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150 LA PARÁBOLA DEL SEMBRADOR


150 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús mostrándome la desembocadura del Jordán en el lago de Tiberíades, en el lugar en que se extiende la ciudad de Betsaida en la orilla derecha del río me dice:

-Ahora la ciudad ya no parece en las orillas del lago, sino un poco más hacia el interior.

Esto desconcierta a los estudiosos.

La explicación se debe buscar en el espacio cedido por el lago, por esta parte, al terreno seco, debido a veinte siglos en que el río ha ido depositando tierra suelta.

Y también a aluviones y desprendimientos de tierra de las colinas de Betsaida.

En aquel tiempo la ciudad estaba justamente en la desembocadura del río en el lago.

Es más, las barcas más pequeñas, en las estaciones más ricas en aguas, remontaban un buen trecho del río, casi hasta la altura de Corazaín.

Las orillas del río servían siempre como embarcadero y lugar protegido para las barcas de Betsaida en los días de borrasca en el lago.

Esto no te lo digo por ti, que poco te importa, sino por los doctores difíciles.

Y ahora continúa…

Las barcas de los apóstoles, recorrido el breve trecho de lago que separa Cafarnaúm de Betsaida, echan amarras en esta ciudad.

Pero otras barcas las han seguido y muchos bajan de ellas para unirse enseguida a los de Betsaida que han venido a saludar al Maestro.

Jesús está entrando ahora en la casa de Pedro en la que… está de jefe su mujer.

La cual parece que ha preferido la soledad, antes que vivir entre las continuas quejas de su madre contra su marido.

Afuera reclaman al Maestro a voces, lo cual inquieta no poco a Pedro, que sube a la terraza y con tono autoritario se dirige a la gente…

Diciendo que se requiere respeto y educación.

Porque quisiera en efecto, poder gozar un poco de la presencia del Maestro en paz, ahora que lo tiene en su casa.

Y sin embargo, no tiene el tiempo ni la satisfacción de ofrecerle ni siquiera un poco de agua y miel, entre las muchas cosas que ha dicho a su mujer que traiga.

Y se muestra enfadado.

Jesús lo mira sonriente…

Y menea la cabeza diciendo:

–     ¡Parece como si no me vieras nunca y que estemos juntos de casualidad! 

Pedro está verdaderamente alterado y lo manifiesta abiertamente,

diciendo:

–     ¡Pues si es así!

Cuando estamos por el mundo, ¿Estamos, acaso, yo y Tú? ¡Ni soñarlo!

Entre Tú y yo está el mundo, con sus enfermos, sus afligidos, sus oyentes, sus curiosos, sus calumniadores, sus enemigos.

Y no estamos nunca yo y Tú.

Aquí, sin embargo, Tú estás conmigo, en mi casa, ¡Y deberían comprenderlo!

Jesús dice calmado:

–     No veo la diferencia, Simón.

Mi amor es igual, mi palabra es la misma; ¿No es lo mismo que te la diga en privado o que la diga para todos?

Pedro entonces confiesa su gran pesar:

–     Es que soy cerrado de mollera…

Y me distraigo con facilidad. Cuando hablas en una plaza, en un monte, en medio de una muchedumbre, no sé por qué, comprendo todo…

Pero luego no recuerdo nada. Se lo he dicho también a los compañeros y me han dado la razón.

La otra gente – me refiero al pueblo que te escucha – te comprende y luego se acuerda de lo que has dicho.

¡Cuántas veces hemos oído confesar a uno:

“No he vuelto a hacer esto porque Tú lo has dicho”, o: “He venido porque una vez te oí decir esta otra cosa y se me quedó grabado en el pensamiento”.

Sin embargo, nuestro caso… ¡Ay!, ¡Ay!, es como un curso de agua que pasa sin detenerse: la orilla ya no tiene esa agua que ha pasado.

Viene otra, sí, continuamente. Y mucha, pero sigue pasando, sigue pasando…

Yo pienso con gran temor, que si es como dices, llegará el momento en que Tú ya no podrás seguir haciendo de río y… y yo…

¿Qué le voy a poder dar a quien tenga sed, si no conservo ni una gota de lo mucho que me das?

También los otros apoyan las quejas de Pedro… 

Lamentándose de no encontrar nunca nada de lo que escuchan, cuando querrían encontrarlo para responder a los muchos que los preguntan.

Jesús sonríe y responde:

–     No creo que sea así.

La gente está muy contenta también de vosotros…

–     ¡Sí, claro, para lo que hacemos!… 

 Abrirte paso dando codazos.

Llevar a los enfermos, recoger las dádivas y decir: “¡Sí, sí, aquél es el Maestro!”.

¡Pues vaya una cosa, ¡¿No?!

–      No te rebajes demasiado, Simón.

–     No me estoy rebajando, es que me conozco.

–     Es la más difícil de las sabidurías.

De todas formas, quiero quitarte este gran miedo.

Las veces que hable y veáis que no habéis podido comprender y retener todo.

Preguntadme, sin miedo a parecer latosos o a desanimarme.

Siempre tenemos algunas horas de intimidad.

Abridme en esos momentos vuestro corazón.

Yo doy mucho a muchos, ¡Qué no os daría a vosotros, a quienes amo con un amor que Dios no podría superar?

Has hablado de la ola que va sin dejar rastro en la orilla.

Llegará un día en que te darás cuenta de que cada una de las olas ha depositado en ti una semilla…

Y que cada una de las semillas ha producido una planta. 

Y verás ante ti flores y árboles para todos los casos, te asombrarás de ti mismo, de lo que el Señor ha hecho contigo…

Porque entonces estarás redimido de la esclavitud del pecado y tus virtudes actuales habrán adquirido muy alta perfección.  

Pedro concede:

–     Si Tú lo dices, Señor, descanso en estas palabras tuyas.

–     Ahora vamos con los que nos están esperando.

Venid. Recibe la paz; mujer. Esta noche seré tu huésped.

Salen.

Jesús va hacia el lago para evitar la compresión de la muchedumbre.

Pedro, diligentemente separa la barca de la orilla unos pocos metros, de modo que la Voz de Jesús sea oída por todos…

Y que haya un espacio entre el auditorio y Él. 

Jesús empieza a hablar:

–      De Cafarnaúm a aquí he venido pensando qué podría deciros.

La indicación la he encontrado en los hechos sucedidos esta mañana.

Habéis visto a tres hombres que se han acercado a Mí.

Uno, espontáneamente; otro porque lo he llamado, el tercero por un entusiasmo repentino.

Habéis podido ver también cómo de estos tres he tomado sólo a dos. ¿Por qué?

¿Será porque he visto en el tercero a un traidor? No, ciertamente no.

Lo que he visto en él ha sido una persona no preparada.

A simple vista parecía menos preparado éste hombre que ahora está a mi lado, este hombre que iba a enterrar a su padre.

Sin embargo, el menos preparado era el tercero.

Éste estaba tan preparado – aún sin saberlo – que ha sabido realizar un sacrificio verdaderamente heroico.

Seguir a Dios con heroísmo es siempre prueba de una fuerte preparación espiritual.

Esto explica ciertos hechos sorprendentes que se producen en torno a Mí.

Los que están más preparados para recibir al Cristo – cualesquiera que sean su casta o su cultura – vienen a Mí con prontitud y fe absolutas.

Los menos preparados me observan como a un hombre que se sale de lo habitual.

Me estudian con desconfianza y curiosidad… 

O incluso me atacan y desacreditan acusándome de varias formas.

Las distintas formas de actuar son proporcionales a la falta de preparación de los espíritus.

En el pueblo elegido deberían encontrarse por todas partes, espíritus preparados para recibir a este Mesías en cuya espera,

se consumieron de ansiedad los Patriarcas y los Profetas.

A este Mesías que por fin ha venido, precedido y acompañado por todos los signos profetizados. 

A este Mesías cuya figura espiritual se delinea cada vez más clara a través de los milagros visibles, en los cuerpos y en los elementos.

Y de los milagros invisibles en las conciencias que se convierten.

O en los gentiles que se vuelven al Dios verdadero.

Y sin embargo, no es así.

Precisamente en los hijos de este pueblo la prontitud para seguir al Mesías se ve fuertemente obstaculizada…

Y además aunque duela decirlo, a medida que se sube a las clases más altas, más obstaculizada está.

No lo digo para escandalizaros, sino para induciros a orar y a reflexionar.

¿Por qué sucede esto?

¿Por qué gentiles y pecadores avanzan más por mi Camino?

¿Por qué acogen lo que Yo digo? ¿Y los otros no?

Porque los hijos de Israel están anclados.

Es más, incrustados como madreperlas al banco en que nacieran.

Porque están saturados, henchidos de su sabiduría, que los ha engordado…

Y no saben abrir camino a la mía desprendiéndose de lo superfluo, para hacer espacio a lo necesario.

Los otros no padecen esta esclavitud:

Son pobres paganos o pobres pecadores, desancorados como naves a la deriva…

Son pobres, que no tienen tesoros propios, sino que sólo poseen fardos de errores…

Y pecados de los que se desprenden con gozo, en cuanto logran comprender la Buena Nueva.

Prueban su dulzura corroborante, muy distinta del desagradable revoltijo de sus pecados.

Escuchad…

Y quizás entenderéis mejor cómo de una misma acción pueden surgir diversos frutos.

Salió un sembrador a sembrar.

Sus tierras eran muchas y de distintos tipos. 

Algunas de ellas las había heredado de su padre.

En éstas, su falta de atención había permitido la proliferación de plantas espinosas.

Otras eran adquiridas.

Las había comprado a una persona descuidada y las había dejado como estaban.

Otras estaban atravesadas por caminos…

Porque el hombre era un comodón y no quería hacer mucho recorrido para ir de un lugar a otro.

En fin…

Había algunas las más cercanas a la casa que había cuidado, para que el aspecto de delante de su casa fuera agradable.

Éstas tierras estaban bien limpias de cantos, de espinos, de malas hierbas, etc.

Pues bien, el hombre cogió su saquito de trigo de simiente, el de mejor calidad.

Y empezó a sembrar.

La simiente cayó en el terreno bueno, esponjoso, arado, limpio, abonado, de las tierras cercanas a la casa.

Cayó en las tierras cortadas por esos caminos más o menos anchos, que las fragmentaban hasta la saciedad y que además…

Eran fuente de despreciable polvo árido para la tierra fértil.

Otras semillas cayeron en las tierras en que la ineptitud del hombre había dejado proliferar los espinos…

El arado ahora, los había arrastrado a su paso y parecía que ya no hubiera…  

Pero seguían estando, porque sólo el fuego, la radical destrucción de las malas plantas, les impide volver a nacer.

La última semilla cayó en los campos comprados poco antes, en esos campos que el sembrador había dejado como estaban, cuando los adquirió…

Sin roturarlos profundamente, sin levantar todas las piedras que estaban hundidas en la tierra…

Y que formaban un pavimento duro, en que no podían prender las tiernas raíces.  

Una vez esparcida por los campos toda la simiente, volvió a su casa y dijo:

“¡Bien!, ¡bien!, ahora no hay sino que esperar a la cosecha”.

Y se regocijaba al ver con el paso de los meses, primero germinar bien espeso el trigo en las tierras que estaban delante de su casa.

Luego crecer – ¡Oh, qué suave alfombra! – y producir espiga – ¡Qué mar! – y dorarse y cantar su hosanna al sol, entrechocándose las espigas.

El hombre decía:

“Como estas tierras serán todas las demás. Preparemos la hoz y los graneros.

¡Cuánto pan! ¡Cuánto oro!”, y exultaba de gozo.

Segó el trigo de las parcelas más cercanas y luego pasó a las tierras que había heredado de su padre y que había dejado abandonadas.

Al verlas se quedó de piedra.

Mucho trigo había nacido, porque eran buenas parcelas…

Y la tierra, bonificada por su padre, era rica y fértil. 

Pero esta misma fertilidad había actuado en las plantas espinosas, arrastradas por el arado pero aún vivas…

Que habían renacido creando un verdadero techo de híspidos ramajes de espinos,

a cuyo través sólo algunas escasas espigas de trigo habían podido emerger…

Con lo cual casi todo había quedado ahogado.

El hombre dijo:

“Con estas parcelas he sido negligente, pero en otras no había espinos; irá mejor la cosa”.

Y pasó a las tierras que había comprado recientemente.

Su estupor pasó a ser dolor:

Delgadas hojas de trigo ya resecas, yacían como heno seco, diseminadas por todas partes.

Heno seco. “¿Cómo es posible? ¿Cómo es posible!”, se lamentaba el hombre.

“¡Pues si aquí no hay espinos y el trigo era el mismo!

Y había nacido bien compacto y hermoso. 

Se ve por las hojas, bien formadas y numerosas. ¿Por qué, entonces, todo ha muerto sin formar espiga?”.

Y con dolor, se puso a excavar en el suelo para ver si encontraba nidos de topos u otros flagelos.

No había ni insectos ni roedores. 

¡Ah, pero cuántas piedras, cuántas piedras!

Estas parcelas estaban, literalmente hablando, pavimentadas con lascas de piedra…

Era engañosa la poca tierra que las cubría.

¡Ah, si hubiera hincado profundamente el arado a su debido tiempo!

¡Ah, si hubiera excavado antes de aceptar esas tierras y comprarlas como buenas!

¡Ah, si, al menos, una vez cometido el error de adquirir lo que se le ofrecía sin asegurarse de su calidad, lo hubiera bonificado a fuerza de brazos!

Pero ya era demasiado tarde. Inútil plañirse.

El hombre se enderezó, desanimado.

Y fue a ver los campos cortados por los caminos que él mismo, buscando la comodidad, había trazado…

Y se rasgó las vestiduras del dolor.

Aquí no había nada, absolutamente nada.

La tierra oscura del campo estaba cubierta por un leve estrato de polvo blanco.

El hombre se desplomó gimiendo: “Pero aquí, ¿Por qué?

Aquí no hay ni espinos ni piedras, porque estos campos son nuestros.

Mi abuelo, mi padre, yo, los hemos tenido siempre y durante muchos lustros los hemos hecho producir y han sido fértiles.

Yo he abierto los caminos. 

Habré quitado espacio a las parcelas, pero ello no puede haberlas hecho tan improductivas…”.

Estaba llorando cuando llegó un nutrido conjunto de pájaros, que con frenesí se lanzaban de los senderos a la tierra de labor y de ésta a los senderos…  

Para buscar, buscar, buscar semillas, semillas, semillas…

Y le dieron la respuesta a su dolor:

Esta tierra se había convertido en una red de caminos, a cuyos bordes habían ido a parar granos de trigo.

Atrayendo así a muchos pájaros.

Los cuales primero se habían comido los granos que habían caído en el camino y luego lo que había caído dentro,

hasta el último grano.

De esta forma la simiente, igual para todas las parcelas, había producido en unas cien, en otras sesenta o treinta.

O nada.

El que tenga oídos para oír que oiga.

La semilla es la Palabra, que es igual para todos.

Los lugares donde cae la simiente, son vuestros corazones.

Que cada cual lo aplique y lo comprenda.

La paz sea con vosotros.

Luego, volviéndose a Pedro,

dice:

–     Remonta el río hasta donde te sea posible y amarra al otro lado.

Y mientras las dos barcas recorren un corto trecho por el río, para luego detenerse junto a la orilla,

Jesús se sienta y le pregunta al nuevo discípulo:

–     ¿Quién queda ahora en tu casa?

El hombre que no fue a enterrar s su padre,

contesta:

–     Mi madre con mi hermano mayor, que está casado desde hace cinco años.

Mis hermanas están en distintos puntos de esta región. Mi padre era muy bueno.

Mi madre lo llora desconsoladamente.

El joven calla bruscamente al sentir que un sollozo le sube del corazón.

Jesús lo agarra de una mano,

y dice:

–     Yo también he experimentado este dolor y he visto llorar a mi Madre.

Por tanto, te comprendo…

El fondo restriega contra el guijarral.

Ello hace que la conversación se interrumpa, para permitir bajar de la barca.

Ya no se ven las bajas colinas de Betsaida que casi se introducen en el lago.

Aquí hay una llanura rica en gramíneas que se extiende desde esta orilla, opuesta a Betsaida, hacia el Norte.  

Pedro pregunta:

–     ¿Vamos a Merón? 

–     No.

Tomaremos este sendero que va por entre las tierras.  

Los campos, hermosos y bien cuidados, muestran las espigas aún tiernas pero ya formadas.

Todas a la misma altura y cimbreándose levemente por el viento fresco que viene del norte,

parecen otro lago, pequeño, en que las velas son los árboles que esporádicamente se yerguen, llenos de trinos de pájaros.  

Santiago de Alfeo observa:

–     Estos campos no son como los de la parábola.  

Judas de Keriot contesta:

–     ¡No, sin duda!

No han sido devastados por los pájaros, ni hay espinos ni piedras. ¡Hermoso trigo!

Dentro de un mes ya estará dorado…

Y dentro de dos estará maduro para la hoz y el granero.  

Pedro dice:

–     Maestro…

Te recuerdo lo que has dicho en mi casa.

Has hablado muy bien, pero yo empiezo ya a tener en la cabeza nubes desmadejadas como ésas del cielo…

Jesús responde: 

–     Esta noche te lo explicaré.

Ahora tenemos ante nuestros ojos a Corozaín.

Y Jesús mira fijamente al neodiscípulo.

diciendo:

–    «A quien tiene se le da.

El hecho de recibir no quita el mérito a la ofrenda. Llévame a vuestro sepulcro y a casa de tu madre. 

El joven se arrodilla y besa entre lágrimas la mano de Jesús.

–     Levántate.

Vamos. Mi espíritu ha oído tu llanto. Quiero fortalecerte en el heroísmo con mi Amor.

–     Isaac el Adulto me había hablado de tu gran bondad.

¿Sabes qué Isaac, no? Aquel al que le curaste la hija. Ha sido el apóstol para mí.

Pero veo que tu bondad es aún mayor de cuanto me habían referido.

–     Iremos a saludar también al Adulto para darle las gracias por haberme dado un discípulo.

Llegan a Corozaín.

La primera casa es precisamente la de Isaac.

El anciano está volviendo a casa, cuando ve al grupo de Jesús con los suyos.

Y entre ellos al joven de Corozaín, levanta los brazos con su bastoncito en la mano.

Se queda sin respiración, a boca abierta.

Jesús sonríe y su sonrisa devuelve la voz al anciano.

–     ¡Dios te bendiga, Maestro!

¿A qué se debe este honor?

–     Para decirte “gracias”.

–     ¿Por qué motivo, Dios mío?

Soy yo quien debe decirte esta palabra. Pasa, pasa. ¿Qué pena que mi hija esté lejos asistiendo a su suegra!

Porque se ha casado, ¿Sabes? Toda suerte de bendiciones tras el encuentro mío contigo.

Ella, curada. Inmediatamente después, ese rico pariente que regresaba de lejos, viudo, con unos pequeñuelos necesitados de una madre…

¡Bueno, pero si ya te he contado estas cosas! ¡Mi cabeza es anciana también! Perdona.

–     Tu cabeza es sabia.

Se olvida además de gloriarse del bien que hace por su Maestro. Olvidarse del bien realizado es sabiduría; demuestra humildad y confianza en Dios.

–     Bueno… yo… no sabría…

–     ¿Acaso no tengo este discípulo por ti?

–     Bueno, no he hecho nada; sólo, decir la verdad…

Me alegro de que Elías esté contigo. 

Y se vuelve hacia Elías y dice:

–     Tu madre, pasado el primer momento de estupor…

Vio enjugado su llanto al saber que eras del Maestro. Tu padre tuvo un digno duelo. Se le ha enterrado hace poco.

–     ¿Y mi hermano?

–     Guarda silencio…

Ya sabes… Le ha sido un poco duro el no verte… Por el pueblo… Piensa todavía así…

El joven se vuelve hacia Jesús:

–     Es lo que dijiste.

Pero no quiero que esté muerto… Haz que venga a la vida como yo. Y a tu servicio.

Los otros no entienden y miran con ademán de pregunta a Jesús,

quien sólo responde:

–     No pierdas la esperanza y persevera.

Luego bendice a Isaac y se marcha, a pesar de todas las presiones en contra.

Se detienen primero a orar junto a la tumba cerrada.

Luego, atravesando un majuelo aún semideshojado, se dirigen a la casa de Elías.

El encuentro entre los dos hermanos es más bien circunspecto: el mayor se siente ofendido y lo quiere poner de manifiesto.

El menor se siente humanamente culpable y no reacciona.

Pero cuando aparece la madre, la cual, sin mediar palabra, se postra y besa el extremo del vestido de Jesús.

El ambiente y los ánimos se calman; tanto, que quieren hacer los honores al Maestro.

Pero Jesús no acepta nada,

limitándose a decir:

–     Sean justos vuestros corazones recíprocamente.

Como justo era el hombre al que lloráis. No deis impronta humana a lo sobrehumano: la muerte y la elección para una misión.

El alma del justo no ha sufrido turbación al ver la ausencia del hijo en el entierro de su cadáver; es más, la seguridad sobre el futuro de su Elías le ha dado paz.

No turbe el pensamiento del mundo la gracia de la elección.

Si el mundo se ha podido quedar sorprendido al no ver a éste junto al féretro paterno, los ángeles han exultado al verlo al lado del Mesías.

Sed justos. Y a ti, madre, que esto te consuele; has educado sabiamente y tu hijo ha sido llamado por la Sabiduría.

Os bendigo a todos. La paz os acompañe ahora y siempre.

Vuelven al camino que los ha de llevar al río y después a Betsaida.

El hombre, Elías, no ha perdido ni un instante en el umbral de la casa paterna.

Tras el beso de despedida a su madre ha seguido al Maestro con la sencillez con que un niño sigue a su verdadero padre. 

149 DIOS LLAMA Y PASA…


149 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

 Jesús viene con sus once apóstoles – falta Juan – dirigiéndose hacia la orilla del lago.

Mucha gente se aglomera en torno a Él:

Muchas de estas personas, en su mayor parte hombres, son las mismas que estaban en el Monte y que ahora se han llegado de nuevo a Él, a Cafarnaúm, para seguir escuchando su palabra.

Intentan retenerlo, pero Jesús dice:

–     Yo soy de todos.

Debo ir a otros muchos. Volveré. Ya os reuniréis de nuevo conmigo. Ahora dejadme que me vaya.

Con mucha dificultad logra andar entre la muchedumbre que se comprime por la estrecha callecilla.

Los apóstoles empujan para abrirle paso, pero es como incidir contra una sustancia blanduzca, que enseguida recupera la forma que tenía.

Incluso se irritan, pero inútilmente.

Ya se ve la orilla, cuando, tras un feroz esfuerzo, un hombre de mediana edad y de aspecto distinguido se acerca al Maestro.

Y para atraer su atención, le toca en el hombro.

Jesús se para, se vuelve y pregunta:

–     ¿Qué quieres?

–     Soy escriba.

Lo que hay en tus palabras supera toda comparación con lo que hay en nuestros preceptos. A mí me ha conquistado. Maestro, ya no te dejo.

Te seguiré a dondequiera que vayas. ¿Cuál es tu camino?

–     El del Cielo.

–     No me refiero a ése.

Lo que te pregunto es a dónde vas: después de ésta, ¿Cuáles son tus casas, para poderte encontrar siempre?

–     Las zorras tienen madrigueras y las aves nidos.

Pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar su cabeza.

Mi casa es el mundo, está dondequiera que haya espíritus a los que enseñar, miserias que aliviar, pecadores que redimir.

–     Entonces, por todas partes.

–     Tú lo has dicho.

¿Serías capaz de hacer, tú, doctor de Israel, lo que éstos, los últimos, hacen por amor mío? Aquí se requiere sacrificio y obediencia.

Y caridad para con todos, espíritu de adaptación a todo y con todos. Porque la condescendencia atrae.

Porque quien quiere curar debe curvarse hacia todas las llagas.

Luego vendrá la pureza del Cielo; aquí estamos en el fango.

Y hay que arrancarle al barro en que pisamos las víctimas que ya ha succionado.

No subirse las vestiduras y apartarse porque ahí el barro cubre más. La pureza debe estar en nosotros.

Tenemos que estar henchidos de ella de forma que nada más pueda entrar.

¿Puedes hacer todo esto?  

El hombre lo mira sorprendido…

–     Prueba.

Rogaré porque seas capaz de ello.

Jesús reanuda su camino.

Luego, captada su atención por dos ojos que lo están mirando…

Dice a un joven alto y fuerte que se ha detenido para dejar pasar a la multitud, pero que parece llevar otra dirección:

–     Sígueme.

El joven siente un sobresalto, cambia de color, parpadea como si hubiera sido deslumbrado por un resplandor,

abre la boca para hablar, pero no encuentra en ese momento qué responder.

Al final dice:

–     Te seguiré.

Pero, se me ha muerto mi padre en Corozaín; tengo que enterrarlo.

Volveré después del entierro.

–     Sígueme.

Deja que los muertos entierren a sus muertos.

La Vida ya te ha succionado; por otra parte, tú lo has deseado.

No llores por el vacío que en torno a ti te ha creado la Vida, para tenerte como discípulo suyo.

Las mutilaciones del afecto, son raíces de las alas que nacen en el hombre, que se ha hecho siervo de la Verdad.

Deja la corrupción a su suerte.

Elévate hacia el Reino de lo incorrupto.

Allí encontrarás también la perla incorruptible de tu padre.

Dios llama y pasa.

Mañana ya no encontrarías ni tu corazón de hoy ni la Llamada de Dios.

Ven. Ve a anunciar el Reino de Dios.

El hombre, que está apoyado en una pared baja, con los brazos colgando, de los cuales penden las bolsas que contienen los aromas y las vendas…

Tiene la cabeza agachada y medita, en pugna entre los dos amores: el de Dios y el de su padre.

Jesús lo mira y aguarda.

Luego coge a un pequeñuelo y lo aprieta contra su corazón,

diciendo:

–     Repite conmigo:

“Te bendigo, Padre, e invoco tu luz para los que lloran envueltos por las ofuscaciones de la vida.

Te bendigo, Padre, e invoco tu fuerza para quien es semejante a un niño que necesita de alguien que lo sostenga.

Te bendigo, Padre, e invoco tu amor para que canceles el recuerdo de todo lo que no seas Tú…

De la memoria de todos aquellos que en Tí encontrarían – y no saben creerlo – todo bien propio, aquí y en el Cielo”.

Y el niño – un inocente de unos cuatro años – repite con su vocecita las palabras santas.

Mientras Jesús le mantiene con su derecha las manitas unidas en oración, cogidas por las muñecas regordetas, como si fueran éstas, dos tallitos de flor.

El hombre se decide.

Da a un compañero sus envoltorios y se acerca a Jesús, que pone en el suelo al niño tras haberlo bendecido.

Y echa su brazo sobre los hombros del joven y sigue caminando así, para confortarlo y sostenerlo en su esfuerzo.

Otro hombre le interpela:

–     También yo quisiera ir contigo como ese joven.

Pero antes de seguirte querría despedirme de mis familiares. ¿Me lo permites?

Jesús lo mira fijamente y responde:

–     Demasiado arraigado en lo humano.

Arranca las raíces. Y si no eres capaz de ello, córtalas.

Al servicio de Dios se viene con espiritual libertad.

Nada debe atar a quien se entrega.

–     Pero Señor…

¡La carne y la sangre son siempre carne y sangre!

Alcanzaré lentamente la libertad de que hablas…

–     No.

Jamás lo lograrías.

Dios, de la misma forma que es infinitamente generoso cuando premia, es también exigente.

Si quieres ser discípulo debes abrazar la cruz y venir.

Si no, te quedarás en el número de los simples fieles.

En la Tierra el Amor de Jesús DOSIFICA nuestro calvario, Y ÉL ES EL CIRENEO que nos ayuda a recorrer el Camino…

El camino de los siervos de Dios no es de pétalos de rosa; es de exigencia absoluta.

Nadie, habiendo puesto la mano sobre el arado para arar los campos de los corazones y esparcir en ellos la semilla de la doctrina de Dios…

Puede volverse para observar lo que ha dejado… Y lo que ha perdido.   

O lo que tendría si siguiera un camino común.

Quien así actúa no es apto para el Reino de Dios.

Trabájate a ti mismo, hazte viril y luego ven. Ahora no.

Llegan a la orilla.

Jesús sube a la barca de Pedro y le susurra unas palabras…

Jesús sonríe y Pedro hace un gesto de admiración, pero no dice nada.

Sube también el hombre que ha dejado de ir a enterrar a su padre por seguir a Jesús.

127 FORJANDO SACERDOTES


127 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Las barcas de Pedro y Juan surcan las aguas serenas del lago. Van seguidas por  todas las embarcaciones de las orillas de Tiberíades.

Son muchísimas las barcas que van y vienen, tratando de alcanzar o pasar a la barca de Jesús para volverse a poner luego detrás.

Ruegos, súplicas, clamor, peticiones… se entrecruzan sobre las azules olas.

Jesús, que lleva en su barca a María y a su tía, la madre de Santiago y Tadeo, mientras que en la otra barca están María Salomé con su hijo Juan y Susana, promete, responde, bendice… incansablemente.

«Volveré, sí, os lo prometo.

Sed buenos. Recordad mis palabras para unirlas a las que en otro momento os diré. La separación será breve. No seáis egoístas, he venido también para los otros. ¡Calma, calma, que os vais a hacer daño!

Sí, oraré por vosotros, siempre me tendréis a vuestro lado. El Señor sea con vosotros. Sí, me acordaré de tus lágrimas; serás consolado. Ten esperanza, ten fe».

Así, avanzando, bendiciendo, prometiendo, la barca llega a la orilla a un poblado minúsculo: con un puñado de casas, pobres, casi abandonadas.

Jesús y los suyos ponen pie en tierra. Las barcas regresan guiadas por los peones y por Zebedeo.

Las otras hacen lo mismo, aunque muchos de los que venían bajan y quieren a toda costa seguir a Jesús; entre éstos está Isaac con los dos que le han sido confiados: José de Emáus y el arquisinagogo Timoneo.

Hay mucha gente de todas las edades.

Jesús llega al camino principal, se detiene.

Y dice:

–     Separémonos ahora.

Madre, tú con María y Salomé marchad a Nazaret. Susana puede volver a Caná. Regresaré pronto.

Ya sabéis lo que hay que hacer. ¡Que Dios sea con vosotras!

Y de su Madre se despide de forma especial, con una sonrisa plena; luego vuelve a sonreír cuando María, dando ejemplo a las otras, se arrodilla para que Jesús la bendiga.

Las mujeres que van con Alfeo de Sara y con Simón se ponen en camino hacia sus ciudades.

Jesús se vuelve hacia los restantes:

–  Os dejo. No es que os despida.

Os dejo sólo un tiempo. Me retiro con éstos a aquellos desfiladeros que veis allá. Quien me quiera esperar que se quede en esta llanura; el que no, que vuelva a su casa.

Me retiro a orar porque es la vigilia de grandes cosas. Quien ama la causa del Padre que ore unido en espíritu a mí. La paz sea con vosotros, hijos.

Isaac, ya sabes lo que debes hacer. Te bendigo, pequeño pastor.

Jesús sonríe al enjuto Isaac, ahora pastor de hombres reagrupados en torno a él.

Jesús se echa a andar dando las espaldas al lago, dirigiéndose con decisión hacia uno de los desfiladeros que hay entre las colinas que van en líneas, casi paralelas, desde el lago hacia el Oeste.

Entre las dos colinas rocosas, escabrosas, abiertas a pico como un fiordo, desciende, con no poco ruido, un torrentillo espumoso;

hacia arriba, el monte agreste, con míseras plantas que crecen en todas las direcciones  como pueden, entre piedra y piedra.

Un sendero de cabras que acomete la colina más abrupta; es precisamente el que toma Jesús.

Los discípulos le siguen fatigosamente, en fila india, en el más absoluto de los silencios.

Sólo cuando Jesús se detiene para que recuperen el aliento, en un lugar un poco más ancho, de este sendero que asemeja a un arañazo en la riscosa ladera intransitable.

Se miran entre sí, aunque sin hablarse.

Sus miradas dicen: « ¿Y a dónde nos lleva?».

Pero no hablan, sólo se miran y cada vez con más desconsuelo, a medida que ven que Jesús reemprende una y otra vez la marcha por la agreste garganta, llena de cuevas.

De resquebrajaduras en las peñas, de rocas por las que es difícil andar, porque además hay espinos y muchas matas en que se enzarzan los pies…

Y que aferran los vestidos por todas partes, arañan y dan en la cara.

Incluso los más jóvenes, con pesados fardos a las espaldas, han perdido el buen humor.

Finalmente Jesús se para y dice:

–      Aquí nos vamos a quedar una semana en Oración…

Para prepararos a algo muy importante.

Por eso he deseado un lugar como éste, aislado, desierto, lejos de todo tránsito de caravanas y de todo lugar habitado.

Aquí hay cuevas ya utilizadas otras veces por otros hombres; nos servirán también a nosotros.

Aquí hay agua fresca y abundante, aunque el terreno sea seco.

Tenemos pan y comida suficiente para el tiempo que vamos a estar.

Los que el año pasado estuvieron conmigo en el desierto saben cómo viví Yo; esto es un palacio respecto a aquel lugar.

Y además la estación, ya agradable, nos ahorrará las inclemencias del hielo y del sol.

Tened buen ánimo, pues.

Quizás no volvamos a estar así, todos juntos y solos.

Este tiempo que vamos a pasar aquí debe uniros, haciendo de vosotros no ya doce hombres sino una sola institución.

–     ¿No decís nada? ¿No me preguntáis nada?

Colocad en esa peña los pesos que lleváis y despeñad ese otro peso que tenéis en el corazón: vuestra humanidad.

Os he traído aquí para hablaros al espíritu, para nutriros el espíritu, para haceros espíritu.

No diré muchas palabras; ¡Muchas os he dicho ya en aproximadamente un año que llevo con vosotros! Ahora ya basta.

Si tuviera que cambiaros con la palabra debería teneros diez, cien años y aun así seríais siempre imperfectos.

Ha llegado el momento de que haga uso de vosotros, pero para ello os debo formar.

Recurro a la medicina de la Oración, que es el arma por antonomasia.

Siempre he orado por vosotros, ahora quiero que seáis vosotros mismos quienes oréis.

Todavía no os enseño mi oración, pero sí os doy a conocer ya el modo de orar y lo que es la oración:

Coloquio de hijos con su Padre, de espíritus a Espíritu, abierto, cálido, confidencial, recogido, franco.

La Oración lo es todo: confesión, conocimiento de nosotros mismos, llanto por nosotros mismos, promesa a nosotros mismos y a Dios, petición a Dios; todo hecho a los pies del Padre.

No puede hacerse en medio del bullicio, entre distracciones, a menos que se sea un coloso en la oración.

Y aun así, incluso los colosos se resienten de este choque y ruido del mundo en sus horas de oración.

EN NUESTRAS RODILLAS ESTÁ EL PODER. 16. Confesaos, pues, mutuamente vuestros pecados y orad los unos por los otros, para que seáis curados. La oración ferviente del justo tiene mucho poder.

Vosotros no sois colosos, sois pigmeos; sois sólo párvulos en el espíritu, parvos del espíritu.

Aquí alcanzaréis la edad de la razón espiritual. Lo demás vendrá después.

Por la mañana temprano, a la meridiana y al atardecer, nos reuniremos para orar juntos, con las antiguas palabras de Israel. 

Y para partir el pan.

Luego cada uno volverá a su cueva y estará en presencia de Dios y de su alma.

En presencia de cuanto os he dicho acerca de vuestra misión y en presencia de vuestras capacidades.

Medíos, escuchad, decidid. Esta será la última vez que os lo diga.

Luego tendréis que ser perfectos, hasta donde podéis, sin cansancio ni humanidad.

Luego ya no seréis Simón de Jonás o Judas de Simón, ni Andrés o Juan, Mateo o Tomás, sino que seréis mis ministros.

Marchad. Cada uno solo.

Yo estaré en aquella cueva, siempre presente.

No vengáis sin serio motivo.

Tenéis que aprender a valeros por vosotros mismos y a estar solos.

Porque, en verdad os digo que hace un año estábamos para conocernos y dentro de dos estaremos para dejarnos.

¡Ay de vosotros y ay de Mí, si no hubierais aprendido a valeros por vosotros mismos!

Dios sea con vosotros.

Judas, Juan, llevad a mi cueva, a aquélla, las provisiones; deben durar, así que las distribuiré Yo.  

Alguien objeta:

–     ¡Serán pocas!… 

–     Lo suficiente para no morir.

El vientre demasiado sacio carga el espíritu. Yo deseo elevaros, que no haceros lastre.

11 EL VOTO DE MARÍA


11 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

María confía su voto al Sumo Sacerdote.

3 de septiembre de 1944.

Dice María Valtorta:

¡Qué noche de infierno! Verdaderamente parecía como si los demonios hubieran salido a la Tierra a pasear. Cañonazos, truenos, relámpagos, peligro, miedo, sufrimiento por estar en una cama que no es mía…

(estaban en la Segunda Guerra Mundial y la guerra se desarrollaba cerca de su pueblo)

Y, en medio, como una flor toda blanca y suave entre fogonazos y angustias, la presencia de María, un poco más adulta que en la visión de ayer, pero todavía jovencita, con sus trenzas rubias sobre los hombros,

su vestido blanco y su mansa, recogida sonrisa, una sonrisa interior, vuelta al misterio glorioso que lleva dentro de su corazón.

Paso la noche comparando su aspecto dulce con la crueldad que hay en el mundo, y evocando sus palabras de ayer por la mañana, canto de caridad viva, en contraste con el odio que hace que los hombres se despedacen…

Pues bien, esta mañana, de nuevo en el silencio de mi habitación, presencio esta escena.

María sigue estando en el Templo,

Y ahora sale del Templo propiamente dicho entre otras vírgenes.

Debe haberse llevado a cabo alguna ceremonia, pues un olor a inciensos se esparce por la atmósfera toda roja de un hermoso ocaso, que yo diría que es de otoño avanzado,

porque un cielo ya dulcemente cansado, como lo está en un octubre sereno, se arquea sobre los jardines de Jerusalén,

en los que el amarillo ocre de las hojas que pronto caerán dispone manchas dorado-rojizas entre el verde-plata de los olivos.

La comitiva — mejor sería llamarla enjambre — cándida de las vírgenes cruza el patio posterior,  sube la escalinata, atraviesa un pórtico, entra en otro patio menos suntuoso, cuadrado,

que como aperturas no tiene sino la que sirve para acceder a él.

Debe ser el patio dedicado a acoger las pequeñas moradas de las vírgenes reservadas para el Templo, porque cada una de las jovencitas se dirige a su celda como una palomita a su nido.

Y asemejan verdaderamente a una bandada de palomas separándose tras haberlas tenido agrupadas.

Muchas — podría decir todas — hablan entre sí antes de dejarse, en voz baja, pero al mismo tiempo festiva.

María guarda silencio.

Sólo las saluda con afecto antes de separarse; luego se dirige a su habitacioncita, que está en una de las esquinas a la derecha.

Se llega hasta Ella una maestra anciana, aunque no tanto como Ana de Fanuel.

Y le dice:

–     María, el Sumo Sacerdote te espera.

María la mira con cierto asombro, pero no hace preguntas.

Se limita a responder:

–     Voy inmediatamente.

No sé si la espaciosa sala en que entra es de la casa del Sacerdote o forma parte de los aposentos de las mujeres que están dedicadas al Templo.

Sé que es vasta y luminosa, puesta con gusto, y que en ella, además del Sumo Sacerdote (que con las vestiduras que lleva aparece muy elegante), están Zacarías y Ana de Fanuel.

María se inclina profundamente en el umbral de la puerta y no entra hasta que el Sumo Sacerdote

no le dice:

–    Pasa, María. No temas.

Ella se yergue y alza la cara.

Y entra lentamente, no por desgana, sino por un algo de involuntaria solemnidad que la hace parecer más mujer.

Ana le sonríe para animarla.

Y Zacarías la saluda con un:

–    Paz a ti, prima.

El Pontífice la observa atentamente.

le dice a Zacarías:

–     Es patente en Ella la estirpe de David y Aarón.

–     Hija, conozco tu gracia y tu bondad.

Sé que cada día has ido creciendo en ciencia y gracia ante los ojos de Dios y de los hombres.

Sé que la voz de Dios susurra a tu corazón las más dulces palabras. Sé que eres la Flor del Templo de Dios y que un tercer querubín está ante el Testimonio desde que tú llegaste.

Y quisiera que tu perfume siguiera subiendo con los inciensos cada nuevo día. Pero, la Ley se expresa en modo distinto.

Tú ya no eres una niña, sino una mujer. Y en Israel todas las mujeres deben casarse para ofrecer a su hijo varón al Señor.

Tú seguirás el precepto de la Ley. No temas, no te ruborices. No me olvido de tu ofrecimiento.

De hecho ya te la tutela la Ley al ordenar que todo hombre reciba de su estirpe la mujer; pero, aunque no fuera así, yo lo haría, para no corromper tu magnífica sangre.

¿No conoces, María, a alguno de tu estirpe que pudiera ser tu marido?.

María levanta su cara, todo roja de pudor. Y con un primer titileo de llanto, que resplandece orlando los párpados y con voz temblorosa,

responde:

–     Ninguno. 

Zacarías dice:

–     No puede conocer a ninguno, puesto que entró aquí siendo niña.

Y la estirpe de David está demasiado castigada y demasiado dispersa, como para que las distintas ramas puedan reunirse y formar con sus frondas la copa de la palma regia.

–     Entonces le dejaremos a Dios que elija.

Las lágrimas, contenidas hasta ese momento, brotan y descienden hasta la trémula boca. María dirige una mirada suplicante a su maestra.

Ana la socorre diciendo:

–     María se ha prometido al Señor para gloria de Dios y para la salvación de Israel.

Era sólo una niña que apenas sabía pronunciar y ya se había ligado con un voto.

–     Se debe a esto entonces tu llanto.

No es por resistencia a la Ley.

–     Es por esto… no por otro motivo.

Yo te obedezco, Sacerdote de Dios.

–     Esto confirma cuanto de ti me ha sido referido siempre.

¿Desde hace cuántos años eres virgen consagrada?.

–     Yo creo que desde siempre.

Antes de venir a este Templo ya me había ofrecido al Señor.

–     Pero, ¿No eres tú la Niña que vino hace doce inviernos a pedirme entrar?.

–     Sí.

–     Y ¿Cómo, entonces, puedes decir que ya eras de Dios?

–     Si miro hacia atrás yo me veo ya consagrada…

No tengo memoria de la hora en que nací, ni de cómo empecé a amar a mi madre y a decirle a mi padre: “¡Oh, padre, yo soy tu hija!”…

Pero sí recuerdo, aunque no a partir de cuándo, haber dado mi corazón a Dios.

Quizás fue con el primer beso que supe dar, con la primera palabra que supe pronunciar, con el primer paso que supe dar…

Sí, eso es, creo que mi primer recuerdo de amor lo encuentro junto a mi primer paso seguro… Mi casa…

Mi casa tenía un jardín lleno de flores… un huerto de árboles frutales y campos cultivados…

Y había un manantial allí, en el fondo, al pie del monte, que manaba de una roca ahuecada en forma de gruta…

Estaba llena de hierbas largas y finas que pendían de todas partes asemejando cascaditas verdes.

Y parecía como si llorasen porque las livianas hojitas, que en su espesura parecían un bordado, tenían, todas, una gotita de agua que al caer sonaba como un cascabelito diminuto.

Y también cantaba el manantial. Y había aves en los olivos y en los manzanos de la pendiente que estaba hacia arriba del manantial.

Y palomas blancas venían a lavarse en la balsa límpida de la fuente… Ya no me acordaba de todo esto porque había puesto todo mi corazón en Dios

Y aparte de mi padre y de mi madre, a quienes amé en vida y después de muertos, todas las demás cosas de la tierra habían desaparecido de mi corazón…

Pero tú me haces pensar en ello, Sacerdote… Debo buscar el momento en que me di a Dios…

Y vuelven a la mente las cosas de los primeros años… Me gustaba esa gruta porque en ella oía una Voz, más dulce que el canto del agua y de los pájaros, que me decía: “Ven, dilecta mía”.

Me gustaban esas hierbas diamantinas con sus gotas sonoras porque en ellas veía el signo de mi Señor y me perdía diciéndome: “¿Ves qué grande es tu Dios, alma mía!

El mismo que ha hecho los cedros del Líbano para el aquilón ha hecho estas hojitas que ceden bajo el peso de un mosquito para alegría de tu ojo y para que protejan tu piececito”.

Me gustaba aquel silencio de cosas puras: el viento leve, el agua de plata, la pulcritud de las palomas…

Me gustaba esa paz que amparaba la gruta, descendiendo de los manzanos y de los olivos, ya enteramente en flor, ya repletos de frutos… Y, no sé… me parecía que la Voz me dijese a mí, justamente a mí:

“Ven, tú, aceituna especiosa; ven, tú, dulce pomo; ven, tú, fuente sigilada; ven, tú, paloma mía”…

Dulce era el amor de mi padre y de mi madre… dulce su voz cuando me llamaba…

¡Ah, pero ésta, ésta…! ¡Oh!, yo creo que así la oiría en el Paraíso Terrenal aquella que fue culpable.

Y no sé cómo pudo preferir un silbido a esta Voz de amor, cómo pudo apetecer otro conocimiento que no fuera Dios…

Aún con el sabor a leche materna en los labios, pero con el corazón ebrio de miel celestial,  yo dije entonces:

“Sí, voy. Tuya. Y mi carne no tendrá otro señor aparte de Ti, Señor, de la misma forma que mi espíritu no tiene otro amor”…

Y al decir esto me parecía estar repitiendo cosas ya dichas precedentemente y estar cumpliendo un rito que ya había sido cumplido.

Y no me resultaba extraño el Esposo elegido, puesto que yo ya conocía su ardor y mi vista se había formado bajo su luz y mi capacidad de amar había hallado cumplimiento entre sus brazos.

¿Cuándo?… No lo sé.

Yo diría que más allá de la vida, porque tengo la impresión de que siempre ha sido mío, y de que yo siempre he sido suya, y de que yo existo porque Él me ha querido para sí, para alegría de su Espíritu y del mío… ‘

Ahora obedezco, Sacerdote; pero, dime tú cómo debo actuar… No tengo ni padre ni madre. Sé tú mi guía.

–     Dios te dará el esposo y será santo, dado que en Dios te abandonas.

Lo que harás será manifestarle tu voto.

–     ¿Y aceptará?

–     Espero que sí.

Ora, hija, para que él pueda comprender tu corazón. Ahora puedes marcharte. Que Dios te acompañe siempre.

María se retira con Ana y Zacarías se queda con el Pontífice.

La visión cesa aquí.

116 SACRIFICIO CONYUGAL


116 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús camina con sus primos, hacia Caná, hasta llegar a la casa de Susana. 

Jesús está en esta casa descansando y comiendo, adoctrinando con sencillez a los parientes o amigos de Caná:  buenas personas que lo escuchan como siempre debería ser.

Jesús consuela además al marido de Susana, la cual parece estar enferma y él le habla de su dolor.

En esto, entra un hombre bien vestido y se postra a los pies de Jesús.

–     ¿Quién eres? ¿Qué quieres?

Mientras el hombre está todavía suspirando y llorando, el dueño de la casa le tira de un extremo de la túnica a Jesús y susurra:

–     Es un oficial del Tetrarca, no te fíes demasiado.

Jesús le pregunta al hombre postrado:

–     Habla. ¿Qué quieres de Mí?

–     Maestro, he sabido que habías vuelto.

Te esperaba como se espera a Dios. Ven en seguida a Cafarnaúm. Mi hijo varón yace enfermo; tanto, que sus horas están contadas.

He visto a tu discípulo Juan. Por él he sabido que estabas viniendo hacia aquí. Ven, ven enseguida, antes de que sea demasiado tarde.

–     ¿Cómo?

¿Tú, que eres siervo del perseguidor del santo de Israel, puedes creer en Mí?

¿Cómo podéis creer en el Mesías si no creéis en su Precursor?

–     Es verdad.

Vivimos en pecado de incredulidad y de crueldad. Pero, ¡Ten piedad de este padre! Conozco a Cusa.

He visto a Juana antes y después del milagro. He creído en Tí.

–     ¡Ya! Sois una generación tan incrédula y perversa que sin signos y prodigios no creéis.

Os falta la primera cualidad que se requiere para obtener milagros.

–     ¡Es verdad!

¡Todo eso es verdad! Pero ya ves que ahora creo en Tí y te ruego que vengas, que vengas enseguida a Cafarnaúm.

Tendrás preparada una barca en Tiberíades para que puedas ir más rápido. Ven antes de que mi niño muera.

Y el hombre llora desolado. 

Jesús declara:

–     Por ahora no iré a Cafarnaúm.

Vuelve tú. Tu hijo, desde este momento, está curado y vive.

El oficial del rey exclama:

–     ¡Que Dios te bendiga, mi Señor! Yo creo.

De todas formas, ven en otro momento a Cafarnaúm, a mi casa, que quiero que toda mi casa te festeje.

–    Iré. Adiós. La paz sea contigo.

El hombre sale rápido.

Inmediatamente después se oye el trote de un caballo.

El marido de Susana pregunta:

–     ¿Está curado de verdad ese muchacho? 

–     ¿Eres capaz de creer que Yo mienta?

–     No, Señor, pero Tú estás aquí y el muchacho allá.

–     Para mi espíritu no hay barreras ni distancias.

–     ¡Oh, mi Señor!.

Entonces, Tú que cambiaste el agua en vino en mi boda, transforma mi llanto en sonrisa: ¡Cúrame a Susana!

–    ¿Qué me das a cambio?

–     La suma que quieras.

–     No ensucio lo santo con la sangre del dios Riqueza.

Es a tu espíritu al que pregunto qué me dará.

–     Pues incluso a mí mismo si lo deseas.

–     ¿Y si te pidiera, sin palabras, un gran sacrificio?

–     Mi Señor, te estoy pidiendo la salud corporal de mi esposa y la santificación de todos nosotros.

Creo que nada puedo considerarlo excesivo si recibo esto.

–     Vivísimo es tu amor hacia tu mujer.

Si la devolviera a la vida, pero conquistándola Yo para siempre como discípula, ¿Qué dirías?

–     Que… que estás en tu derecho.

Y que… que imitaré a Abraham en la prontitud para el sacrificio.

–     Bien has dicho.

En el TERCER NIVEL DEL PURGATORIO, se sufre el Calvario de Jesús CON TODO EL RIGOR DE LA JUSTICIA DIVINA

Oíd esto todos:

La hora de mi Sacrificio se acerca; como agua corre veloz, sin detenerse, hacia la desembocadura.

Debo cumplir todo mi deber. La dureza humana me impide el acceso a mucho terreno de misión.

Mi Madre y María de Alfeo vendrán conmigo a otros lugares, a las gentes que aún no me aman o que no me amarán jamás.

Mi sabiduría sabe que las mujeres podrán ayudar al Maestro en este campo de misión impedido.

He venido a redimir también a la muje.

En el siglo futuro, en mi Hora, las mujeres símiles a sacerdotisas, servirán al Señor y a los siervos de Dios.

Yo he elegido a mis discípulos, pero para elegir a las mujeres, que no son libres, debo pedírselo a los padres y a los maridos. ¿Tú lo quieres?

–    Señor, amo a Susana.

Hasta ahora la he amado más como carne que como espíritu. Pero, influido por tu enseñanza, algo ha cambiado en mí;

ahora miro a mi mujer como alma además de como cuerpo. El alma es de Dios y Tú eres el Mesías Hijo de Dios.

No te puedo disputar tu derecho en lo que a Dios pertenece. Si Susana decide seguirte, no le opondré resistencia.

Me basta con que, te lo ruego, obres el milagro de sanarla a ella en su carne y a mí en mis apetitos…

–     Susana está curada.

Vendrá dentro de pocas horas a manifestarte su gozo. Deja que su alma siga su impulso, sin hablar de cuanto ahora he dicho.

Verás como su alma viene espontáneamente a Mí, como la llama tiende a subir hacia arriba. No por ello acabará su amor de esposa;  antes al contrario, subirá al grado más alto.

O sea, al de amar con la parte mejor: con el espíritu.

–     Susana te pertenece, Señor.

Debía morir y además lentamente, sufriendo fuertes espasmos. Una vez muerta, la habría perdido verdaderamente, aquí en la Tierra.

Siendo como Tú dices, la tendré todavía a mi lado para llevarme consigo por tus caminos.

Dios me la dio, Dios me la quita. ¡Bendito sea el Altísimo, en el dar y en el recibir!

Tiempo después, en Cafarnaúm…

Jesús está en la casa de Santiago y Juan con sus apóstoles, Pedro y Andrés, Simón Zelote, Judas y Mateo.

Santiago y Juan están felices: van y vienen, de su madre a Jesús y viceversa, como mariposas que no saben cuál flor elegir de dos igualmente apreciadas.

Y María Salomé, cada vez que van a ella, acaricia feliz, a estos hijos suyos, mientras Jesús sonríe contento.

Acaban de terminar la comida.

Santiago y Juan, a toda costa, quieren que Jesús coma unos racimos de uva blanca en conserva, preparada por su madre y que deben saber dulce como la miel.

¿Qué no le darían a Jesús?

Pero Salomé quiere ir más allá de las uvas y de las caricias, en dar y recibir.

Pasado un rato, en que ha estado pensativa mirando a Jesús y a Zebedeo, toma una decisión.

Se acerca al Maestro, que está sentado, aunque con los hombros apoyados contra la mesa. Y se arrodilla delante de Él.

Jesús pregunta:

–     ¿Qué quieres, mujer?

–     Maestro, has decidido que tu Madre y la de Santiago y Judas vayan contigo.

También va contigo Susana, y lo hará, sin duda, la gran Juana de Cusa.

Todas las mujeres que te veneran irán contigo, si una sola lo hace. Yo también quisiera contarme entre ellas.

Tómame contigo, Jesús; te serviré con amor.

–     Debes cuidar a Zebedeo. ¿Ya no lo quieres?

–     ¡Que si le quiero!…

Pero te quiero más a Tí. ¡Oh… No quiero decir que te quiera como hombre!

Tengo ya sesenta años, estoy casada desde hace casi cuarenta  y jamás he visto a hombre alguno aparte de mi marido. 

No voy a perder la cabeza ahora que soy una anciana.

No quiero decir tampoco que por ser vieja muera mi amor hacia mi Zebedeo. Pero Tú… Yo no sé hablar.

Soy una pobre mujer.

Hablo como sé. Quiero decir que a Zebedeo lo quiero con todo lo que yo era antes;

a Tí te quiero con todo lo que Tú me has sabido dar con tus palabras y las que me han referido Santiago y Juan.

Es algo completamente distinto, sin duda muy hermoso.

–     Nunca será tan hermoso como el amor de un excelente esposo.

« ¡Oh, no! ¡Mucho más!

No te lo tomes a mal, Zebedeo. Te sigo queriendo con toda mí misma. A Él, sin embargo, lo quiero con algo que aun siendo todavía María ya no es María, la pobre María, tu esposa, sino que es más…

¡Oh…, no sé decir!

Jesús sonríe a esta mujer que no quiere ofender a su marido, pero que al mismo tiempo no puede mantener escondido su grande, nuevo amor.

Zebedeo también sonríe, con gravedad. Y se acerca a su mujer,  la cual, todavía de rodillas, gira sobre sí misma alternativamente hacia su esposo y hacia Jesús. 

Jesús le dice:

–     ¿Te das cuenta, María, de que vas a tener que dejar tu casa?

¡Para ti es muy importante! Tus palomas… tus flores… y esta vid que da esa dulce uva de que tan orgullosa te sientes…

Y tus colmenas: las más renombradas del pueblo…

Y tendrás que dejar ese telar en que has tejido tanta tela, tanta lana para tus amados…

¿Y tus nietecitos, los hijos de tus hijas? ¿Qué vas a hacer sin ellos?

María Salomé, además de Juan y Santiago, tiene hijas… 

Y responde:

–     Pero, mi Señor,

¿Qué son las paredes de la casa, las palomas, las flores, la vid, las colmenas, el telar?… Son cosas buenas, se les tiene cariño, sí.

¡Pero… son tan pequeñas comparadas contigo, comparadas con el amor a Tí!… Los nietecitos… sí.

Sentiré no poderlos dormir en mi regazo ni oír su voz cuando me llaman. ¡Pero Tú eres mucho más; sí, sí, eres más que todo eso que me nombras!

Y aun en el caso de que por mi debilidad lo estimase tanto como servirte y seguirte.

O más, de todas formas prescindiría de ello, no sin llanto femenino, para seguirte con la sonrisa en el alma.

¡Acéptame, Maestro. Decídselo vosotros,

Juan, Santiago… y tú, esposo mío. ¡Sed buenos, ayudadme todos!

–     Bien, de acuerdo.

Vendrás también tú con las otras mujeres. He querido hacerte meditar bien sobre el pasado y el presente, sobre lo que dejas y lo que tomas.

Ven, Salomé; estás preparada ya para entrar en mi familia.

–     ¡Preparada! Pero si soy menos que un párvulo…

Tú me perdonarás los errores, me sujetarás de la mano. Tú… porque, siendo tosca como soy, voy a sentir vergüenza ante tu Madre y ante Juana.

Y ante todos, excepto ante Tí, porque Tú eres el Bueno y todo lo comprendes, de todo te compadeces, todo lo perdonas.

104 EL SALVADOR


104 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús está con sus doce apóstoles.

El paraje sigue siendo montañoso; no obstante, siendo suficientemente cómodo el camino, van todos en grupo hablando entre sí.

Felipe dice:

–     Ahora que estamos solos podemos decirlo:

¿Por qué tanta rivalidad entre dos grupos?

Tadeo rebate:

–    ¿Rivalidad? ¡No es sino soberbia! 

Simón declara:   

–     No.

Yo digo que es sólo un pretexto para justificar de algún modo su conducta injusta con el Maestro.

Bajo el velo de celo por el Bautista, logran alejarlo sin disgustar demasiado al pueblo.  

Pedro dice:

–     Yo los desenmascararía.

–     Nosotros, Pedro, haríamos muchas cosas que Él no hace.

–     ¿Por qué no las hace?

–     Porque sabe que lo correcto es no hacerlas.

Nosotros sólo debemos seguirlo, no nos corresponde guiarlo. Y debemos estar contentos de ello. Es gran descanso el tener sólo que obedecer…

Jesús que iba adelante pensativo,

se detiene y dice:

–     Has hablado bien, Simón.

Es así, como has dicho; obedecer es más fácil que mandar. No lo parece, pero es así.

Bueno, claro, es fácil cuando el espíritu es bueno, como también es difícil mandar para un espíritu recto;

porque, si no es recto, ordena cosas descabelladas, o peor que descabelladas. En ese caso es fácil mandar y mucho más difícil obedecer.

Cuando uno tiene la responsabilidad de ser el primero en un lugar o en un conjunto de personas, debe tener siempre presentes la caridad y la justicia,

la prudencia y humildad, la templanza y la paciencia, la firmeza, pero sin testarudez.

difícil, sí. Vosotros, por el momento, sólo tenéis que obedecer: a Dios y a vuestro Maestro.

Tú, y no sólo tú, te preguntas por qué hago o no ciertas cosas; te preguntas por qué Dios permite o no tales cosas.

Mira Pedro, y todos vosotros, amigos míos.

Uno de los secretos del perfecto fiel consiste en no autoelevarse nunca a interpelar a Dios. “¿Por qué haces esto?”: pregunta uno poco formado a su Dios.

Y parece como si se pusiera a representar el papel de un adulto experimentado ante un escolar para decir:

“Esto no se hace, es una necedad, un error”. ¿Quién puede superar a Dios?

Como podéis ver, ahora me rechazan so pretexto de celo por Juan.

Esto os escandaliza, y quisierais que rectificase el error y me pusiera en actitud polémica contra quienes expresan esta razón.

No. No. Jamás. Ya habéis oído lo que el Bautista, por boca de sus discípulos, ha dicho:

“Es necesario que Él crezca y yo merme”. Es decir, no hay nostalgias, no hay un aferrarse a la propia posición.

El santo no se apega a estas cosas, no trabaja con vistas al número de fieles “propios”;

no tiene fieles propios; trabaja para aumentarle a Dios el número de fieles.

Sólo Dios tiene derecho a tener fieles.

Por tanto, de la misma forma que Yo no me duelo de que, de buena o mala fe, algunos permanezcan con el Bautista, él tampoco se aflige.

Ya le habéis oído por el hecho de que discípulos suyos vengan a Mí;  está desapegado de estas pequeñeces numéricas. 

Pone su mirada en el Cielo, como Yo.

No estéis, entonces, litigando entre vosotros sobre si es justo o no que los judíos me acusen de arrebatarle discípulos al Bautista, 

o sobre si es justo o no que estas cosas se dejen decir.

Disputas de este tipo son propias de mujeres charlatanas en torno a una fuente.

Los santos se ayudan, se dan y se intercambian los espíritus con jovial facilidad, sonrientes por la idea de trabajar para el Señor.

Yo he bautizado, es más, os he puesto a bautizar, porque tan pesado es, ahora, el espíritu,

que es necesario presentarle formas materiales de piedad, de milagro y de enseñanza.

Por causa de esta pesantez espiritual tendré que recurrir a la ayuda de cosas materiales cuando quiera que obréis milagros.

Pero, creedlo, no estará en el aceite, ni en el agua, ni en ceremonias, la prueba de la santidad.

Se acerca el momento en que una impalpable cosa, invisible, inconcebible para los materialistas, será reina,

la “restablecida” reina, pudiente en todo lo santo, santa en toda cosa santa. Por ella el hombre quedará restablecido como “hijo de Dios”

y obrará lo que Dios obra, porque tendrá a Dios consigo. La Gracia: ésta es la reina que está volviendo.

Entonces el bautismo será sacramento. Entonces el hombre hablará y comprenderá el lenguaje de Dios,

Y la Gracia dará vida y Vida, dará poder de ciencia y de potencia; entonces… ¡Oh! ¡entonces!…

Pero todavía no tenéis la madurez suficiente para comprender lo que os va a conceder la Gracia.

Os ruego que ayudéis su venida con una continua obra de formación de vosotros mismos,

y que abandonéis las cosas inútiles propias de hombres mezquinos…

Allá se ve el límite de Samaria.

¿Creéis acertado que me acerque a hablar?

–     ¡Oh!!

Todos, quién más, quién menos, se muestran escandalizados.

–     En verdad os digo que por todas partes hay samaritanos.

Si no tuviera que hablar donde hubiera un samaritano, no debería hacerlo en ningún lugar.

Venid, pues. No voy a intentar hablar, pero no rechazaré hablar de Dios si me lo piden.

Un año ha terminado, empieza el segundo; está a caballo entre el principio y el final.

A1 principio predominaba el Maestro, ahora, fijaos, se revela el Salvador; el final tendrá el rostro del Redentor.

Vamos. El río aumenta de caudal a medida que se acerca a la desembocadura.

Como Yo, que aumento la obra de misericordia porque la desembocadura está ya cerca».

Algunos comentan en voz baja:

–     ¿Después de la Galilea vamos a ir a algún río caudaloso?

–     ¿Al Nilo?

–     ¿Al Éufrates? 

Otros responden:

–     Quizás es que vamos a tierra de gentiles… 

Jesús advierte:

–      No cuchicheéis.

Nos dirigimos a mi desembocadura. O sea, hacia el cumplimiento de mi misión.

Prestadme mucha atención, porque después os dejaré.

Y debéis continuar en mi Nombre.

103 UN CORAZÓN HERIDO


103 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Señalando al hombre que camina detrás…

Pedro pregunta:

–      Señor, ¿Qué vamos a hacer con éste?

Es José y los sigue desde que han dejado Emaús.

Va conversando con los dos hijos de Alfeo y Simón, que se ocupan de él de modo particular.

Jesús responde: 

–    Ya lo he dicho: viene con nosotros hasta Galilea.

–    ¿Y luego?…

–     Luego… se quedará con nosotros; ya verás…

–     ¿También él discípulo? ¿Con ese pasado?

–      ¿También tú fariseo?

–      ¡No! Pero…

Lo que me parece es que los fariseos nos vigilan demasiado…

–     Y si lo ven con nosotros nos crearán dificultades.

Es lo que quieres decir, ¿No?

¿Y entonces, por temor a que nos molesten, tendríamos que dejar a un hijo de Abraham a merced de su desolación?

No, Simón Pedro; es un alma que puede perderse o salvarse según el tratamiento que se dé a su profunda herida.

–     ¿Pero, ¿No somos nosotros ya tus discípulos?…

Jesús mira a Pedro y sonríe con gentileza.

 Luego responde:

–     Te dije un día, hace muchos meses: “Vendrán otros muchos discípulos”.

E1 campo de acción es vastísimo; los obreros, debido a esta vastedad, serán siempre insuficientes…

Y también, porque muchos acabarán como Jonás: perdiendo su vida en el duro trabajo.

Pero vosotros seréis siempre mis predilectos.

Termina Jesús, arrimando a sí a este Pedro apurado, que con la promesa se ha tranquilizado.

–      Entonces viene con nosotros, ¿No?

–     Sí. Hasta que su corazón recobre la salud.

Está envenenado de tanta animadversión como ha tenido que tragar. Está intoxicado.

Santiago, Juan y Andrés alcanzan al Maestro y se ponen también a escuchar.

–     No podéis evaluar el inmenso mal que un hombre puede hacer a su congénere con una actitud de hostil intransigencia.

Os ruego que recordéis que vuestro Maestro fue siempre muy benigno con los enfermos espirituales.

Sé que opináis que mis mayores milagros y principal virtud se manifiestan en las curaciones de los cuerpos.

No, amigos… Acercaos también los que vais delante y los rezagados; el camino es ancho y podemos andar en grupo.

Todos se arriman a Jesús, que prosigue:

–     Mis principales obras, las que más testifican mi Naturaleza y mi Misión, las en que recae dichosa, la mirada de mi Padre,

son las curaciones de los corazones, tanto cuando son sanadoras de uno o varios vicios capitales;

como cuando eliminan la desolación que abate el ánimo, persuadido de estar bajo sanción divina y abandonado de Dios.

¿Qué es un alma, si pierde la seguridad de la ayuda de Dios?

Es como una delgada correhuela: no pudiendo seguir aferrada a la idea que constituía su fuerza y dicha, se arrastra por el polvo.

Vivir sin esperanza es horroroso. La vida es bonita, dentro de sus asperezas, sólo si recibe esta onda de Sol divino.

El fin de la vida es ese Sol. ¿Es lóbrego el día humano?, ¿Está empapado de llanto y signado con sangre? Sí. Pero saldrá el Sol.

Se acabarán, entonces, dolor y separaciones, asperezas y odios, miserias y soledades de momentos angustiosos, de momentos de ofuscación.

Luminosidad, entonces, canto y serenidad, paz y Dios.

Dios, que es el Sol eterno. Fijaos qué triste está la Tierra cuando hay eclipse. Si el hombre dijese para sí: “El Sol ha muerto”,

¿No le parecería acaso, vivir para siempre en un oscuro hipogeo, como emparedado, enterrado, difunto antes de haber muerto?

¡Ah…, pero el hombre sabe que más allá de ese astro que oculta al Sol, que hace fúnebre al mundo, sigue estando el radiante Sol de Dios!

Así es el pensamiento de la unión con Dios durante una vida. ¿Hieren los hombres?, ¿Despojan a otros de sus bienes? ¿Calumnian?

5. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Sí. Pero Dios medica, reintegra, justifica… ¡Y con medida colmada! ¿Dicen los hombres que Dios te ha rechazado?

Bueno, ¿Y qué?; el alma que se siente segura piensa, debe pensar: “Dios es justo y bueno, ve las causas de las cosas y es más benigno.

Más que el mejor de los hombres, infinitamente benigno; por tanto, no me rechazará si apoyo mi rostro lloroso sobre su pecho y le digo:

“Padre, sólo Tú me quedas; tu hijo está desconsolado y abatido; dame tu paz…”.

Ahora Yo, el Enviado, el enviado por Dios, recojo a aquellos a quienes el hombre ha confundido, o han sido arrastrados por Satanás, y los salvo.

Ésta es mi obra, ésta es verdaderamente mía. El milagro obrado en los cuerpos es potencia divina,

la redención de los espíritus es la obra de Jesucristo, el Salvador y Redentor.

Pienso, y no yerro, que estos que han encontrado en Mí su rehabilitación ante los ojos de Dios y los propios, serán mis discípulos fieles,

los que podrán arrastrar con mayor fuerza a las turbas hacia Dios, diciendo: “¿Vosotros pecadores? Yo también. ¿Vosotros descorazonados? Yo también.

¿Vosotros desesperados? También yo. Ved cómo a pesar de todo, el Mesías ha tenido piedad de mi miseria espiritual y me ha querido sacerdote suyo;

porque El es la Misericordia y quiere que se persuada de ello el mundo (y nadie es más capaz de persuadir que quien tiene propia experiencia)”.

Yo, ahora, a éstos los uno a mis amigos y a los que me adoraron desde el momento de mi Nacimiento, es decir, a vosotros y a los pastores;

los uno en particular, a los pastores, a los curados, a aquellos que, sin especial elección como la de vosotros doce,

han entrado en mi camino y habrán de seguirlo hasta la muerte.

En Arimatea está Isaac. Me ha pedido esto José, amigo nuestro.

Tomaré conmigo a Isaac para que se una a Timoneo, cuando llegue.

Si prestas fe a que en Mí hay paz y razón de toda una vida, podrás unirte a ellos; serán para ti buenos hermanos».

José Emmaús exclama:

–     ¡Oh, Consolación mía!

Es exactamente como Tú dices. Mis grandes heridas, tanto de hombre como de creyente, se van curando cada hora que pasa.

Hace tres días que estoy contigo y ya me parece como si eso que, hace sólo tres días, era mi tormento, fuera un sueño que se va desvaneciendo.

Lo hice, sí; pero, ante tu realidad, cuanto más va pasando el tiempo, más va perdiendo sus extremos cortantes.

Estas noches he pensado mucho.

En Joppe tengo un pariente que es bueno, aunque haya sido causa involuntaria de mi mal, pues por él conocí a aquella mujer.

Que esto te diga si podíamos saber de quién era hija…

¿De la primera mujer de mi padre? Sí, lo habrá sido; pero no de mi padre; llevaba otro nombre y venía de lejos.

Conoció a mi pariente por unas transacciones de mercancías. Yo la conocí así.

Mi pariente ambiciona mis negocios. Y se los voy a ofrecer, porque sin dueño se perderían.

Los adquirirá. Incluso por no sentir todo el remordimiento de haber sido causa de mi mal… Así podré bastarme y seguirte tranquilo.

Sólo te pido que me concedas la compañía de este Isaac que nombras; tengo miedo de estar solo con mis pensamientos: son demasiado tristes todavía…

–    Te daré su compañía.

Tiene buen corazón. El dolor lo ha perfeccionado. Ha llevado su cruz durante treinta años. Sabe lo que es el sufrimiento…

Nosotros, entretanto, continuaremos. Nos alcanzaréis en Nazaret.  

Simón pregunta:

–     ¿No nos vamos a detener en casa de José? 

Jesús responde: 

–     José está probablemente en Jerusalén…

El Sanedrín tiene mucho que hacer. De todas formas lo sabremos por Isaac.

Si está, le llevaremos nuestra paz; si no, nos quedaremos sólo a descansar una noche.

Tengo prisa de llegar a Galilea.

Allí hay una Madre que sufre, porque tenéis que pensar que hay a quien le apremia causarle dolor y quiero confortarla.

53 LUZ Y SAL DE LA TIERRA


53 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús y todos los suyos, ya son trece más Él, están siete en cada barca, en el lago de Galilea.

Jesús va en la barca de Pedro la primera, junto con Pedro, Andrés, Simón, José y los dos primos.

En la otra van los dos hijos de Zebedeo con Judas Iscariote, Felipe, Tomás, Natanael y Mateo.

Las barcas avanzan ligeras, con las velas desplegadas, impulsadas por un viento boreal que apenas encrespa el agua en pequeños pliegues, marcados por un hilo de espuma que dibuja un tul sobre el azul turquesa del hermoso lago sereno.

Avanzan, dejando detrás dos estelas que en la base confunden sus espumas, porque casi navegan emparejadas, con  la barca de Pedro apenas unos dos metros más adelante.

De barca a barca, a pocos metros la una de la otra, hay un intercambio de comentarios, noticias, en los cuales los galileos están ilustrando y explicando a los judíos los puntos del lago… 

Con todas sus carácterísticas particulares de los poblados que bordean las riberas; con su comercio, con las personalidades que allí residen, las distancias desde el lugar de partida y de llegada, entre Cafarnaúm y Tiberíades. 

Ahora las barcas no pescan, están sólo preparadas para el transporte de las personas, en un paseo donde los pescadores llevan la batuta del conocimiento marítimo y lo comparten alegremente con sus compañeros,

Jesús está sentado en la proa. Está disfrutando de la belleza que lo circunda, del silencio, del cielo despejado, del viento fresco que le acaricia el rostro, de las olas que con suave vaivén, mueven las barcas

y bañan las playas en las riberas verdes esparcidas entre los poblados, que lucen totalmente blancos y hermosos, enmarcados por las colinas en la lejanía. 

Porque son un verdadero deleite las bellezas que circundan en la Tierra Prometida, para el gozo de los que la contemplan…

Jesús está recargado sobre un montón de velas, con la cabeza inclinada sobre el espejo zafiro del hermoso lago reflejado en sus ojos y que se confunden en todo ese azul prístino de cielo y de mar.

Parece distraído a la conversación de los discípulos. 

Va totalmente absorto en sus pensamientos, muy hacia delante en la proa, como si lo único que le interesara es cuanto vive bajo la transparencia del agua. 

Pedro le pregunta dos veces que si el sol que ya está en su cenit, no le molesta. Luego le ofrece pan y queso.

Pero Jesús no quiere nada y Pedro lo deja en paz.

Un grupo de lujosas barcas de recreo, pequeñas y ligeras, adornadas con baldaquines de púrpura y mullidos cojines, se atraviesan en el camino que llevan las barcas de los pescadores.

Estrépito de música, risas y perfumes, pasan con ellas. Pues las hermosas mujeres, acompañadas con alegres romanos, palestinos, griegos y otras provincias del imperio, como lo indican sus lujosas vestiduras.

Son jóvenes, ricos y despreocupados, se deleitan con un derroche de alegría, entre un festin de viandas y licores.

Un joven griego delgado, espigado, moreno como una aceituna casi madura, lujosamente ataviado, con un vestido rojo corto, delimitado en la parte baja por una preciosa greca y sujeto a la cintura por un cinturón que es una obra maestra de orfebrería,  hablando en su idioma nativo…

Dice con gran homenaje:

–   ¿La Hélade es hermosa? Pero ni siquiera mi olímpica patria tiene este azul y estas flores.

En realidad no es extraño que las diosas la hayan abandonado para venir aquí. Arrojemos flores sobre las diosas, ¡Que ya no son griegas, sino judías!

Y esparce sobre las mujeres que van en su barca, pétalos de espléndidas rosas. Y avienta flores completas a la barca más cercana.

Un romano responde:

–    ¡Deshoja! ¡Arroja más, griego! Pues Venus está conmigo. Yo no desfloro. ¡Yo recojo las rosas de esta hermosa boca! ¡Es mucho más dulce!

Y se inclina a besar la boca entreabierta y sonriente de la bellísima rubia que tiene la cabeza entre sus piernas y va recostada entre cojines.

En este momento ya las barcas grandes tienen literalmente encima a las barcas pequeñas.

Y están a punto de chocar, tanto por la impericia de los bogadores, como por juego del viento.

Pedro grita muy enojado:

–     ¡Tened cuidado, si queréis seguir viviendo! – mientras vira, dando un golpe de pértiga para evitar la embestida.

Improperios de hombres y gritos espantados de las mujeres, se intercambian entre las barcas.

Los romanos insultan a los galileos:

–     ¡Alejaos, perros judíos!

Pedro, rojo como un gallo de pelea, de pie sobre el borde de la barca que se balancea; con las manos en la cintura, responde vivamente y no perdona a nadie. Ni a romanos, ni griegos, ni hebreos y hebreas.

Y especialmente a estas últimas les dedica un ramillete de floridos agravios que es mejor dejar en la pluma…

El altercado dura mientras la maraña de quillas y de remos, no se deshace.

Y cada quién se va por su camino.

Jesús no cambió de posición. Se quedó sentado y ausente. Sin mirar, ni decir nada. Ni a las barcas, ni a sus ocupantes.

Apoyado sobre el codo, sigue mirando la lejana ribera, como si no sucediese nada a su alrededor.  

Entonces a Él también le avientan una flor, que casi le pega en la cara y se oye una risa femenina.

Es la rubia del romano, que dice:

–   ¡También los dioses abandonaron el Olimpo! ¡Allí está Apolo, esperándome!…

Y suelta una cantarina carcajada, que resuena en un silencio  sepulcral…

TODOS han sido testigos del piropo y la insinuación…

Pero Él… Sin dirigirles siquiera una mirada… ¡NADA!

Jesús permanece impertérrito.  Apoyado sobre un codo, ha seguido mirando la ribera lejana como si nada sucediese.  

La rosa cae sobre las tablas y llega hasta los pies de Pedro que hierve como una caldera.

Cuando las barcas se alejan, la rubia se pone de pie y mira atentamente el sereno, inaccesible e indiferente rostro de Jesús; que parece tan lejano del mundo.

Y su carcajada cantarina, viaja por el aire como si tuviera amplificador.

El percance de tráfico marítimo se convierte en una anécdota más y…

Mientras los romanos comentan y las mujeres se regocijan con el incidente…

En las barcas hebreas,

Judas de Keriot pregunta:

–     Dime, Simón. Responde, tú que eres judío como yo. ¿Esa guapísima rubia que estaba en el regazo del romano, la que se ha puesto en pie hace poco, no es la hermana de Lázaro de Betania?

Simón Cananeo responde seco:

–     No sé nada. He vuelto al mundo de los vivos hace poco y esa mujer es joven.

Judas dice con ironía:

–     ¡Supongo que no irás a decirme que no conoces a Lázaro de Betania!

Sé perfectamente que eres amigo suyo y que has estado donde él con el Maestro.  

Simón responde cortante:

–    ¿Y si eso fuera así?

Judas permanece implacable:

–     Dado que es así, digo yo, tienes que conocer también a la pecadora que es hermana de Lázaro. ¡La conocen hasta las tumbas!

Hace diez años que da que hablar de sí. Apenas fue púber, comenzó a ser ligera de cascos. ¡Pero, desde hace más de cuatro años!… No es posible que ignores el escándalo, aunque estuvieras en el “valle de los muertos”.

Habló de ello toda Jerusalén.

Lázaro se encerró entonces en Betania. Bueno, hizo bien. Nadie habría vuelto a poner el pie en su espléndido palacio de Sión por el que ella iba y venía.

Quiero decir: ninguno que fuera santo. En los pueblos… ¡Ya se sabe!… Y además, ahora ella está por todas partes, menos en su casa… Ahora está de seguro, en Mágdala…

Tal vez encontró algún nuevo amor… ¿No respondes? ¿Puedes decirme que no es verdad?

–     No rebato. Callo.

–    ¿Entonces es ella? ¡Tú también la has reconocido!

Simón suspira, antes de responder:

–     La conocí cuando era niña y pura.

Ahora vuelvo a verla… No obstante, la reconozco. Impúdicamente reproduce la efigie de su madre, una santa.

–     Y entonces, ¿Por qué casi negabas que fuera la hermana de tu amigo?

–     Especialmente si somos honestos tratamos de mantener cubiertas nuestras llagas y las de aquellos que amamos.

Judas absorbe el inevitable golpe y se ríe forzadamente.

Pedro observa:

–     Así es, Simón. Y tú eres una persona honesta.

Judas insiste, dirigiéndose a Pedro:

–    ¿Y tú la reconociste? Seguro que vas a Mágdala a vender tus pescados. ¡¿Y quién sabe cuántas veces la habrás visto?! ¿Tú la habías reconocido?

Pedro contesta, con un dejo de fastidio:

–      Muchacho, debes saber que cuando uno tiene las espaldas cansadas por un trabajo honesto, las hembras no apetecen; se desea sólo el lecho honesto de nuestra esposa.  

Judas no se apacigua:

–     ¡Eh! ¡Pero lo bello a todos gusta! Al menos que no se vea otra cosa, se le mira.

–     ¿Para qué? ¿Para decir: ‘No es comida para tu mesa’?

De mi trabajo en el lago he aprendido varias cosas y una de ellas, es que peces de agua dulce y de fondo; no están hechos para agua salada ni vertiginosa.

–     ¿Qué quieres decir?

–      Quiero decir que cada uno debe estar en su lugar; para no morir de mala muerte.

–     ¿Te hacía morir la Magdalena?

–      No. Tengo el cuero duro. Pero ya que me lo dices. ¿Acaso tal vez, tú te sientes mal?

Incluso me habrías soportado a mí con tal de estar más cerca… Es tan cierto lo que digo, que me honras con tu palabra por gracia suya, después de tantos días de silencio. 

Judas exclama escandalizado:

–      ¿Yo? ¡Pero si ni siquiera me hubiera visto! Ella sólo miraba al Maestro!

–      ¡Ja!, ¡Ja!, ¡Ja! ¡Mentiroso! ¡Y dices que no estabas mirándola! ¿Cómo has podido ver a dónde miraba, sí no la estabas mirando?

Todos se ríen ante la fina observación irónica de Pedro; menos Judas, Jesús y el Zelote.

Jesús, que parecía que no oía; pone fin a la discusión preguntando a Pedro:

–     ¿Es aquello Tiberíades?

Pedro responde:

–      Sí, Maestro. Ahora llegamos.

Jesús señala una pequeña ensenada:

–      Espera. ¿Puedes meterte en aquel lugar tranquilo? Quiero hablaros solo a vosotros, antes de entrar en la ciudad.

Pedro contesta solícito:

–      Mido el fondo y te lo diré.

Pedro echa una pértiga larga y lentamente va hacia la playa.

Finalmente dice:

–    Se puede, Maestro. ¿Quieres que me acerque más?

Jesús responde:

–    Todo lo que puedas. Hay sombra y paz. Me gusta.

Pedro va hasta la ribera y como a unos quince metros,

Jesús le dice:

–     Detente.

Y a los de la otra barca:

–     Vosotros, acercaos lo más que podáis para oír.

Jesús deja su lugar y se sienta en el centro de la barca; de tal forma que todos le puedan oír:

–    ‘Escuchad:

Os parecerá que algunas veces no ponga atención a vuestras conversaciones y que por eso sea Yo, un Maestro descuidado, que no se preocupa de sus discípulos.

Tened en cuenta que mi alma no os abandona ni un instante.

¿Habéis visto a un médico cuando estudia a un enfermo de un mal que no conoce y que tiene síntomas raros?

No separa sus ojos de él. Después de haberlo visitado, lo vigila. Cuando duerme y cuando está despierto.

Por la mañana y por la tarde, cuando está callado y cuando habla; porque todo puede ser un medio y guía; para descifrar la enfermedad que oculta y curarla.

Os tengo unidos con hilos invisibles, pero sensibilísimos que están en Mí y me trasmiten aún las más leves vibraciones de vuestro ‘yo’.

Os dejo que penséis que sois libres, para que manifestéis cada vez más lo que sois. Cosa que sucede cuando un alumno o un maníaco, cree que el vigilante lo ha perdido de vista.

¿Qué sois? ¿Qué debéis ser? Sois la Sal de la Tierra. Y debéis ser la luz del mundo. Os escogí Yo…

Vosotros sois un grupo de personas, pero formáis un núcleo; o sea, una cosa sola.

Por tanto, sois un complejo que se forma como ente.

Y que debe ser estudiado en sus características singulares más o menos buenas, para formarlo; amalgamarlo, quitarle las aristas, enriquecer sus lados poliédricos y hacer de él una única cosa perfecta.

Por tanto, Yo os estudio; me sois objeto de estudio incluso cuando dormís.

La sal de la tierra
13. «Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres.

¿Qué sois vosotros? ¿Qué tenéis que llegar a ser? Vosotros sois la sal de la tierra; tales debéis llegar a ser: Sal de la Tierra.

Con la sal se preservan las carnes de la corrupción y no sólo la carne, sino muchos otros alimentos.  Pero, ¿Acaso podría la sal salar, si no fuera salada?

Yo quiero salar el mundo con vosotros, para sazonarlo de UN SABOR CELESTIAL. Pero, ¿Cómo podéis salar si me perdéis sabor?

¿Qué os hace perder sabor celeste? Lo que es humano.

El agua del mar, del verdadero mar, no es buena para beber por lo salada que es ¿No es verdad?

Y a pesar de todo, si uno coge una copa de agua de mar y la echa en una hidria de agua dulce puede beber, porque el agua de mar está tan diluida que ha perdido su acritud.

La Humanidad es como el agua dulce que se mezcla con vuestra salinidad celeste.

Aún más; suponiendo que se pudiera derivar un río del mar e introducirlo en el agua de este lago, ¿Acaso podrías volver a encontrar ese hilo de agua salada?

¡NO! Habría quedado perdido entre tanta agua dulce. Esto sucede con vosotros cuando sumergís vuestra misión, en mucha humanidad.

Sois hombres. Sí. Lo sé. Pero ¿Y Yo quién soy? Yo soy Aquel que tiene consigo toda la Fuerza.

Y ¿Qué hago Yo? Os comunico esta fuerza, puesto que os he llamado.

Pero ¿Para qué sirve que os la comunique si la desparramáis bajo avalanchas de carnalidad y de sentimientos humanos?

VOSOTROS SÓIS, DEBÉIS SER, LA LUZ DEL MUNDO. 

Os he elegido: Yo, Luz de Dios, entre los hombres; para continuar iluminando al Mundo una vez que YO haya vuelto al Padre.

Pero, ¿Podéis iluminar si no sois más que unos candiles apagados o humeantes? ¡NO!

Es más, con vuestro humo peor es el humo turbio, que la absoluta muerte de una mecha. Nublaís ese vestigio de luz que aún pueden tener los corazones.

¡OH, DESDICHADOS AQUELLOS QUE BUSCANDO A DIOS SE DIRIJAN A LOS APÓSTOLES

Y EN VEZ DE LUZ OBTENGAN HUMO!

SACARÁN DE ELLO ESCÁNDALO Y MUERTE.

AHORA BIEN, LOS APÓSTOLES INDIGNOS RECIBIRÁN MALDICIÓN Y CASTIGO

¡Habéis sido llamados para grandes cosas, pero al mismo tiempo tenéis un Grande, Tremendo Compromiso!

Acordaos de que aquel a quien más se le da más está obligado a dar.

Y a vosotros se os da el máximo, en instrucción y en don. Sois instruidos por mí, Verbo de Dios, y recibís de Dios el don de ser “los discípulos”, o sea, los continuadores del Hijo de Dios.

Quisiera que esta elección vuestra fuera siempre objeto de vuestra meditación, y que continuarais escrutándoos y sopesándoos…

Y si uno siente que es apto SÓLO PARA SER FIEL – no quiero siquiera decir: “si uno no se siente más que pecador e impenitente”.

Digo sólo: “si uno se siente apto para ser sólo un fiel” – pero no siente en sí nervio de apóstol, es mejor que se retire.

El mundo, para sus amantes, es muy vasto, bonito, suficiente, vario. Ofrece todas las flores y todos los frutos aptos para el vientre y para la sensualidad.

Yo no ofrezco más que una cosa: LA SANTIDAD. Ésta en la Tierra, es la cosa más angosta, pobre, abrupta, espinosa, perseguida que hay.

En el Cielo su angostura se vuelve inmensidad; su pobreza, riqueza; su espinosidad, alfombra florida; su escabrosidad, sendero liso y suave; SU PERSECUCIÓN, PAZ Y BEATITUD. 

Pero aquí, ser santo supone un esfuerzo heroico. Yo no os ofrezco más que esto.

¿Queréis permanecer conmigo? ¿No os sentís capaces de hacerlo? ¡Oh, no os miréis asombrados o apenados! Aún muchas veces me oiréis hacer esta pregunta.

Cuando la oigáis, pensad que mi Corazón al hacerla llora, porque se siente herido por vuestra sordera ante la vocación.

Examinaos, entonces…

Y luego juzgad con honestidad y sinceridad. Y DECIDID.  Decidid para no ser réprobos.

Decid: “Maestro, amigos, me doy cuenta de que no estoy hecho para este camino. Os doy un beso de despedida y os digo: rogad por mí”. Mejor es esto que traicionar. Mejor esto…

¿Qué decís? ¿A quién, traicionar? ¿A quién? A Mí.

A mi causa, a la causa de Dios, porque Yo soy uno con el Padre, y a vosotros. Sí. Os traicionaríais. Traicionaríais vuestra alma, dándosela a Satanás.

¿Queréis seguir siendo hebreos? Pues Yo no os fuerzo a cambiar. PERO NO TRAICIONÉIS. No traicionéis a vuestra alma, al Cristo y a Dios.

Os juro que ni Yo ni mis fieles os criticarán, como tampoco os señalarán con el dedo para desprecio de las turbas fieles.

Hace poco un hermano vuestro ha dicho una gran sabiduría: “Nuestras llagas y las de los que amamos uno trata de mantenerlas escondidas”.

Pues bien, quien se separase sería una llaga, una gangrena que nacida en nuestro organismo apostólico, se desprendería por necrosis completa; dejando un signo doloroso que con todo cuidado mantendríamos escondido.

No. No lloréis, vosotros los mejores, no lloréis. Yo no os guardo rencor, ni soy intransigente por veros tan lentos. Os acabo de tomar y no puedo pretender que seáis perfectos.

Pero es que ni siquiera lo pretenderé dentro de unos años, después de decir cien y doscientas veces inútilmente, las mismas cosas…

Es más, escuchad:

Pasados unos años seréis al menos algunos, menos ardorosos que ahora que sois neófitos.

La vida es así… la humanidad es así… Pierde el ímpetu después del arranque inicial. 

Jesús se levanta de repente y continúa:

PERO OS JURO QUE YO VENCERÉ.

Depurados por natural selección, fortificados por una mixtura sobrenatural vosotros, los mejores; seréis mis héroes, los héroes del Cristo, los héroes del Cielo.

“Oh Jesús Sacerdote, guarda a tus sacerdotes en el recinto de tu Corazón Sacratísimo, donde nadie pueda hacerles daño alguno; guarda puros sus labios, diariamente enrojecidos por tu Preciosísima Sangre. Entregamos en tus divinas manos a TODOS tus sacerdotes. Tú los conoces. Defiéndelos, Ayúdalos y SOSTENLOS, para que el Maligno no pueda tocarlos. Amén

EL PODER DE LOS CÉSARES SERÁ POLVO RESPECTO A LA REALEZA DE VUESTRO SACERDOCIO.

Vosotros pobres pescadores de Galilea; vosotros ignotos judíos, vosotros, números entre la masa de los hombres presentes, seréis más conocidos, aclamados, venerados, que César,

 Y que todos los Césares que tuvo y que tendrá la Tierra.

Vosotros conocidos, vosotros benditos en un próximo futuro y en el más remoto de los siglos, hasta el Fin del Mundo.

Para este sublime destino os elijo a vosotros, que sois honestos en la voluntad. Y para que seáis capaces de él, os doy las líneas esenciales de vuestro carácter de apóstoles.

Estad siempre vigilantes y preparados.

Vuestros lomos estén ceñidos, siempre ceñidos, y vuestras lámparas encendidas, como es propio de quienes de un momento a otro tienen que partir o acudir al encuentro de uno que llega.

Y LA VERDAD ES QUE VOSOTROS SÓIS…

Seréis hasta que la muerte os detenga, los incansables peregrinos que van en busca de los errantes.

Y hasta que la muerte la apague, vuestra lámpara debe ser mantenida alta y encendida para indicar el camino a los extraviados que van hacia el Redil de Cristo.

Tenéis que ser fieles al Dueño que os ha colocado en cabeza para este servicio.

Será premiado aquel siervo al que el Dueño encuentre siempre vigilante y la muerte sorprenda en estado de gracia.

No podéis, no debéis decir: “Soy joven. Tengo tiempo de hacer esto o aquello y luego pensar en el Dueño, en la muerte, en mi alma”.

Mueren tanto los jóvenes como los viejos, los fuertes como los débiles.

Y viejos y jóvenes, fuertes y débiles, están igualmente sujetos al asalto de la Tentación.

Tened en cuenta que el alma puede morir antes que el cuerpo y podéis llevar en vuestro caminar sin saberlo, un alma putrefacta. ¡Es tan insensible el morir de un alma!

Como la muerte de una flor: sin un grito, sin una convulsión… Inclina sólo su llama como corola cansada y se apaga.

Después, mucho después alguna vez, inmediatamente después otras veces, el cuerpo advierte que lleva dentro un cadáver putrefacto y se vuelve loco de espanto.

Y SE MATA POR HUIR DE ESTE CONNUBIO…  

¡Oh, no huye! Cae exactamente con su alma agusanada sobre un bullir de sierpes en la Gehena.

No seáis deshonestos como intermediarios o leguleyos que se ponen de parte de dos clientes opuestos. No seáis falsos como los politicastros que llaman “amigo” a éste y a aquél, y luego son enemigos de ambos.

No penséis actuar de dos modos. De Dios nadie se burla. A Dios no se le engaña.

Comportaos con los hombres como os comportáis con Dios, porque una ofensa hecha a los hombres es como si hubiera sido hecha a Dios.

Desead ser vistos por Dios como deseáis ser vistos por los hombres. Sed humildes. No podéis acusar a vuestro Maestro de no serlo. Yo os doy el ejemplo. Haced como hago Yo.

Humildes, dulces, pacientes. El mundo se conquista con esto, no con violencia y fuerza.

Sed fuertes y violentos contra vuestros vicios, eso sí; arrancadlos de raíz, a costa incluso de dejaros desgarrados pedazos de corazón.

22. «La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso;
23. pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará a oscuras. Y, si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué oscuridad habrá! Mateo 6

Hace unos días os he dicho que vigiléis las miradas, mas no lo sabéis hacer. Os digo: sería mejor que os quedarais ciegos arrancándoos los ojos libertinos que acabar siendo lujuriosos.

Sed sinceros. Yo soy Verdad en las cosas excelsas y en las humanas. Deseo que también vosotros seáis auténticos.

¿Por qué andarse con engaños conmigo o con los hermanos o con el prójimo? ¿Por qué jugar con engaño?

¿Tan orgullosos como sois, y no tenéis el orgullo de decir: “Quiero que no me puedan considerar mentiroso”?

Y sed auténticos con Dios. ¿Creéis que lo engañáis con formas de oraciones largas y vistosas? ¡Pobres hijos! ¡Dios ve el corazón! Haced el bien castamente.

Me refiero también a la limosna. Un publicano ha sabido hacerlo antes de su conversión. ¿Y vosotros no vais a saberlo hacer?

Sí, te alabo, Mateo, por la casta ofrenda semanal de la que sólo Yo y el Padre sabíamos que era tuya.

Y te cito como ejemplo. Esto también es castidad, amigos.

No descubrir vuestra bondad, de la misma forma que no desvestiríais a una hija vuestra adolescente ante los ojos de una multitud.

Sed vírgenes al hacer el bien. El acto bueno es virgen cuando resulta exento de connubio con pensamiento de alabanza y de estima, o exento de soberbia.

Sed fieles esposos de vuestra vocación a Dios. No podéis servir a dos señores. El lecho nupcial no puede acoger a dos esposas contemporáneamente.

Dios y Satanás no pueden compartir vuestros amorosos abrazos.

El hombre no puede, como tampoco lo pueden ni Dios ni Satanás, compartir un triple abrazo en antítesis entre los tres que se lo dan.

Manteneos al margen de hambre de oro, como de hambre de carne; de hambre de carne, como de hambre de poder.

12. = ¡Feliz = el hombre = que soporta = la prueba! Superada la prueba, recibirá la corona de la vida que ha prometido el Señor a los que le aman. 13. Ninguno, cuando sea probado, diga: «Es Dios quien me prueba»; porque Dios ni es probado por el mal ni prueba a nadie. 14. Sino que cada uno es probado por su propia concupiscencia que le arrastra y le seduce. 15. Después la concupiscencia, cuando ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, una vez consumado, engendra la muerte. Santiago 1

Satanás os ofrece esto. ¡Oh, sus falaces riquezas! Honores, éxito, poder, abundancias: mercados obscenos cuya moneda es vuestra alma.

Contentaos con lo poco. Dios os da lo necesario. Basta.

Esto os lo garantiza, de la misma forma que se lo garantiza al ave del cielo, y vosotros valéis mucho más que los pájaros.

Pero Dios quiere de vosotros confianza y sobriedad. Si tenéis confianza, no os defraudará: si tenéis sobriedad, su don diario os bastará.

No seáis paganos, siendo, de nombre, de Dios. Paganos son aquellos que, más que a Dios, aman el oro y el poder para aparecer como semidioses.

Sed santos y seréis semejantes a Dios eternamente. No seáis intransigentes. Todos sois pecadores; por tanto, quered ser con los demás como querríais que los demás fueran con vosotros: llenos de compasión y perdón.

No juzguéis. ¡Oh, no juzguéis! Ya veis – a pesar de que hace poco que estáis conmigo – cuántas veces, siendo inocente, he sido ilícitamente mal juzgado y acusado de pecados inexistentes.

El mal juicio es ofensa, y sólo los verdaderos santos no devuelven ofensa por ofensa.

Por tanto, absteneos de ofender para no ser ofendidos. Así no faltaréis ni a la caridad, ni a la santa, amable, suave humildad, la enemiga de Satanás junto con la castidad.

Perdonad, perdonad siempre. Decid: “Perdono, Padre, para que Tú perdones mis infinitos pecados”.

Haceos mejores cada hora que pase, con paciencia, con firmeza, con heroicidad. ¿Quién puede deciros que llegar a ser bueno no sea penoso?

La castidad no es una cuestión fácil. Vas contracorriente todos los días. Aristóteles decía: “No hay conquista más grande, que la conquista de uno mismo. Es una libertad, la libertad de hacer lo correcto. La castidad es un entrenamiento. Le estoy siendo fiel a mi esposa, antes de conocerla… Eduardo Verástegui

Es más, os digo: es el mayor entre los esfuerzos.

Pero el premio en el Cielo; por tanto, merece la pena consumirse en este esfuerzo.

Y amad. ¡Oh!, ¿Qué palabra debería decir para induciros al amor? No existe ninguna que sea adecuada para convertiros a él, ¡Oh, pobres hombres a los que Satanás azuza!

Entonces, he aquí que Yo digo: “Padre, acelera la hora del lavacro. Esta tierra está seca. Este rebaño tuyo está enfermo. Pero hay un rocío que puede aplacar la aridez y limpiar.

Abre, abre su fuente. Ábreme a Mí, ábreme. Padre, Yo ardo por hacer tu deseo, que es el mío y el del Amor Eterno. ¡Padre!, ¡Padre!, Padre! Dirige tu mirada sobre tu Cordero y sé Tú su Sacrificador”.

Jesús se manifiesta realmente inspirado.

Erguido en pie, con los -brazos extendidos en cruz, el rostro hacia el cielo, con el azul del lago detrás, con su vestido de lino, parece un arcángel orante.

51 INICIA LA PERSECUCIÓN


51 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús está en Betsaida.

Habla de pie en la barca en que ha venido, que está casi encallada en la arena de la orilla, atada a una estaca de un pequeño espigón rudimentario.

Mucha gente, sentada en semicírculo sobre la arena, lo está escuchando.

Jesús acaba de empezar su discurso:

«… En esto veo que me amáis también vosotros los de Cafarnaúm, que me habéis seguido dejando negocios y comodidades con tal de oír la Palabra que os adoctrina.

Sé también que ello, más que el hecho de dejar de lado esos negocios, con el consiguiente perjuicio a vuestra bolsa, os acarrea burlas e incluso menoscabo social.

Sé que Simón, Elí, Urías y Joaquín se muestran contrarios a Mí; hoy contrarios, mañana enemigos. Y os digo, porque no engaño a nadie, ni quiero engañaros a vosotros, mis fieles amigos, que para perjudicarMe,

para proporcionarMe dolor, para vencerMe aislándome; ellos, los poderosos de Cafarnaúm, usarán todos los medios… Tanto insinuaciones como amenazas, tanto el escarnio como la calumnia.

TODO USARÁ EL ENEMIGO  COMÚN, PARA ARRANCAR ALMAS A CRISTO.  Convirtiéndolas en presa propia.

Os digo: Quien persevere se salvará; mas os digo también:

QUIÉN AME MÁS LA VIDA Y EL BIENESTAR que la Salud Eterna, es libre de marcharse, de dejarMe, de ocuparse de la pequeña vida y del transitorio bienestar. Yo no retengo a nadie.

El hombre es un ser libre. Yo he venido a liberar aún más al hombre. Liberarlo del pecado, para el espíritu. Y de las cadenas:

Una religión deformada, opresiva, que no hace sino sofocar bajo ríos de cláusulas, de palabras, de preceptos, la verdadera Palabra de Dios: limpia, concisa, luminosa, fácil, santa, perfecta.

Mi Venida es criba de las conciencias: Yo recojo mi trigo en la era y lo trillo con la doctrina de sacrificio y lo cierno con el cernedor de su propia voluntad.

La cascarilla, el sorgo, la veza, la cizaña, volarán ligeros e inútiles; para caer pesados y nocivos y ser alimento de volátiles.

En mi granero no entrará sino el trigo selecto, puro, consistente, bueno. El trigo son los santos.

Desde hace siglos existe un duelo entre el Eterno y Satanás.

Satanás, enorgullecido por su primera victoria sobre el hombre, le dijo a Dios:

“Tus criaturas serán mías para siempre. Ni siquiera el Castigo, ni la Ley que quieres darles, NADA, las hará capaces de ganarse el Cielo,

Y esta Morada tuya, de la cual me expulsaste a mí, que soy el único inteligente entre los seres creados por Tí; esta Morada, se te quedará vacía; inútil, triste como todas las cosas inútiles”.

Y el Eterno respondió al Maldito:

Podrás esto mientras tu veneno, solo, reine en el hombre. Pero Yo mandaré a mi Verbo y su Palabra neutralizará tu veneno, sanará los corazones, los curará de la demencia con que los has manchado o convertido en diablos. Y volverán a Mí.

Como ovejas que descarriadas, vuelven a encontrar al pastor; volverán a mi Redil.

Y EL CIELO SERÁ POBLADO: para ellos lo he hecho.

Rechinarán tus horribles dientes de impotente rabia, allí, en tu hórrido reino; prisionero y maldito, sobre ti los ángeles volcarán la piedra de Dios y la sellarán.

Tinieblas y Odio os acompañarán a ti y a los tuyos.

Los míos tendrán sin embargo, Luz, Amor, canto y beatitud, libertad infinita, eterna, sublime”.

Satanás, con risotada burlesca juró:

`Juro por mi Gehena que vendré cuando llegue la hora. Omnipresente estaré junto a los evangelizados. Y veremos si eres Tú el vencedor o lo soy yo”.

Sí, para cribaros Satanás os insidia y Yo os rodeo. Los contendientes somos dos: Yo y él.

Vosotros estáis en el medio.

EL DUELO DEL AMOR Y EL ODIO,

DE LA SABIDURÍA Y LA IGNORANCIA,

DE LA BONDAD Y EL MAL,

ESTÁ SOBRE VOSOTROS Y EN TORNO A VOSOTROS.

Yo Soy suficiente para repeler los malvados golpes dirigidos a vosotros.

Me coloco en medio entre el arma satánica y vuestro ser.

Y ACEPTO SER HERIDO EN LUGAR DE VOSOTROS, PORQUE OS AMO.

Pero en vuestro interior, vosotros debéis repeler CON VUESTRA VOLUNTAD los golpes, corriendo hacia Mí, poniéndoos en mi Camino, que es Verdad y Vida.

QUIEN NO ANHELA EL CIELO, NO LO TENDRÁ. 

Quien no es apto para ser discípulo del Cristo será como cascarilla ligera que el viento del mundo se llevará consigo.

Los Enemigos del Cristo son semilla nociva que renacerá en el reino satánico.

Sé por qué habéis venido, vosotros de Cafarnaúm.

Y tengo la conciencia tan libre del pecado que se me atribuye. Y en nombre del cual, inexistente, se me murmura a mis espaldas.

Insinuándoos que oírme y seguirme significa complicidad con el pecador, que no temo dar a conocer la razón de ello a estos de Betsaida.

Entre vosotros, habitantes de Betsaida, hay algunos ancianos que no se han olvidado por distintas razones, de la Beldad de Corozaín; hay hombres que pecaron con ella, hay mujeres que por su causa lloraron.

LlORARON…  Y aún no había venido Yo a decir: “¡Amad a quien os perjudica!” –

Lloraron para después regocijarse, cuando vinieron a saber que la había mordido la podredumbre que rezumaba de sus entrañas impuras, hacia afuera de su espléndido cuerpo:

De aquella lepra más grave que le había roído su alma de adúltera, homicida y meretriz.

Adúltera setenta veces siete, con cualquiera con tal de que tuviese el nombre “hombre” y tuviese dinero. Homicida siete veces siete de sus concepciones ilegítimas; meretriz sólo por vicio, ni siquiera por necesidad.

¡Os comprendo, esposas traicionadas!

Comprendo vuestro regocijo, cuando se os dijo: “Las carnes de la Beldad están más fétidas y más descompuestas que las de un animal muerto tendido en la cuneta de una vía transitada, presa de cuervos y gusanos”.

Mas Yo os digo: SABED PERDONAR.

Dios ha llevado a cabo vuestra venganza; luego ha perdonado. Perdonad también vosotras.

Yo la he perdonado en vuestro nombre, porque sé que sois buenas, mujeres de Betsaida que me saludáis gritando: “¡Bendito sea el Cordero de Dios! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!“.

Si soy Cordero y me reconocéis como tal. Sí, vengo a estar entre vosotras Yo, Cordero.

Vosotras debéis transformaros todas en ovejas mansas, incluso aquellas a las que un lejano, ya lejano dolor de esposa traicionada, inviste de instintos como los de una fiera que defiende su guarida.

Yo, siendo Cordero, no podría permanecer entre vosotras si os comportarais como tigres y hienas.

Aquel que viene en el Nombre santísimo de Dios a recoger a justos y a pecadores, para conducirlos al Cielo ha ido también adonde la arrepentida y le ha dicho: “Queda limpia. Ve. Expía”.

Esto lo ha hecho en sábado. De esto se me acusa. Acusación oficial.

La segunda acusación es el hecho de haberme acercado a una meretriz.

Una mujer que fue meretriz; en ese momento no era sino un alma que lloraba su pecado. Pues bien, digo: Lo he hecho y seguiré haciéndolo.

Traedme el Libro, escrutadlo, estudiadlo, desentrañad su contenido.

Encontrad si os resulta posible, un punto que prohíba al médico atender a un enfermo; a un levita ocuparse del altar, a un sacerdote no escuchar a un fiel… sólo porque sea sábado.

Yo, si lo encontráis y me lo mostráis diré, dándome golpes de pecho:

“Señor, he pecado en tu presencia y en presencia de los hombres. No soy digno de tu perdón, pero si Tú quieres mostrarte compasivo con tu siervo, te bendeciré mientras dure mi soplo vital”.

Porque esa alma era una enferma, y los enfermos tienen necesidad del Médico.

Era un altar profanado y tenía necesidad de ser purificado por un levita.

Era un fiel que se dirigía a adorar al Templo verdadero del Dios verdadero y tenía necesidad del sacerdote que en él le introdujera.

En verdad os digo que Yo soy el Médico, el Levita, el Sacerdote.

En verdad os digo que, si no cumplo con mi deber perdiendo siquiera una sola de las almas que sienten anhelo de salvación, no salvándola; Dios Padre me pedirá cuentas y me castigará por esta alma perdida.

Este sería mi pecado, según los grandes de Cafarnaúm.

Habría podido esperar para hacerlo, al día siguiente del sábado. Sí. Pero, ¿Por qué retardar otras veinticuatro horas la readmisión en la paz de Dios de un corazón contrito?

En ese corazón había humildad verdadera, cruda sinceridad, dolor perfecto.

Yo leí en ese corazón. La lepra estaba todavía en su cuerpo, más el corazón ya no la padecía debido al bálsamo de años de arrepentimiento, de lágrimas, de expiación.

Ese corazón, para que Dios se acercara a él; sin que esta cercanía contaminase el aura santa que circunda a Dios, NO tenía necesidad sino de que Yo volviera a consagrarlo. Lo he hecho.

Ella salió del lago limpia en la carne sí, pero aún más limpia en el corazón.

¡Cuántos, cuántos de los que han entrado en las aguas del Jordán obedeciendo al mandato del Precursor no han salido tan limpios como ella!

Porque el bautismo de éstos no era el acto voluntario, sentido, sincero, de un espíritu que deseara prepararse a mi venida, sino sólo una forma de aparecer perfectos en santidad ante los ojos del mundo;

Por tanto, era hipocresía y soberbia: dos culpas que aumentaban el cúmulo de culpas preexistentes en su corazón.  

El bautismo de Juan no es más que un símbolo. Os quiere decir: “Limpiaos de la soberbia humillándoos llamándoos pecadores; de las lujurias, lavándoos sus escorias”.

Es el alma la que debe ser bautizada con vuestra voluntad, para estar limpia en el banquete de Dios.

No existe ninguna culpa tan grande que no pueda ser lavada, primero por el arrepentimiento, luego por la Gracia, finalmente por el Salvador.

No hay pecador tan grande que no pueda levantar el rostro humillado y sonreír a una esperanza de redención.

Es suficiente su completitud en la renuncia a la culpa, su heroicidad en el resistir a la tentación, su sinceridad en la voluntad de renacer.

Voy a manifestaros una verdad que a mis enemigos les parecería una blasfemia; pero vosotros sois mis amigos.

Hablo especialmente para vosotros, mis discípulos ya elegidos, aunque también para todos los que me estáis escuchando. Os digo que los ángeles, espíritus puros y perfectos, que viven en la luz de la Santísima Trinidad,

en ella, dentro de su perfección, padecen, y así lo reconocen, una inferioridad respecto a vosotros, hombres lejanos del Cielo.

Su inferioridad es el no poderse sacrificar, no poder sufrir para cooperar en la redención del hombre. Y – ¿Qué os parece? – Dios no toma a un ángel suyo para decirle “sé el Redentor de la Humanidad”, sino que toma a su Hijo.

Y sabiendo que, a pesar de ser incalculable el Sacrificio e infinito su poder, todavía le falta algo – y es bondad paterna que no quiere hacer diferencia entre el Hijo de su amor y los hijos de su poder –

17. Y una voz que salía de los cielos decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco.» MATEO 3

a la suma de los méritos destinados a ser contrapuestos a la suma de los pecados que de hora en hora la Humanidad acumula;

sabiendo esto, no toma a otros ángeles para colmar la medida y no les dice “sufrid para imitar al Cristo”, sino que os lo dice a vosotros, a vosotros, hombres.

Os dice: “Sufrid, sacrificaos, sed semejantes a mi Cordero, sed corredentores…”. ¡Oh…, veo cohortes de ángeles que, dejando por un instante de volar en el éxtasis adorante en torno al Fulcro Trino, se arrodillan, vueltos hacia la tierra,

y dicen: “¡Benditos vosotros, que podéis sufrir con Cristo y por el eterno Dios nuestro y vuestro!

Muchos no comprenderán todavía esta grandeza; es demasiado superior al hombre.

Pero cuando la Hostia sea inmolada, cuando el Trigo eterno torne a la vida para nunca más morir, después de recogerlo, trillarlo, mondarlo y sepultarlo en las entrañas de la tierra,

entonces vendrá el Iluminador superespiritual e iluminará a los espíritus (incluso a los más obtusos, que, a pesar de serlo, hayan permanecido fieles al Cristo Redentor).

Entonces comprenderéis que no he blasfemado, sino que os he anunciado la más alta dignidad del hombre: la de ser corredentor, a pesar de que antes no fuera más que un pecador.

Mientras tanto preparaos a ella con pureza de corazón y de propósitos.

Cuanto más puros seáis, más comprenderéis; porque la impureza – del tipo que sea – es en todo caso humo que obnubila y grava vista e intelecto.

Sed puros. Comenzad a serlo por el cuerpo para pasar al espíritu. Comenzad por los cinco sentidos para pasar a las siete pasiones.

Comenzad por el ojo, sentido que es rey y que abre el camino a la más mordiente y compleja de las hambres.

22. «La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso;
23. pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará a oscuras. Y, si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡Qué oscuridad habrá! Mateo 6

El ojo ve la carne de la mujer y apetece la carne. El ojo ve la riqueza de los ricos y apetece el oro. El ojo ve la potencia de los gobernantes y apetece el poder.

Tened ojo sereno, honesto, moderado, puro, y tendréis deseos serenos, honestos, moderados y puros. Cuanto más puro sea vuestro ojo, más puro será vuestro corazón.

Estad atentos a vuestro ojo, ávido descubridor de los pomos tentadores. Sed castos en las miradas, si queréis ser castos en el cuerpo.

Si tenéis castidad de carne, tendréis castidad de riqueza y de poder; tendréis todas las castidades y seréis amigos de Dios.

No temáis ser objeto de burlas por ser castos, temed sólo ser enemigos de Dios.

Un día oí decir: “El mundo se burlará de ti, considerándote mentiroso o eunuco, si muestras no tender hacia la mujer”.

En verdad os digo que Dios ha puesto el vínculo matrimonial para elevaros a imitadores suyos procreando, a ayudantes suyos poblando los Cielos.

Pero existe un estado más alto, ante el cual los ángeles se inclinan viendo su sublimidad sin poderla imitar.

Un estado que, si bien es perfecto cuando dura desde el nacimiento hasta la muerte, no se encuentra cerrado para aquellos que, no siendo ya vírgenes, arrancan su fecundidad, masculina o femenina.

“Oh Jesús Sacerdote, guarda a tus sacerdotes en el recinto de tu Corazón Sacratísimo, donde nadie pueda hacerles daño alguno; guarda puros sus labios, diariamente enrojecidos por tu Preciosísima Sangre. Entregamos en tus divinas manos a TODOS tus sacerdotes. Tú los conoces. Defiéndelos, Ayúdalos y SOSTENLOS, para que el Maligno no pueda tocarlos. Amén

Y anulan su virilidad animal, para hacerse fecundos y viriles sólo en el espíritu.

Se trata del eunuquismo sin imperfección natural ni mutilación violenta o voluntaria, el eunuquismo que no impide acercarse al altar; es más, que en los siglos venideros, servirá al altar y estará en torno a él.

Es el eunuquismo más elevado, aquel cuyo instrumento amputador es la voluntad de pertenecer a Dios sólo, y conservarle castos el cuerpo y el corazón para que eternamente refuljan con la candidez que el Cordero aprecia.

He hablado para el pueblo y para los elegidos de entre el pueblo. Ahora, antes de entrar a partir el pan y condividir la sal en la casa de Felipe, os bendigo a todos; a los buenos, como premio;

a los pecadores, para animarlos a acercarse a Aquel que ha venido a perdonar. La paz sea con todos vosotros.

Jesús desciende de la barca y pasa entre la multitud que se le agolpa en torno.

En la esquina de una casa está todavía Mateo, quien ha escuchado desde allí al Maestro, no atreviéndose a más.

Cuando llega a ese punto, Jesús se detiene y como bendiciendo a todos, bendice una vez más mirando a Mateo.

Y luego reprende la marcha entre el grupo de los suyos, seguido por el pueblo. 

Y desaparece en una casa…

48 DEJARLO TODO…


48 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús sale al huerto, que aparece todo lavado por el temporal de la tarde anterior y ve a su Madre inclinada hacia unas plantitas.

Va donde Ella y la saluda. ¡Qué dulce es su beso!

Jesús la ciñe los hombros con el brazo izquierdo, la acerca hacia sí y la besa en la frente, en el límite del pelo; luego se inclina para que su Madre lo bese en la mejilla.

Pero lo que completa la delicadeza es la mirada que acompaña al beso:

La de Jesús, toda amor, dentro de lo que tiene de majestuosa y protectora; la de María, toda veneración, aun siendo toda amor.

Cuando se besan así, parece como si el mayor fuera Jesús y Ella fuera la hija jovencita que, de su padre o de su hermano mucho mayor que ella, recibe el beso de la mañana.

Jesús pregunta:

–      ¿Han dañado tus flores el granizo de ayer por la tarde y el viento de la noche?

La voz un poco ronca de Pedro, responde antes que María:

–       No, Maestro. Lo único que ha sucedido es que han quedado muy desordenadas sus ramas.

Jesús levanta la cabeza y ve a Simón Pedro, que lleva sólo la túnica corta, trabajando en enderezar algunas ramas curvadas en lo alto de la higuera.

Jesús inquiere:

–      ¿Ya trabajando?

Pedro contesta:

–       Los pescadores dormimos como los peces:

A todas horas, en cualquier sitio, pero sólo el tiempo que nos dejan descansar y uno se acostumbra.

Esta mañana he oído chirriar la puerta, al alba, y me he dicho: “Simón, Ella ya está levantada. ¡Venga!, ¡Rápido! Ve a ayudarle con tus rudas manos”.

Pensaba que Ella había estado preocupada por sus flores durante esta noche llena de viento. Y no me he equivocado. ¡Conozco a las mujeres!…

Mi mujer también, cuando hay tormenta, da vueltas en la cama como un pez en la red y piensa en sus plantas… ¡Pobrecilla!

Alguna vez le digo: “Estoy seguro de que das menos vueltas cuando tu Simón está en el lago a merced de las olas como una pequeña ramita”. Pero soy injusto, porque es una buena esposa.

No se diría que su madre… Bien: cállate, Pedro, esto no viene a cuento.

No es correcto murmurar y dar a conocer imprudentemente lo que es bueno callar. ¿Ves, Maestro, cómo también en mi cabeza de asno ha entrado tu palabra?

Jesús responde riendo:

–       Tú te lo dices todo. A mí no me queda más que aprobar y admirar tu sabiduría de arboricultor.

María observa:

–       Ya ha atado todos los sarmientos que se habían soltado, ha apuntalado ese peral que está sobrecargado, y ha pasado esas cuerdas bajo aquel granado que ha crecido sólo por una parte.  

–       Sí, parece un viejo fariseo; sólo pende hacia donde le interesa. Yo lo he trabajado como si de una vela se tratara y le he dicho: “¿No sabes que lo justo está en el medio? Ven aquí, cabezón; si no, te rompes por exceso de peso”.

Ahora me he metido con esta higuera, aunque es por egoísmo. Pienso en el hambre de todos: ¡Higos frescos y pan caliente! ¡Ni siquiera Antipas tiene una comida tan buena!

Pero hay que ir con cuidado, porque la higuera tiene ramas tan tiernas como el corazón de una jovencita cuando dice su primera palabra de amor y yo peso, y los higos mejores están arriba.

Con estos primeros rayos de sol se han secado ya. Deben ser una delicia.

Y volviéndose hacia Juan, que va saliendo del taller de carpintería,

Pedro le dice:   

–      ¡Tú, muchacho! No estés sólo mirándome. ¡Despierta! Dame ese cesto.

Juan obedece y trepa a la gruesa higuera.

Cuando los dos pescadores bajan, ya han salido también del taller Simón Zelote, José y Judas Iscariote. 

María trae pan fresco, pequeños panes oscuros y redondeados.

Y Pedro, con su navaja los abre y sobre ellos abre los higos.

Ofrece primero a Jesús, luego a María y a los demás.

Comen con gusto en el huerto refrescado, transido de hermosura bajo el sol de una mañana serena; serena incluso por la reciente lluvia que ha limpiado la atmósfera.

Pedro dice:

–     Es viernes… Maestro, mañana es sábado…

Judas Iscariote observa:

–     No has descubierto nada nuevo.

–     No, pero el Maestro sabe lo que quiero decir…

Jesús contesta:

–     Lo sé. Esta tarde iremos al lago, donde has dejado la barca. Y navegaremos hacia Cafarnaúm. Mañana hablaré allí.

Pedro está muy felíz.

Entran en grupo Tomás, Andrés, Santiago, Felipe, Bartolomé y Judas Tadeo, que pasaron la noche en casa de Alfeo, el tío de Jesús.

Se saludan.

Jesús dice:

–     Quedémonos aquí juntos; así habrá un nuevo discípulo. Mamá, ven.

Se sientan… en una piedra, en una banqueta… haciendo un círculo en torno a Jesús, quien a su vez se ha sentado en el banco de piedra que está contra la casa.

Y tiene a su lado a su Madre y a los pies a Juan, que ha elegido sentarse en el suelo con tal de estar cerca.

Jesús habla, despacio y con majestuosidad, como siempre:

–     ¿A qué compararé la formación apostólica?

A la naturaleza que nos circunda. Podéis ver cómo la tierra en invierno parece muerta, pero dentro de ella actúan las semillas y las linfas se nutren de humores, depositándolos en las frondas subterráneas, así podría llamar a las raíces;

Para luego disponer de ellos en gran abundancia, para las frondas superiores, cuando haya llegado el tiempo de florecer.

Vosotros también sois comparables a esta tierra invernal, árida, desnuda, fea. Pero sobre vosotros ha pasado el Sembrador y ha echado una semilla.

Por vosotros ha pasado el Cultivador y ha cavado alrededor de vuestro tronco, plantado en la tierra dura, duro y áspero como ella, para que a las raíces les llegase el sustento de humores de las nubes y del aire.

Y así se fortaleciera el tronco con este alimento para futuro fruto.

Y vosotros habéis acogido la semilla y aceptado la remoción de la tierra, porque tenéis la buena voluntad de fructificar en el trabajo de Dios.

Compararé también la formación apostólica a la tormenta de ayer, que azotó y plegó, aparentemente con inútil violencia. Mirad, sin embargo, el bien que ha producido.

Hoy la atmósfera está más pura, nueva, sin polvo, sin ese calor sofocante; el sol es el mismo de ayer, pero sin ese ardor que asemejaba a fiebre: hoy llega hasta nosotros a través de estratos purificados y frescos.

Las hierbas, las plantas, se sienten aliviadas como los hombres, porque la limpieza, la serenidad, son cosas que alegran.

También las discordias sirven para llegar a un más exacto conocimiento y a una clarificación; si no, serían sólo maldad. Y ¿Qué son las discordias sino las tormentas provocadas por nubes de distinta especie?

Y estas nubes ¿No se acumulan poco a poco en los corazones con los malhumores inútiles, con los pequeños celos, con las oscuras soberbias?

Luego viene el viento de la Gracia y las une para que descarguen todos sus malos humores y vuelva el tiempo sereno.

También es semejante la formación apostólica al trabajo que Pedro estaba haciendo esta mañana para alegrar a mi Madre:

Es enderezar, atar, sostener o soltar, según las tendencias y las necesidades, para hacer de vosotros “hombres fuertes” al servicio de Dios.

Enderezar las ideas equivocadas, atar los arranques carnales, sostener las debilidades, cortar si es necesario las tendencias, desligar las esclavitudes y las timideces.

Vosotros tenéis que ser libres y fuertes, como águilas que, dejado el pico nativo, son sólo del vuelo cada vez más alto: el servicio a Dios es el vuelo, las afecciones son el pico.

Uno de vosotros hoy está triste porque su padre declina hacia la muerte y declina hacia ella con el corazón cerrado a la Verdad y al hijo suyo que la sigue; no sólo cerrado, sino hostil.

Aún no le ha dicho e1 injusto “vete” de que ayer hablaba, autoproclamándose por encima de Dios, pero su corazón cerrado y sus labios sellados no son todavía capaces de decir tampoco: “Sigue la voz que te llama”.

No pretenderían, ni el hijo ni quien os habla, oír decir de esos labios: “Ven y contigo venga el Maestro. Bendito sea Dios por haber elegido en mi casa un siervo suyo, creando así un parentesco más excelso que la sangre con el Verbo del Señor”.

Pero al menos Yo, por su bien, y su hijo por un motivo aún más complejo, querríamos oírle palabras no enemigas.

No llore este hijo. Sepa que en Mí no hay ni rencor ni desdén hacia su padre, sino sólo piedad.

He venido, y me he detenido un tiempo, aun conociendo la inutilidad de mi permanencia, para que un día este hijo no me dijera: “¿Por qué no viniste?“.

He venido para persuadirle de que todo es inútil cuando el corazón se encierra en el rencor.

He venido también para confortar a una buena mujer que sufre por esta división de la familia, como incisión de cuchillo que le separase haces de fibras.

Pero, tanto este hijo como esta buena mujer, persuádanse de que en Mí no responde el rencor al rencor. Yo respeto la honestidad del creyente anciano fiel, aunque tenga una fe desviada,  a lo que ha sido su religión hasta esta hora.

En Israel hay muchos así… Por eso os digo: me aceptarán más los paganos que los hijos de Abraham.

La humanidad ha corrompido la imagen del Salvador, rebajando su realeza sobrenatural al nivel de una pobre idea de soberanía humana.

Yo tengo que cortar la dura corteza del hebraísmo; penetrar, herir para llegar al fondo y llevar al alma misma de tal hebraísmo la fecundación de la nueva Ley.

Sí, verdaderamente Israel, crecido en torno al núcleo vital de la Ley del Sinaí, se ha hecho símil a un monstruoso fruto, de pulpa en estratos cada vez más fibrosos y duros,

externamente protegidos por una cáscara que no sólo es impenetrable, sino que además impide, tenacísima, la expulsión del germen.

El Eterno juzga que ha llegado el momento de que Yo cree la nueva planta de la Fe en el Dios Uno y Trino.

Yo, para permitir que la Voluntad de Dios se cumpla y que el hebraísmo pase a ser cristianismo, debo mellar, perforar, penetrar, abrir camino hasta el núcleo.

Y darle calor con mi amor, para que resurja y se agrande, germine, CREZCA, crezca, crezca y venga a ser la vigorosa planta del cristianismo, religión perfecta, eterna, divina.

En verdad os digo que el hebraísmo sólo será perforable en la proporción de uno a cien.

Por tanto, no reputo réprobo a este israelita que no me acepta y que no quisiera darme a su hijo.

Por eso le digo al hijo: No llores por la carne y la sangre que sufren sintiéndose rechazados por la carne y la sangre que las engendraron. Por eso digo:

No llores tampoco por el espíritu. Tu sufrimiento actúa, más que cualquier otra cosa, en favor del espíritu tuyo y del suyo, de este padre tuyo que ni comprende ni ve.

Y digo también: No te crees remordimientos por ser más de Dios que de tu padre.

Os digo a todos vosotros: Dios es más que el padre, que la madre, que los hermanos.

Yo he venido a unir la carne y la sangre según el espíritu y el Cielo, no según la tierra.

Por ello debo desunir las carnes y las sangres para tomar conmigo a los espíritus aptos para el Cielo ya desde esta tierra, para tomar a los siervos del Cielo.

Por ello he venido a llamar a los “fuertes”, a hacerlos aún más fuertes porque de “fuertes” está hecho mi ejército de mansos: mansos para con los hermanos, fuertes respecto al propio yo y el yo de la sangre familiar.

No llores, primo. Tu dolor, te lo aseguro, actúa ante Dios en favor de tu padre y de tus hermanos, más que cualquier palabra, no sólo tuya, sino incluso mía.

“El sacrificio más grato para el Señor, es el de la voluntad.”

No entra la palabra allí donde el prejuicio crea una barrera; créelo. Pero la Gracia entra y el sacrificio es imán de gracia.

En verdad os digo que cuando Yo llamo para ir a Dios, no hay obediencia más alta. Y es necesario cumplirla sin detenerse a calcular cuánto y cómo reaccionarán los demás ante vuestro ir hacia Dios.

Ni siquiera detenerse para enterrar al propio padre. Seréis premiados por este heroísmo y el premio será no sólo para vosotros, sino también para aquellos de quienes, con un grito del corazón, os separáis.

Y cuya palabra frecuentemente os hiere más de lo que hiere una bofetada, porque os acusa de ser hijos ingratos, y os maldice en su egoísmo, como rebeldes.

No. No rebeldes, santos.

Los primeros enemigos de los llamados son los familiares.

Pero, entre amor y amor, hay que saber distinguir y amar sobrenaturalmente; o sea, amar más al Dueño de lo sobrenatural que a los siervos de ese Dueño.

Amar a los parientes en Dios y no por el contrario, amarlos más que a Dios.

Jesús calla y se levanta, yendo donde su primo Judas Tadeo, el cual, con la cabeza baja, apenas logra contener el llanto.

Lo acaricia.

Y trata de consolarlo:

–      Judas… Yo he dejado a mi Madre para seguir mi misión.  

Que ello te disuelva toda duda sobre la honestidad de tu forma de actuar.

Si no hubiera sido un acto bueno, ¿Lo habría hecho Yo respecto a mi Madre, teniendo en cuenta, sobre todo, que no tiene a nadie aparte de mí?

Judas se pasa la mano de Jesús por el rostro y asiente con la cabeza, pero no puede decir nada más. 

Jesús agrega:

–      Vamos nosotros dos, solos, como cuando éramos niños y Alfeo pensaba que Yo era el más juicioso entre los muchachos de Nazaret.

Vamos a llevarle al anciano estos hermosos racimos de uva de oro. Que no crea que me olvido de él y que soy enemigo suyo.

También tu padre y Santiago se alegrarán. Le diré que mañana estaré en Cafarnaúm y que su hijo queda todo para él. Ya sabes, los viejos son como los niños:

Son celosos y sospechan siempre que se los olvida; hay que compadecerlos…

Jesús desaparece de la escena dejando en el huerto a los discípulos enmudecidos por la revelación de un dolor y de una incompatibilidad entre un padre y un hijo por causa de El.

María, suspirando apenada, vuelve de acompañar a Jesús hasta la puerta.