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24 REGRESO A BELÉN


24 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

La mañana siguiente,  Jesús pasea con Judas Iscariote de arriba abajo; cerca de una de las puertas del recinto del Templo.

Judas pregunta:

–      ¿Estás seguro de que vendrá?

Jesús responde:

–       Lo estoy. Al alba salió de Betania y en Get-Sammi debía encontrarse con mi primer discípulo.

Jesús se detiene y mira fijamente a Judas.

Lo tiene frente a Sí. Lo estudia.

Después le pone una mano sobre la espalda y le pregunta:

–       Judas,  ¿Por qué no me dices lo que estás pensando?

Judas se sorprende:

–       ¡Quée!… no pienso en nada en especial en este momento, Maestro. Pienso que hasta te hago demasiadas preguntas. No puedes lamentarte de mí mutismo.

–       Es verdad. Me haces muchas preguntas y me das muchas noticias. Pero no me abres tu corazón.¿Crees que me interesan mucho las noticias sobre el censo o sobre la estructura de esta o aquella familia?

No soy un ocioso que haya venido aquí a pasar el tiempo. Tú sabes para que vine. Y puedes comprender bien que lo que para Mí tiene el mayor interés, es el ser Maestro de mis discípulos.

Por eso exijo de ellos, sinceridad y confianza. ¿Te amaba tu padre, Judas?

–         Me amaba mucho. Era yo su orgullo. Cuando regresaba de la escuela y años después, cuando regresaba de Jerusalén a Keriot, quería que le dijera todo.

Se interesaba en todo lo que hacía. Si había cosas buenas, se alegraba. Si no lo eran tanto, me consolaba.

Y si había cometido algún error y me habían reprendido, me mostraba la justicia de la reprensión o en donde estaba mal lo que yo había hecho.

Pero lo hacía tan dulcemente… que más que un padre, parecía un hermano mayor. Casi siempre terminaba de este modo: “Esto te digo, porque quiero que mi Judas sea un justo. Quisiera ser bendecido a través de mi hijo.”

Judas está tiernamente conmovido por la evocación de su padre.

Jesús que ha estado mirando atentamente a su discípulo, dice:

–        Mira Judas. Puedes estar seguro de todo lo que te digo. Nada hará más feliz a tu padre, que el que seas un discípulo fiel.

El espíritu de tu padre se regocijará allí donde está, en espera de la luz; porque así te educó; al ver que eres mi discípulo.

Más para que lo seas verdaderamente, debes decirte: “El padre que parecía un hermano mayor, lo he encontrado en mi Jesús.

Y a Él, igual que el padre amado al que todavía lloro; le diré todo para que sea mi guía. Para tener sus bendiciones y sus dulces reproches.”

Quiera el Eterno y tú sobre todo, hacer que Jesús no tenga otra cosa que decirte: “Eres bueno. Te bendigo.”

Judas exclama impulsivo:

–         ¡Oh, sí! ¡Sí, Jesús; sí! Si me llegas a amar tanto como él; podré ser bueno como Tú quieres y como mi padre quería. Mi padre podrá sacar aquella espina de su corazón.

Pues él siempre me mimaba mucho y me decía: “Estás sin guía, hijo y te hace mucha falta.” ¡Cuándo sepa que te tengo a Ti!

–         Te amaré como ningún otro hombre sería capaz. Te amaré tanto…Mucho te amaré. No me desengañes.

–         No, Maestro, no. Sé que estoy lleno de contradicciones. Envidias, celos, manías de ser el primero en todo. La carne me arrastra.

Todo choca dentro de mí contra los impulsos buenos. Todavía hace poco, me causaste mucho dolor. Mejor dicho… Tú no. Me lo causó mi naturaleza malvada.

Pensaba que yo era tu primer discípulo… Y Tú me dijiste que tienes a otro.

–       Tú lo viste. ¿No recuerdas que en la Pascua, estaba Yo en el Templo con unos Galileos?

–       Pensé que eran tus amigos. Creí que yo era el primer elegido para esto y con ello, el predilecto.

–         En mi corazón no hay distinción entre los últimos y los primeros. Si el primero faltase y el último fuese santo; entonces sí que a los ojos de Dios habrá distinción.

Pero Yo… Yo los amaré igual: con un amor de dicha al santo y con un amor que sufre al pecador. Pero…

Jesús se interrumpe y exclama con alegría:

–         ¡Oh! Ahí viene Juan con Simón. Juan es mi primero y Simón es el que estaba enfermo.

Judas hace un mohín y dice:

–        ¡Ah! ¡El leproso! Lo recuerdo. ¿Y ya es tu discípulo?

–         Desde el día siguiente.

–         ¿Y por qué yo tuve que esperar tanto?

–         ¿Judas?…

–         Es verdad. Perdón.

Cuando llegan, Juan y Jesús se saludan con un beso mutuo.

Simón se  postra a los pies de Jesús, besándolos y diciendo:

–        ¡Gloria a mi Salvador! Bendice a tu siervo para que sus acciones sean santas a los ojos de Dios y yo le dé gloria por haberme dado a Ti.

Jesús le pone las manos sobre la cabeza y le dice:

–        Sí. Te bendigo para agradecerte tu trabajo. Levántate Simón. ¡Éste es el nuevo discípulo! También él quiere la Verdad. Y por esto es un hermano para todos vosotros.

Se saludan entre sí. Los dos judíos con mutuo escudriño. Juan con franqueza.

Jesús pregunta:

–       ¿Estás cansado, Simón?

Simón sonríe:

–        No, Maestro. Junto con la salud me ha venido tal fuerza, como no la había tenido antes.

–        Y sé que la usas bien. He hablado con muchos y sé lo que han trabajado a favor del Mesías.

Simón ríe contento y dice:

–         Ayer hablé de Ti a un israelita honrado. Espero que un día lo conocerás. Quiero ser yo quién te lleve a él.

–         No es imposible.

Judas interrumpe:

–         Maestro, me prometiste venir conmigo a Judea.

–         Iré. Simón continuará instruyendo a la gente sobre mi venida. Amigos, el tiempo es breve y la gente es mucha. Ahora voy con Simón.

Al atardecer nos encontraremos en el camino del Monte de los Olivos y distribuiremos el dinero a los pobres. ¡Id!

En su interior, Judas está renuente a separarse de Jesús; pero obedece con prontitud.

Y dice:

–           Vamos, Juan.

Y los dos apóstoles más jóvenes, se alejan alegremente.

Cuando Jesús queda solo con Simón, le pregunta:

–        ¿Esa persona de Betania, es un verdadero israelita?

–        Lo es. Existen en él, todas las ideas imperantes; pero tiene verdadera ansia por el Mesías.

Y cuando le dije: “Él está entre nosotros” me contestó: “Feliz de mí, que vivo en estos tiempos.”

–        Algún día iremos a su casa, a llevarle mi bendición. ¿Qué te parece el nuevo discípulo?

–        Se ve que es muy joven y parece inteligente.

–        Lo es. Tú que también eres judío; lo comprenderás y lo compadecerás más que los otros, por sus ideas.

–        ¿Es un deseo o una orden?

–        Es una dulce orden. Tú que has sufrido, puedes tener mayor comprensión. El dolor es maestro de muchas cosas.

–         Porque Tú me lo mandas, seré para él comprensión.

–         Así es. Probablemente mi Pedro y no tan solo él; se admirará un poco de cómo cuido y me preocupo más por este discípulo. Pero algún día lo entenderán…

Cuando uno no ha madurado en su formación, tiene más necesidad de cuidado. Los demás… ¡Oh! Los otros se formarán por sí mismos, tan sólo por el contacto. No quiero hacer todo Yo.

Pido la voluntad del hombre y la ayuda de los demás, para formar a un hombre. Os llamo para que me ayudéis… Y agradezco mucho la ayuda.

–        Maestro, ¿Te imaginas que él te proporcionará desilusiones?

–        No. Pero es joven y se formado en el Templo y en Jerusalén.

–        Oh! Cerca de Ti, se curará de todos los vicios de esta ciudad… Estoy seguro.

Jesús murmura:

–        Así sea.

Y luego dice con voz más fuerte:

–        Ven conmigo al Templo. Evangelizaré al Pueblo…

Y se van juntos.

Al día siguiente.

Al rayar el alba, Jesús está con Juan, Simón y Judas, en la cocina de la casita.

Y les dice:

–      Amigos. Os ruego que vengáis conmigo por la Judea. Si no os cuesta mucho. Sobre todo a ti, Simón.

El apóstol le pregunta:

–     ¿Porqué, Maestro?

Jesús contesta:

–     El camino es muy duro por los montes de Judea y tal vez para ti sea más duro si te encuentras con algunos de los que te hicieron daño.

–     Por lo que toca al camino, me siento fuerte y no siento ninguna fatiga. Mucho menos si voy contigo. Por lo que toca a quién me dañó… el odio cayó junto con las escamas de la lepra.

Y no sé, créemelo; en qué has hecho el mayor milagro, si al curarme la carne corroída o el alma que ardía con el rencor. Pienso que no me equivoco si afirmo, que el milagro más grande fue en el alma.

Una llaga del espíritu, no se cura tan fácilmente.

Y Tú me has curado de un golpe, en una forma completa.  

El hombre no se cura de un hábito moral, si Tú no aniquilas ese hábito con tu querer santificante. Aunque uno lo quiera hacer con todas sus fuerzas.

–     No te equivocas al juzgar así.

Judas pregunta un poco resentido:

–    ¿Por qué no lo haces así con todos?

Juan pone una mano sobre el brazo de Judas y le dice cariñoso:

–     Lo hace, Judas. ¿Por qué le hablas así al Maestro? ¿No te sientes cambiado, desde que estás con Él?

Yo era discípulo de Juan el Bautista; pero me siento totalmente cambiado, desde que Él me dijo: ‘Ven’

Y mirando a Jesús agrega:

–     Perdón, Maestro. Hablé en tu lugar. Es que no quiero que Judas te cause ningún dolor.

Jesús lo tranquiliza:

–       Está bien, Juan. No me ha causado ninguna pena como discípulo. Cuando lo sea, si continúa con su modo de pensar, me causará dolor.

Vendrá un día en que tendréis la Sabiduría, con su Espíritu… entonces podréis juzgar justamente.

Judas pregunta:

–        ¿Y todos podremos juzgar justamente?

–       No, Judas.

–       ¿Pero hablas de nosotros los discípulos o de todos los hombres?

–       Hablo refiriéndome primero a vosotros y después a los demás. Cuando llegue la hora; el Maestro instituirá discípulos y los enviará por el mundo…

–       ¿No lo estás haciendo ya?…

–       Por ahora no os empleo más que para que digáis: “El Mesías está aquí. Venid a Él.”

Entonces os haré capaces de que prediquéis en mi Nombre y que hagáis milagros en mi Nombre…

–      ¡Oh! ¿También milagros?

–      Sí. En los cuerpos y también en las almas.

Judas  está feliz ante la idea y exclama gozoso:

–      ¡Oh! ¡Cómo nos admirarán!

Juan mira pensativamente a Jesús y su cara se nubla con un gesto de dolor.

Luego dice con un dejo de tristeza en la voz:

–       Entonces ya no estaremos más con el Maestro.

Y yo tendré temor de hacer lo que es de Dios, a mi manera de hombre.

Simón dice:

–      Juan, si el Maestro lo permite, me gustaría decirte lo que pienso.

Jesús contesta:

–      Díselo a Juan. Deseo que mutuamente os aconsejéis.

–      Ya sabes que es un consejo.

Jesús sonríe y calla.

Simón le dice a Juan:

–      Creo que no debes y no debemos temer. Si nos apoyamos en la sabiduría del Maestro Santo y en su promesa. Si Él dice: “Os enviaré”.

Y promete vestir nuestra miseria intelectual, con los rayos de la potencia que el Padre le da para nosotros, debemos estar seguros que lo hará y que lo podremos hacer, por su infinita misericordia.

Todo saldrá bien, si no introducimos el orgullo, el deseo humano en nuestro obrar. Pienso que si corrompemos nuestra misión, que es del todo espiritual, con elementos que son terrenales,

entonces la promesa de Cristo se depreciará; no por incapacidad suya, sino porque nosotros la rebajaremos con nuestra soberbia. No sé si me explico bien…

Judas le dice:

–      Lo has hecho muy bien. Yo me equivoqué. Pero sabes… Pienso que en el fondo desear ser admirados como discípulos del Mesías, es porque somos suyos a tal punto, que haremos lo que Él hace.

Y todo proviene de aumentar más la figura poderosa de Él entre el pueblo. ¡Alabanzas al Maestro que tiene tales discípulos! Esto es lo que quería decir yo.

Simón le contesta:

–       No es todo error lo que dices. Pero, mira Judas. Provengo de una casta que es perseguida por haber entendido mal lo que es el Mesías.

Si lo hubiésemos esperado con una justa visión de su Ser, no habríamos caído en errores que son blasfemias a la Verdad y rebelión contra la ley de Roma. Por lo cual tanto Dios, como Roma; nos han castigado.

Hemos querido ver en el Mesías, sólo a un hombre conquistador y a un libertador humano de Israel. A un nuevo líder y más grande que el héroe, Judas Macabeo. Sólo esto y ¿Por qué?

Porque cuidábamos más de nuestros intereses; de la patria y de los ciudadanos, que de Dios. ¡Oh! El amar la  patria es una cosa santa; pero ¡Qué es frente el Cielo eterno! La patria verdadera es la celestial.

Cuando fui perseguido y anduve fugitivo, me escondía en las cuevas de las bestias. Compartía con ellas el lecho y la comida, para escapar de los romanos y sobre todo, de las delaciones de falsos amigos.

También cuando en espera de la muerte, probé el olor del sepulcro en mi cueva de leproso… ¡Cuánto he pensado y he visto! He visto con el espíritu, la figura verdadera tuya, Maestro y Rey del espíritu.

La tuya, ¡Oh, Mesías! Hijo del Padre que llevas al Padre y no a los palacios de polvo; no a las deidades de fango. ¡Tú! ¡A Ti! ¡Oh, me es fácil seguirte!

Perdona mi entusiasmo que se explaya de este modo, porque te veo cómo te había imaginado. Te reconocí inmediatamente, porque mi alma ya te había conocido…

Jesús sonríe y contesta:

–       Por esto te llamé. Y por eso te llevo conmigo, ahora en mi primer viaje a Judea. Quiero que completes el reconocimiento.

Y quiero que también éstos jóvenes, aprendan a ser capaces como tú, de llegar a la verdad por medio de una meditación constante.

Y sepan cómo su Maestro ha llegado a esta hora. Después entenderéis. Hemos llegado ya a la Torre de David. La Puerta Oriental está cerca.

Judas pregunta:

–      ¿Saldremos por ella?

–       Sí, Judas. Primero iremos a Belén. Allí nací. Es bueno que lo sepáis, para que lo digáis a los demás. También esto entra en el conocimiento del Mesías y de la Escritura.

Encontraréis las profecías escritas en las cosas, con voces que no pertenecen más a la Profecía, sino a la historia. Daremos la vuelta, donde están los palacios de Herodes.

Judas dice:

–        Donde vive la vieja zorra, malvada y lujuriosa.

Jesús advierte:

–       No juzguéis. Sólo Dios es Quién juzga. Vayamos por aquella vereda, entre las hortalizas, nos cobijaremos bajo la sombra de un árbol, cerca de algún lugar hospitalario hasta que el sol deje de quemar.

Después…

Jesús continúa instruyendo…

Y emprenden la marcha hacia Belén.

22 REGRESO A BELÉN


22 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

La mañana siguiente,  Jesús pasea con Judas Iscariote de arriba abajo; cerca de una de las puertas del recinto del Templo.

Judas pregunta:

–      ¿Estás seguro de que vendrá?

Jesús responde:

–       Lo estoy. Al alba salió de Betania y en Get-Sammi debía encontrarse con mi primer discípulo.

Jesús se detiene y mira fijamente a Judas.

Lo tiene frente a Sí. Lo estudia.

Después le pone una mano sobre la espalda y le pregunta:

–       Judas,  ¿Por qué no me dices lo que estás pensando?

Judas se sorprende:

–       ¡Quée!… no pienso en nada en especial en este momento, Maestro. Pienso que hasta te hago demasiadas preguntas. No puedes lamentarte de mí mutismo.

–       Es verdad. Me haces muchas preguntas y me das muchas noticias. Pero no me abres tu corazón.¿Crees que me interesan mucho las noticias sobre el censo o sobre la estructura de esta o aquella familia?

No soy un ocioso que haya venido aquí a pasar el tiempo. Tú sabes para que vine. Y puedes comprender bien que lo que para Mí tiene el mayor interés, es el ser Maestro de mis discípulos.

Por eso exijo de ellos, sinceridad y confianza. ¿Te amaba tu padre, Judas?

–         Me amaba mucho. Era yo su orgullo. Cuando regresaba de la escuela y años después, cuando regresaba de Jerusalén a Keriot, quería que le dijera todo.

Se interesaba en todo lo que hacía. Si había cosas buenas, se alegraba. Si no lo eran tanto, me consolaba.

Y si había cometido algún error y me habían reprendido, me mostraba la justicia de la reprensión o en donde estaba mal lo que yo había hecho.

Pero lo hacía tan dulcemente… que más que un padre, parecía un hermano mayor. Casi siempre terminaba de este modo: “Esto te digo, porque quiero que mi Judas sea un justo. Quisiera ser bendecido a través de mi hijo.”

Judas está tiernamente conmovido por la evocación de su padre.

Jesús que ha estado mirando atentamente a su discípulo, dice:

–        Mira Judas. Puedes estar seguro de todo lo que te digo. Nada hará más feliz a tu padre, que el que seas un discípulo fiel.

El espíritu de tu padre se regocijará allí donde está, en espera de la luz; porque así te educó; al ver que eres mi discípulo.

Más para que lo seas verdaderamente, debes decirte: “El padre que parecía un hermano mayor, lo he encontrado en mi Jesús.

Y a Él, igual que el padre amado al que todavía lloro; le diré todo para que sea mi guía. Para tener sus bendiciones y sus dulces reproches.”

Quiera el Eterno y tú sobre todo, hacer que Jesús no tenga otra cosa que decirte: “Eres bueno. Te bendigo.”

Judas exclama impulsivo:

–         ¡Oh, sí! ¡Sí, Jesús; sí! Si me llegas a amar tanto como él; podré ser bueno como Tú quieres y como mi padre quería. Mi padre podrá sacar aquella espina de su corazón.

Pues él siempre me mimaba mucho y me decía: “Estás sin guía, hijo y te hace mucha falta.” ¡Cuándo sepa que te tengo a Ti!

–         Te amaré como ningún otro hombre sería capaz. Te amaré tanto…Mucho te amaré. No me desengañes.

–         No, Maestro, no. Sé que estoy lleno de contradicciones. Envidias, celos, manías de ser el primero en todo. La carne me arrastra.

Todo choca dentro de mí contra los impulsos buenos. Todavía hace poco, me causaste mucho dolor. Mejor dicho… Tú no. Me lo causó mi naturaleza malvada.

Pensaba que yo era tu primer discípulo… Y Tú me dijiste que tienes a otro.

–       Tú lo viste. ¿No recuerdas que en la Pascua, estaba Yo en el Templo con unos Galileos?

–       Pensé que eran tus amigos. Creí que yo era el primer elegido para esto y con ello, el predilecto.

–         En mi corazón no hay distinción entre los últimos y los primeros. Si el primero faltase y el último fuese santo; entonces sí que a los ojos de Dios habrá distinción.

Pero Yo… Yo los amaré igual: con un amor de dicha al santo y con un amor que sufre al pecador. Pero…

Jesús se interrumpe y exclama con alegría:

–         ¡Oh! Ahí viene Juan con Simón. Juan es mi primero y Simón es el que estaba enfermo.

Judas hace un mohín y dice:

–        ¡Ah! ¡El leproso! Lo recuerdo. ¿Y ya es tu discípulo?

–         Desde el día siguiente.

–         ¿Y por qué yo tuve que esperar tanto?

–         ¿Judas?…

–         Es verdad. Perdón.

Cuando llegan, Juan y Jesús se saludan con un beso mutuo.

Simón se  postra a los pies de Jesús, besándolos y diciendo:

–        ¡Gloria a mi Salvador! Bendice a tu siervo para que sus acciones sean santas a los ojos de Dios y yo le dé gloria por haberme dado a Ti.

Jesús le pone las manos sobre la cabeza y le dice:

–        Sí. Te bendigo para agradecerte tu trabajo. Levántate Simón. ¡Éste es el nuevo discípulo! También él quiere la Verdad. Y por esto es un hermano para todos vosotros.

Se saludan entre sí. Los dos judíos con mutuo escudriño. Juan con franqueza.

Jesús pregunta:

–       ¿Estás cansado, Simón?

Simón sonríe:

–        No, Maestro. Junto con la salud me ha venido tal fuerza, como no la había tenido antes.

–        Y sé que la usas bien. He hablado con muchos y sé lo que han trabajado a favor del Mesías.

Simón ríe contento y dice:

–         Ayer hablé de Ti a un israelita honrado. Espero que un día lo conocerás. Quiero ser yo quién te lleve a él.

–         No es imposible.

Judas interrumpe:

–         Maestro, me prometiste venir conmigo a Judea.

–         Iré. Simón continuará instruyendo a la gente sobre mi venida. Amigos, el tiempo es breve y la gente es mucha. Ahora voy con Simón.

Al atardecer nos encontraremos en el camino del Monte de los Olivos y distribuiremos el dinero a los pobres. ¡Id!

En su interior, Judas está renuente a separarse de Jesús; pero obedece con prontitud.

Y dice:

–           Vamos, Juan.

Y los dos apóstoles más jóvenes, se alejan alegremente.

Cuando Jesús queda solo con Simón, le pregunta:

–        ¿Esa persona de Betania, es un verdadero israelita?

–        Lo es. Existen en él, todas las ideas imperantes; pero tiene verdadera ansia por el Mesías.

Y cuando le dije: “Él está entre nosotros” me contestó: “Feliz de mí, que vivo en estos tiempos.”

–        Algún día iremos a su casa, a llevarle mi bendición. ¿Qué te parece el nuevo discípulo?

–        Se ve que es muy joven y parece inteligente.

–        Lo es. Tú que también eres judío; lo comprenderás y lo compadecerás más que los otros, por sus ideas.

–        ¿Es un deseo o una orden?

–        Es una dulce orden. Tú que has sufrido, puedes tener mayor comprensión. El dolor es maestro de muchas cosas.

–         Porque Tú me lo mandas, seré para él comprensión.

–         Así es. Probablemente mi Pedro y no tan solo él; se admirará un poco de cómo cuido y me preocupo más por este discípulo. Pero algún día lo entenderán…

Cuando uno no ha madurado en su formación, tiene más necesidad de cuidado. Los demás… ¡Oh! Los otros se formarán por sí mismos, tan sólo por el contacto. No quiero hacer todo Yo.

Pido la voluntad del hombre y la ayuda de los demás, para formar a un hombre. Os llamo para que me ayudéis… Y agradezco mucho la ayuda.

–        Maestro, ¿Te imaginas que él te proporcionará desilusiones?

–        No. Pero es joven y se formado en el Templo y en Jerusalén.

–        Oh! Cerca de Ti, se curará de todos los vicios de esta ciudad… Estoy seguro.

Jesús murmura:

–        Así sea.

Y luego dice con voz más fuerte:

–        Ven conmigo al Templo. Evangelizaré al Pueblo…

Y se van juntos.

Al día siguiente.

Al rayar el alba, Jesús está con Juan, Simón y Judas, en la cocina de la casita.

Y les dice:

–      Amigos. Os ruego que vengáis conmigo por la Judea. Si no os cuesta mucho. Sobre todo a ti, Simón.

El apóstol le pregunta:

–     ¿Porqué, Maestro?

Jesús contesta:

–     El camino es muy duro por los montes de Judea y tal vez para ti sea más duro si te encuentras con algunos de los que te hicieron daño.

–     Por lo que toca al camino, me siento fuerte y no siento ninguna fatiga. Mucho menos si voy contigo. Por lo que toca a quién me dañó… el odio cayó junto con las escamas de la lepra.

Y no sé, créemelo; en qué has hecho el mayor milagro, si al curarme la carne corroída o el alma que ardía con el rencor. Pienso que no me equivoco si afirmo, que el milagro más grande fue en el alma.

Una llaga del espíritu, no se cura tan fácilmente.

Y Tú me has curado de un golpe, en una forma completa.  

El hombre no se cura de un hábito moral, si Tú no aniquilas ese hábito con tu querer santificante. Aunque uno lo quiera hacer con todas sus fuerzas.

–     No te equivocas al juzgar así.

Judas pregunta un poco resentido:

–    ¿Por qué no lo haces así con todos?

Juan pone una mano sobre el brazo de Judas y le dice cariñoso:

–     Lo hace, Judas. ¿Por qué le hablas así al Maestro? ¿No te sientes cambiado, desde que estás con Él?

Yo era discípulo de Juan el Bautista; pero me siento totalmente cambiado, desde que Él me dijo: ‘Ven’

Y mirando a Jesús agrega:

–     Perdón, Maestro. Hablé en tu lugar. Es que no quiero que Judas te cause ningún dolor.

Jesús lo tranquiliza:

–       Está bien, Juan. No me ha causado ninguna pena como discípulo. Cuando lo sea, si continúa con su modo de pensar, me causará dolor.

Vendrá un día en que tendréis la Sabiduría, con su Espíritu… entonces podréis juzgar justamente.

Judas pregunta:

–        ¿Y todos podremos juzgar justamente?

–       No, Judas.

–       ¿Pero hablas de nosotros los discípulos o de todos los hombres?

–       Hablo refiriéndome primero a vosotros y después a los demás. Cuando llegue la hora; el Maestro instituirá discípulos y los enviará por el mundo…

–       ¿No lo estás haciendo ya?…

–       Por ahora no os empleo más que para que digáis: “El Mesías está aquí. Venid a Él.”

Entonces os haré capaces de que prediquéis en mi Nombre y que hagáis milagros en mi Nombre…

–      ¡Oh! ¿También milagros?

–      Sí. En los cuerpos y también en las almas.

Judas  está feliz ante la idea y exclama gozoso:

–      ¡Oh! ¡Cómo nos admirarán!

Juan mira pensativamente a Jesús y su cara se nubla con un gesto de dolor.

Luego dice con un dejo de tristeza en la voz:

–       Entonces ya no estaremos más con el Maestro.

Y yo tendré temor de hacer lo que es de Dios, a mi manera de hombre.

Simón dice:

–      Juan, si el Maestro lo permite, me gustaría decirte lo que pienso.

Jesús contesta:

–      Díselo a Juan. Deseo que mutuamente os aconsejéis.

–      Ya sabes que es un consejo.

Jesús sonríe y calla.

Simón le dice a Juan:

–      Creo que no debes y no debemos temer. Si nos apoyamos en la sabiduría del Maestro Santo y en su promesa. Si Él dice: “Os enviaré”.

Y promete vestir nuestra miseria intelectual, con los rayos de la potencia que el Padre le da para nosotros, debemos estar seguros que lo hará y que lo podremos hacer, por su infinita misericordia.

Todo saldrá bien, si no introducimos el orgullo, el deseo humano en nuestro obrar. Pienso que si corrompemos nuestra misión, que es del todo espiritual, con elementos que son terrenales,

entonces la promesa de Cristo se depreciará; no por incapacidad suya, sino porque nosotros la rebajaremos con nuestra soberbia. No sé si me explico bien…

Judas le dice:

–      Lo has hecho muy bien. Yo me equivoqué. Pero sabes… Pienso que en el fondo desear ser admirados como discípulos del Mesías, es porque somos suyos a tal punto, que haremos lo que Él hace.

Y todo proviene de aumentar más la figura poderosa de Él entre el pueblo. ¡Alabanzas al Maestro que tiene tales discípulos! Esto es lo que quería decir yo.

Simón le contesta:

–       No es todo error lo que dices. Pero, mira Judas. Provengo de una casta que es perseguida por haber entendido mal lo que es el Mesías.

Si lo hubiésemos esperado con una justa visión de su Ser, no habríamos caído en errores que son blasfemias a la Verdad y rebelión contra la ley de Roma. Por lo cual tanto Dios, como Roma; nos han castigado.

Hemos querido ver en el Mesías, sólo a un hombre conquistador y a un libertador humano de Israel. A un nuevo líder y más grande que el héroe, Judas Macabeo. Sólo esto y ¿Por qué?

Porque cuidábamos más de nuestros intereses; de la patria y de los ciudadanos, que de Dios. ¡Oh! El amar la  patria es una cosa santa; pero ¡Qué es frente el Cielo eterno! La patria verdadera es la celestial.

Cuando fui perseguido y anduve fugitivo, me escondía en las cuevas de las bestias. Compartía con ellas el lecho y la comida, para escapar de los romanos y sobre todo, de las delaciones de falsos amigos.

También cuando en espera de la muerte, probé el olor del sepulcro en mi cueva de leproso… ¡Cuánto he pensado y he visto! He visto con el espíritu, la figura verdadera tuya, Maestro y Rey del espíritu.

La tuya, ¡Oh, Mesías! Hijo del Padre que llevas al Padre y no a los palacios de polvo; no a las deidades de fango. ¡Tú! ¡A Ti! ¡Oh, me es fácil seguirte!

Perdona mi entusiasmo que se explaya de este modo, porque te veo cómo te había imaginado. Te reconocí inmediatamente, porque mi alma ya te había conocido…

Jesús sonríe y contesta:

–       Por esto te llamé. Y por eso te llevo conmigo, ahora en mi primer viaje a Judea. Quiero que completes el reconocimiento.

Y quiero que también éstos jóvenes, aprendan a ser capaces como tú, de llegar a la verdad por medio de una meditación constante.

Y sepan cómo su Maestro ha llegado a esta hora. Después entenderéis. Hemos llegado ya a la Torre de David. La Puerta Oriental está cerca.

Judas pregunta:

–      ¿Saldremos por ella?

–       Sí, Judas. Primero iremos a Belén. Allí nací. Es bueno que lo sepáis, para que lo digáis a los demás. También esto entra en el conocimiento del Mesías y de la Escritura.

Encontraréis las profecías escritas en las cosas, con voces que no pertenecen más a la Profecía, sino a la historia. Daremos la vuelta, donde están los palacios de Herodes.

Judas dice:

–        Donde vive la vieja zorra, malvada y lujuriosa.

Jesús advierte:

–       No juzguéis. Sólo Dios es Quién juzga. Vayamos por aquella vereda, entre las hortalizas, nos cobijaremos bajo la sombra de un árbol, cerca de algún lugar hospitalario hasta que el sol deje de quemar.

Después…

Jesús continúa instruyendo…

Y emprenden la marcha hacia Belén.

101.- EL GRAN PECADOR


A la mañana siguiente, Jesús con los suyos atraviesa la llanura de Esdrelón. Al llegar al cruce de caminos dice a sus apóstoles:

–               Ahora dividámonos. Yo voy a Nazareth con mis hermanos, con Pedro y   Tomás. Vosotros, bajo la guía de Simón Zelote, iréis por el camino del Tabor. Os quedaréis donde más os insistan. Y por una noche en cada lugar. Por la tarde del sábado nos encontraremos en el camino de Sefet. Yo pasaré el Sábado en Corozaím, en casa de la viuda. Pasad a avisárselo. De este modo daremos paz al corazón de Judas, que terminará por convencerse de que Juan no está ni siquiera en rincones hospitalarios.

Judas replica:

–                     Maestro. Lo creo…

–                     Pero siempre es mejor que te convenzas, para que no vayas a avergonzarte ante Caifás y Annás, como Yo no me avergüenzo ante ti y ante nadie al afirmar que Juan ya no está con nosotros. Me llevo a Tomás a Nazareth. Así también él podrá tranquilizarse allí, al ver con sus propios ojos…

Tomás responde:

–                     Maestro, ¿Y crees que a mí eso me importa? Al contrario. Me desagrada no haberlo visto. Habrá sido lo que habrá sido; pero desde que lo conocimos, fue siempre mejor que muchos famosos fariseos. Me basta con saber que no ha renegado de Ti. Que no te ha causado ninguna pena. ¡Y lo demás no me importa! ¡Créemelo!

Aunque estuviese en mi casa, no tendría ningún escrúpulo por ello. Espero que pienses que tu Tomás no tiene más que una curiosidad natural. Y que no abriga ninguna mala intención de espionaje voluntario, involuntario o autorizado. Ningún deseo de hacer daño…

Judas explota furioso:

–                     ¡Me estás ofendiendo! ¡Insinúas! ¡Mientes! ¡Tú mismo viste que mi conducta en todo este tiempo, ha sido muy buena! ¿Por qué has dicho eso? ¿Qué puedes achacarme? ¡Habla!…

Jesús ordena:

–                     ¡Silencio! Tomás me respondió a Mí, que le hablé. Creo en las palabras de Tomás. Pero así lo quiero y así se hará. Nadie entre vosotros tiene el derecho de reprochar mi modo de proceder.

–                     No te lo reprocho. Es que me hirió su insinuación y…

Tomás pregunta:

–                     Sois doce. ¿Por qué te ha herido solo a ti, lo que dije a todos?

–                     Porque fui yo quien buscó a Juan.

Jesús interviene:

–                      También tus otros compañeros lo hicieron y otros discípulos lo harán. Pero nadie se sentirá ofendido por las palabras de Tomás. No es ningún pecado preguntar con honradez por el condiscípulo. No hay razón para sentirse mal, ante palabras semejantes, cuando en nosotros no existe más que amor y rectitud. Cuando nada remuerde el corazón. Cuando no es quisquilloso; a no ser que el diente del remordimiento lo haya mordido.

¿Por qué quieres ante la presencia de tus compañeros hacer estas bravatas? ¿Quieres hacerte sospechoso de algún pecado? ¡La ira y la soberbia son dos pésimas compañeras, Judas!Arrastran a perder el seso. Y uno que lo pierde, ve lo que no hay y dice lo que no debería decir….

Así como la avaricia y la lujuria arrastran a acciones culpables, con tal de sentirse satisfechas. ¡Líbrate de estas malas esclavas! Entretanto recuerda que durante los meses que no estuviste, hubo siempre  concordia entre nosotros. Y siempre hubo obediencia y respeto. Nos hemos amado, ¿Comprendes?… –y volviéndose a los demás-  ¡Adiós queridos amigos! Idos y amaos. Hablad poco y haced el bien. ¡La paz sea con vosotros!

Los bendice y ellos se van y luego dice a los que se quedan:

–                     ¿Estáis contentos vosotros dos de  venir conmigo a Nazareth?

Pedro contesta con toda su impetuosidad:

–                     ¿Y lo preguntas?

Tomás, más calmado, pero con su cara resplandeciente de alegría, dice:

–                     ¿No sabes que para mí, estar cerca de tu Madre es una dulzura que no encuentro palabras para describírtela? María es mi amor. Antes de ser discípulo había pensado en formar una familia y ya había puesto mis ojos en algunas muchachas, para escoger entre ellas a la que sería mi esposa. No había hecho promesa de no casarme…

¡Pero ahora mi amor es María! Un amor que los sentidos desconocen ¡Estos mueren cuando pienso en Ella! Es un amor que alegra mi espíritu. En Ella existe toda la perfección, toda la Gracia, toda la belleza. Su agraciado corazón es un jardín de hermosas flores… Ella, estoy seguro. Supera ante los ojos de Dios, a cualquier belleza angelical…

Jesús mira a Tomás que ama tanto a su Madre, que parece como espiritualizarse. Es tan grande su sentimiento por María que hasta su cara se transforma…

Jesús dice:

–                     Bueno. Por algunas horas estaremos con Ella. Y mañana iremos a Tiberíades y tomaremos la barca para Cafarnaúm…

Por la noche están en Nazareth, en la casita Pedro y Tomás están durmiendo.

La Madre y el Hijo hablan entre sí:

–                     Todo estuvo bien, Madre mía. Han encontrado la tranquilidad. Tus oraciones ayudaron a los peregrinos. Y ahora, como rocío sobre flores quemadas, se están curando de su dolor.

–                     ¡Quisiera yo curar el tuyo, Hijo mío! ¡Cuánto habrás sufrido! En tus sienes y en tus mejillas hay un hoyo. Una arruga te cruza la frente como si fuera una espada. ¿Quién te ha herido, corazón mío?

–                     ¡El haber tenido que causar un dolor, Madre!

–                     ¿Sólo esto, Jesús mío? ¿No te han dado ninguna aflicción tus discípulos?

–                     No Madre. Se han portado como santos.

–                     Los que estaban contigo… Quiero decir, ¿Todos?

–                     Estás viendo que te he traído a Tomás para premiarlo. Hubiera traído también a los que no estuvieron aquí la otra vez; pero tuve que enviarlos a otra parte a precederme…

–                     ¿Y Judas de Keriot?

–                     Judas va con ellos.

María abraza a su Hijo y reclina la cabeza sobre su espalda, llorando…

Jesus acaricia lo rubios cabellos y pregunta con ternura:

–                     ¿Por qué lloras, Madre?

María no dice nada. Llora.

Solo a la tercera vez que le pregunta; con voz apagada responde:

–                     Porque tengo miedo. Quisiera que te abandonase…  Peco al desear esto, ¿No es así? Pero es que tengo mucho, mucho miedo de él por Ti…

–                     Solo si la muerte se lo llevase, las cosas cambiarían… Más, ¿Por qué la muerte debería llevárselo?

–                     No soy tan mala para desearlo. ¡También él tiene una madre! Y es un alma… Un alma que todavía puede salvarse… ¡Oh, Hijo mío! ¿No sería para él un bien la muerte?

Jesús lanza un suspiro y murmura:

–                     Para muchos la muerte sería un bien… -y cambia de tema.

Jesús le cuenta todo, menos su aflicción, después de la partida de los perseguidos…

La semana siguiente…

Sobre un arroyo que baja al lago Tiberíades, hay un puente. Jesús y los suyos esperan a que lleguen los demás, bajo la sombra de la tupida arboleda que hay en las riberas, poco a poco van llegando y se unen alegres al Maestro y a sus compañeros.

Relatan todo lo sucedido en su viaje y los milagros que hicieron cada uno.

Cuando toca el turno a Judas de Keriot, dice:

–                     Menos yo que no logré hacer nada. –y al confesarlo se ve, que se siente avergonzado.

Santiago de Zebedeo le responde y luego explica:

–                     Te dijimos que la razón era porque teníamos ante nosotros a un gran pecador.

¿Sabes Maestro? Se trata de Jacobo que está muy enfermo y por eso te llama. Y además porque teme a la muerte y al juicio de Dios. Pero es más avaro que nunca. Ahora que prevé una ruina en sus cosechas que destruyó el hielo. Perdió toda la semilla. Tampoco puede sembrar porque está enfermo y porque su sierva enflaquecida con el trabajo y el hambre, pues economiza la harina, ya que tiene miedo de quedarse sin comer y no puede arar el campo.

Tal vez pecamos porque trabajamos todo el Viernes, más allá del crepúsculo. Aramos una gran extensión de terreno. Felipe, Juan y Andrés saben hacerlo. También yo. Fue un trabajo duro. Simón, Mateo y Bartolomé venían detrás de nosotros, limpiando los surcos de las plantas muertas.

Judas fue a pedir un  poco de semilla en tu Nombre y le dieron semilla seleccionada. Y al día siguiente la sembramos. Por eso nos tardamos un poco. Porque empezamos cuando el sol se ocultaba. Que nos perdone el Eterno, por el motivo por el que pecamos. Mientras tanto Judas se quedó con el enfermo para convertirlo. Él sabe hablar mejor que nosotros. Por lo menos así lo admiten Bartolomé y Zelote.

Pero Jacobo estuvo sordo a toda razón. Quería que se le curara, porque la enfermedad le cuesta. Se ponía furioso contra su sierva y para calmarlo, pues decía: ‘Me convertiré si me curo’

Judas le impuso las manos; pero sin ningún resultado. Y nos lo dijo desalentado. También nosotros lo intentamos, pero no obtuvimos ningún milagro.

Judas sostiene ahora que la razón es que está en desgracia ante Ti, porque te ofendió y está avergonzado.

Nosotros creemos que es porque estábamos ante un pecador obstinado que pretende obtener todo lo que quiere. Poniendo límites y dando órdenes aún a Dios. ¿Quién tiene la razón?

–                     Vosotros siete. Habéis dicho la verdad.

Andrés dice:

–                     Lo que nos llena de tristeza es el estado del alma de Jacobo. Y hubiera querido curarle más el alma que el cuerpo…

Y los apóstoles continúan relatando los milagros y las conversiones que obtuvieron mientras van caminando.

Jesús dice:

–                     Bueno. Estamos enfrente del poblado. Id todos a pedir hospedaje. Menos Judas de Keriot, que se queda conmigo.

Cuando se quedan solos en la sombra del atardecer, caminan juntos en el mayor silencio.

Finalmente, como si hablara consigo Mismo, Jesús dice:

–                     Y sin embargo si se ha caído en desgracia de Dios por haber traspasado su Ley; se puede volver a ser lo que se era antes, renunciando al pecado…

Judas no hace ningún comentario.

Jesús continúa:

–                     Y si uno comprende que no tiene el poder de Dios; porque Dios no está donde está Satanás. Esto se puede remediar fácilmente, dando preferencia a lo que Dios concede y no a lo que nuestra soberbia pretende.

Judas no habla.

–                     Y pensar que he sufrido una áspera penitencia para que él vuelva en sí y regrese a su Padre…

Judas tiene un sobresalto. Levanta la cabeza. Lo mira… Pero no dice nada.

También Jesús lo mira…

Y luego pregunta:

–                     Judas. ¿A quién he estado hablando?

Judas responde enojado:

–                     A mí, Maestro. Por tu culpa ya no tengo más poder. Me lo quitaste para aumentar el de Juan, el de Simón, el de Santiago.  ¡El de todos!…  ¡Lo que pasa es que no me amas!

Y yo terminaré por no amarte y por maldecir la hora en que te amé. Arruinándome ante los ojos del mundo, por causa de un rey imbécil  que se deja vencer aún de la plebe. No esperaba esto de Ti.

–                     Ni tampoco Yo de ti. Pero no te he engañado. Nunca te he forzado. ¿Por qué te quedaste a mi lado?

–                     Porque te amo. Ya no puedo separarme de Tí. Me atraes y me causas repugnancia. Te necesito como necesito el aire para respirar y… ¡Me causas miedo!…  ¡Ah! ¡Soy un maldito! ¡Estoy condenado! ¿Por qué no me liberas del Demonio que me domina? ¡Tú que puedes!…  

La cara de Judas está amarilla, descompuesta, enloquecida. Reflejando el miedo y el odio…

Jesús lo mira con tristeza y mucho dolor…

Y dice:

–                     Porque no hay arrepentimiento en Ti. Estás lleno de rencor contra Dios; como si Él fuera el culpable de tu pecado. 

Judas entre dientes, pronuncia una terrible blasfemia…

Los discípulos llegan y dicen:

–                     Maestro. Hemos encontrado alojamiento, repartidos en diferentes lugares…

–                     Está bien. Yo voy con Judas de Keriot.

Judas rechaza:

–                     No. Prefiero estar solo. No me siento bien. No te dejaría descansar.

–                     Como quieras. Entonces iré con Bartolomé. Vosotros haced lo que queráis. Mientras tanto vayamos a donde hay más lugar, para poder cenar juntos…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

 

 

14.- LA PROFECIA DE CAÍN


En Nazareth, María, descalza, va y viene por su casita. Son los primeros albores del día. Con su vestido azul pálido, parece una delicada mariposa que roza sin ruido alguno, paredes y objetos. Se acerca a la puerta que da hacia la calle y la abre con cuidado. Mira hacia fuera y ve que no hay nadie. La deja entreabierta. Vuelve a poner todo en orden.

Abre puertas y ventanas. Entra en el cuarto de trabajo en donde antes estaba la carpintería y ahora tiene sus telares. Cubre con cuidado uno donde hay un tejido comenzado y una sonrisa aflora al verlo. Sale al huerto. Las palomas se le amontonan sobre los hombros y la acompañan hasta una despensa donde están sus alimentos.

Toma trigo y les dice:

–           Aquí. Hoy aquí. No hagáis ruido. ¡Está muy cansado!

Luego toma harina y va a la cocina, en donde está el horno y se pone a amasarla, para hacer el pan. Sonríe llena de felicidad. De la masa, toma una cantidad y la pone aparte, la cubre con un lienzo y continúa con su trabajo. Está colorada y en sus cabellos hay una mancha de harina.

Se escucha una voz femenina:

–           ¿Ya estás trabajando? – Es María de Alfeo, que ha entrado sin hacer ruido.

María contesta:

–           Sí. Hago el pan y mira: las tortas de miel que a Él tanto le gustan.

–           Hazlas. Hay mucha masa. Yo te ayudo y te la preparo.

María de Alfeo, robusta y más gruesa; trabaja con fuerza amasando el pan; mientras maría pone miel y mantequilla en sus panecillos. Hace muchos redondos y los pone sobre una lámina.

Luego dice con preocupación:

–           No sé cómo hacer para avisarle a Judas. Santiago no se atreve y los demás…  -y da un profundo suspiro.

María contesta:

–           Hoy vendrán. Simón Pedro viene siempre los lunes, con los pescados. Lo enviaremos a la casa de Judas.

–           Quien sabe si quiera ir.

–           Simón jamás me dice que no.

En ese momento Jesús aparece, diciendo:

–           La paz sea en éste, vuestro día.

Las mujeres se sobresaltan al oír su voz.

María dice:

–           ¿Ya te levantaste? ¿Por qué? Quería que durmieras.

–           He dormido como un niño, Mamá. Tú no debes haber dormido.

–           Te he mirado dormir. Siempre lo hacía así, cuando eras pequeño. Siempre sonreías en sueños. Y esas sonrisas me quedaban todo el día, como una perla en el corazón. Pero esta noche no sonreías Hijo. Suspirabas como si estuvieras afligido. –María lo mira con ansia.

–           Estaba cansado, Mamá. Y el mundo no es esta casa en donde todo es sinceridad y amor. Tú… tú sabes Quién Soy y puedes entender lo que significa para Mí, el contacto con el mundo. Es como quien camina por un camino sucio y lodoso. Aun cuando se camine con cuidado y esté uno atento, lo salpica a uno un poco el fango. Y el hedor nos llega aun cuando no se respire. Y si a este hombre le gusta la limpieza y el aire puro, puedes imaginar cuanto le fastidie.

–           Sí, Hijo. Lo entiendo. Pero me duele que sufras.

–           Ahora estoy contigo y no sufro. Es el recuerdo… y me ayuda para que mi alegría de estar contigo, sea mucho más grande.

Y Jesús se inclina para besar a su Madre. Acaricia también a la otra María que entra toda colorada, porque estaba prendiendo el horno y le expresa su mayor preocupación:

–           Será necesario avisar a Judas Tadeo.

–           No es necesario. Judas estará aquí hoy.

–           ¿Cómo lo sabes?

Jesús sonríe y calla.

María dice.

–           Hijo, los lunes de todas las semanas viene Simón Pedro. Me quiere traer los peces que atrapó en las primeras horas. Llega poco después del amanecer. Hoy estará contentísimo al verte. Simón es bueno. En el tiempo que se queda, nos ayuda. ¿No es así, María?

Ésta asiente con la cabeza y Jesús dice:

–           Simón Pedro es un hombre sincero y bueno. Pero también el otro Simón que dentro de poco veréis, es un gran corazón. Voy a su encuentro. Están por llegar. Ayer Yo me les adelanté.

Jesús sale mientras las mujeres ponen el pan en el horno. Luego van a la habitación de María, donde ella se pone las sandalias y cambia su vestido por uno de lino muy blanco. Después de un rato la puerta de la calle se abre y entra el grupo:  Jesús con los discípulos y los pastores.

Él le dice:

–           Mamá, he aquí a mis amigos.

Jesús les pone los brazos rodeándoles la espalda a los dos pastores y los presenta a María:

–           He aquí a los dos hijos que buscan una madre. Sé su alegría, Señora.

María contesta con dulzura:

–           Os saludo. ¿Tú? ¿Leví? Y ¿Tú? Por la edad, Él me dijo que tú eres José. Este nombre, aquí es dulce y sagrado. Venid. Con alegría os digo: mi casa os acoge y una madre os abraza en recuerdo del gran amor que vosotros tuvisteis por mi Niño.

Los pastores están encantados.

Luego sigue Zelote.

–           Éste es Simón, Mamá.

María dice:

–           Mereciste el favor porque eres bueno. Lo sé. Que la Gracia de Dios, sea siempre contigo.

Simón, más experto en las costumbres del mundo se inclina hasta la tierra, llevando los brazos cruzados sobre el pecho y dice:

–           Te saludo, Madre verdadera de la Gracia. Y no pido otra cosa al Eterno ahora que conozco la Luz y a ti, que eres una bella luna.

Jesús continúa con las presentaciones:

–           Éste es Judas de Keriot.

Judas se inclina y dice obsequioso:

–           Tengo una madre, pero mi amor por ella desaparece ante la veneración que siento por ti.

María dice con dulzura:

–           No por mí. Por Él. Yo soy porque Él Es. Para mí no quiero nada. Sólo la pido para Él. Sé cuánto honraste a mi Hijo en tu ciudad. Pero Yo te digo: que en tu corazón sea el lugar donde Él reciba de ti, todo el honor. Entonces yo te bendeciré con corazón de Madre.

–           Mi corazón está debajo del calcañal de tu Hijo. Feliz opresión. Sólo la muerte destruirá mi lealtad.

La voz de Jesús continúa:

–           Este es nuestro Juan, Mamá.

Juan se ha arrodillado y María lo toma por los hombros mientras dice:

–           Estuve tranquila desde que supe que estabas cerca de Jesús. Te conozco. Sé bendito, quietud mía. –María lo besa en la frente.

La voz ronca de Pedro, se oye desde afuera:

–           He aquí al pobre Simón que trae su saludo y… -entra y se queda con la boca abierta. Baja su canasto y se postra- ¡Ah, Señor Eterno! ¡Dios te bendiga, Maestro! ¡Ah, qué feliz soy! ¡No podía estar más sinTí!

Jesús dice:

–           Levántate Simón.

–           Me levanto, sí. Pero… ¡Ey tú, muchacho!- se dirige a Juan- Despáchate a Cafarnaúm a avisar a los demás. Y ve primero a la casa de Judas. –mira a María de Alfeo y agrega- Está por llegar tu hijo, mujer. –se dirige otra vez a Juan- ¡Pronto! Haz de cuenta que eres una liebre con los perros por detrás.

Juan sale riéndose y Pedro se levanta, diciendo:

–           ¡Eh! ¡No! ¡No quiero que te vayas sin mí otra vez! te seguiré como la sombra sigue al cuerpo. ¿Dónde estuviste, Maestro? ¡Ah! Verte es como un vino nuevo que se le sube a uno, tan solo con olerlo. ¡Oh, mi Jesús! –Pedro está a punto de llorar por el gozo.

–           También Yo deseaba verte. A todos vosotros. Aun cuando estaba con amigos queridos. Mira Pedro, éstos dos son los que me han amado desde que tenía pocas horas de nacido. Todavía más: ya han sufrido por Mí. Aquí hay un hijo sin padre, ni madre por mi causa. Pero encontrará tantos hermanos, cuántos sois vosotros. ¿No es verdad?

–           ¿Me lo pides, Maestro? Pero si por una suposición el Demonio te amase; yo lo amaría porque te ama. También sois pobres por lo que veo. Así pues, somos iguales. Venid a que os bese. Soy pescador, pero tengo el corazón más tierno que un pichoncito. Es sincero, no os fijéis si soy áspero. Lo duro es por fuera. Por dentro soy todo miel y mantequilla. ¡Con los buenos! ¡Porque con los malvados…!

Jesús dice tomando a Judas por un brazo:

–           Éste es un nuevo discípulo.

Pedro lo mira queriéndolo reconocer:

–           Me parece haberlo visto antes.

–           Sí. Es Judas de Keriot. Tu Jesús, por medio de él tuvo una buena acogida en esa ciudad. Os ruego que os améis aunque seáis de diferentes regiones. Todos sed hermanos en el Señor.

–           Y como a tal lo trataré si él lo es. ¡Eh!… ¡Sí! –Pedro mira fijamente a Judas, con esa mirada amonestadora- ¡Eh! ¡Sí! Es mejor que lo diga. Así me conocerá al punto y bien. Lo digo: no tengo mucha estima por los judíos en general y por los ciudadanos de Jerusalén en particular. Pero soy honrado y en mi honradez te aseguro que hago a un lado todas las ideas que tengo sobre vosotros y que quiero ver en ti, sólo al hermano discípulo. Te toca a ti que yo no cambie de pensamiento ni de decisión.

Zelote pregunta sonriendo:

–           ¿Y también contra mí tienes los mismos prejuicios?

–           ¡Oh! ¡No te había visto! ¿Contra ti?… ¡Oh! Contra ti, no. Tienes la honradez pintada en la cara. Se te brota la bondad del corazón, hasta afuera; como un bálsamo oloroso dentro de una copa porosa. Algunas veces, cuanto más uno envejece; tanto más se hace uno falso y malvado. Pero tú eres como aquellos vinos alabadísimos. Entre más añejos, más secos y buenos.

Jesús dice:

–           Has juzgado bien, Pedro. Venid ahora, mientras las mujeres trabajan para nosotros. Sentémonos debajo de ese fresco emparrado. ¡Qué hermoso es estar aquí con los amigos!

Y salen al huertecillo.

Cuando todos se acomodan a su alrededor, Jesús dice:

–           En estos meses de presencia y de ausencia, me he formado un juicio de vosotros. Os he conocido y conozco con experiencia de Hombre. Ahora he pensado en enviaros al mundo. Pero antes debo haceros maestros capaces de enfrentaros a él con dulzura y sagacidad. Con calma y constancia. Con conciencia y ciencia de vuestra misión. Aprovecharemos este tiempo de sol ardiente que impide que se pueda viajar por la Palestina; para vuestra instrucción y formación de discípulos. He detenido a este hijo, -señala a José- porque le doy el encargo de llevar a sus compañeros mis palabras. Para que también allá se forme un núcleo robusto que me anuncie, no tan sólo con decir que Estoy; sino con las características más esenciales de mi Doctrina.

Como primera cosa os digo que es absolutamente necesario en vosotros, el amor y la unión. ¿Qué cosa sois? Personas de toda clase social. De todas las edades y de diferentes regiones. He querido escoger a quienes carecen de enseñanza y conocimientos, para que más fácilmente penetre Yo con mi doctrina. Y cuidándoos unos a otros, lleguéis a decir: ‘Todos somos iguales. Todos tenemos las mismas debilidades y todos necesitamos el mismo adiestramiento. Hermanos en los defectos personales o nacionales. Debemos desde ahora en adelante ser hermanos en el conocimiento de la Verdad y en el esfuerzo de practicarla’

Sí. Hermanos. Quiero que así os llaméis y como a tales os consideréis. Sois como una sola familia. ¿Qué familia próspera es la que el mundo admira? La que está unida y la que está concorde. Si un hijo se hace enemigo del otro. Si un hermano daña al otro, ¿Puede durar acaso la prosperidad de esa familia? ¡No! En vano el padre de familia se esforzará en trabajar; en allanar las dificultades; en imponerse al mundo. Sus esfuerzos son inútiles, porque las propiedades se acaban. Las dificultades aumentan. El mundo se ríe de esta situación perpetua de lucha que despedaza corazones y riquezas, que unidas eran fuertes contra el mundo. Y quedan convertidas en un montoncillo de intereses contrarios, de los que se aprovechan los enemigos de la familia, para acelerar más pronto su ruina.

Jamás seáis así vosotros. Permaneced unidos. Amaos. Amaos para enseñar a amar. Ved. También lo que nos rodea nos enseña esta gran fuerza. Ved este enjambre de  hormigas cuya fuerza radica en que están unidas. Meditad esto. ¿Tenéis algo que preguntar?

Judas de Keriot pregunta:

–           ¿Ya no regresaremos más a Judea?

–           ¿Quién lo dijo?

–           Tú, Maestro. Has dicho que prepararás a José para instruir a los otros que están en Judea. ¿Tan mal te fue que ya no quieres regresar allá?

Tomás curioso, pregunta:

–           ¿Qué te hicieron en Judea?

Y el fogoso Pedro exclama al mismo tiempo:

–           ¡Ah! Yo tenía razón en decir que habías regresado agotado. ¿Qué te hicieron los perfectos de Israel?

Jesús dice:

–           Nada, amigos. Ninguna otra cosa, más que lo que acá también encontraré. Si diera vueltas por toda la tierra, encontraría amigos mezclados con enemigos. Judas, ¡Te había pedido que guardases el secreto!

Judas replica muy disgustado:

–           Es verdad. Pero, ¡Yo no puedo callar cuando veo que prefieres la Galilea que a mi patria! Eres injusto. Allá también recibiste honores.

–           ¡Judas! Judas… ¡Oh, Judas! Tu reproche es injusto. Tú mismo te acusas al dejarte llevar de la ira y de la envidia. Había buscado la forma para dar a conocer tan solo el bien que recibí en Judea. Y sin mentir, había podido decir con alegría estas cosas buenas, para que os amasen a los de Judea. Con alegría, porque el Verbo de Dios no conoce separaciones de lugares; antagonismos, enemistades, discriminaciones. A todos vosotros os amo. ¿Cómo puedes decir que prefiero la Galilea, cuando quise hacer los primeros milagros y las primeras manifestaciones, en el sagrado recinto del Templo y de la Ciudad Santa que es cara a cualquier israelita?

¿Cómo puedes decir que soy parcial, si de los diez discípulos, porque Tadeo y Santiago, mis primos son de la familia? ¿Cuántos sois de Judea? Y si a vosotros agrego a los pastores, ¿Puedes ver de cuantos de Judea soy Amigo? ¿Cómo puedes decir que no os amo a vosotros los judíos, si cuando nací y cuando me preparé a la misión, quise que hubiera dos judíos, por cada uno de Galilea? ¿Y me acusas de injusticia? Pero examínate Judas y dime si el injusto eres tú.

Jesús ha hablado majestuosa y dulcemente. Pero aunque no hubiese dicho más, habrían sido suficientes las tres veces que pronunció la palabra: ¡Judas! Para darle una gran lección. La primera la dijo el Dios Majestuoso que llama al respeto. La segunda, el Maestro que enseña de un modo paternal, la tercera fue la súplica de un amigo acongojado por los modales del otro.

Judas, mortificado; baja la cabeza. Pero continúa enojado y se ve feo al dejar ver sus sentimientos…

Y Pedro no sabe callar:

–           Y por lo menos pide perdón, muchacho. Si estuviese en lugar de Jesús, no te bastarían palabras. ¿Qué Él sea injusto? ¡Eres un señorito irrespetuoso! ¿De este modo es como os educan en el Templo?  ¿O a  ti no te pudieron educar? Porque si ellos son…

Jesús interviene:

–           Basta, Pedro. Dije lo que tenía que decir. También de esto os hablaré mañana. Y ahora repito lo que había dicho a éstos en Judea: ‘No digáis a mi Madre que los judíos maltrataron a su Hijo. Está muy afligida al intuir que tuve aflicciones. Respetad a mi Madre. Vive en la sombra y en el silencio. Tan solo es activa en la virtud y en orar por Mí y por todos. No introduzcáis ni siquiera el eco del Odio, donde todo es amor. Respetadla. Tiene más valor que Judith y lo veréis. Pero no le obliguéis antes de que sea la Hora, a gustar las heces que son los sentimientos de los desgraciados del mundo. De los idólatras que se creen conocedores de Dios y por lo cual unen la idolatría y la soberbia.

Lo que una palabra imprudente provocó, es motivo para una lección. Escuchad:

Pensad realmente y que os sirva de regla al obrar; que ninguna cosa permanece siempre oculta. Haced el bien y ofrecedlo al Señor Eterno ¡Oh! Él sabrá si es que os conviene darlo a conocer a los hombres. Y quién ve una acción, no juzgue solamente por las apariencias. Nunca acuséis. Pedro dijo a Judas: ¿Qué Maestro tuviste? ¿Qué Soy Yo? En verdad os digo que no habrá maestro más sabio, paciente y perfecto que Yo. Y sin embargo también se dirá de uno de los míos: Pero, ¿Qué Maestro tuvo?

Al juzgar no os dejéis llevar por motivos personales. Judas, al amar a su región más de lo razonable, creyó ver que Yo era injusto con ella. Para ver bien, hay que ver todo en Dios. Hay que estar atentos. Siempre muy atentos. Mirad por ejemplo a mi Madre. ¿Podéis imaginar en Ella, inclinación al Mal? Pues bien, ya que el amor la empuja a seguirme, dejará su casa cuando mi amor lo quiera. Ella, después de haberme rogado. Ella, mi Maestra, me decía: ‘entre tus discípulos es necesario que esté también tu Madre, Hijo. Quiero aprender tu Doctrina.’

Ella, que poseyó esta Doctrina en su seno. Y mucho antes en su corazón, como un Don que Dios le daba, a la futura Madre de su Verbo Encarnado. Ella dijo: ‘Pero juzga Tú si es que puedo ir, sin que pierda la unión con Dios. Sin que me acerque a lo que es mundo y que Tú afirmas que penetra con sus hedores y pueda corromper este corazón mío que fue, es y qué quiere pertenecer sólo a Dios. Me examino por cuanto sé y me parece que puedo hacerlo, (Y aquí Ella sin saberlo, se tributó la mayor alabanza) porque no encuentro diferencia entre mi inocente paz de cuando era flor del Templo, a la que poseo ahora que hace seis lustros, que soy mujer de hogar. Pero soy yo una sierva indigna que no conoce y que mal juzga todavía las cosas del espíritu. Tú Eres el Verbo, la Sabiduría, la Luz. Y puedes ser Luz para tu pobre Mamá, que se resigna a no verte más, antes que no ser grata al Señor.’ y debí decirle con el corazón que se me estremecía de admiración: ‘Mamá, Yo te lo digo: el mundo no te corromperá. Antes bien, el mundo será perfumado por ti’

Mi Madre, lo acabáis de oír, supo ver los peligros del vivir en el mundo también para Ella. Y vosotros hombres, ¿No los veis? ¡Oh! Satanás está al acecho. Y solo los que vigilan serán los vencedores. ¿Los demás? Para los demás será lo que está escrito.

Judas pregunta:

–           ¿Qué es lo que está escrito, Maestro?

–           “Y Caín se arrojó sobre Abel y lo mató. El Señor dijo a Caín: ¿Dónde está tu hermano? ¿Qué es lo que has hecho con él? La voz de su sangre clama a Mí. Así pues, serás maldito sobre la tierra, que ha sabido gustar la sangre que el hombre derramó abriendo las venas de su hermano. Y jamás cesará esta horrible sed de la Tierra por la sangre humana. Ella, envenenada con esta sangre, será estéril para ti, más que una mujer ajada por los años. Y huirás a buscar paz y pan. Y no los encontrarás. Tu remordimiento te hará ver sangre en cada flor y hierba, en cada gota de agua y alimento. El cielo te parecerá sangre. Sangre en el mar. Y del Cielo, de la Tierra y del mar se elevarán tres voces que llegarán a ti: la de Dios, la del Inocente y la del Demonio. Y para no escucharlas te darás muerte.

(Ninguno de sus oyentes sabe que acaba de profetizar la agonía y la  muerte de Judas)

Pedro observa:

–           El Génesis no dice así.

Jesús contesta:

–           No. El Génesis, no. Lo digo Yo. Y no me equivoco. Lo digo por los nuevos Caínes, de los nuevos Abeles. Por los que no vigilándose a sí mismos y al Enemigo, llegarán a ser una sola cosa con él.

Juan dice:

–           Pero entre nosotros no los habrá. ¿No es así Maestro?

–           Juan, cuando el Velo del Templo se rasgue, sobre toda Sión se verá escrita una gran verdad.

–           ¿Cuál, Señor mío?

–           Que los hijos de las Tinieblas, en vano estuvieron en contacto con la Luz. Acuérdate de ello, Juan.

–           ¿Seré yo un hijo de las Tinieblas?

–           No, tú no. Pero no lo olvides; para explicar el Crimen al mundo.

–           ¿Cuál Crimen Señor? ¿El de Caín?

–           No. Este es el primer acorde del Himno de Satanás. Hablo del Crimen Perfecto. El crimen Inconcebible… El que para entenderlo es menester mirarlo a través del Sol Divino del Amor y a través de la meta de Satanás. Porque solo el Amor Perfecto y el Odio Perfecto. Solo el Bien Infinito y el Mal Infinito, pueden explicar semejante ofrenda y semejante Pecado. –Se escucha un gran estruendo- ¿Habéis oído?… Parece que Satanás oye y aúlla con el deseo de realizarlo. Vámonos antes de que las nubes se abran y dejen caer los rayos y el granizo.

Bajan corriendo por la zanja y saltan al huerto de María, cuando de repente la tempestad se desata furiosa…

 HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

5.- EL PRIMER DISCÍPULO


Jesús se dirige a la pequeña casa blanca que está entre los olivos y se encuentra con Juan. Los dos se abrazan afectuosamente.

Juan le dice:

–           Iba a buscarte… Pensábamos que estarías en Betania.

–           Así quería hacerlo. Debo comenzar a evangelizar también los alrededores de Jerusalén. Pero luego me entretuve en la ciudad… Para instruir a un discípulo nuevo.

Después que entran en la casa, Jesús pregunta:

–           ¿Hace mucho tiempo que llegaste?

Juan contesta:

–           No, Maestro. Con el alba salí de Docco, junto con Simón. Nos detuvimos en la campiña de Betania y hablamos de Ti a los campesinos. Simón fue a hablarle de Ti a un amigo suyo, al que conoce desde que eran niños y es el dueño de casi toda Betania. Mañana viene y me pidió que te dijera que es muy feliz al servirte. Simón es muy capaz. Yo quisiera ser como él. Pero sólo soy un muchacho ignorante.

Jesús le objeta:

–           No, Juan. También tú haces mucho bien.

–           ¿Estás de veras contento con tu Juan?

–            Muy contento, Juan mío. Muy contento.

–            ¡Oh, Maestro mío!- Juan se inclina y toma la mano de Jesús para besarla. Después levanta su alforja y dice- He traído pescado seco que me dieron Santiago y Pedro. Y al pasar por Nazareth, tu madre me dio pan y miel para Ti. Aunque caminé sin detenerme, pienso que ya está duro.

–            No importa Juan. Tendrá siempre el sabor de las manos de Mamá.

Juan saca sus tesoros y preparan la cena. Ésta termina pronto. Y luego salen al olivar. Caminan un poco, hasta llegar a un punto desde el cual se ve toda Jerusalén. Jesús se detiene y dice:

–            Sentémonos aquí y hablemos.

Juan se sienta sobre la hierba, a los pies de Jesús. Es solo un jovencito, que está junto a la persona que más quiere. Y dice contento:

–           Aquí también es hermoso, Maestro. Mira como la ciudad parece más grande ahora que es de noche. Más que de día.

Jesús contempla y comenta:

–           Es la luz de la luna que hace desaparecer los alrededores. Mira… parece como si el límite se extendiera dentro de una luz plateada. Allá está la cúpula del Templo. Parece como si estuviera suspendida en el aire, ¿O no?

Juan concluye:

–           Parece como si los ángeles lo tuviesen sobre sus alas de plata.

Jesús da un hondo suspiro.

–           ¿Por qué suspiras, Maestro?

–           Porque los ángeles han abandonado el Templo. Su aspecto de pureza y de santidad está solo en sus muros. Los que deberían darle ese aspecto al alma del Templo, son los primeros en quitárselo. No se puede dar lo que no se tiene, Juan. Aunque sean muchos los que viven ahí; ni una décima parte son capaces de dar vida al Lugar Santo. Muerte sí que le dan. Le comunican la muerte que está en sus almas; las que están muertas para todo lo que es santo. Tienen fórmulas, pero no la vida de ellas. Son cadáveres que tienen calor, tan solo por la putrefacción que los hincha. Y así como ahora los ángeles han abandonado el Templo, después el Espíritu Santo también abandonará la Iglesia, cuando sus sacerdotes repitan los errores que están cometiendo éstos.

Juan dice intranquilo:

–           ¿Te han hecho algún mal, Maestro?

–           No. Al contrario. Me dejaron hablar cuando lo pedí.

–           ¿Lo pediste?… ¿Por qué?

–           Porque no quiero ser el que empiece la lucha. Ésta vendrá por sí misma. Porque en algunos produciré un terror humano irrazonable. Y para otros, será un reproche. Pero esto debe estar en el libro de ellos, no en el mío.

Después de un rato de silencio, Juan vuelve a hablar:

–            Maestro, conozco a Anás y a Caifás. Mi padre los provee siempre con el mejor pescado. Y cuando estuve en Judea por causa de Juan el Bautista, venía también al Templo y ellos nos trataban bien a nosotros, los hijos de Zebedeo. Si te parece, hablaré de Ti al Sumo Sacerdote. Y también conozco a uno que hace negocios con mi padre. Es un rico mercante de pescado. Tiene una casa muy grande y hermosa cerca del hípico. Es un hombre bueno y sé que podemos contar con él. Estarías mejor y te cansarías menos. Para venir hasta aquí se debe pasar por ese suburbio de Ofel, tan sórdido y mugriento. Siempre lleno de burros y de gente que busca pleitos.

–            No, Juan. Te lo agradezco. Estoy bien aquí. ¿Ves cuanta paz? Se lo dije también al otro discípulo que me propuso lo mismo. Él decía que para ser mejor tenido.

–            Yo lo digo para que te canses menos.

–            No me canso. Caminaré mucho y jamás me cansaré. ¿Sabes que es lo que produce cansancio? La falta de amor. ¡Oh! Esto es una carga muy pesada en el corazón.

–            Yo te amo, Jesús.

–            Y me das consuelo. Te quiero mucho, Juan. Te querré siempre, porque jamás me traicionarás.

Juan está aterrado:

–           ¡Traicionarte!… ¡Oh!

–            Y con todo habrá muchos que me traicionarán… Juan, escucha. Te dije que me detuve a instruir a un nuevo discípulo. Es un joven judío, instruido y conocido.

–            Entonces te encontrarás mejor con él, que con nosotros, Maestro. Me alegra que tengas a alguien que sea más capaz que nosotros.

–            ¿Crees tú que me costará menos trabajo?

–            ¡Claro! Si es menos ignorante que nosotros, te entenderá mejor. Te servirá excelente. Sobre todo si te ama perfectamente.

–            ¡Qué si lo has dicho bien! Pero el amor no está en proporción a la instrucción y ni siquiera con la educación. Uno que jamás ha amado y ama por primera vez, lo hace con toda la fuerza del primer amor. Lo mismo sucede con el primer amor del pensamiento. El amado penetra, se imprime más en un corazón y un pensamiento vírgenes de otro amor; que en aquel en quién ya ha habido otros amores. Pero Dios dispondrá. Oye, Juan. Te ruego que seas amigo suyo. Mi corazón tiembla al ponerte a ti, cordero sin trasquilar; con el experto de la vida. Él reconocerá tu inexperiencia. Pero también eres águila y si el experto te quisiera hacer tocar el suelo lleno de fango y oscuridad, del buen sentido humano; tú con un golpe de alas, sabrás librarte y volarás hacia el sol. Por eso te ruego que seas amigo de mi nuevo discípulo, porque los demás no lo aceptarán fácilmente, ni lo querrán mucho. Especialmente, Pedro.Quiero que le trasmitas tu corazón…

–            ¿Yo? ¡Oh, Maestro!… Pero ¿No bastas tú?

–            Soy el Maestro, al que no se dirá todo. Tú eres condiscípulo, un poco más joven, con quién más fácilmente se abre uno. No te digo que me repitas todo lo que él te diga. Odio a los espías y a los traidores. Pero te ruego que lo evangelices con tu fe y tu caridad. Con tu pureza. Es una tierra sucia con aguas muertas. Se puede secar con el sol del amor; purificarse con la honestidad de pensamientos, deseos y obras. Cultivarse con la fe. Puedes hacerlo…

–            Si crees que puedo… ¡Oh! ¡Si dices que puedo hacerlo, lo haré por amor a Ti!

–            Gracias, Juan.

–            Maestro, cuando regresamos de Cafarnaúm; después de Pentecostés, encontramos la acostumbrada suma del desconocido. El niño se la llevó a mi madre, ella la entregó a Pedro y él me la dio diciendo que tomase un poco para el regreso y que el resto te lo diese a Ti, para lo que puedas necesitar… Pues Pedro también piensa que aquí todo es incómodo. Yo solo tomé dos denarios para dos pobres que encontré. Viví con lo que me dio mi madre y con lo que me dieron los buenos a quienes prediqué en tu Nombre. Aquí está la bolsa.

–            Mañana la distribuiremos entre los pobres. De esta forma también Judas aprenderá nuestro modo de administrarnos.

–            ¿Ya vino tu primo?  ¿Cómo hizo para llegar tan pronto? Estaba en Nazareth y no me dijo que vendría.

–            No. Judas es el nuevo discípulo. Es de Keriot. Tú lo viste en Pascua, aquí. La tarde en que curé a Simón. Estaba con Tomás.

Juan exclama admirado:

–            ¡Ah! ¡Es él!…-Juan se queda perplejo.

Jesús confirma:

–            Es él. ¿Y qué hace Tomás?

–            Obedeció tus órdenes. Dejó a Simón Cananeo y fue al encuentro de Felipe y Bartolomé, por el camino del mar.

–            ¡Bien! Quiero que os améis sin preferencia. Os ayudéis mutuamente. Os compadezcáis, el uno al otro. Nadie es perfecto, Juan. Ni los jóvenes; ni los viejos. Pero si tenéis buena voluntad, llegaréis a la perfección y lo que os falte, lo supliré Yo. Sois como los hijos de una familia santa, en la que hay muchos temperamentos desiguales. Quién es duro; quién suave. Quién valiente, quién tímido. Quién impulsivo y quién muy cauto. Si fueseis todos iguales, seríais una fuerza en un solo temperamento y una flaqueza en todo lo demás. Pero de esta manera hacéis una unión perfecta; porque os completáis mutuamente. El amor os une. Debe uniros el amor por un único motivo: Dios.

–            Y por Ti, Jesús.

–            La causa de Dios es primera. Y después el amor hacia su Mesías.

–            Y Yo… ¿Qué es lo que soy en nuestra familia?

–            Eres la paz amorosa del Mesías de Dios. ¿Estás cansado Juan? ¿Quieres regresar? Yo me quedo a Orar.

–            También yo me quedo contigo a Orar. Déjame que me quede contigo a Orar.

–            Quédate.

Jesús recita unos salmos y Juan lo sigue. Pero la voz se acaba pronto y el jovencito se queda dormido, con la cabeza apoyada en las rodillas de Jesús, que sonríe y extiende su manto sobre la espalda del más joven de sus apóstoles. Lo mira con amor y mentalmente hace la comparación entre éste y el otro discípulo que acaba de aceptar. Juan era discípulo del Bautista y se ha despojado hasta de su modo de pensar y juzgar; entregándose completamente, para ser moldeado por su Maestro.

Judas es el que no se quiere despojar de sí mismo y trae consigo su ‘yo’ enfermo de soberbia, sensualidad, avaricia. Conserva su manera de pensar y con ello neutraliza los efectos de la Gracia y no se entrega. Jesús suspira y piensa: “Judas, cabeza de todos los apóstoles fallidos… ¡Y son tantos!…Juan: cabeza de los que se hacen ‘hostia’ por amor a Mí. Judas investiga, cavila, escudriña, aparenta ceder pero en realidad no cambia su modo de pensar. Juan se siente nada. Acepta todo. No pide razones. Se contenta con hacerme feliz. Es mi descanso su confianza absoluta: “Todo lo que Tú haces Maestro; está bien hecho.” Y por eso será el Predilecto. Porque será mi paz llena de amor.

Jesús también necesita consuelo… Y continúa orando mentalmente.

La mañana siguiente,  Jesús pasea con Judas Iscariote de arriba abajo; cerca de una de las puertas del recinto del Templo.

Judas pregunta:

–           ¿Estás seguro de que vendrá?

Jesús responde:

–           Lo estoy. Al alba salió de Betania y en Get-Sammi debía encontrarse con mi primer discípulo.- Jesús se detiene y mira fijamente a Judas. Lo tiene frente a Sí. Lo estudia. Después le pone una mano sobre la espalda y le pregunta- Judas,  ¿Por qué no me dices lo que estás pensando?

Judas se sorprende:

–            ¡Quée!… no pienso en nada en especial en este momento, Maestro. Pienso que hasta te hago demasiadas preguntas. No puedes lamentarte de mí mutismo.

–                         Es verdad. Me haces muchas preguntas y me das muchas noticias. Pero no me abres tu corazón.¿Crees que me interesan mucho las noticias sobre el censo o sobre la estructura de esta o aquella familia? No soy un ocioso que haya venido aquí a pasar el tiempo. Tú sabes para que vine. Y puedes comprender bien que lo que para Mí tiene el mayor interés, es el ser Maestro de mis discípulos. Por eso exijo de ellos, sinceridad y confianza. ¿Te amaba tu padre, Judas?

–            Me amaba mucho. Era yo su orgullo. Cuando regresaba de la escuela y años después, cuando regresaba de Jerusalén a Keriot, quería que le dijera todo. Se interesaba en todo lo que hacía. Si había cosas buenas, se alegraba. Si no lo eran tanto, me consolaba. Y si había cometido algún error y me habían reprendido, me mostraba la justicia de la reprensión o en donde estaba mal lo que yo había hecho. Pero lo hacía tan dulcemente… que más que un padre, parecía un hermano mayor. Casi siempre terminaba de este modo: “Esto te digo, porque quiero que mi Judas sea un justo. Quisiera ser bendecido a través de mi hijo.”  Judas está tiernamente conmovido por la evocación de su padre.

Jesús que ha estado mirando atentamente a su discípulo, dice:

–                         Mira Judas. Puedes estar seguro de todo lo que te digo. Nada hará más feliz a tu padre, que el que seas un discípulo fiel. El espíritu de tu padre se regocijará allí donde está, en espera de la luz; porque así te educó; al ver que eres mi discípulo. Más para que lo seas verdaderamente, debes decirte: “El padre que parecía un hermano mayor, lo he encontrado en mi Jesús. Y a Él, igual que el padre amado al que todavía lloro; le diré todo para que sea mi guía. Para tener sus bendiciones y sus dulces reproches.” Quiera el Eterno y tú sobre todo, hacer que Jesús no tenga otra cosa que decirte: “Eres bueno. Te bendigo.”

Judas exclama impulsivo:

–            ¡Oh, sí! ¡Sí, Jesús; sí! Si me llegas a amar tanto como él; podré ser bueno como Tú quieres y como mi padre quería. Mi padre podrá sacar aquella espina de su corazón. Pues él siempre me mimaba mucho y me decía: “Estás sin guía, hijo y te hace mucha falta.” ¡Cuándo sepa que te tengo a Ti!

–             Te amaré como ningún otro hombre sería capaz. Te amaré tanto…Mucho te amaré. No me desengañes.

–            No, Maestro, no. Sé que estoy lleno de contradicciones. Envidias, celos, manías de ser el primero en todo. La carne me arrastra. Todo choca dentro de mí contra los impulsos buenos. Todavía hace poco, me causaste mucho dolor. Mejor dicho… Tú no. Me lo causó mi naturaleza malvada. Pensaba que yo era tu primer discípulo… Y Tú me dijiste que tienes a otro.

–            Tú lo viste. ¿No recuerdas que en la Pascua, estaba Yo en el Templo con unos Galileos?

–            Pensé que eran tus amigos. Creí que yo era el primer elegido para esto y con ello, el predilecto.

–            En mi corazón no hay distinción entre los últimos y los primeros. Si el primero faltase y el último fuese santo; entonces sí que a los ojos de Dios habrá distinción. Pero Yo… Yo los amaré igual: con un amor de dicha al santo y con un amor que sufre al pecador. Pero… ¡Oh! Ahí viene Juan con Simón. Juan es mi primero y Simón es el que estaba enfermo.

–            ¡Ah! ¡El leproso! Lo recuerdo. ¿Y ya es tu discípulo?

–            Desde el día siguiente.

–            ¿Y por qué yo tuve que esperar tanto?

–            ¿Judas?…

–            Es verdad. Perdón.

Cuando llegan, Juan y Jesús se saludan con un beso mutuo. Simón se  postra a los pies de Jesús, besándolos y diciendo:

–           ¡Gloria a mi Salvador! Bendice a tu siervo para que sus acciones sean santas a los ojos de Dios y yo le dé gloria por haberme dado a Ti.

Jesús le pone las manos sobre la cabeza y le dice:

–           Sí. Te bendigo para agradecerte tu trabajo. Levántate Simón. ¡Éste es el nuevo discípulo! También él quiere la Verdad. Y por esto es un hermano para todos vosotros.

Se saludan entre sí. Los dos judíos con mutuo escudriño. Juan con franqueza.

Jesús pregunta:

–           ¿Estás cansado, Simón?

Simón sonríe:

–            No, Maestro. Junto con la salud me ha venido tal fuerza, como no la había tenido antes.

–            Y sé que la usas bien. He hablado con muchos y sé lo que han trabajado a favor del Mesías.

Simón ríe contento y dice:

–            Ayer hablé de Ti a un israelita honrado. Espero que un día lo conocerás. Quiero ser yo quién te lleve a él.

–            No es imposible.

Judas interrumpe:

–           Maestro, me prometiste venir conmigo a Judea.

–           Iré. Simón continuará instruyendo a la gente sobre mi venida. Amigos, el tiempo es breve y la gente es mucha. Ahora voy con Simón.  Al atardecer nos encontraremos en el camino del Monte de los Olivos y distribuiremos el dinero a los pobres. ¡Id!

En su interior, Judas está renuente a separarse de Jesús; pero obedece con prontitud. Y dice:

–           Vamos, Juan.

Y los dos apóstoles más jóvenes, se alejan alegremente.

Cuando Jesús queda solo con Simón, le pregunta:

–            ¿Esa persona de Betania, es un verdadero israelita?

–            Lo es. Existen en él, todas las ideas imperantes; pero tiene verdadera ansia por el Mesías. Y cuando le dije: “Él está entre nosotros” me contestó: “Feliz de mí, que vivo en estos tiempos.”

–            Algún día iremos a su casa, a llevarle mi bendición. ¿Qué te parece el nuevo discípulo?

–            Se ve que es muy joven y parece inteligente.

–            Lo es. Tú que también eres judío; lo comprenderás y lo compadecerás más que los otros, por sus ideas.

–            ¿Es un deseo o una orden?

–            Es una dulce orden. Tú que has sufrido, puedes tener mayor comprensión. El dolor es maestro de muchas cosas.

–            Porque Tú me lo mandas, seré para él comprensión.

–            Así es. Probablemente mi Pedro y no tan solo él; se admirará un poco de cómo cuido y me preocupo más por este discípulo. Pero algún día lo entenderán… Cuando uno no ha madurado en su formación, tiene más necesidad de cuidado. Los demás… ¡Oh! Los otros se formarán por sí mismos, tan sólo por el contacto. No quiero hacer todo Yo. Pido la voluntad del hombre y la ayuda de los demás, para formar a un hombre. Os llamo para que me ayudéis… y agradezco mucho la ayuda.

–            Maestro, ¿Te imaginas que él te proporcionará desilusiones?

–            No. Pero es joven y se formado en el Templo y en Jerusalén.

–            Oh! Cerca de Ti, se curará de todos los vicios de esta ciudad… Estoy seguro.

Jesús murmura:

–           Así sea. –Y luego dice con voz más fuerte- Ven conmigo al Templo. Evangelizaré al Pueblo…

Y se van juntos.  

Al día siguiente. Al rayar el alba, Jesús está con Juan, Simón y Judas; en la cocina de la casita. Y les dice:

–                 Amigos. Os ruego que vengáis conmigo por la Judea. Si no os cuesta mucho. Sobre todo a ti, Simón.

El apóstol le pregunta:

–                 ¿Porqué, Maestro?

Jesús contesta:

–                 El camino es muy duro por los montes de Judea y tal vez para ti sea más duro si te encuentras con algunos de los que te hicieron daño.

–                 Por lo que toca al camino, me siento fuerte y no siento ninguna fatiga. Mucho menos si voy contigo. Por lo que toca a quién me dañó… el odio cayó junto con las escamas de la lepra. Y no sé, créemelo; en qué has hecho el mayor milagro, si al curarme la carne corroída o el alma que ardía con el rencor. Pienso que no me equivoco si afirmo, que el milagro más grande fue en el alma. Una llaga del espíritu, no se cura tan fácilmente. Y Tú me has curado de un golpe, en una forma completa. El hombre no se cura de un hábito moral, si Tú no aniquilas ese hábito con tu querer santificante. Aunque uno lo quiera hacer con todas sus fuerzas.

–                 No te equivocas al juzgar así.

Judas pregunta un poco resentido:

–                 ¿Por qué no lo haces así con todos?

Juan pone una mano sobre el brazo de Judas y le dice cariñoso:

–                 Lo hace, Judas. ¿Por qué le hablas así al Maestro? ¿No te sientes cambiado, desde que estás con Él? Yo era discípulo de Juan el Bautista; pero me siento totalmente cambiado, desde que Él me dijo: ‘Ven’- y mirando a Jesús agrega- Perdón, Maestro. Hablé en tu lugar. Es que no quiero que Judas te cause ningún dolor.

Jesús lo tranquiliza:

–                 Está bien, Juan. No me ha causado ninguna pena como discípulo. Cuando lo sea, si continúa con su modo de pensar, me causará dolor. Vendrá un día en que tendréis la Sabiduría, con su Espíritu… entonces podréis juzgar justamente.

Judas pregunta:

–                 ¿Y todos podremos juzgar justamente?

–                 No, Judas.

–                 ¿Pero hablas de nosotros los discípulos o de todos los hombres?

–                 Hablo refiriéndome primero a vosotros y después a los demás. Cuando llegue la hora; el Maestro instituirá discípulos y los enviará por el mundo…

–                 ¿No lo estás haciendo ya?…

–                 Por ahora no os empleo más que para que digáis: “El Mesías está aquí. Venid a Él.” Entonces os haré capaces de que prediquéis en mi Nombre y que hagáis milagros en mi Nombre…

–                 ¡Oh! ¿También milagros?

–                 Sí. En los cuerpos y también en las almas.

Judas  está feliz ante la idea y exclama gozoso:

–                 ¡Oh! ¡Cómo nos admirarán!

Juan mira pensativamente a Jesús y dice con un dejo de tristeza en la voz:

–                 Entonces ya no estaremos más con el Maestro. Y yo tendré temor de hacer lo que es de Dios, a mi manera de hombre.

Simón dice:

–                 Juan, si el Maestro lo permite, me gustaría decirte lo que pienso.

Jesús contesta:

–                 Díselo a Juan. Deseo que mutuamente os aconsejéis.

–                 Ya sabes que es un consejo.

Jesús sonríe y calla.

Simón le dice a Juan:

–                 Creo que no debes y no debemos temer. Si nos apoyamos en la sabiduría del Maestro Santo y en su promesa. Si Él dice: “Os enviaré” y promete vestir nuestra miseria intelectual, con los rayos de la potencia que el Padre le da para nosotros, debemos estar seguros que lo hará y que lo podremos hacer, por su infinita misericordia. Todo saldrá bien, si no introducimos el orgullo, el deseo humano en nuestro obrar. Pienso que si corrompemos nuestra misión, que es del todo espiritual, con elementos que son terrenales, entonces la promesa de Cristo se depreciará; no por incapacidad suya, sino porque nosotros la rebajaremos con nuestra soberbia. No sé si me explico bien…

Judas le dice:

–                 Lo has hecho muy bien. Yo me equivoqué. Pero sabes… Pienso que en el fondo desear ser admirados como discípulos del Mesías, es porque somos suyos a tal punto, que haremos lo que Él hace. Y todo proviene de aumentar más la figura poderosa de Él entre el pueblo. ¡Alabanzas al Maestro que tiene tales discípulos! Esto es lo que quería decir yo.

Simón le contesta:

–                 No es todo error lo que dices. Pero, mira Judas. Provengo de una casta que es perseguida por haber entendido mal lo que es el Mesías. Si lo hubiésemos esperado con una justa visión de su Ser, no habríamos caído en errores que son blasfemias a la Verdad y rebelión contra la ley de Roma. Por lo cual tanto Dios, como Roma; nos han castigado. Hemos querido ver en el Mesías, sólo a un hombre conquistador y a un libertador humano de Israel. A un nuevo líder y más grande que el héroe, Judas Macabeo. Sólo esto y ¿Por qué? Porque cuidábamos más de nuestros intereses; de la patria y de los ciudadanos, que de Dios. ¡Oh! El amar la  patria es una cosa santa; pero ¡Qué es frente el Cielo eterno! La patria verdadera es la celestial.

Cuando fui perseguido y anduve fugitivo, me escondía en las cuevas de las bestias. Compartía con ellas el lecho y la comida, para escapar de los romanos y sobre todo, de las delaciones de falsos amigos. También cuando en espera de la muerte, probé el olor del sepulcro en mi cueva de leproso… ¡Cuánto he pensado y he visto! He visto con el espíritu, la figura verdadera tuya, Maestro y Rey del espíritu. La tuya, ¡Oh, Mesías! Hijo del Padre que llevas al Padre y no a los palacios de polvo; no a las deidades de fango. ¡Tú! ¡A Ti! ¡Oh, me es fácil seguirte! Perdona mi entusiasmo que se explaya de este modo, porque te veo cómo te había imaginado. Te reconocí inmediatamente, porque mi alma ya te había conocido…

Jesús sonríe y contesta:

–                 Por esto te llamé. Y por eso te llevo conmigo, ahora en mi primer viaje a Judea. Quiero que completes el reconocimiento. Y quiero que también éstos jóvenes, aprendan a ser capaces como tú, de llegar a la verdad por medio de una meditación constante. Y sepan cómo su Maestro ha llegado a esta hora. Después entenderéis. Hemos llegado ya a la Torre de David. La Puerta Oriental está cerca.

Judas pregunta:

–                 ¿Saldremos por ella?

–         Sí, Judas. Primero iremos a Belén. Allí nací. Es bueno que lo sepáis, para que lo digáis a los demás. También esto entra en el conocimiento del Mesías y de la Escritura. Encontraréis las profecías escritas en las cosas, con voces que no pertenecen más a la Profecía, sino a la historia. Daremos la vuelta, donde están los palacios de Herodes.

Judas dice:

–                 Donde vive la vieja zorra, malvada y lujuriosa.

Jesús advierte:

–                 No juzguéis. Sólo Dios es Quién juzga. Vayamos por aquella vereda, entre las hortalizas, nos cobijaremos bajo la sombra de un árbol, cerca de algún lugar hospitalario hasta que el sol deje de quemar. Después…

Jesús continúa instruyendo…

Y emprenden la marcha hacia Belén.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

PRIMER MISTERIO DE GOZO


LA ENCARNACIÓN DE JESÚS EN EL VIENTRE PURÍSIMO DE MARÍA

Al sexto mes el Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazareth, a una joven virgen que estaba comprometida en matrimonio con un hombre llamado José, de la familia de David. La virgen se llamaba María. Llegó el Ángel hasta ella y le dijo: ‘Alégrate llena de Gracia, el Señor está contigo.’ María quedó muy conmovida al oír estas palabras y se preguntaba qué significaría tal saludo. Pero el Ángel le dijo: ‘No temas María, porque has encontrado el favor de Dios. Concebirás en tu seno y darás a Luz a un hijo al que pondrás el Nombre de Jesús. Será grande y justamente será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su antepasado David; gobernará por siempre al Pueblo de Jacob y su reinado no terminará jamás.’ María entonces dijo al Ángel: ‘¿Cómo puede ser eso, si yo soy virgen?’ Contestó el Ángel: ‘El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el Poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño santo que nacerá de ti, será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel, está esperando un hijo en su vejez y aunque no podía tener familia, se encuentra ya en el sexto mes del embarazo. Para Dios nada es imposible.’ Dijo María: ‘He aquí la esclava del Señor, hágase en mí, tal como has dicho.’ Después la dejó el Ángel. (LUC.1, 26-38)

María revela:

            Desde muy pequeña me había consagrado a Dios y el Espíritu Santo me había mostrado la causa del Mal en el mundo.

Me dijo del dolor del Padre cuando Eva pecó. Cuando se envileció, ella, creatura de gracia, al nivel de una creatura inferior. Decidí ofrecer a Dios mi pureza y mi amor, para consolarle del dolor de aquella herida y tenía intención de conservar mi cuerpo puro, al conservarme yo pura; en mis pensamientos, deseos y contactos humanos.

Sólo para El reservaba yo el palpitar de mi amor; sólo para Él, la razón de mí ser. Pero si no existía en mí el ardor de la concupiscencia, si existía el sacrificio de no ser madre. Quise borrar de mí las huellas de Satanás. No sabía que yo no tuviera ningún pecado, ¡Cómo podía imaginarlo siquiera! Nunca pensé que yo era la Doncella de Israel.

Sabía que ya se había cumplido el tiempo del que hablaron los profetas y mi oración más ferviente era poder servir a la Virgen Escogida y así poder ser la esclava del Mesías.

Por eso las palabras del Ángel, estremecieron mi alma de júbilo, cuando comprendí la Misión a que Dios me llamaba: SER LA MADRE DEL REDENTOR.

“HE AQUÍ LA ESCLAVA DEL SEÑOR.    HÁGASE EN MÍ, SEGÚN TU PALABRA”

Al pronunciar aquellas palabras, felicidad y dolor estrecharon mi corazón, cuando se abrió como un lirio, para proporcionar la sangre que alimentaría en mi seno al Germen del Señor.

Dios me había pedido que fuera virgen.  Obedecí.

Al amar la virginidad que me hacía pura, como la primera mujer antes de conocer a Satanás.

Dios me pidió que fuera esposa. Obedecí.

Poniendo el matrimonio en aquel prístino grado de pureza que existió en el pensamiento de Dios, cuando creó a los primeros seres humanos.  Convencida de ser destinada a vivir sola en el matrimonio y a que los demás despreciasen mi esterilidad santa.

Entonces Dios me pidió que fuese Madre. Obedecí.

Creí que era posible y que esa palabra venía de Dios; porque al oírla, la paz se derramaba dentro de mí. Y me llené de gozo. Gozo de ser Madre. Gozo porque creí poder hacer feliz a Dios, al arrancar la espina que Eva clavó en su Corazón, al llenarlo de dolor y de amargura con su Desobediencia. ¡Por su soberbia, su lujuria y su incredulidad!

YO ANULE EL NO DE EVA, CUANDO DIJE “SI”

Sí. Sí. Sí.  SIEMPRE SÍ A LOS QUERERES DE DIOS.

Volví a subir las etapas por las que Eva bajó.

Eva buscó el Placer, el Triunfo, la Libertad.

Yo acepté el Dolor, el Aniquilamiento, la Esclavitud.

Me convertí en la Esclava de Dios, en el cuerpo, en el alma, en el espíritu. Dije sí para los tres, segura de que Dios cumpliría sus promesas y remediaría las humillaciones de los que murmurarían contra mi estado. Y así desafié la opinión del mundo y el juicio del esposo. Mi fuerza era Dios y le confié sin vacilar mi vida, mi honor, mi futuro: todo, sin reserva alguna.

Sabía que ÉL socorrería mi dolor de esposa que se ve tratada como culpable y de Madre que engendra un Hijo para el Patíbulo. 

Y abracé mi destino con una punzada de dolor que fue creciendo de hora en hora, conforme sentía crecer en mi seno a mi Creatura Divina.

¡Oh, felicidad bendita que invadía toda mi alma, al saber que había arrancado del Corazón de Dios, la amargura de la Desobediencia de Eva!

¡Oh, dicha gloriosa de ser el Puente del Perdón y la Paz, entre Dios y el Hombre!

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Oración:

Amado Padre Celestial: Da a nuestro corazón el amor, la sabiduría y la docilidad que necesitamos para conocer y amar Tu Voluntad, obedeciéndola  siempre en todos los instantes de nuestra vida. Amen.

PADRE NUESTRO…

DIEZ AVE MARIA…

GLORIA…

INVOCACION DE FATIMA…

JACULATORIA…

CANTO DE ALABANZA…