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376 DESPUÉS DEL ASESINATO


  1. 376 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Cuando ponen pie en la playita de Cafarnaúm, los recibe el griterío de los niños,

que tanto corren, veloces, chillando con sus vocecitas, desde la playa a las casas,

que emulan a las golondrinas afanadas en la construcción de los nuevos nidos;

alborozados con esa sencilla alegría de los niños,

para los cuales es espectáculo maravilloso un pez muerto encontrado en la orilla,

Y mágico objeto una piedra pulida por las olas y que por su color asemeja a

una piedra preciosa, la flor descubierta entre dos piedras o el escarabajo

tornasolado capturado en vuelo:

prodigios todos dignos de ser mostrados a las mamás,

para que participen de la alegría de su hijito.

Mas ahora estas golondrinas humanas han visto a Jesús,

y todos sus vuelos convergen hacia Él, que está para desembarcar en la playita.

Entonces se abate sobre Jesús una templada, viva avalancha de carnes niñas,

y lo ciñe; una cadena suave de tiernas manitas, que lo ata;

un amor de corazones infantiles, que, cual dulce fuego, le da calor. 

Y todos gritan:

–         ¡Yo! ¡Yo!

–        ¡Un beso!

–        ¡A mí!

–        ¡También yo!

–        ¡Jesús! ¡Te quiero!

–         ¡No te vuelvas a marchar por tanto tiempo!

–        ¡Venía todos los días aquí para ver si venías!

–        ¡Yo iba a tu casa!

–        Ten esta flor.

Era para mi mamá. Pero te la doy.

–        Otro beso más para mí, muy fuerte.

El de antes no me ha tocado, porque Yael me ha empujado para atrás…

Y las vocecitas continúan mientras Jesús trata de caminar entre esa red de ternuras.

Apóstoles y discípulos gritan:

–          ¡Pero dejadlo un poco en paz!

–        ¡Fuera! ¡Basta!

Tratando de aflojar el cerco.

–        ¡Ya, ya!

¡Parecen lianas provistas de ventosas!

Por esta parte las separan, por allá se pegan.

Sonriendo, Jesús dice:

–        ¡Dejad! ¡Dejadlos

Con paciencia llegaremos

Y da pasos increíblemente pequeños para poder caminar sin pisar

los piececitos descalzos.

Pero lo que le libra del amoroso cerco,

es la repentina llegada de Mannahém con otros discípulos,

entre los cuales están los pastores que estaban en Judea.

Y con su potente voz solemne,

Mannahém lo saluda:

–         ¡La paz a Ti, Maestro!

Pues va espléndidamente vestido, aunque ya sin objetos de oro en la frente y en

los dedos;

eso sí, con una magnífica espada a la cintura que suscita la admiración llena de

reverencia de los niños, los cuales, ante este magnífico caballero vestido de

púrpura y con un arma tan estupenda en su cintura, se apartan atemorizados.

Y así Jesús puede abrazarlo y abrazar a Elías, a Leví, a Matías; a José, a Juan, a

Simeón y a muchos otros más.

Jesús pregunta:

–        ¿Cómo es que estás aquí?

¿Y cómo has sabido que había arribado?

El hermano de Herodes, contesta:

–          Saberlo, se ha sabido por los gritos de los niños.

Han traspasado los muros como flechas de alegría.

Pero he venido aquí porque pensaba que está próximo tu viaje a Judea y que

ciertamente tomarán parte en él las mujeres…

He querido estar también yo…

Para protegerte, Señor, si no es demasiada soberbia pensarlo.

Hay mucha efervescencia en Israel contra Ti.

Esto es una cosa dolorosa de decir

Pero no la ignoras.

Hablando así, llegan a la casa y entran en ella.

Mannahém continúa hablando después de que el jefe de casa y su mujer,

han saludado reverentemente al Maestro.

–         Ya en estos momentos la efervescencia y el interés que suscitas ha penetrado por todas partes,

agitando y llamando la atención incluso de los más insensibles y distraídos

por cosas muy distintas de lo que Tú eres.

Las noticias de tus obras han penetrado incluso dentro de las sucias murallas de

Maqueronte y en los lujuriosos refugio de Herodes,

bien sean éstos el palacio de Tiberíades, los castillos de Herodías o la espléndida

mansión de los Asmoneos cerca del Sixto.

Franquean, como oleadas de luz y poder, las barreras de tinieblas y mezquindad.

Abaten los cúmulos de pecados dispuestos como trinchera y refugio para los sucio

amores de la Corte y los atroces delitos.

Asaetean, como dardos de fuego, escribiendo palabras mucho más graves que las

del banquete de Baltasar en las licenciosas paredes de las alcobas y de las salas del

trono y de los banquetes.

Gritan tu Nombre y tu poder, tu Naturaleza y tu Misión.

Y Herodes tiembla de miedo por ello.

Y Herodías se contuerce en los lechos, con miedo a que Tú seas el Rey vengador

que habrá de arrebatarle riquezas, inmunidades e incluso la vida.

Y arrojarla a merced de las turbas, que vengarían sus muchos delitos.

En la Corte tiemblan. Y es por ti.

Tiemblan de miedo humano y sobrehumano.

Desde que la cabeza de Juan cayó cortada, un fuego parece devorar las entrañas de

quienes lo mataron.

Ya no tienen siquiera su mísera paz de antes, paz de puercos hartos de comilonas,

que encuentran el silencio a las acusaciones de la conciencia,

en la ebriedad y en la cópula.

Ya no hay nada que les dé paz…

Están perseguidos…

Y después de cada una de las horas de amor se odian;

hartos el uno de la otra, culpándose recíprocamente de haber cometido el delito

que turba, que ha sobrepasado la medida; mientras que Salomé, como poseída por

un demonio, vive zarandeada por un erotismo que degradaría a una esclava de las

moliendas.

El Palacio es más hediondo que un albañal.

Herodes me ha preguntado varias veces acerca de Ti.

Siempre he respondido:

“Para mí es el Mesías, el Rey de Israel de la única estirpe real, la de David.

Es el Hijo del hombre a que se refieren los Profetas, es el Verbo de Dios,

Aquel que, por ser el Cristo, el Ungido de Dios,

tiene derecho a reinar sobre todos los vivientes”.

Y Herodes palidece de miedo sintiéndote el Vengador.

Porque los de la Corte para confortarlo dicen que Tú eres Juan falsamente

considerado muerto.

Elías o algún otro profeta del pasado…

Y con ello le hacen deprimirse más que nunca, de horror;.

Y rechaza el miedo, el grito de la conciencia desmembrada por el remordimiento,

diciendo: 

–        “¡No, no puede ser Juan!

Lo decapitaron por orden mía y su cabeza la tiene Herodías en segura custodia.

Y no puede ser uno de los profetas.

No se vive de nuevo una vez muertos.

Pero tampoco puede ser el Cristo. ¿Quién lo dice?

¿Quién dice que lo es?

¿Quién se atreve a decirme que es el Rey de la única estirpe regia?

¡Yo soy el rey! ¡Yo! Y ningún otro.

El Mesías fue matado por Herodes el Grande:

fue ahogado, recién nacido, en un mar de sangre.

Fue degollado como un corderito… y tenía pocos meses…

¿Oyes cómo llora?

Su balido me grita continuamente dentro de la cabeza, junto con el rugido de Juan:

`No te es lícito’…

¿No me es lícito

Sí. Todo me es lícito, porque yo soy `el rey’.

Aquí vino y mujeres, si Herodías rechaza mis abrazos amorosos.

Y que dance Salomé para despertar mis apetitos aterrorizados por esas cosas

pavorosas que dices”.

Y se emborracha entre las mimas de la Corte, mientras en sus habitaciones grita la

desquiciada mujer sus blasfemias contra el Mártir… 

Y sus amenazas contra Ti.

Y en las suyas, Salomé conoce lo que es el haber nacido del pecado de dos

lujuriosos y el haber sido cómplice de un delito conseguido con el abandono del

propio cuerpo a los frenesíes lúbricos de un hombre inmundo.

Pero luego Herodes vuelve en sí y quiere saber de Ti.

Y querría verte.

Y por este motivo favorece el que yo venga a Ti, con la esperanza de que te lleve a

su presencia; cosa que no haré nunca,

para no llevar tu santidad a un antro de fieras inmundas.

Y querría tenerte Herodías para agredirte.

Y lo grita con su estilete en las manos…

Y querría tenerte Salomé, que te vio en Tiberíades sin que Tú lo supieras, el pasado

Etanim, en su insania por Ti…

¡Éste es el Palacio, Maestro!

Pero yo permanezco en él, porque así vigilo las intenciones respecto a Ti.

Jesús responde:

–         Yo te lo agradezco y el Altísimo te bendice por ello.

También esto es servir al Eterno en sus decretos. –

        Lo he pensado.

Y por este motivo he venido.

–         Mannahém dado que has venido, te ruego una cosa.

No bajes a Jerusalén conmigo, sino con las mujeres.

Yo voy con éstos por camino ignoto; no podrán hacerme ningún mal.

Pero ellas son mujeres indefensas.

Y el que las acompaña es de corazón manso y está enseñado a ofrecer la mejilla a

quien ya lo ha golpeado.

Tu presencia será segura protección.

Un sacrificio, lo comprendo.

Pero estaremos juntos en Judea.

No me niegues esto, amigo.

–        Señor, todo deseo tuyo es ley para tu siervo

Estoy al servicio de tu Madre y de las condiscípulas, desde este momento hasta

cuando quieras.

–         Gracias.

Esta obediencia tuya también será escrita en el Cielo.

375 PERSECUCION Y MARTIRIO


375 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En la comitiva apostólica, ya no caminan.

Corren.

Corren con la nueva aurora, aún más esplendorosa y genuina que las anteriores;

adornada con todo un destellar de gotas de rocío que llueven, junto con pétalos

multicolores, sobre cabezas y prados.

Para poner tonalidades de flores deshojadas junto a las ya innumerables de las

florecillas de las márgenes y del interior, que se yerguen sobre sus tallos.

Y para encender nuevos diamantes en los hilos de hierba reciente.

Corren entre cantos de aves en celo y de brisa ligera, de risueñas aguas,

que suspiran o arpegian: pasando entre las ramas,

acariciando el heno y los cereales.

que crecen día tras día o fluyendo entre las márgenes,

Y alejándose, plegando delicadamente los tallos que tocan las límpidas aguas.

Corren como si fueran a un banquete de amor.

Incluso los mayores maduros como Felipe, Bartolomé, Mateo, el Zelote,

comparten la alegre prisa de los jóvenes.

Y lo mismo sucede entre los discípulos:

los más viejos emulan a los más jóvenes en andar deprisa.

No se ha secado todavía el rocío en los prados

cuando llegan a la zona de Betsaida

comprendida en el poco espacio que hay entre el lago, el río y el monte.

Y del bosque del monte, desciende por un sendero un jovencito corvo bajo el peso

de un haz de ramas.

Baja raudo, casi corriendo.

Por la postura no ve a los apóstoles…

Canta contento, corriendo así, bajo su haz de leña.

Cuando llega al camino principal, a la altura de las primeras casas de Betsaida,

deja caer al suelo su carga y se endereza para descansar.

Y echa hacia atrás sus cabellos oscuros.

Alto y fino, derecho, de cuerpo fuerte y extremidades ágiles y delgadas, también

fuertes: una bonita figura juvenil.

Andrés dice:

–        Es Margziam.

Pedro le responde:

–        ¿Estás mal de la cabeza?

Ése es un hombre ya.

Andrés pone abocinadas las manos en la boca y lo llama con fuerza.

El jovencito, que estaba agachándose para coger de nuevo la carga, tras haberse

ceñido bien con el cinturón la corta túnica, que apenas si le llega a las rodillas,

y que está abierta en el pecho, porque probablemente ya no cabe en ella…

Se vuelve en la dirección del reclamo y ve a Jesús, a Pedro y a los demás,

que lo están mirando,

parados junto a un grupo de sauces llorones que sueltan sus

frondas en las aguas de un ancho arroyo;

el último afluente del Jordán por la izquierda antes del lago de Galilea y situado

justamente en donde empieza el pueblo.

Deja caer el haz, alza los brazos,

y grita:

–        ¡Mi Señor! ¡Mi padre!.

Y se lanza de carrera.

Pero también Pedro se echa a correr,

vadea el arroyo sin quitarse siquiera las sandalias, limitándose a remangarse las

vestiduras, para correr luego por el camino polvoriento,

dejando las grandes señales húmedas de sus sandalias marcadas en el terreno seco

Se encuentran los dos exclamando:

–        ¡Padre mío!

–        ¡Hijo mío querido!

Están recíprocamente, el uno entre los brazos del otro.

Y verdaderamente, Margziam es tan alto como Pedro,

de forma que sus cabellos oscuros, durante el beso de amor, caen sobre el rostro de

Pedro; de todas formas, siendo esbelto, parece más alto que Pedro.

Pero Margziam se separa del dulce abrazo y prosigue su carrera hacia Jesús,

que ya está en esta parte del arroyo y viene caminando lentamente en medio de la

corona de los apóstoles.

Margziam cae a sus pies, con los brazos levantados,

y dice:

–        ¡Oh, mi Señor, bendice a tu siervo!

Mas Jesús se inclina, lo pone de pie, lo acerca a su corazón,

lo besa en las dos mejillas,

y le desea

–        «Continua paz y crecimiento en sabiduría y en gracia, en los caminos del Señor.

También los demás apóstoles saludan jovialmente al jovencito:

especialmente los que no lo veían desde hacía meses le manifiestan su contento

por su desarrollo.

¡Pero Pedro! ¡Ah, Pedro!…

¡Si lo hubiera procreado él, no se sentiría tan contento!

Da una vuelta alrededor de Margziam, lo mira, lo toca… 

Y pregunta a éste o a este otro:

–        ¿No es acaso guapo?

¿No está bien modelado?

¡Fijaos que derecho! ¡Qué pecho tan alto! ¡Qué piernas más derechas!…

Un poco delgado, con poco músculo todavía. ¡Pero promete!

¡Verdaderamente promete mucho!

¡Y la cara!

Observad y decidme si parece ahora esa criaturita que llevaba en brazos el año

pasado y me parecía como llevara un pajarillo:

desnutrido, apagado, triste, asustadizo…

¡Hay que ver Porfiria!

¡Verdaderamente lo ha hecho muy bien, con toda su miel, mantequilla, aceite,

huevos, hígado de pescado.

Merece que se lo diga inmediatamente.

Y Pedro pregunta a Jesús:

–         ¿Me dejas Maestro, ir donde está mi esposa?

Jesús responde: 

–        Ve, ve, Simón.

Yo iré pronto.

Margziam, todavía de la mano de Jesús,

dice

–        Maestro…

Estoy seguro de que mi padre encargará a mi madre que haga de comer.

Déjame dejarte para ayudarla…

–        Ve.

Y que Dios te bendiga por honrar a quienes son para ti padre y madre.

Margziam toma de nuevo su haz de leña, se lo carga, y se marcha corriendo,

da alcance a Pedro y camina al lado de él.

Bartolomé observa:

–         Parecen Abraham e Isaac subiendo el monte.

Simón Zelote dice:

–        ¡Pobre Margziam!

¡Sólo faltaría eso! Y Andrés agrega: 

–         ¡Y pobre hermano mío!

No sé si sería capaz de hacer de Abraham…

Jesús lo mira

luego mira la cabeza entrecana de Pedro, que se va distanciando al lado de su

Margziam,

y dice:

–        En verdad os digo que llegará un día en que Simón Pedro sentirá alegría al

saber que su Margziam ha sido encarcelado, herido, flagelado,

colocado ante el umbral de la muerte.

Y que se sentiría con fuerzas incluso de extenderlo con su propias manos sobre el

patíbulo para revestirlo de la púrpura de los Cielos.

Y para fecundar con la sangre del mártir la tierra;

envidioso y afligido sólo por un motivo: por no estar él en el lugar de su hijo

y subalterno, porque su elección como Jefe supremo de mi Iglesia le obligará a

reservarse para Ella hasta que Yo le diga:

“Ve a morir por ella”

Vosotros no conocéis todavía a Pedro.

Yo lo conozco.

Andrés pregunta:

–        ¿Prevés el martirio para Margziam y mi hermano?

–         ¿Te duele, Andrés?

–        No.

Lo que me duele es que no lo preveas también para mí.

–        En verdad, en verdad os digo que seréis revestidos todos de púrpura,

menos uno.

Todos inquieren:

–       ¿Quién? ¿Quién?

Jesús responde triste y solemne: 

–        Dejemos el silencio sobre el Dolor de Dios.   

Y todos callan atemorizados y pensativos

Entran en la primera calle de Betsaida, entre huertas llenas de plantas tiernas.

Pedro, con otros de Betsaida, está llevando a un ciego a la presencia de Jesús.

Margziam no está.

Sin duda se ha quedado a ayudar a Porfiria.

Con los de Betsaida y los padres del ciego,

hay muchos discípulos venidos a Betsaida

de Sicaminón y otras ciudades;

entre éstos, Esteban, Hermas, el sacerdote Juan y Juan el escriba y muchos otros.

Pedro explica: 

–        Te lo he traído, Señor.

Estaba aquí esperando desde hace varios días. 

 Mientras el ciego y sus padres entonan una nenia de

–        «¡Jesús, Hijo de David, piedad de nosotros!»,

«Pon tu mano en los ojos de mi hijo y verá»,

«¡Ten piedad de mí, Señor!

¡Yo creo ti!»

Jesús toma de la mano al ciego y retrocede con él unos metros para resguardarlo

del sol, que ya inunda la calle.

Lo arrima a la pared cubierta de follaje de una casa, la primera del pueblo.

Y Él se pone de frente.

Se moja de saliva los dos índices

y le restriega los párpados con los dedos húmedos;

luego le aprieta los ojos con las manos:

La base de la mano en la concavidad de las órbitas y los dedos abiertos

y metidos entre los cabellos del desdichado.

Así ora.

Luego le quita las manos.

Y le pregunta:

–        ¿Qué ves? 

El hombre responde:

–        Veo hombres

Son sin duda hombres.

Pero así me imaginaba los árboles vestidos de flores; pero son hombres, porque

andan y gesticulan en dirección a mí.

Jesús impone otra vez las manos y las vuelve a quitar,

Y dice:

–        ¿Y ahora?

–         ¡Ahora veo bien la diferencia entre los árboles plantados en la tierra

y estos hombres que me están mirando!... ¡Y te veo a Ti!

¡Que hermosura la tuya!

Tus ojos son iguales que el cielo y tus cabello parecen rayos de sol…

Y tu mirada y tu sonrisa son propios de Dios

¡Señor, te adoro!

Y se arrodilla para besarle la orla de su túnica.

Jesús le dice:

–        Levántate y ven adonde tu madre… 

Que durante tantos años ha sido para ti luz y consolación…

Y de la cual no conoces otra cosa sino el amor.

Lo toma de la mano y lo lleva a su madre,

que está arrodillada a algunos pasos de distancia, en actitud de adoración,

de la misma forma que antes estaba en actitud

de súplica.

Jesús le dice:

–        Levántate, mujer.

Aquí tienes a tu hijo, que ve la luz del día.

Quiera su corazón seguir la Luz eterna.

Ve a casa. Sed felices.

Y sed santos por agradecimiento a Dios.

Pero, al pasar por los pueblos,

no digáis a ninguno que te he curado, para que la

muchedumbre no se desplace aquí enseguida para impedirme ir a donde es justo

que vaya a llevar confirmación en la fe.

Y luz y alegría a otros hijos de mi Padre.

Y rápido, por un senderillo que discurre entre huertos,

se escabulle en dirección hacia la casa de Pedro,

donde entra saludando a Porfiria con su dulce saludo.

374 EL CAMINO DE LA CRUZ


374 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Pedro con el rostro profundamente preocupado…

Y escandalizado como los demás,

Toma de un brazo a Jesús, lo separa un poco,

y le dice en voz baja al oído:

–        ¡Pero, Señor…!

No digas esto. No está bien.

Ya ves que se escandalizan.

Decaes del concepto en que te tienen.

Por nada del mundo debes permitir esto.

Ya de por sí nunca te va a pasar nada semejante.

¿Por qué pensarlo como si fuera verdadero

Debes subir cada vez más en el concepto de los hombres, si te quieres afirmar;

debes terminar por ejemplo, con un último milagro,

como reducir a cenizas a tus enemigos.

Pero nunca degradarte hasta aparecer como un malhechor castigado.

Pedro parece un maestro o un padre afligido corrigiendo con amorosa angustia a un

hijo que ha dicho una necedad.

Jesús, que estaba un poco inclinado para escuchar el bisbiseo de Pedro,

se yergue severo, con rayos en los ojos.

Pero rayos de amargura, y grita fuerte, para que todos oigan,

y la lección sirva para todos:

–        ¡Aléjate de Mí!

¡Tú que en este momento eres un satanás

que me aconseja desistir de la obediencia a mi Padre!

¡Para esto he venido!

¡No para los honores!

Tú, aconsejándome la soberbia, la desobediencia y el rigor sin caridad,

tratas de seducirme al mal. ¡Vete!

¡Me escandalizas!

¿No comprendes que la grandeza no está en los honores sino en el sacrificio?

¡Y que nada importa aparecer a los ojos de los hombres como gusanos,

si Dios nos considera ángeles?

Tú, hombre ignorante, no comprendes lo que es grandeza y razón según Dios,.

Y ves, juzgas, sientes, hablas según el hombre.

El pobre Pedro queda anonadado por esta severa corrección;

se separa, compungido y rompe a llorar…

No es el llanto gozoso de pocos días antes;

sino el sollozo desolado de quien comprende que ha pecado y ha causado dolor a la

persona amada.

Jesús lo deja llorar.

Se descalza, se remanga las vestiduras y vadea el arroyo.

Los demás hacen lo mismo en silencio.

Ninguno se atreve a decir una palabra.

Al final de todos va el pobre Pedro, en vano consolado por Isaac y el Zelote.

Andrés se vuelve más de una vez y lo mira.

Y luego susurra algo a Juan, que está muy afligido;

pero Juan menea la cabeza en señal de negación.

Entonces Andrés se decide.

Se adelanta corriendo.

Alcanza a Jesús.

Lo llama suavemente, con visible temor: –

        ¡Maestro! ¡Maestro!…

Jesús deja que lo llame varias veces.

Al final se vuelve, severo

y pregunta:

–        ¿Qué quieres?

–        Maestro, mi hermano está compungido…

Llora…

–        Se lo ha merecido.

–        Es verdad, Señor.

Pero de todas formas es un hombre…

No puede hablar bien siempre.

–        Efectivamente, hoy ha hablado muy mal – responde Jesús.

Pero ya se le ve menos severo.

Y un atisbo de sonrisa dulcifica la mirada divina.

Andrés se siente más seguro y aumenta la peroración en pro de su hermano.

–      Pero Tú eres justo

Y sabes que el amor a Ti ha sido lo que le ha hecho caer…

–        El amor debe ser luz, no tinieblas.

Él lo ha hecho tinieblas y ha envuelto en ellas su espíritu.

–        Es verdad, Señor.

Pero las vendas se pueden quitar cuando se quiera.

No es como tener el espíritu mismo tenebroso.

Las vendas son lo externo; el espíritu es lo interno, el núcleo vivo…

El interior de mi hermano es bueno.

–        Que se quite entonces las vendas que se ha puesto. –

        ¡Lo hará, sin duda, Señor!

Ya lo está haciendo.

Vuélvete y mira: lo desfigurado que está por ese llanto que no consuelas Tú.

¿Por qué has sido tan severo con él?

–         Porque él tiene el deber de ser “el primero”

de la misma forma que le he dado el honor de serlo.

Quien mucho recibe, mucho debe dar.

–        ¡Es verdad, Señor, sí!

Pero, ¿No te acuerdas de María de Lázaro?,

¿De Juan de Endor?, ¿De Áglae?, ¿De la Beldad de Corozaín?, ¿De Leví?

A éstos les diste todo…

Y ellos todavía te habían dado sólo la intención de redimirse…

¡Señor!… Atendiste mi súplica por la Beldad de Corozaín y por Áglae…

¿No lo harías ahora por tu Simón y mi Simón, que ha pecado por amor a Ti?

Jesús baja su mirada hacia este hombre apacible que se vuelve intrépido y

apremiante en favor de su hermano, como lo fue, silenciosamente, en favor de Áglae

y de la Beldad de Corozaín.

Y su rostro resplandece de luz, al ordenar a Andrés:

–        Ve a llamar a tu hermano y tráemelo aquí

–        ¡Gracias, mi Señor! Voy…

Y se echa a correr, raudo como una golondrina.

Cuando llega con Pedro,

le dice:

–        ¡Ven, Simón!.

¡El Maestro ya no está irritado contigo!

Ven, que te lo quiere decir.

–        No, no.

Me da vergüenza…

Hace demasiado poco que me ha corregido…

Será que quiere que vaya para reprenderme otra vez…

–        ¡Qué mal lo conoces!

¡Venga, ven!

¿Piensas que yo te llevaría a otro sufrimiento?

Si no estuviera seguro de que te espera allí una alegría, no insistiría. Ven. 

 –        ¿Y qué le voy a decir? – dice Pedro.

Mientras se pone en marcha un poco recalcitrante, frenado por su humanidad,

aguijado por su espíritu, que no puede estar sin la indulgencia de Jesús y sin su amor

–         ¿Qué le voy a decir? – sigue preguntando.

–         ¡Nada, hombre!

¡Será suficiente con que le muestres tu rostro! – le dice su hermano animándolo.

Todos los discípulos, a medida que los dos hermanos los van adelantando, los miran

Y comprendiendo lo que sucede, sonríen.

Llegan donde Jesús.

Pero Pedro, al último momento, se detiene.

Andrés no se anda con pequeñeces.

Con un enérgico tirón, como los que da a la barca para empujarla al mar,

lo echa hacia adelante.

Jesús se detiene…

Pedro levanta la cara…

Jesús la baja…

Se miran…

Dos lagrimones se deslizan por las mejillas enrojecidas de Pedro…

Jesús le dice:

–        Ven aquí, niño grande irreflexivo;

para que te haga de padre enjugando este llanto. 

Y levanta su mano, en que es muy visible aún, la señal de la pedrada de Yiscal.

Y seca con sus dedos esas dos lágrimas.

Pedro todavía tembloroso,

pregunta: 

–         ¡Oh, Señor!

¿Me has perdonado?

Agarrando la mano de Jesús con las suyas…

Y mirándolo con unos ojos

como los de un perro fiel que desea obtener el perdón del amo resentido.

–        Nunca te he condenado…

–        Pero antes…

–        Te he amado.

Es amor no permitir que en ti arraiguen desviaciones de sentimiento y de

pensamiento.

Debes ser el primero en todo, Simón Pedro.

–        ¿Entonces…

Entonces me estimas todavía?

¿Me quieres contigo todavía?

No es que yo quiera el primer puesto, ¡Eh!

Me conformo con el último, pero estar contigo, a tu servicio…

Y morir verdaderamente a tu servicio mi Señor, mi Dios

Jesús le pasa el brazo por encima de los hombros

y lo estrecha contra su costado.

Entonces Simón, que no ha dejado suelta en todo este tiempo la otra mano de

Jesús, se la cubre de besos… dichoso.

Y susurra:

–        ¡Cuánto he sufrido!…

Gracias, Jesús.

–        Da las gracias más bien a tu hermano.

Y en el futuro lleva bien tu carga con justicia y heroísmo.

Vamos a esperar a los otros.

¿Dónde están?

Están parados en el lugar en que se encontraban, cuando Pedro alcanzó a Jesús,

para dejar libertad al Maestro de hablar a su apóstol humillado.

Jesús les hace señas para que se acerquen.

Con ellos hay un grupito de labriegos, que habían dejado de trabajar en los campos

para venir a hacer preguntas a los discípulos

Jesús, todavía con la mano en el hombro de Pedro,

dice:

–        Por lo que ha pasado….

Habéis entendido que estar a mi servicio es una cosa severa.

Le he reprendido a él.

Pero la corrección era para todos.

Porque los mismos sentimientos estaban en la mayoría de los corazones, formados

o en gestación.

Así os los he truncado.

Y quien todavía los cultiva,

muestra que no comprende mi Doctrina, ni mi Misión ni mi Persona.

He venido para ser Camino, Verdad y Vida.

Os doy la Verdad con lo que enseño.

Os aliso el Camino con mi sacrificio; os lo trazo e indico.

Pero la Vida os la doy con mi Muerte.

Y acordaos de que quien responde a mi llamado y se alista en mis filas para

cooperar en la redención del mundo, debe estar dispuesto a morir para dar a otros

la Vida.

Por tanto, quien quiera seguirme debe estar dispuesto a negarse a sí mismo,

al viejo yo con sus pasiones, tendencias, costumbres, tradiciones, pensamientos… 

Y seguirme con su nuevo yo.

Tome cada cual su cruz como Yo la tomaré.

La tome, aunque le parezca demasiado infamante.

Deje que el peso de su cruz triture a su yo humano, para liberar al yo espiritual,

al cual no produce horror la cruz; antes al contrario, le es apoyo y objeto de

veneración, porque el espíritu sabe y recuerda.

Y que me siga con su cruz.

¿Qué al final del camino le esperará la muerte ignominiosa como me espera a Mí?

No importa.

No se aflija;

antes al contrario, exulte por ello, porque la ignominia de la tierra, se transformará

en grande gloria en el Cielo;

mientras que será un deshonor la vileza frente a los heroísmos espirituales.

Siempre decís que queréis seguirme hasta la muerte.

Seguidme entonces.

Y os guiaré al Reino por un camino abrupto, pero santo y glorioso,

al final del cual conquistaréis la Vida eternamente inmutable.

Esto será “vivir”.

Por el contrario, seguir los caminos del mundo y la carne es “morir”.

De modo que quien quiera salvar su vida en esta tierra, la perderá;

mas aquel que pierda su vida en esta tierra por causa mía y por amor a mi

Evangelio la salvará.

Pensad esto:

¿De qué le servirá al hombre ganar todo el mundo, si luego pierde su alma?

Y otra cosa: guardaos bien, ahora y en el futuro,

de avergonzaros de mis palabras y acciones.

Eso también sería “morir”.

Porque el que se avergüence de Mí y de mis palabras delante de esta generación

necia, adúltera y pecadora, de que he hablado, y esperando recibir su protección

y ganancia, la adule, renegando de Mí y de mi Doctrina

MATEO 7, 16

arrojando a las bocas inmundas de los cerdos y perros las perlas recibidas,

para recibir luego como paga, excrementos en vez de dinero, será juzgado por el

Hijo del hombre cuando venga en la gloria de su Padre, con los ángeles y santos, a

juzgar al mundo.

Él, entonces, se avergonzará de estos adúlteros y fornicadores;

de estos villanos y usureros.

Y los arrojará fuera de su Reino; porque no hay sitio en la Jerusalén celeste para

adúlteros, ruines, fornicadores, blasfemos y ladrones.

Y os digo en verdad, que algunos de mis discípulos y discípulas presentes no

experimentarán la muerte antes de haber visto la fundación del Reino de Dios.

Y ungido y coronado a su Rey.

El Reino de Dios vio sus comienzos el Viernes Santo, por los méritos de Cristo.

luego se afirmó con la Iglesia constituida

Pero no todos vieron esta creciente afirmación.

Reemprenden la marcha, hablando animadamente;

mientras el sol desciende lentamente en el cielo…

373 PRIMER ANUNCIO DE LA PASIÓN


373 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús dejó la ciudad de Cesárea de Filipo con las primeras luces de la mañana,

porque ya queda lejos con sus montes y la llanura lo rodea de nuevo.

Se dirige hacia el lago de Merón para ir después hacia el de Genesaret.

Van con Él los apóstoles y todos los discípulos que estaban en Cesárea.

Pero una expedición tan numerosa por el camino no causa estupor a nadie,

porque ya se ven otras, dirigidas a Jerusalén, de israelitas o prosélitos, procedentes de

todos los lugares de la Diáspora, que desean pasar un tiempo en la Ciudad Santa

para escuchar a los rabíes y respirar largamente el aire del Templo.

Caminan a buena marcha, bajo un sol ya alto pero que todavía no molesta,

porque es un sol de primavera que juega con el follaje nuevo

y las frondas florecidas.

Y suscita flores, flores, flores por todas partes.

La llanura que precede al lago, toda ella, es una alfombra florecida.

La mirada, volviéndose hacia los montes que la circundan, ve a éstos remendados con

las matas cándidas, tenuemente róseas o de color rosa intenso, casi rojo,

de los diversos tipos de árboles frutales.

Y al pasar cerca de las raras casas de campesinos o de los talleres de herrador

esparcidos por el camino, la vista se alegra ante los primeros rosales florecidos,

en los huertos a lo largo de los setos o contra las tapias de las casas.

Simón Zelote observa: 

–        Los jardines de Juana deben estar todos en flor. 

También el huerto de Nazaret debe parecer un cesto lleno de flores.

Santiago de Alfeo dice:

–         María es la dulce abeja que va de rosal en rosal

de los rosales a los jazmines, que pronto florecerán;

a las azucenas, que ya tienen los capullos en el tallo.

Y tomará la rama del almendro, como hace siempre, junto con la del peral o del

granado, para ponerla en el ánfora de su habitación.

Cuando éramos niños le preguntábamos todos los años:

“¿Por qué tienes siempre ahí una rama de árbol en flor

y no metes en su lugar las primeras rosas?”. 

Y Ella respondía:

“Porque en esos pétalos veo escrita una orden que me vino de Dios

y siento el aroma puro del aura celeste”.

¿Te acuerdas, Judas?

Tadeo responde:

–        Sí. Me acuerdo.

Y recuerdo que, ya hombre, esperaba con ansia la primavera, para ver a María

caminar por su huerto bajo las nubes de sus árboles en flor y entre los setos de las

primeras rosas.

Nunca vi espectáculo más hermoso que esa eterna niña moviéndose evanescente

entre las flores y entre vuelos de palomas…

Tomás suplica:

–        ¡Oh, vamos pronto a verla, Señor!

¡Yo también quiero ver todo eso! 

Jesús responde:

–        Basta con que aceleremos el paso….

Y hagamos paradas breves, por las noches, para llegar a Nazaret a tiempo.

–        ¿Me das esta satisfacción verdaderamente, Señor?

–        Sí, Tomás.

Iremos a Betsaida todos y luego a Cafarnaúm.

Allí nos separaremos: nosotros vamos en la barca a Tiberíades y luego a Nazaret.

Así cada uno, salvo vosotros judíos, vamos a tomar los indumentos más ligeros.

El invierno ha concluido.

Juan parece cantar:

–        Sí.

Y nosotros vamos a decir a la Paloma:

“Álzate, apresúrate, amada mía; ven, porque el invierno ha pasado, la lluvia ha

terminado, las flores pueblan el suelo…

Álzate, amiga mía; ven, paloma escondida, muéstrame tu faz y deja que oiga tu voz”. –

Pedro dice

–         ¡Sí señor!

¡Juan!

¡Pareces un enamorado cantando su canción a su amada!

Juan responde:

–        Lo estoy.

De María lo estoy.

No veré a otras mujeres que despierten mi amor.

Sólo María, la amada de todo mi ser.

Tomás dice:

–       También lo decía yo hace un mes.

¿Verdad, Señor? 

Mateo dice:

–        Yo creo que estamos todos enamorados de Ella.

¡Un amor tan alto, tan celestial!…

Como sólo esa Mujer puede inspirar.

Y el alma ama completamente su alma,

la mente ama y admira su intelecto,

la vista mira y se complace en su gracia pura, que embelesa sin producir agitación, 

como cuando se mira una flor…

María, la Belleza de la tierra y creo, la Belleza del Cielo…

Felipe agrega:

–         ¡Es verdad!

¡Es verdad!

Todos vemos en María cuanto de más dulce hay en la mujer: la niña pura y

la madre dulcísima;

y no se sabe por cuál de estas dos gracias se la ama…

Pedro sentencia:

–        Se la ama porque es “María”.

¡Eso es! 

Jesús los ha estado oyendo hablar

y dice:

–          Todos habéis hablado bien.

Y Pedro muy bien.

A María se ama porque es “María”.

Os dije, mientras íbamos a Cesárea, que solamente aquéllos que unan una fe perfecta

a un amor perfecto llegarán a conocer el verdadero significado de las palabras:

“Jesús, el Cristo, el Verbo, el Hijo de Dios y el Hijo del hombre”.

Pero ahora os digo que hay otro nombre denso en significados.

Y es el de mi Madre.

Sólo aquellos que unan una perfecta fe a un perfecto amor llegarán a conocer el

verdadero significada del nombre “María”, de la Madre del Hijo de Dios.

Y el verdadero significado empezará a aparecer claro para los verdaderos creyentes y

para los verdaderos amantes en una hora tremenda de tormento

cuando la Madre sea sometida a suplicio con su Hijo, cuando la Redentora redima

con el Redentor, a los ojos de todo el mundo y por todos los siglos de los siglos.

Mientras se detienen a orillas de un caudaloso arroyo,

en el que están bebiendo muchos discípulos.

Bartolomé pregunta:

–        ¿Cuándo?

Jesús responde evasivo:

–         Detengámonos aquí a compartir el pan.

El sol marca mediodía.

Al caer de la tarde, estaremos en el lago Merón.

Y podremos acortar el camino con unas barcas..

Se sientan todos sobre la tierna hierba, tibia de sol, de las orillas del arroyo.

Juan dice

–         Es una pena echar a perder estas flores tan delicadas.

Parecen pedacitos de cielo caídos aquí en los prados.

Son cientos y cientos de miosotis.

Santiago su hermano, lo consuela:

–        Renacerán más bonitas mañana.

Han florecido para hacer del suelo una sala de banquetes para su Señor. 

Jesús ofrece y bendice los alimentos y todos se ponen a comer alegremente.

Los discípulos, todos, como si fueran girasoles, miran en dirección a Jesús,

que está sentado en el centro de la fila de sus apóstoles.

La comida pronto termina, condimentada con serenidad y agua pura.

Pero, dado que Jesús permanece sentado, ninguno se mueve.

Es más, los discípulos se cambian de sitio para acercarse, para oír lo que dice Jesús

como respuesta a los apóstoles

que siguen preguntando sobre lo que había dicho  antes, de su Madre.

–          Sí.

Porque ser madre de mi carne ya sería una gran cosa.

Fijaos que se recuerda a Ana de Elcana

como madre de Samuel y él era sólo un profeta;

pues bien, la madre es recordada por haberlo engendrado.

Por tanto ya María sería recordada y con altísimas alabanzas, por haber dado al

mundo a Jesús el Salvador.

Pero ello sería poco, respecto a cuanto Dios exige de Ella, para completar la medida

requerida para la redención del mundo.

María no defraudará el deseo de Dios. 

Jamás lo ha defraudado.

Desde las demandas de amor total hasta las de sacrificio total.

Ella se ha entregado y se entregará.

Y cuando haya consumado el máximo sacrificio, conmigo por Mí, en favor del mundo,

los verdaderos fieles y los verdaderos amantes comprenderán el verdadero

significado de su Nombre.

Y por todos los siglos,

a todo verdadero fiel, a todo verdadero amante, le será concedido comprenderlo.

El Nombre de la Gran Madre, de la Santa Nutriz que lactará por todos los siglos a los

párvulos de Cristo con su llanto, para criarlos para la Vida de los Cielos.

Judas de Keriot, pregunta:

–        ¿Llanto, Señor?

¿Debe llorar tu Madre?

–        Todas las madres lloran.

La mía llorará más que ninguna otra

–        ¿Pero por qué?

Yo he hecho llorar a la mía alguna vez, porque no soy siempre un buen hijo.

¿Pero Tú?

No das nunca pesares a tu Madre.

–        No.

Efectivamente, como Hijo suyo, no le doy pesares.

Pero le daré muchos como Redentor.

Dos harán llorar con un llanto sin fin a mi Madre:

Yo, salvando a la Humanidad;

la Humanidad, con sus continuos pecados.

Todo hombre que haya vivido, que vive o que vivirá,

cuesta lágrimas a María.

Santiago de Zebedeo pregunta sorprendido:

–        ¿Pero por qué?

–        Porque todo hombre me cuesta torturas a Mí para redimirlo.

Bartolomé afirma seguro:

–        ¡Pero decir esto de los que ya han muerto o no han nacido todavía!

Te harán sufrir los vivos, los escribas, fariseos, saduceos, con sus acusaciones, sus

celos, sus mezquindades; pero más no.

–         También mataron a Juan Bautista…

Israel no ha matado sólo a este profeta, ni es el único sacerdote de la Voluntad eterna

matado por causa del odio de los que no obedecen a Dios.

Tadeo dice:

–        Pero Tú eres más que un profeta y que el mismo Bautista, tu Precursor.

Tú eres el Verbo de Dios.

Israel no levantará su mano contra Ti.

–        ¿Lo piensas así, hermano?

Estás en un error – le responde Jesús.

–        No. ¡No puede ser!

¡No puede suceder! ¡Dios no lo permitirá!

Sería degradar para siempre a su Cristo!

Judas Tadeo está tan agitado que se pone en pie.

Jesús también se levanta y lo mira fijamente a la cara palidecida, a los ojos sinceros.

Dice lentamente:

–        Y sin embargo así será.

Y baja el brazo derecho, que lo tenía alzado, como jurando.

Todos se ponen en pie y se arriman aún más a Él: una corona de caras afligidas.

Y más aún, incrédulas.

Una serie de comentarios recorre el grupo:

–        Si fuera así… tendría razón Judas Tadeo

–        Lo que le sucedió a Juan el Bautista fue una cosa mala,

pero exaltó al hombre, heroico hasta el final;

si le sucediera eso al Cristo sería disminuirlo.

–         Cristo puede ser perseguido, pero no degradado.

–        Tiene la unción de Dios.

–        ¿Y quién podría ya creer, si te vieran en poder de los hombres?

–        No lo permitiremos.

El único que permanece en silencio es Santiago de Alfeo.

Su hermano arremete contra él:

–        ¿No hablas?

¡No te mueves!

¡No oyes!

¡Defiende a Cristo contra sí mismo!

Santiago, por toda respuesta, se lleva las manos a la cara,

se separa bastante… 

Y llora.

–        ¡Es un estúpido! – sentencia su hermano.

Hermasteo le responde:

–         Quizás menos de lo que crees.

Y añade:

–         Ayer, explicando la profecía, el Maestro habló de un cuerpo deshecho que se

reintegra y de uno que por sí mismo se resucita.

Creo que uno no puede resucitar sin estar antes muerto.

Tadeo rebate:

–        Pero puede haber muerto de muerte natural, de vejez.

¡Y ya sería mucho para el Cristo!

Y muchos le dan la razón.

Simón Zelote observa:

–        Sí,

Pero entonces no sería una señal para esta generación,

que es mucho más vieja que Él. 

–        Ya.

Pero no está claro que hable de Sí mismo. – rebate Judas Tadeo,

Obstinado en su amor y respeto.

Isaac dice:

–        Ninguno que no sea el Hijo de Dios puede resucitarse a Sí mismo.

Así como tampoco ninguno que no sea el Hijo de Dios puede nacer como nació Él.

Yo lo digo, yo que vi su gloria natal.

Y el pastor testimonia con firmeza. 

Jesús, con los brazos cruzados, los ha escuchado mirándolos a medida que hablaban.

Ahora es Él el que hace ademán de hablar,

y dice:

–        El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres,

porque es el Hijo de Dios, sí,

pero también el Redentor del hombre.

Y no hay redención sin sufrimiento.

Mi sufrimiento será corporal, de la carne y de la sangre, para reparar los pecados de

la carne y de 1a sangre;

moral, para reparación de los pecados de la mente y las pasiones;

espiritual, para reparación de las culpas del espíritu.

Será completo.

Por tanto, a la hora establecida, me prenderán, en Jerusalén.

Y tras haber sufrido ya mucho por culpa de los Ancianos y de los Sumos Sacerdotes,

de los escribas y fariseos, seré condenado a una muerte infamante.

Y Dios no lo impedirá, porque así debe suceder

siendo Yo el Cordero de expiación por los pecados del mundo entero.

Y, en un mar de angustia, compartida por mi Madre y por otras pocas personas,

moriré en el patíbulo; y tres días después, por mi Voluntad Divina, por ella sola,

resucitaré a una vida eterna y gloriosa como Hombre y volveré a ser: Dios en el Cielo

con el Padre y el Espíritu. 

Pero antes tendré que padecer toda suerte de oprobios… 

Y sentir mi corazón traspasado por la Mentira y el Odio.

Un coro de gritos se eleva en el aire tibio y perfumado de primavera.

372 MILAGRO DE VIDA


372 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Terminada la comida en la casa hospitalaria,

Jesús sale con los doce, los discípulos

y el anciano dueño de la casa.

Vuelven al “manantial grande”.

Pero no se detienen allí.

Siguen el camino siempre subiendo en dirección norte.

El camino que han tomado, aunque vaya muy cuesta arriba, es cómodo,

porque es un verdadero camino,

por el que pueden transitar incluso carros y cabalgaduras.

En su parte más alta, en la cima del monte,

hay un macizo castillo o fortaleza

si se prefiere, que causa estupor por su forma singular.

Parece formado por dos construcciones colocadas a algunos metros de desnivel

una de la otra, de manera que la más retrasada y al mismo tiempo la más belicosa,

está más alta que la otra, a la que domina y defiende.

Hay un alto y ancho muro, sobre el cual se levantan torres cuadradas,

bajas pero sólidas, entre las dos construcciones que, aun siendo así,

son una única construcción,

porque está rodeada por un único cerco de murallas

de bloques de piedra almohadillados, murallas derechas o un poco oblicuas en la

base para sostener mejor el peso del bastión.

Pero los dos lados norte y sur caen a pico, formando una unidad con el monte,

que está aislado y desciende también a pico por esos dos lados.

Y el lado oeste presentará las mismas características.

El anciano Benjamín, por ese sutil orgullo propio de todo ciudadano respecto a su

ciudad, ilustra el castillo del Tetrarca, que es además de castillo, lugar de defensa de

la ciudad, y enumera su belleza y fortaleza, su solidez, las comodidades de las

cisternas y pilones para e1 agua;

y del amplio espacio,

las facilidades de su vasto radio de visión, de su posición, etc. etc.

–        Los romanos también dicen que es bonito.

¡Y ellos entienden de castillos!… – termina el anciano.

Y añade:

–        «Conozco al administrador.

Por eso puedo entrar.

Os voy a enseñar el más amplio y bonito panorama de Palestina».

Jesús escucha benigno.

Los otros sonríen un poco:

¡Ellos que han visto tantos panoramas!..

Pero el anciano es tan bueno que no tienen corazón para contrariarlo y secundan su

deseo de mostrar cosas bonitas a Jesús.

Llegan a la cima.

La vista es verdaderamente bonita ya incluso desde la plazoleta que hay delante del

portón de entrada guarnecido de hierro.

Pero el anciano dice:

–          ¡Venid, venid!…

Dentro es más bonito.

Vamos a subir a la torre más alta de la ciudadela. Veréis…

Y penetran en el oscuro pasaje abierto

en la muralla de bastantes metros de anchura.

Van hasta un patio.

Allí están esperándolos el administrador y su familia.

Los dos amigos se saludan y el anciano explica el objeto de la visita. –

¡        El Rabí de Israel!

¡Qué pena que no esté Filipo!

Deseaba verlo, porque su fama ha llegado hasta aquí.

Filipo estima a los rabíes verdaderos,

porque son los únicos que han defendido sus derechos,

y también por desdén hacia Antipas, que no los estima.

¡Venid, venid!… 

El hombre, al principio, ha mirado un momento a Jesús;

luego ha decidido honrarlo con una reverencia digna de un rey.

Cruzan otro pasaje.

Aparece un segundo patio y una nueva poterna que da acceso a un tercer patio.

Pasado éste, hay una profunda cárcava y el murallón torreado de la ciudadela.

Caras curiosas de armígeros o domésticos se asoman por todas partes.

Entran en la ciudadela.

Y luego, por una estrecha escalera, suben al bastión, y de éste a una torre.

En la torre entran sólo Jesús y el administrador,

Benjamín y los doce.

Más no podrían, porque ya están apretados como sardinas.

Los otros se quedan en el bastión.

¡Qué vista, cuando desde la torre Jesús y los que están con Él,

salen a la terracita que corona la torre y asoman todos la cabeza

por el alto parapeto de bloques de piedra!

Asomándose hacia el precipicio que hay en este lado oeste,

el más alto del castillo, se ve toda Cesárea,

extendida a los pies de este monte y se ve bien,

porque ella tampoco es llana, sino que está construida sobre suaves ondulaciones.

Más allá de Cesárea, se extiende toda la fértil llanura que precede al lago Merón.

Y parece un pequeño mar de un verde tierno, con tornasoles de aguas de turquesas

claras, resplendentes en la vasta llanura glauca cual jirones de cielo sereno.

Y luego graciosas colinas dispuestas como collares de un esmeralda oscuro irisado

con la plata de los olivos, esparcidos acá o allá en los confines de la llanura.

Y penachos esponjosos de árboles que florecen…  

O bolas compactas de árboles ya florecidos…

Y, mirando hacia el norte y hacia oriente se ve el Líbano potente,

el Hermón que brilla bajo el sol con sus nieves perladas y los montes de Iturea;

y el valle del Jordán,

por la cavidad comprendida entre los collados del mar de Tiberíades

y los montes de la Galaunítida,

aparece en un atrevido recorte, para perderse luego en lejanías de ensueño.

Jesús exclama:

–        ¡Bonito!

¡Bonito! ¡Muy bonito!

Mientras mira con admiración y parece bendecir y querer abrazar estos lugares tan

hermosos con su rostro sonriente y sus brazos abiertos.

Y responde a los apóstoles, que piden una u otra explicación,

señalando los lugares donde han estado,

las comarcas y las direcciones en que éstas se encuentran.

Bartolomé dice:

–        Pero no veo el Jordán.  

Jesús explica:

 –         No lo ves… 

Pero está allá, en aquella extensión entre dos cadenas montañosas; al pie de esa de

poniente está el río.

Bajaremos por allí, porque la Perea y la Decápolis todavía esperan al Evangelizador.

Pero entretanto se vuelve, preguntando casi al aire, por un quejido largo, ahogado,

que no es la primera vez que hiere su oído.

Y mira al administrador como para preguntarle qué sucede.

El hombre explica:

–        Es una de las mujeres del castillo.

Una mujer casada. Va a tener un niño.

El primero y el último, porque su marido murió en las calendas de Kisléu.

No sé si vivirá siquiera, porque la mujer, desde que se ha quedado viuda,

no hace sino consumirse en llanto.

Es un espectro.

¿Oyes?

Ni siquiera tiene fuerza para gritar…

Claro que… viuda a los diecisiete años…

Y se querían mucho.

Mi mujer y su suegra le dicen: “En tu hijo tendrás de nuevo a Tobit”.

Pero son palabras…

Bajan de la torre y pasan por los bastiones, admirando el lugar y el panorama.

Luego el administrador los invita ofreciéndoles unas bebidas y fruta a los visitantes;

Entran en una vasta habitación de la parte anterior del castillo,

a donde los siervos traen las cosas requeridas.

El quejido es más desgarrador y más cercano.

El administrador presenta disculpas por ello,

incluso porque el hecho tiene ocupada a su mujer

y no puede venir con el Maestro.

Pero al lamento de antes sigue un griterío aún más doloroso.

Y hace suspender en el aire las manos que traen la fruta o las copas en las bocas.

El administrador dice:

–        Voy a ver qué ha sucedido.

Y sale, mientras la cacofonía de gritos y llantos penetra aún más

intensamente por la puerta entreabierta.

Vuelve el administrador,

diciendo:

–        Se le ha muerto el niño nada más nacer…

¡Qué congoja!

Está tratando de reanimarlo con sus fuerzas huidizas…

Pero ya no respira. ¡Está negro!…

Y menea la cabeza, para concluir:

–        «¡Pobre Dorca!».

Jesús dice:

–        Tráeme al niño. 

–        ¡Pero si está muerto, Señor!         

–        Tráeme al niño, te digo.

Como está.

Y di a la madre que tenga fe.

El administrador se marcha corriendo.

Vuelve:

–        No quiere.

Dice que no se lo deja a nadie. Parece loca.

Dice que lo que queremos es quitárselo.

–          Llévame a la puerta de su habitación.

Que me vea.

–        Pero…

–         ¡No te preocupes!

Ya me purificaré después, si acaso…

Van raudos por un corredor oscuro hasta una puerta cerrada.

Jesús mismo la abre y se queda en el umbral,

frente a la cama, donde una liviana criatura alabastrina aprieta contra su corazón,

a una criaturita que no da señales de vida.

Jesús la saluda:

–         La paz a ti, Dorca.

Mírame. No llores.

Soy el Salvador. Dame a tu pequeñuelo…

Ella lo mira pasmada…

Y en el primer momento, al verlo, había apretado ferozmente

al recién nacido contra su corazón,

Pero algo en la Voz de Jesús,

hace que desaparezca la desesperación

y ahora lo mira con sus ojos acongojados y dementes,

se abren a una luz dolorosa pero llena de esperanza.

Cede a la criaturita envuelta en paños delicados a la mujer del administrador…

Y se queda allí, con las manos extendidas hacia delante, con la vida,

con la fe en sus ojos dilatados;

sorda a las súplicas de la suegra,

que querría ponerla cómoda sobre las almohadones,

Jesús toma el fardito de carnes semifrías y de paños.

Mantiene al pequeñuelo derecho por las axilas.

Apoya su boca en los minúsculos labios entreabiertos,

curvado hacia adelante porque la cabecita pende hacia atrás.

Sopla fuerte en la inerte garganta…

Está un instante con los labios apoyados en la boquita, luego se separa…

Y un piar de pajarillo tiembla en el aire inmóvil…

Un segundo, más fuerte… un tercero… 

Hasta que finalmente, se escucha un verdadero vagido mientras oscila la cabecita,

se agitan las manitas y los piececitos…

Y contemporáneamente, durante el largo, triunfal llanto del recién nacido,

toma color la cabecita pelada, la carita minúscula…

Le responde el grito de la madre:

–        ¡Hijo mío!

¡Mi amor! ¡La semilla de mi Tobit!

¡En el corazón!

¡En el corazón de tu mamá… para que muera feliz!…

Dice con un susurro que se apaga en un beso

y en una reacción comprensible de abandono.

Las mujeres gritan:

–        ¡Se muere! 

Jesús objeta:

–        No.

Entra en un merecido descanso.

Cuando se despierte, decidle que al niño le ponga por nombre Iesaí Tobit.

La paz sea con vosotras.

Cierra de nuevo, lentamente, la puerta.

Y se vuelve para regresar adonde estaba antes, adonde sus discípulos.

Pero están todos allí,

montón conmovido que ha presenciado y que ahora lo mira con maravilla.

Vuelven juntos al patio.

Saludan al estupefacto administrador, que no hace sino repetir

–        ¡Cuánto va a sentir el Tetrarca no haber estado!

Y emprenden de nuevo la bajada para volver a la ciudad.

Jesús pone la mano en el hombro del anciano Benjamín,

diciendo:

–        Te agradezco lo que nos has mostrado…

Y el haber sido la razón de un milagro…

370 EL PRIMER PONTÍFICE


370 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

La llanura costea el Jordán antes de que éste vierta sus aguas en lago de Merón.

Un hermoso llano, en que, cada día que pasa, crecen más exuberantes los cereales

y van  floreciéndose los árboles frutales.

Los montes allende los cuales está Quedes, ahora quedan a espaldas de los

peregrinos, que con frío andan ligeros bajo las primeras luces del día,

mirando anhelantes al sol, que sube y buscándolo, apenas su rayo toca los prados

y acaricia el follaje.

Deben haber dormido al raso o cuando mucho en un pajar, porque las vestiduras

están arrugadas y conservan algunas pajuelas y hojas secas, que ellos se van

quitando según las van descubriendo con la luz más fuerte.

El río anuncia su presencia por su murmullo, que parece fuerte en medio del silencio

matutino del campo.

Y también por una densa hilera de árboles con hojas nuevas,

que tiemblan con la leve brisa de la mañana; pero todavía no se ve,

porque fluye profundo en la rasa llanura.

Cuando sus aguas azules, incrementadas por numerosos torrentes que bajan de los

montes occidentales, se ven brillar entre la hierba nueva de las márgenes,

se está casi en la orilla.

Jesús, que estaba solo, meditativo y que se había parado a esperarlos.

Cuando lo alcanzan, los apóstoles preguntan:

–        ¿Seguimos la orilla hasta el puente, o pasamos el río por aquí?

Jesús responde:

–        Mirad a ver si hay una barca para pasar.

Es mejor atravesar por aquí… 

Bartolomé ceñudo mirando a Judas,

observa:

–         Sí.

En el puente, que está justo en la vía para Cesárea Paneas,

podríamos encontrar otra

vez a algunos que hubieran seguido nuestra pista.

Judas, tranquilo y humilde,

explica:

–        No. No me mires mal.

Yo no sabía que íbamos a venir aquí y no he dicho nada.

Era fácil comprender que de Sefet Jesús iría a las tumbas de los rabíes y a Quedes.

Pero jamás habría imaginado que quisieran llegar hasta la capital de Filipo.

Por tanto, ellos lo ignoran.

Y no nos los encontraremos por culpa mía, ni por su voluntad.

A menos que tengan como guía a Belcebú.  

Bartolomé dice:

 –         Esto está bien.

Porque con cierta gente…

Hay que tener ojo y medir las palabras;

no dejar indicios de nuestros proyectos.

Tenemos que estar atentos a todo.

Si no, nuestra evangelización se transformará en un huir permanente.

Vuelven Juan y Andrés

Dicen:

–          Hemos encontrado dos barcas.

Nos pasan a una dracma por barca.

Vamos a bajar al borde.

Y en dos barquichuelas, en dos turnos, pasan a la otra orilla.

La llanura rasa y fértil los acoge también aquí.

Una llanura fértil y, sin embargo, poco poblada.

Sólo los campesinos que la cultivan tienen casa en ella.

Pedro observa:

–         ¡Mmm!

¿Cómo vamos a conseguir el pan?

Yo tengo hambre.

Y aquí… No tenemos ni siquiera las espigas filisteas…

Hierba y hojas, hojas y flores.

No soy una oveja ni una abeja. 

Sus compañeros sonríen ante su comentario.

Tadeo que iba más adelante, se vuelve y dice:

–         Compraremos pan en el próximo pueblo.

Santiago de Zebedeo concluye:

–        Siempre y cuando no nos hagan huir.

Jesús dice:

–        Absteneos, vosotros que decís que hay que estar atentos a todo;

de la levadura de los fariseos y saduceos;

que creo que la estáis tomando sin reflexionar en lo que de malo hacéis.

¡Tened cuidado!

¡Guardaos!

Los apóstoles se miran unos a otros…

Y cuchichean:

–         ¿Pero qué dice?

Han sido aquella mujer del sordomudo y el posadero de Quedes,

los que nos han dado el pan.

Y está todavía aquí; es el único que tenemos.

Y no sabemos si podremos encontrar pan que comprar para nuestra hambre.

¿Cómo dice, entonces, que compramos a saduceos y fariseos pan con su levadura?

Quizás no quiere que se compre en estos pueblos…

Jesús, que caminaba de nuevo solo adelante, se vuelve otra vez,

diciendo:

–           ¿Por qué tenéis miedo a quedaros sin pan para vuestra hambre?

Aunque aquí todos fueran saduceos y fariseos,

no os quedaríais sin comida por causa

de mi consejo.

No me refiero a la levadura del pan.

Por tanto, podéis comprar donde os parezca el pan para vuestros vientres.

Y, si nadie quisiera vendéroslo, igualmente no os quedaríais sin pan.

¿No os acordáis de los cinco panes con que comieron cinco mil personas?

¿No os acordáis que recogisteis doce cestas colmadas de los trozos sobrados?

Podría hacer para vosotros, que sois doce y tenéis un pan,

lo que hice para cinco mil con cinco panes.

¿No comprendéis a qué levadura aludo?

A la que fermenta en el corazón de los fariseos, saduceos y doctores, contra Mí.

Eso es odio, es herejía.

Y vosotros estáis yendo hacia el odio, como si hubiera entrado en vosotros parte de

la levadura farisaica.

No debemos odiar ni siquiera a nuestro enemigo.

No abráis siquiera una rendija a lo que no es Dios.

Tras el primero entrarían otros elementos contrarios a Dios.

Hay veces que, por excesivo deseo de combatir a los enemigos con las mismas armas,

uno termina pereciendo o vencido.

Y, una vez vencidos, podríais, por contacto, absorber sus doctrinas.

No. Tened caridad y prudencia.

No tenéis en vosotros todavía tanto, como para poder combatir estas doctrinas,

sin que ellas mismas os contaminen.

Porque también vosotros tenéis algunos de sus elementos, de los cuales uno es el  odio a ellos.

Os digo más: podrían cambiar de método para seduciros

y arrancaros de Mí, usando  con vosotros mil amabilidades,

mostrándose arrepentidos, deseosos de hacer la paz.

No debéis huir de ellos.

Pero, cuando quieran daros sus doctrinas, habréis de saber no acogerlas.

A esta levadura me refiero.

Es la malevolencia que va contra el amor.

Y las falsas doctrinas.

Os digo: sed prudentes.

Tomás pregunta:

–         ¿Esa señal que pedían los fariseos ayer tarde era “levadura” Maestro? 

Jesús responde: 

–          Era levadura y veneno.

–          Has hecho bien en no dársela.

–          Pero se la daré un día.

Varios preguntan curiosos:

–        ¿Cuándo? ¿Cuándo?

–        Un día…

–        ¿Y qué señal es?

Pedro pregunta:

–         ¿No nos lo dices ni siquiera a nosotros, tus apóstoles?

Para poder reconocerla inmediatamente.

–          Vosotros no deberíais necesitar una señal.

Santiago de Zebedeo replica con vehemencia:

–        ¡Bueno, no para poder creer en Ti!

No somos gente con muchos pensamientos.

Tenemos uno sólo: amarte a Tí. 

–         Pero, la gente….

Vosotros que tratáis con ella, así llanamente más que Yo,

sin el sentido de temor que Yo puedo infundir

¿Quién dice que Soy?

¿Y cómo define al Hijo del hombre?

Bartolomé argumenta:

–          Hay quien dice que Tú eres Jesús, o sea, el Cristo.

Y son los mejores;

los otros te consideran Profeta, otros sólo Rabí, y otros

– ya lo sabes – un loco y un endemoniado.

–           Pero hay alguno que usa para Ti el mismo nombre que Tú te das

y te llama: “Hijo del hombre”.

–          Y algunos dicen también que no puede ser eso,

porque el Hijo del hombre es otra cosa muy distinta. 

Y esto no es siempre una cosa negativa;

porque, en el fondo, admiten que eres más que el Hijo del hombre:

eres el Hijo de Dios.

Otros, sin embargo, dicen que Tú no eres siquiera el Hijo del hombre;

sino un pobre hombre agitado por Satanás o a merced de la demencia.

Como puedes ver, los pareceres son muchos y todos distintos.

Pero Jesús insiste:

–         ¿Pero, para la gente, entonces, quién es el Hijo del hombre?

Simón Zelote confirma:

–          Es un hombre que debe poseer todas las virtudes más hermosas del hombre,

Un hombre que reúna en sí todos los requisitos de la inteligencia,

sabiduría, gracia, que pensamos que tenía Adán

Y algunos, a estos requisitos, añaden el de no morir.

Ya sabes que circula la voz de que Juan Bautista no ha muerto;

sino solamente que ha sido transportado a otro lugar por los ángeles.

Y que Herodes, para no reconocerse vencido por Dios,

y más todavía Herodías,

han mostrado, como cadáver del Bautista, el cuerpo mutilado del siervo. ¡

Bueno, la gente dice tantas cosas!…

Por eso, hay muchos que piensan que el Hijo del hombre es Jeremías, Elías o

alguno de los Profetas.

E incluso el mismo Bautista, que tenía sabiduría y gracia.

Y se decía el Precursor del Cristo.

Cristo: el Ungido de Dios.

El Hijo del hombre: un gran hombre nacido del hombre.

Muchos no pueden admitir…

O no quieren admitirlo, que Dios haya podido enviar a su Hijo a la Tierra.

Tú ayer lo dijiste:

“Creerán sólo los que están convencidos de la infinita bondad de Dios”.

Bartolomé añade:

–         Israel cree en el rigor de Dios más que en su bondad…

Zelote confirma:

–          Ya, claro.

Se sienten efectivamente tan indignos,

que juzgan imposible que Dios sea tan bueno

como para mandar a su Verbo a salvarlos.

El estado degradado de su alma, les es obstáculo para creerlo.

Y añade:

–        «Tú mismo dices que eres el Hijo de Dios y del hombre.

En efecto, en Tí mora toda gracia y sabiduría como hombre.

Y yo pienso que, realmente, uno que hubiera nacido de un Adán en gracia,

se habría parecido a Ti en belleza, inteligencia en todas las demás cualidades.

Y en Ti brilla Dios por la potencia.

¿Pero quiénes de los que se creen dioses y en su soberbia infinita, miden a Dios con

el patrón de sí mismos podrán creerlo?

Ellos, los crueles, los que odian, los rapaces, los impuros;

NO PUEDEN claro, pensar que Dios haya extendido su dulzura,

HASTA DARSE A SÍ MISMO PARA REDIMIRLOS…

Su amor hasta salvarlos, su generosidad hasta entregarse a merced del hombre,

su pureza hasta sacrificarse en medio de nosotros.

No pueden, no, siendo como son tan inexorables y escrupulosos,

en buscar y castigar las culpas.

Jesús insiste:

–        ¿Y vosotros quién decís que soy Yo?

Decidlo por vuestro juicio, sin más;

sin tener en cuenta ni mis palabras ni las de los demás.

Si estuvierais obligados a dar un juicio sobre Mí,

¿Qué diríais que soy?

Pedro grita:

–          ¡Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios Vivo!

Mientras se arrodilla con los brazos extendidos hacia arriba, hacia Jesús.

Y Jesús lo mira con una faz toda luz… 

Y se inclina a levantarlo de nuevo para abrazarlo,

y dice:

–         ¡Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás!

Porque esto no te lo ha revelado la carne ni la sangre,

sino mi Padre que está en los Cielos.

Desde el primer día que viniste a Mí te hiciste esta pregunta.

Y por ser sencillo y honesto, supiste comprender y aceptar,

la respuesta que te venía de los Cielos.

No viste manifestaciones sobrenaturales, como tu hermano, Juan y Santiago.

No conocías mi santidad de hijo, de obrero, de ciudadano,

como Judas y Santiago, mis hermanos.

No fuiste objeto de milagros ni los viste hacer, ni te di señal de poder;

como hice y vieron en el caso de Felipe, Natanael, Simón Cananeo, Tomás, Judas.

No fuiste subyugado por mi Voluntad como en el caso de Leví el publicano.

Y, no obstante, exclamaste: “¡El es el Cristo!”‘.

Desde la primera hora en que me viste, creíste.

Y nunca tu fe se ha tambaleado.

Por eso te llamé Cefas.

Y por esto, sobre ti, Piedra, edificaré mi Iglesia… 

Y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella

A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos.

Lo que atares en la tierra será atado en los Cielos; lo que desatares en la tierra

será desatado en los Cielos.

Sí, hombre fiel y prudente, cuyo corazón he podido pulsar.

Y aquí, desde este momento, tú eres el Jefe y se te debe obediencia y respeto;

como a otro Yo mismo.

Esto le proclamo delante de todos vosotros.

Si Jesús hubiera aplastado a Pedro con una granizada de correcciones,

el llanto de Pedro no habría sido tan alto.

Llora todo convulso de sollozos, apoyada la cara en el pecho de Jesús.

Un llanto que encuentra paralelo sólo en aquél, incontenible;

de su dolor de haber renegado a Jesús

El de ahora está hecho de mil sentimientos humildes y buenos…

Otro poco del antiguo Simón, el pescador de Betsaida que, ante el primer anuncio

de su hermano, se había reído diciendo: « ¡El Mesías se te aparece a Ti!…

¡Precisamente!» incrédulo y jocoso

un poco mucho del antiguo Simón se desmorona bajo ese llanto,

para dejar aparecer, bajo la costra ahora más delgada de su humanidad,

cada vez más claramente, al Pedro Pontífice de la Iglesia de Cristo.

Cuando levanta la cara tímido, confuso, no sabe hacer sino un acto para decir todo,

para prometer todo,

para entregarse todo con renovada energía al nuevo ministerio:

echar sus cortos y musculosos brazos al cuello de Jesús.

Y obligarle a inclinarse más para besarlo, mezclando sus cabellos y su barba,

un poco híspidos y entrecanos,

con los cabellos y la barba, suaves y dorados, de Jesús.

Y luego lo mira, con una mirada de adoración, amorosa, suplicante;

de sus ojos un poco overos, brillantes y rojos de las lágrimas lloradas,

mientras tiene entre sus manos callosas, anchas, rudas;

cual si se tratara de un vaso del que fluyera licor vital,

el rostro ascético del Maestro,

inclinado hacia el suyo…

Y bebe, bebe, bebe dulzura y gracia, seguridad y fuerza, de ese rostro;

de esos ojos, de esa sonrisa…

Se separan por fin y reanudan la marcha hacia Cesárea de Filipo.

Jesús entonces dice a todos:

–         Pedro ha dicho la verdad.

Muchos la intuyen, vosotros la sabéis. 

Pero, por ahora, no digáis a nadie lo que es el Cristo, en la verdad completa

de lo que sabéis.

Dejad que Dios hable en los corazones como habla en el vuestro.

En verdad os digo que quienes a mis afirmaciones o a las vuestras,

añaden la fe perfecta y el perfecto amor;

llegan a saber el verdadero significado de las palabras `

Jesús, el Cristo, el Verbo, el Hijo del hombre y de Dios”.

369 EL MESÍAS


369 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

La ciudad de Quedes está situada en un monte, de una cadena de colinas,

que se orienta de norte a sur: con dos líneas paralelas,

que se estrechan y forman casi un esbozo de X.

En el punto más estrecho, se sitúa Quedes: extendida desde la cima a las laderas,

más bien poco inclinadas, dominando el valle fresco y verde.

Es una bella ciudad rodeada de muros, con casas bonitas y una imponente sinagoga;

como imponente también es la fuente, con sus muchas bocas que dejan caer agua

fresca y abundante en la pila de la cual salen unos canalillos destinados a alimentar otras fuentes, 

Jesús entra en esta ciudad en día de mercado.

Su mano ya no está vendada,

pero tiene todavía una costra oscura y un amplio hematoma en el dorso.

También Santiago de Alfeo tiene una pequeña costra, en la sien

y todo alrededor, tiene una amplia moradura.

Andrés y Santiago de Zebedeo menos heridos,

ya no muestran señales de la pasada aventura.

Y caminan ligero, mirando a los lados y hacia atrás, porque están escalonados,

delante, detrás y al lado de Jesús.

Andrés dice:

–         ¡Pero ésta es una ciudad de refugio!

Pedro le responde:

–         ¡Sí, vaya!

¡Precisamente ellos van a respetar el amparo y la santidad de un lugar!

¡Pero qué ingenuo eres, hermano! 

Jesús va entre los dos Judas.

Delante de Él, en vanguardia, Santiago y Juan.

Y luego el otro Santiago con Felipe y Mateo.

Detrás de Él, Pedro, Andrés y Tomás.

Los últimos, Simón Zelote y Bartolomé

Todo va bien hasta la entrada en una bonita plaza;

la de la taza de la fuente y la sinagoga.

En la que se que se aglomera la gente que trata de negocios.

El mercado, está más abajo y en el suroeste de la ciudad,

donde desembocan la vía principal que viene del sur

y la otra por la que viene el grupo apostólico. 

Jesús, que viene del oeste ambas confluyen en ángulo recto y se funden en una sola,

que penetra por la puerta de la ciudad hasta transformarse en una vasta plaza oblonga,

en la que hay asnos y esteras, vendedores, compradores, y el consabido jaleo…

Pero cuando llegan a esta plaza más bonita que es el corazón de la ciudad

cuando llegan a esta plaza, empiezan las dificultades.

Junto al portón amplio y bello adornado con esculturas y frisos de la rica sinagoga,

hay un grupo numeroso de fariseos y saduceos,

parecen un grupo de sabuesos rastreros y gruñidores, a la espera de saltarle encima

al acecho de la presa, cuyo olor han sentido ya en el viento

grupo mezclado – como elemento excitante – con un grupito de rabíes

ya vistos en Yiscala, entre los cuales aquél llamado Uziel.

Y enseguida unos a otros se hacen señas indicando a Jesús y a los apóstoles. 

Juan exclama asustado: 

–          ¡Vaya, Señor!

¡Están también aquí! 

Volviéndose hacia atrás a hablar con Jesús.

Jesús dice:

–        No temas.

Sigue adelante seguro.

De todas formas, los que no se sientan dispuestos a hacer frente a esos desdichados

que se retiren y se vayan a la posada.

Quiero por encima de todo hablar aquí, en esta antigua ciudad levítica y de refugio.

Protestan todos:

–          Maestro, ¿Cómo puedes pensar que te vamos a dejar solo?

!Que nos maten a todos, si quieren!.

Nosotros compartiremos tu suerte.

Jesús pasa por delante del grupo enemigo.

Y va a colocarse contra la tapia de un jardín,

por encima de la cual llueven los cándidos pétalos de un peral en flor:

la tapia oscura y la nube cándida son marco y corona de Cristo,

que tiene enfrente a sus doce.

Jesús empieza a hablar.

Y su bonita voz entonada, llena la plaza y hace volverse a quienes están en ella.

Que dice:

–         ¡Vosotros, aquí reunidos, venid a escuchar la Buena Nueva,

porque más útil que los negocios y las monedas,

es la conquista del Reino de los Cielos!  

La plaza se llena de comentarios:

–        ¡Oh, pero si ése es el Rabí galileo! – dice uno.

–        Venid. Vamos a oír lo que dice.

–        Quizás hace algún milagro.

Y otro

–        Yo, en Bet Yinna, le vi hacer uno.

¡Y qué bien habla!

–        No como esos gavilanes rapaces y esas serpientes astutas.

Pronto mucha gente circunda a Jesús.

Y Él prosigue para esta gente atenta:

–          En el corazón de esta ciudad levítica no quiero recordar la Ley.

Sé que la tenéis presente en vuestros corazones como en pocas ciudades de Israel,

Y lo demuestra incluso el orden que en ella he encontrado,

la honestidad de que me han dado prueba los comerciantes a quienes he comprado

el alimento para mí y mi pequeño rebaño.

Y esta sinagoga, ornamentada como conviene al lugar donde se honra a Dios.

Mas, dentro de vosotros hay también un lugar donde se honra a Dios,

un lugar donde residen las aspiraciones más santas y resuenan las palabras más

dulcemente esperanzadoras de nuestra fe y las oraciones más ardientes

para que la esperanza se haga realidad: el alma:

éste es el lugar santo e individual, donde se habla de Dios y con Dios

en espera de que la Promesa se cumpla.

Pero la Promesa se ha cumplido ya. Israel tiene su Mesías.

Y Él os trae la palabra y la certeza de que el tiempo de la Gracia ha llegado,

de que la Redención está próxima, de que el Salvador está en medio de vosotros,

de que el invicto Reino de Dios comienza.

¡Cuántas veces habréis oído la lectura de Habacuc!

Y los más meditativos de vosotros habrán susurrado:

“Yo también puedo decir “¡Hasta cuándo, Señor, tendré que gritar sin que me prestes oídos?”

Desde hace siglos Israel gime así.

Mas ahora el Salvador ha venido.

El gran hurto, el perpetuo apuro, el desorden y la injusticia causado por Satanás,

están a punto de caer, porque el Enviado por Dios está para reintegrar al hombre

en lo que es su dignidad de hijo de Dios y coheredero del Reino de Dios.

Miremos la profecía de Habacuc con ojos nuevos,.

Y sentiremos que da testimonio de Mí,

que habla ya el lenguaje de la Buena Nueva que Yo traigo a los hijos de Israel.

Mas aquí soy Yo quien debe expresar un lamento:

“Se ha verificado el juicio, y, no obstante, la oposición triunfa”.

Y lo expreso con profundo dolor.

No tanto por mí, que estoy por encima del parecer humano,

cuanto por aquellos que, por ser adversarios, se condenan,

y por los que se extravían por causa de los adversarios.

¿Os asombra lo que digo?

Entre vosotros hay mercaderes de otros lugares de Israel.

Ellos os pueden decir que no miento.

No miento con una vida contraria a lo que enseño

o no haciendo lo que del Salvador se espera.

No miento cuando digo que la oposición humana se yergue contra el juicio de Dios,

que me ha enviado, y contra el juicio de las gentes humildes y sinceras,

que me han oído y juzgado rectamente en lo que soy.

Algunos de la multitud comentan:

–        ¡Es verdad!

–        ¡Es verdad!

–        Nosotros, del pueblo, lo estimamos y sentimos que es santo.

Pero aquéllos (y señalan a los fariseos y compañeros) lo hostigan.

Jesús prosigue

–        En aras de esta oposición se lacera la Ley.

Y cada vez será más maltratada, hasta llegar incluso a abolirla,

con tal de cometer la suprema injusticia, la cual, no obstante, no durará mucho.

Bienaventurados los que en la breve y espantosa espera,

cuando parezca que la oposición haya triunfado contra Mí,

sepan seguir creyendo en Jesús de Nazaret, en el Hijo de Dios,

en el Hijo del hombre, anunciado por los profetas:

Yo podría cumplir el juicio de Dios con toda extensión, salvando a todos los hijos de

Israel.

Mas no podré hacerlo, porque el impío triunfará contra sí mismo,

contra la parte mejor de sí mismo.

Y de la misma forma que pisotea mis derechos y a mis fieles,

pisoteará los derechos de su espíritu, que tiene necesidad de Mí para ser salvado y

que es entregado a Satanás con tal de negármelo a Mí.

Los fariseos murmuran turbulentos.

Pero un anciano de majestuoso porte hace ya un rato que se ha acercado al lugar donde está Jesús

Y ahora, durante un momento de pausa del discurso, dice:

–        Entra en la sinagoga, te lo ruego;

enseña en ella. Nadie tiene más derecho que Tú a hacerlo.

Soy Matías, el jefe de la sinagoga.

Ven, que la Palabra de Dios habite mi casa como mora en tu boca.

Jesús responde:

–         Gracias, justo de Israel.

La paz sea siempre contigo.

Y Jesús, a través de la muchedumbre, que se abre como una ola para dejarlo pasar,

y luego se cierra formando estela y lo sigue,

cruza de nuevo la plaza y entra en la sinagoga,

pasando otra vez por delante de los fariseos gruñidores,

que entran también en la sinagoga, tratando de abrirse paso violentamente.

Pero la gente los mira con cara de pocos amigos,

y dice:

–          ¿De dónde venís.

Id a vuestras sinagogas y esperad allí al Rabí.

Ésta es nuestra casa y entramos nosotros.

Y rabíes, saduceos y fariseos, tienen que soportar quedarse humildemente a la puerta

para no ser expulsados por los habitantes de Quedes.

Jesús está en su sitio.

Tiene cerca al arquisinagogo y a otros de la sinagoga,

. Reanuda su discurso:

–           Habacuc dice – ¡y con qué amor os invita a observar! -:

“Extended vuestra mirada sobre las naciones, y observad, maravillaos, asombraos,

porque en vuestros días ha sucedido una cosa que nadie creerá cuando se la cuenten”.

También ahora tenemos enemigos materiales en Israel.

Pero dejad pasar este pequeño detalle de la profecía

y miremos solamente al gran vaticinio enteramente espiritual que contiene.

Porque las profecías, aunque parecen tener una referencia material,

su contenido es siempre espiritual.

La cosa, pues, que ha sucedido

y es tal, que nadie podrá aceptarla si no está convencido de la infinita bondad del verdadero Dios –

es que Él ha mandado a su Verbo para salvar y redimir al mundo.

Dios que se separa de Dios  para salvar a la criatura culpable.

Pues bien, Yo he sido mandado a esto.

Y ninguna fuerza del mundo podrá detener mi ímpetu de. Triunfador sobre reyes

y tiranos, sobre pecados y necedades.

Venceré porque soy el Triunfador.

Una carcajada burlona y un grito se dejan oír desde el fondo de la sinagoga.

La gente protesta.

El jefe de la sinagoga, que está tan concentrado en escuchar a Jesús que tiene incluso

los ojos cerrados, se pone de pie e impone silencio,

amenazando con la expulsión a los perturbadores.

Jesús dice:

–        No te opongas a ellos; es más, invítalos a que expongan sus divergencias .

Los fariseos dicen:

–        ¡Bien! ¡Esto esta bien!

–        Déjanos acercarnos a Ti, que queremos hacerte unas preguntas.

Gritan en tono irónico los objetores.

–      Venid.

Dejadlos pasar, vosotros de Quedes.

Y la gente, con miradas hostiles y caras disgustadas.

Sin que falte uno que otro epíteto, los deja ir adelante.

Jesús en tono severo, pregunta: 

–        ¿Qué queréis saber? 

–         ¿Tú, entonces, dices que eres el Mesías?

¿Estás verdaderamente seguro de ello?

Jesús, con los brazos cruzados, mira con tal autoridad al que ha hablado,

que a éste se le cae de golpe la ironía y cierra la boca.

Pero otro toma la palabra en su lugar,

y dice:

–        No puedes pretender que se te crea por tu palabra.

Cualquiera puede mentir, incluso con buena intención

Para creer se necesitan pruebas.

Danos, pues pruebas de que eres eso que dices ser.

Jesús dice secamente:

–         Israel está lleno de mis pruebas.  

Y varios fariseos dicen:

–        ¡Ah! ¡Esas!…

–        Pequeñas cosas que cualquier santo puede hacer

–        ¡Han sido hechas y serán hechas en el futuro por los justos de Israel! 

Otro añade:

–          ¡Y no se da por sentado que Tú las hagas por santidad y ayuda de Dios!

Se dice, y verdaderamente es muy verosímil, que cuentas con la ayuda de Satanás.

Queremos otras pruebas.

Superiores, cuales Satanás no pueda dar.

¡Sí, hombre, una victoria sobre la muerte!…

–         Ya la habéis visto

–         Eran apariencias de muerte

Muéstranos a uno ya descompuesto que se reanime y recomponga, por ejemplo,

para tener la seguridad de que Dios está contigo.

Dios: el único que puede dar de nuevo respiro al fango que ya se vuelve polvo.

–        Nunca fue pedido esto a los Profetas para creer en ellos.

Un saduceo grita:

–        ¡Tú eres más que un profeta.

¡Tú, al menos Tú lo dices, eres el Hijo de Dios!… ¡Ja! ja!

¿Por qué, entonces, no actúas como Dios?

¡Ánimo, pues! ¡Danos una señal! ¡Una señal!

–         ¡Sí, eso!

Una señal del Cielo que diga que eres Hijo de Dios.

Entonces te adoraremos – grita un fariseo.

–        ¡Sí! ¡Eso es, Simón!

No queremos caer de nuevo en el pecado de Aarón.

No adoramos al ídolo, al becerro de oro,

¡Pero podríamos adorar al Cordero de Dios! ¿No eres Tú?

Si es que el Cielo nos indica que lo eres – dice el que tiene por nombre Uriel, que estaba en Yiscala.

Y ríe sarcásticamente.

Interviene otro, a voces:

–        Déjame hablar a mí, a Sadoq, el escriba de oro.

¡Óyeme, oh Cristo! Demasiados te han precedido, que no eran cristos.

Basta ya de engaños. Una señal de que lo eres.

Dios, si está contigo, no te lo puede negar.

Y nosotros creeremos en Ti y te ayudaremos.

Si no, ya sabes lo que te espera, según el Mandamiento de Dios.

Jesús alza la diestra herida y la muestra bien a su interlocutor.

Diciendo:

–        ¿Ves esta señal?

La has hecho tú. Has indicado otra señal.

Te alegrarás cuando la veas abierta en la carne del Cordero.

¡Mírala! ¿La ves?

La verás también en el Cielo,

cuando te presentes a rendir cuentas de tu modo de vivir.

Porque Yo te he de juzgar.

Y estaré allí arriba con mi Cuerpo glorificado, con las señales de mi ministerio

y del vuestro, de mi amor y de vuestro odio.

Y tú también la verás, Uriel, y tú, Simón, y la verán Caifás y Anás.

16. Y = dicen a los montes = y las peñas: = «Caed sobre nosotros = y ocultadnos de la vista del que está sentado en el trono y de la cólera del Cordero.

Y otros muchos, en el último Día, día de IRA día tremendo.

Y por ello preferiréis estar en el Abismo, porque mi Señal abierta en la mano herida

os asaeteará más que los fuegos del Infierno.

Sadoc replica furioso:

–         ¡Eso son palabras y blasfemias!

¿Tú en el Cielo con el cuerpo?

¡Blasfemo! ¿Tú juez en lugar de Dios?

¡Anatema seas! ¡Insultas al Pontífice!

Merecerías la lapidación – gritan en coro fariseos, saduceos y doctores.

El jefe de la sinagoga se pone de nuevo en pie, patriarcal, con su espléndida canicie 

como un Moisés,

y grita:

–        Quedes es ciudad de refugio y levítica.

Tened respeto…

–        ¡Viejas historias! ¡Ya no cuentan!

–         ¡Oh, lenguas blasfemas!

Vosotros sois los pecadores, no Él, y yo lo defiendo.

No dice nada malo. Explica los Profetas.

Nos trae la Promesa Buena. Y vosotros lo interrumpís, lo tentáis, lo ofendéis.

No lo permito.

Él está bajo la protección del viejo Matías, de la estirpe de Leví por parte de padre y

de Aarón por parte de madre.

Salid y dejad que ilumine con su doctrina mi vejez y la madurez de mis hijos.

Y mientras, tiene su anciana, rugosa mano puesta en el antebrazo de Jesús, como defendiendo.

Los enemigos de Jesús gritan:

–        ¡Que nos dé una señal verdadera y nos iremos convencidos!

–          No te inquietes, Matías. Hablo Yo

Dice Jesús calmando al arquisinagogo.

Y, dirigiéndose a los fariseos, saduceos y doctores, agrega: 

–        Al atardecer examináis el cielo…

Y si, en llegando el ocaso, está rojizo, sentenciáis en virtud de un viejo proverbio:

“Mañana hará buen tiempo, porque el ocaso pone rojo el cielo”.

Lo mismo al alba, cuando en el aire pesado de niebla y vaho,  el sol no se anuncia

áureo, sino que parece esparcir sangre por el firmamento, decís:

“No pasará este día sin que haya tormenta”.

Sabéis, pues, leer el futuro del día a partir de los signos inestables del cielo

y de los aún más volubles de los vientos.

¿Y no alcanzáis a distinguir los signos de los tiempos?

Esto no honra ni vuestra mente ni vuestra ciencia,

y completamente deshonra vuestro espíritu y vuestra presunta sabiduría.

Sois de una generación malvada y adúltera, nacida en Israel de la unión de quien

fornicó con el Mal.

Vosotros sois sus herederos, y aumentáis vuestra maldad y vuestro adulterio

repitiendo el pecado de los padres de este desmán.

Pues bien, sabedlo, tú, Matías, vosotros, habitantes de Quedes,

y todos los presentes, fieles o enemigos:

Esta es la profecía que digo, profecía mía,

en vez de la que quería explicar de Habacuc: a esta generación malvada y adúltera,

que pide una señal, no le será dada sino la de Jonás…

Vamos.

La paz sea con los buenos de voluntad.

Y, por una puerta lateral, que da a una calle silenciosa situada entre huertos y casas,

se aleja con sus apóstoles.

Pero los de Quedes no se dan por vencidos.

Algunos lo siguen.

Y al ver que ha entrado en una pequeña posada de los arrabales orientales del

pueblo, lo comunican al arquisinagogo y a los conciudadanos;

de forma que no ha terminado de comer todavía Jesús

y ya el patio soleado de la posada está abarrotado de gente,

y el anciano arquisinagogo de Quedes se asoma a la puerta de la habitación donde

está Jesús y se inclina implorando:

–        Maestro, en nosotros ha quedado todavía el deseo de tu palabra.

¡Era tan hermosa, explicada por ti la profecía de Habacuc!

¿Porque haya quien te odia,

deberán quedarse sin conocerte los que te aman y creen en tu verdad?

–          No, padre.

No sería justicia castigar a los buenos por causa de los malos.

Oíd entonces…

Y Jesús deja de comer para asomarse a la puerta

y hablar a los que están aglomerados en el patio

–          En las palabras de vuestro arquisinagogo se oye un eco de las de Habacuc.

Él, en nombre propio y vuestro, confiesa y profesa que Yo soy la Verdad.

Habacuc confiesa y profesa:

“Desde el principio Tú eres, y estás con nosotros y no moriremos”.

Y así será. No perecerá quien cree en Mí.

Me pinta el Profeta como Aquel que ha sido establecido por Dios para juzgar,

como Aquel al que Dios ha hecho fuerte para castigar,

como Aquel cuyos ojos son demasiado puros como para ver el mal.

Y que no podrá soportar la iniquidad.

Pero, si bien es verdad que el pecado me repugna,

podéis ver que abro los brazos a los que están arrepentidos de su pecar,

porque soy el Salvador.

Por esto vuelvo la mirada también hacia el culpable e invito al impío a arrepentirse…

¡Oh, vosotros de Quedes, ciudad levítica,

ciudad santificada por el edicto de la caridad

para el culpable de un delito – y todo hombre tiene delitos hacia Dios,

hacia su alma, hacia su prójimo -, venid, pues, a Mí, Refugio de los pecadores!

Aquí, en mi amor, ni siquiera el anatema de Dios podría alcanzaros

porque mi mirada suplicante en favor de vosotros transforma el anatema de Dios

en bendición de perdón.

¡Escuchad, escuchad!

Escribid en vuestros corazones esta promesa,

como Habacuc escribió su profecía cierta en el rollo.

Allí se lee: “Si tarda, esperadlo, porque quien ha de venir vendrá sin tardanza”.

Pues bien, Aquel que había de venir ha venido: soy Yo.

“El incrédulo no tiene en sí un alma justa” dice el Profeta,

y su palabra condena a los que me han tentado e insultado.

No los condeno Yo.

Los condena el Profeta que me vio anticipadamente y en mí creyó.

El, de la misma forma que me describe a mí, al Triunfador,

describe al hombre soberbio, diciendo que no tiene honor,

porque ha abierto su alma a la avidez y a la insaciabilidad,

como ávido e insaciable es el infierno.

Y amenaza:

“¡Ay de aquel que acumula cosas que no son suyas y se echa encima denso fango!”.

Las malas acciones contra el Hijo del hombre son este fango;

querer despojarle a Él de su santidad

para que no haga sombra a la propia es avidez.

“¡Ay de aquel – dice el Profeta –

que reúne en su casa los frutos de su perversa avaricia,

para colocar alto su nido, creyendo salvarse de las garras del mal!”

Es deshonrarse y matar la propia alma.

“¡Ay de aquel que edifica una ciudad sobre la sangre y apresta castillos sobre la injusticia!”.

En verdad, demasiados en Israel consolidan sus ávidas fortalezas

amasando con sus lágrimas y su sangre,

y esperan hasta el final para obtener la más dura mezcla.

¿Pero, qué puede una fortaleza contra los dardos de Dios;

qué, un puñado de hombres

contra la justicia de todo el mundo, que gritará de horror por el sin par delito?

¡Qué bien lo expresa Habacuc!:

“¿Para qué sirve la estatua?”.

Estatua idolátrica ha venido a ser la falsa santidad de Israel

Sólo el Señor mora en su Templo santo, sólo ante Él se inclinará la tierra adoradora

y temblará atemorizada, mientras la señal prometida será dada, más de una vez,

y el Templo verdadero en que Dios descansa subirá, glorioso, a decir en los Cielos:

“¡Ha quedado cumplido!”, de la misma forma que, con lágrimas,

lo habrá manifestado a la tierra para limpiarla con su anuncio.

“¡Fiat!” dijo el Altísimo, y el mundo empezó a ser; “fiat” dirá el Redentor, y

el mundo será redimido.

Yo procuraré al mundo con qué ser redimido.

Los redimidos serán aquellos que tengan la voluntad de serlo.

“Ahora alzaos. Vamos a decir la oración del Profeta…

¡Qué apropiado es pronunciarla en este tiempo de gracia!:

“He oído, Señor, tu anuncio, y he exultado.”

Ya no es tiempo de miedo, vosotros que creéis en el Mesías.

“Señor, tu obra está en medio de los años,

hazla vivir a pesar de las insidias de los enemigos.

En medio de los años la darás a conocer”

Sí, cuando la edad sea perfecta, la obra quedará cumplida.

“Y en el enojo resplandecerá la misericordia”,

porque el enojo será sólo para aquellos que hayan echado redes y lazos.

Y lanzado flechas al Cordero Salvador.

“Dios viene de la Luz al mundo.”

Yo soy la Luz que viene a traeros a Dios.

Mi esplendor inundará la tierra brotando a raudales “donde los afilados cuernos”

hayan desgarrado las Carnes de la Victima, última victoria “de la Muerte y de Satanás,

que huirán, derrotados, ante el Viviente y el Santo”.

¡Gloria al Señor! ¡Gloria al Hacedor! ¡Gloria al Dador del Sol y de los astros!

¡Al Artífice de los montes! ¡Al Creador de los mares!

¡Gloria, infinita gloria al Bueno que quiso a Cristo para salvación de su pueblo,

para redención del hombre!

Uníos, cantad conmigo, porque la Misericordia ha venido al mundo

y se acerca el tiempo de la Paz

Aquel que tiende hacia vosotros sus manos os exhorta a creer en el Señor y a vivir en

Él, porque se acerca el tiempo en que Israel será juzgado con verdad.

Paz a vosotros, aquí presentes, a vuestras familias, a vuestras casas.

Jesús traza un amplio gesto de bendición y hace ademán de retirarse.

Pero el jefe de la sinagoga suplica:

–        Quédate más tiempo.

–        No puedo, padre.

–         Al menos, envíanos aquí a tus discípulos.

–        Los tendréis, sin duda. Adiós.

Ve en paz.

Se quedan solos…

Pedro dice: 

–        Yo quisiera saber quién nos los ha enredado entre las piernas.

Parecen nigromantes…

Judas de Keriot se adelanta, pálido;

se arrodilla a los pies de Jesús:

–        Maestro, yo soy el culpable.

He hablado en aquel pueblo… con uno de ellos, que me hospedaba…

–        ¿Cómo?

¡Vaya, vaya, conque penitencia ¿Eh?

Tú eres…

Jesús interviene cortante:

–         ¡Silencio, Simón de Jonás!

Tu hermano, sinceramente, se está excusando.

Hónralo por esta humillación suya.

No te angusties, Judas.

Te perdono.

Tú sabes que Yo perdono.

Sé prudente otra vez…

Y ahora vamos.

Caminaremos mientras dure la luna.

Tenemos que cruzar el río antes del amanecer.

Vamos.

Aquí detrás empieza el bosque.

Perderán nuestras huellas tanto los buenos como los malos.

Mañana estaremos en el camino de Panea

364 UN GRAN PECADOR


364 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Sobre un arroyo que baja al lago Tiberíades, hay un puente.

Jesús y los suyos esperan a que lleguen los demás, bajo la sombra de la tupida

arboleda que hay en las riberas.

poco a poco van llegando y se unen alegres al Maestro y a sus compañeros.

Relatan todo lo sucedido en su viaje y los milagros que hicieron cada uno.

Cuando toca el turno a Judas de Keriot, dice:

–       Menos yo que no logré hacer nada.

Y al confesarlo se ve, que se siente avergonzado.

Santiago de Zebedeo le responde:

–         Te dijimos que la razón era porque teníamos ante nosotros a un gran pecador.

y luego explica:

¿Sabes Maestro?

Se trata de Jacobo que está muy enfermo y por eso te llama.

Y además porque teme a la muerte y al juicio de Dios.

Pero es más avaro que nunca.

Ahora que prevé una ruina en sus cosechas que destruyó el hielo.

Perdió toda la semilla.

Tampoco puede sembrar porque está enfermo y porque su sierva,

enflaquecida con el trabajo y el hambre, pues economiza la harina;

ya que tiene miedo de quedarse sin comer y no puede arar el campo.

Tal vez pecamos porque trabajamos todo el Viernes, más allá del crepúsculo.

Aramos una gran extensión de terreno.

Felipe, Juan y Andrés saben hacerlo.

También yo.

Fue un trabajo duro.

Simón, Mateo y Bartolomé venían detrás de nosotros;

limpiando los surcos de las plantas muertas.

Judas fue a pedir un  poco de semilla en tu Nombre…

Y le dieron semilla seleccionada.

Y al día siguiente la sembramos.

Por eso nos tardamos un poco.

Porque empezamos cuando el sol se ocultaba.

Que nos perdone el Eterno, por el motivo por el que pecamos.

Mientras tanto Judas se quedó con el enfermo para convertirlo.

Él sabe hablar mejor que nosotros.

Por lo menos así lo admiten Bartolomé y Zelote.

Pero Jacobo estuvo sordo a toda razón.

Quería que se le curara, porque la enfermedad le cuesta.

Se ponía furioso contra su sierva y para calmarlo, pues decía:

“Me convertiré si me curo’

Judas le impuso las manos;

pero sin ningún resultado.

Y nos lo dijo desalentado.

También nosotros lo intentamos, pero no obtuvimos ningún milagro.

Judas sostiene ahora que la razón es que está en desgracia ante Ti;

porque te ofendió y está avergonzado.

Nosotros creemos que es porque estábamos ante un pecador obstinado,

que pretende obtener todo lo que quiere.

Poniendo límites y dando órdenes aún a Dios.

¿Quién tiene la razón?

–        Vosotros siete.

Habéis dicho la verdad.

Andrés dice:

–        Lo que nos llena de tristeza es el estado del alma de Jacobo.

Y hubiera querido curarle más el alma que el cuerpo…

Jesús pregunta:

–          ¿Y Judas y Ana?

¿Cómo están sus campos?

Andrés responde:

–        Muy dañados.

Pero tienen recursos y ya está todo solucionado.

¡Pero ellos son buenos!

Ten. Te mandan este donativo y estos alimentos.

Esperan verte en alguna ocasión.

Lo que entristece es el estado espiritual de Jacob.

Habría deseado curarle el alma más que el cuerpo… .

–        ¿Y en los otros lugares?

Santiago de Zebedeo responde:

–       ¡Oh!

Mateo curó en el camino de Debaret, cerca del pueblo, a uno que tenía fiebres

y que volvía de un médico que lo había desahuciado.

Nos hospedamos en su casa y la fiebre no volvió desde la puesta del sol

hasta la aurora, y él afirmaba que se sentía bien y fuerte.

Luego, en Tiberíades, fue Andrés el que curó a un barquero,

que se había roto un hombro cayendo en el puente.

Le impuso las manos y el hombro quedó curado.

¡Imagínate! ¡El hombre! Nos quiso llevar sin pagar a Mágdala y a Cafarnaúm,

luego a Betsaida y allí se ha quedado;

porque allí están los discípulos Timoneo de Aera, Felipe de Arbela, Hermasteo

y Marcos de Josías, uno de los liberados del demonio cerca de Gamala.

Quiere ser discípulo también José el barquero…

Los niños, en casa de Juana, están bien.

Ya no parecen los mismos.

Estaban en el jardín jugando con Juana y Cusa…

–        Los he visto.

Yo también he pasado por allí.

Jesús dice:

–       Seguid.

Santiago continúa:

–        En Mágdala fue Bartolomé el que convirtió a un corazón vicioso

y curó un cuerpo vicioso.

¡Qué bien habló!

Explicó que el desorden del espíritu genera desorden en el cuerpo.

Y que toda concesión a la deshonestidad degenera en pérdida de la tranquilidad,

de la salud y al final del alma. 

Cuando lo vio arrepentido y convencido…

Le impuso las manos y el hombre quedó curado.

Querían retenernos en Mágdala.

Pero nosotros obedecimos: pasada la noche, proseguimos para Cafarnaúm.

Allí había cinco que pedían les concedieras una gracia.

Y ya estaban para marcharse desconsolados.

Los curamos.

No vimos a ninguno porque embarcamos de nuevo enseguida para Betsaida,

para evitar preguntas de Elí, Urías y sus compañeros.

‘¡En Betsaida!…

¡Cuenta tú, Andrés, a tu hermano!…

Termina tú Santiago de Zebedeo.

Santiago:

–        ¡Oh! ¡Maestro!

¡Simón! ¡Si vierais a Margziam!

¡No se le reconoce!…

Pedro exclama preguntando:

–         ¡Maldición!

¿Qué?, ¿Es mujer ahora?

Andrés reclama:

–        ¿Pero qué dices, hombre?

Es un jovencito muy apuesto, alto, delgado, porque ha crecido mucho…

¡Una cosa maravillosa!

Nos costó reconocerlo. Está tan alto como tu mujer y yo…

Pedro exulta de alegría;

al oír que su hijo adoptivo se ha desarrollado.

Y objeta:

–         ¡Hombre, ni yo ni tú ni Porfiria somos palmas!

Al máximo se nos podrá comparar con una zarza…

Andrés comenta:

–        Sí, hermano.

Pero en las Encenias, no más, era todavía un niñito escasamente desarrollado,

que apenas si nos llegaba a los hombros.

Ahora es verdaderamente un hombre joven, por la estatura, la voz y la gravedad.

Ha hecho como esas plantas que no crecen durante años y luego, al improviso,

se desarrollan de forma asombrosa.

Tu mujer ha estado muy ocupada en alargar túnicas o hacerlas nuevas.

Y las hace con dobladillos muy anchos y amplios pliegues en la cintura,

porque prevé, con razón, que Margziam seguirá creciendo.

Y en sabiduría crece todavía más.

Maestro, la humildad de Nathanael no te había dicho que durante casi dos meses

Bartolomé ha sido maestro del más pequeño y heroico de los discípulos,

que se levanta antes del amanecer para llevar a pastar a las ovejas,

cortar la leña, sacar agua, encender el fuego, barrer, hacer las compras

por amor a su mamá de adopción.

Y luego, por la tarde y hasta bien entrada le noche, estudia y escribe

como un pequeño doctor. ¡Fíjate!

Ha reunido a todos los niños de Betsaida,

y los sábados les imparte pequeñas lecciones evangélicas.

Así, los pequeños, excluidos de la sinagoga porque no molesten en las funciones,

tienen su jornada de oración como los mayores.

Me han dicho las madres que es bonito oírle hablar…

Que los niños lo quieren…

Y le obedecen con respeto y se hacen mejores, cada día más…

¡Qué discípulo más grande va a ser!

Pedro exclama maravillado:

–        ¡Pues fíjate!,

¡Fíjate! Yo… estoy emocionado…

¡Mi Margziam!

Pero ya también en Nazaret, ¿Eh?:

¡Qué heroísmo por… aquella niña! ¿Raquel, verdad?

Pedro se para a tiempo.

Y se pone como la púrpura por el miedo a haber dicho demasiado.

Por suerte, Jesús viene en su auxilio.

Y Judas está meditabundo, distraído…

0 finge estarlo.

Jesús dice:

–         Raquel.

Tienes buena memoria. Está curada.

Y sus campos producirán mucho trigo.

Hemos pasado por allí Yo y Santiago.

Mucho puede el sacrificio de un niño justo.

–        En Betsaida fue Santiago el que realizó un milagro en aquel pobre lisiado.

Y Mateo, por el camino, yendo a la casa de Jacob, curó a un niño.

Y precisamente hoy, en la plaza de aquel pueblecito que está al pie del puente,

Felipe y Juan han hecho curaciones: el primero a un enfermo de los ojos;

el segundo, a un niño endemoniado.

Jesús aprueba:

–         Lo habéis hecho todos bien.

Muy bien. Ahora vamos a ir hasta aquel pueblo de las laderas.

Nos detendremos en alguna casa para dormir.  J

Juan pregunta:

–        ¿Y tú, Maestro mío, qué has hecho?

¿Cómo está María?

¿Y la otra María? 

Jesús responde:

–        Están bien y os saludan a todos.

Están preparando túnicas y cuanto se necesita para el peregrinaje de primavera.

Están ya deseando que llegue, para estar con nosotros.

Juan afirma:

–        Susana y Juana y nuestra madre tienen la misma ansia. 

Bartolomé dice:

–         También mi mujer, con las hijas;

quiere ir este año, después de tantos, a Jerusalén.

Dice que nunca volverá a ser tan bonito como este año…

No sé por qué lo dice.

Pero ella sostiene que lo siente en el corazón.

Felipe agrega:

–          Entonces seguro que vendrá también la mía.

No me lo ha dicho…

Pero lo que hace Ana lo hace siempre María.

Simón Zelote pregunta:

–         ¿Y las hermanas de Lázaro?

Vosotros que las habéis visto…

Tomás responde:

–        Obedecen con sufrimiento a la orden del Maestro.

Y a la necesidad…

Lázaro está muy enfermo, ¿Verdad, Judas?

Casi siempre está en la cama.

Pero esperan con mucha ansia al Maestro.

Jesús dice:

–         Pronto será Pascua e iremos a casa de Lázaro.

–         ¿Pero Tú qué has hecho en Nazareth y Corozaín?

–         En Nazaret he saludado a los parientes y amigos.

Y a los parientes de los dos discípulos.

En Corozaín he hablado en la sinagoga y he curado a una mujer.

Nos hemos detenido donde la viuda.

Se le ha muerto la madre.

Un dolor y un alivio al mismo tiempo,

por los pocos recursos y por el tiempo que la asistencia a la enferma

quitaba del trabajo de la viuda, que se ha puesto a hilar por cuenta de terceros.

Pero ya no está desesperada.

Tiene asegurado lo necesario y se siente satisfecha con eso.

José va todas las mañanas donde un carpintero del Pozo de Jacob,

para aprender el oficio.

Mateo pregunta:

–        ¿Son mejores los de Corozaín?

Jesús confiesa con franqueza:

–        No, Mateo.

Son cada vez peores.

Y nos han tratado mal.

Los notables, es natural, no el pueblo llano.

Felipe dice:

–        Es un lugar muy poco recomendable.

No vuelvas.

–         Sería causa de dolor para el discípulo Elías, para la viuda y la mujer curada hoy.

Y las otras personas buenas.

Tomás agrega:

–        Sí.

Pero son tan pocos, que…

Yo no me ocuparía más de ese lugar.

Tú lo has dicho: “Es imposible de labrar”

Pedro dice:

–        Una cosa es la resina y otra los corazones.

Algo permanecerá, como semilla hundida bajo muchas glebas muy compactas.

Tardará mucho en nacer, pero, al final, nacerá.

Lo mismo Corozaín.

Un día nacerá lo que he sembrado.

No hay que desmoralizarse ante las primeras derrotas.

Jesús dice:

–        Oíd esta parábola.

Podría ser titulada: “La parábola del buen labrador”.

Un rico tenía una grande y hermosa viña.

En ella había también higueras de distintas variedades.

A la viña se dedicaba un sirviente, experto viñador y podador de árboles frutales,

que cumplía con su deber con amor a su señor y a las plantas.

Todos los años, el rico, en el mejor período del año, iba reiteradas veces a su viña

para ver madurar las uvas y los higos.

Y probar estos frutos cogiéndolos de las plantas con sus manos.

Un día pues, se acercó a una higuera de muchísima calidad;

el único árbol de esa calidad que había en la viña.

Pero también aquel día, como en los dos años anteriores,

la encontró llena de follaje

y nada fruta.

Llamó al viñador y dijo:

“Hace tres años que vengo a buscar fruta a esta higuera y no encuentro sino hojas.

Se ve que el árbol ha terminado de dar frutos.

Córtalo, pues.

Es inútil que esté aquí ocupando sitio y ocupando tu tiempo, para después

no acabar en nada.

Córtala, échala al fuego, limpia de raíces el terreno.

Y en el lugar suyo planta un arbolito nuevo.

Dentro de algunos años dará fruto”.

El viñador, que era paciente y amoroso, respondió:

“Tienes razón. Pero déjame todavía un año.

No corto el árbol.

Es más, con mayor dedicación aún, le cavaré el suelo de alrededor,

Lo abonaré, lo podaré.

¿Quién sabe, a lo mejor da todavía fruto?

Si después de esta última prueba no da fruto, obedeceré tu deseo y lo cortaré”.

Corozaín es la higuera que no da frutos.

Yo soy el buen Labrador.

El rico impaciente sois vosotros.

Dejad actuar al buen Labrador.

Simón Zelote pregunta:

–        De acuerdo.

Pero tu parábola no concluye.

¿La higuera, al año siguiente, dio fruto?

–        No dio fruto y fue cortada.

Pero el labrador quedó justificado de haber cortado un árbol que todavía era joven

y pujante, porque había hecho todo su deber.

Yo también quiero ser justificado por aquellos a quienes tenga que meter la segur

y separarlos de mi viña, donde son árboles estériles o plantas venenosas,

cobijos de serpientes, acaparadores de jugos nutritivos, parásitos o elementos

tóxicos, que deterioran y dañan a los compañeros discípulos.

O bien, que entran sin haber sido llamados, reptando con sus malignas raíces

para proliferar en mi viña, rebeldes a todo injerto, venidos sólo para espiar,

menoscabar y hacer estéril mi campo.

A éstos los cortaré cuando todo haya sido intentado para convertirlos.

Por ahora, antes de la segur, alzo las tijeras y el cuchillo del podador,

desramo e injerto…

Será un trabajo duro, para Mí, que lo hago.

Y para los que lo sufran.Pero hay que hacerlo.

Para que se pueda decir en el Cielo: “Ha cumplido todo.

Pero ellos, cuanto más los ha podado, cuanto más ha injertado o removido la tierra

de alrededor o abonado, con sudor y lágrimas, fatiga y sangre;

ellos se han hecho cada vez más estériles y malos”…

Hemos llegado al pueblo. Id todos adelante y pedid alojamiento.

Tú, Judas de Keriot, quédate conmigo.

Se quedan solos y en la penumbra de la noche, caminan uno al lado del otro,

en el máximo silencio.

Por fin Jesús dice, como hablando consigo mismo:

–         Y no obstante, aunque se haya caído en desgracia de Dios

por haber infringido su Ley, siempre podemos volver a ser lo que éramos,

renunciando al pecado…

Judas no responde nada.

Jesús sigue:

–         Y si hemos comprendido que no podemos seguir recibiendo de Dios el poder,

porque Dios no está donde está Satanás,

con facilidad se puede solucionar, prefiriendo lo que Dios concede

a lo que quiere nuestra soberbia.

Judas calla.

Jesús – y ya están a la altura de la primera casa del pueblo.

Todavía, como hablando consigo mismo,

dice:

–         Y pensar que he sufrido áspera penitencia para que se enmiende

y torne al Padre suyo…

Judas se estremece, levanta la cabeza, lo mira…

Pero no dice nada.

También Jesús lo mira..

Y luego pregunta:

–        Judas,

¿A quién estoy hablando?

–        A mí, Maestro.

Por Ti,  ya no tengo poder.

Judas sabe “por quéYA NO TIENE NINGÚN PODER...

Pero una cosa es SABERLO….

Y otra muy distinta, ES ADMITIRLO… 

Judas admite furioso:

Porque me lo has quitado para aumentárselo a Juan, a Simón, a Santiago,

A TODOS, excepto a mí.

¡No me amas, eso es lo que pasa!

Los apóstoles continúan relatando los milagros.

Y las conversiones que obtuvieron mientras van caminando.

Jesús dice:

–         Bueno.

Estamos enfrente del poblado.

Id todos a pedir hospedaje.

Menos Judas de Keriot, que se queda conmigo.

Cuando se quedan solos en la sombra del atardecer,

caminan juntos en el mayor silencio.

Finalmente, como si hablara consigo Mismo, Jesús dice:

–        Y sin embargo si se ha caído en desgracia de Dios,

por haber traspasado su Ley;

Se puede volver a ser lo que se era antes, renunciando al pecado

Judas no hace ningún comentario.

Jesús continúa:

–        Y si uno comprende que no tiene el poder de Dios;

porque Dios no está donde está Satanás.

Esto se puede remediar fácilmente…

Dando preferencia a lo que Dios concede y no a lo que nuestra soberbia pretende.

Judas no habla.

Jesús continúa:

–          Y pensar que he sufrido una áspera penitencia…

Para que él vuelva en sí y regrese a su Padre…

Judas tiene un sobresalto.

Levanta la cabeza.

Lo mira…

Pero no dice nada.

También Jesús lo mira…

Y luego pregunta:

–        Judas. ¿A quién he estado hablando?

Judas responde enojado:

–        A mí, Maestro.

Por tu culpa ya no tengo más poder.

Me lo quitaste para aumentar el de Juan, el de Simón, el de Santiago.

¡EL DE TODOS!…

¡Lo que pasa es que no me amas!

Y yo terminaré por no amarte y por maldecir la hora en que te amé.

Arruinándome ante los ojos del mundo, por causa de un rey imbécil 

que se deja vencer aún de la plebe.

No esperaba esto de Ti.

–        Ni tampoco Yo de Ti.

Pero no te he engañado.

Nunca te he forzado. ¿Por qué te quedaste a mi lado?

–         Porque te amo.

Ya no puedo separarme de Tí.

Me atraes y me causas repugnancia.

Te necesito como necesito el aire para respirar y…

¡Me causas miedo!…

¡Ah! ¡Soy un maldito!

¡Estoy condenado!

¿Por qué no me liberas del Demonio que me domina? ¡Tú que puedes!…  

La cara de Judas está amarilla, descompuesta, enloquecida.

Reflejando el miedo y el odio…

Jesús lo mira con tristeza y mucho Dolor…

Y dice:

–          Porque no hay arrepentimiento en Ti.

Estás lleno de rencor contra Dios;

como si Él fuera el culpable de tu pecado. 

Judas entre dientes, pronuncia una terrible blasfemia…

Los discípulos llegan,

y dicen:

–           Maestro.

Hemos encontrado alojamiento, repartidos en diferentes lugares…

–           Está bien.

Yo voy con Judas de Keriot.

Judas rechaza:

–           No.

Prefiero estar solo.

No me siento bien.

No te dejaría descansar.

–          Como quieras.

Entonces iré con Bartolomé.

Vosotros haced lo que queráis.

Mientras tanto vayamos a donde hay más lugar, para poder cenar juntos…

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

363 EL SEÑOR DEL SÁBADO


363 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús está en Corozaín en la sinagoga, que se va llenando lentamente de gente.

Los notables del lugar deben haber insistido para que Jesús este Sábado

esté adoctrinase allí.

Se comprende por las razones que aducen y por las respuestas de Jesús.

Ellos dicen:

–        No somos más arrogantes que los judíos o que los de la Decápolis.

Y sin embargo, vas una y otra vez…

Y vuelves allí a menudo.

Jesús responde:

–        También aquí es lo mismo.

Con palabras y obras, con mi silencio y mis actos, os he adoctrinado.

–        Pero, si somos más duros que los otros, razón de más para insistir…

–        Bien, bien.

–        ¡Claro que sí; que bien!

Te dejamos que uses nuestra sinagoga como lugar de adoctrinamiento,

precisamente porque juzgamos que está bien hecho.

Acepta pues, la invitación y habla.

Jesús abre los brazos, señal de silencio para los presentes.

Y empieza su discurso, hablando con tono de salmo:

Una recitación lenta, melodiosa y enfática:

–        Arauná respondió a David:

“Que el rey mi señor tome y ofrende como quiera.

Ahí están los bueyes para el holocausto:

el carro y los yugos de los bueyes como leña; todo, ¡Oh rey!, da Arauná al rey’.

Y añadió: “Que el Señor Dios acepte propicio tu voto”.

Mas el rey respondió y dijo: “No será como quisieras. No.

Quiero comprar con dinero. No quiero ofrecer al Señor mi Dios

holocaustos que me hayan sido regalados”.

Jesús baja la mirada, pues hablaba con la cara casi vuelta hacia el techo;

mira fijamente, agudamente, al arquisinagogo…

Y a los cuatro notables que estaban con él,

y pregunta:

–        ¿Habéis comprendido el significado?

–        Esto está en el segundo de los Reyes, cuando el rey santo compró la era

de Arauná…

Pero no comprendemos por qué nos lo has citado.

Aquí no hay pestilencia y no se tiene que ofrecer un sacrificio.

Tú no eres rey…

Bueno, queremos decir: no todavía.

–        En verdad;

tarda es vuestra mente para comprender los símbolos.

E insegura vuestra fe.

Si fuera segura, veríais que ya soy Rey como he dicho;

si tuvierais intuición despierta, comprenderíais que aquí hay una pestilencia

muy grave;

más que la que preocupaba a David:

Tenéis la de la incredulidad que os hace perecer.

–        ¡Bien!

Pues si somos tardos e incrédulos, danos inteligencia y fe.

Y explícanos lo que has querido decir.

–        Digo: no ofrezco a Dios los holocaustos forzados, los que se ofrecen por mezquino interés.

Y Aquel que para hablar ha venido no acepta el hablar sólo si se le concede:

es mi derecho y me lo tomo.

Bajo el sol o entre cerradas paredes, encima de los montes

o en el fondo de los valles, en el mar o sentado en las orillas del Jordán,

en todas partes, tengo el derecho y el deber de adoctrinar y de comprar

con mi esfuerzo los únicos holocaustos agradables a Dios:

los corazones convertidos y hechos fieles por mi Palabra.

Aquí, vosotros de Corozaín, habéis concedido al Verbo la palabra no por respeto

y fe;

sino porque tenéis en vuestro corazón una voz que os tortura como carcoma

que roe la madera:

“Este castigo del hielo es por nuestra dureza de corazón”.

Y queréis arreglar las cosas.

Por la economía, no por el alma.

¡Oh, Corozaín pagana y obcecada!

Pero no toda Corozaín es igual.

Para los que no son así, hablaré, con una parábola.

Oíd.

Un necio rico llevó a un artista un trozo grande, de una sustancia blonda

como la miel más fina.

Y le ordenó que lo trabajara para hacer de él un ánfora decorada.

“No es un material bueno para ser trabajado” dijo el artista al adinerado.

“¿Ves? Es blando, elástico. ¿Cómo puedo esculpirlo y modelarlo?”.

“¿Cómo! ¿No es bueno? Es una resina preciada.

Y un amigo mío tiene una pequeña ánfora de esta resina

y en ella su vino adquiere un sabor delicioso.

La he pagado a precio de oro, para disponer de un ánfora más grande y humillar

así a mi amigo jactancioso.

Házmela inmediatamente.

Si no, diré que eres un artista incapaz”.

“La de tu amigo será de alabastro blondo.”

“No. Es de este material”.

“Será de ámbar fino.” “No. Es de este material”.

“Aunque fuera de este material – vamos a suponerlo,

habrá adquirido compacidad, dureza, por siglos de antigüedad

o con la mezcla de otras substancias solidificantes.

Pregúntaselo y vuelve a decirme cómo fue hecha la suya”.

“No. Me la ha vendido él mismo, asegurándome que se usa así”.

“Pues entonces te ha timado para castigarte por envidiar su bonita ánfora.”

“¡Mide tus palabras! Trabaja.

Si no, te castigo quitándote el taller;

que todo lo que tienes no vale cuanto me cuesta esta estupenda resina”.

El artista, desconsolado, se puso manos a la obra.

Plasmaba la sustancia…

Pero ésta se le quedaba pegada a las manos.

Trataba de solidificar un trocito con mástiques y polvos…

Pero la resina perdía su transparencia de oro.

La ponía junto al horno de fusión esperando que el calor la endureciera…

Pero, desesperado, tenía que quitarla porque se licuaba.

Mandó traer nieve helada a la cima del alto Hermón;

metió la resina dentro de la nieve…

Se endurecía, seguía siendo bonita, pero ya no se podía modelar.

“La voy a modelar con el cincel” dijo.

Pero al primer golpe de cincel la resina se hizo pedazos.

El artista, totalmente desesperado, convencido ya de que nada podía hacer apto

para ser trabajado a aquel material, intentó una última prueba.

Reunió los trozos, los hizo de nuevo líquidos al calor del horno,

los volvió a congelar con la nieve, aunque esta vez no demasiado.

E intentó trabajar en la masa ligeramente blanda con el cincel y la espátula.

¡Se modelaba!, ¡Sí!…

Pero, nada más dejar cincel y espátula, volvía a la forma de antes,

como si fuera masa de pan en fermentación en la artesa.

El hombre se dio por vencido.

Y para huir de las represalias del rico y de la ruina;  durante la noche

cargó en un carro a su mujer, a sus hijos, los enseres y los instrumentos de trabajo;

y dejó en el centro del taller completamente vacío la masa blonda de la resina

con una tira de papel encima con las palabras: “Imposible de labrar”.

Luego huyó allende los confines…

Yo he sido enviado a labrar los corazones en orden a la Verdad y la Salud.

Han venido a mis manos corazones de hierro, plomo, estaño, alabastro, mármol,

plata, oro, jaspe, piedras preciosas.

Corazones duros, corazones toscos, corazones demasiado tiernos, corazones volubles,

corazones endurecidos por las penas, corazones valiosísimos:

todo tipo de corazones.

Los he labrado a todos.

Y a muchos los he modelado según el deseo de Aquel que me ha enviado.

Algunos me han herido mientras los trabajaba, otros han preferido romperse

antes que dejarse trabajar con toda profundidad.

Pero, quizás con odio, conservarán siempre un recuerdo mío.

Vosotros sois imposibles de labrar.

Calor de amor, paciencia de instrucción, frío de reprensiones, fatiga de cincel…

NADA sirve con vosotros.

Nada más retirar mis manos, volvéis a ser como erais.

Tendríais que hacer una única cosa para ser cambiados:

Abandonaros totalmente en Mí.

No lo hacéis.

No lo haréis nunca.

El Trabajador, desconsolado, os abandona a vuestro destino.

Pero, dado que es justo, no os abandona a todos igual.

Desconsolado, sabe todavía elegir a los que merecen su amor…

Y los consuela y bendice.

–        ¡Mujer, ven aquí!

Dice señalando a una mujer que está junto a la pared,

tan encorvada que parece un signo de interrogación.

La gente ve a dónde señala Jesús, pero no ve a la mujer,

la cual por su conformación, no puede ver a Jesús ni tampoco su mano.

Varias personas le dicen:

–        ¡Ve Marta! Que te llama. 

Y la pobrecita va renqueando con su bastón, que le llega a la altura de la cabeza.

Ahora está delante de Jesús,

que le dice:

–          Mujer, quédate con un recuerdo de mi paso.

Y con un premio a tu fe silenciosa y humilde

Queda liberada de tu enfermedad – grita al final…

Poniéndole las manos en la espalda.

Y enseguida la mujer se endereza y se levanta.

Y derecha como una palma, levanta los brazos y grita:

–        ¡Hosanna!

¡Me ha curado!

Ha visto a su sierva fiel y la ha agraciado.

¡Sea alabado el Salvador y Rey de Israel!

¡Hosanna al Hijo de David!

La gente responde con sus “¡hosanna!” a los de la mujer,

la cual ahora está de rodillas a los pies de Jesús, besándole el borde de la túnica,

mientras Él le dice:

–        Ve en paz y persevera en la fe.

Al arquisinagogo, deben quemarle todavía las palabras dichas por Jesús,

antes de la parábola…

Y quiere responder con veneno a la reprensión.

Y mientras la muchedumbre se abre

para dejar pasar a la mujer curada milagrosamente,

El hombre grita indignado:

–        ¡Hay seis días para trabajar, seis días para pedir y dar!

¡Venid, pues, en esos días, tanto para pedir como para dar!

¡Venid a recobrar la salud en esos días, sin violar el Sábado,

pecadores e infieles, corrompidos y corruptores de la Ley!

Y trata de empujar a todos fuera de la sinagoga,

como para arrojar la profanación del lugar de oración.

Pero Jesús, que lo ve ayudado en su acción, por los cuatro notables de antes

y por otros que están repartidos entre la muchedumbre.

Los cuales dan los signos más manifiestos de estar escandalizados,

torturados por el… Delito de Jesús), a su vez grita

Mientras Él con los brazos recogidos sobre el pecho,

severo, majestuoso, lo mira,

y dice:

–        ¡Hipócritas!

¿Quién de vosotros en este día no ha desatado el buey o el asno del pesebre.

Y lo ha llevado a beber?

¿Y quién no ha llevado los haces de hierba a las ovejas del rebaño

y no ha extraído la leche de las ubres llenas?

¿Y por qué, si tenéis seis días para hacerlo, lo habéis hecho también hoy,

por unos pocos denarios de leche, o por miedo de perder el buey y el asno

a causa de la sed?

¿Y no debía soltar Yo a ésta de sus cadenas, después de que Satanás

la ha tenido atada durante dieciocho años, sólo porque es sábado?

Idos.

He podido soltar a esta mujer de su desventura involuntaria

mas no podré jamás soltaros a vosotros de las vuestras, que son voluntarias,

¡Oh enemigos de la Sabiduría y de la Verdad!

La gente buena, de entre los muchos no buenos de Corozaín, aprueba y alaba;

la otra parte, lívida de rabia, huye, dejando plantado al también lívido arquisinagogo.

También Jesús lo deja plantado.

Y sale de la sinagoga, rodeado de los buenos, que siguen circundándole

hasta que llega a los campos, lugar donde Él bendice una última vez,

para tomar luego la vía de primer orden, junto con los primos, Pedro y Tomás…

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

361 PARÁBOLA DEL BANQUETE


361 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Los más encumbrados y poderosos Fariseos del Consejo del Sanedrín;

están reunidos en la casa del fariseo Ismael ben Fabi

donde sólo faltan, Anás, Caifás  y los verdaderos amigos de Jesús:

José de Arimatea y Nicodemo…

Porque todos los otros distinguidos y poderosos fariseos y escribas, 

reunidos en este banquete del Sábado,  en su casa,

forman un coro ruidoso e inconforme…

Eleazar ben Annás le toca a Jesús en el brazo:

–          Maestro, escúchame.

Tengo un caso especial que someter a tu consideración.

Recientemente he adquirido de un pobre desdichado una propiedad;

este hombre se ha echado a perder por una mujer.

Me ha vendido la propiedad, pero sin decirme que en ella hay una sierva anciana,

su nodriza, ya ciega y medio chiflada.

El vendedor no la quiere.

Yo… no la querría.

Pero, ponerla en plena calle…

¿Qué harías tú, Maestro?

Jesús responde: 

–        ¿Tú qué harías, si tuvieras que dar a otro un consejo?

–        Diría: “Quédate con ella, que no va a ser un pan lo que te arruine”.

–        ¿Y por qué dirías eso?

–        Bueno, pues…

Porque creo que yo actuaría así y querría que hicieran eso conmigo…

–        Estás muy cerca de la justicia, Eleazar.

Y el Dios de Jacob estará siempre contigo.

–         Gracias, Maestro.

Los otros murmuran entre sí.  

Jesús les pregunta: 

–        ¿Qué tenéis que criticar?

¿No he hablado rectamente?

¿Y éste?, ¿No ha hablado también rectamente?

Ismael, defiende a tus invitados, tú que siempre has usado misericordia.

–        Maestro, hablas bien, pero…

¡Si se actuara siempre así!… Seríamos víctimas de los demás.

–       Y es mejor, según tú, que sean los demás víctimas nuestras ¿No?

–        No digo eso.

Pero hay casos…

–        La Ley dice que hay que tener misericordia…

–        Sí, hacia el hermano pobre, hacia el forastero, el peregrino, la viuda y el huérfano.

Pero esta vieja que ha venido a parar a los brazos de Eleazar no es su hermana,

ni peregrina, forastera, huérfana o viuda.

Para él no es nada; ni menos ni más que un objeto viejo del ajuar no suyo,

pero olvidado en la propiedad vendida por quien es su verdadero dueño.

Por eso Eleazar podría incluso echarla sin escrúpulos de ningún tipo.

A fin de cuentas, la culpa de la muerte de la vieja no sería suya,

sino de su verdadero amo…

–       El cual, siendo también pobre, no la puede seguir manteniendo;

de forma que también está exento de obligaciones.

Así que, si la anciana se muere de hambre, la culpa es de la anciana. ¿No es así?

–        Así, Maestro.

Es la suerte de los que… ya no sirven.

Enfermos, viejos, incapaces, están condenados a la miseria, a la mendicidad.

Y la muerte es lo mejor para ellos…

Así es desde que el mundo existe. 

Y así será…

–         ¡Jesús, ten piedad de mí!

Un lamento entra a través de las ventanas trancadas…

Porque la sala está cerrada y las lámparas encendidas; quizás por el frío.

Jesús pregunta: 

–        ¿Quién me llama?

Ismael ben Fabi dice:   

–        Algún importuno.

Haré que lo manden afuera.

O algún mendigo.

Diré que le den un pan.

–        Jesús, estoy enfermo. ¡Sálvame!

–       Ya decía yo.

Un importuno.

Castigaré a los siervos por haberlo dejado pasar.

Y se levanta Ismael.

Pero Jesús, al menos veinte años más joven que él.

Y con todo el cuello y la cabeza más alto,

lo sienta de nuevo poniéndole la mano en el hombro mientras ordena:

–        Quédate ahí, Ismael.

Quiero ver a este que me busca.

Que entre.

Entra un hombre de cabellos todavía negros.

Puede tener unos cuarenta años.

Pero está hinchado como una cuba y amarillo como un limón;

violáceos los labios en la boca jadeante.

Le acompaña la mujer que hospedara a Jesús por la mañana.

El hombre avanza con dificultad, por la enfermedad y por temor.

¡Se ve tan mal mirado!…

Pero ya Jesús ha dejado su sitio y ha ido hasta el infeliz.

Luego lo ha tomado de la mano y lo ha llevado al centro de la sala, al espacio vacío

que hay entre las mesas, colocadas en forma de “u” justo debajo de la lámpara.  

Jesús pregunta: 

–        ¿Qué quieres de Mí?

El hombre responde: 

–         Maestro… te he buscado mucho…

Desde hace mucho…

Nada quiero aparte de salud…

Por mis hijos y mi mujer… Tú puedes todo…

Ya ves mi mísero estado…

–        ¿Y crees que te puedo curar?

–        ¡Vaya que si lo creo!…

Cada paso que doy me hace sufrir…

Cada movimiento brusco es un dolor para mí…

Y no obstante, he recorrido kilómetros para buscarte…

Y luego, con el carro, te he seguido aún… pero no te alcanzaba nunca…

¡Vaya que si lo creo!

Me extraña no estar ya curado desde que mi mano está en la tuya,

porque todo en Ti es santo, ¡Oh, Santo de Dios!

El pobrecillo resopla como un fuelle por el esfuerzo de tantas palabras.

La mujer mira a su marido y a Jesús…

Y llora.

Jesús los mira y sonríe.

Luego se vuelve hacia el viejo tembloroso que le preguntó primero

que si iba a modificar la Ley,

y pregunta:

–        Tú, anciano escriba…

Respóndeme: ¿Es lícito curar en Sábado?

–        En sábado no es lícito hacer obra alguna.

–        ¿Ni siquiera salvar a uno de la desesperación?

No es trabajo manual.

–        El sábado está consagrado al Señor.

–        ¿Cuál obra más digna de un día sagrado, que hacer que un hijo de Dios

diga al Padre: “Te amo y te alabo porque me has curado”?».

–        Debe hacerlo aunque sea infeliz.

–        Cananías,

¿Sabes que en este momento tu bosque más hermoso está ardiendo…

y toda la ladera del Hermón resplandece envuelta en purpúreas llamas?

El viejecillo pega un salto como si le hubiera mordido un áspid:

–        Maestro, ¿Dices la verdad o estás bromeando?

–        Digo la verdad.

Yo veo y sé.

–        ¡Oh, pobre de mí!

¡Mi más hermoso bosque! ¡Miles de siclos reducidos a ceniza! ¡Maldición!

¡Malditos sean los perros que me lo han prendido fuego!

¡Que ardan sus entrañas como mi madera!

El viejecillo está desesperado.

–        ¡No es más que un bosque, Cananías, y te lamentas!

¿Por qué no alabas a Dios en esta desventura?

Éste no pierde madera, que renace, sino la vida y el pan para los hijos.

Y debería dar a Dios esa alabanza que tú no le das.

Entonces, escriba, ¿No me es lícito curar en sábado a éste?

–          ¡Maldito Tú, él y el sábado!

Tengo otras cosas mucho más graves en que pensar… 

Y dando un empujón a Jesús, que le había puesto una mano en el brazo.

Sale enfurecido, y se le oye dar gritos con su voz bronca, para que le traigan su carro.

Jesús pasea lentamente sus ojos mirando a los que tiene alrededor,

Pregunta: 

–        ¿Y ahora? 

Y ahora, decidme, vosotros. ¿Es lícito o no?

Ninguna respuesta.

Eleazar agacha la cabeza.

Antes había entreabierto los labios, pero vuelve a cerrarlos,

sobrecogido por el hielo que reina en la sala. 

Con majestuoso aspecto y voz tronante,

como siempre cuando está para realizar un milagro.  

Jesús declara: 

–        Bien, pues entonces voy a hablar Yo.

–        Hablaré, Yo.

Hablo. Digo:

Hombre, hágase en ti según crees. Estás curado.

Alaba al Eterno. Ve en paz.

El hombre se queda un poco desorientado.

Se estremece y… 

Emite un grito de alegría, se arroja a los pies de Jesús y se los besa.

–         ¡Ve, ve!

Sé siempre bueno. ¡Adiós!

El hombre sale, seguido de la mujer, la cual hasta el último momento se vuelve a saludar a Jesús.

–        Pero, Maestro…

En mi casa… En sábado…

–        ¿No das tu aprobación?

Ya lo sé.

Por esto he venido.

Y volviéndose hacia Ismael ben Fabi,

agrega:

–        ¿Tú, amigo? No.

Enemigo mío.

No eres sincero ni conmigo ni con Dios.

–        ¿Ofendes ahora?

–        No.

Digo la verdad.

Has dicho que Eleazar no está obligado a socorrer a esa anciana,

porque no es de su propiedad.

Pero tú tenías a dos huérfanos en tu propiedad.

Eran hijos de dos de tus siervos fieles, que se han muerto trabajando,

uno de ellos con la hoz en el puño, la otra matada por la excesiva fatiga

por haberte tenido que servir, como le exigías para no despedirla.

Servirte por ella y por su marido.

Tú decías: “He hecho contrato por dos personas que trabajaran.

Y para seguirte teniendo, quiero el trabajo tuyo y el del muerto”.

Y ella te lo ha dado.

Y ha muerto con su hijo en el vientre, porque esa mujer era madre.

Y no hubo para ella la piedad que se tiene con la bestia encinta.

¿Dónde están ahora esos dos niños?

–         No lo sé…

Desaparecieron un día.

–        No mientas ahora.

Basta haber sido cruel.

No es necesario añadir el embuste para que Dios aborrezca tus sábados,

a pesar de su total carencia de obras serviles.

¿Dónde están esos niños?

–        No lo sé.

Ya no lo sé. Créelo.

–        Yo lo sé.

Los encontré una noche de Noviembre, fría, lluviosa, oscura.

Los encontré hambrientos y temblando, cerca de una casa, como dos perrillos

en busca de un pedazo de pan que llevarse a la boca…

Maldecidos y despedidos por quien tenía entrañas de perro, más que un perro verdadero.

Porque un perro habría tenido piedad de aquellos dos huerfanitos.

Y ni tú ni aquel hombre la habéis tenido.

¿Ya no te servían sus padres, verdad? Estaban muertos.

Los muertos sólo lloran, en sus sepulcros, al oír los sollozos de esos hijos infelices

de que los demás no se ocupan.

Pero los muertos, con su espíritu, elevan sus llantos y los de sus huérfanos a Dios.

Y dicen: “Señor, vénganos Tú;

porque el mundo aplasta cuando ya no le es posible seguir explotando”.

¿No te servían todavía los dos pequeñuelos, verdad?

Apenas si la niña podía servir para espigar…

Y tú los despediste negándoles incluso aquellos pocos bienes que pertenecían

a su padre y a su madre.

Podían morir de hambre y frío como dos perros en un camino de carros.

Podían vivir y hacerse el uno ladrón, la otra prostituta.

Porque el hambre porta al pecado. ¿Pero a ti qué te importaba?

Hace un rato citabas la Ley como apoyo de tus teorías.

¿Es que la Ley no dice: “No vejéis a la viuda y al huérfano, porque, si lo hacéis

y elevan su voz hacia Mí, escucharé su grito y mi furor se desencadenará,

Y os exterminaré y vuestras mujeres se quedarán viudas y vuestros hijos huérfanos”?

¿No dice eso la Ley?

Y entonces, ¿Por qué no la observas? ¿Me defiendes ante los demás?

¿Y por qué no defiendes mi doctrina en ti mismo?

¿Quieres ser amigo mío? ¿Y por qué haces lo opuesto de lo que Yo digo?

Uno de vosotros va corriendo a más no poder, arrancándose los pelos,

por la destrucción de su bosque.

¡Y no se los arranca ante las ruinas de su corazón!

¿Y tú a qué esperas a hacerlo?

¿Por qué queréis siempre creeros perfectos, vosotros a quienes la suerte ha hecho subir?

Y, suponiendo que lo fuerais en algo, ¿Por qué no tratáis de serlo en todo?

¿Por qué me odiáis porque os destapo las llagas?

Yo soy el Médico de vuestro espíritu.

¿Puede un médico curar si no destapa y limpia las llagas?

¿No sabéis que muchos – y esa mujer que ha salido es uno de ellos – merecen,

a pesar de su pobre apariencia, el primer puesto en el Banquete de Dios?

No es lo externo, es el corazón, es el espíritu, lo que vale.

Dios os ve desde lo alto de su Trono. Y os juzga.

¡Cuántos ve mejores que vosotros!

Por tanto, escuchad.

Como regla comportaos así, siempre: cuando os inviten a un banquete de bodas,

elegid siempre el último puesto.

Recibiréis doble honor cuando el amo de la casa os diga:

“Amigo, ven adelante”. Honor de méritos y honor de humildad.

Mientras… ¡Oh, triste hora para un soberbio, ser puesto en evidencia!

¡Y oír que le dicen: “Ve allá, al final, que aquí hay uno que es más que tú”!

Y haced lo mismo en el banquete secreto del desposorio de vuestro espíritu con Dios.

Quien se humilla será ensalzado y quien se ensalza será humillado.

Ismael, no me odies porque te medico.

Yo no te odio. He venido para curarte.

Estás más enfermo que aquel hombre.

Tú me has invitado para darte lustre a ti mismo y satisfacción a los amigos.

Invitas a menudo, pero es por soberbia y gusto.

No lo hagas. No invites a ricos, a parientes y a amigos.

Abre, más bien, la casa, abre el corazón, a los pobres, mendigos, lisiados, cojos,

huérfanos y viudas.

La única compensación que te darán serán bendiciones.

Pero Dios las transformará para ti en gracias.

Y al final… ¡Oh, al final, qué feliz ventura para todos los misericordiosos,

que serán retribuidos por Dios en la resurrección de los muertos!

¡Ay de aquellos que acarician solamente una esperanza de ganancia,

y luego cierran su corazón al hermano que ya no puede ser útil!

¡Ay de ellos!

Yo vengaré a los abandonados.

–        Maestro… yo… quiero complacerte.

Tomaré de nuevo a esos niños.

–         No.

–        ¿Por qué?

–        ¿Ismael?!…

Ismael agacha la cabeza.

Quiere aparentar humildad.

Pero es una víbora a la que se le ha hecho soltar el veneno.

Y no muerde porque sabe que no lo tiene, pero espera la ocasión para morder…

Eleazar trata de instaurar de nuevo la paz diciendo:

-Dichosos los que participan en el banquete con Dios,

en su espíritu y en el Reino eterno.

Pero, créelo, Maestro, a veces es la vida la que supone un obstáculo.

Los cargos…

Las ocupaciones…

Jesús dice aquí la parábola del banquete,

Lucas 14

y termina:

–        Has dicho los cargos… las ocupaciones.

Es verdad.

Pero por eso te he dicho al principio de este convite que mi Reino se conquista con

victorias sobre uno mismo y no con victorias de armas en el campo de batalla.

El puesto en la gran Cena es para estos humildes de corazón que saben ser grandes

con su amor fiel que no mide el sacrificio y que todo lo supera para venir a mí.

Una hora basta para transformar un corazón.

Si ese corazón quiere.

Y basta una palabra.

Yo os he dicho muchas. Y miro…

En un corazón está naciendo una planta santa.

En los otros, espinos para Mí, y dentro de los espinos hay áspides y escorpiones.

No importa.

Yo voy por mi camino recto.

El que me ame que me siga.

Yo paso llamando.

Los que sean rectos que vengan a Mí.

Paso instruyendo.

Los buscadores de justicia acérquense a la Fuente.

Respecto a los otros… respecto a los otros juzgará el Padre santo.

Ismael, me despido de ti. No me odies. Medita.

Siente que fui severo por amor, no por odio.

Paz a esta casa y a sus habitantes.

Paz a todos, si merecéis paz.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreo