitaciones vacías.

Te las ofrezco.

Judas pone encima de la mesa unas monedas.

–     No. No las acepto.

Soy de esta tierra que os es hostil, pero quizás soy mejor que los que nos dominan.

Adiós, Señor».

–     Paz a ti, Ananías.

Las dos esclavas y Yeteo, un musculoso y anciano campesino, acuden para verlo marcharse.

Jesúss les dice: 

–     Paz también a vosotros.

Sed buenos. Adiós.

Jesús roza con su mano los cabellos crespos de Nubi y los lisos y brillantes de Anibé.

Sonríe al hombre y se marcha.

Poco después entran en Ascalón por la calle del doble pórtico, que va recta hasta el centro de la ciudad.

Ascalón es un  torpe remedo de Roma, con estanques y fuentes;

plazas usadas como foro, torres distribuidas a lo largo de la muralla.

Y por todas partes, el nombre de Herodes que él mismo ha hecho colocar;

para autoaplaudirse, dado que los de Ascalón no lo aplauden.

Hay mucho movimiento, que crece en la medida en que la hora avanza y se va acercando la parte más céntrica de la ciudad;

abierta, aireada, con el mar luminoso como fondo.

Parece una turquesa en una tenaza de coral rosa, por las casas esparcidas en el arco profundo que aquí dibuja la costa:

No es un golfo, es un verdadero arco, una porción de círculo teñida toda de un rosa palidísimo a causa del sol. 

Jesús dice: 

–     Nos separamos en cuatro grupos.

Yo aquí me separo. 

O más bien idos vosotros; luego ya decidiré.

Marchad. Después de la hora nona nos encontraremos de nuevo en la Puerta por la que hemos entrado.

Sed prudentes y pacientes.

Jesús los mira mientras los apóstoles se alejan…

193 DEBUT MISIONERO


193 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

El grupo apostólico va caminando por los senderos del bosque…

Y comentando del enorme cambio en Elisa, que ha accedido a ir con Juana de Cusa a su propiedad en Beter.

Después del regreso a Betsur y de haber dejado a Margziam con la Virgen y las discípulas en los jardines de rosales de Beter…

Hablan también de la bondad de Juana y de lo beneficioso que será para todas, disfrutar del agradable trabajo en los cultivos de los rosales, para la industria perfumera. 

Jesús avanza con los suyos a través de estos montes verdes, dando la espalda al oriente.

El lugar es muy montañoso y rico en vegetación, con bosques de árboles de piñones.

El olor de la resina, balsámico y vitalizador, se difunde por todo el espacio.

También hablan del nuevo rodeo que van a tener que dar, hacia las fértiles llanuras que preceden el litoral en las tierras filisteas. 

Y entonces tornan a la memoria nombres de glorias pasadas, que suscitan la narración de episodios acaecidos, preguntas, explicaciones y afable contraposición de opiniones.

Jesús dice. 

–     Cuando lleguemos a la cima de este monte, os enseñaré desde lo alto todas las zonas que os interesan;

de las que podréis extraer ideas para vuestros discursos al pueblo.  

 Andrés se queja: 

–     ¿Pero cómo haremos, Señor mío?…

Yo no soy capaz.

Pedro y Santiago se unen:

–    ¡Nosotros somos los menos agraciados del grupo!».

Tomás comenta:

–     ¡Oh!…

Si es por eso, no es que yo sea más capaz. 

Si se tratara de oro o plata, podría hablar, pero de estas cosas… 

Y Mateo:  

–     ¿Y yo?

¿Qué era yo?

Andrés replica: 

–     Tú no tienes miedo del público, sabes argumentar.   

–     Pero de otras cosas…

Pedro agrega: 

–     Sí, ya… pero…

Bueno… ya sabes lo que quiero decir, así que sea como si te lo hubiera dicho.

La cuestión es que vales más que nosotros.

Jesús dice: 

–     Amigos míos, no hace falta subir a lo sublime.

Decid simplemente lo que pensáis, con vuestra convicción.

Creedme que cuando uno está convencido siempre persuade.

Pero Judas de Keriot suplica:

–     Danos ideas Tú.

Danos muchas ideas. Una buena idea puede ser muy útil.

Estos lugares creo que no han oído nada de Tí, porque ninguno parece conocerte.

Pedro: 

–     Y porque aquí llega todavía… 

Mucho viento procedente del Moria…

Que causa esterilidad…

Judas replica con firmeza: 

–     Es porque no se ha sembrado:

Pero nosotros sembraremos…

Judas de Keriot, está contento por los primeros éxitos.

Ya han llegado a la cima del monte.

Un amplio panorama se descubre

Es hermoso contemplarlo estando a la sombra de los tupidos árboles que-coronan la cima:

Tan variado y luminoso:

Una imponente cordillera con sus series de montes entrecruzándose en todas las direcciones, como encrespadas olas petrificadas…

El inmenso océano al que barren vientos contrarios y laensenada en calma, donde todo se aplaca en una luminosidad sin límites…

Y en el lado opuesto, una vasta llanura en que se yergue como un faro, la entrada de un puerto.

Jesús extiende su brazo derecho y empieza a señalar.

Mientras dice:

–     Mirad.

Ahora vamos a Betginna.

Ese pueblo, donde nos detendremos, que se extiende sobre esa cresta casi queriendo acaparar todo el sol; 

es como el corazón de un verdadero nimbo radiado de lugares históricos.

Venid aquí.

Allí, a septentrión, está Yermot.

¿Os acordáis del pasaje de Josué?

La derrota de los reyes que quisieron asaltar el campamento israelita, fuerte tras la alianza con los gabaonitas.

Cerca está Betsemes, la ciudad sacerdotal de Judá, donde los filisteos restituyeron el Arca con los exvotos de oro,

que los adivinos y sacerdotes habían impuesto al pueblo,

para obtener la liberación de los castigos que atormentaban a los culpables filisteos.

Y allí, toda llena de sol, Sará, patria de Sansón.

Un poco más a al oriente, Timnata, donde él tomó esposa e hizo muchas proezas y también muchas estupidyeces.

Y allá, Azeca y Soko, que fue lugar de campamento filisteo. Más abajo está Zanoe, una de las ciudades de Judá.

Y aquí, volveos, aquí está el Valle del Terebinto, donde David luchó contra Goliat.

Allí está Maqueda, donde Josué derrotó a los amorreos.

Volveos hacia aquí. ¿Veis aquel monte solitario en medio de esa llanura que un tiempo fue de los filisteos?

Allí está Gat, patria de Goliat y lugar de refugio para David, con Akís, para que no le alcanzara la ira de Saúl.

Y donde el rey sabio se fingió demente, porque el mundo preserva a los locos de los sanos de mente.

Aquel horizonte abierto son las llanuras de la fertilísima tierra de los filisteos.

La atravesaremos, hasta Ramlé. Ahora vamos a Bet – Yinna.

Tú Felipe que miras con ojos suplicantes, irás con Andrés por el poblado.

Nosotros estaremos en la fuente de la plaza.

Tú, precisamente tú, Felipe, que me estás mirando con actitud implorante, irás con Andrés por el poblado.

Nosotros, mientras tanto, esperaremos junto a la fuente o en la plaza. 

Los dos apóstoles suplican:

–     ¡Señor, no nos mandes solos! 

–    ¡Ven Tú también!

–     Id, he dicho.

La obediencia os socorrerá más que mi muda presencia.

Así que Felipe y Andrés van, sin rumbo fijo, por el pueblo.

Llegan a una minúscula posada (más una caballeriza que una posada), donde hay unos intermediarios contratando corderos con unos pastores.

Entran y, cohibidos, se paran en medio de un patio rodeado de arcadas muy toscas.

Viene el posadero:

–     ¿Qué queréis?, ¿alojamiento?

Los dos apóstoles se consultan recíprocamente con la mirada (una mirada llena de apuro).

Es muy probable que de lo que habían pensado decir no les venga ni una sola palabra.

Contra toda previsión, es precisamente Andrés el primero que cobra fuerzas y responde:

–     Sí, alojamiento para nosotros y para el Rabí de Israel.

–     ¿Qué rabí?

¡Hay muchos rabíes! Todos muy señores. No vienen a los pueblos de pobres a traernos su sabiduría.

Somos los pobres los que tenemos que ir a ellos, ¡Y ya es un regalo, si nos toleran a su lado!

–     El Rabí de Israel es uno sólo.

Y viene precisamente a traer a los pobres la Buena Nueva;

cuanto más pobres y pecadores son, más los busca y se acerca a ellos – responde dulcemente Andrés.

–     ¡Entonces… no hará dinero!

–     No busca riquezas.

Es pobre y bueno. Cuando logra salvar a un alma, su jornada está cumplida – responde también esta vez Andrés.

–     ¡Hummm…!

Es la primera vez que oigo que un rabí es bueno y pobre.

Juan es pobre, pero es severo. Todos los demás son severos y ricos, insaciables como sanguijuelas.

¿Habéis oído? Venid aquí, vosotros que vais por todas partes.

Estos hombres dicen que hay un maestro pobre y bueno, que viene a buscar a los pobres y pecadores.

Uno de los tratantes dice:

–     ¡Ah!…

Debe ser ese que viste de blanco como un esenio.

Lo vi hace tiempo en Jericó.

Un pastor alto y musculosos añade: 

–     No. Ése está solo.

Debe ser aquel de que hablaba Toma porque así por azar, había estado hablando de él con unos pastores del Líbano.  

 Otro exclama:   

–     ¡Sí, vaya!

Y viene del Líbano hasta aquí… ¡Por tu cara bonita! 

Mientras el posadero habla y escucha la opinión de sus clientes, los dos apóstoles permanecen allí, en medio del patio, como dos postes.

Hasta que un hombre dice:

–     ¡Eh, vosotros, venid aquí’

¿Quién es? ¿De dónde viene este que decís?

Felipe contesta muy serio:  

–     Es Jesús de José, de Nazaret.  

Y permanece como quien espera que se burlen de él.

Andrés añade:

–     Es el Mesías anunciado.

Os conjuro, por vuestro bien: escuchadlo.

Habéis nombrado a Juan; pues bien, yo estaba con él y os puedo decir que él mismo, nos indicó a Jesús cuando pasaba, diciendo:

“He ahí al Cordero de Dios que quita los pecados del mundo”.

Cuando Jesús entró en el Jordán para ser bautizado, se abrieron los Cielos y una Voz gritó:

“Este es mi Hijo predilecto en quien tengo puestas mis complacencias”

Y el Amor de Dios descendió como una paloma y se colocó resplandeciente encima de su cabeza.

–     ¿Ves como es el Nazareno?

Pero, vamos a ver, vosotros que os llamáis amigos suyos, decidnos…

Andrés precisa: 

–     Amigos no.

Apóstoles, discípulos, enviados suyos para anunciaros su llegada; para que quien tenga necesidad desalvación vaya a Él.

–     Bien, de acuerdo…

Pero, decidnos si es realmente como lo describen algunos…

 O sea, un santo más santo que Juan el Bautista. 

O un demonio, como dicen otros.

Vosotros, que estáis con él, porque si sois discípulos estaréis juntos, ¿No?

–    Vamos a ver, hablad con sinceridad:

¿Es verdad que es lujurioso, comilón y bebedor?

¿Y que tiene simpatía por las meretrices y los publicanos?

¿Que es un nigromante y que por la noche invoca a los espíritus, para conocer los secretos de los corazones?

–     Pero, ¿ Por qué preguntas esto a estos hombres?

Pregunta más bien si es verdad que es bueno.

Si no, estos dos se van a sentir ofendidos y se van a marchar.

Y le van a contar al Rabí nuestras malas razones y nos va a maldecir.

¿Qué sabemos nosotros?…

¡Sea Dios o diablo, siempre será mejor tratarlo bien!…

Esta vez es Felipe el que habla:

–     Os podemos responder con sinceridad porque no hay nada torpe que ocultar.

Él, nuestro Maestro, es el Santo entre los santos.

Durante el día dedica su esfuerzo a adoctrinar;

incansable, va de un lugar a otro buscando los corazones.

Durante la noche ora por nosotros. 

No desprecia ni la mesa ni la amistad, pero no busca en ello ventaja propia.

Antes al contrario, lo hace para poderse acercar a aquellos a quienes de otra forma;

no sería posible acercarse.

No rechaza ni a publicanos ni a meretrices, pero sólo para redimirlos.

Señala su camino con curaciones y conversiones milagrosas.

le obedecen el viento y el mar.

Pero no tiene necesidad de nadie para obrar prodigios, ni de invocar espíritus para conocer los corazones.

El posadero pregunta: 

–     Y, ¿Con qué poder lo hace?…

Has dicho que el viento y el mar lo obedecen.

Pero si son cosas que no tienen razón.

¿Cómo puede mandar sobre ellos? 

–     Respóndeme a esto, hombre:

¿Tú qué crees, que sea más difícil:

Mandar sobre el viento y el mar o sobre la muerte?

–     ¡Por Yeohveh!

¡Sobre la muerte no se tiene poder!

Al mar se le puede echar aceite, se le puede hacer frente orientando adecuadamente las velas;

se puede, prudentemente, no ir a navegar.

Contra el viento se puede oponer los cierres de las puertas.

Pero sobre la muerte no se tiene poder:

No hay aceite que la aquiete, no hay vela que haga a nuestra navecilla tan rápida ,

que pueda distanciar a la muerte, no hay cierres contra ella;

cuando quiere venir pasa, a pesar de que estén echados los cerrojos.

¡No, no, nadie da órdenes a esta reina!

–     Pues, a pesar de todo, nuestro Maestro tiene poder sobre ella.

Y no sólo cuando está cercana, sino también cuando ya ha hecho presa.

Un joven de Naím estaba ya para ser introducido en la horrenda boca del sepulcro, cuando Él dijo:

“Te lo ordeno: Levántate!”

Y el joven volvió a la vida.

Naím no está en los confines del mundo.

Si vais, veréis.

–     ¿Así, sin más?

–    ¿En presencia de todos?

 

–     En el camino, en presencia de toda Naím.

E1 dueño de la posada y los huéspedes se miran en silencio…

 Luego el primero dice:

–     Pero, esas cosas las hará para sus amigos, ¿No?

Felipe dice con seguridad:

–     ¡No hombre, para todos los que creen en Él!

Y no sólo para ellos.

Créeme que es la Piedad en la tierra.

Nadie que va a Él vuelve de vacío.

Escuchad todos:

¿Entre vosotros no hay nadie que sufra o llore, por alguna enfermedad en la familia?

¿O por dudas, remordimientos, tentaciones o ignorancia?

Presentaos a Jesús, el Mesías de la Buena Nueva.

Él estará aquí hoy; mañana irá a otro lugar.

No desaprovechéis la Gracia del Señor ahora que pasa»

Felipe, que se ha ido sintiendo cada vez más cómodo, ha perdido la inseguridad.

El dueño de la posada se revuelve los cabellos, abre y cierra la boca, se manosea las franjas de la cintura…

Y al final, dice:

–     ¡Yo lo intento!…

Tengo una hija.

Hasta el pasado verano estaba bien.

Después todo cambió. Ahora es una lunática.

Está siempre en un rincón, como una fiera muda.

Su madre, con gran esfuerzo, apenas si logra vestirla y darle de comer.

Los médicos dicen que se le ha consumido el cerebro por exceso de sol; otros, que por un triste amor; el pueblo dice que está endemoniada.

¿Cómo es posible, si es una jovencita que no ha salido nunca de aquí?

¿Dónde se ha cogido este demonio?

¿Tu Maestro qué dice, que el demonio se puede apoderar de un inocente?

Felipe responde sin vacilar:

–     Sí, para atormentar a los familiares y hacer que se desesperen.

–     ¿Y… cura a los lunáticos?

¿Debo tener esperanza?

Andrés responde inmediatamente: 

–     Debes creer

Entonces les narra el milagro de los gerasenos…

y termina diciendo:

« ¿Si aquéllos – y eran una legión en corazones de pecadores – huyeron de ese modo…

Cuánto más lo hará ése, que ha entrado por la fuerza en un corazón fresco?

Te digo, hombre: para quien espera en Él, lo imposible se le hace tan fácil como respirar

Yo, que he visto las obras de mi Señor, doy testimonio de su potencia.

–     ¡Oh!…

¿Quién de vosotros va y lo llama?

–     Yo mismo.

Espérame, que vuelvo enseguida.

Y Andrés se marcha veloz.

Felipe se queda a hablar.

Cuando Andrés ve a Jesús parado en el zaguán de una casa, para evitar el sol implacable que llena la pequeña plaza del pueblo…

Corre hacia Él diciendo:

–     ¡Ven! ¡Ven, Maestro!

El posadero tiene una hija lunática.

Te implora que la cures.

–     ¿Pero me conocía?

–     No, Maestro.

Hemos tratado de darte a conocer…

–    Lo habéis conseguido.

Porque si uno llega ya a creer que puedo curar un mal que no tiene remedio;

es que ya está adelantado en la fe.

Y teníais miedo a no ser capaces de ello…

¿Qué habéis dicho?

–     Ni siquiera te lo sabría decir.

Hemos expresado lo que pensamos de ti y hemos hablado de tus obras.

Sobre todo, hemos dicho que eres Amor y Piedad.

¡Qué mal te conoce el mundo!

–     Pero vosotros me conocéis bien.

Es suficiente.

–     Llegan a la pequeña posada.

Todos los huéspedes están en la puerta, curiosos.

En medio, con Felipe, está el posadero, que sigue con sus monólogos.

Cuando ve a Jesús, corre a su encuentro:

–     ¡Maestro, Señor, Jesús…

Yo… yo creo tanto que Tú eres Tú.

Que sabes todo, que ves todo, que conoces todo, que todo lo puedes.

Tanto lo creo, que te digo:

Ten piedad de mi hija, aunque los pecados de mi corazón sean muchos;

Que no caiga sobre mi hija el castigo por haber sido inmoral en mi trabajo; juro que no volveré a ser avariento.

Tú ves mi corazón, lo que ha sido y lo que piensa ahora. Perdón. Piedad, Maestro.

y hablaré de ti a todos los que vengan aquí, a mi casa…

El hombre está de rodillas.

Jesús le dice:

–    Levántate y persevera en los sentimientos de ahora.

Llévame a donde tu hija.

–     Está en un establo, Señor.

Este calor bochornoso la pone más enferma todavía. No quiere salir.

–     Bien, no importa; voy Yo.   

No es el bochorno, es que el demonio me siente llegar.

Entran en un patio, luego en un establo oscuro.

Todos los demás van detrás.

La niña, despeinada, demacrada, se contorsiona en el rincón más oscuro.

Y en cuanto ve a Jesús,

grita:

–     ¡Atrás!

¡Atrás! No me hostigues.

Tú eres el Cristo del Señor; sobre mí descargas tu mano. Déjame tranquilo.

¿Por qué sigues siempre mis pasos?

Jesús toma la actitud majestuosa del Dios y Señor que Es,

y ordena: 

–     ¡Sal de ella!

¡Vete! ¡Lo quiero! ¡Devuelve a Dios tu presa y calla! 

Durante unos segundos espectantes…

Luego sigue un grito desgarrador, una sacudida, un cuerpo que se derrumba sobre la paja…

Pasa un pequeño lapso y luego un suspiro muy profundo…

Enseguida la jovencita se yergue con calma, tristeza, estupor…

Y se ruboriza violentamente…

Ya que ahora se avergüenza de estar sin velo y con un vestido roto, ante los ojos de muchos extraños…

Pregunta:

–     ¿Dónde estoy?

¡Por qué estoy aquí?, ¿Quiénes son éstos? 

Y grita: 

–     ¡¡¡Mamaaá!!!  

El padre exclama: 

–     ¡Oh, Señor eterno!

¡Está curada!…

Y aunque resulte extraño en el rubicundo y colorado hospedero, llora como un niño…

Se siente dichoso.

Llora. No sabe qué otra cosa hacer sino besar las manos de Jesús.

Entretanto, la madre también llora, circundada por la corona de sus hijitos, que miran asombrados. 

Y besa a esta primogénita suya que ha sido liberada del demonio.

Los presentes prorrumpen en un verdadero clamor…

 Otros acuden para ver el prodigio.

El patio está lleno.   

El hombre suplica:

–     Quédate, Señor.

Ven esta noche. Cobíjate bajo mi techo.

Jesús dice: 

–     Hombre, somos trece.

–     Aunque fuerais trescientos, sería como nada.

Sé lo que quieres decir, pero el Samuel avariento y deshonesto ha muerto, Señor.

Se ha marchado también mi demonio.

Ahora vive el nuevo Samuel. Seguirá siendo hospedero, pero santamente.

Ven, ven conmigo, que quiero honrarte como a un Rey, como a un Dios, como a quien Eres.

¡Oh, bendito el sol de hoy que te ha traído a mí!….

188 UN PERDÓN CONCEDIDO


188 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Están todos en un bosquecillo de las cercanías de Hebrón.

Conversan, sentados en círculo, mientras comen.

Judas, ahora que está seguro de que María irá a ver a su madre, ha vuelto a sus mejores disposiciones de espíritu…

Y trata de borrar con mil atenciones el recuerdo de sus malhumores, para con sus compañeros y las mujeres.

Debe haber ido él al pueblo para comprar.

Porque está contando que lo ha encontrado muy cambiado respecto al año anterior:

–    «La noticia de la predicación y milagros de Jesús ha llegado hasta aquí.

La gente ha empezado a recapacitar sobre muchas cosas.

¿Sabes, Maestro, que en esta zona hay una propiedad de Doras?

También la mujer de Cusa posee aquí por estos montes, unas tierras y un castillo propio, de su dote.

Se ve que un poco ella y otro poco los campesinos de Doras han preparado el terreno, porque debe haber aquí alguno de los de Esdrelón.

Doras ordenó que guarden silencio, pero ellos… ¡Yo creo que ni ante el tormento callarían!

Ha causado estupor la muerte del fariseo, ¿Sabes?

Así como la excelente salud de Juana, que vino aquí antes de la Pascua.

¡Ah, y también te ha sido útil el amante de Áglae. ¿Sabes que ella se escapó poco después de haber pasado nosotros por aquí?

Bueno pues él ha sido un demonio para con muchos inocentes, para vengarse.

Así que la gente al final ha pensado en ti como en un vengador de los oprimidos y desea tu presencia.

Quiero decir los mejores…  

Jesús responde: 

–     ¿Vengador de los oprimidos?

Sí, lo soy, pero sobrenaturalmente.

Ninguno de los que me ven con el cetro y la segur en la mano, como rey y justiciero según el espíritu de la tierra, juzga con acierto.

Sí, claro que he venido a liberar de las opresiones:

La del pecado – la más grave -, la de las enfermedades y el desconsuelo; como también de la ignorancia y del egoísmo.

Muchos aprenderán que no es justa la tiranía porque el destino lo haya colocado a uno arriba.

Y que más bien, se debe usar de las posiciones privilegiadas para elevar al que está abajo.  

Felipe dice con desconsuelo: 

–     Lázaro lo hace…

Y también Juana; pero son dos contra centenares…

–     Los ríos en el nacimiento, no tienen la anchura que presentan en el estuario.

Son unas gotas, un hilo de agua… Pero luego… hay ríos que en la desembocadura parecen mares.

María de Alfeo comenta: 

–     ¡El Nilo, ¿No?!

Tu Madre me contaba cosas de cuando fuisteis a Egipto.

Siempre me decía: “Créeme: es un mar, un mar verde-azul.

¡Verlo durante las crecidas es realmente un sueño!”.

Y me hablaba de las plantas que parecían nacer del agua y de esa abundancia de hierba que parecía nacer también del agua cuando se retiraba… 

–     Pues os digo que de la misma forma que el Nilo en su nacimiento, es un hilo de agua…

Y luego se transforma en un verdadero gigante, esto que ahora es sólo un hilito (Juana, Lázaro, Marta)

inclinado con amor y por amor hacia los más pequeños, llegará a ser una multitud:

¡Cuántos!, ¡Oh, cuántos! 

Jesús parece como si estuviera viendo a estos que serán misericordiosos para con sus hermanos...

Y sonríe, absorto en su visión.

Juan está junto a Judas, 

y le dice en corto… 

–    ¿¡Creerías que el arquisinagogo quería venir conmigo!?

Pero no se atrevió a tomar por sí solo la decisión:

¿Te acuerdas Juan, cómo nos rechazó el año pasado?

Juan responde:

–     Sí…

Pero vamos a decírselo al Maestro.

Le preguntan a Jesús,

y Él responde:   

–    Entraremos en Hebrón si desean mi Presencia.

Y si nos llaman, nos detendremos un corto tiempo…  

Si no, pasaremos sin detenernos.  

Así visitaremos también la casa de Juan el Bautista.

¿De quién es ahora?

Judas replica:

–     Creo que de quien quiere.

Samay se marchó y no ha vuelto.

Ha quitado el mobiliario y la servidumbre.

Los habitantes de la ciudad, para vengarse de sus vejaciones…

Han abierto una brecha en el muro de protección…

Y ahora la casa es de todos; al menos el jardín.

Cuando termina la comida se levantan, caminan hasta el poblado y se dirigen a la casa de Zacarías…

En la entrada un lugareño les dice que desde que Aglae se marchó, el herodiano abandonó la propiedad.

Y después Shiammay fue asesinado, por algún asunto de mujeres…

Bartolomé comenta: 

–     ¡Alguna trama podrida de la corte, sin duda!

Y algo masculla Natanael entre dientes.

La casa de Zacarías ahora es punto de reunión, para venerar a su Juan.

Cuando les falta poco para llegar, ven acercarse a un grupo compacto de gente de la ciudad.

Se acercan un poco vacilantes, curiosos y cohibidos.

Pero Jesús los saluda con una sonrisa, lo cual hace que se sientan más seguros.

El grupo entonces se divide, con lo cual deja ver al arquisinagogo irrespetuoso del año anterior. 

Jesús lo saluda prontamente: 

–     ¡Paz a ti! 

¿Nos permites detenernos en tu ciudad?

Vienen conmigo mis discípulos predilectos y las madres de algunos de ellos.  

El hombre está ruborizado…

–     Maestro…

¿Pero no nos guardas rencor, al menos a mí?

–     ¿Rencor?

¡No lo conozco, ni sé por qué motivo debería sentirlo

–     El año pasado fui violento contigo…

–     Fuiste violento con el Desconocido…

Creyéndote en el derecho de serlo.

Luego viste claro y te arrepentiste de lo que habías hecho.

Mira, son cosas pasadas…

Y de la misma forma que el arrepentimiento anula la culpa, el presente anula el pasado.

Ahora, para ti, Yo ya no soy el Desconocido.

¡Qué sentimientos tienes pues, respecto a Mí en este momento?

–     De respeto, Señor.

De… deseo de…

–     ¿Deseo? 

¿Qué quieres de Mí?

–     Quiero conocerte más de lo que te conozco.

–     ¿Cómo?

¿De qué forma?

–     A través de tu palabra y de tu obra. 

Nos ha llegado noticia de Tí, de tu doctrina y poder; se ha dicho incluso que contribuiste a la liberación de Juan…

Significa que no lo odiabas, que no tratabas de suplantar a nuestro Juan

Él mismo no ha negado que por Tí, volvió a ver el valle del santo Jordán.

Hemos ido a verlo y le hemos hablado de Tí.

Nos ha dicho:

“No sabéis lo que habéis rechazado.

Debería maldeciros, pero os perdono porque El me ha enseñado a perdonar y a ser manso.

No obstante, si no queréis ser anatemas ante el Señor y ante mí su siervo, amad al Mesías.

Y no dudéis.

Su testimonio es éste:

Espíritu de paz, amor perfecto, sabiduría que supera a cualquier otra, doctrina celestial;

mansedumbre absoluta, poder sobre todas las cosas, humildad total, castidad angelical.

No podréis equivocaros:

Cuando respiréis paz ante un hombre que se dice Mesías, cuando bebáis amor, el amor que emana de Él.   

Cuando paséis de vuestras tinieblas a la Luz, cuando veáis la redención de los pecadores y la curación de los cuerpos, decid:

` ¡Éste es verdaderamente el Cordero de Dios!'”.

Pues bien, nosotros sabemos que tus obras son las que dice nuestro Juan;

por tanto, perdónanos, ámanos, danos eso que el mundo espera de Tí.

–     Estoy aquí para esto.

Vengo de muy lejos para dar también a la ciudad de Juan

lo que ofrezco en todos los lugares en que se me recibe.

¿Qué deseáis de Mí?

Hablad.

–     Nosotros también tenemos enfermos y somos ignorantes.

Especialmente en lo que concierne al amor y a la bondad.

Juan, en su amor total a Dios, tiene mano férrea y palabra de fuego;

quiere doblegar a todos como un gigante comba un tallito de hierba.

Muchos se desaniman porque el hombre es más pecador que santo.

¡Es difícil ser santo!…

Se dice que Tú no sometes, sino que elevas; que no cauterizas, sino que aplicas bálsamos;

que no trituras, sino que acaricias.

Se sabe que eres paternal con los pecadores, que dominas las enfermedades, cualesquiera que sean;

sobre todo las del corazón.

Los rabíes ya no lo saben hacer.

–     Traedme a vuestros enfermos.

Luego reuníos en este jardín que fue elevado a templo por la Gracia que en él habitó…

Y que después quedó abandonado y fue profanado por el pecado.

Los hebronitas se esparcen en todas las direcciones, como golondrinas.

Se queda el arquisinagogo, que atraviesa con Jesús y sus discípulos la cerca del jardín;

para ir a la sombra de una vasta pérgola recubierta de una maraña de rosas y parras, que han crecido según su beneplácito.

Regresan pronto, trayendo a un paralítico recostado en una camilla, a una joven ciega, a un mudito…

Y a otros dos enfermos que vienen apoyándose en los que los acompañan.

–     Paz a ti. 

Es el saludo de Jesús a cada uno de los enfermos que se acerca.

Luego la dulce pregunta:

–    « ¿Qué deseáis que os haga?»

Seguido por el coro de lamentos de estos desdichados,

con que cada uno de ellos quiere narrar su propia historia.

Luego Jesús que estaba sentado, se levanta y va hacia el mudito.

Le moja los labios con su saliva y pronuncia la magnífica  palabra « ¡Ábrete!».

Repite la misma palabra mientras moja con su dedo húmedo de saliva los párpados sin abertura de la ciega.

Luego da la mano al paralítico y le dice: « ¡Levántate!».

Por último, impone las manos a los dos enfermos diciendo: « ¡Quedad sanos, en el nombre del Señor!».

Y el mudito, que antes sólo emitía gemidos, dice claramente: 

–     « ¡Mamá!».

La joven ciega, abre sus párpados y los cierra ante la luz…

Se protege con sus dedos del desconocido sol, llora, ríe y mira, apretando los párpados;

porque no está acostumbrada a la luz, a las plantas, a la tierra, a las personas, a Jesús especialmente.

El paralítico, con movimientos seguros, baja de las angarillas, que los compasivos hebronitas levantan ahora vacías; 

para que los que están lejos se den cuenta de que se ha cumplido el milagro.

Los dos enfermos lloran de alegría y se arrodillan ante su Salvador para venerarlo.

La muchedumbre prorrumpe en un frenético clamor de júbilo.

Tomás, que está al lado de Judas, lo mira tan fijamente y con una expresión tan clara,

que éste le responde:

–     He sido un estúpido, perdona.

Mientras los Hosananas para el Mesías, inundan el aire en Hebrón…  

150 LA PARÁBOLA DEL SEMBRADOR


150 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús mostrándome la desembocadura del Jordán en el lago de Tiberíades, en el lugar en que se extiende la ciudad de Betsaida en la orilla derecha del río me dice:

-Ahora la ciudad ya no parece en las orillas del lago, sino un poco más hacia el interior.

Esto desconcierta a los estudiosos.

La explicación se debe buscar en el espacio cedido por el lago, por esta parte, al terreno seco, debido a veinte siglos en que el río ha ido depositando tierra suelta.

Y también a aluviones y desprendimientos de tierra de las colinas de Betsaida.

En aquel tiempo la ciudad estaba justamente en la desembocadura del río en el lago.

Es más, las barcas más pequeñas, en las estaciones más ricas en aguas, remontaban un buen trecho del río, casi hasta la altura de Corazaín.

Las orillas del río servían siempre como embarcadero y lugar protegido para las barcas de Betsaida en los días de borrasca en el lago.

Esto no te lo digo por ti, que poco te importa, sino por los doctores difíciles.

Y ahora continúa…

Las barcas de los apóstoles, recorrido el breve trecho de lago que separa Cafarnaúm de Betsaida, echan amarras en esta ciudad.

Pero otras barcas las han seguido y muchos bajan de ellas para unirse enseguida a los de Betsaida que han venido a saludar al Maestro.

Jesús está entrando ahora en la casa de Pedro en la que… está de jefe su mujer.

La cual parece que ha preferido la soledad, antes que vivir entre las continuas quejas de su madre contra su marido.

Afuera reclaman al Maestro a voces, lo cual inquieta no poco a Pedro, que sube a la terraza y con tono autoritario se dirige a la gente…

Diciendo que se requiere respeto y educación.

Porque quisiera en efecto, poder gozar un poco de la presencia del Maestro en paz, ahora que lo tiene en su casa.

Y sin embargo, no tiene el tiempo ni la satisfacción de ofrecerle ni siquiera un poco de agua y miel, entre las muchas cosas que ha dicho a su mujer que traiga.

Y se muestra enfadado.

Jesús lo mira sonriente…

Y menea la cabeza diciendo:

–     ¡Parece como si no me vieras nunca y que estemos juntos de casualidad! 

Pedro está verdaderamente alterado y lo manifiesta abiertamente,

diciendo:

–     ¡Pues si es así!

Cuando estamos por el mundo, ¿Estamos, acaso, yo y Tú? ¡Ni soñarlo!

Entre Tú y yo está el mundo, con sus enfermos, sus afligidos, sus oyentes, sus curiosos, sus calumniadores, sus enemigos.

Y no estamos nunca yo y Tú.

Aquí, sin embargo, Tú estás conmigo, en mi casa, ¡Y deberían comprenderlo!

Jesús dice calmado:

–     No veo la diferencia, Simón.

Mi amor es igual, mi palabra es la misma; ¿No es lo mismo que te la diga en privado o que la diga para todos?

Pedro entonces confiesa su gran pesar:

–     Es que soy cerrado de mollera…

Y me distraigo con facilidad. Cuando hablas en una plaza, en un monte, en medio de una muchedumbre, no sé por qué, comprendo todo…

Pero luego no recuerdo nada. Se lo he dicho también a los compañeros y me han dado la razón.

La otra gente – me refiero al pueblo que te escucha – te comprende y luego se acuerda de lo que has dicho.

¡Cuántas veces hemos oído confesar a uno:

“No he vuelto a hacer esto porque Tú lo has dicho”, o: “He venido porque una vez te oí decir esta otra cosa y se me quedó grabado en el pensamiento”.

Sin embargo, nuestro caso… ¡Ay!, ¡Ay!, es como un curso de agua que pasa sin detenerse: la orilla ya no tiene esa agua que ha pasado.

Viene otra, sí, continuamente. Y mucha, pero sigue pasando, sigue pasando…

Yo pienso con gran temor, que si es como dices, llegará el momento en que Tú ya no podrás seguir haciendo de río y… y yo…

¿Qué le voy a poder dar a quien tenga sed, si no conservo ni una gota de lo mucho que me das?

También los otros apoyan las quejas de Pedro… 

Lamentándose de no encontrar nunca nada de lo que escuchan, cuando querrían encontrarlo para responder a los muchos que los preguntan.

Jesús sonríe y responde:

–     No creo que sea así.

La gente está muy contenta también de vosotros…

–     ¡Sí, claro, para lo que hacemos!… 

 Abrirte paso dando codazos.

Llevar a los enfermos, recoger las dádivas y decir: “¡Sí, sí, aquél es el Maestro!”.

¡Pues vaya una cosa, ¡¿No?!

–      No te rebajes demasiado, Simón.

–     No me estoy rebajando, es que me conozco.

–     Es la más difícil de las sabidurías.

De todas formas, quiero quitarte este gran miedo.

Las veces que hable y veáis que no habéis podido comprender y retener todo.

Preguntadme, sin miedo a parecer latosos o a desanimarme.

Siempre tenemos algunas horas de intimidad.

Abridme en esos momentos vuestro corazón.

Yo doy mucho a muchos, ¡Qué no os daría a vosotros, a quienes amo con un amor que Dios no podría superar?

Has hablado de la ola que va sin dejar rastro en la orilla.

Llegará un día en que te darás cuenta de que cada una de las olas ha depositado en ti una semilla…

Y que cada una de las semillas ha producido una planta. 

Y verás ante ti flores y árboles para todos los casos, te asombrarás de ti mismo, de lo que el Señor ha hecho contigo…

Porque entonces estarás redimido de la esclavitud del pecado y tus virtudes actuales habrán adquirido muy alta perfección.  

Pedro concede:

–     Si Tú lo dices, Señor, descanso en estas palabras tuyas.

–     Ahora vamos con los que nos están esperando.

Venid. Recibe la paz; mujer. Esta noche seré tu huésped.

Salen.

Jesús va hacia el lago para evitar la compresión de la muchedumbre.

Pedro, diligentemente separa la barca de la orilla unos pocos metros, de modo que la Voz de Jesús sea oída por todos…

Y que haya un espacio entre el auditorio y Él. 

Jesús empieza a hablar:

–      De Cafarnaúm a aquí he venido pensando qué podría deciros.

La indicación la he encontrado en los hechos sucedidos esta mañana.

Habéis visto a tres hombres que se han acercado a Mí.

Uno, espontáneamente; otro porque lo he llamado, el tercero por un entusiasmo repentino.

Habéis podido ver también cómo de estos tres he tomado sólo a dos. ¿Por qué?

¿Será porque he visto en el tercero a un traidor? No, ciertamente no.

Lo que he visto en él ha sido una persona no preparada.

A simple vista parecía menos preparado éste hombre que ahora está a mi lado, este hombre que iba a enterrar a su padre.

Sin embargo, el menos preparado era el tercero.

Éste estaba tan preparado – aún sin saberlo – que ha sabido realizar un sacrificio verdaderamente heroico.

Seguir a Dios con heroísmo es siempre prueba de una fuerte preparación espiritual.

Esto explica ciertos hechos sorprendentes que se producen en torno a Mí.

Los que están más preparados para recibir al Cristo – cualesquiera que sean su casta o su cultura – vienen a Mí con prontitud y fe absolutas.

Los menos preparados me observan como a un hombre que se sale de lo habitual.

Me estudian con desconfianza y curiosidad… 

O incluso me atacan y desacreditan acusándome de varias formas.

Las distintas formas de actuar son proporcionales a la falta de preparación de los espíritus.

En el pueblo elegido deberían encontrarse por todas partes, espíritus preparados para recibir a este Mesías en cuya espera,

se consumieron de ansiedad los Patriarcas y los Profetas.

A este Mesías que por fin ha venido, precedido y acompañado por todos los signos profetizados. 

A este Mesías cuya figura espiritual se delinea cada vez más clara a través de los milagros visibles, en los cuerpos y en los elementos.

Y de los milagros invisibles en las conciencias que se convierten.

O en los gentiles que se vuelven al Dios verdadero.

Y sin embargo, no es así.

Precisamente en los hijos de este pueblo la prontitud para seguir al Mesías se ve fuertemente obstaculizada…

Y además aunque duela decirlo, a medida que se sube a las clases más altas, más obstaculizada está.

No lo digo para escandalizaros, sino para induciros a orar y a reflexionar.

¿Por qué sucede esto?

¿Por qué gentiles y pecadores avanzan más por mi Camino?

¿Por qué acogen lo que Yo digo? ¿Y los otros no?

Porque los hijos de Israel están anclados.

Es más, incrustados como madreperlas al banco en que nacieran.

Porque están saturados, henchidos de su sabiduría, que los ha engordado…

Y no saben abrir camino a la mía desprendiéndose de lo superfluo, para hacer espacio a lo necesario.

Los otros no padecen esta esclavitud:

Son pobres paganos o pobres pecadores, desancorados como naves a la deriva…

Son pobres, que no tienen tesoros propios, sino que sólo poseen fardos de errores…

Y pecados de los que se desprenden con gozo, en cuanto logran comprender la Buena Nueva.

Prueban su dulzura corroborante, muy distinta del desagradable revoltijo de sus pecados.

Escuchad…

Y quizás entenderéis mejor cómo de una misma acción pueden surgir diversos frutos.

Salió un sembrador a sembrar.

Sus tierras eran muchas y de distintos tipos. 

Algunas de ellas las había heredado de su padre.

En éstas, su falta de atención había permitido la proliferación de plantas espinosas.

Otras eran adquiridas.

Las había comprado a una persona descuidada y las había dejado como estaban.

Otras estaban atravesadas por caminos…

Porque el hombre era un comodón y no quería hacer mucho recorrido para ir de un lugar a otro.

En fin…

Había algunas las más cercanas a la casa que había cuidado, para que el aspecto de delante de su casa fuera agradable.

Éstas tierras estaban bien limpias de cantos, de espinos, de malas hierbas, etc.

Pues bien, el hombre cogió su saquito de trigo de simiente, el de mejor calidad.

Y empezó a sembrar.

La simiente cayó en el terreno bueno, esponjoso, arado, limpio, abonado, de las tierras cercanas a la casa.

Cayó en las tierras cortadas por esos caminos más o menos anchos, que las fragmentaban hasta la saciedad y que además…

Eran fuente de despreciable polvo árido para la tierra fértil.

Otras semillas cayeron en las tierras en que la ineptitud del hombre había dejado proliferar los espinos…

El arado ahora, los había arrastrado a su paso y parecía que ya no hubiera…  

Pero seguían estando, porque sólo el fuego, la radical destrucción de las malas plantas, les impide volver a nacer.

La última semilla cayó en los campos comprados poco antes, en esos campos que el sembrador había dejado como estaban, cuando los adquirió…

Sin roturarlos profundamente, sin levantar todas las piedras que estaban hundidas en la tierra…

Y que formaban un pavimento duro, en que no podían prender las tiernas raíces.  

Una vez esparcida por los campos toda la simiente, volvió a su casa y dijo:

“¡Bien!, ¡bien!, ahora no hay sino que esperar a la cosecha”.

Y se regocijaba al ver con el paso de los meses, primero germinar bien espeso el trigo en las tierras que estaban delante de su casa.

Luego crecer – ¡Oh, qué suave alfombra! – y producir espiga – ¡Qué mar! – y dorarse y cantar su hosanna al sol, entrechocándose las espigas.

El hombre decía:

“Como estas tierras serán todas las demás. Preparemos la hoz y los graneros.

¡Cuánto pan! ¡Cuánto oro!”, y exultaba de gozo.

Segó el trigo de las parcelas más cercanas y luego pasó a las tierras que había heredado de su padre y que había dejado abandonadas.

Al verlas se quedó de piedra.

Mucho trigo había nacido, porque eran buenas parcelas…

Y la tierra, bonificada por su padre, era rica y fértil. 

Pero esta misma fertilidad había actuado en las plantas espinosas, arrastradas por el arado pero aún vivas…

Que habían renacido creando un verdadero techo de híspidos ramajes de espinos,

a cuyo través sólo algunas escasas espigas de trigo habían podido emerger…

Con lo cual casi todo había quedado ahogado.

El hombre dijo:

“Con estas parcelas he sido negligente, pero en otras no había espinos; irá mejor la cosa”.

Y pasó a las tierras que había comprado recientemente.

Su estupor pasó a ser dolor:

Delgadas hojas de trigo ya resecas, yacían como heno seco, diseminadas por todas partes.

Heno seco. “¿Cómo es posible? ¿Cómo es posible!”, se lamentaba el hombre.

“¡Pues si aquí no hay espinos y el trigo era el mismo!

Y había nacido bien compacto y hermoso. 

Se ve por las hojas, bien formadas y numerosas. ¿Por qué, entonces, todo ha muerto sin formar espiga?”.

Y con dolor, se puso a excavar en el suelo para ver si encontraba nidos de topos u otros flagelos.

No había ni insectos ni roedores. 

¡Ah, pero cuántas piedras, cuántas piedras!

Estas parcelas estaban, literalmente hablando, pavimentadas con lascas de piedra…

Era engañosa la poca tierra que las cubría.

¡Ah, si hubiera hincado profundamente el arado a su debido tiempo!

¡Ah, si hubiera excavado antes de aceptar esas tierras y comprarlas como buenas!

¡Ah, si, al menos, una vez cometido el error de adquirir lo que se le ofrecía sin asegurarse de su calidad, lo hubiera bonificado a fuerza de brazos!

Pero ya era demasiado tarde. Inútil plañirse.

El hombre se enderezó, desanimado.

Y fue a ver los campos cortados por los caminos que él mismo, buscando la comodidad, había trazado…

Y se rasgó las vestiduras del dolor.

Aquí no había nada, absolutamente nada.

La tierra oscura del campo estaba cubierta por un leve estrato de polvo blanco.

El hombre se desplomó gimiendo: “Pero aquí, ¿Por qué?

Aquí no hay ni espinos ni piedras, porque estos campos son nuestros.

Mi abuelo, mi padre, yo, los hemos tenido siempre y durante muchos lustros los hemos hecho producir y han sido fértiles.

Yo he abierto los caminos. 

Habré quitado espacio a las parcelas, pero ello no puede haberlas hecho tan improductivas…”.

Estaba llorando cuando llegó un nutrido conjunto de pájaros, que con frenesí se lanzaban de los senderos a la tierra de labor y de ésta a los senderos…  

Para buscar, buscar, buscar semillas, semillas, semillas…

Y le dieron la respuesta a su dolor:

Esta tierra se había convertido en una red de caminos, a cuyos bordes habían ido a parar granos de trigo.

Atrayendo así a muchos pájaros.

Los cuales primero se habían comido los granos que habían caído en el camino y luego lo que había caído dentro,

hasta el último grano.

De esta forma la simiente, igual para todas las parcelas, había producido en unas cien, en otras sesenta o treinta.

O nada.

El que tenga oídos para oír que oiga.

La semilla es la Palabra, que es igual para todos.

Los lugares donde cae la simiente, son vuestros corazones.

Que cada cual lo aplique y lo comprenda.

La paz sea con vosotros.

Luego, volviéndose a Pedro,

dice:

–     Remonta el río hasta donde te sea posible y amarra al otro lado.

Y mientras las dos barcas recorren un corto trecho por el río, para luego detenerse junto a la orilla,

Jesús se sienta y le pregunta al nuevo discípulo:

–     ¿Quién queda ahora en tu casa?

El hombre que no fue a enterrar s su padre,

contesta:

–     Mi madre con mi hermano mayor, que está casado desde hace cinco años.

Mis hermanas están en distintos puntos de esta región. Mi padre era muy bueno.

Mi madre lo llora desconsoladamente.

El joven calla bruscamente al sentir que un sollozo le sube del corazón.

Jesús lo agarra de una mano,

y dice:

–     Yo también he experimentado este dolor y he visto llorar a mi Madre.

Por tanto, te comprendo…

El fondo restriega contra el guijarral.

Ello hace que la conversación se interrumpa, para permitir bajar de la barca.

Ya no se ven las bajas colinas de Betsaida que casi se introducen en el lago.

Aquí hay una llanura rica en gramíneas que se extiende desde esta orilla, opuesta a Betsaida, hacia el Norte.  

Pedro pregunta:

–     ¿Vamos a Merón? 

–     No.

Tomaremos este sendero que va por entre las tierras.  

Los campos, hermosos y bien cuidados, muestran las espigas aún tiernas pero ya formadas.

Todas a la misma altura y cimbreándose levemente por el viento fresco que viene del norte,

parecen otro lago, pequeño, en que las velas son los árboles que esporádicamente se yerguen, llenos de trinos de pájaros.  

Santiago de Alfeo observa:

–     Estos campos no son como los de la parábola.  

Judas de Keriot contesta:

–     ¡No, sin duda!

No han sido devastados por los pájaros, ni hay espinos ni piedras. ¡Hermoso trigo!

Dentro de un mes ya estará dorado…

Y dentro de dos estará maduro para la hoz y el granero.  

Pedro dice:

–     Maestro…

Te recuerdo lo que has dicho en mi casa.

Has hablado muy bien, pero yo empiezo ya a tener en la cabeza nubes desmadejadas como ésas del cielo…

Jesús responde: 

–     Esta noche te lo explicaré.

Ahora tenemos ante nuestros ojos a Corozaín.

Y Jesús mira fijamente al neodiscípulo.

diciendo:

–    «A quien tiene se le da.

El hecho de recibir no quita el mérito a la ofrenda. Llévame a vuestro sepulcro y a casa de tu madre. 

El joven se arrodilla y besa entre lágrimas la mano de Jesús.

–     Levántate.

Vamos. Mi espíritu ha oído tu llanto. Quiero fortalecerte en el heroísmo con mi Amor.

–     Isaac el Adulto me había hablado de tu gran bondad.

¿Sabes qué Isaac, no? Aquel al que le curaste la hija. Ha sido el apóstol para mí.

Pero veo que tu bondad es aún mayor de cuanto me habían referido.

–     Iremos a saludar también al Adulto para darle las gracias por haberme dado un discípulo.

Llegan a Corozaín.

La primera casa es precisamente la de Isaac.

El anciano está volviendo a casa, cuando ve al grupo de Jesús con los suyos.

Y entre ellos al joven de Corozaín, levanta los brazos con su bastoncito en la mano.

Se queda sin respiración, a boca abierta.

Jesús sonríe y su sonrisa devuelve la voz al anciano.

–     ¡Dios te bendiga, Maestro!

¿A qué se debe este honor?

–     Para decirte “gracias”.

–     ¿Por qué motivo, Dios mío?

Soy yo quien debe decirte esta palabra. Pasa, pasa. ¿Qué pena que mi hija esté lejos asistiendo a su suegra!

Porque se ha casado, ¿Sabes? Toda suerte de bendiciones tras el encuentro mío contigo.

Ella, curada. Inmediatamente después, ese rico pariente que regresaba de lejos, viudo, con unos pequeñuelos necesitados de una madre…

¡Bueno, pero si ya te he contado estas cosas! ¡Mi cabeza es anciana también! Perdona.

–     Tu cabeza es sabia.

Se olvida además de gloriarse del bien que hace por su Maestro. Olvidarse del bien realizado es sabiduría; demuestra humildad y confianza en Dios.

–     Bueno… yo… no sabría…

–     ¿Acaso no tengo este discípulo por ti?

–     Bueno, no he hecho nada; sólo, decir la verdad…

Me alegro de que Elías esté contigo. 

Y se vuelve hacia Elías y dice:

–     Tu madre, pasado el primer momento de estupor…

Vio enjugado su llanto al saber que eras del Maestro. Tu padre tuvo un digno duelo. Se le ha enterrado hace poco.

–     ¿Y mi hermano?

–     Guarda silencio…

Ya sabes… Le ha sido un poco duro el no verte… Por el pueblo… Piensa todavía así…

El joven se vuelve hacia Jesús:

–     Es lo que dijiste.

Pero no quiero que esté muerto… Haz que venga a la vida como yo. Y a tu servicio.

Los otros no entienden y miran con ademán de pregunta a Jesús,

quien sólo responde:

–     No pierdas la esperanza y persevera.

Luego bendice a Isaac y se marcha, a pesar de todas las presiones en contra.

Se detienen primero a orar junto a la tumba cerrada.

Luego, atravesando un majuelo aún semideshojado, se dirigen a la casa de Elías.

El encuentro entre los dos hermanos es más bien circunspecto: el mayor se siente ofendido y lo quiere poner de manifiesto.

El menor se siente humanamente culpable y no reacciona.

Pero cuando aparece la madre, la cual, sin mediar palabra, se postra y besa el extremo del vestido de Jesús.

El ambiente y los ánimos se calman; tanto, que quieren hacer los honores al Maestro.

Pero Jesús no acepta nada,

limitándose a decir:

–     Sean justos vuestros corazones recíprocamente.

Como justo era el hombre al que lloráis. No deis impronta humana a lo sobrehumano: la muerte y la elección para una misión.

El alma del justo no ha sufrido turbación al ver la ausencia del hijo en el entierro de su cadáver; es más, la seguridad sobre el futuro de su Elías le ha dado paz.

No turbe el pensamiento del mundo la gracia de la elección.

Si el mundo se ha podido quedar sorprendido al no ver a éste junto al féretro paterno, los ángeles han exultado al verlo al lado del Mesías.

Sed justos. Y a ti, madre, que esto te consuele; has educado sabiamente y tu hijo ha sido llamado por la Sabiduría.

Os bendigo a todos. La paz os acompañe ahora y siempre.

Vuelven al camino que los ha de llevar al río y después a Betsaida.

El hombre, Elías, no ha perdido ni un instante en el umbral de la casa paterna.

Tras el beso de despedida a su madre ha seguido al Maestro con la sencillez con que un niño sigue a su verdadero padre. 

149 DIOS LLAMA Y PASA…


149 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

 Jesús viene con sus once apóstoles – falta Juan – dirigiéndose hacia la orilla del lago.

Mucha gente se aglomera en torno a Él:

Muchas de estas personas, en su mayor parte hombres, son las mismas que estaban en el Monte y que ahora se han llegado de nuevo a Él, a Cafarnaúm, para seguir escuchando su palabra.

Intentan retenerlo, pero Jesús dice:

–     Yo soy de todos.

Debo ir a otros muchos. Volveré. Ya os reuniréis de nuevo conmigo. Ahora dejadme que me vaya.

Con mucha dificultad logra andar entre la muchedumbre que se comprime por la estrecha callecilla.

Los apóstoles empujan para abrirle paso, pero es como incidir contra una sustancia blanduzca, que enseguida recupera la forma que tenía.

Incluso se irritan, pero inútilmente.

Ya se ve la orilla, cuando, tras un feroz esfuerzo, un hombre de mediana edad y de aspecto distinguido se acerca al Maestro.

Y para atraer su atención, le toca en el hombro.

Jesús se para, se vuelve y pregunta:

–     ¿Qué quieres?

–     Soy escriba.

Lo que hay en tus palabras supera toda comparación con lo que hay en nuestros preceptos. A mí me ha conquistado. Maestro, ya no te dejo.

Te seguiré a dondequiera que vayas. ¿Cuál es tu camino?

–     El del Cielo.

–     No me refiero a ése.

Lo que te pregunto es a dónde vas: después de ésta, ¿Cuáles son tus casas, para poderte encontrar siempre?

–     Las zorras tienen madrigueras y las aves nidos.

Pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar su cabeza.

Mi casa es el mundo, está dondequiera que haya espíritus a los que enseñar, miserias que aliviar, pecadores que redimir.

–     Entonces, por todas partes.

–     Tú lo has dicho.

¿Serías capaz de hacer, tú, doctor de Israel, lo que éstos, los últimos, hacen por amor mío? Aquí se requiere sacrificio y obediencia.

Y caridad para con todos, espíritu de adaptación a todo y con todos. Porque la condescendencia atrae.

Porque quien quiere curar debe curvarse hacia todas las llagas.

Luego vendrá la pureza del Cielo; aquí estamos en el fango.

Y hay que arrancarle al barro en que pisamos las víctimas que ya ha succionado.

No subirse las vestiduras y apartarse porque ahí el barro cubre más. La pureza debe estar en nosotros.

Tenemos que estar henchidos de ella de forma que nada más pueda entrar.

¿Puedes hacer todo esto?  

El hombre lo mira sorprendido…

–     Prueba.

Rogaré porque seas capaz de ello.

Jesús reanuda su camino.

Luego, captada su atención por dos ojos que lo están mirando…

Dice a un joven alto y fuerte que se ha detenido para dejar pasar a la multitud, pero que parece llevar otra dirección:

–     Sígueme.

El joven siente un sobresalto, cambia de color, parpadea como si hubiera sido deslumbrado por un resplandor,

abre la boca para hablar, pero no encuentra en ese momento qué responder.

Al final dice:

–     Te seguiré.

Pero, se me ha muerto mi padre en Corozaín; tengo que enterrarlo.

Volveré después del entierro.

–     Sígueme.

Deja que los muertos entierren a sus muertos.

La Vida ya te ha succionado; por otra parte, tú lo has deseado.

No llores por el vacío que en torno a ti te ha creado la Vida, para tenerte como discípulo suyo.

Las mutilaciones del afecto, son raíces de las alas que nacen en el hombre, que se ha hecho siervo de la Verdad.

Deja la corrupción a su suerte.

Elévate hacia el Reino de lo incorrupto.

Allí encontrarás también la perla incorruptible de tu padre.

Dios llama y pasa.

Mañana ya no encontrarías ni tu corazón de hoy ni la Llamada de Dios.

Ven. Ve a anunciar el Reino de Dios.

El hombre, que está apoyado en una pared baja, con los brazos colgando, de los cuales penden las bolsas que contienen los aromas y las vendas…

Tiene la cabeza agachada y medita, en pugna entre los dos amores: el de Dios y el de su padre.

Jesús lo mira y aguarda.

Luego coge a un pequeñuelo y lo aprieta contra su corazón,

diciendo:

–     Repite conmigo:

“Te bendigo, Padre, e invoco tu luz para los que lloran envueltos por las ofuscaciones de la vida.

Te bendigo, Padre, e invoco tu fuerza para quien es semejante a un niño que necesita de alguien que lo sostenga.

Te bendigo, Padre, e invoco tu amor para que canceles el recuerdo de todo lo que no seas Tú…

De la memoria de todos aquellos que en Tí encontrarían – y no saben creerlo – todo bien propio, aquí y en el Cielo”.

Y el niño – un inocente de unos cuatro años – repite con su vocecita las palabras santas.

Mientras Jesús le mantiene con su derecha las manitas unidas en oración, cogidas por las muñecas regordetas, como si fueran éstas, dos tallitos de flor.

El hombre se decide.

Da a un compañero sus envoltorios y se acerca a Jesús, que pone en el suelo al niño tras haberlo bendecido.

Y echa su brazo sobre los hombros del joven y sigue caminando así, para confortarlo y sostenerlo en su esfuerzo.

Otro hombre le interpela:

–     También yo quisiera ir contigo como ese joven.

Pero antes de seguirte querría despedirme de mis familiares. ¿Me lo permites?

Jesús lo mira fijamente y responde:

–     Demasiado arraigado en lo humano.

Arranca las raíces. Y si no eres capaz de ello, córtalas.

Al servicio de Dios se viene con espiritual libertad.

Nada debe atar a quien se entrega.

–     Pero Señor…

¡La carne y la sangre son siempre carne y sangre!

Alcanzaré lentamente la libertad de que hablas…

–     No.

Jamás lo lograrías.

Dios, de la misma forma que es infinitamente generoso cuando premia, es también exigente.

Si quieres ser discípulo debes abrazar la cruz y venir.

Si no, te quedarás en el número de los simples fieles.

En la Tierra el Amor de Jesús DOSIFICA nuestro calvario, Y ÉL ES EL CIRENEO que nos ayuda a recorrer el Camino…

El camino de los siervos de Dios no es de pétalos de rosa; es de exigencia absoluta.

Nadie, habiendo puesto la mano sobre el arado para arar los campos de los corazones y esparcir en ellos la semilla de la doctrina de Dios…

Puede volverse para observar lo que ha dejado… Y lo que ha perdido.   

O lo que tendría si siguiera un camino común.

Quien así actúa no es apto para el Reino de Dios.

Trabájate a ti mismo, hazte viril y luego ven. Ahora no.

Llegan a la orilla.

Jesús sube a la barca de Pedro y le susurra unas palabras…

Jesús sonríe y Pedro hace un gesto de admiración, pero no dice nada.

Sube también el hombre que ha dejado de ir a enterrar a su padre por seguir a Jesús.

127 FORJANDO SACERDOTES


127 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Las barcas de Pedro y Juan surcan las aguas serenas del lago. Van seguidas por  todas las embarcaciones de las orillas de Tiberíades.

Son muchísimas las barcas que van y vienen, tratando de alcanzar o pasar a la barca de Jesús para volverse a poner luego detrás.

Ruegos, súplicas, clamor, peticiones… se entrecruzan sobre las azules olas.

Jesús, que lleva en su barca a María y a su tía, la madre de Santiago y Tadeo, mientras que en la otra barca están María Salomé con su hijo Juan y Susana, promete, responde, bendice… incansablemente.

«Volveré, sí, os lo prometo.

Sed buenos. Recordad mis palabras para unirlas a las que en otro momento os diré. La separación será breve. No seáis egoístas, he venido también para los otros. ¡Calma, calma, que os vais a hacer daño!

Sí, oraré por vosotros, siempre me tendréis a vuestro lado. El Señor sea con vosotros. Sí, me acordaré de tus lágrimas; serás consolado. Ten esperanza, ten fe».

Así, avanzando, bendiciendo, prometiendo, la barca llega a la orilla a un poblado minúsculo: con un puñado de casas, pobres, casi abandonadas.

Jesús y los suyos ponen pie en tierra. Las barcas regresan guiadas por los peones y por Zebedeo.

Las otras hacen lo mismo, aunque muchos de los que venían bajan y quieren a toda costa seguir a Jesús; entre éstos está Isaac con los dos que le han sido confiados: José de Emáus y el arquisinagogo Timoneo.

Hay mucha gente de todas las edades.

Jesús llega al camino principal, se detiene.

Y dice:

–     Separémonos ahora.

Madre, tú con María y Salomé marchad a Nazaret. Susana puede volver a Caná. Regresaré pronto.

Ya sabéis lo que hay que hacer. ¡Que Dios sea con vosotras!

Y de su Madre se despide de forma especial, con una sonrisa plena; luego vuelve a sonreír cuando María, dando ejemplo a las otras, se arrodilla para que Jesús la bendiga.

Las mujeres que van con Alfeo de Sara y con Simón se ponen en camino hacia sus ciudades.

Jesús se vuelve hacia los restantes:

–  Os dejo. No es que os despida.

Os dejo sólo un tiempo. Me retiro con éstos a aquellos desfiladeros que veis allá. Quien me quiera esperar que se quede en esta llanura; el que no, que vuelva a su casa.

Me retiro a orar porque es la vigilia de grandes cosas. Quien ama la causa del Padre que ore unido en espíritu a mí. La paz sea con vosotros, hijos.

Isaac, ya sabes lo que debes hacer. Te bendigo, pequeño pastor.

Jesús sonríe al enjuto Isaac, ahora pastor de hombres reagrupados en torno a él.

Jesús se echa a andar dando las espaldas al lago, dirigiéndose con decisión hacia uno de los desfiladeros que hay entre las colinas que van en líneas, casi paralelas, desde el lago hacia el Oeste.

Entre las dos colinas rocosas, escabrosas, abiertas a pico como un fiordo, desciende, con no poco ruido, un torrentillo espumoso;

hacia arriba, el monte agreste, con míseras plantas que crecen en todas las direcciones  como pueden, entre piedra y piedra.

Un sendero de cabras que acomete la colina más abrupta; es precisamente el que toma Jesús.

Los discípulos le siguen fatigosamente, en fila india, en el más absoluto de los silencios.

Sólo cuando Jesús se detiene para que recuperen el aliento, en un lugar un poco más ancho, de este sendero que asemeja a un arañazo en la riscosa ladera intransitable.

Se miran entre sí, aunque sin hablarse.

Sus miradas dicen: « ¿Y a dónde nos lleva?».

Pero no hablan, sólo se miran y cada vez con más desconsuelo, a medida que ven que Jesús reemprende una y otra vez la marcha por la agreste garganta, llena de cuevas.

De resquebrajaduras en las peñas, de rocas por las que es difícil andar, porque además hay espinos y muchas matas en que se enzarzan los pies…

Y que aferran los vestidos por todas partes, arañan y dan en la cara.

Incluso los más jóvenes, con pesados fardos a las espaldas, han perdido el buen humor.

Finalmente Jesús se para y dice:

–      Aquí nos vamos a quedar una semana en Oración…

Para prepararos a algo muy importante.

Por eso he deseado un lugar como éste, aislado, desierto, lejos de todo tránsito de caravanas y de todo lugar habitado.

Aquí hay cuevas ya utilizadas otras veces por otros hombres; nos servirán también a nosotros.

Aquí hay agua fresca y abundante, aunque el terreno sea seco.

Tenemos pan y comida suficiente para el tiempo que vamos a estar.

Los que el año pasado estuvieron conmigo en el desierto saben cómo viví Yo; esto es un palacio respecto a aquel lugar.

Y además la estación, ya agradable, nos ahorrará las inclemencias del hielo y del sol.

Tened buen ánimo, pues.

Quizás no volvamos a estar así, todos juntos y solos.

Este tiempo que vamos a pasar aquí debe uniros, haciendo de vosotros no ya doce hombres sino una sola institución.

–     ¿No decís nada? ¿No me preguntáis nada?

Colocad en esa peña los pesos que lleváis y despeñad ese otro peso que tenéis en el corazón: vuestra humanidad.

Os he traído aquí para hablaros al espíritu, para nutriros el espíritu, para haceros espíritu.

No diré muchas palabras; ¡Muchas os he dicho ya en aproximadamente un año que llevo con vosotros! Ahora ya basta.

Si tuviera que cambiaros con la palabra debería teneros diez, cien años y aun así seríais siempre imperfectos.

Ha llegado el momento de que haga uso de vosotros, pero para ello os debo formar.

Recurro a la medicina de la Oración, que es el arma por antonomasia.

Siempre he orado por vosotros, ahora quiero que seáis vosotros mismos quienes oréis.

Todavía no os enseño mi oración, pero sí os doy a conocer ya el modo de orar y lo que es la oración:

Coloquio de hijos con su Padre, de espíritus a Espíritu, abierto, cálido, confidencial, recogido, franco.

La Oración lo es todo: confesión, conocimiento de nosotros mismos, llanto por nosotros mismos, promesa a nosotros mismos y a Dios, petición a Dios; todo hecho a los pies del Padre.

No puede hacerse en medio del bullicio, entre distracciones, a menos que se sea un coloso en la oración.

Y aun así, incluso los colosos se resienten de este choque y ruido del mundo en sus horas de oración.

EN NUESTRAS RODILLAS ESTÁ EL PODER. 16. Confesaos, pues, mutuamente vuestros pecados y orad los unos por los otros, para que seáis curados. La oración ferviente del justo tiene mucho poder.

Vosotros no sois colosos, sois pigmeos; sois sólo párvulos en el espíritu, parvos del espíritu.

Aquí alcanzaréis la edad de la razón espiritual. Lo demás vendrá después.

Por la mañana temprano, a la meridiana y al atardecer, nos reuniremos para orar juntos, con las antiguas palabras de Israel. 

Y para partir el pan.

Luego cada uno volverá a su cueva y estará en presencia de Dios y de su alma.

En presencia de cuanto os he dicho acerca de vuestra misión y en presencia de vuestras capacidades.

Medíos, escuchad, decidid. Esta será la última vez que os lo diga.

Luego tendréis que ser perfectos, hasta donde podéis, sin cansancio ni humanidad.

Luego ya no seréis Simón de Jonás o Judas de Simón, ni Andrés o Juan, Mateo o Tomás, sino que seréis mis ministros.

Marchad. Cada uno solo.

Yo estaré en aquella cueva, siempre presente.

No vengáis sin serio motivo.

Tenéis que aprender a valeros por vosotros mismos y a estar solos.

Porque, en verdad os digo que hace un año estábamos para conocernos y dentro de dos estaremos para dejarnos.

¡Ay de vosotros y ay de Mí, si no hubierais aprendido a valeros por vosotros mismos!

Dios sea con vosotros.

Judas, Juan, llevad a mi cueva, a aquélla, las provisiones; deben durar, así que las distribuiré Yo.  

Alguien objeta:

–     ¡Serán pocas!… 

–     Lo suficiente para no morir.

El vientre demasiado sacio carga el espíritu. Yo deseo elevaros, que no haceros lastre.

11 EL VOTO DE MARÍA


11 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

María confía su voto al Sumo Sacerdote.

3 de septiembre de 1944.

Dice María Valtorta:

¡Qué noche de infierno! Verdaderamente parecía como si los demonios hubieran salido a la Tierra a pasear. Cañonazos, truenos, relámpagos, peligro, miedo, sufrimiento por estar en una cama que no es mía…

(estaban en la Segunda Guerra Mundial y la guerra se desarrollaba cerca de su pueblo)

Y, en medio, como una flor toda blanca y suave entre fogonazos y angustias, la presencia de María, un poco más adulta que en la visión de ayer, pero todavía jovencita, con sus trenzas rubias sobre los hombros,

su vestido blanco y su mansa, recogida sonrisa, una sonrisa interior, vuelta al misterio glorioso que lleva dentro de su corazón.

Paso la noche comparando su aspecto dulce con la crueldad que hay en el mundo, y evocando sus palabras de ayer por la mañana, canto de caridad viva, en contraste con el odio que hace que los hombres se despedacen…

Pues bien, esta mañana, de nuevo en el silencio de mi habitación, presencio esta escena.

María sigue estando en el Templo,

Y ahora sale del Templo propiamente dicho entre otras vírgenes.

Debe haberse llevado a cabo alguna ceremonia, pues un olor a inciensos se esparce por la atmósfera toda roja de un hermoso ocaso, que yo diría que es de otoño avanzado,

porque un cielo ya dulcemente cansado, como lo está en un octubre sereno, se arquea sobre los jardines de Jerusalén,

en los que el amarillo ocre de las hojas que pronto caerán dispone manchas dorado-rojizas entre el verde-plata de los olivos.

La comitiva — mejor sería llamarla enjambre — cándida de las vírgenes cruza el patio posterior,  sube la escalinata, atraviesa un pórtico, entra en otro patio menos suntuoso, cuadrado,

que como aperturas no tiene sino la que sirve para acceder a él.

Debe ser el patio dedicado a acoger las pequeñas moradas de las vírgenes reservadas para el Templo, porque cada una de las jovencitas se dirige a su celda como una palomita a su nido.

Y asemejan verdaderamente a una bandada de palomas separándose tras haberlas tenido agrupadas.

Muchas — podría decir todas — hablan entre sí antes de dejarse, en voz baja, pero al mismo tiempo festiva.

María guarda silencio.

Sólo las saluda con afecto antes de separarse; luego se dirige a su habitacioncita, que está en una de las esquinas a la derecha.

Se llega hasta Ella una maestra anciana, aunque no tanto como Ana de Fanuel.

Y le dice:

–     María, el Sumo Sacerdote te espera.

María la mira con cierto asombro, pero no hace preguntas.

Se limita a responder:

–     Voy inmediatamente.

No sé si la espaciosa sala en que entra es de la casa del Sacerdote o forma parte de los aposentos de las mujeres que están dedicadas al Templo.

Sé que es vasta y luminosa, puesta con gusto, y que en ella, además del Sumo Sacerdote (que con las vestiduras que lleva aparece muy elegante), están Zacarías y Ana de Fanuel.

María se inclina profundamente en el umbral de la puerta y no entra hasta que el Sumo Sacerdote

no le dice:

–    Pasa, María. No temas.

Ella se yergue y alza la cara.

Y entra lentamente, no por desgana, sino por un algo de involuntaria solemnidad que la hace parecer más mujer.

Ana le sonríe para animarla.

Y Zacarías la saluda con un:

–    Paz a ti, prima.

El Pontífice la observa atentamente.

le dice a Zacarías:

–     Es patente en Ella la estirpe de David y Aarón.

–     Hija, conozco tu gracia y tu bondad.

Sé que cada día has ido creciendo en ciencia y gracia ante los ojos de Dios y de los hombres.

Sé que la voz de Dios susurra a tu corazón las más dulces palabras. Sé que eres la Flor del Templo de Dios y que un tercer querubín está ante el Testimonio desde que tú llegaste.

Y quisiera que tu perfume siguiera subiendo con los inciensos cada nuevo día. Pero, la Ley se expresa en modo distinto.

Tú ya no eres una niña, sino una mujer. Y en Israel todas las mujeres deben casarse para ofrecer a su hijo varón al Señor.

Tú seguirás el precepto de la Ley. No temas, no te ruborices. No me olvido de tu ofrecimiento.

De hecho ya te la tutela la Ley al ordenar que todo hombre reciba de su estirpe la mujer; pero, aunque no fuera así, yo lo haría, para no corromper tu magnífica sangre.

¿No conoces, María, a alguno de tu estirpe que pudiera ser tu marido?.

María levanta su cara, todo roja de pudor. Y con un primer titileo de llanto, que resplandece orlando los párpados y con voz temblorosa,

responde:

–     Ninguno. 

Zacarías dice:

–     No puede conocer a ninguno, puesto que entró aquí siendo niña.

Y la estirpe de David está demasiado castigada y demasiado dispersa, como para que las distintas ramas puedan reunirse y formar con sus frondas la copa de la palma regia.

–     Entonces le dejaremos a Dios que elija.

Las lágrimas, contenidas hasta ese momento, brotan y descienden hasta la trémula boca. María dirige una mirada suplicante a su maestra.

Ana la socorre diciendo:

–     María se ha prometido al Señor para gloria de Dios y para la salvación de Israel.

Era sólo una niña que apenas sabía pronunciar y ya se había ligado con un voto.

–     Se debe a esto entonces tu llanto.

No es por resistencia a la Ley.

–     Es por esto… no por otro motivo.

Yo te obedezco, Sacerdote de Dios.

–     Esto confirma cuanto de ti me ha sido referido siempre.

¿Desde hace cuántos años eres virgen consagrada?.

–     Yo creo que desde siempre.

Antes de venir a este Templo ya me había ofrecido al Señor.

–     Pero, ¿No eres tú la Niña que vino hace doce inviernos a pedirme entrar?.

–     Sí.

–     Y ¿Cómo, entonces, puedes decir que ya eras de Dios?

–     Si miro hacia atrás yo me veo ya consagrada…

No tengo memoria de la hora en que nací, ni de cómo empecé a amar a mi madre y a decirle a mi padre: “¡Oh, padre, yo soy tu hija!”…

Pero sí recuerdo, aunque no a partir de cuándo, haber dado mi corazón a Dios.

Quizás fue con el primer beso que supe dar, con la primera palabra que supe pronunciar, con el primer paso que supe dar…

Sí, eso es, creo que mi primer recuerdo de amor lo encuentro junto a mi primer paso seguro… Mi casa…

Mi casa tenía un jardín lleno de flores… un huerto de árboles frutales y campos cultivados…

Y había un manantial allí, en el fondo, al pie del monte, que manaba de una roca ahuecada en forma de gruta…

Estaba llena de hierbas largas y finas que pendían de todas partes asemejando cascaditas verdes.

Y parecía como si llorasen porque las livianas hojitas, que en su espesura parecían un bordado, tenían, todas, una gotita de agua que al caer sonaba como un cascabelito diminuto.

Y también cantaba el manantial. Y había aves en los olivos y en los manzanos de la pendiente que estaba hacia arriba del manantial.

Y palomas blancas venían a lavarse en la balsa límpida de la fuente… Ya no me acordaba de todo esto porque había puesto todo mi corazón en Dios

Y aparte de mi padre y de mi madre, a quienes amé en vida y después de muertos, todas las demás cosas de la tierra habían desaparecido de mi corazón…

Pero tú me haces pensar en ello, Sacerdote… Debo buscar el momento en que me di a Dios…

Y vuelven a la mente las cosas de los primeros años… Me gustaba esa gruta porque en ella oía una Voz, más dulce que el canto del agua y de los pájaros, que me decía: “Ven, dilecta mía”.

Me gustaban esas hierbas diamantinas con sus gotas sonoras porque en ellas veía el signo de mi Señor y me perdía diciéndome: “¿Ves qué grande es tu Dios, alma mía!

El mismo que ha hecho los cedros del Líbano para el aquilón ha hecho estas hojitas que ceden bajo el peso de un mosquito para alegría de tu ojo y para que protejan tu piececito”.

Me gustaba aquel silencio de cosas puras: el viento leve, el agua de plata, la pulcritud de las palomas…

Me gustaba esa paz que amparaba la gruta, descendiendo de los manzanos y de los olivos, ya enteramente en flor, ya repletos de frutos… Y, no sé… me parecía que la Voz me dijese a mí, justamente a mí:

“Ven, tú, aceituna especiosa; ven, tú, dulce pomo; ven, tú, fuente sigilada; ven, tú, paloma mía”…

Dulce era el amor de mi padre y de mi madre… dulce su voz cuando me llamaba…

¡Ah, pero ésta, ésta…! ¡Oh!, yo creo que así la oiría en el Paraíso Terrenal aquella que fue culpable.

Y no sé cómo pudo preferir un silbido a esta Voz de amor, cómo pudo apetecer otro conocimiento que no fuera Dios…

Aún con el sabor a leche materna en los labios, pero con el corazón ebrio de miel celestial,  yo dije entonces:

“Sí, voy. Tuya. Y mi carne no tendrá otro señor aparte de Ti, Señor, de la misma forma que mi espíritu no tiene otro amor”…

Y al decir esto me parecía estar repitiendo cosas ya dichas precedentemente y estar cumpliendo un rito que ya había sido cumplido.

Y no me resultaba extraño el Esposo elegido, puesto que yo ya conocía su ardor y mi vista se había formado bajo su luz y mi capacidad de amar había hallado cumplimiento entre sus brazos.

¿Cuándo?… No lo sé.

Yo diría que más allá de la vida, porque tengo la impresión de que siempre ha sido mío, y de que yo siempre he sido suya, y de que yo existo porque Él me ha querido para sí, para alegría de su Espíritu y del mío… ‘

Ahora obedezco, Sacerdote; pero, dime tú cómo debo actuar… No tengo ni padre ni madre. Sé tú mi guía.

–     Dios te dará el esposo y será santo, dado que en Dios te abandonas.

Lo que harás será manifestarle tu voto.

–     ¿Y aceptará?

–     Espero que sí.

Ora, hija, para que él pueda comprender tu corazón. Ahora puedes marcharte. Que Dios te acompañe siempre.

María se retira con Ana y Zacarías se queda con el Pontífice.

La visión cesa aquí.

116 SACRIFICIO CONYUGAL


116 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús camina con sus primos, hacia Caná, hasta llegar a la casa de Susana. 

Jesús está en esta casa descansando y comiendo, adoctrinando con sencillez a los parientes o amigos de Caná:  buenas personas que lo escuchan como siempre debería ser.

Jesús consuela además al marido de Susana, la cual parece estar enferma y él le habla de su dolor.

En esto, entra un hombre bien vestido y se postra a los pies de Jesús.

–     ¿Quién eres? ¿Qué quieres?

Mientras el hombre está todavía suspirando y llorando, el dueño de la casa le tira de un extremo de la túnica a Jesús y susurra:

–     Es un oficial del Tetrarca, no te fíes demasiado.

Jesús le pregunta al hombre postrado:

–     Habla. ¿Qué quieres de Mí?

–     Maestro, he sabido que habías vuelto.

Te esperaba como se espera a Dios. Ven en seguida a Cafarnaúm. Mi hijo varón yace enfermo; tanto, que sus horas están contadas.

He visto a tu discípulo Juan. Por él he sabido que estabas viniendo hacia aquí. Ven, ven enseguida, antes de que sea demasiado tarde.

–     ¿Cómo?

¿Tú, que eres siervo del perseguidor del santo de Israel, puedes creer en Mí?

¿Cómo podéis creer en el Mesías si no creéis en su Precursor?

–     Es verdad.

Vivimos en pecado de incredulidad y de crueldad. Pero, ¡Ten piedad de este padre! Conozco a Cusa.

He visto a Juana antes y después del milagro. He creído en Tí.

–     ¡Ya! Sois una generación tan incrédula y perversa que sin signos y prodigios no creéis.

Os falta la primera cualidad que se requiere para obtener milagros.

–     ¡Es verdad!

¡Todo eso es verdad! Pero ya ves que ahora creo en Tí y te ruego que vengas, que vengas enseguida a Cafarnaúm.

Tendrás preparada una barca en Tiberíades para que puedas ir más rápido. Ven antes de que mi niño muera.

Y el hombre llora desolado. 

Jesús declara:

–     Por ahora no iré a Cafarnaúm.

Vuelve tú. Tu hijo, desde este momento, está curado y vive.

El oficial del rey exclama:

–     ¡Que Dios te bendiga, mi Señor! Yo creo.

De todas formas, ven en otro momento a Cafarnaúm, a mi casa, que quiero que toda mi casa te festeje.

–    Iré. Adiós. La paz sea contigo.

El hombre sale rápido.

Inmediatamente después se oye el trote de un caballo.

El marido de Susana pregunta:

–     ¿Está curado de verdad ese muchacho? 

–     ¿Eres capaz de creer que Yo mienta?

–     No, Señor, pero Tú estás aquí y el muchacho allá.

–     Para mi espíritu no hay barreras ni distancias.

–     ¡Oh, mi Señor!.

Entonces, Tú que cambiaste el agua en vino en mi boda, transforma mi llanto en sonrisa: ¡Cúrame a Susana!

–    ¿Qué me das a cambio?

–     La suma que quieras.

–     No ensucio lo santo con la sangre del dios Riqueza.

Es a tu espíritu al que pregunto qué me dará.

–     Pues incluso a mí mismo si lo deseas.

–     ¿Y si te pidiera, sin palabras, un gran sacrificio?

–     Mi Señor, te estoy pidiendo la salud corporal de mi esposa y la santificación de todos nosotros.

Creo que nada puedo considerarlo excesivo si recibo esto.

–     Vivísimo es tu amor hacia tu mujer.

Si la devolviera a la vida, pero conquistándola Yo para siempre como discípula, ¿Qué dirías?

–     Que… que estás en tu derecho.

Y que… que imitaré a Abraham en la prontitud para el sacrificio.

–     Bien has dicho.

En el TERCER NIVEL DEL PURGATORIO, se sufre el Calvario de Jesús CON TODO EL RIGOR DE LA JUSTICIA DIVINA

Oíd esto todos:

La hora de mi Sacrificio se acerca; como agua corre veloz, sin detenerse, hacia la desembocadura.

Debo cumplir todo mi deber. La dureza humana me impide el acceso a mucho terreno de misión.

Mi Madre y María de Alfeo vendrán conmigo a otros lugares, a las gentes que aún no me aman o que no me amarán jamás.

Mi sabiduría sabe que las mujeres podrán ayudar al Maestro en este campo de misión impedido.

He venido a redimir también a la muje.

En el siglo futuro, en mi Hora, las mujeres símiles a sacerdotisas, servirán al Señor y a los siervos de Dios.

Yo he elegido a mis discípulos, pero para elegir a las mujeres, que no son libres, debo pedírselo a los padres y a los maridos. ¿Tú lo quieres?

–    Señor, amo a Susana.

Hasta ahora la he amado más como carne que como espíritu. Pero, influido por tu enseñanza, algo ha cambiado en mí;

ahora miro a mi mujer como alma además de como cuerpo. El alma es de Dios y Tú eres el Mesías Hijo de Dios.

No te puedo disputar tu derecho en lo que a Dios pertenece. Si Susana decide seguirte, no le opondré resistencia.

Me basta con que, te lo ruego, obres el milagro de sanarla a ella en su carne y a mí en mis apetitos…

–     Susana está curada.

Vendrá dentro de pocas horas a manifestarte su gozo. Deja que su alma siga su impulso, sin hablar de cuanto ahora he dicho.

Verás como su alma viene espontáneamente a Mí, como la llama tiende a subir hacia arriba. No por ello acabará su amor de esposa;  antes al contrario, subirá al grado más alto.

O sea, al de amar con la parte mejor: con el espíritu.

–     Susana te pertenece, Señor.

Debía morir y además lentamente, sufriendo fuertes espasmos. Una vez muerta, la habría perdido verdaderamente, aquí en la Tierra.

Siendo como Tú dices, la tendré todavía a mi lado para llevarme consigo por tus caminos.

Dios me la dio, Dios me la quita. ¡Bendito sea el Altísimo, en el dar y en el recibir!

Tiempo después, en Cafarnaúm…

Jesús está en la casa de Santiago y Juan con sus apóstoles, Pedro y Andrés, Simón Zelote, Judas y Mateo.

Santiago y Juan están felices: van y vienen, de su madre a Jesús y viceversa, como mariposas que no saben cuál flor elegir de dos igualmente apreciadas.

Y María Salomé, cada vez que van a ella, acaricia feliz, a estos hijos suyos, mientras Jesús sonríe contento.

Acaban de terminar la comida.

Santiago y Juan, a toda costa, quieren que Jesús coma unos racimos de uva blanca en conserva, preparada por su madre y que deben saber dulce como la miel.

¿Qué no le darían a Jesús?

Pero Salomé quiere ir más allá de las uvas y de las caricias, en dar y recibir.

Pasado un rato, en que ha estado pensativa mirando a Jesús y a Zebedeo, toma una decisión.

Se acerca al Maestro, que está sentado, aunque con los hombros apoyados contra la mesa. Y se arrodilla delante de Él.

Jesús pregunta:

–     ¿Qué quieres, mujer?

–     Maestro, has decidido que tu Madre y la de Santiago y Judas vayan contigo.

También va contigo Susana, y lo hará, sin duda, la gran Juana de Cusa.

Todas las mujeres que te veneran irán contigo, si una sola lo hace. Yo también quisiera contarme entre ellas.

Tómame contigo, Jesús; te serviré con amor.

–     Debes cuidar a Zebedeo. ¿Ya no lo quieres?

–     ¡Que si le quiero!…

Pero te quiero más a Tí. ¡Oh… No quiero decir que te quiera como hombre!

Tengo ya sesenta años, estoy casada desde hace casi cuarenta  y jamás he visto a hombre alguno aparte de mi marido. 

No voy a perder la cabeza ahora que soy una anciana.

No quiero decir tampoco que por ser vieja muera mi amor hacia mi Zebedeo. Pero Tú… Yo no sé hablar.

Soy una pobre mujer.

Hablo como sé. Quiero decir que a Zebedeo lo quiero con todo lo que yo era antes;

a Tí te quiero con todo lo que Tú me has sabido dar con tus palabras y las que me han referido Santiago y Juan.

Es algo completamente distinto, sin duda muy hermoso.

–     Nunca será tan hermoso como el amor de un excelente esposo.

« ¡Oh, no! ¡Mucho más!

No te lo tomes a mal, Zebedeo. Te sigo queriendo con toda mí misma. A Él, sin embargo, lo quiero con algo que aun siendo todavía María ya no es María, la pobre María, tu esposa, sino que es más…

¡Oh…, no sé decir!

Jesús sonríe a esta mujer que no quiere ofender a su marido, pero que al mismo tiempo no puede mantener escondido su grande, nuevo amor.

Zebedeo también sonríe, con gravedad. Y se acerca a su mujer,  la cual, todavía de rodillas, gira sobre sí misma alternativamente hacia su esposo y hacia Jesús. 

Jesús le dice:

–     ¿Te das cuenta, María, de que vas a tener que dejar tu casa?

¡Para ti es muy importante! Tus palomas… tus flores… y esta vid que da esa dulce uva de que tan orgullosa te sientes…

Y tus colmenas: las más renombradas del pueblo…

Y tendrás que dejar ese telar en que has tejido tanta tela, tanta lana para tus amados…

¿Y tus nietecitos, los hijos de tus hijas? ¿Qué vas a hacer sin ellos?

María Salomé, además de Juan y Santiago, tiene hijas… 

Y responde:

–     Pero, mi Señor,

¿Qué son las paredes de la casa, las palomas, las flores, la vid, las colmenas, el telar?… Son cosas buenas, se les tiene cariño, sí.

¡Pero… son tan pequeñas comparadas contigo, comparadas con el amor a Tí!… Los nietecitos… sí.

Sentiré no poderlos dormir en mi regazo ni oír su voz cuando me llaman. ¡Pero Tú eres mucho más; sí, sí, eres más que todo eso que me nombras!

Y aun en el caso de que por mi debilidad lo estimase tanto como servirte y seguirte.

O más, de todas formas prescindiría de ello, no sin llanto femenino, para seguirte con la sonrisa en el alma.

¡Acéptame, Maestro. Decídselo vosotros,

Juan, Santiago… y tú, esposo mío. ¡Sed buenos, ayudadme todos!

–     Bien, de acuerdo.

Vendrás también tú con las otras mujeres. He querido hacerte meditar bien sobre el pasado y el presente, sobre lo que dejas y lo que tomas.

Ven, Salomé; estás preparada ya para entrar en mi familia.

–     ¡Preparada! Pero si soy menos que un párvulo…

Tú me perdonarás los errores, me sujetarás de la mano. Tú… porque, siendo tosca como soy, voy a sentir vergüenza ante tu Madre y ante Juana.

Y ante todos, excepto ante Tí, porque Tú eres el Bueno y todo lo comprendes, de todo te compadeces, todo lo perdonas.