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10.- UNA ORDEN IMPERIAL


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Y en efecto, Petronio cumplió su promesa. Al día siguiente se fue al Palatino y tuvo con Nerón una entrevista privada. Y al tercer día se apareció en la casa de Publio, un centurión al frente de una decuria de pretorianos.

En este tiempo de incertidumbre y de terror, los enviados de este género son por lo general, mensajeros de muerte. Cuando el centurión llegó a la casa de Publio Quintiliano y el vigilante del atrium anunció que había soldados allí, el espanto invadió toda la casa. La familia rodeó a su jefe, pues todos creyeron que venían por él.

 Después de unos momentos de pánico, Publio restableció la calma. Acallando el rumor que se había levantado por todas partes, dijo:

–           Déjame marchar Fabiola. Si mi fin ha llegado tendremos tiempo para despedirnos.-   Y la apartó suavemente a un lado.

Fabiola contestó:

–                     Permita Dios, ¡Oh, Publio amado! Que sean uno mismo, tu destino y el mío.

Y empezó a orar con la vehemencia que solo puede infundir el temor que se siente por la suerte del ser más querido.

Publio pasó enseguida al atrium donde lo esperaba el centurión.

Éste era el viejo Máximo, su antiguo y subordinado compañero de armas en Jerusalén.

–           Salve general. –Dijo con respeto, al entregarle la tablilla con el sello imperial- Soy portador de una orden y de un saludo del César.

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Publio replicó:

–           Presenta mi agradecimiento al César por su saludo. Y en cuanto a la orden, estoy listo para cumplirla. Sé bienvenido Máximo y dime cuál es esa orden de la que eres portador.

–           Publio Quintiliano, el César sabe que en tu casa vive la familia de Vardanes I, rey de Partia. La cual fue entregada como prenda de que las fronteras del imperio, jamás serían violadas por los partos. El divino Nerón te está agradecido, ¡Oh, general! Por la hospitalidad que les has dado estos años; pero hay un rehén que el César desea tomar bajo su custodia y la del senado. Y te ordena que me entregues dicha doncella en sus manos.

Publio es un soldado bastante disciplinado y demasiado veterano para permitirse manifestar ningún sentimiento, ni expresar palabras vanas o quejas, ante una orden tan perentoria. No obstante, una ligera arruga de súbita cólera y de dolor se dibujó en su frente y Máximo se dio cuenta. Pero a la vista de la orden está indefenso.

Permaneció por unos segundos mirando fijamente la tablilla de Nerón y murmurando como para sí mismo, dijo:

–           Conque la hija menor, ¿Heee? –Y agregó con voz firme- Aguarda aquí. En breve te será entregado el rehén.

Después de decir esto se dirigió al otro extremo de la casa y llegó con Fabiola que estaba llena de zozobra y de temor.                       

Carraspeó un poco y aclarándose la voz declaró:

–           La muerte a nadie amenaza. Tampoco el destierro a tierras lejanas. No obstante el mensajero del César, es un heraldo de infortunio. Se trata de Alexandra.

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Un coro de voces repitió asombrado

–           ¡¡De Alexandra!!

Publio ordenó a la aya:

–           Llámala, Marcela. Y dile que venga inmediatamente.

Fabiola exclamó atónita:

–           Pero ¿Alexandra?

–           Precisamente de ella. –contestó muy serio Publio.

Y volviéndose a la doncella que acaba de llegar, agregó:

–           Alexandra, has sido criada en esta casa como hija nuestra. Y como a tal, te amamos tanto Fabiola como yo. Pero la verdad es que eres un rehén entregado a Roma por tu pueblo y tu custodia corresponde al César. Así pues como propiedad de él, es el mismo César quién te arranca de nuestra casa y debemos obedecerlo. Tus hermanos permanecerán aquí, mientras no sea otra la voluntad del emperador.

El general dijo estas palabras con acento tranquilo, pero con una insólita y extraña inflexión en su voz.

Alexandra lo escuchó petrificada. Como si no comprendiera de lo que se trata.

Fabiola palideció intensamente. Y otro murmullo recorrió nuevamente la casa.

Publio confirmó:

–           La voluntad del César debe ser cumplida.

Fabiola protestó:

–           ¡Oh, no! -Y abrazando a Alexandra, como si quisiera protegerla- ¡Preferible para ella sería la muerte!

Alexandra gritó:

–           ¡Oh no! ¡Madre! ¡Madre!- Y buscó  refugio en Fabiola, estremecida por los sollozos.

De nuevo se dibujaron la ira y el dolor en el semblante de Publio.

Y dijo con impotencia:

–           Hoy mismo veré al César y le imploraré que modifique su mandato. Ignoro sí mi súplica será escuchada. Mientras tanto, adiós Alexandra y debes saber que Fabiola y yo bendecimos el día en que llegaste a ocupar un lugar a nuestro lado, en esta casa.

Y  al decir esto puso una mano en la cabeza de la joven e hizo un gran esfuerzo para conservar su calma habitual.

Pero cuando Alexandra lo miró con sus ojos llenos de lágrimas, tomando su mano la llevó a sus labios para besarla y se quebró la voz del anciano…

Con ternura paternal en una voz llena de dulzura, agregó:

–          ¡Adiós, alegría nuestra! Eres la luz de nuestros ojos. –Y abrazándola, lloró con ella.

Con inmenso dolor, pero con voz serena, Fabiola dijo:

–           La hora ha llegado. La casa del César es un antro de infamia, depravación y crimen. Pero nadie tenemos derecho de levantar la mano sobre nadie; ni siquiera sobre nosotros mismos, disponiendo de nuestra vida. No debemos cometer ninguna tontería.

Alexandra llorando, contestó:

–           Me aflijo por ti, madre. Por mi padre y mis hermanos. Pero sé bien que la resistencia es inútil y que solo conduciría a la destrucción de todos nosotros. ¡Dios cuidará de nosotros! ¡Te amo!

Fabiola replicó afligida:

–           Mientras arreglan tus cosas, vamos a que te despidas de todos. -Y la conduce suavemente a hacer lo que ha dicho.

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Entonces un hombre muy alto y robusto llamado Bernabé, que había servido en otro tiempo a la reina y madre de Alexandra, se postró a los pies de Fabiola y dijo:

–           ¡Oh, domina! Permíteme que siga a mi ama, la sirva y vele por ella en la casa del César.

Fabiola lo miró con cariño y dijo:

–           Bernabé, tú no eres siervo nuestro, sino de Alexandra. Pero si no te permiten cruzar los umbrales del Palatino ¿Cómo podrás velar por ella?

Bernabé suplicó:

–           No lo sé domina. Pero necesito ir con ella.

Entonces Margarita, la hermana mayor de Alejandra, intervino:

–           Yo también iré con ella.

La angustia palpita en la voz temblorosa de Fabiola al contestar:

–           ¡Dios mío! ¿Acaso también deberé agonizar por ti? Eres una virgen consagrada y tu belleza puede ser tu perdición. ¿No acabas de oír lo que he dicho sobre la Domus Transitoria? ¿Qué puedes hacer tú para proteger a Alexandra de los motivos que han impulsado a esta orden imperial?

Hija mía, sólo eres una doncella tres años más grande que tu hermana… Por favor…  – un sollozo le impide continuar.

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Margarita replicó serenamente:

–           Lo sé. Pero yo no he sido solicitada y confío ciegamente en que Jesús me defenderá de todo peligro. Yo también pienso que el poder del que se siente el amo del mundo, está sujeto a la Voluntad Divina de nuestro Señor. Además, iré como dama de compañía y creo que eso no me lo pueden impedir.

Fabiola admitió:

–           Es verdad. ¡Sí! La Ley que nos gobierna es otra más grandiosa. Por ahora hay que ofrecer todo a Dios. Hay que esperar y confiar en Él, creyendo que existe un poder superior al de Nerón y una misericordia más grande que su cólera.

Publio intervino:

–           Si han enviado por Alexandra como un rehén reclamado por César, están obligados a aceptar su séquito y el centurión no puede negarse a recibirlos.

Fabiola aceptó:

–           Está bien.  -Y volviéndose hacia la otra joven doncella, agregó- Margarita, prepara tus cosas. Marcela irá con ustedes. – y da las órdenes pertinentes, para que la aya las acompañe.

El general está consternado y preguntó:

–           ¿Qué otra cosa podemos hacer además de orar?

–           Mientras ellas se despiden yo le escribiré a Actea y ella sabrá qué hacer.

–           Es una idea excelente. Yo también veré las opciones que nos quedan.

Y Fabiola enseguida escribió una carta a Actea, colocando a Alexandra bajo su custodia.

La liberta de Nerón es la única persona confiable en aquel palacio…

Cuando  llegó el momento de partir, los pretorianos los condujeron al Palatino.

Mientras tanto, el viejo general dio orden de que le preparen su cisio y dijo a su esposa:

–           Escúchame Fabiola. Iré a ver al César aun cuando sé que mi visita será inútil. Y aunque la palabra de Séneca ya nada significa para Nerón, iré a ver a Séneca. Ahora los que tienen más influencia son Petronio, Tigelino, Haloto y Vitelio. En cuanto al César, ni siquiera creo que le importe Alexandra. Creo que ‘alguien’ ha intervenido para que esto sucediera. Y creo que es fácil adivinar quién es.

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Fabiola preguntó asombrada:

–           ¿Petronio?…

Publio contestó con voz contenida:

–           ¿Quién más? Él fue. ¿Ves las consecuencias que trae el admitir que gente sin conciencia, ni honor, traspasen el umbral de nuestro hogar? ¡Maldito el día en que Marco Aurelio estuvo en esta casa! Ha sido él quien trajo a Petronio. ¡Pobre Alexandra! ¡Estos hombres no buscan en ella un rehén, sino una concubina!

La voz del general está llena de ira impotente y de dolor, por la pérdida de su hija adoptiva. Con sus puños apretados exclama:

–           ¿Por qué Dios permite que triunfe ese monstruo malvado y protervo llamado Nerón?

Fabiola contestó suavemente:

–           Publio… Nerón es apenas un puñado de fango, ante la infinita majestad de Dios.

Pero Publio se siente muy humillado. Pesa sobre él, el poder de una mano que desprecia profundamente. Y  su impotencia aumenta porque ante esto, él no puede hacer absolutamente nada. Cierra los ojos. Aspira profundo y ora en silencio.

Cuando logra dominar la cólera que lo invade dice:

–           Creo que Petronio no nos la ha arrebatado para llevársela al César, pues estoy seguro que él no querría provocar la ira de Popea. La ha tomado para sí o para Marco Aurelio. Y eso, hoy mismo lo voy a averiguar.

Y dando un beso a Fabiola, salió y se dirigió al Palatino.

No se equivocó al pensar que no sería admitido a la presencia del emperador. Le dijeron que el César estaba ocupado en cantar con Terpnum, su director musical y un virtuoso del laúd. Que no recibe más que a las personas que él mismo ha citado. En otras palabras: que en lo sucesivo ni siquiera debe intentar que el César le de audiencia.

Publio no está dispuesto a rendirse tan fácilmente. Y dio orden al auriga de que lo lleve a la casa de Séneca.

Séneca lo recibió con afecto y al enterarse del motivo de su visita, le dijo:Neron y Seneca

–           A menudo es mejor olvidarse de un insulto, que vengarlo. Ella es sólo un rehén y sabes que es propiedad del emperador. El mejor servicio que puedo ofrecerte Publio, es no dejar que Nerón descubra que mi corazón te compadece. No se te ocurra buscar ayuda con Tigelino, Haloto o Vitelio.  Aunque odian a Petronio y están más que dispuestos a aniquilarlo, pues buscan por todos los medios minar su influencia con Nerón; lo más seguro es que van a ir a contárselo al César. Y cuando él sepa cuánto te importa esa joven, la retendrá con más obstinación.

Publio le preguntó con angustia:

–           ¿Entonces qué hago? ¿Cómo impido que se cometa esta infamia?

Séneca no pudo contener una respuesta llena de ironía:

–           ¿Sabes cuál ha sido tu error? Publio, has permanecido mudo años enteros. Y César no quiere a los que callan. ¿Cómo te has atrevido a no entusiasmarte con su talento, su virtuosismo, su   declamación, su canto, sus versos y su modo de guiar las cuadrigas? Además…  ¡Tampoco lo has glorificado por la muerte de Claudio, de Británico, de Octavia y de Agripina!

–           ¡No entiendo cómo lo soportas! Ese hombre es un monstruo de perversión…

Por unos instantes, el tiempo pareció detenerse. Luego, el filósofo agarró un vaso, lo llenó con agua del implovium… después de refrescar sus labios, mirándolo fijamente a los ojos,  añadió:

–           ¿Ves? Estoy convencido de que esta agua no está envenenada y la bebo con toda confianza. El vino es menos seguro. Si tienes sed, puedes beber de esta agua.  Los acueductos la traen aquí desde la montaña y para envenenarla es preciso envenenar todas las fuentes de Roma.

–           Por lo que veo, ya te has resignado a tu suerte.

–           El primer arte que se aprende en el ejercicio del poder, es la capacidad para soportar el odio; porque incierto es el lugar en donde nos espera la muerte y por eso hay que estar preparados y esperarla en todo lugar.

–           Con un desquiciado gobernándonos, ¿Quién puede estar seguro de nada? ¿Por qué permaneces junto a él?

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–           Nerón tiene un corazón agradecido.-ríe con sarcasmo y agrega – Te quiere porque has servido gloriosamente al imperio. A mí me quiere porque fui el maestro de su juventud… Y el amor de Nerón es lo más peligroso de este mundo. Agripina lo sabe mejor que nadie.

–           ¿Cómo puedes vivir así?

–           Vencer sin peligro es ganar sin gloria. Los que jugamos en esta arena no podemos salirnos voluntariamente.

–           Bueno, fue tonto de mi parte preguntarte esto, cuando los militares y los cristianos es para lo primero que nos preparamos. ¿No es verdad? Tú eres un hombre muy sabio y un  experto en política. Yo soy como Vespasiano y no sirvo para la diplomacia.

–           En esta vida he recibido demasiado y ya es hora de retribuir. Yo no le tengo miedo a morir, me he preparado para todo… Lo único que me preocupa, es irme sin haber alcanzado el objetivo principal por el que Dios me tiene todavía aquí. Tú y yo sabemos muy bien cómo se deben administrar nuestros dones.

–           Nerón no vacila para obtener lo que quiere, ni los medios usados para lograrlo. Eres uno de los hombres más ricos del imperio. Me sorprende que su codicia no te haya destruido todavía.

–           Aun así, lo que Nerón no sabe es que he repartido en secreto todas mis riquezas y en su momento esta será una buena broma que no se esperan mis enemigos. ¿Sabías que se las ofrecí para que me dejara retirarme  y las rechazó haciéndome profundas muestras de afecto? ¡Tú sabes lo que en realidad eso significa!… Pero cuando decidan mi muerte, ya no encontrarán nada. Yo estoy como Petronio…

Publio interrumpe estas amargas reflexiones:

–           Precisamente noble  Anneus, el autor de este traslado es Petronio. Dime qué debo hacer. ¿No puedes ayudarme?

SENECA (2)

Séneca lo miró con afecto y respondió:

–           Petronio y yo jugamos en campos opuestos. Yo no conozco nada que puedas usar en contra suya. Y él no cede ante nada. Acaso con toda su depravación es el más digno de todos esos bribones que forman la camarilla de íntimos de Nerón. Pero intentar demostrar que lo que hizo es una mala acción, es perder el tiempo. Creo que lo único que te resta es orar…  Cuando yo lo vea le diré: “Lo que hiciste es propio de delincuentes”. Si eso no logra avergonzarlo, ninguna otra cosa tendrá mayor poder. Espero que te sirva de algo.

Publio lo miró derrotado y una luz de esperanza brilló como una chispa en lo más profundo de sus ojos:

–           Gracias también por eso. –Y se despidió de Séneca.

Enseguida ordenó que le condujeran a la casa de Marco Aurelio.

Lo encontró haciendo ejercicios de equitación.

Publio se estremeció de ira al verlo tan feliz y tranquilo, después de la vileza con que había perpetrado el ataque contra Alexandra.

Y al verlo bajar del caballo y dirigirse despreocupadamente hacia él; esa ira estalló en un amargo torrente de reproches y de injurias.

Marco Aurelio se paralizó por el asombro,  al saber que Alexandra había sido sacada de la casa de Publio y se puso tan pálido y descompuesto, que el general ya no pudo acusarlo de haber participado en la intriga para apoderarse de ella.

La frente del joven tribuno se cubrió de sudor y su rostro se sonrojó violentamente. Pareció como si su semblante tuviera una oleada de fuego. Sus ojos empezaron a despedir chispas y lanzó bruscas interrogantes incoherentes. Sus manos temblaron. Los celos y la cólera lo sacudían como una furiosa tempestad.

En el huracán de sus sentimientos, le pareció que Alexandra una vez traspasados los dinteles de la Domus Transitoria, se hallaba completamente pérdida para él. Y lágrimas de rabia y de angustia descendieron  por sus mejillas, sin poderlas contener.

Cuando Publio mencionó el nombre de Petronio, cruzó como un rayo por la mente de Marco Aurelio, la sospecha de que Petronio se había burlado de él y que intentaba guardarla para sí, porque estaba convencido de que ver a Alexandra y desearla, eran una misma cosa. La impetuosidad de su carácter lo arrastraba como a un potro indómito y estaba perdiendo el control.

marcoCon voz muy alterada le dijo:

–           General. Vuelve a tu casa y espérame. Debes saber que aun cuando Petronio fuera mi padre, en él habría de vengar el agravio hecho a Alexandra. Quédate tranquilo. Ella no será ni de Petronio, ni del César.

Enseguida se dirigió al lararium y  con los puños cerrados, exclamó:

–         ¡Por mis antepasados te juro que primero la mataría y me mato yo mismo que permitirlo!

Fue entonces cuando Publio se dio cuenta cuán enamorado estaba Marco Aurelio de Alexandra y no dudó un segundo de que haría lo que decía.

Y Publio admitió:

–           Ya veo que tú no tuviste que ver nada en esta vileza. Yo también preferiría verla muerta que convertida en juguete de los caprichos del César.

–              Voy a averiguar qué sucedió. Vuelve a tu casa y espérame.  Yo solucionaré esto.

–           Estaré aguardando tu informe.

Cuando el general se marchaba, le repitió de nuevo que lo esperase.

Y Publio regresó a su casa un poco más tranquilo.

Pensó ahora que si Petronio había inducido al César a que reclamara a Alexandra para darla a Marco Aurelio, éste la devolverá a su hogar.

Así pues, tranquilizó a Fabiola y la hizo participar de sus esperanzas. Y ambos se dispusieron a esperar las noticias de Marco Aurelio.

Muy avanzada la tarde, llegó un mensajero con una carta escrita en un pergamino.

El general la recibió con manos temblorosas y la leyó con precipitación…

Inmediatamente se oscureció su semblante y extendiéndola a su esposa la invitó a que la leyera.

Fabiola la recibió y leyó:

Marco Aurelio Petronio      a       Publio Quintiliano:

Salve.

Lo ocurrido ha sido por la voluntad del César. Ante lo cual inclinad vuestras cabezas, tal como Petronio y yo inclinamos las nuestras.

Adiós.

Después de esto, se hizo un dolorosísimo silencio…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

9.- EL REHÉN


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         En la casa de Petronio en un extremo del pórtico, hay una habitación muy amplia que da al triclinium. A través de unos ventanales puede verse el jardín. Por otros, el bosque. Y justo debajo de las ventanas frontales, hay un estanque tan agradable a la vista, como al oído es el susurro del agua; que cayendo de la parte superior como en una cascada, vierte su espuma en la piscina de mármol.

Cerca del baño, hay unas escaleras conducen a una galería porticada que lleva a una hermosa terraza con jardín, desde donde se aprecia la pista de equitación.

En el unctorium de los baños, están Petronio y  Marco Aurelio conversando. Y éste dice a su tío:

–           Yo te quiero mucho. Tú has sido siempre bueno conmigo. Voy a ordenar que coloquen tu estatua entre mis lares (dioses domésticos) Mi Lararium se adornará con una tan hermosa como ésta y colocaré una ofrenda ante ella.- y señala una que adorna la entrada y en la cual se ve a Petronio montado sobre un caballo.

Luego exclama-  ¡Por Júpiter! No tienes nada que envidiarle a Apolo. Las mujeres te deben sobrar. Verdaderamente no entiendo cómo es que no te has casado.

Y en esta exclamación hay a la vez tanta sinceridad como elogio, porque Petronio aunque es mayor y de cuerpo menos atlético, es mucho más señorial que el propio Marco Aurelio.  Las mujeres de Roma admiran en él no solo su belleza apolínea; también su ingenio, su aguda inteligencia, su elegancia y su gusto exquisito.

Y esta admiración se trasluce en los ojos de Aurora, una de las doncellas que se ocupa en arreglar los pliegues de su toga y que le ama en silencio. Pero…  ¡Es solamente una esclava y el patricio es tan orgulloso, que ni siquiera se ha fijado en ella!

Petronio se limita a responder:

–           Y también los hombres…  Pero ese es un territorio que no me interesa… Y no he conocido a ninguna mujer que me haya hecho desear el renunciar a mi soltería. Todavía no me enamoro a ese grado.  Me siento muy cómodo así.

Cuando terminan de ataviarse, el tío pone una mano sobre el hombro de su sobrino y  lo conduce al triclinium.

Después del almuerzo dieron un paseo por el pórtico y llegaron hasta el último jardín, que termina donde comienza el pequeño lago.

–          Se me ocurre… –dijo Petronio pensativo- Que si tu diosa incomparable no es una esclava, podrías llevarla a tu casa para colmarla de amor y de riquezas.

Marco Aurelio movió la cabeza negando.

Petronio preguntó:

–           ¿No lo crees? ¿Por qué?

–           Tú no conoces a Alexandra. Ella jamás lo consentiría.

–          Tu relación con ella…  ¿Ha sido solo de vista o le has hablado? ¿Le has confesado tu amor?

Marco Aurelio confiesa:

–           La vi por primera vez en el estanque. Después me la encontré en dos ocasiones. La víspera del día que anuncié mi partida, me encontré con ella en la cena. Pero no le pude decir ni una palabra, porque Publio estuvo hablando de su estancia en Asia con Poncio Pilatos, para reforzar la pacificación de los judíos.

Luego la volví a encontrar en el puentecillo que une el estanque con el jardín… Llevaba en la mano una caña de pescar. ¡Por Pólux!…Te juro que las rodillas no me templaron tanto, cuando las legiones de partos cayeron como nubes sobre nosotros, lanzando terribles aullidos de guerra.

Pero en la cisterna me estremecí de tal forma, que pensé que no podría sostenerme en pie…Y entonces, más confundido que un adolescente, hice lo más tonto de mi vida: me sentí tan turbado… Tanto, que lo único que pude hacer fue implorarle compasión con los ojos, porque me fue imposible decir una sola palabra.

¡Me quedé mudo! ¿Puedes creerlo?…

Petronio le contempló casi con envidia y exclamó:

–           Aunque el mundo y la existencia fueran peores de lo que son ¡Eres dichoso! Pues tienes algo muy bueno: ¡La juventud y el amor!- después de un breve silencio, preguntó.- ¿Y no le hablaste?

–           Cuando logré recuperarme un poco y pude dominar mis emociones, le dije que había regresado del Asia. Que me había dislocado un brazo y había sufrido cruelmente; pero que en el instante de abandonar tan hospitalaria casa, comprendía que el sufrimiento en ella era más deseable, que el placer en otro lugar. Que la enfermedad allí, era preferible a la salud en otra parte.

Confusa, ella a su vez me escuchaba con la cabeza inclinada, mientras que trazaba algo en la arena con la caña de pescar. Después levantó la cara, me miró y enseguida volvió a observar las líneas trazadas en el suelo. Luego volvió a mirarme a los ojos con una mirada interrogante, que no supe cómo interpretar.

Por último huyó de repente, como una ninfa que estuviese delante de un fauno estúpido.

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Petronio detuvo el paseo y después de una pausa, dijo:

–           Deben ser muy bellos sus ojos.

Marco Aurelio respondió lacónico:

–          Tienen una mirada profunda y misteriosa como el océano. – un suspiro profundo y agregó- Y como en el mar, me he ahogado en ellos. Créeme Petronio. Enseguida vino el pequeño Publio y me hizo una pregunta. Pero no entiendo por qué, ya no lo oí y menos lo entendí.

Petronio exclamó:

–           ¡Oh, Minerva! Arranca de los ojos de este hombre la venda que Eros ha puesto sobre ellos. Si no, se romperá la cabeza contra las columnas del templo de Venus. – Luego preguntó con interés- Dime Marco Aurelio, ¿Qué fue lo que ella trazó en la arena?

–           Un pescado.

–           ¡¿Qué dijiste?!

–           Lo que oyes. Un pescado. Así:

Uniendo la acción a la palabra, Marco Aurelio lo dibuja a su vez con el dedo, sobre la tierra del jardín donde pasean.

Y luego pregunta:

–           ¿Sabes lo que significa este emblema?

Petronio contestó perplejo:

–          ¿Yo?… ¡Oh, no! Pregúntale a Plinio. Él sabe de pescados, pues le fascina la naturaleza y está escribiendo un tratado sobre eso. Creo que ya es hora de irnos.

Petronio ha mirado que el mayordomo viene hacia ellos y anuncia que el cisio per volare (Carro ligero tirado por un caballo) los espera…

Y Petronio ordena que los lleven a la casa de Publio Quintiliano.

Cuando llegaron a ésta, un joven y fornido portero los recibió y fue a llamar al tribuno. Mientras esperan, un loro encerrado en una jaula les dio una chillona bienvenida, gritando la palabra ‘¡Salve!’.

En el camino al atrium, Marco Aurelio dijo:

–           ¿Has notado que el portero de esta casa no lleva grilletes?

Petronio, mirando a su alrededor con asombro, contestó:

–          Esta es una casa admirable.

Los rayos de sol penetran por el lucernario y se rompen en una miríada de destellos sobre el impluvium (fuente con estatuas) que se encuentra en el centro de una plazoleta rodeada de columnas muy altas, que recibe la lluvia que penetra desde lo alto cuando hace mal tiempo y en cuyo estanque hay una gran cantidad de lirios y anémonas.

Es evidente que los dueños de esta casa sienten una preferencia por los lirios pues hay grandes grupos blancos, rojos y gladiolos azules, cuyas hojas están salpicadas por las gotas de la fuente. Entre el húmedo musgo hay macizos de violetas de diferentes colores y en medio se alzan pequeñas estatuas de bronce que representan niños, delfines y aves acuáticas.

En un extremo, un cervatillo está inclinado como para beber. El pavimento es de mármol gris y rosado. Los muros de mármol rojo y en parte de madera, sobre los cuales hay pinturas de mosaico con aves, peces y escenas familiares, de bellos colores y armoniosos contrastes que atraen la vista y reflejan la hermosura de la naturaleza.

También hay muchos adornos de carey y de marfil. Y a pesar de que no hay derroche, ni ostentación; es una casa hermosa, elegante y extrañamente acogedora; con una atmósfera de paz realmente invitadora.

Y Petronio que vive en una forma mucho más lujosa, se sorprende de que en aquella aparente austeridad, no haya nada que menoscabe su elegante y refinado gusto.

El portero regresó y los llevó al tablinum (sala de recibo) desde el cual pudieron observar por una ventana en el primer peristilo, a una niña que alimentaba las palomas.

Luego oyeron los pasos que se acercaban  y vieron a Publio que venía hacia ellos.

Es un hombre con la cabeza completamente blanca y un rostro sin arrugas todavía joven y enérgico, un tanto serio. Sus ojos tienen una mirada inteligente, que en este momento llenan su semblante con una expresión mezcla tanto de asombro, como de un velado recelo a causa de la inesperada visita del compañero, amigo y consejero de Nerón.

Petronio es demasiado perspicaz para no darse cuenta de ello.

Y por eso, después de las primeras frases de saludo; se apresura a aclarar con toda desenvoltura:

–          El único móvil de nuestra visita, estimado general; es agradecerte los cuidados que prodigaste en esta casa a mi querido sobrino Marco Aurelio.

Publio, respira profundamente y declara con evidente alivio:

–          Tú siempre serás un huésped bienvenido. Fue una alegría ayudar a Marco Aurelio en tan penoso trance y en cuanto a gratitud, yo también me alegro por la oportunidad que me brindas, para manifestarte a mi vez mi profundo agradecimiento; aunque estoy seguro de que tú ni siquiera adivinarías la causa…

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Petronio lo mira a su vez completamente sorprendido, pues está verdaderamente perplejo y no tiene la menor idea de lo que habla Publio. No recuerda haberle prestado ni el más mínimo servicio, aun ni siquiera involuntariamente.

Publio sonrió y le dijo:

–            Era yo un tribuno muy joven, cuando me enviaron a Palestina con Poncio Pilatos. En Tiberiades te ví y te ganaste mi respeto y mi admiración, por la forma como manejaste el asunto de las estatuas de Calígula en el Templo de Jerusalén.

Petronio abrió asombrado sus grandes ojos gris acero. Y como un relámpago llegó una avalancha de recuerdos…    Suspiró y dijo:

–           ¿Tú estabas allí?

Publio confirmó:

–            Estuve ahí. Comandaba una legión para Pilatos. Además, quiero mucho a mi amigo Vespasiano, cuya vida salvaste cuando tuvo la desgracia de dormirse mientras escuchaba los versos de Nerón.

Petronio soltó una sonora carcajada y luego dijo:

–           Ese incidente estuvo a punto de tener un desenlace fatal. Barba de Bronce había decidido enviarle un centurión portador de una orden para que se abriera las venas.

Publio hizo eco de la risa y luego contestó:

–           Lo sé, conozco bien al César y sé que ese descuido de Tito, pudo haberle costado la vida. Pero tú le hiciste desistir de su empeño, haciendo mofa del asunto. Vespasiano me lo relató: dijiste a Nerón que si Orfeo hacía dormir con su canto a las bestias feroces, el triunfo suyo era igual puesto que había logrado adormecer a Vespasiano.

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Petronio contestó reflexivo:

–           A Enobarbo puede censurársele a condición de que a una ligera crítica, se le agregue una gran lisonja. Nuestra graciosa augusta Popea, sabe hacer esto a la perfección.

–           ¡A qué tiempos hemos llegado! Estamos gobernados por un bufón.

Esta sinceridad le dio la medida a Petronio, del respeto que Publio le manifestaba al no considerarlo un delator y por lo mismo era posible hablar con él en la más absoluta seguridad.

Aun así, consideró conveniente cambiar de tema:

–          Tienes una casa muy hermosa. Y aunque aquí también se observa que mantienes tu austeridad militar, la has decorado con elegancia y buen gusto. – y empezó a elogiar los detalles que preponderaban en ella.

El general replicó:

–          Es una domus ancestral en la que no se ha hecho ningún cambio desde que la heredé.

Al oír unas risas juveniles que llegan hasta el atrium, Publio ve la expresión inquisitiva en el rostro de Petronio y dice:

–           Son  mis hijos que están jugando con la pelota. Venid. Os presentaré a mi familia.

Y conversando animadamente, recorren toda la casa hasta llegar al jardín que está bordeado de altísimos árboles que forman un bosquecillo en tres de sus lados.

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Hay también un arroyuelo cuyas orillas están bordeadas por setos de flores diversas;  que desemboca en una hermosa fuente y luego en un pequeño lago de agua cristalina con peces de colores, variadas especies de aves y bordeado por juncos.

En medio del parque, una docena de alegres adolescentes, juegan con una pelota que se lanzan unos a otros.

Cuando ellos llegan, un niño se separa del grupo y corre a saludar a Marco Aurelio con entusiasmo. Como hijo de militar, admira las hazañas de su padre y le encantan las anécdotas del joven tribuno y de su estancia en Armenia.

Pero éste mira absorto a una de las jóvenes que están allí y la saluda con una inclinación de cabeza y casi sin prestar atención a las palabras del niño.

A Petronio, esto no le pasa desapercibido y  le dirige una mirada rápida a una doncella que está de pie, con una pelota en la mano y el cabello negro en completo desorden; anhelante por la agitación del juego y con las mejillas arreboladas.

En el triclinium del jardín, que está en un quiosco sombreado por una vid y madreselvas con hiedras alrededor de las columnas, está sentada Fabiola y se acercan a saludarla.

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Petronio la conoce porque la ha visto en casa de Séneca y la admira por su bello semblante, dulce y apacible; por la dignidad y la elegancia de su porte y sus ademanes y palabras, siempre suaves y pausadas. Sin saber por qué, ella lo perturba a tal grado, que este hombre corrompido, despreocupado y cínico; en presencia de Fabiola no solo se siente inclinado a estimarla, sino que le trastorna el dominio de sí mismo, que es su cualidad más sobresaliente.

Y esto es lo más incomprensible para Petronio.  Ahora, al agradecerle las atenciones que ha prodigado a Marco Aurelio la llama ‘domina’ (señora) cosa que jamás haría con ninguna otra de las mujeres de la alta sociedad que frecuenta.

Después del intercambio de saludos, Petronio preguntó:

–                Muy raramente se te ve. Ni siquiera en el circo o el anfiteatro. ¿Tampoco visitas ya la casa de Séneca?

Ella pone cariñosamente la mano sobre la de su esposo y contesta:

–           Estamos llegando a viejos y ambos de día en día, nos apegamos más a nuestro reposo doméstico.

Publio agregó:

–           Y cada día nos sentimos más extranjeros en un pueblo que da nombres griegos a nuestras divinidades romanas.

Petronio replica con aire negligente:

–          Desde hace algún tiempo, los dioses han llegado a convertirse en meras figuras de retórica. – Y mirando significativamente a Fabiola, agregó- Cierto es que se envejece rápidamente. Pero hay personas tan privilegiadas que en sus rostros pareciera que Saturno los hubiera relegado al olvido.

Petronio dijo estas palabras con sinceridad; porque Fabiola, aunque es mayor que él; conserva todavía una frescura juvenil en sus facciones delicadas.

Mientras tanto Publio se ha alejado para llamar a los jóvenes.

Todos acuden y son presentados a sus visitantes.

Luego el general les dice amoroso:

–           Vamos hijos míos. Vuelvan a lo que estaban haciendo.

Ellos se retiran; menos Margarita la mayor, que se dirige al interior de la casa, para traer agua fresca y frutas.

Entonces el pequeño Publio que se ha hecho gran amigo de Marco Aurelio, se aproxima al joven tribuno y le pide que juegue con ellos; él se levanta y lo sigue, para integrarse al equipo.

Alexandra también entró en el triclinium detrás de Paulina, la más pequeña de toda la familia. Y bajo la enredadera llena de flores, con los destellos de luz que iluminan su rostro y su figura, a Petronio le parece mucho más hermosa que a primera vista.

Y comprendió porqué su sobrino está locamente enamorado de tan primaveral belleza.

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Como hasta ese momento no le había hablado; se levantó, inclinó ante ella la cabeza y en vez de dirigirle las usuales palabras de cortesía, pronunció éstas que fueron con las que Ulises saludara a Nausica:

–           Te suplico ¡Oh, reina! ¡Que me digas si eres diosa o mortal! Y si eres una de las hijas de los hombres que en la tierra moran, sean tres veces bendecidos tu padre y tu madre.

La exquisita cortesía de este hombre de mundo, es grata aún a la misma Fabiola. En cuanto a Alexandra, se ruborizó intensamente y quedó confundida por un instante, sin atreverse a levantar la mirada. Pero de pronto una sutil sonrisa asomó a sus labios y su rostro delató la lucha entre la timidez y el deseo de dar una respuesta.

Triunfó éste último y mirando a Petronio con sus bellísimos ojos de color verde-azul, que destellan con una aguda inteligencia; le contestó con las mismas palabras de Nausica, repitiéndolas de un tirón y con una entonación encantadora:

–           Extranjero, no pareces ni hombre avieso, ni de juicio escaso.- Se dio la vuelta de repente y corrió veloz como una gacela.

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Esta vez fue Petronio el que quedó totalmente asombrado, pues no esperaba escuchar versos de Homero en los labios de la doncella. Se volvió con una mirada interrogante a Fabiola.

Pero ésta miraba sonriente a su esposo, en cuyo rostro había una expresión de orgullo, que le fue imposible ocultar.

Su satisfacción era inmensa. Primero porque amaba muchísimo a Alexandra, con un afecto paternal. Y segundo, porque dominar el griego era la cumbre del pulimento social. Y el que la joven respondiera en este idioma a este hombre de tan exquisita cultura, tanto en las letras como en sus modales, le hizo sentir muy complacido.

Y Publio replicó con sencillez:

–           Tenemos en casa un pedagogo griego que da lecciones a nuestros hijos.

Petronio miró a través de las ramas de la madreselva al grupo que estaba jugando…

Marco Aurelio se había quitado la toga, quedando solo con la túnica y le lanzaba la pelota a Alexandra.

Petronio la observó detenidamente y aquilató sus dones…

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Es bella como la aurora. No hay nada de vulgar en aquella criatura: su piel es tersa y muy blanca. Sus mejillas sonrosadas y sus labios tan perfectamente dibujados, que parecen reclamar un beso… El incomparable color de sus ojos, su frente lisa y alta, la nariz perfecta.

Su abundante cabellera negra y ondulada; aún despeinada, es un gran marco  para  su rostro perfecto y su cuello es largo sobre su talle flexible. Su alta figura, grácil como una palmera y fascinante como la estatua de una diosa griega; tiene toda la frescura y el esplendor de las flores recién abiertas.

Él aprecia todas estas perfecciones con ojos expertos. Y como adorador de la belleza, vio en aquella virgen incomparable, todos los dones de Afrodita.

Y algo más misterioso, aumenta el encanto de aquella criatura: un alma radiante que destella a través de su cuerpo de rosa en plenitud, como la llama a través del cristal de una lámpara.

–           Marco Aurelio tiene razón.-pensó- Todo lo vale por obtenerla.

Y entonces volviéndose hacia Fabiola y señalando hacia el jardín, dijo:

–          Comprendo ahora domina, porqué tú y tu marido prefieren esta casa al circo y a las fiestas del Palatino.

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Fabiola contestó sonriente, mirando con amor hacia donde juegan los jóvenes:

–           Sí. -Este es el mundo que yo amo.

El viejo general comenzó a contar la historia de cómo la familia del rey Vardanes I, había perdido su patria y había llegado finalmente hasta él. Sus seis miembros, con el transcurso del tiempo, se integraron a sus propios hijos y ya no había ninguna diferencia para los amos de la casa.

Los amaban por igual y todos eran parte de su hogar. Dos ya se habían casado y habían formado su propia familia, al igual que tres de sus propios hijos. Quedaban solamente los que estaban en edad casadera y los dos más pequeños: Publio de diez años y Paulina de ocho.

En el jardín, tres jugadores decidieron terminar el juego y se dirigieron hacia el lago; paseando por los senderos  a cuya vera está una muralla de mirtos y cipreses.

Alexandra lleva de la mano a Paulina y los tres se sientan en una banca cercana al estanque. Luego llega el pequeño Publio y los dos niños se ponen a jugar con los peces de colores que nadan en el agua transparente.

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Marco Aurelio aprovecha la inesperada privacidad y en voz baja, temblorosa y suave, dice a Alexandra:

–           Sí. Apenas dejé la pretexta (vestidura talar adornada en su parte inferior con una tira púrpura, que llevan en Roma los jóvenes nobles de ambos sexos hasta la edad de diecisiete años) cuando fui enviado a las legiones de Asia. Y con los entrenamientos y la vida complicada por los rebeldes, no hubo mucho tiempo para profundizar en frivolidades.  Sé de memoria un poco de Anacreonte y de Horacio, pero no puedo como Petronio, repetir versos.

Cuando la inteligencia está obnubilada por la admiración, es incapaz de encontrar siquiera las palabras precisas para expresar los sentimientos…

Cuando era niño aprendí que la felicidad consiste en desear y alcanzar lo que los dioses desean y que por lo mismo, ello depende de nuestra voluntad. Creo sin embargo que existe algo mejor que eso. Algo más precioso y de mayor magnitud, que no está subordinado a la voluntad. Que brota desde lo más profundo del corazón, algo que solo el amor puede conquistar. Los dioses mismos persiguen esa felicidad y es algo que yo también anhelo fervientemente.

¡Oh, Alexandra! Hasta hoy yo no había conocido el amor. Y también yo trato de alcanzar lo que ha de darme la verdadera felicidad…

Marco Aurelio calla.

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Por unos momentos solo se escucha el ruido del viento que ulula suave entre los árboles, el canto de las aves y las piedrecillas que los niños arrojan al lago.

Después de un rato, Marco Aurelio dice con voz aún más baja y contenida:

–           Pero tú conoces a Tito, el hijo de Vespasiano ¿Verdad? Dicen que era muy joven cuando se enamoró de Berenice de tal forma que se sentía morir. También yo podría amar así… ¡Oh, Alexandra!

¡La fortuna, la gloria, el poder, son tan solo humo y vanidad! Porque, ¿Quién podría experimentar deleite mayor o mayor felicidad que la del instante en que se puede estrechar contra el pecho y sentir el latido del corazón del ser amado? ¿O beber de sus labios el aliento perfumado, que es más necesario que el aire que da la vida?

Por eso el amor nos hace iguales a los dioses. ¡Oh, Alexandra!…- y su voz se desvanece en un suspiro anhelante y la mira con sus ojos torturados e interrogantes.

Ella lo ha escuchado con asombro y cierta alarma. Al mismo tiempo el sonido de sus palabras, ha sido como una arrobadora armonía que Marco Aurelio ha estado entonando con un canto maravilloso que se infiltraba a través de sus oídos, estremeciendo todo su ser; corriendo por toda su sangre y agitando su corazón en un loco golpeteo que la hace sentir al mismo  tiempo, desmayo y temor.

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Es un maravilloso deleite apenas comprensible y que no había experimentado jamás. Le parece que Marco Aurelio le está cantando algo que también existe dentro de ella, pero que no comprende totalmente y al darse cuenta de lo que está despertando en su alma; que como un nebuloso ensueño se le presenta con formas más definidas y maravillosamente encantadoras, la cautiva y la hace estremecer.

El hermoso crepúsculo del atardecer tiñe de rojo el horizonte. Y con los últimos rayos del sol que iluminan todo a su alrededor, el tiempo parece haberse detenido…

Alexandra levanta hacia Marco Aurelio, su bello rostro fascinado. Y él se inclina hacia ella y la mira con una súplica silenciosa.

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Ella lo contempla su vez, a través de los reflejos de la tarde y le parece el más perfecto de los hombres. Es más bello que todos los dioses griegos o romanos, cuyas estatuas ha visto en las fachadas de los templos.

Marco Aurelio le oprime ligeramente el brazo. Con los dedos alrededor y más arriba de  la muñeca…

Ansioso, le pregunta:

–           ¿No adivinas lo que te estoy diciendo Alexandra?…

Ella contesta con un murmullo que él apenas alcanza a oír:

–           No.

Marco Aurelio toma la mano de la joven e iba a ponerla sobre su corazón, el cual bajo la influencia de los deseos despertados por aquella doncella de hermosura inigualable, palpita fuertemente como el golpeteo de un martillo.

Y un torrente de frases llenas de fuego para expresarle su apasionado amor, es detenido en ese instante…

Cuando Publio Quintiliano aparece de repente y dice:

–           Se está poniendo el sol. No hay que jugar con Proserpina. (La muerte)

     Y el encanto quedó roto…

–           ¿No tienes frío?

–           No.-contestó Marco Aurelio- Por eso no me he puesto la toga.

Publio dice, señalando hacia el firmamento:

–          Pero mirad… Apenas si se ve ahora la mitad el disco solar tras la colina. Esto me recuerda el suave clima de Sicilia, donde las gentes se reúnen en la plaza al atardecer y se despiden del agonizante Febo con un canto coral.

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Y olvidando que hasta hace un momento, acaba de ponerlos en guardia contra Proserpina; sigue hablando de Sicilia, donde posee extensas propiedades; con campos cultivados por los que siente un gran apego.

Concluye diciendo:

–           Estoy pensando en trasladarme a vivir allá. Para terminar apaciblemente mis días, disfrutando con toda mi familia de la belleza espectacular del paisaje, el mar y la isla.

Marco Aurelio le pregunta súbitamente alarmado:

–           ¿Pronto dejarás Roma?

–          Sí. Desde hace mucho tiempo quiero hacerlo, porque en Sicilia está uno más tranquilo y más seguro. –y de nuevo empezó a elogiar, añorando sus ganados, huertos y hortalizas; sus colmenas y su villa junto al mar con sus bellos jardines, oculta entre el verde de las colinas…

Pero Marco Aurelio ya no le presta la menor atención. Un solo pensamiento le domina y lo tiene aterrorizado: ¡Puede perder a Alexandra! Y con solo imaginarlo, se siente morir. Voltea su rostro hacia donde está su tío. Dirige miradas llenas de ansiedad y de angustia a Petronio, implorándole en silencio una ayuda urgente.

Petronio mientras tanto, sentado cerca de Fabiola; mira alternativamente el espectáculo de la puesta de sol, los jóvenes que juegan y el pequeño grupo que está junto al estanque.

En el firmamento, las postreras luces del atardecer; dan reflejos áureos, purpúreos y violetas, cambiantes como un ópalo.

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Las siluetas oscuras de los cipreses se van haciendo más pronunciadas cada vez. En las personas, en los árboles, en toda la atmósfera del jardín, hay ahora una dulce calma vespertina.

El augustano se siente impresionado por la paz que reina en esta casa y por algo que sus habitantes irradian y que no sabe cómo definir. Con gran asombro, piensa que podría existir una belleza cuya emanación misteriosa, no había conocido hasta entonces. Y sin poder contenerse dice a Fabiola:

–           Estoy considerando cuán diferente es este mundo vuestro, del mundo que gobierna nuestro Nerón. Hasta el aire que se respira aquí, es diferente.

Ella alzó su bello semblante y contestó con suavidad:

–           No Nerón, sino Dios; es quién gobierna al mundo.

–           ¡Oh! Pero entonces… ¿Tú si crees en los dioses, Fabiola?

–           Creo en Dios. QUE ES UNO, BUENO, SANTO Y TODOPODEROSO.Y desviando la conversación, empieza a hablar de los goces que representa el tener una familia unida y regida por el amor.

Más tarde…

Cuando se encuentran de nuevo en el cisio para el regreso, los dos conversan sobre lo sucedido.

Petronio dice a su sobrino:

–           Ella cree en Dios, que es Uno, Todopoderoso y Justo. –aspira profundamente y agrega con impotencia- Yo me considero en dialéctica, igual que Sócrates. Y en cuanto a las mujeres ¡Es imposible entenderlas! Yo deseaba hablar con ella y con Publio de otro asunto… –Petronio está realmente enojado- ¡Por Zeus! Si les hubiera manifestado abiertamente cuál era el objeto de nuestra visita, estoy seguro de que su virtud hubiera armado un escándalo.

¡Y no me atreví a decírselo! ¿Puedes creerlo? ¡No me atreví, Marco Aurelio! Temí un estallido que hiciera un fiasco con nuestras intenciones. Pero debo hacerte el cumplido elogio de tu elección. Ella es una verdadera manifestación de Venus y realmente no me sorprende tu anhelo. Pero debes saber que te has enamorado de un imposible, porque tanto Fabiola como Publio, te destrozarán antes que dártela.

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Sigue un largo silencio, en el que Marco Aurelio se queda con la cabeza inclinada. Y en su mente recuerda la imagen de la doncella amada…

Luego dice apasionado:

–           La deseo ahora, mucho más que nunca. Cuando la tomé del brazo me sentí envuelto en llamas. Es necesario que sea mía. Si yo fuera Júpiter, caería sobre ella convertido en lluvia, como lo hizo con Dánae. ¡Y la besaría en los labios hasta que éstos le dolieran!

¡Cómo quisiera hacerla gemir de pasión entre mis brazos, hasta hacerla desfallecer de amor y tenerla aprisionada contra mi pecho sin soltarla jamás! No podré dormir esta noche ¡Oh! ¡Cómo quisiera hacer desaparecer a Publio y a Fabiola!…

–           ¡Tranquilízate! No has de manifestar tus anhelos como una bestia.

–           ¡Yo quiero que Alexandra sea mía! Te busqué para que me ayudes. Publio la ama  como a una hija ¿Cómo podría yo considerarla como una esclava? Y sin embargo, si no hay otro remedio…  ¡Me casaré con ella!

Petronio lo reprende con ímpetu:

–           ¡Cálmate! ¡Insensato descendiente de cónsules! No traemos a los bárbaros atados detrás de nuestros carros de victoria, para hacer de sus hijas nuestras esposas. Aunque sea la hija de un rey, no olvides que los de su dinastía fueron rehenes de Augusto. No exageres. Agota primero los medios naturales. Dame tiempo para poder hacer lo necesario y lograr nuestro objetivo.

También Silvia me pareció en algún tiempo hija de Venus y sin embargo, no me casé con ella; de la misma forma que Nerón no se casó con Actea, aunque fuera la hija del rey Átalo. ¡Relájate! Piensa que si Alexandra por amor a ti, desea abandonar a Publio, éste no tendrá derecho alguno para retenerla. Además, no solo eres tú el que está ardiendo en el fuego del amor. Eros ha encendido también en ella la amorosa llama.

Yo he visto eso y harás bien en creerme. Ten paciencia, siempre hay una forma para realizar las cosas.  Pero hoy he pensado demasiado y me siento fatigado. Mañana me preocuparé por tu amor y te prometo que descubriré el medio más conveniente para que Alexandra esté contigo.

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Los dos quedan silenciosos y pensativos por largo rato. Mientras avanzan despacio por las hermosas avenidas de Roma, hacia la casa de Petronio.

Solo se escucha el golpeteo de los cascos del caballo sobre el pavimento. Y solo cuando falta poco para llegar, Petronio dice con aire reflexivo:

–           Me parece que ya tengo un plan y es infalible…

Marco Aurelio se sobresalta y se le enciende una luz de esperanza en su mirada.

Y al punto  dice con anhelo:

–           ¡Oh! Te escucho hombre sabio… ¡Y que los dioses sean pródigos contigo!

Con firme decisión, Petronio declara:

–           Pues bien. Dentro de pocos días tu divina Alexandra compartirá contigo en tu casa, el grano de Deméter. Pero primero tengo que hacer algo…

–           ¡Ay Petronio! ¡Te lo voy a agradecer toda la vida! –replicó Marco Aurelio lleno de entusiasmo.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

6.- ARBITER ELEGANTIARUM


En una villa ancestral  que en su mayor parte está orientada hacia el sur. Hay un pabellón apartado que está rodeado por un patio al que dan sombra muchas palmeras; varios robles, sauces llorones, cedros, fresnos  y cuatro plátanos. En el centro, una fuente derrama su agua en una pila de mármol y salpica suavemente los plátanos que la rodean y las plantas que éstos cobijan. En este pabellón está ubicado un dormitorio que no permite entrar la luz del día, ni escuchar el ruido. A un lado está el triclinium (comedor)

Existe también una habitación sombreada por el verdor del plátano más cercano, decorada con  una espléndida pintura que representa a unos pájaros posados sobre las ramas de unos árboles. Aquí se encuentra una pequeña fuente con una pila rodeada por unos surtidores que emiten un susurro muy agradable.

Es el refugio de un escritor. Y sobre la mesa de trabajo se puede ver un fragmento de su última obra literaria, en la que está desarrollando su talento. Al acercarse se puede leer: “La Cena de Trimalción…”  El autor trabaja en ella por las mañanas, cuando se lo permiten las fiestas de Nerón…

Ahora, después del banquete de la víspera que se prolongó más de lo acostumbrado; Tito Petronio se levantó tarde sintiéndose sumamente  fastidiado…

En  su travesía por los baños recuperó su ingenio y complacido, se sintió rejuvenecer. Rebosante de vida, de energía y de fuerza; cuando estaba sumergido en el agua tibia, le avisaron que su sobrino Marco Aurelio acaba de llegar a visitarlo.

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Petronio ordena que lo conduzcan al jardín adyacente para conversar plácidamente y sale del agua poniéndose una bata de lino suave.

Marco Aurelio es hijo su hermano Publio, el mayor y más querido. Y ha estado sirviendo bajo las órdenes de Corbulón en la guerra contra los partos. Es su sobrino predilecto. Un hombre íntegro; que ha heredado de su tío el gusto por el placer, el arte, la belleza y la estética; cualidades que Petronio valora sobre todo lo demás. No por nada le han apodado el “Árbitro de la Elegancia.”

Toma una manzana del platón que está en la mesa más cercana y está a punto de morderla, cuando entró un joven con pasos largos y flexibles exclamando:

–                 ¡Salve Petronio! Que te sean propicios todos los dioses.

Petronio sonríe y contesta:

–          ¡Salve Marco Aurelio! Te doy la bienvenida a Roma. Espero que disfrutes de un  merecido descanso después de las fatigas de la guerra. ¿Qué noticias traes de Armenia?

Mientras el joven se sienta en una banca a su lado, exclama con cierto fastidio:

–           De no ser por Corbulón, esta guerra sería un desastre.

–           ¡Es un verdadero Marte! ¿Sabes que Nerón le teme?

Marco Aurelio lo mira sorprendido y pregunta:

–           ¿Por qué?

–           Porque si quisiera, podría encabezar una revuelta.

–           Corbulón no es ambicioso hasta ese grado.

Petronio sentencia:

–          Si quitáramos la ambición y la vanidad ¿Dónde quedarían los héroes y los patriotas?

–           Lo conozco bien y sé que no debéis temer nada de él. Hablas como Séneca.

–          Se puede apreciar el carácter de un hombre en la forma como recibe la alabanza. Y tienes razón. Séneca es un maestro al que hay muchas cosas que aprenderle. Es uno de los pocos hombres que respeto y admiro.

Petronio cerró los ojos y Marco Aurelio se fijó en el semblante un tanto demacrado de su tío y cambiando el tema, le preguntó por su salud.

El augustano hizo un mohín, antes de replicar:

–           ¿Salud? No lo sé. Mi salud no está como yo quisiera. Trato de ser fuerte y aparento estar perfectamente. Pero empiezo a sentir un cierto cansancio que… Considerando las circunstancias, creo que estoy bien. ¿Y tú cómo estás?

–           Las flechas de los partos respetaron mi cuerpo, pero… un dardo de amor acaba de  herirme y ha acabado con mi tranquilidad. Estoy aquí para pedirte un consejo.

Petronio lo miró sorprendido y dijo:

–         Te puedes casar o quedarte soltero. Pero te aseguro que te arrepentirás de las dos cosas.- luego lo invitó – Vamos a sumergirnos en el agua tibia y me sigues platicando. ¿Qué te parece?

Marco Aurelio aceptó encantado:

–           Vamos.

Los dos regresan al frigidarium.  Marco Aurelio se desnuda y Petronio contempla el cuerpo vigoroso de su sobrino. Le recuerda las estatuas de Hércules que adornan el camino al Palatino. Es un atleta pleno de vigor juvenil. Y en el armonioso rostro que completa la apolínea belleza masculina, hay un gesto de sufrimiento reprimido. El joven se lanza al agua, salpicando el mosaico que representa a Perseo liberando a Andrómeda.

Petronio admira todo esto con los ojos regocijados del artista embelesado con la auténtica belleza…

Y después de lanzarse al agua, dice:

–          En la actualidad hay demasiados poetas. Es una manía de los tiempos que vivimos. El césar escribe versos y por eso todos lo imitan. Lo único que no está permitido es escribir mejores versos que él… Hace poco hubo un certamen y Nerón leyó una poesía dedicada a las transformaciones de Niobe. Los aplausos de la multitud cubrieron la voz de Nerón; pero en aquellas muestras de forzado entusiasmo faltaba el acento de la espontaneidad que nace del corazón.

Luego Lucano declamó otra, celebrando el descenso a los infiernos de Orfeo. Cuando se presentó, el respeto y el temor contenían a los oyentes… Más por uno de esos triunfos del arte que parecen milagrosos, el poeta logró suspender los ánimos; los arrebató y consiguió que se olvidaran de sí y del emperador. Y le decretaron unánimes el laurel de la gloria y el codiciado premio. ¿Te imaginas lo que sucedió después?…

Imposible que Nerón consintiese un genio superior a su inspiración. Se salió despechado del certamen y prohibió a Lucano que volviese a leer en público sus versos. Por eso yo escribo en prosa.

–          ¿Para ti no ambicionas la gloria?

–           A nadie ha hecho rico el cultivo del ingenio.

–           ¿Qué estás escribiendo ahora?

–          Una novela de costumbres: las correrías de Encolpio y sus amigos Ascilto y Gitón.  Ya casi la termino. Estoy en el convite ridículo de un nuevo rico. Lo he titulado “La Cena de Trimalción”

–           ¿El libro?

–          No. El capítulo. El libro es una sorpresa. Espera un poco… – se queda pensativo un momento. Y luego añade- Enobarbo ama el canto. En particular el suyo propio. Dime ¿Tú no haces versos?

Marco Aurelio lo mira sorprendido… y luego responde firme:

–           No. Jamás he compuesto ni un hexámetro.

–           ¿Y no tocas el laúd, ni cantas? – insiste Petronio.

–           No. Me gusta oír a los que sí saben hacerlo.

–           ¿Sabes conducir una cuadriga?

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–           Lo intenté una vez en Antioquia, pero fui un fracaso.

–          Entonces ya no debo preocuparme por ti. Y ¿A qué partido perteneces en el hipódromo?

–           A los azules; porque los únicos que me entusiasman son Porfirio y Scorpius.

–          Ahora sí ya estoy del todo tranquilo. Porque en la actualidad hacer cualquiera de estas cosas es muy peligroso. Tú eres un joven apuesto y tu único peligro es que Popea llegue a fijarse en ti. Pero no…  Esa mujer tiene demasiada experiencia y le interesan otras cosas. ¿Sabes que ese estúpido de Otón, su ex marido? ¿Todavía la ama con locura? Vaga por la España, borracho y descuidado en su persona.

–           Comprendo perfectamente su situación.- suspiró Marco Aurelio.

Petronio  movió la cabeza. Y siguieron conversando…

Cuando más tarde salieron del Thepidarium, dos bellas esclavas africanas, con sus perfectos cuerpos como si fueran de ébano, los esperan para ungirlos con sus esencias de Arabia…

Al terminar, otras dos doncellas griegas que parecen deidades, los vistieron.

Con movimientos expertos adaptaron los pliegues de sus togas. Marco Aurelio las contempló con admiración y exclamó:

–           ¡Por Júpiter! ¡Qué selecciones haces!

Petronio sentenció:

–           La belleza y la rareza fija el precio de las cosas. Prefiero la calidad óptima. Toda mi “familia” (Un amo con sus parientes  y sus esclavos) en Roma, ha sido seleccionada con el mismo criterio.

–           Cuerpos y caras más perfectos no posee ni siquiera el mismo Barba de Bronce.- alaba Marco Aurelio mientras aspira los aromas con deleite.

–           Tú eres mi pariente.- aceptó Petronio con cariño. Y agregó- Y yo no soy tan intolerante como Publio Quintiliano.

Marco Aurelio al escuchar este nombre se queda paralizado. Olvidó a las doncellas y preguntó:

–           ¿Por qué has recordado a Publio Quintiliano? ¿Sabías que al venir para acá una serpiente asustó a mi caballo y me derribó?  Pasé varios días en su villa fuera de la ciudad. Un esclavo suyo, el médico frigio Alejandro, me atendió. Precisamente de esto era de lo que quería hablarte.

–           ¿Por qué? ¿Acaso te has enamorado de Fabiola? En ese caso te compadezco. Ella es muy hermosa pero ya no es joven. ¡Y es virtuosa! Imposible imaginar peor combinación. ¡Brrr!.- Y Petronio hace un cómico gesto de horror.

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–           ¡De Fabiola, no! ¡Caramba!

–           ¿Entonces de quién?

–          Yo mismo no lo sé. Una vez al rayar el alba la vi bañándose en el estanque del jardín, con los primeros rayos del sol que parecían traspasar su cuerpo bellísimo. Te juro que es más hermosa que Venus Afrodita. Por un momento creí que iba a desvanecerse con la luz del amanecer… Y desde ese momento me enamoré de ella con locura.

–           Si era tan transparente, ¿No sería acaso un fantasma?

–          No me embromes Petronio. Te estoy abriendo mi corazón. Después volví a verla dos veces más. Y desde entonces ya no sé lo que es tranquilidad. Ya no me interesa nada de lo que Roma pueda ofrecerme. Ya no existen para mí otras mujeres… Ni vino, fiestas o diversiones. Me siento enfermo. Traté de indagar de mil maneras sutiles y creo que se llama Alexandra. No estoy muy seguro… Pero solo la quiero a ella.

No se aparta de mi mente un solo instante. Te lo digo con sinceridad Petronio, siento por ella un anhelo tan vehemente, que he perdido el apetito. En el día me atormenta la nostalgia y por las noches no puedo dormir. Y cuando consigo hacerlo, solo sueño con ella. Y así transcurre mi vida, con este torturante deseo…

Petronio lo mira con conmiseración… Y luego dice con determinación:

–           Si es una esclava, ¡Cómprala!

Marco Aurelio replica con desaliento:

–           No es una esclava.

–           ¿Es acaso alguna liberta perteneciente a la casa de Quintiliano?

–           No habiendo sido jamás esclava, tampoco puede ser liberta.

–           ¿Quién es entonces?

–          ¡No lo sé!… No pude averiguar mucho. Por favor escúchame. Es la hija de un rey, creo. –Y añade desesperado-  O algo por el estilo…

Petronio lo mira interrogante. Y cuestiona lentamente:

–           Estás despertando mi curiosidad, Marco Aurelio.

Su sobrino lo mira con impotencia y explica:

–          Hace tiempo el rey de Armenia invadió a los partos, mató a su rey y tomó como rehenes a su familia, a algunos principales de su nuevo territorio y los entregó a Roma. El gobernador no sabía qué hacer y el César los recibió junto con el botín de guerra que enviaron como regalo. Luego los entregó a Publio Quintiliano, ya que no pueden considerarse como cautivos y se desconoce el motivo que lo impulsó a entregarlos a él. Pero el tribuno los recibió muy bien. Y en esa casa en la que todos son  virtuosos, la doncella es igual a Fabiola.

–           ¿Y cómo estás tan enterado de todo esto?

–           Publio Quintiliano me lo refirió. Esto pasó hace quince años. Y también te digo que a mi regreso de Asia, pasé por  el templo de Delfos a fin de consultar a la sibila. Y Apolo se me apareció…  y me anunció que a influjos del amor, se operaría un cambio trascendental en mi existencia…

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–          ¿Y qué quieres hacer?

–          Quiero que Alexandra sea mía. Deseo sentirla entre mis brazos y estrecharla contra mi corazón. Deseo tenerla en mi casa hasta que mi cabeza sea tan blanca, como las nieves de la montaña. Deseo aspirar su aliento puro y extasiarme mirando sus ojos bellísimos. Si fuera una esclava, pagaría por ella lo que fuera. Pero ¡Ay de mí! No lo es…

–           No es una esclava pero pertenece a la familia de Quintiliano. ¿Por qué no le pides que te la ceda?

–           ¡Cómo si no los conocieras!…Tú sabes que Publio es muy diferente a las demás personas y en ese matrimonio, ambos la tratan como si fuera su verdadera hija.

Petronio se queda reflexivo, se toca la frente y luego dice con impotencia:

–           No sé qué decirte, Marco Aurelio mío. Conozco a Publio Quintiliano, quién aun cuando censura mi sistema de vida; en cierto modo me estima y me respeta más, pues sabe que no soy como la canalla de los íntimos de Enobarbo; exceptuando dos o tres como Séneca y Trhaseas… –levanta las manos con desconcierto y agrega- Si crees que algo puedo hacer acerca de este asunto, estoy a tus órdenes.

–           Creo que sí puedes…  Tienes influencia sobre Publio y además tu ingenio te ofrece inagotables recursos. ¡Si quisieras hacerte cargo de la situación y hablar con él!

–           Tienes una idea exagerada de mi ingenio y de mis recursos. Pero si no deseas más que eso, hablaré con Publio lo más pronto posible. Yo te avisaré…

–           Te estaré esperando.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

1.- LA PROFECÍA


Al rayar el alba de una fría mañana invernal, dos personas con ropajes oscuros caminan presurosas. Llegan a una plaza pavimentada con bruñida piedra, en la que señorea imponente una estatua del Amo del mundo: NERON. Alrededor hay extensas alamedas que se hunden en el bosque que sube hasta la montaña.

Atraviesan la plazoleta y siguen por un camino dividido al centro por balaustradas bajas, interrumpidas de trecho en trecho por pedestales con estatuas. A ambos lados del camino hay una sucesión de villas de recreo rodeadas por frondosos bosques de encinas, sicómoros, plantas resinosas y sombreadas por parras.

Los peatones tienen aceras pavimentadas con piedra rojiza. Se encuentran al paso un gran número de fuentes que lanzan continuamente sus abundantes chorros de agua, para refrescar el ambiente y calmar la sed de los viandantes. A unas tres millas se estrecha un poco la magnífica vía, donde se yergue majestuoso un arco del triunfo erigido por Augusto.

La luna llena es un magnífico y enorme disco que avanza hacia su ocaso e ilumina todo con sus suaves reflejos argentados. Los dos hombres continúan avanzando por la Vía Apia en dirección a la costa. Uno de ellos es un joven como de veinte años. El otro, un anciano de mediana estatura, de blanca cabellera y aspecto venerable que sostiene con firmeza su báculo.

amanecer

El firmamento por el oriente se ilumina con unos destellos de color esmeralda, que tienen en sus bordes unos reflejos azafranados… Poco a poco van surgiendo de entre las sombras de la noche los árboles con sus ramas desnudas y cubiertas de nieve; algunos con sus hojas plateadas que parecen de cristal por el hielo.

Luego emerge imponente el blanco mármol de las villas de recreo y los arcos de los acueductos que se extienden por la llanura a través de la campiña, hacia la ciudad. Mientras la aurora va iluminando con sus brillantes franjas de oro y rosa, que se reflejan en las gotas de rocío; en tanto que la niebla matinal se disipa y deja al descubierto un paisaje grandioso, en todo su magnífico esplendor.

El anciano cierra los ojos y suspira, mientras gruesas lágrimas se deslizan por sus mejillas. Recuerda lo sucedido en las últimas horas… otro suspiro mayor. Por espacio de treinta y tres años, después de la Muerte y Resurrección de su Maestro, no ha conocido el reposo. Báculo en mano ha ido por el mundo anunciando a los hombres el Evangelio. Ha agotado sus fuerzas en durísimas jornadas…

Y cuando la Iglesia empezaba a florecer… ¡ZAZ! Un hálito sangriento de cólera y de crimen la ha barrido de la faz de la tierra. Lo único que queda, son recuerdos de martirio y de muerte. El grano esparcido había producido ricos frutos… pero Satanás los ha aplastado.

MARTIRIO jean-leon-gerome-the-christian-martyrs_-last-prayer

Nerón gobierna el mundo poderoso como nunca, extendiendo su gloria sobre tierras y mares. Y aun cuando en Roma ya nadie cree que los cristianos han sido los autores del incendio, han sido declarados los enemigos de la humanidad y del Estado. Y el Edicto “QUE LOS CRISTIANOS NO EXISTAN” continúa contra ellos con todo su rigor y se extiende a todos los confines del imperio.

En el Palatino se sabe que los líderes de la Iglesia Cristiana siguen vivos, a pesar de los millares de cristianos que han sido sacrificados. Haloto y Sofonio Tigelino, los dos más crueles agentes de Nerón han resuelto apoderarse de ellos, porque esperan que con su muerte quede extirpada de raíz la odiada secta. Al barrio del Transtíber en el Janículo; han sido enviados varios destacamentos de pretorianos a registrar una a una, todas las casas.

Pedro no sabe qué hacer. Está lleno de incertidumbre y el miedo lo ha invadido. Se siente como si Dios lo hubiese abandonado. Su Rebaño ha sido dispersado y su obra parece destruida. Aquella Iglesia que antes del incendio estaba como un árbol exuberante en plena floración, ha sido reducida a polvo por el poder de Satanás. Y en medio de su soledad y de su amargura, Pedro extiende sus manos hacia el Cielo preguntando:

–         ¿Señor, que debo hacer? Soy un hombre cada vez más anciano y más débil. Y siento que ya no puedo seguir luchando contra este poder del Mal, que has permitido que gobierne y triunfe… – una oleada de dolor lo ahoga- Las ovejas que me ordenaste que apacentara ya casi se acaban. Tu Iglesia está a punto de ser aniquilada por completo. Y yo… ¿Qué quieres que haga ahora?

Esta última frase es un ronco sollozo que se convierte en un estremecimiento completo de su cuerpo, mientras el llanto brota incontenible.

Pero el cielo no responde. El Cielo está cerrado como un día lo estuvo para Jesús, en el Huerto de Getsemaní…

Y el apóstol vacila… ¡La Iglesia no debe perecer! La sangre de millares de inocentes ha empapado los cimientos de la capital del imperio más poderoso del mundo y ha dado testimonio de su fe y de su doctrina. Y él… ¿Está huyendo como un cobarde?…Esta tortura es más grande que cualquiera que hubiese conocido… Y las lágrimas fluyen más abundantes todavía…

El camino está casi desierto, a excepción de los pocos comerciantes que encuentran de vez en cuando y que se dirigen hacia la ciudad.

Cuando el sol se asoma sobre las colinas, de una manera insólita a Pedro le parece que en lugar de ascender hacia lo alto del firmamento, el disco solar descendiera de aquellas alturas, para dirigirse a su encuentro. El anciano se detiene y se pone una mano sobre la frente tratando de atisbar para distinguir mejor…

Y ante la sorpresa de David su joven acompañante, exclama:

–           Alguien viene hacia nosotros envuelto en los resplandores del sol.

El joven al principio no ve nada. Solo siente la brisa fresca de la mañana que mece ligeramente las hojas de los árboles. Y su sorpresa aumenta al ver que efectivamente, una alta figura se acerca…

AMANECER CREPÚSCULO

Mientras tanto el apóstol cae de rodillas, suelta su báculo y extiende los brazos hacia adelante, diciendo con el rostro radiante:

–            ¡Señor mío y Dios mío!…Domine ¿Quo vadis? ¿Señor a dónde vas?)

David, que también ha caído de rodillas, escucha una voz dulce y dolorida que dice:

–             Si tú abandonas a mi Pueblo, volveré a Roma para ser crucificado por segunda vez.

Pedro responde con vehemencia:

–            ¡OH NO, mi Señor! Por favor perdóname. Yo te amo y seguiré tus pasos. Dame fuerzas mi Jesús y dime que quieres que haga.

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Jesús le dice:

–             Nombra a Lino tu sucesor. La Iglesia NO morirá. Ya te dije que las puertas del Infierno no prevalecerán contra Ella.  Será atacada, oscurecida, hecha prisionera… Pero triunfará… En la persecución que tendrá lugar cuando sea adulta en la Era Satánica; cuando el Enemigo piense haber acabado con Ella… La Iglesia verá el ejemplo de la “Iglesia Niña” y dará mártires más gloriosos todavía…

Porque Satanás habrá refinado sus métodos de persecución haciéndolos más sutilmente diabólicos, pues estarán complementados con la más alta tecnología inventada por el hombre. Y aun así, te digo que mi Iglesia renacerá triunfante sobre todas las insidias, porque Yo he vencido a Satanás desde la Cruz. Y todo poder se me ha dado en el Cielo, en la Tierra y sobre el Infierno. Además, Mi Madre sigue pisando la cabeza de la Serpiente y Ella DEFENDERÁ y protegerá a sus hijos…

Cuando la Iglesia esté sola y herida, prisionera y crucificada; la Prueba será muy dura y dependerá del arrepentimiento de los hombres, el que sean mitigados los sufrimientos de la Gran Tribulación.  Porque cuando la locura humana y diabólica se hayan fundido; juntas desencadenarán un cataclismo sin paralelo…

Pero no siempre quien está en manos de sus enemigos es destruido por ellos. Queda solamente prisionero… ¡Felices los que sepan perseverar hasta el fin! Ha llegado la hora, Pedro mío… ¡Te estoy esperando!…

El apóstol yace postrado con el rostro en la tierra. Finalmente cuando se levanta, tiene en su cara una sonrisa radiante. Toma su báculo y se da la vuelta.

David al ver esto, como un eco repite:

–         Domine ¿Quo vadis?

Pedro contesta con una voz jubilosa:

–          A Roma. Volveremos a Roma…

Y regresan.

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Al día siguiente, el sol ilumina desde lo alto a tres jinetes que cruzan como una exhalación la plazoleta de Nerón desde la que parten diversos senderos que atraviesan el bosque y se dirigen a las más suntuosas quintas, pertenecientes a los patricios más ricos y prominentes de Roma. Palacios que rivalizan unos de otros en magnificencia y belleza.

El más señorial es una villa situada en la parte inferior de la colina. Domina el paisaje como si estuviera colocada en la cima. En el arco de la entrada a la galería porticada que parte del atrium hacia el interior de la casa, está la siguiente inscripción “ LA PUERTA DEL CIELO’

En los espacios abiertos hay magníficos jardines unidos por galerías porticadas muy largas, ceñidas por diversas fuentes hechas con mucho artificio y cisternas con figuras de metal, por las cuales se vierte el agua. Después del tercer patio hay un inmenso jardín bordeado por altísimos cedros, palmeras y sicomoros; fresnos, sauces y hermosos setos de flores que hacen del lugar un auténtico paraíso.

En un extremo del jardín hay una edificación parecida al Partenón. El frontón está adornado con una enorme cruz desnuda de cuyos brazos pende un sudario. Flanqueada a un lado por peces y al otro por una fuente que parece recoger el líquido de las gotas de sangre que brotan de la garganta abierta del Cordero Místico. Por dentro, en el muro posterior solo hay una enorme cruz desnuda y un altar de mármol.

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En el salón, alrededor de quinientas personas están celebrando la Eucaristía que preside un anciano de porte majestuoso. Amor, fe, imperio, dulzura, se reflejan en su mirada. Habla con voz pausada y ademanes de orador. Es el Pontífice de la Iglesia Cristiana y su voz resuena clara hasta el último de sus oyentes.

Es el apóstol Pedro que acaba de consagrar a Lino como su sucesor y le ha entregado la Iglesia como su rebaño. Ésta lo ha recibido como su nuevo pontífice. Antes de concluir con la bendición apostólica, Pedro les recomienda:

–             No olvidéis nunca que el Vicario de Cristo para ser auténtico, debe ser nombrado por ÉL.

Después de concluida la celebración Eucarística, los tres caballeros que galopaban veloces y están elegantemente vestidos, se acercan al apóstol y lo saludan reverentes. El más joven; un hombre que parece tener alrededor de cuarenta años de edad y luce llamativos mechones plateados en las sienes, dice con preocupación:

–             Santo Padre, no deberías estar aquí. El barco te está esperando en Ostia para llevarte a Sicilia. Desde que ejecutaron a Séneca, este lugar no es seguro. El único recinto inexpugnable son las Catacumbas…

Pedro contesta apaciblemente:

–             Ha llegado mi hora, Maximiliano. Tampoco ustedes deben estar aquí. Tienen una misión que cumplir y no es precisamente en Roma. La ciudad se ha vuelto muy peligrosa, especialmente para ti. ¿Qué harás si alguien te reconoce?

El hombre inclina la cabeza y como si se disculpara, dice:

–              Es que tú eres tan importante para nosotros…

Entonces el segundo hombre interviene:

–               Hemos venido por ti. No podemos permitir que te suceda nada. Nerón ha enloquecido por completo… Y más que nada, es una fiera sedienta de sangre.

Pedro niega con vehemencia:

–                No, senador Astirio. Voy a regresar a Roma.- y a continuación relata lo sucedido en la Vía Apia.

El más anciano de los tres, suplica:

–                Por favor, sólo espera unos días… Los suficientes para que nos relates la historia de Judas.

Pedro exclama entre admirado y sorprendido:

–              ¡LA HISTORIA DE JUDAS!Y mirándolo fijamente agrega- Tribuno Publio Quintiliano, extraño pedido es el tuyo.

JUDAS

En la mirada del anciano tribuno aparece una expresión de añoranza y suspirando agrega:

–            Ese hombre siempre me intrigó. Nunca comprendí porqué lo eligió el Maestro. Es un enigma que quisiera descifrar… En cierta manera también es la historia de Jesús. ¿No te parece?

Pedro parece reflexionar ante la insólita petición. Lleva su mano derecha hacia su frente y la toca por un largo momento. Luego, como si obedeciera a un Locutor interno dice:

–            ¡Uhmmm! No se me había ocurrido pensarlo así, pero… ¡Tienes razón! ¡El Espíritu Santo lo hará!-Pedro abre los brazos abarcando todo a su alrededor. Y agrega sonriente-Será la última lección en la Puerta del Cielo…Quién hubiera dicho que una de las mejores propiedades de Lucius Anneus Séneca se convertiría en nuestra escuela…- Pedro suspira profundo y agrega con determinación- Les contaré la historia de Judas y enseguida cada quién iremos al encuentro de nuestro destino. Lo que tiene que ser, será…

Tres semanas después, el senador Astirio toma el camino a Nápoles y Pedro regresa a Roma con su pequeño séquito. El tribuno Publio Quintiliano sigue por el camino que va hacia Ostia, para embarcarse en el “Cronos” que lo llevará a Sicilia. En su comitiva lleva a un esclavo encargado de sus caballos favoritos que al mirarlo con más detenimiento, se puede reconocer que es Maximiliano… Pero, ¿Por qué viaja disfrazado de esclavo?…

Tres días más tarde…

barco del imperio romano

Luego que el Cronos va navegando en mar abierto y se pierde en la lejanía el puerto de Ostia; aparece en la cubierta del barco, la elegante figura del patricio que ha abandonado su disfraz.

Publio al verlo le sonríe, le invita un refrigerio y le dice cordial:

–            Bienvenido a bordo del Cronos, Tito Petronio. Será un placer viajar en tu compañía.

El patricio le corrige:

–             Recuerda que Petronio, el consejero de Nerón, ha muerto. Mi nombre es Maximiliano de Jesús.

Publio lo mira con una curiosidad que le es imposible disimular; levanta su vaso y dice:

–             Salud, noble Maximiliano. Porque ahora eres siervo de Nuestro Señor Jesucristo. ¿Sabes qué es lo más interesante?

Petronio lo miró intrigado. Correspondió al brindis y dando un sorbo a su vaso con vino, preguntó:

–             ¿A qué te refieres?

–           Me gustaría saber por qué un hombre como tú, amante de la buena vida y los placeres; que ha conocido el poder en su máxima expresión, cómo fue que te convertiste de consejero del emperador, en cristiano.

El júbilo destella en la mirada del que fuera Árbitro de la Elegancia en la corte de Nerón, al contestar:

–            Acabas de pedirme lo que es mi máximo deleite: testimoniar lo que Jesús el Redentor Santísimo puede hacer con una escoria como yo… Para la gloria de Dios disponemos de tiempo, general. ¡Aleluya! –Al decir esto, levanta su vaso de cristal recamado en oro y el rubí del licor resplandece a la luz del sol que ilumina la nave que se desliza sobre las aguas del mar mediterráneo, en dirección a las costas sicilianas.

El general confirma:

–               ¡Amén! Y vaya que tenemos suficiente tiempo.-repite Publio, degustando con deleite el licor que se disuelve en su boca y arrellanándose en la poltrona en la que se ha recostado, agrega.- Soy todo oídos.

–                Un día…

La voz grave de Maximiliano resuena, al comenzar la historia más fascinante de su vida…

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HERMANO EN CRISTO JESÚS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

3.- EL PRESAGIO MAS FUNESTO


El escándalo rodeó su vida desde que nació. Durante mucho tiempo se rumoró que en realidad, Nerón era fruto del incesto de Lépida con Calígula. Pero el tronco de su origen y de su nombre fue Lucio Domicio. Nueve meses después de la muerte de Tiberio, Nerón nació en Anzio. Domicio su padre era un hombre muy cruel y sin escrúpulos. Y se consideró como un presagio la respuesta que dio a las felicitaciones de sus amigos: “De Agripina y de mí, solo puede nacer algo abominable para el mundo”

Julia Agripina, su esposa; también fue hija de Germánico y hermana de Calígula. Y consultó a unos astrólogos caldeos, preguntándoles si algún día su hijo sería Príncipe. La respuesta fue que Nerón se sentaría sobre el trono imperial, pero mataría a su madre. Ella sentenció sin vacilar: “Occidat, dum imperet” (Que me mate, con tal de que reine)

Semejante réplica la retrataba muy bien. Era una mujer tan hermosa como ambiciosa. A los doce años se casó con Domicio y después de enviudar le robó el marido a su cuñada Domicia y se casó con él, pues Crispo Pasieno era uno de los hombres más acaudalados y poderosos de Roma. Cuando así le convino, lo envenenó.

De esta forma se convirtió en viuda por segunda vez y su siguiente maniobra fue seducir a Claudio.

 Nerón tenía tres años, cuando perdió a su padre y él quedó bajo la tutela de su madre. En el testamento, fue nombrado heredero de un tercio de los bienes; pero Calígula su coheredero, se apoderó de todo y desterró a su madre. Entonces él quedó prácticamente reducido a la indigencia. Estuvo bajo la custodia su tía Lépida, que lo educó dándole por maestros a un bailarín y un barbero. Creció siendo un niño mimado, caprichoso, iracundo y muy infeliz. 

Así vivió hasta una tarde que sería crucial, para el cumplimiento de su destino.

En Baias, hay una finca palaciega junto al mar. Se llama ‘La Casa de las Gallinas’ y en la entrada se detiene una lujosa carreta escoltada por la guardia pretoriana. Desciende una imponente mujer, que tiene alrededor de 24 años. Es una joven de piel muy blanca y cabellos rubios, que es recibida con muestras de cariño, por otra patricia ligeramente mayor y muy parecida a ella.

 –          ¡Julia Agripina! ¡Hermana, has regresado! ¡Qué alegría volver a verte!

 –          También es un placer para mí, Lépida. Sólo pasé para llevarme a Tiberio Nerón a Roma. Necesito tenerlo junto a mí. Voy a prepararlo para que asuma la grandeza que el destino le reserva.

Lépida exclamó asombrada:

–           ¡Oh!

Y antes de que pudiese añadir algo, un niño como de siete años que estaba junto a ella, corrió hacia el interior de la casa mientras gritaba: 

–           Yo lo llamaré, tía Lépida.

Agripina preguntó dudosa:

–           ¿Este niño es…?

Lépida confirmó:

–           Sí. Británico, el hijo de Claudio y  Mesalina. 

–           Mmm……- asintió Agripina con una enigmática sonrisa.

A un lado de las caballerizas están los corrales de las aves. Media docena de niños cuyas edades oscilan entre diez y trece años; más un adulto de un poco más de veinticinco años, están entretenidos practicando el bestialismo. Todos están ocupados con las gallinas, excepto el adulto, que dirige su atención  a un caballo bajo el cual se ha acomodado y es evidente que ha sido entrenado para obtener la misma perversa gratificación.

 

–           ¡Ahhhhhh! – un gemido de placer incontenible, escapa de la garganta del único niño con cabellos rojizos y  que enseguida exclama señalando la estatua de Leda con el cisne, que adorna la entrada para aquella área de la finca- Leda sabía lo que hacía. ¡Es deliciosa esta esponjosa suavidad! Lo único superior a esto, eres tú Helio. 

Esto lo ha dicho mirando al liberto que está a un lado y que es solo un par de años mayor que él.

Luego, volviéndose hacia el hombre corpulento que copula con un caballo, le grita:

–           ¡¿No lo crees así, Vitelio?! 

Éste responde sin abrir los ojos, pues está deleitándose al máximo:

–           Yo pienso que tu tío Calígula sabía apreciar lo mejor y por ello nombró cónsul al caballo Incitatus, dándole todo lo que le dio.

La réplica es interrumpida por unos gritos:

–           ¡Enobarbo! ¡Enobarbo! Tu mamá está en el atrium y dice que ha venido por ti.

El niño pelirrojo mira con odio al niño jadeante por la carrera; pero aprieta los labios y se contiene. Disimulando su ira, se inclina, toma la túnica pretexta y se la pone rápido. “¡Enobarbo!”…  ¡Cuánto odia ese apodo! Nunca le perdonará  a Británico, el haberlo llamado así. Si fuera otro, ya le hubiera hecho pagar por ello.

Pero tragándose la humillación, sonríe y dice:

–           Vamos. Tengo mucho tiempo sin verla.

Y los dos corren hacia la casa.

Luego que estuvieron solos en la carreta, Agripina dijo a su hijo:

–           He recuperado toda nuestra fortuna. Pronto seré emperatriz y haré que Claudio te adopte. Será el primer paso para convertirte en el Amo del Mundo.-Esbozó una sonrisa inescrutable y añadió- Uno a uno, todos los obstáculos serán eliminados. Pero primero te convertiré en un hombre…

Nerón miró con sobresalto a aquella hermosa mujer que tenía unos ojos azules idénticos a los de él. Pero ella supo calmar todos sus temores. El la miraba fascinado mientras ella, con una poderosa seducción, hábilmente esquivó todos sus impedimentos e hizo desaparecer los restos de la infancia. Lo convenció totalmente cuando lo abrazó y comenzó a besarlo, primero con ternura y luego con una pasión avasalladora.

Las expertas caricias de Agripina destruyeron toda objeción y supieron envolverlo en una ola de deleite como jamás imaginó que pudiera ser posible.

Nerón se sentía tan bien y estuvo tan encantado después de la arrobadora experiencia; que el amor que sentía por su madre se transformó en una adoración absoluta. Y a pesar de su corta edad, el hijo se convirtió en amante… 

            Tenía once años cuando lo adoptó Claudio y le dio por maestro a Lucius Anneus Séneca, que ya era senador. Y éste soñó al día siguiente, que tenía a Calígula por discípulo. Nerón muy pronto le haría ver que había sido un sueño profético, al dar muestras precoces de su verdadero carácter.

Séneca adquirió sobre Nerón cierta ascendencia moral, comparable a la de Sócrates sobre Alcibíades. El filósofo unía su vigor intelectual a un sólido sentido práctico y no era un soñador. Así fue como se convirtió en político y por suerte para el pueblo romano fue el verdadero dueño de Roma, aunque por desgracia por muy poco tiempo.

La noche del trece de Octubre del año 54 d. C. Claudio murió asesinado… Y a los dieciséis años, Nerón fue coronado emperador.  Al principio se condujo con muestras de dulzura y clemencia. Idealista como todos los jóvenes, esperaba hacer de Roma una segunda Atenas e iniciar a los romanos en la estética. Su mayor sueño era ser un gran poeta, pero su flaca voz no le ayudaba y sus esfuerzos poéticos fueron bastante lastimosos.

Lo que más celebraba y admiraba en su tío Calígula, era que había disipado en poco tiempo, los inmensos tesoros que reunió Tiberio. Por eso no ponía coto a sus gastos y dádivas. Nunca se puso un traje dos veces. Jugaba a los dados a cuatrocientos mil sestercios el punto y sus caballos llevaban herraduras de plata.

 Su libertinaje, su avaricia, su lujuria y su crueldad se manifestaron al principio por grados y de manera clandestina. En un tiempo se dijo que eran errores de juventud; pero luego se comprobó que eran vicios del carácter y no de la edad. Pronto dejó de tomarse el trabajo de disimular y se volvió abiertamente descarado.  Prolongaba sus comidas desde el mediodía hasta la medianoche y siempre que paseaba en litera con su madre, satisfacía su pasión incestuosa; como lo demostraban las manchas de su ropa.

Los enemigos de Agripina; temerosos de que esta mujer tan imperiosa y violenta, tomase sobre él un absoluto dominio por aquel género de favor, trabajaron para disuadirle de ello.

Después de una serie de intrigas y de luchas palaciegas, Nerón finalmente accedió y recibió entre sus concubinas a una cortesana que físicamente se parecía mucho a Agripina…

Con esta jugada, buscaron contentarle en su incestuosa obsesión. Y finalmente lograron su objetivo: Nerón se aficionó a su nuevo ‘juguete’.

 Pero su madre vio cómo se le escapaban las riendas del poder y se llenó de amargura. No se resignó a que otros gozaran de lo que sentía que le pertenecía solo a ella y se consagró a la intriga y al asesinato.

Con el transcurso del tiempo, Nerón se fue apartando más y más de Séneca, rechazando su influencia, para ejercer su libre y “divina” voluntad. En un matrimonio de conveniencia e influenciado por Agripina, se casó con la noble Claudia Octavia, hija de Claudio y hermana de Británico. Pero Nerón, en cuanto se apoderó de su enorme fortuna; rechazó a la esposa diciendo: “Que debían bastarle los ornamentos matrimoniales”.

Fue entonces cuando se enamoró de su liberta Actea y estuvo a punto de casarse con ella. Mientras tanto, varias veces trató de estrangular a Octavia y la repudió como estéril. Pero Nerón era muy sensible a todo lo que estuviera relacionado con su popularidad y como el pueblo censuró este divorcio y lanzó denuestos contra el emperador, éste la desterró.

Enseguida se enamoró perdidamente de una de las mujeres más conocidas y disolutas de Roma: Popea Sabina. Ésta era tan hermosa como pérfida y dirigió su estrategia contra Octavia. Su objetivo era matarla para casarse con el emperador.

 Julia Agripina se opuso con energía a este segundo matrimonio, pues había medido precisamente a su rival y adivinó la influencia nefasta que ejercería, el día que la astuta Popea fuese emperatriz. Hizo todo lo que pudo para contrarrestarla y por un tiempo casi lo logró. Pero en este duelo de voluntades, su batalla estaba perdida.

Nerón conocía perfectamente a su madre y sabía de lo que era capaz, pues había sido su cómplice en el asesinato de Claudio. Y tan poco lo disimulaba, que solía repetir un proverbio griego que celebra como manjar divino las setas: el vegetal con el que envenenaron a Claudio.

 Nerón ya estaba muy celoso y lleno de envidia hacia Británico porque era más apuesto y tenía una voz privilegiada; cuando Agripina trató de aterrorizarlo, recordándole que Británico era el hijo legítimo de Claudio y el verdadero heredero al trono imperial.

El resultado de este chantaje fue el crimen; porque su odio llegó a tal extremo, que decidió eliminarlo.

 Una  célebre hechicera llamada Locusta le preparó “el veneno más rápido y activo que fuera posible”. Éste estaba tan concentrado, que cuando invitó a Británico a la mesa imperial, el joven cayó en cuanto lo probó.

Nerón dijo que era un ataque de epilepsia y continuó comiendo como si nada. Después de que Británico expiró, el emperador declaró que había muerto por causas naturales.

Luego se divorció de su esposa. Y once días después de repudiarla, se casó con Popea Sabina a la que amó mucho. Ésta recibió como regalo de bodas, la cabeza sangrante de Claudia Octavia, a la que Nerón mandó decapitar acusándola falsamente de adulterio.

La inocente esposa fue sacrificada a los vicios de su marido, después de haber visto como mataron a su madre, a su padre y a su hermano.

Enseguida, Popea conspiró contra su suegra hasta que logró que el amor  de Nerón se convirtiera en odio y el emperador determinara deshacerse de su madre. A partir de aquel momento, no hubo vejación que no le hiciese sufrir por medio de sus agentes. Le quitó todos los honores y el poder. La desterró de su presencia y de su palacio.

Pero se asustó tanto por sus amenazas y su violencia; que fue entonces cuando decidió matarla.

Tres veces ensayó el veneno y vio que se había provisto con antídotos. Entonces planeó esconder en su cámara y encima de su lecho, maderos que el resorte de una máquina debía hacer caer sobre ella cuando estuviese dormida, aplastándola. Pero una indiscreción de sus cómplices abortó el proyecto.

Después de pensarlo cuidadosamente, fingió reconciliarse con ella por medio de una tiernísima carta, donde la invitó a venir a Baias, para celebrar con él las Fiestas de Minerva. Cuidó de prolongar el banquete para que los capitanes de las naves tuviesen tiempo de romper la galera en que ella llegara, fingiendo un accidente fortuito. Parecía que nunca se habían entendido tan bien madre e hijo.

Y cuando ella quiso retirarse le ofreció en vez de su nave averiada; la que había construido para su pérdida. La acompañó alegremente. Le besó los pechos al separarse y veló una parte de la noche esperando el resultado de esta maquinación.

La nave estaba maravillosamente adornada y se deslizaba con suavidad por el lago iluminado por la luna llena, cuando se oyeron gritos: ¡El navío se llenaba de agua y estaban hundiéndose! Pero Agripina que era una experta nadadora, llegó hasta la playa.

Cuando el César se enteró de lo ocurrido ya no supo qué hacer.

Pronto llegó el liberto de su madre, diciéndole regocijado que Agripina estaba a salvo. Nerón arrojó un puñal a su lado sin que él lo advirtiese y mandó que lo encadenaran, acusándolo de ser un asesino enviado por aquélla. Enseguida mandó matar a su madre y después dijo que se había suicidado al verse descubierta. Luego acudió a ver el cadáver y lo tocó por todas partes. Alabó algunas formas y criticó otras. Y sintiendo sed durante el examen, hizo que le llevaran de beber.

Y desde aquel momento ya no gozó de un instante de paz.

 Trató de salvar las apariencias ante el senado y la opinión pública, haciendo creer que había una conspiración en su contra. Pero no pudo liberarse de su conciencia y el suplicio que lo atormentaba, no terminó jamás.

 A partir de entonces, todo lo que emprendió Nerón llevaba el sello de  lo febril. Sus placeres y sus vicios se volvieron desenfrenados.

Lo que es sorprendente y notable, es que Nerón nada soportó con tanta paciencia, como las injurias y las sátiras. Y con nadie fue tan tolerante y mostró menos rigor, que contra aquellos que por medio de versos le dirigían sus ataques. Contra él se publicaron muchos epigramas en griego y en latín, como el siguiente:

Sobrepasando los delitos de Alcmeon y Orestes;Nerón al parricidio le añadió el incesto.Como Eneas hizo desaparecer en otro tiempo a su padre,Nerón su descendiente, acaba de matar a su madre.” 

            No solo no buscó a los autores, sino que se opuso a que se les castigase con severidad a los que fueren denunciados. En lo profundo de sí, su sentimiento de culpa era tan grande; que no se sentía injuriado y tuvo miedo de atraerse mayores ultrajes si se mostraba ofendido. 

            En el año 62 d. C. se rompieron los últimos diques que contenían a la bestia feroz oculta en él. Ofreció a Burro, Prefecto del  Pretorio un remedio para la garganta y le mandó un veneno. Entonces nombró en su lugar a Sofonio Tigelino, educado en la mayor corrupción moral. Un verdadero canalla que con palabras de Tácito “Asentaba su poder en el crimen y era capaz de las peores villanías, si ello le reportaba ventajas.”

La música era una de las artes que le habían instruido en la infancia y en cuanto fue emperador hizo venir al palacio a Terpnum, el mejor citarista de la época y lo nombró su director musical, no cesando de repetir a sus cortesanos este proverbio griego “La música no es nada si se le mantiene oculta.”  Tanto le apasionaron los aplausos que le tributaron en cadencia en Alejandría, que formó su propio grupo de aplaudidores entrenados para que lo apoyasen siempre que cantara.

El gran sueño del emperador es ser el mejor artista y una gran estrella del espectáculo. Está dispuesto a usar todos los recursos posibles para realizarlo. ¿Qué  obstáculo puede impedírselo, si él es el Amo del Mundo?

Ahora Nerón ha ido a Baias a comprobar personalmente un extraordinario acontecimiento que podría considerarse como un presagio funesto y es demasiado evidente como para pasarlo por alto. El supersticioso emperador está muy preocupado…

Poco después de su matrimonio con Augusto, el primero de la dinastía de los Claudios; la emperatriz Livia fue a ver su casa en Baias, cuando un águila volando por encima de ella, dejó caer sobre sus rodillas una gallina blanca de la que acababa de apoderarse y que todavía conservaba en el pico una rama de laurel. Ella tuvo el capricho de criar al ave y plantar la rama. La gallina dio tantos pollos que aquella casa fue llamada desde entonces: “La Casa de las Gallinas”. Y la planta se desarrolló tan bien, que en lo sucesivo tomaron de ella los césares, los laureles para sus triunfos. Además fue para ellos una tradición, plantar otros en el mismo lugar, después de haber triunfado. Se observó después que poco antes de la muerte de cada emperador, el arbusto que él había plantado se marchitaba.

El día anterior llegó de Baias la noticia de que el arbusto que plantara Nerón, se había secado hasta la raíz y estaban muriendo todas las gallinas.

Nerón está aterrorizado ¿Qué presagia el futuro? Él apenas tiene treinta años de edad…

 

 

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

 

 

 

 

 

1.- LA PROFECÍA


Al rayar el alba de una fría mañana invernal, dos personas con ropajes oscuros caminan presurosas. Llegan a una plaza pavimentada con bruñida piedra, en la que señorea imponente una estatua del Amo del mundo: NERON. Alrededor hay extensas alamedas que se hunden en el bosque que sube hasta la montaña. Atraviesan la plazoleta y siguen por un camino dividido al centro por balaustradas bajas, interrumpidas de trecho en trecho por pedestales con estatuas. A ambos lados del camino hay una sucesión de villas de recreo rodeadas por frondosos bosques de encinas, sicómoros, plantas resinosas y sombreadas por parras. Los peatones tienen aceras pavimentadas con piedra rojiza. Se encuentran al paso un gran número de fuentes que lanzan continuamente sus abundantes chorros de agua, para refrescar el ambiente y calmar la sed de los viandantes. A unas tres millas se estrecha un poco la magnífica vía, donde se yergue majestuoso un arco del triunfo erigido por Augusto.

La luna llena es un magnífico y enorme disco que avanza hacia su ocaso e ilumina todo con sus suaves reflejos argentados. Los dos hombres continúan avanzando por la Vía Apia en dirección a la costa. Uno de ellos es un joven como de veinte años. El otro, un anciano de mediana estatura, de blanca cabellera y aspecto venerable que sostiene con firmeza su báculo.

El firmamento por el oriente se ilumina con unos destellos de color esmeralda, que tienen en sus bordes unos reflejos azafranados… Poco a poco van surgiendo de entre las sombras de la noche los árboles con sus ramas desnudas y cubiertas de nieve; algunos con sus hojas plateadas que parecen de cristal por el hielo. Luego emerge imponente el blanco mármol de las villas de recreo y los arcos de los acueductos que se extienden por la llanura a través de la campiña, hacia la ciudad. Mientras la aurora va iluminando con sus brillantes franjas de oro y rosa, que se reflejan en las gotas de rocío; en tanto que la niebla matinal se disipa y deja al descubierto un paisaje grandioso, en todo su magnífico esplendor.

El anciano cierra los ojos y suspira, mientras gruesas lágrimas se deslizan por sus mejillas. Recuerda lo sucedido en las últimas horas… otro suspiro mayor. Por espacio de treinta y tres años, después de la Muerte y Resurrección de su Maestro, no ha conocido el reposo. Báculo en mano ha ido por el mundo anunciando a los hombres el Evangelio. Ha agotado sus fuerzas en durísimas jornadas y cuando la Iglesia empezaba a florecer… ¡ZAZ! Un hálito sangriento de cólera y de crimen la ha barrido de la faz de la tierra. Lo único que queda, son recuerdos de martirio y de muerte. El grano esparcido había producido ricos frutos… pero Satanás los ha aplastado.

Nerón gobierna el mundo poderoso como nunca, extendiendo su gloria sobre tierras y mares. Y aun cuando en Roma ya nadie cree que los cristianos han sido los autores del incendio, han sido declarados los enemigos de la humanidad y del Estado. Y el Edicto “QUE LOS CRISTIANOS NO EXISTAN” continúa contra ellos con todo su rigor y se extiende a todos los confines del imperio.

En el Palatino se sabe que los líderes de la Iglesia Cristiana siguen vivos, a pesar de los millares de cristianos que han sido sacrificados. Haloto y Sofonio Tigelino, los dos más crueles agentes de Nerón, han resuelto apoderarse de ellos porque esperan que con su muerte, quede extirpada de raíz aquella odiada secta. Al barrio del Transtíber en el Janículo; han sido enviados varios destacamentos de pretorianos a registrar una a una, todas las casas.

Pedro no sabe qué hacer. Está lleno de incertidumbre y el miedo lo ha invadido. Se siente como si Dios lo hubiese abandonado. Su rebaño ha sido dispersado. Su obra, parece destruida. Aquella Iglesia que antes del incendio estaba como un árbol exuberante en plena floración, ha sido reducida a polvo por el poder de Satanás. Y en medio de su soledad y de su amargura, Pedro extiende sus manos hacia el Cielo preguntando:

–         ¿Señor, que debo hacer? Soy un hombre cada vez más anciano y más débil. Y siento que ya no puedo seguir luchando contra este poder del Mal, que has permitido que gobierne y triunfe… – una oleada de dolor lo ahoga- Las ovejas que me ordenaste que apacentara ya casi se acaban. Tu Iglesia está a punto de ser aniquilada por completo. Y yo… ¿Qué quieres que haga ahora?

Esta última frase es un ronco sollozo que se convierte en un estremecimiento completo de su cuerpo, mientras el llanto brota incontenible.

Pero el cielo no responde. El Cielo está cerrado como un día lo estuvo para Jesús, en el Huerto de Getsemaní…

Y el apóstol vacila… ¡La Iglesia no debe perecer! La sangre de millares de inocentes ha empapado los cimientos de la capital del imperio más poderoso del mundo y ha dado testimonio de su fe y de su doctrina. Y él… ¿Está huyendo como un cobarde?…Esta tortura es más grande que cualquiera que hubiese conocido… Y las lágrimas fluyen más abundantes todavía…

El camino está casi desierto, a excepción de los pocos comerciantes que encuentran de vez en cuando y que se dirigen hacia la ciudad.

Cuando el sol se asoma sobre las colinas, de una manera insólita a Pedro le parece que en lugar de ascender hacia lo alto del firmamento, el disco solar descendiera de aquellas alturas, para dirigirse a su encuentro. El anciano se detiene y se pone una mano sobre la frente tratando de atisbar para distinguir mejor…

Y ante la sorpresa de David su joven acompañante, exclama:

–           Alguien viene hacia nosotros envuelto en los resplandores del sol.

El joven al principio no ve nada. Solo siente la brisa fresca de la mañana que mece ligeramente las hojas de los árboles. Y su sorpresa aumenta al ver que efectivamente, una alta figura se acerca…

Mientras tanto el apóstol cae de rodillas, suelta su báculo y extiende los brazos hacia adelante, diciendo con el rostro radiante:

–            ¡Señor mío y Dios mío!…Domine ¿Quo vadis? ¿Señor a dónde vas?)

David, que también ha caído de rodillas, escucha una voz dulce y dolorida que dice:

–             Si tú abandonas a mi Pueblo, volveré a Roma para ser crucificado por segunda vez.

Pedro responde con vehemencia:

–            ¡OH, no, mi Señor! Por favor perdóname. Yo te amo y seguiré tus pasos. Dame fuerzas mi Jesús y dime que quieres que haga.

Jesús le dice:

–             Nombra a Lino tu sucesor. La Iglesia no morirá. Ya te dije que las puertas del Infierno no prevalecerán contra Ella.  Será atacada, oscurecida, hecha prisionera… Pero triunfará… En la persecución que tendrá lugar cuando sea adulta en la Era Satánica; cuando el Enemigo piense haber acabado con Ella… La Iglesia verá el ejemplo de la “Iglesia Niña” y dará mártires más gloriosos todavía… porque Satanás habrá refinado sus métodos de persecución haciéndolos más sutilmente diabólicos, pues estarán complementados con la más alta tecnología inventada por el hombre. Y aun así te digo que mi Iglesia renacerá triunfante sobre todas las insidias, porque Yo he vencido a Satanás desde la Cruz. Y todo poder se me ha dado, en el Cielo, en la Tierra y sobre el Infierno. Además, mi Madre sigue pisando la cabeza de la Serpiente y Ella protegerá a sus hijos…

Cuando la Iglesia esté sola y herida, prisionera y crucificada; la prueba será muy dura y dependerá del arrepentimiento de los hombres, el que sean mitigados los sufrimientos de la Gran Tribulación.  Porque cuando la locura humana y diabólica, se hayan fundido; juntas desencadenarán un cataclismo sin paralelo… 

Pero no siempre quien está en manos de sus enemigos es destruido por ellos. Queda solamente prisionero… ¡Felices los que sepan perseverar hasta el fin! Ha llegado la hora, Pedro mío… ¡Te estoy esperando!…

El apóstol yace postrado con el rostro en la tierra. Finalmente cuando se levanta, tiene en su cara una sonrisa radiante. Toma su báculo y se da la vuelta.

David al ver esto, como un eco repite:

–         Domine ¿Quo vadis?

Pedro contesta con una voz jubilosa:

–          A Roma. Volveremos a Roma…

Y regresan.

Al día siguiente, el sol ilumina desde lo alto a tres jinetes que cruzan como una exhalación la plazoleta de Nerón desde la que parten diversos senderos que atraviesan el bosque y se dirigen a las más suntuosas quintas, pertenecientes a los patricios más ricos y prominentes de Roma. Palacios que rivalizan unos de otros en magnificencia y belleza.

El más señorial es una villa situada en la parte inferior de la colina. Domina el paisaje como si estuviera colocada en la cima. En el arco de la entrada a la galería porticada que parte del atrium hacia el interior de la casa, está la siguiente inscripción “ LA PUERTA DEL CIELO’

En los espacios abiertos hay magníficos jardines unidos por galerías porticadas muy largas, ceñidas por diversas fuentes hechas con mucho artificio y cisternas con figuras de metal, por las cuales se vierte el agua. Después del tercer patio hay un inmenso jardín bordeado por altísimos cedros, palmeras y sicomoros; fresnos, sauces y hermosos setos de flores que hacen del lugar un auténtico paraíso.

En un extremo del jardín hay una edificación parecida al Partenón. El frontón está adornado con una enorme cruz desnuda de cuyos brazos pende un sudario. Flanqueada a un lado por peces y al otro por una fuente que parece recoger el líquido de las gotas de sangre que brotan de la garganta abierta del Cordero Místico. Por dentro, en el muro posterior solo hay una enorme cruz desnuda y un altar de mármol.

En el salón, alrededor de quinientas personas están celebrando la Eucaristía que preside un anciano de porte majestuoso. Amor, fe, imperio, dulzura, se reflejan en su mirada. Habla con voz pausada y ademanes de orador. Es el Pontífice de la Iglesia Cristiana y su voz resuena clara hasta el último de sus oyentes.

Es el apóstol Pedro que acaba de consagrar a Lino como su sucesor y le ha entregado la Iglesia como su rebaño. Ésta lo ha recibido como su nuevo pontífice. Antes de concluir con la bendición apostólica, Pedro les recomienda:

–             No olvidéis nunca que el Vicario de Cristo para ser auténtico, debe ser nombrado por ÉL.

Después de concluida la celebración Eucarística, los tres caballeros que galopaban veloces y están elegantemente vestidos, se acercan al apóstol y lo saludan reverentes. El más joven; un hombre que parece tener alrededor de cuarenta años de edad y luce llamativos mechones plateados en las sienes, dice con preocupación:

–             Santo Padre, no deberías estar aquí. El barco te está esperando en Ostia para llevarte a Sicilia. Desde que ejecutaron a Séneca, este lugar no es seguro. El único recinto inexpugnable son las Catacumbas…

Pedro contesta apaciblemente:

–             Ha llegado mi hora, Maximiliano. Tampoco ustedes deben estar aquí. Tienen una misión que cumplir y no es precisamente en Roma. La ciudad se ha vuelto muy peligrosa, especialmente para ti. ¿Qué harás si alguien te reconoce?

El hombre inclina la cabeza y como si se disculpara, dice:

–              Es que tú eres tan importante para nosotros…

Entonces el segundo hombre interviene:

–               Hemos venido por ti. No podemos permitir que te suceda nada. Nerón ha enloquecido por completo… Y más que nada, es una fiera sedienta de sangre.

Pedro niega con vehemencia:

–                No, senador Astirio. Voy a regresar a Roma.- y a continuación relata lo sucedido en la Vía Apia.

El más anciano de los tres, suplica:

–                Por favor, sólo espera unos días… Los suficientes para que nos relates la historia de Judas.

Pedro exclama entre admirado y sorprendido:

–              ¡LA HISTORIA DE JUDAS!Y mirándolo fijamente agrega- Tribuno Publio Quintiliano, extraño pedido es el tuyo.

En la mirada del anciano tribuno aparece una expresión de añoranza y suspirando agrega:

–            Ese hombre siempre me intrigó. Nunca comprendí porqué lo eligió el Maestro. Es un enigma que quisiera descifrar… En cierta manera también es la historia de Jesús. ¿No te parece?

Pedro parece reflexionar ante la insólita petición. Lleva su mano derecha hacia su frente y la toca por un largo momento. Luego, como si obedeciera a un locutor interno dice:

–            ¡Uhmmm! No se me había ocurrido pensarlo así, pero… ¡Tienes razón! ¡El Espíritu Santo lo hará!-Pedro abre los brazos abarcando todo a su alrededor. Y agrega sonriente-Será la última lección en la Puerta del Cielo…Quién hubiera dicho que una de las mejores propiedades de Lucius Anneus Séneca se convertiría en nuestra escuela…- Pedro suspira profundo y agrega con determinación- Les contaré la historia de Judas y enseguida cada quién iremos al encuentro de nuestro destino. Lo que tiene que ser, será…

Tres semanas después, el senador Astirio toma el camino a Nápoles y Pedro regresa a Roma con su pequeño séquito. El tribuno Publio Quintiliano sigue por el camino que va hacia Ostia, para embarcarse en el “Cronos” que lo llevará a Sicilia. En su comitiva lleva a un esclavo encargado de sus caballos favoritos que al mirarlo con más detenimiento, se puede reconocer que es Maximiliano… Pero, ¿Por qué viaja disfrazado de esclavo?…

Tres días más tarde…

Luego que el Cronos va navegando en mar abierto y se pierde en la lejanía el puerto de Ostia; aparece en la cubierta del barco, la elegante figura del patricio que ha abandonado su disfraz.

Publio al verlo le sonríe, le invita un refrigerio y le dice cordial:

–            Bienvenido a bordo del Cronos, Tito Petronio. Será un placer viajar en tu compañía.

El patricio le corrige:

–             Recuerda que Petronio, el consejero de Nerón, ha muerto. Mi nombre es Maximiliano de Jesús.

Publio lo mira con una curiosidad que le es imposible disimular; levanta su vaso y dice:

–             Salud, noble Maximiliano. Porque ahora eres siervo de Nuestro Señor Jesucristo. ¿Sabes qué es lo más interesante?

Petronio lo miró intrigado. Correspondió al brindis y dando un sorbo a su vaso de vino, preguntó:

–             ¿A qué te refieres?

–           Me gustaría saber por qué un hombre como tú, amante de la buena vida y los placeres; que ha conocido el poder en su máxima expresión, cómo fue que te convertiste de consejero del emperador, en cristiano.

El júbilo destella en la mirada del que fuera Árbitro de la Elegancia en la corte de Nerón, al contestar:

–            Acabas de pedirme lo que es mi máximo deleite: testimoniar lo que Jesús el Redentor Santísimo puede hacer con una escoria como yo… Para la gloria de Dios disponemos de tiempo, general. ¡Aleluya! –Al decir esto, levanta su vaso de cristal recamado en oro y el rubí del licor resplandece a la luz del sol que ilumina la nave que se desliza sobre las aguas del mar mediterráneo, en dirección a las costas sicilianas.

El general confirma:

–               ¡Amén! Y vaya que tenemos suficiente tiempo.-repite Publio, degustando con deleite el licor que se disuelve en su boca y arrellanándose en la poltrona en la que se ha recostado, agrega.- Soy todo oídos.

–                Un día…

La voz grave de Maximiliano resuena al comenzar la historia más fascinante de su vida…

Continuará en el siguiente capítulo: UN NOMBRAMIENTO PROVIDENCIAL…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA