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127-EL ÓBOLO DE CLAUDIA


Los cordeleros siguen trabajando.

Luego, Jesús regresa despacio al almacén y se queda pensativo. Se sienta sobre un montón de cuerdas enrolladas. Ora intensamente…

Los once apóstoles continúan durmiendo profundamente. La vida en el puerto se desarrolla con la misma pacífica rutina, de las provincias gobernadas por el imperio más poderoso del mundo.

Roma es una máquina de eficiencia y disciplina…

Una hora después, el cordelero asoma la cabeza en el depósito y le dice a Jesús que vaya a la puerta, porque…

–                       Hay un esclavo que te quiere ver.

El esclavo. Un númida, está parado junto al platanar, en la plaza llena de sol… Cuando ve a Jesús, se inclina y sin hablar, le entrega una tableta encerada.

Jesús la lee y dice:

–                       Dirás que esperaré hasta antes del alba. ¿Entendiste?

El esclavo mueve la cabeza asintiendo. Y para que vea por qué no habla, abre su boca y le enseña la lengua tronchada.

Jesús mueve la cabeza con un gesto lleno de tristeza y dice:

–                       ¡Infeliz!  – acariciándolo con mucha compasión.

Por las mejillas del esclavo corren dos lágrimas. Toma la mano blanca entre las suyas negras y se la pone en la cara. La besa, se la lleva al pecho y se echa en tierra. Toma el pie de Jesús y se lo pone en la cabeza…

Un lenguaje mudo para expresar su agradecimiento por ese gesto de amor.

Y Jesús repite:

–                       ¡Infeliz!  -pero no lo cura.

El esclavo se levanta y pide la tableta encerada. Claudia no quiere dejar huellas de su contacto epistolar.

Jesús sonríe y devuelve la tableta. El númida se va y Jesús se acerca a donde está el cordelero…

El Maestro dice:

–                       Simón, debo quedarme hasta antes del alba. ¿Me lo permites?

Simón contesta:

–                       Todo lo que quieras. Me desagrada ser pobre…

–                       Me agrada que seas honrado.

–                       ¿Quiénes eran esas mujeres?

–                       Unas extranjeras que necesitaban de consejo.

–                       ¿Están sanas?

–                       Como Yo y tú.

–                       Entonces está bien. Ahí están tus apóstoles.

Los once salen del almacén, somnolientos.

Pedro dice:

–                       Maestro, hay que cenar antes de partir.

Jesús contesta:

–                       No. No partiremos hasta el amanecer.

–                       ¿Por qué?

–                       Porque me pidieron que así lo hiciera.

–                       ¿Por qué? ¿Por quién?…  Es mejor caminar de noche… La luna es nueva.

–                       Espero salvar a una criatura y esto es más luminoso que la luna y más refrescante que las frescuras de la noche.

Pedro lo lleva aparte:

–                       ¿Qué pasó? ¿Viste a las romanas? ¿Qué humor tienen? ¿Son ellas las que se van convertir? ¡Dímelo!…

Jesús sonríe:

–                       Si me dejas responder te lo diré, hombre curiosísimo. Vi a las romanas. Muy lentamente caminan hacia la Verdad. Pero no retroceden…  Lo que ya es mucho.

–                       Y… acerca de lo que dijo Judas, ¿Hay algo?

–                       Que continuarán venerándome como a un sabio.

–                       ¿Por causa de Judas? ¿Es él el que lo ha hecho?

–                       Vinieron a buscarme a Mí no a él…

Pedro pregunta inquieto:

–                       Entonces, ¿Por qué Judas tuvo miedo de encontrarse con ellas? ¿Por qué no quería que vinieras a Cesárea?

–                       Simón, no es la primera vez que Judas tiene caprichos estrambóticos…

–                       Es verdad. ¿Y van a venir esta noche las romanas?

–                       Ya vinieron.

–                       Entonces, ¿Por qué esperamos hasta que amanezca?

–                       ¿Por qué eres tan curioso?

–                       Maestro, sé bueno… Por favor dime todo.

–                       Te lo diré para quitarte toda duda. También tú escuchaste la conversación de aquellos tres romanos…

–                       ¡Claro que la oí!… Inmundos. Apestosos. Demonios. Pero a nosotros, ¿Qué nos importa?… ¡Ah! ¡Entiendo!… Las romanas van a ir a la cena y luego vendrán a pedirte perdón, por haber estado en medio de la inmundicia… Me maravilla que consientas en ello.

–                       Yo me maravillo de que te formes juicios temerarios.

–                       ¡Perdóname, Maestro!

–                       Sí. Pero ten en cuenta que las romanas van a ir a la cena y yo pedí a Claudia que interviniese a favor de esa muchachita…

–                       ¡Ah, pero Claudia no puede hacer nada!…  El romano compró a la muchacha y tiene todo el poder sobre ella.

–                       Pero Claudia tiene mucho más poder sobre el romano. Y Claudia me mandó decir que no parta hasta antes del alba. No hay otra cosa. ¿Estás contento ahora?

–                       Sí, Maestro. Pero no has descansado nada. Ven. Estás muy agotado. Vigilaré para que te dejen en paz. Ven. Ven. –y amorosamente tiránico lo jala, lo empuja y lo obliga a tirarse en el montón de cáñamo.

Pasan las horas. El sol se oculta. Cesa el trabajo. Entra la noche, las golondrinas van a sus nidos y los niños a la cama. Uno tras otro van muriendo los ruidos, hasta que solo queda el estrépito de las olas, al estrellarse sobre la playa…

Los apóstoles  duermen sobre el cáñamo.

Jesús está sentado sobre un malacate con las manos sobre las rodillas. Ora… Piensa… Espera.  No quita los ojos del camino que viene de la ciudad.

La luna está casi perpendicular y el mar retumba con mayor fuerza…

Por el canal avanza una barca pequeña y sube hasta la dársena silenciosa. Se detiene y bajan tres personas. Un hombre robusto, una mujer y una figura delicada. Se dirigen hacia la casa del cordelero…

Jesús se levanta y sale a su encuentro…

Cuando llega hasta ellos saluda:

–                       La paz sea con vosotros. ¿A quién buscáis?

Livia contesta:

–                       A ti, Maestro.  –descubriéndose y acercándose ella sola-  Claudia hizo lo que le pediste, porque era una cosa justa y completamente moral… –señala hacia la barca y agrega-  Aquella es la muchachita. Dentro de poco tiempo, Valeria la tomará como doncella de su pequeña Fausta…  Pero te ruega que entre tanto la tengas Tú, que puedes confiarla a tu Madre o a la madre de tus parientes. Es pagana del todo… Mejor dicho, es peor que pagana. El dueño que la alimentó no le enseñó nada en absoluto…  Nunca ha oído hablar ni del Olimpo, ni de ninguna otra cosa. Tan solo se siente aterrorizada ante los hombres, porque hace unas cuantas horas la vida se le reveló como es: brutal y cruel…

Jesús pregunta:

–                       ¡Oh! ¿Demasiado tarde?

–                       No, materialmente… él la preparaba poco a poco…  Digamos… para su sacrilegio. Y la niña está espantadísima… Claudia tuvo que dejarla durante toda la cena cerca de ese sátiro y sólo pudo intervenir cuando el vino le había nublado el pensamiento. No es necesario que te diga que si el hombre es un lúbrico en sus amores sensuales, lo es mucho más cuando está ebrio…

Pero es solo entonces que se convierte en un juguete con el que se puede hacer lo que se quiera y arrebatarle su tesoro.  Claudia se aprovechó del momento.

Ennio quiere regresar a Italia, de la que salió porque perdió el favor imperial… Claudia le prometió el regreso a cambio de la muchacha.

Ennio mordió el anzuelo… Mañana cuando ya no esté borracho protestará, la buscará, hará su comedia… Pero también mañana Claudia buscará el modo de hacerlo callar.

Jesús protesta:

–                       ¿Con la violencia? ¡No!

Livia sonríe con travesura:

–                       ¡Oh, Maestro! ¡La violencia empleada con buen fin!…  Pero no será necesaria… También Claudia se encargó de ‘ayudar’ a su marido a pasarla bien en la cena… Y ahora sólo Pilatos, que está inconsciente por el vino que digirió esta noche, está firmando y sellando la orden de que Ennio se presente en Roma… ¡Ah, ah!… Y partirá en primer buque militar.

Pero mientras tanto, es mejor que la niña esté en otra parte por precaución de que en cuanto a Pilatos se le pase la borrachera, se arrepienta y revoque la orden… ¡Es muy endeble!  Y es mejor así… Para que la niña olvide las asquerosidades humanas…

¡Oh, Maestro! Por este motivo fuimos a la cena. Pero, ¿Cómo pudimos ir allá hasta hace unos cuantos meses, sin haber sentido náuseas?… Tan pronto obtuvimos lo que se deseaba, nos salimos… Todavía nuestros maridos están imitando a los brutos ¡Qué náuseas, Maestro!  Y debemos recibirlos después… después que…

–                       Sed austeras y pacientes. Con vuestro ejemplo haréis mejores a vuestros maridos.

–                       ¡Oh, no es posible! Tú no sabes… -Livia llora más de coraje, que de dolor.

Jesús suspira y ella continúa:

–                       Claudia te manda decir que lo hizo para mostrarte que te venera como al Único Hombre que merece veneración… Y quiere que te diga que te agradece haberle enseñado lo que vale un alma y lo que vale la pureza. Lo recordará siempre…

¿Quieres ver a la niña?

–                       Sí. El hombre ¿Quién es?

–                       El númida mudo que emplea Claudia, para sus servicios secretos. No hay ningún peligro de delación… No tiene lengua.

Jesús repite:

–                       ¡Infeliz!

La romana toma a la niña de la mano y casi la arrastra hasta donde está Jesús…

Livia dice:

–                       Sabe unas cuantas palabras latinas. Judías casi ninguna. Es una salvajita… Que la eligieron únicamente como objeto de placer.  –y dirigiéndose a la niña-  No tengas miedo. Dale las gracias. Él fue el que te salvó. Arrodíllate y bésale los pies. ¡Ea! ¡Hazlo! ¡No tengas miedo! Perdona Maestro, todavía tiene el terror que le inspiraron las caricias de Ennio que estaba ebrio…

–                       ¡Pobre niña!  -dice Jesús poniéndole su mano en la cabeza- ¡No tengas miedo! Te llevaré a casa de mi Madre, por algún tiempo. A la casa de Mamá, ¿Entiendes? Y tendrás muchos hermanos buenos… ¡No tengas miedo, hijita mía!

En la Voz y en la mirada de Jesús hay todo: paz, seguridad, pureza, amor santo.

La niña lo siente y se echa para atrás el manto con su capucho, para mirarlo mejor. Y aparece el rostro delicado de una niña que se asoma a la pubertad…

Sus modales son sencillos. Su expresión está llena de inocencia. El vestido que trae le queda muy largo…

Livia dice:

–                       Estaba casi desnuda. Le puse lo primero que encontré. Lleva otros en la alforja…

Jesús la mira con piedad e infinita compasión y dice:

–                       ¡Es una niña!  -Y tomándola de la mano le pregunta- ¿Quieres venir conmigo?

La niña contesta:

–                       Sí, patrón.

Jesús rebate:

–                       No. No soy tu patrón. Dime Maestro.

–                       Sí, Maestro. –le dice con más confianza.

Y una tímida sonrisa se asoma en la carita que antes estaba pálida por el miedo.

Jesús pregunta:

–                       ¿Eres capaz de caminar mucho?

–                       Sí, Maestro.

–                       Después descansarás en la casa de mi Madre. En mi casa, hasta que llegue Fausta. Una niña a la que vas a querer mucho. ¿Quieres?…

–                       ¡Oh, sí! –y ella confiada, levanta sus bellísimos ojos verde-azul, que lo miran asombrados bajo sus cejas color oro y con un destello de terror que vuelve a turbar su mirada, se atreve a preguntar- ¿Ya no más aquel patrón?…

–                       No, más.  –le promete Jesús, poniendo su mano en su cabellera rubia.

Livia se despide:

–                       Adiós, Maestro. Dentro de pocos días iremos al lago. Tal vez podremos verte una vez más. Ruega por tus pobres discípulas romanas.

Jesús repica:

–                       Gracias…  Vete en paz. Adiós, Lidia. Di a Claudia que éstas son las conquistas que pretendo y no otras. – se vuelve  hacia la niña y agrega- Ven niña. Partiremos ahora.

Y tomándola de la mano, se dirige a la puerta del almacén y llama a los apóstoles.

La barca se va sin dejar rastro de haber venido y entra al mar abierto…

Caminan rápido y todavía está oscuro en las cercanías de Cesárea. Se detienen un poco, porque la niña que no está acostumbrada a caminar de noche y frecuentemente tropieza con las piedras del caminan…

Jesús dice:

–                       Es mejor esperar un poco. La niña no ve y está cansada.

La niña responde rápida:

–                       No, no. Si puedo… Vámonos lejos, lejos, lejos… Podría venir… Por aquí pasamos para ir a esa casa.  –Lo dice castañeteando los dientes, mezclando hebreo y latín para hacerse entender.

Jesús trata de tranquilizarla:

–                       Vamos detrás de aquellos árboles y nadie nos verá. No tengas miedo.

Bartolomé, para darle ánimos, dice:

–                       No tengas miedo. A estas horas, ese romano es una sopa de vino bajo la mesa…

Pedro agrega:

–                       Y estás con nosotros. Todos te queremos. No permitiremos que te hagan daño. ¡Oh! ¡Somos doce hombres fuertes!…

Pedro, que apenas es un poco más alto que ella. Él la robustez y ella la delicadeza. Él quemado por el sol y ella blanca como alabastro.

¡Pobre florecita que fue criada para ser solamente admirada y más preciosa!

Juan le dice:

–                       Eres una hermanita nuestra y los hermanos defienden a sus hermanas.

Cuando llegan a la arboleda, se sientan y aguardan. Los hombres se dormirían gustosos, pero a ella cualquier ruido la hace gritar.

Y el galope de un caballo la hace que se cuelgue del cuello de Bartolomé que tal vez por ser el de mayor edad atrae su confianza y de esta manera… No es posible dormir.

Bartolomé le dice:

–                       No tengas miedo. Cuando uno está con Jesús, nunca sucede una desgracia.

La niña contesta temblando:

–                       ¿Por qué?  – y sigue todavía asida al cuello de Bartolomé.

–                       Porque Jesús es Dios y Dios es más fuerte que los hombres.

–                       ¿Dios? ¿Qué cosa es Dios?

Bartolomé exclama:

–                       ¡Pobre criatura! Pero, ¿Cómo te educaron? ¿No te enseñaron nada?…

La niña contesta:

–                       Sí. A conservar blanco el cutis, brillante la cabellera. A obedecer a los patrones. A decir siempre que sí…

Pero yo no podía decir sí al romano… Era feo y me daba miedo. En su casa siempre había unos ojos.  En el baño, en los vestidores, en el cubiculum… Unos ojos… Y esas manos… ¡Oh! ¡Y si alguien no decía sí, era apaleado!… –y comienza a llorar.

Jesús dice:

–                       No lo serás más. Ya no está el romano. Ni están sus manos… Sólo la Paz.

Felipe comenta:

–                       ¡Es una crueldad! Cómo a bestias y peor todavía… Porque a una bestia le enseñas su oficio. Pero a esta criatura la lanzaron sin saber…

Ella responde:

–                       Si hubiese sabido, me hubiera arrojado al mar. Él decía: ‘Te haré feliz…’

Zelote dice:

–                        De hecho te hizo feliz, de una manera que nunca imaginó. Feliz en la tierra y feliz en el Cielo. Porque conocer a Jesús, es la felicidad.

Hay un silencio en el que todos meditan en las crueldades del mundo.

Luego en voz baja, la niña le pregunta a Bartolomé:

–                       ¿Me puedes decir que es Dios? ¿Y por qué Él es Dios?… –después de una pausa agrega- ¿Porque es hermoso y bueno?…

Bartolomé se siente atolondrado. Se toma de la barba con perplejidad y dice lleno de incertidumbre:

–                       Dios… ¿Cómo haré para enseñarte a ti, que no tienes ninguna idea de religión en tu cabeza?

Esto provoca otra pregunta todavía más complicada, para el abrumado apóstol:

–                       ¿Qué cosa es religión?

Bartolomé decide pedir auxilio:

–                       ¡Oh, que esto no me lo esperaba!…  Estoy ahora como uno que se ahoga en el mar. ¿Qué puedo hacer ante el abismo?

Jesús aconseja:

–                       Lo que te parece difícil, es muy sencillo Bartolomé. Es un abismo, sí. Pero vacío… Y puedes llenarlo con la Verdad. Peor es cuando los abismos están llenos de fango, veneno, sierpes. Habla con sencillez como si hablases a un infante. Y ella te entenderá como no lo haría un adulto.

Bartolomé pregunta:

–                       Maestro, ¿Pero no podrías hacerlo Tú?

–                       Podría. Pero la niña aceptará más fácilmente las palabras de un semejante suyo, que las mías que son de Dios. Y por otra parte, os encontraréis en lo futuro ante estos abismos y los llenaréis de Mí. Debéis pues aprender a hacerlo.

–                       Es verdad. Lo probaré…

Después de pensarlo un poco, Bartolomé pregunta:

–                       Oye niña, ¿Te acuerdas de tu mamá?

Ella sonríe y contesta:

–                       Si, señor. hace siete años que… antes estaba con ella.

–                       Está bien. ¿La recuerdas? ¿La amas?

Ella solloza en un:

–                       ¡Oh!  -y da un pequeño grito.

–                       No llores. ¡Pobre niña! Oye, el amor que tienes por tu mamita…

–                       Y por mi papá y por mis hermanos…  -contesta sollozando.

–                       Sí. Por tu familia… el amor por tu familia. Los pensamientos que guardas por ella. El deseo que tienes de regresar a ella…

–                       ¡Nunca más los veré…!

–                       Pero todo es algo que podría llamarse religión de la familia. Las religiones, las ideas religiosas son el amor… El pensamiento, el deseo de ir a donde está aquel o aquellos en quienes creemos; a quienes amamos y a quienes deseamos ver…

–                       Si yo creo en ese Dios que está allí, ¿Tendré una religión?… ¡Es muy fácil!

Bartolomé está totalmente desorientado:

–                       ¡Bien! ¿Fácil qué cosa?…  ¿Tener una religión o creer en ese Dios que está allí?

La niña dice convencida:

–                       En ambas cosas…  Porque fácilmente se cree en un Dios Bueno, como el que está allí. El romano me nombraba muchos y juraba. Decía: ‘¡Por la diosa Venus, por el dios Júpiter, por el dios Cupido!’ Han de ser dioses malos porque él hacía cosas malas cuando los invocaba.

Pedro comenta en voz baja:

–                       No es tan tonta la niña.

Ella dice:

–                       Pero yo no sé todavía que cosa es Dios. Veo que es un hombre como tú… Entonces es un Hombre- Dios. ¿Y cómo se hace para comprenderlo? ¿En qué aspecto es más fuerte que todos? No tiene ni espada, ni siervos…

Bartolomé suplica:

–                       Maestro, ayúdame…

Jesús responde:

–                       No, Nathanael. Enseñas muy bien.

–                       Lo dices porque eres bueno. Busquemos otro modo de seguir adelante. – se vuelve hacia la niña- Oye niña… Oye niña. Dios no es hombre…  Él es como una luz, una mirada, un sonido tan grande que llena el Cielo y la tierra. Y todo lo ilumina, todo lo ve, todo lo ordena y en todas las cosas manda…

–                       ¿También al romano? Entonces no es un Dios bueno. ¡Tengo miedo!…

Bartolomé se apresura a aclarar:

–                       Dios es bueno y da órdenes buenas. A los hombres les ha prohibido armar guerras, hacer esclavos, arrebatar a las hijitas de sus madres y espantar a las niñas… Pero los hombres no siempre escuchan las órdenes de Dios.

Ella dice:

–                       Pero tú, sí.

–                       Yo sí.

–                       Si es más fuerte que todos, ¿Por qué no se hace obedecer? ¿Y Cómo habla, si no es un hombre?

Bartolomé está perdido y exclama:

–                       Dios… ¡Oh, Maestro!…

Jesús dice:

–                       Sigue. Sigue, Bartolomé. Eres un maestro muy competente. Sabes decir con gran simplicidad pensamientos muy profundos. ¿Y ahora ya no quieres seguir?…  ¿No sabes que el Espíritu Santo está en los labios de los que enseñan la Justicia?

Bartolomé argumenta:

–                       Parece fácil cuando se te escucha. Todas tus palabras están aquí dentro. Pero sacarlas, ¡Oh, miseria de nosotros los humanos! ¡Maestros inútiles!

–                       El reconocer la nulidad propia dispone el corazón a la enseñanza del Espíritu Paráclito…

–                       Está bien, Maestro… –La mira con ternura y dice- Oye niña.  Dios es fuerte, fortísimo. Más que César. Más que todos los hombres juntos con sus ejércitos y sus máquinas de guerra…  Pero no es un Señor sin compasión que quiera siempre que se le diga que sí, so pena de azotarlo. Dios es un Padre. ¿Te quería mucho tu padre?

–                       ¡Mucho! Me puso por nombre Áurea Gala, porque el oro es precioso y Galia es mi patria. Y decía que me amaba más que el oro que en otro tiempo tuvo y más que a la patria…

–                       ¿Te azotó tu padre?

Áurea Gala contesta:

–                       No. Jamás. Cuando no me portaba bien, me decía: ‘Pobrecita hija mía’ y lloraba.

–                       Bueno. Pues así hace Dios… Es Padre, nos ama y llora si somos malos. Pero no nos obliga a obedecerle. Pero el que decide ser malo, un día será castigado con suplicios horribles…

–                       ¡Oh, qué bueno! El dueño que me arrebató de mi madre y me llevó a la isla. Y también el romano, irán a los suplicios, ¿Y lo veré?…

Esto es demasiado para el pobre Nathanael, que contesta:

–                       Tú verás de cerca a Dios, si crees en Él y eres buena. Y para ser buena no debes odiar ni siquiera al romano.

–                       ¿No? ¿Y cómo lograrlo?

–                       Rogando por él.

–                       ¿Qué es rogar?

–                       Hablar con Dios diciéndole que lo queremos…

Ella, llevada por su coraje, exclama apasionadamente:

–                       Pero, ¡Yo quiero que mis dueños tengan una mala muerte!

Bartolomé objeta:

–                       No. No debes… Jesús no te amará si dices así.

–                       ¿Por qué?

–                       Porque no se debe odiar a quien nos ha hecho el mal.

–                       Pero no puedo amarlos.

–                       Pero puedes por ahora no pensar en ellos. Trata de olvidarlos…  Luego, cuando Dios te instruya más… rogarás por ellos. Decíamos pues, que Dios es Poderoso, pero deja a sus hijos en libertad de obrar.

Ella pregunta:

–                       ¿Yo soy hija de Dios?…  ¿Tengo dos padres?…  ¿Cuántos hijos tiene Dios?…

Bartolomé contesta:

–                       Todos los hombres son hijos de Dios, porque Él los creó. ¿Ves esas estrellas allá arriba? Él las hizo. ¿Ves estas plantas? Él las hizo. La tierra en la que estamos sentados, el pájaro que canta, el mar inmenso…  Todo y a todos los hombres, los creó Él. Y los hombres son más hijos suyos que todo lo demás. Porque tienen algo especial que se llama alma y que no muere, porque es una partecita de Dios que es inmortal como Él.

–                       ¿Dónde está el alma? ¿Tengo yo también un alma?

–                       Sí. En tu corazón. Es la que te hizo comprender que el romano era malo y que ciertamente no te dejará que desees ser como él. ¿No es verdad?

–                       Sí…  -Áurea reflexiona… Y luego con firmeza dice- ¡Sí! Era como una voz que estuviese adentro y como una necesidad de tener quién me ayudase. Y con otra voz que era la mía, llamaba a mi mamita…  Porque yo no sabía que Dios existía. Ni que existiese Jesús… Si lo hubiera sabido, lo hubiera llamado a Él, con esa voz que llevaba dentro…

Jesús interviene y dice:

–                       Has comprendido bien, niña. Crecerás en la Luz. Yo te lo aseguro. Cree en el Dios Verdadero. Escucha la voz de tu alma en la que no existe todavía una sabiduría, pero en la que tampoco existe mala voluntad… Y encontrarás en Dios a un Padre. Y en la muerte, que es un paso de la tierra al Cielo para los que creen en el Dios Verdadero y son buenos…  Encontrarás un lugar en el Cielo cerca de tu Señor.

Como ella se ha arrodillado delante de Él, Jesús le pone su mano sobre la cabeza.

Áurea dice:

–                       Cerca de Ti. ¡Qué bien se siente uno al estar contigo! No te separes de mí, Jesús…  Ahora sé Quién Eres y por eso me arrodillo. En Cesárea tuve miedo de hacerlo… Me parecías sólo un hombre… Ahora sé que Eres Dios escondido en un Hombre. Y que para mí eres un Padre y un Protector…

Jesús agrega:

–                       Y Salvador, Áurea Gala.

Ella exclama jubilosa:

–                       Y Salvador. ¡Sí! Me salvaste…

–                       Y te salvaré cada vez más. Tendrás un nombre nuevo…

–                       ¿Me quitas el nombre que me dio mi padre? ¿Por qué no me lo dejas?

–                       No te lo voy a quitar. Junto a tu nombre antiguo tendrás otro nuevo…  Eterno.

–                       ¿Cuál?

–                       Cristiana. Porque Cristo te salvó… Comienza a alborear. Vámonos. –Jesús se vuelve hacia su más anciano apóstol y agrega-  ¿Ves Nathanael qué es fácil hablar de Dios a los abismos vacíos? Hablaste muy bien. La niña se instruirá fácilmente. Es la verdad. –y ordena con suavidad- Sigue adelante con mis hermanos Áurea…

La niña obedece pero con temor. Preferiría quedarse con Bartolomé, el cual comprende todo…

El apóstol le dice:

–                       Voy enseguida. Vete… Obedece.

Y quedándose con Jesús, Pedro, Simón y Mateo, advierte:

–                       Está mal que la tenga Valeria. Es pagana.

Jesús contesta:

–                       No puedo decirle a Lázaro que la tome.

Mateo sugiere:

–                       Está Nique, Maestro.

Pedro sugiere:

–                       Y Elisa…

Zelote:

–                       Y Juana, es amiga de Valeria… Valeria se la cederá con gusto. Estaría en una casa buena.

Jesús piensa y calla.

Bartolomé decide:

–                       Haz lo que te parezca. La niña con frecuencia vuelve atrás su cara. Voy con ella…  Confía en mí, porque ya estoy viejo. Me gustaría quedarme con ella. Una hija más…-Da un suspiro profundo y agrega- Pero no es de Israel…

Y se va el buen Nathanael, que es demasiado israelita.

Jesús lo mira y sacude su cabeza.

Zelote pregunta:

–                       ¿Por qué eso Maestro?

Jesús replica:

–                       Porque me causa dolor ver que aún los prudentes, son esclavos de prejuicios…

Pedro se acuerda de las dificultades que hubo por la griega y dice:

–                       Pero, lo digo aquí entre nosotros. Bartolomé tiene razón… Y aún más, debe tomar sus providencias. Acuérdate de Síntica y de Juan. Para que no suceda algo semejante. Envíala a donde está Síntica…

Jesús contesta:

–                       Dentro de poco, Juan morirá…  Síntica no está del todo instruida, para ser maestra de una niña como Áurea. Y no es un ambiente propicio…

Zelote insiste:

–                       Y con todo, no puedes tenerla. Piensa que Judas pronto se reunirá con nosotros. Y Judas… Permíteme que te lo diga, maestro…  Es un lujurioso y un… Uno que fácilmente habla, cuando puede obtener una utilidad…  Y tiene demasiados amigos entre los Fariseos…

Pedro exclama:

–                       Exacto…  Simón ha dicho la verdad. También yo pensaba en lo mismo. Haz lo que dice él, Maestro.

Jesús piensa y calla… Pasan algunos minutos…

Luego Jesús dice:

–                       Oremos. El Padre nos ayudará…

Y todos oran fervorosamente.

El alba se ha teñido de colores. Atraviesan un poblado y toman el camino que va por la campiña…

El sol calienta más fuerte. Se sientan a comer a la sombra de un nogal gigantesco.

Jesús pregunta:

–                       ¿Estás cansada?  – a la niña que come sin ganas- Dínoslo y nos detendremos.

Áurea responde:

–                       No, no… vámonos.

Santiago de Alfeo dice:

–                       Se lo hemos preguntado varias veces. Pero siempre dice que no…

Áurea insiste:

–                       Puedo. Todavía tengo fuerzas. Vámonos lejos…

Vuelven a caminar y Áurea se acuerda de algo.

–                       Tengo una bolsa. Las señoras me dijeron: ‘La darás cuando empiecen los montes.’ Y los montes están aquí.

Jesús se detiene…

Ella busca en la alforja que Livia le dio. Saca la bolsa y se la entrega al Maestro.

Jesús dice:

–                       El óbolo… No quisieron quedarse sin dar las gracias. Son mejores que muchos de los nuestros… -mira a sus apóstoles y dice- Toma Mateo. Guarda este dinero. Nos servirá para hacer limosnas secretas…

Mateo pregunta:

–                       ¿Debo decirlo a Judas de Keriot?

Jesús dice tajante:

–                       No.

–                       Él va a ver a la niña…

Jesús no responde.

Continúan caminando con fatiga, debido al mucho calor, al polvo y al reverbero. Comienzan a subir el Monte Carmelo. Aunque aquí hay más sombra y está más fresco, Áurea va tropezando con más frecuencia.

Bartolomé se acerca a Jesús:

–                       Maestro, la niña tiene fiebre y está agotada. ¿Qué hacemos?

Áurea se niega a detenerse. Está colorada por la fiebre. Acepta que Bartolomé y Felipe le ayuden; pero continúa caminando…

Pasan la colina y llegan al otro lado. La llanura de Esdrelón está allá abajo y más allá las colinas entre las que se encuentra Nazareth…

Continúan caminando y casi al pie de la colina, distinguen a un grupo de discípulos. Para las mujeres hay una carreta de la que tira un fuerte mulo.

Jesús exclama:

–                       ¡Es la Providencia que nos socorre!   -y ordena que todos se detengan, mientras va a hablar con ellos y sobre todo con las discípulas.

La lleva aparte con Isaac y les cuenta algo de lo sucedido con Áurea:

–                       La arrebatamos a un patrón inmundo. Quisiera llevarla a Nazareth para curarla, porque está enferma de miedo y de cansancio. Peo no tengo en qué llevarla. ¿A dónde vais vosotros?

Isaac contesta.

–                       A Belén de Galilea. A la casa de Mirta. Es imposible tolerar el calor de la llanura…

–                       Id primero a Nazareth. Os lo pido por caridad. Llevadla a donde está mi Madre y decidle que dentro de tres días, estaré en casa. La niña tiene fiebre y por eso no debéis hacer caso de sus delirios. Os lo contaré después…

–                       Sí, Maestro. Lo que Tú quieras. Partimos al punto. ¡Pobrecita niña! ¿La azotaba?…

–                       Quería violarla.

–                       ¿Cuántos años tiene?

–                       Más o menos trece…

Mirta exclama:

–                       ¡Un vil! ¡Inmundo! Nosotros la cuidaremos con cariño. Somos madres, ¿Verdad Noemí?

Noemí contesta:

–                       Cierto Mirta. Señor, ¿Es tu discípula?

Jesús se queda callado por unos omentos y luego dice:

–                       No lo sé todavía… Rogad mucho y no digáis nada a nadie. ¿Entendisteis? A nadie.

Las dos mujeres afirman:

–                       Así lo haremos.

Van con el carruaje. Isaac guía. Lo siguen Jesús y las mujeres. La observan por unos momentos y…

Exclaman:

–                       ¡Qué hermosa es!

Mirta la acaricia y dice:

–                       Querida, no tengas miedo. Soy una mamá, ¿Sabes? Ven…   -Y entre todos la levantan y la acomodan en la carreta.

Isaac humedece estos paños para ponérselos sobre la frente…Siente su calor y exclama:

–                        ¡Qué calentura!… ¡Pobre hija!…

Las dos mujeres se inclinan sobre ella y muestran sus cuidados maternales…

Áurea no se da cuenta de lo que sucede a su alrededor, por la fiebre.

Cuando Isaac levanta el látigo para partir, le dice a Jesús:

–                       Maestro, en el puente encontrarás, a Judas de Keriot, que te está esperando como un mendigo…. Él fue el que nos dijo que pasarías por aquí. ¡La paz sea contigo, Maestro! Al anochecer estaremos en Nazareth!

El carruaje parte rápido… Y…

Jesús dice:

–                       ¡Demos gracias al Señor!

Suerte para la niña. Suerte para Judas. Es mejor que no se sepa nada…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA