Archivos de etiquetas: monte de los olivos

149.- AMOR Y SUFRIMIENTO


subiendo...

Tres semanas después…

Van de regreso a Nobe.  Están ya en las pendientes del Monte de los Olivos y Judas de Keriot, no está con ellos. Y los once hablan de ello en voz baja…

Jesús es presa de una tristeza infinita…

Los apóstoles van haciendo comentarios.

Felipe dice:

–                       Por lo que toca a Lázaro es cierto. Es realmente un hombre acabado.

Andrés murmura:

–                       Tanto que sufren sus hermanas.

Tadeo:

–                       El maestro no se puede quedar ni siquiera en su casa. Tanto es el rencor con que lo persiguen.

Y Zelote:

–                       Hubiera sido un consuelo para el enfermo y sus hermanas y también para el Maestro.

Tomás exclama:

–                       Lo que yo no puedo comprender… Es porqué no lo cura.

Bartolomé murmura:

–                       Sería lo justo. Un amigo… Tanto que sirve. Un justo…

Zelote contesta a Bartolomé:

–                       ¡Ah! ¡Como justo, justo lo es! En estos días creo que te has convencido…

–                       Es verdad. Y también lo que quieres dar a entender. No estaba yo muy persuadido de su justicia… Su familiaridad con los gentiles… Yo tenía sospechas y ahora admiro al Maestro…

Santiago de Alfeo agrega:

–                       Mi hermano sabe estimar en su justo precio a  los hombres. Él prefiere atraerse a los defectuosos. A los que no están formados. Seduce con medios infinitos a las almas más mezquinas. A las más alejadas y que se encuentran en mayor peligro.

bp13

¿Recordáis la Parábola de la Oveja Perdida? En ella está la verdad, la clave de su modo de obrar. Cuando ve que sus ovejas fieles lo siguen o están donde Él quiere, su corazón descansa. Pero se vale de este descanso, para correr detrás de las perdidas.

bp25

Tomás dice con un gran suspiro:

–                       Pero no siempre su buena paciencia consigue redenciones. Hubo un tiempo en que sufrí por la predilección que muestra por Judas de Keriot.

Andrés replica:

–                       ¿Predilección? No me parece… Lo reprende como a cualquiera de nosotros.

–                       Por justicia, sí. Pero ponte a pensar cuán rigurosamente, debería de ser tratado…

–                       Eso es verdad.

–                       Bueno. Yo sufrí muchas veces. Ahora comprendo que ciertamente lo hace, porque es el menos formado de nosotros.

Tadeo exclama:

–                       ¡El más desvergonzado dirás, Tomás! El más desvergonzado. ¿Creéis que esa tristeza…  -y señala a Jesús que va adelante absorto en su aflicción- se la causen la enfermedad de Lázaro y las lágrimas de sus hermanas?…

tadeo

Os aseguro que se debe a que Judas no está con nosotros. Esperaba que lo alcanzara en Betabara. Después en Jericó, Tecua o Bethania al regreso. Ahora no espera más. Tiene la seguridad de la mala conducta de Judas. Siempre lo he observado… Y noté que en su rostro se pintaron los rasgos del abandono completo, cuando tú Bartolomé, le dijiste: ‘Judas no llegó.’

Juan interviene:

–                       Él sabe las cosas, antes de que sucedan.

Zelote agrega:

–                       Muchas. No todas. Me imagino que su Padre le oculta algunas cosas por compasión…

Los Once se dividen en dos partidos y Juan exclama:

–                       ¡Oh! ¡Mejor voy a preguntárselo a Él!   -y se va.

Cuando alcanza a Jesús dice:

–                        ¡Maestro!

Jesús contesta:

–                       Juan, ¿Qué quieres?

El rostro de Jesús se ilumina con una sonrisa, al ver a su discípulo predilecto, sobre cuyos hombros pone su mano y caminan así juntos.

jesus_grande (2)

Juan dice:

–                       Hablábamos de algo y no supimos decidir. Se trata de saber si conoces todo lo futuro o una parte se te oculta. Todos dieron diferentes opiniones.

Jesús pregunta:

–                       ¿Y tú qué dijiste?

–                       Que lo mejor era preguntártelo a Ti.

–                       Y por eso viniste. Hiciste bien. esto al menos nos sirve a Mí y a ti. Para que gocemos de estar juntos. ¡Es tan difícil tener un poco de tranquilidad!…

–                       ¡Es verdad! ¡Qué bellos eran los primeros días!…

–                       Sí. Como humanos que somos, eran muy bellos. Pero por lo que toca al espíritu, éstos son mejores. Porque ahora se conoce más la Palabra de Dios y porque sufrimos más. Cuanto más se sufre, tanto más se redime Juan… por esto, al recordar tiempos serenos, debemos amar con mayor intensidad a los que nos hacen sufrir y que con el sufrimiento nos dan almas.

 Pero voy a responder a tu pregunta. Escucha. No ignoro como Dios. No ignoro como Hombre. Tengo el don de leer en los corazones. Este don no solo es del Mesías. Sino en cierta forma, de todos los que lleguen a estar unidos con Dios, al grado de que no obran por sí, sino con la Perfección que está en ellos. Por esto puedo responderte que como Dios no ignoro lo futuro de los siglos. Y no ignoro como hombre justo, el estado de los corazones.

CORAZON ROTO

Juan reflexiona. No dice nada.

Jesús le dice:

–                       Por ejemplo: ahora estoy viendo en ti, este pensamiento: “Entonces mi Maestro sabe. Conoce exactamente el estado de Judas de Keriot”

Juan abre más aun sus enormes ojos de niño y exclama:

–                       ¡Oh, Maestro!

–                       Lo sé. Lo conozco y continúo siendo su Maestro… Y quisiera que vosotros continuasen siendo sus hermanos.

–                       ¡Maestro Santo!… ¿Pero de veras conoces todo? Mira, algunas veces decimos que no, porque vas a ciertos lugares donde te topas con tus enemigos. ¿Sabes antes de ir que te los vas a encontrar y vas para combatirlos con tu amor; para vencerlos al amor? O bien… ¿No lo sabes y conoces a los enemigos sólo cuando los tienes frente a Ti y lees sus corazones? Una vez estabas muy triste por el mismo motivo y me dijiste que estabas como uno que no ve…

DIOS PADRE CREADOR

–                       También he experimentado este martirio del hombre: el tener que avanzar sin ver, fiándome del todo a la Providencia. Debo conocer todo lo del hombre, menos el pecado. Y esto no porque el Padre haya puesto barrera alguna a mi ser humano, al mundo y al demonio, sino por mi voluntad humana. Soy como vosotros, pero sé querer más que vosotros. Por esto padezco las tentaciones, sin embargo no cedo a ellas. Y en esto, al igual que en ustedes, es donde reside mi mérito.

Juan lo mira boquiabierto y exclama:

–                       ¡Tentaciones, Tú!… Me parece casi imposible.

–                       Porque tú tienes pocas.  Eres puro y piensas que siendo Yo más que tú, no deba conocer la tentación. De hecho la carnal es tan débil respecto a mi castidad, que mi ‘yo’ ni siquiera la percibe. Es como si un pétalo de flor chocase contra el mármol, al que no le causaría rasguño alguno. Se resbala… Hasta el mismo demonio se cansó de lanzarme estos dardos. Pero, Juan ¿No piensas en cuantas otras tentaciones hay a mi alrededor?

–                       ¿A tu alrededor?… Tú no ambicionas riquezas, ni honores… ¿Cuáles pueden ser?

maria-12426

–                       No reparas en que tengo una vida, que tengo cariños y también obligaciones para con mi Madre… ¿Y que todas estas cosas me tientan a escapar del peligro? La serpiente lo llama “peligro” pero su verdadero nombre es: “Sacrificio”

¿No piensas que también tengo sentimientos?…

En Mí existe el ‘yo’ moral y sufre con las ofensas, con las befas, con la insinceridad. ¡Oh, Juan mío! ¿No te preguntas cuánto asco me causan la mentira y el mentiroso? ¡No sabes cuántas veces el demonio me tienta para reaccionar contra estas cosas que me causan dolor, olvidando la mansedumbre y haciéndome duro e intransigente!

1tentacion

¿No sabes cuantas veces me arroja su aliento encendido en soberbia y me dice: “Gloríate de esto o de aquello. Eres grande. El mundo te admira. Los elementos te sirven.”… ¡La complacencia de ser santo! ¡La más sutil! ¡Cuantos pierden la santidad adquirida por esta refinada soberbia!… ¡La soberbia espiritual perfecta!

¿Con qué cosa Satanás corrompió a Adán?  Con la tentación en sus sentidos, en el pensamiento, en su espíritu. ¿No soy el Hombre que debe volver a crear al Hombre? De Mí saldrá la nueva raza. Mira que Satanás busca los mismos caminos para destruir y para siempre, a la raza de los hijos de Dios. Yo regeneraré a los nuevos dioses…

Juan mira a Jesús con sus ojos agrandados por la admiración más absoluta…

juan

Jesús lo mira a su vez, con un amor infinito y agrega:

–                       Vete ahora con tus hermanos y refiéreles lo que te he dicho. Y dejaos de pensar que sí sé o no sé, lo que hace Judas…  Piensa que te amo. ¿No basta este pensamiento para llenar un corazón?

Le da un beso y lo manda atrás.

Cuando se queda solo, levanta sus ojos al cielo, que se ve entre las ramas de los olivos y gime:

–                       ¡Padre Mío, concédeme que por lo menos, hasta la última hora, pueda ocultar el Delito! ¡Para impedir que mis amados, manchen sus manos de sangre! ¡Ten piedad de ellos, Padre Mío! ¡Son muy débiles para no reaccionar ante la ofensa! ¡Que no guarden ningún rencor en sus corazones, en la Hora de la Caridad Perfecta!

Y se seca las lágrimas que solo Dios ve…

mysteria-dolorosa-1

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

PRIMER MISTERIO DE GLORIA II


SEGUNDA PARTE: EL TEMPLO PROFANADO y…

LA RESURRECCIÓN DE JESÚS

Al día siguiente… el Sábado de gloria.

Amanece nublado y amenazando aguacero.

Muy entrada la mañana, Juan regresa y entra a la habitación de la Virgen… La saluda y le dice:

–                       Madre, no pude encontrar a Pedro. Sólo a… Judas de Keriot.

María pregunta:

–                       ¿Dónde está?

Juan la mira espantado y dice:

–                       ¡Oh, Madre! ¡Qué horror! Estaba yo en el camino del Monte de los Olivos y vi que sobre una saliente volaban en círculos los buitres, en medio de riñas. No sé por qué fui allí…  Y vi… ¡Que espanto! Está colgado de un olivo, hinchado y negro como si hubiera muerto hace más de una semana. Huele muy feo. Está horrible…

–                       ¡Qué horror! Dices bien… Más allá de la Bondad, ha estado la Justicia. En realidad la Bondad está ausente ahora… Pero Pedro… ¡Tenemos que encontrar a Pedro y a todos los demás!…

–                       Iré a buscarlos, Madre. No te preocupes.

Por la tarde de ese sábado, los sacerdotes del Templo hablan de un suceso impactante que ha impedido la Ofrenda del Incienso.

Annás y Caifás han sido notificados de que en sus casas, están esparcidas las entrañas de un cuerpo humano en descomposición.

Nadie se explica quién pudo cometer tan abominable sacrilegio. Pero las malas noticias no acaban ahí.

Un joven levita entra aterrorizado y dice que vayan al Lugar Santísimo a ver lo que está sucediendo. Que los ha mandado llamar Eleazar ben Annás.

Ellos corren y cuando llegan…

Annás dice a Caifás:

–                       No hace ni veinticuatro horas que el Velo se rasgó y el quicio del Altar se abrió, dejando al descubierto al Santo de los Santos, ¿Qué sucede ahora que pueda ser peor que eso?

Caifás contesta:

–                       ¡Es una locura! Desde la muerte de ‘Ese’ no acaban nuestras desgracias.

Lo ‘peor’ lo muestra Eleazar al verlos llegar jadeantes por la carrera. Y les pregunta horrorizado:

–                       ¡Ved! ¿Quién pudo haber hecho esto?…

El Sumo Pontífice se asoma al lugar donde sólo el sacerdote de turno puede entrar y queda paralizado por el espeluznante espectáculo.

Annás lo mira asustado y se asoma también.

La respuesta lo deja igual de pasmado…

cadaver

El cadáver putrefacto, lleno de gusanos, negro e irreconocible, está sobre el Altar. Junto al lugar donde se adora al Santo de los santos… ¿Pero quién …? ¿Por qué? ¿O?…

¿Qué es lo que está pasando?…

Caifás mira los vestidos. El color amarillo es inconfundible… Y la faja roja enredada en su cuello… Reflexiona y…

Se queda boquiabierto y se toca la herida en los labios, mientras murmura asombrado:

–                       ¡No puede ser! ¡Es Judas de Keriot!

Annás:

–                       ¿Quién pudo haberlo traído? ¡Esto es imposible!…

El Sumo Pontífice:

–                       ¡El Templo ha sido Profanado!…

Y se llevan las manos a la cabeza, sin poderlo creer… Y tampoco saben qué hacer, pues nadie se quiere contaminar…

Al día siguiente…

La Resurrección (Escrito el 1° de abril de 1945)

En el huerto todo es silencio y brillar de rocío.

El firmamento azul-negro lleno de titilantes estrellas, poco a poco va tomando un color zafiro más claro. El alba va empujando de oriente a occidente las zonas más oscuras, como la ola durante la marea alta que avanza cubriendo la playa oscura, sustituyendo el gris negro de la arena mojada y el de los arrecifes, con el azul marino del agua antes de que la luz del sol los cambie en otro color.

Las estrellas parpadean cada vez más débiles, bajo la luz blanco-verdosa del alba. Poco a poco, el cielo va perdiendo sus miríadas de estrellas, al mismo tiempo que va surgiendo la aurora, con sus fulgores purpúreos. Los pajarillos aún duermen entre el ramaje de un altísimo ciprés y en el seto de laureles que los defiende del viento.

Los guardias fastidiados, temblando de frío; aletargados por el sueño, guardan el sepulcro en diversas actitudes…

La puerta del sepulcro, ha sido reforzada con una gruesa capa de cal, como si fuese un contrafuerte. Sobre el color blanco opaco golpean las largas ramas del rosal y también sobre el sello del templo.

Solo quedan los rescoldos de una fogata; los huesitos pulidos con los que jugaron al dominó, sobre un tablero marcado en la vereda y las sobras de la cena consumida. Se han acomodado, unos para velar y otros para dormir.

El cielo tiene los tintes del alba antes del amanecer… Y de repente se asoma un meteoro brillantísimo, que desciende cual bola de fuego de un resplandor incomparable,  seguido de una brillante estela. Desciende velocísimo hacia la tierra, derramando una luz tan intensa, que pese a su belleza infunde temor.

La rosada luz de la aurora desaparece al contacto de esta blanquísima incandescencia.

Los guardias levantan espantados sus cabezas, porque junto con la luz llega un retumbo armónico y majestuoso que llena todo lo creado… Lo escuchan y por ser desconocido, no  lo pueden comprender…

Viene de las profundidades paradisíacas. Es el Aleluya, la gloria angelical que sigue al Espíritu de Jesús, que vuelve a su cuerpo glorioso.

El meteoro da contra la inútil cerradura del sepulcro; lo destruye, lo echa por tierra, esparce terror y fragor sobre los guardias, que habían sido puestos de carceleros del Dueño del Universo y al pegar contra la tierra provoca un nuevo terremoto como había sucedido cuando el Espíritu del Señor salió de la tierra…

Entra en la oscuridad del sepulcro que se ilumina con esa luz indescriptible y mientras permanece suspendida en el aire inmóvil, el Espíritu vuelve a entrar en el cuerpo sin vida bajo las fúnebres vendas.

Todo esto no sucedió en un minuto, sino en fracción de minuto. El aparecer, descender, penetrar y desaparecer de la luz de Dios ha sido velocísimo…  El «Quiero» del divino Espíritu a su frío cuerpo no recibe contestación. El «Quiero» lo dice la Esencia a la materia muerta. Sin embargo no se oye ni una palabra.

La carne recibe la orden y obedece con un profundo respiro…
No pasa más de un minuto y…

Bajo el Sudario y la Sábana; la carne muerta, se vuelve gloriosa y se transforma en una eterna belleza.

Despierta del sueño de la muerte, vuelve de la «nada» en que estaba. El corazón se despierta… Da el primer latido… Empuja en las venas la helada sangre que quedó e inmediatamente crea lo que necesitan las arterias vacías… Lo que necesitan los pulmones inmóviles, el cerebro…  Lleva calor, salud, fuerzas, pensamiento…  Un instante más…

Y un movimiento repentino se sucede bajo la Sábana.

Tan repentino que del instante en que El ciertamente mueve las manos cruzadas,  al momento en que aparece de pie: imponente, brillantísimo con su vestido de inmaterial materia, sobrenaturalmente hermoso y majestuoso; con esa solemnidad que lo cambia y lo eleva, siendo siempre el mismo; apenas si el ojo humano tiene tiempo de captar los cambios.

Y ahora nuestro espíritu puede admirarlo…

Han desaparecido todas las huellas de su atroz tormento. Está limpio, sin heridas, ni sangre. Despide luz de sus cinco llagas y la misma Luz brota también de cada poro de su piel.

Cuando da el primer paso — y al moverse los rayos que brotan de manos y pies le forman como aureola de luz, desde la cabeza nimbada de una corona que le hicieron las heridas de las que no brota sangre sino resplandor, hasta la orla del vestido.-  Cuando al abrir sus brazos que tiene cruzados sobre el pecho, descubre una luminosidad vivísima que se trasluce por el vestido encendiéndole a la altura del corazón — entonces realmente es la «Luz» que ha tomado cuerpo.

No se trata de la pobre luz terrena, ni de la de los astros, ni de la del sol; sino de la de Dios. Todo el brillo paradisíaco se junta en un solo Ser y le da su azul inimaginable por pupilas, su fuego de oro por cabellos, su candidez angelical por vestiduras y colorido y lo que no puede describir la palabra humana: el inmenso ardor de la Santísima Trinidad…  Que anula con su potencia abrasadora cualquier fuego del paraíso, absorbiéndolo en Sí,  para engendrarlo de nuevo en cada instante del tiempo eterno.

Corazón del cielo que atrae y difunde su sangre, las incontables gotas de su sangre incorpórea: los bienaventurados, los ángeles, todo cuanto es el paraíso: el amor de Dios, el amor a Él. Lo que forma al Jesús resucitado todo es luz.

Cuando se dirige hacia la salida… Su magnífico resplandor, permite ver dos luminosidades hermosísimas, cual estrellas con respecto al sol. Están a cada lado del umbral, postradas en adoración ante su Dios que pasa envuelto en su luz; derramando dicha en su sonrisa.

Sale. Deja su fúnebre gruta. Vuelve a pisar la tierra que se despierta de alegría y se adorna con el brillo del rocío, con los colores de las hierbas, de los rosales, con las corolas de los manzanos que se abren milagrosamente al primer beso que les da el sol. La tierra saluda adorando al Sol eterno que por ella pasa.

Los guardias están allí, semi-desmayados…

Los ojos mortales no ven a Dios, pero sí los puros del universo… Ven y admiran las flores, las hierbas, los pajaritos…  Al Poderoso que pasa en un nimbo de Luz que es suya, en un nimbo de luz solar. Su sonrisa, su mirada que se posa sobre las flores, sobre las ramas de los árboles; que se levanta al cielo…  Todo lo reviste de su Belleza.

Más suaves y transparentes que el del más bello rosal,  son los pétalos que forman una corona sobre la cabeza del vencedor.

El rocío le brinda sus diamantes. El cielo en sus ojos resplandecientes se refleja. El sol alegre pinta con sus colores una nubecilla de una ligera brisa, para que venga a besar a su Rey; trayéndole los perfumes de los jardines que extrajo y las caricias de los delicados pétalos.

Jesús levanta su mano y Bendice.

Los pajarillos se desgranan en trinos. El viento en perfumes. Jesús desaparece… dejando a su paso un rastro de incomparable dicha…

Jesús se aparece a su Madre
(Escrito el 21 de febrero de 1944)

La Virgen está postrada con el rostro en tierra. Parece un ser abatido, como la flor muerta de sed de que ha hablado.

La cerrada ventana se abre bruscamente…  Y con el primer rayo del sol entra Jesús.

María, que se estremeció al ruido y levanta su cabeza para ver qué clase de viento hubiera abierto las hojas de la ventana, mira a su radiante Hijo: hermoso, infinitamente más hermoso de lo que era antes de su pasión, sonriente, vivo. Luminoso más que el sol, con un vestido blanco que parece tejido con luz  y se acerca a Ella.

María se endereza sobre sus rodillas y juntando sus manos sobre el pecho en cruz, habla con un sollozo que es risa y llanto: «Señor, Dios mío.»

Y se queda extasiada al contemplarlo. Las lágrimas que bañaban su rostro se detienen. Su rostro se hace sereno, tranquilo con la sonrisa y el éxtasis.

Jesús no quiere ver a su Madre de rodillas como a una esclava…

Tendiéndole las manos de cuyas llagas salen rayos que hacen más luminoso su cuerpo, le dice:

–                        ¡Madre!

No es la palabra desconsolada de las conversaciones y de los adioses anteriores a la pasión, ni el lamento desgarrador de su encuentro en el Calvario y en su último suspiro…

Es un grito de triunfo, de alegría, de victoria, de fiesta, de amor, de gratitud.

Se inclina sobre su Madre que no se atreve a tocarlo…  Le pasa las manos por los codos doblados, la pone de pie, la estrecha contra su corazón y la besa.

¡Oh!, entonces María comprende que no es una visión…

Que es realmente su Hijo resucitado…  Que es su Jesús, su Hijo quien la sigue amando como a tal. Y con un grito se le echa al cuello, lo abraza, lo besa, entre lágrimas y sonrisas. Lo besa en la frente donde no hay más heridas; en la cabeza que no está despeinada, ni ensangrentada; en los brillantes ojos, en las mejillas sanas, en la boca que está hinchada. Luego le toma las manos, besa el dorso y la palma. Se arrodilla, besa sus pies al levantar la resplandeciente vestidura. Luego se pone de pie. Lo mira, pero no se atreve a hacer más…

Entonces Él sonríe y comprende. Entreabre su vestido, muestra el pecho y pregunta:

–                       ¿Madre, no besas ésta, que tanto te hizo sufrir y que eres la única digna de besar? Bésame en el corazón, Madre. Tu beso me borrará el último recuerdo de todo lo que fue dolor y me dará la alegría que falta aún a mi júbilo de resucitado.

Toma entre sus manos el rostro de la Virgen, le apoya sus los labios en la herida del costado de que manan ríos de vivísima luz.

El rostro de María se nimba con esa luz, pues está envuelto en sus rayos. Besa una y otra vez la herida, mientras Jesús la acaricia. No se cansa de besar. Parece un sediento que bebe de un manantial y que bebe las linfas la vida misma, que iba perdiendo.
Jesús habla:

– “Ha terminado todo, Madre. Ahora no tienes más por qué llorar a tu Hijo. La prueba ha acabado. La redención se ha realizado. Madre, gracias por haberme concebido, alimentado, ayudado en la vida y en la muerte.

Tus plegarias llegaron hasta Mí. Fueron mi fuerza en el dolor, mis compañeros en mi viaje por la tierra y más allá. Conmigo fueron a la cruz y al limbo. Fueron el incienso que precedían al Pontífice que fue a llamar a sus siervos para llevarlos al templo que no muere: a mí Cielo. Fueron conmigo al paraíso, adelantándose cual voz angelical al cortejo de los redimidos a cuya cabeza iba para que los ángeles estuviesen prontos a saludarme corno al Vencedor, que regresaba a su reino.

El Padre y el Espíritu vieron, oyeron tus plegarias, que tuvieron la sonrisa de la flor más bella; que fueron más melodiosas que el más dulce cántico que en el paraíso hubiera brotado. Los patriarcas los nuevos santos, los primeros ciudadanos de mi Jerusalén las oyeron y te traigo ahora su agradecimiento. Madre, al mismo tiempo que el beso y bendición de nuestros parientes, te traigo los de tu esposo de alma; José…

Todo el cielo canta sus hosannas a ti, Madre mía, ¡Madre santa! Un hosanna que no muere, que no es falaz como el que hace pocos días me brindaron…

Ahora me voy al Padre con mi vestido humano. El Paraíso debe ver al Vencedor en su vestido de Hombre con el que vencí el pecado del hombre. Pero luego volveré otra vez. Debo confirmar en la fe a quien aún no cree y que tiene necesidad de creer para llevar a otros; debo fortificar a los pusilánimes que tendrán necesidad de mucha fortaleza para resistir el ataque del mundo.

Luego subiré al cielo. Pero no te dejaré sola. Madre, ¿Ves ese velo? En mi aniquilamiento, quise mostrarte una vez mi poder con un milagro, para que te consolase.

Ahora realizo otro. Me tendrás en el Sacramento, real como cuando me llevabas en tu seno. No estarás jamás sola. En estos días lo has estado.

Este dolor tuyo era necesario a mi redención. Mucho se le irá añadiendo porque seguirá aumentando el pecado. Llamaré a todos mis siervos para que coparticipen de esta redención. Tú eres la que sola harás más que todos los santos juntos. Por esto era necesario también este abandono. Ahora no más.

No estoy más separado del Padre. Tú no lo estarás más de tu Hijo. Y al tener al Hijo, tienes a nuestra Trinidad. Cielo viviente, llevarás sobre la tierra a la Trinidad entre los hombres y santificarás la Iglesia.

Tú, Reina del sacerdocio y Madre de los que creerán en Mí. Luego vendré a llevarte… No estaré ya más en ti, sino tú en Mí; en mi reino, para que hagas más bello mi Paraíso.

Ahora me voy, Madre. Voy a hacer feliz, a la otra María. Luego subiré a donde mi Padre y de ahí vendré a ver a quien no cree.

Madre, dame tu beso por bendición. Mi paz te acompañe. Hasta pronto.”
Jesús desaparece en el sol que baja a torrentes del cielo matinal y tranquilo.

Dice Jesús:

La vida comienza cuando parece que termina,. La Muerte, es sólo la dolorosa transición hacia la Verdadera Vida. El hombre fue creado para el Cielo. Destinado desde un principio a ser Templo Vivo de Dios; su paso por la tierra, es solo la preparación de ese magnífico destino.

            El Infierno fue creado para castigo de Satanás y sus ángeles rebeldes a Dios. Ahora lo comparten los hombres que rechazan mi Salvación y mi Doctrina; por más que se nieguen a creer que existe.

En la noche del Viernes Santo, después de una muerte cuyos tormentos sólo pueden compararse a los del Infierno; bajé a él para atraer del Limbo a los que aguardaban el momento de mi Triunfo, que les abriría las puertas del Cielo, para llevarlos Conmigo.

¡Cuánto dolor sentí al entrar en aquel lugar tan atroz! ¡Qué espantoso es el Fuego del Rigor de Dios! ¡Qué terrible es perder el Amor, para vivir y respirar Odio; que es lo único que palpita en aquel Reino Maldito!

SOY VUESTRO SEGUNDO CREADOR. El pecado mató la Gracia en el hombre y su alma profanada por Satanás, quedó convertida en un cadáver. Os amé hasta el extremo de querer conocer la vida y la muerte de la Tierra, para hacerme Alimento de vuestra debilidad y Sacramento, para permanecer entre vosotros. Me despojé de la Vida para daros la Vida. Me despojé de mi vestidura de Dios y me cubrí con la vuestra de Hombre. Y aun ésta la perdí, por vosotros; despué de probar todos sus horrores:

Dolores, hambres, traiciones, torturas, fatigas, agonía y muerte.

¡Oh Redención del Hombre, cuánto me costasteis! Reparación y Obsequio ofrecido a mi Padre Santísimo. Como Consagrante, Constructor y Víctima, tengo derecho a ser Sacerdote Supremo.

Esto es lo que constituye mi Gloria: haber restituido a Dios los Templos Vivos de vuestras almas de nuevo consagradas. Y de esta Gloria me revistió el Padre; otorgándome el Poder de ser Juez de todas las creaturas que hice mías, al Precio de un Sacrificio sin Límites.

El aguijón de mi Cuerpo Destrozado, redoblaba las plegarias ardientes de mi Madre y para consolar su corazón agonizante, anticipé el Milagro de mi Resurrección.

Al alba del tercer día, mi Espíritu bajó como un rayo poderoso: destruí los sellos de los hombres, tan inútiles ante el Poder de Dios. Derribé la piedra y aterroricé a los guardias puestos para vigilar al que Es Vida, a quién ninguna fuerza humana puede impedir que lo sea. Con su Fuego Divino, calentó los fríos restos de mi cadáver y el Nuevo Adán, se dijo a Sí Mismo: Vive. Lo quiero.

Y mi cadáver sintió que la Vida volvía a Él. Como un hombre que se despierta después de un profundo sueño, doy un gran respiro. Ni siquiera abro los ojos. Lentamente la sangre vuelve a llenar las venas vacías, vuelve a latir el corazón, da calor a los miembros. Las heridas se cierran, los moretones desaparecen. ¡Cuán herido estaba Yo! Pero la Fuerza entra en actividad. Estoy sanado.  Me he despertado. He vuelto a la Vida. Estuve muerto. AHORA VIVO. Ahora me levanto. Me quito las sábanas en las que estuve envuelto. Me libro de los ungüentos. Aparezco tal cual Soy: la Belleza Eterna. La Perfección Absoluta. Me pongo un vestido que no es de esta tierra; me lo tejió mi Padre, que es el que teje la delicadeza de os lirios. Estoy revestido de resplandor. Mis Llagas son mis adornos. No manan sangre, sino Luz. Esa Luz que será la alegría de mi Madre, de los bienaventurados y terror de los Malditos, de los demonios en la Tierra y en el Último Día.

El Ángel de mi vida terrestre y el Ángel que me acompañó en mi Dolor, están postrados ante Mí y adoran mi Gloria. Mis dos ángeles. Uno para sentirse Bienaventurado a la vista del Hombre a quién guardó, que no tiene ya más necesidad de protección angelical. El otro que vio mis Lágrimas para ver mi Sonrisa; que vio mi Lucha, para ver mi Victoria; que vio mi Dolor, para ver mi Alegría. Salgo al huerto lleno de flores. Los manzanos abren sus corolas para formar un arco sobre mi Cabeza de Rey. Las hierbas se doblan para servir de alfombra a mis pies que vuelven a pisar la Tierra Redimida. Me saludan los primeros rayos del sol; el aire abrileño; las nubecillas que pasan y los pájaros. Soy su Dios. ME ADORAN.

Paso entre los guardias semidormidos, símbolo de las almas en pecado mortal, que no sienten cuando pasa su Dios.

Es Pascua ¡El Paso del Ángel de Dios! Su paso de la Muerte a la Vida. Su paso para dar Vida a los que creen en su Nombre. Es la Paz que pasa por el mundo. Voy a ver a mi Madre.  Con mi vestido de Hombre Glorificado, con su resplandor sin igual y de diamantes. Ella me puede tocar porque es la Pura, la Hermosa, la Amada, la Bendita, la Santa de Dios. El Nuevo Adán va donde la Nueva Eva. El Mal entró en el mundo por la mujer y por la Mujer fue vencido. El Fruto de la Mujer ha desintoxicado a los hombres del veneno de Lucifer. Ahora SI QUIEREN, PUEDEN SALVARSE. Ha salvado a la mujer que quedó tan frágil, después de la herida mortal.

Después me presento a la MUJER REDIMIDA, a la representante de todas las mujeres a quienes he librado de la mordida de la Lujuria, para decirles que se acerquen a Mí para curarlas; que tengan fe en Mí; que crean en mi Misericordia que comprende y perdona. Que para vencer a Satanás, el Instigador de sus cuerpos, miren el mío adornado con sus Cinco Llagas.

No permito que me toque; todavía le falta mucho para purificarse con la penitencia. Pero su amor merece un premio. Supo resucitar por su voluntad del sepulcro de su vicio; deshacerse de Satanás que la tenía aferrada; desafiar al mundo por amor a su Salvador. Supo despojarse de todo lo que no fue amor; para no ser más que amor que arde por su Dios.

Y Dios la llama: ¡María!

Oye y responde: ¡Raboní!

Y en ese grito se oye su corazón. Le doy el encargo por haberlo merecido, de ser la Mensajera de mi Resurrección. Se le tacha de haber visto fantasmas; pero no le importa a María de Magdala, María de Jesús, el juicio de los hombres. Me ha visto Resucitado y esto le produce una alegría tal, que le impide cualquier otro sentimiento. AMO A LA QUE FUE CULPABLE, PERO QUISO SALIR DE SU CULPA.

Magdalena la resucitada a la Gracia, es la primera en verme.

 

EL DRAMA EN EL GETSEMANI I


 “Después, Jesús salió y se fue, como era su costumbre, al monte de los Olivos y lo siguieron también sus discípulos. Llegados al lugar les dijo: ‘Oren para que no caigan en tentación.’ Después se alejó de ellos como a la distancia de un tiro de piedra y doblando las rodillas oraba con estas palabras: ‘Padre, si quieres aparta de Mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.’ (Entonces se le apareció un ángel del cielo para animarlo. Entró en agonía y oraba con mayor insistencia. Su sudor se convirtió en gotas de sangre que caían hasta el suelo) Después de orar se levantó y fue hacia donde estaban los discípulos.  Pero los halló dormidos, abatidos por la tristeza. Le dijo: ‘¿Ustedes duermen? Levántense y oren para que no caigan en tentación.’ Todavía estaba hablando cuando llegó un grupo encabezado por Judas, uno de los Doce. Como se acercara a Jesús para darle un beso, Jesús le dijo: ‘Judas, ¿Con un beso traicionas al Hijo del hombre?’ (Lucas 22, 39-48)

LA ORACIÓN DE JESÚS EN EL HUERTO DE LOS OLIVOS

(El Poema del Hombre-Dios) (6 de Julio de 1944)

Dice Jesús:

 Cuando revelé el conocimiento de mi tormento del Getsemaní dije que no sería entendido y se convertiría en escándalo; porque la gente no admite al Demonio. Y quienes lo admiten, no aceptan que el Demonio haya podido vejar el alma de Cristo hasta el punto de hacerle sudar sangre… 

Aquí verás la verdadera Agonía de tu Señor. Todo el cúmulo de desolaciones que me abatió aquella noche y que nadie intuyó, que nadie comprendió salvo mi Madre y mi Ángel.

Mi sufrimiento y mi abatimiento eran tan intensos que se convirtieron en una agonía en aumento, hasta llegar el momento en que sudé sangre; por el tremendo esfuerzo que hice para vencerme y resistir el peso que se me había impuesto. 

(Describe María Valtorta)

Todo el grupo se reúne.

Y Jesús, que está sumamente afligido dice:

–           Ahora vamos a separarnos. Yo voy arriba, a orar. Quiero conmigo a Pedro, Juan y Santiago. Vosotros quedaos aquí. Y si os vierais en grave apuro, llamad. Y no temáis. No os tocarán ni un cabello. Orad por mí. Deponed el odio y el miedo. Será sólo un momento… Luego el júbilo será completo. Sonreíd. Que lleve Yo en mi corazón vuestras sonrisas. Y, una vez más, gracias por todo, amigos. Adiós. Que el Señor no os abandone…

Jesús empieza a caminar  y se separa de los apóstoles.

Simón Zelote enciende una hoguera en el extremo del olivar con unas ramas secas y resinosas que arden crujiendo y expanden su olor a enebro. Pedro le pide la antorcha y se va siguiendo a su Maestro, acompañado de Juan y de Santiago.

Judas Tadeo mira a su primo con una mirada tan intensa y doliente, que Jesús se vuelve para  buscar al que lo ha mirado. Pero Tadeo se esconde rápido detrás de Bartolomé y se muerde los labios para contenerse.

Jesús hace un gesto con la mano, que es a la vez una bendición y una despedida y luego prosigue su camino. La Luna llena está ya muy alta, envuelve con su luz la alta figura de Jesús y parece hacerla más alta todavía, espiritualizándola; haciendo más clara la túnica roja y más pálido el oro de sus cabellos.

Detrás de Él, aceleran el paso Pedro -con la antorcha- y los dos hijos de Zebedeo.

Prosiguen hasta el límite del primer desnivel del rústico anfiteatro del olivar, que tiene unas pequeñas terrazas, que ascienden formando escalones de olivos en el monte. Luego de subir casi hasta la mitad del monte, Jesús se detiene en un pequeño terraplén formado por los accidentes del terreno y rodeado por un tupido bosquecillo. Mira a su grupo apostólico y enseguida…

Jesús dice:

–           Deteneos, esperadme aquí mientras oro. Pero no os durmáis. Podría necesitaros. Y os lo pido por caridad: ¡Orad! Vuestro Maestro está muy abatido.

En efecto, su decaimiento es ya muy profundo. Parece que un gran peso lo oprimiera y ha desaparecido el Jesús vigoroso que hablaba a las multitudes: hermoso, fuerte, de mirada dominadora, sonrisa serena, voz sonora y bellísima.

La congoja que lo abruma, ha obrado un cambio muy notorio: es como uno que hubiera corrido o llorado mucho. Tiene la voz cansada, entrecortada. Está triste, muy triste, infinitamente triste…

Pedro responde por los tres:

–          Puedes estar tranquilo, Maestro. Vigilaremos y estaremos en oración. Sólo tienes que llamarnos e iremos. – y los tres se apresuran a recoger unas ramas con qué encender una hoguera para combatir el frío y que los mantenga despiertos.

Jesús camina, dándoles la espalda y de frente a la luz de la luna que ilumina en su cara, un tremendo  sufrimiento que dilata aún más sus ojos, marcándole profundas ojeras y su expresión refleja un cansancio tan grande que lo hace subir cabizbajo, suspirando y jadeando, como si le costara un gran esfuerzo, todo movimiento.  Está triste, muy triste, infinitamente triste…

“OREN PARA QUE NO CAIGAN EN TENTACIÓN”

Fue lo que dije a mis discípulos en aquella noche del Jueves Santo, poco antes de mi aprehensión.  Fue lo que Yo hice… Para resistir en la terrible prueba de la Hora que se aproximaba. Estaba abatido por la tristeza. Como un hombre que ha sido herido de muerte y que siente que la vida se le escapa, como a alguien que está oprimido por un trauma psíquico superior a sus fuerzas. Yo Soy el Hijo de Dios Altísimo; pero también Soy el Hijo del Hombre.

Y en este momento mi Divinidad estaba aniquilada, por el Amor y la Obediencia.

Era solamente el hombre a quien Dios, NO ayudaba más.

Mis ojos habían leído en el corazón de Judas Iscariote.

Judas era doble, astuto, ambicioso, lujurioso, ladrón, inteligente. Su apariencia siempre intachable y muy elegante.

También era más culto que los demás y había logrado imponerse a todos.

Era un hombre  tan  audaz, que me allanaba el camino más difícil.

Y mi alma agonizaba por el doble esfuerzo que tenía que hacer, al tratar de vencer los dos más grandes dolores que un hombre pueda soportar:

 La despedida de una Madre sin igual y la proximidad del Amigo Infiel…

Dos heridas que me taladraban el corazón, una con su Llanto y otra con su Odio.

Judas amaba desenfrenadamente tres cosas: el dinero, las mujeres y el poder.

Creyó en Mí como Mesías, pero al sentirse defraudado en lo que esperaba: ser el ministro de un poderoso rey terrenal; volcó sobre Mí todo su odio y lo único que deseó fue vengarse. 

Por eso me traicionó.

Tuve que compartir el pan con mi Caín y sonreírle como a un amigo, para que los demás no se diesen cuenta y así evitar un crimen.

De vez en cuando, su mirada tristísima, recorre el plácido olivar y sigue subiendo por la ladera del monte, recorriendo un sendero conocido,  hasta una voluminosa piedra, rodeada de olivos.

Jesús se detiene allí. Dándole la espalda a la ciudad de Jerusalén que aparece abajo, toda blanca  y reluciente, bajo la claridad lunar. Y ora con los brazos abiertos en cruz, alzada la cara hacia el cielo. Es una larga, ardiente oración.

De vez en cuando, un suspiro y algunas palabras más nítidas, brotadas desde lo más profundo de su corazón, en una alocución íntima con su Padre:

–           «Tú lo sabes… Soy tu Hijo… Todo. Pero ayúdame… Ha llegado la hora… Yo ya no soy de la Tierra. Cesa toda necesidad de ayuda a tu Verbo… Que el Hombre te aplaque como Redentor, de la misma forma que la Palabra te ha sido obediente… Lo que Tú quieras… Para ellos te pido piedad. ¿Los salvaré? Esto te pido. Así lo quiero: salvados del mundo, de la carne, del demonio… ¿Puedo pedir aún? Es una petición justa, Padre mío. No para mí. Para el hombre, que es creación tuya y que quiso transformar en barro también su alma. Yo echo en mi dolor y en mi Sangre ese barro, para que vuelva a ser esa incorruptible esencia del espíritu grato a ti… Y está por todas partes. Él es rey esta noche. En el palacio y en las casas. Entre los soldados y en el Templo… La ciudad está henchida de él y mañana será un infierno…

Jesús se vuelve, apoya su espalda en la roca y cruza los brazos. Mira detenidamente a Jerusalén…

Su cara va tomando una expresión increíblemente, todavía más triste…

Susurra:

–          Parece de nieve… y es toda ella un pecado. ¡A cuántos he curado también en ella! ¡Cuánto he hablado!… ¿Dónde están los que parecían serme fieles?…

Jesús agacha la cabeza y mira fijamente al suelo, cubierto de hierba corta y brillante por el rocío. Está llorando… Y sus lágrimas brillan como pequeños diamantes, mientras caen  al suelo.  Luego levanta la cabeza, separa los brazos y une las manos más arriba de la cabeza. Y las mueve manteniéndolas unidas.

Cuanto más se acercaba la hora, de la Hora de la Expiación, más sentía que Dios se alejaba de Mí y empecé a sentir terror. 

Fue espantoso experimentar el ansia por la vida, la languidez, el cansancio y el tedio, hasta llegar a la desesperación…

Fue cuando me sentí solo, desamparado y totalmente indefenso…

`Todos me han traicionado, todos me han abandonado y el Padre Dios, no viene en mi ayuda.’

 Era la Hora de las Tinieblas

Y AL ALEJARSE EL PADRE, LLEGÓ SATANÁS

Había venido al Principio de mi Misión para que no la realizase y ahora regresaba.

Judas tenía a Lucifer y Yo lo tenía cerca; él en el corazón, y Yo a mi lado.

Fuimos los dos personajes principales de la Tragedia y Satanás se ocupaba personalmente de nosotros.

Después que empujó a Judas hasta el punto sin retorno, se volvió contra Mí…

De una manera vívida y cruel, me presentó todos los tormentos y torturas que iba a sufrir por manos de los hombres y trató de convencerme de que mi sufrimiento era inútil, por la ingratitud e incredulidad humanas.

No existió Dolor más grande; más absoluto que el mío.

Era Yo una sola cosa con el Padre. Me amaba y lo amaba, como sólo el Dios que es Amor,  puede amar.

Las víctimas expiatorias han probado el rigor de Dios.

Después viene la gloria, pero sólo después de que la Justicia se ha aplacado.

También Yo sentí cómo la severidad de mi Padre aumentaba de hora en hora y supe lo que se sufre, cuando Dios lo abandona a uno.

Cuanto más se acercaba la hora, de la Hora de la Expiación, más sentía que Dios se alejaba de Mí y empecé a sentir terror. 

Fue espantoso experimentar el ansia por la vida, la languidez, el cansancio y el tedio, hasta llegar a la desesperación…

Ya había sido tentado en el desierto. Una leve tentación porque entonces tenía tan solo la debilidad del alimento material. Ahora estaba hambriento de alimento espiritual y hambriento de alimento moral, y no había pan para mi espíritu ni pan para mi corazón. Ya no había Dios para mi espíritu. No había afectos para mi corazón.

Y he aquí entonces, sutil como un cuchillo de viento, penetrante como aguijón de avispa, irritante como veneno de culebra:

la voz de Lucifer.

Una flauta que suena en sordina, tan tenue; tan tenue que no suscita nuestra vigilante atención. Penetra con la seducción de su mágica armonía, nos hace dormitar, parece un consuelo, tiene el aspecto de consuelo sobrenatural.

¡Oh Engañador eterno, qué sutil eres! El yo sólo pide ayuda. Y parece que aquel sonido le ayude. Palabras de compasión y de comprensión, dulces como caricias sobre una frente febril, calmantes como ungüento sobre una quemadura, que aturden como el vino generoso dado a quien está en ayunas. El alma cansada se adormece.

Si no estuviera tan vigilante con su subconsciente, que vela tan sólo en aquellos que se nutren de la constante unión al Amor, acabaría cayendo en un letargo que la dejaría totalmente en las manos de Satanás, en un sueño hipnótico durante el cual Lucifer le haría cometer cualquier acción. Pero el alma que se ha nutrido constantemente del Amor no pierde la integridad de su subconsciente ni siquiera en la hora en que los hombres y Dios parece que se unan para enloquecerla. Y el subconsciente despierta al alma. Le grita: “Actúa. Levántate. Satanás está detrás de ti”.

La vida es amada por las honestas satisfacciones que proporciona.

Tener un amigo sincero, es como tener un compañero en el camino. Caminar solos es demasiado triste. Cuando Dios elige para la soledad de víctima a un alma, Él se hace su compañero, porque solos no se puede estar sin capitular.

Luego prosigue en su oración y meditación.  Y de pronto lo agita una pavorosa angustia; porque para evitarla se levanta  y  camina apresurado de un lado para otro,  susurrando palabras  casi incoherentes; alzando la cara, bajándola de nuevo, gesticulando, pasándose las manos por los ojos, las mejillas, el pelo, con mecánicos y agitados movimientos, propios de quien está sumido en una gran angustia: decirlo no es nada, describirlo es imposible, verlo es entrar en su angustia.

Gesticula hacia Jerusalén. Luego vuelve a alzar los brazos hacia el cielo como para invocar ayuda.

Se quita el manto como si tuviera calor. Lo mira… Pero ¿Qué es lo que ve?

Ahora surgía el miedo de perder la vida. ¡La vida! Tenía treinta y tres años. Era hombre en aquel momento. Era el Hombre. Tenía por ello el amor virgen a la vida como lo había tenido Adán en el Paraíso terrestre. La alegría de estar vivo, de estar sano, de ser fuerte, bello, inteligente, amado, respetado. La alegría de ver y de oír, de poder expresarme. La alegría de respirar el aire puro y perfumado, de oír el arpa del viento entre los olivos y del río entre las piedras, y la flauta de un ruiseñor enamorado; de ver resplandecer las estrellas en el cielo como ojos de fuego que me miraban con amor; de ver platearse la tierra por la luna tan blanca y resplandeciente que cada noche vuelve virgen el mundo, y parece imposible que bajo su ola de cándida paz pueda actuar el Delito.

Y todo eso tenía que perderlo. No volver a ver, no volver a oír, no moverme más, no volver a estar sano, no volver a ser respetado. Hacerme el aborto purulento que se esquiva con el pie, volviendo la cabeza con repugnancia. El aborto expulsado de la sociedad que me condenaba para quedar libre de darse a sus vergonzosos amores.

¡Nostalgia de las multitudes humildes y francas a las que daba luz y gracia y de las que recibía amor! ¡Voces de niños que me llamaban con una sonrisa, voces de madre que me llamaban con un sollozo, voces de enfermos que me llamaban con un gemido, voces de pecadores que me llamaban con temblor! Todas las oía y me decían:

“¿Por qué nos abandonas? ¿Ya no quieres acariciarnos? ¿Quién podrá acariciar como Tú nuestros rizos rubios o morenos?”.

“¿Ya no quieres devolvernos las criaturas difuntas, curarnos las moribundas? ¿Quién como Tú podrá tener piedad de las madres, Hijo santo?”.

“¿Ya no quieres sanarnos? Si Tú desapareces ¿quién nos curará?”.

“¿Ya no quieres redimirnos? Sólo Tú eres la Redención. Cada palabra tuya es fuerza que rompe una cuerda de pecado en nuestro oscuro corazón. Estamos más enfermos que los leprosos, porque para ellos la enfermedad cesa con la muerte, para nosotros se acrecienta. ¿Y Tú te vas? ¿Quién nos comprenderá? ¿Quién será justo y piadoso? ¿Quién nos realzará? ¡Quédate, Señor!”.

“¡Quédate! ¡Quédate! ¡Quédate!” Gritaba la multitud buena.

“¡Hijo!” gritaba mi Madre.

“¡Sálvate!” gritaba la vida.

He tenido que quebrar estas gargantas que gritaban, sofocarlas para impedirles gritar, para tener la fuerza de destrozarme el corazón arrancando uno a uno sus nervios para cumplir la voluntad de Dios.

Con la Oración lo vencí: ‘¡ABBA, Padre! todo es posible para Ti, aparta de Mí esta copa; pero  no sea lo que Yo quiero, sino lo que quieras Tú’  

Y el espíritu dominó el terror que sentía la carne.

Vencí la tentación física.    

La primera parte de la oración había sido dolorosa, pero todavía podía sentir la mirada de Dios y esperar en el amor de los amigos.

Luego regresa con los tres apóstoles, que están sentados alrededor de la hoguera.  Los encuentra medio dormidos. Pedro ha apoyado su espalda en un tronco y con los brazos cruzados, cabecea dominado por un intenso sopor.  Los hijos de Zebedeo, se han sentado sobre las protuberancias de una gruesa raíz que sobresale del suelo; pero a pesar de estar más incómodos que Pedro; también están adormilados.

Jesús dice angustiado:

–          ¿Dormís? ¿No habéis sabido velar una hora tan sólo? ¡Tengo mucha necesidad de vuestro consuelo y vuestras oraciones!

Los tres se sobresaltan, confundidos. Se restriegan los ojos. Susurran una disculpa:

–           Es el vino… la comida… Pero se pasa ahora. Ha sido un momento. No sentíamos ganas de hablar y esto nos ha llevado al sueño. Pero ahora vamos a orar en voz alta y no se va a repetir esto.

Jesús ruega:

–           Sí. Orad y velad. También para vosotros lo necesitáis.

Pedro habla decidido:

–           Sí, Maestro. Te obedeceremos.

Jesús se marcha de nuevo, muy desconsolado, doliente, envejecido. Sus ojos siguen muy abiertos, pero parecen empañados.  Su boca refleja un rictus de su cansancio. Vuelve a su piedra, aún más lento y encorvado. Se arrodilla y apoya los brazos en la roca; con su rostro abatido sobre sus manos y junto a un manojo de florecillas blancas que como copos de nieve, le acarician la mejilla, mientras ora ardientemente.

Para valorar la amistad Yo he querido llamar “amigos” a mis apóstoles, y he apreciado tanto este afecto que en la hora del dolor he pedido a los tres más queridos que estuviesen conmigo en el Getsemaní. Les he rogado que velaran y oraran conmigo, por Mí… Y al verles incapaces de hacerlo he sufrido tanto que me he debilitado aún más; siendo por ello, más susceptible a las seducciones satánicas. Una palabra, si hubiera podido intercambiar al menos una palabra con amigos solícitos y comprensivos de mi estado, no habría llegado a desangrarme antes de la tortura, en la lucha por repeler a Satanás.

La segunda parte de la Oración fue más dolorosa aún porque Dios se retiraba y los amigos dormían.

El silbo de Satanás y la voz de la vida ratificaban: “Te sacrificas para nada. Los hombres no te amarán por tu sacrificio. Los hombres no entienden”. 

Pasado un poco de tiempo, siente el frescor de las pequeñas corolas, alza la cabeza… Las mira, las acaricia, les dice:

–           ¡También estáis vosotras!… ¡Me aliviáis! Había florecillas como éstas también en la gruta de mi Madre… y Ella las quería, porque decía: “Cuando era pequeña, decía mi padre: “Eres una azucena diminuta toda llena de rocío celeste”… ¡Oh, mi Madre! ¡Oh, Mamá!…

Y rompe a llorar. Con la cabeza reclinada sobre las manos unidas;  un poco apoyado en los calcañares, lo estremecen los sollozos  mientras dice con las manos apretadas una contra la otra:

–           También en Belén… y te las llevé, Mamá. ¿Pero éstas quién te las llevará?…

La tremenda lucha da comienzo. El veneno ya está en nosotros. Por eso es necesario luchar contra sus efectos y contra las oleadas aceleradas, cada vez más vehementes y aceleradas, del nuevo veneno de la palabra satánica que se derrama sobre nosotros. 

Satanás me decía, porque la voz entraba aunque Yo la rechazara:

“Mira. Aún no has muerto y ya te han abandonado. Mira. Has ayudado y eres odiado. Lo ves. Ni siquiera el mismo Dios te socorre. Si Dios no te ama.  Y eres su Hijo, ¿Cómo puedes esperar que los hombres te agradezcan tu sacrificio?

¿Sabes lo que se merecen? La Venganza, no el Amor como Tú crees. Véngate, ¡oh Cristo!, de todos estos necios, de todos estos crueles. Véngate. Atácales con un milagro que les fulmine. Muéstrate cómo eres: Dios. El Dios terrible del Sinaí. El Dios terrible que me ha fulminado y que arrojó a Adán fuera del Paraíso. 

Hasta ahora has dicho tan sólo palabras de bondad. Tus escasos reproches siempre eran demasiado dulces para estas bestias que tienen la piel más espesa que el cuero del hipopótamo. Tu mirada curaba tus palabras. Sólo sabes amar. Odia. Y reinarás. El odio tiene curvadas las espaldas bajo su azote y pasa triunfante sobre estas filas serviles. Las aplasta. Y están felices de serlo. No son más que sádicos, y la tortura es la única caricia que aprecian y que recuerdan. 

Volví a rechazar las palabras satánicas  y me sumergí, en lo que hasta ese momento me abrumaba:

Mis tristezas. De hombre. Todas las pasiones del hombre se han levantado como serpientes encolerizadas silbando sus derechos de existir y Yo las he tenido que sofocar una a una, para subir libremente a mi Calvario.

 

  

PRIMER MISTERIO DE DOLOR


LA ORACION DE JESÚS EN EL HUERTO DE GETSEMANÍ

“Después, Jesús salió y se fue, como era su costumbre, al monte de los Olivos y lo siguieron también sus discípulos. Llegados al lugar les dijo: ‘Oren para que no caigan en tentación.’ Después se alejó de ellos como a la distancia de un tiro de piedra y doblando las rodillas oraba con estas palabras: ‘Padre, si quieres aparta de Mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.’ (Entonces se le apareció un ángel del cielo para animarlo. Entró en agonía y oraba con mayor insistencia. Su sudor se convirtió en gotas de sangre que caían hasta el suelo) Después de orar se levantó y fue hacia donde estaban los discípulos.  Pero los halló dormidos, abatidos por la tristeza. Le dijo: ‘¿Ustedes duermen? Levántense y oren para que no caigan en tentación.’ Todavía estaba hablando cuando llegó un grupo encabezado por Judas, uno de los Doce. Como se acercara a Jesús para darle un beso, Jesús le dijo: ‘Judas, ¿Con un beso traicionas al Hijo del hombre?’ (Lucas 22, 39-48)

Dice Jesús:

“OREN PARA QUE NO CAIGAN EN TENTACIÓN” 

Fue lo que dije a mis discípulos en aquella noche del Jueves Santo, poco antes de mi aprehensión.  Fue lo que Yo hice… Para resistir en la terrible prueba de la Hora que se aproximaba.

Estaba abatido por la tristeza. Como un hombre que ha sido herido de muerte y que siente que la vida se le escapa, como a alguien que está oprimido por un trauma psíquico superior a sus fuerzas.

Yo Soy el Hijo de Dios Altísimo; pero también Soy el Hijo del Hombre.

Y en este momento mi Divinidad estaba aniquilada, por el Amor y la Obediencia.

Era solamente el hombre a quien Dios, NO ayudaba más.

Mi sufrimiento y mi abatimiento eran tan intensos que se convirtieron en una agonía en aumento, hasta llegar el momento en que sudé sangre; por el tremendo esfuerzo que hice para vencerme y resistir el peso que se me había impuesto.

Mis ojos habían leído en el corazón de Judas Iscariote.

Judas era doble, astuto, ambicioso, lujurioso, ladrón, inteligente. Su apariencia siempre intachable y muy elegante.

También era más culto que los demás y había logrado imponerse a todos.

Era un hombre  tan  audaz, que me allanaba el camino más difícil.

Y mi alma agonizaba por el doble esfuerzo que tenía que hacer, al tratar de vencer los dos más grandes dolores que un hombre pueda soportar:

 La despedida de una Madre sin igual y la proximidad del Amigo Infiel…

Dos heridas que me taladraban el corazón, una con su Llanto y otra con su Odio.

Judas amaba desenfrenadamente tres cosas: el dinero, las mujeres y el poder.

Creyó en Mí como Mesías, pero al sentirse defraudado en lo que esperaba: ser el ministro de un poderoso rey terrenal; volcó sobre Mí todo su odio y lo único que deseó fue vengarse.

Por eso me traicionó.

Tuve que compartir el pan con mi Caín y sonreírle como a un amigo, para que los demás no se diesen cuenta y así evitar un crimen.

No existió Dolor más grande; más absoluto que el mío.

Era Yo una sola cosa con el Padre. Me amaba y lo amaba, como sólo el Dios que es Amor,  puede amar.

Las víctimas expiatorias han probado el rigor de Dios.

Después viene la gloria, pero sólo después de que la Justicia se ha aplacado.

También Yo sentí cómo la severidad de mi Padre aumentaba de hora en hora y supe lo que se sufre, cuando Dios lo abandona a uno.

Cuanto más se acercaba la hora, de la Hora de la Expiación, más sentía que Dios se alejaba de Mí y empecé a sentir terror. 

Fue espantoso experimentar el ansia por la vida, la languidez, el cansancio y el tedio, hasta llegar a la desesperación…

Fue cuando me sentí solo, desamparado y totalmente indefenso…

`Todos me han traicionado, todos me han abandonado y el Padre Dios, no viene en mi ayuda.’

 Era la Hora de las Tinieblas.

Y AL ALEJARSE EL PADRE, LLEGÓ SATANÁS 

Había venido al Principio de mi Misión para que no la realizase y ahora regresaba.

Judas tenía a Lucifer y Yo lo tenía cerca; él en el corazón, y Yo a mi lado.

Fuimos los dos personajes principales de la Tragedia y Satanás se ocupaba personalmente de nosotros.

Después que empujó a Judas hasta el punto sin retorno, se volvió contra Mí…

De una manera vívida y cruel, me presentó todos los tormentos y torturas que iba a sufrir por manos de los hombres y trató de convencerme de que mi sufrimiento era inútil, por la ingratitud e incredulidad humanas.

Con la Oración lo vencí: ‘¡ABBA, Padre! todo es posible para Ti, aparta de Mí esta copa; pero  no sea lo que Yo quiero, sino lo que quieras Tú’

Y el espíritu dominó el terror que sentía la carne.

Vencí la tentación física.

Trató luego de halagarme y atormentó mi alma con el recuerdo de mi Madre y sus sufrimientos…  

La inutilidad de mi muerte por los hombres ingratos…

Me ofreció vivir rico, feliz y amado…

Realizando un largo apostolado en el que él me ayudaría.

Dios me perdonaría, al ver cuántos hombres se salvarían al creer en Mí y además no sufriría una muerte tan atroz.  

También en el desierto me había tentado con poner a Dios a prueba con la imprudencia.

Con la Oración lo vencí: ‘¡ABBA, PADRE! Todo es posible para Ti; aparta de Mí esta copa. Pero no sea como Yo quiero, sino como quieras Tú.’

El espíritu superó la Tentación Moral. El alma venció sus pasiones.

Entonces se burló de Mí.

Me presentó el Abandono del Padre. Que el Cielo estaba cerrado para Mí y que Dios no me amaba más; porque al estar cubierto con todos los pecados del mundo, le causaba asco y por eso me entregaba al escarnio de una plebe feroz y que me había dejado completamente solo…

Totalmente solo… En manos de él…

 Que podía destruirme y nadie me defendería.

 Los hombres, o eran indiferentes o me odiaban.

Yo redoblé mis plegarias para cubrir las palabras satánicas.

Pero mi Oración subía a un Cielo que estaba cerrado y volvía a caer sobre Mí como una piedra…

Y fue entonces que probé toda la amargura del Cáliz: el sabor de la desesperación.

Quise vencer la desesperación y a Satanás, que es su origen y FUE CUANDO SUDÉ SANGRE…

Satanás quería vencerme con la desesperación, para convertirme en su esclavo…

 Sentí el sabor de la muerte, cuando decidí daros la vida…

Y cubierto con la lepra de vuestros pecados, siendo solamente el hombre culpable a los ojos de Dios; ACEPTÉ SER EL MALDITO Y CON ELLO, ACEPTÉ TAMBIÉN EL CASTIGO.

Y vencí la desesperación y a Satanás, para servir a Dios y daros a vosotros la Vida…  

Pero saboreé la Muerte. No la muerte física del Crucificado, (No fue tan dolorosa)

Sino la Muerte Total…

La Muerte Consciente…  

La Muerte que cae después de haber triunfado, con un corazón destrozado…

Con una sangre que se pierde por la herida de un esfuerzo muy superior a la fuerza humana.

Y sudé sangre. ¡Sí, la sudé!…

Para ser fiel a la Voluntad de Dios.

El espíritu venció la Tentación Espiritual.

Con la Oración lo vencí: ‘¡ABBA, PADRE! Todo es posible para Ti; aparta de Mí esta copa; pero no sea como Yo quiero, sino como quieras TÚ…’

No tengo más que recordar esta Hora para llamaros hermanos.

¿Puedo Yo que he probado; no comprender vuestra degradación y no amaros porque estáis degradados?… Os amo por esto.

Porque en aquella Hora no era el Verbo de Dios…

Era el Hombre Culpable.

Mi mejilla arde por el beso de los traidores…  

Curádmela con el beso de la Fidelidad. ¡Convertíos y amad!

Para que el Padre os pueda llamar: ¡Hijos!

El Ángel que me acompañó en mi dolor, me habló de la esperanza de todos los que se salvarían con mi Sacrificio y fue el bálsamo para mi agonía…

Mi mirada se extendió a través de los siglos…

Y OS MIRÉ….

Y FUE CADA UNO DE VUESTROS NOMBRES como una inyección de fortaleza, para las horas dolorosísimas que se aproximaban…

Fuisteis mi consuelo cuando vi que os salvaríais…  

QUE ÉRAIS DIGNOS DEL SACRIFICIO DE UN DIOS.

Y desde aquel momento os he llevado en mi Corazón…

Y cuando sonó el momento de que vinieseis a la tierra, quise estar presente a vuestra llegada, regocijándome al pensar que una nueva flor de amor había brotado en el mundo y que viviría para Mí…

¡Oh, benditos míos!.. ¡Consuelo mío cuando agonizaba!.. Mi Madre, mi Apóstol, las mujeres piadosas…

Pero también TÚ…

Tú que estás leyendo esto y a quién mi Madre ha guiado hasta aquí…

MIS OJOS AGONIZANTES TE MIRARON A TRAVÉS DE LOS SIGLOS…

Junto al rostro adolorido de mi Madre…

Y los cerré gozoso porque vi que te salvarías al corresponder a mi llamado a la Conversión y al Amor…

Mi mayor dolor, fue pensar para cuántos mi Martirio sería estéril…  

Todos los que rechazarían la Salvación y preferirían las Tinieblas a la Luz…

A éstos también los tuve presentes y a sabiendas de ello, me dirigí a la Muerte…

Y corrí al encuentro de mi Martirio, que se inició con un beso… 

EL BESO DE LA TRAICIÓN.

*******

Oración:

Amado Padre Celestial: Llénanos el corazón de arrepentimiento y amor, para ser Agradecidos al Amor tan incomprendido en su profundidad y plenitud, que sólo un Dios Único y Trino, infinitamente maravilloso como TÚ, podías manifestar como lo hiciste por nosotros los hombres. Ayúdanos a conocerte y amarte, adorarte y servirte. Porque no bastarían un millón de vidas de adoración y sacrificio, para corresponderte aunque solo fuera un poquito, de lo mucho que te debemos. Gracias ABBA. Amen

PADRE NUESTRO…

DIEZ AVE MARÍA…

GLORIA…

INVOCACIÓN DE FÁTIMA…

CANTO DE ALABANZA…

6.- ARBITER ELEGANTIARUM


En una villa ancestral  que en su mayor parte está orientada hacia el sur. Hay un pabellón apartado que está rodeado por un patio al que dan sombra muchas palmeras; varios robles, sauces llorones, cedros, fresnos  y cuatro plátanos. En el centro, una fuente derrama su agua en una pila de mármol y salpica suavemente los plátanos que la rodean y las plantas que éstos cobijan. En este pabellón está ubicado un dormitorio que no permite entrar la luz del día, ni escuchar el ruido. A un lado está el triclinium (comedor)

Existe también una habitación sombreada por el verdor del plátano más cercano, decorada con  una espléndida pintura que representa a unos pájaros posados sobre las ramas de unos árboles. Aquí se encuentra una pequeña fuente con una pila rodeada por unos surtidores que emiten un susurro muy agradable.

Es el refugio de un escritor. Y sobre la mesa de trabajo se puede ver un fragmento de su última obra literaria, en la que está desarrollando su talento. Al acercarse se puede leer: “La Cena de Trimalción…”  El autor trabaja en ella por las mañanas, cuando se lo permiten las fiestas de Nerón…

Ahora, después del banquete de la víspera que se prolongó más de lo acostumbrado; Tito Petronio se levantó tarde sintiéndose sumamente  fastidiado…

En  su travesía por los baños recuperó su ingenio y complacido, se sintió rejuvenecer. Rebosante de vida, de energía y de fuerza; cuando estaba sumergido en el agua tibia, le avisaron que su sobrino Marco Aurelio acaba de llegar a visitarlo.

Petronio ordena que lo conduzcan al jardín adyacente para conversar plácidamente y sale del agua poniéndose una bata de lino suave.

Marco Aurelio es hijo su hermano Publio, el mayor y más querido. Y ha estado sirviendo bajo las órdenes de Corbulón en la guerra contra los partos. Es su sobrino predilecto. Un hombre íntegro; que ha heredado de su tío el gusto por el placer, el arte, la belleza y la estética; cualidades que Petronio valora sobre todo lo demás. No por nada le han apodado el “Árbitro de la Elegancia.”

Toma una manzana del platón que está en la mesa más cercana y está a punto de morderla, cuando entró un joven con pasos largos y flexibles exclamando:

–                 ¡Salve Petronio! Que te sean propicios todos los dioses.

Petronio sonríe y contesta:

–          ¡Salve Marco Aurelio! Te doy la bienvenida a Roma. Espero que disfrutes de un  merecido descanso después de las fatigas de la guerra. ¿Qué noticias traes de Armenia?

Mientras el joven se sienta en una banca a su lado, exclama con cierto fastidio:

–           De no ser por Corbulón, esta guerra sería un desastre.

–           ¡Es un verdadero Marte! ¿Sabes que Nerón le teme?

Marco Aurelio lo mira sorprendido y pregunta:

–           ¿Por qué?

–           Porque si quisiera, podría encabezar una revuelta.

–           Corbulón no es ambicioso hasta ese grado.

Petronio sentencia:

–          Si quitáramos la ambición y la vanidad ¿Dónde quedarían los héroes y los patriotas?

–           Lo conozco bien y sé que no debéis temer nada de él. Hablas como Séneca.

–          Se puede apreciar el carácter de un hombre en la forma como recibe la alabanza. Y tienes razón. Séneca es un maestro al que hay muchas cosas que aprenderle. Es uno de los pocos hombres que respeto y admiro.

Petronio cerró los ojos y Marco Aurelio se fijó en el semblante un tanto demacrado de su tío y cambiando el tema, le preguntó por su salud.

El augustano hizo un mohín, antes de replicar:

–           ¿Salud? No lo sé. Mi salud no está como yo quisiera. Trato de ser fuerte y            aparento estar perfectamente. Pero empiezo a sentir un cierto cansancio que… Considerando las circunstancias, creo que estoy bien. ¿Y tú cómo estás?

–           Las flechas de los partos respetaron mi cuerpo, pero… un dardo de amor acaba de  herirme y ha acabado con mi tranquilidad. Estoy aquí para pedirte un consejo.

Petronio lo miró sorprendido y dijo:

–         Te puedes casar o quedarte soltero. Pero te aseguro que te arrepentirás de las dos cosas.- luego lo invitó – Vamos a sumergirnos en el agua tibia y me sigues platicando. ¿Qué te parece?

Marco Aurelio aceptó encantado:

–           Vamos.

Los dos regresan al frigidarium.  Marco Aurelio se desnuda y Petronio contempla el cuerpo vigoroso de su sobrino. Le recuerda las estatuas de Hércules que adornan el camino al Palatino. Es un atleta pleno de vigor juvenil. Y en el armonioso rostro que completa la apolínea belleza masculina, hay un gesto de sufrimiento reprimido. El joven se lanza al agua, salpicando el mosaico que representa a Perseo liberando a Andrómeda.

Petronio admira todo esto con los ojos regocijados del artista embelesado con la auténtica belleza…

Y después de lanzarse al agua, dice:

–          En la actualidad hay demasiados poetas. Es una manía de los tiempos que vivimos. El césar escribe versos y por eso todos lo imitan. Lo único que no está permitido es escribir mejores versos que él… Hace poco hubo un certamen y Nerón leyó una poesía dedicada a las transformaciones de Niobe. Los aplausos de la multitud cubrieron la voz de Nerón; pero en aquellas muestras de forzado entusiasmo faltaba el acento de la espontaneidad que nace del corazón. Luego Lucano declamó otra, celebrando el descenso a los infiernos de Orfeo. Cuando se presentó, el respeto y el temor contenían a los oyentes… Más por uno de esos triunfos del arte que parecen milagrosos, el poeta logró suspender los ánimos; los arrebató y consiguió que se olvidaran de sí y del emperador. Y le decretaron unánimes el laurel de la gloria y el codiciado premio. ¿Te imaginas lo que sucedió después?… Imposible que Nerón consintiese un genio superior a su inspiración. Se salió despechado del certamen y prohibió a Lucano que volviese a leer en público sus versos. Por eso yo escribo en prosa.

–          ¿Para ti no ambicionas la gloria?

–           A nadie ha hecho rico el cultivo del ingenio.

–           ¿Qué estás escribiendo ahora?

–          Una novela de costumbres: las correrías de Encolpio y sus amigos Ascilto y Gitón.  Ya casi la termino. Estoy en el convite ridículo de un nuevo rico. Lo he titulado “La Cena de Trimalción”

–           ¿El libro?

–          No. El capítulo. El libro es una sorpresa. Espera un poco… – se queda pensativo un momento. Y luego añade- Enobarbo ama el canto. En particular el suyo propio. Dime ¿Tú no haces versos?

Marco Aurelio lo mira sorprendido… y luego responde firme:

–           No. Jamás he compuesto ni un hexámetro.

–           ¿Y no tocas el laúd, ni cantas? – insiste Petronio.

–           No. Me gusta oír a los que sí saben hacerlo.

–           ¿Sabes conducir una cuadriga?

–           Lo intenté una vez en Antioquia, pero fui un fracaso.

–          Entonces ya no debo preocuparme por ti. Y ¿A qué partido perteneces en el hipódromo?

–           A los azules; porque los únicos que me entusiasman son Porfirio y Scorpius.

–          Ahora sí ya estoy del todo tranquilo. Porque en la actualidad hacer cualquiera de estas cosas es muy peligroso. Tú eres un joven apuesto y tu único peligro es que Popea llegue a fijarse en ti. Pero no…  Esa mujer tiene demasiada experiencia y le interesan otras cosas. ¿Sabes que ese estúpido de Otón, su ex marido? ¿Todavía la ama con locura? Vaga por la España, borracho y descuidado en su persona.

–           Comprendo perfectamente su situación.- suspiró Marco Aurelio.

Petronio  movió la cabeza. Y siguieron conversando…

Cuando más tarde salieron del Thepidarium, dos bellas esclavas africanas, con sus perfectos cuerpos como si fueran de ébano, los esperan para ungirlos con sus esencias de Arabia…

Al terminar, otras dos doncellas griegas que parecen deidades, los vistieron.

Con movimientos expertos adaptaron los pliegues de sus togas. Marco Aurelio las contempló con admiración y exclamó:

–           ¡Por Júpiter! ¡Qué selecciones haces!

Petronio sentenció:

–           La belleza y la rareza fija el precio de las cosas. Prefiero la calidad óptima. Toda mi “Familia” (Un amo con sus parientes  y sus esclavos) en Roma, ha sido seleccionada con el mismo criterio.

–           Cuerpos y caras más perfectos no posee ni siquiera el mismo Barba de Bronce.- alaba Marco Aurelio mientras aspira los aromas con deleite.

–           Tú eres mi pariente.- aceptó Petronio con cariño. Y agregó- Y yo no soy tan                                 intolerante como Publio Quintiliano.

Marco Aurelio al escuchar este nombre se queda paralizado. Olvidó a las doncellas y preguntó:

–           ¿Por qué has recordado a Publio Quintiliano? ¿Sabías que al venir para acá una serpiente asustó a mi caballo y me derribó?  Pasé varios días en su villa fuera de la ciudad. Un esclavo suyo, el médico frigio Alejandro, me atendió. Precisamente de esto era de lo que quería hablarte.

–           ¿Por qué? ¿Acaso te has enamorado de Fabiola? En ese caso te compadezco. Ella es muy hermosa pero ya no es joven. ¡Y es virtuosa! Imposible imaginar peor combinación. ¡Brrr!.- Y Petronio hace un cómico gesto de horror.

¡De Fabiola, no! ¡Caramba!

–           ¿Entonces de quién?

–          Yo mismo no lo sé. Una vez al rayar el alba la vi bañándose en el estanque del jardín, con los primeros rayos del sol que parecían traspasar su cuerpo bellísimo. Te juro que es más hermosa que Venus Afrodita. Por un momento creí que iba a desvanecerse con la luz del amanecer… Y desde ese momento me enamoré de ella con locura.

–           Si era tan transparente, ¿No sería acaso un fantasma?

–          No me embromes Petronio. Te estoy abriendo mi corazón. Después volví a verla dos veces más. Y desde entonces ya no sé lo que es tranquilidad. Ya no me interesa nada de lo que Roma pueda ofrecerme. Ya no existen para mí otras mujeres… Ni vino, fiestas o diversiones. Me siento enfermo. Traté de indagar de mil maneras sutiles y creo que se llama Alexandra. No estoy muy seguro… Pero solo la quiero a ella. No se aparta de mi mente un solo instante. Te lo digo con sinceridad Petronio, siento por ella un anhelo tan vehemente, que he perdido el apetito. En el día me atormenta la nostalgia y por las noches no puedo dormir. Y cuando consigo hacerlo, solo sueño con ella. Y así transcurre mi vida, con este torturante deseo…

Petronio lo mira con conmiseración… Y luego dice con determinación:

–           Si es una esclava, ¡Cómprala!

Marco Aurelio replica con desaliento:

–           No es una esclava.

–           ¿Es acaso alguna liberta perteneciente a la casa de Quintiliano?

–           No habiendo sido jamás esclava, tampoco puede ser liberta.

–           ¿Quién es entonces?

–          ¡No lo sé!… No pude averiguar mucho. Por favor escúchame. Es la hija de un rey, creo. –Y añade desesperado-  O algo por el estilo…

Petronio lo mira interrogante. Y cuestiona lentamente:

–           Estás despertando mi curiosidad, Marco Aurelio.

Su sobrino lo mira con impotencia y explica:

–          Hace tiempo el rey de Armenia invadió a los partos, mató a su rey y tomó como rehenes a su familia, a algunos principales de su nuevo territorio y los entregó a Roma. El gobernador no sabía qué hacer y el César los recibió junto con el botín de guerra que enviaron como regalo. Luego los entregó a Publio Quintiliano, ya que no pueden considerarse como cautivos y se desconoce el motivo que lo impulsó a entregarlos a él. Pero el tribuno los recibió muy bien. Y en esa casa en la que todos son  virtuosos, la doncella es igual a Fabiola.

–           ¿Y cómo estás tan enterado de todo esto?

–           Publio Quintiliano me lo refirió. Esto pasó hace quince años. Y también te digo que a mi regreso de Asia, pasé por  el templo de Delos a fin de consultar a la sibila. Y Apolo se me apareció…  y me anunció que a influjos del amor, se operaría un cambio trascendental en mi existencia…

¿Y qué quieres hacer?

–          Quiero que Alexandra sea mía. Deseo sentirla entre mis brazos y estrecharla contra    mi corazón. Deseo tenerla en mi casa hasta que mi cabeza sea tan blanca, como las nieves de la montaña. Deseo aspirar su aliento puro y extasiarme mirando sus ojos bellísimos. Si fuera una esclava, pagaría por ella lo que fuera. Pero ¡Ay de mí! No lo es…

–           No es una esclava pero pertenece a la familia de Quintiliano. ¿Por qué no le pides que te la ceda?

–           ¡Cómo si no los conocieras!…Tú sabes que Publio es muy diferente a las demás personas y en ese matrimonio, ambos la tratan como si fuera su verdadera hija.

Petronio se queda reflexivo, se toca la frente y luego dice con impotencia:

–           No sé qué decirte, Marco Aurelio mío. Conozco a Publio Quintiliano, quién aun cuando censura mi sistema de vida; en cierto modo me estima y me respeta más, pues sabe que no soy como la canalla de los íntimos de Enobarbo; exceptuando dos o tres como Séneca y Trhaseas… –levanta las manos con desconcierto y agrega- Si crees que algo puedo hacer acerca de este asunto, estoy a tus órdenes.

–           Creo que sí puedes…  Tienes influencia sobre Publio y además tu ingenio te ofrece inagotables recursos. ¡Si quisieras hacerte cargo de la situación y hablar con él!

–           Tienes una idea exagerada de mi ingenio y de mis recursos. Pero si no deseas más que eso, hablaré con Publio lo más pronto posible. Yo te avisaré…

–           Te estaré esperando.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA