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29.- EL CAZADOR, CAZADO


Marco Aurelio, después de unas horas, se sintió más penosamente mal.

Y estuvo muy enfermo en realidad. La noche llegó y con ella una violenta fiebre. Cuando ésta cedió, no podía dormir y seguía con la mirada a Alexandra a dondequiera que iba.

Por momentos caía en una especie de sopor, durante el cual oía lo que sucedía a su alrededor, pero luego se sumergía en febriles delirios.

Y así transcurrieron varios días…

Cuando recuperó la conciencia, despertó y miró alrededor de él. Una lámpara brilla dando su claridad. Todos están calentándose al fuego, pues hace frío y se ve como de sus bocas sale el aliento en forma de vapor.

Pedro está sentado, con Alexandra en un escabel a sus pies. Luego Mauro, Lautaro, Isabel y David, un joven de rostro agraciado y cabellos negros y ensortijados… Todos están atentos, escuchando al apóstol que habla en voz baja…

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Y también Marco Aurelio concentró su atención tratando de escuchar lo que dice. Entiende que está hablando de la Muerte y Resurrección de Cristo y de las enseñanzas que Jesús les dio  durante cuarenta días, antes de ascender al Cielo.

Marco Aurelio pensó:

–           Sólo viven invocando ese Nombre.

Y cerró los ojos invadido por la fiebre.

Cuando los volvió a abrir, vio la brillantez de la luz de la chimenea, pero ahora no hay nadie. Trozos de leña se consumen y las astillas de pino que acaban de poner, iluminan suavemente a Alexandra sentada cerca de su lecho.

Y al mirarla se conmovió, ella está velando su sueño. Es fácil adivinar su cansancio. Está inmóvil y tiene cerrados los ojos. Él se pregunta si está dormida o solamente absorta en sus pensamientos. Contempló su delicado perfil… sus largas pestañas caídas lánguidamente, sus manos sobre sus rodillas.

Y vio que sobre su belleza exterior que es tan extraordinaria, hay otra belleza que irradia desde adentro de su ser y la hace sobrenaturalmente hermosísima…

Y aunque le repugna llamarla cristiana, tiene que aceptarla con la religión que ella confiesa. Aún más, comprende que si todos se han retirado a descansar  y solo ella permanece en vela. Ella, a quién él ha ofendido tanto, es sólo porque su religión así lo prescribe.

Pero ese pensamiento que causa admiración al relacionarlo con la religión de Alexandra, le fue también muy desagradable… Hubiera preferido que la joven obrara así, tan solo por amor a él.

Alexandra abrió los ojos y vio que él la miraba.

Se acercó y le dijo con dulzura:

–           Estoy contigo.

Marco Aurelio murmuró débilmente:

–           Y yo he visto lo que en verdad eres en mis sueños. Gracias. –y volvió a dormirse.

A la mañana siguiente despertó. Débil, pero con la cabeza fresca y sin fiebre.

Bernabé hurga en la chimenea apartando la ceniza de los carbones encendidos.

Marco Aurelio recordó como este hombre había destrozado a Atlante. Y examinó con atención su enorme  espalda y sus poderosos brazos. Sus piernas sólidas y fuertes como columnas. Y pensó: “¡Gracias a los dioses que no me ha roto el cuello! ¡Por Marte! ¡Si los demás partos son como éste, las legiones romanas NO cruzarán sus fronteras!

 Luego dijo en voz alta:

– ¡Hola esclavo!

Bernabé sacó la cabeza de la chimenea y sonriendo con expresión amistosa, le dijo con cordialidad:

–           Que Dios te de buenos días y mejor salud. Pero yo soy un hombre libre y no un esclavo.

Esto le hizo una impresión favorable, pues su orgulloso temperamento le impide el alternar con un esclavo. Éstos sólo son objetos sin índole humana.

Esta respuesta le facilita interrogar a Bernabé acerca del lugar en donde Alexandra ha nacido.

–           Entonces ¿Tú no perteneces a Publio?

Bernabé respondió con sencillez:

–           No. Sirvo a Alexandra como serví a su madre. Por mi propia voluntad.

Y se puso a agregar trozos de leña al fuego de la chimenea.

Cuando terminó, se irguió y declaró:

–           Entre nosotros no hay esclavos.

–           ¿Dónde está Alexandra?

–           Salió. Y yo voy a hacerte de comer. Ella te estuvo velando toda la noche.

–           ¿Y por qué no la relevaste tú?

–           Porque ella quiso velar a tu lado y mi deber es obedecerla. – Pasó por sus ojos una expresión sombría.-  Si la hubiera desobedecido, tú no estarías vivo ahora.

–           ¿Entonces lamentas el no haberme dado muerte?

–           No. Cristo nos manda no matar.

–           Pero… ¿Y Secundino y Atlante?

–           No pude evitarlo. –murmuró Bernabé.

Y miró con tristeza sus manos. Luego puso una olla sobre la rejilla y se quedó contemplando el fuego, con mirada pensativa.

Finalmente declaró:

–           La culpa fue tuya. ¿Por qué levantaste tu mano contra la hija de un rey?

Una oleada de orgullo irritado ruborizó las mejillas de Marco Aurelio, ante el reproche del parto…

Más como se sentía débil, se contuvo. Especialmente porque predomina el deseo de saber más detalles sobre Alexandra. Más aún con la confirmación de su linaje real, pues como la hija de un rey ella puede ocupar en la corte del César una posición igual a las de las mejores y más nobles patricias romanas.

Cuando se calmó, pidió al parto que le contase como era su país.

Bernabé contestó:

–           Vivimos en los bosques, pero poseemos tal extensión de territorio, que no se pueden saber los límites, pues más allá se extiende el desierto…-y siguió describiendo sus ciudades, la familia de Alexandra…

Sus gentes, sus costumbres y como se defendían de los que trataban de invadirlos.

Concluyó diciendo:

–       Nosotros no les tememos a ellos, ni al mismo César romano.

Marco Aurelio respondió con tono severo:

–        Los dioses han dado a Roma el dominio del mundo.

Bernabé replicó con sencillez:

–        Los dioses son espíritus malignos. Y donde no hay romanos, no hay supremacía de ningún género.

Y se volvió a avivar el fuego de la chimenea, revolviendo con un cucharón, la olla donde se cocinan los alimentos. Cuando estuvo listo, vació en un plato grande y esperó a que se enfriara un poco.

Luego dijo:

–           Mauro te aconseja, que aún el brazo sano lo muevas lo menos posible. Alexandra, me ha ordenado que te dé de comer.

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¡Alexandra ordenaba! No había ninguna objeción que hacer. Así pues, Marco Aurelio ni siquiera protestó.

Bernabé vació el líquido en un tazón, se sentó junto a la cama y lo llevó a los labios del joven patricio. Y hay tal solicitud y tan afable sonrisa en su semblante, que el tribuno no da crédito a sus ojos.

Aquel titán tan terrible que había aniquilado a Atlante y que luego se había vuelto contra él como un tornado ¡Le habría hecho trizas si no hubiera intervenido Alexandra!

Ahora es un delicado enfermero, tan solícito como gentil, al tomar el tazón entre sus dedos hercúleos y acercarlo a los labios de Marco Aurelio.

En ese momento apareció Alexandra, vestida con el camisón de dormir y con el cabello suelto.

Marco Aurelio sintió que su corazón se aceleró al verla y la amonestó suavemente por no estar descansando.

Ella dijo con acento afable:

–           Me preparaba para dormir y vine a ver cómo estás. Dame la taza Bernabé. Yo le daré de comer.

Y tomando entre sus manos el recipiente, se sentó a la orilla del lecho, dio de comer al enfermo, que se siente a la vez rendido y gozoso.

Cuando ella se inclina hacia él, percibe el tibio calor de la joven y le rozan sus cabellos ondulados y negrísimos. Se siente desfallecer de felicidad. Está pálido por la emoción.

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Al principio tan solo la había deseado y ahora siente que la adora con todo su ser. Antes solo prevalecía su egoísmo y ahora reconoce haber sido tan insensible y tan ciego, que empieza a pensar en ella y en lo que ella necesita y desea.

Como un niño obediente se tomó la mitad el contenido del tazón. Y aun cuando la compañía de Alexandra y el contemplarla lo extasían de dicha, le dijo:

–           Basta ya. Vete a descansar, diosa mía.

Ella replicó ruborizada:

–           No me llames de ese modo.  No está bien que me digas así.

Sin embargo lo mira sonriente y le reitera que ya no tiene sueño, ni fatiga. Y lo insta para que termine de comer.

Y finalizó diciendo:

–           No me retiraré a descansar hasta que llegue Mauro.

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El la escucha encantado y se siente invadido por una gran alegría y una gratitud sin límites.

Emocionado le dice:

–           Alexandra… Yo no te había conocido antes. Hasta hoy me doy cuenta que quise alcanzarte con medios reprobables. Así pues ahora te digo: regresa a la casa de Publio y descansa en la seguridad de que en adelante, no habrá ninguna mano que se levante contra ti.

Una nube de tristeza cubrió el rostro de la joven y contestó:

–           Dichosa me sentiría si llegara a verlos aunque fuera de lejos, pero ya no puedo volver a su casa.

Marco Aurelio la miró asombrado y preguntó:

–           ¿Por qué?

Alexandra le contempló por unos segundos, antes de responder:

–           Los cristianos sabemos por Actea lo que sucede en el Palatino. ¿Acaso no sabes que el César, poco después de mi fuga y antes de partir para Nápoles, hizo comparecer a su presencia a Publio y a Fabiola? Y creyendo que me habían secundado los amenazó con su cólera.

Por fortuna Publio pudo decirle: ‘Majestad, tú me conoces y sabes que no te mentiría. Nosotros no hemos favorecido su fuga e ignoramos igual que tú, que suerte ha corrido ella.’ Y el césar creyó y enseguida olvidó.  Por consejo de mis superiores, jamás les he escrito comunicándoles donde estoy, a fin de que siempre puedan decir la verdad y que ignoran dónde me encuentro.

Acaso tú no comprendes esto, Marco Aurelio; pero has de saber que entre nosotros está prohibida la mentira, aunque para ello debamos arriesgar la vida. Esta es la Religión que da norma hasta a los afectos de nuestro corazón. Y por lo mismo no he visto, ni debo ver a mis padres.

Desde que me despedí de ellos, solo de vez en cuando, ecos lejanos les hacen saber que estoy bien y que no me amenaza ningún peligro.

Al decir estas palabras la añoranza la invadió y las lágrimas humedecieron sus ojos. Pero se recuperó rápidamente y añadió:

Sé que también ellos languidecen por nuestra separación. Pero nosotros disponemos de un consuelo que los demás no conocen.

Marco Aurelio está anonadado: ¡Actea cristiana!…

Y dice lleno de confusión:

–           Sí, lo sé. Cristo es vuestro consuelo. Más yo no comprendo eso.

–           ¡Mira! Para nosotros no hay separaciones, dolores, ni sufrimiento, que Dios no transforme luego en gozo. La muerte misma que ustedes consideran como el  término de la vida, para nosotros es solo el comienzo de la verdadera Vida. Considera cuán regia es una Religión que nos ordena amar aún hasta a nuestros enemigos.

–           He sido testigo de lo que dices. Pero contéstame: ¿Ahora eres feliz?

–           Lo soy. Amo a Dios sobre todas las cosas. Y todo el que confiesa a Cristo, no puede ser desgraciado.

Marco Aurelio admiró su convicción, pero no alcanza a comprenderla y le dijo:

–           ¿Entonces no quieres volver a la casa de los Quintiliano?

–           Lo anhelo con toda mi alma. Y he de volver algún día si esa es la Voluntad de Dios.

–           Pues entonces yo te digo: ‘Regresa’ Y te juro por mis lares que no alzaré mi mano contra ti.

–           No. Me es imposible exponer al peligro a los que se encuentran cerca de mí. El César no quiere a los Quintiliano. Si yo volviera…y ya ves que rápido se extiende por toda Roma una noticia, mi regreso al hogar haría ruido en la ciudad. Nerón lo sabría, castigaría a Publio y a Fabiola. Por lo menos me arrancaría una segunda vez de su lado.

–           Es verdad. Eso podría suceder. Y lo haría tan solo para demostrar que sus mandatos deben ser obedecidos. –Y cerrando los ojos exclamó- ¡No soportaría saberte otra vez en el Palatino!

Y él sintió como si se abriera ante sí, un abismo sin fondo. Él es un patricio. Un tribuno militar. Un potentado. Pero sobre todos los potentados del mundo al que pertenece, está un loco cuyos caprichos y cuya malignidad, son imposibles de prever…

Solamente los cristianos pueden prescindir absolutamente de Nerón o dejar de temerle, porque son gentes que parecen no pertenecer a este mundo, ya que la misma muerte les parece cosa de poca monta. Todos los demás tienen que temblar en presencia del tirano.

Y las miserias de la época en que viven se presentan a los ojos de Marco Aurelio, en toda su monstruosa malignidad. Y pensó que en tales tiempos, solo los cristianos pueden ser felices.

Y sobre todo, aquilató por primera vez la dimensión del daño que le había hecho a ella. Y una honda pena se apoderó de él.

Bajo la desalentadora influencia de ese pesar; lleno de impotencia, le dijo:

–           ¿Sabes que eres más feliz que yo? Tú estás en medio de la pobreza, viviendo con gentes sencillas, pero tienes tu Religión. Tienes tu Cristo. Pero yo solo te tengo a ti. Y cuando huiste de mi lado, me convertí en una especie de mendigo en medio de mi riqueza.

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Ella lo miró atónita y sin saber qué decir.

Marco Aurelio prosiguió:

–                      Tú eres más cara a mi corazón que todo lo que hay en el mundo. Yo te busqué porque no puedo vivir sin ti. Hasta ahora solo me ha sostenido la esperanza de volver a verte. No anhelaba ni placeres, ni fiestas. No podía dormir, ni descansar, ni comer. Y no encontraba alivio para mi dolor. Si no hubiera sido por la esperanza de encontrarte, me hubiera arrojado sobre mi espada.

Alexandra replicó conmovida:

–           No digas eso Marco Aurelio. Ningún ser humano debe idolatrar a otro hasta ese punto.

–           Pero pensé que si moría, ya no te volvería a ver. Te estoy diciendo la verdad pura, cuando te afirmo que no podré vivir sin ti. Hasta ahora solo me ha sostenido la ilusión de volver a verte como ahora lo hago y hundirme en la mirada de esos ojos tuyos bellísimos, que son mi anhelo.

La mira con un amor tan intenso que ella se ruboriza y no le contesta nada.

Él agrega apasionado:

–           ¿Recuerdas nuestras conversaciones en casa de Publio? Un día trazaste un pescado en la arena y entonces yo no sabía su significado. ¿Recuerdas que jugamos a la pelota? Yo te amaba ya más que a mi vida y trataba de decírtelo, cuando Publio nos interrumpió.

Y Fabiola al despedirse de Petronio, le dijo que Dios era Uno, Justo y Todopoderoso. Yo no tenía ni la menor idea de que Cristo era su Dios y el tuyo. Yo no conozco a tu Dios. Tú estás sentada cerca de mí y sin embargo, solo piensas en Él…

Marco Aurelio calló, palideció y cerró los ojos, mientras ardientes lágrimas silenciosas se deslizaron por sus mejillas…

Es apasionado tanto en el amor como en el odio. Y dejó salir sus palabras con sinceridad, desde el fondo mismo de su alma. Puede percibirse al oírlo: la amargura, el dolor, el éxtasis, los anhelos, la adoración. Acumulados y confundidos por tanto tiempo, hasta que se desbordaron en un torrente de ardorosas frases.

Alexandra está sorprendida y su corazón empezó a palpitar con fuerza. Sintió compasión y pena por aquel hombre y sus sufrimientos. Se siente conmovida por la adoración que ha descubierto… ¡Él la ama!… ¡La adora!…

Sentirse amada y deificada por aquel hombre que hasta ayer era tan peligroso e indomable y que ahora se le está entregando totalmente, en cuerpo y alma. Rindiéndose como si fuera un esclavo suyo.

Esa conciencia de la sumisión de él y del poder que le ha dado a ella, la inundaron de felicidad y regresaron por un momento los sentimientos y los recuerdos de otros días.

Ahora ha vuelto a ser para ella, aquel espléndido Marco Aurelio; hermoso como un dios pagano. El mismo que en la casa de Publio le había hablado de amor y despertado como de un sueño, su corazón virgen al amor de un hombre.

Pero es también el mismo de cuyos brazos Bernabé la había arrancado en el banquete del Palatino y rescatado del incendio en que su pasión la envolviera…

Y ahora que se ven pintados en su rostro imperioso, el éxtasis y el dolor. Que yace en aquel lecho, con el rostro pálido y los ojos suplicantes. Herido, quebrantado por el amor, rendido y entregado a ella; se le presentó a Alexandra como el hombre que ella había deseado y amado.

Como el hombre grato a su alma, como nunca antes lo fuera. ¡Y de súbito comprendió que ella también lo ama! Y que ese amor la arrastra como un torbellino y la atrae hacia él, como el más poderoso imán.

Y en ese preciso  momento llegó Mauro que viene a ver a su paciente, para revisarlo y seguir atendiéndolo.

Marco Aurelio suspiró derrotado, porque la respuesta de la joven, NO alcanzó a llegar.

Alexandra se retiró con el alma llena de ansiedad…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

SEGUNDO MISTERIO DE GLORIA


LA ASCENCIÓN DE JESÚS AL CIELO

La aurora ha surgido completamente. Ya el sol está alto y se escuchan las voces de los apóstoles. Es una señal para Jesús y María. Se detienen. Se miran, el Uno enfrente de la Otra y luego Jesús abre los brazos y recibe en su pecho a su Madre…  El amor rebosa en una lluvia de besos a su Madre amadísima. El amor cubre de besos al Hijo amadísimo. Parece que no puedan separarse.

Luego la Mujer como criatura, se arrodilla a los pies de su Dios, que es su Hijo; y el Hijo, que es Dios, impone las manos sobre la cabeza de la Madre Virgen, de la eterna Amada y la bendice en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo… Luego se inclina y la levanta, depositando  un último beso en la blanca frente como pétalo de azucena bajo el oro de los cabellos. ¡Todavía muy juveniles!

Regresan hacia la casa y Pedro les sale al encuentro diciendo:

–           ¡Señor! Afuera entre el monte y Betania, están todos los que querías bendecir hoy.

Jesús contesta:

–          Bien. Ahora vamos donde ellos. Pero antes venid. Quiero compartir con vosotros una vez más el pan.

María se retira y se quedan Jesús con sus once apóstoles en el comedor. En la mesa hay carne asada, pequeños quesos y aceitunas pequeñas y negras; un ánfora de vino y otra más grande de agua. Y panes anchos.

Jesús ofrece y divide. Está en el centro, entre Pedro y Santiago de Alfeo. Los ha llamado Él a estos lugares. Juan, Judas de Alfeo y Santiago están frente a Él; Tomás, Felipe y Mateo, a un lado; Andrés, Bartolomé y el Zelote, al otro lado. Así, todos pueden ver a su Jesús…

Una comida de breve duración, y silenciosa.

Los apóstoles, llegado el último día de cercanía de Jesús, y a pesar de las sucesivas apariciones, colectivas o individuales, desde la Resurrección, apariciones llenas de amor, no han perdido ni un momento esa devotísima compostura que ha caracterizado sus encuentros con Jesús Resucitado.

La comida ha terminado. Jesús abre las manos por encima de la mesa y dice:

–           Bien… Ha llegado la hora en que debo dejaros para volver al Padre mío. Escuchad las últimas palabras de vuestro Maestro.

No os alejéis de Jerusalén en estos días. Lázaro, con el cual he hablado, se ha preocupado una vez más de hacer realidad los deseos de su Maestro y os cede la casa de la última Cena, para que dispongáis de una casa donde recoger a la asamblea y recogeros en oración. Estad dentro de esta casa en estos días y orad asiduamente para prepararos a la venida del Espíritu Santo, que os completará para vuestra misión. Recordad que Yo -y era Dios- me preparé con una severa penitencia a mi ministerio evangelizador. Vuestra preparación será siempre más fácil y más breve. Pero no exijo más de vosotros. Me basta con que oréis con asiduidad, en unión con los setenta y dos y bajo la guía de mi Madre, la cual os confío con solicitud filial. Ella será para vosotros Madre y Maestra, de amor y sabiduría perfectos.

Habría podido enviaros a otro lugar para prepararos a recibir al Espíritu Santo. Pero no. Quiero que permanezcáis aquí.

Porque es Jerusalén, la que negó, es Jerusalén la que debe admirarse por la continuación de los prodigios divinos, dados en respuesta a sus negaciones. Después el Espíritu Santo os hará comprender la necesidad de que la Iglesia surja justamente en esta ciudad la cual, juzgando humanamente, es la más indigna de tener a la Iglesia. Pero Jerusalén sigue siendo Jerusalén, a pesar de estar henchida de pecado y a pesar de que aquí se haya verificado el deicidio. Nada la beneficiará. Está condenada.

Pero, aunque ella esté condenada, no todos sus habitantes lo están. Permaneced aquí por los pocos justos que tiene en su seno; permaneced aquí porque ésta es la ciudad regia y la ciudad del Templo, y porque, como predijeron los profetas, aquí, donde ha sido ungido, aclamado y exaltado el Rey Mesías, aquí debe comenzar su soberanía en el mundo y aquí, en este lugar en que Dios ha dado libelo de repudio a la sinagoga a causa de sus demasiado horrendos delitos, debe surgir el Templo nuevo al que acudirán gentes de todas las naciones.

Leed a los profetas (Isaías 2, 1-5; 49, 5-6; 55, 4-5; 60; Miqueas 4, 1-2; Zacarías 8, 20-23). Todo está en ellos predicho.

Primero mi Madre, después el Espíritu Paráclito, os harán comprender las palabras que los profetas dijeron para este tiempo.

Permaneced aquí hasta que Jerusalén os repudie a vosotros como me ha repudiado a mí; hasta que odie a mi Iglesia como me ha odiado a mí y maquine planes para exterminarla. Entonces llevad la sede de esta amada Iglesia mía a otro lugar, porque no debe perecer. Os digo que ni siquiera el Infierno prevalecerá contra ella. Pero si Dios os asegura su protección, no por ello tentéis al Cielo exigiendo todo del Cielo. Id a Efraím, como fue vuestro Maestro porque no era la hora de que fuera capturado por los enemigos. Os digo Efraím para deciros tierra de ídolos y paganos. Pero no será la Efraím de Palestina la que deberéis elegir como sede de mi Iglesia. Desde el corazón del hombre, la sangre se propaga a todos los miembros. Desde el corazón del mundo, el cristianismo se debe propagar a toda la Tierra.

Por ahora mi Iglesia es como una criatura ya concebida pero que todavía se está formando en la matriz. Jerusalén es su matriz y en su interior el corazón aún pequeño, en torno al cual se congregan los pocos miembros de la Iglesia naciente, envía sus pequeñas ondas de sangre a estos miembros.

Está para venir el Espíritu Santo, el Santificador, y vosotros quedaréis henchidos de Él. Mirad que estéis puros, como todo lo que debe acercarse al Señor. Yo también era el Señor como Él. Pero había revestido mi Divinidad con un velo para poder estar entre vosotros, y no sólo para adoctrinaros y redimiros con los órganos y la sangre de este velo, sino también para que el Santo de los Santos estuviera entre los hombres, eliminando la barrera, para todos los hombres, incluso para los impuros, de no poder depositar la mirada en Aquel al que temen mirar los serafines. Pero el Espíritu Santo vendrá sin velo de carne y se posará sobre vosotros y descenderá a vosotros con sus siete dones y os aconsejará. Ahora bien, el consejo de Dios es una cosa tan sublime, que es necesario prepararse para él con la voluntad heroica de una perfección, que os haga semejantes al Padre vuestro y a vuestro Jesús, y a vuestro Jesús en su relación con el Padre y con el Espíritu Santo. Así pues, caridad y pureza perfectas para poder comprender al Amor y recibirlo en el trono del corazón.

Sumíos en el vórtice de la contemplación. Esforzaos en olvidar que sois hombres y en transformaros en serafines. Lanzaos al horno, a las llamas de la contemplación. La contemplación de Dios es semejante a chispa que salta del choque de la piedra contra el eslabón y produce fuego y luz. Es purificación el fuego que consume la materia opaca y siempre impura y la transforma en llama luminosa y pura.

No tendréis el Reino de Dios en vosotros si no tenéis el amor. Porque el Reino de Dios es el Amor, y aparece con el Amor, y por el Amor se instaura en vuestros corazones en medio de los resplandores de una luz inmensa que penetra y fecunda, disuelve la ignorancia, comunica la sabiduría, devora al hombre y crea al dios, al hijo de Dios, a mi hermano, al rey del trono que Dios ha preparado para aquellos que se dan a Dios para tener a Dios, a Dios, a Dios, a Dios sólo. Sed, pues, puros y santos por la oración ardiente que santifica al hombre porque le sumerge en el fuego de Dios, que es la caridad.

¿Os acordáis de mis palabras de la última Cena? Os prometí el Espíritu Santo. Pues bien, está para llegar, para bautizaros no ya con agua, como hizo con vosotros Juan preparándoos para mí, sino con el fuego, para prepararos a que sirváis al Señor tal y como Él quiere que vosotros lo sirváis. Mirad, Él estará aquí dentro de no muchos días. Después de su venida vuestras capacidades aumentarán sin medida, y seréis capaces de comprender las palabras de vuestro Rey y hacer las obras que Él ha dicho que se hagan, para extender su Reino sobre la Tierra.

–           ¿Entonces vas a reconstruir, después de la venida del Espíritu Santo, el Reino de Israel? – le preguntan interrumpiéndole.

–           Ya no existirá el Reino de Israel, sino mi Reino, que se verá cumplido cuando el Padre ha dicho. No os corresponde a vosotros conocer los tiempos ni los momentos que el Padre se ha reservado en su poder. Pero vosotros, entretanto, recibiréis la virtud del Espíritu Santo que vendrá a vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en Judea y en Samaria y hasta los confines de la Tierra, fundando las asambleas en los lugares en que estén reunidas personas en mi Nombre; bautizando a las gentes en el Nombre Stmo. del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo, como os he dicho, para que tengan la Gracia y vivan en el Señor; predicando el Evangelio a todas las criaturas; enseñando lo que os he enseñado; haciendo lo que os he mandado hacer. Y Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.

Otra cosa quiero. Que la asamblea de Jerusalén la presida Santiago, mi hermano. Pedro, como jefe de toda la Iglesia, deberá emprender a menudo viajes apostólicos, porque todos los neófitos desearán conocer al Pontífice jefe supremo de la Iglesia. Pero grande será el predicamento que, ante los fieles de la naciente Iglesia, tendrá mi hermano. Los hombres son siempre hombres y ven las cosas como, hombres. A ellos les parecerá que Santiago sea una continuación de mí, por el simple hecho de ser hermano mío. En verdad digo que es más grande y más semejante al Cristo por la sabiduría que por el parentesco.

Pero, así es; los hombres, que no me buscaban mientras estaba en medio de ellos, ahora me buscarán en aquel que es pariente mío. Tú, Simón Pedro… tú estás destinado a otros honores…

Pedro dice:

–           Que no merezco, Señor. Te lo dije cuando te me apareciste, y te lo digo, en presencia de todos, una vez más. Tú eres bueno, divinamente bueno, además de sabio, y cabal ha sido tu juicio sobre mí. Yo renegué de ti en esta ciudad. Cabalmente has juzgado que no reúno las condiciones para ser su jefe espiritual. Quieres evitarme muchos vituperios justos…

Santiago de Alfeo se inclina rindiendo homenaje a Pedro y contesta:

–           Todos fuimos iguales, menos dos, Simón. Yo también huí. No es por esto, sino por las razones que ha expresado, por lo que el Señor me ha destinado a mí a este puesto; pero tú eres mi Jefe, Simón de Jonás, y como tal te reconozco. En la presencia del Señor y de todos los compañeros, te profeso obediencia. Te daré lo que pueda para ayudarte en tu ministerio, pero, te lo ruego, dame tus órdenes, porque tú eres el Jefe y yo el súbdito. Cuando el Señor me ha recordado una conversación ya lejana, he agachado la cabeza diciendo: “Hágase lo que Tú quieres”. Esto mismo te diré a ti a partir del momento en que, habiéndonos dejado el Señor, tú seas su Representante en la Tierra. Y nos querremos ayudándonos en el ministerio sacerdotal.

Jesús confirma:

–           Sí. Quereos unos a otros, ayudándoos recíprocamente, porque éste es el mandamiento nuevo y la señal de que sois verdaderamente de Cristo.

No os turbéis por ninguna razón. Dios está con vosotros. Podéis hacer lo que quiero de vosotros. No os impondría cosas que no pudierais hacer, porque no quiero vuestra perdición sino vuestra gloria. Mirad, voy a preparar vuestro lugar junto a mi trono. Estad unidos a mí y al Padre en el amor. Perdonad al mundo que os odia. Llamad hijos y hermanos a los que se acerquen a vosotros, o a los que ya están con vosotros por amor a mí.

Tened la paz de saber que siempre estoy preparado para ayudaros a llevar vuestra cruz. Yo estaré con vosotros en las fatigas de vuestro ministerio y en la hora de las persecuciones y no pereceréis, no sucumbiréis, aunque lo parezca a los que ven las cosas con los ojos del mundo. Sentiréis peso, aflicción, cansancio, seréis torturados, pero mi gozo estará en vosotros, porque os ayudaré en todo. En verdad os digo que, cuando tengáis como Amigo al Amor, comprenderéis que todas las cosas sufridas y vividas por amor a mí se hacen ligeras, aun las duras torturas del mundo. Porque para aquel que reviste todas sus acciones -voluntarias o impuestas- de amor, el yugo de la vida y del mundo se le transforman en yugo recibido de Dios, recibido de mí. Y os repito que mi carga está siempre proporcionada a vuestras fuerzas y que mi yugo es ligero, porque Yo os ayudo a llevarlo.

Sabéis que el mundo no sabe amar. Pero vosotros, de ahora en adelante, amad al mundo con amor sobrenatural, para enseñarle a amar. Y si os dicen, al veros perseguidos: “¿Así os ama Dios?, ¿haciéndoos sufrir?, ¿dándoos dolor? Entonces no merece la pena ser de Dios”, responded: “El dolor no viene de Dios. Pero Dios lo permite. Nosotros sabemos el motivo de ello y nos gloriamos de tener la parte que tuvo Jesús Salvador, Hijo de Dios”. Responded: “Nos gloriamos si nos clavan en la cruz, nos gloriamos de continuar la Pasión de nuestro Jesús”. Responded con las palabras de la Sabiduría (Sabiduría 2, 23-24): “La muerte y el dolor entraron en el mundo por envidia del demonio. Pero Dios no es autor de la muerte ni del dolor, ni se goza del dolor de los vivientes. Todas sus cosas son vida y todas son salutíferas”. Responded: “Al presente parecemos perseguidos y vencidos, pero en el día de Dios, cambiadas las tornas, nosotros, justos, perseguidos en la Tierra, estaremos gloriosos frente a los que nos vejaron y despreciaron”. Pero decidles también: “¡Venid a nosotros! Venid a la Vida y a la Paz. Nuestro Señor no quiere vuestra perdición, sino vuestra salvación. Por esto ha entregado a su Hijo predilecto, para la salvación de todos vosotros”.

Y alegraos de participar en mis padecimientos para poder estar después conmigo en la gloria. “Yo seré vuestra desmesurada recompensa” promete en Abraham (Génesis 15, 1) el Señor a todos sus siervos fieles. Sabéis cómo se conquista el Reino de los Cielos: con la fuerza; y a él se llega a través de muchas tribulaciones. Pero el que persevere como Yo he perseverado estará donde estoy Yo.

Ya os he dicho cuál es el camino y la puerta que llevan al Reino de los Cielos, y Yo he sido el primero en caminar por ese camino y en volver al Padre por esa puerta. Si existieran otros os los habría mostrado, porque siento compasión de vuestra debilidad de hombres. Pero no existen otros… Al señalároslos como único camino y única puerta, también os digo, os repito, cuál es la medicina que da fuerza para recorrerlo y entrar. Es el amor. Siempre el amor. Todo se hace posible cuando en nosotros está el amor. Y el Amor, que os ama, os dará todo el amor, si pedís en mi Nombre tanto amor como para haceros atletas en la santidad. Ahora vamos a darnos el beso de despedida, amigos míos queridísimos.

Se pone en pie para abrazarlos. Todos hacen lo mismo. Pero, mientras que Jesús tiene una sonrisa pacífica de una hermosura verdaderamente divina ellos lloran, llenos de turbación.

Juan, echándose sobre el pecho de Jesús, en medio de los fuertes espasmos a causa de los sollozos solicita por todos, intuyendo el deseo de todos:

–           ¡Danos al menos tu Pan! ¡Qué nos fortalezca en este momento!

Jesús le responde:

–           ¡Así sea!

Entonces toma un pan, lo parte después de haberlo ofrecido y bendecido y repite las palabras rituales. Y lo mismo hace con el vino, repitiendo después:

–           Haced esto en memoria mía – añadiendo- De mí que os he dejado esta arra de mi amor para seguir estando y estar siempre con vosotros hasta que vosotros estéis conmigo en el Cielo.

Los bendice y dice:

–           Y ahora vamos.

Salen de la habitación, de la casa…

Jonás, María y Marco están afuera. Se arrodillan y adoran a Jesús.

Jesús los bendice al pasar y dice:

–           La paz permanezca con vosotros, y el Señor os compense de todo lo que me habéis dado.

Marcos se alza y dice:

–           Señor, los olivares que hay a lo largo del camino de Betania están llenos de discípulos que te esperan.

–           Ve a decirles que se dirijan al Campo de los Galileos.

Marcos se echa a correr con toda la velocidad de sus jóvenes piernas.

Los apóstoles dicen entre sí:

–           Entonces, han venido todos.

Más allá, sentada entre Margziam y María Cleofás, está la Madre del Señor. Y viéndolo acercarse, se levanta y lo adora con todo el impulso de su corazón de Madre y de fiel.

Jesús las invita:

–           Ven, Madre, y también tú, María… – al verlas paradas, paralizadas por su majestad que es tan  resplandeciente y emana como en la mañana de la Resurrección.

Jesús no quiere apabullar con esta majestad suya, así que afablemente, pregunta a María de Alfeo:

–           ¿Estás sola?

María de Alfeo contesta:

–           Las otras… las otras están adelante… con los pastores y… con Lázaro y toda su familia… Pero nos han dejado a nosotras aquí, porque… ¡oh, Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!… ¿Cómo soportaré el no verte, Jesús bendito, Dios mío, yo que te quise incluso antes de que nacieras y que tanto lloré por ti cuando no sabía dónde estabas después de la matanza… yo que tenía mi sol y todo mi bien en tu sonrisa desde que volviste?… ¡Oh, cuánto bien! ¡Cuánto bien me has dado!… ¡Ahora sí que voy a ser verdaderamente pobre, viuda, ahora sí que voy a estar verdaderamente sola!… ¡Estando Tú, teníamos todo!… Aquella tarde creí conocer todo el dolor… Pero el propio dolor, todo aquel dolor de aquel día, me había ofuscado y… sí, era menos fuerte que ahora… Y además… estaba el hecho de que ibas a resucitar. Me parecía no creerlo, pero ahora me doy cuenta de que sí lo creía, porque no sentía lo que siento ahora… – y jadea ahogándose por el llanto.

Jesús llama a los pastores, a Lázaro, a José, a Nicodemo, a Manahén, a Maximino y a los otros de los setenta y dos discípulos. Les dice que se acerquen, pero quiere tener especialmente cerca a los pastores. Dice a éstos:

–           Venid aquí. Vosotros, que estuvisteis junto al Señor cuando vino del Cielo y que os inclinasteis ante su anonadamiento; estad ahora cerca del Señor cuando vuelve al Cielo, exultando en vuestro espíritu por su glorificación. Habéis merecido este puesto porque habéis sabido creer contra toda circunstancia desfavorable y habéis sabido sufrir por vuestra fe. Os doy las gracias por vuestro amor fiel.

A todos os doy las gracias. A ti, Lázaro amigo. A ti, José, y a ti. Nicodemo, compasivos con el Cristo cuando serlo podía significar un gran peligro. A ti Manahén, que por ir por mi camino has sabido despreciar los sucios favores de un inmundo. A ti Esteban, florida corona de justicia, que has dejado lo imperfecto por lo perfecto y serás coronado con una corona que todavía no conoces pero que te será anunciada por los ángeles. A ti Juan, por breve tiempo hermano mío en el pecho purísimo y venido a la Luz más que a la vista. A ti Nicolái, que siendo prosélito, has sabido consolarme por el dolor de los hijos de esta nación. Y a vosotras discípulas buenas y más fuertes que Judit, sin que por ello dejan de ser dulces.

Y a ti Margziam niño mío, qué tomarás a partir de ahora el nombre de Marcial, en memoria del niño romano matado en el camino y puesto delante del cancel de Lázaro con el rótulo de desafío: “Y ahora di al Galileo que te resucite, si es el Cristo y si ha resucitado”…  Último de los inocentes que en Palestina perdieron la vida por servirme a Mí aun inconscientemente y primero de los inocentes de todas las naciones; de los inocentes que por haberse acercado a Cristo, serán odiados y recibirán prematura muerte, como capullos de flores arrancados de su tallo antes de abrirse. Que este nombre, Marcial, te señale tu destino futuro: sé apóstol en tierras bárbaras y conquístalas para tu Señor, como mi amor conquistó al niño romano para el Cielo.

A todos…  A todos os bendigo en este adiós, invocando al Padre, invocando para vosotros la recompensa de los que han consolado el doloroso camino del Hijo del hombre. Bendita sea la Humanidad en esa porción selecta suya, que está en los judíos y está en los gentiles y que se ha manifestado en el amor que ha tenido hacia mí.

Bendita sea la Tierra con sus hierbas y sus flores; benditos sus frutos, que me procuraron delicia y alimento muchas veces. Bendita sea la Tierra con sus aguas y con su calor, por las aves y los animales, que muchas veces superaron al hombre en confortar al Hijo del hombre. Bendito seas tú, Sol, bendito seas tú, mar, benditos seáis vosotros, montes, colinas, llanuras; benditas vosotras, estrellas que me habéis acompañado en la nocturna oración y en el dolor. Y tú, Luna, que has sido luz para mis pasos durante mi peregrinaje de Evangelizador. Benditas seáis todas las  criaturas obras del Padre mío, compañeras mías en este tiempo mortal, amigas de Aquel que había dejado el Cielo para quitar a la atribulada Humanidad las espinas de la Culpa que separa de Dios. (Con su última bendición – dirá la Madre Santísima – Jesús devolvió bondad y santidad a todas las cosas de la Creación) ¡Benditos seáis también vosotros  instrumentos inocentes de mi tortura: espinas, metales, madera, cuerdas trenzadas, porque me habéis ayudado a cumplir la Voluntad del Padre mío!

¡Qué voz tan resonante tiene Jesús! Se expande por el aire templado y sereno como voz de bronce golpeado; se propaga en ondas sobre el mar de rostros que lo miran desde todas las direcciones. Rodeándolo mientras sube con aquellos a quienes más quiere hacia la cima del Monte de los Olivos. Al llegar al principio del Campo de los Galileos, despoblado de tiendas en este período situado entre las dos fiestas, Jesús ordena a los discípulos:

–           Detened a la gente donde está. Luego seguidme.

Y sigue subiendo hasta la cima junto con su Madre, los apóstoles, Lázaro, los pastores y Marcial.

Jesús luego se sube sobre un gran peñasco albeante entre la hierba verde de un claro. El sol incide en Él, haciendo blanquear cual si fuera nieve su túnica; relucir cual si fueran de oro, sus cabellos. Y sus ojos centellean con luz divina.

Abre los brazos en ademán de abrazar: parece querer estrechar contra su pecho a todas las multitudes de la Tierra, que su espíritu ve representadas en esa muchedumbre.

Su inolvidable, inimitable voz da la última orden:

–           ¡Id! Id en mi Nombre, a evangelizar a las gentes hasta los extremos confines de la Tierra. Dios esté con vosotros. Que su amor os conforte, su luz os guíe, su paz more en vosotros hasta la vida eterna.

Se transfigura en belleza. ¡Hermoso! Tanto y más hermoso que en el Tabor.

Caen todos de rodillas, adorando. Él, elevándose ya de la piedra en que se apoyaba, busca una vez más el rostro de su Madre y su sonrisa alcanza una potencia que nadie podrá jamás representar… Es su último adiós a su Madre.

Sube, sube… El Sol, aún más libre para besarlo -ahora que no hay frondas, ni siquiera sutiles, que intercepten el camino de sus rayos-, incide con sus resplandores sobre el Dios-Hombre que asciende con su Cuerpo santísimo al Cielo y evidencia sus Llagas gloriosas, que resplandecen como rubíes vivos. El resto es un perlado sonreír de luces. Es verdaderamente la Luz que se manifiesta en lo que es, en este último instante como en la noche natalicia.

Centellea la Creación con la luz del Cristo que asciende. Una luz que supera a la del Sol. Una luz sobrehumana y beatísima. Una luz que desciende del Cielo al encuentro de la Luz que asciende… Y Jesucristo, el Verbo de Dios, desaparece para la vista de los hombres en este océano de esplendores…

En la tierra, dos únicos ruidos en el silencio profundo de la muchedumbre extática: el grito de María cuando El desaparece: « ¡Jesús!», y el llanto de Isaac.

Los demás están enmudecidos por religioso estupor y permanecen allí como en espera de algo, hasta que dos luces angélicas en forma mortal, aparecen y dicen las palabras recogidas en el primer capítulo de los Hechos Apostólicos:

–           Hombres de Galilea, ¿por qué estáis mirando al Cielo? Este Jesús, que os ha sido ahora arrebatado y que ha sido elevado al Cielo, su eterna morada, vendrá del Cielo, en su debido tiempo, tal y como ahora se ha marchado.

DICE MARÍA:

Supone generosidad ofrecerse víctima por el mundo y es grande y santa esta generosidad; porque os hace semejantes a mi Jesús, Víctima Inocente, Santa, Aniquilada por el Amor. Pero se da otra generosidad, aún más excelsa: La Generosidad Heroíca.

Se da la Suprema heroicidad en el Sacrificio, cuando una creatura lleva su amor hasta saber renunciar al consuelo de contar con la ayuda y la Presencia sensible de Dios.

Yo la probé. Yo puedo enseñaros porque soy Maestra en esta Ciencia del Sacrificio; quién a este punto llega, deja de ser alumno y se convierte en maestro. SABER RENUNCIAR a la Libertad, a la salud, a la maternidad, al amor y por último: AL CONSUELO DE DIOS. Que es el que hace soportables todas las renuncias, las endulza y las hace deseables.

Entonces es cuando se apura el acíbar que bebió mi Hijo y se hace comprensible la soledad que envolvió mi corazón, desde la mañana de la Ascensión, hasta mi Asunción.  Esta es la perfección del sufrimiento.

Con todo yo era feliz dentro de mi sufrir; porque no había egoísmo, sino encendida caridad.

Como supe dar cumplimiento en grados ascendentes, a todas las ofrendas y todas las separaciones; teniendo siempre presente en mi espíritu, que cuando lo traspasaban, era conforme a la Voluntad de Dios, mi Señor y aumentaban su Gloria.  Me preparé a estos dolores y supe separarme poco a poco: primero a la preparación de su Misión; a su Predicación; a su Captura; a su Muerte y Sepultura. Supe sonreír y bendecirlo, sin tener en cuenta las lágrimas del corazón.

Al rayar el alba del cuadragésimo día de su Vida Gloriosa; cuando sin testigos como en la mañana de su Resurrección, vino a darme su beso, antes de ascender al Cielo. Había convivido con los apóstoles y había completado las enseñanzas con las que daba vida a la Naciente Iglesia. Me la entregaba para que la tutelase, mientras se fortalecía lo suficiente para caminar solita.

Yo Madre, perdía al Hijo que con su Presencia me proporcionaba el gozo inefable. Pero Yo, también su Primera Creyente; sabía que terminaba para ÉL, su estancia en este mundo, que por más que ya no podía dañarlo; no por eso dejaba de serle hostil.

Se abrieron los Cielos para recibir en la Gloria, al Hijo que tornaba al Padre tras el Dolor. De nuevo se juntó el Amor Trino sin más separaciones. El que llegase a faltarme la Luz y la respiración al no estar ya mi Jesús en el Mundo; el que faltase en el aire su aliento que lo santificara; el que EL, tras haber sido el Hijo del Hombre y volviese a ser el Hijo de Dios, revestido para siempre de su Gloria Divina; fue mi último FIAT  en la Tierra, no menos pronto y generoso que el de Nazaret.

Siempre FIAT a los Quereres de Dios. Ya venga a unirse con nosotros o se nos aleje para prepararnos la mansión en su Reino. Y vivir sin que disminuya un solo grado el amor, por más que ya no esté visible con nosotros.

Se ha de ofrecer esta renuncia para su gloria y por los hermanos,  a fin de que nuestra soledad se cambie para ellos en Divina Compañía y el silencio que ahora nos produce decaimiento; se cambie en Palabra para tantos que se encuentran en necesidad de ser Evangelizados por el Verbo.

*******

Oración.

Amado Padre Celestial: Por tu Infinita Bondad, enséñanos y ayúdanos a ser generosos en la pobreza de espíritu. Ayúdanos a desprendernos de todo y a no aferrarnos a nada que no seas Tú. Danos la humildad y la docilidad que necesitamos, para hacer de Ti el centro de nuestra vida y la razón de nuestra existencia. Ayúdanos a decirte como nuestra Madrecita del Cielo, siempre SÍ a todo lo que nos pidas. Pero también ayúdanos a darte, todo lo que nos vas a pedir. Gracias ABBA Santísimo, seas Bendito y Alabado por los infinitos siglos de los siglos. Amen

PADRE NUESTRO…

DIEZ AVE MARÍA…

GLORIA…

INVOCACIÓN DE FÁTIMA…

CANTO DE ALABANZA…

PRIMER MISTERIO DE GLORIA IV


PRIMER MISTERIO DE GLORIA IV

CUARTA PARTE:Si no veo, no creo.’

LA RESURRECCIÓN DE JESÚS

Dos días después…

Los Diez están en el patio del Cenáculo. Y conversan:

Simón Zelote dice:

–                       Estoy muy preocupado porque Tomás no se ha dejado ver. Y no sé dónde encontrarlo.

Juan:

–                       Tampoco yo.

–                       No está en la casa de sus padres. Nadie lo ha visto. ¿Lo habrán aprehendido?

–                       Si así fuera, el Maestro no hubiera dicho: “Diré lo demás cuando llegue el que está ausente.”

–                       Es verdad. Voy a ir otra vez a Betania. Tal vez ande por los montes y no tiene valor para acercarse.

Mateo:

–                       Ve, ve, Simón. A todos nos reuniste y nos salvaste al llevarnos con Lázaro. ¿Os acordáis de lo que el Señor dijo de él?: “Fue el primero que en mi Nombre ha perdonado y guiado.” ¿Por qué no lo pondrá en lugar de Iscariote?

Felipe:

–                       Porque no ha de querer dar a su amigo fidelísimo el lugar del Traidor.

Pedro:

–                       En la mañana, oí: Cuando estaba con los vendedores de pescado en el mercado… Y sé que no fue una habladuría, pues conozco al que lo dijo. Que los del Templo no saben qué hacer con el cuerpo de Judas. No saben quién habrá sido; pero encontraron dentro del recinto sagrado su cuerpo totalmente corrompido y con la faja todavía amarrada al cuello. Me imagino que fueron los paganos quienes lo descolgaron y lo arrojaron allí. Quién sabe cómo…

Santiago de Alfeo:

–                       Pues a mí me dijeron en la fuente, que desde ayer por la tarde, las entrañas del Traidor, estaban esparcidas desde la casa de Caifás, hasta la de Annás. Ciertamente se trata de paganos; porque ningún hebreo hubiera tocado jamás el cuerpo, después de cinco días. ¡Quién sabe cuán corrompido estaba ya!

Juan se pone palidísimo, al recordar lo que vio.

Y exclama:

–                       ¡Qué horror! ¡Ya estaba corrompido desde el Sábado!

Bartolomé:

–                       ¡Y arrojarlo en el lugar sagrado!… ¡Profanar el Templo de esa manera!…

Andrés:

–                       Pero, ¿Quién podía hacerlo? ¡Si tienen guardias por todos lados!…

Felipe:

–                       A menos que haya sido Satanás…

Mateo:

–                       Pero como fue a parar al lugar donde se colgó. ¿Era suyo?

Nathanael:

–                       ¿Y quién supo algo con certeza sobre Judas de Keriot? ¿Os acordáis cuán difícil y complicado era?

Zelote:

–                       Dirías mejor mentiroso, Bartolomé. Jamás fue sincero. Estuvo con nosotros tres años y nunca se nos integró. Y nosotros que siempre estábamos juntos. Cuando estábamos con él; parecía como si nos topásemos contra una muralla.

Tadeo:

–                       ¿Una muralla? ¡Oh, Simón! Mejor di un laberinto.

Juan:

–                       Oídme. Ya no hablemos de él. Me parece como si al recordarlo, lo tuviésemos todavía aquí con nosotros y que volviera a darnos camorra. Quisiera borrar su recuerdo no solo de mí, sino de todo corazón humano, hebreo o gentil. Hebreo, para que no enrojezca de vergüenza, por haber salido de nuestra raza semejante monstruo. Gentil, para que ninguno de ellos llegue a decir: ‘Su Traidor fue uno de Israel’ soy un muchacho y comprendo que no debería hablar antes que Pedro, que es nuestra cabeza. Pero como quisiera que lo más pronto posible se nombre a alguien para que ocupe su lugar. Uno que sea santo. Porque mientras vea ese lugar vacío en nuestro grupo, veré la boca del Infierno con sus hedores, sobre nosotros. Y tengo miedo de que nos engañe…

Andrés:

–                       ¡Qué no, Juan! Te ha quedado una espantosa impresión de su Crimen y de su cuerpo pendiente del árbol.

Juan objeta:

–                       No, no. También María lo ha dicho: “He visto a Satanás, al ver a Judas de Keriot” ¡Oh, Pedro! ¡Tratemos de buscar a un hombre santo que ocupe su Lugar!

Pedro:

–                       Escúchame. Yo no escojo a nadie. Si Él que es Dios, escogió a un Iscariote,  ¿Qué voy a escoger el pobre de mí?

Tadeo:

–                       Y con todo, tendrás que hacerlo.

Pedro:

–                       No, querido. Yo no escojo a nadie. Lo preguntaré al Señor. Basta con los pecados que he cometido…

Santiago de Alfeo dice desconsolado:

–                       Tenemos muchas cosas que preguntar. La otra noche nos quedamos como atolondrados. Nos falta aprender muchas cosas… Y cómo vamos a hacer para saber lo que está mal ¿O no lo está? Mira como el Señor se expresa de nosotros; muy diferente de los paganos. Mira cómo encuentra excusa ante una cobardía o negación. Pero no ante la duda sobre su Perdón. ¡Oh! ¡Tengo miedo de equivocarme!

Santiago de Zebedeo lo apoya:

–                       No cabe duda de que nos ha dicho tantas cosas. Pero me parece que no he entendido nada. Desde hace una semana estoy como tonto. Parece que tuviera un agujero en la cabeza…

Todos confiesan sentirse igual.

Sigue un largo silencio que es interrumpido por los toques en la puerta. Todos se quedan callados y esperan…

Cuando un siervo va a abrir, todos se quedan sorprendidos y lanzan un ‘¡Oh!’ De emoción al ver que entra en el vestíbulo Elías junto con Tomás…

Un Tomás tan cambiado, que está irreconocible.

Todos los rodean con gritos de júbilo:

–                       ¿Sabes que ha Resucitado y que ha venido? Espera tu regreso.

Tomás contesta:

–                       Lo sé. Me lo ha dicho también Elías. Pero no… No lo creo. Creo en lo que mis ojos ven. Y veo que todo ha terminado. Veo que estamos dispersos. Veo que no hay ni un sepulcro, a donde se le pueda ir a llorar. Veo que el Sanedrín se quiere librar de su cómplice. Y por eso ha decretado que se le entierre a los pies del olivo donde se colgó; como si fuese un animal inmundo. Y también se quiere liberar de los seguidores del Nazareno… En las Puertas me detuvieron el Viernes y me dijeron: ‘¿Eras también uno de los suyos? Está Muerto. No hay nada que hacer. Vuelve a trabajar el oro.’ Y huí…

Zelote:

–                       ¿A dónde? Te buscamos por todas partes.

–                       ¿A dónde? Fui a la casa de mi hermana que vive en Rama. Luego no me atreví a entrar; porque no quise que me regañara una mujer. Desde entonces vagué por las montañas de la Judea. Ayer terminé en Belén. Fui a su Gruta. ¡Cuánto he llorado!… Me dormí entre las ruinas y allí me encontró Elías, que había ido… No sé por qué.

Elías contesta:

–                       ¿Por qué? Porque en las horas de alegría o de dolor intensos, se va  donde se siente más a Dios. En esa gruta mi alma se siente acariciada por el recuerdo de su llanto de pequeñín. Esta vez yo fui para gritar mi felicidad y tomar lo más que pudiera de Él, porque queremos predicar su Doctrina y esas ruinas nos ayudarán…  Un puñado de esa tierra. Una astilla de esos palos que lo vieron Nacer. No somos santos, para tener el atrevimiento de tomar tierra del Calvario…

Pedro:

–                       Tienes razón, Elías. También nosotros lo haremos. ¿Y Tomás?…

–                       Dormía y lloraba. Le dije: ‘Despiértate. No llores más. Ha resucitado’ No quiso creerme. Pero tanto le insistí, que lo convencí. Y aquí está ahora, con vosotros. Y yo me retiro. Voy a unirme con mis compañeros que han ido a Galilea. La paz sea con vosotros.

Elías se va…

Y Pedro dice:

–                       Tomás. ¡Ha resucitado! Te lo aseguro. Estuvo con nosotros. Comió. Habló. Nos bendijo. Nos perdonó. Nos ha dado potestad de perdonar. ¡Oh! ¿Por qué no viniste antes?

Tomás no se ve libre de su abatimiento…

Tercamente mueve la cabeza y dice convencido:

–                       Yo no creo. Habéis visto un fantasma. Todos vosotros estáis locos. Sobre todo, las mujeres… Un muerto no resucita por sí mismo.

–                       Un hombre no. Pero Él es Dios.

–                       Sí creo que es Dios. Pero porque lo creo, pienso y digo que por más Bueno que sea; no puede regresar a nosotros que tan poco le amamos. Igualmente aseguro que por más Humilde que sea; ya estará harto de haber tomado nuestra carne. No. Seguro que está en el Cielo, cual Vencedor. Y puede ser que se digne aparecer como Espíritu. He dicho: Tal vez… ¡Porque ni siquiera de esto somos dignos! Pero que haya resucitado en carne y huesos… ¡No lo creo!

Tadeo:

–                       Si… Lo hemos besado. Y lo vimos comer. Hemos oído su voz, tocamos su mano y vimos sus heridas.

–                       Aunque así sea, no creo. No puedo. Necesito ver para creer. Si no veo en sus manos el agujero de los clavos y no meto en ellas mi dedo. Si no toco las heridas de sus pies y si no meto mi mano en el agujero que hizo la lanza, no creeré. No soy un niño, ni una mujercilla. Quiero la evidencia. Lo que mi razón no puede aceptar, lo rechazo. Y no puedo aceptar lo que me decís.

Juan:

–                       Pero, ¡Tomás! ¿Crees que te queremos engañar?

Tomás contesta inclinando la cabeza:

–                       No. Más bien os agradezco que seáis tan buenos, de querer darme la paz que habéis logrado obtener con vuestra ilusión. Pero… Debo ser sincero: No creo en su Resurrección.

Bartolomé:

–                       ¿No tienes miedo de que te vaya a castigar? Él sabe y ve todo. Tenlo en cuenta.

–                       Le pido que me convenza. Tengo cabeza y la uso. Que Él, Señor de la Inteligencia humana, enderece la mía; si está extraviada.

Zelote:

–                       Pero la razón. Como Él lo ha dicho; es libre.

–                       Con mayor razón no puedo sujetarla a una sugestión colectiva. Os quiero… Y quiero mucho al Señor…  Le serviré como pueda. Y me quedaré con vosotros. Predicaré su Doctrina. Pero no puedo creer, sino lo que veo.

Tomás, obstinado; No escucha a nadie más que a sí mismo.

Le hablan todos de lo que han visto y de cómo lo han visto.  Le aconsejan que hable con la Virgen.

Pero él mueve su cabeza…  Se ha sentado sobre la banca de piedra, que es menos dura que su razón y tercamente repite:

–                       Creeré si lo veo.

Los apóstoles mueven la cabeza, pero nada pueden hacer. Lo invitan a que pase al comedor; para cenar. Se sientan dónde quieren, alrededor de la mesa donde se celebró la Pascua. Pero el lugar de Jesús, es considerado sagrado. Las ventanas están abiertas, al igual que las puertas. La lámpara con dos mechas, esparce una luz débil sobre la mesa. Lo demás en el amplio salón, está sumergido en la penumbra.

Juan tiene a su espalda una alacena. Y está encargado de dar a sus compañeros, lo que deseen comer. El pescado asado, ya está sobre la mesa. Así como el pan, la miel y los quesitos frescos.

Juan está volteado, tomando de la alacena, el queso que su hermano Santiago le pidió. Y ve…

Se queda paralizado, con el queso en la mano…

Entonces en la pared que está detrás de los apóstoles; como a un metro del suelo, con una luz tenue y fosforescente. Como si saliese de las penumbras, en las capas de una niebla luminosa; emerge cada vez más clara, la figura de Jesús…

Parece como si su cuerpo, con la luz que llega; inmaterial al principio; poco a poco se va materializando más y más, hasta que su Presencia se manifiesta, totalmente real. Está vestido de blanco. Hermosísimo. Amoroso. Sonriente. Con los brazos abiertos y las palmas de su manos expuestas. Las llagas parecen dos estrellas diamantinas, de las que brotan vivísimos rayos de Luz…

Las llagas no se ven. El vestido le oculta los pies y el costado. Y también de allí brota la luz. Al principio parece como si estuviera bañado por la luna. Finalmente aparece su cuerpo concreto. Es Jesús…  El Hombre-Dios. Pero más solemne y majestuoso, desde que Resucitó.

Todo esto sucedió en el lapso de unos tres segundos. Nadie más se ha dado cuenta. Hasta que Juan pega un brinco y deja caer sobre la mesa el plato con el queso…

Apoya las manos en la orilla y se inclina, como si fuese atraído por un imán y lanza un “¡Oh!”  Apagado, que todos oyen.

Con el ruido del plato que cayó y el salto de Juan. Al verlo extasiado; miran en la misma dirección que Él ve… Y ven a Jesús. Felices y llenos de entusiasmo, se ponen de pie. Y se dirigen hacia Él.

Jesús, con una sonrisa mucho mayor, avanza hacia ellos. Caminando por el suelo, como cualquier mortal.

Jesús, que antes había mirado solo a Juan; acariciándolo con la mirada. Los mira a todos y dice:

–                       La paz sea con todos vosotros.

Todos lo rodean jubilosos. Pedro y Juan de rodillas. Otros de pie, pero inclinados, lo reverencian y lo adoran. El único que se queda como cohibido, es Tomás. Está arrodillado junto a la mesa. En el mismo lugar donde estaba sentado, pero no se atreve a acercarse. Y hasta parece como si quisiera hallar donde ocultarse.

Jesús extiende sus manos para que se las besen. Los apóstoles las buscan con ansia sin igual. Jesús los mira, como si buscase al Undécimo. Claro que Él hace así para dar tiempo a Tomás, a que tenga valor para acercarse…

Al ver que el incrédulo apóstol; avergonzado por lo que siente, no se atreve a hacerlo. Lo llama:

–                       Tomás. Ven aquí.

El apóstol levanta la cabeza. Totalmente desconcertado. Con los ojos llenos de lágrimas… pero no sabe qué hacer. Baja la cabeza. Jesús da unos pasos a donde Él está y vuelve a ordenar:

–                       Ven aquí, Tomás.

La voz de Jesús, es más imperiosa que antes. Tomás se levanta a duras penas y avergonzado, se dirige lentamente a donde está Jesús.

Jesús exclama:

–                       Ved a quién no cree, si no ve. –y en su voz hay un tono de Perdón.

Tomás lo siente. Mira a Jesús y lo ve sonreír. Toma valor y corre hacia él.

Jesús le dice:

–                       Ven aquí. Acércate. Mira. Mete tu dedo; si no te basta con mirar en las heridas de tu Maestro.

Jesús extiende su mano. Se descubre el pecho y muestra la herida. Ahora la luz ya no brota de las llagas. Desde el momento en que caminó como cualquier mortal, la luz cesó. Las heridas son reales. Dos agujeros. Uno en la muñeca derecha y otro en la mano izquierda.

Tomás tiembla. Pero no toca. Mueve sus labios y no sale ni una palabra.

Jesús ordena con una dulzura infinita:

–                       Dame tu mano, Tomás.

Con su mano derecha toma la del apóstol. Le toma el dedo índice y lo pone dentro de la herida de la mano izquierda; hasta hacerle sentir que está bien atravesada. Después le toma los cuatro dedos y los introduce en la herida del costado. Y mientras tanto, mira a Tomás. Una mirada dura y dulce al mismo tiempo. Y le dice:

–                       Ya no quieras ser un hombre incrédulo; sino de Fe.

Tomás por fín se atreve a hablar. Con la mano dentro del Corazón de Jesús. Sus palabras son entrecortadas por el llanto. Y cae de rodillas al pronunciarlas, con los brazos levantados por el arrepentimiento:

–                       ¡Señor mío y Dios mío!

No dice más.

Jesús lo perdona.

Le pone su mano derecha sobre la cabeza y le responde:

–                       Dignos de alabanza serán los que creerán en Mí, sin haberme visto. ¡Qué premio les daré si tengo en cuenta vuestra fe; que ha necesitado verme para creer!…

Luego pone su brazo sobre la espalda de Juan. Toma a pedro de la mano y se sientan a la mesa. Ocupa su lugar. Están sentados como en la noche de la Pascua. Pero Jesús quiere que Tomás se siente enseguida de Juan. Luego dice:

–                       Comed amigos.

Pero nadie tiene hambre. Rebosan de alegría. La alegría de contemplarlo. Jesús toma todos los alimentos, los ofrece, los bendice y los reparte.

Él toma un pedazo de miel le da a Juan y toma lo demás. Luego dice:

–                       Amigos, no debéis asustaros cuando Yo me aparezco. Soy siempre vuestro Maestro, que ha compartido con vosotros el pan, la sal y el sueño. Que os eligió porque os ha amado. También ahora os sigo amando…

Y Jesús continúa hablando. Enseñando. Dando instrucciones…

Al día siguiente los apóstoles toman sus mantos y preguntan:

–                       ¿A dónde vamos Señor?

Cuando se dirigen a Jesús ya no lo hacen con la familiaridad de antes. Parece como si hablasen con su alma arrodillada. El Maestro que su fe creía ser Dios; pero que estaba junto a sus sentidos, pues era un Hombre. Ahora es el Señor. Es Dios. Y lo miran como el verdadero creyente, mira la Hostia Consagrada. El amor los empuja a que sus ojos se claven en el Amado. Pero el temor los hace bajar los ojos.

Y es que aún cuando Jesús sea el mismo, después de su Resurrección ya no es el mismo. Aunque su cuerpo sea verdadero; sin embargo es diferente. Se ha revestido de una majestad divina y su aire de súplica; ya desapareció.

Se ha revestido de una majestad divina. El Jesús Resucitado parece todavía más alto y robusto. Libre de todo peso, seguro, victorioso, infinitamente Majestuoso y Divino. Atrae e infunde temor al mismo tiempo. Ahora habla poco. Y si no responde. No insisten. Todos se han vuelto tímidos en su Presencia.

Y si como ahora, extiende su mano para tomar su manto; ya no corren como antes para ayudarle, cuando los apóstoles se disputaban el honor de hacerlo. Parece como si tuvieran miedo de tocar su vestidura y su cuerpo.

Debe ordenar, como ahora lo hace:

–                       Ven Juan. Ayuda a tu Maestro. Estas heridas son verdaderas heridas. Y las manos heridas no son ágiles, como antes.

Juan obedece y ayuda a Jesús a ponerse su amplio manto. Parece como si vistiera a un pontífice; por los gestos majestuosos que asume, procurando no lastimarlo.

Jesús dice:

–                       Vamos al Getsemaní. Debo enseñaros algo… Tenemos que borrar muchas cosas.

En varias caras se dibuja el pavor al preguntar:

–                       ¿Vamos a ir al Templo?

Jesús responde:

–                       No. Lo santificaría con mi Presencia y no se puede. No hay más redención para él. Es un cadáver que rápidamente se descompone, pues no quiso la Vida. Pronto desaparecerá… 

En la casa de campo donde Jesús, acompañado por María de Simón, la madre de Judas; obró el milagro al curar a Ana, la madre de Juana. En una gran habitación que hay en el fondo de un enorme corredor, en el lecho; está una mujer irreconocible por la angustia mortal que la está destruyendo.  La fiebre la devora, encendiendo sus mejillas salientes. Las sienes las tiene hundidas. Los ojos rojos por la calentura y el llanto, cerrados bajo unos párpados hinchados. Y lo que no está rojo, tiene la amarillez intensa, verdosa, como de bilis derramada en la sangre. Tiene los brazos descarnados y las manos afiladas, sobre las mantas que se mueven al jadear.

Cerca de la enferma, está Ana la madre de Juana. Y ella le seca las lágrimas y el sudor. Agita un abanico de palma. Cambia los lienzos mojados en vinagre aromatizado, de la frente y de la garganta. Le acaricia las manos y los cabellos despeinados, que son más blancos que negros. Que le caen sobre las mejillas, tiesos del sudor; sobre las orejas que parecen de alabastro por lo transparente.

También Ana llora y la consuela diciendo:

–                       No así, María. No así. Basta… él fue el que pecó. Tú sabes cómo es el Señor Jesús.

María de Simón, grita:

–                       ¡Cállate! No repitas ese Nombre, que al decírmelo se profana. ¡Soy la madre… del Caín… de Dios!… ¡Ah!

El llanto es desgarrador. Siente que se ahoga. Se arroja la cuello de su amiga, que le ayuda a vomitar bilis que le ale de la boca.

–                       ¡Calma! ¡Calma! ¡No así! ¿Qué quieres que te diga, para persuadirte de que el Señor te ama? Te lo repito. Te lo digo por lo que me es más santo: mi Salvador y mi hija. Él me lo dijo, cuando me lo trajiste. Dijo algo con lo que mostró, su infinito amor por ti. Tú eres inocente. Él te ama. Estoy segura. Segura de que otra vez se entregaría para darte paz; pobre madre atormentada.

–                       ¡Madre del Caín de Dios! ¿Escuchas? Ese viento que sopla allá afuera… lo dice… Lleva por el mundo su voz que grita: ‘María de Simón. Madre de Judas, el que Traicionó al Maestro. Y lo entregó a sus verdugos.’ ¿Lo oyes? Todo lo proclama. Las tórtolas, las ovejas, toda la tierra está gritando que soy yo… ¡No! ¡No quiero curarme! ¡Quiero morirme!… Dios es justo y no me castigará en la otra vida. Pero acá, el mundo no perdona… No distingue. Estoy enloqueciendo, porque el mundo aúlla: ¡Eres la madre de Judas!…

Se deja caer sobre la almohada. Ana la acomoda otra vez y sale con los lienzos sucios.

María. Con los ojos cerrados después del último esfuerzo, gime:

–                       ¡La madre de Judas! ¡De Judas! ¡De Judas!  -jadea. Y luego- pero, ¿Qué cosa es Judas? ¿Qué cosa parí? ¿Qué cosa es Judas? ¿Qué cosa?…

Esta vez no hay luz. Nada anunciala Presenciasanta del Dios-Hombre Resucitado.

De pronto Jesús se materializa a un lado del lecho de la enferma. Se inclina sobre ella y le dice amorosísimo:

–                       ¡María! ¡María de Simón!

La mujer casi delira y no le hace caso. Está sumergida en el torbellino de su dolor. Está obsesionada con la misma idea que se repite monótona, como el golpeteo de un tamboril: ¡La madre de Judas! ¡Qué cosa parí! El mundo aúlla: ¿Qué cosa es Judas?

Aparecen dos lágrimas en los dulces ojos de Jesús. Pone la mano sobre la frente de la enferma; haciendo a un lado las cataplasmas húmedas de vinagre. Y le dice:

–                       Un infeliz. Nada más esto. Si el mundo aúlla. Dios ahoga su aullido diciéndote: ‘Tranquilízate, porque Te amo.’ ¡Mírame, pobre madre!  Controla tu espíritu extraviado y ponlo en mis manos. ¡Soy Jesús!…

María de Simón abre sus ojos como si saliera de una pesadilla y ve al Señor.

Siente su mano sobre su frente. Se lleva las manos a la cara y gime:

–                       ¡No me maldigas! ¡Si hubiera sabido lo que había concebido; me hubiera arrancado las entrañas, para que no hubiera nacido!

–                       Y hubieras cometido un pecado muy grave, María. ¡Oh, María! ¡No quieras hacer algo malo por culpa de otro! Las madres que han cumplido con su deber, no tienen por qué sentirse responsables por los pecados de sus hijos. tú cumpliste con tu deber. María, dame tus manos. Cálmate ¡Pobre, madre!

–                       Soy la madre de Judas. Estoy inmunda como todo lo que tocó ese demonio. ¡Madre de un Demonio! No me toques. –y llora.

Se revuelve en el lecho, tratando de esquivar las manos divinas que la quieren tocar. Las dos lágrimas de Jesús, le caen sobre la cara enrojecida por la fiebre.

Jesús le dice:

–                       Te he purificado María. Mis lágrimas de compasión han caído sobre ti. Desde que bebí mi Cáliz de Dolor, por nadie he llorado. Pero sobre ti, lo hago con toda mi compasión.

La toma de las manos y se sienta a un lado del lecho. Teniendo las manos temblorosas de María, entre las suyas. La compasión que brilla en los hermosos ojos de color zafiro acaricia, envuelve a la enferma curándola.

La infeliz mujer, se calma y murmura:

–                        ¿No me tienes rencor?

Jesús le contesta.

–                       Te amo. Por eso he venido. Tranquilízate.

–                       Tú perdonas. Pero el mundo. Tu Madre me odiará.

–                       Ella te considera una hermana. El mundo es cruel. Tienes razón. Pero mi Madre, es la Madre del Amor. Es buena. Tú no puedes andar por el mundo. Pero Ella vendrá a ti, cuando ya todo esté en paz. El tiempo tranquiliza…

–                       Si me amas, hazme morir.

–                       Todavía no. Tu hijo no supo darme nada. Sufre un poco de tiempo por Mí. Será breve.

–                       Mi hijo te dio mucho dolor…  ¡Te dio un horror infinito!

–                       Y a ti, un dolor infinito. El horror ha pasado. no sirve para más. Pero tú dolor sí sirve. Se une al mío. Tus lágrimas y mi Sangre lavan el mundo. Tus lágrimas están entre mi Sangre y el llanto de mi Madre. Y alrededor, el dolor de los santos que sufrirán por Mí. ¡Pobre María!

Y con cuidado la recuesta. Le cruza las manos y ve cómo se tranquiliza. Ana regresa y se queda estupefacta en el umbral.

Jesús, que se ha puesto de pie; la mira y le dice:

–                       Cumpliste con mi deseo. Para los obedientes hay paz. Tu corazón me ha comprendido. Vive en mi paz.

Vuelve a bajar los ojos sobre María de Simón, que lo mira entre un río de lágrimas, más tranquila. Le sonríe. La consuela nuevamente:

–                       Pon tus esperanzas en el Señor. Y te dará sus consuelos.

La bendice y trata de irse; pero…

María de Simón da un grito de dolor:

–                       Se dice que mi hijo te Traicionó con un beso. ¿Es verdad Señor? Si es así permíteme que lo lave besándote las manos. ¡Oh! ¡No puedo hacer otra cosa!  ¡No puedo hacer otra cosa, para borrarlo… para borrarlo!  -el dolor la ahoga, mordiendo su corazón con ferocidad.

Jesús no le da sus manos para que se las bese. En toda la entrevista, Él ha tenido cuidado para que no le vea las llagas, que ha mantenido ocultas con la blanquísima tela que no es de este mundo. Y lo que hace, es tomarle la cabeza entre sus manos y besarla en la frente, de la más infeliz de todas las mujeres. Es el beso de Dios. ¡Qué no habrá transmitido en él!…

Luego Jesús le dice:

–                       ¡Mis lágrimas y mi beso! Nadie ha tenido tanto de Mí… Quédate tranquila. Entre Yo y tú, no hay más que amor.

La bendice y atraviesa rápidamente la habitación.

Sale detrás de Ana, que no se atrevió a acercarse, ni a hablar; pero que llora de emoción. Cuando están en el corredor, Ana hace la pregunta que la inquieta En su corazón:

–                       ¿Mi hija?

Jesús responde:

–                       Hace quince días que goza del Cielo. No te lo dije allá adentro, porque hay un gran contraste entre tu hija y su hijo.

Ana dice:

–                       Es verdad. Una desgracia. Creo que morirá.

–                       No. No tan pronto.

–                       Ahora estará más tranquila. La has consolado. ¡Tú! ¡Tú que puedes más que todos!

–                       Yo la compadezco más que todos. Soy la Divina Compasión.Soy el Amor. Yo te lo digo, Mujer: si Judas me hubiera lanzado tan solo una mirada de arrepentimiento, le habría alcanzado de Dios el Perdón.

¡Cuánta tristeza en el rostro de Jesús! La mujer queda maravillada. Y sólo pregunta:

–                       Pero, ¿Ese desgraciado pecó de repente? O…

–                       Desde hacía meses que pecaba. Y ni una palabra mía. Ninguna acción mía, pudieron detenerlo. Pues era muy grande su voluntad de pecar. Pero no se lo digas a ella…

–                       No se lo diré Señor. Cuando Ananías huyó de Jerusalén sin haber consumadola Pascua.Lamisma noche dela Parasceve, entró gritando: “Tu hijo traicionó al Maestro y lo entregó a sus enemigos. Lo Traicionó con un beso. Yo he visto al Maestro golpeado, escupido, flagelado; coronado de espinas. Cargando conla Cruz; crucificado y muerto por obra de tu hijo. Nuestro nombre lo gritan los enemigos del Maestro, cual bandera de triunfo, con palabras obscenas. La hazaña de tu hijo la cuentan a gritos. Por menos de lo que cuesta un cordero, vendió al Mesías. Y con un beso traidor, lo señaló a los guardias.” María cayó por tierra  y se puso negra. El médico dice que se le derramó la bilis; que se le despedazó el hígado. Y que toda la sangre se le ha corrompido. Y… el mundo es malo. Ella tiene razón. Tuve que traérmela aquí; porque iban a la casa de ella en Keriot a gritar: “¡Tu hijo Deicida y suicida! ¡Se ahorcó! Belcebú se ha llevado su alma y Satanás su cuerpo.” ¿Es verdad este horrible prodigio?

–                       No mujer. Fue encontrado muerto, pendiente de un olivo…

–                       ¡Ah! Gritaban: “El Mesías ha Resucitado. Es Dios. Tu hijo Traicionó a Dios. Eres la madre del traidor de Dios. Eres la madre de Judas.”

Por la noche, me la traje aquí.  Con Ananías y un siervo fiel; el único que se quedó con ella, porque todos los demás la dejaron y nadie quiso estar con ella. Ahora esos gritos los oye María en el viento, en el rumor de la tierra. En todas partes.

–                       ¡Pobre madre! ¡Es cosa horrible! ¡Sí!

–                       ¿Pero aquel demonio no pensó en eso?

–                       Era una de las razones que Yo empleaba para detenerlo. Pero de nada sirvió. Judas llegó a Odiar inmensamente a Dios. Cuando jamás amó verdaderamente a su padre, ni a nadie. A ningún prójimo suyo. Su egoísmo fue tal, que terminó destruyéndose a sí mismo.

–                       ¡Es verdad!

–                       Adiós mujer. Mi bendición te de fuerzas para soportar los insultos del mundo, porque compadeces a María. Besa mi mano. A ti si te la puedo mostrar. A ella le hubiera causado un gran dolor.

Echa hacia atrás la manga, dejando al descubierto la muñeca atravesada. Ana lanza un gemido al tocar con sus labios la punta de sus dedos. En ese momento se escucha el ruido de la puerta al abrirse y el grito ahogado de un viejo que se postra:

–                       ¡El Señor!

Ana le dice emocionada:

–                       Ananías, el Señor es Bueno. Vino a consolar a tu parienta y a nosotros también.

El hombre no se atreve a moverse. Llora diciendo:

–                       Pertenecemos a una raza cruel. No puedo mirar al Señor.

Jesús se le acerca. Le toca la cabeza diciendo las mismas palabras que le había dicho a María:

–                       Los familiares que han cumplido con su deber, no tienen por qué sentirse responsables del pecado de un pariente. ¡Anímate, Ananías! ¡Dios es Justo! La paz se contigo y con esta casa. He venido y tú irás a donde te envíe. Para la Pascua Suplementaria los discípulos estarán en Bethania. Irás a ellos y les dirás que doce días después de que Yo morí, me viste en Keriot, vivo y verdadero. En cuerpo, alma y divinidad. Te creerán porque he estado mucho con ellos. Pero los confirmarás en su Fe, acerca de mi Naturaleza Divina, al comprobar que estoy en cualquier lugar, al mismo tiempo.

Pero antes que eso, irás hoy mismo a Keriot y le dirás al sinagogo que reúna al pueblo. Y ante la presencia de todos, proclamarás que he venido aquí y que se acuerden de mis palabras de despedida. Te replicarán: ‘¿Por qué no ha venido Él con nosotros?’ Y les responderás así: ‘El Señor me ha dicho que os dijese, que si hubierais hecho lo que Él os ordenó que hicierais para con una madre inocente, Él se hubiera manifestado. Habéis faltado al Amor.’  ¿Lo harás?

Ananías responde:

–                       ¡Es difícil, Señor! Es difícil hacerlo. Todos nos tienen por leprosos del corazón… El sinagogo no me escuchará y o me dejará hablar al pueblo. tal vez me pegue… sin embargo lo haré; porque Tú lo ordenas…

El anciano no ha levantado su cabeza y contestó manteniendo su actitud de profunda adoración…

Jesús le dice:

–                       ¡Mírame Ananías!

Cuando Ananías obedece, lo ve. Jesús está tan bello como en el monte Tabor… Es Dios en todo su esplendor. La luz lo cubre ocultando su Rostro y su sonrisa…

Ha desaparecido…

En el corredor solo quedan los dos que quedan postrados en profunda adoración…

Mientras tanto en la hacienda que tiene Daniel, el sobrino de Elquías en Beterón. Un grupo de sinedristas están discutiendo…

Elquías dice:

–                       Lo traje aquí porque no sé a dónde llevarlo. Vosotros sabéis que tengo mis dudas de que Daniel también sea miembro de esa odiosa y nueva secta que ha dado en llamarse ‘cristianos’ Vine también para comprobarlo…

Sadoc le aconseja:

–                       Quiere huir. Irse por el mar. ¿Por qué no darle gusto?

Nahúm objeta:

–                       Porque es incapaz de actos juiciosos. A solas en el mar moriría. Y ninguno de nosotros es capaz de conducir una barca.

Eleazar ben Annás:

–                       ¡Y luego, aunque se pudiera! ¿Qué sucedería con lo que dice, en el lugar del desembarco? Dejad que escoja su camino…

Cananías:

–                       A la presencia de todos. Aún de su pariente… Haz que exprese su voluntad y que se haga como quiera realizarla.

Se admite esta proposición y Elquías llama a un siervo. Le ordena que traigan a Simón Boeto y que llamen a Daniel.

Enseguida vienen los dos. Y si Daniel da la impresión de no sentirse cómodo con cierta clase de gente. Simón tiene el semblante de un verdadero orate al que no le falta ni la baba…

Elquías:

–                       Óyenos Simón. Tú dices que te tenemos en prisión, porque queremos matarte…

Simón Boeto:

–                       Tenéis que hacerlo. Tal es la orden.

Sadoc:

–                       Deliras, Simón. Calla y escucha. ¿Dónde crees que te podrías curar?

Simón:

–                       En el mar. En el mar. En medio del mar. Donde no se oye ninguna voz. Donde no hay sepulcros. Porque los sepulcros se abren y de ellos salen los muertos. Y mi madre me maldice…

Elquías:

–                       Calla. Escucha. Te amamos. Como a nuestra propia carne. ¿De veras quieres ir allá?

Simón:

–                       Sí que quiero. Porque aquí los sepulcros se abren y mi madre me maldice… Y…

 

Cananías:

–                       Irás pues. Te llevaremos al mar. Te daremos una barca y tú…

Daniel grita:

–                       ¡Cometéis un homicidio! ¡Está loco! ¡No puede ir solo!…

Nahúm:

–                       Dios no hace fuerza a la voluntad del hombre. ¿Acaso podríamos hacer lo que Dios no quiere?

Daniel objeta:

–                       Pero si está loco. No tiene voluntad. Entiende menos que un infante. No podéis hacer eso…

Elquías:

–                       Tú cállate. Sólo eres un campesino ignorante. Nosotros sí sabemos. Mañana partiremos por mar. ¡Alégrate, Simón! ¡Por el mar! ¿Comprendes?

Simón suspira:

–                       ¡Ah! ¡Ya no escucharé las voces de la tierra! Ya no más las voces… ¡Ah!

Pero luego empieza la confusión…

Simón da un grito prolongado. Se convulsiona. Se tapa las orejas y cierra los ojos. Luego escapa aterrorizado.

Al mismo tiempo, Daniel corre al lado contrario que Simón y a unos veinte metros se postra en tierra con una adoración profunda…

Jesús está frente a él, con toda la majestad del Hombre-Dios Resucitado y lo saluda con una sonrisa llena de amor. Daniel es uno de los setenta. Le dice:

–                       Sígueme.

Daniel contesta:

–                       ¿A dónde, Señor mío y Dios mío?

–                       Ve a Jerusalén. Allí encontrarás a los apóstoles. Irás por el mundo a predicar mi Palabra y a llevar la Buena Nuevade mi Resurrección. Luego te daré más instrucciones. Te amo.

Jesús lo bendice y desaparece. Daniel llora de felicidad.

Simultáneamente, Simón Boeto cae preso de unas convulsiones aterradoras, hecha espuma por la boca y da unos alaridos escalofriantes:

–                       ¡Hazlo callar! ¡No está muerto! ¡Grita! ¡Grita! ¡Grita más que mi madre! ¡Más que mi padre! ¡Más que en el Gólgota! ¡Allí! ¡Allí! ¡No lo veis allí! ¡Allí está!…

Y señala donde está Daniel feliz, sonriente. Con la cara levantada en alto, después de haberla tenido pegada contra el suelo…

Elquías exclama totalmente desconcertado:

–                       ¿Pero quién es? ¿Qué es lo que sucede? Detened a ese loco y a aquel necio. –Luego su voz parece un gruñido. Grita furioso-  ¿Acaso estamos perdiendo todos el seso?

Elquías se acerca al ‘necio’ que no es otro Daniel, lo sacude con fuerza. Está colérico y no se preocupa del ‘loco’ de Simón, que se revuelca en la tierra, con espuma en la boca y lanzando gritos como si fuese un animal rabioso. Todos los miran a los dos, paralizados por el terror.

Elquías apostrofa a Daniel:

–                       Visionario holgazán. ¿Quieres explicarme qué estás haciendo?

Daniel le replica:

–                       Déjame. Ahora te conozco bien. Me voy lejos de ti. He visto a quién para mí es un Dios Bondadoso y para vosotros terror. He visto Aquel a quién afirmáis que está muerto. Y por la cara de tus compinches, creo que también vosotros lo habéis visto. Me voy. Más que el dinero y cualquier otra riqueza, me importa mi alma. ¡Adiós, maldito! Y si puedes, trata de alcanzar el Perdón de Dios.

–                       ¿A dónde vas?  ¡No te lo permito!

–                       No puedes detenerme. ¿Acaso tienes derecho de meterme a la cárcel? ¿Quién te lo dio? Te dejo todo esto, que es lo que amas. Yo sigo a Quién amo con toda mi alma, con todo mí ser. Adiós.

Y dándole la espalda, se aleja corriendo como si tuviera alas en los pies, hacia la pendiente verde de olivos y de árboles frutales. Todos lo miran pasmados.

Mientras tanto, con heridas. Con espuma. Temblando de terror e infundiendo pavor a su vez; Simón da unos alaridos espeluznantes. Gritando:

–                ¡Me ha llamado Parricida! ¡Haced que se calle!… ¡Cállate!… ¡Parricida! ¡La misma palabra que mi madre! ¿Por qué los muertos dicen las mismas palabras?…

Elquías y los demás están lívidos.La Iralos ahoga.

Elquías amenaza:

–                       ¡Acabaré contigo, Daniel! Exterminaré a todos los que con sus ‘delirios’ afirman que el Galileo está vivo. Lo digo y lo haré. Lo juro por…

Sadoc:

–                       Lo haremos. Lo haremos. Pero no podemos tapar todas las bocas. Todos los ojos que hablan porque ven. También nosotros lo hemos visto…

Elquías y otros aúllan:

–                       ¡Cállate! ¡Cállate!…

Eleazar ben Annás tiene todo el terror milenario que Israel tiene hacia el Altísimo, al pronunciar con sus labios temblorosos:

–                       Estamos vencidos. Tenemos que cargar nuestro Crimen. Y ha llegado la expiación… -Se golpea el pecho angustiosamente. Como si ya tuviera ante sí el patíbulo. Y se lamenta- Tendremos que enfrentar la Venganza de Yeové… 

La continuación de esta historia, está enla Biblia…

  (EL QUE TENGA OÍDOS, QUE OIGA…)

Cuando me amáis hasta vencer todo por Mí; tomo vuestra cabeza y vuestro corazón en mis manos llagadas y con mi Aliento os inspiro mi Poder. Os salvo a vosotros, hijos a quienes amo. Os hacéis hermosos, sanos, libres y felices. Os convertís en los hijos queridos del Señor. Os hago portadores de mi Bondad, entre los pobres hombres; para que los convenzáis de ella y de Mí. TENED FE EN MÍ. AMADME. NO TEMÁIS. TODO LO QUE HE SUFRIDO PARA SALVAROS, SEA LA PRENDA SEGURA DE MI CORAZÓN, DE VUESTRO DIOS.

Soy el Primogénito de los Resucitados. Igual será en vosotros. Tanto en la tierra como en el Cielo; SOY YO VERDADERO DIOS Y VERDADERO HOMBRE; con mi Divinidad, mi Cuerpo, mi Alma, mi Sangre; Infinito cual mi Naturaleza Divina Es. Contenido en un Fragmento de pan, como mi Amor lo Quiso, Real, Omnipresente, Amante, Verdadero Dios, Verdadero Hombre; Alimento del Hombre hasta la consumación de los siglos. Gozo Verdadero de los elegidos, no para el Tiempo, sino para la Eternidad.

LA EUCARISTIA ES EL ÚLTIMO MILAGRO DEL HOMBRE-DIOS.

LA RESURRECCIÓN ES EL PRIMER MILAGRO DEL DIOS-HOMBRE.

Que por Sí Mismo trasmuta su cadáver,  el Viviente Eterno, PORQUE SOY EL ALFA Y EL OMEGA, EL PRINCIPIO Y EL FIN.

Oración:

¡Ven Señor Jesús! ¡Ven Amor Eterno! ¡Ven Señor Excelso! ¡Digno Eres de tomar el Libro y de abrir los Sellos! Ya que Tú fuiste degollado y con tu Sangre compraste para Dios, a hombres de toda raza, pueblo y nación. Los hiciste Reino y Sacerdotes para nuestro Dios. Y dominarán toda la Tierra. ¡Digno es el Cordero que ha sido Degollado, de recibir, el Poder y la Riqueza, la Sabiduría, la Fuerza y la Honra! ¡La Gloria y la Alabanza al que está sentado en el Trono y al Cordero! ¡Alabanza, Honor, Gloria y Poder, por los siglos de los siglos! Amen

PADRE NUESTRO…

DIEZ AVE MARÍA…

GLORIA…

INVOCACIÓN DE FÁTIIMA…

CANTO DE ALABANZA…

 

 

 

PRIMER MISTERIO DE GLORIA III


TERCERA PARTE: CONFIRMANDO LA FE

LA RESURRECCIÓN DE JESÚS

Las mujeres piadosas van al sepulcro
(Escrito el 2 de abril de 1945)

Las mujeres que habían partido, caminan a lo largo del muro sumido en la penumbra. Por algunos minutos no hablan. Van bien arropadas y miedosas de tanto silencio y soledad. Luego, cobrando ánimo a la vista de la absoluta tranquilidad que reina en la ciudad, se reúnen en grupo y, dejando el miedo, hablan.

Susana pregunta:
–           ¿Estarán ya abiertas las puertas?

Salomé responde:

–           Claro. Mira allá al primer hortelano que entra con verduras. Se dirige al mercado.- y añade- ¿Nos dirán algo?

Magdalena interroga:

–           ¿Quién?

–           Los soldados, en la puerta Judiciaria… Por allí… entran pocos y salen menos… Podríamos levantar sospecha…»

–           ¡Y qué con eso! Nos verán, y verán a cinco mujeres que van al campo. Nos pueden tomar por quienes, después de haber celebrado la pascua, regresan a su ciudad.

–           Pero… para no llamar la atención de ningún malintencionado, ¿Por qué mejor no salimos por otra puerta y luego damos vuelta a lo largo del muro?…

–           Se haría más largo el camino.

–           Pero estaríamos más seguras. Vamos a la puerta del Agua…

Magdalena responde secamente:

–           ¡Oh, Salomé! ¡Si yo fuera tú, escogería la puerta Oriental! Sería más largo el recorrido. Hay que hacerlo pronto y volver presto.

Todas le ruegan:

–           Entonces escojamos otra, pero no la Judiciaria. Sé buena…

–           Está bien, y ya que lo queréis, pasaremos por donde Juana. Nos pidió que se lo hiciéramos saber. Si fuéramos derecho, no habría necesidad. Pero como queréis dar una vuelta más larga, pasemos por su casa…

–           ¡Oh, sí! También por los guardias que hay allí… Juana es conocida y respetada…

Martha dice:

–           Propondría que se pasase por la casa de José de Arimatea. Es el dueño del lugar.

Magdalena se detiene y contesta:

–           ¡Claro! ¡Hagamos ahora un cortejo para que nadie repare en nosotras! ¡Oh, qué cobarde hermana tengo! Más bien, Marta, hagamos así. Yo me adelanto y espero. Vosotras venís con Juana. Me pondré en medio del camino si hay peligro alguno, me veréis y regresaremos. Os aseguro que los guardias ante esto que lo he pensado (enseña una bolsa llena de monedas) nos dejarán hacer todo.

Susana dice:

–           Lo diremos también a Juana. Tienes razón.

Magdalena decide:

–           Entonces id, que yo me voy por mi parte.

Martha dice temerosa por ella:

–           ¿Te vas sola, María? Voy contigo.

–           No. Tú vete con María de Alfeo a la casa de Juana. Salomé y Susana te esperarán cerca de la puerta, del lado del afuera de los muros. Luego tomaréis juntas el camino principal. Hasta pronto.

Magdalena no da pie a otros posibles pareceres y se va veloz con su bolsa de perfumes y el dinero en el seno. Pasa por la puerta Judiciaria para llegar más pronto. Nadie la detiene…
Las otras la miran… Y se van.  Más adelante en otra calle, vuelven a dividirse. Salomé y Susana siguen por la calle, entre tanto que Marta y María de Alfeo llaman al portón de hierro, de la rica mansión de Juana de Cusa. Cuando están en el atrio, esperándola; sucede el breve y fuerte terremoto que vuelve a aterrorizar a todos los habitantes de Jerusalén, que no han olvidado los sustos del Viernes.

Magdalena por su parte, está exactamente en los linderos del huerto de José de  Arimatea; cuando la sorprende el poderoso rugir de esta señal celestial. María siente el sacudimiento y cae por tierra, murmurando:

–           ¡Señor mío!

Luego se levanta y corre veloz hacia la huerta. El celeste meteoro ha entrado destruyendo sello y cal puestos para refuerzo de la tumba. Con el estruendo cae la puerta de piedra, dejando como muertos a los guardias aterrorizados.

María al llegar ve a estos carceleros del Triunfador echados por tierra como un manojo de espigas segadas, pero no relaciona el terremoto con la resurrección. Y cuando  contempla aquel espectáculo piensa que haya sido un castigo de Dios contra los profanadores del sepulcro de Jesús y cayendo de rodillas grita:

–           ¡Ay de mí! ¡Lo han robado!

Queda destrozada. Se desploma llorando como una niña al encontrar la tumba vacía.

Luego se levanta y corre para ir a decirlo a Pedro y Juan. Y como no piensa sino en avisar a los dos, no se acuerda de ir al encuentro de sus compañeras, ni de esperarlas en el camino. Como  una gacela regresa por la puerta Judiciaria y vuela por las calles y llega hasta el Cenáculo. Toca fuertemente en el portón y le abren.

Magdalena pregunta angustiada:

–           ¿Dónde están Juan y Pedro?

La mujer señala el Cenáculo y dice:

–           Allí.

Los dos discípulos la miran sorprendidos, cuando ella en voz baja por compasión a la Virgen, pero llena de dolor, dice:

–           ¡Se han llevado al Señor del Sepulcro! ¡Quién sabe dónde lo habrán puesto!

Los dos apóstoles dicen al mismo tiempo:

–           ¡Pero cómo! ¿Qué estás diciendo?

Magdalena responde ansiosa:

–           Me adelanté… para comprar las guardias… para que nos dejasen embalsamarlo. Están allí como muertos… El sepulcro está abierto, la piedra por tierra… ¿Quién habrá sido? ¡Oh, venid! Corramos…

Susana y Salomé han llegado a la muralla, cuando el terremoto las asusta. Pero el amor sobrepuja el miedo y rápidas se dirigen al sepulcro. Cuando entran en el huerto, ven a los guardias tirados por tierra… Y ven que sale una gran luz del sepulcro abierto. Luego se asoman al umbral y en la oscuridad de la gruta sepulcral ven a un ser muy luminoso y bellísimo, que les sonríe. Las saluda desde el lugar de donde está: apoyado a derecha de la piedra de la unción que desaparece con el inmenso resplandor.
Espantadas caen de rodillas.
Dulcemente el ángel les habla:

–           No temáis. Soy el ángel del divino Dolor. He venido para ser feliz con su término. Jesús no siente más el dolor, ni la humillación de la muerte. Jesús de Nazaret, el Crucificado a quien buscáis, ha resucitado. ¡No está más aquí! Vacío está el lugar donde lo pusieron. Alegraos conmigo. Id. Decid a Pedro y a los discípulos que ha resucitado, que se os adelanta en Galilea. Allá lo veréis por un poco de tiempo más, según lo había dicho.

Las mujeres caen con el rostro a tierra y cuando lo levantan, murmuran aterrorizadas:

–           ¡Ahora moriremos! ¡Hemos visto el ángel del Señor!
En campo abierto se tranquilizan un poco.

Salomé dice:

–           Si contamos lo que vimos nadie nos creerá.

Susana contesta:

–           Si decimos que estuvimos en el sepulcro, los judíos pueden acusarnos de haber matado a los guardias. Y…

–           ¡Oh no! ¡No! ¡No podemos decir nada a nadie!

Y deciden callar sin decir nada ni a amigos, ni a enemigos. Espantadas, enmudecidas regresan por otro camino a casa. Entran y se meten al cenáculo. Ni siquiera tratan de ver a la Virgen… Allí piensan si lo que han visto, no habrá sido un engaño del demonio.

Como humildes que son, piensan…

“No puede ser que se nos haya concedido ver al enviado de Dios.” No. “Es Satanás que nos quiso aterrorizar.”
Y lloran, rogando como dos niñas espantadas por una pesadilla…

Mientras tanto…

El tercer grupo: el de Juana, María de Alfeo y Marta; van por la calle,  donde  las sorprendió el terremoto y ven a la gente aterrorizada, recordando lo sucedido el Viernes.

María de Alfeo dice:

–           ¡Mejor si todos están atemorizados! Tal vez hasta los guardias lo estarán y nos dejarán pasar.

Ligeras van a la muralla. Mientras caminan, Juan, Pedro y Magdalena han llegado al huerto Juan se adelanta y  llega primero al sepulcro. Ya no están los guardias. Tampoco el ángel. Juan se arrodilla temeroso y afligido en el umbral abierto y dice:

–           Simón, ¡No está! María ha visto bien. Ven, entra, mira.

La oscuridad, a estas horas de la mañana, es densa dentro del sepulcro.  Sólo se ilumina por la abertura de la puerta en la que se dibujan las sombras de Juan y Magdalena…

Pedro se esfuerza en ver y tembloroso toca la mesa de la unción y la siente vacía… Y dice:
–           Juan, ¡No está! ¡No está!… ¡Oh, ven también tú! Tanto he llorado que apenas si puedo ver algo con esta raquítica luz.
Juan se levanta y entra. Mientras lo hace Pedro descubre el sudario colocado en un rincón, bien doblado y con él la Sábana enrollada cuidadosamente.

Pedro dice muy triste:

–           De veras que lo han robado. No pusieron los guardias por nosotros, sino para hacer esto… Y nosotros permitimos que lo hicieran…

Magdalena pregunta:

–           Oh, ¿dónde lo habrán puesto?

Juan dice:

–           ¡Pedro, Pedro, ahora… todo se ha acabado!»

Los dos discípulos salen anonadados.

Pedro dice:

–           Vámonos, Magdalena. Lo dirás a su Madre…

Magdalena objeta:

–           Yo no me voy. Me quedo aquí… Podrá venir alguien… No me voy… Aquí hay todavía algo de El. Su Madre tenía razón… Respirar el aire donde estuvo El es el único consuelo que nos queda.

–           El único consuelo… Ahora tú misma lo ves que era una tontería esperar.

Por toda respuesta, Magdalena se abate hasta el suelo, junto a la puerta y llora mientras los otros despacio se van. Después de un rato levanta su cabeza, mira adentro y entre lágrimas ve a dos ángeles sentados a la cabeza y a los pies de la mesa donde se hizo el embalsamamiento. La pobre María está tan aturdida con la lucha que se traba entre la esperanza y la Fe, que los mira sin siquiera sorprenderse.

Y uno de ellos le pregunta:

–           ¿Por qué estás llorando, mujer?

Magdalena responde:

–           Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.

El ángel mira a su compañero y sonríe. Con mucha alegría, los dos miran hacia el huerto
florido con los miles de corolas que se han abierto a los primeros rayos del sol en los manzanos que hay allí.

María se vuelve para ver lo que miran. Y ve a un Hombre, hermosísimo al que no reconoce…

Él la mira con piedad y le pregunta:

–           Mujer, ¿Por qué estas llorando? ¿A quién buscas?

Entre sollozos Magdalena dice:

–        ¡Me han quitado al Señor Jesús! Había venido para embalsamarlo con la esperanza de que resucitase… Todo mi valor, todas mis esperanzas, toda mi fe giran en torno a mi amor por El… pero ahora no lo encuentro más… ¡Todo es inútil! Los hombres han robado a mi Amor y con ello todo se han llevado… ¡Oh Señor mío, si tú te lo llevaste, dime dónde lo pusiste! Mira: soy la hija de Teófilo, la hermana de Lázaro, pero estoy a tus pies para suplicártelo como una esclava. ¿Quieres que te compre su cuerpo? Lo haré. ¿Cuánto quieres? Soy rica. ¡Dime, dime, dónde está mi Señor Jesús! Hace tres días que la ira de Dios nos ha castigado por lo que se hizo a su Hijo… No agregues profanación al delito…

Jesús se revela en su triunfante fulgor y centellea al decir:

–        ¡María!

María al son de su grito que llena el huerto se levanta, se echa a los pies de Jesús. Quiere besarlos.

Pero Jesús tocándola apenas con la punta de sus dedos sobre la frente la separa diciéndole:

–        ¡No me toques! Aun no he subido a mi Padre con este vestido. Ve donde están mis hermanos y amigos y diles que subo a mi Padre y vuestro, a mi Dios y vuestro. Y luego iré donde están ellos.

Jesús desaparece envuelto en un destello.

Magdalena besa el suelo donde estuvo y corre a casa. Entra como un cohete hasta la habitación de la Virgen y la abraza llorando de alegría y gritando:

–           ¡Ha resucitado! ¡Ha resucitado!

Mientras acuden Pedro y Juan y del cenáculo salen espantadas Salomé y Susana, que escuchan lo sucedido; llegan de la calle María de Alfeo, Marta y Juana que con el aliento entrecortado y dicen:

–           ¡Estuvimos allí! Vimos dos ángeles que dijeron ser los custodios del Hombre-Dios. Y el ángel de su Dolor nos dio la orden de decir a los discípulos que había resucitado.

Pedro mueve la cabeza negando.

Martha confirma:

–           Sí.  Han dicho: “¿Por qué buscáis al Viviente entre los muertos? Él no está aquí. Ha resucitado como lo predijo cuando estaba en Galilea. ¿No os acordáis de ello? Dijo: ‘El Hijo del hombre debe ser entregado en las manos de los pecadores y será crucificado. Pero resucitará al tercer día’ ”

Pedro sacude su cabeza diciendo:

–           ¡Muchas cosas han sucedido en estos días! Os habéis quedado asustadas.
Magdalena levanta la cabeza del regazo de María y confiesa:

–           ¡Lo he visto! Le he hablado. Me ha dicho que sube al Padre y que luego vendrá. ¡Qué bello es!…

Y llora como nunca lo había hecho, ahora que no tiene por qué atormentarse a sí misma al luchar contra las dudas que le asechaban de todas partes.
Pedro y Juan dudan. Se miran. Su mirada dice:

–           ¡Imaginaciones de mujeres!
Ahora Susana y Salomé se atreven a hablar. Pero la inevitable diversidad de detalles: de los guardias que antes estaban como muertos y después, no; de los ángeles que son uno y dos, que los apóstoles no vieron; de que Jesús viene aquí y de que se adelanta a ellos en Galilea, hace que la duda crezca más en los apóstoles y que se persuadan que son “imaginaciones de mujeres”.
María, la feliz Madre; guarda silencio sosteniendo a Magdalena…

María de Alfeo dice a Salomé:

–          Vayamos nosotras dos. Veamos si todas estaban ebrias…

Y salen corriendo.
Las otras se quedan. Los dos apóstoles tranquilamente se burlan de ellas, cerca de María que no dice nada, absorta en un pensamiento que nadie comprende que sea un éxtasis.

Más tarde, vuelven las dos mujeres entradas en años, llorando de felicidad y diciendo:

–           ¡Es verdad! ¡Es verdad! Lo hemos visto. Nos ha dicho, cerca del huerto de Bernabé: “La paz sea con vosotras. No tengáis miedo. Id a decir a mis hermanos que he resucitado y que vayan dentro de pocos días a Galilea. Allí estaremos todavía un poco juntos”. Así ha dicho. Magdalena tiene razón. Hay que decirlo a los que están en Galilea, a José, a Nicodemo, a los discípulos de mayor confianza, a los pastores. Id. Haced algo… ¡Oh, ha resucitado!…

Los apóstoles les contestan incrédulos:

–           ¡Estáis locas!

–           ¡El dolor os ha trastornado la cabeza!

–           Habéis creído que la luz fuese un ángel, que el viento fuese voz, que el sol fuese Jesús.

–           No os critico. Os comprendo, pero no puedo creer sino en lo que yo he visto: el Sepulcro abierto y vacío y los guardias que huyeron después de haber sido robado el cadáver.

Salomé objeta:

–           ¡Pero si los guardias mismos lo están diciendo que ha resucitado! ¡Si la ciudad está alborotada y los jefes de los sacerdotes están que se mueren de rabia porque los guardias, aterrorizados, han hablado! Ahora quieren que digan de modo diverso y para eso les han pagado. Pero ya se sabe. Si los judíos no creen en la resurrección, si no quieren creer, muchos otros creerán…

Pedro levanta sus hombros y hace intento de irse mientras murmura:

–           ¡Uhm, mujeres!…

Entonces la Virgen, levanta la mirada transfigurada y dice:

–           Realmente ha resucitado. Lo he tenido entre mis brazos. Lo he besado en sus llagas. –  Y luego se inclina depositando un beso sobre los cabellos de Magdalena y agrega- Sí, la alegría es más fuerte que el dolor, pero no es más que un grano de arena de lo que será tu océano de júbilo eterno. Bienaventurada tú que sobre la razón has hecho que hablase el espíritu.

Pedro ya no se atreve a protestar…  y luego dice:

–           Entonces, si es así, hay que hacerlo saber a los demás. A los que andan por los campos… buscar… hacer algo. ¡Ea!, levantaos. Si viniese… que por lo menos nos encuentre.- Y no cae en la cuenta que confiesa que no cree aun ciegamente en la resurrección.

María se retira a su habitación…

En eso se oye  que alguien llama en el portón.

Magdalena abrió y luego fue a buscar a María diciéndole:

–                       Es Mannaém. Quiere saber si en algo puede servir.

María contesta:

–                       Hazlo entrar. Siempre ha sido bueno. Tráelo hasta aquí.

Mannaém entra. No viene vestido de lujo, como antes. Parece un hombre acomodado, pero del pueblo. Su vestido es café oscuro, casi negro. Y un manto igual. No trae joyas, ni la espada. Con las manos cruzadas sobre el pecho, se inclina al saludar. Y luego se arrodilla, como si estuviera ante un altar.

María le dice:

–                       Levántate. Y perdona si no respondo a la inclinación. No puedo…

Mannaém contesta:

–                       No debes. No lo permitiría. Sabes quién soy. Por eso te ruego que me trates como tu siervo. ¿Te puedo servir en algo? Veo que no hay ningún hombre aquí. Por Nicodemo que es mi amigo, supe que todos huyeron. No se podía hacer nada. Esa es la verdad. Pero al menos le dimos el consuelo de que nos viera. Yo… yo lo saludé en el Sixto. Y luego ya no pude porque… Es inútil decirlo. También esto fue obra de Satanás. Ahora estoy libre… y vine a ponerme a tu servicio. Ordena, Mujer.

–                       Quiero reunir a todos los apóstoles. Unos están en casa de Lázaro y a todos los quisiera tener aquí.

–                       ¡Ah! ¡Voy! ¡Les avisaré!

Se levanta. Y al hacerlo no puede reprimir un gesto de dolor, que contrae su bello rostro varonil.

–                       ¿Estás herido?

–                       ¡Umh!… Sí. Es cualquier cosa… Un brazo que me duele un poco…

–                       ¿Acaso por nuestra causa? ¿Por eso no estuviste allá arriba?

–                       Sí. Por ello. Y esto es lo que más me duele. No la herida. –Mannaém comienza a llorar-  El resto de farisaísmo, hebraísmo, satanismo; que hubo en mí; porque satanismo es lo que ha llegado a ser el culto de Israel; salió con la sangre. Me siento como un bebé a quién después de habérsele cortado el ombligo, no tiene más contacto con la sangre de su madre. Y las pocas gotas que todavía quedan en el cordón recién cortado; no entran en él. Sino que caen inútiles… El recién nacido vive con su corazón y su sangre. Así yo. Hasta ahora no me había formado completamente. He llegado a término y he nacido a la Luz. Nací el Viernes… Mi madre es Jesús de Nazareth. Me dio a luz cuando lanzó su último grito… ¡Oh! ¡Sólo quisiera verlo!… ¡No he visto su Rostro de Redentor!… Cuando vayáis a su sepulcro decídmelo…

–                       Te está mirando, Mannaém. Vuélvete…

Mannaém que había entrado con la cabeza inclinada y que sólo había mirado a la Virgen, se vuelve un poco asustado y ve el Sudario de la Verónica…

María explica…

–                       Nique me ha traído este milagro, para consolarme. ¡Es el rostro de Jesús! Se imprimió…  ¡Vivo!…  En el lienzo; ¡Doloroso y sin embargo sonriente! Al que lo contemple… Está doloroso, pero está sonriendo…

Mannaém se postra en el suelo, en señal de Adoración… llora.

Luego se levanta. Arrodillado, se inclina ante María y dice:

–                       Me voy. ¡Bendíceme, Madre de los pecadores!…

María lo bendice como una Madre muy amorosa y lo besa en la frente. Y él se va.

Después de visitar a la Virgen…

Mannaém va subiendo con cierta dificultad, por una vereda hacia una hermosa casa en medio del olivar. Y como ya no hay nadie ante quién tenga que disimular, el dolor que lo atormenta… continúa por la vereda. Un grupo   de cedros del Líbano, rodean la casa a donde se dirige…

Los árboles gigantes que la resguardan, hacen más hermoso el panorama. Sin titubeo entra… y pregunta al siervo que ha acudido:

–                       ¿Dónde está tu patrón?

–                       Allá… -señala la terraza que da hacia el jardín-  Con José. Hace poco acaba de llegar…

–                       Diles que estoy aquí.

El siervo regresa con Nicodemo y José. Las voces de los tres, se mezclan en un solo grito:

–                       ¡Ha resucitado!

Se miran sorprendidos…

Luego, Nicodemo toma su amigo del brazo y lo lleva a una rica sala, blanca y lujosa. José los sigue. Toman asiento en los cómodos sillones. Un criado les lleva Agua fresca y frutas.

Mannaém es el que queda más cerca de la puerta. Y José nota el rictus de dolor que hizo Mannaém al sentarse…

Le pregunta:

–                       ¿Qué te pasa?

Mannaém contesta:

–                       Un regalo de mi hermano… Por eso no pude estar con Él. Pero espero que pronto se me pasará… En cuanto me vi libre, fui al Cenáculo. Ella quiere a todos los discípulos.

Nicodemo pregunta:

–                       ¿Tuviste el valor de regresar?

Mannaém:

–                       Sí. Él lo dijo. ‘¡Al Cenáculo!’  Quiero verlo… Quiero verlo glorioso para que se me borre el dolor del recuerdo de haberlo visto ligado y cubierto de suciedades como si fuera un malhechor, a quién el mundo pisoteaba con desdén.

José de Arimatea en voz baja dice:

–                       ¡Oh! También nosotros quisiéramos verlo… Para arrancar de nosotros el horror del recuerdo cuando lo vimos condenado. Con sus innumerables heridas. Él ya se apareció a las mujeres. Inclusive a las romanas…Y a Longinos y a Octavio; los dos centuriones que estaban encargados de la ejecución…  Fueron a decírselo a Ella. ¡Estaban tan felices!…

Nicodemo:

–                       Es justo. En estos años ellas han sido fieles siempre. Nosotros teníamos miedo. Su Madre lo ha reprochado: ‘En esta hora habéis demostrado un amor tan pobre’

José:

–                       Pero para desafiar a Israel que hoy más que nunca le es contrario, tenemos necesidad de verlo… ¡Si supieses! Los guardias hablaron… Ahora los jefes del Sanedrín y los fariseos, que ni con la Ira del Cielo se han convertido, andan buscando a quien sepa que ha resucitado, para echarlo a la cárcel. Yo mandé al pequeño Marcial, un niño no atrae la atención; a avisar a los de casa para que estén alertas. Han sacado dinero sagrado del Templo, para pagar a los guardias y que digan que los discípulos robaron el cuerpo. El soborno fue lo bastante cuantioso, para comprarles el testimonio de que lo de la resurrección fue una mentira por temor al castigo. La ciudad está en efervescencia como un paiolo. Ahora perseguirán a los que afirmen que Resucitó.

Mannaém:

–                       Tenemos necesidad de su bendición, para tener valor.

Nicodemo:

–                       Ya se le apareció a Lázaro. Era como la hora de tercia. Vimos a Lázaro como transfigurado.

José:

–                       ¡Oh! ¡Lázaro lo merece!… Nosotros…

Nicodemo:

–                       Tienes razón. Nosotros tenemos todavía la costra de la duda y del respeto humano, como una lepra que no hubiese sido sanada. Y solamente Él puede decir: ‘Quiero que quedéis limpios’

Mannaém:

–                        Somos los más imperfectos. Tal vez a nosotros no nos conceda el privilegio de verlo Resucitado. ¿Ya no nos hablará?

José pregunta:

–                       ¿Y ya no hará más milagros para castigo del mundo, ahora que ha resucitado de la muerte y dejado atrás las miserias de la carne?

Sus preguntas solo pueden tener una respuesta. La de Jesús que no viene. Los tres quedan muy desanimados.

Luego Mannaém dice:

–                       Me voy a ir al Cenáculo. Ahí lo esperaré. Si me matan, Él absolverá mis pecados y lo veré en el Cielo. Si no lo veo aquí en la Tierra. Mannaém es algo tan inútil en sus filas, que si cae; será como el tallo de una flor cortada en un tupido jardín; apenas si se nota su vacío…

En ese momento, una luz más brillante que el sol, pero que no lastima el mirarla; ilumina la puerta. Y de esta luz emerge la divina Presencia del Resucitado.

Jesús tiene las palmas de las manos abiertas, en actitud de abrazar. Los tres quedan estupefactos…  Jesús avanza hasta donde está Mannaém y le pone su mano derecha sobre el hombro izquierdo, deteniéndolo de levantarse mientras dice:

–                       ¡La paz sea contigo! La paz sea con vosotros. Quedaos donde estáis. –se inclina sobre Mannaém y le dice: ¡Quiero que seas sano!

Luego se yergue:

–                       Aquí me tenéis y pronuncio la palabra que queréis: “Quiero que quedéis  limpios de todo cuanto de impuro hay en vuestro creer” Mañana bajareis a la ciudad. Id a donde están los hermanos. Esta tarde quiero hablar sólo a los apóstoles. Hasta pronto. Dios esté siempre con vosotros. Mannaém, gracias. Has creído mejor que éstos. Gracias pues, a tu espíritu. A vosotros, gracias por vuestra piedad. Haced que se transforme en algo más alto, con una vida de Fe intrépida.

Jesús desaparece y la luz poco a poco se desvanece…

Los tres quedan felices y sin saber qué decir.

José pregunta:

–                       ¿Pero era Él?

Nicodemo responde:

–                       ¿No reconociste su voz?

–                       La voz… Puede tenerla aún un espíritu. Tú Mannaém, que estuviste tan cerca, ¿Qué te pareció?

Mannaém pega un brinco y dice emocionado:

–                       Un cuerpo verdadero. Hermosísimo. Respiraba. Sentí su aliento. Despedía calor. Y… he visto las llagas. Estaban abiertas. No manaban sangre, pero eran carne viva. ¡Oh, no dudéis más! No os vaya a castigar. ¡Hemos visto al Señor! Quiero decir: Jesús ha vuelto glorioso como su Naturaleza Divina lo exige. Y nos sigue amando… En verdad os digo que si Herodes me ofreciese el reino, le respondería: ‘Tu trono y corona son para mí, polvo y estiércol. Nada es superior a lo que poseo. ¡He visto el rostro de Dios!

Nicodemo se lleva las manos a la cabeza y en el colmo del asombro, pregunta:

–                       José, tú preguntaste si seguiría haciendo milagros… ¿Ya viste a Mannaém, cómo se levantó?…

Mannaém exclama:

–                       ¡Oh! Cuando me puso la mano en el hombro sentí un calor que me recorrió por todo el…  -y rápido se quita la ropa hasta quedar sólo con los calzoncillos de lino.

Los dos amigos miran asombrados la fuerte espalda de Mannaém que está surcada por un montón de líneas rojas, completamente cicatrizadas.

Nicodemo le acerca un espejo de plata, mientras le dice:

–                       ¡Vaya que hiciste enojar a Herodes! Mira cómo te dejó…

José cae de rodillas llorando…

Mannaém se postra adorando y diciendo:

–                       ¡Bendito seas Señor Jesús! ¡Señor mío y Dios mío! ¡Gracias!…

LUNES DE PASCUA

Esa noche en el Cenáculo…

Están los diez apóstoles. Han terminado de cenar, sobre los platos quedan los restos de pescado y dan sorbos a las copas de vino, mientras hablan. Sus palabras son breves; como si monologasen consigo mismos y mutuamente dejan que uno siga hablando sin hacerle caso.

Pero la conversación gira alrededor de Jesús.

Tadeo afirma:

–                       Longinos dijo que había pensado: ¿Debo pedirle que me cure o que crea? Su  corazón le respondió que pidiese ‘poder creer’ y eso pidió. Y la Voz de Él le dijo: “Ven a Mí”. Y experimentó la voluntad de creer y se sintió curado. Así me lo dijo.

Mateo, que está a su lado, pregunta:

–                       ¿A qué hora dijo Valeria y las romanas que lo habían visto?

Nadie responde.

Andrés:

–                       Mañana voy  a Cafarnaúm.

Silencio.

Bartolomé se felicita:

–                       ¡Qué maravilla! Coincidir exactamente en el momento en que llegó la litera de Claudia.

Juan suspira:

–                       Pedro, hicimos mal en habernos venido inmediatamente… Si nos hubiéramos quedado, lo habríamos visto como Magdalena.

Santiago de Zebedeo:

–                       No comprendo cómo pudo estar en Emmaús y en el palacio de Juana al mismo tiempo. Y cómo aquí, dónde está su Madre. Allá dónde estaba Magdalena… Y luego Valeria…

Pedro:

–                       No vendrá. No he llorado lo suficiente para merecerlo… Tiene razón. Pero, ¡Cómo! ¡Cómo pude haber hecho eso!

Zelote:

–                       ¡Qué transfigurado estaba Lázaro! Os aseguro que parecía un sol. Me imagino que le pasó lo mismo que a Moisés, después de que vio a Dios. ¿No es verdad vosotros, que os encontrabais allí?

Nadie lo escucha.

Santiago de Alfeo se vuelve a Juan y le pregunta:

–                       ¿Cómo dijo a los de Emmaús? Me parece que nos excusó, ¿No es verdad? ¿No dijo que todo había sucedido porque nosotros los israelitas comprendemos mal la naturaleza de su Reino?

Juan no responde. Y volviéndose a mirar a Felipe,  habla al aire; porque a Felipe no se dirige:

–                       A mí me basta saber que ha resucitado. Oraré porque mi amor sea cada vez más grande. Porque si pensáis bien; ha ido en proporción al amor que le tenemos. Primero a su Madre, a María Magdalena, luego los niños, a mi madre y la tuya; luego Lázaro, Martha… ¿Cuándo se apareció a Martha? Estoy seguro que cuando se puso a cantar el Salmo: “El Señor es mi pastor…” ¿Recuerdas como nos maravilló con su inesperado canto? ¡Qué bueno que ya encontró nuevamente su camino! Antes andaba como sin saber qué hacer… ¿Qué habrá querido decir con esponsalicios confirmados?

Felipe, que por un momento lo miró y luego dejó que hablara solo; da un suspiro y piensa en voz alta:

–                       No sabré qué decirle si viene… Huí… Y me parece que huiré. Antes lo hice por temor a los hombres, ahora será por temor a Él.

Bartolomé se pregunta:

–                       Dicen todos que es hermosísimo. Pero, ¿Puede ser más bello de lo que ya era?

Mateo:

–                        Yo le diré: ‘Me perdonaste sin decir palabra alguna, cuando yo era publicano. Perdóname también ahora con tu silencio; porque mi cobardía no merece que me hables.’

Zelote suspira:

–                       Yo no puedo dejar de pensar en Lázaro que al punto se le premió, después de haber ofrecido su vida… También yo lo he dicho: ‘Mi vida por tu gloria’ Pero no ha venido…

Pedro:

–                       ¿Qué estás diciendo Simón? Tú que eres culto, dime. ¿Qué debo decirle para darle a entender que lo amo y que le pido perdón? Tú Juan. Tú has hablado mucho con su Madre. Ayúdame. ¡No está bien dejar solo al pobre de Pedro!

Juan se compadece de su atribulado compañero y responde:

–                       De mi parte le diría sencillamente: ‘Te Amo’ En el amor está incluido todo el arrepentimiento y también el deseo de ser perdonado. Pero… no sé. Simón, ¿Qué dices tú?

Zelote responde:

–                       Yo pronunciaría el grito que provocaba los milagros: “¡Jesús, ten piedad de mí!” Y basta.

Pedro se angustia:

–                       En esto pienso y es lo que me hace temblar. ¡Oh! Me siento aniquilado por la vergüenza y el arrepentimiento… Aún ésta mañana tenía miedo de verlo. No me atrevo a enfrentarlo y…

Juan le da ánimos:

–                       Y fuiste el primero en entrar. No tengas miedo. Parece que no lo conocieras.

La habitación se ilumina como si un relámpago hubiese penetrado en ella.  Los apóstoles se tapan las caras temiendo un rayo. Pero al no oír el estruendo. Levantan la cabeza.

Jesús está en medio de la habitación, junto a la mesa. Abre los brazos diciendo:

–                       La paz sea con vosotros.

Nadie responde.

Todos lo miran asombrados. Quién con la palidez o con la vergüenza, con miedo y con reverencia. Se sienten atraídos y al mismo tiempo deseosos de huir.

Jesús, con una gran sonrisa, da un paso adelante. Y dice:

–                       No tengáis miedo. Soy Yo. ¿Por qué estáis acobardados? ¿No teníais deseos de verme? ¿No os había dicho que regresaría? ¿No os lo dije hasta la tarde de la Pascua?

Nadie se atreve a hablar. Pedro ha empezado a llorar. Juan sonríe. Los dos primos lo miran con los ojos brillantes y con un intento de decir algo que se queda solo en sus labios. Parecen dos estatuas representando el deseo.

Jesús dice:

–                       ¿Por qué dentro de vuestros corazones, traban lucha la duda y la Fe? ¿El amor y el temor? ¿Por qué queréis seguir siendo carne y no espíritu? Soy Jesús. Vuestro Jesús Resucitado.  –Levanta sus manos mostrando las llagas por ambos lados. Y agrega-  ¡Mirad! Tú que viste mis heridas y vosotros que no las visteis. Porque sabed que esto es muy diferente de lo que Juan vio. Tú primero. Ven, estás completamente limpio. Tanto que puedes tocarme sin temor. El amor, la obediencia, la fidelidad, te han purificado del todo. mi Sangre, con la que bañaste cuando me bajaste del patíbulo, completó todo. mira. Son mis propias manos, mis propias heridas. Contempla mis pies. ¿Ves como ésta es la señal del clavo?

Sí. Soy Yo. No soy un fantasma. Tocadme. Los espectros no tienen cuerpo. Yo tengo un cuerpo verdadero.  –Pone su mano sobre la cabeza de Juan que se le ha acercado- ¿Sientes? Tiene calor y es pesada. –Le sopla a la cara- Y esto es aliento.

Juan murmura:

–                       ¡Oh, Señor mío!

Jesús dice:

–                       Sí. Vuestro Señor. Juan no llores de miedo, ni de deseo. Ven a Mí. Soy quien siempre te ama. Sentémonos, como siempre, a la mesa. ¿Tenéis algo que comer? Dádmelo entonces.

Andrés y Mateo, caminando como sonámbulos: toman de la alacena pan y pescado asado. Y un tarro con miel apenas abierto, que está a un lado.

Jesús ofrece el alimento y come. Da a cada uno, un pedazo de lo que come. Los mira. Es Bueno; pero tan inmensamente Majestuoso, que están paralizados.

Santiago de Zebedeo es el primero que se atreve a hablar:

–                       ¿Por qué nos miras así?

Jesús contesta:

–                       Porque quiero conoceros.

–                       ¿Todavía no nos conoces?

–                       Igual que vosotros que no me conocéis. Si me conocierais, sabríais Quién Soy, cuánto os amo y encontraríais palabras para hablarme de vuestro tormento. Estáis callados, como lo estaríais enfrente de un desconocido, cuyo Poder imagináis y por eso teméis. Hace unos momentos hablabais… He venido y ahora os calláis. ¿Estoy tan cambiado que no me parezco? ¿O estáis tan cambiados que ya no me amáis?

Juan, que está cerca de Jesús, reclina su cabeza sobre su pecho, como solía hacerlo antes. Y con voz queda dice: ‘Te amo, Dios mío.’ Pero se estremece por haberse atrevido a recargar su cabeza sobre el resplandor que mana de Jesús, pese a que la carne de su Cuerpo, es semejante a la nuestra.

Jesús lo atrae sobre su corazón y entonces Juan se entrega libremente a un llanto de felicidad.

Esta es la señal para que todos se acerquen.

Pedro se desliza entre la mesa y el asiento y llorando, de rodillas le suplica:

–                       ¡Perdón! ¡Perdón! Sácame de este infierno en el que desde hace tantas horas me debato. Dime que comprendiste que mi error no fue error de mi corazón, sino de mi debilidad humana que se impuso sobre él. Dime que has visto mi arrepentimiento… Que hasta la muerte me durará…

Jesús le dice:

–                       Ven aquí, Simón de Jonás.

–                       Tengo miedo. Ven aquí. No quieras ser ahora cobarde.

–                       No merezco acercarme a Ti.

–                       Ven aquí. ¿Qué te dijo mi Madre? “Si no lo miras en este Sudario, no tendrás el valor de mirarlo otra vez.” ¡Eres un necio! ¿Con mi rostro, con mi dolorosa mirada, no te decía que te comprendía y que te perdonaba? Regalé ese lienzo para consuelo, para guía, para absolución y bendición…

¿Qué cosa os ha hecho Satanás, para cegaros en tal forma? Ahora Yo te digo: Si no me miras ahora, que sobre Mí he puesto un velo para ponerme al alcance de vuestra debilidad; jamás podrás venir a Mí, tu Señor, sin temor. ¿Y entonces qué cosa te volverá a traer? Pecaste por presunción, ¿Quieres pecar ahora por obstinación? Ven. Te lo mando.

Pedro se arrastra sobre sus rodillas, con las manos cubriendo su cara llena de lágrimas. Cuando llega a los pies de Jesús, lo detiene poniéndole una mano sobre su cabeza. Pedro, con lágrimas más abundantes, toma esa mano y se la besa mientras dice sollozando:

–                       ¡Perdón! ¡Perdón! ¡Oh, Dios mío, perdón!

Jesús quita su mano y con ella levanta la cara del apóstol. Lo mira en esos ojos enrojecidos, quemados, destrozados por el arrepentimiento. La mirada de Jesús parece querer llegar hasta el fondo de su alma.

Luego dice:

–                       Vamos. Quítame el oprobio de Judas. Bésame dónde él me besó. Quítame con tu beso, la huella de su Traición.

Pedro levanta su cabeza al mismo tiempo que Jesús se inclina y le besa en la mejilla… después se reclina sobre las rodillas de Jesús y se queda en esta posición. Como un anciano que se comporta cual niño; que sabe que ha hecho mal, pero que sabe que ha sido perdonado.

Los demás, al ver la Bondad de Jesús; encuentran fuerzas para acercarse. Los primeros son sus primos. Quisieran decir tantas cosas… Pero no logran decir ni una palabra.

Jesús los acaricia y los anima con su sonrisa. Luego se acercan Andrés y Mateo.

Mateo dice:

–                       Como en Cafarnaúm…

Y Andrés:

–                       Yo… yo… te amo.

Bartolomé entre lágrimas:

–                       No fui un docto, sino un necio. Éste sí que lo fue.  –y señala a Zelote a quién Jesús sonríe.

Santiago de Zebedeo dice a su hermano, Juan:

–                       Díselo tú…

Jesús se vuelve y dice:

–                       Hace cuatro noches que lo dices y siempre he tenido compasión de ti.

Felipe muy inclinado, es el último en acercarse; pero Jesús le obliga a levantar la cabeza  y le dice:

–                       Para predicar al Mesías, se necesita mucho valor.

Ahora todos están alrededor de Jesús. Poco a poco ganan confianza. Vuelve la tranquilidad. La Majestad de Jesús es tan grande, que les impone un sumo respeto. Pero poco a poco, ellos atraviesan el límite que les imponía y empiezan a hablar.

Su primo Santiago se lamenta:

–                       ¿Por qué nos has hecho esto, Señor? Sabías que somos nada y que todo viene de Dios. ¿Por qué no nos diste las fuerzas para estar a tu lado?

Jesús lo mira y sonríe.

Zelote:

–                       Ahora todo se ha cumplido y nada tienes que padecer. Tus sufrimientos los imaginaba y esto acabó con mis fuerzas. Sentía que me ahogaba; pero te obedecí…

Jesús lo mira y sonríe.

Andrés:

–                       Señor. sabes lo que mi corazón anhelaba. Pero después me faltó todo. como si me lo hubiesen arrebatado, los verdugos que te aprehendieron. Y solo me quedó un agujero en la mente… ¿Porqué has permitido esto, Señor?

Felipe:

–                       Tú hablas del corazón… Yo me sentí como si hubiese perdido la razón, después que me dieran un mazazo en la nuca. De pronto en la noche me encontré en Jericó. ¡Oh, Dios, Dios! Me imagino que así será posesión. ¡No supe ni como había llegado allá!

Bartolomé:

–                       Felipe tiene razón. Yo miraba hacia atrás. Estaba tan aturdido, que no sabía nada de nada. Miraba a Lázaro, cruelmente atormentado, pero muy seguro. Y me decía: ‘¿Por qué él puede estar así y yo no?’

Santiago de Zebedeo:

–                       También yo miraba a Lázaro y decía: ‘Si por lo menos mi corazón fuera así.’ Porque yo solo experimentaba dolor, dolor y más dolor. Lázaro sufría, pero tenía paz.

Jesús los mira a cada uno de los tres y sonríe. Pero no dice nada.

Tadeo:

–                       Traté de ver lo que Lázaro veía. Pero no pude. Por eso me mantenía cerca de él. ¡Su cara parecía un espejo! Un poco antes del terremoto del Viernes, la tenía como si estuviera aplastado. Y luego de pronto, cobró un aire de majestad en su dolor. ¿Recordáis cuando dijo: ‘El deber cumplido, produce Paz’? Todos pensamos que era un reproche dirigido contra nosotros. Ahora pienso que lo dijo por Ti. Lázaro fue un faro en nuestras tinieblas. ¡Cuánto le has dado, Señor!

Jesús sonríe y calla.

Andrés confirma:

–                       Sí. La vida. Tal vez con ella le diste un alma diferente. Porque pensándolo bien, ¿En qué se diferencia de nosotros? Y sin embargo no es solo un hombre. Es algo superior. Por lo que fue en el pasado, debía ser menos perfecto en su espíritu. Pero ha logrado serlo. Y nosotros… Señor… mi amor ha sido como una espiga vacía. Sólo produce paja.

Mateo:

–                       No puedo pedir nada, porque ha sido mucho lo que he obtenido con mi conversión. Pero, ¡Si! Yo hubiera querido lo que tuvo Lázaro. Un corazón entregado a Ti. También yo pienso como Andrés…

Juan:

–                       También Magdalena y Martha fueron como faros. Vosotros no las visteis. Una era piedad y silencio. ¡La otra! ¡Oh! Si estuvimos juntos como un manojo de paja, alrededor de la Virgen, es porque Magdalena lo hizo con el fuego de su amor intrépido. Sí. El amor. Nos han superado en amar… Por esto fueron lo que fueron.

Jesús continúa sonriendo y sin decir una palabra.

Los apóstoles dicen al mismo tiempo:

–                       Pero han sido grandemente recompensados…

–                       Tú dejaste que te vieran.

–                       Los visitaste primero.

–                       A los tres.

–                       A María después de tu Madre…

Es indudable que en sus palabras se trasluce el tono de un cierto reproche, por estas personas privilegiadas. Que se hace más evidente en los que hablan luego, conforme se van atreviendo a más…

Felipe:

–                       Magdalena sabe desde hace muchas horas que has resucitado. Y nosotros sólo hora podemos verte…

Tadeo:

–                       No más dudas en ellos. Pero en nosotros, ¡Cuántas!… Mira. Sólo ahora comprendemos que nada ha terminado. ¿Si todavía nos amas y no nos rechazas? ¿Por qué entonces, solo a ellos; Señor?

Pedro:

–                        Sí. ¿Por qué a las mujeres y sobre todo, a María Magdalena? Le tocaste la frente. Ella asegura que le parece llevar una guirnalda eterna. Y a nosotros tus apóstoles, nada…

La sonrisa desaparece del rostro de Jesús.

Mira seriamente a Pedro y dice:

–                        Tenía Yo Doce discípulos. Los amaba con todo mi corazón. Los había elegido. Y como una madre cuidé de que crecieran durante mi vida. No tenía secretos para ellos. Todo les decía, les explicaba, les perdonaba. Tenía discípulos. Había ricos y pobres. Tenía mujeres discípulas, de un pasado turbio y de frágil constitución. Pero mis predilectos eran los apóstoles.

Llegó mi Hora. Uno me Traicionó y me entregó a los verdugos. Tres se echaron a dormir, mientras Yo sudaba sangre. Todos, menos dos; huyeron cual cobardes. Uno me negó por temor, no obstante el ejemplo del otro, joven y fiel. Y como si no fuera suficiente, entre los Doce he tenido un suicida desesperado y otro que ha dudado de tal forma de mi Perdón; que no quiso creer en la Misericordia de Dios, pese a las palabras de mi Madre. Si tuviera que ver a mis seguidores con ojos humanos, tendría que asegurar: ‘Fuera de Juan, fiel en el amor y de Simón, fiel en la obediencia, ya no tengo apóstoles.’ Esto debería haber dicho cuando padecía en el recinto del Templo, en el Pretorio, por las calles, en la Cruz.

Había mujeres. Una, la más pecadora en el pasado; fue la llama que soldó las fibras deshechas de los corazones. Esa mujer es María de Mágdala. Tú me negaste y huiste. Ella desafió la muerte para estar cerca de Mí. Al sentirse insultada se levantó el velo, para recibir los escupitajos  y burlas, pensando que así se asemejaba más a su Rey Crucificado. En el fondo de los corazones era objeto de burla porque creía en mi resurrección y pese a ello siguió creyendo. Destrozada ha vuelto a reaccionar. Y por la mañana pese a su Dolor dijo: ‘De todo me despojo, pero dadme a mi Maestro.’ Puedes repetir tu pregunta: ¿Por qué a ella?

Tuve discípulos pobres, que eran los pastores. Pocas veces tuve la oportunidad de estar cerca de ellos y sin embargo no dudaron en proclamar su fidelidad.

Tuve discípulas tímidas, como lo son todas las mujeres hebreas. Y con todo, no vacilaron en abandonar sus casas y avanzar en medio de la marea del odio de un pueblo que me blasfemaba; con tal de darme esa ayuda que mis apóstoles me negaron… Tenía el rostro cubierto de escupitajos y de sangre. Lágrimas y sudor corrían por mis heridas. Suciedad y polvo lo cubrían. ¿Cuál fue la mano que lo limpió? Ninguna de las vuestras. Éste estaba junto a mi madre. Éste juntaba a las ovejas dispersas. ¿Cómo podían ayudarme? Tú escondiste tu cara por miedo al desprecio del mundo; mientras tu Maestro se cubría con él. A esa delicada mano de mujer, le di el regalo de mi sonrisa.

Tuve paganas que admiraban al ‘filósofo.’ Porque eso era para ellas. Y cuando todo un mundo de ingratos me había abandonado… ellas; las poderosas romanas; no tuvieron empacho en aceptar las costumbres hebreas, para decirme: ‘Somos tus amigas’

Me moría de sed. La fiebre y el dolor se habían apoderado de Mí. Ya había manado Sangre de Mí, en el Getsemaní por el Dolor de ser Traicionado, abandonado, negado, azotado, sumergido por las culpas infinitas y por el Rigor de Dios. También corría sangre en el Pretorio… ¿Quién quiso dar una gota de agua a mi garganta que ardía de sed? ¿Una mano de Israel? No. Un pagano compasivo. La misma mano que por decreto eterno, me abrió el pecho para mostrar que el corazón tenía ya una herida mortal. Y era que la falta de amor, la cobardía, la Traición; ya habían abierto. Fue un pagano. Os lo recuerdo: “Tuve sed y me dio de beber” En todo Israel no hubo Uno, que me hubiese dado un solo consuelo. O porque no podían, como mi Madre, las mujeres fieles y los pastores. O por mala voluntad. Y un pagano tuvo para el Desconocido, un gesto de compasión que mi pueblo no me dio. En el Cielo encontrará el sorbo de agua que me dio… En verdad os digo que si rechacé todo consuelo, porque cuando se es víctima no conviene templar la suerte. No quise rechazar lo que me ofrecía el pagano; porque en ello probé la miel de todo el amor que los gentiles me brindarán, en recompensa de toda la amargura que me hizo beber Israel. No me quitó la sed. Pero sí el desconsuelo. Acepté ese sorbo, para atraer hacia Mí, al que ya se inclinaba hacia el Bien. ¡Que el Padre lo bendiga por su compasión!

¿No habláis más? ¿Ya no me preguntáis porqué he procedido como lo hice? No os atrevéis ¿Verdad? Os lo diré. Os diré los porqués de esta Hora.

¿Quiénes sois? Mis continuadores. Los sois pese a vuestro extravío. ¿Qué debéis hacer? Convertir al Mundo al Mesías. ¡Convertirlo!

Es la cosa más delicada y difícil, amigos míos. Los desprecios, las burlas, el orgullo, el celo exagerado, son cosas que se opondrán al éxito. Pero como nada, ni nadie os hubiese convencido para que usaseis bondad, condescendencia y caridad;  para con los que están en las Tinieblas. Fue necesario, ¿Comprendéis?… Que después de que se hubiera aplastado vuestro orgullo de hebreos, de varones, de apóstoles. Para comprender la verdadera sabiduría y la grandeza de vuestro ministerio. La mansedumbre, la paciencia, compasión y el amor sin límites.

Veis que aquellos que mirabais con desprecio o con orgullosa compasión, os han superado en la Fe y en el Obrar. Todos. La pecadora de otros tiempos. Lázaro, aficionado a la cultura profana, fue el primero que perdonó y guió. Las mujeres paganas. La débil mujer de Cusa. ¿Débil? En verdad que a todos os supera. Es la primera mártir de mi Fe. Los soldados de Roma. Los pastores. El herodiano Mannaém y hasta Gamaliel el rabino. No te estremezcas Juan. ¿Crees que mi espíritu estaba en las Tinieblas?

Y esto os ha sucedido, para que el día de mañana al recordar vuestro error, no cerréis vuestro corazón a quien se acerca a la Cruz. Y sin embargo Yo sé que no lo haréis hasta que la Fuerza del Señor, no os haya revestido con su Fuego.

Pedro. En lugar de estar llorando, tú que debes ser la Piedra de mi Iglesia, grábate ésta verdad en el corazón. La mirra se emplea para preservar de la corrupción, llénate de su amargura. Y cuando quieras cerrar tu corazón y la Iglesia a uno de otra fe; recuerda que no fue Israel, No Israel, sino Roma; quién me defendió y tuvo piedad. Acuérdate que no fuiste tú, sino una pecadora, la que tuvo la osadía de estar a los pies de la Cruz y por eso mereció ser la primera en verme. Y para que no te hagas digno de una reprensión, Imita a tu Dios. Abre tu corazón y la Iglesia diciendo: “Yo el pobre Pedro, no puedo despreciar; porque si lo hiciere; Dios me despreciará y mi error tornará cual es, ante sus ojos” ¡Ay de ti si no te hubiera reducido a este estado! Serías un Lobo y no un Pastor.

Jesús, revestido con toda su imponente majestad se pone de pie…

Hijos míos, os hablaré más veces, mientras esté con vosotros. Entre tanto os absuelvo y os perdono. Después de la Prueba que si  fue cruel y avasalladora. También fue necesaria y saludable. Descienda sobre vosotros la paz del Perdón. Y con ella en el corazón volved a ser mis amigos fieles y fuertes. Mi Padre me envió al Mundo. Yo os mando a él, para que continuéis mi Evangelización. Miserias de toda clase vendrán a vosotros en demanda de consuelo. Sed buenos, pensando en la miseria vuestra, cuando os quedasteis sin Mí. Llevad con vosotros la Luz. En las Tinieblas no se puede ver. Sed limpios, para que otros lo sean. Sed amor para amar. Luego vendrá El que es Luz, Purificación, Amor. Para prepararos a este Ministerio os comunico el Espíritu Santo. A quienes les perdonareis sus pecados, les serán perdonados. A quienes no, no se les perdonarán. Vuestra experiencia os haga  justos para juzgar. El Espíritu Santo os haga santos para santificar. Vuestra voluntad sincera de reparar vuestra falta, os haga heroicos para la vida que os aguarda. Lo que todavía no os digo, os lo diré cuando el que está ausente, haya venido. Rogad por él. Quedaos con mi paz y sin angustia alguna de que no os ame.

Jesús desaparece igual que como entró; dejando entre Pedro y Juan, el lugar vacío. Desaparece en medio de un resplandor que hace que los apóstoles cierren sus ojos. Cuando los abren; encuentran que solo la Paz de Jesús ha quedado como una flama que quema y que sana. Que consume las amarguras del pasado en un solo deseo: el  de servir.

PRIMER MISTERIO DE GLORIA II


SEGUNDA PARTE: EL TEMPLO PROFANADO y…

LA RESURRECCIÓN DE JESÚS

Al día siguiente… el Sábado de gloria.

Amanece nublado y amenazando aguacero.

Muy entrada la mañana, Juan regresa y entra a la habitación de la Virgen… La saluda y le dice:

–                       Madre, no pude encontrar a Pedro. Sólo a… Judas de Keriot.

María pregunta:

–                       ¿Dónde está?

Juan la mira espantado y dice:

–                       ¡Oh, Madre! ¡Qué horror! Estaba yo en el camino del Monte de los Olivos y vi que sobre una saliente volaban en círculos los buitres, en medio de riñas. No sé por qué fui allí…  Y vi… ¡Que espanto! Está colgado de un olivo, hinchado y negro como si hubiera muerto hace más de una semana. Huele muy feo. Está horrible…

–                       ¡Qué horror! Dices bien… Más allá de la Bondad, ha estado la Justicia. En realidad la Bondad está ausente ahora… Pero Pedro… ¡Tenemos que encontrar a Pedro y a todos los demás!…

–                       Iré a buscarlos, Madre. No te preocupes.

Por la tarde de ese sábado, los sacerdotes del Templo hablan de un suceso impactante que ha impedido la Ofrenda del Incienso.

Annás y Caifás han sido notificados de que en sus casas, están esparcidas las entrañas de un cuerpo humano en descomposición.

Nadie se explica quién pudo cometer tan abominable sacrilegio. Pero las malas noticias no acaban ahí.

Un joven levita entra aterrorizado y dice que vayan al Lugar Santísimo a ver lo que está sucediendo. Que los ha mandado llamar Eleazar ben Annás.

Ellos corren y cuando llegan…

Annás dice a Caifás:

–                       No hace ni veinticuatro horas que el Velo se rasgó y el quicio del Altar se abrió, dejando al descubierto al Santo de los Santos, ¿Qué sucede ahora que pueda ser peor que eso?

Caifás contesta:

–                       ¡Es una locura! Desde la muerte de ‘Ese’ no acaban nuestras desgracias.

Lo ‘peor’ lo muestra Eleazar al verlos llegar jadeantes por la carrera. Y les pregunta horrorizado:

–                       ¡Ved! ¿Quién pudo haber hecho esto?…

El Sumo Pontífice se asoma al lugar donde sólo el sacerdote de turno puede entrar y queda paralizado por el espeluznante espectáculo.

Annás lo mira asustado y se asoma también.

La respuesta lo deja igual de pasmado…

cadaver

El cadáver putrefacto, lleno de gusanos, negro e irreconocible, está sobre el Altar. Junto al lugar donde se adora al Santo de los santos… ¿Pero quién …? ¿Por qué? ¿O?…

¿Qué es lo que está pasando?…

Caifás mira los vestidos. El color amarillo es inconfundible… Y la faja roja enredada en su cuello… Reflexiona y…

Se queda boquiabierto y se toca la herida en los labios, mientras murmura asombrado:

–                       ¡No puede ser! ¡Es Judas de Keriot!

Annás:

–                       ¿Quién pudo haberlo traído? ¡Esto es imposible!…

El Sumo Pontífice:

–                       ¡El Templo ha sido Profanado!…

Y se llevan las manos a la cabeza, sin poderlo creer… Y tampoco saben qué hacer, pues nadie se quiere contaminar…

Al día siguiente…

La Resurrección (Escrito el 1° de abril de 1945)

En el huerto todo es silencio y brillar de rocío.

El firmamento azul-negro lleno de titilantes estrellas, poco a poco va tomando un color zafiro más claro. El alba va empujando de oriente a occidente las zonas más oscuras, como la ola durante la marea alta que avanza cubriendo la playa oscura, sustituyendo el gris negro de la arena mojada y el de los arrecifes, con el azul marino del agua antes de que la luz del sol los cambie en otro color.

Las estrellas parpadean cada vez más débiles, bajo la luz blanco-verdosa del alba. Poco a poco, el cielo va perdiendo sus miríadas de estrellas, al mismo tiempo que va surgiendo la aurora, con sus fulgores purpúreos. Los pajarillos aún duermen entre el ramaje de un altísimo ciprés y en el seto de laureles que los defiende del viento.

Los guardias fastidiados, temblando de frío; aletargados por el sueño, guardan el sepulcro en diversas actitudes…

La puerta del sepulcro, ha sido reforzada con una gruesa capa de cal, como si fuese un contrafuerte. Sobre el color blanco opaco golpean las largas ramas del rosal y también sobre el sello del templo.

Solo quedan los rescoldos de una fogata; los huesitos pulidos con los que jugaron al dominó, sobre un tablero marcado en la vereda y las sobras de la cena consumida. Se han acomodado, unos para velar y otros para dormir.

El cielo tiene los tintes del alba antes del amanecer… Y de repente se asoma un meteoro brillantísimo, que desciende cual bola de fuego de un resplandor incomparable,  seguido de una brillante estela. Desciende velocísimo hacia la tierra, derramando una luz tan intensa, que pese a su belleza infunde temor.

La rosada luz de la aurora desaparece al contacto de esta blanquísima incandescencia.

Los guardias levantan espantados sus cabezas, porque junto con la luz llega un retumbo armónico y majestuoso que llena todo lo creado… Lo escuchan y por ser desconocido, no  lo pueden comprender…

Viene de las profundidades paradisíacas. Es el Aleluya, la gloria angelical que sigue al Espíritu de Jesús, que vuelve a su cuerpo glorioso.

El meteoro da contra la inútil cerradura del sepulcro; lo destruye, lo echa por tierra, esparce terror y fragor sobre los guardias, que habían sido puestos de carceleros del Dueño del Universo y al pegar contra la tierra provoca un nuevo terremoto como había sucedido cuando el Espíritu del Señor salió de la tierra…

Entra en la oscuridad del sepulcro que se ilumina con esa luz indescriptible y mientras permanece suspendida en el aire inmóvil, el Espíritu vuelve a entrar en el cuerpo sin vida bajo las fúnebres vendas.

Todo esto no sucedió en un minuto, sino en fracción de minuto. El aparecer, descender, penetrar y desaparecer de la luz de Dios ha sido velocísimo…  El «Quiero» del divino Espíritu a su frío cuerpo no recibe contestación. El «Quiero» lo dice la Esencia a la materia muerta. Sin embargo no se oye ni una palabra.

La carne recibe la orden y obedece con un profundo respiro…
No pasa más de un minuto y…

Bajo el Sudario y la Sábana; la carne muerta, se vuelve gloriosa y se transforma en una eterna belleza.

Despierta del sueño de la muerte, vuelve de la «nada» en que estaba. El corazón se despierta… Da el primer latido… Empuja en las venas la helada sangre que quedó e inmediatamente crea lo que necesitan las arterias vacías… Lo que necesitan los pulmones inmóviles, el cerebro…  Lleva calor, salud, fuerzas, pensamiento…  Un instante más…

Y un movimiento repentino se sucede bajo la Sábana.

Tan repentino que del instante en que El ciertamente mueve las manos cruzadas,  al momento en que aparece de pie: imponente, brillantísimo con su vestido de inmaterial materia, sobrenaturalmente hermoso y majestuoso; con esa solemnidad que lo cambia y lo eleva, siendo siempre el mismo; apenas si el ojo humano tiene tiempo de captar los cambios.

Y ahora nuestro espíritu puede admirarlo…

Han desaparecido todas las huellas de su atroz tormento. Está limpio, sin heridas, ni sangre. Despide luz de sus cinco llagas y la misma Luz brota también de cada poro de su piel.

Cuando da el primer paso — y al moverse los rayos que brotan de manos y pies le forman como aureola de luz, desde la cabeza nimbada de una corona que le hicieron las heridas de las que no brota sangre sino resplandor, hasta la orla del vestido.-  Cuando al abrir sus brazos que tiene cruzados sobre el pecho, descubre una luminosidad vivísima que se trasluce por el vestido encendiéndole a la altura del corazón — entonces realmente es la «Luz» que ha tomado cuerpo.

No se trata de la pobre luz terrena, ni de la de los astros, ni de la del sol; sino de la de Dios. Todo el brillo paradisíaco se junta en un solo Ser y le da su azul inimaginable por pupilas, su fuego de oro por cabellos, su candidez angelical por vestiduras y colorido y lo que no puede describir la palabra humana: el inmenso ardor de la Santísima Trinidad…  Que anula con su potencia abrasadora cualquier fuego del paraíso, absorbiéndolo en Sí,  para engendrarlo de nuevo en cada instante del tiempo eterno.

Corazón del cielo que atrae y difunde su sangre, las incontables gotas de su sangre incorpórea: los bienaventurados, los ángeles, todo cuanto es el paraíso: el amor de Dios, el amor a Él. Lo que forma al Jesús resucitado todo es luz.

Cuando se dirige hacia la salida… Su magnífico resplandor, permite ver dos luminosidades hermosísimas, cual estrellas con respecto al sol. Están a cada lado del umbral, postradas en adoración ante su Dios que pasa envuelto en su luz; derramando dicha en su sonrisa.

Sale. Deja su fúnebre gruta. Vuelve a pisar la tierra que se despierta de alegría y se adorna con el brillo del rocío, con los colores de las hierbas, de los rosales, con las corolas de los manzanos que se abren milagrosamente al primer beso que les da el sol. La tierra saluda adorando al Sol eterno que por ella pasa.

Los guardias están allí, semi-desmayados…

Los ojos mortales no ven a Dios, pero sí los puros del universo… Ven y admiran las flores, las hierbas, los pajaritos…  Al Poderoso que pasa en un nimbo de Luz que es suya, en un nimbo de luz solar. Su sonrisa, su mirada que se posa sobre las flores, sobre las ramas de los árboles; que se levanta al cielo…  Todo lo reviste de su Belleza.

Más suaves y transparentes que el del más bello rosal,  son los pétalos que forman una corona sobre la cabeza del vencedor.

El rocío le brinda sus diamantes. El cielo en sus ojos resplandecientes se refleja. El sol alegre pinta con sus colores una nubecilla de una ligera brisa, para que venga a besar a su Rey; trayéndole los perfumes de los jardines que extrajo y las caricias de los delicados pétalos.

Jesús levanta su mano y Bendice.

Los pajarillos se desgranan en trinos. El viento en perfumes. Jesús desaparece… dejando a su paso un rastro de incomparable dicha…

Jesús se aparece a su Madre
(Escrito el 21 de febrero de 1944)

La Virgen está postrada con el rostro en tierra. Parece un ser abatido, como la flor muerta de sed de que ha hablado.

La cerrada ventana se abre bruscamente…  Y con el primer rayo del sol entra Jesús.

María, que se estremeció al ruido y levanta su cabeza para ver qué clase de viento hubiera abierto las hojas de la ventana, mira a su radiante Hijo: hermoso, infinitamente más hermoso de lo que era antes de su pasión, sonriente, vivo. Luminoso más que el sol, con un vestido blanco que parece tejido con luz  y se acerca a Ella.

María se endereza sobre sus rodillas y juntando sus manos sobre el pecho en cruz, habla con un sollozo que es risa y llanto: «Señor, Dios mío.»

Y se queda extasiada al contemplarlo. Las lágrimas que bañaban su rostro se detienen. Su rostro se hace sereno, tranquilo con la sonrisa y el éxtasis.

Jesús no quiere ver a su Madre de rodillas como a una esclava…

Tendiéndole las manos de cuyas llagas salen rayos que hacen más luminoso su cuerpo, le dice:

–                        ¡Madre!

No es la palabra desconsolada de las conversaciones y de los adioses anteriores a la pasión, ni el lamento desgarrador de su encuentro en el Calvario y en su último suspiro…

Es un grito de triunfo, de alegría, de victoria, de fiesta, de amor, de gratitud.

Se inclina sobre su Madre que no se atreve a tocarlo…  Le pasa las manos por los codos doblados, la pone de pie, la estrecha contra su corazón y la besa.

¡Oh!, entonces María comprende que no es una visión…

Que es realmente su Hijo resucitado…  Que es su Jesús, su Hijo quien la sigue amando como a tal. Y con un grito se le echa al cuello, lo abraza, lo besa, entre lágrimas y sonrisas. Lo besa en la frente donde no hay más heridas; en la cabeza que no está despeinada, ni ensangrentada; en los brillantes ojos, en las mejillas sanas, en la boca que está hinchada. Luego le toma las manos, besa el dorso y la palma. Se arrodilla, besa sus pies al levantar la resplandeciente vestidura. Luego se pone de pie. Lo mira, pero no se atreve a hacer más…

Entonces Él sonríe y comprende. Entreabre su vestido, muestra el pecho y pregunta:

–                       ¿Madre, no besas ésta, que tanto te hizo sufrir y que eres la única digna de besar? Bésame en el corazón, Madre. Tu beso me borrará el último recuerdo de todo lo que fue dolor y me dará la alegría que falta aún a mi júbilo de resucitado.

Toma entre sus manos el rostro de la Virgen, le apoya sus los labios en la herida del costado de que manan ríos de vivísima luz.

El rostro de María se nimba con esa luz, pues está envuelto en sus rayos. Besa una y otra vez la herida, mientras Jesús la acaricia. No se cansa de besar. Parece un sediento que bebe de un manantial y que bebe las linfas la vida misma, que iba perdiendo.
Jesús habla:

– “Ha terminado todo, Madre. Ahora no tienes más por qué llorar a tu Hijo. La prueba ha acabado. La redención se ha realizado. Madre, gracias por haberme concebido, alimentado, ayudado en la vida y en la muerte.

Tus plegarias llegaron hasta Mí. Fueron mi fuerza en el dolor, mis compañeros en mi viaje por la tierra y más allá. Conmigo fueron a la cruz y al limbo. Fueron el incienso que precedían al Pontífice que fue a llamar a sus siervos para llevarlos al templo que no muere: a mí Cielo. Fueron conmigo al paraíso, adelantándose cual voz angelical al cortejo de los redimidos a cuya cabeza iba para que los ángeles estuviesen prontos a saludarme corno al Vencedor, que regresaba a su reino.

El Padre y el Espíritu vieron, oyeron tus plegarias, que tuvieron la sonrisa de la flor más bella; que fueron más melodiosas que el más dulce cántico que en el paraíso hubiera brotado. Los patriarcas los nuevos santos, los primeros ciudadanos de mi Jerusalén las oyeron y te traigo ahora su agradecimiento. Madre, al mismo tiempo que el beso y bendición de nuestros parientes, te traigo los de tu esposo de alma; José…

Todo el cielo canta sus hosannas a ti, Madre mía, ¡Madre santa! Un hosanna que no muere, que no es falaz como el que hace pocos días me brindaron…

Ahora me voy al Padre con mi vestido humano. El Paraíso debe ver al Vencedor en su vestido de Hombre con el que vencí el pecado del hombre. Pero luego volveré otra vez. Debo confirmar en la fe a quien aún no cree y que tiene necesidad de creer para llevar a otros; debo fortificar a los pusilánimes que tendrán necesidad de mucha fortaleza para resistir el ataque del mundo.

Luego subiré al cielo. Pero no te dejaré sola. Madre, ¿Ves ese velo? En mi aniquilamiento, quise mostrarte una vez mi poder con un milagro, para que te consolase.

Ahora realizo otro. Me tendrás en el Sacramento, real como cuando me llevabas en tu seno. No estarás jamás sola. En estos días lo has estado.

Este dolor tuyo era necesario a mi redención. Mucho se le irá añadiendo porque seguirá aumentando el pecado. Llamaré a todos mis siervos para que coparticipen de esta redención. Tú eres la que sola harás más que todos los santos juntos. Por esto era necesario también este abandono. Ahora no más.

No estoy más separado del Padre. Tú no lo estarás más de tu Hijo. Y al tener al Hijo, tienes a nuestra Trinidad. Cielo viviente, llevarás sobre la tierra a la Trinidad entre los hombres y santificarás la Iglesia.

Tú, Reina del sacerdocio y Madre de los que creerán en Mí. Luego vendré a llevarte… No estaré ya más en ti, sino tú en Mí; en mi reino, para que hagas más bello mi Paraíso.

Ahora me voy, Madre. Voy a hacer feliz, a la otra María. Luego subiré a donde mi Padre y de ahí vendré a ver a quien no cree.

Madre, dame tu beso por bendición. Mi paz te acompañe. Hasta pronto.”
Jesús desaparece en el sol que baja a torrentes del cielo matinal y tranquilo.

Dice Jesús:

La vida comienza cuando parece que termina,. La Muerte, es sólo la dolorosa transición hacia la Verdadera Vida. El hombre fue creado para el Cielo. Destinado desde un principio a ser Templo Vivo de Dios; su paso por la tierra, es solo la preparación de ese magnífico destino.

            El Infierno fue creado para castigo de Satanás y sus ángeles rebeldes a Dios. Ahora lo comparten los hombres que rechazan mi Salvación y mi Doctrina; por más que se nieguen a creer que existe.

En la noche del Viernes Santo, después de una muerte cuyos tormentos sólo pueden compararse a los del Infierno; bajé a él para atraer del Limbo a los que aguardaban el momento de mi Triunfo, que les abriría las puertas del Cielo, para llevarlos Conmigo.

¡Cuánto dolor sentí al entrar en aquel lugar tan atroz! ¡Qué espantoso es el Fuego del Rigor de Dios! ¡Qué terrible es perder el Amor, para vivir y respirar Odio; que es lo único que palpita en aquel Reino Maldito!

SOY VUESTRO SEGUNDO CREADOR. El pecado mató la Gracia en el hombre y su alma profanada por Satanás, quedó convertida en un cadáver. Os amé hasta el extremo de querer conocer la vida y la muerte de la Tierra, para hacerme Alimento de vuestra debilidad y Sacramento, para permanecer entre vosotros. Me despojé de la Vida para daros la Vida. Me despojé de mi vestidura de Dios y me cubrí con la vuestra de Hombre. Y aun ésta la perdí, por vosotros; despué de probar todos sus horrores:

Dolores, hambres, traiciones, torturas, fatigas, agonía y muerte.

¡Oh Redención del Hombre, cuánto me costasteis! Reparación y Obsequio ofrecido a mi Padre Santísimo. Como Consagrante, Constructor y Víctima, tengo derecho a ser Sacerdote Supremo.

Esto es lo que constituye mi Gloria: haber restituido a Dios los Templos Vivos de vuestras almas de nuevo consagradas. Y de esta Gloria me revistió el Padre; otorgándome el Poder de ser Juez de todas las creaturas que hice mías, al Precio de un Sacrificio sin Límites.

El aguijón de mi Cuerpo Destrozado, redoblaba las plegarias ardientes de mi Madre y para consolar su corazón agonizante, anticipé el Milagro de mi Resurrección.

Al alba del tercer día, mi Espíritu bajó como un rayo poderoso: destruí los sellos de los hombres, tan inútiles ante el Poder de Dios. Derribé la piedra y aterroricé a los guardias puestos para vigilar al que Es Vida, a quién ninguna fuerza humana puede impedir que lo sea. Con su Fuego Divino, calentó los fríos restos de mi cadáver y el Nuevo Adán, se dijo a Sí Mismo: Vive. Lo quiero.

Y mi cadáver sintió que la Vida volvía a Él. Como un hombre que se despierta después de un profundo sueño, doy un gran respiro. Ni siquiera abro los ojos. Lentamente la sangre vuelve a llenar las venas vacías, vuelve a latir el corazón, da calor a los miembros. Las heridas se cierran, los moretones desaparecen. ¡Cuán herido estaba Yo! Pero la Fuerza entra en actividad. Estoy sanado.  Me he despertado. He vuelto a la Vida. Estuve muerto. AHORA VIVO. Ahora me levanto. Me quito las sábanas en las que estuve envuelto. Me libro de los ungüentos. Aparezco tal cual Soy: la Belleza Eterna. La Perfección Absoluta. Me pongo un vestido que no es de esta tierra; me lo tejió mi Padre, que es el que teje la delicadeza de os lirios. Estoy revestido de resplandor. Mis Llagas son mis adornos. No manan sangre, sino Luz. Esa Luz que será la alegría de mi Madre, de los bienaventurados y terror de los Malditos, de los demonios en la Tierra y en el Último Día.

El Ángel de mi vida terrestre y el Ángel que me acompañó en mi Dolor, están postrados ante Mí y adoran mi Gloria. Mis dos ángeles. Uno para sentirse Bienaventurado a la vista del Hombre a quién guardó, que no tiene ya más necesidad de protección angelical. El otro que vio mis Lágrimas para ver mi Sonrisa; que vio mi Lucha, para ver mi Victoria; que vio mi Dolor, para ver mi Alegría. Salgo al huerto lleno de flores. Los manzanos abren sus corolas para formar un arco sobre mi Cabeza de Rey. Las hierbas se doblan para servir de alfombra a mis pies que vuelven a pisar la Tierra Redimida. Me saludan los primeros rayos del sol; el aire abrileño; las nubecillas que pasan y los pájaros. Soy su Dios. ME ADORAN.

Paso entre los guardias semidormidos, símbolo de las almas en pecado mortal, que no sienten cuando pasa su Dios.

Es Pascua ¡El Paso del Ángel de Dios! Su paso de la Muerte a la Vida. Su paso para dar Vida a los que creen en su Nombre. Es la Paz que pasa por el mundo. Voy a ver a mi Madre.  Con mi vestido de Hombre Glorificado, con su resplandor sin igual y de diamantes. Ella me puede tocar porque es la Pura, la Hermosa, la Amada, la Bendita, la Santa de Dios. El Nuevo Adán va donde la Nueva Eva. El Mal entró en el mundo por la mujer y por la Mujer fue vencido. El Fruto de la Mujer ha desintoxicado a los hombres del veneno de Lucifer. Ahora SI QUIEREN, PUEDEN SALVARSE. Ha salvado a la mujer que quedó tan frágil, después de la herida mortal.

Después me presento a la MUJER REDIMIDA, a la representante de todas las mujeres a quienes he librado de la mordida de la Lujuria, para decirles que se acerquen a Mí para curarlas; que tengan fe en Mí; que crean en mi Misericordia que comprende y perdona. Que para vencer a Satanás, el Instigador de sus cuerpos, miren el mío adornado con sus Cinco Llagas.

No permito que me toque; todavía le falta mucho para purificarse con la penitencia. Pero su amor merece un premio. Supo resucitar por su voluntad del sepulcro de su vicio; deshacerse de Satanás que la tenía aferrada; desafiar al mundo por amor a su Salvador. Supo despojarse de todo lo que no fue amor; para no ser más que amor que arde por su Dios.

Y Dios la llama: ¡María!

Oye y responde: ¡Raboní!

Y en ese grito se oye su corazón. Le doy el encargo por haberlo merecido, de ser la Mensajera de mi Resurrección. Se le tacha de haber visto fantasmas; pero no le importa a María de Magdala, María de Jesús, el juicio de los hombres. Me ha visto Resucitado y esto le produce una alegría tal, que le impide cualquier otro sentimiento. AMO A LA QUE FUE CULPABLE, PERO QUISO SALIR DE SU CULPA.

Magdalena la resucitada a la Gracia, es la primera en verme.

 

29.- EL CAZADOR, CAZADO


Marco Aurelio, después de unas horas, se sintió más penosamente mal.

Y estuvo muy enfermo en realidad. La noche llegó y con ella una violenta fiebre. Cuando ésta cedió, no podía dormir y seguía con la mirada a Alexandra a dondequiera que iba. Por momentos caía en una especie de sopor, durante el cual oía lo que sucedía a su alrededor, pero luego se sumergía en febriles delirios.

Y así transcurrieron varios días…

Cuando recuperó la conciencia, despertó y miró alrededor de él. Una lámpara brilla dando su claridad. Todos están calentándose al fuego, pues hace frío y se ve como de sus bocas sale el aliento en forma de vapor. Pedro está sentado, con Alexandra en un escabel a sus pies. Luego Mauro, Lautaro, Isabel y David, un joven de rostro agraciado y cabellos negros y ensortijados… Todos están atentos, escuchando al apóstol que habla en voz baja…

Y también Marco Aurelio concentró su atención tratando de escuchar lo que dice. Entiende que está hablando de la Muerte y Resurrección de Cristo y de las enseñanzas que Jesús les dio  durante cuarenta días, antes de ascender al Cielo.

Marco Aurelio pensó:

–           Sólo viven invocando ese Nombre.

Y cerró los ojos invadido por la fiebre.

Cuando los volvió a abrir, vio la brillantez de la luz de la chimenea, pero ahora no hay nadie. Trozos de leña se consumen y las astillas de pino que acaban de poner, iluminan suavemente a Alexandra sentada cerca de su lecho.

Y al mirarla se conmovió, ella está velando su sueño. Es fácil adivinar su cansancio. Está inmóvil y tiene cerrados los ojos. Él se pregunta si está dormida o solamente absorta en sus pensamientos. Contempló su delicado perfil; sus largas pestañas caídas lánguidamente; sus manos sobre sus rodillas. Y vio que sobre su belleza exterior que es tan extraordinaria, hay otra belleza que irradia desde adentro de su ser y la hace sobrenaturalmente hermosísima

Y aunque le repugna llamarla cristiana, tiene que aceptarla con la religión que ella confiesa. Aún más, comprende que si todos se han retirado a descansar  y solo ella permanece en vela; ella, a quién él ha ofendido tanto, es sólo porque su religión así lo prescribe. Pero ese pensamiento que causa admiración al relacionarlo con la religión de Alexandra, le fue también muy desagradable…

Hubiera preferido que la joven obrara así, tan solo por amor a él.

Alexandra abrió los ojos y vio que él la miraba. Se acercó y le dijo con dulzura:

–           Estoy contigo.

Marco Aurelio murmuró débilmente:

–           Y yo he visto lo que en verdad eres en mis sueños. Gracias. –y volvió a dormirse.

A la mañana siguiente despertó. Débil, pero con la cabeza fresca y sin fiebre.

Bernabé hurgaba en la chimenea apartando la ceniza de los carbones encendidos. Marco Aurelio recordó como este hombre había destrozado a Atlante. Y examinó con atención su enorme  espalda y sus poderosos brazos. Sus piernas sólidas y fuertes como columnas. Y pensó: “¡Gracias a los dioses que no me ha roto el cuello! ¡Por Marte! ¡Si los demás partos son como éste, las legiones romanas no cruzarán sus fronteras!

 Luego dijo en voz alta:

– ¡Hola esclavo!

Bernabé sacó la cabeza de la chimenea y sonriendo con expresión amistosa, le dijo con cordialidad:

–           Que Dios te de buenos días y mejor salud. Pero yo soy un hombre libre y no un esclavo.

Esto le hizo una impresión favorable, pues su orgulloso temperamento le impedía el alternar con un esclavo. Éstos sólo son objetos sin índole humana. Esta respuesta le facilita interrogar a Bernabé acerca del lugar en donde Alexandra había nacido.

–           Entonces ¿Tú no perteneces a Publio?

Bernabé respondió con sencillez:

–           No. Sirvo a Alexandra como serví a su madre. Por mi propia voluntad.

Y se puso a agregar trozos de leña al fuego de la chimenea. Cuando terminó, se irguió y declaró:

–           Entre nosotros no hay esclavos.

–           ¿Dónde está Alexandra?

–           Salió. Y yo voy a hacerte de comer. Ella te estuvo velando toda la noche.

–           ¿Y por qué no la relevaste tú?

–           Porque ella quiso velar a tu lado y mi deber es obedecerla. – Pasó por sus ojos una expresión sombría.-  Si la hubiera desobedecido, tú no estarías vivo ahora.

–           ¿Entonces lamentas el no haberme dado muerte?

–           No. Cristo nos manda no matar.

–           Pero… ¿Y Secundino y Atlante?

–           No pude evitarlo. –murmuró Bernabé.

Y miró con tristeza sus manos. Luego puso una olla sobre la rejilla y se quedó contemplando el fuego, con mirada pensativa. Finalmente declaró:

–           La culpa fue tuya. ¿Por qué levantaste tu mano contra la hija de un rey?

Una oleada de orgullo irritado ruborizó las mejillas de Marco Aurelio, ante el reproche del parto…

Más como se sentía débil, se contuvo. Especialmente porque predomina el deseo de saber más detalles sobre Alexandra. Más aún con la confirmación de su linaje real, pues como la hija de un rey ella puede ocupar en la corte del César una posición igual a las de las mejores y más nobles patricias romanas.

Cuando se calmó, pidió al parto que le contase como era su país.

Bernabé contestó:

–           Vivimos en los bosques, pero poseemos tal extensión de territorio, que no se pueden saber los límites, pues más allá se extiende el desierto…-y siguió describiendo sus ciudades, la familia de Alexandra…

Sus gentes, sus costumbres y como se defendían de los que trataban de invadirlos.

Concluyó diciendo- Nosotros no les tememos a ellos, ni al mismo César romano.

Marco Aurelio respondió con tono severo:

–                      Los dioses han dado a Roma el dominio del mundo.

–           Los dioses son espíritus malignos. –replicó Bernabé con sencillez- Y donde no hay romanos, no hay supremacía de ningún género.

Y se volvió a avivar el fuego de la chimenea revolviendo con un cucharón, la olla donde se cocinaban los alimentos. Cuando estuvo listo, vació en un plato grande y esperó a que se enfriara un poco. Luego dijo:

–           Mauro te aconseja, que aún el brazo sano lo muevas lo menos posible. Alexandra, me ha ordenado que te dé de comer.

¡Alexandra ordenaba! No había ninguna objeción que hacer. Así pues, Marco Aurelio ni siquiera protestó.

Bernabé vació el líquido en un tazón, se sentó junto a la cama y lo llevó a los labios del joven patricio. Y hay tal solicitud y tan afable sonrisa en su semblante, que el tribuno no da crédito a sus ojos. Aquel titán tan terrible que había aniquilado a Atlante y que luego se había vuelto contra él como un tornado ¡Le habría hecho trizas si no hubiera intervenido Alexandra! Ahora es un delicado enfermero, tan solícito como gentil, al tomar el tazón entre sus dedos hercúleos y acercarlo a los labios de Marco Aurelio.

En ese momento apareció Alexandra, vestida con el camisón de dormir y con el cabello suelto.

Marco Aurelio sintió que su corazón se aceleró al verla y la amonestó suavemente por no estar descansando.

Ella dijo con acento afable:

–           Me preparaba para dormir y vine a ver cómo estás. Dame la taza Bernabé. Yo le daré de comer.

Y tomando entre sus manos el recipiente, se sentó a la orilla del lecho, dio de comer al enfermo, que se siente a la vez rendido y gozoso. Cuando ella se inclina hacia él, percibe el tibio calor de la joven y le rozan sus cabellos ondulados y negrísimos. Se siente desfallecer de felicidad. Está pálido por la emoción.

Al principio tan solo la había deseado y ahora siente que la adora con todo su ser. Antes solo prevalecía su egoísmo y ahora reconoce haber sido tan insensible y tan ciego, que empieza a pensar en ella y en lo que ella necesita y desea.

Como un niño obediente se tomó la mitad el contenido del tazón. Y aun cuando la compañía de Alexandra y el contemplarla lo extasían de dicha, le dijo:

–           Basta ya. Vete a descansar, diosa mía.

Ella replicó ruborizada:

–           No me llames de ese modo.  No está bien que me digas así.

Sin embargo lo mira sonriente y le reitera que ya no tiene sueño, ni fatiga. Y lo insta para que termine de comer. Y finalizó diciendo:

–           No me retiraré a descansar hasta que llegue Mauro.

El la escucha encantado y se siente invadido por una gran alegría y una gratitud sin límites. Emocionado le dice:

–           Alexandra… Yo no te había conocido antes. Hasta hoy me doy cuenta que quise alcanzarte con medios reprobables. Así pues ahora te digo: regresa a la casa de Publio y descansa en la seguridad de que en adelante, no habrá ninguna mano que se levante contra ti.

Una nube de tristeza cubrió el rostro de la joven y contestó:

–           Dichosa me sentiría si llegara a verlos aunque fuera de lejos, pero ya no puedo volver a su casa.

Marco Aurelio la miró asombrado y preguntó:

–           ¿Por qué?

Alexandra le contempló por unos segundos, antes de responder:

–           Los cristianos sabemos por Actea lo que sucede en el Palatino. ¿Acaso no sabes que el César, poco después de mi fuga y antes de partir para Nápoles, hizo comparecer a su presencia a Publio y a Fabiola? Y creyendo que me habían secundado los amenazó con su cólera. Por fortuna Publio pudo decirle: ‘Majestad, tú me conoces y sabes que no te mentiría. Nosotros no hemos favorecido su fuga e ignoramos igual que tú, que suerte ha corrido ella.’ Y el césar creyó y enseguida olvidó.  Por consejo de mis superiores, jamás les he escrito comunicándoles donde estoy, a fin de que siempre puedan decir la verdad y que ignoran dónde me encuentro. Acaso tú no comprendes esto, Marco Aurelio; pero has de saber que entre nosotros está prohibida la mentira, aunque para ello debamos arriesgar la vida. Esta es la Religión que da norma hasta a los afectos de nuestro corazón. Y por lo mismo no he visto, ni debo ver a mis padres. Desde que me despedí de ellos, solo de vez en cuando, ecos lejanos les hacen saber que estoy bien y que no me amenaza ningún peligro. – Al decir estas palabras la añoranza la invadió y las lágrimas humedecieron sus ojos. Pero se recuperó rápidamente y añadió- Sé que también ellos languidecen por nuestra separación. Pero nosotros disponemos de un consuelo que los demás no conocen.

Marco Aurelio está anonadado: ¡Actea cristiana!…

Y dice lleno de confusión:

–           Sí, lo sé. Cristo es vuestro consuelo. Más yo no comprendo eso.

–           ¡Mira! Para nosotros no hay separaciones, dolores, ni sufrimiento, que Dios no transforme luego en gozo. La muerte misma que ustedes consideran como el  término de la vida, para nosotros es solo el comienzo de la verdadera Vida. Considera cuán regia es una Religión que nos ordena amar aún hasta a nuestros enemigos.

–           He sido testigo de lo que dices. Pero contéstame: ¿Ahora eres feliz?

–           Lo soy. Amo a Dios sobre todas las cosas. Y todo el que confiesa a Cristo, no puede ser desgraciado.

Marco Aurelio admiró su convicción, pero no alcanza a comprenderla y le dijo:

–           ¿Entonces no quieres volver a la casa de los Quintiliano?

–           Lo anhelo con toda mi alma. Y he de volver algún día si esa es la Voluntad de Dios.

–           Pues entonces yo te digo: ‘Regresa’ Y te juro por mis lares que no alzaré mi mano contra ti.

–           No. Me es imposible exponer al peligro a los que se encuentran cerca de mí. El César no quiere a los Quintiliano. Si yo volviera…y ya ves que rápido se extiende por toda Roma una noticia, mi regreso al hogar haría ruido en la ciudad. Nerón lo sabría, castigaría a Publio y a Fabiola. Por lo menos me arrancaría una segunda vez de su lado.

–           Es verdad. Eso podría suceder. Y lo haría tan solo para demostrar que sus mandatos deben ser obedecidos. –Y cerrando los ojos exclamó- ¡No soportaría saberte otra vez en el Palatino!

Y él sintió como si se abriera ante sí, un abismo sin fondo. Él es un patricio. Un tribuno militar. Un potentado. Pero sobre todos los potentados del mundo al que pertenece, está un loco cuyos caprichos y cuya malignidad, son imposibles de prever…

Solamente los cristianos pueden prescindir absolutamente de Nerón o dejar de temerle, porque son gentes que parecen no pertenecer a este mundo, ya que la misma muerte les parece cosa de poca monta. Todos los demás tienen que temblar en presencia del tirano. Y las miserias de la época en que viven se presentan a los ojos de Marco Aurelio, en toda su monstruosa malignidad. Y pensó que en tales tiempos, solo los cristianos pueden ser felices.

Y sobre todo, aquilató por primera vez la dimensión del daño que le había hecho a ella. Y una honda pena se apoderó de él. Bajo la desalentadora influencia de ese pesar; lleno de impotencia, le dijo:

–           ¿Sabes que eres más feliz que yo? tú estás en medio de la pobreza, viviendo con gentes sencillas, pero tienes tu Religión. Tienes tu Cristo. Pero yo solo te tengo a ti. Y cuando huiste de mi lado, me convertí en una especie de mendigo en medio de mi riqueza.

Ella lo miró atónita y sin saber qué decir.

Marco Aurelio prosiguió:

–                      Tú eres más cara a mi corazón que todo lo que hay en el mundo. Yo te busqué porque no puedo vivir sin ti. Hasta ahora solo me ha sostenido la esperanza de volver a verte. No anhelaba ni placeres, ni fiestas. No podía dormir, ni descansar, ni comer. Y no encontraba alivio para mi dolor. Si no hubiera sido por la esperanza de encontrarte, me hubiera arrojado sobre mi espada.

Alexandra replicó conmovida:

–           No digas eso Marco Aurelio. Ningún ser humano debe idolatrar a otro hasta ese punto.

–           Pero pensé que si moría, ya no te volvería a ver. Te estoy diciendo la verdad pura, cuando te afirmo que no podré vivir sin ti. Hasta ahora solo me ha sostenido la ilusión de volver a verte como ahora lo hago y hundirme en la mirada de esos ojos tuyos bellísimos, que son mi anhelo.

La mira con un amor tan intenso que ella se ruboriza y no le contesta nada.

Él agrega apasionado:

–           ¿Recuerdas nuestras conversaciones en casa de Publio? Un día trazaste un pescado en la arena y entonces yo no sabía su significado. ¿Recuerdas que jugamos a la pelota? Yo te amaba ya más que a mi vida y trataba de decírtelo, cuando Publio nos interrumpió. Y Fabiola al despedirse de Petronio, le dijo que Dios era Uno, Justo y Todopoderoso. Yo no tenía ni la menor idea de que Cristo era su Dios y el tuyo. Yo no conozco a tu Dios. Tú estás sentada cerca de mí y sin embargo, solo piensas en Él…

Marco Aurelio calló, palideció y cerró los ojos, mientras ardientes lágrimas silenciosas se deslizaron por sus mejillas…

Es apasionado tanto en el amor como en el odio. Y dejó salir sus palabras con sinceridad, desde el fondo mismo de su alma. Puede percibirse al oírlo: la amargura, el dolor, el éxtasis, los anhelos, la adoración. Acumulados y confundidos por tanto tiempo, hasta que se desbordaron en un torrente de ardorosas frases.

Alexandra está sorprendida y su corazón empezó a palpitar con fuerza. Sintió compasión y pena por aquel hombre y sus sufrimientos. Se siente conmovida por la adoración que ha descubierto… ¡Él la ama!… ¡La adora!… Sentirse amada y deificada por aquel hombre que hasta ayer era tan peligroso e indomable y que ahora se le está entregando totalmente, en cuerpo y alma. Rindiéndose como si fuera un esclavo suyo. Esa conciencia de la sumisión de él y del poder que le ha dado a ella, la inundaron de felicidad y regresaron por un momento los sentimientos y los recuerdos de otros días.

Ahora ha vuelto a ser para ella, aquel espléndido Marco Aurelio; hermoso como un dios pagano. El mismo que en la casa de Publio le había hablado de amor y despertado como de un sueño, su corazón virgen al amor de un hombre. Pero es también el mismo de cuyos brazos Bernabé la había arrancado en el banquete del Palatino y rescatado del incendio en que su pasión la envolviera.

Y ahora que se ven pintados en su rostro imperioso, el éxtasis y el dolor. Que yace en aquel lecho, con el rostro pálido y los ojos suplicantes. Herido, quebrantado por el amor, rendido y entregado a ella; se le presentó a Alexandra como el hombre que ella había deseado y amado. Como el hombre grato a su alma, como nunca antes lo fuera. ¡Y de súbito comprendió que ella también lo ama! Y que ese amor la arrastra como un torbellino y la atrae hacia él, como el más poderoso imán.

Y en ese preciso  momento llegó Mauro que viene a ver a su paciente, para revisarlo y seguir atendiéndolo.

Marco Aurelio suspiró derrotado, porque la respuesta de la joven, no alcanzó a llegar.

Alexandra se retiró con el alma llena de ansiedad…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA