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F113 EL PRIMER PADRE NUESTRO


Y EL VERBO SE HIZO CARNE…

“Por aquellos días salió un decreto del emperador Augusto, por el que se debía proceder a un censo en todo el imperio. Éste fue llamado ‘el primer censo’, siendo Quirino gobernador de Siria.  Todos pues empezaron a moverse para ser registrados cada uno en su ciudad natal. José también que estaba en Galilea, en la ciudad de Nazaret, subió a Judea, a la ciudad de David, llamada Belén; porque era descendiente de David; allí se inscribió con María su esposa que estaba embarazada. 

“HE AQUÍ LA ESCLAVA DEL SEÑOR, HÁGASE EN MÍ SEGÚN TU PALABRA…”

Mientras estaban en Belén, llegó para María el momento del parto y dio a luz a su hijo primogénito. Lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, pues no había lugar para ellos en la sala principal de la casa.

En la región había pastores que vivían en el campo y que por la noche se turnaban para cuidar sus rebaños. Se les apareció un Ángel del Señor y la Gloria del Señor los rodeó de claridad. Y quedaron muy asustados.

Pero el Ángel les dijo: ‘No tengan miedo pues yo vengo a comunicarles una buena noticia, que será motivo de mucha alegría, para todo el pueblo: hoy en la ciudad de David, ha nacido para ustedes un Salvador, que es el Mesías y el Señor. 

Miren cómo lo reconocerán: hallarán a un niño recién nacido, envuelto en pañales y acostado en un pesebre.’ De pronto una multitud de seres celestiales aparecieron junto al Ángel y alababan a Dios con estas palabras: ‘¡Gloria a Dios en lo más alto del Cielo y en la tierra paz a los hombres: ésta es la hora de su Gracia!’

Después que los ángeles se volvieron al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: ‘Vayamos pues hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha dado a conocer.’

Fueron apresuradamente y hallaron a María y a José con el recién nacido acostado en el pesebre.  Entonces contaron lo que los ángeles habían dicho del Niño. Todos los que escucharon a los pastores quedaron maravillados de lo que decían. María por su parte, guardaba todos estos acontecimientos y los volvía a meditar en su interior. Después los pastores regresaron alabando y glorificando a Dios, por todo lo que habían visto y oído, tal como los ángeles se lo habían anunciado.

Cumplidos los ocho días, circuncidaron al niño y le pusieron el Nombre de Jesús, nombre que había indicado el Ángel antes de que madre quedara embarazada.” (Lucas 2, 1-21)

María revela:

Mi José era un hombre santo.

Desde que Dios le descubrió su secreto y le dio la misión de cuidar a su familia, no hubo un hombre más amoroso y tierno.

¡Con qué diligencia y solicitud, cuidó siempre de Jesús y de mí!

Cuando llegamos a Belén, su mortificación fue muy grande al no encontrar posada.

Y en la fría gruta en la que nos alojamos por fin, trató de hacer acogedor aquel pesebre.

Él se quedó junto a la entrada e hizo una hoguera para atenuar el intenso frío de aquella noche invernal.

Yo me retiré al fondo de la gruta y los dos nos arrodillamos a orar.

La Oración era la reina de nuestras ocupaciones;  nuestras fuerzas, nuestra luz, nuestra esperanza. Si en las horas tristes era consuelo, en las alegres era un cantar.

Era el alimento de nuestra alma, que nos separaba de la tierra,  del destierro; y nos llevaba a lo alto, hacia el Cielo, hacia la Patria Celestial.

Nos sentíamos unidos a Dios cuando orábamos, porque nuestra plegaria era adoración verdadera de todo nuestro ser, que se fundía en Dios adorándolo y que era abrazado por ÉL.Las plegarias son vivas, cuando están alimentadas del verdadero amor y del sacrificio.

La Oración era nuestro alimento, ¡TODO!

Y sumergidos en aquella profunda adoración a nuestro Padre y Creador…

Di a luz al Verbo de Dios.

¡De cuánta riqueza se despojó Eva!

Al ser desconocedora de culpa, tampoco conocí el dolor de dar a luz como las demás mujeres.

Un éxtasis fue la Concepción de mi Hijo.

Y un mayor éxtasis su Nacimiento.

ÉL, que vino para ser la Luz del Mundo, inundó en un mar de luz aquel lugar.

Y fue aquella luminosidad la que percibió José, cuando me vio arrodillada…

Cuando con lágrimas y sonrisas besaba a mi Niño Divino.

Mi José sintió una gran Alegría y un gran Dolor.

Felicidad y Dolor fueron como un puñal en su corazón, al verlo a ÉL…

La Voz del Padre hecha Carne entre mis brazos…

Aniquilándose por amor, hasta la condición de un pequeñín con voz de corderillo.

Un bebé totalmente indefenso…

Felicidad al ver las profecías realizadas.

Dolor al contemplar al Altísimo Padre, Creador del Universo…

En aquella miserable gruta; en medio de la pobreza más extrema…

Y que él sólo podría proteger con su pobre oficio de carpintero…

Yo amaba profundamente a mi esposo de la tierra.

José estaba temblando empavorecido, cuando le ofrecí abrazar a Jesús y murmuraba:

‘¿Yo? ¿Me toca a mí? ¡Oh NO! ¡NO soy digno! ¡Imposible tocar a Dios!’

Sin embargo sus lágrimas también mojaron el rostro infantil de mi Hijo…

Cuando lo estrechó contra su pecho varonil, para protegerlo del frío…

Mientras yo corría por los pañales y los lienzos, con los que cubriría su delicado cuerpecito de bebé, que estaba envuelto en mi velo.

Dimos gracias al Eterno y EL PRIMER PADRE NUESTRO, lo pronuncié yo en aquel momento…

Teniendo levantado entre mis brazos a mi Cordero Divino.

Venido al Mundo para ser sacrificado y dar vida a los muertos en el espíritu.

El ‘HÁGASE TU VOLUNTAD’ brotó de mis labios llorando…

Porque conocía el destino de mi Creatura Divina…

Las Profecías estaban ante nosotros,

Cumpliéndose, también en mí…

EL VARÓN DE DOLORES MENCIONADO POR ISAÍAS,

Estaba frente a nosotros Elevado hacia el Padre Celestial…

Y una oleada de amor atenuó un poco el Dolor de aquella Ofrenda.

Y me sentí arder en el fuego del Amor de Dios.

Superé el amor de creatura al amar con el Corazón de la Madre de Dios.

Dejé de ver a las creaturas con mentalidad de mujer…

Y empecé a verlas como Esposa del Altísimo y Madre del Redentor.

Aquellas creaturas eran mías. Los hombres también eran míos.

Fue entonces que también se inició mi Maternidad Espiritual y me convertí en Vuestra Madre…

¡Oh, hijitos míos tan pequeños y descarriados!…

¡Tan desobedientes y sin embargo tan amados!

¡TAN DOLOROSAMENTE MÍOS!…

Un Pesebre fue la primera cuna de Jesús.

Y envueltos en profunda Adoración sobre esa cuna…

Fue que nos encontraron los pastores que fueron avisados por los ángeles.

María termina de hablar y todos se quedan reflexionando en la enseñanza recibida.

Jesús dice que hay que reanudar la marcha y casi todos lo hacen en silencio.

Quieren guardar las palabras de la Virgen en el corazón.

Y llegan a la tumba de Raquel.

Todos se acercan a orar respetuosamente.

Después María dice:

–                     Aquí nos detuvimos José y yo… Está igual que entonces. Tan solo la estación es diferente.

En aquel tiempo era un día frío de Casleu. Había llovido y los caminos estaban lodosos.

Después sopló un viento helado.Los caminos se endurecieron y mi asnito caminaba con fatiga…

Jesús pregunta con ternura:

–      Tú madre mía, ¿No?

María lo mira con infinita dulzura y dice:

–         ¡Oh! Te tenía a Ti… La noche se acercaba y José estaba muy preocupado…

La gente se dirigía presurosa hacia Belén, chocando unos contra otros.

Y muchos se enojaban contra mi asnito, porque caminaba despacio, buscando donde poner las pezuñas.

Parecía como si supiese que Tú estabas ahí y que dormías la última noche en mi seno.

Hacía frío, pero yo ardía. Sentía que estabas por llegar.

Los Cielos bajaban sobre mí y yo veía sus resplandores.

Veía arder la Divinidad en su gozo, en tu próximo nacimiento. Y esos rayos me penetraban, me encendían, me abstraían de todo.

Frío, viento, gente… ¡De  todo!…

Pero yo sólo veía a Dios.

De vez en cuando sonreía a José que nos guiaba con cuidado y me envolvía en la manta, para que no me fuese a resfriar.

Yo sonreía a mi esposo que estaba muy afligido, para darle ánimos.

También a la gente que ignoraba que ya respiraba en el aire, el Salvador…Nos detuvimos aquí, para descansar un poco al asnito y para comer pan y olivas, nuestras provisiones de pobres.

Yo no tenía hambre; estaba colmada de alegría.

Emprendimos de nuevo el camino y os mostraré en donde encontramos al pastor.

De aquel campo a éste, vino Elías con sus ovejas.

Y José le pidió leche para mí.

Y allí en ese prado nos detuvimos, mientras Elías ordeñaba la leche caliente y restauradora.

Al llegar a la ciudad, era un mar de gente y de animales…  ¡Allí está Belén! ¡Oh! ¡Cómo lo amo! ¡Tierra querida de mis padres, que me dio el primer Beso de mi Hijo!

Te has abierto buena y fragante como el pan cuyo nombre tienes, (Belén significa: Casa del Pan) para dar el Pan Verdadero al Mundo que muere de hambre.

¡Mirad qué hermosa es la primavera! Pero también lo fue entonces, aunque los campos y los viñedos estaban desnudos.

Un ligero velo de escarcha resplandecía en las ramas limpias y parecía cubrirlas de diamantes.

De las casas salía humo. La cena se acercaba.

Todo era limpio y silencioso. Todo estaba en espera de Tí…¡Oh! De Ti hijo.

¡La Tierra presagiaba tu llegada!

Los betlemitas NO eran malos, aunque NO lo creáis; pero NO podían darnos hospedaje…

¡NO TODOS! ¡PERO CUÁNTOS!…

En los hogares buenos y honrados de Belén, se apretaban arrogantes como siempre, sordos y soberbios; los que todavía ahora lo son y que NO podían Sentirte… 

¡Cuántos fariseos, saduceos, herodianos, escribas, esenios, había!

¡Oh! El que ahora NO puedan entender, les viene desde entonces en que su corazón fue duro.Lo cerraron al Amor a aquella hermana suya, en aquella Noche…

Y permanecen en las Tinieblas.

Desde entonces rechazaron a Dios, al rechazarlo de su Amor al Prójimo.

Venid. Vamos a la Gruta. Es inútil entrar en la ciudad. Los mejores amigos de mi Niño ya NO están.

Basta la Naturaleza amiga, con sus piedras, su río, su leña para hacer fuego.

La Naturaleza que sintió la llegada de su Señor… Y la Naturaleza que Reacciona ante su Regreso…

Ved allí están las ruinas de la Torre de David,Oh! ¡Qué la amo más que un palacio! ¡Benditas ruinas! ¡Bendito río! ¡Bendita planta que como por milagro te despojaste con el viento de todas tus ramas, para que encontrásemos leña y pudiéramos encender el fuego!…

María baja rápida a la gruta atraviesa el riachuelo sobre una tabla que hace de puente, corre al lugar despejado en donde están las ruinas y cae de rodillas a sus umbrales. Se inclina y besa el suelo.

La siguen los demás, muy conmovidos.

El niño ha escuchado su maravillosa narración y la contempla absorto.

María se levanta y entra.

Observa todo con inmenso amor y una gran emoción…

Y dice:

–         Todo como entonces… Con excepción de que era de Noche.José hizo fuego en la entrada.

Sólo al bajar del asnito, sentí qué cansada y fría estaba yo.

Nos saludó un buey. Fui a donde estaba para sentir un poco de calor, para apoyarme en el heno.

José, aquí donde estoy, extendió heno para que me sirviese de lecho.

Y lo secó por mí y por Ti, Hijo; con el fuego que encendió en aquel rincón.Porque era bueno como un padre, en su amor de esposo ángel.

Y unidos de la mano, como dos hermanos extraviados en la oscuridad de la noche, comimos pan y queso.

Luego se fue allá para echar leña en la hoguera.

Y se quitó el manto para tapar la abertura.

En realidad, bajó el velo ante la Gloria de Dios que Descendía de los Cielos. Ante Ti, Jesús mío.

Yo me quedé sobre el heno al calor de los dos animales envuelta en mi manto y mi cobija de lana. ¡Querido esposo mío!

En aquella hora en que me encontraba temerosa ante el Misterio de la Maternidad; Hora en que la mujer primeriza ignora del todo y para mí, la hora de mi Única Maternidad.

Me encontraba sumergida ante lo ignoto del Misterio que sería ver al Hijo de Dios salir de mi carne mortal…

Y él, José; fue para mí como una madre, un ángel, mi Consuelo… Siempre.

Luego el Silencio y el Sueño envolvieron a José, para que NO viese lo que para mí era el Beso cotidiano de Dios: el Éxtasis.

Me adentré en un Océano de luz, de Alegría, de Amor, hasta encontrarme sumergida totalmente en Dios.

Entonces se oyó una voz de la tierra, ¡Tan lejana!…

Era un eco, un recuerdo de la tierra:

–                     ¿Duermes, María?

Es tan débil el alma, cuando se eleva en ese Abismo de Fuego, de Felicidad Infinita que es Dios… ¡Oh!…

¿Pero Eres Tú el que naciste de mí? O ¿Soy yo la que nací entre fulgores trinos aquella Noche?…

La Luz despertó a José y Tú, ¡Tú! Estabas sobre mi Corazón…

Sentada aquí, después de haberte adorado de rodillas, te amé.

Finalmente pude amarte sin las barreras de la carne.

Y de aquí me levanté para llevarTe al amor del que como yo, era Digno de amarte entre los primeros.

Y aquí entre estas dos columnas rústicas, te Ofrecí al Padre….

El PRIMER PADRE NUESTRO, brotó de mis labios…

Llorando de Felicidad y de… Dolor…

Y por primera vez estuviste sobre el pecho de José…

Que estaba aterrorizado de poder tocar a Dios.

Y lloraba de emoción…

Luego te envolví entre pañales y juntos te colocamos aquí.

Yo te mecía en mis brazos, mientras José secaba el heno en la hoguera y lo conservaba caliente, metiéndoselo en el pecho.

Después allí, ambos te adoramos. Inclinados sobre Ti, para aspirar tu aliento.

Para ver a qué grado puede conducir el Amor…  Para llorar lágrimas que ciertamente se vierten en el Cielo, al ver la gloria de Dios.

María al recordar aquella noche, ha ido y venido, señalando los lugares, llena de Amor. Con un parpadear de llanto en sus ojos azules.

Y con una sonrisa de alegría se inclina sobre su Jesús, que está sentado en una gran piedra… Y lo besa sobre los cabellos, llorando.

Adorándolo como en aquel entonces…

Ella continúa:

–        Y luego los pastores vinieron a adorarte aquí adentro con su buen corazón. Era el primer suspiro de la tierra que entraba con ellos. Era el Olor de la Humanidad, de rebaños, de heno. Que te adoraban con amor. Que te cantaban con cánticos que jamás repetirá criatura humana.

Que te amaban con el amor de los Cielos, en tu Nacimiento. ¡Oh, Bendito!…

María está arrodillada al lado de su Hijo y llora de emoción, con la cabeza apoyada sobre sus rodillas.

Nadie se atreve a romper el silencio.

Todos se miran entre sí…

Y se vuelve a escuchar la voz de María:

–         Este fue el Nacimiento de mi Hijo. Nacimiento infinitamente sencillo y grande. Lo he referido con mi corazón de mujer, NO con palabras sabias de un maestro. NO hubo nada más, porque fue la cosa más grande de la Tierra, Escondida bajo las apariencias más comunes.

María de Alfeo pregunta:

–                     ¿Y al día siguiente?

María contesta con su mirada evocadora y su dulce sonrisa llena de amor:

–          ¿Al día siguiente? Al día siguiente fui la Madre que amamanta a su Niño. Que lo baña. Que lo envuelve en pañales, como lo hacen todas las madres.

Calentaba el agua que tomaba del río cercano y bañaba a Jesús en una vieja jofaina. Y le ponía pañales limpios que lavaba en el río. Y luego ponía a mi Hijo sobre mi pecho y El bebía mi leche.

Se ponía cada día, más bonito y feliz.

El primer día, en la hora de más calor, fui a sentarme allá afuera, para verlo mamar.

Y a la luz del sol miré al Verbo Encarnado.

La Madre conoció entonces a su Hijo y la Sierva de Dios a su Señor.Y fui Mujer y Adoradora…

Después, la casa de Anna.

Los días que pasaste en la cuna. Tus primeros pasos…Tus primeras palabras…

Y la huída a Egipto…

Y María se sumerge relatando sus recuerdos en Belén…

Y sus oyentes la escuchan absortos.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

54.- Y EL VERBO SE HIZO CARNE…


“Por aquellos días salió un decreto del emperador Augusto, por el que se debía proceder a un censo en todo el imperio. Éste fue llamado ‘el primer censo’, siendo Quirino gobernador de Siria.  Todos pues empezaron a moverse para ser registrados cada uno en su ciudad natal. José también que estaba en Galilea, en la ciudad de Nazaret, subió a Judea, a la ciudad de David, llamada Belén; porque era descendiente de David; allí se inscribió con María su esposa que estaba embarazada.  Mientras estaban en Belén, llegó para María el momento del parto y dio a luz a su hijo primogénito. Lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, pues no había lugar para ellos en la sala principal de la casa. En la región había pastores que vivían en el campo y que por la noche se turnaban para cuidar sus rebaños. Se les apareció un Ángel del Señor y la Gloria del Señor los rodeó de claridad. Y quedaron muy asustados. Pero el Ángel les dijo: ‘No tengan miedo pues yo vengo a comunicarles una buena noticia, que será motivo de mucha alegría, para todo el pueblo: hoy en la ciudad de David, ha nacido para ustedes un Salvador, que es el Mesías y el Señor.  Miren cómo lo reconocerán: hallarán a un niño recién nacido, envuelto en pañales y acostado en un pesebre.’ De pronto una multitud de seres celestiales aparecieron junto al Ángel y alababan a Dios con estas palabras: ‘¡Gloria a Dios en lo más alto del Cielo y en la tierra paz a los hombres: ésta es la hora de su Gracia!’ Después que los ángeles se volvieron al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: ‘Vayamos pues hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha dado a conocer.’ Fueron apresuradamente y hallaron a María y a José con el recién nacido acostado en el pesebre.  Entonces contaron lo que los ángeles habían dicho del Niño. Todos los que escucharon a los pastores quedaron maravillados de lo que decían. María por su parte, guardaba todos estos acontecimientos y los volvía a meditar en su interior. Después los pastores regresaron alabando y glorificando a Dios, por todo lo que habían visto y oído, tal como los ángeles se lo habían anunciado. Cumplidos los ocho días, circuncidaron al niño y le pusieron el Nombre de Jesús, nombre que había indicado el Ángel antes de que madre quedara embarazada.” (Lucas 2, 1-21)

María revela:

Mi José era un hombre santo. Desde que Dios le descubrió su secreto y le dio la misión de cuidar a su familia, no hubo un hombre más amoroso y tierno. ¡Con qué diligencia y solicitud, cuidó siempre de Jesús y de mí!

Cuando llegamos a Belén, su mortificación fue muy grande al no encontrar posada.  Y en la fría gruta en la que nos alojamos por fin, trató de hacer acogedor aquel pesebre. Él se quedó junto a la entrada e hizo una hoguera para atenuar el intenso frío de aquella noche invernal.

Yo me retiré al fondo de la gruta y los dos nos arrodillamos a orar. La Oración era la reina de nuestras ocupaciones;  nuestras fuerzas, nuestra luz, nuestra esperanza. Si en las horas tristes era consuelo, en las alegres era un cantar. Era el alimento de nuestra alma, que nos separaba de la tierra,  del destierro. Y nos llevaba a lo alto, hacia el Cielo, hacia la Patria.

Nos sentíamos unidos a Dios cuando orábamos, porque nuestra plegaria era adoración verdadera de todo nuestro ser, que se fundía en Dios adorándolo y que era abrazado por ÉL.

Las plegarias son vivas, cuando están alimentadas del verdadero amor y del sacrificio.

La Oración era nuestro alimento, ¡TODO! Y sumergidos en aquella profunda adoración a nuestro Padre y Creador, di a luz al Verbo de Dios.

¡De cuánta riqueza se despojó Eva! Al ser desconocedora de culpa, tampoco conocí el dolor de dar a luz como las demás mujeres. Un éxtasis fue la Concepción de mi Hijo. Y un mayor éxtasis su Nacimiento.

ÉL, que vino para ser la Luz del Mundo, inundó en un mar de luz aquel lugar. Y fue aquella luminosidad la que percibió José, cuando me vio arrodillada; cuando con lágrimas y sonrisas besaba a mi Niño Divino.

Mi José sintió una gran alegría y un gran dolor.

Felicidad y dolor fueron como un puñal en su corazón al verlo a ÉL, la Voz del Padre hecha carne entre mis brazos; aniquilándose por amor, hasta la condición de un pequeñín con voz de corderillo. Un bebé totalmente indefenso…

Felicidad al ver las profecías realizadas. Dolor al contemplar al Altísimo Padre, Creador del Universo…  En aquella miserable gruta; en medio de la pobreza más extrema y que él sólo podría proteger con su pobre oficio de carpintero…

Yo amaba profundamente a mi esposo de la tierra. José estaba temblando empavorecido  cuando le ofrecí abrazar a Jesús y murmuraba: ‘¿Yo? ¿Me toca a mí? ¡Oh no! ¡No soy digno! ¡Imposible tocar a Dios!’

Sin embargo sus lágrimas también mojaron el rostro infantil de mi Hijo, cuando lo estrechó contra su pecho varonil, para protegerlo del frío; mientras yo corría por los pañales y los lienzos, con los que cubriría su delicado cuerpecito de bebé, que estaba envuelto en mi velo.

Dimos gracias al Eterno y el primer Padre Nuestro, lo pronuncié yo en aquel momento, teniendo levantado entre mis brazos a mi Cordero Divino; venido al mundo para ser sacrificado y dar vida a los muertos en el espíritu.

El ‘HÁGASE TU VOLUNTAD’ brotó de mis labios llorando y una oleada de amor atenuó un poco el Dolor de aquella ofrenda.

Y me sentí arder en el fuego del Amor de Dios. Superé el amor de creatura al amar con el Corazón de la Madre de Dios. Dejé de ver a las creaturas con mentalidad de mujer y empecé a verlas como Esposa del Altísimo y Madre del Redentor.

Aquellas creaturas eran mías. Los hombres también eran míos. Fue entonces que también se inició mi maternidad espiritual y me convertí en Vuestra Madre…

¡Oh, hijitos míos tan pequeños y descarriados!… ¡Tan desobedientes y sin embargo tan amados! ¡TAN DOLOROSAMENTE MÍOS!…

Un pesebre fue la primera cuna de Jesús.  Y envueltos en profunda adoración sobre esa cuna, fue que nos encontraron los pastores que fueron avisados por los ángeles.

María termina de hablar y todos se quedan reflexionando en la enseñanza recibida.

Jesús dice que hay que reanudar la marcha y casi todos lo hacen en silencio. Quieren guardar las palabras de la Virgen en el corazón.

Y llegan a la tumba de Raquel.

Todos se acercan a orar respetuosamente.

Después María dice:

–                     Aquí nos detuvimos José y yo… Está igual que entonces. Tan solo la estación es diferente. En aquel tiempo era un día frío de Casleu. Había llovido y los caminos estaban lodosos. Después sopló un viento helado. Los caminos se endurecieron y mi asnito caminaba con fatiga…

Jesús pregunta con ternura:

–                     Tú madre mía, ¿No?

María lo mira con infinita dulzura y dice:

–                     ¡Oh! Te tenía a Ti… La noche se acercaba y José estaba muy preocupado… La gente se dirigía presurosa hacia Belén, chocando unos contra otros. Y muchos se enojaban contra mi asnito, porque caminaba despacio, buscando donde poner las pezuñas. Parecía como si supiese que Tú estabas ahí y que dormías la última noche en mi seno. Hacía frío, pero yo ardía. Sentía que estabas por llegar. Los Cielos bajaban sobre mí y yo veía sus resplandores.

Veía arder la Divinidad en su gozo, en tu próximo nacimiento. Y esos rayos me penetraban, me encendían, me abstraían de todo. Frío, viento, gente… ¡De  todo!… Sólo veía a Dios. De vez en cuando sonreía a José que nos guiaba con cuidado y me envolvía en la manta, para que no me fuese a resfriar. Yo sonreía a mi esposo que estaba muy afligido, para darle ánimos. También a la gente que ignoraba que ya respiraba en el aire, el Salvador…

Nos detuvimos aquí, para descansar un poco al asnito y para comer pan y olivas, nuestras provisiones de pobres. Yo no tenía hambre; estaba colmada de alegría. Emprendimos de nuevo el camino y os mostraré en donde encontramos al pastor.

De aquel campo a éste, vino Elías con sus ovejas. Y José le pidió leche para mí. Y allí en ese prado nos detuvimos, mientras Elías ordeñaba la leche caliente y restauradora.

Al llegar a la ciudad, era un mar de gente y de animales… ¡Allí está Belén! ¡Oh! ¡Cómo lo amo! ¡Tierra querida de mis padres, que me dio el primer beso de mi Hijo! Te has abierto buena y fragante como el pan cuyo nombre tienes, (Belén significa: Casa del Pan) para dar el Pan Verdadero al Mundo que muere de hambre.

¡Mirad qué hermosa es la primavera! Pero también lo fue entonces, aunque los campos y los viñedos estaban desnudos. Un ligero velo de escarcha resplandecía en las ramas limpias y parecía cubrirlas de diamantes.

De las casas salía humo. La cena se acercaba. Todo era limpio y silencioso. Todo estaba en espera de Tí, ¡Oh! De Ti hijo. ¡La tierra presagiaba tu llegada! Los betlemitas no eran malos, aunque no lo creáis. No podían darnos hospedaje.

En los hogares buenos y honrados de Belén, se apretaban arrogantes como siempre, sordos y soberbios; los que todavía ahora lo son y que no podían sentirte. ¡Cuántos fariseos, saduceos, herodianos, escribas, esenios, había! ¡Oh! El que ahora no puedan entender les viene desde entonces en que su corazón fue duro.

Lo cerraron al amor a aquella hermana suya, en aquella noche… y permanecen en las tinieblas. Desde entonces rechazaron a Dios, al rechazarlo de su amor al prójimo.

Venid. Vamos a la gruta. Es inútil entrar en la ciudad. Los mejores amigos de mi Niño ya no están. Basta la naturaleza amiga, con sus piedras, su río, su leña para hacer fuego. La naturaleza que sintió la llegada de su Señor… Ved allí están las ruinas de la torre de David,

Oh! ¡Qué la amo más que un palacio! ¡Benditas ruinas! ¡Bendito río! ¡Bendita planta que como por milagro te despojaste con el viento de todas tus ramas, para que encontrásemos leña y pudiéramos encender el fuego!…

María baja rápida a la gruta atraviesa el riachuelo sobre una tabla que hace de puente, corre al lugar despejado en donde están las ruinas y cae de rodillas a sus umbrales. Se inclina y besa el suelo.

La siguen los demás, muy conmovidos. El niño ha escuchado su maravillosa narración y la contempla absorto.

María se levanta y entra. Observa todo con inmenso amor y una gran emoción…

Y dice:

–                     Todo como entonces… con excepción de que era de noche. José hizo fuego en la entrada. Sólo al bajar del asnito, sentí qué cansada y fría estaba yo. Nos saludó un buey. Fui a donde estaba para sentir un poco de calor, para apoyarme en el heno. José, aquí donde estoy, extendió heno para que me sirviese de lecho. Y lo secó por mí y por Ti, Hijo; con el fuego que encendió en aquel rincón.

Porque era bueno como un padre en su amor de esposo ángel y unidos de la mano, como dos hermanos extraviados en la oscuridad de la noche, comimos pan y queso. Luego se fue allá para echar leña en la hoguera. Se quitó el manto para tapar la abertura. En realidad, bajó el velo ante la gloria de Dios que descendía de los Cielos. Ante Ti, Jesús mío.

Yo me quedé sobre el heno al calor de los dos animales envuelta en mi manto y mi cobija de lana. ¡Querido esposo mío! En aquella hora en que me encontraba temerosa ante el misterio de la maternidad; hora en que la mujer primeriza ignora del todo y para mí, la hora de mi única maternidad.

Me encontraba sumergida ante lo ignoto del misterio que sería ver al Hijo de Dios, salir de mi carne mortal y él, José; fue para mí como una madre, un ángel, mi consuelo… siempre.

Luego el silencio y el sueño envolvieron a José, para que no viese lo que para mí era el beso cotidiano de Dios: el éxtasis.

En un océano de luz, de alegría, de amor, hasta encontrarme sumergida totalmente en Dios. Se oyó una voz de la tierra, ¡Tan lejana!…

Un eco, un recuerdo de la tierra:

–                     ¿Duermes, María?

Es tan débil el alma, cuando se eleva en ese abismo de fuego, de   felicidad infinita que es Dios… ¡Oh! ¿Pero eres Tú el que naciste de mí? O ¿Soy yo la que nací entre fulgores trinos aquella noche?…

La luz despertó a José y Tú, ¡Tú! Estabas sobre mi corazón… Sentada aquí, después de haberte adorado de rodillas, te amé. Finalmente pude amarte sin las barreras de la carne.

Y de aquí me levanté para llevarte al amor del que como yo, era digno de amarte entre los primeros. Y aquí entra estas dos columnas rústicas, te ofrecí al Padre. El primer Padre Nuestro, brotó de mis labios… Llorando de felicidad y de… Dolor…

Y por primera vez estuviste sobre el pecho de José… que estaba aterrorizado de poder tocar a Dios. Y lloraba de emoción…

Luego te envolví entre pañales y juntos te colocamos aquí. Yo te mecía en mis brazos, mientras José secaba el heno en la hoguera y lo conservaba caliente, metiéndoselo en el pecho. Después allí, ambos te adoramos. Inclinados sobre Ti, para aspirar tu aliento. Para ver a qué grado puede conducir el amor…  Para llorar lágrimas que ciertamente se vierten en el Cielo, al ver la gloria de Dios.

 

María, al recordar aquella noche, ha ido y venido, señalando los lugares, llena de amor. Con un parpadear de llanto en sus ojos azules. Y con una sonrisa de alegría se inclina sobre su Jesús, que está sentado en una gran piedra y lo besa sobre los cabellos, llorando. Adorándolo como en aquel entonces…

–                     Y luego los pastores vinieron a adorarte aquí adentro con su buen corazón. Era el primer suspiro de la tierra que entraba con ellos. Era el olor de la humanidad, de rebaños, de heno. Que te adoraban con amor. Que te cantaban con cánticos que jamás repetirá criatura humana. Que te amaban con el amor de los Cielos, en tu Nacimiento. ¡Oh, Bendito!…

 

María está arrodillada al lado de su Hijo y llora de emoción, con la cabeza apoyada sobre sus rodillas. Nadie se atreve a romper el silencio. Todos se miran entre sí y se vuelve a escuchar la voz de María:

–                     Este fue el Nacimiento de mi Hijo. Nacimiento infinitamente sencillo y grande. Lo he referido con mi corazón de mujer, no con palabras sabias de un maestro. No hubo nada más, porque fue la cosa más grande de la Tierra, escondida bajo las apariencias más comunes.

María de Alfeo pregunta:

–                     ¿Y al día siguiente?

–                     ¿Al día siguiente? Al día siguiente fui la Madre que amamanta a su Niño. Que lo baña. Que lo envuelve en pañales, como lo hacen todas las madres. Calentaba el agua que tomaba del río cercano y bañaba a Jesús en una vieja jofaina. Y le ponía pañales limpios que lavaba en el río. Y luego ponía a mi Hijo sobre mi pecho y El bebía mi leche. Se ponía cada día, más bonito y feliz.

El primer día, en la hora de más calor, fui a sentarme allá afuera, para verlo mamar. Y a la luz del sol miré al Verbo Encarnado. La madre conoció entonces a su hijo y la sierva de Dios a su Señor. Y fui mujer y adoradora… después, la casa de Anna. Los días que pasaste en la cuna. Tus primeros pasos. Tus primeras palabras…

Y la huída a Egipto…

Y maría se sumerge relatando sus recuerdos en Belén… Y sus oyentes la escuchan absortos.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

 

 

 

CUARTO MISTERIO LUMINOSO


La Transfiguración de Jesús en el Monte Tabor

 (Escrito el 3 de diciembre de 1945 y el 5 de agosto de 1944)

¿Qué hombre hay que no haya contemplado, por lo menos una vez en su vida, un amanecer sereno de marzo? Y si lo hubiere, es muy infeliz; porque no conoce una de las bellezas más grandes de la naturaleza a la que la primavera ha despertado…

En medio de esta belleza, que es límpida en todos aspectos… Desde las hierbas nuevas y llenas de rocío, hasta las florecitas que se abren… Desde la primera sonrisa que la luz dibuja en el día, hasta los pajarillos que se despiertan con un batir de alas y lanzan su primer “pío”, preludio de todos sus canoros discursos que lanzarán durante el día… hasta el aroma mismo del aire que ha perdido en la noche, con el baño del rocío; toda mota de polvo, humo, olor de cuerpo humano… Van caminando Jesús, los apóstoles y discípulos.

Con ellos viene también Simón de Alfeo. Van en dirección del sudeste, pasando las colinas que coronan Nazaret… Atraviesan un arroyo, una llanura encogida entre las colinas nazaretanas y un grupo de montes en dirección hacia el este. El cono semitrunco del Tabor precede a estos montes… Y llegan al Tabor.

Jesús se detiene y dice:

–       Pedro, Juan y Santiago de Zebedeo, venid conmigo arriba al monte. Los demás desparramaos por las faldas, yendo por los caminos que lo rodean y predicad al Señor. Quiero estar de regreso en Nazaret al atardecer. No os alejéis mucho. La paz esté con vosotros.- Y volviéndose a los tres que ha mencionado, agrega- Vamos.

Y  empieza a subir sin volver su mirada atrás y con un paso tan rápido que Pedro apenas si puede seguirle… En un momento en que se detienen, Pedro colorado y sudando, le pregunta jadeante:

–       ¿A dónde vamos? No hay casas en el monte. En la cima está aquella vieja fortaleza. ¿Quieres ir a predicar allá?

Jesús responde:

–       Hubiera tomado el otro camino. Estás viendo que le he volteado las espaldas. No iremos a la fortaleza y quien estuviere en ella ni siquiera nos verá. Voy a unirme con mi Padre y os he querido conmigo porque os amo. ¡Ea, ligeros!

Pedro suplica:

–       Oh, Señor mío, ¿No podríamos ir un poco más despacio y así hablar de lo que oímos y vimos ayer, que nos dio para estar hablando toda la noche?

 

–       A las citas con Dios hay que ir rápidos. ¡Fuerzas Simón Pedro! ¡Allá arriba descansaréis!

Y continúa subiendo…

Cuando llegan a la cima… La mirada alcanza los horizontes. Es un sereno día que hace que aun las cosas lejanas se distingan bien.

El monte no forma parte de algún sistema montañoso como el de Judea. Se yergue solitario. Y es muy elevado. Uno puede ver hasta muy lejos. El lago de Genesaret parece un trozo de cielo caído para engastarse entre el verdor de la tierra…  Una turquesa oval encerrada entre esmeraldas de diversa claridad. Un espejo tembloso, que se encrespa al contacto de un ligero viento por el que se resbalan con agilidad de gaviotas, las barcas con sus velas desplegadas con esa gracia con que el halcón hiende los aires, cuando va de picada en pos de su presa.

De esa vasta turquesa sale una vena de un azul más pálido… El Jordán parece una pincelada casi rectilínea en la verde llanura. Hay poblados sembrados a un lado y a otro del río… Algunos no son más que un puñado de casas y  otros más grandes, casi como ciudades. Los caminos principales no son más que líneas amarillentas entre el verdor. Aquí dada la situación del monte, la llanura está más cultivada y es más fértil, muy bella. Se distinguen los diversos cultivos con sus diversos colores que esplenden al sol que desciende de un firmamento muy azul. El trigo está ya crecido, todavía verde y ondea como un mar. Se ven los penachos de los árboles con sus frutos en sus extremidades como nubecillas blancas y rosadas en este pequeño mar vegetal. Y todos los  prados están en flor debido al heno por donde las ovejas van comiendo su cotidiano alimento.

Después de un breve reposo bajo el fresco de un grupo de árboles, por compasión a Pedro a quien las subidas cuestan mucho, se prosigue la marcha. Llegan casi hasta la cresta, donde hay una llanura de hierba en que hay un semicírculo de árboles hacia la orilla.

Jesús se detiene y dice a sus compañeros:

–       ¡Descansad, amigos! Voy allí a orar.

Y señala con la mano una gran roca que sobresale del monte y que se encuentra hacia el interior, en la cresta.

Jesús se arrodilla sobre la tierra cubierta de hierba y apoya las manos y la cabeza sobre la roca, en la misma posición que tendrá en el Getsemaní. No le llega el sol porque lo impide la cresta, pero todo lo demás está bañado de su luz, excepto la sombra que proyectan los árboles donde se han sentado los apóstoles.

Pedro se quita las sandalias, les quita el polvo y piedrecillas y se queda descalzo, con los pies entre la hierba fresca. Estirado, con la cabeza sobre un montón de hierba que le sirve de almohada.

Santiago lo imita; pero para estar más cómodo busca un tronco de árbol sobre el que pone su manto y apoya sobre él la cabeza.

Juan se queda sentado mirando al Maestro… Pero la tranquilidad del lugar, el suave viento, el silencio y el cansancio lo vencen. Baja la cabeza sobre el pecho y cierra sus ojos. Ninguno de los tres duerme profundamente. Se ha apoderado de ellos esa somnolencia de verano que invita a una tranquila siesta.

De pronto los sacude una luminosidad tan viva que anula la del sol… Y que se esparce, que penetra hasta bajo lo verde de los matorrales y árboles, donde están.

Abren los ojos sorprendidos y ven a Jesús transfigurado. Es ahora tal y cual está en las visiones del paraíso. Naturalmente sin las llagas o sin la señal de la cruz. Pero la majestad de su rostro, de su cuerpo es igual por la luminosidad, por el vestido que de un color rojo oscuro se ha cambiado en un tejido de diamantes… de perlas…  en un vestido inmaterial, cual lo tiene en el cielo. Su rostro es un sol esplendidísimo, en el que resplandecen sus ojos de zafiro. Parece todavía más alto, como si su glorificación hubiese cambiado su estatura. Hace parecer fosforescente hasta la llanura y la Luz  que hay en el universo y en los cielos, se funden hasta hacer indescriptible todo lo que lo rodea.

Jesús está de pie, suspendido en el aire, porque entre Él y el verdor del prado hay como un río de luz, un espacio que produce una luz sobre la que él esté parado. Pero es tan fuerte que pareciera que el verdor desapareciera bajo las plantas de Jesús. Es de un color blanco, incandescente…

Jesús está con su rostro levantado al cielo y sonríe a lo que tiene ante Sí…

Los apóstoles se sienten presa de miedo. Lo llaman con ansiedad porque les parece que no es más su Maestro.

–       ¡Maestro, Maestro!

Él no oye.

Pedro dice tembloroso:

–       Está en éxtasis. ¿Qué estará viendo?”

Los tres se han puesto de pie y quieren acercarse a Jesús, pero no se atreven.

La luz aumenta mucho más por dos llamas que bajan del cielo y se ponen al lado de Jesús. Cuando están ya sobre el verdor, se descorre su velo y aparecen dos majestuosos y luminosos personajes. Uno es más anciano, de mirada penetrante, severa, de barba partida en dos. De su frente salen cuernos de luz que lo identifican como a Moisés. El otro es más joven, delgado, barbudo y velloso, algo parecido al Bautista, al que se parece por su estatura, delgadez, formación corporal y severidad. Es Elías. Mientras la luz de Moisés es blanca como la de Jesús, sobre todo en los rayos que brotan de la frente, la que emana de Elías es solar, de llama viva.

Los dos profetas asumen una actitud de reverencia ante su Dios encarnado y aunque les habla con familiaridad, ellos no pierden su actitud reverente.

Los tres apóstoles caen de rodillas, con la cara entre las manos. Quieren ver, pero tienen miedo.

Finalmente Pedro habla:

–       ¡Maestro! ¡Maestro, óyeme!

Jesús vuelve su mirada con una sonrisa.

Pedro toma ánimos y dice:

–       ¡Es bello estar aquí contigo, con Moisés y Elías! Si quieres haremos tres tiendas, para Ti, para Moisés y para Elías, ¡nos quedaremos aquí a servirte!…

Jesús lo mira una vez más y sonríe vivamente. Mira también a Juan y a Santiago, una mirada que los envuelve amorosamente. También Moisés y Elías miran fijamente a los tres. Sus ojos brillan  como rayos que atraviesan los corazones.

Los apóstoles no se atreven a añadir una palabra más. Atemorizados, callan. Parece como si estuvieran un poco ebrios, pero cuando un velo que no es neblina, que no es nube, que no es rayo, envuelve y separa a los tres gloriosos detrás de un resplandor mucho más vivo y los esconde a la mirada de los tres; una voz poderosa, armoniosa vibra, llena el espacio.

Los tres caen con la cara sobre la hierba.

La Poderosa Voz dice:

–       Este es mi Hijo amado, en quien encuentro mis complacencias. ¡Escuchadlo!

Pedro, postrado en tierra exclama:

–       ¡Misericordia de mí que soy un pecador! Es la gloria de Dios que desciende.

Santiago no dice nada…

Juan murmura próximo a desvanecerse:

–       ¡El Señor ha hablado!

Nadie se atreve a levantar la cabeza aun cuando el silencio es absoluto…

Y no ven por esto que la luz solar ha vuelto a su estado, que Jesús está solo y que ha tornado a ser el Jesús con su vestido rojo oscuro. Se dirige a ellos sonriente. Los toca…

Los mueve y los llama por su nombre.

–       Levantaos. Soy Yo. No tengáis miedo.

Ninguno de los tres se ha atrevido a levantar su cara e invocan misericordia sobre sus pecados, temiendo que sea el ángel de Dios que quiere presentarlos ante el Altísimo.

Jesús repite con imperio:

–       ¡Levantaos, pues! ¡Os lo ordeno!

Ellos Levantan la cara y ven a Jesús que sonríe.

Pedro exclama:

–       ¡Oh, Maestro! ¡Dios mío! ¿Cómo vamos a hacer para tenerte a nuestro lado, ahora que hemos visto tu gloria? ¿Cómo haremos para vivir entre los hombres, nosotros, hombres pecadores, que hemos oído la voz de Dios?

Jesús responde:

–       Debéis vivir a mi lado, ver mi gloria hasta el fin. Haceos dignos porque el tiempo está cercano. Obedeced al Padre mío y vuestro. Volvamos ahora entre los hombres porque he venido para estar entre ellos y para llevarlos a Dios. Vamos. Sed santos, fuertes, fieles por recuerdo de esta hora. Tendréis parte en mi completa gloria, pero no habléis nada de esto a nadie, ni siquiera a los compañeros. Cuando el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos y vuelto a la gloria del Padre, entonces hablaréis, porque entonces será necesario creer para tener parte en mi reino.

Santiago dice:

–       ¿No debe acaso venir Elías a preparar tu reino? Los rabíes enseñan así.

Jesús contesta:

–       Elías ya vino y ha preparado los caminos al Señor. Todo sucede como se ha revelado, pero los que enseñan la revelación no la conocen y no la comprenden. No ven y no reconocen las señales de los tiempos y a los que Dios ha enviado. Elías ha vuelto una vez. La segunda será cuando lleguen los últimos tiempos para preparar los hombres a Dios. Ahora ha venido a preparar los primeros al Mesías y los hombres no lo han querido conocer y lo han atormentado y matado. Lo mismo harán con el Hijo del hombre, porque los hombres no quieren reconocer lo que es su bien.

Los tres bajan pensativos y tristes la cabeza. Descienden por el camino que los trajo a la cima.

A mitad de camino, Pedro en voz baja dice:

–       ¡Ah, Señor! Repito lo que dijo ayer tu Madre: “¿Por qué nos has hecho esto?” Tus últimas palabras borraron la alegría de la gloriosa vista que tenían ante sí nuestros corazones. Es un día que no se olvidará. Primero nos llenó de miedo la gran luz que nos despertó, más fuerte que si el monte estuviera en llamas o que si la luna hubiera bajado sobre el prado, bajo nuestros ojos. Luego tu mirada, tu aspecto, tu elevación sobre el suelo, como si estuvieses pronto a volar. Tuve miedo de que disgustado de la maldad de Israel, regresases el cielo, tal vez por orden del Altísimo. Luego tuve miedo de ver aparecer a Moisés, a quien sus contemporáneos no podían ver sin velo, porque brillaba sobre su cara el reflejo de Dios y no era más que hombre, mientras ahora es un espíritu bienaventurado y Elías… ¡Misericordia divina! Creí que había llegado mi último momento. Todos los pecados de mi vida, desde cuando me robaba la fruta allá cuando era pequeñín, hasta el último de haberte mal aconsejado hace algunos días; vinieron a mi memoria. ¡Con qué escalofrío me arrepentí! Luego me pareció que me amaban los dos justos… y tuve el atrevimiento de hablar. Pero su amor me infundía temor porque no merezco el amor de semejantes espíritus. Y ¡Luego!… ¡luego! ¡El miedo de los miedos! ¡La voz de Dios!… ¡Yeové habló! ¡A nosotros! Ordenó: “¡Escuchadlo!”. Te proclamó “su hijo amado en quien encuentra sus complacencias” ¡Qué miedo! ¡Yeové! ¡A nosotros!… ¡No cabe duda que tu fuerza nos ha mantenido la vida!… Cuando nos tocaste, y tus dedos ardían como puntas de fuego, sufrí el último miedo. Creí que había llegado la hora de ser juzgado y que el ángel me tocaba para tomar mi alma y llevarla ante el Altísimo… ¿Pero cómo hizo tu Madre para ver… para oír… para vivir en una palabra, esos momentos de los que ayer hablaste sin morir…?  Ella que estaba sola y era una jovencilla…  ¿Y sin Ti?…

Jesús explica dulcemente:

–       María, que no tiene culpa, no podía temer a Dios. Eva tampoco lo temió mientras fue inocente y Yo estaba. Yo, el Padre y el Espíritu. Nosotros que estamos en el cielo, en la tierra y en todo lugar, que teníamos y tenemos nuestro tabernáculo en el corazón de María.

Santiago dice:

–        ¡Qué cosas!… ¡Qué cosas!

Juan:

–       Pero luego hablaste de muerte… Y toda nuestra alegría se acabó…

Pedro:

–       Pero ¿por qué a nosotros tres? ¿No hubiera sido mejor que todos hubiesen visto tu gloria?

Jesús:

–       Exactamente… Porque muertos de miedo como estáis al oír hablar de muerte y muerte por suplicio del Hijo del Hombre, del Hombre-Dios; Él ha querido fortificaros para aquella hora y para siempre con un conocimiento anterior de lo que seré después de la muerte. Acordaos de ello, para que lo digáis a su tiempo. ¿Comprendido?

Juan:

–       Sí, Señor. No es posible olvidarlo.

Santiago:

–       Sería inútil contarlo.

Pedro:

–       Dirían que estábamos ‘ebrios’

*******

Oración:

Amado Padre Celestial: toma nuestro corazón y con tu infinita misericordia, lávalo de nuestros pecados en la Sangre Preciosa de tu amadísimo Hijo Jesucristo. Danos un corazón nuevo y despierto, para que también nosotros podamos contemplarte. Abre nuestros oídos y nuestros ojos, para que ya no seamos más ciegos y sordos a tu Palabra. Amen

PADRE NUESTRO…

DIEZ AVE MARÍA…

GLORIA…

INVOCACIÓN DE FÁTIMA…

CANTO DE ALABANZA…

TERCER MISTERIO DE GOZO


JESÚS NACE EN BELÉN

“Por aquellos días salió un decreto del emperador Augusto, por el que se debía proceder a un censo en todo el imperio. Éste fue llamado ‘el primer censo’, siendo Quirino gobernador de Siria.  Todos pues empezaron a moverse para ser registrados cada uno en su ciudad natal. José también que estaba en Galilea, en la ciudad de Nazaret, subió a Judea, a la ciudad de David, llamada Belén; porque era descendiente de David; allí se inscribió con María su esposa que estaba embarazada.  Mientras estaban en Belén, llegó para María el momento del parto y dio a luz a su hijo primogénito. Lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, pues no había lugar para ellos en la sala principal de la casa. En la región había pastores que vivían en el campo y que por la noche se turnaban para cuidar sus rebaños. Se les apareció un Ángel del Señor y la Gloria del Señor los rodeó de claridad. Y quedaron muy asustados. Pero el Ángel les dijo: ‘No tengan miedo pues yo vengo a comunicarles una buena noticia, que será motivo de mucha alegría, para todo el pueblo: hoy en la ciudad de David, ha nacido para ustedes un Salvador, que es el Mesías y el Señor.  Miren cómo lo reconocerán: hallarán a un niño recién nacido, envuelto en pañales y acostado en un pesebre.’ De pronto una multitud de seres celestiales aparecieron junto al Ángel y alababan a Dios con estas palabras: ‘¡Gloria a Dios en lo más alto del Cielo y en la tierra paz a los hombres: ésta es la hora de su Gracia!’ Después que los ángeles se volvieron al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: ‘Vayamos pues hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha dado a conocer.’ Fueron apresuradamente y hallaron a María y a José con el recién nacido acostado en el pesebre.  Entonces contaron lo que los ángeles habían dicho del Niño. Todos los que escucharon a los pastores quedaron maravillados de lo que decían. María por su parte, guardaba todos estos acontecimientos y los volvía a meditar en su interior. Después los pastores regresaron alabando y glorificando a Dios, por todo lo que habían visto y oído, tal como los ángeles se lo habían anunciado. Cumplidos los ocho días, circuncidaron al niño y le pusieron el Nombre de Jesús, nombre que había indicado el Ángel antes de que madre quedara embarazada.” (Lucas 2, 1-21)

María revela:

Mi José era un hombre santo. Desde que Dios le descubrió su secreto y le dio la misión de cuidar a su familia, no hubo un hombre más amoroso y tierno. ¡Con qué diligencia y solicitud, cuidó siempre de Jesús y de mí!

Cuando llegamos a Belén, su mortificación fue muy grande al no encontrar posada.  Y en la fría gruta en la que nos alojamos por fin, trató de hacer acogedor aquel pesebre. Él se quedó junto a la entrada e hizo una hoguera para atenuar el frío de aquella noche invernal.

Yo me retiré al fondo de la gruta y los dos nos arrodillamos a orar. La Oración era la reina de nuestras ocupaciones;  nuestras fuerzas, nuestra luz, nuestra esperanza. Si en las horas tistes era consuelo, en las alegres era un cantar. Era el alimento de nuestra alma, que nos separaba de la tierra,  del destierro. Y nos llevaba a lo alto, hacia el Cielo, hacia la Patria. Nos sentíamos unidos a Dios cuando orábamos, porque nuestra plegaria era adoración verdadera de todo nuestro ser, que se fundía en Dios adorándolo y que era abrazado por ÉL.

Las plegarias son vivas, cuando están alimentadas del verdadero amor y del sacrificio. La Oración era nuestro alimento, ¡TODO! Y sumergidos en aquella profunda adoración a nuestro Padre y Creador, di a luz al Verbo de Dios.

¡De cuánta riqueza se despojó Eva! Al ser desconocedora de culpa, tampoco conocí el dolor de dar a luz como las demás mujeres. Un éxtasis fue la Concepción de mi Hijo. Y un mayor éxtasis su Nacimiento.

ÉL, que vino para ser la Luz del Mundo, inundó en un mar de luz aquel lugar. Y fue aquella luminosidad la que percibió José, cuando me vio arrodillada; cuando con lágrimas y sonrisas besaba a mi Niño Divino.

Mi José sintió una gran alegría y un gran dolor.

Felicidad y dolor fueron como un puñal en su corazón al verlo a ÉL, la Voz de Padre hecha carne entre mis brazos; aniquilándose por amor, hasta la condición de un pequeñín con voz de corderillo. Un bebé totalmente indefenso.

Felicidad al ver las profecías realizadas. Dolor al contemplar al Altísimo Padre, Creador del Universo, en aquella miserable gruta; en medio de la pobreza extrema y que él sólo podría proteger con su pobre oficio de carpintero…

Yo amaba profundamente a mi esposo de la tierra. José estaba temblando empavorecido  cuando le ofrecí abrazar a Jesús y murmuraba: ‘¿Yo? ¿Me toca a mí? ¡Oh no! ¡No soy digno! ¡Imposible tocar a Dios!’  

Sin embargo sus lágrimas también mojaron el rostro infantil de mi Hijo, cuando lo estrechó contra su pecho varonil, para protegerlo del frío; mientras yo corría por los pañales y los lienzos, con los que cubriría su delicado cuerpecito de bebé, que estaba envuelto en mi velo.

Dimos gracias al Eterno y el primer Padre Nuestro, lo pronuncié yo en aquel momento, teniendo levantado entre mis brazos a mi Cordero Divino; venido al mundo para ser sacrificado y dar vida a los muertos en el espíritu. El ‘HÁGASE TU VOLUNTAD’ brotó de mis labios llorando y una oleada de amor atenuó un poco el Dolor de aquella ofrenda.

Y me sentí arder en el fuego del Amor de Dios. Superé el amor de creatura al amar con el Corazón de la Madre de Dios. Dejé de ver a las creaturas con mentalidad de mujer y empecé a verlas como Esposa del Altísimo y Madre del Redentor.

Aquellas creaturas eran mías. Los hombres también eran míos. Fue entonces que también se inició mi maternidad espiritual y me convertí en Vuestra Madre.  ¡Oh, hijitos míos tan pequeños y descarriados! ¡Tan desobedientes y sin embargo tan amados! ¡TAN DOLOROSAMENTE MÍOS!

Un pesebre fue la primera cuna de Jesús.  Y envueltos en profunda adoración sobre esa cuna, fue que nos encontraron los pastores que fueron avisados por los ángeles.

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Oración:

Amado Padre Celestial: en tu infinita Bondad y Misericordia, llénanos de una fe viva y activa, para hacer de nuestro corazón un nuevo pesebre, donde renazca el verdadero amor por tu Verbo y por tu Evangelio.  Amen

PADRE NUESTRO…

DIEZ AVE MARÍA…

GLORIA…

INVOCACION DE FÁTIMA…

CANTO DE ALABANZA…